¿Que hemos hecho?

Incognito1

Miembro
Desde
27 May 2025
Mensajes
15
Reputación
178
Vista la buena acogida que ha tenido el primer relato, como digo una historia real, y habiendo notado que puedo soltarme sin miedo, os paso a contar otro caso "especial." Espero que sea de vuestro agrado.

Terapia de pareja.​

Pasaban algo más de las seis de la tarde. Estaba sentado en la terraza tranquilamente. Tenía sed, por lo que pidió al camarero que le pusiese una coca cola. El sol pegaba con fuerza a esas alturas de Mayo, anunciando un verano que parecía adelantarse. La vio llegar, con algo de retraso, mientras sonreía.

-Hombre.. ya era hora, señorito...

Carlos se puso de pie y recibió a su interlocutora con dos besos. Llevaba tiempo sin verla. Vestia una camiseta de tirantes anchos blanca, con un ligero escote que daba cuenta de un busto que para nada pasaría desapercibido, y unos pantalones cortos beige, estilo short, que enseñaban sus bonitas y blancas piernas. Calzaba unas sandalias estilo romano. Se sorprendió de lo arreglada que iba.

-Tú que no quieres verme.- Carlos sonrió.

Ambos se sentaron y Carlos llamó al camarero para que Milagros pudiese pedir. Escogió un Nestea.

Milagros y Carlos son familia. No directamente, pero si comparten parentesco. Son, podríamos decir, primos terceros. Aunque su familia es tan cercana que el vínculo es fuerte. A pesar de la diferencia de edad (9 años) tienen bastante buena relación y confianza entre ellos. Carlos pasó muchos años de pequeño en la casa de los padres de Milagros, sobre todo en verano, entre diario, cuando su madre trabajaba y no podía hacerse cargo nadie de él. Milagros lo cuidaba como si aquello fuese un juego para ella. Posteriormente incluso le dio clases particulares cuando las matemáticas se le atragantaron en sus comienzos en la ESO. Ahí, Carlos ya empezó a fijarse en el cuerpo de su prima, que le explicaba las lecciones con camisetas de tirantes aún más basicas y menos de vestir que la que llevaba ahora, mostrándole la resolución de ecuaciones al mismo nivel que el canalillo.

Tantas horas juntos hicieron que ambos hablasen de todo de la vida, generando un vínculo que aún ahora, con vidas tan distintas y con menos trato, podría notarse.

Pero llevaban mucho sin estar a solas. Es decir, sin que un evento o reunión familiar les uniese. Únicamente ellos dos, quedando con el propósito único y exclusivo de verse y contarse.

Todo pasó días antes, cuando Carlos subió un estado con uno de esos vídeos motivacionales que daban un discurso para gente que estaba pasando un mal momento. Milagros respondió. "Que razón. Al final solo nos tenemos a nosotros mismos en la vida." Un mensaje enigmático que hizo que Carlos se interesase por las novedades que Milagros tuviese en su vida. "Es una larga historia." Y así quedaron en verse.

-Me sorprendiste el otro día con esa respuesta.

Después de una conversación simple preguntándose por la vida, Carlos rompió el hielo.

-Es que el vídeo me encantó, tío.

Milagros respondía con su habitual forma de ser y hablar tan llana.

-Ya, pero no sé... Me pareció que algo había detrás.

Carlos iba a machete.

-No todo es tan bonito como parece en la vida...

-¿Pues?

-No estoy bien en mi relación, Carlos...

Miró a la botella de Nestea vacía y empezó a jugar con la etiqueta, arrancandola suavemente mientras medía sus palabras.

-Me dejas de piedra, de verdad. No había notado nada. Más bien al contrario, se os ve felices con el niño y eso.

-Bueno, las cosas van por dentro...

Intentó restar hierro al asunto.

-Nah, verás como solo es una mala racha. Todas las parejas las tienen. Saldréis adelante. Formáis una buena familia.

-No es una racha, Carlos. Llevamos algo más de un año en terapia de pareja y la cosa no avanza.

Carlos se quedó callado. No podía enarbolar frase alguna porque su cabeza daba vueltas a todo lo anterior. Recordó que hacía tiempo que no veía una publicación de la pareja juntos. Que ella había hecho algún que otro viaje con amigas recientemente, algo que en otro tiempo hubiese resultado raro, y que en el ultimo evento familiar apenas les vio mucho tiempo juntos. Ató cabos y entendió. Cómo no pudo haberse dado cuenta antes...

-Pufff no se qué decirte, la verdad...

Ella dejó de jugar con la etiqueta, que sostenía en una mano, y lo miró con una sonrisa que contenía tristeza.
-No tienes que decirme nada, yo solo te lo cuento.

