Incognito1
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Capítulo 1: El regalo.
Las puertas automáticas se abrieron y cruzó el vestíbulo. Cómo había hecho innumerables veces desde hacía casi un año. Fuera, el frío del invierno se empezaba a notar. Ya había anochecido y los faros de los coches alumbraban peatones que andaban con prestitud hacia sus destinos, quizá después de una jornada de trabajo. Bajó un par de puntos la cremallera del abrigo y pulsó el botón del ascensor. El espejo de dentro le devolvió su imagen sonriente sosteniendo un pequeño paquete en la mano. Iba envuelto. Hundió el número 3 y el elevador se puso en marcha. Mientras subía no pudo evitar como la cabeza empezó a darle vueltas otra vez. Desde la anterior sesión, un mes antes, no había parado de pensar en aquella frase que escuchó justo antes del final. "Vamos a darnos un mes de margen. Si no hay cambios, te vas de alta." Irse de alta. Él. Estaba acojonado.
Desde hacía casi un año, Melisa había sido su esquina. El lugar al que acudía cuando algún round se torcía. Cuando había que ajustar algo. Pero también el sitio donde se celebraba lo bueno. La persona que se alegraba de sus logros. Donde había festejado el volver a encontrar trabajo, sus progresos en el gimnasio, cultivando cuerpo y hábitos saludables, y, porque no decirlo, la mejora en sus diezmadas habilidades sociales.
Veía como Melisa lo consolaba, lo acompañaba, lo cuidaba. Se alegraba de sus logros y restaba importancia a sus derrotas. Es por ello que no había podido evitar cogerle bastante cariño. Un cariño que su parte racional trataba de frenar. "Es su trabajo." "La pagas por ello." "No te equivoques." Pero él no podía evitar hacerse siempre la misma pregunta: "¿Será así con todos?"
Tocó el timbre de la oficina y espero mientras los pasos del otro lado se escuchaban cada vez más fuertes. La puerta se abrió y tras ella apareció Melisa. Pelo largo oscuro y liso, como de una gitana, ojos verdes tras unas gafas redondas de cristal algo grueso y una sonrisa amplia, con labios delgados pero marcados.
-Hombre, señorito. A usted le estaba esperando...
Termino la frase mientras empujaba su cuerpo contra la puerta que encajaba para cerrar.
-Pasa, hoy no tengo a nadie.
La sala de espera permanecía alumbrada con la luz general, unos tubos led en el techo, y una pequeña lampara como auxiliar. Sin nadie allí parecía más grande. Paso al despacho en el que hacían la terapia y se sentó en la silla. Mientras caminaba escucho como la puerta se cerraba tras de si y como Melisa, vestida con vaquero y un jersey de lana, que quedaba algo ancho por la parte baja, se sentaba delante de él.
-Bueno, cuentame...
Ella lo miró expectante.
-Antes de nada, quería darte esto. Después de lo que me dijiste el otro día, no sé si nos volveremos a ver. Así que quiero que tengas un detalle mio.
-Mira que eres...- dijo con un tono suave, casi susurrando. Se notaba que aquello le había hecho ilusión. Alargó el brazo y cogió el paquete que Mario llevaba en la mano. Lo dio un par de vueltas y miró por varios ángulos, como si jugase a adivinar que había dentro antes de abrirlo. Melisa tenía una expresión curiosa y moldeable. Capaz de parecer una auténtica niña pequeña o una mujer de la edad que tenía dependiendo de cómo gesticulase. Deshizo el envoltorio con sumo cuidado y saco de dentro el presente, el último best seller del autor de moda.
-Una vez hablamos de él y me dijiste que también te gustaba.
A ella se le escapó una sonrisa, pero antes de que pudiese contestar, Mario volvió a incidir.
-Mira la primera página.
"A Melisa. Grscias por ayudarme a cre(c)er."
-Como eres...- trató de disimular el sonrojo tapándose con la mano y se levantó de un respingo.- Anda, dame dos besos.
Mario hizo lo mismo. Se acercaron y se intercambiaron un beso en ambas mejillas. Noto el olor a su perfume de vainilla.
Era la primera vez que tenían una muestra de cariño así, tan física. Melisa se separó y volvió a su silla, intentando volver a mantener la compostura mientras miraba el regalo otra vez. Entonces tosió, como si aquel sonido fuese un timbre de final de combate o cambio de clase y la terapia comenzase en aquel instante.
