Crónicas cornudas

Drukpa Kunley

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Episodio 1: Orígenes de una obsesión​


Cuando pienso en los acontecimientos de los últimos meses, no puedo evitar que me embargue un sentimiento de contradicción. Por un lado, me preguntó qué demonios he hecho, cómo he podido permitir que esto ocurra. Pero por otro, pienso que lo ocurrido era inevitable, la consecuencia lógica de una obsesión que me ha poseído durante años y que no podía resistir. La fantasía repetida una y otra vez en mi mente, en sus múltiples variantes, ha acabado por hacerse realidad y a día de hoy no me queda otra que admitir lo que soy, lo que, en el fondo, siempre he deseado ser: un cornudo.

Después de algunas dudas he decidido contar mi historia. Diría que para prevenir a otros maridos poseídos por la misma obsesión antes de que den un paso que ya no tiene vuelta atrás. Pero sé que mi testimonio solo conseguirá que los que estén dudosos sientan aún más deseos de dar el paso, igual que esos adictos que cuentan sus experiencias para advertir a otros sobre el peligro de las drogas y solo consiguen despertar aún más la curiosidad de quienes quieren probarlas. Supongo que en el fondo no es prevenir lo que busco, sino todo lo contrario. Lejos de lo que pudiera pensarse, al dar el paso y hacer mi fantasía realidad, la obsesión no solo no ha cesado, sino que se ha expandido hasta adquirir una nueva dimensión. Ya no es a mi mujer a quien quiero que se follen, sino a las vuestras. Quiero poneros en la boca la miel de la tentación, hacer que mordáis la manzana prohibida, que os veáis expulsados definitivamente de vuestro paraíso conyugal y que vuestro placer quede indisolublemente ligado al tamaño de vuestra cornamenta. Sé que en el fondo lo estáis deseando; me envidiáis igual que yo envidiaba a los cornudos antes de convertirme en uno de ellos. ¿Queréis saber cómo ocurrió? Empezaré por el principio.

No es fácil identificar el origen de una obsesión. Supongo que la mía hunde sus raíces en capas profundas de mi subconsciente y está ligada a oscuros complejos infantiles que solo un arduo trabajo psicoanalítico sería capaz de desvelar. Pero yo, completamente lego en teoría freudiana, solo puedo remitir a lo que considero que fue el detonante que disparó esta obsesión. Ocurrió hace mucho tiempo, antes incluso de conocer a mi mujer. Puede parecer algo trivial, si no fuera por las consecuencias que ha tenido veinte años después.

Era yo estudiante en Salamanca y compartía piso con tres compañeros de facultad, para los que siempre fui el bicho raro. Ellos tenían más éxito con las chicas, no porque fueran más atractivos que yo, sino porque tenían una confianza y una seguridad en sí mismos que a mí me faltaba. Ocurría con relativa frecuencia, al estar de fiesta, que una chica se fijaba en mí y, ante mi proverbial timidez, era uno de mis compañeros quien se la acabara ligando. Yo tenía que conformarme con una paja oyendo los gemidos de la chica en la habitación contigua mientras mi compañero se la follaba. Supongo que esos hábitos onanistas también explican mucho de mi actual condición, pues ligaron esos dos aspectos que son inseparables en la vida sexual de todo cornudo: la excitación y la humillación. Pero estos no dejan de ser meros coadyuvantes; el detonante principal de mi obsesión fue otro.

Ocurrió una noche que mis compañeros salieron de fiesta y yo me quedé solo en casa. No me apetecía salir, no quería verlos triunfar otra vez mientras yo no me comía un rosco. Además, tenía que levantarme temprano para ir a la biblioteca; los exámenes finales estaban cerca y tenía mucho que estudiar. Estaba en mi habitación viendo una serie antes de dormir cuando oí unas risas que venían de algún piso colindante. La ventana de mi habitación daba a un patio. La había dejado abierta porque el día había sido bastante caluroso, a pesar de que no estábamos todavía en verano. Miré por casualidad hacia la ventana y en el piso de enfrente vi a una pareja besándose. Enseguida reconocí al tipo. Era el vecino del 3.° B. La ventana de su habitación quedaba justo en frente de la mía. Lo había visto alguna vez apoyado en el alfeizar fumándose un cigarrillo. Era un hombre maduro, diría que entre 35 y 40 años (nunca he sido bueno para las edades), con una mirada desafiante, el tipo de persona que consigue fácilmente lo que quiere. Debía trabajar de comercial o algo así; me lo había cruzado varias veces en el portal y siempre iba vestido con traje y corbata.

No pude evitar la tentación de espiarlos. Habían dejado la ventana abierta y las cortinas descorridas, como si no les importara lo más mínimo que los vieran. Apagué el ordenador y la luz de la mesilla y me acerqué a la ventana para ver más de cerca. Fue en ese momento cuando reconocí a la mujer. Era la vecina del 4.º, su piso quedaba justo encima del nuestro. Lo sabía porque el marido siempre bajaba a quejarse cuando hacíamos ruido. Lo llamábamos en broma “el calzonazos”. Nos los cruzábamos a menudo en el portal cuando venían de hacer la compra, él cargado hasta arriba de bolsas como si en vez de ser su marido fuera su criado. Qué hará una mujer así con ese calzonazos, nos preguntábamos. Ella era bastante atractiva, morena y con curvas. La MILF del 4.º la llamábamos. Era nuestra fantasía. Cada vez que uno se la cruzaba en el ascensor, lo comentaba al llegar. Me he cruzado con la del 4.º, madre mía, cómo me pone. ¿Creéis que le pone los cuernos al marido? Se los tiene que poner seguro.

Efectivamente, se los ponía. Yo fui testigo de ello, aunque nunca se lo conté a mis compañeros. Fui testigo de aquella infidelidad de principio a fin, desde que los vi besándose frente a la ventana hasta que cayeron exhaustos en la cama. Pero una escena en concreto quedó para siempre grabada en mi mente: ella a cuatro patas estrujando en su mano la sábana mientras él la embiste con fuerza por detrás.

—Con que a pedir sal, ¿eh? —le dice él—. ¿A pedir sal venías?

—Aah, no.

—¿A qué venías?

—Aah, aaah.

—¿A qué venías, puta? Confiesa —dándole un azote en las nalgas.

—Aaah que… aah que me folles.

—¿Ah, sí? ¿Qué pasa, que en casa no te follan?

—Aah, no.

—¿No? ¿Es que tu marido no sabe follar?

—Aaah, no… aaah, no sabe.

—¿Qué es tu marido? Dilo. ¿Qué es tu marido?

—Aah, un… aah, un co… ¡Un cornudo aaah!

—¿Y tú qué eres?

—Unaaah, unaaah… ¡Una puta!

Me hice una paja mientras los espiaba y justo me corrí en ese momento. Ellos no tardaron mucho en acabar. Luego se despidieron y ella se fue. Yo me metí en la cama e intenté dormir, pero me costó. No podía quitarme la escena de la cabeza. A la mañana siguiente me desperté con una fuerte erección y me masturbé otra vez recordándola. Justo después de correrme tuve una revelación y comprendí algo que la noche anterior se me había escapado por completo. Las circunstancias que habían permitido que yo fuera testigo de la escena no eran casuales. Habían dejado la ventana abierta y las cortinas descorridas a propósito, y yo no era el único que había observado la escena. Justo encima de mí, en el cuarto piso, alguien más había sido testigo. Era a él a quien iba dirigido ese espectáculo en el que yo me había colado subrepticiamente. Lo imaginé arriba observando la escena al mismo tiempo que yo y supe que, por muy excitante que a mí me hubiera parecido, no era comparable ni de lejos a lo que habría experimentado él. Desde ese día, cada vez que me lo cruzara en el ascensor, bajando la basura, llevando las bolsas de la compra, ese “calzonazos” despertaría en mí un sentimiento que nunca antes hubiera creído que podía despertarme: envidia.

[Continuara...]
 

Episodio 1: Orígenes de una obsesión​


Cuando pienso en los acontecimientos de los últimos meses, no puedo evitar que me embargue un sentimiento de contradicción. Por un lado, me preguntó qué demonios he hecho, cómo he podido permitir que esto ocurra. Pero por otro, pienso que lo ocurrido era inevitable, la consecuencia lógica de una obsesión que me ha poseído durante años y que no podía resistir. La fantasía repetida una y otra vez en mi mente, en sus múltiples variantes, ha acabado por hacerse realidad y a día de hoy no me queda otra que admitir lo que soy, lo que, en el fondo, siempre he deseado ser: un cornudo.

Después de algunas dudas he decidido contar mi historia. Diría que para prevenir a otros maridos poseídos por la misma obsesión antes de que den un paso que ya no tiene vuelta atrás. Pero sé que mi testimonio solo conseguirá que los que estén dudosos sientan aún más deseos de dar el paso, igual que esos adictos que cuentan sus experiencias para advertir a otros sobre el peligro de las drogas y solo consiguen despertar aún más la curiosidad de quienes quieren probarlas. Supongo que en el fondo no es prevenir lo que busco, sino todo lo contrario. Lejos de lo que pudiera pensarse, al dar el paso y hacer mi fantasía realidad, la obsesión no solo no ha cesado, sino que se ha expandido hasta adquirir una nueva dimensión. Ya no es a mi mujer a quien quiero que se follen, sino a las vuestras. Quiero poneros en la boca la miel de la tentación, hacer que mordáis la manzana prohibida, que os veáis expulsados definitivamente de vuestro paraíso conyugal y que vuestro placer quede indisolublemente ligado al tamaño de vuestra cornamenta. Sé que en el fondo lo estáis deseando; me envidiáis igual que yo envidiaba a los cornudos antes de convertirme en uno de ellos. ¿Queréis saber cómo ocurrió? Empezaré por el principio.

No es fácil identificar el origen de una obsesión. Supongo que la mía hunde sus raíces en capas profundas de mi subconsciente y está ligada a oscuros complejos infantiles que solo un arduo trabajo psicoanalítico sería capaz de desvelar. Pero yo, completamente lego en teoría freudiana, solo puedo remitir a lo que considero que fue el detonante que disparó esta obsesión. Ocurrió hace mucho tiempo, antes incluso de conocer a mi mujer. Puede parecer algo trivial, si no fuera por las consecuencias que ha tenido veinte años después.

Era yo estudiante en Salamanca y compartía piso con tres compañeros de facultad, para los que siempre fui el bicho raro. Ellos tenían más éxito con las chicas, no porque fueran más atractivos que yo, sino porque tenían una confianza y una seguridad en sí mismos que a mí me faltaba. Ocurría con relativa frecuencia, al estar de fiesta, que una chica se fijaba en mí y, ante mi proverbial timidez, era uno de mis compañeros quien se la acabara ligando. Yo tenía que conformarme con una paja oyendo los gemidos de la chica en la habitación contigua mientras mi compañero se la follaba. Supongo que esos hábitos onanistas también explican mucho de mi actual condición, pues ligaron esos dos aspectos que son inseparables en la vida sexual de todo cornudo: la excitación y la humillación. Pero estos no dejan de ser meros coadyuvantes; el detonante principal de mi obsesión fue otro.

Ocurrió una noche que mis compañeros salieron de fiesta y yo me quedé solo en casa. No me apetecía salir, no quería verlos triunfar otra vez mientras yo no me comía un rosco. Además, tenía que levantarme temprano para ir a la biblioteca; los exámenes finales estaban cerca y tenía mucho que estudiar. Estaba en mi habitación viendo una serie antes de dormir cuando oí unas risas que venían de algún piso colindante. La ventana de mi habitación daba a un patio. La había dejado abierta porque el día había sido bastante caluroso, a pesar de que no estábamos todavía en verano. Miré por casualidad hacia la ventana y en el piso de enfrente vi a una pareja besándose. Enseguida reconocí al tipo. Era el vecino del 3.° B. La ventana de su habitación quedaba justo en frente de la mía. Lo había visto alguna vez apoyado en el alfeizar fumándose un cigarrillo. Era un hombre maduro, diría que entre 35 y 40 años (nunca he sido bueno para las edades), con una mirada desafiante, el tipo de persona que consigue fácilmente lo que quiere. Debía trabajar de comercial o algo así; me lo había cruzado varias veces en el portal y siempre iba vestido con traje y corbata.

No pude evitar la tentación de espiarlos. Habían dejado la ventana abierta y las cortinas descorridas, como si no les importara lo más mínimo que los vieran. Apagué el ordenador y la luz de la mesilla y me acerqué a la ventana para ver más de cerca. Fue en ese momento cuando reconocí a la mujer. Era la vecina del 4.º, su piso quedaba justo encima del nuestro. Lo sabía porque el marido siempre bajaba a quejarse cuando hacíamos ruido. Lo llamábamos en broma “el calzonazos”. Nos los cruzábamos a menudo en el portal cuando venían de hacer la compra, él cargado hasta arriba de bolsas como si en vez de ser su marido fuera su criado. Qué hará una mujer así con ese calzonazos, nos preguntábamos. Ella era bastante atractiva, morena y con curvas. La MILF del 4.º la llamábamos. Era nuestra fantasía. Cada vez que uno se la cruzaba en el ascensor, lo comentaba al llegar. Me he cruzado con la del 4.º, madre mía, cómo me pone. ¿Creéis que le pone los cuernos al marido? Se los tiene que poner seguro.

