javieron
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Perdí 2 de mis agujeros en una apuesta por orgullosa
—Estás hablando en serio? De verdad crees que Corea del Sur le puede ganar a Portugal? —me río fuerte, casi escupiendo el trago.
—Claro que sí —responde Javier con esa sonrisa de sobrado que pone cuando está convencido—.
—Uy, qué valiente —le digo burlándome mientras levanto mi vaso.
Estamos en su departamento en Miraflores, bien borrachos después de una tarde entera de cervezas y nachos viendo el partido. Javier y yo somos amigos desde la secundaria, de esos que se dicen todo sin filtro. Los dos solteros, los dos fanáticos del fútbol, pero siempre en bandos opuestos. Yo con Portugal, él con Corea del Sur. Esta noche el partido es personal.
—Te apuesto lo que quieras —insiste él, sirviéndonos otro ron con cola—. Que Corea del Sur gana.
—Lo que quiera? —repito, alzando una ceja—. Ok. Si Portugal gana, me das cinco días seguidos de almuerzos. Todos los almuerzos caros que quiera.
Se ríe.
—Y si gana Corea?
—Imposible —digo—. Pero dale, suéltalo. Qué quieres si pierdo?
Se queda callado un segundo, mirándome fijo. Luego sonríe de lado.
—Una mamada.
Casi me atraganto con el vaso.
—Qué mierda dijiste?
—Una mamada. Completa. Hasta el final.
Me quedo mirándolo, esperando que se ría y diga que es broma. No lo hace.
—Estás loco —le digo, pero ya estoy riendo nerviosa—. Eres mi amigo, imbécil. No me calientas ni un poco.
—Pues por eso es apuesta —responde tranquilo—. Tú estás 100% segura de que Portugal gana. Si pierdes, cumples. Sin excusas.
Pienso un segundo. Portugal es favorito. Por experiencia e historia. No hay forma.
—Trato hecho —digo chocando mi vaso contra el suyo—. Prepárate para pagar una semana entera.
Nos reímos, seguimos tomando, gritando cada jugada.
Pero el partido se pone feo.
Portugal golpea rápido, gol en el minuto 5, sonrío con soberbia. En el minuto 27, Corea del Sur concreta un tiro de esquina rápido y mete el 1-1. Me quedo helada. Javier grita como loco y me abraza fuerte.
—No jodas… —murmuro.
El segundo gol llega en el 90. 2-1. Portugal se desordena, no reacciona. Final: Corea del Sur 2 – Portugal 1.
Me quedo mirando la pantalla en shock. Javier está eufórico, saltando como niño.
—Perdiste, Emily —dice con una sonrisa triunfal—. Y la apuesta era clara.
Me siento en el sofá, todavía procesando. No estoy enojada con él… estoy molesta conmigo misma. Odio perder. Y odio más todavía quedar mal.
—Ok —digo al fin, mirándolo fijo—. Cumplo. Pero solo porque perdí. No porque me prenda o algo. Que quede claro.
Javier se queda serio de repente.
—No tienes que hacerlo si no quieres. Era medio en joda…
—No —lo corto—. Una apuesta es una apuesta. Pero lo hago a mi manera. Y termino lo que empiezo.
Me levanto, voy al sofá donde él está sentado. Le hago un gesto con la mano para que se acomode mejor, piernas abiertas. Se quita la camiseta rápido, se baja el short y el bóxer de un tirón. Y ahí está.
Joder. Está bien dotado. Mucho más de lo que imaginaba. Grueso, venoso, la cabeza ya brillante de excitación. Nunca lo había visto así, nunca me había fijado. Éramos amigos. Punto.
Me arrodillo entre sus piernas, el suelo frío contra mis rodillas. Él se recuesta un poco, apoyando los brazos en el respaldo del sofá. No dice nada, solo me mira.
Respiro hondo. No lo deseo. No me atrae físicamente. Pero perdí. Y no soy de las que se echan para atrás.
Lo tomé con la mano derecha. Estaba ardiendo. La piel suave y tensa se estiraba sobre venas gruesas que latían bajo mis dedos como cables vivos. Pesaba más de lo que esperaba; el grosor me obligó a abrir más la mano para rodearlo por completo. Subí y bajé una vez, solo para sentir la textura: aterciopelada en la superficie, dura como madera caliente por dentro. Un hilo de líquido preseminal ya brillaba en la punta, transparente y viscoso, oliendo levemente a sal y almizcle masculino.
Lo miré a los ojos. Mi mirada era puro desafío, sin sonrisa. “Vas a sentir cada segundo de esto”. Acerqué la boca despacio. Primero solo el aliento caliente contra la cabeza, vi cómo se contrajo levemente, cómo una gota más se formó y resbaló por el frenillo. Luego la lengua: plana, ancha, desde la base hasta la punta en un lamido lento y deliberado. El sabor explotó en mi boca: salado intenso, ligeramente amargo, con un fondo almizclado que se pegaba al paladar. Lamí otra vez, presionando más, dejando un rastro brillante de saliva que goteaba despacio por el tronco y caía en gotas pesadas sobre sus testículos.
Bajé. Tomé uno de sus huevos en la boca. La piel era suave, arrugada, caliente como si tuviera fiebre. Lo succioné con suavidad, sintiendo cómo se contraía dentro de mi boca, cómo la textura se volvía más firme bajo mi lengua. El olor era más fuerte aquí: sudor limpio, piel masculina, un toque metálico. Pasé la lengua por la costura central, lenta, torturante, subiendo y bajando mientras mi mano izquierda masajeaba el otro testículo, rodándolo entre los dedos, sintiendo el peso, la calidez pulsante. Javier soltó un gemido grave que vibró en su pecho y llegó hasta mí como una corriente eléctrica.
Subí de nuevo. Besé la base del tronco, labios abiertos, succionando la piel sensible justo donde se unía al pubis. El vello corto me rozó los labios, áspero y húmedo de saliva. Luego abrí la boca y me metí la cabeza entera. La succioné con fuerza, labios apretados formando un anillo perfecto alrededor del glande hinchado. La lengua giró rápido contra el frenillo, sintiendo cada nervio que se tensaba bajo la presión. El sabor se intensificó: más sal, más almizcle, un regusto ligeramente dulce del presemen que seguía saliendo en gotitas calientes.
Bajé despacio. Centímetro a centímetro. La cabeza me rozó el paladar, luego la campanilla, luego el inicio de la garganta. Cuando llegó al fondo, me detuve. Nariz pegada a su pubis, el olor fuerte y embriagador llenándome los pulmones: sudor, colonia residual, excitación pura. Contraje la garganta alrededor de él, una, dos, tres veces, como si quisiera tragármelo vivo. Sentí las pulsaciones contra mi lengua, el latido acelerado que coincidía con el mío propio. Arcadas leves me subieron por el pecho, pero las controlé respirando profundo por la nariz, dejando que la saliva se acumulara y chorreara por mi barbilla en hilos gruesos y calientes.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, ritmo profundo, implacable. Cada bajada llegaba hasta el fondo, la punta golpeándome la garganta con un sonido húmedo y obsceno. Saliva volaba en gotas pequeñas cada vez que subía, salpicando sus muslos, el sofá, mis rodillas. El sonido era sucio, chapoteante: succiones fuertes, gemidos ahogados míos que vibraban alrededor de su pene, sus respiraciones entrecortadas que se convertían en gruñidos bajos. Mi mano derecha seguía en la base, masturbándolo con movimientos firmes y sincronizados, apretando justo lo suficiente para sentir cómo se hinchaba más dentro de mi boca.
Con la izquierda masajeé sus testículos, rodándolos, apretándolos suave pero con presión creciente. Sentía cómo se contraían, cómo subían pegados al cuerpo, preparándose. Mi propia excitación era traicionera: el coño me palpitaba con fuerza, la humedad empapaba la tela de la ropa interior, el clítoris hinchado rozaba contra la costura con cada movimiento de mi cabeza. Me negaba a tocarme. Esto era por orgullo. Por la apuesta. Nada más.
