David Lovia
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46
De un tirón seco, me desabroché los cuatro botones de mi bragueta y después deslicé el vaquero por mis piernas, quedándome tan solo con un bóxer blanco. Paula no perdía detalle de mi erección y le agarré la muñeca de su mano derecha, dirigiéndola hacia mi polla.
―¡Hoy me gustaría que me la hicieras tú, uf! ―jadeé soltando su brazo.
Y Paula ya siguió sola, apuntando con los dedos hacia abajo hasta sobar mi paquete con la palma de la mano. Se dio cuenta de que ya la tenía bien dura, apretó sus dedos para rodear mi tronco y luego la palpó unos segundos, deslizándose arriba y abajo.
―¡Joder, Paula!
Con una mano tiró del elástico de mi calzón y con la otra me sacó la polla, que inmediatamente agarró, comenzando a meneármela con mucha dulzura. Después me apartó el flequillo y se me quedó mirando a los ojos. Y en ese instante, pude ver ese amor puro que Paula procesaba por mí. Se notaba en su cara. Lo llevaba reflejado. No solo era amor de hermanos, es que incluso parecía enamorada.
Y reconozco que me asusté, pero a la vez se me puso más dura, porque yo sentía lo mismo. Era un sentimiento demasiado intenso, que hasta me oprimía el pecho. Y además, acompañado de esos nervios en el estómago, ese temblor descontrolado y esa sensación de estar haciendo algo prohibido.
―¡Qué guapo eres, enano…! ―suspiró mientras me pajeaba―. No me extraña que tengas locas a todas mis amigas.
―¿Eso dicen?
―Sí, que eres un guaperas, mmmmm… ―y se acercó a mí pasando sus labios por mi cuello.
―¡Joder, ellas también están muy buenas! Me las follaría sin ninguna duda…
―Mmmmm… ―ronroneó rozándome con extrema suavidad.
Dejé que me besara esa zona tan sensible y aproveché para manosear todo su cuerpo. Estaba nervioso, inquieto, lo mismo le sobaba las tetas que le apretaba los glúteos, y después acariciaba su espalda, para volver a sus pechos y jugar con sus pezones. Y Paula respondía a mis caricias, emitiendo pequeños gemiditos que me ponían todavía más cachondo.
Los tímidos besos en mi cuello fueron dando paso a muerdos mucho más salvajes, y yo también intensifiqué mis caricias, agarrando bien su culo a dos manos y después pellizcando sus pezones, que parecían querer traspasar la fina tela del sujetador erótico.
¡Qué duros se le habían puesto!
La mano de Paula se movía más rápido y además, ya me apretaba con fuerza la polla. Y cuando dejó de comerme el cuello, se me quedó mirando. Tenía la respiración agitada, el pecho parecía que se le iba a salir por la boca y, en ese momento, con las manos en su cintura, me lancé y busqué sus labios.
Tenía tantas ganas de besarme con ella.
Estaba convencido de que Paula esta vez no me iba a rechazar. Podía verlo en su rostro. En sus gestos. Era un día especial y ella estaba dispuesta a todo, sin embargo, a punto de aterrizar en sus labios, ella me giró la cara, ofreciéndome la mejilla.
―¡No, David, eso no!
Aquello era ridículo y fuera de lugar. No podía entenderlo. Paula estaba casi desnuda, tenía mi polla en la mano y me estaba dejando sobar su cuerpo a mi antojo. Es más, otro día incluso me la había chupado, nos habíamos duchado juntos, me había permitido acariciar su coño… ¡Pero me seguía negando la boca!
―Pero… ¿Por qué, Paula? ―la pregunté muy enfadado.
―¡Ya te dije que eso no!, ¡no quiero besarme contigo!, ¡eres mi hermano pequeño! ―y quiso hacerme una tierna caricia en la cara, pero yo giré la cabeza―. Y además, tengo novio. Vamos, David, no te enfades…
―¡Es que no lo entiendo!