Efectivamente, se los ponía. Yo fui testigo de ello, aunque nunca se lo conté a mis compañeros. Fui testigo de aquella infidelidad de principio a fin, desde que los vi besándose frente a la ventana hasta que cayeron exhaustos en la cama. Pero una escena en concreto quedó para siempre grabada en mi mente: ella a cuatro patas estrujando en su mano la sábana mientras él la embiste con fuerza por detrás.

—Con que a pedir sal, ¿eh? —le dice él—. ¿A pedir sal venías?

—Aah, no.

—¿A qué venías?

—Aah, aaah.

—¿A qué venías, puta? Confiesa —dándole un azote en las nalgas.

—Aaah que… aah que me folles.

—¿Ah, sí? ¿Qué pasa, que en casa no te follan?

—Aah, no.

—¿No? ¿Es que tu marido no sabe follar?

—Aaah, no… aaah, no sabe.

—¿Qué es tu marido? Dilo. ¿Qué es tu marido?

—Aah, un… aah, un co… ¡Un cornudo aaah!

—¿Y tú qué eres?

—Unaaah, unaaah… ¡Una puta!

Me hice una paja mientras los espiaba y justo me corrí en ese momento. Ellos no tardaron mucho en acabar. Luego se despidieron y ella se fue. Yo me metí en la cama e intenté dormir, pero me costó. No podía quitarme la escena de la cabeza. A la mañana siguiente me desperté con una fuerte erección y me masturbé otra vez recordándola. Justo después de correrme tuve una revelación y comprendí algo que la noche anterior se me había escapado por completo. Las circunstancias que habían permitido que yo fuera testigo de la escena no eran casuales. Habían dejado la ventana abierta y las cortinas descorridas a propósito, y yo no era el único que había observado la escena. Justo encima de mí, en el cuarto piso, alguien más había sido testigo. Era a él a quien iba dirigido ese espectáculo en el que yo me había colado subrepticiamente. Lo imaginé arriba observando la escena al mismo tiempo que yo y supe que, por muy excitante que a mí me hubiera parecido, no era comparable ni de lejos a lo que habría experimentado él. Desde ese día, cada vez que me lo cruzara en el ascensor, bajando la basura, llevando las bolsas de la compra, ese “calzonazos” despertaría en mí un sentimiento que nunca antes hubiera creído que podía despertarme: envidia.

[Continuara...]

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
 

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
vaya...buenisimo...si hubiera que recomendarlo yo lo haria...sin siquiera pensarlo...
 

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
Extraordinario, maravilloso de inicio a fin. Esperando la continuación con ansia. Saudiños.
 

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
Buff que caliente me has puesto
 

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
Sigue en cuanto puedas, en mi foto se ve como me has puesto.
 

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
Es buenisimo. Sigue por favor.
 

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
Es buenisimo. Sigue por favor.
 

Episodio 2: Secreto de matrimonio​


Aquella escena quedó alojada en mi cabeza como una semilla en tierra fértil y, desde entonces, no ha dejado de crecer, nutrida por mi morbosa imaginación. Hace cosa de diez meses asomaron en mi frente los primeros brotes que han dado origen a la hermosa cornamenta que luzco hoy, para satisfacción de mi querida esposa. Pero antes de entrar en eso, debería poneros en antecedentes sobre nuestra relación. Os ahorraré las escenas románticas, las cenas a la luz de las velas, el sí quiero ante el altar, la idílica luna de miel en Cancún… y me limitaré a narrar los detalles más relevantes para la historia que nos ocupa, que son, por otro lado, los más morbosos.

Último año de carrera, fiesta de graduación. Coincidimos, en una famosa discoteca de la ciudad, con varias promociones de otras facultades que habían salido como nosotros a disfrutar de su última noche en Salamanca. En cuanto la vi, me quedé prendado de ella. Morena, ojos negros y un cuerpo perfecto. Era la versión joven de la vecina del 4.º. Me di cuenta de que mis compañeros ya le estaban echando el ojo y, en ese momento, algo se rebeló dentro de mí: no, esta es mía, a esta no se la follan (qué irónico suena ahora). Sin pensarlo, me acerqué a ella. Estaba apoyada en la barra, esperando para pedir. Tú te casas conmigo, le dije. Me salió así. Pero bueno, primero, te invito a una copa, si quieres —añadí. Le hizo gracia. Congeniamos enseguida.

Por desgracia, yo había recibido una oferta de trabajo que no podía rechazar y tenía que coger un autobús a Madrid esa misma noche para presentarme al día siguiente en mi nuevo empleo. Después de tomarnos la copa, me acompañó fuera. Andamos algunas manzanas y, antes de despedirnos, nos besamos. Qué rabia que tenga que irme justo ahora, le dije. Sí, respondió ella, estábamos tan bien… Nos cambiamos los teléfonos y acordamos vernos algún fin de semana, en Madrid o en Salamanca. Nos despedimos. Ella volvió con sus amigas y yo me fui a coger el autobús. Cuando iba camino de Madrid, le escribí. Le dije que me había encantado conocerla, que lamentaba haber tenido que irme así y que esperaba que nos viéramos pronto. Respondió al día siguiente. Dijo que ella también esperaba verme pronto.

Pasó más de un mes hasta que pudimos cuadrar nuestras agendas. Ella estaba bastante ocupada por entonces con unos cursos que estaba haciendo y algunos problemas en su piso. Finalmente, vino a visitarme a Madrid, y al poco tiempo decidió venirse a vivir conmigo. La verdad es que todo fue un poco rápido, pero la cosa funcionaba tan bien que no veíamos motivo para retrasarlo. A los tres años de vivir juntos, le pedí matrimonio.

Durante todo nuestro noviazgo y los primeros años de nuestro matrimonio, mi obsesión permaneció latente. Había pasado de ser prácticamente un pajillero a tener una vida sexual bastante activa. Marta es una mujer muy ardiente y bastante abierta a la experimentación, lo cual eclipsó por completo, en un primer momento, cualquier deseo que tuviera de verla con otro hombre. Hasta que un pequeño incidente, durante unas vacaciones en Alicante, cambió nuestra relación para siempre.

Llegamos a la playa y, andando por una de esas pasarelas de madera que se adentran en la arena, nos cruzamos con una pareja. Cuando nos íbamos acercando a ellos, noté que Marta se puso tensa y desvió la mirada, como si no quisiera que la reconocieran.

—¿Marta? —exclamó el hombre. Llevaba un polo blanco con el cuello alzado, gafas de sol negras y un ceñido bañador rosa, que parecía deliberadamente escogido para marcar paquete (y tenía paquete para presumir, creedme). ¡Cuánto tiempo!

—Ah, oh… Ricardo, hola… ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? —respondió Marta un poco cohibida.

—Pues ya ves, de vacaciones con mi churri —y al decir eso le dio un morreo a la chica, una rubia despampanante con pechos de silicona; no era exactamente mi tipo, pero le pegaba bastante al tal Ricardo—.

—Ricardo, este es mi marido, Juan.

—Encantado —dije estrechándole la mano. Era un tipo fuerte y bastante corpulento, pero no por haberse curtido en el gimnasio; había en él algo primitivo, animal.

—Igualmente —respondió, e inmediatamente se giró hacia Marta y la miró de arriba abajo—. Estás igual que la última vez que nos vimos. ¿Cuándo fue? El verano de la graduación, ¿no?

—Sí… creo.

—Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos, qué bien nos lo pasábamos —dijo esbozando una pícara sonrisa y a continuación soltando una carcajada—. En la facultad sí que se follaba bien, jajajaja.

—Ricardo… tenemos un poco de prisa —dijo Marta, obviamente incómoda.

—Sí, nosotros también, estamos hasta los cojones ya de playa, vamos al hotel a relajarnos un poco. —Y volvió a esbozar su sonrisa pícara mientras le apretaba el culo a la rubia.

—Bueno, Ricardo, hasta luego.

—Hasta luego, pareja —dijo y, después de dar unos pasos, se giró hacia nosotros y añadió—. Juan, esta mujer vale oro, cuídala bien.

Seguimos andando por la pasarela hacia la playa. Esperaba que Marta me diera alguna explicación. Me giré varias veces hacia ella y la miré fijamente, pero ella permanecía callada y sin decir nada, hasta que yo no pude aguantar más:

—¿Quién demonios es ese tío?

—¿Ese? Bah, uno de la facultad —respondió, como quitándole importancia.

—Menudo personaje, ¿no?

—Sí, siempre fue un chulo —dijo, y enseguida cambió de tema—. Mira, aquí hay un sitio. ¿Te acordaste de coger el protector solar?

No quise insistir, pero, como podéis imaginar, mi cabeza no dejaba de darle vueltas: ¡Estás igual que la última vez que nos vimos… el verano de la graduación!, ¡¡qué bien nos lo pasábamos!!, ¡¡¡en la facultad sí que se follaba bien!!!

La noté rara durante todo aquel día, como ausente. Le pregunté varias veces si estaba bien, si le pasaba algo. Pero ella insistía en que no. Cuando llegamos por la tarde al hotel, después de darse una ducha, salió desnuda del baño y se abalanzó sobre mí. La noté muy excitada. Quiero que me folles duro, me dijo, que me hagas sentir como una puta. Todavía hoy recuerdo aquel polvo; fue algo verdaderamente animal, probablemente de los mejores que hayamos echado. Aun así, al terminar, tuve la sensación de no haber estado a la altura de sus expectativas. Nos quedamos un rato abrazados, acariciándonos con ternura el uno al otro. Cualquiera habría visto en esa escena una bella imagen de felicidad conyugal. Y ciertamente yo me sentía feliz, pero había un pensamiento insidioso que me impedía gozar de esa felicidad. No era la primera vez que ese pensamiento aparecía; me había rondado muchas veces la cabeza desde el mismo momento en que empezamos a salir. Yo había tratado siempre de reprimirlo, de negarlo, de rechazarlo, pero solo conseguía que volviera con más fuerza. Aquella tarde, por primera vez, lo acepté. Dejé que esa voz dentro de mí hablara, la escuché y acaté su sentencia inapelable: nunca serás suficientemente hombre para ella.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije.

—Dime.

—¿Hubo algo entre ese Ricardo y tú?

Noté de nuevo en su expresión cierta reticencia a hablar del tema.

—No pasa nada, puedes contármelo —añadí—, sabes que prefiero que seamos totalmente honestos el uno con el otro.

-Está bien. Sí, hubo algo entre él y yo. Pero eso ya es cosa del pasado.

Esto último lo dijo con ese aire melancólico que nos invade a veces cuando recordamos épocas pasadas de nuestra vida. Ella, como yo, había pasado ya de los treinta y veía cómo su juventud iba quedando inexorablemente atrás. La besé, le dije que la quería y nos arreglamos para salir a cenar.

Durante la cena, entre copa y copa de vino, estuvo contándome alguna cosa más del tal Ricardo, o Richi, como le llamaban en la facultad. Era bastante gilipollas, según me dijo Marta, pero tenía un miembro que despertaba verdadera devoción entre las féminas.

Después de la cena, nos tomamos una copa en un pub y volvimos al hotel bastante “alegres”. Nos costó encontrar la habitación y alguien salió al pasillo a llamarnos la atención porque hacíamos mucho ruido. Cuando llegamos por fin a nuestro cuarto, nos tumbamos vestidos en la cama. Nos besamos y Marta comenzó a acariciarme la entrepierna. Tiene una extraordinaria facilidad para ponérmela dura. No sé cómo lo hace, pero le basta con una simple caricia para provocarme una erección.

—Mmmm, ¿tienes algo para mí? —dijo posando su mano en la bragueta de mi pantalón.

—Un regalito.

—Ah, ¿sí? A ver… —Y me bajó la bragueta.

—¿Te gusta?

—¡Oh, sí! ¡Me encanta! —dijo sacando mi pene erecto del pantalón.

—¿No prefieres… la de Richi?

Se me quedó mirando fijamente y comenzó a masturbarme despacio.

—Si pudieras elegir —insistí—, ¿con cuál te quedarías?

Esbozó una sonrisa pícara y siguió masturbándome sin decir nada.

—Dime la verdad, ¿prefieres mi polla o la de Richi?

—¿En serio quieres saber la verdad?

—Oh, sí.

—¿Estás seguro de que quieres saberlo?

—Oh, sí, sí, cuéntamelo todo.

—Está bien, te lo voy a contar. Por supuesto que prefiero la polla de Richi.

—Ah, sí. ¿Folla bien? ¿Cuántas veces te lo follaste?

—Estuve follándome durante un mes. ¿Quieres saber cuándo fue la primera vez que follé con él?

—Oh, sí, dime.

Comenzó a acelerar el ritmo y se acercó para susurrarme al oído un secreto que, si no fuera por el alcohol y porque había notado que aquello realmente me excitaba, nunca se hubiera atrevido a revelar.

