Disciplinado en la escuela

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Invitado
El despacho de la señora Navarro era un templo de autoridad y sofisticación. Las paredes de madera pulida, los libros antiguos alineados en estanterías y el escritorio macizo proclamaban su dominio. Elena Navarro, de 50 años, era la directora de la escuela secundaria, y su presencia era tan magnética como intimidante. Su cabello castaño caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos avellana tenían una intensidad que podía desarmar a cualquiera. Vestía un elegante vestido algo atrevido , con un escote discreto que dejaba entrever el encaje de su ropa interior. Era la mezcla perfecta de feminidad y poder, una mujer que dominaba cualquier espacio con su sola existencia.

Frente a ella, sentado en una silla de cuero que parecía tragárselo, estaba Adrián estudiante de tercer año. Con su cabello negro revuelto, jeans desgastados y una camiseta básica, el joven desentonaba en aquel entorno refinado. Lo habían citado por un supuesto "incidente" en su última clase de escritura: un debate con el profesor que este había calificado como "actitud desafiante". Adrián no lo veía así; solo había defendido su punto de vista. Pero ahora, bajo la mirada afilada de Elena, sentía el peso de su autoridad como una presión física.

Entre sus amigos, Elena era una leyenda, el centro de fantasías adolescentes compartidas en charlas cargadas de risas, testosterona y alguna paja colectiva. La "señora Navarro" era la mujer madura y poderosa con la que todos soñaban, la figura inalcanzable que avivaba sus imaginaciones. Adrián había participado en esas conversaciones, donde uno a uno se jactaban de cómo conquistarla, cómo sería una historia épica para contar entre cervezas y palmadas en la espalda. En su mente, Elena era el trofeo perfecto: una mujer deseada por todos, y él, algún día.....

—¿Sabes por qué estás aquí, Adrián? —preguntó Elena, su voz un terciopelo cortante que hizo que el joven se enderezara en la silla.

—No… no del todo, señora Navarro —respondió, con la mirada esquiva y las manos jugueteando con el borde de su camiseta. Pero en su cabeza, una chispa de emoción comenzaba a encenderse. Tal vez, pensó, esta era su gran oportunidad. Un juego de poder con la mismísima Elena Navarro. Algo que podría narrar como una hazaña, un relato que lo coronaría como el "machito alfa" entre sus amigos.

Elena se levantó con una elegancia calculada, sus tacones resonando contra el suelo de madera mientras rodeaba el escritorio. Se detuvo justo detrás de Adrián, tan cerca que él pudo sentir el calor de su cuerpo y oler su perfume, una fragancia dulce con un trasfondo oscuro que lo mareó por un instante.

—Aquí valoramos la disciplina —susurró Elena, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara la oreja de Adrián—. Y parece que tú necesitas una lección.

Adrián tragó saliva, el corazón acelerándose. Había algo en esa cercanía, en el tono de su voz, que lo ponía nervioso… pero también lo excitaba. Esto era lo que había imaginado en esas noches de charlas con sus amigos: él, enfrentándose a la temida y deseada directora, tomando el control en un juego de seducción y poder. Quería responder algo ingenioso, pero las palabras se le escapaban.

Elena se enderezó y caminó hasta apoyarse en el borde del escritorio, cruzando los brazos con una sonrisa que era a la vez cálida y peligrosa. —Levántate —ordenó.

Adrián obedeció al instante, poniéndose de pie con las piernas algo temblorosas. Alzó la vista y se encontró con esos ojos avellana que parecían verlo todo. Había autoridad en ellos, pero también un brillo que lo confundía, algo que lo hacía sentir pequeño y, al mismo tiempo, deseado. Su mente voló: ¿y si este era el momento? ¿Y si podía girar la situación a su favor, ser el protagonista de una historia que sus amigos nunca creerían?

—Acércate —dijo Elena, su voz ahora más suave, casi íntima.

Adrián dio un paso, luego otro, hasta quedar a menos de un metro de ella. Podía ver los detalles de su rostro: las finas líneas que delataban su experiencia, el rojo oscuro de sus labios. Todo en ella era magnético. Elena extendió una mano y tomó un mechón de su cabello, jugueteando con él entre sus dedos.

