25
Carmen se despertó antes que su hermana, que todavía dormía a pierna suelta aunque el sol entrase con fuerza por la ventana. “Demasiadas emociones” pensó malvadamente con la imagen muy nítida de la noche anterior.
Cogió el móvil de la mesilla y mirándolo casi más por rutina que por curiosidad, algo le llamó la atención, su marido le había escrito un mensaje.
—Mi vuelo sale esta madrugada, llegaré para la tarde o para la noche, besos.
Pedro estaba volando de vuelta a casa y lo primero que sintió Carmen fue rabia. No quería que su marido volviera con el aroma de algún burdel de Suecia, Noruega, Brasil o el ártico. Ni se acordaba de donde había ido, es más, con su hermana y su sobrino, ya se había olvidado de su esposo… mejor. Acto seguido, una cosa le vino a la mente, más bien una persona “Sergio…”. Contestó a su marido un rápido “okey, besos” y pasó a la conversación con su sobrino, allí estaba la foto de su pezón que le envió el día anterior y un poco más arriba, el duro pene.
No le habló, solo vio si estaba en línea, eran cerca de las nueve de la mañana y sorpresivamente hacia dos minutos que Sergio se había conectado. Como un resorte, aunque en el más absoluto silencio, Carmen se levantó de la cama y salió con su salto de cama puesto al pasillo. Cerró la puerta con cuidado y recorrió con rapidez todo el trayecto hasta el cuarto donde estaba instalado su sobrino.
Dos golpes rápidos y abrió la puerta, a Sergio no le sorprendió ver entrar a su tía, llevaba despierto unos 20 minutos y aún estaba entre las sabanas. Carmen sin decir nada cerró la puerta con cuidado y puso el pestillo.
—¿Mamá? —preguntó el muchacho.
—Dormida como un tronco —saltando a la cama.
—Fui a la noche a tu cuarto —dijo Sergio mientras notaba la mano de su tía en su entrepierna. Las cosas iban rápidas—, pero estaba también Mari.
—Haberme despertado.
—No quería jugármela.
Carmen sin preguntar siquiera, sacó la herramienta sexual de Sergio de su calzoncillo y vio lo dura que estaba, aunque no tanto como en el jacuzzi.
—¿Qué pasó ayer? —preguntó Carmen de manera malévola.
—No lo sé… —sintiendo como su tía, con un toque de salvajismo y ansia comenzaba a devorar su pene— Estoy muy sensible…
—No te la he visto así estos días —dijo dejando su boca libre al tiempo que lamía al terminar de hablar.
—No sé, fue todo el día… —resopló, o mejor dicho bufó de placer— ¡Qué bueno…! Y luego allí, contigo, casi desnuda… ¡Dios! No pares, tía.
—¿Seguro que solo por mí? Te pillé dos veces mirando a… ya sabes…
—Tranquila, que tú eres mi única mujer.
Cesó un momento y se sacó tremendo aparato de la boca, para quitarse con una rapidez pasmosa las pequeñas braguitas que llevaba, ya estaban ligeramente húmedas. Con la ayuda de Sergio, pasó las piernas hasta dejar su sexo en la boca del joven. Comenzó a notar como la lengua juguetona mojaba sus labios vaginales por completo y comenzó a gemir lo más bajo que pudo.
—Sergio, me lo puedes decir… ¡Qué bien lo haces, por favor! —comenzando con la mano a masturbar al chico— ¿Te pusiste por las dos?
No contestó, seguía dando placer a Carmen con su lengua, pero esta, quería una respuesta, algo en su interior se lo pedía. La idea de que su sobrino se hubiera puesto con su madre, aunque pareciera una locura y quizá una aberración, le resultaba atractiva. Se quedó quieta disfrutando de lo que le daban, pero sin dar nada.
—Tía, por favor, sigue… —le pidió Sergio mientras los jugos le llenaban la boca.
—Dímelo…
—Puede… —contestó como pudo.
