Recuerdos

megamorbo

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29 Jun 2023
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Esa mañana el despertador sonó a las 6:45, como de costumbre. Para Luis era uno más de esos grises días de oficina en su empresa de reparto. Acudía puntualmente a su despacho en uno de los edificios más pequeños del gran complejo empresarial y atendía los asuntos rutinarios sin demasiado entusiasmo, igual que le ocurría con su vida personal. Su matrimonio era perfecto, su puesto de trabajo era el ideal, ni muy arriba ni muy abajo, con un buen sueldo. La relación con sus compañeros era muy cordial. En definitiva , llevaba una vida asquerosamente correcta. Sí, en su mediana edad y a pesar de tener un aspecto impecable, con esas canas de madurito interesante y su traje bien combinado, no podía evitar esa sensación de haberse perdido muchas cosas, de no haber sacado ese lado oscuro que todos en mayor o menor medida tenemos y que nos hace salpicar nuestra rutina con un poco de salsa. Aún recordaba cuando era muy joven y acababa de incorporarse a la empresa como repartidor, fueron muchas las oportunidades que perdió para aderezar su juventud y que ahora sólo le servían para lamentar lo panoli que siempre había sido. En el ecuador de su vida sentía que ser asquerosamente correcto le había hecho ser un panoli. Por eso su forma de vida, su trabajo, sus aficiones…, deberían ser más interesantes. Y por supuesto su aburrida vida sexual, cuyo mayor exceso fue cambiar en alguna ocasión la cama por un lavabo de hotel… Le consuela recrearse eb algunos recuerdos de su no tan lejana juventud.

En la playa

Luis tiene grabadas en su cabeza mil historias que pudieron ser y no fueron. Como aquella novia que le permitió ir un poco más allá, nada menos que con 18 años. Fue en la playa, solía llevar un bañador turbo blanco de esos ajustados que marcaban todo, un paquetón que ni los de Correos. Y aunque no presume de un gran tamaño tampoco se puede quejar, por lo que llamaba la atención con aquel cuerpo entonces muy delgado pero bien definido. A pesar de su gran timidez (o quizá por eso) hizo amistad con una chica rubia espectacular de su edad, con un cuerpazo de escándalo. Llevaba un biquini que dejaba ver un culo perfecto que temblaba a cada paso y unos grandes pechos que rebosaban la escasa tela. Era inglesa y debían entenderse en el poco francés que sabían, ya que ninguno hablaba el idioma del otro. Desde el principio sobraban las palabras, ya que el lenguaje se centró en miradas intensas, muy profundas, esas que sabes que te devoran. Le cogía del brazo y disimuladamente lo frotaba contra su pecho, se colocaba el bikini dejándole ver brevemente sus erectos pezones, le hablaba con una voz muy sensual cosas que apenas entendía… Y él, como buen panoli, disimulaba como podía las continuas erecciones que tenía estando con ella. En cuanto este monumento se acercaba a la sombrilla familiar para saludarle la reacción era inmediata y no había forma de bajar aquello. Su madre le decía: “Luis, hijo, levántate a saludar a esta chica tan maja”. Y él pensaba: “Tengo el rabo que si me levanto reviento el bañador y me explotan los huevos”, pero contestaba: “No mamá, me duele la rodilla, que se siente ella”. Y así podía pasar un buen rato buscando en qué pensar para poder moverse: el profe de Química, la bruja de la panadería, las judías verdes… y levantarse por fin. Al llegar a casa cada tarde tenía que masturbarse para aliviar el dolor que le hinchaba los testículos. Nunca había experimentado tal grado de excitación y dolor, incluso se veía el miembro más grande, seguramente hinchado de tanto meneo. Cada orgasmo era un alivio, además de muy placentero. No le hacían falta ni dos movimientos para explotar de gusto.

En un trayecto de ascensor, cuando subían de la piscina, al ver que el panoli no reaccionaba la chica le atrajo hacia sí y le besó como nadie lo había hecho, jugando con la lengua por todos los rincones de su boca. Apretó su cadera con fuerza sintiendo la dureza del miembro y frotándolo con movimientos de su cintura de un lado a otro. Luis no podía más, no se podía creer lo que le estaba pasando. Tímidamente llevó la mano a su pecho, lo apretó y sintió cómo ella le ayudaba a frotarlo con fuerza. Bajó la tela del bikini y acarició el duro pezón, que provocó un gemido intenso. Ella bajó la mano y le acarició por encima del bañador con intención de masturbarle. Estaba duro y palpitante como nunca. Luis se dejaba hacer y suspiraba, en cualquier momento podía correrse. Pensaba que en cuanto tuviera oportunidad iba a ir más lejos, necesitaba follar, probar la sensación de meter su miembro, iba a explotar. Bajó su mano a la braguita del bikini buscando el sexo de su amiga…. pero ella se la retiró amablemente, la mala suerte hizo que estuviera con la menstruación y su sueño se alejara…… Clinc, las puertas se abrieron en la quinta planta dejándole con un bulto enorme en el bañador y una cara que era un poema.

Al día siguiente la chica cogía un avión para volver a casa. Se intercambiaron cartas de amor durante un tiempo, muy románticas, pero Luis sólo se acordaba de su mala suerte. La siguiente oportunidad tardaría en llegar y tendría que seguir con sus pajas diarias en las que ya era todo un experto.
 
Buenas, me atrevo a contaros algunas experiencias, a ver qué os parece... no había publicado nada aún. Espero que os guste
 
