Efectos Secundarios

Vuelvo a reafirmarme. El único personaje íntegro y sensato es Nico .
Y ya hemos visto lo falsa que es Sofi engañanando a Gabi, del que dice estar muy enamorado con Laia. Me ha dado mucha vergüenza en este capítulo. Luego si Gabi hace lo mismo encima se enfadará la muy cínica.
De Gustavo nada nuevo, sus intenciones son muy malas, aunque por como comenzó el relato me da que este no va a terminar bien , así que tampoco me va a dar pena.
Y pensar que al principio del relato me caían bien Laia y Sofi, pero ahí están con una relación lésbica a espaldas de Gabi y encima Laia conoce los sentimientos de Nico y le da igual.
En fin que cuando todo esto termine, lo mejor para Nico es mandar al carajo a los 3.
Yo si fuera Nico saldría corriendo de aquel grupo como alma que lleva al diablo.
Es lo que tu dices: Por ahora es el único que parece tener dos dedos de frente.
Aunque sabemos, tal y como empezó el relato, que sigue con ellos después de que todo se fuera a la mierda.
Así que... ¿Nico también caerá?

Lo veremos en próximas entregas... jajajaja
 
Yo si fuera Nico saldría corriendo de aquel grupo como alma que lleva al diablo.
Es lo que tu dices: Por ahora es el único que parece tener dos dedos de frente.
Aunque sabemos, tal y como empezó el relato, que sigue con ellos después de que todo se fuera a la mierda.
Así que... ¿Nico también caerá?

Lo veremos en próximas entregas... jajajaja
Y también que Gustavo no está con ellos, con lo cual algo le paso, aunque si te digo la verdad, ahora mismo me caen peor Sofía y Laia.
Sobre todo la primera que me parece una clínica de cuidado. Se puede decir que le ha sido infiel a Gabi, aunque si este se entera no se va a molestar creo.
En cualquier caso, me quedo con Nico y lo mejor que puede hacer es olvidarse de Laia y alejarse de estos 3 traidores.
 
¡Buenos días gente!

Ayer no subí capítulo, lo sé... mala mía.
Tuve la típica comida que empieza a la hora del vermut...
Y termina que ya es la hora de ir a dormir. :ROFLMAO:
Pero bueno... como dicen los franceses: "C'est la vie, mon ami"

Os dejo en breves capítulo nuevo y volvemos al ruedo.
Un fuerte abrazo a todos y feliz domingo de hacer el vago.

¡Nos leemos!
 
Capítulo 16. Azufre - ¿Quien cojone(S) es Lena?

El Azufre (S) ocupa el decimosexto lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del azufre con el concepto del terror - no como un susto pasajero, sino como esa presencia asfixiante, ancestral y visceral -, obtenemos el retrato de una fuerza que emana de las profundidades. El azufre es el elemento de las entrañas de la tierra, el olor de los volcanes y el símbolo alquímico de la pasión que, llevada al extremo, se vuelve destructiva.

El Terror según el Azufre: La Presencia del Abismo

1. El Aroma de la Advertencia (Presencia Invisible)

El azufre puro es inodoro, pero sus compuestos (como el ácido sulfhídrico) tienen uno de los olores más detectables y repulsivos de la naturaleza. Es un aviso biológico de que algo se está pudriendo o de que la tierra se va a abrir. El terror no siempre es lo que ves, sino lo que presientes. Es la presencia del azufre que te eriza la piel antes de que aparezca la amenaza. Es el olor del peligro que flota en el aire, una señal química que tu cerebro reconoce instantáneamente como el anuncio de que algo oscuro ha salido de su escondite.

2. La Llama Azul del Infierno (Combustión Silenciosa)
Cuando el azufre arde, produce una llama azul, pálida y casi invisible a plena luz del día, pero capaz de derretirse en un líquido rojo como la sangre. El terror más profundo es el que arde en silencio. No es el grito, es la llama azul que no puedes ver pero que consume el oxígeno a tu alrededor. Es esa angustia que te quema por dentro con una luz fría, transformando tu calma en un magma rojo de pánico contenido. El terror según el azufre es el fuego que no ilumina, sino que asfixia.

3. El Puente de la Rigidez (Puentes de Disulfuro)
El azufre es el encargado de dar estructura a las proteínas (como la queratina) mediante puentes químicos. Es lo que hace que el pelo, las uñas y los cuernos sean duros y resistentes. El terror tiene la capacidad de paralizarnos, de "endurecer" nuestro cuerpo hasta que no podemos mover un músculo. Es la rigidez del miedo que te deja clavado en el sitio. Como los puentes de disulfuro que mantienen unida la estructura de la vida, el terror crea vínculos irrompibles en la mente, fijando el trauma en nuestra arquitectura interna con una fuerza que parece eterna.

4. La Alquimia del Veneno y la Medicina (Dualidad)
El azufre es la base del ácido sulfúrico, capaz de devorar metales, pero también es esencial para la vida y la desinfección. El terror posee una dualidad química. Puede ser el ácido que corroe tu voluntad hasta dejarte en los huesos, o puede ser el agente purificador que, tras el impacto, te obliga a regenerarte. Entendemos que el terror es el elemento que pone a prueba la resistencia de nuestra materia; es el veneno que nos obliga a fabricar nuestro propio antídoto.

5. El Habitante del Inframundo (Origen Geológico)
El azufre abunda en las fumarolas volcánicas y en las fuentes termales profundas. Es el mensajero de lo que ocurre miles de kilómetros bajo nuestros pies. El terror es una intrusión del subconsciente, un gas que escapa de las grietas de nuestra mente. Representa todo aquello que hemos enterrado y que, bajo la presión adecuada, emerge con un calor insoportable. El terror-azufre nos recuerda que el suelo que pisamos es fino y que debajo siempre habita una fuerza primitiva y ardiente esperando su oportunidad.

Conclusión: El terror, visto a través del azufre, es la geometría de la sofocación. Es una advertencia sensorial que nace de lo más profundo y que tiene el poder de endurecer nuestra voluntad o de disolver nuestra seguridad. Vivir bajo el símbolo del azufre significa aceptar que el miedo es un componente elemental de nuestra historia, un fuego azul que, aunque nos asuste, define la resistencia de nuestra propia alma.

- Doctor Nicolás Quintana Villar Mir
Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


El lunes había llegado. Sin remedio. Sin vacuna. Una enfermedad crónica que se repetía cada siete días como una maldición hereditaria. Sus síntomas eran conocidos: ojeras profundas, bostezos involuntarios, odio irracional al despertador y una tristeza espesa que olía a café barato y a resignación. Madrid, aún medio dormida, se preparaba para empezar la semana como un boxeador noqueado que vuelve al ring por pura inercia: persianas subiendo a medias, cláxones sin convicción, caras largas arrastrándose por el metro.

En algún punto de esa ciudad enferma, Nico bostezaba frente a sus apuntes.

El laboratorio estaba demasiado silencioso. Un silencio antinatural, quirúrgico, de esos que no relajan sino que invitan a cerrar los ojos “solo un segundo”. Laia había salido a por café, dejándolo solo con el zumbido lejano de la nevera y el olor químico que ya ni percibía. Nico parpadeó despacio, luchando contra el peso invisible que le caía sobre los párpados.

No dormía. O, mejor dicho, dormía mal y poco. El ritmo que llevaba era una broma de mal gusto: trabajo por la mañana, universidad por la tarde, noches partidas en el LoL, encadenando clasificatorias como si le fuera la vida en ello. ¡Estaba a punto de llegar a Diamante, joder! Y ahora, además, los fines de semana tampoco servían para descansar. Viajes furtivos a Suiza, mentiras improvisadas para mantener tranquilos a sus padres, cultivos ilegales de Mycena Neonfaucis creciendo en el garaje como una bomba de relojería azul.

Estaba al límite. Y lo sabía.

Bostezó otra vez, más largo, más profundo. Apoyó el codo en el escritorio y dejó caer la cabeza sobre la mano, sosteniéndola como pudo. El mundo se volvió blando, ligeramente borroso. Pensó, con una súplica casi religiosa, que como Laia no volviera pronto con café, no una taza, sino un contenedor industrial entero, existía una posibilidad muy real de que se quedara inconsciente allí mismo, entre apuntes, fórmulas y sueños pendientes.

En los lavabos de la planta cincuenta de los laboratorios Müller & Suter Biotech, la situación era paradójicamente distinta. Si el hilo conductor de la vida de Nico era el sueño, el motor que empujaba la maquinaria de Gabi era el sexo. Él también dormía poco, pero por motivos muy distintos, y posiblemente más agradables de sobrellevar.

No recordaba ningún domingo en su vida en el que hubiera follado tanto. Sofi parecía fuera de sí: lo buscaba con una insistencia casi patológica, rozando la adicción. Como una yonki enganchada al jaco en la Cañada Real. Y él, siempre dispuesto a complacerla, hacía lo imposible por estar a la altura. Pero en la era digital ni siquiera la distancia ofrecía tregua. Fotos subidas de tono vibrando en el móvil, vídeos cortos directamente pornográficos, audios de voz cargados de promesas lascivas. Era como estar suscrito a PornHub y recibir una notificación al correo cada vez que alguien subía contenido nuevo. Constante. Incesante. Imposible de ignorar.

Y aun así, aquello no era todo. Ni mucho menos.

Lo de Gabi era de traca. Una bajada a los infiernos digna de Dante Alighieri. Solo que, en su Divina Comedia personal, no existían nueve círculos del infierno. Había solo uno. El segundo. El de la lujuria.
  • Lo vas a flipar, chaval - sonrió Gustavo mientras se bajaba los pantalones - Creo que nunca había lefado tanto con un video…
  • ¡Joder Cabrón! Ya me la has puesto dura - respondió Gabi, imitándolo.
Volvieron a quedarse desnudos, metidos en una cabina, las pollas erectas, el pestillo echado. Y aunque era solo la segunda vez que lo hacían, a ambos les recorrió la misma sensación extraña: aquello empezaba a adquirir un aire de rutina, casi de ceremonia. Como si figurara en sus contratos, en letra pequeña y sin opción a réplica: “De 8 a 9, paja en la planta 50”

Cuando Gustavo le dio al play y Gabi vio a su novia en la pantalla, ni siquiera se molestó en fingir sorpresa. Empezó a masturbarse con la naturalidad de un mono aburrido. No le importó que su compañero se hiciera pajas con ella; siendo honestos, él también había hecho lo mismo - centenares de veces - con las novias de sus amigos. Tampoco le incomodó ver a Sofi chupándole el ojete a Laia. No se lo tomó como si le estuviera poniendo los “cuernos”, al contrario: aquello lo puso todavía más cerdo. Era un fenómeno curioso. Cuanto más sexo tenía, más sexo quería. Igual que esa sensación absurda de “cuanto más duermo, más sueño tengo”. Una reacción en cadena, un sistema que se retroalimenta. Sensaciones que no se agotan, que se activan con su propio exceso.

Como Nico hubiera dicho: ciertos catalizadores que no se consumen, neurotransmisores que se acumulan hasta saturar sus receptores, empujando al cerebro a pedir más de lo mismo. Como los gases nobles - argón, neón - que no reaccionan fácilmente, pero que, cuando entran en el circuito adecuado, generan una inercia imparable. Un bucle cómodo, viscoso, donde el estado dominante solo reclama repetirse. Hasta que algo falla. Hasta que hace falta una fuga, un choque, una descompresión brusca. Un reinicio químico que lo mande todo a la mierda y obligue al sistema a despertar.
  • Tu novia es una perra en celo, chaval - sonrió Gustavo mientras apretaba el ritmo.
  • Es más que eso… Está como ida. No la puedo controlar. Quiere follar a todas horas…
  • Pobrecito de ti… - sonrió Gustavo con ironía.
  • No lo entiendes, me tiene seco… ¡Mírame el capullo! ¡Lo tengo al rojo vivo!
Gustavo desvió la mirada hacia su polla y, sin perder tiempo, le propuso lo que llevaba rato rumiando.
  • ¿Quieres que nos hagamos unas cruzadas?
  • ¿El qué? -preguntó Gabi, sorprendido.
  • Ya sabes, chaval. Yo te la casco a ti y tú me la cascas a mí… unas cruzadas.
En otra etapa de su vida, Gabi se habría negado sin dudarlo. Pero en ese momento ni se lo pensó. Soltó su polla y agarró la de él. Gustavo colocó el teléfono sobre la cisterna del retrete, apoyado contra la pared, y le sujetó la suya. Uno al lado del otro, muslo contra muslo, mano propia contra polla ajena. Dos auténticos pervertidos mirando una pantalla de móvil, mientras aquellas dos lobas en celo se daban placer mutuamente. Como Sofi había pensado en aquel diminuto cuartucho de Suiza cuando Laia empezó a acariciarla: “Nadie como una mujer para dar placer a una mujer”. Gabi pensó lo mismo entonces: “Nadie como un hombre para que te haga un buen pajote.”

“Brrrrrr… Brrrrrr…”

Laia, frente a la máquina de café, sacó el móvil del bolsillo y lo desbloqueó. Una sonrisa se dibujó en su rostro antes incluso de abrir el mensaje. Otro Whatsapp de Sofi. Abrió la foto y se puso caliente al instante: una imagen tomada en un cuarto de baño, quizás de su trabajo. Las piernas abiertas, los dedos rozando su clítoris. Aquella mirada. Laia se estremeció, hizo zoom en su cara. Esa expresión le hizo mojar las bragas al instante. Era lujuria pura, en su máxima expresión.

Al instante pensó que si la querían calentar, ella no se iba a quedar atrás. Así pensaba Laia: “si tú me golpeas, yo te golpeo”. No buscaba problemas, jamás. Pero si alguien los buscaba, ella no se achantaba. Miró hacia atrás, luego a los lados, asegurándose de que no hubiera nadie. Rápidamente se sacó un pecho, lo acercó a su boca y pasó la lengua rozando el pezón; poniendo cara de guarrilla. Un click y un mensaje rápido a pie de foto: “No puedo quitarme tu coño de mi cabeza”. Mandar.

De repente escuchó unas voces acercarse. Guardó el pecho en el sujetador y el teléfono en el bolsillo. Saludó con la cabeza a dos hombres que pasaban frente a la sala de descanso, recogió el primer café y puso las monedas para el segundo, deseando que el móvil volviera a vibrar en su bolsillo de nuevo.

Había más sexo en aquellos laboratorios que en veinte kilómetros a la redonda. La situación se estaba saliendo completamente de control. Y, sorprendentemente, a nadie parecía importarle lo más mínimo. Viajaban en un Boeing 787 pilotado por dos ciegos. Trabajaban en una central nuclear con Homer Simpson a los mandos. Iban de copilotos en un camión cisterna cargado hasta los topes de benceno, manejado por un grupo de bebés en pijama. Cada decisión tomada, cada movimiento realizado, era un acto de pura temeridad y ellos lo sabían. Pero, lejos de frenar, se reían, se excitaban, se lanzaban al abismo con los brazos abiertos. Como si estuvieran comprando, sin darse cuenta, todos los billetes con destino al infierno. Como si el tren en el que viajaban se fuera a descarrilar y ellos decidieran posar para una foto de grupo mientras la muerte llamaba a la puerta.