—La primera vez que follamos fue la misma noche que tú y yo nos conocimos. —Al escuchar aquello sentí vértigo, como si me asomara de repente al borde de un abismo al que estuviera a punto de caer. Y habría caído en él, si no fuera porque Marta me tenía agarrado por la polla. Mientras tú me escribías mensajes en el autobús de camino a Madrid y me decías lo contento que estabas de haberme conocido y me mandabas besitos, justo en ese momento, yo estaba en mi habitación follando con él. ¿Recuerdas esos cursos con los que estaba tan ocupada y que me impedían ir a verte a Madrid? Todo mentira. ¿Y esos problemas que te dije que tenía en el piso con mis compañeras? El problema es que me pasaba el día allí follando con Richi y ellas estaban hartas. Un día llegaron de hacer la compra y nos pillaron follando en el salón. Richi me tenía puesta a cuatro patas en el sofá. Ni siquiera se inmutó cuando mis compañeras entraron; al contrario, le hizo gracia ver cómo se escandalizaban al vernos. No seáis envidiosas, les dijo, aquí hay polla para todas.

Continuó dándome detalles mientras me masturbaba. Iba dosificando con habilidad la información, me revelaba lo justo para llevarme al borde del shock y entonces me apretaba fuerte la polla para impedir que me precipitara en el abismo de la conmoción. Siempre he pensado que todas las mujeres tienen algo de brujas. No tengo ninguna duda de que, en otra época, la mía la habrían quemado en la hoguera.

—Oooh, pu..ta —le repetía yo, mientras ella me susurraba al oído sus secretos más inconfesables—, eres… Una… puta.

—Sí, lo soy. Tienes suerte de que no te haya puesto todavía los cuernos. Aunque yo creo que, en el fondo, lo estás deseando. ¿A que sí?

—Ooooh, ooooh… pu… —Entre el shock y la excitación, yo era incapaz de articular palabra.

—Dime. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría que otro hombre me follara? ¿Un hombre de verdad? ¿Cómo, Richi?

—Ooooh, pu… puta.

—Oh, sí, lo soy. ¿Por qué crees que nunca te presenté a ninguna de mis compañeras de la facultad? ¿Por qué crees que decidí irme a vivir a Madrid contigo tan rápido?

—Oooh, ¿po… por qué?

—Porque en Salamanca todo el mundo sabía que era una guarra.

—Ooooh, oooh.

—Cuando te conocí vi la oportunidad de dejar esa vida atrás, de convertirme en una chica decente. Me hice a la idea de que eso solo habían sido locuras de juventud, de que ahora tocaba llevar una vida seria. Creía de verdad que podía convertirme en una mujer respetable, y durante todos estos años contigo me he empeñado en representar ese papel. Pero últimamente…

Se agachó y empezó a mamármela. Lo hizo como sabe que me gusta, mirándome fijamente a los ojos. Cuando notó que estaba a punto de correrme, paró y me estrujó los testículos para evitar que eyaculara. Entonces subió y se colocó otra vez junto a mi oído.

—¿Sabes lo que he pensado cuando he visto hoy a Richi? —me susurró—. ¿Cuándo le ha apretado el culo a la rubia y ha dicho que se iban al hotel a relajarse?

—¿Qué? —dije, mientras ella comenzaba otra vez a masturbarme.

—He pensado irme con él, dejarte allí plantado con la sombrilla y las hamacas e irme con él.

—Oooh, puta.

—Lo habría hecho, te juro que si él me lo hubiera pedido, lo habría hecho. No puedo evitarlo, es superior a mí.

Me cogió la mano y la llevó a su entrepierna. Le arremangué el vestido y palpé entre sus muslos. Tenía las bragas empapadas.

—Si me hubiera dicho… ah… allí mismo… “Chúpamela”, lo habría hecho, delante de ti, delante de toda la playa, me habría puesto de rodillas y se la habría chupado.

Le metí la mano en las bragas y comencé a masturbarla, mientras ella me masturbaba a mí.

—...lo habría hecho, Juan… se la habría chupado de rodillas allí mismo, en medio de la playa, delante de ti, delante de todo el mundo, para que todos vieran lo que soy. ¿Sabes lo que soy, Juan?

—Oooh, un… una… guarra.

—Sí. ¿Y sabes lo que eres tú? —dijo acelerando el ritmo.

—Ooooh, ¿qué?

—¿Quieres saber lo que eres? —insistió, masturbándome frenéticamente, hasta llevarme al borde del orgasmo; y entonces se acercó a mi oído y susurró:

—Un cornudo.

—Ooooooh, aaaaaaaaah… -eyaculé con un grito animal.

Ella lamió hasta la última gota de semen de mi piel y, acto seguido, sacó su vibrador de la maleta y comenzó a masturbarse. Me pidió que me acercara a ella, que la besara, que le apretara las tetas, que la llamara guarra… Mientras lo hacía, en mi mente se repetía la misma idea insidiosa: no eres suficientemente hombre para ella.

El resto de las vacaciones estuvo marcado por lo que, desde ese momento, se convirtió en mi mayor miedo y, a la vez, en mi mayor deseo: encontrarnos de nuevo con Richi.

[continuara...]
Estas crónicas están despertando más expectación de la que yo pensaba. Muchas gracias por los comentarios.
Aquí os dejo la tercera entrega. Espero que esté a la altura de vuestras expectativas.

Episodio 3: El pacto​


—No me encuentro muy bien —dice, mientras escribe por el móvil—, creo que voy un rato al hotel a descansar. Tú quédate. Nos vemos a la hora de comer.

Recoge las cosas y se marcha. Me quedo tumbado en la toalla tomando el sol, pero una inquietud interna me impide relajarme. Una hora después recojo todo y vuelvo al hotel. Cuando salgo del ascensor cargado con la sombrilla y las hamacas, oigo ruidos en el pasillo. A medida que me acerco a la habitación, mi pulso se acelera. Los ruidos, perfectamente reconocibles, provienen del interior. La puerta está abierta. La empujó. El corazón me da un vuelco.

—Aaaaaaah, aaaaaaaaah —gime Marta y se me queda mirando, extasiada de placer, mientras Richi la embiste con fuerza por detrás.

—Ooooh, qué rica está tu mujer, Juan. Y cómo le gusta que le den polla…

—Juan, ¿has traído el protector solar? —dice Marta buscando en la bolsa de baño—. ¿Juan? Juan. Juaaan

—Eh, ¿qué? —respondo aturdido.

—¿Qué te pasa, Juan? Estás en Babia. ¿En qué piensas?

—Eh, no, en nada.

—No sé qué te pasa hoy, pero llevas un día muy raro. Anda, ve poniendo la sombrilla, voy un momento al baño.

La veo caminar por la arena con su bikini rojo, atrayendo a su paso las miradas de los hombres, hasta que desaparece en el edificio de los baños públicos. No sé cuánto tiempo pasa; solo puedo atender a esta inquietud que crece en mi interior hasta apoderarse por completo de mí. Me pongo de pie y camino hacia los baños. Al acercarme, veo movimiento en el baño de caballeros. Algo pasa. Entro. Hay muchos hombres. Están formando un círculo. No puedo ver qué ocurre. Me abro paso. Mi corazón late con fuerza, a punto de salirse del pecho. Veo la sonrisa pícara de Richi, que sujeta en su mano una cabellera negra mientras le hacen una felación. A su alrededor, hombres con sus penes erectos fuera del pantalón parecen esperar su turno.

—Cariño —dice Marta girándose hacia mí con la enorme polla de Richi en la mano—, espérame fuera, termino enseguida.

—Sí, espera fuera, Juan —dice Richi—, o ponte a la cola, jajaja.

—Jajajajaja —ríen todos.

—Juan, ¿no has colocado la sombrilla? ¿Juan? Juan, Juaaan.

—Oh, ¿eh?, ¿qué?

—¿Pero qué demonios te pasa, Juan? Me voy al baño, vuelvo y sigues aquí en la misma postura mirando al infinito como si hubieras visto una aparición.

—¿Eh? Oh, sí, sí, ahora la pongo.

Coloqué la punta de la sombrilla en la arena y empujé para clavarla.

—Métela más adentro, Juan, que pareces nuevo —dijo Marta indiferente, mientras se ponía protector solar.

De repente me vi allí, arrodillado en la arena, mientras ella, de pie, extendía cuidadosamente el aceite por su piel tornasolada, y supe que algo había cambiado. Una confesión como la que ella me había hecho la noche anterior habría bastado para arruinar cualquier otro matrimonio. Paradójicamente, aquella revelación lo que consiguió fue afianzar más el nuestro. Hasta entonces nuestra relación había sido una relación de iguales, la relación de un hombre y una mujer que se miran frente a frente. Ahora ya no. A partir de ese día me acostumbré a mirarla desde abajo, de rodillas, como en ese momento me encontraba, y su persona adquirió un cariz completamente diferente. Cuanto más abajo me encontraba yo, más parecía ella elevarse. Me quedé completamente embobado mirándola, agarrado al palo de la sombrilla. Se había quitado la parte de arriba del bikini y extendía cuidadosamente el aceite por cada rincón de su torso desnudo. Admiré la perfecta redondez de sus pechos, coronados por dos hermosos pezones que, en ese momento, lucían erectos por el roce de sus manos. Mi mujer dejó de repente de ser mi mujer y se convirtió en una diosa a la que en ese mismo instante juré adorar para siempre. Una diosa que, como todos los dioses, exige de los mortales que la adoran sus ofrendas y sus sacrificios.

—¿Por qué me miras así?

—Estás… preciosa —respondí embobado.

—Jajaja, qué raro estás hoy, de verdad. Anda, tonto, ponme crema en la espalda.

Me puse inmediatamente de pie y cogí el bote de aceite con la ilusión de un niño al que se le acaba de encomendar, por primera vez, una tarea importante reservada solo a los adultos. Me eché crema en las manos y, antes de extenderla por su espalda, me paré un momento justo a un centímetro de su piel, solo para tomar conciencia del hecho. Iba a tocar por primera vez a la diosa, mi diosa, esa a la que hoy debo completa sumisión, esa que manda y ordena sobre mí, que puede someterme a todas las humillaciones que le plazca y que, aun así, me tendrá siempre como su más fiel servidor.

Le extendí con delicadeza el aceite por la espalda y, al sentir el divino roce de su piel, una ola de energía me recorrió el cuerpo. Se me erizó el vello, sentí un calor dentro del pecho y mi pene comenzó a crecer dentro de mi bañador.

—Mmmm, no sabía que se te daban tan bien los masajes, Juan. —(¡Oh, le gustan mis masajes!). Voy a tener que pedírtelo más a menudo. —(¡Oh, sí, mi diosa, puedes pedirme lo que tú quieras!)

—Gracias —dijo dándose la vuelta cuando acabé de ponerle la crema, y me dio un beso en la mejilla.

Caí de rodillas al suelo y la abracé por la cintura.

—Juan, ¿qué haces?

Le llené de besos el vientre y luego levanté la cabeza para observarla desde mi nueva posición. ¡Qué hermosa se ve mi diosa desde aquí abajo!, me dije.

—Juan, estás como una cabra.

Le besé de nuevo el vientre, los muslos, las rodillas, los pies…

—Juan, nos están mirando.

Yo me reí.

—Estás loco —dijo.

Por la tarde, a la hora de marcharnos, me colgué la bolsa de baño de un hombro, me puse la sombrilla debajo del brazo, cogí una hamaca con cada mano y dije:

—Vamos.

—Pero, hombre, déjame que te ayude —dijo ella echando mano de una de las hamacas—. No vas a llevarlo tú todo.

—¡No, no, no! ¡Yo! ¡Yo! —respondí.

Se me quedó mirando fijamente. Un poco extrañada al principio, hasta que finalmente comprendió. Entonces una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Se acercó a mí, abrió la bolsa que colgaba de mi hombro y sacó la funda con sus gafas de sol. Abrió la cremallera y extrajo las gafas. Cuando iba a cerrarla otra vez, se detuvo un momento sosteniendo el tirador del cierre entre la yema de sus dedos. Después de un instante de duda, lo soltó y acercó la funda de las gafas a mi boca, mirándome fijamente. Mordí el tirador y giré la cabeza para cerrar la cremallera. Ella puso de nuevo la funda dentro de la bolsa. Acto seguido, me dio un beso y me acarició la cabeza como se hace con un perrito obediente. Fue justo en ese momento. No hicieron falta palabras. Luego, más tarde, en el hotel, ultimaríamos los detalles. Pero el pacto ya estaba sellado.

Mi diosa se puso las gafas, se dio la vuelta y caminó delante de mí, contoneando su cintura como una modelo en una pasarela. Cuando abandonábamos el paseo marítimo, un grupo de jóvenes se la quedó mirando. Se oyó un silbido. ¡Cómo está!, escuché comentar a uno al pasar, y ya cuando me alejaba, como un susurro traído por el viento: ¡Menudo calzonazos!

[Continuara...]
 
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Aquí os dejo la tercera entrega. Espero que esté a la altura de vuestras expectativas.

Episodio 3: El pacto​


—No me encuentro muy bien —dice, mientras escribe por el móvil—, creo que voy un rato al hotel a descansar. Tú quédate. Nos vemos a la hora de comer.

Recoge las cosas y se marcha. Me quedo tumbado en la toalla tomando el sol, pero una inquietud interna me impide relajarme. Una hora después recojo todo y vuelvo al hotel. Cuando salgo del ascensor cargado con la sombrilla y las hamacas, oigo ruidos en el pasillo. A medida que me acerco a la habitación, mi pulso se acelera. Los ruidos, perfectamente reconocibles, provienen del interior. La puerta está abierta. La empujó. El corazón me da un vuelco.

