javieron
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La secre de la empresa - Parte 1
La secre de la empresa (Parte 2: El cumpleaños)
Han pasado tantos años desde aquellos días de 1997-98, pero hay momentos que se me clavan en la memoria como si hubieran pasado ayer. La relación con Betty ya estaba en su punto más álgido, cuando el sexo era lo único que nos unía de verdad, sin complicaciones ni promesas. Hacíamos locuras en la oficina, en el auto, en hoteles cutres, y cada encuentro era como una descarga eléctrica que me dejaba temblando. Pero había una sesión que no la conté: mi cumpleaños número 19. Fue un día que empezó normal, con el bullicio de la oficina nueva —ya sin las ratas que se habían fugado— y Betty moviéndose por ahí con uno de esos vestidos ajustados que me ponían la polla dura al instante. Nadie sabía que era mi cumple, nadie de los que quedaban, que andaban enredados. Solo ella lo recordaba, porque una semana antes, en un arranque de confianza, se lo había soltado mientras la tenía inclinada sobre el escritorio, bombeándole por la concha mientras gemía como una perra en celo.
A media mañana, cuando la oficina estaba vacía y el sol se estaba en su auge, Betty se acercó a mi escritorio con una sonrisa pícara, esa que mezclaba inocencia y puta sumisa. "Feliz cumpleaños, jefe", me dijo bajito, inclinándose lo justo para que viera el escote de su blusa, esos pechos medianos que se me antojaban para morderlos hasta dejar marcas. Le devolví la sonrisa, esa mirada intimidante que ella tanto adoraba, y sin mediar palabra la jalé por la cintura hasta sentarla en mis piernas. El sofá del fondo nos esperaba, como siempre, pero esa vez no quise ir tan rápido. "Hoy es mi día", le murmuré al oído, mordisqueándole el lóbulo mientras mi mano se colaba bajo su falda, rozando el calor de sus muslos. "Y quiero un regalo especial. Primero, vas a arrodillarte y me vas a mamar hasta que te tragues todo. Ni una gota se desperdicia, entendiste?"
Ella se mordió el labio, los ojos brillando con esa mezcla de excitación y nervios que me volvía loco. Asintió, bajándose despacio de mis piernas, y yo me recosté en la silla, abriendo las piernas para darle espacio. Betty se arrodilló frente a mí como una buena perrita, el suelo de la oficina fría contra sus rodillas, pero eso solo la ponía más caliente —lo veía en cómo se le aceleraba la respiración. Me desabrochó el pantalón con calma, sacando mi verga que ya estaba semi-dura solo de imaginarlo. Estaba gruesa, venosa, la cabeza hinchada y brillante de anticipación. Ella la miró un segundo, como si fuera un premio que no se merecía del todo, y luego levantó la vista hacia mí, esperando mi orden.
"Vamos, putita, hazlo rico", le dije, y ella no se hizo rogar. Primero, acercó los labios suaves, besándola como si fuera un beso de película: un roce ligero en la punta, la lengua asomando para lamer la gotita de precum que ya perlaba la cabeza. Uffff, qué delicia sentir esa calidez húmeda, esa lengua plana y juguetona que empezaba a trazar círculos lentos alrededor del glande, como si estuviera probando un helado derretido. La vi sonreír, coqueta, mientras lamía de abajo hacia arriba, siguiendo la vena que palpitaba bajo la piel. "Así, despacito", gemí, y ella obedeció, envolviéndome con los labios hasta la mitad, succionando suave al principio, como si quisiera saborearme entero. Sus mejillas se hundían con cada chupada, y el sonido —ese slurping húmedo, obsceno— llenaba la oficina vacía, haciendo eco en las paredes.
Aceleró el ritmo, la cabeza subiendo y bajando con dedicación, sus manos en mis muslos para apoyarse mientras se la tragaba más profundo. Sentía la garganta apretándome la punta, ese espasmo cuando llegaba al fondo y tenía que controlarse para no atragantarse. "Joder, Betty, qué boquita de puta tienes", le dije, enredando los dedos en su pelo negro para guiarla, no fuerte aún, solo lo suficiente para que supiera quién mandaba. Ella gemía alrededor de mi polla, vibraciones que me subían por la columna como corrientes, y usaba la lengua en cada subida: un remolino rápido en la cabeza, lamiendo el frenillo, chupando la uretra como si quisiera extraer hasta la última gota. Saliva por todos lados, goteando por el tronco, mojando mis bolas que ella no olvidaba: una mano bajaba a masajearlas, rodándolas suave, apretando lo justo para que el placer se acumulara en el bajo vientre.
