En el SPA con mi mujer

Capitulo 4

Salimos de las salas de masaje y nos encontramos en el pasillo. Ella estaba radiante: las mejillas sonrosadas, los labios ligeramente hinchados, el pelo un poco revuelto.

Me miró con esa sonrisa pícara que tanto me gusta y me cogió del brazo.

—Ahora me toca el peeling corporal completo —dijo en voz baja—. Dura unos cuarenta y cinco minutos. Ve a las piscinas o al jacuzzi, cariño, relájate un poco.

Asentí, aunque por dentro ardía. La recepcionista confirmó que Carlos se encargaría personalmente del tratamiento. Él apareció enseguida, con su bata blanca, y me dio una palmada amistosa en el hombro.


—Tranquilo, la dejo en perfectas manos —dijo, mirándola a ella con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas. Nos separamos otra vez.

Me llevaron a la zona de aguas: piscina climatizada, jacuzzis con burbujas, saunas. Había algunas parejas, pero todo tranquilo. Me metí en un jacuzzi, cerré los ojos e intenté calmarme. Imposible.

Diez minutos después ya no aguantaba más. Me levanté, me puse el albornoz y empecé a pasear disimuladamente por los pasillos. Pasé por delante de la sala del peeling: puerta cerrada, silencio total. Fui al baño, y al salir vi que la sala contigua estaba abierta y vacía.

Entré sin hacer ruido y cerré la puerta casi del todo. Entonces descubrí la puerta de servicio entre las dos salas. Estaba entreabierta apenas unos centímetros. Me acerqué y miré. Y allí los vi.

Allí estaba ella. Tumbada boca abajo en la camilla, completamente desnuda. La toalla solo cubría simbólicamente la parte baja de la espalda. Carlos, también sin bata ya, solo con el pantalón blanco bajado hasta las rodillas, de rodillas frente a su cabeza.

Ella le estaba haciendo una mamada. Lenta, profunda, con esa forma que tiene de chupar que me vuelve loco: lengua por debajo, labios apretados, mano en la base. Carlos tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, una mano en el pelo de ella guiándola, la otra… la otra metida entre sus nalgas, masturbándola el culo con dos dedos mientras el pulgar le rozaba el coño. Gemía bajito, él.—Joder… cómo me acuerdas a aquella noche…Ella levantó la mirada, sin sacar la polla de la boca, y murmuró algo que no oí bien.

Entonces Carlos la ayudó a darse la vuelta. Ella se puso boca arriba. Las tetas al aire, los pezones duros como piedras. Las piernas abiertas sin pudor. Carlos se colocó entre ellas, se bajó del todo el pantalón y… la penetró de una sola embestida lenta.Las tetas subían y bajaban con la respiración agitada, los pezones duros y rojos. Carlos, entre sus muslos, con el pantalón blanco bajado hasta los tobillos, se la metía despacio, profundamente, una y otra vez.

Joder… qué polla tenía. Enorme. Gruesa como mi muñeca, larga, recta, con venas marcadas que palpitaban cada vez que se hundía en ella. La cabeza gorda, brillante de sus jugos, salía casi entera antes de volver a clavarse hasta el fondo. Se le veía perfectamente cómo su coño se abría para recibirla, cómo los labios se estiraban alrededor de ese grosor, cómo ella se empapaba tanto que cada embestida producía un sonido húmedo y obsceno.

Y él la miraba con admiración absoluta. Los ojos fijos en ella, recorriéndole el cuerpo entero como si no se creyera que la tenía otra vez debajo.

Miraba sus tetas temblar con cada golpe, miraba cómo su polla desaparecía dentro de ella, miraba su cara. La miraba como quien contempla algo perfecto, algo que ha deseado durante años. Con deseo, sí, pero también con una especie de reverencia, como si cada centímetro de su cuerpo fuera un recuerdo vivo de aquella noche en Sitges.

Ella apenas hablaba. Solo gemía. Gemidos cortos, profundos, que salían sin control cada vez que él llegaba al fondo. A veces un “ah…” largo cuando él se quedaba dentro y giraba las caderas. A veces un suspiro tembloroso cuando salía casi del todo y volvía a entrar despacio. No decía palabras. Solo se dejaba follar, disfrutando cada centímetro de esa polla enorme que la llenaba como nunca. Carlos sí hablaba, en voz baja, ronca, casi para sí mismo.

—Joder… mírate… igual que en Sitges… este coño sigue tragándosela toda…Y volvía a mirarla con esa admiración que me quemaba por dentro: los ojos brillantes, la boca entreabierta, las manos agarrándole las caderas como si temiera que desapareciera.

Entonces ella giró la cabeza hacia la puerta. Me vio. Sus ojos se encontraron con los míos.

No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada mientras él seguía follándola. Una mirada intensa, cargada, que lo decía todo: “mira cómo me llena, mira cómo disfruto esta polla que tanto recordaba”. Se mordió el labio inferior, arqueó un poco más la espalda y dejó que un gemido más largo escapara mientras Carlos aceleraba.

Él cambió el ángulo, levantó sus caderas un poco más y empezó a bombear más fuerte.

Los huevos le chocaban contra su culo. La polla entraba y salía entera, brillante, gruesa, implacable. Ella tembló entera, se corrió en silencio casi, solo con un largo suspiro y los ojos clavados en mí, el cuerpo tenso, el coño apretando visiblemente alrededor de esa verga enorme.

Carlos gruñó, se hundió hasta el fondo un par de veces más y se corrió dentro, llenándola, mientras seguía mirándola con esa misma admiración absoluta, como si estuviera viviendo el mejor recuerdo de su vida.

Ella no apartó los ojos de mí ni un segundo. Cuando él salió por fin, la polla todavía dura y brillante goteando, ella siguió mirándome. Sonrió apenas, exhausta, satisfecha.

Y articuló sin voz: “Te lo contaré todo después”.

Yo, al otro lado de la puerta, con la mano dentro del albornoz y la polla latiendo, solo pude asentir. Sabía que la historia de Sitges era mucho más larga de lo que ella me había confesado nunca. Y en ese momento, viéndola así, recién follada por esa polla enorme que él miraba con tanta adoración… me importaba una mierda. Solo quería escuchar cada detalle.
 
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Capítulo 5


Salimos de la zona de tratamientos con los albornoces puestos, el pelo aún húmedo y el cuerpo impregnado de ese olor mezcla de aceites y sexo reciente. En el ascensor, por fin solos, mi mujer se apoyó contra la pared, abrió ligeramente las piernas y metió la mano bajo el albornoz. Se tocó el coño despacio, hundiendo dos dedos con facilidad en aquel agujero resbaladizo, y cuando los sacó estaban chorreando una mezcla espesa y blanca de sus jugos y la corrida caliente de Carlos.

Me los acercó directamente a la boca. Los olía ya desde lejos: fuerte, salado, puro semen recién corrido. Me los metió hasta el fondo sin pedir permiso. Chupé con avidez, lamiendo cada gota, saboreando la leche de otro hombre que había llenado el coño de mi mujer minutos antes. La polla me palpitaba bajo el albornoz, rozando la tela con cada latido, a punto de reventar.

—Prueba lo que me ha dejado dentro —susurró con voz ronca y cargada—. Está todo lleno todavía… chorreando su leche espesa.

