Hugo Styglitz
Miembro muy activo
ufff es un "mancillador", jajajaja no va a respetar nada, ni a su madre ni a su tía,,,, ufff que interesante se pone esto
Follow along with the video below to see how to install our site as a web app on your home screen.
Note: This feature may not be available in some browsers.
Buena gente este Sergio, es un personaje que le tengo mucho cariño. Pero... Todavía está por ver si mancilla o no... Jajajajaufff es un "mancillador", jajajaja no va a respetar nada, ni a su madre ni a su tía,,,, ufff que interesante se pone estoes buena g
"apunta maneras".... a ver si apunta bienBuena gente este Sergio, es un personaje que le tengo mucho cariño. Pero... Todavía está por ver si mancilla o no... Jajajaja
Joder, menudo morbazo.13
Se despertó sobresaltado debido a un golpe. Miró el móvil dándose cuenta de que eran las ¡Cuatro de la mañana! No había otra alternativa, las dos mujeres estaban de regreso. No trató de volver a dormir, habían puesto la música al máximo y conciliar el sueño era una quimera. Habían entrado en casa bebidas y cantando como dos estrellas de rock.
Con su pijama, o más bien ropa de deporte, descendió las escaleras para ver que ocurría. Su madre bailaba encima del sofá ante su hermana que la imitaba delante del televisor. Habían puesto una lista de reproducción en el móvil y sonaba similar a un concierto, al joven le dio la impresión de estar contemplando a dos amigas suyas de la universidad y no dos mujeres de mediana edad. Aunque bueno… pensándolo mejor, quizá dos chicas de su edad se comportasen algo menos alocadas.
—Vaya, Sergio, te hemos despertado… y eso que hemos puesto la música bajita —dijo su tía muy ebria, el muchacho no pudo discernir si lo decía en broma o en serio. Aunque más tiraba por lo segundo.
—Me parece que está al máximo —apuntilló.
—¿Hijo, no vendrás a quejarte? Aguafiestas, aguafiestas… —Mari miró a su hermana y esta la siguió a coro, haciendo que Sergio levantase los brazos para acallarlas sintiéndose el padre de ambas.
—Para nada, solo quería comprobar que estáis bien, vuelvo a la cama.
—Estamos mejor que bien… —contestó su tía con la mirada fija en el muchacho— ¿Por qué no te quedas?
—¡Venga! —añadió su madre. Dudó, pero al momento pensó “¿Por qué no?”— lo siento hijo, creo que nunca me has visto así.
—¿Lo dices por lo guapa que vas? —las palabras le fluyeron con sinceridad, puesto que era lo que realmente sentía. Su madre se bajó del sofá con el rostro enrojecido por tal halago.
—¡Toma! —retomó la conversación Carmen con un tono que mostraba embriaguez— es un amor de hijo, de esto es lo que te he hablado.
Las mujeres vieron como Sergio se acercaba a ellas y estando los tres a la misma altura, se sentaron en el sofá, apagando la música por fin.
—¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó Sergio mirando a las dos.
—De maravilla, como dos chiquillas —los ojos de Carmen brillaban, por la felicidad y el alcohol— por un momento hemos vuelto a la adolescencia. Incluso hemos espantado a unos moscones, podríamos haber ligado y todo, estamos hechas unas mozas Mari.
Su madre dio un sorbo a la copa que tenía en la mesa y no pudo evitar taparse los labios para no reírse y derramar todo el líquido. Sergio pudo ver que los ojos de Mari, por un momento contemplaban el infinito evocando recuerdos muy vividos de su adolescencia.
—Por cierto —cortó Mari volviendo de su viaje al pasado—, me ha contado tu tía que quiere escribir un libro ¿Qué te parece?
—Fantástico, aunque todavía está en proceso, lo tiene bien construido. Pero, le tiene que dar el giro final.
—Tu madre ha pensado que tiene que ser algo guarro, bueno aunque al principio lo llamaba “guarrete”, la palabra ha variado con la suma de copas.
—¿Sí? —al joven no le cabía en la cabeza que su madre pensara eso, la tenía por una mujer demasiado escueta en cuanto al sexo.
—Es lo que se lleva ahora, tienes que meter amor y algo más, si no ¿para qué…?
Sergio sonrió sin pudor al escuchar ese “pare que”, haciendo contacto con los preciosos ojos azules de su madre la cual le mostraba una media sonrisa como nunca antes lo había hecho “¿Está feliz?”. Los ojos algo vidriosos por el alcohol, brillaban con la tenue luz de la sala y hacían que Sergio se extrañase por ver a esa mujer… porque no parecía su madre.
—Jamás te había visto así, estás menos… tensa… Me encanta, mamá, es como si fueras otra persona… me gusta la Mari que veo.
—¡Hijo! Calla ya, que me van a subir los colores.
—Dale un abrazo a tu hijo, que es el único que tienes. Yo no tengo, pobre de mí —saltó Carmen de pronto, haciéndose pasar por la reina del drama.
Aunque a Mari en cualquier momento le hubiera avergonzado, con el alcohol parecía haber olvidado ese poco apego por lo cariñoso. Sentada como estaba al lado de su hijo, abrió los brazos rodeándole con relativa fuerza.
Escuchó a su hermana aplaudir a su espalda y le salió una pequeña sonrisa pensando en lo boba que era, pero de pronto, algo cambio. En el instante previo a la separación, su hijo giró su cabeza, Mari sintió como los labios del muchacho se posaban en su cuello dándola un beso de amor fraternal.
Cada uno se sentó como antes y la mujer no dio muestras de nada en particular, salvo que dentro de ella un cosquilleo muy sentido le había recorrido el cuerpo. Se miró con disimulo mientras se frotaba el brazo derecho, tenía toda la piel erizada.
Sintiéndose mucho más mareada que antes, pidió disculpas como si estuviera en una reunión de negocios, encaminándose a la cocina a por un vaso de agua. Con aquel beso todo el cuerpo se le había revuelto, seguramente debido al alcohol. De mientras en la sala, Carmen y Sergio se quedaron solos.
—¿Ha venido tu madre y ahora va a acaparar todos los abrazos? —abrió los brazos a su sobrino.
Los dos se abrazaron mientras Mari seguía en la cocina consiguiendo que su cuerpo y mente volvieran a estabilizarse. Después de un apretón aún más fuerte por parte de su tía, ambos se separaron sin dejar de mirarse.
Trató de evitarlo, pero le era imposible, su tía estaba tan guapa que pasaba los ojos de forma fugaz por su cuerpo. Analizaba cada curva, cada centímetro de piel expuesto, sintiendo que estaba no delante de una mujer, sino de una diosa. Y lo más curioso, es que cuanto más la miraba, más bella la sentía.
Su exhaustivo análisis se detuvo en los ojos de Carmen, los preciosos ojos iguales a los de su madre. Pero ¡Qué sorpresa! Carmen con cierto descaro o poco cuidado debido a su embriaguez, tenía la mirada clavada en la entrepierna del chico.
Sergio se atoró al momento, sintiendo un nerviosismo inigualable. La observó con detenimiento, son dos o tres segundos en los que la descubrió mirando su miembro viril. La mujer se sentía agitada, su respiración era acelerada y su pecho y subía y bajaba abruptamente. No se lo podía creer, ¡su tía le estaba mirando el pene!
Intentó aparentar que no la había pillado, pero daba igual, porque lo peor era otra cosa. Debido al arrumaco reciente con Carmen, su pene comenzaba a atisbarse como un pequeño bulto y ahí era donde su tía tenía fijada la mirada.
Carmen pensaba que solo había sido un vistazo fugaz y que en el abrigo del hogar nadie se había enterado de cómo le miraba la entrepierna a Sergio, pero no es así. Lo que la descolocó fue el bulto que comenzaba a emerger saludándola, viéndose a la perfección con la luz de las lámparas.
Querría contenerse, pero eso ya le es imposible. Algo apareció en su vientre, una bola que le subía por la garganta deshaciendo nudos y al final, le obliga a abrir la boca para expulsar lo siguiente.
—Qué curioso…
—No, no, esto… —habló rápido Sergio tratando de cortar a Carmen que ahora se tapaba la boca evitando que la sonrisa le cubriera todo el rostro— No, a ver…
—¿Qué reís sin mí? —escucharon como Mari venía desde la cocina.
—No nada, tu hijo, que le encanta estar con nosotras. —el joven sintió sin ningún tipo de dudas que esa mirada ya no era normal.
—No estás nada mal aquí ¿eh, cariño? —Mari había llegado hasta donde ellos.
Su corazón se le salía del pecho, su empalme había sido visto por su tía y además durante varios segundos. Pensó qué pasaría si estuvieran solos, si no estuviera su madre, si Sol no cortase la tensión… lo sabía con certeza, se lanzaría a por ella pasara lo que pasara… “A tomar por culo la moralidad”.
Sin embargo, no era el momento, le quedaban varios días, tenía todavía otra vida para gastar, lo sentía. Aun así, la mirada de Carmen era demasiado intensa y no le dejaba respirar. Su rostro bello como siempre, aunaba una mezcla de embriaguez y lujuria de la cual no podía escapar, era un momento soñado, pero con su madre allí… ni hablar.
—Creo que es hora de ir a cama —comentó su madre al ver que nadie hablaba— además, Sergio, no son horas que estés levantado.
Esa broma hizo que la tensión del joven se desvaneciera, logrando que cierta parte de la sangre de su cuerpo dejara de fluir a los bajos. Sonrió de manera lamentable, incluso sintiendo como el labio le temblaba, a su tía en cambio no le temblaba nada.
—¿Te ayudo, mamá? Esas escaleras no las conoces y no te veo del todo bien.
—No, mejor… bueno, mejor sí —acabó diciendo Mari sabiendo que no estaba para muchos paseos— estoy un poco… bastante borracha.
El alcohol había hecho mella en ella y su mirada, estaba un poco perdida. Por lo que Sergio actuando como un caballero, la sujetó de la cintura andando junto a ella mientras su madre le rodeaba el cuello con su brazo.
Los tacones de ambas retumbaron con fuerza en la madera al tiempo que subían. Era evidente que Mari no podía subir sola, aquel último abrazo con ese… beso, le había hecho que todo su cuerpo se derrumbara. No estaba acostumbrada a beber, eso era verdad, pero una cosa pasó por su cerebro lleno de alcohol, “menos acostumbrada estoy a los besos en el cuello”.
