LuisIgnacio13
Miembro
Este relato, está anclado a una experiencia que viví de chico y me marcó muchos años y por eso lo escribí "en argentino" pídiendo disculpas a la mayoría del foro. Por supuesto que me tomo varias libertades para contarlo, ahora que entiendo mis morbos y disfruto mis fantasías. La edición incluye herramientas de IA (si a alguno le molesta, por favor no avanzar). El relato, como mis gustos sexuales, no es tan fácil de clasificar, pero atendiendo a los moderadores no quise dejarlo en el directorio raiz. Los comentarios son siempre valorados, pero más deseadas son las experiencias y fantasías ajenas que quieran entrar al juego.
Capítulo 1: Cosas de pendejo
Las calles del barrio viejo de Boedo estaban envueltas en neón parpadeante esa noche, como ojos cansados que me miraban mientras caminaba hacia el Cine "Gran San Juan". Era un antro decadente, viejo cine de barrio convertido al erotismo en los primeros 80 para luego, con carteles descoloridos, prometer placeres XXX que solo existían en las sombras de esos incipientes noventas. No era la primera vez que fantaseaba con entrar, pero esa trasnoche de jueves sentía un fuego en el pecho que me empujaba. Todos los planes se habían caído y las hormonas corrían mas fuerte que los miedos, seguidas de cerca por las pajas cada vez más zarpadas. Alto, blanco, delgado, con el pelo revuelto y una curiosidad que me quemaba por dentro, me acerqué a la boletería. El tipo detrás del vidrio empañado fumaba con cara de aburrido. "Una entrada", murmuré, deslizando el dinero con manos temblorosas. Me miró de arriba abajo, sabiendo que no debería dejarme pasar, pero un billete extra lo convenció. "Pasa, pendejo, pero donde te diga el acomodador", gruñó, dándome el ticket que solo marcaba "Continuado de 13 a 3 AM".
Entré al cine vacío, y se podían mis pasos resonando en la sala oscura como un eco raro. Solo había butacas raídas y el proyector zumbando como un insecto gigante. Me senté en la fila del fondo, con el corazón latiéndome fuerte mientras la película corría : varios cuerpos entrelazados en gemidos exagerados, tetas y pijas danzando en la pantalla granulosa. Me senté y mi mano adolescente se deslizó rápido dentro del pantalón, apretando mi erección creciente. El morbo de estar solo en ese templo del vicio me ponía al límite. Cerré los ojos un momento, imaginándome parte de esa orgía mal proyectada.
De repente, la película se cortó. Las luces se encendieron como un balde de agua fría, iluminando la sala vacía. Parpadeé confundido, mi pija aún dura en la mano. Eran las 2 AM, una hora antes del cierre. "¡Qué mierda!", pesné, subiéndome el cierre a toda velocidad.
Apareció el acomodador, un tipo flaco con uniforme desgastado y una linterna en la mano. "Hora de irse, pendejo. Cerramos temprano hoy". Protesté, agitando el boleto como un trofeo. "¡Mirá! Dice que falta una hora. Pagué por esto". Se rió con sorna. "No te hagás el piola. Si llamo a la cana, va a haber quilombo para todos". Aún no entiendo porqué no me achiqué: "Quilombo va a haber si se sabe que me dejaron entrar, ¿no?".
En ese momento, surgió de las sombras el dueño, Vicente. Un viejo de unos 60 años, bien conservado a pesar de la panza que tensaba su camisa, con un puro humeante en la boca y una mirada que me devoraba. Frenó al acomodador con un gesto. "Tranquilo, Carlos. El pibe tiene razón, tiene derecho a seguir mirando la película". Sus ojos se posaron en mí con una lascivia disimulada, recorriéndome de pies a cabeza. Luego, metió la mano en el bolsillo del pantalón, demorándose más de lo normal, como si se acomodara los huevos o la pija, y sacó un porro enorme, gordo como un dedo.
Me lo entregó con una sonrisa torcida. "Para que disfrutes el rato, a modo de disculpas" dijo y extendió su mano. "Pásala bien, nene". Se dio vuelta y se fue, dejando un rastro de humo y misterio. El acomodador sonrió cómplice. "Le caíste bien al jefe, y eso es bueno para todos". Me encendió el porro con un encendedor de su propio bolsillo y se alejó, apagando las luces de nuevo.
