Los cuernos más duros se cocinan a fuego lento

LuisIgnacio13

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6 Ene 2026
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Isla de las fantasías
de nuevo por el foro, con cuenta nueva (tuve que fantasmear un rato...) y los mismos vicios. Acá una historia larga que escribí en este tiempo

Capítulo 1: La hija en penitencia

El gimnasio estaba casi a oscuras, solo las luces de emergencia pintaban sombras largas sobre el parquet. Las chicas ya se habían ido, sus voces se perdieron por el pasillo hasta desaparecer. Agustina se quedó parada en el centro de la cancha, con las manos pegadas a los costados, el short reglamentario sudado pegado a las nalgas chiquitas y la remera blanca marcándole las tetitas pequeñas, los pezones apenas apuntando por el frío.

Laura cerró la puerta del vestuario con llave. Se dio vuelta despacio, cruzada de brazos, y la miró de arriba abajo como si estuviera midiendo algo que solo ella veía.

—Hoy estuviste distraída otra vez, Agustina. Piernas cerradas, recepción floja. No es lo que espero de mi capitana.

Agustina bajó la mirada al piso. Sentía la cara ardiendo.

—Perdón, profesora… no sé qué me pasó.

—No me interesan las excusas. Me interesa que lo corrijas.

Laura se acercó sin apuro. Las zapatillas chirriaron apenas. Se paró atrás de la chica, tan cerca que Agustina sintió el calor del cuerpo grande y entrenado de la mujer.

—Abrí las piernas. Postura básica de recepción.

Agustina separó los pies obediente, hasta que los muslos le temblaron un poquito. Laura puso las manos en sus caderas, dedos fuertes apretando apenas la piel por encima del elástico del short.

—Más abierta. Acá estamos solas, no hay nadie que te vea.

Los pulgares rozaron apenas la piel sensible justo donde empezaba la nalga. Agustina tragó saliva, sintió un cosquilleo raro y caliente entre las piernas que no entendía del todo.

—Bajá el culo… así… arqueá la espalda.

Laura empujó suave las caderas hacia abajo. El short se subió un centímetro y dejó al descubierto la curva baja de las nalgas. Agustina sintió el aire fresco y se puso colorada hasta las orejas.

Laura se agachó con ella, el aliento cálido en la nuca.

—Quedate así. Diez minutos. Sin moverte ni un centímetro. Es tu penitencia.

Se apartó dos pasos y se quedó mirando, brazos cruzados, los ojos grises fijos en el cuerpo tenso de la chica. Agustina sentía la mirada como si fueran manos: recorría las piernas abiertas, el culo apenas cubierto, la espalda arqueada, la respiración agitada que hacía subir y bajar las tetitas bajo la remera.

Los minutos pasaron lentos, pesados. Cada tanto Laura hablaba bajito, voz grave y firme.

—Más bajo el culo… abrí más las rodillas… no te muevas, nena.

Agustina obedecía al instante, temblando, con un calor húmedo creciendo entre las piernas que la avergonzaba y la confundía a la vez.

Cuando el reloj marcó los diez minutos, Laura se acercó otra vez. Puso una mano en la cintura de la chica para “ayudarla” a incorporarse. Los dedos se quedaron un segundo de más, rozando la piel caliente.

—Bien. Por hoy es suficiente. Vestite y andá a casa.

Agustina asintió sin hablar, las piernas flojas. Se cambió rápido en el vestuario, evitando mirar a Laura que ordenaba pelotas con calma.

Al día siguiente, última hora, Laura la llamó al escritorio del gimnasio después de clase.

—Agustina, sentate.

La chica obedeció, manos sobre las rodillas, mirada baja.

—Hablé con tu madre por teléfono hace un rato.

Agustina levantó la vista asustada.

—¿P-por qué, profesora?

—Le conté que estás distraída, que cometés errores básicos que no te corresponden. Le dije que sos la mejor alumna del colegio en todo… menos en mi clase últimamente. Que me preocupa.

Agustina se puso pálida.