—Eres un chico interesante… pero rebelde —murmuró, con una dulzura que escondía un filo—. ¿Sabes lo que hago con los chicos como tú? Los pongo en su lugar.

El pulso de Adrián se disparó. Quería mantener el control, aferrarse a la idea de que él podía dominar este encuentro, pero la presencia de Elena lo envolvía como una corriente imposible de resistir. Ella soltó su cabello y, con un movimiento lento, levantó apenas el borde de su vestido, dejando ver el encaje de sus medias. Adrián sintió un calor subir por su pecho, y Elena soltó una risa baja.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, inclinándose hacia él hasta que sus rostros estuvieron a centímetros—. Porque si quieres quedarte en esta academia, vas a tener que complacerme.

Adrián no sabía qué decir. Su cuerpo estaba en llamas, dividido entre el impulso de salir corriendo y el deseo de quedarse. La fantasía de contarle a sus amigos cómo había "conquistado" a la señora Navarro aún brillaba en su mente. Elena se acercó más, sus labios rozando su mejilla mientras susurraba:

—Arrodíllate.

Con el cuerpo temblando, Adrián obedeció. Se dejó caer de rodillas, mirando hacia arriba, atrapado por la intensidad de esa mujer. Elena sonrió, satisfecha, y acarició su mejilla con uñas pintadas de rojo.

—Buen chico —dijo, sentándose en el borde del escritorio y separando ligeramente las piernas con una confianza que parecía ensayada.

El vestido de Elena se deslizó hacia arriba, y entonces ocurrió lo inesperado. Bajo el encaje negro de su ropa interior, emergió un pene, erecto y de gran tamaño, que rompió en pedazos la fantasía de Adrián. La sorpresa lo golpeó como un balde de agua fría. La imagen de la mujer sofisticada y deseada, la que todos sus amigos idolatraban, se desmoronó, reemplazada por una realidad que no había anticipado. El entusiasmo inicial, esa idea de un juego de dominación que podría presumir, se evaporó en un instante.

Elena, al notar su reacción, soltó una risa suave y cargada de ironía. —¿Qué pasa, pequeño? ¿No era esto lo que esperabas? —dijo, su voz teñida de burla—. No te preocupes, vas a aprender a disfrutarlo.

Adrián, aún de rodillas, sintió que su mundo se tambaleaba. La ilusión de ser el "macho alfa" se había hecho añicos, pero, para su sorpresa, su cuerpo no reaccionaba con rechazo. Una mezcla de confusión, vergüenza y un deseo inexplicable lo invadió. Elena tomó su nuca con firmeza, sus dedos enredándose en su cabello mientras lo guiaba hacia adelante.

—Vas a complacerme, Adrián —ordenó, su tono un mandato absoluto—. Y lo vas a hacer bien.

Temblando, Adrián acercó sus labios al miembro de Elena. El calor y el aroma lo envolvieron, y con un suspiro entrecortado, comenzó a explorar con su lengua, tímido al principio, pero guiado por los gemidos suaves de Elena. Ella se recostó ligeramente sobre el escritorio, manteniéndolo en su lugar con una mano mientras la otra se apoyaba en la madera.

—Así… justo así —susurró Elena, su voz quebrándose de placer.

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Adrián se dejó llevar, su lengua moviéndose con más seguridad ante las reacciones de Elena. Los gemidos de ella se intensificaron, sus caderas empujando ligeramente contra él. Pero justo cuando su respiración se volvía más errática, señalando que estaba cerca del clímax, Elena lo interrumpió con un movimiento brusco. Lo tomó por los hombros y lo levantó con una fuerza sorprendente, girándolo y empujándolo boca abajo sobre el escritorio. Adrián dejó escapar un jadeo, su rostro presionado contra la madera fría mientras sentía la mano de Elena sujetando su cabeza con firmeza.