Repartidor

Luis empezó a trabajar en la empresa como repartidor, con 22 años. Le gustaba trabajar en la calle. En aquella época estaba muy enamorado y sólo tenía ojos para su chica, por lo que ni se daba cuenta de la cantidad de oportunidades perdidas. Anda que si es ahora… Como aquella vez que le asignaron una exclusiva zona de viviendas. Llamó al telefonillo para la entrega de un paquete y después de un buen rato contestó una voz femenina apurada. Aunque parecía ocupada le hizo subir porque estaba esperando la mercancía. Al llegar al piso le abrió la puerta una mujer madura, unos 40 o 45 años, descalza, intentando abrocharse una bata de seda muy fina y ligera arrugada y medio caída, síntoma de que debia estar durmiendo. Al recoger el paquete la bata se abrió y dejó ver una lencería negra muy fina de encaje por la que se transparentaban claramente los pezones de unos grandes pechos. Luis no podía evitar dirigir su mirada a ellos, le encantan los pechos grandes. Ella notó las miradas furtivas y parecía encantada con esa cara tímida imberbe detrás de las gafas. Cambió de postura para que la bata se abriera aún más pero él no se inmutaba, ni siquiera cuando el bolígrafo cayó al suelo y ella se agachó provocativamente para dejar ver los pezones asomando por encima del sujetador, con los grandes pechos tambaleándose. La reacción de Luis fue tapar con la carpeta la enorme erección que inevitablemente empezaba a tener... y sudar. Sólo acertó a dar las gracias como respuesta a la pícara mirada de la mujer, que bajó sus ojos al paquete (al de Luis, no al que acababa de recibir). Se sentía deseada sólo con apreciar la furtiva mirada del panoli por todo su cuerpo, es lo que ella buscaba.
Luis no era consciente en ese momento de la gran oportunidad perdida, sólo lo añadió a su colección de fantasías. En otras circunstancias no habría escondido la enorme erección que se adivinaba a través del pantalón. La mujer se habría fijado y habría dejado caer su bata al suelo, entrando en la casa para que Luis pudiera ver su carnoso culo contorneándose. Ella desde el final del pasillo le habría hecho una señal para que pasara y una vez dentro se habría abalanzado a su boca, recorriéndola con su lengua mientras con las manos desabrochaba el pantalón. Y con gran habilidad habría liberado su durísimo miembro que habría saltado como un resorte y ella, arrodillándose, lo metería en su boca oyendo los gemidos de Luis que no podría moverse y que a ese ritmo no aguantaría mucho más explotando de placer dentro de ella. Y ella recibiría el producto de ese enorme placer y se lo enseñaría con los ojos perdidos mientras con los dedos acariciaba su húmedo sexo. Pero todo esto era ya producto de su imaginación…
 
La alumna

Luis era bastante despierto para buscarse la vida, le encantaba meterse en charcos. Al poco de entrar en la empresa le propusieron dar clases para la formación interna de los trabajadores. Y se encargó él mismo de preparar el material, los contenidos y la organización de los cursos. Estaba encantado, entonces era aún muy joven, unos 25 años, y con toda la energía a su disposición. En las clases mostraba su entusiasmo, incluso su euforia, y lo contagiaba. Se veía como un líder arengando a las masas. Y a pesar de su juventud (y su panolismo) transmitía esa imagen de seguridad que suele ser muy atractiva.

En uno de los grupos había una chica que le llamó la atención desde el primer día: alta, pelirroja, con unos ojos verdes enormes y penetrantes, con rasgos muy acentuados, incluso agresivos. De esas chicas de bandera a las que uno teme siquiera acercarse. Estaba muy atenta siempre en clase, tomando apuntes de vez en cuando. Miraba fijamente a Luis, aparentemente muy concentrada y éste, poco acostumbrado a sentirse observado y viéndose abrumado por esa mirada de fuego, perdía el hilo. Mejor dicho, perdía el carrete entero y tenía que empezar de nuevo. Jamás hubiera imaginado que ese pedazo de tía, que no era muy guapa pero tenía un atractivo irresistible, pudiera tener el más mínimo interés en él. Ni siquiera cuando se agachaba exageradamente a preguntar algo y dejaba ver sus pechos casi enteros a través del escote. Luis, a por uvas, echaba un vistazo furtivo, balbuceaba algo y desviaba la mirada nervioso pensando que era un “accidente” ¡Ay, alma de cántaro! Nada de accidente, ¡que te estaba apuntando! Ni cuando hicieron la fiesta de fin de curso y fueron a bailar se coscaba de sus intenciones: la tía no se separaba de él echándole flores toda la noche: que si eres muy buen profe, que si tan joven, que si qué majo, que si bailo contigo para que me arrimes la cebolleta…. Pero Luis, en su peculiar estilo y a pesar de ponerse muy cachondo, seguía pensando que no había intención alguna. En fin, así le pasó, que se dieron los teléfonos y no volvió a saber de ella, que debió pensar: “vaya idiota, no se entera de nada, como sea igual en la cama….”.

Luis se dio cuenta de todo esto después de pasado mucho tiempo, recordando su facilidad para empalmarse y que aquella noche ella lo notó acercando su culo, pasando delante de él como sin querer varias veces. Después de los años sabía que en uno de esos bailes podría haber estrechado su cuerpo con el de ella para que notara de verdad la erección. Y ella seguro que habría respondido apretando aún más y sugiriéndole ir a un rincón para besarle y dejar que magreara sus generosos pechos, con esa energía que su aspecto de leona dejaba asomar. Y le habría sobado bien el paquete, desabrochando su pantalón en la oscuridad y palpando el no muy largo pero grueso y duro miembro por encima de la ropa interior y sacándolo para notar los latidos en su mano. Y él haría lo propio subiendo la falda de ella y agarrando su culo, acariciándolo mientras los dedos buscaban su sexo. Y haciendo a un lado la braga y con gran habilidad (de ella por supuesto) la penetraría despacio, sintiendo que la humedad le empujaba hacia adentro llevándole al placer infinito. Gemirían los dos, envueltos en el sórdido ambiente de ese rincón y con el morbo de estar tan cerca de la gente. Y ella no tardaría en explotar de placer como poseída, girando la cabeza y gritando, mordiéndole el cuello. Y él al oír sus gritos se derramaría en su interior, dejando que los intensos espasmos la inundaran, sintiendo cómo rebosaban todos los fluidos y disfrutando un largo rato con sus sexos unidos mientras ambos suspiraban y sonreían con este rápido pero morboso polvo. Pero todo esto sólo habría sucedido si Luis no hubiera sido tan panoli. Así que otra fantasía más al saco.
 
Buenísimo!! Lo peor es que me siento identificado,yo también fui un panoli, desperté tarde pero he despertado....o no
Si alguien quiere comprobar si lo sigo siendo, estoy abierto a propuestas...