Lo miré todo el tiempo. Ojos clavados en los suyos. Mi mirada ya no era solo desafío; había fuego oscuro, hambre de control. Cada vez que me quedaba en el fondo, contrayendo la garganta, él se arqueaba ligeramente, los músculos de sus abdominales temblaban, un gemido ronco salía de su garganta como si le doliera de tan intenso.
Javier empezó a temblar. Su mano en mi pelo se cerró más fuerte, dedos enredados en mis mechones húmedos de sudor, pero sin empujar. Solo aferrándose como si el sofá fuera a romperse debajo de él.
—Emily… joder… me corro… me corro ya… —su voz era un ronquido roto, desesperado.
No me aparté. Bajé hasta el fondo una última vez, nariz contra el pubis, garganta abierta al máximo. Contraje todo lo que pude alrededor de la cabeza hinchada, palpitante. El primer chorro llegó caliente, espeso, golpeándome directo en la garganta como un latigazo líquido. Tragué instintivamente, el sabor salado-amargo inundándome la boca, pegándose a la lengua, bajando por el esófago en oleadas calientes. El segundo fue más abundante, más fuerte; sentí cada pulsación contra mi paladar, cada chorro espeso que llenaba mi boca antes de tragarlo. Tercero, cuarto… perdí la cuenta. Seguí succionando, moviendo la cabeza despacio para ordeñarlo, exprimiendo hasta la última gota. La lengua presionaba por debajo, los labios apretados, la garganta trabajando sin parar. El semen era caliente, viscoso, dejaba un regusto persistente que se mezclaba con mi saliva y el almizcle de su piel.
Cuando terminó, me quedé ahí unos segundos más. Succionando suave, limpiándolo con la lengua en círculos lentos, sintiendo cómo se ablandaba poco a poco dentro de mi boca, cómo las últimas pulsaciones débiles me rozaban la garganta. Solo entonces lo saqué despacio. Un hilo grueso de saliva y semen conectaba mis labios con la punta brillante; lo rompí con la lengua, lamiendo la última gota que quedaba en el glande, saboreándola antes de tragarla.
Me limpié la boca con el dorso de la mano. El sabor persistía: sal, almizcle, él. Me senté sobre mis talones, rodillas doloridas, barbilla húmeda, garganta irritada y caliente.
—Cumplí —dije con voz ronca, casi áspera—. Apuesta saldada.
Javier estaba desplomado, pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. Ojos vidriosos, labios entreabiertos, un brillo de sudor en la frente y el cuello. Intentó hablar, pero solo salió un “joder, Emily…” entrecortado, tembloroso.
Me levanté. Las piernas me temblaban ligeramente. Fui al baño, me enjuagué la boca con agua fría, pero el sabor seguía ahí, persistente, grabado en la lengua. Cuando volví, él se había puesto el bóxer y me miraba como si me viera por primera vez: confusión, deseo residual, algo que parecía gratitud culpable.
—No digas nada —le corté—. Somos amigos. Fue por la apuesta. Punto final.
Se quedó callado. Luego sonrió débil, casi tímido.
—Creo que te has ganado algunos almuerzos… yo pago el ceviche. Aunque gane.
Sonreí de lado, todavía sintiendo el regusto en la boca, el calor en la garganta, la humedad traicionera entre mis piernas.
—Te la vas a gastar completa, créeme.
Prendimos la tele. Seguimos bebiendo. El aire estaba cargado de un silencio espeso, de un secreto sucio que ninguno nombraría nunca. Pero los dos sabíamos que algo se había quebrado irreversiblemente… y que, en el fondo, el hambre de volver a romperlo ya empezaba a crecer.
El partido Brasil vs. Camerún estaba por empezar. El ambiente en el departamento ya era denso, cargado de ese silencio incómodo que queda después de algo que no se nombra pero que todos sienten. Yo todavía tenía el sabor salado persistente en la lengua, la garganta ligeramente irritada, y entre las piernas una humedad traicionera que no quería reconocer. Javier me miró de reojo mientras cambiaba de canal.
—Otro partido... —dijo, intentando sonar casual—. Brasil contra Camerún. Quieres revancha?
Me dolió el orgullo como un puñetazo en el estómago. Dos derrotas en el mismo día no. No iba a permitirlo.
—Brasil gana fijo —solté, cruzándome de brazos—. Son mucho más fuertes. Camerún es sorpresa, pero hasta ahí nomás.
Javier sonrió de lado, esa sonrisa lenta que ya empezaba a ponerme nerviosa.
—Ok. Otra apuesta entonces?
—Claro. Pero esta vez subimos la apuesta —dije, confiando en que mi rabia me haría ganar—. Si Brasil pierde, te doy lo que quieras. Lo que sea.
Se quedó callado un segundo. Luego se inclinó hacia mí, voz baja, casi un susurro.
—Quiero tu culo, Emily. Anal. Completo.
El aire se me congeló en los pulmones. Lo miré incrédula.
—Qué carajos?
—Anal. Si Camerún gana, te cojo por atrás. Sin excusas.
Sentí un calor subir por el cuello, mezcla de vergüenza, incredulidad y algo que no quería nombrar. Nunca habíamos cruzado esa línea. Ni siquiera habíamos hablado de eso. Y yo… nunca lo había hecho por atrás. Mis anteriores novios me lo pidieron, pero yo me negaba, soy consciente que tengo un buen culo, carnoso y paradito, gracias a la genética y al ejercicio. Dolor, miedo, tabú. Todo se me arremolinó en la cabeza.
—No jodas, Javier. Eso es… demasiado.
—Fue tu idea subir la apuesta —dijo encogiéndose de hombros—. Tú estás segura de que Brasil gana. O ya no?
El orgullo me quemó por dentro. No iba a echarme para atrás otra vez. No después de lo de hace rato.
—Trato hecho —dije, mirándolo fijo—. Pero cuando Brasil gane, vas a pagar almuerzo un mes entero. Y vas a callarte la boca sobre lo de antes.
Chocamos los vasos. El partido empezó.
Fue un desastre. Camerún jugó con hambre, con garra. Brasil atacó todo el partido pero me pasó lo mismo que en el anterior. Gol en el 90. Camerún le ganaba a Brasil. Esto no podía estar pasando.
El silencio en el departamento era tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. Yo seguía sentada en el sofá, las piernas temblando, el orgullo hecho trizas. Dos derrotas seguidas. Dos apuestas perdidas. Y la segunda era la que realmente dolía en el estómago.
Javier apagó la tele con el control remoto. El clic resonó como un disparo.
—Perdiste otra vez —dijo en voz baja, sin triunfalismo, solo constatando el hecho.
Me levanté de golpe, caminé tres pasos, me di vuelta y lo miré con los ojos encendidos.
—Mierda… qué puta mala suerte —mascullé entre dientes, la voz temblorosa de rabia y vergüenza—. Pero una apuesta es una apuesta. Hazlo. Pero hazlo bien. No quiero que me rompas.
Javier se levantó despacio. Me tomó de la muñeca —no fuerte, pero firme— y me llevó hasta la alfombra gruesa frente al sofá. El pelo de lana era suave y cálido bajo mis rodillas cuando me arrodillé. Me indicó con un gesto que me apoyara con los antebrazos en el asiento del sofá. Obedecí. Falda subida hasta la cintura, tanga a un lado, culo en alto, expuesta. El aire fresco de la habitación me rozó la piel caliente, erizándome los vellos de la nuca y los brazos. Temblaba. No solo de nervios: de anticipación, miedo y una excitación oscura que me traicionaba.
