La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

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El lunes apenas tuve noticias de Paula. Casi no salió de la habitación y solo coincidimos para comer y cenar. Estaba claro que mi hermana me evitaba por lo que había pasado el sábado y yo todavía no había encontrado el momento oportuno para hablar con ella de ese asunto.

Y el martes, mientras comíamos, me sorprendió que Paula me preguntara lo que iba a hacer por la tarde.

―¿Y eso?

―Es que hoy quería quedar con Fernando…

―Ah, vale, sin problemas, no tenía pensado salir, pero si me lo pides, yo os dejo la casa para vosotros solos…

―Gracias ―me dijo en un tono bastante seco, sin dejar de mirar el plato de comida.

―Oye, Paula, no me quiero meter en tus asuntos, pero, ¿y este cambio a qué ha venido? ¿No decías que hasta el verano no ibas a hacer nada con él?

―Lo que yo haga o deje de hacer con mi novio no es cosa tuya, no tengo que estar dándote explicaciones. Además, tú te traes a Sofía cuando quieres y yo no te digo nada.

―¿No tendrá algo que ver con lo que pasó entre nosotros?, ya sabes… Lo del sábado…

―Mira, David, no quiero hablar de eso, ¡nunca!, como si no hubiera ocurrido y ya te dije que no se iba a repetir, así que no vuelvas a mencionarlo.

―Como quieras, pero tampoco voy a actuar como si no pasara nada, claro que pasó y a mí me encantó, y creo que a ti también… Luego te escuché en tu habitación…

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que te escuché, te masturbaste pensando en mí, ¿o me vas a decir que también te corriste pensando en tu novio?

―Ya eres mayorcito para andar espiándome, respeta mi privacidad, por favor…

―¿Tu privacidad? ¡Joder, Paula!, si… si no hice nada, solo te escuché, sin más, ¡menudos gemidos pegaste!

―¡Te estás pasando! ―dijo apartando el plato y poniéndose de pie―. No voy a seguir hablando contigo de esto…

―No he dicho ninguna mentira, ¿no?, te estás comportando como una… niñata, ¡no me esperaba esto de ti, Paula!

―¿Una niñata? ¡Ya lo que me faltaba! ―y se quedó de pie de brazos cruzados junto a la encimera.

―Pensé que ibas a llevar esto con más… no sé, con más naturalidad, de una manera más adulta, tampoco es para tanto, me viste haciéndome una paja, ya está…

―Lo hice para que me dejaras tranquila de una vez…

―Sí, ya, por eso luego te fuiste a tu habitación, tenías que estar bastante excitada. No lo niegues, no todos los días tu hermano pequeño se te corre encima… y después te masturbaste, ¡te tocaste pensando en mí!, ¡¡reconócelo al menos!!

―No, yo no… ―suspiró Paula agachando su mirada.

Nunca se le había dado demasiado bien mentir. Y en ese momento, aún sin decirlo, acababa de admitir que se había corrido fantaseando con su hermanito.

―Puedes quedar con Fernando o con quien quieras, pero te aseguro que lo que sentiste el sábado por la noche mientras te corrías, eso no lo vas a volver a experimentar con ningún otro chico. ¡Es el morbo del incesto, Paula!, y sé muy bien de lo que te hablo…

―¡No digas tonterías!

―Con Sofía tengo un sexo increíble, inmejorable, le pondría un 9,75, pero esa adrenalina, esos nervios, ese temblor de lo prohibido que sentí el sábado mientras me tocaba delante de ti, joder, eso sé que nunca lo voy a tener con otra chica, ¡solo contigo!, y a ti te va a pasar igual, recuerda estas palabras…

―Vale, que sí, lo que tú digas, ¿entonces esta tarde puede venir Fernando a casa?

―Sí, claro, pero por follar con él no se te va a ir de la cabeza lo que pasó entre nosotros…

―¡Vete a la mierda! ―y Paula salió de la cocina con un buen cabreo.

Así que ese era su plan. Retomar su relación con Fernando y volver a acostarse con él. Quizás Paula pensaba que podía haber evitado muchas cosas si hubiera seguido acostándose con su novio, pero lo que ella todavía no sabía era que, una vez que se mete en la sangre esa droga del incesto, no hay nada que se le pueda igualar.

Y ella lo iba a comprobar por sí misma unas horas más tarde.

Como le prometí, les dejé la casa para ellos solos, quedé con Sofía y los colegas para estudiar en la biblioteca de la universidad y regresé a las nueve de la noche. Fernando ya no estaba y, al entrar, me encontré a Paula, preparándome la cena con su pijama blanco primaveral.

Esta vez sí llevaba el sujetador, uno negro que se le marcaba bien por debajo de la tela y, al verme, sonrió. Paula parecía contenta y risueña. Estaba claro que ya se había reconciliado con Fernando.

―Hola, David…

―Ey, hola ―dije sin atreverme a seguir hablando con ella.

―Oye, muchas gracias por lo de esta tarde, te debo una…

―De nada, Paula, ya sabes que me lo puedes pedir cuando te apetezca. Si quieres quedar con él más tardes, yo os dejo. ¿Qué tal?

―Muy bien. Muy, muy bien… ―dijo metiendo el dedo en una especie de salsa de tomate que estaba preparando y luego chupándose el dedo―. ¡Estupendo!

―Me alegro por ti, Paula… te lo mereces, es muy buen tío…

―Oye, David, y perdona por lo de antes, creo que me he pasado un poco contigo…

―No pasa nada ―dije haciéndome el compungido y después salí de la cocina y me fui a cambiar.

Me senté en la cama derrotado. Paula estaba feliz con su novio y eso me rompió un poco los esquemas. Y yo que pensaba que iba a echar de menos estar conmigo. Iluso de mí.

Durante la cena seguimos igual, Paula con una sonrisa de oreja a oreja y yo cabizbajo, saboreando la pizza casera que me había preparado.

―Te veo muy contenta…

―Pues sí, la verdad…

―Entonces, ¿bien con Fernando?, ¿ya le has perdonado?

―Síííí, ya le he perdonado, me daba un poco de pena estar así hasta el verano… bueno, total, solo quedaban un par de meses…

―¿Y qué tal la reconciliación?, ¿ha sido como esperabas?

Supuse que Paula cortaría la conversación de manera tajante, pero al verla tan habladora me quise arriesgar a ver si soltaba prenda y me contaba alguna intimidad.

―Mejor de lo que esperaba… ―me soltó con una sonrisilla traviesa y luego le dio un mordisco a la pizza, mirándome a los ojos―. Al final, creo que tenías razón y te voy a tener que pedir que nos dejes la casa más veces…

―Claro, lo que necesites.

―El sábado le he pedido que se quede a dormir, si no te importa.

―No, saldré de fiesta con Sofía y estos… supongo que llegaré tarde.

―Vale, genial.

―Recuperando el tiempo perdido, ¿eh?

―Sí, supongo ―dijo encogiéndose de hombros.

―Joder, está buenísima la pizza, Paula…

―Muchas gracias.

―¿Empezamos a ver alguna serie o algo?

―Sí, vale… hoy no me apetece estudiar después de cenar.

―Pues recojo esto y te espero en el salón, en lo que te preparas…

―¿Recoges tú?

―Sí, qué menos, tú has preparado toda la cena…

Y dejé que Paula fuera a lavarse los dientes, la cara, echarse la crema hidratante y se pusiera cómoda antes de dormir. Me dio tiempo a fregar, dejar impoluta la cocina y fui al salón y encendí la tele.

Estuve buscando alguna serie sin complicaciones para ver en Netflix y Paula apareció unos minutos más tarde. La muy cabrona se había quitado el sujetador y sus tetas se bambolearon descontroladas bajo la tela mientras se acercaba a mí.

Hizo el amago de tumbarse en su sofá cuando yo abrí la manta y le ofrecí que se sentara conmigo.

―¿Quieres venir aquí?

Ella dudó unos segundos y después sonrió.

―Claro.

Y se sentó a mi lado, agarrándome del brazo y apoyando la cabeza en mi hombro.

―A ver lo que pones, eh… qué vaya peliculita el otro día, ¡menudo bicho estás hecho!

―Hay segunda parte, si quieres, la pongo…

―No, no, ja, ja, ja…

Enseguida sentí las tetas de Paula presionando mi cuerpo, y sin poder remediarlo me volví a excitar. Ella sabía lo que provocaba en mí, pero, en cierta manera, era como si le gustara jugar con su hermanito pequeño, calentarme, y yo la rodeé con mi brazo y dejé mi mano en un lateral de su espalda. Muy cerca de sus pechos. Me encanta hacer eso y acariciar con mis dedos en esa zona.

Yo también sabía provocarla.

Terminó el capítulo, apenas cuarenta minutos de tortura para mí y ella se despidió con un beso en la mejilla, aplastándome todavía más sus pechos contra mi hombro. Aquella noche pensé que sería tranquilita, Paula se había desfogado ya con su novio y no esperaba escuchar nada desde su cuarto, pero yo necesitaba hacerme una de mis pajas.

