Entre la Enfermedad y el Engaño

Así como Ana y Edgar castigan al pobre Rubén, el autor nos castiga a nosotros casi un año después hace otra entrega, ya se que es de agradecer a todas las personas que escriben para nuestro entretenimiento pero con esa cadencia me parece exagerado, yo acabo de leer las dos entregas seguidas y me parece un relato súper bueno, algo indignante por parte de los dos tortolitos y con mucha impotencia de no poder hacer nada pues su estado no se lo permite en fin una canallada, mis disculpas si me he pasado con la crítica pero es lo que pienso
 
3.

El sueño era un pantano oscuro y pegajoso del que me costaba emerger. Pero un sonido, un leve crujido del suelo de madera cerca de la puerta, perforó la niebla de la debilidad y los sedantes. No era el sonido cauteloso de Ana.

Forcé los párpados a abrirse. La habitación estaba en penumbra, solo la luz grisácea del atardecer se filtraba por las persianas. Y allí, recortado contra esa claridad tenue, estaba él. De pie al pie de mi cama, observándome con una calma que me heló la sangre más que cualquier muestra de agresión.

“No quería despertarte”, dijo Edgar, su voz era un susurro suave, casi paternal, que sonaba grotesco en su boca. “Solo quería ver cómo estaba mi amigo”.

Intenté incorporarme, pero mi cuerpo, una masa de plomo inerte, apenas respondió. Un gruñido de frustración me escapó.

“Tranquilo, Rubén. No te esfuerces”, se acercó un paso, pero se mantuvo fuera de mi alcance, como si estudiara a un animal peligroso pero domesticado “Ana me dijo, muy claramente, que no quería que viniera a la casa. Ni mucho menos que te viera”. Una sonrisa pequeña, se dibujó en sus labios “así que aproveché que salió de casa”.

Respiré hondo, tratando de que el aire enfriara la rabia impotente que empezaba a hervir en mi pecho.

“Lo sé, exponerte a estrés ahora es peligroso”, continuó, hablando con la condescendencia de un médico que explica algo obvio a un niño. “Los médicos fueron muy claros. Cualquier shock podría… complicar las cosas. Así que trataré de ser suave. Por tu bien”.

Se sentó en el borde de la silla que Ana solía usar, junto a la ventana. Cruzó las piernas con estudiada elegancia. Me miró directamente, y ya no había rastro de la falsa camaradería, ni siquiera del remordimiento teatral. Había solo una franqueza cínica y gélida.

“Sentí mucho lo de… bueno, lo del otro día. Lo del salón. Follar a tu esposa en tu propia casa, frente a tus narices, fue… de mal gusto. Lo admito”. Hizo una pausa, como si evaluara el efecto de sus palabras. Mi silencio, mi incapacidad para reaccionar, pareció satisfacerlo. “En mi defensa, pensé que estarías más sedado. Que no te enterarías. Fue un error de cálculo. Seré más cuidadoso de ahora en adelante.”

Cada palabra era un clavo. Un clavo martillado con precisión en el ataúd de nuestra antigua amistad, de mi dignidad, de mi salud.

“A pesar de todo”, prosiguió, y su tono adoptó un matiz casi filosófico, “quiero que sepas algo. Ana… Ana te quiere. En el fondo, sigues siendo el amor de su vida. El hombre con el que soñaba desde la universidad”. Su sonrisa se ensanchó, mostrando los dientes. “Así como yo siempre la he querido a ella. Desde el primer día en aquella clase de bachillerato, aunque ella nunca me miró como te miró a ti. O como te mira aún, en sus momentos de culpa”.

Se inclinó un poco hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. Su voz bajó aún más, a un susurro confidencial y venenoso.

“Aunque supongo que ya lo sabías. O al menos… lo ignorabas. Era más fácil así, ¿verdad? Creer que tu mejor amigo había superado su tontería de adolescente”.

“Pero bueno, dejando de lado el pasado… quizá te guste saber la historia reciente. La de cómo, exactamente, convertí a tu devota esposa en mi pequeña putita sumisa”.

El término, tan vulgar, tan posesivo, me golpeó como una bofetada física. Intenté negar con la cabeza, un movimiento mínimo y agónico.

“Ah, no protestes. Escucha. Es educativo”, dijo Edgar, acomodándose en la silla como si fuera a relatar una anécdota divertida. “Todo es cuestión de oportunidad y presión. La combinación perfecta. Tú, enfermo, débil, absorbido por tu propia batalla. Ella, desesperada, ahogándose en deudas y miedo. Y yo… yo con los recursos y la paciencia”.

“Basta”, logré raspar, pero mi voz era el susurro de un fantasma.

“Estamos en la parte buena”, continuó, ignorándome. “Primero, fue el consuelo. Un hombro donde llorar, un oído que realmente escuchaba, no el oído distraído de un hombre que luchaba por no vomitar después de la quimio. Luego, los pequeños favores. ‘Ana, déjame ayudarte con ese pago’. ‘Ana, yo me encargo de hablar con el banco’. Cada favor era un hilo, Rubén. Un hilo que iba tejiendo una red a su alrededor. La hacía sentir en deuda. Y a la gente en deuda… se la puede guiar”.

“Después, vinieron los regalos”, continuó Edgar, su voz tomando un tono de confidencia perversa. “Pero no eran cualquier cosa. Eran piezas específicas. Un vestido que había visto en un escaparate y mencionó que le gustaba, meses atrás, en una de nuestras conversaciones inocentes. Unos pendientes de plata con un diseño que sabía recordaban a unos que perdió y le dolió. Cosas que demostraban que escuchaba, que recordaba. ‘Para que te sientas tú misma otra vez, Ana’, le decía. ‘Para que recuerdes que eres una mujer, no solo una cuidadora’. La ropa y las joyas no eran el objetivo; eran los símbolos. El anzuelo”.

Se acomodó en la silla, disfrutando de mi silencio forzoso.

“Al principio se resistió. ‘No puedo aceptar esto, Edgar. Es demasiado. Rubén…’ Siempre tu nombre, un muro. Pero yo era persistente. ‘Es un regalo, Ana. No un pago. No tiene nada que ver con él. Tiene que ver contigo’. Y la necesidad de sentirse vista, de ser Ana y no la sombra de una tragedia, pudo más. Los aceptaba con ese rubor de culpa que la hacía aún más atractiva. Y luego… luego vino el siguiente paso”.

Hizo una pausa dramática, asegurándose de tener toda mi atención.

“Un día, después de que usara uno de esos pendientes nuevos, le pregunté, por mensaje, cómo le quedaban. Le pedí una foto. Solo del pendiente, claro. Una tontería. Ella se sorprendió. ‘¡Qué idea, Edgar! No’. Pero unas horas después, la foto llegó. Un selfie tímido, solo el rostro, la oreja, el pendiente brillando. Podía ver el conflicto en sus ojos incluso a través de la pantalla. Era adictivo. Empecé a pedir más. ‘Enséñame ese vestido con el que te ves tan bien’. Otra negativa. Otro silencio largo. Y luego… la foto. Siempre con esa misma expresión, una mezcla de vergüenza, excitación y una profunda, profunda traición a sí misma. Cada ‘no’ era más débil. Cada ‘sí’ era una rendición más íntima. Era un juego, Rubén. Un juego en el que yo marcaba las reglas y ella, la pobre Ana tan desesperada por un soplo de autoestima, jugaba. ¿Y sabes qué? Empezó a gustarle. A esperar los regalos. A preguntarse qué le pediría después. La hice dependiente de esa validación. Mi validación”.

Se levantó y paseó lentamente junto a la cama, sus ojos recorriendo las paredes que habían sido testigos de una vida que ahora destrozaba con palabras.

“La llevaba a lugares, claro. A comer, a tomar algo. Lugares discretos. Y le pedía, siempre con esa sonrisa de complicidad, que llevara lo que yo le había dado. Que se vistiera para mí. Y ella, llena de culpa por sentirse viva y deseada mientras tú te consumías, obedecía. Porque en ese juego sucio, podía sentir algo. Podía ser la Ana deseada, no la Ana que velaba a un moribundo. Y yo la deseaba… con la avaricia acumulada de todos los años en los que solo pude mirarla desde lejos”.

Sus ojos brillaban con el placer perverso del recuerdo.