A Sergio no le costó subirla, aunque lo peor sucedería en el momento que el vestido de su madre se estiraba demasiado junto a su cuerpo y algo del sujetador empezó salir a la luz. Trató de no mirar, pero la calentura que dominaba su cuerpo esos días le obligó a hacerlo. “¿Por qué lo hago? Es que este día no se acaba…” se maldijo una y otra vez en un lapso de tiempo muy corto.
El sujetador de su madre dejaba muy bien los senos que contenía, apretados… tocándose el uno al otro… esponjosos como había visto los de su tía, parecían sendas nubes de algodón. Giró bruscamente la cabeza para no caer de nuevo en la tentación de esos grandes pechos, a su miembro viril ya le daba igual de quien eran, solo pensaba que al fin y al cabo eran grandes mamas.
“Mierda que es mi madre, estoy enfermo” se dijo notando un calor que retornaba a la entrepierna. En su cabeza solo cabía una excusa, “son similares a los de Carmen, quizá mi subconsciente me haya hecho ponerme…”. Aquello no valía y Sergio lo sabía muy bien. La única diferencia entre un busto y el otro era que la delgadez de Mari hacia una ilusión óptica de que fueran más grandes, por lo demás, eran idénticos. “Deja de pensar eso imbécil” se gritó en un momento.
Antes de darse cuenta resopló aliviado llegando a la habitación de Mari y entrando en ella todavía con la mano en la cintura de su madre, “menos mal”.
—De aquí en adelante…
—Mejor acompáñame —le dijo su madre con la boca pastosa y un ojo medio cerrado.
Llegaron al centro de la habitación, muy similar a la que el mismo habitaba. Mari le señaló la maleta, Sergio entendió que quería el pijama. Rebuscó con rapidez, encontrando el primero y dándoselo a su madre la cual parecía más dormida que despierta. La mujer se dio la vuelta, dando la espalda a su hijo y abriendo la boca para decir algo.
—Quítame la cremallera, por favor.
Estaba nervioso. Los dedos de Sergio bajaron la cremallera con torpeza, topándose con el final cerca del comienzo del trasero de su madre. Sin que nadie se lo pidiera, por un gesto natural… o eso creía, posó ambas manos en los hombros de su progenitora. Desde allí, le fue bajando el vestido hasta que comenzó a resbalar con independencia por toda su piel. De forma silenciosa, acabó por caer alrededor de sus pies.
Mari con su poca conciencia, se dio la vuelta teniendo de frente a su hijo. Su cuerpo estaba en ropa interior, esa ropa interior tan bonita y tan cara que su hermana le había comprado y que ella, al principio cortésmente había rechazado.
Su hijo la miraba a los ojos y ella hacía lo propio, dándose cuenta de las pocas veces que le miraba por tanto tiempo y con tanta atención. Su hijo había crecido y muy bien además, convirtiéndose en un pequeño hombrecito que dentro de poco volaría de su nido con la mujer perfecta. Abrió sus brazos y sin notar la incertidumbre de Sergio por lo que ocurría, abrazó de nuevo a su hijo esta vez sin que nadie se lo pidiera.
Como si fuera una muñeca de porcelana, el chico la rodeó tocándola con suavidad. Se le hizo de lo más extraño tocar la piel desnuda de su madre, aunque… no le desagradó.
—Muchas gracias, te quiero —ninguno de los dos recordaba tanto amor en tan poco tiempo. Su madre se envalentonó, movida por su embriaguez, dándole un beso en la mejilla al tiempo que acariciaba la contraria. Sergio no entendía a que venía todo aquello, aunque la culpa estaba clara que era del alcohol, sin embargo su cuerpo… lo agradeció.
—Yo también te quiero, hermana —habló Carmen desde la puerta observando todo este tiempo como un guardián silencioso.
El joven salió de la estancia mientras su madre en vez de meterse en la cama, casi se lanzaba sin ponerse el pijama ni quitarse los zapatos. La vio por última vez, tumbada, inerte, seguramente ya dormida y aun sorprendido por como la había visto, “tan libre, cariñosa, efusiva… guapa…”
La mujer ya en el pasillo, observaba como su sobrino cerraba la puerta con la mente ausente del mundo terrenal. El alcohol aunque todavía muy presente le ha dejado ver esa rara situación con Mari y no puede dejar de mirarle.
—Es hora de dormir, cariño.
—Si… —Sergio se fijó en su tía, su figura apoyada en la barandilla parece que hubiera crecido diez metros y se lo fuera a engullir. Algo le atenazaba de pronto dejándole paralizado.
—Por cierto, solo una duda. —la boca se le secó al joven, su tía se acercó y no pudo evitar pensar, en las múltiples cosas que sentía por ella— Eso de ahí abajo. —estiró uno de sus dedos con una larga uña pintada y con tono serio señaló la entrepierna abultada del joven— ¿Ha pasado por Mari o… por otra?
Al muchacho le encantaría responderla, pero no pudo. Su lengua se trabó y su boca no permitía movimiento alguno. Quería decirle de todo, sin embargo… no le salió. Sus labios no se movían, su garganta estaba paralizada y la tripa le daba vueltas. Por mucho que imaginase, por mucho que lo deseara, seguía siendo su tía y esas palabras no concordaban hacia ella.
—Por… por… por… —le salió decir en un susurro mientras creía que su corazón había parado de latir.
—¿Por…? —miró con duda al muchacho que era un conejo asustado y terminó por preguntarle— ¿las dos? —mantuvo una media sonrisa pícara. Para después darse la vuelta y añadir— bueno, vete a cama, Sergio, que mañana tendremos que cuidar a tu madre.
Carmen desapareció contoneando su trasero hasta su habitación dejando a Sergio solo, en medio del pasillo con la erección más dura que jamás había sentido en su vida. Dándose la vuelta, al ver como su tía entraba en la habitación, hizo lo propio. Ni siquiera quería tocársela, demasiadas emociones en menos de media hora. Se tumbó en la cama, pero el corazón le estaba inquieto y algo que rondaba por abajo, quería escapar de su pantalón, si era necesario, desgarrando la tela.
No lo soportaba, no podía aguantarse más. Levantándose de la cama como si tuviera un muelle en la espalda y haciendo caso a su “cerebro de abajo”, siguió el camino que su dura entrepierna le marcaba.
Recorrió el pasillo totalmente a oscuras, solo una única luz salía por la rendija de la última puerta, la de Carmen. Pasó al lado de la puerta de su madre, apenas se escuchaba nada, su madre o estaba muerta o dormida como un oso en plena hibernación, no le prestó demasiada atención, tenía un objetivo.
Respiraba con excesiva rapidez y la boca estaba tan seca que ni con la piscina entera la conseguiría humedecer. Su garganta era un amasijo de músculos agarrotados que apenas podían sacar un pequeño sonido gutural. Sin darse cuenta, llegó a su destino, una puerta de madera de color negro, con un picaporte plateado. La puerta de su tía Carmen.
CONTINUARÁ...
13
Se despertó sobresaltado debido a un golpe. Miró el móvil dándose cuenta de que eran las ¡Cuatro de la mañana! No había otra alternativa, las dos mujeres estaban de regreso. No trató de volver a dormir, habían puesto la música al máximo y conciliar el sueño era una quimera. Habían entrado en casa bebidas y cantando como dos estrellas de rock.
Con su pijama, o más bien ropa de deporte, descendió las escaleras para ver que ocurría. Su madre bailaba encima del sofá ante su hermana que la imitaba delante del televisor. Habían puesto una lista de reproducción en el móvil y sonaba similar a un concierto, al joven le dio la impresión de estar contemplando a dos amigas suyas de la universidad y no dos mujeres de mediana edad. Aunque bueno… pensándolo mejor, quizá dos chicas de su edad se comportasen algo menos alocadas.
—Vaya, Sergio, te hemos despertado… y eso que hemos puesto la música bajita —dijo su tía muy ebria, el muchacho no pudo discernir si lo decía en broma o en serio. Aunque más tiraba por lo segundo.
—Me parece que está al máximo —apuntilló.
—¿Hijo, no vendrás a quejarte? Aguafiestas, aguafiestas… —Mari miró a su hermana y esta la siguió a coro, haciendo que Sergio levantase los brazos para acallarlas sintiéndose el padre de ambas.
—Para nada, solo quería comprobar que estáis bien, vuelvo a la cama.
—Estamos mejor que bien… —contestó su tía con la mirada fija en el muchacho— ¿Por qué no te quedas?
—¡Venga! —añadió su madre. Dudó, pero al momento pensó “¿Por qué no?”— lo siento hijo, creo que nunca me has visto así.
—¿Lo dices por lo guapa que vas? —las palabras le fluyeron con sinceridad, puesto que era lo que realmente sentía. Su madre se bajó del sofá con el rostro enrojecido por tal halago.
—¡Toma! —retomó la conversación Carmen con un tono que mostraba embriaguez— es un amor de hijo, de esto es lo que te he hablado.
Las mujeres vieron como Sergio se acercaba a ellas y estando los tres a la misma altura, se sentaron en el sofá, apagando la música por fin.
—¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó Sergio mirando a las dos.
—De maravilla, como dos chiquillas —los ojos de Carmen brillaban, por la felicidad y el alcohol— por un momento hemos vuelto a la adolescencia. Incluso hemos espantado a unos moscones, podríamos haber ligado y todo, estamos hechas unas mozas Mari.
Su madre dio un sorbo a la copa que tenía en la mesa y no pudo evitar taparse los labios para no reírse y derramar todo el líquido. Sergio pudo ver que los ojos de Mari, por un momento contemplaban el infinito evocando recuerdos muy vividos de su adolescencia.
—Por cierto —cortó Mari volviendo de su viaje al pasado—, me ha contado tu tía que quiere escribir un libro ¿Qué te parece?
—Fantástico, aunque todavía está en proceso, lo tiene bien construido. Pero, le tiene que dar el giro final.
—Tu madre ha pensado que tiene que ser algo guarro, bueno aunque al principio lo llamaba “guarrete”, la palabra ha variado con la suma de copas.
—¿Sí? —al joven no le cabía en la cabeza que su madre pensara eso, la tenía por una mujer demasiado escueta en cuanto al sexo.
—Es lo que se lleva ahora, tienes que meter amor y algo más, si no ¿para qué…?
Sergio sonrió sin pudor al escuchar ese “pare que”, haciendo contacto con los preciosos ojos azules de su madre la cual le mostraba una media sonrisa como nunca antes lo había hecho “¿Está feliz?”. Los ojos algo vidriosos por el alcohol, brillaban con la tenue luz de la sala y hacían que Sergio se extrañase por ver a esa mujer… porque no parecía su madre.