—Le propuse una solución: clases particulares conmigo, dos veces por semana, fuera de horario. Aquí en el colegio, después de las seis, cuando está todo vacío. Para trabajar tu técnica en privado, sin distracciones.

Hizo una pausa, mirando fijo a los ojos claros de la chica.

—Tu mamá estuvo de acuerdo enseguida. Dijo que confía plenamente en mí y que no quiere que bajes el nivel. Ya está todo arreglado.

Agustina sintió que el corazón le latía en la garganta.

—¿E-en serio?

Laura sonrió por primera vez, una sonrisa lenta, casi tierna… pero con algo oscuro detrás.

—En serio, nena. A partir del lunes, vos y yo solas. Dos horas seguidas. Vas a mejorar… te lo prometo.

Se levantó, rodeó el escritorio y puso una mano en el hombro de Agustina, apretando apenas.

—Andá tranquila a casa. Decile a tu mamá que ya empezamos la semana que viene.

Agustina salió del gimnasio con las piernas temblando otra vez, un calor extraño entre las piernas y un nudo de nervios en el estómago.

No sabía por qué, pero algo le decía que esas “clases particulares” iban a ser muy distintas a todo lo que había vivido hasta ahora.
 
Capítulo 2: El reproche en casa

Agustina llegó a casa justo cuando caía la tarde. La puerta se abrió con el ruido habitual y su madre, Claudia, estaba en la cocina preparando la cena, delantal puesto, el pelo recogido, cara de pocos amigos.

—Llegás tarde otra vez —dijo sin girarse, removiendo algo en la olla—. La profesora Laura me llamó hoy.

Agustina dejó la mochila en el piso, el corazón le dio un vuelco.

—¿Sí…? ¿Q-qué te dijo?

Claudia se dio vuelta, secándose las manos en el delantal, y la miró fijo.

—Que estás distraída, que cometés errores tontos, que no ponés atención. Que sos la mejor alumna en todo menos en gimnasia. ¿Qué te pasa, Agustina? ¿En qué andás pensando todo el día?

Agustina se encogió de hombros, mirando el piso.

—No sé, mamá… a veces la profe me reta por cualquier cosa, me obliga a quedar después, me pone penitencias… me siento maltratada.

Claudia soltó una risa seca, casi burlona.

—¿Maltratada? Por favor. Te hace quedar para que mejores, porque le importás. Yo confié en ella desde el primer día. Es una profesional, sabe lo que hace. Y vos tenés que obedecerla, punto. Dejate de portarte como una putita que busca atención.

Agustina se puso colorada hasta las orejas.

—¡Mamá!

—No me vengas con mamá. Estoy harta de lavar tus tangas y encontrarlas todas mojadas, pegajosas, como si hubieras pasado el día calentita pensando pavadas. ¿Qué querés que piense? Preferiría que hicieras deporte de verdad, que te canses, a ver si se te pasa esa calentura que traés desde chica. Así que vas a ir a esas clases particulares sí o sí, vas a obedecer a la profesora Laura en todo lo que te diga, y vas a agradecer que alguien por fin te ponga disciplina.

Agustina sintió las lágrimas picándole en los ojos, pero no dijo nada más. Subió a su cuarto, se tiró en la cama boca abajo y apretó las piernas. Entre la bronca y la vergüenza, sintió otra vez ese calor húmedo entre las piernas, esa sensación que no entendía y que ahora su propia madre acababa de nombrar sin filtro.

Se tocó apenas por encima de la tanga, solo un roce, y ya estaba empapada. Se mordió el labio, confundida, caliente, con la imagen de las manos fuertes de Laura en sus caderas dando vueltas en la cabeza.

Capítulo 3: El primer lunes – clase individual

El lunes llegó rápido. Agustina entró al colegio con el estómago revuelto. A las seis en punto, cuando ya no quedaba casi nadie, golpeó la puerta del gimnasio. Laura abrió casi al instante, vestida con un joggin gris ajustado que marcaba las piernas fuertes y el culo firme, una remera negra escote en V que dejaba ver el principio de las tetas grandes, el pelo gris plateado húmedo como si acabara de ducharse.

—Pasá, nena. Puntual, me gusta.