“El primer beso no fue romántico”, continuó Edgar. “Ella vino a mi oficina, destrozada porque el seguro había negado otro tratamiento. Lloraba de una manera… desesperante. Un llanto feo, de ahogos y mocos. Yo me acerqué, le sequé las lágrimas con los dedos. Le dije lo fuerte que era, lo hermosa que se veía incluso con los ojos hinchados y el miedo pegado a la piel”.

Hizo una pausa, buscando en mi rostro el dolor que sus palabras causaban.

“Y cuando estaba así, completamente vulnerable, hecha un temblor, sin nada sólido a qué agarrarse… me incliné y la besé”. Sus ojos se perdieron un instante en el recuerdo. “Pero no fue tan fácil como suena. Ella se puso rígida como un palo. Apartó la cara de golpe. ‘No, Edgar, esto no está bien’, murmuró. Lloraba más fuerte entonces, de vergüenza, de confusión. Yo no me alejé. Le dije que estaba bien sentirse así, que era humano necesitar un respiro, un momento que no oliera a hospital. Que yo no la juzgaba. La abracé, fuerte. Y ella… se derrumbó contra mí. No era rendición, aún no. Era puro agotamiento. Su cuerpo, tibio y tembloroso contra el mío… esa fue la puerta. No la abrió ella de un golpe. La empujé, centímetro a centímetro, mientras ella murmuraba ‘no’ y se aferraba a mi camisa al mismo tiempo, como si fuera a caerse al vacío. La contradicción más deliciosa”.

Vi cómo sus dedos jugueteaban con el borde de la silla, recreando la escena.

La respiración se me había convertido en un fuelle roto, cada inhalación un suplicio. Edgar lo notó, por supuesto. Le alimentaba.

“Te estás agitando, Rubén”, observó con una falsa preocupación que destilaba sadismo. “Pero esta es la parte importante. Donde la teoría se convirtió en práctica. ¿Quieres que pare?”

Sabía que no respondería. No podía. Mi silencio era su permiso.

“No”, respondió él por mí, satisfecho. “Creo que necesitas oírlo. Necesitas entenderlo todo”.

Se acomodó en la silla, como un narrador en el fuego de la chimenea, y bajó la voz a un murmuro denso, cargado de una intimidad obscena.

“Te voy a contar un capítulo clave, Rubén. Uno de los buenos. ¿Recuerdas cuando te fuiste con Clara, ese viaje a la clínica privada? Un mes o más. Un mes es mucho tiempo para una mujer sola, asustada y… con la moral por los suelos”.

Intenté negar con la cabeza, un movimiento mínimo y agónico que solo sirvió para que él sonriera más.

“La invité a cenar”, prosiguió con una voz que adoptaba un tono de complicidad repugnante. “Al principio dijo que no, claro. ‘No puedo, Edgar. No está bien. Con Rubén fuera…’. Pero yo fui insistente. Le dije que no era justo que se pudriera en esta casa, con solo su miedo por compañía. Que merecía un respiro, aunque fuera una noche. Al final… cedió”.

Un sudor frío me recorría la espalda. No quería escuchar esto. No podía escucharlo. Pero estaba atrapado en esta cama, en este cuerpo débil, y sus palabras entraban como cuchillas.

“Cenamos en ese restaurante italiano que le gusta, cerca del parque. Bebimos vino. Tal vez… tal vez bebimos de más.” Su sonrisa era nostálgica, como si recordara una anécdota feliz. “Pero por primera vez en mucho tiempo, la vi reír. De verdad, Rubén. Se soltó. Se le iluminaba la cara. La saqué a bailar. Ella se resistió, pero era una resistencia débil, de fórmula. Y bailaba, ¿sabes? Se veía tan… liviana. Tan feliz. Hubieras estado feliz por ella, ¿no? Verla así, aunque no fuera contigo”.

El dolor en el pecho se intensificó, mezclándose con la rabia. La imagen que pintaba era obscena en su normalidad. Mi mujer, feliz. Con él.

“Pusieron una canción lenta. De esas para bailar pegados”, su voz bajó a un murmuro íntimo, confesional. “Era natural… la acerqué más. Sentí su cuerpo contra el mío, relajado por el vino, caliente. Y entonces… la besé”.

Un gemido se escapó de mi garganta. Involuntario. Humillante.

“Ella tardó en reaccionar”, continuó Edgar sin inmutarse. “Unos segundos que se me hicieron eternos. Luego, se apartó. De golpe. La culpa le cubrió la cara como un velo. Aún mareada, tambaleándose un poco, dijo que debía irse. Que eso era un error enorme. Yo, por supuesto, me ofrecí a llevarla: ‘No podemos terminar la noche así, Ana. Déjame llevarte, por lo menos’”.

Lo escuchaba, y al mismo tiempo lo veía. Lo veía a él conduciendo mi auto, o el suyo, con Ana al lado, callada, con el mundo derrumbándose a su alrededor. Mi mundo.

“En el auto, silencio. Un silencio espeso, cargado. Al llegar a casa —mi casa—, insistí en entrar. ‘Tenemos que hablar de esto como adultos, Ana. No puede quedarse así’. Ella, débil, llorosa, me dejó pasar”.

Ahora su voz sonaba casi tierna, pero era una ternaza envenenada.

“Allí, en nuestro salón, se disculpó”, dijo Edgar, y la palabra ‘nuestro’ me quemó. “Fingí un arrepentimiento que no sentía. Ella lloraba, repetía que era culpa suya, que ella lo había permitido, que te estaba traicionando. Yo le dije que no, que la culpa era mía. Que yo no había podido contenerme al verla tan… brillante”.

‘Brillante’. La palabra me atravesó. Yo solo la había visto cansada, preocupada, derrotada en los últimos tiempos. Él la había visto brillar.

“Saqué una botella de tu whisky, ese que guardas para ocasiones especiales. ‘Tomemos algo. Hablemos sin llorar’. Y bebimos. Vaso tras vaso.” Edgar hizo una pausa, saboreando el recuerdo. “Yo le decía lo que necesitaba oír, que era una guerrera, que la admiraba profundamente, que era la mujer más hermosa y fuerte que había conocido… y que siempre, siempre, la había deseado.

El nudo en mi garganta era una bola de vidrio molido. No podía tragar. No podía respirar.

“El alcohol y las palabras hicieron su trabajo”, concluyó Edgar, su tono final, conclusivo. “La vi derretirse. La resistencia se fue con cada sorbo, con cada cumplido. La toqué. Ella no se apartó. Y entonces… nos besamos de nuevo. Pero esta vez no hubo fuerza que la apartara. Esta vez fue ella quien, entre lágrimas de remordimiento y aliento a whisky, se aferró a mí”.

“Estaba en el sofá, mareada, tibia por el whisky y la confusión. Yo me arrodillé frente a ella. ‘Tranquila’, le dije. ‘Solo estoy aquí’. Empecé por los zapatos. Uno, luego el otro. Después, con una lentitud deliberada, le bajé los calcetines. Sus pies estaban fríos. Le tomé un pie entre mis manos y lo calenté con mi tacto. Ella dejó escapar un temblor, no de frío, sino de nervios. De anticipación”.

Mis ojos, a pesar de mí mismo, estaban clavados en él. En su boca formando las palabras que construían mi infierno.

“Fue lento, ¿sabes?”, continuó, y sus ojos se perdieron en el recuerdo de esa noche en mi sofá. “No tenía prisa. Después de ese beso, después de que se aferrara a mí, supe que ya había ganado. Pero quería saborearlo. Cada botón, cada cremallera. La ayudé a quitarse el jersey. Ella tenía los ojos cerrados, las lágrimas secándose en sus mejillas, pero su cuerpo no me resistía. Todo era un suspiro tembloroso, una entrega silenciosa y culpable.

Se pasó la lengua por los labios, un gesto obsceno.

“Luego fue el vestido. Un vestido sencillo, nada especial. Pero quitárselo… fue como desenvolver el regalo que llevaba esperando toda la vida. “Su mirada se clavó en la mía, asegurándose de que no me perdía ni una palabra. “Ella se cubría un poco, con esos gestos tímidos que hacían que todo fuera más excitante. Yo le apartaba las manos con suavidad. ‘Déjame verte, Ana. Eres perfecta’. Y ella… dejaba de resistir”.

Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que creí que el monitor ficticio a mi lado debería estar enloqueciendo. Pero no había monitor. Solo su voz, implacable.

