Capítulo 37. Rubidio - Spaghettis a la Ca(Rb)onara
El Rubidio (Rb) ocupa el trigésimo séptimo lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del rubidio con el concepto de la metamorfosis - entendida como esa transformación radical que altera nuestra estructura y nos convierte en seres nuevos e irreconocibles -, obtenemos el retrato de una transmutación instantánea. El rubidio es el metal de la reactividad impaciente: un elemento de un blanco plateado y blando que, al menor contacto con el aire o el agua, ignota espontáneamente para convertirse en algo ardiente, violento y purificador.
La Metamorfosis según el Rubidio: El Estallido de la Nueva Forma
1. El Umbral de la Inestabilidad (Baja Energía de Ionización)
El rubidio tiene un solo electrón en su capa externa, situado tan lejos de su núcleo que apenas está sujeto por la fuerza de atracción. Se desprende de su identidad anterior con una facilidad asombrosa. La metamorfosis real no es un proceso lento, es una pérdida de control. Como el rubidio, llega un momento en que el "electrón" de nuestra vieja vida está tan lejos que cualquier roce con la realidad nos hace soltarlo. Metamorfosearse es aceptar esa inestabilidad: dejar de sujetar quién éramos para permitir que la energía del cambio nos arranque la corteza y nos revele una naturaleza mucho más activa.
2. El Fuego Espontáneo (Piroforicidad)
El rubidio es tan reactivo que arde espontáneamente en el aire. No necesita una cerilla ni una excusa; su propia existencia en un entorno nuevo provoca la combustión. Hay transformaciones que no elegimos, sino que nos suceden por el simple hecho de estar vivos. La metamorfosis-rubidio es ese incendio del alma que ocurre cuando te expones a una verdad o a una experiencia que no puedes procesar con tu antigua forma. Te quemas para convertirte en luz; dejas de ser un metal sólido y frío para ser una llama viva que consume el pasado en un segundo de lucidez.
3. El Color de la Sangre Nueva (Etimología y Espectro)
Su nombre proviene del latín Rubidus (rojo oscuro), debido a las líneas rojo intenso de su espectro de emisión. Es un metal que esconde el color de la pasión bajo una superficie gris. La metamorfosis nos cambia el color interno. Por fuera puedes parecer el mismo, pero tu "espectro" ha cambiado. El rubidio nos enseña que el cambio profundo es una transición hacia el rojo: hacia lo vital, lo visceral y lo ardiente. Ser metamorfoseado es descubrir que, tras la capa gris de la rutina, latía una frecuencia roja que solo esperaba el contacto con el mundo para teñirlo todo de intensidad.
4. El Reloj Atómico (La Medida del Tiempo Nuevo)
El rubidio se utiliza en los relojes atómicos de alta precisión para definir el tiempo con una exactitud de nanosegundos. Es el elemento que dicta el ritmo de la modernidad. Tras la metamorfosis, el tiempo deja de ser el mismo. El rubidio marca el inicio de una "nueva era" personal donde cada segundo cuenta de forma distinta. Ya no te riges por el calendario de los demás, sino por la frecuencia vibratoria de tu nueva esencia. Has pasado de ser un objeto que el tiempo desgasta a ser el átomo que define la precisión de tu propio destino.
5. El Invitado en la Célula (Mimetismo del Potasio)
El cuerpo a veces confunde al rubidio con el potasio y lo deja entrar en las células. Una vez dentro, el rubidio actúa de forma similar pero con su propia personalidad metálica. La metamorfosis es una infiltración. Lo nuevo entra en tu vida disfrazado de algo familiar, pero una vez que se instala en tu núcleo, cambia la química de tus decisiones. Ya no eres la célula de antes; ahora tienes un huésped de rubidio que te obliga a reaccionar con una velocidad y una potencia que antes no poseías. Eres el mismo envase, pero con una energía radicalmente distinta.
Conclusión: La metamorfosis, vista a través del rubidio, es la geometría de la combustión identitaria. Es el reconocimiento de que somos seres en equilibrio precario, esperando el reactivo adecuado para soltar nuestro último electrón y arder en una forma nueva. Metamorfosearse bajo el símbolo del rubidio significa no temer al incendio de la transformación, sino abrazar la llama roja que nos convierte en la medida exacta de nuestra propia libertad.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
- Así que ¿te vas de la casa, pues? - preguntó Valentina, ladeando la cabeza.
El chalet estaba en silencio. Todos se habían marchado a sus casas, apurando las últimas horas antes de una despedida que quizá fuera definitiva. Quedaban apenas unas horas para que Nico dejara atrás todo lo que había llamado hogar, para subirse a un avión que le producía un pánico visceral y cruzar el océano sin ninguna certeza al otro lado del mundo. Por supuesto no podía dormir. Y por supuesto estaba de mal humor, ensombrecido, con un nubarrón denso instalado sobre la cabeza.
- Bueno… no es una decisión que haya tomado yo, en realidad.
- Las circunstancias, ¿no? Bueno… una entiende, chico.
- Supongo que sí. Se podría llamar así.
Valentina trajinaba en la cocina mientras Nico sostenía una cerveza tibia entre las manos, casi intacta. Desde el despacho de su padre llegaban las voces amortiguadas de la discusión: él intentando razonar contra una leona enfurecida al que le han tocado las crías; ella - como era lógico - gritando si hubiera perdido completamente la cabeza.
- Yo digo que ese viaje te va a hacer bien, vale. Uno madura un montón cuando se va de la casa.
- ¿Me estás llamando inmaduro? - preguntó Nico, demasiado seco.
- Ay, no te pongas así, chico. No lo dije con mala intención, vale.
- No pasa nada, Valentina… Perdona. Estoy nervioso.
- Bueno, entonces dime algo… ¿qué hago yo para que te sientas mejor, pues?
Cuando ella se apoyó en la isla de mármol, Nico no pudo evitar deslizar la mirada hacia su escote. Fue un gesto automático, descarado, casi infantil.
- Epa… con eso no te puedo ayudar, mi amor. No inventes.
- Pero sí puedes ayudar a mi padre…
Lo dijo sin pensar. Ni siquiera quería formularlo en voz alta; fue un pensamiento que escapó antes de que pudiera atraparlo.
- ¿Cómo es la cosa? ¿Qué fue lo que dijiste? - preguntó ella, enrojeciendo al instante.
