La esposa que aprendio a mirarse

meelisaz

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20 Feb 2024
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Cuando la miro, a veces todavía me cuesta creer que sea mía.

Tiene treinta y cinco años y los lleva con una especie de descaro natural, como si el tiempo se hubiera olvidado de tocarla por completo. El pelo castaño claro, luminoso, de ese tono suave y cálido que se vuelve casi rubio cuando le da la luz de la tarde, con reflejos dorados que bailan según cómo se mueva. Los ojos verdes, grandes, ligeramente rasgados, con esa mirada que puede ser dulce un segundo y peligrosa al siguiente. Pero lo que realmente me desarma es su boca: labios carnosos, bien dibujados, el inferior más lleno y jugoso, siempre con un brillo natural que me hace querer morderlo cada vez que se humedece el labio sin darse cuenta o cuando me dedica esa sonrisa lenta que sabe perfectamente lo que provoca.

Su cuerpo es otra cosa. Joder, su cuerpo es una declaración constante.

Caderas anchas y generosas que marcan un reloj de arena perfecto, cintura suave pero definida, y luego esos muslos… muslos generosos y fuertes, llenos, redondeados, de los que se tensan con cada paso y parecen capaces de sostenerlo todo. Cuando camina, se nota cómo la carne firme se mueve con poder, y eso hace que su culo se eleve todavía más. Porque el culo es respingón, casi grande, redondo, alto, insolente; sube hacia arriba y hacia fuera como si desafiara la gravedad, y gracias a esos muslos tan potentes se marca con una presencia imposible de ignorar.

Y los pechos… sus pechos son medianos pero absolutamente perfectos en su forma y colocación. Altos, firmes, con esa redondez natural que no necesita sostén para mantenerse erguidos. Tienen una curva suave y llena que termina en unos pezones pequeños y rosados que se marcan con facilidad cuando hay frío o cuando algo la excita. Lo que más me vuelve loco es ese canal profundo y perfecto que se forma entre ellos, ese surco tentador que parece hecho para perderse en él. A Gema le encanta asomarlo, enseñarlo sin ser demasiado evidente pero tampoco discreta: escotes en V generosos, camisetas con cuello amplio que se abren cuando se inclina, blusas con botones estratégicamente desabrochados uno o dos de más. Cuando se mueve, cuando respira, cuando se agacha a recoger algo del suelo… ese canal aparece y desaparece, invitando a la mirada sin pedir perdón. Y ella lo sabe. Lo sabe perfectamente.

Cuando sale a la calle, todo se multiplica. Es una fuente constante de miradas, discretas e indiscretas, de esas que la siguen sin disimulo desde que pone un pie fuera de casa. Le encanta vestir para mostrar su figura: tacones altos que estilizan aún más esas piernas y hacen que los muslos y el culo se eleven con cada paso, pantalones ajustados, faldas lápiz o leggings que no dejan nada a la imaginación, y siempre algún escote que deja asomar justo ese valle entre sus pechos. Camina con esa seguridad natural, el tacón resonando en la acera, y el mundo parece ralentizarse a su alrededor. Hombres y mujeres giran la cabeza, algunos con disimulo, otros sin ningún pudor. Ella lo nota, claro que lo nota, pero no cambia el ritmo; solo sonríe un poco más, como si supiera que es parte del paisaje que regala cada vez que decide salir.

Y luego estoy yo....

Tengo cuarenta años recién cumplidos y, la verdad, me siento cómodo en mi propia piel tal como está. Mi pelo es castaño oscuro, todavía abundante, sin entradas ni pérdidas que me preocupen; lo llevo con un corte normal, sencillo, un poco revuelto en las puntas porque por las mañanas me limito a pasarme la mano y listo. No soy de gimnasio desde hace muchos años, así que mi cuerpo es normal, ni flaco ni gordo, con esa suavidad que traen las tardes largas de sofá, series, alguna cerveza y los pequeños arreglos que me invento por casa. Tengo las manos grandes, dedos cuadrados, y casi siempre las llevo limpias pero con ese toque de quien pasa mucho tiempo manipulando cosas. Me pongo camisetas básicas desgastadas, vaqueros cómodos y zapatillas que ya conocen cada rincón del piso. Soy un hombre de interior, de los que disfrutan más con un destornillador en la mano que posando delante de un espejo.

Llevamos cinco años juntos y, la verdad, la relación es de las buenas, de las que se construyen con calma pero con ganas. Yo soy funcionario, con mis horarios fijos y mi estabilidad que a veces me hace sentir un poco predecible. Ella ya era dueña de su cafetería cuando la conocí: un local pequeño pero suyo, lleno de aroma a café recién molido y de gente que volvía por ella más que por el café.

Era —y sigue siendo— de sonrisa fácil, simpática y dicharachera. De esas personas que entran en un sitio y, sin proponérselo, la energía cambia: saluda a todo el mundo por su nombre, hace un comentario gracioso que saca risas al instante, y siempre tiene una palabra amable o un chiste a punto.

Estaba soltera entonces, y le encantaba su vida: las clases de salsa dos o tres veces por semana, el sudor, la música, el roce de cuerpos ajenos en la pista. Los fines de semana salía con sus amigas, se ponía esos vestidos ceñidos que bailaban con ella, tacones altísimos, y se dejaba llevar hasta las tantas. Disfrutaba de lo aprendido en clase, de sentirse deseada, de ser el centro de la pista sin esfuerzo… y todo eso lo hacía con esa naturalidad suya, con esa risa que le sale desde los ojos y que contagia a cualquiera.

Yo la conocí justo en esa época, cuando todavía tenía esa energía de quien no necesita a nadie para brillar… y sin embargo, poco a poco, elegimos estar juntos.

Nuestra vida pasa por ser normal. De esa normalidad que, con el tiempo, se convierte en un lujo silencioso. Horarios que encajan sin esfuerzo, cenas improvisadas en casa o decididas a última hora fuera, fines de semana que se reparten entre la calma de una serie compartida, una cerveza lenta, o la excusa perfecta para salir a perdernos entre calles, bares y conversaciones que se alargan más de la cuenta. Todo funciona. Todo fluye.
Pero dentro de esa rutina cuidada hay un pequeño ritual que es solo mío, y que me gusta más de lo que suelo admitir.
r a la cafetería.

Me siento en la mesa del fondo, la de siempre, pido un café solo y me quedo ahí, observándola. Verla atender, moverse entre las mesas con esa gracia natural que tiene, es uno de mis placeres secretos. No lleva delantal, nunca lo ha necesitado; la cafetería es pequeña y ella prefiere moverse libre, sin nada que le estorbe. Así que la veo tal como va vestida ese día, y cada día es un espectáculo distinto.

Hoy, por ejemplo, lleva unos vaqueros pitillo negros que se pegan a esos muslos generosos y fuertes como una segunda piel, marcando cada curva cuando se agacha a recoger una taza o camina rápido hacia la máquina de café. Arriba, una blusa blanca de algodón ligera, con el primer botón desabrochado (o el segundo, según el día), dejando asomar justo ese canal profundo y perfecto entre sus pechos. Cuando se inclina para servir, la tela se abre un poco más y el surco se hace evidente, tentador, sin ser vulgar. El pelo castaño claro recogido en una coleta alta que se mueve con cada giro, dejando ver el cuello y esa piel suave que me vuelve loco. Tacones bajos pero elegantes, de esos que hacen clic-clac en el suelo de baldosa y que estilizan aún más las piernas.

Es simpática con todo el mundo, dicharachera como siempre, soltando bromas rápidas, preguntando por la familia, riéndose con las ocurrencias de los clientes habituales. Pero yo lo veo todo desde mi rincón: cómo los hombres, sobre todo los hombres, pierden la mirada un segundo de más. Cuando se inclina para dejar el café en la mesa, cuando cruza los brazos bajo el pecho y ese valle entre sus pechos se profundiza, cuando se gira y los vaqueros marcan el contorno de los muslos y el culo se eleva con esa insolencia natural… ahí están. Algunos disimulan mejor, otros ni lo intentan. Una mirada rápida al escote, otra al movimiento de las caderas cuando pasa de largo, un vistazo más largo cuando se estira para alcanzar algo de la estantería alta y la blusa se tensa justo donde tiene que tensarse.

Ella lo nota, claro. Siempre lo nota. Pero no cambia nada: sigue sonriendo, sigue charlando, sigue siendo la misma Gema que ilumina el local entero. A veces me mira desde la barra, me guiña un ojo con complicidad o me manda un beso volado mientras atiende a otro cliente, y yo me quedo ahí, con el café enfriándose en la taza, sintiendo esa mezcla rara de orgullo, celos suaves y un deseo que no se apaga nunca.

Porque al final del día, cuando cierra la persiana y volvemos a casa juntos, soy yo el que la tiene. El que la ve quitarse los zapatos, soltarse la coleta y el pelo caerle por la espalda, desabrochar esa blusa despacio mientras me mira con esa sonrisa lenta que sabe que me deshace. El que la toca, el que la besa, el que se pierde en ese cuerpo que tanto miran los demás pero que solo a mí me pertenece.
 

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EL INICIO

Un día cualquiera, mientras yo estaba en el salón intentando arreglar esa lámpara que lleva semanas parpadeando, Gema se quedó enganchada al móvil en el sofá. No era raro verla así, pero esa tarde su expresión cambió: los ojos se le iluminaron de una forma distinta, como si hubiera descubierto algo que le removía por dentro.

—Javi, mira esto —me dijo de repente, girando la pantalla hacia mí.

Era el feed de ********* de una fotógrafa de nuestra ciudad. No recuerdo el nombre exacto ahora (creo que era algo como Ana Galán o una de esas especialistas en boudoir que hay por Sevilla o Málaga), pero las fotos eran impresionantes: mujeres reales, de todas las edades y cuerpos, posando en lencería fina, con luces suaves que jugaban con las curvas, sombras que realzaban la sensualidad sin caer en lo vulgar.
Había algo elegante, casi artístico, en esas imágenes. Unas miradas directas a cámara, labios entreabiertos, telas que se deslizaban apenas, cuerpos que se arqueaban con confianza. Nada forzado, todo natural y poderoso.

Gema se quedó callada un rato, deslizando el dedo por la pantalla, ampliando fotos, deteniéndose en detalles. Yo la observaba de reojo mientras fingía concentrarme en el cable de la lámpara. Sabía que cuando se pone así, pensativa y con esa media sonrisa, algo grande se está cocinando en su cabeza.

—¿Te imaginas? —murmuró al fin, sin apartar la vista del móvil—. Hacer algo así… Un book solo para mí. O para nosotros. Sentirme así de… libre. De sensual. Como ellas.

La miré. Estaba sentada con las piernas cruzadas, todavía con esa camiseta mía que le queda como un vestido corto, los muslos generosos y fuertes asomando, el culo respingón marcándose contra el cojín del sofá. Solo con esa ropa de casa ya era imposible no mirarla y pensar en lo que podría salir en unas fotos profesionales.

Pero esto era diferente.

No era solo deseo; era algo más profundo. Quería verse a sí misma de una forma nueva, capturar esa versión suya que a veces se esconde detrás de la rutina, del día a día, de ser “solo” Gema en pijama.

—¿Y por qué no? —le dije, dejando la lámpara a un lado y sentándome a su lado—. Si te apetece, hazlo. Te verías increíble. Más de lo que ya eres.
Ella se rio, nerviosa, pero no apartó la mirada de las fotos.

—No sé… ¿Y si me da corte? ¿Y si salgo fatal? Pero… joder, Javi, mira cómo se ven. No son modelos de revista. Son mujeres como yo. Con curvas, con todo. Y se ven tan… poderosas.

Le pasé el brazo por los hombros y le besé el pelo. Olía a su champú de siempre, ese que me vuelve loco.

—Pues entonces contacta con ella. Pide info. Si no te convence, no lo haces. Pero yo ya me estoy imaginando cómo saldrías tú en esas fotos, con esos ojos verdes clavando la cámara, esa boca que me mata, esos muslos fuertes que me vuelven loco cada vez que caminas… y ese culo que parece desafiar al mundo entero. Sería un regalo para ti. Y para mí también, qué coño.

Gema se mordió el labio inferior —ese gesto que siempre me desarma— y volvió a mirar el móvil.

—Vale… Voy a escribirle. Solo para preguntar. Nada más.

Pero los dos sabíamos que no era “solo para preguntar”.

Era el principio de algo.

Algo que iba a hacer que nuestra casa, nuestra rutina, se llenara de una electricidad nueva. Y yo, que soy un tipo de sofá y destornillador, ya estaba deseando ver las fotos. Deseando verla a ella, aún más segura, aún más suya.

Y, sobre todo, deseando que después de la sesión volviera a casa y me enseñara, en privado, todo lo que había aprendido a posar.

Esa noche, después de la cena, nos quedamos tirados en el sofá como siempre. Yo con una cerveza en la mano, ella con el móvil, scrollando sin prisa. De repente, se giró hacia mí con esa mirada que pone cuando algo le ronda la cabeza desde hace rato.

—Javi… ¿has visto mis fotos de cuando era joven? —me dijo, bajando la voz como si fuera un secreto que solo nosotros dos conocemos.
La miré. Claro que si. Aunque no estuviéramos juntos entonces, me ha contado alguna anécdota suelta, pero nunca se había extendido tanto.

—Pues sí… Participé en un par de desfiles pequeñitos aquí en la ciudad. Eran de trajes de baño de verano, de esos negocios locales que montaban pasarelas improvisadas en la playa o en alguna tienda grande para la temporada. Nada profesional, ¿eh? Modelos amateurs, chicas normales como yo, con bikinis y pareos que vendían ellos mismos.

Se rió un poco, nerviosa, pero con los ojos brillantes.

—Me sentía… increíble.

Cuando salía a la pasarela con la música de fondo, las luces, la gente mirando… No era por ser la más guapa ni nada, era por cómo me sentía yo. Poderosa. Guapa de verdad. Con el viento en el pelo, el sol en la piel, moviéndome sin complejos.

Hizo una pausa.

—Recuerdo que una vez llevaba un bikini rojo que me quedaba como un guante y, al girarme, noté cómo todos los ojos se quedaban en mis caderas, en mis muslos… y en vez de darme corte, me encantó. Me hacía sentir viva.

Se quedó callada un segundo, mordiéndose el labio inferior, y siguió:

—Qué pena no haber seguido en ese mundo, ¿sabes? A lo mejor podría haber hecho más cosas, cursos, algún casting… No sé, algo más. Pero la vida, el trabajo… y al final se quedó en un recuerdo bonito.
Suspiró.

—Pero ahora, con lo de la fotógrafa esa del *********, me ha vuelto todo. Imagínate: posar así, sensual, con confianza, capturando esa versión mía que sentía en aquellos desfiles. Sentirme guapa otra vez, pero ahora para mí, para nosotros. Sin prisa, sin público gritando, solo yo y la cámara.

La miré fijamente.

—Pues hazlo, Gema —le dije—. Ahora eres más tú que nunca.

Ella sonrió despacio, se acercó y me dio un beso suave, con esa chispa que promete más.

—Voy a escribirle mañana mismo. Y si sale bien… te dejo ver las fotos primero. O mejor: te las enseño en persona, posando como en aquellos desfiles. ¿Qué te parece?

Yo solo asentí.

La estantería seguía a medio montar en el dormitorio, pero ¿quién coño piensa en tornillos ahora?

Al día siguiente, mientras preparábamos el café en la cocina, Gema seguía con el móvil en la mano, revisando el ********* de la fotógrafa. Yo me acerqué por detrás, le besé el cuello y le pregunté directamente, con esa curiosidad que me picaba desde la noche anterior:

—Oye, Gema… esas chicas que salen en las fotos del perfil, ¿las conoces? ¿Son de aquí, de nuestra zona? Porque parecen tan… reales, tan de andar por la calle como tú y como yo.

Ella se giró con esa sonrisa entre pícara y pensativa que pone cuando algo le ronda la cabeza. Dejó el móvil en la encimera y se apoyó en ella, cruzando los brazos bajo el pecho —gesto que, joder, siempre me distrae un poco—.

—Pues mira, no las conozco a todas personalmente, pero sí, muchas son de por aquí, de nuestra ciudad o de los alrededores —me contestó, bajando un poco la voz, como si estuviéramos conspirando—. La fotógrafa tiene su estudio en la zona y, en sus stories y en los comentarios de las fotos, la gente pone cosas como “¡qué guapa saliste, amiga!” o “¡vecina mía!”.

Hizo una pequeña pausa antes de seguir.

—Hay tags de localizaciones que reconozco perfectamente: el río, algún parque cercano, hasta el casco antiguo. No son modelos traídas de lejos; son mujeres normales, profesoras, mamás, oficinistas… como yo.

Sonrió, y sus ojos brillaron con algo nuevo.

—Y espera, que lo más loco: alguna de ellas es clienta habitual de la cafetería. La vi el otro día pidiendo su café con leche de siempre y, en su perfil de Insta, sale posando en lencería con una confianza brutal. Me quedé flipando cuando lo conecté. Podría cruzarme con ella por el mercado o detrás del mostrador y ni me daría cuenta de que esa misma mujer que me dice “ponme lo de siempre” acaba de hacer una sesión así.

Se quedó callada un segundo, mordiéndose el labio inferior —ese gesto que me desarma siempre—, y añadió:

—Imagínate, Javi… Yo podría ser una más de esas. Hacer la sesión en un estudio cercano, volver a casa en el mismo día y que nadie sepa —o que solo algunas sepan— que esa mujer que sirve cafés o que saluda en el ascensor acaba de sentirse como una diosa delante de una cámara.
Suspiró, entre nerviosa y excitada por la idea.

—Es como si el mundo de esos desfiles de bikinis que hice de joven volviera, pero ahora más íntimo, más mío… y más nuestro. Sobre todo sabiendo que hay clientas mías que ya lo han hecho y siguen viniendo a por su café como si nada.

La miré fijamente. Estaba preciosa allí, con el pelo revuelto de la mañana, la camiseta mía que le quedaba como un vestido corto, dejando ver esos muslos generosos y fuertes, el culo respingón apoyado en la encimera.

Solo imaginarla en una sesión así, posando con esa seguridad que tenía en los desfiles —y ahora con la idea de que podría cruzarse con sus propias clientas en la cafetería—, me aceleraba el pulso.

—Pues entonces adelante —le dije, acercándome más y poniéndole las manos en la cintura—. Si son de aquí, y algunas hasta clientas tuyas, mejor todavía. Significa que entiende cómo somos nosotros, la luz, el rollo de siempre. Y que no es algo raro o lejano; es parte de la vida normal.
Tragué saliva antes de añadir:

—Yo… yo estaré esperando las fotos como un crío. O mejor: esperándote a ti cuando vuelvas, para que me enseñes en vivo lo que has aprendido a posar.

Gema se rió suave, me dio un beso lento y profundo, y luego cogió el móvil otra vez.

—Vale. Le escribo ahora. “Hola, soy de aquí y me flipa tu trabajo. ¿Las chicas de tus fotos son... reales? Me gustaría saber más sobre una sesión boudoir…”. Algo así.

Y mientras tecleaba, yo solo pensaba en lo que vendría después: ella volviendo a casa con esa chispa nueva en los ojos, más segura, más sensual.
 

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LA PROPUESTA

Un par de días después de que Gema enviara el mensaje, el móvil vibró en la encimera de la cocina mientras yo preparaba el desayuno. Ella lo cogió rápido, con esa mezcla de nervios y emoción que ya le conocía.

—Ha contestado —me dijo, con los ojos brillantes—. Se llama Laura, y es superamable. Mira.

Me acercó el móvil. Era una conversación por WhatsApp, rápida y directa, como si la fotógrafa supiera exactamente cómo calmar a alguien que está dando el primer paso en algo así.

Gema: Hola Laura, soy de aquí y me flipa tu trabajo. ¿Las chicas de tus fotos... reales? Me gustaría saber más sobre una sesión boudoir…

Laura: ¡Hola Gema! 😊 Sí, la mayoría son de la zona o alrededores, clientas mías que luego siguen con su vida normal. Me encanta que sean mujeres reales como tú. ¡Gracias por escribir! Cuéntame un poco: ¿qué te gustaría? ¿Primera vez? ¿Estilo sensual, erótico suave, más artístico? Puedo hacer una cita rápida en el estudio para charlar en persona, ver el espacio, probar luces y hablar de todo sin compromiso. ¿Cuándo te viene bien? Tengo hueco el jueves por la tarde o viernes mañana.

Gema: Primera vez total, jajaja. Me da un poco de corte pero me apetece mucho. ¿Podría ser el jueves? Sobre las 6 o así?

Laura: Perfecto, jueves a las 6 en el estudio. Es un sitio privado, solo nosotras dos (o tres si traes a alguien de confianza, pero suele ser más relajado solo la clienta). Trae lo que quieras ponerte o ideas de looks, aunque tengo lencería y accesorios para probar. Hablamos de precios, paquetes, límites, localizaciones… todo lo que necesites saber. ¡Va a ser genial! Te mando la dirección por privado. ¿Algo más que quieras preguntar antes?

