Efectos Secundarios

Por una parte estaba muy claro que Laia está enamoradísima de Nico y hasta Gabi se ha dado cuenta.
Y por otra parte estoy se va a complicar mucho porque por desgracia van a ir a por sus familias y tienen que estar preparados.
 
Capítulo 35. Bromo - (Br)igadistas Internacionales

El Bromo (Br) ocupa el trigésimo quinto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del bromo con el concepto de los Brigadistas Internacionales, obtenemos el retrato de una pasión líquida que quema. El bromo es el único metaloide que es líquido a temperatura ambiente, un elemento denso, de color rojo sangre, que emana vapores irritantes y persistentes, recordándonos que el compromiso que viene de lejos no es gaseoso ni efímero, sino una materia pesada que se impregna en la tierra que defiende.

Los Brigadistas Internacionales según el Bromo: El Brillo de la Sangre Forastera

1. El Elemento que llega del Mar (Origen Marino)

El bromo no se encuentra libre en la naturaleza; se extrae principalmente de las salmueras y del agua de mar. Es un hijo del océano que se materializa en la costa. Los Brigadistas eran el bromo de la República. Vinieron de más allá de los mares, de cincuenta naciones distintas, destilados por la injusticia del mundo para concentrarse en los puertos españoles. No eran nativos de la tierra, pero al llegar, su presencia fue tan real y tangible como el agua salada de la que nace este elemento. Eran la ayuda líquida que el mundo enviaba para apagar un incendio que ya era de todos.

2. El Color de la Convicción (Rojo Oscuro)
El bromo es un líquido denso de un color rojo rojizo profundo, casi marrón, que recuerda inevitablemente a la sangre arterial o a la tierra mojada por el combate. El compromiso de la Brigada Lincoln o la Thälmann no era de un blanco puro e idealista, sino de un rojo bromo: denso, oscuro y cargado de sacrificio. Representa la sangre vertida por una tierra que no les vio nacer, pero que defendieron hasta el último átomo. Es el color de una bandera que no entiende de fronteras, sino de la química común de la libertad.

3. El Vapor que Todo lo Impregna (Persistencia)
El bromo emite vapores asfixiantes y de un olor penetrante (Bromos significa "hedor" o "fuerte aroma"). Una vez que el bromo toca una superficie, su rastro permanece durante mucho tiempo. Los brigadistas dejaron un rastro que el tiempo no ha podido borrar. Como el vapor del bromo, su idealismo se filtró en las trincheras del Jarama y en las calles de Madrid, dejando un aroma de épica y melancolía que aún se respira en la memoria histórica. No fueron una fuerza de paso; fueron una sustancia que se quedó suspendida en el aire de España, recordándonos que la solidaridad internacional es un gas que irrita la conciencia de los tiranos.

4. El Corrosivo del Fascismo (Reactividad)
El bromo es altamente reactivo y ataca ferozmente a los metales y a los tejidos orgánicos; es un agente de cambio químico violento. En el laboratorio de la Guerra Civil, los Brigadistas fueron el reactivo que frenó la oxidación del fascismo. Su llegada provocó una reacción en cadena de esperanza en el bando republicano. Eran el elemento "extraño" que, al entrar en contacto con la milicia popular, la endureció y la dotó de una capacidad de ataque que los enemigos no esperaban de un ejército de voluntarios y poetas.

5. La Sensibilidad a la Luz (Bromuro de Plata)
Históricamente, los compuestos de bromo (bromuros) han sido la base de la fotografía. Son las sales que reaccionan a la luz para fijar la imagen en el negativo. Sin el "bromo" de los voluntarios internacionales, la imagen de la lucha republicana no se habría fijado con tanta fuerza en la retina del siglo XX. Gracias a su sacrificio, la luz de la resistencia quedó grabada en la historia. Ellos fueron el material sensible que permitió que el mundo viera la verdad de la guerra, convirtiendo su propia existencia en el negativo fotográfico de una libertad que, aunque fue derrotada, quedó revelada para siempre.

Conclusión: Los Brigadistas Internacionales, vistos a través del bromo, son la geometría de la solidaridad inclemente. Es el reconocimiento de que la ayuda más profunda es aquella que, como un líquido rojo y denso, se funde con la tierra extraña para protegerla. Ser un voluntario bajo el símbolo del bromo significa entender que el compromiso no tiene patria, que la sangre es un reactivo universal y que la memoria de los que vinieron de lejos es el vapor eterno que sigue alimentando nuestros sueños de justicia.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Una brigada es un grupo organizado de personas capacitadas para realizar una labor específica, ya sea en el ámbito de seguridad (emergencias/desastres) o de trabajo conjunto. Se caracterizan por tener entrenamiento técnico, actuar de forma coordinada y, frecuentemente, contar con equipo especializado para salvaguardar vidas, bienes o cumplir misiones concretas.

Hay Brigadas por todas partes, en realidad…

Hay Brigadas de Emergencia: Grupos internos en empresas o instituciones capacitados para prevenir y reaccionar ante incendios, primeros auxilios, evacuaciones y rescates. Hay Brigadas Militares: Unidades orgánicas del ejército formadas por dos o más regimientos de infantería o blindados, con un mando único. Hay Brigadas de Trabajo y Servicio: Grupos formados para tareas concretas, como limpieza, labores comunitarias o, en el ámbito de la salud, equipos interdisciplinarios (médicos, trabajadores sociales) que se desplazan a zonas apartadas. Hay Brigadas Escolares: Grupos de estudiantes organizados para la colaboración en seguridad vial o convivencia escolar.

Una brigada es, en esencia, un grupo organizado para cumplir una misión. Personas entrenadas, coordinadas, con un propósito común. Puede ser apagar incendios, evacuar edificios, limpiar barrios, defender un país. Disciplina. Técnica. Orden. Pero para Gabi, la palabra tenía otro peso. Si alguien le hubiera preguntado qué es una brigada, no habría pensado en cascos blancos ni en manuales de evacuación. Habría pensado sin dudar en los Brigadistas Internacionales.

Las Brigadas Internacionales fueron unidades militares formadas por entre 35.000 y 59.000 voluntarios extranjeros que combatieron junto a la Segunda República durante la Guerra Civil Española. Hombres y mujeres de más de cincuenta países distintos que vinieron a pelear una guerra que no era suya. Organizados principalmente por la Komintern, se entrenaron en Albacete y fueron enviados a los frentes más duros: la defensa de Madrid, el Jarama, Brunete, y la batalla del Ebro.

Franceses, alemanes e italianos en su mayoría. Obreros, poetas, intelectuales, exiliados políticos. Idealistas con un fusil al hombro. Fuerzas de choque contra el fascismo, unidos bajo el lema del “NO PASARAN”, fervientes creyentes de la Solidaridad Internacional. Entre un treinta y un cuarenta por ciento no regresó jamás del conflicto y fueron retirados en octubre del 38, despedidos en Barcelona, aplaudidos como héroes y, al mismo tiempo, utilizados como piezas en un tablero político mucho mayor que ellos.

Lucharon y perdieron. Y, sin embargo, hay algo que nadie pudo arrebatarles: lo que representaron. La idea de que, cuando el enemigo es demasiado grande, cuando el poder se disfraza de ley y la ley de justicia, todavía existen personas dispuestas a cruzar fronteras - físicas o morales -, a unirse, a plantar cara al opresor. Eso, para Gabi, era una brigada. No un cuerpo oficial. No un uniforme reglamentario. Sino un puñado de locos convencidos de que rendirse nunca ha sido una opción.

Las Brigadas Internacionales no fueron una fábula romántica ni un delirio de café obrero. Fueron carne, hueso y barro. Fueron historia escrita con pólvora y convicción. Y también, sí, un recuerdo doloroso. Millares de jóvenes cruzaron fronteras con una idea clara: frenar al fascismo antes de que devorara Europa entera. No vinieron por salario ni por gloria. Vinieron porque entendieron que el terror no se negocia y que el miedo no se administra: se combate.

Fueron una esquirla de luz contra la noche que avanzaba.
Voluntad desnuda frente a balas y cañones.
Convicción contra uniformes planchados y botas marcando el paso.

De Teruel a Belchite. Del Jarama al frente de Aragón.
A orillas del Ebro, donde dejaron la piel y algo más que sangre: dejaron esperanza.

Checos y galeses. Australianos también. Chipriotas, egipcios, argelinos. Desde los yanquis de la Brigada Lincoln a los alemanes de la Thälmann, luchando - codo con codo- al lado de los alegres cubanos y los partisanos italianos, que sabían demasiado bien lo que significaba perder su propio país. Desde la fría Escandinavia hasta el caluroso México. Obreros, estudiantes, poetas, mineros. Gente común que entendió algo extraordinario: que la solidaridad no tiene pasaporte. Aprendieron a disparar mientras el mundo aprendía a callar. Se entrentaron en una guerra que anticipaba otra mucho más grande, la Segunda Guerra Mundial. Fueron laboratorio de resistencia frente a la maquinaria imparable del odio.

No ganaron la guerra. Eso es cierto. Pero desmintieron la mentira más peligrosa: que el fascismo avanza sin resistencia. Porque allí, en las trincheras españolas, quedó demostrado que cuando la oscuridad se organiza, la dignidad también puede hacerlo. Las Brigadas Internacionales no fueron un sueño. Fueron la prueba de que, incluso cuando todo parece perdido, siempre hay quienes se levantan. Y eso - por más que se intente borrar de la historia - no hay imperio que lo pueda erradicar del todo.

Y mientras el vial de “Azulita” brillaba entre sus dedos, mientras el mundo que conocían se desmoronaba a su alrededor, Gabi comprendió algo con una claridad incómoda: No eran científicos. No eran estudiantes. No eran chavales de barrio jugando a ser revolucionarios. Eran una brigada. Sin himno. Sin bandera. Sin permiso. Empujados a un frente que no habían elegido, pero del que ya no podían retirarse. Porque las brigadas no nacen del orden. Nacen cuando el fascista llama a la puerta y alguien decide abrir… y alguien decide enfrentarlo.
  • Déjame hablar a mí, ¿de acuerdo? - insistió Nico mientras subían las escaleras, dos peldaños por zancada.
  • Entendido… y relájate, colega. Me estás poniendo nervioso.
  • Es mejor que lo estés. Mi padre es directo. No se anda con rodeos.
  • Olvidas que ya lo conozco.
  • No… no lo conoces. Te lo puedo asegurar.
Cuando estaban a punto de alcanzar la puerta del despacho, esta se abrió de pronto. Los dos se detuvieron de golpe cuando Valentina apareció al otro lado. El uniforme le quedaba demasiado ajustado, demasiado corto, como si la tela hubiera levantado las manos y decidido rendirse antes de tiempo. Sus curvas eran de infarto, su culo listo para ser colgado en una pared del Louvre. Se colocó el vestido con un gesto lento, casi mecánico, se recogió el pelo detrás de la oreja y cruzó entre los dos dejando una estela de perfume denso, dulce, cargado de electricidad. No era un aroma: era una declaración de intenciones. Olía a sexo, fuerte y reciente.

Ambos se giraron al unísono, arrastrados por una fuerza primitiva que nada tenía que ver con la lógica. El aire pareció subir varios grados. Gabi tragó saliva.
  • Madre santa… - murmuró, con los ojos abiertos de par en par -. ¿Esta es…?
  • Sí, es ella - respondió Nico, con la misma expresión de idiota embobado.
  • Tío, me dijiste que estaba buena… pero, joder… esto es otra categoría. Debería ser ilegal.
  • ¡Céntrate, joder! Hay que ponerse serios.
  • No sé si podré, colega… - rió nervioso -. ¿Lo has notado, verdad? El olor…
  • Claro que lo he notado. Y precisamente por eso, céntrate.
Valentina desapareció por el pasillo con una risa baja, casi burlona, que parecía saber exactamente el efecto que provocaba; es decir: nublar la mente de un hombre con su simple presencia. Nico se quedó quieto frente a la puerta, la mano en el pomo. De pronto lo entendió. La rapidez con la que su padre lo había despachado antes de su despacho - valga la redundancia -, el tono seco, las prisas, la impaciencia. No estaban solos mientras hablaban. Una imagen cruzó su mente como un relámpago: el despacho cerrado, movimientos furtivos bajo la mesa de caoba, respiraciones contenidas en mitad de una conversación, Valentina de rodillas… Sacudió la cabeza con brusquedad. No era momento para fantasías ni para sospechas. No era momento para pensar con la cabeza de un solo ojo. Estaban en guerra, así que inspiró hondo, endureció el gesto y giró el pomo.
  • ¿Qué sucede ahora? - preguntó Rogelio.
Nico no dijo nada al verlo subirse la cremallera. Tan solo se acercó al escritorio y volvió a apoyar las manos, intentando mostrarse fuerte y decidido.
  • ¡¿Crees que lo que te dije antes era un chiste, verdad?!
  • No lo sé, hijo… - sonrió su padre mientras volvía a sentarse en la silla -. Sinceramente, tampoco te presté mucha atención.
  • Bueno… pues ahora vas a hacerlo - hizo un gesto con la mano -. Gabi, trae la maceta.
El excomisario ladeó la cabeza, mirando a través del cuerpo de su hijo. Reconoció al muchacho que se acercó con la maceta en las manos, de aquel día que lo había rescatado de comisaría. Gabi se acercó y la dejó sobre el escritorio; un poco de tierra cayó sobre la madera pulcra.
  • ¿A qué viene esto? - preguntó divertido Rogelio, viendo la planta marchita.
La maceta descansaba en el centro del escritorio. La tierra estaba reseca, agrietada, y de ella surgía una pequeña planta marchita: hojas encogidas, quebradizas, sin color ni fuerza, como si el tiempo y el abandono la hubieran consumido por completo. No había vida aparente, solo restos de algo que alguna vez fue verde y fresco.
  • ¿Está muerta verdad? - preguntó Nico nervioso.
Su padre se inclinó un momento, examinando la maceta con curiosidad profesional, como quien observa una prueba del delito sobre su mesa de comisaria. Pasó la punta de los dedos sobre la tierra y rozó las hojas frágiles. Nada especial, solo una planta muerta. Ni magia, ni peligro: solo un objeto seco, sin sentido, un adorno inútil y descuidado en el escritorio de un adolescente ansioso. Al apartar la mano, la planta permaneció inerte, y Rogelio suspiró, encogiéndose de hombros: era simplemente eso, una planta que no había sobrevivido.
  • Es evidente que está muerta… - dijo Rogelio, encogiéndose de hombros.
  • ¿Y si te dijera que yo puedo devolverla a la vida…? - replicó Nico con calma, acercándose a la maceta.
Gabi a su lado se lo quedó mirando, sin entender de que estaba hablando. Él había visto por sus propios ojos los efectos de la “Azulita”, es más, los había sufrido y los sufría en la actualidad. ¿Pero devolver la vida a algo muerto? Eso era técnicamente imposible. Pero antes de que pudiera preguntarle que estaba tramando, cayó en la cuenta. Ya habían vencido a la muerte una vez, ya le habían devuelto la vida a alguien clínicamente muerto. “La madre de Laia”, pensó en silencio.
  • Diría que estás loco, hijo - sonrió Rogelio -. Y que deberías volver al psicólogo.
  • Está bien… observa.
Nico tomó el pequeño vial y, con sumo cuidado, abrió el tapón. La fragancia era imperceptible, pero parecía que el aire a su alrededor se volvía más denso, cargado de algo eléctrico y silencioso. Vertió unas gotas apenas visibles sobre la tierra seca de la maceta. Eran diminutas, casi translúcidas, pero de un azul imposible de ignorar. La tierra absorbió la sustancia como si supiera lo que debía hacer. Gabi se acercó, los ojos abiertos de par en par, conteniendo un silencio cargado de expectación. Rogelio inclinó la cabeza, curioso, aunque sin atisbar nada extraordinario.
  • ¿Que tengo que esperar, hijo? Es solo una maceta… - comentó Rogelio con una sonrisa divertida.
  • Espera… - dijo Nico, sin apartar la vista de la planta marchita.
Y entonces sucedió. Muy despacio, casi imperceptible al principio, las hojas marchitas comenzaron a temblar, un movimiento sutil, como el de un suspiro. La tierra misma pareció hincharse ligeramente, absorbiendo cada gota de “Azulita”. Un verde tenue surgió en los bordes más secos de las hojas. Primero apenas un destello, un brillo que parecía un reflejo en miniatura. Luego, las hojas encogidas comenzaron a estirarse, recuperando forma, deshaciendo el crujido seco que las había marcado como muertas. Cada nervio de la planta parecía despertarse, cada ramita quebradiza cobrando elasticidad y fuerza. La base del tallo se fortaleció en la tierra con un suave temblor, como si aspirara por primera vez el aire fresco. Y de repente, como por arte de magia, la planta entera respiraba de nuevo, su tallo enderezándose, los bordes curvándose hacia la luz del despacho. El azul del vial parecía haberse infiltrado en el propio color de la tierra, iluminando la maceta con un aura diminuta y mágica. Rogelio se inclinó un poco más, frunciendo el ceño y parpadeando.
  • ¿Que clase de truco es este? - preguntó sin poder apartar la mirada
  • No es un truco, papá - dijo Nico con un hilo de voz firme - Es ciencia.
Y mientras los tres observaban, la planta ya no solo se movía: vibraba con vida propia, sus hojas brillaban levemente con un verde profundo que parecía contener la luz de un mundo intacto. La maceta, antes insignificante, ahora parecía un pequeño corazón palpitante sobre el escritorio de caoba. Rogelio se quedó boquiabierto, sin apartar la mirada, mientras un silencio absoluto llenaba la habitación. Ni un sonido más allá de la respiración contenida, ni un gesto que rompiera el hechizo. Todo indicaba que lo imposible acababa de suceder ante sus ojos.
  • Esto es… es imposible, Nico… ¿Cómo… cómo…?
  • No hay tiempo para explicártelo ahora, papá. Dentro de nada van a venir unas personas a casa, no sé ni cuántos serán, ni cómo se llaman. Pero necesito que las protejas…
  • ¿Qué estás diciendo? ¿Proteger a quién? ¿Y de quién…?
  • De los malos, papá. Lo que acabas de ver no puede caer en sus manos; si eso sucediera… no quiero ni imaginar lo que pasaría.
  • ¿De qué estás hablando? - Rogelio se puso en pie -. ¿En qué lío te has metido, hijo?
  • En el tipo de líos que no se pueden solucionar - Nico lo miró de frente, firme, sin dudas, sin opción de retroceder -. Sé que todo esto parece… parece… una puta locura. Pero no tengo tiempo para sentarme a hablarlo.
Rogelio notó la ansiedad en él, la urgencia, el miedo, el vértigo, el abismo. No entendía nada, era imposible de comprender. Pero supo algo al instante: si su hijo estaba en peligro, si estaba en problemas, él lo iba a ayudar.
  • Está bien… dime qué necesitas.
  • Lo primero, que uses tus contactos para proteger a las personas que vendrán a casa.
  • Eso es sencillo, cuenta con ello. ¿Qué más?
  • Siete billetes para Cusco…
  • ¿Perú? - preguntó confundido.
  • Sí, Perú. Solo de ida y, si puede ser, que no queden reflejados en ningún sitio. ¿Es posible?
  • Difícil, pero no imposible. Creo que con unas llamadas podré conseguirlo, hay gente en el Ministerio de Interior que me debe algún favor… ¿Para cuándo los necesitas?
  • Lo ideal sería salir cuanto antes.
  • Entiendo… - Rogelio se volvió a sentar, dándole vueltas a la cabeza -. Esta madrugada, o a más tardar mañana. Pero hijo… tendrás que contarme lo qué está pasando.
  • Lo haré, papá, te lo prometo. Pero primero tengo que poner a salvo a mis amigos.
  • Eso siempre es lo principal: proteger a la familia - dijo asintiendo con la cabeza - Déjame hacer unas llamadas. Y si van a venir invitados, ocupáos de prepararlo todo, que Valentina os ayude. ¡Vamos, no perdáis tiempo!
Los dos salieron del despacho a toda velocidad, casi tropezando con los muebles, como si cada segundo pesara toneladas. El pasillo parecía estirarse, las paredes estrecharse; así era ahora su vida: velocidad, urgencia, riesgo constante. Gabi seguía a Nico, respirando agitado, intentando asimilarlo todo. No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder: el ex comisario, Rogelio, un hombre de ley y de disciplina inquebrantable, dispuesto a mover contactos y favores sin pestañear, pero sobre todo, dispuesto a proteger a su hijo y a sus amigos sin cuestionar nada.

No hubo apenas preguntas, no hubo reproches, ni intención alguna de detener a Nico. Solo existió una acción inmediata, concreta, casi religiosa. Una voluntad que hablaba más que cualquier acción. Era un hombre de ley, sí, pero primero - y ante todo - era un hombre de familia. Ahora entendía porqué Nico le había dicho - antes de entrar al despacho -, que su padre era directo y no se andaba con rodeos.
  • Tu padre es la hostia, colega - sonrió Gabi sin dejar de correr.
  • Tiene sus cosas, nadie es perfecto - aseguró Nico - Pero es legal. Siempre puedes contar con él.
Era mucho más que legal. La forma en que protegía a los suyos lo demostraba. Lo hacía de un modo casi siciliano: la sangre, los lazos, la lealtad sobre todo lo demás. Gabi sintió un vértigo extraño al darse cuenta de que la misma severidad que aplicaba a la justicia podía volverse salvación, y que aquella familia, tal como Rogelio la entendía, era un ejército que se movía con precisión militar y corazón de acero.

Mientras corrían por el chalet, preparándolo todo para la llegada de los “refugiados”, seguía pensando que esa mezcla de disciplina y devoción, de firmeza y amor incondicional, era algo que jamás había visto en ningún padre. Y, aunque había muchos sentimientos apretándole el pecho, no pudo evitar sentir un extraño respeto, casi una admiración temblorosa, por aquel hombre que había sido capaz de transformar su casa en refugio y su autoridad en protección pura e inquebrantable. El mundo fuera de su núcleo podía seguir cayendo a pedazos. Allí dentro, en su fortaleza y mientras se mantuviera en pie, la familia seguía siendo la ley, y la lealtad, un arma más poderosa que cualquier bala.

No pasó mucho tiempo hasta que las puertas del chalet de la Moraleja se abrieran de nuevo, y cuando sucedió lo hicieron sin cautela. Lo que entró primero fue un soplo de alivio en medio del caos: Laia, con la mirada alerta y los labios apretados, seguida de su madre, la única familia que tenía, que aún no comprendía del todo qué demonios estaba pasando, pero confiaba en su hija y en su instinto. Tras ellas, Raquel y sus padres, con los ojos llenos de preguntas y miedo, el silencio pesado roto solo por sus pasos cautelosos. Cada rostro reflejaba la incredulidad y la tensión de saber que algo había cambiado, que la seguridad ya no era la misma. Unos instantes después, Lena apareció sola, con la familia lejos su miedo era más profundo, más concentrado. El hecho de no tener a los suyos cerca no la hacía más fuerte; lo intensificaba, la convertía en un haz de nervios y alerta constante. Sin embargo, su presencia fue un ancla para los demás, un recordatorio de que no estaban solos. Gustavo llegó poco después, con la expresión dura, caminando solo, como si cargara con la condena de enfrentarse al mundo por su cuenta. Y sin embargo, en aquella nueva etapa de su vida que acababa de empezar, la soledad se transformó en fuerza; su presencia añadía peso y seguridad al grupo, un muro bravucón listo para proteger.

