Ron_Artest
Miembro muy activo
- Desde
- 15 Jun 2024
- Mensajes
- 504
- Reputación
- 1,588
¡Ready to Rumble! Gente. Estamos de vuelta.
La idea de este relato empezó a surgir justo cuando me acercaba al final de Un Viaje Inesperado.
Cierta parte de la trama principal está inspirada en una serie de animación que lleva el mismo nombre: Efectos Secundarios, que por cierto - si no la habéis visto - os la recomiendo 100%, pues el dilema moral que plantea es muy poderoso.
¿Qué me voy a encontrar en este relato? Buena pregunta... Pues ni yo mismo lo sé.
Nunca me marco un camino a seguir. Simplemente cojo una idea inicial y empiezo a tirar de ella tal y como venga.
A veces se me va la olla...
A veces el relato cambia a la mitad y se transforma en otra cosa totalmente distinta...
Y algunas veces me cargo a algún personaje que no debería y recibo amenazas de muerte XD
De momento, con lo que llevo escrito, os puedo asegurar que encontrareis: Relaciones de pareja, amistad, sexo, morbo, fantasías sexuales, ciencia ficción, aventuras, peligros, ambición, rebeldía y un narrador exageradamente obsesionado con la Tabla Periódica.
Si tuviera que hacer algo parecido a una Sinopsis sería algo así: Un día cualquiera de trabajo, Nico - un joven químico que trabaja en una multinacional farmacéutica - descubre, por error, el que será el mayor descubrimiento en el campo de la medicina de la era moderna. Empujado por el amor a una mujer y con la voluntad - junto a sus amigos - por hacer del mundo un lugar mejor, tomarán una decisión que cambiará para siempre sus vidas.
Sin más, os dejo con el Prólogo y el Capítulo número 1.
Y como siempre digo: Bienvenidos a los que queráis embarcaros en este viaje conmigo. Juntos, veremos hasta donde nos llevará.
Un abrazo enorme.
¡Nos Leemos!
PRÓLOGO
Esta historia empieza por el final.
Empieza con el sol descendiendo despacio, como si dudara antes de marcharse, derramando sobre el mar una luz espesa y dorada que parecía líquida. El horizonte ardía en tonos naranjas, rojizos y violetas, fundiéndose unos con otros sin fronteras claras, como pensamientos que se disuelven al final del día. Las olas, cansadas, llegaban a la orilla con un susurro humilde, arrastrando reflejos rotos del cielo, fragmentos de fuego que morían al tocar la arena. El aire olía a sal y a despedida, y cada segundo parecía más lento, más consciente de sí mismo. Desde allí, el mundo no exigía nada más que contemplarlo, respirar y aceptar que todo, incluso la luz más hermosa, está condenada a desaparecer para volver a nacer en otro lugar.
Empieza conmigo sentado en la orilla de aquella playa sin nombre, con los brazos rodeando mis rodillas y la espalda vencida, como si el peso del mundo se hubiera instalado entre mis omóplatos. Miraba el horizonte sin parpadear, dejando que el mar me devolviera mis preguntas sin respuesta, un eco silencioso, un susurro en la inmensidad. Llevaba la ropa aún manchada de sangre reseca: la camisa medio abierta, arrugada, pegada al pecho; los pantalones sucios, desgarrados en varios puntos, testigos mudos de huidas al límite y caídas violentas. Uno de los cristales de mis gafas estaba resquebrajado, y a través de él el atardecer se fragmentaba en formas imposibles, como si lo viera a través de un caleidoscopio: Irreal. Imposible. Fascinante.
No pude evitar sonreír al pensarlo.
Aquel atardecer fragmentado, al fin y al cabo, era un reflejo perfecto de lo que era mi vida ahora.
Una vida irreal, imposible. Y sí… tenebrosamente fascinante.
Me subí el puente de las gafas con dos dedos temblorosos y dejé escapar un suspiro largo, espeso. El sol se hundía lentamente en el mar, devorado por el horizonte, y la luz se iba apagando como una promesa incumplida. El mar engullendo al sol. La incertidumbre matando la luz. Una metáfora burda. Otra ironía del puto destino.