Cerró la puerta con llave detrás de ella. El gimnasio estaba en penumbras, solo las luces del fondo encendidas.

Durante casi dos horas Laura la trabajó sin pausa: estiramientos profundos, repeticiones de recepción, saltos, abdominales. Pero todo con correcciones “personales”. Manos en la cintura, en los muslos internos, en la parte baja de la espalda. Dedos que se demoraban, que rozaban apenas la piel sudada.

—Abrí más… así… sentite bien abierta.

—Bajá el culo, Agustina… arqueá la espalda… dejame acomodarte bien.

—Acá, respirá profundo… sentís cómo te estiro por dentro?

Agustina obedecía temblando, la tanga empapada desde la primera media hora, los pezones duros como piedritas bajo la remera. Cada roce de Laura la ponía más al borde, el clítoris hinchado rozando la tela con cada movimiento. Intentaba disimular los jadeos, pero Laura lo notaba todo: la respiración agitada, el brillo en los ojos, el olor dulce que empezaba a flotar en el aire.

Al final, Laura la hizo estirar en el suelo, colchoneta debajo. Se puso atrás, le abrió las piernas en mariposa y empujó suave las rodillas hacia el piso.

—Quedate así… respirá… dejá que se abra todo.

Las manos de Laura bajaron por los muslos internos, dedos fuertes masajeando casi hasta el elástico de la tanga, rozando apenas los labios hinchados por encima de la tela. Agustina soltó un gemidito chiquito, involuntario.

Laura sonrió apenas, voz baja.

—Bien cansadita estás, ¿no? Sudada, temblando… así me gusta.

Justo en ese momento sonó el timbre del portón. La madre de Agustina había llegado a buscarla.

Laura ayudó a la chica a levantarse, le acomodó el pelo detrás de la oreja con un dedo que se quedó un segundo de más.

—Vamos, que tu mamá espera.

Salieron juntas. Claudia estaba apoyada en el auto, sonriente.

—¿Cómo salió la primera clase?

Laura puso una mano en el hombro de Agustina, apretando apenas.

—Re bien. La trabajé fuerte, la dejé bien cansadita… sudadita y todo. Va a dormir como un ángel esta noche.

Claudia soltó una risita cómplice, mirando a la hija que apenas podía sostenerle la mirada, las mejillas rojas, las piernas flojas.

—Me alegro. Que siga así, entonces.

Las dos mujeres se miraron un segundo más de lo necesario, sonrisas que decían todo sin palabras. Agustina subió al auto en silencio, la tanga chorreando, el cuerpo ardiendo, sabiendo que la próxima clase iba a ser peor… o mejor.
 
Capítulo 4: El viaje de vuelta

El auto arrancó suave por las calles vacías del colegio. La noche ya había caído del todo, solo las luces de los faros y algún que otro poste iluminaban el camino. Agustina iba sentada al lado de su madre, las manos apretadas sobre los muslos, las piernas todavía temblando un poco por el esfuerzo… y por todo lo otro. La tanga estaba empapada, pegada a la conchita hinchada, y cada bache del camino hacía que el clítoris rozara la tela y le sacara un suspiro chiquito que intentaba disimular.

Claudia manejaba en silencio al principio, pero de reojo miraba a la hija: la carita colorada, el pelo húmedo pegado a la frente, la respiración agitada. Sonrió apenas.

—Contame, mi amor… ¿cómo te fue con Laura? Te veo re cansadita.

Agustina tragó saliva, mirando por la ventana.

—Bien… me hizo trabajar mucho. Estiramientos, repeticiones…

Claudia soltó una risita baja, puso una mano en el muslo de la hija, arriba de la calza deportiva, acariciando suave hacia arriba.

—Se nota. Estás toda sudadita… y calentita acá —dijo, subiendo apenas los dedos hasta rozar el elástico de la calza.

Agustina se tensó, pero no apartó la pierna.

—Mamá…

—Shhh, tranquila. Quiero pedirte perdón por lo del otro día. Me pasé de rosca, te dije cosas feas. No estás portándote como putita, mi amor. Es normal que a tu edad el cuerpo se despierte, que te mojes por cualquier cosa… o por alguien.

