Efectos Secundarios

Ron_Artest

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¡Ready to Rumble! Gente. Estamos de vuelta.
La idea de este relato empezó a surgir justo cuando me acercaba al final de Un Viaje Inesperado.
Cierta parte de la trama principal está inspirada en una serie de animación que lleva el mismo nombre: Efectos Secundarios, que por cierto - si no la habéis visto - os la recomiendo 100%, pues el dilema moral que plantea es muy poderoso.

¿Qué me voy a encontrar en este relato? Buena pregunta... Pues ni yo mismo lo sé.
Nunca me marco un camino a seguir. Simplemente cojo una idea inicial y empiezo a tirar de ella tal y como venga.
A veces se me va la olla...
A veces el relato cambia a la mitad y se transforma en otra cosa totalmente distinta...
Y algunas veces me cargo a algún personaje que no debería y recibo amenazas de muerte XD

De momento, con lo que llevo escrito, os puedo asegurar que encontrareis: Relaciones de pareja, amistad, sexo, morbo, fantasías sexuales, ciencia ficción, aventuras, peligros, ambición, rebeldía y un narrador exageradamente obsesionado con la Tabla Periódica.

Si tuviera que hacer algo parecido a una Sinopsis sería algo así: Un día cualquiera de trabajo, Nico - un joven químico que trabaja en una multinacional farmacéutica - descubre, por error, el que será el mayor descubrimiento en el campo de la medicina de la era moderna. Empujado por el amor a una mujer y con la voluntad - junto a sus amigos - por hacer del mundo un lugar mejor, tomarán una decisión que cambiará para siempre sus vidas.

Sin más, os dejo con el Prólogo y el Capítulo número 1.
Y como siempre digo: Bienvenidos a los que queráis embarcaros en este viaje conmigo. Juntos, veremos hasta donde nos llevará.
Un abrazo enorme.
¡Nos Leemos!


PRÓLOGO


Esta historia empieza por el final.

Empieza con el sol descendiendo despacio, como si dudara antes de marcharse, derramando sobre el mar una luz espesa y dorada que parecía líquida. El horizonte ardía en tonos naranjas, rojizos y violetas, fundiéndose unos con otros sin fronteras claras, como pensamientos que se disuelven al final del día. Las olas, cansadas, llegaban a la orilla con un susurro humilde, arrastrando reflejos rotos del cielo, fragmentos de fuego que morían al tocar la arena. El aire olía a sal y a despedida, y cada segundo parecía más lento, más consciente de sí mismo. Desde allí, el mundo no exigía nada más que contemplarlo, respirar y aceptar que todo, incluso la luz más hermosa, está condenada a desaparecer para volver a nacer en otro lugar.

Empieza conmigo sentado en la orilla de aquella playa sin nombre, con los brazos rodeando mis rodillas y la espalda vencida, como si el peso del mundo se hubiera instalado entre mis omóplatos. Miraba el horizonte sin parpadear, dejando que el mar me devolviera mis preguntas sin respuesta, un eco silencioso, un susurro en la inmensidad. Llevaba la ropa aún manchada de sangre reseca: la camisa medio abierta, arrugada, pegada al pecho; los pantalones sucios, desgarrados en varios puntos, testigos mudos de huidas al límite y caídas violentas. Uno de los cristales de mis gafas estaba resquebrajado, y a través de él el atardecer se fragmentaba en formas imposibles, como si lo viera a través de un caleidoscopio: Irreal. Imposible. Fascinante.

No pude evitar sonreír al pensarlo.
Aquel atardecer fragmentado, al fin y al cabo, era un reflejo perfecto de lo que era mi vida ahora.
Una vida irreal, imposible. Y sí… tenebrosamente fascinante.

Me subí el puente de las gafas con dos dedos temblorosos y dejé escapar un suspiro largo, espeso. El sol se hundía lentamente en el mar, devorado por el horizonte, y la luz se iba apagando como una promesa incumplida. El mar engullendo al sol. La incertidumbre matando la luz. Una metáfora burda. Otra ironía del puto destino.
  • ¡JODEEEEEER!
Reconocí su voz incluso antes de entender lo que había sucedido. Uno de los maletines que transportaba con prisas se había abierto de golpe, el viento llevándose los billetes de su interior.
  • ¡NICO, HAY QUE IRSE! ¡VAMOS!
Comprendí la urgencia en sus gritos, en los pasos rápidos sobre la arena intentando recuperar el dinero perdido, en la tensión mal disimulada de Laia. Pero no me moví. Esta vez no. ¡No podía! No era a causa de las heridas que aún ardían bajo la ropa, ni por el dolor del disparo que me atravesaba el abdomen como un recuerdo constante y punzante. Tampoco por el doloroso recuerdo de todo lo que había perdido en el camino, ni por el cansancio que me calaba los huesos y el alma. Me quedé allí, simplemente, porque necesitaba un instante de paz. Aunque fuera ridículo. Aunque solo durara un parpadeo. Un nanosegundo robado a la eternidad.
  • ¡¿ES QUE NO ME OYES?! ¡HAY QUE LARGARSE, JODER! ¡NOS HAN LOCALIZADO!
  • No puedo… - murmuré, sin apartar la vista del sol moribundo.
Laia se detuvo un instante junto a la lancha, cargando otro maletín. Me observó en silencio. Sus ojos, siempre afilados, siempre alerta, se suavizaron por primera vez en mucho tiempo. Aquello era demasiado. Incluso para ella.
  • ¡¿QUÉ LE PASA AHORA?! - gruñó Gabi desde la embarcación, mientras arrancaba el motor.
  • ¡TENEMOS QUE LARGANOS YA! - añadió Sofi, nerviosa, sin apartar los prismáticos del horizonte - ¡LOS TENEMOS ENCIMA!
Laia alzó la vista: tres embarcaciones, acercándose a toda prisa. Yo también las vi… también escuche el rugir de las hélices de un helicóptero sacudiendo la calma del mar. Ella levantó una mano, pidiendo unos segundos que no tenían y caminó hasta mí. Pensando, seguramente, que la escena era totalmente absurda: un fugitivo buscado, contemplando un atardecer como si estuviera de vacaciones, la urgencia de la situación en contraste con mi calma, el viento arrastrando los billetes por la arena, la presencia del enemigo cada vez más cerca, los nervios, la tensión… pero no se molestó. No esta vez. Pues comprendía, perfectamente, por lo que estaba pasando; así que me besó en la mejilla y me acarició el pelo con una ternura inesperada, casi íntima.
  • Eh, friki… - dijo con una sonrisa cansada pero sincera - Sé que acojona… Pero no hay otra opción.
  • Sí la hay… - respondí yo, sin dejar de mirar el horizonte.
  • Sí. Es Cierto - concedió ella - Pero no podemos dejar que eso suceda… No es una opción valida, Nico.
Giré la cabeza y la miré directamente a los ojos. En los suyos no había miedo, ni siquiera tristeza. Había algo peor: lucidez.
  • ¿Y si lo es para mí?
Laia negó despacio, como si no quisiera aceptar lo que acababa de decir.
  • ¿Vas a rendirte, en serio? ¿Ahora? - su voz tembló apenas - ¿Después de todo lo que hemos pasado? ¿Ahora que estamos tan cerca de conseguirlo?
  • No sirvo para esto… tú lo sabes mejor que nadie. ¡Mírame joder! Solo soy…
Laia me puso una mano en la boca. Impidiendo que mis palabras fueran pronunciadas y lanzadas al viento.
  • ¡Eres un maldito héroe! - exclamó convencida - ¡¿Me oyes?! ¡Así que levanta tu jodido culo y sube a esa puta lancha, de una vez!
  • No puedo Laia… - empecé a llorar.
El helicóptero irrumpió en el cielo como una herida abierta. Las hélices desgarraban el aire y, desde el agua, el rugido de las embarcaciones crecía, grave, imparable, cerrando el cerco. Sofi volvió a gritar, su ira se perdió entre el viento y el caos mientras se echaba el fusil al hombro.

Dos disparos secos. No para acertar, para advertir.
No habría rendición. Solo colisión.

Laia dejó atrás cualquier resto de calma, de comprensión y de ternura. Todo eso quedó sepultado bajo una urgencia animal. Me agarró del brazo y me levantó de la arena con una fuerza que no admitía réplica.
  • ¡NO PUEDO HACERLO SIN TI, HOSTIAS! - gritó, arrastrándome - ¡ASÍ QUE TE VIENES COMIGO, QUIERAS O NO QUIERAS!
El sol terminó de hundirse en el horizonte. La última franja de luz se extinguió y, durante un segundo exacto, el mundo quedó suspendido entre dos estados opuestos: lo que había sido y lo que estaba a punto de desatarse. “¡Jodido sea Schrödinger y jodidos sean gatos!”, pensé mientras volvía la vista hacia el mar, ahora negro, pero igual de infinito y calmado. Pero los disparos retronaron de nuevo, como replica. Fuego respondiendo al fuego. Los gritos de mis amigos rugiendo con más fuerza, para destensar el terror. La violencia siempre presente. La sangre constantemente derramada. La muerte como evidencia. El caos como forma de vida. Todo regresaba, otra vez, sin tregua alguna. Aquel instante de quietud frente al agua, aquella paz robada al tiempo, ya era un recuerdo lejano, casi ajeno.

Subí a la lancha - me subieron mejor dicho - y el viento me golpeó el rostro, el motor rugió como una bestia liberada bajo mis nalgas y el corazón empezó a latirme con una velocidad salvaje. Mi vida - irreal, imposible y jodidamente fascinante - volvía a ponerse en marcha. Volvía a empezar. Porque nada termina del todo, compañero. Porque toda muerte es también una semilla y toda noche ensaya, en silencio, el regreso del día. Lo que cae aprende a levantarse, no hay otra. Lo que se apaga, aprende a arder de nuevo; esa es la ley. El final no es más que un pliegue del camino, el punto exacto donde la oscuridad se encuentra con la luz.

Es como la Tabla Periódica y la circularidad de la existencia, es decir, la ausencia de principios y finales; un concepto que une la termodinámica, la astrofísica y la filosofía. ¡Ah, por cierto!… No te lo he dicho, pero antes de ser un fugitivo, era químico. Cuesta creerlo, lo reconozco, pero lo era… y de los buenos además.

A lo que me refiero es a la Ley de Conversación de la Masa. El pilar fundamental de la química se resume en aquella frase mítica de Antoine Lavoisier: "La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma". Los 118 elementos que ves en la tabla hoy en día, son los mismos que han existido durante miles de millones de años. El carbono que hoy forma parte de tu ADN pudo ser, hace un siglo, parte de un árbol, y hace milenios, parte de un volcán. No hay un "final" para un átomo, solo un cambio de recipiente.

Es el Ciclo de Nucleosíntesis Estela… Lo sé, suena a chino, pero es sencillo de entender. La tabla periódica es un bucle infinito de vida y muerte estelar. Sin principio, pues el Hidrógeno - el primer elemento - se fusiona para crear elementos más pesados. Y sin final, pues cuando una estrella muere - lo que llamamos una supernova -, dispersa esos elementos por el espacio. Ese "polvo de estrellas" eventualmente se agrupa por gravedad para formar nuevos planetas y, eventualmente, nuevas estrellas. En resumen… los elementos son el residuo de una muerte que permite un nuevo nacimiento.

La Tabla Periódica, al fin y al cabo, es un continuo - El Ouroboros Químico - Pues aunque se presenta de forma lineal - del 1 al 118 -, muchos científicos - entre ellos un servidor - preferimos representaciones espirales o circulares. El Hidrógeno, que acabamos de nombrar - el primer elemento -, es el más simple, y el Oganesón - el último - es el más masivo y complejo. Sin embargo, en física nuclear, se teoriza sobre la "Isla de Estabilidad" y cómo, al final de la tabla, los elementos vuelven a comportarse de formas que desafían nuestra lógica, sugiriendo que la complejidad técnica vuelve a buscar la simplicidad original. Solo hace falta analizar el carbono - el sexto elemento - es el ejemplo perfecto de que no hay finales. Pues cuando un organismo muere, los elementos de la tabla periódica que lo componían no desaparecen del sistema; se reintegran al suelo. La "muerte" del cuerpo es solo el paso de los elementos a otra configuración, es solo una reordenación de átomos.

Y aunque el universo tiende al desorden - la entropía -, los elementos químicos permanecen como las piezas de un LEGO infinito. Se pueden montar y desmontar infinitas veces. Un átomo de oro - el número 79 en la lista - siempre será oro, ya sea en una moneda romana o en un microchip de hoy en día. Su "vida" es eterna en comparación con las escalas de tiempo humanas.

La Tabla Periódica simboliza que la muerte es una ilusión química. No somos seres con un principio y un final definidos, sino conglomerados temporales de elementos que han estado aquí desde el origen del tiempo y seguirán aquí cuando la humanidad se haya extinguido. Somos, literalmente, la tabla periódica recitándose a sí misma en diferentes formas.

En aquel instante, en plena huida, decidí contar mi historia. La historia de cómo todo terminó; de cómo todo se fue a la mierda; de cómo la vida de mis amigos - y la mía propia - dio un giro irreversible por un error casual, casi insignificante. No escribo por ambición: si algo nos sobra, era dinero. Tampoco en busca de fama: lo único que deseámos es pasar desapercibidos. Ni siquiera para dejar constancia de lo ocurrido: pues nadie nos creerá. Lo hago, simple y llanamente, porque lo llevo en el ADN: Probar, observar, anotar los errores antes del fallo y después volver a empezar. Volver a intentarlo. Siempre. Una y otra vez. Hasta hallar la fórmula correcta. Entendía mi propia existencia de ese mismo modo, como un maldito experimento.

Deformación profesional, supongo.

Y así que… de algún modo…
Esta historia, también, empieza por el principio.

Porque a veces, compañero, cuando crees haber llegado al final…
solo estás a un paso de entender cómo empezó todo.


Firmado:
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir.
Real Academia Española de Mis Santos Cojones.
 
Capítulo 1. Hidrógeno - ¡Suerte C(H)aval!

El hidrógeno (H) ocupa el primer lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del hidrógeno con el concepto de la suerte, obtenemos el retrato de una fuerza que no es azarosa ni externa, sino la chispa primordial que precede a toda existencia. El hidrógeno no es un gas cualquiera; es la materia prima del universo, el número uno, el comienzo de todas las cosas.

La Suerte según el Hidrógeno: El Comienzo Infinito

1. La Ubicuidad Invisible (El Elemento Primordial)

El hidrógeno es el elemento más abundante del universo, presente en el 75% de la materia visible, aunque a menudo es incoloro e imperceptible. A menudo creemos que la suerte es un evento raro que ocurre de vez en cuando. La "suerte-hidrógeno" nos enseña que la oportunidad no es un rayo que cae una vez, sino un gas que nos rodea constantemente. La suerte es la materia base de la realidad; está en todas partes, esperando a que alguien sepa cómo concentrarla para encender una estrella.

2. La Fuerza del Primero (Número Atómico 1)
Siendo el elemento más simple - un solo protón y un solo electrón -, el hidrógeno encabeza la tabla periódica. No necesita complejidad para ser fundamental. Tampoco la suerte requiere de planes maestros ni de engranajes complicados. La verdadera fortuna es la sencillez del primer paso. Es la valentía de ser el número uno, de empezar desde el átomo más básico. Tener suerte es tener la humildad de volver a la esencia cuando todo lo demás falla, sabiendo que en lo más simple reside el mayor potencial.

3. El Motor del Sol (Fusión Nuclear)
En el corazón de las estrellas, la suerte ocurre cuando dos núcleos de hidrógeno se encuentran bajo una presión inmensa y se funden, liberando la energía que sostiene la vida. La suerte no es pasiva; es el resultado de la presión y el encuentro. Como en la fusión nuclear, es lo que sucede cuando tu preparación se encuentra con una fuerza externa insoportable y, en lugar de colapsar, te transformas en algo más brillante. La suerte es la luz que generas cuando decides no rendirte bajo el peso del mundo.
4. El Combustible del Futuro (Energía Limpia)
En 2026, el hidrógeno se consolida como el vector energético que nos permite soñar con un planeta descarbonizado, transformando el agua en movimiento y devolviendo solo vapor al aire. Es sostenible. No es el golpe de azar que te da algo hoy y te lo quita mañana - como el carbono que se agota y ensucia -, es la suerte que tú mismo generas a través de procesos limpios: el esfuerzo, la ética y la visión a largo plazo. Es una fortuna que no deja residuos de culpa, sino un rastro de agua clara tras de sí.

5. El Vagabundo de la Tabla (Identidad Única)
A diferencia de otros elementos, el hidrógeno no tiene un "hogar" perfecto en la tabla periódica; a veces se coloca sobre los metales alcalinos y otras sobre los halógenos, pero siempre permanece único. Tener suerte significa aceptar que no siempre encajarás en los esquemas establecidos. El hidrógeno nos dice que la mayor fortuna es ser inclasificable. La suerte no sigue las reglas de la fila y la columna; es la libertad de estar en la cima, solo y versátil, definiendo tu propio lugar en el universo según con quién decidas reaccionar.

Conclusión: La suerte, vista a través del hidrógeno, es la geometría del origen. No es un premio que se recibe, sino una energía que se activa. Ser "afortunado" bajo el símbolo del hidrógeno significa entender que eres el combustible de tu propio destino, que la oportunidad es el aire que respiras y que, si te atreves a fundirte con los demás, tienes el poder de iluminar todo un sistema solar. Dejemos de esperar que la suerte nos encuentre; aprendemos a ser hidrógeno para encender nuestra propia luz.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir.
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¡Dios Santo! - murmuró Gabi para si mismo.
Alzó la cabeza y tragó saliva.

El edificio de los laboratorios Müller & Suter Biotech se erguía sobre la avenida como un coloso de cristal y acero; un monumento obsceno alzado contra el cielo. Alto, moderno e imponente, parecía mirar por encima del hombro a los mortales, imponiendo su silueta sobre el bullicio de la ciudad con una arrogancia fría. Gabi se detuvo un momento frente a la puerta de cristal, incapaz de bajar la cabeza y apartar su mirada del cielo. De pronto, el estruendo de motos, coches, ciclistas y gente apresurada se desvaneció en sus oídos, como si todo hubiese quedado a kilómetros de distancia.

En la oferta de trabajo se hablaba de un buen ambiente laboral, y el sueldo tampoco estaba nada mal. De lo segundo aún no podía asegurar si era cierto, pero de lo primero empezaba a tener serias dudas. Aquel edificio lo hacía sentir como una hormiga frente a un titán. De sus fauces de cristal no cesaban de salir y entrar hombres encorbatados, hablando alto por sus dispositivos móviles y moviéndose con una prisa exasperante. La sensación de estrés, sumada al tamaño descomunal del edificio, lo hizo vacilar y pensó por un momento en volver a casa con el rabo entre las piernas, con esa premonición palpitando dentro de su pecho de no encontrarse en el lugar correcto.
  • ¡Ostia! Perdona, lo siento - una chica chocó contra él. Su carpeta se abrió y los papeles cayeron al suelo; algunos volaron y se perdieron en el caos de la avenida.
  • Tranquila, culpa mía - Gabi se agachó a recogerlos, y la chica, con una sonrisa amable, lo ayudó.
  • Perdóname, iba distraída con el móvil y no te vi - dijo, riendo.
Gabi levantó la vista. Frente a él había una chica joven, delgada, de cabello negro, piel morena y sonrisa luminosa. Llevaba un piercing en la nariz y sus ojos eran profundos y llenos de energía. La encontró atractiva al instante y, sobre todo, simpática. Su manera de moverse era rápida, vivaz, casi contagiosa. De repente, ella se detuvo con un folio en las manos.
  • Así que… ¿Vienes por una entrevista? - preguntó, mostrándole su propio currículum.
  • Sí… ahora, a las diez - respondió Gabi, tímido.
  • ¡Qué bueno! Yo trabajo aquí. Seremos compis - le tendió la mano - Me llamo Laia, un placer.
  • Yo soy Gabi. Encantado - contestó él, apretándole la mano con una sonrisa.
  • Y dime, ¿en qué departamento vas a estar? ¿Investigación? ¿Producción? ¿Control de calidad? ¿Regulación? ¿Farmacovigilancia? - empezó a enumerar como un torbellino.
Gabi no supo cómo detenerla. Y dejó que terminara de nombrarlos todos.
  • No, nada de eso… estaré en mantenimiento - dijo, algo avergonzado - Bueno, en realidad no lo sé aún. Ni siquiera he pasado la entrevista.
  • Seguro que te va genial, ya verás - rió Laia, devolviéndole los papeles - Y dime, ¿qué hacías parado aquí en medio?
Gabi cerró su carpeta, se incorporó y volvió a mirar hacia arriba. Ella siguió la dirección de su mirada y asintió con una amplia sonrisa.
  • ¡Lo sé! Acojona, ¿eh?
  • Un poco, la verdad.
  • A mí me pasó exactamente lo mismo el primer día. - De repente, le puso una mano en el hombro - Que no te intimide, Gabi. Dentro la gente es maja, ya verás - le dio un vistazo fugaz a su móvil y añadió - Me voy, que llego tarde. ¡Suerteee!
  • ¡Suerte! - respondió él casi por reflejo.
Ella sonrió al oír la respuesta y se perdió en el mar de corbatas y maletines.
“Suerte…”, pensó Gabi, molesto consigo mismo. “¿Por qué cojones habré dicho suerte?”

Suspiró hondo, un par de veces. Antes de entrar, agarró el móvil para ponerlo en modo avión. Vio que tenía un montón de mensajes de su novia: le deseaba buena suerte con la entrevista, acompañados de un montón de corazones. Eso le arrancó una sonrisa nerviosa. Guardó el teléfono en el bolsillo, apretó la carpeta contra el pecho y se decidió a entrar.

El edificio lo engulló de inmediato. La sala principal era amplia, con techos altísimos sostenidos por paredes de cristal y acero, columnas que parecían sostener el cielo mismo y un suelo de mármol tan pulido que reflejaba a quien caminara sobre él como si fuera un espejo. En el centro, como el puesto de control de una nave nodriza extraterrestre, un largo mostrador blanco y redondo se alzaba con varias recepcionistas que atendían a un ritmo vertiginoso.

Gabi sujetó fuerte la carpeta bajo la axila y se acercó al mostrador.
  • Buenos días, tengo una en…
  • ¡Un segundo! - la recepcionista lo detuvo con un gesto rápido de la mano. Siguió hablando por teléfono, primero en inglés, luego en alemán y en la siguiente llamada en chino.
Gabi esperó, incómodo, intentando mantener una sonrisa. Cada pocos segundos, la mujer tapaba el auricular con la mano y le pedía disculpas. A sus dos lados, dos compañeras trabajaban con idéntico frenesí, saltando de una llamada a otra, con los dedos volando sobre los teclados. Él se giró para observar la recepción. El movimiento era incesante: corbatas que iban en una dirección, maletines en la contraria, grupos de personas con bata de laboratorio discutiendo en un lenguaje técnico que le sonaba a chino. El ascensor subía y bajaba sin descanso, tragando y escupiendo gente sin parar. Él se sintió abrumado.
  • Disculpa la demora, un día de locos. ¿En qué puedo ayudarte? - dijo al fin la recepcionista.
  • Tengo… tengo una entrevista de trabajo a las diez.
  • ¿Con quién? - preguntó deprisa, mientras otro teléfono empezaba a sonar.
  • Con… con recursos humanos…
Ella hizo un leve gesto de fastidio, aunque lo disimuló bastante bien.
  • ¿Sabes a quién te adjudicaron? ¿Recuerdas su nombre?
Gabi negó con la cabeza.
  • Da igual, no te preocupes. ¿Tienes la cita? ¿El número que te asignaron? - ella hablaba sin mirarlo, tecleando de forma frenética - Me sirve con el papel.
  • No sé de qué me hablas, lo siento.
  • ¿El trabajo lo pediste por nuestra web?
  • Sí, pero…
  • Pues necesito el impreso con el número de cita, ¿lo tienes?
Gabi abrió la carpeta con prisas, rebuscó entre los papeles, pero no encontró nada. No sabía si se le había caído cuando chocó con aquella chica en la calle o si directamente nunca lo había impreso.
  • Da igual, no te preocupes - repitió la recepcionista, aunque su tono dejaba claro que sí le preocupaba - ¿Cómo te llamas?
  • Gabi.
  • ¿Qué más? Apellidos.
  • Gabriel García Gutiérrez.
  • La triple G - rió ella.
Pero Gabi no sonrió. Esa broma la había escuchado mil veces y, además, estaba demasiado nervioso para fingir simpatía.
  • Aquí te tengo. Planta 32. Pregunta por Jürgen. ¡Suerteeee!
Gabi quiso preguntar varias cosas: cuál de los cuatro ascensores debía tomar, quién era exactamente ese tal Jürgen, y a quién debía preguntarle por él… pero ya era tarde. La recepcionista había vuelto a hundirse en su caos de llamadas internacionales. Miró los cuatro ascensores que tragaban y escupían gente sin descanso. Delante de cada uno se formaban filas espontáneas, como ríos de cerdos esperando su turno para entrar al matadero, todos nerviosos y apurados. Sin pensarlo demasiado, eligió la cola que parecía menos abarrotada y se puso al final. Se sentía un pez fuera del agua, perdido como si se hubiera equivocado de realidad y hubiera aterrizado en un mundo que no comprendía. Observó la velocidad con la que subían y bajaban los ascensores y pensó en la cantidad de viajes que debían hacer al día. Si acababa en mantenimiento, trabajo no le iba a faltar, eso estaba claro.
  • Sí, mamá, lo haré cuando llegue a casa… No, ahora no puedo… porque estoy en el trabajo mamá…
Disimuladamente, Gabi se giró al escuchar la voz. Era un chico gordito, con gafas y pinta de empollón, más o menos de su edad. Fingió no prestar atención, volviendo a mirar al frente, indiferente, aunque no pudo evitar seguir escuchando la conversación que tenía por teléfono.
  • No puedo esta tarde, he quedado con mis amigos… Sí… No, no saldré, estaré en casa… Porque he quedado por internet mamá… Sí… Síííííí… que sí, lo sé, pero escucha: ya te lo he contado mil veces… Jugamos online… on-li-ne…
Gabi sonrió apenas, aunque enseguida se le borró la expresión. El ascensor llegó con un pitido seco y todos se abalanzaron hacia dentro como un rebaño de ovejas, como si fueran guiados por los ladridos de un perro invisible. Gabi se dejó arrastrar y al entrar dentro aspiró aquel aire viciado, cargado de olor a colonia, café y sudor. Apenas hubo espacio para moverse. Notó un codo rozándole la costilla, unos pechos de mujer pegados a su espalda, un maletín presionándole el brazo.

Las puertas se cerraron y de inmediato una docena de manos se lanzaron a pulsar botones. El panel se iluminó como un árbol de Navidad, con números que iban desde la planta 1 hasta la 50. Nadie dijo nada. Solo el sonido de la ventilación y las respiraciones contenidas llenaban aquel silencio. Gabi alcanzó a presionar el botón de la 32, no sin esfuerzo. Sintió un sudor frío en la nuca mientras el ascensor arrancaba con un tirón brusco. El suelo vibraba bajo sus pies y, por un instante, tuvo la impresión de que el espacio se encogía, como si la cabina se hiciera cada vez más pequeña. Miró la pantalla digital donde los números ascendían veloces: 7… 12… 15… Tragó saliva. Le costaba respirar. No era claustrofóbico, pero aquella aglomeración, aquel silencio tenso y la falta de espacio lo estaban ahogando.

Cuando la primera parada llegó, con un “ding” metálico, soltó el aire atrapado en sus pulmones sin darse cuenta. Un par de personas salieron, otras entraron, y la presión volvió a cerrarse a su alrededor. La planta 32 aún quedaba lejos. El ascensor fue deteniéndose planta tras planta, con ese sonido que lo acabó por desquiciar. En cada parada había un intercambio de cuerpos silenciosos, las puertas abriéndose y cerrándose como si el ascensor fuera una boca de hierro y cristal. Gabi intentaba no mirar a nadie, respirando hondo cada vez que el aire se volvía más espeso. Hasta que por fin, tras lo que le pareció una eternidad, la pantalla marcó el número 32. Con un murmullo de disculpas se abrió paso entre los cuerpos apretados, esquivando hombros, caderas y espaldas rectas, hasta alcanzar la salida. Las puertas se cerraron tras él, liberándolo como si emergiera a la superficie después de un largo buceo.

La planta de recursos humanos tenía un aire distinto. Quienes trabajaban detrás de los escritorios parecían tranquilos y amables, con sonrisas medidas y voces bajas. En cambio, los que preguntaban se movían nerviosos, irritados, lanzando miradas rápidas a los demás como si fueran rivales en una carrera silenciosa. Gabi se acercó al mostrador, dijo su nombre completo, explicó que tenía entrevista y preguntó por Jürgen. Una mujer, igual de atareada que la recepcionista de abajo pero con mejores modales, le señaló con una sonrisa fingida hacia una gran sala de espera.
  • Espera allí, por favor. En breve te llamaran. ¡Suerte!
Gabi obedeció. Se sentó en una de las sillas de plástico alineadas contra la pared y sacó el móvil del bolsillo. Eran las nueve y diez y en ese mismo instante supo que la espera iba a hacerse eterna.