Estaba cerca, lo sentía en el cosquilleo que subía desde las bolas, pero no quería acabar todavía. La frené un segundo, sacándomela de la boca con un pop húmedo, y la miré a los ojos, jadeante. "Quieta, perra. Quiero que me dejes bien seco ahora, porque más tardecito te voy a poner como la puta que eres y te voy a dar por el culo hasta que llores. Quiero durar un buen rato, me oyes? Nada de leche desperdiciada." Ella sonrió, entre coqueta y temerosa, los labios hinchados y brillantes de saliva y mi seminal, un hilo de baba conectándonos aún. "Sí, amor... lo que tú quieras en tu día", murmuró, y volvió a meterse la verga entera, esta vez con hambre, succionando fuerte como si quisiera vaciarme ahí mismo. Aceleré sus movimientos con la mano en su cabeza, follando su boca despacio al principio, luego más rudo, sintiendo cómo la garganta se contraía alrededor de mí.
Estaba a punto de explotar. El cosquilleo subía desde las huevos, la espalda se me tensaba. La miré fijo y le pregunté ronco: “Ya quieres tu premio?”. Ella, sin sacarse la verga de la boca, emitió un “mmmm-hmmmm” largo y afirmativo, vibrando alrededor de mi polla, los ojos clavados en los míos, suplicando.
"Ahhh, joder... traga, traga todo", gruñí cuando llegó el momento, y exploté. Chorros calientes, espesos, directo a su gaznate —uno, dos, tres, interminable— mientras ella tragaba con esfuerzo, gorgoteando, los ojos lagrimeando pero sin soltarme. Uffffffff, qué placer brutal, esa electricidad que me dejó viendo estrellas, el cuerpo temblando. Ella no se movió hasta limpiarme todo con la lengua, lamiendo cada vena, cada pliegue, hasta que quedé reluciente y flácido.
Me quedé ahí un rato, recuperando el aliento, viéndola arrodillada, con la cara sonrojada y una sonrisa satisfecha. "Buena chica", le dije, acariciándole la mejilla. "Ahora ve al baño, ponte linda para la segunda ronda." Ella se levantó, ajustándose la falda, y me guiñó un ojo antes de irse meneando ese culazo que me tenía obsesionado.
A media tarde, la rutina se repitió en la oficina —los pocos que habían volvieron a salir, incluso no volvían ya, según la tarea por hacer—, me acerqué a ella, la tomé de la mano y me la llevé a nuestro sofá del fondo. Betty ya venía temblando de anticipación, los ojos bajos, mordiéndose el labio como la puta obediente que era.
Y empecé a besarla despacio. Lengua con lengua, profundo, húmedo, tragándonos los gemidos. Mientras, mis manos se colaron bajo su falda ajustada y le agarraron el culo con las dos manos, amasando esos cachetes carnosos por encima del calzón de encaje. Ella se pegaba más a mí, restregándose, y yo le apretaba fuerte, separándole las nalgas, metiendo los dedos por el borde del calzón para rozarle la rajita apenas, sintiendo cómo ya estaba empapada.
“Te voy a romper el hoyito… pero primero vas a dejarme bien parado”, le susurré contra la boca. Ella solo gimió y asintió, los ojos vidriosos.
La bajé despacio al suelo. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, me desabrochó el pantalón con dedos temblorosos y sacó mi verga, que ya venía medio dura del manoseo. Me miró un segundo, sonriendo con esa carita de ángel cachondo, y empezó a mamármela con una ternura que casi dolía: besos suaves en la punta, lengüita recorriendo la vena gorda, chupaditas lentas en la cabeza como si estuviera lamiendo un caramelo. Sin prisa, solo cariño y saliva caliente. Me la dejó brillosa, reluciente, tiesa como un fierro, palpitando contra su lengua.
Cuando ya no aguantaba más, la levanté, la giré de espaldas y la puse a cuatro patas en el sofá. No le quité el vestido, solo le quité el calzón (ese detalle me ponía loco, verla así vestida de secretaria pero con el culo al aire) y le remangué la falda hasta la cintura. El culo perfecto quedó encuadrado, redondo, blanco, con la rajita rosada brillando de excitación.
Escupí en mi mano, me lubricé la verga entera y le unté un poco en el ano con el pulgar, masajeando despacio hasta que se relajó. Ella jadeaba, empujando hacia atrás como perra en celo.