—Dímelo, ¿te pusiste con las dos?
Unos segundos en los que Sergio no paró de jugar con el clítoris de Carmen, esta seguía sin moverse y gozando de lo que le daban. Al final, el sobrino reculó, paró un momento y en el tono más bajo que pudo dijo.
—Creo que sí…
—Lo sabía… —agarró de nuevo el sexo del joven y comenzó a comerlo como si fuera su desayuno.
Ambos disfrutaban del sexo del otro, mojándolos y preparándolos para lo que se venía.
—Vamos, tía… no aguanto.
Carmen lo entendió y se levantó de la cama, colocando las piernas en posición para introducirse todos los centímetros de su sobrino. La punta tocó la vagina de esta y los dos se estremecieron. Entró con facilidad, la saliva del joven con los jugos de ella, hicieron que fuera un trabajo sencillo. Cuando Carmen la tuvo toda dentro, sin ningún milímetro en el exterior, escuchó como Sergio le pedía.
—Tía… móntame… por favor, ¡hazlo!
—Estás muy… cachondo. Me encanta, es la primera vez que te veo tan suelto —le dijo comenzando a moverse encima de él.
En pocos segundos ambos ayudaban con la tracción y los movimientos de cadera de Carmen eran más que rápidos. Las manos ágiles del joven subieron por debajo del salto de cama atrapando ambos pechos y pellizcando levemente los pezones para gozo de la mujer.
—Ayer… la tenías… muy grande… quiero eso.
—No me digas eso… que acabo ya —le replicó su sobrino.
—Te mereces todos los halagos y sé… que te gusta que te las diga.
Carmen notó como el pene que tenía dentro la llenaba inmensamente. Abrió la boca ahogando un grito que hubiera despertado a su hermana. Sabía lo que quería decir aquello, el orgasmo estaba allí, siempre tan rápido con la ayuda de Sergio. Cabalgó un poco más, pero ya era algo inevitable, sus piernas temblaron y su trasero vibró de forma terrible. Posó las manos en el pecho de Sergio, cerró los ojos, y se dejó llevar mientras el pene entraba y salía.
—Me voy, tía, un poco más… —pidió su sobrino, pero Carmen no estaba para nadie.
Cayó desplomada y jadeante al notar el gran orgasmo que su sobrino le había proporcionado “otro más…”. Cesó su movimiento mientras notaba el corazón agitado del hombre.
—Lo… Lo… siento…, no podía más —dijo la mujer recuperando tanto la respiración como la visión.
—Tranquila, es que estaba a punto.
—Ven… —comentó al de unos segundos, casi del todo recuperada.
Ambos cambiaron de posición y Carmen se puso a cuatro patas sobre las sabanas, Sergio lo entendió al momento y se colocó a su espalda, mientras esta se quitaba el salto de cama quedando totalmente desnuda. Tomó en su mano su aparato reproductor, y colocándolo en la entrada del sexo opuesto, comenzó a insertarlo lentamente.
—Cuidado, que está muy sensiiii… ble.
—Perdona —le susurró Sergio.
El pene volvió a entrar completamente y el joven lo sacó para volver a meterlo, Carmen no resistió el gemido. Cogió un cojín y se lo puso cerca para que aquello no volviera a pasar, no se podía dar el lujo de que su hermana les escuchara. Aunque algo relacionado con eso, les sorprendería a ambos.
Mientras las manos de Sergio aferraban la cintura de Carmen con fuerza y sus sexos se chocaban sin parar en un coito que tomaba tintes salvajes, unas manos golpearon la puerta.
Los dos se quedaron en silencio y completamente petrificados, a Carmen se le detuvo el corazón aunque le volvió a palpitar cuando recordó el pestillo. La manilla se movió, pero el pestillo la detuvo, era Mari.
—Hijo, estas despierto, ¿no? —Carmen le miró sin saber muy bien que decir, hasta que este asintió— he oído un ruido… justo cuando pasaba…
—Sí, mamá, estoy despierto, no sé… habrá sido el móvil.