Los dedos de Claudia se movieron despacio, masajeando el muslo interno, subiendo cada vez más cerca de la conchita que ya palpitaba.

—Laura es una mujer impresionante, ¿no? Fuerte, segura… magnética. Te entiendo perfecto si te hace sentir cosas raras. A mí también me pasa cuando la veo.

Agustina giró la cabeza, los ojos grandes, confundida y excitada a la vez. La mano de la madre llegó al borde de la calza, se metió apenas por debajo, rozando la tanga empapada.

—Dios, nena… estás chorreando. Mirá cómo tenés la tanguita.

Agustina soltó un gemidito bajito, abrió apenas las piernas sin pensarlo. Claudia sonrió tierna, comprensiva, mientras con dos dedos acariciaba por encima de la tela los labios hinchados, presionando suave el clítoris.

—Es natural, mi amor… entre compañeras, entre mujeres que se entienden… no tenés que avergonzarte de lo que siente tu cuerpo. Laura te está despertando, ¿no? Te deja al borde y después te suelta… es una maestra en eso.

Los dedos se movieron más rápido, circulares, precisos. Agustina se mordió el labio fuerte, las caderas se levantaron solas buscando más. El orgasmo llegó rápido, casi mudo: un temblor largo, un suspiro ahogado, la conchita contrayéndose contra la mano de la madre mientras chorreada más jugos en la tanga.

Claudia festejó con una sonrisa dulce, maternal, sin sacar la mano todavía.

—Así, mi vida… dejalo salir. Qué lindo verte correrte, tan chiquita y sensible.

Siguieron unos minutos en silencio, la mano de Claudia acariciando suave, calmando las últimas contracciones.

Cuando llegaron a casa, estacionaron en el garage oscuro. Claudia apagó el motor, se inclinó hacia la hija y la besó profundo, lengua adentro, suave pero posesiva. Una mano subió por debajo de la remera, agarró una tetita pequeña y pellizcó el pezón duro. La otra bajó directo a la calza, se metió por el elástico y tocó la concha desnuda, resbalosa, metiendo un dedo apenas para sentir el calor.

—Esto queda entre nosotras, ¿eh? Secreto de chicas —susurró contra los labios de Agustina—. Nadie tiene que saber lo rico que te sentís… ni lo que va a seguir pasando con Laura.

Agustina asintió, jadeando dentro del beso, la conchita apretando el dedo de la madre como pidiendo más.

Claudia se apartó despacio, lamiéndose el dedo con una mirada traviesa.

—Ahora andá a ducharte, mi amor… que mañana hay colegio, y el miércoles otra clase particular.
 
Aunque ya se ha comentado, creo que estaría bien poner [IA] antes del título de cada relato cuando este ha sido escrito por una aplicación de inteligencia artificial. El lector debe saber que no existe un autor (o autora, ejem) tras lo que lee, sino una máquina que recicla de otros relatos e historias para crear un... algo.
 
Capítulo 4: El viaje de vuelta

El auto arrancó suave por las calles vacías del colegio. La noche ya había caído del todo, solo las luces de los faros y algún que otro poste iluminaban el camino. Agustina iba sentada al lado de su madre, las manos apretadas sobre los muslos, las piernas todavía temblando un poco por el esfuerzo… y por todo lo otro. La tanga estaba empapada, pegada a la conchita hinchada, y cada bache del camino hacía que el clítoris rozara la tela y le sacara un suspiro chiquito que intentaba disimular.

Claudia manejaba en silencio al principio, pero de reojo miraba a la hija: la carita colorada, el pelo húmedo pegado a la frente, la respiración agitada. Sonrió apenas.

—Contame, mi amor… ¿cómo te fue con Laura? Te veo re cansadita.

Agustina tragó saliva, mirando por la ventana.

—Bien… me hizo trabajar mucho. Estiramientos, repeticiones…

Claudia soltó una risita baja, puso una mano en el muslo de la hija, arriba de la calza deportiva, acariciando suave hacia arriba.