Finalmente, Sofi apareció, escoltada por Lorena y Carol, su cara una mezcla de miedo y alivio. Gabi, que no podía contenerse, salió corriendo a recibirla. La abrazó con fuerza, como si todo el aire del mundo dependiera de ese contacto, como si sostenerla fuera suficiente para que nada malo la alcanzara. La tensión en el chalet se aligeró por un instante, el peligro parecía ceder ante la fuerza de aquel abrazo. Pero entonces, al girar la cabeza, Gabi vio entrar a Fani. El aire se volvió denso de golpe. Su presencia no era la de alguien perdido o asustado; era otra cosa, todos lo notaron al instante en la reacción de Gabi. Algo que no podía definirse, y que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de todos los presentes. La calma del refugio se quebró de inmediato, y los ojos de todos se fijaron en ella, interrogantes, tensos, conscientes de que la historia estaba a punto de complicarse aún más.
  • ¿Qué hace ella aquí? - susurró Gabi, con la mandíbula tensa.
  • No podía dejarla fuera, cariño.
  • ¿Y Estefi, Marta, Jasmina?
  • También les dije que vinieran, pero no quisieron.
  • Ya…
Fani pasó frente a ellos sin bajar la mirada. No hubo palabras, solo ese cruce eléctrico de ojos que decía más que cualquier insulto. Una historia de enemistad comprimida en dos segundos. Y antes de que la chispa prendiera, Lorena dio un paso al frente. No rompió la tensión; la redistribuyó. Su sola presencia tenía en Gabi el mismo efecto que una carretera helada a ciento veinte por hora.
  • ¿Alguien va a explicarnos qué está sucediendo?
  • Sí - respondió Gabi, girándose hacia ella -. Primero entrad y dejad vuestras cosas. En breve os explicaremos todo.
  • Gabi… - Carol avanzó un par de pasos, nerviosa -. ¿De verdad estamos en peligro?
  • No lo sé. Si estamos haciendo esto es por precaución.
  • Pero… ¿qué ha pasado?
  • Ahora lo sabréis. Lo prometo. Entrad, por favor.
Cuando todos cruzaron el umbral, las puertas se cerraron con un golpe seco. El sonido retumbó como un sello oficial. Dentro, el murmullo crecía; fuera, el mundo seguía intacto, ajeno, insultantemente normal. Gabi se quedó en el patio delantero. Sacó un cigarro con manos que fingían no temblar y caminó hasta la verja. Miró a izquierda y derecha. La calle dormía en una calma sospechosa. Ni coches, ni pasos, ni sirenas. Demasiada paz para tanto desastre.
  • Dame uno, chaval… - murmuró Gustavo a su espalda.
Gabi abrió la cajetilla sin decir nada. Gustavo tomó un pitillo y se lo colocó entre los labios. El mechero chisporroteó; la llama se inclinó por el viento y ambos la protegieron con la palma, como si defendieran algo más que tabaco.
  • ¿Ya te has hecho a la idea? - preguntó Gabi, exhalando humo hacia el cielo gris.
  • ¿A qué te refieres? - Gustavo aspiró profundo.
  • Que nos vamos, compañero.
  • ¿Irnos? ¿A dónde?
  • El padre de Nico nos está buscando un vuelo a Perú.
  • ¿Para cuándo?
  • Esta madrugada. Como muy tarde, mañana.
Gustavo asintió despacio.
  • Está bien…
Se quedaron apoyados en la verja, hombro con hombro, expulsando humo con la parsimonia de dos vigilantes de turno nocturno. Parecían guardias de seguridad venidos a menos, custodiando un fuerte improvisado. El metal frío bajo los antebrazos, la noche tragándose las dudas.
  • ¿Sabes qué es lo que más me jode? - sonrió Gustavo de pronto.
  • ¿Qué?
  • Que no puedas conocer a Sara Jay.
Gabi soltó una carcajada baja, casi ahogada.
  • ¿En serio, colega? No te ofendas, pero creo que nadie se creyó esa historia…
  • Ya… bueno. No importa.
Silencio otra vez. Un coche pasó al fondo de la calle, lento. Ambos lo siguieron con la mirada hasta que dobló la esquina.
  • Ahora en serio… - dijo Gabi, apoyando la cabeza en el hierro -. ¿De verdad conoces a Sara Jay?
Gustavo dio una última calada y lanzó el cigarro al suelo, aplastándolo con la suela.
  • ¿Qué importa eso ahora? Sea verdad o no… jamás lo vas a comprobar con tus propios ojos. Nada volverá a ser igual...
Gustavo empezó a andar, dirección al chalet, el humo se disipó en el aire frío. Gabi se quedó unos segundos más junto a la verja, aunque el cigarro ya era solo un filtro aplastado contra el suelo. Miraba la calle, pero no veía la calle. Veía una frontera invisible cruzándose bajo sus pies.

“Jamás nada volvería a ser igual”

No era una frase dramática. No sonaba a película. Era una certeza física, como cuando sabes que un hueso está roto aunque todavía no haya salido la radiografía. Algo se había desplazado por dentro. Un engranaje que ya no encajaba en su sitio. Pensó en su piso de Hortaleza: en los pósters medio despegados, en la consola, en las tardes sin plan. Pensó en las discusiones ideológicas acompañadas de cerveza barata en el bar. Pensó en el parque donde se sentaban a comer pipas y hablar de revolución como quien habla del clima. Palabras enormes, cómodas, inofensivas. Ahora no.

Ahora la palabra “enemigo” tenía dirección y rostro. Ahora había billetes de ida, nombres en listas negras, llamadas urgentes a deshoras. Ahora había madres metidas en un chalet que no era el suyo, abrazos furtivos que olían a despedida, como si fueran salvavidas. Ahora había un padre excomisario moviendo hilos en la sombra.

“Jamás nada volvería a ser igual”

Ni Sofi volvería a mirarlo igual. Ni él podría mirarse al espejo sin ver al tipo que decidió huir, o luchar, o ambas cosas. No sabía todavía cuál de las dos era la verdad. Sintió una punzada breve en la boca del estomago: el Búnker, los planes a medio construir, la ilusión de cambiar el mundo. Qué ingenuos habían sido. El sistema no se cambia. El sistema te detecta. Y si no te doblega, te persigue y acaba contigo. Esa era la puta verdad.

Miró la casa a su espalda. Ventanas iluminadas. Sombras moviéndose tras las cortinas. Gente asustada confiando en ellos. Y ahí estaba la verdadera grieta: ya no eran solo un puñado de chavales jugando a ser peligrosos. Ahora había terceros: Familia. Responsabilidad. Consecuencias.

El aire olía a césped húmedo y gasolina lejana. Madrid seguía funcionando con su indiferencia habitual. Taxis pasando, vecinos cenando, televisores encendidos. El mundo intacto. El suyo no. Gabi inspiró hondo. Sintió el peso de la decisión como una piedra en el estómago, pero también algo más oscuro, más eléctrico. Una claridad brutal.

“Jamás nada volvería a ser igual”

Y quizá, muy en el fondo de su ser…
Eso era exactamente lo que siempre había estado buscando.

Porque hay dos tipos de vida. La vida cómoda, la que cabe en un horario. La que firma nóminas, paga alquileres, discute de política en voz baja y se indigna sin consecuencias. Y luego está la otra. La que no se elige del todo, pero cuando te empuja ya no te suelta. La vida del fugitivo.

El fugitivo no es solo el que huye. Es el que ha entendido que hay verdades que no caben dentro de la ley. Que hay leyes que nacieron para proteger el orden impuesto, no la justicia. Que el auténtico peligro no es el criminal torpe que roba en la sombra, sino el hombre impecable que sonríe bajo fluorescentes y firma papeles con sangre invisible. Ser fugitivo no es correr. Es negarse.

Negarse a entregar lo que has descubierto. Negarse a arrodillarte. Negarse a fingir que no has visto el mecanismo podrido por dentro. El fugitivo pierde cosas: casa, rutina, incluso su nombre. Pero gana otra cosa más antigua. Gana claridad. Gana la certeza de estar situado en el lado correcto de la historia, aunque ese lado sea el más incómodo.

Y entonces, casi sin quererlo, el pensamiento de Gabi viajó décadas atrás. A aquellos que vinieron de lejos sin pasaporte moral, solo con convicción. A los que cruzaron fronteras para defender una idea. A los hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales, que no eran héroes de mármol sino obreros, estudiantes, exiliados. Gente normal empujada por una época que no dejaba espacio a la neutralidad. Ellos también fueron fugitivos. Fugitivos del miedo. Fugitivos del silencio. Fugitivos de la obediencia. No lucharon porque fuera cómodo. Lucharon porque entendieron que quedarse quietos era colaborar. Que la neutralidad, cuando el monstruo avanza, es una forma elegante de rendición. Perdieron. Sí. Pero no fracasaron. Porque lo que defendían - la dignidad frente al terror, la solidaridad frente al cinismo - no podía ser fusilado. Podían caer los cuerpos, pero no la idea de que hay momentos en que uno debe ponerse en pie, aunque tiemblen las piernas.

Ser fugitivo, pensó Gabi, es aceptar que la historia no siempre la escriben los vencedores, pero sí la empujan los que se atreven a desafiar lo imposible. “No somos soldados”, se dijo. “No llevamos uniforme. No tenemos himnos ni banderas. Solo tenemos una certeza: lo que hemos visto no puede caer en manos equivocadas. Y si para protegerlo hay que huir, se huye. Si hay que luchar, se lucha. Si hay que perderlo todo, se pierde. Porque hay derrotas que dignifican más que mil victorias cómodas.” Levantó la vista hacia la noche tranquila del barrio rico, tan ajena a la tormenta que se estaba gestando dentro de aquella casa, dentro de aquella alma. Quizá eran pocos. Quizá estaban mal preparados. Quizá el enemigo era inmenso. Pero también lo fue siempre. Y aun así, siempre hubo quienes cruzaron la línea. Siempre hubo fugitivos. Siempre hubo resistencia. Siempre hubo mártires. Siempre habrá… una batalla que librar.

Apretó los puños. El abismo seguía ahí, enorme, oscuro, insondable… pero ya no le intimidaba. Era como si, al aceptar su existencia, hubiera dejado de temerle. No sabía si aquello era valentía o simple inconsciencia. Tal vez ambas cosas eran lo mismo cuando la vida te empujaba contra la cuerda. Y justo cuando, en silencio, selló su compromiso con esa causa sin nombre, dos brazos lo rodearon por la cintura.

No necesitó verla. Reconoció el calor antes que el contacto, el perfume antes que el aire, el latido antes que la voz. Sofi. Su forma de abrazar no era una caricia: era un ancla. Se giró despacio, como si temiera romper el instante, y la estrechó contra él con una fuerza que no era posesión, sino necesidad. Hundió el rostro en su pelo. Durante un segundo, todo el ruido del mundo desapareció.
  • ¿Estás bien? - preguntó ella.
  • Creo que sí, mi vida…
  • Asusta, ¿verdad?
  • Supongo que los cambios siempre lo hacen…
  • Cierto… - Sofi lo sujetó con más fuerza -. Es… es extraño.
  • Lo sé, amor. ¿Tú estás bien?
Sofi tardó unos segundos en responder.
  • No lo sé… Tengo la sensación de estar viendo una película. Como si todo esto le estuviera pasando a otra persona que no soy yo.
  • Puede que tu cerebro esté intentando protegerte…
  • ¿Tú crees?
  • Leí algo una vez. Los comecocos lo llaman despersonalización. Se activa ante un estrés extremo, ansiedad, pánico… Es como si la mente se desconectara un poco para no romperse por dentro.
  • O sea… que me estoy volviendo loca.
  • No, mi vida - sonrió Gabi, besándole la frente con una ternura casi reverencial -. Al contrario. Creo que sentir eso significa que estás muy cuerda.
Se quedaron en silencio, abrazados, escuchando el latido del otro. No era un silencio vacío, sino lleno de calor, de respiraciones compartidas, de esa intimidad que solo aparece cuando el mundo se tambalea.
  • Cuando me llamaste esta mañana y me dijiste que nos habían descubierto, ¿sabes lo primero que pensé? - susurró Sofi.
  • No… dime.
  • Que mi vida iba a dar un vuelco definitivo. Que todo se había terminado. Que nada volvería a ser igual. Y sí… sentí un miedo terrible. Un miedo que me heló la sangre.
Gabi tragó saliva.
  • Pero justo después pensé en otra cosa - continuó ella -. Pensé en ti. En nosotros. En que, pasara lo que pasara, lo afrontaríamos juntos.
Él se estremeció de arriba abajo, conteniendo las lágrimas como quien intenta contener una tormenta.
  • Y cuando ese pensamiento cruzó mi cabeza, el miedo no desapareció - Sofi lo miró fijamente, con los ojos brillantes -, pero algo cambió dentro de mí. Lo supe con una certeza tan pura que me dolía el alma… Gabi, me da igual el camino que se abra ante nosotros, aunque sea el más oscuro o el más peligroso. Si tú estás a mi lado… me da igual todo lo demás.
  • Yo… yo… - la voz de Gabi se quebró y las lágrimas cayeron sin permiso -. Siento haberte arrastrado a esto. No te lo mereces… Es culpa mía…
  • ¡No! - Sofi apoyó un dedo en sus labios húmedos -. No es culpa tuya. No me has arrastrado a nada. Gabi, escúchame: yo decido. No tú, no las circunstancias. ¡Yo!…Y si he decidido seguirte es porque mi corazón me grita que así debe ser.
  • ¿Y si tu madre tenía razón?
Sofi soltó una risa empañada por las lágrimas.
  • ¿Te escuchas cuando hablas? ¿Desde cuándo mi madre ha tenido razón en algo? ¡Está loca, joder!
Rieron juntos, sin apartar la mirada. Dos locos conscientes del abismo, pero aferrados el uno al otro como si eso bastara para domesticarlo.
  • ¿Te acuerdas de Braveheart? - preguntó ella de pronto -. La escena en la que William Wallace se planta ante el ejército y suelta ese discurso que te pone la piel de gallina.
  • Más o menos… - respondió Gabi, secándose las lágrimas.
Sofi se separó con un movimiento decidido. Siempre había sido así: intensa, teatral, enamorada del cine hasta el punto de saberse escenas y diálogos enteros de memoria. Se colocó frente a él, erguida, con una determinación capaz de hacer temblar a cualquiera. Incluso al mismo rey de Inglaterra. Gabi la miró con los ojos muy abiertos. Hermosa. Salvaje. Invencible, incluso al borde del precipicio. Sofi se irguió con solemnidad, como si una bruma antigua cubriera el jardín y, en lugar de paredes y muebles, hubiese colinas húmedas y estandartes agitados por el viento.
  • El todopoderoso me dice que será una gran batalla, ha concretado a los más distinguidos.
  • ¿Y vuestro saludo?
  • Por presentaros en el campo de batalla, os doy las gracias.
  • ¡Este es nuestro ejército, para uniros rendid pleitesía!
  • ¡Yo rindo pleitesía a Escocia! ¡Y si este es vuestro ejército! ¡¿Por qué está huyendo?!
  • ¡No hemos venido aquí para luchar por ellos!
  • ¡Vámonos, los ingleses son demasiados!
Sofi giró sobre sí misma como si realmente contemplara a un ejército enemigo desplegado a su espalda. Clavó la vista en un horizonte invisible, apretó la mandíbula, ensanchó el pecho. Gabi no pudo evitar reír. No eran solo los diálogos: ella recordaba los gestos exactos, las pausas, la forma en que la cámara temblaba antes del discurso, incluso el temblor previo a la carga. Su interpretación era tal, que incluso parecía que la música de la banda sonora se desplegara imponente sobre el jardín. De repente se volvió hacía Gabi y en sus ojos había la misma voluntad de aquellos hombres que lucharon por defender su tierra.
  • ¡Hijos de Escocia! ¡Soy William Wallace!
  • ¡William mide… - la interrumpió él divertido, siguiendo el diálogo - más de dos metros!
  • Sí… eso dicen - sonrió Sofi asintiendo-, y mata hombres a cientos. Y si estuviese aquí, acabaría con los ingleses echando fuego por los ojos… y también rayos por el culo.
Las carcajadas estallaron al unísono, breves pero sinceras. Durante un segundo, todo el peso del mundo desapareció. Entonces Sofi cambió. Su voz se volvió más grave, vibrante, casi feroz. Endureció la mirada, se adelantó un paso. Gabi podría jurar que escuchaba tambores lejanos, que el aire se espesaba como antes de una tormenta.
  • ¡Yo soy William Wallace! Y estoy viendo a todo un ejército de paisanos míos, aquí desafiando a la tiranía. Habéis venido a luchar como hombres libres y hombres libres sois… ¡¿Qué haríais sin libertad?! ¡¿Lucharéis?!
  • No. Huiremos y viviremos.
  • Luchad y puede que muráis… huid y viviréis… un tiempo al menos. Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, ¿no estaréis dispuestos a cambiar todos los días desde hoy hasta entonces… por una oportunidad? ¡SOLO UNA OPORTUNIDAD! ¡¿De volver aquí a matar a vuestros enemigos?!… Puede que nos quiten la vida… pero jamás nos quitarán ¡LA LIBERTAAAAAD!
Empezó a correr por el jardín con el puño en alto, como si cabalgara a lomos de un corcel negro atravesando una llanura escocesa.
  • ¡ALBA GU BRÀTH! - gritó a pleno pulmón.
El alarido retumbó contra las paredes, desproporcionado para un espacio doméstico, casi ridículo… y, sin embargo, en ese instante Gabi dejó de sentirse atrapado en una casa sitiada por el miedo. Estaba al borde de una batalla, en los campos de Stirling. Y sí, estaba dispuesto a morir por Escocia, por ella, por todos sus paisanos. Estalló en carcajadas, aplaudiendo sin control. Sofi seguía galopando sobre su caballo imaginario, desbocada, teatral, gloriosamente absurda. Y Gabi comprendió que aquel era su verdadero superpoder: arrancarle la risa cuando el mundo se desmoronaba, devolverle la ligereza cuando todo pesaba toneladas.
  • Ha sido espectacular, mi vida. Como siempre… no decepcionas jamás.
Ella frenó en seco y volvió hacia él, divertida, con esa energía de niña traviesa que juega a salvar reinos invisibles. Se lanzó a sus brazos y se abrazaron con fuerza, respirándose. Sofi apoyó la frente en la suya. Esta vez no había teatro en su voz.
  • ¿Sabes qué quería decirte con todo esto?
Gabi negó despacio, aún sonriendo.
  • Que el miedo es como ese puto ejército inglés - susurró ella -. Parece enorme, invencible. Pero si huyes, te persigue toda la vida. Pero si te plantas delante, puede que te mate, sí. Pero al menos eliges tú cómo vivir y como morir.
Lo miró a los ojos, firme, decidida.
  • No quiero que luchemos por pánico, Gabi. Si lo hacemos, que sea porque lo decidimos. Porque aceptamos lo que siempre fuimos. No somos víctimas corriendo colina abajo, dando la espalda a la batalla… nosotros somos los que cargan, los que rugen, los que mueren al lado de los suyos.
Le apretó la camiseta con el puño, justo sobre el pecho.
  • Y otra cosa. Wallace no gritaba porque supiera que iba a ganar. Gritaba porque sabía que la libertad merecía el riesgo… Y como él, yo no sigo por inercia ni por locura. Te sigo porque prefiero una vida peligrosa contigo que una segura sin ti.
Gabi tragó saliva. Ya no había risa. Solo verdad.
  • Eso es lo que quería decirte - concluyó ella, más suave -. Que si hay que luchar, luchamos. Si hay que huir, huimos. Si hay que morir… moriremos. Pero lo hacemos de pie. Nunca de rodillas. Nunca solos… jamás.
El jardín volvió a ser solo un jardín. La casa, una casa. La noche, la noche.
Pero algo había cambiado. Ya no habían dudas… solo decisión.
  • Nico ha reunido a todos en el salón - murmuró ella, con la cabeza apoyada en su pecho -. Vamos, cariño. Hay que dar explicaciones…
Gabi respiró hondo. El humo del cigarro ya no estaba; ahora solo quedaba el peso de la responsabilidad.
  • No va a ser fácil - dijo mientras comenzaban a andar hacia la puerta.
Sofi entrelazó sus dedos con los suyos, firme, sin temblor.
  • Nunca lo ha sido…
Y en esa respuesta no había dramatismo. Solo verdad. Entraron en la casa como quien entra en una trinchera iluminada por lámparas de diseño. Las voces se oían al fondo, nerviosas, cruzadas, impacientes. Familias enteras esperando una explicación que sonara razonable, que cupiera dentro del mundo que conocían. Pero el mundo que conocían ya no existía. Gabi apretó la mano de Sofi una última vez antes de cruzar el umbral del salón. Lo que iban a contar no solo cambiaría sus vidas. Las confirmaría. No había vuelta atrás. No quedaban salidas laterales ni atajos cobardes.

Sofi asintió en silencio. En su mente el cielo estaba encapotado y el campo se extendía verde y húmedo hasta perderse en la bruma. Sentía el barro bajo las botas, el viento frío en la cara. No había miedo en sus pasos. Solo una determinación antigua, casi heredada. Lo comprendía con una claridad que dolía: aquel era su destino. Aquella, su batalla.

Su mente, aún confusa y agitada, regresó a esa escena final que tanto la había marcado. A la imagen de hombres exhaustos, hambrientos, superados en número… y, aun así, avanzando. A esa última chispa de rebeldía que no negocia, que no pide permiso, que no se arrodilla. Recordó la voz grave, la música elevándose como una plegaria guerrera:

«En el año de nuestro Señor 1314, patriotas de Escocia, hambrientos y en inferioridad, cargaron en los campos de Bannockburn. Lucharon como poetas guerreros. Lucharon como escoceses… y ganaron su libertad».

Sofi cerró los ojos un instante. No sabía si ganarían. No sabía si llegarían siquiera a vivir su propio Bannockburn. Pero entendía algo esencial: la victoria no siempre consiste en vencer. A veces consiste simplemente en cargar. Y cuando volvió a abrir los ojos, ya no era una espectadora de su propia vida.

Era parte del asalto.
Una poeta guerrera.
Una fugitiva.

Una mujer libre.

Como el Bromo, siendo el rojo denso de la herida abierta y el vapor de mar que guarda la imagen de la libertad en el negativo del tiempo. Esta historia continuará…
 
Pues tenías razón cuando me dijistes al principio que Rogelio no era tan bueno como me creía, pero peor es lo de Valentina, porque lo que está haciendo es de ser una auténtica zorra y no merece mi respeto.
Por otra parte llega la hora de la verdad y se van a tener que ir a Perú y supongo que allí es donde empezó el relato.
Me tranquiliza saber por el capítulo que pusisteis de los 4 y Raquel cuando ya pasó todo que sobreviven e incluso Nico y Laia van a ser Padres, pero espero que los demás sobrevivan también.
 
Pues tenías razón cuando me dijistes al principio que Rogelio no era tan bueno como me creía, pero peor es lo de Valentina, porque lo que está haciendo es de ser una auténtica zorra y no merece mi respeto.
Por otra parte llega la hora de la verdad y se van a tener que ir a Perú y supongo que allí es donde empezó el relato.
Me tranquiliza saber por el capítulo que pusisteis de los 4 y Raquel cuando ya pasó todo que sobreviven e incluso Nico y Laia van a ser Padres, pero espero que los demás sobrevivan también.
Estoy pensando aún, a ver que hago. Justo ahora acabo de acabar el capitulo donde narro la muerte de Gustavo. En el segundo interludio en el futuro, después del capítulo 40. Y casi lloro, jajajaja.
 
Capítulo 36. Kriptón - (Kr)ypton se muere, nuestro hijo merece un futuro

El Kriptón (Kr) ocupa el trigésimo sexto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del kriptón con la salvación de Superman - ese sacrificio supremo de los padres que, ante el colapso inminente de su mundo, lanzan a su hijo al vacío en una cápsula para salvar la estirpe -, obtenemos el retrato de la supervivencia noble. El kriptón es el gas de la preservación criogénica: un elemento que no reacciona, que protege lo que envuelve y que sirve como el último testigo brillante de una civilización que ya solo existe en el espectro de la luz.

Kriptón: La Cápsula de la Herencia Eterna

1. El Escudo del Vacío (Gas de Aislamiento)

El kriptón se utiliza en el interior de los cristales dobles y en sistemas de iluminación de alta tecnología porque es un aislante térmico excepcional. No deja que el calor escape ni que el frío penetre. La cápsula que transporta al niño es una atmósfera de kriptón. Representa el último acto de amor de unos padres: crear un entorno donde el tiempo y la destrucción exterior no puedan tocar el interior. El kriptón es el silencio protector que envuelve la cuna estelar, asegurando que la fragilidad de la vida atraviese el abismo del espacio sin perder su calor original.

2. La Luz de la Despedida (Espectro de Emisión)
Cuando el kriptón se excita eléctricamente, emite una luz blanca purísima con líneas verdes y amarillas que parecen de otro mundo. Es una de las luces más brillantes y nítidas que la química puede producir. Los padres de Superman no ven su mundo morir en la oscuridad, sino en un destello de energía espectral. El gas kriptón es el rastro luminoso del cohete que se aleja; es la firma de una cultura que, al desaparecer, entrega su luz más pura al universo. El hijo no hereda tierras, hereda el espectro de un sol rojo y el brillo de un gas noble que le recuerda que proviene de una estirpe de luz, no de cenizas.

