Capítulo 17. Cloro - Un (Ci)licio metafórico
El Cloro (Ci) ocupa el diecimoséptimo lugar de la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del cloro con el concepto del cilicio - entendido como una herramienta de represión de los impulsos, la contención forzada de la naturaleza y la búsqueda de la pureza a través de la castración del deseo -, obtenemos el retrato de una disciplina que busca esterilizar la pasión. El cloro es el elemento que higieniza el mundo a costa de su propia agresividad, el gas que detiene la vida biológica para imponer un orden aséptico.
La Represión según el Cloro: El Cilicio Químico
1. El Agente Esterilizador (La Pureza por Aniquilación)
El cloro se utiliza para eliminar cualquier rastro de vida orgánica en el agua. Su misión es limpiar, pero lo hace destruyendo las membranas y las estructuras de los microorganismos. La represión de los impulsos funciona como una "cloración" del espíritu. Es el intento de esterilizar el deseo para que la mente se mantenga cristalina, sin las "impurezas" de la carne. Como el cloro en una piscina, el cilicio mental busca un estado de pureza donde nada orgánico, salvaje o espontáneo pueda sobrevivir, transformando el océano de la pasión en un estanque controlado y sin vida.
2. La Sed de Electrones (La Tensión del Vacío)
El cloro es extremadamente ávido: le falta un solo electrón para estar completo y lo busca con una violencia desesperada, robándoselo a cualquier elemento que se cruce en su camino. Reprimir un impulso es vivir en un estado de tensión electrónica constante. El "cilicio" no elimina el deseo, solo lo comprime. Como el átomo de cloro, la persona que reprime su naturaleza vive en una carencia perpetua, una sed de completar su órbita que, al no ser satisfecha, se vuelve corrosiva. La represión es una fuerza negativa que, al intentar contenerse, acaba por desgastar las paredes que la encierran.
3. El Gas de Trinchera (La Sofocación del Instinto)
En su estado puro, el cloro es un gas verde amarillento, denso y letal, que asfixia los pulmones al reaccionar con la humedad de los tejidos. Cuando la represión se vuelve absoluta, se convierte en un veneno interno. El impulso reprimido no desaparece; se transforma en un "gas" psicológico que sofoca la creatividad y la alegría. El cilicio mental acaba por quemar el aire que respiramos, convirtiendo nuestra propia vitalidad en un agente extraño que nos impide inhalar la vida con libertad.
4. La Estabilidad de la Sal (El Pacto de la Neutralización)
Solo cuando el cloro se une al sodio - un metal violento -, ambos se calman y forman la sal común, un cristal estable y necesario para la vida. La represión total - el cloro solo - es letal. Solo la integración del impulso - el sodio - permite la estabilidad. El cilicio es el intento fallido de negar una de las partes del cristal. Sin la aceptación de la fuerza del impulso sexual, no hay sal, no hay sabor, solo hay un gas irritante que busca una unión que nunca se permite alcanzar.
5. El Blanqueador Universal (La Pérdida del Color)
El cloro es el componente principal de la lejía; su función es arrebatar el color a las fibras, dejándolas blancas, uniformes y vacías de matices. La represión sexual actúa como un blanqueador del alma. Al anular el impulso, se pierden los colores de la personalidad, las texturas del carácter y la calidez del encuentro. El uso del "cilicio" mental busca una blancura moral que, al final, es solo la ausencia de vida, una uniformidad fría donde el individuo deja de ser un prisma para convertirse en una superficie pálida y estéril.
Conclusión: La represión de los impulsos, vista a través del cloro, es la geometría de la desinfección. Es un proceso que sacrifica la vitalidad en el altar de la higiene espiritual, utilizando la propia agresividad del elemento para contener su naturaleza. Vivir bajo el símbolo del cloro y el cilicio significa entender que el intento de blanquear el deseo suele terminar por corroer el recipiente que lo contiene, recordándonos que la verdadera pureza no nace de la asfixia, sino de la integración.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
- ¡¿Cómo que abstinencia?! - preguntó Sofi, a medio bajarse las bragas -. ¡Me estás tomando el pelo, ¿verdad?!
- No, cariño… te lo acabo de decir - respondió Gabi, apartándose de ella no sin esfuerzo -. Nico ha dicho que nada de sexo, ni besos, ni…
- ¡¿BESOS TAMPOCO?! - gritó ella, fuera de sí.
- Sí, joder… y no chilles tanto, por favor - la amonestó Gabi, con una sonrisa imposible de borrar.
Como muchas veces hacían después del trabajo, se habían parado a tomar una cerveza en un bar cerca de casa. En ese preciso instante estaban encerrados en el baño de mujeres, a punto de repetir otro encontronazo peligroso en un lugar público, hasta que Gabi había recordado la advertencia de Nico.
Sofi, después de fulminarlo con la mirada, le dio un empujón cariñoso y se acercó al lavabo. Le dio al pulsador y se mojó un poco la nuca, intentando apagar, de algún modo, el incendio que le recorría el cuerpo.
- Si ese friki se ha creído que no vamos a darnos ni un miserable beso, lo lleva claro.
