Ron_Artest
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Capítulo 31. Galio - Tigre de Ben(Ga)la
El Galio (Ga) ocupa el trigésimo primer lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del galio con el arquetipo del Tigre de Bengala, obtenemos el retrato de una naturaleza que no admite cautiverio. El galio es el metal de la insurrección física: un elemento que bajo una apariencia sólida y civilizada, esconde un alma líquida que se desata con el simple calor de la vida, recordándonos que lo salvaje no es lo que rompe las reglas, sino lo que las ignora por completo.
El Tigre de Bengala según el Galio: El Instinto Líquido
1. El Acecho bajo la Máscara (Sólido a Temperatura Ambiente)
El galio parece un bloque de metal frío y disciplinado hasta que alcanza los 29.7 °C. En ese instante, su estructura cristalina colapsa y se convierte en un espejo líquido e inasible. El tigre que vive en nosotros no siempre ruge; a menudo es una estatua de galio, una presencia plateada que finge adaptarse a las normas de la sociedad. Pero basta que el "calor" de la provocación, el deseo o la amenaza toque nuestra piel para que la forma sólida se rinda. El alma salvaje es esa transición: el momento en que dejas de ser un ciudadano rígido para convertirte en una corriente indómita que fluye hacia su objetivo.
2. El Depredador de la Estructura (Fragilidad Inducida)
El galio posee una propiedad aterradora: si toca metales como el aluminio, se infiltra en sus redes atómicas y los deshace desde dentro, volviendo la estructura más dura tan frágil como el papel de fumar. El instinto del tigre es el enemigo natural de las jaulas. Como el galio, nuestra violencia interior no ataca por fuera, sino que corroe los cimientos de lo que intenta limitarnos. Es el alma salvaje que deshace las "estructuras" de la moral impuesta cuando se siente acorralada. El tigre no necesita romper los barrotes; hace que el concepto mismo de "barrote" deje de tener sentido al contacto con su voluntad.
3. El Ojo que Refleja la Verdad (Alta Reflectividad)
En su estado líquido, el galio es un espejo perfecto, capaz de mojar superficies y crear un brillo que parece emitir su propia luz. El animal salvaje es un espejo de la realidad cruda. En el ojo del tigre de bengala no hay juicios, solo el reflejo del mundo tal cual es. Cuando liberamos ese "galio interior", dejamos de filtrar la existencia a través de la conveniencia. Es una mirada brillante e inclemente que devuelve al entorno su propia imagen, recordándole que, ante la naturaleza pura, no existen los disfraces.
4. El Territorio en Expansión (Anomalía de Densidad)
Al igual que el agua, el galio se expande cuando se congela. No se encoge ante la presión del frío; reclama más espacio para sus cristales. El tigre es soberano de su territorio. Su instinto nos enseña que, cuando intentan "congelar" nuestros impulsos o reducir nuestro espacio vital, la reacción natural es la expansión violenta. Cuanto más intentan estrechar el cerco sobre nuestra naturaleza salvaje, más fuerte es el empuje del alma hacia los bordes de su dominio, rompiendo el recipiente que intenta contenerla.
5. La Velocidad del Salto (Arseniuro de Galio)
En la tecnología más avanzada, el galio permite que los electrones viajen a velocidades que el silicio no puede soñar. Es el corazón de los láseres y los radares de alta precisión. El instinto es un procesador de alta velocidad. Mientras la lógica humana duda y calcula, el tigre de bengala que llevamos dentro es un "láser de galio": una respuesta inmediata, letal y certera. Es la inteligencia de la sangre que no necesita pensar para saltar; es la furia canalizada que convierte la intención en acto en una fracción de segundo.
Conclusión: El animal salvaje, visto a través del galio, es la geometría del caos plateado. Es el recordatorio de que bajo nuestra fachada sólida habita un fluido incontrolable que no reconoce la autoridad de los metales más duros. Ser un tigre bajo el símbolo del galio significa aceptar que nuestra esencia es indómita y que la civilización es solo una temperatura temporal que el calor de nuestra verdadera naturaleza siempre acabará por derretir.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
Sofi detuvo el carrito en mitad del pasillo de los lácteos. La luz blanca del supermercado caía sobre las filas interminables de yogures y bricks de leche, todos alineados con esa pulcritud artificial que solo existe en los lugares donde la vida se etiqueta por fechas de caducidad. A su lado, Gabi comparaba precios con el ceño fruncido, absorto en una guerra silenciosa entre marcas blancas y nombres impronunciables.
