Elena la troya
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La naturaleza me dio tres agujeros y cero razones para no usarlos todos.
— Sasha Grey
1. ELENA LA TROYA
Joder, no quería escribir esto, de verdad. En realidad no tenía ninguna gana de compartir mis aventuras sexuales con nadie. Normalmente solo hablo de ellas con cuatro amigas contadas con las que tengo mucha confianza, ¿sabes? Esa gente con la que te encanta compartir anécdotas bien heavys tomándote unas copas y partirte de risa recordando —sobre todo— las historias frikis y las que salen mal, que al final suelen ser las más divertidas de contar, ¿no?
Esto es distinto. Es un encargo. De mi chico. Es que es un puto morboso y… lo cierto es que eso me encanta de él. Yo creo que no podría estar con alguien convencional, con quien no se pudiera hablar de cualquier cosa, por bárbara que parezca, sin sentirme juzgada. La verdad es que me supera con creces, aunque yo siempre haya sido un poco degenerada. Desde niña. Recuerdo que empecé a masturbarme a los nueve años con los cómics de Manara que le robaba a mi padre, y por si fuera poco, a los 11 años devoré Justine, del marqués de Sade, en una tienda de campaña en un camping en Asturias. Se lo acababa de leer mi madre y lo había dejado tirado por ahí. Se lo robé y creo que ahí se me jodió la cabeza.
Por dónde empezar… Ya llevo cuatro años con Frank. Cada uno vive en su casa, tenemos hijos de otras parejas, somos modernos… Es un caballero en la calle y un cerdo en la cama, como a mí me gusta. Nos conocimos cuando yo estaba buscando fotógrafo para hacer un intercambio, ya que a veces hago cositas para publi y quería actualizar mi book, y fue un flechazo. Cuando hablamos por teléfono la primera vez ya de entrada me sedujo su voz suave y su acento, entre alemán y latino. Al final no pudimos cuadrar fechas y quedó todo ahí. Nos seguimos por redes sociales y me ponía cachonda su foto de perfil: un retrato en blanco y negro en el que te miraba con cara de niño bueno, con el entrecejo un poco fruncido, y unos labios gruesos que acompañaban unos ojos de pervertido. La combinación de lo poco que había visto me daba un morbazo brutal. Al cabo de unas semanas, estaba en un festival de rock con unas amigas (había dejado a mi niño en casa de una vecina que lo cuida a veces) y me había tomado unos chupitos de tequila. Estaba triscando por ahí buscando algo de papeo con el puntillo y de pronto nos cruzamos de bruces.
—¿Tú no eres… Elena?
—¡Siiii! ¿Y tú eras…? —me hice un poco la tonta.
— Frank —respondió con una sonrisa de oreja a oreja desde unos morros requetegorditos que decían «cómeme» y los ojos encendidos como dos ascuas.
—Hola, ¿qué tal? —Y las comisuras de mis labios dibujaron una media luna que dejaba ver toda la dentadura, pero a él se le iban los ojos furtivamente a mi culo, pues iba con un shortcito vaquero que dejaba ver lo más grande… Ah, claro, pequeño inciso, que no me he descrito… A ver, tengo treintaymuchos, mido 1’69, soy morena, con los ojos marrones y melena ondulada, con el típico corte de pelo a capas de mami treintañera. Siempre he tenido los labios carnosos y una dentadura casi perfecta, con los incisivos un poquito separados. Soy bastante atlética, mis tetas no parecen muy grandes para mi altura, pero son firmes y redondas, con los pezones pequeños y gorditos (masticables dice mi chico). Como he hecho gimnasia artística y danza muchos años, tengo las piernas muy torneadas y los abdominales y hombros bastante definidos… Pero mi plato fuerte es el culo, definitivamente. Sé que es un monumento, redondo, apretado como una manzana. Mis buenas clases de GAP me meto, soy la reina de las sentadillas… Me encanta llevar mallas apretadas y que lo admiren por la calle, jeje. La verdad es que estoy muy segura de mi físico y de mi inteligencia, por lo que me cuesta encontrar a gente que me provoque, que sienta que me ponen tanto como yo a ellos (o ellas). Se podía palpar la química, nos dimos un buen repaso, y entre risas nerviosas y tal, acabamos en mi casa…
Fuimos conociéndonos poco a poco, todo muy típico, ir a cenar, hablar de arte, de cine, de política, de niños, me caía bien y me gustaba, pero me temía que fuera un soso y que todo fuera un chasco. Un día me acompañó a casa después de dejar a mi niño en casa de un amigo del cole. Yo pensaba que no iba a pasar nada, era tan respetuoso… Pero me dije que ya era hora de catarlo, así que me tomé un par de cervezas (siempre he dicho que el alcohol es mi lubricante favorito), lo senté de un empujón en el sofá y le hice un bailecito de stripper mientras le mordía la boca y le succionaba la lengua, moviéndome de adelante hacia atrás para ponerle el rabo bien gordo y evaluar el material antes de pasar a la siguiente fase, cuando, de pronto, me pellizcó un pezón bastante fuerte. Eso me dolió, pero resultó que me mojé entera. Me puso cerdísima que tuviera ese puntito sádico. Mi piel es muy sensible. Al mínimo roce se me pone roja y me salen moratones, pero empiezo a chorrear cuando me maltratan. Me ardían los pezones, pero me subí en su polla y empecé a cabalgarlo como una posesa. Estaba tan cachonda que me corría sin parar.
Cuando no pude más, me puse en pie de golpe y me arrodillé. Nada me daba vergüenza, me tragué aquel cacho de verga durísima hasta el fondo. Saqué bien la lengua para que llegara hasta la campanilla y empujé firmemente.
He de admitir que soy una especie de fetichista a lo Linda Lovelace en Garganta profunda, la película de los 70. Lo que más me excita es que me sujeten la cabeza y me follen la garganta sin piedad, pero, claro, me daba palo pedírselo. Me puedo tirar media hora chupando una buena polla, aunque me gusta que me entre hasta el fondo, si es demasiado gorda no es lo mismo. Por suerte tenía la medida justa, y cuando se cansó de ahogarme rítmicamente y ver que no había manera de que me hiciera tener una arcada (la «técnica tragasables» la llamo yo) y se la dejé bien babosa, con esa baba profunda y mucosa que sale después de un buen rato con el capullo penetrándote la tráquea, yo ya estaba con los ojos en blanco de éxtasis, por lo que me agarró de los pelos, me dio la vuelta sujetándome las caderas, y me la metió directamente en el culo, que estaba totalmente abierto. Me sujetó fuerte de los antebrazos y me empotró como un animal, hasta que noté cómo salía a un chorro de leche tibia y me quedé con el culo en pompa, mientras me escurría todo piernas abajo…
Lo demás ya es historia, y ahí seguimos, pese a que a veces cuesta mantener el nivel. Él siempre me pide que le cuente mis fantasías más turbias, que le hable sucio, sobre mis escarceos, sobre mi pasado oculto… Me costó muchísimo confesarle mi fetiche de sumisa. En el día a día soy una mujer muy empoderada, inteligente, cultivada, mordaz, rápida, y no me achanto ante nadie. En lo íntimo, sin embargo, me he dejado hacer de todo, escupirme, pegarme, atarme, humillarme… sobre todo con tíos a los que acababa de conocer y a los que no pensaba volver a ver nunca. He tenido una juventud muy salvaje y muy sexual. Durante unos trece años me dediqué al mundo del espectáculo y bailaba en discotecas, el sitio ideal para conocer rollos esporádicos. Creo que he bloqueado algunas de las experiencias más obscenas. Me cuesta recordarlo y, más aún, verlo como material para las pajas de mi chico.
A Frank le encanta que le cuente lo guarra que he sido con otros tíos (y tías). Cuando estamos follando me pide que le cuente más, quiere saber todas mis experiencias, con los detalles más escabrosos… Dice que soy su actriz porno, que le encanta que sea una cerda. Pero, no sé por qué, hay un punto el que me corto. Creo que no termino de entender que le excite oírme contar cómo me usaba uno u otro y sé que he borrado ciertos detalles perversos que él ansía escuchar mientras se pajea como un chimpancé en celo. Creo que, como soy tan cerebral, lo que me hace correrme a lo bestia es perder el control, entregarme y sentirme una muñeca, nada de pensar. Hablar y contar historias requiere un esfuerzo mental que me corta el rollo en plena faena. Prefiero hacer el payaso, jugar, disfrazarme, asumir un rol… Al fin y al cabo siempre me ha gustado provocar; me encanta poner cachonda a la gente con mis movimientos y mi físico trabajado. Soy hiperlaxa y puedo ponerme en posturas muy extremas, lo que siempre he aprovechado en mis espectáculos.