Gabi apoyó el trasero en el mármol, a su lado, divertido. Sacó el teléfono de su bolsillo y llamó a Nico, activando el manos libres.
- ¿A quién llamas? - preguntó ella al oír el tono.
- A alguien que pueda convencerte, mi vida.
- ¿Hola?
- Hola, colega…
- ¡Ah, hola, Gabi!… dime, ¿va todo bien? ¿Ha pasado algo?
- Nada, tranquilo… todo bien - sonrió -. Pero necesito que me ayudes.
- Sí, claro, ¿qué nece…?
- ¡A ver! - interrumpió Sofi, de golpe -. ¿Qué es eso de abstinencia total? ¿Qué pasa aquí? ¿Eres la Santa Inquisición ahora o qué? Si quieres, ponme un cinturón de castidad ¡ya que estamos!, o una de esas mierdas con pinchos…
- ¿Un silicio, dices? - respondió Nico al otro lado de la línea.
- ¡Me importa una mierda cómo se llame, Nico! ¡¿Se puede saber a qué viene todo esto?!
- Colega, se lo he intentado explicar, pero…
- ¡Tú cállate! Quiero que me lo cuente él.
Gabi se pasó la cremallera imaginaria por la boca, encantado con el espectáculo.
- A ver, Sofi… tenemos que ser precavidos. Esta mañana Laia ha sufrido un ataque. Perdió la conciencia y…
- Eso ya lo sé, he hablado con ella este mediodía.
- ¿Y te contó lo que le pasó?
- Sí, joder. Pero no entiendo, ¡porqué no puedo ni darle un beso a mi puto novio!
- A ver… es sencillo. He analizado su sangre y Laia está… por decirlo de algún modo… contaminada por la Mycena Neonfaucis. Sus neurotransmisores están en…
- ¡En cristiano, Nico! - exigió Sofi.
- Vale… per… perdona, joder…
Gabi ya ni se molestaba en disimular: se reía a carcajadas.
- Dicho de otra manera… Laia tiene algo parecido a un virus. Y como cualquier virus, solo tiene una misión: expandirse. Necesita nuevos huéspedes para crecer, para hacerse más fuerte. Por eso es fundamental que no se propague. Por eso debemos mantenernos en abstinencia.
- Pero… - Sofi se rascó la barbilla -. Eso es su puto problema, Nico… ¡sin ofender! ¿Por qué nosotros también tenemos que…?
- Porque mantuvisteis relaciones con ella, Sofi - le corto de repente - Tanto tú como Gabi.
- ¡Ah! Te lo ha contado… - dijo Sofi, clavando la mirada en su novio. Tapó el auricular y le susurró - ¿Tú lo sabías?
- Sí… me lo ha contado - rió Nico, justo cuando Gabi negaba con la cabeza -. Y por eso debéis manteneros en aislamiento. ¡Todos en realidad! Laia, vosotros dos, Gustavo… y yo también.
- ¡Espera un segundo, colega! - rió Gabi -. ¿Tú también por qué? ¿Nos hemos perdido algo, acaso?
- Bueno… ya os lo contaré - respondió Nico, ruborizado -. De momento, sed precavidos, ¿de acuerdo? Y, Sofi, solo me falta una muestra de tu sangre. Le he dado una jeringuilla a Gabi para que me la traiga mañana al laboratorio…
Sofi negó con la cabeza, incapaz de rendirse. Agarró la mano de Gabi y acercó el móvil a la boca.
- ¿En serio que nada de nada? - insistió -. ¿Ni un piquito de buenas noches?
Nico soltó una carcajada al otro lado de la línea.
- Nada de nada - confirmó entre risas -. Será poco tiempo, lo prometo. Tomároslo como unas vacaciones…
- ¡Sí, claro! Unas vacaciones en un colegio de monjas. ¡No te jode!
Nico y Gabi rieron. Sofi seguía refunfuñando, brazos en jarra. Justo ahora que habían recuperado la pasión, todo parecía empeñado en ponerse en contra. Maldita suerte la suya.
- Colega, nos vemos mañana en el curro - se despidió Gabi -. Y ya me contarás lo de Laia, ¿eh? No te vas a escapar.
- Venga, Gabi, cuídate. Un beso, Sofi. Nos vemos pronto.
- Ciao…
- Ciao…
Gabi guardó el teléfono en el bolsillo mientras observaba divertido a su novia.
- No sé qué te hace tanta gracia, la verdad…
- Venga, vida… - dijo él en tono conciliador, acercándose para abrazarla -. Nico es un genio, seguro que lo soluciona rápido.
Sofi lo empujó suavemente, recuperando la sonrisa.
- ¡Eh! Recuérdalo… aislamiento total.
- ¿Total? - preguntó él, juguetón.
Ella asintió, ahora con una sonrisa de oreja a oreja.
- ¿Y quién me saca a mí ahora esta calentura? - añadió Gabi, tonteando.
- La única que jamás te dirá que no.
Lo dijo mofándose, mostrándole la mano derecha , antes de salir del baño contoneando exageradamente el trasero. Gabi la siguió, hipnotizado, como si fuera la flautista de Hamelín, incapaz de apartar la mirada de sus curvas.