―¡Ey, mírame! ―me pidió soltándome la polla y agarrándome la cara con las dos manos para situarla frente a ella, pero yo seguía molesto, y me resistía a quedar hipnotizado por esos ojos azules.
―¡Joder, Paula, ya estás otra vez con esas malditas normas!, yo pensé que esta noche no…
―Sssssh… no hables… ―susurró en mi oído y después me fue desabrochando la camisa, como había hecho yo antes con ella―. Estoy dejando que me toques, ¿no? ―me dijo cuando terminó el último botón y después me la quitó, desnudándome de cintura para arriba.
―Sí, pero… ―intenté protestar, pero Paula me pasó la mano por el abdomen, arañándome con las uñas, y el pantalón y los calzoncillos corrieron la misma suerte que la camisa.
Fue tirando del vaquero hacia abajo, poniéndose de cuclillas delante de mí y yo la ayudé, quitándome las zapatillas de un puntapié y dejando que Paula me desvistiera por completo. Con una sonrisa traviesa volvió a incorporarse y ella también me sobó el culo a dos manos, comprobando la dureza y el tacto de mis glúteos, que se tensaron al sentir sus uñas arañándome la piel.
Paula parecía haber tomado la iniciativa y, una vez que ya me había desnudado, se soltó la coleta alta, dejando su melena suelta y salvaje.
―Así te gustaba más, ¿no?
―Sí, Paula, síííí… ―murmuré―. ¡Dios mío, qué pasada! ―exclamé, admirando su belleza.
―Ven, ponte aquí, tonto… ―y cambiamos la posición, y pasé yo a apoyar el culo en la encimera―. ¡Súbete! ―me pidió y pegué un salto impulsándome con los brazos y me quedé allí sentado.
Con toda mi polla erecta delante de su cara.
―¿Así?, ¿por qué quieres que me ponga aquí? ―pregunté como un tonto y la sonrisa lasciva de Paula me desarmó por completo.
Se echó las manos hacia atrás y se soltó el broche del sujetador sin dejar de mirarme a los ojos. No sé muy bien cómo describir eso; fue un gesto muy sensual y erótico, pero a la vez me pareció vulgar cuando sus pesadas tetas aparecieron delante de mí. Paula dejó caer el sujetador al suelo y dio un paso, pegando su frente con la mía.
―¡Esto no lo hemos hecho nunca! ―gimoteó en mi oído y, acto seguido, se inclinó y la punta de mi polla rozó uno de sus pezones.
Y de repente, Paula se agarró los dos pechos y colocó mi polla entre ellos, para luego aplastarlos haciendo presión con sus manos. Fue increíble ver cómo mi verga desaparecía entre aquellas dos majestuosidades, y Paula comenzó a moverlas, arriba y abajo, acariciándome con la cara interna de sus pechos.
¡Haciéndome una paja con sus tetas!
Abrí los ojos de par en par para ver aquello bien, y me dejé caer hacia atrás, recostando la espalda en la pared, totalmente estupefacto por la caricia que Paula me estaba brindando. Solo aparecía la punta de mi polla cuando ella bajaba hacia abajo y, al subir, otra vez desaparecía entre sus tetas. Sentía el calor que emanaban esos pechos y mi hermana dejó caer un salivazo en su canalillo, justo cuando asomó mi capullo tratando de coger aire entre aquellas dos inmensidades.
Su cara se había transformado. Ahora Paula tenía las mejillas encendidas, su boca entreabierta y una caída de ojos muy sensual. Debía tener los pechos demasiado sensibles, porque gimoteaba mientras mi polla se deslizaba entre ellos.
―¿Te gusta? ―me preguntó con voz de zorra.
―¡Ufff, joder, Paula, claro que me gusta! ¡Me estás haciendo una puta paja con las tetas! ¿Cómo no me va a gustar?, uffffff… ―resoplé acariciando su pelo.