3. El Peso de la Nobleza (Densidad tres veces superior al aire)
A diferencia del helio, que escapa hacia arriba, el kriptón es un gas pesado que tiende a depositarse y ocupar el espacio con autoridad. El sacrificio de los padres no es una huida ligera, es una decisión de un peso inmenso. Meter al hijo en la cápsula es depositar toda la "densidad" de una historia, un lenguaje y una genética en un solo punto. El kriptón representa esa carga noble: el peso de la responsabilidad de ser el último de una especie, una herencia que se hunde en el corazón del niño para que nunca olvide su gravedad de origen.

4. El Estándar del Metro (La Medida de la Verdad)
Durante décadas, la longitud del "metro" se definió por la radiación del isótopo Kriptón-86. Era la medida universal de todas las cosas. El hijo enviado al espacio es el "Kriptón-86" de sus padres: su nueva medida del mundo. Al lanzarlo, ellos establecen que el valor de su existencia ya no se mide por la supervivencia de su planeta, sino por la distancia que recorra esa cápsula. El niño se convierte en la unidad de medida de la esperanza; él es el metro patrón sobre el cual se construirá un nuevo universo.

5. La Inercia de la Memoria (Gases Nobles)
Como gas noble, el kriptón es incapaz de corromperse o mezclarse con elementos vulgares. Permanece igual a sí mismo durante eones. La cápsula es una promesa de identidad inalterable. Los padres saben que su hijo crecerá en un mundo extraño, rodeado de elementos diferentes, pero confían en que su "naturaleza de kriptón" lo mantendrá puro. La inercia del gas es la metáfora de la memoria del hogar: un núcleo de nobleza que no reacciona ante la hostilidad ajena y que mantiene al huérfano conectado a su raíz, sin importar cuántos años luz lo separen de su cuna.

Conclusión: El mito de Krypton, visto a través del elemento homónimo, es la geometría del aislamiento sagrado. Es el reconocimiento de que la única forma de salvar el futuro es encapsularlo en una atmósfera de nobleza que no se deje tocar por la muerte. Ser un padre bajo el símbolo del kriptón, significa entender que nuestro mayor legado no es lo que construimos aquí, sino la cápsula de valores que lanzamos hacia el mañana, confiando en que nuestra luz blanca guiará a los que vendrán después de que nuestro mundo se haya apagado.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


La noche caía a plomo sobre Madrid.

No era una noche suave ni luminosa. Era densa, casi metálica, como si el cielo hubiera decidido inclinarse sobre la ciudad para escuchar lo que estaba a punto de decirse dentro de aquella casa. En la Moraleja, las farolas dibujaban sombras largas sobre los jardines perfectamente podados, y el silencio del vecindario resultaba insultantemente sereno.

En el amplio salón de los Quintana Villar-Mir, la luz cálida de las lámparas no lograba disipar la tensión que se había instalado en el aire. Estaban todos reunidos. Algunos sentados en los sofás de líneas impecables, otros de pie, apoyados en columnas, en respaldos, en cualquier superficie que ofreciera un mínimo sostén. Las tres madres con las manos entrelazadas. Los dos padres con el ceño fruncido, rígidos, intentando sostener la compostura. Los jóvenes dispersos entre ellos, demasiado conscientes de que, por primera vez, la ficción de la invulnerabilidad había terminado.

Nico permanecía en el centro, no por protagonismo, sino porque todos lo miraban a él. El silencio no era incómodo. Era expectante. Era el tipo de silencio que precede a una sentencia, a una confesión, a algo que cambiará la geometría de la vida tal y como se conocía hasta ese instante.
Gabi, a un lado, cruzaba los brazos intentando parecer firme. Sofi mantenía la barbilla alta, aunque sus dedos buscaban contacto, cualquier contacto. Laia no apartaba la vista de Nico, como si cada palabra fuera a definir el resto de su existencia.

Fuera, Madrid seguía respirando con normalidad.
Dentro, el mundo estaba a punto de quebrarse en dos.

Nico realizó por segunda vez aquella tarde su milagroso truco de magia: devolverle la vida a una planta muerta. Cuando los familiares fueron testigos de aquel prodigio con sus propios ojos, toda aquella historia que acababan de escuchar de setas azul neón y curas imposibles, dejó de ser una fantasía febril para convertirse en algo tangible. Brutalmente tangible. Las hojas secas habían vuelto a erguirse. El tallo, antes quebradizo, respiraba savia. No había truco visible, ni cables, ni mecanismos. Solo tierra… y un milagro.
  • Si este descubrimiento cayera en las manos equivocadas…
  • Sería el fin - interrumpió el padre de Raquel.
  • ¿Por qué sería el fin? - preguntó Lorena, exaltada.
  • Piénsalo, mujer…
El padre de Raquel no era científico. No era político. No llevaba traje caro ni hablaba con palabras técnicas. Era un hombre de barrio, de los que fichan a las ocho, comen de tupper y llegan a fin de mes haciendo malabares invisibles. Tenía las manos ásperas y la voz de quien ha discutido más veces sobre facturas que de fútbol. Se pasó la mano por la nuca, incómodo, y habló despacio.
  • Imagina que esto lo descubre una empresa privada. No un gobierno, no un hospital público… una empresa. De esas que cotizan en bolsa - Miró la planta. Miró a su hija. Luego a los demás - ¿Tú crees que lo regalarían? ¿Tú crees que lo pondrían en la Seguridad Social y ya está?
Lorena frunció el ceño, pero guardó silencio.
  • No, mujer. Lo patentarían. Lo registrarían. Lo blindarían con abogados. Y luego le pondrían precio. Y no un precio simbólico. Un precio de esos que solo pueden pagar los que ya lo tienen todo - Su voz empezó a endurecerse, no por rabia teatral, sino por una rabia cotidiana, conocida - Imagínate: cura el cáncer, la ELA, lo que sea… Pero cuesta, qué sé yo, quinientos mil euros el tratamiento. ¿Quién vive? El que puede pagarlo. ¿Quién se muere? El que no.
Un silencio pesado cayó sobre el salón.
  • Y no solo eso - continuó -. Los países pobres quedarían fuera. África, Latinoamérica, media Asia… ¿Qué hacemos? ¿Les decimos que lo sentimos mucho, que no entran en el plan premium de la humanidad? - Se encogió de hombros - Eso generaría algo peor que una guerra. Porque cuando sabes que la cura existe y te la niegan por dinero… eso no es resignación. Eso es rabia. Y la rabia mueve masas.
Rogelio lo observaba en silencio desde la otra punta del salón. Aquel hombre de barrio estaba describiendo, sin tecnicismos, una bomba geopolítica.
  • Los gobiernos intentarían apropiárselo. Las farmacéuticas se pelearían. Los mercados enloquecerían. Las acciones subirían y bajarían como si el mundo estuviera en llamas. Habría espionaje, secuestros, chantajes… Lo que haga falta para controlar eso - Señaló la maceta, todavía viva, como si señalara un arma - Porque no estaríamos hablando de vender y especular. Estaríamos hablando de decidir quién vive y quién muere. Y eso, cuando lo controla una organización privada… no es progreso. Es poder absoluto.
Lorena tragó saliva. El padre de Raquel bajó la voz.
  • Y el poder absoluto, cuando se reparte mal… siempre termina en sangre.
Nadie respondió. La planta seguía verde, silenciosa, hermosa. Y, de pronto, parecía lo más peligroso que había en aquella casa. El salón quedó en silencio cuando terminó de hablar. Un silencio espeso, casi físico. Como si las palabras aún flotaran en el aire, suspendidas, negándose a caer al suelo. No lo había contado solo Nico. Ni solo Gabi. Ni solo Sofi. Fue algo coral, casi orgánico. Cuando a uno se le quebraba la voz, otro continuaba. Cuando las manos empezaban a temblar, alguien más recogía el hilo. Se miraban apenas un segundo - una señal muda - y el testigo cambiaba de dueño sin necesidad de explicaciones.

Así lo relataron todo. Desde el laboratorio hasta la persecución. Desde el descubrimiento hasta el miedo. Sin adornos innecesarios. Sin dramatizaciones. Pero sin mentiras. O casi sin mentiras. Porque, aunque no lo pactaron antes, todos entendieron al mismo tiempo que había detalles que no debían salir de aquella primera exposición. No todavía. No frente a madres con las manos entrelazadas sobre el regazo. No frente a padres que aún intentaban decidir si aquello era una locura juvenil o una amenaza real. No frente a miradas que empezaban a comprender que aquello no era un juego.

Blanquearon ciertas aristas. Suavizaron algunos bordes. Omitieron nombres. Callaron episodios demasiado oscuros. En ningún momento se mencionó a Javi y a las treinta puñaladas que Nico le propinó, no se hablaron de las transformaciones corporales, ni de los furtivos encuentros sexuales en los probadores de un centro comercial, no se habló de como habían devuelto de la muerte a la madre de Laia, ni de la vivencia mística que habían vivido en aquella habitación de hospital. No era cobardía: era estrategia emocional. Lo que ya estaban contando resultaba lo bastante brutal como para digerirlo de una sola vez.

Cuando terminaron, nadie habló durante varios segundos. La madre de Laia fue la primera en llevarse la mano a la boca. No lloraba, pero su respiración era irregular, como si el oxígeno hubiera cambiado de densidad. El padre de Raquel negaba lentamente con la cabeza, intentando recomponer la lógica del mundo que conocía. La madre de Raquel apretaba el bolso contra el pecho como si dentro guardara algo más que llaves y documentos: como si pudiera protegerse con cuero y cremalleras. Fani permanecía erguida, demasiado erguida. Sin familia allí, sin nadie a quien agarrarse, y quizá por eso mismo más firme que nadie. Carol miraba al suelo, los codos sobre las rodillas, procesándolo todo con una quietud inquietante. Sofi sostenía la mano de su madre, que había dejado de hacer preguntas.

Nadie gritó. Nadie dijo “esto es una locura”. Eso fue, quizá, lo más desconcertante. Porque, en el fondo, todos habían visto algo en los ojos de aquellos chicos. No exaltación. No fantasía. Había miedo, sí. Pero también convicción. Una convicción que no se fabrica en una tarde. Y fue entonces cuando comprendieron la otra verdad, la más dolorosa de todas: iban a perderlos.

Los padres de Raquel miraron a su hija con una serenidad forzada, como si intentaran retener cada rasgo de su rostro en la memoria. Habían sacrificado todo por ella, absolutamente todo, por darle una oportunidad, por tenderle un futuro mejor. La madre de Laia, acarició la mejilla de su hija, con un cariño que le partió el alma en dos. Carol observó a su hermana en silencio, fijándose en detalles mínimos - el modo en que respiraba, la forma en que se mordía el labio cuando estaba nerviosa - como quien teme que pronto solo le queden recuerdos. Fani evitó durante unos segundos cruzar la mirada con su amiga; hacerlo habría significado aceptar que aquella podía ser una despedida sin fecha de regreso. No eran ingenuos. Sabían lo que implicaba marcharse así. Sin billete de vuelta. Sin garantías. Sin red.

Había miedo, por supuesto que lo había. Un miedo antiguo, visceral, el que empuja a abrazar con fuerza y decir: “No vas a ir a ningún lado”. El amor tiene ese instinto feroz de protección, esa necesidad casi salvaje de encerrar a los tuyos lejos del peligro. Y durante unos segundos ese impulso estuvo allí, latiendo en cada corazón encogido bajo la luz tenue de aquel salón. Pero también entendieron algo más grande que el miedo. Comprendieron que lo que aquellos chicos estaban dispuestos a hacer era demasiado importante como para frenarlo por puro pánico. Que no se trataba de una aventura irresponsable ni de una fantasía juvenil. Que no era un arrebato. Era una decisión. Y ya estaba tomada.

Lo vieron en sus posturas, en la manera en que se sostenían unos a otros. En esa firmeza silenciosa que no necesita discursos. Eso dolía… y, al mismo tiempo, les llenaba de orgullo. Porque eran sangre de su sangre. Vínculos sagrados que no se rompen con la distancia ni con el riesgo. Hijos y hermanos que no huían por cobardía, sino que avanzaban por convicción. Luchando por una causa que los superaba, por algo más grande que sus propias existencias, más grande incluso que el propio miedo. Habían sido bien educados. Eran honorables. Eran valientes. Eran justos. Y aunque el precio pudiera ser no volver a abrazarlos jamás, los adultos entendieron - con el corazón hecho trizas pero la cabeza alta - que no podían pedirles que fueran menos de lo que eran.

La madre de Raquel, al borde del colapso, carraspeó.
  • Entonces… ¿de verdad creéis que corremos peligro?
La pregunta no era un reproche. Era una súplica. Nico respondió sin dramatismo.
  • Creemos que sí.
Esa honestidad, desnuda y sin épica, terminó de hundir la habitación en la realidad. Las miradas comenzaron a cruzarse entre los adultos. Pequeños cálculos silenciosos. Riesgos. Consecuencias. ¿Quedarse? ¿Irse? ¿Confiar? ¿Denunciar? ¿Proteger? Pero había un elemento que inclinaba la balanza: estaban allí. Todos. En una casa ajena, en mitad de la Moraleja, bajo la protección improvisada de un excomisario. Nadie se habría movido hasta ese lugar por una simple broma. El miedo empezó a transformarse en algo distinto. No en valentía. Aún no. Pero sí en cohesión. La madre de Laia respiró hondo.
  • ¿Qué tenemos que hacer?
No fue un acto heroico. Fue un gesto práctico. Y, sin embargo, cambió algo. Porque en ese momento dejaron de ser espectadores arrastrados por una decisión ajena. Se convirtieron en parte del problema. Y, por tanto, en parte de la solución. Aún estaban asustados. Claro que sí. Algunos temblaban. Otros miraban la puerta cada pocos segundos. Pero algo había cambiado: la incredulidad había dado paso a la responsabilidad. Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, todos entendieron que, una vez escuchada la verdad - aunque fuera una verdad incompleta -, tampoco ellos tenían ya vuelta atrás.
  • Eso corre por mi cuenta - aseguró con calma el padre de Nico -. No voy a encerraros en mi casa de por vida, no porque no quiera; sois, sin duda, bienvenidos. Pero comprendo que tenéis vidas que atender, trabajos, rutinas… es inviable. No obstante mis puertas estarán siempre abiertas. Pus para mí, desde este momento, sois parte de mi familia.
  • Te lo agradezco Rogelio, de corazón - asintió la madre de Laia - Pero la pregunta sigue siendo la misma… ¿Que debemos hacer?
  • Ya he realizado algunas llamadas. Os pondré vigilancia las veinticuatro horas, siete días a la semana, a cada uno de vosotros. Además os daré mi número personal por si sucede algo grave. Eso sí… necesito de vosotros que estéis atentos, que prestéis atención y que, a la mínima que detectéis algo extraño, me aviséis. No sabemos a quién nos enfrentamos, pero por experiencia os digo que es mejor ser precavido que lamentarlo después.
Sus palabras no fueron grandilocuentes ni buscaron aplausos. Cayeron en el salón con la solidez de algo bien pensado, medido, inevitable. No era una promesa impulsiva; era un plan. El aire, que hasta entonces había estado cargado de incertidumbre, pareció encontrar un cauce. Nadie sonrió, pero algunas espaldas se relajaron apenas un centímetro. Las manos dejaron de entrelazarse con tanta fuerza. No era tranquilidad - eso ya no existía -, pero sí algo parecido a una estructura. Un cierto orden dentro del caos. Todos entendieron que aquello ya no era una conversación abstracta sobre peligros invisibles. Era logística. Era vigilancia. Era asumir que el enemigo existía y que, aunque no tuviera rostro, obligaba a reorganizar la vida cotidiana.

Se cruzaron miradas breves, asentimientos casi imperceptibles. No hubo objeciones airadas ni dramatismos. Solo adultos recalculando mentalmente horarios, rutas al trabajo, llamadas pendientes, vecinos en quienes confiar. Cada uno, en silencio, comenzaba a adaptar su mundo a una nueva realidad. El padre de Nico no había ofrecido un refugio eterno; había ofrecido algo más valioso: solidaridad. Y eso, para personas acostumbradas a ganarse el sueldo y a resolver problemas con los pies en la tierra, lo significaba todo. El miedo seguía allí, sí, pero ya no era un animal desbocado. Ahora tenía perímetro, turnos, números de teléfono. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos supieron que, desde ese instante, sus vidas quedaban ligadas a algo más grande que sus rutinas. Ya no eran meros espectadores. Eran parte de la defensa.
  • Hay una cosa que no me cuadra - murmuró de repente Carol.
Sofi, a su lado, se giró hacia ella sin dejar de apretarle la mano con fuerza.
  • Habéis dicho… que vosotros descubristeis los poderes de esa seta, ¿verdad?
  • Sí, así es - respondió Sofi, intentando esbozar una sonrisa amable -. Fue Nico quien lo descubrió, por error, pero sí, cariño… lo descubrimos.
  • Pero Sofi, ¿no lo ves? Si esa empresa os está persiguiendo, está claro que ellos también lo saben. Y si es así, ¿de qué sirve que huyáis? Lo acabarán descubriendo de todos modos.
En la lógica de Carol había más miedo que racionalidad. Su mente no buscaba comprender el fenómeno, sino encontrar una grieta por la que impedir la pérdida. Sofi sintió cómo se le cerraba la garganta. No tenía argumentos, solo intuiciones. Lena, en cambio, avanzó unos pasos. Se puso en cuclillas frente a ella y le tomó la otra mano con suavidad.
  • ¿Te llamas Carol, verdad? - le preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
  • Sí… - contestó ella temblando.
  • Yo me llamo Lena… y lo que dices es lógico - dijo con una calma casi quirúrgica -. Yo también lo he pensado. Es más, estoy convencida de que intuyen que detrás de la “Azulita” se esconde un poder inmenso. Pero solo es eso… solo lo intuyen.
  • ¿A que te refieres? - preguntó Carol con los ojos vidriosos.
  • Lo que Nicolás encontró no fue el resultado de una línea de investigación dirigida. No estaba buscando regeneración celular, ni procesos de reversión metabólica en tejidos necrosados. Fue una anomalía experimental.
Se detuvo un segundo, ordenando las palabras en su cerebro, traduciendo del inglés al español a una velocidad imposible para cualquier otro ser humano.
  • En ciencia, la probabilidad de hallar algo depende de tres variables principales: intención, marco teórico y método. Nicolás no tenía ninguna de las tres alineadas cuando realizó el descubrimiento. Fue un cruce accidental de condiciones: una cepa concreta, un sustrato alterado, una contaminación cruzada que, en circunstancias normales, habría descartado como error de procedimiento.
Algunos fruncieron el ceño, perdiéndose en el lenguaje técnico de la joven doctora suiza. Nico, en cambio la observaba casi con devoción, como si por primera vez, alguien en aquella sala, hablara su mismo idioma.
  • Lo que quiero decir, Carol, es que… Para que otra persona descubra exactamente lo mismo que descubrió Nicolás, tendría que reproducir esa misma secuencia exacta de variables altamente improbables. No hablo de encontrar una molécula en una biblioteca química gigantesca. Hablo de identificar una propiedad emergente que no se manifiesta bajo condiciones estándar…
  • No… no te sigo - dijo Carol con total sinceridad.
  • A ver… - sonrió Lena sin condescendencia - Es como si tiraras millones de dados y solo una combinación específica, en un orden preciso, activara el fenómeno.
Miró a Carol a los ojos, esperando una respuesta.
  • Vale… ahora sí… creo que ya lo empiezo a entender…
  • Piensa que lo que hemos estado estudiando estos días, no es simplemente: “la seta cura cosas”. Es mucho más ambiguo, es un mecanismo biológico extremadamente complejo de activación bioquímica que depende del estado del organismo receptor. Sin comprender el desencadenante exacto, que ni siquiera yo entiendo del todo - dijo haciendo una mueca exagerada que provocó la sonrisa inmediata de Carol - ellos podrían tener la solución delante y no saber que la están viendo.
Se incorporó lentamente, acariciando su mejilla.
  • En términos estadísticos, la probabilidad de que alguien lo descubra por pura exploración aleatoria es extremadamente baja, por no decir imposible. Y si lo buscan sin saber qué buscan, aún más. La ciencia no avanza solo por recursos; avanza por hipótesis. Y ellos no tienen la hipótesis correcta.
Hizo una breve pausa.
  • Lo que nos da ventaja no es solo haberlo visto. Es saber que existe… y saber cómo provocarlo. Eso no se deduce fácilmente. No es evidente. No es replicable sin contexto. Huir no es rendirse, Carol. Es ganar tiempo. Tiempo para que no lo encuentren antes de que entendamos exactamente qué tenemos entre manos.
El salón quedó en silencio. No era un silencio de duda, sino de asimilación. Lena no había hablado desde la épica, sino desde la estadística. Desde el rigor. Y, por primera vez en toda la noche, la posibilidad de que el mundo no estuviera condenado dejó de parecer una fantasía desesperada.
  • Bueno… - dijo el excomisario Quintana, dando un paso al frente -. Es tarde y supongo que estaréis hambrientos.
Su voz era la de un anfitrión, obscenamente amable para un momento como aquel. Hizo un leve gesto con la mano y Valentina entró rápidamente en el salón, atrayendo automáticamente la mirada de todos los hombres presentes.
  • Si sois tan amables de acompañar a Valentina a la cocina… Os dará de comer algo caliente.
El movimiento fue casi reflejo. Las sillas rasgaron el suelo, las piernas entumecidas se estiraron, los cuerpos comenzaron a desplazarse como si el simple acto de caminar hacia otra estancia pudiera aliviar el peso de lo escuchado. Y entonces ocurrió. No fue una señal explícita. No hubo palabras grandilocuentes ni miradas cargadas de dramatismo. Pero entre los siete - Nico, Gabi, Sofi, Raquel, Lena, Gustavo y Laia - se cruzó algo invisible y definitivo. Había llegado el momento. No el de seguir explicando algo imposible. No el de convencer a sus allegados, ni despedirse simbólicamente de ellos. Había llegado el momento de trazar un plan.