Antes de acercarme, ella giró la cabeza, mirándome por el espejo con ojos que brillaban de deseo y un toque de miedo. "Disfruta tu regalo, mi amor", susurró, moviendo las caderas despacio, como ofreciéndoseme entera. "Es todo tuyo... rómpeme como quieras." Esas palabras fueron el detonante. Me acerqué, separándole los cachetes con las manos, exponiendo ese ano rosado, apretado, que palpitaba un poco bajo mi mirada. Escupí nuevamente en la punta y froté la cabeza contra él, lubricando, presionando suave al principio para que se acostumbrara. Ella jadeó, tensándose, pero no se movió. "Relájate, perra", le dije, y empujé despacio, sintiendo cómo la resistencia cedía centímetro a centímetro. Uffff, qué apretón brutal, como si su culo me estuviera tragando vivo, caliente y aterciopelado alrededor de mi verga. Entré hasta la mitad, deteniéndome para que respirara, y ella gimió alto: "Ahhh... despacio, por favor... duele..."
No le di tregua. Agarré sus caderas, hundiendo los dedos en esa carne suave, y embestí de golpe, enterrándome hasta las bolas. Ella gritó, un sonido gutural que mezclaba dolor y placer, arqueando la espalda más, empujando contra mí como si quisiera más. "Sí, joder, así!", rugí, y empecé a bombear, intenso, sin piedad. Cada estocada era un choque salvaje: mi vientre contra sus cachetes, rebotando como olas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación —plap, plap, plap— mezclado con sus gemidos ahogados: "Me estás rompiendo el culo! Ahhhh, por Dios!" La veía en el espejo de una pared que nos daba, el rostro contorsionado, lágrimas rodando por las mejillas, pero sonriendo entre jadeos, sumisa total, empujando hacia atrás para recibirme más profundo.
Aceleré, follando su culo como un animal, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí, ordeñándome con cada retroceso. Le azoté una nalga, dejando una marca roja, y ella chilló, apretando más, lo que me hizo gruñir de placer. "Eres mi puta, Betty... este culo es mío", le dije, tirándole del pelo para arquearla más, exponiendo su cuello para morderlo. Sudábamos como locos, el sudor chorreando por sus muslos, mezclándose con su humedad de la concha que goteaba abajo. Duré más de lo que esperaba —gracias a la mamada anterior—, bombeando sin parar, girando las caderas para rozar cada rincón de su interior, sintiendo cómo su ano se abría y cerraba, rojo e hinchado. Ella acababa primero, temblando entera, gritando mi nombre mientras su cuerpo se convulsionaba, pero yo seguí, implacable, dándole embestidas profundas que la hacían tambalearse contra el espejo.
Al final, cuando el orgasmo me golpeó como un rayo —esa corriente en la espalda, interminable—, la clavé hasta el fondo y descargué todo dentro: chorros calientes, espesos, llenándola hasta que sentí rebalsar. "Toma, perra! Ahhhhh!", rugí, temblando, aferrado a sus caderas mientras ella gemía, empujando para ordeñarme hasta la última gota. Me salí despacio, viendo cómo su culo quedaba abierto, palpitante, chorreando leche blanca por la raja, bajando por sus piernas. Ella se derrumbó contra el brazo del sofá, jadeante, sonriendo exhausta. "Feliz cumpleaños...", murmuró, y yo la besé en la espalda, riendo, sabiendo que ese era el mejor regalo que un tipo de 19 podía pedir.
Después de esa tarde, las cosas siguieron igual de salvajes por unos meses más, hasta que el amor se metió en el medio y todo se jodió. Pero ese cumple... uf, todavía me pongo duro solo de recordarlo. Betty fue la secre que me abrió los ojos a lo que el sexo podía ser. Y aunque ahora soy un tipo casado, con responsabilidades, esas memorias son mi porno privado, eterno.
Historia real escrita hace varios años sobre mi aventura sexual con la secre de la empresa.
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La secre de la empresa
Era 1997, año complicado de mi vida. No me iba bien en la universidad, no tenía dinero, sentía que estaba en nada, sin proyecciones ni metas, trataba de no pensar en ello refugiándome en la juerga, la bebida, discotecas y amigos de medio pelo (con pocas excepciones).
Mi experiencia sexual se había limitado a algunas prostitutas y a miles de pajas producto de las miles de pornos que veía todas las semanas, incluyendo...
