Fantasías sexuales de las españolas 2º parte (sección infidelidad)

Una semana después de tener esa conversación comenzamos a salir oficialmente. El pistoletazo de salida fue una invitación mía al cine. Hubo poca película y mucho contacto, ahora ya eran las hormonas y las ganas las que mandaban. La sala oscura fue el escenario de los primeros besos, al inicio labio contra labio, pero poco a poco cada vez más salvajes, hasta que ya por fin sacamos a pasear las lenguas; las primeras caricias por encima de la ropa; los primeros abrazos; mi boca recorriendo su cuello mientras a ella se le salía el corazón del pecho; mi bragueta a punto de reventar. Más besos en el parque y en la parte tenebrosa del pub donde fuimos a escuchar música, y por fin, en su callejón. En un portal cuatro puertas por debajo de su casa, el que reunía los requisitos de oscuridad, poco tránsito y espacio para que, ahí sí, todo se fundiera en uno solo: los besos, los abrazos, el contacto entre los cuerpos…Todo muy superficial pero muy intenso y con la emoción de las primeras veces, porque yo era su primer chico y ella prácticamente para mí también era la primera chica. Algún beso me había dado con otra, algún pequeño magreo en alguna fiesta con varias copas de más, pero ni de lejos se parecía a lo que sentía con Paqui.

A partir de ahí todo transcurrió tras una rápida sucesión de encuentros, en una escalada rápida en la intensidad y en el atrevimiento. Yo quería más y mis ganas se encontraban con las suyas que también me pedía más. Repetíamos lo de antes, con caricias cada vez más atrevidas, incluso alguna por debajo de la ropa, levantándole la falda, recorriendo su muslo y agarrándole las nalgas por encima de las bragas. Ella oponía la mínima resistencia y colocaba algunos límites al principio, lo suficiente como para dejar claro que no se dejaba con cualquiera, que era una chica bien. Era su salvoconducto para cumplir con lo que le exigía a su madre y la moral que le habían inculcado, para luego (eso sí) hacer una bola con ese papel y tirarla a la basura, porque ella lo que quería era otra cosa: lo mismo que yo y no sé si decir que incluso lo deseaba más intensamente.

Recuerdo la segunda ocasión que nos metimos en el portal y me dejó subir la mano por debajo de la falda para acariciar su culo de melocotón. Lo agarré con fuerza y la pegué contra mí mientras le comía la boca. Nuestros pechos se juntaron a través de la fina tela de su jersey y mi camisa. No me pasó desapercibido que cuando quedábamos, ella siempre llevaba falda o vestido corto, sin duda pensando en aquellos minutos en el portal antes de dejarla en su casa. Se entregó con tantas ganas que me consideré autorizado a pasar a la parte de delante y en cuanto mis dedos rozaron su pubis por encima de las braguitas, ella me tomó la mano y la volvió a llevar atrás. Sin enfado, sin sobresaltarse, sin reproches, simplemente la colocó donde debía estar porque todavía no tocaba, era demasiado pronto para el premio gordo. De modo que una vez cumplido el trámite de pararme los pies dos o tres veces, dejando claro que ella era la que mandaba, luego vino el abandono al placer. En la cuarta o la quinta ocasión (no recuerdo muy bien cuál) fue ella misma la que me cogió de la muñeca, interrumpiendo el camino que recorrían mis dedos por la raja de su culo debajo de la tela y a pelo (eso sí lo había podido ganar), y la llevó a la parte de adelante. Pude tocar a través del fino lienzo sus labios, encontrar su clítoris, jugar a introducir el paño entre sus pliegues, delimitar sus labios mayores y menores… la braga estaba tan empapada que parecía que hubiese echado una taza de caldo encima y esta vez no hubo marcha atrás, no le acababa de satisfacer del todo la caricia con la tela de por medio, de modo que apartó la braga a un lado para facilitarme la labor y mis dedos por fin tocaron su sexo, carne contra carne, recorriéndolo primero por fuera y luego por dentro. Sólo introduciendo la punta de las falanges porque un pequeño quejido y una contracción de sus muslos me indicó (sin necesidad de que ella tuviera que decir nada) que no debía penetrar más, que ese era un regalo que había que desenvolver con más cuidado. De forma que guio mis dedos hasta su clítoris y comenzó a frotarse usándolos, como indicándome de qué manera le gustaba y qué es lo que tenía que hacer. Mis yemas estaban pringosas de su flujo y resbalaban contra su nódulo que quedó totalmente lubricado.

La besé en la boca, en el cuello, le mordí en el pecho sin que aparentemente le molestara que le dejara marca. No, no en ese momento. Estaba tan ida, tan encendida que aunque le hubiera arrancado un trozo de carne con mis dientes no hubiera puesto objeción. Sentí su aliento, sus jadeos se clavaban en mi celebro, la vi levantar la barbilla hacia el techo buscando aire que respirar. Sus suspiros se volvieron roncos, las rodillas le fallaron un par de veces dejándose caer mientras yo la agarraba con la mano izquierda por las nalgas. Pronto comenzó a mover el pubis y las caderas, como buscando su acompasar su propio ritmo al masaje que yo le daba, hasta que estalló. Un grito sofocado, unos jadeos intensos, cerrando las piernas y atrapando mis dedos entre ellas y su vulva. Sus brazos apretando mi cuello. Varios temblores la recurrieron de arriba abajo hasta que al final se fue relajando, fue aflojando la presión contra mi mano, pude sacar mis dedos y abrazarla fuerte mientras su respiración se iba serenando. Sus ojos todavía estaban cerrados y su boca aún continuaba abierta en una mueca de placer echándome su halito caliente en mi cuello. Luego más besos. Incluso por primera vez en la puerta de su casa, a riesgo de que su madre se asomara y nos viera por una de las ventanas, un último beso largo y profundo, una mirada de agradecimiento y complicidad que a la vez era una promesa de que en la próxima ocasión yo también recibiría mi premio.

Y la ocasión llegó. Estábamos cansados de sexo apresurado y nervioso de pie en aquel oscuro portal, que era muy morboso pero que empezaba a dejarnos insatisfechos por lo incómodo y porque ir a caricias más complejas requería de más desahogo y también de más intimidad. Fue Paqui la que dio con la solución con una arriesgada jugada que suponía cogerle a su madre las llaves del piso de su hermano. El tío de Paqui era policía nacional y había logrado un ascenso que había implicado su traslado a otra ciudad. El piso estaba completamente amueblado y ellas iban de vez en cuando a darle una vuelta, a comprobar que todo estaba bien y quitar un poco el polvo. Paqui fue hábil porque se hizo una copia de las llaves y a partir de entonces ya teníamos sitio donde ir. Claro que siempre existía posibilidad de que su madre se presentara por sorpresa, pero esto era mucho menos arriesgado que hacerlo en cualquier lugar en la calle.

Aquello fue un salto cualitativo importante. Disponíamos de espacio, comodidad y tiempo para recrearnos en las caricias. Guiado por Paqui, mis dedos adquirieron bastante destreza acariciando alrededor, jugando con su vulva, pellizcando pezones, frotando el clítoris, introduciéndose solo lo justo para evitar romper el himen y dejándola con ganas porque si bien al principio mostraba rechazo y enfado si la penetraba más de lo debido, al final sus jadeos se convertían en una protesta cuando retiraba mi dedo de su vagina. También aprendí a usar la boca y la lengua: los orgasmos que le proporcionaba succionándole el clítoris la volvían loca. Y ella también aprendió a acariciarme, al principio torpemente, pero como había tiempo y espacio, pronto sus caricias se volvieron más morbosas, más precisas y más voluptuosas. Comprendí con alegría que ella también disfrutaba dándome placer, no solo recibiéndolo. No se limitaba a darme un desaliñado premio por portarme bien en la cama, ella se recreaba también en el sexo cuando me lo hacía a mí.

Recuerdo aquella primera vez que pudimos disfrutar del piso de su tío y como en esta ocasión no había excusa para que ella no me acariciara a mí. Lo hizo de buen grado, con interés, disfrutando, encendida porque por fin podía ver desnudo y tocar a un chico. Mostró curiosidad por mi pene, por mis testículos, incluso con mi culo, todo lo acarició, lo palpó, con todo jugó y sin embargo su novatez la limitaba. Una vez satisfecha, ella intentó darme placer a mí, pero no atinaba ni con el ritmo ni con la presión adecuada. A poco que lo hubiera hecho me hubiera corrido sin remedio porque no podía estar más caliente. Sin embargo, quizá porque esperaba demasiado, no conseguía concentrarme ni adaptarme a lo que ella me hacía para que sus torpes caricias se transformaran en placer. Así que finalmente tuve que hacerlo yo, masturbándome para acabar, de rodillas, con mi miembro rozando su vientre de vez en cuando para sentir su contacto, su calor, su piel erizada…

Solo al final, cuando ya estuve a punto, llevé su mano a mi pene pidiéndole que apretase. Me bastaba con eso porque mi orgasmo ya no tenía vuelta atrás. Aquello funcionó y ella pudo ver con los ojos como platos, que varios regueros de semen se esparcían sobre su cuerpo y al final, algunos borbotones resbalaban desde la punta cayendo sobre su pubis. Habíamos tardado no sé cuánto tiempo, pero al final yo también conseguí mi placer y me quedé exhausto, viendo como ella observaba muy fijamente su cuerpo y también miraba con atención como mi verga se contraía todavía expulsando algo más de leche, que resbalaba cayendo y formando un grueso grumo en su muslo. Lanzó un gruñido de satisfacción que yo entendí que era por mí, lo cual agradecí. Padecía divertida pero pronto la mirada se le volvió algo turbia. Mordiéndose un labio, sus dedos recorrieron el cuerpo esquivando todos los arroyuelos de semen, acariciándose con mimo. Había recuperado de nuevo las ganas, estaba lista otra vez y aquello la excitaba mucho, según me contó cuando empezamos a hablar sin tapujos de estas cosas. Que un chico eyaculara encima y la llenara de leche la puso muy, pero que muy cachonda. Aquello era ya otro nivel, lo más cercano a follar que había hecho hasta entonces.

Yo me limité a mirarla, viendo cómo finalmente sus dedos cortaban en perpendicular uno de los rastros y se mojaba la yema con el esperma. Su mano izquierda fue hacia sus pechos y comenzó trazar círculos alrededor de uno de los pezones, mientras la derecha manchada con mi leche se escurría hasta su vulva, juntando humedad con humedad e iniciando una caricia en su clítoris, recorriéndolo y presionándolo. Pronto, el mimo se convirtió en un frote intenso. Los dedos dejaron de trazar círculos y de pasar por la punta del pezón para aprisionarlo en una pinza dolorosamente placentera. Intenté participar acariciando sus muslos y llevando la mano a su sexo, pero ella me apartó. Estaba poseída por la urgencia, quería aprovechar el subidón. La imagen de su cuerpo chorreando semen la perturbaba y la excitaba a partes iguales y deseaba llegar al clímax. La vi arquear su espalda, levantar el culo, su pecho se movía temblón y su boca se contrajo en una mueca de gusto. El orgasmo la embistió por segunda vez. Fuerte, intenso, con un solo golpe, dejándola desmadejada. Es un recuerdo que tengo grabado a fuego y nunca lo olvidaré. Incluso creo que se quedó durmiendo unos minutos mientras sus pulsaciones se bajaban, su pecho subía y bajaba con menos intensidad, los ojos cerrados y la boca abierta, con la lengua humedeciendo los resecos labios.

Poco a poco, encuentro a encuentro, fuimos yendo más lejos. Nuestra calentura y nuestro deseo nos empujaban a buscar un placer más intenso, no nos bastaba con el sexo manual ni oral. Pronto, mi pene empezó a recorrer por fuera su coño, jugueteando con sus labios mayores, acariciando con el glande los menores, empujando en dirección a la vagina cada vez un poquito más fuerte, cada vez un poquito más dentro, convenientemente lubricado por sus flujos y los míos. Siempre echándonos atrás en el último momento, frotando mi verga a todo lo largo contra su clítoris, unas veces yo sobre ella y otras ella montada en mí y tomando el control. Juego suficiente para llegar ambos al orgasmo, solo con el roce a veces, otras, ayudándonos con una rápida masturbación para alcanzar el final. Pero eso tampoco bastaba y los dos lo sabíamos. Paqui era una ascua encendida cuando llegaban esos momentos y yo era puro fuego también. Me volvía loco porque ella, tan correcta de puertas para afuera, que en las formas trataba de seguir las indicaciones de su madre, que cuidaba las apariencias, en esos momentos se olvidaba de todo y se mostraba como era en realidad: una jovencita recién terminada la adolescencia deseosa de que la hicieran rabiar de placer, que había encontrado en mí el amante que la complacía, con el que cumplir sus húmedas fantasías y mucho más, porque conectamos como hombre y mujer más allá del sexo. Cuando estábamos juntos en el piso de su tío no había límites para nosotros, ni nada existía fuera de la habitación donde nos entregábamos al sexo. Era como si nos hubiéramos quitado toda la ropa y hasta la piel y fuéramos transparentes, sin nada de lo que avergonzarnos, sin nada que ocultar, sin miedo al otro ni al mundo que nos esperaba ya como adultos. En ese momento éramos felices porque nada nos importaba, nada existía más allá de nosotros, no nos preocupaba el futuro ni el presente, ni nada que no fuera el contacto de nuestras pieles, el intercambio de fluidos, aspirar nuestro olor, el sonido del golpe de carne contra carne.

De manera que al final llegó lo que tenía que llegar. En una de las ocasiones, con ella subida encima y frotándose contra mi pene, situó la punta contra su vagina, abriéndose paso entre los labios y se dejó caer en peso. Noté como entraba casi dos centímetros hasta encontrar oposición. Ya lo habíamos hecho otras veces pero en esta ocasión ella continuó presionando. Su flujo y mi propio líquido preseminal habían lubricado tanto mi verga como su vagina. Esta se dilató, ella cerró los ojos y respiró fuerte por la boca emitiendo un suave ronquido que de repente se rompió en un grito. Yo me quedé muy quieto sin saber muy bien qué hacer. Si hubiera estado arriba la habría sacado inmediatamente, pero ella era la que tenía el control e insistió con un jadeo entrecortado, empujando hacia abajo y forzando a mi polla a penetrar. Finalmente se desgarró su himen y entró hasta casi la mitad. Con un gesto de dolor, aguantó unos instantes intentando estimular su clítoris y masturbarse, pero sus músculos vaginales se contraían y le hacían daño, así que finalmente la sacó y se echó a mi lado, la mano todavía sujetando su vulva con un gesto de dolor.

La rodeé y ella no me rechazó. Estuvimos abrazados un rato, intercambiando besos en la boca, despacito, respetando el brutal cóctel de sentimientos y reacciones que la desfloración le estaba provocando. Los besos de cariño y casi de consuelo que intercambiamos fueron ganando en intensidad y al final transmutaron en pura lujuria. De nuevo estaba lista, el dolor había pasado, los nervios también y ahora quería su orgasmo. Me entretuve con mi boca entre sus pechos y fui bajando por su vientre, por su estómago, por su monte de Venus hasta llegar a su coñito que empecé a lamer con cuidado, temeroso de que todavía lo tuviera resentido. Pero ahora la adrenalina estaba por las nubes, el clítoris hinchado de sangre palpitando y deseando placer, el dolor que todavía sentía quedó ocultado y totalmente sobrepasado por el deseo y el morbo. Continúe lamiendo y chupando. Paqui estaba chorreando. Mi saliva y su flujo empapaban toda la entrepierna y sus muslos. Ella movía la pelvis a punto de llegar al orgasmo y entonces me atrajo hacia sí y me dijo:

- ¡Métemela ahora!

Lo hice con cuidado, introduciéndola centímetro a centímetro, dando marcha atrás en cuanto notaba el más ligero temblor o dolor por su parte y volviendo a meterla de nuevo cuando se pasaba. Así estuvimos un rato hasta que al final estuve completamente dentro de ella, con toda mi verga ocupando su vagina dilatada y mis huevos dando en su perineo. Me dejé ir abrumado por el placer que cada vez me costaba más con tener, a punto de vaciarme. Las sacudidas se volvieron más fuertes. Ella se quejó, a pesar de la fiebre y de las ganas lo tenía muy sensible. Cerró sus muslos contra mis caderas, me empujó hacia adentro para sentirla toda y entonces me pidió que no me moviera. Introdujo la mano entre su vientre y el mío y reptando consiguió llegar a su coñito, tirando de él hacia arriba y presionando sobre el nódulo que frotó con fuerza.

Se corrió con una extraña mezcla de dolor, molestia y placer.

Aquello nos unió más. Yo tenía el temor que, como les había pasado a otras chicas que habían perdido la virginidad con mis amigos, se arrepintieran luego o por el contrario les exigieran un compromiso más firme. Con Paqui no pasó ni una cosa ni la otra. Ella se mostraba cariñosa conmigo, satisfecha y siempre con ese brillo y esa chispa de lujuria cómplice en los ojos que me decía que deseaba repetir, que quería más. Todo ello sin necesidad casi de palabras, sin necesidad de promesas ni de propuestas, dando por hecho que yo había llegado para quedarme en su vida. Cuando por fin hablamos del asunto y fui capaz de ponerle voz y palabras a lo que yo sentía, ella me corroboró que no me había dado su virginidad solo empujada por un calentón o como otras chicas en aquella época, porque deseaban quitarse de encima el engorroso trámite para tener sexo libremente con quien quisieran (eran los ochenta y llegar virgen al matrimonio no se llevaba). Lo había hecho porque entendió casi enseguida que entre nosotros había algo más que sexo. De alguna manera supo que la primera vez sería conmigo.

A partir de ahí nuestras relaciones (ya completas) se normalizaron. Nos buscábamos, jugábamos, nos acariciábamos, hablábamos de cualquier cosa, todo nos hacía gracia, como dos enamorados, no prestábamos atención a lo importante y luego cualquier tontería nos parecía un mundo que nos llenaba de ilusión y expectativas. Aún no estoy seguro de si aquello era verdadero amor o simplemente el deseo de amar que teníamos, como los dos corazones jóvenes que éramos, como dos cuerpos deseando y anhelando placer, como si en el fondo nos diera un poco igual con quién, porque nos costaba poco reflejarnos en el otro.
 
Me da mucha pena que está bonita historia de Paqui y Alex, se pudo ir al traste por culpa de Fran, con el que mucho me temo que le fue infiel.
Aunque el creo que le perdono, aunque no sé si se lo merecía y más ante las sospechas de que su Padre sea el impresentable de Fran.
 
Un buen día sucedió algo que lo cambió todo. A todos nos extrañaba que el Mode aún no se hubiera enrollado con Alba. Lo tenía tan a huevo que nadie se explicaba que hacía que aún no le había metido mano. Yo era de su círculo íntimo de manera que no tardé en preguntárselo a las claras. Podíamos hacer dos buenas parejas saliendo juntos. Entonces él me confesó algo que me dejó de piedra. Por supuesto que Alba estaba buenísima y deseaba follársela, pero desde hacía un tiempo Paqui le llamaba la atención, no hacía más que pensar en ese culazo y que casi lo ponía más cachondo que Alba. Que, de hecho, durante un tiempo pensó en tirarle los tejos a ella en vez de la hermana, pero como al final era yo por quien sabía decidido ella, se le había cortado un poco el rollo y que ahora no sabía si salir con Alba o no, porque le daba un poco como de mal rollo después de haberle echado el ojo a Paqui. Debo reconocer que para mí supuso todo un chute de euforia saber que por una vez yo le había ganado la partida a mi amigo, el que era objeto de deseo de tantas chavalas, pero lo conocía bien y no me parecía motivo suficiente como para no quisiera salir con Alba. Otras veces había estado pillado por otras chicas (incluso más que con Paqui, que en este caso era más bien una fijación con su trasero) y a pesar de ello no le había hecho ascos a salir con otras chavalas. El motivo real como me comentó más tarde y según le pudimos sacar los amigos, es que Alba era demasiado cercana, vivía en la misma calle, las madres se conocían, aunque no alternaban porque la madre de Mode era demasiado pija y clasista, aunque como mujer bien educada saludaba a todo el mundo con cordialidad. Mode era consciente de que con aquella niña no podía jugar porque las familias estaban demasiado próximas y porque una vez que se hiciera ilusiones Alba, no iba a resultar nada sencillo quitársela de encima.

A pesar de todo dio el paso y finalmente empezaron a salir juntos. Todavía tenía reparos así que fue con cuidado con ella, sin insistir y sin tratar de presionarla en el tema sexual. Eso le dio la falsa confianza a Alba de que ella controlaba la situación, bien aleccionada por su madre de que con un chico que era tan buen partido, debía comportarse como una señorita y no como una fulana. Mentalidades de la época y también mentalidades de gente clasista con ínfulas de subir de nivel social. De esa manera estaban las cosas cuando todo se fue al carajo. La madre de Alba y Paqui cometió la imprudencia de dirigirse con demasiada familiaridad a la del Mode un día que se encontraron por la calle a solas. Los chicos llevaban ya un mes saliendo los fines de semana y ella había dado por supuesto que la relación era oficial. Como buena aspirante a pija, se tomó ciertas confianzas y se dio unos aires que la madre de Modesto, por el contrario, entendió que no le correspondían. Ignorante de que su hijo salía con Alba, no le agradó ni la familiaridad con la que la otra la trató, ni mucho menos enterarse de esa forma que su hijo y la vecina estaban juntos. Ella sabía que salían en la pandilla y en el grupo de amigos pero en ningún momento supuso que se veían a solas. Para ella fue una sorpresa que recibió de la forma más desagradable: con una vecina que consideraba de inferior categoría social guiñándole el ojo y tratándola como si ya fueran familia. Así que respondió y no precisamente como la madre de Alba esperaba, si no poco menos que diciéndole que era una mentirosa y que ya hablaría ella con su hijo.

La bronca no tardó en caerle al Mode. Una cosa es que hiciera el ganso con chicas de su clase social y que además no eran cercanas, y otra muy distinta tontear con la vecina. Le preguntó si realmente iba en serio y le dijo que lo tuviera claro porque ya estaba harta de sus tonterías. Alguno de sus devaneos con las chicas podían salir mal y ella no estaba dispuesta a que nadie le pusiera la cara coronada y menos aún en el barrio. Demasiado para el Mode que lógicamente no pudo afirmar que fuera en serio con esta chica y mucho menos, estar dispuesto a pelear por su derecho a salir con ella. De modo que la cosa quedó en dos madres que no se hablaban y que miraban para otro lado al cruzarse, y en que Alba se quedó compuesta y sin novio ante la huida del Mode, que decidió seguir pescando en caladeros más seguros y menos problemáticos.

A ver, que no es que Alba estuviera enamoradísima, pero lo cierto es que se había hecho ilusiones, se había montado ya su propia película y esto la decepcionó bastante. Fue un golpe a su orgullo. Volvió entonces a refugiarse en su hermana. Aunque de caracteres distintos, las dos eran bastante inseparables y ahora la tenía yo encaramada cada vez que salíamos juntos. Iba con nosotros a casi todas partes.

Otro efecto secundario que tuvo el asunto y que no fue bueno para mí, es que ahora que su hija favorita había pinchado en hueso, la madre empezó a prestarle más atención a Paqui y a estar más encima de nuestra relación. Volvía a ser la madre controladora y manipuladora que reprimía a las niñas, no fuera a ser que cometieran un desliz. De alguna forma intuyó el tema del piso de su hermano y pasó a custodiar las llaves. No pudimos averiguar si porque sabía algo o simplemente como medida preventiva, pero era una forma de ponernos sobre aviso de que cualquier día se podía presentar allí sorpresivamente, por lo cual Paqui decidió que no nos debíamos arriesgar y se nos acabó el chollo.

No sé por qué los chicos damos por supuesto que una chavala guapa y hermosa, como era el caso de Alba, está tan harta de pretendientes que se vuelve fría y apática en el sexo. Esta aparente indolencia no se correspondía con la realidad, era solo fachada para ocultar su decepción con el tema del Mode. La aparente desgana con que se conducía después del episodio y el cabreo en general con los hombres, sólo eran una tenue patina con la que se envolvía: por dentro la sangre realmente le hervía. Yo era un poco ajeno al principio y no me di cuenta hasta más tarde, pero su hermana estaba al tanto de todo, la comunicación entre ambas era fluida y Paqui era consciente de que las ganas que le había puesto la chica a esa relación iban más allá de formalizar un noviazgo. Paqui le había contado todo lo que hacíamos con pelos y señas: como disfrutaba conmigo, como había perdido su virginidad, como a cambio había ganado un amante y un placer que era mucho mejor de lo que ella imaginaba. Que todas las historias que les había contado su madre acerca de los hombres que se querían aprovechar para usarlas para su placer eran gozosamente ciertas, porque al contrario de lo que les había dicho, también ella disfrutaba del sexo crudo y supuestamente sucio. Así que Alba se iba cociendo a fuego lento porque tras ese aspecto de niña buena y formal, no solo se veía ya de novia del Mode, sino que se sentía recorrida por sus manos, por su boca y penetrada por su pene haciendo suyas las experiencias de su hermana. Por muy buena que estuviera y por mucho que estuviese rodeada de chicos y deseara abrirse al mundo del placer sexual, la férrea determinación de reservarse para un buen partido le había sido inculcada a fuego por su madre. En el fondo envidiaba a su hermana que ya podía disfrutar y que había conseguido imponer a su progenitora el novio que le gustaba y no el que querían para ella. Le había torcido el brazo a su madre y había conseguido que me aceptara a pesar de no ser de una familia pudiente, pero mis credenciales de chico serio, trabajador, que se había sacado sus estudios y que preparaba oposiciones a la vez que trabajaba, le habían convencido de que no era mal mala opción para su hija. Y en todo caso, Paqui estaba decidida así que la madre decidió no dar la batalla.