Mientras los familiares comenzaban a seguir a Valentina hacia la cocina, buscando refugio en la promesa de un plato caliente, los siete se quedaron apenas un segundo más en el salón. El padre de Nico no miró atrás; simplemente giró el cuerpo con naturalidad y caminó hacia el pasillo que conducía al despacho. Rogelio no era solo un anfitrión, en ese instante era el estratega. Y había despejado el camino de obstáculos para que los jovenes pudiera seguir el suyo. Los brigadistas - como Gabi empezaba a llamarlos en su cabeza - lo siguieron sin que nadie tuviera que pedírselo. Pero antes de cruzar el umbral, Gabi se detuvo y se giró. Carol y Fani no se habían levantado del sofá. Permanecían inmóviles, casi rígidas, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. No miraban a nadie más. No miraban la puerta. No miraban la cocina, ni al suelo. Miraban a Sofi. Hablaban en susurros, tan bajos que el murmullo de la casa los devoraba, pero en sus ojos no había reproche ni rabia. Solo una intensidad contenida, como si estuvieran intentando convencerla de algo.
  • ¿Qué sucede? - preguntó Gustavo al darse cuenta.
  • Id subiendo… ahora vengo.
  • Está bien, pero no tardes, chaval.
Gabi cruzó el salón entero de dos zancadas.
  • ¿Va todo bien? - preguntó mirándolas a todas.
Las tres callaron al instante; Sofi y Carol bajaron la mirada. Pero Fani la mantuvo clavada en él, desafiante y canina como siempre.
  • ¡Nos venimos con vosotros! - dijo sin medias tintas.
  • ¡¿Cómo dices?!
  • Lo que has oído, Gabi - replicó ella, firme y segura -. Carol y yo venimos con vosotros.
  • ¡Ni hablar! - contestó Gabi negando con la cabeza, sonriendo de incredulidad -. Olvídate de eso ahora mismo, no vais a venir. Ni de coña.
  • ¿Eres tú el que decide?
  • No, no soy yo el que decide… pero tú tampoco.
  • ¿Entonces quién?
  • ¡Nadie, Fani! - exclamó fuera de sí - Tú… tú… ¿Tú estás loca o qué te pasa? ¿No acabas de escuchar todo lo que hemos dicho? ¡No nos vamos de viaje, joder. No nos vamos a Perú a escalar los Andes, imbécil!
  • ¡Soy perfectamente consciente de ello, gilipollas!
  • ¡¿Ah, sí?! ¿Eres consciente de que estamos a punto de dejarlo todo atrás? ¿De que quizá jamás volvamos? ¿De que nos persigue una empresa multimillonaria que no duda en mancharse las manos? ¿Quieres acabar como el desgraciado de Sorrentino? ¿Tirada muerta en medio de un puto callejón?
Fani se puso en pie de golpe, encarándolo.
  • ¡Me importa una mierda todo eso! ¡¿Me oyes?! ¡Si Sofi va, yo también voy!
  • ¡Y yo! - exclamó Carol poniéndose de pie, con el mismo valor.
Gabi se agarró del pelo con ambas manos, totalmente fuera de sí. Empezó a dar vueltas por el salón como un animal atrapado, como un desquiciado.
  • ¡Joder, Sofi, di algo, me cago en Dios!… hazlas entrar en razón.
  • ¿Y qué quieres que les diga?
Él se acercó hacia ella rápidamente, los ojos desorbitados, el pulso acelerado; poniendo una mano sobre su hombro, señalando a Carol.
  • ¡Es tu hermana pequeña, hostias! ¡¿De verdad vas a dejar que se meta en todo esto?!
  • ¡Gabi, ya está metida en todo esto!… Y además es adulta, ¡joder!. ¿Quién soy yo para decirle lo que tiene que hacer?
  • ¡¿Y tu madre?!
  • ¿Qué pasa con ella?
  • Pues que alguien deberá cuidar de ella, digo yo. ¿O se va a quedar sola en la Sierra, sabiendo quién nos está persiguiendo y de lo qué son capaces?
El aire se tensó. Sofi lo miró fijamente. Ya no estaba jugando a ser valiente; lo era.
  • Mi madre lleva años cuidándose sola. Y no está indefensa, aunque tú la veas así. Además, no estamos hablando de abandonarla, estamos hablando de que todos estamos en peligro. Precisamente por eso no quiero que Carol se quede aquí creyendo que estará más segura.
Carol dio un paso al frente. Le temblaban las manos, pero no la voz.
  • No soy un paquete, Gabi. No necesito que me protejáis como si fuera de cristal. Si vienen a por vosotros, vendrán a por todos. Prefiero elegir dónde estar cuando eso pase.
Fani asintió, seca y cortante.
  • Y yo no pienso quedarme mirando cómo os convertís en mártires desde un sofá. Si esto es una guerra, yo voy a cargar junto a mi hermana. ¡Punto y final!
Gabi las miró a las tres. Vio el miedo en sus rostros, puro, sin adornos. Pero también vio algo más fuerte que el miedo: decisión. La misma que corría por sus venas, igual de roja, igual de caliente, igual de testaruda. Y de golpe, la rabia que lo consumía se desinfló.
  • No entendéis lo que significa cruzar esa puerta - murmuró, dejándose caer sobre el sofá.
  • Sí lo entendemos - respondió Sofi, más suave -. Significa no volver a ser quienes éramos. Pero eso ya pasó esta mañana, cariño. Ya no somos los de antes.
  • Mira, pichafloja - masculló Fani, sentándose a su lado y pasándole un brazo por el hombro -. Sé que me odias, y tú sabes perfectamente que yo te odio. Pero no vas a poder cambiarme de opinión. Entiendo que no me quieras a tu lado, pero no te queda otra.
Gabi levantó la vista y la miró fijamente. Dos enemigos naturales que jamás podrían reconciliarse. Y en ese instante supo que no se la quitaría de encima jamás.
  • Me das un asco terrible, ¿lo sabes, verdad? - sonrió él.
  • Es mutuo, subnormal - respondió ella con otra sonrisa -. Pero lucharé a tu lado, aunque tenga que hacer un esfuerzo feroz por no apuñalarte por la espalda en cada batalla que libremos.
Los dos estallaron en risas e, incomprensiblemente, se abrazaron. Arriba, en el despacho, una puerta se cerró con suavidad. El plan estaba a punto de empezar a dibujarse. Abajo, en aquel salón impregnado de determinación y miedo, cuatro voluntades chocaban con la violencia de lo inevitable. Y por primera vez, Gabi comprendió que tal vez el sacrificio no consistía solo en marcharse. También podía consistir en aceptar - aunque no quisieras - que otros eligieran ir contigo.

Desde la cocina, el murmullo del salón llegaba entre el tintineo de platos y el aroma a café recién hecho. Lorena, apoyada contra el marco de la puerta, escuchó cada palabra, cada grito contenido, cada susurro que cruzaba la sala. Había tensión, miedo, rabia, pero también decisión: la absoluta certeza de que aquellos jóvenes habían tomado las riendas de un destino que ni siquiera comprendían del todo. Y mientras se hacía a la dura y desoladora idea, de que no solo iba a perder a una hija, sino a ambas; la madre de Laia apareció a su lado, apoyando una mano en su hombro.
  • ¿Qué sucede? - le preguntó con suavidad, preocupada por su expresión.
Lorena giró apenas la cabeza, esbozando una sonrisa hueca, cargada de resignación y extraña admiración.
  • Que el futuro siempre ha sido de los jóvenes - dijo con voz tranquila -. Vamos, anda… comamos algo.
Se permitió un instante de silencio mientras los pasos y las voces seguían resonando desde el salón.
  • ¿Te llamabas África, verdad?
  • Sí…
  • ¿Y vives sola, verdad? - le preguntó.
  • Sí… - contestó la madre de Laia - bueno con mi hija, pero ahora…
  • Lo sé, es duro - contestó acariciando su espalda - Y dime… ¿Te gusta la Sierra?
  • Sí claro, ¿a quien no le gusta la Sierra?
  • Ya… - sonrió Lorena - Creo que tu y yo, vamos a ser buenas amigas.
Mientras Valentina regalaba sonrisas y platos calientes. Su mirada se perdió en la luz amarillenta de los farolillos que entraba por la ventana, y sus pensamientos tomaron un tono casi poético. “El futuro”, pensó Lorena, “es un río que corre más allá de nosotros, que no espera a los que temen mojarse los pies. Es un lienzo que los jóvenes pintan con fuego y convicción, y aunque sus trazos nos incomoden, nos asusten, nos hagan temblar, es en esos trazos donde late la vida. Ellos llevan en sus manos lo que los mayores un día soñamos: la valentía de romper cadenas invisibles, la fuerza de desafiar lo que parecía inmutable. Y mientras nosotros comemos, mientras tomamos café, ellos ya escriben la historia que nosotros jamás tuvimos el coraje de narrar”. Lorena suspiró, dejando que aquel pensamiento la atravesara como un golpe cálido. Y mientras se sentaba a la mesa al lado de África, supo que la juventud no es solo una edad, sino un acto de audacia que arrastra a todos los que aún respiran, incluso a los que miran con el corazón en un puño desde la lejanía.
  • Saldréis mañana a primera hora - dijo Rogelio con seriedad -. He conseguido meteros en un vuelo de repatriación hacia Lima.
  • ¿Es seguro, señor Quintana? - preguntó Laia.
  • Sí, no habrá problemas… y, por favor, llámame Rogelio.
Gabi y Sofi entraron en el despacho, pidiendo disculpas por la interrupción. Cuando detrás de ellos aparecieron también Fani y Carol, todos alzaron la vista, confundidos, sin comprender qué estaba sucediendo.
  • ¿Y esto? - preguntó Gustavo, con un gesto de cabeza.
  • A mí no me mires - respondió Gabi encogiéndose de hombros.
Gracias a sus contactos en el Ministerio del Interior, Rogelio había conseguido acceder a vuelos oficiales y transporte de material que no pasaban por los mostradores de facturación normales. Nico y sus compañeros pasarían por una zona de carga militar/logística como “personal técnico”. Estos vuelos no emiten billetes electrónicos que Müller & Suter Biotech podría rastrear mediante hackeo o sobornos en agencias de viajes.
  • Siento haberte metido en este problema, papá - dijo Nico, mirando a las nuevas integrantes del grupo.
  • No pasa nada, hijo. Créeme, no ha sido tan complicado y, además, lo primero es que estés a salvo. Tú y los tuyos…
Rogelio no mentía. Tirando un poco de tráfico de influencias y aprovechando vacíos legales, no le había costado demasiado encontrar una salida para la situación tan peculiar en la que se encontraba su hijo. En España, los vuelos que salen desde la Terminal Ejecutiva o el Pabellón de Estado de Barajas - donde operan autoridades y vuelos militares - no se rigen por las mismas normas de visibilidad que los comerciales. Para que funcionara, el excomisario solo necesitaba un “favor”, y después de tantos años ejerciendo, favores acumulados no le faltaban.

Llamó a un antiguo compañero que ahora estaba en el Ejército del Aire, en la Base Aérea de Torrejón. Por supuesto, no registró a Nico ni a los otros seis - aunque ahora fueran ocho - como pasajeros, sino como personal técnico de enlace. En los vuelos de carga militar o de transporte de material diplomático hacia embajadas, los manifiestos no son públicos ni aparecen en sistemas como Amadeus. La misión era absurdamente sencilla, en realidad. Al menos para un hombre como Quintana. Él se encargaría de llevarlos en su propio coche, con el distintivo de la Guardia Civil y su antigua placa en el salpicadero, directamente hasta la zona de seguridad de la base, evitando los controles habituales de AENA. Un oficial de guardia, amigo de Rogelio, recibiría a Nico y los demás; no tendrían que pasar el pasaporte por el escáner digital, solo cotejaría la foto con una lista impresa a mano.
  • Se lo agradecemos de corazón, señor Quintana - sonrió Raquel.
  • Nada de dar las gracias, guapa - respondió él con una sonrisa -. No hago esto por altruismo, ni mucho menos.
  • ¿A qué se refiere? - preguntó Gabi, intrigado.
  • Lo que digo es que no voy a ayudaros si no firmáis ahora mismo un juramento conmigo.
  • ¿Qué tipo de juramento? - preguntó Sofi, cruzándose de brazos.
El padre de Nico la miró profundamente, asintiendo con la cabeza. Había algo en aquella chica que le agradaba: la confianza en sus ojos, la seguridad desafiante.
  • Me caes bien… - dijo, intentando recordar su nombre.
  • Sofía, me llamo Sofía.
  • Pues Sofía, solo os voy a pedir una cosa bien sencilla… Que cuidéis de mi hijo.
  • ¿Cuidarlo? - preguntó ella, sorprendida -. Pues claro que lo cuidaremos, somos amigos, siempre nos cuidamos entre nosotros.
  • Me refiero a que lo mantengas con vida, a que me prometas… que me jures… que algún día podré reunirme de nuevo con él.
El tono de Rogelio cambió de repente; era la voz de un hombre que sabía que estaba cruzando una línea roja, mezclando autoridad profesional con protección paternal. Con esas simples palabras, les recordó a todos que no estaban tomando un vuelo normal, ni de turismo. Estaban jugando con fuego, adentrándose en un mundo peligroso, donde la muerte podía acechar en cada esquina.
  • Te damos nuestra palabra, Rogelio - dijo Laia con seguridad -. Puedes confiar en nosotros.
  • Lo sé, Laia, lo sé… - respondió él - Sé que sois gente de palabra. Lo supe al instante, el mismo día en que os conocí a todos.
De repente se levantó de la silla, dando una palmada al aire, reclamando al atención de todos.
  • Escuchadme bien: a partir de este momento, dejáis de existir. Los cabrones que os buscan seguro tienen ojos en los servidores de Iberia y Air Europa, pero no tienen ojos en el Ministerio de Defensa.
  • ¿Cómo vamos a salir exactamente? - preguntó Nico, preocupado.
  • Por supuesto que no vais a ir en un avión con azafatas y civiles, hijo - dijo su padre, bajando la voz -. Hay un vuelo logístico del Ejército del Aire que sale hacia Lima, en… - miró el reloj en su muñeca - siete horas aproximadamente. Transporta repuestos y material diplomático a la embajada de Perú. He hablado con “El Cojo” Valdés; un antiguo compañero, estuvimos juntos en Intxaurrondo. Él firmará la hoja de carga. Subiréis como personal técnico de seguridad.
Nico intentó interrumpir, pero su padre se acercó, le puso una mano firme sobre el hombro y apretó con fuerza.
  • Es seguro, hijo. No habrá billete digital, ni código QR. Vuestros nombres estarán en una hoja de papel que quedará guardada en un cajón de la base. Si alguien pregunta, seréis un “enlace civil” bajo mi responsabilidad. En cuanto el avión aterrice en la zona militar del aeropuerto Jorge Chávez en Perú, saldréis por la puerta de atrás antes de que registren la carga. A efectos del mundo, os habréis esfumado de Madrid y nunca habréis pisado un aeropuerto.
Rogelio rodeó el escritorio, abrió un cajón y les entregó a cada uno una acreditación laminada falsificada, con una inscripción genérica: “Personal de Apoyo Logístico – Ministerio del Interior”. Les indicó que se la colgaran al cuello cuando llegaran al aeropuerto y que no hablaran con nadie más de lo necesario. Luego les advirtió sobre el uso del móvil; aquello era vital. Les obligó, uno a uno, a dejar sus teléfonos en España, incluso propuso en destruirlos directamente.
  • Vuestros perseguidores no necesitan el manifiesto de vuelo si vuestro GPS le dice a Google que estáis a diez mil metros sobre el Atlántico - advirtió Rogelio.
  • ¿Y cuando lleguemos allí? - preguntó Gabi -. ¿Cómo pasaremos la aduana?
  • Lógicamente, no pasaréis por la cola de inmigración de turistas. El avión aterrizará en el Grupo Aéreo N.º 8, la zona militar del aeropuerto de Lima. Allí, mi contacto os sacará en un vehículo oficial directamente a la calle, saltándose el sellado del pasaporte… lo que crea un nuevo problema: seréis “ilegales” en Perú. Así que deberéis andar con cuidado.
  • ¿Y si nos detienen? - preguntó Gustavo, frunciendo el ceño -. ¿O si alguien descubre que estamos ilegalmente en Perú?
Rogelio lo miró fijamente, serio, midiendo sus palabras como un hombre que conoce cada sombra del sistema.
  • Eso no debe pasar bajo ninguna circunstancia - dijo, bajando un poco más la voz y acercándose -. La ley peruana es como cualquier otra: si os descubren con papeles falsos o sin documentación, os pueden detener. Pero os voy a dar unos consejos. No vais a ir caminando como turistas ingenuos. Seréis “invisibles” porque actuaréis como lo que sois: técnicos de enlace.
Se detuvo un instante, asegurándose de que cada uno de ellos lo estuviera escuchando.
  • Primero, no llaméis la atención, eso es esencial. Nada de reyertas, ni meteros en problemas. Ninguna foto, ningún vídeo. Y por supuesto nada de GPS - dijo apagando el último teléfono y guardándolo en un cajón. Lo que no se registra, no existe.
  • ¿Y si alguien nos para en la calle? - interrumpió Sofi, nerviosa.
  • Actuad con normalidad. Vosotros tenéis credenciales, aunque sean falsas; aprended a mostrarlas con naturalidad. El cuerpo de seguridad no va a profundizar demasiado si parece que sabéis lo que hacéis. Confianza y calma. La inseguridad atrae la atención.
  • ¿Y si se dan cuenta que son documentos falsos? - preguntó Laia.
  • Os vais a mover solo con lo imprescindible. Si alguien os pide papeles, los mostraréis tal como os he dicho: sois “personal técnico de apoyo”. Punto. Nadie va a investigar demasiado si habláis con seguridad. Nadie se mete a fondo si no hay una razón clara para hacerlo.
Rogelio respiró hondo y prosiguió.
  • Evitaréis lugares turísticos y grandes aglomeraciones. Estudiad las rutas seguras. Si algo falla, tened siempre un plan de escape: taxis de confianza, rutas secundarias, salidas discretas. Nadie os verá si no llamáis la atención, y si alguien pregunta, solo mostráis la identificación. No hay más historias. Si nada de eso funciona… bueno, piernas y a correr.
Gustavo tragó saliva, comprendiendo la magnitud de la situación. La tensión en la habitación era palpable, pero también había un hilo de seguridad: estaban siendo guiados por alguien que había hecho esto antes y conocía cada fallo posible del sistema.
  • Recordad - añadió Rogelio, mientras les entregaba un mapa con rutas y contactos locales -, la ley está para los que no saben cómo moverse. Vosotros vais a usarla a vuestro favor. Con cabeza, con calma y siguiendo los consejos que os doy, nadie sabrá que estáis allí. Nadie.
  • Y si todo falla… - sonrió Laia, levantando el teléfono que él le había entregado semanas atrás.
  • Si todo falla, llamad - asintió él -. Pero no os hará falta. Estoy seguro. Veo algo más que voluntad y determinación en vosotros, chicos. Veo a una familia unida. Y sé que pelearéis y lucharéis hasta el final.
Gabi no pudo evitar soltar una carcajada.
  • No se ofenda, Rogelio… Pero es usted el policía más anti-policía que he conocido en mi vida.
  • El hábito no hace al monje, muchacho - respondió él -. Antes de madero, yo no era tan distinto a ti.
  • También es un padre un tanto extraño - añadió Lena, uniéndose a la risa.
  • Lo sé - sonrió rascándose la nuca -. Sé que un padre normal no estaría haciendo todo esto; seguramente le estaría metiendo la bronca de su vida a su hijo. Pero entiendo por qué hacéis lo que estáis haciendo, y me siento profundamente orgulloso de ello.
Miró a Nico a los ojos. Él se sonrojó y bajó la mirada.
  • Soy de barrio, aunque ahora me veáis viviendo como un Maharajá, nací entre bloques y trapicheos - dijo sin perder la sonrisa - Para mí, antes que la ley, antes que la justicia, siempre ha existido algo mucho más importante: la solidaridad del pueblo. Ya no es solo la determinación con la que afrontáis la misión que tenéis entre manos lo que me hincha el pecho; es veros juntos, decididos, apoyándoos y sosteniéndoos, incluso en los peores momentos. Ese es el espíritu, chicos… ese es el camino que todos deberíamos seguir. Vosotros sois jóvenes, vosotros heredaréis la tierra, y nosotros… nosotros os hemos dejado una mierda de mundo. Por eso entiendo vuestra rabia, y por eso hago lo que hago. Los viejos como yo, solo podemos hacer una cosa: ayudaros en lo que podamos para que voléis alto y cambiéis este mundo de mierda.
  • ¡Amén, hermano! - soltó Gustavo con orgullo.
Mientras los agradecimientos brotaban espontáneos, los apretones de manos se encadenaban y los abrazos circulaban por el salón como si quisieran proteger a cada uno de ellos, Nico no podía dejar de mirar a su padre. No era la mirada rutinaria de cada día, no era orgullo, no era simple gratitud… era algo más profundo, casi primitivo. Sus palabras se ralentizaron dentro de su cabeza. El murmullo del salón se volvió un zumbido distante. Los rostros, los gestos, las voces… todo pareció desdibujarse. Y entonces, en su mente, el presente se transformó en mito.

Su padre - el hombre de chaleco, de placa, de voz firme y gesto humilde - se volvió otra figura. Una figura envuelta en luz tenue, erguida en medio del polvo de un mundo que se desmoronaba. La camisa impecable se tornó en una armadura silenciosa; las manos cansadas, en manos que no dudaron en tomar el volante y trazar rutas imposibles; la mirada protectora se volvió la de alguien que sabía que lo que estaba a punto de ocurrir no tenía retorno.

Y en esa visión interior, Nico lo vio como Jor‑El, el padre de Superman.
Los padres del Hombre de Acero, sabían que Krypton iba a morir. No tenían forma de detener la catástrofe, así que, en lugar de rendirse, decidieron salvar al único ser que podía tener futuro. Construyeron una cápsula, pusieron a su hijo dentro y lo enviaron lejos, con la fe de que sobreviviría fuera de aquel mundo condenado. Fue un acto de amor desesperado para preservar una vida más allá del fin.

Su padre no estaba construyendo un arca de kryptonita. Pero estaba haciendo lo mismo, de algún modo. Estaba metiéndolos en una cápsula - en forma de avión - y los estaba enviando lejos de un mundo que se estaba consumiendo. Confiando en que, si tenían fe en sí mismos, si se apoyaban unos a otros, si mantenían viva la idea de luchar por algo más grande que cada uno… podrían sobrevivir. Dejar atrás el desastre, salir del colapso, quizá renacer en otro lado. Y como en aquella historia ancestral de un planeta muerto y una esperanza diminuta, la figura de Rogelio brilló en la mente de Nico con una claridad dolorosa.

No era solo un padre más.
No era solo un excomisario con contactos.
No era solo el hombre que había abierto puertas en el momento en que todo lo demás se cerraba.

Era el que había colocado a su hijo, a sus amigos, a todos ellos, dentro de esa cápsula de posibilidad. Los estaba salvando no de un planeta condenado, sino de lo peor que podía hacerles la vida: perderse a sí mismos antes siquiera de empezar. Y mientras su padre sonreía tranquilo, rodeado de agradecimientos y brazos que lo sujetaban con afecto, Nico sintió cómo algo se encogía dentro de su pecho - no de miedo, ni de duda -, sino de amor profundo, puro, inevitable.

Porque había comprendido algo que hasta ese momento solo había sentido. Su padre no los estaba salvando de la muerte. Los estaba salvando de rendirse. Y en esa cápsula hecha de decisiones imposibles, de lealtad tozuda y de fe ciega, iban a cruzar el océano.

No como fugitivos desarmados.
Sino como supervivientes del mundo que se desmoronaba.

La kryptonita no era la fuerza. La fuerza era la determinación de quienes no se quiebran cuando todo se viene abajo. Y en esa idea, Nico vio a su padre no con ojos de hijo… Sino con ojos de alguien que, por primera vez en su vida, entendía el tamaño del sacrificio que significa salvar un futuro.

Como el Kriptón, siendo el aislante del vacío y la medida exacta de la esperanza en la cápsula del tiempo. Esta historia continuará…
 
Por favor te voy a pedir una cosa, ya con mi Sevilla he cubierto el cupo de sufrimiento, así que no " mates " a ninguna de estas personas porque sería muy doloroso.
Rogelio me ha vuelto a ganar en este capítulo.
 
Por favor te voy a pedir una cosa, ya con mi Sevilla he cubierto el cupo de sufrimiento, así que no " mates " a ninguna de estas personas porque sería muy doloroso.
Rogelio me ha vuelto a ganar en este capítulo.
Jajajajaja que grande! No puedo prometer nada, solo te diré que de momento no tengo a nadie en el punto de mira.
Un abrazo compañero!
 
Que digo yo, ya que se conoce todas las familias y reina el buen rollo, no podían facilitarle el trabajo a Rogelio y vivir todos juntos, como parece que van a hacer Lorena y África. Digo que los padres de Raquel acompañen a África y a Lorena en la casa de esta en la sierra, ya que así sería más fácil de protegerlos.
Al final Fani y Gabi se hacen mejores amigos y se montan un cuarteto con Carol y Sofi. Pa matar el tiempo.
 
Que digo yo, ya que se conoce todas las familias y reina el buen rollo, no podían facilitarle el trabajo a Rogelio y vivir todos juntos, como parece que van a hacer Lorena y África. Digo que los padres de Raquel acompañen a África y a Lorena en la casa de esta en la sierra, ya que así sería más fácil de protegerlos.
Al final Fani y Gabi se hacen mejores amigos y se montan un cuarteto con Carol y Sofi. Pa matar el tiempo.
Jajajajaja tienes razón esto está demasiado Happy Flower, hay que meterle chicha ya!
Vamoooos!
 
Capítulo 37. Rubidio - Spaghettis a la Ca(Rb)onara

El Rubidio (Rb) ocupa el trigésimo séptimo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del rubidio con el concepto de la metamorfosis - entendida como esa transformación radical que altera nuestra estructura y nos convierte en seres nuevos e irreconocibles -, obtenemos el retrato de una transmutación instantánea. El rubidio es el metal de la reactividad impaciente: un elemento de un blanco plateado y blando que, al menor contacto con el aire o el agua, ignota espontáneamente para convertirse en algo ardiente, violento y purificador.