Desvió la mirada hacia los congeladores, fingiendo interés por unas pizzas en oferta. Sabía que empujar más sería inútil. No le había contado demasiado sobre sus padres. Lo justo. Un poco más, quizá, por ser ella quien compartía su cama, su caos y sus planes imposibles. Pero nunca todo. Nunca los detalles. Sabía que su madre había muerto cuando él era apenas un crío. Tan pequeño que los recuerdos eran más sensaciones que imágenes: un olor, una canción lejana, una mano que ya no estaba. Después de eso, la vida se convirtió en una pendiente abrupta. Su padre… bueno. “Desentenderse” era la versión suave, la versión amable. La real era mucho más áspera. Tampoco hubo abuelos que amortiguaran el golpe, ni tíos que aparecieran con abrazos torpes y buenas intenciones. No hubo red para Gabi, ni segunda oportunidad. Así que aprendió pronto que el mundo no espera a nadie. Fue, como tantos, un hijo de orfanato. De esos que descubren demasiado temprano que la ternura es un lujo y que lo poco que consigues tienes que defenderlo con los dientes. Por eso era como era. Rebelde. Autosuficiente hasta la exasperación. Incapaz de pedir ayuda sin sentir que se traicionaba.
Y, sin embargo, desde hacía un par de años, el pasado llamaba a la puerta con insistencia. Su padre quería retomar el contacto. Nadie sabía por qué. Ni siquiera Gabi parecía tenerlo claro. A veces hablaba de él con una media sonrisa incrédula, como si describiera a un personaje secundario que hubiera decidido volver a escena sin venir a cuento. Un hombre de moto y carretera. De cuero gastado y horizontes abiertos. Una especie de vagabundo motorizado que vivía sin domicilio fijo y sin compromisos. Un tipo que confundía libertad con ausencia y que ahora, quién sabe por qué, parecía necesitar algo. ¿Redención? ¿Culpa? ¿Soledad? Era imposible saberlo.
Sofi intuía que, en el fondo, esa insistencia removía algo peligroso en Gabi. No odio. No exactamente. Más bien una herida mal cerrada que nunca terminó de cicatrizar. Lo miró de reojo mientras él examinaba unas bolsas de verduras congeladas como si fueran un asunto de estado. Tenía esa expresión distante, concentrada en nada. Ella deslizó su mano hasta la suya y entrelazó los dedos con naturalidad. No hacía falta decir nada más. Algunas batallas no se ganan hablando. Se acompañan y se sufren en silencio. Pero si algún día decidía abrir esas compuertas, ella estaría allí. Sin preguntas. Sin juicios. Sin prisas. Como ahora.
Siempre bromeaba con Sofi: “¿Como pudiste enamorarte de ese imbécil?”. Ella simplemente se encogía de hombros y contestaba que todos cometemos errores. Pero no solo lo odiaba por ser el ex. Lo odiaba porque Ricardo era el hijo perfecto de un padre perfecto. El heredero de un despacho con vistas, de un apellido que abría puertas antes incluso de llamar. El tipo de hombre que nunca tuvo que pelear por nada, que nunca durmió con el estómago vacío ni aprendió a cerrar los puños para sobrevivir. Había nacido con la vida resuelta, planificada, asfaltada.
Mientras unos aprendían a defender lo poco que tenían, otros aprendían a elegir entre demasiadas opciones. Ricardo era de esos últimos. Y quizá por eso dolía más. Porque frente a él, con su seguridad impoluta y su sonrisa blanca, Gabi sentía el eco de todo lo que no había tenido. De todo lo que tuvo que arrancarle al mundo con los dientes. No era celos lo que sentía. Era memoria. Y la memoria, cuando duele, no entiende de elegancia.
Ricardo dio otro medio paso. Sus zapatos caros crujieron levemente sobre el suelo pulido.
Sofi se acercó despacio. Lo sintió antes de tocarlo: la tensión vibrándole bajo la piel, los músculos duros como cables tensados al límite. Era como si su cuerpo estuviera preparado para saltar, para morder, para defender. Había algo salvaje en él. Algo antiguo. Su respiración era corta, controlada. Los hombros ligeramente adelantados. El cuello firme. Los oídos - casi podía jurarlo - atentos a cada ruido del supermercado, como si distinguiera amenazas invisibles entre el pitido de laos códigos de barras y el rodar de los carritos.
Un lobo en un pasillo de congelados. Territorial. Alerta. Marcando límites sin necesidad de palabras. La vida moderna lo había domesticado durante años: facturas, horarios, normas sociales, disculpas automáticas. Pero en ese instante, algo más primitivo asomaba bajo la superficie. No era violencia desatada. Era posesión. Era instinto. Era la certeza visceral de que lo suyo se protege. Sofi lo rodeó con los brazos por la cintura y apoyó la mejilla en su pecho.
Llegaron a casa cuando el cielo empezaba a desteñirse en un azul más oscuro. Cerraron la puerta con ese gesto automático de quien vuelve a su guarida, y durante unos minutos todo fue cotidiano, casi doméstico en exceso: bolsas sobre la encimera, el sonido seco de los tarros apoyándose en el mármol, el crujido del plástico al abrirse. Ordenaron la compra juntos, como siempre. Sofi guardaba los yogures mientras Gabi colocaba las latas por alturas, obsesivo con el orden. Se rozaban al cruzarse frente al frigorífico, intercambiaban miradas breves, cómplices, algún que otro beso y caricias. Parecía una tarde normal. Pero no lo era. Había algo en él que no terminaba de apagarse.