- ¡Dios mío! - exclamó teatralmente, alzando los ojos al cielo -. ¡¿Por qué me castigas de este modo?!
Sofi soltó una carcajada y ambos tomaron el camino a casa, aferrándose a la esperanza de que Nico pusiera pronto fin a aquella condena que, sin apenas haber comenzado, ya pesaba como una cadena perpetua. Y hablando de él, vayamos ahora a aquel chalet de la Moraleja donde el “genio” seguía trabajando sin descanso.
La partida ya iba mal… y lo sabía. Jungla. Siempre jungla. Porque alguien tenía que cargar con el peso invisible de las derrotas. Minuto ocho. El marcador sangraba: 2–9. Botlane había feedado como si fuera un ritual de sacrificio y el mid pingueaba peligro con la desesperación de quien ya ha perdido la fe. Nico respiró hondo. Manos firmes. Clics precisos. El ratón era ahora su bisturí. Entró en su jungla como un depredador herido, robándose su propio azul porque el jungla enemigo ya se sentía dueño del mapa. Cada camp era una cuenta atrás, cada smite una decisión quirúrgica. No podía permitirse fallar. No hoy.
- Tranquilo, escala… - murmuró por el micrófono de sus cascos.
Top pedía ayuda. Demasiado tarde. Teleport enemigo. Doble kill. Chat explotando. Nico lo silenció todo. /mute all. Como en el laboratorio: aislar el ruido, quedarse solo con el problema. Dragón en treinta segundos. El enemigo lo sabía. Él también. Se coló por el río con visión mínima, esquivando wards como si fueran sensores de movimiento. El corazón le latía rápido, no por la partida, sino por la costumbre de vivir siempre al límite. Cálculo, riesgo, recompensa.
Entró. Smite perfecto. Dragón robado. El sonido fue puro placer químico. Dopamina digital. Por un instante, la partida se giró. Pings aliados. Un “?” del jungla rival. Nico sonrió por primera vez en toda la partida. Pero el snowball enemigo ya era demasiado grande. Teamfight en mid. Mal posicionamiento. Un stun que no debía entrar. Y el final irremediable: Pantalla en gris. Derrota.
Nico se recostó en su silla, mirando el contador final. No había rabia. Solo cansancio. Aquella partida se le había girado en contra como todo lo demás últimamente: por pequeños errores acumulados, por variables fuera de control, por creer que podía cargar él solo con sistemas demasiado complejos. Cerró el cliente del juego. Se apoyó en el respaldo de la silla y se frotó los ojos. La Azulita, Laia, Sofi, Gabi, Gustavo… Él mismo. Todos eran ahora piezas de un mapa que ya no entendía del todo. Y, como en la partida recién perdida, empezaba a sospechar que el enemigo no estaba donde él creía.
- Necesito refuerzos… - susurró al vacío.
Y esta vez no hablaba del juego.
Sacó del bolsillo la nota arrugada donde estaba anotado aquel nombre que empezaba a convertirse en otro dolor de cabeza: Dra. Lena Baumgartner. Nico sonrió al reconocer la letra de Laia, el apellido mal escrito, la caligrafía rápida y nerviosa, tan inquieta como su alma. Aún no lo había hecho, quizá por el miedo a que todo se fuera definitivamente a la mierda. Suspiró hondo, dudando si llamarla al día siguiente. ¿Podía confiar en ella? Era imposible saberlo.
Cuando hicieron el descubrimiento, ellos - el equipo - decidieron utilizarlo para hacer el bien, para intentar crear un mundo más justo. Aunque, sí, era cierto que algunos - Gustavo y Gabi, en concreto - albergaban planes paralelos, más torcidos, más pervertidos. Aun así, Nico confiaba en ellos, en todos y cada uno. No de un modo racional, sino instintivo, casi visceral. El tipo de confianza que pesa de verdad. La doctora suiza, en cambio, era un misterio. Una pieza nueva sobre el tablero. Y Laia se lo había advertido: no podían fiarse de gente ajena. No cuando tenían entre manos algo tan poderoso.
Alguien llamó a la puerta.
- Pasa - dijo Nico, guardando la nota en el bolsillo.
- Hola, cariño…
- Hola, mamá - sonrió girando la silla con un impulso de los pies.
- Me voy ya, que tengo a tu abuela echando humo por las orejas - dijo ella con prisas, mientras se ponía los pendientes -. Violeta ha dejado la cena hecha.
Nico se puso en pie para darle dos besos, sin poder evitar fijarse en que iba demasiado arreglada para una simple visita a la abuela. Aunque tampoco le dio demasiada importancia. Todos sabían que Paloma, su madre, era una mujer excesivamente presumida.
- Vale, mamá.
- Cena con tu padre, ¿de acuerdo? Y no te acuestes muy tarde…
- Sí, mamá. Y dale recuerdos a la yaya.
- De tu parte, cariño.
Se despidieron y mientras ella salía de casa, Nico se acercó a la cocina. Consultó la hora en el móvil: aún era pronto. Así que, antes de cenar, decidió bajar a echar un vistazo a su cultivo ilegal de “Azulita” en el garaje. Pues ese había sido el lugar elegido.