—Vale, vale, ¿me puedes abrir?
Carmen que aún seguía con el pene de su sobrino en su interior miró a este sin saber qué hacer, aunque el joven actuó rápido. A la hermana rubia le dio la sensación de que Mari tenía el don de aparecer cuando menos se la necesitaba, “tiene el don de la inoportunidad, ¡Es alucinante!”.
—No puedo ahora, mamá…
—¿Pues?
—No puedo… cosas… —miró a su tía, justo a sus maravillosos ojos y lo poco que quedaba fuera de su pene, se lo introdujo en su totalidad— de chicos…
—Perdón, cariño, perdón —el tono de voz se notó ligeramente agitado—. Te dejo, ¿has visto a tu tía o no has salido de la habitación?
Sergio comenzó a meter y sacar con la máxima discreción posible su miembro dentro de su tía mientras esta gozaba y al mismo tiempo, le negaba con la cabeza para que no siguiera. Pero su rostro mentía, por nada del mundo quería que se detuviera.
—No… he estado dentro todo el rato, seguro… —puso su mano en el trasero de esta y lo agarró con fuerza. Carmen abrió la boca lo máximo que pudo— que está haciendo ejercicio, ya sabes que le gusta.
Se agachó un poco más y colocó su cuerpo pegado al de Carmen, soltando su trasero y agarrando con una mano el pecho derecho de esta.
—O quizá, este en la piscina, también le gusta ponerse morena.
Ambos se miraron. A la mujer su sexo se le estaba empapando como nunca, aquella situación le sobrepasaba, giró la cabeza y se encontró tan cerca a su sobrino. Los rostros de ambos estaban a milímetros mientras sus sexos se unían. Sin pensarlo mucho y sin darse cuenta de que era la primera vez, Sergio agarró el rostro de su tía, haciendo que ambos se incorporaran sin perder su unión. Estaban en la cama sentados sobre sus tobillos aunque Carmen también sobre algo más puntiagudo que se la introducía en lo más profundo. En aquel instante y darle más vueltas y surgiendo de forma natural, por primera vez juntaron sus labios… besándose con pasión.
Ambas lenguas se juntaron, estaban húmedas y calientes. Por una vez, los dos sintieron esa sensación en otro sitio que no era el sexo. Mari, de mientras, seguía detrás de la puerta sin saber que su hijo estaba besando a su hermana al mismo tiempo que la penetraba. Si supiera la mujer que su hermana estaba gozando más que en toda su vida…
—Bien, voy a buscarla, ¿quieres que te prepare un desayuno?
Carmen sin escuchar las palabras de su hermana, se tumbó de nuevo en la cama casi jadeante, y notó como Sergio con más fuerza metía y sacaba su pene. La cabeza le iba a explotar del morbo que tenía.
—Me corro —susurró Sergio para que solo Carmen le escuchara, y la mujer lo miró diciéndole con los ojos que ella también. Apretó algo el ritmo y dijo a su madre— vale, mamá, ahora en un rato bajo…
Tuvo que callarse cuando se desplomó sobre su tía mientras sus fluidos llenaban como nunca el interior de la mujer, que aferraba con furia asesina las sabanas para no gritar. El cojín en su cara casi la ahogaba, pero era necesario para que su hermana no se diera cuenta de lo que pasaba.
Ambos habían terminado a la vez y seguían disfrutando del impresionante clímax mientras Mari se despedía.
—Vale, cariño, pero no tardes.
Los pasos de esta comenzaron a sonar por las escaleras y Carmen se dio la vuelta para lanzarse encima de su sobrino y comenzar a besarlo de la misma forma que antes. Tardó alrededor de un minuto en separarse y decir.
—¡Qué locura!
—Todavía no me lo creo —dijo Sergio con el pene en claro descenso.
—Voy a la ducha, dile a Mari que estaba en el otro baño para no molestarla.