La sala estaba llena: hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, aguardaban en silencio. El ambiente recordaba al de un examen importante o más bien al de un tanatorio, donde nadie se atrevía a hablar demasiado alto. Cada gesto delataba ansiedad: golpes rítmicos de pies contra el suelo, miradas furtivas al reloj, manos que repasaban una y otra vez los currículum, como si los candidatos pudieran haber olvidado un dato crucial de sus propias vidas.

De repente, alguien se sentó a su lado. Gabi lo reconoció de inmediato: era el chico de la cola, el que discutía con su madre sobre quedar con sus amigos para jugar online. Lo miró de reojo, notando que estaba tan nervioso como él, tan inquieto como todos los demás. Al principio permanecieron en silencio, atrapados en esa solemnidad densa que imponía aquella sala. Pero el tiempo pasaba lento, casi cruel, y poco a poco la necesidad de compañía fue creciendo, hasta que las miradas se cruzaron; y en esa desesperación compartida, buscaron refugio el uno en el otro.
  • Gabi - dijo él, sonriendo y tendiéndole la mano.
  • No… te equivocas, me llamo Nico - respondió el muchacho.
Gabi no pudo evitar soltar una carcajada que fue recibida por los demás presentes con miradas de desprecio y reproche. Aclaró la confusión y se estrecharon la mano.
  • ¿Vienes también por una entrevista? - preguntó Gabi.
  • No - respondió Nico, con un gesto serio - Vengo por… - se detuvo un instante, la mirada perdida - Por una amonestación.
Gabi arqueó las cejas. Le resultaba difícil imaginar a aquel chico recibiendo una amonestación. Tenía pinta de todo menos de problemático. Decidió ser educado y no insistió, pero Nico empezó a hablar de pronto, como si llevara tiempo esperando a que alguien lo escuchara.
  • Llevo unos seis meses trabajando en el laboratorio. Combino el trabajo con la carrera y… sinceramente, no me da la vida.
Gabi lo observó con más atención. Sí parecía agotado; tenía ojeras profundas y un tono de voz cansado, como alguien que llevaba semanas durmiendo poco.
  • ¿Qué estudias? - preguntó.
  • Estoy en primero de Biotecnología - contestó Nico, casi con un suspiro.
  • No sé qué es, pero suena complicado - rió Gabi.
  • La verdad que lo es, ¿Para qué mentir? - rió también Nico - Pero me fascina. Quiero especializarme en genómica funcional, ¿sabes? Es el área que estudia cómo los genes no solo se activan o se apagan, sino cómo interactúan entre sí, cómo influyen en enfermedades y en el desarrollo de nuevos tratamientos.
Sus ojos brillaron un instante mientras hablaba, como si aquel tema le devolviera un poco de energía. Gabi lo escuchaba en silencio. Estaba claro que era el típico cerebrito: cada dos por tres se acomodaba las gafas sobre el puente de la nariz, hablaba en términos técnicos que solo su especie parecía comprender y, cuando alguna chica se levantaba o pasaba cerca de él, la seguía con los ojos como si fuera la primera vez que veía una.
  • …Y por eso llego tarde - terminó de contar Nico - Es mi segunda amonestación y, si hay una tercera, ¡Strike!… de patitas en la calle. Así que tengo que ir con cuidado.
  • ¿Y en qué consiste exactamente tu trabajo aquí? - preguntó Gabi.
  • ¿En el laboratorio? - Nico hizo un gesto como restándole importancia - Ya sabes, ensayos, análisis de muestras, pruebas de estabilidad, corrección de protocolos… Nada del otro mundo. Ahora estamos centrados en una versión nueva de la viagra.
  • ¿Viagra?
  • Sí, ¿sabes lo que es, no? - Nico se inclinó un poco, dispuesto a dar una explicación clínica - Es un inhibidor de la fosfodiesterasa tipo 5 que actúa sobre el óxido nítrico para favorecer la vasodilata…
  • Ya sé lo que es, sirve para que a los viejos… - lo interrumpió Gabi, haciendo un gesto grosero con el brazo, y bajando la voz al instante, al ver cómo alguien de otra fila chistaba y lo mandaba callar con un gesto.
  • Exacto… Pero esta será mejor - continuó Nico, ignorando la reprimenda - Trabajo con una chica que es buenísima. Los dos llevamos el proyecto, y cuando esté terminado, va a revolucionar el mundo.
Los dos asintieron, como si estuvieran de acuerdo ante una verdad absoluta. Nico sacó el teléfono del bolsillo y miró la hora. Los ojos de Gabi se desviaron a la pantalla por acto reflejo: las nueve y media. Ya faltaba menos.
  • ¿Te gusta One Piece? - preguntó divertido al ver el fondo de pantalla.
  • ¡Oh, sí! El anime en general, en realidad - sonrió Nico guardando el móvil y cambiando de tema añadió - ¡Oye!, ¿y tú qué? ¿A qué puesto te presentas?
  • Ah, sí. Yo…
  • ¡Nico!
La voz de una mujer irrumpió en la sala. Solo hicieron falta cuatro letras pronunciadas en voz alta, para que todos los corazones se detuvieran al instante. Cada aspirante, sobretodo otro Nico que tenía entrevista ese día, se tensaron de golpe. Y todos, al comprobar que no era su turno, regresaron a sus pensamientos con un suspiro irremediable de alivio.
  • ¡Suerte! - dijo Gabi mientras el muchacho se levantaba.
  • ¡Lo mismo digo! - sonrió Nico mientras se ponía en marcha.
La mujer que lo esperaba sostenía la puerta de su despacho con una sonrisa mecánica. Nico entró cabizbajo, consciente de que lo que le aguardaba dentro no iba a ser de su agrado. Y tras la marcha de aquel simpático muchacho, la sala de espera volvió a hundirse en un silencio incómodo. Gabi miró a su alrededor: las mismas miradas perdidas, los mismos golpes rítmicos de pies, el roce de hojas repasadas por enésima vez. La ansiedad flotaba en el aire como un gas invisible. El tiempo parecía no avanzar, pero de pronto, una voz clara rompió la calma.
  • Gabriel García Gutiérrez.
Gabi tragó saliva, se incorporó y murmuró para sí.
  • Vamos allá…
Atravesó la sala, sintiendo cómo varias miradas se clavaban en su espalda. Pasó dentro nervioso, como un condenado a muerte a la silla eléctrica. El despacho era sobrio y elegante: una mesa amplia, perfectamente ordenada, gobernado por un joven que parecía mayor de lo que realmente era. Llevaba un traje impecable, de corte caro, con corbata perfectamente anudada. El cabello repeinado hacia atrás brillaba bajo la luz artificial, y unas gafas de montura invisible le daban un aire de seriedad que lo hacía parecer diez años mayor. Jürgen lo recibió igual que la mujer había hecho con Nico: con una sonrisa correcta, mecanizada, una mirada amistosa y un gesto cortés hacia la silla.
  • Buenos días, Gabriel. ¿Cómo estás? - preguntó mientras le tendía la mano a través del escritorio.
  • Buenos días, muy bien, gracias - respondió Gabi, estrechándola con fuerza.
Su novia había insistido en aquello hasta la saciedad: que no ofreciera nunca una mano floja, “como un frankfurt” dijo específicamente; sino firme, sólida, como una piedra. El apretón duró lo justo y Jürgen asintió sin perder la compostura. Su castellano era correcto, incluso elegante, pero se notaba al instante que no era su idioma materno: cada frase tenía un ritmo distinto, un acento que arrastraba algunas vocales. De igual manera, mecánica y fría, se presentó, hizo una breve presentación de la empresa y le recordó las condiciones del trabajo, responsabilidades y sueldo.
  • He revisado tu currículum y veo que has trabajado en muchos sitios… - comentó mientras repasaba el papel con un bolígrafo plateado.
  • Sí, así es.
  • La última empresa en la que estuviste… - acercó la cabeza para leer mejor el nombre - ¿A qué te dedicabas allí?
  • Bueno, era trabajo de almacén. Carretilla retráctil, picking, carga y descarga… un poco de todo.
  • ¿Te gustaba? - preguntó Jürgen, sonriendo con amabilidad.
  • Sí, mucho. Era un trabajo que te mantenía ocupado todo el rato. Las horas pasaban rápido, sin darte cuenta y de pronto ya era la hora de plegar.
  • ¡Ya! Eso es bueno - dijo Jürgen, volviendo la vista al currículum.
En ese momento, Gabi se dio cuenta de que estaba hablando demasiado. Decidió responder de forma más directa a partir de entonces: lo justo y necesario. Aquel hombre lo estaba analizando, juzgando cada palabra, cada gesto.
  • Veo que también has trabajado de guardia de seguridad… - empezó a enumerar Jürgen, repasando con el dedo - Repartidor, camarero, mozo de mudanzas, operario de fábrica…
  • Sí… un poco de todo - sonrió Gabi, intentando restar importancia.
Jürgen lo miró unos segundos. La sonrisa seguía ahí, pero sus ojos lo escudriñaban. De pronto dejó el currículum sobre la mesa con suavidad.
  • Seré sincero, Gabriel. Se han presentado muchos candidatos al puesto al que aspiras…
Gabi tragó saliva. Intuyó lo que venía.
  • Pero hay algo que me ha llamado la atención de tu currículum - continuó Jürgen, recostándose en la silla, balanceándola levemente con los pies - En recursos humanos, cuando nos llega un candidato que ha pasado por tantos trabajos distintos, suele generar desconfianza. ¿Entiendes por qué, verdad?
  • Sí… - respondió Gabi en voz baja.
  • Pero yo lo veo de otro modo - dijo Jürgen, sonriendo ahora con más calidez - Para mí no es algo negativo. Al contrario: eres polivalente, sabes moverte en muchos terrenos. Eso es bueno. Demuestra que eres capaz de adaptarte. Por hacer una comparación, si una empresa fuera el mundo animal, tú serías…
Hizo una pausa breve, pensativo, y concluyó:
  • …una rata. Porque puede vivir en cualquier entorno, con frío, con calor, con escasez, con abundancia. Las ratas se adaptan siempre, sobreviven siempre.
Lo dijo con naturalidad, casi como si fuera un cumplido. Gabi, en cambio, se quedó quieto, con el ceño fruncido, dudando si había entendido bien. "¿Rata? ¿En serio?”, pensó. Pero Jürgen lo notó al instante y, lejos de incomodarse, se inclinó hacia delante riendo suavemente.
  • Perdona, Gabriel, no lo digo en tono peyorativo, ni mucho menos. - Levantó las manos, conciliador - Te lo digo como algo positivo. ¿Sabías que las ratas han sobrevivido a lo largo de la historia a plagas, hambrunas, guerras, incluso a intentos masivos de exterminio? Se adaptan a todo: a las ciudades, al campo, al frío, al calor. Son capaces de aprender recorridos, reconocer patrones y hasta cooperar entre ellas.
Sonrió de nuevo, intentando suavizar la comparación.
  • No hay criatura más resistente. Donde todos los demás fracasan, ellas encuentran la manera de sobrevivir. Y eso, créeme, en el mundo laboral vale oro.
  • No pasa nada - sonrió Gabi, y de pronto se dejó ir, como olvidando que estaba en una entrevista - Entiendo lo que quieres decir. Pero cuando uno piensa en su tótem jamás piensa en una rata. Se me ocurren miles de animales antes… mucho mejores.
Jürgen arqueó las cejas al escuchar la palabra “tótem” y soltó una carcajada breve, sincera. Después se recostó otra vez en la silla, entrelazando las manos sobre el pecho. Más relajado… o al menos, eso parecía querer aparentar.
  • ¿Tótems, eh? - repitió, saboreando la palabra con un acento que la hacía sonar distinta, más grave - ¿Te interesa ese mundo? La simbología, el misticismo… ¿La cultura de los nativos americanos, quizá?
Lo miró con curiosidad, como si de repente hubiera descubierto un resquicio en Gabi que no estaba en su currículum. Él, en cambio, vio la oportunidad de jugar sus cartas.
  • Me interesa todo en general. Soy curioso por naturaleza. Aunque no haya ido a la universidad, siempre he tenido sed de aprender… - Se deshizo del temor y se lanzó al vacío - Si miras mi currículum verás que no tengo estudios, no soy lo que la sociedad llama una persona formada. Si ves mis antiguos trabajos, siempre han sido básicos. Pero pienso que un barrendero y un cirujano tienen la misma importancia. Porque todos nos complementamos…
  • Estoy de acuerdo - asintió Jürgen con una leve sonrisa - La sociedad está interconectada, como bien dices… cada una de las piezas es importante, pues si una falla puede colapsar el engranaje que lo mantiene todo en funcionamiento.
  • Correcto… - contestó Gabi - Y una empresa funciona del mismo modo, en el fondo.
  • Cierto. No deja de ser un reflejo de la sociedad, aunque en menor tamaño…
Los dos sonrieron con franqueza. Y a partir de ese momento, la entrevista dejó de serlo. Gabi sintió esa sensación de estar tomando una caña en una terraza, en buena compañía, charlando de temas banales, filosóficos o intentando arreglar el mundo. Pero de repente, y sin venir a cuento, Jürgen se incorporó y se levantó de la mesa. Le ofreció la mano otra vez. Gabi también se levantó y se la estrechó con firmeza.
  • Ha sido un placer, Gabriel. Pronto recibirás una llamada. Suerte.
  • Gracias por todo, Jürgen - sonrió Gabi.
Salió del despacho y se dirigió al ascensor. Pero un frío le recorrió la espalda de golpe, como si el aire enrarecido de aquella planta lo ahogara. Necesitaba salir, sentir la calle, aunque fuera por un instante. Abrió la puerta de emergencia y comenzó a bajar las escaleras, rápido, de dos en dos.

Su cabeza era un torbellino. Pensaba en mil cosas al mismo tiempo… y a la vez en nada.

Planta 32, la entrevista ha durado muy poco.
Planta 31, necesito este trabajo.
Planta 30, ¿rata?
Planta 29, ¿por qué demonios hablé tanto?
Planta 28, ¿por qué hablo si no me preguntan?
Planta 27, tengo que llamar a Sofi.
Planta 26, ha ido bien, ¿no?
Planta 25, creo que le caí bien.
Planta 24, pero dijo que había muchos candidatos.
Planta 23, no me van a llamar ni de coña.
Planta 22, o quizás sí.
Planta 21, creo que ha ido bien.
Planta 20, joder, lo he bordado, ¡qué cojones!
Planta 19, ¿por qué me llamó rata?
Planta 18, no me llamarán.

Y así siguió, conversando consigo mismo mientras descendía, planta tras planta, en un bucle sin fin. Y si hubieran existido doscientas escaleras más, habría seguido bajando, perdido en su propio laberinto mental; cada piso convertido en una pregunta, una duda, una respuesta… y vuelta a empezar. Salió por la puerta y el aire de la calle lo golpeó en la cara. Inspiró profundamente, aliviado. Era aire contaminado, más humo que oxígeno, pero lo respiró como si estuviera en mitad de la montaña. A su izquierda, la puerta de cristal seguía engullendo y escupiendo personas en una vorágine casi infernal. Se apoyó contra la pared. Tras él, escuchó el golpe tosco y metálico de la puerta de emergencias cerrándose.

Sacó la cajetilla de tabaco, encendió un cigarrillo y le supo a gloria. Como si acabara de echar el polvo de su vida. Entonces recordó a Sofi, y con el cigarro colgando de los labios, buscó el móvil en sus bolsillos; lo sacó, quitó el modo avión y la llamó.
  • ¡Cariiii! ¿Cómo estás? ¿Ya te han llamado para la entrevista?
  • Ya he terminado…
  • ¿Pero… tan pronto? La tenías a las diez, ¿verdad?
  • Sí… pero ha ido rápido.
El silencio al otro lado lo dijo todo. Sofi no estaba convencida. Aun así, hizo el esfuerzo por mantenerse optimista.
  • ¿Y qué? ¿Cómo ha ido? ¿Qué sensaciones tienes?
  • No sé, amor, ha pasado todo tan rápido…
  • Pero ¿qué sientes? ¿Qué te dice tu instinto?
De repente, Gabi lo vio. Nico salía del edificio, con su bata blanca mal abrochada y sus ojeras de mapache. Sus miradas se cruzaron y ambos alzaron la mano, mientras el científico se acercaba con esa manera de caminar tan desgarbada.
  • Vida, te llamo en un rato… - murmuró Gabi, apagando el cigarro.
  • Pero espera, dime cómo ha ido. ¿Qué te ha preguntado? ¿Le caíste bien? ¿Hiciste lo que te dije de la mano…?
  • Luego te llamo - cortó Gabi, avanzando hacia él - ¡Te quiero!
Colgó sin esperar respuesta.
  • ¿Cómo ha ido?
  • ¿Cómo ha ido?
Los dos rieron al preguntarse lo mismo al mismo tiempo. Nico insistió primero.
  • Creo que bien - meditó Gabi - pero no sé… ya veremos. ¿Y tú?
  • Bueno… colleja y a seguir. No queda otra - De repente cambió de expresión, como si le viniera una idea a la cabeza - ¡Oye! Iba a hacer mi descanso, ¿te apetece venir? Si tienes algo que hacer, no hay problema.
  • No, no. Está bien. ¡Vamos!
  • ¡Genial!
Cruzaron la calle esquivando coches y motos, envueltos en una avalancha de pitidos agudos y rugidos de motor. Se metieron en una cafetería y, antes de que pudieran sentarse, una camarera simpática les pidió la comanda. Gabi pidió un café y medio bocadillo de jamón. Nico, un batido de chocolate y un croissant.
  • Al final no me dijiste a qué puesto te presentabas - sonrió Nico.
  • Mantenimiento - dijo Gabi y al ver la cara del muchacho, añadió rápidamente - No suena tan importante como “laboratorio”, lo sé. Pero es lo que hay.
  • No, no… - respondió Nico con prisa - No es eso, es que…
Gabi notó algo raro en él, como si se sintiera avergonzado. Pero de pronto, todo cambió. Una presencia con una energía arrolladora los envolvió. En realidad lo envolvió todo, indiscriminadamente.
  • ¡Nico, cabrón! Te dije que me esperaras…
Gabi se giró y la volvió a ver. Laia. Sonriendo de oreja a oreja, ahora vestida con una bata blanca, pero con las mismas prisas. Se dejó caer en la silla junto a Nico, que rápidamente, como contagiado por la energía de ella, hizo las presentaciones.
  • Es mi compañera de proyecto. Se llama Laia. Laia, él es…
  • ¡Gabi! - lo interrumpió ella, sonriendo - Nos conocemos.
  • ¡Hola de nuevo! - exclamó Gabi divertido.
La camarera llegó con el pedido, lo dejó sobre la mesa, anotó lo que quería Laia y salió disparada a atender otras mesas. Gabi acercó lo suyo a Nico.
  • ¿Ya os conocíais? ¿Sois amigos o algo así? - preguntó él.
  • ¡Que va!. Chocamos… literalmente - rió Laia - En la entrada, esta mañana. Por cierto… ¿Cómo ha ido la entrevista?
Gabi se encogió de hombros, dándole un mordisco al bocata de jamón.
  • ¡Ya verás como te llaman! Estoy segura - aseguró ella sin pensarlo dos veces.
“¿Cómo podía estarlo?”, pensó Gabi. Quizás era solo una de esas frases que la gente suelta por reflejo, sin pensarlo demasiado. Frases huecas como: “Eso es como todo”. O “Es que la gente es la polla”. O el clásico “Ya nos veremos”. Expresiones que no significan nada pero que, por algún motivo, siempre se dicen.

La media hora de descanso pasó rapidísima. La llegada de Laia parecía poner las manecillas del reloj a marchas forzadas, como si el tiempo mismo se adaptara a su ritmo de vida. Hablaron de todo y de nada a la vez. La mayoría de los temas giraban alrededor del trabajo, anécdotas graciosas que los dos compañeros habían vivido juntos. Gabi notó que se compenetraban de manera natural: aunque muy distintos, tanto en físico como en personalidad, parecía que llevaban siglos trabajando hombro con hombro.
  • ¡Oye! Espero verte por aquí pronto - dijo Laia, levantándose. Y dandole un par de palmadas en la espalda a su compañero de trabajo, añadió - ¡Vamos Friki! que ya es la hora.
  • Voy… - contestó Nico apurando su bebida rápidamente y metiéndose lo que quedaba del croissant en la boca - ¡Espero que recibas esa llamada! ¡Suerte!
  • ¡Gracias! - sonrió Gabi.
Los dos se fueron, y él se giró un último momento para observarlos desaparecer entre el ajetreo de la calle. Sintió vibrar el teléfono en su bolsillo. Sabía perfectamente quién esperaba al otro lado del tono. Respondió y, mientras se volvía para acabar de desayunar, pensó más en aquellos dos científicos que en su propio futuro.
  • ¿Sí? - dijo, sin apenas mirar quién llamaba. Convencido de que era Sofi de nuevo.
  • ¿Gabriel? - preguntó la voz de una mujer al otro lado.
  • Sí, soy yo. ¿Quién llama?
  • Hola, soy Beatriz, llamo de Müller & Suter, de recursos humanos. Acabas de hacer una entrevista con nosotros. ¿Sigues interesado en el puesto?
Gabi se quedó paralizado. ¿Tan rápido? Ni siquiera había pasado una hora.
  • Sí… sí… por supuesto - balbuceó.
  • Genial. ¿Podrías empezar mañana mismo?
  • Claro, sí… ¿a qué hora?
  • A las seis de la mañana, en recepción.
  • Allí estaré, y gracias.
  • Gracias a ti, y bienvenido.
La llamada se colgó. De pronto, una sonrisa se dibujó en su rostro. Llevaba meses sin trabajo, y a las facturas no parecía importarles que estuviera en el paro. Se giró y contempló el imponente edificio al otro lado de la calle. Ahora no parecía tan intimidatorio. Sabía que dentro trabajaba gente maja, personas con las que podía aprender y crecer. Se sentía preparador para afrontar un nuevo reto. Y por primera vez, después de demasiado tiempo pensó que la suerte parecía sonreírle de nuevo. Terminó su desayuno, dándole los últimos bocados al bocadillo y sorbiendo el café con calma. Se levantó para pagar, sacando la cartera, pero la camarera lo detuvo con un gesto amable.
  • Tranquilo, ya está pagado - dijo sonriendo - Disfruta del día.
Gabi se quedó unos segundos quieto, sorprendido, agradeció con un gesto de cabeza y salió del local. El aire fresco de la calle lo recibió, llenándole los pulmones. El imponente edificio de laboratorios seguía allí, pero ahora parecía diminuto. Caminó cruzando la calle, esquivando coches y motos, sintiendo el peso del mundo aún sobre sus hombros, pero al mismo tiempo, un extraño alivio. Cada paso lo acercaba a su nueva rutina, a su primer día de trabajo, a un futuro incierto pero lleno de posibilidades. Por primera vez en mucho tiempo, Gabi sonrió con convicción. Era el momento de tomar las riendas de su destino.
  • ¡Toma, tu café! - dijo Fani acercándose a la mesa - El camarero está buenísimo tía, creo que le pediré el insta.
  • ¿No descansas nunca o qué, zorra? - contestó Sofi, negando con la cabeza.
Las dos rieron mientras se daban empujones cariñosos. Mientras Fani soplaba el café humeante; Sofi pulsó la pantalla de su teléfono, para comprobar la hora. Aprovechaba el descanso del desayuno para quedar con su mejor amiga, pues trabajan muy cerca una de la otra.
  • ¡Oye! ¿Cómo le ha ido la entrevista a Gabi, por cierto?
  • Estoy esperando a que me llame…
Hubo un silencio largo, donde Fani reconoció ese sentimiento amargo en el rostro de su amiga. Uno que se repetía con demasiada frecuencia; así que, sin pensarlo dos veces, cogió el teléfono de su mano a la fuerza y lo dejó de mala manera encima de la mesa de nuevo. Boca abajo, como lo hacen los infieles.
  • ¿Qué pasa? ¿Siguen igual las cosas, verdad?
  • Sí tía…
  • Pero, ¿no habíais ido a terapia?
  • Estamos yendo en realidad… el jueves que viene será la cuarta sesión.
  • ¿Y?
Sofi la miró a los ojos, luego bajó la mirada y se dejó caer en el respaldo de la silla, cruzando los brazos.
  • ¿No lo ves raro?
  • ¿Qué sigas con ese imbécil, dices?
  • No empieces otra vez, por favor te lo pido.
  • ¡Valeeee… perdona! - refunfuño Fani - ¿A que te refieres con raro?
  • Pues esto ¡Joder!… que estemos yendo a terapia.
  • Hay muchas parejas que van a…
  • ¡Tía, tenemos veinte años! - la cortó Sofi - Tampoco llevamos cuarenta años casados como para perder el apetito… y además nos hemos independizado hace poco… No es normal. ¡Deberíamos estar follando a todas horas!
Fani miró a su amiga mientras amenazaba con empezar a llorar. Y aunque Gabi no fuera santo de su devoción, más bien todo lo contrario; esta vez decidió apoyarla y no tirarle en cara que debía buscarse alguien mejor. Así que se levantó de la silla y se sentó a su lado, rodeándola con el brazo.
  • Creo que no le atraigo tía… - sollozaba Sofi - lo busco siempre, me insinúo, incluso me he comprado disfraces sexys para jugar… pero no hay manera.
  • ¿Disfraces? - preguntó divertida Fani - ¿Qué tipo de disfraces?
  • Pues los típicos… de enfermera sexy, colegiala traviesa… ¡Hasta me dejé un pastón en Amazon con uno de la Princesa Leia!
  • ¿Le ponen esas frikadas de Star Wars?
  • ¡Yo que sé que le pone! Estoy desesperada…
Fani se mordió la lengua por no decir lo que pensaba.
  • ¿Sabes que creo, tía? Que no estás jugando bien tus cartas - se acercó más a ella, como si fuera a contarle un secreto - Tú hazme caso a mí. Tienes que hacerle la técnica de la ‘Zorripower’.
Sofi levantó la cabeza extrañada. Los ojos clavados en ella. La sonrisa brotando de repente.
  • ¿’Zorripower'? - repitió empezando a reír.
  • No te rías, funciona siempre, nunca falla; y además solo necesitas una cosa, tía… ¡Actitud! - Fani le apretó con fuerza el hombro, zarandeándola un poco, como si quisiera despertarla - Mañana viernes hemos quedado con las churris, ¿verdad?
  • Sí…
  • Pues no le digas nada a Gabi, que le pille por sorpresa. ¿O ya se lo ha dicho?
  • Creo que no…
  • ¡Bien! Pues lo único que tienes que hacer es vestirte como un zorrón, y ¡Ojo! No digo sexy, ni atractiva… digo vestirte como una auténtica zorra.
  • ¿Y ya está? ¿En eso se basa tu fantástica técnica definitiva?
  • No amiga… - sonrió con malicia Fani - Tiene que verte, y que se ponga nervioso…
  • Vaya mierda de plan…
  • Te equivocas… En cuanto te vea salir de casa como una auténtica diosa, va a querer follarte. Los hombres son así de simples. En cuanto ven que su mujer puede tener todas las pollas que desee, hacen lo que sea para que solo piensen en la suya. ¡Es un plan infalible!
  • Miedo me dan tus planes…
  • Cuestionables, puede… pero siempre funcionan.
Como el Hidrógeno: siendo el origen de todo lo que está por venir, una chispa invisible esperando el oxígeno adecuado para encender el universo. Esta historia continuará...
 
Última edición:
Interesante comienzo.
Me imagino que va a ser un relato parecido o del estilo de Proyecto Syren.
Está claro que estos 4 van a realizar un proyecto que va a intentar ser arrebatado por gente con malas intenciones que son los que lo están siguiendo.
 
Interesante comienzo.
Me imagino que va a ser un relato parecido o del estilo de Proyecto Syren.
Está claro que estos 4 van a realizar un proyecto que va a intentar ser arrebatado por gente con malas intenciones que son los que lo están siguiendo.
Van por ahí los tiros, sí. Más o menos. Quiero jugar en dos campos distintos al mismo tiempo, al más puro estilo futbolista bisexual jajaja.
Por un lado, la fogosidad de unos chavales de unos veinte años. Y por el otro, el dilema moral que supondrá el hallazgo.

Por cierto, me acuerdo cuando iba al instituto que me aprendía de memoria la tabla periódica. Era capaz de dibujarla sin equivocarme, química era de mis asignaturas favoritas.
A mí se me daba fatal, sinceramente. Pero al ser el Narrador un científico, pensé que sería divertido relacionar cada capítulo con un elemento de la tabla periódica. Estoy aprendiendo más de química escribiendo este relato que en toda mi etapa estudiantil, jajajaja.

Me alegro que te haya gustado este primer contacto.
Intentaré ir subiendo capítulo diario... a ver si puedo mantener el ritmo.
¡Un abrazo enorme!
¡Nos leemos!
 
Capítulo 2. Helio - Todos (He)mos dudado alguna vez

El helio (He) ocupa el segundo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del helio con el concepto de las dudas, obtenemos el retrato de una mente que, en lugar de hundirse en la incertidumbre, utiliza el cuestionamiento como un gas de elevación. El helio no es un elemento de conflicto; es el gas de la nobleza silenciosa y del distanciamiento necesario.