-¿Lo sabe alguien más?

-Mi madre y mi hermana, pero nadie más. Así que creo que no tengo que decirte que...

-No te preocupes, no contaré nada.

-Lo sé, se que eres de fiar. Por eso te lo cuento.

-Y has pensado... No sé, ¿Que vas a hacer ahora?

-No hay día que no piense en eso. Y no lo sé. Alberto aún es muy pequeño como para pasar por una separación, pero tampoco quiero estar viviendo en una cosa que parece que no tiene futuro.

Pensó que iba a parar de hablar, pero antes de responder ella continuó.

-No sé, voy por rachas. Más de un día he pensado: "Venga, inténtalo, que se arregla. Pero es que no veo solución alguna. He intentado todo, la terapia salió de mi."

Carlos la escuchaba, pero mentalmente iba repasando los recuerdos que tenía de ellos como pareja. La primera vez que esta le presento a Isaac, el que a la postre sería su marido. La boda de ambos, en la que ella estaba preciosa. La primera vez que le dijeron que iban a tener un hijo. Las veces que había ido a la piscina que tenían en su casa. Todo. No había visto nada y se lamentaba por no haber ayudado en su momento.

-Si necesitas cualquier cosa...

Acertó por fin a decir. Aunque se lamentó, porque aquella frase no sumaba nada, más bien sonaba a tópico.

-No creo que tengas la solución a mis problemas.

Sonrió otra vez con condescendencia y lo agarró cariñosamente de la mano. Cómo quien mira a un niño que le pregunta porque hay guerras en el mundo.

-Bueno, puedo ayudar en lo que sea. Si me quieres contar un día, si quieres salir a despejarte... Cualquier cosa. Cuenta conmigo.

Le miro. Tenía esa mirada de quien quiere algo pero no sabe cómo pedirlo. De quien necesita acción y actividad.

-Me iba a ir este puente con una amiga, a desconectar unos días del trabajo, que también me tiene frita. De hecho, mi madre ya estaba hecha a la idea de que iba a quedarse con el niño, porque Isaac quiere irse a ver no se qué de motos... Pero al final ella me ha dicho que no puede.

-Me voy contigo.

Carlos sonó firme.

Ella sonrió.

-Gracias, pero cancelamos la reserva. Y ahora está todo carísimo.

-No pasa nada, tenemos sitio. ¿Te gusta Valencia?

La cara de Mila volvía a brillar.

-¿El apartamento de la tía de tu padre?

Sabía la respuesta.

-Si, eso es. Creo que nadie ha pedido la llave para este puente, así que si me dices que si, ahora mismo escribo y lo cojo yo.

Se mordió el labio. Estaba con ganas pero algo la frenaba.
-Donde vamos a ir tú y yo ahora.. así, de repente..

-¿Quién sabe que vamos a ir tú y yo?

Carlos puso misterio al tema y Milagros le miró sin entender nada

-Es decir, nadie tiene porqué saberlo. Tú sigues con tu plan, vas con una amiga. Yo les digo a mis padres que voy con un colega. Además, que con 26 años ya no me piden explicaciones...

Seguía sonriendo. Se le notaba en la cara que tenía ganas de aventuras.

-¿Estás seguro?

-Completamente.

Cinco días más tarde Carlos estaba cargando la maleta de Milagros en su Opel Astra para poner rumbo a un puente que cambiaría muchas cosas.
 
Capítulo 2: Aclimatandose.​

Hacía 40°C, pero dentro del coche el climatizador mantenía una temperatura de 20°C mientras cruzaban la autovía a 150km/h. A Carlos nunca le gustó ir despacio. Mila, que iba sentada en el asiento del copiloto, lo miró de reojo. Se le escapó una sonrisa tímida. Por su cabeza estaban pasando multitud de pensamientos mientras sus ojos se clavaban en Carlos, que mantenía la atención puesta en la carretera. Rompió el hielo.

-Todavia no me lo creo, jaja.

-¿El que? - la miró unos segundos antes de volver la vista al frente.

-Esto. Que estemos así, yéndonos de vacaciones. No sé, se me hace raro. Cómo si estuviese haciendo algo malo.

-¿Algo malo por irte con tu primo de vacaciones? - respondió él con naturalidad.

-Si, no sé. En el fondo no es nada malo. Pero, joder, llevábamos años sin quedar a tomar algo. Y de repente, vacaciones juntos y de tapadillo. Me siento como en una película de espías.

Lo ultimo lo soltó jugueteando. Sonriendo y buscando complicidad.