Javier se arrodilló detrás. Sus manos grandes y calientes se posaron en mis nalgas, abriéndome despacio, con reverencia casi. Sentí el aliento caliente de su boca antes que la lengua. Primero un roce suave, la punta húmeda trazando círculos lentos alrededor del anillo apretado. El contraste era brutal: calor húmedo contra piel sensible, saliva tibia chorreando despacio hacia abajo, mezclándose con la humedad que ya goteaba de mi coño. Lamía con movimientos largos, deliberados, de abajo hacia arriba, presionando la lengua plana contra el pliegue, luego la punta insistente, intentando abrirme. Cada lamida enviaba una corriente eléctrica que me subía por la columna, me hacía arquear la espalda sin querer. Gemí bajo, el sonido ahogado contra el cojín del sofá.
Luego los dedos. Primero uno, lubricado con saliva y gel frío que sacó de la mesita (el frío inicial me hizo contraerme). Entró despacio, solo la primera falange, girando suave dentro de mí. Sentí cada centímetro de invasión: el ardor inicial que quemaba como fuego lento, la presión extraña que se expandía hacia el interior, las paredes internas cediendo poco a poco. Otro dedo. Más saliva caliente goteando. Más lengua alternando, lamiendo alrededor de los dedos que me abrían. El sonido era obsceno: succiones húmedas, mis jadeos entrecortados, el chapoteo leve cuando movía los dedos dentro y fuera. Mi coño palpitaba vacío, goteando por la cara interna de los muslos en hilos calientes y pegajosos. El olor en el aire era denso: sexo, sudor, lubricante, mi propia excitación almizclada.
—Respira hondo. Relájate —susurró, voz ronca pegada a mi piel.
Cuando me tuvo lo suficientemente abierta, se posicionó. La cabeza de su pene —gruesa, caliente, resbaladiza— presionó contra mi entrada trasera. Empujó despacio. El dolor fue inmediato, agudo, como si me partieran en dos. Grité fuerte, las uñas clavadas en la tela del sofá hasta que se rasgó levemente.
—Para… joder… duele mucho… —sollocé, lágrimas calientes rodándome por las mejillas.
—No te muevas. Empuja hacia afuera, como si… ya sabes —dijo, sin avanzar más, solo manteniendo la presión constante.
Lo hice. Empujé. La cabeza entró con un pop que sentí en todo el cuerpo. El anillo se estiró al límite alrededor de su grosor. Cada vena, cada pulso se marcaba contra mis paredes internas. Lágrimas corrían libres ahora, mezclándose con el sudor que me empapaba la frente y la espalda. Siguió entrando centímetro a centímetro, lento, implacable. La sensación era abrumadora: ardor intenso, presión en el estómago, plenitud que me hacía sentir llena hasta el punto de romperme. Cuando sus caderas tocaron mis nalgas, se quedó quieto. Todo adentro. Palpitando dentro de mí. Mi ano contrayéndose involuntariamente alrededor de él, como si quisiera expulsarlo y retenerlo al mismo tiempo.
Respiré entrecortado. El dolor seguía ahí, punzante, quemante, pero debajo empezaba a crecer otra cosa: un calor profundo, un roce interno que me hacía jadear. Javier empezó a moverse. Salidas lentas que dejaban un vacío ardiente, entradas suaves que me llenaban otra vez. Cada roce quemaba al principio, pero poco a poco el dolor se mezclaba con placer. Sus bolas golpeaban suavemente contra mi clítoris hinchado con cada embestida, enviando chispas que me recorrían entera.
Aumentó el ritmo. Más profundo. Más fuerte. Las manos agarrándome las caderas con fuerza, tirándome hacia atrás contra él. El sonido era salvaje: piel húmeda chocando contra piel, mis gemidos convirtiéndose en gritos roncos, sus gruñidos bajos y animales. El dolor seguía presente —ardor constante, punzadas cada vez que embestía profundo—, pero el placer lo superaba. Mi clítoris rozaba contra la tela áspera del sofá con cada empujón, enviando oleadas de electricidad que me hacían arquear la espalda.
—Joder… duele… pero… pero… no pares… —sollocé, la voz rota.
No paró. Me follaba con intensidad ahora, caderas chocando contra mis nalgas, el pene entrando y saliendo casi por completo antes de volver a hundirse hasta el fondo. El primer orgasmo llegó como un latigazo. Brutal. Inesperado. Todo mi cuerpo se tensó, el ano contrayéndose con fuerza alrededor de él en espasmos violentos. Grité su nombre sin darme cuenta, lágrimas, sudor, saliva goteando de mi boca abierta. El coño se contrajo vacío, chorros calientes de humedad salpicando el interior de mis muslos.
No se detuvo. Siguió follándome más rápido, más profundo. El segundo orgasmo llegó más intenso, más violento. Empezó en lo más hondo, una explosión que me recorrió desde el ano hasta la punta de los dedos. Grité hasta quedarme sin voz, el cuerpo convulsionando, el ano apretándolo con tanta fuerza que sentí cómo él se tensaba también. Javier gruñó profundo, animal, y entonces lo sentí: chorros calientes y espesos inundándome por dentro, golpeando mis paredes internas, llenándome hasta rebosar. Cada pulsación de su pene se sentía como un latido dentro de mí, semen caliente chorreando por mis muslos cuando empezó a salir despacio.
Se quedó adentro unos segundos más, palpitando débilmente, hasta que se retiró con un sonido húmedo y sucio. Un hilo espeso de semen blanco y lubricante se derramó por mi entrada abierta, bajando lento por la cara interna de mis muslos, goteando sobre la alfombra.
Caí hacia adelante, antebrazos hundidos en el sofá, cuerpo temblando, jadeando como si hubiera corrido una maratón. El ano ardía, palpitaba, vacío ahora pero todavía sintiendo el fantasma de su grosor. El dolor residual se mezclaba con un placer saciado, profundo, que me dejaba sin fuerzas.
Javier se acostó a mi lado en la alfombra, pecho subiendo y bajando rápido, sudor brillando en su piel. Intentó decir algo.
—No… no digas nada —lo corté con voz áspera, garganta irritada—. Solo… quédate callado.
Nos quedamos ahí, en silencio, respiraciones sincronizándose poco a poco. El departamento olía a sexo crudo, sudor, semen y algo más: a nosotros. A lo que acababa de romperse entre dos amigos.
Y yo, todavía temblando, con el culo ardiendo y el cuerpo saciado, ya no sabía si quería que parara… o si quería que volviera a empezar.
El tercer partido del día era el cierre perfecto de la pesadilla: Serbia vs. Suiza. Yo, todavía con el cuerpo dolorido y el culo ardiendo de la sesión anterior, me senté en el sofá con una cerveza en la mano, el orgullo ya hecho trizas pero la boca diciendo lo contrario.
—Serbia gana fácil —solté, voz ronca—. Esta vez estaba confiada porque vi de casualidad en el celular que Serbia estaba ganando (se jugó a la misma hora), y el celular de él estaba lejos de su alcance. Era imposible perder.
Javier me miró con esa calma que ya me ponía los nervios de punta. Se recostó en el sofá, piernas abiertas, todavía con el bóxer puesto y el pene semierecto marcándose debajo.
—Otra apuesta? —preguntó, casi divertido.
—No jodas. Ya perdí dos seguidas.
—Justo por eso. Tercera es la vencida. Si Serbia pierde… te quedas a dormir aquí. En mi cama. Y mañana me despiertas con una mamada. Bien hecha, como la de antes.
Lo miré incrédula. El corazón me latió fuerte en el pecho. Dormir juntos. Despertarlo con la boca. Era íntimo, demasiado íntimo para “solo amigos”. Pero el orgullo seguía ahí, quemándome.
—Y si gano yo?
—Te pago el almuerzo de dos meses. Y me callo la boca para siempre sobre todo esto.
Tragué saliva. Serbia era favorita, estaba ganando. No había forma.
—Trato hecho —dije, chocando mi botella contra la suya.
