El Inicio de un Incesto

😳😳😳🔥🔥 que historia más caliente, que manera de escribir, estás deseando leer la continuación, es una pasada el relato... Cómo le pasa a Sergio, mi entrepierna está muy muy contenta... 🔥🔥🔥🔥.
Pues dentro de poco más!!! Y luego... os traeré el segundo libro de esta apasionante historia jejejej

Graciiiias por leerme!!
 
Hola Lilith, tus historias me parecen muy entretenidas, excitantes y que enganchan más que las buenas series de tv.
Esta en concreto es genial, te felicito, esta muy bien escrita y estoy deseando leer la continuación.

Un saludo
 
Hola Lilith, tus historias me parecen muy entretenidas, excitantes y que enganchan más que las buenas series de tv.
Esta en concreto es genial, te felicito, esta muy bien escrita y estoy deseando leer la continuación.

Un saludo
Me alegro mucho de que te gusten!! Gracias por tu comentario y por leer la historia :)
Eso sí, todavía queda mucho por leer jejeje

Saludooos!!!
 
20

Sergio se puso la misma ropa que llevaba a la tarde y apareció con rapidez donde estaba esperándolo su madre. Apenas tardó en llegar, (que corta se sentía ahora la carretera) donde observó paciente como su madre se despedía de su amiga Pili para después entrar en el coche.

—Hola, cielo —le dijo apoyándose en su pierna para acercarse y darle por sorpresa un beso—. No he tardado apenas, ¿verdad?

—Podrías haber estado el tiempo que quisieras, disfruta. —Sergio sonrió con el calor del beso aún en su mejilla.

—Me lo he pasado de maravilla —hizo una pausa pensando en algo que acto seguido soltó por la boca—. Me lo estoy pasando genial, voy a tener que agradecer a tu tía que se le estropeara el coche.

—Me alegro, mamá. Ahora que pienso, ¿Cuándo te apetece volver?

Los dos se miraron, era un tema que no habían tocado, pero que en algún momento deberían meditarlo, por el joven se quedaría eternamente junto a su tía.

—Tú me imagino que vas a quedar con tus amigos ¿no? —sin esperar una contestación prosiguió— Cuando estén todos aquí y quedes con ellos, igual marcho a casa. Además seguro que Pedro volverá pronto.

—La verdad, que yo… —no sabía si sonaría tan mal en alto como en su mente— igual no quedo con ellos, puedo venir en cualquier momento. Me gustaría pasar más tiempo con… vosotras— no podía decir que sobre todo haciéndolo con su tía, pero así valía.

—¡Vaya…! —su madre lanzó una mirada de sorpresa con los ojos abiertos. Ni pestañeó mientras el coche se metía en la carretera— ¿Quieres pasar tiempo con tu madre?

—No suena tan mal… ¿O sí?

—No, para nada. Me sorprende nada más…, pero… —la voz le tembló un momento dándole vergüenza admitir lo siguiente— me gusta. Te parece… si mañana… no sé si te parecerá bien… ¿Hacemos algo tú y yo?

—¿Y la tía? —la primera imagen que le pasó por su mente al decir eso, fue recordar a Carmen recibiendo unos chorros espesos y calientes sobre sus voluminosos pechos.

—La dejamos tranquila un rato, que también querrá soledad. Pensaré en qué podemos hacer. Aunque sea una tontería… —rio tontamente y añadió— me gusta la idea, ¿hace cuánto que no pasamos tiempo juntos?

—Ni idea. —se vio con ganas de comentarle algo obvio, tan obvio que hasta Mari lo sabría. Quizá decirlo en alto podría afectar en algo a su forma de ser— Mamá, te veo de maravilla, tanto por dentro como por fuera… estás como… no sé… brillando.

—Hijo, ya vale… —con el rostro enrojeciéndose, se atusó el pelo y sin mirar le siguió diciendo— no has parado de halagarme, incluso más que tu padre…

—Bueno, mamá, pues ninguno más ya —sonrió Sergio mientras veía como ella le cogía del brazo y le decía rápidamente.

—No, no, no… me gusta escucharlos.

Mari en un acto que sobrepasaba sus límites de timidez hacia sus hijos, alzó la mano llevándola hasta la palanca de cambios donde reposaba la de su hijo. Miró con sus preciosos ojos, al hijo que tanto amaba, pero tan poco se lo demostraba y mientras Sergio prestaba atención a la carretera ella entrelazó los dedos con los del joven. Sin decir ni una palabra más, llegaron hasta la casa de Carmen donde a la madre le dolió tener que romper la unión de sus falanges. Querría tenerle así por siempre, “cuanto tiempo perdido…” pensó, dentro de aquel coche su comportamiento seco hacia sus hijos le parecía ilógico.

Salieron del coche en dirección a la puerta de la casa y Mari desde la espalda del joven, movió su nariz al notar cierto olor, extraño. Era una fragancia fuerte, ¿sudor? Podía ser… pero también a algo más… algo que no le desagradaba del todo.

—Oye, hijo, pégate una ducha, cielo, que hueles un poco fuerte… con este calor se suda mucho y se pegan muchos olores.

—Pero… —Sergio que en un gesto obsceno se olió los sobacos, negó con la cabeza— si no huelo mal ¿no?

—No es sudor, es otro… no lo sé, cariño, pero hazme caso, dúchate.

Al abrir la puerta Sergio se dio cuenta con rapidez que seguramente el aroma que desprendía era una mezcla de tantos fluidos que la propia Mari se hubiera asustado al saberlo.

La mujer rubia cuando sus dos familiares llegaron, tenía las pizzas recalentadas y recién salidas del horno. Los tres las comieron con ganas, en especial Sergio y Carmen que habían perdido muchas energías y escuchando el día de Mari todos terminaron de cenar.

Ninguno estuvo de “sobremesa” viendo la tele o charlando, aunque Mari todavía tenía energía para seguir en pie los otros dos estaban muertos, por lo que lo más sensato era subir a sus habitaciones a descansar. Mari observó a su hermana como iba camino a la cocina con los platos vacíos y cuando volvió para marcharse a su cuarto le preguntó en voz baja.

—Carmen, ¿estás bien? Andas un poco raro.

—Sí, sí —contestó con toda la normalidad que pudo— creo que me he rozado los muslos, ya sabes.

—Mira que apenas se te juntan, tienes unas piernas preciosas. Échate pomada, es lo mejor.

—Gracias, cariño, te quiero.

—Y yo.

Carmen entró en su habitación pensando antes de dormir que quizá era mejor comentarle “el capullo de tu hijo, que me ha matado”.


21
Sergio despertó con las pilas totalmente cargadas. El anterior había sido un día duro, tanto que todavía notaba las piernas algo entumecidas por el sexo, pero aun así, estaba repleto de energía, rebosaba. Encendió la pantalla del móvil y ya eran las once de la mañana, había dormido más de ¡doce horas!, “Como para no tener energías”.

Puso un pie en el suelo pensando en su tía, “¿será posible hoy otro encuentro?” Esperaba que sí, aunque recordó que su madre había preparado un plan para estar juntos. Por un lado no le sentó bien no tener opción de hacerlo con Carmen, aunque pasar el día con Mari era algo que en verdad necesitaba.

Bajó a la sala después de estirar cada uno de sus músculos y allí vio a las dos mujeres hablando, se acercó saludándolas y cogió en la cocina una fruta para desayunar.

—O sea que hoy me dejáis tirada ¡eh!, Sergio. —supo que era una broma aunque en sus ojos había una pequeña cantidad de reproche o decepción que el joven no supo descifrar.

—Solo es un día, así te olvidas de nosotros un poco.

—¿Te vistes y vamos, cariño? Ya tengo todo listo.

Sergio asintió y después de dar dos besos a cada una de las mujeres, fue a la ducha. “Esos besos cada vez me resultan más raros…” pensó mientras subía las escaleras, ya que con su madre no tenía la costumbre y darle a su tía un simple beso en la mejilla… le sabía a poco.

Terminó en la ducha saliendo fuera para secarse. Había tenido la intención de darse un poco de placer bajo el agua, pero prefirió que no. No tenía ganas de gastar sus fuerzas a lo tonto, podía reservarlas para algún momento con su tía, no perdía la esperanza de tener un rato a “solas”.

En la puerta sonaron dos golpes y vio como la manilla se giraba, se tapó rápido por inercia con la tolla y observó que Carmen entraba en el baño.

—Parece ser que hoy me dejas sola… Demonio… —la mujer entró con media sonrisa y un rostro malicioso.

—¿Tía? ¿Qué haces…? —dijo Sergio alarmado porque su madre seguía en la misma casa y… despierta.

—Tranquilo, cariño. Está fuera metiendo unas cosas en el coche, en teoría… también voy a la ducha. —Carmen se acercó a su sobrino y añadió— Me da pena que no estés aquí hoy, pero mejor, así descanso, ayer… fue demasiado… estoy algo irritada ahí abajo.

—Lo siento…

—No, no, ni se te ocurra sentirlo, valió la pena cada segundo —le dijo cortándole—. Es por la falta de hábito, nada más. Pásalo bien con tu madre, anímala y dale cariño como tu bien sabes.

—Lo intentaré, la verdad tengo ganas de estar a solas con ella.

—Vaya… —dijo mirando lo que escondía tras la toalla. Pasando sus manos por esta, el joven soltó la atadura y dejó que la mujer le dejara sin nada que taparse, descubriendo que tenía una parte erecta— ¿Y esto?

—Tú culpa… te veo y…

—Sí ¡eh! —se arrodilló delante del muchacho.

Desde que se había puesto un pie en el suelo las ganas por estar con el joven opacaban las demás. A Carmen le dio pena pensar que lo mejor era no meter nada dentro de su molesto sexo, sin embargo… algo podía hacer. Sin ningún ápice de duda, agarró con fuerza el pene húmedo de su querido sobrino y abriendo la boca todo lo que pudo, sin pedir permiso, se lo introdujo en varias ocasiones.

Trató de que todos los centímetros posibles le cupieran en la boca, topando con su garganta que le recomendó no seguir. El calor era demasiado, cada momento a solas de esos dos era puro fuego. Carmen sentía en su lengua cada grado centígrado de calor que se elevaba hasta alcanzar la temperatura del mismo infierno.

No obstante lo recomendado era parar. De forma sensata saco de su interior el tremendo ariete de su sobrino y lo miró con detenimiento. Le había dejado un reguero de saliva, como si de su firma se tratase, “propiedad de Carmen, no tocar”.

Se levantó con cierta lentitud, sus piernas no eran las mismas y tampoco lo serían durante todo el día, tuvo que apoyarse en el lavabo para incorporarse delante de su sobrino.

—Eso, para que te acuerdes de mí, voy a pensar en algo para intentar estar solos, tú… me entiendes.

Limpiándose una pequeña gota de líquido que le brotaba de la comisura del labio, podría ser su propia salía o líquido preseminal salido del pene que tanto deseaba, daba lo mismo. Se giró para ir a la puerta, pero antes dio la vuelta a la cabeza y dedicó un guiño más que cómplice para acabar por decir.

—Ahora, vístete rápido que tu madre te espera… ¡Ah! Y sécate bien… —señalando el miembro erecto— que no queremos que coja frío.

Carmen desapareció por la puerta tan rápido como había entrado y Sergio solo pudo pensar en una cosa mientras su miembro daba pequeños saltos de alegría. “¿Cómo me puede excitar tanto?”.


22

Mari esperaba en la parte delantera de la casa, apoyada en el coche al tiempo que con los ojos cerrados disfrutaba del calor que le producían los rayos de sol. Tenía muchas ganas de pasar el día con su hijo, desde que era pequeño no tenían un día para los dos, aunque tampoco recordaba hacer mucho por para solucionarlo. En cambio, con su hija sí que solía tener algún momento a solas, no obstante… tampoco muchas.

Tenía bien planeado el día, o al menos eso pensaba. “Primero subiremos al monte, donde está la torre, siempre la quiso ver. Después ir al lago, ¿llevo bañadores? Sí, sí… comer bocatas, estar allí tranquilos, si quiere tomamos algo en el pueblo y volver a casa, no está mal”.

La mujer seguía divagando con los ojos cerrados y sintiendo el calor de la mañana. Mientras que en otro lado de la casa, Carmen sacaba el miembro reproductor de su sobrino de la boca con un reguero de saliva más que notorio.

Pasaron los minutos sin que la mujer morena se diera cuenta, se encontraba tan a gusto que podría incluso dormirse. Un ruido hizo que abriera los ojos y vio cómo su hijo se despedía dentro de la casa con su tía, “qué bien se llevan, me encanta”. Los dos salieron de la casa y Carmen le acompañó hasta el coche, juntándose allí los tres.

—¿Ya te has duchado? —preguntó Mari a su hermana mientras Sergio rodeaba el coche para meterse dentro.

—No, ahora voy. Primero he ido a picar algo, tenía un poco de hambre, ya me conoces —Sergio escuchó aquello y cerró la puerta con rapidez.

—Bueno… —Mari se despidió con dos besos de Carmen— nos vemos luego.

—Pasarlo bien, os quiero.

—Y nosotros.

Madre e hijo montados en el coche, salieron por la puerta con dirección a la primera parada.

—Espero que nos lo pasemos bien, no es el superplán…, pero presiento que te va a gustar —dijo su madre ya en carretera algo nerviosa. La felicidad la desbordaba y no entendía muy bien cuál era el motivo, al fin y al cabo era una tarde con su hijo, nada más.

—No tenemos por qué pasarlo mal.

—Ya… también tienes razón… ¿Te acuerdas de la vieja torre que está antes de entrar al pueblo?

—Claro, siempre me ha gustado…

—¿Te parece ir a verla? —cortó la mujer para sorprenderle.

—Por supuesto —sonrió mirando a la carretera— empezamos bien, mamá, muy bien.

Llegaron a su destino después de perderse una única vez, un buen logro al haber ido sin mapa, ni GPS. Aparcaron en un camino de pastoreo y tuvieron que andar un par de minutos hasta que encontraron la torre. Sergio de niño la admiraba al pasar y siempre que venían al pueblo, jugaban a ver quién la veía primero en el horizonte. Había olvidado por completo aquel pequeño juego que hacían todos los años, pero con el plan que había preparado su madre, lo recordó nítidamente. “Curioso cómo actúa el cerebro” pensó justo antes de llegar a ver la torre más cerca que nunca.

—Está muy vieja —dijo su madre al ver el deterioro.

—Se nota que no está cuidada —añadió Sergio y sacando su móvil le preguntó a Mari— ¿Foto?

—¿Conmigo?

—Podría pedirse a alguna cabra, si es que le apetece a alguna pasar por aquí…

—Qué tonto eres. —se rio ante el comentario y acercándose a su hijo añadió— Pero, ¿Luego me vas a poner subir a las redes sociales?

—No subo casi nada nunca, lo que tú prefieras.

—No, lo decía porque… —sintió como Sergio pasaba su brazo por su espalda y la agarraba con firmeza de la cintura, algo en su mente se desestabilizó y le descolocó. Sentir el roce de los dedos de su hijo aferrando con fuerza su cuerpo era algo que no solía pasar, le sorprendió que le gustase.

—¿Por qué, mamá?

—Lo siento, pensaba que había pisado algo…

Fingió mirar el suelo, por supuesto no había nada más que hierbajos y piedras. La poca costumbre a estar tan cerca le había sorprendido, pero más el tacto. Sentir sobre su blusa, el fuerte apretón de los dedos de su hijo, incluido el meñique el cual por su posición rozaba con su cadera, le hizo sentirse tan cómoda como extrañada.

Estaban tan pegados, sentía su mano, su brazo recorriendo su espalda, su cuerpo contra el suyo, la situación era la más normal para una madre y su hijo y eso… la puso de lo más feliz.

—Nada lo decía porque tu hermana siempre me dice, “mejor házmela a mi sola”.

—Laura es muy suya… es difícil de querer… —sacando el móvil y colocándolo en modo selfie para la foto— Sonríe, mamá.

—Tienes que llevarte mejor con ella —le añadió Mari para después de hacer la foto quitarle el móvil sin pedir permiso a su hijo—. A ver, déjame ver.

Estaba sacada desde una posición más elevada que ellos, ambos sonreían como dos personas felices y en el fondo la vieja torre les miraba en silencio. Sin embargo a la mujer algo no le gustó.

La instantánea en su conjunto era perfecta, pero algo para su mente no cuadraba, algo que quizá otra Mari sí que viera normal. No obstante la “Mari de casa”, la de siempre, no la de las vacaciones, hizo acto de presencia.

“Esa mano suya… ¿Está demasiado abajo para una madre? Parece que me va a tocar el culo. Mejor que no suba esto a internet…” y de seguido una voz en su interior le preguntó “¿Lo estás diciendo en serio?”.

—Sergio, ¿te importa hacernos otra? En esta no salgo muy bien. ¿Hacemos una para que la torre se vea mejor?

—A ver… —Sergio miró la foto y obviamente no veía ningún fallo— Si estás muy guapa, mamá, creo que ha quedado muy bien.

—Sí, pero… —Mari volvió a mirar el móvil, intentando buscar una excusa, no quería decirle que en esa posición casi parecía que le estaba “metiendo mano”, menudas palabras brotaban en su mente. Esa mano tan malvada para su mente casera, era más un efecto óptico que otra cosa. Por lo que mirando los botones de su blusa donde se mostraba una pequeñísima parte de su escote, encontró lo que buscaba— Es que mira. ¿Ves aquí? Se me ve un poco el canalillo.

—¡Por favor, mamá! Si no se ve nada, si vieras lo que hay ahora en internet, te asustarías.

—Ya, pero no sé, no me gusta mostrar nada. Venga, cariño, otra.