Cuando terminó de colocar el último paquete de arroz, Gabi se quedó un segundo quieto, como si escuchara algo que no estaba allí. Su mirada quedó clavada en la pared, como si pudiera ver más allá de los azulejos. Luego se giró hacia el pasillo.
Sofi sostuvo su mirada apenas un instante más de lo habitual, deseando seguirlo.
No era miedo lo que sentía. No exactamente. Lo que le recorría el cuerpo era más complejo. La reacción de Gabi en el supermercado no la había asustado. Al contrario. Le había despertado algo profundo, instintivo. La sensación de estar protegida. De tener a alguien dispuesto a ponerse delante del peligro sin titubear. Eso la excitaba. La hacía sentirse a salvo. Pero también había visto la otra cara. La tensión excesiva. El silencio afilado. Esa quietud peligrosa previa al salto. No había mordido todavía, pero en su postura, en la forma en que había sostenido la mirada, en cómo sus músculos parecían tensarse por debajo de la piel… todo indicaba que solo faltaba una chispa.
No era difícil atar cabos. “La Azulita” era la culpable. Desde que entró en sus vidas, algo se había movido en todos. En algunos, más que en otros. En Gabi, estaba despertando algo que llevaba años dormido. Algo ancestral. Territorial. Poderoso. La pregunta no era si estaba cambiando, era obvio que sí. La pregunta correcta era: ¿hasta dónde podía llegar ese cambio?
Miró hacia el pasillo, asegurándose de que el sonido de la ducha seguía constante. El vapor empañaría pronto el espejo. Él no saldría en varios minutos. Desbloqueó el móvil. Solo una persona podía darle una respuesta. O al menos, orientación. Alguien que entendiera la sustancia más allá de lo místico. Más allá de las teorías de Gabi. Alguien que hubiera visto sus efectos sin romanticismo. Buscó el nombre en la agenda. Su pulgar dudó una fracción de segundo. Y llamó.
El sábado amaneció limpio, con ese cielo veraniego que parece recién estrenado. La luz entraba por las rendijas de la persiana dibujando líneas doradas sobre la habitación. Sofi llevaba despierta más de una hora, observando el techo, escuchando la respiración de Gabi a su lado. No era una respiración tranquila. Era profunda. Como la de alguien que descansa pero no se relaja del todo. Cuando él abrió los ojos, lo hizo de golpe. Sin la habitual pereza. Sin la larga transición. Como si hubiera estado esperando la señal invisible de salida.
Dicen que el ser humano es razón, cultura, normas.
Pero eso es apenas la superficie.
Debajo, muy abajo, donde no llega el lenguaje ni la moral, duerme algo más antiguo. Un latido heredado de cuando sobrevivir era la única ley. Un instinto que no entiende de diplomacia, solo de territorio, de fuego, de sangre y de pertenencia.
La vida moderna lo adormece con horarios, facturas y pantallas. Lo viste con trajes, lo sienta en oficinas, le enseña a pedir perdón antes de atacar. Y funciona. Durante años funciona, hasta que algo lo despierta.
A veces es el miedo.
A veces el amor.
A veces una sustancia azul que amplifica lo que ya estaba ahí.
Y entonces el animal abre los ojos. No siempre ruge. No siempre muerde.
A veces simplemente camina más erguido, respira más hondo, ocupa más espacio.
El problema no es que exista.
El problema es no saber si sabremos volver a dormirlo.
Porque todos llevamos uno dentro.
Y cuando despierta, el mundo deja de ser un lugar civilizado…
y vuelve a ser bosque, solo bosque.
Como el Galio, siendo el espejo que se derrite en el puño y el metal que deshace las prisiones con su solo contacto, un alma líquida esperando el calor del conflicto para recordar su ferocidad. Esta historia continuará…
El Galio (Ga) ocupa el trigésimo primer lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del galio con el arquetipo del Tigre de Bengala, obtenemos el retrato de una naturaleza que no admite cautiverio. El galio es el metal de la insurrección física: un elemento que bajo una apariencia sólida y civilizada, esconde un alma líquida que se desata con el simple calor de la vida, recordándonos que lo salvaje no es lo que rompe las reglas, sino lo que las ignora por completo.
El Tigre de Bengala según el Galio: El Instinto Líquido
1. El Acecho bajo la Máscara (Sólido a Temperatura Ambiente)
El galio parece un bloque de metal frío y disciplinado hasta que alcanza los 29.7 °C. En ese instante, su estructura cristalina colapsa y se convierte en un espejo líquido e inasible. El tigre que vive en nosotros no siempre ruge; a menudo es una estatua de galio, una presencia plateada que finge adaptarse a las normas de la sociedad. Pero basta que el "calor" de la provocación, el deseo o la amenaza toque nuestra piel para que la forma sólida se rinda. El alma salvaje es esa transición: el momento en que dejas de ser un ciudadano rígido para convertirte en una corriente indómita que fluye hacia su objetivo.