—Vale, tía.
—¡La virgen! ¡Qué gran mañana! —lanzándole un beso, escapó por la puerta con las artes de un ninja sigiloso.
26
Sergio se vistió y bajó con calma a desayunar. Su madre ya le había calentado la leche y tenía listo el cola-cao. Se sentó junto a ella después de darla un beso, como si nada hubiera pasado el día anterior, aunque al hijo algo le molestaba en su conciencia.
—He ido al baño y me estaba allí la tía, se había ido a duchar a ese para no despertarte con el ruido. Por cierto, mamá —Sergio creía que debía una disculpa a su madre. Lo del día anterior había estado fuera de lugar y por mucho que hubiera sido el momento más extraño y lascivo de su vida, ella era su madre — ayer… no sé qué pasó. Supongo que estaba demasiado a gusto y…
—Tranquilo, cariño, no te preocupes, creo que es algo involuntario, a los hombres os puede pasar sin que sea apropósito, no le des más vueltas.
—Ya, pero con vosotras… que no sois unas cualquiera, sois mi familia.
—Nada, olvídalo, de verdad. Como si no hubiera pasado. Estate tranquilo, por mí no hay ningún problema, te lo digo en serio. —puso la mejor sonrisa de la que disponía, aunque poco convincente, seguía bastante inquieta— Tomate el desayuno anda.
Las palabras de Mari en parte eran ciertas, no sentía que su hijo hubiera hecho nada mal. Ellas se habían quitado los bikinis, y un hombre con esos cuerpos delante “no estamos nada mal… Carmen tiene razón. Le puede pasar a cualquiera ¿no?… seguro que sí”.
Al de pocos minutos escucharon ruido en las escaleras, era Carmen que bajaba aseada aunque todavía con fluidos de su sobrino en el interior. Dio dos besos a cada uno y cogió el café para prepararse una taza.
—Os tengo que dar una noticia. —los dos la miraron— Pedro viene hoy, llegará a Madrid esta mañana y coge un vuelo hacia aquí cuando pueda, a la tarde más o menos estará en casa.
Mari lo recibió como un jarro de agua fría, un golpe duro de realidad. Se encontraba tan a gusto con su hermana y con su hijo, que no tenía ninguna gana de que alguien se entrometiera y menos de volver a casa. Sin embargo, así era, su cuñado volvía y ella… “No pintamos nada aquí” pensó rápidamente, en su cabeza la “Mari de casa” que yacía amordazada se comenzaba a erguir. Por mucho que su hermana insistiese, la comodidad que sentía se iba a diluir como el azucarillo en el café de Carmen, “no quiero estar de prestado”.
—Entonces, será mejor que me…
—Cielo —cortó Carmen a su hermana—, sé lo que vas a decir, pero te puedes quedar sin ningún tipo de pega.
—Y tú sabes… —devolviéndole la sonrisa— que no quiero aprovecharme de tu hospitalidad, es momento de que estéis tranquilos tú y tu marido. Además puede que sea bueno para vosotros.
—No te aprovechas. Tu hermana te acoge con los brazos abiertos los días que quieras… quédate Mari… —la sonrisa se esfumó y casi sonaba a ruego. Aunque la hermana morena negó con la cabeza, su mentalidad comenzaba a transformarse en la habitual.
—Muchas gracias, cariño, de corazón. Pero prepararé mis cosas y marcho, de verdad, Carmen, no te sientas mal, me lo he pasado de maravilla, no te puedes hacer a la idea de lo que he disfruta. Pero también tengo que volver con mi marido y con mi hija. Ahora a la mañana me voy a comprar un billete de autobús.
Carmen sabía que no había vuelta atrás y no se iba a dedicar a discutir con su hermana las últimas horas que pasarían juntas. Por mucho que no compartiera su idea, la entendía.