—Vale… a ver… —se puso de cuclillas y le hizo señas a su madre para que se pusiera a su espalda. Ella accedió colocando sus manos en los hombros del joven para no desequilibrarse. Apenas le rozaba, como si fuera a molestarle— mamá, abrázame anda, que parezca que me quieres.

—De verdad eres tonto ¡eh! —contestó riendo y pasó sus brazos por el cuello de su hijo, anudando sus manos a la altura del pecho.

La foto salió mejor que la anterior, estaban ambos sonrientes y esta vez no se veía nada que le pareciera “raro”. Solo un hijo con su madre, “El agarre de antes, tenía algo raro…”. No era que no le gustara, es más, había sentido cierto cosquilleo, uno muy similar a aquellos que notaba cuando un chico la sujetaba en la adolescencia. Los jóvenes del pueblo con brazos largos siempre tratando de tocar donde no debían, en aquellos tiempos le hacía gracia y ahora el brazo de su hijo lo veía “¿inapropiado?”.

—¿Te gusta más esta foto? —Aunque Sergio usaba un tono normal, su madre notaba la mofa— ¿Pasa tu certificado de calidad y censura?

—Sí, está mejor —dijo Mari añadiendo una mueca de burla a su rostro.

—Aunque se te ven las manos, no será demasiado sensual… —soltó el joven sin esconder su risa.

—De verdad, Sergio… —en otro momento quizá no hubiera aguantado la broma, pero en estas vacaciones le devolvió la sonrisa de forma boba.

—¿Subimos? —comenzó a andar hacia la torre.

—¿Cómo? ¿A la torre? Ni de broma vamos —a Mari esa edificación no le causaba ningún buen pálpito.

—Anda, ¿a qué hemos venido entonces? Qué no se diga, mamá.

—No, no, no, hijo. Si quieres sube tú que te espero, además que es ya algo tarde, deberíamos salir para el río y comer.

—¿Crees de verdad que es tarde o es una excusa? —ella movió la cabeza haciéndole entender que lo creía en verdad— Vale, lo que quieras. Pero seguro que nos hemos perdido unas vistas magníficas.

Volvieron a la carretera después de su primera parada y tras media hora en coche, llegaron al río. Apenas había alguna que otra persona, suerte que esa zona no era muy transitada… aparcaron de maravilla y bajaron la comida junto con las toallas.

Mari fue la que eligió un sitio cómodo entre la hierba, alejado de la gente, donde el sol pegaba con ganas, pero unos árboles obstaculizaban la luz, proporcionándoles una sombra de lo más agradable. La orilla del río les quedaba a varios pasos, la madre de Sergio no podía haber escogido un lugar mejor. Parecía el lugar perfecto, con sol, cercanía al agua y buen césped mullido, ni la compañía fallaba, Sergio no podía poner ni una pega.

El primero que se quedó únicamente en bañador fue Sergio. Con rapidez se quitó la camiseta, quedándose con el bañador que llevaba a modo de pantalón. Se sintió realmente reconfortado, el calor que hacía era asfixiante.

Se quedó tumbado en la toalla con los ojos puestos en su madre, sin ningún motivo en especial, simplemente sus ojos pararon en la figura más cercana. Las manos de Mari se movieron hasta los botones de su pantalón corto, se lo bajó con gracia hasta que topó con el tobillo y un ligero movimiento le hizo desprenderse de la prenda.

De pronto una curiosidad malsana entró dentro del joven, cuando su madre se desató el botón más inferior de la blusa. Pensó en quitar la vista, que aquello no era apropiado, sin embargo una cierta picazón en el cerebro le hizo quedarse quieto. El segundo botón fue el siguiente, y después otro, como si estuviera mirando algo prohibido… Sergio no quitó la vista.

Ni con toda la fuerza de voluntad podría haber apartado sus ojos. La curiosidad le estaba matando y su madre… parecía que lo estuviera haciendo a cámara lenta. Sus movimientos eran pausados, sus dedos no fallaban en ningún momento, eran tan gráciles y rápidos… Sergio no parpadeaba.

Su madre miraba al río, ajena que los ojos de su hijo mayor la miraban con descaro. El joven no sabía a qué venía aquello, mientras las manos de su madre subían por los botones, él se sentía más impaciente. La había visto en sujetador, también en bañador, no había nada nuevo, ¿por qué ahora quería… necesitaba verlo?

Por fin llegó al último. Pareció detenerse el tiempo, con ambas manos se separó la blusa de los hombros cayendo hasta dejar sus bíceps libres. El pecho salió a la luz y el vientre dio la bienvenida al sol. Sergio no quitó la vista, su madre estaba delgada, conocía ese cuerpo, recordó todas las veces que lo había visto, eran muchas.

No obstante aquella vez era diferente, una brisa azotó el cabello moreno de la mujer haciendo que su rostro quedara limpio, parecía que manaba luz propia. La blusa se deslizó por ambos brazos dejándola sola con el bikini, mostrando una figura delgada, pero de proporciones perfectas, el joven abrió la boca en señal de admiración.

No podía dejar de mirarla, el bikini le quedaba realmente bien. Era de un color amarillo, no muy llamativo, que se ceñía perfectamente como una segunda piel. El muchacho quiso querer quitar la vista, porque sus ojos no miraban como de costumbre, pero no pudo.

Lo primero que vio fue el busto de su madre, ese que sabía que tenía en buena cantidad, pero que nunca le había prestado atención. La parte de arriba del bikini dejaba un canalillo que no podría salir en ninguna foto de lo tentador que era. Bajó la mirada tratando de escapar del pecado, pero llegó a otro lugar del todo inapropiado para la forma de ver a su madre.

En su cintura un pequeño bikini se anudaba, de idéntico color a la parte de arriba. Escondía unos glúteos duros que eran visibles a más de la mitad de su volumen. Los ojos se le estaban secando por la pequeña brisa venida del río y debido a que no los había cerrado en un amplio lapso de tiempo. Parpadeo en una única ocasión perdiéndose tan deliciosa visión y sabiendo que ese trasero sería la envidia de muchas mujeres de su edad.

El joven pudo combatir su curiosidad dándose la vuelta en la toalla para dejar de mirar… admirar a su madre. Movió la cabeza para sacudirse una sensación que le nacía muy dentro y pensó “la entrada de Carmen en el baño me ha dejado secuelas”.

Queriendo normalizar una situación que se le había descontrolado a él solo, volvió a darse la vuelta para hablar a su madre que justo se acomodaba el bikini de la parte inferior.

—Mamá, —atendió aunque seguía colocándose el bañador. Sergio no podía evitar decírselo, la frase le picaba en la lengua y tenía que salir— si no te gustaba la foto de antes, ahora no nos sacamos ninguna ¿verdad?

Se sentó en la toalla, acomodándose para después buscar la crema de sol en su mochila. Todavía en silencio, cogió el bote de crema solar y comenzó a esparcirse el cremoso líquido por las manos.

—¿Por qué lo dices? —no recordaba la excusa que le dio con total claridad.

—Antes, se te veía un poco el canalillo y ahora, se te ve bastante más.

—Sergio… aquí no hay nadie, no estoy muy acostumbrada a mostrarme así… este bikini me lo compró tu tía. No pensaba que me quedaría tan… al aire.

—Por favor… —Sergio sacó una sonrisa sarcástica— ni que fueras con medio pezón fuera. A mi modo de ver, es un bikini muy normal.

—Bueno… son mis cosas y ya. No me juzgues que eres mi hijo —dijo ella con voz de madre para después colocarse boca abajo.

—Vale, vale… —dio por terminada la conversación, cerrando un poco los ojos para disfrutar del calor que le proporcionaba el sol.

Después de un cuarto de hora en silencio, Sergio decidió que era un gran momento para hablar de algo que le había rondado desde que habló con su tía. Una pregunta muy obvia apareció, ¿hace cuánto no tenían una charla sobre algo serio? No se acordaba, si es que alguna vez la habían tenido. Giró únicamente su cabeza permaneciendo tumbado mientras los rayos del sol que atravesaban las hojas de los árboles les proporcionaban una gran calidez.

Los ojos de su madre estaban abiertos, dos preciosos círculos azules que le estaban mirando cuando él se giró. Quizá lo sabía, quizá había leído esa sensación de querer expresar algo en su cuerpo. Por un segundo admiró los bellos ojos que su madre había dado en herencia a Laura y le dijo.

—Mamá, ¿te puedo preguntar algo? —asintió— respóndeme con sinceridad, si es que quieres contestar. ¿Tienes ganas de volver? —antes de que la mujer contestara, tomó de nuevo la palabra. De una forma sosegada y casi en susurros, volvió a hablar, parecía que compartieran un secreto— no lo digo por ver a papá y a Laura. Digo VOLVER, otra vez allí, lo mismo de siempre.

Mari se humedeció los labios al tiempo que pensaba si era un tema que pudiera tratar con su hijo. Recordando las palabras de su hermana, de cómo le había ayudado le observó por un segundo, se sentía tan bien a su lado. Su pequeño había crecido tanto… era un momento idóneo, se sentía de maravilla, en mucho tiempo no se había sentido de esa forma. El calor golpeaba su cuerpo que era sosegado con la leve brisa que brotaba del río, si cerraba los ojos podía notar como el viento la mecía como en una nube. “Podría dar una oportunidad a hablar con mi hijo”.

—Antes de contestarte a eso. Me ha contado Carmen… —su tono era bajo, igual que el de su hijo, apenas hablaban más alto que el ulular del viento. Sin quitar los ojos de este, sin importar quien más hubiera, en ese instante solo eran ellos dos— que has hablado con ella del tema de… Pedro. —asintió sin querer decir una palabra, ambos estaban demasiado cómodos— Me gustaría saber tu opinión.

—¿De ellos dos? Mi opinión es la de un chico de 21 años. No tengo vuestra experiencia… aun así —no sabía bien cómo encarar la pregunta, o sea que “se tiró” a la piscina— yo de ser la tía, no sé cómo actuaria. Mi punto de vista es que debe hacer lo que quiera, tiene que ser feliz, vida solo hay una… tiene que ver que es lo más beneficioso para ella, si seguir así, sabiendo que la engañan o cambiar. En mi caso, con esta edad claro esta… le devolvía la moneda…

—Hijo, que es tu tío… —replicó su madre casi sin voz.

—Lo sé, mamá, deja que me explique. La tía es una mujer de los pies a la cabeza, es guapa, lista, graciosa… se conserva de maravilla. —bien lo sabía, aunque no iban por ahí los tiros— Si en su vida marital aguanta al tío y sus deslices bien, pero… aquí está el dilema. Todavía tiene edad para disfrutar de esa parte de la vida, si se le presenta la oportunidad, y quiere… ¿Por qué no aprovecharla si eso la hace feliz?

—En la vida no solo está el… sexo, con los años lo entenderás mejor. —la palabra sexo salió con dificultad de su boca, no recordaba haberla usado antes delante de su hijo.

—Lo entiendo. Pero ponte en su lugar, papá te engaña y lo sabes, porque el tío por desgracia, la engaña seguro. Sabiendo que tu vida conyugal es un desastre desde hace años, de pronto, aparece una oportunidad de hacer algo… ya entiendes, ¿Qué harías? Se sincera. No te digo que empieces una nueva vida, solo que te puedes divertir sin que nadie lo sepa.

Las palabras de Sergio la estaban haciendo pensar. Tomó la pregunta literalmente, ¿qué haría ella? Dio un repaso rápido a los últimos años de matrimonio. No hizo falta pensar mucho para comprobar lo que ya sabía, su vida sexual no era para nada boyante y cada vez era peor, en eso se asemejaba a su hermana.

Entrados en los 40 el bajón había sido significativo, siempre le había buscado a Dani para el sexo, pero desde que cruzaron esa edad, había sido un punto y aparte. Había pasado de tener cerca de uno al mes o cada dos meses, a ser 2 o 3 al año. “¡Joder! Yo todavía me veo guapa y… fogosa” pensó con rapidez con cierta rabia, aunque de la misma se calmó sabiendo que ese no era su caso, su marido no la engañaba…

—No creo que pudiera —se quitó los pelos morenos del rostro sin dejar de mirar a su hijo con sus ojos azules. Siguió— si papá me engañara no sé… no me entra en la cabeza… no creo que ni se me ocurriría pensarlo. O sea no lo digo con dudas, no quiero que lo interpretes así, tu padre y yo no estamos mal.

—Mamá —le dijo cortante Sergio—, sé que no estáis mal, sin embargo, no hace falta tener más ojos que estos dos, para ver que vuestra relación ha pasado por mejores momentos.

Mari sintió una punzada en el pecho, una quemazón que solo podía provocar una cosa, la cruda realidad. Siguió mirando a Sergio, quizá por escuchar una rectificación… alguna palabra que le hiciera saber que era broma, pero no, aquello era verdad.

¿Por qué trataba de negárselo? La comodidad era absoluta, de su interior las palabras querían brotar, aunque le costaba demasiado. Pero ¿Qué pasaba con su hijo? Cuál era el motivo de que aquella mirada le atrajera tanto, le diera tanta seguridad, tanta tranquilidad. ¿Aquel tono de voz? La voz le parecía de lo más atrayente, un sedante en un mar de dudas, sintió las palabras de su hermana más cerca que nunca, era como hablar con un amigo. Seguía tumbada en una toalla, pero le parecía la cama más confortable y Sergio… no era un niño, su hijo se había convertido en un adulto hecho y derecho que trataba de ayudarla.

—Me gustaría ayudarte a estar más feliz… por eso te he hecho la pregunta sobre si querías volver.

Mari suspiró de manera profunda y se decidió que no estaría mal hablar con alguien tan cercano de sus problemas. Su hermana siempre estaba muy lejos, tener de confidente a su hijo no podía ser mala idea.

—¿Te parece bien si primero comemos y luego hablamos? —Sergio la sonrió, un gesto cálido, lleno de comprensión y ternura. Para acto seguido, mover sus labios en silencio y sin emitir sonido decirla “vale”.

Así lo hicieron. Los bocatas los engulleron en silencio, sin apenas mirarse, solo de vez en cuando sus miradas se cruzaban mientras saciaban su hambre con el lomo con queso que Mari había preparado. Cuando terminaron, se volvieron a tumbar y Sergio comentó que le habían salido riquísimos, en cambio su madre no reparó en eso.

Estaba pensando en lo que iba a pasar, comenzar una conversación sobre un tema que le era importante, tan serio que no se imaginaba que lo fuera a tratar con su hijo. Sin embargo, Sergio ya no era un niño, se había convertido en un hombre, un adulto. Le miró un instante pensando cómo no había notado ese crecimiento mental si le veía a diario, por un momento, sintió que tendría otro adulto en casa, que su niño se había ido.

—Cariño, ¿tu cómo me ves? Eres uno de los tres que me ve día a día.

—¿Sinceramente? Mal… —Sergio hablaba tumbado desde la toalla— Todos los días estás apática, falta de vida, algunas veces sonríes, pero es forzado, lo sé. Solo estos días he visto que tu rostro mostraba verdadera felicidad… creo que eres…

—¿Infeliz?

—Sí. —el joven sintió una punzada en el vientre, decirle eso a su madre le había dolido— Te expongo lo que veo yo día a día. Te levantas con una cara… se te ve cansada, pero no físicamente, sino mentalmente. Aunque parezca algo más externo, pero el que no te preocupes de tu aspecto, me hace ver que si no te quieres por dentro tampoco por fuera. —su madre le miraba intrigado, estaba dando en el clavo— Te duchas y con eso basta, apenas cuidas más tu apariencia. En casa tienes todo el día una coleta mal hecha, vistes ropas casi rotas, pareces… una mujer… mayor. Algunos días te pones camisetas mías o de papá para estar en casa, incluso para salir a la calle. No digo que necesites cierta ropa para estar bella, por ejemplo cuando lo hace Laura no llama la atención porque lo hace por comodidad. Pero en tu caso es diferente, es como si quieras verte mal a propósito…

—No tengo tiempo….

—Sé que no tienes ni un minuto. Pero mira, somos tres en casa, podemos ayudar… —pensó mejor— debemos colaborar, es nuestro cometido. Mírate estos días, por favor, —Sergio la miró de arriba y abajo. De no ser porque era su hijo, Mari lo tomaría como un descarado— has ido a un salón de belleza, tienes ropa más moderna y tu rostro brilla, incluso parece que tus ojos son más azules. Ahora, en casa de tu hermana, podrías ponerte una camiseta mía o revolcarte en lodo, que seguirías estando guapísima, pero todo eso viene porque estas bien por dentro. En cambio, si tuvieras el rostro y la desgana que tienes siempre en casa, seguirías… mal… espero que me entiendas…

—Sergio… —intentó detener las palabras de su hijo. La garganta se le había agarrotado y apretaba los labios para contener los sentimientos, incluso la rabia…, pero no hacia el joven, sino hacia ella misma.

Su hijo estaba acertando de lleno. Lo que le sucedía era una tristeza continua, una rutina diabólica que le había llevado a catalogar su vida como un infierno. Levantarse, hacer la casa, comprar, preparar la comida, limpiar… una vida monótona que no estaba hecha para ella. Se sentía vacía, asqueada, nada la hacía feliz, quizá también fuera su culpa, pero el bucle en el que había entrado la horrorizaba.

—Aquí es diferente, creo que es efecto de la tía. Te alegra la vida y… te pareces más a ella, menos cortada, más suelta, como si te importara bien poco lo que dijeran los demás. Te ves otra, mamá, las dos… cuando estáis juntas, os convertís en dos mujeres que bueno… perfectas. Unas personas que una adolescente como Laura debería tener como referencia. Resplandecéis tanto en lo anímico, como en lo físico… bueno, creo que me he explicado.