—Jamás te había visto así, estás menos… tensa… Me encanta, mamá, es como si fueras otra persona… me gusta la Mari que veo.
—¡Hijo! Calla ya, que me van a subir los colores.
—Dale un abrazo a tu hijo, que es el único que tienes. Yo no tengo, pobre de mí —saltó Carmen de pronto, haciéndose pasar por la reina del drama.
Aunque a Mari en cualquier momento le hubiera avergonzado, con el alcohol parecía haber olvidado ese poco apego por lo cariñoso. Sentada como estaba al lado de su hijo, abrió los brazos rodeándole con relativa fuerza.
Escuchó a su hermana aplaudir a su espalda y le salió una pequeña sonrisa pensando en lo boba que era, pero de pronto, algo cambio. En el instante previo a la separación, su hijo giró su cabeza, Mari sintió como los labios del muchacho se posaban en su cuello dándola un beso de amor fraternal.
Cada uno se sentó como antes y la mujer no dio muestras de nada en particular, salvo que dentro de ella un cosquilleo muy sentido le había recorrido el cuerpo. Se miró con disimulo mientras se frotaba el brazo derecho, tenía toda la piel erizada.
Sintiéndose mucho más mareada que antes, pidió disculpas como si estuviera en una reunión de negocios, encaminándose a la cocina a por un vaso de agua. Con aquel beso todo el cuerpo se le había revuelto, seguramente debido al alcohol. De mientras en la sala, Carmen y Sergio se quedaron solos.
—¿Ha venido tu madre y ahora va a acaparar todos los abrazos? —abrió los brazos a su sobrino.
Los dos se abrazaron mientras Mari seguía en la cocina consiguiendo que su cuerpo y mente volvieran a estabilizarse. Después de un apretón aún más fuerte por parte de su tía, ambos se separaron sin dejar de mirarse.
Trató de evitarlo, pero le era imposible, su tía estaba tan guapa que pasaba los ojos de forma fugaz por su cuerpo. Analizaba cada curva, cada centímetro de piel expuesto, sintiendo que estaba no delante de una mujer, sino de una diosa. Y lo más curioso, es que cuanto más la miraba, más bella la sentía.
Su exhaustivo análisis se detuvo en los ojos de Carmen, los preciosos ojos iguales a los de su madre. Pero ¡Qué sorpresa! Carmen con cierto descaro o poco cuidado debido a su embriaguez, tenía la mirada clavada en la entrepierna del chico.
Sergio se atoró al momento, sintiendo un nerviosismo inigualable. La observó con detenimiento, son dos o tres segundos en los que la descubrió mirando su miembro viril. La mujer se sentía agitada, su respiración era acelerada y su pecho y subía y bajaba abruptamente. No se lo podía creer, ¡su tía le estaba mirando el pene!
Intentó aparentar que no la había pillado, pero daba igual, porque lo peor era otra cosa. Debido al arrumaco reciente con Carmen, su pene comenzaba a atisbarse como un pequeño bulto y ahí era donde su tía tenía fijada la mirada.
Carmen pensaba que solo había sido un vistazo fugaz y que en el abrigo del hogar nadie se había enterado de cómo le miraba la entrepierna a Sergio, pero no es así. Lo que la descolocó fue el bulto que comenzaba a emerger saludándola, viéndose a la perfección con la luz de las lámparas.
Querría contenerse, pero eso ya le es imposible. Algo apareció en su vientre, una bola que le subía por la garganta deshaciendo nudos y al final, le obliga a abrir la boca para expulsar lo siguiente.
—Qué curioso…
—No, no, esto… —habló rápido Sergio tratando de cortar a Carmen que ahora se tapaba la boca evitando que la sonrisa le cubriera todo el rostro— No, a ver…
—¿Qué reís sin mí? —escucharon como Mari venía desde la cocina.
—No nada, tu hijo, que le encanta estar con nosotras. —el joven sintió sin ningún tipo de dudas que esa mirada ya no era normal.
—No estás nada mal aquí ¿eh, cariño? —Mari había llegado hasta donde ellos.
Su corazón se le salía del pecho, su empalme había sido visto por su tía y además durante varios segundos. Pensó qué pasaría si estuvieran solos, si no estuviera su madre, si Sol no cortase la tensión… lo sabía con certeza, se lanzaría a por ella pasara lo que pasara… “A tomar por culo la moralidad”.
Sin embargo, no era el momento, le quedaban varios días, tenía todavía otra vida para gastar, lo sentía. Aun así, la mirada de Carmen era demasiado intensa y no le dejaba respirar. Su rostro bello como siempre, aunaba una mezcla de embriaguez y lujuria de la cual no podía escapar, era un momento soñado, pero con su madre allí… ni hablar.
—Creo que es hora de ir a cama —comentó su madre al ver que nadie hablaba— además, Sergio, no son horas que estés levantado.
Esa broma hizo que la tensión del joven se desvaneciera, logrando que cierta parte de la sangre de su cuerpo dejara de fluir a los bajos. Sonrió de manera lamentable, incluso sintiendo como el labio le temblaba, a su tía en cambio no le temblaba nada.
—¿Te ayudo, mamá? Esas escaleras no las conoces y no te veo del todo bien.
—No, mejor… bueno, mejor sí —acabó diciendo Mari sabiendo que no estaba para muchos paseos— estoy un poco… bastante borracha.
El alcohol había hecho mella en ella y su mirada, estaba un poco perdida. Por lo que Sergio actuando como un caballero, la sujetó de la cintura andando junto a ella mientras su madre le rodeaba el cuello con su brazo.
Los tacones de ambas retumbaron con fuerza en la madera al tiempo que subían. Era evidente que Mari no podía subir sola, aquel último abrazo con ese… beso, le había hecho que todo su cuerpo se derrumbara. No estaba acostumbrada a beber, eso era verdad, pero una cosa pasó por su cerebro lleno de alcohol, “menos acostumbrada estoy a los besos en el cuello”.
A Sergio no le costó subirla, aunque lo peor sucedería en el momento que el vestido de su madre se estiraba demasiado junto a su cuerpo y algo del sujetador empezó salir a la luz. Trató de no mirar, pero la calentura que dominaba su cuerpo esos días le obligó a hacerlo. “¿Por qué lo hago? Es que este día no se acaba…” se maldijo una y otra vez en un lapso de tiempo muy corto.
El sujetador de su madre dejaba muy bien los senos que contenía, apretados… tocándose el uno al otro… esponjosos como había visto los de su tía, parecían sendas nubes de algodón. Giró bruscamente la cabeza para no caer de nuevo en la tentación de esos grandes pechos, a su miembro viril ya le daba igual de quien eran, solo pensaba que al fin y al cabo eran grandes mamas.
“Mierda que es mi madre, estoy enfermo” se dijo notando un calor que retornaba a la entrepierna. En su cabeza solo cabía una excusa, “son similares a los de Carmen, quizá mi subconsciente me haya hecho ponerme…”. Aquello no valía y Sergio lo sabía muy bien. La única diferencia entre un busto y el otro era que la delgadez de Mari hacia una ilusión óptica de que fueran más grandes, por lo demás, eran idénticos. “Deja de pensar eso imbécil” se gritó en un momento.
Antes de darse cuenta resopló aliviado llegando a la habitación de Mari y entrando en ella todavía con la mano en la cintura de su madre, “menos mal”.
—De aquí en adelante…
—Mejor acompáñame —le dijo su madre con la boca pastosa y un ojo medio cerrado.
Llegaron al centro de la habitación, muy similar a la que el mismo habitaba. Mari le señaló la maleta, Sergio entendió que quería el pijama. Rebuscó con rapidez, encontrando el primero y dándoselo a su madre la cual parecía más dormida que despierta. La mujer se dio la vuelta, dando la espalda a su hijo y abriendo la boca para decir algo.
—Quítame la cremallera, por favor.
Estaba nervioso. Los dedos de Sergio bajaron la cremallera con torpeza, topándose con el final cerca del comienzo del trasero de su madre. Sin que nadie se lo pidiera, por un gesto natural… o eso creía, posó ambas manos en los hombros de su progenitora. Desde allí, le fue bajando el vestido hasta que comenzó a resbalar con independencia por toda su piel. De forma silenciosa, acabó por caer alrededor de sus pies.
Mari con su poca conciencia, se dio la vuelta teniendo de frente a su hijo. Su cuerpo estaba en ropa interior, esa ropa interior tan bonita y tan cara que su hermana le había comprado y que ella, al principio cortésmente había rechazado.
Su hijo la miraba a los ojos y ella hacía lo propio, dándose cuenta de las pocas veces que le miraba por tanto tiempo y con tanta atención. Su hijo había crecido y muy bien además, convirtiéndose en un pequeño hombrecito que dentro de poco volaría de su nido con la mujer perfecta. Abrió sus brazos y sin notar la incertidumbre de Sergio por lo que ocurría, abrazó de nuevo a su hijo esta vez sin que nadie se lo pidiera.
Como si fuera una muñeca de porcelana, el chico la rodeó tocándola con suavidad. Se le hizo de lo más extraño tocar la piel desnuda de su madre, aunque… no le desagradó.
—Muchas gracias, te quiero —ninguno de los dos recordaba tanto amor en tan poco tiempo. Su madre se envalentonó, movida por su embriaguez, dándole un beso en la mejilla al tiempo que acariciaba la contraria. Sergio no entendía a que venía todo aquello, aunque la culpa estaba clara que era del alcohol, sin embargo su cuerpo… lo agradeció.
—Yo también te quiero, hermana —habló Carmen desde la puerta observando todo este tiempo como un guardián silencioso.
El joven salió de la estancia mientras su madre en vez de meterse en la cama, casi se lanzaba sin ponerse el pijama ni quitarse los zapatos. La vio por última vez, tumbada, inerte, seguramente ya dormida y aun sorprendido por como la había visto, “tan libre, cariñosa, efusiva… guapa…”
La mujer ya en el pasillo, observaba como su sobrino cerraba la puerta con la mente ausente del mundo terrenal. El alcohol aunque todavía muy presente le ha dejado ver esa rara situación con Mari y no puede dejar de mirarle.
—Es hora de dormir, cariño.
—Si… —Sergio se fijó en su tía, su figura apoyada en la barandilla parece que hubiera crecido diez metros y se lo fuera a engullir. Algo le atenazaba de pronto dejándole paralizado.