Dos disparos secos. No para acertar, para advertir.
No habría rendición. Solo colisión.
Laia dejó atrás cualquier resto de calma, de comprensión y de ternura. Todo eso quedó sepultado bajo una urgencia animal. Me agarró del brazo y me levantó de la arena con una fuerza que no admitía réplica.
Subí a la lancha - me subieron mejor dicho - y el viento me golpeó el rostro, el motor rugió como una bestia liberada bajo mis nalgas y el corazón empezó a latirme con una velocidad salvaje. Mi vida - irreal, imposible y jodidamente fascinante - volvía a ponerse en marcha. Volvía a empezar. Porque nada termina del todo, compañero. Porque toda muerte es también una semilla y toda noche ensaya, en silencio, el regreso del día. Lo que cae aprende a levantarse, no hay otra. Lo que se apaga, aprende a arder de nuevo; esa es la ley. El final no es más que un pliegue del camino, el punto exacto donde la oscuridad se encuentra con la luz.
Es como la Tabla Periódica y la circularidad de la existencia, es decir, la ausencia de principios y finales; un concepto que une la termodinámica, la astrofísica y la filosofía. ¡Ah, por cierto!… No te lo he dicho, pero antes de ser un fugitivo, era químico. Cuesta creerlo, lo reconozco, pero lo era… y de los buenos además.
A lo que me refiero es a la Ley de Conversación de la Masa. El pilar fundamental de la química se resume en aquella frase mítica de Antoine Lavoisier: "La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma". Los 118 elementos que ves en la tabla hoy en día, son los mismos que han existido durante miles de millones de años. El carbono que hoy forma parte de tu ADN pudo ser, hace un siglo, parte de un árbol, y hace milenios, parte de un volcán. No hay un "final" para un átomo, solo un cambio de recipiente.
Es el Ciclo de Nucleosíntesis Estela… Lo sé, suena a chino, pero es sencillo de entender. La tabla periódica es un bucle infinito de vida y muerte estelar. Sin principio, pues el Hidrógeno - el primer elemento - se fusiona para crear elementos más pesados. Y sin final, pues cuando una estrella muere - lo que llamamos una supernova -, dispersa esos elementos por el espacio. Ese "polvo de estrellas" eventualmente se agrupa por gravedad para formar nuevos planetas y, eventualmente, nuevas estrellas. En resumen… los elementos son el residuo de una muerte que permite un nuevo nacimiento.
La Tabla Periódica, al fin y al cabo, es un continuo - El Ouroboros Químico - Pues aunque se presenta de forma lineal - del 1 al 118 -, muchos científicos - entre ellos un servidor - preferimos representaciones espirales o circulares. El Hidrógeno, que acabamos de nombrar - el primer elemento -, es el más simple, y el Oganesón - el último - es el más masivo y complejo. Sin embargo, en física nuclear, se teoriza sobre la "Isla de Estabilidad" y cómo, al final de la tabla, los elementos vuelven a comportarse de formas que desafían nuestra lógica, sugiriendo que la complejidad técnica vuelve a buscar la simplicidad original. Solo hace falta analizar el carbono - el sexto elemento - es el ejemplo perfecto de que no hay finales. Pues cuando un organismo muere, los elementos de la tabla periódica que lo componían no desaparecen del sistema; se reintegran al suelo. La "muerte" del cuerpo es solo el paso de los elementos a otra configuración, es solo una reordenación de átomos.
Y aunque el universo tiende al desorden - la entropía -, los elementos químicos permanecen como las piezas de un LEGO infinito. Se pueden montar y desmontar infinitas veces. Un átomo de oro - el número 79 en la lista - siempre será oro, ya sea en una moneda romana o en un microchip de hoy en día. Su "vida" es eterna en comparación con las escalas de tiempo humanas.