Gema: Genial, gracias! Solo que… ¿haces sesiones en estudio o también en exteriores/urbanas? Porque me da cosa exhibirme en la calle, pero no sé…

Laura: Todo depende de ti. El estudio es lo más cómodo y controlado: privacidad total, luces perfectas, nadie mira. Si quieres algo más urbano o natural (parque discreto al atardecer, callejón bonito, playa al amanecer…), se puede, pero siempre con precaución: horarios con poca gente, sitios que yo conozco y controlo. Muchas prefieren empezar en estudio y si luego quieren más, hacemos una segunda sesión outdoors. No hay presión. Precios: sesión básica en estudio (1.5-2h, 20-30 fotos editadas) ronda los 250-350€, paquetes más completos con más fotos, retoque extra o álbum suben a 400-600€ aprox. Todo lo hablamos el jueves con calma y ajustamos a lo que quieras. ¡No te preocupes por nada!

Gema: Vale, me quedo más tranquila. Nos vemos el jueves entonces. Gracias por todo

Laura: ¡Un beso! Prepárate para pasarlo bien y sentirte increíble.

Gema dejó el móvil y me miró, con las mejillas un poco coloradas.

—Joder, Javi… ya está. Jueves a las seis. Vamos a hablar de todo: precios, qué tipo de fotos quiero (sensual, erótico suave, nada demasiado explícito al principio), límites (nada de desnudo total si no me siento cómoda, o sí si me animo en el momento), y si lo hacemos solo en estudio o me atrevo con algo urbano. Dice que en exteriores hay que tener cuidado con la exhibición en la calle, pero que ella elige sitios discretos si quiero probar.

Me acerqué, le puse las manos en la cintura y la besé despacio.

—Vas a estar espectacular. Y yo aquí, esperando que vuelvas con esa sonrisa de “lo he hecho” y me cuentes cada detalle. O mejor: que me enseñes las pruebas cuando lleguen.

Ella se rio, nerviosa pero feliz, y se pegó más a mí.

—Primero la charla. Luego vemos. Pero ya siento mariposas… como en aquellos desfiles de bikinis, pero ahora solo para mí. Y para ti.
Mientras terminábamos el café, yo solo pensaba en lo que vendría: ella saliendo del estudio con esa chispa nueva, más poderosa que nunca.
Esa misma noche, después de la cena, nos quedamos en el salón con la tele de fondo pero sin prestarle atención. Gema estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas, todavía con esa camiseta mía que le queda como un vestido corto, los muslos generosos y fuertes asomando, el culo respingón hundido en los cojines. Yo me senté a su lado, le pasé el brazo por los hombros y, sin rodeos, le solté la pregunta que me rondaba desde que vi cómo le brillaban los ojos con lo de la sesión.

—Oye, Gema… las fotos que hagas con Laura, ¿van a ser solo para nosotros? ¿O piensas publicar alguna en tu *********? Porque no sé, me da curiosidad saber hasta dónde quieres llevarlo.

Ella se giró hacia mí, con esa sonrisa lenta que siempre me descoloca un poco. Se mordió el labio inferior —joder, ese gesto— y se quedó pensando un segundo, como si estuviera midiendo las palabras.

—Pues… al principio pensé que solo para nosotros —me dijo, bajando la voz, casi susurrando—. Que sería algo íntimo, nuestro. Tú y yo viéndolas en casa, quizás imprimiendo alguna para guardarla en un cajón secreto, o poniéndola de fondo en el móvil para que me mire cada vez que lo cojo. Me flipa la idea de tenerlas solo para ti, para que seas el único que me vea así: sensual, poderosa, sin filtros ni postureo.

Hizo una pausa, se acomodó más cerca y apoyó la cabeza en mi hombro.

—Pero… no te voy a mentir. Mientras hablaba con Laura y veía las fotos de las otras chicas, algunas publican una o dos en su Insta. No las más subidas, claro: una silueta con luz suave, un detalle de la espalda, los labios entreabiertos con un velo… cosas artísticas, elegantes, que insinúan pero no enseñan todo. Y las clientas que conozco de la cafetería hacen lo mismo: una foto borrosa, un “gracias por hacerme sentir así” en la caption, y ya. Nadie se escandaliza, al revés: les llueven likes y comentarios de “qué guapa”, “qué valiente”, “qué bonito verte así”.
Se incorporó un poco y me miró directamente a los ojos, con esa chispa verde que me acelera el pulso.

—No sé si me atreveré a publicar nada. Me da un vértigo enorme pensar que alguien de la cafetería, un vecino o un familiar vea una foto mía así. Pero al mismo tiempo… me excita la idea de que el mundo sepa, aunque sea un poquito, que tengo esa parte. Que no soy solo la chica que sirve cafés y sonríe por las mañanas. Que también soy esto.

Me besó suave, un roce de labios que prometía más, y añadió:

—¿Y tú qué piensas? ¿Te molaría que publicara algo? ¿O prefieres que sea solo nuestro secreto?

Yo la miré fijamente, sintiendo cómo se me aceleraba todo por dentro. La imaginé posando en el estudio, con esa confianza de los desfiles de bikinis de joven, y luego eligiendo una foto sutil para su Inst, quizás una donde se viera la curva de su cadera, el muslo fuerte tensándose bajo la luz, o esa boca carnosa mordiéndose el labio. Y que yo supiera que detrás de esa imagen había mucho más, solo para mí.

—Haz lo que te haga sentir bien —le dije, acercándome más—. Si quieres que sea solo nuestro, perfecto. Si decides publicar algo, también. Yo estaré orgulloso igual. Y excitado, qué coño. Sobre todo excitado. Porque sabré que esa foto que todos ven es solo la punta del iceberg de lo que yo tengo en casa.

Gema se rio bajito, se pegó a mí y me dio un beso más profundo.

—Vale… lo decidiré después de la sesión. Primero quiero verme yo en las fotos. Sentirme como en aquellos desfiles, pero mejor. Y luego vemos si comparto un pedacito con el mundo… o si me lo quedo todo para ti.

Mientras nos quedábamos en silencio, abrazados en el sofá, yo solo pensaba en lo que vendría: ella volviendo del estudio el jueves, con esa energía nueva, y yo esperando para que me contara cada detalle. Y quizás, algún día, abrir su Inst y ver una foto que me haga sonreír porque sé exactamente lo que hay detrás.
 

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Última edición:
Necesito continuación jajaja muy buen relato!!
 
LA RESPUESTA

Esa noche, el salón estaba en penumbra, solo la luz tenue de la lámpara de pie y el resplandor azul de la tele apagada. Gema se levantó del sofá con esa lentitud deliberada que sabe que me destroza: la camiseta mía subiéndose apenas por los muslos generosos y fuertes, dejando ver la curva interna donde la piel se pone más suave, el culo respingón y casi grande tensándose al moverse. Se acercó sin prisa, se subió a horcajadas sobre mí y me miró con esos ojos verdes que parecían pedir guerra.

No hablamos al principio. Solo nos besamos con hambre, lenguas enredadas, dientes rozando labios. CHAS —le arranqué la camiseta por la cabeza. Mis manos bajaron directo a esos muslos gruesos y firmes, abriéndolos más para sentir cómo se tensaban contra mis caderas. Ella ya estaba empapada; lo noté cuando frotó su coño contra mi polla dura a través de los vaqueros.

ZIP —desabrochó el botón con dedos impacientes, bajó la cremallera y me sacó la polla, caliente y palpitante. Se la agarró con la mano, masturbándome despacio mientras yo le pellizcaba los pezones duros, medianos pero tan sensibles que soltaba un ¡AH! agudo con cada roce.
Cuando se levantó un poco y se dejó caer sobre mí, empalándose hasta el fondo, los dos soltamos un GRRRRR ronco al unísono.
Empezó a moverse, lento al principio, subiendo y bajando con ese culo generoso chocando contra mis muslos: PLAP… PLAP… PLAP… El sonido húmedo y obsceno llenaba la habitación, acompañado del CHAP-CHAP-CHAP viscoso de su coño tragándose mi polla una y otra vez.

—Imagínate que subes la foto… —le dije, agarrándola por las caderas y clavándola más profundo—. Una donde se vea solo la curva de tu culo respingón, la luz marcando cómo sube, los muslos fuertes abiertos… y los tíos de ********* se la menean viéndote. Se corren pensando en ti.
Gema aceleró, cabalgándome con fuerza: PLAP-PLAP-PLAP-PLAP-PLAP! más rápido, más fuerte, el coño apretándome como un puño caliente y húmedo cada vez que bajaba.

¡SPLASH! —el sonido de sus jugos salpicando contra mi pelvis.

—Joder, sí… —jadeó, la voz rota—. Al día siguiente entran en la cafetería… piden su café con leche… pero me miran el culo mientras me agacho a por la leche, imaginando cómo se ve sin nada. Me miran la boca carnosa cuando les digo “¿algo más?” y recuerdan la foto donde me muerdo los labios hinchados, como si acabara de chupar una polla.
¡PLAF! —le di una nalgada fuerte en ese culo generoso que rebotaba sobre mí, el sonido seco y erótico resonando. Ella soltó un ¡AHHH, JODER! más alto, clavándome las uñas en el pecho.

—Y tú les sirves el café —continué, empujando hacia arriba con cada embestida, sintiendo cómo su clítoris rozaba contra mi pubis—. Les sonríes con esa boca sensual que les ha vuelto locos toda la noche… les pasas la taza rozándoles los dedos… y ellos saben que debajo del delantal estás mojada, que tu coño aún recuerda la sesión, que has posado con las piernas abiertas, dejando ver cómo te brillaba el coño depilado bajo la luz del estudio.

Gema se inclinó hacia adelante, los pechos rozándome el pecho, la boca pegada a mi oreja.

—Quiero que me miren así… —susurró, moviéndose más rápido, el sudor resbalando por su espalda—. Quiero que sepan que la mujer que les sirve el azúcar se ha abierto de piernas para una cámara, que han visto mis tetas firmes, mis pezones duros, mi culo alzado como si pidiera que me follen por detrás… y que no pueden tocarme. Solo mirar. Y yo controlo todo. Me mojo solo de pensarlo. ¡AH! ¡AH! ¡SÍ!

La agarré por el pelo, tiré suave para que me mirara a los ojos mientras la follaba con más fuerza desde abajo: PUM-PUM-PUM-PUM! embestidas profundas que hacían temblar todo su cuerpo.

—Y cuando vuelvas a casa —gruñí, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi polla, a punto de correrse—, me lo cuentas todo. Cómo se les ponía dura la polla al verte, cómo se les trababa la voz… y yo te tumbo en la mesa de la cocina, te abro las piernas y te como el coño hasta que te corras gritando, sabiendo que eres mía… pero que has dejado que medio mundo te desee.

Eso la hizo estallar. ¡AHHHHHHH, JODERRRR! —se corrió temblando violentamente, el coño apretándome en espasmos brutales, SPLASH-SPLASH-SPLASH —chorros calientes mojándome la polla, los muslos, el sofá. Yo no aguanté más: GRRRR —la embestí tres veces más, profundo y salvaje, PUM-PUM-PUM, y me corrí dentro de ella, llenándola con chorros gruesos mientras los dos jadeábamos, sudados, pegados. ¡UFFF!
Después nos quedamos quietos, ella encima todavía, mi polla ablandándose dentro de su coño lleno y goteante. Gema apoyó la frente en la mía, respirando agitada.

—Todavía no sé si publicaré nada… pero joder, solo imaginarlo ya me ha puesto así.

Yo solo sonreí y la besé despacio.

—Joder, Javi… si publico algo, va a ser por esto. Por sentirme así de puta y poderosa a la vez.

Le di una palmada suave en el culo, ¡CHAS!, y la besé lento.

—Hazlo cuando quieras. Pero recuerda: después de servir cafés toda la mañana, vuelves aquí… y te follo hasta que no puedas ni caminar.
Ella se rio bajito, todavía con mi semen goteando entre sus muslos.

—Trato hecho.
 

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LA SESION DE FOTOS

Llegó el jueves. El día de la sesión.

Me desperté antes que ella, como siempre, pero esa mañana el aire ya estaba cargado. Gema se removió en la cama, abrió los ojos verdes y se quedó mirando el techo un buen rato sin decir nada. Se notaba en su respiración: rápida, un poco temblorosa. Nervios puros.

Se levantó despacio, fue al baño y se metió en la ducha. Yo me quedé en la puerta, apoyado en el marco, viéndola a través del cristal empañado. El agua resbalaba por sus curvas, por esos muslos generosos y fuertes que se tensaban cuando se enjabonaba, por el culo respingón que subía con cada movimiento. Se lavó el pelo con cuidado, como si quisiera que cada mechón castaño quedara perfecto. Luego se secó con la toalla despacio, mirándose al espejo, girándose de lado para verse el perfil, tocándose la cintura, las caderas, como si estuviera probando cómo se sentiría bajo las luces del estudio.

Se maquilló más de lo habitual. Base ligera, ojos ahumados que hacían que el verde resaltara aún más, pestañas largas, labios rojos pero no chillones: un tono vino que le hacía la boca aún más carnosa, más peligrosa. Se puso crema por todo el cuerpo, esa que huele a vainilla y que me vuelve loco cuando la huelo en su piel. Se probó tres conjuntos de lencería delante del espejo del dormitorio: uno negro de encaje, sutil pero sexy; uno rojo que le marcaba las tetas medianas y altas; y uno blanco, casi inocente, que contrastaba brutal con su cuerpo curvilíneo.
Al final eligió el negro. Se puso un vestido sencillo encima, negro también, ceñido en la cintura y suelto en las caderas, que dejaba adivinar las curvas sin enseñar nada.

Tacones bajos, porque dijo que no quería llegar cojeando. Se miró una última vez al espejo, se mordió el labio inferior y respiró hondo.

—Joder, Javi… estoy cagada —me dijo, acercándose y abrazándome fuerte.

La besé despacio, metiéndole la mano por debajo del vestido para apretarle el culo, sintiendo cómo se tensaba bajo mis dedos.

—Vas a estar espectacular. Laura va a flipar. Y yo aquí, esperando que vuelvas y me cuentes cada detalle… o que me enseñes las pruebas cuando lleguen.

Ella sonrió, nerviosa pero con esa chispa que ya conocía.

—Te quiero. Vuelvo en unas horas. No me esperes despierto si me retraso… pero ojalá me espere algo más que un beso.

Me guiñó un ojo, cogió el bolso con el neceser de maquillaje de repaso y la bolsa con los cambios de ropa que había preparado, y salió.
La vi irse desde la ventana: el vestido moviéndose con cada paso, los muslos fuertes marcándose al caminar, el culo alzado y generoso balanceándose bajo la tela. Subió al coche y desapareció calle abajo.

Yo me quedé solo en casa, con el corazón latiéndome fuerte. Sabía que en ese momento ella ya estaba conduciendo hacia el estudio de Laura, con el estómago revuelto de nervios y excitación. Imaginé cómo llegaría, aparcaría, respiraría hondo, tocaría el timbre. Laura la recibiría con esa sonrisa profesional y cálida, la haría pasar al espacio privado lleno de luces suaves, fondos neutros, un diván, una silla, cortinas pesadas.

Gema se quitaría el vestido despacio, quedándose en lencería negra, sintiendo el aire fresco en la piel. Laura le diría algo como “relájate, eres preciosa tal como eres”, y empezaría a disparar: primero fotos tímidas, de pie, mirando a cámara con esos ojos verdes que matan. Luego más atrevidas: sentada en el diván con las piernas cruzadas, los muslos tensos; de espaldas, arqueando la espalda para que el culo se elevara; tumbada, con la boca entreabierta, mordiéndose el labio como hacía conmigo anoche.

Y yo, aquí, solo podía imaginarlo. Esperando. Con la polla dura solo de pensarlo.

Cuando volviera a casa, ya no sería la misma Gema de siempre. O sí… pero con algo nuevo dentro, la certeza de que había sido vista, deseada, capturada como la diosa que es.

Y esa noche, cuando me lo contara todo —o mejor, cuando me lo enseñara en vivo—, íbamos a follar como nunca. Porque esa sesión no era solo fotos.

Gema volvió a casa pasadas las nueve de la noche. Oí la llave en la cerradura y salí al pasillo justo cuando ella cerraba la puerta con cuidado, como si no quisiera romper la burbuja en la que venía envuelta. Llevaba el mismo vestido negro, pero algo en su postura era diferente, más erguida, más segura, aunque todavía con un rubor en las mejillas que delataba los nervios que acababa de dejar atrás.

Me miró, sonrió despacio —esa sonrisa que empieza en los ojos verdes y baja hasta la boca carnosa— y se dejó caer en mis brazos sin decir nada al principio. La abracé fuerte, oliendo su pelo todavía con el aroma del estudio: luces calientes, perfume sutil y esa crema de vainilla que se había puesto antes de salir.

—¿Cómo ha ido? —le pregunté al oído, besándole el cuello.
Ella suspiró, largo y profundo, y se separó lo justo para mirarme a los ojos.

—Ha sido… suave. Muy suave —dijo, con una risa nerviosa—.

Me ha dado tanta vergüenza al principio que no me he atrevido a ir más allá. Y encima no había llevado la ropa apropiada… solo el conjunto negro de encaje que uso normalmente, nada especial.

Laura ha sido un amor, me ha ido guiando poquito a poco: “siéntate aquí”, “mira a cámara así”, “arquea la espalda un poco más”. Hemos hecho fotos bonitas, sensuales, pero nada heavy. Me ha salido natural, como en aquellos desfiles de bikinis de joven, pero más íntimo.

Me he sentido… joder, Javi, me he sentido como hacía muchísimo tiempo que no me sentía. Poderosa. Guapa de verdad. Cada vez que me decía “perfecto, qué bien te mueves”, me subía la adrenalina.

Se mordió el labio inferior, ese gesto que siempre me acelera, y siguió,

—Al final, cuando ya estábamos más relajadas y recogiendo, Laura me ha mirado de arriba abajo, como estudiándome, y me ha soltado,

“Gema, con el cuerpo que tienes… deberías venir a una segunda sesión. La primera ha sido de calentamiento, pero la próxima ya podemos ir a por algo más fuerte.

Tienes curvas que piden cuero, látex, ligueros, corsés. Imagínate un corsé negro apretando esa cintura, levantándote las tetas medianas y altas, realzando esas caderas anchas, y unos ligueros subiendo por estos muslos tan generosos y fuertes. O un body de látex pegado al culo respingón como una segunda piel, dejando ver cómo se alza con cada pose. Tienes el tipo perfecto para eso, voluptuoso, firme, con carne en los sitios justos. No lo desperdicies con lencería básica.

Te ofrezco la segunda sesión con descuento porque has sido una pasada hoy. Podemos hacerla en un par de semanas, cuando ya hayas comprado lo que te digo. Vas a verte brutal… y vas a flipar con lo que sale”.

Se rio, un poco avergonzada pero con los ojos brillando de excitación pura.

—Al principio me he quedado muda, pero luego… joder, me ha encantado. Le he dicho que sí, que me apuntaba. Que iba a buscar todo eso: el corsé, los ligueros, quizás hasta unas medias de rejilla o un collar de cuero. Y ella se ha reído y me ha dicho: “Perfecto. Te mando links de tiendas online fiables que tienen cosas de calidad. Prepárate, porque la segunda va a ser mucho más intensa. Y si quieres, traes a alguien de confianza para que te vea en directo… o lo dejamos solo para ti y la cámara”.

Gema se pegó más a mí, frotándose despacio contra mi entrepierna, notando lo duro que estaba ya solo con sus palabras.

—Y ahora estoy aquí, todavía con la adrenalina a tope… y mojada desde que me he subido al coche para volver. Porque durante la sesión, mientras posaba, no podía dejar de pensar en ti. En cómo me mirarías si me vieras así: con cuero apretándome las tetas, el culo alzado, los muslos tensos por los ligueros… Y en cómo me follarías después, sabiendo que Laura ha capturado cada curva.

La besé con hambre, metiéndole la lengua, las manos subiendo por debajo del vestido para tocarla directamente. Estaba empapada, las bragas negras pegadas al coño hinchado y caliente.

—Pues esta noche —le susurré contra la boca, mordiéndole el labio inferior— vamos a fingir que ya has traído el corsé y los ligueros. Te quito este vestido despacio, te tumbo en la cama con las piernas abiertas, y te follo pensando en esa segunda sesión. Y cuando acabemos, buscamos online esa mierda de cuero y látex. Porque si Laura te ofrece la segunda y dice que tu cuerpo la pide… joder, Gema, tu cuerpo la está gritando.

Ella gimió bajito, asintiendo, y me arrastró hacia el dormitorio sin soltarme, el vestido ya subiéndose por los muslos mientras caminábamos.

La primera sesión había sido suave. Pero la segunda… esa ya prometía ser puro fuego. Y yo no podía esperar a verla preparada, posando como la diosa que era, sabiendo que después volvería a casa para que yo la reclamara toda.
 

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EL VIAJE

Al día siguiente, viernes por la mañana, Gema estaba preparando el café cuando el móvil vibró en la encimera. Lo cogió con esa mezcla de nervios y curiosidad que ya le conocía, y cuando abrió el WhatsApp se le escapó un “¡joder!” bajito.