Desde allí, casi escondida a propósito, una pequeña puerta daba acceso a un trastero diminuto: la típica habitación oscura y húmeda donde se amontonan trastos viejos, recuerdos inútiles y polvo del que nadie quiere hacerse cargo. Precisamente por eso era perfecta. Sin uso, casi olvidada y, sobre todo, cerrada con llave. Además, la única llave la tenía Nico. Solo él. Se había asegurado de ello con un cuidado casi obsesivo.
Avanzó por la casa con cautela, midiendo cada paso, procurando no cruzarse con nadie: ni con Valeria ni con su padre. No fue difícil; el chalet era lo bastante grande como para no encontrarse con nadie durante una vida entera. El silencio lo acompañaba, denso y expectante, cuando entró en el garaje. Se detuvo frente a la puerta. Sacó la llave del bolsillo. Miró a un lado, luego al otro. Escuchó pacientemente. Apenas el zumbido lejano de la casa respirando. Entonces giró la cerradura, entró con rapidez y cerró tras él, dejando el mundo al otro lado.
El cultivo era, cuanto menos, decepcionante. “Cutre”, según sus propias palabras.
Nada que ver con lo que Nico había imaginado en un principio.
Una sola bandeja metálica, apoyada sobre una mesa improvisada. Y en ella, una única Mycena Neonfaucis, erguida como una reina solitaria en un reino miserable. El sustrato era escaso: el puñado robado del laboratorio suizo, mezclado con piedras que había recogido a toda prisa en un campo cercano. Improvisación pura. Supervivencia científica. Era lo único que había podido montar a contrarreloj, con el pulso acelerado y el miedo mordiéndole la nuca. Aunque no perdía la esperanza, pues sabía que pronto habría más. Tenía que haberlo si quería seguir adelante.
Comprobó el higrómetro que había cogido prestado del laboratorio. “Humedad correcta”, pensó. Luego ajustó el termómetro. “Temperatura estable”, se dijo mientras asentía. Al menos eso lo había hecho bien. La luz era casi inexistente, apenas un susurro, justo como debía ser. Aquel rincón vivía en penumbra perpetua, como una cueva artificial arrancada del mundo.
Se agachó frente a la bandeja y observó la seta de cerca. El sombrero azul parecía respirar, emitir una luminiscencia tenue, orgánica, nada que ver con un simple reflejo. Con cuidado, separó un poco el sustrato para comprobar que el micelio estuviera bien anclado. Entonces frunció el ceño. No podía ser. Se inclinó aún más. Se quitó las gafas un segundo, las limpió con la camiseta y volvió a colocárselas, acercando el rostro hasta casi rozar la bandeja. Su corazón empezó a latir más rápido. Ahí estaban: dos pequeñas Mycena Neonfaucis brotando, diminutas pero inconfundibles, como uñas azules rompiendo la roca desde dentro. Habían crecido demasiado rápido. Muchísimo más rápido de lo que cualquier otra especie podría lograr.
- No… no es posible - murmuró.
Aquello no encajaba con nada de lo que conocía.
Pero era real. Estaban ahí. Vivísimas.
Debía anotarlo. Cuanto antes. Aquello no era un simple crecimiento acelerado; era otra cosa. Una biología distinta, agresiva, voraz. Aquella especie estaba muy por encima de cualquier hongo que hubiera estudiado jamás. No seguía las reglas: las reescribía. Y, una vez más, la idea de buscar ayuda volvió a abrirse paso en su mente.
No necesitaba un micólogo. Sus conocimientos en el campo, superaban con creces las de cualquier entendido. Necesitaba otra cabeza pensante, otro punto de vista, alguien con quien debatir, contrastar hipótesis, compartir el peso de aquel descubrimiento que empezaba a resultar demasiado grande para cargarlo solo.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que tardó un segundo en reaccionar cuando lo oyó.
Un ruido. Seco. Breve. Nico se quedó completamente quieto.
El silencio volvió a caer, espeso, casi hostil. Se incorporó despacio, conteniendo la respiración, y avanzó hacia la puerta. Sin hacer el menor ruido, pegó la oreja a la madera. Y escuchó.
- ¿Usted está seguro de que su mujer se fue, pues?
- Sí, hace nada…
- ¿Y su hijo, Rogelio? Mire que si él nos descubre.
- Estará con el ordenador, no te preocupes…
- De pana que esto está mal…
- Y por eso me gusta tanto.
Nico tragó saliva al escuchar los gemidos. No hacía falta ser un genio para intuir quién estaba al otro lado de la puerta ni qué tipo de actividad se estaba gestando allí. En aquel cubículo estrecho, húmedo, iluminado únicamente por el azul natural de la “Azulita", algo dentro de él empezó a empujar. No era valentía. Tampoco desafío. Era, simple y llanamente, curiosidad.
Una curiosidad sucia, culpable, - pero innegable - que le arañaba el estómago. No pensó en enfrentarse a nadie, no pensó en consecuencias, ni en tan siquiera en su madre. Solo deseaba ver. En visualizar aquello que siempre había soñado, aquello con que tantas veces se había masturbado. Deseaba ver a Violeta en todo su esplendor, y aunque su padre era un obstáculo, le daba igual, en ese instante era solo eso: un actor molesto en una escena porno de su actriz preferida.