—Sí, cariño, te explicas bien.

La brisa venida del río sonó entre los árboles meciendo las hojas. Alguna no soportó el baile que el viento les proporcionaba y se deslizó en un gracioso movimiento hasta sus toallas. Mari seguía mirando sin parar a su primogénito, pero ninguno de los dos hablaba, su cuerpo le decía que ella era la que tenía que dar el paso y retomar la conversación. Sin embargo Sergio se adelantó.

—Mamá, ¿te sientes bien con ese bikini? —a Mari volvió a parecerle “rara” la pregunta. Si hubiera sigo cualquier otra persona, le hubiera vuelto a sonar descarado, pero era de su pequeño… aunque no tan pequeño.

—Sí, ¿Por qué?

—Porque te he visto con bañadores otras veces, cierto es que no tan “pequeño” digámoslo así. El caso es que lo llevas de otra forma, no con orgullo, pero creo que sabes que te ves muy bien y… no te escondes. No quiero que te enfades o te suene mal, pero creo que aquí te luces, te sientes más sexy, más cómoda, con más seguridad en ti misma…

—¿Me ves así? Como… a ver… ¿Wonder Woman? ¿Una mujer poderosa? —intentó calmar un poco la seriedad del tema con una broma, pero Sergio estaba lanzado.

—Mamá, aquí eres eso y más… —la vergüenza le invadía porque jamás le dijo tanta realidad a nadie— te lo vuelvo a decir, un referente para nosotros, sobre todo para tu hija. Me encanta la Mari que veo junto a Carmen. Sin ir más lejos, el primer día —una pequeña sonrisa apareció en el rostro del joven— después del salón de belleza, de ponerte aquellas ropas, antes de salir ¿sabes que vi? —ella le miró con mucha curiosidad. Sus palabras le provocaban una atención extrema— Vi en tu cara que sabías que ibas preciosa, que te sentías así… eso en casa jamás lo he visto.

—Gracias, cariño. —meditó las palabras de su hijo y le dio una contestación— Creo… que no has fallado en nada, nada de nada… impresionante. —se tumbó en la toalla mirando hacia las hojas que la cálida brisa seguía moviendo— Me he dejado mucho. Sé que no tengo tiempo, sin embargo, el tema de tener que prepararme también me da pereza. —resopló solo de pensarlo— Creo que el ir dejándome, el convertirme nada más que en una ama de casa… me ha llevado a una rutina que me mata. —sus ojos miraron al pasado, a una época de risas con su hermana y sonrió por primera vez en toda la conversación— De joven, un pelín más joven que tú, como Laura más o menos. Era muy alocada y también muy guapa ¡eh!… tan diferente a lo que ves ahora.

—He visto fotos tuyas de joven… y en la boda… mamá, parecías una princesa.

—Tus ojos de hijo… que no me ven de manera objetiva.

Más de una vez, Sergio lo había pensado mientras echaba un ojo a aquellas instantáneas, “realmente era guapa, muy guapa”. En algunas fotos de la juventud, en las que estaba con Carmen, se las veía de verdad como siempre fueron y debían seguir siendo, preciosas. En muchas instantáneas, hacían el tonto o reían a mandíbula abierta, con una felicidad inacabable. Sabía que no eran sus ojos los que le mentían, la prueba estaba con su tía, ella le parecía igual de guapa que su madre y no había duda de ello. Por lo menos no la tarde anterior.

Algo se prendió en su cabeza, algo que quizá su cerebro le estaba bloqueando o quería salvar esa última barrera que por temas de moralidad estaba cerrada a cal y canto. Pero en menos de una fracción de segundo, todas las preguntas posibles se resumieron en un conjunto de ideas que llevó a una única duda “¿Mari es guapa?”.

La pregunta no era la que se hace un hijo, una madre siempre es la más bella del mundo, sin embargo no era ese tipo de cuestión. Era más objetiva, hecha desde unos ojos que no veían a su madre, sino a una mujer adulta en bikini a menos de un escaso metro ¿podría contestar a tal pregunta? Sí.

No obstante algo se lo impidió, un límite que le dejaba su mente parada sin poder reaccionar. Había podido responder a una pregunta similar con su tía, pero este caso era diferente y no pudo hallar la respuesta. Aunque mejor dicho, su propio subconsciente no se lo permitió.

Aun así, mientras su madre le seguía mirando, con una mirada tierna llena de un amor verdadero, se atrevió a contestarla. Porque lo que le iba a decir era cierto, no la iba a mentir. Sus ojos de hijo la veían guapa, pero en ese momento, ¿de qué forma la miraba? La opinión de que su madre era guapa… salía de su parte de hombre, no de la de hijo.

—Aparte de tu hijo, también soy un hombre, mamá. Puede ser objetivo.

La mirada de uno quedó fija en los ojos del otro, un sentimiento de lo más incómodo, pero atrayente que ninguno se atrevía a romper.

Escuchar aquellas palabras, a Mari le hizo que el corazón se le parara. No era algo que un hijo le decía a su madre, no la frase en sí, sino el tono, la fuerza, la seguridad… era raro. Además, ¿Dónde la había escuchado? Rebuscó en su memoria. No tardó en acordarse de la conversación con su hermana mientras hacía de vientre, ¿no le había dicho algo similar? ¿Por qué ahora volvía a escuchar esas palabras?

El sol seguía calentándoles el cuerpo entre las sombras de los árboles, nadie se divisaba alrededor, estaban prácticamente solos, solos en una zona casi paradisiaca. Aquel remanso de paz al lado del río y cubierto de mullida hierba era como en un limbo donde nada importaba, nada más que esos ojos que se miraban el uno al otro.

Mari comenzó a sentir una incomodidad demasiado marcada en su cuerpo, no podía aguantar la mirada de su hijo, no parecía la mirada de un chico, se asemejaba… a algo que no lograba adivinar. Aunque cuando cerró los ojos apartando la vista, lo supo bien. Era la misma mirada que su marido tantas veces le había dedicado y que hacía años que no sentía, la mirada de un hombre que mira de verdad a una mujer.

Mari se levantó para evitar que Sergio se diera cuenta de que su cuerpo se había puesto a temblar. Los ojos de su hijo la habían hecho que un escalofrío recorriera su espalda teniendo que pensar en otras cosas. La sensación había sido tan extraña, que erguida mirando al agua solo quiso zambullirse y gritar. Lo había sentido, había notado la mirada en un hombre en su cuerpo, quizá no intencionada, pero aquellos no eran los ojos de su niño, estaba segura. No tenía dudas, Sergio era un hombre.

—¿Vamos al agua? —preguntó sin mirarle. Sonó a una orden, su hijo no contestó, solo se levantó.

La tensión era palpable e incómoda, Sergio podía ver como su madre estaba tensa y él, cada vez se sentía más extraño. Sin motivo aparente, recordó de forma involuntaria el momento en el que la desvistió en su habitación cuando llegó de fiesta. La vio con un sujetador nuevo magnífico, petición obviamente de su tía y unas braguitas a juego que también llevaban la misma firma. La recordaba despampanante, una mujer que no se parecía en nada a la Mari de casa, era más como Carmen… su tía Carmen…

Pero ¿qué había hecho su tía al salir de aquella habitación? le había visto la erección que portaba. Le preguntó si era por Mari o por otra, sabía muy bien por quien era. En aquel instante, saliendo del cuarto, podía responder con claridad que había surgido gracias a Carmen. Pero ahora… en el momento que caminaba junto a su madre hacia el agua, se volvió a preguntar con muchas dudas “¿Por quién era?”.

Se adentró en el agua con velocidad, estaba templada, pero le vino de maravilla para paliar el calor que amanecía como el sol en su interior. Su madre apenas le miraba y bajaba con calma por el camino empedrado, primero sus pies, después sus piernas, con lentitud fue metiendo el resto del cuerpo mientras su hijo la mirada de soslayo. Sergio estaba atenazado, no sabía que decir ni hacer, pensaba que podría estropear el día con un único movimiento… debía recobrar la normalidad de madre e hijo. Para no sentirse tan “raro”, por su mente aún adolescente y por supuesto, más que brillante… solo se le ocurrió una idea.

Se acercó a su madre que le miraba con dudas, sus ojos azules intentaban entrar en sus pensamientos, pero no podía, “¿Qué quiere?”. Los brazos de su hijo la rodearon con fuerza, los notaba en forma, como el resto de su cuerpo, pasarían muchos años hasta que saliera la típica “barriga cervecera”. Posó sus manos en sus hombros por inercia, como si estuviera levantándola en un baile acrobático, de nuevo sus ojos contactaron, ninguno sonreía, era una mirada que intentaba ver más allá.

La mujer estaba descolocada, no podía entender que iba a hacer su hijo. Estaba tan cerca que ambas pieles calientes por el sol y húmedas por el agua del río, hicieron contacto. Mari y Sergio estaban pegados. Los brazos le apretaron con más fuerza y su bikini rozó el pecho del joven, una pregunta explotó en su cabeza de nuevo “¿QUÉ QUIERE?”.

Mari por fin se dio cuenta de lo que su hijo tramaba cuando su cuerpo se alzó para después sumergirse bruscamente en el agua. El río estaba templado y la sacó del trance en el que llevaba introducida un largo rato.

Salió rápido aspirando una bocanada de aire y echándose en un movimiento veloz todo su pelo moreno hacia atrás. Salpicó gotas de agua con los mechones de su cabellera y abrió sus preciosos ojos azules tanto como pudo para poder ver con claridad. El color de sus ojos se podía confundir con el agua.

—¡SERGIO! —clamó con un grito al cielo.

El joven no dijo nada, se quedó mirando a su madre, que tenía una mano en sus pechos sujetando la parte de arriba del bikini para comprobar que el golpe no lo hubiera movido. Todo en orden. Sergio vio como sus manos apretaban los senos contra su propio cuerpo, haciendo que el volumen de estos agrandara sin quererlo, se reprimió así mismo y alzó sus ojos al rostro mojado de su madre. No debía mirar más abajo.

La cara de la madre al ver a su hijo quieto dentro del agua y con el rostro de forma “boba”, le hizo sentir tal ternura que una sonrisa comenzó a salir de su boca. No pudo aguantarlo, aquella sonrisa desembocó en una carcajada a mandíbula abierta que no se detenía. Los dos comenzaron a reír como locos sin saber muy bien por qué.

Mari se acercó a su hijo todavía sonriendo, pero de manera más maliciosa, posó las manos en la cabeza de Sergio y devolviéndole la jugada, le introdujo con fuerza dentro del agua. Pasaron así varios minutos jugando como niños, como lo hacían cuando Sergio todavía no había cumplido los diez años.

La madre no recordaba pasárselo tan bien con tan poca cosa. Perdió la noción del tiempo mientras pasaban los minutos jugando, solo supo que salieron con los dedos arrugados y con un dolor agudo en el vientre de tanto reírse.

—¿Te parece que comencemos a recoger después de secarnos? —propuso Mari habiendo apartado a un lado el sentimiento tan incómodo de su cuerpo.

—Bien, he acabado algo cansado con esa pelea…

—¿Además de perder, te cansas?

—¡Oye! Yo no lo veo así —trató de hacerse el ofendido sin conseguirlo.


CONTINUARÁ...
 
20

Sergio se puso la misma ropa que llevaba a la tarde y apareció con rapidez donde estaba esperándolo su madre. Apenas tardó en llegar, (que corta se sentía ahora la carretera) donde observó paciente como su madre se despedía de su amiga Pili para después entrar en el coche.

—Hola, cielo —le dijo apoyándose en su pierna para acercarse y darle por sorpresa un beso—. No he tardado apenas, ¿verdad?

—Podrías haber estado el tiempo que quisieras, disfruta. —Sergio sonrió con el calor del beso aún en su mejilla.

—Me lo he pasado de maravilla —hizo una pausa pensando en algo que acto seguido soltó por la boca—. Me lo estoy pasando genial, voy a tener que agradecer a tu tía que se le estropeara el coche.

—Me alegro, mamá. Ahora que pienso, ¿Cuándo te apetece volver?

Los dos se miraron, era un tema que no habían tocado, pero que en algún momento deberían meditarlo, por el joven se quedaría eternamente junto a su tía.

—Tú me imagino que vas a quedar con tus amigos ¿no? —sin esperar una contestación prosiguió— Cuando estén todos aquí y quedes con ellos, igual marcho a casa. Además seguro que Pedro volverá pronto.

—La verdad, que yo… —no sabía si sonaría tan mal en alto como en su mente— igual no quedo con ellos, puedo venir en cualquier momento. Me gustaría pasar más tiempo con… vosotras— no podía decir que sobre todo haciéndolo con su tía, pero así valía.

—¡Vaya…! —su madre lanzó una mirada de sorpresa con los ojos abiertos. Ni pestañeó mientras el coche se metía en la carretera— ¿Quieres pasar tiempo con tu madre?

—No suena tan mal… ¿O sí?

—No, para nada. Me sorprende nada más…, pero… —la voz le tembló un momento dándole vergüenza admitir lo siguiente— me gusta. Te parece… si mañana… no sé si te parecerá bien… ¿Hacemos algo tú y yo?

—¿Y la tía? —la primera imagen que le pasó por su mente al decir eso, fue recordar a Carmen recibiendo unos chorros espesos y calientes sobre sus voluminosos pechos.

—La dejamos tranquila un rato, que también querrá soledad. Pensaré en qué podemos hacer. Aunque sea una tontería… —rio tontamente y añadió— me gusta la idea, ¿hace cuánto que no pasamos tiempo juntos?

—Ni idea. —se vio con ganas de comentarle algo obvio, tan obvio que hasta Mari lo sabría. Quizá decirlo en alto podría afectar en algo a su forma de ser— Mamá, te veo de maravilla, tanto por dentro como por fuera… estás como… no sé… brillando.

—Hijo, ya vale… —con el rostro enrojeciéndose, se atusó el pelo y sin mirar le siguió diciendo— no has parado de halagarme, incluso más que tu padre…

—Bueno, mamá, pues ninguno más ya —sonrió Sergio mientras veía como ella le cogía del brazo y le decía rápidamente.

—No, no, no… me gusta escucharlos.

Mari en un acto que sobrepasaba sus límites de timidez hacia sus hijos, alzó la mano llevándola hasta la palanca de cambios donde reposaba la de su hijo. Miró con sus preciosos ojos, al hijo que tanto amaba, pero tan poco se lo demostraba y mientras Sergio prestaba atención a la carretera ella entrelazó los dedos con los del joven. Sin decir ni una palabra más, llegaron hasta la casa de Carmen donde a la madre le dolió tener que romper la unión de sus falanges. Querría tenerle así por siempre, “cuanto tiempo perdido…” pensó, dentro de aquel coche su comportamiento seco hacia sus hijos le parecía ilógico.

Salieron del coche en dirección a la puerta de la casa y Mari desde la espalda del joven, movió su nariz al notar cierto olor, extraño. Era una fragancia fuerte, ¿sudor? Podía ser… pero también a algo más… algo que no le desagradaba del todo.

—Oye, hijo, pégate una ducha, cielo, que hueles un poco fuerte… con este calor se suda mucho y se pegan muchos olores.

—Pero… —Sergio que en un gesto obsceno se olió los sobacos, negó con la cabeza— si no huelo mal ¿no?

—No es sudor, es otro… no lo sé, cariño, pero hazme caso, dúchate.

Al abrir la puerta Sergio se dio cuenta con rapidez que seguramente el aroma que desprendía era una mezcla de tantos fluidos que la propia Mari se hubiera asustado al saberlo.

La mujer rubia cuando sus dos familiares llegaron, tenía las pizzas recalentadas y recién salidas del horno. Los tres las comieron con ganas, en especial Sergio y Carmen que habían perdido muchas energías y escuchando el día de Mari todos terminaron de cenar.

Ninguno estuvo de “sobremesa” viendo la tele o charlando, aunque Mari todavía tenía energía para seguir en pie los otros dos estaban muertos, por lo que lo más sensato era subir a sus habitaciones a descansar. Mari observó a su hermana como iba camino a la cocina con los platos vacíos y cuando volvió para marcharse a su cuarto le preguntó en voz baja.

—Carmen, ¿estás bien? Andas un poco raro.

—Sí, sí —contestó con toda la normalidad que pudo— creo que me he rozado los muslos, ya sabes.

—Mira que apenas se te juntan, tienes unas piernas preciosas. Échate pomada, es lo mejor.

—Gracias, cariño, te quiero.

—Y yo.

Carmen entró en su habitación pensando antes de dormir que quizá era mejor comentarle “el capullo de tu hijo, que me ha matado”.


21
Sergio despertó con las pilas totalmente cargadas. El anterior había sido un día duro, tanto que todavía notaba las piernas algo entumecidas por el sexo, pero aun así, estaba repleto de energía, rebosaba. Encendió la pantalla del móvil y ya eran las once de la mañana, había dormido más de ¡doce horas!, “Como para no tener energías”.

Puso un pie en el suelo pensando en su tía, “¿será posible hoy otro encuentro?” Esperaba que sí, aunque recordó que su madre había preparado un plan para estar juntos. Por un lado no le sentó bien no tener opción de hacerlo con Carmen, aunque pasar el día con Mari era algo que en verdad necesitaba.

Bajó a la sala después de estirar cada uno de sus músculos y allí vio a las dos mujeres hablando, se acercó saludándolas y cogió en la cocina una fruta para desayunar.

—O sea que hoy me dejáis tirada ¡eh!, Sergio. —supo que era una broma aunque en sus ojos había una pequeña cantidad de reproche o decepción que el joven no supo descifrar.

—Solo es un día, así te olvidas de nosotros un poco.