Las Dudas según el Helio: La Elevación de la Incertidumbre

1. La Inercia de la Nobleza (Gases Nobles)

El helio es el primer gas noble; tiene su capa de electrones completa, lo que lo hace casi totalmente inerte. No reacciona con casi nada, no se mezcla, no se ensucia con los dramas de otros elementos. Ante una duda, la reacción instintiva es el pánico o la acción precipitada. La duda, como el helio, es la capacidad de permanecer imperturbable. Es la duda noble: aquella que no busca pelear con la realidad, sino observarla desde una distancia de seguridad. Dudar no es estar perdido; es elegir no reaccionar hasta que la verdad sea tan clara que no necesite esfuerzo.

2. El Ascenso del Pensamiento (Baja Densidad)
Al ser mucho más ligero que el aire, el helio tiende a subir de forma natural. No necesita motores, solo necesita ser él mismo para elevarse. A menudo vemos las dudas como anclas que nos hunden en el fondo del mar. El helio nos enseña que la duda puede ser un globo. Cuando dudas de las verdades impuestas o de tus propios prejuicios, te vuelves más ligero. La duda, como el helio, es la que te permite elevarte por encima del ruido cotidiano para obtener una perspectiva cenital. Quien no duda, pesa; quien duda, asciende.

3. El Frío Absoluto (Superfluidez)
Cerca del cero absoluto, el helio líquido se convierte en un superfluido: puede escalar paredes y pasar por poros microscópicos, desafiando la gravedad y la fricción. Cuando una duda es profunda y fría, se vuelve capaz de atravesar cualquier barrera lógica. La duda, como el helio, es esa intuición que, en los momentos más gélidos de la vida, encuentra grietas donde otros ven muros. Es la fluidez mental que te permite escapar de los callejones sin salida del pensamiento rígido.

4. La Voz del Cambio (Efecto Acústico)
Todos conocemos el efecto del helio en la voz: la vuelve aguda y ligera. Al ser menos denso que el aire, el sonido viaja más rápido a través de él. La duda cambia nuestro tono, también. Cuando nos permitimos dudar, nuestra "voz" interior deja de ser ese trueno pesado y autoritario que nos juzga, para volverse algo más juguetón y menos serio. Dudar es quitarle peso a nuestra propia importancia; es recordarnos que nada es tan grave como para no poder ser cuestionado con una sonrisa.

5. El Elemento Escaso (Finitud y Valor)
A pesar de ser el segundo elemento más abundante del universo, en la Tierra el helio es un recurso no renovable que se escapa hacia el espacio si no se atrapa a tiempo. No todas las dudas son iguales. Existe una duda preciosa y escasa que debemos atrapar antes de que se disipe: la duda existencial creativa. Si no te detienes a cuestionar el camino que llevas, esa oportunidad de cambio se escapa de la atmósfera de tu vida para no volver jamás.

Conclusión: La duda, vista a través del helio, es la geometría del desapego. No es un estado de confusión, sino un estado de suspensión. Ser alguien que duda bajo el símbolo del helio significa prometerse que ninguna certeza será tan pesada como para impedirle volar. Es entender que, a veces, la respuesta más inteligente no es una reacción química violenta, sino una elevación silenciosa hacia lo desconocido. No hay que temer a la duda que nos paraliza, sino que debemos buscar la duda que nos hace flotar por encima de las verdades absolutas.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir.
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -



La pantalla del móvil se iluminó, y vibró levemente en su mano mientras escribía.

Gabi: “Cari, siento lo de anoche. Estaba nervioso por mi primer día”
Sofi: “No te preocupes. Ánimos, que tu puedes”
Gabi: “Te lo compensaré, te lo juro. Te quiero”
Sofi: “Yo también te quiero mi vida”

Gabi mandó un par de emoticonos y guardó el teléfono en su bolsillo. Apretó con fuerza los puños y entró en el inmenso edificio de Müller & Suter Biotech. La sensación fue totalmente contraria al día anterior. Faltaba poco para las seis de la mañana y todo estaba quieto y en un profundo silencio.
  • ¡Buenas! - dijo un hombre mayor, bajito y rechoncho con una sonrisa de oreja a oreja - Gabriel ¿verdad?
  • El mismo - sonrió él tendiéndole la mano - pero me puede llamar Gabi.
  • Encantado Gabi - le contestó apretando su mano - Yo me llamo Gustavo y me han encargado que te enseñe como funciona todo esto. Vamos a buscarte un uniforme primero, ¿te parece?
  • ¡Genial! ¡Lo que usted mande!
Gustavo sonrió y con un gesto de cabeza le indicó que lo siguiera.
  • Nada de usted y nada de mandar que yo no soy el jefe - rió sin parar de andar - y tampoco soy tan viejo chaval.
  • ¡Perdona! - sonrió Gabi - estoy un poco nervioso…
  • Es normal, el primer día es jodido para todos. Pero tranquilo, si eres currante y puntual, encajarás bien.
Gabi asintió y siguieron avanzando. Entraron por una puerta medio escondida, marcada con un cartel de ‘solo empleados’.
  • ¡Ten! Esta es tu tarjeta de acceso - le dijo ofreciéndosela - Sobretodo no la pierdas, pues sin ella no podrás entrar en ningún lado. ¿Te han explicado de que va el curro?
  • Mantenimiento - contestó Gabi cruzando la puerta.
  • Bueno… - rió Gustavo - eso de mantenimiento está cogido un poco con pinzas. A los alemanes les gusta mucho darle nombres importantes a los puestos de trabajo.
Andaban deprisa, obligando al novato a acelerar el paso para seguirle el ritmo.
  • ¡Jose! Buenos días machote!
  • ¿Qué dice el Gustavo? - respondió un hombre que tomaba un café en una sala de descanso.
  • ¡Buenos días! - saludó Gabi educadamente, sin detenerse.
Gustavo se movía como quien se mueve por su propia casa, como quien conoce cada puerta y cada pasillo de aquel laberinto.
  • Digamos que básicamente lo que hacemos es limpiar cristales y pulir el suelo. Y si te has fijado, si algo hay en este puto edificio son cristales y suelo.
Gabi sonrió y entraron en una sala pequeña. Había estanterías con un montón de ropa envuelta en plásticos. Gustavo le preguntó sus tallas y le dio el uniforme. Él sujetó en sus brazos el polo, los pantalones y las botas de seguridad. Sin perder tiempo volvieron a salir al pasillo.
  • Ahí tienes los vestuarios. Cámbiate y te espero en la sala de descanso. ¿Viste dónde estaba verdad?
  • Sí… sin problema.
  • Pues vamos chaval! Que empezamos…- Gustavo miró su reloj - en diez minutos. ¿Tomas café?
  • Sí.
  • ¿Solo, descafeinado, con leche…?
  • Solo está bien, sin azúcar.
  • ¡Hoy invita la casa chaval! - dijo dándose la vuelta - ¡Y no pierdas la tarjeta!
Gabi sonrió y se dirigió a los vestuarios. Al entrar se sintió incómodo de repente pues habían muchos trabajadores cambiándose y charlando animadamente. Se quedó un momento parado, sin saber muy bien que hacer, hasta que empezó a caminar sin saber a donde ir. Con timidez fue saludando y dando los buenos días y al final localizó una taquilla abierta con la llave puesta. Se cambió en silencio, se ató las botas, guardó su ropa y su mochila en la taquilla y volvió a salir al pasillo. Cuando entró en la sala de descanso se encontró a Gustavo charlando con su compañero Jose.
  • No sé si podré, creo que mi mujer quería salir con los niños y eso…
  • Eres un calzonazos - rió Gustavo, y al ver a Gabi le dio el café con energía - Bueno chaval, ¿preparado?
  • ¡Siempre!
  • ¡Esa es la actitud! ¡Pues vamos! - se acabó el café de un trago y antes de salir se giró una última vez a su compañero - Tú mira de escaparte, si al final vienes avisa por el grupo, ¿vale?
Jose asintió y siguió a lo suyo, terminándose el café mientras abstraído miraba la pantalla de su móvil. Gabi siguió a Gustavo, recorriendo los pasillos a toda velocidad y atravesando una puerta tras otra con aquella tarjeta que de seguro habría bastado para abrir las puertas del cielo. Caminaban en silencio, hasta que Gabi, queriendo romper el hielo para tender lazos con su nuevo compañero, dijo:
  • ¿Hoy juega el Madrid? - preguntó pensando que Gustavo estaba organizando una noche de birras y fútbol.
  • ¡Ni idea chaval! ¡No me gusta el fútbol - contestó él sin mirarlo - ¿Por qué lo preguntas?
  • ¡Ah! No es que… nada. Da igual.
  • ¡Eh! - Gustavo se detuvo de repente - Vamos a estar muchas horas juntos, así que no te cortes. Será mejor que hablemos de algo mientras curramos, sino se hará eterno. Así que dispara.
Gabi se rascó la cabeza. Sonriendo forzosamente, antes de reiniciar la carrera.
  • Lo preguntaba por lo que le dijiste a…
  • Jose - le cortó él empezando a reír - No… no hemos quedado para ver el fútbol.
Entraron en un cuarto pequeño, Gustavo sacó un par de cubos y unas fregonas, mientras le explicaba rápidamente todos los productos químicos colocados en un par de estanterías, y para que servía cada uno. Incluso hizo una demostración de que cantidad de agua y lejía debía usar y como proceder cuando una botella quedaba vacía. Gabi tomó nota mental, sabiendo que más pronto que tarde, debería preguntarle.
  • ¡No te preocupes chaval! - sonrió Gustavo al verlo confundido - Ya lo irás pillando. No quieras aprenderlo todo en tu primer día.
Agarraron un par de cubos llenos y los arrastraron por el pasillo, atravesando un par de puertas más.
  • Siempre empezamos por la recepción - dijo cuando volvieron a la gran sala de entrada - Empieza tú por aquel lado y yo por este. ¿Te parece?
  • ¡Perfecto! - sonrió Gabi y sin perder tiempo se puso a trabajar.
Mientras se concentraba en ser rápido y efectivo, su nuevo compañero, acostumbrado a aquel trabajo rutinario y teóricamente sencillo, no dejaba de hacerle preguntas. Pero lo que al principio parecía ser una conversación natural, acabó convirtiéndose en un interrogatorio. Sobretodo cuando Gabi le confesó que tenía novia. Desde ese momento, fue como si Gustavo solo tuviera curiosidad por saber cómo era, cuantos años tenía, de que color tenía el pelo, si era guapa, si estaba buena y entonces preguntó demasiado, cruzando el límite.
  • ¿Y te la chupa bien o qué? - preguntó sin levantar la vista del suelo.
  • ¿Perdona? - preguntó desconcertado Gabi, dejando de fregar y mirándolo fijamente.
  • ¡¿Que si es buena mamando pollas?! - gritó a pleno pulmón, haciendo que la pregunta hiciera eco por todo el edificio.
Gustavo se dio cuenta enseguida que le había sentado mal la pregunta. Dejó apoyada el mango de la fregona en la mesa de recepción y se acercó a él.
  • No te lo tomes a mal, chaval… solo era curiosidad - dijo dándole unos golpes bruscos en la espalda.
Luego metió la mano en su bolsillo, buscando algo. Y sacó su teléfono, empezando a pasar fotos rápidamente con el dedo indice.
  • Mira… esta es mi ex mujer, cuando estaba buena - le dijo riendo, mostrándole la pantalla.
Gabi se quedó de piedra. Pensaba ver alguna foto de ella, pero no se esperaba verla en lencería, a cuatro patas y con el coño al aire.
  • Oye Gustavo, no te lo tomes a mal, pero yo…
  • ¡Venga chaval, no me seas santurrón! - le dijo él deslizando el dedo una vez más - Mira esta… ¿Te pone o que?
El muchacho no supo que contestar, pero sus ojos no se apartaban de la pantalla. A cada foto que pasaba con el dedo, Gabi no pudo evitar ponerse más y más caliente, pues era más guarra que la anterior. Consoladores de tamaños grotescos, bondage, fotos de ella cubierta en semen, de rodillas haciendo una felación, penetración anal…
  • Que bien me lo pasaba con ella joder… - dijo soltando una carcajada - que pena que le gustasen tanto las pollas negras. No puedo competir contra eso, chaval.
Gabi se sentía sumamente incómodo, su primer día de trabajo y acababa de descubrir que su compañero, aquel con el que debería compartir media vida, era un viejo pervertido. Aunque, por otro lado, no pudo evitar tener una erección. Acababa de conocer a ese hombre hacía apenas media hora y lo último que hubiera esperado era ver a su ex mujer con la cara llena de su corrida. No supo que decir, se quedó paralizado. En cambio, Gustavo dio un último vistazo a una foto, suspiró y se guardó de nuevo el móvil en el bolsillo. Se dispuso a seguir trabajando como si no hubiera pasado nada. Como si aquello de compartir fotos privadas fuera lo más normal del mundo.

La situación se volvió un poco tensa, al menos para uno de los dos. No obstante siguieron trabajando sin parar, hasta que terminaron. Luego esperaron en frente de un ascensor, Gabi escuchando en silencio, mientras el le explicaba lo que iban a hacer ahora. La puerta se abrió, Gustavo marcó la planta cincuenta, la última de todas. Gabi se puso tenso, pensando en lo incómodo que iba a ser ese viaje; pero antes de que la puerta se cerrara, entraron dos hombres, vestidos igual, las mismas tarjetas de acceso colgando de sus cinturones y empujando dos cubos con fregonas idénticas. Se saludaron entre ellos, como si se conocieran desde hacía mucho tiempo. Eran hombres mayores, peludos y con barrigas prominentes. Gabi comprobó al momento que la falta de modales y las conversaciones subidas de tono eran el pan de cada día en aquella empresa.
  • ¡Gabi, encantado! - dijo presentándose a los dos.
Los compañeros se presentaron y entonces empezaron a hablar entre ellos tres. El pobre chaval no supo donde ponerse. Por lo visto era común entre ellos exponer a sus mujeres. Entre risas y comentarios lascivos, se mostraban fotos mutuamente. Los comentarios surgían de sus bocas como un torbellino de lujuria, consiguiendo que cada planta que subían, Gabi se sintiera más incómodo. Por suerte, ellos se bajaron en la veinte. Aunque, cuando las puertas se cerraron de nuevo, enseguida supo que no iba a tener suerte.
  • ¡Oye chaval! - le dijo Gustavo mirándole a los ojos - Siento si te ha resultado incómodo.
  • No te preocupes… es solo que… - Gabi no sabía que decir.
  • Tu eres joven, cuando llegas a casa tienes una chica de veinte años esperándote. Para nosotros es distinto ¿sabes? La mayoría o estamos divorciados o nuestras mujeres no nos hacen ni puto caso…
Gabi lo podía llegar a comprender, pero creía que exponerlas de ese modo, sin su consentimiento no estaba bien. Era un delito en realidad.
  • Puedo entenderlo, pero… no está bien lo que hacéis.
  • ¡Bah! Tampoco es para tanto chaval - una risa burlona apareció en su rostro - ¿Acaso no te has hecho nunca pajas mirando las fotos de las amigas de tu novia?
  • No es lo mismo - le dijo seriamente.
Gustavo empezó a reír.
  • Entonces sí que lo has hecho ¿eh? Eres muy pajero ¿verdad? Tienes toda la cara.
  • Yo… creo que… creo que no quiero seguir hablando de esto, me resulta muy incómodo.
  • ¡Eh! ¡Eh! No te mosquees - dijo Gustavo levantando las manos - No pasa nada por hacerte un buen pajote con ellas, es lo más normal del mundo.
Gabi apartó la mirada al momento. No le gustaba para nada como lo miraba aquel hombre. Y menos hablar de esos temas tan íntimos con un desconocido, y aún menos hacerlo encerrados en el espacio reducido de aquel ascensor. Pero por otro lado, se había puesto muy cachondo, imaginando como compartía con otros tíos fotos de su novia y estos se ponían cerdos hablando con aquel lenguaje tan soez. Cuando llegaron a la planta cincuenta, siguieron trabajando. Limpiaron el suelo, escritorios, cristales, absolutamente todo. Gustavo tatareaba una canción dos despachos más allá y Gabi no pudo aguantarse más.
  • Perdona, tengo que ir al baño - dijo entrando en el despacho que su compañero limpiaba - ¿dónde está?
  • Ahí los tienes, al final del pasillo, luego gira a la derecha - le indicó - y no tardes demasiado chaval, que nos queda mucho curro.
Gabi asintió y caminó deprisa hacía los baños. Entró en un cubículo y cerró la puerta con pestillo. No tenía ganas de mear, tan solo de tomarse un tiempo a solas. Se sentó en la taza y apoyó su cabeza contra los azulejos de la pared. “¿Dónde demonios me he metido?” se preguntó. Luego sacó el móvil para mirar la hora. Solo eran las siete y media de la mañana y pensó que su primer día de trabajo iba a ser eterno.

Pero de repente una idea le cruzó por la cabeza. En realidad fueron una sucesión de ideas: Las preguntas acerca de su novia, las fotos de la ex mujer de Gustavo, las conversaciones que casi rozaban la misoginia, las amigas de Sofi. Sintió el móvil en su mano y no pudo controlarse. Se levantó de golpe, desabrochó sus pantalones, se bajó los calzoncillos y se sentó desnudo en la tapa del vater. El frio tacto del plástico hizo contacto con sus nalgas y su polla se puso dura de repente, como si supiera lo que iba a pasar. Desbloqueó el teléfono y entró en *********. Una mano deslizando, la otra pajeando. A Gabi le gustaban las pajas largas, se daba su tiempo, las saboreaba. Gozaba cuando estaba horas en casa dándole, sobretodo si Sofi estaba también. Esa sensación de que lo descubriera en cualquier momento le ponía muy cerdo. Pero esta vez debía hacerlo rápido, pues el trabajo lo esperaba. Entró en el perfil de una de las amigas de su novia, buscó las fotos que se hizo el verano pasado en Ibiza y empezó a masturbarse con más fuerza.

Empezó a imaginar guarradas cada vez más fuertes. Se la imaginaba rodeada de pollas, que se la follaban duro por todos lados, por todos los agujeros y ella disfrutando como una zorra. Su expresión cambió mientras observaba su culo y sus tetas. Y entonces llegó a una foto dónde salían su novia y ella, un selfie de cerca con las bocas entreabiertas y miradas traviesas. Sin pensarlo dos veces se puso de pie, bajó la pantalla de su móvil hasta la punta de su capullo e imaginó como se la chupaban entre los dos. “¿Queréis polla zorras? ¿Queréis que os llene de lefa esa carita de guarras?” Pensaba mientras se masturbaba más rápido.

El precum salió de repente, estaba listo. Apretó el ritmo, más fuerte, más rápido; en silencio las llamaba putas, adictas a la polla, deseaba que fueran suyas, sus objetos, usarlas cuando quisiera y para lo que quisiera; estaba descontrolado, dispuesto a cubrirlas por completo pero de repente frenó en seco. Se quedó en silencio, paralizado, al ver unas botas por debajo de la puerta. Eran las mismas que llevaba él y entonces escuchó aquel sonido tan familiar. Alguien se estaba masturbando al otro lado de la puerta. “No puede ser” pensó. Pero estaba claro que allí detrás había alguien, y solo podía ser una persona.

Por un momento pensó en dar un grito, abrir la puerta y enfrentarse a Gustavo. Aquello era demasiado, incluso para él. Pero estaba demasiado caliente como para pensar con claridad y el hecho de imaginarse a otro hombre masturbarse al otro lado de la puerta, no lo detuvo, sino que lo puso aún más cerdo. Así que siguió dandole, incapaz de parar. De repente le pasaron ideas por la cabeza que antes no habían estado. Cerró los ojos y se acercó a la puerta, su capullo enrojecido rozando la madera lacada. Empezó a imaginar que abría la puerta, que lo sorprendía con la polla empalmada. Imaginó que ponía el teléfono en medio y que los dos se corrían a la vez sobre la cara de su novia y su amiga. Notó que llegaba al orgamo imaginando que su novia estaba ahí, en el lavabo, rodeada de pollas, mamando como una adicta al rabo y se corrió con esa última imagen.
  • Jodeeeeeer… - murmuró mientras veía su rabo escupir.
Los chorretones salieron disparados con una violencia brutal, cayendo por la madera de la puerta mientras le temblaban las piernas. Se quedó un rato así, mirando su rabo palpitar y el semen resbalar por la superficie. Luego se dejó caer sobre el retrete. Escuchó una cremallera cerrarse y las botas desaparecieron de repente. Mientras el recuperaba el aliento.

Después de haber limpiado como quien borra las pruebas de un delito, volvió a las oficinas, dónde vio de nuevo a Gustavo. Seguía canturreando, concentrado en su trabajo, como si nada hubiera pasado. No se dijeron nada, aunque Gabi no pudo dejar de pensar en lo que había sucedido hacía un momento. Y al hacerlo, se volvía a excitar sin remedio.

El trabajo era duro, no había tiempo para descansos. Era del tipo que le gustaban. No requería pensar mucho y te tenía concentrado todo el rato. Sin darse cuenta llegó la hora del almuerzo.
  • Hacemos descanso de media hora - le dijo Gustavo en los vestuarios - ¿Te has traído bocata?
  • No - contestó Gabi secamente.
  • No te preocupes chaval, tienes máquina expendedora en la sala de descanso. No es gran cosa, pero te saca de un apuro.
A Gabi no le apetecía pasar media hora con él y los depravados de sus compañeros. Además, tenía otra idea en mente.
  • Oye Gustavo, me gustaría salir fuera y echar un cigarro. ¿Hay algún problema?
  • Ninguno, mientras estés aquí a las diez y media, puedes hacer lo que quieras en tu media hora.
  • Pues creo que saldré fuera, así me da un poco el aire.
  • Como quieras… - dijo cerrando su taquilla - y no te olvides de la tarjeta, ¡chaval!
Él asintió y sin perder más tiempo salió hacía la calle. El edificio ya volvía a ser el que recordaba. El ajetreo, las prisas, los teléfonos sonando sin parar. Aunque ya no le produjo la misma sensación que el día anterior. Ahora llevaba puesto el uniforme, era uno más dentro del caos, una hormiga que había encontrado un hormiguero. Así que se dejó contagiar de aquella locura que parecía arrasarlo todo a su paso. Se alejó un poco de la entrada principal y se encendió un cigarro. Había quedado en llamar a su novia para contarle como le estaba yendo el primer día, pero se olvidó por completo. Entonces los vio salir. Laia y Nico. Y sonrió al verlos.
  • ¡Gabi! - exclamó ella al verlo.
  • ¡Ostia! - dijo Nico al instante.
Gabi mostró su uniforme con orgullo, con una sonrisa de oreja a oreja.
  • ¡Felicidades! - sonrió Nico mientras le tendía la mano.
  • Ya te dije que te llamarían - le dijo Laia mientras le daba dos besos.
  • Gracias chicos… esto… ¿vais a desayunar? ¿Os importa que me acople?
Los dos negaron con la cabeza y amablemente le invitaron a unirse a ellos. Como si desayunar fuera una rutina más, hicieron y pidieron exactamente lo mismo que el día anterior. Aunque esta vez el tema de conversación giró en torno al primer día de Gabi.
  • ¿Te gusta entonces? - preguntó Laia.
  • Bueno… está bien. Como no paras en todo el rato, se te pasa rápido el tiempo.
  • ¿Y los compañeros que tal?
  • Buena gente… - respondió él volviendo a recordar el incidente - Un poco brutos, la verdad. Pero se les ve buena gente.
De repente Laia se levantó de la mesa, indicando que se estaba meando. Los chicos siguieron charlando, pero Gabi ya estaba un poco cansado de hablar de él. Así Que cambió de tema.
  • ¿Cómo fue la partida de ayer?
  • ¿Qué partida? - preguntó Nico sin entender.
Gabi recordó que no habían hablado de ese tema.
  • Es que… te escuché hablando con tu madre ayer, antes de entrar en el ascensor - le confesó un tanto avergonzado - perdona… no quería…
  • ¡Ah no! Tranquilo - rió Nico - no te preocupes por eso.
Se hizo un silencio incómodo, pero duró muy poco.
  • ¿Tu juegas? - le preguntó Nico.
  • Si claro, me encanta.
  • ¿A que juegas normalmente?
  • Me gustan mucho los juegos de supervivencia y gestión.
  • Tipo…
  • No se… por ejemplo ahora estoy jugando al Stardew Valley.
  • Vicio del bueno colega - rió - Un come horas de manual.
  • Ni que lo digas - Gabi le devolvió la sonrisa - ¿y tu a que le das?
Nico iba a contestar, pero fue interrumpido por el huracán de su compañera.
  • ¿De que habláis? - preguntó sentándose de golpe en la silla.
  • De videojuegos… - respondió Nico con naturalidad.
Laia lo miró un segundo con expresión burlona y luego miró a Gabi del mismo modo.
  • ¿No jodas que tú también eres un friki?
  • Bueno… yo…
  • ¡Por qué ya somos tres! - exclamó ella soltando una breve carcajada - ¿Y a que juegas?
La conversación rodó en torno a los videojuegos a partir de ese momento. Hablaron de gustos, de títulos, de si eran mejores los cooperativos o los competitivos. Los veinte minutos que tenían ellos dos para desayunar pasaron muy rápido.
  • Esta vez pago yo - dijo Gabi enfrente de la cajera - Y gracias por invitarme ayer.
  • No es nada - sonrió Laia - Por cierto… ¿Usas Discord?
  • Si claro.
  • Pues pásame tú nick, así podremos jugar juntos al juego que te he comentado antes, ya verás como te gusta.
A Gabi le pareció buena idea. Y Nico se sumó sin dudarlo. Se intercambiaron los teléfonos, se agregaron a Whatsapp y crearon un grupo que Laia lo tituló ‘Frikis’. Se despidieron enfrente del edificio, ellos volvieron al trabajo y Gabi aprovechó los diez minutos que le quedaban de descanso para echarse otro cigarro y escribirle a su novia.

“Hola amor, todo bien. La gente super maja y el trabajo es de los que me gustan”, Gabi soltó el humo de una calada, mirando la pantalla, esperando una respuesta. Pero no llegó. “Me vuelvo para adentro que se me acabó el descanso, que pases un buen día. Te quiero”. Apagó la colilla con el pié y entró dentro del edificio. Ya buscaba su tarjeta para volver a la zona de los empleados de mantenimiento, cuando una voz lo llamó desde la otra punta. Gabi se giró al escuchar su nombre. Gustavo le hacía señas para que viniera.
  • ¡Vamos chaval! Que te voy a enseñar el sótano - dijo mientras atravesaban otra puerta.
  • ¿El sótano?
  • Sí, recuerda. De seis a diez oficinas. De las diez a las dos, laboratorios. Ahora viene lo complicado… presta atención.
El sótano no tenía nada de lúgubre. Más que un subterráneo, parecía un mundo blanco y aséptico, donde cada superficie brillaba bajo la luz artificial. Gabi siguió a Gustavo, que caminaba con paso firme por el pasillo central. El aire olía a desinfectante y a algo metálico, como si incluso el oxígeno hubiera pasado por un filtro.
  • Lo primero chaval, es vestirse bien - dijo Gustavo, señalando el pequeño vestíbulo antes de las salas.
Sobre un banco metálico había fundas plásticas para los zapatos, cofias para el cabello y mascarillas. Gabi se cubrió torpemente, notando cómo la tela le rozaba la cara y cómo los plásticos crujían al ajustarse sobre sus zapatos de seguridad. Luego se puso la bata blanca, dispuesto a aprender.
  • Aquí abajo la limpieza no es un detalle, es parte de la producción. Si falla, se pierde todo - añadió Gustavo, mientras empujaba la primera puerta.
Entraron en una sala donde enormes tanques de acero ocupaban casi todo el espacio. Los suelos, de resina gris, estaban impecables, pero aún así Gustavo pasó la mano por la pared.
  • Esto lo repasamos a diario, incluso si parece limpio. Lo invisible es lo que importa: polvo, bacterias, cualquier cosa puede arruinar un lote.
Avanzaron por el pasillo hacia otra sala. Allí varios técnicos manipulaban polvos en cabinas selladas. El zumbido de los filtros llenaba el ambiente. Gabi notó cómo la tensión se le clavaba en la espalda.
  • Nuestro trabajo aquí es doble: limpiar y no molestar. Ellos no pueden parar, pero nosotros tampoco podemos dejar pasar nada - susurró Gustavo.
En la siguiente sala, las máquinas comprimían tabletas y un brazo mecánico las recogía con precisión. Aun así, en las esquinas de acero y vidrio podían acumularse restos invisibles.
  • Ves estas juntas - señaló Gustavo - ahí es donde tienes que insistir con el desinfectante, chaval. No se ve, pero si se queda un grano de polvo, al día siguiente estamos en la calle.
Cada puerta revelaba un espacio distinto: pasillos con carros llenos de bandejas, cámaras frías donde el vapor se escapaba en nubes blancas, cuartos pequeños donde guardaban los utensilios de limpieza tan cuidadosamente como si fueran bisturíes. Y mientras Gabi trataba de memorizarlo todo, abrumado por la precisión del lugar; se dio cuenta que el trabajo no iba a ser tan sencillo como fregar suelos o pasar un trapo: era seguir un ritual, una coreografía estricta en la que cada movimiento tenía consecuencias.
  • Aquí abajo - dijo finalmente Gustavo, al detenerse frente a una sala cerrada con tarjeta magnética - se fabrican medicamentos. Y nuestro trabajo es protegerlos. Si algo se ensucia, si algo se contamina, lo que está en riesgo no es solo nuestro culo, sino la gente que va a tomarlos. Y eso, chaval, es nuestra responsabilidad.
Gabi se aplicó desde el primer minuto con la determinación de no fallar. Cada movimiento de la mopa, cada pasada con el trapo impregnado en desinfectante, lo hacía con una precisión casi ritual, como si la vida del medicamento dependiera de él. Pronto se dio cuenta de que el equipo de limpieza no era un grupo reducido y secundario: había casi tantos como personal de laboratorio, y todos se movían con la misma seriedad, vestidos de blanco y concentrados en su labor. Era evidente que, en aquel lugar, limpiar era tan importante como mezclar compuestos o ajustar máquinas.