Aunque ahora me gano la vida como traductora para una plataforma bastante conocida, de vez en cuando me llaman para algún rodaje como maquilladora y siempre que puedo me apunto. Resulta que hace un año y pico me llamaron para ir a rodar un par de días a Cádiz para una serie americana: fue un regalazo de la vida. Íbamos un equipo bastante grande y nos alojábamos en un pedazo de hotel de cinco estrellas cerca del circuito de Jerez. El último día nos fuimos un grupito a cenar. Había estado hablando con un tío francés, Cedric, amigo de un ex, otro actor, y hablando, hablando, y después de unas copas, la conversación fue subiendo de tono y acabamos con el tema del sexo, fetiches, idiomas, y dirty talk, y estuvimos jugando a ver quién decía las mayores barbaridades en distintas lenguas para reírnos en la cena. Lo cierto es que me gustaba su atención. Y él llamaba la mía, aunque en realidad no era mi tipo para nada. Era un tío alto, con la voz grave como un subwoofer, llamativamente rubio y blanco de piel, con los ojos glaucos. Tengo una coña con mis hermanas, la mayor es rubia y por eso creo que nunca me han puesto los rubios, de hecho, casi siempre me he sentido atraída por las pieles morenas, cuanto más mejor (de hecho, mi hijo es mulato). Solo quería tontear, reírme, coquetear, sentirme deseada… Nada con consecuencias. Después de cenar nos fuimos a un pub, que estaba completamente decorado con temática circense, con su carpa amarilla y roja y todo, en el que había una barra de poledance. Yo ya me había tomado un par de vinos…
2. SALOPE
Yo ya me había tomado un par de vinos en la cena y allí me pedí un gin-tonic bien cargado. El sitio estaba chulísimo, con espejos en las paredes, luces rojas y amarillas, y la barra de poledance que parecía gritar: «¡Es hora de lucirte, nenaaa!».
Rememorando mi época de titiritera erótica, pegué cuatro acrobacias y, claro, me salió una alumna improvisada: una compañera de rodaje que estaba toda emocionada. Me puse a enseñarle a hacer unos giros y unas inversiones.
En pleno apogeo me marqué una bandera kamikaze que, por suerte, acabó bastante bien para el escaso equilibrio que debía quedarme —gracias, memoria muscular, por salvarme la vida una vez más—. Cedric me estaba comiendo con los ojos, azorándome para que hiciera más trucos , supongo que a ver si se me salía una teta o algo, cosa que, aunque seguramente sucediera, soy incapaz de recordar. El resto del equipo estaba a su bola, de cháchara en la barra y disfrutando del espectáculo. El dueño del pub nos invitó a todos a chupitos. Me pedí un José Cuervo y pedí otro para el francés. Le lamí la mano para echarle la sal como quien no quiere la cosa. El pobre no sabía dónde meterse, estaba totalmente descolocado. Lo tenía justo donde quería.
—Quien no apoya no folla —le solté provocativamente.
Tras lo cual me enchufé el tequila de un trago y, del tirón, me escapé desfilando —intentando dibujar el menor número de eses posibles— hacia la barra de pole para hacer un par de giros a una mano.
Resultado: casi me escoño, pero Cedric corrió a mi rescate y me abrazó para agarrarme antes de que me estampara contra el suelo. Entre el tambaleo y el subidón del alcohol me dejé caer entre sus brazos. Me quedé unos segundos sintiendo sus latidos acelerados y clavé la nariz en su pecho y lo olisqueé sin ningún pudor para distinguir todos los matices —tengo una fijación con los olores—: olía a una mezcla de sudor, tabaco y colonia deportiva, e instantáneamente me subió un cosquilleo entre las piernas.
—Mmmm… ¿Eso es Eau de cochon? —lo vacilé con mi cara más lasciva. Arqueé una ceja y, acto seguido, me separé de él entre carcajadas. Tenía a ese puto niñato franchute más caliente que el palo de un churrero. Estaba totalmente confundido y encendido. Me encantaba jugar con él. Después de volverlo loco con unos pasos de samba decidí que era mejor sentarme un poco, no fuera a darme algo. Salimos a fumar y que nos diera el aire. Hablamos de trabajo, de gente en común, de mis dotes de bailarina, de sexo, de fetiches… Una cosa llevaba a la otra y yo, con el alcohol soltándome la lengua, le conté lo de mi juventud en discotecas, bailando como gogó, viajando por el mundo y ligando con quien pillara. Dejé muy claro que era un espíritu libre. Él se reía, se hacía el tímido, pero se notaba que se estaba poniendo burro. Subí las apuestas:
—En francés, zorra se dice salope, ¿no? —pregunté con cara de no haber roto nunca un plato.
A lo que él, para mi sorpresa, contraatacó con un:
—Je veux te baiser comme une chienne en chaleur —sonriendo dulcemente, como quien no quiere la cosa.
Joder, se me empapó el tanga solo de oírlo. Pensé en Frank, en que esto era solo un juego, pero me palpitaba todo y el morbo me podía. Solo podía pensar en comerle los morros al puto gabacho medio albino y meterme su polla —seguramente rosa chicle— entre las piernas. Por suerte, salvados por la campana:
—¡Chicos, venga, al hotel, que mañana hay que salir a las siete! —gritó la jefa de producción.
—Au revoir, mon cher —canturreé mientras me zafaba de las garras de Cedric con una llave ninja y monté a todo correr en la furgoneta. El pringado tuvo que irse a su coche.
En el trayecto tuve tiempo de recomponerme y que me bajara un poco el calentón. Llamé a Frank, pero no me respondió. Le mandé un audio:
—¿Qué tal, bombón? Hemos ido a cenar y me he tomado unos tequilas. y… Ya tu sa, ya tu sa... Voy to pedo, jajaja… Había una barra de pole y he estado dándolo todo, no veas… Jo, me encantaría que estuvieras aquí. Mañana te aviso cuando salga, ¿vale? Te quiero. ¡Mmmuuaa!
Cuando llegamos al hotel no vi su coche. «Uf, por los pelos. Púbicos», pensé. Sí, me hago coñas a mí misma, me falta un redoble de tambor portátil. Total, que me dirigí todo lo digna que era capaz al ascensor aguantándome las ganas de potar. Ya en la puerta de mi habitación, rebusqué en el bolso y encontré la tarjeta. Se me había abierto el gloss caducado del súper y estaba toda pringosa. Abrí la puerta, saqué el móvil y vi un audio de Frank. Justo cuando iba a escucharlo noté una mano que me agarraba de la cintura y sentí aquel olor a sudor y colonia de adolescente mezclado con un aliento tibio de ron en el cuello. Sentí su paquete duro contra mi espalda y cómo el calor me recorría el cuerpo desde la nuca hasta la rabadilla.
—¿Me invitas a pasar? —murmuró con esa voz grave.
Sin mirarlo, abrí la puerta y dejé que me empujara hacia dentro entre risas. Ya me tenía contra la pared, con la cabeza retorcida hacia atrás, metiéndome la lengua hasta la garganta y pellizcándome los pezones por encima de la camiseta. Me di la vuelta y me sacó las tetas enteras; empezó a chupar como un muerto de hambre mientras le sobaba el rabo por encima del chándal. Para mi asombro tenía una buena tienda de campaña y me moría de ganas de ver lo que tenía preparado.
Eché una mirada de reconocimiento al estado de la habitación y me mató de vergüenza que viera mis bragas sucias tiradas y demás mierdas regadas por el suelo. Para más inri me había dejado la maleta abierta con un consolador doble giratorio rosa fucsia que me había regalado Frank en nuestro aniversario y que había usado esa misma tarde para jugar con él en una videollamada.