El tercer partido fue el golpe final. Abrí el celular, busqué el resultado y cayó la bomba. El corazón me latía en la garganta mientras veía: Suiza había volteado el partido, el silencio en el departamento se volvió ensordecedor. Mi botella de cerveza temblaba en la mano. Tres derrotas. Tres apuestas perdidas. El orgullo ya no ardía; solo quedaba un vacío caliente y resignado en el pecho.
Javier apagó la tele. Se levantó despacio, me miró con ojos oscuros que ya no tenían burla, solo hambre cruda.
—Te quedas a dormir aquí —dijo en voz baja—. En mi cama. Y mañana me despiertas con la boca. Bien profundo. Hasta que me corra.
No respondí. Solo asentí, la garganta seca. Llegada la hora, me llevó a su habitación. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras largas en las paredes. Me quité la ropa en silencio: falda, blusa, sostén, tanga. La piel se me erizó al contacto con el aire fresco. Él hizo lo mismo. Nos metimos bajo las sábanas. Su cuerpo caliente se pegó al mío por detrás: pecho contra mi espalda, pene semierecto rozando la curva de mis nalgas, brazo pesado alrededor de mi cintura. Olía a él: sudor seco del día, colonia suave, restos de semen y sexo que aún se pegaban a su piel. Dormí poco, entre sueños febriles donde sentía su grosor dentro de mí una y otra vez.
A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las rendijas de la persiana, rayas doradas sobre las sábanas revueltas. Javier dormía profundo, boca entreabierta, respiración lenta y pesada. Su pene ya estaba duro bajo la sábana fina, marcándose grueso y curvado hacia arriba. Me quedé mirándolo un rato largo. El sabor residual de la noche anterior todavía me rondaba la lengua. El culo me dolía levemente al moverme, un recordatorio ardiente de lo que había pasado.
Me deslicé bajo las sábanas sin hacer ruido. El calor ahí abajo era sofocante: olor intenso a piel caliente, presemen salado, excitación matutina almizclada. Lo tomé con la mano derecha. Estaba ardiendo, venas gruesas latiendo bajo mis dedos, la cabeza ya brillante y resbaladiza. Primero solo lamí: lengua plana desde la base hasta la punta, saboreando el líquido preseminal espeso y salado que se acumulaba en la hendidura. Lo envolví con los labios despacio, succionando suave la cabeza, lengua girando en círculos lentos alrededor del frenillo sensible. Javier se removió, un gemido grave saliendo de su pecho.
Bajé más. Lo metí profundo, garganta abriéndose para recibirlo. Saliva caliente chorreó por el tronco, goteando sobre sus huevos. Subí y bajé con ritmo constante, succionando fuerte cada vez que llegaba al fondo, contrayendo la garganta alrededor de la cabeza hinchada. El sonido era húmedo, obsceno: succiones profundas, mi respiración nasal agitada, sus gemidos roncos que vibraban en su pecho y llegaban hasta mí. Lo miré desde abajo, ojos fijos en los suyos ahora abiertos, vidriosos de placer. Aumenté el ritmo: más rápido, más profundo, mano izquierda masajeando sus testículos pesados y calientes, rodándolos entre los dedos mientras mi boca lo ordeñaba.
Se tensó entero. Mano en mi pelo, dedos enredados sin empujar, solo aferrándose. Gruñó mi nombre —“Emily…”— y se corrió. Chorros calientes y espesos golpearon mi garganta, salados, ligeramente amargos, abundantes. Tragué sin parar, succionando para exprimir cada pulsación, lengua presionando por debajo hasta que la última gota salió. Lo limpié despacio con la lengua, lamiendo el glande sensible hasta que se estremeció.
Salí de debajo de la sábana, labios hinchados, barbilla húmeda. Él me miró, pene todavía duro y brillante de mi saliva.
—Date la vuelta —dijo, voz ronca y baja.
No era parte de la apuesta. Lo sabía. Pero mi cuerpo ya no obedecía al orgullo. Me puse en cuatro sobre la cama: rodillas hundidas en el colchón blando, manos aferradas a las sábanas arrugadas, culo en alto, espalda arqueada. El aire fresco rozó mi entrada trasera todavía sensible, erizándome la piel.
Javier se arrodilló detrás. Lubricante frío en sus dedos primero: dos, luego tres, abriéndome con movimientos giratorios lentos y profundos. Sentí cada centímetro: ardor residual mezclado con calor nuevo, paredes internas cediendo, presión que se expandía hacia el estómago. Luego su lengua: caliente, húmeda, lamiendo el anillo estirado, metiéndose un poco dentro, saboreándome con gemidos bajos que vibraban contra mi piel. El olor era denso: lubricante, sudor, sexo crudo.
Posicionó la cabeza. Empujó. Entró más fácil esta vez, pero el estiramiento seguía siendo brutal: anillo abriéndose al máximo alrededor de su grosor, cada vena marcada contra mis paredes internas. Grité bajo cuando llegó al fondo, llenándome por completo, presión en el vientre que me hacía jadear. Se quedó quieto un segundo, dejándome sentirlo palpitar dentro.
Luego empezó a moverse. Salidas lentas que dejaban un vacío ardiente y hueco, entradas profundas que me hacían arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas. El ritmo aumentó: más fuerte, más rápido. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con golpes secos y resonantes, piel húmeda contra piel húmeda. Cada embestida rozaba puntos profundos que me hacían gemir fuerte, voz rota y entrecortada. El dolor punzante seguía ahí —ardor constante, punzadas cada vez que entraba hasta el fondo—, pero el placer lo ahogaba: clítoris hinchado rozando contra la sábana áspera con cada empujón, ondas de electricidad subiendo por mi columna.
—No pares… joder… más… más fuerte… —sollocé, empujando hacia atrás contra él.
No paró. Me follaba con intensidad animal, manos agarrándome las caderas con fuerza, tirándome hacia él. El orgasmo llegó como un latigazo brutal: cuerpo tenso, ano contrayéndose violentamente alrededor de su pene en espasmos que lo apretaban como un puño. Grité su nombre otra vez, lágrimas calientes rodando por mis mejillas, coño contrayéndose vacío y chorreando humedad por los muslos.
Siguió. Más profundo. Más salvaje. El segundo orgasmo fue aún más violento: empezó en lo más hondo, una explosión que me recorrió entera, el ano me latía como un bombo. Convulsioné, grito ahogado contra la almohada, ano apretándolo con tanta fuerza que él gruñó de placer y dolor. Se salió de golpe, me volteó boca arriba con facilidad brutal.
Se arrodilló sobre mi pecho, pene hinchado y brillante apuntando a mi cara. Mano rápida masturbándose. Lo miré desde abajo: boca abierta, lengua afuera, ojos fijos en los suyos. Se corrió fuerte. Chorros calientes y espesos salpicaron mi cara: uno en la frente, otro en la mejilla, varios en los labios y la lengua, uno directo en el ojo izquierdo que me hizo parpadear. Gruesos hilos blancos chorrearon por mi barbilla, cuello, goteando lento sobre mis tetas. Tragué lo que entró en mi boca, sabor salado-amargo inundándome otra vez, regusto persistente pegándose al paladar. El resto se quedó ahí: caliente, pegajoso, olor intenso a semen fresco llenando el aire.
Caí de espaldas, jadeando, cuerpo temblando de sobrecarga. Él se desplomó a mi lado, pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros.
El silencio duró minutos. El olor en la habitación era abrumador: semen, sudor, sexo crudo, nosotros.
Luego, con voz ronca y entrecortada, murmuré:
—El Mundial se acabó… y las apuestas también.
Javier sonrió débil, limpiándome una gota espesa de la mejilla con el pulgar, extendiéndola por mi piel como si marcara territorio.
—Hoy hay más jornadas —susurró.
Y yo, con su semen todavía caliente en la cara, el culo palpitando de placer residual y el cuerpo saciado hasta el agotamiento, no supe si quería que parara… o si, en el fondo, ya estaba esperando la próxima derrota.