El ascensor llegó a nuestra planta. Caminamos por el pasillo en silencio, ella delante contoneando el culo bajo el albornoz, yo detrás con la boca aún impregnada de aquel sabor obsceno. Al entrar en la habitación, se quitó el albornoz de un tirón y se tumbó en la cama boca arriba, completamente desnuda. Las tetas caídas a los lados, los pezones rojos e hinchados, el coño abierto, hinchado, brillante de corrida que empezaba a gotearle lentamente por el culo hacia las sábanas.

—Me olvidé la tarjeta de acceso abajo — dijo con inocencia —. Luego bajo a por ella.

Se abrió de piernas sin ningún pudor, metió tres dedos dentro y empezó a masturbarse despacio, sacando más corrida y untándosela por el clítoris hinchado. Me miró fijamente a los ojos.

—Me ha encantado que me vieras follar. Me he corrido más fuerte sabiendo que estabas ahí, espiando cómo me llenaba esa polla enorme.

Me senté en el sillón frente a la cama, abrí el albornoz y saqué la polla. Estaba dura como una piedra, la punta ya chorreando. Empecé a pajearme despacio, sin apartar la vista de su coño chorreante.

—Cuéntame que paso con Carlos en carnaval. —le dije con la voz temblando de excitación—. Todo. Lo que nunca me contaste de verdad.

Ella sonrió, se mordió el labio inferior y aceleró los dedos en su coño. La corrida de Carlos chapoteaba cada vez que se los metía hasta el fondo.

—Estaba muy borracha aquella noche… perdí el control total. Todo empezó mucho antes, en el primer bar después de la cena. Conocimos a esos chicos en la mesa de al lado, juntamos mesas y empezamos con los chupitos. Carlos era el más simpático, el que más caña me tiraba. Hablábamos de todo: de los disfraces, de la fiesta, de lo loco que estaba Sitges esos días… Reíamos sin parar, él soltando bromas guarras disfrazadas de inocentes, yo siguiéndole el rollo porque el alcohol ya me tenía suelta. En un momento dijo algo de mistetas, que se marcaban mucho con la camiseta anudada, y todos se rieron. Yo también, y le contesté algo como “pues míralas bien, que no las vas a tocar”. Pero él sonrió con esa cara de cabrón y dijo “eso ya lo veremos”.

Mientras contaba esto, sus ojos adquirieron un brillo especial, como si estuviera reviviendo cada segundo, esa chispa traviesa y cachonda que pone cuando recuerda algo que la excitó de verdad. Siguió masturbándose despacio, con tres dedos dentro del coño, moviéndolos en círculos lentos, sacando más corrida de Carlos que chorreaba por su mano y goteaba en las sábanas. Con la mano libre empezó a tocarse una teta, apretándola fuerte, pellizcando el pezón duro como si estuviera recordando las manos de él.

—Salimos a fumar varias veces. La primera ya se pegó mucho a mí fuera del bar.

Encendimos el cigarro, seguíamos hablando y riendo, y de pronto noté su mano rozándome la cintura “sin querer”. Yo no me aparté. Luego otra salida: ya éramos casi solo nosotros dos, los demás dentro. Me apoyé en la pared, él delante, muy cerca, hablando bajito, mirándome la boca. Me rozaba “accidentalmente” el brazo con el dorso de la mano, pasaba por encima de mis tetas como si nada. Yo notaba cómo se me ponían los pezones duros, y él lo veía porque sonreía más. Me dijo al oído “joder, qué bien hueles… y qué tetas más increíbles tienes”. Yo me reí, le di un empujón suave, pero no me moví de sitio.

Aceleró un poco el ritmo ahora, metiéndose los dedos más profundo, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación. La corrida salía en hilos blancos cada vez que retiraba la mano para frotarse el clítoris hinchado, rojo, brillante. Con la otra mano se masajeaba las dos tetas alternando, apretándolas con fuerza, tirando de los pezones como si reviviera aquellos pellizcos, gimiendo bajito cada vez que se los retorcía.

—En la tercera salida ya era puro guarreo. Me acorraló un poco contra la pared, seguimos fumando, pero sus manos ya no disimulaban: me rozaba los costados, subía hasta casi tocar las tetas por los laterales. Hablábamos de tonterías, pero la voz ya era más ronca. Me comió el cuello despacito, un beso húmedo que me puso la piel de gallina. Yo cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, él ya tenía la mano por dentro de los huecos de las mangas de la americana, sobándome las tetas por encima del sujetador. Me pellizcó los pezones y se me puso durísimo todo. Gemí bajito, él gruñó “joder, cómo se te ponen…” y me besó con lengua, fuerte, mientras seguía magreando. Yo le correspondí, se me fue la mano al paquete y noté aquel bulto inmenso. Lo apreté, era duro como una piedra y enorme. Me giré, restregué el culo contra él y, no sé cómo, me desabrochó el sujetador y me lo quitó por las mangas. Ya iba con las tetas sueltas, rozando la camiseta, los pezones duros marcándose.

Sus ojos brillaban más que nunca, perdidos en el recuerdo, la respiración agitada. Cambió de mano en el coño, metió cuatro dedos ahora, abriendo más el agujero, estirándolo mientras la corrida chorreaba por su culo y manchaba la cama. Con la mano libre se dedicó a las tetas con más intensidad: las amasaba con fuerza, las juntaba, se pellizcaba los pezones duros hasta gemir, como si estuviera sintiendo de nuevo aquellas manos ajenas manoseándola en la calle.

—Volvimos dentro, pero el guarreo no paró. En la discoteca, en medio de la pista, se pegó del todo. Bailábamos entre la gente, hablando al oído, riendo, pero ya era puro fuego. Notaba su paquete duro contra mi culo cada vez que me movía, esa polla gruesa presionando la falda, marcándose más y más con cada roce. Él me mordía el lóbulo de la oreja, me metía las manos por los huecos de la camiseta y me pellizcaba los pezones sinsujetador. Me giré, nos comimos la boca con lengua delante de todos y se me fue otra vez la mano al paquete. Lo apreté fuerte, era brutal. Me dijo al oído “vámonos de aquí o te follo en medio de la pista”. No aguantamos más y salimos.Se detuvo un segundo para meterse los dedos hasta el fondo, gimiendo bajito, el brillo en los ojos ahora puro deseo.

Sacó la mano empapada, se la lamió despacio, saboreando la mezcla, y volvió a hundirlos con más fuerza. Al mismo tiempo, se apretaba las tetas con ambas manos un instante, levantándolas, ofreciéndomelas con la mirada mientras recordaba.

—Carlos me llevó a un portal oscuro, apenas iluminado por una farola lejana. Me levantó la falda de golpe, me sacó las tetas de la camiseta y me empujó contra la pared. Primero me arrodilló. Sacó esa polla enorme, gruesa, venosa, con la cabeza gorda ya brillante, y me la metió en la boca hasta el fondo. Se la chupé con ganas, tragándola hasta la garganta mientras él me agarraba el pelo y me follaba la cara. Me encantó… sabía a alcohol y a deseo puro. Y lo mejor: la gente pasaba por la calle, a menos de dos metros.

Algunos se paraban al ver el movimiento en el portal oscuro, miraban fijamente y se quedaban ahí, observando cómo me comía esa polla brutal de rodillas, con las tetas fuera balanceándose.