—¿No llevarás un Nokia ahí escondido, no? Ja ja ja… —bromeé mientras intentaba maquinar algo para despistarlo. Pero no pilló la referencia. De repente me metió la mano por el pantalón y debajo de las bragas, con los dedos entre mis labios delatores—que estaban hinchados y empapadísimos de flujo—. Ahí me asaltó la conciencia: sabía que si no paraba me iba a dejar follar sin condón como una perra sarnosa por un tío al que acababa de conocer. Me vino la imagen de Frank, con sus ojitos de caballero pervertido. No podía hacerle eso e, instintivamente, di un respingo y me separé de él.
—¡No, no, no, no, no, no! —le supliqué, sujetándole las manos y con las tetas colgando por encima de la camiseta. El pavo estaba como una locomotora y no parecía dispuesto a parar. Yo no sabía cómo cortarle el rollo. Tenía que pensar algo rápido.
—Estoy superpedo, tronco. Tengo novio, soy madre, no te conozco de nada. No puedo hacer esto, de verdad. Esto es un error, joder, que mal —le solté. Lo primero que se me ocurrió. Resoplando me volví a colocar las pechugas con torpeza dentro del sujetador deportivo y me alejé nerviosa para recoger mis bragas sucias del suelo y las metí hechas un burruño en la maleta con mi discreto consolador.
—¿No te gusta? —volvió a besarme, muy lentamente. Me acarició el pelo y me agarró de la mano—. Me vuelves loco. Ven. Siéntate conmigo —prosiguió.
Le hice caso y respiré hondo para intentar bajar mis pulsaciones. Un torbellino de pensamientos me asediaba. El pedo se me había pasado de golpe.
—Eres una mujer muy especial, me flipas. No pasa nada, en serio. Me encanta este rollo, tu sentido del humor, tu cuerpo, tu boca… Uf… Dios, yo también estoy un poco pedo. No vamos a hacer nada que no quieras hacer —me dijo con una serenidad inesperada para el animal que tenía a punto de empotrarme sin piedad hacía unos segundos—. ¿Te importa si me fumo un peta?
—Vale, claro… Perdona, ¿vale? Ha sido todo muy a saco. Me gustas. Mucho —me sinceré.
Puso uno de los calcetines sudados que tenía desparramados por el suelo (qué vergüenza) en el detector de humos como si fuera un condón hecho con el gorro de un pitufo y se encendió un porro supercargado de hachís. Me lo pasó y le pegué tres caladotes, toda agobiada, y, cómo no, me dio un hostión que me quedé blanca como un folio, con un sudor frío bajándome desde la nuca, y por poco no me dio tiempo a llegar al baño a echar la papa. Mientras me lavaba la boca me entró la risa.
—Vaya nochecita, ¿no? —Dije con mucho mejor cuerpo que hacía unos momentos.
Cedric, sentado en la cama, me miraba sereno, divertido con la escena. hizo un gesto para que me acercara. Yo no me fiaba mucho.
—Ven, anda, personaje —insistió. Y me senté a su lado. Me dio un beso en la mejilla y empezó a masajearme los hombros. No sé si él lo sabía, pero acababa de dar con mi talón de Aquiles. Yo estaba en la gloria y me dejé hacer. Sentía su respiración en mi nuca cada vez más fuerte; me besó la sien, olfateándome discretamente.
—Túmbate, estarás mejor —me ordenó dulcemente con esa «r» afrancesada.
Yo ya estaba completamente relajada, literalmente en sus manos. Me quitó las zapatillas de deporte y los calcetines, me apretó los talones y empezó a presionar los nudillos contra el arco de mis pies. Entrelazó sus dedos entre los míos y empezó a girar los tobillos. Aquello era el paraíso. Solté un par de gemidos de placer.
—Déjame chuparte. Solo eso. Me muero de ganas —dijo.
Yo ni respondí; respiré hondo, dispuesta a disfrutar de las sensaciones. Su lengua jugaba con mis dedos, los saboreaba. Empezó a succionarme el dedo gordo como antes había hecho con mis tetas, pero más despacio y profundamente. Como un pezón no, como una polla. Nunca me habían hecho eso. Introdujo medio pie en su boca hasta que tuvo una arcada. Abrí los ojos: se estaba masturbando. Me daba muchísimo morbo esa imagen. Estaba cerdísima y tenía envidia; yo también quería chupar. Intenté incorporarme, pero no me dejó.
—Tss, tss. No. Es tu masaje. Luego a lo mejor te dejo que me toques a mí —sonrió con un puntito sádico.
—Estoy muy cachonda, hijo de puta. Cerdic de mierda, joder.
—Tais-toi, cochonette! C’est à moi maintenant.
Empecé a retorcerme en la cama y a frotarme el coño por encima de las mallas. De pronto sentí cómo me acercaba el consolador y me mandó:
—Usa esto, si quieres. Quiero ver cómo te corres.
Joder, Frank, si estás leyendo esto ahora mismo (y sé que sí, porque me has puesto esa cara de «venga, suéltalo todo, zorra» mientras me traías el café a la cama), te juro que aquí me quedé a cuadros. El crío franchute este acababa de pasar de bestia en celo a director de porno en cero coma. Yo, que siempre he sido la que tiene respuesta para todo, la que lleva la batuta, la que hace que los tíos más sobrados se traguen sus palabras… de repente estaba ahí, en mi habitación de hotel, con un tío al que conocía desde hacía apenas unas horas pidiéndome que me masturbase para él con mi propio juguete. Y lo peor es que la idea me encantaba. Me sentía poderosa, muy sucia.
Cogí el consolador alienígena sin vacilar, me quité las mallas y me aparté el tanga de estrellitas hacia un lado; me abrí de piernas delante de él, separándome los labios con los dedos para que se recreara con la vista de mi chochazo empapado y mi clítoris erecto, como si fuera lo más natural del mundo.
Cedric se sentó en la silla del escritorio, con la polla fuera —tenía un rabo grande, pero sobre todo gordo, y estaba duro como un bate de béisbol rosa brillante—, pero sin tocarse. Solo miraba. Me tenía embobada con esos ojos entre azules y verdes, enrojecidos por el alcohol y el porro, con la expresión calmada de un psicópata calculando su próxima jugada.
—Lentito, salope. Quiero verte sufrir un poquito.
Ya sabes que nunca me callo, pero también que me gustan las órdenes, así que obedecí como una perra amaestrada. Me metí el dildo despacio, gimiendo, poniendo caritas, exagerando y mirándolo fijamente.
—¿Así, amo? ¿Te gusta ver cómo me follo para ti? Ufff… Uhmm… ¿Te gusta así?
Él sonrió de medio lado, se mordió el labio inferior y soltó un «putain, oui…» que me erizó entera. Yo ya estaba chorreando como una fuente. El juguete entraba y salía haciendo un ruido obsceno: chof, chof, chof… Me tocaba el clítoris con la otra mano, me retorcía, y él solo observaba, respirando fuerte, pero seguía sin tocarse. Su puto jueguecito de poder al revés me estaba volviendo loca de gusto.
—¿Nunca has tenido un putito que haga todo lo que le mandes? —preguntó de sopetón, con esa voz grave de hombre de las cavernas.
Yo paré en seco, con el consolador a medio meter y, confundida y extasiada, solo alcancé a gemir un:
—¿Quéee…?
—Un putito que se arrodille ante ti, que te lama los pies, que te suplique que le mees encima… Que sea tuyo. Yo quiero serlo. ¿No quieres que sea tu putito francés?
Frank, cielo… aquí me dio un vuelco el corazón. Yo siempre había sido la sumisa, la que lo goza cuando le pegan, le escupen, y le follan la garganta hasta vomitar y… Este tío me estaba ofreciendo el otro lado del látigo. No te imaginas cómo me puso de cerda. Demasiado. Se me escapó una risita nerviosa y seguí follándome con el juguete, cada vez más rápido.
—Pues… no, la verdad —mentí—. Siempre me ha calentado más ser yo la que se arrodilla.
—Pues hoy vas a probarlo —dijo, y se hincó de rodillas en la alfombra, sin pedir permiso.
Me agarró el pie y empezó a lamerlo otra vez, pero ahora con devoción, como si fuera un helado.
—Mírame a los ojos, guarra, y dime que soy tu puto esclavo —se atragantaba y seguía, cada vez más fuerte.
