Efectos Secundarios

Capítulo 31. Galio - Tigre de Ben(Ga)la

El Galio (Ga) ocupa el trigésimo primer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del galio con el arquetipo del Tigre de Bengala, obtenemos el retrato de una naturaleza que no admite cautiverio. El galio es el metal de la insurrección física: un elemento que bajo una apariencia sólida y civilizada, esconde un alma líquida que se desata con el simple calor de la vida, recordándonos que lo salvaje no es lo que rompe las reglas, sino lo que las ignora por completo.

El Tigre de Bengala según el Galio: El Instinto Líquido

1. El Acecho bajo la Máscara (Sólido a Temperatura Ambiente)

El galio parece un bloque de metal frío y disciplinado hasta que alcanza los 29.7 °C. En ese instante, su estructura cristalina colapsa y se convierte en un espejo líquido e inasible. El tigre que vive en nosotros no siempre ruge; a menudo es una estatua de galio, una presencia plateada que finge adaptarse a las normas de la sociedad. Pero basta que el "calor" de la provocación, el deseo o la amenaza toque nuestra piel para que la forma sólida se rinda. El alma salvaje es esa transición: el momento en que dejas de ser un ciudadano rígido para convertirte en una corriente indómita que fluye hacia su objetivo.

2. El Depredador de la Estructura (Fragilidad Inducida)
El galio posee una propiedad aterradora: si toca metales como el aluminio, se infiltra en sus redes atómicas y los deshace desde dentro, volviendo la estructura más dura tan frágil como el papel de fumar. El instinto del tigre es el enemigo natural de las jaulas. Como el galio, nuestra violencia interior no ataca por fuera, sino que corroe los cimientos de lo que intenta limitarnos. Es el alma salvaje que deshace las "estructuras" de la moral impuesta cuando se siente acorralada. El tigre no necesita romper los barrotes; hace que el concepto mismo de "barrote" deje de tener sentido al contacto con su voluntad.

3. El Ojo que Refleja la Verdad (Alta Reflectividad)
En su estado líquido, el galio es un espejo perfecto, capaz de mojar superficies y crear un brillo que parece emitir su propia luz. El animal salvaje es un espejo de la realidad cruda. En el ojo del tigre de bengala no hay juicios, solo el reflejo del mundo tal cual es. Cuando liberamos ese "galio interior", dejamos de filtrar la existencia a través de la conveniencia. Es una mirada brillante e inclemente que devuelve al entorno su propia imagen, recordándole que, ante la naturaleza pura, no existen los disfraces.

4. El Territorio en Expansión (Anomalía de Densidad)
Al igual que el agua, el galio se expande cuando se congela. No se encoge ante la presión del frío; reclama más espacio para sus cristales. El tigre es soberano de su territorio. Su instinto nos enseña que, cuando intentan "congelar" nuestros impulsos o reducir nuestro espacio vital, la reacción natural es la expansión violenta. Cuanto más intentan estrechar el cerco sobre nuestra naturaleza salvaje, más fuerte es el empuje del alma hacia los bordes de su dominio, rompiendo el recipiente que intenta contenerla.

5. La Velocidad del Salto (Arseniuro de Galio)
En la tecnología más avanzada, el galio permite que los electrones viajen a velocidades que el silicio no puede soñar. Es el corazón de los láseres y los radares de alta precisión. El instinto es un procesador de alta velocidad. Mientras la lógica humana duda y calcula, el tigre de bengala que llevamos dentro es un "láser de galio": una respuesta inmediata, letal y certera. Es la inteligencia de la sangre que no necesita pensar para saltar; es la furia canalizada que convierte la intención en acto en una fracción de segundo.

Conclusión: El animal salvaje, visto a través del galio, es la geometría del caos plateado. Es el recordatorio de que bajo nuestra fachada sólida habita un fluido incontrolable que no reconoce la autoridad de los metales más duros. Ser un tigre bajo el símbolo del galio significa aceptar que nuestra esencia es indómita y que la civilización es solo una temperatura temporal que el calor de nuestra verdadera naturaleza siempre acabará por derretir.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Sofi detuvo el carrito en mitad del pasillo de los lácteos. La luz blanca del supermercado caía sobre las filas interminables de yogures y bricks de leche, todos alineados con esa pulcritud artificial que solo existe en los lugares donde la vida se etiqueta por fechas de caducidad. A su lado, Gabi comparaba precios con el ceño fruncido, absorto en una guerra silenciosa entre marcas blancas y nombres impronunciables.
  • Recuerdas que este sábado subimos a casa de mi madre, ¿verdad?
Él no levantó la vista de las etiquetas.
  • Gracias por recordármelo con tanta delicadeza y constancia, mi amor.
Sofi sonrió al ver cómo tensaba la mandíbula. Le encantaba esa mezcla de resignación y dramatismo.
  • Te lo digo para que te vayas mentalizando…
  • Si, claro. Mentalizarme. Como si fuera un botón que se pulsa y ya está. “Modo suegra hostil: activado”.
Gabi dejó un pack de leche en el carrito con un suspiro que resonó más de la cuenta. El plástico crujió bajo sus dedos. Siguieron avanzando entre pasillos, esquivando carros y ofertas en rojo chillón.
  • Sé que la última vez fue un desastre, mi vida. Pero no volverá a pasar, te lo prometo.
Él la miró de reojo, ladeando la cabeza.
  • No te ofendas, pero discrepo rotundamente. Aunque tampoco me importa tanto, la verdad. Ya me he acostumbrado a que tu entorno me odie: tu madre, tus amigas… - sonrió con ironía - Es más, hasta he desarrollado piel de hierro. ¡Mira, toca. Hierro puro!
Le ofreció el brazo con solemnidad absurda. Sofi lo palpó con fingida profesionalidad, como si evaluara una escultura. Una chispa traviesa se encendió en sus ojos.
  • Oye… ¿y estos músculos de dónde han salido? ¿Estás más fuerte o es cosa mía?
Gabi intentó contener la sonrisa, pero el orgullo se le escapó igual.
  • Será del trabajo… no sé.
  • ¿Seguro que es del trabajo? - Sofi dejó el carrito a un lado y se acercó despacio, invadiendo su espacio con una intención que nada tenía que ver con los lácteos -. ¿O es que te tengo todos los días haciendo ejercicio…?
La cercanía cambió el aire. Su perfume, su respiración cálida, la forma en que lo miraba sin pestañear. Gabi sintió cómo el pulso le subía sin permiso, como si acabara de echar a correr.
  • ¿Sabes qué te digo?
  • ¿Qué?
Los labios casi rozándose, las miradas bajando hacia sus bocas.
  • Que si tengo que subir a la Sierra y atravesar el juicio final con tu madre para seguir estando a tu lado… lo firmo sin dudar.
  • ¿Ah, sí? ¿Harías eso por mí?
  • Haría cualquier cosa por ti.
Sofi no respondió con palabras. Se lanzó sobre él y lo besó con una intensidad que hizo tambalearlo todo. Chocaron contra la estantería y varios cartones de cereales y paquetes de galletas cayeron al suelo con estrépito. Se separaron apenas un segundo después, conscientes de las miradas escandalizadas de dos ancianos que los observaban como si acabaran de cometer un delito contra la moral y la avena integral. Sofi se recompuso el pelo, conteniendo la risa.
  • Esta vez irá bien, ya lo verás. Y si no… nos largamos.
  • ¿Como la última vez? - Gabi recogió un cartón de cereales del suelo, todavía sonriendo.
  • Exacto. Aunque, si conseguimos no acabar en comisaría, sería un detalle.
  • En eso estamos completamente de acuerdo.
Rieron juntos, avanzando hacia la sección de congelados como si nada extraordinario hubiera ocurrido, como si no acabaran de convertir el pasillo tres en una escena romántica de bajo presupuesto. Tras unos segundos de silencio cómodo, Sofi habló de nuevo, esta vez con un tono más suave.
  • Por cierto… hablando de familia. ¿Llamaste a tu padre?
La respuesta fue inmediata, casi por reflejo.
  • No.
  • Venga, mi amor… ¿hasta cuándo vais a seguir así?
Gabi empujaba el carrito esta vez, la mirada fija en el suelo brillante.
  • Hasta que uno de los dos se rinda o se muera. No hay más opciones.
  • Perdonar es un acto de madurez.
Él soltó una media sonrisa, cargada de ironía y algo más profundo.
  • Pues entonces me temo que seguiré siendo un niño toda mi vida.
Sofi no insistió. Conocía ese gesto. Lo había visto tantas veces. No era ira lo que aparecía en su rostro cuando mencionaba a su padre, ni un estallido de rabia que pudiera combatirse con palabras suaves y caricias pacientes. Era algo peor: un cierre limpio y automático, como compuertas de acero bajando en mitad de un ataque nuclear. El tema no generaba discusión; generaba silencio. Un silencio denso, lleno de habitaciones cerradas con llave. Gabi no se enfadaba. Se apagaba.

Desvió la mirada hacia los congeladores, fingiendo interés por unas pizzas en oferta. Sabía que empujar más sería inútil. No le había contado demasiado sobre sus padres. Lo justo. Un poco más, quizá, por ser ella quien compartía su cama, su caos y sus planes imposibles. Pero nunca todo. Nunca los detalles. Sabía que su madre había muerto cuando él era apenas un crío. Tan pequeño que los recuerdos eran más sensaciones que imágenes: un olor, una canción lejana, una mano que ya no estaba. Después de eso, la vida se convirtió en una pendiente abrupta. Su padre… bueno. “Desentenderse” era la versión suave, la versión amable. La real era mucho más áspera. Tampoco hubo abuelos que amortiguaran el golpe, ni tíos que aparecieran con abrazos torpes y buenas intenciones. No hubo red para Gabi, ni segunda oportunidad. Así que aprendió pronto que el mundo no espera a nadie. Fue, como tantos, un hijo de orfanato. De esos que descubren demasiado temprano que la ternura es un lujo y que lo poco que consigues tienes que defenderlo con los dientes. Por eso era como era. Rebelde. Autosuficiente hasta la exasperación. Incapaz de pedir ayuda sin sentir que se traicionaba.

Y, sin embargo, desde hacía un par de años, el pasado llamaba a la puerta con insistencia. Su padre quería retomar el contacto. Nadie sabía por qué. Ni siquiera Gabi parecía tenerlo claro. A veces hablaba de él con una media sonrisa incrédula, como si describiera a un personaje secundario que hubiera decidido volver a escena sin venir a cuento. Un hombre de moto y carretera. De cuero gastado y horizontes abiertos. Una especie de vagabundo motorizado que vivía sin domicilio fijo y sin compromisos. Un tipo que confundía libertad con ausencia y que ahora, quién sabe por qué, parecía necesitar algo. ¿Redención? ¿Culpa? ¿Soledad? Era imposible saberlo.

Sofi intuía que, en el fondo, esa insistencia removía algo peligroso en Gabi. No odio. No exactamente. Más bien una herida mal cerrada que nunca terminó de cicatrizar. Lo miró de reojo mientras él examinaba unas bolsas de verduras congeladas como si fueran un asunto de estado. Tenía esa expresión distante, concentrada en nada. Ella deslizó su mano hasta la suya y entrelazó los dedos con naturalidad. No hacía falta decir nada más. Algunas batallas no se ganan hablando. Se acompañan y se sufren en silencio. Pero si algún día decidía abrir esas compuertas, ella estaría allí. Sin preguntas. Sin juicios. Sin prisas. Como ahora.
  • ¡¿Sofía?!
La voz atravesó el pasillo de los congelados como una sirena innecesaria, arrogante, segura de sí misma. Ambos se giraron al unísono y compartieron la misma reacción: un leve gesto de fastidio que no alcanzaron a disimular.
  • Ah… hola, Ricardo - respondió ella, dibujando una sonrisa diplomática -. ¿Qué haces por aquí?
  • Yo también me alegro de verte - rió él, con esa despreocupación ensayada que siempre parecía calculada.
Se acercó con paso firme, envuelto en su americana hecha a medida, el cabello milimétricamente peinado, los zapatos relucientes, la piel tostada de quien paga por parecer que vive al sol. Le dio dos besos a Sofi. Demasiado largos. Demasiado íntimos. Demasiado innecesarios. Y en ese gesto, casi imperceptible, clavó los ojos en Gabi. Una mirada que no era curiosidad. Era desafío.
  • Hola… Julián - dijo tendiéndole la mano -. ¿Qué tal todo?
  • Me llamo Gabi - respondió él, sin aceptar el saludo.
  • Hostia, perdona, colega. Es verdad… - rió Ricardo, dejando que su carcajada flotara un segundo más de lo necesario -. ¿Sabes qué pasa? Que te pareces muchísimo al conserje de mi edificio. Cada vez que te veo me recuerdas a él.
No fue una broma. Fue una bala envuelta en celofán. Gabi sostuvo su mirada sin pestañear. Sabía que mentía. Sabía que recordaba su nombre. Aquello no era un lapsus, era una declaración de jerarquía. Un intento burdo de colocarlo en el escalón inferior, de recordarle - a él y a Sofi - quién era el mejor de los dos. Ricardo siempre jugaba así. Sonriendo. Sin levantar la voz. Con el desprecio camuflado de cortesía. Y Gabi lo odiaba desde lo más profundo de su alma.

Siempre bromeaba con Sofi: “¿Como pudiste enamorarte de ese imbécil?”. Ella simplemente se encogía de hombros y contestaba que todos cometemos errores. Pero no solo lo odiaba por ser el ex. Lo odiaba porque Ricardo era el hijo perfecto de un padre perfecto. El heredero de un despacho con vistas, de un apellido que abría puertas antes incluso de llamar. El tipo de hombre que nunca tuvo que pelear por nada, que nunca durmió con el estómago vacío ni aprendió a cerrar los puños para sobrevivir. Había nacido con la vida resuelta, planificada, asfaltada.

Mientras unos aprendían a defender lo poco que tenían, otros aprendían a elegir entre demasiadas opciones. Ricardo era de esos últimos. Y quizá por eso dolía más. Porque frente a él, con su seguridad impoluta y su sonrisa blanca, Gabi sentía el eco de todo lo que no había tenido. De todo lo que tuvo que arrancarle al mundo con los dientes. No era celos lo que sentía. Era memoria. Y la memoria, cuando duele, no entiende de elegancia.
  • Y dime… - sonrió Gabi, ladeando apenas la cabeza -. ¿Qué se te ha perdido por el barrio? ¿Te has saltado una salida de la M-30 o es que el GPS de tu cochazo se ha rebelado contra tí?
Ricardo no perdió la compostura. Se apoyó con estudiada despreocupación en el cristal frío de los congelados, como si aquello también le perteneciera.
  • Negocios.
  • ¿Negocios? Ya… claro. - Gabi asintió despacio -. Déjame adivinar. ¿Hoy toca tramitar algún desahucio exprés? ¿O vienes en representación de esa constructora que quiere tirar el bloque de viviendas sociales para plantar un apartamento turístico con vistas al descampado?
Un par de cabezas se giraron desde el pasillo contiguo. El murmullo lejano del supermercado siguió, pero más atento.
  • Muy gracioso - sonrió Ricardo, cruzándose de brazos -. Casi había olvidado lo gracioso que eres.
  • En cambio yo nunca me olvido del asco que me das.
La frase cayó seca, sin ironía. Sin adorno. El aire se tensó. Ricardo dejó de sonreír. Fue apenas un matiz, un milímetro menos en la comisura de los labios, pero suficiente.
  • Repite eso.
Dio un paso al frente. No alzó la voz. No hizo falta. La amenaza estaba en la quietud. Gabi tampoco retrocedió. Se colocó delante de él con una firmeza que no era habitual en él. Normalmente evitaba el choque, esquivaba la provocación con sarcasmo o silencio. Pero esta vez no. Esta vez había algo distinto en su postura: los hombros cuadrados, la mandíbula apretada, la mirada limpia y directa. No era rabia descontrolada, era decisión; y Sofi lo notó al instante. El corazón se le aceleró, no por miedo a como reaccionaría Ricardo, sino por la sorpresa, pues Gabi no solía exponerse así. Solía tragarse el veneno, no escupirlo. Y verlo plantado frente a su ex, sin titubeos, la descolocó.

Ricardo dio otro medio paso. Sus zapatos caros crujieron levemente sobre el suelo pulido.
  • Te he dicho que lo repitas, vamos.
  • ¡Basta! - La voz de Sofi irrumpió entre los dos -. Vamos, chicos. Tengamos la fiesta en paz.
Se colocó entre ellos, apoyando una mano en el pecho de Gabi y otra en el brazo de Ricardo. El gesto era suave, pero innegociable.
  • No merece la pena - añadió, mirando primero a uno y luego al otro.
Gabi seguía respirando fuerte. Sus ojos no se apartaban de los de Ricardo. No había teatralidad en su actitud. Solo un límite que acababa de cruzarse. Ricardo recompuso la sonrisa, esa que parecía pegada con pegamento social.
  • Tranquila, Sofía. Yo no tengo ningún problema. —Miró a Gabi con un destello frío—. Algunos, en cambio, parecen tener demasiados.
  • Dame solo un motivo… uno solo - murmuró Gabi apretando los dientes.
Sofi apretó ligeramente su camiseta, como si le recordara que estaba allí. Que no estaba solo. Que no necesitaba demostrar nada. Y poco a poco, el pulso descendió. Pero algo había cambiado. Porque por primera vez, Gabi no había bajado la mirada. Al contrario, la mantenía alzada, sostenida por un poder extraño que le recorría el cuerpo desde la mandíbula tensa hasta los puños cerrados. Ella lo reconoció al instante. Era la misma postura, la misma verticalidad amenazante, la misma mirada afilada que había visto el día que se enfrentó a Fani y sus amigas.
  • Será mejor que te vayas - propuso Sofi, sin dejar de vigilar a Gabi.
  • Sí… creo que será lo mejor.
Ricardo se sacudió la americana con estudiada elegancia, como si el polvo del barrio pudiera mancharle el apellido. Y fue él quien rompió el contacto visual primero. Cogió la botella de agua que había venido a comprar, se inclinó hacia Sofi y le dejó un beso en la mejilla. Y aunque había acordado con Lorena no decir nada, no pudo evitar romper la “sorpresa”.
  • Nos vemos mañana… - dijo, mientras se dirigía a la caja.
  • ¿Cómo que mañana? - preguntó Sofi, girándose.
  • Tu madre me ha invitado a comer - sonrió, ya con la cartera en la mano -. Así que mañana nos vemos.
Y se fue. Gabi no respondió. No hizo ningún gesto. Solo lo siguió con la mirada. Pero no era una mirada cualquiera, ni tan siquiera era humana. Era la de un animal que observa cómo otro atraviesa su territorio sin permiso. Estaba quieto, calculando, registrando cada paso, cada sonido, cada movimiento de hombros. Sus pupilas no parpadearon cuando Ricardo salió por la puerta automática. Ni cuando el sensor pitó. Ni cuando la luz exterior lo envolvió. Solo cuando desapareció tras el cristal, Gabi exhaló. Pero no se relajó.

Sofi se acercó despacio. Lo sintió antes de tocarlo: la tensión vibrándole bajo la piel, los músculos duros como cables tensados al límite. Era como si su cuerpo estuviera preparado para saltar, para morder, para defender. Había algo salvaje en él. Algo antiguo. Su respiración era corta, controlada. Los hombros ligeramente adelantados. El cuello firme. Los oídos - casi podía jurarlo - atentos a cada ruido del supermercado, como si distinguiera amenazas invisibles entre el pitido de laos códigos de barras y el rodar de los carritos.

Un lobo en un pasillo de congelados. Territorial. Alerta. Marcando límites sin necesidad de palabras. La vida moderna lo había domesticado durante años: facturas, horarios, normas sociales, disculpas automáticas. Pero en ese instante, algo más primitivo asomaba bajo la superficie. No era violencia desatada. Era posesión. Era instinto. Era la certeza visceral de que lo suyo se protege. Sofi lo rodeó con los brazos por la cintura y apoyó la mejilla en su pecho.
  • Tranquilo, mi vida - susurró -. No subiremos mañana a la Sierra. Ya me inventaré cualquier excusa.
Sintió cómo su corazón latía con fuerza, no descontrolado, pero sí poderoso, como un tambor bajo la carne. Gabi tardó un segundo en contestar. Y cuando habló, su voz seguía baja, pero firme.
  • Sí que subiremos.
Sofi levantó la cabeza para mirarlo.
  • No tengo que esconderme de nadie - añadió él, clavando la vista en la puerta por la que había salido Ricardo -. Y menos de ese imbécil.
Había algo nuevo en su determinación. No era orgullo herido. No era competencia masculina infantil. Era un animal defendiendo su territorio. Y el lobo no huye de la montaña, la conquista, somete a sus enemigos, lucha hasta la muerte por defenderla.

Llegaron a casa cuando el cielo empezaba a desteñirse en un azul más oscuro. Cerraron la puerta con ese gesto automático de quien vuelve a su guarida, y durante unos minutos todo fue cotidiano, casi doméstico en exceso: bolsas sobre la encimera, el sonido seco de los tarros apoyándose en el mármol, el crujido del plástico al abrirse. Ordenaron la compra juntos, como siempre. Sofi guardaba los yogures mientras Gabi colocaba las latas por alturas, obsesivo con el orden. Se rozaban al cruzarse frente al frigorífico, intercambiaban miradas breves, cómplices, algún que otro beso y caricias. Parecía una tarde normal. Pero no lo era. Había algo en él que no terminaba de apagarse.

Cuando terminó de colocar el último paquete de arroz, Gabi se quedó un segundo quieto, como si escuchara algo que no estaba allí. Su mirada quedó clavada en la pared, como si pudiera ver más allá de los azulejos. Luego se giró hacia el pasillo.
  • Me voy a la ducha - anunció, quitándose la camiseta por el camino -. ¿Vienes?
La invitación llevaba implícita una sonrisa ladeada, esa que mezclaba deseo y juego.
Sofi sostuvo su mirada apenas un instante más de lo habitual, deseando seguirlo.
  • Ve tirando… ahora voy.
Gabi asintió y desapareció por el pasillo. La puerta del baño se cerró. Un segundo después, el sonido del grifo al abrirse. El agua golpeando la cerámica. Vapor. Sofi esperó. Contó mentalmente hasta diez. Entonces sacó el teléfono del bolsillo trasero del pantalón.