Las tareas parecían sencillas a primera vista: fregar suelos, repasar paredes, desinfectar juntas de acero. Pero el detalle lo era todo. Había que seguir recorridos marcados, no volver sobre el mismo punto, limpiar en un orden específico para no contaminar lo que ya estaba desinfectado. Gabi se esforzaba por recordar cada instrucción, aunque no dudaba en alzar la voz cuando algo no le quedaba claro. Preguntaba sin vergüenza, consciente de que equivocarse en silencio era peor que aprender en público. Y, para su sorpresa, nadie lo miraba raro: los demás respondían con paciencia, acostumbrados a que todo novato se perdiera en aquel laberinto de normas estrictas. El tiempo, allí dentro, parecía fluir distinto. Entre el zumbido constante de los filtros de aire, el roce del plástico bajo sus zapatos cubiertos y el gesto repetitivo de pasar paños y fregonas, las horas se le escurrían de las manos. Cuando al fin levantó la vista, se dio cuenta de que ya había terminado todo lo que Gustavo le había asignado. Con un suspiro de alivio y también de orgullo, salió al pasillo central a buscarlo para que supervisara su trabajo.

Lo encontró a unos metros, conversando con Nico. Se alegró al verlo de nuevo. Pero algo le llamó la atención. Los dos mantenían la voz baja, y Nico, con gesto distraído, sostenía medio abierta una puerta metálica con el pie. Gabi se acercó, y al hacerlo notó cómo las palabras se apagaban, como si su presencia hubiera caído sobre ellos como un peso inesperado. Los dos lo miraron, y aunque sonrieron, el silencio que quedó flotando en el pasillo le hizo comprender que acababa de interrumpir algo que quizá no estaba destinado a sus oídos.
  • ¡Qué dices chaval! ¿Ya lo terminaste todo? - preguntó Gustavo.
  • Hola Gabi… - sonrió Nico.
Gustavo los miró a los dos un tanto confundido y rápidamente preguntó si se conocían. Nico le explicó que sí y le contó brevemente como había sucedido. Mientras él sonreía al escucharlo.
  • Ya he terminado con lo que me dijiste, ¿Quieres echarle un vistazo, a ver si está todo como debe estar?
  • ¡Claro chaval! Vamos… - le dijo mientras le pasaba un brazo por encima del hombro.
Empezaron a andar mientras Gabi y Nico se despedían, pero antes de seguir. Gustavo giró un momento la cabeza para decirle algo más.
  • A las nueve en mi casa - le dijo casi en un murmuro - hablamos por el grupo.
Gabi hizo ver que no escuchaba, pero empezó a atar cabos dentro de su cabeza. Era un chico curioso por naturaleza y con mucha imaginación. Recopiló la información de la que disponía: A Gustavo no le gustaba el fútbol, había dejado claro que iba muy salido, luego pensó en el incidente del baño y ahora lo de quedar en su casa. Quizás solo eran paranoias suyas, pero cuando empezó a atar cabos, la erección volvió de golpe.

Gustavo revisó su trabajo y le felicitó por ello. Sin perder tiempo, rápidamente, le asignó más tareas. Gabi siguió trabajando con esmero, y aunque no dejó de pensar en aquel tema, el final del primer día de trabajo se acercaba a su fin. Mientras estaba concentrado dando los últimos repasos a una mesa de trabajo, notó que una mano se posaba sobre su hombro.
  • ¡Nico! ¿Cómo va? - dijo al verlo.
  • No tan bien como tú - sonrió - Ya te queda poco…
  • Sí, la verdad que sí. ¿Vosotros plegáis a las cinco?
Nico asintió, mientras Gabi alzó la cabeza para ver si estaba Laia con él.
  • Está en la sala blanca - dijo al notarlo - haciendo pruebas con… bueno ya sabes, con el proyecto.
Gabi no pudo aguantar más. Necesitaba salir de dudas. No es que le fuera la vida en ello, pero si había un enigma, si una duda brotaba en su interior, necesitaba solventarla. Era superior a él. Pensó un momento en como plantearle la pregunta y se lanzó.
  • ¿Vas a ir a casa de Gustavo esta noche?
Notó al instante que la pregunta le dejó desconcertado.
  • Si…si…
  • No sabía que te gustara el fútbol… - dijo mirándolo fijamente, intentando ver algo en su lenguaje no verbal.
  • ¿Fútbol? - preguntó Nico confundido.
  • Sí claro… el partido del Madrid… a las nueve. Me dijo que si quería apuntarme.
  • ¡Ah sí! - exclamó él de repente - Sí claro... Perdona, es que ando distraído ¿Vas a venir, entonces?
  • No sé si podré… - sonrió Gabi - Por la parienta y eso…
  • Claro, claro… - Nico se puso rojo e intentó huir, pero Gabi fue más rápido.
  • Entonces, ¿quedáis a menudo para verlo?
  • Esto… a veces, sí. ¡Oye! tengo que seguir con…
  • Sí tranquilo, no te preocupes…
  • ¡Hablamos!
  • No te canses…
Ya tenía todo lo que necesitaba saber. Nico mentía. Siguió trabajando, pero su mente ya no estaba en aquel sótano. Solo podía pensar en descubrir la verdad. Tenía una ligera intuición, pero necesitaba ser empírico. Hacer las pruebas necesarias hasta llegar a una conclusión. “Se me daría bien trabajar en un laboratorio”, pensó mientras seguía desinfectando con esmero y una sonrisa de oreja a oreja. Y sin darse cuenta, por fin, el reloj marcó las dos.

Gabi, contento por haber superado su primer día y orgulloso de su desempeño, se quitaba la ropa de trabajo en el vestuario. Estaba repleto de trabajadores, gritando más que hablando. Temas recurrentes como fútbol, mujeres y política invadían el espacio reducido, lleno del vapor de las duchas.
  • ¡Chaval! ¿qué haces? - le interrumpió Gustavo acercándose a él - Nada de vestirte, tienes que ducharte antes de salir y la ropa del trabajo la tienes que dejar en ese cubo de allí.
Gabi lo miró confuso, con la camiseta a medio poner.
  • Ya me ducharé en casa - dijo intentando hacerse oír entre las voces y las carcajadas.
  • No lo entiendes, es obligatorio. Normas de la empresa.
Un hombre desnudo que se ataba la toalla a la cintura a su lado, se interpuso en la conversación. Gabi levantó la vista, era uno de los dos tipos que habían subido al ascensor aquella mañana. Uno de los cerdos que compartían fotos privadas de su mujer.
  • ¡Oye novato! Imagina que por casualidad te has infectado en el laboratorio. ¿Entiendes la que podrías liar si sales a la calle sin desinfectarte?
  • He ido con cuidado, de verdad. No estoy… - intentó resistirse, ya que no le gustaba la idea de andar desnudo entre tantos hombres.
  • ¡Chaval! - volvió a insistir Gustavo - son las normas.
Gabi los miró a ambos durante unos instantes. Era pudoroso, no le gustaba la idea de estar desnudo con desconocidos, pero entendió que no había opción; así que se desnudó. Al hacerlo notó las miradas de los dos compañeros clavadas en él. Se sintió muy incómodo, así que se ató rápidamente la toalla a la cintura. Mientras, Gustavo le acercó unas chanclas de plástico, también precintadas, como todo en aquel lugar. Luego, Gabi, se acercó al cubo donde debía dejar la ropa de trabajo y con poca convicción se acercó a las duchas.

“No me jodas” se lamentó cuando las vio. Eran duchas abiertas, sin cubículos. Se quedó unos segundos parado, viendo culos y pollas enjabonadas, entre gritos y carcajadas. Decidió moverse rápido, acabar cuanto antes con aquel suplicio y salir de allí cuanto antes. “Más vale malo conocido…” pensó al ver a Gustavo y se puso a su lado, dejó la toalla en el asidero y encendió el pulsador.
  • No hace falta que te traigas nada de casa, tenemos que usar este jabón - dijo señalándole un dispensador clavado en la pared - La ropa de trabajo, las chanclas, las toallas… todo lo pone la empresa.
  • De acuerdo…
  • Mañana cuando llegues, vas directamente al almacén donde está la ropa y coges lo que necesites.
  • Perfecto…
Gabi intentó ir lo más rápido posible, con la mirada fija en la pared. Maldijo tener visión periférica, hubiera deseado ser un caballo de tiro en esos momentos. No ver nada de lo que sucedía a su alrededor y es que, una extraña sensación recorría su cuerpo. Jamás había estado en una situación así y no entendía porqué le excitaba tanto.
  • ¡Oye chaval! - le dijo de repente Gustavo - ¿tienes planes para esta noche?
Se puso tenso de repente. Sin saber que contestar. Pero de repente volvió a recordar aquellas botas de seguridad detrás de la puerta. Se le puso morcillona sin poder evitarlo.
  • No… la verdad que no.
  • Pues si te apetece, he quedado con unos compañeros del trabajo a las nueve en mi casa. ¿Te apetece venir? Así los conoces también, son buena gente.
Gabi le dio al pulsador, dejando que el jabón se escapara por el sumidero del suelo. Sintió los ojos de Gustavo recorriendo su cuerpo mojado y un escalofrío le recorrió de la cabeza a los pies.
  • ¿Qué vais a hacer? - preguntó en un hilo de voz.
  • ¿Qué dices? - gritó Gustavo, acercándose demasiado - No te escucho.
  • ¿Cuál es el plan? - volvió a preguntar más alto.
  • Nada especial… tomar unas birras, charlar un poco. De colegueo…
Gabi se secó rápidamente y se tapó con la toalla torpemente. Cuando sintió el contacto del algodón, notó que estaba erecto.
  • No sé si podré la verdad… por mi novia ¿sabes? - dijo con rapidez - Pero te agradezco la invitación, quizás a la siguiente.
  • ¡No hay de que Chaval!
  • Nos vemos mañana y gracias…
  • ¡Mañana no creo! - rió Gustavo.
  • Es verdad… Hasta el lunes entonces.
  • ¡Buen finde chaval!
Con una sonrisa forzada salió de las duchas, atravesándolas con la vista clavada en el suelo. Se dirigió a su taquilla, se vistió como si llegara tarde a algún lado y salió corriendo de allí. Durante todo el trayecto a casa, no hubo ni un solo momento en que no pensara en todo lo sucedido su primer día de trabajo.

Próxima parada Tetuán - ¿Por qué me puse tan cachondo?
Próxima parada Estrecho - A mí me gustan las tías, soy hetero joder.
Próxima parada Alvarado - Pero es pensar en esas duchas y…
Próxima parada Cuatro Caminos - Tengo novia joder, en que demonios estoy pensando.
Próxima parada Ríos Rosas - No lo voy a hacer, ni de coña.
Próxima parada Iglesia - ¿Y si llamo a Nico y me presento con él?
Próxima parada Bilbao - No creo que hayan quedado para hacer una paja grupal…
Próxima parada Tribunal - Pero… y si…
Próxima parada Gran Vía - La verdad que da morbo solo de pensarlo.
Próxima parada Sol - Ni loco, sería como ponerle los cuernos a Sofi.
Próxima parada Tirso de Molina - Deja de pensar en eso, joder. Deja de pensar…

Su debate mental siguió hasta que anunciaron su parada. Bajó del metro y subió a la superficie. Hizo una breve parada para comprar algo de comida preparada en un establecimiento cerca de su bloque de pisos. Ya en casa, comió en silencio mientras veía videos por Youtube. Cuando se sentó en el sofá, se bebió el café tranquilamente, mientras saboreaba un pitillo. Miró el móvil, aún quedaba como mínimo una hora para que llegara su novia. Encendió la tele, pero no le prestó atención. Tan solo estaba ahí para darle algo de compañía y su mente seguía dandole vueltas a lo ocurrido en el baño de la planta 50.

Sin darse cuenta empezó a sobarse la polla por encima de los pantalones. Instintivamente fue a coger el teléfono, le apetecía ver algún perfil de las amigas de su novia. Pero entonces se detuvo. Se sacó la polla fuera y cerró los ojos. Volvió a las duchas de su empresa y dejó llevarse por la excitación, sin pensar si era correcto, sin darle demasiadas vueltas.

Se entregó a la lujuria hasta el final.

Como el Helio: elevándose por encima del caos, noble y distante, observando desde las alturas cómo el mundo se vuelve pequeño y ligero. Esta historia continuará...
 
Que mal rollo y que poco me gusta ese Gustavo.
Y que mal rollo me está dando los pensamientos de Gabi tendiendo a lo homosexual ( que no tengo nada en contra, pero me parece e un poco raro).
 
Por cierto, me acuerdo cuando iba al instituto que me aprendía de memoria la tabla periódica. Era capaz de dibujarla sin equivocarme, química era de mis asignaturas favoritas.
Pues anda que yo, a mí también me hicieron aprendermela de memoria toda entera, y todavía me acuerdo. En realidad a día de hoy soy capaz de recitarla entera, incluidas las tierras raras, en 26 segundos.
 
Pues anda que yo, a mí también me hicieron aprendermela de memoria toda entera, y todavía me acuerdo. En realidad a día de hoy soy capaz de recitarla entera, incluidas las tierras raras, en 26 segundos.
Joder que retentiva colegas. A ver si va a ser verdad que letra con sangre entra, jajajaja.
Yo no me acuerdo de una mierda. Aunque quizás tenga algo que ver mi etapa Bob Marley :ROFLMAO:
Bueno, en breves subo nuevo capitulo. Que estoy acabando de dar un par de retoques.
Abrazos!
 
Capítulo 3. Litio - ¡Por poco la (Li)o!

El litio (Li) ocupa el tercer lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del litio con el concepto del "Casi Error", obtenemos el retrato de la tensión contenida. El litio es el metal del equilibrio precario: es tan ligero que flota, pero tan inestable que arde al contacto con el mundo si no se maneja con cuidado.

El "Casi Error" según el Litio: El Equilibrio en el Filo

1. El Umbral de la Reactividad (El Salto del Electrón)

El litio tiene un solo electrón en su capa externa que está deseando escapar. Vive en un estado de "casi equilibrio", siempre al borde de reaccionar violentamente para alcanzar la estabilidad. El "casi error" es ese momento de litio donde sentimos que el control se nos escapa de las manos. Es el patinazo que no llega a ser caída, la palabra que se queda en la punta de la lengua antes de herir. Vivir en el litio es entender que la sabiduría no es no tener impulsos, sino saber gestionar ese único electrón que nos separa del caos.

2. La Flotabilidad Imposible (Densidad Extrema)
Es el metal sólido más ligero que existe; es tan poco denso que flota sobre el agua, aunque el contacto con ella sea peligroso. Quien "casi se equivoca" siente esa extraña ligereza en el estómago. Es la sensación de estar flotando sobre un abismo. El litio nos enseña que puedes caminar sobre superficies donde otros se hundirían, siempre y cuando mantengas la velocidad y la intención. El "casi error" es una lección de flotabilidad: te recuerda que eres ligero y que, aunque el peligro está debajo, todavía no te has sumergido.

3. El Marcapasos de la Mente (Estabilizador del Ánimo)
En medicina, el litio es el estándar de oro para estabilizar las oscilaciones extremas de la mente, evitando que el péndulo golpee los muros de la euforia o la depresión. El error absoluto es la pérdida del centro. El "casi error", sin embargo, funciona como unas sales de litio para el alma: es el susto necesario que te devuelve al eje. Cuando casi te equivocas, tu sistema se recalibra. Ese “¡Uuy!” o ese “¡Faltó poco!” es el estabilizador que te impide caer en la verdadera catástrofe. El litio es la mano invisible que te frena justo antes del precipicio.

4. La Energía que no se Agota (La Batería Recargable)
El litio es el corazón de la revolución energética de 2026 porque permite almacenar energía y soltarla mil veces sin destruirse. Un error total puede ser el fin de un proceso, pero un "casi error" es una carga de energía. El alivio que sientes al ver que te has salvado por poco se convierte en combustible. El litio nos enseña a reciclar la tensión del fallo evitado para poner más atención en el siguiente ciclo. No es una pérdida; es una carga de consciencia.

5. El Fuego Carmesí (La Señal de Alerta)
Cuando el litio se quema, emite una llama de un rojo carmín brillante y hermoso. Es imposible no mirarlo. El "casi error" es una luz roja. Es la señal carmesí que nos lanza nuestra propia naturaleza para decirnos: “¡Atención!”. No es una mancha oscura de fracaso, sino un destello de advertencia. El litio nos dice que si vas a estar cerca del fuego, mejor que sea para iluminar tu camino y aprender dónde están tus límites, antes de que la llama se vuelva incontrolable.

Conclusión: El "casi error", visto a través del litio, es la geometría del margen. Es ese espacio milimétrico entre la función y la explosión, entre el acierto y el desastre. Ser alguien que "casi se equivoca" bajo el símbolo del litio significa poseer la agilidad de los que viven en el límite sin llegar a romperse. Es la bendición de la inestabilidad controlada. No hay que buscar la perfección inerte del plomo, sino la capacidad del litio para aprender de cada vibración que casi nos saca del camino.

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Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


<GGG> Ya os dije que era malíssimo XD
<LaLa> Ostia, ¿Pero tanto? Vaya paquete estas hecho
<GGG> No te pases, Laia
<NicoNiii> Si queréis cambiamos de juego
<LaLa> Yo me piro ya, que he quedado
<GGG> ¡Venga Laiaaaa!, una más venga
<LaLa> Demasiada humillación por hoy, no gracias XD
<LaLa> Además he quedado, y llego tarde
<LaLa> Como siempre jajaja
<GGG> Pues nada, nos vemos pronto ¡MVP!
<LaLa> Venga chicos, pasad buena noche y ¡¡¡a darle duro!!!
<NicoNiii> ¡¡¡Disfrutaaaa Laiaaaa!!!

Laia se desconectó.

<NicoNiii> ¿Que vas hacer Gabi?
<GGG> Nada la verdad, no tengo plan. ¿Tu?
<NicoNiii> Yo tengo tiempo, media hora o así
<NicoNiii> ¿Al final no haces nada con tu novia?
<GGG> No… Sale con las amigas, ya sabes
<GGG> ¿Y tu? ¿Al final vas a ir a casa de Gustavo?
<NicoNiii> Si… ¿Te vienes o que? Si no tienes plan…

Gabi se quedó quieto delante de la pantalla pensando que responder. Los dedos acariciando las teclas, dudando si ser directo o seguir dando vueltas al asunto. Posiblemente la frialdad de estar detrás de una pantalla lo empujara a ir de cara.

<GGG> Nico. ¿Que hacéis exactamente en casa de Gustavo?
<NicoNiii> …

Se recostó en la silla viendo como Nico escribía. Se tomó su tiempo, así que Gabi se encendió un cigarro. El aviso de “escribiendo” aparecía y desaparecía de la pantalla, indicando claramente que le costaba responder. Quedaba claro que ocultaba algo.

<GGG> Voy a por una birra, ahora vuelvo

Gabi cerró la ventana de la conversación, activó el salva pantallas y salió del despacho. Cruzó el pasillo que llevaba a la cocina, y al pasar por delante del cuarto de baño vio que su novia se estaba maquillando para salir. Pasó de largo, pero a los tres pasos se detuvo de repente. Como si hubiera visto algo que no le cuadrara. Volvió para atrás y disimuladamente asomó la cabeza por la puerta abierta. Se le puso dura de repente al verla. La devoró con la mirada, de arriba a abajo varias veces, mientras fumaba y una sonrisa picarona se dibujaba en su cara. Sofi iba con tacones negros abiertos, las piernas y los muslos a la vista, unos shorts de látex también negros que dejaban ver más de lo decentemente aceptado, el ombligo al aire y un top blanco ajustado con mucho escote. Llevaba el pelo liso, media melena con un flequillo que le tapaba la frente. Se acarició la entrepierna sin pensarlo, le encantaba cuando se vestía de forma tan atrevida.

Ella se dio cuenta que la estaba observando, pero se hizo la despistada mientras se pintaba la sombra de los ojos. Supo al momento que Fani tenía razón, la técnica de la “ZorriPower” empezaba a surgir efecto.
  • Mama miaaa - sonrió Gabi entrando en el baño. Tiró la colilla encendida al retrete y se acercó a ella por la espalda.
  • ¿Estoy guapa? - preguntó Sofi sonriéndole a través del espejo.
  • ¿Guapa? - él se acercó clavando su rabo duro entre sus nalgas y sujetándola de la cintura - Estás espectacular mi amor…
Él empezó a besarle el cuello, mientras la empujaba cada vez más fuerte contra el lavamanos. Ella se estremeció soltando un gemido mientras notaba una de sus manos acariciando su entrepierna y otra jugando con uno de sus pechos. Estaba tan caliente que se hubiera dejado empotrar ahí mismo, pero decidió jugar sus cartas.
  • ¡Para Gabi! - gimió intentando deshacerse de su abrazo sin demasiado esmero - Venga… ¡que llegaré tarde!
  • Uno rapidito, venga… ¿qué me dices?
Sofi sintió como le desabrochó los shorts y empezó a meter su mano por debajo del tanga. Notaba su rabo duro apretando cada vez con mas fuerza. Gabi, por su lado, abrió los ojos al ver su culo y se puso más caliente cuando se hizo visible aquel tanga que era básicamente un hilo de tela. De forma repentina, la agarró del cuello buscando su boca.
  • ¡No Gabi! Para, venga… - rió ella - que he quedado con las chicas…
  • ¿A donde vais? - preguntó él sintiendo su coño mojado.
  • A cenar… - Sofi entrelazó la lengua con la de él, poniéndolo más agresivo.
  • ¿Y te vistes así para ir a cenar? - preguntó mientras el short caía al suelo, frotándose cada vez más fuerte.
  • Luego iremos a bailar… - gimió Sofi casi a punto de perder los papeles.
Entonces Gabi se detuvo en seco. Desde aquella misma mañana, había pasado todo el día más caliente que un hierro al rojo vivo. Pero ahora, solo podía pensar en su novia vestida como una zorra y perreando, rodeada de tíos salidos tirándole los trastos. Aunque la línea divisoria entre la excitación y los celos era muy estrecha; su orgullo acabó por decantarse por la segunda opción. Sofi, por supuesto, lo notó. A parte de la expresión de enfado, su novio dejó de tocarla y se separó de ella bruscamente.
  • ¿A qué viene esa cara? - dijo divertida mientras se subía y abrochaba el short.
  • Nada… no es nada - Gabi ahora la miraba con cierto reproche.
  • ¿No estarás celoso? - sonrió ella, pintándose los labios de un rojo intenso.
  • ¿Celoso? - preguntó, cruzándose de brazos - ¿Acaso, debería estarlo?
Sofi sonrió con malicia mientras se miraba en el espejo como le quedaban los pendientes de aro que colgaban de sus orejas, muy satisfecha por su aspecto.
  • Tú sabrás… - sonrió dándose la vuelta y dandole un beso en los labios.
Gabi la observó saliendo del baño. Andaba con seguridad, pasos exagerados y femeninos, demostrando el poder que ejercía sobre él y sobre todos los hombres heterosexuales que se cruzaran con ella aquella noche. Él la siguió, saliendo detrás como un perrito faldero.
  • ¿A qué discoteca vais a ir? - preguntó.
  • Una nueva que han abierto en Sol - contestó ella mientras cogía su bolso.
  • ¿Vas a llegar muy tarde?
  • No me esperes despierto - sonrió ella abriendo la puerta.
  • !Ves con cuidado cariño! - le dijo Gabi nervioso viendo como ella entraba en el ascensor.
Sofi no contestó, solo sonrió y desapareció, sabiendo que había jugado muy bien sus cartas. Gabi, en cambio, se quedó un instante mirando el vacío del rellano. Preocupado por lo que cualquier hombre se preocuparía si su mujer saliera de noche de chicas y él se quedara en casa esperando. La balanza de poder estaba claramente desequilibrada. Cerró la puerta y se volvió al ordenador, olvidándose completamente de la cerveza que había ido a buscar. Mientras caminaba por el pasillo no podía dejar de pensar en Sofi poniéndole los cuernos. Se sintió pequeño, feo, inútil. Aquella sensación lo desanimó por completo. Se sentó en la silla y movió el ratón para quitar el salva pantallas. Había muchos mensajes de Nico, en una nueva conversación, donde solo estaban ellos dos.

<NicoNiii> ¿Puedes hablar?
<NicoNiii> Es que me da corte escribirlo…
<NicoNiii> ¿Gabi? Estás?
<NicoNiii> Te llamo…

Había un aviso de llamada finalizada en el chat del Discord.

<NicoNiii> ¿Gabi? ¿Sigues ahí?
<NicoNiii> ???
<NicoNiii> Eooooooooo…

Gabi se encendió otro cigarro y buscó los cascos en uno de los cajones del escritorio. Se los puso rápidamente y llamó a Nico. Este contestó enseguida.
  • ¡Ey colega! Perdona, que estaba hablando con mi novia…
  • ¡Ah! Tranqui… no hay problema.
  • Bueno… tu dirás.
Sintió la respiración nerviosa de Nico al otro lado. Se le notaba ansioso, como si no supiera muy bien como afrontar la pregunta que le habían hecho.
  • ¿Nico? - preguntó Gabi - ¿Estás ahí?
  • Si… si. Estoy aquí, es que tío… no se como explicarte esto sin que te hagas una idea equivocada de mí. Apenas nos conocemos y… me caes bien y eso… no quiero que… ya sabes.
  • ¡Oye! No te rayes colega. Puedes hablar conmigo con total sinceridad. Además, ya me hago una idea de lo que sucede en casa de Gustavo.
  • ¿Ah, si? - rió Nico - ¿Y qué idea es esa?
Gabi soltó una carcajada nerviosa.
  • Pregunté yo primero. No hagas trampas.
  • ¡Ya! - rió Nico igual de nervioso - A ver… quedamos unos cuantos del curro, pedimos unas pizzas y nos tomamos unas birras… y luego…
  • ¿Y luego?
  • Me da mucho corte decirlo tío…
  • Pero ¿Por qué? - Gabi soltó una calada entre risas - ¿Es qué hacéis algo raro o qué? ¿Rituales satánicos acaso? No me digas que sacrificáis cabras y eso porqué cuelgo ahora mismo ¡eh!
  • ¡No joder! No digas chorradas… para nada. No hacemos nada malo, solo que… no es muy normal que digamos.
Gabi estaba excitado, sin darse cuenta ya hacía rato que se su polla abultaba por debajo de los pantalones, pidiendo acción. Y el reciente ‘casi polvo’ del baño aún lo puso más cerdo.
  • ¡Valeee!… a ver, voy a decirlo yo. Tú solo dime sí o no. ¿De acuerdo?
  • ¡Venga va! - rió Nico al otro lado.
  • ¡Pajas grupales!
La respuesta de Nico no llegó inmediatamente. Y por un momento la sonrisa de Gabi se esfumó de su rostro. Pensó que había metido la pata y automáticamente se sintió avergonzado por lo que opinaría de él.
  • ¿Te parece raro? - preguntó de repente Nico, lleno también de vergüenza - No soy Gay, ¡eh!
  • No, no tranquilo - respondió rápidamente Gabi, recuperando el aliento - No me parece raro y tampoco pasaría nada si lo fueras.
  • Pero no lo soy, que quede claro. Solo ponemos algo de porno y nos hacemos unas pajas en grupo, ya está.
  • Si te soy sincero ya me lo imaginaba y… - Gabi sintió como sus pulsaciones aumentaban de ritmo - reconozco que me da un poco de morbo.
  • ¿En serio? - preguntó Nico - ¿Entonces te molaría probar?
Gabi se lo pensó un momento. Una cosa era la fantasía y otra muy distinta era llevarlo a la realidad. Era como cuando se imaginaba a su novia follada por otros tíos. Le había dado buenos orgasmos durante la paja, no lo negaba. Pero de ahí a que pasara de verdad, había una gran diferencia.
  • No lo sé tío… nunca lo he hecho antes y me da corte si te soy sincero…
  • ¡Ya! Te entiendo, a mí me pasó igual la primera vez, aunque luego… es un vicio tío.
  • ¿Lo has hecho muchas veces?
  • Sí la verdad… en realidad todos los viernes - rió nervioso Nico - Gustavo siempre organiza las quedadas y cuando no ha podido por cualquier motivo, lo hemos hecho por cam.
  • Mola… - Gabi apagó el cigarro - ¿Puedo preguntarte una cosa?
  • No - contestó al instante Nico - Si quieres saber más, vente y lo averiguas por ti mismo.
  • ¡Qué cabrón! - exclamó Gabi - Arrastrándome al pecado…
  • ¡Es lo que hay colega! ¿Qué me dices? ¿Te vienes o qué?
Gabi lo pensó unos segundos. Aunque no había mucho que pensar. Desde el incidente en el cuarto de baño de Müller & Suter Biotech, no se le había quitado de la cabeza la idea de hacerse pajas con otros hombres. Ya no pensaba en Sofi vestida como una zorra, sino en las botas de seguridad debajo de la puerta.
  • ¡Qué cojones! ¡Venga va! ¿Dónde quedamos?
Antes de cerrar el ordenador, borró la conversación del Discord. Luego se fue al baño y se lavó los dientes. Se puso algo de desodorante y colonia. Se miró delante del espejo observando como iba vestido. “¿Cómo diablos se viste uno para ir a una paja grupal?”, pensó mientras reía solo. Luego, sin perder tiempo, cogió su cartera, las llaves de casa y salió sin mirar atrás.

