Lola recurre otra vez al vino. Está pensando en tomar algo más fuerte pero se contiene, aún es pronto y queda mucha noche. Cena una ensalada y una tortilla francesa que se ha hecho con desgana.
Por cada bocado un trago.
Está un poco mareada cuando termina de comer, pero sabe que ella aguanta más, mucho más, y que eso no será suficiente para conseguir que duerma esa noche. Abre un cajón del mueble bar y pasa la mano por distintos tipos de pastillas, desde los simples calmantes a otras más fuertes.
No, resiste la tentación, todavía es pronto. Intentará conseguir el sueño. Quizá tome otro par de copas más y si ve que no puede, recurrirá a las pastillas, pero solo en último caso. Últimamente ha abusado demasiado de ellas. Sabe que mezcladas con el alcohol le producirán una caída en un sopor profundo que le permitirá adormecerse, pero que también le deparará un despertar incómodo con náuseas y mareos.
Sale a la terraza, intentando que el aire la despeje y se lleve los malos pensamientos. Ya es de noche, se ha perdido el mismo atardecer que su hijo ha visto de este otro lugar de la ciudad. Se pregunta sí no habrá extraviado a Julen para siempre. La verdad es algo que él deseaba pero que quizás no pueda perdonarle. Todo lo que lo ha contado era cierto y sin embargo se ha guardado para ella el capítulo final. No decir toda la verdad es mentir, se dice a sí misma sintiéndose culpable. Pero ella es madre ante todo y una madre no mide las consecuencias, solo hace lo que debe hacer para proteger a su hijo. Le ha contado hasta donde podía contar, hasta donde era necesario detenerse para que él, aunque dolorido, pudiera quedarse por fin tranquilo, y ha contado hasta ese punto donde duele, pero hasta donde ese dolor no puede complicarle la vida. Se pregunta si algún día podrá liberarse de tanta culpa y tanta mentira; si algún día sus meteduras de pata o sus decisiones dejarán de volver del pasado para interponerse entre ella y su hijo; si algún día él podrá encontrarse a sí mismo y también perdonarla a ella; se pregunta cuánto daño le habrá hecho lo que ella le contó sobre su segundo viaje a Málaga. Duda si lo que ha hecho es correcto o no, de lo que no duda es de su intención de protegerlo y facilitarle las cosas. Porque la historia no acaba con su vuelta embarazada. Eso es lo que ella le ha narrado, pero lo cierto es que increíblemente, ni el día que estuvo con el tipo borracho, ni la noche en la que tuvo sexo con casi todos los hombres de la fiesta consiguió quedarse encinta. A la vuelta no hubo la alegría de un embarazo como le ha contado a Julen, eso tardó un poco más. Lo que hubo fue de nuevo decepción y dolor. Según le explicó el médico, no se trata tanto de hacerlo muchas veces un día, si no de forma sostenida a lo largo del periodo fértil. Así que más le hubiera valido un solo amante cada noche durante esa semana que concentrarlo todo en aquella bacanal, que al fin y al cabo no sirvió para su propósito.
Su enfado era notable y su desesperación también, porque leía en la cara de su marido que él no aguantaría otra escapada, otra semana sin verla, sabiendo lo que buscaba en Málaga. Más sospechas y comeduras de tarro que añadir a las que ya tenía. Estuvieron en silencio toda una semana mientras ella sufría aquel periodo que le provocaba más dolor de corazón que de ovarios.
- No quiero que vuelvas a irte - le dijo él un día, serio, uno de esos días en los que apenas se hablaban, en los que cada uno pensaba en lo mismo pero por separado - Prométemelo.
Y ella lo prometió usando la fórmula:
- Si no quieres, no volveré a ir a Málaga.