No era miedo lo que sentía. No exactamente. Lo que le recorría el cuerpo era más complejo. La reacción de Gabi en el supermercado no la había asustado. Al contrario. Le había despertado algo profundo, instintivo. La sensación de estar protegida. De tener a alguien dispuesto a ponerse delante del peligro sin titubear. Eso la excitaba. La hacía sentirse a salvo. Pero también había visto la otra cara. La tensión excesiva. El silencio afilado. Esa quietud peligrosa previa al salto. No había mordido todavía, pero en su postura, en la forma en que había sostenido la mirada, en cómo sus músculos parecían tensarse por debajo de la piel… todo indicaba que solo faltaba una chispa.

No era difícil atar cabos. “La Azulita” era la culpable. Desde que entró en sus vidas, algo se había movido en todos. En algunos, más que en otros. En Gabi, estaba despertando algo que llevaba años dormido. Algo ancestral. Territorial. Poderoso. La pregunta no era si estaba cambiando, era obvio que sí. La pregunta correcta era: ¿hasta dónde podía llegar ese cambio?

Miró hacia el pasillo, asegurándose de que el sonido de la ducha seguía constante. El vapor empañaría pronto el espejo. Él no saldría en varios minutos. Desbloqueó el móvil. Solo una persona podía darle una respuesta. O al menos, orientación. Alguien que entendiera la sustancia más allá de lo místico. Más allá de las teorías de Gabi. Alguien que hubiera visto sus efectos sin romanticismo. Buscó el nombre en la agenda. Su pulgar dudó una fracción de segundo. Y llamó.
  • ¿Who’s calling? - preguntó Nico, alzando la vista del microscopio.
  • It’s Sofía. ¿Should I pick up? - respondió Lena, acercándole el teléfono.
  • Yeah. Put her on speaker, please.
Nico y Lena trabajaban codo con codo en el Búnker, como cada tarde desde que ella había llegado de Suiza. Pero aquella semana el aire tenía algo distinto: urgencia. Les quedaban siete días para lograr una variable lo bastante estable de la Mycena Neonfaucis; una versión que pudieran mostrarle a Sara Jay, vendérsela sin ponerla en riesgo y, con ese dinero, financiar el viaje a los Andes. No había margen para errores.
  • Hola, Sofi. ¿Va todo bien? - preguntó Nico, regresando al ocular del microscopio.
  • Sí, Nico… creo que sí.
  • Hi, Sofía - sonrió Lena, a pocos metros, triturando un par de micelios azul neón dentro de un mortero.
  • Hola, Lena. ¿Cómo estáis vosotros?
  • Bien… mucho trabajo - respondió ella, con una sonrisa amplia que contrastaba con las ojeras.
Nico negó con la cabeza, con ese gesto seco de quien tiene la mente enfocada únicamente en resultados.
  • Supongo que no habrás llamado para charlar un rato, ¿verdad?
  • No… la verdad es que no.
  • ¿Qué sucede? - preguntó secamente - Vamos, que estamos muy liados.
Hubo un leve silencio al otro lado de la línea. El cual Nico aprovechó para pedirle a a Lena que le acercara otra placa petri.
  • Es Gabi… Está raro.
  • ¿Raro en qué sentido? - preguntó cambiando el enfoque del microscopio.
  • No sé cómo explicarlo… Es como si… como si no fuera del todo él. Como si dentro de su cuerpo estuviera despertando algo… algo animal. No sé si me explico…
Nico se quedó inmóvil un segundo. Entonces lo recordó: la conversación que habían tenido antes de entrar a urgencias.
  • Sí… me comentó algo el día que ingresaron a la madre de Laia.
  • ¿Y no te preocupó?
Él suspiró, sin apartar la vista de la muestra.
  • Sinceramente Sofi, no pensé demasiado en ello. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y no me da la vida para atenderos a todos.
  • Ya…
El silencio volvió a instalarse, esta vez más espeso, casi material. Lena observó a su compañero inclinado sobre el microscopio, absorbido por el brillo azul bajo la lente. Sus respuestas eran secas, funcionales, como quien aparta con el dorso de la mano cualquier distracción que no contribuya al objetivo. No era frialdad; era concentración. Un científico en estado puro. Con un cartel invisible colgado en la frente: No molestar. Así que decidió intervenir.
  • ¿Ha hecho algo malo? - preguntó, frunciendo levemente el ceño.
  • No. Ese es el problema… que no ha hecho nada. Pero está diferente. Más territorial. Más reactivo. Hoy casi se pelea en el supermercado. Y no era solo orgullo… era otra cosa.
Nico se apartó por un instante del microscopio. En su gesto había impaciencia, pero también atención real.
  • Os lo he dicho mil veces… La Mycena no es un estimulante cualquiera, Sofi. No actúa solo a nivel cognitivo. Interactúa con el sistema límbico, con la amígdala. Puede amplificar respuestas primarias.
  • ¿Qué significa eso?
  • Defensa - intervino Lena con suavidad -. Dominio. Protección del territorio. Alpha status.
Al otro lado del teléfono se hizo un silencio desconcertante. Era evidente que Sofi no estaba traduciendo del todo aquellas palabras técnicas a algo que pudiera tocar con las manos. Nico dejó escapar el aire y, esta vez sí, abandonó el ocular.
  • Hemos empezado a hacer pruebas con ratones. En los primeros estudios, con microdosis, hemos observado un aumento leve en la percepción sensorial y en la respuesta de alerta - explicó -. Pero acabamos de empezar. No tenemos conclusiones sólidas.
  • ¿Puede perder el control? - preguntó Sofi casi en un susurro.
Nico no respondió de inmediato. Sopesó la pregunta como si fuera una muestra delicada.
  • No debería - dijo al fin -. Pero depende de muchos factores. Entre ellos, el perfil psicológico del sujeto.
  • Gabi es fuerte - se apresuró en decir -. Se crió en un orfanato. Desde muy pequeño tuvo que enfrentarse a la muerte de su madre y al abandono de su padre…
Nico bajó la mirada.
  • No lo sabía. Lo siento… De verdad. Aunque, en cierto modo, ese tipo de biografía suele construir estructuras mentales muy sólidas. Específicas. Adaptativas. Es solo una hipótesis, pero…
No terminó la frase.
  • Has dicho que lo estáis probando con ratones - lo interrumpió Sofi -. ¿Cómo están reaccionando?
  • No es comparable. Estamos trabajando con una variable más estable - respondió Nico, esta vez menos evasivo -. Lo que consumisteis vosotros era una versión todavía muy cruda.
  • Entonces no sabéis realmente hasta dónde puede llegar.
Nico apretó los labios.
  • No de momento. No con total certeza. Pero no sucumbas al miedo. No sirve de nada preocuparse por algo que aún no ha ocurrido.
A través del teléfono se filtró el sonido del agua corriendo. Sofi, probablemente, había girado la cabeza hacia el baño.
  • No es miedo - confesó -. Eso es lo peor. Me hace sentir… protegida.
Lena bajó la mirada hacia el mortero.
  • Eso también puede formar parte del efecto - dijo con delicadeza -. La sensación de seguridad genera vínculo. El vínculo refuerza la conducta.
  • ¿Qué hago? - preguntó Sofi.
Nico volvió a mirar el azul brillante bajo la lente.
  • Observa. No lo confrontes directamente. No señales el cambio como algo negativo. Si siente que está perdiendo el control, podría tensarse más. Y, sobre todo… evitad situaciones que puedan alterarlo.
  • ¿Como cuáles?
  • Cualquiera que active conflicto. Estrés. Competencia. Lo ideal sería aislarlo y mantenerlo en un entorno neutro… pero eso no es realista. Así que intenta que esté relajado. Y nada de alcohol, ni drogas, ni hierba. Sobriedad total. ¿Podrás hacerlo?
Sofi dudó apenas un segundo.
  • Creo que sí.
Nico asintió para sí mismo.
  • Siento no poder ayudarte más. Pero necesitamos terminar esta nueva variable cuanto antes. Si conseguimos estabilizar la cepa, entenderemos mejor esos picos de agresividad.
  • Pero… ¿y si no es solo la Azulita, Nico? - preguntó ella -. ¿Y si simplemente está despertando algo que ya estaba ahí?
Nico apoyó ambas manos sobre la mesa metálica.
  • Entonces la Mycena no lo está creando… solo le está quitando el bozal.
Nadie habló durante unos segundos. El extractor del laboratorio clandestino zumbaba con su respiración constante. El polvo azul, bajo la luz fría, parecía latir.
  • Sofía - añadió Lena, ahora con una voz más humana que científica -. Si en algún momento sientes que puede hacerse daño o hacerle daño a alguien, llama. A cualquier hora.
  • Gracias. Lo haré.
  • Y mantenlo cerca - concluyó Nico -. La agresividad se calma cuando el territorio está seguro.
Desde el baño llegó el golpe sordo de un frasco cayendo contra el suelo y la voz de Gabi llamándola. Sofi cerró los ojos un instante.
  • Tengo que colgar… gracias.
La llamada se cortó. En el Búnker, Nico volvió al microscopio.
  • We need that stable strain. Now.
Lena retomó el mortero. El azul se convirtió en polvo fino, casi irreal. Y por un instante, a ambos les atravesó la misma pregunta que Sofi había dejado suspendida en el aire: ¿Y si no estaban creando nada nuevo… y solo estaban despertando lo que siempre había estado allí?

El sábado amaneció limpio, con ese cielo veraniego que parece recién estrenado. La luz entraba por las rendijas de la persiana dibujando líneas doradas sobre la habitación. Sofi llevaba despierta más de una hora, observando el techo, escuchando la respiración de Gabi a su lado. No era una respiración tranquila. Era profunda. Como la de alguien que descansa pero no se relaja del todo. Cuando él abrió los ojos, lo hizo de golpe. Sin la habitual pereza. Sin la larga transición. Como si hubiera estado esperando la señal invisible de salida.
  • Buenos días, mi amor - murmuró ella, apoyándose sobre un codo.
  • Buenos días, mi vida - respondió él incorporándose de inmediato.
No hubo rastro de duda. Ni de fastidio. Ni de aquel humor resignado que solía acompañar las visitas a la Sierra. Se levantó con decisión y empezó a vestirse sin comentar nada, movimientos precisos, casi militares. Sofi lo observó unos segundos.
  • Gabi… - empezó con cuidado -. He estado pensando… Igual no hace falta que subamos hoy.
  • Sí hace falta - contestó sin dejar de vestirse.
El tono no fue brusco, ni elevó la voz. Fue una decisión firme. Como si en su interior ya no existiera la posibilidad contraria.
  • No me apetece nada ver a Ricardo - probó ella, midiendo cada palabra -. No tenemos por qué hacerlo. Podemos ir el fin de semana que viene, y estar más tranquilos…
  • El fin de semana que viene no podemos, lo tenemos liado con lo de la Expo, mi vida.
  • Vale, no importa… ya subiremos al siguiente o al otro, ¿que más da? - Sofi abrió la sábana de la cama, invitándolo a entrar de nuevo - ¿Por qué no nos quedamos aquí hasta que se haga de noche?
Gabi se giró entonces. Y no fue lo que dijo lo que la hizo callar. Fue cómo la miró. No había rabia. No había celos descontrolados. Había determinación. Una quietud densa, eléctrica. Como un animal que ha decidido cruzar un claro sabiendo que otros lo observan, pero que no piensa retroceder.
  • Ya te lo dije ayer. No pienso esconderme de nadie - dijo.
Su voz era baja, estable. Pero debajo vibraba algo peligroso.
  • No vamos a cambiar nuestros planes, ni a dejar de hacer nuestra vida porque ese imbécil esté cerca. Y menos en tu casa. Si vamos a la Sierra, iremos juntos y entraremos por la puta puerta principal.
No estaba enfadado. Estaba convencido. Sofi se levantó despacio y se acercó a él. Intentó tocarle el brazo, como tanteando la temperatura de una llama.
  • No quiero que pase nada…
  • Ni yo, mi amor. Pero no ir significa escondernos, y escondernos equivale en darle la razón a tu ex y también a tú madre… No pienso permitirlo.
  • No te entiendo, de verdad. Si ya sabes que te han tendido una trampa… ¿para que vas?
  • Muy sencillo… - se acercó a ella, sujetándola de ambas mejillas, mirándola profundamente - Para demostrarles que nada ni nadie podrá apartarme de ti. Para dejarles claro que no me rendiré jamás y que si debo luchar lo haré… porque te amo, mi amor. Y me importa una mierda lo que opine el mundo, solo me importa lo que opines tú.
  • Pues yo… - le costaba hablar con serenidad, sentía su calor, sus labios, su respiración tan cerca - yo opina que deberíamos meternos en la cama ahora mismo y follar hasta que nos deshidratemos.
Gabi la besó apasionadamente, apretándola con fuerza contra su pecho. Y entonces empezó a reír.
  • Buen intento… - le dio un último beso en los labios y salió hacia el comedor - Voy a prepara café. Y no te preocupes, te prometo que no pasará nada que no deba pasar.
No fue una promesa, sino una afirmación ambigua. Su cuerpo desprendía una energía difícil de describir. No era tensión nerviosa. No agresividad ciega. Era presencia. Ocupaba el espacio con una seguridad nueva. Hombros firmes. Mandíbula marcada. La espalda recta como si la gravedad hubiera cambiado de dirección. Sofi entendió en ese instante que no podría frenarlo. No con lógica. No con argumentos. No con miedo. Lo que se había despertado en él no respondía a la negociación. Respondía al instinto. Ella asintió con suavidad, fingiendo aceptación, aunque por dentro se movían piezas mucho más estratégicas.
  • Vale - dijo al fin -. Entonces vamos.
Mientras Gabi preparaba los cafés, ella se quedó unos segundos en el dormitorio. Sacó el teléfono con discreción y escribió rápido. “Subimos a la Sierra. Está muy decidido. No está agresivo, pero sí… diferente. Estad atentos por si hay cualquier incidente.” Envió el mensaje al grupo, los dos ticks azules apareciendo al instante. Guardó el móvil justo cuando Gabi entró al dormitorio de nuevo, ya con los cafés en la mano. Se los tomaron rápidamente, mientras Sofi se vestía.
  • ¿Lista? - preguntó él.
Sofi lo miró un segundo más. No veía violencia. Veía algo más profundo. Un tigre que había decidido caminar erguido entre humanos.
  • Lista - respondió.
Y mientras cerraban la puerta, supo que no era el conflicto lo que le daba miedo, sino la chispa que pudiera encenderlo todo, porque el bosque ya estaba seco.

Dicen que el ser humano es razón, cultura, normas.
Pero eso es apenas la superficie.

Debajo, muy abajo, donde no llega el lenguaje ni la moral, duerme algo más antiguo. Un latido heredado de cuando sobrevivir era la única ley. Un instinto que no entiende de diplomacia, solo de territorio, de fuego, de sangre y de pertenencia.

La vida moderna lo adormece con horarios, facturas y pantallas. Lo viste con trajes, lo sienta en oficinas, le enseña a pedir perdón antes de atacar. Y funciona. Durante años funciona, hasta que algo lo despierta.

A veces es el miedo.
A veces el amor.
A veces una sustancia azul que amplifica lo que ya estaba ahí.

Y entonces el animal abre los ojos. No siempre ruge. No siempre muerde.
A veces simplemente camina más erguido, respira más hondo, ocupa más espacio.

El problema no es que exista.
El problema es no saber si sabremos volver a dormirlo.

Porque todos llevamos uno dentro.

Y cuando despierta, el mundo deja de ser un lugar civilizado…
y vuelve a ser bosque, solo bosque.

Como el Galio, siendo el espejo que se derrite en el puño y el metal que deshace las prisiones con su solo contacto, un alma líquida esperando el calor del conflicto para recordar su ferocidad. Esta historia continuará…
 
Que mala persona es la Madre de Sofi.
Invita a ese imbécil para que se lie y veremos a ver si no lo consigue.
Que se ande con cuidado el capullo, porque me parece que Gabi lo va a mandar a Madagascar con Alex y Marty de un puñetazo.
 
A Gabi se le han despertado los instintos más primarios y puede representar un problema para la madre de Sofi y para Ricardo. Si no lo controla la reunión va a terminar como la matanza de Texas pero sin motosierra, cadáveres desmembrados por toda la casa.
 
Yo espero que no haga una tontería e intente portarse de forma civilizada, aunque está claro que la Madre busca humillarlo y no lo va a conseguir.
Y ojo a la hermana de Sofi que está claro que está muy atraída por Gabi y la otra vez casi pasa algo.
 
Gabi debe poner a la madre de Sofi en su sitio de una vez por todas, si ni va a seguir con las humillaciones. La hermana no es problema, pues Gabi tiene clarísimo sus sentimientos por Sofi y parece que con la azulita esos sentimientos se han reforzado.
 
Capítulo 32. Germanio - Almas (Ge)melas

El Germanio (Ge) ocupa el trigésimo segundo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del germanio con el concepto de las almas gemelas - entendido como ese amor irrompible, eterno y de una sincronía perfecta que ninguna fuerza externa puede separar -, obtenemos el retrato de una conexión semiconductora. El germanio es el elemento de la transparencia cuántica: un cristal que parece una roca opaca, pero que permite que la luz más profunda y calorífica pase a través de él sin perder ni un ápice de su energía.

Las Almas Gemelas según el Germanio: La Sincronía del Cristal

1. El Puente de la Invisible (Transparencia Infrarroja)
El germanio tiene una propiedad mágica: es completamente opaco a la luz que vemos, pero totalmente transparente a la radiación infrarroja (el calor). Las almas gemelas no se reconocen por la superficie. El mundo solo ve dos cuerpos "opacos", pero entre ellos fluye el calor de una verdad que nadie más puede percibir. El amor-germanio es aquel que ignora el ruido visual y se centra en la frecuencia térmica del otro; es la capacidad de ser un cristal abierto para el calor del alma compañera, dejando que la esencia pase sin obstáculos mientras el resto del mundo se queda fuera.

2. El Primer Transistor (La Amplificación del Yo)
Aunque el silicio es más famoso, el primer transistor de la historia se hizo con germanio. Fue el elemento que permitió que una señal pequeña se convirtiera en una fuerza gigantesca. Un alma gemela no te completa, te amplifica. Al unirse, vuestras señales individuales dejan de ser débiles para convertirse en una corriente imparable. El germanio nos enseña que el amor verdadero es un dispositivo de estado sólido: una estructura donde la presencia del otro permite que tu potencial se multiplique por mil, transformando un susurro de intención en una victoria rotunda sobre la realidad.

3. La Estructura de Diamante (Redes Atómicas)
El germanio cristaliza en la misma estructura que el diamante. Sus átomos están entrelazados en una geometría de una fuerza y simetría absolutas. Las almas gemelas comparten una misma red atómica. No es un vínculo pegado con pegamento, es una fusión de estructuras. Como el germanio, este amor es irrompible porque no hay una costura que separar; ambos forman parte de un mismo cristal. Si intentas romperlo, solo obtienes fragmentos que conservan la misma geometría perfecta: la eternidad no es el tiempo, es la forma de vuestra unión.

4. La Pureza Extrema (Refino por Zonas)
Para que el germanio funcione, debe alcanzar una pureza de "diez nueves" (99.99999999%). Se consigue fundiendo el metal una y otra vez hasta que todas las impurezas son arrastradas al extremo del cristal. El encuentro con un alma gemela exige un proceso de purificación. La vida nos arrastra por el fuego para quitar nuestras defensas e impurezas hasta que solo queda lo que es real. El amor-germanio es el que sobrevive a ese refinamiento constante; es la conexión que solo es posible cuando ambos han decidido ser absolutamente honestos, dejando que lo falso se evapore para que solo brille la pureza del vínculo.

5. El Eslabón de Mendeleiev (Eka-silicio)
Mendeleiev predijo la existencia del germanio años antes de que se descubriera; sabía que había un hueco en el universo esperando por él. Las almas gemelas son un destino químico. Antes de conoceros, ya existía el "hueco" en la tabla periódica de tu vida. No es un encuentro azaroso, es una necesidad del sistema. El germanio nos enseña que el amor eterno es aquel que ya estaba escrito en las leyes de la materia; alguien, en algún lugar, es la pieza exacta que la física de tu alma reclama para que el universo tenga sentido.

Conclusión: Las almas gemelas, vistas a través del germanio, son la geometría de la amplificación térmica. Es el reconocimiento de que existe una transparencia que solo el calor del otro puede atravesar. Ser un alma gemela bajo el símbolo del germanio, significa entender que vuestra unión es un cristal de diamante donde el tiempo no erosiona, sino que simplemente confirma la perfección de una red que ya estaba diseñada desde el origen de los elementos.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • Y en un momento determinado el turista pregunta: ¿Y usted a qué se dedica, en qué trabaja? “Bueno, yo soy pescador”. Caramba un trabajo muy duro, trabajará usted muchas horas cada jornada… “Sí, bastantes horas”. ¿Cuantas horas trabaja como media cada día? “Bueno, yo le echo a la pesca dos o tres horitas”. Qué me dice usted, ¿y que hace con el resto de su tiempo? “Vaya… yo me levanto tarde, pesco un par de horas, juego un rato con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y al atardecer salgo con mis amigos a tomar unas cervezas”. ¿Pero como es usted así? reaccionó airado el turista americano. “¿Qué quiere decir?” Que por qué no trabaja más. “¿Y para qué?” Pues porqué si trabajase más en un par de años dispondría de un barco más grande. “¿Y para qué?” Más adelante podría abrir una factoría en este pueblo. “¿Y para qué?” Con el paso de los años montaría una delegación en el Distrito Federal. “¿Y para qué? Más adelante todavía, abriría oficinas en los Estados Unidos y en Europa. “¿Y para qué?”Las acciones de su empresa cotizarían en bolsa. “¿Y para qué?” Sería usted inmensamente rico. “¿Y para qué?” Bueno… qué sé yo. Al cumplir 65 o 70 años podría retirarse tranquilamente y venir aquí a este pueblo a levantarse tarde, pescar un par de horas, jugar un rato con sus nietos, dormir la siesta con su mujer y salir con los amigos a tomar unas cervezas.
Las risas se expandieron como una ola ligera, chocando contra las paredes del salón y volviendo en forma de carcajada compartida. Afuera el día era soleado aunque estuviera lloviendo. Sofi y Carol reían, divertidas por la simpleza del pescador y la obstinación casi caricaturesca del turista. Pero no todos lo hacían, Ricardo negaba con la cabeza con aquella sonrisa burlona llena de desprecio. Lorena por su lado dio un trago largo a su copa de vino, mirando fijamente a Gabi como si lo que acabara de contar fuera una estupidez.