Encendí el ordenador y, de repente, me llegó un gemido ahogado, silencioso, discreto. ¡Otra vez!, Paula se estaba corriendo en su habitación. Y yo me masturbé de manera furiosa delante del portátil, salpicándolo todo un par de minutos más tarde y bramando bien alto para que ella también supiera que me acababa de correr.

Durante la semana ocurrió todos los días lo mismo. Cena, sofá, serie, mantita en el sofá, Paula acurrucada en mi hombro y después cada uno a su habitación, para terminar con una paja conjunta, pero por separado.

No es que fuera un gran avance, pero ya había conseguido que Paula y yo nos corriéramos cada día casi a la vez, escuchando nuestros gemidos.

Así hasta que llegó el sábado…​
 
A mi también me gustaria leer ese final no publicado entre Sofía y el hermano
 

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El lunes apenas tuve noticias de Paula. Casi no salió de la habitación y solo coincidimos para comer y cenar. Estaba claro que mi hermana me evitaba por lo que había pasado el sábado y yo todavía no había encontrado el momento oportuno para hablar con ella de ese asunto.

Y el martes, mientras comíamos, me sorprendió que Paula me preguntara lo que iba a hacer por la tarde.

―¿Y eso?

―Es que hoy quería quedar con Fernando…

―Ah, vale, sin problemas, no tenía pensado salir, pero si me lo pides, yo os dejo la casa para vosotros solos…

―Gracias ―me dijo en un tono bastante seco, sin dejar de mirar el plato de comida.

―Oye, Paula, no me quiero meter en tus asuntos, pero, ¿y este cambio a qué ha venido? ¿No decías que hasta el verano no ibas a hacer nada con él?

―Lo que yo haga o deje de hacer con mi novio no es cosa tuya, no tengo que estar dándote explicaciones. Además, tú te traes a Sofía cuando quieres y yo no te digo nada.

―¿No tendrá algo que ver con lo que pasó entre nosotros?, ya sabes… Lo del sábado…

―Mira, David, no quiero hablar de eso, ¡nunca!, como si no hubiera ocurrido y ya te dije que no se iba a repetir, así que no vuelvas a mencionarlo.

―Como quieras, pero tampoco voy a actuar como si no pasara nada, claro que pasó y a mí me encantó, y creo que a ti también… Luego te escuché en tu habitación…

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que te escuché, te masturbaste pensando en mí, ¿o me vas a decir que también te corriste pensando en tu novio?

―Ya eres mayorcito para andar espiándome, respeta mi privacidad, por favor…

―¿Tu privacidad? ¡Joder, Paula!, si… si no hice nada, solo te escuché, sin más, ¡menudos gemidos pegaste!

―¡Te estás pasando! ―dijo apartando el plato y poniéndose de pie―. No voy a seguir hablando contigo de esto…

―No he dicho ninguna mentira, ¿no?, te estás comportando como una… niñata, ¡no me esperaba esto de ti, Paula!

―¿Una niñata? ¡Ya lo que me faltaba! ―y se quedó de pie de brazos cruzados junto a la encimera.

―Pensé que ibas a llevar esto con más… no sé, con más naturalidad, de una manera más adulta, tampoco es para tanto, me viste haciéndome una paja, ya está…

―Lo hice para que me dejaras tranquila de una vez…

―Sí, ya, por eso luego te fuiste a tu habitación, tenías que estar bastante excitada. No lo niegues, no todos los días tu hermano pequeño se te corre encima… y después te masturbaste, ¡te tocaste pensando en mí!, ¡¡reconócelo al menos!!

―No, yo no… ―suspiró Paula agachando su mirada.

Nunca se le había dado demasiado bien mentir. Y en ese momento, aún sin decirlo, acababa de admitir que se había corrido fantaseando con su hermanito.

―Puedes quedar con Fernando o con quien quieras, pero te aseguro que lo que sentiste el sábado por la noche mientras te corrías, eso no lo vas a volver a experimentar con ningún otro chico. ¡Es el morbo del incesto, Paula!, y sé muy bien de lo que te hablo…

―¡No digas tonterías!

―Con Sofía tengo un sexo increíble, inmejorable, le pondría un 9,75, pero esa adrenalina, esos nervios, ese temblor de lo prohibido que sentí el sábado mientras me tocaba delante de ti, joder, eso sé que nunca lo voy a tener con otra chica, ¡solo contigo!, y a ti te va a pasar igual, recuerda estas palabras…

―Vale, que sí, lo que tú digas, ¿entonces esta tarde puede venir Fernando a casa?

―Sí, claro, pero por follar con él no se te va a ir de la cabeza lo que pasó entre nosotros…

―¡Vete a la mierda! ―y Paula salió de la cocina con un buen cabreo.

Así que ese era su plan. Retomar su relación con Fernando y volver a acostarse con él. Quizás Paula pensaba que podía haber evitado muchas cosas si hubiera seguido acostándose con su novio, pero lo que ella todavía no sabía era que, una vez que se mete en la sangre esa droga del incesto, no hay nada que se le pueda igualar.

Y ella lo iba a comprobar por sí misma unas horas más tarde.

Como le prometí, les dejé la casa para ellos solos, quedé con Sofía y los colegas para estudiar en la biblioteca de la universidad y regresé a las nueve de la noche. Fernando ya no estaba y, al entrar, me encontré a Paula, preparándome la cena con su pijama blanco primaveral.

Esta vez sí llevaba el sujetador, uno negro que se le marcaba bien por debajo de la tela y, al verme, sonrió. Paula parecía contenta y risueña. Estaba claro que ya se había reconciliado con Fernando.

―Hola, David…

―Ey, hola ―dije sin atreverme a seguir hablando con ella.

―Oye, muchas gracias por lo de esta tarde, te debo una…

―De nada, Paula, ya sabes que me lo puedes pedir cuando te apetezca. Si quieres quedar con él más tardes, yo os dejo. ¿Qué tal?

―Muy bien. Muy, muy bien… ―dijo metiendo el dedo en una especie de salsa de tomate que estaba preparando y luego chupándose el dedo―. ¡Estupendo!

―Me alegro por ti, Paula… te lo mereces, es muy buen tío…

―Oye, David, y perdona por lo de antes, creo que me he pasado un poco contigo…

―No pasa nada ―dije haciéndome el compungido y después salí de la cocina y me fui a cambiar.

Me senté en la cama derrotado. Paula estaba feliz con su novio y eso me rompió un poco los esquemas. Y yo que pensaba que iba a echar de menos estar conmigo. Iluso de mí.

Durante la cena seguimos igual, Paula con una sonrisa de oreja a oreja y yo cabizbajo, saboreando la pizza casera que me había preparado.

―Te veo muy contenta…

―Pues sí, la verdad…

―Entonces, ¿bien con Fernando?, ¿ya le has perdonado?

―Síííí, ya le he perdonado, me daba un poco de pena estar así hasta el verano… bueno, total, solo quedaban un par de meses…

―¿Y qué tal la reconciliación?, ¿ha sido como esperabas?

Supuse que Paula cortaría la conversación de manera tajante, pero al verla tan habladora me quise arriesgar a ver si soltaba prenda y me contaba alguna intimidad.

―Mejor de lo que esperaba… ―me soltó con una sonrisilla traviesa y luego le dio un mordisco a la pizza, mirándome a los ojos―. Al final, creo que tenías razón y te voy a tener que pedir que nos dejes la casa más veces…

―Claro, lo que necesites.

―El sábado le he pedido que se quede a dormir, si no te importa.

―No, saldré de fiesta con Sofía y estos… supongo que llegaré tarde.

―Vale, genial.

―Recuperando el tiempo perdido, ¿eh?

―Sí, supongo ―dijo encogiéndose de hombros.

―Joder, está buenísima la pizza, Paula…

―Muchas gracias.

―¿Empezamos a ver alguna serie o algo?

―Sí, vale… hoy no me apetece estudiar después de cenar.

―Pues recojo esto y te espero en el salón, en lo que te preparas…

―¿Recoges tú?

―Sí, qué menos, tú has preparado toda la cena…

Y dejé que Paula fuera a lavarse los dientes, la cara, echarse la crema hidratante y se pusiera cómoda antes de dormir. Me dio tiempo a fregar, dejar impoluta la cocina y fui al salón y encendí la tele.

Estuve buscando alguna serie sin complicaciones para ver en Netflix y Paula apareció unos minutos más tarde. La muy cabrona se había quitado el sujetador y sus tetas se bambolearon descontroladas bajo la tela mientras se acercaba a mí.

Hizo el amago de tumbarse en su sofá cuando yo abrí la manta y le ofrecí que se sentara conmigo.

―¿Quieres venir aquí?

Ella dudó unos segundos y después sonrió.

―Claro.

Y se sentó a mi lado, agarrándome del brazo y apoyando la cabeza en mi hombro.

―A ver lo que pones, eh… qué vaya peliculita el otro día, ¡menudo bicho estás hecho!

―Hay segunda parte, si quieres, la pongo…

―No, no, ja, ja, ja…

Enseguida sentí las tetas de Paula presionando mi cuerpo, y sin poder remediarlo me volví a excitar. Ella sabía lo que provocaba en mí, pero, en cierta manera, era como si le gustara jugar con su hermanito pequeño, calentarme, y yo la rodeé con mi brazo y dejé mi mano en un lateral de su espalda. Muy cerca de sus pechos. Me encanta hacer eso y acariciar con mis dedos en esa zona.