Era Laura. Le había mandado un adelanto: tres fotos de la sesión, nada heavy, solo las que habían salido más naturales y bonitas. En la primera estaba de pie, mirando a cámara con los ojos verdes clavados, la boca carnosa entreabierta en una media sonrisa, el pelo castaño cayéndole sobre un hombro.

En la segunda, sentada en el diván, con las piernas cruzadas, los muslos generosos y fuertes marcándose bajo el encaje negro, la luz suave jugando con la curva de su cintura y el inicio del culo respingón. La tercera era de espaldas: arqueada ligeramente, el culo alzado con esa insolencia natural, la espalda suave y los hombros relajados.

No eran fotos eróticas extremas, nada de desnudo ni poses explícitas. Pero Gema salía preciosa. Preciosa de verdad. Con esa confianza que se nota en las mujeres que se sienten vistas y deseadas.

Se quedó callada un rato, ampliando las fotos, tocándose el pelo como si no se creyera que era ella. Luego me miró, con los ojos brillantes.

—Mira esto, Javi… —me dijo, acercándome el móvil—. No es nada del otro mundo, pero… joder, me veo bien. Me veo… yo. Como en los desfiles de antes, pero mejor.

La abracé por detrás, besándole el cuello mientras miraba las fotos con ella.

—Estás espectacular. Laura tiene razón: tienes un cuerpo que pide más. Y estas fotos son solo el calentamiento.

Eso fue lo que la animó del todo. Sin pensarlo dos veces, le respondió a Laura por WhatsApp:

Gema: ¡Me flipan! Me veo preciosa, gracias por el adelanto ❤️ Quiero la segunda sesión. ¿Cuándo podemos?

Laura: ¡Genial! Te dejo hueco el próximo sábado por la tarde a las 5. Trae lo que hablamos: corsé, ligueros, cuero o látex. Va a ser brutal. ¿Te viene bien?

Gema: Perfecto, sábado a las 5. Pero espera… justo ese fin de semana tenemos un viaje programado a Ámsterdam que ya teníamos reservado hace meses. ¿Podemos dejarlo para cuando volvamos? Te aviso en cuanto regresemos y concretamos la fecha exacta.

Laura: Claro, sin problema. Disfruta del viaje y cuando estés de vuelta me dices. Te guardo el hueco para la semana siguiente o cuando prefieras. ¡Ya me contarás cómo te sientes después de Ámsterdam! 😘
Gema dejó el móvil, me miró con esa chispa pícara y dijo,

—Así que… primero Ámsterdam. Luego la segunda sesión. Tengo tiempo de sobra para buscar y comprar todo lo que me recomendó Laura. Y cuando volvamos, voy a por todas.

Yo solo sonreí, imaginando ya cómo sería verla regresar de ese viaje, con la maleta llena de recuerdos y la cabeza llena de ganas de esa sesión más intensa.

Aquí quedaba todo en pausa, pero la promesa seguía ardiendo. Ámsterdam primero. La segunda sesión después. Y yo, contando los días .
Esa noche, en la habitación del hotel, el viaje tomó un cariz completamente sensual. Nos quitamos la ropa con prisa, ella todavía con el vestido subido por las caderas, yo empujándola contra la pared. ¡BAM! —la espalda de Gema chocó contra el yeso, el cuadro de encima tembló. La besé con hambre, mordiéndole el labio inferior mientras le arrancaba el vestido de un tirón. RASSSSHHH! —la tela cedió y cayó al suelo como un trapo mojado.

La levanté por los muslos generosos, esos muslos fuertes que se tensaban contra mis caderas, y la empalé de una sola embestida. ¡PLAPPPPP! —el sonido húmedo y carnoso resonó en la habitación. Los dos soltamos un ¡GRRRRRRRRR! animal al unísono.

Empecé a follarla contra la pared, profundo y rápido: PUM-PUM-PUM-PUM-PUM! cada embestida hacía que sus tetas rebotaran libres, los pezones duros rozándome el pecho. Ella clavaba las uñas en mi espalda, arañándome hasta dejar marcas rojas.

—Imagínate posando así para Laura —le susurré al oído mientras la clavaba más hondo, agarrándole el culo generoso con las dos manos, separando las nalgas para entrar más profundo—. Con el corsé apretándote las tetas, los ligueros marcando estos muslos tan fuertes… y luego subiendo una foto sutil a *********. Y al día siguiente, en la cafetería, sirviendo cafés a tíos que te han visto en lencería, que han fantaseado contigo.

¡PLAP-PLAP-PLAP-PLAP-PLAP-PLAP! —el ritmo se aceleró, su coño chorreando, salpicando contra mis muslos con cada golpe. ¡SPLASH-SPLASH-SPLASH! —jugos calientes cayendo al suelo, formando un charquito debajo de nosotros.

Ella gemía más alto, la voz rota: ¡AHHH! ¡JODER! ¡SÍÍÍ!

—O imagínate en una de esas ventanas… —jadeó, moviendo las caderas para recibirme más adentro, el culo rebotando contra mi pelvis—. En lencería negra, el culo alzado, golpeando el cristal… todos mirándome, deseándome… y yo mojada, sabiendo que tú estás fuera, viéndome, excitado porque soy tuya pero también de todos por un segundo. ¡AH! ¡AH! ¡MÁS FUERTE!

La bajé al suelo, la giré de un tirón y la puse de espaldas. La incliné sobre la cama, el culo respingón alzado como una ofrenda. Le di una nalgada brutal: ¡PLAAAAFFF! —la carne tembló, quedó marcada de rojo al instante. Ella soltó un ¡AHHHHHH, JODER! agudo y se arqueó más, ofreciéndose.

La penetré de nuevo desde atrás, agarrándola por las caderas y embistiéndola con toda la fuerza: PUM-PUM-PUM-PUM-PUM-PUM-PUM! —la cama crujía, el cabecero golpeaba la pared ¡BAM-BAM-BAM!. Su coño me apretaba como un puño caliente y empapado, succionándome con cada retirada.

—Y después vuelves al hotel —gruñí, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi polla, a punto de estallar—. Y me lo cuentas todo: cómo te miraban, cómo te ponía saber que te deseaban. Y yo te follo así, sabiendo que has sido la fantasía de medio Ámsterdam. ¡TOMA! ¡TOMA! ¡TOMA!

¡PLAP-PLAP-PLAP-PLAP-PLAP! —el sonido era obsceno, húmedo, imparable. Ella empezó a temblar violentamente, las piernas le fallaban.
¡AHHHHHHHHHHHHHH, JAVIIIIIII! —se corrió como una loca, gritando mi nombre, el coño contrayéndose en espasmos brutales: ¡SPLASH-SPLASH-SPLASH-SPLASH! —chorros calientes salpicando mis muslos, la cama, el suelo. Temblaba entera, las uñas clavadas en las sábanas, el culo rebotando todavía contra mí.

Yo no aguanté más. ¡GRRRRRRRRR! —la embestí tres veces más, profundo y salvaje: PUM-PUM-PUMMMMM! y me corrí dentro de ella, llenándola con chorros gruesos y calientes mientras rugía: ¡UFFFFFFF! —el semen goteando por sus muslos cuando me retiré despacio.
Nos derrumbamos en la cama, sudados, jadeantes, pegados. Mi polla todavía palpitaba dentro de su coño lleno y caliente. Gema apoyó la cabeza en mi pecho, respirando agitada, y susurró,

—Este viaje… ha sido más que vacaciones. Ha sido como un adelanto de lo que viene con Laura. Y joder, no puedo esperar a volver y hacer esa segunda sesión. Con todo lo que me pienso comprar. Con todo esto que siento ahora.

Yo solo la besé en la frente, la mano todavía en su culo caliente y enrojecido por las nalgadas.

—Cuando volvamos, Gema… vas a ser imparable. Y yo estaré ahí para verte arder.

Ella sonrió contra mi piel, todavía temblando ligeramente de las réplicas del orgasmo.

El dia siguiente mientras paseábamos por las calles animadas de Ámsterdam, con el sol de julio filtrándose entre los edificios antiguos y el bullicio de turistas y bicis por todas partes, Gema se detuvo de golpe delante de un escaparate que le hizo abrir los ojos como platos.

—Mira esto, Javi… ¡Es Hunkemöller! —dijo, casi susurrando, con esa mezcla de sorpresa y excitación que le salía cuando algo la pillaba desprevenida.

La tienda era la flagship store en la Kalverstraat, una de las calles comerciales más famosas y concurridas del centro, llena de gente y luces. El escaparate era puro imán: maniquíes altos y estilizados posando con lencería sexy y moderna —corsés negros con detalles de encaje, bodies de látex brillante, conjuntos de ligueros con medias de rejilla, tangas mínimos y sujetadores push-up que realzaban curvas imposibles—. Todo en tonos intensos: negro profundo, rojo pasión, rosa suave del brand, con toques de dorado y plateado que capturaban la luz y hacían que brillara desde lejos. Había elementos dinámicos en el escaparate: luces LED que cambiaban sutilmente de color, pasando del rosa al rojo intenso, resaltando los accesorios rojos y los detalles sensuales de la decoración.

Entramos, y el interior era aún más impresionante. La tienda era grande, con tres pisos conectados por escaleras elegantes y abiertas, unos 430 m² de puro espacio dedicado a la lencería. El diseño era moderno y lujoso, pero accesible: paredes en tonos rosados y negros con acentos en rojo (el color icónico de la marca), iluminación cálida y estratégica que hacía que cada pieza pareciera aún más tentadora. Había zonas diferenciadas para cada subcolección, un rincón para basics cómodos del día a día, otro para piezas más sexy y fetichistas con cuero falso y látex, otro para swimwear y bikinis veraniegos, y hasta un shop-in-shop para la línea deportiva HKMX.

En el centro, una perfume bar con fragancias exclusivas de la marca, y probadores amplios (hasta 13 en total, uno de ellos "experience" con espejos grandes y luces ajustables). Las dependientas —llamadas "lingerista"— iban vestidas de forma impecable, ofreciendo fit service gratis para medir y aconsejar tallas. Todo olía a una mezcla sutil de vainilla, flores y ese aroma limpio y seductor que tienen las tiendas de lencería premium.

Gema se quedó parada un momento, tocando con los dedos un corsé negro con ballenas que colgaba de un perchero, imaginándose ya con él puesto en la segunda sesión con Laura.

—Joder… esto es justo lo que necesito —murmuró, girándose hacia mí con los ojos brillantes—. Aquí puedo encontrar todo: el corsé que me apriete la cintura, los ligueros para estos muslos, el body de látex que se pegue al culo como una segunda piel… Como en el barrio rojo, pero para llevarlo a casa. Y contigo viéndome probarlo todo.

Yo solo sonreí, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. La tienda era un paraíso sensual en pleno centro de Ámsterdam: elegante, provocadora, llena de promesas. Y Gema, con su pelo castaño claro rubio cayéndole en ondas sobre los hombros, ya estaba mentalmente dentro de uno de esos probadores, lista para salir y posar para mí como si el mundo entero fuera su escenario.


Entramos en la Hunkemöller de la Kalverstraat esa tarde de julio, con el sol colándose por los grandes ventanales y el aire cargado de ese olor dulce y sutil a perfume y tela nueva. La tienda estaba animada: turistas, locales, parejas curiosas. Gema, con su pelo castaño claro rubio cayéndole en ondas sobre los hombros, ya tenía esa chispa en los ojos verdes que me decía que esto iba a ser más que una simple compra.
Cogió un montón de prendas —el corsé negro con ballenas, el body de látex brillante, el conjunto de ligueros con medias de rejilla, un collar de cuero fino, un tanga mínimo— y se dirigió al área de probadores. Justo enfrente había un diván amplio de terciopelo rosa oscuro, perfecto para esperar. Me señaló con una sonrisa pícara.

—Siéntate ahí, Javi. Y no te muevas. Quiero que me veas bien… como si ya estuviéramos en la sesión con Laura.

Me senté, las piernas abiertas, intentando disimular lo que ya empezaba a notarse en mis vaqueros. Gema desapareció detrás de la cortina gruesa del probador más grande. Al cabo de un minuto salió la primera vez.
Llevaba el corsé negro apretado, la cintura marcada al límite, las tetas medianas subidas y casi desbordando el escote de encaje. Los ligueros bajaban por sus muslos generosos y fuertes, tensando las medias negras de rejilla. Dio un paso adelante, giró despacio delante de mí, el culo respingón alzándose con cada movimiento.

—¿Qué tal? —preguntó en voz baja, pero lo suficientemente alta para que la dependienta cercana sonriera cómplice.

—Joder, Gema… estás para devorarte.

Ella se rio bajito, pero ya no había vergüenza en su mirada. Solo fuego. Volvió al probador y salió con el body de látex. La tela negra brillante se pegaba a cada curva como una segunda piel: el culo generoso marcado perfectamente, los muslos fuertes delineados, el coño sutilmente insinuado por la presión del material. Se puso de espaldas, arqueó la espalda y miró por encima del hombro.

—¿Esto es lo que Laura quería? —susurró, pero ya no bajaba la voz tanto. Un par de clientas cercanas miraron de reojo, una con aprobación, otra con envidia.

Yo asentí, la polla dura como una piedra, el corazón latiéndome en los oídos. Cada vez que salía, perdía un poco más la vergüenza. El paseo de modelos se volvió más descarado: caminaba hacia mí con pasos lentos, se giraba, se tocaba la cintura, se mordía el labio inferior. En una ocasión se inclinó hacia adelante, dejando que el escote del corsé bajara lo justo para que viera el inicio de sus pezones duros. Otra vez se apoyó en la pared del probador, una pierna flexionada, el muslo tenso y brillante bajo las medias.

La tienda seguía su ritmo, pero yo sentía todas las miradas: la dependienta que pasaba fingiendo ordenar perchas, un chico que esperaba a su pareja y no podía disimular que nos miraba, una mujer mayor que sonreía con picardía. Gema lo notaba también, y en vez de achantarse, se exhibía más. Era como si el barrio rojo de Ámsterdam hubiera despertado algo en ella que ahora explotaba aquí, en público pero controlado.

Al final, después de probarse el conjunto completo —corsé, ligueros, body encima, collar de cuero al cuello—, se acercó al diván, se inclinó hacia mí con las tetas casi rozándome la cara y me susurró al oído:
—Javi… estoy mojada solo de verte así de cachondo. Y de saber que me están mirando. Quiero fotos. Hazme fotos con el móvil para mandárselas a Laura. Que me diga si esto es lo que tenía en mente… o si tengo que ir más fuerte.

Saqué el móvil con manos temblorosas. Ella se alejó unos pasos, posó: de perfil con el culo alzado, de frente con las manos en las caderas, de espaldas arqueando la espalda. Disparé varias veces, el flash apagado para no llamar demasiado la atención, pero aun así un par de personas miraron curiosas. Gema no se inmutó; al contrario, sonrió más, se mordió el labio y cambió de pose.

Cuando terminamos, volvió al probador a cambiarse, pero antes me dio un beso rápido y profundo, rozándome la polla dura con la rodilla.

——Estas fotos van directas a Laura y esta noche, en el hotel… me pongo todo esto otra vez —susurró, rozándome la polla dura con la palma de la mano por encima del vaquero—. Y te dejo que me folles como si estuviera posando para medio Ámsterdam. Porque ahora mismo… siento que podría hacerlo. Aquí mismo. Delante de todos.

Salimos de la tienda con las bolsas llenas y el pulso acelerado. Gema caminaba delante, el culo moviéndose bajo el vestido corto, el pelo rubio claro brillando al sol. Y yo, detrás, sabía que esa tarde en Hunkemöller había sido solo el aperitivo.

La segunda sesión con Laura iba a ser el plato fuerte.

Y Ámsterdam nos había dado el combustible perfecto para arder.
 

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Última edición:
Esa noche, después de salir de Hunkemöller con las bolsas cargadas de promesas obscenas, el camino de vuelta al hotel se convirtió en una agonía lenta y deliciosa. Gema caminaba delante, el vestido corto adherido como una segunda piel a sus muslos gruesos y sudorosos, el culo respingón y carnoso balanceándose hipnóticamente con cada paso, el pelo castaño claro casi rubio capturando las luces ámbar de los canales. Yo a su lado, la polla tan dura que dolía contra la cremallera, sabiendo que esa polla patética que yo poseia, nunca sería suficiente, para una mujer tan potente como ella… y aun asi queria... deseaba que esa noche presenciara cómo su coño se convertía en un agujero abierto, caliente y tembloroso bajo su propia mano.

El hotel boutique era perfecto, paredes delgadas como papel, vistas al canal negro donde barcos turísticos pasaban despacio con luces apagadas por la noche, ventanas sin cortinas completas, ecos de gemidos lejanos que se colaban desde otras habitaciones —y quizás de mirones ocultos en las azoteas o balcones cercanos.

En el ascensor, ella intentó pegarse, rozándome la entrepierna con el muslo caliente, pero le agarré ambas muñecas con una sola mano, se las subí por encima de la cabeza y las aplasté contra el espejo del fondo. Con la otra mano le apreté la garganta.

--No te muevas, zorra exhibicionista. aun esta empapada recordando como te has dejado ver delante de todos.

--Si-sí, Amo… cornudo inútil… que me miren… ¿Quieres que me vean metiéndome la mano entera?… porque tu polla de mierda nunca me ha abierto ni un poco… —susurró, la voz temblorosa, los ojos verdes vidriosos de vergüenza y excitación pura—. ¿Sabes lo patético que eres? Ni siquiera necesitas tocarme para que me moje… te gusta imaginarme con pollas de verdad.

Al entrar en la habitación —luces ámbar bajas, cama king size, espejo enorme frente a la cama y otro junto a la ventana abierta al canal—, soltó las bolsas y se quedó inmóvil en el centro, esperando.

--Desnúdate. Lentamente. Mantén los ojos en la ventana oscura. Quiero que sientas que hay alguien ahí fuera grabándote mientras te desnudas para ponerte algo de los que te has comprado en esa tienda de guarras.

Gema obedeció con risitas nerviosas y crueles, mirando hacia la ventana entreabierta mientras se desnudaba. El vestido cayó. Sujetador liberando tetas con pezones duros. Bragas empapadas bajando, el olor almizclado y salado de su excitación inundando la habitación como un perfume crudo.

--Pobrecito cornudo… mira cómo te palpita ese rabo minusculo solo de imaginar que me estan mirando —se burló mientras gateaba hacia mí, culo en pompa, tetas balanceándose—

-- Abre esa boquita de zorra que tienes. Trágate mis dedos porque mi polla pequeña ni te llega a la garganta.

Le metí tres dedos en la boca, follándole la garganta mientras le daba cachetadas: PLAF… PLAF… PLAF… , la saliva inundaba su boca y pequeñas lágrimas comenzaban a verterse desde sus ojos.

--Mírate, tragándote mis dedos porque mi polla pequeña no te llena. Hoy vas a ser mi juguete de Ámsterdam… pero sobre todo el festín visual de voyeurs ocultos viendo cómo te tocas para mi. Vas a suplicar que te espíen mientras yo miro como el cornudo inútil por el que me tomas. ¿Quieres que abra más la ventana y deje que los barcos pasen despacio, luces bajas, ojos invisibles devorándote mientras te metes la mano entera?

--Por favor… Amo cornudo… abre la ventana… que me miren como mi mano me da el placer que tu no me das… que graben cómo mi coño se abre… porque tu polla de juguete nunca me ha hecho sentir nada… —balbuceó, ahogada—. Eres tan patético que solo sirves para imaginarme y exhibirme para otros… para ver cómo me destrozo yo misma porque tú no puedes.

La levanté por el collar, la puse de pie y la empujé contra la ventana abierta, aprete sus manos a la espalda, arqueada al máximo, tetas presionadas contra el cristal frío, culo hacia la habitación exponiendo su coño a la noche.
-- ¿Asi es como te gusta verte guarra?
-- Ahh! No, asi es como te gusta a ti, que me vean, como hoy has dejado que me viesen en la tienda... ¡CORNUDO! -respondió Gema-

La tiré boca abajo sobre la cama, su culo en pompa, los brazos flojos por detrás para que pudiera alcanzar su coño.

--Métete la mano. Tócate el coño, quiero ver como lo haces imaginando como otros te tocan. Hazlo lento, que yo vea y sienta cada detalle, como te chorrea pensando otros, como gimes, los sonidos, el olor. Dime cómo se siente cada centímetro… y repite lo inútil que soy.

Gema gimió -- AJJJJ, atrangantada, con su propia saliva, como un animal herido y excitado. Separó los labios hinchados y empapados con los dedos de la otra mano, exponiendo la entrada roja y brillante de jugos espesos. El olor femenino fuerte a sudor y fujos salados que le daba la excitación extrema. Respiró hondo, temblando, y colocó la palma abierta contra la entrada. Presionó despacio… los nudillos se encontraron con la resistencia inicial, la carne suave y caliente cediendo milímetro a milímetro. Un gemido profundo escapó de su garganta cuando los nudillos más anchos empezaron a abrirla, ¡SCHLURP!, POR DIOS!!, AAAAAHH!!!, El sonido fue viscoso, como carne húmeda siendo succionada, seguido de un chapoteo suave cuando los dedos se curvaron dentro.