Entonces ella sacó la lengua y me soltó un lametazo, recorriendo todo mi abdomen y mi pecho, hasta que llegó al cuello.
―Mmmmm, me encanta lo dura que se te pone ―dijo terminando la caricia con sus tetas y después subió una mano y me metió un dedo en la boca para que se lo chupara.
―¿A tu novio se le pone tan dura? ―intenté preguntar mientras le chuperreteaba el dedo.
―Ya sabes que no… ―ronroneó comiéndome el cuello y agarrándome la polla para reanudar su paja.
Yo le lamía el dedo, dejando que me lo metiera y lo sacara de la boca. Y justo en ese momento, detuvo todos sus movimientos, apoyó los antebrazos en mis muslos y se inclinó hacia delante, quedándose frente a mí.
―¡Mmmm, me encanta de verdad! ―murmuró entre pequeños jadeos y metió la cabeza en mi regazo, soltándome un beso en todo el glande.
Se quedó unos segundos mirando mi polla, jugando con su lengua en mi pequeño orificio, que ya empezaba a soltar los primeros restos de líquido preseminal, y se unían a sus babas por el salivazo.
Y después noté el calor de su aliento envolviendo mi polla.
―¡¡¡Mmmm, joderrrr, Paula!!! ―gemí entrelazando mis dedos en su melena, cuando se la metió en la boca.
Allí estábamos los dos. A las seis de la mañana, solos en la cocina, dando rienda suelta a toda nuestra lujuria acumulada. Paula no parecía dispuesta a dejarme escapar y comenzó a chupar como si le fuera la vida en ello, emitiendo un ronroneo muy sugerente, acompañando además los movimientos con la mano que me pajeaba y luego me acariciaba también los huevos.
Y es que los gemiditos que emitía todavía me excitaban más que la propia mamada en sí.
Era toda una experta en ese arte. Me pregunté de dónde habría sacado esa habilidad, porque no creo que, quitando la de Fernando, mi hermana hubiera chupado muchas más pollas. Tenía que tomar nota para que Sofía mejorara su técnica y me lo hiciera igual de bien que Paula. Hacía la presión exacta con los labios, pero es que, además, tenía la capacidad de mover la lengua y jugar con ella en esa zona tan sensible como era el glande y mi pequeño orificio.
Se apartó el pelo de la cara para que lo viera bien y con la mano libre me arañó el muslo. Sin embargo, en ese momento lo que más bonito y erótico me pareció fue ver su espalda desnuda, y yo la sujeté por el pelo, guiándola en esa mamada, mientras me retorcía de placer sentado en la encimera.
Uno es un simple mortal y apenas un minuto y medio después, ya noté que mi corrida era inminente. De un tirón levanté su cabeza y ella me miró extrañada. Tenía los ojos llorosos y por la comisura de los labios se le escapaba esa curiosa mezcla que formaba mis fluidos y su propia saliva.
―¿Qué pasa? ―me preguntó muy excitada.
―Es que si sigues, uffff, me voy a correr en tu boca…
―¿Ah, sí? ―susurró soltándome un lametazo que dejó mi polla temblando―. ¿Y no quieres hacerlo?
―Sí, claro, pero también me gustaría que tú disfrutaras, no solo yo…
―No me importa que te corras… ―insistió volviéndome a pasar la lengua por el capullo.
―Espera, espera… Mmmm, quiero aguantar un poco más, me encanta estar así de cachondo ―y la aparté a un lado y, de un salto felino, me bajé de la encimera, empujando a mi hermana contra ella.
Nos quedamos de pie, frente a frente, y agarré a Paula por las axilas e hice fuerza para levantarla y que ella ocupara mi sitio. Se quedó sentada en la fría encimera de mármol negro y abrí sus piernas con las dos manos.