2. El Depredador de la Estructura (Fragilidad Inducida)
El galio posee una propiedad aterradora: si toca metales como el aluminio, se infiltra en sus redes atómicas y los deshace desde dentro, volviendo la estructura más dura tan frágil como el papel de fumar. El instinto del tigre es el enemigo natural de las jaulas. Como el galio, nuestra violencia interior no ataca por fuera, sino que corroe los cimientos de lo que intenta limitarnos. Es el alma salvaje que deshace las "estructuras" de la moral impuesta cuando se siente acorralada. El tigre no necesita romper los barrotes; hace que el concepto mismo de "barrote" deje de tener sentido al contacto con su voluntad.
3. El Ojo que Refleja la Verdad (Alta Reflectividad)
En su estado líquido, el galio es un espejo perfecto, capaz de mojar superficies y crear un brillo que parece emitir su propia luz. El animal salvaje es un espejo de la realidad cruda. En el ojo del tigre de bengala no hay juicios, solo el reflejo del mundo tal cual es. Cuando liberamos ese "galio interior", dejamos de filtrar la existencia a través de la conveniencia. Es una mirada brillante e inclemente que devuelve al entorno su propia imagen, recordándole que, ante la naturaleza pura, no existen los disfraces.
4. El Territorio en Expansión (Anomalía de Densidad)
Al igual que el agua, el galio se expande cuando se congela. No se encoge ante la presión del frío; reclama más espacio para sus cristales. El tigre es soberano de su territorio. Su instinto nos enseña que, cuando intentan "congelar" nuestros impulsos o reducir nuestro espacio vital, la reacción natural es la expansión violenta. Cuanto más intentan estrechar el cerco sobre nuestra naturaleza salvaje, más fuerte es el empuje del alma hacia los bordes de su dominio, rompiendo el recipiente que intenta contenerla.
5. La Velocidad del Salto (Arseniuro de Galio)
En la tecnología más avanzada, el galio permite que los electrones viajen a velocidades que el silicio no puede soñar. Es el corazón de los láseres y los radares de alta precisión. El instinto es un procesador de alta velocidad. Mientras la lógica humana duda y calcula, el tigre de bengala que llevamos dentro es un "láser de galio": una respuesta inmediata, letal y certera. Es la inteligencia de la sangre que no necesita pensar para saltar; es la furia canalizada que convierte la intención en acto en una fracción de segundo.
Conclusión: El animal salvaje, visto a través del galio, es la geometría del caos plateado. Es el recordatorio de que bajo nuestra fachada sólida habita un fluido incontrolable que no reconoce la autoridad de los metales más duros. Ser un tigre bajo el símbolo del galio significa aceptar que nuestra esencia es indómita y que la civilización es solo una temperatura temporal que el calor de nuestra verdadera naturaleza siempre acabará por derretir.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
Sofi detuvo el carrito en mitad del pasillo de los lácteos. La luz blanca del supermercado caía sobre las filas interminables de yogures y bricks de leche, todos alineados con esa pulcritud artificial que solo existe en los lugares donde la vida se etiqueta por fechas de caducidad. A su lado, Gabi comparaba precios con el ceño fruncido, absorto en una guerra silenciosa entre marcas blancas y nombres impronunciables.
- Recuerdas que este sábado subimos a casa de mi madre, ¿verdad?
- Gracias por recordármelo con tanta delicadeza y constancia, mi amor.
- Te lo digo para que te vayas mentalizando…
- Si, claro. Mentalizarme. Como si fuera un botón que se pulsa y ya está. “Modo suegra hostil: activado”.
- Sé que la última vez fue un desastre, mi vida. Pero no volverá a pasar, te lo prometo.
- No te ofendas, pero discrepo rotundamente. Aunque tampoco me importa tanto, la verdad. Ya me he acostumbrado a que tu entorno me odie: tu madre, tus amigas… - sonrió con ironía - Es más, hasta he desarrollado piel de hierro. ¡Mira, toca. Hierro puro!
- Oye… ¿y estos músculos de dónde han salido? ¿Estás más fuerte o es cosa mía?
- Será del trabajo… no sé.
- ¿Seguro que es del trabajo? - Sofi dejó el carrito a un lado y se acercó despacio, invadiendo su espacio con una intención que nada tenía que ver con los lácteos -. ¿O es que te tengo todos los días haciendo ejercicio…?
- ¿Sabes qué te digo?
- ¿Qué?
- Que si tengo que subir a la Sierra y atravesar el juicio final con tu madre para seguir estando a tu lado… lo firmo sin dudar.
- ¿Ah, sí? ¿Harías eso por mí?
- Haría cualquier cosa por ti.
- Esta vez irá bien, ya lo verás. Y si no… nos largamos.
- ¿Como la última vez? - Gabi recogió un cartón de cereales del suelo, todavía sonriendo.