Otra cosa es que nos diera vía libre porque para ella las apariencias contaban y mucho. Así que sucedieron dos circunstancias que más adelante tuvieron consecuencias. Alba se quedaba con las ganas y no entendía demasiado cómo es que siendo ella una de las guapas oficiales del barrio, no podía disfrutar precisamente por eso del sexo. Debería haber sido la primera en echarse novio pero, desgraciadamente, conjugar un buen partido con un buen disfrute no resultaba tan fácil como ella creía. La segunda circunstancia es que se convirtió en nuestra carabina. Iba a todos lados con nosotros, en teoría para disuadirnos y para estorbar cualquier plan íntimo que tuviéramos, pero lo cierto es que resultó ser todo lo contrario. La complicidad con su hermana era tal, que lo que hacía era cubrirnos frente a su madre y vigilar que no nos pillaran cuando estábamos en faena, que era siempre que podíamos. Ya no eran solo los detalles íntimos que su hermana le contaba en total confianza y que hacían que su joven cuerpo se rebelara reclamando atención propia, era que a veces estaba presente cuando empezábamos con nuestras caricias y besos, que nos oía en la habitación que ambas compartían cuando nos metíamos allí a tener sexo, que a veces asomaba la cabeza para indicarnos que llevábamos ya mucho tiempo y que su madre podía estar a punto de volver, o que estábamos haciendo demasiado ruido y durante unos segundos se recreaba en nuestros cuerpos tensos, acalorados, sudorosos, fijándose sobre todo en mí. En alguna ocasión incluso retardando su salida lo suficiente como para poder atisbar mi sexo, para ver cómo nos acariciábamos o fijarse muy detenidamente en qué hacíamos cuando yo estaba sobre ella o ella montada sobre mí. Rebosaba curiosidad y deseo.

Ni Paqui ni yo éramos tan tontos como para no darnos cuenta de lo que sucedía, teníamos ya la suficiente confianza como para hablar abiertamente de estos temas y, era curioso, pero aquello no nos molestaba, más bien al contrario, nos satisfacía aportándonos un cierto morbo exhibicionista.

- Tu hermana creo que se pone cachonda viéndonos - espeté un día a Paqui poniendo el tema sobre la mesa y poniéndole voz a lo que los dos sabíamos sin habérnoslo dicho.

- A ver, la pobre, también le gustaría tener a alguien.

- Pues en su caso lo tiene facilísimo: puede tener a cualquier chico del barrio.

- No, no es tan fácil - me contestó - Para ella no.

Ambos sabíamos a qué circunstancias se refería.

- ¿Te molesta que mire? si quieres le puedo decir que...

- No me molesta. Al principio me resultaba un poco incómodo o más bien desconcertante, pero mientras yo pueda tenerte a ti no me importa que mire.

- Yo creo que hasta te gusta un poco ¡vamos, confiésalo! te pone tener público.

En ese momento no pude evitar una sonrisa azorada, la verdad es que no podía negarlo. Poder acostarme con Paqui ya era un puntazo. Que alguien nos viera a disfrutar era algo que me motivaba y me empoderaba. Que otros pudieran observar cómo apretaba esos pechos, como le comía esos labios, como hacia mío ese culo, era un auténtico chute para mi autoestima y también para mi vanidad. Raras veces podía ver ésta satisfecha y eso me aceleraba. Pero que además fuera su hermana, creaba un punto de morbo muy, muy especial.

- Pues creo que a ti también te gusta. Lo he notado.

- Lo cierto es que le da un punto picante al asunto ¿verdad?

Yo pensé en ese momento que era porque tenía confianza con ella y se trataba de su hermana, a quien estaba muy unida, que igual si se tratara otra persona distinta o incluso alguien desconocido, a ella ya no le gustaría tanto y se cortaría. Más adelante saldría de mi error.

Tras esta conversación (que seguramente Paqui trasladó a su hermana), Alba interpretó que tenía carta libre para ser más osada. Su propio morbo y curiosidad la empujaban a ser más atrevida y nuestra colaboración y aceptación la impulsaban a ser más descarada. Nos acostumbramos a ese juego hasta que un día las dos hermanas me sorprendieron con un acuerdo que ya tenían hablado. A Alba le parecía poco lo que veía y a Paqui no le importaba enseñar más. Se sentía cómoda conmigo, orgullosa y necesitaba demostrar lo que tenía. Deseaba enseñar su disfrute a quien solo podía hacerlo, porque solo había una persona con la que tuviera esa confianza. La necesidad de mirar y el gusto de enseñar encontraron su punto de confluencia y un buen día en que teníamos la oportunidad una vez más de quedarnos solos en casa de mi novia, ella me preguntó:

- ¿Te importa que mire?

Yo me encogí de hombros pensando que se refería a las visitas que nos hacía, generalmente cuando ya habíamos acabado.

- Sabes que no.

Ella se revolvió un poco melosa, acariciándome el pecho.

- Me refiero a que lo haga desde el principio: quiere verlo todo…

Yo me giré hacia a Alba y ella me devolvió la mirada con una sonrisa que me costó interpretar. Todavía no tengo claro si me estaba animando a decir que sí, si se mostraba ilusionada para cumplir su fantasía de vernos follando o simplemente era una sonrisa boba y estúpida de circunstancias que compuso porque no sabía que otra cosa hacer. El caso es que funcionó porque yo contesté a Paqui:

- Si a ti no te importa a mí tampoco.

Nos fuimos al cuarto que compartía con su hermana. Ella ocupó su cama, sentada, con los pies cruzados y la espalda apoyada en la pared, tratando de pasar desapercibida, quieta como la estatua del perro de porcelana que tenían a la entrada de casa. Pero era imposible ignorar su presencia. Esa cama que siempre nos servía para dejar la ropa mientras nosotros nos solazábamos, ahora tenía un habitante. En todo momento había primado la ausencia de su dueña, pero ahora ella estaba ahí, seria, expectante, diríase que formal. Paqui me atrajo hacia sí y me besó para que dejara de mirarla en un vano intento por hacer que me olvidara de su presencia. No me costó centrarme de nuevo en su boca, en su cuello, en acariciar sus pechos, en besarlos, en descender con mis labios dejando un rastro húmedo por su vientre, en enterrarme entre sus piernas. Solo repetía movimientos, gestos, caricias muchas veces ensayadas que ya sabía que con ella funcionaban. Mi propósito número uno con Paqui nunca era satisfacerme, sino satisfacerla a ella en primer lugar y yo sabía lo que le gustaba. Así que actué mecánicamente. Dejándome llevar como si tocara una melodía mil veces ensayada, como si mis dedos, mi boca, mi cuerpo se la supieran ya de memoria y lo hicieran por inercia. Pude observar a Alba meter la mano bajo su falda. Se estaba acariciando. La cara seria y rígida se fue descomponiendo poco a poco mientras sus labios se entreabrían, sus fosas nasales se ampliaban para admitir más aire y sus ojos bizqueaban un poco. Para cuando me quité la ropa y saqué a relucir mi pene erecto, su respiración se convirtió en jadeo. Los ojos le brillaron cuando Paqui me devolvió las caricias. Su mano se movía más rápido entre las piernas y creo que estuvo un par de veces al borde del orgasmo pero se detuvo. Cuando me sitúe entre los muslos de su hermana y la penetré, comenzando un suave vaivén de forma que mi polla entraba hasta el final y volvía a salir, sus jadeos se convirtieron en gemidos que se mezclaron con los de Paqui.

Yo estaba muy excitado, tan excitado que no podía correrme, me había bloqueado. Eso me permitió aguantar hasta que Paqui obtuvo su orgasmo como tantas otras veces, como si no hubiera nadie más allí, como si no le importara lo más mínimo que su hermana nos observara. Más bien al contrario, fue como si aquello fuera un aliciente para hacerla llegar antes. Alba era más guapa, tenía mejor tipo, era la favorita de su madre, pero la que estaba ahora mismo disfrutando, la que poseía a un amante que la llenaba por completo y que la hacía feliz, era ella. Me di cuenta que la embargaba un sentimiento de superioridad, de felicidad, porque en ese momento ella se sentía al centro de aquel triángulo. Un momento que fue rubricado con un orgasmo intenso. Empujé hacia el fondo y me quedé muy dentro de ella mientras su vagina se contraía en espasmos de placer. Yo sabía que le gustaba que la dejara allí, sin meterla y sacarla, presionando muy fuerte porque así su orgasmo era más intenso, de manera que aguanté. Cuando ella terminó se me quedó mirando con ojos vidriosos y luego miró a su hermana. Ella seguía masturbándose. La braga le estorbaba así que levantó las rodillas y aupándose un poco sobre los talones, se deshizo de ella. Pude ver fugazmente un coñito rubio antes de que bajara la falda y volviera a meter la mano. Paqui me apretó contra sí misma, me besó me mordió a su vez en el cuello invitándome a terminar yo también. Pero lo cierto es que mi mente no acababa de estar donde debía y eso a Paqui no le pasaba desapercibido. Me sentía inquieto, desconcentrado, descolocado quizás. Entonces ella me dijo:

- Cierra los ojos.

La obedecí. Sus labios me buscaron, la noté intercambiar su aliento, me metió la lengua buscando la mía cuando normalmente era al revés. Su vagina se contraía de nuevo, esta vez no como consecuencia de su propio placer, sino que conseguía hacerlo a voluntad para darme placer a mí. Nuestros corazones se juntaban en un solo latido y nuestras respiraciones seguían mezclándose. Consiguió lo que buscaba: hacerme olvidar que su hermana estaba allí. Pude recuperar el control, el bloqueo se fue deshaciendo y finalmente empecé a follarla con intensidad hasta que me corrí.

Justo cuando eyaculaba llenando el condón de esperma, oí a Alba romperse en un gemido prolongado. Sólo la escuché, porque mis ojos permanecían cerrados y mis sentidos, aunque a flor de piel, seguían concentrados en el cuerpo húmedo y palpitante de mi novia. Me dejé caer sobre ella aplastándola con mi peso mientras cerraba sus muslos contra mis caderas y me abrazaba fuerte. Nos gustaba terminar de esa forma, quedándonos acoplados un rato.

Cuando abrí los ojos me costó enfocar y no pude evitar girar un poco la cabeza. La estampa era la de Alba abierta de piernas con la falda levantada. Esta vez sí, los dedos de la mano derecha brillantes de flujo y su coñito rubio con los labios menores despegados dejando ver un interior rosa. Me llamó la atención porque me pareció una vulva estrecha pero muy alargada. La de Paqui era ancha y abultada y, no sé por qué, había supuesto que el suyo sería igual, pero en rubio. Sin embargo, era más bien una línea en la que sobresalían los labios mayores pero el monte de Venus era casi recto, sin protuberancias, y la raja que de allí partía continuaba uniéndose con la del trasero como si no hubiera solución de continuidad en un solo canal.

Los tres respirábamos jadeando, yo por el orgasmo recién obtenido, Alba igual, Paqui quizás por mi peso sobre ella.

“Ahora ¿Qué?” parecíamos preguntarnos sin decir nada. Y entonces nos dio la risa. La situación un poco cortante provocaba una tensión que flotaba en el ambiente, porque ninguno habíamos previsto qué sucedería una vez calmados nuestros apetitos, que sentimientos nos sorprenderían, si de vergüenza, si de morbo, si de arrepentimiento, si de enfado… pero todo eso se disolvió afortunadamente en el mejor diluyente que hay: la risa. Comenzó con una sonrisa que derivó en un gorgoteo, que rápidamente nos contagiamos unos a otros y que se transformó en carcajadas. Estuvimos así un buen rato y fue nuestra forma de conjurar cualquier sentimiento de malestar o culpabilidad por lo sucedido. Luego, Alba se incorporó. Ya de pie, volvió a ponerse las bragas regalándome otra breve visión de su sexo y con ese aire infantil de chica traviesa, salió diciéndonos algo así como “os dejo solos”.

Paqui y yo nos buscamos abrazándonos, no tanto porque tuviéramos ganas de un segundo asalto en ese momento, sino porque necesitábamos estar el uno junto al otro, saber que todo estaba bien entre nosotros.

- ¿Qué ha pasado aquí? - le pregunté.

- Ella quería verlo. Está deseando hacerlo y se ha llevado un disgusto muy gordo con lo de Modesto.

- ¡Venga ya! tu hermana puede hacerlo cuando quiera.

- Cuando quiera sí, pero no con quien ella quiera. No tiene la suerte que yo.

Yo siempre procuraba decirle cosas bonitas, a mi novia le gustaba saberse querida, amada, deseada, pero no era habitual que los piropos fueran en dirección contraria. Paqui tenía otras formas de demostrar que me quería así que aquello me impactó. La hice darse da la vuelta y la besé. La besé como solo puede besarte quien te ama y ella lo notó. No era un beso de lujuria ni de pasión, era uno de esos besos que sellan compromisos para toda la vida. Instantáneamente mi falo respondió irguiéndose de nuevo ¡Benditos dieciocho años en los que el cuerpo responde una y otra vez al reclamo del deseo sin apenas necesitas descanso!

Paqui se montó a horcajadas sobre mí y se la volvió a introducir, esta vez a pelo. Era capaz de encadenar más de un orgasmo y me cabalgó con furia, excitada y satisfecha de detenerme ahora solo para ella.

- Avísame si te vas a correr - fueron las últimas palabras que sus labios fueron capaces de enhebrar antes de comenzar de nuevo a jadear. Yo no pude evitar pensar que Alba se estaba perdiendo una escena bastante mejor que la anterior. Ahora sí éramos ya nosotros dos: este fue un polvo mucho más genuino.
 
El tiempo pasó y esto volvió a repetirse. Alba pudo ser entonces testigo de muchos de esos polvos auténticos, no se limitaba a masturbarse e irse, sino que se quedaba allí observando y compartiendo con nosotros los momentos de relajación y de cariño después de cada orgasmo. También perdió del todo la vergüenza a exhibirse ella misma y era frecuente que se desnudara por completo, que sus manos recurrieran no solo su clítoris, sino también sus pechos, su vientre, la cara interna a sus muslos…

En esa época yo fantaseaba también con ella, para qué ocultarlo. Tener tan cerca a la chica guapa del barrio, verla satisfacerse, contemplarla desnuda mirándonos unas veces con deseo, otras con envidia, otras cerrando los ojos para montarse su propia película en forma de fantasía (quién sabe si viéndose en el lugar de su hermana mientras yo la penetraba), gozando como gozaba ella, corriéndose de gusto mientras me derramaba dentro… sí, tengo que reconocer que todas estas cosas pasaban por mi cabeza. Todos tenemos nuestras fantasías y ponerlas por escrito y reconocerlas no me hace más culpable, si es que debemos sentir culpa por aquello que se crea en nuestra mente con el único objetivo de acercarnos al placer. Porque fantasear no es necesariamente querer que se cumpla lo que sueñas, o al menos eso creía yo por entonces. En aquel momento no se me hubiera ocurrido intentar nada con Alba. Para mí la prioridad siempre fue Paqui a pesar de las fantasías que me pudiera montar. Que este juego nos gustara los tres no implicaba necesariamente que fuéramos más allá. Habíamos establecido un equilibrio: le abríamos nuestra intimidad y ella la disfrutaba de la misma forma que a nosotros nos ponía tenerla de espectadora.

Pensé que aquello había llegado a su fin el día que por fin Alba se echó un novio formal de verdad, que era el único tipo de novio que su madre concebía que pudiera echarse. Otra vez un chico de buena familia, quizás con un apellido no tan ilustre ni de tan rancio abolengo pero que había conseguido hacerse un hueco entre la alta sociedad de la ciudad. Todo gracias al chaval que había despuntado como niño prodigio al piano. Su padre era cantaor flamenco que se ganaba razonablemente bien la vida porque tenía oficio y voz, aunque no fama. Medio gitano, medio payo. Su madre una chica bien, hija de un empresario sabía lo suficiente de discriminación y había pasado los suficientes berrinches con su familia por su elección amorosa, como para ponerle pegas a su hijo a la hora de elegir novia. Alba cumplía a la perfección ese papel de novia ideal. Una chica aparentemente dócil y disciplinada que todavía no había tenido relaciones con ningún chico, de familia humilde pero respetable.

Cuando Alba le comentó a su madre (porque su padre no pintaba nada a la hora de tomar las decisiones en casa) que salía con un músico, está torció el gesto. Pero en cuanto hizo sus averiguaciones y comprobó que era pianista y que tenía éxito además de un puesto fijo en la orquesta de la ciudad, que era joven y guapo y con una prometedora carrera por delante, dio el visto bueno. Más aún entusiasmada se mostró cuando vio en qué ambientes selectos se movía el chico, tocando en teatros, conservatorios, llamado para cubrir eventos en el Ayuntamiento, relacionándose con los grandes artistas locales, políticos, empresarios, etcétera…y al conocer a sus padres, muy al contrario de lo que había sucedido con el Mode, comprobó que sus suegros no eran nada clasistas, como cabía suponer teniendo en cuenta su propia historia. La acogieron con los brazos abiertos de modo que cualquier prevención que tuviera contra el chaval, quedaba diluida y a partir de entonces no había conversación en el mercado, con las vecinas o con la familia, en la que no saliera a reducir el partidazo de novio que se había echado su hija, su talento, lo guapo que era y lo bien relacionado que estaba. Todo parecía augurar que se iban a cumplir los sueños de madre e hija y al principio así pareció ser.

A Alba se la veía contenta y feliz pero una cosa que me extrañó es que no dejó de asistir a nuestros encuentros. Nuestro trío secreto no se rompió, muy al contrario, ella continuó buscándonos para satisfacer su morbo y sus ganas.

- Pero ¿esta no tiene ya novio? - le preguntaba yo a Paqui. Que extraño me resultaba que no fuera el destinatario de sus apetitos.

- Sí, pero no hace nada.

- ¿Cómo que nada? No creía que tu hermana fuera tan estrecha, visto lo visto…

- No, si ella tiene ganas, es él que es muy tradicional. Dice que cuando se casen.

Paqui se moría de risa al ver la cara que puse.

- ¿Me estás bacilando?

- ¡Que no, que es en serio!

Durante un rato todavía creí que se estaba riendo de mí hasta que más tarde, en plan más serio, me lo reafirmó. Y más adelante, Alba corroboró punto por punto la información.

¡Joder! ¡Vaya racha que llevaba la pobre! para ella, estar tan buena acabó siendo casi un problema, tenía las mismas ganas que cualquier otra chica, pero hasta entonces no había podido consumar. Su primer posible novio se echó para atrás por su madre y este que sí que podía y contaba con casi todos los beneplácitos, no se la follaba porque entendía que lo correcto era reservarse para el matrimonio. A mí aquello no me olía nada bien y no acababa de entenderlo por muy pijo que fuera el chaval. Que realmente no lo era: cuando me lo presentaron me causó buena impresión. Abierto, agradable, un tío simpático y chistoso muy alejado de la imagen de niño repelente que yo le suponía, con cultura y mucho gusto a la hora de vestir y desenvolverse. Un auténtico dandi que entiendo que conquistara a Alba. Por eso se me hacía aún más extraño que según me contaba su hermana, sus escarceos se limitaran a algún beso con lengua y algún toqueteo por encima de la ropa. Alba, por un lado, estaba feliz y contaba con entusiasmo como y a quien había conocido en las distintas fiestas a las que su novio era invitado, los lugares donde habían estado y el éxito interpretando música clásica que ella ni entendía ni sentía, pero que intuía era cosa seria y esforzada. Algo de categoría.

Mientras, nosotros éramos el espejo en que se miraba soñando y suponiendo que ella repetiría preliminares, posturas y orgasmos que nos veía obtener, cuando le llegara por fin el momento. Y el momento pareció llegar porque pronto fijaron fecha de boda. Todos padecían interesados en que la cosa fuera rápida. Todo el mundo quería ver un matrimonio feliz y perfecto. Sin embargo, la fecha se pospuso al menos en un par de ocasiones. Retrasos relacionados con la agenda de conciertos de Emil (el novio de Alba se llamaba Emilio, pero todos en casa le llamaban Emil). Al final resultó que Paqui y yo le cogimos la vez porque, aunque no teníamos pensado casarnos tan pronto, por cuestiones laborales tuve que aceptar un empleo fuera de nuestra ciudad. Aunque no se tardaba mucho (un par de horas en coche), el ir y venir y el hecho de que los fines de semana tuviera que trabajar en algunas ocasiones, nos pusieron cuesta arriba la relación ya que estábamos acostumbrados a vernos casi a diario. De forma que decidimos que para qué esperar más. Alquilamos un apartamento y como era impensable que la madre la dejara venirse a vivir conmigo sin más, optamos por la boda.

Por un lado, aquello le restó un poco de morbo a nuestra relación puesto que ya no teníamos que escondernos, todo lo contrario, disfrutábamos de un sitio donde cada minuto que pasábamos juntos podíamos hacer lo que quisiéramos. Y la verdad es que no lo desaprovechábamos. Ese era el lado bueno del asunto: follábamos mucho y no parecíamos aburrirnos, no nos cansábamos el uno del otro. Aquellos primeros meses juntos nos reafirmaron en que lo nuestro había sido un acierto. La convivencia no nos desgastaba, al contrario, nos sentíamos más unidos, disponíamos de más tiempo y espacio para desarrollar ese cariño que a veces poníamos en duda si era solo cariño o amor, pero que todo indicaba que evolucionaba hacia esto último.

Durante estos primeros meses fueron escasas las visitas que Alba nos hizo sola. Casi siempre venía acompañada de sus padres que querían ver como vivía su hija. Supe por Paqui que la situación con su novio seguía igual. No consumaban y el poco sexo que tenían la dejaba más insatisfecha que otra cosa, caliente y sin llegar al orgasmo que ella debía procurarse por sus propios medios. A pesar de todo esto, se la veía ilusionada porque (esta vez sí) la boda estaba próxima.

Al final el día llegó. Apenas pudieron estar una semana de viaje de novios porque él tenía compromisos de trabajo. Ella había supuesto que la llevaría de gira y a todos los conciertos donde tocara, pero esto no fue así, él se resistía diciendo que era cuestión de trabajo y solo le permitía acompañarlo cuando se trataba de eventos en la misma ciudad, o tan cerca que iba y volvía en el día. No pasaron muchas semanas desde su matrimonio, apenas un mes y medio, cuando Alba decidió visitarnos. Se vino a pasar unos días con nosotros. Quería estar con su hermana ya que en su casa se aburría.

Cuando la fuimos a recoger a la estación, vi por su cara que no era solo aburrimiento, algo más le pasaba. Una expresión algo cenicienta, como contrariada. Cuando le pregunté por su marido me comentó: “está de gira” con un evidente tono de hastío. “Joder, pues sí que le ha sentado mal a esta el matrimonio” pensé yo.

Paqui, por entonces no trabajaba, así que rápidamente las dos hermanas hicieron piña y pasaban juntas la mañana, saliendo de tiendas, a pasear o hacer turismo por la ciudad. Esa noche, cuando nos reunimos los tres para cenar, noté un ambiente un poco extraño. Las dos hermanas parecían contentas de reencontrarse y de haberse podido poner al día, pero alba se mostraba un poco distraída y apática. En algún momento me pareció que la sombra de la tristeza la recorría y parecía abstraerse de la conversación, como si su mente estuviera en otro sitio. El día había sido largo y fatigoso, de manera que nos metimos pronto en la cama. Pero no lo suficientemente cansado como que para que yo no quisiera abrazar a Paqui y estrecharla entre mis brazos como todas las noches. El abrazo, como solía suceder, se convirtió en un roce más íntimo, la temperatura fue subiendo y como otras veces acabamos enrollados. Al principio no parecía muy dispuesta, algo la preocupaba a ella también, algo que no me había contado, casi con total seguridad relacionado con su hermana, pero no era momento ahora para presionarla. Yo la conocía bien y sabía que ella acababa contándomelo todo, pero debía dejarle su espacio hasta que lo decidiera, así que me centré en lo más inmediato que era satisfacer el deseo que nos recorría, porque tras mis caricias ella se había puesto también en situación.

Pronto estuvimos revueltos con las sábanas. Las lanzamos hacia atrás empujadas por nuestros pies. Bajé entre sus piernas dándome un festín por el camino con sus pechos que cada día me gustaban más, no me cansaba de acariciarlos, de besarlos ni de morderlos y por fin la volví de costado y haciendo la cucharita, la penetré desde atrás. Era una postura cómoda que nos gustaba a los dos y nos permitía fornicar durante mucho rato sin cansarnos. El golpeteo de mi ingle contra sus nalgas pronto comenzó a sonar cada vez más fuerte, a medida que le iba dando vergazos en el interior de su vagina.

Entonces se abrió la puerta del dormitorio y para mi sorpresa Alba entró. Llevaba un camisón largo, sin nada debajo, que se levantó al sentarse en el sofá de una plaza que teníamos frente a la cama. Yo me detuve sorprendido, no tanto porque adivinaba lo que iba a pasar, que era un ritual muchas veces repetido (nosotros follando y ella masturbándose), sino porque pensaba que desde su boda ya no se iba a volver a repetir. Creía que ella por fin ya habría satisfecho de sobra sus impulsos, había calmado su sed y que no necesitaba utilizarnos para excitarse. Pero al parecer estaba equivocado. Como si no hubiera transcurrido el tiempo desde la última vez, de nuevo se abrió de piernas dejando su sexo a la vista y comenzó a acariciarse con la mirada fija en nosotros.

Yo me quedé un poco cortado y creo que Paqui también. Fue ella la primera en reaccionar y pegando su culo contra mí, facilitó que la penetrara hasta el fondo. Volviendo la cara, me cogió del cuello, me besó y me pidió que continuara.

- Sigue por favor, no te pares.

Entonces la aferré con fuerza y me mantuve dentro de ella pero sin mover mi pene. Una vez más me estaba perdiendo algo y no sabía el qué.

- Lo hemos hecho otras veces, no importa - me susurró mientras de nuevo buscaba mis labios para besarme - no se encuentra bien, no quiero echarla…

Contemplé a Alba. Su mirada esta vez no era de morbo, de deseo y de curiosidad como las otras, había más, había como pena, tristeza y también un destello de rabia. Entendí a Paqui: ella estaba muy sensible y si la echábamos del cuarto se sentiría todavía peor.

- Vale - dije muy bajito y luego, más alto para que ella lo pudiera oír, afirmé - no estás sola.

Continuamos por donde lo habíamos dejado, un poco tensos al principio, pero poco a poco la pasión y el deseo se fue apoderando de nuevo de nosotros, como si al tener de nuevo público hubiésemos lanzado un chorro de gasolina al fuego. Mi verga se deslizaba en la vagina de Paqui, muy húmeda y mojada, que la tragaba hasta el final. No tardó mucho en ser ella la que me follaba dando culeadas fuertes, moviendo sus caderas y haciendo que sus nalgas rebotaran contra mí.