--Joder… siento los nudillos abriéndome… como si me partieran en dos… el calor dentro es abrasador, mIira como se estira mi coño!!!… duele… pero el dolor pero me muero de placer que me hace chorrear más… —jadeó, empujando más—. Ahora la palma entera…

-- ¡AHHHH! volvio a gemir Gema. La presión en el clítoris desde dentro… el antebrazo entrando… el coño caliente y humedo se cierra alrededor de su muñeca. Nunca había sentido tanta plenitud… tenia el coño tan lleno que apenas respiraba… y yo, un cornudo de mierda, ni siquiera llegaria a la mitad de su mano con una polla tan ridícula… era un cero a la izquierda, y pensaba que solo servia para imaginarme a Gema abrise para pollas de verdad.

La mano desapareció por completo, muñeca hundida, entrando hasta la mitad, el coño dilatado obscenamente alrededor de su propia extremidad. Los labios vaginales, rojos e hinchados, se estiraban al límite, brillando con una capa espesa de lubricación natural que goteaba por su muñeca y caía en hilos al colchón. El olor era abrumador, sexo crudo, y guarro, que Gema habia escondido durante años. Empezó a mover su mano, lento al principio, sintiendo cada roce interno —la textura rugosa del punto G contra los nudillos, las contracciones involuntarias de las paredes vaginales apretando su antebrazo como si quisieran retenerlo—, luego más rápido y profundo, el puño curvado golpeando el fondo de su utero, el antebrazo entrando y saliendo hasta donde lograba introducirlo. Cada movimiento producía sonidos brutales: ¡SCHLOP-SCHLOP-SCHLOP! Chapoteos húmedos, succiones, gorgoteos obscenos cuando el aire entraba y salía del túnel dilatado.

-- ¿Te gusta? - pregunto Gema, así es como quiero que me lo hagan, y contigo no tento ni para comenzar... ¡PIDEMELO!. ¡PIDEME QUE QUIERES VERME COMO ME FOLLAN!

Tenia mi pequeño rabo entre mis manos, intentando no pajearme muy rapido para no correrme pronto, sus palabras me pusieron muy burro y entonces me lance sobre ella. La penetré brutalmente, entro rapida, casi sin esfuerzo, solo un pequeño sonido, ¡CHOP!, senti la presión aterradora de su puño entero contra mi polla ridícula a través de la pared vaginal fina y estirada. Era como follar un túnel caliente, dilatado al extremo y lleno al mismo tiempo; cada embestida chocaba contra su antebrazo desde dentro, amplificando la sensación de ser insuficiente.

-- Joder!!!… nunca te había visto el coño tan dilatado… —gruñí, mirando hacia abajo con fascinación y humillación absoluta—. Mira cómo se abre alrededor de tu puño entero… los labios estirados como goma roja y brillante, el agujero profundo y tembloroso que palpita con cada bombeo… -el calor que irradia es brutal, el olor a sexo puro me marea… y mi polla patética ni siquiera roza las paredes que tú misma estás abriendo…
--Los mirones del canal deben estar flipando viéndote, tan guarra… dilatada hasta este punto porque mi cosita nunca te ha bastado. Joder, con esto tan abierto… imagínate varios hombres follándote uno tras otro, pollas grandes y gordas entrando y saliendo mientras yo miro como un cornudo patético… y luego dos a la vez follándote este coño de guarra al que no soy capaz de llenarte, ¡¡ joder siiiii!! Te caben de pollas en este coño!!!! Aaaa !!!, dos pollas enormes metidas juntas en este túnel de guarra que tienes!!! ¡¡Dimello!! Dime que quieres que ocurra!!!!!!..... que te dilanten el coño como yo no puedo que te follen sin piedad hasta que te corras y grites sus nombres, no el mío… que me obligues a mirar, sabiendo que tu coño nunca volverá a ser el mismo.

--JODER SI!!! Quiero que me la metan como dios manda, no esa penosa pollita que tienes, AAAH, quiero sentirla rozando mis paredes internas… el puño golpeando el fondo…

El coño se le contrae alrededor de su muñeca como si quisiera tragársela… chorro tras chorro saliendo con cada salida… el estiramiento es tan extremo que siente el pulso en el clítoris desde dentro…

-- Tu polla es nada comparada con esto… —jadeó, bombeando más rápido—. Imagínate un grupo de tíos mirando por la ventana… grabando cómo necesito meterme mi mano hasta el codo… para saber que me estas follando, … como me dicen que soy una zorra pública que se merece mas… que después se pajearán recordando, cómo me corro con la mano metida mientras tú, cornudo inútil, solo puedes follarme mal… y sí, con este coño tan dilatado… quiero que varios hombres me follen en grupo, que dos a la vez me follen el coño, doble penetración, sintiendo sus pollas rozarse dentro de mí mientras me parto de placer… porque tú nunca podrías darme ni la mitad de esto, cornudo de mierda… solo sirves para limpiar después.

--Metete la mano más adentro, zorra, si joder! JODER!!, QUE GUARRA ERES, cuentame mas de como lo quieres hacer, dime como te los follarias a todos...

—Siento el antebrazo enterrado… el calor sofocante dentro de mí… las paredes vaginales ardiendo… cada vez que muevo mi mano siento placer y dolor a la par, que me llegan al vientre… mira como me palpita el clítoris palpita sin tocarlo… el sonido de mi coño succionando mi puño… ¡SCHLOP! ¡SCHLOP! … me vuelve loca… cornudo de mierda… ¡AHHH! ¡Eres tan patético que ni siquiera notas lo mojada que estoy por otros! ¡Quiero que me graben en secreto para que miles me vean después con el coño destrozado por mi propio puño! Y que luego vengan varios hombres a usarme… a follarme en cadena como quieranl, dos pollas gruesas metidas a la vez en mi coño abierto, rozándose dentro mientras me corro gritando… porque tú solo sirves para mirar, cornudo asqueroso.

-- ATAME!!!, USAMMEEE COMO LA PUTA QUE SOY!! frente a la ventana abierta toda la noche… con el culo fuera hacia el canal… y deja que los barcos nocturnos pasen despacio, que se turnen para pajearse viéndome… y luego invita a varios desconocidos a entrar y follarme... JODER!!! HAZLO!!, HAZLO!!!, AAA, MIRA COMO ME ENTRA Y SALE!!

Eso la hizo explotar. Se corrió con violencia animal, su coño convulsionando alrededor de mi polla minúscula y de su propio puño entero, varios chorros potentes y continuos lo salpicaron todo, ¡SPLASH! ¡SPLASH! ¡SPLASH! El cuerpo temblando en espasmos incontrolables, y su puño aquel puño profante, todavía dentro prolongando el orgasmo hasta casi desmayarse, ¡AHHH! ¡JAVIII! ¡CORNUDO INÚTIL! ¡MÍRAME! ¡SIENTO TODO! ¡ME MUERO DE PLACER! ¡QUE VENGAN MÁS POLLAS A FOLLARME EL COÑO A LA VEZ! ¡TÚ SOLO SIRVES PARA LIMPIAR!

Saqué su puño lentamente con un sonido húmedo y prolongado ¡SCHLOOORP!, la mano brillante y temblorosa, el coño dilatado y abierto --nunca lo había visto tan ancho, tan usado, tan mío y tan ajeno al mismo tiempo. La embestí tres veces más, sintiendo su desprecio en cada contracción. ¡CHOP! ¡CHOP! ¡CHOP! Me corrí dentro con un gruñido patético, varios chorros débiles mezclándose con sus jugos, desbordádos. Solo pude incorporarme y mirar su coño dilatado al extremo goteando mi semen inútil. La saque despacio a la vez que ella sacaba su mano, y ella, ella me miró con ojos crueles y satisfechos.

--Joder, Javi… ha sido bestial… que sensación… el estiramiento, el calor, los sonidos… y tú fantaseando con varios hombres follándome y haciéndome doble penetración , dos pollas a la vez follándome el coño… si la segunda sesión con Laura incluye mirones… —susurró, rozándome la polla flácida con la mano todavía húmeda y temblorosa—, … y que tú mires... eso me pone muy guarra.

-- Me quede callado, sin saber ni que pensar, ni que decir, como cuando acabas una fiesta inmejorable que echas de menos al instante, pero que sabes que aquello no se puede repetir.

Ámsterdam fue solo el calentamiento.
 

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EL VUELO

El regreso a casa desde Ámsterdam fue como si el viaje no hubiera terminado del todo. El vuelo de vuelta era nocturno, el avión medio vacío, luces bajas y ese ambiente somnoliento que invita a todo menos a dormir. Gema se había vestido para el viaje con esa mezcla de comodidad y provocación que solo ella sabe llevar: una minifalda negra muy corta, de esas que apenas cubren el culo respingón cuando se sienta, y debajo solo un tanga mínimo de encaje. Arriba, una camiseta fina de tirantes blanca, ajustada, sin sujetador. Los pechos altos se marcaban con claridad, los pezones endureciéndose con el aire acondicionado del avión y rozando la tela cada vez que se movía. El pelo castaño claro rubio suelto, cayéndole sobre los hombros, y ese bronceado de julio que todavía le daba un glow irresistible.

Nuestros asientos eran en fila de tres: yo en el pasillo, Gema en el medio, y un hombre mayor —cincuenta y tantos muy largos, moreno, bien vestido pero cómodo, auriculares colgando— en la ventanilla. Al principio fue todo normal: ella se sentó, cruzó las piernas —¡CRAC!—, la minifalda subió lo justo para mostrar el inicio de los muslos generosos y fuertes. Yo la miré de reojo, sabiendo que sin sujetador cada movimiento hacía que sus tetas se movieran ligeramente y que el hombre de al lado lo notara también.

Apenas despegamos, Gema se inclinó hacia mí para susurrarme algo al oído, pero al hacerlo su pecho rozó mi brazo y el hombre giró la cabeza Ella lo pilló mirando. En vez de cubrirse o cambiar de postura, sonrió despacio —esa sonrisa lenta y peligrosa— y se acomodó mejor, abriendo un poco más las piernas, dejando que la minifalda subiera hasta el límite. El tanga negro asomó apenas, un detalle que solo él y yo vimos porque estábamos tan cerca.

Y entonces susurró a mi oído…

—Sabes… aún me dura el calentón, cornudo…!!

Aquella frase me sorprendió, giré la cabeza de lado a lado, como intentando decir que no.

—No digas que no, sabes que solo pensarlo ya se te está poniendo dura esa polla chica que tienes, y lo hizo con el tono algo más alto, como buscando que el hombre lo escuchara.

El tonteo empezó sutil. Ella pidió agua a la azafata, se inclinó hacia adelante para coger el vaso, y sus tetas se apretaron contra la camiseta fina , los pezones duros marcándose como si pidieran atención. El hombre tragó saliva se removió en el asiento . Gema se giró hacia él, fingiendo inocencia.

—¿Te molesta si me apoyo un poco? —le preguntó, con voz suave, casi ronca.
—No… para nada —balbuceó él —¡EHHH-EHHH!—, los ojos bajando inevitablemente al escote.

Ella se rio bajito , se recostó un poco más hacia su lado, el muslo rozando el suyo . Durante el vuelo hablaron de Ámsterdam, de los canales, del barrio rojo. Gema le contó lo del barrio rojo con esa naturalidad provocadora, describiendo las ventanas iluminadas, las chicas en lencería, cómo se exhibían sin complejos. Él se ponía rojo, pero no apartaba la mirada. Ella cruzaba y descruzaba las piernas, la minifalda subiendo más cada vez, el tanga asomando, los muslos fuertes tensándose. En un momento se inclinó hacia él para enseñarle una foto en el móvil , y al hacerlo su pecho rozó el brazo del hombre , que se quedó quieto, la respiración acelerada

Yo miraba todo desde mi asiento, la polla dura bajo los vaqueros, excitado por verla jugar así. Ella me lanzaba miradas de reojo, mordiéndose el labio inferior carnoso, sabiendo perfectamente lo que me estaba volviendo loco.

El tonteo iba incrementando los roces, miradas y comentarios subidos de tono y el aire entre los tres empezaba a cargarse. Gema se había girado un poco más hacia el hombre, el cuerpo inclinado, el hombro casi pegado al suyo. La minifalda ya no intentaba siquiera cubrir nada, al sentarse de lado, la tela se había subido hasta la cintura y el tanga negro de encaje quedaba completamente a la vista, apenas un triángulo diminuto que se perdía entre sus nalgas redondas y firmes. Ella lo sabía. Y lo disfrutaba.

—¿Sabes? —le dijo al hombre en voz baja, pero lo suficientemente clara para que yo también la oyera—, en el barrio rojo hay chicas que se quedan ahí sentadas horas, enseñándolo todo… y a veces solo con un tanguita como este. —Señaló con un dedo el borde del encaje que rozaba su piel bronceada ¿Crees que se mojan solo con que las miren?

El hombre tragó saliva audiblemente. Sus manos estaban apoyadas en los muslos, los dedos crispados

—No… no lo sé —respondió con la voz ronca—. Pero… imagino que sí .

Gema soltó una risita suave, casi felina .

El hombre aún miraba el borde del tanga de Gema, levantó la mirada mirando hacia mí.
—¿Y… él quién es? —preguntó en voz baja, casi un susurro ronco, señalándome con un leve movimiento de cabeza. ¿Es… tu novio? ¿Tu amigo?

Gema soltó una risita baja, traviesa sin apartar la mirada de mí ni un segundo. Se inclinó un poco más hacia el hombre, dejando que su pecho rozara el brazo de él
.

—Solo es mi marido —dijo con esa naturalidad provocadora que me volvía loco—. Y no te preocupes… le gusta mirar.

Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior y luego añadió, mirándome fijamente a los ojos

—Le encanta. Se pone durísimo cuando imagina que otro me toca, cómo me haría gemir… mientras él se queda ahí, quietecito, sin poder hacer nada más que mirar y ponerse como una piedra sin que nadie lo toque .
El hombre dejó escapar un sonido entre sorpresa y excitación —¡HA-HA-HA!—, como una risa incrédula. Su mano se posó en la pierna de ella, con confianza, deslizándola arriba y abajo, y cuando lo hizo Gema soltó un gemidito agudo —¡EEEEP-EEEEP!—, las caderas se le movieron involuntariamente hacia adelante

—¿En serio? —preguntó él, ahora ya sin disimular la curiosidad morbosa—. ¿Y a ti… te gusta que él mire?

Gema asintió despacio, sin apartar los ojos de mí.

—Me pone cachonda saber que está sufriendo de gusto. Que se muere por tocarme… pero no puede. Que solo puede mirar

—Míralo —le dijo al hombre, señalándome con la barbilla. Mírale la cara. Está rojo, está temblando… y apuesto a que ya está excitado solo de vernos hablar.

Y era real, mi pollita apretaba lo que podía dentro del pantalón , mi corazón latía fuerte —¡DUM-DUM-DUM-DUM-DUM!—, y mi cabeza estaba a medias entre pedirle a mi mujer que parara o que se lo follara en el baño del avión. Yo no podía negarlo. La tenía dura hasta el punto del dolor, el prepucio retraído, la punta mojada filtrándose a través de la tela. Cada palabra de Gema era como un latigazo directo a mi excitación humillante

El hombre sonrió por primera vez, una sonrisa lenta, casi cruel —¡JAJAJA!—. Volvió a mirarme un segundo, evaluándome, y luego volvió a mirar a Gema.

Sin más preámbulos, metió la mano bajo lo poco que ya cubria la minifalda. Gema volvió a arquear la espalda contra el asiento , los ojos entrecerrados.

Ella me miró, los ojos vidriosos de placer, la boca entreabierta.

—¿Quieres que siga? —susurró entre jadeos —¡HUFF-HUFF-HUFF!—. Así es como te gusta verme… mientras tú solo miras.

Y siguió moviendo las caderas al ritmo que la mano del desconocido tocaba ya el encaje del tanga, sin que este apartara la mirada del rostro de ella buscando una expresión de placer.

—Javi… me está tocando… el viejo me está metiendo mano en el avión… ¿cornudo, te pone cachondo verme así? Dímelo, ¿quieres que deje que siga tocándome?.

Me rocé mi polla intentando situarla bien dentro de mis pantalones , la presión dentro de ellos me molestaba, no logré articular palabra, solo asentí con la cabeza y un leve susurro ¡SIIIII!!

Gema tomó la mano derecha del hombre con suavidad , la llevó despacio hasta al interior de sus braguitas. Los dedos de él temblaron un instante al sentir la piel cálida

Ella abrió un poco más las piernas , el tanga quedó a la vista, húmedo ya, pegado a los labios hinchados

Los dedos masculinos rozaron primero el encaje —¡BRUSH-BRUSH!—, trazando el borde. Luego apartaron la tela mínima a un lado —¡FLICK-FLICK-FLICK!—. Cuando la yema del dedo corazón encontró el clítoris hinchado, Gema dejó escapar un suspiro silencioso —¡HAAAAA… HAAAAA!—. Él empezó a mover los dedos en círculos lentos, suaves —¡SLICK-SLICK-SLICK-SLICK-SLICK!—, mientras con la otra mano le apartaba el pelo del cuello , y se inclinaba para depositar pequeños besos húmedos justo debajo de la oreja —¡CHU-CHU-SMACK-SMACK-SMACK!—

Gema giró la cabeza hacia mí un instante. Sus ojos brillaban con lujuria y burla.

—Tiene sus dedos sobre mi coño… ¿lo estás disfrutando…?

Luego volvió a cerrar los ojos y se mordió el labio inferior

El hombre le tomó la mano y la guió hasta su entrepierna. Los dedos de Gema se cerraron sobre el bulto. Empezó un movimiento lento, arriba y abajo, mientras él seguía frotándole el coño con dos dedos ahora, antes de introducirlos despacio.

El hombre aceleró un poco el ritmo, curvándolos hacia arriba, la hizo arquear la espalda apenas —¡AAAHHH-AAAHHH-AAAHHH!—

Gema bajó la cremallera Metió la mano dentro, sacó la polla gruesa, caliente . La agarró con firmeza y comenzo un sube y baja lento pero perfecto extendiendo la humedad con el pulgar .

Ambos se pegaron, juntaron sus labios , comenzaron a besarse , como si yo no existiera. Sus manos se movían al mismo ritmo. Dedos dentro de ella —¡PLOP-PLOP-PLOP-PLOP-PLOP!—, la mano alrededor de él se escuchaba la piel de su polla subir y bajar. Suspiros cortos y respiraciones entrecortadas . El pulgar de ella presionando debajo del glande. Él metiendo los dedos más profundo, frotando el clítoris rápido

Y una pregunta de gema, sin mirarme cruzo aquel silencio ¿Quieres que se la coma cornudo?

Y aquello los hizo estallar, casi al unísono, se tensaron mientras se comían la boca, un último suspiro largo de Gema —¡AAAAAAAAAHHHHHHHHHH…!—, un gruñido bajo del hombre —¡GRRRRRRRRR-GRRRRRRRR!—. La polla palpitó fuerte , chorros calientes salpicando la mano de ella . Al mismo tiempo, el coño de Gema se contrajo alrededor de los dedos, orgasmo silencioso y jadeo apenas audible —¡HAAAAA… HAAAAA…!—

Después, quietud. Solo respiraciones calmándose —¡SIGH-SIGH-SIGH-SIGH…—

Gema sacó la mano despacio, retiro la lefa que quedaba sobre la polla de el, y disimuladamente se limpio los dedos con su propia boca, golosa, dejándolos limpios y húmedos, cuando termino volvió a tomar la polla del hombre, se la guardo dentro del pantalón le subió la cremallera con torpeza, todavía temblando. Ninguno dijo nada.

Ella se giró hacia mí, me miró con esa sonrisa satisfecha y perversa, y susurró bajito, solo para mis oídos

—¿Ves, cornudo? Todavía me dura el calentón… y a ti también y me beso...

El comandante del avión comenzaba a avisar que llegábamos a nuestro destino.
 

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SEGUNDA SESION DE FOTOS
Llegamos a nuestra ciudad ya de madrugada. El aeropuerto desierto, el taxi silencioso. Gema se sentó detrás conmigo, la minifalda subida hasta la cintura, el tanga mojado pegado al coño. Me besó en el cuello mientras el taxista conducía, susurrándome,

—Joder, Javi… me he puesto tan cachonda con ese hombre y ni siquiera le hemos preguntado su nombre...

En casa, apenas cerramos la puerta, nos quitamos la ropa con prisa. Pero antes de follar, Gema cogió el móvil, todavía con el tanga puesto y las tetas al aire.

—Voy a escribirle a Laura ahora mismo —dijo, la voz temblorosa de excitación—. Quiero fijar la segunda sesión ya. No aguanto más.
Marcó el número y comenzó a escribir

—Laura… soy Gema. Acabamos de llegar de Ámsterdam y… joder, necesito esa segunda sesión ya. He comprado todo: corsé, ligueros, body de látex, collar… y el viaje me ha dejado con unas ganas locas. ¿Cuándo puedes?