Un par de tíos se acercaron más, murmurando cosas como “joder, mírala”, pero Carlos les hizo un gesto y siguieron… Me puse aún más caliente sabiendo que me veían así, de zorra arrodillada chupando polla en plena calle.

Respiró agitada, los dedos hundidos hasta los nudillos, moviéndolos ahora rápido, entrando y saliendo con fuerza, el coño haciendo sonidos obscenos mientras la corrida salpicaba. Volvió a tocarse las tetas, retorciendo los pezones con saña, el cuerpo arqueado ligeramente, como si el recuerdo la estuviera llevando al borde.

—Cuando ya no pudo más, me levantó, me abrió las piernas con la rodilla y me la clavó de una embestida brutal, sin condón, hasta el fondo. Me tapó la boca con la mano porque gemía demasiado alto, pero me follaba como un animal, profundo y rápido. Me corrí, empapándole los huevos con mis chorros, el coño chorreando por sus muslos. Al final se corrió dentro la primera vez, a chorros calientes y espesos que me llenaron hasta rebosar.

Después me llevó a su coche aparcado en una calle sin tránsito, oscura y apartada. Me monté encima de él en el asiento de atrás. Botaba como una loca, las tetas rebotando en su cara. Él me las mordía, me pellizcaba los pezones hasta doler y me decía guarradas al
oído: “Joder, qué coño tienes… trágatela toda, … estas tetas son para correrse encima”. Yo apenas hablaba, solo gemía y botaba más fuerte.

—Entonces pasaron dos amigos suyos caminando. Nos vieron a través del cristal empañado y se acercaron. Carlos bajó la ventanilla y les dijo: “Mirad qué tetazas tiene esta… tocadlas si queréis, está tan caliente que se deja”. Yo estaba tan ida de alcohol y calentón que no dije nada… solo seguí botando en su polla mientras ellos metían las manos por la ventanilla y me amasaban las tetas con fuerza. Me pellizcaban los pezones duros, me las apretaban, me las levantaban… uno me metió los dedos en la boca y yo los chupé sin pensar. Carlos seguía follándome desde abajo y gruñía. Los amigos se sacaron las pollas y se pajeaban mirando. Uno se corrió apuntando a mi cara. Carlos al final se corrió dentro otra vez, a chorros profundos, llenándome hasta que me chorreaba por los muslos cuando me bajé.Yo me pajeaba a toda velocidad, la imagen quemándome la cabeza.

Ella gemía contándolo, los dedos chapoteando obscenamente en su coño lleno.

—Y cuando por fin te encontré esa noche, sin sujetador, las tetas sueltas bajo la camiseta, todavía tenía el coñito goteando su corrida. Mezclada con la mía, chorreando por mis muslos cada vez que caminaba. Por eso estaba tan cachonda cuando nos besamos… aún llevaba su leche dentro.

—Aún hoy me corro recordando aquella follada. Me dejó el coño roto … me encanta cómo me usó, cómo me llenó.

De repente, mientras decía eso con los ojos cerrados y a punto de correrse otra vez, se oyó el clic de la puerta abriéndose.

Carlos entró sin llamar, con la tarjeta-llave en la mano y una sonrisa descarada. Vestido solo con el pantalón blanco del uniforme, el torso desnudo y sudoroso, la polla ya marcándose dura y gruesa bajo la tela.

—Se te olvidó esto abajo —dijo con voz grave, cerrando la puerta tras él.
 
Capítulo 6


Los dos nos quedamos quietos un segundo. Yo con la polla en la mano, ella con los dedos hundidos en el coño chorreando la corrida de Carlos. Estaba claro que todo había sido planeado: la tarjeta no se había olvidado por casualidad.

Ella no dijo nada. Solo abrió más las piernas, sacó los dedos empapados y se los lamió despacio, mirándolo a él con deseo puro.

Carlos se acercó a la cama, se quitó el pantalón y se tumbó boca arriba. Su polla enorme ya estaba dura, brillante de restos anteriores.

—Ven aquí —le dijo con voz grave—. Quiero sentir esa boca otra vez.

Mi mujer se puso a cuatro patas sobre él, el culo hacia mí, las tetas colgando. Bajó la cabeza y se metió la polla hasta el fondo, chupándola con ganas, lengua recorriendo toda la longitud, labios apretados. Carlos cerró los ojos y gimió, agarrándola del pelo suave para guiarla.

Yo me acerqué por detrás. Vi su coño abierto, hinchado, chorreando semen por los muslos.

Me arrodillé y empecé a lamerla despacio, saboreando la mezcla caliente y espesa.Ella sacó la polla un segundo, jadeando, y me miró por encima del hombro con los ojos brillantes.

— Límpiame el coño… chúpame toda su corrida… méteme la lengua dentro, que está lleno todavía…Volvió a tragarse la polla de Carlos, gimiendo mientras yo obedecía.

Hundí la lengua profundo, chupando fuerte, tragando la corrida que salía con cada lametón. Lamí los labios hinchados, succioné el clítoris, metí la lengua hasta el fondo para sacar más.

Ella disfrutaba de los dos: la boca llena de una polla enorme, el coño siendo devorado por mí. Movía el culo contra mi cara, pidiendo más.Después de un buen rato así, Carlos la levantó en brazos y la llevó directamente al gran ventanal de la habitación. Era un cristal inmenso, del suelo al techo, que daba a la calle principal del resort. Aún había luz del atardecer, el sol bajo tiñendo todo de naranja, y abajo se veía movimiento: parejas paseando por los jardines, empleados cruzando con carritos, algún coche entrando lentamente al parking. El vidrio estaba completamente transparente, sin cortinas corridas del todo, así que desde fuera la habitación iluminada se veía perfectamente.

La puso de pie frente al cristal, de cara a la calle. Le colocó las manos abiertas contra el vidrio frío, a la altura de los hombros, y le abrió las piernas con las suyas. Desde atrás, le levantó ligeramente una pierna apoyándola en el pequeño banco que había junto a la ventana, para tener mejor acceso. Se colocó detrás, frotó la cabeza gorda de su polla contra los labios hinchados y húmedos, y la penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta hundirse por completo.

Ella soltó un gemido largo, la cabeza echada hacia atrás al principio, pero enseguida miró hacia fuera, hacia la calle, excitada por la exposición total.

Carlos empezó a moverse con ritmo constante, profundo, agarrándola fuerte por las caderas. Cada embestida hacía que sus tetas grandes se balancearan hacia delante, aplastándose contra el cristal frío. Los pezones duros rozaban el vidrio, dejando pequeñas marcas de humedad y sudor, y rebotaban de nuevo hacia atrás con cada retirada. Desde abajo, la imagen era clara: una mujer desnuda, preciosa, siendo follada por detrás contra la ventana, sus tetas perfectas moviéndose al ritmo, visibles para cualquiera que alzara la vista.

Ella gemía mirando hacia la calle, viendo el movimiento abajo.

—Dios… me encanta esto… que me puedan ver… mis tetas contra el cristal balanceándose para todos…

Carlos aceleró un poco, embistiendo más fuerte, sus huevos chocando contra ella con. sonidos húmedos y obscenos.