La película retomó: ahora con travestis, con pijas duras y cuerpos curvilíneos, cogiendo sin piedad. Di una seca profunda, sintiendo como el humo me entraba como un veneno dulce. No era mi primera seca. El porro estaba inflado con algo extra – ¿coca? ¿otra cosa? – que me puso como una moto, con el corazón latiéndome en las sienes y la pija palpitando con una urgencia animal. Seca tras seca, me pajeé con furia, mientras los gemidos de la pantalla se sincronizaban con mis jadeos. Acabé justo cuando en la pantalla un traba le llenaba la cara de leche a un puto arrodillado, y mi propia corrida salpicaba el suelo sucio del cine. Fue la mejor paja de mi vida, un éxtasis prohibido que me dejó temblando.
Aún con ese subidón extraño y el porro a medio fumar, encaré la salida. En el vestíbulo, el acomodador me interceptó. "Vicente te invita al VIP, nene. Hay bebidas gratis", susurró con guiño cómplice. Aún caliente y confuso, no lo pensé dos veces. "Primer piso, al fondo", indicó el tipo.
Subí las escaleras algo tambaleante, con la oscuridad del pasillo engulléndome. Golpeé la puerta al final. "Pasa, pibe", se oyó la voz grave de Vicente. Abrí y entré a un living espectacular: todo en negro y rojo, luz baja, sillones de cuero mullido, un tele de 120 pulgadas con porno 4K y una mesa ratona cargada de botellas, polvos blancos y pastillas de colores. Al lado, una barra reluciente con botellas premium alineadas, y al fondo, un escritorio de madera noble con detalles de lujo: lámpara de cristal, cenicero de plata, y varios fajos de billetes grandes enrollados como tubos, esparcidos como si fueran confites.
Vicente me recibió en slip y bata de seda negra, entreabierta, revelando su panza y un bulto prominente. "Pasa, vení, sentate. Te lo ganaste, nene", dijo, palmeando el sillón a su lado. Me senté, el cuerpo aún zumbando. El viejo me preguntó sobre mi vida: aún en la escuela, viviendo con mi madre en un departamento humilde donde no sobraba nada. Vicente sirvió tragos fuertes – whisky con algo más – que ablandaron la lengua y el cuerpo de ambos. La conversación derivó al porno en la pantalla: "Mirá esa pija, ¿eh? ¿Te gusta?", decía Vicente, tocándose por sobre el slip.
Notó que mis ojos se desviaban constantemente a la pantalla, hipnotizados por las escenas. "Te gusta el porno, ¿eh? Yo hice mi plata como actor, pendejo. Mirá ahí", señaló la tele, donde un hombre – Vicente más joven, musculoso y feroz – le daba duro a una piba, embistiéndola con salvajismo, sus gemidos llenaban la habitación. Vicente se rio, se bajó el slip un poco, dejando que su pija descomunal sobresaliera, venosa y semierecta. "Yo estoy viejo, pero esta sigue andando. 27 cm de carne dura". Palpitaba erguida, desafiándome.
Me preguntó cómo venía yo. Con una vergüenza adormecida, y poco control de mis movimientos me desabroché el pantalón y le mostré: una buena pija morcillona al principio, floja por la timidez, pero que empezó a crecer sorprendentemente ante su mirada lasciva, endureciéndose a mis 22 cm, gruesa y tiesa. Vicente silbó admirado. "Pibe, si te enseño a usar eso, vas a conseguir lo que quieras".
Pronto, ambos empezamos a pajearnos por arriba de la ropa, mientras el morbo espesaba el aire. La pija de Vicente sobresalía del slip, con su mano frotándola por sobre la tela fina, mientras yo masajeaba la mía por arriba del pantalón, sintiendo el calor creciente. Vicente, con voz ronca, preguntó: "¿Aún sos virgen, nene?". Entre el alcohol y las drogas, quise decir que no para sonar más experimentado, pero la verdad salió sola y me sonrojé como un tomate. "Sí... lo soy". Vicente sonrió con autoridad, acariciándome por el brazo, el cuello, bajando hasta el pecho. "No te preocupes, pendejo. Vamos a arreglar eso". Me ofreció una pastilla de color rojo, "para aprender a coger", dijo con una sonrisa torcida. No sabía qué era, pero el viejo sí; la tragué, y sentí el rush invadiéndome como una ola caliente. Vicente no tomó ninguna.