- Exacto. Aunque, si conseguimos no acabar en comisaría, sería un detalle.
- En eso estamos completamente de acuerdo.
- Por cierto… hablando de familia. ¿Llamaste a tu padre?
- No.
- Venga, mi amor… ¿hasta cuándo vais a seguir así?
- Hasta que uno de los dos se rinda o se muera. No hay más opciones.
- Perdonar es un acto de madurez.
- Pues entonces me temo que seguiré siendo un niño toda mi vida.
Desvió la mirada hacia los congeladores, fingiendo interés por unas pizzas en oferta. Sabía que empujar más sería inútil. No le había contado demasiado sobre sus padres. Lo justo. Un poco más, quizá, por ser ella quien compartía su cama, su caos y sus planes imposibles. Pero nunca todo. Nunca los detalles. Sabía que su madre había muerto cuando él era apenas un crío. Tan pequeño que los recuerdos eran más sensaciones que imágenes: un olor, una canción lejana, una mano que ya no estaba. Después de eso, la vida se convirtió en una pendiente abrupta. Su padre… bueno. “Desentenderse” era la versión suave, la versión amable. La real era mucho más áspera. Tampoco hubo abuelos que amortiguaran el golpe, ni tíos que aparecieran con abrazos torpes y buenas intenciones. No hubo red para Gabi, ni segunda oportunidad. Así que aprendió pronto que el mundo no espera a nadie. Fue, como tantos, un hijo de orfanato. De esos que descubren demasiado temprano que la ternura es un lujo y que lo poco que consigues tienes que defenderlo con los dientes. Por eso era como era. Rebelde. Autosuficiente hasta la exasperación. Incapaz de pedir ayuda sin sentir que se traicionaba.
Y, sin embargo, desde hacía un par de años, el pasado llamaba a la puerta con insistencia. Su padre quería retomar el contacto. Nadie sabía por qué. Ni siquiera Gabi parecía tenerlo claro. A veces hablaba de él con una media sonrisa incrédula, como si describiera a un personaje secundario que hubiera decidido volver a escena sin venir a cuento. Un hombre de moto y carretera. De cuero gastado y horizontes abiertos. Una especie de vagabundo motorizado que vivía sin domicilio fijo y sin compromisos. Un tipo que confundía libertad con ausencia y que ahora, quién sabe por qué, parecía necesitar algo. ¿Redención? ¿Culpa? ¿Soledad? Era imposible saberlo.
Sofi intuía que, en el fondo, esa insistencia removía algo peligroso en Gabi. No odio. No exactamente. Más bien una herida mal cerrada que nunca terminó de cicatrizar. Lo miró de reojo mientras él examinaba unas bolsas de verduras congeladas como si fueran un asunto de estado. Tenía esa expresión distante, concentrada en nada. Ella deslizó su mano hasta la suya y entrelazó los dedos con naturalidad. No hacía falta decir nada más. Algunas batallas no se ganan hablando. Se acompañan y se sufren en silencio. Pero si algún día decidía abrir esas compuertas, ella estaría allí. Sin preguntas. Sin juicios. Sin prisas. Como ahora.
- ¡¿Sofía?!
- Ah… hola, Ricardo - respondió ella, dibujando una sonrisa diplomática -. ¿Qué haces por aquí?
- Yo también me alegro de verte - rió él, con esa despreocupación ensayada que siempre parecía calculada.
- Hola… Julián - dijo tendiéndole la mano -. ¿Qué tal todo?
- Me llamo Gabi - respondió él, sin aceptar el saludo.
- Hostia, perdona, colega. Es verdad… - rió Ricardo, dejando que su carcajada flotara un segundo más de lo necesario -. ¿Sabes qué pasa? Que te pareces muchísimo al conserje de mi edificio. Cada vez que te veo me recuerdas a él.
Siempre bromeaba con Sofi: “¿Como pudiste enamorarte de ese imbécil?”. Ella simplemente se encogía de hombros y contestaba que todos cometemos errores. Pero no solo lo odiaba por ser el ex. Lo odiaba porque Ricardo era el hijo perfecto de un padre perfecto. El heredero de un despacho con vistas, de un apellido que abría puertas antes incluso de llamar. El tipo de hombre que nunca tuvo que pelear por nada, que nunca durmió con el estómago vacío ni aprendió a cerrar los puños para sobrevivir. Había nacido con la vida resuelta, planificada, asfaltada.
Mientras unos aprendían a defender lo poco que tenían, otros aprendían a elegir entre demasiadas opciones. Ricardo era de esos últimos. Y quizá por eso dolía más. Porque frente a él, con su seguridad impoluta y su sonrisa blanca, Gabi sentía el eco de todo lo que no había tenido. De todo lo que tuvo que arrancarle al mundo con los dientes. No era celos lo que sentía. Era memoria. Y la memoria, cuando duele, no entiende de elegancia.