La Metamorfosis según el Rubidio: El Estallido de la Nueva Forma

1. El Umbral de la Inestabilidad (Baja Energía de Ionización)

El rubidio tiene un solo electrón en su capa externa, situado tan lejos de su núcleo que apenas está sujeto por la fuerza de atracción. Se desprende de su identidad anterior con una facilidad asombrosa. La metamorfosis real no es un proceso lento, es una pérdida de control. Como el rubidio, llega un momento en que el "electrón" de nuestra vieja vida está tan lejos que cualquier roce con la realidad nos hace soltarlo. Metamorfosearse es aceptar esa inestabilidad: dejar de sujetar quién éramos para permitir que la energía del cambio nos arranque la corteza y nos revele una naturaleza mucho más activa.

2. El Fuego Espontáneo (Piroforicidad)
El rubidio es tan reactivo que arde espontáneamente en el aire. No necesita una cerilla ni una excusa; su propia existencia en un entorno nuevo provoca la combustión. Hay transformaciones que no elegimos, sino que nos suceden por el simple hecho de estar vivos. La metamorfosis-rubidio es ese incendio del alma que ocurre cuando te expones a una verdad o a una experiencia que no puedes procesar con tu antigua forma. Te quemas para convertirte en luz; dejas de ser un metal sólido y frío para ser una llama viva que consume el pasado en un segundo de lucidez.

3. El Color de la Sangre Nueva (Etimología y Espectro)
Su nombre proviene del latín Rubidus (rojo oscuro), debido a las líneas rojo intenso de su espectro de emisión. Es un metal que esconde el color de la pasión bajo una superficie gris. La metamorfosis nos cambia el color interno. Por fuera puedes parecer el mismo, pero tu "espectro" ha cambiado. El rubidio nos enseña que el cambio profundo es una transición hacia el rojo: hacia lo vital, lo visceral y lo ardiente. Ser metamorfoseado es descubrir que, tras la capa gris de la rutina, latía una frecuencia roja que solo esperaba el contacto con el mundo para teñirlo todo de intensidad.

4. El Reloj Atómico (La Medida del Tiempo Nuevo)
El rubidio se utiliza en los relojes atómicos de alta precisión para definir el tiempo con una exactitud de nanosegundos. Es el elemento que dicta el ritmo de la modernidad. Tras la metamorfosis, el tiempo deja de ser el mismo. El rubidio marca el inicio de una "nueva era" personal donde cada segundo cuenta de forma distinta. Ya no te riges por el calendario de los demás, sino por la frecuencia vibratoria de tu nueva esencia. Has pasado de ser un objeto que el tiempo desgasta a ser el átomo que define la precisión de tu propio destino.

5. El Invitado en la Célula (Mimetismo del Potasio)
El cuerpo a veces confunde al rubidio con el potasio y lo deja entrar en las células. Una vez dentro, el rubidio actúa de forma similar pero con su propia personalidad metálica. La metamorfosis es una infiltración. Lo nuevo entra en tu vida disfrazado de algo familiar, pero una vez que se instala en tu núcleo, cambia la química de tus decisiones. Ya no eres la célula de antes; ahora tienes un huésped de rubidio que te obliga a reaccionar con una velocidad y una potencia que antes no poseías. Eres el mismo envase, pero con una energía radicalmente distinta.

Conclusión: La metamorfosis, vista a través del rubidio, es la geometría de la combustión identitaria. Es el reconocimiento de que somos seres en equilibrio precario, esperando el reactivo adecuado para soltar nuestro último electrón y arder en una forma nueva. Metamorfosearse bajo el símbolo del rubidio significa no temer al incendio de la transformación, sino abrazar la llama roja que nos convierte en la medida exacta de nuestra propia libertad.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • Así que ¿te vas de la casa, pues? - preguntó Valentina, ladeando la cabeza.
El chalet estaba en silencio. Todos se habían marchado a sus casas, apurando las últimas horas antes de una despedida que quizá fuera definitiva. Quedaban apenas unas horas para que Nico dejara atrás todo lo que había llamado hogar, para subirse a un avión que le producía un pánico visceral y cruzar el océano sin ninguna certeza al otro lado del mundo. Por supuesto no podía dormir. Y por supuesto estaba de mal humor, ensombrecido, con un nubarrón denso instalado sobre la cabeza.
  • Bueno… no es una decisión que haya tomado yo, en realidad.
  • Las circunstancias, ¿no? Bueno… una entiende, chico.
  • Supongo que sí. Se podría llamar así.
Valentina trajinaba en la cocina mientras Nico sostenía una cerveza tibia entre las manos, casi intacta. Desde el despacho de su padre llegaban las voces amortiguadas de la discusión: él intentando razonar contra una leona enfurecida al que le han tocado las crías; ella - como era lógico - gritando si hubiera perdido completamente la cabeza.
  • Yo digo que ese viaje te va a hacer bien, vale. Uno madura un montón cuando se va de la casa.
  • ¿Me estás llamando inmaduro? - preguntó Nico, demasiado seco.
  • Ay, no te pongas así, chico. No lo dije con mala intención, vale.
  • No pasa nada, Valentina… Perdona. Estoy nervioso.
  • Bueno, entonces dime algo… ¿qué hago yo para que te sientas mejor, pues?
Cuando ella se apoyó en la isla de mármol, Nico no pudo evitar deslizar la mirada hacia su escote. Fue un gesto automático, descarado, casi infantil.
  • Epa… con eso no te puedo ayudar, mi amor. No inventes.
  • Pero sí puedes ayudar a mi padre…
Lo dijo sin pensar. Ni siquiera quería formularlo en voz alta; fue un pensamiento que escapó antes de que pudiera atraparlo.
  • ¿Cómo es la cosa? ¿Qué fue lo que dijiste? - preguntó ella, enrojeciendo al instante.
  • Nada…
  • Más te vale que sea nada, ¿oíste? - respondió, golpeando el mármol con el trapo y dándose la vuelta -. No es bonito meterse en asuntos que no son tuyos, ¿sí?
En otra ocasión él lo habría dejado pasar. Pero aquella noche Nico tenía ganas de guerra. Tal vez todo lo que había ocurrido y todo lo que estaba a punto de ocurrir lo había desajustado por completo por dentro.
  • ¿Por qué lo haces, Valentina? - preguntó, dando un trago largo a la cerveza.
  • Mira… te hice unos espaguetis a la carbonara, que sé que te encantan. No empieces, ¿sí?
Nico se levantó del taburete y se acercó por la espalda.
  • No me cambies de tema. Dime por qué.
  • ¿Por qué qué, vale? ¿Qué te pasa, carajo? - se giró de golpe.
El espacio entre los dos era mínimo. Nico dio otro trago, ahora mirándole el escote sin ningún tipo de disimulo.
  • ¿Por qué te follas a mi padre?
El bofetón fue seco y rotundo. La mano abierta impactó contra la mejilla de Nico con un chasquido que resonó en la cocina. Las gafas salieron despedidas y cayeron sobre el suelo impecable. Valentina se quedó mirándolo fijamente, el rubor subiéndole del pecho a la frente como una llamarada. Nico, en cambio, se llevó la mano a la cara, notando el calor expandirse bajo la piel y sonrió. Se apartó despacio, se agachó para recoger las gafas y, al hacerlo, escuchó el leve crujido que provenía de su bolsillo.

“Mierda”, pensó, tensándose al instante cuando vio la tela de su pantalón tiñéndose de azul, como si un bolígrafo se acabara de partir. “Mierda, mierda” Lo había olvidado por completo: el vial. Aún de rodillas, metió la mano en el bolsillo con un gesto torpe y precipitado. “¡Mierda, joder!”. La sacó de inmediato, pero ya era demasiado tarde. Comprendió el error en el mismo segundo en que lo cometía. Se quedó mirando su palma, horrorizado: el azul avanzaba como una aurora líquida bajo la piel, un neón viscoso infiltrándose por cada poro, reclamando territorio sin pedir permiso.
  • Epa, chamo… discúlpame. Mala mía por ese golpe - dijo Valentina, sintiéndose culpable.
  • ¡No te acerques! - gritó Nico, girando la cabeza con brusquedad.
Ella se detuvo en seco. No entendía nada, pero algo en los ojos de Nico - un destello febril, casi salvaje - le indicó que era mejor obedecer. Él recogió las gafas del suelo, escondiendo la mano y salió corriendo. Valentina lo siguió con la mirada, viéndolo desaparecer por el pasillo hasta su habitación, donde la puerta se cerró de un portazo que hizo vibrar los cristales.

Se quedó sola en la cocina, con el eco del golpe suspendido en el aire. Algo estaba ocurriendo en aquella casa, aunque no supiera exactamente el qué. Toda aquella gente desconocida entrando y saliendo. Las conversaciones interminables en el salón. Las miradas cruzadas, los susurros, la tensión espesa que se podía cortar con un cuchillo. No sabía qué estaba ocurriendo, pero sí intuía que nada de aquello era bueno.

Se agachó despacio, recogió la botella apoyada en el suelo y la vació en el fregadero. El líquido descendió por el desagüe con un murmullo hueco. Después tiró el vidrio al contenedor de reciclaje. El sonido del cristal al romperse contra otros restos fue seco, definitivo. Como si algo más que una botella acabara de hacerse añicos.
  • ¡Por Dios, Rogelio! ¡Es tu hijo!
  • ¡¿Y qué quieres que haga?!
  • ¡Lo que haría cualquier padre! ¡Protegerlo!
Valentina no alzó la vista. Siguió picando cebolla con precisión mecánica, como si los gritos no atravesaran la estancia. Rogelio y Paloma cruzaron la cocina a pleno pulmón, arrastrando consigo una tormenta vieja, acumulada durante años.
  • ¡Ya lo estoy protegiendo, Paloma! ¿Es que no te das cuenta?
  • ¡¿Protegiéndolo mandándolo al otro lado del mundo?! ¡¿Esa es tu forma de proteger?! ¡Has perdido la cabeza!
Paloma agarró el bolso con manos temblorosas, se calzó la americana y abrió la puerta que daba a la calle.
  • ¡¿A dónde vas?!
  • ¡¿A dónde crees?! ¡A hablar con la policía!
  • ¡Yo soy policía!
  • ¡Digo una de verdad!
  • ¡Espera, joder, no lo entiendes!
La puerta volvió a cerrarse de golpe. Otro portazo. Otro temblor en los cristales. Valentina - inmóvil frente a la encimera - levantó apenas la mirada. Desde los cristales laterales de la puerta podía verlos discutir en el patio delantero, sus siluetas agitadas bajo la luz blanca de la luna.
No era la primera vez que presenciaba una escena así. Y seguramente no sería la última. En aquel chalet impecable de La Moraleja, donde el mármol brillaba y el césped parecía peinado cada mañana, la perfección era solo una fachada. Nunca nada es perfecto. Ni en esa casa, ni en ninguna.

Cuando los gritos se deshicieron en el jardín como una tormenta que se aleja. Valentina respiró hondo, se recogió el cabello en un moño improvisado y encendió el fuego. El chasquido del gas fue un pequeño alivio: las cosas simples obedecen, no discuten. Sacó una olla grande, la llenó de agua y la puso a hervir. Una cucharada generosa de sal cayó como lluvia gruesa. Mientras esperaba el borboteo, abrió la nevera y eligió el guanciale - aunque en aquella casa a veces lo sustituía por panceta -, firme y veteado. Lo cortó en tiras gruesas, dejando que el cuchillo se deslizara con precisión. Cada corte era limpio, decidido.

En una sartén fría colocó la carne sin aceite. El calor haría el resto. Encendió el fuego medio y esperó. Poco a poco, el guanciale empezó a sudar su grasa, a chisporrotear, a dorarse en los bordes. El aroma se extendió por la cocina como una promesa antigua: grasa, sal, hogar. Movió la sartén con un leve giro de muñeca, dejando que se caramelizara sin quemarse. Cuando el agua rompió a hervir, dejó caer los espaguetis en abanico. No los partió. Nunca los partía. Los empujó con una cuchara de madera hasta que se rindieron al calor y se sumergieron por completo. Miró el reloj. La pasta debía quedar al dente, con un centro apenas resistente, como las decisiones difíciles.

Mientras tanto, en un bol hondo rompió varios huevos. Solo yemas - aquel plato exigía precisión - y añadió una lluvia generosa de pecorino recién rallado. Pimienta negra molida al instante, abundante, casi insolente. Mezcló con un tenedor hasta obtener una crema espesa, amarilla, brillante como oro líquido. Probó con la punta del dedo. Ajustó de sal. Asintió en silencio. El guanciale ya estaba crujiente, con bordes tostados y un centro aún jugoso. Apagó el fuego y retiró la sartén, dejando que el calor residual mantuviera la grasa fluida sin freír nada más.

Cuando la pasta estuvo lista, rescató una taza del agua de cocción antes de escurrirla. Ese almidón era el secreto, el puente entre el huevo y la grasa. Vertió los espaguetis directamente en la sartén con el guanciale y mezcló para que se impregnaran. Luego esperó unos segundos, apenas el tiempo necesario para que el calor bajara y no cuajara el huevo.

Entonces añadió la mezcla de yemas y queso, removiendo con rapidez, envolviendo la pasta con movimientos firmes y continuos. Un poco de agua de cocción, apenas un hilo, y la salsa cobró vida: cremosa, sedosa, abrazando cada hebra sin convertirse en tortilla. Otro giro. Otro poco de agua. Perfecto. Sirvió los espaguetis en un plato hondo, formando un pequeño nido en el centro. Espolvoreó más pecorino, más pimienta. Observó el resultado en silencio. La carbonara auténtica no perdona distracciones. Exige atención plena, paciencia y el punto exacto entre fuego y templanza. Valentina limpió el borde del plato con un paño, apagó el fogón y, por un instante, todo volvió a estar en orden. Aunque solo fuera dentro de aquella sartén.

Valentina abrió el cajón inferior y sacó la bandeja de madera, pulida por los años, con pequeñas marcas que contaban cenas, resacas y reconciliaciones. La dejó sobre la encimera y colocó el plato en el centro, con cuidado de que el nido de espaguetis no se deshiciera. A la derecha, una servilleta blanca doblada con esmero; encima, un tenedor brillante, alineado como si aquel gesto pudiera devolver algo de orden al caos de la casa. Abrió la nevera. La luz fría le iluminó el rostro un instante. Sacó una cola light, aún perlada de condensación, y la apoyó junto a un vaso de cristal alto, limpio, transparente, sin una sola huella. El contraste entre el vapor tibio de la pasta y el frío metálico de la bebida creó un equilibrio extraño, casi íntimo. Observó la bandeja un segundo más. Todo estaba en su sitio. Todo menos lo demás.

La tomó con ambas manos, firme, sintiendo el peso estable contra las palmas. Enderezó la espalda y salió de la cocina. Sus pasos resonaron suaves sobre el mármol del pasillo. Ya no había gritos; solo el eco distante de una discusión que aún flotaba en el aire. Caminó sin titubeos hasta la puerta de la habitación de Nico. Se detuvo frente a ella. La madera cerrada parecía más sólida que nunca, como una frontera invisible. Respiró hondo. Y levantó la mano para llamar.
  • Chamo, aquí tienes tus espaguetis - dijo con aquella voz melodiosa y suave, intentando que sonara ligera, casi alegre.
Golpeó tres veces más con los nudillos, sosteniendo la bandeja con una sola mano.
  • Nico, mi amor, ¿te provoca o no? - insistió, bajando el tono, más íntima, más cercana.
El silencio respondió al otro lado. Apoyó la oreja contra la madera, conteniendo la respiración. Nada. Ni música, ni el tecleo nervioso al que estaba acostumbrada, ni el zumbido constante del ordenador que, juraría, no se había apagado en todos los años que llevaba trabajando en aquella casa.

No era la primera vez que abría esa puerta sin llamar y se encontraba con escenas incómodas. Incómodas para ambos, en realidad. Pero aquella noche era distinta. La bofetada aún le ardía en la conciencia. Así que decidió pasar por alto aquella regla no escrita, de llamar siempre antes de entrar. Suspiró y con un pequeño giro del cuerpo, apoyó el codo contra la manilla de la puerta y empujó la puerta con la espalda. La habitación estaba completamente a oscuras. Ni una luz encendida. Ni siquiera el resplandor azul del monitor, ese faro perpetuo que solía recortar la silueta de Nico en la madrugada. El aire parecía más denso, como si algo se hubiera detenido allí dentro. Valentina dio un paso, luego otro, dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
  • ¿Nico…? - susurró esta vez, sin rastro de broma en la voz.
Avanzó despacio, casi conteniendo el aliento, como si cualquier sonido pudiera quebrar algo frágil que flotaba en la habitación. El suelo crujió bajo su peso y ese leve lamento de la madera le recorrió la espalda como un presentimiento.
  • ¿Nico?, ¿Estás ahí o te fuiste de rumba? - repitió en voz baja, más para espantar el silencio que para obtener respuesta.
Se orientó por memoria, por costumbre. Conocía aquel cuarto casi tanto como la cocina. Dio un paso lateral, esquivando la silla, y extendió la mano hacia el escritorio. Sus dedos chocaron primero con el borde, luego comenzaron a palpar la superficie a tientas: papeles, un cuaderno abierto, el ratón, cables enredados como serpientes dormidas. Apartó lo que pudo con movimientos cuidadosos, haciendo espacio en la penumbra.

Dejó la bandeja con suavidad. El leve tintineo del tenedor contra el plato sonó exagerado, invasivo. Sin perder tiempo, buscó el flexo del escritorio. Sus dedos recorrieron el metal frío del brazo articulado hasta encontrar el interruptor. Lo presionó. La luz estalló en amarillo sobre la mesa. Y en ese mismo instante, de forma seca y contundente, la puerta se cerró de golpe a su espalda. El sonido retumbó en las paredes como un disparo. Valentina no pudo evitar dar un salto. El corazón le dio un vuelco. No había escuchado pasos. No había sentido aire moverse.

Muy despacio, con la respiración atrapada en el pecho, comenzó a girarse.
  • ¡Coño, Nico! ¿Qué broma es esa? - rió al verlo -. Me asustaste.
La risa le duró apenas un segundo. Al otro lado de la habitación, casi fundida con la penumbra, distinguió su silueta. La luz amarillenta del flexo apenas alcanzaba a dibujar el contorno de su cuerpo. Estaba de pie, inmóvil, como si hubiera estado esperándola. No respondía. No hacía ningún gesto.
  • ¿Qué haces ahí tieso? - añadió ella, todavía intentando mantener el tono ligero.
Pero él empezó a avanzar. En silencio. Paso a paso. La madera del suelo crujía bajo sus pies desnudos. La luz le iba alcanzando poco a poco, subiéndole por las piernas, por el torso, revelando un cuerpo completamente expuesto, sin una sola prenda que lo cubriera. No había provocación en su postura. No había vergüenza tampoco. Solo una extraña rigidez, una tensión contenida que no encajaba con el Nico que ella conocía.

Valentina dejó de sonreír. Sus ojos comenzaron a abrirse más de lo normal. Intentó tragar saliva, pero la garganta se le quedó seca. Algo no estaba bien. No era la desnudez lo que la inquietaba - había visto demasiadas cosas en esa habitación como para escandalizarse -. Era la forma en que se movía. La ausencia de expresión. La quietud de su rostro. No parecía enfadado. No parecía avergonzado. No parecía nada. Su corazón empezó a golpearle el pecho con un ritmo desbocado. Sintió el pulso en las sienes, en el cuello, en las muñecas. Dio un pequeño paso atrás, casi imperceptible.
  • Nico… - murmuró ahora, sin rastro de broma -. ¿Estás bien?
Él siguió avanzando, en completo silencio. La luz del flexo iluminó por fin su rostro. Y fue entonces cuando Valentina entendió que aquello no era el muchacho impulsivo y torpe al que acababa de abofetear en la cocina. Había algo distinto en su mirada. Una profundidad extraña. Una intensidad nueva. Como si detrás de esos ojos hubiera despertado algo que no terminaba de reconocer. Algo que no sabía si era del todo humano. Un azul intenso que parecía iluminar la estancia por sí solo. El silencio en la habitación se volvió espeso, casi sólido. Y el corazón de Valentina latía tan fuerte que temió que él pudiera escucharlo.

Antes de que pudiera escapar, antes incluso que pudiera reaccionar, él ya estaba encima suyo. No estaba cerca, ni demasiado cerca, estaba completamente encima. Valentina podía sentir su cuerpo desnudo contra el suyo, su pene totalmente erecto entrando por debajo de su diminuta falda, como si fuera una serpiente buscando la humedad de una cueva. El calor que emanaba de él era algo más que intenso, sentía como si la atrapara, como si la invadiera, infiltrándose por cada poro de su piel. Se echó hacía atrás, instintivamente, pero el escritorio se interpuso en su huida. De repente y sin previo aviso, Nico la agarró por debajo de sus nalgas y la sentó en el escritorio.

Valentina escuchó como el baso de vidrio se quebró al caer al suelo, el calor de la carbonara recién hecha bajo sus nalgas, el aliento de su boca acercándose a la suya. Y entonces, cuando Nico empezó a tocarla, sintió - sin que pudiera controlarlo - un calor inmenso nacer de su propio cuerpo, un calor abrasador que lo arrasó todo. Alzó los brazos, sin pensarlo, y empezó a acariciar su piel. Sintió sus brazos fuertes, demasiado musculados. La luz apenas alcanzaba para verlos, pero no eran sus brazos, de eso no cabía duda. Movió las palmas, con rapidez a sus pectorales, estaban fuertes, tensos. Bajó lentamente: los abdominales marcados. Bajó aún más, tragando saliva, y justo cuando palpó su miembro todo su universo moral y ético se derrumbó por completo. Sucumbió al deseo como un científico lo hace ante la evidencia, se rindió como se rinde un ejercito en inferioridad: levantando la bandera blanca sobre la trinchera. Dejó de luchar como lo hace una cervatilla, al sentir el mordisco de un guepardo alrededor de su cuello, asfixiándola. Y en ese mismo instante, en que supo que no había otra salida, se entregó a lo inevitable.

Sus labios se abalanzaron contra los de Nico. Había veneno en su boca. A cada segundo que sus bocas permanecían unidas, ella se volvía más adicta. Abrió los ojos, y al tener los suyos tan cerca, pudo ver con total claridad aquel azul que emanaba de lo más profundo de su ser. La sirvienta risueña, la venezolana llegada desde lejos en busca de una mejor vida, la joven madre que trabajada duro para mandar dinero a su país; desapareció por completo. Ahora ya no era más que una pequeña polilla en una cueva húmeda y oscura, atraída por un depredador - tan poderoso - que ni tan siquiera necesitaba moverse para cazar.

Y en cuanto Nico, o lo que quedaba de él, sintió que la había atrapado, que había caído en su trampa luminosa; hizo lo único que sabia hacer, aquello por lo que había nacido, devorarla sin compasión. Con un movimiento de cuerpo la alejó de él, lo justo para meter ambas manos en su uniforme, a la altura de los pechos y tiró con una fuerza salvaje. Los botones salieron volando, la tela empezó a desgarrarse y Valentina no pudo evitar soltar un gemido agudo - lleno de placer -, escuchando como destrozaba su traje blanco impoluto. Al quedarse en ropa interior, Nico la contempló durante unos instantes, con esa mirada profunda del que decide por donde empezará a comerse a su presa.

Primero observó detenidamente sus enormes pechos, encajados en ese sujetador blanco que los realzaba de forma exagerada. Podía escuchar su corazón latir con fuerza, sus pálpitos sobresaltados, completamente entregados a su voluntad. Bajó la vista por su torso bronceado y terso, deteniéndose unos instantes en su ombligo, origen de su vida, el lazo antiguo y sagrado de la mujer que la precedió. Y al llegar a su entrepierna, el azul en sus ojos se volvió tan intenso que toda la habitación quedo iluminada por aquella luz neón que lo consumió todo.