“Fue entonces cuando lo vi. Un lunar. Pequeño, marrón. En su entrepierna”, dijo, y con un dedo señaló un punto alto en su propio muslo. “Un detalle íntimo. De esos que solo un marido conoce, ¿verdad, Rubén?”

La náusea fue tan violenta que creí que vomitaría ahí mismo, sobre las sábanas.

“Después”, continuó él, impasible, aprovechando mi conmoción, “mis manos fueron libres. Recorrí cada centímetro que hasta entonces solo había imaginado. Sus piernas, las caderas. Y luego… sus tetas”. Su voz se volvió áspera, cargada de una lujuria recordada. “Pesadas, cálidas. Se estremecían con cada roce de mis dedos. Ella arqueó la espalda, Rubén. Un movimiento instintivo, animal. Y dejó escapar un gemido. No de dolor. Era pura respuesta física. El cuerpo traicionando a la mente”.

“Mis dedos se dirigieron a su coño, trazando círculos en su interior, sobre la tela de algodón, sintiendo cómo la humedad la empapaba, cómo el calor emanaba de ella. La presión de mis dedos era leve, apenas un roce, pero cada vez más cerca, más directa. Y ella… ella empezó a gemir. Unos gemidos pequeños, ahogados, que salían de lo más hondo de su garganta. ‘Shhh…’, le decía yo. Amaba esos sonidos. Eran la música de mi victoria”.

Edgar se mordió el labio inferior, recreando la escena con lujo de detalle.

“Al final, deslicé mi mano dentro de sus bragas. La tela estaba caliente, empapada. La toqué directamente. Su cuerpo entero se tensó, y luego se arqueó violentamente, como electrocutado. Un gemido largo, tembloroso, se le escapó. ‘Ah… Edgar…’. Y con solo unos toques, con la punta de mis dedos jugando con ese lugar tan sensible, la hice venir. Fue rápido. Fue intenso. Y fue mío”.

Se quedó callado por un momento, dejando que el eco de sus palabras, de los gemidos fantasma de mi esposa, llenaran la habitación. Su respiración también se había acelerado ligeramente.

“¿Lo entiendes, Rubén?”, preguntó, su voz recuperando el tono frío y analítico. “No fue una violación. No fue ni siquiera una seducción agresiva. Fue una rendición. Su cuerpo, traicionando a su mente, cantaba para mí con la más mínima caricia. Porque yo le prestaba atención a los detalles. A lo que ella necesitaba sentir para olvidarse, aunque fuera un segundo, del infierno en el que vivía. Tú estabas ocupado muriéndote. Y yo… yo estaba muy, muy vivo”.
 
Hay que ser profundamente maquiavélico para elegir ese momento, el más frágil de todos, y soltar una verdad como si fuera un último veneno. No hay en ese gesto voluntad de sincerarse ni deseo de reparación. No busca alivio, ni perdón, ni siquiera comprensión. Lo que pretende es otra cosa: clavar una herida final, acelerar el final empujando al otro hacia la muerte con el peso de una revelación innecesaria y cruel.
Eso no es honestidad tardía, es sadismo disfrazado de confesión. Es usar la palabra como arma cuando el cuerpo del otro ya no puede defenderse, cuando no queda tiempo para asimilar, responder o sanar. Una forma calculada de ejercer poder por última vez, de marcharse dejando destrucción a su paso y sin asumir las consecuencias.
Ojalá el karma actúe antes de que muera y pueda verlo. No como venganza ruidosa, sino como justicia silenciosa.
 
La maestría de la maldad calculada, tejida como una tela de araña fatal.
Con Ana y con Ruben.
No era necesario pero es el alma del relato y la esperanza que nunca se pierde.
Tengo que reconocer que me encanta. Un magnífico ( y perverso) relato.
Felicitaciones a @Corelli
 
El primero de diciembre recibí la noticia que temía. Todos los exámenes confirmaron el diagnóstico. Tengo cáncer de páncreas en etapa 3. Así que básicamente, esta podría ser mi última temporada festiva. Estoy bien con lo que va a suceder. Estoy en paz con eso. He tenido una vida bien vivida. Todos mis seres queridos estarán cuidados. Soy naturalmente una persona privada, así que Ana (mi esposa) no está al tanto de mis exámenes. No quería preocuparla hasta que tuviera respuestas. Así que me dirijo a casa temprano para tener "la charla". Esto no es algo que me gusta hacer por teléfono o mensaje de texto.

Cuando llegué a casa, Ana estaba en la cocina, preparando la cena. La observé por un momento antes de reunir el coraje para compartir con ella la noticia que cambiaría nuestras vidas para siempre.

"Ana, necesito hablar contigo", dije, tratando de mantener la calma.

Ella se volteó, sus ojos encontraron los míos y vi la preocupación parpadeando en su mirada. "¿Qué sucede, cariño?", preguntó con suavidad.

Me senté a su lado y tomé su mano entre las mías. "Recibí los resultados de mis exámenes médicos hoy", comencé, mi voz temblorosa con la emoción contenida. "Tengo cáncer de páncreas en etapa 3. Los médicos dicen que no hay mucho tiempo".

El rostro de Ana palideció, sus labios temblaron mientras asimilaba mis palabras. Pero en lugar de romper en llanto o expresar su angustia, ella me miró con determinación. "Estaremos juntos en esto, cariño", dijo con voz firme. "Te apoyaré en cada paso del camino".

Su respuesta me reconfortó, y durante las siguientes semanas, Ana demostró ser un pilar de fuerza y apoyo inquebrantable. Estaba a mi lado en cada consulta médica, me ayudaba a lidiar con los efectos secundarios de la quimioterapia y me recordaba constantemente lo mucho que me amaba.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, comencé a notar cambios en su comportamiento. Sus risas ya no eran tan frecuentes, sus abrazos se volvieron más escasos, y a menudo la encontraba perdida en sus pensamientos, con la mirada perdida en la distancia.

Intenté atribuir estos cambios al estrés y la preocupación por mi salud, pero una sensación de inquietud comenzó a crecer en lo más profundo de mi ser. A veces, cuando estaba solo en la casa, podía sentir una extraña tensión en el aire, como si hubiera algo más en juego que mis propias batallas contra la enfermedad.

"¿Estás bien, Ana?", pregunté una noche mientras estábamos recostados en la cama, buscando la conexión que parecía haberse desvanecido entre nosotros.

Ella se sobresaltó ligeramente, como si hubiera sido arrancada de sus pensamientos. "Sí, estoy bien", respondió con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos.

Pero sus palabras no pudieron disipar la sensación de inquietud que se había instalado en mi pecho. Empecé a notar pequeños detalles: llamadas telefónicas misteriosas a altas horas de la noche, excusas vagas sobre salidas repentinas, un aura de secreto que rodeaba sus interacciones.

Los meses pasaron, y con cada día que transcurría, las sospechas que habían estado bullendo en mi mente se hicieron más difíciles de ignorar. A pesar de los esfuerzos de Ana por mantener una fachada de normalidad, su comportamiento errático y evasivo solo servía para alimentar mis temores.

Una noche, mientras Ana dormía a mi lado, decidí confrontar las sombras que habían estado acechando en mi mente. Me deslicé fuera de la cama con cuidado, tratando de no despertarla, y me dirigí silenciosamente hacia el estudio. Encendí el ordenador y comencé a buscar pistas, cualquier indicio que pudiera confirmar mis sospechas.

Fue entonces cuando lo encontré: un registro de llamadas telefónicas que revelaba conversaciones frecuentes con un número desconocido, mensajes de texto cifrados que se intercambiaban en horarios extraños. Mi corazón se hundió mientras la verdad comenzaba a tomar forma ante mis ojos.

…………………​

Las grietas en nuestra relación comenzaron a hacerse más evidentes. Aunque Ana había sido un pilar de apoyo al principio, su actitud había ido cambiando gradualmente con el tiempo.

Nuestras conversaciones ya no fluían con la misma facilidad, y sus muestras de afecto parecían cada vez más forzadas. A menudo la encontraba perdida en sus pensamientos, con una expresión distante en su rostro que me hacía preguntarme qué estaba pasando en su interior.

Una noche, mientras me dirigía al baño en medio de la noche, noté la luz del teléfono de Ana brillando débilmente desde la cocina. La curiosidad me impulsó a checar las cámaras de seguridad. Me quedé en la oscuridad, escuchando con el corazón en la garganta mientras Ana hablaba en voz baja con alguien al otro lado de la línea. Sus palabras eran vagas y evasivas, pero el tono de voz con el que hablaba me resultaba extraño.