- Nada…
- Más te vale que sea nada, ¿oíste? - respondió, golpeando el mármol con el trapo y dándose la vuelta -. No es bonito meterse en asuntos que no son tuyos, ¿sí?
En otra ocasión él lo habría dejado pasar. Pero aquella noche Nico tenía ganas de guerra. Tal vez todo lo que había ocurrido y todo lo que estaba a punto de ocurrir lo había desajustado por completo por dentro.
- ¿Por qué lo haces, Valentina? - preguntó, dando un trago largo a la cerveza.
- Mira… te hice unos espaguetis a la carbonara, que sé que te encantan. No empieces, ¿sí?
Nico se levantó del taburete y se acercó por la espalda.
- No me cambies de tema. Dime por qué.
- ¿Por qué qué, vale? ¿Qué te pasa, carajo? - se giró de golpe.
El espacio entre los dos era mínimo. Nico dio otro trago, ahora mirándole el escote sin ningún tipo de disimulo.
- ¿Por qué te follas a mi padre?
El bofetón fue seco y rotundo. La mano abierta impactó contra la mejilla de Nico con un chasquido que resonó en la cocina. Las gafas salieron despedidas y cayeron sobre el suelo impecable. Valentina se quedó mirándolo fijamente, el rubor subiéndole del pecho a la frente como una llamarada. Nico, en cambio, se llevó la mano a la cara, notando el calor expandirse bajo la piel y sonrió. Se apartó despacio, se agachó para recoger las gafas y, al hacerlo, escuchó el leve crujido que provenía de su bolsillo.
“Mierda”, pensó, tensándose al instante cuando vio la tela de su pantalón tiñéndose de azul, como si un bolígrafo se acabara de partir. “Mierda, mierda” Lo había olvidado por completo: el vial. Aún de rodillas, metió la mano en el bolsillo con un gesto torpe y precipitado. “¡Mierda, joder!”. La sacó de inmediato, pero ya era demasiado tarde. Comprendió el error en el mismo segundo en que lo cometía. Se quedó mirando su palma, horrorizado: el azul avanzaba como una aurora líquida bajo la piel, un neón viscoso infiltrándose por cada poro, reclamando territorio sin pedir permiso.
- Epa, chamo… discúlpame. Mala mía por ese golpe - dijo Valentina, sintiéndose culpable.
- ¡No te acerques! - gritó Nico, girando la cabeza con brusquedad.
Ella se detuvo en seco. No entendía nada, pero algo en los ojos de Nico - un destello febril, casi salvaje - le indicó que era mejor obedecer. Él recogió las gafas del suelo, escondiendo la mano y salió corriendo. Valentina lo siguió con la mirada, viéndolo desaparecer por el pasillo hasta su habitación, donde la puerta se cerró de un portazo que hizo vibrar los cristales.
Se quedó sola en la cocina, con el eco del golpe suspendido en el aire. Algo estaba ocurriendo en aquella casa, aunque no supiera exactamente el qué. Toda aquella gente desconocida entrando y saliendo. Las conversaciones interminables en el salón. Las miradas cruzadas, los susurros, la tensión espesa que se podía cortar con un cuchillo. No sabía qué estaba ocurriendo, pero sí intuía que nada de aquello era bueno.
Se agachó despacio, recogió la botella apoyada en el suelo y la vació en el fregadero. El líquido descendió por el desagüe con un murmullo hueco. Después tiró el vidrio al contenedor de reciclaje. El sonido del cristal al romperse contra otros restos fue seco, definitivo. Como si algo más que una botella acabara de hacerse añicos.
- ¡Por Dios, Rogelio! ¡Es tu hijo!
- ¡¿Y qué quieres que haga?!
- ¡Lo que haría cualquier padre! ¡Protegerlo!
Valentina no alzó la vista. Siguió picando cebolla con precisión mecánica, como si los gritos no atravesaran la estancia. Rogelio y Paloma cruzaron la cocina a pleno pulmón, arrastrando consigo una tormenta vieja, acumulada durante años.
- ¡Ya lo estoy protegiendo, Paloma! ¿Es que no te das cuenta?
- ¡¿Protegiéndolo mandándolo al otro lado del mundo?! ¡¿Esa es tu forma de proteger?! ¡Has perdido la cabeza!
Paloma agarró el bolso con manos temblorosas, se calzó la americana y abrió la puerta que daba a la calle.
- ¡¿A dónde vas?!
- ¡¿A dónde crees?! ¡A hablar con la policía!
- ¡Yo soy policía!
- ¡Digo una de verdad!
- ¡Espera, joder, no lo entiendes!
La puerta volvió a cerrarse de golpe. Otro portazo. Otro temblor en los cristales. Valentina - inmóvil frente a la encimera - levantó apenas la mirada. Desde los cristales laterales de la puerta podía verlos discutir en el patio delantero, sus siluetas agitadas bajo la luz blanca de la luna.
No era la primera vez que presenciaba una escena así. Y seguramente no sería la última. En aquel chalet impecable de La Moraleja, donde el mármol brillaba y el césped parecía peinado cada mañana, la perfección era solo una fachada. Nunca nada es perfecto. Ni en esa casa, ni en ninguna.
Cuando los gritos se deshicieron en el jardín como una tormenta que se aleja. Valentina respiró hondo, se recogió el cabello en un moño improvisado y encendió el fuego. El chasquido del gas fue un pequeño alivio: las cosas simples obedecen, no discuten. Sacó una olla grande, la llenó de agua y la puso a hervir. Una cucharada generosa de sal cayó como lluvia gruesa. Mientras esperaba el borboteo, abrió la nevera y eligió el guanciale - aunque en aquella casa a veces lo sustituía por panceta -, firme y veteado. Lo cortó en tiras gruesas, dejando que el cuchillo se deslizara con precisión. Cada corte era limpio, decidido.
En una sartén fría colocó la carne sin aceite. El calor haría el resto. Encendió el fuego medio y esperó. Poco a poco, el guanciale empezó a sudar su grasa, a chisporrotear, a dorarse en los bordes. El aroma se extendió por la cocina como una promesa antigua: grasa, sal, hogar. Movió la sartén con un leve giro de muñeca, dejando que se caramelizara sin quemarse. Cuando el agua rompió a hervir, dejó caer los espaguetis en abanico. No los partió. Nunca los partía. Los empujó con una cuchara de madera hasta que se rindieron al calor y se sumergieron por completo. Miró el reloj. La pasta debía quedar al dente, con un centro apenas resistente, como las decisiones difíciles.
