23
En las toallas volvió a reinar el silencio, el sol había evitado las hojas de los árboles y les daba en diagonal con más intensidad. Las gotas que se deslizaban por sus cuerpos apenas tardaron en secarse. Su madre se había puesto las gafas de sol y de mientras su hijo cerraba los ojos para relajarse, sin embargo algo le perturbó, una cosa que le llamó la atención y que casualmente había visto todo el día.
El cuerpo de Mari tumbado boca arriba seguía secándose. Siendo agosto y sobre todo con este par de días en los que había tomado el sol, había perdido buena parte de su palidez. Naciendo por toda su piel un pequeño tono dorado que la hacía resplandecer. No llegaba a estar morena, quizá en unos días lo lograría, pero el cambio de color era evidente.
Sergio sabía por pasados veranos, que la mayor muestra de que su madre se estaba poniendo morena, eran las pecas que le salían en el rostro y alguna ya había florecido. Eran muy idénticas a las de su tía Carmen, salvo que esta, las lucía casi todo el año debido a los largos ratos que pasaba al sol. El joven la miraba con uno de sus ojos entrecerrado, no podía negar que su madre había parado el reloj del tiempo, es más, lo había puesto marcha atrás. Aquel color de piel, aquella sonrisa, su pelo cuidado… todo era una mezcla perfecta que la hacía parecer más joven y a Sergio, eso le gustaba.
Sin embargo, el muchacho no se fijó únicamente en la piel de su madre o en las graciosas pecas que le surcaban la nariz. Con el único ojo que la miraba y con la mente medio dormida debido al calor, vio como la parte inferior del bikini amarillo que compró Carmen, caían todavía gotas traviesas que mojaban la toalla.
Decidió subir sus ojos, recorriendo primero las costillas, algo marcadas por la delgadez de la mujer y después, parar esa mirada en una zona poco apropiada. Se sentía levitando, cerca del mundo de los sueños, sin embargo, su visión ponía atención a lo que tenía enfrente, la parte de arriba del bikini.
Una gota descendía desde el sujetador surcando el lateral del cuerpo de la mujer, sin que ella se diera cuenta. Sergio podía ver que tras el cristal oscuro de las lentes de su madre, sus ojos estaban cerrados, no dormía, pero estaría tan relajada que no podría sentir sus ojos analizando cada centímetro de piel.
La tela en esa parte también estaba mojada, se había pegado a la piel y la silueta de los senos desde el punto de vista de Sergio era evidentes. Un pequeño montículo coronaba la mama, un ligero bulto que sobresalía por la zona acolchada del sujetador. Ni se le ocurrió dejar de mirar.
Durante unos segundos, quizá breves… o quizá no tanto, sus ojos se quedaron fijos en ese punto, una mínima elevación encima de una mayor. Su mente le avisó de lo que estaba haciendo, le estaba mirando los pechos a su madre, no por casualidad o cierta curiosidad, si con mucha intencionalidad.
Dentro de su bañador, el miembro que había estado inerte bastante tiempo aquel día, de pronto pegó un pequeño salto que hizo alarmar al joven. Sus ojos escaparon de la perfección que estaba observando, tuvo que parpadear como si pudiera borrar la imagen y su cuerpo trató de fingir una normalidad que no existía.
“Saca algún tema o piensa en otra cosa, ¡estúpido!” se dijo notando que otra leve sacudida se iniciaba dentro del bañador. Pensó en que podría decirla, por nada del mundo debía tener ese cosquilleo en la entrepierna, lo tenía que bajar. “Carmen me ha desestabilizado” se dijo convenciéndose una y otra vez, aunque ¿eso era cierto?
—Mamá… —en la tempestad que era su mente vio buena opción seguir hablando del tema que habían tratado antes. Además que todavía le quedaba alguna duda por resolver— te apetece seguir hablando, ¿o lo damos por terminado?
—¿Sobre lo de antes?
—Sí… sobre todo de una cosa, es algo que me gustaría saber.
—Dime.
—No te enfades, por favor, ¿has tenido alguna vez dudas de estar con papá?
Mari no contestó, el silencio llegó para quedarse unos cuantos segundos, solo se podía escuchar la suave brisa y ecos distantes de otras personas que parecían estar en otra galaxia. La mujer sopesaba la respuesta al tiempo que su hijo no percibía el menor cambio en ella. Le dio la sensación de haber hecho una pregunta sin importancia, pero bien sabía que no era así. Percibió que los labios de su madre se comenzaban a mover y un fugaz pensamiento le dijo que le pidiera perdón, sin embargo, su madre fue más rápida.
—¿Te…? —dijo Mari tomando la palabra con firmeza— ¿Te ha contado algo tu tía?
No hacía falta que lo confirmara, la complicidad entre ambos Mari la conocía, las únicas dudas que le quedaban a la mujer, era saber hasta qué punto habían hablado de ella.
—Hablamos de cuando erais jóvenes…
—Hijo, eres ya mayor y creo que puedes entenderlo. —a Sergio aquella frase le impactó como si su madre le fuera a desvelar el mayor de los secretos— Tú tienes ahora 21, yo con esa edad iba a quedarme embarazada y ya estaba casada. Eran otros tiempos, sí… aun así te lo digo para que te pongas en situación. Piensa ahora, que tú con esta edad estuvieras con una chica que conoces de hace solo 2 años… y que además, es mayor que tú… concretamente tu padre tenía 26 años cuando nos casamos.
Sergio comenzó a pensar en la idea de ser padre y casarse, un supuesto que era tan lejano que ni siquiera se lo había planteado. Cuando oía la palabra matrimonio e hijos, lo asociaba a la treintena o más… no ahora que estaba disfrutando en la universidad. Todo aquello era más para “viejos”.
—Una niña con 21 años —siguió su madre—, en un pueblo como en el que nos criamos, que aún estábamos algo atrasados, no es una exageración, es una obviedad… hablo en tema cultural —matizó ella—. Es normal que tuviera dudas. Sergio, —volteó la cabeza para mirar a su hijo tras las lentes y finalizó— estaba cagada de miedo.