Yo también sabía provocarla.

Terminó el capítulo, apenas cuarenta minutos de tortura para mí y ella se despidió con un beso en la mejilla, aplastándome todavía más sus pechos contra mi hombro. Aquella noche pensé que sería tranquilita, Paula se había desfogado ya con su novio y no esperaba escuchar nada desde su cuarto, pero yo necesitaba hacerme una de mis pajas.

Encendí el ordenador y, de repente, me llegó un gemido ahogado, silencioso, discreto. ¡Otra vez!, Paula se estaba corriendo en su habitación. Y yo me masturbé de manera furiosa delante del portátil, salpicándolo todo un par de minutos más tarde y bramando bien alto para que ella también supiera que me acababa de correr.

Durante la semana ocurrió todos los días lo mismo. Cena, sofá, serie, mantita en el sofá, Paula acurrucada en mi hombro y después cada uno a su habitación, para terminar con una paja conjunta, pero por separado.

No es que fuera un gran avance, pero ya había conseguido que Paula y yo nos corriéramos cada día casi a la vez, escuchando nuestros gemidos.

Así hasta que llegó el sábado…​
Dios está al caer
 

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El lunes apenas tuve noticias de Paula. Casi no salió de la habitación y solo coincidimos para comer y cenar. Estaba claro que mi hermana me evitaba por lo que había pasado el sábado y yo todavía no había encontrado el momento oportuno para hablar con ella de ese asunto.

Y el martes, mientras comíamos, me sorprendió que Paula me preguntara lo que iba a hacer por la tarde.

―¿Y eso?

―Es que hoy quería quedar con Fernando…

―Ah, vale, sin problemas, no tenía pensado salir, pero si me lo pides, yo os dejo la casa para vosotros solos…

―Gracias ―me dijo en un tono bastante seco, sin dejar de mirar el plato de comida.

―Oye, Paula, no me quiero meter en tus asuntos, pero, ¿y este cambio a qué ha venido? ¿No decías que hasta el verano no ibas a hacer nada con él?

―Lo que yo haga o deje de hacer con mi novio no es cosa tuya, no tengo que estar dándote explicaciones. Además, tú te traes a Sofía cuando quieres y yo no te digo nada.

―¿No tendrá algo que ver con lo que pasó entre nosotros?, ya sabes… Lo del sábado…

―Mira, David, no quiero hablar de eso, ¡nunca!, como si no hubiera ocurrido y ya te dije que no se iba a repetir, así que no vuelvas a mencionarlo.

―Como quieras, pero tampoco voy a actuar como si no pasara nada, claro que pasó y a mí me encantó, y creo que a ti también… Luego te escuché en tu habitación…

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que te escuché, te masturbaste pensando en mí, ¿o me vas a decir que también te corriste pensando en tu novio?

―Ya eres mayorcito para andar espiándome, respeta mi privacidad, por favor…

―¿Tu privacidad? ¡Joder, Paula!, si… si no hice nada, solo te escuché, sin más, ¡menudos gemidos pegaste!

―¡Te estás pasando! ―dijo apartando el plato y poniéndose de pie―. No voy a seguir hablando contigo de esto…

―No he dicho ninguna mentira, ¿no?, te estás comportando como una… niñata, ¡no me esperaba esto de ti, Paula!

―¿Una niñata? ¡Ya lo que me faltaba! ―y se quedó de pie de brazos cruzados junto a la encimera.

―Pensé que ibas a llevar esto con más… no sé, con más naturalidad, de una manera más adulta, tampoco es para tanto, me viste haciéndome una paja, ya está…

―Lo hice para que me dejaras tranquila de una vez…

―Sí, ya, por eso luego te fuiste a tu habitación, tenías que estar bastante excitada. No lo niegues, no todos los días tu hermano pequeño se te corre encima… y después te masturbaste, ¡te tocaste pensando en mí!, ¡¡reconócelo al menos!!

―No, yo no… ―suspiró Paula agachando su mirada.

Nunca se le había dado demasiado bien mentir. Y en ese momento, aún sin decirlo, acababa de admitir que se había corrido fantaseando con su hermanito.

―Puedes quedar con Fernando o con quien quieras, pero te aseguro que lo que sentiste el sábado por la noche mientras te corrías, eso no lo vas a volver a experimentar con ningún otro chico. ¡Es el morbo del incesto, Paula!, y sé muy bien de lo que te hablo…

―¡No digas tonterías!

―Con Sofía tengo un sexo increíble, inmejorable, le pondría un 9,75, pero esa adrenalina, esos nervios, ese temblor de lo prohibido que sentí el sábado mientras me tocaba delante de ti, joder, eso sé que nunca lo voy a tener con otra chica, ¡solo contigo!, y a ti te va a pasar igual, recuerda estas palabras…

―Vale, que sí, lo que tú digas, ¿entonces esta tarde puede venir Fernando a casa?

―Sí, claro, pero por follar con él no se te va a ir de la cabeza lo que pasó entre nosotros…

―¡Vete a la mierda! ―y Paula salió de la cocina con un buen cabreo.

Así que ese era su plan. Retomar su relación con Fernando y volver a acostarse con él. Quizás Paula pensaba que podía haber evitado muchas cosas si hubiera seguido acostándose con su novio, pero lo que ella todavía no sabía era que, una vez que se mete en la sangre esa droga del incesto, no hay nada que se le pueda igualar.

Y ella lo iba a comprobar por sí misma unas horas más tarde.

Como le prometí, les dejé la casa para ellos solos, quedé con Sofía y los colegas para estudiar en la biblioteca de la universidad y regresé a las nueve de la noche. Fernando ya no estaba y, al entrar, me encontré a Paula, preparándome la cena con su pijama blanco primaveral.

Esta vez sí llevaba el sujetador, uno negro que se le marcaba bien por debajo de la tela y, al verme, sonrió. Paula parecía contenta y risueña. Estaba claro que ya se había reconciliado con Fernando.

―Hola, David…

―Ey, hola ―dije sin atreverme a seguir hablando con ella.

―Oye, muchas gracias por lo de esta tarde, te debo una…

―De nada, Paula, ya sabes que me lo puedes pedir cuando te apetezca. Si quieres quedar con él más tardes, yo os dejo. ¿Qué tal?

―Muy bien. Muy, muy bien… ―dijo metiendo el dedo en una especie de salsa de tomate que estaba preparando y luego chupándose el dedo―. ¡Estupendo!

―Me alegro por ti, Paula… te lo mereces, es muy buen tío…

―Oye, David, y perdona por lo de antes, creo que me he pasado un poco contigo…

―No pasa nada ―dije haciéndome el compungido y después salí de la cocina y me fui a cambiar.

Me senté en la cama derrotado. Paula estaba feliz con su novio y eso me rompió un poco los esquemas. Y yo que pensaba que iba a echar de menos estar conmigo. Iluso de mí.

Durante la cena seguimos igual, Paula con una sonrisa de oreja a oreja y yo cabizbajo, saboreando la pizza casera que me había preparado.

―Te veo muy contenta…

―Pues sí, la verdad…

―Entonces, ¿bien con Fernando?, ¿ya le has perdonado?

―Síííí, ya le he perdonado, me daba un poco de pena estar así hasta el verano… bueno, total, solo quedaban un par de meses…

―¿Y qué tal la reconciliación?, ¿ha sido como esperabas?

Supuse que Paula cortaría la conversación de manera tajante, pero al verla tan habladora me quise arriesgar a ver si soltaba prenda y me contaba alguna intimidad.

―Mejor de lo que esperaba… ―me soltó con una sonrisilla traviesa y luego le dio un mordisco a la pizza, mirándome a los ojos―. Al final, creo que tenías razón y te voy a tener que pedir que nos dejes la casa más veces…

―Claro, lo que necesites.

―El sábado le he pedido que se quede a dormir, si no te importa.

―No, saldré de fiesta con Sofía y estos… supongo que llegaré tarde.

―Vale, genial.

―Recuperando el tiempo perdido, ¿eh?

―Sí, supongo ―dijo encogiéndose de hombros.

―Joder, está buenísima la pizza, Paula…

―Muchas gracias.

―¿Empezamos a ver alguna serie o algo?

―Sí, vale… hoy no me apetece estudiar después de cenar.

―Pues recojo esto y te espero en el salón, en lo que te preparas…

―¿Recoges tú?

―Sí, qué menos, tú has preparado toda la cena…

Y dejé que Paula fuera a lavarse los dientes, la cara, echarse la crema hidratante y se pusiera cómoda antes de dormir. Me dio tiempo a fregar, dejar impoluta la cocina y fui al salón y encendí la tele.

Estuve buscando alguna serie sin complicaciones para ver en Netflix y Paula apareció unos minutos más tarde. La muy cabrona se había quitado el sujetador y sus tetas se bambolearon descontroladas bajo la tela mientras se acercaba a mí.

Hizo el amago de tumbarse en su sofá cuando yo abrí la manta y le ofrecí que se sentara conmigo.