Esperando más capítulos.. Gracias por escribir
 
Hora de actuar

Luis estaba ya cansado de vivir de los recuerdos y las fantasías. Su correcta vida le daba muchas alegrías y una gran tranquilidad, pero tenía sus efectos secundarios. Siempre había sido sexualmente muy activo y con esa situación la única forma de canalizarlo era dándole continuamente a la zambomba. Al principio con una gran frecuencia, una o dos veces al día, excepto las pocas veces que tocaba echar un polvo. Para esos momentos intentaba contenerse un poco. Gracias al gran almacén de fantasías y después al interesante contenido de internet se iba apañando. Incluso conseguía llegar a orgasmos espectaculares cuando se quedaba solo en casa y podía hacer preparativos en condiciones: un vídeo interesante (por ejemplo una multitudinaria orgía), buena temperatura para estar completamente desnudo y sin riesgo de que nadie le molestara, un bote de crema hidratante y tiempo para disfrutar despacio del estímulo. Para poder echarse la crema en las manos y, tumbado en el sofá, ir acariciando su cuerpo despacio con la punta de los dedos, erizando todo su vello. Y viendo cómo su amigo crecía y se ponía duro como una piedra, cómo palpitaba. Acariciando sus testículos mientras miraba las escenas que más le calentaban, esas en las que se practica sexo sin límites y cambian de pareja a cada momento. Echando crema en su miembro y agarrándolo con la mano para moverlo de arriba abajo, despacio, asomando a cada movimiento su brillante e hinchado glande que suele estar semicubierto y que da un placer enorme cuando se descubre por completo. Y acercándose desnudo y bien duro al espejo de su dormitorio para disfrutar por completo de su masturbación. Dándose la vuelta para ver su culo, algo que le excita enormemente. Y cuando conseguía esos espasmos de placer a cada movimiento de su mano volver al salón y de pie, que es como más le gusta, continuar con una mano el movimiento ahora más intenso mientras escuchaba los gemidos de la tablet y con la otra acariciar muy despacio sus pezones, algo que le vuelve loco y que es su resorte secreto para alcanzar el clímax. Los orgasmos así son espectaculares, tienen poco que envidiar a un buen polvo y siempre que puede se recrea en ellos.

Pero la mayoría de las veces se tiene que conformar con una pajilla como los monos del zoo, a escondidas en el baño, por la noche cuando todos están durmiendo o antes de ir a trabajar: plis plas plis plas y a correrse de mala manera. Sólo le falta que alguien le eche unos cacahuetes. Eso no es sexo, eso es necesidad fisiológica.

Ya estaba harto, decidió romper con esa rutina, necesitaba algún estímulo en su vida que le sirviera de aliciente y así disfrutar de su lado oscuro. Para él el sexo es fundamental, es algo imprescindible para deambular por la vida, es tan necesario como comer o respirar. Y su gran potencial se ha desperdiciado, ya se sabe: polvo no echado, polvo perdido para siempre.

Una vez tomada esta decisión le quedaba buscar alguna oportunidad, y quizá la tuviera. Algunas mañanas, después de dejar a los peques en el cole, un grupo de padres y madres van a un bar cercano a tomar un café. La charla es distendida, de cosas triviales. Una de las madres, Lola, siempre le acompaña hasta el coche porque suele aparcarlo en su camino al metro. Las conversaciones nunca le hicieron sospechar nada raro, lo cual no es sorprendente en él. Un día le llegó un correo electrónico muy extraño a su buzón personal. La remitente era Lola y se trataba de una coña de esas que se reenvían a un montón de gente, no era nada dirigido expresamente a él pero… ¿de dónde había sacado su dirección? No recordaba habérsela dado y lo cierto es que le dio qué pensar. Inmediatamente después recibió otro, esta vez sí dirigido a él, en el que le pedía disculpas: “No sé qué ha pasado, tenía por aquí tu dirección y sin querer te he enviado un correo. Por favor perdóname, no quería entrometerme, la borraré enseguida”. Ante ese supuesto despiste la respuesta de él fue muy cortés: “No te preocupes mujer, no pasa nada. Puedes escribirme cuando quieras, un correo no molesta”. Obviamente él no sospechó nada, a pesar de la muy evidente intención de Lola por empezar un contacto. A partir de ese momento empezó a recibir correos de ella frecuentemente, siempre como parte de la lista de amigos y con contenidos livianos. Él respondía educadamente a alguno especialmente gracioso para no parecer antipático hasta que pasados unos días recibió uno sólo para él:

- “Toc, toc… ¿se puede?”
- “Adelante” contestó él.
- “Me aburría y he pensado en charlar un rato contigo, si no te molesta claro
- “No, ¿por qué me iba a molestar? Charlar es muy sano…

Las conversaciones eran triviales, música, cocina… seguían viéndose con frecuencia en el café matutino, pero él ya notaba una mirada especial. La tía tenía unos pechos enormes y recios, unos ojos preciosos y una boca muy carnosa y él notaba un cambio de actitud, o quizá es que se fijaba más en ella, pero le estaba empezando a poner cachondo. Un día recibió en su correo un vídeo con un producto de sex-shop muy gracioso, un masturbador femenino con una forma imposible, comentando lo difícil que era de usar. Ese fue el detonante. Las conversaciones fueron subiendo de tono, siempre buscando las risas, hasta que uno de ellos ya fue muy explícito, con palabras muy expresas. Lola le confesó que le encanta hablar de sexo y que si no le importaba que fuera con lenguaje duro. Luis estaba asustado, había visto y leído cosas en internet pero jamás se las había contado nadie y menos una chica. Le hablaba de sentirse dominada, de ser obediente, de tener sexo salvaje…. Y Luis el pobre no sabía qué decir: “Qué bien, pero a mí no sé si me gustan esas cosas…”. Y ella seguía al ataque. A pesar de las barbaridades se ponía cachondísimo, más de una paja se hizo pensando en esas conversaciones. Ella le propuso quedar un día a tomar algo pero él estaba abrumado, le superaba todo aquello. Se sentía como el pitufo tontín en el castillo del ogro. Ponía mil excusas porque le daba miedo hasta dónde podía llegar aquello.