—No tan rápido, pequeño —dijo Elena, su voz cargada de una perversidad que hizo temblar a Adrián—. Quiero más de ti.

Con su otra mano, Elena desabrochó los jeans de Adrián y los bajó junto con su ropa interior en un solo movimiento, dejando su piel expuesta al aire del despacho. Adrián sintió un escalofrío, una mezcla de miedo y deseo que lo paralizaba. Intentó hablar, pero solo salió un murmullo: —No… por favor.

Sin embargo, su cuerpo lo traicionaba. Mientras pronunciaba esas palabras, levantó instintivamente su trasero blanco y lampiño, como si invitara a Elena a seguir. Ella soltó una risa baja, satisfecha, y se inclinó sobre él. Adrián sintió el calor de su aliento antes que su lengua, que comenzó a explorar su ano con una lentitud deliberada. La sensación era abrumadora, un placer desconocido que lo hizo gemir contra su voluntad. Elena trabajó con precisión, alternando su lengua con sus dedos, que lubricó con su propia saliva antes de introducirlos lentamente, uno a uno, mientras su otra mano rodeaba el pene de Adrián, acariciándolo para mantenerlo excitado y relajado.

Adrián estaba atrapado en una tormenta de sensaciones. El miedo a lo desconocido, el dolor leve de la intrusión y el deseo ardiente que lo consumía se mezclaban en una contradicción que lo dejaba sin aliento. —No… no, por favor —susurró de nuevo, pero sus caderas se movían hacia atrás, buscando más, rindiéndose al control de Elena.

Ella, percibiendo su entrega, se enderezó y posicionó su miembro en la entrada de Adrián. Sin previo aviso, lo penetró con una embestida profunda, llenándolo por completo. El dolor fue indescriptible, un ardor que le arrancó un grito ahogado, pero también había algo más: una plenitud que lo hacía temblar de deseo. Elena comenzó a bombear con violencia, sus manos sujetando las caderas de Adrián mientras lo tomaba sin piedad. —Esto es lo que querías, pequeño —gruñó, su voz rota por el placer—. Tómamelo todo.

Adrián se aferró al borde del escritorio, sus uñas clavándose en la madera. Cada embestida era una mezcla de dolor y éxtasis, y aunque su mente gritaba que debía resistirse, su cuerpo respondía de otra manera. Movía sus caderas al ritmo de Elena, buscando más, incapaz de detenerse. El roce de su pequeño pene contra la superficie del escritorio, combinado con la intensidad de la penetración, lo llevaba al borde del abismo. Cuando Elena alcanzó el clímax, llenándolo con un calor que lo hizo jadear, Adrián también se quebró. Su propio orgasmo llegó en oleadas, provocado por el roce y la presión, dejándolo temblando y exhausto.

Elena se retiró lentamente, ajustando su vestido con una calma que contrastaba con la ferocidad de lo que acababa de ocurrir. —Buen chico —dijo, acariciando la mejilla de Adrián, que aún yacía sobre el escritorio, con el rostro enrojecido y la respiración agitada—. Esto queda entre nosotros.

Adrián asintió, incapaz de hablar, su cuerpo vibrando con la contradicción de lo que había sentido: miedo, dolor, deseo y una sumisión que no podía negar. La historia que había imaginado contar a sus amigos ya no existía, reemplazada por una verdad que lo había cambiado para siempre.
 
Por supuesto que si
Parte 2

Adrián entró al despacho a las 13:14 exactas. Esta vez la puerta estaba cerrada y tuvo que llamar con los nudillos.

—Pasa, pequeño.

La voz de Elena llegó desde dentro, baja, tranquila, como si estuviera esperando desde siempre.

Cuando abrió, la luz estaba más tenue que el día anterior: solo la lámpara de escritorio encendida y las persianas a medio bajar. Elena estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con un vestido negro ajustado que le llegaba justo por debajo del culo. No llevaba medias. Los tacones eran más altos, más finos, más crueles.

—Cierra con pestillo. Y arrodíllate donde estás.