- Y dime… - sonrió Gabi, ladeando apenas la cabeza -. ¿Qué se te ha perdido por el barrio? ¿Te has saltado una salida de la M-30 o es que el GPS de tu cochazo se ha rebelado contra tí?
- Negocios.
- ¿Negocios? Ya… claro. - Gabi asintió despacio -. Déjame adivinar. ¿Hoy toca tramitar algún desahucio exprés? ¿O vienes en representación de esa constructora que quiere tirar el bloque de viviendas sociales para plantar un apartamento turístico con vistas al descampado?
- Muy gracioso - sonrió Ricardo, cruzándose de brazos -. Casi había olvidado lo gracioso que eres.
- En cambio yo nunca me olvido del asco que me das.
- Repite eso.
Ricardo dio otro medio paso. Sus zapatos caros crujieron levemente sobre el suelo pulido.
- Te he dicho que lo repitas, vamos.
- ¡Basta! - La voz de Sofi irrumpió entre los dos -. Vamos, chicos. Tengamos la fiesta en paz.
- No merece la pena - añadió, mirando primero a uno y luego al otro.
- Tranquila, Sofía. Yo no tengo ningún problema. —Miró a Gabi con un destello frío—. Algunos, en cambio, parecen tener demasiados.
- Dame solo un motivo… uno solo - murmuró Gabi apretando los dientes.
- Será mejor que te vayas - propuso Sofi, sin dejar de vigilar a Gabi.
- Sí… creo que será lo mejor.
- Nos vemos mañana… - dijo, mientras se dirigía a la caja.
- ¿Cómo que mañana? - preguntó Sofi, girándose.
- Tu madre me ha invitado a comer - sonrió, ya con la cartera en la mano -. Así que mañana nos vemos.
Sofi se acercó despacio. Lo sintió antes de tocarlo: la tensión vibrándole bajo la piel, los músculos duros como cables tensados al límite. Era como si su cuerpo estuviera preparado para saltar, para morder, para defender. Había algo salvaje en él. Algo antiguo. Su respiración era corta, controlada. Los hombros ligeramente adelantados. El cuello firme. Los oídos - casi podía jurarlo - atentos a cada ruido del supermercado, como si distinguiera amenazas invisibles entre el pitido de laos códigos de barras y el rodar de los carritos.
Un lobo en un pasillo de congelados. Territorial. Alerta. Marcando límites sin necesidad de palabras. La vida moderna lo había domesticado durante años: facturas, horarios, normas sociales, disculpas automáticas. Pero en ese instante, algo más primitivo asomaba bajo la superficie. No era violencia desatada. Era posesión. Era instinto. Era la certeza visceral de que lo suyo se protege. Sofi lo rodeó con los brazos por la cintura y apoyó la mejilla en su pecho.
- Tranquilo, mi vida - susurró -. No subiremos mañana a la Sierra. Ya me inventaré cualquier excusa.
- Sí que subiremos.
- No tengo que esconderme de nadie - añadió él, clavando la vista en la puerta por la que había salido Ricardo -. Y menos de ese imbécil.
Llegaron a casa cuando el cielo empezaba a desteñirse en un azul más oscuro. Cerraron la puerta con ese gesto automático de quien vuelve a su guarida, y durante unos minutos todo fue cotidiano, casi doméstico en exceso: bolsas sobre la encimera, el sonido seco de los tarros apoyándose en el mármol, el crujido del plástico al abrirse. Ordenaron la compra juntos, como siempre. Sofi guardaba los yogures mientras Gabi colocaba las latas por alturas, obsesivo con el orden. Se rozaban al cruzarse frente al frigorífico, intercambiaban miradas breves, cómplices, algún que otro beso y caricias. Parecía una tarde normal. Pero no lo era. Había algo en él que no terminaba de apagarse.
Cuando terminó de colocar el último paquete de arroz, Gabi se quedó un segundo quieto, como si escuchara algo que no estaba allí. Su mirada quedó clavada en la pared, como si pudiera ver más allá de los azulejos. Luego se giró hacia el pasillo.
- Me voy a la ducha - anunció, quitándose la camiseta por el camino -. ¿Vienes?
Sofi sostuvo su mirada apenas un instante más de lo habitual, deseando seguirlo.
- Ve tirando… ahora voy.
No era miedo lo que sentía. No exactamente. Lo que le recorría el cuerpo era más complejo. La reacción de Gabi en el supermercado no la había asustado. Al contrario. Le había despertado algo profundo, instintivo. La sensación de estar protegida. De tener a alguien dispuesto a ponerse delante del peligro sin titubear. Eso la excitaba. La hacía sentirse a salvo. Pero también había visto la otra cara. La tensión excesiva. El silencio afilado. Esa quietud peligrosa previa al salto. No había mordido todavía, pero en su postura, en la forma en que había sostenido la mirada, en cómo sus músculos parecían tensarse por debajo de la piel… todo indicaba que solo faltaba una chispa.
