Cuando la miro, a veces todavía me cuesta creer que sea mía.
Tiene treinta y cinco años y los lleva con una especie de descaro natural, como si el tiempo se hubiera olvidado de tocarla por completo. El pelo castaño claro, luminoso, de ese tono suave y cálido que se vuelve casi rubio cuando le da la luz de la tarde, con reflejos dorados que bailan según cómo se mueva. Los ojos verdes, grandes, ligeramente rasgados, con esa mirada que puede ser dulce un segundo y peligrosa al siguiente. Pero lo que realmente me desarma es su boca: labios carnosos, bien dibujados, el inferior más lleno y jugoso, siempre con un brillo natural que me hace querer morderlo cada vez que se humedece el labio sin darse cuenta o cuando me dedica esa sonrisa lenta que sabe perfectamente lo que provoca.
Su cuerpo es otra cosa. Joder, su cuerpo es una declaración constante.
Caderas anchas y generosas que marcan un reloj de arena perfecto, cintura suave pero definida, y luego esos muslos… muslos generosos y fuertes, llenos, redondeados, de los que se tensan con cada paso y parecen capaces de sostenerlo todo. Cuando camina, se nota cómo la carne firme se mueve con poder, y eso hace que su culo se eleve todavía más. Porque el culo es respingón, casi grande, redondo, alto, insolente; sube hacia arriba y hacia fuera como si desafiara la gravedad, y gracias a esos muslos tan potentes se marca con una presencia imposible de ignorar.
Y los pechos… sus pechos son medianos pero absolutamente perfectos en su forma y colocación. Altos, firmes, con esa redondez natural que no necesita sostén para mantenerse erguidos. Tienen una curva suave y llena que termina en unos pezones pequeños y rosados que se marcan con facilidad cuando hay frío o cuando algo la excita. Lo que más me vuelve loco es ese canal profundo y perfecto que se forma entre ellos, ese surco tentador que parece hecho para perderse en él. A Gema le encanta asomarlo, enseñarlo sin ser demasiado evidente pero tampoco discreta: escotes en V generosos, camisetas con cuello amplio que se abren cuando se inclina, blusas con botones estratégicamente desabrochados uno o dos de más. Cuando se mueve, cuando respira, cuando se agacha a recoger algo del suelo… ese canal aparece y desaparece, invitando a la mirada sin pedir perdón. Y ella lo sabe. Lo sabe perfectamente.
Cuando sale a la calle, todo se multiplica. Es una fuente constante de miradas, discretas e indiscretas, de esas que la siguen sin disimulo desde que pone un pie fuera de casa. Le encanta vestir para mostrar su figura: tacones altos que estilizan aún más esas piernas y hacen que los muslos y el culo se eleven con cada paso, pantalones ajustados, faldas lápiz o leggings que no dejan nada a la imaginación, y siempre algún escote que deja asomar justo ese valle entre sus pechos. Camina con esa seguridad natural, el tacón resonando en la acera, y el mundo parece ralentizarse a su alrededor. Hombres y mujeres giran la cabeza, algunos con disimulo, otros sin ningún pudor. Ella lo nota, claro que lo nota, pero no cambia el ritmo; solo sonríe un poco más, como si supiera que es parte del paisaje que regala cada vez que decide salir.
Y luego estoy yo....
Tengo cuarenta años recién cumplidos y, la verdad, me siento cómodo en mi propia piel tal como está. Mi pelo es castaño oscuro, todavía abundante, sin entradas ni pérdidas que me preocupen; lo llevo con un corte normal, sencillo, un poco revuelto en las puntas porque por las mañanas me limito a pasarme la mano y listo. No soy de gimnasio desde hace muchos años, así que mi cuerpo es normal, ni flaco ni gordo, con esa suavidad que traen las tardes largas de sofá, series, alguna cerveza y los pequeños arreglos que me invento por casa. Tengo las manos grandes, dedos cuadrados, y casi siempre las llevo limpias pero con ese toque de quien pasa mucho tiempo manipulando cosas. Me pongo camisetas básicas desgastadas, vaqueros cómodos y zapatillas que ya conocen cada rincón del piso. Soy un hombre de interior, de los que disfrutan más con un destornillador en la mano que posando delante de un espejo.
Llevamos cinco años juntos y, la verdad, la relación es de las buenas, de las que se construyen con calma pero con ganas. Yo soy funcionario, con mis horarios fijos y mi estabilidad que a veces me hace sentir un poco predecible. Ella ya era dueña de su cafetería cuando la conocí: un local pequeño pero suyo, lleno de aroma a café recién molido y de gente que volvía por ella más que por el café.