Mientras tanto, en un bol hondo rompió varios huevos. Solo yemas - aquel plato exigía precisión - y añadió una lluvia generosa de pecorino recién rallado. Pimienta negra molida al instante, abundante, casi insolente. Mezcló con un tenedor hasta obtener una crema espesa, amarilla, brillante como oro líquido. Probó con la punta del dedo. Ajustó de sal. Asintió en silencio. El guanciale ya estaba crujiente, con bordes tostados y un centro aún jugoso. Apagó el fuego y retiró la sartén, dejando que el calor residual mantuviera la grasa fluida sin freír nada más.
Cuando la pasta estuvo lista, rescató una taza del agua de cocción antes de escurrirla. Ese almidón era el secreto, el puente entre el huevo y la grasa. Vertió los espaguetis directamente en la sartén con el guanciale y mezcló para que se impregnaran. Luego esperó unos segundos, apenas el tiempo necesario para que el calor bajara y no cuajara el huevo.
Entonces añadió la mezcla de yemas y queso, removiendo con rapidez, envolviendo la pasta con movimientos firmes y continuos. Un poco de agua de cocción, apenas un hilo, y la salsa cobró vida: cremosa, sedosa, abrazando cada hebra sin convertirse en tortilla. Otro giro. Otro poco de agua. Perfecto. Sirvió los espaguetis en un plato hondo, formando un pequeño nido en el centro. Espolvoreó más pecorino, más pimienta. Observó el resultado en silencio. La carbonara auténtica no perdona distracciones. Exige atención plena, paciencia y el punto exacto entre fuego y templanza. Valentina limpió el borde del plato con un paño, apagó el fogón y, por un instante, todo volvió a estar en orden. Aunque solo fuera dentro de aquella sartén.
Valentina abrió el cajón inferior y sacó la bandeja de madera, pulida por los años, con pequeñas marcas que contaban cenas, resacas y reconciliaciones. La dejó sobre la encimera y colocó el plato en el centro, con cuidado de que el nido de espaguetis no se deshiciera. A la derecha, una servilleta blanca doblada con esmero; encima, un tenedor brillante, alineado como si aquel gesto pudiera devolver algo de orden al caos de la casa. Abrió la nevera. La luz fría le iluminó el rostro un instante. Sacó una cola light, aún perlada de condensación, y la apoyó junto a un vaso de cristal alto, limpio, transparente, sin una sola huella. El contraste entre el vapor tibio de la pasta y el frío metálico de la bebida creó un equilibrio extraño, casi íntimo. Observó la bandeja un segundo más. Todo estaba en su sitio. Todo menos lo demás.
La tomó con ambas manos, firme, sintiendo el peso estable contra las palmas. Enderezó la espalda y salió de la cocina. Sus pasos resonaron suaves sobre el mármol del pasillo. Ya no había gritos; solo el eco distante de una discusión que aún flotaba en el aire. Caminó sin titubeos hasta la puerta de la habitación de Nico. Se detuvo frente a ella. La madera cerrada parecía más sólida que nunca, como una frontera invisible. Respiró hondo. Y levantó la mano para llamar.
- Chamo, aquí tienes tus espaguetis - dijo con aquella voz melodiosa y suave, intentando que sonara ligera, casi alegre.
Golpeó tres veces más con los nudillos, sosteniendo la bandeja con una sola mano.
- Nico, mi amor, ¿te provoca o no? - insistió, bajando el tono, más íntima, más cercana.
El silencio respondió al otro lado. Apoyó la oreja contra la madera, conteniendo la respiración. Nada. Ni música, ni el tecleo nervioso al que estaba acostumbrada, ni el zumbido constante del ordenador que, juraría, no se había apagado en todos los años que llevaba trabajando en aquella casa.
No era la primera vez que abría esa puerta sin llamar y se encontraba con escenas incómodas. Incómodas para ambos, en realidad. Pero aquella noche era distinta. La bofetada aún le ardía en la conciencia. Así que decidió pasar por alto aquella regla no escrita, de llamar siempre antes de entrar. Suspiró y con un pequeño giro del cuerpo, apoyó el codo contra la manilla de la puerta y empujó la puerta con la espalda. La habitación estaba completamente a oscuras. Ni una luz encendida. Ni siquiera el resplandor azul del monitor, ese faro perpetuo que solía recortar la silueta de Nico en la madrugada. El aire parecía más denso, como si algo se hubiera detenido allí dentro. Valentina dio un paso, luego otro, dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
- ¿Nico…? - susurró esta vez, sin rastro de broma en la voz.
Avanzó despacio, casi conteniendo el aliento, como si cualquier sonido pudiera quebrar algo frágil que flotaba en la habitación. El suelo crujió bajo su peso y ese leve lamento de la madera le recorrió la espalda como un presentimiento.
- ¿Nico?, ¿Estás ahí o te fuiste de rumba? - repitió en voz baja, más para espantar el silencio que para obtener respuesta.
Se orientó por memoria, por costumbre. Conocía aquel cuarto casi tanto como la cocina. Dio un paso lateral, esquivando la silla, y extendió la mano hacia el escritorio. Sus dedos chocaron primero con el borde, luego comenzaron a palpar la superficie a tientas: papeles, un cuaderno abierto, el ratón, cables enredados como serpientes dormidas. Apartó lo que pudo con movimientos cuidadosos, haciendo espacio en la penumbra.
Dejó la bandeja con suavidad. El leve tintineo del tenedor contra el plato sonó exagerado, invasivo. Sin perder tiempo, buscó el flexo del escritorio. Sus dedos recorrieron el metal frío del brazo articulado hasta encontrar el interruptor. Lo presionó. La luz estalló en amarillo sobre la mesa. Y en ese mismo instante, de forma seca y contundente, la puerta se cerró de golpe a su espalda. El sonido retumbó en las paredes como un disparo. Valentina no pudo evitar dar un salto. El corazón le dio un vuelco. No había escuchado pasos. No había sentido aire moverse.
Muy despacio, con la respiración atrapada en el pecho, comenzó a girarse.
