Última terapia

Incognito1

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27 May 2025
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Capítulo 1: El regalo.

Las puertas automáticas se abrieron y cruzó el vestíbulo. Cómo había hecho innumerables veces desde hacía casi un año. Fuera, el frío del invierno se empezaba a notar. Ya había anochecido y los faros de los coches alumbraban peatones que andaban con prestitud hacia sus destinos, quizá después de una jornada de trabajo. Bajó un par de puntos la cremallera del abrigo y pulsó el botón del ascensor. El espejo de dentro le devolvió su imagen sonriente sosteniendo un pequeño paquete en la mano. Iba envuelto. Hundió el número 3 y el elevador se puso en marcha. Mientras subía no pudo evitar como la cabeza empezó a darle vueltas otra vez. Desde la anterior sesión, un mes antes, no había parado de pensar en aquella frase que escuchó justo antes del final. "Vamos a darnos un mes de margen. Si no hay cambios, te vas de alta." Irse de alta. Él. Estaba acojonado.

Desde hacía casi un año, Melisa había sido su esquina. El lugar al que acudía cuando algún round se torcía. Cuando había que ajustar algo. Pero también el sitio donde se celebraba lo bueno. La persona que se alegraba de sus logros. Donde había festejado el volver a encontrar trabajo, sus progresos en el gimnasio, cultivando cuerpo y hábitos saludables, y, porque no decirlo, la mejora en sus diezmadas habilidades sociales.
Veía como Melisa lo consolaba, lo acompañaba, lo cuidaba. Se alegraba de sus logros y restaba importancia a sus derrotas. Es por ello que no había podido evitar cogerle bastante cariño. Un cariño que su parte racional trataba de frenar. "Es su trabajo." "La pagas por ello." "No te equivoques." Pero él no podía evitar hacerse siempre la misma pregunta: "¿Será así con todos?"
Tocó el timbre de la oficina y espero mientras los pasos del otro lado se escuchaban cada vez más fuertes. La puerta se abrió y tras ella apareció Melisa. Pelo largo oscuro y liso, como de una gitana, ojos verdes tras unas gafas redondas de cristal algo grueso y una sonrisa amplia, con labios delgados pero marcados.

-Hombre, señorito. A usted le estaba esperando...
Termino la frase mientras empujaba su cuerpo contra la puerta que encajaba para cerrar.
-Pasa, hoy no tengo a nadie.

La sala de espera permanecía alumbrada con la luz general, unos tubos led en el techo, y una pequeña lampara como auxiliar. Sin nadie allí parecía más grande. Paso al despacho en el que hacían la terapia y se sentó en la silla. Mientras caminaba escucho como la puerta se cerraba tras de si y como Melisa, vestida con vaquero y un jersey de lana, que quedaba algo ancho por la parte baja, se sentaba delante de él.
-Bueno, cuentame...
Ella lo miró expectante.
-Antes de nada, quería darte esto. Después de lo que me dijiste el otro día, no sé si nos volveremos a ver. Así que quiero que tengas un detalle mio.
-Mira que eres...- dijo con un tono suave, casi susurrando. Se notaba que aquello le había hecho ilusión. Alargó el brazo y cogió el paquete que Mario llevaba en la mano. Lo dio un par de vueltas y miró por varios ángulos, como si jugase a adivinar que había dentro antes de abrirlo. Melisa tenía una expresión curiosa y moldeable. Capaz de parecer una auténtica niña pequeña o una mujer de la edad que tenía dependiendo de cómo gesticulase. Deshizo el envoltorio con sumo cuidado y saco de dentro el presente, el último best seller del autor de moda.
-Una vez hablamos de él y me dijiste que también te gustaba.
A ella se le escapó una sonrisa, pero antes de que pudiese contestar, Mario volvió a incidir.
-Mira la primera página.
"A Melisa. Grscias por ayudarme a cre(c)er."
-Como eres...- trató de disimular el sonrojo tapándose con la mano y se levantó de un respingo.- Anda, dame dos besos.
Mario hizo lo mismo. Se acercaron y se intercambiaron un beso en ambas mejillas. Noto el olor a su perfume de vainilla.
Era la primera vez que tenían una muestra de cariño así, tan física. Melisa se separó y volvió a su silla, intentando volver a mantener la compostura mientras miraba el regalo otra vez. Entonces tosió, como si aquel sonido fuese un timbre de final de combate o cambio de clase y la terapia comenzase en aquel instante.

(CONTINUARÁ)
 
Capítulo 2: "No sé qué me pasa."