—¿Te vistes y vamos, cariño? Ya tengo todo listo.

Sergio asintió y después de dar dos besos a cada una de las mujeres, fue a la ducha. “Esos besos cada vez me resultan más raros…” pensó mientras subía las escaleras, ya que con su madre no tenía la costumbre y darle a su tía un simple beso en la mejilla… le sabía a poco.

Terminó en la ducha saliendo fuera para secarse. Había tenido la intención de darse un poco de placer bajo el agua, pero prefirió que no. No tenía ganas de gastar sus fuerzas a lo tonto, podía reservarlas para algún momento con su tía, no perdía la esperanza de tener un rato a “solas”.

En la puerta sonaron dos golpes y vio como la manilla se giraba, se tapó rápido por inercia con la tolla y observó que Carmen entraba en el baño.

—Parece ser que hoy me dejas sola… Demonio… —la mujer entró con media sonrisa y un rostro malicioso.

—¿Tía? ¿Qué haces…? —dijo Sergio alarmado porque su madre seguía en la misma casa y… despierta.

—Tranquilo, cariño. Está fuera metiendo unas cosas en el coche, en teoría… también voy a la ducha. —Carmen se acercó a su sobrino y añadió— Me da pena que no estés aquí hoy, pero mejor, así descanso, ayer… fue demasiado… estoy algo irritada ahí abajo.

—Lo siento…

—No, no, ni se te ocurra sentirlo, valió la pena cada segundo —le dijo cortándole—. Es por la falta de hábito, nada más. Pásalo bien con tu madre, anímala y dale cariño como tu bien sabes.

—Lo intentaré, la verdad tengo ganas de estar a solas con ella.

—Vaya… —dijo mirando lo que escondía tras la toalla. Pasando sus manos por esta, el joven soltó la atadura y dejó que la mujer le dejara sin nada que taparse, descubriendo que tenía una parte erecta— ¿Y esto?

—Tú culpa… te veo y…

—Sí ¡eh! —se arrodilló delante del muchacho.

Desde que se había puesto un pie en el suelo las ganas por estar con el joven opacaban las demás. A Carmen le dio pena pensar que lo mejor era no meter nada dentro de su molesto sexo, sin embargo… algo podía hacer. Sin ningún ápice de duda, agarró con fuerza el pene húmedo de su querido sobrino y abriendo la boca todo lo que pudo, sin pedir permiso, se lo introdujo en varias ocasiones.

Trató de que todos los centímetros posibles le cupieran en la boca, topando con su garganta que le recomendó no seguir. El calor era demasiado, cada momento a solas de esos dos era puro fuego. Carmen sentía en su lengua cada grado centígrado de calor que se elevaba hasta alcanzar la temperatura del mismo infierno.

No obstante lo recomendado era parar. De forma sensata saco de su interior el tremendo ariete de su sobrino y lo miró con detenimiento. Le había dejado un reguero de saliva, como si de su firma se tratase, “propiedad de Carmen, no tocar”.

Se levantó con cierta lentitud, sus piernas no eran las mismas y tampoco lo serían durante todo el día, tuvo que apoyarse en el lavabo para incorporarse delante de su sobrino.

—Eso, para que te acuerdes de mí, voy a pensar en algo para intentar estar solos, tú… me entiendes.

Limpiándose una pequeña gota de líquido que le brotaba de la comisura del labio, podría ser su propia salía o líquido preseminal salido del pene que tanto deseaba, daba lo mismo. Se giró para ir a la puerta, pero antes dio la vuelta a la cabeza y dedicó un guiño más que cómplice para acabar por decir.

—Ahora, vístete rápido que tu madre te espera… ¡Ah! Y sécate bien… —señalando el miembro erecto— que no queremos que coja frío.

Carmen desapareció por la puerta tan rápido como había entrado y Sergio solo pudo pensar en una cosa mientras su miembro daba pequeños saltos de alegría. “¿Cómo me puede excitar tanto?”.


22

Mari esperaba en la parte delantera de la casa, apoyada en el coche al tiempo que con los ojos cerrados disfrutaba del calor que le producían los rayos de sol. Tenía muchas ganas de pasar el día con su hijo, desde que era pequeño no tenían un día para los dos, aunque tampoco recordaba hacer mucho por para solucionarlo. En cambio, con su hija sí que solía tener algún momento a solas, no obstante… tampoco muchas.

Tenía bien planeado el día, o al menos eso pensaba. “Primero subiremos al monte, donde está la torre, siempre la quiso ver. Después ir al lago, ¿llevo bañadores? Sí, sí… comer bocatas, estar allí tranquilos, si quiere tomamos algo en el pueblo y volver a casa, no está mal”.

La mujer seguía divagando con los ojos cerrados y sintiendo el calor de la mañana. Mientras que en otro lado de la casa, Carmen sacaba el miembro reproductor de su sobrino de la boca con un reguero de saliva más que notorio.

Pasaron los minutos sin que la mujer morena se diera cuenta, se encontraba tan a gusto que podría incluso dormirse. Un ruido hizo que abriera los ojos y vio cómo su hijo se despedía dentro de la casa con su tía, “qué bien se llevan, me encanta”. Los dos salieron de la casa y Carmen le acompañó hasta el coche, juntándose allí los tres.

—¿Ya te has duchado? —preguntó Mari a su hermana mientras Sergio rodeaba el coche para meterse dentro.

—No, ahora voy. Primero he ido a picar algo, tenía un poco de hambre, ya me conoces —Sergio escuchó aquello y cerró la puerta con rapidez.

—Bueno… —Mari se despidió con dos besos de Carmen— nos vemos luego.

—Pasarlo bien, os quiero.

—Y nosotros.

Madre e hijo montados en el coche, salieron por la puerta con dirección a la primera parada.

—Espero que nos lo pasemos bien, no es el superplán…, pero presiento que te va a gustar —dijo su madre ya en carretera algo nerviosa. La felicidad la desbordaba y no entendía muy bien cuál era el motivo, al fin y al cabo era una tarde con su hijo, nada más.

—No tenemos por qué pasarlo mal.

—Ya… también tienes razón… ¿Te acuerdas de la vieja torre que está antes de entrar al pueblo?

—Claro, siempre me ha gustado…

—¿Te parece ir a verla? —cortó la mujer para sorprenderle.

—Por supuesto —sonrió mirando a la carretera— empezamos bien, mamá, muy bien.

Llegaron a su destino después de perderse una única vez, un buen logro al haber ido sin mapa, ni GPS. Aparcaron en un camino de pastoreo y tuvieron que andar un par de minutos hasta que encontraron la torre. Sergio de niño la admiraba al pasar y siempre que venían al pueblo, jugaban a ver quién la veía primero en el horizonte. Había olvidado por completo aquel pequeño juego que hacían todos los años, pero con el plan que había preparado su madre, lo recordó nítidamente. “Curioso cómo actúa el cerebro” pensó justo antes de llegar a ver la torre más cerca que nunca.

—Está muy vieja —dijo su madre al ver el deterioro.

—Se nota que no está cuidada —añadió Sergio y sacando su móvil le preguntó a Mari— ¿Foto?

—¿Conmigo?

—Podría pedirse a alguna cabra, si es que le apetece a alguna pasar por aquí…

—Qué tonto eres. —se rio ante el comentario y acercándose a su hijo añadió— Pero, ¿Luego me vas a poner subir a las redes sociales?

—No subo casi nada nunca, lo que tú prefieras.

—No, lo decía porque… —sintió como Sergio pasaba su brazo por su espalda y la agarraba con firmeza de la cintura, algo en su mente se desestabilizó y le descolocó. Sentir el roce de los dedos de su hijo aferrando con fuerza su cuerpo era algo que no solía pasar, le sorprendió que le gustase.

—¿Por qué, mamá?

—Lo siento, pensaba que había pisado algo…

Fingió mirar el suelo, por supuesto no había nada más que hierbajos y piedras. La poca costumbre a estar tan cerca le había sorprendido, pero más el tacto. Sentir sobre su blusa, el fuerte apretón de los dedos de su hijo, incluido el meñique el cual por su posición rozaba con su cadera, le hizo sentirse tan cómoda como extrañada.

Estaban tan pegados, sentía su mano, su brazo recorriendo su espalda, su cuerpo contra el suyo, la situación era la más normal para una madre y su hijo y eso… la puso de lo más feliz.

—Nada lo decía porque tu hermana siempre me dice, “mejor házmela a mi sola”.

—Laura es muy suya… es difícil de querer… —sacando el móvil y colocándolo en modo selfie para la foto— Sonríe, mamá.

—Tienes que llevarte mejor con ella —le añadió Mari para después de hacer la foto quitarle el móvil sin pedir permiso a su hijo—. A ver, déjame ver.

Estaba sacada desde una posición más elevada que ellos, ambos sonreían como dos personas felices y en el fondo la vieja torre les miraba en silencio. Sin embargo a la mujer algo no le gustó.

La instantánea en su conjunto era perfecta, pero algo para su mente no cuadraba, algo que quizá otra Mari sí que viera normal. No obstante la “Mari de casa”, la de siempre, no la de las vacaciones, hizo acto de presencia.

“Esa mano suya… ¿Está demasiado abajo para una madre? Parece que me va a tocar el culo. Mejor que no suba esto a internet…” y de seguido una voz en su interior le preguntó “¿Lo estás diciendo en serio?”.

—Sergio, ¿te importa hacernos otra? En esta no salgo muy bien. ¿Hacemos una para que la torre se vea mejor?

—A ver… —Sergio miró la foto y obviamente no veía ningún fallo— Si estás muy guapa, mamá, creo que ha quedado muy bien.

—Sí, pero… —Mari volvió a mirar el móvil, intentando buscar una excusa, no quería decirle que en esa posición casi parecía que le estaba “metiendo mano”, menudas palabras brotaban en su mente. Esa mano tan malvada para su mente casera, era más un efecto óptico que otra cosa. Por lo que mirando los botones de su blusa donde se mostraba una pequeñísima parte de su escote, encontró lo que buscaba— Es que mira. ¿Ves aquí? Se me ve un poco el canalillo.

—¡Por favor, mamá! Si no se ve nada, si vieras lo que hay ahora en internet, te asustarías.

—Ya, pero no sé, no me gusta mostrar nada. Venga, cariño, otra.

—Vale… a ver… —se puso de cuclillas y le hizo señas a su madre para que se pusiera a su espalda. Ella accedió colocando sus manos en los hombros del joven para no desequilibrarse. Apenas le rozaba, como si fuera a molestarle— mamá, abrázame anda, que parezca que me quieres.

—De verdad eres tonto ¡eh! —contestó riendo y pasó sus brazos por el cuello de su hijo, anudando sus manos a la altura del pecho.

La foto salió mejor que la anterior, estaban ambos sonrientes y esta vez no se veía nada que le pareciera “raro”. Solo un hijo con su madre, “El agarre de antes, tenía algo raro…”. No era que no le gustara, es más, había sentido cierto cosquilleo, uno muy similar a aquellos que notaba cuando un chico la sujetaba en la adolescencia. Los jóvenes del pueblo con brazos largos siempre tratando de tocar donde no debían, en aquellos tiempos le hacía gracia y ahora el brazo de su hijo lo veía “¿inapropiado?”.

—¿Te gusta más esta foto? —Aunque Sergio usaba un tono normal, su madre notaba la mofa— ¿Pasa tu certificado de calidad y censura?

—Sí, está mejor —dijo Mari añadiendo una mueca de burla a su rostro.

—Aunque se te ven las manos, no será demasiado sensual… —soltó el joven sin esconder su risa.

—De verdad, Sergio… —en otro momento quizá no hubiera aguantado la broma, pero en estas vacaciones le devolvió la sonrisa de forma boba.

—¿Subimos? —comenzó a andar hacia la torre.

—¿Cómo? ¿A la torre? Ni de broma vamos —a Mari esa edificación no le causaba ningún buen pálpito.

—Anda, ¿a qué hemos venido entonces? Qué no se diga, mamá.

—No, no, no, hijo. Si quieres sube tú que te espero, además que es ya algo tarde, deberíamos salir para el río y comer.

—¿Crees de verdad que es tarde o es una excusa? —ella movió la cabeza haciéndole entender que lo creía en verdad— Vale, lo que quieras. Pero seguro que nos hemos perdido unas vistas magníficas.

Volvieron a la carretera después de su primera parada y tras media hora en coche, llegaron al río. Apenas había alguna que otra persona, suerte que esa zona no era muy transitada… aparcaron de maravilla y bajaron la comida junto con las toallas.

Mari fue la que eligió un sitio cómodo entre la hierba, alejado de la gente, donde el sol pegaba con ganas, pero unos árboles obstaculizaban la luz, proporcionándoles una sombra de lo más agradable. La orilla del río les quedaba a varios pasos, la madre de Sergio no podía haber escogido un lugar mejor. Parecía el lugar perfecto, con sol, cercanía al agua y buen césped mullido, ni la compañía fallaba, Sergio no podía poner ni una pega.

El primero que se quedó únicamente en bañador fue Sergio. Con rapidez se quitó la camiseta, quedándose con el bañador que llevaba a modo de pantalón. Se sintió realmente reconfortado, el calor que hacía era asfixiante.

Se quedó tumbado en la toalla con los ojos puestos en su madre, sin ningún motivo en especial, simplemente sus ojos pararon en la figura más cercana. Las manos de Mari se movieron hasta los botones de su pantalón corto, se lo bajó con gracia hasta que topó con el tobillo y un ligero movimiento le hizo desprenderse de la prenda.

De pronto una curiosidad malsana entró dentro del joven, cuando su madre se desató el botón más inferior de la blusa. Pensó en quitar la vista, que aquello no era apropiado, sin embargo una cierta picazón en el cerebro le hizo quedarse quieto. El segundo botón fue el siguiente, y después otro, como si estuviera mirando algo prohibido… Sergio no quitó la vista.

Ni con toda la fuerza de voluntad podría haber apartado sus ojos. La curiosidad le estaba matando y su madre… parecía que lo estuviera haciendo a cámara lenta. Sus movimientos eran pausados, sus dedos no fallaban en ningún momento, eran tan gráciles y rápidos… Sergio no parpadeaba.

Su madre miraba al río, ajena que los ojos de su hijo mayor la miraban con descaro. El joven no sabía a qué venía aquello, mientras las manos de su madre subían por los botones, él se sentía más impaciente. La había visto en sujetador, también en bañador, no había nada nuevo, ¿por qué ahora quería… necesitaba verlo?

Por fin llegó al último. Pareció detenerse el tiempo, con ambas manos se separó la blusa de los hombros cayendo hasta dejar sus bíceps libres. El pecho salió a la luz y el vientre dio la bienvenida al sol. Sergio no quitó la vista, su madre estaba delgada, conocía ese cuerpo, recordó todas las veces que lo había visto, eran muchas.

No obstante aquella vez era diferente, una brisa azotó el cabello moreno de la mujer haciendo que su rostro quedara limpio, parecía que manaba luz propia. La blusa se deslizó por ambos brazos dejándola sola con el bikini, mostrando una figura delgada, pero de proporciones perfectas, el joven abrió la boca en señal de admiración.

No podía dejar de mirarla, el bikini le quedaba realmente bien. Era de un color amarillo, no muy llamativo, que se ceñía perfectamente como una segunda piel. El muchacho quiso querer quitar la vista, porque sus ojos no miraban como de costumbre, pero no pudo.

Lo primero que vio fue el busto de su madre, ese que sabía que tenía en buena cantidad, pero que nunca le había prestado atención. La parte de arriba del bikini dejaba un canalillo que no podría salir en ninguna foto de lo tentador que era. Bajó la mirada tratando de escapar del pecado, pero llegó a otro lugar del todo inapropiado para la forma de ver a su madre.

En su cintura un pequeño bikini se anudaba, de idéntico color a la parte de arriba. Escondía unos glúteos duros que eran visibles a más de la mitad de su volumen. Los ojos se le estaban secando por la pequeña brisa venida del río y debido a que no los había cerrado en un amplio lapso de tiempo. Parpadeo en una única ocasión perdiéndose tan deliciosa visión y sabiendo que ese trasero sería la envidia de muchas mujeres de su edad.

El joven pudo combatir su curiosidad dándose la vuelta en la toalla para dejar de mirar… admirar a su madre. Movió la cabeza para sacudirse una sensación que le nacía muy dentro y pensó “la entrada de Carmen en el baño me ha dejado secuelas”.

Queriendo normalizar una situación que se le había descontrolado a él solo, volvió a darse la vuelta para hablar a su madre que justo se acomodaba el bikini de la parte inferior.

—Mamá, —atendió aunque seguía colocándose el bañador. Sergio no podía evitar decírselo, la frase le picaba en la lengua y tenía que salir— si no te gustaba la foto de antes, ahora no nos sacamos ninguna ¿verdad?

Se sentó en la toalla, acomodándose para después buscar la crema de sol en su mochila. Todavía en silencio, cogió el bote de crema solar y comenzó a esparcirse el cremoso líquido por las manos.

—¿Por qué lo dices? —no recordaba la excusa que le dio con total claridad.

—Antes, se te veía un poco el canalillo y ahora, se te ve bastante más.

—Sergio… aquí no hay nadie, no estoy muy acostumbrada a mostrarme así… este bikini me lo compró tu tía. No pensaba que me quedaría tan… al aire.

—Por favor… —Sergio sacó una sonrisa sarcástica— ni que fueras con medio pezón fuera. A mi modo de ver, es un bikini muy normal.

—Bueno… son mis cosas y ya. No me juzgues que eres mi hijo —dijo ella con voz de madre para después colocarse boca abajo.