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La secre de la empresa
Era 1997, año complicado de mi vida. No me iba bien en la universidad, no tenía dinero, sentía que estaba en nada, sin proyecciones ni metas, trataba de no pensar en ello refugiándome en la juerga, la bebida, discotecas y amigos de medio pelo (con pocas excepciones).
Mi experiencia sexual se había limitado a algunas prostitutas y a miles de pajas producto de las miles de pornos que veía todas las semanas, incluyendo...
- javieron
- Respuestas: 3
- Foro: Hetero (General)
La secre de la empresa (Parte 2: El cumpleaños)
Han pasado tantos años desde aquellos días de 1997-98, pero hay momentos que se me clavan en la memoria como si hubieran pasado ayer. La relación con Betty ya estaba en su punto más álgido, cuando el sexo era lo único que nos unía de verdad, sin complicaciones ni promesas. Hacíamos locuras en la oficina, en el auto, en hoteles cutres, y cada encuentro era como una descarga eléctrica que me dejaba temblando. Pero había una sesión que no la conté: mi cumpleaños número 19. Fue un día que empezó normal, con el bullicio de la oficina nueva —ya sin las ratas que se habían fugado— y Betty moviéndose por ahí con uno de esos vestidos ajustados que me ponían la polla dura al instante. Nadie sabía que era mi cumple, nadie de los que quedaban, que andaban enredados. Solo ella lo recordaba, porque una semana antes, en un arranque de confianza, se lo había soltado mientras la tenía inclinada sobre el escritorio, bombeándole por la concha mientras gemía como una perra en celo.
A media mañana, cuando la oficina estaba vacía y el sol se estaba en su auge, Betty se acercó a mi escritorio con una sonrisa pícara, esa que mezclaba inocencia y puta sumisa. "Feliz cumpleaños, jefe", me dijo bajito, inclinándose lo justo para que viera el escote de su blusa, esos pechos medianos que se me antojaban para morderlos hasta dejar marcas. Le devolví la sonrisa, esa mirada intimidante que ella tanto adoraba, y sin mediar palabra la jalé por la cintura hasta sentarla en mis piernas. El sofá del fondo nos esperaba, como siempre, pero esa vez no quise ir tan rápido. "Hoy es mi día", le murmuré al oído, mordisqueándole el lóbulo mientras mi mano se colaba bajo su falda, rozando el calor de sus muslos. "Y quiero un regalo especial. Primero, vas a arrodillarte y me vas a mamar hasta que te tragues todo. Ni una gota se desperdicia, entendiste?"
Ella se mordió el labio, los ojos brillando con esa mezcla de excitación y nervios que me volvía loco. Asintió, bajándose despacio de mis piernas, y yo me recosté en la silla, abriendo las piernas para darle espacio. Betty se arrodilló frente a mí como una buena perrita, el suelo de la oficina fría contra sus rodillas, pero eso solo la ponía más caliente —lo veía en cómo se le aceleraba la respiración. Me desabrochó el pantalón con calma, sacando mi verga que ya estaba semi-dura solo de imaginarlo. Estaba gruesa, venosa, la cabeza hinchada y brillante de anticipación. Ella la miró un segundo, como si fuera un premio que no se merecía del todo, y luego levantó la vista hacia mí, esperando mi orden.
"Vamos, putita, hazlo rico", le dije, y ella no se hizo rogar. Primero, acercó los labios suaves, besándola como si fuera un beso de película: un roce ligero en la punta, la lengua asomando para lamer la gotita de precum que ya perlaba la cabeza. Uffff, qué delicia sentir esa calidez húmeda, esa lengua plana y juguetona que empezaba a trazar círculos lentos alrededor del glande, como si estuviera probando un helado derretido. La vi sonreír, coqueta, mientras lamía de abajo hacia arriba, siguiendo la vena que palpitaba bajo la piel. "Así, despacito", gemí, y ella obedeció, envolviéndome con los labios hasta la mitad, succionando suave al principio, como si quisiera saborearme entero. Sus mejillas se hundían con cada chupada, y el sonido —ese slurping húmedo, obsceno— llenaba la oficina vacía, haciendo eco en las paredes.
