LuisIgnacio13
Miembro
de nuevo por el foro, con cuenta nueva (tuve que fantasmear un rato...) y los mismos vicios. Acá una historia larga que escribí en este tiempo
Capítulo 1: La hija en penitencia
El gimnasio estaba casi a oscuras, solo las luces de emergencia pintaban sombras largas sobre el parquet. Las chicas ya se habían ido, sus voces se perdieron por el pasillo hasta desaparecer. Agustina se quedó parada en el centro de la cancha, con las manos pegadas a los costados, el short reglamentario sudado pegado a las nalgas chiquitas y la remera blanca marcándole las tetitas pequeñas, los pezones apenas apuntando por el frío.
Laura cerró la puerta del vestuario con llave. Se dio vuelta despacio, cruzada de brazos, y la miró de arriba abajo como si estuviera midiendo algo que solo ella veía.
—Hoy estuviste distraída otra vez, Agustina. Piernas cerradas, recepción floja. No es lo que espero de mi capitana.
Agustina bajó la mirada al piso. Sentía la cara ardiendo.
—Perdón, profesora… no sé qué me pasó.
—No me interesan las excusas. Me interesa que lo corrijas.
Laura se acercó sin apuro. Las zapatillas chirriaron apenas. Se paró atrás de la chica, tan cerca que Agustina sintió el calor del cuerpo grande y entrenado de la mujer.
—Abrí las piernas. Postura básica de recepción.
Agustina separó los pies obediente, hasta que los muslos le temblaron un poquito. Laura puso las manos en sus caderas, dedos fuertes apretando apenas la piel por encima del elástico del short.
—Más abierta. Acá estamos solas, no hay nadie que te vea.
Los pulgares rozaron apenas la piel sensible justo donde empezaba la nalga. Agustina tragó saliva, sintió un cosquilleo raro y caliente entre las piernas que no entendía del todo.
—Bajá el culo… así… arqueá la espalda.
Laura empujó suave las caderas hacia abajo. El short se subió un centímetro y dejó al descubierto la curva baja de las nalgas. Agustina sintió el aire fresco y se puso colorada hasta las orejas.
Laura se agachó con ella, el aliento cálido en la nuca.
—Quedate así. Diez minutos. Sin moverte ni un centímetro. Es tu penitencia.
Se apartó dos pasos y se quedó mirando, brazos cruzados, los ojos grises fijos en el cuerpo tenso de la chica. Agustina sentía la mirada como si fueran manos: recorría las piernas abiertas, el culo apenas cubierto, la espalda arqueada, la respiración agitada que hacía subir y bajar las tetitas bajo la remera.
Los minutos pasaron lentos, pesados. Cada tanto Laura hablaba bajito, voz grave y firme.
—Más bajo el culo… abrí más las rodillas… no te muevas, nena.
Agustina obedecía al instante, temblando, con un calor húmedo creciendo entre las piernas que la avergonzaba y la confundía a la vez.
Cuando el reloj marcó los diez minutos, Laura se acercó otra vez. Puso una mano en la cintura de la chica para “ayudarla” a incorporarse. Los dedos se quedaron un segundo de más, rozando la piel caliente.
—Bien. Por hoy es suficiente. Vestite y andá a casa.
Agustina asintió sin hablar, las piernas flojas. Se cambió rápido en el vestuario, evitando mirar a Laura que ordenaba pelotas con calma.
Al día siguiente, última hora, Laura la llamó al escritorio del gimnasio después de clase.
—Agustina, sentate.
La chica obedeció, manos sobre las rodillas, mirada baja.
—Hablé con tu madre por teléfono hace un rato.
Agustina levantó la vista asustada.
—¿P-por qué, profesora?
—Le conté que estás distraída, que cometés errores básicos que no te corresponden. Le dije que sos la mejor alumna del colegio en todo… menos en mi clase últimamente. Que me preocupa.
Agustina se puso pálida.
—Le propuse una solución: clases particulares conmigo, dos veces por semana, fuera de horario. Aquí en el colegio, después de las seis, cuando está todo vacío. Para trabajar tu técnica en privado, sin distracciones.
Hizo una pausa, mirando fijo a los ojos claros de la chica.
—Tu mamá estuvo de acuerdo enseguida. Dijo que confía plenamente en mí y que no quiere que bajes el nivel. Ya está todo arreglado.
Agustina sintió que el corazón le latía en la garganta.
—¿E-en serio?
Laura sonrió por primera vez, una sonrisa lenta, casi tierna… pero con algo oscuro detrás.
—En serio, nena. A partir del lunes, vos y yo solas. Dos horas seguidas. Vas a mejorar… te lo prometo.
Se levantó, rodeó el escritorio y puso una mano en el hombro de Agustina, apretando apenas.
—Andá tranquila a casa. Decile a tu mamá que ya empezamos la semana que viene.
Agustina salió del gimnasio con las piernas temblando otra vez, un calor extraño entre las piernas y un nudo de nervios en el estómago.