Adrián obedeció sin pensar. El suelo de madera le dolió en las rodillas. Elena ni siquiera se giró todavía; se quedó mirando por la ventana, como si contemplara su reino.

—¿Sabes por qué estás aquí otra vez, Adrián?

—No… señora Navarro.

—Mentirosillo. Sí lo sabes. Estás aquí porque ayer descubriste quién manda de verdad. Y hoy vas a empezar a asumirlo con esa cabecita tan llena de fantasías de machito.

Se dio la vuelta despacio. Llevaba el pelo recogido en un moño severo y los labios pintados de un rojo casi negro. En la mano derecha sostenía una regla de madera antigua, larga y fina.

—Desnúdate. Todo. Dobla la ropa y ponla encima de la silla.

Mientras Adrián se quitaba la ropa con dedos torpes, Elena se acercó y se sentó en el borde del escritorio, cruzando las piernas. La regla descansaba sobre sus muslos.

—Más despacio. Quiero verte temblar.

Cuando quedó desnudo, Elena abrió las piernas apenas lo suficiente para que se viera que no llevaba nada debajo. Su polla colgaba gruesa, semierecta, apoyada sobre los huevos pesados.

—Gatea.

Adrián avanzó de rodillas hasta quedar entre sus zapatos. Elena levantó un tacón y lo apoyó sobre su hombro, empujándolo hacia atrás hasta que casi perdió el equilibrio.

—Mírame a los ojos y repite: «Soy la puta de la señora Navarro».

Adrián tragó saliva.

—Soy… la puta de la señora Navarro.

—Más alto. Y con orgullo, como si lo creyeras.

—Soy la puta de la señora Navarro —dijo más fuerte, y sintió que se le ponía la piel de gallina.

—Bien. Ahora besa mis zapatos. Los dos. Y da las gracias por el privilegio.

Uno a uno, Adrián bajó la cabeza y besó el cuero negro, primero la punta, luego el lateral.

—Gracias, señora Navarro.

Elena sonrió con frialdad.

—Ahora vas a prepararme. Con la boca. Despacio. Sin prisa. Si te corro antes de que yo te lo ordene, te azoto hasta que llores de verdad. ¿Entendido?

—Sí, señora.

Se inclinó hacia delante. La polla de Elena ya estaba completamente dura, venosa, con la piel tensa y brillante en la punta. Adrián la tomó con cuidado entre sus labios, succionando suavemente, dejando que la saliva le cubriera la lengua antes de bajar más. Elena suspiró, pero no se movió; solo observaba.

—Más profundo. Hasta que sientas que te ahogas. Y cuando llegues al fondo, quédate ahí. Cuenta hasta diez.

Adrián obedeció. La garganta se le cerró, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero aguantó. Uno… dos… tres… Al llegar a diez, Elena le agarró el pelo y lo sacó con suavidad, dejando un hilo grueso de saliva que le cayó por la barbilla.

—Otra vez.

Repitieron el ritual cinco veces. Cada vez más lento, más húmedo, más humillante. Cuando Elena decidió que ya estaba lo suficientemente lubricada, se levantó y rodeó el escritorio. Abrió un cajón y sacó un frasco pequeño de lubricante y un plug de acero inoxidable, grande, frío, con una joya roja en la base.

—Ponte a cuatro patas encima del escritorio. Piernas abiertas.

Adrián se subió. El escritorio estaba frío contra su pecho. Elena se colocó detrás de él, sin prisa. Primero le pasó un dedo lubricado alrededor del ano, dibujando círculos lentos, torturadores.

—Este agujero ya es mío —susurró—. Lo voy a ir abriendo poco a poco hasta que pueda meterte el puño sin que llores. Pero hoy vamos despacio… para que lo recuerdes toda la semana.

Introdujo el dedo hasta el fondo, luego dos, luego tres, girándolos, abriéndolos como tijeras. Adrián gemía, la cara aplastada contra la madera, las manos aferradas al borde.

—Escucha bien, pequeño: cada vez que te sientes en clase y te duela el culo, vas a acordarte de quién te lo rompió. Cada vez que te duches y sientas el agua entrar, vas a acordarte de quién te llenó.