―¿Quieres venir aquí?

Ella dudó unos segundos y después sonrió.

―Claro.

Y se sentó a mi lado, agarrándome del brazo y apoyando la cabeza en mi hombro.

―A ver lo que pones, eh… qué vaya peliculita el otro día, ¡menudo bicho estás hecho!

―Hay segunda parte, si quieres, la pongo…

―No, no, ja, ja, ja…

Enseguida sentí las tetas de Paula presionando mi cuerpo, y sin poder remediarlo me volví a excitar. Ella sabía lo que provocaba en mí, pero, en cierta manera, era como si le gustara jugar con su hermanito pequeño, calentarme, y yo la rodeé con mi brazo y dejé mi mano en un lateral de su espalda. Muy cerca de sus pechos. Me encanta hacer eso y acariciar con mis dedos en esa zona.

Yo también sabía provocarla.

Terminó el capítulo, apenas cuarenta minutos de tortura para mí y ella se despidió con un beso en la mejilla, aplastándome todavía más sus pechos contra mi hombro. Aquella noche pensé que sería tranquilita, Paula se había desfogado ya con su novio y no esperaba escuchar nada desde su cuarto, pero yo necesitaba hacerme una de mis pajas.

Encendí el ordenador y, de repente, me llegó un gemido ahogado, silencioso, discreto. ¡Otra vez!, Paula se estaba corriendo en su habitación. Y yo me masturbé de manera furiosa delante del portátil, salpicándolo todo un par de minutos más tarde y bramando bien alto para que ella también supiera que me acababa de correr.

Durante la semana ocurrió todos los días lo mismo. Cena, sofá, serie, mantita en el sofá, Paula acurrucada en mi hombro y después cada uno a su habitación, para terminar con una paja conjunta, pero por separado.

No es que fuera un gran avance, pero ya había conseguido que Paula y yo nos corriéramos cada día casi a la vez, escuchando nuestros gemidos.

Así hasta que llegó el sábado…​

Al menos enseñar una tetilla aunque sea... 🥹
 

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―Esta noche viene Fernando y se va a quedar a dormir… ―me recordó Paula durante el desayuno, nada más levantarme.

Ella se ofreció a calentarme la leche y hacerme un par de tostadas y yo me quedé mirándola detenidamente. Había echado su pijama blanco a lavar y ahora llevaba uno todavía más primaveral y provocativo. Pantalón fino largo de color crema y camiseta de tirantes azul marino sin sujetador, con la que también se le marcaban los pezones.

―Sí, sí, vale, ¿sobre qué hora estará por aquí?

―Vendrá algo tarde, a las nueve, así cenamos y podemos ver una película…

―Sí, una película, ja, ja, ja, seguro… ―quise burlarme un poco de Paula.

―No seas idiota…

―Y por mí estate tranquila, yo a esa hora ya no estaré en casa, puedes hacer lo que quieras, no vendré hasta tarde, hemos quedado luego para salir…

―Genial…

―Ah, una cosa, bueno, yo también he quedado con Sofía para que venga esta tarde a casa, pero sobre las ocho o así nos vamos. Así cuando llegue Fernando, ya estás tú sola… También vamos a ver una película, ja, ja, ja…

―Ja, ja, ja…

―Oye, Paula, solo por curiosidad, ¿vas a estrenar esta noche el conjuntito que te regalé?

―Te recuerdo que ya lo he estrenado… ¿O no te acuerdas?

―Joder, como para no acordarme… ¡Fue una pasada verte con mi regalo puesto!, ¡te quedaba increíble! Lo que quería decir es que si lo ibas a estrenar con Fernando, él no te ha visto con ese conjuntito puesto.

―Ya sabía por dónde ibas, ja, ja, ja… y bueno, la verdad es que no lo había pensado, pero… ¿Por qué no?, puede que le guste.

―¿Puede?, se le va a caer la baba. ¡Me va a dar un poco de envidia!

―¿Envidia, por qué?

―Pues porque te va a ver con él puesto al completo y yo no pude… solo vi una parte…

―Bueno, no te quejes, tú tienes a Sofía, seguro que a ella también le sentaba como un guante, con ese cuerpo que tiene… Ya me gustaría tener esa cinturita…

―Sí, está muy delgadita, y bueno, Paula, ya que nos estamos sincerando, ¿te molesta que venga esta tarde? Ya sé que somos un poquito ruidosos, lo siento si no te dejamos estudiar…

―Me tengo que poner tapones, porque menudos escándalos montáis…

―Y por cierto, el otro día te vi en el pasillo… ¡Nos estabas espiando!

―¿Yoooo…? Claro que no, salí de la habitación e iba a entrar en el salón, pero os vi en el reflejo del cristal de la puerta… No te dije nada, pero ya te vale. Podías tener un poco más de cuidado con esas cosas.

―Si te soy sincero, no me importa que me veas… es más, me dio mucho morbo…

―¡David, no empieces!

―Me la podría follar en el sofá, pero prefiero hacerlo en la habitación, porque sé que así se nos escucha más…

―¡Eres un capullo! ―dijo levantándose malhumorada en cuanto se terminó el café.

―Paula, dime la verdad, por una vez sé sincera conmigo, ¿te excita escucharnos?

―Friega esto… Siempre tienes que terminar igual y estropearlo todo… ―y dejó la taza en el fregadero y salió de la cocina.

Ya estaba haciéndose la ofendidita otra vez. Me desconcertaba ese comportamiento tan ambiguo de mi hermana, por la noche se quitaba el sujetador, me restregaba las tetas por el brazo y se hacía un dedo en su cama, sabiendo que yo me estaba pajeando en la habitación de al lado, pero si después yo quería hablar de ese tema, se enfadaba y me dejaba plantado.

Al mediodía apenas charlamos durante la comida y sobre las cuatro de la tarde, llegó Sofía a casa. Traía una pequeña mochila para cambiarse y le pedí que entrara directamente en mi habitación. Diez minutos más tarde, ya tenía mi polla metida en su boca.

―¿Qué tal con tu hermanito?, ¿ha habido progresos esta semana?

―No ―ronroneó pasándome la lengua por el tronco y mirándome de reojo―. ¿Qué progresos quieres que tenga con él?, ¿te parece poco lo de la otra vez?

―No sé, lo mismo le habías vuelto a llamar desde tu habitación o le habías pillado espiándote, ¿es que no te gustó cuando se te quedó mirando con el tanguita?

―No sé, puede que un poquito…

―Mmmm, ¿y te gustaría ver cómo se hace una paja?

―¿Verlo? Ya le he pillado alguna vez…

―Quiero decir que él se hiciera una paja delante de ti y tú te quedaras mirándole hasta que se pegara un buen corridón… ¿Te gustaría verlo?

Sofía sonrió y negó con la cabeza, volviéndose a meter mi polla en la boca. Se la introdujo hasta la garganta cuatro o cinco veces y después me dio un sonoro beso en el capullo.

―Nunca lo había pensado ―dijo encogiéndose de hombros―. Aunque ahora me cuesta pensar con claridad, mmmm, estoy muy cachonda…

―Por eso te lo pregunto ―y le acaricié el pelo―. Imagínatelo, esa pollita joven y tierna echando semen caliente a borbotones delante de ti, uffff… te mojas enterita solo de pensarlo, eh ―afirmé colando mis dedos por el elástico de sus braguitas.

―Aaaaah, cabrón…

―Vamos, reconoce que te pone cachonda la pollita de tu hermano…

―Ssssh, que nos va a escuchar Paula, habla más bajito…

―Me da igual… venga, dime si te excita o no la idea…

―¿Y cuál es tu idea?, cuéntamelo, invéntate una historia de cómo te lo imaginas…

―Mmmm, vale. Pues… eeeh… por ejemplo, una noche llegas de fiesta y al entrar en casa ves algo de luz en la habitación de Hugo, es muy tarde, tus padres están dormidos y tú has bebido un poquito. Entras en su cuarto y te lo encuentras frente al portátil, haciéndose una paja con fotos tuyas…

―¡Joder, qué cerdo eres!

―Además, tiene sobre su polla tus braguitas sucias que te quitaste antes de ducharte… y cuando te ve, apenas tiene tiempo de reaccionar, ya estás justo detrás de él… Hugo solo tiene dos opciones, ¿quieres que siga?

―Sí, aaaah, sí, sigueee, aaaah…

―Como te decía, solo tiene dos opciones o se suelta la polla o cierra el ordenador, no puede hacer las dos cosas… Entonces hace lo más instintivo, taparse e intentar que no veas que te ha cogido las braguitas, pero claro, tu foto seguiría en la pantalla del ordenador, ¿qué harías?

―Nada, le diría que es un cerdo y me iría…

―Noooo… Vamos, sígueme el juego un poco… Mmmm, tendrías que inclinarte sobre él y apoyarle las tetas en la espalda y después le preguntarías: “¿Te estabas tocando pensando en mí?”. Él te diría que sí y tú le pedirías que terminara lo que estaba haciendo…

―¿Y lo haría?