Todo era caos, diversión y peligro mezclados en la misma proporción que un cóctel molotov: impredecible, inflamable y completamente irresistible. Caían sin remedio, disfrutando cada segundo, sabiendo que lo que estaban haciendo era una locura absoluta. Y aun así, nadie decía “alto”, nadie fruncía el ceño, nadie ponía orden. Porque, al final, había un acuerdo tácito: si vamos a estrellarnos, al menos que sea con estilo y con la música a todo trapo.
  • Tómate los dos si quieres - sonrió Laia al ver la cara de mapache de Nico.
Nico miró los vasos de cartón como si acabaran de materializarse por intervención divina. Agarró uno sin pensarlo, bebió un trago largo… y se arrepintió al instante. El café estaba ardiendo. Se quemó la lengua, hizo una mueca ridícula y empezó a soplar, los ojos vidriosos, la dignidad por los suelos. Laia soltó una carcajada limpia, de esas que no se pueden fingir.
  • Deberías dormir más - le dijo con un tono que mezclaba burla y cuidado -. Haces mala cara…
  • ¿Me lo dices o me lo cuentas? - respondió él ladeando la cabeza, resignado -. Pero ahora no puedo parar, Laia. En cuanto antes estabilice la fórmula, antes podremos empezar.
Ella bajó la mirada un segundo, y cuando volvió a levantarla había algo distinto en sus ojos.
  • Y curar a mi madre - sonrió, apoyando la mano en su espalda, despacio -. Aún no me lo puedo creer…
Ese gesto sencillo pesó más que cualquier discurso. Nico asintió, despierto por primera vez en toda la mañana.
  • Por eso hay que darlo todo. No pienso poner en riesgo a nadie. Ya me la jugué demasiado contigo cuando te pinché el día de tu transformación…
  • Bueno - encogió los hombros -, tan malo no fue, ¿no? Aquí sigo.
Nico la observó en silencio mientras daba otro sorbo al café, ya templado, más amable. La miró como mira un científico cuando algo no cuadra del todo: con respeto y con una pizca de miedo.
  • ¿No has notado ningún efecto secundario?
  • No - respondió ella sin rodeos -. Al menos que yo sepa…
  • Me gustaría hacerte algunas pruebas, no obstante - añadió él, midiendo las palabras -. Si no te parece mal, claro.
Laia sonrió. Pero no fue una sonrisa cualquiera. Se acercó un poco más, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Bajó apenas un dedo la solapa de la bata, lo justo para que la imaginación hiciera el resto.
  • ¿Y esas pruebas cómo serán? - preguntó, ladeando la cabeza, pasando la rodilla por encima de su muslo, provocándolo -. ¿Me tendré que desnudar? Porque me da un poco de vergüenza doctor…
Nico estuvo a punto de escupir el café por la nariz. Los ojos se le abrieron como platos, el cerebro se le apagó durante medio segundo, justo el suficiente para que entrara en pánico.
  • ¡Voy al baño! - exclamó apartándose de golpe, casi tropezando consigo mismo.
  • Ay, pero qué aburrido eres a veces, Nico - rió ella, viéndolo huir.
La puerta del baño se cerró tras él con un clic apresurado. Dentro, Nico se apoyó en el lavabo, respirando hondo, mirándose al espejo como si acabara de sobrevivir a una catástrofe natural. Afuera, Laia seguía riéndose sola mientras se sentaba en el taburete, cruzando las piernas con calma. Entonces, el teléfono fijo del laboratorio empezó a sonar. Un timbrazo limpio, insistente, completamente ajeno al caos hormonal que acababa de atravesar la estancia. Laia alzó una ceja, acercó la mano con tranquilidad y descolgó el auricular con una voz impecable, profesional, de manual.
  • Buenos días, Laboratorios Müller & Suter Madrid, departamento de investigación - dijo de forma mecánica - ¿En que pudo ayudarle?
  • Hello, good morning - la voz llegó con un leve crujido de línea antigua - Excuse me, I’m trying to get in touch with someone named Nicholas. I’m not entirely sure I’m calling the right place.
Laia tardó una fracción de segundo en responder. Lo justo para adoptar ese inglés funcional, no perfecto, pero suficiente para hacerse entender.
  • Yes, this is the right place, - respondió - he’s my coworker.
  • ¡I hope it's the right Nicholas!! - exclamó la mujer, visiblemente hastiada - I’ve been trying to locate him all morning. I think I’ve spoken to more Nicholases today than in my entire life.
Al escuchar su risa, Laia sonrió sin darse cuenta. Aquella voz le resultó inmediatamente simpática. Grave, con cuerpo, de mujer con experiencia, quizá mayor que ella. Pero había algo juvenil en su manera de hablar, una energía nerviosa, casi entusiasta, que la hacía cercana.
  • If you had given his last name to the switchboard, - dijo Laia bromeando - they would have routed you here immediately.
  • I know, I know… - rió la mujer - But I only had his first name. So I’ve been eliminating false assumptions one by one. Although… ¿isn’t that what we get paid for?
Laia soltó una risa breve.
  • You’re absolutely right. Scientists, after all.
Un pequeño silencio se acomodó entre ambas. No incómodo. Amable. Como si se hubieran encontrado en la cola de una discoteca un sábado por la noche.
  • I’m sorry to insist, miss, - retomó la mujer - but ¿would you be so kind as to put me through to him?
Laia alzó la vista instintivamente. La puerta del lavabo seguía cerrada. Nico seguía dentro.
  • I’m afraid he can’t come to the phone right now, - dijo rápidamente - he’s busy.
  • ¡Oh!… I see.
  • But I can take a message, if you like. As soon as he’s free, I’m sure he’ll call you back.
  • Yes, perfect. Please tell him that… - La mujer dudó unos segundos - Well, just tell him to call me.
Laia ya había cogido papel y bolígrafo, preparada para anotar datos. Esperó, pero no sucedió Nada. Solo la respiración distraída al otro lado de la línea.
  • ¿Are you still there? - preguntó golpeando el bolígrafo sobre el bloc de notas.
  • Yes.
  • If you don’t mind… - añadió Laia intentando sonar profesional - ¿Could you give me your name and phone number so he can return the call?
  • ¡Oh, right! Sorry, sorry, - rió - I’m a bit scattered today. My name is Lena. Dr. Lena Baumgartner.
  • Noted, - dijo Laia, escribiendo el apellido a toda prisa - ¿And your number?
  • Oh shit… - Hubo un golpe seco, como de papeles moviéndose - I don’t know my extension by heart. Give me a second…
Laia escuchó voces de fondo. Un idioma que no era inglés. Alemán, tal vez. Otra mujer respondió algo, a lo lejos. Aquella lengua que hablaban parecía ciertamente familiar, pero como si estuviera mezclada con algo extraño, como una especie de "primo lejano” del castellano.
  • I’m sorry, - volvió Lena - but my colleague doesn’t know it either. Just… tell him to call reception and ask for me. I also work in the research department.
Algo se tensó en el estómago de Laia.
  • Excuse me… - dijo despacio - ¿Where are you calling from?
  • From Müller & Suter Biotech, Switzerland. The main campus in Bremgarten.
El mundo se encogió. “Bremgarten” La palabra resonó como un disparo amortiguado. Laia notó cómo la sangre se le retiraba del rostro. ¿Los habían pillado? ¿Quién demonios era esa mujer? ¿Por qué conocía a Nico? ¿Por qué llamaba?
  • ¿Miss?, ¿Are you still there?
  • Yes… yes… - respondió Laia, con la voz apenas estable - I’ll pass the message on. Have a nice day.
  • Thank you very…
Laia no la dejó terminar. Colgó. El auricular quedó vibrando un segundo antes de asentarse. Su mano seguía apoyada en él, temblorosa. Alzó la vista hacia el lavabo. La puerta seguía cerrada. El móvil vibró en su bolsillo. Quizá Sofi. Quizá cualquier otra cosa. Ya no importaba. El grito no le salió de los pulmones, sino de un lugar mucho más profundo, más primitivo.
  • ¡NICOOOOO!
Surgió desde las entrañas del terror.

Laia corrió hacia la puerta batiendo, con toda probabilidad, algún récord de velocidad. Tan rápido que incluso Usain Bolt, a su lado, habría parecido un anciano en silla de ruedas empujando por el viento.
  • ¡NICOOOOO! - volvió a gritar, golpeando la puerta con el puño.
La puerta de madera satinada crujió. Como si tuviera conciencia y se quejara de ser constantemente golpeada. No pasaba ni un día en aquel maldito laboratorio, que alguien no la tomara con ella.
  • ¡¡NICOOOOO, JODER, SAL!!
  • ¿Qué te pa…?
No tuvo tiempo ni de terminar la frase. Ni siquiera de salir del baño. En el instante en que abrió la puerta, Laia lo agarró de la bata y lo empujó dentro como si fuera un saco de patatas. Nico cayó sentado sobre el retrete, descolocado, mientras ella quedaba otra vez demasiado cerca… pero esta vez no había ni rastro de seducción. Tenía la mirada de alguien que está decidiendo, no si matarlo o dejarlo con vida, sino como hacerlo para que sufriera lo máximo posible.
  • ¡¿QUIÉN COJONES ES LENA?! - gritó, fuera de sí.
  • ¿Qui… quién? - balbuceó Nico, completamente perdido.
  • ¡La doctora Lena Baum… Baum… ¡JODER, COMO COÑO SE LLAME!
  • No… no sé… - empezó a decir, hasta que de pronto se le encendió una bombilla - ¡Ah! Espera… ¿la doctora suiza dices?
Laia no entendía nada. Sin soltarle la bata, lo miró fijamente, como si quisiera apuñarlo veinticinco veces el corazón con sus pupilas.
  • ¡¿LA CONOCES?! - gritó jadeando.
  • Sí… y no.
  • ¡¿QUÉ COJONES SIGNIFICA ESO?! - lo zarandeó hasta marearlo.
  • ¡Que sé quién es pero no la conozco! - Nico intentó zafarse de su agarre - ¡Suéltame joder, que me haces daño!
Algo en la tensión se aflojó. Apenas un milímetro, pero suficiente. Laia pensó, por un instante, que quizá se trataba solo de alguna colega del mundillo científico, con la que mantenía conversaciones académicas, nada más, y que lo de Suiza había sido una coincidencia macabra.

Le soltó la bata, dio un paso atrás y respiró hondo, obligándose a recuperar la compostura.
  • Perdona - dijo mientras le recolocaba la bata con un gesto automático - Cuando me ha dicho que llamaba de la central, me he imaginado lo peor… Lo siento Nico, joder…
Se dio la vuelta, dispuesta a salir del baño. Un tanto avergonzada por perder los nervios.
  • Pensaba que nos habían pillado - continuo diciendo - Que llamaba por la “Azulita”.
  • Bueno… - dijo Nico, rascándose la nuca mientras le miraba el culo - si ha llamado, habrá sido por eso.
Laia se quedó quieta. Terriblemente quieta. Rígida como un guardia del Palacio de Buckingham. Estática como un maniquí de escaparate. Tensa como una cena de navidad después de que tu cuñado saque el tema de la política.
  • Vi su trabajo - continuó él, ajeno al peligro -. Está investigando lo mismo que nosotros. Así que le dejé una nota… pidiéndole perdón por robarle una de las setas. Y para que me llamara cuando pudiera, así podríamos ayudarnos con la investigación.
Laia, que le había dado la espalda para salir del baño, se giró muy despacio. Demasiado despacio. Nico tragó saliva al ver su expresión. Era la misma que había visto en tantos videos de Youtube, la mirada que tenían los asesinos en serie más crueles del planeta.
  • ¿Qué… qué has… dicho? - preguntó ella, encendiéndose como la caldera de un tren a vapor.
  • Que vi su trabajo… que estudia lo mismo que nosotros y le dejé una no…
  • Pe… pero.. - Laia se acercó unos pasos, los puños apretados - ¡¿TÚ ERES IDIOTA O QUE COÑO TE PASA?!
Laia explotó. No metafóricamente. Físicamente. Antes de que Nico pudiera reaccionar, ya lo tenía agarrado del cuello de la bata, zarandeándolo como si fuera un muñeco de trapo comprado en un bazar chino. El mundo se volvió una centrifugadora: derecha, izquierda, arriba, abajo. Su masa cerebral a punto de salir despedida en varias direcciones opuestas.
  • ¡PERO TÚ ESTÁS MAL DE LA CABEZA! - gritaba ella mientras lo sacudía - ¡¿CÓMO SE TE OCURRE DEJAR UNA NOTA?! ¡¿EN SUIZA?! ¡¿CON TU NOMBRE?!
Las gafas de Nico salieron disparadas describiendo una elegante parábola balística y fueron a estrellarse contra el espejo del baño con un ‘clac’ seco, como si hubieran decidido abandonar la escena del crimen antes de morir.
  • ¡LAIA, LAIA, ESPERA! - intentó decir él, pero las palabras le salían convertidas en sílabas sueltas, como monedas cayendo por una escalera.
Su bata se rasgó con un ‘rrrrip’ sonoro. Nico pensó fugazmente que esa bata había sobrevivido a ácidos, reactivos y noches enteras sin dormir… y que acabaría muriendo así, entre manos furiosas y terror puro.
  • ¡NOS VAN A DESCUBRIR! - rugió ella - ¡NOS VAN A JODER EL EXPERIMENTO! ¡VA A SER EL CAOS TOTAL!
Y entonces Nico lo sintió. El terror de Laia ya no era solo suyo. Se le metió dentro, le bajó por la garganta, le quemó el estómago. Un miedo espeso, tangible: con olor, con color. No era psicológico: era químico. Azufre puro. El mismo que uno imagina en el infierno, mezclado con pánico, café rancio y malas decisiones. Durante un segundo eterno, Nico vio su futuro: hombres con trajes grises, despachos sin ventanas, expedientes manchados, extracción, confiscación, cárcel o peor incluso… desaparición… muerte. Pensó en aa “Azulita” brillando en la oscuridad, como siempre, pero en manos equivocadas. En manos de los que la convertirían en moneda de cambio, en poder, en ambición en dolor.
  • ¡YO SOLO QUERÍA AYUDAR! - chilló por fin, mientras Laia lo sacudía una última vez y lo soltaba.
Nico cayó contra el suelo, despeinado, sin gafas, con la bata desgarrada y el alma temblando. Laia se derrumbó. Se dejó caer en el retrete. Respiraba agitada, los ojos desorbitados, las manos aún crispadas, como si acabara de estrangular a alguien… y estuviera decidiendo si resucitarlo para volver a matarlo. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. Azufre y Terror. Infierno y Azul. Todo junto.
  • Lo siento, joder… - dijo Nico finalmente, con voz pequeña -. Entiendo por qué estás tan nerviosa, Laia… pero déjame que hable con la Dra. Baumgartner… quizás esté de nuestro lado.
Se puso en pie como pudo y se acercó a ella con cautela, midiendo cada paso, sabiendo que aquel perro mordía a la primera de cambio. Pensó, inocentemente, que lo peor ya había pasado. Pero se equivocaba - pocas veces lo hacía - pero esta vez, lo peor estaba a punto de suceder. Fue justo cuando sus miradas se cruzaron que Nico… sintió el auténtico terror.

Los ojos de Laia brillaban, pero no de rabia ni de tristeza. Brillaban de azul. Un azul intenso, imposible. Neón puro. Hermoso y peligroso a partes iguales. Era el mismo color de la Mycena Neonfaucis, pero no la domesticada, no la que crecía dócil en placas de Petri o en sustratos controlados. Era la salvaje. La primitiva. La que habitaba en las entrañas húmedas de las cuevas peruanas, donde la luz no debería existir.

Nico tembló de arriba abajo. Aquel brillo, tan natural y tan antinatural al mismo tiempo, parecía atraerlo. Se sintió como uno de esos insectos estúpidos, una polilla desesperada buscando la salida, engañada por una luz que no prometía libertad, sino digestión. Micelio hambriento disfrazado de faro.
  • Laia… - susurró, horrorizado -. ¿Es… estás bien?
  • ¿Cómo voy a estarlo, Nico? - respondió ella, abatida -. Acabas de mandarlo todo a la mierda, joder.
Él dio un paso más, casi sin darse cuenta. El azul lo ocupaba todo: las pupilas, las retinas, el iris, la córnea. No había blanco. No había refugio.
  • Tu…tus ojos…
  • Van a quitarnos el experimento - continuó ella, como si no lo oyera -. Se van a apoderar del descubrimiento y se van a hacer multimillonarios a nuestra costa…
  • Laia… - repitió Nico, ya demasiado cerca -. Tus ojos…
  • Van a esclavizarnos, Nico… - repetía como un mantra - Van a convertir la salud en un negocio, ¡que cojones!… eso ya lo hacen ahora. Lo convertirán en algo mucho peor, joder… en un lujo solo para ricos.
Nico se puso en cuclillas frente a ella. Apoyó una mano sobre su muslo; la otra se alzó, temblorosa, hacia su rostro. Observaba con los ojos muy abiertos aquel azul que ya lo era todo para él. No pensaba con claridad. No pensaba en el peligro. Ni siquiera en el miedo, tardío y torpe, a que Laia estuviera sufriendo efectos secundarios por el contacto con la Mycena Neonfaucis. Estaba claro que los sufría. Pero ya no le importaba, pues ya no podía procesar información.

Nico ya no era un científico.
Era una polilla.

Cuando sus dedos rozaron la mejilla de Laia, algo se rompió.
No fue un sonido. Fue una certeza.

La polilla acababa de descubrir que aquella luz no guiaba: cazaba.
La depredadora luminosa atacó.

Laia alzó la cabeza de golpe y lo miró directamente. El neón se intensificó, como si alguien hubiera subido un regulador invisible. Lo invadió todo, el baño, el laboratorio, su cerebro, el universo entero. Nico sintió un latigazo en el pecho, una presión seca que le cortó el aliento. El laboratorio desapareció. El baño desapareció. Incluso el miedo desapareció. Solo quedó el color. El neón. El vértigo.
  • No… - intentó decir, pero la palabra se le quedó a medio camino, disuelta en la garganta.
Laia le agarró la muñeca con una fuerza que no era suya. No era violenta: era precisa. Pero no precisa de laboratorio: era natural. Una trampa bien diseñada, precisa, letal. Nico comprendió entonces que no estaba siendo atrapado por ella, sino por algo que la atravesaba por dentro. Algo antiguo, ancestral. Algo hambriento, salvaje. Algo que no pertenecía del todo a su mundo recto y estructurado, de cálculos matemáticos y experimentos empíricos. Nico tragó saliva - tarde -. Se dio cuenta - demasiado tarde - que algo incontrolable había despertado.

Laia se abalanzó sobre él con la súbita ferocidad de una pantera negra emboscando en la oscuridad cerrada de la selva. Cayeron al suelo, derrapando sobre la superficie. Nico, sobrepasado por la intensidad, intentó reptar desesperadamente para ganar espacio, pero ella lo interceptó con la precisión quirúrgica de una araña, cercando cada vía de escape hasta dejarlo inmovilizado en su red de telarañas. Se encaramó sobre él, anclándolo contra el suelo con una mirada depredadora.

