La primera vez, con mi mujer (relato real)

manray

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La primera vez
Era un viernes de invierno, de esos en los que el frío del norte se te mete en los huesos pero no importa porque ya estás ardiendo por dentro. Teníamos 35 años los dos, suficientes para saber lo que queríamos y pocos para tener miedo de ir a por ello. Recién divorciados de sendos matrimonios fallidos y con la cornamenta aún doliendo. Nos unieron los cuernos, los divorcios, y la sala de espera del abogado que los llevo. Varios cafés a la salida, besos de despedida cada vez más profundos, y primera cita formal. 15 días desde que nos vimos la primera vez, y conexión desde el minuto 1. Habíamos quedado para ir al cine, una película cualquiera que ninguno recordaría después. Yo la recogí en su portal, ella bajó con un vestido negro ajustado que le marcaba la cintura estrecha y las caderas que se movían como si supieran que las estaba mirando. Medias negras finas, tacones discretos, y un abrigo que se quitó apenas entró en el coche.
En la sala éramos de los últimos en entrar. Nos sentamos en la fila de atrás, esquina, donde la luz de la pantalla apenas llegaba. La película empezó y pasó a segundo plano en menos de cinco minutos. Empezamos con besos suaves, de esos que prueban terreno. Luego más profundos. Mi mano subió por su muslo, bajo el vestido. Ella abrió un poco las piernas, invitándome sin palabras. Las medias eran lisas, sedosas, y cuando llegué al tanga noté que ya estaba húmedo. Se lo bajé despacio, ella levantó las caderas para ayudarme. El tanga negro quedó en mi mano, caliente, oliendo a ella. Lo guardé en el bolsillo del abrigo como si fuera un trofeo.
Nos besábamos con hambre, mordiendo labios, lenguas enredadas. Mis dedos encontraron su clítoris, lo acaricié en círculos lentos. Ella gemía bajito contra mi boca, un sonido que me ponía la polla como piedra. Le metí un dedo, luego dos. Estaba empapada, caliente, apretada. Se corrió en silencio, temblando, mordiéndome el labio para no gritar. La película seguía, pero para nosotros ya había terminado.
Salimos antes de los créditos. En el coche no hablamos mucho. Solo:
—¿Quieres venir a casa a tomar un café?
—Sí.
No hubo café.
Entramos directos al dormitorio. La luz de la mesilla encendida, tenue. La desnudé despacio, como si estuviera desempaquetando algo precioso. El vestido negro cayó al suelo. Sujetador negro de encaje, tetas pequeñas pero firmes, pezones ya duros como guijarros. Lo desabroché por detrás, lo dejé caer. Me arrodillé y devoré esos pezones: lengua alrededor, succionando fuerte, mordisqueando lo justo para que jadeara. Ella me agarró del pelo, tirando suave, guiándome.
Le dejé solo las medias negras. La tumbé en la cama, abrí sus piernas. Su coño depilado, rosado, brillante de excitación. Metí la cabeza entre sus muslos y me la comí entera. Lengua plana desde abajo hasta el clítoris, luego succionando, metiendo la punta dentro, lamiendo los labios, volviendo al botón. Dos dedos dentro, curvados, buscando ese punto que la hace arquearse. Ella gemía alto, sin vergüenza: “Joder… sí… ahí… no pares…”. Se corrió en mi boca, un orgasmo largo, abundante, sus jugos empapándome la barbilla.
Me subí encima, polla dura como nunca. Penetración en misionero, despacio al principio, sintiendo cómo me apretaba. Luego más rápido, profundo. Ella me clavaba las uñas en la espalda, mordía mi cuello. De repente me paró, me giró con fuerza y se puso encima. Me mordió los pezones, los chupó fuerte, los pellizcó. Me puso a mil. Bajó y me la chupó: labios estirados, lengua en la punta, garganta profunda. No aguanté. Descargué en su boca, chorros potentes. Ella se lo tragó todo, sin apartar la boca, succionando hasta la última gota. Siguió chupando, lamiendo, y yo seguí empalmado, como si no hubiera corrido.
Me cabalgó como una fiera. Se sentó de golpe, metiéndosela entera. Aferrada a mis pezones, clavándome las uñas, moviéndose arriba y abajo con fuerza. Yo agarrado a sus tetas, pellizcando pezones duros, sintiendo cómo rebotaban. Gemía alto, gritaba: “¡Sí! ¡Joder! ¡Me llenas toda!”. Yo gruñía, empujando desde abajo. Nos corrimos juntos: ella primera, un orgasmo brutal que la hizo temblar y chorrear sobre mí, empapándome el pubis y las sábanas. Yo segunda vez, dentro de ella, chorros calientes que la llenaron hasta rebosar.
Pero ella quería más. No la saciaba. Se tumbó boca arriba, abrió las piernas. Me arrodillé y volví a comérmela: cunnilingus profundo, lengua dentro, dedos —dos, luego tres— bombeando fuerte. Otro dedo en su culo, despacio, sintiendo cómo se abría. Se corrió de nuevo, gritando, cuerpo convulsionando, otra vez sobre mi cara.
Mi polla quería subir, pero después de dos descargas ya no respondía. Nos rendimos. Nos dormimos empapados, desnudos salvo las medias de ella. Jugando con pezones, culos, yo acariciando su pubis hinchado, ella mis huevos pesados. Me dormí con su mano en mi entrepierna, la mía en su pecho.
Me despertó una sensación deliciosa, justo al borde. Abrí los ojos: ella me estaba chupando otra vez, lenta, profunda, sin prisa. Me miró con ojos traviesos y siguió. No pude aguantar: tercera corrida, potente, en su boca. Ella tragó, succionó, lamió hasta dejarme limpio. Dos mamadas de escándalo, dos corridas de escándalo. La primera vez en mi vida que una boca me hacía irme así, sin manos, sin nada más.
Le devolví el favor. Otro cunnilingus mío, el que siempre ha sido mi especialidad: lengua rápida en el clítoris, dedos curvados dentro, otro en el culo moviéndose al ritmo. Se corrió fuerte, gritando mi nombre, cuerpo arqueado, jugos chorreando por mis dedos.
Por fin descansamos. Amaneció con nosotros enredados, olor a sexo en las sábanas, sonrisas cansadas. Nos miramos y supimos que aquello no era solo una primera vez.
Era el principio.
Y desde entonces, cada vez que la veo con un vestido negro, o cuando me despierto con su boca en mí, vuelvo a esa noche. A los 35 años. Cuando todo empezó de verdad.
 
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