- ¡Coño, Nico! ¿Qué broma es esa? - rió al verlo -. Me asustaste.
La risa le duró apenas un segundo. Al otro lado de la habitación, casi fundida con la penumbra, distinguió su silueta. La luz amarillenta del flexo apenas alcanzaba a dibujar el contorno de su cuerpo. Estaba de pie, inmóvil, como si hubiera estado esperándola. No respondía. No hacía ningún gesto.
- ¿Qué haces ahí tieso? - añadió ella, todavía intentando mantener el tono ligero.
Pero él empezó a avanzar. En silencio. Paso a paso. La madera del suelo crujía bajo sus pies desnudos. La luz le iba alcanzando poco a poco, subiéndole por las piernas, por el torso, revelando un cuerpo completamente expuesto, sin una sola prenda que lo cubriera. No había provocación en su postura. No había vergüenza tampoco. Solo una extraña rigidez, una tensión contenida que no encajaba con el Nico que ella conocía.
Valentina dejó de sonreír. Sus ojos comenzaron a abrirse más de lo normal. Intentó tragar saliva, pero la garganta se le quedó seca. Algo no estaba bien. No era la desnudez lo que la inquietaba - había visto demasiadas cosas en esa habitación como para escandalizarse -. Era la forma en que se movía. La ausencia de expresión. La quietud de su rostro. No parecía enfadado. No parecía avergonzado. No parecía nada. Su corazón empezó a golpearle el pecho con un ritmo desbocado. Sintió el pulso en las sienes, en el cuello, en las muñecas. Dio un pequeño paso atrás, casi imperceptible.
- Nico… - murmuró ahora, sin rastro de broma -. ¿Estás bien?
Él siguió avanzando, en completo silencio. La luz del flexo iluminó por fin su rostro. Y fue entonces cuando Valentina entendió que aquello no era el muchacho impulsivo y torpe al que acababa de abofetear en la cocina. Había algo distinto en su mirada. Una profundidad extraña. Una intensidad nueva. Como si detrás de esos ojos hubiera despertado algo que no terminaba de reconocer. Algo que no sabía si era del todo humano. Un azul intenso que parecía iluminar la estancia por sí solo. El silencio en la habitación se volvió espeso, casi sólido. Y el corazón de Valentina latía tan fuerte que temió que él pudiera escucharlo.
Antes de que pudiera escapar, antes incluso que pudiera reaccionar, él ya estaba encima suyo. No estaba cerca, ni demasiado cerca, estaba completamente encima. Valentina podía sentir su cuerpo desnudo contra el suyo, su pene totalmente erecto entrando por debajo de su diminuta falda, como si fuera una serpiente buscando la humedad de una cueva. El calor que emanaba de él era algo más que intenso, sentía como si la atrapara, como si la invadiera, infiltrándose por cada poro de su piel. Se echó hacía atrás, instintivamente, pero el escritorio se interpuso en su huida. De repente y sin previo aviso, Nico la agarró por debajo de sus nalgas y la sentó en el escritorio.
Valentina escuchó como el baso de vidrio se quebró al caer al suelo, el calor de la carbonara recién hecha bajo sus nalgas, el aliento de su boca acercándose a la suya. Y entonces, cuando Nico empezó a tocarla, sintió - sin que pudiera controlarlo - un calor inmenso nacer de su propio cuerpo, un calor abrasador que lo arrasó todo. Alzó los brazos, sin pensarlo, y empezó a acariciar su piel. Sintió sus brazos fuertes, demasiado musculados. La luz apenas alcanzaba para verlos, pero no eran sus brazos, de eso no cabía duda. Movió las palmas, con rapidez a sus pectorales, estaban fuertes, tensos. Bajó lentamente: los abdominales marcados. Bajó aún más, tragando saliva, y justo cuando palpó su miembro todo su universo moral y ético se derrumbó por completo. Sucumbió al deseo como un científico lo hace ante la evidencia, se rindió como se rinde un ejercito en inferioridad: levantando la bandera blanca sobre la trinchera. Dejó de luchar como lo hace una cervatilla, al sentir el mordisco de un guepardo alrededor de su cuello, asfixiándola. Y en ese mismo instante, en que supo que no había otra salida, se entregó a lo inevitable.
Sus labios se abalanzaron contra los de Nico. Había veneno en su boca. A cada segundo que sus bocas permanecían unidas, ella se volvía más adicta. Abrió los ojos, y al tener los suyos tan cerca, pudo ver con total claridad aquel azul que emanaba de lo más profundo de su ser. La sirvienta risueña, la venezolana llegada desde lejos en busca de una mejor vida, la joven madre que trabajada duro para mandar dinero a su país; desapareció por completo. Ahora ya no era más que una pequeña polilla en una cueva húmeda y oscura, atraída por un depredador - tan poderoso - que ni tan siquiera necesitaba moverse para cazar.
Y en cuanto Nico, o lo que quedaba de él, sintió que la había atrapado, que había caído en su trampa luminosa; hizo lo único que sabia hacer, aquello por lo que había nacido, devorarla sin compasión. Con un movimiento de cuerpo la alejó de él, lo justo para meter ambas manos en su uniforme, a la altura de los pechos y tiró con una fuerza salvaje. Los botones salieron volando, la tela empezó a desgarrarse y Valentina no pudo evitar soltar un gemido agudo - lleno de placer -, escuchando como destrozaba su traje blanco impoluto. Al quedarse en ropa interior, Nico la contempló durante unos instantes, con esa mirada profunda del que decide por donde empezará a comerse a su presa.
Primero observó detenidamente sus enormes pechos, encajados en ese sujetador blanco que los realzaba de forma exagerada. Podía escuchar su corazón latir con fuerza, sus pálpitos sobresaltados, completamente entregados a su voluntad. Bajó la vista por su torso bronceado y terso, deteniéndose unos instantes en su ombligo, origen de su vida, el lazo antiguo y sagrado de la mujer que la precedió. Y al llegar a su entrepierna, el azul en sus ojos se volvió tan intenso que toda la habitación quedo iluminada por aquella luz neón que lo consumió todo.