—Estás increíble así… completamente expuesta… con mi polla abriéndote y tus tetas pegadas al vidrio para que las vean todos los que pasen…

Abajo, una pareja joven que paseaba levantó la cabeza al oír algo o por casualidad. Se detuvieron un segundo, miraron hacia arriba y se quedaron observando claramente la escena: la silueta desnuda de mi mujer, las tetas grandes aplastadas y rebotando, la cara de placer reflejada en el cristal. Un empleado del hotel que empujaba un carrito también alzó la vista y se paró en seco. Ella lo notó todo y se excitó aún más, empujando el culo hacia atrás para que Carlos entrara más profundo, arqueando la espalda para que sus tetas se aplastaran más contra el vidrio.

Yo me acerqué y me puse a su lado, junto al ventanal. Le metí la polla en la boca mientras Carlos la follaba por detrás con más intensidad. Ella me chupaba con pasión, los gemidos vibrando en mí cada vez que él llegaba al fondo, las tetas siguiendo el ritmo contra el cristal, dejando marcas redondas de sus pezones.Desde fuera se veía absolutamente todo: ella de pie, apoyada en el ventanal, un hombre detrás follándola fuerte, otro delante metiéndosela en la boca, las tetas grandes moviéndose sin parar, visibles y expuestas.

Ella se corrió así, mirando hacia abajo, sabiendo que la estaban viendo, el cuerpo temblando contra el cristal, el coño apretando la polla de Carlos mientras gemía alrededor de la mía.

Después de ese orgasmo intenso, Carlos la llevó de vuelta a la cama y seguimos intercambiando posturas sin parar, siempre con ella en el centro, gozando al máximo: misionero profundo, de lado conmigo detrás y Carlos en la boca, sentada en el borde botando en él mientras me mamaba, a cuatro patas… Ella se corría una y otra vez, disfrutando de tenernos a los dos al mismo tiempo.

Al final, Carlos la tumbó boca arriba y se colocó sobre su pecho.

—Quiero correrme en estas tetas tan perfectas…Se pajeó rápido, mirándola a los ojos, y se corrió a chorros calientes y espesos, cubriendo pezones, canalillo y barriga. Yo me acerqué inmediatamente, lamí su semen de las tetas, succionando los pezones cubiertos mientras ella gemía y se tocaba.

—Límpiamelas bien… me encanta verte así…

Eso me llevó al límite. Me pajeé sobre sus tetas y me corrí también, mezclando mi leche con la de él.

Quedamos los tres exhaustos, tumbados en la cama revuelta, jadeando, el cuerpo de ella brillante de sudor y semen. Pasaron unos minutos en silencio, solo respiraciones calmándose, caricias suaves.

Carlos fue el primero en hablar, apoyado en un codo, acariciándole una teta distraídamente.

—Joder… ha sido increíble. No me lo esperaba así hoy, pero… ha sido de las mejores tardes de mi vida.

Ella sonrió, todavía con la respiración agitada, girándose hacia él.

—Yo tampoco… ha sido intenso, muy intenso. Me he corrido como nunca.

Yo, al otro lado, le besé el hombro.

—Y yo no dejo de flipar con lo preciosa que estás cuando disfrutas así. – dije sonriéndole.

—Tu marido tiene razón. Eres… impresionante. Y lo de hoy en el ventanal… madre mía. Creo que medio resort nos ha visto.

Ella se rio, tapándose la cara un segundo con la mano, pero con los ojos brillantes de satisfacción.

—Ha sido una locura… pero me ha encantado. El riesgo, las miradas desde abajo…todo.

Hubo una pausa cómoda, y entonces ella me miró a mí, acariciándome la mejilla.— Antes de que entraras tú, le he contado todo lo de Sitges. Todo de verdad. Cada detalle.

Carlos alzó una ceja, sonriendo.

—Sí… y me ha puesto a mil oírlo. Saber que llevabas años recordando como te encontré aquella noche… joder.

Le sonreí y la besé en los labios.

—Y a mí me ha puesto a mil contártelo.

Carlos se incorporó un poco, con cara de propuesta.

—Oye… esto ha sido brutal. Los chicos del spa —mis compañeros masajistas— y yo salimos siempre los sábados a un club que hay aquí cerca. Música buena, copas, buen
ambiente … ¿Os animáis a venir con nosotros?

Os recojo a las diez, cenamos algo ligero y nos vamos de fiesta. Creo que os lo pasaríais… muy bien.

Mi mujer me miró, los ojos todavía brillantes, la sonrisa pícara

—¿Qué dices? ¿Nos apuntamos?

Yo le devolví la sonrisa, besándola de nuevo.

—Suena perfecto.

Carlos se levantó, satisfecho, empezando a vestirse.

—Pues a las diez en recepción. No os arrepentiréis.

Ella, todavía tumbada con las tetas chorreando nuestras corridas mezcladas sonreía con los ojos cerrados.
 
A esa orgía me apunto hasta yo.. porque así va a acabar,en orgia..
Capítulo 6


Los dos nos quedamos quietos un segundo. Yo con la polla en la mano, ella con los dedos hundidos en el coño chorreando la corrida de Carlos. Estaba claro que todo había sido planeado: la tarjeta no se había olvidado por casualidad.

Ella no dijo nada. Solo abrió más las piernas, sacó los dedos empapados y se los lamió despacio, mirándolo a él con deseo puro.

Carlos se acercó a la cama, se quitó el pantalón y se tumbó boca arriba. Su polla enorme ya estaba dura, brillante de restos anteriores.

—Ven aquí —le dijo con voz grave—. Quiero sentir esa boca otra vez.

Mi mujer se puso a cuatro patas sobre él, el culo hacia mí, las tetas colgando. Bajó la cabeza y se metió la polla hasta el fondo, chupándola con ganas, lengua recorriendo toda la longitud, labios apretados. Carlos cerró los ojos y gimió, agarrándola del pelo suave para guiarla.

Yo me acerqué por detrás. Vi su coño abierto, hinchado, chorreando semen por los muslos.

Me arrodillé y empecé a lamerla despacio, saboreando la mezcla caliente y espesa.Ella sacó la polla un segundo, jadeando, y me miró por encima del hombro con los ojos brillantes.

— Límpiame el coño… chúpame toda su corrida… méteme la lengua dentro, que está lleno todavía…Volvió a tragarse la polla de Carlos, gimiendo mientras yo obedecía.

Hundí la lengua profundo, chupando fuerte, tragando la corrida que salía con cada lametón. Lamí los labios hinchados, succioné el clítoris, metí la lengua hasta el fondo para sacar más.

Ella disfrutaba de los dos: la boca llena de una polla enorme, el coño siendo devorado por mí. Movía el culo contra mi cara, pidiendo más.Después de un buen rato así, Carlos la levantó en brazos y la llevó directamente al gran ventanal de la habitación. Era un cristal inmenso, del suelo al techo, que daba a la calle principal del resort. Aún había luz del atardecer, el sol bajo tiñendo todo de naranja, y abajo se veía movimiento: parejas paseando por los jardines, empleados cruzando con carritos, algún coche entrando lentamente al parking. El vidrio estaba completamente transparente, sin cortinas corridas del todo, así que desde fuera la habitación iluminada se veía perfectamente.