Me corrí agarrado a ella, apretándole las tetas y empujando hasta el fondo mientras Paqui cerraba las piernas, estirándolas un poco y manteniendo mi falo dentro. Se ayudaba con la mano para acabar, sus jadeos, los míos y los de Alba se entremezclaron formando una cacofonía en la que los orgasmos se sucedieron en cascada. Primero yo, después Paqui y finalmente su hermana a la que ahora ya pude prestar atención. Obtenía su orgasmo con la boca torcida, casi con furia, como si en vez de placer le produjera dolor, mientras se frotaba furiosamente la almeja, tanto que pensé que se debía estar haciendo daño. Cuando la sorprendió el clímax, el rictus habitual de su boca que ya conocía de otras veces y que indicaba que había obtenido un placer intenso y que estaba agotada por el orgasmo, se convirtió en una mueca dolorida en la que el labio superior empezó a temblar. Alba arrancó a hipar, un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas y los ojos se le anegaron de humedad. Cerrando las piernas se levantó y dejó caer el camisón, marchándose mientras lloraba.

Hice ademán de incorporarme pero mi mujer me retuvo.

- Déjame, yo voy - me dijo y poniéndose una bata fue en busca de su hermana. Yo la seguí un poco después, tras lavarme la cara y ponerme unos boxers. Las encontré sentadas a la mesa del salón. Cogí tres vasos de chupito, los llené de anís que sabía que les gustaba y me senté frente a ellas.

- ¿Qué sucede? ¿Es Emil? ¿Algo no va bien?

Alba apareció pensárselo. Estaba contándole algo a su hermana y por un momento dudó si incluirme en ese asunto tan íntimo. Pero al final se decidió, el vínculo era tan fuerte que me atañía a mí también. Sabía que yo estaba por su hermana y que era de total confianza, y en lo que intimidades se refiere (al menos intimidades físicas), entre nosotros tres no había secretos después de tantas sesiones de sexo con ella de espectadora.

- Te puedes imaginar qué es lo que no va bien - respondió ya sin lágrimas y con más enfado que tristeza en su expresión.

- ¿No os entendéis en la cama? – Aventuré…

Ella hizo un gesto de fastidio que confirmó de dónde venía el problema.

- Llevamos un mes y medio casados y apenas hemos follado. Y lo que es peor, ya no sé si quiero volver a tener sexo con él. Me desespera.

- ¿Es que no te trata bien? ¿Te hace daño? Si es inexperto las primeras veces puede ser un poco doloroso...

- No es eso...

Me quedé un poco dubitativo, no acababa de entender cuál era la cuestión.

- A ver, cuéntanos todo desde el principio y así me entero yo también bien, que solo me has contado algunos trozos. Desahógate hermana y a ver si entre todos podemos encontrar solución al problema, sea cual sea – la animó Paqui.

Alba se aclaró la garganta tras tomarse un segundo chupito que le infundió valor.

- Tenía muchas ganas de estar con él. Lo quiero y además físicamente está muy bien, ya lo sabéis. Me había hecho muchas ilusiones y, para empezar, la noche de bodas me quedé con las ganas. Es cierto que habíamos bebido y él me comentó que mejor dejarlo para el día siguiente. Nos metimos en la cama muy tarde, era una cosa lógica. Pero a la mañana siguiente me lo encontré al despertar ya vestido. Se había duchado y estaba arreglado para ir a desayunar. Es cierto que se nos hacía tarde, ya sabes que yo soy muy dormilona, y teníamos que volver a casa a por las maletas para irnos de viaje. Yo intenté tirar de él hacia la cama poniéndome juguetona, pero Emil me comentó que eso no había que hacerlo con prisas, sino con más tranquilidad, que mejor cuando estuviéramos en el hotel, que teníamos toda una semana por delante…Una vez más me quedé con las ganas, aunque tuve que reconocer que tenía razón. Por fin, a la noche siguiente pudo ser. Ninguna excusa podía evitar ya que folláramos de una puñetera vez.

Alba se tomó unos segundos, apuró el poco anís que quedaba y movió el paso el vaso hacia mí reclamando un nuevo chupito.

- Nada salió como yo había pensado. Creía que nuestra primera vez sería algo, no digo ya que apoteósico, no soy tan tonta como para no darme cuenta que con el dolor, los nervios y la inexperiencia muchas cosas pueden salir mal, pero al menos pensaba que ese día sería para los dos algo muy erótico a la vez que cariñoso. Al principio todo parecía ir bien, Emil me acariciaba con mucho cuidado, recreándose en los mimos, quizás demasiado porque no acababa de entrar a matar. Tuve que ser yo (que ya estaba muy mojada) la que al final me abriera de piernas y lo atrajera hacia dentro de mí. No atinaba, tuve que ayudarlo con mi mano y luego empezamos a empujar. Yo os he visto vosotros y sé que “funcionáis” de otra forma.

Alba movió en la cabeza de un lado a otro apesadumbrada.

- Sentí una molestia aguda, pero de verdad que eso no me hubiese importado: Paqui me explico cómo había sido su primera vez y yo esperaba que aquello fuera doloroso, pero que fuera una mezcla de placer y daño. No sé, que hubiera pasión, deseo, todo lo que debe haber entre una pareja que se quiere y que lo hace por primera vez, todo lo que he visto en vosotros. Pero aquello era simplemente un acto mecánico. Emil solo estaba concentrado en empujar, muy tenso, nervioso, esperando que no se saliera, metiéndomela sin más, intentando que llegara a estar toda dentro y ese parecía ser su único objetivo porque cuando me la introdujo del todo se limitó a dejarla ahí. Yo lo tenía irritado, me dolía. Se me pasaron de golpe las ganas de tener un orgasmo, solo quería que me la sacara.

>>Él pareció casi aliviado cuando se lo dije. Fui a lavarme. Estuve un buen rato bajo la ducha. “Mi primera vez ha sido una mierda” pensaba, pero tenía toda una vida por delante para mejorarlo. Me decía a mí misma que más adelante sería diferente, que aquello no podía ser el sexo que me esperaba. A la vuelta, Emil, había quitado la sábana de arriba y la había tirado en la esquina más alejada de la habitación. Sobre la de abajo me hizo poner una toalla para que no se vieran las manchas de sangre.

>>Tarde tres días en plantearme volver a hacerlo. Él se mostraba cariñoso conmigo todo el tiempo, incluso dormíamos abrazados, pero no insistió en ningún momento en intentarlo de nuevo y casi pareció decepcionado cuando se lo pedí.

>>Esta vez apenas dolió: fue, como decirlo… fue dulce.

Pero Alba pronunció dulce con una entonación que no se correspondía demasiado con la palabra.

- ¿Qué quieres decir? - le pregunté.

- Digo que fue demasiado dulce, empalagoso diría yo. En ningún momento las caricias se transformaron en pasión. Follamos algo mejor, yo me encargué de estar muy lubricada con un gel que compré y esta vez no hubo dolor ni problema, aunque todavía me escoció un poco. Pero nuevamente os lo digo: no me hubiera importado que me hubiera hecho daño, cualquier cosa mejor que simplemente verlo hacer flexiones sobre mí como si estuviera en el gimnasio, pensando que con solo dejarla dentro unos segundos y volver a sacarla una y otra vez, era suficiente para que yo llegara al orgasmo. Tuve que masturbarme y eso pareció sentarle mal. Parecía furioso consigo mismo más que conmigo. Le dije que era normal, que la mayoría de las veces una chica para llegar tiene que tocarse, pero yo creo que estaba enfadado porque no acabábamos de… bueno, de eso, de conectar bien.

Sabía lo que quería explicar Alba. En realidad, su gesto abatido lo decía todo. No es solo que no conectaran, es que él no estaba en absoluto por la labor. Ese era en realidad el pensamiento que la recorría y que no se atrevía a expresar en voz alta por no dejar mal a su recién estrenado marido.

- Pero bueno, a lo mejor es por los nervios de la boda y todo eso. A los chicos primerizos hay que darles tiempo - contemporizó Paqui tratando de animar a su hermana - después del viaje de novios ¿cómo ha ido la cosa?

- Igual. Lo hemos hecho en tres ocasiones en un mes. El resto del tiempo parecía que me rehuía. La última hace una semana. Igual de frustrante. Me enfadé, no entendía por qué funcionamos tan bien fuera de la cama y tan mal dentro. Estaba un poco alterada así que le dije que mejor lo dejábamos estar un tiempo, que era preferible no volver a intentarlo hasta que pasen unos días y nos tranquilicemos los dos un poco. Pareció recibir la noticia con alivio… demasiado alivio diría yo - comentó con un deje de rencor en la voz.

- Igual es buena idea – comentó mi mujer.

- Pues yo no lo entiendo - repliqué - a ver si va a ser que no les gustan las mujeres.

Lo dije casi sin pensar y al instante me arrepentí. Paqui me echó una mirada asesina y yo traté de arreglarlo, aunque en realidad creo que lo empeoré aún más.

- A ver, que no quiero decir que sea homosexual, me refiero a que hay chicos que son asexuales, que no les llama la atención el sexo. A lo mejor es un problema hormonal o algo así.

- Sí, sí, acuérdate de Mario - intervino Paqui. Se refería a un amigo que tenían en el instituto. Aparentemente no le interesaba nada relacionado con el sexo, era el bicho raro del grupo. No reaccionaba ante hombres, mujeres, ni nada, era como un niño grande. Hasta parecía que le costaba tirar de su cuerpo y la voz apenas había adquirido un tinte algo más grave a pesar de sus veinte años. No me cuadraba en absoluto la comparación, pero, en fin, pudiera ser…

- Quizás sea algo que se cure con el tiempo o con alguna terapia. Deberíais ir a ver a un...

- Alex tiene razón - cortó brusca - el problema es que no le gustan las mujeres: creo que mi marido es homosexual.

Los dos nos quedamos callados. Esta vez no teníamos argumentos ante lo inapelable de su afirmación.

- Emil es guapo, de buena familia y tiene éxito. He visto como lo miran el resto de las mujeres, siempre hay alguna lagarta detrás de él, pero también he comprobado como las ignora. Al principio me sentía muy orgullosa porque pensaba que era por mí, pero no soy tan tonta como para no darme cuenta que a ningún hombre, por muy enamorado que esté, no se le van alguna vez los ojos detrás de una chica y más cuando la chica intenta agradarle. Emil no es así. Es atento, cariñoso, tiene buena conversación, es culto, me da todo lo que le pido… pero en la cama sigue sin hacerme demasiado caso, parece más preocupado por quedar bien que por hacer algo que realmente le guste. No puede ser que tenga una chica (como me ha tenido a mí) ofreciéndose entera y no le hayan brillado ni una vez los ojos de deseo. Hasta Alejandro me ha mirado en alguna ocasión así mientras hacíais el amor. Yo sé que él te quiere, que está enamorado de ti y fíjate, sin embargo, hasta a él se le van alguna vez los ojos. Un hombre no puede evitarlo…

Me sentí pillado en falta y miré a Paqui, pero ella pareció no tenérmelo en cuenta. Era tan consciente como su hermana de que eso pasaba. Aquí el único que parecía que no se enteraba era yo. Me hizo un gesto como quitándole importancia y pidió a Alba que continuara.

- Él nunca me ha mirado de esa manera - remachó convencida - Solo ha mirado así a una persona: hace cinco días, a un compañero de la orquesta. También es músico y se conocen desde hace mucho tiempo, estudiaron juntos en el conservatorio. El otro día coincidimos y vi cómo le miraba…y también como lo miraba el otro a él.

- Pero ¡solo se han mirado!

- Mira hermana, sé de lo que hablo igual que lo sabrías tú también si te pasara a ti. Llevo un mes y medio conviviendo a todas horas con mi marido. No es una persona afeminada, eso ya lo sé, todas las apariencias indican que es heterosexual, pero está claro que no le gustan las mujeres y el motivo no es falta de hormonas ni que no haya madurado, no soy tan tonta como para no darme cuenta. Lo sé y él sabe que lo sé, porque le pregunté por ese amigo y se puso enseguida a la defensiva.

>> Paqui, hace muchos días que no tenemos sexo. Desde nuestra boda apenas nos hemos acostado seis veces, eso no es normal en una pareja recién casada que llega virgen al matrimonio. Llevamos días sin tocarnos a pesar de dormir juntos y ¿sabes lo peor de todo? ¡Que él está contento! ¿Qué marido que no fuera de la otra acera, estaría contento porque su mujer le dice que es mejor no tener sexo en una temporada? y ¿qué marido se pone nervioso cuando le preguntas por su aparentemente mejor amigo, del que curiosamente nunca te ha hablado?

Paqui y yo nos quedamos mudos. Ella se limitó a pasarle el brazo a su hermana por el hombro y yo le cogí la mano que acababa de soltar el vaso vacío del chupito de anís

- ¿Qué vas a hacer?

- ¿Qué quieres que haga? estoy casada ¡recién casada! mi matrimonio es casi perfecto si no fuera por esto. De momento solo puedo esperar.

- ¿Esperar a qué? - contesté yo - ¿sigues enamorada de él?

A mí no me cabía en la cabeza estar con una persona con la que no pudiera tener sexo o a la que no quisiera ¿quería ella todavía a su marido?

- No lo sé. Estoy muy confundida. Creo que lo mejor es que espere, quizás las cosas cambien más adelante.

Paqui afirmaba, su educación y la influencia de sus padres se dejaban notar. A ambas les parecía inconcebible plantear un divorcio como primera opción y llevando tan poco tiempo casadas.

- Sí, dejemos pasar un poco el tiempo, es mejor no tomar decisiones en caliente. Más adelante y con la cabeza más despejada podréis hablarlo y tratar de darle alguna solución.

Alba asintió y se levantó.

- Vámonos para la cama que Alex tendrá que madrugar mañana y os estoy dando la paliza.

- No, no tienes que preocuparte por nosotros. Estamos contigo para lo que haga falta.

Así dimos por concluida aquella reunión, con más deseos y esperanzas de que aquello se arreglara por sí mismo que con ideas claras y firmes de lo que sucedía y cómo afrontarlo. Cuando me encaminaba al dormitorio, Paqui me indicó con la cabeza la otra habitación, la de invitados.

- Mi hermana duerme conmigo esta noche.

- No quiero molestaros, estoy bien, de verdad.

- Tú duermes hoy conmigo, como cuando había tormenta en casa y nos metíamos juntas en la misma cama. A Alex no le importa ¿verdad?

- ¡Claro que no! Así, además, podéis quedaros durmiendo hasta tarde y no os despierto cuando me vaya.

A la mañana siguiente Paqui se levantó para despedirse de mí. Yo ya estaba listo para salir al trabajo, no me había parado ni a desayunar. Normalmente no me entraba nada a primera hora, ni siquiera café: lo tomaba con los compañeros al llegar al curro. Nos dimos un beso y un abrazo, como si nos echáramos de menos desde hacía mucho tiempo, cuando solo habíamos pasado una noche separados.

- Te quiero - le dije, y ella sonrió satisfecha. Le gustaba oírlo, aunque fuera algo obvio.
 
Ese día me fui a trabajar preocupado por Alba, aunque en cierto modo y de forma egoísta, me sentía reconfortado por lo bien que me iba con mi mujer. No me esperaba nada de lo que sucedió.

Por la tarde las encontré tranquilas al volver del trabajo. Decidimos salir a cenar. Alba parecía controlar bien sus sentimientos, al menos los de tristeza, pero quizá no tanto los de enfado y rabia que, de vez en cuando, asomaban a su cara con un brillo especial en sus ojos que nunca antes había visto. Tomamos bastante alcohol esa noche y cuando volvimos a casa, un último chupito de anís antes de meternos en la cama. La crisis parecía contenida pero ni mucho menos superada, por eso no me extrañó que Alba volviera a aparecer apenas mi mujer y yo empezamos a acariciarnos en nuestro lecho. Llevaba aun puesta la ropa de calle. Parece que se había quedado tomando otra copa en el salón, porque se tambaleó en un par de ocasiones mientras iniciaba un estriptís quitándose la ropa y quedándose desnuda. No lo hizo de forma sensual, no parecía su intención exhibirse, sino de forma práctica, igual que si estuviera en su habitación en vez de frente a nosotros. No pude evitar fijarme en ella mientras acariciaba a Paqui. Se desabotonaba la blusa y la dejaba caer sobre la moqueta, y a la blusa seguía el sujetador, los pantalones y unas braguitas muy ajustadas que llevaba puestas. No se dejó ni los calcetines y luego se sentó como siempre a mirar. Esta vez se tocó sin urgencia, despacio, acariciándose con una mano entre las piernas y la otra en el pecho. Como en otras ocasiones, el coro de jadeos fue subiendo de tono a medida que dejamos las caricias y pasamos a una penetración intensa y profunda. Nosotros obtuvimos nuestro clímax, pero Alba se retuvo. Se quedó mirándonos en tanto que abrazados y sudorosos aún permanecíamos acoplados. Me pareció contradictorio verla allí, excitada y anhelante, pero a la vez renunciando a su orgasmo.

Salí de Paqui y me tumbé boca arriba mientras ella se arrebujaba contra mi costado. Cerré los ojos unos instantes. No sé el tiempo que pasó, pocos minutos en todo caso, yo me sentía vencido por el dulce sopor que sigue al placer. Cuando los volví a abrir, vi a Alba levantarse. Pensé que iba a irse de la habitación, por el contrario, se dirigió a la cama echándose junto a mí. Me quedé paralizado, no sabía cómo interpretar aquello. Se giró de lado igual que estaba su hermana. Sus labios rozaron mi hombro, su mano izquierda se posó sobre mi pecho y noté su pubis frotarse contra mi muslo.

Yo sería rígido como una piedra sin saber muy bien que hacer. Paqui no parecía muy sorprendida, más bien expectante. Esperaba que en cualquier momento ella le pidiera a su hermana que saliera de la cama y por un instante me dio la impresión de que iba a hacerlo, pero luego siguió callada, inmóvil, aunque no tensa, observando lo que sucedía sin dejar de abrazarme.

Alba se pegó aún más. Estaba caliente, su entrepierna aún más. La mano bajó del pecho y fue haciendo eses por mi estómago hasta llegar a mi pubis, donde se enredó con mi vello y finalmente sus dedos se cerraron sobre alrededor de mi verga, que volvió a cobrar toda su dureza en un acto reflejo que yo no pude evitar. La miré a la cara. Los ojos claros entre cerrados y acuosos, los labios apenas entreabiertos, las mejillas encendidas, la expresión de furiosa decisión.

Me volví hacia Paqui interrogándola con la mirada ¿Lo tenían hablado? ¿Esto era una encerrona acaso o había sido solo iniciativa de su hermana? ¿Que se supone que debería hacer?

Ella arrugó un momento la frente, como si un mal pensamiento hubiera cruzado por el interior de su cabeza, pero luego se relajó y besándome me susurró:

- Necesita hacerlo o se va a volver loca.

- Pero yo te quiero a ti.

- Lo sé - dijo ella antes de volver a besarme.

Aun así, yo no me acababa de atrever. No era tanto vergüenza o falta de ganas, demasiadas veces habíamos intimado los tres para que me diera apuro y tantas pajas me había hecho soñando que me follaba a Alba que no tenía sentido negar que lo deseaba, pero no tenía nada claro que aquello no pudiera acabar interfiriendo en mi relación con Paqui. Sin embargo, ellas no parecían tener dudas. Alba se inclinó sobre mí y dejó de masajearme para introducirse la verga en la boca y empezar a chuparla, tal y como nos había visto hacer en más de una ocasión. Mientras lo hacía, noté como su mano se escurría entre nuestros cuerpos y desaparecía entre las piernas buscando su sexo. La oí trastear ahí abajo, sonaba como un chapoteo, debía estar muy mojada. Yo estaba un poco bloqueado, seguía viendo aquello como desde fuera, intentando analizar todavía si entrar en el juego, pero Alba estaba disparada. Rápidamente, lo que era una acaricia con su boca se transformó en una mamada profunda, enérgica, colmada de deseo. Disfrutaba haciéndola, se regodeaba, yo notaba su aliento cálido y su saliva resbalando por mi falo y empapándome los testículos. Se la metía cada vez más profunda y también notaba su mano acelerando el ritmo. Pensaba que se iba a conformar solo con aquello, con una masturbación mientras me la chupaba, pero no fue así. Se echó boca arriba y trató de tirar de mí para que la montara.

Yo seguía aún bloqueado por las dudas. No tenía claro si debía traspasar aquel último límite. Volví a mirar a Paqui y ella asintió con la cabeza, pero yo seguía quieto.

- Te enfadarás cuando todo haya pasado. Te enfadarás y yo no quiero que te enfades conmigo. Te amo.

Mi mujer simplemente movió la cabeza negando y noté su mano contra mi costado, empujando suavemente.

- Lo hemos hablado: anda, ve.

- Por favor, por favor, házmelo, necesito un hombre. Te necesito Alex. Sé que quieres a mi hermana, pero por favor te lo pido, necesito sentir lo que siente ella. Házmelo igual. Ya no puedo más, quiero que alguien me abrace y me haga el amor igual que lo hacéis vosotros.

Entonces me volví y me eché sobre ella. El deseo, el morbo, la confusión, los nervios, la duda… batallaban dentro de mí, pero los dos primeros habían ganado ya la batalla. Simplemente me dejé ir hacia donde ellas me empujaban.

Cuando me puse sobre Alba nuestros sexos se tocaron, nos frotamos un poco y ella abrió los muslos ávidamente. Poniéndose en posición, me tomó por las nalgas y se movió hasta situarse de la forma más explícita posible para que yo pudiera penetrarla. Mi verga tomó contacto con su vulva y pude comprobar que efectivamente estaba muy mojada, así que apenas tuve que empujar un poco para que mi grande dilatara su vagina y penetrara sin apenas dificultad, arrancando un gemido ronco de sus labios. Su pecho se movía arriba y abajo. La saqué y la volví a meter una vez, dos veces, tres, en cada ocasión penetraba un poquito más. Iba con cuidado, con cariño, como las primeras veces que lo hacía con Paqui, pendiente de ella, atento a cada signo que me enviaba su cuerpo. La besé, todavía no sé por qué, pero la besé en la boca. Es lo que hacía con mi mujer. Ella recibió el mimo, complacida, intercambiando saliva. Su aliento era caliente y húmedo y sabía a espuma y a mi pene. Un último empujón: esta vez entró toda de golpe y Alba ahogó un grito, pero sin sacar su lengua de mi boca. Yo continué follándola despacito, recreándome mientras ella movía la pelvis arriba y abajo hasta que finalmente deshizo el beso para pedirme al oído entre jadeos:

- ¡Fuerte, más fuerte!

Seguimos un guion muy similar a cuando lo hacía con su hermana. Empezamos con una penetración suave, hasta que ella estaba lo suficientemente dilatada y luego, cuando se aproximaba al clímax, me reclamó más contundencia llevada por la fiebre que eliminaba cualquier molestia que pudiera causarle al aumentar la intensidad.

Alba tuvo su orgasmo, solo necesitó frotar un poco su nódulo para provocarlo porque estaba ya a punto. Quitó la mano y uniéndola a la otra por detrás de mi cuello, se corrió largamente mientras me miraba y resoplaba con la boca abierta. La sentía contraerse, cerrar y abrir los muslos mientras se tensaba levantando la cabeza y el pecho. Los espasmos internos parecían un reflejo de los externos. Sus músculos vaginales se contraían sobre mi falo apretándolo y estrujándolo en un morbosísimo masaje que, no obstante, no consiguió que me corriera. Los nervios, la tensión y el haberlo hecho recientemente me mantuvieron lo suficientemente tenso para no concluir. Me detuve, quedando echado sobre ella a peso, aplastándola aunque no se quejó lo más mínimo. Se mantenía abrazada a mí todavía, moviendo un poco su vientre. Cuando parecía que se iba a salir, ella hacía un movimiento de pelvis y se la volvía a introducir. Así tres o cuatro veces hasta que yo decidí apretar de nuevo, empujándola hasta el fondo, cosa que le arrancó un suspiro profundo. Su pecho intentaba llenarse de aire bajo mi gravedad así que me desplacé, girando a un lado y salí de su interior. Pude ver su rostro serio pero satisfecho y más allá, el que yo temía mirar porque no sabía lo que me iba a encontrar. Así que tuve que armarme del valor necesario para enfocar la vista y observar cómo mi mujer clavaba sus ojos en los míos, la mano izquierda se cerraba sobre uno de sus pechos y la derecha desaparecía entre las piernas. No solo no parecía estar enfadada por lo que acabamos de hacer, sino que además parecía... ¿Excitada? Esa breve conexión entre los dos me puso a cien. Mi verga cabeceó levantándose furiosa, recordándome que de nuevo estaba lista y que se había quedado esperando un segundo orgasmo. Mientras ella se tocaba yo me empalmaba más fuerte todavía, nos entendíamos sin hablar, solo mirándonos.

Yo necesitaba su aprobación.

- Es a ti a quién quiero - le decía con mis ojos - y sí, me excita mucho follar delante tuya y hacerlo con tu hermana, pero es a ti a quien deseo.

Ella pareció incitarme de nuevo con la mirada. Pasé mi mano por el estómago de Alba, enredando mis dedos alrededor de su ombligo y subí hasta su pecho, tomándolo con suavidad, abarcándolo y luego acabando el masaje en su pezón, tirando suavemente de él. Nuevo intercambio de miradas, esta vez entre Alba y yo, en el que parecimos ponernos de acuerdo. La invité, tirando suavemente de su brazo. Lo entendió y no tuve que insistir, de buena gana se subió sobre mí. Restregó su rajita contra mi falo proporcionándome un roce placentero, pero eso ya era poco para mí. La tomé con la mano y sujetando a mi cuñada con la otra por las caderas, busqué a tientas hasta que encontré la entrada a su vagina. Empujé y no me costó mucho meterla porque todavía rezumaba humedad. Yo impulsaba desde abajo con mis caderas y entró rápida y profundamente. Alba lanzó un gemido que más bien podría ser un grito de dolor, pero yo insistí, estaba muy caliente. A ella parecía molestarle un poco y se volvió a quejar. Entonces me detuve y me limité a dejarla dentro conteniéndome. Mis manos se aferraban a sus caderas y a sus nalgas, apretándolas, separándolas y volviéndolas a juntar. Me incorporé un poco, lo suficiente para conseguir dar un par de lametones a los pechos que colgaban frente a mi cara. Fue ella la que empezó a moverse a mover su cintura adelante y atrás y de vez en cuando en círculo, buscando sentirla de forma intensa y acelerando el ritmo poco a poco. De nuevo se iba encendiendo. Este masaje de Alba con los músculos de su vagina me provocó casi de inmediato las ganas de correrme que habían tardado en aparecer, pero que ya eran incontenibles. Ella lo notó y eso la puso aún más caliente. Sus suspiros y gemidos se entremezclaban con los de Paqui, que tendida de costado seguía masajeando su clítoris. Ella también estaba a punto de llegar. Cuando emití un ronco rugido y de nuevo empuje hacia arriba aferrándome a sus nalgas, a la vez que la llenaba de mi fluidos calientes y viscosos, nuestras miradas conectaron y vi como Paqui se sacudía el clítoris, a la vez que se ponía boca arriba y terminaba el trabajo cerrando las piernas y arqueando la espalda, apretándose el pecho con la mano libre mientras giraba la cabeza a un lado y a otro. Nos corrimos juntos.