Aquella historia no iba de barcos ni de factorías ni de acciones en bolsa. Iba de otra cosa: del espejismo. Del hombre que corre toda la vida para llegar exactamente al mismo punto del que partió. Del que sacrifica el presente en nombre de un futuro que, cuando por fin llega, solo le devuelve lo que ya tenía y no supo ver, ni valorar.

El turista hablaba de éxito. El pescador hablaba de tiempo.
Uno acumulaba proyectos. El otro acumulaba momentos.

Y en esa diferencia se escondía todo. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. No es más feliz el que construye imperios, sino el que ya habita el suyo, por muy pequeño que sea. Sofi pensó en la “Azulita”, en Cusco, en la EXPO. En el dinero que no tenían y en el riesgo que estaban dispuestos a asumir para conseguirlo. Pensó en la velocidad a la que se estaban moviendo, en la ambición que comenzaba a infiltrarse en cada decisión. Quizá el sentido de aquella historieta no era frenar los sueños. Era recordar por qué se soñaban. Porque hay viajes que te llevan lejos. Y otros que, si no tienes cuidado, te alejan de lo que ya eras. Y a veces - solo a veces - el hombre más sabio no es el que construye más grande, sino el que sabe cuándo detenerse y disfrutar de lo que ya posee.

Ricardo, por supuesto, no rió. Ni siquiera sonrió por compromiso. Se limitó a apoyar la espalda en la silla, cruzar los brazos y observar a Gabi como si acabara de ver a un neandertal descubrir el fuego.
  • Qué enternecedor - dijo al fin, con esa media mueca elegante que usaba cuando iba a desmontar una opinión -. El mito del pescador feliz… Como no.
Sofi lo miró con resignación, conocía muy bien ese tono. Era el mismo que empleaba siempre cuando alguien hablaba de “trabajar para vivir y no vivir para trabajar”.
  • ¿Sabes cuál es el problema de esa historia, Gabi? - continuó -. Que está diseñada para que el mediocre se sienta sabio. Aunque sea tu intención, el turista no es el villano - añadió -. Es el único que entiende cómo funciona el mundo. Crecimiento, inversión, escala, impacto. Lo otro es conformismo disfrazado de iluminación espiritual.
Gabi sostuvo su mirada, tranquilo, pero con esa quietud peligrosa que empezaba a ser habitual en él. Ricardo se inclinó hacia delante, cruzando las manos, dejando ver al resto de mortales su reloj de oro y precio desorbitado.
  • Decir “no necesito más” está muy bien… cuando nunca has podido tener más. Es una defensa elegante, una mentira dulce para seguir engañándote. Pero el progreso no lo construyen los pescadores que trabajan dos horas al día. Lo construyen los que se levantan antes que los demás y trabajan duro cuando otros brindan con sus amigos o se echan la siesta.
Se volvió ligeramente hacia Sofi, defendiendo “la cultura del esfuerzo" para justificar una realidad que, en el fondo, era una trampa ideológica. Su argumento era profundamente engañoso porque reducía la complejidad del éxito a una simple cuestión de voluntad individual, ignorando las barreras estructurales y la desigualdad de oportunidades. Al utilizar esta narrativa, Ricardo no solo exaltaba el trabajo duro, sino que ejercía una forma de violencia psicológica: transformando la falta de recursos o de suerte en un fracaso personal, cargando al pobre con una culpa sistémica que no le pertenece. Era la tiranía del mérito en su estado más puro: una herramienta que sirve para validar la jerarquía de quienes ya están en la cima, sugiriendo que su posición es fruto exclusivo de su sudor, mientras invisibiliza los privilegios que realmente los sostuvieron.
  • Y gracias a esos “turistas americanos” tienes hospitales, carreteras, tecnología y supermercados llenos. El romanticismo está bien para una sobremesa, pero no paga las facturas - Volvió a mirar a Gabi, esta vez sin sonrisa - El pescador cree que ya es rico porque no desea más. Yo creo que simplemente nunca aprendió a ser ambicioso. Y eso no es sabiduría… es miedo a perder la comodidad.
El silencio fue más denso que antes. Ricardo se encogió de hombros, impecable.
  • Al final todos acabamos trabajando en mayor o menor medida. La diferencia es si trabajas para sobrevivir… o para construir algo que te sobreviva - tomó un sorbo de vino - Pero claro, para entender eso hay que querer algo más que dos cervezas al atardecer.
No era solo una opinión, era una declaración de principios. Y, en el fondo, una provocación directa a lo que Gabi defendía. Carol dejó la copa sobre la mesa con suavidad. No de golpe, no como quien entra en batalla con la artillería retumbando y la caballería avanzando. Más bien como quien ha decidido que ya ha tenido suficiente de escuchar gilipolleces.
  • Qué curioso, Ricardo - dijo con calma -. Siempre hablas del progreso como si fuera una religión.
  • No es religión - arqueó una ceja - es realidad.
  • No - sonrió ella apenas -. Es una forma concreta de entender la realidad. La tuya.
Se acomodó en la silla, sin perder la serenidad.
  • El pescador no es mediocre, es libre. Que tú confundas ambición con valor y acumulación con sentido… no convierte tu modelo en superior. Solo en más vehemente - un leve murmullo cruzó la mesa - Hablas de impacto - continuó -. ¿Impacto para quién? ¿Para el accionista? ¿Para el mercado? Porque el pescador impacta cada día en lo único que realmente importa: su tiempo. El tiempo con sus hijos, con su mujer, con sus amigos. Eso no cotiza en bolsa, de acuerdo… pero sostiene vidas.
Ricardo abrió la boca, pero ella no lo dejó hablar.
  • Y no, no es miedo a perder la comodidad. Es entender que el juego está trucado. ¿Trabajar cincuenta años para “poder descansar” a los setenta? ¿Qué puta broma es esa? Descansar cuando ya no tienes rodillas firmes, ni energía, ni quizá a la gente con quien querías hacerlo - se inclinó ligeramente hacia él -. Tú dices que el progreso construye hospitales. Yo digo que también construye depresiones, divorcios y gente que no sabe quién es, ni que hacer cuando deja de producir. No es que el pescador no sea ambicioso. Es que su ambición es distinta. Ambiciona el equilibrio, la presencia, la sencillez. Y eso requiere más valentía que firmar contratos y trabajar duro.
Sus ojos brillaban, pero no de rabia. De pura convicción.
  • El turista quiere escalar para poder, algún día, vivir como el pescador. El pescador ya vive como quiere. Esa es la diferencia - la mesa quedó suspendida entre dos formas de entender el mundo. - Y por cierto - añadió con una media sonrisa -, no todo lo que “te sobrevive” es digno de sobrevivirte. A veces lo único que queda es una empresa que nadie recuerda, una mujer que no tiene vínculos contigo y unos hijos que no te conocen.
El silencio fue limpio, pero no incómodo. Carol - divertida - levantó la copa.
  • ¡Brindo por los que aprenden a vivir con poco!
Y esta vez, más de uno brindó con ella.
  • ¡Por los que nada necesitan! - se unió Gabi.
  • ¡Por los libres y orgullosos! - sonrió Sofi.
Lorena, que hasta ese momento había permanecido en silencio, con la copa girando lentamente entre los dedos, soltó una risa breve, afilada como una daga.
  • Pues mira qué casualidad - dijo, clavando los ojos en Sofi -. Porque esa estúpida metáfora del pescador viene perfecta para lo que estamos viendo aquí.
Sofi la miró frunciendo el ceño, ya anticipando el golpe que estaba por llegar.
  • Ricardo sería el turista… - continuó -. El que piensa en crecer, en construir algo grande, en dejar huella. Y Gabi… bueno. Gabi es el pescador. El que pesca dos horas y luego se tumba a la bartola, convencido de que eso es libertad.
No había gritos, ni aspavientos. Eso lo hacía aún peor. Era una violencia sutil, casi imperceptible, como el susurro de Grima “Lengua de Serpiente” al oído del Rey Theoden de Rohan. Lorena no necesitaba alzar la voz para mutilar la voluntad de Gabi; le bastaba con sembrar la duda y dejar que el frío de su lógica hiciera el resto. Al igual que el veneno que nubló la mente de Théoden, convirtiéndolo en un rey cautivo en su propio trono, la presencia de Lorena no irrumpía con estruendo, sino que se filtraba en las grietas del espíritu, hasta que el silencio se volvía más pesado que cualquier cadena de hierro.
  • Y oye, cada uno que viva como quiera - añadió encogiéndose de hombros -. Pero no vendamos el conformismo como algo bueno…
Carol carraspeó nerviosa, deseando levantarse de la mesa y escapar antes de que su madre volviera - otra vez - a estropearlo todo. Sofi agarró la mano de Gabi con determinación, navegando entre el miedo a que él despertara aquello que dormía bajo su piel. Ricardo dio un trago largo a su copa, disfrutando del momento, sintiéndose victorioso pues ese era su sino. Gabi, ni se inmutó, ni dijo una sola palabra. Tan solo se quedó quieto con la mirada fija en ella. Lorena, con una media sonrisa, inclinó apenas la cabeza hacia Sofi.
  • Tú sabes de lo que hablo, hija. No hace tanto estabas en restaurantes donde no mirabas la carta por los precios. Viajabas en business. Hoteles de cinco estrellas. Un coche que no hacía ruidos raros al arrancar…
El silencio se podía cortar con un cuchillo.
  • No tenías que hacer cuentas en el supermercado, ni malabares para llegar a fin de mes, ni plantearte si podías permitirte un viaje o no…
“Ni organizando planes clandestinos para vender setas mágicas a una actriz porno para poder cruzar el charco”, pensó Sofi sin poder evitar sonreír.
  • Y ahora me vienes con que “no es más rico el que más tiene”… Claro que no - el golpe fue limpio, preciso - Pero tampoco es más sabio el que más se conforma.
Ricardo permanecía callado, casi cómodo en ese papel.
  • El pescador suena muy poético hasta que hay facturas. Hasta que hay hijos. Hasta que hay enfermedad. Hasta que el mundo real llama a la puerta - Lorena dio un pequeño sorbo a su copa - Ricardo podrá ser muchas cosas, pero nunca ha sido un buscavidas improvisando cada mes para sobrevivir. Tiene estabilidad. Tiene visión. Tiene futuro.
Miró de arriba abajo a Gabi, sin dirigirse a él.
  • Lo otro es… romanticismo barato. Rebeldía adolescente disfrazada de filosofía - volvió a Sofi - Y tú no eras así. Tú volabas alto. Tenías ambición. Tenías un futuro. Ahora… - hizo un gesto vago con la mano - ahora celebras que alguien “no necesite mucho”.
La frase quedó suspendida en el aire como veneno gaseoso. No se disipó con el viento; se asentó en el fondo de la estancia, pesada y amarillenta, igual que el gas mostaza que se arrastra por el lodo de una trinchera. Los allí presentes contuvieron el aliento, sabiendo que inhalar ese veneno significaba quemarse por dentro. Era una atmósfera donde las palabras ya no buscaban el entendimiento, sino la corrosión silenciosa de los pulmones y el espíritu, dejando a todos atrapados en una tierra de nadie donde el primer suspiro sería el último.
  • No deberías confundir intensidad con profundidad, Sofi. Ni pasión con proyecto de vida… - y entonces, por fin, se dejó de medias sonrisas - El pescador está muy bien… hasta que te das cuenta de que el turista, al menos, puede elegir.
La mesa quedó dividida en dos mundos, en dos verdades, en dos hombres opuestos. Y Sofi, en medio de todo, sintió que algo empezaba a arder dentro suyo. Un cambio en su espíritu, una luz luminosa que le abrió los ojos, le destapó la nariz y le rajó el alma en dos.

Primero fue el oído. Las voces comenzaron a distorsionarse, no porque gritaran, sino porque dejaron de importarle. El timbre de su madre se volvió lejano, metálico. El roce de los cubiertos contra los platos sonó como chispas contra piedra. Incluso su propia respiración empezó a ocupar más espacio que cualquier argumento.

Después fue la vista. Los contornos se definieron con una nitidez casi dolorosa. La luz que entraba por la ventana dibujó perfiles afilados sobre los rostros. Vio la tensión en la mandíbula de Gabi, el brillo frío en los ojos de Ricardo, la satisfacción apenas disimulada en la comisura de los labios de su madre. Todo parecía más nítido. Más crudo. Más real.

El olfato le trajo el perfume de Ricardo, limpio, caro, artificial. Y, mezclado con él, el olor a piel caliente de Gabi, a sudor, a calle, a algo vivo. Su cuerpo eligió antes que su mente. El gusto se volvió metálico en su lengua. Como si hubiera mordido una moneda. Como si la sangre estuviera más cerca de la superficie. Y el tacto… El tacto fue lo definitivo. Sintió la vibración en la mesa bajo sus dedos. No era física. Era tensión. Energía acumulada. Algo que pedía estallar o transformarse. Percibió la cercanía de Gabi sin mirarlo, como si su temperatura hubiese aumentado varios grados. Como si irradiara una presencia que reclamaba territorio.

Entonces llegó lo otro. El sexto. Aquello que no tiene nombre ni cabida en un informe científico. Una especie de corriente subterránea, invisible, que le recorrió la columna vertebral como un relámpago silencioso. No era rabia. No era miedo. No era orgullo.

Era pertenencia.

Una certeza antigua, primitiva, que no necesitaba argumentos ni estabilidad financiera ni planes quinquenales. Una voz sin palabras que susurraba desde un lugar más viejo que su educación, más profundo que su biografía. Eligió. Pero no con la cabeza, ni con la lógica. Eligió con algo anterior a su propio ser. Sintió el mismo pulso que había visto despertar en Gabi. Sin violencia. Sin agresión. Solo y exclusivamente afirmación. Raíz. Manada. Y comprendió, con una claridad que daba vértigo, que lo que estaba cambiando en él… también había empezado a despertarse en ella. No como una infección, sino como un recuerdo. Como si la “Azulita” no hubiera añadido nada nuevo. Como si solo hubiera retirado un velo. Y bajo ese velo, latía algo indomable.

Sofi alzó la vista despacio. No había rabia en sus ojos. Tampoco temblor. Lo que había era algo mucho más difícil de combatir: una calma firme, casi sagrada.
  • Mamá… - empezó, sin elevar la voz -. Todo eso que dices es verdad. Con Ricardo tenía comodidad. Restaurantes caros. Viajes impresionantes. Seguridad. Un plan de vida perfectamente trazado.
Hizo una pausa breve, apretando la mano de Gabi con fuerza.
  • Pero era un plan que no había elegido yo…
Lorena frunció el ceño, preparada para interrumpir, pero ella continuó, serena.
  • Era bonito por fuera. Todo encajaba en las fotos que subíamos a las redes sociales. Todo parecía correcto y perfecto. Pero no tenía peso. No tenía raíz. Era como vivir en una casa decorada para una revista: preciosa… y completamente vacía.
Carol la miró de reojo, desconcertada. Aquella no era la Sofi impulsiva que respondía con ironía o que se defendía atacando. Hablaba despacio, midiendo cada palabra, como si hubiera cruzado un umbral invisible.
  • Con Ricardo yo era un proyecto - añadió -. Algo que pulir. Algo que encajar. Algo que mejorar. Siempre había un “cuando”: Cuando madures, cuando cambies, cuando estés a la altura.
Desvió la mirada un instante hacia Gabi. No necesitó más de un segundo para saber que lo amaba con la furia de mil tormentas.
  • Con Gabi soy presente. No tengo que convertirme en nada. No tengo que aspirar a una versión más aceptable de mí misma. Me mira y ve lo que soy ahora. Y eso le basta para amarme.
Ricardo soltó una risa breve, incrédula, pero Sofi ni siquiera le prestó atención.
  • No me enamoré de su cuenta bancaria ni de su currículum - prosiguió -. Me enamoré de su verdad, de su forma de mirar el mundo. De cómo me ama, de cómo me protege, de cómo lucha por lo nuestro. Me enamoré de él porqué no me promete una vida perfecta… sino una vida real.
Carol tragó saliva. Nunca había oído a su hermana hablar así. No había idealización infantil en su tono. Había elección.
  • Puede que no tenga un yate anclado en un muelle de Valencia - dijo Sofi suavemente -. Puede que no tenga una casa en la Moraleja, ni contactos en media ciudad. Pero tiene algo de mucho más valor, algo que no se puede comprar. Tiene coherencia, tiene alma. Y yo prefiero dormir en un piso pequeño con alguien que me ama por lo que soy… que en una mansión con alguien que me ama por lo que podría llegar a ser.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue contundente.
  • No necesito más comodidades - concluyó -. Necesito verdad. Y ya la he encontrado.
Miró a su madre directamente, sin desafío, sin súplica.
  • He elegido. Y no desde el capricho. Desde la conciencia. Desde lo más hondo de mi ser. No es una etapa. No es rebeldía. No es un error… - Respiró hondo - Es mi vida.
Carol sintió un escalofrío. No reconocía del todo a su hermana… pero tampoco podía negarlo: nunca la había visto tan centrada. Tan segura. Tan completa. Y en esa serenidad, había algo poderoso. Algo que no pedía permiso. Algo que ya no pensaba retroceder.
  • No te reconozco, hija… - masculló Lorena, refugiándose en la copa de vino como si allí pudiera diluir lo que acababa de escuchar -. Pareces otra… Tan distinta…
Sofi sonrió. No con burla. Con certeza.
  • Es curioso que digas eso, mamá… - respondió, tranquila -. Porque precisamente ahora es cuando más me reconozco a mí misma.
Ricardo intentó intervenir, adoptando ese tono conciliador que usaba en los juicios, como si la sobremesa fuera un estrado.
  • Sofía, tu madre solo quiere lo mejor para ti…
  • ¡Tú te callas!
La frase cayó limpia, sin gritos, pero afilada como vidrio. El aire se tensó al instante.
  • Sé perfectamente por qué estás aquí - continuó ella, clavando los ojos en él -. Y escucha bien, porque no voy a repetirlo. Se acabaron las llamadas. Se acabaron los mensajes a deshoras. Se acabaron las visitas “casuales” a mi trabajo. Y se acabaron tus estúpidos y miserables intentos de convencerme para que vuelva contigo.
La mesa entera quedó suspendida en un silencio expectante. A su lado, Gabi sintió cómo algo primitivo se desbordaba. No fue un pensamiento. Fue puro impulso. El calor le subió por el pecho hasta la mandíbula. Los músculos se le marcaron bajo la camiseta como si la piel fuese demasiado estrecha para contenerlos. Su respiración se volvió más lenta, más profunda, más peligrosa. “Otro macho en mi territorio”, pensó. No había lógica. No había análisis. Solo instinto. Quería levantarse, cruzar el espacio en dos zancadas, sujetarlo por el cuello de la camisa y empujarlo hasta que retrocediera, hasta que entendiera sin palabras que no debía acercarse más. Había en él una sed antigua, una necesidad de marcar límites con algo más que frases.

Un lobo no dialoga. Advierte.
Y si no basta… muerde.

Ricardo lo notó. Percibió esa energía, ese filo invisible. Pero estaba acostumbrado a ganar. A no retroceder jamás. A imponerse con sonrisa y superioridad. Se incorporó apenas unos centímetros en la silla, lo justo para proyectar dominio sin parecer agresivo.
  • Yo solo he venido porque me han invitado - dijo con voz templada -. Y porque, aunque te cueste admitirlo, Sofía, todavía me preocupo por ti.
Ignoró deliberadamente a Gabi. Como si no existiera. Como si no mereciera ser considerado rival.
  • No confundas insistencia con acoso - añadió -. Cuando uno ha compartido años con alguien, no desaparece de un día para otro. Hay conversaciones pendientes. Hay cosas que cerrar…
Su mirada buscó la de Lorena, buscando apoyo. Y lo encontró.
  • Además - remató, apoyando los codos en la mesa -, todos aquí sabemos que este fracasado… - hizo un gesto vago hacia Gabi - es solo una etapa. Tú no eres así, Sofía. No eres de improvisar tu futuro, necesitas alguien estable que pueda cuidar de ti y darte una vida mejor.
La provocación estaba servida. Gabi se levantó lentamente. No dio un portazo. No huyó. Eso habría sido humano, lo que habría hecho el Gabi de antes. Lo que hizo fue peor. Se puso en pie con una quietud tensa, los hombros rectos, la mandíbula firme, los ojos clavados en Ricardo sin parpadear. No era furia descontrolada. Era amenaza contenida. Un depredador antes del salto.

Sofi lo sintió. No necesitó mirarlo. Lo percibió en el aire, en la vibración mínima bajo sus pies, en la electricidad que recorría la mesa. Y, por primera vez, entendió que aquello que despertaba en Gabi… no era solo metáfora. Era real. Y estaba a punto de decidir si se quedaba observando… o si salía a cazar junto a su compañero. Junto a su manada.

El miedo previo antes de subir a la Sierra no estaba equivocado. Solo estaba mal dirigido. Durante horas, Sofi había temido que el animal fuera él. Que Gabi, en un arrebato, atravesara la línea invisible que separa al hombre del instinto. Que la sangre manchara el mantel blanco de su madre. Que los gritos rompieran la tarde. Pero el animal no estaba solamente en él. Estaba en ella, también. Y cuando despertó, no hubo palabras. No hubo advertencias.