Cuando Nico intentó zafarse, ella le inmovilizó las manos: el agarre de sus dedos sobre las muñecas fue como el abrazo demoledor de un oso grizzly, una fuerza bruta que anulaba cualquier resistencia. Él intentó liberarse creyéndose capaz - pesaba más que ella, tenía más fuerza -, pero no pudo. Era como si de repente, Laia tuviera la fuerza de veinte mujeres. Nico se estremeció, sintió miedo e intentó defenderse con lo último que le dictaba el instinto, los dientes, pero ella se anticipó con la velocidad eléctrica de una leona hincando el colmillo en la yugular.

Nico gritó de dolor al sentir su mordida, pero ella asfixió el sonido con un beso invasivo; su lengua, como la de un camaleón, se introdujo húmeda y prensil, explorando cada rincón de su boca con un movimiento frenético. El miedo de Nico empezó a transmutar en una confusión eléctrica que recorrió su columna. Sus sentidos vivían en una paradoja: dolor y placer, miedo y diversión, amor y sexo. Se puso duro al mismo tiempo que temblaba y al sentir la tensión en la entrepierna de él, Laia reaccionó con una intensidad incontrolable. Empezó a moverse sin romper el beso. El ritmo se volvió vertiginoso; una fricción violenta, tejido contra tejido, entrepierna contra entrepierna, fuerza contra fuerza.

Nico gemía de placer, sintiendo el aire escasear en sus pulmones, mientras ella apretaba sus muñecas con tal saña que el pulso parecía detenerse bajo su piel. Sintió como estaba a punto de manchar los calzoncillos y entonces, el ambiente cambió, Laia cambió. Lo detectó al instante, rastreando en el aire las sensaciones descontroladas que inundaban la habitación: androstadienona, androstenona, testosterona, cortisol y adrenalina.

Al olfatear las hormonas - al sentirlas en sus fosas nasales -, el azul de sus pupilas se encendió con un brillo sobrenatural. La fricción se volvió una lucha de poder, - más fuerte, más rápido - cuerpo contra cuerpo, tela desgastando tela. Nico intentó resistirse, pero no funcionó. Puso los ojos en blanco, perdiendo el ancla con la realidad; se corrió en un espasmo violento donde se fundieron la sorpresa, el terror y una sensación de placer abrumadora. Laia, con cada espasmo de su miembro, se volvió más loca, más furiosa. Su lengua camaleónica moviéndose frenéticamente y mantuvo el movimiento furioso unos segundos más, alimentándose de la inercia, hasta que sintió que la energía de él se extinguía. Se separó lentamente de su boca, dejando que Nico volviera a respirar por la boca. El azul eléctrico de sus ojos se marchitó poco a poco hasta recuperar su tono habitual. De repente se detuvo en seco, recuperando la consciencia, y lo miró con una confusión genuina.
  • ¿Qué… qué ha pasado?
Nico se quedó mudo, sin saber que contestar, el corazón - y su polla - todavía golpeando con fuerza. Observaba a Laia mirándolo confundida, rebajando la intensidad de su agarre con la que lo mantenía retenido, y algo en su expresión lo desconcertó profundamente. No había pasado lo mismo que la primera vez. La “azulita” no la había “transformado”, no la había hecho más curvilínea ni más irresistible. Y al parecer, esta vez, tampoco recordaba nada.

“¿Por qué?”, se preguntó varias veces, sin hallar respuesta. Comprendía lo que sucedía, pero no el motivo. Aunque ahora se hubiera escondido, quedaba claro que el veneno azul seguía vivo en su interior, latiendo, palpitante, como un organismo autónomo, una fuerza que no obedecía a ninguna voluntad humana. “Quizás…”, pensó, “El enfado monumental de antes ha despertado lo que siempre ha estado oculto”. Era la hipótesis más realista: Un catalizador que hubiera provocado esa energía primitiva, esa esencia que no era visible, que no se dejaba atrapar por análisis ni microscopios, pero que ahora estaba allí, latente y peligrosa, dentro de su cerebro.

Nico imaginó un sistema biológico dentro de ella que respondía a estímulos extremos, un circuito de retroalimentación que amplificaba la agresión, la adrenalina y el instinto, transformando su organismo en algo más animal. Sus pensamientos se volvieron casi clínicos: La “Azulita” actuando como un modulador neurológico, alterando la expresión genética de células específicas, activando vías que normalmente permanecían silentes.
  • Nico… ¿qué me ha pasado? - volvió a preguntar.
  • ¿No recuerda nada? - dijo él bajo ella, observándola profundamente.
  • No… yo… estaba sentada en el baño y… de repente…
No necesitaba más respuestas. Era sin duda una reprogramación neuroquímica de alto nivel: aumento de dopamina y noradrenalina, liberación masiva de hormonas del estrés y la agresión. Hiperactividad de los circuitos amigdala-corticales que controlan el instinto y la defensa. En otras palabras, lo que había percibido como un ataque irracional y primitivo no era irracional: era biológicamente lógico. La idea de mutantes y evolución humana volvió a su mente.

Aquella fuerza que había demostrado Laia no era suya, pero se manifestaba a través de ella, como si la “Azulita” hubiera activado un código genético latente, un potencial que ningún humano “normal” podía controlar. Cada movimiento de sus músculos, cada brillo de sus ojos, cada gesto de su postura corporal había sido el resultado de una combinación de química, bioelectricidad y una voluntad que no era humana.
  • ¿Qué me está pasando? - preguntó de nuevo Laia, su voz mezclando confusión y algo de miedo, poniéndose en pie con más seguridad de la que Nico esperaba.
Él se incorporó lentamente, tomando distancia y respirando hondo. Por primera vez desde que empezó todo, tuvo la evidencia que la Mycena Neonfaucis no había mejorado nada: la había poseído. ¿Era eso en realidad? Un agente biológico capaz de transformar la conducta, de amplificar lo instintivo, de alterar la psique y el cuerpo de manera irreversible. Tenía sentido de algún modo extraño, como había comprobado en las placas Petri, la Mycena Neonfaucis no era un agente agresivo contra la enfermedad. No mataba, modificaba, devolvía la célula a su origen primitivo. Del mismo modo que ahora, había convertido a Laia en un animal, o quizás algo peor, en un monstruo.

Y aquel monstruo no estaba fuera de ella, estaba dentro.
Imposible saber cuándo o cómo volvería a manifestarse.

Nico cerró los ojos, repasando mentalmente todos los posibles efectos secundarios: hiperactividad neuronal, alteraciones en la liberación de neurotransmisores, cambios epigenéticos, riesgos de neurodegeneración a largo plazo… Un escalofrío le recorrió la espalda. La Azulita había dejado de ser solo un medicamento, o un catalizador. Era un organismo vivo, impredecible. Y, por primera vez, comprendió que él solo no podría contenerlo. Necesitaba ayuda. Y la necesitaba ya.
  • ¿Es este el primer ataque que sufres? - preguntó, tocándole la frente.
  • ¿Ataque? Yo no… no sé de qué… de qué me hablas… - respondió ella, confundida -. ¿Por qué frunces el ceño?
  • Estás ardiendo… - dijo Nico, agarrándola del brazo—. Vamos, siéntate. Te traeré un ibuprofeno.
Laia obedeció y se dejó caer sobre uno de los taburetes. El laboratorio mantenía siempre una temperatura constante, agradable, casi aséptica. Sin embargo, ella sudaba como si estuviera en mitad del desierto. Nico abrió un cajón, sacó un blíster de medicamentos, fue al lavamanos y llenó un vaso de agua. Se lo acercó con rapidez y la ayudó a tragar la pastilla.
  • ¿Has notado cambios significativos en tu cuerpo o en tu comportamiento estos últimos días? - preguntó, observando cómo le temblaban ligeramente las manos.
  • No sé… - respondió ella -. Me encuentro bien. Hasta ahora no había notado nada raro… - se detuvo un instante, pensativa -. Bueno… quizás…
Se quedó en silencio de golpe, sonrojándose.
Nico le apartó con cuidado el cabello húmedo de la frente.
  • ¿Quizás qué? - insistió -. Dímelo, aunque te parezca una tontería. Cualquier detalle es importante.
  • Bueno… he estado… me he notado… un poco más… ya sabes.
Nico abrió otro cajón, repleto de jeringuillas esterilizadas.
Cogió una y rasgó el envoltorio con los dientes.
  • Voy a sacarte una muestra de sangre, ¿vale?
Laia asintió, observándolo mientras él le extraía la sangre con pulso firme. Nico soltó un suspiro casi infantil al comprobar que el líquido era rojo y no azul. Retiró la aguja, colocó un algodón y una tirita sobre su piel, y sin perder tiempo llevó la muestra a la centrifugadora.
  • Me estabas diciendo que habías notado algo… - retomó.
  • Sí…
  • ¿El qué?
  • Nico, yo… - balbuceó Laia, bajando la mirada -. Me da vergüenza.
  • ¿Vergüenza tú? ¡Venga ya! - rió él, intentando restarle peso al asunto.
Se acercó un poco más, con una sonrisa tranquilizadora.
  • Tan enferma no estás…
  • ¿Crees que estoy enferma? - preguntó ella, de pronto asustada.
  • En breve lo sabremos… pero no te preocupes de momento, ¿vale? Ya habrá tiempo para eso.
  • ¡Joder!… menos mal que se te da bien la química, porque como médico te habrías muerto de hambre - bufó -. ¡Qué poco tacto, colega!
Nico le acarició la espalda con suavidad, esperando.
  • Dime… vamos. ¿Qué has notado? Necesito saberlo para…
  • ¡Que estoy muy cachonda, joder! - estalló ella al fin -. Eso es lo que me pasa.
Nico retiró la mano de su espalda casi por reflejo, como si se hubiera quemado. El gesto fue torpe, demasiado rápido. Se aclaró la garganta, nervioso. Tenía mil preguntas acumulándosele en la cabeza - frecuencia, intensidad, detonantes, correlación temporal - y, al mismo tiempo, aquella cercanía le desordenaba el pulso. La deseaba. Y ese deseo lo asustó aún más que los síntomas de su paciente.

Dio un paso atrás, desvió la mirada, buscando aire, buscando distancia.
No podía hacerlo solo. No debía hacerlo solo.

Entonces la vio.

La nota, doblada sobre la mesa, escrita a mano con la letra apresurada de Laia.
El nombre le saltó a la mente como un salvavidas lanzado en mitad del naufragio.

Dr. Lena Baumgartner.

Eso era. Ella podría ayudarlo. Alguien con conocimiento, con perspectiva, fuera del torbellino emocional en el que estaba atrapado. Nico cerró los ojos un segundo, respiró hondo. Por primera vez desde que todo había empezado, tuvo la sensación de que aún existía una salida donde él no acabara en el infierno.

Como el Azufre, siendo el aliento de los volcanes dormidos, una presencia punzante que acecha en las sombras de la memoria, esperando el roce del calor para inundarlo todo con su llama azul y eterna. Esta historia continuará…
 
No sé si dejar una nota a la doctora suiza es un error o un acierto, arriesgado sí que ha sido. La relación de Laia con la Azulita es como la de Obélix con la poción mágica, sobreexposición y efecto permanente. Espero que la doctora Lena Baumgartner ayude a Nico en la investigación y no lo denuncie. También podría ser una buena pareja para Nico.
 
No sé si dejar una nota a la doctora suiza es un error o un acierto, arriesgado sí que ha sido. La relación de Laia con la Azulita es como la de Obélix con la poción mágica, sobreexposición y efecto permanente. Espero que la doctora Lena Baumgartner ayude a Nico en la investigación y no lo denuncie. También podría ser una buena pareja para Nico.
Me da la sensación que la entrada en escena de La Doctora, puede hacer reaccionar a Laia y que empiece a sentir algo por Nico, que de largo es el mejor de todos.
 
Salvando las distancias, Laia es una especie de Doctor Jeckyll and Mr Hyde y supongo que esa doctora de Suiza le va a poder ayudar a controlar eso.

No sé si dejar una nota a la doctora suiza es un error o un acierto, arriesgado sí que ha sido. La relación de Laia con la Azulita es como la de Obélix con la poción mágica, sobreexposición y efecto permanente. Espero que la doctora Lena Baumgartner ayude a Nico en la investigación y no lo denuncie. También podría ser una buena pareja para Nico.

Está claro que algo está sucediendo con la "Azulita", ¿quizás un virus? o ¿quizás algo peor?.
Pronto lo sabremos... Por otro lado, es evidente que Laia como paciente cero, y la única que ha tenido contacto real con la "Azulita", está sufriendo cambios, como si hubiera despertado algo ancestral en su interior. Y aunque la doctora suiza sea una incógnita, parece la única capaz de que Nico pueda seguir con la investigación.

Se vienen curvas, señores.
En el siguiente capítulo, veremos como Nico intenta imponer una abstinencia sexual para evitar que ese "virus" se expanda.
La pregunta es: ¿Será capaz de conseguirlo?

Mañana nuevo capítulo.
¡Nos leemos!
 
Me da la sensación que la entrada en escena de La Doctora, puede hacer reaccionar a Laia y que empiece a sentir algo por Nico, que de largo es el mejor de todos.

Estamos dando por sentado que la doctora es una chica joven, pero y si es un carcamal vejestorio, se la dejamos a Gustavo? O le dejamos la madre de Laia cuando la curen y así tiene a la madre y a la hija para su deshago pajeril?
 
Está claro que algo está sucediendo con la "Azulita", ¿quizás un virus? o ¿quizás algo peor?.
Pronto lo sabremos... Por otro lado, es evidente que Laia como paciente cero, y la única que ha tenido contacto real con la "Azulita", está sufriendo cambios, como si hubiera despertado algo ancestral en su interior. Y aunque la doctora suiza sea una incógnita, parece la única capaz de que Nico pueda seguir con la investigación.

Se vienen curvas, señores.
En el siguiente capítulo, veremos como Nico intenta imponer una abstinencia sexual para evitar que ese "virus" se expanda.
La pregunta es: ¿Será capaz de conseguirlo?

Mañana nuevo capítulo.
¡Nos leemos!

Imponer una abstinencia sexual en ese grupo es como apagar un fuego con gasolina, IMPOSIBLE.
 
Estamos dando por sentado que la doctora es una chica joven, pero y si es un carcamal vejestorio, se la dejamos a Gustavo? O le dejamos la madre de Laia cuando la curen y así tiene a la madre y a la hija para su deshago pajarilla?
Aunque Laia no me cae demasiado bien, espero que no tenga el mal gusto de liarse con ese.
A mí de este relato, el único personaje que vale la pena es Nico
En los primeros capítulos me caían muy bien la pareja Gabi-Sofi, pero visto la traición a Nico, me caen no mal, pero casi casi.
 
Capítulo 17. Cloro - Un (Ci)licio metafórico

El Cloro (Ci) ocupa el diecimoséptimo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del cloro con el concepto del cilicio - entendido como una herramienta de represión de los impulsos, la contención forzada de la naturaleza y la búsqueda de la pureza a través de la castración del deseo -, obtenemos el retrato de una disciplina que busca esterilizar la pasión. El cloro es el elemento que higieniza el mundo a costa de su propia agresividad, el gas que detiene la vida biológica para imponer un orden aséptico.

La Represión según el Cloro: El Cilicio Químico

1. El Agente Esterilizador (La Pureza por Aniquilación)

El cloro se utiliza para eliminar cualquier rastro de vida orgánica en el agua. Su misión es limpiar, pero lo hace destruyendo las membranas y las estructuras de los microorganismos. La represión de los impulsos funciona como una "cloración" del espíritu. Es el intento de esterilizar el deseo para que la mente se mantenga cristalina, sin las "impurezas" de la carne. Como el cloro en una piscina, el cilicio mental busca un estado de pureza donde nada orgánico, salvaje o espontáneo pueda sobrevivir, transformando el océano de la pasión en un estanque controlado y sin vida.

2. La Sed de Electrones (La Tensión del Vacío)
El cloro es extremadamente ávido: le falta un solo electrón para estar completo y lo busca con una violencia desesperada, robándoselo a cualquier elemento que se cruce en su camino. Reprimir un impulso es vivir en un estado de tensión electrónica constante. El "cilicio" no elimina el deseo, solo lo comprime. Como el átomo de cloro, la persona que reprime su naturaleza vive en una carencia perpetua, una sed de completar su órbita que, al no ser satisfecha, se vuelve corrosiva. La represión es una fuerza negativa que, al intentar contenerse, acaba por desgastar las paredes que la encierran.

3. El Gas de Trinchera (La Sofocación del Instinto)
En su estado puro, el cloro es un gas verde amarillento, denso y letal, que asfixia los pulmones al reaccionar con la humedad de los tejidos. Cuando la represión se vuelve absoluta, se convierte en un veneno interno. El impulso reprimido no desaparece; se transforma en un "gas" psicológico que sofoca la creatividad y la alegría. El cilicio mental acaba por quemar el aire que respiramos, convirtiendo nuestra propia vitalidad en un agente extraño que nos impide inhalar la vida con libertad.