A pesar del tamaño y el peso de sus tetas, la gravedad no hacía su efecto en ellas, pues tenía los pezones tan erectos que apuntaban hacia arriba y, cuando se las apreté con fuerza, a ella se la escapó un nuevo gemido.
¡Paula estaba que se derretía!
Bajé una mano y la acaricié por encima de las braguitas, moviendo mis dedos en círculos, acariciando sus labios vaginales. Paula se agarró a mi cuello y comenzó a menear las caderas, delante y atrás, gimiéndome en la oreja completamente extasiada de placer, y ella también me agarró la polla.
Nos estábamos acariciando los dos a la vez.
―¡¡¡Aaaah, aaaah, sí, síííí, haz que me corra, hermanito, mmmm, haz que me corra, aaaah!!!
Me hubiera gustado masturbarla más tiempo, pero en cuanto me la estranguló, sacudiendo su mano arriba y abajo con intensidad, no me dio tiempo a advertirle de que se detuviera. Ya era tarde. Me había dejado demasiado al límite su mamada y, cuando mi cuerpo convulsionó, ya me abandoné a mi inminente orgasmo.
En ese instante sublime de calentón máximo, tuve la osadía de apartar sus braguitas y meterle un par de dedos en el coño y Paula se agarró con más fuerza a mi cuello.
―¡¡¡Aaaaah, síííí, síííí, cabrón, aaaah, méteme los dedos, aaaah, vamos, enano, muévelos, aaaah!!!
―¡¡Paula, me corro!!
Y apenas tuvo tiempo de apuntar hacia ella, notando el calor de mi semen impactando contra su abdomen y sus pechos. Eso pareció enloquecerla todavía más. Era lo que más cachonda le ponía.
¡Sacarme la puta leche!
Y con cada lefazo ella temblaba, como si le quemara la piel, sin dejar de mirar detenidamente cómo mi polla seguía soltando más y más en una eyaculación casi interminable.
―¡¡¡Sííí, sííí, córrete, hermanito, sííí, mmmm, córrete encima de mí, mássss!!! ―gritó Paula totalmente fuera de sí, restregándosela contra su propio cuerpo.
En cuanto terminé, me di cuenta de que seguía con mis dedos clavados en su coño. Mi hermana todavía no se había corrido y no paraba de mecerse delante y atrás, sin soltarme la polla.
―¡¡Mmmm, te has pasado, vaya pedazo de corrida que me has soltado, cabrón!! Me has puesto perdida… ―dijo recogiendo parte de mi semen con la mano que tenía libre.
Paula tenía razón, la había dejado hecha un asco, en su ombligo se había formado un buen charco y ocho o nueve disparos la atravesaban en distintas direcciones, incluso un par de ellos habían alcanzado sus pechos. Se metió los dedos en la boca, saboreando el gusto de mi semen y luego me miró furiosa y cachonda.
―¡Vamos, haz que me corra yo también, mmmm, no puedo mássss, haz que me corra, por favor! ―me suplicó arañándome el pecho con las uñas cuando por fin me soltó la polla.
―Espera, voy a limpiarte…
―No, déjame así, da igual, no pasa nada… ―comentó echándose hacia atrás, mostrando orgullosa las marcas que tenía sobre su piel.
Que todo mi semen bañara su cuerpazo le ponía todavía más fuera de sí a Paula. Entonces retiré los dedos de su coño, me situé frente a ella, y sin dejar que se le pasara el calentón, los colé por los laterales, tirando hacia abajo del elástico de sus braguitas.
―¡¡Ey, ey, ey!! ¿¿¡¡Qué haces, David!!?? ―me preguntó al ver mis intenciones.
―Me molestan para masturbarte, vamos, Paula, deja que te las quite, así estarás más cómoda.
―Pe… Pero, aaaaah ―gimió cuando le rocé el clítoris con la yema de mis dedos.