La tensión acumulada estalló como una presa reventada. Sofi sintió primero el calor - no un calor humano, sino una combustión antigua que le trepaba por la columna -. La piel le ardió. La respiración se volvió áspera, animal. El latido dejó de ser latido y se convirtió en tambor tribal golpeando contra sus costillas.

Ricardo apenas tuvo tiempo de dar un paso atrás. El primer impacto fue seco. Una silla voló. La mesa volcó. El cristal estalló contra el suelo como lluvia cortante. El vino se derramó, rojo, espeso, deslizándose por las baldosas como si la casa misma estuviera sangrando.

Y entonces llegó el sonido. No fue un grito. Fue un aullido. Un aullido que no parecía salir de una garganta humana, sino de un bosque entero. Largo. Rasgado. Salvaje. Las manos dejaron de ser manos. Se clavaron. Rajaron. Empujaron. Ricardo cayó hacia atrás, golpeándose contra la pared. La sangre apareció en su cráneo, fina al principio, luego más abundante, resbalando por su sien. Gabi no intervino, tan solo se quedó contemplando como ella lo despedazaba. Eso sí, preparado para intervenir en cualquier momento si hacía falta.
  • ¡¿Pero que haces Sofía?! - gritó Lorena intentando separarla.
Carol también se acercó corriendo, separándola con todas sus fuerzas, pero no pudo. Porque aquello ya no era una discusión humana. Era territorio. Era luna roja suspendida sobre un claro húmedo. Era tierra removida y hojas pegadas a la piel sudada. Era el olor del hierro mezclado con el musgo. Sofi se abalanzó de nuevo. Colmillos invisibles, pero reales en la intención. Sus uñas dejaron marcas en la piel. Un hilo rojo cruzó la mejilla de Ricardo. Él intentó sujetarla, pero la fuerza que la empujaba no era proporcional a su cuerpo. Era antigua. Era primitiva. Era algo que llevaba generaciones esperando una excusa para dejarse ver. Los platos rotos crujieron bajo los pies. La madera se astilló cuando un cuadro cayó de la pared y el cristal roto de las copas terminó de romper la escena. Y en medio del caos, otro aullido. Esta vez más corto. Más profundo.

La casa ya no era una casa. Era un bosque húmedo, oscuro, respirando con ellos. La luz del atardecer, filtrándose por las ventanas, teñía todo de un rojo enfermizo. Como si la luna llena hubiera descendido antes de tiempo para presenciar la cacería. Ricardo logró zafarse a medias, tambaleante, con la camisa rasgada y el rostro manchado de rojo. Sus ojos ya no eran de superioridad. Eran de miedo absoluto. Porque lo entendió. No era una discusión. Era destrucción.

Sofi se quedó de pie en medio del desastre, el pecho subiendo y bajando con violencia, los dedos manchados, el cabello pegado a la frente. Sus pupilas dilatadas no reconocían normas, ni modales, ni jerarquías. Solo pulso. Solo sangre. Solo la certeza brutal de que el animal, cuando despierta, no pregunta a quién pertenece el territorio. Lo toma. Y aquella metafórica noche, bajo la luna roja que parecía latir sobre el tejado, el bosque había elegido su depredador.
  • ¡Estás loca! - gritó Ricardo fuera de si.
Lorena y Carol tuvieron que frenar con todas sus fuerzas a Sofi, que seguía rugiendo como si estuviera poseída por un demonio antiguo.
  • ¡Puta Zorra de mierda! - gritó con brutalidad.
Se puso en pie violentamente, tambaleándose, intentando recuperar algo de su dignidad, pero Gabi ya estaba sobre él. En un instante, lo empujó al suelo con un impulso feroz. Cada músculo tenso, cada fibra del cuerpo lista para destrozar. Los primeros puñetazos comenzaron sin piedad. Uno, dos, tres… golpe tras golpe, Gabi descargaba toda su fuerza sobre Ricardo, la sangre brotando inmediata, caliente, cubriendo su rostro y empapando su camisa. La nariz rota, los labios partidos, los ojos ensangrentados, la cara deformada con cada golpe. No había pausa, no había perdón, no había consideración: solo el instinto de un depredador que no tolera que ataquen a su manada.

Sofi, tras ellos, reía sin control, carcajadas largas y salvajes, los ojos abiertos, brillando con locura. La rabia, el desdén, el juego de dominación, todo se mezclaba en ella, pura adrenalina, pura energía animal. Lorena y Carol la soltaron y se lanzaron rápidamente sobre Gabi, intentando frenarlo, pero no era fácil. Cada intento por separarlo era un esfuerzo titánico. Él seguía golpeando, cada movimiento controlado solo por su impulso, un tigre bengalí sobre su presa. Carol consiguió finalmente levantarlo y arrastrarlo lejos de Ricardo, mientras Lorena gritaba, aterrada y furiosa al mismo tiempo.
  • ¡Llévatelo, Carol! ¡Llévatelo de aquí, joder!
Ricardo estaba irreconocible. La sangre brotando por todas partes, el rostro desfigurado, la respiración entrecortada, inconsciente o casi al borde de estarlo. Mientras, la risa de Sofi llenaba la habitación, desgarradora y salvaje.
  • ¡Llama a urgencias, Sofía, maldita sea! ¡Llama a urgencias!
El suelo estaba manchado de rojo, el aire olía a hierro y miedo. No había metáforas, no había poesía: solo la violencia real, pura y animal. Aquella era la ley, aquella era la verdad. Carol empujó a Gabi hasta el baño, el mismo en que semanas atrás había jugado con él. Cerró la puerta con un golpe seco. Lo intentaba contener como quien intenta encerrar a un león en una jaula. Pero él seguía moviéndose nervioso, tenso como un resorte, los ojos fijos en la puerta cerrada como si todavía pudiera oler a su presa. La respiración le salía entrecortada, profunda, rítmica, cada músculo de su cuerpo parecía cargado de energía pura y lista para explotar. La camiseta pegada a su piel brillaba de sudor, empapando cada fibra de su ropa. Carol apoyó las manos sobre sus pectorales, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo, la fuerza concentrada en su pecho, la rigidez animal que aún vibraba en cada golpe de su corazón. Su respiración se mezclaba con la de él; cada inhalación parecía una corriente eléctrica que recorría sus cuerpos. Y entonces algo cruzó el pecho de Carol, un hambre imposible de ignorar. El aire estaba cargado, denso, como si hormonas y adrenalina se hubieran mezclado en una niebla invisible que enturbiaba la razón. Lo que hasta hacía un instante le provocaba miedo, ahora la hacía temblar de deseo, vulnerable y alerta a la vez, intoxicada por la presencia de Gabi, por su fuerza, por su vigor.

Sin pensarlo, empujada por ese hambre salvaje, empezó a rozar su piel, a palpar su cuerpo y presionarlo con urgencia, dejando que sus manos sintieran cada músculo, cada parte de su cuerpo tenso y sudado. De repente sintió la necesidad. Los juegos habían quedado atrás, ya no buscaba perturbarlo con sus encantos femeninos, ni divertirse al verlo confundido y rojo como un tomate. Lo quería desnudo, lo quería erecto, lo quería dentro de ella. No le importaba que fuera el novio de su hermana, ni tan siquiera que su hermana se hubiera transformado en una psicópata violenta. No había razón porqué no había pensamiento.
  • ¡Joder, Gabi! - exclamó levantándole la camiseta - ¡Fóllame, vamos!
Pero él no estaba del todo presente. Su cuerpo sí, firme, real, pero su mente parecía en otra parte. Su olfato solo captaba el rastro de Sofi, sus orejas solo escuchaban las risas desquiciadas que resonaban en el salón, y sus manos solo deseaban estar en el caos de la batalla a su lado.
Enfrente de él, Carol estaba completamente desnuda, temblando ante la fuerza indómita que emanaba de su cuerpo, un instinto de naturaleza pura que vibraba en cada fibra de su ser. Cada músculo, cada gesto, era un llamado a ceder, a dejarse arrastrar por lo salvaje. Comenzó a desabrocharle el pantalón, pero se detuvo en seco. Una barrera invisible, un límite que no podía cruzar en ese momento ni en ninguno venidero, detuvo su impulso. La tensión permanecía intacta, eléctrica, imposible de ignorar… y Gabi se interpuso.
  • Para - dijo, mirándola fijamente a los ojos.
Solo hizo falta esa palabra para que ella se detuviera. No miraba su cuerpo desnudo; solo la miraba a ella, a sus ojos, con una calma que contrastaba con la tormenta que ambos acababan de sentir. Se agachó, recogió su camiseta y se la puso de nuevo con una serenidad inesperada. Carol, avergonzada, intentó taparse con las manos, sin saber a dónde mirar.
  • No sientas vergüenza - dijo Gabi, apoyando una mano firme sobre su hombro -. Eres increíble, Carol. Inteligente, perspicaz, libre… y sí, eres hermosa. Pero esto no puede ser… ¿lo entiendes?
  • Sí… lo siento… yo…
Gabi se agachó de nuevo y recogió el resto de la ropa.
  • No hace falta que te disculpes - dijo pausadamente, entregándosela -. Yo también he pasado por esto, créeme… pero llegará el día en que encuentres a tu alma gemela. Y cuando eso suceda, comprenderás por qué no puedo aceptarte ahora.
Le dejó un beso cálido en la frente, suave como un susurro, y salió del baño, dejando atrás el calor, la tensión y la electricidad suspendida en el aire. Cuando volvió al salón, Sofi ya estaba recogiendo sus cosas, entre los gritos y acusaciones de su madre, entre el olor metálico de la sangre fresca flotando en el ambiente. Los dos se miraron en silencio y se entendieron al instante. manos entrelazadas, un mismo impulso compartido, la certeza de que nada podría separarlos ahora.
  • ¡Espera! - gritó Lorena, agarrándole del brazo -. ¡Tú no te vas de aquí, cabrón! ¡He llamado a la policía, vas a pagar por lo que has hecho!
Gabi no la escuchó. Avanzó con paso firme, la mandíbula apretada, decidido a ignorar cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino.
  • ¡Que te detengas, hijo de…!
  • ¡¿Y si no qué, eh?! ¡¿Qué cojones vas a hacer, vamos, dime?! - replicó él, encarándola con una agresividad brutal, cargada de amenaza.
Lorena dio un paso atrás, soltándolo al instante, la respiración entrecortada, sintiendo el pavor profundo de que podía terminar como Ricardo. Las sirenas sonaron a lo lejos, mezclándose con el eco de sus gritos y el caos del salón; quizás policía, quizás una ambulancia, quizás nada de eso.
  • ¡Vámonos! - dijo Sofi, empujando a Gabi con decisión, mientras sus manos seguían entrelazadas, fuertes, seguras, compartiendo la misma determinación.
Salieron al exterior y la lluvia los recibió como un rugido. Las gotas golpeaban sus cuerpos, empapándolos al instante, mezclándose con la adrenalina que todavía les corría por las venas. Cada chispa de electricidad, cada músculo tenso, cada impulso animal que habían desatado en el salón, ahora se expandía aún más libre, más feroz, palpitante y verdadera. Gabi pasó un brazo firme por su hombro y la acercó a su cuerpo. Sofi apoyó la cabeza en su pecho, respirando el mismo aire, sintiendo su corazón sincronizado con el suyo. Dos corazones salvajes, desbocados, imposibles de detener. Se lanzaron hacia el coche, empapados, con los zapatos resbalando en el pavimento brillante de lluvia. Abrumados por todo las sensaciones que recorrían sus cuerpos.

Ya no era lo que habían sido, ya no eran dos personas normales caminando bajo la tormenta: eran bestias desatadas, un solo ser unido por la rabia, el miedo, el deseo, el amor. Gabi arrancó el coche, el motor rugió como un animal despertando de siglos de sueño, y el mundo empezó a pasar a toda velocidad, borroso, difuso bajo los limpiaparabrisas. Sofi bajó la ventanilla del coche, la lluvia le golpeaba la cara, fría, electrizante, mientras no podía dejar de reír. Empezó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones. Cada curva, cada recta que pasaban, le daba más fuerza, más libertad. Gabi la miró de reojo, y por un instante, los dos se vieron reflejados en los ojos del otro: animales, feroces, invencibles. Nada podía detenerlos. Nada podía dividirlos.

El mundo a su alrededor era un borrón, solo existían ellos, el rugido del motor, el chapoteo de la lluvia y el latido salvaje de sus corazones. Cada semáforo en rojo que se saltaban, cada curva que tomaban derrapando, era un pequeño acto de desafío, un grito de libertad. Y mientras la carretera se abría ante ellos, desierta y mojada, Sofi supo que aquel instante, aquel éxtasis primitivo, era el reflejo de su vida ahora: intensa, imprevisible, salvaje, y totalmente suya. La tormenta les abrazaba, la velocidad les consumía y el amor que compartían era un fuego que no podía ser apagado. Eran libres. Por fin, eran libres.

Muy lejos de ellos, en un despacho en el piso treinta y cinco de un edificio de lujo en uno de los barrios más ricos de Zúrich, la luz era tenue, apenas rota por el resplandor frío de una pantalla de ordenador. Afuera, la ciudad brillaba entre la niebla y las luces lejanas, pero dentro todo era silencio, salvo por el zumbido constante del aire acondicionado. Un hombre sentado, las manos apoyadas sobre la mesa, miraba fijamente la pantalla. Sus ojos no parpadeaban, concentrados en cada detalle que se desplegaba ante él. La habitación estaba cargada de un aire de control absoluto, frío, calculador.
  • ¿Quien es? - preguntó en inglés, sin apartar la mirada del monitor.
Detrás de él, un hombre más joven, permanecía de pie, apenas un espectro en la penumbra.
  • Aún no lo hemos identificado, señor - respondió también en inglés, con voz baja -, pero rastreamos la matricula del coche en el que viajaba… es de Madrid.
El hombre sentado inclinó el torso hacia adelante, los codos rozando la superficie de la mesa mientras el resplandor de la pantalla iluminaba sus facciones tensas y severas.
  • ¿Trabaja para nosotros? - inquirió, cada palabra cargada de significado.
El de atrás no contestó. Sabía que era mejor callar que seguir confesando a su jefe que no tenía respuestas a sus preguntas.
  • Localiza a mi hijo - ordenó el hombre sentado, con un tono que no admitía réplica - Debemos saber quien es ese imbécil.
  • Si señor.
  • ¿Quien lleva esa investigación?
  • La doctora Lena Baumgartner, señor.
  • Localízala también, necesito hablar con ella.
  • Como usted mande, señor.
El hombre joven abandonó el despacho rápido y en silencio. El jefe siguió observando el monitor. La cámara de vigilancia mostraba a un chico joven, gordo y con gafas de pasta, entrando en el cultivo lleno de Mycena Neonfaucis. Se movía con cuidado, casi silencioso, y extendía la mano para tomar uno de los micelios. Su rostro estaba parcialmente oculto por la mascarilla, pero la intención era clara: un robo perfectamente calculado. Sus labios se tensaron en una línea fina. Nadie más en el mundo debía saberlo, y sin embargo, ahí estaba, delante de sus ojos: un acto que podía cambiarlo todo, que podía destruir su imperio, su ambición, su destino.

Como el Germanio, siendo el cristal que deja pasar el calor y la red de diamante que nada puede quebrar, un alma pura esperando la frecuencia exacta para amplificar el amor hasta el infinito. Esta historia continuara…
 
En cuanto a la primera parte, no deberían estar tan contentos Gabi y Sofi, porque aunque Ricardo es un imbécil, lo han podido matar y como no controlen su otro yo más parecido a Hulk o a un animal como el Lobo, pueden matar a alguien.
Y en cuanto a la parte final, mucho cuidado que estoy se va a complicar mucho porque ya van a tener a gente peligrosa detrás de ellos.
 
En cuanto a la primera parte, no deberían estar tan contentos Gabi y Sofi, porque aunque Ricardo es un imbécil, lo han podido matar y como no controlen su otro yo más parecido a Hulk o a un animal como el Lobo, pueden matar a alguien.
Y en cuanto a la parte final, mucho cuidado que estoy se va a complicar mucho porque ya van a tener a gente peligrosa detrás de ellos.
Totalmente de acuerdo. La reacción es desproporcionada. A mí Ricardo me cae mal, lo creé justo para dar asco. Pero de todos modos, no hacía falta hacer lo que han hecho. Aún así, tampoco se les puede culpar, pues no lo hacen por lógica. Ya veremos si son capaces de controlarlo, quizás necesiten algún tipo de guía... quien sabe.

Por otro lado, no sabía si dar el paso ya o esperar un poco más...
Al final me he decidido a dar el salto, jejeje.
Ha llegado la hora de lanzarse al abismo. Dejarlo todo atrás y convertirse en fugitivos.
Estaba deseando que llegara este momento, que por fin vinieran las curvas de verdad, jejeje.

Un abrazo.
 
Vamos a entrar en terreno realmente peligroso. Policía española y los matones de la empresa suiza, persiguiendo unas a Gabi y Sofi y los otros a Nico y a la Dra. Lena.

Lo de Ricardo lo veía venir, pero pensé que sería Gabi el que le apalizase desde el principio, no rematando lo que había empezado Sofi. Y Gabi superbién con Carol. También me hubiera gustado que Lorena se hubiese llevado algo.
 
Vamos a entrar en terreno realmente peligroso. Policía española y los matones de la empresa suiza, persiguiendo unas a Gabi y Sofi y los otros a Nico y a la Dra. Lena.

Lo de Ricardo lo veía venir, pero pensé que sería Gabi el que le apalizase desde el principio, no rematando lo que había empezado Sofi. Y Gabi superbién con Carol. También me hubiera gustado que Lorena se hubiese llevado algo.
Te puedes creer que escribí el fragmento en que Gabi le da una paliza a la madre de Sofi.
Pero después pense: "Vale es gilipoyas, pero es su madre. No puede matarla" jajaja. Así que lo borré.
 
Capítulo 33. Arsénico - Enemigo a las Puert(As)

El Arsénico ocupa el trigésimo tercer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del arsénico con el concepto de los enemigos, obtenemos el retrato de una hostilidad invisible, paciente y mimetizada. El arsénico no es el arma del guerrero que grita en el campo de batalla; es el elemento de la traición molecular, el veneno de los reyes que se sienta a tu mesa disfrazado de sustento, recordándonos que el adversario más peligroso es aquel que se vuelve indistinguible de lo que necesitamos para vivir.

Los Enemigos según el Arsénico: La Infiltración del Impostor

1. El Caballo de Troya Metabólico (Mimetismo del Fosfato)

El arsénico es el gran impostor químico. Sus átomos son tan parecidos a los del fósforo que las células los confunden y los dejan entrar hasta el núcleo. Una vez dentro, el arsénico ocupa el lugar del fósforo en el ATP, saboteando la energía vital desde el centro. El enemigo-arsénico no te ataca de frente; se hace pasar por un aliado, por un "nutriente" necesario. Se infiltra en tu confianza imitando la forma de la amistad o el apoyo. Entendemos que el peor enemigo es el que se instala en tu estructura interna, ocupando el lugar de lo que debería darte fuerza para, en cambio, robarte el aliento desde la raíz.

2. El Veneno sin Sabor (Invisibilidad Sensorial)
Los compuestos de arsénico son famosos por ser incoloros, inodoros e insípidos. Puedes estar consumiendo tu propia destrucción durante meses sin notar un solo cambio en el paladar. Hay enemistades que no se manifiestan en insultos, sino en una erosión invisible. El enemigo-arsénico es aquel que te sonríe mientras vierte pequeñas dosis de duda o desprecio en tu día a día. No hay una "señal de alarma" inmediata; es una acumulación de gestos que parecen inocuos hasta que el daño es sistémico y la voluntad se desploma por puro agotamiento acumulado.

3. El Alótropo de la Apariencia (Gris, Amarillo y Negro)
El arsénico cambia de forma según cómo se trate: puede ser un metal gris brillante, un sólido amarillo frágil o un cristal negro. Es el maestro de la adaptación visual. El enemigo es un camaleón. Según le convenga, se presentará como una víctima (amarillo), como un profesional frío (gris) o como una sombra inalcanzable (negro). Esta versatilidad lo hace escurridizo; nunca puedes fijar su imagen real porque el arsénico siempre tiene una "fase" distinta preparada para engañar a tu percepción.

4. La Preservación de la Fachada (Efecto Conservante)
Paradójicamente, el arsénico detiene la putrefacción; se usaba en taxidermia para que los animales muertos parecieran vivos eternamente. El enemigo-arsénico te quiere estático. Su odio no busca tu desaparición inmediata, sino tu "embalsamamiento" en vida. Quiere que mantengas las formas, que parezcas estar bien mientras por dentro te ha vaciado de contenido. Es el enemigo que se alimenta de tu parálisis, disfrutando de verte convertido en una figura decorativa de tu propia existencia.

5. El Legado en el Pelo (Persistencia Forense)
El arsénico tiene una afinidad especial por la queratina; se queda grabado en el cabello y las uñas mucho después de que el cuerpo haya fallado, permitiendo que los investigadores descubran el crimen siglos después. Un enemigo de arsénico deja una marca que el tiempo no borra. Aunque la relación termine, su rastro permanece en tu historia, en las "capas" de tu crecimiento. Es la herencia amarga que puedes leer en tu propio pasado: una prueba irrefutable de que, en algún momento, permitiste que alguien que no era fósforo alimentara tu fuego.