Serían las nueve de la mañana cuando el whatsapp del teléfono de gema sonó.

Laura ponía iconos de la carita sonrojada 😳.

—Bienvenida de vuelta, reina. Me alegro de que Ámsterdam te haya dado ese empujón. Tengo hueco el próximo viernes por la tarde, a las 6. Trae todo lo que has comprado… y si quieres, trae también esa energía que se te nota en la voz. Va a ser brutal.

Gema sonrió, se mordió el labio, y miró hacia mí con ojos brillantes.

—Perfecto. Viernes a las 6. Nos vemos.

Colgó, tiró el móvil al sofá y se acercó a mí, quitándose el pijama como quien se deshace de un envoltorio

—Ahora sí —susurró, empujándome hacia el dormitorio—. Fóllame pensando en todo lo que hemos hecho en el viaje y como he pajeado a ese tio del avión… y en cómo el viernes voy a posar para Laura con todo esto puesto, sabiendo que Laura me va a fotografiar vestida como una puta.

Y así empezó la cuenta atrás. El regreso había sido solo el preludio. La segunda sesión ya tenía fecha.


Tumbada en el sofá con una de mis camisetas viejas que le llega a medio muslo, el pelo castaño claro rubio revuelto, los muslos generosos cruzados, el culo respingón apoyado en el cojín. Yo estaba sentado a su lado, todavía con el corazón acelerado por un polvo excesivamente fugaz, en el que el recuerdo del tipo del avión, hizo que me corriera demasiado rápido, dejándola a ella a medias.

El silencio se alargó un poco más de lo normal. Ella jugueteaba con el borde de la camiseta, mordiéndose el labio inferior como cuando algo le ronda la cabeza y no sabe cómo soltarlo. Al final fui yo quien rompió el hielo.

—Gema… —empecé, la voz baja, casi un susurro—. ¿Tú también lo estás pensando? Todo esto… el viaje, las fotos, lo del avión, la sesión con Laura que viene… Somos una pareja cerrada, siempre lo hemos sido. Pero joder, nos está llevando a un sitio que no tenía previsto. Y lo peor… o lo mejor… es que me está gustando.... o mejor dicho, nos está gustando y mucho. Pero no sé hacia dónde vamos. No sé hasta dónde vamos a llevar.

Ella levantó la vista, los ojos verdes clavados en los míos, y por un segundo vi un destello de vulnerabilidad que rara vez deja salir. Luego sonrió despacio, esa sonrisa lenta que me desarma.

—Sí, Javi. Lo pienso he pensado también —dijo, acercándose más, apoyando la cabeza en mi hombro—. Al principio era solo curiosidad. Las fotos de Laura, revivir lo de los desfiles de bikinis cuando era joven… Pero Ámsterdam… el barrio rojo, las chicas en los escaparates, lo ocurrido en el avión… me ha despertado algo dentro. Me pone cachonda saber que me miran, que me desean, que tú me ves deseada y tocada por otros. Y luego cuando fantaseamos en la cama, cuando me follas imaginando que otra persona me toca, o que alguien entra y me ve… no es solo sexo. Es como si estuviéramos probando límites que ni sabíamos que teníamos.

Hizo una pausa, se mordió el labio otra vez, y siguió.

—No quiero abrir la relación como tal. No quiero que tú te acuestes con otras ni que yo tenga un amante fijo. No es eso. Pero… sí quiero que esto siga creciendo. Quiero posar para Laura con todo lo que hemos compramos, sentirme expuesta, poderosa, deseada. Quiero hacerme esas fotos y quizás suba alguna sutil a mi Insta y sepa que gente de la cafetería las ve. Quiero que en la cama sigamos fantaseando con tríos, con mujeres tocándome, con desconocidos mirándome en público… y que después me folles tú. Porque al final, siempre eres tu quien está a mi lado, siempre eres tú el que me toca de verdad.

La miré fijamente, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso.

—¿Y si un día nos pasa de verdad? —pregunté, la voz ronca—. ¿Si en la sesión con Laura te animas a algo más? ¿O si en una noche de copas alguien se acerca y…?

Ella se incorporó, se sentó a horcajadas sobre mí, las manos en mis hombros, la camiseta subiéndose y dejando ver que no llevaba nada debajo.

—Entonces hablamos. Siempre hablamos. Si en algún momento uno de los dos dice “hasta aquí”, paramos. Pero ahora mismo… joder, Javi, me flipa verte cachondo cuando me miran otros. Me flipa verte lo cachondo que te pusiste en el avión porque ese tipo me tocaba el coño. Me flipa imaginar que Laura nos hace fotos a los dos, o que una mujer se une un rato en la fantasía… y luego tú me follas tan fuerte que me olvido de todo menos de ti.

Me besó despacio, profundo, la lengua enredándose con la mía, el coño caliente rozándome por encima de los vaqueros.

—No sé hasta dónde llegaremos —susurró contra mi boca—. Quizás nos quedemos en fantasías y sesiones privadas. Quizás un día probemos algo real, con reglas claras, solo una vez, solo para ver. O quizás no. Pero lo que sí sé es que ahora mismo estamos disfrutando como nunca. Y mientras los dos queramos seguir… sigamos. Paso a paso. Sin prisa. Pero sin miedo.

La agarré por las caderas, apreté ese culo generoso que se movía despacio sobre mí.

—Vale —le dije, la voz entrecortada—. Paso a paso. Pero el viernes, cuando vayas a la sesión con Laura… quiero que me lo cuentes todo. Cada pose. Cada mirada que te dé. Y cuando vuelvas… quiero que me folles pensando en todo lo que has sentido. Y si en algún momento quieres más… me lo dices. Y lo hablamos. Porque esto… esto es nuestro.

Ella sonrió, —Trato hecho, Javi y ahora a trabajar que los viajes no se pagan solos y las sesiones de fotos tampoco.





Llegó el viernes. El día de la segunda sesión con Laura.

Gema se levantó temprano, con esa energía nerviosa y eléctrica que ya le conocía, el estómago encogido, pero los ojos verdes brillando de anticipación.

Se metió en la ducha, se depiló todo —coño, dejando un pequeño hilo de pelitos vertical, piernas, culo, axilas— hasta quedar suave como la seda. Luego se maquilló con cuidado, ojos ahumados intensos que hacían que el verde resaltara aún más, pestañas largas, labios rojos oscuros y brillantes que parecían pedir ser mordidos. El pelo suelto en ondas naturales, cayéndole por la espalda.

Se vistió para el viaje al estudio, uu pantalón corto tipo short, de cuero negro brillante, elastico y ajustado como un guante y marcaba ese minúsculo tanga que se había puesto, no dejaba nada a la imaginación, y encima una blusa fina de seda blanca sin sujetador, los pechos medianos y altos marcándose con claridad, los pezones ya duros por los nervios y el roce de la tela.

—Mírame bien, Javi —susurró—. Esto es lo que Laura va a ver hoy… y lo que tú vas a imaginar toda la tarde.

El corsé, los ligueros y el body de látex ya estaban en la bolsa, junto con el collar de cuero. Me besó profundo, la lengua enredándose con la mía, la mano rozándome la polla dura por encima de las bermudas

—Cuando vuelva… te lo cuento todo. Cada vez que me he mojado pensando en ti y en como seria que los demás me vieran así.

Y se fue. La vi bajar las escaleras, el culo prieto y los muslos generosos y fuertes, que el vecino del tercero no pudo evitar mirar. Cerró la puerta del portal y desapareció.

Yo me quedé solo en casa, la polla palpitando, contando las horas.

Volvió pasadas las once de la noche. Entró con las mejillas encendidas, el pelo revuelto, los labios hinchados de tanto morderse, y una sonrisa que era mitad vergüenza, mitad triunfo absoluto. Tiró la bolsa al suelo, y se quedó fija mirándome.

Se acercó al sofá donde yo estaba sentado, se sentó a horcajadas sobre mí y me besó con hambre, como si llevara horas conteniéndose.

—Joder, Javi… ha sido muy hard —susurró contra mi boca, la voz ronca—. Mucho más de lo que imaginaba.

Le puse las manos en el culo, apretando aquel pantalon, sintiendo que estaba empapada, que bajo aquellos shorts no habia nada.

—Cuéntamelo. Todo.

Ella empezó, moviéndose despacio sobre mi entrepierna, frotándose contra mi polla dura mientras hablaba.

—Al llegar, Laura me recibió con un beso en la mejilla y me dijo: “Se nota que Ámsterdam te ha sentado bien”. Me llevó al estudio, las luces ya estaban preparadas, fondos negros, un diván rojo, una silla con respaldo alto, espejos grandes. Me pidió que me cambiara. Me puse el corsé primero, me ayudó a apretarlo hasta que apenas podía respirar, las tetas subidas hasta casi salirse, aquello me puso los pezones duros y bajo el encaje se me notaban fuertemente, hasta Laura me hizo un comentario de que me relajara.
Luego los ligueros, las medias de rejilla clavándose en las piernas, el body de látex encima, pegado como una segunda piel, el culo bien marcado y brillante. El collar de cuero al cuello, con la argolla.
--¿Sabes que me dijo tras mirarme? “Esto es lo que quería ver. Ahora, a jugar”.

La sesión empezó suave, pero no duró. Laura me guio a poses cada vez más explícitos, de rodillas en el diván, culo alzado hacia la cámara, piernas abiertas, el látex marcándome el coño hinchado y mojado. Luego tumbada boca arriba, me ato las manos con una cinta suave al respaldo, me pidio que arqueara la espalda para que las tetas se elevaran, otras de espaldas contra el espejo, manos en el cristal y culo empujado hacia fuera y Laura disparando desde abajo para capturar cómo se abrían los muslos. En un momento me pidió que se quitara el body por completo, solo los ligueros y el collar. Gema dudó un segundo… pero se lo quitó. Posó desnudo del todo, solo con las prendas fetichistas, el coño depilado brillante de excitación, los pezones duros como piedras.

—Estaba tan mojada que se me escurría por los muslos —me confesó, frotándose más fuerte contra mí—. Laura me decía cosas como “abre más las piernas, reina, que se vea lo euforica que estás”, “arquea la espalda, que ese culo se vea como una invitación”. Y yo… joder, lo hacía. Me sentía expuesta, deseada, puta y poderosa a la vez. En una pose me puso a cuatro patas, culo hacia la cámara, y me pidió que me tocara el clítoris. No me corrí, pero estuve a punto. Varias veces.

La miré, la polla a punto de reventar los pantalones

—¿Y ahora? ¿Las fotos?

Ella negó con la cabeza, mordiéndose el labio.

—Aún no las tengo. Laura las edita y me las manda en unos días. Dice que quiere darles el toque perfecto. Pero me ha prometido que son brutales. Que voy a flipar cuando las vea. Que van a ser nuestro secreto… o quizás no, si decidimos subir alguna sutil.

Se inclinó hacia mí, metió su mano bajo mis pantalones y sacó mi polla dura, masturbándome lento mientras seguía hablando.

—Ahora mismo estoy ardiendo, Javi. Todavía siento el látex pegado a la piel, el corsé apretándome las tetas, el collar en el cuello… y el coño mojado desde que salí del estudio. Fóllame. Fóllame fuerte, pensando en que Laura me ha visto así, abierta, tocándome, gimiendo bajito con cada disparo.

La tumbé en el sofá, la desnudé y la penetré de una embestida, profundo, sintiendo cómo estaba empapada. Ella me clavo las uñas en la espalda y susurro ---solo esto eres capaz de darme cornudo – y continuo...—Imagínate que las fotos salen… y que un día las vemos juntos… y que quizás, solo quizás, subimos una donde se vea el culo alzado, o los muslos con los ligueros… y que en la cafetería alguien me mire diferente.

La follé con fuerza, aun sabiendo que ella me estaba pidiendo más, perdidos en la promesa de esas fotos que aún no teníamos, pero que ya nos habían cambiado para siempre.

--JODER JAVI, ¡¡¡NI AYER NI HOY!!!, me voy a tener que buscar un tipo que me folle en condiciones, cornudo. Y tú me lo vas a pedir.

-No soy ni quiero ser un carnudo, no me digas eso.....

Pero al escuchar esas palabras volvía a correrme, abrazado a ella sudado en el sofá y supe que esto no tenía vuelta atrás. Solo hacia adelante.
 
Última edición:
"No quiero abrir la relación como tal. No quiero que tú te acuestes con otras ni que yo tenga un amante fijo."

"-JODER JAVI, ¡¡¡NI AYER NI HOY!!!, me voy a tener que buscar un tipo que me folle en condiciones, cornudo. Y tú me lo vas a pedir.
-No soy ni quiero ser un carnudo, no me digas eso.....
Pero al escuchar esas palabras volvía a correrme..."


Es evidente el desequilibrio que ambos desean en la relación, se sumergerán en el cuckolding donde ella follará hasta hartarse con otros, y él será testigo sumiso de cada una de sus aventuras, una hotwife y su cuckold. Nos guste menos o más, lo disfrutan. :rolleyes::cool:
 
"No quiero abrir la relación como tal. No quiero que tú te acuestes con otras ni que yo tenga un amante fijo."

"-JODER JAVI, ¡¡¡NI AYER NI HOY!!!, me voy a tener que buscar un tipo que me folle en condiciones, cornudo. Y tú me lo vas a pedir.
-No soy ni quiero ser un carnudo, no me digas eso.....
Pero al escuchar esas palabras volvía a correrme..."


Es evidente el desequilibrio que ambos desean en la relación, se sumergerán en el cuckolding donde ella follará hasta hartarse con otros, y él será testigo sumiso de cada una de sus aventuras, una hotwife y su cuckold. Nos guste menos o más, lo disfrutan. :rolleyes::cool:
Tiene mucho rating ese tema, la culpa es del consumidor, maldito libre mercado 🤣, y eso que soy diestro (facha para el zurdo 🤣)
 
La mañana siguiente, sábado, el móvil de Gema vibró sobre la mesita de noche mientras yo preparaba el café en la cocina. Ella lo cogió con los ojos todavía medio cerrados, pero cuando abrió el WhatsApp se le escapó un “JODER...!!!” ronco y se sentó de golpe en la cama.

—JAVI!!!!!… ven. Mira esto.

Me acerqué con la taza en la mano. Laura le había mandado un primer lote de fotos editadas, seis imágenes que quitaban el aliento. Mucho más tórridas de lo que Gema me había contado la noche anterior.

En la primera estaba de rodillas en el diván rojo, el culo en pompa hacia la cámara. las piernas abiertas, el body de látex bajado hasta medio muslo, se podía ver perfectamente el coño depilado y brillante de excitación claramente visible con los labios hinchados, un hilo de humedad bajando por el interior de los muslos.

En la segunda, sentada sobre una silla con las manos atadas con la cinta negra al respaldo, el corsé apretado hasta el límite, sus tetas, parecían ser empujadas por un ente hacia arriba, los pezones duros y oscuros asomando por encima del encaje y su mirada directa a cámara con los labios entreabiertos en un gemido silencioso.

La tercera era de espaldas contra el espejo, su culo generoso y respingón pegado al cristal, las manos apoyadas sobre el, sus piernas fuertes como dos columbas griegas separadas, el látex reflejaba la luz marcando cada curva y el detalle era el collar de cuero con la argolla brillando en el cuello, como si fuera una perra rabiosa a la que deber de tener atada.

Y luego la cuarta, la más explícita, a cuatro patas sobre una alfombra persa, una mano entre las piernas tocándose el clítoris, su cabeza echada hacia atrás marcado por su pelo castaño claro rubio revuelto y su boca que parecía estar pidiendo que alguien se la follara.

Gema se quedó mirando las fotos en silencio, ampliándolas, tocándose el pelo como si no se creyera que era ella. Y mi pequeño ser, ese que vivía dentro de mí, ese que despertaba esos días por culpa de mi mujer, mando poner mi polla endurecerse solo de verlas.

—JODER!!!… esto es… —murmuré, sentándome a su lado—. Mucho más fuertes de lo que me contaste.

Ella asintió, las mejillas encendidas.
-- Anoche no quise exagerar… pero sí. Me puse tan cachonda que Laura me pidió que me tocara de verdad. Lo hice. y… salió así.

-- ¿De verdad, te masturbaste delante de Laura?, -pregunte-

No le dio tiempo a contestar.

En ese momento llegó otro mensaje de Laura:

Laura: ¿Qué te parecen las primeras, reina?

Gema: A Javi creo que le están gustando más que ami... jaja. Me parecen espectaculares.

LAURA: ¿Serías capaz de hacértelas en la calle? Con ese cuerpo y esa energía tan guay que has traido a la última sesión…
-Imagínate un callejón discreto al atardecer o un parque vacío, con el corsé y los ligueros… Sería brutal y además la luz natural siempre da mucho más juego y enriquece la foto. Piénsatelo y dime si te animas y lo montamos para la próxima.

Gema leyó el mensaje en voz alta, la voz temblorosa. Nos miramos. El calor nos subió por el cuerpo como una ola. Yo sentía la polla latiendo contra los pantalones del pijama, solo de imaginármela en la calle con esas pintas. Ella se mordió el labio inferior carnoso y se removió en la cama, las piernas apretadas.

—Joder, Javi… —susurró—. ¿En la calle? ¿Con gente alrededor? Me estoy mojando solo de pensarlo, pero tu ... tu seguro que estas ... seguro que estas a punto de correrte.

No pude aguantar más. La besé con hambre, metiéndole la mano entre las piernas: estaba empapada, el coño hinchado y caliente.

—Hoy vas a la cafetería —le dije, la voz ronca—. Mucho más provocativa de lo normal. Quiero que te sientas como en esas fotos. Que los clientes te miren y sepan que eres la misma mujer que sale así de expuesta.

Ella gimió contra mi boca, asintiendo.

—Vale… lo hago.

No me esperaba hasta qué punto iba a hacerme caso.

Me pidió que recogiera la cocina, mientas ella se acicalaba. Tras un rato largo, aparecio en la cocina, aquello era un escándalo... había escogido, un minivestido de látex, negro brillante, que yo ni conocía, de corte muy ajustado tipo bodycon, con un profundo escote en forma de V que llega casi hasta el ombligo, dejando prácticamente todo el pecho al descubierto, aquel vestido a duras penas era capaz de sujetar tus tetas y más abajo, era imposible no mirar su culo, el vestido dejaba ver sus muslos y la tira superior de las medias cuando se inclina. Los taconazos hacían, de la figura el circulo perfecto, se le marcaba cada redondez y generaba destellos metálicos que siguen cada curva de su cuerpo.

-Era demasiado - ¿De verdad? ¿De verdad vas a ir así a la cafetería?
- ¿No es esto lo que me has pedido?, pues yo encantada
-Pero es que.... joder Gema, parece que hubieses salido de un club de alterne, los clientes no van a saber donde estan...

—¿A sí? —preguntó, con esa sonrisa lenta y peligrosa.

—Si —respondí, con la polla dura como una piedra—. Ve y sirve cafés, sonríe y cuando vuelvas… me cuentas cómo te han mirado. Cómo se les ha trabado la voz. Y yo te follo pensando en esas fotos… y en la pregunta de Laura.

Gema se acercó, me dio un beso profundo, rozándome la polla con la mano.

—Cuando vuelva… vas a tener que follarme muy fuerte. Porque hoy voy a sentirmemy puta y deseada y quizas hasta mojada todo el puto día.

Salió de casa con esa cadencia hipnótica, el culo respingón marcándose bajo ese latex brillante, los pechos apretados. Yo me quedé en la puerta, viéndola bajar las escaleras, sabiendo que en la cafetería todos iban a notar algo diferente en ella ese día y para colmo de males era verano, ese vestido, el calor, el sudor... aquello iba a ser demasiado llamativo, pense.

Esa noche me conto, como la habían mirado y como algunos clientes quisieron ligar con ella, incluso que alguno le había hecho alguna foto a escondidas, y al darse cuenta puso posturas mas extremas, haciendose la tonta, para que la fotografiara mejor. Aquello fue combustible para esa semana, que se convirtio en un torbellino de sexo y deseo sin freno. Desde el sábado por la mañana, cuando Gema volvió de la cafetería con aquel traje de latex pegado al cuerpo por el sudor del día, hasta el viernes siguiente, follamos como si el mundo se fuera a acabar. No había hora del día que nos detuviera, en la cocina mientras preparaba el desayuno, ella se ponía en cuclillas y me la chupaba despacio, mirándome con esos ojos verdes mientras se metía la polla hasta la garganta, tragando saliva y gemidos, hasta que me corría en su boca y ella se lamía los labios rojos con una sonrisa triunfal. En el salón, me sentaba en el sofá y ella se subía encima, el coño empapado bajando sobre mi polla, cabalgándome con fuerza mientras me contaba cómo los clientes la habían mirado ese día, “El de la mesa del fondo no podía apartar los ojos de mis tetas sin sujetador, Javi… se le notaba la erección bajo la mesa”, me decia...