—Aaaaaaah, aaaaaaaaah —gime Marta y se me queda mirando, extasiada de placer, mientras Richi la embiste con fuerza por detrás.

—Ooooh, qué rica está tu mujer, Juan. Y cómo le gusta que le den polla…

—Juan, ¿has traído el protector solar? —dice Marta buscando en la bolsa de baño—. ¿Juan? Juan. Juaaan

—Eh, ¿qué? —respondo aturdido.

—¿Qué te pasa, Juan? Estás en Babia. ¿En qué piensas?

—Eh, no, en nada.

—No sé qué te pasa hoy, pero llevas un día muy raro. Anda, ve poniendo la sombrilla, voy un momento al baño.

La veo caminar por la arena con su bikini rojo, atrayendo a su paso las miradas de los hombres, hasta que desaparece en el edificio de los baños públicos. No sé cuánto tiempo pasa; solo puedo atender a esta inquietud que crece en mi interior hasta apoderarse por completo de mí. Me pongo de pie y camino hacia los baños. Al acercarme, veo movimiento en el baño de caballeros. Algo pasa. Entro. Hay muchos hombres. Están formando un círculo. No puedo ver qué ocurre. Me abro paso. Mi corazón late con fuerza, a punto de salirse del pecho. Veo la sonrisa pícara de Richi, que sujeta en su mano una cabellera negra mientras le hacen una felación. A su alrededor, hombres con sus penes erectos fuera del pantalón parecen esperar su turno.

—Cariño —dice Marta girándose hacia mí con la enorme polla de Richi en la mano—, espérame fuera, termino enseguida.

—Sí, espera fuera, Juan —dice Richi—, o ponte a la cola, jajaja.

—Jajajajaja —ríen todos.

—Juan, ¿no has colocado la sombrilla? ¿Juan? Juan, Juaaan.

—Oh, ¿eh?, ¿qué?

—¿Pero qué demonios te pasa, Juan? Me voy al baño, vuelvo y sigues aquí en la misma postura mirando al infinito como si hubieras visto una aparición.

—¿Eh? Oh, sí, sí, ahora la pongo.

Coloqué la punta de la sombrilla en la arena y empujé para clavarla.

—Métela más adentro, Juan, que pareces nuevo —dijo Marta indiferente, mientras se ponía protector solar.

De repente me vi allí, arrodillado en la arena, mientras ella, de pie, extendía cuidadosamente el aceite por su piel tornasolada, y supe que algo había cambiado. Una confesión como la que ella me había hecho la noche anterior habría bastado para arruinar cualquier otro matrimonio. Paradójicamente, aquella revelación lo que consiguió fue afianzar más el nuestro. Hasta entonces nuestra relación había sido una relación de iguales, la relación de un hombre y una mujer que se miran frente a frente. Ahora ya no. A partir de ese día me acostumbré a mirarla desde abajo, de rodillas, como en ese momento me encontraba, y su persona adquirió un cariz completamente diferente. Cuanto más abajo me encontraba yo, más parecía ella elevarse. Me quedé completamente embobado mirándola, agarrado al palo de la sombrilla. Se había quitado la parte de arriba del bikini y extendía cuidadosamente el aceite por cada rincón de su torso desnudo. Admiré la perfecta redondez de sus pechos, coronados por dos hermosos pezones que, en ese momento, lucían erectos por el roce de sus manos. Mi mujer dejó de repente de ser mi mujer y se convirtió en una diosa a la que en ese mismo instante juré adorar para siempre. Una diosa que, como todos los dioses, exige de los mortales que la adoran sus ofrendas y sus sacrificios.

—¿Por qué me miras así?

—Estás… preciosa —respondí embobado.

—Jajaja, qué raro estás hoy, de verdad. Anda, tonto, ponme crema en la espalda.

Me puse inmediatamente de pie y cogí el bote de aceite con la ilusión de un niño al que se le acaba de encomendar, por primera vez, una tarea importante reservada solo a los adultos. Me eché crema en las manos y, antes de extenderla por su espalda, me paré un momento justo a un centímetro de su piel, solo para tomar conciencia del hecho. Iba a tocar por primera vez a la diosa, mi diosa, esa a la que hoy debo completa sumisión, esa que manda y ordena sobre mí, que puede someterme a todas las humillaciones que le plazca y que, aun así, me tendrá siempre como su más fiel servidor.

Le extendí con delicadeza el aceite por la espalda y, al sentir el divino roce de su piel, una ola de energía me recorrió el cuerpo. Se me erizó el vello, sentí un calor dentro del pecho y mi pene comenzó a crecer dentro de mi bañador.

—Mmmm, no sabía que se te daban tan bien los masajes, Juan. —(¡Oh, le gustan mis masajes!). Voy a tener que pedírtelo más a menudo. —(¡Oh, sí, mi diosa, puedes pedirme lo que tú quieras!)

—Gracias —dijo dándose la vuelta cuando acabé de ponerle la crema, y me dio un beso en la mejilla.

Caí de rodillas al suelo y la abracé por la cintura.

—Juan, ¿qué haces?

Le llené de besos el vientre y luego levanté la cabeza para observarla desde mi nueva posición. ¡Qué hermosa se ve mi diosa desde aquí abajo!, me dije.

—Juan, estás como una cabra.

Le besé de nuevo el vientre, los muslos, las rodillas, los pies…

—Juan, nos están mirando.

Yo me reí.

—Estás loco —dijo.

Por la tarde, a la hora de marcharnos, me colgué la bolsa de baño de un hombro, me puse la sombrilla debajo del brazo, cogí una hamaca con cada mano y dije:

—Vamos.

—Pero, hombre, déjame que te ayude —dijo ella echando mano de una de las hamacas—. No vas a llevarlo tú todo.

—¡No, no, no! ¡Yo! ¡Yo! —respondí.

Se me quedó mirando fijamente. Un poco extrañada al principio, hasta que finalmente comprendió. Entonces una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Se acercó a mí, abrió la bolsa que colgaba de mi hombro y sacó la funda con sus gafas de sol. Abrió la cremallera y extrajo las gafas. Cuando iba a cerrarla otra vez, se detuvo un momento sosteniendo el tirador del cierre entre la yema de sus dedos. Después de un instante de duda, lo soltó y acercó la funda de las gafas a mi boca, mirándome fijamente. Mordí el tirador y giré la cabeza para cerrar la cremallera. Ella puso de nuevo la funda dentro de la bolsa. Acto seguido, me dio un beso y me acarició la cabeza como se hace con un perrito obediente. Fue justo en ese momento. No hicieron falta palabras. Luego, más tarde, en el hotel, ultimaríamos los detalles. Pero el pacto ya estaba sellado.

Mi diosa se puso las gafas, se dio la vuelta y caminó delante de mí, contoneando su cintura como una modelo en una pasarela. Cuando abandonábamos el paseo marítimo, un grupo de jóvenes se la quedó mirando. Se oyó un silbido. ¡Cómo está!, escuché comentar a uno al pasar, y ya cuando me alejaba, como un susurro traído por el viento: ¡Menudo calzonazos!

[Continuara...]
Me encanta.. el desarrollo... porfavor perpetua esos momenntos...
 
Estas crónicas están despertando más expectación de la que yo pensaba. Muchas gracias por los comentarios.
Aquí os dejo la tercera entrega. Espero que esté a la altura de vuestras expectativas.

Episodio 3: El pacto​


—No me encuentro muy bien —dice, mientras escribe por el móvil—, creo que voy un rato al hotel a descansar. Tú quédate. Nos vemos a la hora de comer.

Recoge las cosas y se marcha. Me quedo tumbado en la toalla tomando el sol, pero una inquietud interna me impide relajarme. Una hora después recojo todo y vuelvo al hotel. Cuando salgo del ascensor cargado con la sombrilla y las hamacas, oigo ruidos en el pasillo. A medida que me acerco a la habitación, mi pulso se acelera. Los ruidos, perfectamente reconocibles, provienen del interior. La puerta está abierta. La empujó. El corazón me da un vuelco.

—Aaaaaaah, aaaaaaaaah —gime Marta y se me queda mirando, extasiada de placer, mientras Richi la embiste con fuerza por detrás.

—Ooooh, qué rica está tu mujer, Juan. Y cómo le gusta que le den polla…

—Juan, ¿has traído el protector solar? —dice Marta buscando en la bolsa de baño—. ¿Juan? Juan. Juaaan

—Eh, ¿qué? —respondo aturdido.

—¿Qué te pasa, Juan? Estás en Babia. ¿En qué piensas?

—Eh, no, en nada.

—No sé qué te pasa hoy, pero llevas un día muy raro. Anda, ve poniendo la sombrilla, voy un momento al baño.

La veo caminar por la arena con su bikini rojo, atrayendo a su paso las miradas de los hombres, hasta que desaparece en el edificio de los baños públicos. No sé cuánto tiempo pasa; solo puedo atender a esta inquietud que crece en mi interior hasta apoderarse por completo de mí. Me pongo de pie y camino hacia los baños. Al acercarme, veo movimiento en el baño de caballeros. Algo pasa. Entro. Hay muchos hombres. Están formando un círculo. No puedo ver qué ocurre. Me abro paso. Mi corazón late con fuerza, a punto de salirse del pecho. Veo la sonrisa pícara de Richi, que sujeta en su mano una cabellera negra mientras le hacen una felación. A su alrededor, hombres con sus penes erectos fuera del pantalón parecen esperar su turno.

—Cariño —dice Marta girándose hacia mí con la enorme polla de Richi en la mano—, espérame fuera, termino enseguida.

—Sí, espera fuera, Juan —dice Richi—, o ponte a la cola, jajaja.

—Jajajajaja —ríen todos.

—Juan, ¿no has colocado la sombrilla? ¿Juan? Juan, Juaaan.

—Oh, ¿eh?, ¿qué?

—¿Pero qué demonios te pasa, Juan? Me voy al baño, vuelvo y sigues aquí en la misma postura mirando al infinito como si hubieras visto una aparición.

—¿Eh? Oh, sí, sí, ahora la pongo.

Coloqué la punta de la sombrilla en la arena y empujé para clavarla.

—Métela más adentro, Juan, que pareces nuevo —dijo Marta indiferente, mientras se ponía protector solar.

De repente me vi allí, arrodillado en la arena, mientras ella, de pie, extendía cuidadosamente el aceite por su piel tornasolada, y supe que algo había cambiado. Una confesión como la que ella me había hecho la noche anterior habría bastado para arruinar cualquier otro matrimonio. Paradójicamente, aquella revelación lo que consiguió fue afianzar más el nuestro. Hasta entonces nuestra relación había sido una relación de iguales, la relación de un hombre y una mujer que se miran frente a frente. Ahora ya no. A partir de ese día me acostumbré a mirarla desde abajo, de rodillas, como en ese momento me encontraba, y su persona adquirió un cariz completamente diferente. Cuanto más abajo me encontraba yo, más parecía ella elevarse. Me quedé completamente embobado mirándola, agarrado al palo de la sombrilla. Se había quitado la parte de arriba del bikini y extendía cuidadosamente el aceite por cada rincón de su torso desnudo. Admiré la perfecta redondez de sus pechos, coronados por dos hermosos pezones que, en ese momento, lucían erectos por el roce de sus manos. Mi mujer dejó de repente de ser mi mujer y se convirtió en una diosa a la que en ese mismo instante juré adorar para siempre. Una diosa que, como todos los dioses, exige de los mortales que la adoran sus ofrendas y sus sacrificios.

—¿Por qué me miras así?

—Estás… preciosa —respondí embobado.

—Jajaja, qué raro estás hoy, de verdad. Anda, tonto, ponme crema en la espalda.

Me puse inmediatamente de pie y cogí el bote de aceite con la ilusión de un niño al que se le acaba de encomendar, por primera vez, una tarea importante reservada solo a los adultos. Me eché crema en las manos y, antes de extenderla por su espalda, me paré un momento justo a un centímetro de su piel, solo para tomar conciencia del hecho. Iba a tocar por primera vez a la diosa, mi diosa, esa a la que hoy debo completa sumisión, esa que manda y ordena sobre mí, que puede someterme a todas las humillaciones que le plazca y que, aun así, me tendrá siempre como su más fiel servidor.

Le extendí con delicadeza el aceite por la espalda y, al sentir el divino roce de su piel, una ola de energía me recorrió el cuerpo. Se me erizó el vello, sentí un calor dentro del pecho y mi pene comenzó a crecer dentro de mi bañador.

—Mmmm, no sabía que se te daban tan bien los masajes, Juan. —(¡Oh, le gustan mis masajes!). Voy a tener que pedírtelo más a menudo. —(¡Oh, sí, mi diosa, puedes pedirme lo que tú quieras!)

—Gracias —dijo dándose la vuelta cuando acabé de ponerle la crema, y me dio un beso en la mejilla.

Caí de rodillas al suelo y la abracé por la cintura.

—Juan, ¿qué haces?

Le llené de besos el vientre y luego levanté la cabeza para observarla desde mi nueva posición. ¡Qué hermosa se ve mi diosa desde aquí abajo!, me dije.

—Juan, estás como una cabra.

Le besé de nuevo el vientre, los muslos, las rodillas, los pies…

—Juan, nos están mirando.

Yo me reí.

—Estás loco —dijo.