Acto seguido Vicente se sacó el slip y quedó en bolas, solo con la bata abierta, revelando su cuerpo maduro y esa pija descomunal de 27 cm, dura como una barra de hierro. Luego, con manos firmes, me desnudó, y me dejé, el cuerpo traicionado por el deseo. Nos pajeábamos mutuamente, con mis gemidos suaves llenando la habitación, hasta que estuvimos al borde del clímax. Ahí, Vicente comenzó su tutoría: "Así no, nene, vas muy rápido", y agarró mi pija, masturbándola mucho más lento, desde abajo sin acariciar la cabeza sensible. "Te gusta, nene?". Entre el alcohol, la calentura y las drogas, asentí sin pensarlo, sintiendo un placer tortuoso que me volvía loco.
Vicente tomó mi pequeña mano y la colocó sobre su pija enorme: "Practicá con la mía". "Lo más importante es jugar con la cabeza que tenés arriba de los hombros y no con la que tenés en la punta de la pija", me dijo mientras me volvía loco acariciando suave mis bolas , obligándome a copiar los movimientos en su propia verga venosa. "Decime una fantasía que tengas, nene", murmuró. Casi desmayado, no atiné a decir nada. "Una compañerita, una prima, tu vieja?". Mi pija respingó fuerte al pensar en mi madre, un pulso traicionero que no pude ocultar. Vicente sonrió con malicia: "Contame cómo es, con detalles, todos".
Empecé un relato detallado y morboso del cuerpo de mi madre: sus curvas maduras, tetas grandes y suaves que se movían bajo la blusa fina, culo redondo que tensaba los pantalones, piernas tonificadas por el trabajo, pezones que se marcaban cuando tenía frío, el olor de su piel después del baño, la forma en que su tanga se adhería a su concha depilada. Mientras hablaba, Vicente cambió la pantalla a porno de incesto: madres e hijos cogiendo con pasión prohibida. Me empezó a trabajar la cabeza: "Contame cómo te pajeás pensando en ella, nene. ¿La espiás en la ducha? ¿Te vio la pija parada alguna vez? ¿Le olés las tangas sucias? ¿Se las dejás con tu leche pegada?".
Mis respuestas salían entre jadeos: sí, la espiaba por la cerradura, oliendo su aroma musgoso en la ropa interior sucia; sí, me había visto varias veces con la erección evidente bajo el pijama; sí, dejaba mis corridas en sus tangas y las volvía a guardar, imaginando que las usaba sin saber. El clímax llegó al máximo cuando la escena en la tele mostró a una madre arrodillada pidiéndole la lechita al hijo, chupando con hambre. Vicente me dijo: "Es tu madre, nene. Tirale la leche en la cara y las tetas, se lo merece por ser tan puta en tus fantasías". Exploté primero, con varios chorros calientes salpicando todo, y el cuerpo convulsionando en un orgasmo mundial. Vicente me siguió, gruñendo, su corrida uniéndose a la mía en un desorden pecaminoso.
Caí desmayado en el sillón, con el mundo girando en negro.
Al despertar, mi cabeza estaba en el regazo de Vicente, quien me acariciaba paternalmente, como un padre perverso. Pero ahí, presionada contra mis labios, estaba esa tremenda verga, aún semierecta y oliendo a semen. "Besala, nene", murmuró Vicente, sosteniendo mi cabeza firmemente y acercándola más. Quise resistirme, pero mi cuerpo, traicionado por las drogas, no respondía, y mi mente... mi mente anhelaba más. Comencé con besos tímidos en la punta, muchos, luego lamidas de niño, y finalmente la chupé como si tomara la teta, succionando con hambre infantil.
Vicente, mientras tanto, acariciaba mis bolas, jugaba en el perineo sensible, rozando la entrada de mi ano virgen con un dedo lubricado, preparándome para más. Luego, volvió a masturbarme, con ese ritmo ritmo experto llevándome al éxtasis fácilmente. Me corrí de nuevo, ahora gemidos ahogados contra su verga, casi atragantado. Vicente sostuvo mi cabeza con fuerza: "Ahora tragá, bebé". Y acabó en mi boca, chorros espesos y calientes que tragué con dificultad, tosiendo pero obedeciendo, con ese sabor salado quemándome la garganta. Caí otra vez en una somnolencia de placer, alcohol y drogas, viendo la sonrisa perversa de Vicente antes de que todo se desvaneciera.