—Te entiendo, yo no contemplo casarme hasta dentro de bastantes años…
—Mi situación era un poco esa, no pensaba en casarme hasta dentro de unos años, pero la presión de mis padres, pues… hizo que sucediera. Al final tu padre ya era “mayor”, entiende mayor en esos años. Por lo que al final nos casamos, pero cuando naciste tú… fue una bendición, y luego tu hermana, claro. Cuando te cogí en brazos por primera vez, supe que no tendría que haber dudado en ningún momento, elegí el camino correcto.
—Me alegro, de esa forma existo yo. —ambos sonrieron— Mamá, lo que te he dicho antes de ayudarte a que estés feliz, lo digo muy en serio, no tomes mis palabras en saco roto. Cualquier día si quieres hacer algo o tienes un plan en mente, no tienes más que decírmelo.
—Es que hijo… tampoco es que me apetezca mucho. Con tu padre siempre intentaba salir y hacer algo. Pero ahora con toda la semana trabajando es normal que no quiera… está cansado… entiendo perfectamente que quiera descansar…
—No, Mari, hay que forzarse un poco, ya descansará después. El fin de semana lo pasa en el sofá, o sea que descansa lo suficiente.
No pretendía hacer reír a su madre, pero una leve sonrisa se formó en su rostro, tuvo que tapársela para que su hijo no viera que se reía de su marido.
—No sé… aunque no te quito la razón, todavía somos jóvenes. Si no hacemos las cosas ahora… ¿Qué las vamos a hacer con sesenta?
—Podemos hacer un poco presión de grupo. Mira, tú le dices algo en la sala cuando estemos todos, y entre los dos… y si se anima Laura… si no está con sus cosas de preadolescente. —su madre le intentó hacer un gesto de enojo, aunque… ¿Para qué? No mentía— Hacemos que papá y tú valláis por ahí, ¿bien?
Su madre le miraba fijamente, en verdad, ¿Cuándo se había convertido su hijo en ese chico… hombre, tan bueno y sensato? Movió su mano hasta el rostro de Sergio. Los dedos secos y calientes debido a los rayos del sol acariciaron la tersa piel de su hijo, quitando alguna gota de agua que aún resistía el calor.
—De verdad, eres un buen hijo… —dijo en un tono muy bajo—, me cuesta mucho decirte esto, creo que lo sabes, pero… —aspiró con fuera y soltó casi sin voz— te quiero mucho.
—Y yo. Qué raro me suena que me lo digas, mamá, no estoy acostumbrado.
—Te tendrás que acostumbrar… debo cambiar, por ti, por mí, por tu hermana… por todos.
Sergio se quedó pensando en lo bien que le sentaban esas palabras salidas de la boca de su progenitora, le llenaban el cuerpo y hacían que una mueca de felicidad le pintara el rostro.
El interior de Mari gritaba de alegría, se sentía dichosa al decirle todo lo que amaba a su hijo, entonces ¿por qué le costaba tanto algo tan sencillo? No lo sabía. Sin embargo, el esfuerzo de soltar esas tres palabras le había dejado un buen sabor de boca y una sonrisa que no se le iba del rostro.
Siguieron secándose al sol en silencio, hasta que comprobaron que no había ni una gota de agua en sus cuerpos. Casi a la vez, vieron buen momento de “levantar el campamento” y volver al pueblo siguiendo con el plan que la mujer había elaborado.
En camino de vuelta dentro del coche, Mari seguía pensativa y mirando el paisaje, daba vueltas a su cabeza mientras su hijo conducía en silencio. Se miraba en el espejo, su imagen se veía borrosa en el pequeño cristal del copiloto, pero podía observar que su belleza no se había esfumado, seguía allí.
El pelo negro todavía húmedo y algo encrespado caía salvaje hasta sus hombros, todavía conservaba un color muy vivo que no vestía ninguna cana. No mentía su hijo al decirla que lo tenía descuidado, sin embargo ni con esas perdía belleza su cabello, ya que lucía unos mechones frondosos que brillaban a la luz del sol.
Levantó las lentes para verse con más precisión. Justo al hacerlo descubrió sus ojos, aquellos dos globos oculares de los que siempre se había sentido orgullosa seguían allí, aunque ella casi los había olvidado. En el espejo el azul de su mirada se reflejaba de forma intensa con un brillo propio, dos estrellas en el firmamento que habían puesto en su rostro por gracia genética. Se podía engañar si quería, pero era preciosa.
Era una mujer bella, aunque quizá al volver a casa, esa mujer se volvería a esconder de nuevo detrás de las ojeras, los peinados rápidos y el poco cuidado. ¿Por qué se dejaba tanto? ¿Para tanto era el cuidado de la casa que no le dejaba tiempo? O ¿era ella la que no se dedicaba tiempo?
Miró a su izquierda, su hijo conducía tranquilamente por la carretera, ajeno a los pensamientos de su madre. Le echó un ojo con disimulo, tratando de que no le pillara. Se había convertido en un hombre sin que ella se diera cuenta, en un buen hombre… nunca había esperado ver esa faceta en su hijo, siempre lo tenía como su bebe. No obstante, allí estaba, era educado, bueno y comprensible. Incluso… ¡Había hablado con él de sus problemas! “Aunque otros quedaran en mi mente, es un primer paso”.
En su imaginación nació una idea, un pequeño soplo que pasó fugaz, pero logró atraparlo. Disimuló la sonrisa mirando hacia el paisaje lleno de una extensa porción de árboles verdes, pensando en esa mínima idea, pero que sentía como una verdad. Aunque no quería expresarla en su mente, prefiriendo no darle una forma, al final sucumbió a lo evidente “ojalá Dani se parecía a su hijo…”.
Aparcaron cerca de la plaza del pueblo, sentándose en uno de los bares. La zona estaba medio vacía, por el pueblo aún se respetaba la buena costumbre de la siesta y más con aquel calor. Por lo que hasta dentro de un rato la zona no se llenaría de gente, podían tener… más intimidad.
—Se va acabando nuestro día en familia… —dijo Sergio con un tono algo ausente.
—Pero aún no ha terminado —respondió su madre con una sonrisa, mientras pedía al camarero una Coca-Cola y un vino.
—Qué raro se me hace verte beber —Mari solo era de beber en ocasiones especiales.
—No estoy acostumbrada, pero… estoy de vacaciones. Aunque mejor no beber como el otro día… me pasé un poco.