Yo me quedé aferrado a los muslos de su hermana. Alba continuaba moviéndose cada vez más frenéticamente, dando golpes secos y contundentes, levantándose y volviéndose a dejar caer sobre mi falo durante un rato, hasta que puso los dedos en uve alrededor de su sexo y comenzó a frotarse, mientras subida a horcajadas y con mi verga bien enterrada en sus entrañas se movía adelante y atrás. Era tan intenso, tenía tantas ganas, que ahora era yo el que sentía incomodidad después de haberme corrido. Sin embargo, aguanté hasta que ella también consiguió su orgasmo, levantando el cuello, poniendo recta la espalda y mirando hacia el techo con la boca abierta, gritando y convulsionando mientras se presionaba el botón de su gozo haciendo gancho con los dedos. Sentí como un squirt me mojaba el pubis. Si antes también lo había hecho cuando se corrió en la postura de misionero, no me di cuenta, pero ahora sí lo pude apreciar y ver como su coñito expulsaba un líquido transparente, húmedo y pegajoso.

Todavía mantuvo la verticalidad unos segundos más, con sus pechitos en punta, temblorosa, hasta que se dejó caer hacia adelante y sobre mí. Sentí su cuerpo caliente todavía vibrando, la respiración sofocada, sus pechos duros, la piel mojada, el corazón retumbando...

- ¡Sí, joder, sí! - Exclamó en un susurro, todavía removiéndose un poco y haciendo fuerza con sus músculos vaginales contra mi pene.

Su cabeza estaba a mi lado y me impedía ver a mi mujer, no podía establecer contacto visual con ella, pero no le metí urgencia, la dejé descansar sobre mí, abrazada y llena. No parecía tener ninguna prisa y los segundos se convirtieron en minutos hasta que decidió por fin descabalgar. Pensé que se iba a quedar durmiendo así, usándome de alfombra.

Ahora ya sí podía ver a mi mujer. No parecía seria ni enfadada, tenía la cara habitual que solía poner cuando teníamos desahogo sexual. Me acerqué un poco, la abracé, la estreché contra mi pecho temiendo que me rechazara de alguna forma, pero eso no sucedió, todo lo contrario: me devolvió el abrazo y también las caricias. Mis labios buscaron los suyos y la besé consciente de que no había besado así a Alba ni una sola vez mientras follábamos.

- ¿Está todo bien? – pregunté.

- Sí, está todo bien - me respondió y consideró adecuado regalarme una sonrisa a la vez que me acariciaba la cabeza al ver mi preocupación.

Estuvimos así abrazados, yo de costado, regodeándome en el contacto de sus cachetes redondos y duros y con Alba abrazada también a mí, su mano en mi cintura, su pubis y sus pechos rozando mi espalda. De esa forma nos dormimos, toda la noche buscando el contacto de unos con otros, yo siempre en medio.

A la mañana siguiente me desperté con la boca seca y muchas ganas de ir al baño. Primero me levanté con cuidado, escurriéndome entre las dos hermanas y eché una larga meada en el váter. Después me fui a la cocina, saqué la botella de agua que siempre teníamos en el refrigerador y me serví un vaso colmado. Luego otro más. Así me quedé, con el vaso en la mano mirando por la ventana. Ya había amanecido, era sábado y se nos habían pegado las sábanas porque el sol estaba muy alto.

- ¿Me das agua?

Alba estaba de pie detrás de mí, con cara de sueño, los ojos azules entrecerrados y legañosos, despeinada y guapísima. El camisón largo le tapaba hasta las rodillas, pero su desnudez se transparentaba al trasluz, desde los dos bultos de sus pechos hasta su entrepierna.

- Sí, claro, perdona. No te había oído llegar - dije mientras le servía un vaso que ella trago con la misma ansia que yo.

Estaba completamente desnudo y ella no dejaba de mirarme mientras bebía. No tenía con que taparme así que no lo intenté, adoptando una postura lo más indiferente posible. Sin embargo, mi cuerpo se reveló y mi mente me jugó una mala pasada. Entre los dos se aliaron para hacer fracasar mi estrategia, porque rápidamente recordé los momentos vividos por la noche y mi verga reaccionó levantándose violentamente, llenándose de sangre y apuntando al cielo. Alba la miraba como hipnotizada. Sus ojos se abrieron, el color azul volvió a asomar, un destello de lujuria cruzó por ellos y supe enseguida que también le habían vuelto las ganas.

- Perdona - le dije, pero sin hacer intento de taparme. Ella se acercó y la tomó con la mano, suavemente al principio, acariciándola y luego con más fuerza. No habló, no me dijo nada, solo me buscó con su boca y acabamos entrelazados en un abrazo intenso. Mis dedos volvieron a recorrer su piel, deteniéndose a apretar su pecho por encima del camisón. La senté en la mesa, donde separé sus muslos, me froté contra su sexo mientras ella gemía. Pude comprobar con mi boca, bajando a su entrepierna que la humedad era patente y añadí a su flujo mi saliva mientras me daba un atracón con su coñito.

La mesa era un poco inestable y la postura forzada, de modo que me levanté y trayéndola hacia mí con fuerza, incluso con cierta violencia, la hice dar la vuelta. Levanté su camisón y le separé las piernas, situando mi verga entre sus cachetes. La mojé con un poco de saliva y fui recorriendo la raja del culo hasta encontrar su coño entre los muslos. Ella empinaba su grupa buscando hacer coincidir su vagina con mi glande. Finalmente, el pie encontró el pedal y empujé hacia adentro. A pesar de estar mojada costó un poco entrar, pero conforme fue dilatando mi falo ocupó todo el espacio hasta llegar al fondo. Con cada envite, con cada golpe de cadera, se la metía hasta hacer tope y la empujaba contra la mesa. El calentón era impresionante, no me acababa de creer que me estuviera follando a la chica más deseada de la pandilla, era un impulso casi animal y no tenía nada que ver con el cariño, con el afecto. Aunque me caía bien y a pesar de considerarla al principio una estirada, había llegado a entenderla y a darme cuenta que tenía buen fondo. Su hermana la quería sinceramente y supo contagiarme ese cariño, pero no era amor, era solo sexo. No tenía nada que ver con la conexión que yo tenía con Paqui, ni con la forma en que copulábamos, ese plus que daba el compartir sentimientos realmente profundos. Con Alba, sin embargo, no podía evitar que fuera distinto, animal, brutal, y que el deseo sexual nos invadiera. Continué dándole fuerte a la par que notaba que se mojaba aún más, cerrando las piernas y empinando el culo mientras agachaba la cabeza. Es como si empujara hacia fuera con el trasero para sentir todavía más los golpes de mi verga. Se tensó, arqueó la espalda, las rodillas se doblaron estando a punto de caerse un par de veces, aunque conseguía ponerse de pie. La sentí temblar y sin necesidad de tocarse se fue. La tenía agarrada de la cintura y empujé fuerte para que la sintiera muy dentro mientras se retorcía de gusto. Estaba increíblemente húmeda y caliente y no pude evitar correrme yo también. Apretando hacia dentro note como me derramaba y el esperma caliente rodeaba mi glande buscando salida a través de su vagina. Me quedé aferrado a ella, apretando fuerte, mientras percibía sus postreras contracciones. Cuando yo apretaba hacia al fondo ella respondía cerrando los músculos de la vagina. Nos quedamos así un momento, enganchados como dos perros, disfrutando de los últimos coletazos de placer. Todavía le di un par de empujones fuertes, sacándola y volviendo a meterla. Noté como el semen rebosaba de su vagina y me humedecía los testículos y los muslos, formando una capa pegajosa. Cuando me separé vi como el sexo rosado de Alba expulsaba un buen borbotón que manchaba el suelo y luego, un segundo grumo con un sonido como si fuera una ventosidad. Echó algún resto más que quedó pegado entre sus muslos.

Ella seguía apoyada sobre la mesa con gesto serio pero satisfecho, con los ojos cerrados, como recreándose todavía en los últimos momentos de placer. La verdad es que estaba guapísima aun así, sudorosa, el pelo pegado a la cara, sucia de fluidos y con el camisón remangado. No pude evitar pensar cuantos chicos que yo conocía hubieran dado cualquier cosa por estar en ese momento en mi lugar. Entonces percibí un movimiento a mi espalda. Me di la vuelta y vi a Paqui que nos observaba a ambos. Como dos niños pillados en falta, tanto Alba como yo nos quedamos expectantes, un poco incómodos, sin saber muy bien que decir hasta que fue Paqui la que habló:

- Esto hay que controlarlo: en adelante no podéis seguir follando a pelo. Hay condones en el dormitorio así que a partir de ahora se acabó la barra libre.

De las últimas palabras que pronunció Paqui diciendo que debíamos poner medios para evitar un embarazo a partir de ahora, ya se infería que daba por supuesto que Alba y yo íbamos a continuar teniendo sexo y que lo aceptaba. El desembarco de su hermana en nuestra vida íntima era ya total y pleno. No obstante, me consideré obligado a aclarar las cosas. No me importaba acostarme con mi cuñada: era divertido y placentero y ¡qué duda cabe! excitante, pero para mí había cosas por encima de eso, como por ejemplo mis sentimientos hacia Paqui. Era mi esposa y yo no quería hacer nada que pudiera ser malo para nuestro matrimonio. A ella, la parte más arriesgada y voyeur del asunto la ponía también muy caliente. Era un paso más, ya no solo hacer el amor conmigo delante de su hermana, sino incluirla a ella y ocupar el papel de espectadora viendo cómo me la follaba. Pero también mostraba sus dudas: había una parte… no diría de celos, porque no veía a su hermana como una rival, sino que consciente de lo hermosa que era, temía que yo pudiera acabar enamorándome. Era muy evidente el deseo y la pasión que Alba volcaba en mí, ya que no podía hacerlo en su marido. Y temía que al final el roce hiciera el cariño. De modo que decidimos seguir, con cuidado al principio, observándonos el uno al otro, pero nada cambió desde el punto de vista de los sentimientos. Unos meses después, Alba seguía siendo una invitada en nuestra cama y nada más. Con toda la hermandad y la buena conexión, con todos los sentimientos de cariño de su hermana hacia ella y míos también, pero yo seguía teniendo claro que era por Paqui por quien latía mi corazón y que nuestra relación continuaba siendo especial, como delataban las miradas de envidia que a veces nos lanzaba Alba al constatar que nuestro sexo era también muy intenso y diferente en la forma de acariciarnos, de mirarnos, de desearnos… estaba claro que había una conexión de amor.

A partir de entonces ya nos relajamos bastante y continuamos con nuestros juegos, más despreocupados. Si hasta entonces Alba solo lo hacía con permiso de los dos y estando ambos presentes, a partir de entonces, en más de una ocasión ella me reclamaba para el sexo aunque no estuviera su hermana. Cuando venía a visitarnos no esperaba a la hora de la siesta o por la noche, cuando nos metíamos en la cama, sino que cuando se le avivaba el deseo (que era muy a menudo) me tomaba de la mano y me llevaba a la habitación para hacerlo conmigo. O si nos pillaba por la casa, como aquel día en la cocina, nos lo montamos en plan peli porno allí mismo, en el salón o donde nos encontráramos. En alguna ocasión incluso follamos en el coche o en los lavabos de un centro comercial. Fue una época muy intensa y yo apenas daba abasto para cubrir las necesidades de mis dos mujeres. Alba estaba desatada porque por fin tenía relaciones plenas e intensas. Sus visitas eran frecuentes y no desaprovechaba ninguna oportunidad porque siempre estaba dispuesta al sexo.

- Cuando me vuelva para casa toca darle al dedo o al consolador - solía decir - así que ahora me aprovecho.

Por otro lado, el sexo con Paqui también aumentó en intensidad. Todo este asunto nos ponía a los dos muy cachondos e influía muy positivamente en nuestras relaciones. Muchas veces, cuando estábamos en la cama, daba prioridad a su hermana y se masturbaba viéndonos copular. Luego, una vez yo había descargado, más tranquilo y con más capacidad de aguante, follábamos lentamente. Entre caricias y besos el segundo orgasmo le llegaba mucho más tarde y era más fuerte, intenso, placentero y alargado. Se quedaba muerta de gusto, me decía. Yo con esa edad aguantaba todo. Las erecciones no se me bajaban apenas y podía aguantar bastante, pero, aun así, cuando Alba se volvía a su ciudad respiraba alegrándome del descanso porque era muy difícil mantener el ritmo. La chica, cuando venía a vernos se ponía casi siempre en modo caliente. Sabía a lo que venía aparte de para estar con su hermana, ponerse al día, hacer confidencias y desconectar de su aburrida rutina: venía a hartarse de sexo, así que estaba casi siempre dispuesta a copular. Paqui no necesitaba contagiarse: ella era también una chica muy caliente, joven y con ganas y deseo a raudales, pero al tener siempre disponibilidad lo nuestro era como más calmado. La excepción era cuando ovulaba que entonces estaba siempre con ganas y dispuesta. Sin embargo, Alba tenía que recargar pilas porque sabía que cuando volviera a su casa pasarían semanas sin volver a vernos y tenía que aprovechar.

Después de unos meses, entramos todos en un periodo de estabilización y tranquilidad. Mis encuentros a solas con Alba (casi siempre por iniciativa y requerimiento suyo) fueron espaciándose. La mayoría de las veces que teníamos sexo era en la cama de matrimonio los tres. Fue una etapa dulce porque Alba pareció encontrar la estabilidad que necesitaba: podía compaginar el matrimonio que ella había soñado con el sexo y la complicidad que le faltaba en casa. Sin embargo, se aproximaba una nueva etapa: las cosas no iban a resultar tan fáciles en nuestra relación.
 
Como he dicho en TR, Han cruzado una linea peligrosa y creo que Alba se está enamorando de Álex.
Esto va a complicar mucho las cosas.
 
Aún hoy día me cuesta explicar lo que pasó y cómo nos afectó. Quizás esté siendo egoísta porque sí que asimilo bien que yo me convirtiera en el amante de mi cuñada, como si fuera la cosa más normal del mundo y sin embargo me cuesta aceptar que también pudiera ser complaciente con mi pareja a la inversa. Podría decir que no es lo mismo porque los hombres estamos sometidos a más presión en ese sentido y nos cuesta mucho más aceptar que nuestra pareja pueda estar con otras personas. Es un tema cultural, educacional, propio de una sociedad patriarcal si queremos buscarle una explicación. También podría decir que no es lo mismo porque en mi caso se trataba de Alba y Paqui estaba muy unida a su hermana, tanto que casi no lo consideraba una infidelidad. A la inversa era diferente, aunque nos planteáramos meter a desconocidos en nuestra vida sexual, desconocidos que no tenían por qué significar cosa alguna y a quienes no teníamos que volver a ver ni les deberíamos nada. Todo muy bien sobre el papel, pero, como digo, las cosas luego son más difíciles de lo que parece.


Pero paso a paso: empecemos por el principio porque aun siendo protagonistas, a mí mismo me cuesta explicarme todo lo que sucedió, de manera que únicamente el orden en la narración puede aportar luz a los que ahora leéis esta historia.


La etapa feliz que disfrutábamos del trío a tres bandas, dio paso a otra en la que nuestro matrimonio ya estaba más que consolidado. Consolidado significaba sólido y placentero, pero también envuelto en cierta rutina. Después de tantas emociones lo habitual llegaba a aburrirnos, al fin y al cabo, no dejábamos de ser muy jóvenes y la testosterona aún nos tenía por las nubes en el plano sexual. Por su parte, Alba estaba más calmada. Seguíamos teniendo encuentros sexuales pero más distanciados en el tiempo y algo menos intensos. Intentó buscar otros amantes con diversa fortuna. En el acuerdo tácito al que parecía haber llegado con su marido, jamás le confesó que se acostaba con su cuñado. Prefirió decirle que estaba dispuesta a mantener las apariencias y continuar a su lado siempre que ella también pudiera buscar desahogo en un amante y él estuvo de acuerdo, siempre y cuando fuera discreta. En casa eran una pareja normal pero jamás hablaban de sexo, era un tema tabú, básicamente se trataba de “haz lo que quieras mientras yo no me entere y no lo sepan los demás, no queremos conocer los detalles, seamos discretos y continuemos como si nada”. Así pues, en ese momento en que parece que nuestro trío estaba un poco de bajón, ella probó suerte con otros hombres. Como digo, el tema fue un poco desigual porque se encontró con más decepciones que aciertos. Estos últimos, los pocos hombres que realmente le gustaron y que podía haber disfrutado, solían desaparecer rápidamente. Por el contrario, los que a ella no le gustaban se volvían pesados e impertinentes. Por eso decidió que solo buscaría desahogo rápido con desconocidos y por una sola noche, que cuanto menos supieran de ella mejor. Así pues, cuando venía a vernos había noches que salía sola a buscar rollo. Una mujer como ella no lo tenía nada difícil de forma que era frecuente que nos llamara para avisar que no volvía a dormir para que nos quedáramos tranquilos.


Por nuestra parte, Paqui y yo decidimos incluir algún nuevo aliciente para reactivar nuestra vida sexual, que no es que fuera mala, pero que había sufrido cierto bajón en el morbo y en la tensión sexual tras normalizar nuestras relaciones. Era otro tipo de relaciones en el que ya no había que esconderse ni buscar la oportunidad, podíamos follar cuando quisiéramos, un sexo más relajado, tranquilo y detallista, pero que le quitaba parte de la emoción al asunto. Yo sabía que tanto a mi mujer como a mí, transgredir los límites era algo que nos ponía bastante. Ella disfrutaba con los chicos malos y yo con sus travesuras. Coincidimos en que, aunque estábamos muy a gusto, habíamos perdido cierto aliciente e ímpetu en nuestros encuentros sexuales.


La situación tuvo un giro inesperado y volvió a reactivarse a raíz de una tontería. De la forma más insospechada. Cuando salíamos en pandilla, en más de una ocasión habíamos propuesto a las chicas ver una peli porno. Era algo que los chicos hacíamos habitualmente cuando nos juntábamos a tomar cervezas o a jugar a las cartas, siempre poníamos de fondo una de estas pelis que era lo que se llevaba también en algunos pubs del barrio. A partir de las doce de la noche ponían una peli porno en el vídeo. Una noche que disponíamos de la casa de un amigo para hacer una pequeña fiesta, se lo propusimos a las chicas como diciéndoles: “no os atrevéis”. Esta vez, para nuestra sorpresa, la mayoría de las chicas aceptaron y se sentaron con nosotros a ver la peli pero no duraron mucho. Después de 15 minutos la cosa estaba ya bastante clara y ellas estaban aburridas de ver invariablemente las mismas escenas de chicas sometidas por tíos con aspecto de chulos o de simios, dándoles por todos sitios. Solo Paqui e Irene se quedaron. Irene era la chica contestataria y dura de la pandilla, a la que probablemente no le hacía ni pizca de gracia la película pero que se quedaba allí para demostrar que no se achantaba, ni le daba vergüenza nada lo de lo que veía. Yo creo que Paqui se quedó por no ser menos que ella, había cierta rivalidad entre las dos y debió pensar que, si esta aguanta yo más. No obstante, pudimos observar y fue objeto de comentario entre los chicos después, como sí que se le iban los ojos en alguna ocasión con alguna escena. No es que la película fuera muy larga, poco menos de una hora de folleteo sin casi argumento, pero aguantaron las dos levantándose y yéndose con el resto de las chicas al acabar, mientras respondían con un encogimiento de hombros cuando le preguntamos si les había gustado. A las demás no hacía falta preguntarles nada.


Yo recordé aquel episodio y pensé que, en un ambiente menos socarrón e íntimo, podría resultar interesante ver una peli juntos. La verdad es que no me equivocaba: ya no éramos una parejita virgen e inexperta, había más confianza y estábamos mucho más desinhibidos y eso nos permitió concentrarnos mejor en las imágenes que veíamos. Resultó excitante, qué duda cabe, porque el porno es así, directo, sin concesiones, pero también terriblemente aburrido y repetitivo por la falta de imaginación. Cuando repetimos varias veces el procedimiento de ponernos una peli para ponernos a tono, enseguida comprobamos que eran las mismas posturas, los mismos actos con distintos actores y escenarios. Empezamos a aburrirnos de aquella historia, a pesar de lo cual todavía veíamos de vez en cuando una peli. Pero hubo una excepción. Recuerdo que el film era de moteros. Como en todos, el argumento apenas era una excusa para mostrar carne en acción, pero en este caso estaba un poquito más elaborado. Trataba de una pandilla de moteros que secuestraba a una chica bien y se la llevaban con ellos. Prácticamente follaba con toda la banda. Iba pasando de mano en mano y a la vez se iba convirtiendo también en una pandillera. Como si de una iniciación se tratara, cada vez iba adquiriendo más destreza y le iba gustando más, hasta que finalmente se consumaba como una maestra de la copula y de todo tipo de prácticas sexuales. Todo terminaba en una gran orgía donde se lo montaba con varios moteros a la vez. La peli finalizaba cuando intentaban devolverla a su casa y ella se negaba y se quedaba como jefa de la banda. Un argumento de lo más pueril y previsible pero que excitaba nuestra imaginación, impulsándonos a complementarlo y adaptarlo, sobre todo en el caso de Paqui, que pudo dar rienda suelta a su preferencia por los chicos malos y la calentura que le provocaban.


De esta forma tan tonta comenzó esta fase de nuestra relación, en la que fantasear con que ella era la protagonista de una situación similar nos ponía a los dos muy cachondos y hacía que nuestras relaciones fueron mucho más intensas y placenteras. Es cierto que yo iba un poco a remolque, porque me incomodaba en cierta manera que ella pudiera pensar en otros hombres, pero Paqui había demostrado tener carácter y una sexualidad muy intensa y verla otra vez reactivada y con ganas, dándolo todo en cada encuentro, era un placer del que yo también me beneficiaba y (por qué no decirlo), la situación también me generaba un morbo hasta entonces desconocido.


Un día no pude evitar plantear directamente la cuestión:


- ¿En serio lo harías? ¿De verdad te acostarías con otros?


- A ver, que solo es una película que nos pone cachondos, tampoco hay que darle muchas vueltas.


- Pero ¿tú lo harías? – Insistí. Estábamos en la cama y llevábamos un rato acurrucados después de haber hecho el amor. Ella se giró irguiendo desafiante sus pechos, con la mirada un poco turbia.


- Yo no haría nada que te pudiera molestar a ti.


- No te estoy preguntando eso, te estoy preguntando si deseas… acostarte con otros.


- Solo he estado contigo y lo mismo que tú tienes fantasías con otras chicas, pues yo me imagino con otros chicos. Tú has tenido la oportunidad de acostarte con mi hermana, puedes disfrutar de dos chicas. Yo, sin embargo, no he podido probar a nadie más.


Paqui era así de seca y de franca con todo el mundo, incluido conmigo, pero no pudo evitar matizar sus palabras al ver que mi expresión se ensombrecía un poco.


- Bueno, tú me has preguntado y yo te contesto. Que no digo que me vaya a acostar con nadie, solo digo que si es algo que a ti también te pone cachondo y te gusta, y además habláramos de solo sexo, no me importaría probar. Sería simplemente follar porque solo contigo hago el amor. Algo fortuito, con algún desconocido, sin que nadie se enterara. Con eso es con lo que he fantaseado alguna vez, pero sabes que jamás haré nada que te pueda incomodar o con lo que tú no estás de acuerdo. Si este tema te molesta no volveremos a tocarlo.


La muy jodida estaba allí, terriblemente bella, excitante, atrapándome la mirada con sus pezones. Por un momento sí que me la imaginé en brazos de otros como en la película y no sentí malestar, sino un terrible ardor. No pude evitar ponerme cachondo al pensar en ella teniendo sexo con otros, pero sabiendo que me pertenecía, que era mía y que yo era el único dueño de su amor y de su cuerpo. Que yo tenía la capacidad para decidir con quién se podía acostar y con quién no, que podíamos abrir nuestra relación también a tener sexo con más gente y yo con más chicas aparte de Alba. Todas estas cosas me pasaban por la cabeza y no podía evitar sentirme perturbado al igual que excitado. Creo que ella adivinó lo que pasaba por mi mente. Me acarició la verga, me la chupó y se subió encima. Echamos un polvo antológico, frenético, intenso, sin poner medios ni protección, corriéndome, llenándola de semen mientras ella continuaba cabalgándome y yo sentía el chapoteo de sus flujos mezclados con mi leche, que resbalaban fuera de la vagina. Uno de los mejores polvos que habíamos echado y que tardamos mucho tiempo en olvidar, aunque lo que no se nos iba de la cabeza era lo que habíamos comentado esa noche y que continuamos hablándolo, barajando posibilidades, planteando a escenarios cuya sola mención nos volvía a poner cachondos y les daba un mayor ímpetu a nuestros encuentros.
 
Poco a poco le fuimos dando forma a nuestra fantasía. No estaba nada claro que fuéramos a cumplirla, simplemente nos ponía calientes pensar esa posibilidad y planearla. Y eso se traducía en mejor sexo para nosotros. Pensamos en intercambio de parejas, en ir a playas nudistas, en visitar clubs liberales, en poner un anuncio para hacer un trío… La mayoría de estas ideas acababan descartadas, pero por el camino nos proporcionaban el placer del morbosear y suponernos en la situación. Pero lo que más le seguía satisfaciendo a Paqui era la posibilidad de, como en aquella rancia película porno, acabar siendo usada por dos o tres chulos. Era su fantasía, no se la quitaba de la cabeza y a fuerza de insistir consiguió también que yo la aceptara. Al menos sobre el papel porque no tenía nada claro cómo manejar aquello si llegaba algún día a convertirse en realidad. Por eso concluimos que si hacíamos algo en este sentido debía ser lejos de nuestro entorno habitual, aprovechando unas vacaciones o algún viaje, con desconocidos que no supieran nada de nosotros, con mucho cuidado para evitar vernos en situaciones desagradables. Sobre todo, si acaso decidíamos que aquello no nos gustaba, alguien con quien no volver a tener contacto y que nos resultara más fácil enterrar aquella situación y olvidarla, como si algo así se pudiera borrar de la memoria. Ahora sé que no, pero entonces nos hacíamos estos planes a modo de justificación, para tranquilizarnos y para mantener viva la fantasía que no sabíamos si algún día nos decidiríamos a cometer. Yo pensaba que tenían que darse tantas circunstancias que era casi imposible, pero la rueda de la fortuna gira y a veces todo lo que es necesario se cumple, como nos pasó a nosotros.