—Vale, vale… —dio por terminada la conversación, cerrando un poco los ojos para disfrutar del calor que le proporcionaba el sol.

Después de un cuarto de hora en silencio, Sergio decidió que era un gran momento para hablar de algo que le había rondado desde que habló con su tía. Una pregunta muy obvia apareció, ¿hace cuánto no tenían una charla sobre algo serio? No se acordaba, si es que alguna vez la habían tenido. Giró únicamente su cabeza permaneciendo tumbado mientras los rayos del sol que atravesaban las hojas de los árboles les proporcionaban una gran calidez.

Los ojos de su madre estaban abiertos, dos preciosos círculos azules que le estaban mirando cuando él se giró. Quizá lo sabía, quizá había leído esa sensación de querer expresar algo en su cuerpo. Por un segundo admiró los bellos ojos que su madre había dado en herencia a Laura y le dijo.

—Mamá, ¿te puedo preguntar algo? —asintió— respóndeme con sinceridad, si es que quieres contestar. ¿Tienes ganas de volver? —antes de que la mujer contestara, tomó de nuevo la palabra. De una forma sosegada y casi en susurros, volvió a hablar, parecía que compartieran un secreto— no lo digo por ver a papá y a Laura. Digo VOLVER, otra vez allí, lo mismo de siempre.

Mari se humedeció los labios al tiempo que pensaba si era un tema que pudiera tratar con su hijo. Recordando las palabras de su hermana, de cómo le había ayudado le observó por un segundo, se sentía tan bien a su lado. Su pequeño había crecido tanto… era un momento idóneo, se sentía de maravilla, en mucho tiempo no se había sentido de esa forma. El calor golpeaba su cuerpo que era sosegado con la leve brisa que brotaba del río, si cerraba los ojos podía notar como el viento la mecía como en una nube. “Podría dar una oportunidad a hablar con mi hijo”.

—Antes de contestarte a eso. Me ha contado Carmen… —su tono era bajo, igual que el de su hijo, apenas hablaban más alto que el ulular del viento. Sin quitar los ojos de este, sin importar quien más hubiera, en ese instante solo eran ellos dos— que has hablado con ella del tema de… Pedro. —asintió sin querer decir una palabra, ambos estaban demasiado cómodos— Me gustaría saber tu opinión.

—¿De ellos dos? Mi opinión es la de un chico de 21 años. No tengo vuestra experiencia… aun así —no sabía bien cómo encarar la pregunta, o sea que “se tiró” a la piscina— yo de ser la tía, no sé cómo actuaria. Mi punto de vista es que debe hacer lo que quiera, tiene que ser feliz, vida solo hay una… tiene que ver que es lo más beneficioso para ella, si seguir así, sabiendo que la engañan o cambiar. En mi caso, con esta edad claro esta… le devolvía la moneda…

—Hijo, que es tu tío… —replicó su madre casi sin voz.

—Lo sé, mamá, deja que me explique. La tía es una mujer de los pies a la cabeza, es guapa, lista, graciosa… se conserva de maravilla. —bien lo sabía, aunque no iban por ahí los tiros— Si en su vida marital aguanta al tío y sus deslices bien, pero… aquí está el dilema. Todavía tiene edad para disfrutar de esa parte de la vida, si se le presenta la oportunidad, y quiere… ¿Por qué no aprovecharla si eso la hace feliz?

—En la vida no solo está el… sexo, con los años lo entenderás mejor. —la palabra sexo salió con dificultad de su boca, no recordaba haberla usado antes delante de su hijo.

—Lo entiendo. Pero ponte en su lugar, papá te engaña y lo sabes, porque el tío por desgracia, la engaña seguro. Sabiendo que tu vida conyugal es un desastre desde hace años, de pronto, aparece una oportunidad de hacer algo… ya entiendes, ¿Qué harías? Se sincera. No te digo que empieces una nueva vida, solo que te puedes divertir sin que nadie lo sepa.

Las palabras de Sergio la estaban haciendo pensar. Tomó la pregunta literalmente, ¿qué haría ella? Dio un repaso rápido a los últimos años de matrimonio. No hizo falta pensar mucho para comprobar lo que ya sabía, su vida sexual no era para nada boyante y cada vez era peor, en eso se asemejaba a su hermana.

Entrados en los 40 el bajón había sido significativo, siempre le había buscado a Dani para el sexo, pero desde que cruzaron esa edad, había sido un punto y aparte. Había pasado de tener cerca de uno al mes o cada dos meses, a ser 2 o 3 al año. “¡Joder! Yo todavía me veo guapa y… fogosa” pensó con rapidez con cierta rabia, aunque de la misma se calmó sabiendo que ese no era su caso, su marido no la engañaba…

—No creo que pudiera —se quitó los pelos morenos del rostro sin dejar de mirar a su hijo con sus ojos azules. Siguió— si papá me engañara no sé… no me entra en la cabeza… no creo que ni se me ocurriría pensarlo. O sea no lo digo con dudas, no quiero que lo interpretes así, tu padre y yo no estamos mal.

—Mamá —le dijo cortante Sergio—, sé que no estáis mal, sin embargo, no hace falta tener más ojos que estos dos, para ver que vuestra relación ha pasado por mejores momentos.

Mari sintió una punzada en el pecho, una quemazón que solo podía provocar una cosa, la cruda realidad. Siguió mirando a Sergio, quizá por escuchar una rectificación… alguna palabra que le hiciera saber que era broma, pero no, aquello era verdad.

¿Por qué trataba de negárselo? La comodidad era absoluta, de su interior las palabras querían brotar, aunque le costaba demasiado. Pero ¿Qué pasaba con su hijo? Cuál era el motivo de que aquella mirada le atrajera tanto, le diera tanta seguridad, tanta tranquilidad. ¿Aquel tono de voz? La voz le parecía de lo más atrayente, un sedante en un mar de dudas, sintió las palabras de su hermana más cerca que nunca, era como hablar con un amigo. Seguía tumbada en una toalla, pero le parecía la cama más confortable y Sergio… no era un niño, su hijo se había convertido en un adulto hecho y derecho que trataba de ayudarla.

—Me gustaría ayudarte a estar más feliz… por eso te he hecho la pregunta sobre si querías volver.

Mari suspiró de manera profunda y se decidió que no estaría mal hablar con alguien tan cercano de sus problemas. Su hermana siempre estaba muy lejos, tener de confidente a su hijo no podía ser mala idea.

—¿Te parece bien si primero comemos y luego hablamos? —Sergio la sonrió, un gesto cálido, lleno de comprensión y ternura. Para acto seguido, mover sus labios en silencio y sin emitir sonido decirla “vale”.

Así lo hicieron. Los bocatas los engulleron en silencio, sin apenas mirarse, solo de vez en cuando sus miradas se cruzaban mientras saciaban su hambre con el lomo con queso que Mari había preparado. Cuando terminaron, se volvieron a tumbar y Sergio comentó que le habían salido riquísimos, en cambio su madre no reparó en eso.

Estaba pensando en lo que iba a pasar, comenzar una conversación sobre un tema que le era importante, tan serio que no se imaginaba que lo fuera a tratar con su hijo. Sin embargo, Sergio ya no era un niño, se había convertido en un hombre, un adulto. Le miró un instante pensando cómo no había notado ese crecimiento mental si le veía a diario, por un momento, sintió que tendría otro adulto en casa, que su niño se había ido.

—Cariño, ¿tu cómo me ves? Eres uno de los tres que me ve día a día.

—¿Sinceramente? Mal… —Sergio hablaba tumbado desde la toalla— Todos los días estás apática, falta de vida, algunas veces sonríes, pero es forzado, lo sé. Solo estos días he visto que tu rostro mostraba verdadera felicidad… creo que eres…

—¿Infeliz?

—Sí. —el joven sintió una punzada en el vientre, decirle eso a su madre le había dolido— Te expongo lo que veo yo día a día. Te levantas con una cara… se te ve cansada, pero no físicamente, sino mentalmente. Aunque parezca algo más externo, pero el que no te preocupes de tu aspecto, me hace ver que si no te quieres por dentro tampoco por fuera. —su madre le miraba intrigado, estaba dando en el clavo— Te duchas y con eso basta, apenas cuidas más tu apariencia. En casa tienes todo el día una coleta mal hecha, vistes ropas casi rotas, pareces… una mujer… mayor. Algunos días te pones camisetas mías o de papá para estar en casa, incluso para salir a la calle. No digo que necesites cierta ropa para estar bella, por ejemplo cuando lo hace Laura no llama la atención porque lo hace por comodidad. Pero en tu caso es diferente, es como si quieras verte mal a propósito…

—No tengo tiempo….

—Sé que no tienes ni un minuto. Pero mira, somos tres en casa, podemos ayudar… —pensó mejor— debemos colaborar, es nuestro cometido. Mírate estos días, por favor, —Sergio la miró de arriba y abajo. De no ser porque era su hijo, Mari lo tomaría como un descarado— has ido a un salón de belleza, tienes ropa más moderna y tu rostro brilla, incluso parece que tus ojos son más azules. Ahora, en casa de tu hermana, podrías ponerte una camiseta mía o revolcarte en lodo, que seguirías estando guapísima, pero todo eso viene porque estas bien por dentro. En cambio, si tuvieras el rostro y la desgana que tienes siempre en casa, seguirías… mal… espero que me entiendas…

—Sergio… —intentó detener las palabras de su hijo. La garganta se le había agarrotado y apretaba los labios para contener los sentimientos, incluso la rabia…, pero no hacia el joven, sino hacia ella misma.

Su hijo estaba acertando de lleno. Lo que le sucedía era una tristeza continua, una rutina diabólica que le había llevado a catalogar su vida como un infierno. Levantarse, hacer la casa, comprar, preparar la comida, limpiar… una vida monótona que no estaba hecha para ella. Se sentía vacía, asqueada, nada la hacía feliz, quizá también fuera su culpa, pero el bucle en el que había entrado la horrorizaba.

—Aquí es diferente, creo que es efecto de la tía. Te alegra la vida y… te pareces más a ella, menos cortada, más suelta, como si te importara bien poco lo que dijeran los demás. Te ves otra, mamá, las dos… cuando estáis juntas, os convertís en dos mujeres que bueno… perfectas. Unas personas que una adolescente como Laura debería tener como referencia. Resplandecéis tanto en lo anímico, como en lo físico… bueno, creo que me he explicado.

—Sí, cariño, te explicas bien.

La brisa venida del río sonó entre los árboles meciendo las hojas. Alguna no soportó el baile que el viento les proporcionaba y se deslizó en un gracioso movimiento hasta sus toallas. Mari seguía mirando sin parar a su primogénito, pero ninguno de los dos hablaba, su cuerpo le decía que ella era la que tenía que dar el paso y retomar la conversación. Sin embargo Sergio se adelantó.

—Mamá, ¿te sientes bien con ese bikini? —a Mari volvió a parecerle “rara” la pregunta. Si hubiera sigo cualquier otra persona, le hubiera vuelto a sonar descarado, pero era de su pequeño… aunque no tan pequeño.

—Sí, ¿Por qué?

—Porque te he visto con bañadores otras veces, cierto es que no tan “pequeño” digámoslo así. El caso es que lo llevas de otra forma, no con orgullo, pero creo que sabes que te ves muy bien y… no te escondes. No quiero que te enfades o te suene mal, pero creo que aquí te luces, te sientes más sexy, más cómoda, con más seguridad en ti misma…

—¿Me ves así? Como… a ver… ¿Wonder Woman? ¿Una mujer poderosa? —intentó calmar un poco la seriedad del tema con una broma, pero Sergio estaba lanzado.

—Mamá, aquí eres eso y más… —la vergüenza le invadía porque jamás le dijo tanta realidad a nadie— te lo vuelvo a decir, un referente para nosotros, sobre todo para tu hija. Me encanta la Mari que veo junto a Carmen. Sin ir más lejos, el primer día —una pequeña sonrisa apareció en el rostro del joven— después del salón de belleza, de ponerte aquellas ropas, antes de salir ¿sabes que vi? —ella le miró con mucha curiosidad. Sus palabras le provocaban una atención extrema— Vi en tu cara que sabías que ibas preciosa, que te sentías así… eso en casa jamás lo he visto.

—Gracias, cariño. —meditó las palabras de su hijo y le dio una contestación— Creo… que no has fallado en nada, nada de nada… impresionante. —se tumbó en la toalla mirando hacia las hojas que la cálida brisa seguía moviendo— Me he dejado mucho. Sé que no tengo tiempo, sin embargo, el tema de tener que prepararme también me da pereza. —resopló solo de pensarlo— Creo que el ir dejándome, el convertirme nada más que en una ama de casa… me ha llevado a una rutina que me mata. —sus ojos miraron al pasado, a una época de risas con su hermana y sonrió por primera vez en toda la conversación— De joven, un pelín más joven que tú, como Laura más o menos. Era muy alocada y también muy guapa ¡eh!… tan diferente a lo que ves ahora.

—He visto fotos tuyas de joven… y en la boda… mamá, parecías una princesa.

—Tus ojos de hijo… que no me ven de manera objetiva.

Más de una vez, Sergio lo había pensado mientras echaba un ojo a aquellas instantáneas, “realmente era guapa, muy guapa”. En algunas fotos de la juventud, en las que estaba con Carmen, se las veía de verdad como siempre fueron y debían seguir siendo, preciosas. En muchas instantáneas, hacían el tonto o reían a mandíbula abierta, con una felicidad inacabable. Sabía que no eran sus ojos los que le mentían, la prueba estaba con su tía, ella le parecía igual de guapa que su madre y no había duda de ello. Por lo menos no la tarde anterior.

Algo se prendió en su cabeza, algo que quizá su cerebro le estaba bloqueando o quería salvar esa última barrera que por temas de moralidad estaba cerrada a cal y canto. Pero en menos de una fracción de segundo, todas las preguntas posibles se resumieron en un conjunto de ideas que llevó a una única duda “¿Mari es guapa?”.

La pregunta no era la que se hace un hijo, una madre siempre es la más bella del mundo, sin embargo no era ese tipo de cuestión. Era más objetiva, hecha desde unos ojos que no veían a su madre, sino a una mujer adulta en bikini a menos de un escaso metro ¿podría contestar a tal pregunta? Sí.

No obstante algo se lo impidió, un límite que le dejaba su mente parada sin poder reaccionar. Había podido responder a una pregunta similar con su tía, pero este caso era diferente y no pudo hallar la respuesta. Aunque mejor dicho, su propio subconsciente no se lo permitió.

Aun así, mientras su madre le seguía mirando, con una mirada tierna llena de un amor verdadero, se atrevió a contestarla. Porque lo que le iba a decir era cierto, no la iba a mentir. Sus ojos de hijo la veían guapa, pero en ese momento, ¿de qué forma la miraba? La opinión de que su madre era guapa… salía de su parte de hombre, no de la de hijo.

—Aparte de tu hijo, también soy un hombre, mamá. Puede ser objetivo.

La mirada de uno quedó fija en los ojos del otro, un sentimiento de lo más incómodo, pero atrayente que ninguno se atrevía a romper.

Escuchar aquellas palabras, a Mari le hizo que el corazón se le parara. No era algo que un hijo le decía a su madre, no la frase en sí, sino el tono, la fuerza, la seguridad… era raro. Además, ¿Dónde la había escuchado? Rebuscó en su memoria. No tardó en acordarse de la conversación con su hermana mientras hacía de vientre, ¿no le había dicho algo similar? ¿Por qué ahora volvía a escuchar esas palabras?

El sol seguía calentándoles el cuerpo entre las sombras de los árboles, nadie se divisaba alrededor, estaban prácticamente solos, solos en una zona casi paradisiaca. Aquel remanso de paz al lado del río y cubierto de mullida hierba era como en un limbo donde nada importaba, nada más que esos ojos que se miraban el uno al otro.

Mari comenzó a sentir una incomodidad demasiado marcada en su cuerpo, no podía aguantar la mirada de su hijo, no parecía la mirada de un chico, se asemejaba… a algo que no lograba adivinar. Aunque cuando cerró los ojos apartando la vista, lo supo bien. Era la misma mirada que su marido tantas veces le había dedicado y que hacía años que no sentía, la mirada de un hombre que mira de verdad a una mujer.

Mari se levantó para evitar que Sergio se diera cuenta de que su cuerpo se había puesto a temblar. Los ojos de su hijo la habían hecho que un escalofrío recorriera su espalda teniendo que pensar en otras cosas. La sensación había sido tan extraña, que erguida mirando al agua solo quiso zambullirse y gritar. Lo había sentido, había notado la mirada en un hombre en su cuerpo, quizá no intencionada, pero aquellos no eran los ojos de su niño, estaba segura. No tenía dudas, Sergio era un hombre.

—¿Vamos al agua? —preguntó sin mirarle. Sonó a una orden, su hijo no contestó, solo se levantó.

La tensión era palpable e incómoda, Sergio podía ver como su madre estaba tensa y él, cada vez se sentía más extraño. Sin motivo aparente, recordó de forma involuntaria el momento en el que la desvistió en su habitación cuando llegó de fiesta. La vio con un sujetador nuevo magnífico, petición obviamente de su tía y unas braguitas a juego que también llevaban la misma firma. La recordaba despampanante, una mujer que no se parecía en nada a la Mari de casa, era más como Carmen… su tía Carmen…

Pero ¿qué había hecho su tía al salir de aquella habitación? le había visto la erección que portaba. Le preguntó si era por Mari o por otra, sabía muy bien por quien era. En aquel instante, saliendo del cuarto, podía responder con claridad que había surgido gracias a Carmen. Pero ahora… en el momento que caminaba junto a su madre hacia el agua, se volvió a preguntar con muchas dudas “¿Por quién era?”.