La Tabla Periódica simboliza que la muerte es una ilusión química. No somos seres con un principio y un final definidos, sino conglomerados temporales de elementos que han estado aquí desde el origen del tiempo y seguirán aquí cuando la humanidad se haya extinguido. Somos, literalmente, la tabla periódica recitándose a sí misma en diferentes formas.
En aquel instante, en plena huida, decidí contar mi historia. La historia de cómo todo terminó; de cómo todo se fue a la mierda; de cómo la vida de mis amigos - y la mía propia - dio un giro irreversible por un error casual, casi insignificante. No escribo por ambición: si algo nos sobra, era dinero. Tampoco en busca de fama: lo único que deseámos es pasar desapercibidos. Ni siquiera para dejar constancia de lo ocurrido: pues nadie nos creerá. Lo hago, simple y llanamente, porque lo llevo en el ADN: Probar, observar, anotar los errores antes del fallo y después volver a empezar. Volver a intentarlo. Siempre. Una y otra vez. Hasta hallar la fórmula correcta. Entendía mi propia existencia de ese mismo modo, como un maldito experimento.
Deformación profesional, supongo.
Y así que… de algún modo…
Esta historia, también, empieza por el principio.
Porque a veces, compañero, cuando crees haber llegado al final…
solo estás a un paso de entender cómo empezó todo.
Firmado:
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir.
Real Academia Española de Mis Santos Cojones.
La idea de este relato empezó a surgir justo cuando me acercaba al final de Un Viaje Inesperado.
Cierta parte de la trama principal está inspirada en una serie de animación que lleva el mismo nombre: Efectos Secundarios, que por cierto - si no la habéis visto - os la recomiendo 100%, pues el dilema moral que plantea es muy poderoso.
¿Qué me voy a encontrar en este relato? Buena pregunta... Pues ni yo mismo lo sé.
Nunca me marco un camino a seguir. Simplemente cojo una idea inicial y empiezo a tirar de ella tal y como venga.
A veces se me va la olla...
A veces el relato cambia a la mitad y se transforma en otra cosa totalmente distinta...
Y algunas veces me cargo a algún personaje que no debería y recibo amenazas de muerte XD
De momento, con lo que llevo escrito, os puedo asegurar que encontrareis: Relaciones de pareja, amistad, sexo, morbo, fantasías sexuales, ciencia ficción, aventuras, peligros, ambición, rebeldía y un narrador exageradamente obsesionado con la Tabla Periódica.
Si tuviera que hacer algo parecido a una Sinopsis sería algo así: Un día cualquiera de trabajo, Nico - un joven químico que trabaja en una multinacional farmacéutica - descubre, por error, el que será el mayor descubrimiento en el campo de la medicina de la era moderna. Empujado por el amor a una mujer y con la voluntad - junto a sus amigos - por hacer del mundo un lugar mejor, tomarán una decisión que cambiará para siempre sus vidas.
Sin más, os dejo con el Prólogo y el Capítulo número 1.
Y como siempre digo: Bienvenidos a los que queráis embarcaros en este viaje conmigo. Juntos, veremos hasta donde nos llevará.
Un abrazo enorme.
¡Nos Leemos!
PRÓLOGO
Esta historia empieza por el final.
Empieza con el sol descendiendo despacio, como si dudara antes de marcharse, derramando sobre el mar una luz espesa y dorada que parecía líquida. El horizonte ardía en tonos naranjas, rojizos y violetas, fundiéndose unos con otros sin fronteras claras, como pensamientos que se disuelven al final del día. Las olas, cansadas, llegaban a la orilla con un susurro humilde, arrastrando reflejos rotos del cielo, fragmentos de fuego que morían al tocar la arena. El aire olía a sal y a despedida, y cada segundo parecía más lento, más consciente de sí mismo. Desde allí, el mundo no exigía nada más que contemplarlo, respirar y aceptar que todo, incluso la luz más hermosa, está condenada a desaparecer para volver a nacer en otro lugar.