Sucedió efectivamente como habíamos planeado, en unas vacaciones de verano. El ambiente era propicio porque estábamos descansados, éramos jóvenes fuera de casa, con el calor, la playa, la exhibición de cuerpos, las ganas y el tiempo libre para tener sexo… todo se confabuló para que nuestro nivel de calentura fuera alto. En pleno verano la costa valenciana estaba para reventar así que decidimos probar a ir en una playa nudista. Nos animaba un gran interés, aunque al final resultó ser una experiencia excitante pero tranquila. Ver a otras parejas desnudas y el hecho de estar nosotros mismos en pelota era una sensación agradable y que nos ponía, de hecho, esa noche follamos con bastante intensidad, pero aquello no tenía el morbo que habíamos previsto. La gente iba a lo suyo, había incluso familias con hijos pequeños, el ambiente era más naturista que liberal, nadie parecía ir allí buscando plan y tampoco a exhibirse, de modo que el tema nos decepcionó un poco. Lo cierto es que encontramos más ambiente en una caldita que había las afueras del pueblo donde parábamos. Estaba rodeada por un acantilado y no tenía fácil acceso, así que apenas iban familias. Su cercanía a una conocida discoteca hacía que por las noches y tardes hubiera mucha gente joven allí, bebiendo, fumando, consumiendo y pasándoselo bien. Era un ambiente más propicio al ligoteo, a la exhibición. El lugar no nos defraudó en absoluto y pensamos que era un buen sitio para ir al atardecer. Así que esa misma tarde plantamos la toalla ya bien pasada la siesta. Había muchos jóvenes, grupitos haciendo botellón anticipando la movida nocturna, parejillas sueltas, grupos de chicos y de chicas. Estaban los que prolongaban la tarde esperando que anocheciera y los que llegaban para iniciar la marcha, seguramente con intención de entrar luego a la discoteca cuando abriera sus puertas.


Allí pudimos ver algún que otro desnudo integral, un montón de chicas en toples y no pocos chavales exhibiendo músculos, bronceados y tatuajes, que en aquella época no eran tan comunes como ahora, esperando impresionar y atraer a las chicas. Yo animé a Paqui a quedarse en toples. Ella al principio se resistió. Aquello no era una zona nudista y le daba cierto reparo. Había dos pavos que no le gritaban ojos de encima, sentados cerca de nosotros. Solo llevaban una mochila y una nevera llena de cervezas. Con aspecto chulesco, también habían llamado nuestra atención porque daban el perfil que le gustaba a Paqui. Empecé a intuir porque se mostraba tan mojigata a la hora de quitarse la parte de arriba. Habían intercambiado miradas y resultaba evidente que ella estaba nerviosa. A los chicos no parecía importarles que yo estuviera a su lado ni que tuviera novio y le lanzaban miradas cada vez más indiscretas, dejando claro que ella les había gustado, lo cual, en una playa llena de chicas jóvenes medio desnudas, no dejaba de provocar una intensa y obscena satisfacción a mi mujer


Entonces yo la incité. Quizás si no lo hubiera hecho no hubiera sucedido nada de lo que pasó después, es difícil saberlo, pero el caso es que me volví un poco diablo y la provoqué diciéndole que tenía las mejores tetas de toda la playa y que a esos dos se les salían los ojos de la cara si se quitaba el sostén.


- ¿Qué pasa? ¿No te atreves?


Ella me miró y tras colocar una sonrisa desdeñosa en su cara se quitó la parte de arriba del bikini e irguió su pecho. Por si fuera poco, aprovechó para darse crema. A pesar de la abundancia de carne en el supermercado, mi mujer consiguió destacar atrayendo las miradas de no pocos chicos. Pero las que más satisfacción le produjeron fueron las de los dos canis, a los que les faltó aplaudir cuando vieron sus senos bambolearse de un lado a otro. A partir de entonces ya no le quitaron la vista de encima, sin molestarse siquiera en disimular. Y ella se dejaba querer. Adoptaba posturas casuales, hacía como que no se daba cuenta, pero siempre procuraba mostrarse sensual y ofrecer la mejor vista a sus curvas, ya fuera su culo, sus caderas o sus pechos. El jueguecito la estaba poniendo caliente. A mí me divertía verla así y también (tengo que reconocerlo), la situación me ponía y esperaba recoger el fruto y de toda aquella calentura.


- Voy a refrescarme ¿vienes?


- No, no me apetece – contesté. No hacía mucho que había salido del agua y no deseaba volver a mojarme.


La vi marcharse esquivando toallas y moviendo las caderas sensualmente. Yo estaba algo somnoliento. Me ajuste el sombrero de paja y ocupe toda la negrura que nos proporcionaba la pequeña sombrilla. Me permití cerrar los ojos un par de veces y di una ligera cabezada, apenas unos minutos, no deberían haber pasado más. Cuando los abrí me sorprendí de que Paqui no estuviera ya de vuelta. Lo normal es que se hubiera dado un breve chapuzón y hubiera venido a secarse y a ponerse crema de nuevo. La busqué con la mirada y la vi en la orilla. El corazón me dio un vuelco. Los dos quinquis hablaban con ella. Parecían bromear. La sonrisa de mi mujer así lo delataba. Se la veía risueña, casi alegre, envarada, con el busto bien levantado, adoptando las posturas aparentemente inocentes pero a la vez provocadoras que suelen poner las chicas que se sienten observadas y que les gusta. Estaban cerca, demasiado cerca, los cuerpos a punto de rozarse. Los pechos con los pezones en punta por el frío del agua atraían de forma inevitable las miradas de los dos tipos, solo que ahora apenas estaban a una cuarta de ellos. Les bastaba un solo movimiento, menos de una pequeña inclinación del cuerpo, para rozarlos.


Esa cercanía y esa aparente y buena conexión que había entre ellos hicieron que se me pusiera el vello de punta. No sé muy bien porqué, pero a la vez una erección acudió a mi entrepierna viendo a mi mujer pavonearse y ronear. La conocía bien y por sus gestos y actitud supe que aquello la excitaba. Ella no parecía tener prisa por volver hasta que se dio cuenta que la estaba observando. Entonces inició el camino hacia donde yo estaba sin perder la sonrisa y escoltada por aquellos dos que, uno a cada lado, no dejaban de mirarla y de caminar junto a ella, en algún caso rozando su costado y en otros cediéndole el paso para fijarse descaradamente en su culo que apenas podía contener el bikini.


- Mira Álex, estos son Pep y Quique. Me han comentado que la discoteca está muy bien y que por las noches es la que tiene más ambiente de toda la zona.


- Sí, pinchan los mejores djs de por aquí. Además, las chicas entran gratis. Suele haber bastante cola, pero nosotros conocemos a alguien dentro y podemos conseguir que os pasen.


- Oye ¿te apetece una birra? Tenemos ahí una nevera llena.


- Vale.


Al rato estábamos los cuatro sobre mis dos toallas, hablando de la zona, de cuáles eran las mejores playas y de cuáles los sitios de marcha para ir. Insistieron en que la discoteca era la mejor opción, pero que había que ir a partir de las doce de la noche que es cuando se formaba la mejor movida.


- Se lía mucha cola, pero nosotros conocemos a gente que trabaja allí - insistieron - si queréis quedamos esta noche y os llevamos, no os vais a arrepentir, aquello está lleno de pavas impresionantes que cuando beben y toman pastillitas se ponen como locas. Prácticamente todas las que ahora veis aquí estarán esta noche en la disco.


- Bueno, a mí el resto de chicas no me importa.


- Normal: si yo tuviera una mujer así no miraría a ninguna más - me soltó con descaro el que decía llamarse Quique.


Paqui se sintió complacida por mi halago, pero el del pavo este la puso cachonda. Yo percibía bastante claramente la electricidad que flotaba en el aire y como los tres jugábamos cada uno desde nuestra esquina, montándonos nuestra propia película en la cabeza.


- No le hagáis caso que mi marido también se fija en otras chicas. Y tiene bastante éxito, ya os lo digo yo…


Los dos pusieron cara de asombrados, como si no entendieran muy bien de qué iba aquello y yo consideré que era mejor no dar más explicaciones. Eran unos desconocidos así que corté la conversación dirigiéndola hacia otro tema. Una a una, fueron cayendo todas las birras de la nevera a las que añadimos tres más que tenía yo en mi mochila. Finalmente decidimos que sí, que esa noche íbamos a ir a la discoteca. Era ahora de largarse a darnos una ducha, arreglarnos y cenar antes algo. Ellos nos recomendaron un par de sitios donde comer bien y barato y nos despedimos. No pude evitar reírme para dentro cuando vi su cara de pena al ponerse Paqui otra vez la parte de arriba del bikini, y como la siguieron con la mirada mientras nos íbamos hacia el aparcamiento de la playa. Mi chica iba muy tiesa y espigada y yo creo que moviendo un poco exageradamente las caderas, de forma que su culo se mecía sensualmente tragándose con sus cachetes parte de la tela del bikini. Era muy consciente de que la miraban y estoy convencido de que quiso dar un último espectáculo. Cuando llegamos donde estaba el coche nos sacudimos la tierra. Aprovechando que el aparcamiento estaba medio desierto ella abrió la puerta y parapetándose detrás se quitó el bikini lleno de arena para meterlo en una bolsa. Sus pechos colgaron ingrávidos con el pezón en punta cuando se agachó a quitarse la parte de abajo. Se bajó un poco el bikini dejándolo a medio muslo y pude comprobar como un fino hilo transparente de flujo quedaba pegado al mismo, como una telaraña. Ella lo observó, acabo de quitárselo y usó el mismo bikini para limpiarse antes de ponerse unas bragas y echarse por encima un vestido corto. Se había puesto un poco perra como ella decía. Durante el camino me divertí siendo un poco malo y obligándola a reconocerlo.


- ¿Qué? ¿Te gustan esos dos?


- No están mal, aunque hay otros más guapos en la playa.


- Sí, pero no tan descarados.


- Eso es verdad.


- Como en la peli: ya te gustaría que aparecieran esta noche vestidos de moteros y te llevaran a dar una vuelta.


- No seas tonto…


- He visto como flirteabas, te gustaba que te rondaran.


- Solo trataba de ser amable.


- ¡Venga, que nos conocemos, que por algo soy tu marido! estabas cachonda, reconócelo.


- Y si lo estaba ¿qué? como tú otras veces cuando miras igual a mi hermana y yo no te digo nada…


Esa puesta a la defensiva me indicó que la había pillado con las manos en la masa. Que se molestara tanto solo podía significar que para ella todo esto era más que un juego y que parecía estar muy interesada en todo lo que había pasado.


- Bueno, entonces esta noche venimos a la discoteca ¿o qué?


- A mí me da igual. Sí tanto te molesta que estén esos nos quedamos en el pueblo.


- No sé porque te pones así, se supone que el celoso y disgustado debería ser yo.


Ciertamente había conseguido enojarla y hacerla rabiar un poco, pero la conocía bien y sabía lo cerca que estaba de enfadarse de verdad, de modo que eché el ancla y decidí suavizar la cosa.


- Venga Paqui, no quiero que te mosquees, nos lo estamos pasando muy bien en este viaje y yo solo quiero verte feliz. Si te ha gustado que esos dos te tiren los tejos no pasa nada, y si no, entonces perdóname porque soy un bocazas. Oye, vamos a hacer una cosa: hoy tú decides todo lo que hacemos. No pienses más que en ti y en lo que te apetece. ¡Qué quieres ir a la discoteca: vamos! ¡Que no te apetece: no vamos! cenamos donde tú digas y hacemos solo y únicamente lo que tú quieras. Hoy, tu mandas, la noche es tuya.


Una sonrisa asomó a su cara. Esa súbita claudicación hizo que me la ganara. Cuando llegamos a la habitación que teníamos alquilada ella anunció:


- Voy a darme una ducha que si queremos cenar se nos hace tarde.


Pude comprobar como todavía había arena en su piel, que pintaba aspectos rojizos allí donde el sol le había dado demasiado y donde la protección había hecho poco efecto. Yo me quité también la ropa y cuando fui a ponerla en el montón, no pude evitar mirar su bikini y comprobar que efectivamente estaba muy manchado de flujo. La verga se me endureció de momento y mi mujer me vio entrar al baño con una selección tremenda. Aún no se había metido en la ducha. La rodeé por la cintura con mis brazos y la atraje hacia mí, besándola en la boca y en el cuello. Sabía a sal y mar.


- ¿Qué haces? Tenemos que ducharnos y salir a cenar…


Pero yo continúe con las caricias que ella no rechazó.


- ¿Te vas a poner sexy esta noche?


- No empecemos otra vez…


- No pasa nada, cuéntamelo. Si te pones el vestido corto y escotado blanco vas a volver loca a toda la discoteca, igual que hoy has vuelto loca a toda la playa enseñando los pechos.


- ¿Tú crees? - Me contestó comenzando a jadear porque mis manos se habían perdido en su entrepierna, mientras desde atrás apretaba mi falo contra culo.


- ¿Acaso lo dudas? ya has visto la impresión que le has causado a esos dos. Estás buenísima, te comían con los ojos.


Mis dedos encontraron sus labios mayores y con las yemas los separé, abriéndome paso y entrando en su vagina. Pude comprobar que seguía mojada. Desde esa postura mi dedo entraba y salía a la vez que frotaba su clítoris.


- Sigue, sigue hablándome así… ¿Tú crees que me miraban con deseo?


- Eso no hace falta ni que lo preguntes, lo sabes perfectamente, pero si quieres oírlo de mi boca te lo diré: claro que te miraban con deseo. Estaban los dos empalmados. Y no solo ellos: más de un chaval te miraba con ganas. Esos dos seguro que se la están pelando ahora pensando en ti. Fijo que lo primero que han hecho al llegar a donde quiera que hayan ido a hacerse una paja, es encenderle una vela a la Virgen del pueblo para que esta noche te presentes en la discoteca.


>> ¿Te gustaría volver a verlos verdad? todo esto te pone muy cachonda ¡Confiésalo!


- Sí, sí – afirmaba ya sin recato. Estaba a punto de llegar al orgasmo y no le preocupaba confesar su fantasía, solo quería que yo no parara.


- ¿Te gustaría que te llevaran a la playa de noche y que te metieran mano? - Arriesgué yo introduciendo ahora dos dedos en su empapado coño.


- Sí, síiiiiii….


- Como en la película de moteros ¿verdad? dos chulos solo para ti haciendo contigo lo que quisieran.


- ¡Dios! Arggghgggggg…


Fue lo único que pudo exclamar cuando un temblor recorrió todo su cuerpo, seguido de un espasmo de placer al pellizcarle su clítoris. Allí los dos de pie, en un cuarto de baño minúsculo era muy difícil, así que la llevé hasta la cama y la empuje suavemente hasta que se tendió boca arriba, abriéndose de piernas anhelante. La llamada de sus muslos convergiendo en su rajita húmeda y las nalgas aplastadas que requerían ser empujadas y apretadas, me hicieron hervir la sangre. Me escurrí entre sus piernas hasta llegar a su sexo que empecé a chupar como sabía que a ella le gustaba. Paqui se deshizo en una serie de jadeos profundos y bastante escandalosos. Hacía tiempo que no la oía gritar de esa forma. Estaba tan caliente que ataqué directamente su fuente de placer. Mi lengua presionando sobre su nódulo, tuvo un efecto muy cierto sobre su cuerpo que se tensó, sus muslos se separaron al máximo despegando los labios de su coño y ofreciendo a mi lengua el flujo que no paraba de manar. Estaba muy empapada, no dejaba de lubricar. Introduje dos dedos que llegaron hasta los nudillos sin dificultad, haciendo gancho desde dentro y con mi lengua desde fuera, comencé a lamer cada vez más fuerte, cada vez presionando más su rugosidad. No hacía falta que ninguno de los dos dijera ya nada, estaba claro lo que ella tenía en mente, lo que estaba imaginando en ese momento y la hacía llegar al orgasmo.


Por la intensidad de los calambres que sufrió, el temblor que la poseyó y por como gritaba, supe que había tenido un intensísimo orgasmo y que se había corrido pensando en que aquellos dos realmente tenían sexo con ella. Resultó para mí tan claro y transparente como si hubiera estado metido en su propia cabeza. Me quedé tendido a su lado, la boca, el cuello y la mano empapada de su squirt. Cuando se incorporó y se quedó sentada en la cama, observé su cara y su expresión todavía un poco ida. Aquello había sido tan fuerte que aún estaba seria y descolocada. Me sitúe a su lado y la acaricié, dándole un beso. Mi polla empalmada estaba a la altura de su cara. Ella me sonrió con picardía, satisfecha.


- Bueno, ahora ya puedes ducharte si tienes tanta prisa…


- Y esto ¿qué? - preguntó ella mientras me agarraba el falo apretando.


Una gota de líquido pegajoso blanco salió y resbaló hasta tocar sus dedos. Me pasó la lengua recorriendo el rastro viscoso que había dejado y se concentró en mi glande, chupándolo con fruición. Cuando la tuvo bien en salivada se la introdujo todo lo profundo que pudo hasta provocarse una primera arcada. Luego insistió una, dos, hasta cuatro veces y finalmente, se la sacó de la boca con la respiración entrecortada y aspirando profundamente para poder llenarse los pulmones de aire. Comenzó entonces una masturbación que fue ganando en intensidad mientras con sus manos apretaba mi polla y resbalaban los dedos arriba y abajo. Acabó apretándola contra sus pechos justo cuanto adivinó que llegaba mi orgasmo. Un chorro de esperma salpicó su cuello y pecho, creando un reguero que se acumuló en el canal que formaban sus senos. Varios goterones más de semen espeso y blanco se fueron pegando en sus tetas que seguían abrazando mi polla. Ahora era mi turno de desahogar la calentura que todo lo sucedido me había provocado. Me vacíe como una olla a presión, la cadera a la que dejas salir el vapor, corriéndome como un animal. Fue tan intenso que me quedé sin capacidad de reaccionar y con las piernas temblando, mirando como obsesionado a mi mujer que estaba perdida de semen. Me pareció bella, muy bella y la mujer más sexy del mundo. Y así se lo dije cuando recuperé el resuello.


- Vamos que ahora sí que tenemos que ducharnos. Madre mía como me has puesto - respondió ella entre satisfecha y divertida.


Nos metimos en el baño y observé como la espuma del champú se mezclaba con los restos de leche, formando burbujas que después fueron arrastradas por el agua de la ducha corriendo entre sus pechos, por su vientre y goteando desde los pelos de su pubis. Me recreé la vista pensando lo hermosa que era mi mujer y la suerte que tenía hasta que ella salió de la diminuta placa y me llegó el turno. Después nos echamos un rato en la cama. Anochecía y no quisimos dejar pasar más tiempo antes de vestirnos para salir a cenar. Habíamos quedado sobre las 12 de la noche en la puerta de la discoteca.


La miré mientras se vestía.


Una braguita muy ajustada que apenas le cubría el pubis. Su sexo quedaba completamente marcado y la parte de atrás, bastante escasa de tela, desaparecía comida por sus nalgas como si se tratara de un tanga. El efecto que hacía para que alguien la observara es que, al dejar poco a la imaginación, pareciera estar desnuda. Me sorprendió comprobar que no se ponía sujetador y se colocaba un vestido corto de tirantes que le levantaba algo el pecho. Era ajustado por arriba y por las caderas. Sus curvas quedaban perfectamente marcadas. Resultaba evidente que el pecho iba suelto debajo, sus muslos quedaban expuestos hasta muy arriba, el movimiento de sus nalgas era hipnótico y parecía que de un momento a otro la tela se le iba a subir hasta quedar su culo expuesto. La verdad es que se me ocurrían mil situaciones en las cuales a poco que se agachara, se sentara o cruzara las piernas, iba a acabar enseñándolo todo.


Complementó el arreglo poniéndose un poco de purpurina y pintándose los labios y ojos. Normalmente no iba tan llamativa, ni tampoco tan provocativa. Yo diría que incluso por el maquillaje que se había dado y por su exuberancia parecía un poco vulgar. Era un look diferente pero muy, muy sexy. Como estaba un poco susceptible me abstuve de hacer ningún comentario, pero desde luego parecía que iba pidiendo guerra y ella lo sabía.


- ¡Madre mía! a estos les va a dar un patatús cuando te vean. Estás guapísima - fue lo único que se me ocurrió decir.


- ¿Tú crees?


- Vas a ser la sensación de la discoteca y me voy a tener que pasar la noche quitándote moscones de encima.


- Bueno, para una vez que llamo la atención... - Dejó la frase sin concluir pero parecía evidente que quería decir: “déjame disfrutar que esta noche me toca a mí”.


- No seas tonta, sabes que eres muy hermosa.


Me miró satisfecha, irguiendo el gusto y adoptando una postura sensual frente al espejo contemplándose por última vez.


- No te como la boca porque ya te has pintado los labios que si no…


Paqui se me acercó y me dio un muerdo largo y profundo. Noté como sabía el carmín y también percibí perfectamente como manchaba mi boca y mis dientes. Tuvimos que lavarnos la boca y ella volver a teñírselos de rojo antes de salir.


La cena transcurrió bien, tranquila, nos animamos bebiendo una botella de vino, pero había cierta tensión flotando en el ambiente.
 
A ver. Supongo y creo que Vicky es hija de Alex y Paqui, pero también que eran una pareja abierta y eso posiblemente complicó las cosas aunque se ve que no los separo.
Yo no creo en este tipo de relaciones pero las respeto.
 
- Bueno Alex ¿estás seguro de que quieres que vayamos?


- Claro que sí ¿por qué no íbamos a ir?


- ¿No te molesta que esos dos estén con nosotros?


- Ya lo dijimos: esta noche tú decides.


- Pero después de la noche viene el día y yo no quiero que el día después tú te encuentres incómodo. Eres mi marido, te quiero… ¿no tendrás ninguna duda de eso? Porque si no estás seguro nos damos la vuelta.


Lo que ella estaba planteando sin decirlo, solo dejándolo flotar en el ambiente, es que la cosa se nos podía ir de las manos esa noche, que ella tenía una fantasía muy concreta en la cabeza y qué pasaba si decidía hacerla realidad. Qué pasaría si aquello en algún momento dejaba de responder al carácter de fantasía para adquirir el carácter de realidad. Precisamente era esa posibilidad nos ponía cachondos, de la misma forma que era la certeza de saber que podía acostarme con su hermana, lo que también nos ponía en casa y le daba picante a nuestras relaciones.


¿Estaba yo preparado para eso? era la pregunta que parecía querer colgar Paqui de sus labios.


- Todo va a estar bien, no te preocupes - fue lo único que acerté a contestar, simplemente porque pensé que era lo que ella quería oír, no porque estuviera seguro.


A partir de ahí la tensión, en vez de relajarse, por el contrario, solo fue subiendo. Los dos sabíamos que se podían avecinar cosas esa noche, pero aunque fingiéramos que todo iba a estar bien, que nuestra relación era a prueba de cualquier cosa y que se iban a cumplir determinadas reglas, lo cierto es que no podíamos estar al cien por cien seguros. El cosquilleo de lo morboso, de lo prohibido, pero también de la incertidumbre, multiplicaba por mil nuestras sensaciones. Muy pronto todo aquello me pondría a prueba.


Al llegar a la discoteca (sería sobre las doce de la noche), ya se había formado una importante cola en la puerta. Cola en la que solo había chicos y no fueron pocos los que volvieron la cabeza para mirar cuando pasé con Paqui. Mi mujer tenía una belleza natural, no artificial como parecían las chicas que estaban por allí accediendo también a la discoteca, para mi gusto excesivamente adornadas, sobremaquilladas, muy morenas por la playa y algunas sí, muy hermosas y guapísimas, pero a mí Paqui me parecía mucho más normal y armoniosa al mover sus curvas con ese vaivén de caderas bajo el vestido, exhibiendo la promesa de esos muslos anchos y voluptuosos, y esas curvas rellenas de carne prieta que vibraba con cada vaivén. Lo dicho, mucho más bella en su naturalidad y la verdad es que había más de uno que parecía compartir mi opinión, porque cuando nos juntamos con un grupo de chicas que parecían gogos de discoteca, era a mi esposa a quien miraban.


No tuvimos que esperar mucho: Quique y Pep aparecieron en una moto que dejaron allí aparcada. Nos vieron casi enseguida y en lo que tardaron en ponerle el candado, vinieron dónde estábamos saludándonos con la mano. A medida que se acercaban pude ver su expresión y como uno le daba un codazo al otro a la vez que murmuraban unas palabras. Quise leer los labios, no sabía si estaban sorprendidos porque realmente nos hubiéramos presentado, si estaban impresionados por Paqui o las dos cosas a la vez. Creí entender, aunque no pude oírlas, algunas de las palas palabras que se intercambiaban. Me pareció leer en sus labios “¡qué buena está!”


Pep, el más descarado, no se pensó dos veces y al llegar a nuestra altura le estampó un par de besos a Paqui que, un poco sorprendida aunque sin parecer disgustada, se dejó de hacer.


- Pero ¡qué guapísima estás!


El Quique no fue menos y también le dio dos besos mientras el otro me miraba, intentando prever mi reacción. Yo a mi vez observaba a Paqui en busca de algún signo de molestia o embarazo, pero ella, más allá de parecer un poco descolocada por el arranque de esos dos, parecía más bien satisfecha de la impresión que había causado en ellos. De manera que me limité a esbozar una sonrisa de suficiencia, como dando a entender que para mí era habitual ver como alaban a mi mujer. Al fin y al cabo, estaba casado con ella y sabía perfectamente lo buena que estaba.


- Bueno ¿entramos o qué? a partir de las doce es cuando empieza la fiesta de verdad y esto se pone interesante.


- Venga, vamos - convine y los cuatro nos encaminamos a la puerta.