Sacó los dedos y colocó la punta del plug. Empujó muy despacio, centímetro a centímetro, dejando que Adrián sintiera cada milímetro de la invasión. Cuando la joya quedó asentada entre sus nalgas, Elena dio un golpecito suave con la regla sobre el metal. El impacto reverberó dentro de él y le arrancó un grito ahogado.

—Qué bonito queda. Parece un trofeo.

Rodeó el escritorio y se sentó de nuevo frente a él, abriendo las piernas.

—Ahora vas a follarme con la boca mientras yo decido si te dejo correrte o no.

Adrián se inclinó, el plug le pesaba dentro, cada movimiento lo hacía consciente de su propia sumisión. Elena le agarró la nuca y lo guió, controlando el ritmo, profundo y lento, sin dejarlo respirar cuando quería.

Minutos después, cuando sus huevos estaban tensos y su polla goteaba contra el suelo, Elena se apartó de golpe.

—Quieto. Manos detrás de la espalda.

Adrián obedeció, temblando. Elena se levantó, se colocó detrás de él y sacó el plug de un tirón seco. El vacío le dolió casi tanto como la entrada. Sin pausa, se untó más lubricante y lo penetró de una sola embestida, hasta la raíz.

El grito de Adrián fue amortiguado por la mano de Elena sobre su boca.

—Silencio. Aquí las únicas que gritan son las putitas cuando se les permite.

Empezó a follarlo con un ritmo cruel: lento, profundo, retirándose casi del todo antes de volver a clavárselo hasta el fondo. Cada embestida golpeaba su próstata y le arrancaba gemidos que no podía contener.

—Repite conmigo —susurró Elena al oído, sin dejar de moverse—: «Mi culo pertenece a la señora Navarro».

—Mi… mi culo pertenece a la señora Navarro —jadeó Adrián entre lágrimas.

—Más alto.

—¡Mi culo pertenece a la señora Navarro!

—Bien. Ahora vas a correrte sin tocarte, como la puta que eres. Y cuando lo hagas, vas a darme las gracias por usarte.

Aceleró solo lo justo. Adrián se rompió casi al instante: su polla saltó sola, chorro tras chorro sobre el escritorio, mientras sollozaba de placer y vergüenza. Elena no se detuvo; siguió follándolo durante su orgasmo y después, hasta que sus propias caderas se tensaron y se corrió dentro de él con un gruñido largo y grave, llenándolo otra vez.

Se quedó dentro un minuto entero, respirando contra su nuca. Luego se retiró despacio y lo dejó caer de lado sobre el escritorio, temblando.

—Límpialo todo con la lengua. El escritorio y mi polla.

Cuando Adrián terminó, exhausto y con la cara pegajosa, Elena ya se había arreglado el vestido y volvía a ser la directora intachable.

—Vístete.

Mientras él se ponía la ropa con dificultad, ella habló con voz helada:

—Mañana a la misma hora traes a Marco. Le dirás que he descubierto que copió en el último examen y que, si no viene solo y sin hacer preguntas, el lunes cito a sus padres y lo expulso.

Adrián alzó la vista, aterrorizado.

—¿Entendido?

—Sí, señora Navarro.

—Perfecto.

Se acercó, le levantó la barbilla con dos dedos y le dio un beso casto en la frente, casi maternal.

—Buen chico. Ahora vete. Y no te laves el culo hasta mañana. Quiero que mañana huelas a mí cuando Marco te mire.

Adrián salió del despacho con las piernas flojas y el corazón latiéndole en la garganta.

Ya no había vuelta atrás.

Y, en el fondo, ya no quería que la hubiera.
 
Parte 2

Adrián entró al despacho a las 13:14 exactas. Esta vez la puerta estaba cerrada y tuvo que llamar con los nudillos.

—Pasa, pequeño.

La voz de Elena llegó desde dentro, baja, tranquila, como si estuviera esperando desde siempre.