Por la tarde, a la hora de marcharnos, me colgué la bolsa de baño de un hombro, me puse la sombrilla debajo del brazo, cogí una hamaca con cada mano y dije:

—Vamos.

—Pero, hombre, déjame que te ayude —dijo ella echando mano de una de las hamacas—. No vas a llevarlo tú todo.

—¡No, no, no! ¡Yo! ¡Yo! —respondí.

Se me quedó mirando fijamente. Un poco extrañada al principio, hasta que finalmente comprendió. Entonces una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Se acercó a mí, abrió la bolsa que colgaba de mi hombro y sacó la funda con sus gafas de sol. Abrió la cremallera y extrajo las gafas. Cuando iba a cerrarla otra vez, se detuvo un momento sosteniendo el tirador del cierre entre la yema de sus dedos. Después de un instante de duda, lo soltó y acercó la funda de las gafas a mi boca, mirándome fijamente. Mordí el tirador y giré la cabeza para cerrar la cremallera. Ella puso de nuevo la funda dentro de la bolsa. Acto seguido, me dio un beso y me acarició la cabeza como se hace con un perrito obediente. Fue justo en ese momento. No hicieron falta palabras. Luego, más tarde, en el hotel, ultimaríamos los detalles. Pero el pacto ya estaba sellado.

Mi diosa se puso las gafas, se dio la vuelta y caminó delante de mí, contoneando su cintura como una modelo en una pasarela. Cuando abandonábamos el paseo marítimo, un grupo de jóvenes se la quedó mirando. Se oyó un silbido. ¡Cómo está!, escuché comentar a uno al pasar, y ya cuando me alejaba, como un susurro traído por el viento: ¡Menudo calzonazos!

[Continuara...]
Me encanta.. el desarrollo... porfavor perpetua esos momenntos...
 
Estas crónicas están despertando más expectación de la que yo pensaba. Muchas gracias por los comentarios.
Aquí os dejo la tercera entrega. Espero que esté a la altura de vuestras expectativas.

Episodio 3: El pacto​


—No me encuentro muy bien —dice, mientras escribe por el móvil—, creo que voy un rato al hotel a descansar. Tú quédate. Nos vemos a la hora de comer.

Recoge las cosas y se marcha. Me quedo tumbado en la toalla tomando el sol, pero una inquietud interna me impide relajarme. Una hora después recojo todo y vuelvo al hotel. Cuando salgo del ascensor cargado con la sombrilla y las hamacas, oigo ruidos en el pasillo. A medida que me acerco a la habitación, mi pulso se acelera. Los ruidos, perfectamente reconocibles, provienen del interior. La puerta está abierta. La empujó. El corazón me da un vuelco.

—Aaaaaaah, aaaaaaaaah —gime Marta y se me queda mirando, extasiada de placer, mientras Richi la embiste con fuerza por detrás.

—Ooooh, qué rica está tu mujer, Juan. Y cómo le gusta que le den polla…

—Juan, ¿has traído el protector solar? —dice Marta buscando en la bolsa de baño—. ¿Juan? Juan. Juaaan

—Eh, ¿qué? —respondo aturdido.

—¿Qué te pasa, Juan? Estás en Babia. ¿En qué piensas?

—Eh, no, en nada.

—No sé qué te pasa hoy, pero llevas un día muy raro. Anda, ve poniendo la sombrilla, voy un momento al baño.

La veo caminar por la arena con su bikini rojo, atrayendo a su paso las miradas de los hombres, hasta que desaparece en el edificio de los baños públicos. No sé cuánto tiempo pasa; solo puedo atender a esta inquietud que crece en mi interior hasta apoderarse por completo de mí. Me pongo de pie y camino hacia los baños. Al acercarme, veo movimiento en el baño de caballeros. Algo pasa. Entro. Hay muchos hombres. Están formando un círculo. No puedo ver qué ocurre. Me abro paso. Mi corazón late con fuerza, a punto de salirse del pecho. Veo la sonrisa pícara de Richi, que sujeta en su mano una cabellera negra mientras le hacen una felación. A su alrededor, hombres con sus penes erectos fuera del pantalón parecen esperar su turno.

—Cariño —dice Marta girándose hacia mí con la enorme polla de Richi en la mano—, espérame fuera, termino enseguida.

—Sí, espera fuera, Juan —dice Richi—, o ponte a la cola, jajaja.

—Jajajajaja —ríen todos.

—Juan, ¿no has colocado la sombrilla? ¿Juan? Juan, Juaaan.

—Oh, ¿eh?, ¿qué?

—¿Pero qué demonios te pasa, Juan? Me voy al baño, vuelvo y sigues aquí en la misma postura mirando al infinito como si hubieras visto una aparición.

—¿Eh? Oh, sí, sí, ahora la pongo.

Coloqué la punta de la sombrilla en la arena y empujé para clavarla.

—Métela más adentro, Juan, que pareces nuevo —dijo Marta indiferente, mientras se ponía protector solar.

De repente me vi allí, arrodillado en la arena, mientras ella, de pie, extendía cuidadosamente el aceite por su piel tornasolada, y supe que algo había cambiado. Una confesión como la que ella me había hecho la noche anterior habría bastado para arruinar cualquier otro matrimonio. Paradójicamente, aquella revelación lo que consiguió fue afianzar más el nuestro. Hasta entonces nuestra relación había sido una relación de iguales, la relación de un hombre y una mujer que se miran frente a frente. Ahora ya no. A partir de ese día me acostumbré a mirarla desde abajo, de rodillas, como en ese momento me encontraba, y su persona adquirió un cariz completamente diferente. Cuanto más abajo me encontraba yo, más parecía ella elevarse. Me quedé completamente embobado mirándola, agarrado al palo de la sombrilla. Se había quitado la parte de arriba del bikini y extendía cuidadosamente el aceite por cada rincón de su torso desnudo. Admiré la perfecta redondez de sus pechos, coronados por dos hermosos pezones que, en ese momento, lucían erectos por el roce de sus manos. Mi mujer dejó de repente de ser mi mujer y se convirtió en una diosa a la que en ese mismo instante juré adorar para siempre. Una diosa que, como todos los dioses, exige de los mortales que la adoran sus ofrendas y sus sacrificios.

—¿Por qué me miras así?

—Estás… preciosa —respondí embobado.

—Jajaja, qué raro estás hoy, de verdad. Anda, tonto, ponme crema en la espalda.

Me puse inmediatamente de pie y cogí el bote de aceite con la ilusión de un niño al que se le acaba de encomendar, por primera vez, una tarea importante reservada solo a los adultos. Me eché crema en las manos y, antes de extenderla por su espalda, me paré un momento justo a un centímetro de su piel, solo para tomar conciencia del hecho. Iba a tocar por primera vez a la diosa, mi diosa, esa a la que hoy debo completa sumisión, esa que manda y ordena sobre mí, que puede someterme a todas las humillaciones que le plazca y que, aun así, me tendrá siempre como su más fiel servidor.

Le extendí con delicadeza el aceite por la espalda y, al sentir el divino roce de su piel, una ola de energía me recorrió el cuerpo. Se me erizó el vello, sentí un calor dentro del pecho y mi pene comenzó a crecer dentro de mi bañador.

—Mmmm, no sabía que se te daban tan bien los masajes, Juan. —(¡Oh, le gustan mis masajes!). Voy a tener que pedírtelo más a menudo. —(¡Oh, sí, mi diosa, puedes pedirme lo que tú quieras!)

—Gracias —dijo dándose la vuelta cuando acabé de ponerle la crema, y me dio un beso en la mejilla.

Caí de rodillas al suelo y la abracé por la cintura.

—Juan, ¿qué haces?

Le llené de besos el vientre y luego levanté la cabeza para observarla desde mi nueva posición. ¡Qué hermosa se ve mi diosa desde aquí abajo!, me dije.

—Juan, estás como una cabra.

Le besé de nuevo el vientre, los muslos, las rodillas, los pies…

—Juan, nos están mirando.

Yo me reí.

—Estás loco —dijo.

Por la tarde, a la hora de marcharnos, me colgué la bolsa de baño de un hombro, me puse la sombrilla debajo del brazo, cogí una hamaca con cada mano y dije:

—Vamos.

—Pero, hombre, déjame que te ayude —dijo ella echando mano de una de las hamacas—. No vas a llevarlo tú todo.

—¡No, no, no! ¡Yo! ¡Yo! —respondí.

Se me quedó mirando fijamente. Un poco extrañada al principio, hasta que finalmente comprendió. Entonces una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Se acercó a mí, abrió la bolsa que colgaba de mi hombro y sacó la funda con sus gafas de sol. Abrió la cremallera y extrajo las gafas. Cuando iba a cerrarla otra vez, se detuvo un momento sosteniendo el tirador del cierre entre la yema de sus dedos. Después de un instante de duda, lo soltó y acercó la funda de las gafas a mi boca, mirándome fijamente. Mordí el tirador y giré la cabeza para cerrar la cremallera. Ella puso de nuevo la funda dentro de la bolsa. Acto seguido, me dio un beso y me acarició la cabeza como se hace con un perrito obediente. Fue justo en ese momento. No hicieron falta palabras. Luego, más tarde, en el hotel, ultimaríamos los detalles. Pero el pacto ya estaba sellado.

Mi diosa se puso las gafas, se dio la vuelta y caminó delante de mí, contoneando su cintura como una modelo en una pasarela. Cuando abandonábamos el paseo marítimo, un grupo de jóvenes se la quedó mirando. Se oyó un silbido. ¡Cómo está!, escuché comentar a uno al pasar, y ya cuando me alejaba, como un susurro traído por el viento: ¡Menudo calzonazos!

[Continuara...]
Episodio 4: Consumación

Llegados a este punto seguramente os preguntaréis: pero bueno, ¿qué pasó finalmente con Richi? ¿Os volvisteis a cruzar con él? Sé que desearíais que os dijera que sí, que nos cruzamos de nuevo con él y que el encuentro dio pie a escenas tan humillantes para el que esto escribe como morbosas y excitantes para los que lo leéis. Pero ese encuentro, por mucho que ahora me pese, no llegó a producirse. Y quizá fue mejor así. En la vida, como en el sexo, conviene que las cosas se desarrollen de forma gradual. Si el encuentro con Richi no se produjo, fue porque quizá no era el momento para ello. Es inútil querer correr cuando uno todavía no ha aprendido a andar, y yo estaba aún por dar mis primeros pasos en el mundo del adulterio consentido. Es eso lo que he venido a contaros hoy.

Nuestro pacto, cuyos detalles, como dije en el episodio anterior, ultimamos aquella misma tarde al volver al hotel, se resumía en que ella podía gozar de su cuerpo como, cuando, donde y con quien quisiera sin necesidad de informarme y, mucho menos, de pedirme permiso, mientras que yo no podía hacer otra cosa que joderme. Para deleite de mi mujercita, yo no iba conformarme solo con joderme y consentir sus infidelidades sino que, como buen aspirante a cornudo, me encargaría de poner todas las facilidades para que la infidelidad se produjera.

Poco después de volver de vacaciones, hubo algunos cambios en mi oficina. Varios colegas recibieron ofertas de empleo en el extranjero, con buenas condiciones económicas, y decidieron marcharse; por lo cual hubo que contratar nuevo personal. Como yo era ahora el miembro del departamento con más experiencia, fui el encargado de supervisar a los nuevos empleados durante sus primeras semanas en la oficina. Fue bastante fácil, la verdad, era gente joven, activa y con muchas ganas de aprender. Había buen rollo con todos, pero especialmente con uno de ellos, Carlos. Era un tipo encantador; educado, inteligente y con sentido del humor. Además, le gustaba el deporte, como a mí. Se le notaba que hacía ejercicio, tenía una figura bastante atlética. Una tarde le invité a jugar un partido de tenis.

Aproveché y reservé una pista en el club que hay justo al dado de mi casa, con la intención de invitarle después a tomar una cerveza. El tío jugaba muy bien, y estaba en buena forma. La verdad es que no le costó mucho ganarme. Me excusé diciendo que no estaba en mi mejor forma y que eso se nota cuando te enfrentas a un jugador 10 años más joven que tú. Le propuse jugar otro día la revancha y le invité a tomar algo en casa.

Ya le había hablado a Marta de los nuevos compañeros de la oficina y de lo bien que me llevaba con ellos, especialmente con Carlos. La muy pícara había preguntado si el tal Carlos era guapo, a lo que yo respondí afirmativamente. Cuando ese día le conté que iba a jugar al tenis con él, respondió: “¿con quién, con el guapo?” No le dije que tenía pensado traerlo a casa después del partido, pero estaba seguro de que ella lo intuía.

-¡Cariño! -dije al entrar- ¿Estás en casa?

-Sí, cielo, estoy aquí fregando el baño.

Oí el sonido de la ducha y, de repente, un grito.

-¿Pasa algo, cariño? -pregunté.

Marta salió del baño con la camiseta empapada. No llevaba sujetador y, bajo la tela mojada, se veía perfectamente el relieve de sus pechos.

-Uy, qué tonta soy, mira como me puesto -dijo.

-Tenemos visita, Marta.

-Uy, y yo con estas pintas.

-Este es Carlos, el nuevo compañero de la oficina, ya te he hablado de él.

-Hola, Carlos -dijo acercándose a él y dándole dos besos-. Perdona que te reciba así, es que me has pillado fregando el baño y… -señaló la camiseta, donde se marcaban claramente sus pezones.