—Por cierto, solo una duda. —la boca se le secó al joven, su tía se acercó y no pudo evitar pensar, en las múltiples cosas que sentía por ella— Eso de ahí abajo. —estiró uno de sus dedos con una larga uña pintada y con tono serio señaló la entrepierna abultada del joven— ¿Ha pasado por Mari o… por otra?
Al muchacho le encantaría responderla, pero no pudo. Su lengua se trabó y su boca no permitía movimiento alguno. Quería decirle de todo, sin embargo… no le salió. Sus labios no se movían, su garganta estaba paralizada y la tripa le daba vueltas. Por mucho que imaginase, por mucho que lo deseara, seguía siendo su tía y esas palabras no concordaban hacia ella.
—Por… por… por… —le salió decir en un susurro mientras creía que su corazón había parado de latir.
—¿Por…? —miró con duda al muchacho que era un conejo asustado y terminó por preguntarle— ¿las dos? —mantuvo una media sonrisa pícara. Para después darse la vuelta y añadir— bueno, vete a cama, Sergio, que mañana tendremos que cuidar a tu madre.
Carmen desapareció contoneando su trasero hasta su habitación dejando a Sergio solo, en medio del pasillo con la erección más dura que jamás había sentido en su vida. Dándose la vuelta, al ver como su tía entraba en la habitación, hizo lo propio. Ni siquiera quería tocársela, demasiadas emociones en menos de media hora. Se tumbó en la cama, pero el corazón le estaba inquieto y algo que rondaba por abajo, quería escapar de su pantalón, si era necesario, desgarrando la tela.
No lo soportaba, no podía aguantarse más. Levantándose de la cama como si tuviera un muelle en la espalda y haciendo caso a su “cerebro de abajo”, siguió el camino que su dura entrepierna le marcaba.
Recorrió el pasillo totalmente a oscuras, solo una única luz salía por la rendija de la última puerta, la de Carmen. Pasó al lado de la puerta de su madre, apenas se escuchaba nada, su madre o estaba muerta o dormida como un oso en plena hibernación, no le prestó demasiada atención, tenía un objetivo.
Respiraba con excesiva rapidez y la boca estaba tan seca que ni con la piscina entera la conseguiría humedecer. Su garganta era un amasijo de músculos agarrotados que apenas podían sacar un pequeño sonido gutural. Sin darse cuenta, llegó a su destino, una puerta de madera de color negro, con un picaporte plateado. La puerta de su tía Carmen.
CONTINUARÁ...
Habrá que esperar un poquito jejejejeUff nos matas de intriga ahora, ya estopa deseando ver la notificación de nuevo capitulo del relato ,,,
Fabuloso voy por el49
Durmió tan a gusto, que hasta las 11 de la mañana no se levantó. Bajó a la sala mientras unos ruidos en el sótano llamaron su atención. Se imaginaba de sobra quien emitía esos sonidos, por lo que descendió las escaleras velozmente, con ganas de ver a su tía y allí la encontró.
La primera imagen ya le sorprendió, seguramente algo tendría que ver todo los sentimientos que su cuerpo albergaba. La mujer vestía con ropa de deporte, un sujetador deportivo que apretaba sus senos y una camiseta corta que dejaba ver un vientre plano. Tenía el pelo recogido en una coleta, algo poco usual de ver, y las mallas le apretaban tanto piernas como el trasero.
El muchacho tuvo que contener sus pensamientos y a su amigo más fiel, que también quería ejercitarse. Estaba observando a su tía, lejos de sus ropas de marca, más al “natural”. Apretada en unas mallas que la moldeaban como una escultura y un sudor que por extraño que pareciera a Sergio le encantó.
—O sea que este es el gimnasio, está muy chulo —dijo el joven mirando alrededor para evitar los ojos de su tía.
—Para estar sola es muy grande, ¿me acompañas? —le respondió Carmen secándose el sudor.
—Bueno… ¿Por qué no? —cada uno se montó en una bici estática y casi a la vez comenzaron a pedalear.
—Tengo que contarte algo, cariño, he hablado con tu madre —tenía la respiración acelerada— y… casi me grita por meterle el “paquete”, palabra de ella, de traerme el coche, pero va a venir. Me han dicho los del taller, que han arreglado el coche antes de lo previsto y que mañana estará. Por lo que mañana a la tarde la tendremos aquí —hizo un alto para respirar— He cogido cita para la peluquería y para el salón de belleza. Eso de primero, luego de segundo nos iremos de compras y quizá de postre a tomar algo, tengo el plan montado, ¿tú tienes algo pensado? Espero que entiendas que me la lleve sola.
—No molestar, eso haré. Cuando acabéis estoy con vosotras no te preocupes.
—Como quieras, cariño, eres tan bueno… pienso que le vendrá bien estar un rato a solas conmigo.
—Entonces, tía —añadió Sergio poniendo cara de tristeza irónica— ¿ya no estarás conmigo?, ¿Me abandonas?
—Es por una causa mayor. Además que hoy estamos los dos juntos, ¿te apetece hacer algo?
—Aun ni he desayunado, no tengo el cerebro para pensar.
—Bueno, los hombres eso de pensar… —jadeó debido al esfuerzo— ni a la mañana, ni a la tarde, ni…
—Creo que lo he entendido —cortó a Carmen.
—¿Seguro? Te lo puedo explicar. Sé que tardáis en pillar las…
—Tía, ¡Por dios!
Carmen se bajó de la bici resoplando y se secó el sudor tranquilamente con la toalla. Con paso pausado se acercó a Sergio que había dejado de pedalear aunque sin bajarse de la bicicleta. Desde su beneficiosa altura, el canalla pudo otear algo del escote que la camisa holgada le dejaba ver mientras escuchaba a la hermana de su madre.
—Quiero pedirte algo, sé que lo vas a hacer, pero no sé si merece la pena perder la tarde en eso, quiero que me contestes tú.
La parte más oscura de la mente de Sergio, rezaba por que le pidiera que pasasen la tarde de la forma más íntima que conocía “sin parar de…” retumbó en su mente. Sin embargo una cosa era la imaginación casi paranoica de un adolescente con las hormonas disparadas y otra, la realidad.
—Es lo que me comentaste ayer, me gustaría hablar contigo, ya sabes… de cómo estoy, no quiero hablarlo de momento con tu madre, quiero que disfrute. Mis problemas ya los debatiremos más tarde, ¿Qué te parece?
—Me parece perfecto —se bajó de la bici, más que nada para no tentarse a mirar de nuevo esa parte de su tía y propuso— ¿en la piscina, con una copa, sol y hamaca?
—Me has leído la mente.
—No tengo ese poder, pero sí que te voy conociendo más a fondo —“¡¿pero qué digo?!” pensó nada más terminar la frase, rezaba porque su tía no pensara de forma indebida.
—Me alegro, cariño —Carmen le miró a los ojos, “si esa frase tuviera doble sentido…”— bueno, voy a subir que creo que ya bajé el sándwich de ayer. Tan pequeño… y como cuesta de quemar, —se dio la vuelta dirigiéndose a las escaleras a la par que aún le daba vueltas a la frase del chico, “más a fondo…”. Se rio por dentro, pensando lo niñata de instituto que parecía, con ilusiones tan irreales, pero cuando su cabeza se lo gritó de nuevo, un cosquilleo nació en su entrepierna y este, era muy real.
—Tía, no mientas —escuchó la voz de Sergio que le sacaba de sus pensamientos eróticos— ese pequeño sándwich no te hace mala figura… eres una privilegia, seguro que muchas de mi edad no te harían sombra.
—Uy gracias, cielo —“¡cambia de tema o lárgate!” se exigió Carmen.
Ambos se sonrieron, Carmen sin poder evitarlo se sonrojó, saliendo del sótano y resoplando cuando supo que Sergio no estaba cerca. Pasar tiempo al lado de su sobrino había pasado el límite de la comodidad, su cercanía le provocaba una satisfacción incalculable. Además… esas conversaciones… ¿Por qué exageraba la normalidad? Si no había nada de doble sentido en ellas. No obstante, su mente las hacía de lo más inapropiadas, desde la noche anterior su cuerpo había cambiado y seguramente más la estaban por suceder.
10
Comieron tranquilos en la mesa de la cocina, en silencio y disfrutando de cada bocado. Seguramente tanta calma se debió a que Sol, la mujer que rondaba la cuarentena y que según Sergio era muy poco agraciada, les acompañó por insistencia de Carmen. El muchacho la observó por un momento, sus kilos de más la hacían que no entrase en su clasificación y su maligna mente se rio de sí mismo diciéndole, “superficial”.
Mientras estuvo Sol en la casa apenas tuvieron contacto, como si la presencia de la mujer fuera suficiente para alejarlos. Aunque no le daban forma a la idea, los dos se sentían dos amantes que trataban de eludirse para no despertar sospechas en terceras personas. Sin embargo, no lo eran… ¿Por qué sentían aquello?
Sol marchó sobre las cuatro de la tarde, momento que aprovechó Carmen para subir a su habitación y volver vestida para la piscina. Sergio que ya se había puesto el bañador después de darse la ducha mañanera y lo usaba para estar en casa, la acompañó.
Se encontraron los dos en el jardín, liberados por esa sensación que les producía estar en contacto con un tercero. Cada uno salió con una copa en la mano, dispuestos a disfrutar de una tarde tranquila, o así pensaban que sería.
—Se me hace raro beber sin salir de fiesta —dijo Sergio sentándose en la hamaca junto a su tía.
—Cuando llegas a una edad no tienes que tener escusas para beber, aunque no soy una borracha ¡eh! —matizó.
—¿Quieres remolonear un poco sobre el tema o vamos directos al grano?
—Joder, cariño, como seas así de directo para todo… —dio un sorbo de su copa, “otra vez, para ya, Carmen, por favor”— bueno creo que es mejor así, rápido y sin dolor, ¿no?
—Quizá haya dolor tía, eso todavía no lo sabemos. Antes de nada, debería decirte que puede ser que te equivoques, igual no hay nada y solo son suposiciones.
—Puede ser, cariño, pero ¿y si no? ¿Y si en verdad está pasando? —miró a lejanía buscando unas respuestas que no existían— Me gustaría que hiciéramos una cosa.
—Tú me dirás.
—¿Podríamos hablar como amigos? No como si fuera tu tía y sobre todo, no como si Pedro fuera tu tío. Me gustaría que fuera una conversación que tendrías con tu mejor amiga, quiero que seas lo más objetivo posible.