Ahí tuvimos nuestro primer contratiempo: ningún problema que para que entraran las chicas, especialmente las guapas. No hacían cola y tampoco pagaban entrada. Los chicos sí, aunque teníamos derecho a una consumición. El problema es que aquello debía estar lleno y solo dejaban entrar con cuentagotas. El plan de estos dos era avisar a su supuesto colega y eso fue lo que hicieron, decir al de la puerta si podía buscar a un tal Robert. Según ellos era uno de los porteros y encargados también de seguridad del recinto, pero el maromo (que parecía un armario de dos puertas) que guardaba la entrada, ni se inmutó. Ante su insistencia les dijo que a Robert no le tocaba esa noche hacer puerta y que él no se movía a ningún lado para buscar a nadie, que esperáramos la cola o nos largásemos.


Ellos le hicieron una seña a mi mujer con la mano, indicándole que entrara y nos esperara por la zona de barra. Entonces, pusieron en marcha el plan B: había otro acceso por atrás y decidimos intentarlo por allí.


La entrada trasera no disponía de taquilla, por allí solo entraban los que ya tenían la entrada comprada y nosotros no la habíamos comprado aún. A pesar de que también había cola (aunque menos), el Pep que era siempre el que iba por delante en todo, se acercó al de la puerta y le preguntó por Robert. Este pareció mostrarse más amigable y le comentó que andaba por dentro, pero que él no podía moverse de la puerta para avisarlo. Justamente entonces pasó un camarero cerca y le dijo algo así como:


- Oye, dile al Robert que hay dos aquí que preguntan por él.


- Dile que somos el Quique y el Pep.


La cosa pareció funcionar: unos quince minutos después, el mismo camarero dijo que podían pasar, pero a mí me cortó la entrada.


- De ti no han dicho nada, no puedo dejaros pasar a todos.


- Venga tío, enróllate, que somos colegas - insistió el Pep, pero el otro se mostró inflexible.


- Esto no es un cachondeo: si el Robert dice que pasáis, pasáis, pero no vosotros y todo el pueblo…


- Vale, espérate aquí un momento, ahora venimos - me dijeron.


Y allí me quedé yo plantado en un giro de los acontecimientos que no me cuadraba para nada. Ahora Paqui estaba dentro, sola, con esos dos… la cosa no me hacía nada de gracia. Pero no podía hacer nada más que esperar, de modo que allí me quedé clavado, aguardando.


No hay nada peor que no saber. Era evidente que la discoteca estaba hasta los topes y posiblemente habría dentro mucha gente desfasando. Me preocupaba que Paqui estuviera en medio de aquel gentío, y la compañía de Quique y Pep no me inspiraban ninguna seguridad. En los veinte minutos que tuve que esperar de más, me pasaron todo tipo de fantasmas por la cabeza. Si mi mujer hubiera tenido algún problema no me lo habría perdonado. Pero finalmente apareció Quique con el tal Robert. Una señal del otro bastó para que pudiera entrar sin pagar entrada y (esta vez) sin que me pusieran problemas. De camino hacia el interior y rodeados de gente, le oí quejarse a Quique:


- Siempre me estáis comprometiendo, capullos.


- Venga tío que somos colegas.


- Que sí, que somos colegas, pero que la próxima vez os quedáis en la puta calle.


A mí no me importaban sus movidas. Era altamente improbable que hubiera una próxima vez para Paqui y para mí en esa discoteca. Ahora la prioridad era encontrar a mi mujer y ver cómo estaba. La encontré junto a Pep en la pista de baile. Los dos tenían una copa en la mano y ella no parecía en absoluto preocupada. Se movía con sensualidad, despacito, casi como si se estuviera meciendo, en contraste con el resto de gente que había alrededor que se movían de forma más dinámica y en algunos casos casi frenética, al compás de la música cañera que estaban poniendo en ese momento, seguramente impulsados por el alcohol y Dios sabe que sustancias. Estaba muy pegada a Pep, demasiado pegada para mi gusto, porque el otro se acercaba para decirle cosas al oído que la hacían sonreír y prácticamente adhería la boca a su oreja. Aprovechaba para acercarse también a su cuerpo con la excusa de la música alta. Se estaba tomando demasiadas confianzas.


Por un lado, me tranquilizó saber que ella estaba bien y a gusto, por otro me molestó verla disfrutar sin que aparentemente estuviera preocupada por mi ausencia. No obstante, cuando me vio, su rostro cambió y su sonrisa se hizo mayor. Se acercó y me echó los brazos al cuello.


- ¡Cariño! - me gritó al oído - me habían dicho que no te dejaban entrar y que Quique había ido a buscarte con el tío ese que conocían…


- Sí, al final me ha podido colar.


- Ya te dije que entraríamos todos - se sumó Pep a la conversación – Venga, vente conmigo que te invito al primer pelotazo.


Unos minutos después estábamos de nuevo en la pista de baile, con Paqui más animada en el centro de un triángulo formado por nosotros tres, bailando para cada uno de nosotros, repartiendo sonrisas, sintiéndose protagonista, apurando un nuevo trago que nuevamente se le subió a la cabeza. Potenciaba el efecto moviéndose, haciendo giros e interpretando la danza que le sugería la música. Ahora ya todos bailábamos al mismo ritmo que los demás contagiados de la euforia. El alcohol, la danza, la sensualidad y el morbo que despedían toda aquella manada de jóvenes participando de la fiesta nos contagiaron, haciéndonos olvidar cualquier mal rollo que hubiera y por el contrario potenciando nuestra libido y nuestras fantasías.


Se suponía que esa noche hacían fiesta de la espuma y nosotros esperamos el momento con expectación porque nunca habíamos asistido a una, aunque lo habíamos visto por la tele. El tema se hacía rogar. En la discoteca querían que consumieras y dejaban la espuma para el final porque sabían que a partir de entonces se liaba parda y la gente, más que gastar, ya empezaba a desbarrar y a pensar en otras cosas. Así que dio tiempo a varios tragos, a mucho baile, a formar muchos grupitos donde todos hablamos con todos y todos parecíamos querer ligar. Era el juego a que jugábamos los que estábamos en ese momento en el local. Hubo un momento aparte en el que coincidimos Pep y yo mientras Paqui bailaba con Quique. Estábamos un poco achispados (eso siendo generosos) y las barreras y la vergüenza parecían desaparecer.


- Tu mujer es increíble ¡Qué suerte tienes cabrón!


- Sí, sí que lo es.


-Parece que quiere pasárselo muy bien esta noche. Ya se sabe, las noches de playa y discoteca se sabe cómo empiezan, pero nunca como acaban.


- ¿Qué quieres decir?


- Creo que tú sabes lo que quiero decir. Me ha contado que tiene fantasías y también que sois una pareja bastante liberal. Que ella te da libertad para estar con otras chicas. Aquí no os conoce nadie, estáis lejos de casa, el ambiente es genial y podéis disfrutar todo lo que queráis antes de volver a vuestra ciudad. Nadie tiene por qué enterarse. No veas la que se monta aquí después de la fiesta de la espuma y luego cuando cierran, en la playa hasta el amanecer. Este es el sitio idóneo si queréis disfrutar.


A mí no me quedaba nada claro que Paqui le hubiera contado las cosas de esa manera. Seguro que algo se había ido de la lengua, pero tenía la seguridad de que este trataba de interpretarlo de la forma que más le interesaba. Que estaba tratando de llevar la conversación a donde le importaba, quedó claro cuando me dijo:


- Espérate que te voy a presentar a una amiga.


A los cinco minutos volvió con una chica morena, pelo corto, que llevaba unos pantalones ajustadísimos, unos shorts que era casi como si llevara unas bragas, con una especie de recogido tapándole las abundantes tetas que marcaban pezones. Tenía un aspecto agitanado con piel muy morena y ojos grandes y rasgados. Me la presentó como Lucy y dijo que era gogó de la discoteca y amiga suya.


- Este es Alex y está aquí con Paqui que es la chica que baila con Quique. Son una pareja amiga nuestra que quieren pasárselo bien. Sólo van a estar dos o tres días más y tienen que aprovechar el tiempo, que ya mismo se acaban las vacaciones y tienen que volver al curro.


>>Te dejo en buenas manos - me dijo antes de ir y sumarse al baile con Quique y Paqui.


La chica resultó simpática, descarada y me comentó que era del pueblo, que allí todos se conocían porque en invierno era un poco muermo y que en verano trabajaba en la discoteca como animadora. En pocos minutos supo engatusarme y me tenía pendiente de sus palabras, de su cuerpo y de aquellas tetas (que tengo que reconocer capturaron mi atención), como también aquel ombligo en una barriguita un poco prominente, que no dejaba de atraer mi mirada. Tenía veintipocos años, era joven, la sangre me bullía y a pesar de que me consideraba inteligente y podía identificar las piezas del rompecabezas, no quise unirlas. Todo iba en una dirección y pronto las cosas se escaparían a nuestro control. Era evidente que estaba demasiado pendiente de mi mujer y al presentarme a aquella chica, Pep, que era listo como las ratas, creó un objeto de distracción y a la vez metió una cuña definitiva entre Paqui y yo para hacernos jugar en equipos distintos. Y él y su amigo Quique iban en el de mi mujer, claro.


Cuando llegó la fiesta de la espuma ya estábamos bastante calientes, bastante bebidos y bastante eufóricos, envalentonados, pensando que podíamos manejar aquel juego sin que nos provocara ningún remordimiento ni ningún problema, solo pendientes de satisfacer el morbo y cumplir la fantasía de mi esposa. Porque a estas alturas ya no disimulábamos mucho y de eso se trataba. Los intentos de darle celos con aquella chica de discoteca que curiosamente había aparecido en el momento oportuno, no parecían tener efectos en Paqui, que prácticamente me animaba con la mirada a bailar con ella e incluso a ir un poco más lejos, mientras que por su parte permitía que las manos de aquellos dos, especialmente las de Pep que era el que llevaba la voz cantante, se acercaran demasiado a su cuerpo. Tengo que confesarlo, ahora ya no hay lugar para la mentira ni para el engaño, es inútil tratar de ponernos una venda: en aquel momento yo estaba más pendiente de lo que ella hacía que de la muchacha que tenía al lado.


No pocas chicas y chicos se retiraban de la pista. Los que ya sabían de qué iba aquello y no querían participar dieron un paso atrás, pero nosotros aguantamos junto con un buen grupo de muchachas y muchachos que gritaban con ansia, esperando que el chorro de espuma cayera sobre sus cuerpos. Nos quedamos aproximadamente un tercio de los que abarrotaban antes la pista, pero los que se quedaron lo daban todo y estaban a tope.


Al son de la música tecno un montón de burbujas comenzaron a flotar en el aire y poco después, un chorro formado por agua jabonosa empezó a caer sobre nosotros. El calor, la humedad y la diversión se aunaron haciendo que en un rato todos estuviésemos cubiertos de espuma blanca, empapados completamente, escupiendo jabón por la boca y con los ojos irritados. Pero no era suficiente para hacernos retroceder, todo lo contrario, a pesar de estar mojados, de que había gente por el suelo, de los empujones y la irritación en la nariz y en los ojos, la gente disfrutaba como locos.


Aquello se convirtió en la fiesta de las camisetas mojadas. Ahora entiendo por qué la chica que me habían presentado llevaba un top que apenas le contenía el pecho. Sabía que se iba a poner chorreando. Pronto, la gente se fue evadiendo del centro de la pista yendo a refugiarse y a secarse como podían, aunque por la megafonía anunciaron a los que quedaron que los invitarían a champán para mantener la juerga y evitar que la fiesta decayera. Gritamos hasta quedarnos roncos. Seguimos bailando y quedamos un grupo de unas veinticinco personas. Lucy se quitó la parte de arriba y se quedó con el pecho al aire, como si estuviera en la playa, empapado por la espuma, botando a un lado y a otro y llamando la atención de todos los que estábamos allí. No era la única. Casi todas las chicas tenían los pantalones, las camisetas, los vestidos pegados al cuerpo por la espuma, mojados, marcando pezones. Algunas llevaban unas camisetas o una tela que, al adherirse, prácticamente es como si no tuvieran nada puesto.


Me fijé detenidamente en mi mujer, sorprendido de que no se me hubiera ocurrido antes. Hasta entonces solo la había mirado a la cara comprobando que se lo estaba pasando bien y que sonreía. El vestido se le había pegado completamente al cuerpo, tanto que se le metía a veces por la raja del culo, le marcaba los cachetes y por supuesto los pechos quedaban perfectamente definidos, con los pezones en relieve. Se le veían hasta las pintitas que tenía en las aureolas de las tetas. Realmente nos ponía a todos los que estábamos alrededor, casi más que si hubiera estado completamente desnuda. Sus curvas eran un festival cada vez que se movía y temblaban con cada movimiento o salto que daba. El modelito ya de por sí ajustado, le marcaba hasta la entrepierna, pegándose a su piel con algunos de los movimientos debido al peso del agua.


Yo me encontré bailando con Lucy, con ella agarrada en mi cuello y sus pechos rozando el mío. Al menos otras dos o tres chavalas habían seguido su ejemplo y se habían quedado en topless, haciendo subir la temperatura, y no pocos tíos se habían quitado la camisa o la camiseta. Uno de ellos era Pep, que descaradamente se pegó a mi mujer, la rodeó por la cintura y la atrajo desde atrás, simulando un baile cuando lo que en realidad estaba haciendo descaradamente era restregarle todo el rabo por el culo. Ahí note un primer pinchazo en el vientre. No sabría decir si de enfado o excitación, estoy casi seguro de que fue una mezcla de ambas. Paqui no se echó atrás ni se asustó, continuó moviendo sus caderas, bailando como si en vez de un maromo cualquiera fuera yo quien la sujetaba por la cintura y danzaba con ella.


La calentura colectiva subió muchos enteros. Hicimos más piña, no había ya ningún cuerpo que no rozara con otro. Yo intenté acercarme a mi mujer, pero Lucy me retenía.


- Déjala que disfrute y pásatelo tú también bien, hombre, que estáis de vacaciones. Aprovechad la noche. Ya tendréis tiempo de estar juntos todo el rato cuando volváis.


Yo le sonreí incapaz de enmendarle el argumento. La tomé por debajo de los glúteos abrazando sus muslos y la elevé mientras sus pechos me rozaban en la cara. Ella aprovechó para a saludar a todos que la jalearon mientras tarareaban la canción. Seguimos con aquel baile casi demoníaco, estábamos como poseídos y para algunos no bastaba solo con el calor y con la bebida, se habían puesto hasta el culo de pastillas. Allí todo el mundo comenzó a desfasar y más aún, cuando al quedar el grupo reducido a unas veinte personas, se presentaron camareros con varias botellas de champan que fueron repartiendo mientras todos bebíamos a morro.


En ese momento perdí de vista durante unos minutos a mi mujer. Se formó un revuelo importante, con gente intentando acceder a la pista para que los invitaran a champán, los que estaban dentro dándose prisa en acabar las botellas y los camareros intentando impedir una nueva invasión de la zona de baile. Bebimos como cosacos, igual que un niño se come las golosinas para evitar tener que compartirlas. Pude ver a Paqui pegando un trago de una de las botellas y como se atragantaba con la espuma y el gas, mojándose la barbilla y el cuello, tosiendo y echando parte del contenido mientras algunos de los que estaban alrededor se reían. Ella pronto se sumó a las risas. Ya no era solo Pep, varios brazos la rodearon en algún momento sin que mi chica pareciera tener la mínima intención de identificar a quien pertenecían. La cosa empezó a ir demasiado lejos cuando vi como Quique, que estaba también cerca, le cogía el culo y luego le daba una palmeada suave con toda la mano. Paqui se giró y sin dejar de reírse le dio un pequeño empujón en el hombro, que más pareció una caricia que una advertencia.


A mí se me fue la mano también hacia el culo de Lucy, más estrechito, más prieto y menos voluptuoso pero muy bien definido. Ella se giró y se inclinó ofreciéndomelo para que se lo volviera para a tocar. Pensé que estaba la calentura también le afectaba y que todo su descaro y su provocación no procedía necesariamente de las pastillas y el alcohol que hubiera tomado, sino de que yo, por algún motivo, le gustaba. En aquel momento no estaba para pensar bien, si lo hubiera hecho me hubiera dado cuenta que aquello solo formaba parte de su trabajo y también de los posibles favores que le debía a esos dos, y que, para ella, quedarse en bolas y dejarse magrear en la pista era solo rutina, pero en aquel momento lo cierto es que me sentí importante porque una de las gogós más locas y llamativas de la discoteca, me permitía intimar de aquella manera, como si yo fuera su elegido de la noche.
 
Por mi cabeza pasaron muchas cosas y por un instante dejé de pensar en Paqui y me vi a mí mismo en la playa después de terminar el turno de la chica, revolcándonos en la arena, en oscuridad, lamiendo su piel morena que sin duda sabría champán, a sudor y a pompas de jabón. El encanto se rompió cuando observé a Paqui marcharse en compañía de Quique y Pep. La vi volverse y buscarme con la mirada mientras la llevaban del brazo. Salté como si un resorte me hubiera empujado en su dirección.


- ¿Dónde vas? - me pregunto Lucy - Quédate aquí conmigo, dentro de un rato termino mi turno.


- Ahora vuelvo - le dije sin más.


La gente había vuelto a invadir la pista y me costó mucho trabajo cruzar. En la oscuridad de la discoteca no podía dar con mi mujer. Finalmente los vi dirigirse a unas escaleras que parecían subir a la parte de arriba. Pep la llevaba de la cintura y le decía cosas al oído mientras que ella reía. Le costaba mantener un poco el equilibrio. Yo la conocía bien y sabía que a poco que bebiera estaría un poco mareada, pero dudaba mucho que no estuviera en sus cabales. No tragó el suficiente alcohol como para estar borracha hasta el punto de no saber lo que hacía.


Parecía que todos teníamos ya definidos nuestros roles esa noche y que lo que había que hacer estaba claro. Mi mujer se dirigía a cumplir su fantasía. Se suponía que era lo que todos esperábamos: el Pep y el Quique se follarían a aquella chica casada que les provocaba un morbo increíble, quizás precisamente por eso, por estar casada: ella, por su parte, gozaría de su fantasía como yo había gozado de Alba; y yo debía divertirme con Lucy. No habían hecho falta demasiadas palabras, todo lo habíamos dicho con nuestras acciones, con nuestras miradas y también con nuestra aceptación, dejándonos llevar por la corriente. Sin embargo, yo no estaba tranquilo, es como si tuviera que oírlo de sus labios, como si no acabara de creerme que ella estaba dispuesta a copular con dos desconocidos como tantas veces habíamos hablado o simulado en nuestro juego. Estoy seguro que era mi propia inseguridad al respecto, aunque lo disfrazaba de las dudas que ambos pudiéramos tener de cómo podía afectarnos. Lo cierto es que la relación con Alba no nos había afectado negativamente como pareja, pero: ¿sería igual con esos dos, aunque solo fuera una vez y ya no los volviéramos a ver más en nuestra vida?


Asumí que solo había una forma de comprobarlo y era lanzándose a la aventura. Daba igual que sobre el papel lo tuviéramos hablado, daba igual que en nuestras fantasías nos mostráramos decididos y seguros, hasta que no pasara no sabríamos efectivamente como nos iba a afectar. Y Paqui parecía decidida a dar el paso y probar, convencida de que contaba con mi permiso. Y que lo mismo que nuestros polvos con Alba, también eso sería bueno para nuestras relaciones en cuanto a proporcionarnos un buen chute de morbo, tal y como había sucedido esa misma tarde. Entonces ¿por qué los estaba siguiendo? Porque necesitaba oírselo decir a mi mujer y porque también necesitaba estar seguro de que ella estaba bien y no le pasaría nada malo. Hoy tengo claro que, aunque en ese momento no lo reconociera, también sentía un importante pellizco de inseguridad: ¿Y si los otros eran mejores amantes que yo? ¿Y si a partir de entonces mi mujer ya no disfrutaba conmigo y necesitaba a otros hombres?...


Fue una mezcla de todos estos pensamientos la que me impulsó a gritar:


- Paqui, Paqui ¡espera! - pero mis exclamaciones quedaron anuladas por la música y el jaleo que había.


Los vi perderse escalera arriba y cuando por fin conseguí atravesar la melé de gente a empujones y subir, me encontré con un pasillo y una serie de puertas que permitían acceder a unos palcos o reservados que daban a la pista. Una cinta cortaba el paso y detrás de la cinta uno de seguridad, un gorila de casi dos metros de alto.


- Vengo con ellos - dije.


- ¿Con quién?


- Con la chica que acaba de pasar y con Pep y Quique.


- Solo puedes pasar si tienes la entrada VIP.


Miré al tipo. Tenía cara de pocos amigos y la misma inexpresividad que una estatua barata. Imposible saber si estaba compinchado con los otros o realmente estaba convencido de lo que yo me quería colar por la cara.


- Mis amigos no tienen entrada VIP y han pasado - tanteé a ver por dónde me salía.


- A tus amigos los conozco, son habituales de aquí y conocen al Robert. A ti es la primera vez que te veo.


- Será solo un momento, tengo que decirles una cosa y me voy enseguida.


Él me miró con cara de fastidio, como diciendo “podías ser un poco más original”.


- Mira, no tengo ganas de tener que entrar a buscarte así que no me des la tabarra. Cómprate una pulsera de entrada VIP o ven con alguien de la discoteca y entonces te dejo pasar.


- ¿Puedes ir un momento y decirle a la chica que salga?


- Paso tío, no soy tu correo y venga, aire que aquí no puedes estar.


Eché una mirada hacia el pasillo, a cuya izquierda las cortinas que daban acceso a los reservados se movían por el aire acondicionado. Casi al final, creí entrever una luz que se filtraba por una de ellas. Valoré mis opciones y, desde luego, entrar por las bravas no me pareció buena idea. Ese tío me sacaba por lo menos una cabeza y lo único que iba a conseguir es que me pusieran en la calle, aparte de llevarme algún que otro golpe. Que no me dejaran acercarme a donde estaba mi mujer era malo, pero que me echaran del recinto era todavía peor ¿qué coño estaría pasando en ese reservado?


Era fácil de imaginar.


Bajé las escaleras y me detuve un momento a pensar. Con alguien de la discoteca había dicho el Bichaco… ¡Claro! ¡Cómo no se me había ocurrido! inmediatamente pensé en Lucy.


La busqué por la sala. No estaba donde la había dejado. Nervioso, recorrí toda la pista de baile hasta que alcé la vista y pude darme cuenta que estaba subida en una especie de pódium, bailando con su pantalón corto y los pechos todavía al aire. No dejaban de jalearla y aclamarla los tipos que había alrededor y alguna que otra chica también, mientras ella se movía como si fuera una bailarina de striptease.


- Lucy, Lucy - la llamé. Ella no me oía, pero me veía. Me sonrió y me hizo gestos para que también bailara. Conseguí abrirme paso hasta donde estaba y tirando de una pierna llamé su atención obligándola a agacharse.


-Lucy, tienes que acompañarme arriba, no me dejan pasar.


- Ahora no puedo.


- Es solo un momento, por favor.


- Tío, estoy trabajando. Ahora no puedo irme, me toca animar al personal. Habérmelo dicho antes.


- Ven, es solo un momento.


- No te pongas pesado. Espérate que todavía me quedan tres o cuatro canciones más y luego subimos.


Se puso de pie y a partir de entonces ya me ignoró, suponiendo que era un pesado que lo único que quería era rollo con ella. Por un momento se me cruzaron los cables y me sentí muy cabreado, pasando luego del cabreo a la admiración. Estaba buena la tía y sabía moverse bien, a pesar de la pinta de choni de polígono. Por un momento, la vaga promesa de subir conmigo después actuó como bálsamo de mi inquietud. Si Paqui lo estaba pasando bien yo también podría disfrutar dándome un revolcón en uno de los reservados con ella. Al fin y al cabo, de eso se trataba ¿no?


Pero pronto me volvió a invadir la desazón. Mi mujer estaba eufórica, seguramente un poco bebida y metida con dos tipos en un reservado, sin que yo supiera si todo estaba transcurriendo a su gusto o estaba pasando algo malo. Todavía no tenía claro si lo malo es que la estuvieran forzando a hacer algo que no quería, o también sería malo que ella estuviera disfrutando precisamente de esa sensación. En ese momento me noté descolocado ¿Cuál era mi sitio en aquel lugar? parecía difícil saberlo. Sentí como que era yo quien sobraba ¿Que se supone que debía hacer? ¿Ir a la barra y tomarme otro pelotazo mientras esperaba? ¿Subir y montar el pollo? ¿Serviría de algo dejarme guantear la cara por aquel mameluco? ¿Oiría Paqui mis gritos a pesar de la música alta y el jaleo?


Estuve un par de minutos perdido allí, de pie entre la gente que bailaba, dejándome zarandear por unos y por otros como un corcho en medio de la corriente, sin voluntad, sin plan, dejándome simplemente llevar y arrastrar a merced de mis emociones sin control. Fue una sensación mala, desagradable. Noté un vacío en la boca del estómago, los labios se me quedaron secos y finalmente decidí actuar. Cualquier cosa menos quedarme allí pasmado. Volví a subir los escalones. Lo hice rápido, sin tener muy claro que iba a hacer, pero con la urgencia de quien no desea detenerse a pensar. Esta vez la suerte ¿realmente fue suerte? se alió conmigo. El maromo de antes había desaparecido y en su lugar estaba Robert, el amigo de estos dos.


- Hola soy Alex: vengo con Pep y Quique.


Me reconoció al instante, se ve que se le quedaban bien las caras.


- ¿El Pep y el Quique están ahí dentro?


- Sí, estamos en un reservado con mi mujer y ahora vendrá también Lucy.


El otro me miro de arriba abajo, tratando de procesar la información y juntar las piezas, lo cual tampoco le llevó demasiado tiempo. Sonrió y me hizo un gesto con la mano indicándome que pasara. Avancé por el pasillo oscuro. El ruido de la discoteca llegaba amortiguado en forma de latido, amplificando la sensación de que mi corazón se aceleraba y tañía cada vez más fuerte. Fui directamente hacia el penúltimo de los reservados, el que había visto antes que filtraba luz y que ahora aparecía oscuro. Una corazonada que se cumplió: ahí estaban. Ni siquiera tuve que entrar para disipar mis dudas acerca de lo que estaba sucediendo en el interior. Apenas separé un poco la gruesa cortina con las manos, la imagen se me ofreció clara y descarnada a pesar de la poca luz. Una pierna desnuda, unas pantorrillas firmes, blancas a pesar del sol. Una rodilla flexionada, un muslo ancho y duro que acababa en la curva de una nalga redonda y poderosa que se balanceaba despacio hacia delante y hacia atrás, acompañando el movimiento de la verga que entraba y salía de su coño. Unas manos en las caderas que no necesitaban empujar, solo la aferraban como si la estuviera sosteniendo para que no perdiera el equilibrio. Daba la sensación de que ella misma se la introducía con un suave impulso. El torso hacia adelante, sus pechos colgando fuera del escote al que le habían bajado los tirantes, con los pezones señalando al suelo, el vestido remangado y enrollado sobre su grupa, la otra rodilla apoyada sobre el sofá de skay. La cabeza hacia abajo, los ojos cerrados, la boca entreabierta emitiendo jadeos, el brazo derecho ligeramente estirado, cerrándose sus dedos en torno a la verga de Quique.