Conclusión: Los enemigos, vistos a través del arsénico, son la geometría de la suplantación letal. Es la advertencia de que la proximidad no siempre es lealtad y que el veneno más eficaz es el que sabe imitar al alimento. Ser consciente del arsénico significa aprender a distinguir entre el fósforo que nos hace brillar y el impostor que nos quiere convertir en estatuas de sal y silencio.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Era lunes por la mañana y el sótano olía a desinfectante y metal húmedo. Los fluorescentes vibraban con un zumbido constante que parecía taladrar la cabeza. Gabi y Gustavo habían bajado al sótano después de desayunar, como siempre, junto al resto del equipo de mantenimiento. Y, como recientemente sucedía, sin respetar el protocolo marcado, Gabi empezó a desinfectar por el laboratorio de Laia y Nico. La conversación seguía, el cubo chocó contra la mesa metálica. El trapo, empapado, dejó un rastro brillante sobre la superficie.
  • ¿Sofi también? - preguntó Laia, girándose en la banqueta.
  • Fue la primera que saltó encima de él - respondió Gabi con una sonrisa torcida, los ojos encendidos -. Deberías haberla visto, Laia. Arañando, mordiendo… incluso aullaba como una loba.
  • Estás enamorado, ¿verdad? - rió ella.
  • Hasta las trancas - rió él.
  • Se te nota, manco. Y me alegro mucho por ti.
El sonido del microscopio al ajustarse se detuvo. Nico alzó la cabeza despacio.
  • ¿Cómo has dicho?
  • Que estoy enamorado, colega…
  • No, no. - Nico se levantó de golpe -. ¿Has dicho que empezó a aullar?
  • Sí. - Gabi se encogió de hombros -. ¿Por qué lo preguntas?
Laia frunció el ceño al verlo tan preocupado.
  • ¿Qué pasa, Nico?
  • ¿No os dais cuenta o que coño os pasa?
  • ¿Darnos cuenta de qué?
Él ya estaba de pie, avanzando hacia Gabi con pasos rápidos, casi agresivos.
  • ¿Volviste a sentir esas sensaciones que me comentaste en el hospital?
  • ¿Qué sensaciones? - preguntó Laia, mirando a uno y a otro.
  • Hiperestesia - contestó Nico rapidamente.
Gabi asintió con la cabeza, lentamente.
  • ¿Lo sientes ahora?
  • No funciona así, colega… No es constante. Solo lo siento cuando algo me altera.
  • Cuando algo te activa - corrigió Nico, la mandíbula apretada -. Eso es lo preocupante. ¿Sofi también?
  • Exactamente lo mismo, sí.
  • ¿Olfato, vista, oído…?
  • Sí, todas…
El silencio cayó como una losa. El extractor del techo siguió rugiendo.
  • ¿Alguien puede explicarme qué está pasando? - exigió Laia, dando una palmada en el aire.
  • ¿Y después qué ocurrió? - insistió Nico ignorándola por completo.
  • Nada. Nos fuimos.
  • ¿Nada? - Nico lo señaló con el dedo -. ¿Casi matáis a un tipo y “nada”?
  • No lo matamos…
  • No lo hicisteis porque os detuvieron, Gabi. ¡Joder! Piensa un poco… ¿La madre de Sofi llamaría a la policía, no?
  • Amenazó con hacerlo, pero no lo sé.
Nico se pasó la mano por el pelo, exhalando por la nariz. A veces tenía la incómoda sensación de ser el capitán de un barco lleno de “genios brillantes”, con la misma prudencia que un grupo de monos con acceso a dinamita.
  • Escúchame bien, necesitáis una coartada. Los dos la necesitáis.Y haced el favor de poneros de acuerdo para dar la misma versión, por si alguien pregunta.
Gabi dejó el trapo dentro del cubo y lo miró fijamente.
  • No voy a mentir si vienen, colega. No me arrepiento de lo que hice.
  • Más te vale hacerlo - replicó Nico con dureza -. Porque si esto sale a la luz, no solo vais a tener un problema legal. Nos vais a arrastrar a todos con vosotros. Y nadie puede enterarse de lo que estamos investigando aquí. ¡Nadie ¿me oyes?!
  • ¡Ese imbécil se lo merecía, Nico!. ¿Sabes que estaba acosando a Sofi?
  • ¡Me importa una mierda, Gabi!. No podéis ir por el mundo impartiendo justicia como si fuerais Batman y Robin, ¡Joder! - Nico estaba nervioso, sudando de arriba abajo, la presión marcando sus pómulos - Debemos ser precavidos, tío. Si alguien nos descubre no solo estaremos perdidos nosotros, sino el mundo entero. ¿Lo entiendes?
La palabra flotó en el aire: “el mundo entero”.
  • Lo siento joder… - murmuró Gabi bajando la cabeza - Pero es que… no puedo… no puedo controlarlo.
  • Lo sé - Nico se acercó a él agarrándolo del hombro - Se que no lo haces a propósito. Se que es esa maldita seta quien os empuja a comportaros como putos animales. Pero debéis ser más inteligentes, joder. Por ejemplo intentando evitar cualquier situación que os pueda alterar. Al menos hasta que Lena y yo podamos entender que coño esta pasando…
Laia dio un paso al frente, harta de que nadie le prestara atención.
  • ¡Eh! Estoy aquí, hacedme caso por favor… ¿Qué está pasando?
Nico la miró por fin. Dudó un segundo. Luego bajó la voz.
  • Está claro que la Azulita no está afectando solo a la percepción sensorial de Gabi y Sofi. Está amplificando respuestas primarias: Agresividad, territorialidad, conductas de manada.
  • ¿Estás diciendo que…? - Laia miró a Gabi, de arriba abajo -. ¿Que lo que pasó no fue solo una pelea?
Nico negó con la cabeza.
  • Estoy diciendo que la Mycena Neonfaucis es mucho más inestable de lo que pensábamos en un primer momento. Es evidente que lo que pasó ayer es una respuesta animal del cerebro…
Nico empezó a caminar de un lado a otro, las manos moviéndose mientras ordenaba las ideas.
  • Si la Azulita no estimula, como haría una anfetamina, ni deprime, como un sedante. Entonces modula y lo hace en zonas muy concretas del cerebro. Hemos empezado a ver indicios en los ratones de laboratorio, de como interfiere en la actividad del córtex prefrontal… especialmente en la región dorsolateral.
  • Eso es la parte racional, ¿no? - intervino Laia.
  • Exacto. - Nico asintió -. El prefrontal es el freno. Es lo que nos permite evaluar consecuencias, inhibir impulsos, construir normas sociales, empatizar. Es, en gran parte, lo que llamamos “ser humanos”.
Se giró hacia Gabi, sopesando la gravedad de su hipótesis.
  • Si reduces su actividad, aunque sea parcialmente, lo que queda al mando es el sistema límbico.
  • La amígdala - murmuró Laia.
  • La amígdala, el hipotálamo, los circuitos de recompensa. Respuestas de lucha o huida. Territorialidad, dominancia, protección del grupo, conductas de apareamiento, jerarquía.
El laboratorio pareció más pequeño de repente.
  • En otras palabras - continuó Nico -, parece que la Mycena no crea nada nuevo. No implanta violencia donde no la hay. Lo que hace es quitar capas. Reduce el filtro cultural, moral y social que hemos construido durante miles de años y amplifica lo que ya estaba debajo.
Gabi se cruzó de brazos, una sonrisa ladeada brotando de su rostro.
  • ¿Me estás llamando animal?
  • Somos animales, idiota - respondió Nico sin dudar -. La diferencia es que normalmente llevamos traje y antes de usar los puños, dialogamos.
Se acercó a la mesa y apoyó ambas manos.
  • En condiciones normales, el prefrontal evalúa: “No pegues. Hay consecuencias. Es ilegal. Es inmoral.” Pero si esa voz baja el volumen… la amígdala no pregunta. Actúa. Si percibe amenaza, responde. Si percibe competencia, compite. Si percibe que su pareja está siendo atacada, aunque sea verbalmente, defiende. Sin negociación.
  • ¿Y el aullido? - Laia tragó saliva.
  • Las vocalizaciones intensas… - Nico respiró hondo - son solo respuestas primitivas. Descargas de adrenalina y cortisol. Es el cuerpo entrando en modo arcaico. Coordinación de manada. Señalización territorial. Es el lenguaje más antiguo de todos los lenguajes. Lo preocupante - añadió - es que no estamos hablando de un episodio puntual. Si la sustancia está generando cambios en la regulación dopaminérgica y en la conectividad prefrontal-límbica, podríamos estar viendo una reorganización funcional temporal… o algo más duradero.
  • ¿Duradero cómo? - preguntó Laia en voz baja.
  • Neuroplasticidad inducida. Si repites el estado suficiente veces, el cerebro aprende que ese es el nuevo equilibrio. Menos inhibición. Más impulso. Más instinto - Miró a Gabi fijamente - No te convierte en un lobo. Pero reduce la distancia entre tú y el lobo que siempre estuvo ahí.
Gabi se quedó pensativo un instante, la mirada perdida en algún punto más allá de los tubos de ensayo. Luego habló despacio, como si estuviera citando algo sagrado.
  • Taita Waman…
  • ¡Joder, Gabi! - estalló Laia al oír ese nombre -. Otra vez con el puto chamán ese. Estás obsesionado con ese maldito libro. ¿No tienes suficiente con arrastrarnos a todos a Cusco o qué?
  • No es eso. Escucha - pidió él, alzando las manos para calmarla -. Cuando el chamán le da peyote, Castañeda cuenta que siente que se transforma en perro. No metafóricamente. Lo siente de verdad. Corre, olfatea, percibe el mundo como un perro. Cuando se le pasa el efecto, le pregunta a Taita Waman si realmente se convirtió en uno. Y el chamán le responde que, si lo sintió, la pregunta no tiene sentido.
El silencio cayó como una losa. Laia lo miró con incredulidad.
  • Eso es una soberana estupidez.
  • No necesariamente - intervino Nico, llevándose la mano a la barbilla -. Para el chamán, la experiencia bajo la droga es una realidad no ordinaria. Preguntar si “ocurrió de verdad” desde nuestro marco racional es irrelevante. La vivencia es el dato.
Laia soltó una risa seca.
  • ¿En serio le estás comprando el discurso místico?
  • No es misticismo, es fenomenología - replicó Nico con calma -. Si alguien se comporta, percibe y reacciona como un animal, desde el punto de vista neurobiológico está activando circuitos cerebrales ancestrales. No necesitas cola, ni ladrar, para ser un perro - Miró directamente a Gabi - Y si tú y Sofi estáis experimentando lo mismo, no es una sugestión, ni tan siquiera un trastorno psicológico. Es sistémico. La Mycena está modulando el eje neuroendocrino completo: testosterona, adrenalina, quizá también oxitocina. Por eso el vínculo entre vosotros se intensifica al mismo tiempo que aumenta la agresividad hacia el exterior. Protección y ataque son dos caras del mismo circuito.
Gabi sostuvo la mirada.
  • Entonces… no es que esté perdiendo el control.
  • No realmente - respondió Nico con frialdad clínica -. Es tu cerebro quien está priorizando otros circuitos. Los más antiguos. Y si no sabemos hasta dónde puede llegar esa priorización, estamos jugando con algo que puede desbordarse.
Laia bajó la vista hacia el polvo azul suspendido en uno de los viales. Bajo la luz del laboratorio ya no parecía hermoso. Parecía inestable, peligroso. Gabi, en cambio, esbozó una sonrisa. No era amable. Tampoco desafiante. Era segura.
  • Sinceramente… yo me siento mejor que nunca.
Eso fue lo que inquietó de verdad a Nico. No había culpa en su voz. Ni temor. Solo convicción.
  • Después de lo que pasó en el hospital con la madre de Laia… - Nico paró de hablar, recordando la escena - Cada vez es más evidente que el laboratorio se nos queda pequeño - dijo sin apartar los ojos de él -. Si queremos entender qué estamos tocando, necesitamos contexto. Origen. Tradición - Hizo una pausa mínima - Tenemos que ir a Cusco, como propusiste y encontrar a uno de esos sabios. Es la única forma de obtener respuestas antes de que esto deje de ser un experimento… y se convierta en otra cosa mucho peor.
A Laia se la notaba distinta. Ya no discutía. Ya no ironizaba. Tenía la mirada clavada en un punto indefinido del laboratorio, como si estuviera viendo algo que los demás no podían percibir.
  • Nico… - murmuró, y un escalofrío le recorrió la espalda -. ¿Y mi madre? ¿También…?
La pregunta quedó suspendida, incompleta, frágil. Antes de que pudiera terminarla, Nico acortó la distancia entre ambos. La tomó por los hombros con firmeza, no con brusquedad, sino con esa intensidad que se usa cuando alguien está a punto de asomarse demasiado al abismo.
  • No te preocupes por ella - la obligó, suavemente, a mirarlo a los ojos - Lena y yo estamos analizando cada muestra de sangre que nos traes. Todas. Y no hemos detectado nada anómalo. Ningún marcador alterado, ningún pico hormonal fuera de rango, ninguna respuesta inflamatoria que nos haga sospechar algo extraño.
Laia tragó saliva.
  • Pero dijiste que la Mycena era inestable…
  • Lo es - admitió él sin rodeos -. Pero, según tú misma, se encuentra bien. ¿Está bien, verdad?
  • Sí… está… normal. Come, duerme… incluso está de mejor humor. Pero ¿y si…?
Nico negó con la cabeza, acercándose un poco más.
  • De nada sirve anticipar catástrofes que no existen. Eso solo te paraliza. Ahora mismo no hay evidencia de que le esté ocurriendo nada. Y nosotros estamos vigilando.
Le besó la frente, un gesto breve pero cargado de intención, y luego la envolvió en un abrazo firme.
  • Confía en los datos. Si está bien, seguirá bien. Y si en algún momento algo cambia, aunque sea mínimo, estaremos aquí y reaccionaremos al instante. No estás sola en esto, ¿de acuerdo?
Laia cerró los ojos un segundo, dejando que la tensión se deshiciera apenas un poco entre los brazos de él.
  • Gracias… - susurró, aferrándose a esa certeza provisional como quien se agarra a la última tabla en mitad del mar.
Gabi, sonriendo de oreja a oreja, levantó ambos dedos pulgares; con esa típica cara de estúpido adolescente que a veces ponemos los hombres. Nico sin poder evitar esbozar una sonrisa, apretó con más fuerza a Laia contra su pecho. Pero de repente todo se rompió. La puerta del laboratorio se abrió con un golpe seco que rebotó contra las paredes blancas como un disparo. Todos se giraron a la vez. Gustavo irrumpió con los ojos desorbitados y el pecho subiendo y bajando a un ritmo indecente.
  • ¡Chicos, rápido! ¡Recogedlo todo!
La tranquilidad duró apenas un segundo.
  • ¿Qué sucede? - preguntó Gabi, ya con el estómago encogido.
  • Steven Seagal… viene para aquí. ¡Rápido!
El efecto fue inmediato. El laboratorio dejó de ser un espacio de trabajo y se convirtió en una escena del crimen. Papeles volando dentro de carpetas, placas Petri desapareciendo en cajones, viales azul eléctrico escondidos en cajas etiquetadas como “reactivos estándar”. La “Azulita” se evaporaba del escenario como si nunca hubiera existido. Las manos temblaban. La torpeza se mezclaba con la prisa. El polvo azul que siempre brillaba con arrogancia ahora parecía delatarles.

No parecía un centro de investigación impoluto y metódico. Parecía Chicago en plena Ley Seca, segundos antes de que la policía irrumpiera en una licorería clandestina. Manos nerviosas, cristales tintineando, cajones que se abrían y se cerraban con torpeza. En la mente de Gabi apareció una imagen absurda: un tipo enorme avanzando por el pasillo con una coleta rígida balanceándose como un péndulo de sentencia. Paso lento. Mirada fría. Música de película mala de acción.
  • ¿Quién coño es Steven Seagal? - preguntó mientras metía viales en una caja de guantes de látex.
  • El le los intocables, chaval - Gustavo ni siquiera lo miró - Es como llamamos al hijo del jefe. ¡Date prisa, hostia!
  • ¿Y por qué cojones ha bajado a los laboratorios? - preguntó Laia, con la voz más aguda de lo habitual.
  • Yo qué sé, morena, ¿crees que me he parado a hacerle una entrevista? - respondió Gustavo, cerrando de golpe un armario.
Se escucharon pasos en el pasillo. Firmes, medidos. No corrían. No hace falta correr cuando eres el hijo del jefe supremo. ¿Acaso correría Joffrey Baratheon de Juego de Tronos? ¿O Cómodo, hijo de Marco Aurelio, en Gladiator? ¿O Kylo Ren cruzando los pasillos de una nave imperial? ¡No! Los que han nacido creyendo que el mundo ya les pertenece, no corren. No se apresuran quienes jamás han tenido que demostrar nada, porque su apellido, su sangre o su linaje hablan antes que ellos. Joffrey no corría: hacía que otros corrieran por él. Cómodo no corría: esperaba que el imperio se inclinara a su paso. Kylo Ren no corría: avanzaba, lento, dejando que el miedo llegara antes que su sombra. Correr es cosa de quien teme perder. Y los hijos del poder, cuando aún no han caído, caminan convencidos de que nada puede arrebatarles el trono.

Gabi agarró el último vial de “Azulita”, lo miró un segundo - demasiado azul para ser legal, demasiado potente para ser inocente - y, casi sin pensarlo, lo deslizó dentro del bolsillo de su pantalón. Un acto reflejo. Instinto puro. Gustavo lo vio. No dijo nada. Pero lo vio.
  • Que nadie diga una palabra de más - murmuró Nico sin levantar la voz -. Y actuad como si fuera un puto día normal…
El laboratorio quedó suspendido en un silencio artificial. Ordenado en exceso. Demasiado limpio. Demasiado correcto. Laia y Nico se sentaron en sus puestos, inclinados sobre informes y gráficos, fingiendo trabajar en aquella nueva viagra que, supuestamente, iba a revolucionar el mercado farmacéutico. Movían el ratón. Tecleaban. Pasaban páginas. Teatro científico. Al fondo, Gustavo y Gabi limpiaban superficies de acero inoxidable, cada uno en una esquina distinta, como si jamás hubieran cruzado una palabra en su vida. Como si no compartieran secretos. Como si no hubiera polvo azul escondido en cajones y bolsillos. Los pasos se detuvieron frente a la puerta. Y entonces se abrió. No de golpe. Lentamente. La sombra se proyectó bajo el umbral antes que el cuerpo.
  • Buenos días…
Todos respondieron al unísono: “Buenos días”. Gabi alzó la cabeza con disimulo y lo reconoció al instante. Era Jürgen, el de recursos humanos. El joven impecable del traje ajustado. El que le había hecho la entrevista. El que lo llamó “rata” con una sonrisa quirúrgica. El que, sin saberlo, lo había acabado por convertir en una especie de hombre lobo poseído. No llevaba coleta como Seagal. No era un actor de películas de acción. Era peor. Era real. Los ojos de Jürgen recorrieron la sala con una calma insoportable. No buscaban nada concreto, era como si lo vieran todo. Se detuvieron una fracción de segundo más sobre Gabi. Reconocimiento y algo más. Como si estuviera comprobando si ocultaba algo.
  • Hombre, Gabriel - dijo sonriente -. Me alegro de verte.
  • Hola, Jürgen. Lo mismo digo.
Se acercó un par de pasos, aunque mantuvo una distancia prudencial, calculada.
  • ¿Te estás adaptando bien al trabajo? ¿Estás contento?
  • Sí, mucho - asintió él, forzando una sonrisa -. El trabajo me gusta, el horario es ideal y los compañeros son muy simpáticos y amables. Y, ya que no tuve oportunidad antes, me gustaría agradecerte la oportunidad…
  • No hay nada que agradecer - dijo alzando una mano - Aquí no ofrecemos caridad, sino trabajo. Y si tu supervisor no se ha quejado de ti es porque lo estás haciendo bien.
Gabi volvió a asentir, manteniendo la sonrisa mientras regresaba a su tarea. Intentando disimular el cosquilleo nervioso que le recorría el cuerpo de arriba abajo.
  • No hay quejas, ¿verdad, Gustavo?
  • Ni una sola, jefe - respondió él con sequedad.
  • Ya me lo imaginaba…
Jürgen se giró entonces hacia Laia y Nico, que seguían interpretando el papel de sus vidas. Si los Óscar hubieran estado cerca, probablemente se habrían llevado el premio a actor revelación.
  • ¿Y qué hay de mi equipo de investigación favorito?
No formuló la pregunta en voz alta. Ni siquiera especialmente dura. Pero cayó en el laboratorio como una pesa de acero. Nico levantó la vista con la calma medida de quien lleva años defendiendo presupuestos frente a comités hostiles. Ni demasiado rápido. Ni demasiado lento.
  • Avanzando según lo previsto - respondió con neutralidad quirúrgica -. Estamos afinando la nueva formulación.
Laia ni siquiera lo miró. Ajustó el enfoque del microscopio como si el destino del mundo dependiera de aquella lente. Jürgen dio un par de pasos más. No tocó nada. No hacía falta. Su presencia ya era una inspección en sí misma.
  • He leído el último informe - comentó mientras observaba las placas perfectamente alineadas -. Interesante enfoque el de la modulación vascular sin alterar parámetros sistémicos. Ambicioso.
  • Innovador - añadió Laia, sin levantar la cabeza.
  • Eso espero. Mi padre no invierte en proyectos… convencionales.
Gustavo siguió pasando la mopa con movimientos mecánicos, demasiado concentrado en una esquina que ya brillaba como el suelo del Taj Mahal. Gabi, a unos metros, sentía el vial en el bolsillo como si pesara un kilo. Azul. Vivo. Presente. Jürgen se detuvo frente a la mesa central. Observó los viales etiquetados, los tubos ordenados, el exceso de limpieza.
  • ¿Algún contratiempo? - preguntó con una sonrisa casi amable.
  • Ninguno - respondió Nico sin vacilar -. Solo estamos siendo meticulosos.
  • La meticulosidad es una virtud… pero necesitamos resultados Nicolás.
  • Lo sabemos Jürgen, intentamos ir lo más rápido que podemos.
Un segundo de silencio. Jürgen clavó la mirada en Nico y luego en Laia.
  • Bien - concluyó finalmente -. Me alegra ver compromiso. Seguid así.
Se dio la vuelta con la misma cadencia con la que había entrado. Paso firme. Espalda recta. Sin prisa. Cuando la puerta volvió a abrirse, el aire tardó unos segundos en regresar a los pulmones de todos. Gabi tragó saliva. El vial seguía en su bolsillo. Y por primera vez desde que lo había guardado, tuvo la incómoda sensación de que alguien sabía exactamente dónde estaba.
  • Casi se me olvida - dijo de repente Jürgen detenido en el umbral.
Como si una corriente eléctrica recorriera sus cuerpos, todos sintieron de nuevo la tensión. Los nervios se tensaron, los músculos se agarrotaron, y los ojos se fijaron en la espalda recta de Jürgen, imponente, imperturbable.
  • Nicolás, necesito que me acompañes… tengo que hablar contigo.
Nico asintió, silencioso, sin levantar la voz. Sus compañeros lo observaron mientras se ponía en pie y comenzaba a andar. Cada paso que daba parecía un martillo resonando en la habitación, cada movimiento medido, casi ritual, como un condenado a muerte recorriendo la milla verde. La sensación de seguridad que habían creído tener se desvaneció de golpe; el aire se cargó de incertidumbre y presagio. Cuando la puerta del laboratorio se cerró tras ellos, un silencio pesado quedó suspendido. Solo los susurros quebraban la insoportable quietud.
  • ¿Qué está pasando?
  • ¿De qué quiere hablar?
  • ¿Deberíamos…?
El corrillo de preguntas quedó flotando, sin respuesta, mientras la luz fluorescente parpadeante del laboratorio parecía más fría que nunca. Lo que hasta hacía unos segundos parecía un día normal, ahora se había convertido en un giro inesperado, en un instante que prometía secretos, riesgos y revelaciones que nadie había anticipado.