La luz azul parecía pulsar, acompasada a su respiración. Puso la llave en el cerrojo y giró con una delicadeza extrema. Apretó los dedos alrededor del pomo, sintiendo el frío del metal filtrarse hasta el hueso. Giró la muñeca con una lentitud casi ceremonial, como si el propio aire pudiera delatarlo. La puerta se abrió apenas unos centímetros. Lo justo para mirar. Lo suficiente para que algo dentro de él ardiera de repente. Y mientras observaba desde la grieta, con el corazón golpeándole las sienes, Nico comprendió que no todos los secretos familiares estaban hechos para ser descubiertos… y que algunos, una vez vistos, ya no se podían olvidar jamás.
Aunque intentó evitarlo, lo primero en que se fijó fue en su padre: su mirada era lasciva. La mirada de un hombre que incluso sabiendo que estaba haciendo algo inmoral, le daba completamente igual. La percibió cruelmente familiar. No por ser su progenitor, sino por el deseo que devoraba sus facciones, sus actos, sus decisiones… La calentura que lo empujaba a cometer aquella traición. Era, sin duda alguna, el mismo deseo que tantas veces se había dibujado en su propio rostro, la misma pasión desenfrenada que corría por sus venas.
“De tal palo tal astilla", pensó irónicamente mientras observaba como las manos de su padre desabrochaban - con calma contenida, disfrutando del momento - los botones del traje de servicio de Violeta, uno a uno. Nico empezó a desabrocharse el pantalón y bajó la bragueta. Violeta llevaba puesto aquel mono blanco - el de siempre, el que tanto le gustaba -, de mangas cortas, escote sugerente y terminado en una corta falda. Su madre siempre se quejaba cuando la veía, porqué - según su criterio - pensaba le iba demasiado pequeño. Y aunque él también lo creyera, no decía nada, pues no le molestaba, más bien todo lo contrario.
Nico, con los pantalones en el suelo, se bajó los calzoncillos hasta las rodillas, comprendiendo - justo en ese momento - quien se encargaba de la vestimenta del servicio en aquella casa. Cuando Rogelio terminó de desabrochar todos los botones, ella relajó los hombros y se dejó desnudar. El vestido cayó al suelo con delicadeza, como si flotara sin gravedad. Nico ya no pudo ver nada más que su cuerpo. Su padre desapareció. Literalmente. La piel morena de ella, su enorme culo curvilíneo, el fino tanga que llevaba puesto. Dejó de acariciarse la polla y empezó a masturbarse, rápido, frenético, sin apenas pensarlo.
Violeta se puso en cuclillas, Nico aumento el ritmo al ver como desabrochaba el pantalón de su padre. Y mientras observaba, casi sin pestañear, como le chupaba la polla, no pensó en traiciones, ni cuernos, ni en matrimonios rotos, ni mucho menos en su madre. Solo pudo pensar en que lo daría todo - incluso su vida -, por ser su padre en aquel justo momento.
“Quizás Gabi y Gustavo tengan razón”, pensó.
“Podría tener a Violeta de rodillas cuando quisiera, a cualquier mujer en realidad…”
“Podría tenerla… ¡no, mejor aún!… a ella y a Laia a la vez, a las dos… haciéndome una…”
Y hablando de mamadas, vallamos ahora a ese piso humilde en Hortaleza, donde Laia preparaba la cena para su madre. No, no era ella quien estaba mamando. Aunque no lo llevaba demasiado bien, Laia se estaba controlando - a duras penas, sí -, pero lo estaba consiguiendo. De quien hablamos es de Raquel, su vecina. Como tantas otras veces, el calentador de casa de sus padres se había estropeado y le había pedido si podía ducharse en la suya. Laia había aceptado, por supuesto. Le debía demasiados favores como para negarse y, además, Raquel era mucho más que una simple vecina: se conocían desde pequeñas. Habían crecido juntas - por caminos distintos, incluso opuestos -, pero juntas al fin y al cabo.
Siendo sinceros, no había ningún calentador estropeado. Raquel había mentido y, sí, no era la primera vez. Le gustaba ducharse en casa de Laia, no porque hubiera más presión o el agua saliera más caliente, sino por los “juguetes” que ella guardaba en el segundo cajón del baño. Los había descubierto - tiempo atrás - por error. Una tarde en la que el calentador sí se había roto de verdad y, desde aquel día, cuando el hambre apretaba, recurría a la misma excusa para ducharse como ¡Dios manda!.
Laia abrió la puerta del horno, cogió un tenedor y comprobó si el pescado ya estaba en su punto. Apagó el gas, se puso un par de guantes de cocina y, con cuidado, sacó la bandeja metálica, cerrando la puerta con el pie. Había preparado dorada al horno, su especialidad. Una receta sencilla y que siempre daba el Do de pecho. Cocina sin complicaciones pues bastantes tenía ya. Esta vez preparó tres raciones: una para su madre, otra para ella y la tercera para Raquel, a quien había invitado a cenar en agradecimiento por haber pasado el fin de semana cuidando de su madre.