Una vez que la llamada terminó y Ana se quedó dormida, me encontré incapaz de conciliar el sueño. La sensación de traición se arrastraba en mi pecho, pero una parte de mí se resistía a aceptar la realidad. ¿Podía ser que Ana estuviera buscando consuelo en otra persona mientras yo luchaba por mi vida?

Decidí confrontarla al día siguiente, esperando que me diera una explicación lógica que disipara mis temores. Pero cuando intenté hablar con ella sobre lo que había escuchado, sus respuestas fueron vagas y evasivas, y sentí como si estuviera golpeando contra una pared de silencio y negación.

"No hay nada de qué preocuparse, cariño", me aseguró con una sonrisa forzada. "Estoy aquí para ti, siempre lo estaré".

Sus palabras carecían de la sinceridad que solían tener, y cuando la observaba, una sensación de desilusión se apoderó de mí. Mientras continuaba mi batalla contra la enfermedad, también luchaba con el peso de la incertidumbre sobre el estado de nuestra relación. El futuro parecía más incierto que nunca mientras me enfrentaba a la posibilidad de perder no solo mi salud, sino también la confianza en la persona que había prometido estar a mi lado en las buenas y en las malas.

Una noche, mientras estábamos cenando en silencio, decidí abordar las inseguridades que habían estado consumiendo mi mente.

"Ana, necesitamos hablar", dije, mi voz apenas un susurro en la atmósfera cargada de tensión.

Ella levantó la mirada, sus ojos encontrando los míos con una mezcla de sorpresa y aprensión. "¿Qué sucede?", preguntó, su voz apenas un susurro.

Respiré profundamente, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresar mis temores sin hacer que pareciera que la estaba culpando. "Siento que algo ha cambiado entre nosotros últimamente", comencé, mi voz temblando ligeramente. "Ya no nos comunicamos como solíamos hacerlo, y siento que hay una distancia creciente entre nosotros".

Ella bajó la mirada, evitando mi mirada mientras jugaba nerviosamente con sus manos. "No lo sé", murmuró, su voz apenas un susurro en la habitación. La expresión de Ana se endureció por un momento antes de suavizarse en una máscara de falsa calma. "Es solo el estrés, cariño", respondió, sus palabras sonaban huecas y vacías. "Estamos pasando por un momento difícil, pero estoy tratando de hacerlo funcionar".

…………………​

Una tarde soleada, mientras estaba sentado en el sofá de la sala, tratando de encontrar un poco de consuelo en la calidez de la luz del sol filtrándose por las cortinas, escuché un suave golpe en la puerta. Al levantarme para abrir, me encontré con la figura familiar de Edgar parado en el umbral, una expresión de preocupación se dibujaba en su rostro.

"¿Cómo estás, amigo?" preguntó con voz suave, su mirada llena de genuino cuidado.

Lo invité a entrar, agradecido por su visita inesperada. Mientras nos sentábamos en el salón, Edgar me ofreció palabras de ánimo y apoyo, instándome a mantener la esperanza y la fortaleza en estos tiempos difíciles.

"Estoy aquí para ti en todo lo que necesites", dijo con sinceridad, su tono lleno de determinación. "Ya sabes que siempre puedes contar conmigo".

Su presencia y sus palabras fueron un bálsamo reconfortante en medio de mi confusión y angustia. Pero entonces, como si sintiera la tensión en el aire, sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo colocó suavemente sobre la mesa de café.

"No quiero que te preocupes por nada en este momento", continuó, su voz tomando un tono más serio. "Toma esto. Es solo una pequeña ayuda para ayudarte a sobrellevar los gastos médicos y cualquier otra cosa que necesites".

Abrí el sobre con manos temblorosas y encontré una generosa suma de dinero dentro. Me quedé sin palabras ante su gesto desinteresado de generosidad.

"Edgar, no puedo aceptar esto", dije, mi voz ahogada por la emoción. "No puedo pedirte que hagas esto por mí".

Él simplemente sonrió, su mirada llena de comprensión. "No es una petición, amigo", dijo suavemente. "Es simplemente un acto de amistad. Estoy aquí para ti, pase lo que pase".

…………………​

La tensión en nuestra relación alcanzó su punto máximo cuando, una tarde lluviosa, mientras ordenaba algunos papeles en mi escritorio, encontré un ticket de compra de ropa y una factura de joyería a nombre de Ana, fechada en una tarde en la que había dicho estar en el trabajo.

Mi corazón se hundió al ver las pruebas tangibles de la traición que había estado temiendo. ¿Cómo podía Ana haberme mentido de esta manera? ¿Y qué más podría estar ocultando?

Lleno de ira y desconfianza, confronté a Ana esa misma noche cuando llegó a casa. Mis palabras eran un torrente de acusaciones y recriminaciones, alimentadas por la amargura y el dolor de sentirme traicionado por la mujer que había prometido estar a mi lado en las buenas y en las malas.

"¡¿Cómo pudiste hacerme esto?!" le espeté, mi voz temblorosa con la ira contenida. "Te confié el dinero para mis tratamientos médicos, ¡y lo has estado gastando en ropa y joyas!"

Ana me miró con incredulidad, sus ojos centelleando con una mezcla de sorpresa y molestia. "¡Cómo te atreves a acusarme de algo así!" Respondió con voz temblorosa, su tono elevándose con la indignación. "¡He estado sacrificando todo por ti, y así es como me lo agradeces!"

"¡No te estoy acusando, estoy diciendo la verdad!" Respondí, mis manos temblando de rabia contenida. "¡Encontré pruebas de tus compras secretas! ¿Qué más puedo pensar?" Le mostré el ticket.

Los ojos de Ana contenían las lagrimas. Su voz temblando con la emoción contenida. "¡No puedo creer que pienses tan mal de mí después de todo lo que hemos pasado juntos!" Sollozó, su voz ahogada por la angustia. Acto seguido, me mostro el estado bancario. Todas las transferencias correspondían a mis gastos médicos.

Una sensación de culpabilidad me invadió al verla así, pero la sombra de la duda seguía acechando en mi mente, alimentada por la incertidumbre y el miedo. "Lo siento", murmuré, mi voz era apenas un susurro entre la tormenta de emociones. El silencio descendió entre nosotros, pesado y cargado de tensiones no resueltas.

…………………​

Tomé la decisión de buscar tratamiento en un hospital mejor equipado en otra ciudad, esperando encontrar una chispa de esperanza en medio de la oscuridad de mi diagnóstico. Mi esposa por temas de trabajo no pudo acompañarme, así que tuvo que viajar mi hermana conmigo. Después de semanas de tratamiento, regresé a casa más temprano de lo previsto, ansioso por reunirme con Ana y encontrar consuelo en su presencia.

Cuando llegué a casa, noté el auto de Edgar. No había error, llamativo y costoso con una placa de matrícula personalizada. Decir que esto era algo fuera de lo común era quedarse corto. Accedí a nuestro sistema de cámaras de seguridad en casa desde mi teléfono y me encontré con que estaba en modo privacidad (sin grabar), así que lo dejo estar y me dirijo a mi propiedad en el campo que no estaba muy lejos.

Ahora, nuestro sistema de cámaras es para seguridad y nunca lo reviso a menos que haya una preocupación. Dicho esto, también me encanta ver la vida silvestre en las cámaras exteriores. También encuentro extrañamente satisfactorio ver las tormentas pasar. Así que, para mi propio disfrute, hace años configuré un segundo grabador de video para archivar las cámaras en almacenamiento local. Ese almacenamiento no es accesible a través de mi teléfono. Así que cuando estaba en la finca, abrí mi computadora y miré el otro servidor para confirmar lo que mi instinto me decía. Y sí, allí estaban ellos.

Mientras observaba la escena en la pantalla de mi computadora, pude escuchar los murmullos de Edgar y Ana en el fondo. Sus voces, cargadas de complicidad, resonaban en mis oídos como un eco de traición.

"Esto es arriesgado", susurró Ana, su voz temblorosa con emoción contenida.

"No te preocupes nena", respondió Edgar en tono tranquilizador. "Nadie nos va a descubrir".

La sensación de traición se intensificó mientras escuchaba sus palabras. La complicidad entre ellos era evidente, como si estuvieran compartiendo un oscuro secreto que solo ellos conocían.

"¿Y qué pasa con él?", preguntó Ana, su tono lleno de preocupación.