Ella intentó decir algo, pero antes de que pudiera articular palabra, Nico se abalanzó hacía su entrepierna. Le arrancó el diminuto tanga de un solo movimiento y levantó sus muslos al aire, con una fuerza inusual. Al hacerlo ella cayó hacía atrás, apoyando los antebrazos sobre el escritorio, la cabeza golpeando la pared. Nico se puso de rodillas enfrente de sus piernas abiertas, contemplando su vagina como quien contempla un templo. Acercó su cara y aspiro hondo, durante varios segundos, cerrando los ojos. Valentina se estremeció de placer al verlo aspirar y expirar el perfume que emanaba de su coño húmedo. Había algo animal en su forma de moverse, en su forma de poseerla, y le encantaba. Cuando él acercó su boca, ella entrecerró los ojos, jamás nadie se lo había comido de aquella manera. No comprendía como era capaz de hacerlo tan bien, intuía que Nico era virgen, que jamás había estado con una mujer, y al mismo tiempo parecía que conociera - desde siempre - cada parte de su cuerpo.
- No pares… no pares… sí, así… que buenooooo, mi amoooor.
Valentina lo agarraba de la cabeza, mientras movía su culo con movimientos rápidos, dándole mejor acceso a su interior. La carbonara se mezcló con sus fluidos vaginales, Nico tenía la boca llena de flujo y espaguetis, comiendo y lamiendo al mismo tiempo, en un silencio sepulcral. Los gemidos de ella, tímidos al principio, empezaron a resonar por todo el chalet. Estaba a punto de llegar, lo sentía, lo notaba… y justo cuando el orgasmo estaba a punto de sacudirle todo el cuerpo como un terremoto, él paró de repente, como si lo hubiera intuido.
- No pares ahora… - suplicó alzando la cabeza.
Nico se puso en pie de repente, y sin dejar de sujetarle los muslos en el aire, se la metió entera. Como respuesta, los ojos de Valentina se pusieron en blanco. Seguía sin comprender como alguien podía ser tan buen amante sin experiencia previa. Era imposible y real al mismo tiempo. Él la había penetrado en el momento justo, en el instante preciso. El orgasmo le recorrió el cuerpo entero, pero no se detuvo ahí. Mientras él se la follaba con aquella polla dura y gruesa, ella se corría una y otra vez. Y aunque ya había tenido multiorgasmos anteriormente, jamás los había sentido con aquella intensidad. Se meó encima, varias veces. Empezó a marearse. Sentía esa pequeña muerte una y otra vez, ese vacío en su interior que dejaba espacio para que solo entrase más placer. No podía pensar, no podía hacer nada, aquel orgasmo eterno se apoderó de su cuerpo y alma.
- Hernández, soy Quintana - dijo Rogelio al teléfono mientras cruzaba de nuevo la verja metálica que daba acceso a su parcela -. Escucha, necesito que me hagas un favor enorme.
Avanzó por el jardín delantero con paso rápido, empujó la puerta principal y la cerró tras de sí con un golpe seco.
- Mi mujer va a presentarse en comisaría. Necesito que la atiendas tú. No puede ser otro, ¿me oyes? Tienes que ser tú… Escúchala con calma, tómale nota de todo lo que te cuente, dile que todo va a salir bien… y que mandaréis un coche patrulla a mi casa.
Se dirigió hacia la cocina sin dejar de hablar, la voz baja pero firme.
- No. No mandes a nadie. Y por nada del mundo dejes constancia en los servidores de su denuncia. Es vital que esto no salga a la luz. ¿Me oyes? Vital.
El aroma de la carbonara lo recibió antes que el silencio. La salsa aún reposaba en la sartén, espesa, brillante. El calor seguía vivo. Pero la cocina estaba vacía. Ni Valentina. Ni Nico. Rogelio frunció el ceño, aunque continuó la conversación como si nada.
- Te prometo que te lo contaré todo cuando esto termine. Pero ahora necesito ese favor. Confía en mí.
Se acercó a la encimera. Pasó el dedo por el borde de la sartén y lo llevó a la boca. Cerró los ojos un segundo, reconociendo el sabor con una mueca casi involuntaria de placer.
- Te debo una, compañero. Y sabes que no olvido mis deudas.
Colgó. El silencio volvió a expandirse por la casa como una niebla lenta. Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Entonces fue cuando lo notó: demasiado silencio. Ni el murmullo de la televisión. Ni pasos nerviosos en el pasillo. Ni la voz melodiosa de Valentina. Solo la casa en un silencio sepulcral, pero había algo más. Algo que no terminaba de encajar, un ruido constante acompañado de… “¿gemidos?”, pensó Rogelio confundido. Salió de la cocina y avanzó por el pasillo con el instinto alerta, ese que no se jubila jamás. Siguió el ruido sin prisa, pero sin pausa. Cada paso parecía sonar más de la cuenta bajo su peso. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Nico. La luz del interior se filtraba por la rendija inferior. Apoyó la mano en el pomo, todavía ajeno a lo que estaba ocurriendo al otro lado. Y giró.
- Pero… ¡¿qué cojones estáis haciendo?!
- ¡Trágame tierra! ¡Qué vergüenza! - gritó Valentina, cubriéndose como pudo con las manos.
Nico, aún sobre ella, se apartó de un movimiento brusco y se desvaneció hacia el rincón más oscuro de la habitación, como si la sombra lo reclamara.
- ¡¿Te estabas acostando con mi hijo?! - escupió el excomisario, señalándola con el dedo, la hombría por los suelos, la traición hecha imagen.
- Señor, yo… yo no sé qué pasó…
Valentina, temblando, trataba de recuperar sus ropas rasgadas del suelo. La habitación seguía atrapada en una penumbra espesa, apenas herida por la luz amarillenta del flexo. Los espaguetis yacían esparcidos por todas partes: sobre el escritorio, adheridos al suelo, pegados a la piel sudorosa de ella como restos de una escena absurda y grotesca.
Entonces Rogelio lo vio. Al fondo, junto a la pared opuesta, algo agazapado.
No de pie. A cuatro patas.
Dos ojos ardían en la oscuridad como faros de neón azul. No reflejaban la luz de la lámpara. Brillaban por sí mismos, líquidos, vibrantes, imposibles. El pecho de aquella cosa subía y bajaba con una respiración áspera, profunda. Cada exhalación era un gruñido bajo, primitivo, como si emergiera de un lugar más antiguo que el lenguaje.
- ¿Nico…? - susurró Rogelio, sin creer a sus propios ojos.