Me desperté solo en el sillón a las 8 AM, desnudo, la cabeza dándome vueltas. Me vestí rápido y noté un bulto en el pantalón: un fajo de billetes grandes, miles de pesos. "Qué carajo...", murmuré, agarrando la guita y rajando.
Bajando las escaleras, el taquillero me saludó: "Buen día, joven. Espero que hayas dormido bien. Vicente se disculpa por haberse tenido que ir, pero te invita hoy después de la escuela a almorzar en el VIP". Salí corriendo, la cabeza explotando: la paja, el VIP, el viejo, las drogas, la guita... y ahora, llegar a casa con mi madre a los gritos por la trasnochada y por llegar tarde a la escuela. Necesitaba una excusa urgente. "¿Qué le digo? ¿Que me quedé estudiando con un amigo?". El sol de la mañana me cegaba, pero en mi mente, el morbo no paraba de repasar la mejor noche de mi vida.
Llegué al departamento humilde, el cansancio pesándome en los huesos pero con una energía residual de las drogas que me mantenía alerta. Abrí la puerta con sigilo, pero mi madre, Laura, ya estaba en la cocina, con los brazos cruzados y una expresión de furia contenida. Era una mujer de 40 años, curvilínea y atractiva a pesar de las ojeras del trabajo duro, viuda desde hacía años, luchando sola por sacarme adelante. "¡Mateo! ¿Qué hora es esta? ¡La escuela empezó hace rato! ¿Dónde carajo estabas toda la noche?", me espetó, su voz subiendo de tono con cada palabra.
Me acerqué por detrás, rodeándola con los brazos en un abrazo que pareció casual al principio, como un saludo cansado, pegando mi cuerpo al de ella solo lo suficiente para rozarla. Evidentemente algo en mi no era normal. Sentí el calor de su espalda contra mi pecho, y mi pija, aún sensible de la noche anterior, se endureció un poco, rozando su culo redondo de manera que podría haber sido accidental. "Ma, tranquí... Trabajé toda la noche en un boliche nuevo del barrio. Mirá lo que traigo". Laura intentó safar levemente, retorciéndose, pero al sentir ese roce sutil contra su cola, un escalofrío la recorrió, aunque lo disimuló con enojo. "¿Qué decís? ¡Soltame, boludo! Vas a repetir el año por faltar tanto, y yo rompiéndome el lomo para que vayas a la escuela!", recriminó con fuerza, su voz temblando ahora no solo de enojo, sino de una confusión incipiente que apenas empezaba a despertar.
Sin soltarla del todo, saqué el fajo de billetes y se lo deslicé en la mano, mi cadera rozándola otra vez en un movimiento que pareció inadvertido. "Para que te compres algo lindo y sexy, ma. Mirá cuánta guita...". Reí con picardía, pero sin apretar más, dejando que el contacto se diluyera en ambigüedad. Laura se derritió un poco, el roce la traicionaba sutilmente; inconscientemente, se movió apenas, sintiendo el calor irradiar a través de la tela, pero lo atribuyó a un accidente. "¡Mateo, basta! Esto no está bien...", murmuró, pero su cuerpo respondía con un hormigueo leve que no sentía hace años, despertando despacio, como un fuego lento.
Me separé con una sonrisa, caminando hacia mi cuarto con una erección evidente como una bandera de victoria. Laura se quedó paralizada, las piernas flojas, y se dejó caer en una silla de la cocina. Contempló el fajo de billetes en su mano, el corazón latiéndole desbocado. Notó sus pezones ligeramente duros bajo la blusa fina, pinchando la tela, y una lubricación incipiente entre sus piernas, algo que creía perdido en la rutina de la viudez y el cansancio.