Me gustaría poder explicar mejor todo lo que me pasó por dentro y por fuera en aquel momento, pero la única forma que se me ocurre de contarlo o de expresarlo es que me vi sacudido por fuerzas contradictorias como si tiraran de mí en distintas direcciones, como si me llevara de repente golpes en distintas partes del cuerpo y no supiera decir qué dolor era el más fuerte o el más peligroso. El ver a Paqui allí emparedada entre aquellos dos, en esa postura tan obscena, tan a su merced, me provocó celos, rechazo, pero también una erección inmediata, una especie de placer morboso que hizo que me quedara ahí sin poder apartar los ojos de lo que veía. No fui capaz ni de largarme ni de intervenir, solo me quedé allí como un hombre a quien Medusa hubiera convertido en estatua de piedra.


Tras unos segundos en los que mi cerebro parecía haber colapsado y era mi cuerpo el que había tomado el timón, siendo recorrido por sensaciones que anulaban mi capacidad de razonar, mi inteligencia o el poco conocimiento del que podía tirar en ese momento, volvió a ponerse en marcha. Lo primero que hice fue observar a mi mujer, en busca una vez más de algún signo de que estuviera siendo violentada o aquello no contara con su aprobación. Tenía que saber si estaba disgusto o por el contrario disfrutaba realmente de su fantasía. Mi primera impresión quedó corroborada casi al momento: ella acompañaba con su cuerpo el vaivén de la penetración, los ojos cerrados no eran por vergüenza o dolor, sino que tuve la impresión de que se concentraba para sentir mejor la polla que la penetraba. Conmigo lo había hecho muchas veces. Yo sabía que en los momentos de mayor placer, ella cerraba los ojos para concentrarse en las sensaciones, en las caricias y así le llegaba pronto su orgasmo. La vi morderse el labio inferior, otra señal inequívoca de que disfrutaba. Sus jadeos eran también evidentes. Aunque por la música no podía escucharlos, sí podía ver el gesto de su boca y de su garganta cogiendo aire para expulsarlo en forma de estertor placentero.


Sabía que ella estaba ahora mismo viviendo su fantasía, aislada de todo, solo aglutinando sobre sí misma el gusto que le producía el contacto real y no imaginado con dos chulos que la usaban para su placer. Todo estaba bien desde ese punto de vista o parecía estarlo, de modo que la única justificación para interrumpir aquello era como me sentía yo, y eso, en aquel momento, no era capaz de decidirlo porque ni yo mismo sabía cómo me sentía, más allá de que era golpeado por distintas emociones y la que primaba más era el morbo y la calentura por lo que estaba viendo. No podía apartar los ojos de ellos. Quique se movió un poco hacia delante, lo justo para que su verga quedará altura de la boca de mi mujer. Ella no la rechazó, comenzó a chuparla despacio, sujetándola con la mano, acompasando las embestidas desde atrás con la mamada, en un suave vaivén que hacía que se la sacara de sus labios cuando iba hacia atrás buscando la otra polla y metiéndosela hasta el fondo. Y por el contrario, cuando la sacaba hasta la punta, a la vez se la tragaba de forma que siempre tenía una de los dos penes dentro. Este vaivén fue aumentando hasta que se descompasó. Estaba muy excitada y se la veía con ganas de dejar al orgasmo. En este caso, la polla en su coño era prioritaria y se dedicó a empalarse reclamando una mayor colaboración de Pep, que la agarró por las caderas y empezó a darle más fuerte y continuado, lo que hacía que no pudiera sincronizarse con la mamada. A ratos la tenía en la boca y en otros momentos lo masturbaba con la mano.


No sé en qué momento traspasé la cortina. Estaba como hipnotizado, la bragueta me iba a reventar y ya no pensaba en consecuencias ni en comeduras de tarro, solo asistía con expectación a aquel espectáculo de animales salvajes copulando. Pep me vio y se detuvo. Con la verga dentro de la vagina de mi mujer y sus manos todavía agarrando sus caderas, se quedó a la expectativa. Quique también se dio cuenta y tampoco hizo ningún movimiento, se limitó a quedarse de pie, con el pene en la mano, muy cerca de la cabeza de Paqui. Mi mujer llevó la mano hacia atrás, un poco desconcertada, agarrando el muslo de Pep y pude entender perfectamente sus palabras cuando le dijo:


- Sigue, sigue ¿qué haces? no te pares.


Noté su gesto de enfado y como de rabia. Estaba llegando al orgasmo y no quería que le cortaran el rollo. Ante la inactividad del tío que se la estaba follando abrió los ojos y me descubrió allí plantado. Cruzamos miradas solo un instante, lo suficiente para que yo asintiera según ella, aunque no recuerdo que lo hiciera. Entonces, Paqui volvió a iniciar el vaivén. Esta vez más fuerte y más rápido. Cerró los ojos y repitió a Pep “venga, venga” mientras le palmeaba el muslo. El otro sonrío al oírla, tranquilo al ver que yo no me movía. Los retomaron por donde lo habían dejado pero esta vez los golpes se oían secos y fuertes, el culo de mi mujer temblaba con cada empujón de la pelvis de Pep que la estaba penetrando muy fuerte. Volvieron al punto anterior y pronto lo superaron con Paqui jadeando, los ojos cerrados y la espalda tensa.


Seguí observándola, comprendiendo que estaba a punto de correrse. Habían pasado varios minutos desde la interrupción, no muchos, tres o cuatro quizá, pero el tío no aflojaba, le seguía dando intensamente y no pudo aguantar más. Se corrió primero, incapaz de contenerse ante aquel culazo y aquella hembra que le pedía guerra. Mi mujer lo sintió derramarse y se agarró a su muslo, arañándole a la vez que le exigía que no la sacara y que no se parara. El otro retomó el ritmo resoplando como un perro y ahora sí, la vi curvar la espalda levantando las tetas, abrir la boca y también los ojos. Se corrió intensamente, juntando las piernas, para poder seguramente presionar la verga mejor con sus músculos vaginales, como había hecho tantas veces conmigo, apoyándose con una mano en el sofá mientras soltaba la polla de Quique y con la otra se agarraba de nuevo al muslo de Pep, evitando que se saliera de su interior. El jadeo se convirtió en grito. Creo que llegó a chillar un par de veces, cosa que solo hacía en nuestros mejores polvos. Movió la cabeza de un lado a otro respirando apresuradamente, como si le faltara aire y manteniéndose pegada a Pep como si estuviera soldada a él. Cuando por fin dejó de convulsionar se separó lentamente, permitiendo que la verga saliera de su vagina y luego se echó de lado en el sofá. Pep se sentó a su lado y dio un palmetazo en sus nalgas sonriendo satisfecho. Ella se removió un poco, como disgustada porque no esperaba el manotazo, pero no dijo nada, se limitó a abrir los ojos y a fijar su vista en mí mientras trataba de acompasar su respiración y de recuperar el aliento.


Quique se puso al otro lado, escoltándola también con el falo erecto muy cerca de la cara, reclamando su atención. Él también quería su orgasmo. Tomó la mano de mi mujer y la llevó a su verga. Ella comenzó a masturbarlo tendida, sin dejar de mirarme. Le mantuve la mirada, en parte retándola y en parte con curiosidad por ver que hacía ahora que había obtenido su placer. Tenía los ojos acuosos y la vista un poco perdida, seguramente por el alcohol y por el subidón del orgasmo. Finalmente se echó un poco para adelante y sin perder la postura volvió a meterse en la boca el falo de Quique, chupando despacio de la punta hasta la mitad, mientras que con sus dedos mantenía agarrada la parte que pegaba los testículos. Dejó de mirarme y se concentró en mamar. Solo aguanté unos momentos más. No parecía que ella fuera a cortarse por mi presencia a esas alturas ni tampoco que fuera a poner fin al episodio, no al menos antes de satisfacer también al otro chulo.


De repente sentí el impulso de salir de allí. Necesitaba reorganizar mi cabeza y mis sentimientos. Digerir todo lo que había visto. No me quise ir muy lejos. No estaba dispuesto a que me volvieran a separar de mi mujer, ni de encontrarme en una situación en la que no pudiera acudir si ella me llamaba o si tomaba la iniciativa de acercarme de nuevo a ver cómo estaba. De modo que me metí en uno de los reservados que había al lado y me dejé caer en un sofá. Traté de poner la mente en blanco dejando que la invadiera el ritmo de la música. Pero no podía ser: a mi cerebro llegaban una y otra vez las imágenes que acababa de contemplar y tenían un efecto electrificante. Una extraña euforia me invadía y mi cuerpo respondía con una erección tan brutal que me dolía. Pensé en masturbarme pero no quise hacerlo. Me resistía. Solo quería estar a solas con Paqui, recuperarla, curarme la calentura follando con mi mujer. Sólo después de eso podría poner orden en mi cabeza y en mis sentimientos. Solo después de estar con ella y hacer el amor podría sentir que todo estaba de nuevo bien. O eso al menos quería yo creer en ese momento, que, si comprobaba que lo nuestro no había cambiado, eso significaría que efectivamente solo se había tratado de cumplir una fantasía y nada más.


Estuve un tiempo tratando de apaciguarme, respirando hondo. Hubiera dado lo que fuera por poder echarme otro trago. Pensaba en qué les diría y sobre todo en qué sucedería si ella no quería dar por terminada la sesión. O si alguno de esos dos se ponía impertinente y llamaban a los de seguridad para echarme. Hay que pensar menos y actuar más. Ese es mi problema que siempre le doy demasiadas vueltas a las cosas. Así que movido por un impulso me levanté y me dirigí al reservado. Pensaba que había estado menos tiempo fuera, pero ahora creo que tuve que estar al menos diez o quince minutos en el otro sitio solo, porque cuando llegué allí no había nadie. Entré y me dirigí a donde estaban sentados. Allí solo pude encontrar unos goterones en el suelo, seguramente parte del squirt de mi mujer y de la leche derramada cuando el otro le sacó el miembro del sexo. Al lado de una mesita baja vi algo tirado. Me acerqué y pude comprobar que eran las bragas de Paqui. Estaban muy mojadas y no solo de la espuma: olían a sexo. Quizás las hubiera usado para limpiarse o simplemente cuando se las quitó las dejó allí tiradas. Las dejé de nuevo en el suelo y salí por el pasillo a buscarlos.


Me costó un rato encontrarlos o más bien debo decir que ellos me encontraron a mí. Me había parado un momento en la barra después de dar una vuelta por la pista de baile, pensando si no se habrían ido a la calle. Entonces vi que Paqui me hacía gestos con la mano acercándose a mí desde el otro lado de la barra. Se habría paso entre la gente seguida de Quique y Pep. Ambos habíamos estado moviéndonos por la discoteca sin coincidir hasta ese momento, buscándonos.


- ¿Estás bien? - me preguntó con cierta ansiedad cogiéndome la mano.


- No sé cómo estoy, todo esto es muy raro.


- ¿Estás enfadado conmigo?


Yo miré a Pep y a Quique que estaban detrás. Me molestaba su presencia. Incluso más que cuando eran ellos los que estaban a solas con mi mujer. Ahora no se trataba de sexo, era un momento íntimo y ellos sobraban.


- Vámonos. Quiero estar a solas contigo.


- Claro.


- Nos vamos – anunció Paqui.


- Vale ¿nos vemos mañana?


- No lo sé. No nos busquéis, ya os decimos algo nosotros.


Salimos a la calle, yo tirándole de la mano. Tuve la sensación de que volvíamos a ser pareja, de que efectivamente lo de antes había sido solo sexo pero que cuando se trataba de algo más íntimo, de sentimientos, ella se preocupaba por mi estado y por las consecuencias de lo que había hecho. Y de lo que yo había permitido: eso tampoco se me iba de la cabeza. Pero lo cierto es que me tranquilizó saber que después de la tormenta volvíamos al hogar. Era lo único que me importaba.


Salimos al parking y fuimos a buscar el coche. Estaba alejado, casi en la arena de la playa. Apenas hablamos por el camino y al llegar al vehículo, cuando fui a abrir la puerta, ella me tomó de la mano forzándome a que la mirara a la cara.


- Alex ¿estás enfadado conmigo? volvió a preguntarme.


Me tomé un tiempo, respiré hondo y traté de ordenar lo que sentía.


- No, no estoy enfadado contigo. Solo estaba preocupado. No quería que te hicieran daño. Ni tampoco que dejáramos de ser lo que somos. Temía perderte.


- ¿Por qué ibas a perderme? No seas tonto. Es solo una fantasía, solo es sexo.


- No sé lo que has sentido. Me preocupa que pueda afectarnos.


- ¿En qué nos iba a afectar? Tú eres para mí lo primero, ya lo sabes. Es lo que habíamos hablado, solo follar y ya está. Esos dos no significan nada para mí, no quiero dormir con ellos ni pasar un segundo más de lo necesario a su lado ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Estas celoso? ¿Te has sentido mal? si es así no volveremos a hacerlo nunca más.


- No es fácil asimilar que te he visto con otros hombres. Solo es eso. Pensé que me iba a impactar menos. Aún estoy un poco confundido. Solo quiero saber que todo está bien entre nosotros, con eso me basta.


- Está bien, todo está bien cariño - me respondió mientras me besaba y me abrazaba.


Sus pechos turgentes se clavaron en el mío. Su cuerpo trémulo y húmedo se pegó a mí. Besé sus labios que todavía sabían a sexo...la erección fue instantánea. Ella lo percibió. Pegó su vientre aún más y nuestras lenguas jugaron en el interior de la boca. La agarré por las nalgas y la soldé a mí. No sabía cómo explicarme a mí mismo por qué todo aquello me había puesto tremendamente cachondo, así que mucho menos era capaz de expresarlo de forma que mi mujer me entendiera, pero no fue necesario. Nos entendíamos sin palabras. Ella me acarició el bulto por encima de la ropa y volvió a besarme con pasión. Me abalancé contra ella y la empotré contra la carrocería del coche. Estuvimos a punto de caer y nos dio la risa.


- Eres una cochina: sé que vas sin bragas - le dije mientras le metía la mano entre las piernas.


Ella suspiró profundamente y se abrió para mí, llevándome la mano directamente a su vulva que estaba empapada.


- Estás todavía chorreando...


- Sí, sí - era lo único que acertaba a decir mientras le comía el cuello y un dedo desaparecía en el interior de su vagina sin ninguna dificultad por la lubricación.


Tiré de ella hacia la playa que estaba a unos escasos metros. Nos arrodillamos tras una duna y Paqui se sacó el vestido. Estaba totalmente desnuda debajo, sus tetas con alguna rojez, los pezones sensibles porque habían sido lamidos y mordidos anteriormente, su sexo manaba flujo mezclado posiblemente con restos de semen, como pude observar cuando la abrí de piernas e intenté chupárselo. Pero ella no quería preliminares.


- Ven, ven – me urgió.


Y bajándome los pantalones extrajo mi falo y me lo chupó hasta dejármelo resbaladizo de saliva.


- ¡Dios qué bella estás! te amo - susurré mientras la penetraba de golpe.


Mi glande se abrió paso deslizándose por su vagina que estaba muy resbaladiza. Los restos de flujo y de semen hicieron de lubricante para que pudiera escurrir hasta el fondo en el primer empujón, dando mis huevos contra sus labios. La penetré una y otra vez, fuerte, duro, con contundencia, mientras ella se deshacía de gusto. No le había mentido: estaba bella. Sus pechos salados y arañados, su enorme culo llenándose de tierra bajo mi peso, su vagina profanada por al menos uno de aquellos dos, sus labios que habían besado otra polla, su piel que olía a sudor, a leche ajena, a restos de espuma, su boca que sabía a alcohol, allí tirada con el mar de fondo, la luna reflejándose, las olas rompiendo…sí, a pesar de todo o precisamente por eso, estaba bella. Y de nuevo la tenía entre mis brazos. Se había ido pero había vuelto, lo sabía por su mirada, por las ganas con que se abría para que yo la empotrara. Los dos supimos sin hablar que todo estaba bien. Seguí penetrándola con fuertes golpes, duros y secos, yendo hasta el fondo mientras le repetía una y otra vez:


- Te quiero, te quiero, eres mía, eres mía…


- Síiiiiii ¡soy tuya, tuya, tuya, tuya, tuya y de nadie más! - me repetía como un eco mientras notaba como su cuerpo se ponía en tensión y se preparaba para un nuevo orgasmo.


No me pude aguantar, era demasiada la calentura que sentía y me fui en ella con un gemido prolongado, una especie de rugido mientras empujaba hacia adentro. Me quedé rendido por la tensión mientras nos abrazábamos. Paqui movía su pelvis buscando el frote de su monte de Venus contra el mío. La conocía demasiado bien para saber que no quería quedarse a medias. Además, sabía que en ese momento debía ser un placer compartido, un placer que debía darle también a ella y que no se podía postergar para que fuera un acto de unión, algo conjunto que sellara nuestra alianza de amor. Así que me incorporé un poco para liberarla de mi peso y de nuevo comencé (a pesar de las cosquillas que me provocaba mi glande sensible) a penetrarla. Lentamente al principio, porque el roce me provocaba pequeñas descargas eléctricas a pesar de lo mojada que estaba, y más fuerte a medida que una cierta insensibilización vino en mi ayuda para que pudiera aguantar el frote de mi pene en su vagina sin el molesto cosquilleo. También era debido a que estaba encharcada de fluidos. Cuando empecé a darle más fuerte advertía perfectamente como mi semen mezclado con los restos que quedaran de Pep más su flujo, se derramaban por la presión que ejercía mi polla dentro de su vagina. Notaba los huevos empapados y se oía un sonido de chapoteo cada vez que se la metía hasta el fondo.


Introdujo la mano entre mi pubis y el suyo, se frotó el clítoris y finalmente lo cogió como haciendo pinza y se dio un pellizco, mientras se corría retorciéndose de gusto bajo mi peso. Como diría Radio Futura, fue un orgasmo al compás de las olas. Quedamos desechos por la tensión, por la emoción, por el placer, rotos, abrazados. Mi cara enterrada en su cuello, la polla enterrada en su vagina, sus muslos abiertos acogiéndome, las rodillas flexionadas y sus pantorrillas apretando mis nalgas para que no me escapara, las tetas contra mi pecho, su aliento húmedo, morboso y excitante calentándome el alma.


No sé el tiempo que pudimos estar así hasta que por fin nos levantamos. Ella se puso el vestido que, igual que su piel, ya arrastraba todo un resumen de lo que había sido aquella noche. Manchas, olores, humedad... No tenía con qué limpiarse así que anduvo indecorosa hasta el coche. Cuando llegamos sí pudo utilizar unos pañuelos de papel que guardaba en la guantera para secarse la cara interna de los muslos, que debía estar pegajosa de todo lo que le brotaba por la vagina. Se limpió muy someramente y luego se sentó a mi lado.


Marchábamos sin hablar, con ella apoyada en mi brazo mientras yo conducía. Al llegar a la pensión entramos en nuestra habitación y todavía me fijé en ella cuando se quitó el vestido y quedó desnuda antes de meterse en la ducha, mirándose en el espejo, contemplando su cuerpo algo magullado y sucio.


- Estas bellísima - le dije de nuevo sin poder contenerme. Era cierto y ella lo entendió. Me sonrió, se metió en la ducha y yo fui detrás. Cuando acabé ya estaba en la cama, entre sábanas limpias, totalmente desnuda, cansada y amodorrada. Me abracé a ella y nos dormimos casi de inmediato. Fue un sueño profundo, reparador y sin pesadillas del que nos levantamos los dos contentos y con buen talante.


Al día siguiente la resaca parecía ser solo de alcohol y cansancio, no de sentimientos. Cuando me desperté ella ya estaba arreglada y lista para bajar a desayunar. Un pantalón corto y ajustado, una blusa anudada sobre el ombligo, la cara limpia de maquillaje como ella solía ir (yo le decía siempre que estaba más guapa sin pintar).


- ¡Qué miras! - me dijo al darse cuenta que estaba incorporado en la cama - vamos a desayunar ¿no? Quiero ir al mercadillo que ponen en el paseo marítimo.


- Estás muy guapa.


Ella sonrió.


- Ya veo que te alegras de verme - contestó al observar la erección matutina con la que me había levantado.


Se echó a mi lado y me acarició el pene mientras me besaba en la boca.


- Quieres que...


- No, déjalo, ya estás arreglada -yo sabía que si se había vestido es porque en ese momento no le apetecía follar – además, tengo hambre.


Paqui dio un par de lametones juguetona.


- ¿Estás seguro? Puedo darte placer sin desarreglarme - comentó mientras se la metía en la boca y me la chupaba dejando resbalar sus labios por mi pene. La introducía y acompañaba el movimiento con su lengua en forma de caricia.


-Uffffff…


Cerré los ojos y me dejé hacer. Las imágenes de la noche anterior vinieron a mi cabeza. Paqui yaciendo en el reservado, corriéndose mientras la follaban a cuatro, chupando la verga de Quique. Y por fin en la arena, tirada, sucia, sudorosa, sensual, el gran polvo que echamos. Cuando quise darme cuenta fue demasiado tarde para contenerme o para proponer ninguna otra cosa. Un chorro de semen salió disparado cogiendo por sorpresa a mi mujer, que lo único que pudo hacer fue cerrar los labios en torno a mi pene y aguantar la descarga. Le llene la boca de leche que ella no dejó escapar. No se lo tragó, no le gustaba, pero lo escupió en un pañito que sacó del cajón y luego volvió a chupármela otro poco más, hasta que comprobó que me quedaba satisfecho. Solo entonces fue a enjuagarse.
 
Esto se está poniendo de una forma que a mí no me gusta, pero ellos sabrán.
Y cuidado porque no está claro si Vicky es de el o producto de alguno de estos encuentros y entonces no entendería que la perdonará.
 
La mañana transcurrió tranquila, entre el mercadillo y una excursión por el paseo marítimo. Ella disfrutaba de los tenderetes de la ropa y de las chucherías que se vendían en los kioscos, aparentemente ajena al tema principal que sin embargo seguía rondando mi cabeza. No ya lo que había sucedido que aparentemente habíamos cerrado de forma correcta. Todo parecía estar bien, habíamos disfrutado, ella de su fantasía y yo del resultado. Los momentos después fueron tremendamente intensos y excitantes, pero el antes y el durante tuvieron sus claroscuros. Sobre todo, el antes, donde mi inseguridad, los celos y quién sabe qué más se revelaban en mi interior, a pesar de que mi cabeza me decía que era lo que habíamos hablado y que no pasaba nada. El durante lo sobrellevé porque, junto con sensaciones muy intensas de rechazo o de molestia por lo que sucedía, había también otras muy poderosas de morbo y de excitación, quién sabe sino también de egoísmo, ahora puedo reconocerlo, aunque en aquel momento no quería verlo: si yo disfrutaba con Alba y posiblemente con otras chicas en un futuro ¿qué derecho tenía a pedirle a Paqui que no hiciera lo mismo? Así pues, la cuestión ahora era si íbamos a repetir.

Terminado el paseo por las tiendas nos sentamos en una terraza a tomar una caña. Creí llegado el momento de plantear el tema.

- ¿Qué vamos a hacer?

- Pues comer algo ¿no? Me apetece un poquito de pescaíto frito.

- No me refiero a eso, tonta, me refiero a si vamos a volver a quedar con esos dos.

Mi mujer se removió inquieta en la silla. Dudó a la hora de responder cosa que no me pasó desapercibida, como tampoco su embarazo con la cuestión.

- Hacemos lo que tú veas.

- No, se trata de lo que tú quieres ¿Te apetece que volvamos a quedar?

- No sé...

- Venga Paqui no me vengas con esas. Esto tenemos que hablarlo. No podemos hacer como si no hubiera sucedido nada. Eso puede valernos para cuando volvamos a casa pero ahora todavía estamos aquí ¿Cómo te sientes tú? ¿Qué es lo que deseas?

- No lo sé, estoy un poco confundida.

- A ver ¿Ayer te lo pasaste bien? ¿Hubo algo que te molestara o que no te gustara?

- Los de anoche fue brutal en todos los sentidos - Acabó admitiendo - Y eso me asusta un poco.

- Yo estuve cerca de ti, no hubiera permitido...

- Lo sé, lo sé, no me refiero a mí. Me asusta por nosotros dos y también por ti. Lo de mi hermana es algo que nunca me preocupó porque fuimos poco a poco, yo sabía que ella no pretendía robarme el novio y también sabía que tú me querías a mí. Pero esto… es distinto, es algo más descontrolado. Y no sé cómo lo llevas tú. Eres lo más importante así que dime primero sí tú tienes alguna duda o si algo ha cambiado entre nosotros.

- No, ninguna y no ha cambiado absolutamente nada, todo lo contrario, te quiero más que nunca y creo que te lo demostré anoche. Esto no tiene nada que ver nuestro amor y lo sabes. Es solo una fantasía.

- Pero ¿y tú? Vi cómo me mirabas y tu mirada no era de felicidad.

- Bueno, tampoco de disgusto. Era una mezcla de todo, demasiadas sensaciones de golpe. Pero tienes razón, al final disfrutamos los dos y yo tampoco tengo dudas, sigo enamorado de mi mujer.

Dejamos pasar un rato en silencio, digiriendo las palabras sin que ninguno de los dos se decidiera a plantear una solución. Finalmente hablé yo. No soportaba más tiempo la incertidumbre.

- Pasado mañana nos vamos. Todavía hay tiempo de vivir más aventuras, lo que no te puedo decir es lo que pasará si seguimos adelante. Somos demasiado novatos en esto y no sé si algo puede írsenos de las manos o que es lo que puede suceder si surge algún imprevisto.

- ¿Algún un imprevisto como cuál?

- No lo sé. Bueno, por ejemplo, ayer lo hicisteis sin tomar precauciones…

- No estoy ovulando, estoy segura.

- Ya, pero de todas formas no es seguro hacerlo así. Lo de llevar las cuentas no es algo fiable cien por cien.