Rafael pareció aliviado aunque aquel compromiso estaba lejos de estar claro, al menos en sus términos, porque no significaba en absoluto que Lola hubiera abandonado su idea de ser madre. Si su marido no podía soportar estar varios días sin ella sabiendo que tenía sexo con otros hombres, esa tortura debía acabar. Lola se mostraba de acuerdo y comprendía perfectamente a Rafael, pero no renunciaba a su objetivo y eso implicaba cambiar de sistema. Era necesario algo menos doloroso y menos difícil de llevar para su marido. Pensó varias alternativas. La más segura y la más lógica era echarse un amante en Madrid. Con la excusa de ir a ver a su madre podría tener encuentros con él en los días adecuados. Pero esta solución, que simplificaba la logística y que suponía que Rafael no sufriera porque no tendría por qué enterarse, también planteaba otros problemas, como ya habían discutido anteriormente. Por ejemplo, el hecho de que un amante es alguien que podría volver a aparecer en el futuro para reclamar su paternidad, para desmontar la falacia, para perjudicarles en sus vidas y eso era algo que ellos no deseaban. Lola no acababa de decidir cómo debía encaminar sus próximos pasos.
La solución apareció en una esquina del distrito de Tetuán donde vivía su madre. Un cartel pegado sobre la pared, junto a un tugurio de barrio. Rodolfo actuaba en Madrid. No podía creérselo. Tras su época de fama, había iniciado una vuelta a los infiernos de las actuaciones en locales de poca monta y en fiestas patronales de pueblos perdidos. No sabe si lo interpretó como una señal o simplemente le pudo la curiosidad, pero el caso es que decidió ir a verlo. Le explicó a su marido que la acompañaría su madre. A él le había contado muchas veces que lo habían conocido antes de ser famoso, omitiendo por supuesto el episodio del camerino. Rafael no mostró ningún interés por ir, era un cantante que no le gustaba y casi agradeció ahorrarse el espectáculo, en el que ella y su madre aprovecharían para saludarlo. No le apetecía para nada subir a Madrid entre semana. Pero Lola no fue con su madre. Realmente no sabía con qué propósito iba, solo tenía curiosidad se decía a sí misma, pero en cualquier caso algo le dijo que era mejor acudir sola. En ese aspecto acertó porque su madre no hubiera disfrutado del espectáculo de un antiguo conocido en franca decadencia. Ni la voz era ya la misma, aguardentosa y rota por el tabaco, ni sus dedos se movían con el mismo arte. Las canciones parecían carecer del ritmo y el alma que él le insuflaba más joven. Aunque conservaba sus ojos penetrantes y algo de su antiguo porte, las secuelas de la mala vida habían dejado su marca en forma de piel más cenicienta, ojeras y arrugas.
A pesar de todo Lola no podía evitar mirarlo de otra manera, viéndolo con los ojos del recuerdo de lo que había supuesto para ella ese amor platónico y de los cientos de fantasías que había montado a su alrededor. Sí, sí disponía todavía de cierto atractivo. No todos los días se encuentra una con su primer amor.
Él no la reconoció. Achinó los ojos y en su mente repleta de vapores alcohólicos, le costó encontrar el nombre de aquella mujer que siendo casi niña lo miraba con ojos de enamorada. Viendo su dificultad para bucear entre tantísimas noches, tantos lugares y tantas caras, ella le adelantó un nombre, Lola, que él repitió, recordándola por fin o haciendo como que la recordaba.
Esta vez no hubo peleas ni empujones, ni tuvo que abrirse paso entre multitud de fans para acercarse, simplemente esperó que terminara su actuación y fue a buscarlo a la barra donde naufragaba detrás de cada concierto. Ahí estaba solo, acompañado de un vaso de tubo con un cubito y lleno de whisky. También con ganas de hablar. Durante algo más de hora y media consiguió desgranarle todo lo que había sido su existencia desde la última vez que se vieron. La vida había sido injusta con él, se quejaba, porque apenas había empezado a disfrutar del éxito cuando sobrevino el fracaso, la caída.
- El público es voluble y las modas apenas duran - se resentía.
Ella no estaba allí para recriminarle ni para juzgarle, así que no le dijo lo que opinaba sobre dejarse mecer por la marea de la suerte, sobre cómo podía haber aprovechado el tirón, haber ahorrado los años buenos, haberse buscado contactos, haber evolucionado hacia otros posibles trabajos en el mundo del espectáculo. Para qué le iba a poner mal cuerpo. Sí, la vida es una puta que se vende cara. Si quieres que te sonría tienes que pagar y a veces ni sobornándola consigues lo que deseas.