4. La Estabilidad de la Sal (El Pacto de la Neutralización)
Solo cuando el cloro se une al sodio - un metal violento -, ambos se calman y forman la sal común, un cristal estable y necesario para la vida. La represión total - el cloro solo - es letal. Solo la integración del impulso - el sodio - permite la estabilidad. El cilicio es el intento fallido de negar una de las partes del cristal. Sin la aceptación de la fuerza del impulso sexual, no hay sal, no hay sabor, solo hay un gas irritante que busca una unión que nunca se permite alcanzar.

5. El Blanqueador Universal (La Pérdida del Color)
El cloro es el componente principal de la lejía; su función es arrebatar el color a las fibras, dejándolas blancas, uniformes y vacías de matices. La represión sexual actúa como un blanqueador del alma. Al anular el impulso, se pierden los colores de la personalidad, las texturas del carácter y la calidez del encuentro. El uso del "cilicio" mental busca una blancura moral que, al final, es solo la ausencia de vida, una uniformidad fría donde el individuo deja de ser un prisma para convertirse en una superficie pálida y estéril.

Conclusión: La represión de los impulsos, vista a través del cloro, es la geometría de la desinfección. Es un proceso que sacrifica la vitalidad en el altar de la higiene espiritual, utilizando la propia agresividad del elemento para contener su naturaleza. Vivir bajo el símbolo del cloro y el cilicio significa entender que el intento de blanquear el deseo suele terminar por corroer el recipiente que lo contiene, recordándonos que la verdadera pureza no nace de la asfixia, sino de la integración.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¡¿Cómo que abstinencia?! - preguntó Sofi, a medio bajarse las bragas -. ¡Me estás tomando el pelo, ¿verdad?!
  • No, cariño… te lo acabo de decir - respondió Gabi, apartándose de ella no sin esfuerzo -. Nico ha dicho que nada de sexo, ni besos, ni…
  • ¡¿BESOS TAMPOCO?! - gritó ella, fuera de sí.
  • Sí, joder… y no chilles tanto, por favor - la amonestó Gabi, con una sonrisa imposible de borrar.
Como muchas veces hacían después del trabajo, se habían parado a tomar una cerveza en un bar cerca de casa. En ese preciso instante estaban encerrados en el baño de mujeres, a punto de repetir otro encontronazo peligroso en un lugar público, hasta que Gabi había recordado la advertencia de Nico.

Sofi, después de fulminarlo con la mirada, le dio un empujón cariñoso y se acercó al lavabo. Le dio al pulsador y se mojó un poco la nuca, intentando apagar, de algún modo, el incendio que le recorría el cuerpo.
  • Si ese friki se ha creído que no vamos a darnos ni un miserable beso, lo lleva claro.
Gabi apoyó el trasero en el mármol, a su lado, divertido. Sacó el teléfono de su bolsillo y llamó a Nico, activando el manos libres.
  • ¿A quién llamas? - preguntó ella al oír el tono.
  • A alguien que pueda convencerte, mi vida.
  • ¿Hola?
  • Hola, colega…
  • ¡Ah, hola, Gabi!… dime, ¿va todo bien? ¿Ha pasado algo?
  • Nada, tranquilo… todo bien - sonrió -. Pero necesito que me ayudes.
  • Sí, claro, ¿qué nece…?
  • ¡A ver! - interrumpió Sofi, de golpe -. ¿Qué es eso de abstinencia total? ¿Qué pasa aquí? ¿Eres la Santa Inquisición ahora o qué? Si quieres, ponme un cinturón de castidad ¡ya que estamos!, o una de esas mierdas con pinchos…
  • ¿Un silicio, dices? - respondió Nico al otro lado de la línea.
  • ¡Me importa una mierda cómo se llame, Nico! ¡¿Se puede saber a qué viene todo esto?!
  • Colega, se lo he intentado explicar, pero…
  • ¡Tú cállate! Quiero que me lo cuente él.
Gabi se pasó la cremallera imaginaria por la boca, encantado con el espectáculo.
  • A ver, Sofi… tenemos que ser precavidos. Esta mañana Laia ha sufrido un ataque. Perdió la conciencia y…
  • Eso ya lo sé, he hablado con ella este mediodía.
  • ¿Y te contó lo que le pasó?
  • Sí, joder. Pero no entiendo, ¡porqué no puedo ni darle un beso a mi puto novio!
  • A ver… es sencillo. He analizado su sangre y Laia está… por decirlo de algún modo… contaminada por la Mycena Neonfaucis. Sus neurotransmisores están en…
  • ¡En cristiano, Nico! - exigió Sofi.
  • Vale… per… perdona, joder…
Gabi ya ni se molestaba en disimular: se reía a carcajadas.
  • Dicho de otra manera… Laia tiene algo parecido a un virus. Y como cualquier virus, solo tiene una misión: expandirse. Necesita nuevos huéspedes para crecer, para hacerse más fuerte. Por eso es fundamental que no se propague. Por eso debemos mantenernos en abstinencia.
  • Pero… - Sofi se rascó la barbilla -. Eso es su puto problema, Nico… ¡sin ofender! ¿Por qué nosotros también tenemos que…?
  • Porque mantuvisteis relaciones con ella, Sofi - le corto de repente - Tanto tú como Gabi.
  • ¡Ah! Te lo ha contado… - dijo Sofi, clavando la mirada en su novio. Tapó el auricular y le susurró - ¿Tú lo sabías?
  • Sí… me lo ha contado - rió Nico, justo cuando Gabi negaba con la cabeza -. Y por eso debéis manteneros en aislamiento. ¡Todos en realidad! Laia, vosotros dos, Gustavo… y yo también.
  • ¡Espera un segundo, colega! - rió Gabi -. ¿Tú también por qué? ¿Nos hemos perdido algo, acaso?
  • Bueno… ya os lo contaré - respondió Nico, ruborizado -. De momento, sed precavidos, ¿de acuerdo? Y, Sofi, solo me falta una muestra de tu sangre. Le he dado una jeringuilla a Gabi para que me la traiga mañana al laboratorio…
Sofi negó con la cabeza, incapaz de rendirse. Agarró la mano de Gabi y acercó el móvil a la boca.
  • ¿En serio que nada de nada? - insistió -. ¿Ni un piquito de buenas noches?
Nico soltó una carcajada al otro lado de la línea.
  • Nada de nada - confirmó entre risas -. Será poco tiempo, lo prometo. Tomároslo como unas vacaciones…
  • ¡Sí, claro! Unas vacaciones en un colegio de monjas. ¡No te jode!
Nico y Gabi rieron. Sofi seguía refunfuñando, brazos en jarra. Justo ahora que habían recuperado la pasión, todo parecía empeñado en ponerse en contra. Maldita suerte la suya.
  • Colega, nos vemos mañana en el curro - se despidió Gabi -. Y ya me contarás lo de Laia, ¿eh? No te vas a escapar.
  • Venga, Gabi, cuídate. Un beso, Sofi. Nos vemos pronto.
  • Ciao…
  • Ciao…
Gabi guardó el teléfono en el bolsillo mientras observaba divertido a su novia.
  • No sé qué te hace tanta gracia, la verdad…
  • Venga, vida… - dijo él en tono conciliador, acercándose para abrazarla -. Nico es un genio, seguro que lo soluciona rápido.
Sofi lo empujó suavemente, recuperando la sonrisa.
  • ¡Eh! Recuérdalo… aislamiento total.
  • ¿Total? - preguntó él, juguetón.
Ella asintió, ahora con una sonrisa de oreja a oreja.
  • ¿Y quién me saca a mí ahora esta calentura? - añadió Gabi, tonteando.
  • La única que jamás te dirá que no.
Lo dijo mofándose, mostrándole la mano derecha , antes de salir del baño contoneando exageradamente el trasero. Gabi la siguió, hipnotizado, como si fuera la flautista de Hamelín, incapaz de apartar la mirada de sus curvas.
  • ¡Dios mío! - exclamó teatralmente, alzando los ojos al cielo -. ¡¿Por qué me castigas de este modo?!
Sofi soltó una carcajada y ambos tomaron el camino a casa, aferrándose a la esperanza de que Nico pusiera pronto fin a aquella condena que, sin apenas haber comenzado, ya pesaba como una cadena perpetua. Y hablando de él, vayamos ahora a aquel chalet de la Moraleja donde el “genio” seguía trabajando sin descanso.

La partida ya iba mal… y lo sabía. Jungla. Siempre jungla. Porque alguien tenía que cargar con el peso invisible de las derrotas. Minuto ocho. El marcador sangraba: 2–9. Botlane había feedado como si fuera un ritual de sacrificio y el mid pingueaba peligro con la desesperación de quien ya ha perdido la fe. Nico respiró hondo. Manos firmes. Clics precisos. El ratón era ahora su bisturí. Entró en su jungla como un depredador herido, robándose su propio azul porque el jungla enemigo ya se sentía dueño del mapa. Cada camp era una cuenta atrás, cada smite una decisión quirúrgica. No podía permitirse fallar. No hoy.
  • Tranquilo, escala… - murmuró por el micrófono de sus cascos.
Top pedía ayuda. Demasiado tarde. Teleport enemigo. Doble kill. Chat explotando. Nico lo silenció todo. /mute all. Como en el laboratorio: aislar el ruido, quedarse solo con el problema. Dragón en treinta segundos. El enemigo lo sabía. Él también. Se coló por el río con visión mínima, esquivando wards como si fueran sensores de movimiento. El corazón le latía rápido, no por la partida, sino por la costumbre de vivir siempre al límite. Cálculo, riesgo, recompensa.

Entró. Smite perfecto. Dragón robado. El sonido fue puro placer químico. Dopamina digital. Por un instante, la partida se giró. Pings aliados. Un “?” del jungla rival. Nico sonrió por primera vez en toda la partida. Pero el snowball enemigo ya era demasiado grande. Teamfight en mid. Mal posicionamiento. Un stun que no debía entrar. Y el final irremediable: Pantalla en gris. Derrota.

Nico se recostó en su silla, mirando el contador final. No había rabia. Solo cansancio. Aquella partida se le había girado en contra como todo lo demás últimamente: por pequeños errores acumulados, por variables fuera de control, por creer que podía cargar él solo con sistemas demasiado complejos. Cerró el cliente del juego. Se apoyó en el respaldo de la silla y se frotó los ojos. La Azulita, Laia, Sofi, Gabi, Gustavo… Él mismo. Todos eran ahora piezas de un mapa que ya no entendía del todo. Y, como en la partida recién perdida, empezaba a sospechar que el enemigo no estaba donde él creía.
  • Necesito refuerzos… - susurró al vacío.
Y esta vez no hablaba del juego.

Sacó del bolsillo la nota arrugada donde estaba anotado aquel nombre que empezaba a convertirse en otro dolor de cabeza: Dra. Lena Baumgartner. Nico sonrió al reconocer la letra de Laia, el apellido mal escrito, la caligrafía rápida y nerviosa, tan inquieta como su alma. Aún no lo había hecho, quizá por el miedo a que todo se fuera definitivamente a la mierda. Suspiró hondo, dudando si llamarla al día siguiente. ¿Podía confiar en ella? Era imposible saberlo.

Cuando hicieron el descubrimiento, ellos - el equipo - decidieron utilizarlo para hacer el bien, para intentar crear un mundo más justo. Aunque, sí, era cierto que algunos - Gustavo y Gabi, en concreto - albergaban planes paralelos, más torcidos, más pervertidos. Aun así, Nico confiaba en ellos, en todos y cada uno. No de un modo racional, sino instintivo, casi visceral. El tipo de confianza que pesa de verdad. La doctora suiza, en cambio, era un misterio. Una pieza nueva sobre el tablero. Y Laia se lo había advertido: no podían fiarse de gente ajena. No cuando tenían entre manos algo tan poderoso.

Alguien llamó a la puerta.
  • Pasa - dijo Nico, guardando la nota en el bolsillo.
  • Hola, cariño…
  • Hola, mamá - sonrió girando la silla con un impulso de los pies.
  • Me voy ya, que tengo a tu abuela echando humo por las orejas - dijo ella con prisas, mientras se ponía los pendientes -. Violeta ha dejado la cena hecha.
Nico se puso en pie para darle dos besos, sin poder evitar fijarse en que iba demasiado arreglada para una simple visita a la abuela. Aunque tampoco le dio demasiada importancia. Todos sabían que Paloma, su madre, era una mujer excesivamente presumida.
  • Vale, mamá.
  • Cena con tu padre, ¿de acuerdo? Y no te acuestes muy tarde…
  • Sí, mamá. Y dale recuerdos a la yaya.
  • De tu parte, cariño.
Se despidieron y mientras ella salía de casa, Nico se acercó a la cocina. Consultó la hora en el móvil: aún era pronto. Así que, antes de cenar, decidió bajar a echar un vistazo a su cultivo ilegal de “Azulita” en el garaje. Pues ese había sido el lugar elegido.

Desde allí, casi escondida a propósito, una pequeña puerta daba acceso a un trastero diminuto: la típica habitación oscura y húmeda donde se amontonan trastos viejos, recuerdos inútiles y polvo del que nadie quiere hacerse cargo. Precisamente por eso era perfecta. Sin uso, casi olvidada y, sobre todo, cerrada con llave. Además, la única llave la tenía Nico. Solo él. Se había asegurado de ello con un cuidado casi obsesivo.

Avanzó por la casa con cautela, midiendo cada paso, procurando no cruzarse con nadie: ni con Valeria ni con su padre. No fue difícil; el chalet era lo bastante grande como para no encontrarse con nadie durante una vida entera. El silencio lo acompañaba, denso y expectante, cuando entró en el garaje. Se detuvo frente a la puerta. Sacó la llave del bolsillo. Miró a un lado, luego al otro. Escuchó pacientemente. Apenas el zumbido lejano de la casa respirando. Entonces giró la cerradura, entró con rapidez y cerró tras él, dejando el mundo al otro lado.

El cultivo era, cuanto menos, decepcionante. “Cutre”, según sus propias palabras.
Nada que ver con lo que Nico había imaginado en un principio.

Una sola bandeja metálica, apoyada sobre una mesa improvisada. Y en ella, una única Mycena Neonfaucis, erguida como una reina solitaria en un reino miserable. El sustrato era escaso: el puñado robado del laboratorio suizo, mezclado con piedras que había recogido a toda prisa en un campo cercano. Improvisación pura. Supervivencia científica. Era lo único que había podido montar a contrarreloj, con el pulso acelerado y el miedo mordiéndole la nuca. Aunque no perdía la esperanza, pues sabía que pronto habría más. Tenía que haberlo si quería seguir adelante.

Comprobó el higrómetro que había cogido prestado del laboratorio. “Humedad correcta”, pensó. Luego ajustó el termómetro. “Temperatura estable”, se dijo mientras asentía. Al menos eso lo había hecho bien. La luz era casi inexistente, apenas un susurro, justo como debía ser. Aquel rincón vivía en penumbra perpetua, como una cueva artificial arrancada del mundo.

Se agachó frente a la bandeja y observó la seta de cerca. El sombrero azul parecía respirar, emitir una luminiscencia tenue, orgánica, nada que ver con un simple reflejo. Con cuidado, separó un poco el sustrato para comprobar que el micelio estuviera bien anclado. Entonces frunció el ceño. No podía ser. Se inclinó aún más. Se quitó las gafas un segundo, las limpió con la camiseta y volvió a colocárselas, acercando el rostro hasta casi rozar la bandeja. Su corazón empezó a latir más rápido. Ahí estaban: dos pequeñas Mycena Neonfaucis brotando, diminutas pero inconfundibles, como uñas azules rompiendo la roca desde dentro. Habían crecido demasiado rápido. Muchísimo más rápido de lo que cualquier otra especie podría lograr.
  • No… no es posible - murmuró.
Aquello no encajaba con nada de lo que conocía.
Pero era real. Estaban ahí. Vivísimas.

Debía anotarlo. Cuanto antes. Aquello no era un simple crecimiento acelerado; era otra cosa. Una biología distinta, agresiva, voraz. Aquella especie estaba muy por encima de cualquier hongo que hubiera estudiado jamás. No seguía las reglas: las reescribía. Y, una vez más, la idea de buscar ayuda volvió a abrirse paso en su mente.

No necesitaba un micólogo. Sus conocimientos en el campo, superaban con creces las de cualquier entendido. Necesitaba otra cabeza pensante, otro punto de vista, alguien con quien debatir, contrastar hipótesis, compartir el peso de aquel descubrimiento que empezaba a resultar demasiado grande para cargarlo solo.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que tardó un segundo en reaccionar cuando lo oyó.
Un ruido. Seco. Breve. Nico se quedó completamente quieto.

El silencio volvió a caer, espeso, casi hostil. Se incorporó despacio, conteniendo la respiración, y avanzó hacia la puerta. Sin hacer el menor ruido, pegó la oreja a la madera. Y escuchó.
  • ¿Usted está seguro de que su mujer se fue, pues?
  • Sí, hace nada…
  • ¿Y su hijo, Rogelio? Mire que si él nos descubre.
  • Estará con el ordenador, no te preocupes…
  • De pana que esto está mal…
  • Y por eso me gusta tanto.
Nico tragó saliva al escuchar los gemidos. No hacía falta ser un genio para intuir quién estaba al otro lado de la puerta ni qué tipo de actividad se estaba gestando allí. En aquel cubículo estrecho, húmedo, iluminado únicamente por el azul natural de la “Azulita", algo dentro de él empezó a empujar. No era valentía. Tampoco desafío. Era, simple y llanamente, curiosidad.