No era difícil atar cabos. “La Azulita” era la culpable. Desde que entró en sus vidas, algo se había movido en todos. En algunos, más que en otros. En Gabi, estaba despertando algo que llevaba años dormido. Algo ancestral. Territorial. Poderoso. La pregunta no era si estaba cambiando, era obvio que sí. La pregunta correcta era: ¿hasta dónde podía llegar ese cambio?
Miró hacia el pasillo, asegurándose de que el sonido de la ducha seguía constante. El vapor empañaría pronto el espejo. Él no saldría en varios minutos. Desbloqueó el móvil. Solo una persona podía darle una respuesta. O al menos, orientación. Alguien que entendiera la sustancia más allá de lo místico. Más allá de las teorías de Gabi. Alguien que hubiera visto sus efectos sin romanticismo. Buscó el nombre en la agenda. Su pulgar dudó una fracción de segundo. Y llamó.
- ¿Who’s calling? - preguntó Nico, alzando la vista del microscopio.
- It’s Sofía. ¿Should I pick up? - respondió Lena, acercándole el teléfono.
- Yeah. Put her on speaker, please.
- Hola, Sofi. ¿Va todo bien? - preguntó Nico, regresando al ocular del microscopio.
- Sí, Nico… creo que sí.
- Hi, Sofía - sonrió Lena, a pocos metros, triturando un par de micelios azul neón dentro de un mortero.
- Hola, Lena. ¿Cómo estáis vosotros?
- Bien… mucho trabajo - respondió ella, con una sonrisa amplia que contrastaba con las ojeras.
- Supongo que no habrás llamado para charlar un rato, ¿verdad?
- No… la verdad es que no.
- ¿Qué sucede? - preguntó secamente - Vamos, que estamos muy liados.
- Es Gabi… Está raro.
- ¿Raro en qué sentido? - preguntó cambiando el enfoque del microscopio.
- No sé cómo explicarlo… Es como si… como si no fuera del todo él. Como si dentro de su cuerpo estuviera despertando algo… algo animal. No sé si me explico…
- Sí… me comentó algo el día que ingresaron a la madre de Laia.
- ¿Y no te preocupó?
- Sinceramente Sofi, no pensé demasiado en ello. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y no me da la vida para atenderos a todos.
- Ya…
- ¿Ha hecho algo malo? - preguntó, frunciendo levemente el ceño.
- No. Ese es el problema… que no ha hecho nada. Pero está diferente. Más territorial. Más reactivo. Hoy casi se pelea en el supermercado. Y no era solo orgullo… era otra cosa.
- Os lo he dicho mil veces… La Mycena no es un estimulante cualquiera, Sofi. No actúa solo a nivel cognitivo. Interactúa con el sistema límbico, con la amígdala. Puede amplificar respuestas primarias.
- ¿Qué significa eso?
- Defensa - intervino Lena con suavidad -. Dominio. Protección del territorio. Alpha status.
- Hemos empezado a hacer pruebas con ratones. En los primeros estudios, con microdosis, hemos observado un aumento leve en la percepción sensorial y en la respuesta de alerta - explicó -. Pero acabamos de empezar. No tenemos conclusiones sólidas.
- ¿Puede perder el control? - preguntó Sofi casi en un susurro.
- No debería - dijo al fin -. Pero depende de muchos factores. Entre ellos, el perfil psicológico del sujeto.
- Gabi es fuerte - se apresuró en decir -. Se crió en un orfanato. Desde muy pequeño tuvo que enfrentarse a la muerte de su madre y al abandono de su padre…
- No lo sabía. Lo siento… De verdad. Aunque, en cierto modo, ese tipo de biografía suele construir estructuras mentales muy sólidas. Específicas. Adaptativas. Es solo una hipótesis, pero…
- Has dicho que lo estáis probando con ratones - lo interrumpió Sofi -. ¿Cómo están reaccionando?
- No es comparable. Estamos trabajando con una variable más estable - respondió Nico, esta vez menos evasivo -. Lo que consumisteis vosotros era una versión todavía muy cruda.
- Entonces no sabéis realmente hasta dónde puede llegar.
- No de momento. No con total certeza. Pero no sucumbas al miedo. No sirve de nada preocuparse por algo que aún no ha ocurrido.
- No es miedo - confesó -. Eso es lo peor. Me hace sentir… protegida.
- Eso también puede formar parte del efecto - dijo con delicadeza -. La sensación de seguridad genera vínculo. El vínculo refuerza la conducta.
- ¿Qué hago? - preguntó Sofi.
- Observa. No lo confrontes directamente. No señales el cambio como algo negativo. Si siente que está perdiendo el control, podría tensarse más. Y, sobre todo… evitad situaciones que puedan alterarlo.
- ¿Como cuáles?
- Cualquiera que active conflicto. Estrés. Competencia. Lo ideal sería aislarlo y mantenerlo en un entorno neutro… pero eso no es realista. Así que intenta que esté relajado. Y nada de alcohol, ni drogas, ni hierba. Sobriedad total. ¿Podrás hacerlo?