Con manos temblorosas, contó el dinero: miles de pesos, suficiente para pagar las deudas pendientes, comprar comida para la semana y quizás, solo quizás, un vestido nuevo que la hiciera sentir deseada de nuevo. Alegre pero confundida, se levantó, guardando el fajo en un cajón, mientras el morbo de ese abrazo prohibido la invadía como un secreto oscuro. "¿Qué me está pasando?", se preguntó en voz baja, tocándose los pezones endurecidos por sobre la ropa, imaginando por un instante esa erección... la de su propio hijo. Excitada silencio, alimentó una fantasía que no se atrevía a nombrar.
Capítulo 1: Cosas de pendejo
Las calles del barrio viejo de Boedo estaban envueltas en neón parpadeante esa noche, como ojos cansados que me miraban mientras caminaba hacia el Cine "Gran San Juan". Era un antro decadente, viejo cine de barrio convertido al erotismo en los primeros 80 para luego, con carteles descoloridos, prometer placeres XXX que solo existían en las sombras de esos incipientes noventas. No era la primera vez que fantaseaba con entrar, pero esa trasnoche de jueves sentía un fuego en el pecho que me empujaba. Todos los planes se habían caído y las hormonas corrían mas fuerte que los miedos, seguidas de cerca por las pajas cada vez más zarpadas. Alto, blanco, delgado, con el pelo revuelto y una curiosidad que me quemaba por dentro, me acerqué a la boletería. El tipo detrás del vidrio empañado fumaba con cara de aburrido. "Una entrada", murmuré, deslizando el dinero con manos temblorosas. Me miró de arriba abajo, sabiendo que no debería dejarme pasar, pero un billete extra lo convenció. "Pasa, pendejo, pero donde te diga el acomodador", gruñó, dándome el ticket que solo marcaba "Continuado de 13 a 3 AM".
Entré al cine vacío, y se podían mis pasos resonando en la sala oscura como un eco raro. Solo había butacas raídas y el proyector zumbando como un insecto gigante. Me senté en la fila del fondo, con el corazón latiéndome fuerte mientras la película corría : varios cuerpos entrelazados en gemidos exagerados, tetas y pijas danzando en la pantalla granulosa. Me senté y mi mano adolescente se deslizó rápido dentro del pantalón, apretando mi erección creciente. El morbo de estar solo en ese templo del vicio me ponía al límite. Cerré los ojos un momento, imaginándome parte de esa orgía mal proyectada.
De repente, la película se cortó. Las luces se encendieron como un balde de agua fría, iluminando la sala vacía. Parpadeé confundido, mi pija aún dura en la mano. Eran las 2 AM, una hora antes del cierre. "¡Qué mierda!", pesné, subiéndome el cierre a toda velocidad.
Apareció el acomodador, un tipo flaco con uniforme desgastado y una linterna en la mano. "Hora de irse, pendejo. Cerramos temprano hoy". Protesté, agitando el boleto como un trofeo. "¡Mirá! Dice que falta una hora. Pagué por esto". Se rió con sorna. "No te hagás el piola. Si llamo a la cana, va a haber quilombo para todos". Aún no entiendo porqué no me achiqué: "Quilombo va a haber si se sabe que me dejaron entrar, ¿no?".
En ese momento, surgió de las sombras el dueño, Vicente. Un viejo de unos 60 años, bien conservado a pesar de la panza que tensaba su camisa, con un puro humeante en la boca y una mirada que me devoraba. Frenó al acomodador con un gesto. "Tranquilo, Carlos. El pibe tiene razón, tiene derecho a seguir mirando la película". Sus ojos se posaron en mí con una lascivia disimulada, recorriéndome de pies a cabeza. Luego, metió la mano en el bolsillo del pantalón, demorándose más de lo normal, como si se acomodara los huevos o la pija, y sacó un porro enorme, gordo como un dedo.
Me lo entregó con una sonrisa torcida. "Para que disfrutes el rato, a modo de disculpas" dijo y extendió su mano. "Pásala bien, nene". Se dio vuelta y se fue, dejando un rastro de humo y misterio. El acomodador sonrió cómplice. "Le caíste bien al jefe, y eso es bueno para todos". Me encendió el porro con un encendedor de su propio bolsillo y se alejó, apagando las luces de nuevo.