Sergio casi tenía olvidado el “pedete” que su madre sufrió al llegar. Pero lo que no olvidaba y menos de una imagen muy nítida que corría por su mente. Más que recordar a su madre borracha, lo que no podía sacar de la cabeza, ni quería, era el cuerpo semi desnudo que tuvo en frente y que metió en cama.
Su móvil sonó y lo cogió con desgana por haberle sacado de esos pensamientos. No tenía ni idea de quién podía ser, quizá algo de publicidad de alguna compañía telefónica, no recordaba haber hablado con ningún amigo.
Al momento que vio que era de “Tía Carmen” el cuerpo se le revolvió, no se esperaba lo que vio. Su tía le había mandado una foto, una única instantánea en la que de manera explícita, aparecían tanto un pezón, como sus labios. Le había devuelto la moneda, foto por foto.
El joven abrió los ojos de par en par y como no, su entrepierna juvenil comenzó a reclamar sangre desesperadamente. Tan absorto estaba en la foto que casi se le pasa el texto que le había escrito.
—Te echo de menos…
“Por dios, MI TÍA, me vuelve loco…” pensó antes de que algo le sacara de la gloriosa visión.
—Sergio, ¿estás aquí o…? —era su madre con la copa de vino ya en la mesa mientras el camarero servía la Coca-Cola.
—Sí, sí, lo siento. Una amiga… —soltó de pronto tan descuidadamente, “¿Cómo que una amiga? ¡Si yo no he tenido amigas en la vida!”.
—¿Amiga? —preguntó su madre extrañada y a la vez sorprendida— No sabía que tenías amigas.
—Si bueno, es muy reciente… hace poco que nos conocemos — “¿Qué haces? ¡Cállate!” Su mente luchaba contra sí misma.
—¿Qué tal? —Sergio la miraba extrañado— Me refiero con tu “amiga” —entrecomilló con un gesto de manos— no te creerás que soy tonta…
Sergio se había metido en un lío de la forma más infantil posible, de manera indirecta le había dicho que alguien le había hablado. Aunque eso era lo de menos, porque si su madre llega a ver quién le hablaba y que le había mandado, le daría un infarto. El joven no supo que decir, “quizá lo mejor será decirla que no es nada”.
—Después de tantas preguntas que me has hecho y ahora, ¿tú no me contestas? —en aquello no le faltaba razón. ¿Cómo no contarle? Si Sergio no decía algo, quizá esa buena relación que estaban labrando se desmoronaría. Además no la mentía, el joven tenía una amiga, aunque esta era la hermana de su madre.
—Bueno… No sé qué contarte, nos estamos conociendo…
—¿Sí? Qué bien, ¿y vas en serio con ella, o es…? —Mari no encontraba el término para referirse a la chica. Pero Sergio la cortó mientras pensaba en posibles palabras que encajasen en una conversación de madre e hijo.
—Todavía no lo sé, simplemente nos estamos conociendo, mamá, dame tiempo. Es muy pronto para saber hacia dónde va todo —ambos sonrieron y Mari dio un trago largo a su copa.
—Bueno, pero déjala para otro momento, dile que estás ocupado con otra chica. —su madre le guiñó de forma cómplice, un gesto más de Carmen que de ella, algo que Sergio jamás había visto y que le dejó perplejo.
El joven guardó el móvil y siguieron hablando de otros temas sin importancia mientras ambos se acababan primero una ronda y después otra. Pasaba la tarde mientras corría la tercera copa de vino y Sergio cambiaba su refresco a agua.
La tarde pasó en un suspiro y terminada aquella tercera copa de vino se levantaron y fueron al coche. Habían estado de cháchara tanto tiempo… los bares se habían comenzado a llenar e incluso el sol comenzaba su lenta bajaba dispuesto a cruzar el horizonte.
Tanto madre como hijo, llegaban bastante cansados a casa, el día había sido duro. El sol les había absorbido buena parte de las fuerzas y estaban derrotados, aunque Mari todavía tenía en el cuerpo las tres copas que se había bebido y eso le daba un plus de fuerza.
Llamaron a la puerta de la entrada y Carmen les abrió de manera efusiva. Durante toda la tarde les había echado de menos, aunque quizá algo más a su sobrino al que abrazó con fuerza, reprimiendo las ganas que tenía de llevárselo a “otro lado”.
—¿Qué tal os lo habéis pasado? —preguntó Carmen a su hermana.
—Bien, ha sido más que relajante.
—Oye… —le dijo fijándose en como los pómulos de la mujer estaban algo rojos. Se acercó para oler el aliento que emanaba de su boca— tú… ¿Has bebido? ¿Sin mí?
—Quizá sea una nueva Mari —dijo su sobrino subiendo las escaleras para ponerse el pijama.
—¡Vaya sorpresa! —rio Carmen haciendo que su hermana se avergonzara levemente— Vamos a cenar anda que he hecho una tortilla. Oye, si quieres, ya que vienes así… y me lo pides con tantas ganas… Podemos abrir una botella de champán, mira ¡qué buena idea has tenido, hermanita!
—No, Carmen, de verdad, ceno y me voy a cama, estoy molida.
—Anda, anda… —le dijo mientras la cogía del brazo— vamos a disfrutar, cariño.
Sergio bajó de su habitación cuando las mujeres estaban en la mesa de la cocina cuchicheando, a la par que acompañaban la cena con sendas copas de champán.
—Cariño, siéntate, lo que queda es para ti —Mari le señalaba la media tortilla que sobraba.
—Es demasiado, no creo que me la termine…
—Come. Que Carmen ha hecho mucho —replicó su madre.
—Haz caso a tu madre.
Añadió Carmen lanzando una mirada más que descarada delante de su hermana, cada vez se cortaba menos.
Los tres cenaron en la mesa y el chico se acabó su plato a regañadientes, eso sí, después se sintió más vital, había repuesto energías. Las dos mujeres hablaban y hablaban, centrándose en cosas de la familia y cotilleos varios sin mayor relevancia. Sergio en cambio, nadaba en sus pensamientos mientras miraba el móvil sin hacer nada realmente, contestar algún mensaje ocasional y echar una ojeada a las redes sociales.
—¿Hablando con tu amiga? —le preguntó su madre, algo que Sergio le costó entender. Su tía reaccionó antes.