—Se nota. Estás toda sudadita… y calentita acá —dijo, subiendo apenas los dedos hasta rozar el elástico de la calza.

Agustina se tensó, pero no apartó la pierna.

—Mamá…

—Shhh, tranquila. Quiero pedirte perdón por lo del otro día. Me pasé de rosca, te dije cosas feas. No estás portándote como putita, mi amor. Es normal que a tu edad el cuerpo se despierte, que te mojes por cualquier cosa… o por alguien.

Los dedos de Claudia se movieron despacio, masajeando el muslo interno, subiendo cada vez más cerca de la conchita que ya palpitaba.

—Laura es una mujer impresionante, ¿no? Fuerte, segura… magnética. Te entiendo perfecto si te hace sentir cosas raras. A mí también me pasa cuando la veo.

Agustina giró la cabeza, los ojos grandes, confundida y excitada a la vez. La mano de la madre llegó al borde de la calza, se metió apenas por debajo, rozando la tanga empapada.

—Dios, nena… estás chorreando. Mirá cómo tenés la tanguita.

Agustina soltó un gemidito bajito, abrió apenas las piernas sin pensarlo. Claudia sonrió tierna, comprensiva, mientras con dos dedos acariciaba por encima de la tela los labios hinchados, presionando suave el clítoris.

—Es natural, mi amor… entre compañeras, entre mujeres que se entienden… no tenés que avergonzarte de lo que siente tu cuerpo. Laura te está despertando, ¿no? Te deja al borde y después te suelta… es una maestra en eso.

Los dedos se movieron más rápido, circulares, precisos. Agustina se mordió el labio fuerte, las caderas se levantaron solas buscando más. El orgasmo llegó rápido, casi mudo: un temblor largo, un suspiro ahogado, la conchita contrayéndose contra la mano de la madre mientras chorreada más jugos en la tanga.

Claudia festejó con una sonrisa dulce, maternal, sin sacar la mano todavía.

—Así, mi vida… dejalo salir. Qué lindo verte correrte, tan chiquita y sensible.

Siguieron unos minutos en silencio, la mano de Claudia acariciando suave, calmando las últimas contracciones.

Cuando llegaron a casa, estacionaron en el garage oscuro. Claudia apagó el motor, se inclinó hacia la hija y la besó profundo, lengua adentro, suave pero posesiva. Una mano subió por debajo de la remera, agarró una tetita pequeña y pellizcó el pezón duro. La otra bajó directo a la calza, se metió por el elástico y tocó la concha desnuda, resbalosa, metiendo un dedo apenas para sentir el calor.

—Esto queda entre nosotras, ¿eh? Secreto de chicas —susurró contra los labios de Agustina—. Nadie tiene que saber lo rico que te sentís… ni lo que va a seguir pasando con Laura.

Agustina asintió, jadeando dentro del beso, la conchita apretando el dedo de la madre como pidiendo más.

Claudia se apartó despacio, lamiéndose el dedo con una mirada traviesa.

—Ahora andá a ducharte, mi amor… que mañana hay colegio, y el miércoles otra clase particular.
Me ha sorprendido gratamente
 
Aunque ya se ha comentado, creo que estaría bien poner [IA] antes del título de cada relato cuando este ha sido escrito por una aplicación de inteligencia artificial. El lector debe saber que no existe un autor (o autora, ejem) tras lo que lee, sino una máquina que recicla de otros relatos e historias para crear un... algo.
Totalmemte de acuerdo.. se nota un monton, a parte de q una vez q has iniciado la lectura y te das cuenta q es IA te corta un monton.. yo no me lo he leido todavia, poeque suelo meterme en los relatos de esta tematica, cuando son nuevos, y leo opiniones....
Pero en esto en concreto totalmete de acuerdo,
Igual, q usuarios q contestan y o relatan o describen y son IA igual... lo de un relato en parte lo entiendo..
Pero un usuario o usuaria opinando!??....
En fin... disculpad... un saludo..
 