-Ho...la, no te preocupes, no… pasa nada -respondió Carlos un poco cohibido ante el descaro de mi mujer.

-¿Te pongo… -preguntó Marta, haciendo una pausa intencionada y mirándole a los ojos.

-¿Eh?

-¿...algo de beber? ¿Una cerveza?

-Ah, sí, vale.

Nos sentamos en la mesa del salón y Marta fue a la cocina a buscar las cervezas. La vi aparecer poco después con dos botellines en la mano. Se acercó a Carlos por detrás y le puso una mano en el hombro, mientras con la otra dejaba las cervezas encima de la mesa. Acarició con el dedo el cuello del botellín de Carlos y, acercándose a su oído, le dijo con voz sensual:

-¿Te la bebes así o prefieres que te traiga un vaso? -y al hacerlo, cerró la mano sobre el cuello de la botella y empujó hacia abajo como si estuviera descapullando un pene.

-Eh… así está… bien -respondió él observando cómo la mano de mi mujer se deslizaba sobre el cristal de la botella.

-Vale, si quieres cualquier cosa me dices -añadió ella, acercándose aún más y poniéndole ahora una mano en cada hombro -, voy a seguir con lo mío.

Se fue al baño y nosotros continuamos con nuestra conversación, aunque no por mucho tiempo. Cuando terminamos la cerveza, Carlos dijo que tenía que irse. Se le notaba incómodo, la actitud de mi mujer ciertamente lo había desconcertado. Lo acompañé hasta la puerta y nos despedimos.

Al día siguiente en la oficina lo noté raro, más distante de lo habitual. En un momento en el que nos quedamos solos, sin pensarlo mucho, le espeté:

-¿Te gusta mi mujer?

-¿¡Qué!?

-No pasa nada, puedes decírmelo, hay confianza.

Dudo un momento e hizo amago de decir algo, pero finalmente se quedó callado.

-Te voy a pasar su número -dije-. Invítala a salir un día, que se divierta. A mí eso de la salir por la noche ya… Tú en cambio eres joven, seguro que contigo se lo pasa bien.

Le di una palmadita en la espalda y le guiñé un ojo. Él no dijo nada, y no volvimos a hablar del tema (por el momento). En los días sucesivos Marta me preguntó por él: ¿qué tal tu nuevo compañero de trabajo, el guapo? ¿No vas a invitarlo otra vez a casa? Lo repitió durante varios días y luego no volvió a mencionarlo. Parecía haberse olvidado de él. Una tarde después de volver del trabajo, varias semanas después, me la encontré en la habitación arreglándose. Un vestido ceñido, medias, zapatos de tacón…

-¿Vas a salir?

-Sí.

-¿Dónde vas? ¿Has quedado… con alguien?

-¿Desde cuándo tengo que darte yo a ti explicaciones de dónde voy o con quién?

La respuesta fue tan cortante que me sentí como un estúpido.

-Perdón -dije cabizbajo, como un niño que trata de congraciarse con su mamá.

-No pasa nada, anda, súbeme la cremallera.

Agarré con mano temblorosa el cierre de la cremallera. Justo antes de subirla, entreví por la abertura del vestido un tanga rojo. Nunca antes se lo había visto, debía de ser nuevo. Advertí, además, al recorrer con la mirada su espalda desnuda mientras le subía la cremallera, que no llevaba sujetador.

-Gracias, cariño -dijo y, después de darme un beso en la mejilla, añadió-. No me esperes para cenar, seguramente llegaré tarde.

-Vale, pásatelo… bien.

-Me lo pienso pasar muy bien -dijo guiñando un ojo y se fue.

Me quedé allí parado de pie frente a la puerta y, de repente, sentí una punzada en el corazón. Un dolor extrañamente familiar se apoderó de mí y sentí ganas de llorar. Era un dolor que ya había sentido antes. Sin duda lo había sentido durante mi etapa universitaria, cuando veía a mis compañeros de piso irse con las chicas que me gustaban, o en mi adolescencia, cuando las chicas me pedían ayuda con los deberes y luego se iban con los malos de la clase. Pero sabía que todos esos recuerdos no eran más que el eco de un trauma anterior, uno que había estallado en algún momento remoto de mi pasado y cuya honda expansiva se había extendido hasta el presente y reverberaba ahora como la puerta que mi mujer acababa de cerrar. Buceé en mi memoria tratando de identificar el momento exacto en que se produjo la explosión. Me llevó un buen rato, pues tuve que remontarme muy atrás, hasta mi más tierna infancia, pero finalmente lo localicé. Localicé el momento y a la responsable de esa punzada que ahora mismo sentía en el corazón y que con el recuerdo empezó a hacerse más intensa: Paula.

Mi vecina Paula, una niñita rubia de ojos azules con la que pasaba la mayor parte de mi tiempo cuando tenía 7 u 8 años. Éramos inseparables, íbamos juntos al colegio, nos sentábamos el uno al lado del otro en clase, pasábamos las tardes jugando en su casa o en la mía y hasta dormimos juntos en alguna ocasión. Todo el mundo pensaba que éramos novios y nosotros mismos estábamos convencidos de que cuando fuéramos mayores nos casaríamos y tendríamos una familia. Creo que nunca en mi vida he sido tan feliz. Pero esa felicidad quedó truncada para siempre cuando apareció Dani. Dani el travieso lo llamaban, como el personaje de los dibujos animados. No creo que sea necesario alargarme demasiado en la historia. Bastará con que describa el momento exacto de la explosión, cuando mi paraíso infantil saltó definitivamente por los aires. Era la hora del recreo, había perdido de vista a Paula y la buscaba para compartir con ella el bocadillo, como era nuestra costumbre. Después de recorrer el patio sin dar con ella, di la vuelta al edificio del colegio y me dirigí a la parte trasera. Al girar una esquina los vi, dados de la mano bajo un árbol. Se miraban fijamente el uno al otro. Sus labios se fueron acercando poco a poco, y en el mismo momento en que se rozaron, como si acabaran de pulsar un detonador, mi corazón estalló en mil pedazos. Por si eso no fuera suficiente, después de besar a Dani en los labios, Paula se levantó la falda y le enseñó sus braguitas. Dani se puso de rodillas, le bajó las braguitas despacio y el dio un beso en el chochito; a lo que Paula respondió con una risita tímida, tapándose la cara con las manos.

Ahora, al recordarlo, frente a la puerta por la que acababa de salir mi mujer, fue como si la explosión se produjera de nuevo con la misma intensidad que entonces. Me eché a llorar como un niño sin poder evitarlo. Imaginé a mi esposa yendo al encuentro de otro hombre, besándolo, dejándose manosear, abriéndose de piernas para él… Empecé a dar vueltas por el piso como un loco. Cogí el móvil en varias ocasiones, dispuesto a llamar a Marta para suplicarle que, por favor, volviera a casa. Tiene gracia. Aquellos fueron momentos realmente angustiosos para mí y, sin embargo, ahora daría lo que fuera por volver a sentir aquella angustia. ¡Esa primera vez fue tan intensa! No paraba de dar vueltas por el piso como un loco con el móvil en la mano dudando si llamarla o no llamarla, temiendo realmente que aquello significara perderla para siempre. Finalmente, llamé. Sonó un tono, dos… el corazón me latía como si se me fuera a salir del pecho. Colgué rápidamente, antes de que le diera tiempo a cogerlo. Quizá se preocupe al ver la llamada, pensé, y crea que ha pasado algo. Oh, no, me dije, voy a arruinar su cita. Entonces le mandé un mensaje: Solo te llamaba para desearte que lo pases muy bien esta noche :-*

Dejó el mensaje en visto, pero no respondió. Pasó un hora. Dos. Y no respondía. No pude resistir la tentación y volví a escribir: “Espero que lo estés pasando bien, cariño. Es solo para saber si vas a llegar muy tarde”. De nuevo, lo dejó en visto, pero no respondió. Me pasé otras dos horas mirando el móvil cada 5 minutos para ver si respondía. En una de esas, al abrir el chat, me encontré con el icono “grabando audio”.

En la grabación se oía música de fondo, debía de estar en un pub o una discoteca. La oía susurrar algo a otra persona, no podía entender lo que decía, pero estaba seguro de que era su voz. Luego se oían risas. Y por fin su mensaje: “cariño, no me esperes despierto, llegaré tarde”. De nuevo risas, la suya y la de alguien más, un hombre. Y ahí se cortaba el audio.

Supongo que podéis captar la ironía del mensaje: ¡no me esperes despierto! (=sé que después de escuchar este mensaje no vas a poder pegar ojo en toda la noche). ¡Menuda zorra!, pensé. Efectivamente, estuve dando vueltas en la cama toda la noche, escuchando una y otra vez el audio, mirando el móvil por si me enviaba algún otro mensaje. No recibí nada más.

Por la mañana, a eso de las 8, me levanté de la cama. Ella todavía no había llegado. Me puse a limpiar el piso, por mantenerme ocupado, y luego a hacer la comida. A las 11:30 por fin oí abrirse la puerta del piso y después el sonido de sus tacones. Salí a recibirla con el delantal puesto y una cuchara de madera en la mano.

-Buenos días, cariño -le dije. Noté que me temblaba la mano.

-Buenos días. Mmmm, qué bien huele.

-Estoy haciendo la comida. Tu plato favorito.

-Oh, qué mono -dijo, y me dio un beso-. Voy a darme una ducha.

Un rato más tarde, mientras removía el estofado, la sentí detrás de mí. Me abrazó por la espalda y, de repente, todas las tribulaciones de la noche anterior se esfumaron. La notaba feliz, y eso me hacía feliz. No había ninguna necesidad de preguntarle, el hecho de verla feliz bastaba. Pero… ¿hubierais podido resistir vosotros la tentación de saber? ¿Os hubierais privado de pasar por la humillación de escuchar a vuestra mujer dándoos detalles de cómo acaba de montárselo con otro hombre?

[continuará]
 
Episodio 4: Consumación

Llegados a este punto seguramente os preguntaréis: pero bueno, ¿qué pasó finalmente con Richi? ¿Os volvisteis a cruzar con él? Sé que desearíais que os dijera que sí, que nos cruzamos de nuevo con él y que el encuentro dio pie a escenas tan humillantes para el que esto escribe como morbosas y excitantes para los que lo leéis. Pero ese encuentro, por mucho que ahora me pese, no llegó a producirse. Y quizá fue mejor así. En la vida, como en el sexo, conviene que las cosas se desarrollen de forma gradual. Si el encuentro con Richi no se produjo, fue porque quizá no era el momento para ello. Es inútil querer correr cuando uno todavía no ha aprendido a andar, y yo estaba aún por dar mis primeros pasos en el mundo del adulterio consentido. Es eso lo que he venido a contaros hoy.

Nuestro pacto, cuyos detalles, como dije en el episodio anterior, ultimamos aquella misma tarde al volver al hotel, se resumía en que ella podía gozar de su cuerpo como, cuando, donde y con quien quisiera sin necesidad de informarme y, mucho menos, de pedirme permiso, mientras que yo no podía hacer otra cosa que joderme. Para deleite de mi mujercita, yo no iba conformarme solo con joderme y consentir sus infidelidades sino que, como buen aspirante a cornudo, me encargaría de poner todas las facilidades para que la infidelidad se produjera.

Poco después de volver de vacaciones, hubo algunos cambios en mi oficina. Varios colegas recibieron ofertas de empleo en el extranjero, con buenas condiciones económicas, y decidieron marcharse; por lo cual hubo que contratar nuevo personal. Como yo era ahora el miembro del departamento con más experiencia, fui el encargado de supervisar a los nuevos empleados durante sus primeras semanas en la oficina. Fue bastante fácil, la verdad, era gente joven, activa y con muchas ganas de aprender. Había buen rollo con todos, pero especialmente con uno de ellos, Carlos. Era un tipo encantador; educado, inteligente y con sentido del humor. Además, le gustaba el deporte, como a mí. Se le notaba que hacía ejercicio, tenía una figura bastante atlética. Una tarde le invité a jugar un partido de tenis.

Aproveché y reservé una pista en el club que hay justo al dado de mi casa, con la intención de invitarle después a tomar una cerveza. El tío jugaba muy bien, y estaba en buena forma. La verdad es que no le costó mucho ganarme. Me excusé diciendo que no estaba en mi mejor forma y que eso se nota cuando te enfrentas a un jugador 10 años más joven que tú. Le propuse jugar otro día la revancha y le invité a tomar algo en casa.

Ya le había hablado a Marta de los nuevos compañeros de la oficina y de lo bien que me llevaba con ellos, especialmente con Carlos. La muy pícara había preguntado si el tal Carlos era guapo, a lo que yo respondí afirmativamente. Cuando ese día le conté que iba a jugar al tenis con él, respondió: “¿con quién, con el guapo?” No le dije que tenía pensado traerlo a casa después del partido, pero estaba seguro de que ella lo intuía.

-¡Cariño! -dije al entrar- ¿Estás en casa?

-Sí, cielo, estoy aquí fregando el baño.

Oí el sonido de la ducha y, de repente, un grito.

-¿Pasa algo, cariño? -pregunté.

Marta salió del baño con la camiseta empapada. No llevaba sujetador y, bajo la tela mojada, se veía perfectamente el relieve de sus pechos.