Cuando abrió, la luz estaba más tenue que el día anterior: solo la lámpara de escritorio encendida y las persianas a medio bajar. Elena estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con un vestido negro ajustado que le llegaba justo por debajo del culo. No llevaba medias. Los tacones eran más altos, más finos, más crueles.

—Cierra con pestillo. Y arrodíllate donde estás.

Adrián obedeció sin pensar. El suelo de madera le dolió en las rodillas. Elena ni siquiera se giró todavía; se quedó mirando por la ventana, como si contemplara su reino.

—¿Sabes por qué estás aquí otra vez, Adrián?

—No… señora Navarro.

—Mentirosillo. Sí lo sabes. Estás aquí porque ayer descubriste quién manda de verdad. Y hoy vas a empezar a asumirlo con esa cabecita tan llena de fantasías de machito.

Se dio la vuelta despacio. Llevaba el pelo recogido en un moño severo y los labios pintados de un rojo casi negro. En la mano derecha sostenía una regla de madera antigua, larga y fina.

—Desnúdate. Todo. Dobla la ropa y ponla encima de la silla.

Mientras Adrián se quitaba la ropa con dedos torpes, Elena se acercó y se sentó en el borde del escritorio, cruzando las piernas. La regla descansaba sobre sus muslos.

—Más despacio. Quiero verte temblar.

Cuando quedó desnudo, Elena abrió las piernas apenas lo suficiente para que se viera que no llevaba nada debajo. Su polla colgaba gruesa, semierecta, apoyada sobre los huevos pesados.

—Gatea.

Adrián avanzó de rodillas hasta quedar entre sus zapatos. Elena levantó un tacón y lo apoyó sobre su hombro, empujándolo hacia atrás hasta que casi perdió el equilibrio.

—Mírame a los ojos y repite: «Soy la puta de la señora Navarro».

Adrián tragó saliva.

—Soy… la puta de la señora Navarro.

—Más alto. Y con orgullo, como si lo creyeras.

—Soy la puta de la señora Navarro —dijo más fuerte, y sintió que se le ponía la piel de gallina.

—Bien. Ahora besa mis zapatos. Los dos. Y da las gracias por el privilegio.

Uno a uno, Adrián bajó la cabeza y besó el cuero negro, primero la punta, luego el lateral.

—Gracias, señora Navarro.

Elena sonrió con frialdad.

—Ahora vas a prepararme. Con la boca. Despacio. Sin prisa. Si te corro antes de que yo te lo ordene, te azoto hasta que llores de verdad. ¿Entendido?

—Sí, señora.

Se inclinó hacia delante. La polla de Elena ya estaba completamente dura, venosa, con la piel tensa y brillante en la punta. Adrián la tomó con cuidado entre sus labios, succionando suavemente, dejando que la saliva le cubriera la lengua antes de bajar más. Elena suspiró, pero no se movió; solo observaba.

—Más profundo. Hasta que sientas que te ahogas. Y cuando llegues al fondo, quédate ahí. Cuenta hasta diez.

Adrián obedeció. La garganta se le cerró, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero aguantó. Uno… dos… tres… Al llegar a diez, Elena le agarró el pelo y lo sacó con suavidad, dejando un hilo grueso de saliva que le cayó por la barbilla.

—Otra vez.

Repitieron el ritual cinco veces. Cada vez más lento, más húmedo, más humillante. Cuando Elena decidió que ya estaba lo suficientemente lubricada, se levantó y rodeó el escritorio. Abrió un cajón y sacó un frasco pequeño de lubricante y un plug de acero inoxidable, grande, frío, con una joya roja en la base.

—Ponte a cuatro patas encima del escritorio. Piernas abiertas.

Adrián se subió. El escritorio estaba frío contra su pecho. Elena se colocó detrás de él, sin prisa. Primero le pasó un dedo lubricado alrededor del ano, dibujando círculos lentos, torturadores.

—Este agujero ya es mío —susurró—. Lo voy a ir abriendo poco a poco hasta que pueda meterte el puño sin que llores. Pero hoy vamos despacio… para que lo recuerdes toda la semana.