Colocó una dorada en un plato y añadió la guarnición a un lado: patata, tomate y cebolla. Puso el plato sobre una bandeja de plástico junto a los cubiertos y una servilleta, y lo llevó al cuarto de su madre, que se removía en la cama, vencida otra vez por el dolor.
- Cariño… - dijo al verla entrar -. ¿Cuánto falta para la siguiente?
- Aún queda, mamá… - sonrió Laia, dejando la bandeja en la mesita -. Cena y luego te doy la medicación, ¿de acuerdo?
La ayudó a incorporarse, acomodándole un par de almohadas en la espalda. Lo notó: cada vez pesaba menos, cada día más frágil, reducida poco a poco a un saco de huesos. Colocó la mesita plegable frente a ella y le sirvió la cena.
- Huele de maravilla, mi vida - sonrió su madre, aspirando el aroma del plato.
- Que aproveche - respondió Laia, besándola en la frente -. Y si necesitas cualquier cosa, me llamas, ¿de acuerdo?
Antes de que pudiera irse, su madre le sujetó suavemente la muñeca.
- Puede que haya tomado malas decisiones en el pasado… - dijo, con una sonrisa serena -, pero jamás me arrepentiré de haberte tenido, hija.
- Venga, mamá… - sonrió Laia, intentando no emocionarse -. No empecemos, por favor…
- Cada vez que te veo me recuerdas que, al menos, hice una cosa bien en esta vida…
- Y muchas más que harás - dijo Laia, dándole otro beso -. Ya lo verás…
Se miraron unos segundos en silencio, sonriendo, acariciándose las mejillas.
- ¡Anda, come! - insistió Laia a punto de llorar -, que se va a enfriar.
Se quedó un momento observándola, viendo cómo ponía cara de sorpresa al probarlo y le regalaba una de esas escasas y añoradas sonrisas. Laia también sonrió, le dio un último beso en la frente y salió de la habitación, ajustando la puerta con cuidado. Se acercó al baño, pensando en sus cosas. El sonido constante del agua golpeando los azulejos llenaba el pasillo, denso, íntimo. Se detuvo enfrente de la puerta y golpeó un par de veces con los nudillos.
- Tengo la cena lista, si quieres que comamos ya…
Esperó una respuesta que no llegó. Volvió a llamar, esta vez un poco más fuerte.
Nada, no contestó. Como había confianza entre ellas, giró el pomo y empujó la puerta. Y en ese justo momento - en ese instante preciso en que asomó la cabeza - lamentó haberlo hecho. Todo ocurrió rápido. Un segundo apenas. Lo suficiente para que el calor que recorría el cuerpo de su vecina pasara directamente al suyo.
Se la encontró de rodillas dentro de la ducha, el agua caliente resbalando por su espalda, sus tetas como ubres de vaca, su culo inmenso y desproporcionado. Laia se estremeció al instante. Aunque Raquel era obesa, poco agraciada y jamás la había visto de aquel modo, esta vez la encontró excesivamente atractiva. Aunque quizás no fuera solo por su cuerpo mojado, sino por lo que estaba haciendo.
Con ambas palmas de las manos apoyadas contra la pared, chupaba uno de sus consoladores. Lo había pegado a los azulejos, y se lo metía dentro de la boca entero, sus labios tocando casi la pared resbaladiza cada vez que tragaba. Aquel sonido que emitía al hacerlo nubló el juicio de Laia por completo, dejándola paralizada. Bajó la vista y vio que debajo de ella tenía otro consolador, pegado al suelo de la ducha. Lo cabalgaba como una experta jinete, sus rodillas resbalando, su enorme culo rebotando contra el plato de cerámica.
Raquel se daba placer como si no hubiera un mañana, pero de repente sintió su presencia. Se giró sobresaltada, el pene de goma rebotando cerca de sus labios, los ojos abiertos de par en par, el cuerpo desnudo reaccionando antes que la cabeza. Se puso de pie, nerviosa, el agua seguía cayendo, implacable, mientras ella intentaba cubrirse con las manos, torpe, desesperada, como si pudiera borrar lo evidente con un gesto inútil.
- ¡¿Por qué no llamas?! - gritó, con la voz quebrada -. ¡Joder… qué vergüenza!
Tenía la piel enrojecida, no solo por el vapor. El rubor le subía por el cuello, por las mejillas, hasta las orejas. Temblaba, no de frío, sino de haber sido descubierta en aquella situación, en aquel momento tan íntimo, personal e intransferible.
- Pero… ¿Qué… qué - balbuceó Laia.
No podía apartar la mirada. No solo por morbo. Había algo hipnótico en aquella escena, en aquella exposición tan humana, tan frágil. Raquel parecía encogerse sobre sí misma, deseando desaparecer por el desagüe.
- ¡Por Dios, vete! - gritó ella, al borde del llanto -. ¡VETE YA!
- Sí, sí… perdona… - respondió Laia, retrocediendo.