—Te pago el autobús —levantó el dedo viendo que Mari iba a hablar y añadió— ni un pero o me enfado, te lo digo muy en serio. Tú me trajiste el coche, déjame compensarte pagándote el autobús al menos.
—Tía, no hace falta —saltó Sergio que se mantenía en silencio escuchando a las dos mujeres—. Mamá, podemos volver juntos en mi coche.
—¿Cómo? ¿No ibas a quedar con tus amigos?
—Sí, pero vendré en otro momento, o el año que viene. No pasa nada, así ahorro a la tía un dinero, a ti un viaje pesado y además… no sé… podemos seguir disfrutando de lo que me queda de vacaciones en casa.
—No, cariño, no… tú quédate y pásatelo bien, no vengas por mí.
Sergio que estaba junto a su madre, miró a su tía y esta le asintió sabiendo que estaba haciendo lo correcto. Iba a perder el tiempo precioso con Carmen, aunque ella lo entendía. Además que con Pedro en casa, poco podrían hacer, quizá si fueran a casa de la abuela y allí desatar su pasión, pero era algo arriesgado.
Sujetó la mano de su madre y mirándola a los mismos ojos azules que las dos mujeres heredaron, le dijo.
—También me lo paso bien contigo. Mira que no tengo veranos para volver, seguro que la tía quiere que vuelva cuanto antes —la miró con una sonrisa pícara y esta le contestó.
—Cuando quieras, tienes mi puerta abierta. — “la de casa y la de…” acabó pensando Carmen.
—Si lo dices en serio… y no te importa… acepto. Hacemos las maletas y marchamos.
Se levantó y dio un beso a su madre en la mejilla mientras esta lo recibía con los ojos cerrados. Suspiró siguiendo con la mirada como el joven se perdía por las escaleras y escuchó la voz de su hermana.
—Tienes un hijo… que no sé cómo calificarlo
—Ni yo.
Ambas le miraron como embelesadas y en unos segundos volvieron a charlar de cosas mundanas que tanto les apasionaban.
Pasaron la mañana entretenidas mientras hacían las maletas. La tía les preparó a ambos dos bocatas para el camino y ayudó a bajar las maletas hasta el coche. La despedida fue breve, unos besos y un abrazo entre hermanas más que largo. Aunque cuando Sergio cargaba la última maleta, su tía le comentó que entrara un momento, su madre asintió y se metió en el coche para esperarle.
Pasaron la puerta de casa y sin decir nada, llegaron a la cocina donde estaba el monedero de Carmen, de allí sacó cincuenta euros y se los acercó.
—Casi se me olvida, esto como siempre es para ti.
—Sabes que no me gusta cogerlos, tía.
—Quizá esta vez, te entienda… igual te sientes un poco prostituto… —de las últimas bromas que se hacían.
—Un poco… —le siguió la gracia.
—Toma. —Carmen acabó metiéndole el dinero en el bolsillo y después pasó sus manos rodeando el cuello del joven— Te voy a echar de menos.
—Y yo…
El joven rodeó su cadera con ambas manos. Carmen se levantó un poco sobre sus dedos del pie dejando su rostro a la par que el de su sobrino. Sin dejar de mirarse, juntaron con mucho amor sus labios dándose un beso sentido que sumó algo de pasión cuando sus leguas se despidieron.
Fue corto, pero intenso. Sergio sintió que el calor le recorría la entrepierna (como siempre) y Carmen tuvo que resoplar para airearse.
—Vamos, marcha ya que no respondo. —comentó Carmen mientras le empujaba a la salida. Y en el camino le añadió— Recuerda, coméntame que tal esta tu madre, y de vez en cuando, si quieres… podemos hablar de otras cosas. —acabó guiñándole el ojo mientras abría la puerta.
—Te mandaré también alguna foto… y ya me contarás si te da por escribir tu libro.