―No, tendrías que estirar el brazo y metérsela por dentro del pantalón, te encontrarías con su polla bien dura, y tú le acabarías la paja, tampoco tendrías que trabajar mucho, tiene que ser muy morboso que te la sacuda tu hermana mayor, te aseguro que se correría en unos pocos segundos… y notarías su semen caliente empapándote los dedos…

―Mmmmm… ―murmuró chupándomela con más fuerza―. ¿Te quieres correr en mi boca? ―me preguntó, intentando cambiar de tema.

―¿Te ha gustado la historia?

―Es un poco fuerte… pero bueno, no ha estado mal…

―¿Lo harías si yo te lo pidiera?

―¿El qué…?

―Pues eso, pajear a tu hermano…

―Nooooo, claro que no…

―Siempre has hecho todo lo que te he pedido…

―Ya, pero hay un límite y eso ya es demasiado…

―¿Por qué?, si te pone muy cachonda la idea, solo es hacerle una paja y ya está, tampoco te estoy pidiendo que te lo folles, puedes colarte cualquier día en su cama… te inventas cualquier excusa o le dices que él se meta en la tuya y le pides un abrazo, enseguida vas a notar su polla dura contra tu culo…

―¿Y a ti te gustaría que te lo hiciera Paula? ―y sin soltármela, meneándomela muy rápido, se incorporó y se quedó frente a mí, mirándome a los ojos.

―¡Uffff, me encantaría!

―Mmmm… ¡Eres un degenerado!

―Ja, ja, ja… no te lo voy a negar…

―¿No tendrás tú una carpeta con fotos de tu hermana como la historia que me has contado?

―¿Y si la tuviera?

―Pues me la tendrías que mostrar, porque no me lo creo…

Dudé unos segundos.

Era muy fuerte enseñarle a Sofía una carpeta con fotos de Paula; mi chica era muy morbosa y se notaba que estas cosas le gustaban, pero de ahí a reconocer que me hacía pajas con mi hermana, había una gran diferencia y una delicada línea que tendría que cruzar con mucho cuidado.

―¿Y qué harías si tengo una carpeta con sus fotos?

―Bueno, podrías tenerla porque es tu hermana… Eso no significaría nada…

―¿Y si te digo que la tengo porque me excita?

―¿Te haces pajas fantaseando con Paula? Dime la verdad, no me va a molestar ni nada parecido…

―Sí, alguna vez…

―¿Y miras sus fotos mientras lo haces?

―Sí…

―¡Pues enséñamelas! ¡Quiero verlas!, ¡no me lo creo!, me lo estás diciendo para que haga lo que me has pedido…

―¿Le harías la paja a Hugo si te enseño esa carpeta?

―No. No es lo mismo, vamos, ni parecido, aunque no creo que sea verdad, te estás quedando conmigo…

Me levanté de la cama y me senté frente a mi mesa de escritorio. Abrí la tapa del portátil y me desnudé de cintura para abajo, luego puse a Sofía delante de mí, le bajé el pantalón de chándal y sus braguitas e hice que apoyara sus tiernos glúteos en mis muslos.

Al sentarse en mi regazo, vi que le sobresalía la base del plug por el ano, y ella estiró el brazo y me agarró la polla mirando atentamente la pantalla.

En diez segundos ya tenía delante una carpeta que ponía PAULA.

―Ábrela… ―le pedí y cuando lo hizo, comprobó que había 194 archivos.

―¡Joder!, era verdad, mmmmmm, ¡era verdad! ―susurró sin soltarme la polla y abriendo la primera foto.

La puso a pantalla completa y dejó que el visor de Windows las fuera pasando una a una cada cinco segundos. Ella miraba atónita la pantalla y meneaba mi polla con dulzura, frotándosela contra la espalda.

―¿Te haces muchas pajas con ella?

―Sí, bastantes…

―¡¡Uf, está muy buena!! No me extraña que te guste, ¡tiene unas tetas excelentes! ―y levantó el culo, colocando mi glande a la entrada de su coño.

Con cuidado se dejó caer sin tan siquiera abrir las piernas y mi polla se fue colando en su interior. Ella movía el culo muy despacio, follándome con una lentitud exasperante, sintiéndome bien dentro de ella, subiendo y bajando; analizaba cada foto, todos los detalles, cómo miraba Paula a cámara, sus escotes, su sonrisa, la ropa que llevaba y, de vez en cuando, me hacía un comentario.

―¿Has hecho tú esas fotos?

―Algunas, por ejemplo, esas de la boda sí, me encantó hacérselas…

―Mmmmm… ¿Y cuál es tu favorita?, ¿con cuál te gusta correrte?

―Cuando llegue te lo digo… aaaah, Diossss, Sofi, sigue follándome, aaaah, me encanta cómo se roza mi polla con el juguetito que llevas dentro, me hace presión en el capullo, no voy a durar mucho, ¿y ahora ya me crees?

―Sí, aaaah, síííí…

―¿Entonces vas a hacerle la paja a Hugo?

―¡Aaaaah, eres un cabrón! ―y se giró comiéndome la boca, para volver a mirar la pantalla con detenimiento, incrementando el ritmo al que rebotaba sobre mí.

―¡Joder, voy a correrme!

―Aaaaah, sí, sí, yo también, David, sigueee, sigueee, no la saques, eh, ni se te ocurra, ¡¡córrete dentro de mí!!

―Uf, no puedo más, ¡me está dando mucho morbo ver las fotos contigo!

―¿Cuál es tu favorita?, vamos, dímelo, aaaah, aaah, estoy a punto de correrme, aaaah…

Y la busqué, pasando rápido hacia delante. Era la primera que mandaron mis amigos en el grupo de WhatsApp, en la que Paula estaba apoyada en la barra del bar en el que trabajaba y mostraba descaradamente su escote. Se le veía tanto el pecho que parecía que se le iba a escapar un pezón.

―¡¡JODER!! ―exclamó Sofía―. ¡¡Qué tetas!!

―¿Tiene tetas de guarra, eh?

―Sí, de muy guarra, esas tetas son de muy guarra… Aaaah, y a ella le encanta enseñarlas… ¿Te vas a correr mirándolas?

―Sí, sí ―dije palpando sus pequeños pechos por encima de la camiseta.

―¿Te vas a correr con las tetas de tu hermana?, ¡eres un cerdo! ¡Mmmm, me estás poniendo mucho!

―¡¡¡¡AAAAH, SÍÍÍÍ, SÍÍÍÍ, AAAAH, AAAH, AAAH!!!!

Nos corrimos prácticamente a la vez. Ella restregándome el culo contra el abdomen y yo eyaculé en su interior, sin dejar de mirar la foto de Paula.

¡¡Fue terriblemente morboso!!

Con el calentón le acababa de reconocer a mi novia que me masturbaba fantaseando con mi hermana y, una vez que había terminado y ya en frío, me arrepentí casi al momento de haberle confesado mi fetiche más prohibido.

Sofía se quedó jadeando con mi polla dentro, seguía meciendo su pequeño culo con mucha suavidad y después se echó para atrás y me buscó la boca, dándome un tierno beso en los labios.

―¡Uf, me ha encantado!, esto tenemos que hacerlo más veces… ―gimoteó mi chica―. No sabía que eras tan… degenerado, ja, ja, ja…

―Joder, Sofi, y yo que pensé que te iba a molestar…

―¿Molestar? ¿Por qué?

―No sé, por hacerme pajas con Paula… ¡Es mi hermana!

―Casi mejor. Si te soy sincera, prefiero que te las hagas con ella antes que con otras.

―Ja, ja, ja… visto de esa manera…

―Pero de lo de mi hermano, olvídate, no pienso hacerle una paja, puto cerdo…

―¡Ohhhh, qué pena!, yo pensé que lo ibas a hacer, eres igual o incluso más morbosa que yo, me encantaría hacer tantas cosas contigo…

―¿Ah, sí? ¿Por ejemplo?

―No sé, todo lo que se nos ocurra, BDSM, sexo en público, ir a locales de intercambio, solo a morbosear, eh, hacer tríos…

―¿Tríos? Ya sabía yo que quieres follarte a otras…

―Podrían ser también con dos chicos…

―Mmmmm, eso no lo había pensado…

―¿Te imaginas uno con Jaime?

―¿Con Jaime…? Ja, ja, ja, búscame otro que esté más buenorro…

―Jaime no está mal, además es mi mejor amigo y bueno… tiene el morbo añadido de que es virgen… tú serías la primera…

―¡Tienes una mente muy calenturienta!

―Y luego podríamos hacer uno con alguna amiga tuya…

―No, no, de eso nada, tú eres solo mío. A ti solo te dejaría follar con… ¡Paula!

―¿Con mi hermana?

―Sí, ¡exacto!, solo haríamos un trío con ella y como eso es imposible, ja, ja, ja…

―Luego ha quedado con su novio para follar, le va a dar una segunda oportunidad…

―Bueno, ella sabrá, yo no te perdonaría una infidelidad ―dijo poniéndose de pie y sacándose el plug del culo.

Se quedó delante de mí y su coño comenzó a gotear semen sobre mis muslos.