"No te preocupes por él", respondió Edgar con indiferencia. "Ya ha pasado mucho tiempo. Es hora de que pensemos en nosotros".

Sus palabras me golpearon como un puñal en el corazón, dejándome sin aliento y lleno de una mezcla de rabia y dolor. ¿Cómo podían traicionarme de esta manera, traicionar la confianza que había depositado en ellos durante años?

Estaban sentados en la sala de estar, tomando vino, las risas iban en aumento. Comienzan a bailar muy juntos. Lo siguiente que vi fue cuando Edgar le robó un beso a Ana al cual ella correspondió. Podía escuchar la respiración agitada de ambos. Edgar tomaba el culo de Ana con sus dos manos apretándola hacia él. Acto seguido metió sus manos por debajo de su corta falda. Estuvieron un rato parados mientras Edgar le metía mano a mi mujer hasta que se fueron al sofá. Ana encima de él. Edgar aprovecho para bajarle la falda y el gordo culo de mi mujer ya se podía ver a la vista, cubierto solo por unas bragas blancas que le había visto antes y sabía que le quedaban apretadas. Ana se quita el sujetador y pude ver los laterales de los pechos de mi esposa caer. Mi mujer le ponía los pechos en la cara a aquel hombre a quien creí ser un amigo leal.

Después vi como ella se baja de Edgar para sentarse a su lado, lo cual me hacía tener mejor ángulo para poder verla desde la cámara. Tenía los pezones duros y erectos, sus tetas se veían muy húmedas, producto de la saliva de él. Edgar se quita los pantalones y calzoncillos, se menea un poco la polla y vuelve a besar a mi mujer mientras pasa su mano por debajo de su braga. Ana masturbaba a Edgar y podía ver como ella gemía por las caricias que este le proporcionaba. Poco a poco la fue tumbado en el sofá y Edgar le bajó sus bragas, acercó su boca y comenzó a hacerle un oral. Recuerdo con claridad como a mí nunca me permitió tal cosa por considerarle antihigiénica, y ahora estaba gimiendo como loca mientras con sus manos tomaba su cabeza para ejercer presión hacía ella. Mi esposa arqueaba mientras tenía su primer orgasmo. Edgar se sentaba y con un ademán fue suficiente para que Ana se arrodillara ante él para chuparle la polla.

Salgo de la habitación para tomar un respiro. Realmente no sé cuanto tiempo paso porque cuando volví ya estaban en otra posición.

"Ahhh sí, así, no pares", gemía mi esposa con las tetas hinchadas.

Edgar estaba encima de ella follandola en el sofá sin protección alguna. Frente a frente. Las manos de Ana estaban posadas en el culo de él.

"Ufff nena, me encantas", dijo Edgar.

"Mmm sigue… sigue así mi león", Ana movía coordinadamente su cadera con las penetraciones de él.

"Oh sí… estoy cerca" advertía Edgar.

Ana, en lugar de quitarse, lo rodea con sus piernas y sus manos se aferraban a su espalda clavándole las uñas. Ella estaba teniendo su propio orgasmo. Edgar, al no ver negativa de ella, continuó follandola hasta dar sus últimos espasmos. Él se levanta y toma su ropa, dejando a Ana acostada en el sofá. La cámara no podía enfocar muy bien, pero se podía ver el esbozo de líquidos derramando por el coño mi esposa.

Esto tenía que ser una pesadilla.
gran relato espectante y atrapador
 
Ufffffffffffffffff, acabo de leerlo y me he quedado noqueada.

Es fuerte, muy fuerte el argumento, tremendamente doloroso el crear esa historia, el leerla, el recordarla.

No sé cuál será el final, supongo que la muerte, aunque realmente la que en estos momentos desearía es la del amigo traidor.

Gracias, muchas gracias, y todo ánimo del mundo para que sigas describiéndonos esa escena que ya tiene vida propia en nuestra mente.

Un besazo enorme.- Cristina
 
Hace mucho que no recorría esta página y hoy me leí de corrido "confuso" y este relato . Buenísimos. Con la muerte del protagonista en que manos queda Ana. Y que reciprocidad puede recibir Edgar siendo ella consciente qué la ve como su puta, porque así la ha tratado cuando tienen sexo, más la culpa. Han creado su propio infierno.
 
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4.

La respiración, ese fuelle roto y agonizante, era lo único que demostraba que aún estaba vivo después del relato de Edgar. Mis ojos, secos y ardientes, no se apartaban de él. Él sostenía mi mirada, saboreando la destrucción que había esparcido por la habitación.

“Pero las palabras son solo eso, palabras”, dijo Edgar de repente, rompiendo el silencio con un tono ligero, casi de conversación casual. Se levantó de la silla y se acercó al mueble de la televisión, ese aparato que Ana y yo casi nunca encendíamos. “A ti, en el fondo, siempre te fascinó lo visual, ¿no, Rubén? Esa obsesión por las cámaras de seguridad, por ver la verdad cruda. Fue lo que te destrozó la primera vez, en la finca. No fue una sospecha, fue una imagen. Así que pensé que debíamos honrar esa… preferencia tuya”.

Edgar encendió el televisor con el control. La pantalla se iluminó con un azul frío. Sacó un pequeño pendrive de su bolsillo y lo conectó a un puerto lateral. Navegó por los menús con una familiaridad obscena.

“Esto es de hace poco”, comentó, como si presentara una película. “Un sitio discreto. Ana dijo que tenía una reunión de trabajo en otra ciudad. Un viaje de un día”. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

La pantalla pasó del azul a una imagen fija, granulada pero nítida. Una habitación de motel. Paredes lavanda baratas, una cama con una colcha de flores desteñidas, una mesilla de noche con un reloj digital parpadeando las 14:37. Y entonces, entraron en el encuadre.

Ella entró primero. Llevaba el vestido azul de seda que le compré para nuestro quinto aniversario. Edgar entró detrás, y antes de que la puerta se cerrara del todo, ya la tenía agarrada. No hubo miradas tímidas, ni sonrisas incómodas. La agarró de la cintura, la giró bruscamente y la aplastó contra la puerta con un beso que era más mordisco que caricia. La boca de él se abrió sobre la de ella, voraz. Y Ana… Ana no se hizo esperar. Abrió la boca también, dejando que su lengua se encontrara con la suya. Sus manos no lo empujaron; se engancharon en su nuca, tirando de él hacia abajo, fundiendo su cuerpo contra el suyo como si quisiera desaparecer dentro de él.

En la pantalla, muda pero brutalmente clara, vi cómo las manos de Edgar bajaban por su espalda, agarrando la cremallera del vestido. La bajó de un tirón seco. La tela de seda cedió y se deslizó por sus hombros, formando un charco azul a sus pies. Ana estaba ahora en ropa interior—unas bragas sencillas y un sostén que reconocí—pero él no se detuvo a admirar. Sus manos, grandes y toscas, se posaron directamente sobre sus pechos, apretándolos a través de la tela con una fuerza que hizo que ella arqueara la espalda y su boca se separara de la de él para dejar escapar un jadeo que mi mente, traicionera, completó con el sonido.

Él la guio, o más bien la empujó, hacia la cama. Ella cayó sentada sobre el borde, y él se arrodilló entre sus piernas, apartándolas con sus propias rodillas. Sus manos volvieron a su espalda, desabrochando el sostén con la práctica de quien lo ha hecho muchas veces. Cuando los pechos de Ana cayeron libres, Edgar no los acarició. Los agarró, manoseándolos con una urgencia ruda, sus pulgares frotando y retorciendo los pezones hasta que se pusieron duros y oscuros contra la palidez de su piel. Ana dejó caer la cabeza hacia atrás, su cuello una línea tensa, la boca abierta en un gemido silencioso. Una de sus manos buscó a tientas la entrepierna de los pantalones de Edgar, palpando el bulto duro que se formaba allí, y luego desabrochó el cinturón y la cremallera con una habilidad que me retorció las entrañas.

No hubo ternura, ni lentitud. Edgar se incorporó, se bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón, y su erección, gruesa y arqueada, quedó al aire. Ana lo miró, y en lugar de vacilar, se lamió los labios. Fue él quien la tumbó de espaldas sobre la cama, quien le bajó las bragas con un movimiento brusco, arrastrándolas por sus piernas y tirándolas a un lado. No hubo preparación, ni caricias. Él se posicionó entre sus muslos, agarró sus piernas por detrás de las rodillas y las abrió más, exponiéndola por completo a la mirada inmisericorde de la cámara—y a la mía.