(CONTINUARÁ)
Las puertas automáticas se abrieron y cruzó el vestíbulo. Cómo había hecho innumerables veces desde hacía casi un año. Fuera, el frío del invierno se empezaba a notar. Ya había anochecido y los faros de los coches alumbraban peatones que andaban con prestitud hacia sus destinos, quizá después de una jornada de trabajo. Bajó un par de puntos la cremallera del abrigo y pulsó el botón del ascensor. El espejo de dentro le devolvió su imagen sonriente sosteniendo un pequeño paquete en la mano. Iba envuelto. Hundió el número 3 y el elevador se puso en marcha. Mientras subía no pudo evitar como la cabeza empezó a darle vueltas otra vez. Desde la anterior sesión, un mes antes, no había parado de pensar en aquella frase que escuchó justo antes del final. "Vamos a darnos un mes de margen. Si no hay cambios, te vas de alta." Irse de alta. Él. Estaba acojonado.
Desde hacía casi un año, Melisa había sido su esquina. El lugar al que acudía cuando algún round se torcía. Cuando había que ajustar algo. Pero también el sitio donde se celebraba lo bueno. La persona que se alegraba de sus logros. Donde había festejado el volver a encontrar trabajo, sus progresos en el gimnasio, cultivando cuerpo y hábitos saludables, y, porque no decirlo, la mejora en sus diezmadas habilidades sociales.
Veía como Melisa lo consolaba, lo acompañaba, lo cuidaba. Se alegraba de sus logros y restaba importancia a sus derrotas. Es por ello que no había podido evitar cogerle bastante cariño. Un cariño que su parte racional trataba de frenar. "Es su trabajo." "La pagas por ello." "No te equivoques." Pero él no podía evitar hacerse siempre la misma pregunta: "¿Será así con todos?"
Tocó el timbre de la oficina y espero mientras los pasos del otro lado se escuchaban cada vez más fuertes. La puerta se abrió y tras ella apareció Melisa. Pelo largo oscuro y liso, como de una gitana, ojos verdes tras unas gafas redondas de cristal algo grueso y una sonrisa amplia, con labios delgados pero marcados.
-Hombre, señorito. A usted le estaba esperando...
Termino la frase mientras empujaba su cuerpo contra la puerta que encajaba para cerrar.
-Pasa, hoy no tengo a nadie.
La sala de espera permanecía alumbrada con la luz general, unos tubos led en el techo, y una pequeña lampara como auxiliar. Sin nadie allí parecía más grande. Paso al despacho en el que hacían la terapia y se sentó en la silla. Mientras caminaba escucho como la puerta se cerraba tras de si y como Melisa, vestida con vaquero y un jersey de lana, que quedaba algo ancho por la parte baja, se sentaba delante de él.
-Bueno, cuentame...
Ella lo miró expectante.
-Antes de nada, quería darte esto. Después de lo que me dijiste el otro día, no sé si nos volveremos a ver. Así que quiero que tengas un detalle mio.
-Mira que eres...- dijo con un tono suave, casi susurrando. Se notaba que aquello le había hecho ilusión. Alargó el brazo y cogió el paquete que Mario llevaba en la mano. Lo dio un par de vueltas y miró por varios ángulos, como si jugase a adivinar que había dentro antes de abrirlo. Melisa tenía una expresión curiosa y moldeable. Capaz de parecer una auténtica niña pequeña o una mujer de la edad que tenía dependiendo de cómo gesticulase. Deshizo el envoltorio con sumo cuidado y saco de dentro el presente, el último best seller del autor de moda.
-Una vez hablamos de él y me dijiste que también te gustaba.
A ella se le escapó una sonrisa, pero antes de que pudiese contestar, Mario volvió a incidir.
-Mira la primera página.
"A Melisa. Grscias por ayudarme a cre(c)er."
-Como eres...- trató de disimular el sonrojo tapándose con la mano y se levantó de un respingo.- Anda, dame dos besos.
Mario hizo lo mismo. Se acercaron y se intercambiaron un beso en ambas mejillas. Noto el olor a su perfume de vainilla.
Era la primera vez que tenían una muestra de cariño así, tan física. Melisa se separó y volvió a su silla, intentando volver a mantener la compostura mientras miraba el regalo otra vez. Entonces tosió, como si aquel sonido fuese un timbre de final de combate o cambio de clase y la terapia comenzase en aquel instante.
(CONTINUARÁ)