La película retomó: ahora con travestis, con pijas duras y cuerpos curvilíneos, cogiendo sin piedad. Di una seca profunda, sintiendo como el humo me entraba como un veneno dulce. No era mi primera seca. El porro estaba inflado con algo extra – ¿coca? ¿otra cosa? – que me puso como una moto, con el corazón latiéndome en las sienes y la pija palpitando con una urgencia animal. Seca tras seca, me pajeé con furia, mientras los gemidos de la pantalla se sincronizaban con mis jadeos. Acabé justo cuando en la pantalla un traba le llenaba la cara de leche a un puto arrodillado, y mi propia corrida salpicaba el suelo sucio del cine. Fue la mejor paja de mi vida, un éxtasis prohibido que me dejó temblando.
Aún con ese subidón extraño y el porro a medio fumar, encaré la salida. En el vestíbulo, el acomodador me interceptó. "Vicente te invita al VIP, nene. Hay bebidas gratis", susurró con guiño cómplice. Aún caliente y confuso, no lo pensé dos veces. "Primer piso, al fondo", indicó el tipo.
Subí las escaleras algo tambaleante, con la oscuridad del pasillo engulléndome. Golpeé la puerta al final. "Pasa, pibe", se oyó la voz grave de Vicente. Abrí y entré a un living espectacular: todo en negro y rojo, luz baja, sillones de cuero mullido, un tele de 120 pulgadas con porno 4K y una mesa ratona cargada de botellas, polvos blancos y pastillas de colores. Al lado, una barra reluciente con botellas premium alineadas, y al fondo, un escritorio de madera noble con detalles de lujo: lámpara de cristal, cenicero de plata, y varios fajos de billetes grandes enrollados como tubos, esparcidos como si fueran confites.
Vicente me recibió en slip y bata de seda negra, entreabierta, revelando su panza y un bulto prominente. "Pasa, vení, sentate. Te lo ganaste, nene", dijo, palmeando el sillón a su lado. Me senté, el cuerpo aún zumbando. El viejo me preguntó sobre mi vida: aún en la escuela, viviendo con mi madre en un departamento humilde donde no sobraba nada. Vicente sirvió tragos fuertes – whisky con algo más – que ablandaron la lengua y el cuerpo de ambos. La conversación derivó al porno en la pantalla: "Mirá esa pija, ¿eh? ¿Te gusta?", decía Vicente, tocándose por sobre el slip.
Notó que mis ojos se desviaban constantemente a la pantalla, hipnotizados por las escenas. "Te gusta el porno, ¿eh? Yo hice mi plata como actor, pendejo. Mirá ahí", señaló la tele, donde un hombre – Vicente más joven, musculoso y feroz – le daba duro a una piba, embistiéndola con salvajismo, sus gemidos llenaban la habitación. Vicente se rio, se bajó el slip un poco, dejando que su pija descomunal sobresaliera, venosa y semierecta. "Yo estoy viejo, pero esta sigue andando. 27 cm de carne dura". Palpitaba erguida, desafiándome.
Me preguntó cómo venía yo. Con una vergüenza adormecida, y poco control de mis movimientos me desabroché el pantalón y le mostré: una buena pija morcillona al principio, floja por la timidez, pero que empezó a crecer sorprendentemente ante su mirada lasciva, endureciéndose a mis 22 cm, gruesa y tiesa. Vicente silbó admirado. "Pibe, si te enseño a usar eso, vas a conseguir lo que quieras".
Pronto, ambos empezamos a pajearnos por arriba de la ropa, mientras el morbo espesaba el aire. La pija de Vicente sobresalía del slip, con su mano frotándola por sobre la tela fina, mientras yo masajeaba la mía por arriba del pantalón, sintiendo el calor creciente. Vicente, con voz ronca, preguntó: "¿Aún sos virgen, nene?". Entre el alcohol y las drogas, quise decir que no para sonar más experimentado, pero la verdad salió sola y me sonrojé como un tomate. "Sí... lo soy". Vicente sonrió con autoridad, acariciándome por el brazo, el cuello, bajando hasta el pecho. "No te preocupes, pendejo. Vamos a arreglar eso". Me ofreció una pastilla de color rojo, "para aprender a coger", dijo con una sonrisa torcida. No sabía qué era, pero el viejo sí; la tragué, y sentí el rush invadiéndome como una ola caliente. Vicente no tomó ninguna.