Luego, con un empuje seco de sus caderas, se metió en ella.

El cuerpo de Ana se tensó al completo, un arco perfecto desde los hombros hasta los talones. Un espasmo recorrió su rostro—no de dolor, sino de un placer tan intenso y repentino que la despojó de cualquier otro pensamiento. Edgar comenzó a moverse con un ritmo rápido y profundo, cada embestida haciendo que el colchón barato se hundiera y crujiera. Las manos de Ana, que antes estaban en su nuca, bajaron y se aferraron a sus nalgas, clavando los dedos en la carne, apretándolo contra ella con cada movimiento.

Él cambió el ángulo, levantándole más las piernas, y el efecto fue inmediato. La boca de Ana se abrió en un grito mudo, sus ojos se cerraron con fuerza y una serie de temblores rápidos la sacudieron. Estaba llegando al clímax, y era evidente, obsceno, público en la privacidad de esa grabación maldita. Edgar lo vio, lo sintió, y no disminuyó el ritmo. Al contrario. Agarró sus caderas con más fuerza, hundiendo los dedos en su carne, y aumentó la velocidad, embistiéndola con una ferocidad que hacía temblar el marco de la cama. La expresión de Ana era de un abandono total, la boca babosa, los ojos en blanco bajo los párpados cerrados, completamente perdida en la sensación que *él* le provocaba.

Finalmente, con un gruñido mudo que infló su pecho, Edgar se hundió en ella una última vez y se quedó quieto, temblando. Su cuerpo, cubierto de un sudor brillante a la luz cruda del motel, se desplomó sobre el de ella. Ana no lo rechazó. Sus brazos, flojos ahora, lo rodearon por la espalda en un gesto de posesión cansada. Su mano acarició el sudor de su nuca.

Esa caricia, más que cualquier otro acto, fue lo que me mató.

La imagen se congeló entonces, o tal vez mi mente dejó de registrarla. Sólo quedó la silueta de ellos dos, enlazados, sudorosos, exhaustos y satisfechos en una cama anónima.

“¡Maldito seas!", escupí, la voz hecha trizas. "¿Por qué? ¿Por qué tanto odio? ¡Si sólo era Ana, te la hubieras llevado y punto! ¡Pero esto… esto es demencial!"

Edgar se detuvo, y por un instante, algo crujió en su fachada. No era la máscara del amigo, ni siquiera la del amante vengativo.

"¿Sólo Ana?", repitió, y su voz sonó extrañamente hueca, como si hablara desde un pozo. Se acercó, pero no con ira, sino con una fatiga repentina y amarga. "Crees que esto es por una mujer, Rubén. Crees que es el cuento del amigo despechado.”

Se dejó caer pesadamente en la silla, ya no el depredador elegante, sino un hombre cargando un peso invisible. Me miró, y por primera vez, no vi triunfo en sus ojos.

"¿Recuerdas a mi hermano, Lucas?", preguntó de pronto, el nombre cayendo entre nosotros como una piedra en un estanque seco.

Un destello de memoria, lejano. Un chico mayor, un par de años por delante. Muy brillante. Murió en un accidente de tráfico el verano antes de que Edgar y yo entráramos al bachillerato. Una tragedia familiar de la que nunca hablábamos. Asentí, apenas.

"Mi hermano perfecto", continuó Edgar, y las palabras salían ahora como si las arrancara de una herida que nunca cicatrizó. "No era sólo listo, Rubén. Era bueno. De verdad. Paciente conmigo, su hermano pequeño torpe. Me ayudaba con los deberes sin reírse. Me cubría las mentiras. Y mi padre… mi padre lo veneraba. Lucas iba a ser médico, como él. Iba a salvar vidas. Iba a restaurar el 'honor' de la familia, que mi abuelo, el borracho, había tirado por la cloaca."

Se pasó una mano por la boca, como si quisiera contener las palabras, pero ya era tarde.

"Cuando Lucas murió, no se llevó sólo a un hijo. Se llevó el futuro entero de mi padre. Y a mí… a mí me dejó aquí, dentro de ese futuro cancelado, con la tarea imposible de llenar un vacío que ni siquiera me correspondía." Su voz se quebró, no por tristeza, sino por rabia. "Mi padre me miró, el día después del funeral, y me dijo: 'Ahora tienes que ser el doble de bueno. Por él y por ti'. No me abrazó. No lloró conmigo. Me dio una orden. Y yo… yo sólo era un niño asustado que había perdido a su hermano."

“¿Y tú, Rubén? ¿Dónde estabas tú entonces?” La pregunta cayó como un látigo. “Veraneabas con tu familia, en la playa. Te llamé. Marqué tu número una y otra vez el día después del accidente. Nunca contestaste. El teléfono sonaba y sonaba hasta que se cortaba. Ni siquiera fuiste al funeral. Cuando volviste, una semana después, y te enteraste… sólo me dijiste ‘lo siento, amigo’. Un ‘lo siento’. Y cambiaste de tema.”

Mientras su voz cargada de odio llenaba la habitación, un recuerdo antiguo y punzante me asaltó, la imagen de Edgar, pálido y con los ojos vacíos, esos primeros días de clases después del verano. Yo lo había visto, sí. Lo había visto destrozado. Pero en mi torpeza de adolescente, creí que mencionar a Lucas, nombrar la muerte, sería como clavar un cuchillo en una herida abierta. Pensé que el silencio era más respetuoso, que hablar de ello lo hundiría más. No supe qué decir. No supe cómo acercarme a ese abismo de dolor. Así que me mantuve a distancia, creyendo que era lo correcto.

"Todo lo que hice, desde entonces, fue un examen que siempre fallaba. Sacaba un ocho, y mi padre decía: 'Lucas habría sacado diez'. Entré a la misma universidad que él, y mi padre dijo: 'Él habría entrado en Medicina, no en Administración'. Nunca era suficiente. Nunca iba a ser suficiente. Porque no estaba compitiendo con un ideal. Estaba compitiendo con un fantasma santificado por la muerte."

Hizo una pausa, su respiración agitada. Cuando continuó, su tono cambió, se volvió más agudo, más personal.

“Recuerdo la primera vez que viniste a cenar a casa. Tendríamos diecisiete años. Mi padre te preguntó por tus notas, por tus planes. Tú, tan seguro, hablabas de ingeniería, de proyectos. Él asentía, mirándote como si cada palabra tuya fuera una joya. Luego, cuando te fuiste, se quedó en silencio un buen rato. Luego dijo, sin mirarme: ‘Ese chico tiene claro el rumbo. Tiene ambición. Deberías tener una conversación así con él, Edgar. Aprovecha que es tu amigo. Quizá algo te contagia’.”

Edgar soltó una risa corta y seca.

“¿Y sabes cuándo fue la primera vez que mi padre volvió a sonreír de verdad después de la muerte de Lucas?”, continuó Edgar, su voz convertida en un filo frío y amargo. “No fue por nada mío. Fue por ti, Rubén. Fue cuando ganaste esa beca nacional. Recortaron la noticia del periódico y la pusieron en la nevera, al lado de la foto de Lucas con la toga de bachiller. Mi padre me señaló tu nombre y dijo: ‘Mira, Edgar. Mira lo que es la determinación. Este chico va a llegar lejos’.”

Su voz se quebró en un sonido que era mitad risa, mitad ahogo.

“Mi padre empezó a llamarte ‘el hijo que se me fue’, en broma, pero con esa mirada… esa mirada que nunca dirigía hacia mí. Un día, borracho, me agarró del brazo y me dijo: ‘¿Por qué no puedes ser más como él, Edgar? Él sí que haría feliz a tu madre’. Ahí lo tenías. Ni siquiera se trataba ya de Lucas. Se trataba de ti. Tú eras el nuevo hijo predilecto. Y yo… yo era el mueble, el error de continuidad en la familia perfecta que él imaginaba y que tú, sin querer, encarnabas.”

"Y luego llegó ella. Ana. La primera cosa buena, clara y hermosa que sentí que podía ser mía, después de ese infierno. No era un fantasma. Era real, y estaba ahí, y cada vez que me sonreía en clase de Literatura, sentía que quizá, sólo quizá, había algo en mí que podía ser amado por alguien que no tuviera la obligación de hacerlo." Su tono se volvió áspero, autoflagelante. "Pero yo era un cobarde. No podía ni siquiera acercarme. Y tú, el gran Rubén, el que siempre tenía la solución, el plan, la respuesta… tú viniste a ayudarme. 'Dame su número, yo hablo con ella'. Y yo, como el patético que era, te lo di. Porque confiaba en ti. Porque eras mi amigo."