—Estás hablando en serio? De verdad crees que Corea del Sur le puede ganar a Portugal? —me río fuerte, casi escupiendo el trago.
—Claro que sí —responde Javier con esa sonrisa de sobrado que pone cuando está convencido—.
—Uy, qué valiente —le digo burlándome mientras levanto mi vaso.
Estamos en su departamento en Miraflores, bien borrachos después de una tarde entera de cervezas y nachos viendo el partido. Javier y yo somos amigos desde la secundaria, de esos que se dicen todo sin filtro. Los dos solteros, los dos fanáticos del fútbol, pero siempre en bandos opuestos. Yo con Portugal, él con Corea del Sur. Esta noche el partido es personal.
—Te apuesto lo que quieras —insiste él, sirviéndonos otro ron con cola—. Que Corea del Sur gana.
—Lo que quiera? —repito, alzando una ceja—. Ok. Si Portugal gana, me das cinco días seguidos de almuerzos. Todos los almuerzos caros que quiera.
Se ríe.
—Y si gana Corea?
—Imposible —digo—. Pero dale, suéltalo. Qué quieres si pierdo?
Se queda callado un segundo, mirándome fijo. Luego sonríe de lado.
—Una mamada.
Casi me atraganto con el vaso.
—Qué mierda dijiste?
—Una mamada. Completa. Hasta el final.
Me quedo mirándolo, esperando que se ría y diga que es broma. No lo hace.
—Estás loco —le digo, pero ya estoy riendo nerviosa—. Eres mi amigo, imbécil. No me calientas ni un poco.
—Pues por eso es apuesta —responde tranquilo—. Tú estás 100% segura de que Portugal gana. Si pierdes, cumples. Sin excusas.
Pienso un segundo. Portugal es favorito. Por experiencia e historia. No hay forma.
—Trato hecho —digo chocando mi vaso contra el suyo—. Prepárate para pagar una semana entera.
Nos reímos, seguimos tomando, gritando cada jugada.
Pero el partido se pone feo.
Portugal golpea rápido, gol en el minuto 5, sonrío con soberbia. En el minuto 27, Corea del Sur concreta un tiro de esquina rápido y mete el 1-1. Me quedo helada. Javier grita como loco y me abraza fuerte.
—No jodas… —murmuro.
El segundo gol llega en el 90. 2-1. Portugal se desordena, no reacciona. Final: Corea del Sur 2 – Portugal 1.
Me quedo mirando la pantalla en shock. Javier está eufórico, saltando como niño.
—Perdiste, Emily —dice con una sonrisa triunfal—. Y la apuesta era clara.
Me siento en el sofá, todavía procesando. No estoy enojada con él… estoy molesta conmigo misma. Odio perder. Y odio más todavía quedar mal.
—Ok —digo al fin, mirándolo fijo—. Cumplo. Pero solo porque perdí. No porque me prenda o algo. Que quede claro.
Javier se queda serio de repente.
—No tienes que hacerlo si no quieres. Era medio en joda…
—No —lo corto—. Una apuesta es una apuesta. Pero lo hago a mi manera. Y termino lo que empiezo.
Me levanto, voy al sofá donde él está sentado. Le hago un gesto con la mano para que se acomode mejor, piernas abiertas. Se quita la camiseta rápido, se baja el short y el bóxer de un tirón. Y ahí está.
Joder. Está bien dotado. Mucho más de lo que imaginaba. Grueso, venoso, la cabeza ya brillante de excitación. Nunca lo había visto así, nunca me había fijado. Éramos amigos. Punto.
Me arrodillo entre sus piernas, el suelo frío contra mis rodillas. Él se recuesta un poco, apoyando los brazos en el respaldo del sofá. No dice nada, solo me mira.
Respiro hondo. No lo deseo. No me atrae físicamente. Pero perdí. Y no soy de las que se echan para atrás.
Lo tomé con la mano derecha. Estaba ardiendo. La piel suave y tensa se estiraba sobre venas gruesas que latían bajo mis dedos como cables vivos. Pesaba más de lo que esperaba; el grosor me obligó a abrir más la mano para rodearlo por completo. Subí y bajé una vez, solo para sentir la textura: aterciopelada en la superficie, dura como madera caliente por dentro. Un hilo de líquido preseminal ya brillaba en la punta, transparente y viscoso, oliendo levemente a sal y almizcle masculino.
Lo miré a los ojos. Mi mirada era puro desafío, sin sonrisa. “Vas a sentir cada segundo de esto”. Acerqué la boca despacio. Primero solo el aliento caliente contra la cabeza, vi cómo se contrajo levemente, cómo una gota más se formó y resbaló por el frenillo. Luego la lengua: plana, ancha, desde la base hasta la punta en un lamido lento y deliberado. El sabor explotó en mi boca: salado intenso, ligeramente amargo, con un fondo almizclado que se pegaba al paladar. Lamí otra vez, presionando más, dejando un rastro brillante de saliva que goteaba despacio por el tronco y caía en gotas pesadas sobre sus testículos.
Bajé. Tomé uno de sus huevos en la boca. La piel era suave, arrugada, caliente como si tuviera fiebre. Lo succioné con suavidad, sintiendo cómo se contraía dentro de mi boca, cómo la textura se volvía más firme bajo mi lengua. El olor era más fuerte aquí: sudor limpio, piel masculina, un toque metálico. Pasé la lengua por la costura central, lenta, torturante, subiendo y bajando mientras mi mano izquierda masajeaba el otro testículo, rodándolo entre los dedos, sintiendo el peso, la calidez pulsante. Javier soltó un gemido grave que vibró en su pecho y llegó hasta mí como una corriente eléctrica.
Subí de nuevo. Besé la base del tronco, labios abiertos, succionando la piel sensible justo donde se unía al pubis. El vello corto me rozó los labios, áspero y húmedo de saliva. Luego abrí la boca y me metí la cabeza entera. La succioné con fuerza, labios apretados formando un anillo perfecto alrededor del glande hinchado. La lengua giró rápido contra el frenillo, sintiendo cada nervio que se tensaba bajo la presión. El sabor se intensificó: más sal, más almizcle, un regusto ligeramente dulce del presemen que seguía saliendo en gotitas calientes.
Bajé despacio. Centímetro a centímetro. La cabeza me rozó el paladar, luego la campanilla, luego el inicio de la garganta. Cuando llegó al fondo, me detuve. Nariz pegada a su pubis, el olor fuerte y embriagador llenándome los pulmones: sudor, colonia residual, excitación pura. Contraje la garganta alrededor de él, una, dos, tres veces, como si quisiera tragármelo vivo. Sentí las pulsaciones contra mi lengua, el latido acelerado que coincidía con el mío propio. Arcadas leves me subieron por el pecho, pero las controlé respirando profundo por la nariz, dejando que la saliva se acumulara y chorreara por mi barbilla en hilos gruesos y calientes.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, ritmo profundo, implacable. Cada bajada llegaba hasta el fondo, la punta golpeándome la garganta con un sonido húmedo y obsceno. Saliva volaba en gotas pequeñas cada vez que subía, salpicando sus muslos, el sofá, mis rodillas. El sonido era sucio, chapoteante: succiones fuertes, gemidos ahogados míos que vibraban alrededor de su pene, sus respiraciones entrecortadas que se convertían en gruñidos bajos. Mi mano derecha seguía en la base, masturbándolo con movimientos firmes y sincronizados, apretando justo lo suficiente para sentir cómo se hinchaba más dentro de mi boca.
Con la izquierda masajeé sus testículos, rodándolos, apretándolos suave pero con presión creciente. Sentía cómo se contraían, cómo subían pegados al cuerpo, preparándose. Mi propia excitación era traicionera: el coño me palpitaba con fuerza, la humedad empapaba la tela de la ropa interior, el clítoris hinchado rozaba contra la costura con cada movimiento de mi cabeza. Me negaba a tocarme. Esto era por orgullo. Por la apuesta. Nada más.