Acto seguido Vicente se sacó el slip y quedó en bolas, solo con la bata abierta, revelando su cuerpo maduro y esa pija descomunal de 27 cm, dura como una barra de hierro. Luego, con manos firmes, me desnudó, y me dejé, el cuerpo traicionado por el deseo. Nos pajeábamos mutuamente, con mis gemidos suaves llenando la habitación, hasta que estuvimos al borde del clímax. Ahí, Vicente comenzó su tutoría: "Así no, nene, vas muy rápido", y agarró mi pija, masturbándola mucho más lento, desde abajo sin acariciar la cabeza sensible. "Te gusta, nene?". Entre el alcohol, la calentura y las drogas, asentí sin pensarlo, sintiendo un placer tortuoso que me volvía loco.
Vicente tomó mi pequeña mano y la colocó sobre su pija enorme: "Practicá con la mía". "Lo más importante es jugar con la cabeza que tenés arriba de los hombros y no con la que tenés en la punta de la pija", me dijo mientras me volvía loco acariciando suave mis bolas , obligándome a copiar los movimientos en su propia verga venosa. "Decime una fantasía que tengas, nene", murmuró. Casi desmayado, no atiné a decir nada. "Una compañerita, una prima, tu vieja?". Mi pija respingó fuerte al pensar en mi madre, un pulso traicionero que no pude ocultar. Vicente sonrió con malicia: "Contame cómo es, con detalles, todos".
Empecé un relato detallado y morboso del cuerpo de mi madre: sus curvas maduras, tetas grandes y suaves que se movían bajo la blusa fina, culo redondo que tensaba los pantalones, piernas tonificadas por el trabajo, pezones que se marcaban cuando tenía frío, el olor de su piel después del baño, la forma en que su tanga se adhería a su concha depilada. Mientras hablaba, Vicente cambió la pantalla a porno de incesto: madres e hijos cogiendo con pasión prohibida. Me empezó a trabajar la cabeza: "Contame cómo te pajeás pensando en ella, nene. ¿La espiás en la ducha? ¿Te vio la pija parada alguna vez? ¿Le olés las tangas sucias? ¿Se las dejás con tu leche pegada?".
Mis respuestas salían entre jadeos: sí, la espiaba por la cerradura, oliendo su aroma musgoso en la ropa interior sucia; sí, me había visto varias veces con la erección evidente bajo el pijama; sí, dejaba mis corridas en sus tangas y las volvía a guardar, imaginando que las usaba sin saber. El clímax llegó al máximo cuando la escena en la tele mostró a una madre arrodillada pidiéndole la lechita al hijo, chupando con hambre. Vicente me dijo: "Es tu madre, nene. Tirale la leche en la cara y las tetas, se lo merece por ser tan puta en tus fantasías". Exploté primero, con varios chorros calientes salpicando todo, y el cuerpo convulsionando en un orgasmo mundial. Vicente me siguió, gruñendo, su corrida uniéndose a la mía en un desorden pecaminoso.
Caí desmayado en el sillón, con el mundo girando en negro.
Al despertar, mi cabeza estaba en el regazo de Vicente, quien me acariciaba paternalmente, como un padre perverso. Pero ahí, presionada contra mis labios, estaba esa tremenda verga, aún semierecta y oliendo a semen. "Besala, nene", murmuró Vicente, sosteniendo mi cabeza firmemente y acercándola más. Quise resistirme, pero mi cuerpo, traicionado por las drogas, no respondía, y mi mente... mi mente anhelaba más. Comencé con besos tímidos en la punta, muchos, luego lamidas de niño, y finalmente la chupé como si tomara la teta, succionando con hambre infantil.
Vicente, mientras tanto, acariciaba mis bolas, jugaba en el perineo sensible, rozando la entrada de mi ano virgen con un dedo lubricado, preparándome para más. Luego, volvió a masturbarme, con ese ritmo ritmo experto llevándome al éxtasis fácilmente. Me corrí de nuevo, ahora gemidos ahogados contra su verga, casi atragantado. Vicente sostuvo mi cabeza con fuerza: "Ahora tragá, bebé". Y acabó en mi boca, chorros espesos y calientes que tragué con dificultad, tosiendo pero obedeciendo, con ese sabor salado quemándome la garganta. Caí otra vez en una somnolencia de placer, alcohol y drogas, viendo la sonrisa perversa de Vicente antes de que todo se desvaneciera.