Ahora sí, una chispa de entendimiento saltó entre ambos y consiguió sacarlo de su letargo. Ya no solo se limitaba a hablar hacia alguien que no dejaba de ser una desconocida, sino que estaba dispuesto a escuchar. No fue esa su intención, en realidad no sabía qué intención tenía cuando fue a verlo, pero acabaron en el último bar abierto, cenando un plato combinado antes de acompañar a Rodolfo a su pensión. Él, en ningún momento le hizo ninguna propuesta, ni dijo nada que pudiera molestarla, simplemente no se despidieron. Cuando dijo de subir, Lola lo acompañó.
Intentó cumplir su fantasía. Comparado con sus viajes a Málaga, el hotel, las fiestas y los locales en los que había estado, aquello era terriblemente sórdido. Una pensión oscura, sábanas sucias y un amante que requirió de una buena ducha antes de meterse en la cama con él. Pero nada de eso le importó a Lola porque ella parecía vivir una realidad paralela. Una realidad que la transportaba veinte años atrás. Se ocupó ella misma de desvestir a Rodolfo y observó con satisfacción que seguía usando slips. No le importó que este estuviera usado, en su mente solo estaba el bulto que allí aparecía y que le recordaba lo sucedido años atrás. Jugó con él antes de bajarlo y tener en su mano el miembro del hombre. Pensó que era tal y como había imaginado, relativamente grueso y largo. Su cuerpo ya no era tampoco en el mismo y donde antes había músculo y dureza ahora había flacidez y grasa, aunque el conjunto siguiera guardando cierta armonía con lo que ella recordaba. Para Lola resultó suficiente. Lo empujó a la bañera y lo frotó como si se tratara de un niño pequeño, recreándose con cuidado, aprovechando para acariciarlo y excitarlo. Luego lo llevó a la cama y se quitó la ropa ella misma.
Qué curioso, tanto tiempo fantaseando con aquello, tanto tiempo usándolo para excitarse en sus escapadas para procrear y ahora que lo vivía de verdad también usaba su fantasía. La fantasía hecha realidad y para que funcionara tener que tirar también de fantasía, qué desconcertante… pero el caso es que funcionó. En la realidad paralela que vivía todo resultó sencillo y fácil como si realmente se tratara de un sueño y no de algo real. Se dejó poseer dos veces, consiguió un orgasmo y dejó a Rodolfo dormido en la cama. Se marchó consciente de que posiblemente era la última vez que lo viera.
Lola tenía sus dudas porque en esos días no sabía todavía si estaba ovulando o no. Las señales deberían haber aparecido ya, pero a raíz de los disgustos desde el último viaje a Málaga, era más complicado detectar los síntomas y ajustar las cuentas, a pesar que ella siempre había sido muy regular. Sea como fuere lo logró. Pasadas son unas semanas supo que estaba embarazada por fin. Un sentimiento de alegría mezclado con otro de fuerte incertidumbre la asaltó, zarandeándola como las olas a una barquita en la tormenta.
Cuando se lo dijo a Rafael este mostró su sorpresa no exenta de disgusto. De alguna forma esperaba que la renuncia a hacer esos viajes a Málaga, implicara también una renuncia a seguir con su plan de quedar encinta. Por un lado, todo aquello ponía fin aquel periodo de infidelidades consentidas y no tanto. Por otro lado, Lola había actuado por cuenta y eso lo cabreaba.
- ¿Quién ha sido? ¿Con quién has estado?
Ella trató de hacérselo fácil:
- Con un desconocido, en Madrid. Un turista. No te preocupes que no dará problemas. Fue lo mismo que en Málaga pero una sola tarde. Simplemente vi la oportunidad. No me importa nada, no me gustaba, simplemente lo hice. Ya está, ya estoy embarazada ¡vamos a tener un hijo! Ya todo lo malo terminó, ahora empieza lo bueno - trató de consolar a Rafael.
¿De verdad pensaba que todo iba a resultar tan fácil como cerrar la caja de los recuerdos y tirarla al río? ¿Cómo podía ser tan boba? ¿Cómo podía engañarse tanto? Sabe la respuesta: el deseo de ser madre superaba todo escrúpulo que pudiera tener.