Lo miré todo el tiempo. Ojos clavados en los suyos. Mi mirada ya no era solo desafío; había fuego oscuro, hambre de control. Cada vez que me quedaba en el fondo, contrayendo la garganta, él se arqueaba ligeramente, los músculos de sus abdominales temblaban, un gemido ronco salía de su garganta como si le doliera de tan intenso.
Javier empezó a temblar. Su mano en mi pelo se cerró más fuerte, dedos enredados en mis mechones húmedos de sudor, pero sin empujar. Solo aferrándose como si el sofá fuera a romperse debajo de él.
—Emily… joder… me corro… me corro ya… —su voz era un ronquido roto, desesperado.
No me aparté. Bajé hasta el fondo una última vez, nariz contra el pubis, garganta abierta al máximo. Contraje todo lo que pude alrededor de la cabeza hinchada, palpitante. El primer chorro llegó caliente, espeso, golpeándome directo en la garganta como un latigazo líquido. Tragué instintivamente, el sabor salado-amargo inundándome la boca, pegándose a la lengua, bajando por el esófago en oleadas calientes. El segundo fue más abundante, más fuerte; sentí cada pulsación contra mi paladar, cada chorro espeso que llenaba mi boca antes de tragarlo. Tercero, cuarto… perdí la cuenta. Seguí succionando, moviendo la cabeza despacio para ordeñarlo, exprimiendo hasta la última gota. La lengua presionaba por debajo, los labios apretados, la garganta trabajando sin parar. El semen era caliente, viscoso, dejaba un regusto persistente que se mezclaba con mi saliva y el almizcle de su piel.
Cuando terminó, me quedé ahí unos segundos más. Succionando suave, limpiándolo con la lengua en círculos lentos, sintiendo cómo se ablandaba poco a poco dentro de mi boca, cómo las últimas pulsaciones débiles me rozaban la garganta. Solo entonces lo saqué despacio. Un hilo grueso de saliva y semen conectaba mis labios con la punta brillante; lo rompí con la lengua, lamiendo la última gota que quedaba en el glande, saboreándola antes de tragarla.
Me limpié la boca con el dorso de la mano. El sabor persistía: sal, almizcle, él. Me senté sobre mis talones, rodillas doloridas, barbilla húmeda, garganta irritada y caliente.
—Cumplí —dije con voz ronca, casi áspera—. Apuesta saldada.
Javier estaba desplomado, pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. Ojos vidriosos, labios entreabiertos, un brillo de sudor en la frente y el cuello. Intentó hablar, pero solo salió un “joder, Emily…” entrecortado, tembloroso.
Me levanté. Las piernas me temblaban ligeramente. Fui al baño, me enjuagué la boca con agua fría, pero el sabor seguía ahí, persistente, grabado en la lengua. Cuando volví, él se había puesto el bóxer y me miraba como si me viera por primera vez: confusión, deseo residual, algo que parecía gratitud culpable.
—No digas nada —le corté—. Somos amigos. Fue por la apuesta. Punto final.
Se quedó callado. Luego sonrió débil, casi tímido.
—Creo que te has ganado algunos almuerzos… yo pago el ceviche. Aunque gane.
Sonreí de lado, todavía sintiendo el regusto en la boca, el calor en la garganta, la humedad traicionera entre mis piernas.
—Te la vas a gastar completa, créeme.
Prendimos la tele. Seguimos bebiendo. El aire estaba cargado de un silencio espeso, de un secreto sucio que ninguno nombraría nunca. Pero los dos sabíamos que algo se había quebrado irreversiblemente… y que, en el fondo, el hambre de volver a romperlo ya empezaba a crecer.
El partido Brasil vs. Camerún estaba por empezar. El ambiente en el departamento ya era denso, cargado de ese silencio incómodo que queda después de algo que no se nombra pero que todos sienten. Yo todavía tenía el sabor salado persistente en la lengua, la garganta ligeramente irritada, y entre las piernas una humedad traicionera que no quería reconocer. Javier me miró de reojo mientras cambiaba de canal.
—Otro partido... —dijo, intentando sonar casual—. Brasil contra Camerún. Quieres revancha?
Me dolió el orgullo como un puñetazo en el estómago. Dos derrotas en el mismo día no. No iba a permitirlo.
—Brasil gana fijo —solté, cruzándome de brazos—. Son mucho más fuertes. Camerún es sorpresa, pero hasta ahí nomás.
Javier sonrió de lado, esa sonrisa lenta que ya empezaba a ponerme nerviosa.
—Ok. Otra apuesta entonces?
—Claro. Pero esta vez subimos la apuesta —dije, confiando en que mi rabia me haría ganar—. Si Brasil pierde, te doy lo que quieras. Lo que sea.
Se quedó callado un segundo. Luego se inclinó hacia mí, voz baja, casi un susurro.
—Quiero tu culo, Emily. Anal. Completo.
El aire se me congeló en los pulmones. Lo miré incrédula.
—Qué carajos?
—Anal. Si Camerún gana, te cojo por atrás. Sin excusas.
Sentí un calor subir por el cuello, mezcla de vergüenza, incredulidad y algo que no quería nombrar. Nunca habíamos cruzado esa línea. Ni siquiera habíamos hablado de eso. Y yo… nunca lo había hecho por atrás. Mis anteriores novios me lo pidieron, pero yo me negaba, soy consciente que tengo un buen culo, carnoso y paradito, gracias a la genética y al ejercicio. Dolor, miedo, tabú. Todo se me arremolinó en la cabeza.
—No jodas, Javier. Eso es… demasiado.
—Fue tu idea subir la apuesta —dijo encogiéndose de hombros—. Tú estás segura de que Brasil gana. O ya no?
El orgullo me quemó por dentro. No iba a echarme para atrás otra vez. No después de lo de hace rato.
—Trato hecho —dije, mirándolo fijo—. Pero cuando Brasil gane, vas a pagar almuerzo un mes entero. Y vas a callarte la boca sobre lo de antes.
Chocamos los vasos. El partido empezó.
Fue un desastre. Camerún jugó con hambre, con garra. Brasil atacó todo el partido pero me pasó lo mismo que en el anterior. Gol en el 90. Camerún le ganaba a Brasil. Esto no podía estar pasando.
El silencio en el departamento era tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. Yo seguía sentada en el sofá, las piernas temblando, el orgullo hecho trizas. Dos derrotas seguidas. Dos apuestas perdidas. Y la segunda era la que realmente dolía en el estómago.
Javier apagó la tele con el control remoto. El clic resonó como un disparo.
—Perdiste otra vez —dijo en voz baja, sin triunfalismo, solo constatando el hecho.
Me levanté de golpe, caminé tres pasos, me di vuelta y lo miré con los ojos encendidos.
—Mierda… qué puta mala suerte —mascullé entre dientes, la voz temblorosa de rabia y vergüenza—. Pero una apuesta es una apuesta. Hazlo. Pero hazlo bien. No quiero que me rompas.
Javier se levantó despacio. Me tomó de la muñeca —no fuerte, pero firme— y me llevó hasta la alfombra gruesa frente al sofá. El pelo de lana era suave y cálido bajo mis rodillas cuando me arrodillé. Me indicó con un gesto que me apoyara con los antebrazos en el asiento del sofá. Obedecí. Falda subida hasta la cintura, tanga a un lado, culo en alto, expuesta. El aire fresco de la habitación me rozó la piel caliente, erizándome los vellos de la nuca y los brazos. Temblaba. No solo de nervios: de anticipación, miedo y una excitación oscura que me traicionaba.