Yo me reí desde lo más profundo de mi ser con una carcajada maléfica, la de la dominatrix en potencia que no sabía que llevaba dentro.
—¡Jajajaja! ¿Así que vas a ser mi putito francés, eh, Cerdic? Mi muñequito sexual.
Y él gimió como si le hubiera dado un latigazo y se puso a gruñir como un cerdo. Parecía un puto loco de atar con los ojos desorbitados. Me tuve que aguantar la risa. Se metió mis dedos en la boca hasta la garganta y babeó hasta ponerlo todo perdido.
—¡Pégame, puta!
Le di una cachetada. ¡Plas! Ni se inmutó. Se quedó mirándome, pensando, y, de pronto, me escupió en la cara y me la devolvió, pero el doble de fuerte.
—¡Más fuerte, zorra! ¿Eso es todo lo que sabes hacer? Jajajaja —gritó el puto loco de mierda.
Entonces, con todo aquel escupitajo espeso resbalándome por las mejillas, le di un buen bofetón que retumbó en la habitación. Con rabia. ¡Plas! Y otro, ¡Plas! Y le escupí de vuelta.
—Cabrón. ¿Eso quieres? ¡Que te jodan! —berrée. Entonces me agarró del cuello y me comió los morros, metiéndome la lengua hasta la garganta, y me susurró:
—Gracias, ama.
Y, muy despacio, me sujetó las muñecas y las levantó por encima de mi cabeza. Me lamió la axila y siguió lamiéndome y mordiéndome los abdominales sudados. Bajó la cabeza hasta mi coño. De un manotazo me quitó el consolador de la mano y se dispuso a devorarme como si fuera su última cena. Estuvo un buen rato succionándome el clítoris como si fuera un chupa-chups, metiéndome dos dedos bien adentro, como un gancho, hasta que me sacó varios chorros de placer. Dejé un charquito en el suelo. Parecía que me había meado. Me metió el dedo en el culo —que a esas alturas ya estaba completamente abierto, pidiendo caña— y yo no hacía más que correrme a lo bestia, un orgasmo tras otro… Gritaba, me retorcía, le tiraba de la melenita rubia esa de niñato y de vez en cuando le escupía en la cara. Se ponía más burro cada vez que lo hacía.
—¡Cómo me gusta, cabrón! Me vas a matar, joder, aaah… —era todo lo que lograba articular.
—Déjame comerte el culito también —me rogó.
—Hazme lo que quieras, puerco —respondí intentando recuperar el aliento. Me temblaban las piernas.
Me di la vuelta y me puse a cuatro patas en el borde de la cama. Me comió el culo mientras yo me follaba con el consolador que había rescatado hábilmente de la colcha. Me metía la lengua hasta dentro, me escupía dentro y metía el pulgar. Yo casi lloraba de gusto. Me corrí en su cara otra vez y le inundé la perilla.
Cuando me calmé un poco, él se levantó, con la cara brillante de mí, y me miró con esa media sonrisa, como un niño travieso que ha roto el jarrón bueno.
—¿Quieres mear? —preguntó tan tranquilo.
Y yo flipando en colores:
—¿Aquí?
—En la ducha. Quiero que me mees en la boca. Por favor, ama.
Frank… juro que me quedé en shock dos segundos. Pero el morbo de la situación pudo más que la vergüenza que me daba... De perdidos al río.
Me llevó al baño de la mano y me puse de pie en la ducha; él agachado con la boca bien abierta y la lengua fuera, imitando a un cachorrito, gimiendo y ladrando y mirándome con adoración. Creía que no iba a salir nada, me daba mucha vergüenza… Pero al fin le meé. Apreté hasta que vi cómo salía un chorro caliente, largo, que le cayó en la lengua y en la cara, le llenó la boca y le bañó el pecho. Él se lo tragaba mientras gemía y se pajeaba como loco.
—Merci, madame… merci… —repetía entre gargajos.
Nunca había sentido nada igual. Poder absoluto. Al acabar de mear me reí como una trastornada- Estaba nerviosa, excitada y muy flipada. Era una experiencia totalmente nueva.
Después nos duchamos juntos, entre risas. Seguía empalmado y me pidió que le escupiera en la boca y que le diera cachetadas; esta vez fui más delicada. Le pegué en la cara con la mano abierta, le escupí dentro de la boca mientras le miraba a los ojos y le dije:
—Eres mío, putito. Solo mío.
Y entonces empezó a gemir y a temblar como un flan. Sin tocarse. Yo estaba deseando probar esa polla, pero me dejó con las ganas. Varios chorros blancos se estrellaron contra la mampara de la ducha.
Nos metimos en la cama desnudos y sudados, como dos adolescentes colocados. Se acopló a mi cuerpo por detrás agarrándome las tetas, me mordió la oreja y susurró:
—Cásate conmigo, Elena. Miénteme. Dime que me quieres.
Yo me reí, pero se me puso un nudo en la garganta.
—Te quiero, Cerdic. Con todo mi corazón de puerca.
Y nos quedamos dormidos así, con su polla aún dura contra mi culo, mientras le daba vueltas a la cabeza como una imbécil: ¿qué coño acababa de pasar?
A las 6:30 sonó mi alarma del móvil —con la melodía de la marcha imperial de La guerra de las galaxias, claro—. Él se despertó, me besó la nuca y dijo tan tranquilo:
—Tengo que irme, mi ama. Pero esto no acaba aquí, no te vas a librar de mí tan fácilmente ¿eh? Ja, ja… Te escribiré.
Me dejó su número escrito en un post-it en la mesilla: «Tu putito francés. Usa y abusa» y un corazoncito con una gota de sangre.
Me acarició y me besó los pies como un crío enamorado y se fue.
Yo me quedé tumbada en la cama, petrificada, mirando el techo, con el coño inflamado y el coco hecho una maraña. «Ufff, mierda. Qué movida… ¿Y ahora qué le cuento a Frank?» pensaba. Me duché otra vez, me vestí temblando y, sin desayunar ni nada cogí el avión de vuelta a casa como una zombi.
Cuando aterrizamos me estabas esperando en llegadas y con esa sonrisa tuya de pánfilo que me derrite. Me abrazaste fuerte, me oliste el pelo (menos mal que me lo había lavado) y, recuerdo perfectamente tus palabras:
—Joder, qué ganas tenía de verte, reina mora.
Y yo… pues, claro está, me sentí la peor mierda del mundo. Me dio un sofocón y casi se me saltan las lágrimas. Pero, por raro que parezca, también me puse supercachonda. En el coche, de camino a casa, me preguntaste que qué tal me había ido y empecé a contarte «la versión light»:
—Muy bien, cariño. La verdad es que ha sido una pasada. Pero, amor, joder, uf… Quería que sepas que ha pasado algo… Ayer me lié con un tío del rodaje.
Sonreíste de lado, me pusiste la mano en la pierna y apretaste fuerte.
—Cuéntamelo todo, cerda. Quiero detalles —me susurraste al oído.
Y yo empecé… pero solo te conté hasta el masaje de pies y que me comió el coño como un campeón. Te dije que me dominó un poco, que me puso a cuatro patas y tal y cual. Mentira cochina. Sabía que esa era la versión que esperabas. Yo siendo la putita de siempre.
Y, claro, te pusiste como una moto. Llegamos a casa y me follaste en la cocina según cruzamos la puerta como un lomo plateado enfurecido,, recreando «mi versión de los hechos».
—¿Así te folló el gabacho, eh, zorrita? ¿Te comió el coño y te hizo gritar?
Y yo jadeaba diciendo que sí. Con cada embestida sentía tus celos, tu amor, tu morbo, y me corría como una perra, pero en la cabeza tenía la imagen de Cedric de rodillas tragándose mi meado. Me sentía fatal. Y no podía parar de correrme pensando en todo aquello.
Esa noche, mientras dormías, miré el móvil. Tres mensajes de Cedric:
«Ama, ya te echo de menos. Quiero beberte»
«Miénteme, salope.»
«Soy tuyo. Tuyo. Tuyo.»
Borré los mensajes con el corazón a mil. Pero no bloqueé el número.
Amor… aún no te he contado ni la mitad. Y sé que me la vas a sacar poco a poco, porque tú siempre sabes cuando miento. Pero esto… esto es diferente. Es tóxico. Es adictivo. Y no sé si quiero parar.