―Vamos, Paula, ayúdame, levanta las caderas ―y Paula lo hizo, permitiendo que le sacara las braguitas, y de repente allí la tuve delante de mí.
¡Jadeando, completamente desnuda y abierta de piernas!
―¡Hoy me gustaría que me la hicieras tú, uf! ―jadeé soltando su brazo.
Y Paula ya siguió sola, apuntando con los dedos hacia abajo hasta sobar mi paquete con la palma de la mano. Se dio cuenta de que ya la tenía bien dura, apretó sus dedos para rodear mi tronco y luego la palpó unos segundos, deslizándose arriba y abajo.
―¡Joder, Paula!
Con una mano tiró del elástico de mi calzón y con la otra me sacó la polla, que inmediatamente agarró, comenzando a meneármela con mucha dulzura. Después me apartó el flequillo y se me quedó mirando a los ojos. Y en ese instante, pude ver ese amor puro que Paula procesaba por mí. Se notaba en su cara. Lo llevaba reflejado. No solo era amor de hermanos, es que incluso parecía enamorada.
Y reconozco que me asusté, pero a la vez se me puso más dura, porque yo sentía lo mismo. Era un sentimiento demasiado intenso, que hasta me oprimía el pecho. Y además, acompañado de esos nervios en el estómago, ese temblor descontrolado y esa sensación de estar haciendo algo prohibido.
―¡Qué guapo eres, enano…! ―suspiró mientras me pajeaba―. No me extraña que tengas locas a todas mis amigas.
―¿Eso dicen?
―Sí, que eres un guaperas, mmmmm… ―y se acercó a mí pasando sus labios por mi cuello.
―¡Joder, ellas también están muy buenas! Me las follaría sin ninguna duda…
―Mmmmm… ―ronroneó rozándome con extrema suavidad.
Dejé que me besara esa zona tan sensible y aproveché para manosear todo su cuerpo. Estaba nervioso, inquieto, lo mismo le sobaba las tetas que le apretaba los glúteos, y después acariciaba su espalda, para volver a sus pechos y jugar con sus pezones. Y Paula respondía a mis caricias, emitiendo pequeños gemiditos que me ponían todavía más cachondo.
Los tímidos besos en mi cuello fueron dando paso a muerdos mucho más salvajes, y yo también intensifiqué mis caricias, agarrando bien su culo a dos manos y después pellizcando sus pezones, que parecían querer traspasar la fina tela del sujetador erótico.
¡Qué duros se le habían puesto!
La mano de Paula se movía más rápido y además, ya me apretaba con fuerza la polla. Y cuando dejó de comerme el cuello, se me quedó mirando. Tenía la respiración agitada, el pecho parecía que se le iba a salir por la boca y, en ese momento, con las manos en su cintura, me lancé y busqué sus labios.
Tenía tantas ganas de besarme con ella.
Estaba convencido de que Paula esta vez no me iba a rechazar. Podía verlo en su rostro. En sus gestos. Era un día especial y ella estaba dispuesta a todo, sin embargo, a punto de aterrizar en sus labios, ella me giró la cara, ofreciéndome la mejilla.
―¡No, David, eso no!
Aquello era ridículo y fuera de lugar. No podía entenderlo. Paula estaba casi desnuda, tenía mi polla en la mano y me estaba dejando sobar su cuerpo a mi antojo. Es más, otro día incluso me la había chupado, nos habíamos duchado juntos, me había permitido acariciar su coño… ¡Pero me seguía negando la boca!
―Pero… ¿Por qué, Paula? ―la pregunté muy enfadado.
―¡Ya te dije que eso no!, ¡no quiero besarme contigo!, ¡eres mi hermano pequeño! ―y quiso hacerme una tierna caricia en la cara, pero yo giré la cabeza―. Y además, tengo novio. Vamos, David, no te enfades…
―¡Es que no lo entiendo!