Javier se arrodilló detrás. Sus manos grandes y calientes se posaron en mis nalgas, abriéndome despacio, con reverencia casi. Sentí el aliento caliente de su boca antes que la lengua. Primero un roce suave, la punta húmeda trazando círculos lentos alrededor del anillo apretado. El contraste era brutal: calor húmedo contra piel sensible, saliva tibia chorreando despacio hacia abajo, mezclándose con la humedad que ya goteaba de mi coño. Lamía con movimientos largos, deliberados, de abajo hacia arriba, presionando la lengua plana contra el pliegue, luego la punta insistente, intentando abrirme. Cada lamida enviaba una corriente eléctrica que me subía por la columna, me hacía arquear la espalda sin querer. Gemí bajo, el sonido ahogado contra el cojín del sofá.
Luego los dedos. Primero uno, lubricado con saliva y gel frío que sacó de la mesita (el frío inicial me hizo contraerme). Entró despacio, solo la primera falange, girando suave dentro de mí. Sentí cada centímetro de invasión: el ardor inicial que quemaba como fuego lento, la presión extraña que se expandía hacia el interior, las paredes internas cediendo poco a poco. Otro dedo. Más saliva caliente goteando. Más lengua alternando, lamiendo alrededor de los dedos que me abrían. El sonido era obsceno: succiones húmedas, mis jadeos entrecortados, el chapoteo leve cuando movía los dedos dentro y fuera. Mi coño palpitaba vacío, goteando por la cara interna de los muslos en hilos calientes y pegajosos. El olor en el aire era denso: sexo, sudor, lubricante, mi propia excitación almizclada.
—Respira hondo. Relájate —susurró, voz ronca pegada a mi piel.
Cuando me tuvo lo suficientemente abierta, se posicionó. La cabeza de su pene —gruesa, caliente, resbaladiza— presionó contra mi entrada trasera. Empujó despacio. El dolor fue inmediato, agudo, como si me partieran en dos. Grité fuerte, las uñas clavadas en la tela del sofá hasta que se rasgó levemente.
—Para… joder… duele mucho… —sollocé, lágrimas calientes rodándome por las mejillas.
—No te muevas. Empuja hacia afuera, como si… ya sabes —dijo, sin avanzar más, solo manteniendo la presión constante.
Lo hice. Empujé. La cabeza entró con un pop que sentí en todo el cuerpo. El anillo se estiró al límite alrededor de su grosor. Cada vena, cada pulso se marcaba contra mis paredes internas. Lágrimas corrían libres ahora, mezclándose con el sudor que me empapaba la frente y la espalda. Siguió entrando centímetro a centímetro, lento, implacable. La sensación era abrumadora: ardor intenso, presión en el estómago, plenitud que me hacía sentir llena hasta el punto de romperme. Cuando sus caderas tocaron mis nalgas, se quedó quieto. Todo adentro. Palpitando dentro de mí. Mi ano contrayéndose involuntariamente alrededor de él, como si quisiera expulsarlo y retenerlo al mismo tiempo.
Respiré entrecortado. El dolor seguía ahí, punzante, quemante, pero debajo empezaba a crecer otra cosa: un calor profundo, un roce interno que me hacía jadear. Javier empezó a moverse. Salidas lentas que dejaban un vacío ardiente, entradas suaves que me llenaban otra vez. Cada roce quemaba al principio, pero poco a poco el dolor se mezclaba con placer. Sus bolas golpeaban suavemente contra mi clítoris hinchado con cada embestida, enviando chispas que me recorrían entera.
Aumentó el ritmo. Más profundo. Más fuerte. Las manos agarrándome las caderas con fuerza, tirándome hacia atrás contra él. El sonido era salvaje: piel húmeda chocando contra piel, mis gemidos convirtiéndose en gritos roncos, sus gruñidos bajos y animales. El dolor seguía presente —ardor constante, punzadas cada vez que embestía profundo—, pero el placer lo superaba. Mi clítoris rozaba contra la tela áspera del sofá con cada empujón, enviando oleadas de electricidad que me hacían arquear la espalda.
—Joder… duele… pero… pero… no pares… —sollocé, la voz rota.
No paró. Me follaba con intensidad ahora, caderas chocando contra mis nalgas, el pene entrando y saliendo casi por completo antes de volver a hundirse hasta el fondo. El primer orgasmo llegó como un latigazo. Brutal. Inesperado. Todo mi cuerpo se tensó, el ano contrayéndose con fuerza alrededor de él en espasmos violentos. Grité su nombre sin darme cuenta, lágrimas, sudor, saliva goteando de mi boca abierta. El coño se contrajo vacío, chorros calientes de humedad salpicando el interior de mis muslos.
No se detuvo. Siguió follándome más rápido, más profundo. El segundo orgasmo llegó más intenso, más violento. Empezó en lo más hondo, una explosión que me recorrió desde el ano hasta la punta de los dedos. Grité hasta quedarme sin voz, el cuerpo convulsionando, el ano apretándolo con tanta fuerza que sentí cómo él se tensaba también. Javier gruñó profundo, animal, y entonces lo sentí: chorros calientes y espesos inundándome por dentro, golpeando mis paredes internas, llenándome hasta rebosar. Cada pulsación de su pene se sentía como un latido dentro de mí, semen caliente chorreando por mis muslos cuando empezó a salir despacio.
Se quedó adentro unos segundos más, palpitando débilmente, hasta que se retiró con un sonido húmedo y sucio. Un hilo espeso de semen blanco y lubricante se derramó por mi entrada abierta, bajando lento por la cara interna de mis muslos, goteando sobre la alfombra.
Caí hacia adelante, antebrazos hundidos en el sofá, cuerpo temblando, jadeando como si hubiera corrido una maratón. El ano ardía, palpitaba, vacío ahora pero todavía sintiendo el fantasma de su grosor. El dolor residual se mezclaba con un placer saciado, profundo, que me dejaba sin fuerzas.
Javier se acostó a mi lado en la alfombra, pecho subiendo y bajando rápido, sudor brillando en su piel. Intentó decir algo.
—No… no digas nada —lo corté con voz áspera, garganta irritada—. Solo… quédate callado.
Nos quedamos ahí, en silencio, respiraciones sincronizándose poco a poco. El departamento olía a sexo crudo, sudor, semen y algo más: a nosotros. A lo que acababa de romperse entre dos amigos.
Y yo, todavía temblando, con el culo ardiendo y el cuerpo saciado, ya no sabía si quería que parara… o si quería que volviera a empezar.
El tercer partido del día era el cierre perfecto de la pesadilla: Serbia vs. Suiza. Yo, todavía con el cuerpo dolorido y el culo ardiendo de la sesión anterior, me senté en el sofá con una cerveza en la mano, el orgullo ya hecho trizas pero la boca diciendo lo contrario.
—Serbia gana fácil —solté, voz ronca—. Esta vez estaba confiada porque vi de casualidad en el celular que Serbia estaba ganando (se jugó a la misma hora), y el celular de él estaba lejos de su alcance. Era imposible perder.
Javier me miró con esa calma que ya me ponía los nervios de punta. Se recostó en el sofá, piernas abiertas, todavía con el bóxer puesto y el pene semierecto marcándose debajo.
—Otra apuesta? —preguntó, casi divertido.
—No jodas. Ya perdí dos seguidas.
—Justo por eso. Tercera es la vencida. Si Serbia pierde… te quedas a dormir aquí. En mi cama. Y mañana me despiertas con una mamada. Bien hecha, como la de antes.
Lo miré incrédula. El corazón me latió fuerte en el pecho. Dormir juntos. Despertarlo con la boca. Era íntimo, demasiado íntimo para “solo amigos”. Pero el orgullo seguía ahí, quemándome.
—Y si gano yo?
—Te pago el almuerzo de dos meses. Y me callo la boca para siempre sobre todo esto.
Tragué saliva. Serbia era favorita, estaba ganando. No había forma.
—Trato hecho —dije, chocando mi botella contra la suya.