-Jajaja pues lo siento, pero no soy 007.

Se hizo el silencio.

-No sé, tampoco le des más vueltas. Al final es algo que nos viene bien a ambos. Yo también tenía necesidad de escaparme unos días, pero cuesta cuadrar agendas con mis amigos. Al final, llegas a una edad en la que muchos planes se hacen ya con novia. Y los que no tenemos pareja nos quedamos un poco en tierra de nadie. Que si, que vivimos sin dar explicaciones y tal, pero en muchas ocasiones es inevitable no sentir un punto de soledad.

Aquello lo dijo con una sinceridad aplastante. Cómo si de repente se hubiese abierto una presa que parecía estar cerrada y que Mila apenas conocía.

Ella alargó la mano y le rozó la mejilla de forma cariñosa. Fue un gesto tan natural como espontáneo que la salió de repente. Él lo sintió como algo raro, y ella, al ver su cara, lo notó. Recogió la mano y trató de cambiar de tema.

-¿Y que tal es el piso? Siempre he oído hablar de él pero es la primera vez que me invitas...

Sonrió y lanzó la última frase como broma.

Una de las tías de la familia de Carlos, por parte de la otra rama, tenía un piso en un pueblo costero de Valencia. La tía, soltera y sin hijos, había dejado ese piso para uso y disfrute de todo el que quisiera, siempre y cuando se organizasen de buena manera y no generase un problema familiar. Hablaban de piso porque, por medidas, era algo más grande que un apartamento. Con dos habitaciones y situado en primera línea de playa, en una urbanización con piscina, había dado cobijo a toda la familia. En algunos momentos incluso llegaron a meterse en él nueve personas, usando el sofá cama y algún colchón inflable. Aunque ahora, para dos, el espacio no iba a ser problema.

-Pues está bastante bien, creo que te va a encantar.

Y le paso a comentar la historia del apartamento, los restaurantes cercanos, la proximidad con la playa, la tranquilidad... Y así fueron pasando los kms.

Llegaron al apartamento casi a la hora de comer. Descargaron el coche y subieron al apartamento. Carlos ejerció de anfitrión y preparó un poco la estancia. Abrió ventanas, encendió cuadro de luces, activó el termo para el agua caliente... También dejó para Mila la habitación grande, con cama de matrimonio, y la llevó allí para que dejase su equipaje. Esta rápido se echó en la cama, como si fuese una niña, y empezó a alabar las estancias del apartamento, pronunciando en varios momentos la palabra envidia. Ahí, recostada sobre el lado derecho de su cuerpo, en plan musa de pintor, dejó a Carlos una imagen tremenda de su pecho izquierdo queriendo escapar por el escote. Mila no era consciente, lo hacía de forma natural, pero estaba a unos milímetros, o un ligero movimiento, de mostrar parte de la aureola.

Carlos estaba nervioso e intentó que aquella visión no ocupase tanto espacio en su cabeza.

-Bueno, qué. ¿Nos vamos? Tenemos que buscar un sitio para comer y después comprar algunas cosas para tener en la nevera, por lo que pueda pasar.

Mila asintió.

Ambos se cambiaron un poco para ponerse algo más cómodos, entrando en el código de vestimenta playero. Carlos optó por un bañador y una camiseta de fútbol. Mila, después de un rato, salio con una camiseta de tirantes, de esas largas con los laterales bastante abiertos, y un short piscinero. Por los lados podía vérsele el sujetador del bikini. Un palabra de honor ajustado de estilo marinero, con rayas horizontales azul marino y blanco.

Salieron del apartamento y caminaron en dirección al paseo marítimo. Carlos conocía un chiringuito playero del que era asiduo junto a su familia. La especialidad del sitio era el arroz con bogavante. Se sentaron, pidieron una jarra de tinto de verano y una de arroz para dos. El camarero los fue sirviendo a cuentagotas. Primero la bebida, luego el pan, después el arroz... Sus idas y venidas a la mesa eran constantes y en todas ellas se paraba a echar una ojeada por la parte de la camiseta de Mila que quedaba abierta. Carlos se dio cuenta a la tercera vez que apareció por allí. Era normal, su prima, a pesar de haber sido madre, conservaba un cuerpazo. Y sin apenas ejercicio, puesto que solo hacía pilates un par de veces por semana.

A Mila se la veía disfrutar. Despreocupada. Ajena a la situación de pareja y familia que tenía en casa. Carlos se sentía satisfecho. Estaba seguro de que con aquel viaje había contribuido a arreglar algo, aunque fuera ínfimo, y con eso le valía. Ambos brindaron en actitud bromista. Degustaron el arroz y Mila dio su aprobado con nota. Uno de los mejores arroces que había probado. Carlos era un caballero que sabía cómo tratar a las chicas. "No veas lo que se pierden algunas." Sonrió.