Me desperté solo en el sillón a las 8 AM, desnudo, la cabeza dándome vueltas. Me vestí rápido y noté un bulto en el pantalón: un fajo de billetes grandes, miles de pesos. "Qué carajo...", murmuré, agarrando la guita y rajando.
Bajando las escaleras, el taquillero me saludó: "Buen día, joven. Espero que hayas dormido bien. Vicente se disculpa por haberse tenido que ir, pero te invita hoy después de la escuela a almorzar en el VIP". Salí corriendo, la cabeza explotando: la paja, el VIP, el viejo, las drogas, la guita... y ahora, llegar a casa con mi madre a los gritos por la trasnochada y por llegar tarde a la escuela. Necesitaba una excusa urgente. "¿Qué le digo? ¿Que me quedé estudiando con un amigo?". El sol de la mañana me cegaba, pero en mi mente, el morbo no paraba de repasar la mejor noche de mi vida.
Llegué al departamento humilde, el cansancio pesándome en los huesos pero con una energía residual de las drogas que me mantenía alerta. Abrí la puerta con sigilo, pero mi madre, Laura, ya estaba en la cocina, con los brazos cruzados y una expresión de furia contenida. Era una mujer de 40 años, curvilínea y atractiva a pesar de las ojeras del trabajo duro, viuda desde hacía años, luchando sola por sacarme adelante. "¡Mateo! ¿Qué hora es esta? ¡La escuela empezó hace rato! ¿Dónde carajo estabas toda la noche?", me espetó, su voz subiendo de tono con cada palabra.
Me acerqué por detrás, rodeándola con los brazos en un abrazo que pareció casual al principio, como un saludo cansado, pegando mi cuerpo al de ella solo lo suficiente para rozarla. Evidentemente algo en mi no era normal. Sentí el calor de su espalda contra mi pecho, y mi pija, aún sensible de la noche anterior, se endureció un poco, rozando su culo redondo de manera que podría haber sido accidental. "Ma, tranquí... Trabajé toda la noche en un boliche nuevo del barrio. Mirá lo que traigo". Laura intentó safar levemente, retorciéndose, pero al sentir ese roce sutil contra su cola, un escalofrío la recorrió, aunque lo disimuló con enojo. "¿Qué decís? ¡Soltame, boludo! Vas a repetir el año por faltar tanto, y yo rompiéndome el lomo para que vayas a la escuela!", recriminó con fuerza, su voz temblando ahora no solo de enojo, sino de una confusión incipiente que apenas empezaba a despertar.
Sin soltarla del todo, saqué el fajo de billetes y se lo deslicé en la mano, mi cadera rozándola otra vez en un movimiento que pareció inadvertido. "Para que te compres algo lindo y sexy, ma. Mirá cuánta guita...". Reí con picardía, pero sin apretar más, dejando que el contacto se diluyera en ambigüedad. Laura se derritió un poco, el roce la traicionaba sutilmente; inconscientemente, se movió apenas, sintiendo el calor irradiar a través de la tela, pero lo atribuyó a un accidente. "¡Mateo, basta! Esto no está bien...", murmuró, pero su cuerpo respondía con un hormigueo leve que no sentía hace años, despertando despacio, como un fuego lento.
Me separé con una sonrisa, caminando hacia mi cuarto con una erección evidente como una bandera de victoria. Laura se quedó paralizada, las piernas flojas, y se dejó caer en una silla de la cocina. Contempló el fajo de billetes en su mano, el corazón latiéndole desbocado. Notó sus pezones ligeramente duros bajo la blusa fina, pinchando la tela, y una lubricación incipiente entre sus piernas, algo que creía perdido en la rutina de la viudez y el cansancio.
Con manos temblorosas, contó el dinero: miles de pesos, suficiente para pagar las deudas pendientes, comprar comida para la semana y quizás, solo quizás, un vestido nuevo que la hiciera sentir deseada de nuevo. Alegre pero confundida, se levantó, guardando el fajo en un cajón, mientras el morbo de ese abrazo prohibido la invadía como un secreto oscuro. "¿Qué me está pasando?", se preguntó en voz baja, tocándose los pezones endurecidos por sobre la ropa, imaginando por un instante esa erección... la de su propio hijo. Excitada silencio, alimentó una fantasía que no se atrevía a nombrar.