-Uy, qué tonta soy, mira como me puesto -dijo.

-Tenemos visita, Marta.

-Uy, y yo con estas pintas.

-Este es Carlos, el nuevo compañero de la oficina, ya te he hablado de él.

-Hola, Carlos -dijo acercándose a él y dándole dos besos-. Perdona que te reciba así, es que me has pillado fregando el baño y… -señaló la camiseta, donde se marcaban claramente sus pezones.

-Ho...la, no te preocupes, no… pasa nada -respondió Carlos un poco cohibido ante el descaro de mi mujer.

-¿Te pongo… -preguntó Marta, haciendo una pausa intencionada y mirándole a los ojos.

-¿Eh?

-¿...algo de beber? ¿Una cerveza?

-Ah, sí, vale.

Nos sentamos en la mesa del salón y Marta fue a la cocina a buscar las cervezas. La vi aparecer poco después con dos botellines en la mano. Se acercó a Carlos por detrás y le puso una mano en el hombro, mientras con la otra dejaba las cervezas encima de la mesa. Acarició con el dedo el cuello del botellín de Carlos y, acercándose a su oído, le dijo con voz sensual:

-¿Te la bebes así o prefieres que te traiga un vaso? -y al hacerlo, cerró la mano sobre el cuello de la botella y empujó hacia abajo como si estuviera descapullando un pene.

-Eh… así está… bien -respondió él observando cómo la mano de mi mujer se deslizaba sobre el cristal de la botella.

-Vale, si quieres cualquier cosa me dices -añadió ella, acercándose aún más y poniéndole ahora una mano en cada hombro -, voy a seguir con lo mío.

Se fue al baño y nosotros continuamos con nuestra conversación, aunque no por mucho tiempo. Cuando terminamos la cerveza, Carlos dijo que tenía que irse. Se le notaba incómodo, la actitud de mi mujer ciertamente lo había desconcertado. Lo acompañé hasta la puerta y nos despedimos.

Al día siguiente en la oficina lo noté raro, más distante de lo habitual. En un momento en el que nos quedamos solos, sin pensarlo mucho, le espeté:

-¿Te gusta mi mujer?

-¿¡Qué!?

-No pasa nada, puedes decírmelo, hay confianza.

Dudo un momento e hizo amago de decir algo, pero finalmente se quedó callado.

-Te voy a pasar su número -dije-. Invítala a salir un día, que se divierta. A mí eso de la salir por la noche ya… Tú en cambio eres joven, seguro que contigo se lo pasa bien.

Le di una palmadita en la espalda y le guiñé un ojo. Él no dijo nada, y no volvimos a hablar del tema (por el momento). En los días sucesivos Marta me preguntó por él: ¿qué tal tu nuevo compañero de trabajo, el guapo? ¿No vas a invitarlo otra vez a casa? Lo repitió durante varios días y luego no volvió a mencionarlo. Parecía haberse olvidado de él. Una tarde después de volver del trabajo, varias semanas después, me la encontré en la habitación arreglándose. Un vestido ceñido, medias, zapatos de tacón…

-¿Vas a salir?

-Sí.

-¿Dónde vas? ¿Has quedado… con alguien?

-¿Desde cuándo tengo que darte yo a ti explicaciones de dónde voy o con quién?

La respuesta fue tan cortante que me sentí como un estúpido.

-Perdón -dije cabizbajo, como un niño que trata de congraciarse con su mamá.

-No pasa nada, anda, súbeme la cremallera.

Agarré con mano temblorosa el cierre de la cremallera. Justo antes de subirla, entreví por la abertura del vestido un tanga rojo. Nunca antes se lo había visto, debía de ser nuevo. Advertí, además, al recorrer con la mirada su espalda desnuda mientras le subía la cremallera, que no llevaba sujetador.

-Gracias, cariño -dijo y, después de darme un beso en la mejilla, añadió-. No me esperes para cenar, seguramente llegaré tarde.

-Vale, pásatelo… bien.

-Me lo pienso pasar muy bien -dijo guiñando un ojo y se fue.

Me quedé allí parado de pie frente a la puerta y, de repente, sentí una punzada en el corazón. Un dolor extrañamente familiar se apoderó de mí y sentí ganas de llorar. Era un dolor que ya había sentido antes. Sin duda lo había sentido durante mi etapa universitaria, cuando veía a mis compañeros de piso irse con las chicas que me gustaban, o en mi adolescencia, cuando las chicas me pedían ayuda con los deberes y luego se iban con los malos de la clase. Pero sabía que todos esos recuerdos no eran más que el eco de un trauma anterior, uno que había estallado en algún momento remoto de mi pasado y cuya honda expansiva se había extendido hasta el presente y reverberaba ahora como la puerta que mi mujer acababa de cerrar. Buceé en mi memoria tratando de identificar el momento exacto en que se produjo la explosión. Me llevó un buen rato, pues tuve que remontarme muy atrás, hasta mi más tierna infancia, pero finalmente lo localicé. Localicé el momento y a la responsable de esa punzada que ahora mismo sentía en el corazón y que con el recuerdo empezó a hacerse más intensa: Paula.

Mi vecina Paula, una niñita rubia de ojos azules con la que pasaba la mayor parte de mi tiempo cuando tenía 7 u 8 años. Éramos inseparables, íbamos juntos al colegio, nos sentábamos el uno al lado del otro en clase, pasábamos las tardes jugando en su casa o en la mía y hasta dormimos juntos en alguna ocasión. Todo el mundo pensaba que éramos novios y nosotros mismos estábamos convencidos de que cuando fuéramos mayores nos casaríamos y tendríamos una familia. Creo que nunca en mi vida he sido tan feliz. Pero esa felicidad quedó truncada para siempre cuando apareció Dani. Dani el travieso lo llamaban, como el personaje de los dibujos animados. No creo que sea necesario alargarme demasiado en la historia. Bastará con que describa el momento exacto de la explosión, cuando mi paraíso infantil saltó definitivamente por los aires. Era la hora del recreo, había perdido de vista a Paula y la buscaba para compartir con ella el bocadillo, como era nuestra costumbre. Después de recorrer el patio sin dar con ella, di la vuelta al edificio del colegio y me dirigí a la parte trasera. Al girar una esquina los vi, dados de la mano bajo un árbol. Se miraban fijamente el uno al otro. Sus labios se fueron acercando poco a poco, y en el mismo momento en que se rozaron, como si acabaran de pulsar un detonador, mi corazón estalló en mil pedazos. Por si eso no fuera suficiente, después de besar a Dani en los labios, Paula se levantó la falda y le enseñó sus braguitas. Dani se puso de rodillas, le bajó las braguitas despacio y el dio un beso en el chochito; a lo que Paula respondió con una risita tímida, tapándose la cara con las manos.

Ahora, al recordarlo, frente a la puerta por la que acababa de salir mi mujer, fue como si la explosión se produjera de nuevo con la misma intensidad que entonces. Me eché a llorar como un niño sin poder evitarlo. Imaginé a mi esposa yendo al encuentro de otro hombre, besándolo, dejándose manosear, abriéndose de piernas para él… Empecé a dar vueltas por el piso como un loco. Cogí el móvil en varias ocasiones, dispuesto a llamar a Marta para suplicarle que, por favor, volviera a casa. Tiene gracia. Aquellos fueron momentos realmente angustiosos para mí y, sin embargo, ahora daría lo que fuera por volver a sentir aquella angustia. ¡Esa primera vez fue tan intensa! No paraba de dar vueltas por el piso como un loco con el móvil en la mano dudando si llamarla o no llamarla, temiendo realmente que aquello significara perderla para siempre. Finalmente, llamé. Sonó un tono, dos… el corazón me latía como si se me fuera a salir del pecho. Colgué rápidamente, antes de que le diera tiempo a cogerlo. Quizá se preocupe al ver la llamada, pensé, y crea que ha pasado algo. Oh, no, me dije, voy a arruinar su cita. Entonces le mandé un mensaje: Solo te llamaba para desearte que lo pases muy bien esta noche :-*

Dejó el mensaje en visto, pero no respondió. Pasó un hora. Dos. Y no respondía. No pude resistir la tentación y volví a escribir: “Espero que lo estés pasando bien, cariño. Es solo para saber si vas a llegar muy tarde”. De nuevo, lo dejó en visto, pero no respondió. Me pasé otras dos horas mirando el móvil cada 5 minutos para ver si respondía. En una de esas, al abrir el chat, me encontré con el icono “grabando audio”.

En la grabación se oía música de fondo, debía de estar en un pub o una discoteca. La oía susurrar algo a otra persona, no podía entender lo que decía, pero estaba seguro de que era su voz. Luego se oían risas. Y por fin su mensaje: “cariño, no me esperes despierto, llegaré tarde”. De nuevo risas, la suya y la de alguien más, un hombre. Y ahí se cortaba el audio.

Supongo que podéis captar la ironía del mensaje: ¡no me esperes despierto! (=sé que después de escuchar este mensaje no vas a poder pegar ojo en toda la noche). ¡Menuda zorra!, pensé. Efectivamente, estuve dando vueltas en la cama toda la noche, escuchando una y otra vez el audio, mirando el móvil por si me enviaba algún otro mensaje. No recibí nada más.

Por la mañana, a eso de las 8, me levanté de la cama. Ella todavía no había llegado. Me puse a limpiar el piso, por mantenerme ocupado, y luego a hacer la comida. A las 11:30 por fin oí abrirse la puerta del piso y después el sonido de sus tacones. Salí a recibirla con el delantal puesto y una cuchara de madera en la mano.

-Buenos días, cariño -le dije. Noté que me temblaba la mano.

-Buenos días. Mmmm, qué bien huele.

-Estoy haciendo la comida. Tu plato favorito.

-Oh, qué mono -dijo, y me dio un beso-. Voy a darme una ducha.

Un rato más tarde, mientras removía el estofado, la sentí detrás de mí. Me abrazó por la espalda y, de repente, todas las tribulaciones de la noche anterior se esfumaron. La notaba feliz, y eso me hacía feliz. No había ninguna necesidad de preguntarle, el hecho de verla feliz bastaba. Pero… ¿hubierais podido resistir vosotros la tentación de saber? ¿Os hubierais privado de pasar por la humillación de escuchar a vuestra mujer dándoos detalles de cómo acaba de montárselo con otro hombre?

[continuará]
Episodio 5: Revelación

Claro que no hubierais resistido la tentación de preguntar, como no pude resistirla yo. Pero si algo adoro de mi mujercita es que nunca deja de sorprenderme. Cuando le insistí en que me contara todo lo que había pasado aquella noche, que me diera hasta el último detalle, ella se acercó y me susurró al oído, con su sensual voz de zorra libertina:

- Mejor le pides a Carlos que te enseñe los vídeos.

Nunca he deseado tanto que llegue el lunes ni me he levantado con tantas ganas de ir a trabajar. Estaba deseoso de ver el contenido de esos vídeos y que Carlos me contara, con todo lujo de detalles, lo que había pasado entre mi mujer y él. Pero en el momento en que entré en la oficina, me asaltaron las dudas. Supongo que a todos los que compartimos esta filia nos pasa en algún momento.

Carlos me saludó y, cuando lo hizo, noté un gesto en su cara que despertó mi paranoia: una leve sonrisa y una mirada fugaz al resto de compañeros. Fue algo muy sutil, que podía no significar nada en absoluto, pero que bastó para sembrar la duda: ¿sabe toda la oficina que Carlos se ha tirado a mi mujer?

Ciertamente la vida del cornudo no es fácil. A veces tenemos nuestros momentos de flaqueza, pensamos que quizá hemos ido demasiado lejos con nuestra filia, que el precio por ver cumplidas nuestras fantasías más morbosas es demasiado alto. En algún momento todos nos hacemos la misma pregunta: ¿compensa? ¿Compensa arrojar nuestra reputación como hombres por la borda para ver satisfechos nuestros deseos más ocultos?

Con la experiencia de quien ha navegado con éxito las tempestades de la duda, puedo deciros que sí, compensa. Así que, si aún os asaltan las tribulaciones, si os encontráis con un pie en el umbral pero todavía no os atrevéis a dar el paso, seguid leyendo, porque lo que tengo que contaros despejará todas vuestras dudas.

Aquella mañana en la oficina lo pasé mal. Caí preso de la paranoia. En cada gesto, en cada mirada, en cada sonrisa creía ver la confirmación de mi sospecha: saben que Carlos se ha tirado a mi mujer, han visto los vídeos, saben que soy un cornudo y se ríen de mí, soy el hazmerreír de la oficina. Sí, lo pasé mal aquella mañana. Pero con la experiencia que tengo ahora puedo deciros que el adulterio consentido es como el sexo anal, al principio duele, pero enseguida le coges el gusto y el placer que te reporta al final es tremendo.

Dio la casualidad de que aquel día Carlos y yo tuvimos que quedarnos un rato más en oficina para ultimar los detalles de un proyecto que debíamos poner en marcha esa misma semana. Era la oportunidad perfecta y no podía desaprovecharla. Estábamos recogiendo las cosas para irnos, cuando finalmente vencí mis resistencias y le pregunté:

- Carlos, ¿qué tal… con mi mujer?

Se sonrojó un poco y, con una sonrisa un poco forzada, respondió:

- Bien.