—¿Qué amiga? —sorprendiéndose realmente.
—Mi hijo, que tiene una “amiga”. Al parecer esta hecho un Don Juan.
—Pues no me había dicho nada.
—Nada, no cotilleéis sobre mí, por favor…, cambiando de tema… ¿Te ha contado mamá que me ha intentado ahogar en el río?
—Sí, sí, cambia de tema, canalla —saltó su tía con una sonrisa felina. Entendió a la primera quien era la “amiga”—. No me ha dicho nada… o sea que Mari, ¿me quieres dejar sin sobrino?
—La verdad —Mari comenzando a reír— que nos lo hemos pasado realmente bien. Aunque luego el agua estaba un poco fría y ya nos hemos salido, el río nunca está caliente del todo.
—Ahora una ducha y como nueva, cielo —le contestó Carmen. De pronto una luz se encendió y su mente a la velocidad del rayo caviló un plan que no se le había ni pasado por la mente— o… podemos hacer otra cosa. —la mujer creó unos segundos de intriga mientras los otros dos la miraban expectante— Mari, ¿has estado alguna vez en un jacuzzi? —ella negó con la cabeza— ¿Te apetece meterte en uno?
No supo que decir, aunque las burbujas del champán ya le habían subido a la cabeza y no vio ningún impedimento para decir que no a esa proposición. Nunca había estado en uno y de no aprovechar el de su hermana, quizá jamás volvería a disfrutar de ese placer.
—¿Por qué no? —ambas brindaron y rieron a la vez mientras Sergio pensaba “de vez en cuando qué raras son las mujeres…”.
—Bueno… entonces con vuestro permiso marcho a cama que estoy muy cansado.
—Oye, no, no, no. No puedo permitir que mi sobrino se vaya sin probar el jacuzzi.
—No sé, Carmen, estoy realmente cansado.
—Tranquilo, hijo, si no vamos a tirarnos toda la noche, es solo un rato. —le sorprendió que su madre dijera aquello. La Mari habitual, le hubiera dicho que lo mejor era ir a cama y descansar. Su “nueva madre” le gustaba.
El joven movió los hombros sin saber lo que iba a hacer. Aún estaba con el cerebro algo lento debido a la comida y al cansancio, pero mientras ambas mujeres subían al cuarto con las copas de champán lo vio claro.
Su mente rápida carburó una frase del todo real “voy a ir a un jacuzzi con mi madre y mi tía. Con esta última he tenido sexo y estará en bañador, bueno… mejor dicho, las dos lo estarán. Es surrealista”. La elección era obvia, al menos para una mente más calenturienta que de costumbre. Ir con ambas mujeres y compartir las burbujas del jacuzzi era del todo tentador, pero claro, el factor que le desequilibraba era su madre. Se propuso buscar alguna excusa, sin embargo, a su cerebro, tampoco le apetecía, lo que deseaba era meterse.
Al tiempo que pensaba vio cómo su madre se metió en su cuarto. Sergio no lo hizo, aprovechó los pocos minutos que su madre se entretuviera, si es que tenía alguno, para ir primero donde su tía. Llegó solamente un minuto después de que Carmen traspasara su habitación, pero la mujer se había dado prisa, justo la pilló en el baño metiendo la primera pierna en el agua.
24
La mujer le miró con ganas, con unos ojos de cazadora que el joven podría haber confundido con la de una Leona en mitad de la sabana. Carmen se introdujo en el agua con lentitud, primero su trasero, el cual sentó con calma mojando así el bikini rosa que llevaba. La parte de arriba no llegó a mojarse, solamente la atadura que tenía en su espalda, que junto con el nudo del cuello sujetaban y escondían unos senos que Sergio deseaba volver a ver.
El disimulo en ambos brillaba por su ausencia, según traspasó el umbral de la puerta y vio a su tía, Sergio no dudo en parar de admirar a la poderosa mujer que dentro se hallaba. En ese instante, al tiempo que seguía mirando a su la hermana de su madre y ella le sonreía con esa picardía que solo ella sabía, supo que no era una gran idea estar allí.
—¿Has visto la foto de tu “amiga”? —procuró hablar bajo por si Mari estaba de camino— Me ha costado enviarla, es la primera vez que he hecho algo así…
—Carmen… —le contestó lo más bajo que pudo y agarrándose el paquete de manera soez y marcando ya una notable erección, añadió—, lo ves… esto, cada vez que te veo…
—Mi vida. —resopló llena de placer por ver de nuevo la gran herramienta de Sergio— Por dios, cariño…
La tensión se hizo insoportable y Sergio se amasó el pene de manera dura delante de la mirada de su tía. Sus ojos azules iguales a los de su madre, miraban con deseo el gran cacho de carne que su sobrino tenía aprisionado. No parecía poder abarcar todo lo que había dentro del bañador, era grande, gordo, delicioso… Carmen lo sabía muy bien.
Ambos querían poseerse allí mismo, la lujuriosa mente de la mujer rezaba porque le rompiera el bikini y contra la encimera del lavabo, le practicara un coito de forma bien dura. Sergio, no pensaba muy diferente.
—¡Si ya estáis los dos aquí! —Mari apareció por la espalda de su hijo haciendo que este soltara su paquete a la velocidad del rayo.
—Sí, esto creo que ya está caliente —el juego de palabras era tan evidente.
—Perfecto. —otro sorbo de champán y Mari metió el pie en el agua.
La tía dejó su copa junto a la de su hermana, sin perder de vista como en último lugar, Sergio se adentraba en el jacuzzi con un marcado pene que rápido escondió bajo el agua. Formaron un triángulo en el que el joven tenía a su derecha a Mari y a su izquierda a Carmen. Las mujeres comenzaban a comentar lo bien que se estaba y lo fabuloso que era tener uno, pero el joven no escuchaba.
El calor del agua y el masaje burbujeante le estaban calmando el cansancio, pero también transportando a una relajación muy profunda. Antes de entrar, cierto vigor había vuelto a su cuerpo. Ver a su tía tan ardiente, le puso un poco las pilas, aunque temía que se sobrecargara. Observó bien la situación y agradeció a la altura de las mujeres o a la persona que creara el diseño del jacuzzi, porque justo las mamas de ambas hembras se posaban debajo del nivel del agua. Por esta ocasión, para Sergio, sería mejor así.