—Como quieras, mi nueva mejor amiga —repasó por un momento a sus amigas y la confianza que tenía con su tía. Era irónico porque la confianza que tenía con ella sí que era de una gran amiga y no dudo en decírselo— en verdad, esto te va a sorprender, pero puede que seas mi mejor amiga.
—Eres un poco bobo, pero me encanta —no sabía si creerse sus palabras. Bebió otro sorbo de su copa, se acomodó las gafas de sol y dijo— ¿cómo empezar? Quizá por el principio. No sé cuánto llevaremos así, no recuerdo el día exacto ni pienso esforzarme en hacerlo, aunque supongo que esto no es de un día, sino que va surgiendo hasta que se hace evidente. Un síntoma seguro de que algo no va bien creo que es observa el tema sexual… bueno igual estoy liándome.
—No pienses, Carmen, solo habla. —la mujer tragó saliva dispuesta a hablar sin creerse que su mejor confidente iba a ser su sobrino.
—Últimamente le he estado dando muchas vueltas al tema, sí que estoy a las puertas de los 50. Te he dicho que no me lo llamas, sin embargo… ¡Qué vieja soy por favor! —se rio ella sola sin mirar a su sobrino que la escuchaba con atención— ¿Sabes? Es una edad curiosa para las mujeres. Creo que de aquí en adelante vamos en caída libre, pero bueno, con el ejercicio y todavía manteniéndome sin arrugas, tengo que admitirlo estoy de buen ver. Por lo que el tema físico no creo que sea, pienso que Pedro me verá atractiva, al menos “apetecible”.
Una cálida brisa surcó el jardín haciendo que la piel del joven se erizara. Se pasó la mano instintivamente por el brazo sin perder de vista a su tía que seguía hablando y mientras la escuchaba aprovechó a dar un sorbo a su copa deslizando el alcohol por la garganta.
—Y si no es eso, está claro lo que es. Simplemente… mi marido se ha cansado de mí, no veo otra posibilidad. Te voy a ser sincera, Sergio, cuando era joven no creía en eso del amor eterno. He descubierto que puedes amar alguien toda la vida, eso es verdad, aunque no es el amor de los primeros años, es de otro tipo. Hay diferentes amores, el que surge de la pasión y el que nace con el apego, no dudo del segundo, pero el primero… está muerto. —Otro sorbo apenas mojándose los labios cortó la conversación— Con esto quería hilar el tema de la cama. Pensaba que siempre estaría bien en ese aspecto, pero me engañaba a mí misma, ahora simplemente me he quitado el velo que me autoimpuse.
El joven la observaba con unos ojos fijos. El cuerpo de Carmen lucia al sol, casi brillaba como un diamante y Sergio no podía obviar que su tía era preciosa… hermosa. Su sola voz le evocaba erotismo, una calidez que le hacía imposible no escucharla, sobre todo si hablaba de algo relacionado con el sexo. El muchacho tuvo que hacer de tripas corazón para no dejar su mente volar y seguir el hilo de lo que le contaba.
—En pocos años cumplirá 60, y si lo veo desde fuera, desde un punto racional por completo, casi animal… igual en unos años eso ni le funciona, ya estamos usando de vez en cuando pastillas. La cosa es, ¿Qué más da que goce estos años con quien sea?, luego tendremos ¿Qué? ¿Veinte años más de matrimonio? Eso es así. Aunque por otro lado, también pienso en qué lugar quedo yo, en la cornuda que le quiere por su dinero. ¡Dios! Estoy divagando, guíame un poco, Sergio, que mientras más hablo más me lío.
—No si vas bien, tía, no sabes ni qué hacer, ni que pensar, ni nada, estás hecha un lío, es normal que estés así, apenas acabamos de empezar a hablar ¿tú le quieres?
—Por supuesto, hemos recorrido una vida de la mano y tenemos dos hijas. —Otro sorbo de su copa, esta vez una cantidad moderada atravesó su garganta— Aunque, es cierto que no le quiero como antes. A ver, las cartas sobre la mesa, es el padre de mis hijas, pero después de esto mi amor por él ha descendido de forma abismal. Sé que la Carmen joven me diría “¿Qué haces?, abandónale y disfruta de los últimos años buenos que te quedan”, pero tengo que ser sensata. No soy una muchacha, tengo una edad y no tengo nada aparte de mi marido, hace mucho que no trabajo…
—A ver, dejarle no creo que sea una opción, pero aparte, ¿estás segura de que tus suposiciones son al 100% ciertas?
—Mis suposiciones son claras. La primera vez, fue después de una fiesta que celebró en el trabajo. Llegó tardísimo y apestando a alcohol. A la mañana fui a lavar su ropa, tenía una mancha de carmín, ¿esto te la he contado? —Sergio negó. Carmen únicamente lo había rememorado en su cabeza— Pues cuando cogí la ropa tenía esa mancha y vamos, era en una zona que estaba claro que eso no se lo había hecho sin querer. Nadie te da un beso en el cuello de la chaqueta así de casualidad, está claro que esos besos recorrían un camino.
—Vaya… —no sabía qué decir.
—Vaya, eso es, vaya… lo tomé como algo extraño, un error, un desliz. Fui la buena mujer ama de casa, calladita y sin mancillar el buen nombre de mi esposo. Sin embargo, ¿tú crees, Sergio, que lo pude olvidar? —el joven no respondió— No. Imposible. Eso queda grabado a fuego. —Tomó aire y otro sorbo de su copa que estaba consumida a la mitad— Después de un viaje hace unos 5 años creo… no estoy segura, vi unos cargos extraños en la tarjeta y eran bares en Brasil. Sé que no es una prueba terrible que quieres que te diga, pero no me fio. Sobre todo, que las horas… pues no cuadraban, 100 euros a las 5 de la mañana me hacen sospechar, puede que sea una discoteca, pero joder… —una lágrima comenzó a aflorar tras las gafas de sol.
—Tía, si quieres podemos seguir en un rato.
—No, tranquilo, esto es lo que necesito. Lo necesitaba años atrás…
Sergio sintió que aquello la había destrozado por dentro. Por alegrarla o calmarla o simplemente por interactuar en esa situación, alargó su mano y aferró la de su tía con fuerza, algo que hizo que Carmen sollozara.
—Cuando se va de viaje, dejo de mirar la tarjeta, lo he visto otras veces, bares a altas horas —su rabia se estaba concentrando— me mata mirar. Sé que está allí, follándose a una puta con más ganas que acierto. ¿Y qué hago yo aquí?, mientras él se salta nuestro matrimonio por los mismísimos…
—No te puedo aconsejar nada, no soy quien. Solo te puedo dar apoyo, ¿has pensado en hablarlo?
—Sí, tenía pensado hasta que decirle, incluso le pregunte qué hacía cuando iba de viaje, si iba a bares o discotecas, todo muy casual. Simplemente me contestó “si”, sin dejar de mirar el periódico, como que le daba igual. Me quedé mirándole a ver si mis ojos hacían que su conciencia se quebrara, pero no movió ni una pestaña, no ganaba nada con decírselo, no tenía pruebas contundentes. Podría decirme que eran bares, que estoy loca por pensar así… que ya es mayor para esas cosas… que no estuviera paranoica…
—Entiendo… pero tampoco puedes estar así, te está comiendo por dentro, ¿tienes miedo de perder esto?
—¡No!, ¡Para nada! —con el vaso aún en la mano, agitó los brazos— ¡Que le den a esta casa, que le den a la piscina! A todo. ¡Joder! ¡Que les den a mis hijas si no me apoyasen en esto! —aunque el volumen no era alto se la notaba excesivamente cabreada— si el plan es ese, me divorcio y vivo de las rentas. Pero no es eso, ¿Qué tengo que hacer, devolverle la moneda?, sacar a tu madre de fiesta cuando esté aquí y… como decís ahora… ¡Ah! Zorrear eso, ¿zorrear con todos?
Se quitó las gafas y su rostro estaba totalmente compungido, tenía los ojos llorosos de los que comenzaban a caer pequeñas lágrimas que parecían imparables.
—Tía…
—Tranquilo, Sergio, esto es lo que necesito, me sienta mejor desahogarme. Sé que no merece la pena separarme a mi edad, son más problemas que soluciones —observó a su sobrino mientras sostenía en una mano la copa y en otra las gafas de sol— mira, cariño. ¿Me has visto? Hago deporte para sentirme bien conmigo misma, aunque también es para que me vea atractiva y aun así, nada. A veces siento que he sacrificado mi vida, he criado dos hijas maravillosas, la mejor enseñanza, las mejores universidades, eso es verdad y a mi marido le fue fenomenal, pero ¿y yo?
—No digas eso por dios, es un escarceo nada más, simplemente un hombre maduro que aún se quiere sentir joven. Tu misma lo has dicho, quiere usar su cosa… —decir pene al miembro de su tío no entraba en sus planes— antes de que muera. Que no le exculpo ¡eh!, obviamente está mal lo que hace, no te digo que le perdones. Pero si te va a hacer más mal hablarlo y separarte, entonces quizá lo mejor sea reconsiderar tu posición en la casa y pasar.
—Puede ser cariño, puede ser… pero es muy desesperante. Te voy a decir una cosa muy cierta —Carmen no se veía con su sobrino, sino más bien con su psicólogo o realmente como habían dicho… un amigo…— y tan real como la vida misma. Mientras él paga por sexo, ¿sabes hace cuanto no tengo un orgasmo? —Sergio negó. La conversación tomaba tintes extraños, quizá por el alcohol que Carmen no paraba de tragar y le hacía soltar su lengua más de lo que le gustaría. Aunque, ¿Sergio quería saber cuántas veces su tía se había corrido? Su subconsciente le dijo que… sí— ni yo lo recuerdo. Tampoco el sexo nunca fue satisfactorio del todo, no es un dios en la cama, ni detallista, vamos ni nada, ¡Qué mierda, una puta joya! —pasó su mano limpiándose las lágrimas. Aspiró bien hondo el aire caliente que corría por el jardín y añadió— lo siento cariño, eso no viene al caso. Pero es frustrante y ¡Vaya! Esta copa se ha acabado y creo que me ha agitado el cerebro. ¡Dios! Qué bien y que mal me siento.
Carmen se levantó y se quedó mirando al infinito. Se colocó las gafas en la cabeza sujetando su pelo rubio, dejando su rostro libre, sin ocultar como las lágrimas fluían por él. El sobrino se levantó sin dudar, su tía no se merecía estar así, nadie lo merecía. Se sintió algo identificado, su relación parecía que había sido igual de mierda, una pérdida de tiempo según las palabras que la mujer había usado. Lentamente, por su espalda, se acercó a ella y pasando sus brazos alrededor de esta la abrazó con fuerza. Carmen dejó caer la cabeza hacia atrás, donde el hombro del joven la esperaba y lloró con ganas mirando al cielo.