- ¿Seguro? -insistí, al notar la incomodidad en su gesto.

- Sí, sí. Muy bien -y todavía un poco incómodo añadió-. Solo que… no sé, todo esto es un poco raro.

- Bueno, pero… ¿te gusta mi mujer?, ¿te lo pasaste bien con ella?

- Ufff, sí, sí…

- Eso es lo importante -dije poniéndole una mano en el hombro-. Marta me comentó que había unos vídeos.

- Sí. Se empeñó en que la grabara. ¿Quieres… verlos?

- Por supuesto.

Sacó el móvil y buscó en la carpeta de vídeos. El volumen del teléfono estaba demasiado alto y cuando le dio al play toda la oficina reverberó con los gemidos de mi mujer. Giré automáticamente la cabeza para asegurarme de que estábamos solos mientras él bajaba un poco el volumen. En el vídeo de un minuto de duración se veía mi mujer de cuclillas cabalgando encima de Carlos. Inmediatamente tuve una erección y me quedé en estado de shock, hipnotizado por el contoneo de sus tetas y el sonido de sus gemidos. Cuando terminó el vídeo tardé aún unos segundos en salir del aturdimiento.

- ¿Sabes? -le dije- Es la primera vez que veo a mi mujer follando con otro.

- ¿En serio? Pensaba que esto era un rollo vuestro, que lo habíais hecho más veces.

- No, técnicamente, es la primera vez que mi mujer me pone los cuernos.

- Hay más -dijo Carlos y reprodujo otro vídeo.

En este se veía a mi mujer a cuatro patas mientras Carlos la embestía con fuerza por detrás. Dame duro, decía ella, que vea el cornudo de mi marido lo que es follar. El pantalón empezaba apretarme.

- Ufffff, qué cachondo me estoy poniendo -dije.

- Jaja, sí, yo también -noté el bulto en su pantalón.

- ¿Te importa…? -dije desabrochándome el cinturón.

- ¿Eh? No, no, tranquilo. Yo también… -y me imitó.

Un segundo después estábamos con los pantalones por lo tobillos y la polla fuera. Le miré de reojo mientras me mostraba el siguiente vídeo: mi mujer de rodillas haciéndole una mamada.

- Tienes buena polla -le dije.

- Gracias, jaja. Tú también -respondió.

- Bueno, es obvio que la tuya es más grande.

Torció la boca y se quedó mirando nuestros miembros erectos, comparándolos para determinar cuál era más grande.

- No sé -dijo finalmente-, no hay mucha diferencia.

- Hombre, yo creo que tú la tienes más grande, ¿no? -respondí, y acerqué mi polla a la suya-, a ver…

Por un momento, nuestras pollas se rozaron.

- Uy, perdona -me disculpé.

- No pasa nada, no te preocupes.

- ¿No te importa?

- No, no.

Acerqué mi polla a la suya y las junté las dos con el capullo apuntando hacia arriba. Su glande sobresalía por encima del mío, unos 2 centímetros.

- Ves, la tuya es más grande.

- Sí, tienes razón

- Uff, menuda polla tienes -dije agarrándosela-. No me extraña que mi mujer llegara tan contenta a casa el otro día -añadí, y comencé a pajearle.

Él no opuso resistencia. Los dos estábamos tan excitados que nos dejamos llevar. Yo nunca en mi vida había tocado otra polla, aparte de la mía, y la sensación de tener en mi mano aquel miembro duro y caliente me resultó más agradable y excitante de lo que nunca hubiera imaginado. Cuando quise darme cuenta estaba de rodillas frente a Carlos con su polla a un centímetro de mi boca. No hubo ni siquiera un momento de duda, solo un deseo irrefrenable que me arrastró sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Cerré los ojos y me metí la polla en la boca.

Me faltan palabras para describir lo que sentí en aquel momento. Solo los que, como yo, hayáis tenido la suerte de experimentar algo así podéis entenderlo. ¡Chupar la polla del macho que se folla a tu mujer! ¿Puede haber algo más gratificante para un cornudo que eso?

Ese día no solo descubrí que me encanta chupar pollas, sino que además se me da especialmente bien y que le podría sacar mucho partido a esa nueva faceta en mi condición de cornudo. Por el momento, había conseguido que Carlos se agarrara con las dos manos al borde de la mesa y que gruñera como un animal, completamente fuera de sí, mientras descargaba su lechada dentro de mi boca. Me lo tragué todo, y me relamí con gusto de rodillas frente a él, que, justo ahora, después de eyacular, me miraba contrariado.

Enseguida se subió los pantalones avergonzado, se disculpó y dijo que tenía que marchase. Lo vi salir a toda prisa por la puerta, mientras yo, de rodillas aún y con el regusto de su semen en mi boca, tuve uno de esos momentos que podemos calificar como epifanía, en los que una verdad que hasta entonces había permanecido oculta se nos revela y nos cambia para siempre. Supe que de ahí en adelante habría de conciliar mi condición de cornudo con otra que hasta entonces había permanecido latente. Desde entonces cada vez que mi mujer se dirigiera a mí con el apelativo de “cornudo”, habría de añadir necesariamente la coletilla: “y maricón”.

[continuará]
 
Estas crónicas están despertando más expectación de la que yo pensaba. Muchas gracias por los comentarios.
Aquí os dejo la tercera entrega. Espero que esté a la altura de vuestras expectativas.

Episodio 3: El pacto​


—No me encuentro muy bien —dice, mientras escribe por el móvil—, creo que voy un rato al hotel a descansar. Tú quédate. Nos vemos a la hora de comer.

Recoge las cosas y se marcha. Me quedo tumbado en la toalla tomando el sol, pero una inquietud interna me impide relajarme. Una hora después recojo todo y vuelvo al hotel. Cuando salgo del ascensor cargado con la sombrilla y las hamacas, oigo ruidos en el pasillo. A medida que me acerco a la habitación, mi pulso se acelera. Los ruidos, perfectamente reconocibles, provienen del interior. La puerta está abierta. La empujó. El corazón me da un vuelco.

—Aaaaaaah, aaaaaaaaah —gime Marta y se me queda mirando, extasiada de placer, mientras Richi la embiste con fuerza por detrás.

—Ooooh, qué rica está tu mujer, Juan. Y cómo le gusta que le den polla…

—Juan, ¿has traído el protector solar? —dice Marta buscando en la bolsa de baño—. ¿Juan? Juan. Juaaan

—Eh, ¿qué? —respondo aturdido.

—¿Qué te pasa, Juan? Estás en Babia. ¿En qué piensas?

—Eh, no, en nada.

—No sé qué te pasa hoy, pero llevas un día muy raro. Anda, ve poniendo la sombrilla, voy un momento al baño.

La veo caminar por la arena con su bikini rojo, atrayendo a su paso las miradas de los hombres, hasta que desaparece en el edificio de los baños públicos. No sé cuánto tiempo pasa; solo puedo atender a esta inquietud que crece en mi interior hasta apoderarse por completo de mí. Me pongo de pie y camino hacia los baños. Al acercarme, veo movimiento en el baño de caballeros. Algo pasa. Entro. Hay muchos hombres. Están formando un círculo. No puedo ver qué ocurre. Me abro paso. Mi corazón late con fuerza, a punto de salirse del pecho. Veo la sonrisa pícara de Richi, que sujeta en su mano una cabellera negra mientras le hacen una felación. A su alrededor, hombres con sus penes erectos fuera del pantalón parecen esperar su turno.

—Cariño —dice Marta girándose hacia mí con la enorme polla de Richi en la mano—, espérame fuera, termino enseguida.

—Sí, espera fuera, Juan —dice Richi—, o ponte a la cola, jajaja.

—Jajajajaja —ríen todos.

—Juan, ¿no has colocado la sombrilla? ¿Juan? Juan, Juaaan.

—Oh, ¿eh?, ¿qué?

—¿Pero qué demonios te pasa, Juan? Me voy al baño, vuelvo y sigues aquí en la misma postura mirando al infinito como si hubieras visto una aparición.

—¿Eh? Oh, sí, sí, ahora la pongo.

Coloqué la punta de la sombrilla en la arena y empujé para clavarla.

—Métela más adentro, Juan, que pareces nuevo —dijo Marta indiferente, mientras se ponía protector solar.

De repente me vi allí, arrodillado en la arena, mientras ella, de pie, extendía cuidadosamente el aceite por su piel tornasolada, y supe que algo había cambiado. Una confesión como la que ella me había hecho la noche anterior habría bastado para arruinar cualquier otro matrimonio. Paradójicamente, aquella revelación lo que consiguió fue afianzar más el nuestro. Hasta entonces nuestra relación había sido una relación de iguales, la relación de un hombre y una mujer que se miran frente a frente. Ahora ya no. A partir de ese día me acostumbré a mirarla desde abajo, de rodillas, como en ese momento me encontraba, y su persona adquirió un cariz completamente diferente. Cuanto más abajo me encontraba yo, más parecía ella elevarse. Me quedé completamente embobado mirándola, agarrado al palo de la sombrilla. Se había quitado la parte de arriba del bikini y extendía cuidadosamente el aceite por cada rincón de su torso desnudo. Admiré la perfecta redondez de sus pechos, coronados por dos hermosos pezones que, en ese momento, lucían erectos por el roce de sus manos. Mi mujer dejó de repente de ser mi mujer y se convirtió en una diosa a la que en ese mismo instante juré adorar para siempre. Una diosa que, como todos los dioses, exige de los mortales que la adoran sus ofrendas y sus sacrificios.

—¿Por qué me miras así?

—Estás… preciosa —respondí embobado.

—Jajaja, qué raro estás hoy, de verdad. Anda, tonto, ponme crema en la espalda.

Me puse inmediatamente de pie y cogí el bote de aceite con la ilusión de un niño al que se le acaba de encomendar, por primera vez, una tarea importante reservada solo a los adultos. Me eché crema en las manos y, antes de extenderla por su espalda, me paré un momento justo a un centímetro de su piel, solo para tomar conciencia del hecho. Iba a tocar por primera vez a la diosa, mi diosa, esa a la que hoy debo completa sumisión, esa que manda y ordena sobre mí, que puede someterme a todas las humillaciones que le plazca y que, aun así, me tendrá siempre como su más fiel servidor.

Le extendí con delicadeza el aceite por la espalda y, al sentir el divino roce de su piel, una ola de energía me recorrió el cuerpo. Se me erizó el vello, sentí un calor dentro del pecho y mi pene comenzó a crecer dentro de mi bañador.

—Mmmm, no sabía que se te daban tan bien los masajes, Juan. —(¡Oh, le gustan mis masajes!). Voy a tener que pedírtelo más a menudo. —(¡Oh, sí, mi diosa, puedes pedirme lo que tú quieras!)

—Gracias —dijo dándose la vuelta cuando acabé de ponerle la crema, y me dio un beso en la mejilla.

Caí de rodillas al suelo y la abracé por la cintura.

—Juan, ¿qué haces?

Le llené de besos el vientre y luego levanté la cabeza para observarla desde mi nueva posición. ¡Qué hermosa se ve mi diosa desde aquí abajo!, me dije.

—Juan, estás como una cabra.

Le besé de nuevo el vientre, los muslos, las rodillas, los pies…

—Juan, nos están mirando.

Yo me reí.

—Estás loco —dijo.

Por la tarde, a la hora de marcharnos, me colgué la bolsa de baño de un hombro, me puse la sombrilla debajo del brazo, cogí una hamaca con cada mano y dije:

—Vamos.

—Pero, hombre, déjame que te ayude —dijo ella echando mano de una de las hamacas—. No vas a llevarlo tú todo.

—¡No, no, no! ¡Yo! ¡Yo! —respondí.

Se me quedó mirando fijamente. Un poco extrañada al principio, hasta que finalmente comprendió. Entonces una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Se acercó a mí, abrió la bolsa que colgaba de mi hombro y sacó la funda con sus gafas de sol. Abrió la cremallera y extrajo las gafas. Cuando iba a cerrarla otra vez, se detuvo un momento sosteniendo el tirador del cierre entre la yema de sus dedos. Después de un instante de duda, lo soltó y acercó la funda de las gafas a mi boca, mirándome fijamente. Mordí el tirador y giré la cabeza para cerrar la cremallera. Ella puso de nuevo la funda dentro de la bolsa. Acto seguido, me dio un beso y me acarició la cabeza como se hace con un perrito obediente. Fue justo en ese momento. No hicieron falta palabras. Luego, más tarde, en el hotel, ultimaríamos los detalles. Pero el pacto ya estaba sellado.

Mi diosa se puso las gafas, se dio la vuelta y caminó delante de mí, contoneando su cintura como una modelo en una pasarela. Cuando abandonábamos el paseo marítimo, un grupo de jóvenes se la quedó mirando. Se oyó un silbido. ¡Cómo está!, escuché comentar a uno al pasar, y ya cuando me alejaba, como un susurro traído por el viento: ¡Menudo calzonazos!

[Continuara...]
por eso no merece la pena tener nada con ninguna tia hoy en día, pa que luego se vaya con otro mejor
 
por eso no merece la pena tener nada con ninguna tia hoy en día, pa que luego se vaya con otro mejor
Depende de cada uno, muchos disfrutamos viendo o pensando que a nuestra mujer se la esta follando otro, ya ves la cantidad de comentarios en ese sentido que hay por aqui.
 
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