Las burbujas llegaban justo, nada más y nada menos, hasta el pecho de ambas mujeres. Cortándolos a la mitad, similar a llevar un vestido palabra de honor, dándole al joven una imagen de relativa desnudez que su loca imaginación le hizo acrecentar. Miró con todo el descaro que pudo los de Carmen que flotaban alegres, “tan cerca…” se decía mientras agarraba su pene escondido bajo el agua.
Sin embargo algo le llamó la atención y los recuerdos de la tarde en el río afloraron. Se acordó de aquel bulto tan pequeño que era imperceptible y que a duras penas se notaba tras la tela. No trató de prohibir el giro de cuello que comenzaba a suceder, su curiosidad salvaje y animal le hizo que los ojos se movieran de unos pechos… a otros. En un movimiento en el que su madre se acomodó, allí lo volvió a ver, como si le estuviera esperando.
Quitó la vista de inmediato, aunque no supo por qué. El joven se gritaba en su cabeza “¡Es tu madre!, ¿Qué haces?”, aunque una voz demasiado débil, pero con toda la razón le respondía “y la otra tu tía… y ya ves”. Prefirió mantener la mente limpia de sexo, mirando los rostros de las dos mujeres que estaban con él, sin embargo, era ineficaz, en su entrepierna algo había empezado a funcionar y no se iba a detener.
De mientras en el otro cerebro, en el que en teoría de verdad sirve para razonar, solo pensaba que aquella situación no era normal, “esto es el comienzo de una escena porno…”. Con disimulo se palpó su zona íntima, corroborando lo que se imaginaba, la fábrica había empezado a bombear sangre y su pene estaba a media asta.
—¿Tú qué tal, Sergio? ¿También te lo estás pasando bien? —le preguntó Carmen forzándole a que participara.
—¿Cómo…? —el joven no sabía apenas ni donde estaba. Se encontraba fuera de la conversación, mucho más preocupado por su miembro— Eh… sí… se está muy a gusto aquí con vosotras.
—Me refería al viaje, cariño —le contestó Carmen sin esconder una mirada de saber muy bien lo que ocurría a su joven amante.
—Sí, eso… también. Una delicia.
—Sergio, ¿estás bien? —preguntó su madre mirándole el rostro— ¿Estás algo acalorado? La cara, la tienes algo roja —buscaba el veredicto de su hermana, ella la asintió.
—No sé… supongo que sí… o sea, digo sí —Sergio cada vez se encontraba mejor y peor.
La sensación de placer le invadía, se notaba demasiado bien dentro del agua, su pene creciente era testigo directo de ello. No obstante, la tensión por estar así a escasos centímetros de su tía, con su madre presente… era un cóctel difícil de asimilar.
—Déjale, Mari, tendrá vergüenza de estar con dos viejas en el jacuzzi —saltó Carmen picándole con claridad.
Sergio no contestó, ¿para qué lo iba a hacer? Vio cómo su tía le miraba mientras se rellenaba la copa y su madre… estaba haciendo lo mismo. La única diferencia era que una sentía cierta preocupación por su hijo, pero había algo más…
Sus ojos no eran los de siempre, quizá por el alcohol, quizá el día, quizá… a saber por qué, Sergio no lo sabía. Sin embargo, la mirada de su madre no era la misma, era diferente, más cercana a la que le lanzaba… su tía.
—¿Sabes a lo que me recuerda esto, Carmen? —dijo Mari, mientras su hermana esperaba paciente la respuesta— Cuando íbamos al río de adolescentes.
—Buenos momentos —respondió dejando la copa— algunos demasiado buenos… —las dos rieron como colegialas— ¿Te acuerdas el día que nos quedamos con Francisco Javier?
—No me llaméis así, me llamo Javi —la madre de Sergio imitó una voz de enfado infantil en alusión al hombre del que hablaban—. Sí que me acuerdo, como para no… ¿Qué será de él?
—Se casó y se marchó del pueblo, similar a lo que hiciste tú. No tengo la menor idea de que será de su vida, ¿crees que se acordará de nosotras? —preguntó Carmen, a lo que Mari le respondió con un gesto cómplice, para después sonrojarse.
—¿Qué… pasó? —Sergio obviamente no lo sabía y pensaba que quizá fuera mejor así. Aunque preguntó… por supuesto que su lujuria interna quería saberlo.
Las dos chicas, porque ya no parecían mujeres, sino dos féminas atrapadas en sus recuerdos de adolescencia, se rieron al escuchar la pregunta del joven y se miraron de manera malvada.
—Cuéntalo, Carmen, que a mí me da algo de reparo.
—Bueno… —no podía parar de sonreír— Sergio, no te pienses que somos malas, solo fue una vez. Estuvimos en el río, por donde has estado esta tarde me imagino, ya sabes cerca de las afueras del pueblo. Habíamos quedado unos cuantos, era un día como hoy, de verano y hacía mucho calor. Al final, casi todos fallaron y solo fuimos cinco creo…
—Sí, fuimos dos coches, tres y dos. —matizó Mari que se mordía una uña a la par que sonreía.
—Eso es, en uno iban una pareja y en otro íbamos Javi, tu madre y yo. Javi era un chico de 17 años, no tenía carnet obvio, aunque bueno… esto era el pueblo y se conducía y ya. Nadie decía nada. Buen paquete le caería a más de uno si lo hiciera hoy en día.
—Carmen, te lías —le reprochó Mari expectante al tiempo que daba un nuevo sorbo.
—Sí, sí, pues eso. Tu madre tenía 16 y yo 19, Javi era un amigo más. Estábamos allí los cinco, ya era de noche, y la pareja se fue y entonces… no sé ni porque se nos pasó por la cabeza, pero nos metimos al agua. Los tres.
Sergio escuchaba expectante, su tía lo estaba contando con una voz melosa, en un tono más bajo de lo habitual. La pausa, la tranquilidad y el modo de narrarlo, trasmitía un erotismo que el muchacho no comprendía. La sensación que le daba era que aquella historia no podía terminar bien y lo peor de todo, que su madre con el rostro ruborizado en su totalidad, escuchaba con gusto como si lo reviviera.
—Y bueno, creo que mejor resumir, le provocamos un poco…
—Provocar, provocar… a ver, no fue para tanto.