En la calle la gente ya se preparaba para empezar el fin de semana. Gabi andaba rápido observando a las parejas andar cogidas de la cintura y compartiendo sonrisas cómplices, a los grupos de chicas que reían y dejaban tras de sí la fragancia de sus perfumes en el aire; y a los grupos de chicos que parecían observarlo todo como si fueran de caza. Por un momento pensó cuantos de esos chicos habrían hecho alguna vez en sus vidas lo que se disponía a hacer él ahora.
  • Buenas noches, calle rey Juan Carlos primero, por favor - dijo al subirse al taxi.
  • ¿A que altura, chaval? - preguntó el taxista mirándolo por el retrovisor.
  • Enfrente del parque va bien…
El taxista puso el taxímetro en un gesto mecánico y el coche arrancó. Gabi estaba nervioso, como si hubiera quedado por primera vez con una chica y supiera que aquella noche había posibilidad de follar. Imaginó mil escenas posibles y cada una de ellas lo puso más cachondo. No le atraían los hombres, pero de algún modo, la idea de estar rodeado de tíos masturbándose le daba mucho morbo. “Hetero-curioso”, pensó. Aquella palabra le iba como anillo al dedo y en ella se refugió cuando su sexualidad se puso en duda.

Mientras miraba la hora en su reloj, a unos cuantos kilómetros de allí. Su novia justo entraba en el restaurante donde había quedado con sus amigas. El Ágora era un restaurante moderno, incrustado en el pulso nocturno de Madrid como un corazón que no sabía latir despacio. Luz cálida, líneas limpias, hormigón visto y madera pulida. El murmullo constante de conversaciones se mezclaba con el tintinear de copas y el ritmo suave de una música electrónica elegante, casi hipnótica. Mesas llenas, cuerpos cerca, risas, miradas que se cruzaban. Camareros deslizándose entre la multitud con precisión quirúrgica. Un lugar vivo, abarrotado, donde nadie parecía tener prisa por marcharse y todos fingían, al menos por unas horas, que la ciudad les pertenecía. Y cuando la vieron aparecer, los silbidos y los comentarios subidos de tono estallaron por todo el establecimiento.
  • !Callaos joder! - sonrió Sofi, roja como un tomate, al ver que todos los ojos del restaurante la miraban, muchos de ellos desnudándola con la mirada - !Que vergüenza por dios!
Corrió sobre sus tacones y se sentó en la mesa lo más rápido que pudo. Los besos llegaron por todos lados, entre risas y piropos.
  • ¡Tía! Estás… bufff - le dijo Fani a su lado mirándola de arriba abajo - ¡Un par de cubatas más y te juro que me cambio de acera!
  • ¡Anda! ¡No exageres! - rió ella colgando el bolso en la silla.
  • Te has tomado en serio lo de la “ZorriPower” ¿eh? - rió Marta sujetando su copa de vino.
Sofi miró a Fani fingiendo estar molesta por contarle a las demás su plan, pero antes de poder reprocharle nada. La voz de un camarero la interrumpió.
  • ¿Qué vas a tomar, guapa?
Ella alzó la vista y sin querer le dio un repaso. Era un chico alto, cuerpo de gimnasio mostrado con orgullo, bien afeitado y una sonrisa amplia. Lo encontró sexualmente apetecible.
  • ¿Me traes una copa de vino blanco?
  • Lo que quieras preciosa… - contestó él sin apartar la mirada - ¿Quieres algo más?
Fani la golpeó por debajo la mesa con el codo, lo suficientemente visible para que el camarero lo viera. El resto de amigas cuchicheaban entre ellas mientras lo devoraban con la mirada.
  • De… de momento no… está bien por ahora - balbuceó Sofi.
  • ¡Perfecto! Cualquier cosa que necesites me das un toque ¿vale, preciosa?
  • Si… si… gracias.
Todas se giraron para mirarle el culo al camarero, antes de estallar en risas. Sofi sonrojada no sabía donde meterse. No es que se avergonzase de sus amigas, tan solo era que le llevaban un par de copas de ventaja.
  • Entonces… ¿ha funcionado o no? - le preguntó Fani.
  • Tía… casi follamos en el baño.
  • No te habrás dejado ¿verdad?
  • No, no… - rió Sofi - lo he hecho como dijiste. Lo he dejado con las ganas y lleno de celos.
  • ¡Así se hace chocho! - dijo ella dandole un beso en la mejilla - ¡Que se ralle solo en casa y valore de una vez lo que tiene!
Rápidamente el brazo musculoso del camarero se cruzó entre ellas, dejando la copa de vino en la mesa. Sofi le dio las gracias y él le regaló una sonrisa confiada, como si supiera que ella estaba disponible. Sofi se estremeció y apartó rápidamente la mirada, avergonzada. Mientras brindaba con sus amigas, dando el pistoletazo de salida a la noche, pensó en Gabi y en las consecuencias que podía traer haberse vestido de forma tan provocativa.

Igual de avergonzado estaba su novio cuando se encontró con Nico. Su nuevo compañero de trabajo, esperaba sentado en un banco enfrente del parque y al verlo notó que él estaba igual de nervioso. Cuando se levantó para saludarle se confundieron al no saber si darse la mano o un abrazo. Entre risas acabaron optando por las dos opciones.
  • Estoy super nervioso tío - confesó Gabi, pensando que en pocas horas estaría en bolas haciéndose una paja al lado de él.
  • ¡Ya! Yo igual, no te creas - sonrió Nico empezando a andar - Aunque no sea mi primera vez, la sensación no cambia.
  • ¡Tengo muchas preguntas!
  • Me lo imagino - respondió Nico entre carcajadas - ¡Venga, dispara!
  • ¿Como empezaste con esto? ¿Surgió así de repente o ya habías pensado en hacerlo?
  • Un poco de las dos, supongo. Verás, no tengo mucho éxito con las mujeres la verdad. Entre que no estoy en forma y soy bastante tímido, no me como una mierda.
Gabi lo escuchaba caminando a su lado sin apartar la vista de él.
  • Me alivio con lo que puedo. Ya me entiendes…
  • Porno a saco - rió Gabi.
  • ¡Ahí esta! - dijo Nico con una sonrisa sincera - Es lo que tiene estar soltero… Pero una noche de paja, por casualidad entré en un foro. Navegando por varios hilos, vi que un usuario había dejado un comentario que decía ¿Alguien para morbo y paja?
Nico hablaba mirando hacía adelante, mientras Gabi se encendía un cigarro, atento a lo que decía.
  • Hablé con él, curioso por saber que significaba eso de morbo y paja. Y ahí empezó todo.
  • ¿A qué te refieres con que empezó todo?
  • Pues… que empecé con las pajas entre colegas - rió Nico - Pasó poco a poco, las primeras veces chateábamos sobre fantasías o nos pasábamos porno, mientras comentábamos y nos poníamos calientes. Pero cada vez fue a más. De escribir pasé a hablar y al final un día… me propuso poner cam. Al principió dudé, pero iba tan caliente que lo hice colega y… me encantó la verdad.
  • ¿Y como distes el paso de quedar en real? ¿No te dio corte?
Nico se puso a reír, negando con la cabeza.
  • Es que lo fuerte vino ahí. Estuvimos un tiempo haciéndonos pajas por cam. Pero siempre a esta altura - Nico se señaló su barriga con la mano, indicando el límite - jamás nos mostrábamos las caras, ¿sabes?. Hasta que…
  • Lo hicisteis…
  • ¡Sí y no! Te cuento… Me lo propuso él, y a mí me daba mucho corte, así que le dije que no. Pero me preguntó si me importaba si él mostraba la suya. Le dije que no y ufff…
  • ¿Qué?
  • Que me moló un montón tío. Ver su cara de cerdo mientras se la pelaba como un animal, me puso a cien. Pero lo mejor no fue eso tío. Lo heavy es que lo conocía.
  • ¿En serio? ¡No jodas! - rió Gabi, atando cabos rápidamente - ¡No jodas! ¿Era Gustavo, en serio?
  • Sí tío. No había hablado nunca con él, nos conocíamos de vista y eso. De vernos por los pasillos del laboratorio. Pero lo reconocí al instante.
  • Y ¿qué hiciste?
  • Pues correrme como un animal - contestó Nico riendo a carcajadas.
  • ¡No joder! Me refiero a luego… cuando os visteis en el trabajo.
  • No le dije nada, me daba mucha vergüenza. Lo que hice fue mostrar mi cara la siguiente vez que quedamos en videollamada.
  • ¡Buah! Que morbazo… ¿Cómo reaccionó él?
  • No dijo nada tampoco, los dos supimos que nos conocíamos pero nos hicimos la paja igual. Al terminar colgamos y empezamos a hablar por el chat. Él me comentó lo de sus quedadas y bueno… el resto de la historia ya te la puedes imaginar.
Gabi asintió con la cabeza, era una buena historia, caliente y morbosa. Seguían andando, los dos igual de nerviosos y sus pollas igual de duras.
  • ¿Y que me dices de ti? - preguntó de repente Nico.
  • ¿A que te refieres? Esta es mi primera vez…
  • ¡Ya, ya! Lo sé. Me refiero a que motivos empuja a un chaval con novia a juntarse con unos pajeros pervertidos…
Gabi se sumó a la risa de Nico y luego pensó su respuesta. Realmente no es que hubiera pensado demasiado en ello. Simplemente se había dejado llevar. Y así se lo comunicó a su nuevo amigo. Por supuesto a él no le pareció suficiente aquella respuesta.
  • Es que no sé que decirte… la verdad.
  • ¡Venga Gabi! Yo me he abierto contigo, joder…
  • A ver… las cosas no es que vayan muy bien entre mi novia y yo… la verdad. No es una cuestión de convivencia, nos llevamos bien y eso. Y nos queremos… Solo que… digamos que… - Gabi soltó el humo de una calada - digamos que la llama está un poco apagada, por decirlo de algún modo.
  • ¿Y eso?
  • No sé… es como sí… - Gabi se sintió un poco incómodo, pero al instante pensó que si iba a ver a ese tío en bolas cascándose una paja, podía contarle la verdad - Es como si follar fuera parte de la rutina… ¿me entiendes?
  • ¡No jodas! - Nico se detuvo y se lo quedó mirando sorprendido - ¿Follas tanto que ya te has aburrido? ¡Que suerte tienes cabrón!
  • No, no… - rió Gabi deteniéndose también - No es eso… solo que siento que hemos perdido la chispa. Desde que empezamos a vivir juntos, todo se ha vuelto muy…
Nico empezó a reír al ver sus gestos.
  • Previsible… te entiendo.
  • Eso mismo… - sonrió Gabi, medio avergonzado, volviendo a reprender la caminata.
  • ¡Eh alto! - exclamó Nico de repente, sujetándolo del brazo - Es aquí…
Gabi retrocedió dos pasos, levantó la cabeza y contempló el edificio que se erguía ante ellos. El bloque se alzaba como un enjambre de abejas, denso y ruidoso, incrustado en un barrio que nunca dormía del todo. Fachadas gastadas, balcones repletos de ropa tendida, antenas torcidas buscando señal y ventanas iluminadas a destiempo. De cada piso escapaban sonidos distintos: televisores encendidos, discusiones apagadas, risas cansadas, llantos breves. Un hervidero de vidas apretadas, de rutinas que se rozaban sin tocarse. Allí todo era funcional, áspero, sin ornamentos, pero vivo; un lugar donde la ciudad mostraba su rostro más honesto, el de quienes sostienen el día a día sin hacer demasiado ruido. Y en algún lugar del interior de aquel avispero humano, estaba la guarida de Gustavo: El santuario del onanismo, el templo de la masturbación. Donde se rendía culto a la masculinidad y al placer entre adeptos.

Nico hizo sonar el telefonillo y la voz de Gustavo resonó por toda la entrada, bruta y directa como siempre. Ya no había vuelta atrás, su suerte estaba echada. Nervioso pero sin vacilar cruzó el umbral dispuesto a sentir nuevas sensaciones y vivir nuevas experiencias. O al menos, eso creía. Y mientras aquellos dos sacos de nervios subían en el ascensor, empujados por el morbo; la conversación en el restaurante donde las chicas empezaban la noche, subía de tono también. Empujada, en su caso, por el alcohol.
  • No lo entiendo, Sofi… de verdad - dijo Marta, apurando su copa de vino - No es culpa tuya y lo sabes. Pero parece que disfrutas fustigándote, churri.
  • No es eso, Marti… - respondió Sofi sin apartar la mirada de la copa que removía en su mano - Solo que…
  • ¡Solo que nada! - estalló Fani, golpeando la mesa con el puño, furiosa.
Los platos y cubiertos tintinearon en un coro metálico. Estefi reaccionó al instante, sujetando su copa antes de que el vino acabara derramándose por los impolutos manteles. Aunque compartía el mismo nombre que Fani, ambas Estefanías, no tenían nada más en común que el nombre que les venía de nacimiento.
  • Relajaaaa, Fani. No te alteres - rió Yasmina con una mueca cansada - Que la noche acaba de empezar. Venga, tengamos la fiesta en paz.
Todas rieron, intentando rebajar la tensión. Todas excepto Fani, que seguía con el ceño fruncido.
  • No quiero relajarme, Jazz - bufó, girándose hacia Sofi con una furia inesperada - Lo siento, churri, pero a veces pareces idiota.
  • Fani… ya basta, por favor - murmuró Estefi, con el hilo de voz de quien teme empeorar las cosas.
Pero Fani ya no escuchaba a nadie. El alcohol había tomado el mando.
  • ¡Que no, joder! ¿No habéis visto cómo la ha mirado el pibonazo del camarero? - gritó, elevando aún más la voz que el bullicio del restaurante - ¡Y ella, erre que erre, empeñada en que si Gabi no se la folla es porque no está lo suficientemente buena!
  • ¿Puedes bajar la voz? - susurró Sofi, agarrándole la rodilla - Nos está mirando medio restaurante.
Pero no sirvió de nada. Fani, que no sabía beber, siguió hablando en voz alta; proclamando a los cuatro vientos la inexistente vida sexual de su amiga. Hasta que Sofi, harta y furiosa, se levantó bruscamente de la silla. La servilleta cayó al suelo como un estandarte blanco derrotado. Le lanzó a su amiga una mirada de odio puro y se marchó hacia el lavabo, haciendo un esfuerzo casi doloroso por ignorar los ojos que la perseguían desde cada mesa.
  • ¿Pero a ti qué demonios te pasa? - preguntó Marta, molesta con la actitud de su amiga
  • Lo que pasa es que no sabe beber, eso es lo que pasa - rió Yasmina, dándole un trago largo a su copa.
Fani resopló y apoyó los codos en la mesa, hundiendo las mejillas entre las manos. Sus métodos eran torpes, incluso brutales, pero sus sentimientos eran sinceros. Quería tanto a Sofi que le resultaba insoportable verla hundirse en ese pozo sin fondo que era su relación. Y cada día que pasaba sin que Gabi se acostara con ella, Fani lo odiaba un poco más.
  • No entiendo por qué sigue con ese imbécil - murmuró negando con la cabeza.
  • Ella lo quiere, Fani - susurró Estefi - Y no ayuda que tú te pongas hecha una fiera cada vez que sale el tema.
  • ¿Y qué hacemos entonces? - disparó Fani, clavándole la mirada.
Estefi no supo qué responder. Marta evitó sus ojos. Yasmina bebió en silencio, como si aquella pregunta no fuera dirigida a ella.
  • ¿Veis? A eso me refiero. Al menos yo hago algo, no me quedo callada - dijo de repente, poniéndose en pie y señalándolas con un dedo acusador - Sois unas hipócritas. Pensáis lo mismo que yo y no tenéis los ovarios de decirlo.
  • ¿A dónde coño vas ahora? - preguntó Marta al ver cómo se alejaba.
  • A ver cómo está… ¡nuestra amiga! - gruñó Fani, dedicándoles una última mirada fulminante antes de desaparecer entre las mesas.
Sofi se había encerrado en uno de los baños. Se secaba las lágrimas con un trozo de papel higiénico, intentando que el rímel no le dejara dos surcos negros en la cara. Se dejó caer sobre la tapa del inodoro, respirando hondo, tratando de obligarse a regresar al mundo real. Pero no podía. La imagen de Gabi volvía una y otra vez, clavándose como una astilla bajo la piel.

Lo quería con locura, y precisamente por eso, aquella frialdad, esa sequía íntima que se había instalado entre ellos, la devoraba por dentro. Le quemaba. Y no pudo evitar recordar el encuentro rápido, casi furtivo, que habían tenido en el baño antes de salir de casa. Ese instante en el que él, por fin, había dejado entrever un deseo que creía muerto. Ahora pensaba que tal vez habría sido mejor quedarse allí, abrazada a esa chispa que tanto necesitaba. En lugar de escuchar, una vez más, la voz de Fani empujándola a salir, a arreglarse, a esforzarse… a perseguir lo que no estaba segura de que la persiguiera a ella.

Negó con la cabeza. No debería haberle hecho caso. Pero no le guardaba rencor: quería a Fani como se quiere a una hermana. Aunque, sin querer, cada dos por tres, la arrastrara a líos y embrollos que nunca había pedido. Era impulsiva, sí, pero también tenía un corazón enorme. Solo que a veces, ese corazón golpeaba demasiado fuerte.
  • ¿Estás ahí, Sofi?
La voz de Fani llegó amortiguada desde el otro lado de la puerta, seguida de unos golpecitos insistentes. Sofi no respondió. No quería hablar con nadie. Solo necesitaba unos minutos de silencio, aunque fuera dentro de aquel baño frío con olor a lavanda industrial.
  • ¡Venga, churri! Sé que estás ahí… abre, anda.
Nada. Sofi se mantuvo quieta, respirando en silencio, abrazándose a sí misma. Fani apoyó la frente contra la puerta y dio un par de golpecitos suaves con la cabeza. Parecía un animal grande y testarudo intentando acercarse, sin saber como, a quien acababa de morder.
  • Lo siento, joder… - susurró sin moverse - Siento ser tan bruta. Pero es que… es que me hierve la sangre verte así.
Inspiró con fuerza, como si aquello le doliera físicamente.
  • Te mereces algo mejor. Eres una tía de diez. Eres guapa, cariñosa, inteligente… lo tienes todo, churri. Y el idiota de tu novio no lo quiere ver. Te lo dije hace tiempo y te lo voy a repetir ahora, aunque te duela: déjalo de una vez y sé feliz. Eres joven, tienes toda la vida por delante. Búscate a alguien que valga la pena, alguien que te llene y te trate como mereces…
El silencio que siguió fue tan espeso que casi podía tocarse. Fani esperó. Esperó más de la cuenta, incluso para ella. Pero no obtuvo respuesta. Solo el eco hueco del lavabo. Volvió a golpear, más débilmente esta vez, llamándola por su nombre, casi suplicando. Pero Sofi no tuvo fuerzas para contestar.
  • Está bien… - murmuró finalmente - Tómate el tiempo que necesites. Te espero fuera.
Sofi escuchó los tacones alejarse, el murmullo de la puerta del baño al cerrarse, y luego nada. Un vacío perfecto. Se limpió las últimas lágrimas con el dorso de la mano. Le invadió un deseo irresistible de desaparecer, de quitarse el maquillaje, de quitarse la ropa que la hacía lucir espectacular pero la dejaba agotada al mismo tiempo. Deseó ponerse un pijama amplio y hundirse en el sofá sin pensar en nadie. Ni en sus amigas, ni en Fani, ni en las conversaciones que parecían girar siempre alrededor del mismo agujero negro que era su vida sentimental.

Pero al mismo tiempo, no quería estar sola. No hoy. No con el pecho tan apretado. Sacó el móvil de su bolso con dedos temblorosos. Dudó un segundo. Y aun así, lo buscó. Marcó su nombre. Llamó a Gabi.
  • Bueno… aquí estamos - sonrió Nico, plantado frente a la puerta del piso de Gustavo - ¿Preparado?
Gabi tragó saliva. El rellano, impoluto y perfectamente iluminado, parecía estrecharse a su alrededor. Como si dos manos invisibles le apretaran el cuello, robándole el aire. Miró la puerta, imaginando lo que había detrás. Después miró a Nico, que mantenía una expresión tranquila, confiada. Pero él… él estaba lejos de eso. Temblaba. Lo hacía como un condenado camino a la silla eléctrica. La excitación, el morbo, todo aquello que minutos antes ardía en su estómago se había desvanecido, dejando en su lugar una sensación densa, pegajosa, casi física, de que estaba a punto de cometer un error enorme. Y entonces, como si el mismo universo quisiera advertirlo, su móvil vibró en el bolsillo derecho.
  • Dame un segundo, Nico… - murmuró Gabi al ver quién llamaba.
Se apartó unos pasos, buscando un rincón de intimidad al final del rellano. Nico lo observó en silencio, empujándose el puente de las gafas mientras esperaba a que su nuevo amigo regresara.
  • Dime, amor. ¿Va todo bien?
  • No… - respondió Sofi entre sollozos.
  • ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás? - preguntó Gabi, erizándose de golpe.
  • ¿Puedes venir a buscarme? Quiero irme a casa…
  • Sí… sí, claro - contestó Gabi, girándose hacia Nico.
Desde el otro lado del pasillo, el científico le dedicó una sonrisa tranquila. Él le devolvió una sonrisa falsa, tensa, que no engañaba a nadie salvo a quien quisiera ser engañado.
  • ¿Dónde estás?
  • En el Ágora… encerrada en el baño.
  • ¿Te has quedado encerrada en el baño?
  • ¡No, idiota! - rió Sofi entre lágrimas - Solo… solo necesito que vengas. ¿Puedes venir?
Gabi no dudó ni un segundo.
  • Voy para allá. No tardo nada, mi vida.
Colgó y guardó el móvil con un gesto decidido. Inspiró hondo, elevando ligeramente la barbilla, como un superhéroe al que se le acaba de activar el instinto arácnido y sabe que el deber lo llama. Se acercó a Nico con pasos firmes y le apoyó una mano en el hombro.
  • Perdona, colega, pero tengo que irme…
Nico lo miró durante un instante, atrapado entre la incomprensión y el fastidio.
  • ¿Ha pasado algo?
  • No, tranquilo. Solo es mi novia…
  • Pero… ¿está bien?
  • Sí, sí, no es nada grave. Pero tengo que irme.
Gabi le dio un par de palmadas amistosas en la espalda y empezó a alejarse por el pasillo.
  • Va-vale - asintió Nico sin terminar de entender - ¿Qui-quieres que te acompañe?
  • No te preocupes - respondió Gabi con una sonrisa, metiéndose en el ascensor - Disfruta y… nos vemos el lunes en el curro.
Gabi salió a la calle y empezó a correr con el corazón en un puño, atravesando las calles de Madrid como una flecha recién disparada. La noche lo envolvía con su mezcla de contaminación y humedad, una bruma gris que hacía brillar los faroles como luciérnagas enfermas. Sus zapatillas golpeaban el asfalto con un ritmo frenético, más rápido cuanto más repetía en su cabeza el nombre de Sofi.

Había dejado atrás a Nico, a Gustavo, aquella oportunidad que tanto le atraía. Y le dolía. Le dolía como una espina clavada en el orgullo. Pero mientras avanzaba entre calles estrechas, sorteando terrazas repletas y grupos de turistas eufóricos, también sintió algo inesperado: alivio. Era una sensación tenue al principio, casi imperceptible. Pero estaba ahí. La llamada de Sofi le había estallado dentro como un disparo. Y ahora, al correr, comprendía que no solo la estaba salvando a ella; quizá también se estaba salvando a sí mismo. ¿De qué?, aún no lo sabía del todo. Pero empezaba a intuirlo.

Las luces de los bares se derramaban sobre la acera como manchas doradas. Dentro, la gente reía, brindaba, vivía sin miedo. Una vida normal. Una vida simple. Una vida que, hasta hacía apenas unas horas, había creído demasiado aburrida para él.

“Quizá es mejor así”, pensó mientras esquivaba a un repartidor en bicicleta. Quizá no necesitaba amigos pervertidos, cuevas del placer, ni colegas desnudos tirados en un sofá viendo pornografía. Ese mundo, por más fascinante que hubiese parecido en un primer momento, se abría ahora ante él como una grieta oscura, un camino que prometía emociones intensas… pero también peligros que él no estaba seguro de querer enfrentar.

“Quizá sea mejor dejarlo en una fantasía”, respiró hondo, sintiendo cómo el pecho le ardía. No detuvo el paso. Sofi estaba esperándolo. Sofi lo necesitaba. Y por primera vez en aquel viernes, tan extraño. Gabi tuvo claro que estaba corriendo hacia lo correcto… y lejos de un error del que quizá no habría salido entero.

A veces el destino parece tener conciencia propia. No habla, no explica, no se justifica, pero empuja. Tuerce planes en el último segundo, retrasa encuentros, cambia una llamada por un silencio o convierte una certeza en duda. Pequeños gestos, casi imperceptibles, que actúan como toques de atención. No es bondadoso ni cruel; simplemente interviene, como si quisiera darte una oportunidad más antes de que cruces una línea de la que no hay vuelta atrás. Te obliga a detenerte, a mirar alrededor, a preguntarte si de verdad ese paso era el correcto. Y casi siempre lo hace sin que te des cuenta en el momento. Solo más tarde, cuando todo ha pasado, entiendes que algo - llámalo azar, intuición o destino - movió las piezas para evitar que te equivocaras. O, al menos, para que no lo hicieras sin saberlo.

Eso era precisamente lo que pensaba Gabi mientras apretaba el paso. A su alrededor, la ciudad comenzaba a desperezarse, preparándose para abrazar el pistoletazo de salida que marcaba el inicio del fin de semana: terrazas llenándose, risas tempranas, promesas de noches largas flotando en el aire. Él, en cambio, avanzaba a contracorriente, con la urgencia clavada en el pecho.

Tenía que llegar cuanto antes al restaurante. Su novia estaba allí, encerrada en el baño, atrapada en algo que no alcanzaba a comprender, pero que intuía oscuro y pesado. No sabía qué había ocurrido ni por qué había acabado así, pero eso no importaba. Lo único real era sacarla de allí.

No le preocupaba enfrentarse a sus amigas, aun sabiendo que nunca le habían tenido demasiada simpatía. Podían mirarlo como quisieran, juzgarlo en silencio o en voz alta. Él solo quería llegar hasta ella, rescatarla de lo que fuera que la estuviera rompiendo por dentro, llevársela a casa y cerrar la puerta. Quedarse juntos en ese refugio compartido donde, al menos por un rato, el mundo no pudiera alcanzarlos.

Como el Litio, almacenando la energía de una tensión que no puede durar siempre, listo para alimentar el siguiente impulso o estallar al primer contacto. Esta historia continuará...
 
Gabi ha hecho lo correcto y espero que hablando lo arreglen porque los 2 se aman.
PD: Mañana toca el Berilio, si no recuerdo mal.
¡Correcto Sr. Carlos! El alumno más aplicado de clase. Aprendan los demás si quieren ser algo en la vida. (Poner voz de profesor de química jajajaja)

Toca Berilio, el cuarto elemento... Y lo relacionaremos con los problemas del amor.
Amor (Be)lico lo he titulado... a ver que pasa.

Un abrazo!
 
Creo que está noche es un punto de inflexión y la prueba definitiva del amor que hay entre Gabi y Sofía al ir a por ella sin importarle lo que piensen sus amigas.
Gabi va a demostrar está noche que para el lo más importante es Sofía y van a hablar, aclarar las cosas y creo que van a cerrar la noche con un sexo salvaje que es lo que necesitan
De hecho creo que siguen juntos como se relata al principio del relato y creo que la otra pareja que se va a formar es entre Nico y Laia.
De hecho, creo que aquí está claro que estos 4 van a descubrir algo muy importante y por eso son perseguidos.
Tampoco descarto que sean perseguidos porque han descubierto algo comprometido para la empresa y los quieren hacer "desaparecer".
 
Creo que está noche es un punto de inflexión y la prueba definitiva del amor que hay entre Gabi y Sofía al ir a por ella sin importarle lo que piensen sus amigas.
Gabi va a demostrar está noche que para el lo más importante es Sofía y van a hablar, aclarar las cosas y creo que van a cerrar la noche con un sexo salvaje que es lo que necesitan
De hecho creo que siguen juntos como se relata al principio del relato y creo que la otra pareja que se va a formar es entre Nico y Laia.
De hecho, creo que aquí está claro que estos 4 van a descubrir algo muy importante y por eso son perseguidos.
Tampoco descarto que sean perseguidos porque han descubierto algo comprometido para la empresa y los quieren hacer "desaparecer".
Me encanta porque eres un romántico empedernido, amigo.
¡Y quedan pocos de esos! ¡Aguante compañero! ✊
 
Capítulo 4. Berilio - Amor (Be)lico

El berilio (Be) ocupa el cuarto lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del berilio con el amor y sus complicaciones, obtenemos el retrato de una relación que es, a la vez, estructuralmente perfecta y peligrosamente difícil de manejar. El berilio no es un metal para principiantes; es el material de los espejos espaciales y de los reactores nucleares: precioso, rígido y, si no se trata con el respeto adecuado, profundamente tóxico.