Era —y sigue siendo— de sonrisa fácil, simpática y dicharachera. De esas personas que entran en un sitio y, sin proponérselo, la energía cambia: saluda a todo el mundo por su nombre, hace un comentario gracioso que saca risas al instante, y siempre tiene una palabra amable o un chiste a punto.
Estaba soltera entonces, y le encantaba su vida: las clases de salsa dos o tres veces por semana, el sudor, la música, el roce de cuerpos ajenos en la pista. Los fines de semana salía con sus amigas, se ponía esos vestidos ceñidos que bailaban con ella, tacones altísimos, y se dejaba llevar hasta las tantas. Disfrutaba de lo aprendido en clase, de sentirse deseada, de ser el centro de la pista sin esfuerzo… y todo eso lo hacía con esa naturalidad suya, con esa risa que le sale desde los ojos y que contagia a cualquiera.
Yo la conocí justo en esa época, cuando todavía tenía esa energía de quien no necesita a nadie para brillar… y sin embargo, poco a poco, elegimos estar juntos.
Nuestra vida pasa por ser normal. De esa normalidad que, con el tiempo, se convierte en un lujo silencioso. Horarios que encajan sin esfuerzo, cenas improvisadas en casa o decididas a última hora fuera, fines de semana que se reparten entre la calma de una serie compartida, una cerveza lenta, o la excusa perfecta para salir a perdernos entre calles, bares y conversaciones que se alargan más de la cuenta. Todo funciona. Todo fluye.
Pero dentro de esa rutina cuidada hay un pequeño ritual que es solo mío, y que me gusta más de lo que suelo admitir.
r a la cafetería.
Me siento en la mesa del fondo, la de siempre, pido un café solo y me quedo ahí, observándola. Verla atender, moverse entre las mesas con esa gracia natural que tiene, es uno de mis placeres secretos. No lleva delantal, nunca lo ha necesitado; la cafetería es pequeña y ella prefiere moverse libre, sin nada que le estorbe. Así que la veo tal como va vestida ese día, y cada día es un espectáculo distinto.
Hoy, por ejemplo, lleva unos vaqueros pitillo negros que se pegan a esos muslos generosos y fuertes como una segunda piel, marcando cada curva cuando se agacha a recoger una taza o camina rápido hacia la máquina de café. Arriba, una blusa blanca de algodón ligera, con el primer botón desabrochado (o el segundo, según el día), dejando asomar justo ese canal profundo y perfecto entre sus pechos. Cuando se inclina para servir, la tela se abre un poco más y el surco se hace evidente, tentador, sin ser vulgar. El pelo castaño claro recogido en una coleta alta que se mueve con cada giro, dejando ver el cuello y esa piel suave que me vuelve loco. Tacones bajos pero elegantes, de esos que hacen clic-clac en el suelo de baldosa y que estilizan aún más las piernas.
Es simpática con todo el mundo, dicharachera como siempre, soltando bromas rápidas, preguntando por la familia, riéndose con las ocurrencias de los clientes habituales. Pero yo lo veo todo desde mi rincón: cómo los hombres, sobre todo los hombres, pierden la mirada un segundo de más. Cuando se inclina para dejar el café en la mesa, cuando cruza los brazos bajo el pecho y ese valle entre sus pechos se profundiza, cuando se gira y los vaqueros marcan el contorno de los muslos y el culo se eleva con esa insolencia natural… ahí están. Algunos disimulan mejor, otros ni lo intentan. Una mirada rápida al escote, otra al movimiento de las caderas cuando pasa de largo, un vistazo más largo cuando se estira para alcanzar algo de la estantería alta y la blusa se tensa justo donde tiene que tensarse.
Ella lo nota, claro. Siempre lo nota. Pero no cambia nada: sigue sonriendo, sigue charlando, sigue siendo la misma Gema que ilumina el local entero. A veces me mira desde la barra, me guiña un ojo con complicidad o me manda un beso volado mientras atiende a otro cliente, y yo me quedo ahí, con el café enfriándose en la taza, sintiendo esa mezcla rara de orgullo, celos suaves y un deseo que no se apaga nunca.
Porque al final del día, cuando cierra la persiana y volvemos a casa juntos, soy yo el que la tiene. El que la ve quitarse los zapatos, soltarse la coleta y el pelo caerle por la espalda, desabrochar esa blusa despacio mientras me mira con esa sonrisa lenta que sabe que me deshace. El que la toca, el que la besa, el que se pierde en ese cuerpo que tanto miran los demás pero que solo a mí me pertenece.