—Sí, Mari, lo hicimos… —las dos se miraron y asintieron dando validez a sus palabras— Nos metimos con él en el agua. Nos desnudamos, primero las chicas y luego lo hizo Javi. Tenía una cara que no se lo creía y después… —lanzó una mirada sexual a su sobrino, importándole bien poco que su hermana estuviera presente y le preguntó— ¿Qué crees que pasó, Sergio?
La voz de Carmen sonó de lo más fiera, una cazadora viendo al joven cervatillo amedrentado y listo para ser devorado. La mujer notaba la tensión del chico, estaba al borde de la locura, podía sentirlo en la burbujeante agua. Aquella situación le estaba calentando a rabiar, solo la detenía la presencia de su hermana. El joven no respondió, solo se volvió a sujetar el pene bajo el agua y movió los hombros. Pero ambas mujeres esperaban una contestación.
—Os lo… Os lo folla… —llegó a decir el joven casi con toda su fuerza de voluntad, dedicándole una mirada tímida a su tía.
—Noooooooo —su madre le cortó algo apresurada y con una mano sujetando su pecho que por un momento se había agitado— hijo, ¡qué lanzado!
—Sergio que mala impresión tienes de nosotras. —el joven pensó que la maldad de su tía no conocía límites— Nos metimos en el coche rápidamente con su ropa y le hicimos que anduviera desnudo una buena parte hasta el pueblo. Creo que nos odió una temporada, pero no se lo dijimos a nadie.
Ambas explotaron en carcajadas incontenibles ante la perpleja mirada de Sergio. El joven las observaba atónito mientras su mente le lanzaba un reproche “¿qué te crees que son tu tía y tu madre? ¿Dos actrices porno y su vida una película?”. Aunque tuvo que añadir “eso si… menudas cabronas…” para acabar sonriendo y negando con la cabeza.
Las mujeres detuvieron sus carcajadas, mientras el joven las miraba todavía incrédulo. Se sirvieron otra copa más. Mari había perdido la cuenta, pero se notaba muy alegre y atrevida.
—Fuimos crueles… —no se le borraba la sonrisa.
—Podíamos serlo, cielo, éramos tan guapas… tan sexis… lo podíamos todo. —Carmen se encontraba evocando recuerdos cuando preguntó— ¿Te acuerdas que le dijiste cuanto te quitaste el sostén?
—Sí… es que no paraba de mirármelas y yo era una niña. —asintió algo avergonzada. Aunque tantos años atrás no tuvo la más mínima vergüenza— Me las levanté y solté un “libres y liberadas” ¡Jesús, tenía 16 años!
Ambas volvieron a reírse sin parar, mientras Sergio no daba crédito a la historia que escuchaba. No se imaginaba a su madre calentando a un chico, además mayor que ella… y menos, enseñándole los pechos. Aunque por otro lado, a una parte de su cuerpo que reptaba sigiloso por el muslo derecho, la historia le parecía encantadora.
—Es que cuando están liberadas, es mucho mejor —dijo en todo neutro Carmen, mientras alzaba su copa y su hermana la seguía brindando en mitad del jacuzzi.
—Hace tanto que no me quedo en toples… —ambas se habían olvidado del joven— y mira que en el río casi siempre que estábamos solas lo hacíamos… incluso alguna vez en compañía.
—Qué raras éramos para aquella época. Oye, mejor recuperar las viejas costumbres ¿no? —preguntó Carmen sonriente y con un movimiento de cejas alentó a su hermana. “¿Qué quieren hacer…?” Pensó Sergio sumamente perdido.
—Pero…
Mari pareció acordarse en el último instante de que su hijo estaba presente y miró a su hermana pensando en que no podían si él estaba allí. “No puedo enseñarle los pechos a mi hijo” meditó mientras sorbía lo poco que quedaba en su copa.
—Tranquila, se quedan bajo el agua. —Carmen guiñó un ojo y decidida se soltó el nudo del cuello para que no hubiera vuelta atrás. Pasó sus manos con cuidado hacia la parte inferior rodeando ambas protuberancias. Le dio mucha importancia a que su sobrino no viera ni un poco, sabía que la estaría mirando. Se lo sacó por completo y miró a su hermana— Lo ves, se quedan bajo el agua. Además, Sergio, no eres un chico cochino de esos que miran a las chicas cuando no se dan cuenta ¿verdad?
Sergio negó, estaba jugando con él, su pene ya estaba completamente duro y ahora con los pechos de su tía tan accesibles, el calor le estaba subiendo a la cabeza.
—¡Madre mía…! —Mari lo susurró. Parecía atorada, dispuesta a cometer una locura, surcando una barrera que nunca se había atrevido a atravesar. Sin embargo, esa barrera ella mismo se la había puesto y quizá para otras como su hermana sus límites eran fácilmente franqueables. Con voz seria le mencionó a su hijo— Sergio, no mires.
No miró, pero sabía lo que estaba pasando y aquello era suficiente. Su madre se quitó el bikini y lo dejó junto al de su hermana. Ambas estaban con los senos sueltos, a unos centímetros la una de la otra.
El curioso bulto que Sergio tenía en el bañador, había dejado de ser tan curioso para convertirse en un verdadero coloso que quería reventar la tela. No podía salir de allí sin ocultar tremendo “paquete” debía aguantar el chaparrón y mantenerse sereno hasta que viera una oportunidad.
—¡Mucho mejor! —resopló Mari y se acomodó con su copa en la mano.
—¿Lo ves? —su hermana asintió con cara de placer— Además, las burbujas dan un pequeño masaje.
La cabeza del muchacho estaba en otra dimensión, el agua les llegaba a cubrir el 80% del pecho y sus ojos no podían perder de vista aquellas cuatro obras de arte. En cualquier movimiento que enturbiase el agua… se veía mucho más, cualquiera de los cuatro pezones, podrían salir a la luz y ser visto de un momento a otro.
Las dos mujeres estaban algo borrachas, las copas de vino de Mari, más el champán le habían subido a la cabeza y ahora, con el calor del agua, todo se acrecentaba. Carmen en cambio, no tomó tanto como su hermana, pero el calor que desprendía su cuerpo, sobre todo en cierta zona sexual, le estaba causando una sensación de mareo mayor que el alcohol.