Ella intentó decir algo, pero antes de que pudiera articular palabra, Nico se abalanzó hacía su entrepierna. Le arrancó el diminuto tanga de un solo movimiento y levantó sus muslos al aire, con una fuerza inusual. Al hacerlo ella cayó hacía atrás, apoyando los antebrazos sobre el escritorio, la cabeza golpeando la pared. Nico se puso de rodillas enfrente de sus piernas abiertas, contemplando su vagina como quien contempla un templo. Acercó su cara y aspiro hondo, durante varios segundos, cerrando los ojos. Valentina se estremeció de placer al verlo aspirar y expirar el perfume que emanaba de su coño húmedo. Había algo animal en su forma de moverse, en su forma de poseerla, y le encantaba. Cuando él acercó su boca, ella entrecerró los ojos, jamás nadie se lo había comido de aquella manera. No comprendía como era capaz de hacerlo tan bien, intuía que Nico era virgen, que jamás había estado con una mujer, y al mismo tiempo parecía que conociera - desde siempre - cada parte de su cuerpo.
  • No pares… no pares… sí, así… que buenooooo, mi amoooor.
Valentina lo agarraba de la cabeza, mientras movía su culo con movimientos rápidos, dándole mejor acceso a su interior. La carbonara se mezcló con sus fluidos vaginales, Nico tenía la boca llena de flujo y espaguetis, comiendo y lamiendo al mismo tiempo, en un silencio sepulcral. Los gemidos de ella, tímidos al principio, empezaron a resonar por todo el chalet. Estaba a punto de llegar, lo sentía, lo notaba… y justo cuando el orgasmo estaba a punto de sacudirle todo el cuerpo como un terremoto, él paró de repente, como si lo hubiera intuido.
  • No pares ahora… - suplicó alzando la cabeza.
Nico se puso en pie de repente, y sin dejar de sujetarle los muslos en el aire, se la metió entera. Como respuesta, los ojos de Valentina se pusieron en blanco. Seguía sin comprender como alguien podía ser tan buen amante sin experiencia previa. Era imposible y real al mismo tiempo. Él la había penetrado en el momento justo, en el instante preciso. El orgasmo le recorrió el cuerpo entero, pero no se detuvo ahí. Mientras él se la follaba con aquella polla dura y gruesa, ella se corría una y otra vez. Y aunque ya había tenido multiorgasmos anteriormente, jamás los había sentido con aquella intensidad. Se meó encima, varias veces. Empezó a marearse. Sentía esa pequeña muerte una y otra vez, ese vacío en su interior que dejaba espacio para que solo entrase más placer. No podía pensar, no podía hacer nada, aquel orgasmo eterno se apoderó de su cuerpo y alma.
  • Hernández, soy Quintana - dijo Rogelio al teléfono mientras cruzaba de nuevo la verja metálica que daba acceso a su parcela -. Escucha, necesito que me hagas un favor enorme.
Avanzó por el jardín delantero con paso rápido, empujó la puerta principal y la cerró tras de sí con un golpe seco.
  • Mi mujer va a presentarse en comisaría. Necesito que la atiendas tú. No puede ser otro, ¿me oyes? Tienes que ser tú… Escúchala con calma, tómale nota de todo lo que te cuente, dile que todo va a salir bien… y que mandaréis un coche patrulla a mi casa.
Se dirigió hacia la cocina sin dejar de hablar, la voz baja pero firme.
  • No. No mandes a nadie. Y por nada del mundo dejes constancia en los servidores de su denuncia. Es vital que esto no salga a la luz. ¿Me oyes? Vital.
El aroma de la carbonara lo recibió antes que el silencio. La salsa aún reposaba en la sartén, espesa, brillante. El calor seguía vivo. Pero la cocina estaba vacía. Ni Valentina. Ni Nico. Rogelio frunció el ceño, aunque continuó la conversación como si nada.
  • Te prometo que te lo contaré todo cuando esto termine. Pero ahora necesito ese favor. Confía en mí.
Se acercó a la encimera. Pasó el dedo por el borde de la sartén y lo llevó a la boca. Cerró los ojos un segundo, reconociendo el sabor con una mueca casi involuntaria de placer.
  • Te debo una, compañero. Y sabes que no olvido mis deudas.
Colgó. El silencio volvió a expandirse por la casa como una niebla lenta. Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Entonces fue cuando lo notó: demasiado silencio. Ni el murmullo de la televisión. Ni pasos nerviosos en el pasillo. Ni la voz melodiosa de Valentina. Solo la casa en un silencio sepulcral, pero había algo más. Algo que no terminaba de encajar, un ruido constante acompañado de… “¿gemidos?”, pensó Rogelio confundido. Salió de la cocina y avanzó por el pasillo con el instinto alerta, ese que no se jubila jamás. Siguió el ruido sin prisa, pero sin pausa. Cada paso parecía sonar más de la cuenta bajo su peso. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Nico. La luz del interior se filtraba por la rendija inferior. Apoyó la mano en el pomo, todavía ajeno a lo que estaba ocurriendo al otro lado. Y giró.
  • Pero… ¡¿qué cojones estáis haciendo?!
  • ¡Trágame tierra! ¡Qué vergüenza! - gritó Valentina, cubriéndose como pudo con las manos.
Nico, aún sobre ella, se apartó de un movimiento brusco y se desvaneció hacia el rincón más oscuro de la habitación, como si la sombra lo reclamara.
  • ¡¿Te estabas acostando con mi hijo?! - escupió el excomisario, señalándola con el dedo, la hombría por los suelos, la traición hecha imagen.
  • Señor, yo… yo no sé qué pasó…
Valentina, temblando, trataba de recuperar sus ropas rasgadas del suelo. La habitación seguía atrapada en una penumbra espesa, apenas herida por la luz amarillenta del flexo. Los espaguetis yacían esparcidos por todas partes: sobre el escritorio, adheridos al suelo, pegados a la piel sudorosa de ella como restos de una escena absurda y grotesca.

Entonces Rogelio lo vio. Al fondo, junto a la pared opuesta, algo agazapado.
No de pie. A cuatro patas.

Dos ojos ardían en la oscuridad como faros de neón azul. No reflejaban la luz de la lámpara. Brillaban por sí mismos, líquidos, vibrantes, imposibles. El pecho de aquella cosa subía y bajaba con una respiración áspera, profunda. Cada exhalación era un gruñido bajo, primitivo, como si emergiera de un lugar más antiguo que el lenguaje.
  • ¿Nico…? - susurró Rogelio, sin creer a sus propios ojos.
Al oír su nombre, su cabeza giró hacia él con un chasquido seco. El movimiento no fue humano: demasiado rápido, demasiado angular. El cuerpo desnudo se tensaba con una musculatura distinta, comprimida como la de un depredador listo para saltar. Los omóplatos sobresalían bajo la piel, marcados como alas plegadas. Las manos - como garras - se arqueaban contra el parqué, las uñas raspando la madera. Y entonces gruñó. Un sonido grave, vibrante, que parecía arrastrar consigo toda la habitación.

Rogelio retrocedió instintivamente y buscó su arma en el cinto. Pero no estaba. El vacío en su costado le heló la sangre. Aquello no era su hijo. No en ese instante. No en ese cuerpo. No en esa mirada. La criatura se movió, pero no corrió. Se lanzó a cuatro patas, cruzando la habitación en una exhalación. Rogelio apenas tuvo tiempo de alzar los brazos antes de que el impacto lo arrojara contra el suelo. El aire escapó de sus pulmones con un gemido seco. El peso lo aplastó. Las rodillas presionando sus antebrazos. Pecho contra pecho.

El rostro descendió hasta quedar a centímetros del suyo. Olfateó. La nariz rozándole la mejilla, el cuello, la comisura de los labios. Aspiraciones profundas, salvajes, como si intentara descifrarlo por el olor. Rogelio abrió los ojos y los vio. Colmillos. No grotescos, pero sí afilados, desarrollados, asomando bajo el labio superior. Los ojos azules ardían con una intensidad insoportable. No había razón en ellos. Solo instinto. Hambre. Confusión.

Por primera vez en muchos años, Rogelio tembló. No por la idea de morir. Sino por la certeza de que no había nada humano en aquella mirada. Pensó en un hombre atrapado por un oso en mitad del bosque. En la inevitabilidad. En la fuerza bruta contra la que no hay estrategia alguna.
Y, aun así, sostuvo la mirada de la bestia.
  • ¿A qué esperas…? - murmuró, ronco -. Hazlo, vamos…
El rugido fue breve y estremecedor. La bestia inclinó la cabeza durante un segundo eterno. Rogelio cerró los ojos, esperando el desgarro, el dolor, el fin… Pero nunca llegó. El peso desapareció de repente. Un gruñido frustrado. Un salto ágil y Nico se apartó de él, saliendo disparado por el pasillo.
  • ¡Hijo, espera! - bramó Rogelio, incorporándose como pudo.
Empezó a seguirlo. La casa se convirtió en un laberinto de sombras agitadas. Un jarrón cayó y estalló en el suelo. Las uñas golpeaban el mármol con un repiqueteo irregular. La criatura resbalaba, chocaba contra paredes, cambiaba de dirección sin frenar. No huía con cálculo: huía con desesperación. Valentina corría detrás de ellos, semidesnuda, gritando su nombre entre sollozos, esparciendo los restos de carbonara por todas partes.

Llegaron al salón. Nico no redujo la velocidad. Sus ojos centellearon al fijarse en el ventanal. Se impulsó con las patas traseras y saltó. El cristal estalló en una explosión de luz y cuchillas. Miles de fragmentos suspendidos un instante en el aire antes de caer como lluvia brillante. El cuerpo atravesó la ventana como un proyectil y rodó al otro lado, incorporándose de inmediato a cuatro patas. Rogelio alcanzó el marco destrozado justo a tiempo para verlo cruzar el jardín. No corría como un hombre. Corría como un lobo. Espalda baja. Hombros ondulantes. Movimiento perfecto, salvaje, coordinado. En tres zancadas llegó a la verja. Saltó. Las manos se aferraron al borde superior. Un impulso antinatural. Y desapareció al otro lado.

El bosque lo engulló sin resistencia. El silencio cayó de golpe. Solo el tintinear de los últimos cristales sobre el mármol y la respiración agitada de Rogelio, aún de pie frente al vacío. No sabía qué había visto, no sabía que estaba sucediendo. Pero sí sabía algo… algo mucho peor.

Eso que acababa de perder entre los árboles no era un monstruo…
Era su hijo.
  • ¿Qué… qué está pasando? ¿Por qué Nico…? - balbuceó Valentina, todavía con la voz rota, abrazándose a sí misma como si el aire de la noche pudiera cortarla.
  • No lo sé - respondió Rogelio, forzando una serenidad que no sentía.
Seguía clavando la mirada en la verja, en el punto exacto donde su hijo - o aquello que llevaba su rostro - había desaparecido entre la negrura del bosque. La brisa movía las copas de los árboles con un susurro siniestro, como si la naturaleza guardara su secreto.
  • Vístete - ordenó sin mirarla siquiera -. Mi mujer puede llegar en cualquier momento. Y limpia los cristales antes de que alguien se lastime.
Valentina lo miró como si no lo reconociera.
  • ¿Y a quién le importa esa vaina ahorita, señor? ¡Tenemos que ir a buscarlo!
Rogelio ya caminaba de regreso al interior de la casa, esquivando los fragmentos de vidrio que crujían bajo sus zapatos.
  • Eso no te incumbe - espetó -. ¡Haz lo que te digo, vamos!
  • ¡¿A qué viene ese malandreo?! - insistió ella, siguiéndolo de cerca, los pies descalzos esquivando el desastre.
Él se detuvo de golpe y se giró con una furia que no era solo rabia: era humillación, miedo, impotencia. La miró con un desprecio crudo, casi animal.
  • ¡¿Qué pasa?! - escupió -. ¿No tenías suficiente con el padre que ahora te acuestas con el hijo también?
Las palabras cayeron como bofetadas.
  • Es que no pude hacer nada… me agarró de sorpresa - respondió ella, bajando la mirada, la vergüenza y el temblor mezclándose en su voz.
  • Ya veo… - sonrió con una mueca torcida -. Igualita que todas las mujeres…
Valentina alzó la cabeza, indignada.
  • Mire, jefe, usted también se echa sus piernitas con la Paloma, así que no me venga con cuentos…
  • ¡Es mi mujer! - rugió él, dando un paso al frente.
  • ¡¿Y qué soy yo, pues?! ¿No soy mujer? ¡¿Acaso me ve cara de mona o qué?!
El silencio que siguió fue espeso. Rogelio quería seguir. Quería herir, gritar, desahogar la herida abierta que le ardía en el pecho. Ver a su hijo encima de ella, ver esa transformación, sentir el peso de aquella criatura… todo le había triturado el orgullo, la autoridad, la hombría que siempre había llevado como armadura. Pero el tiempo corría en su contra. Y algo, allá afuera, respiraba en la oscuridad. Apretó la mandíbula.
  • Haz lo que te he dicho… y ya hablaremos.
No hubo réplica. Solo el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Valentina quedó sola en medio del salón devastado. El ventanal abierto como una herida, las cortinas agitándose, los cristales esparcidos como restos de una explosión. La casa parecía haber sobrevivido a un huracán que todavía no terminaba de irse. Y, más allá de la verja, el bosque guardaba silencio.
  • Parece que se llevan bien… - sonrió Laia.
La casa de Lorena, en plena Sierra, crujía con el viento de la noche. Afuera, los pinos se mecían bajo un cielo grisáceo que prometía lluvia. El aire olía a leña húmeda y a tierra fría. Dentro, el tiempo parecía suspendido en una espera tensa, contenida. Carol subía y bajaba por la escalera de madera, terminando de preparar su mochila en la habitación del fondo. Cada cremallera que se cerraba sonaba como un punto y aparte. Cada paso, como una cuenta atrás. En el salón, junto a la chimenea apagada, estaban los tres. Intentaban asimilar lo que las dos madres habían decidido: África - la de Laia - se quedaría allí, refugiada en casa de la madre de Sofi. Creyendo que estarían más protegidas, menos expuestas. Al menos hasta que el peligro pasara. Si es que pasaba. Sofi observaba por la ventana cómo la niebla empezaba a descender entre los árboles.

Estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en el sofá, jugueteando con un mechero apagado entre los dedos.
  • Dale un par de semanas - contestó sin apartar la vista - y tu madre volverá al barrio corriendo con el rabo entre las piernas.
Laia soltó una risa breve y le dio un codazo.
  • ¿Por qué dices eso, imbécil? Tu madre parece buena gente.
Sofi alzó una ceja, divertida. Gabi, apoyado en el marco de la puerta que daba a la cocina, dio una calada lenta antes de intervenir. El humo se elevó en espiral hacia el techo bajo.
  • Tu lo has dicho… parece - sonrió, exhalando con calma.
Hubo un silencio pequeño, incómodo. No era desconfianza, exactamente. Era la sensación de que nada estaba bajo control. De que estaban improvisando una tregua en mitad de una tormenta que aún no mostraba su verdadera fuerza. Arriba, una cremallera volvió a cerrarse. Carol apareció en lo alto de la escalera con la mochila al hombro. Se detuvo un instante, mirando su habitación como si intentara memorizarla. El refugio. El hogar. La falsa sensación de seguridad.
  • Ya está - anunció asintiendo con la cabeza.
Afuera, el viento golpeó las contraventanas. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sabían que aquello no era un descanso. Era una pausa. Una antesala. Sus perseguidores se estaban moviendo, en algún lugar. Y cuando llegaran hasta ellos, no habría más mochilas que preparar, solo fosas que cavar.
  • ¿Quién es? - preguntó Sofi poniéndose tensa de inmediato.
El timbre del teléfono de Gabi rasgó el silencio de la casa como una cuchilla fina. No había reproche en su voz. Ni los celos de una típica novia tóxica. Solo esa tensión eléctrica de quien lleva demasiado tiempo esperando el golpe. Tenía los hombros rígidos, las manos apretadas contra el estómago, como si intentara sujetarse por dentro. Gabi miró la pantalla. No dijo nada. Simplemente aceptó la llamada y se llevó el móvil a la oreja.
  • Dime.
Una sola palabra. Y después, el vacío. Su expresión cambió de forma abrupta, como si alguien hubiese apagado la luz detrás de sus ojos. La sangre le abandonó el rostro. El cigarro quedó suspendido entre sus dedos, olvidado, consumiéndose sin que él aspirara. La ceniza crecía, temblorosa. Laia se incorporó de un salto, el corazón latiéndole en la garganta. Tiró de Sofi para ponerla en pie.
  • ¿Qué pasa? ¿Quién es? - preguntó, acercándose.
Carol bajó las escaleras casi tropezando, la mochila golpeándole la espalda. El sonido apresurado de sus pasos llenó todo el salón.
  • Gabi, habla - exigió Sofi, clavándole la mirada.
Pero él no respondía, seguía escuchando. Su respiración empezó a volverse irregular. Los labios entreabiertos. Los ojos fijos en un punto inexistente, como si lo que estuviera oyendo no perteneciera a este mundo, sino a otro más oscuro y cercano. La ceniza del cigarro cayó sobre el suelo sin que nadie se diera cuenta.
  • ¿Qué está pasando? - insistió Laia, acercándose tanto que casi le rozaba el pecho- . ¿Es Nico? ¿Es Raquel? ¡¿Qué ocurre, joder?!
Gabi tragó saliva. Un gesto mínimo, pero definitivo. Al otro lado de la línea, el silencio se dilató como una herida abierta. Luego, unas palabras rápidas, atropelladas… y la llamada se cortó. El pitido final quedó flotando en el aire.
  • Hay que irse… - murmuró al fin, apenas un hilo de voz- ¡Ahora!
Las tres se miraron. El salón pareció encogerse de pronto.
  • ¡¿Irnos a dónde?! - preguntó Carol, con la voz quebrada -. Aún quedan horas para que salga el vuelo.
Gabi cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la incertidumbre se había transformado en algo más crudo: Miedo.
  • Ni… Nico… - intentó decir.
  • ¡¿Qué le ha pasado a Nico?! - gritó Laia, agarrándolo de la camiseta.
  • Ha… ha escapado.
  • ¡¿Cómo que ha escapado?! - insistió ella, sacudiéndolo -. ¡¿De qué coño estás hablando?!
Pero él ya no estaba allí. Se soltó de un empujón y salió disparado hacia el porche.
  • ¡Despediros rápido! ¡Vamos! ¡Hay que ir a casa de Nico! ¡YA!
Los gritos quedaron suspendidas unos segundos en el aire, como si nadie quisiera entenderlas. Ellas se quedaron inmóviles, sin saber que hacer.
  • ¡YA, JODER! - bramó Gabi enfurecido mientras bajaba corriendo la cuesta hacia el coche.
El motor arrancó al instante, con un rugido seco. Y entonces el tiempo, que hasta hacía un instante parecía correr demasiado lento, empezó a ser una carrera contrarreloj. África y Lorena estaban en el umbral, mirándolas con una mezcla de amor y mal presentimiento. Habían oído los gritos. No necesitaban explicaciones completas. Las madres entienden el peligro antes de que tenga forma.

Las hijas avanzaron hacia ellas. El abrazo fue inmediato. Demasiado fuerte. Demasiado largo. Como si apretando un poco más pudieran detener lo inevitable. África hundió el rostro en el cabello de Laia, aspirando su olor con una desesperación casi animal. Ese olor que había sido leche, jabón infantil, verano en la playa. Ese olor que era memoria pura. Sus manos recorrieron la espalda de su hija como si quisieran memorizarla de nuevo, palmo a palmo, por si el mundo decidía arrebatársela.

Lorena, enfrente de Sofi y Carol, les sostuvo la cara entre las manos.
  • Miradme - susurró entre lágrimas.
Pero no era una orden. Era una necesidad. Quería grabar aquellos ojos jóvenes, esas pieles aún intactas de derrotas, esa valentía imprudente que solo se tiene cuando todavía se cree que el futuro es una promesa y no una amenaza.

Las madres querían que la despedida durara más. Un minuto más. Un segundo más.

Algo que alargar, que retener. Como si estirando el instante pudieran mantener también el pasado: los cumpleaños, las rodillas raspadas, las noches de fiebre, los primeros miedos confesados en susurros. Madres que habían creado y moldeado vidas ahora obligadas a soltarlas de golpe, con las manos aún abiertas.

Las hijas, en cambio, respiraban distinto. Había miedo, sí. Pero también impulso. Movimiento. Un paso ya preparado hacia adelante. Pensaban en lo que había que hacer. En Nico. En el peligro. En el siguiente trayecto. En lo que tocaba conquistar o enfrentar. No miraban atrás con la misma intensidad; el futuro las llamaba con una fuerza más urgente que cualquier recuerdo.

Esa es la ley de la vida.
Los padres sosteniendo el ayer.
Los hijos corriendo hacia el mañana.
  • Vamos, vete… - dijo finalmente África, aunque su voz no quería obedecerla.
La madre de Sofi besó la frente de sus hijas, como cuando eran niñas.
  • Cuidaros la una a la otra… y volved sanas y a salvo.
Eso era lo único que de verdad importaba.

Las hijas se soltaron. Un último roce de manos. Un último contacto que se rompió demasiado pronto. Gabi tocó el claxon, el sonido atravesó la escena como un disparo. Las tres bajaron la cuesta casi corriendo. No se atrevieron a mirar atrás hasta abrir la puerta del coche. Y cuando lo hicieron, las vieron allí arriba, en el porche, pequeñas y al mismo tiempo gigantescas, intentando mantenerse firmes ante el dolor que les desgarraba el alma. El coche arrancó levantando la grava del suelo. Las dos madres no se movieron. Siguieron mirando la carretera mucho después de que el vehículo desapareciera entre los pinos. Como si, de alguna manera, todavía pudieran retenerlas con la mirada.
  • Estarán bien - aseguró la madre de Sofi, convenciéndose más a sí misma que a su nueva compañera de espera.
  • Son valientes, Lorena - sonrió África, abrazándola -. Fuertes y luchadoras… Seguro que les irá bien.
El abrazo fue más largo de lo habitual. No por cortesía, sino por necesidad. Dos mujeres sosteniéndose en mitad del vacío que acababa de abrirse en sus corazones. El eco del motor todavía parecía vibrar entre los pinos de la Sierra. Lorena miró la carretera ya desierta.
  • Las hemos criado para esto… - murmuró, con una serenidad frágil - para volar.
África asintió despacio, sin reprimirse las lágrimas. Ser madre era aprender demasiado pronto que los hijos no te pertenecen. Que no son raíces que se hunden a tu lado, sino flechas tensadas entre las manos que un día debes soltar. Durante años habían preparado el arco con paciencia: corrigiendo posturas, enseñando a mirar al frente, inculcando valores como quien afila la punta de acero. Habían apuntado con firmeza, intentando que el blanco fuera el correcto: dignidad, coraje, criterio propio, honestidad.

Y luego… soltar.
Ese era el acto más difícil.

Porque una vez que la cuerda vibra y la flecha abandona los dedos, ya no hay marcha atrás. El aire no se puede controlar. La parábola no obedece. El trayecto pertenece únicamente a quien vuela. Las madres solo pueden quedarse atrás, con el arco aún temblando entre las manos.

África cerró los ojos un instante. Se permitió sentir el dolor completo, sin maquillarlo. El miedo a la caída. A la desviación. A que el mundo, brutal y caprichoso, interpusiera obstáculos invisibles en el camino que Laia debía recorrer. Pero también recordó algo más. Recordó cómo su hija se levantaba cada vez que se caía de la bicicleta. Cómo discutía y se peleaba con el mundo entero si hacía falta. Recordó las derrotas pequeñas que ya había superado. Las lágrimas secadas. Las decisiones difíciles tomadas. Las veces que había elegido el camino más complicado solo porque era el correcto. El disparo había sido bien preparado. Eso era lo único que realmente podían controlar.
  • Las enseñamos a no agachar la cabeza - dijo Lorena, con orgullo -, jamás.
  • Y a no rendirse - añadió África -, a no rendirse nunca.
El resto no dependía de ellas. Ahora solo quedaba esperar.
Esperar a que esas flechas - valientes, firmes, obstinadas - atravesaran el viento sin quebrarse. Que supieran corregir su trayectoria en pleno vuelo. Que encontraran su propio impulso cuando el aire se volviera en contra. Y que, cuando por fin alcanzaran la diana, no fuera solo por precisión, sino por convicción. Las dos mujeres se quedaron en el porche, mirando la montaña como si allí, entre los árboles, todavía pudiera verse el rastro invisible de esas trayectorias.

No podían acompañarlas. Pero sí podían confiar. Y, en silencio, rezar para que el mundo fuera digno de aquello que habían lanzado al aire.

Como el Rubidio, siendo el destello rojo que devora el pasado y el átomo que define el ritmo del tiempo nuevo. Esta historia continuará…
 
Me tranquiliza saber que de esta salen adelante, pero este capítulo ha sido duro.
Nico ha estado a punto de matar a su propio padre por culpa de la puñetera azulita y un accidente que ha podido ser fatal.
Lo que no entiendo es para que van a ir a casa de Nico, si lo que tienen que hacer es alcanzar a Nico y devolverlo a su estado normal.
 