Cerró la puerta con el corazón desbocado. Demasiado despacio, como si no quisiera hacerlo en realidad. El cerrojo sonó como un disparo en el silencio del pasillo. Y entonces ocurrió. No fue la excitación, en realidad. No fue el deseo acumulado durante todo el día, tampoco. Ni tan siquiera fue la imagen de su vecina grabada a fuego detrás de sus párpados. Fue un chispazo.
Algo se encendió en su cerebro con violencia. Un fogonazo azul. Un pulso eléctrico que le recorrió la médula como una descarga mal dirigida. El mundo pareció inclinarse un grado, apenas perceptible, pero suficiente para sentir cómo el calor cambiaba de naturaleza. Ya no era humano. Ya no era emocional. El azul volvió a sus ojos: visible, presente, latente. Siempre estaba ahí, oculto en algún lugar de su cerebro. Esperando, aguardando el momento exacto.
El sobresalto había vuelto a actuar de catalizador. Como una llave girada sin querer. Y aquello que Nico temía - aquello que dormía dentro de ella, paciente y silencioso - despertó de golpe. No era Laia quien respiraba hondo en aquel pasillo. Ya no. Ahora era otra cosa.
Raquel aún nerviosa, llena de vergüenza, y enfadada consigo misma; había inclinado el torso hacia delante intentando desenganchar el consolador del suelo. Estaba de espaldas a la puerta, creyendo estar a salvo. Tiraba de él con una mano, con fuerza, mientras con la otra se sujetaba en la pared para no caer. Maldecía entre murmullos, no solamente por no poder desengancharlo, sino por la angustia que le provocaba la conversación pendiente, que irremediablemente, vendría a continuación. El agua seguía cayendo, a toda presión, ocultando los pasos silenciosos de la depredadora que se acercaba por su punto ciego. Los ojos brillando de un azul neón, fijos en aquel culo abierto.
Cuando Raquel lo sintió, fue una invasión completa, sin previo aviso. Dos manos abriendo sus nalgas, una cara chocando contra ellas, una lengua entrando en su ano. Ni tan siquiera gritó, porqué cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde. El consolador que estaba intentando recoger volvía a estar dentro de su coño húmedo, entrando y saliendo sin descanso, a un ritmo frenético. Apoyó las dos manos contra la pared, gimiendo, llena de placer. No le hizo falta mirar para saber quien era. Tan solo cerro los ojos y se dejó llevar.
Pues… del mismo modo que Laia ya no era Laia, Raquel había dejado de ser Raquel.
Ahora era una polilla, solo eso. Una más. Atraída por una luz que no comprendía, hipnotizada por un brillo tan hermoso como letal. Había cruzado el umbral sin saberlo, había entrado en la trampa con la inocencia de quien confunde el resplandor con una salida. Pero no había salida alguna. Solo una depredadora azul, hambrienta, paciente.
Dicen que la primera vez nunca se olvida.
Y en cierto modo es verdad.
Pero no por romanticismo, ni por magia, ni por destino. Eso se lo dejamos a los poetas. Para un científico, la explicación es bastante más fría… y mucho más fascinante. El cerebro está diseñado para recordar lo nuevo. No lo bello. No lo importante en un sentido moral. Sino lo inédito. Cuando algo ocurre por primera vez, el sistema nervioso lo interpreta como una posible amenaza… o como una oportunidad. Y ambas cosas, desde el punto de vista evolutivo, merecen ser archivadas con prioridad máxima. La clave está en la novedad. Cuando vivimos una experiencia completamente nueva, se activa de forma intensa el hipocampo, la estructura encargada de consolidar los recuerdos episódicos. Al mismo tiempo, el cerebro libera una combinación poderosa de neurotransmisores: dopamina, noradrenalina y, dependiendo del contexto, cortisol. Ese cóctel químico actúa como un subrayador fluorescente sobre las sinapsis implicadas: esto importa, no lo olvides.
La dopamina no aparece solo con el placer, sino con la expectativa y la sorpresa. Por eso una primera experiencia sexual, un primer accidente, una primera humillación o una primera victoria activan circuitos muy similares. El cerebro no distingue si fue “bonito” o “horrible”; distingue si fue nuevo y emocionalmente intenso. La amígdala, por su parte, entra en juego para etiquetar la experiencia con una carga emocional. Si hubo miedo, vergüenza o dolor, refuerza el recuerdo para evitar repetir el error. Si hubo placer o recompensa, lo refuerza para intentar repetirlo. En ambos casos, el resultado es el mismo: una potenciación a largo plazo de las conexiones neuronales implicadas.
Es pura supervivencia.
Desde una perspectiva evolutiva, recordar la primera vez que algo te hizo daño podía salvarte la vida. Recordar la primera vez que algo te dio placer podía ayudarte a buscar recursos, pareja o protección. El cerebro aprendió pronto que lo nuevo es información valiosa… y se volvió adicto a registrarlo.
Por eso las primeras veces quedan grabadas con tanta nitidez: el primer beso, la primera traición, la primera muerte que vimos de cerca, el primer orgasmo, el primer fracaso que dolió de verdad. O como ahora mismo vivía Raquel: la primera vez que se corrió contra el coño mojado y caliente de su vecina…
No sucede porque sean únicas en sí mismas, sino porque rompen un patrón. Después de eso, el cerebro ya sabe qué esperar, y la química se atenúa. La experiencia se repite, pero la huella es más débil.