Las Complicaciones del Amor según el Berilio: La Rigidez del Deseo

1. La Dureza Inflexible (Resistencia Mecánica)

A pesar de ser un metal ligero, el berilio es increíblemente rígido, mucho más que el acero. No se dobla; si la presión es excesiva, simplemente se quiebra. Hay amores que nacen con una estructura de berilio: son tan perfectos y firmes que no admiten la duda ni la flexión. La complicación surge cuando la vida exige compromiso o adaptación. Esto nos enseña que la máxima rigidez es también una fragilidad oculta. Entender que amar con la dureza del berilio significa que, ante el primer desacuerdo profundo, la relación no cede: se rompe en mil pedazos de cristal.

2. El Dulce Veneno (Toxicidad Invisible)
Curiosamente, los compuestos de berilio tienen un sabor dulce, pero el polvo de este metal es altamente tóxico para los pulmones si se inhala. Esta es la complicación más insidiosa del amor. Hay relaciones que tienen un sabor inicial exquisito, un dulzor que embriaga, pero que en el día a día resultan "tóxicas" para el espíritu. Como el berilio, este amor no te mata de golpe, sino que te quita el aliento poco a poco, dificultando que puedas respirar fuera de ese vínculo. Es la lección de que no todo lo que sabe bien es medicina para el alma.

3. La Transparencia Prohibida (Ventanas de Rayos X)
El berilio es único porque es casi transparente a la radiación de alta energía. Se usa para fabricar "ventanas" que dejan pasar los rayos X sin alterarlos. En las complicaciones del amor, a menudo nos volvemos transparentes para el otro de una forma dolorosa. El amor, como el berilio, es aquel donde no puedes ocultar nada; el otro ve a través de ti, detectando tus miedos y radiaciones internas con una claridad quirúrgica. La complicación no es la mentira, sino la falta de una piel que te proteja de la mirada ajena. Es la vulnerabilidad absoluta expuesta bajo una luz que quema.

4. El Esmeralda Prohibido (Gemas y Berilos)
La esmeralda y el aguamarina son, en esencia, cristales de berilio con pequeñas impurezas que les dan color. Sin el berilio, estas joyas no existirían. Las mayores bellezas del amor suelen nacer de sus complicaciones. Al igual que una esmeralda necesita impurezas de cromo para brillar en verde, una relación madura acepta que los conflictos - las impurezas - son lo que le da valor y color al vínculo. Sin la estructura difícil del berilio, el amor sería agua incolora. La complicación es, paradójicamente, lo que convierte un sentimiento común en una piedra preciosa.

5. La Estabilidad Térmica (Corazón Frío)
El berilio mantiene su forma a temperaturas donde otros metales se dilatan o se deforman. Es el material de los telescopios que miran el vacío gélido del espacio. En el amor, la complicación del berilio se manifiesta como una frialdad estructural. Es ese amor que se mantiene "correcto" y estable incluso cuando el entorno es gélido o distante. Es una relación que funciona perfectamente en el vacío, pero que carece del calor humano de los metales más comunes. Es la soledad acompañada bajo una estructura de precisión astronómica.

Conclusión: Las complicaciones del amor, vistas a través del berilio, son la geometría de la resistencia. Es un amor que aspira a la perfección aeroespacial pero que olvida la flexibilidad de lo orgánico. Amar bajo el símbolo del berilio significa reconocer que la belleza y el peligro caminan de la mano: puedes construir un telescopio para ver el fin del universo o puedes perder el aliento en un aire cargado de promesas dulces pero letales. Hay que aprender que para que el berilio sea eterno, necesita ser tratado con guantes de seda y una ventilación constante de libertad.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir.
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Era sábado por la mañana y Madrid hervía como una olla a presión. La primavera agonizaba, pero Mayo aún se resistía a morir, lanzando sus últimas caricias antes de que el verano infernal se abalanzara sobre la ciudad como un demonio con ira ardiente. El aire ya olía a asfalto recalentado, a sol atrapado entre edificios.

Y mientras Madrid estaba a un paso de convertirse en la Cocina del Infierno. Gabi se incorporó de la cama con los oídos aún zumbando. Los pitidos seguían allí, como agujas diminutas recordándole la noche anterior. Sus recuerdos recientes viajaron a cuando cruzó la puerta del Ágora, cuando las amigas de Sofi se abalanzaron verbalmente sobre él como si hubieran estado ensayando el ataque en conjunto. Como si fueran una jauría de leonas defendiendo a su cría de la asquerosa hiena que pensaban que era él.

Cada una lanzó acusaciones, reproches, miradas afiladas como cuchillas. Y entre todas esas bocas torcidas, la voz de Fani resonó con una potencia casi inhumana, como si quisiera pulverizarlo allí mismo. Le echó tantas culpas encima que hubo un instante en que Gabi sintió que era un criminal de guerra. Un genocida. Un Hitler castizo con acento de barrio, indigno incluso de respirar el mismo aire que Sofi. Un monstruo a ojos de todas ellas.

Se dejó caer en el sofá, agotado, la nuca apoyada en el cabezal mientras contemplaba el techo con la mirada perdida. ¿Era de verdad tan terrible como ellas lo pintaban? ¿Era él el problema, la raíz de cada discusión, cada grieta, cada silencio incómodo? La duda se le metió dentro como un insecto inquieto.

Antes de que pudiera seguir dándose dentelladas a sí mismo, Sofi salió de la ducha. Gabi giró la cabeza hacia ella y durante un segundo el tiempo pareció detenerse. El vapor la envolvía, acariciando su piel húmeda como un aura. El cabello mojado, la toalla ajustada a su cuerpo… Sofi parecía una ninfa, una criatura salida de un bosque encantado. Era hermosa. “Es perfecta”, pensó él. Y sin embargo… nada. Ni un impulso, ni un calor repentino, ni el más mínimo temblor en su entrepierna. Solo un cariño inmenso. Y unas ganas enormes de abrazarla, de protegerla, de no perderla.
  • Buenos días, mi vida - sonrió ella, sentándose a su lado y dándole un beso cálido y húmedo en los labios.
Gabi saboreó sus labios, sintió el calor de su cuerpo, aspiró el aroma dulce del champú, sintiendo cómo lo rodeaba. Pero no pasó nada. Ni una chispa.
  • Siento lo de ayer - murmuró Sofi, avergonzada - No se lo tengas en cuenta… ya sabes cómo son.
  • No pasa nada, mi amor - respondió él con una media sonrisa cansada - Sé que nunca les he caído demasiado bien.
Sofi deslizó una mano por su cabello, intentando reconfortarlo.
  • No es eso… - susurró - Solo es que se preocupan demasiado por mí.
  • Ya…
Ella lo miraba con ternura, acariciándolo como si quisiera convencerlo de que todo estaba bien. Él, sin embargo, mantenía la vista baja. Y entonces, de algún rincón escondido dentro de sí, brotó algo. Una urgencia. Un último intento desesperado por salvar un barco que hacía meses estaba haciendo agua. Flotando a la deriva. Amaba a Sofi. Estaba seguro. En lo más profundo de su pecho. Era la mujer de su vida, con la que quería vivir y envejecer. Estaba convencido. Pero su cuerpo… su cuerpo no opinaba lo mismo.
  • ¿Qué nos está pasando? - preguntó de pronto, mirándola directamente.
  • Es solo un bache, Gabi - respondió Sofi con suavidad - Todas las parejas pasan por uno. Pero vamos por buen camino, ¿vale? La terapia…
  • La terapia no sirve para nada, Sofi - la interrumpió - Esa psicóloga es una saca cuartos que nos dice lo que queremos oír mientras sigamos pagando.
Sofi frunció el ceño y retiró la mano.
  • ¿De verdad piensas eso?
  • ¡Pues sí! Llevamos… ¿cuántas? ¿Cinco sesiones?
  • ¡Tres!
  • ¿Qué más da? No ha cambiado nada. Seguimos igual.
  • A veces los resultados tardan en llegar - dijo ella intentando calmarlo - Marga ya nos lo advirtió, ¿recuerdas?
Gabi soltó un bufido burlón.
  • Cuanto más tarde mejor para ella, ¿no? Esa pesetera solo piensa en los billetes, Sofi.
  • Si no crees en la terapia, claro que no va a servir de nada - Sofi se levantó del sofá, molesta - A veces pienso que no quieres arreglar lo nuestro.
  • ¡No es eso! - contestó siguiéndola hasta el dormitorio - Pero creo que podríamos solucionar nuestros problemas aquí, en casa, sin tener que proclamarlos a los cuatro vientos.
Sofi empezó a vestirse a toda prisa, con los movimientos torpes de la rabia.
  • ¡Ahora lo entiendo!… Lo que de verdad te molesta no es nuestra relación, sino que les haya contado a mis amigas nuestro problema. Lo que te jode, en realidad, es lo que mis amigas dicen de ti… Que eres un…
Se enmudeció de golpe, bruscamente. Como si intentara volver a meter aquella palabra dentro de su garganta, antes de que pudiera ser escuchada. Gabi la agarró del brazo.
  • ¿Que soy qué? ¡Dilo!
  • Da igual, Gabi - refunfuñó soltándose de su agarre y dándole la espalda.
Él dio un paso adelante, colocándose frente a ella, obligándola a mirarlo a los ojos.
  • Dilo… ¿Qué dice la zorra de Fani? ¿Cómo me llama ese pedazo de puta?
Sofi explotó.
  • ¡Picha floja! ¡Dice que eres una picha floja!
Se calzó los zapatos casi sin abrocharlos y salió disparada hacia la puerta.
  • ¡¿A dónde vas?! —gritó él.
  • ¡No lo sé! - respondió ella más fuerte con las llaves en la mano.
Y otra vez, la situación parecía repetirse de nuevo. Ella huyendo. Él quedándose quieto, atrapado en sus propios quebraderos de cabeza. Pero no estaba dispuesto a permitirlo esta vez. Gabi salió corriendo tras ella. La puerta quedó abierta de par en par tras su espalda, mientras ambos entraban en el ascensor, el aire entre ellos cargado, casi eléctrico, como si Madrid entero se hubiera metido en ese cubículo a hervir.

Sofi marcó la planta baja. Gabi, sin pensarlo, pausó el ascensor. Ella volvió a ponerlo en marcha.
Él lo detuvo otra vez. Y así siguieron, pulsando botones como si en cada presión intentaran imponer su voluntad sobre el otro. La luz blanca del techo centelleando, el ascensor temblando bruscamente, el aire espesándose entre ellos. Sus miradas clavadas, duras, encendidas. Cada vez más cerca. Cada vez más rabiosos. Sus respiraciones chocaban en el espacio reducido como dos animales acorralados. Sus cuerpos, al principio rígidos, comenzaron a buscarse casi contra su voluntad, como si una fuerza primitiva, más antigua que la rabia, más profunda que la razón, tirara de ellos hacia adelante.

Y entonces ocurrió. No fue tierno. No fue suave.
Fue un desbordamiento.

El Vesubio entrando en erupción.
Pompeya reducida a cenizas.

Como si el ascensor no estuviera bajando, sino cayendo en picado; como si cada segundo fuera el último antes del impacto. Se besaron con una urgencia feroz, desesperada, una explosión contenida desde hacía meses que por fin encontraba un resquicio por donde escapar. Las manos se aferraron al otro sin pensar, sin calcular. La ropa cedió con furia, los cuerpos semi desnudos y calientes liberados al fin. Los errores, los reproches, la terapia, las inseguridades, los silencios incomodos… todo quedó fuera. Tras esas puertas metálicas que ya no existían para ninguno de los dos.

No había problemas. No había futuro.
Solo dos cuerpos jóvenes, heridos y enamorados, aferrándose el uno al otro como si así pudieran salvarse de sí mismos.

Como si aquel pequeño cubo de acero suspendido en mitad del edificio fuese el único lugar del planeta donde todavía podían recordar por qué seguían juntos. Y por un instante, solo uno, la ciudad, el mundo entero, dejó de existir.
  • ¡Perdonen, jóvenes! ¿Suben o bajan?
La voz cascada irrumpió como un cubo de agua fría. Los locos amantes se giraron al instante, aún desordenados, con la respiración entrecortada y los labios húmedos. Gabi reaccionó por instinto: rodeó a Sofi con el brazo, tratando de cubrirla como podía, ocultándola del anciano que sostenía la puerta con una sonrisa amable e ingenua, casi pastoral. Sofi, en cambio, se quedó blanca durante un segundo; luego, la vergüenza la golpeó de lleno. Se puso tan roja que parecía iluminar el ascensor por sí sola. Sin levantar la vista del suelo, comenzó a vestirse atropelladamente, recogiendo ropa y orgullo a la vez.

Cuando logró cubrirse lo justo, escapó como un relámpago hacia la calle, sin mirar atrás. Gabi intentó reaccionar, salir corriendo tras ella, pero no tuvo tiempo.
  • Con su permiso, hijo - dijo el anciano, entrando al ascensor como quien entra a un salón de té - Tercero, por favor.
Pero Gabi no reaccionó. Estaba petrificado, como si fuera el mismo Perseo y hubiera mirado directamente a Medusa. Un Perseo, eso sí, con una erección de caballo. El anciano pulsó el botón él mismo, acomodándose el periódico deportivo bajo la axila con aire satisfecho. El ascensor cerró las puertas con un ‘Ding’ ridículamente inoportuno. Y allí quedó Gabi: despeinado, excitado, con la camiseta arrugada y el pulso aún desbocado. El viejo lo observaba sin una pizca de pudor, con aquella sonrisa eterna que parecía sacada de un anuncio de jubilados felices.
  • Ay, la juventud… - murmuró el anciano, guiñándole un ojo - Qué envidia me dais.
Gabi deseó que la tierra lo tragara. Y con esa mezcla de bochorno, vértigo y una euforia que no terminaba de comprender, regresó a casa.
Cruzó el umbral y cerró la puerta de golpe. El eco resonó por todo el piso, como si también necesitara sacudirse lo que acababa de pasar. Se quedó quieto allí, apoyado contra la madera, respirando hondo, los ojos muy abiertos… y una sonrisa, pequeña pero irreprimible, estirándole las comisuras.

“¿Qué demonios acababa de pasar?”, pensó sin comprender nada.

Pasó minutos, o quizá horas, pegado a la puerta. Gabi no sabría decirlo. Solo sentía un cosquilleo caliente en el pecho, un temblor vivo que le recorría el cuerpo como si algo se hubiera reactivado en su interior. La escena del ascensor se repetía en su mente una y otra vez: las manos, los besos, los cuerpos pegados, la furia, el deseo que había brotado sin permiso después de meses de vacío. Pero…

¿De dónde había salido esa pasión perdida? ¿Y por qué justo ahora?

Tragó saliva. Bajó la mirada. Lo sentía en la piel, en el pecho, en los pensamientos… y, esta vez sí, también en su entrepierna. Un hambre antigua, casi olvidada, ardía ahora sin permiso alguno. Sofi. Solo Sofi. La única que le hacía perder los nervios y encontrarse a sí mismo al mismo tiempo.

Quizá, pensó, el problema llevaba demasiado tiempo complicándose.
Quizá lo estaban enfocando mal. Quizá… era mucho más simple.

Romper la rutina. Encenderse donde no tocaba.
Sorprenderse. Peligro, adrenalina, lugares indebidos.

Tal vez eso era lo que necesitaban para reconocerse de nuevo. Para volver a ser quienes eran al principio. Para que sus cuerpos hablaran antes que sus miedos. Un pensamiento, claro y directo como un fogonazo, lo atravesó de pronto.

¿Y si aquella era la clave? ¿Y si lo único que necesitaban era… vivir un poco más al límite?

Gabi abrió los ojos del todo, como si de repente algo encajara. La idea era temeraria, peligrosa, absurda incluso… pero sentía en su pecho una determinación que hacía semanas no tenía.

Sobre todo, un deseo feroz de volver a verla. De volver a sentirla.

Y mientras él se aliviaba en la soledad de su casa, esta vez sin necesidad de pensar en nadie más que ella, Sofi caminaba deprisa por las calles de Madrid. Aún sentía el rubor en las mejillas, una mezcla de vergüenza y euforia que le recorría el cuerpo como un cosquilleo eléctrico. No tenía rumbo ni destino; simplemente avanzaba, ligera, dejándose llevar por la felicidad inesperada de aquel día luminoso.

El sonido de una notificación la sacó de su nube. Rebuscó en el bolso y sacó el móvil. Era un audio de Fani.

«Hola, chocho… Oye, solo quería decirte que siento lo de anoche. Se me fue la olla. Entiendo que estés mosqueada, pero me gustaría hablar contigo cuando… quieras. Llámame, ¿vale? Te quiero mucho».

Sofi no lo dudó. La alegría le desbordaba el pecho y lo primero que quiso hacer fue compartirla con su mejor amiga. Grabó un audio al instante, sin frenar el impulso.

«Tía, tía, tía… No te vas a creer lo que ha pasado. ¿Dónde estás? ¿Puedes quedar? Yo estoy cerca de Capricho. Dime algo. Te quiero».

Aquel día, que había comenzado con un sol radiante y un cielo limpio sobre Madrid, fue deslizándose con suavidad mientras Sofi caminaba deprisa hacia el punto donde había quedado con su amiga. Cuando por fin se encontraron, apenas hizo falta decir nada: un abrazo largo, apretado, derritió cualquier resto de tensión. Las palabras vinieron luego, entre risas tímidas y disculpas atropelladas, como si ambas hubieran estado conteniendo la respiración desde la noche anterior.

Pasaron las horas sin que se dieran cuenta. Se sentaron en una terraza, compartieron una bebida fría, y Sofi terminó por soltarlo todo: la buena noticia, el motivo de aquella felicidad que le iluminaba la cara. Fani chilló, la zarandeó de la emoción, volvió a abrazarla. Y después siguieron hablando, comieron y rieron juntas; luego pasearon sin prisa, dejando que la ciudad se fuera transformando a su alrededor.

El cielo pasó del azul claro a un anaranjado cálido, y más tarde a un violeta profundo. Las primeras luces de las farolas encendieron un brillo dorado sobre los edificios y los cristales de los coches. La noche llegó sin ruido, como si no quisiera interrumpirlas.

Cuando Sofi se despidió de Fani, ya con la luna asomando entre los tejados, sintió un hormigueo nervioso en el estómago. Era absurdo, se decía, pero la sensación era idéntica a la de una primera cita. Con cada paso que daba hacia su portal, el pulso se le aceleraba un poco más. ¿Y si Gabi estaba despierto? ¿Y si estaba pensando en ella? ¿Y si…?

Abrió la puerta de casa. Una oscuridad omnipresente la envolvió. Y un silencio suave, casi expectante, se extendió por el pasillo. Sofi frunció el ceño, dejó las llaves en la entrada y llamó en voz baja:
  • ¿Gabi…? ¿Estás en casa?
Nada.
Un silencio absoluto.

Avanzó despacio, con el corazón golpeándole en el pecho. La única luz era la que se colaba desde la calle, fría y pálida. Pero al entrar en el comedor, el mundo pareció detenerse.

Sofi se quedó inmóvil.

La habitación estaba iluminada únicamente por un puñado de velas repartidas por la mesa y por el mueble del fondo. Las llamas danzaban suavemente, proyectando sombras cálidas sobre las paredes. En el centro, una mesa para dos: platos blancos, copas finas, cubiertos perfectamente colocados… y una botella de vino abierta, respirando. Sobre los platos, dos porciones de algo que todavía desprendía un hilo de vapor. Un pequeño jarrón con flores frescas, pequeñas, humildes, pero cuidadosamente escogidas, completaba la escena.

Todo olía a cena recién hecha y a algo más: a intención, a cariño, a un gesto que se había pensado demasiado. Entonces, Sofi sintió los brazos de él envolviéndola por detrás. Escuchó su respiración, el calor de sus labios cerca de su cuello, la piel erizada. Cerró los ojos, sonriendo y creyó que el mundo entero se le llenaba de luz.

La música jazz flotaba en el aire, deslizando sus notas improvisadas por el comedor como si fueran hilos invisibles que envolvían cada rincón. Cada acorde se mezclaba con el olor del vino y el aroma cálido de la comida recién hecha, creando un ambiente íntimo y delicado, suspendido en el tiempo. Las luces de las velas temblaban al ritmo de la melodía, proyectando sombras suaves que bailaban por las paredes. Era un jazz lento, sensual, cargado de pausas que dejaban respirar a los silencios entre los dos. Cada nota parecía acariciar los contornos de la mesa, recorriendo los platos, los cubiertos y el cristal de las copas, hasta posarse finalmente sobre Sofi, que apenas podía creer lo que veía.

El sonido se enroscaba en la habitación, entrando en la piel y en los pensamientos, llenando el espacio de una complicidad silenciosa. Era como si el mundo entero se hubiera quedado afuera y solo quedaran ellos dos, respirando el mismo aire, escuchando la misma música y sintiendo la misma emoción contenida. Cada compás parecía hablar sin palabras, susurrando promesas, recordando gestos pasados, anticipando lo que estaba por venir. Sofi notó un nudo cálido en el pecho, un temblor leve, y a Gabi que había aparecido desde la penumbra del comedor, con una sonrisa tímida y ojos que decían más de lo que cualquier palabra podría expresar.

La melodía seguía su curso, improvisada pero perfecta, como las caricias que acababan de vivir y la cena que estaban a punto de compartir.
  • ¿Te gusta? - preguntó él, sin dejar de sonreír, como si estuviera esperando su veredicto con un miedo infantil.
  • ¿Lo has hecho tú? - murmuró Sofi, llevando el tenedor a los labios con cuidado, casi como si saboreara cada esfuerzo suyo.
Gabi asintió, los ojos brillándole de orgullo y nerviosismo a partes iguales. La carne estaba poco hecha y le faltaba un punto de sal, pero Sofi decidió que no importaba; aquel no era un momento para críticas, sino para complicidades.
  • Está riquísimo, mi vida… - dijo, acercándose a él con una media sonrisa, mirándolo profundamente - Pero dime… ¿por qué has preparado todo esto? ¿Qué celebramos?
Gabi apoyó los codos sobre la mesa, acercándose un poco más. Sus dedos rozaron accidentalmente los de Sofi cuando alcanzó la copa de vino. Ambos retiraron la mano al mismo tiempo, pero ninguno apartó la mirada.
  • Podríamos decir que celebramos… - comenzó, haciendo una pausa estratégica, con un brillo travieso en los ojos - … el simple hecho de estar aquí, los dos, ahora.
Sofi arqueó una ceja, divertida, mientras masticaba despacio.
  • Ah, sí, claro… - susurró, dejando que la frase flotara entre ellos - ¿Nada más?
  • Nada más - replicó él, su voz bajando un tono, apenas un murmullo que se perdió entre los compases de jazz que llenaban la habitación.
Ella dejó el tenedor sobre el plato y se inclinó ligeramente hacia él, como si quisiera escucharlo mejor, aunque no había nada que escuchar. Solo querían sentir la presencia del otro, la electricidad contenida en un roce de manos, un gesto, una sonrisa cómplice. Gabi sonrió y levantó suavemente la copa de vino, invitándola a hacer lo mismo. Sus dedos se rozaron otra vez, esta vez sin intención de separarse. Sofi correspondió, dejando que la burbuja de tensión creciera entre ellos.
  • Entonces… ¿brindamos por nosotros? - preguntó ella, manteniendo la mirada fija en la suya.
  • Por nosotros - repitió él, con un dejo de risa contenida, y chocaron suavemente las copas.
Se hizo un silencio delicioso. Sofi apoyó la barbilla en la palma de la mano, inclinando la cabeza, estudiando su expresión. Gabi jugueteaba con la servilleta, doblándola y desdoblándola nervioso. Cada gesto parecía una conversación en sí mismo: la forma en que el cuerpo de él se acercaba, cómo sus ojos seguían los movimientos de ella, cómo Sofi se mordía ligeramente el labio al notar que el espacio entre ellos se acortaba.
  • Sabes - empezó ella con voz suave - podríamos pasar toda la noche así, sin decir nada, y aun así sería perfecto.
  • Lo sé - contestó él, bajando la voz - Y creo que eso es exactamente lo que hace que lo nuestro sea especial.
Se miraron en silencio, sonriendo de manera cómplice, jugando a un delicado vaivén de acercamientos y retrocesos, un juego que no necesitaba palabras. Los labios rozándose apenas en un gesto fingido de prueba, los dedos entrelazándose y soltándose, las miradas que decían más que cualquier poema.

La cena seguía intacta, olvidada por unos instantes, mientras la música flotaba sobre ellos, convirtiendo aquel comedor en un pequeño escenario donde la única obra era la tensión, la seducción y el juego interminable de dos amantes que se redescubrían.

De repente, un sonido brutal irrumpió en la habitación: el teléfono fijo sonó, fuerte y devastador.
Y aquel juego al que jugaban nuestros dos jóvenes enamorados y al que los Napolitanos llamaban, acertadamente, “il gioco dell’amore”, se desvaneció por completo.

El jazz, que hasta entonces flotaba dulce y envolvente, desafinó de golpe, cortando cada nota como si alguien hubiera partido el hilo de la melodía en dos. La complicidad que colmaba la habitación se resquebrajó en un instante, dejando un espacio helado entre ellos.

Gabi sintió cómo todo el calor desaparecía, cómo la burbuja que habían creado se disolvía al contacto con la realidad. Sofi alargó el brazo hacia el teléfono, pero cada segundo que pasaba parecía un desafío. Él la observaba en silencio, con el ceño ligeramente fruncido, sintiendo que el destino tenía un extraño sentido del humor: siempre arruinando los momentos en que estaban a punto de entregarse por completo.
  • ¿Hola…? - la voz de Sofi tembló apenas al coger el auricular - ¡Ah!… Hola mamá.
Gabi arqueó una ceja, inclinando la cabeza. La mención de “mamá” le hizo encogerse un poco por dentro. No hacía falta escuchar más; conocía la historia, la que se repetía demasiados domingos para su gusto. Sofi estaba recordando algo que había olvidado, algo que la devolvería al mundo de los compromisos y las obligaciones familiares.
  • Mañana… sí, sí, claro, a la hora de siempre - Sofi hizo una pausa, mordiéndose el labio - Sí… lo siento, se me había olvidado…
Gabi vio cómo ella lo miraba, un gesto sutil pero inequívoco. Su mandíbula se tensó levemente y los hombros se encogieron como si ya pudiera anticipar la conversación que vendría después.
  • Sí, mamá, esta vez vendremos los dos - La voz de Sofi era dulce, pero al mismo tiempo contenía una leve presión, una mezcla de obligación y resignación.
Gabi respiró hondo, con una sensación de incomodidad que se instaló de inmediato. La mujer al otro lado de la línea no era precisamente una aliada; más bien un pequeño campo minado de críticas, de comparaciones malévolas y de miradas llenas de desprecio, que siempre dejaban huella. Sofi cerró los ojos un instante, suspirando mientras confirmaba los planes. Él observaba en silencio, escuchando solo la voz de ella, sintiendo cómo la magia de la noche se evaporaba poco a poco. Por un instante, los gestos, las miradas insinuadoras, el calor compartido… todo quedaba suspendido entre ellos, como una burbuja a punto de romperse del todo.

Cuando finalmente colgó, no fue necesario que Gabi dijera nada, su expresión lo dijo todo: una mezcla de fastidio y resignación. Sofi solo lo observó, con el teléfono aún en la mano, mientras la melodía de jazz trataba de recomponerse en el aire, torpe y desafinada, como ellos mismos tras la llamada.