La puso de pie frente al cristal, de cara a la calle. Le colocó las manos abiertas contra el vidrio frío, a la altura de los hombros, y le abrió las piernas con las suyas. Desde atrás, le levantó ligeramente una pierna apoyándola en el pequeño banco que había junto a la ventana, para tener mejor acceso. Se colocó detrás, frotó la cabeza gorda de su polla contra los labios hinchados y húmedos, y la penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta hundirse por completo.

Ella soltó un gemido largo, la cabeza echada hacia atrás al principio, pero enseguida miró hacia fuera, hacia la calle, excitada por la exposición total.

Carlos empezó a moverse con ritmo constante, profundo, agarrándola fuerte por las caderas. Cada embestida hacía que sus tetas grandes se balancearan hacia delante, aplastándose contra el cristal frío. Los pezones duros rozaban el vidrio, dejando pequeñas marcas de humedad y sudor, y rebotaban de nuevo hacia atrás con cada retirada. Desde abajo, la imagen era clara: una mujer desnuda, preciosa, siendo follada por detrás contra la ventana, sus tetas perfectas moviéndose al ritmo, visibles para cualquiera que alzara la vista.

Ella gemía mirando hacia la calle, viendo el movimiento abajo.

—Dios… me encanta esto… que me puedan ver… mis tetas contra el cristal balanceándose para todos…

Carlos aceleró un poco, embistiendo más fuerte, sus huevos chocando contra ella con. sonidos húmedos y obscenos.

—Estás increíble así… completamente expuesta… con mi polla abriéndote y tus tetas pegadas al vidrio para que las vean todos los que pasen…

Abajo, una pareja joven que paseaba levantó la cabeza al oír algo o por casualidad. Se detuvieron un segundo, miraron hacia arriba y se quedaron observando claramente la escena: la silueta desnuda de mi mujer, las tetas grandes aplastadas y rebotando, la cara de placer reflejada en el cristal. Un empleado del hotel que empujaba un carrito también alzó la vista y se paró en seco. Ella lo notó todo y se excitó aún más, empujando el culo hacia atrás para que Carlos entrara más profundo, arqueando la espalda para que sus tetas se aplastaran más contra el vidrio.

Yo me acerqué y me puse a su lado, junto al ventanal. Le metí la polla en la boca mientras Carlos la follaba por detrás con más intensidad. Ella me chupaba con pasión, los gemidos vibrando en mí cada vez que él llegaba al fondo, las tetas siguiendo el ritmo contra el cristal, dejando marcas redondas de sus pezones.Desde fuera se veía absolutamente todo: ella de pie, apoyada en el ventanal, un hombre detrás follándola fuerte, otro delante metiéndosela en la boca, las tetas grandes moviéndose sin parar, visibles y expuestas.

Ella se corrió así, mirando hacia abajo, sabiendo que la estaban viendo, el cuerpo temblando contra el cristal, el coño apretando la polla de Carlos mientras gemía alrededor de la mía.

Después de ese orgasmo intenso, Carlos la llevó de vuelta a la cama y seguimos intercambiando posturas sin parar, siempre con ella en el centro, gozando al máximo: misionero profundo, de lado conmigo detrás y Carlos en la boca, sentada en el borde botando en él mientras me mamaba, a cuatro patas… Ella se corría una y otra vez, disfrutando de tenernos a los dos al mismo tiempo.

Al final, Carlos la tumbó boca arriba y se colocó sobre su pecho.

—Quiero correrme en estas tetas tan perfectas…Se pajeó rápido, mirándola a los ojos, y se corrió a chorros calientes y espesos, cubriendo pezones, canalillo y barriga. Yo me acerqué inmediatamente, lamí su semen de las tetas, succionando los pezones cubiertos mientras ella gemía y se tocaba.

—Límpiamelas bien… me encanta verte así…

Eso me llevó al límite. Me pajeé sobre sus tetas y me corrí también, mezclando mi leche con la de él.

Quedamos los tres exhaustos, tumbados en la cama revuelta, jadeando, el cuerpo de ella brillante de sudor y semen. Pasaron unos minutos en silencio, solo respiraciones calmándose, caricias suaves.

Carlos fue el primero en hablar, apoyado en un codo, acariciándole una teta distraídamente.

—Joder… ha sido increíble. No me lo esperaba así hoy, pero… ha sido de las mejores tardes de mi vida.

Ella sonrió, todavía con la respiración agitada, girándose hacia él.

—Yo tampoco… ha sido intenso, muy intenso. Me he corrido como nunca.

Yo, al otro lado, le besé el hombro.

—Y yo no dejo de flipar con lo preciosa que estás cuando disfrutas así. – dije sonriéndole.

—Tu marido tiene razón. Eres… impresionante. Y lo de hoy en el ventanal… madre mía. Creo que medio resort nos ha visto.

Ella se rio, tapándose la cara un segundo con la mano, pero con los ojos brillantes de satisfacción.

—Ha sido una locura… pero me ha encantado. El riesgo, las miradas desde abajo…todo.

Hubo una pausa cómoda, y entonces ella me miró a mí, acariciándome la mejilla.— Antes de que entraras tú, le he contado todo lo de Sitges. Todo de verdad. Cada detalle.

Carlos alzó una ceja, sonriendo.

—Sí… y me ha puesto a mil oírlo. Saber que llevabas años recordando como te encontré aquella noche… joder.

Le sonreí y la besé en los labios.

—Y a mí me ha puesto a mil contártelo.

Carlos se incorporó un poco, con cara de propuesta.

—Oye… esto ha sido brutal. Los chicos del spa —mis compañeros masajistas— y yo salimos siempre los sábados a un club que hay aquí cerca. Música buena, copas, buen
ambiente … ¿Os animáis a venir con nosotros?

Os recojo a las diez, cenamos algo ligero y nos vamos de fiesta. Creo que os lo pasaríais… muy bien.

Mi mujer me miró, los ojos todavía brillantes, la sonrisa pícara

—¿Qué dices? ¿Nos apuntamos?

Yo le devolví la sonrisa, besándola de nuevo.

—Suena perfecto.

Carlos se levantó, satisfecho, empezando a vestirse.

—Pues a las diez en recepción. No os arrepentiréis.

Ella, todavía tumbada con las tetas chorreando nuestras corridas mezcladas sonreía con los ojos cerrados.
 

Capítulo 6


Los dos nos quedamos quietos un segundo. Yo con la polla en la mano, ella con los dedos hundidos en el coño chorreando la corrida de Carlos. Estaba claro que todo había sido planeado: la tarjeta no se había olvidado por casualidad.

Ella no dijo nada. Solo abrió más las piernas, sacó los dedos empapados y se los lamió despacio, mirándolo a él con deseo puro.

Carlos se acercó a la cama, se quitó el pantalón y se tumbó boca arriba. Su polla enorme ya estaba dura, brillante de restos anteriores.

—Ven aquí —le dijo con voz grave—. Quiero sentir esa boca otra vez.

Mi mujer se puso a cuatro patas sobre él, el culo hacia mí, las tetas colgando. Bajó la cabeza y se metió la polla hasta el fondo, chupándola con ganas, lengua recorriendo toda la longitud, labios apretados. Carlos cerró los ojos y gimió, agarrándola del pelo suave para guiarla.