—No te preocupes, todo acabará solucionándose y seguramente cuando te note distante se dará cuenta y cambiará.
—Por un lado no quiero que vuelva, y por otro, quiero que todo sea como antes, aunque el amor se haya terminado —aún abrazados sostuvo una de las manos que su sobrino anudo en su vientre.
—Ha sido tu compañero de viaje tantos años…
—Sí, pero estos últimos… no sé, 10 años, ha sido una rutina continua. La distancia entre nosotros es terrible. Cariño, hasta contigo en 2 días me lo he pasado mejor.
Sergio sin intenciones dobles, ni pensamientos sacados de la realidad, se adentró entre el cabello de su tía. Buscó la mejilla húmeda de esta y mientras ella seguía observando el cielo tan limpio que reinaba esa tarde de agosto, le dio el beso más dulce que pudo.
—Estos días —dijo el joven— estoy contigo, y dentro de poco mi madre. Solo olvídalo y piensa en ti misma, te queda aún mucha guerra por dar. —Carmen intentó limpiar todas las lágrimas que le caían. Girándose después y viendo el rostro de su sobrino que muy cerca le sonreía… tan cerca…
—Te quiero, Sergio, ojalá hubiera tenido un hijo como tú.
—No te creas, creo que soy mejor sobrino que hijo. Mi madre seguro que opina igual que yo.
—Cambiaremos eso, lo verás. Solo tienes que ser así, natural.
—¿Quieres que hagamos algo o seguimos hablando? —le comentó Sergio una vez separados de camino a sentarse de nuevo en las hamacas.
—Hablemos Sergio, hablemos, quiero olvidarme de mi vida, cuéntame la tuya.
—¿Qué quieres que te cuente, tía? Pregúntame lo que quieras, hoy tengo la información en oferta —le comentó riéndose.
—Pues prepárate, menudo interrogatorio te espera —Carmen sonriendo, de nuevo con las gafas de sol y sin rastro de lágrimas en sus ojos— a ver empecemos, ¿qué tal estos meses sin novia?
—Tengo dos respuestas, y las dos dicen lo mismo, ¿quieres la respuesta a una amiga o a mi tía?
—Olvídate de tu tía, somos amigos, ya te lo he dicho antes. Ahora, llámame Carmen, anda.
—De pena, Carmen, de puta pena.
—Cuéntame por qué —se recostó en la tumbona con las gafas en los ojos al tiempo que sorbía con delicadeza una nueva copa. Cada vez la relajación era mayor, con aquel arrebato de tristeza se notaba mucho más ligera, mucho más que la botella que tenía al lado y pensaba vaciar.
—Aparte de esa sensación malísima que llevo dentro, al final es perder a alguien de manera abrupta, es como si hubiera muerto. Una cosa es cierta —por un momento dudo, pero no había vergüenza entre ellos— teníamos una gran actividad… ya sabes. Incluso decía que después de mí, lo demás le sabría poco… palabras vacías, Carmen, todo postureo como decimos ahora. En fin, terminarlo de pronto es muy duro de asimilar.
—Eso de morir, es muy exagerado. O sea que te tenía malacostumbrado, al igual que a mí, ¿verdad? —saltó con ironía a la par que negaba con la cabeza sumándole una risa sarcástica. A Sergio le dio la sensación que su tía comenzaba a estar borracha.
—Algo mejor sí que estaba, sí. Pero por el efecto rebote, ahora estoy peor que tú.
—Como decíamos de jóvenes, ¿Estás sediento de carne?
—Sí, claro. Al final, por mucho que quieras, estar con uno mismo… no es lo mismo —dijo Sergio olvidándose ya por completo que estaba hablado con su familiar.
—Sergio… —le dijo ella dándole en la pierna— ¿así es como hablas a una amiga?
—Carmen, yo apenas tengo amigas y eso es mi culpa, he perdido la práctica de hablar con ellas. Al final, siempre intento algo más, me es inevitable. Si fueras mi amiga acabaría queriendo hacer otra cosa, siempre me pasa igual. —dio un sorbo de su copa y le supo mucho mejor que al principio— Pienso que es por eso que me hago su amigo, porque al final quiero algo con ellas, incluso antes de saberlo.
—¿Cómo qué? —Carmen estaba más que interesada en oírlo, aunque se hizo la inocente.
—¿Tú qué crees?
La mujer dio un trago largo a su copa, la pena había abandonado su cuerpo para dejar entrar ese calor que ya le comenzaba a resultar muy familiar. No venía de sol, sino que emanaba desde lo más profundo de su cuerpo.
—Estás salido, hijo mío —dejó su segunda copa en el suelo casi terminaba mientras se secaba sus labios carnosos con la lengua— Bueno, como todos. Jamás hablé de sexo abiertamente, solamente con tu madre, mis hijas nunca me contaban nada y no era por falta de ganas, me encantan estos temas.
—¡Qué sorpresa! Con mamá no hablé nunca de esto…
—Pues deberías —le cortó—, estos temas a tu madre le encantan.
—Suelo tirar de mis amigos, pero siempre acabamos bromeando y sin tomarlo en serio. Como te imaginarás… ahora mismo… amigas no tengo y bueno, mi hermana, ni me habla casi o sea que…
—O sea que… —siguió ella— soy una privilegiada entonces ¿Me vas a contar más cosas?
—Bueno… —el tono de la conversación se estaba yendo a una tensión que volvía a ser palpable. Solo la presencia de Sol les había calmado y ahora, hacía tiempo que se había marchado— puede que sí, o puede que te mienta y me lo invente…
—Sé que no me puedes mentir, además ¿Qué ganas con mentirme, cariño? —Sergio rio y bebió un trago, le costó tragar, la garganta se le había secado. Su tía le preguntó antes de que pudiera contestar— vamos a ver, ¿con cuántas chicas has estado?
—Me imagino a que te refieres… pues con 2, otras solo besos, o roces, algo más, solo dos. —la respuesta de su sobrino le causó un picor interno que se intensificó al escuchar lo siguiente— ¿Puedo preguntártelo a ti?
—No, soy una dama —“¡Descarado!” gritó su mente junto con una risa interminable que explotaba en su interior. Por el momento, no se lo iba a decir, por lo menos no el número exacto. Se recolocó las gafas de sol— Pero, más que tú.
—¿Todos antes del tío?
—Sí, aunque visto lo visto… podría haber metido alguno por medio —aquella broma ayudó a deshacer la tensión entre ellos aunque eso sí, Sergio no sabía si Carmen pensaba así de verdad.
—Me encantas, tía, te lo digo en serio —“¿en qué sentido?” se preguntó y un gritó de su conciencia le contestó “¡En todos!”— eres la mejor. Tan espontánea… tan real… siempre me ha gustado tenerte cerca.
—Tú te has apropiado de algunos genes míos, y eso también me gusta… por nosotros —alzaron ambos vasos brindando. Unas pocas gotas salieron disparadas al golpear el frágil cristal.
—Tía, dime, ¿Qué te queda por hacer o probar en la vida?
—No lo sé —resopló al aire— dicen que hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Yo jamás planté un árbol, mira —señalando una esquina— ¿allí quedaría bien? Algún día quizá ponga uno. Aunque bueno, he plantado flores, ¿eso cuenta? Seguro que sí —se contestaba a sí misma— he tenido dos hijas, o sea que me falta escribir un libro. Quizá lo haga, tengo tiempo de sobra, ¿Qué te parece tu tía la escritora?
—Nada mal ¿Sobre qué escribirías?
—Ni idea, ¿de mi mierda de vida? No está mal. De cómo un marido cabrón y sin picha se tira a niñas por Brasil y ahora, ¿en Suecia? ¿Mientras su mujer llora en los hombros de su sobrino? No veo una mala historia. Creo que el alcohol me ha subido a la cabeza y me hace decir bobadas. —era cierto.
—Como trama no está mal, ahora necesitamos el giro de guion. ¿Qué se te ocurre?
—No sé, ¿lo matamos y lo escondemos en el jardín cuando vuelva? Y de paso plantamos un árbol encima, dos en uno. Noooo es broma… ¿O no?
Los dos se rieron ante aquella broma, una risa tan pura, tan real y tan estridente que solo podía venir de una broma de mal gusto. Estaban en perfecta sintonía.
Acalladas las risas después de un largo minuto, pensó en verdad en una trama de ese libro ficticio que ideaba con Sergio y le dijo con seriedad.
—O mejor, me voy a viajar con mi sobrino por el mundo que es el único que me comprende.
—Te acompañaría sin dudar, que lo sepas. ¿Pagas tú?
—Lo sé y sí, pago yo o mejor… tu tío… —le guiñó un ojo por encima de las gafas— pero nos acabaríamos aburriendo. Hijo, hasta el viajar se haría monótono cuando se convierte en rutina.
—Pienso que no —Sergio dio un buen trago a la copa mientras meditaba “¿lo has dicho en alto? Sí…” observó, como los ojos azules de Carmen le miraban por encima de las gafas. Más que una mirada cómplice parecía más… ¿Más erótica? “Imposible”. Lo intentó arreglar añadiendo— contigo nadie se puede aburrir.
—Vamos al agua —no fue una pregunta, era una orden— me he calentado demasiado al sol… —Carmen escuchó su comentario como si fuera sacada de una película porno y… le gustó.
—Luego seguimos hablando de ese libro tuyo, podríamos sacar un best seller —le contestó su sobrino intentando escapar de lo que su mente le obligaba a pensar.
Se introdujeron en el agua y la tensión se fue disipando, era una maravilla la piscina con aquel tiempo, lo bueno que el contraste de temperatura les hizo a los dos sosegarse un poco. Tanto el calor de sus cuerpos, como el alcohol que estaba abotargando sus cerebros decreció hasta un punto normal donde se encontraban más cómodos. Ambos pensaron que aquello era lo mejor que les podía pasar, tranquilizarse.
Se salpicaron y jugaron un rato, Carmen no pudo evitar el roce en ocasiones y notar los músculos juveniles de Sergio, eran duros y fibrosos, no grandes, pero si perfectos para su gusto. Sergio en cambio, en el intercambio de salpicaduras, logró contactar y sujetar en par de ocasiones el cuerpo de su tía, aun siendo algo grande era duro, “como decían en la universidad, tiene cuerpo reloj de arena”. Todo era un juego, roces inocentes en una tarde de verano entre una tía y su sobrino, unos toqueteos sin ninguna consecuencia para cualquier mirada ajena a ellos, todo era normal, menos para ellos.