Una curiosidad sucia, culpable, - pero innegable - que le arañaba el estómago. No pensó en enfrentarse a nadie, no pensó en consecuencias, ni en tan siquiera en su madre. Solo deseaba ver. En visualizar aquello que siempre había soñado, aquello con que tantas veces se había masturbado. Deseaba ver a Violeta en todo su esplendor, y aunque su padre era un obstáculo, le daba igual, en ese instante era solo eso: un actor molesto en una escena porno de su actriz preferida.

La luz azul parecía pulsar, acompasada a su respiración. Puso la llave en el cerrojo y giró con una delicadeza extrema. Apretó los dedos alrededor del pomo, sintiendo el frío del metal filtrarse hasta el hueso. Giró la muñeca con una lentitud casi ceremonial, como si el propio aire pudiera delatarlo. La puerta se abrió apenas unos centímetros. Lo justo para mirar. Lo suficiente para que algo dentro de él ardiera de repente. Y mientras observaba desde la grieta, con el corazón golpeándole las sienes, Nico comprendió que no todos los secretos familiares estaban hechos para ser descubiertos… y que algunos, una vez vistos, ya no se podían olvidar jamás.

Aunque intentó evitarlo, lo primero en que se fijó fue en su padre: su mirada era lasciva. La mirada de un hombre que incluso sabiendo que estaba haciendo algo inmoral, le daba completamente igual. La percibió cruelmente familiar. No por ser su progenitor, sino por el deseo que devoraba sus facciones, sus actos, sus decisiones… La calentura que lo empujaba a cometer aquella traición. Era, sin duda alguna, el mismo deseo que tantas veces se había dibujado en su propio rostro, la misma pasión desenfrenada que corría por sus venas.

“De tal palo tal astilla", pensó irónicamente mientras observaba como las manos de su padre desabrochaban - con calma contenida, disfrutando del momento - los botones del traje de servicio de Violeta, uno a uno. Nico empezó a desabrocharse el pantalón y bajó la bragueta. Violeta llevaba puesto aquel mono blanco - el de siempre, el que tanto le gustaba -, de mangas cortas, escote sugerente y terminado en una corta falda. Su madre siempre se quejaba cuando la veía, porqué - según su criterio - pensaba le iba demasiado pequeño. Y aunque él también lo creyera, no decía nada, pues no le molestaba, más bien todo lo contrario.

Nico, con los pantalones en el suelo, se bajó los calzoncillos hasta las rodillas, comprendiendo - justo en ese momento - quien se encargaba de la vestimenta del servicio en aquella casa. Cuando Rogelio terminó de desabrochar todos los botones, ella relajó los hombros y se dejó desnudar. El vestido cayó al suelo con delicadeza, como si flotara sin gravedad. Nico ya no pudo ver nada más que su cuerpo. Su padre desapareció. Literalmente. La piel morena de ella, su enorme culo curvilíneo, el fino tanga que llevaba puesto. Dejó de acariciarse la polla y empezó a masturbarse, rápido, frenético, sin apenas pensarlo.

Violeta se puso en cuclillas, Nico aumento el ritmo al ver como desabrochaba el pantalón de su padre. Y mientras observaba, casi sin pestañear, como le chupaba la polla, no pensó en traiciones, ni cuernos, ni en matrimonios rotos, ni mucho menos en su madre. Solo pudo pensar en que lo daría todo - incluso su vida -, por ser su padre en aquel justo momento.

“Quizás Gabi y Gustavo tengan razón”, pensó.
“Podría tener a Violeta de rodillas cuando quisiera, a cualquier mujer en realidad…”
“Podría tenerla… ¡no, mejor aún!… a ella y a Laia a la vez, a las dos… haciéndome una…”

Y hablando de mamadas, vallamos ahora a ese piso humilde en Hortaleza, donde Laia preparaba la cena para su madre. No, no era ella quien estaba mamando. Aunque no lo llevaba demasiado bien, Laia se estaba controlando - a duras penas, sí -, pero lo estaba consiguiendo. De quien hablamos es de Raquel, su vecina. Como tantas otras veces, el calentador de casa de sus padres se había estropeado y le había pedido si podía ducharse en la suya. Laia había aceptado, por supuesto. Le debía demasiados favores como para negarse y, además, Raquel era mucho más que una simple vecina: se conocían desde pequeñas. Habían crecido juntas - por caminos distintos, incluso opuestos -, pero juntas al fin y al cabo.

Siendo sinceros, no había ningún calentador estropeado. Raquel había mentido y, sí, no era la primera vez. Le gustaba ducharse en casa de Laia, no porque hubiera más presión o el agua saliera más caliente, sino por los “juguetes” que ella guardaba en el segundo cajón del baño. Los había descubierto - tiempo atrás - por error. Una tarde en la que el calentador sí se había roto de verdad y, desde aquel día, cuando el hambre apretaba, recurría a la misma excusa para ducharse como ¡Dios manda!.

Laia abrió la puerta del horno, cogió un tenedor y comprobó si el pescado ya estaba en su punto. Apagó el gas, se puso un par de guantes de cocina y, con cuidado, sacó la bandeja metálica, cerrando la puerta con el pie. Había preparado dorada al horno, su especialidad. Una receta sencilla y que siempre daba el Do de pecho. Cocina sin complicaciones pues bastantes tenía ya. Esta vez preparó tres raciones: una para su madre, otra para ella y la tercera para Raquel, a quien había invitado a cenar en agradecimiento por haber pasado el fin de semana cuidando de su madre.

Colocó una dorada en un plato y añadió la guarnición a un lado: patata, tomate y cebolla. Puso el plato sobre una bandeja de plástico junto a los cubiertos y una servilleta, y lo llevó al cuarto de su madre, que se removía en la cama, vencida otra vez por el dolor.
  • Cariño… - dijo al verla entrar -. ¿Cuánto falta para la siguiente?
  • Aún queda, mamá… - sonrió Laia, dejando la bandeja en la mesita -. Cena y luego te doy la medicación, ¿de acuerdo?
La ayudó a incorporarse, acomodándole un par de almohadas en la espalda. Lo notó: cada vez pesaba menos, cada día más frágil, reducida poco a poco a un saco de huesos. Colocó la mesita plegable frente a ella y le sirvió la cena.
  • Huele de maravilla, mi vida - sonrió su madre, aspirando el aroma del plato.
  • Que aproveche - respondió Laia, besándola en la frente -. Y si necesitas cualquier cosa, me llamas, ¿de acuerdo?
Antes de que pudiera irse, su madre le sujetó suavemente la muñeca.
  • Puede que haya tomado malas decisiones en el pasado… - dijo, con una sonrisa serena -, pero jamás me arrepentiré de haberte tenido, hija.
  • Venga, mamá… - sonrió Laia, intentando no emocionarse -. No empecemos, por favor…
  • Cada vez que te veo me recuerdas que, al menos, hice una cosa bien en esta vida…
  • Y muchas más que harás - dijo Laia, dándole otro beso -. Ya lo verás…
Se miraron unos segundos en silencio, sonriendo, acariciándose las mejillas.
  • ¡Anda, come! - insistió Laia a punto de llorar -, que se va a enfriar.
Se quedó un momento observándola, viendo cómo ponía cara de sorpresa al probarlo y le regalaba una de esas escasas y añoradas sonrisas. Laia también sonrió, le dio un último beso en la frente y salió de la habitación, ajustando la puerta con cuidado. Se acercó al baño, pensando en sus cosas. El sonido constante del agua golpeando los azulejos llenaba el pasillo, denso, íntimo. Se detuvo enfrente de la puerta y golpeó un par de veces con los nudillos.
  • Tengo la cena lista, si quieres que comamos ya…
Esperó una respuesta que no llegó. Volvió a llamar, esta vez un poco más fuerte.
  • ¿Raquel? ¿Me oyes?
Nada, no contestó. Como había confianza entre ellas, giró el pomo y empujó la puerta. Y en ese justo momento - en ese instante preciso en que asomó la cabeza - lamentó haberlo hecho. Todo ocurrió rápido. Un segundo apenas. Lo suficiente para que el calor que recorría el cuerpo de su vecina pasara directamente al suyo.

Se la encontró de rodillas dentro de la ducha, el agua caliente resbalando por su espalda, sus tetas como ubres de vaca, su culo inmenso y desproporcionado. Laia se estremeció al instante. Aunque Raquel era obesa, poco agraciada y jamás la había visto de aquel modo, esta vez la encontró excesivamente atractiva. Aunque quizás no fuera solo por su cuerpo mojado, sino por lo que estaba haciendo.

Con ambas palmas de las manos apoyadas contra la pared, chupaba uno de sus consoladores. Lo había pegado a los azulejos, y se lo metía dentro de la boca entero, sus labios tocando casi la pared resbaladiza cada vez que tragaba. Aquel sonido que emitía al hacerlo nubló el juicio de Laia por completo, dejándola paralizada. Bajó la vista y vio que debajo de ella tenía otro consolador, pegado al suelo de la ducha. Lo cabalgaba como una experta jinete, sus rodillas resbalando, su enorme culo rebotando contra el plato de cerámica.

Raquel se daba placer como si no hubiera un mañana, pero de repente sintió su presencia. Se giró sobresaltada, el pene de goma rebotando cerca de sus labios, los ojos abiertos de par en par, el cuerpo desnudo reaccionando antes que la cabeza. Se puso de pie, nerviosa, el agua seguía cayendo, implacable, mientras ella intentaba cubrirse con las manos, torpe, desesperada, como si pudiera borrar lo evidente con un gesto inútil.
  • ¡¿Por qué no llamas?! - gritó, con la voz quebrada -. ¡Joder… qué vergüenza!
Tenía la piel enrojecida, no solo por el vapor. El rubor le subía por el cuello, por las mejillas, hasta las orejas. Temblaba, no de frío, sino de haber sido descubierta en aquella situación, en aquel momento tan íntimo, personal e intransferible.
  • Pero… ¿Qué… qué - balbuceó Laia.
No podía apartar la mirada. No solo por morbo. Había algo hipnótico en aquella escena, en aquella exposición tan humana, tan frágil. Raquel parecía encogerse sobre sí misma, deseando desaparecer por el desagüe.
  • ¡Por Dios, vete! - gritó ella, al borde del llanto -. ¡VETE YA!
  • Sí, sí… perdona… - respondió Laia, retrocediendo.
Cerró la puerta con el corazón desbocado. Demasiado despacio, como si no quisiera hacerlo en realidad. El cerrojo sonó como un disparo en el silencio del pasillo. Y entonces ocurrió. No fue la excitación, en realidad. No fue el deseo acumulado durante todo el día, tampoco. Ni tan siquiera fue la imagen de su vecina grabada a fuego detrás de sus párpados. Fue un chispazo.

Algo se encendió en su cerebro con violencia. Un fogonazo azul. Un pulso eléctrico que le recorrió la médula como una descarga mal dirigida. El mundo pareció inclinarse un grado, apenas perceptible, pero suficiente para sentir cómo el calor cambiaba de naturaleza. Ya no era humano. Ya no era emocional. El azul volvió a sus ojos: visible, presente, latente. Siempre estaba ahí, oculto en algún lugar de su cerebro. Esperando, aguardando el momento exacto.

El sobresalto había vuelto a actuar de catalizador. Como una llave girada sin querer. Y aquello que Nico temía - aquello que dormía dentro de ella, paciente y silencioso - despertó de golpe. No era Laia quien respiraba hondo en aquel pasillo. Ya no. Ahora era otra cosa.

Raquel aún nerviosa, llena de vergüenza, y enfadada consigo misma; había inclinado el torso hacia delante intentando desenganchar el consolador del suelo. Estaba de espaldas a la puerta, creyendo estar a salvo. Tiraba de él con una mano, con fuerza, mientras con la otra se sujetaba en la pared para no caer. Maldecía entre murmullos, no solamente por no poder desengancharlo, sino por la angustia que le provocaba la conversación pendiente, que irremediablemente, vendría a continuación. El agua seguía cayendo, a toda presión, ocultando los pasos silenciosos de la depredadora que se acercaba por su punto ciego. Los ojos brillando de un azul neón, fijos en aquel culo abierto.

Cuando Raquel lo sintió, fue una invasión completa, sin previo aviso. Dos manos abriendo sus nalgas, una cara chocando contra ellas, una lengua entrando en su ano. Ni tan siquiera gritó, porqué cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde. El consolador que estaba intentando recoger volvía a estar dentro de su coño húmedo, entrando y saliendo sin descanso, a un ritmo frenético. Apoyó las dos manos contra la pared, gimiendo, llena de placer. No le hizo falta mirar para saber quien era. Tan solo cerro los ojos y se dejó llevar.

Pues… del mismo modo que Laia ya no era Laia, Raquel había dejado de ser Raquel.

Ahora era una polilla, solo eso. Una más. Atraída por una luz que no comprendía, hipnotizada por un brillo tan hermoso como letal. Había cruzado el umbral sin saberlo, había entrado en la trampa con la inocencia de quien confunde el resplandor con una salida. Pero no había salida alguna. Solo una depredadora azul, hambrienta, paciente.

Dicen que la primera vez nunca se olvida.
Y en cierto modo es verdad.

Pero no por romanticismo, ni por magia, ni por destino. Eso se lo dejamos a los poetas. Para un científico, la explicación es bastante más fría… y mucho más fascinante. El cerebro está diseñado para recordar lo nuevo. No lo bello. No lo importante en un sentido moral. Sino lo inédito. Cuando algo ocurre por primera vez, el sistema nervioso lo interpreta como una posible amenaza… o como una oportunidad. Y ambas cosas, desde el punto de vista evolutivo, merecen ser archivadas con prioridad máxima. La clave está en la novedad. Cuando vivimos una experiencia completamente nueva, se activa de forma intensa el hipocampo, la estructura encargada de consolidar los recuerdos episódicos. Al mismo tiempo, el cerebro libera una combinación poderosa de neurotransmisores: dopamina, noradrenalina y, dependiendo del contexto, cortisol. Ese cóctel químico actúa como un subrayador fluorescente sobre las sinapsis implicadas: esto importa, no lo olvides.

La dopamina no aparece solo con el placer, sino con la expectativa y la sorpresa. Por eso una primera experiencia sexual, un primer accidente, una primera humillación o una primera victoria activan circuitos muy similares. El cerebro no distingue si fue “bonito” o “horrible”; distingue si fue nuevo y emocionalmente intenso. La amígdala, por su parte, entra en juego para etiquetar la experiencia con una carga emocional. Si hubo miedo, vergüenza o dolor, refuerza el recuerdo para evitar repetir el error. Si hubo placer o recompensa, lo refuerza para intentar repetirlo. En ambos casos, el resultado es el mismo: una potenciación a largo plazo de las conexiones neuronales implicadas.

Es pura supervivencia.

Desde una perspectiva evolutiva, recordar la primera vez que algo te hizo daño podía salvarte la vida. Recordar la primera vez que algo te dio placer podía ayudarte a buscar recursos, pareja o protección. El cerebro aprendió pronto que lo nuevo es información valiosa… y se volvió adicto a registrarlo.

Por eso las primeras veces quedan grabadas con tanta nitidez: el primer beso, la primera traición, la primera muerte que vimos de cerca, el primer orgasmo, el primer fracaso que dolió de verdad. O como ahora mismo vivía Raquel: la primera vez que se corrió contra el coño mojado y caliente de su vecina…

No sucede porque sean únicas en sí mismas, sino porque rompen un patrón. Después de eso, el cerebro ya sabe qué esperar, y la química se atenúa. La experiencia se repite, pero la huella es más débil.

La memoria, al final, no es un archivo objetivo.
Es un sistema de aprendizaje químico.

Y lo que aprendemos primero, cuando aún no sabemos nada, se escribe con letras más profundas.
No por romanticismo. Sino por pura biología.
  • ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó Laia de repente, como si despertara de un sueño espeso.
La voz le salió rota. Le dolía la cabeza. El cuerpo aún le temblaba como si hubiera corrido kilómetros sin recordar por qué. Entones supo que acababa de tener un orgasmo, aún lo sentia, recorriendo su cuerpo entero. Vio por primera vez a su vecina, mojada, pegada a su cuerpo, sus piernas aún entrelazadas con las suyas.

Raquel, sentada en el suelo de la ducha, respiraba con dificultad. Una mano acariciándose el pecho, la otra encima de su clítoris. Los ojos medio cerrados, la boca aún abierta. Y fue entonces cuando se dio cuenta. Primero de los ojos de Laia. De aquel azul imposible que aún latía débilmente en sus pupilas. Luego, del modo en que ese color se iba apagando poco a poco, como una luz que se queda sin corriente.