Me tranquiliza saber que de esta salen adelante, pero este capítulo ha sido duro.
Nico ha estado a punto de matar a su propio padre por culpa de la puñetera azulita y un accidente que ha podido ser fatal.
Lo que no entiendo es para que van a ir a casa de Nico, si lo que tienen que hacer es alcanzar a Nico y devolverlo a su estado normal.
La idea es que el padre llama a Gabi porque no sabe que hacer, quedan en su casa para ir en su búsqueda.
El próximo capítulo va a consistir en eso, en la caza de la bestia sedienta de sangre, jeje. Lo he titulado: "Una humanidad disruptiva"

Por cierto, un poco cinico el Padre después de que no está precisamente para dar lecciones.
A ver si está celoso porque ha disfrutado bastante más con Nico que con él?.

Yo creo que hay algo de eso... sentimientos muy humanos al fin y al cabo: posesión, envidia, celos, incluso un poco de machismo... En el fondo Rogelio, aunque sea un hombre bastante abierto de mente, es de otra generación. Pero al menos se ha portado.

La pregunta ahora es la que tu has dicho... ¿Podrá el grupo devolver a Nico su humanidad?
¿O se perderá en el bosque para siempre, convertido en un "hombre lobo"?

Mañana lo sabremos ;)
 
La idea es que el padre llama a Gabi porque no sabe que hacer, quedan en su casa para ir en su búsqueda.
El próximo capítulo va a consistir en eso, en la caza de la bestia sedienta de sangre, jeje. Lo he titulado: "Una humanidad disruptiva"



Yo creo que hay algo de eso... sentimientos muy humanos al fin y al cabo: posesión, envidia, celos, incluso un poco de machismo... En el fondo Rogelio, aunque sea un hombre bastante abierto de mente, es de otra generación. Pero al menos se ha portado.

La pregunta ahora es la que tu has dicho... ¿Podrá el grupo devolver a Nico su humanidad?
¿O se perderá en el bosque para siempre, convertido en un "hombre lobo"?

Mañana lo sabremos ;)
Esa pregunta tiene respuesta fácil.
Sólo habiendo leído como empieza el relato y otro avance que hicistes por en medio ya estoy tranquilo porque se cómo va a ir la cosa. 😌
 
Esa pregunta tiene respuesta fácil.
Sólo habiendo leído como empieza el relato y otro avance que hicistes por en medio ya estoy tranquilo porque se cómo va a ir la cosa. 😌
Jajajajaja es verdad, no había caído en ese pequeño detalle... esta vez no puedo jugar con la duda y meteros el miedo en el cuerpo.
Mierda :ROFLMAO:

Ahora si, como dijo el gran Antonio Machado: "Caminante no hay camino... se hace camino al andar"
Un abrazote!
 
Jajajajaja es verdad, no había caído en ese pequeño detalle... esta vez no puedo jugar con la duda y meteros el miedo en el cuerpo.
Mierda :ROFLMAO:

Ahora si, como dijo el gran Antonio Machado: "Caminante no hay camino... se hace camino al andar"
Un abrazote!
A mí aunque te suene raro no me echa para atrás una historia en la que más o menos se el final. En realidad lo prefiero.
 
Capítulo 38. Estroncio - Una humanidad di(Sr)uptiva

El Estroncio (Sr) ocupa el trigésimo octavo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del estroncio con el concepto de la disrupción - entendida como el quiebre violento de un ser humano que repudia su civilidad para abrazar sus instintos más salvajes -, obtenemos el retrato de una transmutación ósea. El estroncio es el elemento de la usurpación biológica: un metal alcalinotérreo que engaña al cuerpo haciéndose pasar por calcio, pero que porta en su núcleo una energía roja y disruptiva capaz de reescribir la estructura misma de nuestra resistencia.

La Disrupción según el Estroncio: La Invasión del Instinto

1. El Impostor en la Médula (Mimetismo del Calcio)

El cuerpo confunde el estroncio con el calcio y lo transporta directamente al centro de los huesos. Una vez allí, el estroncio se instala para siempre, sustituyendo la base de nuestra estructura por una materia nueva y extraña. La disrupción humana comienza con una infiltración silenciosa. El instinto salvaje no llega de fuera, sino que se hace pasar por nuestra "moral" (el calcio) hasta que coloniza el esqueleto. Entendemos que dejar atrás la humanidad es un proceso de sustitución ósea: tus cimientos ya no son los de la lógica social, sino los de una necesidad primaria que ha tomado el control de tu médula.

2. El Fuego Carmesí (Espectro de Emisión)
El uso más famoso del estroncio es en la pirotecnia para lograr el color rojo carmín más intenso y brillante. Es el responsable de las explosiones de luz que tiñen el cielo de sangre. Cuando el ser humano rompe con su humanidad, el resultado es una explosión carmesí. La disrupción es ese incendio del espíritu que ya no busca la luz blanca de la razón, sino el rojo violento de la pulsión. Como el estroncio en los fuegos artificiales, el individuo disruptivo prefiere arder en un destello salvaje que ser una piedra gris y silenciosa en el camino de otros.

3. La Fragilidad de la Bestia (Isótopo Estroncio-90)
El estroncio radiactivo es peligroso porque se integra en el hueso y emite partículas que alteran la vida desde dentro. Es una fuerza que fortalece la estructura pero que, al mismo tiempo, es letal para el orden biológico previo. Abrazar el instinto salvaje es una radiación necesaria. Fortalece tu capacidad de ataque y defensa (te hace "duro" como el metal), pero destruye al "humano" que solías ser. La disrupción es un proceso radiactivo: emites una energía que asusta a la sociedad porque ya no respondes a sus leyes biológicas de convivencia, sino a una ley interna mucho más antigua y tóxica para el rebaño.

4. El Brillo de la Supervivencia (Estroncianita)
Este mineral brilla con una luz vítrea y puede presentarse en formas aciculares, como agujas o colmillos que brotan de la tierra. El ser humano disruptivo desarrolla una nueva estética: la de la aguja y el colmillo. Ya no buscas la redondez de la empatía, sino la arista de la supervivencia. Como la estroncianita, tu presencia se vuelve punzante y brillante; has dejado de ser un animal doméstico para convertirte en un mineral salvaje que corta a quien intenta moldearlo.

5. La Trampa de la Estabilidad (Reactividad alcalina)
El estroncio es un metal blando que se oxida rápidamente en contacto con el aire, volviéndose amarillo. Debe mantenerse aislado para conservar su brillo plateado. La humanidad es el "aire" que oxida al instinto. Para mantener la pureza de tu parte salvaje, la disrupción te obliga al aislamiento. Si te mezclas demasiado con la "atmósfera" social, tu ferocidad se vuelve amarilla y dócil. El estroncio nos enseña que el alma salvaje requiere un vacío de civilización para mantener su brillo plateado y su potencia reactiva original.

Conclusión: La disrupción, vista a través del estroncio, es la geometría de la sustitución estructural. Es el momento en que el individuo deja de construir su vida con la cal de la norma y empieza a usar el metal de la explosión. Ser estroncio significa aceptar que tu esqueleto ha cambiado de dueño y que, a partir de ahora, tu única ley es el rojo carmín de una voluntad que prefiere la radiactividad del instinto antes que la anemia de la obediencia.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


La noche en el bosque no era silencio: era presencia viva. El aire olía a tierra húmeda, a hojas marchitas, a musgo recién nacido bajo la luna poderosa. Entre los troncos altos y las sombras alargadas, la criatura se movía, sin prisa… pero sin pausa. Su cuerpo seguía siendo humano, su alma ya no. Había algo primitivo en cada uno de sus pasos, un ritmo que no conocía descanso sino necesidad. Caminaba con cautela, olfateando el aire con profundidad, decodificando cada centímetro del paisaje nocturno con aquel sentido del olfato extraordinariamente desarrollado que los lobos tienen para orientarse incluso en la oscuridad más cerrada. Sus patas tocaban la tierra con un sonido apenas perceptible, un susurro de caderas musculosas y tendones tensos, avanzando siempre hacia adelante, como si cada árbol, cada piedra, cada raíz, llevara inscrita una dirección secreta. En la penumbra, se detuvo y olfateó el viento. Escuchó el crujido distante de algo moviéndose entre los matorrales. Usó sus oídos despiertos - capaces de percibir sonidos leves a kilómetros de distancia - para captar señales imposibles para una mente humana.

A veces se detenía, erguía la cabeza y alzaba el hocico hacia el cielo nocturno, escudriñando el silencio, dejando que sus sentidos amplificados hicieran el resto. Su interior latía con una mezcla de alerta y calma salvaje, la tensión de quien se sabe solitario en un mundo hostil pero también adaptado - perfectamente - a esa soledad. No era depredación constante, tampoco abandono total. Era un ir y venir en la inmensidad del bosque, un andar que no necesitaba destino definido sino supervivencia, aprendizaje, adaptación. Como los lobos que patrullan territorios extensos bajo el manto oscuro del mundo, siguiendo rutas marcadas en su memoria, ajustando cada paso a la respiración del ambiente.

Al borde de un claro donde la hierba temblaba con la brisa, se detuvo y su cuello se alargó, olfateando a ras de suelo como para trazar un mapa invisible en su mente. Caminaba, aspiraba, escuchaba, como si el bosque entero le contara secretos que solo estaban destinados a quien aceptara, sin reservas, su propia animalidad. Y así, en la noche interminable del bosque, el lobo continuó su marcha. Sin pausa. Sin arrepentimiento. Solo con la certeza del instinto, perpetuando su presencia en la vasta sinfonía de la oscuridad.

El bosque respiraba en sus costillas cuando el viento cambió. Se detuvo. El aire traía otra cosa ahora. No era ciervo. No era zorro. No era jabalí. Era un olor más burdo, más plano, contaminado por hierro, por plástico, por comida procesada y manos humanas. Un rastro torpe, evidente. Tan evidente que casi resultaba insultante. Bajó el hocico y avanzó despacio, siguiendo aquella línea invisible que serpenteaba entre los pinos. No necesitaba verlo para saberlo; lo sabía desde el primer soplo de aire. El olor hablaba demasiado alto. Lo distinguió mucho antes de que el otro percibiera nada. Al otro lado del claro, tras una verja oxidada, una silueta se movía nerviosa junto a una casa dormida. Compacto. Pecho inflado. Cola inquieta. Un perro. No un igual. Un animal idiota, rehecho por manos ajenas. Moldeado durante generaciones hasta borrar filo y colmillo, hasta limar instinto y orgullo. Carne alterada para obedecer. Para vigilar lo que no comprende. Para ladrar cuando el miedo lo atraviesa. Servicial. Dependiente. Atado a una cerca como si aquella línea de metal fuese el límite del mundo.

Él no tenía verja. Se deslizó entre las sombras sin hacer crujir una sola rama. Cada pata encontraba el suelo exacto, cada músculo respondía con precisión antigua. El perro seguía sin verlo, olfateando tarde, mal, distraído por su propio territorio artificial. “Ridículo”, pensó sin palabras. Entonces el viento giró. El perro se tensó. El hocico se alzó. Olió. Dudó un segundo y después estalló en ladridos histéricos, rebotando contra la verja, arañando el aire con un ruido que quebraba la quietud del bosque. “Demasiado ruido. Demasiado humano”, pensó el lobo.

Siguió avanzando. Lento. Silencioso. Sin parpadear siquiera. Sus ojos, encendidos como brasas frías en la penumbra, no se apartaban de aquella criatura domesticada que ahora ladraba con furia prestada. Se detuvo a pocos metros de la verja. Mostró los incisivos. No fue un gesto de amenaza descontrolada, sino una exhibición medida, consciente. Un recordatorio. El perro retrocedió un paso, aunque siguió ladrando. Más agudo. Más desesperado. Él inclinó ligeramente la cabeza. “Pobre diablo”, se dijo para si mismo. Alterado durante eras para complacer. Alimentado en cuencos. Regañado por morder. Premiado por obedecer. Convencido de que aquel patio cercado era reino suficiente. Mientras tanto, el bosque entero era suyo.

El lomo se erizó apenas, no por miedo, sino por desprecio. Dio un paso más hacia la verja, lo justo para que el otro percibiera la diferencia - de peso, de presencia, de sangre - y luego se quedó inmóvil. No necesitaba atacar. No necesitaba cruzar el hierro. La distancia bastaba, al menos por el momento.
  • Ladridos - susurró Gabi, levantando la vista hacia el sonido que rompía la noche.
  • Vamos… - murmuró Laia, adelantándose un paso, sin dejar de mirar entre los árboles.
El grupo avanzaba despacio, cada uno midiendo sus pasos para no romper la quietud del bosque, pero incluso así el crujido de hojas secas bajo sus pies parecía retumbar entre los troncos. Laia, Gabi, Sofi, Carol y Rogelio avanzaban alineados, formando una línea irregular que se adaptaba a la espesura de los arbustos. Las linternas barrían la oscuridad con haces temblorosos de luz amarillenta, iluminando raíces y piedras, dejando escapar sombras danzantes que parecían querer adelantarse a cada movimiento. Cada tronco y cada rama se convertía en sospecha, cada sombra podía ser un rastro o una amenaza.
  • ¿De verdad se transformó, señor Quintana? - preguntó Carol asustada.
  • No de ese modo en que imaginas - contestó Rogelio unos pasos tras ella.
  • No tengas miedo, cariño - susurro Sofi agarrándola del brazo - No nos hará daño. Y si lo hiciera… yo te protegeré.
Carol asintió en silencio, aunque no podía quitarse de la cabeza la imagen de Gabi y su hermana golpeando a Ricardo hasta casi matarlo. La luna, enorme y fría, colgaba alta en el cielo, bañando el bosque con una luz plateada que apenas lograba imponerse frente a la penumbra. Sus rayos se colaban entre las ramas, dibujando siluetas inquietantes sobre el suelo, sobre los rostros tensos de quienes buscaban.
  • ¿Por qué lleva esa bolsa con espaguetis? - preguntó Gabi confuso, ajustando la linterna en la mano.
Mientras, Laia avanzaba con pasos rápidos pero controlados, como quien conoce la urgencia de una caza.
  • ¿Esto? - contestó Rogelio negando con la cabeza - No ha sido idea mía.
Sofi y Carol intercambiaban miradas, sabiendo que cada sombra podía ser la de Nico, y que cada instante perdido aumentaba la distancia entre ellos y su objetivo.
  • Es la comida preferida de mi hijo. Valentina creyó… - al pensar en ella le vinieron imágenes que no quería recordar - Da igual.
Rogelio cerraba la fila, sus ojos escudriñando entre los árboles con la precisión de alguien que ha aprendido a anticiparse al peligro. Su respiración era contenida, medida, mientras guiaba al grupo con gestos sutiles, evitando cualquier ruido innecesario. El bosque parecía respirar junto a ellos. Cada rama que crujía, cada hoja caída, cada susurro del viento se mezclaba con los ladridos que aún resonaban a lo lejos. Avanzaban conscientes de que el tiempo les jugaba en contra, pero también de que el instinto, la determinación y la urgencia les guiaban, haciendo que cada paso los acercara, lenta pero seguro, al rastro que buscaban.

Charo, una mujer jubilada que llevaba viviendo en La Moraleja mucho antes de que aquello se convirtiera en sinónimo de lujo, vallas electrificadas y especulación inmobiliaria. Recordaba cuando aquellas calles eran casi caminos de tierra, cuando los chalés no tenían cámaras en cada esquina y los vecinos aún se conocían por el nombre. Dejó el plato a medio enjuagar al escuchar los ladridos de Rufus, el estropajo suspendido en el aire mientras los ladridos de su perro rasgaban la noche. Algo en aquel sonido no era normal. Había urgencia, era insistente, distinto a las llamadas habituales. Con pasos lentos y cautelosos, pasó frente al salón. Su marido roncaba a pierna suelta, ajeno al mundo, tirado en el sillón frente al televisor como si nada pudiera interrumpirle. Charo frunció el ceño, conteniendo el aliento, y se dirigió hacia la puerta corredera que daba al jardín trasero.
  • ¿Rufus? - susurró a la oscuridad, la voz temblando apenas.
Nadie respondió. No apareció corriendo como de costumbre, moviendo la cola, olfateando la hierba con expectación. El frío de la noche se colaba por la rendija de la puerta. Charo la abrió un poco más, dejando que el viento agitara sus cabellos y la brisa oliera a tierra húmeda y hojas secas.
  • ¿Rufus, cariño? - insistió, su voz cargada de preocupación -. ¿Dónde estás, pequeño?
Pero no apareció - como siempre lo hacía-, solo silencio. Y un vacío inquietante se extendió por el jardín, como si algo hubiera cambiado, como si la noche hubiera engullido al perro y con él, un poco de la seguridad de aquel hogar que había conocido durante tanto tiempo. El jardín parecía contener la respiración. Charo entrecerró los ojos. Allí, al fondo, más allá del limonero, cerca de la verja, algo vibró en la oscuridad. No se movía. No respiraba. Solo estaba. Dos puntos diminutos iluminados en la noche. Avanzó un paso. Luego otro. Al principio pensó que eran luciérnagas. Un capricho hermoso de la naturaleza. Pero no parpadeaban. No titilaban. Permanecían fijas, inmóviles, clavadas en ella como agujas heladas. Se acercó un poco más. Eran azules. Dos puntos brillando con una intensidad antinatural, suspendidos en la negrura como faros fríos.
  • ¿Pero qué…? - murmuró.
Y entonces lo sintió. Bajo la suela blanda de sus zapatillas de estar por casa, algo cedió con un sonido húmedo. Viscoso. Espeso. Bajó la mirada. La luz que escapaba desde el interior de la casa apenas alcanzaba a iluminar el suelo, pero fue suficiente. Rojo oscuro. Brillante. Extendiéndose en charcos irregulares entre la hierba. Sangre. El corazón le dio un vuelco tan violento que creyó que iba a desplomarse allí mismo. Y en ese mismo segundo, un murmullo quebrado rasgó el silencio. Un quejido. Débil. Roto.
  • ¡Rufus! - gritó con la voz desgarrada -. ¡¿Qué te ha pasado, mi vida?!
Corrió hacia él, casi tropezando con el propio horror. Lo encontró a medio camino entre el seto y la terraza. El perro yacía sobre un costado, el pelaje empapado, pegado al cuerpo por la sangre. El blanco y marrón habitual se había convertido en una masa oscura y húmeda. Un mordisco brutal le desgarraba el abdomen; la carne abierta dejaba entrever lo que no debería verse nunca. Otro tajo profundo marcaba su rostro, arrancándole parte del hocico. Respiraba a sacudidas, cada inhalación un esfuerzo agónico. Rufus levantó la cabeza con un gemido que ya no era ladrido, sino llanto. Sus ojos, nublados por el dolor, buscaron a su dueña. Y se arrastró. Con las patas delanteras temblando, clavando las uñas en la tierra ensangrentada, dejó un surco rojo a su paso mientras avanzaba apenas unos centímetros. Cada movimiento parecía arrancarle un pedazo de vida.
  • No, no, no… - sollozaba Charo, cayendo de rodillas -. Tranquilo, cariño, estoy aquí… estoy aquí…
El perro apoyó el hocico herido contra su pantorrilla. Un último quejido, más aire que sonido. Y, a lo lejos, junto a la verja metálica, en la línea donde empezaba el bosque, los dos puntos azules seguían allí. Observando.
  • ¡No es por ahí! - gritó Sofi, con la voz desgarrada por la urgencia.
  • ¡Que sí! - replicó Laia encabezada - ¡Los ladridos venían del camino!
  • ¡Que no Laia, joder! - insistió ella, señalando la dirección opuesta -. ¡Venían de esa casa!
No esperó aprobación. Giró sobre sus talones y avanzó decidida entre los pinos, apartando ramas con el antebrazo. Gabi la siguió sin vacilar. No por lealtad ciega, ni por amor. Sino porque entendía - mejor que nadie - que si alguien podía leer la noche y descifrar el temblor invisible de un rastro, era su loba. Laia soltó un quejido ronco, una mezcla de rabia y desdén, pero se tragó el orgullo y fue tras ellos, negando con la cabeza. La luna colgaba enorme sobre la sierra, blanqueando los troncos y dibujando sombras que parecían moverse aunque no lo hicieran. Las linternas cortaban la oscuridad en haces temblorosos. Cada paso crujía demasiado fuerte. Cada respiración sonaba como una traición.

A escasos metros de la parcela, Sofi se detuvo en seco. Se agachó al instante, alzando una mano para ordenar que se detuvieran. Todos obedecieron sin preguntar.
  • ¿Qué has visto? - susurró Gabi, arrodillándose muy cerca de ella.
Sofi no apartaba la vista del frente.
  • Está allí… ¿lo ves?
  • Sí… - sonrió Gabi.
  • ¿Quién? - preguntó Laia, forzando la vista sin distinguir más que sombras superpuestas.
  • ¿Quién va a ser? - contestó él - Nico, joder…
  • ¿Dónde? - murmuró Rogelio detrás de ellas, medio encorvado, como si el simple hecho de erguirse pudiera delatarlos.
  • En la esquina de la izquierda. Cerca de la verja.
Siguieron la línea que marcaba su dedo. Al principio no vieron nada. Luego, poco a poco, la forma empezó a definirse levemente. Un volumen más oscuro que el resto. Bajo. Tenso. Inmóvil. Camuflado entre la sombra del seto y la pared lateral de la casa. No era una postura humana. Era una silueta preparada para saltar.
  • Es él… - susurró Rogelio, reconociendo esa tensión en la espalda, ese peso distribuido en las extremidades como un animal al acecho.
  • ¿Qué hacemos ahora? - preguntó Carol, apenas respirando.
  • Quedaros aquí - ordenó el excomisario, dando un paso al frente.
  • Voy con usted - dijo al instante Gabi, sujetándolo del antebrazo antes de que pudiera negarse.
Rogelio estuvo a punto de ordenarle que retrocediera. De decirles a todos que se pusieran a cubierto, que aquello podía acabar muy mal en pocos segundos. Pero también sabía lo que había visto antes: la fuerza imposible, la velocidad inhumana, la mirada que no pertenecía a su hijo. Lo tuvo claro: no le vendría mal la ayuda.
  • Vale, vente… Pero nada de improvisar, ¿de acuerdo? Mantente cerca mío y haz lo que yo te diga.
  • ¿Y nosotras qué? - escupió Sofi, clavando los ojos en él -. Ni lo piense que nos vamos a quedar aquí mirando…
  • A mí no me parece tan mala idea… - intentó relajar el ambiente Carol, con un hilo de voz.
  • Cubrid la salida hacia el camino - ordenó Rogelio sin apartar la vista de la figura agazapada -. Por si escapa. Pero no os separéis, ¿me escucháis? No sabemos a qué nos enfrentamos…
Sofi sonrió. No era una sonrisa alegre. Era una mueca tensa, cargada de algo que no era exactamente racional.
  • Yo sí lo sé - dijo en voz baja, con una furia nerviosa que le hacía temblar los dedos -. Y le voy a dar un consejo… Será mejor que no lo ponga nervioso.
En la esquina de la casa, la silueta se movió apenas un centímetro. Todos contuvieron el aliento. Y Sofi cedió, decidiendo quedarse atrás - esta vez-, para proteger a su manada. Mientras, Gabi y Rogelio avanzaron rápidos hacia la verja, encorvados, cuidando cada paso como si el suelo pudiera delatarlos. Las linternas aún abiertas dibujaban haces nerviosos entre los setos. Cuando estuvieron a pocos metros, las apagaron a la vez. La oscuridad los tragó de inmediato. A partir de ahí, siguieron más despacio. El excomisario pensaba a una velocidad vertiginosa. Protocolos de intervención. Contención de delincuentes. Distracción táctica. Nada encajaba con aquello. Nunca se había enfrentado a algo así. Nunca a algo que tuviera el cuerpo de su hijo y la postura de una bestia. De repente recordó la bolsa de espaguetis que aún llevaba enrollada en la muñeca. Empezó a desatar el nudo con dedos torpes, buscando una idea desesperada. Gabi lo vio y le puso la mano encima. Firme. Silencioso. Se miraron en la penumbra y el joven negó despacio con la cabeza, con un gesto breve, ordenando que se detuviera.
  • Déjemelo a mí - susurró.
  • ¿Estás loco, muchacho? - replicó Rogelio, apenas conteniendo el temblor -. No sabes de lo que es capaz…
Gabi sostuvo su mirada. No había duda en su rostro.
  • No se ofenda, señor… pero es usted quien no lo sabe.
Lo dijo sin arrogancia. Sin desafío. Solo con una certeza fría que descolocó al padre. En sus ojos no había miedo. Había algo más antiguo. Más profundo. Una determinación que Rogelio no le conocía a ningún chico de su edad. Una réplica salvaje que parecía latir detrás de sus pupilas.
De pronto, un grito rasgó la noche. Un grito de mujer. Entre lágrimas. Desgarrado. Ambos giraron la cabeza al unísono. En el porche lateral de la casa, bajo la luz amarillenta que acababa de encenderse, una anciana sostenía entre sus brazos a un perro ensangrentado. El animal apenas se movía. Sus patas colgaban sin fuerza. Ella lo apretaba contra el pecho como si pudiera devolverle la vida a base de abrazarlo.
  • ¡Rufus! ¡¿Quien te hizo esto?! - sollozaba.
El tiempo se comprimió. Gabi volvió a mirar la silueta junto a la verja. Inmóvil. Tensa. Observando.
  • Escúcheme bien, porque no tenemos mucho tiempo… - murmuró, acercándose un paso más a Rogelio sin apartar la vista de la bestia -. Eso que ve no es un monstruo. Sigue siendo su hijo. Pero ya no atiende a razones. Ya no ve el mundo como lo ve usted… ahora lo ve como yo lo veo.
Rogelio lo miró directamente, confundido.
  • ¿A qué te refieres?
  • A lo que fuimos, señor Quintana. A lo que éramos antes de taparnos el cuerpo con ropa y aprender a dialogar… Antes de que nos domesticaran el instinto y nos mintieran llamándolo educación.
El padre tragó saliva.
  • Aquí ya no sirven las palabras - siguió Gabi - ni la razón humana. Solo vale la ley del bosque… La ley del más fuerte.
Y entonces lo vio. Gabi avanzó. Pero no lo hizo erguido. No dio un paso humano. Se inclinó hacia delante, flexionando las rodillas, apoyando el peso en la parte delantera del pie. Sus hombros descendieron. La espalda se tensó. Su movimiento se volvió bajo, fluido, contenido. No caminaba. Se desplazaba del mismo modo que Nico lo había hecho. Como si el suelo le perteneciera. Como si supiera exactamente dónde pisar para no romper una sola rama. Rogelio sintió un escalofrío inmenso recorrerle todo el cuerpo.
  • Ve con cuidado… - susurró, casi sin voz.
Pero Gabi ya no estaba con él. Su respiración se había vuelto lenta. Controlada. Los ojos fijos en la figura agazapada junto a la verja. Dos sombras. Dos presencias. Hijos del bosque, amos de la noche. Él lo entendía. No con la cabeza, con algo más profundo. Había un punto en el que las palabras dejan de ser puentes y se convierten en ruido. Un umbral invisible, que una vez cruzado, el lenguaje se disuelve como humo y solo queda el pulso. Y él lo sabía - lo sentía en la sangre en ese justo momento - que ese umbral ya había sido cruzado.