Aun así decidió que esta era la oportunidad que estaba buscando. Recordó la invitación pendiente y la aceptó. Quedaron una tarde de otoño en el centro para tomar una cerveza. Lola apareció con una camiseta muy apretada que realzaba aún más sus enormes pechos y un pantalón negro que hacía adivinar la carne de su hermoso culo. Charlaron de lo divino y lo humano y por supuesto salió a colación el sexo. Lola no paraba de mirarle fijamente a los ojos y le confesó que había notado su rechazo a ciertas conversaciones pero que sólo eran fantasías, sus prácticas eran más tradicionales y muy escasas ya que su matrimonio se estaba deshaciendo. El confesó su poca experiencia y su poca iniciativa en este terreno y a ella se le iluminaron los ojos: debía estar encantada por contar con un juguetito como él. Luis tenía decidido que ella era la candidata perfecta para airearse un poco y en cuanto tuviera oportunidad le propondría otra cita. Pero ella parece que lo tenía más claro aún. Pagaron y Luis se ofreció llevarla al barrio en su coche, que tenía aparcado en una calle cercana con muy poca luz. Ella no estaba para chorradas ni para cortejos. Según entró le cogió del cuello y le plantó un beso largo, muy largo… Jugaba con la lengua como si fuera un molinillo y Luis no se lo podía creer, tuvo una erección inmediata. Ella respiraba muy fuerte mientras le besaba, pasando al cuello, mejillas, orejas, recorría toda su cara. Asustado, miraba como podía a través de los cristales porque, aunque la calle estaba desierta, cualquiera podía verles desde un balcón. Seguramente el riesgo de ser vistos estaba resultando muy excitante a Lola, pero Luis vigilaba como un pajarito mientras el halcón le devoraba. Sin darle tiempo a asimilar lo que estaba pasando, la chica bajó la mano directamente a su paquete, que estaba a punto de reventar, y le desabrochó el pantalón. Él como pudo metió la mano bajo su camiseta para acariciar su pecho y pellizcar suavemente su erecto pezón y ella le sacó el miembro durísimo, se agachó y lo metió en su boca. Fue bestial, jamás había sentido algo así. Era una auténtica experta y se notaba que lo estaba disfrutando muchísimo, ya que no paraba de gemir mientras succionaba. Luis estaba sorprendido, les podían ver en cualquier momento pero aquello era brutal. Torpemente trató de llegar a su sexo, consiguió acariciarlo y meter un dedo, notándolo empapado, algo que le encantó. Pero ella no le ayudaba mucho, estaba afanada en su trabajo al que estaba dedicando toda su atención, movía la cabeza y las dos manos sin sacar el miembro de su boca, acariciando sus testículos, su pecho y sin parar de gemir y suspirar. Estaba claro su objetivo, le encantaban las mamadas. Llegó un momento en que él no podía más y la avisó, pero ella no se inmutó. Al contrario, se afanó aún más y Luis explotó de placer como nunca, las pulsaciones de su miembro mientras ella lo tenía en su boca le produjeron una sensación única. El orgasmo fue bestial, no pudo evitar gritar como un loco y casi perder el conocimiento. Ella mantuvo un rato el rabo en su boca hasta que dejó de palpitar y, subiendo la cara para que él la viera, abrió la boca, se tragó los fluidos y le volvió a besar para compartirlos con él. Eso era demasiado. A pesar del intenso orgasmo Luis no sabía si realmente le había gustado: era una mezcla de placer, morbo, vergüenza, pasión desenfrenada, miedo y repelús. Sólo acertó a dar las gracias a Lola, lo peor que se le puede decir a una chica en esos momentos. Y ella sólo le dijo que le había encantado su rabo.

Aquello le dejó marcado. No volvieron a repetir la experiencia, ni siquiera han vuelto a quedar a solas, pero se abrió una espita por la que podría escapar de vez en cuando el chico malo que estaba escondido muy dentro de él.
 
Hora de actuar

Luis estaba ya cansado de vivir de los recuerdos y las fantasías. Su correcta vida le daba muchas alegrías y una gran tranquilidad, pero tenía sus efectos secundarios. Siempre había sido sexualmente muy activo y con esa situación la única forma de canalizarlo era dándole continuamente a la zambomba. Al principio con una gran frecuencia, una o dos veces al día, excepto las pocas veces que tocaba echar un polvo. Para esos momentos intentaba contenerse un poco. Gracias al gran almacén de fantasías y después al interesante contenido de internet se iba apañando. Incluso conseguía llegar a orgasmos espectaculares cuando se quedaba solo en casa y podía hacer preparativos en condiciones: un vídeo interesante (por ejemplo una multitudinaria orgía), buena temperatura para estar completamente desnudo y sin riesgo de que nadie le molestara, un bote de crema hidratante y tiempo para disfrutar despacio del estímulo. Para poder echarse la crema en las manos y, tumbado en el sofá, ir acariciando su cuerpo despacio con la punta de los dedos, erizando todo su vello. Y viendo cómo su amigo crecía y se ponía duro como una piedra, cómo palpitaba. Acariciando sus testículos mientras miraba las escenas que más le calentaban, esas en las que se practica sexo sin límites y cambian de pareja a cada momento. Echando crema en su miembro y agarrándolo con la mano para moverlo de arriba abajo, despacio, asomando a cada movimiento su brillante e hinchado glande que suele estar semicubierto y que da un placer enorme cuando se descubre por completo. Y acercándose desnudo y bien duro al espejo de su dormitorio para disfrutar por completo de su masturbación. Dándose la vuelta para ver su culo, algo que le excita enormemente. Y cuando conseguía esos espasmos de placer a cada movimiento de su mano volver al salón y de pie, que es como más le gusta, continuar con una mano el movimiento ahora más intenso mientras escuchaba los gemidos de la tablet y con la otra acariciar muy despacio sus pezones, algo que le vuelve loco y que es su resorte secreto para alcanzar el clímax. Los orgasmos así son espectaculares, tienen poco que envidiar a un buen polvo y siempre que puede se recrea en ellos.

Pero la mayoría de las veces se tiene que conformar con una pajilla como los monos del zoo, a escondidas en el baño, por la noche cuando todos están durmiendo o antes de ir a trabajar: plis plas plis plas y a correrse de mala manera. Sólo le falta que alguien le eche unos cacahuetes. Eso no es sexo, eso es necesidad fisiológica.

Ya estaba harto, decidió romper con esa rutina, necesitaba algún estímulo en su vida que le sirviera de aliciente y así disfrutar de su lado oscuro. Para él el sexo es fundamental, es algo imprescindible para deambular por la vida, es tan necesario como comer o respirar. Y su gran potencial se ha desperdiciado, ya se sabe: polvo no echado, polvo perdido para siempre.