Al oír su nombre, su cabeza giró hacia él con un chasquido seco. El movimiento no fue humano: demasiado rápido, demasiado angular. El cuerpo desnudo se tensaba con una musculatura distinta, comprimida como la de un depredador listo para saltar. Los omóplatos sobresalían bajo la piel, marcados como alas plegadas. Las manos - como garras - se arqueaban contra el parqué, las uñas raspando la madera. Y entonces gruñó. Un sonido grave, vibrante, que parecía arrastrar consigo toda la habitación.
Rogelio retrocedió instintivamente y buscó su arma en el cinto. Pero no estaba. El vacío en su costado le heló la sangre. Aquello no era su hijo. No en ese instante. No en ese cuerpo. No en esa mirada. La criatura se movió, pero no corrió. Se lanzó a cuatro patas, cruzando la habitación en una exhalación. Rogelio apenas tuvo tiempo de alzar los brazos antes de que el impacto lo arrojara contra el suelo. El aire escapó de sus pulmones con un gemido seco. El peso lo aplastó. Las rodillas presionando sus antebrazos. Pecho contra pecho.
El rostro descendió hasta quedar a centímetros del suyo. Olfateó. La nariz rozándole la mejilla, el cuello, la comisura de los labios. Aspiraciones profundas, salvajes, como si intentara descifrarlo por el olor. Rogelio abrió los ojos y los vio. Colmillos. No grotescos, pero sí afilados, desarrollados, asomando bajo el labio superior. Los ojos azules ardían con una intensidad insoportable. No había razón en ellos. Solo instinto. Hambre. Confusión.
Por primera vez en muchos años, Rogelio tembló. No por la idea de morir. Sino por la certeza de que no había nada humano en aquella mirada. Pensó en un hombre atrapado por un oso en mitad del bosque. En la inevitabilidad. En la fuerza bruta contra la que no hay estrategia alguna.
Y, aun así, sostuvo la mirada de la bestia.
- ¿A qué esperas…? - murmuró, ronco -. Hazlo, vamos…
El rugido fue breve y estremecedor. La bestia inclinó la cabeza durante un segundo eterno. Rogelio cerró los ojos, esperando el desgarro, el dolor, el fin… Pero nunca llegó. El peso desapareció de repente. Un gruñido frustrado. Un salto ágil y Nico se apartó de él, saliendo disparado por el pasillo.
- ¡Hijo, espera! - bramó Rogelio, incorporándose como pudo.
Empezó a seguirlo. La casa se convirtió en un laberinto de sombras agitadas. Un jarrón cayó y estalló en el suelo. Las uñas golpeaban el mármol con un repiqueteo irregular. La criatura resbalaba, chocaba contra paredes, cambiaba de dirección sin frenar. No huía con cálculo: huía con desesperación. Valentina corría detrás de ellos, semidesnuda, gritando su nombre entre sollozos, esparciendo los restos de carbonara por todas partes.
Llegaron al salón. Nico no redujo la velocidad. Sus ojos centellearon al fijarse en el ventanal. Se impulsó con las patas traseras y saltó. El cristal estalló en una explosión de luz y cuchillas. Miles de fragmentos suspendidos un instante en el aire antes de caer como lluvia brillante. El cuerpo atravesó la ventana como un proyectil y rodó al otro lado, incorporándose de inmediato a cuatro patas. Rogelio alcanzó el marco destrozado justo a tiempo para verlo cruzar el jardín. No corría como un hombre. Corría como un lobo. Espalda baja. Hombros ondulantes. Movimiento perfecto, salvaje, coordinado. En tres zancadas llegó a la verja. Saltó. Las manos se aferraron al borde superior. Un impulso antinatural. Y desapareció al otro lado.
El bosque lo engulló sin resistencia. El silencio cayó de golpe. Solo el tintinear de los últimos cristales sobre el mármol y la respiración agitada de Rogelio, aún de pie frente al vacío. No sabía qué había visto, no sabía que estaba sucediendo. Pero sí sabía algo… algo mucho peor.
Eso que acababa de perder entre los árboles no era un monstruo…
Era su hijo.
- ¿Qué… qué está pasando? ¿Por qué Nico…? - balbuceó Valentina, todavía con la voz rota, abrazándose a sí misma como si el aire de la noche pudiera cortarla.
- No lo sé - respondió Rogelio, forzando una serenidad que no sentía.
Seguía clavando la mirada en la verja, en el punto exacto donde su hijo - o aquello que llevaba su rostro - había desaparecido entre la negrura del bosque. La brisa movía las copas de los árboles con un susurro siniestro, como si la naturaleza guardara su secreto.
- Vístete - ordenó sin mirarla siquiera -. Mi mujer puede llegar en cualquier momento. Y limpia los cristales antes de que alguien se lastime.
Valentina lo miró como si no lo reconociera.
- ¿Y a quién le importa esa vaina ahorita, señor? ¡Tenemos que ir a buscarlo!
Rogelio ya caminaba de regreso al interior de la casa, esquivando los fragmentos de vidrio que crujían bajo sus zapatos.
- Eso no te incumbe - espetó -. ¡Haz lo que te digo, vamos!
- ¡¿A qué viene ese malandreo?! - insistió ella, siguiéndolo de cerca, los pies descalzos esquivando el desastre.
Él se detuvo de golpe y se giró con una furia que no era solo rabia: era humillación, miedo, impotencia. La miró con un desprecio crudo, casi animal.
- ¡¿Qué pasa?! - escupió -. ¿No tenías suficiente con el padre que ahora te acuestas con el hijo también?
Las palabras cayeron como bofetadas.
- Es que no pude hacer nada… me agarró de sorpresa - respondió ella, bajando la mirada, la vergüenza y el temblor mezclándose en su voz.
- Ya veo… - sonrió con una mueca torcida -. Igualita que todas las mujeres…
Valentina alzó la cabeza, indignada.
- Mire, jefe, usted también se echa sus piernitas con la Paloma, así que no me venga con cuentos…
- ¡Es mi mujer! - rugió él, dando un paso al frente.
- ¡¿Y qué soy yo, pues?! ¿No soy mujer? ¡¿Acaso me ve cara de mona o qué?!