Empieza conmigo sentado en la orilla de aquella playa sin nombre, con los brazos rodeando mis rodillas y la espalda vencida, como si el peso del mundo se hubiera instalado entre mis omóplatos. Miraba el horizonte sin parpadear, dejando que el mar me devolviera mis preguntas sin respuesta, un eco silencioso, un susurro en la inmensidad. Llevaba la ropa aún manchada de sangre reseca: la camisa medio abierta, arrugada, pegada al pecho; los pantalones sucios, desgarrados en varios puntos, testigos mudos de huidas al límite y caídas violentas. Uno de los cristales de mis gafas estaba resquebrajado, y a través de él el atardecer se fragmentaba en formas imposibles, como si lo viera a través de un caleidoscopio: Irreal. Imposible. Fascinante.
No pude evitar sonreír al pensarlo.
Aquel atardecer fragmentado, al fin y al cabo, era un reflejo perfecto de lo que era mi vida ahora.
Una vida irreal, imposible. Y sí… tenebrosamente fascinante.
Me subí el puente de las gafas con dos dedos temblorosos y dejé escapar un suspiro largo, espeso. El sol se hundía lentamente en el mar, devorado por el horizonte, y la luz se iba apagando como una promesa incumplida. El mar engullendo al sol. La incertidumbre matando la luz. Una metáfora burda. Otra ironía del puto destino.
- ¡JODEEEEEER!
- ¡NICO, HAY QUE IRSE! ¡VAMOS!
- ¡¿ES QUE NO ME OYES?! ¡HAY QUE LARGARSE, JODER! ¡NOS HAN LOCALIZADO!
- No puedo… - murmuré, sin apartar la vista del sol moribundo.
- ¡¿QUÉ LE PASA AHORA?! - gruñó Gabi desde la embarcación, mientras arrancaba el motor.
- ¡TENEMOS QUE LARGANOS YA! - añadió Sofi, nerviosa, sin apartar los prismáticos del horizonte - ¡LOS TENEMOS ENCIMA!
- Eh, friki… - dijo con una sonrisa cansada pero sincera - Sé que acojona… Pero no hay otra opción.
- Sí la hay… - respondí yo, sin dejar de mirar el horizonte.
- Sí. Es Cierto - concedió ella - Pero no podemos dejar que eso suceda… No es una opción valida, Nico.
- ¿Y si lo es para mí?
- ¿Vas a rendirte, en serio? ¿Ahora? - su voz tembló apenas - ¿Después de todo lo que hemos pasado? ¿Ahora que estamos tan cerca de conseguirlo?
- No sirvo para esto… tú lo sabes mejor que nadie. ¡Mírame joder! Solo soy…
- ¡Eres un maldito héroe! - exclamó convencida - ¡¿Me oyes?! ¡Así que levanta tu jodido culo y sube a esa puta lancha, de una vez!
- No puedo Laia… - empecé a llorar.
Dos disparos secos. No para acertar, para advertir.
No habría rendición. Solo colisión.
Laia dejó atrás cualquier resto de calma, de comprensión y de ternura. Todo eso quedó sepultado bajo una urgencia animal. Me agarró del brazo y me levantó de la arena con una fuerza que no admitía réplica.
- ¡NO PUEDO HACERLO SIN TI, HOSTIAS! - gritó, arrastrándome - ¡ASÍ QUE TE VIENES COMIGO, QUIERAS O NO QUIERAS!
Subí a la lancha - me subieron mejor dicho - y el viento me golpeó el rostro, el motor rugió como una bestia liberada bajo mis nalgas y el corazón empezó a latirme con una velocidad salvaje. Mi vida - irreal, imposible y jodidamente fascinante - volvía a ponerse en marcha. Volvía a empezar. Porque nada termina del todo, compañero. Porque toda muerte es también una semilla y toda noche ensaya, en silencio, el regreso del día. Lo que cae aprende a levantarse, no hay otra. Lo que se apaga, aprende a arder de nuevo; esa es la ley. El final no es más que un pliegue del camino, el punto exacto donde la oscuridad se encuentra con la luz.