Una risa amarga le sacudió el pecho.

"Funcionó, ¿verdad? Tu intervención de paz y amor. Ella aceptó salir conmigo. Y salimos. Unas cuantas veces. Y eran las citas más tensas, más torpes del mundo. Yo, tratando de ser lo que no era, tratando de ser… no sé, digno de ella. Y ella, siendo amable, siendo Ana, pero con una distancia en los ojos que yo no sabía cómo cruzar. Hasta que me armé de valor y me declaré. Me rechazó. Con esa dulzura que duele más que un grito. 'Eres un gran amigo, Edgar'. La frase que mata."

Se levantó, incapaz de quedarse quieto, la energía oscura bullendo dentro de él otra vez.

"Y luego, el destino, la vida, la puta casualidad… los puso a ustedes dos en el mismo camino. Y tú, que habías sido mi puente hacia ella, te convertiste en su destino. Yo los vi, Rubén. Los vi besarse después de aquella feria de ciencias. Tú con tu trofeo, ella con su sonrisa de verdad. Y yo… yo me comí mi orgullo, mi dolor, y vine a decirte que no pasaba nada. Que eran cosas de adolescente. ¿Te acuerdas? Fingí que lo superaba. Fingí que estaba feliz por ustedes." Su voz se descompuso en un susurro cargado de odio hacia sí mismo. "Pero por dentro me sentía el ser más patético del universo. No sólo me había quedado sin la mujer que amaba, sino que se la había entregado en bandeja de plata a mi propio mejor amigo, al hombre que ya tenía todo lo que yo anhelaba. Había conseguido tener a Ana cerca, sí, pero sólo para pasártela a ti. Fui el celestino de mi propia desgracia."

Se acercó a la cama, y su expresión era una máscara de dolor y rabia fusionados.

"Eso lo cambió todo, Rubén. Ya no eras sólo el sustituto de Lucas, el hijo que mi padre hubiera querido. Eras el hombre que se quedó con la única luz que había encontrado en mi oscuridad. Y lo hiciste después de haberme tendido la mano. Tu ayuda fue la humillación final. Me hiciste creer que podía tenerla, para que luego el universo, y tú, me recordaran que no. Que nunca."

Respiró hondo, conteniendo un temblor.

"El cáncer... esa mierda que te cayó encima fue la mejor puta pala que me pudo dar la vida. ¿Te das cuenta? Toda tu perfección, tu futuro brillante, reducido a vomitar en un retrete y a que te cambien las bolsas de suero. Y yo, el pobre Edgar, el que nunca llegaba a tu talón, de repente tenía la llave de todo."

"Te quité todo. La salud, la paz, la dignidad, la mujer. Yo, de pie. Tú, pudriéndote. Y ella... bueno. Ella ya sabe de quién es el suspiro que la hace temblar por las noches."

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La noche era un manto pesado, pero el sueño se había convertido en un lujo inalcanzable. No era el dolor lo que me mantenía despierto, sino un zumbido mental, un eco constante de las imágenes del motel y la voz de Edgar envenenando cada rincón oscuro de mi mente. Me levanté, el cuerpo protestando con cada movimiento, un esqueleto forrado en piel pálida y sudor frío.

Encendí la lámpara del baño y me enfrenté al espejo. La persona que me devolvía la mirada era un extraño. Un hombre demacrado, con ojos hundidos y oscuros, pómulos que cortaban la piel como cuchillos. El cabello, más ralo y gris. La barba, irregular y canosa. Esta no era la cara de Rubén Méndez, el hombre seguro, el ingeniero, el esposo. Era la máscara de la enfermedad, de la traición, de la derrota. Me toqué la mejilla, sintiendo el frío del vidrio bajo los dedos. No hubo lágrimas. Sólo un vacío más profundo.

Salí del baño, moviéndome con la torpeza silenciosa de un fantasma en su propia casa. El pasillo estaba oscuro. Pasé frente a la habitación de al lado, la que había sido el estudio y ahora era el cuarto de Ana. La puerta estaba entreabierta. Me detuve.

Ella estaba sentada al borde de la cama, de espaldas a la puerta. No dormía. No lloraba. Sólo estaba allí, inmóvil, su silueta rígida recortada contra la tenue luz azulada de la luna que entraba por la ventana. Un monumento a la culpa y al insomnio. Observé su espalda desnuda bajo el tirante fino de una camiseta, los hombros un poco encorvados. No quise imaginar sus pensamientos. Di media vuelta y seguí mi camino.

Las escaleras eran un descenso épico. Cada peldaño era una montaña. Me aferraba al barandal con una fuerza que no tenía, sintiendo cómo los músculos de mis piernas temblaban bajo mi peso, que ya era casi nada. El sonido de mi propia respiración, entrecortada y ruidosa, llenaba el silencio. Finalmente, pisé el suelo de la planta baja.

La cocina estaba en penumbra. La luz de la calle se filtraba por la ventana, iluminando los electrodomésticos fríos y silenciosos. No encendí la luz. Avancé directo hacia los cajones. Los abrí uno por uno, con manos que ya no parecían mías. Cubiertos de plástico, cucharas de madera, abrelatas... hasta que mis dedos encontraron el mango frío y familiar del cuchillo de chef, el que usábamos para cortar verduras, para preparar cenas juntos.

Lo saqué. El acero reflejó un destazo pálido de luz exterior. Lo sostuve frente a mí. No era un pensamiento claro, ni un plan. Era un impulso sordo, primitivo, que surgía del mismo pozo de impotencia y dolor en el que había estado ahogándome desde que desperté del coma. La punta del cuchillo parecía una solución. Una solución definitiva, quieta, silenciosa. Un fin al espectáculo, al dolor, a la humillación.

Intenté apretar el mango con fuerza. Pero mi mano temblaba. No era un temblor de miedo o de indecisión. Era la traición pura de mi cuerpo. Los músculos, consumidos por la enfermedad y la inactividad, se negaban a obedecer. El cuchillo bailaba en mi puño, ligero como una pluma pero imposible de sostener con firmeza. La ira que sentí entonces no fue hacia Edgar o Ana, sino hacia esta cárcel de carne y hueso que ni siquiera me permitía el control de mi propio final.

En ese momento, escuché un leve crujido en el umbral de la cocina.

“Rubén… ¿Dios mío, qué estás haciendo?”

Mi cuerpo, lento como un glaciar, se giró hacia ella. La vi allí, pálida como la luna, los ojos desorbitados clavados en el cuchillo que temblaba en mi mano.

Di un paso hacia adelante. El suelo pareció inclinarse. Ella dio un paso atrás, instintivo, y el miedo en sus ojos fue un bálsamo momentáneo.

Una sonrisa torcida se dibujó en mis labios. “¿Qué crees que estoy haciendo, Ana? ¿De verdad me crees capaz?” Solté una risa ronca, seca. “No soy un monstruo. No como tú.”

“¿Qué… qué ibas a hacer con eso? Suéltalo, Rubén. Por favor.” Su voz era un hilo, temblorosa.

La miré fijamente. Y luego, abrí los dedos. El cuchillo cayó al suelo con un golpe sordo.

“¿Ya?” dije, mi voz ahora plana. “¿Estás tranquila? Ahora puedes seguir viendo como me pudro. Es lo que querías, ¿no?”

Sus ojos, ya rojos, se inundaron. “No lo entiendes…”, sollozó.

“¡¿Que no entiendo?!” La voz me salió como un rugido rasgado. “¡Te vi, Ana! ¡Te vi en el sofá con él! ¡Te vi en ese motel de mierda, abriéndote como una puta barata!”

“¡Rubén, por favor—!”

“¡POR FAVOR QUÉ!” tosí, la garganta en carne viva. “¿Por favor no te recuerde lo que eres?”

Ella se encogió, como si le hubiera escupido.

“¿Crees que no lo sé?” Su voz era un hilillo áspero. “¿Crees que no me repito esa palabra cada noche, cada maldita mañana cuando me miro al espejo? Puta. Débil. Asquerosa.” Cada sílaba sonaba como un latigazo que se daba a sí misma. “Me toco la piel y siento… suciedad. Una suciedad que no sale. Me baño y aún la siento. Es como si me hubiera podrido por dentro.”