Retrocedió instintivamente, sus coños se separaron, como si se dieran un último beso de despedida. Su enorme culo resbalando sobre el suelo mojado hasta chocar su espalda contra los azulejos de la pared.
  • ¿Laia…? - preguntó, manteniendo la distancia -. ¿Qué… qué le pasan a tus ojos?
Las miradas se encontraron. Ya no había deseo en ninguna de las dos. Solo un inmenso desconcierto, el miedo naciendo y acaparándolo todo sin piedad. La sensación incómoda de haber cruzado una línea invisible sin saber cuándo ni cómo.
  • No, joder… otra vez no… - susurró Laia, llevándose una mano a la cara, comprendiendo de golpe -. No puede ser…
Raquel sintió un nudo cerrársele en el estómago.
  • ¿Qué está pasando? - preguntó con un hilo de voz -. Me estás asustando.
Laia se puso de rodillas y se acercó a ella demasiado rápido. La sujeto de ambos hombros y la zarandeó.
  • ¡Dime que no por favor! - dijo de pronto, con urgencia -. ¡Mírame y dime la verdad! ¿Hemos… estado juntas?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Raquel abrió la boca, la cerró. El corazón le martilleaba las sienes. Las preguntas se atropellaban en su cabeza: ¿Qué significaba eso?, ¿Acaso se arrepentía? ¿Qué somos ahora?, ¿Seguimos siendo amigas o…?, ¿Por qué e ha gustado tanto, si no soy…?, ¿Por qué parece no recordar nada? ¿Por qué ese azul en sus ojos?
  • Sí… pero… - respondió al final -. Pero yo no…
No pudo terminar la frase.
  • ¡Jodeeeeer! - gritó Laia, apartando la mirada, como si le hubieran quitado de golpe toda la fuerza.
Apoyó las manos en el suelo, la cabeza gacha, los hombros temblándole.
No lloraba, pero estaba al borde.

Raquel dudó unos segundos antes de acercarse. Al final lo hizo, pero con sumo cuidado.
Como si Laia fuera ahora algo frágil… o quizás más peligroso.
  • ¿Por qué dices que lo sientes? - preguntó, intentando buscarle los ojos - A estado bien… ¡Joder! Ha estado genial en realidad…
  • No es eso… hostias.
  • Entonces ¿qué sucede?… ¿Qué… qué me estás ocultando?
Laia alzó la vista lentamente. Ya no había rastro de azul en sus ojos. Solo un profundo cansancio. La mirada llena de culpa. Una tristeza densa, pesada.

Negó con la cabeza.
  • No tendrías que haberme dejado… - murmuró -. No tú.
Raquel frunció el ceño, cada vez más inquieta.
  • Laia…
  • Voy a tener que sacarte sangre - dijo ella de repente, casi en un susurro -. Y después… explicarte algo que no vas creer.
Se hizo un silencio largo.

El agua de la ducha seguía cayendo, indiferente, como si nada hubiera cambiado.
Pero ambas sabían que sí. Que algo se había roto. O peor aún: que algo había despertado.

Mientras Raquel intentaba poner en orden aquel caos repentino, formulando preguntas a un ritmo tan vertiginoso, que apenas podía responder ninguna. Su vecina cerró los ojos, con una sola certeza quemándole por dentro: no todos los errores se pueden deshacer. Y algunos arrastran consigo a quienes menos lo merecen.

Raquel, la del camino recto…
La estudiante, la chica centrada, disciplinada y sensata…
La vecina, la amiga de siempre…

Había cruzado una frontera.
Y Laia… lo sabía.

Como el Cloro, siendo el guardián de las piscinas estériles y el gas que aguarda en las sombras del autocontrol, un elemento hambriento de conexión que, al verse negado, amenaza con disolver todo lo que toca con su aliento verde y punzante. Esta historia continuará…
 
Más vale que Nico encuentre pronto un antídoto porque Laia se ha convertido en una especie de Mujer Hulk.
Por lo demás, el Padre es otro golfo infiel y encima con Valeria, que me ha decepcionado una barbaridad
O sea con Nico no hace nada, pero con el Padre si.
 
Más vale que Nico encuentre pronto un antídoto porque Laia se ha convertido en una especie de Mujer Hulk.
Por lo demás, el Padre es otro golfo infiel y encima con Valeria, que me ha decepcionado una barbaridad
O sea con Nico no hace nada, pero con el Padre si.
Ya te dije que nadie es tan bueno ni tan malo, jejeje.
Y lo de Laia empieza a ser preocupante, tiene toda la pinta de que si no encuentran solución rápido, todo se va a ir a la mierda.
A ver que pasa... ;)
 
Más vale que Nico encuentre pronto un antídoto porque Laia se ha convertido en una especie de Mujer Hulk.
Por lo demás, el Padre es otro golfo infiel y encima con Valeria, que me ha decepcionado una barbaridad
O sea con Nico no hace nada, pero con el Padre si.

Pues ahora falta descubrir lo de la madre, Nico se ha dado cuenta de que va demasiado arreglada para ver a la abuela, eso quiere decir que hay lío. Aquí no se salva ni el apuntador, en nada está todo Madrid contaminado.
 
Pues ahora falta descubrir lo de la madre, Nico se ha dado cuenta de que va demasiado arreglada para ver a la abuela, eso quiere decir que hay lío. Aquí no se salva ni el apuntador, en nada está todo Madrid contaminado.
Es posible que tengan una relación abierta.
Para mí, amigo Elherdau, el único que se salva es Nico.
 
Capítulo 18. Argón - Salv(Ar) el mundo

El argon (Ar) ocupa el decimoctavo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del argón con el concepto de la Salvación - entendida bajo la premisa trágica de que para salvar el mundo es necesario primero reducirlo a la nada -, obtenemos el retrato de una purificación absoluta. El argón es el gas de la pereza noble (Argos), el escudo inerte que no salva construyendo, sino deteniendo el tiempo y la destrucción mediante el vacío absoluto de reacción.

La Salvación según el Argón: El Escudo del Fin del Mundo

1. El Aislante Supremo (La Salvación por Exclusión)

El argón es el tercer gas más abundante en nuestra atmósfera, pero no participa en la vida. Se utiliza en el doble acristalamiento de las ventanas porque no conduce el calor; es un muro invisible que separa dos mundos. Salvar el mundo según el argón implica aislarlo de sí mismo. Es la idea de que la única forma de proteger lo que amamos es crear una barrera infranqueable que detenga todo intercambio. Para salvar la esencia, hay que detener el movimiento. Es la salvación del museo: proteger la obra bajo una atmósfera inerte donde nadie pueda tocarla, aunque eso signifique que nadie pueda vivirla.

2. La Soldadura del Nuevo Orden (Atmósfera Protectora)
En la industria, el argón se usa para crear una burbuja donde los metales pueden fundirse sin oxidarse. Sin argón, el calor del fuego destruiría el metal en lugar de unirlo. Para construir el "nuevo mundo", el salvador debe primero aplicar un calor destructivo, pero envuelto en una atmósfera de argón. Es la destrucción controlada: quemar lo viejo para que lo nuevo pueda fusionarse sin la "corrosión" del pasado. La salvación requiere un vacío de sentimientos, una neutralidad química que permita que la estructura se reforme sin que el aire viciado de la historia la eche a perder.

3. La Extinción sin Rastro (Sistemas de Supresión de Incendios)
El argón se utiliza para apagar fuegos en centros de datos o museos. No apaga el fuego con agua - que dañaría los objetos -, sino desplazando el oxígeno. Sofoca la llama quitándole lo que la mantiene viva. Para salvar el conocimiento o el sistema, el salvador debe "quitar el aire". Es un acto de misericordia violenta: sofocar el conflicto del mundo eliminando el elemento que permite la lucha: el oxígeno de la ambición, del poder, de la individualidad . Se salva el mundo dejándolo en un estado de suspensión eterna, donde nada arde porque ya nada respira.

4. El Azul del Plasma (La Luz de la Transición)
Cuando el argón se ioniza, emite un brillo azul violeta intenso, una luz que parece de otro mundo, fría y tecnológica. El momento de la salvación/destrucción se manifiesta también como un destello de plasma azul. Es la estética del fin: una luz que no da calor, pero que indica que la materia ha pasado a un estado nuevo. Es el resplandor de la victoria final, donde el mundo, ya purificado de su caos biológico, brilla con la paz gélida y eléctrica de un tubo de descarga.

5. El Elemento que no Deja Huella (Inercia Total)
El argón es incapaz de formar vínculos permanentes en condiciones normales. Pasa por el universo sin ser alterado y sin alterar a nadie. El salvador es una especie de argonauta. Sabe que para cumplir su misión debe volverse inerte. No puede amar lo que salva, porque el amor es una reacción química que contamina el resultado. La salvación real es un proceso de desapego total: destruir la forma actual del mundo para preservar su átomo fundamental, sin dejar una sola huella de humanidad en el proceso.

En conclusión: La salvación, vista a través del argón, es la geometría del vacío protector. Es la creencia de que la única forma de evitar que el mundo se consuma en su propio fuego es sustituir su atmósfera por una inercia eterna. Salvar el mundo bajo el símbolo del argón significa aceptar que la paz definitiva solo llega cuando se detiene la reacción, recordándonos que, a veces, para que algo sea eterno, primero debe dejar de estar vivo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • Estás loco, Gabi… eso sería la anarquía total. El fin de la humanidad.
  • ¿Y que hay de malo en eso?
  • ¿Que qué hay de malo? - Nico no daba crédito a lo que oía.
Su posicionamiento era claro, la de alguien - sensato - que se opone a la anarquía. Basando su pensamiento en el pesimismo antropológico: la idea de que el ser humano, sin control, tiende al egoísmo o a la violencia.
  • La anarquía es una fantasía peligrosa que solo conduce a la ley del más fuerte - dijo Nico convencido - Sin un Estado, sin leyes escritas y sin una fuerza que las haga cumplir, la sociedad no es libre; es vulnerable. No te ofendas, colega… pero los que, como tú, defienden la ausencia de gobierno olvidan que las instituciones son lo único que nos protege de la barbarie.
Nico estaba seguro de ello. En un mundo anárquico, no habría hospitales públicos, ni seguridad para los débiles, ni una moneda estable para comerciar. Sería el regreso a un estado salvaje donde el más fuerte sería el nuevo rey, pero sin la legitimidad de las urnas. Para el la jerarquía no era opresión, era el orden necesario para que la civilización no se desmoronara.
  • Eso es mentira… - sonrió Gabi, sin darse por vencido - El Estado no nos protege; nos domestica y nos roba mediante la coacción. La anarquía no es el caos, es el orden más elevado. ¡Autogestión! ¡Apoyo mutuo! ¿Somos adultos o no, joder?… Yo creo que sí. Y que también somos muy capaces de organizarnos en comunidades voluntarias sin necesidad de un político de mierda que decida por nosotros o una policía pagada que nos amenace.
Para Gabi estaba claro. El crimen y la violencia son subproductos de la desigualdad que el propio sistema crea. Si eliminamos las jerarquías impuestas, el ser humano colaborará por naturaleza, no por miedo. La libertad no es un regalo del gobierno, es un derecho natural que solo recuperaremos cuando dejamos de creer que necesitamos amos para vivir en paz.
  • Hablas del Estado - respondió Nico, buscando las palabras correctas - como un parásito que impide que la sociedad florezca de forma orgánica.
  • ¿Y no es eso en el fondo? - rió Gabi alzando el baso de cerveza - No habrá evolución en este puto mundo hasta que destruyamos la jerarquía, compañero.
  • Eso es utópico…
  • Quizás… pero no por eso deja de ser cierto.
Laia los miró a ambos, dejando escapar un largo bostezo, negando con la cabeza. Intentando volcar su completa atención a ese café amargo y frio que no acababa de despertarla. El cuarto del día y seguía igual de espesa. No era que no tuviera ideales políticos, o puntos de vista que seguro hubieran aportado salsa a la conversación. Sucedía que su cabeza había dicho: ¡Basta!
  • ¡Por Dios chicos! ¿Podéis dejarlo ya? Que me va a estallar la puta cabeza.
  • Déjalos que sigan… - sonrió Gustavo a su lado.
Ella alzó la vista y se lo quedó mirando fijamente. Solo le faltaban las palomitas.
  • ¿En serio disfrutas con esto?
  • Sí la verdad. Es como poner la tele y ver un debate.
Y mientras Laia dejaba escapar un fuerte suspiro, mientras el detractor seguía viendo en la anarquía un agujero negro de violencia, y el defensor un espacio de luz y autonomía. Mientras Nico y Gabi siguieron discutiendo acerca del eterno conflicto entre la seguridad impuesta y la libertad arriesgada; compartían unas cervezas y hacían tiempo a que llegaran los demás.

El bar donde se habían sentado a tomar algo, se llamaba El Desvío. Un nombre perfecto para un sitio donde nadie entraba por casualidad y todos se quedaban un poco más de la cuenta. Era un bar de barrio de los de verdad, de los que huelen a café recalentado por la tarde y a cerveza mal tirada desde las doce del mediodía. Las paredes estaban cubiertas de fotos amarillentas de equipos de fútbol que ya no existían, carteles de conciertos imposibles y un reloj que llevaba años marcando mal la hora, como si incluso el tiempo allí dentro hubiera decidido relajarse.

A esa hora estaba lleno. No a rebosar, pero sí vivo. Conversaciones superpuestas. Risas que estallaban y se apagaban rápido. Gente que hablaba de trabajo como quien habla de una enfermedad crónica. Otros que discutían de política sin intención real de escucharse. Parejas que llevaban poco tiempo que se miraban demasiado y otras más viejas que ya ni se miraban; algunos desconocidos que se contaban la vida en la barra como si no hubiera consecuencias.

En una mesa al fondo, ligeramente apartados del ruido principal, estaban ellos. Gabi gesticulaba más de la cuenta, como siempre, defendiendo su postura con la convicción de un suicida. Nico lo escuchaba con el ceño fruncido, removiendo la cerveza sin beberla apenas, la cabeza pensando como rebatir su discurso. Gustavo se recostaba en la silla, brazos cruzados, observando el local como si estuviera evaluando un ecosistema peligroso. Y Laia… bueno, simplemente estaba callada. Demasiado callada para tratarse de ella. Miraba su vaso distraída, como si dentro hubiera algo más que café.
  • No puedes crear algo nuevo, sin destruir antes lo que ya existe - insistía Gabi -. Todo está conectado, joder.
  • Estás viendo patrones donde no los hay - respondió Nico sin mucha energía.
  • Eso es exactamente lo que diría alguien que no quiere verlos - sonrió Gabi.
Laia levantó la vista un segundo, como si fuera a decir algo, pero se quedó a medias. Bajó de nuevo la mirada. Nadie se percató, aunque todos habían notado que algo en ella estaba desplazado, torcido incluso. Mientras, fuera del bar, la ciudad seguía su propio ritmo.

Sofi caminaba por la acera con los auriculares puestos, la música alta, aislándola del tráfico y de los pensamientos incómodos. Andaba con paso ligero, casi saltando, moviendo la cabeza al ritmo de la canción. Durante unos segundos, el mundo era solo eso: una melodía conocida y la sensación de llegar a algún sitio donde la esperaban. Al pasar frente a la cristalera de El Desvío, redujo el paso sin darse cuenta. Recorrió con la mirada el bar entero y a través del vidrio algo sucio, ligeramente empañado, distinguió las siluetas conocidas. Levantó la mano y los saludó desde fuera, una sonrisa automática dibujándose en su cara.

Desde dentro, Gabi fue el primero en verla. Abrió los ojos exageradamente y levantó el brazo como si estuviera pidiendo un taxi. Olvidó de golpe la urgencia de destruir el mundo, sus ideales y la necesidad casi visceral de defenderlos hasta la muerte. Ella tenía aquel extraño poder sobre él: bastaba su presencia para que todo lo demás perdiera peso, para que cualquier cruzada pareciera, de pronto, irrelevante. Sofi le regaló un beso desde la lejanía, se sacó los cascos con un gesto automático mientras llegaba a la puerta, guardándolos en el bolso justo cuando alguien intentaba entrar.
  • Ay, perdona - dijo apartándose -. No te había visto. Pasa, pasa…
  • No… tú primero - sonrió la chica.
Sofi le devolvió la sonrisa sin pensarlo. Fue un intercambio mínimo, casi trivial, pero algo en ella le resultó inmediatamente simpático. Rellenita. Gafas de pasta. El pelo recogido en un moño improvisado, a medio caer. Una sonrisa franca, sin dobleces. Movimientos tranquilos, de quien no tiene prisa ni necesidad de aparentar nada.
  • Gracias - dijo Sofi y entró.
El ruido del bar la envolvió de golpe. Las voces, las risas, el tintinear de los vasos. La música aún resonándole en los oídos como un eco que se negaba a apagarse. Sin saber - todavía - que aquella tarde no iba a ser una más. Avanzó hacia el interior del bar como quien se adentra en una romería en hora punta. Iba sorteando cuerpos, mesas demasiado juntas, mochilas en el suelo y codos traicioneros, pidiendo permiso con una sonrisa automática que ya tenía perfectamente ensayada.
  • Perdón… perdona… uy, lo siento… - murmuraba mientras giraba de lado, encogía los hombros, levantaba la mano a modo de disculpa universal.
En ese pequeño zigzag humano volvió a verla. A la chica de la puerta. La de las gafas de pasta y el moño improvisado. Justo delante de ella. Avanzando en la misma dirección. Al mismo ritmo. Deteniéndose en los mismos cuellos de botella. Sofi frunció el ceño, divertida. La chica se giró un segundo, como si hubiera sentido la mirada, y le sonrió de nuevo, esta vez con un gesto cómplice, casi como si dijera: “sí hermana, yo también estoy atrapada en esto”.
  • Creo que no hay otra forma - dijo señalando el pasillo imposible entre dos mesas.
  • ¡Hay que hacerlo! - respondió Sofi, reprimiendo una risa.
Avanzaron casi juntas los últimos pasos, sincronizadas por la casualidad, hasta que ambas llegaron al mismo punto final: la mesa del fondo. La misma. Exactamente la misma. Sofi se quedó un segundo parada, señalando con la barbilla, como preguntándole sin palabras: “¿Aquí… de verdad?”. La chica se quedó de pie unos segundos, demasiado recta, con las manos entrelazadas frente al vientre, como si no supiera muy bien dónde colocar su propio cuerpo.