Se esforzó durante todo su embarazo en ser la mujer y amante perfecta de Rafael, en dedicarle a él todo el tiempo a la espera de que llegara su hijo, en reconstruir su confianza. Y pareció haberlo logrado. Él se veía tranquilo y feliz a pesar de todo. Creyó de verdad que así se aseguraba el amor y la permanencia para siempre de Lola a su lado. Y que también todo se estabilizaría con la llegada de aquel niño que efectivamente resultó ser varón. Fueron años felices, recuerda Lola con nostalgia, cuando todo parecía posible. Pero no fue así. Un hijo es la principal preocupación de una madre. Cuando estuvo en este mundo sus prioridades cambiaron. Lola no fue capaz de anticipar el efecto que tendrían en Rafael la exigencia de ser padre de un hijo que no era suyo y también que ella le prestara menos atención, en detrimento de su hijo natural. Nada que no se hubiera podido superar de forma normal, como cualquier otro matrimonio, pero la semilla de la desconfianza estaba plantada. Nadie intuía que hubiera nada extraño, nadie excepto las hermanas de Rafael. Nunca la habían aceptado, igual que su madre, y cuando esta falleció ellas continuaron la tradición de considerarla una intrusa, siempre mal metiendo, siempre extendiendo sospechas, siempre criticándola. Todo se reunió en una madeja que ella no fue capaz de desenredar y para cuando quiso darse cuenta era tarde. Estaba tan ilusionada con su hijo que fue incapaz de prevenir el fracaso de su matrimonio. Un Rafael cada vez más atormentado y también desconfiado, esta vez sin razón, se iba separando de su lado, como uno se separa de lo que causa dolor. No le dio la importancia que debía y la cosa fue a más.
Todo se derrumbó por una estupidez. Ella manifestó cuando su hijo tenía ocho años que estaría bien que tuviera un hermanito o una hermanita. Se refería en este caso, ya sí, a adoptar. Ahora que tenía un hijo suyo no lo hubiera importado adoptar otro. Esto disparó la desconfianza de Rafael y por mucho que ella le explicó que no pasaba nada, que si decidían no tener más estaba bien así y que en caso de buscar un hermano no recurriría a los mismos métodos que con Julen, Rafael se volvió intratable. Ella le pidió que se olvidara de todo y que ya está, que se quedaban solo con un hijo, pero había resucitado viejos fantasmas, antiguos demonios que se pusieron mano a la obra y con toda eficacia derrumbaron la confianza entre ambos. Lola se refugió en su hijo en vez de salir al paso del conflicto y desactivarlo ¿Cómo podía hacerlo? no sabía cómo borrar el pasado.
Tampoco supo cómo consiguieron convencer a Rafael sus hermanas para que pidiera el divorcio. Y entonces se enredó todo. Los momentos de ruptura son dolorosos y no se piensa con la cabeza. El veneno siguió causando su efecto y Rafael se negó a tratar a Julen como su verdadero hijo. Fue Miguel Cremades el que al final consiguió evitar lo peor. Y ella tuvo para conseguirlo que volver a usar sus técnicas de seducción. Sabía el efecto que provocaba en muchos hombres y también sabía que Miguel caería en su cama si ella se lo proponía. No fue en puridad un intercambio sexual a cambio de conseguir que Rafael aceptara un acuerdo aceptable, es cierto que hubo química entre ella y Miguel, pero también es cierto que una vez convencida de que su matrimonio no iba a recuperarse, decidió hacer lo necesario (como siempre) para cuidar a su hijo y conseguir lo mejor para él.
Siempre se había sentido diferente, incluso había criticado a las mujeres que se ganaban la vida haciendo algo más que servir copas de los bares de noche. Se pregunta ahora si ella no actúa igual, si no fue en su día injusta. Al fin y al cabo, sólo eran mujeres que trataban de jugar con las cartas que les había dado la vida, utilizando las únicas armas de que disponían: su cuerpo y la lujuria de los hombres que las veían como objetos con derecho de conquista.
¿No había hecho ella igual? ¿Usar su físico, los sentimientos y el deseo que despertaba en los hombres para conseguir lo que se proponía?
Constantemente se justificaba pensando que ella respondía a principios más altos: el deseo de ser madre, la necesidad de formar una familia, el amor hacia su marido que siempre fue sincero… ¿Era compatible ese amor con sus actos? Para cualquiera que lo viera desde fuera no, pero para ella sí, porque no podía renunciar a una cosa en favor de otra. No podía renunciar a ser madre en favor de mantener su matrimonio, ni tampoco podía renunciar a Rafael para ser madre. Lo quiso todo y, a lo mejor, todo era imposible obtenerlo. En cualquier caso, visto desde ahora y con una copa en la mano, no se siente muy distinta de esas mujeres a las que comprendía pero también criticaba sin palabras.