Se adentró en el agua con velocidad, estaba templada, pero le vino de maravilla para paliar el calor que amanecía como el sol en su interior. Su madre apenas le miraba y bajaba con calma por el camino empedrado, primero sus pies, después sus piernas, con lentitud fue metiendo el resto del cuerpo mientras su hijo la mirada de soslayo. Sergio estaba atenazado, no sabía que decir ni hacer, pensaba que podría estropear el día con un único movimiento… debía recobrar la normalidad de madre e hijo. Para no sentirse tan “raro”, por su mente aún adolescente y por supuesto, más que brillante… solo se le ocurrió una idea.

Se acercó a su madre que le miraba con dudas, sus ojos azules intentaban entrar en sus pensamientos, pero no podía, “¿Qué quiere?”. Los brazos de su hijo la rodearon con fuerza, los notaba en forma, como el resto de su cuerpo, pasarían muchos años hasta que saliera la típica “barriga cervecera”. Posó sus manos en sus hombros por inercia, como si estuviera levantándola en un baile acrobático, de nuevo sus ojos contactaron, ninguno sonreía, era una mirada que intentaba ver más allá.

La mujer estaba descolocada, no podía entender que iba a hacer su hijo. Estaba tan cerca que ambas pieles calientes por el sol y húmedas por el agua del río, hicieron contacto. Mari y Sergio estaban pegados. Los brazos le apretaron con más fuerza y su bikini rozó el pecho del joven, una pregunta explotó en su cabeza de nuevo “¿QUÉ QUIERE?”.

Mari por fin se dio cuenta de lo que su hijo tramaba cuando su cuerpo se alzó para después sumergirse bruscamente en el agua. El río estaba templado y la sacó del trance en el que llevaba introducida un largo rato.

Salió rápido aspirando una bocanada de aire y echándose en un movimiento veloz todo su pelo moreno hacia atrás. Salpicó gotas de agua con los mechones de su cabellera y abrió sus preciosos ojos azules tanto como pudo para poder ver con claridad. El color de sus ojos se podía confundir con el agua.

—¡SERGIO! —clamó con un grito al cielo.

El joven no dijo nada, se quedó mirando a su madre, que tenía una mano en sus pechos sujetando la parte de arriba del bikini para comprobar que el golpe no lo hubiera movido. Todo en orden. Sergio vio como sus manos apretaban los senos contra su propio cuerpo, haciendo que el volumen de estos agrandara sin quererlo, se reprimió así mismo y alzó sus ojos al rostro mojado de su madre. No debía mirar más abajo.

La cara de la madre al ver a su hijo quieto dentro del agua y con el rostro de forma “boba”, le hizo sentir tal ternura que una sonrisa comenzó a salir de su boca. No pudo aguantarlo, aquella sonrisa desembocó en una carcajada a mandíbula abierta que no se detenía. Los dos comenzaron a reír como locos sin saber muy bien por qué.

Mari se acercó a su hijo todavía sonriendo, pero de manera más maliciosa, posó las manos en la cabeza de Sergio y devolviéndole la jugada, le introdujo con fuerza dentro del agua. Pasaron así varios minutos jugando como niños, como lo hacían cuando Sergio todavía no había cumplido los diez años.

La madre no recordaba pasárselo tan bien con tan poca cosa. Perdió la noción del tiempo mientras pasaban los minutos jugando, solo supo que salieron con los dedos arrugados y con un dolor agudo en el vientre de tanto reírse.

—¿Te parece que comencemos a recoger después de secarnos? —propuso Mari habiendo apartado a un lado el sentimiento tan incómodo de su cuerpo.

—Bien, he acabado algo cansado con esa pelea…

—¿Además de perder, te cansas?

—¡Oye! Yo no lo veo así —trató de hacerse el ofendido sin conseguirlo.


CONTINUARÁ...

Un trío mami-tita-nene porfiiiii :adorar1:
 
Ya queda poco para ir terminando este primer librito, espero que os esté gustando.

A Carmen le encanta que lo leáis jajajaja
 

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23

En las toallas volvió a reinar el silencio, el sol había evitado las hojas de los árboles y les daba en diagonal con más intensidad. Las gotas que se deslizaban por sus cuerpos apenas tardaron en secarse. Su madre se había puesto las gafas de sol y de mientras su hijo cerraba los ojos para relajarse, sin embargo algo le perturbó, una cosa que le llamó la atención y que casualmente había visto todo el día.

El cuerpo de Mari tumbado boca arriba seguía secándose. Siendo agosto y sobre todo con este par de días en los que había tomado el sol, había perdido buena parte de su palidez. Naciendo por toda su piel un pequeño tono dorado que la hacía resplandecer. No llegaba a estar morena, quizá en unos días lo lograría, pero el cambio de color era evidente.

Sergio sabía por pasados veranos, que la mayor muestra de que su madre se estaba poniendo morena, eran las pecas que le salían en el rostro y alguna ya había florecido. Eran muy idénticas a las de su tía Carmen, salvo que esta, las lucía casi todo el año debido a los largos ratos que pasaba al sol. El joven la miraba con uno de sus ojos entrecerrado, no podía negar que su madre había parado el reloj del tiempo, es más, lo había puesto marcha atrás. Aquel color de piel, aquella sonrisa, su pelo cuidado… todo era una mezcla perfecta que la hacía parecer más joven y a Sergio, eso le gustaba.

Sin embargo, el muchacho no se fijó únicamente en la piel de su madre o en las graciosas pecas que le surcaban la nariz. Con el único ojo que la miraba y con la mente medio dormida debido al calor, vio como la parte inferior del bikini amarillo que compró Carmen, caían todavía gotas traviesas que mojaban la toalla.

Decidió subir sus ojos, recorriendo primero las costillas, algo marcadas por la delgadez de la mujer y después, parar esa mirada en una zona poco apropiada. Se sentía levitando, cerca del mundo de los sueños, sin embargo, su visión ponía atención a lo que tenía enfrente, la parte de arriba del bikini.

Una gota descendía desde el sujetador surcando el lateral del cuerpo de la mujer, sin que ella se diera cuenta. Sergio podía ver que tras el cristal oscuro de las lentes de su madre, sus ojos estaban cerrados, no dormía, pero estaría tan relajada que no podría sentir sus ojos analizando cada centímetro de piel.

La tela en esa parte también estaba mojada, se había pegado a la piel y la silueta de los senos desde el punto de vista de Sergio era evidentes. Un pequeño montículo coronaba la mama, un ligero bulto que sobresalía por la zona acolchada del sujetador. Ni se le ocurrió dejar de mirar.

Durante unos segundos, quizá breves… o quizá no tanto, sus ojos se quedaron fijos en ese punto, una mínima elevación encima de una mayor. Su mente le avisó de lo que estaba haciendo, le estaba mirando los pechos a su madre, no por casualidad o cierta curiosidad, si con mucha intencionalidad.

Dentro de su bañador, el miembro que había estado inerte bastante tiempo aquel día, de pronto pegó un pequeño salto que hizo alarmar al joven. Sus ojos escaparon de la perfección que estaba observando, tuvo que parpadear como si pudiera borrar la imagen y su cuerpo trató de fingir una normalidad que no existía.

“Saca algún tema o piensa en otra cosa, ¡estúpido!” se dijo notando que otra leve sacudida se iniciaba dentro del bañador. Pensó en que podría decirla, por nada del mundo debía tener ese cosquilleo en la entrepierna, lo tenía que bajar. “Carmen me ha desestabilizado” se dijo convenciéndose una y otra vez, aunque ¿eso era cierto?

—Mamá… —en la tempestad que era su mente vio buena opción seguir hablando del tema que habían tratado antes. Además que todavía le quedaba alguna duda por resolver— te apetece seguir hablando, ¿o lo damos por terminado?

—¿Sobre lo de antes?

—Sí… sobre todo de una cosa, es algo que me gustaría saber.

—Dime.

—No te enfades, por favor, ¿has tenido alguna vez dudas de estar con papá?

Mari no contestó, el silencio llegó para quedarse unos cuantos segundos, solo se podía escuchar la suave brisa y ecos distantes de otras personas que parecían estar en otra galaxia. La mujer sopesaba la respuesta al tiempo que su hijo no percibía el menor cambio en ella. Le dio la sensación de haber hecho una pregunta sin importancia, pero bien sabía que no era así. Percibió que los labios de su madre se comenzaban a mover y un fugaz pensamiento le dijo que le pidiera perdón, sin embargo, su madre fue más rápida.

—¿Te…? —dijo Mari tomando la palabra con firmeza— ¿Te ha contado algo tu tía?

No hacía falta que lo confirmara, la complicidad entre ambos Mari la conocía, las únicas dudas que le quedaban a la mujer, era saber hasta qué punto habían hablado de ella.

—Hablamos de cuando erais jóvenes…

—Hijo, eres ya mayor y creo que puedes entenderlo. —a Sergio aquella frase le impactó como si su madre le fuera a desvelar el mayor de los secretos— Tú tienes ahora 21, yo con esa edad iba a quedarme embarazada y ya estaba casada. Eran otros tiempos, sí… aun así te lo digo para que te pongas en situación. Piensa ahora, que tú con esta edad estuvieras con una chica que conoces de hace solo 2 años… y que además, es mayor que tú… concretamente tu padre tenía 26 años cuando nos casamos.

Sergio comenzó a pensar en la idea de ser padre y casarse, un supuesto que era tan lejano que ni siquiera se lo había planteado. Cuando oía la palabra matrimonio e hijos, lo asociaba a la treintena o más… no ahora que estaba disfrutando en la universidad. Todo aquello era más para “viejos”.

—Una niña con 21 años —siguió su madre—, en un pueblo como en el que nos criamos, que aún estábamos algo atrasados, no es una exageración, es una obviedad… hablo en tema cultural —matizó ella—. Es normal que tuviera dudas. Sergio, —volteó la cabeza para mirar a su hijo tras las lentes y finalizó— estaba cagada de miedo.

—Te entiendo, yo no contemplo casarme hasta dentro de bastantes años…

—Mi situación era un poco esa, no pensaba en casarme hasta dentro de unos años, pero la presión de mis padres, pues… hizo que sucediera. Al final tu padre ya era “mayor”, entiende mayor en esos años. Por lo que al final nos casamos, pero cuando naciste tú… fue una bendición, y luego tu hermana, claro. Cuando te cogí en brazos por primera vez, supe que no tendría que haber dudado en ningún momento, elegí el camino correcto.

—Me alegro, de esa forma existo yo. —ambos sonrieron— Mamá, lo que te he dicho antes de ayudarte a que estés feliz, lo digo muy en serio, no tomes mis palabras en saco roto. Cualquier día si quieres hacer algo o tienes un plan en mente, no tienes más que decírmelo.

—Es que hijo… tampoco es que me apetezca mucho. Con tu padre siempre intentaba salir y hacer algo. Pero ahora con toda la semana trabajando es normal que no quiera… está cansado… entiendo perfectamente que quiera descansar…

—No, Mari, hay que forzarse un poco, ya descansará después. El fin de semana lo pasa en el sofá, o sea que descansa lo suficiente.

No pretendía hacer reír a su madre, pero una leve sonrisa se formó en su rostro, tuvo que tapársela para que su hijo no viera que se reía de su marido.

—No sé… aunque no te quito la razón, todavía somos jóvenes. Si no hacemos las cosas ahora… ¿Qué las vamos a hacer con sesenta?

—Podemos hacer un poco presión de grupo. Mira, tú le dices algo en la sala cuando estemos todos, y entre los dos… y si se anima Laura… si no está con sus cosas de preadolescente. —su madre le intentó hacer un gesto de enojo, aunque… ¿Para qué? No mentía— Hacemos que papá y tú valláis por ahí, ¿bien?

Su madre le miraba fijamente, en verdad, ¿Cuándo se había convertido su hijo en ese chico… hombre, tan bueno y sensato? Movió su mano hasta el rostro de Sergio. Los dedos secos y calientes debido a los rayos del sol acariciaron la tersa piel de su hijo, quitando alguna gota de agua que aún resistía el calor.

—De verdad, eres un buen hijo… —dijo en un tono muy bajo—, me cuesta mucho decirte esto, creo que lo sabes, pero… —aspiró con fuera y soltó casi sin voz— te quiero mucho.

—Y yo. Qué raro me suena que me lo digas, mamá, no estoy acostumbrado.

—Te tendrás que acostumbrar… debo cambiar, por ti, por mí, por tu hermana… por todos.

Sergio se quedó pensando en lo bien que le sentaban esas palabras salidas de la boca de su progenitora, le llenaban el cuerpo y hacían que una mueca de felicidad le pintara el rostro.

El interior de Mari gritaba de alegría, se sentía dichosa al decirle todo lo que amaba a su hijo, entonces ¿por qué le costaba tanto algo tan sencillo? No lo sabía. Sin embargo, el esfuerzo de soltar esas tres palabras le había dejado un buen sabor de boca y una sonrisa que no se le iba del rostro.

Siguieron secándose al sol en silencio, hasta que comprobaron que no había ni una gota de agua en sus cuerpos. Casi a la vez, vieron buen momento de “levantar el campamento” y volver al pueblo siguiendo con el plan que la mujer había elaborado.

En camino de vuelta dentro del coche, Mari seguía pensativa y mirando el paisaje, daba vueltas a su cabeza mientras su hijo conducía en silencio. Se miraba en el espejo, su imagen se veía borrosa en el pequeño cristal del copiloto, pero podía observar que su belleza no se había esfumado, seguía allí.

El pelo negro todavía húmedo y algo encrespado caía salvaje hasta sus hombros, todavía conservaba un color muy vivo que no vestía ninguna cana. No mentía su hijo al decirla que lo tenía descuidado, sin embargo ni con esas perdía belleza su cabello, ya que lucía unos mechones frondosos que brillaban a la luz del sol.

Levantó las lentes para verse con más precisión. Justo al hacerlo descubrió sus ojos, aquellos dos globos oculares de los que siempre se había sentido orgullosa seguían allí, aunque ella casi los había olvidado. En el espejo el azul de su mirada se reflejaba de forma intensa con un brillo propio, dos estrellas en el firmamento que habían puesto en su rostro por gracia genética. Se podía engañar si quería, pero era preciosa.

Era una mujer bella, aunque quizá al volver a casa, esa mujer se volvería a esconder de nuevo detrás de las ojeras, los peinados rápidos y el poco cuidado. ¿Por qué se dejaba tanto? ¿Para tanto era el cuidado de la casa que no le dejaba tiempo? O ¿era ella la que no se dedicaba tiempo?

Miró a su izquierda, su hijo conducía tranquilamente por la carretera, ajeno a los pensamientos de su madre. Le echó un ojo con disimulo, tratando de que no le pillara. Se había convertido en un hombre sin que ella se diera cuenta, en un buen hombre… nunca había esperado ver esa faceta en su hijo, siempre lo tenía como su bebe. No obstante, allí estaba, era educado, bueno y comprensible. Incluso… ¡Había hablado con él de sus problemas! “Aunque otros quedaran en mi mente, es un primer paso”.

En su imaginación nació una idea, un pequeño soplo que pasó fugaz, pero logró atraparlo. Disimuló la sonrisa mirando hacia el paisaje lleno de una extensa porción de árboles verdes, pensando en esa mínima idea, pero que sentía como una verdad. Aunque no quería expresarla en su mente, prefiriendo no darle una forma, al final sucumbió a lo evidente “ojalá Dani se parecía a su hijo…”.

Aparcaron cerca de la plaza del pueblo, sentándose en uno de los bares. La zona estaba medio vacía, por el pueblo aún se respetaba la buena costumbre de la siesta y más con aquel calor. Por lo que hasta dentro de un rato la zona no se llenaría de gente, podían tener… más intimidad.

—Se va acabando nuestro día en familia… —dijo Sergio con un tono algo ausente.

—Pero aún no ha terminado —respondió su madre con una sonrisa, mientras pedía al camarero una Coca-Cola y un vino.

—Qué raro se me hace verte beber —Mari solo era de beber en ocasiones especiales.

—No estoy acostumbrada, pero… estoy de vacaciones. Aunque mejor no beber como el otro día… me pasé un poco.

Sergio casi tenía olvidado el “pedete” que su madre sufrió al llegar. Pero lo que no olvidaba y menos de una imagen muy nítida que corría por su mente. Más que recordar a su madre borracha, lo que no podía sacar de la cabeza, ni quería, era el cuerpo semi desnudo que tuvo en frente y que metió en cama.

Su móvil sonó y lo cogió con desgana por haberle sacado de esos pensamientos. No tenía ni idea de quién podía ser, quizá algo de publicidad de alguna compañía telefónica, no recordaba haber hablado con ningún amigo.

Al momento que vio que era de “Tía Carmen” el cuerpo se le revolvió, no se esperaba lo que vio. Su tía le había mandado una foto, una única instantánea en la que de manera explícita, aparecían tanto un pezón, como sus labios. Le había devuelto la moneda, foto por foto.

El joven abrió los ojos de par en par y como no, su entrepierna juvenil comenzó a reclamar sangre desesperadamente. Tan absorto estaba en la foto que casi se le pasa el texto que le había escrito.

—Te echo de menos…

“Por dios, MI TÍA, me vuelve loco…” pensó antes de que algo le sacara de la gloriosa visión.

—Sergio, ¿estás aquí o…? —era su madre con la copa de vino ya en la mesa mientras el camarero servía la Coca-Cola.

—Sí, sí, lo siento. Una amiga… —soltó de pronto tan descuidadamente, “¿Cómo que una amiga? ¡Si yo no he tenido amigas en la vida!”.

—¿Amiga? —preguntó su madre extrañada y a la vez sorprendida— No sabía que tenías amigas.