Laia se puso de pie y le tocó suavemente la espalda, un gesto casi imperceptible, y eso fue lo que la empujó a dar un paso más.
  • Chicos… - dijo dirigiéndose a todos - . Ella es Raquel, mi vecina.
Nada más. Laia se volvió a sentar, agarrando la taza de café como si fuera su posesión más preciada. Desgraciadamente estaba demasiado agotada como para ejercer de anfitriona. La nueva miembro levantó la mano a medias, una especie de saludo tímido que murió antes de llegar a ser un gesto completo.
  • Hola… - murmuró.
Las miradas del grupo se posaron en ella con curiosidad abierta, sin mala intención, pero suficientes como para hacerla encogerse un poco más dentro de sí misma. Bajó la vista, sonrió con los labios cerrados, asintió varias veces sin saber muy bien a qué.
  • Encantada - añadió, casi en un susurro, sin saber donde meterse.
El silencio que siguió fue breve, pero para Raquel se hizo eterno. Sofi - que ya se había sentado - lo notó al instante. Esa rigidez en los hombros. Esa forma de morderse el labio inferior. El clásico: “quiero desaparecer sin hacer ruido”.
  • Vale - intervino de repente, apoyando los codos en la mesa -, regla número uno de este grupo: aquí nadie muerde… salvo Gustavo, pero solo antes del segundo café.
  • ¡Eh! - protestó él -, eso es difamación.
Raquel levantó la vista, sorprendida por lo mucho que desentonaba aquel hombre mayor rodeado de tanta juventud. Sofi le guiñó un ojo.
  • Siéntate, mujer, que de pie impones y nos haces parecer gente seria.
Raquel dudó un segundo, luego obedeció, sentándose en el borde de la silla como si todavía no se hubiera ganado el derecho a ocuparla del todo.
  • Tranquila - añadió Sofi, bajando un poco la voz -. No tienes que demostrar nada. Aquí venimos todos rotos de casa.
Una sonrisa pequeña, sincera, asomó por fin en su rostro. Se acomodó un poco más, soltó las manos, jugueteó con el posavasos.
  • Yo… no… no hablo mucho - se disculpó -. Me pongo nerviosa.
  • Perfecto - respondió ella sin dudar -. Nosotros hablamos de más. Hacemos buena media.
Las risas recorrieron la mesa. Raquel respiró hondo, como si ese simple intercambio le hubiera quitado varios kilos de encima. Sus hombros descendieron un par de centímetros. Se atrevió a mirar alrededor. Sofi la observó de reojo, satisfecha. No forzaba nada. No hacía falta. La confianza, como la resaca, siempre acababa llegando sola si le das suficiente tiempo.
  • ¿Qué bebes? - preguntó, empujándole la carta.
Raquel la cogió con cuidado, como si fuera un objeto frágil.
  • Lo que… lo que toméis vosotros está bien.
Sofi negó con la cabeza, divertida.
  • No compañera, de eso nada. Primer acto de rebeldía del día. ¡Elige tú!
  • Una… una cerveza está bien… gracias.
Raquel sonrió de nuevo. Esta vez un poco más abierta. Un poco menos asustada. Y así, sin darse cuenta, muy poco a poco, cada vez se sentía un poco más parte de aquel grupo tan peculiar.

Mientras los demás se esforzaban por acoger a la nueva integrante, presentándose, haciendo bromas internas y preguntando amablemente; la incomodidad de Raquel se hizo evidente casi desde el primer segundo. Se la notaba rígida, con los hombros ligeramente encogidos, respondiendo lo justo, como si cada palabra tuviera que atravesar antes un filtro de pudor y cautela. Su timidez no era discreta: era palpable. Y se intensificó en cuanto Nico empezó a hacer preguntas demasiado directas, demasiado técnicas, demasiado Nico.
  • ¿Hicisteis contacto vaginal? - preguntó de nuevo, sin alzar la vista de sus apuntes.
  • ¡Joder Nico! Mira que eres bruto - rió Gabi.
Las carcajadas de Gustavo resonaron por todo el local.
  • Ni caso, vecina… - intervino Laia con una sonrisa cansada -. No lo hace con mala intención.
  • Perdona si te ha incomodado la pregunta - añadió él de inmediato, sincero -. Pero necesito saber cómo sucedió todo.
  • ¡Ya lo sabes, chaval! - seguía riendo Gustavo, dándole un trago a la cerveza -. Laia nos lo contó en el laboratorio… ¿Qué pasa? ¿Lo has olvidado?
Raquel palideció ligeramente.
  • ¿Os lo contó…? - tragó saliva - ¿To… todo?
Lo dijo tan bajo que su voz se perdió entre el murmullo del bar y el tintinear de los vasos.
  • No lo he olvidado… - insistió Nico, inclinado hacia delante -. Pero… ¿y si se ha dejado algo? Necesito anotarlo todo. No puede escaparse ningún detalle, porque si no…
  • Lo que te conté es todo lo que pasó, Nico - lo cortó Laia, con un bostezo que no ocultaba la tensión -. No insistas, por favor. La estás poniendo incómoda.
Demasiado tarde. Raquel ya sentía las miradas clavadas en ella. Bajó la cabeza, se frotó las manos, deseando hacerse pequeña, invisible. Sofi reaccionó al instante. Sin decir nada, le apoyó una mano en el brazo, firme pero suave, y le dedicó una sonrisa abierta, cálida, de esas que no piden nada a cambio.
  • Bueno - dijo, cambiando de conversación -, así que… ¿eres vecina de Laia?
  • Sí… - respondió Raquel.
Sofi asintió despacio, dándole espacio, esperando. Pero Raquel no continuó. Quizás no se atrevía, quizás no sabía como relacionarse.
  • ¿Y os conocéis desde hace mucho?
  • Desde pequeñas.
  • ¡Ah!… - sonrió Sofi -. Qué guay.
Bebió un trago largo, dejó el vaso en la mesa y siguió intentándolo. Sacó temas, lanzó preguntas suaves, rodeó los silencios sin invadirlos. Pero no era una conversación: era un tira y afloja desigual. Sofi preguntaba. Raquel respondía. Punto. Como si estuviera pasando un examen oral sin haber estudiado. No había reciprocidad, ni la mas mínima. No obstante, poco a poco, el resto del grupo se dispersó en conversaciones paralelas. Risas cruzadas. Comentarios sueltos. El foco dejó de apuntar directamente a Raquel. Y entonces algo cambió.

Al sentirse menos observada, menos juzgada, empezó a relajarse. Se apoyó mejor en la silla. Gesticuló un poco más. Sus respuestas dejaron de ser monosílabos y se convirtieron en frases completas. Incluso se permitió alguna broma tímida. Sofi se rió. No una vez, sino varias.

No tardó en quedar claro que la timidez no era falta de personalidad. Era solo una barrera. Y cuando Raquel encontraba un espacio seguro, sin presión ni expectativas, aparecía otra versión de ella: divertida, espontánea, con un sentido del humor sorprendentemente afilado. Solo necesitaba tiempo. Y alguien que supiera esperar.
  • ¿En serio? - preguntó Gabi, inclinándose un poco más sobre la mesa.
  • ¡Que sí, joder! Tal y como te lo cuento… - insistió Nico.
  • Me estás tomando el pelo - negó con la cabeza, incrédulo.
  • Gabi… te prometo que lo vi con mis propios ojos.
Hubo un segundo de silencio.
  • ¿Y qué hiciste?
  • ¡Pues menearsela! - escupió Gustavo sin pensarlo -. ¡¿Qué cojones iba a hacer si no?!
Gabi no pudo evitar soltar una carcajadas. Siempre lo hacía cuando Gustavo soltaba una de las suyas. Pero la sonrisa se le congeló al volver a mirar a Nico. No estaba riendo. No estaba exagerando. Tenía la expresión tensa, la mandíbula apretada.
  • Estás de coña… ¿no?
Nico negó despacio, sin levantar la vista del vaso, los dedos rodeándolo con demasiada fuerza.
  • ¿Tu padre se folla a la sirvienta y eso es lo único que se te ocurre? - susurró Gabi, entre el asombro y la incredulidad.
  • Baja la voz, hostias - le cortó Nico -. Y sí… eso fue lo único que se me ocurrió. Me puse caliente joder… ¿Qué querías que hiciera?
  • No se, colega… así de repente se me ocurre pararlos, quizás…
Gustavo se acercó un poco más, apoyando los antebrazos en la mesa. De pronto se puso serio. Tan serio que Gabi, por un instante, creyó que iba a decir algo sensato.
  • Y el muy imbécil no lo graba - sentenció -. ¿Te lo puedes creer?
Las carcajadas estallaron de nuevo, más altas, más descontroladas, alimentadas por las rondas que seguían cayendo. El bar rugía a su alrededor: risas, discusiones, vasos chocando, vidas ajenas intentando olvidar las suyas. Mientras ellos seguían en lo suyo, Sofi y Raquel charlaban cada vez con más naturalidad, inclinadas la una hacia la otra. Y Laia… Laia permanecía aparte. La cabeza apoyada en la mano, el codo hundido en la mesa, como si necesitara anclarse a algo para no deshacerse. Cada bostezo le arrancaba un trozo más de energía, de paciencia, de alma.

Miró el móvil. No era tarde. Pero para ella lo era todo. Tenía que volver a casa: por su madre. Por los mensajes acumulándose de los clientes. Por los pedidos que aún debía preparar. Y porque su cuerpo ya le estaba pidiendo tregua.
  • Chicos… - dijo al fin, con una voz apagada -. Si no os sabe mal… ¿podríamos hablar del tema? No quiero romper el buen rollo… Pero yo me tengo que ir ya…
El silencio cayó sobre la mesa como un telón repentino. El bar siguió siendo un caos feliz, ajeno a ellos. Pero allí, entre esas sillas y esos vasos a medio vaciar, todo se detuvo. Nico carraspeó. Sabía que había llegado su turno.
  • He analizado las muestras de sangre - empezó a decir con voz baja - Las de todos… Y… los resultados… bueno… han confirmado lo que me temía.
Todos se inclinaron un poco hacia el centro de la mesa, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo solo para ellos. Los codos avanzaron, las espaldas se cerraron en un semicírculo instintivo. Nadie interrumpió. Nadie bromeó. Sobretodo Sofi y Raquel - que al no trabajar con ellos, siempre serían las últimas en enterarse de todo - guardaron silencio, conscientes de que estaban a punto de entrar en terreno desconocido.