Miguel la tiene en estima como ha demostrado al responder sus llamadas. Siempre está dispuesto a atenderla. Él pareció sorprendido cuando unos meses después de terminar todo el proceso decidió dejar de verlo. Había llegado a pensar que la suya era una relación estable, que podía ser su amante para siempre. Pero Lola no podía continuar con aquello. Es consciente de que Miguel debió pensar que había sido utilizado, pero la verdad es que ella necesitaba romper con todo su pasado si quería iniciar una nueva vida junto a su hijo, eran demasiados lastres demasiados recuerdos, demasiados problemas y Miguel formaba parte de todo eso. Ese fue el motivo principal de dejar de verse aunque seguramente él pensó otra cosa. Da igual, el caso es que como ha podido comprobar esa mañana cuando se han visto, él sigue enamorado de ella y parece dispuesto perdonarle todo. No sabe que le deparará el futuro, quizás cuando Julen arranque a vivir en serio, su vida sea estable y ya no la necesite, se planteé una nueva relación. Quizás con Miguel, quizás con otro, el porvenir deparará. Además, si lleva demasiados años con la sola compañía de una botella, tampoco le parece mala manera de terminar sus días. Ella está acostumbrada a estar sola, no le da miedo.
En fin, tuvo que tomar decisiones cuando hace unos meses su hijo volvió de nuevo con todo este tema, dispuesto esta vez a obtener las respuestas ¿Debía contarle quién era su padre o detenerse en la noche de la orgía? Decidió que era mejor lo segundo. Hizo sus averiguaciones y Rodolfo seguía vivo. No llegó a verlo, no fue necesario. Vegetaba en una residencia y le quedaba poco de vida. Alcohólico, cocainómano y con Alzheimer en esta última etapa, según la informaron. Parece ser que con complicaciones hepáticas y descartado para trasplante no duraría mucho tiempo. Se preguntó si era esa la imagen que buscaba su hijo. Y también que le podía aportar sentarse frente a frente con un hombre que ni siquiera recordaba si había desayunado. Y cómo explicarle por qué se había acostado con un tipo así. Todos los demás no le importaban porque habían sido solo utilizados, pero este le había provocado sentimientos y formaba parte de su vida. Era más fácil un padre anónimo y desconocido que un tipo donde pudiera ver reflejada tanta decadencia y podredumbre. Ella no se explicaba siquiera porque se había acostado con él y por qué había formado parte durante tanto tiempo de sus fantasías. Lo de los demás era mucho más simple y rápido de explicar y posiblemente mucho menos indoloro para su hijo. Es mejor que no conozca a su padre verdadero. Esa fue la decisión que tomó. Elegir el mal menor, que es lo que se hace con la gente que te importa.
¿Se habrá equivocado de nuevo? ¿Será una nueva metedura de pata? ¿Cuánto tendrá que pagar por ella?
De repente suena el teléfono. Está a punto de caerse la copa de su mano, tan absorta estaba en sus pensamientos. Lo toma y resulta ser Julen. La voz le tiembla al preguntar:
- ¿Cómo estás hijo?
- Estoy - responde él un poco seco y con tono cansado - ¿Y tú?
- No muy bien. Pero lo importante eres tú. Perdóname. Nunca quise hacerte daño, siempre has sido lo más importante para mí, incluso cuando me equivocaba al tomar las decisiones.
- Eso ya no importa.
Se hace un silencio y queda la expectativa sin saber muy bien qué implicación tiene esa respuesta.
- Madre, me gustaría que vinieras a cenar con nosotros este fin de semana.
- ¿Estás seguro?
- Sí.
- ¿Seguro que a Marisa no le importa?
- No, para nada, de hecho, ha sido ella la que me ha dado la idea.
- Gracias.
- No tienes que darme las gracias, eres mi madre.
Ambos contienen la respiración como si a través de la línea pudieran leerse el pensamiento el uno al otro.
- Ya te llamo para quedar.
- Vale.
Cuando cuelga, un intento de sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, adorna la cara de Lola.
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