Sofi dejó el teléfono sobre la mesa, exhalando un suspiro. Deseando volver a aquel refugio que habían construido antes de la inoportuna llamada.
  • Bueno… ¿Por donde íbamos? - preguntó, con una media sonrisa, acercándose a él.
Gabi la miró con los brazos cruzados, el ceño fruncido.
  • ¿De verdad tengo que ir? - preguntó refunfuñando.
  • ¡Venga cari! No empecemos a discutir, te lo pido por favor.
  • No quiero discutir, mi vida - contestó él, acercándose y sujetándola de la mano - Pero es que… ya sabes que no puedo con…
  • Ya vale, déjalo… No pensemos en eso ahora. Disfrutemos el momento. ¿Recuperamos lo de antes o no?
  • No sé si se puede, Sofi. Tu madre… - hizo una pausa, apretando los labios - me saca de quicio.
Sofi rodó los ojos y se echó para atrás, como si se hubiera llevado un baño de realidad.
  • ¿Por qué eres así? - exclamó - Se que mi madre es un poco… lunática, pero…
  • No es solo eso - interrumpió él, levantando la voz más de lo que quería - Es su manera de juzgarlo todo. Cada decisión que tomo, cada palabra que digo… - se quedó callado un segundo, frustrado - …Todo lo que hago. No lo soporto. Me odia, Sofi. La loca de tu madre me odia.
Sofi frunció el ceño, claramente ofendida.
  • ¡Gabi! ¡Es mi madre de quien estás hablando! No puedes hablar así de ella.
  • ¡¿Pero ella si puede hablar de mí como le plazca?¡ ¿Es eso lo que dices?
  • ¡Suenas como si yo tuviera que elegir entre tú y ella!
  • ¡Porque muchas veces lo parece! - replicó Gabi, respirando con dificultad, intentando calmarse - No entiendo cómo puedes permitir que me trate como una mierda ¿Por qué la defiendes?
Sofi se cruzó de brazos, la mirada dura.
  • ¡No la defiendo! Pero es mi madre, Gabi. ¿Que quieres que haga? A veces… Eres tan… tan… - se quedó sin palabras, incapaz de expresar todo el enfado que sentía.
  • ¿Tan qué…? - preguntó él, con una mezcla de incredulidad y rabia contenida.
  • ¡Tan insoportable! - estalló ella finalmente - ¡Siempre estás criticándola, siempre con cara de fastidio cuando subimos a la Sierra! ¿Es que no puedes controlarlo ni cinco minutos? O al menos fingirlo como un novio normal…
Gabi se acercó, bajando la voz, pero con la tensión aún palpable.
  • Sofi… ¿quieres que sea sincero? No puedo con ella. Me saca de mis casillas. Me dan ganas de salir corriendo cada vez que la escucho hablar. La última vez que subimos, estuvo todo el día hablándome de tu ex. De lo buen chico que era, tan trabajador, tan triunfador…
Sofi lo miró, la mandíbula apretada, y el calor de la frustración subió rápidamente.
  • ¿Y qué quieres que haga? ¿Que la odie por ti? ¡Porque no lo voy a hacer!
  • ¡No lo entiendes, Sofi! - gritó Gabi, golpeando ligeramente la mesa - No te pido que la odies, simplemente te pido que entiendas que tu madre y yo, no encajamos. Y que no voy a subir mañana a la Sierra para que me amargue el domingo entero.
Sofi lo miró un segundo, y la chispa de ira se convirtió en un fuego más grande.
  • Pues enhorabuena, Gabi… ¡acabamos de perder la magia de la noche! - dijo, levantando la voz, las manos en la cintura - ¿Sabes? Ya no quiero que intentemos “recuperar lo de antes”.
Gabi bajó la cabeza, respirando con fuerza, mientras sentía cómo la frustración le subía por la garganta.
  • Vale… - murmuró - Perfecto. Se acabó entonces.
Sofi dio media vuelta, caminando hacia el dormitorio con pasos decididos.
  • ¡Ah! Y una cosa más - dijo levantando el dedo y señalando la mesa - ¡Que sepas que la carne esta poco hecha y sosa! ¡Y odioooo… el putoooo… Jaaaaaazz!
Sofi dio un fuerte portazo, mientras Gabi bajó la mirada, la mandíbula tensa, el corazón golpeando en el pecho. La música flotaba ahora torpe y desafinado por toda la sala, y él entendió que, por mucho que quisiera recuperar el momento, la noche ya había terminado. El silencio que quedó entre ellos era pesado, cargado de reproches y ganas de seguir discutiendo, mientras las sombras de las velas parecían jugar entre las sombras como testigos de la tensión imposible de ignorar.

Gabi no necesitó que Sofi se lo dijera. Lo entendió en cuanto vio cómo ella desaparecía, sin mirarlo, sin una palabra más, dejando tras de sí un portazo silencioso de esos que no hacen ruido, pero que lo dicen todo. Suspiró, dejando caer los hombros.
  • Esta noche… toca sofá - murmuró para sí, con una sonrisa amarga.
Se quedó allí plantado un buen rato, mirando la mesa como si fuera un pequeño monumento a su fracaso. Los platos todavía llenos, la carne enfriándose y secándose, las velas consumidas a medias, la botella abierta, el jazz improvisado haciendo piruetas inútiles por el aire. Todo aquello que había preparado con ilusión, con nervios, con ganas de recuperar algo… ahora parecía un escenario abandonado después de una obra que nadie aplaudió. Sabía que esa comida ya no se iba a salvar. Sabía que acabaría en la basura. Y aun así no podía apartar la mirada, como si contemplar su propio esfuerzo desperdiciado fuera parte del castigo.

Finalmente, estiró el brazo y apagó la música. La melodía murió de golpe, dejando un silencio frío y tenso. Después sopló las velas una a una, viendo cómo el humo subía como pequeños fantasmas que se deshacían en la oscuridad. El salón quedó sumido en penumbra, y con él también todo lo que había intentado construir esa noche. Cogió la botella de vino casi llena, la cajetilla de tabaco medio vacía, y se dirigió al despacho arrastrando los pies. Cerró la puerta sin hacer ruido, encendió la bombilla del escritorio, un brillo solitario y triste, y se dejó caer en la silla con un suspiro largo, como si llevara días agotado.

Encendió el ordenador, el ventilador interno dejó un zumbido continuo que llenó la habitación.
Se acercó la botella a los labios y bebió un trago largo, de esos que queman en la garganta y aflojan los músculos. Luego encendió un cigarro y lo dejó reposar en el cenicero, donde empezó a soltar una espiral de humo lento y espeso que se elevaba hacia el techo. Se quedó mirando la pantalla, la mente en blanco, el corazón pesado. Y aquel despacho, que otras veces había sido hogar de risas y diversión, ahora se sentía como un sitio donde uno iba solo cuando ya no le quedaba nada más que hacer.

Sin previo aviso, una notificación estalló en la habitación como un pequeño latigazo digital: ‘Plin’
Gabi, con la botella aún pegada a los labios, entrecerró los ojos y, sin mover siquiera el cuello, estiró la mano hacia el ratón. Hizo ‘clic’, la ventana se abrió. Y el nombre que leyó, encendió algo dentro de él. Una sonrisa se le escapó sin permiso. Apartó por fin la botella de sus labios, dejándola en el escritorio con un golpe suave, y comenzó a escribir, mientras el cigarro se consumía.

<LaLa> ¿Pero qué haces jugando un sábado por la noche, manco?
<LaLa> ¿Te has conectado para volver a perder al LoL o qué?
<GGG> Oye oye, que yo no pierdo tanto, y si lo hago es con estilo
<GGG> Y no estoy jugando… solo ando por aquí, matando el tiempo
<LaLa> JAJAJA sí, claro
<LaLa> Seguro que te ha humillado un bot o un niño coreano de 12 años
<LaLa> Venga va, confiesa
<GGG> Qué pesada eres xD
<GGG> No he jugado hoy
<GGG> Solo he entrado porque tengo una noche de mierda, básicamente
<LaLa> ¿Otra?
<LaLa> Te dije que jugaras de ADC, que lo de Jungla te queda muy grande, amigo
<GGG> ¡Y daleeeeee! ¿No te cansas verdad?
<LaLa> Venga no te mosquees conmigo. ¿Que ha pasado?
<GGG> Nada… una discusión con mi novia
<LaLa> Primera noticia de que tuvieras novia XD
<LaLa> ¿Y por qué habéis discutido, si se puede saber?

Gabi parpadeó un par de veces, respiró hondo y dejó que los dedos hablaran por él.

<GGG> Hice una cena romántica, monté todo… velas, música, vino. Quería arreglar las cosas. Y justo cuando estábamos conectando de verdad…llamó su madre.
<LaLa> ¡Ostia! Perdona… No sabia que tuvierais problemas
<GGG> No pasa nada, tranqui XD
<LaLa> Uff… vale. Ya entiendo. La jefa suprema. Los suegros son un asco XD
<GGG> Ni que lo digas, lo echó todo a perder, todo. Y luego Sofi intentando volver al mood y yo… yo no pude. Acabamos discutiendo otra vez. Y ahora estoy aquí, castigado en el despacho <GGG> Literalmente
<LaLa> Joder, Gabi… Lo siento
<GGG> A veces siento que haga lo que haga… nunca sale bien.

Hubo unos segundos sin respuesta. Gabi sintió el silencio como un pequeño abrazo.

<LaLa> ¡Eeeeh! manco deprimido, escucha. No eres tú solo. Las relaciones son un caos
<LaLa> Si no que me lo pregunten a mí. Que me duran los novios dos telediarios XD
<LaLa> Además… la cena esa sonaba bien. Demasiado buena para que no funcione algún día. Tú sigue intentándolo, como lo intentas en el LoL y algún día ganaras la partida

Gabi bajó la mirada y sonrió, esta vez con un poco más de verdad.

<GGG> Gracias, Laia. No sé cómo lo haces, pero siempre sabes qué decir
<LaLa> Es que soy lista
<LaLa> Y guapa
<LaLa> Y gano más partidas que tú
<GGG> JAJAJAJA
<LaLa> Vamos, un pack completo
<GGG> Tampoco exageres…
<LaLa> Cállate y admite que te he sacado una sonrisa.

Gabi miró la botella, miró el cigarro consumiéndose en el cenicero, miró la pantalla.
Y tecleó:

<GGG> Sí. Me la has sacado
<LaLa> Pues ya está. Para eso estoy, manco

Cuando la conversación se frenó unos segundos y la pantalla quedó iluminando su rostro cansado, Gabi se dejó caer un poco en el respaldo de la silla. El humo del cigarro subía lento, en espirales, como si quisiera dibujar sus pensamientos en el aire.

Pensó en Laia. No sabía en qué momento se había convertido en alguien tan especial. Si apenas la acababa de conocer. Pero le resultaba tan sencillo hablar con ella. Sin ruido, sin juicios, sin dramatismos. Con ella todo fluía. Si se equivocaba en una partida, se reían. Si estaba triste, como ahora, ella sabía detectarlo sin necesidad de demasiadas explicaciones. No había que medir cada palabra, ni pensar si algo se malinterpretaría. Con Laia no tenía que impresionar a nadie, no tenía que aparentar nada. Solo era Gabi, y eso bastaba.

Se sorprendió a sí mismo deseando algo absurdo y peligroso:
“Ojalá Sofi fuera un poco más como Laia”
“Ojalá nuestra relación fuera tan ligera como una conversación con ella”

Y entonces llegó un pensamiento que le golpeó con un leve escalofrío, casi imperceptible pero real: “Ojalá Laia fuera…”

Gabi frunció el ceño, como si quisiera borrar la idea antes de que se formara del todo. No era un deseo físico, ni una fantasía. Era algo mucho más confuso: la sensación de que, entre mensaje y mensaje, había empezado a nacer un pequeño refugio emocional donde él se sentía mejor que en su propia casa.

No debía pensarlo. No debía sentirlo.
Pero allí estaba.
Suave, diminuto, imposible de ignorar.

Laia le hacía bien.
Tal vez… demasiado.

Como el Berilio, endureciendo la estructura del amor, un metal esmeralda que resiste la presión mientras los cimientos comienzan a temblar. Esta historia continuará...
 
Me encanta porque eres un romántico empedernido, amigo.
¡Y quedan pocos de esos! ¡Aguante compañero! ✊
Muchas gracias porque hoy necesito ánimos.
Estoy muy tocado con la tragedia que pasó ayer en Córdoba con el descarrilamiento de 2 trenes.
Hay casos muy duros como una niña de 6 años que ha perdido a toda su familia.
 
Que pena. Se estaba arreglando y tuvo que llegar la madre a estropearlo.
No descarto para nada que esa Laia sea la propia Sofi.
Sea como sea creo que se van a arreglar las cosas.
 
Muchas gracias porque hoy necesito ánimos.
Estoy muy tocado con la tragedia que pasó ayer en Córdoba con el descarrilamiento de 2 trenes.
Hay casos muy duros como una niña de 6 años que ha perdido a toda su familia.
Si, lo he visto esta mañana en las noticias... que puta lástima.
¡Ánimos compañero!

Que pena. Se estaba arreglando y tuvo que llegar la madre a estropearlo.
No descarto para nada que esa Laia sea la propia Sofi.
Sea como sea creo que se van a arreglar las cosas.

Siempre las malditas suegras tocando los cojones...
Yo hace diez años que no tengo pero aún, ha día de hoy, sigue atormentando en sueños... :ROFLMAO:
¡Un abrazo enorme!
 
Capítulo 5. Boro - (B)endito Domingo

El boro (B) ocupa el quinto lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del boro con el concepto del renacimiento, obtenemos el retrato de una metamorfosis silenciosa pero estructural. El boro no es un elemento que grite su presencia; es el metaloide que, desde las sombras de la tierra, permite que la vida se sostenga y que las ideas cristalicen. Es el elemento de la resiliencia que nos enseña que para renacer, primero hay que fortalecer el núcleo.

El Renacimiento según el Boro: La Estructura de la Nueva Vida

1. El Tejido de la Resurrección (Paredes Celulares)

El boro es esencial para las plantas; sin él, las paredes celulares no pueden formarse y el crecimiento se detiene. Es el pegamento que permite que lo nuevo se mantenga en pie. Renacer no es solo "aparecer" de nuevo; es construir una estructura que aguante el mañana. Es lo que ocurre cuando, tras un invierno personal, empiezas a tejer tus límites y tus valores con una firmeza que antes no tenías. Es el nutriente invisible que te permite volver a brotar, asegurando que esta vez tu tallo sea lo suficientemente fuerte para sostener las flores del futuro.

2. El Escudo ante el Fuego (Vidrio Borosilicatado)
Cuando el boro se une al sílice, crea el vidrio borosilicatado - como el Pyrex-. Este material puede pasar del hielo al fuego sin estallar, resistiendo el choque térmico. Un verdadero renacimiento es aquel que te hace "resistente al choque". El boro nos enseña que renacer no significa volverse invulnerable, sino volverse capaz de soportar cambios bruscos de temperatura emocional. Es la sabiduría de haber pasado por el fuego y haber vuelto a la vida con una estructura que ya no se quiebra ante el estrés, sino que permanece transparente y firme.

3. El Atrapador de Neutrones (Control de la Fusión)
En los reactores nucleares, las barras de boro se usan para absorber neutrones y evitar que la reacción en cadena se descontrole. Es el elemento que calma la tormenta atómica. Renacer exige saber frenar el caos interno. A veces, nuestro renacimiento se ve amenazado por una energía destructiva o una euforia desmedida que puede quemarnos. El boro actúa como el regulador del alma: es la capacidad de absorber los impactos negativos y neutralizarlos para que la energía de tu "nueva versión" sea constante y útil, no explosiva y fugaz.

4. La Dureza del Diamante Negro (Boro Cristalino)
El boro puro es casi tan duro como el diamante, pero mucho más ligero y resistente al calor. Es una joya de ingeniería que no busca ser mirada, sino ser usada. Es humilde pero indestructible. No es el renacer del pavoneo - como el oro o el brillo fácil -, sino el renacer de la sustancia. Es la transformación en alguien que posee una dureza interior inexpugnable. Es la elegancia de quien ha sido presionado por la vida y ha emergido con una densidad espiritual que nadie puede rayar.

5. El Destello Verde (Llama de Identidad)
Cuando el boro se quema, produce una llama de un verde brillante y distintivo. Es su firma única en el espectro. Todo renacimiento tiene un color, una señal de que la identidad ha vuelto a encenderse. El boro nos dice que tu nuevo comienzo será reconocido por tu luz propia. No es la luz blanca común, es un "verde esperanza atómica" que anuncia al mundo que has vuelto, que el proceso de purificación ha terminado y que tu esencia sigue siendo única, incluso después de haber sido reducida a cenizas.

Conclusión: El renacimiento, visto a través del boro, es la geometría del sostén. Es la transición de lo amorfo a lo cristalino, de lo frágil a lo termorresistente. Renacer bajo el símbolo del boro significa entender que el crecimiento requiere nutrición, que la resistencia requiere calma y que la verdadera fortaleza no está en brillar para otros, sino en construir una pared celular propia que nada pueda derribar. No busques renacer como el fénix de fuego, sino como el boro de la tierra: silencioso, estructural y capaz de sostener la vida que apenas comienza.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Dicen que, al tercer día, Jesús volvió a la vida. Que la piedra fue apartada, que la oscuridad retrocedió y que un nuevo aliento se abrió paso entre el polvo. No fue un estallido de luz ni un trueno partiendo el cielo, sino algo más discreto, casi íntimo: un gesto de misericordia que los evangelios narran con la solemnidad de un amanecer.

La Resurrección siempre ha tenido algo de eso: la promesa de que incluso lo que parece roto puede rehacerse; que lo marchito puede recuperar su pulso; que existen segundos comienzos para quienes se atreven a seguir caminando. Pero también es una fecha en la que cada cual carga con su propia cruz, más mundana, más terrenal, menos milagrosa. Gabi era la viva imagen de aquello. Un penitente que carga con su propia cruz. Que afronta el camino que sabe debe recorrer, cargando el peso sobre su espalda.

En la Sierra, el domingo amaneció con ese aire frío que muerde la piel antes de que el sol decida calentarlo todo. Un día tranquilo en apariencia, suspendido entre el olor a leña y el silencio de los pueblos que despiertan despacio, sin prisa. Un día que, como tantos otros, podía traer paz… o simplemente recordar lo lejos que quedaba. Nada en el cielo anunciaba revelaciones. Ninguna señal divina marcaba el camino de Gabi y Sofi. Solo un viaje por hacer, una conversación incómoda que retomar y la sensación, tan humana, de estar cruzando un umbral sin saber muy bien lo que aguarda al otro lado. Porque no todas las resurrecciones se celebran en altares: algunas empiezan en un coche en marcha, dos personas en silencio, y la esperanza tímida, frágil, de que quizá todavía quede algo que salvar.
  • ¿Vas a estar todo el día con esa cara de perro apaleado? - preguntó Sofi en el asiento del copiloto.
  • Al menos estoy aquí ¿no? - contestó Gabi sin apartar la mirada de la carretera - Déjame que sea yo mismo un rato, antes de que tenga que empezar a fingir.
Sofí soltó un bufido grave y se cruzó de brazos. Mientras, la Sierra se desplegaba más allá de la ventanilla como un mural antiguo, áspero y solemne. Los pinos escoltaban la carretera, erguidos y oscuros, dejando caer sombras que se estiraban sobre el asfalto como dedos largos. Entre tronco y tronco aparecían parches de roca gris, viejas cicatrices de la montaña, y más arriba, las cumbres aún guardaban un hilo apenas visible de nieve que resistía al calendario con vehemencia. El cielo era de un azul seco, casi hiriente, y el aire aunque no lo respiraran, tenía esa pureza natural que siempre parecía juzgarlo todo.

Dentro del coche no había música, ni palabras, ni siquiera algún gesto que aliviara el ambiente. Solo ese silencio denso, pesado, que en cualquier momento podía romperse como un cristal bajo tensión. Sofi clavada en su lado, la mandíbula tensa mirando el paisaje sin verlo. Gabi al volante, rígido, exhalando apenas para no dar la impresión de que suspiraba.

El pueblo apareció tras una curva amplia, encajado entre montes bajos y casas de piedra que parecían hechas para resistir inviernos interminables. La calle de la madre de Sofi subía con una ligera pendiente, bordeada de muros de granito y hiedra vieja. Y allí, al final, estaba la casa de Lorena: dos plantas revestidas en piedra clara, ventanas pequeñas con marcos verdes y un tejado rojizo que destacaba contra el cielo. Detrás del vallado se insinuaba la piscina, rectangular, limpia, rodeada de losas de pizarra, reflejando el azul del cielo como un trozo de espejo. A un costado, un pequeño porche con vigas de madera protegía la puerta principal, flanqueada por macetas enormes llenas de lavanda reseca.

Gabi aparcó despacio frente al portón metálico, soltando el volante como quien deja caer un peso. Sofi salió primero sin mirar atrás. Él lo hizo unos segundos después, tragándose el calor, que lentamente empezaba a ser sofocante, sintiendo como se le metía en los pulmones como un aviso. Empujaron el portón que chirrió con un lamento metálico y entraron al jardín. El olor a pino, tierra húmeda y cloro de la piscina los envolvió. Era un lugar tranquilo, casi demasiado. Un sitio donde cualquier tensión quedaba expuesta, sin posibilidad de disfraz. Ni un pájaro, ni un coche, ni un vecino. Solo ellos dos avanzando por el sendero de piedra hacia la puerta de Lorena, dibujándose en la lejanía como el portón del castillo de la bruja malvada, cargando en silencio todo aquello que ninguno sabía cómo decir, sin herir al otro al hacerlo.
  • ¡Mi niñaaaa! - gritó Lorena saliendo de la casa con los brazos abiertos.
La madre de Sofi era un espectáculo por sí sola, una figura casi caricaturesca que avanzaba con energía desbordante. Tan flaca que parecía hecha de alambres tensados bajo la ropa, moviéndose con una ligereza nerviosa, como si en cualquier momento pudiera elevarse del suelo y echar a volar empujada por el viento. El pelo, teñido de un rubio platino casi blanco, le caía en un corte corto y desigual que dejaba ver unas raíces oscuras de varias semanas. Los labios, pintados de un rojo excesivamente intenso, parecían flotar en su cara, destacando más aún con el blanco intenso de sus dientes, cuando sonreía. Su ropa era un caos alegre: una camiseta verde lima con un estampado psicodélico que competía por la atención con unos pantalones anchos color fucsia. Sobre los hombros llevaba un chal en tonos naranjas chillones, como si hubiera decidido vestirse, aquella mañana, con todo lo que el armario no se atrevía a combinar. Y antes de que llegara a ellos… llegó el olor. Un olor denso, vegetal, inconfundible. No era simplemente olor a hierba; era como si la mujer fuera un cogollo ambulante, irradiando ese aroma dulzón y terroso que los rodeó incluso antes de que sus brazos atraparan a Sofi.

Gabi inspiró sin querer y sintió que la nariz se le llenaba del perfume inconfundible. Su novia dejó caer los hombros en una mezcla de resignación y cariño mientras era atrapada por los brazos huesudos de su madre.
  • Mamá… por favor - murmuró casi inaudible - que no puedo respirar…
Pero Lorena ya la estrujaba, riendo y moviéndose como un remolino de colores y olor a marihuana, completamente ajena a la tensión con la que habían llegado a su mansión del suplicio. Después de un tiempo que para Gabi pareció eterno, la lunática madre decidió que ya era suficiente. Soltó a Sofi con un último estrujón y se giró hacia él con una sonrisa tan amplia como inquietante. Gabi enderezó la postura, tragó saliva y forzó una sonrisa educada.
  • Buenos días, Lorena. Te hemos traído esto… - dijo, levantando la botella de vino como si fuera una ofrenda para aplacar la furia de una diosa caprichosa.
Lorena la cogió con dedos finos, casi óseos, y la alzó a la altura de sus ojos entrecerrados. Hizo una mueca con los labios rojos, frunciendo el ceño como una caricatura, mientras leía la etiqueta.
  • Ah… Viña Albali. Ya lo he probado - comentó con un tono que no presagiaba nada bueno.
Gabi sintió cómo el estómago se le retorcía.
  • No es muy allá, ¿eh? - añadió ella con total sinceridad, ladeando la cabeza - Pero bueno, no pasa nada… - y remató con una sonrisa tan falsa que parecía pintada encima del maquillaje - Lo usaré para cocinar.
Él apenas tuvo tiempo de procesar la bofetada pasivo-agresiva que le acababa de lanzar, cuando Lorena lo atrapó en un abrazo. Fue breve, frío, desganado, como si solo lo hiciera por protocolo. Gabi, rígido como un poste eléctrico, contuvo la respiración mientras el perfume a hierba y colonia barata se mezclaba en un cóctel venenoso que le provocó nauseas. Al separarse, Lorena lo recorrió con la mirada de arriba abajo, con esa sonrisa que era más un bisturí que un gesto afectuoso.
  • Has engordado, ¿verdad? - dijo, como quien comenta el tiempo, pero disfrutando cada sílaba.
Gabi sintió cómo la mandíbula se le tensaba. Sin poder evitar apretar los puños. Y ahí estaba, por fin: el domingo de resurrección empezaba… justo como él había temido.

Lorena echó un brazo huesudo por encima de los hombros de Sofi y la arrastró hacia la casa entre risas estridentes. A cada carcajada le estampaba un beso en la mejilla, dejando marcadas dos, tres, cuatro huellas perfectas de su pintalabios rojo nuclear. Sofi intentaba limpiarse disimuladamente, pero su madre no paraba, como una gaviota hiperactiva, picoteando sin cesar.

Él caminaba detrás de ellas, a una distancia prudencial, mirando al suelo y fantaseando con demasiadas formas de cometer un crimen pasional que, por desgracia, no quedaría impune. “Ojalá que la tierra se la tragara… pero fijo que luego la escupe”, pensó. “Si la entierro, la pondré boca a bajo… por si se le ocurre levantarse se vaya aún más pa’ bajo”, sonrió fantaseando. Al cruzar el umbral, el interior de la casa lo recibió como una bofetada aromática: incienso, velas medio derretidas, piedras de sal de tamaños desproporcionados, cuadros psicodélicos de colores imposibles… y amuletos colgando de las puertas que tintineaban cada vez que alguien respiraba fuerte. Era el hogar de una loca, sí, pero de una loca creativa, entregada y claramente muy orgullosa de su desorden espiritual.
  • Venga, ven, que te cuento - rió Lorena, tirando de Sofi hacia la cocina.
Antes de desaparecer, Lorena se giró hacia Gabi con una sonrisa que le provocó acidez.
  • Tú si quieres espera un ratito en el porche, cariño. Así nosotras nos ponemos al día.
“Cariño mis cojones”, pensó él.
  • Perfecto… gracias - respondió con falsa educación.
No necesitó que se lo repitieran. Dio media vuelta y escapó rumbo al porche como un prisionero al que acaban de abrir la celda. Afuera el aire era más limpio, más puro, más suyo. Se sentó en una silla enfrente de una mesa de madera envejecida, donde el barniz hacía años que había renunciado a su función, y dejó caer los brazos sobre la superficie. Frente a él, la piscina azul reflejaba la mañana tranquila de la Sierra. Ni un movimiento, ni una hoja flotando. Un contraste perfecto con el caos que reinaba dentro de la casa. Gabi suspiró, hundiéndose en la silla. Era un domingo de resurrección… pero primero tendría que sobrevivir a la crucifixión.

De repente el agua, que hasta entonces había permanecido inmóvil, se abrió con un chapoteo seco. Gabi dio un respingo en la silla, cogiéndolo por sorpresa. Una figura emergió desde el fondo, rompiendo la superficie con un movimiento fluido. Primero apareció una mano delgada, luego un brazo firme, y finalmente un rostro joven, de rasgos afilados, empapado y brillante bajo el sol firme de la Sierra.
  • Carol… - murmuró Gabi desde la silla, con los ojos muy abiertos.
La hermana pequeña de Sofi, dos años menor, se agarró al borde de la piscina y, con un impulso elegante, sacó medio cuerpo fuera del agua. Las gotas le resbalaban por su piel bronceada, marcando el contorno de sus músculos definidos. Era pura fibra: hombros firmes, vientre plano, piernas fuertes. Llevaba un bikini mínimo, tanto que parecía más bien un tanga que dejaba poco a la imaginación y un top que parecía luchar por mantenerse en su sitio. Su pelo, corto y enmarañado, estaba aplastado por el agua, pero aun así dejaba caer dos pequeñas rastas sobre un lateral del rostro. En la nariz brillaba un aro plateado que le daba un toque de chica rebelde… o directamente salvaje. Gabi parpadeó. No es que Carol fuera su tipo, no tenía un cuerpo lleno de curvas como a él le gustaban, no era ese tipo de belleza; pero había algo en su carácter, en la seguridad con que se comportaba, que resultaba indudablemente atractivo. Se impulsó con los brazos y salió completamente, chorreando, sin parecer en absoluto consciente de que había público.
  • Ho… Hola, Carol - murmuró Gabi, intentando no mirar demasiado y fallando estrepitosamente en el intento.
  • ¡Hola, Gabi! Cuanto tiempo… - exclamó Carol al verlo. Avanzó hacia él con paso lento, casi felino, y una sonrisa tan amplia como peligrosa - No sabía que venías… ¿Cómo va todo, guapo?
Gabi tragó saliva. Aquella simple palabra: ‘guapo’, le cayó encima como un cubo de agua helada… o mejor dicho: hirviendo. Carol se detuvo muy cerca, tan cerca que él pudo oler el cloro mezclado con algo cítrico que llevaba en la piel. Extendió los brazos para saludarlo y él se levantó por inercia, torpe, intentando parecer natural. Se dieron dos besos. El primero en la mejilla derecha: húmedo, frío por el agua que aún escurría de su cuerpo. El segundo en la izquierda: más lento, casi rozándole la comisura de los labios. Carol apoyó una mano ligera en su hombro para mantener el equilibrio, y ese contacto mínimo bastó para que Gabi sintiera cómo todos sus músculos se tensaban como cuerdas de guitarra. Era absurdo. Ridículo. Y sin embargo, su cuerpo reaccionaba como si lo hubieran enchufado a un generador.