La memoria, al final, no es un archivo objetivo.
Es un sistema de aprendizaje químico.
Y lo que aprendemos primero, cuando aún no sabemos nada, se escribe con letras más profundas.
No por romanticismo. Sino por pura biología.
- ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó Laia de repente, como si despertara de un sueño espeso.
La voz le salió rota. Le dolía la cabeza. El cuerpo aún le temblaba como si hubiera corrido kilómetros sin recordar por qué. Entones supo que acababa de tener un orgasmo, aún lo sentia, recorriendo su cuerpo entero. Vio por primera vez a su vecina, mojada, pegada a su cuerpo, sus piernas aún entrelazadas con las suyas.
Raquel, sentada en el suelo de la ducha, respiraba con dificultad. Una mano acariciándose el pecho, la otra encima de su clítoris. Los ojos medio cerrados, la boca aún abierta. Y fue entonces cuando se dio cuenta. Primero de los ojos de Laia. De aquel azul imposible que aún latía débilmente en sus pupilas. Luego, del modo en que ese color se iba apagando poco a poco, como una luz que se queda sin corriente.
Retrocedió instintivamente, sus coños se separaron, como si se dieran un último beso de despedida. Su enorme culo resbalando sobre el suelo mojado hasta chocar su espalda contra los azulejos de la pared.
- ¿Laia…? - preguntó, manteniendo la distancia -. ¿Qué… qué le pasan a tus ojos?
Las miradas se encontraron. Ya no había deseo en ninguna de las dos. Solo un inmenso desconcierto, el miedo naciendo y acaparándolo todo sin piedad. La sensación incómoda de haber cruzado una línea invisible sin saber cuándo ni cómo.
- No, joder… otra vez no… - susurró Laia, llevándose una mano a la cara, comprendiendo de golpe -. No puede ser…
Raquel sintió un nudo cerrársele en el estómago.
- ¿Qué está pasando? - preguntó con un hilo de voz -. Me estás asustando.
Laia se puso de rodillas y se acercó a ella demasiado rápido. La sujeto de ambos hombros y la zarandeó.
- ¡Dime que no por favor! - dijo de pronto, con urgencia -. ¡Mírame y dime la verdad! ¿Hemos… estado juntas?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Raquel abrió la boca, la cerró. El corazón le martilleaba las sienes. Las preguntas se atropellaban en su cabeza: ¿Qué significaba eso?, ¿Acaso se arrepentía? ¿Qué somos ahora?, ¿Seguimos siendo amigas o…?, ¿Por qué e ha gustado tanto, si no soy…?, ¿Por qué parece no recordar nada? ¿Por qué ese azul en sus ojos?
- Sí… pero… - respondió al final -. Pero yo no…
No pudo terminar la frase.
- ¡Jodeeeeer! - gritó Laia, apartando la mirada, como si le hubieran quitado de golpe toda la fuerza.
Apoyó las manos en el suelo, la cabeza gacha, los hombros temblándole.
No lloraba, pero estaba al borde.
Raquel dudó unos segundos antes de acercarse. Al final lo hizo, pero con sumo cuidado.
Como si Laia fuera ahora algo frágil… o quizás más peligroso.
- ¿Por qué dices que lo sientes? - preguntó, intentando buscarle los ojos - A estado bien… ¡Joder! Ha estado genial en realidad…
- No es eso… hostias.
- Entonces ¿qué sucede?… ¿Qué… qué me estás ocultando?
Laia alzó la vista lentamente. Ya no había rastro de azul en sus ojos. Solo un profundo cansancio. La mirada llena de culpa. Una tristeza densa, pesada.
Negó con la cabeza.
- No tendrías que haberme dejado… - murmuró -. No tú.
Raquel frunció el ceño, cada vez más inquieta.
- Laia…
- Voy a tener que sacarte sangre - dijo ella de repente, casi en un susurro -. Y después… explicarte algo que no vas creer.
Se hizo un silencio largo.
El agua de la ducha seguía cayendo, indiferente, como si nada hubiera cambiado.
Pero ambas sabían que sí. Que algo se había roto. O peor aún: que algo había despertado.
Mientras Raquel intentaba poner en orden aquel caos repentino, formulando preguntas a un ritmo tan vertiginoso, que apenas podía responder ninguna. Su vecina cerró los ojos, con una sola certeza quemándole por dentro: no todos los errores se pueden deshacer. Y algunos arrastran consigo a quienes menos lo merecen.
Raquel, la del camino recto…
La estudiante, la chica centrada, disciplinada y sensata…
La vecina, la amiga de siempre…
Había cruzado una frontera.
Y Laia… lo sabía.
Como el Cloro, siendo el guardián de las piscinas estériles y el gas que aguarda en las sombras del autocontrol, un elemento hambriento de conexión que, al verse negado, amenaza con disolver todo lo que toca con su aliento verde y punzante. Esta historia continuará…