Yo me acerqué por detrás. Vi su coño abierto, hinchado, chorreando semen por los muslos.

Me arrodillé y empecé a lamerla despacio, saboreando la mezcla caliente y espesa.Ella sacó la polla un segundo, jadeando, y me miró por encima del hombro con los ojos brillantes.

— Límpiame el coño… chúpame toda su corrida… méteme la lengua dentro, que está lleno todavía…Volvió a tragarse la polla de Carlos, gimiendo mientras yo obedecía.

Hundí la lengua profundo, chupando fuerte, tragando la corrida que salía con cada lametón. Lamí los labios hinchados, succioné el clítoris, metí la lengua hasta el fondo para sacar más.

Ella disfrutaba de los dos: la boca llena de una polla enorme, el coño siendo devorado por mí. Movía el culo contra mi cara, pidiendo más.Después de un buen rato así, Carlos la levantó en brazos y la llevó directamente al gran ventanal de la habitación. Era un cristal inmenso, del suelo al techo, que daba a la calle principal del resort. Aún había luz del atardecer, el sol bajo tiñendo todo de naranja, y abajo se veía movimiento: parejas paseando por los jardines, empleados cruzando con carritos, algún coche entrando lentamente al parking. El vidrio estaba completamente transparente, sin cortinas corridas del todo, así que desde fuera la habitación iluminada se veía perfectamente.

La puso de pie frente al cristal, de cara a la calle. Le colocó las manos abiertas contra el vidrio frío, a la altura de los hombros, y le abrió las piernas con las suyas. Desde atrás, le levantó ligeramente una pierna apoyándola en el pequeño banco que había junto a la ventana, para tener mejor acceso. Se colocó detrás, frotó la cabeza gorda de su polla contra los labios hinchados y húmedos, y la penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta hundirse por completo.

Ella soltó un gemido largo, la cabeza echada hacia atrás al principio, pero enseguida miró hacia fuera, hacia la calle, excitada por la exposición total.

Carlos empezó a moverse con ritmo constante, profundo, agarrándola fuerte por las caderas. Cada embestida hacía que sus tetas grandes se balancearan hacia delante, aplastándose contra el cristal frío. Los pezones duros rozaban el vidrio, dejando pequeñas marcas de humedad y sudor, y rebotaban de nuevo hacia atrás con cada retirada. Desde abajo, la imagen era clara: una mujer desnuda, preciosa, siendo follada por detrás contra la ventana, sus tetas perfectas moviéndose al ritmo, visibles para cualquiera que alzara la vista.

Ella gemía mirando hacia la calle, viendo el movimiento abajo.

—Dios… me encanta esto… que me puedan ver… mis tetas contra el cristal balanceándose para todos…

Carlos aceleró un poco, embistiendo más fuerte, sus huevos chocando contra ella con. sonidos húmedos y obscenos.

—Estás increíble así… completamente expuesta… con mi polla abriéndote y tus tetas pegadas al vidrio para que las vean todos los que pasen…

Abajo, una pareja joven que paseaba levantó la cabeza al oír algo o por casualidad. Se detuvieron un segundo, miraron hacia arriba y se quedaron observando claramente la escena: la silueta desnuda de mi mujer, las tetas grandes aplastadas y rebotando, la cara de placer reflejada en el cristal. Un empleado del hotel que empujaba un carrito también alzó la vista y se paró en seco. Ella lo notó todo y se excitó aún más, empujando el culo hacia atrás para que Carlos entrara más profundo, arqueando la espalda para que sus tetas se aplastaran más contra el vidrio.

Yo me acerqué y me puse a su lado, junto al ventanal. Le metí la polla en la boca mientras Carlos la follaba por detrás con más intensidad. Ella me chupaba con pasión, los gemidos vibrando en mí cada vez que él llegaba al fondo, las tetas siguiendo el ritmo contra el cristal, dejando marcas redondas de sus pezones.Desde fuera se veía absolutamente todo: ella de pie, apoyada en el ventanal, un hombre detrás follándola fuerte, otro delante metiéndosela en la boca, las tetas grandes moviéndose sin parar, visibles y expuestas.

Ella se corrió así, mirando hacia abajo, sabiendo que la estaban viendo, el cuerpo temblando contra el cristal, el coño apretando la polla de Carlos mientras gemía alrededor de la mía.

Después de ese orgasmo intenso, Carlos la llevó de vuelta a la cama y seguimos intercambiando posturas sin parar, siempre con ella en el centro, gozando al máximo: misionero profundo, de lado conmigo detrás y Carlos en la boca, sentada en el borde botando en él mientras me mamaba, a cuatro patas… Ella se corría una y otra vez, disfrutando de tenernos a los dos al mismo tiempo.

Al final, Carlos la tumbó boca arriba y se colocó sobre su pecho.

—Quiero correrme en estas tetas tan perfectas…Se pajeó rápido, mirándola a los ojos, y se corrió a chorros calientes y espesos, cubriendo pezones, canalillo y barriga. Yo me acerqué inmediatamente, lamí su semen de las tetas, succionando los pezones cubiertos mientras ella gemía y se tocaba.

—Límpiamelas bien… me encanta verte así…

Eso me llevó al límite. Me pajeé sobre sus tetas y me corrí también, mezclando mi leche con la de él.

Quedamos los tres exhaustos, tumbados en la cama revuelta, jadeando, el cuerpo de ella brillante de sudor y semen. Pasaron unos minutos en silencio, solo respiraciones calmándose, caricias suaves.

Carlos fue el primero en hablar, apoyado en un codo, acariciándole una teta distraídamente.

—Joder… ha sido increíble. No me lo esperaba así hoy, pero… ha sido de las mejores tardes de mi vida.

Ella sonrió, todavía con la respiración agitada, girándose hacia él.

—Yo tampoco… ha sido intenso, muy intenso. Me he corrido como nunca.

Yo, al otro lado, le besé el hombro.

—Y yo no dejo de flipar con lo preciosa que estás cuando disfrutas así. – dije sonriéndole.

—Tu marido tiene razón. Eres… impresionante. Y lo de hoy en el ventanal… madre mía. Creo que medio resort nos ha visto.

Ella se rio, tapándose la cara un segundo con la mano, pero con los ojos brillantes de satisfacción.

—Ha sido una locura… pero me ha encantado. El riesgo, las miradas desde abajo…todo.

Hubo una pausa cómoda, y entonces ella me miró a mí, acariciándome la mejilla.— Antes de que entraras tú, le he contado todo lo de Sitges. Todo de verdad. Cada detalle.

Carlos alzó una ceja, sonriendo.

—Sí… y me ha puesto a mil oírlo. Saber que llevabas años recordando como te encontré aquella noche… joder.

Le sonreí y la besé en los labios.

—Y a mí me ha puesto a mil contártelo.

Carlos se incorporó un poco, con cara de propuesta.

—Oye… esto ha sido brutal. Los chicos del spa —mis compañeros masajistas— y yo salimos siempre los sábados a un club que hay aquí cerca. Música buena, copas, buen
ambiente … ¿Os animáis a venir con nosotros?

Os recojo a las diez, cenamos algo ligero y nos vamos de fiesta. Creo que os lo pasaríais… muy bien.

Mi mujer me miró, los ojos todavía brillantes, la sonrisa pícara

—¿Qué dices? ¿Nos apuntamos?