Es como la Tabla Periódica y la circularidad de la existencia, es decir, la ausencia de principios y finales; un concepto que une la termodinámica, la astrofísica y la filosofía. ¡Ah, por cierto!… No te lo he dicho, pero antes de ser un fugitivo, era químico. Cuesta creerlo, lo reconozco, pero lo era… y de los buenos además.
A lo que me refiero es a la Ley de Conversación de la Masa. El pilar fundamental de la química se resume en aquella frase mítica de Antoine Lavoisier: "La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma". Los 118 elementos que ves en la tabla hoy en día, son los mismos que han existido durante miles de millones de años. El carbono que hoy forma parte de tu ADN pudo ser, hace un siglo, parte de un árbol, y hace milenios, parte de un volcán. No hay un "final" para un átomo, solo un cambio de recipiente.
Es el Ciclo de Nucleosíntesis Estela… Lo sé, suena a chino, pero es sencillo de entender. La tabla periódica es un bucle infinito de vida y muerte estelar. Sin principio, pues el Hidrógeno - el primer elemento - se fusiona para crear elementos más pesados. Y sin final, pues cuando una estrella muere - lo que llamamos una supernova -, dispersa esos elementos por el espacio. Ese "polvo de estrellas" eventualmente se agrupa por gravedad para formar nuevos planetas y, eventualmente, nuevas estrellas. En resumen… los elementos son el residuo de una muerte que permite un nuevo nacimiento.
La Tabla Periódica, al fin y al cabo, es un continuo - El Ouroboros Químico - Pues aunque se presenta de forma lineal - del 1 al 118 -, muchos científicos - entre ellos un servidor - preferimos representaciones espirales o circulares. El Hidrógeno, que acabamos de nombrar - el primer elemento -, es el más simple, y el Oganesón - el último - es el más masivo y complejo. Sin embargo, en física nuclear, se teoriza sobre la "Isla de Estabilidad" y cómo, al final de la tabla, los elementos vuelven a comportarse de formas que desafían nuestra lógica, sugiriendo que la complejidad técnica vuelve a buscar la simplicidad original. Solo hace falta analizar el carbono - el sexto elemento - es el ejemplo perfecto de que no hay finales. Pues cuando un organismo muere, los elementos de la tabla periódica que lo componían no desaparecen del sistema; se reintegran al suelo. La "muerte" del cuerpo es solo el paso de los elementos a otra configuración, es solo una reordenación de átomos.
Y aunque el universo tiende al desorden - la entropía -, los elementos químicos permanecen como las piezas de un LEGO infinito. Se pueden montar y desmontar infinitas veces. Un átomo de oro - el número 79 en la lista - siempre será oro, ya sea en una moneda romana o en un microchip de hoy en día. Su "vida" es eterna en comparación con las escalas de tiempo humanas.
La Tabla Periódica simboliza que la muerte es una ilusión química. No somos seres con un principio y un final definidos, sino conglomerados temporales de elementos que han estado aquí desde el origen del tiempo y seguirán aquí cuando la humanidad se haya extinguido. Somos, literalmente, la tabla periódica recitándose a sí misma en diferentes formas.
En aquel instante, en plena huida, decidí contar mi historia. La historia de cómo todo terminó; de cómo todo se fue a la mierda; de cómo la vida de mis amigos - y la mía propia - dio un giro irreversible por un error casual, casi insignificante. No escribo por ambición: si algo nos sobra, era dinero. Tampoco en busca de fama: lo único que deseámos es pasar desapercibidos. Ni siquiera para dejar constancia de lo ocurrido: pues nadie nos creerá. Lo hago, simple y llanamente, porque lo llevo en el ADN: Probar, observar, anotar los errores antes del fallo y después volver a empezar. Volver a intentarlo. Siempre. Una y otra vez. Hasta hallar la fórmula correcta. Entendía mi propia existencia de ese mismo modo, como un maldito experimento.
Deformación profesional, supongo.
Y así que… de algún modo…
Esta historia, también, empieza por el principio.
Porque a veces, compañero, cuando crees haber llegado al final…
solo estás a un paso de entender cómo empezó todo.
Firmado:
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir.
Real Academia Española de Mis Santos Cojones.