Una vez tomada esta decisión le quedaba buscar alguna oportunidad, y quizá la tuviera. Algunas mañanas, después de dejar a los peques en el cole, un grupo de padres y madres van a un bar cercano a tomar un café. La charla es distendida, de cosas triviales. Una de las madres, Lola, siempre le acompaña hasta el coche porque suele aparcarlo en su camino al metro. Las conversaciones nunca le hicieron sospechar nada raro, lo cual no es sorprendente en él. Un día le llegó un correo electrónico muy extraño a su buzón personal. La remitente era Lola y se trataba de una coña de esas que se reenvían a un montón de gente, no era nada dirigido expresamente a él pero… ¿de dónde había sacado su dirección? No recordaba habérsela dado y lo cierto es que le dio qué pensar. Inmediatamente después recibió otro, esta vez sí dirigido a él, en el que le pedía disculpas: “No sé qué ha pasado, tenía por aquí tu dirección y sin querer te he enviado un correo. Por favor perdóname, no quería entrometerme, la borraré enseguida”. Ante ese supuesto despiste la respuesta de él fue muy cortés: “No te preocupes mujer, no pasa nada. Puedes escribirme cuando quieras, un correo no molesta”. Obviamente él no sospechó nada, a pesar de la muy evidente intención de Lola por empezar un contacto. A partir de ese momento empezó a recibir correos de ella frecuentemente, siempre como parte de la lista de amigos y con contenidos livianos. Él respondía educadamente a alguno especialmente gracioso para no parecer antipático hasta que pasados unos días recibió uno sólo para él:

- “Toc, toc… ¿se puede?”
- “Adelante” contestó él.
- “Me aburría y he pensado en charlar un rato contigo, si no te molesta claro
- “No, ¿por qué me iba a molestar? Charlar es muy sano…

Las conversaciones eran triviales, música, cocina… seguían viéndose con frecuencia en el café matutino, pero él ya notaba una mirada especial. La tía tenía unos pechos enormes y recios, unos ojos preciosos y una boca muy carnosa y él notaba un cambio de actitud, o quizá es que se fijaba más en ella, pero le estaba empezando a poner cachondo. Un día recibió en su correo un vídeo con un producto de sex-shop muy gracioso, un masturbador femenino con una forma imposible, comentando lo difícil que era de usar. Ese fue el detonante. Las conversaciones fueron subiendo de tono, siempre buscando las risas, hasta que uno de ellos ya fue muy explícito, con palabras muy expresas. Lola le confesó que le encanta hablar de sexo y que si no le importaba que fuera con lenguaje duro. Luis estaba asustado, había visto y leído cosas en internet pero jamás se las había contado nadie y menos una chica. Le hablaba de sentirse dominada, de ser obediente, de tener sexo salvaje…. Y Luis el pobre no sabía qué decir: “Qué bien, pero a mí no sé si me gustan esas cosas…”. Y ella seguía al ataque. A pesar de las barbaridades se ponía cachondísimo, más de una paja se hizo pensando en esas conversaciones. Ella le propuso quedar un día a tomar algo pero él estaba abrumado, le superaba todo aquello. Se sentía como el pitufo tontín en el castillo del ogro. Ponía mil excusas porque le daba miedo hasta dónde podía llegar aquello.

Aun así decidió que esta era la oportunidad que estaba buscando. Recordó la invitación pendiente y la aceptó. Quedaron una tarde de otoño en el centro para tomar una cerveza. Lola apareció con una camiseta muy apretada que realzaba aún más sus enormes pechos y un pantalón negro que hacía adivinar la carne de su hermoso culo. Charlaron de lo divino y lo humano y por supuesto salió a colación el sexo. Lola no paraba de mirarle fijamente a los ojos y le confesó que había notado su rechazo a ciertas conversaciones pero que sólo eran fantasías, sus prácticas eran más tradicionales y muy escasas ya que su matrimonio se estaba deshaciendo. El confesó su poca experiencia y su poca iniciativa en este terreno y a ella se le iluminaron los ojos: debía estar encantada por contar con un juguetito como él. Luis tenía decidido que ella era la candidata perfecta para airearse un poco y en cuanto tuviera oportunidad le propondría otra cita. Pero ella parece que lo tenía más claro aún. Pagaron y Luis se ofreció llevarla al barrio en su coche, que tenía aparcado en una calle cercana con muy poca luz. Ella no estaba para chorradas ni para cortejos. Según entró le cogió del cuello y le plantó un beso largo, muy largo… Jugaba con la lengua como si fuera un molinillo y Luis no se lo podía creer, tuvo una erección inmediata. Ella respiraba muy fuerte mientras le besaba, pasando al cuello, mejillas, orejas, recorría toda su cara. Asustado, miraba como podía a través de los cristales porque, aunque la calle estaba desierta, cualquiera podía verles desde un balcón. Seguramente el riesgo de ser vistos estaba resultando muy excitante a Lola, pero Luis vigilaba como un pajarito mientras el halcón le devoraba. Sin darle tiempo a asimilar lo que estaba pasando, la chica bajó la mano directamente a su paquete, que estaba a punto de reventar, y le desabrochó el pantalón. Él como pudo metió la mano bajo su camiseta para acariciar su pecho y pellizcar suavemente su erecto pezón y ella le sacó el miembro durísimo, se agachó y lo metió en su boca. Fue bestial, jamás había sentido algo así. Era una auténtica experta y se notaba que lo estaba disfrutando muchísimo, ya que no paraba de gemir mientras succionaba. Luis estaba sorprendido, les podían ver en cualquier momento pero aquello era brutal. Torpemente trató de llegar a su sexo, consiguió acariciarlo y meter un dedo, notándolo empapado, algo que le encantó. Pero ella no le ayudaba mucho, estaba afanada en su trabajo al que estaba dedicando toda su atención, movía la cabeza y las dos manos sin sacar el miembro de su boca, acariciando sus testículos, su pecho y sin parar de gemir y suspirar. Estaba claro su objetivo, le encantaban las mamadas. Llegó un momento en que él no podía más y la avisó, pero ella no se inmutó. Al contrario, se afanó aún más y Luis explotó de placer como nunca, las pulsaciones de su miembro mientras ella lo tenía en su boca le produjeron una sensación única. El orgasmo fue bestial, no pudo evitar gritar como un loco y casi perder el conocimiento. Ella mantuvo un rato el rabo en su boca hasta que dejó de palpitar y, subiendo la cara para que él la viera, abrió la boca, se tragó los fluidos y le volvió a besar para compartirlos con él. Eso era demasiado. A pesar del intenso orgasmo Luis no sabía si realmente le había gustado: era una mezcla de placer, morbo, vergüenza, pasión desenfrenada, miedo y repelús. Sólo acertó a dar las gracias a Lola, lo peor que se le puede decir a una chica en esos momentos. Y ella sólo le dijo que le había encantado su rabo.