No sabía por qué, pero algo le decía que esas “clases particulares” iban a ser muy distintas a todo lo que había vivido hasta ahora.
Capítulo 1: La hija en penitencia
El gimnasio estaba casi a oscuras, solo las luces de emergencia pintaban sombras largas sobre el parquet. Las chicas ya se habían ido, sus voces se perdieron por el pasillo hasta desaparecer. Agustina se quedó parada en el centro de la cancha, con las manos pegadas a los costados, el short reglamentario sudado pegado a las nalgas chiquitas y la remera blanca marcándole las tetitas pequeñas, los pezones apenas apuntando por el frío.
Laura cerró la puerta del vestuario con llave. Se dio vuelta despacio, cruzada de brazos, y la miró de arriba abajo como si estuviera midiendo algo que solo ella veía.
—Hoy estuviste distraída otra vez, Agustina. Piernas cerradas, recepción floja. No es lo que espero de mi capitana.
Agustina bajó la mirada al piso. Sentía la cara ardiendo.
—Perdón, profesora… no sé qué me pasó.
—No me interesan las excusas. Me interesa que lo corrijas.
Laura se acercó sin apuro. Las zapatillas chirriaron apenas. Se paró atrás de la chica, tan cerca que Agustina sintió el calor del cuerpo grande y entrenado de la mujer.
—Abrí las piernas. Postura básica de recepción.
Agustina separó los pies obediente, hasta que los muslos le temblaron un poquito. Laura puso las manos en sus caderas, dedos fuertes apretando apenas la piel por encima del elástico del short.
—Más abierta. Acá estamos solas, no hay nadie que te vea.
Los pulgares rozaron apenas la piel sensible justo donde empezaba la nalga. Agustina tragó saliva, sintió un cosquilleo raro y caliente entre las piernas que no entendía del todo.
—Bajá el culo… así… arqueá la espalda.
Laura empujó suave las caderas hacia abajo. El short se subió un centímetro y dejó al descubierto la curva baja de las nalgas. Agustina sintió el aire fresco y se puso colorada hasta las orejas.
Laura se agachó con ella, el aliento cálido en la nuca.
—Quedate así. Diez minutos. Sin moverte ni un centímetro. Es tu penitencia.
Se apartó dos pasos y se quedó mirando, brazos cruzados, los ojos grises fijos en el cuerpo tenso de la chica. Agustina sentía la mirada como si fueran manos: recorría las piernas abiertas, el culo apenas cubierto, la espalda arqueada, la respiración agitada que hacía subir y bajar las tetitas bajo la remera.
Los minutos pasaron lentos, pesados. Cada tanto Laura hablaba bajito, voz grave y firme.
—Más bajo el culo… abrí más las rodillas… no te muevas, nena.
Agustina obedecía al instante, temblando, con un calor húmedo creciendo entre las piernas que la avergonzaba y la confundía a la vez.
Cuando el reloj marcó los diez minutos, Laura se acercó otra vez. Puso una mano en la cintura de la chica para “ayudarla” a incorporarse. Los dedos se quedaron un segundo de más, rozando la piel caliente.
—Bien. Por hoy es suficiente. Vestite y andá a casa.
Agustina asintió sin hablar, las piernas flojas. Se cambió rápido en el vestuario, evitando mirar a Laura que ordenaba pelotas con calma.
Al día siguiente, última hora, Laura la llamó al escritorio del gimnasio después de clase.
—Agustina, sentate.
La chica obedeció, manos sobre las rodillas, mirada baja.
—Hablé con tu madre por teléfono hace un rato.
Agustina levantó la vista asustada.
—¿P-por qué, profesora?
—Le conté que estás distraída, que cometés errores básicos que no te corresponden. Le dije que sos la mejor alumna del colegio en todo… menos en mi clase últimamente. Que me preocupa.
Agustina se puso pálida.
—Le propuse una solución: clases particulares conmigo, dos veces por semana, fuera de horario. Aquí en el colegio, después de las seis, cuando está todo vacío. Para trabajar tu técnica en privado, sin distracciones.
Hizo una pausa, mirando fijo a los ojos claros de la chica.
—Tu mamá estuvo de acuerdo enseguida. Dijo que confía plenamente en mí y que no quiere que bajes el nivel. Ya está todo arreglado.
Agustina sintió que el corazón le latía en la garganta.
—¿E-en serio?
Laura sonrió por primera vez, una sonrisa lenta, casi tierna… pero con algo oscuro detrás.
—En serio, nena. A partir del lunes, vos y yo solas. Dos horas seguidas. Vas a mejorar… te lo prometo.
Se levantó, rodeó el escritorio y puso una mano en el hombro de Agustina, apretando apenas.
—Andá tranquila a casa. Decile a tu mamá que ya empezamos la semana que viene.
Agustina salió del gimnasio con las piernas temblando otra vez, un calor extraño entre las piernas y un nudo de nervios en el estómago.
No sabía por qué, pero algo le decía que esas “clases particulares” iban a ser muy distintas a todo lo que había vivido hasta ahora.