Sergio no sabía dónde meterse, las mujeres seguían hablando ajenas al muchacho y cuando una de ellas se movía levemente, no podía evitar lanzar sus ojos en busca de algo más que ver. Intentaba mantener quietos aquellos globos oculares marrones verdosos que la genética caprichosa no había querido que fueran azules, no obstante… no podía.
Por mucha fuerza de voluntad, siempre que los generosos pechos de su tía salían a flote, como un cazador agazapado en la maleza, soltaba una mirada fugaz observando lo máximo posible. Cuando sucedía lo mismo con su madre… ¡También miraba!
Estaba en su límite, se quería ir, bueno… no quería, pero era lo que debía hacer si no se quería desmayar allí mismo. Aunque bueno, estaba la otra opción, la de dejar fluir sus instintos primarios y arrancar la parte de abajo del bikini a su tía y que su madre contemplara lo que era capaz de hacer.
Su pene se movía como un látigo dentro del bañador, el calor que emanaba su cuerpo hacia parecer frío el propio agua del jacuzzi. Se notaba como si se hubiera bebido un sinfín de litros de ron, estaba algo mareado y le costaba enfocar, “no he estado tan cachondo en mi vida”. La boca se le había vuelto pastosa y una de sus manos, ya no podía soltar su miembro erecto mientras lo amasaba al amparo del agua dándose un pequeño placer.
Con la mano libre, cogió un poco de agua y se la echó por la cabeza, se dio cuenta de que no se encontraba nada bien, aunque mejor dicho… se encontraba demasiado bien. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos por un segundo relajándose lo máximo que el cuerpo le permitía. En su mente volaron millones de imágenes, imágenes que comenzaron a unirse como en una película. Todo cobraba vida en su cabeza, una historia tan real que no parecía imaginación.
Ambas mujeres se le acercaban y sacando su rica entrepierna daban buena cuenta de lo que tenía. Sabían lo que hacer y sabían lo que deseaba. “Pobre Francisco Javier… lo que te perdiste…” pensó mientras se imaginaba que a él sí que le hacían un delicioso triángulo amoroso. Daba igual que una fuera Mari, en ese momento cualquiera le valía.
—Mi vida… —la habló su madre esta vez desde la lejana realidad—, ¿seguro que estás bien?
Los ojos de Sergio algo perdidos, miraron a su progenitora. Tenía los pómulos colorados y los ojos algo vidriosos, en el puente de la nariz vio marcadas las pecas que tanta gracia le hacían de pequeño. Cada facción de su rostro le estaba pareciendo una belleza, estaba realmente preciosa, pero ¿desde cuándo? ¿Cómo pudo haber un cambio tan inmenso?
—Tienes la cara muy roja —le siguió diciendo.
—Sí… —dijo él tocándose el rostro con una mano húmeda y arrugada— creo que tengo mucho calor. —esperaba que eso no sonara con segundas.
—Salte, cariño, a ver si te vas a marear.
—No, tranquila, mamá, en un rato mejor. —no podía salir con aquella erección, se notaba como si una barra de pan atravesase su pierna, incluso sentía cierto dolor en la presionada punta. Mejor desmallarse, que enseñar aquello a su madre.
—Sergio, de verdad, vete. Tienes un poco la mirada perdida, igual te da una bajada de tensión, me estoy preocupando un poco.
La mirada de su madre no mentía. Pero el caso era que al chico no le pasaba nada malo, solo estaba más caliente que en toda su vida. Su tía miraba la situación con una media sonrisa, sabía lo que le pasaba al joven y aquella situación, le estaba encantando, “ponerle es como una droga” pensaba para ella misma.
Mari se movió queriendo acercarse a Sergio para tocarle la frente e instarle a que se fuera a la cama. Levantó el brazo para llegar hasta su frente y este se dejó hacer, pero en ese movimiento, en ese preciso instante, el pezón izquierdo de Mari, atravesó el umbral del agua y salió a la luz. Ella no se había dado cuenta, suficiente preocupación tenía con su hijo, pero este lo vio y… miró.
“Mierda… en que momento” pensó mientras cerraba los ojos y apretaba sus labios con fuerza. Su pene le dio un brinco, exigiendo salir al exterior y guerrear con quien fuera, no conocía de lazos familiares, solo quería ponerse a trabajar.
—Estás caliente —dijo su madre volviendo a su posición inicial—, quizá tengas fiebre, mejor marcha, cariño. Te habrá dado mucho el sol.
—No tengo nada, mamá, de verdad, déjalo, no es fiebre… se me pasa y salgo. —Sergio se veía en un aprieto y no sabía cómo evadirse. Para colmo su tía no le iba a ayudar, aquella sonrisa la delataba.
—Sí, Sergio, mejor sal —pidió ella mordiendo con disimulo uno de sus labios. Se sentía el mismo demonio—. Vamos, otro día te metes, no pasa nada.
—¿Seguro? —le preguntó únicamente a su tía, ella asintió contenta a rabiar. Pasó su mano por su pene duro como el hierro y lo apretó con fuerza dándose un poco de placer— Mamá, mira para otro lado, por favor.
—¿Qué? ¿Para qué?—su madre no entendió nada.
—Hazme caso, date la vuelta.
A Sergio cada parte del cuerpo le fallaba excepto una. Solo un hilo de voz surcaba su garganta, aunque no le hizo falta más, su madre sin comprender mucho, giró su cabeza y miró a su hermana. Sergio se levantó del agua, su bañador estaba demasiado ceñido debido a lo que tenía guardado. Un bulto enorme, gordo y duro como el diamante surcaba desde el medio de su entrepierna hasta casi el final de la corta pernera derecha del bañador.
Mari no estaba mirando, pero Carmen por supuesto que sí. Vio caer el agua caliente por su cuerpo y en especial por el bañador. La fina tela que guardaba un tremendo bastón se pegó de manera perfecta a la piel del joven, uniéndose ambas y dejando el relieve en una perfecta visión.
Todavía con el bañador tapando lo poco que podía, a la tía, le pareció mucho más grande, “¿es posible?” Se preguntó sin quererlo, aquello era un verdadero titán. Todo el calor se le concentró en la entrepierna y de pronto, al ver como su sobrino se ponía totalmente erguido y la serpiente de su entrepierna luchaba por salir, todo explotó en su interior.