Aquello le dejó marcado. No volvieron a repetir la experiencia, ni siquiera han vuelto a quedar a solas, pero se abrió una espita por la que podría escapar de vez en cuando el chico malo que estaba escondido muy dentro de él.
Panoli,panoli, panoli... ahora que ya has hecho ploff, ahora ya no hay stop. No entiendo porque no has vuelto a quedar si ya lo tienes hecho...
 
El concierto

Luis conservaba algunas de las amistades de la juventud. Uno de ellos, Andrés, se movía en el mundo del espectáculo organizando conciertos y esa amistad le permitiría recuperar algo de la energía de antaño. Quedaban a comer con frecuencia y las conversaciones eran muy entretenidas, ya que ambos trabajaban en mundos totalmente distintos y a cada uno le fascinaba el del otro. Un día Luis le propuso acompañarle en alguno de sus montajes sólo para recordar aquellos viejos tiempos de la movida, gran mito a veces exagerado, en los que solían frecuentar los sitios de moda para escuchar a sus grupos favoritos. Andrés tenía ese fin de semana un concierto de un cantante de rock andaluz que, aunque no era ni mucho menos de su estilo, merecía la pena escuchar por el gran sentimiento que desgarraba su voz… y un sombrero cordobés que le daba una gran personalidad y le transformaba en el escenario.

A Andrés le apetecía tener a su amigo cerca para enseñarle con detalle cómo funcionaba su mundo y además podría pedirle ayuda en las relaciones públicas mientras él supervisaba el montaje y la producción. Luis, a pesar de su “panolismo”, tiene don de gentes y una buena conversación… es un buen vendedor.

En su interior veía en esta experiencia una oportunidad de conocer gente interesante… en todos los sentidos. Su decisión de soltarse la melena le hacía ver posibles polvos en todas partes y, aunque no lo buscara de forma desesperada, su mente le hacía cavilar estrategias que quizá nunca llevaría a cabo pero que le ponían muy cachondo.

Después de unos días acompañando a su amigo Andrés en la preparación, llegó el día del concierto y Luis permanecía entre bastidores disfrutando del espectáculo. Conoció a los responsables de iluminación, sonido, catering, a los de la concejalía de cultura del Ayuntamiento y por supuesto al cantante y su grupo, gente fascinante por su sencillez y sinceridad, con una mirada limpia, de esa gente que merece la pena conocer. Aunque esa música no era su preferida, Luis apreció lo que es transmitir de verdad los sentimientos, con una pureza que no depende del estilo sino de quién lo expresa.

Estas conversaciones incluían lógicamente visitas continuas al bar montado cerca del escenario. Cerveza, algún gin-tonic y mucha charla. La camarera, después de unas cuantas rondas, se animaba a participar. No era para menos, las visitas parecían muy interesantes y no quería perdérselo. Era una chica espectacular: joven, unos 27 años, morena, de mediana altura, pelo largo recogido en una coleta, unos ojazos impresionantes que podían perforarte y siempre sonriente, con una expresión tímida cuya intensa mirada ponía nervioso a cualquiera. Luis la hizo participar en las conversaciones con una cerveza en la mano. Al apoyarse con los brazos en la barra su holgada camiseta se abría dejando ver gran parte de sus pechos, que tenían muy buena pinta. Tamaño justo, grandes pero no dedemasiad. Por el movimiento tambaleante parecían firmes y aunque no podía ver los pezones los imaginaba pequeños y duros. Su imaginación empezó a trabajar, ya la veía como objetivo para follársela en cuanto pudiera. Volvió al bar a solas varias veces y consiguió llamar su atención. A pesar de la baja opinión que tenía de sí mismo Luis no estaba muy mal y en la cercanía era un tipo interesante. A ella parecían gustarle maduritos porque con él esas miradas se hacían aún más intensas, así que la cosa prometía. Después de unas cuantas cervezas juntos se presentaron. La chica se llamaba Sara y estaba allí a través de un amigo que llevaba el bar. Había terminado el contrato en una tienda de ropa y aunque servir copas no era su especialidad, de esta forma sacaba unas pelas.

Con los vapores del alcohol la conversación se hacía cada vez más atrevida. Luis le miraba el escote y a ella parecía gustarle porque se acercaba a él aún más para permitir quea la holgada camiseta se abriera un poco más. El efecto de las cervezas le hizo ser más atrevida: “oye, miras mucho ¿no?” Y Luis, con el rabo como una piedra intentando disimularlo con la mano en el bolsillo, pensaba: “Mira, saltaría la barra ahora mismo y te follaría como nunca te lo han hecho”. Pero contestó: “Bueno… sí… perdona, no pienses que soy un salido… es que se te ve un poco el pecho y se me va la vista…”. “¡Pero este tío es bobo! ¿Cómo que se me ve un poco el pecho, si te estoy enseñando las tetas a ver si reaccionas de una vez!”, pensaba ella, pero con voz muy sensual le dijo: “claro, para eso está, para que alguien lo aprecie”. Luis no sabía cómo reaccionar. Sacó su mano del bolsillo dejando ver el duro rabo marcándose en el pantalón y ella se asomó por encima de la barra y le dijo: “Parece que tú sí lo aprecias”, mirándole con esos ojazos que parecían devorarle, sonriendo pícaramente y mojándose los labios. El concierto ya había terminado pero aún había mucha gente por allí. Él se separó un poco de la barra para que ella contemplara su grado de excitación. Efectivamente ella no dejaba de mirar y sonreír. Su mirada pasaba del duro paquete a sus ojos. La mente de Luis no paraba de pensar en cómo rematar aquella situación. Allí no podía ser, había mucha gente. La invitaría a otro sitio… o en los baños… “¿Qué hago?” pensaba. Pero llegó su amigo Andrés con otros compañeros y le dijeron que tenían una copa de despedida y se tenía que ir con ellos. ¡Plof, qué bajón! Luis se pilló un cabreo de pelotas ¡Más claro imposible! No podía perder esa oportunidad. Se despidió de Sara, no sin antes intercambiarse los números de teléfono, y cuando se alejaba ella no dejó de mirarle de arriba abajo. Eso no podía quedar así. Ya no había casi nadie en el recinto y tenía que volver, esta vez no sería como siempre. Se le ocurrió algo, aunque sólo fuera para volver a verla:

- “¡Chicos! Me he dejado las gafas, id yendo para allá, yo iré en un rato”