Follábamos en la ducha, contra la pared del pasillo, en el dormitorio con las luces apagadas y las ventanas abiertas para que los vecinos oyeran sus gemidos altos y roncos. Ella se ponía el collar de cuero del estudio, se arrodillaba en la cama y me pedía que la follara a perrito, tirando del collar como una correa, mientras le daba nalgadas fuertes en ese culo generoso y respingón que se ponía rojo bajo mis manos. Me corrí una y otra vez, hasta desfallecer en la cama, abrazados y temblando. Aquella exhibición pública diaria, me tenía desbocado, como si el viaje a Ámsterdam, las fotos, los clientes y la pregunta de Laura hubieran abierto una compuerta que no pudiera llenar, y lo peor fue notar como ella disfrutaba de esos momentos, pero siempre se quedaba a medias, siempre con ganas de más.

Y entonces, el viernes por la tarde, llegó el book completo.

El móvil de Gema vibró mientras estábamos en la cama, ella encima de mí, todavía con el coño lleno de mi semen de la sesión de la mañana. Abrió el enlace que Laura le mandó, un álbum privado con más de cuarenta fotos editadas, profesionales, brutales. Las vimos juntos, en silencio al principio, el pulso acelerado.

Eran mucho más intensas que las primeras muestras. Gema aparecía en casi todas expuesta al límite, el coño abierto y mojado en primer plano mientras se tocaba el clítoris con dos dedos, el culo levantado a cuatro patas con el vestido de látex en las rodillas, los labios del coño tan hinchados y brillantes como los de sus labios; jugaba con el espejo en otras fotos mostrando el coño y el culo al mismo tiempo; tumbada con las manos atadas, tetas apretadas por el corsé, pezones duros y oscuros, mirada perdida en un orgasmo contenido; una donde Laura la había capturado con la boca entreabierta, lengua asomando ligeramente, como si acabara de chupar algo; y la más explícita, de rodillas, mirando directamente a cámara, una mano entre las piernas, la otra apretando una teta, el collar de cuero brillando, el pelo castaño claro rubio revuelto y pegado al sudor

¡JODER! Mi mujer se había marcado una sesión casi porno!!!.

Gema se quedó muda un rato, ampliando cada foto, tocándose el cuello como si aún sintiera el collar. Yo tenía la polla dura otra vez, rozando su muslo.

—Joder… esto es… —murmuré—. Esas fotos son ... eres una puta diosa y puta, estas.... poderosa, y conforme dije esa palabra, “poderosa”, me senti gilipoyas... esa palabra sobraba alli, estaba vesstida y posando como una puta sacada de una pelicula francesa.

Ella se giró hacia mí, los ojos brillantes, la voz temblorosa de excitación y miedo.

—¿Y ahora qué, Javi? Laura me ha preguntado si quiero subir alguna a Insta. Dice que muchas clientas lo hacen, una sutil, borrosa, artística… que insinúe, pero no muestre todo. Que eso sería el siguiente paso. Que me haría sentir aún más deseada.

Nos miramos en silencio. El corazón nos latía fuerte. Yo le puse la mano en la cintura, bajando hasta el culo.

—Somos nosotros los que decidimos —le dije—. Si subes una… sabremos que la gente de la cafetería, los vecinos, desconocidos… verán un pedacito más de ti. Que imaginarán lo que hay detrás. Y yo… joder, me pone cachondo pensarlo. Verte expuesta, sabiendo que despues vienes a casa y me cuentas como ha sido tu dia.

Gema se mordió el labio inferior carnoso, se inclinó y me besó lento, profundo.

—No sé si me atrevere hoy —susurró—. Pero… quiero. Quiero ese subidón. Quiero que me miren diferente en la cafetería, que sepan que soy más que la chica que sirve cafés. Quiero que tú me folles después sabiendo que medio mundo ha visto una foto mía así.

Se levantó, fue al espejo del dormitorio y se miró, desnuda, con el pelo revuelto y las de haber follado hacia un rato.

—Vamos a elegir una juntos —dijo al fin—. Una que insinúe, quizás la de espaldas, con el culo alzado y borroso, o la de perfil con el corsé apretando las tetas,algo artístico. La subimos y vemos qué pasa.

Yo asentí, la polla dura contra su culo cuando me acerqué por detrás y la abracé.

—Hazlo cuando estés lista. Pero hoy… hoy follamos otra vez pensando en esa foto. En cómo te van a mirar. En cómo vas a volver a casa mojada solo de saberlo.

—Si tú lo quieres cariño, lo hare, pero luego no quiero reproches, ni malentendidos con los clientes, ya sabes lo que va a suponer eso.

Los siguientes días seguimos follando como locos cada vez que podíamos.… no había rincón de la casa que no oliera a sexo y a sudor. Las fantasías se volvían cada vez más concretas, imaginábamos a clientes habituales de la cafetería que la miraban diferente después de ver una foto sutil en su Insta, o a parejas que entraban a desayunar y se quedaban hipnotizados con cómo se movía ella detrás del mostrador y luego le ofrecian ir a follar con ellos. Hablábamos de cómo debería ir vestida al día siguiente: “Mañana ponte la falda más corta que tengas, sin bragas, y la blusa blanca fina… que se te marque todo cuando te agaches”. O “Prueba con esos leggings negros ajustados y una camiseta corta sin sujetador… así se te ve el culo respingón cada vez que te mueves”.

Pero siempre, a la mañana siguiente, aflojábamos un poco. El subidón de la noche se enfriaba con la luz del día, y terminábamos optando por algo más discreto. una camiseta holgada, vaqueros normales, para no pasarnos de la raya y que nadie sospechara demasiado. Era como un pacto tácito, jugamos al fuego, pero no queremos quemarnos del todo… todavía. El dia que vistió con el vestido de latex, habia sido una ida de cabeza de los dos, y fuera de eso, sigio vistiendo sexy y provocativa, pero sin llegar a pasar esos límites que convertían la cafetería en la barra de un burdel.

Llegó el momento de elegir una de las imágenes para publicar. Esa tarde nos sentamos en el sofá con el móvil, el álbum privado de Laura abierto. Las fotos eran brutales, pero sabíamos que teníamos que empezar suave si queríamos subir algo. Dudábamos entre tres opciones principales:

La primera, una de espaldas, con el body de látex bajado hasta medio muslo, el culo levantado y generoso en primer plano, la luz suave marcando la curva de la espalda y el inicio de los muslos fuertes. Era sugerente, pero no mostraba cara ni nada explícito; solo curvas y textura brillante. “Esta es muy potente —decía Gema—, pero quizás demasiado directa para empezar”.
La segunda, otra de perfil, sentada en el diván rojo, piernas cruzadas, el corsé negro apretando la cintura hasta marcar un reloj de arena extremo, las tetas medianas subidas casi desbordando el encaje, mirada perdida hacia un lado. La luz jugaba con las sombras en los muslos y la curva de la cadera. “Esta me gusta más… es sensual, elegante, se ve el cuerpo, pero sin enseñar todo. Y los ojos no se ven claros, así que nadie me reconoce del todo”.

Y la tercera de espaldas, con un body semitrasparente de cuerpo entero, frente a un espejo alto y sobre otro en el suelo, con sus tacones altos, las piernas semiabaiertas, la espalda arqueada suavemente, manos cubriendo parcialmente las tetas, el collar de cuero en el cuello, pelo revuelto cayéndole sobre los hombros, labios entreabiertos. Muy boudoir, artístico, con esa mezcla de vulnerabilidad y poder. “Esta me gusta, pero también es la más… mía. Me veo poderosa aquí”.

Al final, después de ampliarlas una y otra vez, tocando la pantalla como si pudiera sentir la tela, Gema se decidió por la tercera “Esta. Es sensual sin ser porno. Se ve, la cintura marcada, el inicio de los muslos… suficiente para que la gente se imagine el resto, pero no me expongo tanto que me arrepienta mañana”.

Mientras yo miraba la imagen, Gema escribió a Laura por WhatsApp, con los nervios bailándole en los dedos.
Gema: Hola Laura, me flipa la idea de posados en sitios públicos. Un callejón, un parque al atardecer, el río cuando no haya nadie… me pone mucho el riesgo, sentir el aire en la piel, saber que podría pasar alguien. Pero tengo que pensármelo bien, no quiero cagarla. ¿Controlas tu bien lo de la discreción? ¿Horarios, sitios sin gente?

Laura: Reina, lo controlo al milímetro. Elijo lugares que conozco de otras sesiones, cero transeúntes a esa hora, yo vigilo y si aparece alguien inesperado paramos al instante. Muchas clientas empiezan con algo suave (abrigo largo que se abre solo para la cámara) y luego van subiendo. Tú decides el nivel. Cuando estés lista, me avisas.

Gema sonrió, se mordió el labio inferior y guardó el chat. Pero antes de que pudiera subir la foto, llegó otro mensaje de Laura.
Laura: Oye, una cosa más… ¿me das permiso para publicar un par de tus fotos en mi portfolio? De las que sales vestida con lencería, nada explícito.. Ayudaría mucho a mi feed, y a ti te daría ese subidón de verte “en público” sin que nadie sepa que eres tú. ¿Qué dices? Te etiqueto como “G”, tu nombre o lo dejo anónimo.

Gema me miró, los ojos verdes brillando con esa mezcla de vértigo y excitación que ya me volvía loco.

—¿Qué hacemos, Javi? Si digo que sí, esas fotos estarán en sus redes, miles de personas las verán… y yo seguiré sirviendo cafés como si nada. Me pone nerviosa, pero también me moja solo de pensarlo.
La besé despacio, metiendo la mano por debajo de la camiseta que llevaba puesta , sintiendo cómo ya estaba caliente y sus pezones dos botones duros deseando ser pellizcados.
—Dile que sí —le dije, la voz ronca—. Pero solo las suaves. Que el mundo vea un pedacito de lo que yo tengo entero. Y a ver la tuya… ¡¡Estamos locos Gema!!
Ella asintió, tecleó rápido y envió:
Gema: Vale, permiso concedido para un par de ellas. Sin nombre completo. Y gracias por la idea de exteriores… lo estoy pensando muy en serio.
Dejó el móvil a mi lado, se subió encima de mí y empezó a moverse despacio.
—Ahora súbela tú —susurró—. Elige la que tu quieras, vuelvo a estar muy cerca Javi... cuando esté publicada… fóllame pensando en cuánta gente la está viendo. En cómo me mirarán diferente en la cafetería mañana. Porque después de esto… ya no hay vuelta atrás.
Pulsé “Publicar” mientras ella bajaba sobre mi polla, gimiendo bajito. La foto subió al mundo de Gema, de perfil, corsé negro, curvas imposibles, sensual y poderosa.

Una semana después de subir esa primera foto suave al Insta de Gema, el morbo ya nos tenía completamente atrapados. No era solo hablar de fantasías, empezábamos a llevarlas a la calle, poco a poco, probando límites que antes solo existían en la cama.
Todo empezó una tarde de jueves, cuando Gema salió de la cafetería antes de cerrar. Me había mandado un mensaje: “Ven a buscarme en 10 min. Llevo una minifalda de latex y nada debajo. Tengo ganas de jugar”. Llegué con el coche aparcado en una callejuela discreta cerca del río, de esas que a esa hora ya están casi vacías. Ella subió al asiento del copiloto, la falda subida hasta medio muslo, los pechos sin sujetador marcándose bajo la blusa blanca fina. No dijo nada al principio, solo se inclinó, me desabrochó los vaqueros y se metió mi polla en la boca sin preámbulos.

Allí, en plena calle, con el motor apagado y las ventanillas ligeramente empañadas, Gema me hizo una mamada lenta y profunda. La cabeza subiendo y bajando, la lengua recorriendo toda la longitud, los labios carnosos apretando justo donde más me gusta. Yo vigilaba por el retrovisor, el corazón latiéndome en la garganta, excitado por el riesgo, un coche que pasaba de lejos, una pareja que caminaba por la acera a unos metros… y ella sin parar, gimiendo bajito alrededor de mi polla, el pelo castaño claro rubio cayéndole sobre la cara. Me corrí en su boca con un gruñido ahogado, ella tragó todo, se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró con esos ojos verdes brillantes de triunfo.

—Joder, Javi… me he mojado tanto que me mojado los muslos —susurró, abriendo un poco las piernas para que viera el brillo entre ellas, necesito que me folles, ¡¡¡¡QUE ME FOLLES COMO UN ANIMAL!!!

No aguantamos más. Arranque el coche y nos fuimos a un parking subterráneo cercano, de los que tienen plantas bajas casi siempre vacías a esa hora. Aparqué en el fondo, en una esquina oscura donde apenas llegaba la luz de los neones. Apagué el motor, bajé el asiento del copiloto al máximo y la subí encima de mí.

Gema se quitó la falda de un tirón, se quedó solo con la blusa abierta y las tetas al aire. Se empaló de una sola vez, el coño caliente y empapado tragándose mi polla hasta el fondo. Empezó a cabalgarme con fuerza, el culo generoso y respingón chocando contra mis muslos, los gemidos rebotando dentro del coche. Yo le agarraba las caderas, subía y bajaba su cuerpo, pellizcándole los pezones duros mientras ella se mordía el labio inferior para no gritar demasiado. El coche se mecía ligeramente, los cristales empañados del todo, y el morbo nos podía, saber que en cualquier momento podía bajar alguien del ascensor, que alguien podía pasar y oírnos, que estábamos follando como animales en un parking público.

—Imagínate que nos pillan… —jadeé, embistiéndola desde abajo—. Que alguien se acerca al coche, ve cómo te mueves encima de mí, con ese culo de guarra que te gastas, las tetas rebotando… y se queda mirando.

Ella aceleró, el coño apretándome en espasmos.

—Quiero que nos miren… —gimió, la voz rota—. Que vean cómo me corro encima de tu polla… como en las fotos, pero en vivo.
Me corri temblando violentamente, chorros calientes saliente de su coño mojándome la polla y los muslos, ¡PUTA, ERES LA PUTA DE TODOS!, PUTAAAAA!!!....,mientras el coche se llenaba de ese olor a sexo crudo.

Después nos quedamos quietos, respirando agitados, ella todavía encima con mi polla dentro, el semen goteando entre sus muslos fuertes. Se rio bajito, nerviosa pero feliz.

—Joder… esto ya no puede ser!!!, necesito correrme joder, o me corro o me follo al primero que pase y te hago realidad las fantasias que tenemos.

Le di la vuelta, la empuje como pude hacia el fondo del coche, y comence a comerle el coño, con todo lo alli habia..., ¡¡¡METEME LOS DEDOS JODER!!!, METEME LOS DEDOS...!!!!—grito—. Comence a introducir un par de dedos y a moverlos con intensidad... ¡¡¡¿QUE PASA QUE NO TE DAS CUENTAS QUE NECESITO MAS!!!, METELOS TODOS, JODER!!! TODOS COÑO!!!, AAHH... TODOS!!! .... Hazme sentir una guarra, enseñame, usame, joder!!!! Haz conmigo lo que quieras, pero follame y quitame este calenton hijo de puta inutil!!!. Incremente violentamenta la velocidad, pense que terminaria mentiendole el puño entero dentro de su coño, cuando gema empezo a gritar ¡¡¡¡SIIII, SIIIIII, SIIII, COMELO, BEBETELO TOD0!!!, ABRE LA BOCA CABRON!!!, Y comenzo a correrse como un animal, comenzo a bañarme la cara con chorros, que salian salpicados, parecia que estuviese meandose en mi cara.... ¡¡joder que bueno!!!, me hacia falta algo asi!!!. JODER !!! Javi!!!, esto ... esto..... lo necesito.

Yo solo la besé lento, sabiendo que tenía razón. El morbo me embargaba, no sabia como parar aquello.

Ya de vuelta cuando llegamos a casa después del polvo en el parking y la mamada en la callejuela, el subidón aun le corria a Gema por las venas. Nos quitamos los zapatos en la entrada, dejamos las llaves en cualquier sitio y nos tiramos directamente en el sofá, todavía sudados y con el olor a sexo pegado a la piel.

Gema cogió el móvil con una mano temblorosa de adrenalina, abrió ********* y entró en su perfil. La foto subida, ya llevaba varias horas publicada. El Insta era público, como siempre lo había sido para su cafetería, para fotos de tartas, de paisajes y de amigos. Pero ahora esa imagen estaba ahí, en medio del feed, y los comentarios habían explotado.

Se quedó callada un rato, deslizando hacia abajo, ampliando cada notificación. Yo me acerqué por detrás, le besé el cuello y miré la pantalla con ella.

Los primeros eran de sus amigas. Durante la semana ya la habían llamado varias veces, asombradas, con esa mezcla de “¡tía, qué guapa estás!” y “¿pero esto qué es? ¡enséñame más!”. Había mensajes de voz llenos de risas nerviosas y envidia sana, “Joder, Gema, pareces una modelo de verdad… ¿dónde te has hecho esto?”, “Oye, ¿y ese corsé? Quiero uno igual, me dejas el link”. Una incluso le había escrito en privado: “Me has puesto celosilla, cabrona… estás cañón”. Gema se reía bajito, pero se le notaba el rubor subiendo por el cuello.

Luego venían los comentarios de tíos conocidos, los habituales de la cafetería, los que pedían siempre lo mismo: comentarios suaves, casi tímidos. “Qué elegante sales, Gema”, “Preciosa como siempre”, “Un placer verte así”. Cosas que podrían pasar por cumplidos inocentes, pero que los dos sabíamos que escondían algo más. El de la mesa del fondo, el que se quedaba mirando cuando se agachaba, había puesto un simple emoji de fuego. Nada explícito, pero suficiente para que nos miráramos y sonriéramos.

Y entonces llegaron los desconocidos.

Esos sí que eran fuertes.

“Madre mía, qué cuerpo… ese culo pide guerra”,
“Si me dejas, te lo como entero ahora mismo”,
“Estás para follarte toda la noche, reina”,
“¿Aceptas DMs? Quiero verte más… y de cerca”.

Gema se mordía el labio inferior, los ojos brillantes, el pecho subiendo y bajando más rápido. No borró ninguno. Solo siguió leyendo, y yo notaba cómo se removía contra mi entrepierna, cómo se le ponía la piel de gallina.

—Joder, Javi… me están diciendo estas cosas… y mañana les sirvo el café como si nada —susurró, la voz ronca—. Me pone tanto… y me da tanto vértigo.

Le metí la mano por debajo de la camiseta, bajando hasta el coño todavía húmedo del polvo en el coche. Estaba empapada otra vez.

—¿Y la sesión de exteriores? —le pregunté, frotándola despacio—. ¿Sigues pensando en decirle que sí a Laura?
Ella cerró los ojos un segundo, se arqueó contra mi mano y asintió despacio.

—Cada vez estoy más convencida. Quiero sentirlo. El aire en la piel, el riesgo de que alguien pase… y ahora, después de leer esto… joder!!, quiero que me vean de verdad. Que me miren como estos tíos escriben. Que sepan que la mujer que les sirve el café ha posado abierta, expuesta, mojada… y que no pueden tocarme. Solo mirar.

En ese momento el móvil vibró con una llamada entrante. Era Laura.

Gema contestó en altavoz, todavía sentada sobre mí, mi mano entre sus muslos.

—Reina, ¿has visto? —dijo Laura, la voz emocionada—. Las dos fotos que subí a mi portfolio están petándolo. Miles de likes, comentarios a tope… “qué curvas”, “qué sensualidad”, “quiero sesión contigo”. Están funcionando de lujo. Tengo muchas clientas nuevas por tu culpa. ¿Qué tal lo llevas tu?

Gema se rio, nerviosa pero triunfal.

—Alucinada… y cachonda. Hay comentarios que… madre mía. Y sí, Laura, estoy lista para exteriores. El viernes que viene. Quiero riesgo. Quiero que me vean.

Laura soltó una risa cómplice al otro lado.

—Esa es mi chica. Viernes 7 pm. Patio abandonado cerca del río. Y prepárate, porque vamos a hacer que te sientas empoderada y dueña de todos los tios que te miren. Si quieres, traete a Javi para que mire desde lejos… o lo dejamos solo para ti y la cámara. Tú mandas.

Gema me miró, los ojos verdes encendidos.

—Traigo a Javi. Quiero que vea cómo me posando, quizas quiera colaborar, jajajj!!!. Que vea como me pongo sabiendo que alguien podría pillarme.

Colgó, dejó el móvil a un lado y se giró hacia mí, abriendo las piernas del todo.

—Ahora fóllame otra vez —susurró, desabrochándome los pantalones—. Pensando en el viernes. En cómo me va a ver Laura disparando, en cómo me van a ver los comentarios de Insta… y en cómo mañana, cuando vuelva a la cafetería, voy a servir cafés con una sonrisa, sabiendo que todos esos tíos que escriben guarradas me han visto casi desnuda.

-Gema no doy mas de mi, estoy agotado, pideme lo que quieras y lo hago, - fue lo unico que pude responder.

- JODER JAVI!!!!, es lo unico que quiero que me folles en condiciones...!!!. - y se quedó mirándome - , tráeme el juguete del dormitorio y métemelo anda....