Nico siguió a Jürgen en completo silencio, cada paso marcado por la tensión contenida. Salieron del sótano, dejando atrás los laboratorios, y avanzaron por los pasillos hasta la recepción, donde el ambiente era el de siempre: caótico y lleno de gente andando de un lado a otro. Nadie los interrumpió, no obstante; nadie osó preguntar nada. El silencio entre ellos era absoluto, apenas roto por el eco de sus pasos sobre el suelo pulido. Subieron al ascensor, y Jürgen pulsó la planta 32 con una calma casi despreocupada. La luz tenue del interior resaltaba su sonrisa ligera, esa que no dejaba ver nervios ni urgencias. Se recostó un poco contra la pared metálica, las manos en los bolsillos, proyectando una sensación de control absoluto. Nico lo observó discretamente, evaluando cada gesto. No lo conocía demasiado, pero sabía lo suficiente: era el hijo del jefe, parte de la delegación de Madrid, y estaba ahí para aprender cómo se gestionaba una empresa antes de heredarla. Su padre, estricto y metódico, lo había puesto en recursos humanos con la idea de que manejar personas era la mejor escuela para dirigir un negocio.

Los rumores corrían en voz baja: algunos decían que era un capricho del padre, otros que Jürgen era un joven prometedor y correcto. Por lo que Nico había podido comprobar en las pocas conversaciones que habían tenido, la imagen se inclinaba hacia la segunda opción. Jürgen era educado, atento, incluso cercano; se aprendía los nombres de todos los empleados y recordaba detalles de sus vidas, pequeños gestos que demostraban respeto y consideración.

A medida que el ascensor ascendía, el silencio se hacía más pesado, más cargado de expectativas. Cada planta recorrida era un recordatorio de que estaban entrando en un terreno distinto, en un espacio donde el tiempo y la rutina se medían de otra manera, y donde lo que Nico estaba a punto de vivir cambiaría para siempre la percepción que tenía de aquel hombre, de su propia vida y del futuro que había imaginado. La calma de Jürgen contrastaba con la alerta silenciosa de Nico; uno parecía dueño de todo, el otro una rata de laboratorio, nacida para ser sometida a experimentos. La puerta del ascensor se abrió finalmente en la planta 32, y ambos salieron, la tensión contenida en cada músculo, pero con la certeza de que nada volvería a ser igual.
  • Siéntate, por favor - dijo Jürgen con un gesto de mano mientras cerraba la puerta tras él.
Nico obedeció, tenso y nervioso. No era la primera vez que se encontraba en un despacho como aquel. Ya llevaba dos amonestaciones, y por un instante sintió que estaba a punto de recibir la tercera y última advertencia. ¿El motivo? No lo sabía. Solo presentía que nada bueno iba a ocurrir allí. Un miedo irracional a los despachos lo paralizaba, lo anulaba. Jürgen se acomodó en su silla con absoluta tranquilidad, se acercó a la mesa y empezó a teclear en su ordenador.
  • Verás, Nicolás - dijo sin mirarlo directamente -, no me gusta nada hacerte pasar por esto, pues creo que es injusto. Has demostrado ser un trabajador excepcional. Sé que tienes un par de amonestaciones en tu expediente, pero sinceramente, no es nada importante. Lo que valoramos de ti en Müller & Suter Biotech es tu capacidad de investigación y la buena labor científica que estás aportando a la empresa…
  • Gra… gracias - balbuceó Nico, visiblemente nervioso.
  • Pero… - continuó Jürgen, sin apartar la mirada de la pantalla.
“Siempre el maldito ‘pero’”, pensó Nico.
  • Necesito que seas sincero…
Jürgen giró la pantalla del ordenador y se la mostró, clavando la mira en él.
  • Esta persona que se ve en la imagen… ¿eres tú?
El golpe fue directo. Un puñetazo limpio en la sien. Nico cayó a la lona. K.O. técnico. No hizo falta que lo negara - aunque lo hiciera después con convicción desesperada -; su rostro había hablado antes que su boca, y Jürgen lo había leído al instante. A partir de ese momento daba igual cualquier palabra: aquella persona era él. Una frustración viscosa le subió por el estómago. Se insultó en silencio: “Idiota”. Había revisado todas y cada una de las cámaras de seguridad - no solo las del laboratorio de Lena, sino las de toda la central en Suiza -. Había actuado con precisión quirúrgica, con cálculo frío, ejecutando un plan casi perfecto. Pero se dejó una. Una sola. Ese maldito uno por ciento de error que siempre existe y que basta para que todo se desmorone. La imagen era granulada, pobre, su rostro apenas distinguible tras la mascarilla. Sin embargo, la evidencia era inequívoca: el cabello, las gafas, la silueta reconocible, esa ligera barriga de científico sedentario alimentado a base de patatas fritas y noches interminables frente al ordenador. No hacía falta más.
  • ¿Sabes de dónde es esta imagen? - preguntó Jürgen, clavando en él una mirada sin parpadeos.
Nico no respondió. Estaba paralizado. Como si un pulpo de anillos azules le hubiera inoculado tetrodotoxina: consciente, pero incapaz de mover un músculo. El cerebro funcionando a toda velocidad; el cuerpo, inutilizado.
  • ¿Puedo saber qué hacías en la central de Suiza? - insistió Jürgen, con la misma calma -. Es más… ¿puedes explicarme por qué robaste un ejemplar de Mycena Neonfaucis?
Silencio absoluto. Nico se sintió como un cervatillo recién nacido rodeado por una manada de lobos. Como un nerd adolescente acorralado por los matones del instituto. Como un fugitivo con las luces del FBI reflejándose en los cristales de su casa a las afueras del poblado. No sabía qué decir. No sabía qué hacer. El temblor le recorría el cuerpo de arriba abajo, incontrolable, traicionero. Intentó respirar con normalidad, pero el aire entraba a trompicones. Levantó la vista y se encontró con la mirada fija de Jürgen, limpia, penetrante, analítica. No había rabia en ella. Tampoco decepción. Solo cálculo. Eso fue lo que más miedo le dio.
  • Si no hablas, será peor, Nicolás. Creo que eres perfectamente consciente de los protocolos de seguridad que tenemos en Müller & Suter Biotech. Un robo no sería solo una mancha en tu expediente. Podría llevarte a la cárcel.
Las palabras no fueron pronunciadas con dureza, sino con una serenidad quirúrgica que dolía más.
  • Yo… yo no… - Nico apenas conseguía enlazar dos sílabas sin que se le quebrara la voz.
  • Es evidente que estás metido en un problema - continuó Jürgen -. Te recomiendo que colabores con la empresa y seas sincero en tu declaración. Valoramos tu trabajo. Queremos que sigas con nosotros. Pero para eso necesito la verdad.
El silencio se espesó, Nico sacó fuerzas de donde no las había, haciendo acopio de valor.
  • Debe de haber algún tipo… - tragó saliva, forzándose a sostener la mirada - algún tipo de error. Reconozco que el hombre del vídeo se parece a mí, pero no puede ser… Jamás robaría nada a la empresa. Jamás.
La mentira cayó al suelo como un vaso de cristal: frágil, ruidosa, imposible de recomponer. Jürgen se recostó lentamente en su silla. Cruzó los brazos sobre el pecho. Las gafas impolutas. La americana sin una arruga. Durante unos segundos que parecieron dilatarse hasta lo insoportable, sus miradas quedaron suspendidas en el aire. Después negó con la cabeza.
  • Me decepcionas, Nicolás. Sinceramente… Sabemos que fuiste tú. Sabemos que el coche de Gabriel estuvo en Bremgarten aquel sábado. Sabemos que la doctora Baumgartner viajó a Madrid y que colabora con vosotros… Pero está bien. Si prefieres seguir por el camino equivocado, no me dejas alternativa.
No alzó la voz. No hizo falta. Pulsó un botón en el teléfono fijo. El clic sonó como el disparo de salida de una ejecución. Nico siguió el movimiento de su dedo, hipnotizado. Supo exactamente qué venía ahora: seguridad, esposas, comisaría, interrogatorios, cárcel. Se sintió atrapado antes de que nadie lo tocara. La habitación se volvió más pequeña. El aire más denso. No había salida alguna. Solo una decisión: huir. Solo una dirección posible: hacia adelante. Y corrió.

La silla cayó hacia atrás con un estruendo seco. La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared. Nico salió al pasillo con el corazón desbocado, los pasos torpes al principio y luego frenéticos. Los fluorescentes parpadeaban sobre su cabeza como luces de alarma. Escuchó voces a su espalda, pasos apresurados, un grito que no distinguió. Ya no pensaba. Solo huía.

La huida era su única confesión. Bajaba las escaleras de dos en dos, con la respiración desgarrándole el pecho. Treinta y una plantas lo separaban de la calle, y estaba dispuesto a pulverizar cualquier récord con tal de alcanzarla. Sacó el teléfono con manos temblorosas y marcó.
  • Nico… - respondió Laia al otro lado, ya alarmada.
  • ¡Nos han descubierto!. !Recogedlo todo!. !Ahora!.
  • ¡¿Qué está pasando?!
  • ¡No hay tiempo, Laia!. ¡Llévatelo todo!. !Que no quede nada: ni muestras, ni setas, ni un solo papel con anotaciones!.
  • ¡¿Pero qué cojones pasa, Nico?!
  • ¡Lo saben, joder!. ¡Lo saben todo!.
Al otro lado se hizo un silencio denso. Nico descendió un tramo completo sin apenas tocar los escalones, el eco de sus pasos rebotando en la caja de hormigón como disparos a bocajarro.
  • Está bien… - dijo ella al fin -. ¡Nos vemos atrás, en la salida de emergencias que da al callejón!
Colgó sin despedirse. No había tiempo para eso. Siguió bajando, el corazón golpeándole las sienes, mezclándose con los gritos lejanos y el estrépito de pasos que lo perseguían desde arriba. El sudor le empapaba la camiseta. El aire le sabía a metal. Cuando por fin alcanzó la planta baja, empujó la puerta con violencia. La recepción, amplia y luminosa, lo recibió como una trampa perfectamente iluminada.
  • ¡Detente, chico. No lo pongas más difícil!
Dos guardias de seguridad le bloqueaban el paso. Demasiado anchos. Demasiado firmes. Un muro de carne y uniforme. Por puro instinto, Nico giró sobre sí mismo, buscando una rendija, una grieta por la que colarse. Pero la retaguardia también estaba cerrándose. Los pasos y las voces se acercaban, cada vez más nítidos, cada vez más inevitables. Quedó en el centro del vestíbulo, atrapado entre dos frentes, el pecho subiendo y bajando como si intentara escapar por sí solo. La jaula acababa de cerrarse.
  • ¡Correeeee, chavaaaaal!
El grito animal atravesó la recepción como un trueno en mitad de un cielo despejado. Gustavo irrumpió desde un lateral y embistió a los dos guardias sin frenar, un toro de Miura con la mirada desencajada y la mandíbula apretada. El impacto fue seco, brutal. Los cuerpos chocaron, se desestabilizaron, cayeron al suelo enredados en un caos de brazos y piernas. Durante una fracción de segundo, todo quedó suspendido: el murmullo de las voces, las teclas de la recepción, el zumbido del aire acondicionado. El mundo contuvo la respiración. Todas las miradas se clavaron en el epicentro del desastre.

Laia apareció como una exhalación. Se deslizó hasta Nico, le pasó el brazo por debajo de la axila y tiró de él con una fuerza que no parecía suya. Gabi llegó un latido después, lanzándose sobre el amasijo de cuerpos para ayudar a Gustavo. Lo que siguió no fue una pelea elegante, sino una reyerta sucia y desesperada: rodillazos, puntapiés, insultos escupidos entre dientes, puños lanzados sin técnica pero con rabia. Gustavo forcejeaba en el suelo como un luchador grecorromano poseído. Gabi era pura violencia, los ojos inyectados en sangre, una rabia casi punk, anárquica, sin cálculo. Uno de los guardias intentó incorporarse; Gabi lo empujó de nuevo contra el mármol. Otro logró zafarse un segundo, pero Gustavo lo sujetó por la chaqueta y lo arrastró con él en la caída.
  • ¡Vamoooos! - gritó Laia desde la puerta lateral.
Gabi tiró de Gustavo por el hombro.
  • ¡Arriba, joder! ¡Hay que largarse!
Gustavo rodó, soltó al guardia y se dejó levantar. Respiraba como un animal herido, pero seguía en pie. Gabi lo sostuvo un instante, y los dos echaron a correr hacia la salida de emergencia. La puerta metálica se abrió de golpe y el aire caliente del callejón les golpeó la cara. Olía a humedad, a basura y a gasolina vieja. La puerta se cerró tras ellos con un estampido. No se detuvieron.

Gabi y Gustavo se abalanzaron sobre un contenedor de basura verde, oxidado en las esquinas. Con un esfuerzo conjunto lo arrastraron chirriando sobre el asfalto hasta bloquear la salida. Desde el interior empezaron los golpes. Puñetazos contra el metal. Gritos ahogados. Órdenes. El contenedor vibraba con cada impacto. A lo lejos, en algún punto indeterminado de la ciudad, comenzaron a oírse sirenas. Primero una. Luego otra. Un lamento creciente que se expandía por las calles como una mancha. Nadie dijo nada. Se miraron apenas un segundo, el tiempo justo para comprobar que seguían vivos. Luego, sin mirar atrás, echaron a correr por el callejón y desaparecieron entre las sombras, dejando tras de sí los golpes, las sirenas, la empresa y una vida que ya nunca volvería a ser la misma.

En lo alto del edificio, en la planta treinta y dos, el despacho permanecía en silencio. La ciudad se extendía al otro lado de los ventanales como un tablero de ajedrez iluminado. Coches diminutos, sirenas lejanas, vidas insignificantes. Desde allí arriba, todo parecía manejable. Controlable. Jürgen permanecía de pie, inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda. La mandíbula firme. La postura recta. No había rastro de la sonrisa amable del responsable de recursos humanos. Ahora su silueta recordaba a la de un señor feudal en lo alto del torreón de su castillo, observando cómo unos traidores escapaban por el bosque. Habían huido. Había fallado. Pero solo en el movimiento inmediato. No en el fondo de la partida. Se acercó a la mesa sin prisa. Tomó el teléfono fijo. Marcó un número que sabía de memoria. No dudó ni un segundo. La llamada fue breve. Una sola señal al otro lado y la voz grave respondió.
  • Dime…
No hubo saludos. No hubo afecto.
  • Han escapado - dijo Jürgen, seco -. Confirmado, son ellos.
Un silencio breve. Pesado. Al otro lado de la línea estaba el hombre que le había dado la vida, el apellido, el imperio. El que lo había enviado a la delegación de Madrid para que aprendiera disciplina antes de heredar el trono empresarial. El que no toleraba errores, pero sí estrategias a largo plazo.
  • ¿Qué han descubierto? - preguntó el rey.
  • Aún no lo sabemos - respondió el príncipe - Pero temo que sea lo suficiente como para ponerlo todo en riesgo.
Otro silencio.
  • Entonces ya sabes lo que debes hacer…
  • Sí, padre - Jürgen apretó la mandíbula.
Nada de policías. Nada de denuncias. Nada de hacerlo público. Müller & Suter Biotech no ventilaba sus secretos en tribunales. No exponía sus cartas ante jueces ni periodistas. La empresa había crecido durante décadas en la frontera entre la innovación y la toxicidad, entre el progreso y el veneno. Sabían cómo operar en la sombra. Sabían cómo hacer desaparecer problemas.
  • Cazadlos - ordenó su padre al otro lado, sin emoción -. Recuperad el activo. Y destruid cualquier rastro.
“Activo”, así llamaban ahora a la Mycena Neonfaucis.
No era una seta. No era ciencia. Era poder.

Jürgen colgó. Se acercó al ventanal y apoyó las manos en el cristal frío. Müller & Suter siempre había trabajado con compuestos que otros evitaban. Derivados, microdosificaciones, aplicaciones farmacológicas que bordeaban lo letal y lo legal. Como el arsénico que en pequeñas cantidades podía ser medicina; en las adecuadas, un veneno invisible; en manos expertas, un arma silenciosa. Lo llamaban “el rey de los venenos”. Y como todo rey, tenía enemigos.

Nico y los suyos habían dejado de ser empleados. Habían cruzado la línea. Habían tocado algo que no les pertenecía. Si realmente habían comprendido el potencial de la “Azulita", si habían conectado las piezas entre la neurotoxicidad, la inhibición de los frenos sociales y las aplicaciones militares… entonces no eran solo traidores. Eran un riesgo estratégico.

Y los riesgos estratégicos no se denuncian.
Se neutralizan.

Jürgen enderezó la espalda. La expresión de siempre volvió a su rostro: calma, educado, impecable. El hijo perfecto. El heredero disciplinado. Había perdido una escaramuza aquel día, una batalla. Pero la guerra - oscura, silenciosa, sin jueces ni tribunales - apenas acababa de empezar. Y Müller & Suter llevaba generaciones perfeccionando el arte de envenenar al enemigo sin que este siquiera notara el sabor.

Como el Arsénico, siendo el espejo del impostor y el veneno que se graba en la memoria del tiempo. Esta historia continuará…
 
Bueno, bueno, bueeerno.
Esto ya si que se complica del todo y no me lo vi venir.
Es decir que el gran capo de la Empresa conoce el efecto de la Azulita y evidentemente lo quiere para utilizarla para la maldad y no para cosas buenas.
Está claro porque y de quien huyen y me tranquiliza saber de antemano que salen bien de esta situación e incluso que los 4 actualmente son parejas y viven felices.
Pero hasta entonces les queda pasar por un sufrimiento tremendo.
Solo espero que salgan todos ilesos, incluidos Gustavo que ya no me cae mal. Hoy ha demostrado ser un gran tipo.
 
Bueno, bueno, bueeerno.
Esto ya si que se complica del todo y no me lo vi venir.
Es decir que el gran capo de la Empresa conoce el efecto de la Azulita y evidentemente lo quiere para utilizarla para la maldad y no para cosas buenas.
Está claro porque y de quien huyen y me tranquiliza saber de antemano que salen bien de esta situación e incluso que los 4 actualmente son parejas y viven felices.
Pero hasta entonces les queda pasar por un sufrimiento tremendo.
Solo espero que salgan todos ilesos, incluidos Gustavo que ya no me cae mal. Hoy ha demostrado ser un gran tipo.
Vamos ese Gustavo grande, jajajajaja.
Casi 40 capítulos para que la acción de verdad empiece, no está nada mal :ROFLMAO:
Ahora se viene la locura, por fin.
Ya siento la guerra, la sangre, la batalla...
Ya me tiembla la mano, necesito matar a alguien, jajajajaja
 
Vamos ese Gustavo grande, jajajajaja.
Casi 40 capítulos para que la acción de verdad empiece, no está nada mal :ROFLMAO:
Ahora se viene la locura, por fin.
Ya siento la guerra, la sangre, la batalla...
Ya me tiembla la mano, necesito matar a alguien, jajajajaja
Espero que está vez no te cargues a nadie de los importantes.
Está claro que Raquel, Sofi, Gabi, Laia y Nico van a sobrevivir y viven juntos, pero desde este capítulo no quiero que muera Gustavo y espero que a Lena no le pase nada.
 
Ahora comienza lo bueno. Está claro que en Müller & Suter conocen el poder de la azulita, pero entonces la Dra. Lena Baumgartner debería saberlo también, lo que me lleva a preguntarme, si lo sabía, porqué no compartió ese conocimiento con Nico??
A Gustavo le pongo en cuarentena.
 
Capítulo 34. Selenio - El (Se)ndero del Caos

El Selenio ocupa el trigésimo cuarto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del selenio con el concepto caos - entendido como ese camino incierto, peligroso y desprovisto de garantías que uno debe transitar porque todas las demás rutas se han cerrado -, obtenemos el retrato de una conductividad forzada por la luz. El selenio es el elemento de la supervivencia fotovoltaica: un material que en la oscuridad se resiste a avanzar, pero que bajo la luz del conflicto se convierte en el puente necesario para cruzar el abismo.

El Sendero del Caos según el Selenio: La Luz en la Incertidumbre

1. El Conductor por Necesidad (Fotoconductividad)

El selenio tiene una propiedad extraña: su resistencia eléctrica disminuye drásticamente cuando se ilumina. En la sombra es un aislante, pero ante la luz se vuelve un conductor. El Sendero del Caos es una ruta que solo se activa cuando el incendio del mundo nos obliga a mirar. Mientras estamos en la "oscuridad" de la comodidad, ese camino parece intransitable, una pared. Pero cuando la luz de la necesidad nos golpea, el selenio de nuestra voluntad se activa. El caos deja de ser un muro para convertirse en un conductor; el camino no ofrece seguridad, pero la propia intensidad del desastre lo vuelve la única vía transitable.