Y entró de nuevo. Ella estaba recogiendo los últimos vasos de la barra y al verle se sorprendió y dejó escapar una gran sonrisa. Su compañero estaba en el almacén y sólo había alguna persona limpiando. Luis estaba allí quieto, muy nervioso. Había conseguido volver pero ¿y ahora qué? Afortunadamente ella sabía perfectamente lo que había que hacer. Salió de la barra: “Hola de nuevo, Luis, creo que sé lo que has olvidado…”. Le cogió de la mano y le llevó al baño. Cerró la puerta y se abalanzó sobre él, besándole con fuerza, jugando con su lengua. Se apretó contra él agarrándole del culo y él respondió arrimando su cadera para que sintiera la dureza de su sexo. Ella estaba desbocada, le desabrochó la camisa para acariciar su pecho sin dejar de besarle. Él masajeaba su culo y ella movía su cadera para sentir bien su rabo. Separó su cara, le miró fijamente a los ojos mordiéndose el labio, bajó su mano al pantalón y lo desabrochó dejándolo caer al suelo junto con el slip. El miembro asomaba grande y duro por debajo de la camisa que ella terminó de desabrochar para apreciarlo en todo su esplendor. Luis quitó la camiseta a Sara y desabrochó su sujetador. Las tetas eran tal cual las había imaginado: firmes, con el tamaño justo y pezones pequeños y duros. Los lamió con su lengua y los mordisqueó mientras masajeaba sus pechos. Metió una de sus manos por el pantalón buscando su sexo, que encontró húmedo y abierto. El rabo subía y bajaba respondiendo a las palpitaciones de su excitación. Ante su sorpresa, Sara se bajó el pantalón y las bragas y, levantando una pierna, cogió el durísimo miembro y lo acercó a su húmedo agujero. Muy despacio lo fue introduciendo en su sexo con la ayuda de Luis, que empujaba su cadera. Estaba alucinado, era una situación con un morbo increíble. Una vez con el rabo dentro empezó a bombear pero ella le dijo con voz firme: “Ni se te ocurra moverte”. Quería ser ella la que llevara el ritmo, se movía como poseída y gemía con voz desesperada. Luis se quedó quieto como un palo, mirando flipado la escena y aguantando para no correrse antes de tiempo. Era toda una experta. Sentía en cada punto de su polla el húmedo sexo que le rodeaba completamente y le apretaba. Le costaba no moverse pero lo agradeció porque de haber hecho algún movimiento ya se habría corrido. Sara jadeaba, movía su cadera deprisa, luego despacio sacándola completamente y volviéndola a meter. Miraba al techo suspirando y Luis alucinaba. Al poco rato notó en su polla las intensas pulsaciones de Sara y la oyó gritar, ahora moviéndose muy despacio para sentir toda la longitud del miembro. Luis notaba que cada pulsación de Sara le apretaba el rabo, jamás había sentido algo así porque no podía moverse ¡No se atrevía! Ella siguió gimiendo un buen rato y clavándole las uñas en los hombros. Acababa de tener un orgasmo brutal y él fue testigo de excepción. Cuando se relajó después de un rato, Sara sacó la polla de su sexo, la agarró con las dos manos y le hizo una paja. No fueron necesarios muchos movimientos: Luis se corrió con unos espasmos que dispararon su semen, algo que normalmente no le ocurría. La corrida fue brutal, no se esperaba que algo así pudiera pasarle y menos con ese pibón.

Afortunadamente no sería la última vez, ambos tenían sus teléfonos y muchas ganas de repetir…
 
El concierto

Luis conservaba algunas de las amistades de la juventud. Uno de ellos, Andrés, se movía en el mundo del espectáculo organizando conciertos y esa amistad le permitiría recuperar algo de la energía de antaño. Quedaban a comer con frecuencia y las conversaciones eran muy entretenidas, ya que ambos trabajaban en mundos totalmente distintos y a cada uno le fascinaba el del otro. Un día Luis le propuso acompañarle en alguno de sus montajes sólo para recordar aquellos viejos tiempos de la movida, gran mito a veces exagerado, en los que solían frecuentar los sitios de moda para escuchar a sus grupos favoritos. Andrés tenía ese fin de semana un concierto de un cantante de rock andaluz que, aunque no era ni mucho menos de su estilo, merecía la pena escuchar por el gran sentimiento que desgarraba su voz… y un sombrero cordobés que le daba una gran personalidad y le transformaba en el escenario.

A Andrés le apetecía tener a su amigo cerca para enseñarle con detalle cómo funcionaba su mundo y además podría pedirle ayuda en las relaciones públicas mientras él supervisaba el montaje y la producción. Luis, a pesar de su “panolismo”, tiene don de gentes y una buena conversación… es un buen vendedor.

En su interior veía en esta experiencia una oportunidad de conocer gente interesante… en todos los sentidos. Su decisión de soltarse la melena le hacía ver posibles polvos en todas partes y, aunque no lo buscara de forma desesperada, su mente le hacía cavilar estrategias que quizá nunca llevaría a cabo pero que le ponían muy cachondo.

Después de unos días acompañando a su amigo Andrés en la preparación, llegó el día del concierto y Luis permanecía entre bastidores disfrutando del espectáculo. Conoció a los responsables de iluminación, sonido, catering, a los de la concejalía de cultura del Ayuntamiento y por supuesto al cantante y su grupo, gente fascinante por su sencillez y sinceridad, con una mirada limpia, de esa gente que merece la pena conocer. Aunque esa música no era su preferida, Luis apreció lo que es transmitir de verdad los sentimientos, con una pureza que no depende del estilo sino de quién lo expresa.

Estas conversaciones incluían lógicamente visitas continuas al bar montado cerca del escenario. Cerveza, algún gin-tonic y mucha charla. La camarera, después de unas cuantas rondas, se animaba a participar. No era para menos, las visitas parecían muy interesantes y no quería perdérselo. Era una chica espectacular: joven, unos 27 años, morena, de mediana altura, pelo largo recogido en una coleta, unos ojazos impresionantes que podían perforarte y siempre sonriente, con una expresión tímida cuya intensa mirada ponía nervioso a cualquiera. Luis la hizo participar en las conversaciones con una cerveza en la mano. Al apoyarse con los brazos en la barra su holgada camiseta se abría dejando ver gran parte de sus pechos, que tenían muy buena pinta. Tamaño justo, grandes pero no dedemasiad. Por el movimiento tambaleante parecían firmes y aunque no podía ver los pezones los imaginaba pequeños y duros. Su imaginación empezó a trabajar, ya la veía como objetivo para follársela en cuanto pudiera. Volvió al bar a solas varias veces y consiguió llamar su atención. A pesar de la baja opinión que tenía de sí mismo Luis no estaba muy mal y en la cercanía era un tipo interesante. A ella parecían gustarle maduritos porque con él esas miradas se hacían aún más intensas, así que la cosa prometía. Después de unas cuantas cervezas juntos se presentaron. La chica se llamaba Sara y estaba allí a través de un amigo que llevaba el bar. Había terminado el contrato en una tienda de ropa y aunque servir copas no era su especialidad, de esta forma sacaba unas pelas.