(...CONTINUARÁ)
— Sasha Grey
1. ELENA LA TROYA
Joder, no quería escribir esto, de verdad. En realidad no tenía ninguna gana de compartir mis aventuras sexuales con nadie. Normalmente solo hablo de ellas con cuatro amigas contadas con las que tengo mucha confianza, ¿sabes? Esa gente con la que te encanta compartir anécdotas bien heavys tomándote unas copas y partirte de risa recordando —sobre todo— las historias frikis y las que salen mal, que al final suelen ser las más divertidas de contar, ¿no?
Esto es distinto. Es un encargo. De mi chico. Es que es un puto morboso y… lo cierto es que eso me encanta de él. Yo creo que no podría estar con alguien convencional, con quien no se pudiera hablar de cualquier cosa, por bárbara que parezca, sin sentirme juzgada. La verdad es que me supera con creces, aunque yo siempre haya sido un poco degenerada. Desde niña. Recuerdo que empecé a masturbarme a los nueve años con los cómics de Manara que le robaba a mi padre, y por si fuera poco, a los 11 años devoré Justine, del marqués de Sade, en una tienda de campaña en un camping en Asturias. Se lo acababa de leer mi madre y lo había dejado tirado por ahí. Se lo robé y creo que ahí se me jodió la cabeza.
Por dónde empezar… Ya llevo cuatro años con Frank. Cada uno vive en su casa, tenemos hijos de otras parejas, somos modernos… Es un caballero en la calle y un cerdo en la cama, como a mí me gusta. Nos conocimos cuando yo estaba buscando fotógrafo para hacer un intercambio, ya que a veces hago cositas para publi y quería actualizar mi book, y fue un flechazo. Cuando hablamos por teléfono la primera vez ya de entrada me sedujo su voz suave y su acento, entre alemán y latino. Al final no pudimos cuadrar fechas y quedó todo ahí. Nos seguimos por redes sociales y me ponía cachonda su foto de perfil: un retrato en blanco y negro en el que te miraba con cara de niño bueno, con el entrecejo un poco fruncido, y unos labios gruesos que acompañaban unos ojos de pervertido. La combinación de lo poco que había visto me daba un morbazo brutal. Al cabo de unas semanas, estaba en un festival de rock con unas amigas (había dejado a mi niño en casa de una vecina que lo cuida a veces) y me había tomado unos chupitos de tequila. Estaba triscando por ahí buscando algo de papeo con el puntillo y de pronto nos cruzamos de bruces.
—¿Tú no eres… Elena?
—¡Siiii! ¿Y tú eras…? —me hice un poco la tonta.
— Frank —respondió con una sonrisa de oreja a oreja desde unos morros requetegorditos que decían «cómeme» y los ojos encendidos como dos ascuas.
—Hola, ¿qué tal? —Y las comisuras de mis labios dibujaron una media luna que dejaba ver toda la dentadura, pero a él se le iban los ojos furtivamente a mi culo, pues iba con un shortcito vaquero que dejaba ver lo más grande… Ah, claro, pequeño inciso, que no me he descrito… A ver, tengo treintaymuchos, mido 1’69, soy morena, con los ojos marrones y melena ondulada, con el típico corte de pelo a capas de mami treintañera. Siempre he tenido los labios carnosos y una dentadura casi perfecta, con los incisivos un poquito separados. Soy bastante atlética, mis tetas no parecen muy grandes para mi altura, pero son firmes y redondas, con los pezones pequeños y gorditos (masticables dice mi chico). Como he hecho gimnasia artística y danza muchos años, tengo las piernas muy torneadas y los abdominales y hombros bastante definidos… Pero mi plato fuerte es el culo, definitivamente. Sé que es un monumento, redondo, apretado como una manzana. Mis buenas clases de GAP me meto, soy la reina de las sentadillas… Me encanta llevar mallas apretadas y que lo admiren por la calle, jeje. La verdad es que estoy muy segura de mi físico y de mi inteligencia, por lo que me cuesta encontrar a gente que me provoque, que sienta que me ponen tanto como yo a ellos (o ellas). Se podía palpar la química, nos dimos un buen repaso, y entre risas nerviosas y tal, acabamos en mi casa…
Fuimos conociéndonos poco a poco, todo muy típico, ir a cenar, hablar de arte, de cine, de política, de niños, me caía bien y me gustaba, pero me temía que fuera un soso y que todo fuera un chasco. Un día me acompañó a casa después de dejar a mi niño en casa de un amigo del cole. Yo pensaba que no iba a pasar nada, era tan respetuoso… Pero me dije que ya era hora de catarlo, así que me tomé un par de cervezas (siempre he dicho que el alcohol es mi lubricante favorito), lo senté de un empujón en el sofá y le hice un bailecito de stripper mientras le mordía la boca y le succionaba la lengua, moviéndome de adelante hacia atrás para ponerle el rabo bien gordo y evaluar el material antes de pasar a la siguiente fase, cuando, de pronto, me pellizcó un pezón bastante fuerte. Eso me dolió, pero resultó que me mojé entera. Me puso cerdísima que tuviera ese puntito sádico. Mi piel es muy sensible. Al mínimo roce se me pone roja y me salen moratones, pero empiezo a chorrear cuando me maltratan. Me ardían los pezones, pero me subí en su polla y empecé a cabalgarlo como una posesa. Estaba tan cachonda que me corría sin parar.
Cuando no pude más, me puse en pie de golpe y me arrodillé. Nada me daba vergüenza, me tragué aquel cacho de verga durísima hasta el fondo. Saqué bien la lengua para que llegara hasta la campanilla y empujé firmemente.
He de admitir que soy una especie de fetichista a lo Linda Lovelace en Garganta profunda, la película de los 70. Lo que más me excita es que me sujeten la cabeza y me follen la garganta sin piedad, pero, claro, me daba palo pedírselo. Me puedo tirar media hora chupando una buena polla, aunque me gusta que me entre hasta el fondo, si es demasiado gorda no es lo mismo. Por suerte tenía la medida justa, y cuando se cansó de ahogarme rítmicamente y ver que no había manera de que me hiciera tener una arcada (la «técnica tragasables» la llamo yo) y se la dejé bien babosa, con esa baba profunda y mucosa que sale después de un buen rato con el capullo penetrándote la tráquea, yo ya estaba con los ojos en blanco de éxtasis, por lo que me agarró de los pelos, me dio la vuelta sujetándome las caderas, y me la metió directamente en el culo, que estaba totalmente abierto. Me sujetó fuerte de los antebrazos y me empotró como un animal, hasta que noté cómo salía a un chorro de leche tibia y me quedé con el culo en pompa, mientras me escurría todo piernas abajo…
Lo demás ya es historia, y ahí seguimos, pese a que a veces cuesta mantener el nivel. Él siempre me pide que le cuente mis fantasías más turbias, que le hable sucio, sobre mis escarceos, sobre mi pasado oculto… Me costó muchísimo confesarle mi fetiche de sumisa. En el día a día soy una mujer muy empoderada, inteligente, cultivada, mordaz, rápida, y no me achanto ante nadie. En lo íntimo, sin embargo, me he dejado hacer de todo, escupirme, pegarme, atarme, humillarme… sobre todo con tíos a los que acababa de conocer y a los que no pensaba volver a ver nunca. He tenido una juventud muy salvaje y muy sexual. Durante unos trece años me dediqué al mundo del espectáculo y bailaba en discotecas, el sitio ideal para conocer rollos esporádicos. Creo que he bloqueado algunas de las experiencias más obscenas. Me cuesta recordarlo y, más aún, verlo como material para las pajas de mi chico.
A Frank le encanta que le cuente lo guarra que he sido con otros tíos (y tías). Cuando estamos follando me pide que le cuente más, quiere saber todas mis experiencias, con los detalles más escabrosos… Dice que soy su actriz porno, que le encanta que sea una cerda. Pero, no sé por qué, hay un punto el que me corto. Creo que no termino de entender que le excite oírme contar cómo me usaba uno u otro y sé que he borrado ciertos detalles perversos que él ansía escuchar mientras se pajea como un chimpancé en celo. Creo que, como soy tan cerebral, lo que me hace correrme a lo bestia es perder el control, entregarme y sentirme una muñeca, nada de pensar. Hablar y contar historias requiere un esfuerzo mental que me corta el rollo en plena faena. Prefiero hacer el payaso, jugar, disfrazarme, asumir un rol… Al fin y al cabo siempre me ha gustado provocar; me encanta poner cachonda a la gente con mis movimientos y mi físico trabajado. Soy hiperlaxa y puedo ponerme en posturas muy extremas, lo que siempre he aprovechado en mis espectáculos.