Nico respiró hondo. Esta vez no habló como el científico brillante de Müller & Suter Biotech, sino como alguien que necesitaba ser entendido.
  • Voy a ir despacio… y sin tecnicismos - dijo con media sonrisa -. Lo que tenemos entre manos no es una seta “normal”. La Mycena Neonfaucis no se comporta ni por asomo como un hongo. Ni tan siquiera se comporta como un virus normal…
Señaló a Laia con la mirada, sin dramatismo, pero con una gravedad imposible de ocultar.
  • Laia es la paciente cero y por eso creemos que sufre esos ataques. Cuando entró en contacto con el extracto de la “Azulita” quedó contaminada. No infectada como una gripe, sino colonizada, por decirlo de algún modo. Entró en su organismo y se quedó dentro.
Laia bajó la mirada, apretando los labios.
  • Después - continuó Nico -, al mantener relaciones sexuales con Gustavo, se lo transmitió.
Gustavo levantó una ceja, como si ya lo supiera desde siempre, y dio un sorbo a la cerveza, recordando aquel momento que jamás olvidaría.
  • Luego se lo transmitió… a Sofi y a Gabi. En aquel cuartucho de la central.
Sofi sonrió de inmediato, girándose hacia Gabi. Él le puso una mano en el muslo, demasiado cerca de su entrepierna, buscando lo que no debía buscar. Nico se aclaró la garganta. Se pasó la mano por la nuca, visiblemente incómodo.
  • Y… - añadió, ligeramente sonrojado - también me lo transmitió a mí. Cuando… bueno, cuando me atacó en el baño del laboratorio.
Nadie se rió. Nadie hizo ningún comentario. Entonces Nico levantó la vista y se detuvo en Raquel. No fue una mirada dura, ni científica. Fue casi una disculpa anticipada.
  • Raquel… supongo que ya lo habrás captado, tú también estás contaminada.
Ella se quedó muy quieta. No dijo nada. Solo asintió despacio, intentando asimilarlo. No tan solo el haber contraído un virus sexual que apenas entendía, sino también como aquel grupo extraño de recién conocidos se follaban entre todos como quien comparte una bolsa de pipas en un banco del parque.
  • La Mycena Neonfaucis - siguió Nico - parece alojarse en los neurotransmisores del cerebro. No crece, no se reproduce, no se expande como un tumor. Simplemente está ahí, presente, dormida…
Hizo un gesto con los dedos, como si encendiera un interruptor invisible.
  • Y despierta cuando hay un catalizador externo. Puede ser estrés, miedo, sobresaltos emocionales intensos… algo que sacuda el sistema.
Sofi frunció el ceño.
  • ¿Y eso es… para siempre?
Nico se encogió de hombros, sincero.
  • No lo sé. Aún es pronto para decir si es crónico, reversible o algo que muta con el tiempo. No voy a mentirte. No tengo una respuesta clara y veraz todavía.
Miró a todos uno por uno.
  • Pero seguimos trabajando en ello. Cada día, sin descanso…
El silencio volvió a posarse sobre la mesa. Ya no era el silencio incómodo del principio, sino uno más denso, cargado de preguntas sin formular. Alrededor, el bar seguía vivo, ajeno a todo. Dentro de aquel círculo cerrado, algo acababa de cambiar para siempre. Nico suspiró, apoyando los antebrazos en la mesa. Durante un segundo pareció más cansado que nunca, como si llevara semanas sin dormir y aquel discurso le hubiera terminado de vaciar.
  • Por eso… para evitar problemas mayores - repitió, ya sin autoridad, casi como una súplica -, os pedí expresamente que os mantuvierais alejados de cualquier relación…
  • Justo quería que sacaras ese tema - le cortó Sofi, marcando cada palabra mientras golpeaba la mesa con el dedo -. Le he dado mil vueltas y no tiene sentido.
  • ¿El qué no tiene sentido? - preguntó Nico, aunque ya lo sabía.
  • El celibato, ¿qué va a ser? - resopló ella -. Si ya estamos contaminados, ¿qué más da mantenernos en cuarentena? No vamos a contagiarnos más.
Nico ladeó la cabeza, pensativo. Miró su vaso, el reflejo dorado de la cerveza temblando con el ruido del bar.
  • Si la “Azulita” se comportara como un virus normal… tendrías razón - admitió -. No debería ser un problema.
  • ¿Entonces? - insistió Sofi, inclinándose hacia él.
  • Que no es normal, Sofi - dijo alzando un poco la voz -. Es… es… otra cosa. Es un parásito no cabe duda, pero uno muy extraño. Aún no entiendo muy bien cual es su propósito. No puedo aseguraros que no haya efectos acumulativos, ni reacciones cruzadas, ni…
  • Mira - volvió a interrumpirlo ella, levantando la mano -. Yo no puedo aguantar más. Lo siento de corazón, pero no puedo. Gabi y yo nos la jugaremos. Y no se hable más…
Gabi la miró de reojo, divertido, con esa media sonrisa de quien acaba de ser reclutado sin haber firmado nada. “Gracias por pedir mi opinión”, parecía decir su expresión. Pero no se opuso, ni lo más mínimo. La simple idea de volver a tener a Sofi entre sus brazos, con su calor, con el sudor de su piel desnuda… pesó más que cualquier advertencia científica.
  • Sois imposibles - negó con la cabeza Nico, rindiéndose -. Haced lo que queráis. Ya sois mayorcitos y no soy vuestro médico… ni vuestro padre.
Se inclinó un poco más, bajando la voz, una sonrisa medio torcida brotando de forma salvaje.
  • ¡Pero ojo! Nada de relaciones con terceros. Que nos conocemos, parejita…
Las carcajadas regresaron, nerviosas, algo forzadas, como una válvula de escape colectiva. El bar volvió a filtrarse en la mesa: vasos chocando, una risa demasiado alta al fondo, el murmullo constante de vidas ajenas. Laia apuró el café de un trago. El amargor le recorrió la garganta sin que hiciera una mueca. Apoyó la taza con cuidado y levantó la vista hacia Nico.
  • Dile lo otro - murmuró -. Lo de la doctora que te está ayudando…
  • ¿Qué doctora? - preguntó Sofi rápidamente, frunciendo el ceño.
Nico les contó la historia de la Dra. Lena Baumgartner. De principio a fin. Empezando por como la había conocido y terminando en como había acabado formando parte de la investigación. Por supuesto, la reacción de Sofi fue la misma que la de Laia. No “exactamente la misma”, pues no intentó follárselo, pero si matarlo varias veces. Después de elevar demasiado la voz, propinarle una variedad de insultos - a cada cual más original y afilado - y agarrarlo fuertemente por la muñeca hasta dejarlo sin pulso, dejó que Nico terminara de explicarse.
  • Se que es peligroso Sofi - dijo con seriedad Nico - Pero debes entender que sin su ayuda no puedo seguir avanzando. Todo esto se escapa a mi conocimiento y Lena es doctora titulada en microbiología. Entiende de estructura, clasificación y evolución de virus. Cómo infectan. Cómo mutan. Cómo se comunican con el huésped. Cómo se les combate… o se les redirige.
  • ¡Vale! Lo comprendo… - acabó cediendo un poco - ¡Pero eso no quita que seas idiota! ¿Dejarle una nota? ¿En serio Nico? ¡Joder! Qué tu eres el listo del grupo, tío…
Nico hizo una pausa breve, dejando que calara.
  • Se que me la jugué… pero no ha sido en vano. En ocho horas trabajando juntos, hoy he avanzado más que en todos estos días enteros haciéndolo solo. Días y noches sin dormir, Sofi… Perdido no, lo siguiente… Pero ahora - sonrió por primera vez con auténtica ilusión - es posible que pronto tengamos un prototipo de lo que hemos llamado la “vacuna definitiva”.
Raquel reaccionó al instante, inclinándose hacia él.
  • ¿Eso significa que… nos curarás? - preguntó con cautela - ¿Que eliminarás el virus?
Nico negó despacio, todavía sonriendo.
  • No - respondió tranquilamente -. Esa vacuna no nos curará a nosotros.
El silencio volvió a tensarse.
  • Esa vacuna - añadió con seguridad - los curará a todos.
Laia se levantó de golpe, como si aquella frase le hubiera atravesado el pecho.
  • Perdonad - dijo apresurada, cogiendo la mochila -. Tengo que irme ya. Es tarde y tengo que darle la medicina a mi madre.
  • ¿Quieres que te acompañe? - le preguntó Raquel poniéndose en pie.
  • ¡No tranquila! Me apaño sola.
Repartió besos al aire, uno para cada uno, evitando miradas largas, como si quedarse un segundo más fuera peligroso.
  • Mañana hablamos, chicos - añadió sonriendo - ¡Y no os portéis mal!
Y se fue sin más. Raquel se quedó mirándola desaparecer entre la gente. Luego volvió la vista a Nico. Se acercó un poco más, invadiendo su espacio sin darse cuenta.
  • ¿Curarlo todo? - repitió en voz baja -. ¿Qué significa exactamente… todo?
Nico no respondió de inmediato. La miró a los ojos, serio, consciente de que ya no había marcha atrás.
  • Eso, Raquel… - dijo al fin - es justo lo que estamos a punto de descubrir.
  • ¡El fin del mundo! - añadió Gabi con una sonrisa feroz, brindando por ello.
  • ¿A que te refieres? - preguntó ella empezando a alterarse.
  • Crear una cura total, no tiene nada de hermoso - empezó a decir Gabi con convicción - No es una promesa blanca, ni un anuncio con sonrisas perfectas y bata impoluta. Pues la revolución jamás será televisada. Es, en el fondo, una idea peligrosa, un acto terrorista en toda regla. Porque un medicamento capaz de curarlo todo no viene a salvar a la humanidad, viene a dejarla sin excusas.
Hizo una pausa para dar un trago, sin apartar la mirada de ella.
  • Curarlo todo significa dinamitar el miedo, y el miedo es el pegamento del mundo. La palanca invisible que sostiene gobiernos, mercados, religiones y jerarquías. ¿Qué sería de los estados sin enfermedades que gestionar, sin cuerpos frágiles que proteger o fingir que protegen? ¿Qué harían las farmacéuticas, los seguros, los ministerios, los ejércitos, cuando el dolor dejara de ser una moneda de cambio?
Raquel asintió lentamente.
  • Entiendo lo que dices… Una cura total no traería la paz. Traía el vacío más inmenso.
  • Exacto - sonrió él - Y el vacío siempre es el preludio del colapso.
Nico lo entendió demasiado tarde, o quizá justo a tiempo. Él, que había creído siempre en el orden, en los protocolos, en las cadenas de mando, en los comités éticos y los formularios por triplicado; empezó a abrazar la promesa incandescente del caos. Ya no podía seguir fingiendo que el mundo podía arreglarse desde dentro del sistema, como quien ajusta un tornillo flojo. Porque aquello no era un tornillo. Era una bomba a punto de estallar. Y por primera vez - por primera y casi humillante vez - tuvo que darle la razón a Gabi.
  • No se puede salvar al mundo sin antes destruirlo.
  • ¡Amén hermano! - exclamó Gustavo alzando el baso.
  • No… no se puede - reafirmó Gabi - Porque el sistema no está roto, funciona exactamente como debe: devorando despacio, repartiendo migajas, administrando la esperanza en dosis homeopáticas. Un puñado de ricos viviendo a costa de una multitud de muertos de hambre. El mundo está podrido, el hombre ha olvidado que al final de la partida tanto el peón como el rey, acaban en la misma caja. Todo se mueve por ambición desmesurada, inmoralidad empresarial, traición fraternal, fraudes, corrupción…
  • ¡Piénsalo Raquel! - añadió Sofi - Una cura definitiva, entregada a ese engranaje de mierda, no sería una liberación, sino un arma. Imagínatelo: Patentes. Precios. Acceso limitado. Fronteras. Prioridades. Listas de espera. La vida convertida, una vez más, en privilegio.
Así que no. No podían venderlo. No podían negociarlo. No podían entregarlo a ninguna autoridad que prometiera “gestionar” algo tan absoluto. Había que saltarse el sistema. No había otra salida.
  • Hay que repartirlo, ¡Liberarlo! - exclamó Gabi dando un golpe de puño en la mesa - Dejarlo caer como una lluvia imposible sobre un mundo que no ha pedido permiso para ser como es. Propagar el virus, la vacuna o lo que demonios sea esto. ¡No importa el nombre, importa el gesto! El acto radical de negarse a postrarse de rodillas, a resistirse a ser uno más del rebaño, a luchar hasta la muerte por las pocas cosas buenas que quedan en este maldito mundo.
A Sofi se le erizó la piel de golpe. Apretó los puños, convencida hasta la medula. No seguiría a Gabi, sino a la verdad que brotaba de su boca. No lo seguiría por que lo amaba, sino por la promesa que anunciaba con ferocidad. Y si caían en el intento, si los capturaban, si los mataban… No lo harían como héroes, ni tan siquiera como salvadores. Sino como saboteadores del mundo podrido en el que sobrevivían.
  • Destruirlo todo no significaba reducir el mundo a cenizas y bailar sobre la tumba de los que decidieron apoderárselo; sino romper la ilusión de que alguien está al mando y de que ese mando es necesario.
Debían forzar un reinicio, imponer el status quo. Así la humanidad podría alzarse de nuevo: sin dioses, sin dueños, sin gobiernos, sin leyes. Un renacer caótico, violento, brutal quizá… pero honesto y sobretodo… ¡Justo!

Y en ese caos, por primera vez, la humanidad tendría que aprender a vivir sin cadenas, o desaparecer para siempre. Ambas opciones eran preferibles a seguir fingiendo que el mundo actual, el orden existente y asfixiante que lo gobernaba, merecía ser curado.
  • Será el fin… - dijo Raquel casi temblando.
  • Sí, lo será… - sonrió Gabi - y también el principio.
  • Pero… ¿el principio de que?
  • Es imposible saberlo, preciosa - rió Gustavo - Aunque no importa… Pues todos los principios son buenos.
  • Eso es muy cierto, pues todos los cambios son necesarios - añadió Nico - Sin ellos no habría evolución.
  • Y ya llevamos demasiado tiempo - rió Sofi desafiante - encallados en la misma mierda.
Gabi se acercó a Raquel y le puso una mano sobre la suya, con una firmeza que contrastaba con la suavidad de su tono. Ella seguía confusa, incluso aterrorizada por la magnitud de lo que planeaban hacer.
  • Escúchame bien, Raquel - dijo, mirándola directamente a los ojos -. Lo que te aterra no es el cambio, es la pérdida del control. Nos han educado para creer que la salud es una mercancía y que la vida tiene un precio que solo unos pocos pueden pagar. Pero hoy se acaba la era de los dueños.
Raquel negó con la cabeza.
  • Las multinacionales, el gobierno... vendrán a por vosotros.
  • ¡Que vengan! - exclamó Sofi segura de si misma.
  • No… no lo entendéis. No podéis… - Raquel empezó a sudar - No podéis simplemente regalar algo que vale billones.
  • Ese es el error - replicó Gabi con una sonrisa afilada -. No vamos a regalar nada, porque no se puede regalar lo que por derecho natural le pertenece a cada ser humano. No buscamos patentes, ni acciones, ni el permiso de un comité de ética comprado por los poderosos. La propiedad privada es un robo, y cuando esa propiedad es la cura para el dolor del mundo, mantenerla encerrada es un crimen contra la humanidad.
Gabi señaló hacia la ventana, hacia la ciudad que bullía ajena al terremoto que estaban a punto de desatar.
  • Hoy mandan ellos… Pero mañana… - sonrió con el brillo de la locura en los ojos - Mañana el poder ya no estará en los despachos, sino en la sangre de la gente. Vamos a propagar el virus como un incendio devastador. Sin jerarquías, sin intermediarios, sin un Estado que decida quién vive y quién muere. ¡Vamos a demostrarles a esos cerdos que no los necesitamos! ¡Que la autogestión de la sociedad es posible!
Sofi lo miraba sin pestañear siquiera. Sintió, de repente, que le temblaba el cuerpo entero. Pero no era por miedo, para nada. La “Santa Muerte” no le temía na nada. Se mordió el labio. “Que burra me pone cuando se pone así”, pensó mientras se cruzaba de piernas.
  • Debes decidirlo, Raquel… - acabó diciendo Gabi.
Ella tragó saliva. Tenía la respiración entrecortada, como si hubiera corrido una larga distancia sin moverse del sitio.
  • ¿Decidir el qué? - preguntó.
  • Si dejarás de ser una estudiante, una empleada, una súbdita…
Gabi hizo una pausa breve, medida. No teatral, pero sí cargada de intención. De esas que no se improvisan.
  • …para ser, simplemente, una mujer libre luchando al lado de otros igual de libres que tú.
El bar seguía vivo alrededor: risas en otra mesa, vasos chocando, una máquina tragaperras cantando su canción triste. Pero para ellos el mundo había bajado el volumen. Raquel miró GAbi. Luego a Sofi. A Gustavo. Finalmente a Nico, que hasta ese momento había permanecido serio, casi rígido. Sin previo aviso esbozó una sonrisa leve. No de triunfo. De aceptación. Como quien entiende que ya no hay vuelta atrás y, sorprendentemente, eso alivia.
  • Y en el caso de que decidas unirte… - añadió, inclinándose un poco hacia delante - deberás decidir otra cosa...
Todos lo miraron, entrecerrando los ojos. Todos menos Raquel, que lo observó con cautela. Con una mezcla de miedo y curiosidad. Como si supiera que, fuera lo que fuese, lo que estaba a punto de decir iba a marcarla.
  • Un apodo…
Raquel parpadeó varias veces.
  • ¿Un… apodo?
Las risas fueron suaves, nerviosas, casi cómplices. No burlonas. No aún. Nico se encogió de hombros.
  • Si vas a romper con todo - dijo -, no puedes hacerlo con el nombre que te dio el sistema.
  • Es una broma interna - aclaró Gabi sonriendo - Del mismo modo que los Panteras Negras cambiaban sus nombres, rechazando lo que consideraban apellidos de “esclavos”, nosotros tenemos apodos.
  • Ya… - Raquel bajó la mirada.
Pensó en su vida ordenada. En los caminos correctos. En las decisiones sensatas. En lo fácil que era existir sin salirse del carril… y en lo estrecho que había sido siempre ese carril. Cuando volvió a alzar los ojos, había algo distinto en ellos. No azul. Aún no. Pero sí despierto.

Tal vez la libertad no empezaba con una gran revolución, ni con un acto heroico, ni siquiera con una cura imposible. Tal vez empezaba con algo mucho más pequeño y mucho más peligroso:
atreverse a elegir quién eras… y aceptar las consecuencias.

Y mientras el bar seguía respirando rutina y cerveza, Raquel comprendió que aquella tarde no estaba entrando en un grupo, ni en una investigación, ni en un secreto.

Estaba cruzando una línea.
Un punto de no retorno.


Como el Argón, siendo el gas que duerme entre los cristales y el suspiro azul que apaga los incendios del alma, un vacío noble esperando el fin del tiempo para envolver los restos del mundo en un abrazo frío, inerte y absolutamente seguro. Esta historia continuará…
 
Pir el comienzo, sabemos que Nico, Sofía, Gabi y Laia están juntos, pero falta saber que pasará con Raquel y Gustavo, porque mucho me temo que por el camino van a perder a gente.
Supongo que están huyendo porque les quieren arrebatar la Azulita.
 
Pir el comienzo, sabemos que Nico, Sofía, Gabi y Laia están juntos, pero falta saber que pasará con Raquel y Gustavo, porque mucho me temo que por el camino van a perder a gente.
Supongo que están huyendo porque les quieren arrebatar la Azulita.
No tengo muy claro hacía donde voy a ir, sinceramente.
Me gustó jugármela esta vez, empezando por el final e ir improvisando hacía ese destino.
La idea principal la tengo enfocada: Quiero que ellos - como ha quedado claro en este último capítulo - la quieran usar al margen de la ley, con la decisión de distribuirla gratuitamente a todo el mundo, salvando a la humanidad del mal uso que haría el capitalismo de la "Azulita" y asumiendo las consecuencias que pueda traer esa arriesgada decisión: quizás solo sean persecuciones como bien dices, quizás el caos mundial, una guerra, el fin del mundo... ya veremos.

Por ejemplo, ahora estoy acabando el capítulo 26. Hierro. Y se me acaba de ocurrir una cosa que le da un giro - no completo - pero si importante a la historia. Como ya sabes, voy surfeando el relato como si fuera una ola y me voy adaptando a medida que se me vienen las ideas. Por supuesto que mataré a algún personaje, es la marca de la casa, jajajaja... Por eso voy metiendo más integrantes al grupo, que luego se me mueren y me quedo más solo que la una... :ROFLMAO:

Sin ir más lejos, ayer pensaba en convertir a Gustavo en un traidor, pero hoy me he arrepentido, aunque quizás mañana lo vuelva a ver viable...
¿Quien sabe? El destino decidirá ;)

Me mola escribir así, porque me da la sensación que voy descubriendo la historia al mismo ritmo que vosotros.
Aunque por otro lado, tengo que vigilar, porque si se me va la olla, esto puedo ser un galimatías total.

Un abrazote!
 
Pues ahora falta descubrir lo de la madre, Nico se ha dado cuenta de que va demasiado arreglada para ver a la abuela, eso quiere decir que hay lío. Aquí no se salva ni el apuntador, en nada está todo Madrid contaminado.
Ostia, no había pensado en la madre de Nico siendo infiel... mmmm... interesante compañero 🤔
Acabas de abrir una posibilidad que no estaba contemplada, jajajaja. ¡Mil Gracias!

Está claro que la "Azulita" es un arma de doble filo.
Por un lado, curar todas las enfermedades - aunque a priori pueda parecer algo bueno -, si lo analizas con frialdad, es una bomba de relojería que acabaría por destruir al mundo. O al menos el concepto ordenado y funcional con el que lo entendemos ahora. Por otro lado está la forma en que está sacudiendo a Laia (la paciente cero). Convirtiéndola en un ser sin moral, casi inhumano. Un animal ansioso guiado solo por impulsos, por instinto...

Hoy justo me han surgido unas preguntas filosóficas...
¿Y si ese fuera el siguiente paso en la evolución humana? ¿Y si todo fuese más sencillo volviendo a nuestros orígenes?
Quizás los personajes, con ese inmenso poder en sus manos, creen necesario resetear nuestra actual evolución, pues es sin duda errónea.
Hemos construido un mundo artificial, alejado de la naturaleza, alejado de la cuna que nos dio la vida, de la verdad que nos vio crecer.

Comemos comida adulterada, vestimos ropa sintética, seguimos un calendario inventado, unas leyes impuestas.
¿Y si la "Azulita" pudiera devolvernos un mundo más animal, más justo, más verdadero?

Se vienen cositas, jajajajja

Un abrazote!
 
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