Tiene treinta y cinco años y los lleva con una especie de descaro natural, como si el tiempo se hubiera olvidado de tocarla por completo. El pelo castaño claro, luminoso, de ese tono suave y cálido que se vuelve casi rubio cuando le da la luz de la tarde, con reflejos dorados que bailan según cómo se mueva. Los ojos verdes, grandes, ligeramente rasgados, con esa mirada que puede ser dulce un segundo y peligrosa al siguiente. Pero lo que realmente me desarma es su boca: labios carnosos, bien dibujados, el inferior más lleno y jugoso, siempre con un brillo natural que me hace querer morderlo cada vez que se humedece el labio sin darse cuenta o cuando me dedica esa sonrisa lenta que sabe perfectamente lo que provoca.
Su cuerpo es otra cosa. Joder, su cuerpo es una declaración constante.
Caderas anchas y generosas que marcan un reloj de arena perfecto, cintura suave pero definida, y luego esos muslos… muslos generosos y fuertes, llenos, redondeados, de los que se tensan con cada paso y parecen capaces de sostenerlo todo. Cuando camina, se nota cómo la carne firme se mueve con poder, y eso hace que su culo se eleve todavía más. Porque el culo es respingón, casi grande, redondo, alto, insolente; sube hacia arriba y hacia fuera como si desafiara la gravedad, y gracias a esos muslos tan potentes se marca con una presencia imposible de ignorar.
Y los pechos… sus pechos son medianos pero absolutamente perfectos en su forma y colocación. Altos, firmes, con esa redondez natural que no necesita sostén para mantenerse erguidos. Tienen una curva suave y llena que termina en unos pezones pequeños y rosados que se marcan con facilidad cuando hay frío o cuando algo la excita. Lo que más me vuelve loco es ese canal profundo y perfecto que se forma entre ellos, ese surco tentador que parece hecho para perderse en él. A Gema le encanta asomarlo, enseñarlo sin ser demasiado evidente pero tampoco discreta: escotes en V generosos, camisetas con cuello amplio que se abren cuando se inclina, blusas con botones estratégicamente desabrochados uno o dos de más. Cuando se mueve, cuando respira, cuando se agacha a recoger algo del suelo… ese canal aparece y desaparece, invitando a la mirada sin pedir perdón. Y ella lo sabe. Lo sabe perfectamente.
Cuando sale a la calle, todo se multiplica. Es una fuente constante de miradas, discretas e indiscretas, de esas que la siguen sin disimulo desde que pone un pie fuera de casa. Le encanta vestir para mostrar su figura: tacones altos que estilizan aún más esas piernas y hacen que los muslos y el culo se eleven con cada paso, pantalones ajustados, faldas lápiz o leggings que no dejan nada a la imaginación, y siempre algún escote que deja asomar justo ese valle entre sus pechos. Camina con esa seguridad natural, el tacón resonando en la acera, y el mundo parece ralentizarse a su alrededor. Hombres y mujeres giran la cabeza, algunos con disimulo, otros sin ningún pudor. Ella lo nota, claro que lo nota, pero no cambia el ritmo; solo sonríe un poco más, como si supiera que es parte del paisaje que regala cada vez que decide salir.
Y luego estoy yo....
Tengo cuarenta años recién cumplidos y, la verdad, me siento cómodo en mi propia piel tal como está. Mi pelo es castaño oscuro, todavía abundante, sin entradas ni pérdidas que me preocupen; lo llevo con un corte normal, sencillo, un poco revuelto en las puntas porque por las mañanas me limito a pasarme la mano y listo. No soy de gimnasio desde hace muchos años, así que mi cuerpo es normal, ni flaco ni gordo, con esa suavidad que traen las tardes largas de sofá, series, alguna cerveza y los pequeños arreglos que me invento por casa. Tengo las manos grandes, dedos cuadrados, y casi siempre las llevo limpias pero con ese toque de quien pasa mucho tiempo manipulando cosas. Me pongo camisetas básicas desgastadas, vaqueros cómodos y zapatillas que ya conocen cada rincón del piso. Soy un hombre de interior, de los que disfrutan más con un destornillador en la mano que posando delante de un espejo.
Llevamos cinco años juntos y, la verdad, la relación es de las buenas, de las que se construyen con calma pero con ganas. Yo soy funcionario, con mis horarios fijos y mi estabilidad que a veces me hace sentir un poco predecible. Ella ya era dueña de su cafetería cuando la conocí: un local pequeño pero suyo, lleno de aroma a café recién molido y de gente que volvía por ella más que por el café.