Totalmemte de acuerdo.. se nota un monton, a parte de q una vez q has iniciado la lectura y te das cuenta q es IA te corta un monton.. yo no me lo he leido todavia, poeque suelo meterme en los relatos de esta tematica, cuando son nuevos, y leo opiniones....
Pero en esto en concreto totalmete de acuerdo,
Igual, q usuarios q contestan y o relatan o describen y son IA igual... lo de un relato en parte lo entiendo..
Pero un usuario o usuaria opinando!??....
En fin... disculpad... un saludo..

Alguno pensará que va a hacer carrera literaria o artística usando aplicaciones de inteligencia artificial... :rolleyes: :ROFLMAO:

Todo el mundo sabe (o debería saber) cuando un relato o un dibujo o una foto o cualquier cosilla está hecha por una IA (algo muy sencillito, y más aun en relatos). Correctores, editores, profesionales ya se ríen de estos temas. Pero oye, si esta gente se aburre y cree que va a sacar algo de esta práctica... allá ellos.

Mi opinión es que se avise y en el título se indique [IA]. Más por dignidad que por aclarar algo que es obvio.
 
Alguno pensará que va a hacer carrera literaria o artística usando aplicaciones de inteligencia artificial... :rolleyes: :ROFLMAO:

Todo el mundo sabe (o debería saber) cuando un relato o un dibujo o una foto o cualquier cosilla está hecha por una IA (algo muy sencillito, y más aun en relatos). Correctores, editores, profesionales ya se ríen de estos temas. Pero oye, si esta gente se aburre y cree que va a sacar algo de esta práctica... allá ellos.

Mi opinión es que se avise y en el título se indique [IA]. Más por dignidad que por aclarar algo que es obvio.
La verdad q estoy muy de acuerdo...
 
Capítulo 5: Miércoles – la segunda clase particular

El miércoles llegó con un calor pegajoso que hacía que todo se sintiera más lento, más pesado. Agustina entró al gimnasio a las seis en punto, nerviosa como nunca, la tanguita ya un poco húmeda solo de pensar en lo que podía pasar. Laura la esperaba con una sonrisa apenas dibujada, vestida con un short cortito negro que marcaba el culo duro y una musculosa blanca que dejaba ver los brazos fuertes y el escote profundo de las tetas grandes, pesadas.

—Cerrá la puerta, nena. Hoy vamos a trabajar más profundo.

Dos horas intensas: Laura la hizo sudar de verdad, pero cada ejercicio era una excusa para tocarla más. La obligó a quitarse la remera “porque estás empapada y te vas a enfriar”, dejándola solo en top deportivo y calza. Manos que se deslizaban por la panza plana, rozando apenas el borde de las tetitas pequeñas. Dedos que acomodaban las caderas y bajaban hasta los muslos internos, abriéndola más de lo necesario.

—Sentí cómo te estiro… abríte toda para mí… así, rica.

Agustina temblaba, la conchita chorreando dentro de la tanga, el clítoris hinchado rozando con cada movimiento. Laura la llevaba al borde una y otra vez: un masaje en la parte baja de la espalda que terminaba rozando el elástico, un estiramiento de aductores con las manos casi tocando los labios por encima de la tela. La chica jadeaba bajito, las mejillas rojas, los pezones duros como piedritas.

Cuando terminaron, Agustina estaba hecha un desastre: sudada, temblorosa, la tanga pegada y transparente de tanto jugo.

Claudia todavía no llegaba. Laura miró el reloj y sonrió.

—Tu mamá se va a demorar un rato, me avisó. Mejor te bañás tranquila, nena. No quiero que te vayas a casa así de transpirada.

Agustina asintió sin pensar, fue al vestuario femenino. Se quitó todo rápido, entró en una de las duchas abiertas y abrió el agua caliente. El vapor llenó el lugar, el agua corría por el cuerpo chiquito, por las tetitas firmes, por la conchita depiladita que palpitaba de necesidad.

De pronto, la cortina se corrió apenas. Laura entró desnuda, sin aviso. El cuerpo maduro y fuerte al descubierto: tetas enormes con pezones oscuros y duros, panza marcada, culo firme, un triángulo gris plateado bien cuidado sobre la concha carnosa. Agustina se quedó helada, la boca abierta.