Yo le devolví la sonrisa, besándola de nuevo.

—Suena perfecto.

Carlos se levantó, satisfecho, empezando a vestirse.

—Pues a las diez en recepción. No os arrepentiréis.

Ella, todavía tumbada con las tetas chorreando nuestras corridas mezcladas sonreía con los ojos cerrados.
Estoy ansioso de leer la continuacion
 
Capítulo 7

A las nueve y media en punto aparecieron los cuatro en recepción como si hubieran ensayado la entrada. Carlos delante, con esa calma de depredador que ya ha cazado y solo espera devorar, seguido de Adrián (el conductor nato, alto, hombros de armario, mirada fija), Javi (callado pero con ojos que prometen manos que no piden permiso) y Marcos (el que siempre tiene el móvil listo, sonrisa de quien ya está grabando mentalmente).

Camisas de lino abiertas lo justo para mostrar pecho trabajado, vaqueros que marcaban paquete, colonia fuerte que se pegaba al aire. Subimos al monovolumen negro sin palabras innecesarias. Adrián al volante. Yo, copiloto por descarte. Mi mujer se metió en la filacentral, justo entre Carlos y Javi. Marcos se estiró atrás, solo, como si ya estuviera
calculando turnos.

El motor rugió suave y salimos. Los primeros minutos fueron silencio pesado, solo el bajo de la música electrónica latiendo como un corazón acelerado y el roce ocasional de ropa contra cuero. Luego Carlos rompió el aire con esa voz grave, lenta, que parece lamer cada sílaba.

—Chicos, mirad bien quién viene esta noche. —Le pasó el brazo por los hombros a mi mujer y la pegó a su pecho con propiedad absoluta, como si ya fuera suya desde la tarde—. Esta preciosidad de aquí detrás… hace unas horas me la he follado en la habitación 412 como si el mundo se acabara. Y su marido… —hizo una pausa larga, mirándome por el retrovisor con una sonrisa torcida— se quedó sentado en la butaca orejera, a metro y medio, sin mover un puto dedo. Solo mirando cómo se la metía hasta los huevos.

Silencio que se podía cortar. Dos segundos eternos. Luego risas bajas, contenidas, de los que saben que la noche va a ser salvaje.

Javi se inclinó hacia ella, oliéndola casi.—¿Delante del marido? ¿En serio?

Carlos se encogió de hombros, la mano ya alta en el muslo de mi mujer, subiendo despacio por debajo del vestido corto, dedos rozando piel caliente.

—Delante, al lado, detrás… el tío no se inmutó. Solo miraba. Creo que se le ponía más dura viéndome follársela que participando. ¿Verdad que sí, campeón?

Giré la cabeza lo justo para cruzarme con su sonrisa. Mi mujer no negó nada. Bajó la mirada un instante, se mordió el labio inferior con saña y dejó que las mejillas se le encendieran.

Abrió las piernas un poco más, invitando sin palabras.

Adrián, sin quitar ojo a la carretera, soltó con voz ronca:

—Cuéntalo bien. Quiero detalles.

Carlos se inclinó hacia delante para que yo también lo oyera clarito, hablando alto, despacio, recreándose en cada imagen.

—La puse a cuatro patas en el centro de la cama. Le bajé las bragas de un tirón hasta la mitad de los muslos… se las dejé colgando, porque me ponía ver cómo se le caían solas con cada embestida. Se la metí despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que noté cómo su coño se abría entero para tragársela, caliente, empapado, apretándome como un puño. Gemía bajito, conteniéndose, mordiéndose el brazo para no gritar. Pero cuando empecé a bombear de verdad, fuerte, profundo… joder, se desató. Le agarré las caderas con las dos manos, clavándole los dedos en la carne hasta dejar marcas, y le dije al oído: “Mira a tu marido mientras te follo como una puta. Míralo a los ojos mientras te abro en canal”. Y él ahí, quieto, con la polla dura marcándose en el pantalón, respirando pesado, sin decir ni mu. Solo mirando cómo se la metía hasta los huevos una y otra vez, cómo sus tetas rebotaban con cada golpe, cómo su coño chorreaba alrededor de mi polla.

Marcos soltó una risa grave desde atrás.

—¿Y se corrió?

—Dos veces seguidas —respondió Carlos sin pestañear—. La primera fue rápida, temblando entera, apretándome la polla con el coño como si quisiera exprimirme hasta la última gota. Gemía mi nombre bajito, intentando no gritar. La segunda… la segunda fue brutal. Arqueó la espalda, empujó el culo hacia atrás para que entrara más profundo, y se corrió gritando mi nombre, el cuerpo convulsionando, el coño chorreando alrededor de mi polla, empapándome los huevos. Después la puse de rodillas en el suelo, delante de la butaca donde estaba él, y le dejé que me la limpiara con la boca. Se la chupó entera, lenta, profunda, tragándose lo que quedaba, mirándome a los ojos mientras su marido seguía sentado a metro y medio, sin moverse, con la respiración entrecortada y la cara roja.

Mi mujer dejó escapar un suspiro corto, casi un gemido ahogado. Noté cómo se removía en el asiento, cómo el vestido se le subía más por los muslos. Carlos aprovechó para meterle la mano por debajo, despacio, sin prisa. Los dedos desaparecieron entre sus piernas. Se oyó un roce húmedo, viscoso. Ella cerró los ojos, mordiéndose el labio con más fuerza, las caderas moviéndose apenas imperceptiblemente contra su mano.

Adrián miró por el retrovisor, sonriendo de lado.

—¿Directos al restaurante o hacemos una paradita?Carlos no sacó la mano. Solo sonrió, moviendo los dedos con lentitud dentro de ella, haciendo que se oyera el chapoteo suave.

—Directos. Pero que se note que la noche ya empezó hace horas… en la 412.

Durante el resto del trayecto la mano de Carlos no se movió de entre sus muslos. De vez en cuando se oía un jadeo contenido de ella, un roce más húmedo, un suspiro que intentaba ahogar mordiéndose el puño. Nadie hablaba ya. Solo la música baja, el ronroneo del motor y el sonido obsceno de sus dedos moviéndose dentro de ella, cada vez más rápido, cada vez más profundo, hasta que su respiración se volvió entrecortada y un temblor leve le recorrió las piernas.

Cuando llegamos al restaurante mi mujer bajó del coche con las piernas temblorosas, las mejillas encendidas, los ojos vidriosos y un brillo de placer culpable en la mirada. Carlos le dio un beso lento, posesivo, en la comisura de la boca antes de soltarla.

—Vamos a cenar… pero no te relajes demasiado —le susurró al oído—. Esto solo es el aperitivo.

Ella me miró un segundo, con esa sonrisa traviesa que pone cuando sabe que me tiene al borde del abismo.

Y entró al restaurante delante de todos, con el vestido arrugado en la cintura y el coño todavía chorreando lo que Carlos le acababa de hacer en el coche.
 
Capítulo 8

El restaurante estaba justo en el centro del pueblo, una terraza abierta, velas parpadeando sobre manteles blancos impecables, el rumor suave de un rio cercano mezclándose con el tintineo de copas.

Mesa redonda para seis, botella de albariño ya abierta y medio vacía cuando llegamos.