2. El Ojo de la Luna (Etimología y Visión)
Su nombre proviene de Selene (la Luna). Como el satélite, el selenio no tiene luz propia, sino que reacciona a la luz ajena en mitad de la noche. Transitar el caos es caminar bajo la luz de la luna: un paisaje de sombras largas y verdades a medias. El selenio representa al viajero que no tiene certezas absolutas, pero que posee la sensibilidad suficiente para detectar el mínimo reflejo de oportunidad en la penumbra. El Sendero del Caos no es para los que buscan el sol, sino para los que saben navegar con el brillo de lo que otros consideran oscuridad.

3. El Rectificador de la Corriente (Conversión de Energía)
Históricamente, el selenio se usó en los rectores para convertir la corriente alterna (caótica y bidireccional) en corriente continua (unidireccional). El caos es una tormenta de fuerzas que golpean en todas direcciones. Tomar este sendero es actuar como un rectificador de selenio: recibir el impacto desordenado del mundo y obligarlo a fluir en una sola dirección. La salvación no está en que el caos se detenga, sino en tu capacidad de convertir esa energía errática en un avance lineal. El sendero te obliga a decidir hacia dónde vas, precisamente porque no hay barandillas que te guíen.

4. La Paradoja de la Salud (Dosis de Vida y Muerte)
El selenio es un micronutriente esencial para la vida, fundamental para el sistema inmunitario, pero en cantidades solo ligeramente superiores es mortalmente tóxico. El Sendero del Caos es una medicina peligrosa. Si te quedas demasiado tiempo en él, te envenena; si no lo tomas cuando tu destino lo reclama, tu espíritu se debilita y muere. Es la dosis exacta de peligro la que te hace crecer. El camino no es cómodo porque es un veneno que te está curando de la complacencia, recordándote que la supervivencia es un equilibrio precario entre el riesgo y la parálisis.

5. El Cristal de la Transformación (Alotropía)
El selenio puede presentarse como un polvo rojo amorfo o como un cristal gris metálico. Cambia de forma según el calor y la presión a la que es sometido. Nadie termina el Sendero del Caos siendo la misma persona que empezó. Como el selenio, la presión del viaje transforma tu estructura. Entras como un "polvo rojo" disperso y frágil, y sales como un "metal gris" endurecido y conductor. El sendero se debe coger porque es el único horno disponible para cristalizar tu verdadera identidad en un mundo que se desmorona.

Conclusión: El Sendero del Caos, visto a través del selenio, es la geometría de la reacción vital. Es el reconocimiento de que la luz del peligro es la que activa nuestra capacidad de avanzar cuando todo lo demás falla. Caminar bajo el símbolo del selenio, significa aceptar que la seguridad es una ilusión de la sombra y que solo en la exposición al caos encontramos la conductividad necesaria para llegar a nuestro destino final.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Se refugiaron en el único lugar que creían seguro, en el Búnker.

Era lunes. Apenas habían pasado unas horas desde que el sol salió como cualquier otro día, iluminando oficinas, cafeterías y paradas de tranvía donde la gente seguía viviendo dentro de su rutina intacta. Pero allí abajo no existía el calendario. Allí abajo el tiempo tenía otro pulso.

Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo sabían.
Todo había terminado.

El silencio no era incómodo; era denso. Como si el aire tuviera peso. Como si cada uno estuviera escuchando el eco de algo que se había roto para siempre: contratos, horarios, nóminas, credenciales, protocolos, futuros previsibles. La palabra “mañana” ya no significaba lo mismo.

Habían cruzado una frontera invisible. No hubo aduanas ni sellos en el pasaporte. Solo una carrera, golpes, sirenas a lo lejos y una puerta de emergencia cerrándose a la espalda. Y, sin embargo, algo cambió en ese instante con la claridad brutal de un disparo. Habían dado el primer paso en un nuevo sendero.

El sendero del caos no es un camino que uno escoja con serenidad, como quien decide mudarse de ciudad o cambiar de trabajo. El sendero del caos no se elige: te empuja. Te arrastra cuando intentas mantenerte en pie. Te obliga a avanzar cuando retroceder ya no es una opción. Es un terreno inhóspito, sin señales, sin mapas, sin promesas de regreso. Allí no existen jornadas laborales ni reuniones de equipo. No hay fines de semana ni vacaciones aprobadas. No hay legalidad que te proteja ni reglamentos que te amparen. Solo decisiones urgentes, consecuencias irreversibles y la sensación constante de estar caminando sobre hielo fino.

Se acabaron los estudios como proyecto de futuro.
Se acabaron los trabajos como identidad.
Se acabaron las vidas normales como refugio.

Lo que quedaba era otra cosa.
Una versión más cruda de ellos mismos.

Gabi apoyado contra la pared, la mirada distinta, respirando hondo, como si por primera vez el miedo y la libertad compartieran el mismo latido. Laia con las manos entrelazadas, pensando demasiado rápido. Gustavo inquieto, eléctrico. Nico sentado, encorvado, consciente de que la ciencia había dejado de ser una carrera académica para convertirse en pólvora, en dinamita. Nadie lloraba. Nadie gritaba. Pero algo en sus ojos decía que lo habían entendido. El sendero del caos no promete gloria. No promete justicia. Ni siquiera promete supervivencia. Solo promete movimiento. Y una vez que pones el pie en él, el suelo detrás desaparece.

El lunes acababa de empezar.
Y, sin embargo, para ellos, el mundo que conocían ya era pasado.
  • Debemos pensar qué vamos a hacer, y rápido - dijo Laia sin mirar a nadie -. No podemos quedarnos quietos. Hay que actuar antes de que ellos actúen.
  • Creo que todos somos conscientes de eso - replicó Gabi -. Propongo que salgamos cuanto antes hacia Cusco. Cambiar de país nos daría ventaja, entorpecería su búsqueda. Incluso podríamos perderles la pista.
  • No hay dinero, chaval - masculló Gustavo -. A no ser que quieras secuestrar un avión a punta de pistola, no sé cómo coño vamos a viajar hasta Perú.
  • Podríamos… - Laia movía la rodilla como un martillo neumático -. Podríamos meternos en un barco. No uno turístico, uno comercial. Como polizones. No dejaríamos rastro.
  • No lo veo - intervino Gabi, más bajo -. Sería un viaje largo y estaríamos atrapados en mitad del mar. Si nos descubren… no habría salida posible.
  • ¿Y si nos ocultamos hasta que llegue el sábado? - propuso Nico -. Vamos a la Expo, le vendemos la “Azulita” a Sara Jay y…
  • No servirá de nada escondernos…
La voz de Lena cayó como una losa. La conversación se quebró al instante. Todos se giraron hacia ella. Había algo en su mirada - frío, determinado, irreversible - que les erizó la piel. Dejó un ejemplar joven de “Azulita” en el centro de la mesa redonda, se quitó los guantes de látex con parsimonia y se sentó junto a Laia. Apoyó el antebrazo sobre la madera desgastada y dejó que sus ojos se clavaran en el cultivo ilegal, que brillaba con su fulgor neón como una herida abierta en la penumbra.
  • Hubo un hombre, hace un par de años, en la delegación de Nápoles - dijo con calma - Se llamaba Vincenzo Sorrentino.
El nombre quedó suspendido en el aire, pesado.
  • Me suena ese nombre - murmuró Laia, frunciendo el ceño -. Pero no recuerdo de qué…
  • Te suena porqué fue un caso que alzó mucho revuelo. Y aunque la empresa se esforzó en que no saliera a la luz, no pudo evitarlo del todo - Lena esbozó una sonrisa ladeada, sin humor -. En redes se habló mucho de Vincenzo. Teorías conspiratorias, leyendas urbanas… Otro asesinato sin resolver… oficialmente.
El silencio se cerró alrededor de la mesa. Uno a uno, se fueron acercando y tomando asiento. Gabi arrastró una silla con un chirrido seco. Gustavo apoyó los antebrazos, inclinado hacia delante. Nico permaneció rígido, pero no apartó la mirada. Laia al lado de Gabi, su rodilla rozando la suya. Parecían una tribu alrededor de una hoguera invisible. Y en el centro, en lugar de fuego, ardía la “Azulita”. Lena los miró a todos, asegurándose de que nadie respirara demasiado fuerte.
  • Vincenzo también pensó que podía esconderse - dijo por fin -. También creyó que, si se movía rápido y borraba sus huellas, tendría ventaja… Of course, he was wrong...
Bajó la voz y entrelazó las manos sobre la mesa, como quien ordena piezas delicadas antes de tocarlas. Y entonces empezó a contar su historia.
Vincenzo Sorrentino no era ningún criminal. Era el menor de tres hermanos. Hijo de un mecánico y de una costurera del barrio de Ponticelli, en Nápoles. Creció entre paredes húmedas y facturas impagadas, pero con una cabeza que parecía funcionar a otra velocidad. Desde niño desmontaba radios para entender cómo respiraban por dentro. Con doce años ayudaba a su padre en el taller y por la noche resolvía problemas de química que ni sus profesores comprendían del todo. Sus padres lo vieron claro: aquel chico tenía una salida. Y apostaron todo a esa carta. Horas extra. Préstamos. Sacrificios que no se cuentan. Y, por supuesto, Vincenzo no desperdició su oportunidad.

Se licenció en Biología con matrícula. Era brillante, metódico, silencioso. Hizo las prácticas en Müller & Suter Biotech, en la delegación de Nápoles. Destacó desde el primer minuto. Tenía esa mezcla rara de intuición y disciplina que las grandes farmacéuticas valoran más que el oro. Lo contrataron antes incluso de terminar las prácticas. En menos de dos años cobraba un sueldo que en su barrio parecía ciencia ficción. Cambió el coche de su padre. Pagó la hipoteca atrasada. Le buscó trabajo estable a su hermano mayor. Sacó a su madre de la fábrica. Por primera vez, los Sorrentino respiraban sin miedo al final de mes.
  • Pero la vida no es un cuento de hadas - Lena alzó un poco la voz - No es una película de Hollywood con final feliz para mantener adormecida a una sociedad decadente. Nunca lo es… La vida es una zorra despiadada que espera tranquila para hincarte el diente cuando menos te lo esperas.
Por lo visto, el hermano mediano - Antonio - llevaba años coqueteando con apuestas clandestinas, pequeños trapicheos y favores mal pagados. Nápoles no perdona a los ingenuos, y mucho menos a los que creen que pueden jugar con la Camorra sin pagar el precio. Se decía que debía una cifra obscena. Juegos. Intereses. Un negocio fallido con mercancía que nunca llegó. Cuando los hombres adecuados supieron que el hermano pequeño trabajaba en Müller & Suter, vieron algo más que una familia humilde a la que poder sangrar. Vieron acceso, una puerta.

A Vincenzo no le dieron opción. Fue una conversación breve. O colaboraba, o Antonio aparecía flotando en el puerto, “durmiendo con los peces”. Aceptó. Por supuesto que lo hizo. Al principio fueron pequeños favores: Un lote de analgésicos antes de su distribución oficial, muestras de opioides en fase avanzada. Nada que, en teoría, alterara los balances ni los inventarios de la empresa. Pero luego pidieron fórmulas, prototipos, compuestos que aún no habían salido al mercado y que, precisamente por eso, en el mercado negro valían el triple.

La Camorra no quería drogas corrientes. Querían exclusividad. Innovación. Ventaja ante sus competidores. Y Vincenzo sabía exactamente dónde encontrarlo. Durante meses lo hizo con precisión quirúrgica. Modificaba inventarios. Desviaba envíos. Sabía dónde estaban las cámaras y cuándo parpadeaban. Nadie sospechó… hasta que lo hicieron. Porque en Müller & Suter no se pierde material sin que alguien localice la anomalía. Y Vincenzo empezó a llamar la atención de quien no debía. No fue la policía. No fueron auditores externos. Fue la propia empresa.
  • El error de Vincenzo - dijo Lena, mirando la “Azulita" brillar sobre la mesa - no fue robar. Fue creer que solo estaba robando a una farmacéutica.
Guardó silencio un instante.
  • No entendió que estaba tocando intereses mucho más oscuros que los de la Camorra. Aunque inteligente como el que más, sin duda una mente brillante, no entendió que hay algo más despiadado que la mafia. No entendió que el auténtico peligro en aquella ecuación no eran los que trabajan al margen de la ley, sino los que actúan dentro ella, ocultos, disfrazados, manipulándola…
Lena contó que cuando Müller & Suter decidió intervenir… no hubo denuncias. No hubo juicio. No hubo escándalo. Oficialmente, Vincenzo Sorrentino fue hallado muerto en un callejón del barrio industrial. Ajuste de cuentas, dijeron. Caso cerrado. Extraoficialmente… Lena levantó la vista.
  • La Camorra nunca reclamó su cadáver. Y su hermano, Antonio, el de las deudas, desapareció esa misma semana - Se inclinó hacia el centro de la mesa - A Vicenzo Sorrentino no lo encontraron. Lo cazaron.
El silencio que quedó después de las últimas palabras de Lena no fue un silencio normal. No era vacío. Era denso. Pesaba. Nadie hizo la típica pregunta obvia. Nadie dijo “¿estás segura de que esa historia es real?”. Porque todos, en el fondo, ya estaban convencidos de ello. Gabi fue el primero en moverse. Se pasó la mano por la nuca, se puso en pié y caminó un par de pasos alrededor de la mesa, como un animal que mide el perímetro de su jaula. No parecía asustado. Parecía… enfadado. Pero no con la Camorra. No con la Mafia que había arruinado la vida de un prometedor científico. Sino con algo más grande.
  • O sea que no fueron los mafiosos - murmuró -. Fueron los cabrones del traje.
Lena no respondió, no hacía falta. Laia tenía la mirada fija en la “Azulita”, pero ya no la veía como un hallazgo científico ni como una promesa. La veía como una señal de S.O.S., como una bengala encendida en mitad de la noche.
  • Siempre pensamos - dijo, casi para sí misma- . que el peligro está en los criminales, en los traficantes, en los violentos… - levantó la vista, y en sus ojos había algo nuevo: comprensión y miedo - Pero está claro… el auténtico peligro no son los que trabajan al margen de la ley.
Nico terminó la frase, con la voz más baja de lo habitual.
  • Son los que actúan dentro de ella.
Se apoyó en el respaldo de la silla, como si necesitara sostenerse. Él lo había sentido en el despacho. No fue un interrogatorio policial. Fue peor. Fue educado. Profesional. Sonriente.
  • Los que escriben los protocolos - añadió -. Los que deciden qué es legal y qué no. Los que pueden destruirte sin ensuciarse las manos.
Gustavo soltó una risa seca, sin humor.
  • Los que no necesitan pistola porque tienen contratos.
Eso fue lo que terminó de encajar la pieza. La Camorra amenazaba con balas. Müller & Suter no amenazaba. Archivaba. Reasignaba. Enterraba expedientes. Fabricaba narrativas.
  • Nosotros pensábamos que habíamos cruzado la línea - dijo Gabi, apoyando ambas manos sobre la mesa -. Que éramos los que estábamos fuera del sistema - Negó con la cabeza - Pero ellos llevan toda la vida moviéndose en la sombra. Con permisos. Con impunidad. Con cobertura.
Lena asintió despacio.
  • Una mafia es ruidosa, necesita demostrar poder. Una corporación no. Solo necesita tiempo.
La palabra “tiempo” quedó suspendida en el aire como una condena. Nico lo entendió con claridad dolorosa: no los perseguirían con sirenas ni órdenes judiciales. No habría ruedas de prensa. No habría titulares. Los aislarían. Los borrarían. Los desacreditarían. O algo peor.
  • Entonces - Laia tragó saliva -, no estamos huyendo de la ley…
  • No - respondió Lena - Estamos huyendo de algo mucho peor y peligroso. Estamos huyendo de un depredador. Y no uno cualquiera. Estamos hablando del alpha, del que jamás va a detenerse hasta que acabemos todos dentro de sus fauces.
Todos se miraron. No estaban huyendo de criminales. Estaban huyendo de algo mucho más sofisticado. De gente que actúa dentro de la ley, pero que la moldea, la dobla y la usa como arma. Y por primera vez desde que todo empezó, comprendieron que el sendero del caos no era un accidente. Era una reacción. Porque cuando descubres que el monstruo no vive en los callejones oscuros, sino en los despachos iluminados, ya no puedes volver a fingir que el mundo es sencillo. Y eso… eso sí que no tiene vuelta atrás.
  • Esto se nos está yendo de las manos, ¡joder! - Gustavo golpeó la mesa con fuerza -. Miradnos, hostias… ¿qué somos? Solo un puñado de gente de barrio, algunos ni siquiera tenemos la secundaria. ¿Cómo vamos a vencerlos? Solo somos carne de cañón…
  • No podemos vencerlos - intervino Gabi, apretando los puños -. Al menos no por ahora. Lo único que podemos hacer es desaparecer, es la única opción. El enemigo es demasiado poderoso; sería una locura enfrentarnos de frente. Hay que retirarse, ocultarse y ganar tiempo… tiempo suficiente para planear nuestro siguiente movimiento.
  • No lo entiendes, Gabriel - dijo Lena, seria, con la mirada fija en él -. No solo van a ir a por ti. Irán a por tus seres queridos: familia, amigos, todos. Quizás no los maten, pero les arruinarán la vida. A los Sorrentino los destruyeron por completo, el taller de su padre se incendió una noche, el hermano mayor acabó en la cárcel, perdieron la casa… No dejaron a nadie en pie. No se conformaron con matar a Vicenzo: lo arrasaron todo.
Laia bajó la mirada, respirando con fuerza, intentando digerirlo. Cada palabra de Lena caía como un golpe seco en el pecho; la realidad que describía era más cruel que cualquier balacera o persecución imaginable.
  • Creo que tengo una idea… - susurró, la voz apenas un hilo.
Nico, como si pudiera leerle el pensamiento, se adelantó a ella, su presencia ocupando el centro del espacio, los hombros rectos, la mirada dura.
  • No me gusta la idea de involucrar a mi padre en esto, pero… - negó lentamente - es la única opción que nos queda.
  • ¿Estás seguro, colega? - preguntó Gabi, posando una mano sobre su hombro, intentando contener la tensión.
  • En el fondo… - Nico levantó la vista hacia él, los ojos brillando con decisión - si lo que cuenta Lena es cierto, estamos todos metidos hasta el cuello. No hay vuelta atrás… así que vamos a hacerlo.
Se levantó con una convicción que cortaba el aire. Laia lo observó en silencio, y un estremecimiento recorrió su columna vertebral. Ya no parecía aquel científico friki, nervioso y titubeante. Nico había cambiado de repente. Ahora se erguía como Al Capone poniendo en jaque a toda la ciudad de Chicago. Era Pablo Escobar poniendo de rodillas a un país entero, infiltrándose en todos los niveles del gobierno, la policía y la justicia. Era Lucky Luciano, arquitecto del crimen moderno, permitiendo que la mafia operara como una corporación multinacional que controlaba puertos, sindicatos y políticos en toda la costa este. Era Joaquín “El Chapo” Guzmán, con sus espectaculares fugas de prisiones de máxima seguridad, que pusieron en jaque la credibilidad del sistema de justicia mexicano frente a la comunidad internacional.

Solo un simple gesto bastó para que ella lo viera con otros ojos. En dos segundos, Nico había dejado de ser un científico para convertirse, ahora, en un criminal. Y, sin duda, aquello le resultaba sumamente excitante. Verlo abrazar el peligro con la fe de un suicida y la determinación de un partisano italiano luchando contra el fascismo, la estremecía de arriba abajo. Pero no era solo él, era todo el grupo. En un instante, cada uno sentía la adrenalina del caos, el vértigo de cruzar fronteras invisibles hacia lo prohibido. Pero en Nico, sin duda, ese cambio era más visible. Había dejado de ser el científico nervioso; ahora era un líder de la clandestinidad, un estratega del riesgo que operaba al margen de la ley. Al verlo, el cuerpo de Laia reaccionó sin pedir permiso: un escalofrío de peligro y excitación lo recorrió todo. Cada movimiento suyo era un aviso, cada gesto una amenaza, y ella no podía apartar los ojos. Mojó las bragas - literalmente -, al ver como Nico no solo se adaptaba a la situación, sino que la devoraba, y todos a su alrededor lo sentían, como si el aire se hubiera cargado de electricidad, de un hambre compartido.
  • Gabi, llama a Sofi - ordenó -. Laia, tú a Raquel. ¡Todos, poneros en marcha, ya!. Reunid a los vuestros: familia, amigos, me da igual el número. Mi casa será nuestro refugio… por ahora eso bastará. ¡Vamos!
Sin esperar respuesta, salió directo hacia la puerta del Búnker. Gabi lo siguió, el teléfono en la oreja, sonando. Cada paso golpeando el suelo como un tambor de guerra.
  • ¡¿Dónde vas?! - preguntó Laia, levantándose de la mesa, la voz tensa.
Nico se giró, en el umbral de la puerta, sus ojos eran dos faros iluminados en la noche más oscura.
  • A salvarte el puto culo - contestó Nico, con una sonrisa feroz y salvaje - Otra vez…
Y desapareció. En ese instante, Laia entendió algo que iba más allá de la lógica: estaban cruzando la frontera del mundo ordinario hacia el sendero del caos. La vida normal, los estudios, las reglas, la seguridad… todo se había quedado atrás. Y mientras la adrenalina y el peligro se mezclaban con una excitación pura, todos lo sabían: ya no eran los mismos. Cada uno estaba cambiando, adaptándose, abrazando el vértigo de lo imposible. Y nadie podía detenerlo.