―¡Ey, mírame! ―me pidió soltándome la polla y agarrándome la cara con las dos manos para situarla frente a ella, pero yo seguía molesto, y me resistía a quedar hipnotizado por esos ojos azules.
―¡Joder, Paula, ya estás otra vez con esas malditas normas!, yo pensé que esta noche no…
―Sssssh… no hables… ―susurró en mi oído y después me fue desabrochando la camisa, como había hecho yo antes con ella―. Estoy dejando que me toques, ¿no? ―me dijo cuando terminó el último botón y después me la quitó, desnudándome de cintura para arriba.
―Sí, pero… ―intenté protestar, pero Paula me pasó la mano por el abdomen, arañándome con las uñas, y el pantalón y los calzoncillos corrieron la misma suerte que la camisa.
Fue tirando del vaquero hacia abajo, poniéndose de cuclillas delante de mí y yo la ayudé, quitándome las zapatillas de un puntapié y dejando que Paula me desvistiera por completo. Con una sonrisa traviesa volvió a incorporarse y ella también me sobó el culo a dos manos, comprobando la dureza y el tacto de mis glúteos, que se tensaron al sentir sus uñas arañándome la piel.
Paula parecía haber tomado la iniciativa y, una vez que ya me había desnudado, se soltó la coleta alta, dejando su melena suelta y salvaje.
―Así te gustaba más, ¿no?
―Sí, Paula, síííí… ―murmuré―. ¡Dios mío, qué pasada! ―exclamé, admirando su belleza.
―Ven, ponte aquí, tonto… ―y cambiamos la posición, y pasé yo a apoyar el culo en la encimera―. ¡Súbete! ―me pidió y pegué un salto impulsándome con los brazos y me quedé allí sentado.
Con toda mi polla erecta delante de su cara.
―¿Así?, ¿por qué quieres que me ponga aquí? ―pregunté como un tonto y la sonrisa lasciva de Paula me desarmó por completo.
Se echó las manos hacia atrás y se soltó el broche del sujetador sin dejar de mirarme a los ojos. No sé muy bien cómo describir eso; fue un gesto muy sensual y erótico, pero a la vez me pareció vulgar cuando sus pesadas tetas aparecieron delante de mí. Paula dejó caer el sujetador al suelo y dio un paso, pegando su frente con la mía.
―¡Esto no lo hemos hecho nunca! ―gimoteó en mi oído y, acto seguido, se inclinó y la punta de mi polla rozó uno de sus pezones.
Y de repente, Paula se agarró los dos pechos y colocó mi polla entre ellos, para luego aplastarlos haciendo presión con sus manos. Fue increíble ver cómo mi verga desaparecía entre aquellas dos majestuosidades, y Paula comenzó a moverlas, arriba y abajo, acariciándome con la cara interna de sus pechos.
¡Haciéndome una paja con sus tetas!
Abrí los ojos de par en par para ver aquello bien, y me dejé caer hacia atrás, recostando la espalda en la pared, totalmente estupefacto por la caricia que Paula me estaba brindando. Solo aparecía la punta de mi polla cuando ella bajaba hacia abajo y, al subir, otra vez desaparecía entre sus tetas. Sentía el calor que emanaban esos pechos y mi hermana dejó caer un salivazo en su canalillo, justo cuando asomó mi capullo tratando de coger aire entre aquellas dos inmensidades.
Su cara se había transformado. Ahora Paula tenía las mejillas encendidas, su boca entreabierta y una caída de ojos muy sensual. Debía tener los pechos demasiado sensibles, porque gimoteaba mientras mi polla se deslizaba entre ellos.
―¿Te gusta? ―me preguntó con voz de zorra.
―¡Ufff, joder, Paula, claro que me gusta! ¡Me estás haciendo una puta paja con las tetas! ¿Cómo no me va a gustar?, uffffff… ―resoplé acariciando su pelo.
Entonces ella sacó la lengua y me soltó un lametazo, recorriendo todo mi abdomen y mi pecho, hasta que llegó al cuello.