Aunque ahora me gano la vida como traductora para una plataforma bastante conocida, de vez en cuando me llaman para algún rodaje como maquilladora y siempre que puedo me apunto. Resulta que hace un año y pico me llamaron para ir a rodar un par de días a Cádiz para una serie americana: fue un regalazo de la vida. Íbamos un equipo bastante grande y nos alojábamos en un pedazo de hotel de cinco estrellas cerca del circuito de Jerez. El último día nos fuimos un grupito a cenar. Había estado hablando con un tío francés, Cedric, amigo de un ex, otro actor, y hablando, hablando, y después de unas copas, la conversación fue subiendo de tono y acabamos con el tema del sexo, fetiches, idiomas, y dirty talk, y estuvimos jugando a ver quién decía las mayores barbaridades en distintas lenguas para reírnos en la cena. Lo cierto es que me gustaba su atención. Y él llamaba la mía, aunque en realidad no era mi tipo para nada. Era un tío alto, con la voz grave como un subwoofer, llamativamente rubio y blanco de piel, con los ojos glaucos. Tengo una coña con mis hermanas, la mayor es rubia y por eso creo que nunca me han puesto los rubios, de hecho, casi siempre me he sentido atraída por las pieles morenas, cuanto más mejor (de hecho, mi hijo es mulato). Solo quería tontear, reírme, coquetear, sentirme deseada… Nada con consecuencias. Después de cenar nos fuimos a un pub, que estaba completamente decorado con temática circense, con su carpa amarilla y roja y todo, en el que había una barra de poledance. Yo ya me había tomado un par de vinos…
2. SALOPE
Yo ya me había tomado un par de vinos en la cena y allí me pedí un gin-tonic bien cargado. El sitio estaba chulísimo, con espejos en las paredes, luces rojas y amarillas, y la barra de poledance que parecía gritar: «¡Es hora de lucirte, nenaaa!».
Rememorando mi época de titiritera erótica, pegué cuatro acrobacias y, claro, me salió una alumna improvisada: una compañera de rodaje que estaba toda emocionada. Me puse a enseñarle a hacer unos giros y unas inversiones.
En pleno apogeo me marqué una bandera kamikaze que, por suerte, acabó bastante bien para el escaso equilibrio que debía quedarme —gracias, memoria muscular, por salvarme la vida una vez más—. Cedric me estaba comiendo con los ojos, azorándome para que hiciera más trucos , supongo que a ver si se me salía una teta o algo, cosa que, aunque seguramente sucediera, soy incapaz de recordar. El resto del equipo estaba a su bola, de cháchara en la barra y disfrutando del espectáculo. El dueño del pub nos invitó a todos a chupitos. Me pedí un José Cuervo y pedí otro para el francés. Le lamí la mano para echarle la sal como quien no quiere la cosa. El pobre no sabía dónde meterse, estaba totalmente descolocado. Lo tenía justo donde quería.
—Quien no apoya no folla —le solté provocativamente.
Tras lo cual me enchufé el tequila de un trago y, del tirón, me escapé desfilando —intentando dibujar el menor número de eses posibles— hacia la barra de pole para hacer un par de giros a una mano.
Resultado: casi me escoño, pero Cedric corrió a mi rescate y me abrazó para agarrarme antes de que me estampara contra el suelo. Entre el tambaleo y el subidón del alcohol me dejé caer entre sus brazos. Me quedé unos segundos sintiendo sus latidos acelerados y clavé la nariz en su pecho y lo olisqueé sin ningún pudor para distinguir todos los matices —tengo una fijación con los olores—: olía a una mezcla de sudor, tabaco y colonia deportiva, e instantáneamente me subió un cosquilleo entre las piernas.
—Mmmm… ¿Eso es Eau de cochon? —lo vacilé con mi cara más lasciva. Arqueé una ceja y, acto seguido, me separé de él entre carcajadas. Tenía a ese puto niñato franchute más caliente que el palo de un churrero. Estaba totalmente confundido y encendido. Me encantaba jugar con él. Después de volverlo loco con unos pasos de samba decidí que era mejor sentarme un poco, no fuera a darme algo. Salimos a fumar y que nos diera el aire. Hablamos de trabajo, de gente en común, de mis dotes de bailarina, de sexo, de fetiches… Una cosa llevaba a la otra y yo, con el alcohol soltándome la lengua, le conté lo de mi juventud en discotecas, bailando como gogó, viajando por el mundo y ligando con quien pillara. Dejé muy claro que era un espíritu libre. Él se reía, se hacía el tímido, pero se notaba que se estaba poniendo burro. Subí las apuestas:
—En francés, zorra se dice salope, ¿no? —pregunté con cara de no haber roto nunca un plato.
A lo que él, para mi sorpresa, contraatacó con un:
—Je veux te baiser comme une chienne en chaleur —sonriendo dulcemente, como quien no quiere la cosa.
Joder, se me empapó el tanga solo de oírlo. Pensé en Frank, en que esto era solo un juego, pero me palpitaba todo y el morbo me podía. Solo podía pensar en comerle los morros al puto gabacho medio albino y meterme su polla —seguramente rosa chicle— entre las piernas. Por suerte, salvados por la campana:
—¡Chicos, venga, al hotel, que mañana hay que salir a las siete! —gritó la jefa de producción.
—Au revoir, mon cher —canturreé mientras me zafaba de las garras de Cedric con una llave ninja y monté a todo correr en la furgoneta. El pringado tuvo que irse a su coche.
En el trayecto tuve tiempo de recomponerme y que me bajara un poco el calentón. Llamé a Frank, pero no me respondió. Le mandé un audio:
—¿Qué tal, bombón? Hemos ido a cenar y me he tomado unos tequilas. y… Ya tu sa, ya tu sa... Voy to pedo, jajaja… Había una barra de pole y he estado dándolo todo, no veas… Jo, me encantaría que estuvieras aquí. Mañana te aviso cuando salga, ¿vale? Te quiero. ¡Mmmuuaa!
Cuando llegamos al hotel no vi su coche. «Uf, por los pelos. Púbicos», pensé. Sí, me hago coñas a mí misma, me falta un redoble de tambor portátil. Total, que me dirigí todo lo digna que era capaz al ascensor aguantándome las ganas de potar. Ya en la puerta de mi habitación, rebusqué en el bolso y encontré la tarjeta. Se me había abierto el gloss caducado del súper y estaba toda pringosa. Abrí la puerta, saqué el móvil y vi un audio de Frank. Justo cuando iba a escucharlo noté una mano que me agarraba de la cintura y sentí aquel olor a sudor y colonia de adolescente mezclado con un aliento tibio de ron en el cuello. Sentí su paquete duro contra mi espalda y cómo el calor me recorría el cuerpo desde la nuca hasta la rabadilla.
—¿Me invitas a pasar? —murmuró con esa voz grave.
Sin mirarlo, abrí la puerta y dejé que me empujara hacia dentro entre risas. Ya me tenía contra la pared, con la cabeza retorcida hacia atrás, metiéndome la lengua hasta la garganta y pellizcándome los pezones por encima de la camiseta. Me di la vuelta y me sacó las tetas enteras; empezó a chupar como un muerto de hambre mientras le sobaba el rabo por encima del chándal. Para mi asombro tenía una buena tienda de campaña y me moría de ganas de ver lo que tenía preparado.
Eché una mirada de reconocimiento al estado de la habitación y me mató de vergüenza que viera mis bragas sucias tiradas y demás mierdas regadas por el suelo. Para más inri me había dejado la maleta abierta con un consolador doble giratorio rosa fucsia que me había regalado Frank en nuestro aniversario y que había usado esa misma tarde para jugar con él en una videollamada.