—Si bueno, es muy reciente… hace poco que nos conocemos — “¿Qué haces? ¡Cállate!” Su mente luchaba contra sí misma.

—¿Qué tal? —Sergio la miraba extrañado— Me refiero con tu “amiga” —entrecomilló con un gesto de manos— no te creerás que soy tonta…

Sergio se había metido en un lío de la forma más infantil posible, de manera indirecta le había dicho que alguien le había hablado. Aunque eso era lo de menos, porque si su madre llega a ver quién le hablaba y que le había mandado, le daría un infarto. El joven no supo que decir, “quizá lo mejor será decirla que no es nada”.

—Después de tantas preguntas que me has hecho y ahora, ¿tú no me contestas? —en aquello no le faltaba razón. ¿Cómo no contarle? Si Sergio no decía algo, quizá esa buena relación que estaban labrando se desmoronaría. Además no la mentía, el joven tenía una amiga, aunque esta era la hermana de su madre.

—Bueno… No sé qué contarte, nos estamos conociendo…

—¿Sí? Qué bien, ¿y vas en serio con ella, o es…? —Mari no encontraba el término para referirse a la chica. Pero Sergio la cortó mientras pensaba en posibles palabras que encajasen en una conversación de madre e hijo.

—Todavía no lo sé, simplemente nos estamos conociendo, mamá, dame tiempo. Es muy pronto para saber hacia dónde va todo —ambos sonrieron y Mari dio un trago largo a su copa.

—Bueno, pero déjala para otro momento, dile que estás ocupado con otra chica. —su madre le guiñó de forma cómplice, un gesto más de Carmen que de ella, algo que Sergio jamás había visto y que le dejó perplejo.

El joven guardó el móvil y siguieron hablando de otros temas sin importancia mientras ambos se acababan primero una ronda y después otra. Pasaba la tarde mientras corría la tercera copa de vino y Sergio cambiaba su refresco a agua.

La tarde pasó en un suspiro y terminada aquella tercera copa de vino se levantaron y fueron al coche. Habían estado de cháchara tanto tiempo… los bares se habían comenzado a llenar e incluso el sol comenzaba su lenta bajaba dispuesto a cruzar el horizonte.

Tanto madre como hijo, llegaban bastante cansados a casa, el día había sido duro. El sol les había absorbido buena parte de las fuerzas y estaban derrotados, aunque Mari todavía tenía en el cuerpo las tres copas que se había bebido y eso le daba un plus de fuerza.

Llamaron a la puerta de la entrada y Carmen les abrió de manera efusiva. Durante toda la tarde les había echado de menos, aunque quizá algo más a su sobrino al que abrazó con fuerza, reprimiendo las ganas que tenía de llevárselo a “otro lado”.

—¿Qué tal os lo habéis pasado? —preguntó Carmen a su hermana.

—Bien, ha sido más que relajante.

—Oye… —le dijo fijándose en como los pómulos de la mujer estaban algo rojos. Se acercó para oler el aliento que emanaba de su boca— tú… ¿Has bebido? ¿Sin mí?

—Quizá sea una nueva Mari —dijo su sobrino subiendo las escaleras para ponerse el pijama.

—¡Vaya sorpresa! —rio Carmen haciendo que su hermana se avergonzara levemente— Vamos a cenar anda que he hecho una tortilla. Oye, si quieres, ya que vienes así… y me lo pides con tantas ganas… Podemos abrir una botella de champán, mira ¡qué buena idea has tenido, hermanita!

—No, Carmen, de verdad, ceno y me voy a cama, estoy molida.

—Anda, anda… —le dijo mientras la cogía del brazo— vamos a disfrutar, cariño.

Sergio bajó de su habitación cuando las mujeres estaban en la mesa de la cocina cuchicheando, a la par que acompañaban la cena con sendas copas de champán.

—Cariño, siéntate, lo que queda es para ti —Mari le señalaba la media tortilla que sobraba.

—Es demasiado, no creo que me la termine…

—Come. Que Carmen ha hecho mucho —replicó su madre.

—Haz caso a tu madre.

Añadió Carmen lanzando una mirada más que descarada delante de su hermana, cada vez se cortaba menos.

Los tres cenaron en la mesa y el chico se acabó su plato a regañadientes, eso sí, después se sintió más vital, había repuesto energías. Las dos mujeres hablaban y hablaban, centrándose en cosas de la familia y cotilleos varios sin mayor relevancia. Sergio en cambio, nadaba en sus pensamientos mientras miraba el móvil sin hacer nada realmente, contestar algún mensaje ocasional y echar una ojeada a las redes sociales.

—¿Hablando con tu amiga? —le preguntó su madre, algo que Sergio le costó entender. Su tía reaccionó antes.

—¿Qué amiga? —sorprendiéndose realmente.

—Mi hijo, que tiene una “amiga”. Al parecer esta hecho un Don Juan.

—Pues no me había dicho nada.

—Nada, no cotilleéis sobre mí, por favor…, cambiando de tema… ¿Te ha contado mamá que me ha intentado ahogar en el río?

—Sí, sí, cambia de tema, canalla —saltó su tía con una sonrisa felina. Entendió a la primera quien era la “amiga”—. No me ha dicho nada… o sea que Mari, ¿me quieres dejar sin sobrino?

—La verdad —Mari comenzando a reír— que nos lo hemos pasado realmente bien. Aunque luego el agua estaba un poco fría y ya nos hemos salido, el río nunca está caliente del todo.

—Ahora una ducha y como nueva, cielo —le contestó Carmen. De pronto una luz se encendió y su mente a la velocidad del rayo caviló un plan que no se le había ni pasado por la mente— o… podemos hacer otra cosa. —la mujer creó unos segundos de intriga mientras los otros dos la miraban expectante— Mari, ¿has estado alguna vez en un jacuzzi? —ella negó con la cabeza— ¿Te apetece meterte en uno?

No supo que decir, aunque las burbujas del champán ya le habían subido a la cabeza y no vio ningún impedimento para decir que no a esa proposición. Nunca había estado en uno y de no aprovechar el de su hermana, quizá jamás volvería a disfrutar de ese placer.

—¿Por qué no? —ambas brindaron y rieron a la vez mientras Sergio pensaba “de vez en cuando qué raras son las mujeres…”.

—Bueno… entonces con vuestro permiso marcho a cama que estoy muy cansado.

—Oye, no, no, no. No puedo permitir que mi sobrino se vaya sin probar el jacuzzi.

—No sé, Carmen, estoy realmente cansado.

—Tranquilo, hijo, si no vamos a tirarnos toda la noche, es solo un rato. —le sorprendió que su madre dijera aquello. La Mari habitual, le hubiera dicho que lo mejor era ir a cama y descansar. Su “nueva madre” le gustaba.

El joven movió los hombros sin saber lo que iba a hacer. Aún estaba con el cerebro algo lento debido a la comida y al cansancio, pero mientras ambas mujeres subían al cuarto con las copas de champán lo vio claro.

Su mente rápida carburó una frase del todo real “voy a ir a un jacuzzi con mi madre y mi tía. Con esta última he tenido sexo y estará en bañador, bueno… mejor dicho, las dos lo estarán. Es surrealista”. La elección era obvia, al menos para una mente más calenturienta que de costumbre. Ir con ambas mujeres y compartir las burbujas del jacuzzi era del todo tentador, pero claro, el factor que le desequilibraba era su madre. Se propuso buscar alguna excusa, sin embargo, a su cerebro, tampoco le apetecía, lo que deseaba era meterse.

Al tiempo que pensaba vio cómo su madre se metió en su cuarto. Sergio no lo hizo, aprovechó los pocos minutos que su madre se entretuviera, si es que tenía alguno, para ir primero donde su tía. Llegó solamente un minuto después de que Carmen traspasara su habitación, pero la mujer se había dado prisa, justo la pilló en el baño metiendo la primera pierna en el agua.


24

La mujer le miró con ganas, con unos ojos de cazadora que el joven podría haber confundido con la de una Leona en mitad de la sabana. Carmen se introdujo en el agua con lentitud, primero su trasero, el cual sentó con calma mojando así el bikini rosa que llevaba. La parte de arriba no llegó a mojarse, solamente la atadura que tenía en su espalda, que junto con el nudo del cuello sujetaban y escondían unos senos que Sergio deseaba volver a ver.

El disimulo en ambos brillaba por su ausencia, según traspasó el umbral de la puerta y vio a su tía, Sergio no dudo en parar de admirar a la poderosa mujer que dentro se hallaba. En ese instante, al tiempo que seguía mirando a su la hermana de su madre y ella le sonreía con esa picardía que solo ella sabía, supo que no era una gran idea estar allí.

—¿Has visto la foto de tu “amiga”? —procuró hablar bajo por si Mari estaba de camino— Me ha costado enviarla, es la primera vez que he hecho algo así…

—Carmen… —le contestó lo más bajo que pudo y agarrándose el paquete de manera soez y marcando ya una notable erección, añadió—, lo ves… esto, cada vez que te veo…

—Mi vida. —resopló llena de placer por ver de nuevo la gran herramienta de Sergio— Por dios, cariño…

La tensión se hizo insoportable y Sergio se amasó el pene de manera dura delante de la mirada de su tía. Sus ojos azules iguales a los de su madre, miraban con deseo el gran cacho de carne que su sobrino tenía aprisionado. No parecía poder abarcar todo lo que había dentro del bañador, era grande, gordo, delicioso… Carmen lo sabía muy bien.

Ambos querían poseerse allí mismo, la lujuriosa mente de la mujer rezaba porque le rompiera el bikini y contra la encimera del lavabo, le practicara un coito de forma bien dura. Sergio, no pensaba muy diferente.

—¡Si ya estáis los dos aquí! —Mari apareció por la espalda de su hijo haciendo que este soltara su paquete a la velocidad del rayo.

—Sí, esto creo que ya está caliente —el juego de palabras era tan evidente.

—Perfecto. —otro sorbo de champán y Mari metió el pie en el agua.

La tía dejó su copa junto a la de su hermana, sin perder de vista como en último lugar, Sergio se adentraba en el jacuzzi con un marcado pene que rápido escondió bajo el agua. Formaron un triángulo en el que el joven tenía a su derecha a Mari y a su izquierda a Carmen. Las mujeres comenzaban a comentar lo bien que se estaba y lo fabuloso que era tener uno, pero el joven no escuchaba.

El calor del agua y el masaje burbujeante le estaban calmando el cansancio, pero también transportando a una relajación muy profunda. Antes de entrar, cierto vigor había vuelto a su cuerpo. Ver a su tía tan ardiente, le puso un poco las pilas, aunque temía que se sobrecargara. Observó bien la situación y agradeció a la altura de las mujeres o a la persona que creara el diseño del jacuzzi, porque justo las mamas de ambas hembras se posaban debajo del nivel del agua. Por esta ocasión, para Sergio, sería mejor así.

Las burbujas llegaban justo, nada más y nada menos, hasta el pecho de ambas mujeres. Cortándolos a la mitad, similar a llevar un vestido palabra de honor, dándole al joven una imagen de relativa desnudez que su loca imaginación le hizo acrecentar. Miró con todo el descaro que pudo los de Carmen que flotaban alegres, “tan cerca…” se decía mientras agarraba su pene escondido bajo el agua.

Sin embargo algo le llamó la atención y los recuerdos de la tarde en el río afloraron. Se acordó de aquel bulto tan pequeño que era imperceptible y que a duras penas se notaba tras la tela. No trató de prohibir el giro de cuello que comenzaba a suceder, su curiosidad salvaje y animal le hizo que los ojos se movieran de unos pechos… a otros. En un movimiento en el que su madre se acomodó, allí lo volvió a ver, como si le estuviera esperando.

Quitó la vista de inmediato, aunque no supo por qué. El joven se gritaba en su cabeza “¡Es tu madre!, ¿Qué haces?”, aunque una voz demasiado débil, pero con toda la razón le respondía “y la otra tu tía… y ya ves”. Prefirió mantener la mente limpia de sexo, mirando los rostros de las dos mujeres que estaban con él, sin embargo, era ineficaz, en su entrepierna algo había empezado a funcionar y no se iba a detener.

De mientras en el otro cerebro, en el que en teoría de verdad sirve para razonar, solo pensaba que aquella situación no era normal, “esto es el comienzo de una escena porno…”. Con disimulo se palpó su zona íntima, corroborando lo que se imaginaba, la fábrica había empezado a bombear sangre y su pene estaba a media asta.

—¿Tú qué tal, Sergio? ¿También te lo estás pasando bien? —le preguntó Carmen forzándole a que participara.

—¿Cómo…? —el joven no sabía apenas ni donde estaba. Se encontraba fuera de la conversación, mucho más preocupado por su miembro— Eh… sí… se está muy a gusto aquí con vosotras.

—Me refería al viaje, cariño —le contestó Carmen sin esconder una mirada de saber muy bien lo que ocurría a su joven amante.

—Sí, eso… también. Una delicia.

—Sergio, ¿estás bien? —preguntó su madre mirándole el rostro— ¿Estás algo acalorado? La cara, la tienes algo roja —buscaba el veredicto de su hermana, ella la asintió.

—No sé… supongo que sí… o sea, digo sí —Sergio cada vez se encontraba mejor y peor.

La sensación de placer le invadía, se notaba demasiado bien dentro del agua, su pene creciente era testigo directo de ello. No obstante, la tensión por estar así a escasos centímetros de su tía, con su madre presente… era un cóctel difícil de asimilar.

—Déjale, Mari, tendrá vergüenza de estar con dos viejas en el jacuzzi —saltó Carmen picándole con claridad.

Sergio no contestó, ¿para qué lo iba a hacer? Vio cómo su tía le miraba mientras se rellenaba la copa y su madre… estaba haciendo lo mismo. La única diferencia era que una sentía cierta preocupación por su hijo, pero había algo más…

Sus ojos no eran los de siempre, quizá por el alcohol, quizá el día, quizá… a saber por qué, Sergio no lo sabía. Sin embargo, la mirada de su madre no era la misma, era diferente, más cercana a la que le lanzaba… su tía.

—¿Sabes a lo que me recuerda esto, Carmen? —dijo Mari, mientras su hermana esperaba paciente la respuesta— Cuando íbamos al río de adolescentes.

—Buenos momentos —respondió dejando la copa— algunos demasiado buenos… —las dos rieron como colegialas— ¿Te acuerdas el día que nos quedamos con Francisco Javier?

—No me llaméis así, me llamo Javi —la madre de Sergio imitó una voz de enfado infantil en alusión al hombre del que hablaban—. Sí que me acuerdo, como para no… ¿Qué será de él?

—Se casó y se marchó del pueblo, similar a lo que hiciste tú. No tengo la menor idea de que será de su vida, ¿crees que se acordará de nosotras? —preguntó Carmen, a lo que Mari le respondió con un gesto cómplice, para después sonrojarse.

—¿Qué… pasó? —Sergio obviamente no lo sabía y pensaba que quizá fuera mejor así. Aunque preguntó… por supuesto que su lujuria interna quería saberlo.

Las dos chicas, porque ya no parecían mujeres, sino dos féminas atrapadas en sus recuerdos de adolescencia, se rieron al escuchar la pregunta del joven y se miraron de manera malvada.

—Cuéntalo, Carmen, que a mí me da algo de reparo.

—Bueno… —no podía parar de sonreír— Sergio, no te pienses que somos malas, solo fue una vez. Estuvimos en el río, por donde has estado esta tarde me imagino, ya sabes cerca de las afueras del pueblo. Habíamos quedado unos cuantos, era un día como hoy, de verano y hacía mucho calor. Al final, casi todos fallaron y solo fuimos cinco creo…

—Sí, fuimos dos coches, tres y dos. —matizó Mari que se mordía una uña a la par que sonreía.

—Eso es, en uno iban una pareja y en otro íbamos Javi, tu madre y yo. Javi era un chico de 17 años, no tenía carnet obvio, aunque bueno… esto era el pueblo y se conducía y ya. Nadie decía nada. Buen paquete le caería a más de uno si lo hiciera hoy en día.

—Carmen, te lías —le reprochó Mari expectante al tiempo que daba un nuevo sorbo.

—Sí, sí, pues eso. Tu madre tenía 16 y yo 19, Javi era un amigo más. Estábamos allí los cinco, ya era de noche, y la pareja se fue y entonces… no sé ni porque se nos pasó por la cabeza, pero nos metimos al agua. Los tres.

Sergio escuchaba expectante, su tía lo estaba contando con una voz melosa, en un tono más bajo de lo habitual. La pausa, la tranquilidad y el modo de narrarlo, trasmitía un erotismo que el muchacho no comprendía. La sensación que le daba era que aquella historia no podía terminar bien y lo peor de todo, que su madre con el rostro ruborizado en su totalidad, escuchaba con gusto como si lo reviviera.

—Y bueno, creo que mejor resumir, le provocamos un poco…

—Provocar, provocar… a ver, no fue para tanto.

—Sí, Mari, lo hicimos… —las dos se miraron y asintieron dando validez a sus palabras— Nos metimos con él en el agua. Nos desnudamos, primero las chicas y luego lo hizo Javi. Tenía una cara que no se lo creía y después… —lanzó una mirada sexual a su sobrino, importándole bien poco que su hermana estuviera presente y le preguntó— ¿Qué crees que pasó, Sergio?

La voz de Carmen sonó de lo más fiera, una cazadora viendo al joven cervatillo amedrentado y listo para ser devorado. La mujer notaba la tensión del chico, estaba al borde de la locura, podía sentirlo en la burbujeante agua. Aquella situación le estaba calentando a rabiar, solo la detenía la presencia de su hermana. El joven no respondió, solo se volvió a sujetar el pene bajo el agua y movió los hombros. Pero ambas mujeres esperaban una contestación.