―Mmmmm, me encanta lo dura que se te pone ―dijo terminando la caricia con sus tetas y después subió una mano y me metió un dedo en la boca para que se lo chupara.
―¿A tu novio se le pone tan dura? ―intenté preguntar mientras le chuperreteaba el dedo.
―Ya sabes que no… ―ronroneó comiéndome el cuello y agarrándome la polla para reanudar su paja.
Yo le lamía el dedo, dejando que me lo metiera y lo sacara de la boca. Y justo en ese momento, detuvo todos sus movimientos, apoyó los antebrazos en mis muslos y se inclinó hacia delante, quedándose frente a mí.
―¡Mmmm, me encanta de verdad! ―murmuró entre pequeños jadeos y metió la cabeza en mi regazo, soltándome un beso en todo el glande.
Se quedó unos segundos mirando mi polla, jugando con su lengua en mi pequeño orificio, que ya empezaba a soltar los primeros restos de líquido preseminal, y se unían a sus babas por el salivazo.
Y después noté el calor de su aliento envolviendo mi polla.
―¡¡¡Mmmm, joderrrr, Paula!!! ―gemí entrelazando mis dedos en su melena, cuando se la metió en la boca.
Allí estábamos los dos. A las seis de la mañana, solos en la cocina, dando rienda suelta a toda nuestra lujuria acumulada. Paula no parecía dispuesta a dejarme escapar y comenzó a chupar como si le fuera la vida en ello, emitiendo un ronroneo muy sugerente, acompañando además los movimientos con la mano que me pajeaba y luego me acariciaba también los huevos.
Y es que los gemiditos que emitía todavía me excitaban más que la propia mamada en sí.
Era toda una experta en ese arte. Me pregunté de dónde habría sacado esa habilidad, porque no creo que, quitando la de Fernando, mi hermana hubiera chupado muchas más pollas. Tenía que tomar nota para que Sofía mejorara su técnica y me lo hiciera igual de bien que Paula. Hacía la presión exacta con los labios, pero es que, además, tenía la capacidad de mover la lengua y jugar con ella en esa zona tan sensible como era el glande y mi pequeño orificio.
Se apartó el pelo de la cara para que lo viera bien y con la mano libre me arañó el muslo. Sin embargo, en ese momento lo que más bonito y erótico me pareció fue ver su espalda desnuda, y yo la sujeté por el pelo, guiándola en esa mamada, mientras me retorcía de placer sentado en la encimera.
Uno es un simple mortal y apenas un minuto y medio después, ya noté que mi corrida era inminente. De un tirón levanté su cabeza y ella me miró extrañada. Tenía los ojos llorosos y por la comisura de los labios se le escapaba esa curiosa mezcla que formaba mis fluidos y su propia saliva.
―¿Qué pasa? ―me preguntó muy excitada.
―Es que si sigues, uffff, me voy a correr en tu boca…
―¿Ah, sí? ―susurró soltándome un lametazo que dejó mi polla temblando―. ¿Y no quieres hacerlo?
―Sí, claro, pero también me gustaría que tú disfrutaras, no solo yo…
―No me importa que te corras… ―insistió volviéndome a pasar la lengua por el capullo.
―Espera, espera… Mmmm, quiero aguantar un poco más, me encanta estar así de cachondo ―y la aparté a un lado y, de un salto felino, me bajé de la encimera, empujando a mi hermana contra ella.
Nos quedamos de pie, frente a frente, y agarré a Paula por las axilas e hice fuerza para levantarla y que ella ocupara mi sitio. Se quedó sentada en la fría encimera de mármol negro y abrí sus piernas con las dos manos.
A pesar del tamaño y el peso de sus tetas, la gravedad no hacía su efecto en ellas, pues tenía los pezones tan erectos que apuntaban hacia arriba y, cuando se las apreté con fuerza, a ella se la escapó un nuevo gemido.