Pidieron ostras frescas, bogavante a la plancha con un chorrito de limón, más vino, pan recién horneado. El ambiente era caro y elegante… hasta que la conversación bajó al barro sin disimulo.

Carlos levantó su copa hacia mi mujer, con esa sonrisa lenta que ya conocía demasiado bien.

—Chicos, esta noche tenemos a una vieja conocida. Hace siete u ocho años, en los carnavales de Sitges… ¿os acordáis de aquella noche en la que desaparecí un par de horas y volví con un sujetador negro de encaje en el bolsillo como trofeo?

Javi soltó una risa grave.

—Joder, sí. La mafiosa con tetas de infarto en un el bar con sus amigas. Decías que se las habías sobado en la barra delante de medio local y que luego te la habías llevado a un portal.

Carlos miró a mi mujer de reojo, recreándose.

—Pues era ella. Faldas cortas de cuero, americanas ajustadas, camisetas anudadas justo debajo del pecho… y sin sujetador después de la tercera salida a fumar. Las tetas sueltas,rebotando con cada paso, los pezones marcándose como si pidieran guerra. Me quedé con el sujetador de recuerdo, ¿verdad que sí, preciosa?

Ella sonrió, ya achispada por el segundo vaso de vino, los ojos brillantes bajo la luz de las velas.

—Te lo dejé de propina… y no te quejaste.

Marcos sacó el móvil sin pedir permiso y puso una foto antigua que tenía guardada. La
pantalla iluminó su cara mientras la giraba hacia la mesa. Borrosa por la gente y la luz tenue del bar, pero se distinguía perfectamente: mi mujer en aquella barra, falda ligeramente levantada por manos ajenas, brazos metidos por los huecos de la camiseta sin mangas, tres tíos alrededor con móviles en alto apuntando directo al canalillo. No se veía nítido, pero se entendía todo: tetas desnudas siendo magreadas en público, pellizcos en los pezones, risas y flashes.

Risas bajas alrededor de la mesa. Mi mujer se mordió el labio inferior, bebió un trago largo y cruzó las piernas bajo la mesa, rozándome el muslo con el pie descalzo, caliente, tembloroso.

Carlos siguió, voz más baja, más íntima, como si estuviera contando un secreto que todos querían oír.

—Y no fue solo en la barra. Después me la llevé a un portal oscuro a dos calles. La puse de rodillas y se la metí en la boca hasta la garganta mientras la gente pasaba a metro y medio.

Luego la follé contra la pared, sin condón, hasta correrme dentro dos veces. Y cuando
volvimos al bar… todavía le chorreaba por los muslos, caliente, espeso.

Adrián, que hasta ese momento había estado callado sirviéndose más vino, levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se clavaron en mi mujer, entrecerrados, como si acabara de encajar una pieza que llevaba años buscando.

—Espera… ¿eres tú la del coche?

Carlos alzó una ceja, divertido.

—¿Qué coche?

Adrián se inclinó hacia delante, voz ronca por el recuerdo y el deseo renovado.

—Aquel carnaval. Yo estaba con vosotros esa noche, pero llegué tarde. De camino al a discoteca pase por delante de tu coche … vi movimiento en el asiento de atrás. Ventanillas
empañadas, una tía montada encima de ti, botando como loca. Me acerqué por curiosidad y metí la mano por la ventanilla abierta. Le sobé las tetas desde fuera mientras tú la follabas. Eran enormes, suaves, los pezones duros como piedras. Ella no dijo nada… solo gemía y seguía botando, apretando las tetas contra mi mano. Uno de los colegas se corrió en su cara desde fuera. ¿Eras tú?

Silencio pesado un segundo en la mesa. Todos miraron a mi mujer.

Ella no apartó la mirada. Solo sonrió despacio, con esa sonrisa traviesa que pone cuando revive algo que la pone a mil.

—Sí… era yo. Recuerdo tus manos grandes apretándome las tetas mientras Carlos me llenaba por abajo. Me pellizcabas los pezones tan fuerte que dolía… y me encantó. Me corrí otra vez solo con eso, apretando la polla de Carlos dentro de mí.

Adrián soltó el aire despacio, como si acabara de confirmar un sueño viejo.

—Joder… llevo años pajeándome con ese recuerdo. No sabía quién eras. Solo recordaba unas tetas perfectas y una zorra que se dejaba tocar por desconocidos mientras la follaban en un coche aparcado.

Carlos se rio bajito, le pasó el brazo por los hombros a mi mujer y le besó el cuello despacio, mordisqueando la piel.

—Pues ahora ya lo sabes. Y esta noche… vamos a repetir, pero con más manos, más pollas, más todo.

Mi mujer se removió en la silla, las mejillas encendidas, el vestido subiéndose un poco por los muslos. Pidió otra copa de vino con voz ligeramente temblorosa.

—Y hoy en el spa… —siguió Carlos, volviendo al presente—. El masajista de esta mañana era yo, obviamente. Pero el peeling completo… digamos que me tomé mi tiempo. ¿Te acuerdas de cuando tu marido salió al pasillo y te dejó sola conmigo?

Se giró hacia mí, directo, sin piedad.

—No fue solo masaje. La puse boca arriba, le quité la toalla del todo y me la follé en la camilla hasta correrme dentro. Ella gemía mi nombre bajito… igual que hace años.

Javi se inclinó, curioso y cachondo.

—¿Y el marido?

Carlos me miró fijo, sin pestañear.

—Fuera. Esperando como un buen chico. Igual que esta tarde en la habitación 412.Mi mujer se levantó de repente, diciendo que iba al baño. La voz le salió ronca, entrecortada.

Carlos esperó dos segundos y se levantó también.

—Voy a fumar.

Nos quedamos en la mesa en total silencio, comiendo y bebiendo después de aquel relato.

Al salir del baño mi mujer Salió directa a la
terraza.

Esa parte de la terraza solo era visible desde nuestra mesa teníamos una vista privilegiada de lo que acontecía fuera de la sala.

Bajo la luz tenue: él la arrinconó contra la barandilla de madera, le subió el vestido por detrás con una mano mientras con la otra le tapaba la boca para que no gritara demasiado.

Ella se agarró a la barandilla, arqueó la espalda, abrió las piernas sin pudor. Carlos se bajó la cremallera, se la metió despacio y empezó a bombearla de pie, profundo, sin prisa al principio, luego con más fuerza. Duró unos minutos buenos, el cuerpo de ella temblando con cada embestida, las tetas rebotando bajo el vestido, los gemidos ahogados contra la palma de él. Cuando terminaron, ella se quedó apoyada en él, jadeando, las piernas flojas.

Volvieron a la mesa con el carmín borrado, una mancha brillante en la comisura de la boca de Carlos, el vestido arrugado en la cintura y un hilo blanco deslizándose lento por el interior de su muslo, visible cuando se sentó.Se sentaron como si nada.

Pero todos sabíamos que acababa de correrse otra vez en la terraza, de pie, con la polla de Carlos enterrada hasta el fondo… mientras Adrián la miraba con la misma hambre de hace ocho años, y el resto imaginábamos el semen caliente chorreando por sus muslos.

La cena siguió. Pero ya nadie hablaba de comida. Solo de lo que vendría después.
 
Estoy ansioso de saber como acabó la velada
 
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