Aceleró el ritmo, la cabeza subiendo y bajando con dedicación, sus manos en mis muslos para apoyarse mientras se la tragaba más profundo. Sentía la garganta apretándome la punta, ese espasmo cuando llegaba al fondo y tenía que controlarse para no atragantarse. "Joder, Betty, qué boquita de puta tienes", le dije, enredando los dedos en su pelo negro para guiarla, no fuerte aún, solo lo suficiente para que supiera quién mandaba. Ella gemía alrededor de mi polla, vibraciones que me subían por la columna como corrientes, y usaba la lengua en cada subida: un remolino rápido en la cabeza, lamiendo el frenillo, chupando la uretra como si quisiera extraer hasta la última gota. Saliva por todos lados, goteando por el tronco, mojando mis bolas que ella no olvidaba: una mano bajaba a masajearlas, rodándolas suave, apretando lo justo para que el placer se acumulara en el bajo vientre.
Estaba cerca, lo sentía en el cosquilleo que subía desde las bolas, pero no quería acabar todavía. La frené un segundo, sacándomela de la boca con un pop húmedo, y la miré a los ojos, jadeante. "Quieta, perra. Quiero que me dejes bien seco ahora, porque más tardecito te voy a poner como la puta que eres y te voy a dar por el culo hasta que llores. Quiero durar un buen rato, me oyes? Nada de leche desperdiciada." Ella sonrió, entre coqueta y temerosa, los labios hinchados y brillantes de saliva y mi seminal, un hilo de baba conectándonos aún. "Sí, amor... lo que tú quieras en tu día", murmuró, y volvió a meterse la verga entera, esta vez con hambre, succionando fuerte como si quisiera vaciarme ahí mismo. Aceleré sus movimientos con la mano en su cabeza, follando su boca despacio al principio, luego más rudo, sintiendo cómo la garganta se contraía alrededor de mí.
Estaba a punto de explotar. El cosquilleo subía desde las huevos, la espalda se me tensaba. La miré fijo y le pregunté ronco: “Ya quieres tu premio?”. Ella, sin sacarse la verga de la boca, emitió un “mmmm-hmmmm” largo y afirmativo, vibrando alrededor de mi polla, los ojos clavados en los míos, suplicando.
"Ahhh, joder... traga, traga todo", gruñí cuando llegó el momento, y exploté. Chorros calientes, espesos, directo a su gaznate —uno, dos, tres, interminable— mientras ella tragaba con esfuerzo, gorgoteando, los ojos lagrimeando pero sin soltarme. Uffffffff, qué placer brutal, esa electricidad que me dejó viendo estrellas, el cuerpo temblando. Ella no se movió hasta limpiarme todo con la lengua, lamiendo cada vena, cada pliegue, hasta que quedé reluciente y flácido.
Me quedé ahí un rato, recuperando el aliento, viéndola arrodillada, con la cara sonrojada y una sonrisa satisfecha. "Buena chica", le dije, acariciándole la mejilla. "Ahora ve al baño, ponte linda para la segunda ronda." Ella se levantó, ajustándose la falda, y me guiñó un ojo antes de irse meneando ese culazo que me tenía obsesionado.
A media tarde, la rutina se repitió en la oficina —los pocos que habían volvieron a salir, incluso no volvían ya, según la tarea por hacer—, me acerqué a ella, la tomé de la mano y me la llevé a nuestro sofá del fondo. Betty ya venía temblando de anticipación, los ojos bajos, mordiéndose el labio como la puta obediente que era.
Y empecé a besarla despacio. Lengua con lengua, profundo, húmedo, tragándonos los gemidos. Mientras, mis manos se colaron bajo su falda ajustada y le agarraron el culo con las dos manos, amasando esos cachetes carnosos por encima del calzón de encaje. Ella se pegaba más a mí, restregándose, y yo le apretaba fuerte, separándole las nalgas, metiendo los dedos por el borde del calzón para rozarle la rajita apenas, sintiendo cómo ya estaba empapada.
“Te voy a romper el hoyito… pero primero vas a dejarme bien parado”, le susurré contra la boca. Ella solo gimió y asintió, los ojos vidriosos.
La bajé despacio al suelo. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, me desabrochó el pantalón con dedos temblorosos y sacó mi verga, que ya venía medio dura del manoseo. Me miró un segundo, sonriendo con esa carita de ángel cachondo, y empezó a mamármela con una ternura que casi dolía: besos suaves en la punta, lengüita recorriendo la vena gorda, chupaditas lentas en la cabeza como si estuviera lamiendo un caramelo. Sin prisa, solo cariño y saliva caliente. Me la dejó brillosa, reluciente, tiesa como un fierro, palpitando contra su lengua.