-Llegue con el consolador, de color negro, tamaño bestia.... y es que aquello era una animalada con forma de rabo y Gema lo estaba esperando mientras se rozaba el coño y tiraba con genio de sus pezones. Me tire de rodillas y no hizo falta mucho más... ella mismo lo cogio y comenzo a meterselo, cada vez más profundo, cada vez con más impetu... con los ojos cerrados, tomando aire y soltándolo en suspiros profundos que se convertían en pequeños grititos. Ni me miraba, simplemente se introducía aquel pedazo de plástico, que cada vez que salia, lo hacía más humedo y mojado. La mano que pellizcaba sus pezones abandono su trabajo, y junto con la otra, agarro aquel monstruo negro, introduciéndolo hasta el fondo. Acompañado de un alarido profundo... que la llevo a convulsionar empujando su coño contra aquel cacharro... finalizando su tarea, por fin levanto los parpados, me miro, sonrio y solo dijo... ¿A que te hubiese gustado que otros me vieran haciendome esto? ¿Verdad cobrón?

Esa noche, poco antes de que Gema se quedara dormida, volví a releer los comentarios viendo el exito que tenian las fotos de Laura, el aire me pesaba me costaba respirar,

—Gema… espera un segundo —le dije, la voz ronca pero seria—. Sobre la sesión de exteriores… ¿Estamos seguros?
--Yo si, y estoy segura de que tu tambien cariño. Pero si no es asi dimelo.

Ella se mordió el labio inferior, los ojos verdes brillando con esa mezcla de nervios y deseo que ya me volvía loco.

—Pero asenti— y seguí, apretándole el culo para que sintiera que hablaba en serio— por el momento, si la haces… que no publique ninguna foto más explícita de las que ya están ahí fuera. Las suaves que subiste a tu Insta y las que Laura puso en su portfolio están bien. Son sensuales, artísticas. Con esos comentarios de tíos desconocidos diciendo guarradas ya tenemos suficiente subidón. No quiero que de repente salgan fotos donde se vea tu coño abierto o tú tocándote en cuatro patas. No todavía. Quiero que lo vivas para ti, para nosotros… y que el mundo solo vea el pedacito que ya ha visto. Que fantaseen, que se pregunten, que entren en la cafetería y te miren diferente… pero que lo más heavy siga siendo nuestro secreto.

Gema se quedó callada un segundo, respirando hondo, el pecho subiendo y bajando. Luego sonrió despacio, esa sonrisa lenta y peligrosa que siempre me desarma.

—Vale… me parece bien —susurró, inclinándose para besarme suave, la lengua rozando la mía—. Lo hago por tí, por el morbo del riesgo, por sentirme expuesta en vivo… pero las fotos duras se quedan privadas. Solo para ti y para mí. Cuando las tenga, las vemos juntos, las miramos mientras me follas pensando en cómo me vio Laura, en cómo me sentí con el coño abierto en mitad de la calle. Y si algún día queremos subir algo más… lo hablamos. Paso a paso.

--Que cabron eres Javi!!!!, te mueres de ganas de que lo haga, de que pose en pelotas en mitad de la calle y que cuando vuelva… te cuente cada detalle, y a ser posible que me vea alguien ¿Verdad?Incluso que te cuente, cómo me chorrea el potorro sabiendo que Laura me lo fotografia en ese momento, ¡¡¡y despues me dejas con el calenton como de costumbre!!!. Que cabron, volvio a repetir ya casi en un susurro.

Yo me quede en silencio mirandola

— y ella continuo— si algún día cambias de idea y quieres que suba fotos más guarras… me lo dices. Pero por ahora, que el mundo siga con las fotos suaves, que siga fantaseando con la Gema de la cafetería que sale en corsé y lencería. Y que solo tu sepas lo puta que soy ¿Verdad?



 

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MODELO DE SALDO

El siguiente jueves por la tarde, mientras yo estaba todavía en el trabajo terminando un arreglo que se había complicado más de la cuenta, Gema recibió la llamada de Laura. No pude hablar con ella hasta bien entrada la noche, cuando por fin llegó a casa pasadas las nueve. Había sido uno de esos días largos en los que apenas nos cruzamos, yo salí temprano, ella abrió la cafetería, mensajes cortos de “te echo de menos” y “llega pronto”, pero nada más. El cuerpo me pedía verla y saber cómo había ido el día, una pregunta sin más, pero en mi mente aquella pregunta siempre buscaba el mismo tipo de respuesta.

Entró con el pelo revuelto por el viento de poniente, unos leggins super ceñidos de color negro que se pegaban como una segunda piel a cada curva de su cuerpo. La tela fina y elástica le marcaba todas las caderas anchas, los muslos generosos y fuertes, y sobre todo ese culazo respingón y casi grande que parecía desafiar la gravedad, pero lo peor era por delante, marcaba el coño de forma exagerada, durante todo el día debió ser oda una propuesta a las miradas furtivas y no tan furtivas.
Cada paso que daba hacía que la carne se moviera con una cadencia hipnótica, y se notaba perfectamente cómo el tanga que llevaba debajo se le clavaba entre las nalgas, dejando una línea perfecta y profunda que se adivinaba bajo la tela estirada al límite. La blusa blanca fina, metida por dentro, solo acentuaba el contraste, arriba los pechos medianos y altos sin sujetador, moviéndose libres con cada respiración, toda ella parecía pedir ser agarrada, sujeta por unas manos fuertes.

Cerró la puerta, dejó el bolso en el suelo y vino directa al sofá donde yo ya estaba sentado con una cerveza en la mano. Se dejó caer a mi lado, se quitó los zapatos con un suspiro y apoyó la cabeza en mi hombro, girándose un poco para que viera cómo los leggins se tensaban aún más al sentarse, el tanga marcándose como una fina cuerda entre las nalgas generosas.

—Joder, Javi… ha sido un día eterno —murmuró, besándome suave el cuello—. Pero Laura me ha llamado esta tarde. Y… madre mía.

La miré, notando cómo le brillaban los ojos verdes con esa mezcla de nervios y excitación que ya me ponía la polla dura solo de verla. Mi mano bajó casi por instinto, rozando la curva de su culo sobre los leggins, sintiendo la tela caliente y el tanga hundido debajo.

—Cuénta...—le dije, la voz ronca, mientras mis dedos seguían el contorno de esa línea que se perdía entre sus nalgas.

Ella respiró hondo, se mordió el labio inferior y empezó, mientras se removía contra mi mano, haciendo que el tanga se clavara un poco más.

—Estaba cerrando la cafetería cuando me llamó. Me dijo que una pequeña marca de lencería para mujeres de nuestra edad —treinta y pico, curvilíneas, reales, nada de tallas cero— había visto la foto suave que subí a mi insta y las que Laura puso en su portafolio y redes. Les flipó. Se pusieron en contacto con ella, Laura, y preguntaron directamente por “la modelo”. Quieren hacer un pequeño catálogo, nada gigante, pero con fotos profesionales, conjuntos cómodos pero sensuales, corsés suaves, bodis que marquen curvas sin apretar demasiado, lencería fina que se vea bonita en cuerpos como el mío. Les gustó mi look, mi forma de posar en las fotos que vieron, y quieren ver más. Saber cómo me desenvuelvo en una sesión real, cómo me muevo, cómo miro a cámara… si valgo la pena para ofrecer algo.

Hizo una pausa, abrió un poco más las piernas para que mi mano bajara por el interior del muslo, rozando el calor que ya se notaba a través de los leggins.

—Laura les contestó que estaba hablando conmigo porque teníamos una sesión pendiente —la de exteriores del viernes— y que, si a mí me parecía bien, podrían asistir ellas también. No para grabar ni nada que fuera excesivo, solo para observar, ver cómo poso, para ver si me siento cómoda con ese tipo de ropa, cómo reacciono a las instrucciones. Si les convence, me harían una oferta formal, una sesión pagada para su catálogo, con las prendas que ellos envíen, y quizás alguna colaboración más pequeña. Nada de desnudo total, todo sensual, elegante… pero con mi cara visible si yo quiero.

La miré fijamente, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. Gema estaba preciosa ahí, cansada del día, pero con esa chispa que solo sale cuando el morbo la toca de lleno. Mi mano subió de nuevo, apretando ese culazo que se desbordaba bajo los leggins, notando cómo el tanga se clavaba entre su culo y su coño.

—¿Y tú qué le dijiste? —pregunté, metiendo los dedos por debajo de la cintura elástica, rozando la piel caliente y el hilo del tanga que se perdía entre sus nalgas.

Ella se rio bajito, abrió un poco más las piernas para dejarme tocarla.

—Le dije que me lo pensaría bien esta noche… contigo. Que me flipa la idea, que me pone nerviosa pero también me excita muchísimo. Imagínate, Javi, posar para una marca de verdad, con ropa que me manden, sabiendo que van a vender conjuntos con mi cuerpo de ejemplo. Que mujeres como yo vean las fotos y piensen “yo también puedo verme así”. Y que al mismo tiempo… sea yo, la de la cafetería, la que sirve cafés y ahora posa en lencería para un catálogo.

Se inclinó y me besó profundo, la lengua enredándose con la mía, mientras mi dedo se colaba, sintiendo el tanga mojado y pegado al coño hinchado.

—Y la sesión de exteriores… —siguió jadeando contra mi boca—. Sigo queriéndola. Quiero hacerla privada, como dijiste, desnuda y erótica, en la calle, pero nada de publicar lo explícito. Pero ahora, con esto de la marca encima… joder, me da aún más ganas. Quiero probarme, ver si me desenvuelvo bien, si puedo posar como una profesional. Y si luego me ofrecen algo… lo hablamos. Paso a paso.

La tumbé en el sofá, le bajé los leggins hasta medio muslo de un tirón, dejando el tanga a la vista, empapado y clavado entre las nalgas. Me bajé los vaqueros y la penetré despacio, profundo, mientras ella gemía bajito.

—Hazlo —gruñí, embistiéndola con fuerza, agarrando ese culazo que rebotaba contra mis caderas—. Todo, hazlo todo, la sesión en la calle. Deja que la marca mire si quiere, pero que sea tu decisión. Y cuando vuelvas… me cuentas cada detalle, cómo te has sentido expuesta al aire, cómo te han mirado, cómo has posado pensando en ese catálogo. Y yo te follo sabiendo que quizás, solo quizás, tu cuerpo va a estar en lencería que otras mujeres se pondrán.

Gema aceleró, clavándome las uñas en la espalda, el coño apretándome en espasmos.

—Vale… le digo que sí a Laura. Que la marca puede venir a observar. Pero nada de publicar todavía. Solo para nosotros… y para ver si encajo.

--Ahora coge a nuestro amigo y fóllame con el... los dos a la vez.... por dios!!!

Sali corriendo hasta el dormitorio, recogí esa polla de goma que invitábamos a aquel juego y me volví a incrustar en ella... y junto a mi... nuestro amigo el artificial...

Por fin ella se corrió, con mi polla dentro, lo hizo temblando, apretándome dentro con fuerza, y yo la seguí, llenándola mientras los dos jadeábamos, y nuestro amigo nos acompañaba lleno de los flujos de ambos.
La mañana siguiente, viernes, el móvil de Gema vibró mientras preparaba la cafetería para su apertura. Era Laura. Contestó con voz baja, todavía con el delantal puesto y el pelo recogido en una coleta rápida.
Gema: Hola Laura, buenos días. ¿Todo bien?
Laura: Buenos días, reina. Oye, necesito verte hoy mismo si puedes. ¿Estás en la cafetería? Quiero hablar contigo antes de lo de nueva sesión. Es importante.
Gema: Claro, estoy aquí abriendo. ¿A qué hora te viene bien?
Laura: En media hora estoy ahí. ¿Me haces un café con leche y un cruasán?, que voy con hambre. Y… prepárate, que vamos a charlar de cosas serias.
Gema colgó, sintió un nudo en el estómago y siguió preparando la máquina de café con las manos un poco temblorosas. Media hora después, Laura entró por la puerta con su bolso de cámara al hombro, gafas de sol en la cabeza y esa sonrisa profesional que siempre tranquilizaba un poco. Se sentó en la mesa del fondo, lejos del mostrador, y esperó a que Gema le llevara el café y el cruasán.
Cuando Gema se sentó frente a ella, Laura dio un sorbo al café y fue directa.
Laura: Mira, reina… he estado pensando mucho en lo de la sesión urbana. Quiero aplazar la sesión de exteriores unos días. No cancelarla, solo moverla una semana o diez días, para plantearla mejor. Hay tiempo para que compres o pruebes más ropa, para que yo busque un sitio aún más seguro y bonito, y para que las dos salgamos ganando, tú te sientas más cómoda y segura y yo consiga unas fotos espectaculares sin prisas.
Gema: Vale… no me importa esperar si es mejor. ¿Qué tenías en mente?
Laura: Genial tia, eres la ostia! Y hablando de eso… creo que deberíamos replantear un poco el nivel de la sesión. Nada de desnudos. ni topless, ni el chocho a la vista, ni poses que enseñen todo. Limitémonos a lencería sensual, ropa interior bonita, poses sugerentes pero elegantes, corsés, bodies, ligueros, tangas que se marquen, pero sin quitarlos, manos cubriendo lo justo, miradas a cámara que digan mucho sin enseñar nada explícito. Quiero que las fotos sean hot, sí, pero con clase. Que no parezcan demasiado ordinarias o porno. Que se vea sensualidad real, poder femenino, curvas como las tuyas… pero que cualquier mujer pueda mirarlas y pensar “quiero sentirme así”, no “esto es demasiado”.
Gema se quedó callada un segundo, removiendo el azúcar en su taza, aunque ya no lo necesitaba.
Gema: Lo entiendo. Me parece bien. De hecho… me da más tranquilidad. No quiero sentir que me estoy pasando de la raya. Quiero sentirme sexy, poderosa… pero sin cruzar esa línea que luego no pueda volver atrás.
Laura: Exacto. Y hay más. Sobre el catálogo de la marca… si al final dices que sí terminas posando para ellos, esas fotos van a ser públicas. No solo en mi porfolio y nuestras redes. Van a ir en su web, en redes, quizás en catálogos impresos pequeños que manden a tiendas o a clientas. Tu persona se hará más publica de lo que lo es ahora, tu nombre o al menos tu imagen reconocible. Clientes de la cafetería van a verte. Familiares. Vecinos. El que entra a pedir un café con leche va a poder googlear “Gema lencería” y verte en corsé o en body, posando con esa mirada que mata. Tienes que pensarlo muy bien. Es un paso grande. Te va a exponer de verdad., mucho más que esas fotos que ya están ahí.
Gema bajó la vista a la taza, se mordió el labio inferior y respiró hondo.
Gema: Joder… sí que es grande. No lo había pensado tan en serio. Me flipa la idea de posar para una marca, de que mujeres como yo se vean representadas… pero saber que mi tía, mi prima, o el señor del super de al lado me van a ver en lencería… me da un vértigo que me pone y me asusta a partes iguales.
Laura: Normal. Por eso te lo digo ahora, con calma. No tienes que decidir hoy. Hazlo cuando estés sola, habla con Javi, piénsalo unos días. Si dices que sí, la sesión de prueba con la marca será suave, sensual, pero profesional. Si dices que no… seguimos con lo nuestro, privadas, para ti y para él. Tú mandas, reina. Siempre.
Gema asintió despacio, jugueteando con la cucharilla.
Gema: Vale. Lo voy a pensar bien. Gracias por ser tan clara. Cuando esté lista te digo. Pero sigo queriendo esa sesión erótica en la calle, para mí y para Javi, aunque la hagamos después.
Laura: Perfecto por mí no hay problema... eres una tía estupenda y si sigues queriéndola, despues de todo esto... hasta te la regalo. Te dejo con tu cafetería y tu día. Cuando tengas la cabeza clara, me escribes. Y recuerda, sea lo que sea que decidas, vas a salir ganando. Tienes un cuerpo y una presencia cautivadora para hombre y mujeres.
Laura se levantó, le dio un beso profundo en la mejilla, quizás más prolongado de lo normal y se fue. Gema se quedó sentada un rato, mirando la taza vacía, con el corazón latiéndole fuerte.
Por la noche, cuando llegó a casa y me lo contó todo, todavía llevaba los shorts vaqueros ceñidos que se clavaban entre las nalgas. Se sentó en el sofá a mi lado, abrió las piernas un poco y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Javi… Laura quiere aplazar lo de exteriores. Y me ha soltado todo esto de la marca, del catálogo público, de que si acepto me van a ver todos… —susurró, la voz temblorosa, pero con esa chispa que no se apagaba—. Me da mied, pero también me pone y mucho.
Le besé el cuello, solte los botones del short lo justo para meter la mano y agarré donde pude.
—Piénsalo con calma —le dije—. Lo que decidas, lo hacemos juntos. Pero joder… imaginarte posando para una marca, sabiendo que vas a estar en webs y catálogos… me pone la polla dura solo de pensarlo.
Ella se rio bajito, se giró y me besó profundo.
-- Cabrón fóllame esta noche pensando en cómo todo el que quiera, podra verme y hacerse una paja viéndome.
No me lo pensé, le bajé los shorts, ¡¡¡y metí mi lengua entre sus labios vaginales que ya estaban encharcados, AAAHHH!!!, VENGA JODER!!, SE QUE SABES HACERLO MEJOR!!!, VENGA CABRÓN!!!! NO QUIERES QUE ME VEAN COMO UNA GUARRA???!!! , PUES GANATELO!!!
Metía mi lengua, escupía sobre aquel coño ya empapado, mis dedos húmedos y rojos, penetraban esa cavidad que cada vez se hacía más grande, pero sabía que nada era suficiente, que cuando Gema se ponía burra, necesita más...
--¡¡JORDER!! Menudo cabrón... venga... dime como quieres que pose!!! ¡¡Como quieres que me miren y me vean!!
Pero yo lo más que lograba hacer era levantar los ojos para mirar como ella sola se sobaba las tetas, como las maltrataba de forma ordinaria, como se estiraba los pezones hasta límites imposibles.
--¡¡METEME LOS DEDOS EN EL CULO, COÑO!!, HAZME DISFRUTAR COMO SI FUERA TU PUTA!!!, O LA DE OTRO!!!, PERO DAME MAS!!!.. AHAHHHAHHAH!!!
--- AHAHAHAHAH, suspiraba en voz alta, ¡¡¡ QUIERO VERTE FOLLAR CON OTRA!!! QUIERO VER SI ERES CAPAZ DE FOLLARTE A OTRA Y HACERLA DISFRUTAR!!!!...
Me levanté y la envestí con mi polla, aun sabiendo que siempre seria menos de lo que necesitaba, que el tamaño de ese coño no era para mí, pero en ese instante me volví egoísta, y empecé a bombear con fuerza, mientras le contaba como iban a mirarla, como la gente pensaría que era una puta por posar así, de forma pública y estalle, estalle dentro de ella, dejándola a medias, a medias otra vez... los dos con el corazón a mil.
-- ME CAGO EN LA PUTA!!, NO SERA VERDAD???
--Perdona cariño, pero es que... ¿quieres que vaya a por nuestro amigo?
-- JAVI COÑO!!, NUESTRO AMIGO??, CUALQUIER DIA ME DEJO FOLLAR POR ALGUIEN!!, joder Javi, que necesito correrme, que me folles en condiciones y me hagas correrme... ¡QUITA!
Y me echo a un lado levantó y se fue a la ducha...pude escuchar cómo se corría tocándose ella sola.
Esa noche, ya en la cama en silencio. Ella solo con un tanga cómodo marcando una línea profunda entre esas nalgas tan poderosas, quise apoyar la mano en su muslo, pero ella me la apartó
Al final fue ella quien rompió el silencio, girándose hacia mí con los ojos verdes muy abiertos, como si acabara de tener una revelación.
—Javi… cuanto más lo pienso, más me atrae —susurró, la voz baja pero firme—. Al principio me daba pánico lo de que la familia, los vecinos, los amigos… todos me vieran en lencería en un catálogo. Pero… joder, ¿y qué? Es como cuando voy a la playa, me pongo el bikini más pequeño que tengo, me quito la parte de arriba para hacer topless, me tumbo al sol con las tetas al aire, y la gente pasa, mira, algunos se quedan mirando más de la cuenta… y a mí me gusta. Me siento libre, guapa, deseada. Nadie se escandaliza, nadie me juzga de verdad. Es solo un cuerpo en la playa. Pues esto es lo mismo, un catálogo de lencería. Modelos reales, curvas como las mías, posando con conjuntos bonitos. No es porno, no es exhibicionismo salvaje. Es… arte. Es mostrarme como soy, y que otras mujeres digan “yo también puedo verme así”. Si mi prima o mi tía lo ven… que lo vean. Si el vecino del tercero entra en la web y me reconoce… que me reconozca. Al final, soy yo. Y estoy cañón.
Se rio bajito, nerviosa pero decidida, y se quedó mirando.
—Me pone... y sé que a ti también. Saber que van a verme así, en corsé o en body, con esa mirada que pongo cuando estoy cachonda… y que al día siguiente les sirva el café como si nada. Es el mismo morbo que cuando me quito el top en la playa y noto las miradas. Solo que ahora… queda grabado para siempre.
La besé profundo, metiendo la mano por su cintura, apartando el tanga empapado y rozándole el clítoris hinchado.
—Entonces… ¿quieres ir a por ello? —le pregunté, la voz ronca, mientras ella gemía bajito contra mi boca.
—Sí —jadeó—. Dile a Laura que concierte con la marca el día de la sesión de prueba. Que vengan a ver cómo me muevo, cómo poso, cómo miro a cámara. Quiero que me vean en acción. Y si les gusto… que me hagan la oferta. Pero sin prisas. Paso a paso.
-- Pero también te digo una cosa... lo nuestro... tenemos que arreglarlo... no puedes dejarme asi cada vez que hacemos el amor. Tenemos que solucionarlo.
Esa misma noche, perdidos en el morbo, Gema cogió el móvil y escribió a Laura.
Gema: Hola Laura. Lo he pensado bien. Me atrae mucho más de lo que creía. Quiero hacer la sesión de prueba con la marca presente. Concierta con ellas el día que mejor os venga a todas. A ver que les parece y si les gusta… que me hagan la oferta. Estoy lista.
Laura respondió en menos de cinco minutos.
Laura: ¡Esa es mi reina!️ Hablo con ellas mañana a primera hora. Te confirmo, pero creo que el martes por la tarde encajaría perfecto estudio privado, horario discreto, ellas dos solas como observadoras. Nada de presión, solo ver cómo te desenvuelves. Trae lo que quieras ponerte (o usa lo que tengo yo). Va a ser brutal. Prepárate para ser una estrella..
Gema dejó el móvil, se giró hacia mí con una sonrisa lenta y peligrosa, y se subió a horcajadas.
—Martes —susurró—. El martes poso para una marca de verdad… y quizás me vean miles de personas en lencería. Y tú… tú vas a tener que aprender de una puta vez a follarme con fantasías o sin ellas.
 