Ambos sonrieron y Sergio poco a poco se metió en la zona del conductor. Tanto él, cómo su madre despidieron a Carmen sacando la mano por la ventanilla, llenos de pena, hasta el punto que a Mari le resbaló una pequeña lágrima por la mejilla. Cuando se dio cuenta se la secó con rapidez. Sergio soportó las lágrimas y tragó sus sentimientos, era lo que solía hacer siempre, pero la pena de alejarse de su tía casi le podía.
El viaje resultó bastante corto, los kilómetros pasaban volando, habló más que nunca con su madre y los dos sintieron que aquella carretera se consumía a pasos agigantados. El momento de “Duelo por Carmen” pasó relativamente pronto. Al poco comenzaron a bromear sobre las pequeñas vacaciones que habían pasado, sobre un programa de televisión y diversas cosas… no paraban de hablar.
No tocaron temas comprometidos, Sergio no tenía el cuerpo y a Mari, simplemente ni se le pasó por la mente. Al abandonar la casa de su hermana, parecía que el recuerdo del jacuzzi había sido un sueño, algo extraño que reprodujo su cerebro mientras dormía. Solo una vez en todo el viaje lo rememoró como un suceso real.
Vio cómo su hijo se dirigía al baño en la gasolinera que habían parado y mientras le observaba con la mente en blanco, todo surgió pese a las barreras que le había puesto. La imagen de aquella “cosa”… poderosa… titánica… le atravesó surcando la cabeza haciendo que por su espalda un escalofrío la desestabilizase.
Casi al final del camino, Mari tuvo curiosidad. Habían hablado de ella, de sus inquietudes incluso de su relación con su marido, cada vez lo veía más surrealista. Sin embargo, de Sergio no habían hablado apenas y a su modo de ver, su hijo tenía cosas que contar.
—Cariño, —bajó la voz de la radio en señal de que quería conversar— ¿hablamos sobre Marta? —Sergio torció el rostro no era un tema que le gustase. Solo lo había hablado con Carmen y tratarlo así de sopetón, no era de su agrado— Sé que has hablado con tu tía, solo quería tratarlo por si te podía ayudar.
—Gracias, mamá, pero no puedes hacer nada. Bueno nadie puede, ni yo mismo.
—Solo lo decía por si te apetecía desahogarte —Mari se acomodó en el sillón, su trasero se comenzaba a dormir, menos mal que estaban cerca.
—Poco hay que contar, me dejó, por su… Ex. —todavía le molestaba. La seguía queriendo y aunque lo negara, le producía mucho dolor— No creo que le amase el tiempo que estuvo conmigo, pero es que no lo comprendo.
En aquel momento, algo en Sergio cambio, su mente no pareció darse cuenta de que estaba con su madre, sino con su amiga, la misma sensación que le sucedió con Carmen. No le había contado apenas nada en toda su vida, pero en ese instante, como decía su madre, se desahogó.
Y fue un gran desahogo. Contó a su madre que aún la amaba, que le seguía gustando aunque no quisiera, y que sin ser una relación de felicidad plena, juntos estuvieron muy bien. Le sorprendían sus propios sentimientos llegando a mencionar que su historia “parecía de telenovela mala de la tarde”.
—¡Vaya! Lo tenías todo bien dentro. —se sorprendió su madre cuando Sergio acabó el monólogo— Has hecho bien en soltarlo, es como un peso de encima ¿verdad? —asintió, resopló y sonrió— Encontraras a otra.
—Me cuesta, mamá… me cuesta. Soy bastante cortado para conocer chicas nuevas, no sé por qué… me gustaría ser más como mi hermana, creo que es más suelta para el tema social.
—Sí, Laura es más dicharachera, no digo que tú seas soso… —ambos se sonrieron, su madre bromeaba— Aunque no sé, desde que sale con estas chicas, me gusta menos…
—Mamá, está en la edad, la tengo que defender en ese aspecto y quizá en el único…
—Sergio —le reprochó la puntilla hacia su hermana—. Ya, pero que si fuman, que si beben…
—Mari, ya. Pareces una abuela —ella le golpeó el brazo— Laura esta ahora con las chicas “populares” y van a cumplir los dieciocho, seguramente algunas ya tengan la mayoría de edad.