Gabi conducía en silencio, concentrado en la carretera. Miraba el retrovisor con más frecuencia de lo habitual, memorizando matrículas, modelos de coches, asegurándose de que nadie los estuviera siguiendo. El manos libres del teléfono estaba activo, y Nico intentaba explicarle a Sofi lo que había sucedido.
  • ¡¿A qué te refieres con “todos”?! - preguntó ella, exaltada.
  • Familia, amigos… incluso conocidos.
  • Pero… ¡eso es una locura, Nico!. Conozco a mucha gente, ¡¿cómo voy a convencerlos a todos para que vayan a tu casa?!
  • No te estoy pidiendo que arrastres a todo el puto barrio de Hortaleza, Sofi. Solo que avises a los que más te importan.
  • Pero… ¿por qué?
  • ¡Ya te lo he dicho!… debemos ser precavidos. Van a tirar de los hilos, van a investigarnos. Y si no encuentran a Gabi, irán en tu busca. Y si no encuentran a su novia, irán a por tu madre, tu hermana… y si no…
  • Vale, vale… lo entiendo. Pero necesitaré tiempo.
  • ¡No hay tiempo, así que date prisa!. Te mando la ubicación ahora mismo. No la pases a todo el mundo, solo reúne a los que creas necesarios y llévalos al lugar que te marco. ¿De acuerdo?
  • ¡Sí… joder, qué puta locura por Dios!
  • Cariño, todo irá bien - dijo Gabi, con un hilo de incredulidad -. Te lo aseguro.
  • No lo sé, mi vida… ¿Qué va a ser de nosotros?
  • No lo sé… - Gabi se giró hacia Nico, mirándolo directamente -. Pero pase lo que pase, lo afrontaremos juntos. ¿Vale?
  • Sí, mi amor… juntos - la voz de Sofi sonaba firme, decidida, pese a la ansiedad -. Tengo que colgar. Nos vemos en casa de Nico, y ten mucho cuidado, por favor…
  • Lo tendré. Te quiero.
  • Te quiero.
La llamada se colgó. Gabi apretó el pedal del acelerador, sintiendo cómo la adrenalina le recorría el cuerpo. Y de repente, sin previo aviso, Nico empezó a reír. Una risa descontrolada, contagiosa, con la chispa de alguien que está perdiendo la cordura a pasos agigantados.
  • ¡¿Se puede saber de qué coño te ríes?! - gritó Gabi, sin apartar la vista de la carretera.
  • De nada… solo es que me hace mucha gracia.
  • ¡¿El qué te hace gracia?! - preguntó mirándolo con furia.
Nico, todavía riendo, le devolvió la mirada fijamente, con esa mezcla de locura y complicidad.
  • Tú me haces gracia, colega. Tanto discurso anarquista, tanta parafernalia propagandística sobre alzarse en armas, destruir el mundo y derrocar al sistema… y ahora, que hemos dado el primer paso, estás acojonado. Mírate, pareces una niñita asustada por el monstruo que vive debajo de la cama.
  • ¡Cállate, puto idiota! - le gritó de nuevo Gabi, volviendo la vista a la carretera -. No estoy asustado, solo preocupado, ¿de acuerdo?
  • Sí, sí… lo que tu digas.
Hubo un pequeño silencio. No fue incómodo. Fue de esos silencios que se comparten entre dos amigos que se conocen demasiado bien, de los que no necesitan palabras porque ya se lo han dicho todo con el paso del tiempo, con las cicatrices compartidas, con las miradas penetrantes. El motor rugía grave bajo sus pies. Gabi zigzagueaba entre el tráfico con precisión quirúrgica. Cambió de carril sin avisar, se coló entre una furgoneta y un utilitario, aceleró justo cuando el semáforo empezaba a parpadear en ámbar. El coche respondió como un animal bien entrenado, y durante un instante pareció que no circulaban por una ciudad, sino por un territorio en guerra.
  • “Pase lo que pase…” - empezó Nico, imitando la voz de Gabi con un falsete exagerado -, “lo afrontaremos juntos, mi amoooor… Te quierooooo…”
Gabi negó con la cabeza, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. La misma sonrisa salvaje. El mismo abismo en el que estaba cayendo Nico. Metió tercera, apuró el espacio entre dos coches y salió disparado antes de que el conductor del SUV tuviera tiempo de pitarle.
  • ¿Me vas a acusar a mí de cursi? ¡¿En serio, colega?! Porque si quieres, te recuerdo cómo consolabas a Laia cuando estaba preocupada por su madre: “Tranquila, Laia, estamos juntos en esto, ¿de acuerdo?”
  • ¡¿Me estás llamando calzonazos?!
  • ¡Claro que sí, subnormal! - soltó Gabi, echando un vistazo rápido al retrovisor. Un coche negro cambiaba de carril detrás de ellos -. Pero no es nada malo. El amor es lo que tiene…
Redució una marcha, se abrió paso entre un camión y un taxi, ignoró el claxon furioso que quedó atrás como un eco.
  • Puede que tengas razón… - Nico se acomodó en el asiento del copiloto, cruzándose de brazos, pensando en Laia -. ¿Crees que en esta nueva vida que nos espera habrá lugar para el amor?
Gabi frunció el ceño mientras adelantaba por la izquierda, cada vez más rápido, el velocímetro trepando sin pedir permiso.
  • No creo que sea el momento para preocuparnos por eso…
  • Ya…
  • Pero… - Gabi esbozó una sonrisa sincera - no sé si te diste cuenta…
  • ¿De qué?
  • De cómo te miraba Laia cuando te pusiste en modo “Don Vito Corleone”.
Nico soltó una carcajada seca.
  • ¡¿Qué chorradas estás diciendo?!
El coche volvió a cambiar de carril, cerrándole el paso a un turismo rojo que frenó de golpe. El tráfico pasaba convertido en líneas borrosas de luz y asfalto.
  • Venga ya, Nico. - Aceleró todavía más -. Si prestaras la misma atención que le dedicas a la ciencia a las mujeres, serías mucho más feliz. Laia está colada por ti, colega. Pero colada, colada…
  • Ni de coña… tú estás flipando.
  • No estoy de coña. Tengo un sexto sentido para esas cosas, créeme.
  • ¿Sexto sentido? - preguntó con ironía - ¿Te refieres a tu nuevo olfato de perro y tu vista de gato?
  • No, gilipollas… me refiero a esto. - Gabi se dio un golpe en el pecho con los nudillos, sin dejar de vigilar la carretera -. Y esto nunca miente…
Durante un segundo el coche quedó encajonado entre dos camiones. Gabi esperó el hueco exacto, el instante preciso, y pisó el acelerador. Salieron como una bala por el desvío.
  • Solo te daré un consejo - añadió, con media sonrisa torcida -. Si de verdad la quieres, sigue comportándote como un “capo del crimen organizado”. Creo que a Laia le pone esa mierda…
El motor rugió de nuevo. Y entre risas, insultos y confidencias, la ciudad quedó atrás como un escenario que ya no les pertenecía. Madrid se fue deshilachando poco a poco. Primero desaparecieron los bloques grises, las fachadas sucias con ropa tendida como banderas de rendición. Luego los bares de esquina, las persianas medio bajadas, las motos mal aparcadas invadiendo las aceras. El tráfico empezó a abrirse. El asfalto dejó de estar cuarteado y las líneas blancas parecían recién pintadas, impecables, obedientes.

Gabi había tomado la salida hacia el norte sin levantar el pie del acelerador. El rugido del motor rebotó contra los muros acústicos de la M-40 y, de pronto, la ciudad ya no era ciudad: era una sucesión de rotondas perfectas, setos podados con obsesión geométrica y cámaras de seguridad apuntando a cada ángulo muerto. Entraban en La Moraleja. Las farolas eran más altas. Los árboles, más viejos. Las calles, absurdamente amplias y silenciosas. Aquí no había grafitis ni contenedores ardiendo con proclamas de justicia e igualdad; había jardineros invisibles y puertas automáticas que se abrían sin preguntas. El aire parecía más limpio, como si la pobreza no tuviera permiso para cruzar ese perímetro.

Gabi bajó la velocidad casi por instinto. No por prudencia, sino porque aquel orden pulcro imponía otra clase de respeto. Las casas dejaron de ser edificios para convertirse en fortalezas: muros de piedra, cámaras térmicas, ventanales blindados, piscinas que brillaban como espejos azules detrás de las verjas.

Nico dejó de reír. Las bromas sobre amor y mujeres se evaporaron sin ceremonia. Su mente cambió de carril igual que el coche. Ya no veía la sonrisa de Laia, ni aquella supuesta forma de mirarlo cuando había hablado con la frialdad calculada de un “Padrino”. Ahora veía otra cosa: el despacho de su padre. La madera oscura. El silencio espeso. El olor a puro caro y éxito antiguo. El chalet apareció al fondo de una avenida arbolada, tras una verja negra que se abrió con un zumbido eléctrico al reconocer al copiloto. Y entonces la idea volvió, más nítida, más absurda, más inevitable: Convertir aquello en un refugio.

No en un escondite para cuatro amigos asustados. No. Algo más grande. Más incómodo. Colchones en el suelo del gimnasio privado. La sala de cine convertida en dormitorio improvisado. La cocina industrial funcionando día y noche. Gente entrando con mochilas, con miedo en los ojos, con historias de guerra que no cabrían en esos techos de cinco metros de altura. Convertir aquello en un pequeño campo de refugiados palestinos en mitad del lujo madrileño. La contradicción era casi obscena. Imaginó las caras de su padres. Aquella mujer que hablaba de inversiones, de estabilidad, de contactos en ministerios. Aquel hombre que había levantado esa casa como quien levanta una muralla contra el mundo. ¿Cómo iba a explicarles que necesitaban abrir las puertas? ¿Que el enemigo no siempre viene con pasamontañas, sino con traje y despacho? ¿Que quizá la única forma de protegerse era dejar de fingir que estaban a salvo?

Gabi detuvo el coche frente a la entrada principal. El motor quedó en un murmullo grave antes de apagarse. Nico observó la fachada iluminada, perfecta, blindada contra cualquier desgracia que no saliera en la sección de economía. Y supo que convencer a sus padres iba a ser más difícil que huir. Porque enfrentarse a un sistema corrupto era una cosa. Pero pedirle al privilegio que se suicidara… eso era otra guerra. Una imposible.
  • Espera aquí - dijo Nico ya dentro de su habitación -. Voy a ver si mi padre esta en casa y a ver cómo coño le planteo toda esta locura.
  • ¿No quieres que te acompañe?
  • No hace falta. Ya me ocupo yo - señaló el ordenador -. Si quieres usarlo, la contraseña es Monóxido de Carbono. Sin espacios. La M y la C en mayúsculas, las O son ceros, la I es un uno y la A un cuatro…
  • Vale, colega, gracias.
  • Si quieres tomar algo, llama a Valentina, es la sirvienta, ¿de acuerdo?
  • Sí, sí… tranqui.
  • Ahora vuelvo.
La puerta se cerró con un clic suave, casi educado. Gabi se quedó solo. El silencio allí no era como el del barrio. No había vecinos discutiendo al otro lado de la pared ni tuberías que crujieran. Era un silencio caro. Aislado. A prueba de balas… y de gritos.

Miró alrededor. La habitación era enorme. Casi más grande que su piso entero. Techos altos, luz indirecta incrustada en molduras minimalistas, suelo de madera impecable que crujía lo justo para recordar que era natural y carísimo. Una cama king size perfectamente hecha, sin una arruga. Demasiado ordenada para alguien que vivía al borde del colapso. Y, sin embargo, el friki estaba ahí. En cada rincón. Una estantería ocupaba toda una pared, repleta de manuales de bioquímica, genética molecular, microbiología avanzada. Tomos gruesos, subrayados con precisión quirúrgica. Entre ellos, figuras de edición limitada: naves espaciales de ciencia ficción suspendidas con hilo invisible, un busto impreso en 3D de algún Jedi de nombre impronunciable, placas de circuitos enmarcadas como si fueran arte moderno, colecciones de mangas completas.

En el escritorio descansaban tres monitores curvos, perfectamente alineados, un teclado mecánico retroiluminado y una torre transparente donde los ventiladores giraban con luces LED azules, como un pequeño reactor nuclear doméstico. Ni una mota de polvo. Ni un cable fuera de lugar. El caos de su vida no había entrado allí.

Gabi se acercó a una vitrina. Dentro, ordenadas como trofeos, había medallas académicas, diplomas enmarcados, fotos con profesores de universidades extranjeras. Nico sonriendo incómodo, con traje prestado y mirada de niño genio atrapado en un cuerpo que todavía no sabía moverse con seguridad. Un Friki total. Pero en versión premium. No había pósters pegados con cinta aislante, sino impresiones enmarcadas con cristal antirreflejo. No había silla coja, sino una ergonómica de diseño escandinavo que costaba lo mismo que su coche. No había olor a humedad, sino a ambientador sutil y limpio. Era el cuarto de alguien que había crecido sin miedo al alquiler. Sin facturas impagadas. Sin cortes de luz. Y aun así, pensó Gabi, Nico estaba dispuesto a convertir todo aquello en trinchera.

Se dejó caer en la silla del escritorio y giró lentamente sobre sí mismo. Miró la cama impecable, la alfombra persa bajo sus zapatillas sucias, las cortinas automáticas que se abrían con un botón. Un friki de familia rica. Un heredero con complejo de revolucionario. Y, sin embargo, sonrió. Porque bajo todo ese lujo quirúrgico, él había visto otra cosa en él. Había visto al chico tembloroso desaparecer y al estratega aparecer sin pedir permiso. Había visto cómo el privilegio se convertía en arma. Gabi pasó la mano por el escritorio pulido.
  • Suerte colega… - murmuró para sí mismo - La vas a necesitar…
Fuera de la habitación, en algún lugar de la casa, una puerta se cerró con más fuerza de lo normal. La guerra ya había empezado. Otra guerra: más dialéctica, menos visceral. Pero, sin duda, la más difícil de todas. Porque cuando Rogelio Quintana, excomisario general de la Guardia Civil, apareció frente a Nico, este supo que aquella vez no cabían medias verdades. Tendría que decirlo todo. Sin adornos. Sin atajos. Sin verdades a medias para proteger a la mujer que amaba.

Rogelio no levantó la voz. No hizo falta. Su sola presencia llenaba el despacho: espalda recta pese a los años, manos entrelazadas a la altura del cinturón, mirada entrenada para detectar fisuras en declaraciones ajenas. Era un hombre acostumbrado a interrogar, no a ser sorprendido.
  • ¿Qué ha pasado, Nicolás? - preguntó con una calma que daba más miedo que cualquier grito - ¿No deberías estar trabajando?
Nico tragó saliva. Notó cómo el discurso brillante que había ensayado subiendo las escaleras se descomponía en su garganta. Frente a él no estaba un padre indulgente. Estaba un investigador. Un estratega. Un hombre que había dedicado su vida a cazar mentiras. Y él no podía mentirle. No esta vez. Pensó en el laboratorio. En la “Azulita” brillando como un pecado radiactivo. En Gabi esperando abajo. En Laia mirándolo como si fuera “el salvador”. Pensó en el sendero del caos que habían pisado sin mapa ni retorno. Y alzó la cabeza, ya no había vuelta atrás.
  • He hecho algo que nos va a poner a todos en riesgo - dijo, con una firmeza que le sorprendió hasta a él mismo -. Y necesito tu ayuda.
Los ojos de Rogelio no parpadearon. Durante unos segundos que parecieron una declaración jurada ante el mundo, el silencio se instaló entre ambos. No era el silencio cómodo de dos amigos circulando a toda velocidad. Era el silencio denso de las decisiones que cambian apellidos. Nico entendió entonces que aquella no era solo una conversación entre padre e hijo. Era el momento exacto en que un excomisario debía decidir si seguía siendo guardián del orden… o se convertía, para siempre, en cómplice del caos.
  • Hace un par de semanas - empezó Nico, caminando de un extremo a otro del despacho - descubrí algo en el laboratorio.
  • ¿El qué? - preguntó su padre, acomodándose en la silla de cuero negro, sin apartar la vista de él.
  • Un hongo… Su nombre técnico es Mycena Neonfaucis. Es un micelio extraño, apenas documentado. Crece en puntos muy concretos de los Andes peruanos, en cuevas de difícil acceso…
Rogelio alzó una ceja.
  • ¿Has descubierto una nueva especie de seta peruana en tu laboratorio de Madrid?
  • No la he descubierto yo, papá. La especie ya existía - replicó Nico, reanudando su paseo nervioso -. Lo que he descubierto es… es…
Se detuvo. Se pasó una mano por el cabello.
  • ¿Qué, hijo?
  • Es difícil decírtelo sin que pienses que he perdido la cabeza.
Rogelio entrelazó las manos sobre el escritorio.
  • Inténtalo al menos. A ver, dime… ¿Qué has descubierto?
  • Papá… lo que he descubierto es… - Nico cerró los ojos al decirlo - la cura a todas las enfermedades.
El despacho quedó en silencio. Rogelio no parpadeó. Ni un músculo. Su rostro se mantuvo pétreo, como si acabara de escuchar la confesión de un crimen absurdo y estuviera evaluando si el sospechoso entendía la gravedad de lo que acababa de decir. Sus dedos tamborilearon una sola vez sobre la mesa de caoba. Lento. Medido.
  • ¿Cómo dices? - preguntó al fin, con una serenidad quirúrgica.
Nico sostuvo la mirada. No había temblor en sus ojos, solo una determinación febril. Durante unos segundos, Rogelio lo observó con la misma atención con la que había analizado cientos de declaraciones en su carrera: buscando fisuras, contradicciones, delirios. El silencio se estiró como una cuerda a punto de romperse. Y entonces ocurrió. Una mueca apenas perceptible le tensó la comisura de los labios. Después, un resoplido. Luego otro. Hasta que, sin previo aviso, una carcajada seca estalló en la habitación. Primero fue contenida, casi elegante. Después abierta. Sonora. Incrédula. Rogelio se reclinó en la silla de cuero negro, llevándose una mano al rostro mientras negaba con la cabeza.
  • La cura… a todas las enfermedades - repitió entre risas -. Joder, Nicolás… esta no me la esperaba. ¿No estará esa amiga tuya vendiéndote sus drogas, verdad?
Siguió riendo unos segundos más, no con crueldad, sino con esa mezcla de ironía y desconcierto que provoca lo imposible. Sus hombros se sacudían levemente; el excomisario, el hombre de hierro, riéndose como si su hijo acabara de contarle el mejor chiste del año. Pero la risa fue muriendo. Se fue apagando poco a poco, hasta quedar en un silencio incómodo. Rogelio dejó caer la mano sobre el escritorio y volvió a mirarlo. Esta vez sin humor.
  • Mira, hijo - dijo, más frío ahora -. Estoy ocupado. Así que si me lo permites… tengo que seguir trabajando.
Nico no se movió, ni un milímetro.
  • No estoy de broma, papá.
Rogelio le sostuvo la mirada un instante más. Y en sus ojos ya no había risa alguna, sino preocupación. Una sombra breve, casi invisible, que cruzó por sus ojos.
  • Ya. Yo tampoco lo estoy - respondió con voz baja -. Vamos, vete. Necesito estar solo.
No hubo gritos. No hubo reproches. Solo una puerta que estaba a punto de cerrarse… y la certeza incómoda de que algo enorme acababa de estrellarse contra el muro invisible de la incredulidad. Nico bajó las escaleras con los hombros tensos, resignado y furioso a la vez. No culpaba a su padre; en el fondo lo entendía. Era lógico. ¿Quién demonios iba a creerse una historia así? Atravesó el pasillo, regresó a su cuarto y abrió la puerta. Gabi estaba tumbado en la cama, leyendo un tomo de One Piece, desparramado sobre aquel colchón desproporcionado que parecía más propio de un hotel que de la habitación de un “friki” de laboratorio. Al oírlo entrar, se incorporó de inmediato.
  • ¿Qué? ¿Cómo ha ido?
  • De puta pena…
Nico no se sentó: se dejó caer boca abajo, como si alguien le hubiera cortado los hilos. Se quedó ahí, hundido en las sábanas, derrotado. Gabi cerró el manga con cuidado reverencial y lo dejó exactamente en el mismo punto donde estaba, como si alterar el orden milimétrico de aquella habitación pudiera agravar todavía más la derrota de su amigo. Se sentó a su lado.
  • No nos va a ayudar… ¿es eso?
  • No, colega - murmuró Nico con la voz ahogada contra el edredón -. Ni siquiera me ha tomado en serio. Cuando le he contado lo que hace la “Azulita” me ha mirado como si estuviera delirando… y me ha echado de su despacho.
  • Joder… - Gabi se pasó la mano por la nuca -. ¿Y ahora qué hacemos? La gente estará al llegar. Tenemos que pensar algo.
  • Ya lo sé - Nico se giró bruscamente y se quedó mirando el techo impoluto, blanco, perfecto, como si esperara que le devolviera una respuesta -. Pero ¿qué coño hacemos?
Gabi no respondió de inmediato. Metió la mano en el bolsillo del pantalón. Ahí estaba. No se había movido. El vial. La “Azulita”. Neón líquido. Poder comprimido en cinco centímetros de vidrio.
  • ¿Y si… conseguimos que lo vea con sus propios ojos?
Nico giró la cabeza.
  • ¿A qué te refieres?
Gabi sacó el frasco.
  • A esto…
El azul invadió la habitación al instante. No era una luz intensa, pero sí profunda, casi orgánica. El líquido parecía respirar dentro del cristal, como si contuviera algo más que una simple reacción química.
  • ¡¿Qué cojones haces con eso?! - Nico se incorporó de un salto e intentó arrebatárselo -. ¡Quedamos en que no…!
  • ¡Eh, eh, relaja fiera! - Gabi retrocedió, esquivándolo -. No he robado nada. Me lo metí en el bolsillo cuando Steven Seagal entró en el laboratorio. Lo hice para que no lo viera, ¿vale? No estaba tramando nada raro.
Nico se quedó quieto, respirando hondo.
  • Vale… vale. Lo siento. Te creo. Pero igualmente… ¿qué pretendes hacer?
Gabi sostuvo el vial a la altura de los ojos. El azul se reflejó en sus pupilas.
  • Es obvio, colega. Enseñarle a tu padre de qué es capaz la “Azulita”.
Nico lo miró como si estuviera contemplando un detonador.
  • Eso es una locura…
Gabi esbozó media sonrisa.
  • Sí, lo es. Pero ahora mismo también es lo único a lo que podemos agarrarnos.
Como el Selenio, siendo el ojo que ve en la penumbra y el puente que solo aparece cuando el fuego ilumina el abismo. Esta historia continuará…
 
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