—¿No llevarás un Nokia ahí escondido, no? Ja ja ja… —bromeé mientras intentaba maquinar algo para despistarlo. Pero no pilló la referencia. De repente me metió la mano por el pantalón y debajo de las bragas, con los dedos entre mis labios delatores—que estaban hinchados y empapadísimos de flujo—. Ahí me asaltó la conciencia: sabía que si no paraba me iba a dejar follar sin condón como una perra sarnosa por un tío al que acababa de conocer. Me vino la imagen de Frank, con sus ojitos de caballero pervertido. No podía hacerle eso e, instintivamente, di un respingo y me separé de él.
—¡No, no, no, no, no, no! —le supliqué, sujetándole las manos y con las tetas colgando por encima de la camiseta. El pavo estaba como una locomotora y no parecía dispuesto a parar. Yo no sabía cómo cortarle el rollo. Tenía que pensar algo rápido.
—Estoy superpedo, tronco. Tengo novio, soy madre, no te conozco de nada. No puedo hacer esto, de verdad. Esto es un error, joder, que mal —le solté. Lo primero que se me ocurrió. Resoplando me volví a colocar las pechugas con torpeza dentro del sujetador deportivo y me alejé nerviosa para recoger mis bragas sucias del suelo y las metí hechas un burruño en la maleta con mi discreto consolador.
—¿No te gusta? —volvió a besarme, muy lentamente. Me acarició el pelo y me agarró de la mano—. Me vuelves loco. Ven. Siéntate conmigo —prosiguió.
Le hice caso y respiré hondo para intentar bajar mis pulsaciones. Un torbellino de pensamientos me asediaba. El pedo se me había pasado de golpe.
—Eres una mujer muy especial, me flipas. No pasa nada, en serio. Me encanta este rollo, tu sentido del humor, tu cuerpo, tu boca… Uf… Dios, yo también estoy un poco pedo. No vamos a hacer nada que no quieras hacer —me dijo con una serenidad inesperada para el animal que tenía a punto de empotrarme sin piedad hacía unos segundos—. ¿Te importa si me fumo un peta?
—Vale, claro… Perdona, ¿vale? Ha sido todo muy a saco. Me gustas. Mucho —me sinceré.
Puso uno de los calcetines sudados que tenía desparramados por el suelo (qué vergüenza) en el detector de humos como si fuera un condón hecho con el gorro de un pitufo y se encendió un porro supercargado de hachís. Me lo pasó y le pegué tres caladotes, toda agobiada, y, cómo no, me dio un hostión que me quedé blanca como un folio, con un sudor frío bajándome desde la nuca, y por poco no me dio tiempo a llegar al baño a echar la papa. Mientras me lavaba la boca me entró la risa.
—Vaya nochecita, ¿no? —Dije con mucho mejor cuerpo que hacía unos momentos.
Cedric, sentado en la cama, me miraba sereno, divertido con la escena. hizo un gesto para que me acercara. Yo no me fiaba mucho.
—Ven, anda, personaje —insistió. Y me senté a su lado. Me dio un beso en la mejilla y empezó a masajearme los hombros. No sé si él lo sabía, pero acababa de dar con mi talón de Aquiles. Yo estaba en la gloria y me dejé hacer. Sentía su respiración en mi nuca cada vez más fuerte; me besó la sien, olfateándome discretamente.
—Túmbate, estarás mejor —me ordenó dulcemente con esa «r» afrancesada.
Yo ya estaba completamente relajada, literalmente en sus manos. Me quitó las zapatillas de deporte y los calcetines, me apretó los talones y empezó a presionar los nudillos contra el arco de mis pies. Entrelazó sus dedos entre los míos y empezó a girar los tobillos. Aquello era el paraíso. Solté un par de gemidos de placer.
—Déjame chuparte. Solo eso. Me muero de ganas —dijo.
Yo ni respondí; respiré hondo, dispuesta a disfrutar de las sensaciones. Su lengua jugaba con mis dedos, los saboreaba. Empezó a succionarme el dedo gordo como antes había hecho con mis tetas, pero más despacio y profundamente. Como un pezón no, como una polla. Nunca me habían hecho eso. Introdujo medio pie en su boca hasta que tuvo una arcada. Abrí los ojos: se estaba masturbando. Me daba muchísimo morbo esa imagen. Estaba cerdísima y tenía envidia; yo también quería chupar. Intenté incorporarme, pero no me dejó.
—Tss, tss. No. Es tu masaje. Luego a lo mejor te dejo que me toques a mí —sonrió con un puntito sádico.
—Estoy muy cachonda, hijo de puta. Cerdic de mierda, joder.
—Tais-toi, cochonette! C’est à moi maintenant.
Empecé a retorcerme en la cama y a frotarme el coño por encima de las mallas. De pronto sentí cómo me acercaba el consolador y me mandó:
—Usa esto, si quieres. Quiero ver cómo te corres.
Joder, Frank, si estás leyendo esto ahora mismo (y sé que sí, porque me has puesto esa cara de «venga, suéltalo todo, zorra» mientras me traías el café a la cama), te juro que aquí me quedé a cuadros. El crío franchute este acababa de pasar de bestia en celo a director de porno en cero coma. Yo, que siempre he sido la que tiene respuesta para todo, la que lleva la batuta, la que hace que los tíos más sobrados se traguen sus palabras… de repente estaba ahí, en mi habitación de hotel, con un tío al que conocía desde hacía apenas unas horas pidiéndome que me masturbase para él con mi propio juguete. Y lo peor es que la idea me encantaba. Me sentía poderosa, muy sucia.
Cogí el consolador alienígena sin vacilar, me quité las mallas y me aparté el tanga de estrellitas hacia un lado; me abrí de piernas delante de él, separándome los labios con los dedos para que se recreara con la vista de mi chochazo empapado y mi clítoris erecto, como si fuera lo más natural del mundo.
Cedric se sentó en la silla del escritorio, con la polla fuera —tenía un rabo grande, pero sobre todo gordo, y estaba duro como un bate de béisbol rosa brillante—, pero sin tocarse. Solo miraba. Me tenía embobada con esos ojos entre azules y verdes, enrojecidos por el alcohol y el porro, con la expresión calmada de un psicópata calculando su próxima jugada.
—Lentito, salope. Quiero verte sufrir un poquito.
Ya sabes que nunca me callo, pero también que me gustan las órdenes, así que obedecí como una perra amaestrada. Me metí el dildo despacio, gimiendo, poniendo caritas, exagerando y mirándolo fijamente.
—¿Así, amo? ¿Te gusta ver cómo me follo para ti? Ufff… Uhmm… ¿Te gusta así?
Él sonrió de medio lado, se mordió el labio inferior y soltó un «putain, oui…» que me erizó entera. Yo ya estaba chorreando como una fuente. El juguete entraba y salía haciendo un ruido obsceno: chof, chof, chof… Me tocaba el clítoris con la otra mano, me retorcía, y él solo observaba, respirando fuerte, pero seguía sin tocarse. Su puto jueguecito de poder al revés me estaba volviendo loca de gusto.
—¿Nunca has tenido un putito que haga todo lo que le mandes? —preguntó de sopetón, con esa voz grave de hombre de las cavernas.
Yo paré en seco, con el consolador a medio meter y, confundida y extasiada, solo alcancé a gemir un:
—¿Quéee…?
—Un putito que se arrodille ante ti, que te lama los pies, que te suplique que le mees encima… Que sea tuyo. Yo quiero serlo. ¿No quieres que sea tu putito francés?
Frank, cielo… aquí me dio un vuelco el corazón. Yo siempre había sido la sumisa, la que lo goza cuando le pegan, le escupen, y le follan la garganta hasta vomitar y… Este tío me estaba ofreciendo el otro lado del látigo. No te imaginas cómo me puso de cerda. Demasiado. Se me escapó una risita nerviosa y seguí follándome con el juguete, cada vez más rápido.
—Pues… no, la verdad —mentí—. Siempre me ha calentado más ser yo la que se arrodilla.
—Pues hoy vas a probarlo —dijo, y se hincó de rodillas en la alfombra, sin pedir permiso.
Me agarró el pie y empezó a lamerlo otra vez, pero ahora con devoción, como si fuera un helado.
—Mírame a los ojos, guarra, y dime que soy tu puto esclavo —se atragantaba y seguía, cada vez más fuerte.
Yo me reí desde lo más profundo de mi ser con una carcajada maléfica, la de la dominatrix en potencia que no sabía que llevaba dentro.