―Conmigo puedes hacer lo que quieras, puedes contarme todo lo que se te pase por la cabeza, hasta lo más sucio que se te ocurra… pero si alguna vez me engañas con otra, no seguiremos juntos. ―y se inclinó sobre la mesa, abriéndose los glúteos con una mano―. ¡Y ahora dame por el culo!, sigo muy cachonda, mmmmm… ―gritó bien alto mientras volvía a mirar detenidamente las fotos de mi hermana que se aparecían en el portátil delante de su cara.​

36​



No regresé excesivamente tarde. Serían sobre las dos de la mañana y, como de costumbre, me tomé un buen vaso de leche caliente y unas galletas. No se escuchaba nada en el piso y, después de lavarme los dientes, me metí en la habitación.

La tarde había sido muy intensa; me había follado tres veces a Sofía antes de salir de fiesta, aun así, me apetecía hacerme una paja con las fotos de Paula.

Y es que, aunque no estaba excesivamente caliente, me daba mucho morbo hacerlo, sabiendo que ella estaba en la habitación de al lado con su novio. Abrí el portátil, puse una foto de su cara en grande y me dispuse a ponerme el pijama para estar más cómodo. Y de repente, alguien llamó a la puerta despacito.

―Sí, pasa ―susurré y Paula asomó la cabeza en mi habitación.

―Hola, David… Nada es que me pareció escucharte, solo quería asegurarme de que habías llegado bien… Buenas noch…

―Ven, pasa, no te quedes ahí ―le pedí haciendo un gesto con la mano para que se acercara.

―No, da igual…

―Pasa, no seas tonta…

―Sssssh ―y se puso el dedo en la boca―. Fernando está dormido.

―Entra y cierra… ―tiré de su mano con suavidad. Paula se metió en mi habitación y después entornó la puerta, sin llegar a cerrarla del todo.

Enseguida entendí por qué no quería entrar en mi habitación. Paula estaba en braguitas, pero no unas cualquiera. Eran las del conjuntito que yo le había regalado y, en la parte de arriba, llevaba una camiseta negra, y por debajo se le transparentaba también el sujetador con el lacito rosa.

―¡Guau, Paula! ¡Estás…! ¡Estás increíble! ―tartamudeé mirando sus piernas desnudas―. Te has puesto el conjuntito que te regalé…

―Sí, a Fernando le ha gustado mucho, pero mucho mucho… más de lo que pensaba ―dijo con una sonrisa picarona.

―¡Mmmm, qué bueno!

―Bueno, ya me voy, solo quería decirte eso, Fernando se acaba de dormir y…

―¿Os he despertado?

―No, no, yo todavía no me había dormido…

―Joder, ¿habéis estado desde las nueve hasta las dos…?

―¡No, idiota!, ja, ja, ja, bueno casi…, ja, ja, ja…

―Pues sí que le ha gustado el conjuntito, ja, ja, ja…

Entonces, justo caí en la cuenta de que su cara estaba en la pantalla del portátil. Se me había olvidado por completo y antes de que pudiera cerrar la tapa, ella se vio allí en grande.

―¿Esa soy yo…? No me digas que…

―Perdona…, sí, claro que eres tú…

―¡Madre mía, David!, pero si has estado toda la tarde con Sofía, ¡joder, hoy os habéis pasado más que nunca!, ¿y ahora también te vas a…? ¿Con mis fotos? ¡Lo tuyo es demasiado ya!

―Sí, ya sabes que después de salir y tomarme una copa me apetece… y más ahora, después de verte así…

―Bueno, anda, yo me voy ya, y… ¡Ssssh, no hagas ruido! ―me pidió dándose media vuelta.

―Espera, Paula… ¿Puedo pedirte una cosa antes de que te vayas?

―¡No, David!, ¡no te voy a mirar cómo lo haces!, ¡¡Y además, te recuerdo que Fernando está aquí al lado!! ―protestó comenzando a poner cara de enfado.

―No, no es eso, es solo que… no sé, ya que llevas puesto el conjuntito que te regalé, ¿podría ver cómo te queda?

―¿A…? ¿Ahora? ―dudó Paula.

―Sí, claro, ahora. Eso me ayudaría mucho para lo que ya sabes… Tampoco tienes que hacer nada, solo quitarte la camiseta, van a ser 30 segundos…

―¡Ni hablar! Ya me estás viendo con él puesto, ¿no? ―dijo mirando hacia abajo.

―Pero no es lo mismo, me dijiste que alguna vez me enseñarías cómo te queda… por favor, Paula… ¡Joder, sería la hostia!

―Yo nunca te he dicho eso, te lo estás inventando…

―¡Sí, lo dijiste! Además, ¿qué lo mismo te da?, te he visto muchas veces en bikini, esto es casi lo mismo…

―Lo mismo… Lo mismo, no es… esto es un conjunto de lencería, y es casi transparente…

―¡Porfa, Paula!, ya que lo tienes puesto, por favor…

Mi hermana resopló y yo, que empezaba a conocerla bien, supe que lo iba a hacer. Me senté en la silla frente a ella y Paula se fijó en mi abultada erección bajo el pijama.

―¡Ssssh, no hagas ruido! ―insistió de nuevo―. Y ni se te ocurra tocarte, eh, y mucho menos sacártela. 30 segundos… ―me advirtió―. ¿Estás listo? ―quiso avisarme para que aquello lo viera bien.

Afirmé como un autómata. Instintivamente me agarré la polla por encima del pijama y Paula me volvió a advertir.

―Eh, sin tocarte… ―me recordó con un susurró―. Y sssssh, ¡cállate!

―No he dicho nada ―murmuré lo más bajito que pude.

De manera sensual, o eso me pareció a mí, se fue deshaciendo de la camiseta, y es que os puedo asegurar que es imposible que ese gesto no resulte erótico en Paula mientras se va quitando la ropa. De repente, ¡¡sus tremendas tetazas aparecieron embutidas en ese minisujetador de adorno!!

Tragué saliva.

Allí la tenía delante de mí, con ese dos piezas transparente, y aunque era su talla, parecía que le quedaba pequeño, pues sus pechos desbordaban la tela por los lados. El sujetador apenas podía soportar sus pesadas tetas y las braguitas se le clavaban en la cintura y le marcaban el coño descaradamente. Puso los dos brazos en jarra y se me mostró impúdica e incestuosa con sus pezones duros. Yo siempre había visto a Paula como una chica elegante y con mucha clase, pero en ese momento, fue la primera vez que me pareció una vulgar zorra.

Una calientapollas.

Tuve que sobármela por encima del pijama, aquello era demasiado excitante y, esta vez, Paula no dijo nada, incluso se fijó en cómo me la sacudía dos o tres veces y después se dio la vuelta para que viera también cómo le quedaba por detrás, colocándose las braguitas en su sitio, aunque no hiciera falta.

―Me queda bien, ¿verdad?...​
 
Pues ya solo falta la otra mitad de este capítulo y terminaría la tercera parte del libro. ¿Qué os está pareciendo la historia?
¡¡Joder, vaya dos capítulos!! Entre Sofía y la hermana nos van a matar.
 
Confieso que no me aguanté y me leí el relato original, pero esta nueva versión la supera!! Que ganas de leer lo que falta.
 
8




Para el final del curso, yo ya estaba en un sinvivir. Era el mes de Junio y Paula solamente se paseaba con ropa demasiado corta por casa, incluso en ocasiones, solo con braguitas que me dejaban sin respiración.

No sé si podéis imaginaros lo que era eso en época de exámenes. Me tenía que recluir dentro del cuarto igual que un monje, eso sí, con pajas a cada lección para calmar ese apetito sexual que me devoraba a cada rato. Me la cascaba sin parar, incluso dejándome llevar a la hora del orgasmo, si me pillaba de maravilla y si no… me daba lo mismo.

Para cuando acabamos los exámenes y las notas llegaron, me sentí relativamente aliviado, no porque el curso llegara a su fin, sino porque podría estar más tranquilo y salir a la calle sin hacerme pajas cada poca. Ser un monje de clausura pajero, había sido un verdadero infierno, además… con la tentación en la habitación de al lado.

Por supuesto, Paula sacó una notas increíble y yo, pues… mamá, me felicitó por aprobar todas aunque fuera más de una con un suficiente raspado. En cambio, papá solo me soltó una frase muy suya… “A ver si mejoras el año que viene”, fabuloso para mi primera año en la universidad.

Lo mejor de todo ese final, fue que Paula se marchó dos días antes que yo al pueblo, tiempo que aproveché para follar con Sofía de manera desenfrenada. Lo hicimos en todas las estancias, incluso le pedí metérsela en la cama de mi hermana, aduciendo a que ella hizo lo mismo con Fernando.

Claro, mi novia lo vio un poco raro, aunque dejó caer que todo sería un juego de hermanos y la puse a cuatro patas en la cama que escuché como Paula le comía los huevos a Fernando.

Antes de despedirnos hasta el curso siguiente, fui a casa de sus padres para conocerlos, porque nuestra relación se había afianzado y cada vez sentía que la quería más. Sus progenitores eran de lo más amable y tenía un hermano pequeño de lo más pillín que me recordaba a mí.

Quince años tenía la criatura y una cara de pajero cubierto de granos que no podía con ellas. Para cuando nos despedimos de la familia en la puerta, tomamos rumbo a mi casa, que la verdad no quedaba muy lejos, solo a unos veinte minutos andando.