El silencio que siguió fue espeso. Rogelio quería seguir. Quería herir, gritar, desahogar la herida abierta que le ardía en el pecho. Ver a su hijo encima de ella, ver esa transformación, sentir el peso de aquella criatura… todo le había triturado el orgullo, la autoridad, la hombría que siempre había llevado como armadura. Pero el tiempo corría en su contra. Y algo, allá afuera, respiraba en la oscuridad. Apretó la mandíbula.
- Haz lo que te he dicho… y ya hablaremos.
No hubo réplica. Solo el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Valentina quedó sola en medio del salón devastado. El ventanal abierto como una herida, las cortinas agitándose, los cristales esparcidos como restos de una explosión. La casa parecía haber sobrevivido a un huracán que todavía no terminaba de irse. Y, más allá de la verja, el bosque guardaba silencio.
- Parece que se llevan bien… - sonrió Laia.
La casa de Lorena, en plena Sierra, crujía con el viento de la noche. Afuera, los pinos se mecían bajo un cielo grisáceo que prometía lluvia. El aire olía a leña húmeda y a tierra fría. Dentro, el tiempo parecía suspendido en una espera tensa, contenida. Carol subía y bajaba por la escalera de madera, terminando de preparar su mochila en la habitación del fondo. Cada cremallera que se cerraba sonaba como un punto y aparte. Cada paso, como una cuenta atrás. En el salón, junto a la chimenea apagada, estaban los tres. Intentaban asimilar lo que las dos madres habían decidido: África - la de Laia - se quedaría allí, refugiada en casa de la madre de Sofi. Creyendo que estarían más protegidas, menos expuestas. Al menos hasta que el peligro pasara. Si es que pasaba. Sofi observaba por la ventana cómo la niebla empezaba a descender entre los árboles.
Estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en el sofá, jugueteando con un mechero apagado entre los dedos.
- Dale un par de semanas - contestó sin apartar la vista - y tu madre volverá al barrio corriendo con el rabo entre las piernas.
Laia soltó una risa breve y le dio un codazo.
- ¿Por qué dices eso, imbécil? Tu madre parece buena gente.
Sofi alzó una ceja, divertida. Gabi, apoyado en el marco de la puerta que daba a la cocina, dio una calada lenta antes de intervenir. El humo se elevó en espiral hacia el techo bajo.
- Tu lo has dicho… parece - sonrió, exhalando con calma.
Hubo un silencio pequeño, incómodo. No era desconfianza, exactamente. Era la sensación de que nada estaba bajo control. De que estaban improvisando una tregua en mitad de una tormenta que aún no mostraba su verdadera fuerza. Arriba, una cremallera volvió a cerrarse. Carol apareció en lo alto de la escalera con la mochila al hombro. Se detuvo un instante, mirando su habitación como si intentara memorizarla. El refugio. El hogar. La falsa sensación de seguridad.
- Ya está - anunció asintiendo con la cabeza.
Afuera, el viento golpeó las contraventanas. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sabían que aquello no era un descanso. Era una pausa. Una antesala. Sus perseguidores se estaban moviendo, en algún lugar. Y cuando llegaran hasta ellos, no habría más mochilas que preparar, solo fosas que cavar.
- ¿Quién es? - preguntó Sofi poniéndose tensa de inmediato.
El timbre del teléfono de Gabi rasgó el silencio de la casa como una cuchilla fina. No había reproche en su voz. Ni los celos de una típica novia tóxica. Solo esa tensión eléctrica de quien lleva demasiado tiempo esperando el golpe. Tenía los hombros rígidos, las manos apretadas contra el estómago, como si intentara sujetarse por dentro. Gabi miró la pantalla. No dijo nada. Simplemente aceptó la llamada y se llevó el móvil a la oreja.
Una sola palabra. Y después, el vacío. Su expresión cambió de forma abrupta, como si alguien hubiese apagado la luz detrás de sus ojos. La sangre le abandonó el rostro. El cigarro quedó suspendido entre sus dedos, olvidado, consumiéndose sin que él aspirara. La ceniza crecía, temblorosa. Laia se incorporó de un salto, el corazón latiéndole en la garganta. Tiró de Sofi para ponerla en pie.
- ¿Qué pasa? ¿Quién es? - preguntó, acercándose.
Carol bajó las escaleras casi tropezando, la mochila golpeándole la espalda. El sonido apresurado de sus pasos llenó todo el salón.
- Gabi, habla - exigió Sofi, clavándole la mirada.
Pero él no respondía, seguía escuchando. Su respiración empezó a volverse irregular. Los labios entreabiertos. Los ojos fijos en un punto inexistente, como si lo que estuviera oyendo no perteneciera a este mundo, sino a otro más oscuro y cercano. La ceniza del cigarro cayó sobre el suelo sin que nadie se diera cuenta.
- ¿Qué está pasando? - insistió Laia, acercándose tanto que casi le rozaba el pecho- . ¿Es Nico? ¿Es Raquel? ¡¿Qué ocurre, joder?!
Gabi tragó saliva. Un gesto mínimo, pero definitivo. Al otro lado de la línea, el silencio se dilató como una herida abierta. Luego, unas palabras rápidas, atropelladas… y la llamada se cortó. El pitido final quedó flotando en el aire.
- Hay que irse… - murmuró al fin, apenas un hilo de voz- ¡Ahora!
Las tres se miraron. El salón pareció encogerse de pronto.
- ¡¿Irnos a dónde?! - preguntó Carol, con la voz quebrada -. Aún quedan horas para que salga el vuelo.
Gabi cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la incertidumbre se había transformado en algo más crudo: Miedo.
- Ni… Nico… - intentó decir.
- ¡¿Qué le ha pasado a Nico?! - gritó Laia, agarrándolo de la camiseta.
- Ha… ha escapado.
- ¡¿Cómo que ha escapado?! - insistió ella, sacudiéndolo -. ¡¿De qué coño estás hablando?!
Pero él ya no estaba allí. Se soltó de un empujón y salió disparado hacia el porche.
- ¡Despediros rápido! ¡Vamos! ¡Hay que ir a casa de Nico! ¡YA!
Los gritos quedaron suspendidas unos segundos en el aire, como si nadie quisiera entenderlas. Ellas se quedaron inmóviles, sin saber que hacer.
- ¡YA, JODER! - bramó Gabi enfurecido mientras bajaba corriendo la cuesta hacia el coche.