-Bueno, ¿Que tal ha ido este mes?- dijo sin mirarle. Buscaba en un pequeño conjunto de baldas sobre el escritorio, moviendo papeles.
-Bufff bastante bien, la verdad. Aunque, no sé, me da algo de palo dejar esto.
Melisa paró entonces de buscar y lo miró atenta. Él respondió sin necesidad de preguntas.
-A ver, me noto mucho mejor. No soy el mismo que cuando entre por esa puerta. Pero, no sé, ahora lanzarme a vivir sin este apoyo de aquí...
Ella sonrió. A Mario le gustaba esa expresión. Le daba un aspecto santurrón. Cómo de no saber lo que era la vida. Pero Melisa, a sus casi treinta años, ya había descubierto mucho mundo. Lo supo tras charlas y charlas en las que, no sabe si a propósito o no, había ido desgranando detalles de la vida de ella. Siempre se lo había preguntado "¿Me dirá esto porque quiere o porque es parte de su trabajo?" "¿Me ha contado que ella en el colegio tuvo este problema porque le ha salido así o porque quiere que me confíe y yo también me abra?" Las distintas "citas" que Mario iba teniendo le iban generando mil dudas acerca de su relación, por llamarlo de algún modo, con su terapeuta. Había llegado a la conclusión de que ella le gustaba. No solo por el cariño profesado, por trabajo siempre, sino porque, saltaba a la vista, que Melisa era un auténtico caramelo. Curioseo la foto en la pagina web de la clínica antes de su primera cita, cuando, al llamar, le dijeron por quién tenía que preguntar al llegar a su primera sesión. Por sus rasgos, morena, pelo largo, ojos verdes... Le pareció latina. Y por la postura y la ropa ancha, una chica sin apenas brillo. Muy simple.
Tras las tres primeras sesiones pudo comprobar que las apariencias engañan. Sobre todo en la última, ya en una primavera más notable, en la que ella llevaba ropa más fina y corta. No consiguió evitar fijarse en lo abultado de la camiseta en la zona de los pechos. Con lo delgada que estaba, vaya par gastaba.
Melisa debió ser de las adolescentes finas. Aquellas que se criaron sin apenas curvas durante toda su vida joven y que ahora, cerca de su treintena, alcanzaba su plenitud física, cogiendo unos kilos que le hacían espectacular.
-Bueno, eso es algo que esperaba. Y es normal, de verdad. Lo que intento es no hacerte dependiente de estas terapias. Al final, el objetivo principal es que adquieras mecanismos para usar de manera autónoma.
Miró a Mario que seguía sin querer creerse aquel mensaje.
-De todas maneras, tienes mi teléfono. Si en algún momento lo necesitas, puedes escribirme y gestionamos una cita.- terminó la frase con una sonrisa.
-Bueno, eso me deja más tranquilo.
-Pero, no me has comentado. ¿Que tal te ha ido?
Fue entonces cuando Mario comenzó a desgranar sus últimos treinta días. Relaciones sociales, proyectos a largo plazo, expectativas laborales... Un monólogo con el que, a cada palabra, los gestos de asentimiento y sonrisas de Melisa crecían. Estaba preparado.
-Bueno, ya no tengo que decírtelo yo, ¿No?- dijo ella tras la pausa final de Mario.- Creo que estás listo para marcharte de alta.
-Ya, pero... Hay algo que... Me cuesta un poco verbalizar.
Melisa se sorprendió, pero no dijo nada. Prefirió guardar silencio. Esperaba que Mario diese el primer paso.
-Es que verás... Lo que te conté de esa chica, Sara. Pues, la verdad... Llevo mucho tiempo sin estar con una chica... Y no... Bueno, que no... -Se quedó callado unos segundos y cerró los ojos antes de continuar.- Que no me excito, vaya.
Melisa esbozó una sonrisa dulce, consciente del paso que había dado Mario al verbalizar su problema.
-¿Cual es el problema? ¿No te gusta? ¿Te pones nervioso? ¿Te autoboicoteas?
-No lo sé. Me gusta mucho, la verdad. Me encanta verla y estoy siempre deseando quedar con ella. Pero cuando llegamos a la parte...-marcó un silencio.- No consigo que se levante.
Melisa no dijo nada. Cómo en anteriores veces, esperó un tiempo prudencial. Siempre dejaba que Mario tuviese una pausa para ordenar sus ideas, para frenar sus deseos de alcanzar una respuesta inmediata. También era ese su trabajo.
-No sé, he estado leyendo estos días. Quizá soy asexual.
-¿Tú crees?
-No lo sé, solo eso tendría explicación.
Melisa dudó unos segundos mientras se ponía de pie. A un lado de ambos, junto a la mesa que les separaba, había un ventanal enorme que daba a la calle. Lo miró pensativa. Fuera, el trasiego de gente era ya testimonial. Alargó la mano y cogió la varilla del estor, provocando que las lamas de tela verticales girasen y volviesen opaco el cristal. Se volvió hacia Mario.
-Vamos a probar una cosa. Es simple, pero te tienes que relajar. No creo que seas asexual, simplemente, pienso que puedes tener un bloqueo.
Se coloco detrás de él y empezó a masajear suavemente sus hombros.
-Relajate.- dijo en tono suave.-Tienes que sentir el contacto como algo normal, sin tensiones.
Empezó a pasar la yema de sus dedos por los hombros, justo encima de la ropa, y a subir levemente hacia la parte del cuello. Dibujaba círculos que disminuían poco a poco su amplitud. Sentía el frío de sus manos y las uñas acariciando, con un leve arañazo, su piel.
-Cierra los ojos, Mario.- susurro Melisa cerca de su oído. Él notaba como el aire caliente golpeaba contra su lóbulo.- Tienes que dejarte llevar. Sentir el contacto como algo normal.
Melisa continuó. Empezó a llevar las yemas de los dedos por todo el cuello, subiendo hasta la mandíbula y acariciando está, apuntando con los índices en dirección a la boca. Mientras, no paraba de pegar sus labios cerca de la cara de Mario, entre la oreja y el cuello, intentando que el aire que exhalaba golpease lentamente contra la piel de él.
-¿Cómo vas? Ve diciéndome como te estás sintiendo...

(Continuará)
 
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