Era —y sigue siendo— de sonrisa fácil, simpática y dicharachera. De esas personas que entran en un sitio y, sin proponérselo, la energía cambia: saluda a todo el mundo por su nombre, hace un comentario gracioso que saca risas al instante, y siempre tiene una palabra amable o un chiste a punto.
Estaba soltera entonces, y le encantaba su vida: las clases de salsa dos o tres veces por semana, el sudor, la música, el roce de cuerpos ajenos en la pista. Los fines de semana salía con sus amigas, se ponía esos vestidos ceñidos que bailaban con ella, tacones altísimos, y se dejaba llevar hasta las tantas. Disfrutaba de lo aprendido en clase, de sentirse deseada, de ser el centro de la pista sin esfuerzo… y todo eso lo hacía con esa naturalidad suya, con esa risa que le sale desde los ojos y que contagia a cualquiera.
Yo la conocí justo en esa época, cuando todavía tenía esa energía de quien no necesita a nadie para brillar… y sin embargo, poco a poco, elegimos estar juntos.
Nuestra vida pasa por ser normal. De esa normalidad que, con el tiempo, se convierte en un lujo silencioso. Horarios que encajan sin esfuerzo, cenas improvisadas en casa o decididas a última hora fuera, fines de semana que se reparten entre la calma de una serie compartida, una cerveza lenta, o la excusa perfecta para salir a perdernos entre calles, bares y conversaciones que se alargan más de la cuenta. Todo funciona. Todo fluye.
Pero dentro de esa rutina cuidada hay un pequeño ritual que es solo mío, y que me gusta más de lo que suelo admitir.
r a la cafetería.
Me siento en la mesa del fondo, la de siempre, pido un café solo y me quedo ahí, observándola. Verla atender, moverse entre las mesas con esa gracia natural que tiene, es uno de mis placeres secretos. No lleva delantal, nunca lo ha necesitado; la cafetería es pequeña y ella prefiere moverse libre, sin nada que le estorbe. Así que la veo tal como va vestida ese día, y cada día es un espectáculo distinto.
Hoy, por ejemplo, lleva unos vaqueros pitillo negros que se pegan a esos muslos generosos y fuertes como una segunda piel, marcando cada curva cuando se agacha a recoger una taza o camina rápido hacia la máquina de café. Arriba, una blusa blanca de algodón ligera, con el primer botón desabrochado (o el segundo, según el día), dejando asomar justo ese canal profundo y perfecto entre sus pechos. Cuando se inclina para servir, la tela se abre un poco más y el surco se hace evidente, tentador, sin ser vulgar. El pelo castaño claro recogido en una coleta alta que se mueve con cada giro, dejando ver el cuello y esa piel suave que me vuelve loco. Tacones bajos pero elegantes, de esos que hacen clic-clac en el suelo de baldosa y que estilizan aún más las piernas.
Es simpática con todo el mundo, dicharachera como siempre, soltando bromas rápidas, preguntando por la familia, riéndose con las ocurrencias de los clientes habituales. Pero yo lo veo todo desde mi rincón: cómo los hombres, sobre todo los hombres, pierden la mirada un segundo de más. Cuando se inclina para dejar el café en la mesa, cuando cruza los brazos bajo el pecho y ese valle entre sus pechos se profundiza, cuando se gira y los vaqueros marcan el contorno de los muslos y el culo se eleva con esa insolencia natural… ahí están. Algunos disimulan mejor, otros ni lo intentan. Una mirada rápida al escote, otra al movimiento de las caderas cuando pasa de largo, un vistazo más largo cuando se estira para alcanzar algo de la estantería alta y la blusa se tensa justo donde tiene que tensarse.
Ella lo nota, claro. Siempre lo nota. Pero no cambia nada: sigue sonriendo, sigue charlando, sigue siendo la misma Gema que ilumina el local entero. A veces me mira desde la barra, me guiña un ojo con complicidad o me manda un beso volado mientras atiende a otro cliente, y yo me quedo ahí, con el café enfriándose en la taza, sintiendo esa mezcla rara de orgullo, celos suaves y un deseo que no se apaga nunca.
Porque al final del día, cuando cierra la persiana y volvemos a casa juntos, soy yo el que la tiene. El que la ve quitarse los zapatos, soltarse la coleta y el pelo caerle por la espalda, desabrochar esa blusa despacio mientras me mira con esa sonrisa lenta que sabe que me deshace. El que la toca, el que la besa, el que se pierde en ese cuerpo que tanto miran los demás pero que solo a mí me pertenece.