Con los vapores del alcohol la conversación se hacía cada vez más atrevida. Luis le miraba el escote y a ella parecía gustarle porque se acercaba a él aún más para permitir quea la holgada camiseta se abriera un poco más. El efecto de las cervezas le hizo ser más atrevida: “oye, miras mucho ¿no?” Y Luis, con el rabo como una piedra intentando disimularlo con la mano en el bolsillo, pensaba: “Mira, saltaría la barra ahora mismo y te follaría como nunca te lo han hecho”. Pero contestó: “Bueno… sí… perdona, no pienses que soy un salido… es que se te ve un poco el pecho y se me va la vista…”. “¡Pero este tío es bobo! ¿Cómo que se me ve un poco el pecho, si te estoy enseñando las tetas a ver si reaccionas de una vez!”, pensaba ella, pero con voz muy sensual le dijo: “claro, para eso está, para que alguien lo aprecie”. Luis no sabía cómo reaccionar. Sacó su mano del bolsillo dejando ver el duro rabo marcándose en el pantalón y ella se asomó por encima de la barra y le dijo: “Parece que tú sí lo aprecias”, mirándole con esos ojazos que parecían devorarle, sonriendo pícaramente y mojándose los labios. El concierto ya había terminado pero aún había mucha gente por allí. Él se separó un poco de la barra para que ella contemplara su grado de excitación. Efectivamente ella no dejaba de mirar y sonreír. Su mirada pasaba del duro paquete a sus ojos. La mente de Luis no paraba de pensar en cómo rematar aquella situación. Allí no podía ser, había mucha gente. La invitaría a otro sitio… o en los baños… “¿Qué hago?” pensaba. Pero llegó su amigo Andrés con otros compañeros y le dijeron que tenían una copa de despedida y se tenía que ir con ellos. ¡Plof, qué bajón! Luis se pilló un cabreo de pelotas ¡Más claro imposible! No podía perder esa oportunidad. Se despidió de Sara, no sin antes intercambiarse los números de teléfono, y cuando se alejaba ella no dejó de mirarle de arriba abajo. Eso no podía quedar así. Ya no había casi nadie en el recinto y tenía que volver, esta vez no sería como siempre. Se le ocurrió algo, aunque sólo fuera para volver a verla:

- “¡Chicos! Me he dejado las gafas, id yendo para allá, yo iré en un rato”

Y entró de nuevo. Ella estaba recogiendo los últimos vasos de la barra y al verle se sorprendió y dejó escapar una gran sonrisa. Su compañero estaba en el almacén y sólo había alguna persona limpiando. Luis estaba allí quieto, muy nervioso. Había conseguido volver pero ¿y ahora qué? Afortunadamente ella sabía perfectamente lo que había que hacer. Salió de la barra: “Hola de nuevo, Luis, creo que sé lo que has olvidado…”. Le cogió de la mano y le llevó al baño. Cerró la puerta y se abalanzó sobre él, besándole con fuerza, jugando con su lengua. Se apretó contra él agarrándole del culo y él respondió arrimando su cadera para que sintiera la dureza de su sexo. Ella estaba desbocada, le desabrochó la camisa para acariciar su pecho sin dejar de besarle. Él masajeaba su culo y ella movía su cadera para sentir bien su rabo. Separó su cara, le miró fijamente a los ojos mordiéndose el labio, bajó su mano al pantalón y lo desabrochó dejándolo caer al suelo junto con el slip. El miembro asomaba grande y duro por debajo de la camisa que ella terminó de desabrochar para apreciarlo en todo su esplendor. Luis quitó la camiseta a Sara y desabrochó su sujetador. Las tetas eran tal cual las había imaginado: firmes, con el tamaño justo y pezones pequeños y duros. Los lamió con su lengua y los mordisqueó mientras masajeaba sus pechos. Metió una de sus manos por el pantalón buscando su sexo, que encontró húmedo y abierto. El rabo subía y bajaba respondiendo a las palpitaciones de su excitación. Ante su sorpresa, Sara se bajó el pantalón y las bragas y, levantando una pierna, cogió el durísimo miembro y lo acercó a su húmedo agujero. Muy despacio lo fue introduciendo en su sexo con la ayuda de Luis, que empujaba su cadera. Estaba alucinado, era una situación con un morbo increíble. Una vez con el rabo dentro empezó a bombear pero ella le dijo con voz firme: “Ni se te ocurra moverte”. Quería ser ella la que llevara el ritmo, se movía como poseída y gemía con voz desesperada. Luis se quedó quieto como un palo, mirando flipado la escena y aguantando para no correrse antes de tiempo. Era toda una experta. Sentía en cada punto de su polla el húmedo sexo que le rodeaba completamente y le apretaba. Le costaba no moverse pero lo agradeció porque de haber hecho algún movimiento ya se habría corrido. Sara jadeaba, movía su cadera deprisa, luego despacio sacándola completamente y volviéndola a meter. Miraba al techo suspirando y Luis alucinaba. Al poco rato notó en su polla las intensas pulsaciones de Sara y la oyó gritar, ahora moviéndose muy despacio para sentir toda la longitud del miembro. Luis notaba que cada pulsación de Sara le apretaba el rabo, jamás había sentido algo así porque no podía moverse ¡No se atrevía! Ella siguió gimiendo un buen rato y clavándole las uñas en los hombros. Acababa de tener un orgasmo brutal y él fue testigo de excepción. Cuando se relajó después de un rato, Sara sacó la polla de su sexo, la agarró con las dos manos y le hizo una paja. No fueron necesarios muchos movimientos: Luis se corrió con unos espasmos que dispararon su semen, algo que normalmente no le ocurría. La corrida fue brutal, no se esperaba que algo así pudiera pasarle y menos con ese pibón.

Afortunadamente no sería la última vez, ambos tenían sus teléfonos y muchas ganas de repetir…
Morbazo y buena suerte de encontrar a una tia así
 
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