Se golpeó el pecho con el puño, una vez, dos veces, con fuerza.

“Y lo peor… lo peor, Rubén, no es que me obligara. Es que… a veces, mi cuerpo… respondía. Y yo ahí, sintiendo eso, odiándome más con cada segundo, pero… dejándome llevar. Por puro cansancio. Por pura cobardía.” Sus ojos tenían un horror vacío. “Esa es la parte que no puedo perdonarme. Que mi cuerpo fuera más traidora que mi alma. Que encontrara… un alivio físico en medio de todo ese infierno. Eso me hace vomitar. Literalmente, me hace vomitar.”

Se llevó una mano a la boca, como conteniendo las náuseas que describía.

“Me odio,” susurró, con una convicción absoluta. “Me odio más de lo que tú podrás odiarme jamás. Porque tú sólo viste el engaño. Yo tengo que vivir dentro de la traidora. Tengo que despertar con ella. Respirar con ella. Y saber que en algún momento, cedió. No sólo por el dinero, o por el miedo… sino porque en el fondo, es una débil. Una mísera débil que prefirió sentirse viva, aunque fuera a través de algo vil, que seguir sintiéndose morir contigo.”

Hubo un temblor en todo su cuerpo. No lloraba ahora. Estaba seca, quemada por su propio desprecio.

“Él lo sabía. Sabía que podía usar mi miedo, y luego… mi propia debilidad. Y yo se la di. Se la entregué. Y cada vez que… respondía, era como darle otro pedazo de mí. Hasta que ya no quedó nada que dar, sólo este odio redondo que me como a mí misma.”

“Así que sí,” concluyó, su voz ya sólo un rastro de sonido. “Llámame como quieras. No me digas nada que yo no me haya gritado ya en el silencio. Soy todo eso. Y lo sé. Y tengo que vivir con la asquerosa que soy.”

Quedó un silencio pesado. La vi temblar. Un escalofrío que le subía por los brazos. Después, empezaron a caerle las lágrimas. Sin ruido, sin drama, pero sin parar. Le corrían por la cara y le goteaban al suelo. Verla así, hecha una piltrafa, no me dio lástima. Me dio más rabia.

“¿Y eso?” dije, mi voz sonó a chatarra oxidada. “¿Las lágrimas ahora, Ana? ¿Es la parte del remordimiento? ¿Querés que te abrace, que te diga ‘pobrecita, la manipularon, no fue su culpa’?” Escupí hacia un lado, un gesto feo y visceral. “Tu teatrito es bueno, te lo reconozco. Lo de la ‘asquerosa que se odia’ le da un toque creíble. Pero no me lo trago. Al final, lo disfrustaste, ¿no? Gemiste, te retorciste. Y ahora llorás para no pagar el precio.”

Ella no negó nada. Sólo parpadeó, lentamente, y otra oleada de lágrimas frescas siguió al rastro de las anteriores. Su respiración era un hilillo tembloroso, pero no dijo una palabra en su defensa. Esa pasividad, ese aceptar mi escarnio, era más irritante que cualquier réplica.

“¿No tienes nada que decir? ¿Nada?” Le arrojé las palabras como piedras. “¿Se te acabó el guión de la víctima? ¿O es que ya ni te molestás en fingir que te importa lo que yo crea?”

Mis palabras quedaron flotando en el aire de la cocina, densas y venenosas. No hubo respuesta. Sólo el silencio, cargado con el peso de todo lo dicho y de todo lo que ya nunca se diría. El tic-tac del reloj de la pared sonó como un martillazo en ese vacío.

Ella alzó la vista. Sus ojos, nadando en lágrimas, se encontraron con los míos. Hubo un instante, apenas un latido, en el que pareció que iba a hablar. Su boca se abrió un milímetro. Pero no salió nada. Sólo un leve temblor en el labio inferior y una mirada que ya no suplicaba, que sólo mostraba un agotamiento infinito.

Bajó la vista. Recogió el cuchillo. Se dio la vuelta y se fue. Solo quedaron sus lágrimas secándose en el piso.

Me quedé ahí, clavado, hasta que el vacío de la cocina se hizo insoportable. Subí a mi habitación como un sonámbulo.

La noche era pesada. Desde mi cuarto, a través de la pared delgada, se oía cómo Ana se desmoronaba. No lloraba bien. Eran quejidos, ahogados en la almohada. A veces un sollozo tan agudo que me hacía apretar la mandíbula. Luego, silencio. Después, susurros roncos, como si hablara sola. Una vez, un grito apagado, como de animal lastimado. «¿Por qué?» alcancé a oír. No supe si se lo preguntaba a él, a mí o a Dios.

Esperé. Conté las horas por el lento cambio de la luz bajo la puerta, por el crujido de la casa enfriándose. Hasta que al fin, del otro lado, sólo hubo un silencio profundo, cargado, roto por un ronquido leve e irregular.

Me levanté. El cuerpo me pesaba. Empujé la puerta de su habitación, que cedió con un gemido mínimo.

Ella dormía de costado. En la mesilla de noche, un vaso de agua medio vacío y un revoltijo de pastillas. Reconocí los somníferos comunes, los redondos y blancos. Pero había otros: cápsulas largas, azules, en un blíster sin caja. Medicamentos que no reconocía.

Me dirigí al baño. Encendí la luz, y el brillo cegador de los azulejos blancos me golpeó. Era un espacio frío, impersonal. Como una sala de espera.

Abrí la llave de la bañera. El agua salió primero fría, luego tibia, y finalmente caliente. Un chorro grueso y rumoroso que empezó a llenar la porcelana. El vapor comenzó a levantarse, empañando el espejo donde ya no quería verme.

Me desvestí despacio, sintiendo cada hueso, cada zona donde la carne había cedido. El agua subía de a poco. Un centímetro. Dos. Me acosté dentro, antes de que estuviera llena. El calor me abrazó, intenso, casi doloroso al principio, luego envolvente. Me dejé hundir hasta que sólo mi cara quedó fuera, flotando como un extraño iceberg.

Miré el techo, blanco y liso. El vapor dibujaba fantasmas. Y entonces, sin querer, me llegó un recuerdo. No uno grandioso. Una mañana de lluvia, años atrás, antes de todo. Estábamos en la cama, Ana y yo, y el sonido del agua golpeando la ventana era el único ruido en el mundo. Ella dormía con la cabeza en mi hombro, y yo no me movía, feliz de ser su almohada. Había una paz tan completa, tan estúpida y simple, que en ese momento creí que era el estado natural de las cosas. El olor a café esperando en la cocina. La luz gris y suave. Eso era la vida, pensé entonces. Eso.

El agua seguía subiendo. Ya me cubría los hombros, acariciaba mi cuello. Respiré hondo. El aire era húmedo y caliente. No pensé en Ana, ni en Edgar, ni siquiera en el cáncer que seguía royéndome por dentro. Sólo pensé en aquel sonido de la lluvia, y en la calma.

Luego, con un esfuerzo final, me dejé deslizar hacia abajo.

El agua me cubrió la cara. El mundo exterior se convirtió en un rumor apagado, en burbujas que escapaban de mis labios. El calor era total ahora. No forcejeé. Mi cuerpo, flaco y devastado, apenas tuvo un espasmo, un último estremecimiento de instinto, antes de aquietarse.

Mis pulmones empezaron a arder. El dolor fue agudo, claro, casi bienvenido. Era un dolor puro, no como el otro, el de la traición y la enfermedad, que era un cáncer en el alma. Este era físico, limitado, y terminaría pronto.

Vi luces detrás de mis párpados cerrados. El recuerdo de la lluvia se diluyó, reemplazado por una oscuridad cálida y densa que me tiró de mí hacia adentro. La última burbuja escapó de mis labios y subió, traicionera, hacia una superficie que ya no me importaba.

Y luego, nada. Sólo el peso del agua sosteniéndome, y un silencio infinito que por fin, por fin, era mío.
 
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Creo que aunque parezca que se ha suicidado y ha acabado con su vida no es así.
Ya se ha quitado la careta Edgar y sabemos que odia a Rubén, pero aunque ahora están las cosas muy negras, yo confío en que Rubén salga de ésta y supere el cáncer.
No sé si Ana merece que la perdone, pero si espero que Rubén acabe muy mal como se merece este miserable.
 
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