¡Paula estaba que se derretía!
Bajé una mano y la acaricié por encima de las braguitas, moviendo mis dedos en círculos, acariciando sus labios vaginales. Paula se agarró a mi cuello y comenzó a menear las caderas, delante y atrás, gimiéndome en la oreja completamente extasiada de placer, y ella también me agarró la polla.
Nos estábamos acariciando los dos a la vez.
―¡¡¡Aaaah, aaaah, sí, síííí, haz que me corra, hermanito, mmmm, haz que me corra, aaaah!!!
Me hubiera gustado masturbarla más tiempo, pero en cuanto me la estranguló, sacudiendo su mano arriba y abajo con intensidad, no me dio tiempo a advertirle de que se detuviera. Ya era tarde. Me había dejado demasiado al límite su mamada y, cuando mi cuerpo convulsionó, ya me abandoné a mi inminente orgasmo.
En ese instante sublime de calentón máximo, tuve la osadía de apartar sus braguitas y meterle un par de dedos en el coño y Paula se agarró con más fuerza a mi cuello.
―¡¡¡Aaaaah, síííí, síííí, cabrón, aaaah, méteme los dedos, aaaah, vamos, enano, muévelos, aaaah!!!
―¡¡Paula, me corro!!
Y apenas tuvo tiempo de apuntar hacia ella, notando el calor de mi semen impactando contra su abdomen y sus pechos. Eso pareció enloquecerla todavía más. Era lo que más cachonda le ponía.
¡Sacarme la puta leche!
Y con cada lefazo ella temblaba, como si le quemara la piel, sin dejar de mirar detenidamente cómo mi polla seguía soltando más y más en una eyaculación casi interminable.
―¡¡¡Sííí, sííí, córrete, hermanito, sííí, mmmm, córrete encima de mí, mássss!!! ―gritó Paula totalmente fuera de sí, restregándosela contra su propio cuerpo.
En cuanto terminé, me di cuenta de que seguía con mis dedos clavados en su coño. Mi hermana todavía no se había corrido y no paraba de mecerse delante y atrás, sin soltarme la polla.
―¡¡Mmmm, te has pasado, vaya pedazo de corrida que me has soltado, cabrón!! Me has puesto perdida… ―dijo recogiendo parte de mi semen con la mano que tenía libre.
Paula tenía razón, la había dejado hecha un asco, en su ombligo se había formado un buen charco y ocho o nueve disparos la atravesaban en distintas direcciones, incluso un par de ellos habían alcanzado sus pechos. Se metió los dedos en la boca, saboreando el gusto de mi semen y luego me miró furiosa y cachonda.
―¡Vamos, haz que me corra yo también, mmmm, no puedo mássss, haz que me corra, por favor! ―me suplicó arañándome el pecho con las uñas cuando por fin me soltó la polla.
―Espera, voy a limpiarte…
―No, déjame así, da igual, no pasa nada… ―comentó echándose hacia atrás, mostrando orgullosa las marcas que tenía sobre su piel.
Que todo mi semen bañara su cuerpazo le ponía todavía más fuera de sí a Paula. Entonces retiré los dedos de su coño, me situé frente a ella, y sin dejar que se le pasara el calentón, los colé por los laterales, tirando hacia abajo del elástico de sus braguitas.
―¡¡Ey, ey, ey!! ¿¿¡¡Qué haces, David!!?? ―me preguntó al ver mis intenciones.
―Me molestan para masturbarte, vamos, Paula, deja que te las quite, así estarás más cómoda.
―Pe… Pero, aaaaah ―gimió cuando le rocé el clítoris con la yema de mis dedos.
―Vamos, Paula, ayúdame, levanta las caderas ―y Paula lo hizo, permitiendo que le sacara las braguitas, y de repente allí la tuve delante de mí.
¡Jadeando, completamente desnuda y abierta de piernas!