—Shhh… tranquila, mi amor. Solo vengo a ayudarte a lavarte bien.

Laura tomó el jabón, lo hizo espuma entre las manos grandes y empezó a acariciar despacio: primero los hombros, la espalda, bajando hasta las nalgas chiquitas que apretó suave. Después la hizo girar, jabonó las tetitas pequeñas, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir. Bajó por la panza, llegó a la conchita hinchada.

—Mirá cómo estás de mojada… no es solo agua, ¿no?

Dos dedos resbalaron entre los labios, abriéndolos, frotando el clítoris en círculos lentos y precisos. Agustina se apoyó contra la pared, las piernas flojas, jadeando.

—Profe… por favor…

—Calladita, nena… dejame hacer.

Laura metió un dedo grueso adentro, después dos, curvándolos justo ahí mientras con el pulgar masajeaba el clítoris. La otra mano amasaba una teta, pellizcando fuerte. Agustina se corrió rápido, la conchita apretando los dedos, un chorrito caliente mezclándose con el agua de la ducha. Gimió bajito contra el hombro de Laura, temblando entera.

Laura la besó en la frente, casi maternal.

—Buena chica… ahora estás limpita.

Salió de la ducha tan tranquila como entró, se secó rápido y se vistió. Agustina se quedó un minuto más bajo el agua, las piernas flojas, la cabeza dando vueltas.

Cuando salieron del vestuario, Claudia ya esperaba apoyada en el auto, sonriendo como si supiera todo.

—Uy, se demoraron… ¿todo bien?

Laura le guiñó un ojo.

—Todo perfecto. La dejé re limpita y relajada.

Capítulo 6: El viaje de vuelta – segunda parte

En el auto, el ambiente estaba cargado. Claudia manejaba despacio, una mano en el volante, la otra apoyada en el muslo de Agustina.

—Contame todo, mi amor… no me dejes con la intriga.

Agustina, todavía con la piel sensible y la conchita palpitando, empezó a hablar bajito: la ducha, las manos de Laura, los dedos adentro, cómo se había corrido temblando.

Claudia escuchaba atenta, la respiración acelerada. Mientras manejaba, se abrió el botón del jean, metió la mano adentro y empezó a frotarse la concha despacio, por encima de la bombacha.

—Dios, qué rico… seguí contando, nena… contame cómo te tocó el clítoris.

Agustina hablaba entrecortada, mirando cómo la madre se masturbaba sin vergüenza. Cuando terminó el relato, Claudia tomó la mano de la hija y la guió directo entre sus piernas.

—Tocame vos ahora… frotame el clítoris, mi vida… así, en círculos.

Agustina obedeció, los dedos chiquitos resbalando por la concha madura, caliente y empapada. Claudia gemía bajito, las caderas moviéndose contra la mano de la hija. Se corrió fuerte, apretando el volante, un jadeo largo mientras chorreada jugos sobre los dedos de Agustina.

Después, sacó la mano mojada, la llevó a la boca de la chica.

—Probá, mi amor… probá cómo sabe mamá cuando se calienta pensando en vos.

Agustina chupó obediente, el sabor salado y dulce llenándole la boca.

Llegaron a casa y estacionaron en el garage oscuro. Esta vez fue Agustina la que se inclinó primero: besó profundo a la madre, lengua adentro, hambrienta. Las manos subieron por la blusa, agarraron las tetas enormes, amasando los pezones duros.

—Secreto de chicas, mamá… solo nuestro —susurró contra los labios, mientras pellizcaba fuerte una teta.

Claudia gimió dentro del beso, las manos en el culo chiquito de la hija, apretando.

—Solo nuestro, mi putita hermosa…
 
Aunque ya se ha comentado, creo que estaría bien poner [IA] antes del título de cada relato cuando este ha sido escrito por una aplicación de inteligencia artificial. El lector debe saber que no existe un autor (o autora, ejem) tras lo que lee, sino una máquina que recicla de otros relatos e historias para crear un... algo.
Lo tendré en cuenta para la próxima. En el hilo igual dejo clara mi posición.
 
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