—Os lo… Os lo folla… —llegó a decir el joven casi con toda su fuerza de voluntad, dedicándole una mirada tímida a su tía.

—Noooooooo —su madre le cortó algo apresurada y con una mano sujetando su pecho que por un momento se había agitado— hijo, ¡qué lanzado!

—Sergio que mala impresión tienes de nosotras. —el joven pensó que la maldad de su tía no conocía límites— Nos metimos en el coche rápidamente con su ropa y le hicimos que anduviera desnudo una buena parte hasta el pueblo. Creo que nos odió una temporada, pero no se lo dijimos a nadie.

Ambas explotaron en carcajadas incontenibles ante la perpleja mirada de Sergio. El joven las observaba atónito mientras su mente le lanzaba un reproche “¿qué te crees que son tu tía y tu madre? ¿Dos actrices porno y su vida una película?”. Aunque tuvo que añadir “eso si… menudas cabronas…” para acabar sonriendo y negando con la cabeza.

Las mujeres detuvieron sus carcajadas, mientras el joven las miraba todavía incrédulo. Se sirvieron otra copa más. Mari había perdido la cuenta, pero se notaba muy alegre y atrevida.

—Fuimos crueles… —no se le borraba la sonrisa.

—Podíamos serlo, cielo, éramos tan guapas… tan sexis… lo podíamos todo. —Carmen se encontraba evocando recuerdos cuando preguntó— ¿Te acuerdas que le dijiste cuanto te quitaste el sostén?

—Sí… es que no paraba de mirármelas y yo era una niña. —asintió algo avergonzada. Aunque tantos años atrás no tuvo la más mínima vergüenza— Me las levanté y solté un “libres y liberadas” ¡Jesús, tenía 16 años!

Ambas volvieron a reírse sin parar, mientras Sergio no daba crédito a la historia que escuchaba. No se imaginaba a su madre calentando a un chico, además mayor que ella… y menos, enseñándole los pechos. Aunque por otro lado, a una parte de su cuerpo que reptaba sigiloso por el muslo derecho, la historia le parecía encantadora.

—Es que cuando están liberadas, es mucho mejor —dijo en todo neutro Carmen, mientras alzaba su copa y su hermana la seguía brindando en mitad del jacuzzi.

—Hace tanto que no me quedo en toples… —ambas se habían olvidado del joven— y mira que en el río casi siempre que estábamos solas lo hacíamos… incluso alguna vez en compañía.

—Qué raras éramos para aquella época. Oye, mejor recuperar las viejas costumbres ¿no? —preguntó Carmen sonriente y con un movimiento de cejas alentó a su hermana. “¿Qué quieren hacer…?” Pensó Sergio sumamente perdido.

—Pero…

Mari pareció acordarse en el último instante de que su hijo estaba presente y miró a su hermana pensando en que no podían si él estaba allí. “No puedo enseñarle los pechos a mi hijo” meditó mientras sorbía lo poco que quedaba en su copa.

—Tranquila, se quedan bajo el agua. —Carmen guiñó un ojo y decidida se soltó el nudo del cuello para que no hubiera vuelta atrás. Pasó sus manos con cuidado hacia la parte inferior rodeando ambas protuberancias. Le dio mucha importancia a que su sobrino no viera ni un poco, sabía que la estaría mirando. Se lo sacó por completo y miró a su hermana— Lo ves, se quedan bajo el agua. Además, Sergio, no eres un chico cochino de esos que miran a las chicas cuando no se dan cuenta ¿verdad?

Sergio negó, estaba jugando con él, su pene ya estaba completamente duro y ahora con los pechos de su tía tan accesibles, el calor le estaba subiendo a la cabeza.

—¡Madre mía…! —Mari lo susurró. Parecía atorada, dispuesta a cometer una locura, surcando una barrera que nunca se había atrevido a atravesar. Sin embargo, esa barrera ella mismo se la había puesto y quizá para otras como su hermana sus límites eran fácilmente franqueables. Con voz seria le mencionó a su hijo— Sergio, no mires.

No miró, pero sabía lo que estaba pasando y aquello era suficiente. Su madre se quitó el bikini y lo dejó junto al de su hermana. Ambas estaban con los senos sueltos, a unos centímetros la una de la otra.

El curioso bulto que Sergio tenía en el bañador, había dejado de ser tan curioso para convertirse en un verdadero coloso que quería reventar la tela. No podía salir de allí sin ocultar tremendo “paquete” debía aguantar el chaparrón y mantenerse sereno hasta que viera una oportunidad.

—¡Mucho mejor! —resopló Mari y se acomodó con su copa en la mano.

—¿Lo ves? —su hermana asintió con cara de placer— Además, las burbujas dan un pequeño masaje.

La cabeza del muchacho estaba en otra dimensión, el agua les llegaba a cubrir el 80% del pecho y sus ojos no podían perder de vista aquellas cuatro obras de arte. En cualquier movimiento que enturbiase el agua… se veía mucho más, cualquiera de los cuatro pezones, podrían salir a la luz y ser visto de un momento a otro.

Las dos mujeres estaban algo borrachas, las copas de vino de Mari, más el champán le habían subido a la cabeza y ahora, con el calor del agua, todo se acrecentaba. Carmen en cambio, no tomó tanto como su hermana, pero el calor que desprendía su cuerpo, sobre todo en cierta zona sexual, le estaba causando una sensación de mareo mayor que el alcohol.

Sergio no sabía dónde meterse, las mujeres seguían hablando ajenas al muchacho y cuando una de ellas se movía levemente, no podía evitar lanzar sus ojos en busca de algo más que ver. Intentaba mantener quietos aquellos globos oculares marrones verdosos que la genética caprichosa no había querido que fueran azules, no obstante… no podía.

Por mucha fuerza de voluntad, siempre que los generosos pechos de su tía salían a flote, como un cazador agazapado en la maleza, soltaba una mirada fugaz observando lo máximo posible. Cuando sucedía lo mismo con su madre… ¡También miraba!

Estaba en su límite, se quería ir, bueno… no quería, pero era lo que debía hacer si no se quería desmayar allí mismo. Aunque bueno, estaba la otra opción, la de dejar fluir sus instintos primarios y arrancar la parte de abajo del bikini a su tía y que su madre contemplara lo que era capaz de hacer.

Su pene se movía como un látigo dentro del bañador, el calor que emanaba su cuerpo hacia parecer frío el propio agua del jacuzzi. Se notaba como si se hubiera bebido un sinfín de litros de ron, estaba algo mareado y le costaba enfocar, “no he estado tan cachondo en mi vida”. La boca se le había vuelto pastosa y una de sus manos, ya no podía soltar su miembro erecto mientras lo amasaba al amparo del agua dándose un pequeño placer.

Con la mano libre, cogió un poco de agua y se la echó por la cabeza, se dio cuenta de que no se encontraba nada bien, aunque mejor dicho… se encontraba demasiado bien. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos por un segundo relajándose lo máximo que el cuerpo le permitía. En su mente volaron millones de imágenes, imágenes que comenzaron a unirse como en una película. Todo cobraba vida en su cabeza, una historia tan real que no parecía imaginación.

Ambas mujeres se le acercaban y sacando su rica entrepierna daban buena cuenta de lo que tenía. Sabían lo que hacer y sabían lo que deseaba. “Pobre Francisco Javier… lo que te perdiste…” pensó mientras se imaginaba que a él sí que le hacían un delicioso triángulo amoroso. Daba igual que una fuera Mari, en ese momento cualquiera le valía.

—Mi vida… —la habló su madre esta vez desde la lejana realidad—, ¿seguro que estás bien?

Los ojos de Sergio algo perdidos, miraron a su progenitora. Tenía los pómulos colorados y los ojos algo vidriosos, en el puente de la nariz vio marcadas las pecas que tanta gracia le hacían de pequeño. Cada facción de su rostro le estaba pareciendo una belleza, estaba realmente preciosa, pero ¿desde cuándo? ¿Cómo pudo haber un cambio tan inmenso?

—Tienes la cara muy roja —le siguió diciendo.

—Sí… —dijo él tocándose el rostro con una mano húmeda y arrugada— creo que tengo mucho calor. —esperaba que eso no sonara con segundas.

—Salte, cariño, a ver si te vas a marear.

—No, tranquila, mamá, en un rato mejor. —no podía salir con aquella erección, se notaba como si una barra de pan atravesase su pierna, incluso sentía cierto dolor en la presionada punta. Mejor desmallarse, que enseñar aquello a su madre.

—Sergio, de verdad, vete. Tienes un poco la mirada perdida, igual te da una bajada de tensión, me estoy preocupando un poco.

La mirada de su madre no mentía. Pero el caso era que al chico no le pasaba nada malo, solo estaba más caliente que en toda su vida. Su tía miraba la situación con una media sonrisa, sabía lo que le pasaba al joven y aquella situación, le estaba encantando, “ponerle es como una droga” pensaba para ella misma.

Mari se movió queriendo acercarse a Sergio para tocarle la frente e instarle a que se fuera a la cama. Levantó el brazo para llegar hasta su frente y este se dejó hacer, pero en ese movimiento, en ese preciso instante, el pezón izquierdo de Mari, atravesó el umbral del agua y salió a la luz. Ella no se había dado cuenta, suficiente preocupación tenía con su hijo, pero este lo vio y… miró.

“Mierda… en que momento” pensó mientras cerraba los ojos y apretaba sus labios con fuerza. Su pene le dio un brinco, exigiendo salir al exterior y guerrear con quien fuera, no conocía de lazos familiares, solo quería ponerse a trabajar.

—Estás caliente —dijo su madre volviendo a su posición inicial—, quizá tengas fiebre, mejor marcha, cariño. Te habrá dado mucho el sol.

—No tengo nada, mamá, de verdad, déjalo, no es fiebre… se me pasa y salgo. —Sergio se veía en un aprieto y no sabía cómo evadirse. Para colmo su tía no le iba a ayudar, aquella sonrisa la delataba.

—Sí, Sergio, mejor sal —pidió ella mordiendo con disimulo uno de sus labios. Se sentía el mismo demonio—. Vamos, otro día te metes, no pasa nada.

—¿Seguro? —le preguntó únicamente a su tía, ella asintió contenta a rabiar. Pasó su mano por su pene duro como el hierro y lo apretó con fuerza dándose un poco de placer— Mamá, mira para otro lado, por favor.

—¿Qué? ¿Para qué?—su madre no entendió nada.

—Hazme caso, date la vuelta.

A Sergio cada parte del cuerpo le fallaba excepto una. Solo un hilo de voz surcaba su garganta, aunque no le hizo falta más, su madre sin comprender mucho, giró su cabeza y miró a su hermana. Sergio se levantó del agua, su bañador estaba demasiado ceñido debido a lo que tenía guardado. Un bulto enorme, gordo y duro como el diamante surcaba desde el medio de su entrepierna hasta casi el final de la corta pernera derecha del bañador.

Mari no estaba mirando, pero Carmen por supuesto que sí. Vio caer el agua caliente por su cuerpo y en especial por el bañador. La fina tela que guardaba un tremendo bastón se pegó de manera perfecta a la piel del joven, uniéndose ambas y dejando el relieve en una perfecta visión.

Todavía con el bañador tapando lo poco que podía, a la tía, le pareció mucho más grande, “¿es posible?” Se preguntó sin quererlo, aquello era un verdadero titán. Todo el calor se le concentró en la entrepierna y de pronto, al ver como su sobrino se ponía totalmente erguido y la serpiente de su entrepierna luchaba por salir, todo explotó en su interior.

—¡Jo-der! —dijo casi atragantándose sin poder contenerse ni por un solo momento. Si no llega a decirlo, le hubiera dado un infarto.

La otra mujer que estaba mirando a su hermana. Vio primero el rostro enrojecido de la mujer, la sorpresa, la incredulidad, los ojos azules abiertos al máximo parecían salirse de sus órbitas y su cara de estupefacción hablaba más que sus palabras. El instinto la llamó “¿Qué pasa?”.

En lo más profundo de su conciencia, seguramente supo al instante que es lo que realmente ocurría. Sabiendo de antemano que su hijo no quería que viera aquello, o quizá Mari realmente no tenía ni idea de lo que sucedía. Por simple curiosidad, cuando escuchó como de los labios de su hermana salía semejante palabra dicha con tanta intensidad, comenzó a girar su cabeza hacia la dirección de Sergio, con toda la inocencia de su mente.

Estaba a punto de divisar a su hijo. Carmen se dio cuenta, aunque era demasiado tarde para hacer algo. Los ojos de Mari se fijaron en el joven, estaba de pie, no había nada que llamara su atención, era el mismo Sergio de siempre o no…

—¡DIOS…! —salió de su boca, justo cuando el tremendo bulto de su hijo llamó su atención. Para después notar las manos de su hermana tapándole la visión— ¡… MIO!

Con las suyas propias, giró la cabeza y también se tapó los ojos. “¿Qué es eso? ¿De verdad, era… era… su… polla?”. El corazón le latía a mil por hora, estaba atorada y la respiración se le aceleró. Sus ojos habían hecho contacto con un bulto enorme, casi temible. El bañador pegado debido al agua le hizo ver lo que su pequeño guardaba casi a la perfección, observando como la punta, por milímetros no escapaba por uno de los lados.

—Lo siento… —escuchó la voz de Sergio mientras unos pasos rápidos salían del baño y luego de la habitación.

Separó sus manos y las de su hermana y ambas se miraron durante unos segundos hasta que escucharon la puerta del cuarto de su hijo cerrarse. El silencio entre ellas se cortaba, alguien tenía que decir algo.

—Lo has visto ¿verdad? —preguntó Carmen, algo obvio. Su tono denotaba preocupación, era sin duda algo impactante para una madre ver así a su hijo. Mari asintió.

No sabían que decir, era una situación de lo más extraña, habían visto el pene tanto a su sobrino como a su hijo, aunque Carmen ya lo observó y probó con anterioridad. Se tenía que hacer la tonta, sin embargo, no sabía que decir, prefería que Mari fuera la que hablara, para algo era su madre.

Esta se llevó una mano al pecho notando su corazón y su respiración desbocados de tal manera, que sus duros pechos estaban fuera del agua. Pero no le importaba, eso era lo de menos, miró a su hermana para decirla.

—Perdona… me ha sorprendido… —resopló y añadió— es que no me esperaba eso… fue sin querer… te oí y… y… me siento incluso mal.

—Tranquila, cariño, es algo normal, está con las hormonas revolucionadas… es un adolescente.

—Ya, pero… Carmen, estamos tú y yo… su madre y su tía.

—Era una situación… extraña. Al final somos dos mujeres… estamos bien… casi desnudas… puede haber posibilidades de que pase. Además, ya sabes que esa parte piensa sola. —señalándose como si tuviera un pene.

Ambas dieron un sorbo a sus copas para serenarse y Mari se echó agua en la nuca para enfriarse un poco. Misteriosamente o no de forma tan misteriosa, pero el calor de su cuerpo había aumentado, quizá por vergüenza o por otra cosa. Además… ¿Qué había dicho en su mente?, no lo recordaba, ¡ah, sí! Hacía mucho que no decía esa palabra… POLLA.

—Dices que te ha sorprendido —le dijo Carmen con seriedad— pero, ¿no se la habías visto? —y añadió mintiendo— A mí sí que me ha impactado…

—Sí, pero… era desde lejos… algo tapado… ver el pe… —no se atrevió a decirlo en voz alta— así de pronto, pues…

—Te digo una cosa —le dijo Carmen envalentonada por el alcohol— a mí verla no me ha sorprendido, o sea sí, claro… no me lo esperaba, —mentira— pero más lo otro…

—¿Qué otro? —preguntó su hermana algo ida.

—Chica… ¿El tamaño? —una risa tonta surgió de su boca e instantáneamente a Mari se le pegó.

—Ya… bueno, ya lo hablamos…

—Tú tenías una idea, —haciendo un gesto con la mano simulando la longitud— pero a mí… sí que me ha pillado de pronto.

—¿Por qué dices que lo sabía?

—La vez que le pillaste…

—Dios, si… lo siento, estoy algo en shock. —recordó aquella escena, estaba lejos, desde la puerta no la vio bien. Sin embargo ahora sí que la había visto, estaba a centímetros de su cara, aunque estuviera tras la tela, casi la podía sentir— Pero, no recordaba que fuera tan… pues eso…

—No creo ni que la recordases.

Ambas se echaron a reír sin saber muy bien por qué, seguramente por el alcohol en vena que tenían y el nerviosismo que a Mari le abordaba todo el cuerpo.

—Mejor será salir —dijo esta una vez cesó su risa.

—Sí, esto ya no puede ir a mejor… —riéndose todavía en un claro tono de broma.

Las dos se secaron y Carmen le dejó a su hermana un pijama para dormir, aunque no lo necesitaba seguía teniendo mucho calor. Cuando fue en dirección hacia su habitación, le dijo a su hermana.

—¿Te importa que duerma contigo?

—No, pero…

—Es que —le cortó Mari antes de que preguntara— me siento rara, no sabría explicártelo. No sé el porqué, pero no me apetece dormir sola. Incluso me da vergüenza salir de la habitación… —esto último a Carmen le recordó cuando su hermana era pequeña y vivían en casa de sus padres.

—Bien, Mari. Vamos, entra en la cama.

Ambas se metieron en cama y al de pocos minutos estaban dormidas. El sueño fue largo y reconfortante, como buenas hermanas soñaron algo similar, con algo… que vieron en el jacuzzi, pero que a la mañana siguiente no recordarían.

CONTINUARÁ...
 
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