El camarero llegó con la carta de postres. "Por aquí os lo dejo, pareja." Sonrisas de ambos. "Nos ha llamado pareja." La diferencia de edad apenas se notaba. Pagaron la cuenta. Ambos insistieron en invitar. Carlos, por haber tenido la idea y seguir en su rol de caballero. Mila, por ser mayor, estar invitada al apartamento y ganar bastante más dinero que su primo. Optaron por hacerlo a medias para no discutir.

Intentaron que la pereza no les venciese y fueron a comprar enseguida. A esas horas no había apenas gente por los pasillos. Cogieron algo para desayunar, agua y pequeñas cosas para picar y unas cervezas para la playa. Volvieron a pagar a medias.

Llegaron al apartamento y dejaron la compra antes de ir a la playa.

Inma se quitó la camiseta y se quedó en sujetador del bikini. Carlos pudo ver los pechos de ella completamente apretados por una prenda que parecía rescatada de otro verano. Cómo si no le hubiese dado tiempo a renovar el armario y su cuerpo hubiese experimentado varios cambios desde el verano anterior. La verdad es que su pecho ya era llamativo anteriormente, pero ese aumento de talla no parecía quedarle mal. Su piel era delicada y pálida, parecia una aristócrata. O alguien que, con un par de rayos de sol, iba a tener que bañarse en aftersun.

-Pufff estoy que reflejo.- dijo Mila mirándose al de arriba a abajo frente al espejo.- ¿Me das crema?

(Continuará)
 
Capítulo 2: Aclimatandose.​

Hacía 40°C, pero dentro del coche el climatizador mantenía una temperatura de 20°C mientras cruzaban la autovía a 150km/h. A Carlos nunca le gustó ir despacio. Mila, que iba sentada en el asiento del copiloto, lo miró de reojo. Se le escapó una sonrisa tímida. Por su cabeza estaban pasando multitud de pensamientos mientras sus ojos se clavaban en Carlos, que mantenía la atención puesta en la carretera. Rompió el hielo.

-Todavia no me lo creo, jaja.

-¿El que? - la miró unos segundos antes de volver la vista al frente.

-Esto. Que estemos así, yéndonos de vacaciones. No sé, se me hace raro. Cómo si estuviese haciendo algo malo.

-¿Algo malo por irte con tu primo de vacaciones? - respondió él con naturalidad.

-Si, no sé. En el fondo no es nada malo. Pero, joder, llevábamos años sin quedar a tomar algo. Y de repente, vacaciones juntos y de tapadillo. Me siento como en una película de espías.

Lo ultimo lo soltó jugueteando. Sonriendo y buscando complicidad.

-Jajaja pues lo siento, pero no soy 007.

Se hizo el silencio.

-No sé, tampoco le des más vueltas. Al final es algo que nos viene bien a ambos. Yo también tenía necesidad de escaparme unos días, pero cuesta cuadrar agendas con mis amigos. Al final, llegas a una edad en la que muchos planes se hacen ya con novia. Y los que no tenemos pareja nos quedamos un poco en tierra de nadie. Que si, que vivimos sin dar explicaciones y tal, pero en muchas ocasiones es inevitable no sentir un punto de soledad.

Aquello lo dijo con una sinceridad aplastante. Cómo si de repente se hubiese abierto una presa que parecía estar cerrada y que Mila apenas conocía.

Ella alargó la mano y le rozó la mejilla de forma cariñosa. Fue un gesto tan natural como espontáneo que la salió de repente. Él lo sintió como algo raro, y ella, al ver su cara, lo notó. Recogió la mano y trató de cambiar de tema.

-¿Y que tal es el piso? Siempre he oído hablar de él pero es la primera vez que me invitas...

Sonrió y lanzó la última frase como broma.

Una de las tías de la familia de Carlos, por parte de la otra rama, tenía un piso en un pueblo costero de Valencia. La tía, soltera y sin hijos, había dejado ese piso para uso y disfrute de todo el que quisiera, siempre y cuando se organizasen de buena manera y no generase un problema familiar. Hablaban de piso porque, por medidas, era algo más grande que un apartamento. Con dos habitaciones y situado en primera línea de playa, en una urbanización con piscina, había dado cobijo a toda la familia. En algunos momentos incluso llegaron a meterse en él nueve personas, usando el sofá cama y algún colchón inflable. Aunque ahora, para dos, el espacio no iba a ser problema.

-Pues está bastante bien, creo que te va a encantar.