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MODELO DE SALDO

El siguiente jueves por la tarde, mientras yo estaba todavía en el trabajo terminando un arreglo que se había complicado más de la cuenta, Gema recibió la llamada de Laura. No pude hablar con ella hasta bien entrada la noche, cuando por fin llegó a casa pasadas las nueve. Había sido uno de esos días largos en los que apenas nos cruzamos, yo salí temprano, ella abrió la cafetería, mensajes cortos de “te echo de menos” y “llega pronto”, pero nada más. El cuerpo me pedía verla y saber cómo había ido el día, una pregunta sin más, pero en mi mente aquella pregunta siempre buscaba el mismo tipo de respuesta.

Entró con el pelo revuelto por el viento de poniente, unos leggins super ceñidos de color negro que se pegaban como una segunda piel a cada curva de su cuerpo. La tela fina y elástica le marcaba todas las caderas anchas, los muslos generosos y fuertes, y sobre todo ese culazo respingón y casi grande que parecía desafiar la gravedad, pero lo peor era por delante, marcaba el coño de forma exagerada, durante todo el día debió ser oda una propuesta a las miradas furtivas y no tan furtivas.
Cada paso que daba hacía que la carne se moviera con una cadencia hipnótica, y se notaba perfectamente cómo el tanga que llevaba debajo se le clavaba entre las nalgas, dejando una línea perfecta y profunda que se adivinaba bajo la tela estirada al límite. La blusa blanca fina, metida por dentro, solo acentuaba el contraste, arriba los pechos medianos y altos sin sujetador, moviéndose libres con cada respiración, toda ella parecía pedir ser agarrada, sujeta por unas manos fuertes.

Cerró la puerta, dejó el bolso en el suelo y vino directa al sofá donde yo ya estaba sentado con una cerveza en la mano. Se dejó caer a mi lado, se quitó los zapatos con un suspiro y apoyó la cabeza en mi hombro, girándose un poco para que viera cómo los leggins se tensaban aún más al sentarse, el tanga marcándose como una fina cuerda entre las nalgas generosas.

—Joder, Javi… ha sido un día eterno —murmuró, besándome suave el cuello—. Pero Laura me ha llamado esta tarde. Y… madre mía.

La miré, notando cómo le brillaban los ojos verdes con esa mezcla de nervios y excitación que ya me ponía la polla dura solo de verla. Mi mano bajó casi por instinto, rozando la curva de su culo sobre los leggins, sintiendo la tela caliente y el tanga hundido debajo.

—Cuénta...—le dije, la voz ronca, mientras mis dedos seguían el contorno de esa línea que se perdía entre sus nalgas.

Ella respiró hondo, se mordió el labio inferior y empezó, mientras se removía contra mi mano, haciendo que el tanga se clavara un poco más.

—Estaba cerrando la cafetería cuando me llamó. Me dijo que una pequeña marca de lencería para mujeres de nuestra edad —treinta y pico, curvilíneas, reales, nada de tallas cero— había visto la foto suave que subí a mi insta y las que Laura puso en su portafolio y redes. Les flipó. Se pusieron en contacto con ella, Laura, y preguntaron directamente por “la modelo”. Quieren hacer un pequeño catálogo, nada gigante, pero con fotos profesionales, conjuntos cómodos pero sensuales, corsés suaves, bodis que marquen curvas sin apretar demasiado, lencería fina que se vea bonita en cuerpos como el mío. Les gustó mi look, mi forma de posar en las fotos que vieron, y quieren ver más. Saber cómo me desenvuelvo en una sesión real, cómo me muevo, cómo miro a cámara… si valgo la pena para ofrecer algo.

Hizo una pausa, abrió un poco más las piernas para que mi mano bajara por el interior del muslo, rozando el calor que ya se notaba a través de los leggins.

—Laura les contestó que estaba hablando conmigo porque teníamos una sesión pendiente —la de exteriores del viernes— y que, si a mí me parecía bien, podrían asistir ellas también. No para grabar ni nada que fuera excesivo, solo para observar, ver cómo poso, para ver si me siento cómoda con ese tipo de ropa, cómo reacciono a las instrucciones. Si les convence, me harían una oferta formal, una sesión pagada para su catálogo, con las prendas que ellos envíen, y quizás alguna colaboración más pequeña. Nada de desnudo total, todo sensual, elegante… pero con mi cara visible si yo quiero.

La miré fijamente, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. Gema estaba preciosa ahí, cansada del día, pero con esa chispa que solo sale cuando el morbo la toca de lleno. Mi mano subió de nuevo, apretando ese culazo que se desbordaba bajo los leggins, notando cómo el tanga se clavaba entre su culo y su coño.

—¿Y tú qué le dijiste? —pregunté, metiendo los dedos por debajo de la cintura elástica, rozando la piel caliente y el hilo del tanga que se perdía entre sus nalgas.

Ella se rio bajito, abrió un poco más las piernas para dejarme tocarla.

—Le dije que me lo pensaría bien esta noche… contigo. Que me flipa la idea, que me pone nerviosa pero también me excita muchísimo. Imagínate, Javi, posar para una marca de verdad, con ropa que me manden, sabiendo que van a vender conjuntos con mi cuerpo de ejemplo. Que mujeres como yo vean las fotos y piensen “yo también puedo verme así”. Y que al mismo tiempo… sea yo, la de la cafetería, la que sirve cafés y ahora posa en lencería para un catálogo.

Se inclinó y me besó profundo, la lengua enredándose con la mía, mientras mi dedo se colaba, sintiendo el tanga mojado y pegado al coño hinchado.

—Y la sesión de exteriores… —siguió jadeando contra mi boca—. Sigo queriéndola. Quiero hacerla privada, como dijiste, desnuda y erótica, en la calle, pero nada de publicar lo explícito. Pero ahora, con esto de la marca encima… joder, me da aún más ganas. Quiero probarme, ver si me desenvuelvo bien, si puedo posar como una profesional. Y si luego me ofrecen algo… lo hablamos. Paso a paso.

La tumbé en el sofá, le bajé los leggins hasta medio muslo de un tirón, dejando el tanga a la vista, empapado y clavado entre las nalgas. Me bajé los vaqueros y la penetré despacio, profundo, mientras ella gemía bajito.

—Hazlo —gruñí, embistiéndola con fuerza, agarrando ese culazo que rebotaba contra mis caderas—. Todo, hazlo todo, la sesión en la calle. Deja que la marca mire si quiere, pero que sea tu decisión. Y cuando vuelvas… me cuentas cada detalle, cómo te has sentido expuesta al aire, cómo te han mirado, cómo has posado pensando en ese catálogo. Y yo te follo sabiendo que quizás, solo quizás, tu cuerpo va a estar en lencería que otras mujeres se pondrán.

Gema aceleró, clavándome las uñas en la espalda, el coño apretándome en espasmos.

—Vale… le digo que sí a Laura. Que la marca puede venir a observar. Pero nada de publicar todavía. Solo para nosotros… y para ver si encajo.

--Ahora coge a nuestro amigo y fóllame con el... los dos a la vez.... por dios!!!

Sali corriendo hasta el dormitorio, recogí esa polla de goma que invitábamos a aquel juego y me volví a incrustar en ella... y junto a mi... nuestro amigo el artificial...

Por fin ella se corrió, con mi polla dentro, lo hizo temblando, apretándome dentro con fuerza, y yo la seguí, llenándola mientras los dos jadeábamos, y nuestro amigo nos acompañaba lleno de los flujos de ambos.
La mañana siguiente, viernes, el móvil de Gema vibró mientras preparaba la cafetería para su apertura. Era Laura. Contestó con voz baja, todavía con el delantal puesto y el pelo recogido en una coleta rápida.
Gema: Hola Laura, buenos días. ¿Todo bien?
Laura: Buenos días, reina. Oye, necesito verte hoy mismo si puedes. ¿Estás en la cafetería? Quiero hablar contigo antes de lo de nueva sesión. Es importante.
Gema: Claro, estoy aquí abriendo. ¿A qué hora te viene bien?
Laura: En media hora estoy ahí. ¿Me haces un café con leche y un cruasán?, que voy con hambre. Y… prepárate, que vamos a charlar de cosas serias.
Gema colgó, sintió un nudo en el estómago y siguió preparando la máquina de café con las manos un poco temblorosas. Media hora después, Laura entró por la puerta con su bolso de cámara al hombro, gafas de sol en la cabeza y esa sonrisa profesional que siempre tranquilizaba un poco. Se sentó en la mesa del fondo, lejos del mostrador, y esperó a que Gema le llevara el café y el cruasán.
Cuando Gema se sentó frente a ella, Laura dio un sorbo al café y fue directa.
Laura: Mira, reina… he estado pensando mucho en lo de la sesión urbana. Quiero aplazar la sesión de exteriores unos días. No cancelarla, solo moverla una semana o diez días, para plantearla mejor. Hay tiempo para que compres o pruebes más ropa, para que yo busque un sitio aún más seguro y bonito, y para que las dos salgamos ganando, tú te sientas más cómoda y segura y yo consiga unas fotos espectaculares sin prisas.
Gema: Vale… no me importa esperar si es mejor. ¿Qué tenías en mente?
Laura: Genial tia, eres la ostia! Y hablando de eso… creo que deberíamos replantear un poco el nivel de la sesión. Nada de desnudos. ni topless, ni el chocho a la vista, ni poses que enseñen todo. Limitémonos a lencería sensual, ropa interior bonita, poses sugerentes pero elegantes, corsés, bodies, ligueros, tangas que se marquen, pero sin quitarlos, manos cubriendo lo justo, miradas a cámara que digan mucho sin enseñar nada explícito. Quiero que las fotos sean hot, sí, pero con clase. Que no parezcan demasiado ordinarias o porno. Que se vea sensualidad real, poder femenino, curvas como las tuyas… pero que cualquier mujer pueda mirarlas y pensar “quiero sentirme así”, no “esto es demasiado”.
Gema se quedó callada un segundo, removiendo el azúcar en su taza, aunque ya no lo necesitaba.
Gema: Lo entiendo. Me parece bien. De hecho… me da más tranquilidad. No quiero sentir que me estoy pasando de la raya. Quiero sentirme sexy, poderosa… pero sin cruzar esa línea que luego no pueda volver atrás.
Laura: Exacto. Y hay más. Sobre el catálogo de la marca… si al final dices que sí terminas posando para ellos, esas fotos van a ser públicas. No solo en mi porfolio y nuestras redes. Van a ir en su web, en redes, quizás en catálogos impresos pequeños que manden a tiendas o a clientas. Tu persona se hará más publica de lo que lo es ahora, tu nombre o al menos tu imagen reconocible. Clientes de la cafetería van a verte. Familiares. Vecinos. El que entra a pedir un café con leche va a poder googlear “Gema lencería” y verte en corsé o en body, posando con esa mirada que mata. Tienes que pensarlo muy bien. Es un paso grande. Te va a exponer de verdad., mucho más que esas fotos que ya están ahí.
Gema bajó la vista a la taza, se mordió el labio inferior y respiró hondo.
Gema: Joder… sí que es grande. No lo había pensado tan en serio. Me flipa la idea de posar para una marca, de que mujeres como yo se vean representadas… pero saber que mi tía, mi prima, o el señor del super de al lado me van a ver en lencería… me da un vértigo que me pone y me asusta a partes iguales.
Laura: Normal. Por eso te lo digo ahora, con calma. No tienes que decidir hoy. Hazlo cuando estés sola, habla con Javi, piénsalo unos días. Si dices que sí, la sesión de prueba con la marca será suave, sensual, pero profesional. Si dices que no… seguimos con lo nuestro, privadas, para ti y para él. Tú mandas, reina. Siempre.
Gema asintió despacio, jugueteando con la cucharilla.
Gema: Vale. Lo voy a pensar bien. Gracias por ser tan clara. Cuando esté lista te digo. Pero sigo queriendo esa sesión erótica en la calle, para mí y para Javi, aunque la hagamos después.
Laura: Perfecto por mí no hay problema... eres una tía estupenda y si sigues queriéndola, despues de todo esto... hasta te la regalo. Te dejo con tu cafetería y tu día. Cuando tengas la cabeza clara, me escribes. Y recuerda, sea lo que sea que decidas, vas a salir ganando. Tienes un cuerpo y una presencia cautivadora para hombre y mujeres.
Laura se levantó, le dio un beso profundo en la mejilla, quizás más prolongado de lo normal y se fue. Gema se quedó sentada un rato, mirando la taza vacía, con el corazón latiéndole fuerte.
Por la noche, cuando llegó a casa y me lo contó todo, todavía llevaba los shorts vaqueros ceñidos que se clavaban entre las nalgas. Se sentó en el sofá a mi lado, abrió las piernas un poco y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Javi… Laura quiere aplazar lo de exteriores. Y me ha soltado todo esto de la marca, del catálogo público, de que si acepto me van a ver todos… —susurró, la voz temblorosa, pero con esa chispa que no se apagaba—. Me da mied, pero también me pone y mucho.
Le besé el cuello, solte los botones del short lo justo para meter la mano y agarré donde pude.
—Piénsalo con calma —le dije—. Lo que decidas, lo hacemos juntos. Pero joder… imaginarte posando para una marca, sabiendo que vas a estar en webs y catálogos… me pone la polla dura solo de pensarlo.
Ella se rio bajito, se giró y me besó profundo.
-- Cabrón fóllame esta noche pensando en cómo todo el que quiera, podra verme y hacerse una paja viéndome.
No me lo pensé, le bajé los shorts, ¡¡¡y metí mi lengua entre sus labios vaginales que ya estaban encharcados, AAAHHH!!!, VENGA JODER!!, SE QUE SABES HACERLO MEJOR!!!, VENGA CABRÓN!!!! NO QUIERES QUE ME VEAN COMO UNA GUARRA???!!! , PUES GANATELO!!!
Metía mi lengua, escupía sobre aquel coño ya empapado, mis dedos húmedos y rojos, penetraban esa cavidad que cada vez se hacía más grande, pero sabía que nada era suficiente, que cuando Gema se ponía burra, necesita más...
--¡¡JORDER!! Menudo cabrón... venga... dime como quieres que pose!!! ¡¡Como quieres que me miren y me vean!!
Pero yo lo más que lograba hacer era levantar los ojos para mirar como ella sola se sobaba las tetas, como las maltrataba de forma ordinaria, como se estiraba los pezones hasta límites imposibles.
--¡¡METEME LOS DEDOS EN EL CULO, COÑO!!, HAZME DISFRUTAR COMO SI FUERA TU PUTA!!!, O LA DE OTRO!!!, PERO DAME MAS!!!.. AHAHHHAHHAH!!!
--- AHAHAHAHAH, suspiraba en voz alta, ¡¡¡ QUIERO VERTE FOLLAR CON OTRA!!! QUIERO VER SI ERES CAPAZ DE FOLLARTE A OTRA Y HACERLA DISFRUTAR!!!!...
Me levanté y la envestí con mi polla, aun sabiendo que siempre seria menos de lo que necesitaba, que el tamaño de ese coño no era para mí, pero en ese instante me volví egoísta, y empecé a bombear con fuerza, mientras le contaba como iban a mirarla, como la gente pensaría que era una puta por posar así, de forma pública y estalle, estalle dentro de ella, dejándola a medias, a medias otra vez... los dos con el corazón a mil.
-- ME CAGO EN LA PUTA!!, NO SERA VERDAD???
--Perdona cariño, pero es que... ¿quieres que vaya a por nuestro amigo?
-- JAVI COÑO!!, NUESTRO AMIGO??, CUALQUIER DIA ME DEJO FOLLAR POR ALGUIEN!!, joder Javi, que necesito correrme, que me folles en condiciones y me hagas correrme... ¡QUITA!
Y me echo a un lado levantó y se fue a la ducha...pude escuchar cómo se corría tocándose ella sola.
Esa noche, ya en la cama en silencio. Ella solo con un tanga cómodo marcando una línea profunda entre esas nalgas tan poderosas, quise apoyar la mano en su muslo, pero ella me la apartó
Al final fue ella quien rompió el silencio, girándose hacia mí con los ojos verdes muy abiertos, como si acabara de tener una revelación.
—Javi… cuanto más lo pienso, más me atrae —susurró, la voz baja pero firme—. Al principio me daba pánico lo de que la familia, los vecinos, los amigos… todos me vieran en lencería en un catálogo. Pero… joder, ¿y qué? Es como cuando voy a la playa, me pongo el bikini más pequeño que tengo, me quito la parte de arriba para hacer topless, me tumbo al sol con las tetas al aire, y la gente pasa, mira, algunos se quedan mirando más de la cuenta… y a mí me gusta. Me siento libre, guapa, deseada. Nadie se escandaliza, nadie me juzga de verdad. Es solo un cuerpo en la playa. Pues esto es lo mismo, un catálogo de lencería. Modelos reales, curvas como las mías, posando con conjuntos bonitos. No es porno, no es exhibicionismo salvaje. Es… arte. Es mostrarme como soy, y que otras mujeres digan “yo también puedo verme así”. Si mi prima o mi tía lo ven… que lo vean. Si el vecino del tercero entra en la web y me reconoce… que me reconozca. Al final, soy yo. Y estoy cañón.
Se rio bajito, nerviosa pero decidida, y se quedó mirando.
—Me pone... y sé que a ti también. Saber que van a verme así, en corsé o en body, con esa mirada que pongo cuando estoy cachonda… y que al día siguiente les sirva el café como si nada. Es el mismo morbo que cuando me quito el top en la playa y noto las miradas. Solo que ahora… queda grabado para siempre.
La besé profundo, metiendo la mano por su cintura, apartando el tanga empapado y rozándole el clítoris hinchado.
—Entonces… ¿quieres ir a por ello? —le pregunté, la voz ronca, mientras ella gemía bajito contra mi boca.
—Sí —jadeó—. Dile a Laura que concierte con la marca el día de la sesión de prueba. Que vengan a ver cómo me muevo, cómo poso, cómo miro a cámara. Quiero que me vean en acción. Y si les gusto… que me hagan la oferta. Pero sin prisas. Paso a paso.
-- Pero también te digo una cosa... lo nuestro... tenemos que arreglarlo... no puedes dejarme asi cada vez que hacemos el amor. Tenemos que solucionarlo.
Esa misma noche, perdidos en el morbo, Gema cogió el móvil y escribió a Laura.
Gema: Hola Laura. Lo he pensado bien. Me atrae mucho más de lo que creía. Quiero hacer la sesión de prueba con la marca presente. Concierta con ellas el día que mejor os venga a todas. A ver que les parece y si les gusta… que me hagan la oferta. Estoy lista.
Laura respondió en menos de cinco minutos.
Laura: ¡Esa es mi reina!️ Hablo con ellas mañana a primera hora. Te confirmo, pero creo que el martes por la tarde encajaría perfecto estudio privado, horario discreto, ellas dos solas como observadoras. Nada de presión, solo ver cómo te desenvuelves. Trae lo que quieras ponerte (o usa lo que tengo yo). Va a ser brutal. Prepárate para ser una estrella..
Gema dejó el móvil, se giró hacia mí con una sonrisa lenta y peligrosa, y se subió a horcajadas.
—Martes —susurró—. El martes poso para una marca de verdad… y quizás me vean miles de personas en lencería. Y tú… tú vas a tener que aprender de una puta vez a follarme con fantasías o sin ellas.
Creo q vas super acertado..! Gracias!
 
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