—¡Jo-der! —dijo casi atragantándose sin poder contenerse ni por un solo momento. Si no llega a decirlo, le hubiera dado un infarto.
La otra mujer que estaba mirando a su hermana. Vio primero el rostro enrojecido de la mujer, la sorpresa, la incredulidad, los ojos azules abiertos al máximo parecían salirse de sus órbitas y su cara de estupefacción hablaba más que sus palabras. El instinto la llamó “¿Qué pasa?”.
En lo más profundo de su conciencia, seguramente supo al instante que es lo que realmente ocurría. Sabiendo de antemano que su hijo no quería que viera aquello, o quizá Mari realmente no tenía ni idea de lo que sucedía. Por simple curiosidad, cuando escuchó como de los labios de su hermana salía semejante palabra dicha con tanta intensidad, comenzó a girar su cabeza hacia la dirección de Sergio, con toda la inocencia de su mente.
Estaba a punto de divisar a su hijo. Carmen se dio cuenta, aunque era demasiado tarde para hacer algo. Los ojos de Mari se fijaron en el joven, estaba de pie, no había nada que llamara su atención, era el mismo Sergio de siempre o no…
—¡DIOS…! —salió de su boca, justo cuando el tremendo bulto de su hijo llamó su atención. Para después notar las manos de su hermana tapándole la visión— ¡… MIO!
Con las suyas propias, giró la cabeza y también se tapó los ojos. “¿Qué es eso? ¿De verdad, era… era… su… polla?”. El corazón le latía a mil por hora, estaba atorada y la respiración se le aceleró. Sus ojos habían hecho contacto con un bulto enorme, casi temible. El bañador pegado debido al agua le hizo ver lo que su pequeño guardaba casi a la perfección, observando como la punta, por milímetros no escapaba por uno de los lados.
—Lo siento… —escuchó la voz de Sergio mientras unos pasos rápidos salían del baño y luego de la habitación.
Separó sus manos y las de su hermana y ambas se miraron durante unos segundos hasta que escucharon la puerta del cuarto de su hijo cerrarse. El silencio entre ellas se cortaba, alguien tenía que decir algo.
—Lo has visto ¿verdad? —preguntó Carmen, algo obvio. Su tono denotaba preocupación, era sin duda algo impactante para una madre ver así a su hijo. Mari asintió.
No sabían que decir, era una situación de lo más extraña, habían visto el pene tanto a su sobrino como a su hijo, aunque Carmen ya lo observó y probó con anterioridad. Se tenía que hacer la tonta, sin embargo, no sabía que decir, prefería que Mari fuera la que hablara, para algo era su madre.
Esta se llevó una mano al pecho notando su corazón y su respiración desbocados de tal manera, que sus duros pechos estaban fuera del agua. Pero no le importaba, eso era lo de menos, miró a su hermana para decirla.
—Perdona… me ha sorprendido… —resopló y añadió— es que no me esperaba eso… fue sin querer… te oí y… y… me siento incluso mal.
—Tranquila, cariño, es algo normal, está con las hormonas revolucionadas… es un adolescente.
—Ya, pero… Carmen, estamos tú y yo… su madre y su tía.
—Era una situación… extraña. Al final somos dos mujeres… estamos bien… casi desnudas… puede haber posibilidades de que pase. Además, ya sabes que esa parte piensa sola. —señalándose como si tuviera un pene.
Ambas dieron un sorbo a sus copas para serenarse y Mari se echó agua en la nuca para enfriarse un poco. Misteriosamente o no de forma tan misteriosa, pero el calor de su cuerpo había aumentado, quizá por vergüenza o por otra cosa. Además… ¿Qué había dicho en su mente?, no lo recordaba, ¡ah, sí! Hacía mucho que no decía esa palabra… POLLA.
—Dices que te ha sorprendido —le dijo Carmen con seriedad— pero, ¿no se la habías visto? —y añadió mintiendo— A mí sí que me ha impactado…
—Sí, pero… era desde lejos… algo tapado… ver el pe… —no se atrevió a decirlo en voz alta— así de pronto, pues…
—Te digo una cosa —le dijo Carmen envalentonada por el alcohol— a mí verla no me ha sorprendido, o sea sí, claro… no me lo esperaba, —mentira— pero más lo otro…
—¿Qué otro? —preguntó su hermana algo ida.
—Chica… ¿El tamaño? —una risa tonta surgió de su boca e instantáneamente a Mari se le pegó.
—Ya… bueno, ya lo hablamos…
—Tú tenías una idea, —haciendo un gesto con la mano simulando la longitud— pero a mí… sí que me ha pillado de pronto.
—¿Por qué dices que lo sabía?
—La vez que le pillaste…
—Dios, si… lo siento, estoy algo en shock. —recordó aquella escena, estaba lejos, desde la puerta no la vio bien. Sin embargo ahora sí que la había visto, estaba a centímetros de su cara, aunque estuviera tras la tela, casi la podía sentir— Pero, no recordaba que fuera tan… pues eso…
—No creo ni que la recordases.
Ambas se echaron a reír sin saber muy bien por qué, seguramente por el alcohol en vena que tenían y el nerviosismo que a Mari le abordaba todo el cuerpo.
—Mejor será salir —dijo esta una vez cesó su risa.
—Sí, esto ya no puede ir a mejor… —riéndose todavía en un claro tono de broma.
Las dos se secaron y Carmen le dejó a su hermana un pijama para dormir, aunque no lo necesitaba seguía teniendo mucho calor. Cuando fue en dirección hacia su habitación, le dijo a su hermana.
—¿Te importa que duerma contigo?
—No, pero…
—Es que —le cortó Mari antes de que preguntara— me siento rara, no sabría explicártelo. No sé el porqué, pero no me apetece dormir sola. Incluso me da vergüenza salir de la habitación… —esto último a Carmen le recordó cuando su hermana era pequeña y vivían en casa de sus padres.
—Bien, Mari. Vamos, entra en la cama.
Ambas se metieron en cama y al de pocos minutos estaban dormidas. El sueño fue largo y reconfortante, como buenas hermanas soñaron algo similar, con algo… que vieron en el jacuzzi, pero que a la mañana siguiente no recordarían.
CONTINUARÁ...