Y le paso a comentar la historia del apartamento, los restaurantes cercanos, la proximidad con la playa, la tranquilidad... Y así fueron pasando los kms.

Llegaron al apartamento casi a la hora de comer. Descargaron el coche y subieron al apartamento. Carlos ejerció de anfitrión y preparó un poco la estancia. Abrió ventanas, encendió cuadro de luces, activó el termo para el agua caliente... También dejó para Mila la habitación grande, con cama de matrimonio, y la llevó allí para que dejase su equipaje. Esta rápido se echó en la cama, como si fuese una niña, y empezó a alabar las estancias del apartamento, pronunciando en varios momentos la palabra envidia. Ahí, recostada sobre el lado derecho de su cuerpo, en plan musa de pintor, dejó a Carlos una imagen tremenda de su pecho izquierdo queriendo escapar por el escote. Mila no era consciente, lo hacía de forma natural, pero estaba a unos milímetros, o un ligero movimiento, de mostrar parte de la aureola.

Carlos estaba nervioso e intentó que aquella visión no ocupase tanto espacio en su cabeza.

-Bueno, qué. ¿Nos vamos? Tenemos que buscar un sitio para comer y después comprar algunas cosas para tener en la nevera, por lo que pueda pasar.

Mila asintió.

Ambos se cambiaron un poco para ponerse algo más cómodos, entrando en el código de vestimenta playero. Carlos optó por un bañador y una camiseta de fútbol. Mila, después de un rato, salio con una camiseta de tirantes, de esas largas con los laterales bastante abiertos, y un short piscinero. Por los lados podía vérsele el sujetador del bikini. Un palabra de honor ajustado de estilo marinero, con rayas horizontales azul marino y blanco.

Salieron del apartamento y caminaron en dirección al paseo marítimo. Carlos conocía un chiringuito playero del que era asiduo junto a su familia. La especialidad del sitio era el arroz con bogavante. Se sentaron, pidieron una jarra de tinto de verano y una de arroz para dos. El camarero los fue sirviendo a cuentagotas. Primero la bebida, luego el pan, después el arroz... Sus idas y venidas a la mesa eran constantes y en todas ellas se paraba a echar una ojeada por la parte de la camiseta de Mila que quedaba abierta. Carlos se dio cuenta a la tercera vez que apareció por allí. Era normal, su prima, a pesar de haber sido madre, conservaba un cuerpazo. Y sin apenas ejercicio, puesto que solo hacía pilates un par de veces por semana.

A Mila se la veía disfrutar. Despreocupada. Ajena a la situación de pareja y familia que tenía en casa. Carlos se sentía satisfecho. Estaba seguro de que con aquel viaje había contribuido a arreglar algo, aunque fuera ínfimo, y con eso le valía. Ambos brindaron en actitud bromista. Degustaron el arroz y Mila dio su aprobado con nota. Uno de los mejores arroces que había probado. Carlos era un caballero que sabía cómo tratar a las chicas. "No veas lo que se pierden algunas." Sonrió.

El camarero llegó con la carta de postres. "Por aquí os lo dejo, pareja." Sonrisas de ambos. "Nos ha llamado pareja." La diferencia de edad apenas se notaba. Pagaron la cuenta. Ambos insistieron en invitar. Carlos, por haber tenido la idea y seguir en su rol de caballero. Mila, por ser mayor, estar invitada al apartamento y ganar bastante más dinero que su primo. Optaron por hacerlo a medias para no discutir.

Intentaron que la pereza no les venciese y fueron a comprar enseguida. A esas horas no había apenas gente por los pasillos. Cogieron algo para desayunar, agua y pequeñas cosas para picar y unas cervezas para la playa. Volvieron a pagar a medias.

Llegaron al apartamento y dejaron la compra antes de ir a la playa.

Inma se quitó la camiseta y se quedó en sujetador del bikini. Carlos pudo ver los pechos de ella completamente apretados por una prenda que parecía rescatada de otro verano. Cómo si no le hubiese dado tiempo a renovar el armario y su cuerpo hubiese experimentado varios cambios desde el verano anterior. La verdad es que su pecho ya era llamativo anteriormente, pero ese aumento de talla no parecía quedarle mal. Su piel era delicada y pálida, parecia una aristócrata. O alguien que, con un par de rayos de sol, iba a tener que bañarse en aftersun.

-Pufff estoy que reflejo.- dijo Mila mirándose al de arriba a abajo frente al espejo.- ¿Me das crema?

(Continuará)
Continúa porfa...
 

📢 Webcam con más espectadores ahora 🔥

Atrás
Top Abajo