La piel caliente de él contra la piel fría de ella. El olor de cloro y juventud, un verano anticipado. El roce, inocente, sí, pero demasiado cercano del bikini húmedo cuando Carol se apartó apenas un palmo, le provocó una erección instantánea. Gabi soltó una risita forzada y retrocedió medio paso, se sentó en la silla de nuevo, disimulando como podía la rigidez incómoda de su entrepierna.
  • E-eh… todo bien - murmuró él, intentando recuperar la compostura - Como siempre… ¿Y tú como estás? - dijo casi afirmándolo, sus ojos bajando hacía su cuerpo irremediablemente - ¡Digo que…! ¿Como va todo?
Carol lo miró con esa sonrisa suya, ladeada, demasiado consciente del efecto que había causado sobre él. Y mientras le ponía al día de su vida, Gabi, por dentro, solo pudo pensar: “Joder… como la empotraba”. El pensamiento simple, pero verdadero, de un hombre heterosexual cuando toda la sangre de su cuerpo se concentra en un solo punto. Ella apoyó su trasero sobre la mesa con naturalidad, como si aquel fuera su lugar desde siempre. Gabi volvió a sentarse en la silla, nervioso, luchando por no bajar la mirada hacia sus muslos. Sacó un cigarrillo de la cajetilla con manos temblorosas, inseguras, y respiró profundamente para calmar el calor que le subía al cuello.
  • ¿Me das uno? - preguntó Carol, ladeando la cabeza y sonriendo.
  • Sí… claro, toma - dijo él, extendiéndole el cigarro mientras él mismo encendía el suyo.
Y entonces, justo cuando estaba a punto de soltar el dedo y apagar la llama, ella se acercó con un movimiento rápido, demasiado cercano, para encender el suyo. Sus ojos se cruzaron por un instante brevísimo, pero hubo algo en esa mirada que hizo que Gabi se estremeciera por dentro

“¿Que ha querido decir con esa mirada?”, se preguntó mientras la vio inclinar la cabeza para aspirar la primera calada, el humo saliendo lentamente por su boca, su silueta de perfil. Gabi se quedó con la boca abierta, el cigarro temblando entre los labios a punto de caer, el dedo aún sobre el mechero, la llama encendida. Y en ese instante se perdió por completo.
  • Te vas a quedar sin gas… - sonrió ella viéndolo ahí petrificado
Gabi apagó rápido la llama, mientras ella rió suavemente al ver su expresión de bobo absoluto. Luego siguió hablando, contándole historias de su vida, anécdotas y ocurrencias. Gabi asentía, fingiendo escuchar, mientras su mente ya no estaba allí: había viajado a un lugar mucho más peligroso, un mundo de fantasías salvajes, prohibidas y demasiado intensas para verbalizar.

El humo de los cigarros se mezclaba con la mañana templada, la luz de la Sierra filtrándose entre los árboles, y Gabi sentía cómo su corazón latía demasiado rápido, como si cada gesto de Carol fuera una caricia directa a su entrepierna. Imaginó levantándola de las piernas, ella cayendo sobre la mesa de espaldas. Él quitándole el tanga desesperado y empezando a comerle su coño húmedo, mientras le sobaba las tetas, apretando sus pezones duros. Imaginó como ella le agarraba de los cabellos, gimiendo llena de placer y le pedía, una y otra vez, que se la metiera hasta el fondo. Imaginó como él se bajaba los pantalones y los calzoncillos…
  • ¿Gabi? - preguntó Carol sin dejar de sonreír, medio tumbada y apoyando un codo en la mesa; moviendo el cigarro entre sus dedos con un gesto lento y calculado.
  • Sí… sí… dime… perdona - respondió él, tratando de mantener la voz firme, aunque sentía cómo el corazón le daba pequeños saltos.
  • ¿Me estabas escuchando? - sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa, como si ya conociera la respuesta antes de preguntar.
  • Sí, claro… - balbuceó Gabi, evitando directamente su mirada.
  • A ver… ¿qué estaba diciendo? - Carol se inclinó apenas hacia él, dejando que el perfume de su piel tersa y morena se colara en su nariz.
  • Eee… estooo… - Gabi dudó, notando cada segundo cómo la temperatura subía en su pecho y su respiración se aceleraba.
  • ¿En qué estabas pensando? - preguntó ella suavemente, con esa sonrisa que lo dejaba indefenso, sabiendo muy bien que él no podía mentir del todo.
  • En nada… solo… - intentó responder, pero se atragantó con el silencio y la intensidad de su mirada.
El aire entre ellos estaba cargado, los segundos parecían estirarse, peligrosos, prohibidos. Gabi sentía cada fibra de su cuerpo alerta, cada pensamiento dirigido a controlar lo que su cuerpo gritaba que no podía. Carol, por su parte, se acomodaba sutilmente, jugando con la proximidad, dejando caer una calada una caricia sobre su hombro y lanzándole miradas que ardían en silencio. Justo en ese momento, como si el universo decidiera intervenir, esta vez a su favor, las voces de Sofi y Lorena irrumpieron en la terraza.
  • ¡Aquí va el aperitivo, chicas! - anunció Lorena, entrando con una bandeja cargada de quesos, aceitunas y pan recién tostado.
El hechizo se rompió de golpe. Gabi respiró aliviado y ella rodó los ojos, mientras su hermana la abrazaba con fuerza, dándole besos en la mejilla y comentando algo sobre lo que ella no mostró ni el más mínimo interés. Carol no dejaba de mirarlo, incluso con su hermana entre sus brazos, aún con un hilo de provocación en la mirada, como si esperara a que él dijera algo. Él, cohibido y consciente de cada segundo, bajó la cabeza y buscó una salida, tratando de concentrarse en la bandeja de quesos y no en su cabeza metida entre sus piernas, encima de la mesa del porche.

El aperitivo quedó sobre la mesa de madera, con la luz de la mañana reflejándose en los vasos y el humo de los cigarrillos que aún flotaba en el aire. La tensión seguía allí, invisible, apenas contenida, mientras Gabi fingía normalidad y Carol jugaba su propio juego de acercamientos sutiles, cada gesto calculado para provocar sin romper del todo la barrera de lo permitido.

Decidieron que el día era perfecto para comer fuera, y así lo hicieron. Prepararon la mesa con mimo: mantel limpio, platos, cubiertos y copas alineados con precisión. Mientras tanto, Gabi intentó colocarse lo más alejado posible del cuerpo del pecado. Se sentó al lado de su novia, y enfrente se acomodaron ellas dos. Lorena enfrente de su hija, Carol enfrente de él. Mientras las tres charlaban animadamente, él se esforzaba por seguir la conversación, interviniendo solo cuando era necesario. Su deseo era que todo pasara rápido, volver al coche y regresar a la ciudad. Pero, por más que lo intentara, no podía quitársela de la cabeza, y aunque no se atreviera a mirarla directamente, percibía claramente cómo sus ojos no se apartaban de él.
  • ¿No te vas a vestir para comer? - preguntó Lorena sirviéndose la ensalada.
  • No - contestó Carol dando un trago al vino - Hace calor…
  • Eso es de mala educación, Carol, ponte algo, anda - añadió Sofi, recogiendo la fuente de ensalada y sirviéndose ella misma.
  • ¡Venga ya, Sofi! No seas mojigata… ¿A alguien le molesta que esté en bikini? - giró la mirada hacia Gabi, sonriendo con malicia - ¿Te molesta? Si te sientes incómodo, me visto por ti.
  • No… no - balbuceó Gabi, evitando que se le cayera la fuente de ensalada - Por mí no hay problema…
Carol sonrió satisfecha y cuando él le acercó la fuente, aprovechó el momento para que sus manos se rozaran; claramente disfrutando de la incomodidad que provocaba. Sofi notó al instante que él estaba raro.
  • ¿Estás bien? - susurró, inclinándose hacia Gabi y rozándole el muslo por debajo de la mesa.
  • Sí, cariño - respondió, forzando una sonrisa que apenas le salía.
  • Mamá, ahora que has dicho eso me ha venido un recuerdo… - dijo Carol de repente, ladeando la cabeza con esa media sonrisa provocativa - ¿Te acuerdas cuando Sofi aún vivía aquí… cuando en verano cenábamos las tres en la terraza… desnudas?
Sofi negó con la cabeza divertida, mientras Lorena soltaba una carcajada recordando aquellos viejos tiempos. A Gabi se le puso más dura, si aquello era posible, al imaginarlo.
  • ¡Ay sí! - rió Lorena - Ya me acuerdo… ¿por qué hacíamos eso?
  • Fue idea tuya, mamá - dijo Sofi con cierto recelo - Decías que era bueno que la luz de la luna nos diera en la piel mientras comíamos, por no sé qué historia de las energías y los astros. Una chorrada, vaya…
  • Pues a mí me gustaba… - sonrió Carol, ladeando la cabeza con un brillo travieso en los ojos - Era muy liberador… Si pudiera iría siempre desnuda.
Gabi sintió que el cuello de la camiseta le ahogaba, y metió dos dedos para que entrara aire. Hubiera jurado que de dentro suyo salió vapor, la señal inequívoca de que estaba al rojo vivo.
  • Lo que pasa es que tú eres una hippy como mamá - rió Sofi, apoyando la mano sobre la de Gabi.
  • ¿Hippy? ¿Por qué lo dices? - Carol arqueó una ceja, divertida.
  • Por ese rollito que te llevas ya hace unos años de “amor libre” y todas esas estupideces - replicó Sofi, medio sonriendo, medio regañando.
  • ¿Estupideces?
  • Pues sí… - dijo Sofi, girando la mirada hacia Carol - Ya va siendo hora que espabiles, a ver si te pones las pilas y te centras un poco.
  • ¿Centrarme como tú? ¿Eso dices?
  • ¿Que hay de malo, si se puede saber?
  • ¡Ah! Nada… cada uno vive la vida como quiere, hermanita. Si eres feliz así, quien voy a ser yo para decirte nada.
  • ¡Pues sí! Mejor no digas nada…
Gabi bajó la mirada a su plato, esperando que la tensión en el aire se disipara. Pero la sensación era clara: Carol lo estaba poniendo a prueba, no tan solo a él, sino a su hermana también. Pero por mucho que quisiera, no podía ocultar del todo que su mente estaba fuera de la mesa, en otra parte mucho más caliente y tentadora.
  • ¡Oye, Gabi! - dijo Lorena de repente - Cambiando un poco de tema… Mi hija me ha comentado antes que has encontrado trabajo.
  • Así es… pero llevo muy poco. Empecé este viernes…
  • ¿Y cómo se llama la empresa?
  • Es una empresa alemana-suiza, con un nombre de estos complicados - rió Gabi.
  • ¿Cómo de complicado? - preguntó Carol suavemente.
Gabi contestó, pero fijando los ojos en Lorena, sin atreverse a mirarla directamente.
  • Müller & Suter Biotech, o algo así…
  • ¡Suena importante! - exclamó Lorena, divertida - ¿Y a qué se dedican?
  • Es una multinacional suizo-alemana… Tienen laboratorios en varios países de Europa. Trabajan con medicamentos y esas cosas…
  • ¿Un laboratorio dices? - Lorena levantó la cabeza, sorprendida - No sabía que habías estudiado…
  • No, no - cortó rápidamente Gabi, limpiándose la boca con la servilleta - Yo no trabajo en los laboratorios, estoy en el departamento de mantenimiento.
  • ¡Ah, vale!… - en esa simple expresión, Gabi ya notó el desprecio que ella sentía por él - ¿Y a qué te dedicas exactamente?
  • Pues básicamente, limpiar y mantenerlo todo impecable.
  • Ya… limpiador - Lorena bajó la cabeza un instante, sin ocultar su decepción, pero no pudo evitar añadir - Eso me cuadra más…
  • ¡Mamá, no empecemos! Por favor… - Sofi salió en defensa de Gabi, visiblemente molesta.
Pero Gabi no estaba dispuesto a callarse esta vez. No quería que nadie librara sus batallas. Aunque le había prometido a Sofi, aquella mañana, que se iba a comportar. No estaba dispuesto a que lo humillaran de forma tan descarada.
  • Quizás te parezca un trabajo sin importancia, Lorena. Pero es esencial. Sin nosotros, toda la cadena de trabajo se iría al carajo. Somos los responsables de que todo esté desinfectado, y no podemos cometer ningún error, porque sino…
  • ¡No te ofendas, Gabi! - le cortó Lorena, sin perder la sonrisa - Ya sé que un laboratorio debe estar siempre limpio, mientras las mentes pensantes fabrican medicamentos que salvan vidas… es necesario que otros limpien la mierda.
  • ¡Mamá, basta, he dicho! O nos vamos ahora mismo, ¿Me has oído? - Sofi se levantó de la silla, los puños apretados.
Gabi dejó la servilleta sobre la mesa con desprecio, levantándose de la mesa con una tranquilidad sorprendente.
  • Déjalo cariño… No pasa nada.
  • ¿Dónde vas? - preguntó ella, presintiendo que se iba de vuelta a casa.
  • Al baño… ahora vuelvo.
Pero antes de que pudiera dejar el porche y entrar dentro, Lorena alzó la voz, cargada de malicia y reproche.
  • Si quieres, puedes limpiarlo también, y dejarlo bien desinfectado…
Gabi no respondió, como si no la hubiera escuchado siguió caminando hacia el baño mientras escuchaba los gritos de Sofi, indignada con la arpía de su madre. “Se las da de hippy la hija de puta, pero es una clasista de mierda”, pensó mientras entraba al baño y cerraba la puerta tras de sí.
  • ¿Por qué siempre haces eso? - gritó Sofi aún de pie.
  • ¿Hacer el qué? - respondió Lorena desafiante desde la silla.
  • ¡Infravalorarlo todo el rato! Lo haces sentir siempre como si fuera una mierda…
  • Eso no es verdad, hija… Quizás lo apriete un poco, pero es por su bien. Para que espabile.
  • ¡Nadie te ha pedido que hagas nada, mamá! Gabi llevaba meses en el paro, y ahora que ha encontrado este trabajo, está ilusionado. Se está esforzando muchísimo, ¿sabes?
  • ¿En qué? ¿En limpiar los meados de los demás? - replicó Lorena, riendo con sorna.
  • ¡Eres lo que no hay! - Sofi se dejó caer en la silla, los brazos cruzados y el ceño fruncido, mientras su madre seguía comiendo como si no fuera consciente de que había estropeado aquel precioso día.
Carol se levantó de la mesa, negando con la cabeza.
  • ¡Ya os vale! - dijo, entrando en la casa.
  • ¿A dónde vas tú ahora? - preguntó Sofi, molesta.
  • ¡No te importa, hermanita! - contestó, levantando el dedo corazón en un gesto de desafío.
Dentro del baño, Gabi se contemplaba a sí mismo delante del espejo. Tan solo necesitaba un momento de soledad, un momento de tranquilidad para calmar todos los pensamientos homicidas que le recorrían la cabeza de lado a lado. Si aún no se había largado de aquella horrible casa era simplemente por Sofi. Lo hacía por ella. Pero todo tenía un límite, y ya lo había alcanzado. Más bien sobrepasado. De repente la puerta se abrió, y apareció Carol.
  • No le hagas caso - dijo entrando y cerrando la puerta tras ella - Le encanta hacer sentir incomoda a la gente, es una especie de… superpoder.
Él quiso contestar, pero se quedó mudo. Carol se bajó la parte de abajo del bañador, sus ojos se fueron directos a su entrepierna, lo llevaba rasurado. Lo hizo de forma exagerada, de tal manera que él pudiera ver bien su coño. Y cuando se quitó la parte de arriba y se giró, lo acabó de rematar.
  • ¿Y esa cara? - rió ella completamente como Dios la trajo al mundo - ¿Parece que no hayas visto nunca a una mujer desnuda?
  • Yo… no - balbuceó Gabi nervioso sin poder apartar la mirada.
Carol se acercó y le removió el pelo con la mano, sonriendo de oreja a oreja.
  • Estar con la mojigata de mi hermana te está afectando, Gabi. Háztelo mirar…
Carol encendió la ducha y entró dentro. Al verla bajo el agua a través del cristal de la mampara, las cosas no hicieron más que empeorar. Sus pezones erectos, su culo bien apretado, su coño bien rasurado, el agua resbalando por su piel tersa, Gabi perdió el control por completo. Lo pensó, y tanto que lo hizo. Correr el pestillo, desnudarse y entrar con ella en la ducha. Le hubiera hecho de todo, cosas que ni con su novia se atrevería a hacer. Pero entonces una fuerte discusión lo desveló de sus sueños húmedos al instante.
  • ¡Ya tardabas en sacar el tema, mama! - gritó Sofi - ¡Siempre lo mismo!
  • Solo te he dicho que a Ricardo le van muy bien las cosas, nada más…
  • ¡Si, claro! Como si no supiera a donde quieres llegar a parar…
  • Es que no lo entiendo hija, sinceramente. Dejaste a Ricardo por ese, ese…
  • ¿Ese qué mamá? ¡Dilo, vamos!
  • ¡Ese perdedor!
  • ¡Vete a la mierda!
  • ¡¿Cómo has dicho?!
  • ¡Que te vayas a la mierda!
Las dos entraron dentro de casa, dando gritos como si no hubiera un mañana. Gabi aprovechó para salir del baño antes de que se dieran cuenta que Carol se estaba duchando delante de él. Al verlo, Sofi lo agarró de la mano.
  • ¡Nos vamos! - dijo con los mofletes rojos y la rabia marcada en su rostro.
  • ¿Seguro? - preguntó Gabi siguiéndola.
  • Sí… y lo siento cariño, tenías razón. No deberíamos haber venido…
De repente él se puso de mejor humor, justo en el momento en que abrieron la puerta principal y empezaron a andar deprisa hacía el coche. Lorena iba detrás de ellos, pidiendo falsas disculpas e insistiendo en que volvieran para terminar de comer. Pero Sofi no miró atrás. Entraron con prisa al coche, como si huyeran de la ley. Se pusieron los cinturones y arrancaron a toda prisa. Esta vez, la sensación era completamente distinta. Descender de la Sierra era la antítesis perfecta de cómo la habían subido aquella misma mañana. Gabi bajó las dos ventanillas; el aire le golpeó el rostro y el pelo empezó a danzar sin control. Sofi le acercó las gafas de sol y, sin mirarse siquiera, se las pusieron al mismo tiempo.

Él encendió la radio y comenzó a sonar Deceptacon, de Le Tigre. Con las primeras notas, Sofi empezó a mover la cabeza de forma salvaje, subió el volumen y, de pronto, la rebeldía lo inundó todo. Gabi se vino arriba al instante; podía sentirlo en el pecho: la música estridente, la sensación de huida, como escapar de una prisión. A su lado estaba la mujer que amaba, la que por fin había elegido ponerlo a él por delante de su madre. Apretó el acelerador, aferró el volante con más fuerza y gritó, eufórico. Los dos escapaban como Bonnie & Clyde huyendo de la policía de Texas tras atracar un banco. Dos locos amantes. Ellos contra el mundo entero. Sentían pura rabia y rebeldía recorriendo sus venas. La velocidad, el aire azotando los oídos, los gritos de Sofi cantando a pleno pulmón, el ritmo acelerado de la batería y la guitarra desgarrada. Los cabellos volaban sin orden, enmarañados, libres. Todo era perfecto.

Ella se abalanzó hacia él, cantando con furia, y le besó. No fue un beso rápido, sino uno largo, húmedo, desesperado y apasionado. Gabi cerró los ojos, con ganas de devorarla. Sintió como ella lo buscaba por debajo de su camiseta, no como si lo desnudara, sino como si quisiera arrancarle las ropas, tirarlas en una hoguera y vivir desnudos por siempre. Él dejó de mirar la carretera, como si no le importara morir, como si lo único que existiera fuera ese instante y todo lo demás le valiera una mierda. Como si supiera, en lo más profundo, que si no podía quedarse ahí para siempre, en aquel justo momento, prefería desaparecer de este mundo.

Y entonces lo sintieron: la necesidad. Era puro instinto. Un deseo animal, imparable. Sin dejar de besar a Sofi, abrió los ojos y dio un volantazo. Frenó en el arcén, en mitad de la nada; la gravilla saltó por los aires y el freno de mano chirrió con violencia. Se miraron, los ojos muy abiertos, las sonrisas desbordadas, un rojo intenso en sus labios, el deseo latiendo entre ellos con una intensidad que hacía tiempo no sentían.

Se desnudaron, con una furia desorbitada. Parecía que se estuvieran peleando más que amando. Hubieron empujones, choques y desorden, sus brazos se liaban como cuerdas formando nudos, sus bocas parecían imposibles de separar. Sofi, al quitarle la camiseta, lo arañó en la cara, pero no hubieron quejas, solo el deseo de follarse como brutos y salvajes primitivos. En un instante, eran piel contra piel. Ella se subió encima de él, Gabi la agarró de las nalgas y la empujó con violencia, metiéndosela hasta lo más hondo. Los dos gimieron, más alto que la música, más alto que cualquier ruido exterior. Los besos se convirtieron en mordiscos, los abrazos en posesión desmedida, los gemidos en gritos salvajes que no pedían, exigían. Había algo más que desenfreno, algo más que sexo. Había rabia, la necesidad imperativa de un sediento, que después de meses cruzando el desierto, por fin encontraba agua.
  • ¡Fóllame, así, sigue, sigue! - gritaba Sofi cabalgando sobre él como una amazona.
Gabi quiso decir algo, pero no pudo. Pues ella se había agarrado las tetas y se las puso en la cara, silenciándolo. No le pidió que le chupara los pezones, lo obligó, se lo ordenó con insistencia. Y él obedeció, pero de repente, entre sudor y aliento, vio algo que lo distrajo por el retrovisor. Las luces azules de una patrulla de la Guardia Civil.
  • ¡Cariño, espera! - dijo Gabi intentando sacar la cabeza de entre sus pechos - ¡La poli! ¡Viene la poli!
Ella alzó la vista y vio como se acercaban. Pero le dio igual, no pensaba permitir que nada ni nadie se interpusiera en su deseo. Le agarró de los pelos, hundió sus tetas con violencia en su cara y cabalgó más rápido. Gabi clavo sus uñas en sus nalgas y empezó a empujar con más rapidez. Ella se agarró al asiento con la otra mano, la cabeza alzada como una loba en celo buscando la luna roja. Le daba igual todo, solo quería sentir sus pelotas golpeando su culo, solo quería que se la follase como una perra, solo quería llegar al orgasmo, con rapidez, con urgencia. Conseguir lo que ambos llevaban tiempo buscando, mucho antes de que la policía llegase.

Una pareja de guardias civiles aparcaron detrás de ellos. Eran un hombre y una mujer jovenes. Al cerrar las puertas del coche los dos se miraron en silencio, mientras avanzaban hacía aquel vehículo que ponía a prueba su amortiguación, sonriendo y negando con la cabeza.
  • ¿Hablas tu o lo hago yo? - preguntó él con sonrisa burlona.
  • Todo tuyo, compañero - respondió ella, divertida.
Se acercaron a la ventanilla del conductor. Y se quedaron los dos parados, contemplando por un instante como aquellos dos jovenes se follaban como si no hubiera un mañana. La situación no dejaba de ser un tanto surrealista. Pues aunque no era la primera vez, en su corta vida laboral como agentes de la ley, que se encontraban ante aquella situación. Ya que eran muchas las parejas jovenes que subían a la Sierra a compartir su amor. Esta vez, al contrario que todas las anteriores, aquellos muchachos lo hacían a plena luz del día y no había nada que delatase que se fueran a detener. Siguieron a lo suyo, sin vergüenza, como si estuvieran en un trance antiguo, o bajo algún tipo de droga que les nublara el juicio.
  • Disculpad muchachos - dijo el policía con media sonrisa, apoyando su mano en el techo del coche - Se que os queréis mucho, es evidente… pero no es lugar ni momento para hacerlo.
Sofi lo miró, clavó sus dos ojos en él, sin dejar de botar sobre la erecta y dura polla de su novio. Había desafió en su mirada, la convicción de que nada podría interponerse en aquel momento.
  • ¡Terminamos ya! - exclamó jadeante - ¡Es solo un momento!
  • Escucha guapa - sonrió la mujer policía asomando la cabeza por la ventanilla, detrás de su compañero - O paráis ahora mismo, o acabaréis en comisaría por desorden público, tú decides.
La respuesta no vino de Sofi esta vez. Gabi sacó la cabeza de entre sus tetas, los ojos cerrados, el grito de un león en medio de la sabana.
  • ¡Me corro cariño! ¡Me corrooooo!
Sofi apartó la mirada de la mujer policía, contempló a su novio un instante y lo agarró por el cuello, con ambas manos y se lanzó hacía su boca, devorándolo mientras ella también llegaba al climax.
  • ¡Ya está bien! - dijo el policía abriendo la puerta, ya sin atisbo de compresión y amabilidad.
Agarró a Sofi del brazo con urgencia, intentando sacarla del coche, como si el aire de afuera fuese lo único que pudiera devolverlos a la realidad. Ella se aferró al asiento, los dedos clavados en la tapicería, sintiendo los espasmos en su entrepierna, gimiendo entre gritos nerviosos y acelerados, resistiéndose a ser separada de él, de ese instante robado al mundo.
  • ¡No la toques! - gritó Gabi de pronto, fuera de sí, mientras forcejeaba y lanzaba puñetazos al aire, más por instinto que por rabia, como un animal acorralado defendiendo lo único que le importaba.
No sirvió de nada. En segundos, los sacaron del coche. Desnudos, sudados, desordenados, con el pulso aún acelerado y la respiración entrecortada. Sofi aún temblaba, Gabi aún erecto. El contraste era brutal: el día caluroso, las luces azules del coche patrulla parpadeando, las manos firmes que no dejaban espacio para la improvisación. Los coches que pasaban por la carretera, reduciendo la velocidad para contemplar aquella escena sin sentido. Rápidamente les pusieron las esposas por detrás de la espalda y los guiaron, sin delicadeza pero sin violencia, hasta el coche patrulla.

La mujer policía recogió la ropa del suelo, la amontonó sin cuidado y la lanzó al interior del vehículo. El portazo que vino después resonó como un punto final: seco y cortante. Dentro, sentados uno junto al otro, desnudos y esposados, Gabi y Sofi se miraron. Y entonces, sabiendo muy bien por qué, empezaron a reír. Primero despacio, luego a carcajadas, como si la situación fuera tan absurda que solo pudiera afrontarse así, desde una locura compartida. Rieron hasta que dolió el estómago, hasta que las lágrimas asomaron. Después, se acercaron todo lo que las esposas les permitieron y se besaron. Un beso largo, intenso, suspendido en el tiempo. Un beso que, por un instante, hizo desaparecer sirenas, normas y consecuencias. Como si el mundo entero hubiera quedado al otro lado del cristal.

Y fue entonces cuando sucedió…
Aquel Domingo algo resucitó en Madrid.
No fue el mesías, ni el hijo de Dios.
Fue algo mucho mas poderoso e importante.

Renació el amor perdido.
Renació la pasión dormida.

Los llevaron a comisaría como se arrastra a los culpables, entre luces frías y miradas de reproche, con el peso de las rejas ya dibujado en el futuro inmediato. Pero no les podía importar lo más mínimo, pues eran dos locos amantes. Y mientras las puertas se cerraban a su espalda, ellos se miraron y sonrieron. No había miedo en sus ojos. Solo una calma feroz. Ahora lo sabían con una certeza luminosa: podían enfrentar lo que fuera… interrogatorios, noches sin cielo, barrotes sustituyendo al horizonte, incluso la pena de muerte si fuera necesario.

No es que hubieran perdido la cordura, entendían las consecuencias de sus actos. Comprendían lo que era una celda, que estaban encerrados y la multa que seguramente deberían pagar. Aun así, se sentían libres. Más libres que nunca. Porque nadie podía tocar aquello que compartían, ese amor que no pedía permiso ni entendía de leyes. En medio de la derrota aparente, se sabían poderosos. El precio era alto, sí, pero estaban convencidos de que valía la pena. Que cualquier condena era pequeña comparada con renunciar el uno al otro.

El mundo podía encerrar sus cuerpos…
Su amor, en cambio, seguía suelto, indomable, invicto.

Gabi se sentó en un pequeño banco y apoyó la cabeza contra la pared, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro. Mientras tanto, Sofi, aferrada a los barrotes, gritaba una y otra vez que necesitaba mear, como si aquel clamor fuera su último acto de rebeldía. De pronto, una funcionaria se acercó. Sin mediar palabra, abrió la reja y, sujetándola del brazo, se la llevó hacia el baño. Antes de desaparecer por el pasillo, los dos amantes se buscaron con la mirada durante un segundo suspendido en el tiempo: un beso lanzado al aire, un guiño cómplice, una sonrisa eterna, de esas que no entienden de muros ni de llaves.

Pero entonces… algo cambió.

La sonrisa de Gabi se evaporó al ver cómo otro guardia civil conducía a una chica hacia la celda. La reconoció al instante y se puso en pie, sin entender nada. La reja volvió a abrirse, la muchacha fue empujada al interior y el metal se cerró tras ella con un golpe seco.
  • ¿Gabi? - preguntó ella, incrédula - ¿Qué cojones haces aquí?
  • ¿Y tú? - respondió él, recuperando la sonrisa de oreja a oreja.
  • ¡Yo he preguntado primero! - sonrió ella.
  • No te lo vas a creer Laia, pero… Me han pillado follando en un coche.
Y entonces estallaron las carcajadas. Rieron entre rejas como se ríe en los naufragios, con el pecho abierto y el alma sin defensas. Sus risas rebotaron contra las paredes desnudas, subieron hasta el techo bajo y regresaron multiplicadas, libres, indomables. Eran risas torcidas, desobedientes, nacidas del absurdo y del reencuentro, risas que no pedían permiso ni perdón.

Durante unos segundos, la comisaría dejó de ser una jaula. Los barrotes se volvieron invisibles, el aire menos pesado. Reían porque estaban juntos en el sitio menos inesperado, porque el destino había decidido cruzar sus caminos allí, porque incluso en el lugar equivocado podían sentirse en casa. Y en medio de aquel eco de carcajadas, el mundo exterior pareció lejano, irrelevante, incapaz de tocarles.

Como el Boro, uniendo lo que parecía imposible, actuando como el puente negro y sólido entre la lógica de la ciencia y el caos de la vida. Esta Historia Continuará...
 
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