- Creo que sí.
- Siento no poder ayudarte más. Pero necesitamos terminar esta nueva variable cuanto antes. Si conseguimos estabilizar la cepa, entenderemos mejor esos picos de agresividad.
- Pero… ¿y si no es solo la Azulita, Nico? - preguntó ella -. ¿Y si simplemente está despertando algo que ya estaba ahí?
- Entonces la Mycena no lo está creando… solo le está quitando el bozal.
- Sofía - añadió Lena, ahora con una voz más humana que científica -. Si en algún momento sientes que puede hacerse daño o hacerle daño a alguien, llama. A cualquier hora.
- Gracias. Lo haré.
- Y mantenlo cerca - concluyó Nico -. La agresividad se calma cuando el territorio está seguro.
- Tengo que colgar… gracias.
- We need that stable strain. Now.
El sábado amaneció limpio, con ese cielo veraniego que parece recién estrenado. La luz entraba por las rendijas de la persiana dibujando líneas doradas sobre la habitación. Sofi llevaba despierta más de una hora, observando el techo, escuchando la respiración de Gabi a su lado. No era una respiración tranquila. Era profunda. Como la de alguien que descansa pero no se relaja del todo. Cuando él abrió los ojos, lo hizo de golpe. Sin la habitual pereza. Sin la larga transición. Como si hubiera estado esperando la señal invisible de salida.
- Buenos días, mi amor - murmuró ella, apoyándose sobre un codo.
- Buenos días, mi vida - respondió él incorporándose de inmediato.
- Gabi… - empezó con cuidado -. He estado pensando… Igual no hace falta que subamos hoy.
- Sí hace falta - contestó sin dejar de vestirse.
- No me apetece nada ver a Ricardo - probó ella, midiendo cada palabra -. No tenemos por qué hacerlo. Podemos ir el fin de semana que viene, y estar más tranquilos…
- El fin de semana que viene no podemos, lo tenemos liado con lo de la Expo, mi vida.
- Vale, no importa… ya subiremos al siguiente o al otro, ¿que más da? - Sofi abrió la sábana de la cama, invitándolo a entrar de nuevo - ¿Por qué no nos quedamos aquí hasta que se haga de noche?
- Ya te lo dije ayer. No pienso esconderme de nadie - dijo.
- No vamos a cambiar nuestros planes, ni a dejar de hacer nuestra vida porque ese imbécil esté cerca. Y menos en tu casa. Si vamos a la Sierra, iremos juntos y entraremos por la puta puerta principal.
- No quiero que pase nada…
- Ni yo, mi amor. Pero no ir significa escondernos, y escondernos equivale en darle la razón a tu ex y también a tú madre… No pienso permitirlo.
- No te entiendo, de verdad. Si ya sabes que te han tendido una trampa… ¿para que vas?
- Muy sencillo… - se acercó a ella, sujetándola de ambas mejillas, mirándola profundamente - Para demostrarles que nada ni nadie podrá apartarme de ti. Para dejarles claro que no me rendiré jamás y que si debo luchar lo haré… porque te amo, mi amor. Y me importa una mierda lo que opine el mundo, solo me importa lo que opines tú.
- Pues yo… - le costaba hablar con serenidad, sentía su calor, sus labios, su respiración tan cerca - yo opina que deberíamos meternos en la cama ahora mismo y follar hasta que nos deshidratemos.
- Buen intento… - le dio un último beso en los labios y salió hacia el comedor - Voy a prepara café. Y no te preocupes, te prometo que no pasará nada que no deba pasar.
- Vale - dijo al fin -. Entonces vamos.
- ¿Lista? - preguntó él.
- Lista - respondió.
Dicen que el ser humano es razón, cultura, normas.
Pero eso es apenas la superficie.
Debajo, muy abajo, donde no llega el lenguaje ni la moral, duerme algo más antiguo. Un latido heredado de cuando sobrevivir era la única ley. Un instinto que no entiende de diplomacia, solo de territorio, de fuego, de sangre y de pertenencia.
La vida moderna lo adormece con horarios, facturas y pantallas. Lo viste con trajes, lo sienta en oficinas, le enseña a pedir perdón antes de atacar. Y funciona. Durante años funciona, hasta que algo lo despierta.
A veces es el miedo.
A veces el amor.
A veces una sustancia azul que amplifica lo que ya estaba ahí.
Y entonces el animal abre los ojos. No siempre ruge. No siempre muerde.
A veces simplemente camina más erguido, respira más hondo, ocupa más espacio.
El problema no es que exista.
El problema es no saber si sabremos volver a dormirlo.
Porque todos llevamos uno dentro.
Y cuando despierta, el mundo deja de ser un lugar civilizado…
y vuelve a ser bosque, solo bosque.
Como el Galio, siendo el espejo que se derrite en el puño y el metal que deshace las prisiones con su solo contacto, un alma líquida esperando el calor del conflicto para recordar su ferocidad. Esta historia continuará…