CONTINUARÁ...
Habrá que esperar un poquito jejejeje
Pero bueno, para hacer la espera más amena podéis buscar mis otros relatos, seguro que os entretienen![]()
Ayyy que maja es Paula jajajaja, un gran personaje el que salió en ese libro la verdad.Ainsss te haces de rogar más que Paula!
Ayyy que maja es Paula jajajaja, un gran personaje el que salió en ese libro la verdad.
Pues a ver si me da la vida y puedo dejar algo más esta semana y luego ya un poco de tiempo descansar. Tengo que pensarlo
Estamos enganchadosSi mañana me da tiempo, subo otro cacho de esta aventura y ya la semana que viene hago un leve parón, hasta la próxima![]()
Si mañana me da tiempo, subo otro cacho de esta aventura y ya la semana que viene hago un leve parón, hasta la próxima![]()
Café, solecito y tu relato más no se puede pedir14
"¡¿Qué cojones hago?!” se dijo mientras su mano se alzaba. Parecía que por un momento sí que era consciente de lo que pretendía. La mente la tenía completamente en blanco, no pensaba, bueno, no es del todo cierto… solo meditaba una única cosa.
Encogió dos de sus dedos y con estos, golpeó la puerta de la forma más suave posible. Solo dos toques intercalados que llegaron a los oídos de su tía y entonces los pasos de Carmen… llegaron a los oídos de su sobrino, que seguía de pie aún con la mano levantada.
Sergio vio el picaporte moverse, se iba a derretir, no entendía en qué momento se pensó que era buena idea. Se iba a presentar delante de su tía, con el pijama y con una erección de caballo que señalaba a la puerta como un dedo acusador “¿me da tiempo a huir?”, por supuesto que no. El calor, la vergüenza y miles de sentimientos le invadieron cuando la luz atravesó la abertura de la puerta.
Carmen se quedó mirando a su sobrino, justo había salido del baño. Se estaba desmaquillando cuando escuchó los golpes y aún estaba vestida como había salido de fiesta. En un vistazo rápido, sus ojos se movieron por el cuerpo del chico, analizándolo sin parar en una fracción de tiempo. Lo que deseaba, lo que anhelaba… allí estaba. Sabía de sobra por qué estaba allí, a que había venido, pero una duda le asaltaba ¿Qué debería hacer ella? El chico había dado el primer paso.
Carmen pasó su visión al bulto, que despierto se movía enorme en la entrepierna del muchacho. Se llevaría la mano a la boca para ocultar su asombro, pero no tenía el cerebro demasiado lucido. El montículo que se formaba en la entrepierna era terrible, más de lo que recordaba haber visto nunca, por supuesto mucho más que su marido.
Sergio la miró fijamente, con el vestido de noche estaba espectacular y trató de decirla algo, pero estaba cohibido, su garganta estaba de adorno, no le funcionaba. Fue entonces que su tía movió los labios y aunque pareciera que de estos no iba a salir ningún sonido… el joven logró escuchar una deliciosa palabra.
—Pasa.
Entró con temor, un miedo que le hizo humedecer sus manos. Su tía le agarró de una de estas después de cerrar la puerta, no le importa lo sudadas que estaban, la sujetó con fuerza y sin decir nada más, los dos caminaron hasta la cama.
El nerviosismo se apoderó de ellos, dos colegiales en su primera noche juntos. Estaban subidos en una nube que les transportaba por un mundo imaginario, no podía ser real lo que estaban viviendo. Carmen sintió su cuerpo arder en los fuegos del averno, el joven más de lo mismo, ni en sus mejores sueños habían estado tan excitados.
Por tener más edad y quizá una mente más responsable, la mujer se sintió en la obligación de tomar la palabra, aunque no sabía si sería capaz. Estaba a tan pocos momentos de volverse loca por la tensión que se respiraba en la habitación.
—¿A qué has venido? —Carmen lo sabía muy bien. Primero le acarició la mano para acto seguido subir por el antebrazo. El suave tacto del hombre que tanto deseaba, le hizo notar como bajo su sujetador, los pezones se le estaban endureciendo.
—Venía… ve… venía a… —la lengua le pesaba y su cuerpo estaba entumecido. Carmen se mantuvo en silencio para que pudiera contestar. La voz del joven sonaba más adulta, más suelta— a contestar lo de antes. Puede que… —no quería expresar esa tentación perpetua que sentía al verla. Quizá compartiendo el anterior momento fuera mejor— Me has preguntado por quién me había puesto… creo que por las dos. —cuando lo escuchó en voz alta, se dio cuenta de lo estúpido que era. ¿Por ella y su madre se había empalmado? Qué tontería, sonaba tan irreal fuera de su mente, pero… no mentía.
Carmen resopló, de alguna manera debía ventilarse tras escuchar a su sobrino decirle claramente que le excitaba. Obvió a un lado lo de su hermana, ahora mismo ella era la importante. No sabía cuál fue el detonante, la gota que colmó el vaso, pero no había vuelta atrás. Apretó sus piernas con fuerza queriendo resistir por última vez el pecado.
—Menuda puta locura, esto es muy heavy —apenas susurró la mujer, notando la humedad de su vagina impregnando su braga.
Bajó una mano temblorosa hasta la pierna del joven. Sin mirarle a los ojos, aquellos dedos caminaron por el cuerpo de este hasta llegar a la cintura, donde la goma del pantalón de deporte le impedía el paso. La última frontera, como si fuera una barrera moral… engañar a su marido, hacer algo con su sobrino, el hijo de su hermana… era el último paso y… nada la iba a detener. Estaba loca, sí, loca por desatar su pasión con el hombre que más sentimientos había provocado en ella.
—Te dije la verdad en la piscina… —ella le miró quitando la vista del pene, aunque con el primer dedo atravesando la goma—no puedo tener amigas. Siempre acabo queriendo algo más.
—¿Qué quieres conmigo? —su voz sonaba tan melosa, tan ardiente, una sinfonía dedicada al amor, un susurro que Sergio apenas pudo escuchar.
Sus cuerpos estaban pegados, el calor de uno era transportado al del otro. Sus cabezas pegadas la una contra la otra. Carmen mirando como el joven había sujetado su mano, la cual ya notaba el primer vello en la yema de sus dedos.
No hizo falta que contestara a la pregunta de su tía, el joven pensó acertadamente que mejor actuar a hablar. Con delicadeza y lentitud la mano que tenía sujeta la fue introduciendo en el interior de su ropa, hasta el punto de llegar a la zona más dura de su cuerpo.
Carmen sintió la dureza, el calor, la suavidad de la piel… una auténtica delicia. La agarró rodeándola con cada una de sus dedos, notó el poder, el placer, su humedad… lo notó todo. “¡Está ardiendo!”, chilló su cabeza a la par que se deleitaba de una sensación que había olvidado, una satisfacción extrema.
—Es grande… —soltó la mujer por su boca con la voz más erótica que pudo.
—Dieciocho… —respondió Sergio posando la frente contra la de su tía. Estaba con el rostro enrojecido y su voz sonaba entrecortada por la vergüenza y el gozo— pero… lo mejor… o eso dicen… es que es gorda.
Carmen la soltó y de su boca salió un rebuzno animal. Estaba como nunca, con aquel sonido se recordó a la frase que le decía una amiga “caliente como una perra”, porque eso parecía, un animal en celo.
Sin dejar de mirar a su sobrino, abandonó el tan ansiado calzoncillo. Con las manos, delicadamente como si estuviera hecha de papel y en cualquier momento se fuera a romper, sacó del bajo de su vestido unas bragas rojas. Sergio que entendió la señal, se levantó posicionándose delante de ella, observando como Carmen dejaba con calma su braga encima de la cama. La mujer se tumbó sobre el colchón quedando apoyada en sus antebrazos sin dejar de mirar a Sergio, esperando que diera el siguiente paso.
El joven miraba el sexo de su tía con unos ojos que se iban a salir de sus órbitas. Recortado pulcramente dejando poco vello y brillante a la luz de la tenue lámpara. Un ágil dedo se posó encima de ese manjar que le hacía derretirse y sintió como su tía temblaba.
Lo introdujo con pausa, con un amor y una pasión que casi había olvidado. Carmen apretó los labios sintiendo el cuerpo extraño horadando en su interior por primera vez, “¡Qué delicia!” Pensó muy cachonda. El sobrino sacó su dedo mojado, con un líquido trasparente que brillaba. Sin dudarlo, se lo introdujo en la boca, saboreando los jugos que habían salido del cuerpo de la mujer.
Carmen se estremeció, sus piernas se cerraron y abrieron en un rápido movimiento, echando la cabeza hacia atrás y resoplando de manera sonora, si su hermana estuviera consciente la podría escuchar. No podía aguantar más, quería el siguiente asalto, saltarse todas las normas escritas. Le daba igual ahora, y le daría igual en un futuro, lo sabía, no habría cargos de conciencia. No pensaba ni su familia, ni su marido, ni siquiera en su hermana, pensaba en el joven que con una cara roja de placer sentía lo mismo que ella.
—¡Dios mío! Sí… —apenas era un susurro audible.
De los pantalones de Sergio emergió la figura de un miembro erecto que a los ojos de Carmen pareció un coloso. Dieciocho centímetros de carne, Sergio no mentía, y tampoco en lo gruesa que era, algo que la mujer repitió en su cabeza, “qué gorda…”. Su respiración se agitó, su pecho subía y bajaba de forma alocada, la espera por lo inevitable se le hacía eterna.
Sus piernas se abrieron con fuerza, escuchando en ese momento un ligero chof, eran sus líquidos, habían emanado fuera de su sexo y se rezumaban sin parar. “Tendría que haberlo rapado del todo, ni un pelo, pero… ¿Quién pensaba que esto se haría realidad?”. La mujer sin despegar la mirada del miembro de su sobrino, observó como con una mano que parecía pequeña lo acercaba a su entrada.
El pantalón del joven yacía en sus tobillos y las rodillas se posaron en la cama, justo a la altura perfecta para hacer lo que ambos pretendían. La mano le temblaba ligeramente, Sergio vio a la perfección el dulce y precioso sexo de su tía… tan maravilloso… y que en teoría, solo debía ser contemplado por su tío.