El motor arrancó al instante, con un rugido seco. Y entonces el tiempo, que hasta hacía un instante parecía correr demasiado lento, empezó a ser una carrera contrarreloj. África y Lorena estaban en el umbral, mirándolas con una mezcla de amor y mal presentimiento. Habían oído los gritos. No necesitaban explicaciones completas. Las madres entienden el peligro antes de que tenga forma.
Las hijas avanzaron hacia ellas. El abrazo fue inmediato. Demasiado fuerte. Demasiado largo. Como si apretando un poco más pudieran detener lo inevitable. África hundió el rostro en el cabello de Laia, aspirando su olor con una desesperación casi animal. Ese olor que había sido leche, jabón infantil, verano en la playa. Ese olor que era memoria pura. Sus manos recorrieron la espalda de su hija como si quisieran memorizarla de nuevo, palmo a palmo, por si el mundo decidía arrebatársela.
Lorena, enfrente de Sofi y Carol, les sostuvo la cara entre las manos.
- Miradme - susurró entre lágrimas.
Pero no era una orden. Era una necesidad. Quería grabar aquellos ojos jóvenes, esas pieles aún intactas de derrotas, esa valentía imprudente que solo se tiene cuando todavía se cree que el futuro es una promesa y no una amenaza.
Las madres querían que la despedida durara más. Un minuto más. Un segundo más.
Algo que alargar, que retener. Como si estirando el instante pudieran mantener también el pasado: los cumpleaños, las rodillas raspadas, las noches de fiebre, los primeros miedos confesados en susurros. Madres que habían creado y moldeado vidas ahora obligadas a soltarlas de golpe, con las manos aún abiertas.
Las hijas, en cambio, respiraban distinto. Había miedo, sí. Pero también impulso. Movimiento. Un paso ya preparado hacia adelante. Pensaban en lo que había que hacer. En Nico. En el peligro. En el siguiente trayecto. En lo que tocaba conquistar o enfrentar. No miraban atrás con la misma intensidad; el futuro las llamaba con una fuerza más urgente que cualquier recuerdo.
Esa es la ley de la vida.
Los padres sosteniendo el ayer.
Los hijos corriendo hacia el mañana.
- Vamos, vete… - dijo finalmente África, aunque su voz no quería obedecerla.
La madre de Sofi besó la frente de sus hijas, como cuando eran niñas.
- Cuidaros la una a la otra… y volved sanas y a salvo.
Eso era lo único que de verdad importaba.
Las hijas se soltaron. Un último roce de manos. Un último contacto que se rompió demasiado pronto. Gabi tocó el claxon, el sonido atravesó la escena como un disparo. Las tres bajaron la cuesta casi corriendo. No se atrevieron a mirar atrás hasta abrir la puerta del coche. Y cuando lo hicieron, las vieron allí arriba, en el porche, pequeñas y al mismo tiempo gigantescas, intentando mantenerse firmes ante el dolor que les desgarraba el alma. El coche arrancó levantando la grava del suelo. Las dos madres no se movieron. Siguieron mirando la carretera mucho después de que el vehículo desapareciera entre los pinos. Como si, de alguna manera, todavía pudieran retenerlas con la mirada.
- Estarán bien - aseguró la madre de Sofi, convenciéndose más a sí misma que a su nueva compañera de espera.
- Son valientes, Lorena - sonrió África, abrazándola -. Fuertes y luchadoras… Seguro que les irá bien.
El abrazo fue más largo de lo habitual. No por cortesía, sino por necesidad. Dos mujeres sosteniéndose en mitad del vacío que acababa de abrirse en sus corazones. El eco del motor todavía parecía vibrar entre los pinos de la Sierra. Lorena miró la carretera ya desierta.
- Las hemos criado para esto… - murmuró, con una serenidad frágil - para volar.
África asintió despacio, sin reprimirse las lágrimas. Ser madre era aprender demasiado pronto que los hijos no te pertenecen. Que no son raíces que se hunden a tu lado, sino flechas tensadas entre las manos que un día debes soltar. Durante años habían preparado el arco con paciencia: corrigiendo posturas, enseñando a mirar al frente, inculcando valores como quien afila la punta de acero. Habían apuntado con firmeza, intentando que el blanco fuera el correcto: dignidad, coraje, criterio propio, honestidad.
Y luego… soltar.
Ese era el acto más difícil.
Porque una vez que la cuerda vibra y la flecha abandona los dedos, ya no hay marcha atrás. El aire no se puede controlar. La parábola no obedece. El trayecto pertenece únicamente a quien vuela. Las madres solo pueden quedarse atrás, con el arco aún temblando entre las manos.
África cerró los ojos un instante. Se permitió sentir el dolor completo, sin maquillarlo. El miedo a la caída. A la desviación. A que el mundo, brutal y caprichoso, interpusiera obstáculos invisibles en el camino que Laia debía recorrer. Pero también recordó algo más. Recordó cómo su hija se levantaba cada vez que se caía de la bicicleta. Cómo discutía y se peleaba con el mundo entero si hacía falta. Recordó las derrotas pequeñas que ya había superado. Las lágrimas secadas. Las decisiones difíciles tomadas. Las veces que había elegido el camino más complicado solo porque era el correcto. El disparo había sido bien preparado. Eso era lo único que realmente podían controlar.
- Las enseñamos a no agachar la cabeza - dijo Lorena, con orgullo -, jamás.
- Y a no rendirse - añadió África -, a no rendirse nunca.
El resto no dependía de ellas. Ahora solo quedaba esperar.
Esperar a que esas flechas - valientes, firmes, obstinadas - atravesaran el viento sin quebrarse. Que supieran corregir su trayectoria en pleno vuelo. Que encontraran su propio impulso cuando el aire se volviera en contra. Y que, cuando por fin alcanzaran la diana, no fuera solo por precisión, sino por convicción. Las dos mujeres se quedaron en el porche, mirando la montaña como si allí, entre los árboles, todavía pudiera verse el rastro invisible de esas trayectorias.
No podían acompañarlas. Pero sí podían confiar. Y, en silencio, rezar para que el mundo fuera digno de aquello que habían lanzado al aire.
Como el Rubidio, siendo el destello rojo que devora el pasado y el átomo que define el ritmo del tiempo nuevo. Esta historia continuará…