—¡Jajajaja! ¿Así que vas a ser mi putito francés, eh, Cerdic? Mi muñequito sexual.
Y él gimió como si le hubiera dado un latigazo y se puso a gruñir como un cerdo. Parecía un puto loco de atar con los ojos desorbitados. Me tuve que aguantar la risa. Se metió mis dedos en la boca hasta la garganta y babeó hasta ponerlo todo perdido.
—¡Pégame, puta!
Le di una cachetada. ¡Plas! Ni se inmutó. Se quedó mirándome, pensando, y, de pronto, me escupió en la cara y me la devolvió, pero el doble de fuerte.
—¡Más fuerte, zorra! ¿Eso es todo lo que sabes hacer? Jajajaja —gritó el puto loco de mierda.
Entonces, con todo aquel escupitajo espeso resbalándome por las mejillas, le di un buen bofetón que retumbó en la habitación. Con rabia. ¡Plas! Y otro, ¡Plas! Y le escupí de vuelta.
—Cabrón. ¿Eso quieres? ¡Que te jodan! —berrée. Entonces me agarró del cuello y me comió los morros, metiéndome la lengua hasta la garganta, y me susurró:
—Gracias, ama.
Y, muy despacio, me sujetó las muñecas y las levantó por encima de mi cabeza. Me lamió la axila y siguió lamiéndome y mordiéndome los abdominales sudados. Bajó la cabeza hasta mi coño. De un manotazo me quitó el consolador de la mano y se dispuso a devorarme como si fuera su última cena. Estuvo un buen rato succionándome el clítoris como si fuera un chupa-chups, metiéndome dos dedos bien adentro, como un gancho, hasta que me sacó varios chorros de placer. Dejé un charquito en el suelo. Parecía que me había meado. Me metió el dedo en el culo —que a esas alturas ya estaba completamente abierto, pidiendo caña— y yo no hacía más que correrme a lo bestia, un orgasmo tras otro… Gritaba, me retorcía, le tiraba de la melenita rubia esa de niñato y de vez en cuando le escupía en la cara. Se ponía más burro cada vez que lo hacía.
—¡Cómo me gusta, cabrón! Me vas a matar, joder, aaah… —era todo lo que lograba articular.
—Déjame comerte el culito también —me rogó.
—Hazme lo que quieras, puerco —respondí intentando recuperar el aliento. Me temblaban las piernas.
Me di la vuelta y me puse a cuatro patas en el borde de la cama. Me comió el culo mientras yo me follaba con el consolador que había rescatado hábilmente de la colcha. Me metía la lengua hasta dentro, me escupía dentro y metía el pulgar. Yo casi lloraba de gusto. Me corrí en su cara otra vez y le inundé la perilla.
Cuando me calmé un poco, él se levantó, con la cara brillante de mí, y me miró con esa media sonrisa, como un niño travieso que ha roto el jarrón bueno.
—¿Quieres mear? —preguntó tan tranquilo.
Y yo flipando en colores:
—¿Aquí?
—En la ducha. Quiero que me mees en la boca. Por favor, ama.
Frank… juro que me quedé en shock dos segundos. Pero el morbo de la situación pudo más que la vergüenza que me daba... De perdidos al río.
Me llevó al baño de la mano y me puse de pie en la ducha; él agachado con la boca bien abierta y la lengua fuera, imitando a un cachorrito, gimiendo y ladrando y mirándome con adoración. Creía que no iba a salir nada, me daba mucha vergüenza… Pero al fin le meé. Apreté hasta que vi cómo salía un chorro caliente, largo, que le cayó en la lengua y en la cara, le llenó la boca y le bañó el pecho. Él se lo tragaba mientras gemía y se pajeaba como loco.
—Merci, madame… merci… —repetía entre gargajos.
Nunca había sentido nada igual. Poder absoluto. Al acabar de mear me reí como una trastornada- Estaba nerviosa, excitada y muy flipada. Era una experiencia totalmente nueva.
Después nos duchamos juntos, entre risas. Seguía empalmado y me pidió que le escupiera en la boca y que le diera cachetadas; esta vez fui más delicada. Le pegué en la cara con la mano abierta, le escupí dentro de la boca mientras le miraba a los ojos y le dije:
—Eres mío, putito. Solo mío.
Y entonces empezó a gemir y a temblar como un flan. Sin tocarse. Yo estaba deseando probar esa polla, pero me dejó con las ganas. Varios chorros blancos se estrellaron contra la mampara de la ducha.
Nos metimos en la cama desnudos y sudados, como dos adolescentes colocados. Se acopló a mi cuerpo por detrás agarrándome las tetas, me mordió la oreja y susurró:
—Cásate conmigo, Elena. Miénteme. Dime que me quieres.
Yo me reí, pero se me puso un nudo en la garganta.
—Te quiero, Cerdic. Con todo mi corazón de puerca.
Y nos quedamos dormidos así, con su polla aún dura contra mi culo, mientras le daba vueltas a la cabeza como una imbécil: ¿qué coño acababa de pasar?
A las 6:30 sonó mi alarma del móvil —con la melodía de la marcha imperial de La guerra de las galaxias, claro—. Él se despertó, me besó la nuca y dijo tan tranquilo:
—Tengo que irme, mi ama. Pero esto no acaba aquí, no te vas a librar de mí tan fácilmente ¿eh? Ja, ja… Te escribiré.
Me dejó su número escrito en un post-it en la mesilla: «Tu putito francés. Usa y abusa» y un corazoncito con una gota de sangre.
Me acarició y me besó los pies como un crío enamorado y se fue.
Yo me quedé tumbada en la cama, petrificada, mirando el techo, con el coño inflamado y el coco hecho una maraña. «Ufff, mierda. Qué movida… ¿Y ahora qué le cuento a Frank?» pensaba. Me duché otra vez, me vestí temblando y, sin desayunar ni nada cogí el avión de vuelta a casa como una zombi.
Cuando aterrizamos me estabas esperando en llegadas y con esa sonrisa tuya de pánfilo que me derrite. Me abrazaste fuerte, me oliste el pelo (menos mal que me lo había lavado) y, recuerdo perfectamente tus palabras:
—Joder, qué ganas tenía de verte, reina mora.
Y yo… pues, claro está, me sentí la peor mierda del mundo. Me dio un sofocón y casi se me saltan las lágrimas. Pero, por raro que parezca, también me puse supercachonda. En el coche, de camino a casa, me preguntaste que qué tal me había ido y empecé a contarte «la versión light»:
—Muy bien, cariño. La verdad es que ha sido una pasada. Pero, amor, joder, uf… Quería que sepas que ha pasado algo… Ayer me lié con un tío del rodaje.
Sonreíste de lado, me pusiste la mano en la pierna y apretaste fuerte.
—Cuéntamelo todo, cerda. Quiero detalles —me susurraste al oído.
Y yo empecé… pero solo te conté hasta el masaje de pies y que me comió el coño como un campeón. Te dije que me dominó un poco, que me puso a cuatro patas y tal y cual. Mentira cochina. Sabía que esa era la versión que esperabas. Yo siendo la putita de siempre.
Y, claro, te pusiste como una moto. Llegamos a casa y me follaste en la cocina según cruzamos la puerta como un lomo plateado enfurecido,, recreando «mi versión de los hechos».
—¿Así te folló el gabacho, eh, zorrita? ¿Te comió el coño y te hizo gritar?
Y yo jadeaba diciendo que sí. Con cada embestida sentía tus celos, tu amor, tu morbo, y me corría como una perra, pero en la cabeza tenía la imagen de Cedric de rodillas tragándose mi meado. Me sentía fatal. Y no podía parar de correrme pensando en todo aquello.
Esa noche, mientras dormías, miré el móvil. Tres mensajes de Cedric:
«Ama, ya te echo de menos. Quiero beberte»
«Miénteme, salope.»
«Soy tuyo. Tuyo. Tuyo.»
Borré los mensajes con el corazón a mil. Pero no bloqueé el número.
Amor… aún no te he contado ni la mitad. Y sé que me la vas a sacar poco a poco, porque tú siempre sabes cuando miento. Pero esto… esto es diferente. Es tóxico. Es adictivo. Y no sé si quiero parar.
(...CONTINUARÁ)