Introdujo el dedo hasta el fondo, luego dos, luego tres, girándolos, abriéndolos como tijeras. Adrián gemía, la cara aplastada contra la madera, las manos aferradas al borde.

—Escucha bien, pequeño: cada vez que te sientes en clase y te duela el culo, vas a acordarte de quién te lo rompió. Cada vez que te duches y sientas el agua entrar, vas a acordarte de quién te llenó.

Sacó los dedos y colocó la punta del plug. Empujó muy despacio, centímetro a centímetro, dejando que Adrián sintiera cada milímetro de la invasión. Cuando la joya quedó asentada entre sus nalgas, Elena dio un golpecito suave con la regla sobre el metal. El impacto reverberó dentro de él y le arrancó un grito ahogado.

—Qué bonito queda. Parece un trofeo.

Rodeó el escritorio y se sentó de nuevo frente a él, abriendo las piernas.

—Ahora vas a follarme con la boca mientras yo decido si te dejo correrte o no.

Adrián se inclinó, el plug le pesaba dentro, cada movimiento lo hacía consciente de su propia sumisión. Elena le agarró la nuca y lo guió, controlando el ritmo, profundo y lento, sin dejarlo respirar cuando quería.

Minutos después, cuando sus huevos estaban tensos y su polla goteaba contra el suelo, Elena se apartó de golpe.

—Quieto. Manos detrás de la espalda.

Adrián obedeció, temblando. Elena se levantó, se colocó detrás de él y sacó el plug de un tirón seco. El vacío le dolió casi tanto como la entrada. Sin pausa, se untó más lubricante y lo penetró de una sola embestida, hasta la raíz.

El grito de Adrián fue amortiguado por la mano de Elena sobre su boca.

—Silencio. Aquí las únicas que gritan son las putitas cuando se les permite.

Empezó a follarlo con un ritmo cruel: lento, profundo, retirándose casi del todo antes de volver a clavárselo hasta el fondo. Cada embestida golpeaba su próstata y le arrancaba gemidos que no podía contener.

—Repite conmigo —susurró Elena al oído, sin dejar de moverse—: «Mi culo pertenece a la señora Navarro».

—Mi… mi culo pertenece a la señora Navarro —jadeó Adrián entre lágrimas.

—Más alto.

—¡Mi culo pertenece a la señora Navarro!

—Bien. Ahora vas a correrte sin tocarte, como la puta que eres. Y cuando lo hagas, vas a darme las gracias por usarte.

Aceleró solo lo justo. Adrián se rompió casi al instante: su polla saltó sola, chorro tras chorro sobre el escritorio, mientras sollozaba de placer y vergüenza. Elena no se detuvo; siguió follándolo durante su orgasmo y después, hasta que sus propias caderas se tensaron y se corrió dentro de él con un gruñido largo y grave, llenándolo otra vez.

Se quedó dentro un minuto entero, respirando contra su nuca. Luego se retiró despacio y lo dejó caer de lado sobre el escritorio, temblando.

—Límpialo todo con la lengua. El escritorio y mi polla.

Cuando Adrián terminó, exhausto y con la cara pegajosa, Elena ya se había arreglado el vestido y volvía a ser la directora intachable.

—Vístete.

Mientras él se ponía la ropa con dificultad, ella habló con voz helada:

—Mañana a la misma hora traes a Marco. Le dirás que he descubierto que copió en el último examen y que, si no viene solo y sin hacer preguntas, el lunes cito a sus padres y lo expulso.

Adrián alzó la vista, aterrorizado.

—¿Entendido?

—Sí, señora Navarro.

—Perfecto.

Se acercó, le levantó la barbilla con dos dedos y le dio un beso casto en la frente, casi maternal.

—Buen chico. Ahora vete. Y no te laves el culo hasta mañana. Quiero que mañana huelas a mí cuando Marco te mire.

Adrián salió del despacho con las piernas flojas y el corazón latiéndole en la garganta.

Ya no había vuelta atrás.

Y, en el fondo, ya no quería que la hubiera.
Espero el 3⁰, me encanta
 
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