El tercer partido fue el golpe final. Abrí el celular, busqué el resultado y cayó la bomba. El corazón me latía en la garganta mientras veía: Suiza había volteado el partido, el silencio en el departamento se volvió ensordecedor. Mi botella de cerveza temblaba en la mano. Tres derrotas. Tres apuestas perdidas. El orgullo ya no ardía; solo quedaba un vacío caliente y resignado en el pecho.
Javier apagó la tele. Se levantó despacio, me miró con ojos oscuros que ya no tenían burla, solo hambre cruda.
—Te quedas a dormir aquí —dijo en voz baja—. En mi cama. Y mañana me despiertas con la boca. Bien profundo. Hasta que me corra.
No respondí. Solo asentí, la garganta seca. Llegada la hora, me llevó a su habitación. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras largas en las paredes. Me quité la ropa en silencio: falda, blusa, sostén, tanga. La piel se me erizó al contacto con el aire fresco. Él hizo lo mismo. Nos metimos bajo las sábanas. Su cuerpo caliente se pegó al mío por detrás: pecho contra mi espalda, pene semierecto rozando la curva de mis nalgas, brazo pesado alrededor de mi cintura. Olía a él: sudor seco del día, colonia suave, restos de semen y sexo que aún se pegaban a su piel. Dormí poco, entre sueños febriles donde sentía su grosor dentro de mí una y otra vez.
A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las rendijas de la persiana, rayas doradas sobre las sábanas revueltas. Javier dormía profundo, boca entreabierta, respiración lenta y pesada. Su pene ya estaba duro bajo la sábana fina, marcándose grueso y curvado hacia arriba. Me quedé mirándolo un rato largo. El sabor residual de la noche anterior todavía me rondaba la lengua. El culo me dolía levemente al moverme, un recordatorio ardiente de lo que había pasado.
Me deslicé bajo las sábanas sin hacer ruido. El calor ahí abajo era sofocante: olor intenso a piel caliente, presemen salado, excitación matutina almizclada. Lo tomé con la mano derecha. Estaba ardiendo, venas gruesas latiendo bajo mis dedos, la cabeza ya brillante y resbaladiza. Primero solo lamí: lengua plana desde la base hasta la punta, saboreando el líquido preseminal espeso y salado que se acumulaba en la hendidura. Lo envolví con los labios despacio, succionando suave la cabeza, lengua girando en círculos lentos alrededor del frenillo sensible. Javier se removió, un gemido grave saliendo de su pecho.
Bajé más. Lo metí profundo, garganta abriéndose para recibirlo. Saliva caliente chorreó por el tronco, goteando sobre sus huevos. Subí y bajé con ritmo constante, succionando fuerte cada vez que llegaba al fondo, contrayendo la garganta alrededor de la cabeza hinchada. El sonido era húmedo, obsceno: succiones profundas, mi respiración nasal agitada, sus gemidos roncos que vibraban en su pecho y llegaban hasta mí. Lo miré desde abajo, ojos fijos en los suyos ahora abiertos, vidriosos de placer. Aumenté el ritmo: más rápido, más profundo, mano izquierda masajeando sus testículos pesados y calientes, rodándolos entre los dedos mientras mi boca lo ordeñaba.
Se tensó entero. Mano en mi pelo, dedos enredados sin empujar, solo aferrándose. Gruñó mi nombre —“Emily…”— y se corrió. Chorros calientes y espesos golpearon mi garganta, salados, ligeramente amargos, abundantes. Tragué sin parar, succionando para exprimir cada pulsación, lengua presionando por debajo hasta que la última gota salió. Lo limpié despacio con la lengua, lamiendo el glande sensible hasta que se estremeció.
Salí de debajo de la sábana, labios hinchados, barbilla húmeda. Él me miró, pene todavía duro y brillante de mi saliva.
—Date la vuelta —dijo, voz ronca y baja.
No era parte de la apuesta. Lo sabía. Pero mi cuerpo ya no obedecía al orgullo. Me puse en cuatro sobre la cama: rodillas hundidas en el colchón blando, manos aferradas a las sábanas arrugadas, culo en alto, espalda arqueada. El aire fresco rozó mi entrada trasera todavía sensible, erizándome la piel.
Javier se arrodilló detrás. Lubricante frío en sus dedos primero: dos, luego tres, abriéndome con movimientos giratorios lentos y profundos. Sentí cada centímetro: ardor residual mezclado con calor nuevo, paredes internas cediendo, presión que se expandía hacia el estómago. Luego su lengua: caliente, húmeda, lamiendo el anillo estirado, metiéndose un poco dentro, saboreándome con gemidos bajos que vibraban contra mi piel. El olor era denso: lubricante, sudor, sexo crudo.
Posicionó la cabeza. Empujó. Entró más fácil esta vez, pero el estiramiento seguía siendo brutal: anillo abriéndose al máximo alrededor de su grosor, cada vena marcada contra mis paredes internas. Grité bajo cuando llegó al fondo, llenándome por completo, presión en el vientre que me hacía jadear. Se quedó quieto un segundo, dejándome sentirlo palpitar dentro.
Luego empezó a moverse. Salidas lentas que dejaban un vacío ardiente y hueco, entradas profundas que me hacían arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas. El ritmo aumentó: más fuerte, más rápido. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con golpes secos y resonantes, piel húmeda contra piel húmeda. Cada embestida rozaba puntos profundos que me hacían gemir fuerte, voz rota y entrecortada. El dolor punzante seguía ahí —ardor constante, punzadas cada vez que entraba hasta el fondo—, pero el placer lo ahogaba: clítoris hinchado rozando contra la sábana áspera con cada empujón, ondas de electricidad subiendo por mi columna.
—No pares… joder… más… más fuerte… —sollocé, empujando hacia atrás contra él.
No paró. Me follaba con intensidad animal, manos agarrándome las caderas con fuerza, tirándome hacia él. El orgasmo llegó como un latigazo brutal: cuerpo tenso, ano contrayéndose violentamente alrededor de su pene en espasmos que lo apretaban como un puño. Grité su nombre otra vez, lágrimas calientes rodando por mis mejillas, coño contrayéndose vacío y chorreando humedad por los muslos.
Siguió. Más profundo. Más salvaje. El segundo orgasmo fue aún más violento: empezó en lo más hondo, una explosión que me recorrió entera, el ano me latía como un bombo. Convulsioné, grito ahogado contra la almohada, ano apretándolo con tanta fuerza que él gruñó de placer y dolor. Se salió de golpe, me volteó boca arriba con facilidad brutal.
Se arrodilló sobre mi pecho, pene hinchado y brillante apuntando a mi cara. Mano rápida masturbándose. Lo miré desde abajo: boca abierta, lengua afuera, ojos fijos en los suyos. Se corrió fuerte. Chorros calientes y espesos salpicaron mi cara: uno en la frente, otro en la mejilla, varios en los labios y la lengua, uno directo en el ojo izquierdo que me hizo parpadear. Gruesos hilos blancos chorrearon por mi barbilla, cuello, goteando lento sobre mis tetas. Tragué lo que entró en mi boca, sabor salado-amargo inundándome otra vez, regusto persistente pegándose al paladar. El resto se quedó ahí: caliente, pegajoso, olor intenso a semen fresco llenando el aire.
Caí de espaldas, jadeando, cuerpo temblando de sobrecarga. Él se desplomó a mi lado, pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros.
El silencio duró minutos. El olor en la habitación era abrumador: semen, sudor, sexo crudo, nosotros.
Luego, con voz ronca y entrecortada, murmuré:
—El Mundial se acabó… y las apuestas también.
Javier sonrió débil, limpiándome una gota espesa de la mejilla con el pulgar, extendiéndola por mi piel como si marcara territorio.
—Hoy hay más jornadas —susurró.
Y yo, con su semen todavía caliente en la cara, el culo palpitando de placer residual y el cuerpo saciado hasta el agotamiento, no supe si quería que parara… o si, en el fondo, ya estaba esperando la próxima derrota.