—Estoy soñando… —se le escapó, lo estaba pensando, pero ya que había hablado, siguió—, el mejor sueño de mi vida.
Colocó tremenda herramienta en el agujero de su tía, la cual miraba expectante, apoyada en sus antebrazos sin perder de vista lo que estaba por suceder. El contacto de su capullo con la vulva de la mujer hizo que ambos se estremecieran. Pasó su pene por el clítoris de Carmen, algo que sabía que a su ex le gustaba y cuando vio como la mujer se mordía el labio, supo que a ella también.
Los juegos habían acabado, no podían soportarlo más. Colocó su punta en la entrada. Los labios vaginales se abrieron dando un ansiado beso al prepucio enrojecido del joven. La sensación era ardiente y húmeda, no podía haber nada más glorioso para Sergio. No hizo apenas esfuerzo, solo un leve movimiento de cadera y… el pene se introdujo en el sexo de su tía.
La mujer aspiró súbitamente en los primeros centímetros, el placer era indescriptible. Cuando notó como la mitad estaba dentro y aquello le estaba llenando todo su interior, se tuvo que tapar la boca para no gritar a los cuatro vientos todo lo que sentía.
Empujó un poco más quedándose casi toda en el interior y acomodándose al sexo de Carmen. Al sentir en sus adentros los dieciocho centímetros, tensó el cuello y arqueó todo el cuerpo recibiendo la primera entrada completa. Trató de coger aire, todo el que podía, pero no le era suficiente, necesitaba cuatro pulmones para reponerse de la primera sacudida. Era algo abrumador, un sentimiento de que en verdad… la habían llenado.
—¡Jesús! —dijo en voz baja conteniendo las muestras de placer que no paraban de llegar y tratando de comportarse lo más normal posible, añadió— ma… ¿Más?
La pregunta de la mujer rubia fue contestada con rapidez cuando su sobrino comenzó a meter y sacar con calma su pene. Sergio lo introducía lentamente, mucho más de lo que le gustaría, pero entre que su madre estaba dormida (imposible que se despertase) y sabiendo que si subía algo el ritmo podría terminar rápido. Prefería ir despacio.
El primer minuto pasó rápido, las paredes de Carmen se adecuaron a lo que le habían metido entre ellas y el placer de ambos traspasaba fronteras. Casi había olvidado lo que era sentir tal placer. Aunque algo la detenía, necesitaba expresarse, ser ella misma como siempre, le gustaba conversar en el sexo, pero por una extraña vergüenza, no podía.
—Lo deseaba… —Sergio la miró con unos ojos de verdadero animal— por favor, cariño… lo necesito.
Subió las piernas cuanto pudo, para permitir una entrada perfecta a su sobrino. La falda se le arremolinó en la tripa dejando sus piernas al aire y un sexo que devoraba el miembro del muchacho.
Notó algo, algo que hacía mucho que no notaba, una sensación se concentraba en su interior, era algo grandioso. La temperatura de Carmen se elevó, sus pechos se endurecieron por momentos y la sensación de placer le agarrotó el cuerpo. Las venas del cuello se le estaban hinchando y como pudo agarró uno de los cojines que había en la cama.
—Un poco… más… —rogó a su sobrino sin casi respirar.
Obediente, Sergio entró un par de veces más, de manera lenta y pausada, pero muy profundo, impulsando los últimos centímetros para que llegaran a lo más hondo. Carmen intentó aguantar concentrando más y más placer. Estaba a punto de reventar, el placer era inaguantable y no podía contenerlo en su cuerpo por más tiempo. Mordió el cojín llegando a deshilacharlo con furia, para después, con un pequeño quejido que supo minimizar, dejar que todo fluyera.
Las entradas de su sobrino habían logrado que su vagina explotase en mil sensaciones. Se acababa de correr haciendo que el placer no cesara de aumentar. Ahogó mil y un gritos en el cojín mientras todo su cuerpo comenzaba a contraerse, moviéndose en espasmos como un pez fuera del agua.
Perdió la noción del tiempo y del propio mundo, no sabía ni donde estaba, solo observó puntos de colores en sus ojos. Jamás supo cuánto tiempo pasó desde el comienzo del orgasmo hasta que fue consciente de nuevo de donde estaba, quizá un segundo o quizá una vida. Alargó su mano en busca de su amante hasta tocar el abdomen de su sobrino. Dejó las yemas de los dedos sobre la piel del joven sintiendo el calor que desprendía y haciéndole saber que de momento era suficiente.
—Ya… ya… para, cariño —consiguió emitir por su garganta mientras se ahogaba con el cojín.
Sergio obedeció y Carmen liberó su rostro de la presión que se autosometía. El joven la vio con un color rojo y los ojos brillantes, con una expresión de satisfacción natural, simplemente preciosa. Sus pechos subían y bajaban como si tuviera un terremoto en su interior. La respiración es demasiado elevada, Carmen sin duda había tenido el mejor orgasmo de su vida, o por lo menos el mejor que recordaba y apenas habían pasado unos minutos en la tarea.
—Maravilloso —sentenció al aire con un tono más normal.
Levantó un poco la cabeza y volviendo a apoyarse en sus antebrazos, observó cómo su sobrino sujetaba sus piernas y la miraba con un rostro de satisfacción. Ella se dio cuenta de la situación, no debía ser egoísta y aunque se podría dormir simplemente bajando los parpados, quedaba algo por hacer.
—¿Seguimos? —consiguió decirle su sobrino sin que la voz le temblase. Carmen no dudó en asentir— estoy casi…
—Sí… por supuesto—le contestó con más normalidad, sin tener nada de normal la situación.
Las entradas volvieron a producirse. Esta vez Carmen sintió una sensación de placer demasiado grande e incluso al principio le incomodó. Pero solo duraron unos instantes, hasta que se acostumbró de nuevo a que el miembro de Sergio la llenase su interior. La sensación de placer volvió a ser la misma que antes, un placer de una magnitud inigualable, algo que ya apenas solo podía concebir en su mente.
Mientras meditaba en aquel gozo, veía como su sobrino, de nuevo comenzaba a moverse con algo más de rapidez. Su cara cambiaba y los sonidos que emitía elevaron el volumen, parecía que el final se acercaba. Carmen se llevó rápidamente el dedo a la boca y le dijo.
—¡Shhh! No querrás… —que difícil se le hacía hablar— que nos oiga tu madre.
—Ahora… me da igual… quien escuche —el placer era tal que no le importaría que entrara el marido de Carmen, le daría lo mismo, él seguiría a lo suyo.
—¡Joder! —contestó con un tono que demostraba lo caliente que estaba— ¿No te importaría?
—Estoy casi… —dijo susurrando sin poder hacer más que centrarse en su eyaculación y añadió tajante— No.
Sergio finalizaba. Se venía lo que tanto había deseado esos días. El placer le recorrió el cuerpo y de sus genitales nació un cosquilleo que le arrebataba la vida.
—Me corro… mierda, ¡Me corro! —dijo mientras Carmen le miraba esperando el acto final.
El joven sintió el placer concentrado de tantos días. Logrando en un instante que todos los músculos se agarrotaran para el único fin de conseguir expulsar todo el cargamento que llevaba dentro. Introdujo el máximo de la envergadura de su pene, dejando todo su peso sobre la cadera de su tía y la primera porción de su néctar, se disparó.
Estaba ardiente, espeso y… abundante, la mujer lo sintió en el momento que el blanco líquido salió por la punta del joven pene. Aquella primera descarga fue poderosa, pero la segunda no se quedó atrás. El jugoso manjar salió en misma cantidad y con el mismo poder volviendo a golpear sus paredes internas hasta el punto que las piernas le temblaran.
Mientras su sobrino apretaba los labios, cerraba los ojos de placer y aferraba sus dedos sobre los muslos de su tía, esta sintió el último. Increíblemente era igual de poderoso que los otros, incluso causándole cierto placer al golpearla. Al mismo tiempo, su sobrino desfalleció.
Con Sergio jadeante y con la fuerza justa para no desmoronarse en la cama, Carmen sintió como unas gotas comenzaban a recorrer su trasero hasta llegar a la cama. El semen mezclado con los fluidos de la mujer, abandonaba el dulce sexo de ambos.
—¡La virgen! Qué… bueno…
La vitalidad le abandonó al muchacho, que se tuvo que apoyar en la cama para no caer sobre su tía. Ambos respiraban acelerados quedándose satisfechos por lo sucedido. El joven rompió la unión, haciendo que de la vagina de su tía, el jugo que caía en pequeñas gotas, saliera ahora de forma abundante. Quizá en otro momento de su vida aquello no le hubiera gustado, pero en ese instante, era precioso.
—Creo que… nos toca dormir… —dijo ella aún tumbada.
—Mañana… nos vemos —Sergio apenas era consciente de lo que decía, el placer le acompañaría toda esa noche.
—Voy a dormir como un bebe —el fuego grabado en sus pómulos no desaparecía.
—Yo también, estoy muerto.
Carmen no pudo evitar sonreír ante aquel comentario y observó cómo su sobrino hacia lo mismo, rompiendo la pequeña vergüenza que parecía separarles, dejándoles por fin totalmente liberados.
El joven amante se levantó de la cama, aunque Carmen ni siquiera recordaría verle subirse los pantalones, todavía miraba al techo notando la picazón que le surgía en lo más profundo. Escuchó los pasos alejarse y volviendo la cabeza para la puerta dijo.
—Ciérrame la puerta al salir, cariño —intentando levantarse de la cama sin lograrlo. Sergio ya estaba con la mano en el picaporte, cuando escuchó de nuevo a Carmen— a ver si… mañana… otra vez.
Ambos se sonrieron, un gesto cómplice al que Sergio sumó un guiño que dejaba todo bien entre ellos. No había remordimientos, no habría conversaciones incómodas sobre las repercusiones de lo ocurrido, los dos lo deseaban, había pasado y si surgía ¿volvería a pasar?
Sin tener en calma su cuerpo aunque si el alma, la mujer consiguió mover las piernas para vestirse con una ropa interior nueva. La otra estaba por lo menos para lavar si no es que era mejor tirarla, la había humedecido demasiado.
Metiéndose en la cama y echándose la sabana, no puede evitar reírse. Sabía que al día siguiente tendía que ponerse otra ropa interior nueva, ya que los fluidos de su sobrino fueron tales que seguro se despertaba con esta totalmente sucia. La idea no le desagrado.
CONTINUARÁ...
Utilizamos cookies esenciales para que este sitio funcione, y cookies opcionales para mejorar su experiencia.