El colofón final del curso ya me lo esperaba, pero todo fue una alegría cuando Sofía me ofreció su culo en bandeja para mí solito. Se lo penetré con la polla cubierta de lubricante, después de comérmelo a conciencia igual que Fernando el coño de mi hermana.

Fue un polvo muy rápido entre jadeos de tensión y placer. Apenas duré, porque en mi mente navegaban muchas cosas, en especial, las pajas que me hacia pensando en Paula una y otra vez. Antes de acabar, me imaginé al hermano de Sofía, con esa cara de trasto que seguro empezaba a descubrir los secretos del sexo.

Una pregunta asoló mi mente y quise que fuera realidad, aunque dudaba de que todos fueran tan enfermos como yo. “¿Se pajeará el cabrón mirando a su hermana como hago yo?”, aquello me provocó un morbo sin igual y después de dos embestidas duras, escuché el gemido de Sofía, no sé si de dolor o placer, solo supe que yo me corrí en lo profundo de su ano.

―¡Qué pasada, joder! ―grité de puro éxtasis sentado sobre mis piernas cansadas.

Observé a mi novia, con su dulce cara aniñada, que ahora estaba enrojecida y somnolienta de placer. Recordé que era virgen cuando iniciamos la relación, y ahora, unos cuantos meses después, era una verdadera perra en la cama. El agujero de su culo chorreando semen, era buena prueba de ello.

Cuando se pudo levantar, me acompañó con el paso algo errático a la estación de autobuses, donde nos despedimos con un bonito beso y un abrazo de verdadero amor. Nos amábamos de verdad, no como esas parejas que cambian cada dos por tres. Aunque en este caso, yo portaba una pega y tenía nombre… Paula.

El autobús arrancó y me despedí desde la ventana, junto a una sonrisa maléfica cuando vi que se daba la vuelta y se apretaba una nalga con ligera incomodidad. “Culpa mía…”, pensé con picardía, aunque rápido se borró de mi mente Sofía, la universidad, incluso mi amigo Jaime.

Ahora me esperaba el pueblo, el calor, la casa de mis padres y… Paula.​
Fabuloso, relato increíble, gracias
 
Y aquí termina la primera parte del libro, que consta de 4 partes en total. El relato original eran 45000 palabras y al final se nos ha ido a más de 120000 palabras, por lo que ha quedado todo una novela bien extensa para disfrutar esta historia.

Por cierto, ¡¡¡desde hoy ya está disponible y la podéis disfrutar entera!!!

La habitación de al lado, de Lilith Durán.

Espero que la disfrutéis.
Impresionante 💝 💝 💝
 

36​



No regresé excesivamente tarde. Serían sobre las dos de la mañana y, como de costumbre, me tomé un buen vaso de leche caliente y unas galletas. No se escuchaba nada en el piso y, después de lavarme los dientes, me metí en la habitación.

La tarde había sido muy intensa; me había follado tres veces a Sofía antes de salir de fiesta, aun así, me apetecía hacerme una paja con las fotos de Paula.

Y es que, aunque no estaba excesivamente caliente, me daba mucho morbo hacerlo, sabiendo que ella estaba en la habitación de al lado con su novio. Abrí el portátil, puse una foto de su cara en grande y me dispuse a ponerme el pijama para estar más cómodo. Y de repente, alguien llamó a la puerta despacito.

―Sí, pasa ―susurré y Paula asomó la cabeza en mi habitación.

―Hola, David… Nada es que me pareció escucharte, solo quería asegurarme de que habías llegado bien… Buenas noch…

―Ven, pasa, no te quedes ahí ―le pedí haciendo un gesto con la mano para que se acercara.

―No, da igual…

―Pasa, no seas tonta…

―Sssssh ―y se puso el dedo en la boca―. Fernando está dormido.

―Entra y cierra… ―tiré de su mano con suavidad. Paula se metió en mi habitación y después entornó la puerta, sin llegar a cerrarla del todo.

Enseguida entendí por qué no quería entrar en mi habitación. Paula estaba en braguitas, pero no unas cualquiera. Eran las del conjuntito que yo le había regalado y, en la parte de arriba, llevaba una camiseta negra, y por debajo se le transparentaba también el sujetador con el lacito rosa.

―¡Guau, Paula! ¡Estás…! ¡Estás increíble! ―tartamudeé mirando sus piernas desnudas―. Te has puesto el conjuntito que te regalé…

―Sí, a Fernando le ha gustado mucho, pero mucho mucho… más de lo que me pensaba ―dijo con una sonrisa picarona.

―¡Mmmm, qué bueno!

―Bueno, ya me voy, solo quería decirte que eso, Fernando se acaba de dormir y…

―¿Os he despertado?

―No, no, yo todavía no me había dormido…

―Joder, ¿habéis estado desde las nueve hasta las dos…?

―¡No, idiota!, ja, ja, ja, bueno casi…, ja, ja, ja…

―Pues sí que le ha gustado el conjuntito, ja, ja, ja…

Entonces, justo caí en la cuenta de que su cara estaba en la pantalla del portátil. Se me había olvidado por completo y antes de que pudiera cerrar la tapa, ella se vio allí en grande.

―¿Esa soy yo…? No me digas que…

―Perdona…, sí, claro que eres tú…

―¡Madre mía, David!, pero si has estado toda la tarde con Sofía, ¡joder, hoy os habéis pasado más que nunca!, ¿y ahora te vas a…? ¿Con mis fotos? ¡Lo tuyo es demasiado ya!

―Sí, ya sabes que después de salir y tomarme una copa me apetece… y más ahora, después de verte así…

―Bueno, anda, yo me voy ya, y… ¡Ssssh, no hagas ruido! ―me pidió dándose media vuelta.

―Espera, Paula… ¿Puedo pedirte una cosa antes de que te vayas?

―¡No, David!, ¡no te voy a mirar cómo lo haces!, ¡¡Y además, te recuerdo que Fernando está aquí al lado!! ―protestó comenzando a poner cara de enfado.

―No, no es eso, es solo que… no sé, ya que llevas puesto el conjuntito que te regalé, ¿podría ver cómo te queda?

―¿A…? ¿Ahora? ―dudó Paula.

―Sí, claro, ahora. Eso me ayudaría mucho para lo que ya sabes… Tampoco tienes que hacer nada, solo quitarte la camiseta, van a ser 30 segundos…

―¡Ni hablar! Ya me estás viendo con él puesto, ¿no? ―dijo mirando hacia abajo.

―Pero no es lo mismo, me dijiste que alguna vez me enseñarías cómo te queda… por favor, Paula… ¡Joder, sería la hostia!

―Yo nunca te he dicho eso, te lo estás inventando…

―¡Sí, lo dijiste! Además, ¿qué lo mismo te da?, te he visto muchas veces en bikini, esto es casi lo mismo…

―Lo mismo… Lo mismo, no es… esto es un conjunto de lencería, y es casi transparente…

―¡Porfa, Paula!, ya que lo tienes puesto, por favor…

Mi hermana resopló y yo, que empezaba a conocerla bien, supe que lo iba a hacer. Me senté en la silla frente a ella y Paula se fijó en mi abultada erección bajo el pijama.

―Ssssh, no hagas ruido ―insistió de nuevo―. Y ni se te ocurra tocarte, eh, y mucho menos sacártela. 30 segundos… ―me advirtió―. ¿Estás listo? ―quiso avisarme para que aquello lo viera bien.

Afirmé como un autómata. Instintivamente me agarré la polla por encima del pijama y Paula me volvió a advertir.

―Eh, sin tocarte… ―me recordó con un susurró―. Y sssssh, ¡cállate!

―No he dicho nada ―murmuré lo más bajito que pude.

De manera sensual, o eso me pareció a mí, se fue deshaciendo de la camiseta, y es que os puedo asegurar que es imposible que ese gesto no resulte erótico en Paula mientras se va quitando la ropa. De repente, ¡¡sus tremendas tetazas aparecieron embutidas en ese minisujetador de adorno!!

Tragué saliva.

Allí la tenía delante de mí, con ese dos piezas transparente, y aunque era su talla, parecía que le quedaba pequeño, pues sus pechos desbordaban la tela por los lados. El sujetador apenas podía soportar sus pesadas tetas y las braguitas se le clavaban en la cintura y le marcaban el coño descaradamente. Puso los dos brazos en jarra y se me mostró impúdica e incestuosa con sus pezones duros. Yo siempre había visto a Paula como una chica elegante y con mucha clase, pero en ese momento, fue la primera vez que me apareció una vulgar zorra.

Una calientapollas.

Tuve que sobármela por encima del pijama, aquello era demasiado excitante y, esta vez, Paula no me dijo nada, incluso se fijó en cómo me la sacudía dos o tres veces y después se dio la vuelta para que viera también cómo le quedaba por detrás, colocándose las braguitas en su sitio, aunque no hiciera falta.