Cuando ya no aguantaba más, la levanté, la giré de espaldas y la puse a cuatro patas en el sofá. No le quité el vestido, solo le quité el calzón (ese detalle me ponía loco, verla así vestida de secretaria pero con el culo al aire) y le remangué la falda hasta la cintura. El culo perfecto quedó encuadrado, redondo, blanco, con la rajita rosada brillando de excitación.
Escupí en mi mano, me lubricé la verga entera y le unté un poco en el ano con el pulgar, masajeando despacio hasta que se relajó. Ella jadeaba, empujando hacia atrás como perra en celo.
Antes de acercarme, ella giró la cabeza, mirándome por el espejo con ojos que brillaban de deseo y un toque de miedo. "Disfruta tu regalo, mi amor", susurró, moviendo las caderas despacio, como ofreciéndoseme entera. "Es todo tuyo... rómpeme como quieras." Esas palabras fueron el detonante. Me acerqué, separándole los cachetes con las manos, exponiendo ese ano rosado, apretado, que palpitaba un poco bajo mi mirada. Escupí nuevamente en la punta y froté la cabeza contra él, lubricando, presionando suave al principio para que se acostumbrara. Ella jadeó, tensándose, pero no se movió. "Relájate, perra", le dije, y empujé despacio, sintiendo cómo la resistencia cedía centímetro a centímetro. Uffff, qué apretón brutal, como si su culo me estuviera tragando vivo, caliente y aterciopelado alrededor de mi verga. Entré hasta la mitad, deteniéndome para que respirara, y ella gimió alto: "Ahhh... despacio, por favor... duele..."
No le di tregua. Agarré sus caderas, hundiendo los dedos en esa carne suave, y embestí de golpe, enterrándome hasta las bolas. Ella gritó, un sonido gutural que mezclaba dolor y placer, arqueando la espalda más, empujando contra mí como si quisiera más. "Sí, joder, así!", rugí, y empecé a bombear, intenso, sin piedad. Cada estocada era un choque salvaje: mi vientre contra sus cachetes, rebotando como olas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación —plap, plap, plap— mezclado con sus gemidos ahogados: "Me estás rompiendo el culo! Ahhhh, por Dios!" La veía en el espejo de una pared que nos daba, el rostro contorsionado, lágrimas rodando por las mejillas, pero sonriendo entre jadeos, sumisa total, empujando hacia atrás para recibirme más profundo.
Aceleré, follando su culo como un animal, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí, ordeñándome con cada retroceso. Le azoté una nalga, dejando una marca roja, y ella chilló, apretando más, lo que me hizo gruñir de placer. "Eres mi puta, Betty... este culo es mío", le dije, tirándole del pelo para arquearla más, exponiendo su cuello para morderlo. Sudábamos como locos, el sudor chorreando por sus muslos, mezclándose con su humedad de la concha que goteaba abajo. Duré más de lo que esperaba —gracias a la mamada anterior—, bombeando sin parar, girando las caderas para rozar cada rincón de su interior, sintiendo cómo su ano se abría y cerraba, rojo e hinchado. Ella acababa primero, temblando entera, gritando mi nombre mientras su cuerpo se convulsionaba, pero yo seguí, implacable, dándole embestidas profundas que la hacían tambalearse contra el espejo.
Al final, cuando el orgasmo me golpeó como un rayo —esa corriente en la espalda, interminable—, la clavé hasta el fondo y descargué todo dentro: chorros calientes, espesos, llenándola hasta que sentí rebalsar. "Toma, perra! Ahhhhh!", rugí, temblando, aferrado a sus caderas mientras ella gemía, empujando para ordeñarme hasta la última gota. Me salí despacio, viendo cómo su culo quedaba abierto, palpitante, chorreando leche blanca por la raja, bajando por sus piernas. Ella se derrumbó contra el brazo del sofá, jadeante, sonriendo exhausta. "Feliz cumpleaños...", murmuró, y yo la besé en la espalda, riendo, sabiendo que ese era el mejor regalo que un tipo de 19 podía pedir.
Después de esa tarde, las cosas siguieron igual de salvajes por unos meses más, hasta que el amor se metió en el medio y todo se jodió. Pero ese cumple... uf, todavía me pongo duro solo de recordarlo. Betty fue la secre que me abrió los ojos a lo que el sexo podía ser. Y aunque ahora soy un tipo casado, con responsabilidades, esas memorias son mi porno privado, eterno.