Allí no había argumentos, ni súplicas que valieran. Ni recuerdos capaces de atar a nadie a su nombre. La razón había muerto en silencio. No con estrépito, no con un grito heroico, sino como muere una vela al final de la noche: consumida, agotada, sin aire. Y cuando la razón se extingue, no queda vacío. Queda algo más antiguo ocupando su lugar: La bestia. Pero no la monstruosidad grotesca que inventan los cuentos, sino la raíz primera. El latido primordial. La ley sencilla y brutal que sostuvo al mundo mucho antes de que alguien lo describiera con palabras.

Matar o ser matado. Respirar o dejar de hacerlo.
No había odio en aquello. No había maldad. Solo instinto.

Una ruptura brusca con la humanidad, como si alguien hubiera arrancado de cuajo la fina capa de civilización que cubre el hueso. Debajo no había diálogo, ni códigos, ni vergüenza. Solo músculo, hambre, territorio, amenaza. Lo que siempre había estado ahí. Lo que duerme en todos y cada uno de nosotros. Y Gabi lo comprendía porque él mismo lo había sentido. Porque no se engañaba. Porque sabía que el ser humano no es más que un animal que aprendió a mentirse con elegancia. Y cuando esa mentira se rompe, cuando el barniz se agrieta, emerge lo indómito.

Y lo indómito no escucha. No negocia. No se detiene porque alguien pronuncie su nombre.
Por eso no habló. Porque hablar era inútil. Porque intentar convencer a Nico de que se detuviera, era como susurrarle razones a un lobo hambriento. Allí solo quedaba una forma de comunicación.

La tensión del cuerpo. La mirada fija. La postura baja. La pelea. No por odio, ni por orgullo. Sino porque cuando la razón muere, el lenguaje cambia. Y en ese idioma antiguo, áspero y sin gramática, solo existe una respuesta posible al desafío.

Y Gabi estaba dispuesto a pronunciarla.
  • ¿Que coño hace? - susurró Laia asustada al verlo - ¿Por qué anda a cuatro patas?
Sofi no apartó la mirada. Lo observaba avanzar sigilosamente, fluido, bajo, con esa economía exacta del cuerpo que no desperdicia energía en aparentar nada. Y algo en su pecho ardió con orgullo, de puro reconocimiento.
  • No es él quien anda mal… - contestó en un susurro reverente -. Somos el resto quienes olvidamos cómo se camina.
Porque ella lo había probado. Había sentido cómo se desmorona la mentira dulce de la civilización cuando el pulso se acelera y la sangre golpea las sienes como un tambor antiguo. Había cruzado esa línea invisible donde las normas dejan de ser sagradas y se revelan como lo que son: barrotes elegantes.

La moral te ralentiza, las leyes te oprimen, las reglas solo fueron inventadas para domesticar lo que siempre ha sido indomesticable. Nos enseñaron a pedir permiso para existir. A suavizar los colmillos. A bajar la voz. A llamar progreso a la renuncia. Pero hubo un tiempo - ella lo sabía en los huesos - en que nadie pedía permiso para respirar. En que el cuerpo era brújula y la noche no daba miedo, sino dirección. Un tiempo en que no se discutía la verdad, simplemente se vivía como debía vivirse: Salvaje. Libre. Innegociable.

Ella había saboreado ese filo. El poder en la sangre, caliente y limpio, recorriendo cada vena como un río desbordado. La libertad en el pecho, no como una idea política, sino como una necesidad biológica. La certeza de que no debía nada a nadie salvo su propia supervivencia.
No había culpa allí. No había hipocresía. Solo presencia.

Sí, era duro.
Sí, era peligroso.
Sí, era inestable como el borde de un precipicio.

Pero también era real. Era puro. Era, simple y llanamente, verdadero.

Más real que cualquier negocio acordado en un despacho, más real que cualquier promesa electoral, más real que ese teatro social, lleno de buenas costumbres donde todos sonríen mientras se encadenan. “Eso…” pensó, viendo cómo Gabi se alejaba como un igual. “Es volver a casa.” No a una casa de paredes y techo. A la primera casa. A la piel. Al instinto. A la ley anterior a todas las leyes. Y tal vez el mundo necesitara normas para no desangrarse. Tal vez. Pero en el fondo - muy en el fondo - todos sabemos que antes de aprender a hablar ya sabíamos sobrevivir. Y nadie puede negar que en esa versión primitiva de la vida hay algo brutalmente puro. Sin máscaras. Sin barreras. Sin mentiras. Solo el latido. Solo la verdad.

Gabi no avanzó más. Se detuvo a unos metros, manteniendo una distancia de seguridad. El cuerpo bajo, el peso repartido en las manos y en la punta de los pies. No invadió el espacio de Nico de golpe, ni tampoco atacó por la espalda a traición. Ahora era un lobo, no un humano. Por eso, primero de todo, avisó. Un sonido grave salió de su pecho, no un grito humano, sino un bufido profundo, vibrante, que se arrastró por el suelo como una advertencia. No era desafío abierto. Era presencia. Estoy aquí.

Nico se quedó inmóvil y alzó la cabeza despacio. Las orejas giraron hacia atrás apenas un segundo y luego se clavaron hacia delante. El cuerpo, hasta entonces tenso por la sangre del perro, se puso aún más rígido. Los ojos azules se clavaron en Gabi. El silencio fue absoluto, hasta los insectos callaron de golpe. Después, sin apartar la mirada, retrocedió dos pasos y con una impulsión limpia saltó la verja. No la tocó siquiera; la superó con la facilidad de quien mide distancias instintivamente. Cayó al otro lado amortiguando con las patas delanteras, el lomo bajo, el cuello extendido. Ahora estaban frente a frente.
  • Hay que hacer algo - susurró Carol aterrada - se van a matar.
  • No lo harán - aseguró Sofi con una seguridad aplastante.
  • ¿Como estás tan segura? - preguntó Laia.
  • Porque no son humanos… ya no.
Sofi no apartaba la vista. Había vivido lo suficiente como para entender una verdad incómoda: el hombre es el único animal que ha aprendido a matar sin hambre. El único que convierte la sangre en espectáculo, la muerte en entretenimiento, la violencia en deporte. Dispara por trofeos. Pelea por orgullo. Arrasa por ideas. En el bosque, en cambio, la ley es más simple. Más antigua. Ningún depredador desperdicia energía en una muerte innecesaria. Un lobo no ataca por diversión. No arriesga una pata, un ojo, un tendón, si no hay necesidad real. Porque una herida es sentencia. Porque el invierno no perdona a los orgullosos. Porque sobrevivir exige cálculo.

Por eso sabía que aquello no acabaría en cadáver. Se harían daño, sí. Se medirían. Se probarían los colmillos hasta que uno comprendiera el peso del otro. Pero no cruzarían la última frontera. No siendo de la misma especie. No compartiendo el mismo código de sangre. Porque en la naturaleza, matar a uno de los tuyos no es victoria. Es debilidad. Es perder un posible aliado. Un compañero de caza. Un cuerpo más que caliente en la fría noche. La manada es fuerza. La manada es futuro. Y en ese claro, bajo la luna, no se estaban disputando la muerte. Se estaban disputando el lugar.

Sofi lo entendía porque también había sentido ese tirón primitivo. Ese pulso que late antes de la razón. Ese deseo de imponerse, de no retroceder. Pero incluso ahí, en lo más salvaje, hay una frontera invisible. Los animales no buscan destruirse. Buscan seguir respirando. Sobrevivir es más importante que matar. Siempre lo ha sido. Por eso no temblaba. Porque antes de llegar al abismo final, uno de los dos bajaría la presión. Uno desviaría la mirada. Uno cedería medio paso. Y ese medio paso sería suficiente. No era una pelea a muerte. Era una negociación sin palabras, escrita en músculo, saliva y sangre.

No hubo rugido cinematográfico. Los lobos no desperdician energía en eso. Hubo tensión. Ambos comenzaron a desplazarse en semicírculo, girando uno alrededor del otro. Barbillas bajas. Espaldas rígidas, en línea con la cabeza. Los labios se retrajeron lo justo para mostrar los incisivos. No era rabia ciega. Era cálculo.

El primero en lanzarse fue Nico. No atacó al cuello directamente. Fingió una embestida frontal y, en el último instante, giró el cuerpo buscando el flanco. Mordida rápida, destinada a desgarrar músculo y desestabilizar. Los lobos no pelean como los perros domésticos; no chocan de frente sin pensar. Buscan tendones. Buscan patas. Buscan desequilibrio.

Gabi lo vio venir. Giró sobre sí mismo, encajando el impacto con el hombro y cerrando las mandíbulas al aire donde segundos antes estaba la yugular. Rodaron. Tierra húmeda, hojas secas, un gruñido bajo que vibraba como un motor roto. Se separaron al instante. Volvieron a girar. Nico lanzó un ataque directo esta vez, rápido como un latigazo, buscando el hocico. Sus dientes alcanzaron piel. Un corte limpio. Gabi respondió sin retroceder: clavó los colmillos en el cuello, pero no consiguió buena presa; la piel gruesa y el giro violento del contrario lo obligaron a soltar.

Un choque de cuerpos. Hombro contra costillas. Mandíbulas chasqueando a centímetros de los ojos. No había furia descontrolada. Había intención de dominar. Nico cambió de estrategia. Bajó aún más el cuerpo y atacó con las patas delanteras. Mordida lateral, buscando el tendón. Si conseguía inutilizar una extremidad, la pelea terminaría rápido. Sus dientes rozaron carne y Gabi emitió un gruñido seco, más de advertencia que de dolor. Entonces contraatacó. En vez de retroceder, avanzó. Se metió literalmente bajo el pecho del otro, empujando con el lomo y levantándolo lo justo para romper su base de apoyo. Aprovechó el desequilibrio y mordió alto, cerca de la garganta, no para desgarrar, sino para sujetar.

Se quedaron así, tensos, clavados. Los cuerpos rígidos, las patas arañando tierra, el aliento caliente mezclándose en el aire frío de la noche. Un lobo no suelta si no consigue ventaja. Nico giró sobre sí mismo con violencia, buscando romper la presa. Sus mandíbulas encontraron por fin carne en el hombro de Gabi. Apretó. No un mordisco superficial: presión sostenida, trituradora, diseñada para obligar a ceder. La sangre empezó a olerse.

Se separaron de nuevo, ambos jadeando ahora. Las orejas pegadas al cráneo. Los ojos brillando.

Ninguno retrocedía. Pero algo había cambiado. La pelea ya no era solo territorio ni presa. Era jerarquía. Dominancia. El intento brutal de imponer voluntad. Nico lanzó el último ataque con todo el peso del cuerpo, directo al cuello, buscando cerrar la tráquea y terminarlo. Gabi, en el último segundo, giró el cuello y ofreció el hombro en vez de la garganta. Sintió los dientes hundirse, pero aprovechó la proximidad para cerrar sus propias mandíbulas en la parte baja del cuello del otro, donde el pelaje es más fino. No desgarró. Solo apretó lo suficiente para que el mensaje quedara claro. Los lobos entienden la presión. Entienden cuándo la siguiente fase es la muerte.

Durante un segundo eterno, quedaron inmóviles. Luego, muy despacio, Nico dejó de empujar. No fue sumisión completa. No bajó el vientre. No mostró el cuello. Pero dejó de avanzar. Y en una pelea de lobos, a veces eso es lo único que decide quién sigue respirando y quién no.
  • Colega - susurró Gabi, sangrando -. Sé que estás ahí…
Nico no respondió. Seguía mirándolo fijamente, la piel erizada, los colmillos tensos, cada músculo preparado, cada respiración cargada de instinto.
  • Escucha mi voz… - intentó de nuevo -. Sé que te sientes poderoso, sé que es acojonante. Créeme, yo también lo he sentido… Pero debes volver.
Nico relajó apenas un poco la tensión, pero permanecía a la defensiva, alerta, salvaje.
  • Debes volver, amigo… Porque si no lo haces, solo me dejarás una opción. Y no quiero… no quiero llegar a eso.
Desde la distancia, todos observaban en completo silencio aquella escena irreal. Sabían que era imposible, que carecía de toda lógica. Pero cuando uno ve con sus propios ojos lo imposible, lo único que puede hacer es quedarse en silencio y dejar que el mundo se desmorone ante él.
  • Hicimos un pacto… - dijo Gabi, mostrando la herida en su mano -. ¿Lo recuerdas?
Nico ladeó la cabeza, enfocando la palma vendada. Lentamente se acercó, sin apartar la mirada de sus ojos. Olfateó la herida, buscando algo familiar, un ancla al mundo de antes. Y entonces lo recordó.
  • Si te acuerdas - sonrió Gabi, al ver cómo la lengua de Nico rozaba la herida.
El bosque contuvo la respiración. Durante un segundo imposible, la tensión se aflojó. No del todo - nunca lo hace del todo -, pero lo suficiente para que el filo del mundo dejara de cortar. La piel erizada descendió apenas un grado. Los colmillos, aún visibles, ya no buscaban desgarrar. El recuerdo no era una imagen. Era olor. Hierro. Tierra. Promesa. La herida hablaba un idioma que ninguna palabra humana podía pronunciar. En la sangre estaba el pacto, el juramento mudo de dos cuerpos que habían cruzado una frontera juntos. Y Nico lo reconocía. No con razón. No con lógica. Solo con instinto. La lengua volvió a rozar la palma abierta, más lenta ahora. Probando. Confirmando. Aceptando. Gabi no se movió. Sabía que cualquier gesto brusco rompería el hilo frágil que los sostenía. Sabía que no estaba convenciendo a un hombre, sino apelando a algo más salvaje. A una memoria que no vive en la cabeza, sino en la médula.
  • Ahora recuerda más allá… - murmuró, apenas moviéndose -. Lo que fuiste antes… Recuerda, amigo…
Los ojos azules ya no eran dos faros de amenaza. Eran dos brasas dudando entre arder o apagarse. La tensión en los hombros descendía, pero seguía ahí, lista para regresar en cualquier momento. Porque la bestia no desaparece nunca del todo, solo retrocede. Desde la distancia, nadie se atrevía a respirar demasiado fuerte. La luna iluminaba la escena como un foco cruel. Un hombre arrodillado. Un lobo inclinado sobre su mano. Sangre compartida. Silencio. Nico levantó la cabeza despacio. Su nariz temblando. Aspiró el aire nocturno, cargado de miedo ajeno, de humanos escondidos, de metal, de casas, de límites. Y entonces volvió a mirarlo. No con hambre, ni con rabia. Con reconocimiento. Pero en ese reconocimiento aún latía algo indomable. Algo que no prometía quedarse. Gabi lo supo en el instante en que los ojos del lobo se endurecieron de nuevo, no por furia, sino por decisión. Recordar no siempre significa volver. A veces solo significa despedirse.
  • Esto es brutal - dijo Nico de repente, la voz vibrando entre gruñidos - . Me siento… tan… tan…
  • Poderoso, lo sé - respondió Gabi, con calma, como quien sostiene un hilo que podría romperse en cualquier momento.
  • Jamás me había sentido tan bien - continuó Nico, la respiración agitada, los músculos tensos, cada sensación amplificada -. Ahora lo comprendo, Gabi. Ahora entiendo por fin a qué te referías.
  • Está bien - dijo Gabi, firme -, pero debes aprender a controlarlo.
  • ¿Para qué? - rió Nico, un sonido gutural, lleno de excitación -. ¿Para ser un humano torpe y obeso? ¡Ni hablar, colega! Quiero vivir así… por siempre.
  • Es peligroso, Nico - advirtió Gabi, sus ojos fijos en los de él, midiendo cada reacción, cada impulso.
  • ¿Y qué más da eso? - replicó Nico, dejando escapar un rugido contenido, temblando de adrenalina -. ¡Es real, joder! Puedo sentirlo todo… Puedo hacer lo que quiera…
Gabi tragó saliva, comprendiendo la magnitud de aquel despertar. Sabía que aquel poder era un filo de doble cara: euforia y peligro entrelazados. Intentaba transmitirle la prudencia con cada palabra, aunque también sentía, con miedo y orgullo, la fuerza de aquello que había sido su amigo y ahora era casi un animal.
  • Sí - susurró Gabi -. Lo sé… Lo sientes. Pero escucha: no puedes dejar que esto te domine. No todavía. Porque si lo haces… - hizo una pausa, dejando que la gravedad del silencio cayera sobre ellos -, podrías perderte para siempre.
Nico lo miró, los ojos brillando como dos faros en la oscuridad, y ese instante duró una eternidad. La bestia rugía dentro de él, la sangre palpitaba con fuerza, y Gabi sabía que aquel era un momento crucial, en que la razón y el instinto se enfrentaban, uno contra otro, en un delicado equilibrio que podía quebrarse en cualquier segundo.
  • ¡¿Quién anda ahí?! - la voz los sacudió de repente, arrancándolos de la quietud y llenando el aire de alarma.
Nico se tensó al instante, el instinto de la bestia volviendo con pasos agigantados, el cuerpo erizado, los colmillos a medio asomar. Cada músculo parecía vibrar bajo su piel, preparado para atacar. Charo apareció en la verja, linterna en mano, las ropas ensangrentadas, seguida de su marido, ambos congelados por el horror y la incredulidad. La luz temblorosa de la linterna iluminaba fragmentos de la escena, pero nada podía atenuar la presencia salvaje que respiraba ante ellos.
  • Hay que irse, Nico - susurró Gabi, poniendo una mano firme su hombro, intentando contenerlo antes de que todo empeorara.
Pero la bestia ya había vuelto a su estado anterior. No escuchaba razones, no retrocedía. Gabi intentó rodearlo con cuidado, tirando de su brazo, acercándose, hablando con suavidad y firmeza, intentando reconectar con lo humano que aún podía quedar dentro de él. Nico rugió, un sonido profundo y salvaje que resonó en el bosque. Sus ojos brillaban, su respiración era rápida, su cuerpo preparado para el salto. La pareja de ancianos se detuvo de golpe, aterrorizados por aquel sonido. En ese instante preciso, Rogelio apareció detrás de ellos, desenfundó su arma y, sin dudarlo, le dio un culatazo en la sien. La fuerza del golpe interrumpió la furia de la bestia. Nico cayó al suelo, desmayado, respirando con dificultad. Sin perder un segundo, Gabi y Rogelio se miraron y, con movimientos coordinados, lo levantaron entre ambos. Su peso era enorme, el cuerpo todavía temblando de la tensión animal que acababa de atravesarlo. Cada paso hacia la seguridad del bosque era lento, medido, vigilando que nadie los siguiera y que la bestia dormida no despertara antes de tiempo.

Finalmente, con Nico entre sus brazos, los tres se adentraron en la penumbra, dejando atrás la verja, los gritos y la amenaza, mientras la noche recuperaba su silencio ominoso, roto solo por el eco de unos ladridos lejanos. Sofi se inclinó sobre Gabi, sus manos firmes y cuidadosas recorriendo las heridas que el enfrentamiento le había dejado. Limpiaba la sangre con calma, mientras murmuraba palabras tranquilizadoras, como si el tacto pudiera reconstruir no solo la piel, sino la tranquilidad interior que había sido sacudida.
  • En cuanto lleguemos a casa te curaré esa mordida… aunque te va a doler un poco - susurró, con un hilo de sonrisa que intentaba ser optimista.
Gabi solo asintió, apoyando la cabeza de Nico en su hombro, dejando que la calidez de ella contrarrestara el frío que la noche había traído. Al otro lado, Laia no podía apartar la mirada de Nico. Lo observaba respirar, aún con restos de tensión animal en el cuerpo, la mirada ligeramente perdida, consciente de la frontera que había cruzado y que ya no podría deshacer. Cada respiración de Nico le recordaba que lo que había visto no era un juego, no era un accidente: habían tocado algo primitivo, un límite que la civilización rara vez permitía rozar.

Cuando llegaron al chalet, Carol ayudaba a organizar lo que quedaba de su refugio temporal, mientras Rogelio revisaba el equipaje de Nico y los documentos del vuelo que les esperaba. Cada paso era pesado, consciente, cargado de la certeza de que en pocas horas abandonarían España y tal vez no regresarían nunca. El coche esperaba, silencioso, como un testigo paciente. La luna iluminaba el despacho, reflejando las sombras de quienes ahora se sentían marcados por lo que habían presenciado. Nadie hablaba demasiado, porque no hacía falta. Todos entendían que el viaje que les aguardaba no solo cruzaría océanos, sino que marcaría un antes y un después en sus vidas.
  • No hay retorno - murmuró Laia finalmente, con voz baja, más para sí misma que para los demás.
Gabi la escuchó, apretando la mano de Sofi como si quisiera afirmarse en la certeza que compartían: lo que había pasado ya no podía deshacerse. Incluso si lograban sobrevivir, regresar al mundo que conocían sería imposible. Todo había cambiado, y ellos también. El silencio pesado, cargado de miedo, decisión y una determinación silenciosa: avanzaban hacia un futuro incierto, conscientes de que, si regresaban, nunca serían los mismos.

Como el Estroncio, siendo el rojo que incendia la noche y el metal que usurpa el lugar del hueso para dar paso a la bestia. Esta historia continuará…
 
Capitulo muy duro y muy muy triste.
Aunque no sea el realmente, estoy no se lo voy a perdonar a Nico en la vida .
Ha matado porque le ha dado la gana a un pobre Perro que no le ha hecho absolutamente nada. Es un miserable.
 
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