―Me queda bien, ¿verdad? ―comentó cogiendo la camiseta para ponérsela―. Pues ya está, hemos terminado…

―No, espera, Paula… ¿Podría hacerte una foto?, por favor…

―¡No, David!, eso ya no…

―En cuanto la haga la paso al ordenador y la borro del móvil, jamás la va a ver nadie, ¡esta foto es solo para mí! Te lo prometo. Ya sé que no quieres ver cómo me toco, y lo acepto y hasta lo comprendo, pero hoy tengo que correrme con esta instantánea, ¡es increíble tenerte así!, mira como estoy ―le dije enseñándole mi paquete―, además sé que estás excitada…

―Yo no…

―¡Los pezones, Paula! ¡Los pezones!, esos siempre te delatan…

Y ella se cubrió los pechos con los brazos, como si no se los hubiera visto mientras me mostraba cómo le quedaba el conjuntito en su cuerpazo.

―Venga, Paula, deja que te haga una foto, ¡es muy morboso todo, y más sabiendo que tu novio está aquí al lado dormido! ―y me levanté, cerré la puerta, y sin que ella pudiera reaccionar, abrí la cámara del móvil y apunté hacia ella.

―¡David, noooo…! ―me pidió estirando la mano hacia mí.

―Solo una, Paula, por favor ―le rogué mordiéndome los labios y poniéndome de pie.

Cruzó los brazos sobre su pecho sin soltar la camiseta de pijama y se quedó allí parada, mientras yo giraba a su alrededor, tirando no una, sino varias fotos desde todos los ángulos. Incluso me situé detrás de ella y fotografié su culo.

―¡Eh, capullo, has dicho solo una! Ya tienes tus fotos, ¿no?, ¡pues, hala, ya te puedes pajear a gusto! ―murmuró volviendo a amenazarme con ponerse la camiseta.

―Pero así no las quiero, te estás tapando el abdomen, los pechos, y estás muy seria, ni tan siquiera has mirado a la cámara…

―¿No era solo una…?

―Por favor, suelta esa camiseta y mira a la cámara. No cruces los brazos… ¡A ver si sale alguna foto buena!

―¿Así? ―preguntó dejando la camiseta y descubriendo sus pechos para que pudiera fotografiarlos―. ¿Ya está?, ¿te ha salido alguna “buena”?

―Eso es, ¡genial!

Apoyó el culo en el escritorio y se quedó plantada de pie, apoyando las manos en la mesa con naturalidad y cruzando los tobillos. Ahora sí. Se mostraba firme y orgullosa sin taparse. Yo creo que ni ella misma era consciente de la situación. Se estaba dejando fotografiar en lencería por su hermano pequeño a las dos de la mañana y en su habitación.

Intentábamos no hacer ruido, pero a esas horas se escuchaba todo, y su novio podría despertarse de un momento a otro e incluso pillarla en esa escena tan comprometida. ¿Cómo se lo iba a explicar a Fernando?

Pero yo creo que eso es lo que realmente le daba morbo a mi hermana. Saber que su chico estaba durmiendo en la habitación de al lado, mientras ella provocaba a su hermano y se dejaba fotografiar.

Y yo notaba como a cada foto ella se iba poniendo más y más cachonda. Se le había cambiado hasta la cara.

―¡Joder, qué tetas! ―exclamé sacudiéndome la polla por encima del pijama.

―¡Sssssh, cállate idiota! ¡Y no te la toques! ¡Venga, date prisa!

―¡Vaya fotos!, ¡sublimes! ¿Podrías abrir un poco las piernas?, solo un poquito…

Pensé que ella se negaría, pero para mi sorpresa, chasqueó la lengua resignada, haciéndose la ofendida y descruzó los tobillos.

―Mmmm, ¡buenísimo! ―murmuré agarrándomela, y pegándome otras cuatro o cinco sacudidas.

Tenía la polla hinchadísima y Paula miró hacia mi paquete. Se me marcaba todo el contorno por debajo del pijama y mi hermana se mordió los labios. Sus pechos cada vez estaban más hinchados y esos pezones ya le debían medir casi dos centímetros en erección.

¡Estaban a punto de traspasar la tela del sujetador!

―¿Podrías darte la vuelta? ―le pedí pajeándome ya descaradamente por encima del pijama.

Ella me miró de una manera extraña. Y en ese momento, supe que iba a pasar algo mágico entre nosotros aquella noche. Antes de cumplir lo que le había pedido, subió las dos manos y se atusó la melena, entrelazando los dedos en su pelo y poniéndose guapa para mí. ¡Joder, ese gesto fue pura sensualidad!

¡Tuve que soltarme la polla o me hubiera corrido dentro de los calzoncillos!

Y después se giró, apoyando las manos en la mesa. Paula ya no hablaba, solo se dejaba fotografiar y permitió que me situara detrás de ella y me pusiera de rodillas a escasos centímetros de su cuerpo. Desde esa posición, pude ver cómo se le marcaban los labios vaginales e hice unas cuantas fotos a menos de veinte centímetros de su coño, y luego me puse de pie y fotografié su cuerpo entero desde varios ángulos, su espalda, su culo, sus muslos…, mientras ella permanecía con la cabeza agachada.

―Ya está, David. Vale… ―suspiró con la respiración entrecortada, dándose otra vez la vuelta y quedándose apoyada en la mesa.

―Espera ―le supliqué dejando el móvil a su lado―. Deja que me corra, Paula. ¡No puedo más! ―le pedí masturbándome sin sacármela del pijama.

Me acerqué a ella y Paula intentó retroceder, pero no tenía escapatoria, estaba aprisionada por la mesa y entonces, con un ligero saltito, se subió encima y se quedó allí sentada con las piernas abiertas. Su respiración se había convertido en una especie de jadeo, y al fijarme en su entrepierna, pude ver que se le había formado un pequeño círculo de humedad en la zona del coño.

―¡Joder, Paula, estás mojada! ―y ese fue el momento que aproveché para liberar mi polla.

La agarré con firmeza y comencé a sacudírmela a menos de veinte centímetros del cuerpo de Paula, que seguía sentada y con las piernas abiertas.

―¡Tócate si quieres! ―le sugerí a mi hermana.

―¿Qué…? ―gimoteó girando la cabeza avergonzada.

―Que te toques, sé que lo estás deseando… ―repetí acercando mi polla a su coño.

―No. Venga, termina ―me pidió en una especie de gemido.

―Lo haría yo, aunque no puedo… ¡Las normas!, ¡esas putas normas!, pero tú sí puedes tocarme a mí…

Entonces Paula echó la cabeza hacia atrás y soltó otro gemido ahogado. Se pasó la mano entre los pechos y fue descendiendo por su abdomen. El ruido de los dedos deslizándose por su cuerpo me puso cachondísimo y tuve que soltarme la polla.

¡¡Se iba a masturbar delante de mí!! Y yo ya no podía más.

Incorporó la cabeza de nuevo, mirándome fijamente a los ojos y, al llegar al elástico de las braguitas, pasó de largo, acariciándose los labios vaginales. Entonces, y sin que me lo esperara, estiró el brazo y me agarró la polla.

¡¡Mi hermana me agarró la polla!!

―¡¡Paula…!! ―exclamé con los ojos abiertos de par en par.

Ella no dijo nada, solo me pegó tres o cuatro sacudidas con firmeza, haciendo todo el recorrido completo con la mano hasta mi pubis, ejerciendo la presión exacta.

Y mi corrida fue inmediata.

Me hubiera gustado bañarla en leche, pero Sofía me había dejado los huevos secos. Y un potente chorro atravesó el cuerpo de mi hermana y le llegó hasta el ombligo, mojando después sus braguitas con dos o tres espasmos más, con las que derramé lo último que me quedaba en la reserva.

Ella dio un respingo al sentir mi semen caliente bañándola y siguió acariciándome unos pocos segundos más. Después me la soltó y se bajó de la mesa, atropellándome apresurada para salir cuanto antes de mi habitación.

Y allí me dejó. Con la polla fuera, jadeando y sin poderme creer lo que acababa de pasar.

Se metió al baño a limpiarse y unos minutos más tarde, escuché que estaba hablando con Fernando en su habitación. Y de repente, me llegaron unos gemidos bien nítidos. ¡No me lo podía creer!

¡Estaban follando!

Empezaron con un polvo suave y tranquilo bajo las sábanas, pero eso no era lo que necesitaba mi hermana en ese momento. Se le habían desatado todos los infiernos después de hacerme una paja, y necesitaba que se la follaran en condiciones.

No tardó en correrse bien alto sin reprimir sus gemidos y yo sonreí satisfecho, pues aquel orgasmo había sido en parte gracias a mí y después le pidió a su novio que siguiera hasta el final.

―¡¡No la saques, sigueee, aaaaah, aaaaah, córrete, córrete, Fernando, aaaah!!

El gruñido de su chico me indicó que se estaba vaciando dentro de mi hermanita. Me dio un poco de envidia sana por follarse a la chica de mis sueños, pero después de lo que había pasado en mi habitación, yo ya no tenía ninguna duda.

Dentro de poco iba a ser yo el que se corriera dentro de Paula.

Y es que estaba convencido de que, tarde o temprano, ella iba a ser mía. A partir de ahora, todos mis esfuerzos tenían que centrarse en un único objetivo.

Conseguir follarme a mi hermanita…​

Parte Cuatro​

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