—Con las macarras… —Sergio no aguantó la risa.
—Bueno, con las macarras… cuando iba al instituto era lo mismo. Son etapas creo yo, mis conocidos que eran “macarras” como dices, ahora son gente muy maja y agradable.
Era cierto que su hermana era insoportable desde hacía un tiempo, que también daba la sensación de que estaba ligado a su grupo de amigas. Habían pasado del parque, a salir de fiesta, estaban disfrutando de la novedad, él ya lo había probado y sabía de lo que hablaba. Hasta que cumplieran los veinte sería una locura, luego ya disminuiría.
Sergio lo conocía y su madre también, lo que pasaba era que esta no se acordaba de cuando era joven o no lo vivió tan fuerte. El muchacho recordó la conversación que mantuvieron en el río “quizá le faltó vivir eso… se casó muy joven”.
—Si vieras alguna de sus amigas… es que van casi desnudas, incluso en invierno, menos mal que Laura no es así.
—A ver, creo que necesitas alguna actualización… estamos en la época de ********* y demás redes sociales. Lo de enseñar está a la orden del día, Laura la verdad que siempre ha vestido igual, podríamos decir… normal. No creo que eso vaya a cambiar, o sea que puedes estar tranquila, tu hijita no ira desnuda por la calle.
Los dos rieron y volvieron a guardar silencio, último desvío antes de entrar en su ciudad, en su casa. Los dos lo miraron con cierta nostalgia, no por volver a su casa, sino por volver a su realidad, a una realidad que no deseaban.
Sergio girando ele volante y colándose por la salida hacia la ciudad, pensó en todo. Cada situación vivida tan intensa, tan pasional, tan sexual. Se sorprendió de haber perdido la noción del tiempo, sentía que una vida entera había corrido, pero en verdad fueron únicamente siete días desde que marcho con Carmen. “¡Qué locura de semana!” gritó su cabeza aminorando las marchas del coche.
Retornaban el punto de salida, una casilla donde esperaban que sus personalidades no volvieran atrás. Sobre todo Mari, que en silencio sujetaba con fuerza su pantalón arrugándolo entre sus dedos y sabiendo que el cambio que había sufrido no lo podría soportar. El proceso sufrido dentro de la casa de Carmen, que apenas llegaba a tres días completos, se desvanecería en otros tantos en su casa, lo sabía.
Lanzó el último vistazo a su hijo, a ese pequeño que había descubierto que era un hombre. Se sintió orgullosa por verle tan mayor, tan responsable, tan adulto. Sin embargo, algo más, había algo más en el que no podía vislumbrar y que esperaba que no desapareciera en la rutina casera.
Mari vio su casa a lo lejos mientras Sergio suspiraba y sentía pena por volver al hogar y separarse de su amada Carmen. La madre también la sintió, pero curiosamente, de su estancia en la casa de su hermana solo una imagen le vino a la mente. De todos los buenos momentos y las risas junto a Carmen, un único recuerdo de todos los que poblaban su memoria era el que primero se presentaba.
Se estremeció en el asiento moviendo la cabeza para mantener el control porque lo que su cerebro le recordaba era un bulto. Un montículo por el que circulaba agua y que una muy fina tela tapaba haciendo de segunda piel.
No se podía creer que aquel fuera el último recuerdo que le pasase por la cabeza antes de llegar a casa, pero así era. Cerró los ojos para sentirlo más nítido, antes de que quizá lo olvidase en aquellas cuatro paredes que eran su hogar. Su subconsciente no quería que el recuerdo se difuminase, lo quería retener por algún motivo que se le escapaba. Quería… quería recordar… el relieve que marcaba en el bañador… la polla de su hijo.
FIN DE LA PRIMERA ETAPA.
CONTINUARÁ EN LA SEGUNDA ETAPA...