- En caso de que repitamos tendré cuidado, te lo prometo. Oye ¿y tú no hiciste nada con la Lucy esa? Estaba buena… - comentó con malicia.

- No me fastidies que no tenía que el cuerpo para eso. Te perdí de vista y estaba preocupado.

Ella me acarició la mano y simplemente mostró una sonrisa entre pícara y cariñosa.

No fui del todo leal, lo reconozco. Lo cierto es que sí que me había fijado en Lucy y sí que me apetecía hacerlo con ella aunque me costaba reconocerlo. De hecho, si ella no hubiera estado trabajando, posiblemente hubiéramos acabado en alguno de aquellos reservados nosotros también.

- Pues si volvemos a quedar aprovéchate, no seas tonto. Tú también tienes que disfrutar: lo que se hace en Valencia se queda en Valencia.

- Me da la impresión de que más que decidiendo lo que hacemos, ya estamos planeando como lo hacemos.

- Vámonos a comer, amor, y lo pensamos durante el almuerzo.

En realidad, había poco que pensar, el simple hecho de que le diéramos vueltas al asunto y estuviéramos ya discutiendo las condiciones, indicaba que estábamos dispuestos a una segunda vez. Yo percibía la urgencia en Paqui. Pronto volveríamos a nuestra ciudad y a llevar una vida normal, sin permitirnos estos juegos. Esta era nuestra oportunidad y había que aprovechar, ese era el pensamiento de mi chica. Lo presentí claramente, así como que el orgasmo de la noche anterior le había sabido a poco. Estaba dispuesta a volver a intentarlo, quería más. Como luego acabó confesándome, era gasolina para sus fantasías, para divertirnos más adelante y para calentarnos en la cama. Aquello sería el combustible que avivaría nuestros momentos de ardor y de pasión en la cama, pero no adelantemos acontecimientos, en aquel momento, aunque los dos mostrábamos dudas (yo más que mi mujer), también estábamos poniendo excusas para lo que los dos sabíamos que iba a suceder o queríamos que sucediera, sobre todo ella.

Cuando terminamos de almorzar decidimos tomarnos un helado. No nos apetecía demasiado otra sesión de playa porque, a pesar de haber dormido bien, todavía estábamos cansados de la noche anterior. Decidimos que después nos echaríamos la siesta. Fue en esa terraza donde nos encontraron Quique y Pep. Venían montados en la moto y cuando pasaron por la plaza donde estábamos Quique señaló hacia nosotros dándole unos golpes en el hombro a Pep. Enseguida los tuvimos al lado. Se acercaron prudentes, explorando el terreno, conscientes de que estábamos en el día después y no estaba nada claro cómo iba a continuar aquella aventura, procurando no estropear los posibles planes de continuidad con algún gesto o alguna frase desafortunada.

Seguramente en privado disfrutarían haciendo bromas, riéndose y contando como se habían pasado por la piedra a aquella chica casada, pero al menos delante nuestra mantenían las formas, lo cual era bastante prudente por su parte y una buena táctica. Cualquier inconveniencia grave, al menos por mi parte, hubiera supuesto romper la baraja que ya de por sí tenía un equilibrio bastante precario.

--Hola ¿qué tal? ¿cómo estáis?

- Pues aquí tomando un helado.

- Guay. Os hemos estado buscando por la playa y por el paseo.

- Hoy no nos ha apetecido ir a la playa, estamos cansados.

-Vaya, pues teníamos una propuesta precisamente para irnos esta tarde a la playa. Pero si preferís quedar por la noche, también podríamos volver a la discoteca o hacer otros planes si os parece.

- No vamos a volver a la discoteca, no nos apetece - contestó mi mujer que había tomado el mando de la conversación mientras yo, aparentando bastante tranquilidad, la dejaba llevar el timón - pero lo de la playa puede estar bien ¿Qué proponéis?

- Un colega tiene una casa prácticamente en la arena, en las afueras del pueblo. Habíamos pensado hacer una pequeña fiesta allí, ya sabéis, una barbacoa, playa y podemos llevarnos toda la priva que queramos.

- ¿Qué te parece? - me interrogó Paqui.

Lo hizo con un tono neutro, sin mostrar interés ni tampoco desinterés, como si simplemente nos estuvieran proponiendo tomarnos otro helado juntos y no lo que todos sabíamos que flotaba en el ambiente tras esa conversación aparentemente formal. Yo suponía que mi mujer estaba decidida a repetir, así que decidí delegar en ella la respuesta para que fuera la que decidiera. En general no me parecía mal plan, lo que no estaba dispuesto a repetir era ir a un sitio como la discoteca, donde yo pudiera estar separado de ella y no pudiera tener acceso en todo momento para ver cómo transcurrían las cosas. La idea de quedarme fuera, que me echaran o que yo no pudiera acceder a mi mujer me ponía enfermo.

- ¿Vamos a estar solos?

No me interesaba que aquello se llenara de desconocidos ni de gente extraña, de manera que se planteara una situación descontrolada.

- Sólo nosotros y quien vosotros queráis traer.

Aprovechó Paqui para volver a incidir en la conversación diciendo:

- Nosotros no vamos a traer a nadie, pero vosotros deberíais traer a una chica. Anoche Alex se quedó solo.

- Es que tenía que haber espabilado con Lucy. A la chica le gustaste - dijo mirándome con una sonrisa.

- Estaba trabajando – respondí.

- Seguro que hay un momento para todo - contestó un poco chulesco.

- Si no viene Lucy olvidaos - sentenció Paqui firme.

Y entonces intervino Quique que veía como la situación se estaba tensando un poco.

- No hay problema, nosotros hablamos con Lucy, seguro que se apunta.

- Vale, pues si vosotros tres estáis, nosotros también iremos. Si conseguís crear un ambiente agradable y que aquello parezca una fiesta de verdad, igual nos quedamos.

No había mucho más que decir de manera que los dos se despidieron y quedamos en vernos para la cena.

Esa noche Paqui decidió cambiar de estilo. Se puso un traje vaporoso al modo hippie, largo pero ajustado a la cintura y que dejaba a la imaginación las nalgas que ceñía por las caderas. Nuevamente sin sostén, dejando los pechos sueltos, esta vez sin realzar, pero marcando pezones y con un movimiento que atraía la atención e hipnotizaba. Y debajo de todo eso unas bragas muy parecidas a lo que después se pondría de moda como tangas. La sorpresa es que enmarcaba perfectamente su coñito y dejaba al aire prácticamente sus nalgas, para cuando se levantara el vestido o alguien decidiera bucear bajo él. Era un cambio de modelito que sin mostrar demasiado lo insinuaba todo. Los dos quinquis se quedaron impresionados, certificando que Paqui estaba buena y ponía cachondo al hombre que se propusiera, en cualquiera de sus registros y vistiera lo que vistiera.

Con ellos venía una chica a la que nos presentaron como Toñi. Al parecer, Lucy no había podido cambiar el turno, pero Toñi era un encanto y estaba deseando pasárselo bien de fiesta con nosotros, según informaron. La chica no se parecía en nada a Lucy. Era más bien bajita, ancha de caderas, con buen pecho, piel clara, pelo rubio y apariencia tranquila y agradable. Todo lo contrario del volcán gitano que representaba Lucy.

- No te dejes engañar que Toñi tiene marcha para rato - me dijo Pep guiñándome un ojo, consciente de que podía estar decepcionado por el cambio.

Paqui y yo intercambiamos una mirada escrutadora a la que mi mujer finalmente reaccionó con un encogimiento de hombros. Básicamente dejaba la decisión en mis manos. Ambos éramos conscientes de que fuera cierto o no que Lucy tenía que trabajar, estos habían buscado contrarreloj una sustituta para garantizarse que había fiesta esa noche.

La chica después de todo no me desagradaba y me pareció bastante fuera de lugar cuestionarla, como si de mercancía se tratara. En cualquier caso, estábamos ahí para cumplir la fantasía de mi mujer y aunque ella me cediera la decisión, consideré que podría sentirse desencantada si echaba marcha atrás. Si después de lo de la noche anterior habíamos vuelto a quedar, lo de que sustituyeran a la chica que aparentemente me tocaba de pareja era “peccata minuta”.

Toñi no era muy habladora pero tampoco era una chica desagradable o cortante. Se limitaba a sonreír, a participar en algunas de las bromas y a no interferir, como si estuviera bien aleccionada acerca de cómo debía comportarse. Con los otros dos la cosa empezó también tranquila. Temía que después de lo de la noche anterior y que nosotros hubiéramos aceptado quedar de nuevo, vinieran subidos. Pero los tíos eran lo suficientemente astutos como para no caer en el error de la suficiencia, del insulto o de la prepotencia. La noche anterior habían conseguido mucho más de lo que esperaban sin duda, y ahora querían repetir y posiblemente ir más lejos. Eso había sido posible porque mantuvieron las formas y un equilibrio adecuado, entre su chulería e indecencia y los límites que marcaba Paqui. Sabían que una salida de tono, un insulto o un paso en falso los llevaría a quedarse sin su premio, así que procuraban ir con pies de plomo, lo que permitió que la velada transcurriera relativamente tranquila como si de un grupo de amigos normales se tratara.

Esa noche íbamos ya un poco más de tranquis, después de la resaca del día anterior no apetecía volver a coger una borrachera. Decidimos ir a tomar unas cervezas y cenar algo a una hamburguesería que estos conocían. Luego, el plan era montarnos una pequeña fiesta en un local del que se habían hecho con las llaves. El sitio resultó ser efectivamente un bajo casi a pie de playa. Tenía aspecto de poco más que un trastero abandonado, lleno de cosas y muebles viejos. Un par de sofás polvorientos, una mesita, algunas sillas y una nevera pequeña eran de las pocas cosas útiles que había allí. Completaba el conjunto una habitación al fondo, minúscula, con un pequeño camastro y un aseo en un rincón. Todo tenía un aspecto un poco sórdido y cutre pero pronto, la botella de ron y las Coca-Colas que nos habíamos traído le dieron otro color a aquello.

Toñi se sentó a mi lado. Estábamos estratégicamente situados en uno de los sofás mientras Paqui hacía un sándwich con los otros en el diván de enfrente. Había contención, aunque el buen rollo parecía fluir. Nadie quería estropear nada y aunque mi mujer tenía contacto de muslo contra muslo por ambos costados y alguna que otra vez las manos se le fueron a la pierna, no se atrevían a ir más allá. Sin estar borrachos y tan eufóricos como como la noche anterior costaba un poco desinhibirse. Pasado un rato, no parecía que fuéramos a salir del punto muerto. Yo estaba demasiado tenso observándolos y mi mujer, aunque caliente, no se sentía del todo cómoda. Yo sabía que una vez prendida la mecha ya no habría vuelta atrás, como pasó en el reservado la noche anterior, cuando ella ya estaba en plena faena y no se echó atrás en ningún momento, ni parecía importarle que yo la mirara mientras hacía todo tipo de guarrerías con aquellos dos, pero para iniciarlo todo era necesario un momento de intimidad una chispa que prendiera el fuego.

Toñi, que se había comportado de forma agradable, aunque manteniéndose en un segundo plano hasta entonces, pudo leer perfectamente lo que pasaba.

- ¿Damos una vuelta por la playa tú y yo solos? - me propuso.

Lo pensé un momento y me di cuenta que podía ser la solución. No podía quedarme allí con cara de palo simplemente cortándole el rollo a todo el mundo, para eso era mejor largarnos definitivamente y cerrar el episodio. O eso o irme con Toñi. Busqué con la mirada la aprobación de mi mujer y creí verla en sus ojos. Por si hubiera dudas, lo confirmó de palabra:

- Podéis ir a dar una vuelta, nosotros estaremos aquí bien.

La mano de Pep se volvió a posar en su rodilla, como apoyando sus palabras, en un movimiento que no me pasó desapercibido.

- Vamos pues - dije tomando de la mano a Toñi y volviéndome hacia la puerta.

- Un momento - intervino ella.

Antes de salir, echó hielo en un par de vasos grandes y sirvió un cubalibre a cada uno de ron con Coca-Cola. Los cargó bien y en el bolso que llevaba colgó dobladas unas telas que había allí y que seguramente se habían usado para cubrir los sofás. Mi última mirada fue hacia las piernas de mi mujer. La mano de Pep había desaparecido debajo del vuelo del vestido y avanzaba por su muslo mientras sonreía con descaro. El movimiento se detuvo un momento, pendiente de mí. Vi a mi mujer contener la respiración un momento, erguido el pecho, separado un poco sus piernas, pegando el otro muslo a Quique. No sabía si incómoda por el descaro de aquel chulo que apenas se esperaba para ir a buscar directo su coño delante del marido antes de que este siquiera hubiera salido por la puerta, o incómoda porque había detenido el movimiento. Quizás molesta por ambas cosas a la vez. O quizás excitada precisamente por eso, porque aquel tío la hacía sentirse incómoda y la obligaba a disfrutar, aceptándose a sí misma y a su fantasía. Entonces cerró los ojos y yo sabía lo que eso significaba. Deseaba disfrutar, volver a abandonarse como el día anterior al sexo sucio e intenso, a la cópula peligrosa, a aquel chute de adrenalina que la había puesto por las nubes. Abrió los ojos y todavía estaba yo allí. Entonces entendí que debía irme porque le estaba cortando el rollo. Ya no había vuelta atrás y ella había empezado a rodar por la pendiente del vicio. No podía ni quería decir que no a lo que venía y conmigo le era más difícil, por lo menos hasta que hubiera cogido velocidad y ya se encontrara en ese punto en que no le importaba nada, como sucedió la noche anterior en la que ya no fue la dueña de sí misma y su cuerpo tomó el mando, arrinconando la parte lógica y lúcida de su mente y también el corazón, en aquellos rincones donde permanecían a salvo pero también donde no tenían capacidad de hacer ni decir nada, de influir en los acontecimientos.

Noté un breve tirón del brazo. Toñi me empujaba.

- Venga. Creo que es mejor que nos vayamos - repitió cerca de mi oído y yo me dejé empujar al azar, a la noche, al aire fresco, a la arena bajo mis pies, a lo oscuro de la orilla en una noche con poca luna.

Cada paso que daba lejos de aquel local me dolía, pero a la vez me excitaba. Casi sin darme cuenta volví la vista atrás un par de veces, centrándola en el cada vez más débil punto de luz que se filtraba a través de la cortina del bajo del edificio. El movimiento no le pasó desapercibido a Toñi que se agarró de mi brazo y sonrió mirando hacia adelante.

- ¿Te hace gracia algo?

Ella negó con la cabeza.

- Se te nota que la quieres…

- Y ¿por qué no iba a quererla? es mi mujer - contesté un poco desabrido, suponiendo que se refería a lo de dejarla allí a solas con esos dos.

- Hay muchos chicos que tienen novia y no la quieren, estoy harta de verlo.

- No es mi caso.

- Ya… bueno, verás, no pretendía molestarte. Yo en vuestras cosas no me meto.

Que dejara a mi chica con esos dos lobos a los que les goteaba el colmillo, sedientos de sexo y dispuestos a darse un festín, no es algo que todo el mundo entienda o deje pasar sin hacer un juicio negativo, de manera que la observé con escepticismo y ella me sostuvo la mirada. Por un momento la creí capaz de no juzgarme por lo que acababa de ver.

- ¿Y tú? – Cambié de tercio tratando de evitar el tema que me incomodaba - ¿Por qué estás aquí?

- Me invitó a la fiesta Pep.

- Y normalmente te apuntas a este tipo de fiestas ¿así sin más?

- La verdad es que lo hago porque le debo algún favor.

Me gustó su sinceridad: la chica no trataba de engañar, ni de esconder o disimular las cosas.

- Supongo que será un favor muy importante para aceptar citarte con un desconocido.

- Importantes o no, son favores que hay que pagar - me contestó ella con tono sombrío.

- Un favor que te cobran no es un favor, es otra cosa.

- Llámalo como quieras.

Evitó entrar en detalles, pero ante mi curiosidad se limitó a decir por toda explicación:

- En este pueblo las cosas no son fáciles para una chica como yo.

- ¿Una chica como tú? ¿A qué te refieres?

- Me refiero a que los chavales hacéis lo que os da la gana y no os pasa factura, más bien incluso al contrario. Pero cuando una chica hace lo que le apetece, paga luego un precio en reputación muy alto y más si viene de una familiar problemática como la mía.

- Sí, las chicas pijas cometen deslices sin dejar de ser señoritas... las demás...

- A las demás nos cuelgan enseguida la etiqueta de putas.

- Lo siento, no quería decir eso.

- Lo sé, no te preocupes.

Continuamos caminando, dando tragos al cubalitro. Me caía bien Toñi, se estaba creando una buena conexión entre nosotros. Sorteamos unas piedras grandes entre la arena y llegamos a un claro algo más despejado, donde Toñi extendió la tela. Era una parte de la playa poco visitada porque no presentaba buenas condiciones para el baño, demasiados pedruscos y hacía escalón. Si de día había poca gente de noche estábamos completamente solos. Nos sentamos y nos quedamos mirando como las olas rompían, levantando crestas de espuma blanca que aparecía plateada a la luz de la luna menguante. Bebimos en silencio, el cubalitro estaba ya más que mediado. El ron me calentaba y también desataba la lengua. Me pareció que aquella chica y yo habíamos establecido cierta complicidad al compartir mi intimidad. A parte de Alba, nadie conocía aquel secreto y cuando nos fuéramos de allí sin que Quique, Pep o Toñi supieran como localizarnos o quiénes éramos, dicho secreto quedaría a salvo, así que ¿por qué no hablar con ella ahora que tenía la oportunidad de hacerlo?

- Te parecerá extraño lo que hacemos…

- No estoy yo para juzgar a nadie – respondió con cierta sorna no exenta de amargura.

A pesar del dolor que podía encerrar aquella respuesta a los dos nos dio por reír. Definitivamente aquella chica era más de lo que parecía.

- Verás, allí en Sevilla hay una chica con la que yo tengo sexo habitualmente. Es muy guapa y hermosa, la más guapa de toda la pandilla de amigos. Ella y mi mujer son... muy íntimas - preferí decir.

- ¿Paqui lo sabe?

- Más que eso: fue la que me empujó a acostarme con ella. Su amiga necesitaba a un chico por razones que ahora no vienen al caso, digamos para simplificar que estaba muy deprimida y Paqui decidió que sería buena idea que fuera yo el que la consolara. Al principio pensé que era algo absurdo y me negué, pero un buen día se metió en medio de los dos cuando estábamos acostados y, bueno, a partir de ahí formamos un trío. A mi mujer no solo no le importa, sino que yo diría que hasta la excita.

- ¿Le gusta verte follar con otra?

- Es algo más complicado, diría yo. Más que verme con otra lo que le gusta es que sabiendo que estoy con una mujer muy hermosa y muy guapa, la chica que todos desean, siempre vuelvo a ella con más ganas que antes. Los polvos que echamos después de acostarme con ella suelen ser muy intensos y muy placenteros. Es como un estímulo que nos une en vez de separarnos. Si alguna vez tuvo alguna duda, pasado un tiempo y viendo que la sigo queriendo igual o incluso más que antes, eso le gusta y la pone muy cachonda. Si estando con una mujer de bandera siempre vuelvo a ella, es porque lo nuestro es muy sólido. No tiene ninguna duda de que la quiero y de que dejaré de acostarme con la otra en cuanto ella me lo pida. La mayoría de las mujeres sentirían celos, se enfadarían y romperían la relación, pero a mi mujer le parece que es algo que nos une.

- Y ¿tú estás en el mismo caso?

-Bueno, se supone que si yo disfruto de vez en cuando de otra mujer, ella también tiene derecho a darse alguna alegría. No es algo que haga de forma habitual, de hecho, es la primera vez que está con otro hombre que no sea yo. Que haya elegido estos dos es porque forma parte de su fantasía - me excusé.

- Te puedo asegurar que ni Quique ni Pep son mejores que tú. Me preguntaba que había visto tu mujer en ellos.

- Es simplemente una fantasía: le gustan así, pero solo para un rato, después vuelve a mí. Anoche al menos fue así. Como me pasa a mí con su amiga, fue muy intenso lo que vivimos cuando por fin nos acostamos juntos.

- Pero creo que a ti te cuesta más encajarlo ¿verdad?

- Sí. Lo de su amiga es distinto, están muy unidas, ella nunca la ha visto como una rival y se siente muy segura.

- Ninguno de esos dos es rival para ti, eso te lo puedo certificar. Os he visto miraros, he notado la complicidad que hay entre vosotros y estoy seguro que ni por un momento se le pasa a tu mujer por la cabeza dejarte ni sustituirte.

Toñi hizo una pausa y luego concluyó a modo de cierre:

- Si vosotros os lo pasáis bien de esta manera, pues adelante.

No sé si hablaba de esa forma para dorarme la píldora o simplemente era de verdad lo que sentía, pero sonaba creíble y lo más importante de todo, consiguió que me relajara y que mi cabeza dejara de dar vueltas en torno a lo que debía estar sucediendo en aquel local. Logró arrebatarme y rescatarme de allí, atrayéndome a la orilla de la playa, al fresco salpicado de gotas de espuma, al olor a sal y alga. Se pegó a mi costado y yo le eché el brazo por encima. Nuestras cabezas se tocaron y estuvimos un rato así, callados, dando sorbos y apurando los últimos tragos del combinado, proporcionándonos calor el uno al otro, consiguiendo que yo me centrara en ella, en la tibieza de su cuerpo y en la dureza de sus curvas.

- ¿Te apetece que nos bañemos? – me propuso.

- Hace fresco para meterse en el agua.

- ¿Como que fresco? ¡Hace una temperatura estupenda! como sois los de interior…

- Ten en cuenta que vivimos a 40 grados en verano…

- Pues yo voy a meter aunque sea los pies - dijo y se quitó la falda, cayó sobre la arena la blusa y el sujetador, hizo un montón con ella y solo con unas bragas ajustadas fue hacia la orilla. No llegó a bañarse, solo metió los pies hasta las rodillas. Las olas mediterráneas en una noche tranquila apenas salpicaban, no obstante, ella chapoteó juguetona, corriendo de un lado a otro y cuando volvió tenía salpicaduras por todo el cuerpo.

- Vaya, creo que me he puesto las bragas chorreando – afirmó.

Y sin más, procedió a quitárselas, hacerlas una bola y echarlas al bolso. Se quedó un momento de pie a mi lado para que yo pudiera valorarla. Lo hice sin prisa y sin vergüenza, recreándome en sus pechos, un poco más caídos que los de Paqui pero con unas aureolas rosadas muy grandes, un vientre un poquito prominente y un cuerpo más bien cuadrado, aunque con buenas caderas. Me llamó la atención su culo que parecía un poco plano, culo de carpeta que decíamos los chicos en clase y el sexo abultado, grande, con los labios abiertos, sin esconder su tesoro, asomando apenas los labios menores en forma de aletas.

- ¿Qué? ¿Me haces sitio?

Me eché a un lado y ella se abrazó a mí, mojándome.

- Llevas demasiada ropa - me dijo al oído mientras me besaba.

Tomó mi mano y la puso sobre su muslo mientras que palpaba mi bragueta, comprobando satisfecha que ocultaba una erección.

- Toñi, no sé cómo de gordo es el favor que le debes a estos dos, pero conmigo no tienes ninguna deuda. No tienes que hacer esto.

- No me rechaces - me pidió con suavidad, incitándome al contacto - Eres de los pocos favores que me va a gustar pagar. De verdad. Tú eres distinto. Me apetece…

Hasta aquí llegó su argumentario, acompañado de un beso húmedo cada vez que tocaba hacer punto y seguido entre cada frase. Yo no puse más objeciones y me dejé hacer. Tengo que confesar que lo de tener compañía esa noche era más una exigencia para camuflar mi dañado amor propio y pararles un poco los pies a esos dos, que porque realmente me excitara la cuestión. Para mí lo más importante sería repetir el polvazo con Paqui cuando la recuperara, cuando viniera de nuevo a mí y dormir abrazado a ella como la noche anterior, pero debo decir que, si bien al principio me resultó un poco decepcionante que Lucy no viniera, Toñi había ganado muchos enteros desde que entró en la ecuación. Había conseguido realmente captar mi atención y también mi deseo.

Su contacto era agradable y suave. Le traspasé parte de mi calor, ahora parecía ser ella la que tenía frío después de haber metido los pies en el agua y haberse rociado. Tiró de la tela que era grande y amplia nos envolvió con ella a ambos mientras se sentaba a horcajadas sobre mí, los pechos aplastándose contra mi torso, su boca buscando la mía, su sexo restregándose contra mi pene.

Jugamos un rato envueltos como una mariposa en su capullo, abrazándonos, besándonos e intercambiando saliva. Notaba su pubis peludo jugar a hacerme cosquillas en el glande, empujando hasta abrazar los labios mayores mi falo, restregárselo contra su clítoris, empaparme de humedad caliente y pegajosa que se adhería a mi pene y resbalaba hasta mis huevos. Pronto, cada movimiento de su cintura supuso un espasmo de placer para ella que me contagiaba a mí también.

- Si continúas moviéndote así me voy a acabar corriendo…

- ¿Te gustaría? puedo seguir…

- Quiero entrar en ti.

Ella sonrió satisfecha. Deshizo el abrazo corriéndose hasta mis piernas, besando con la boca mi vientre hasta llegar al pene y luego introduciéndoselo para abarcarlo con sus labios e iniciar una mamada lenta, golosa, dejándomela mojada y resbaladiza. De nuevo las cosquillas y luego el placer y por último otra vez a punto de irme. Sin dejar de acariciarme con su lengua, alargó la mano y buscó en su bolso hasta que encontró un preservativo que me enfundó. Luego, se volvió a subir y esta vez no hubo roces ni juegos. Sólo saliva en la palma de su mano para impregnar su sexo y ayudar a la lubricación del condón. Entré en ella despacio, sin prisa, acomodando la verga al camino y recorriéndolo hasta el final, hasta que la tuve enfundada en su vagina que me resultó caliente y acogedora.

Pronto y a pesar del fresco relente comenzamos a sudar. Desenvolvimos parte del envoltorio dejando caer la tela hasta nuestra cintura y continuamos follando, lentamente, sin golpetazos, casi con cariño, como si fuéramos dos novios de toda la vida y no dos desconocidos, con besos, caricias, prolongando el acto hasta que por fin mi mente desconectó y mi cuerpo tomó el control, sintiendo latigazos de placer, un gusto perfecto que se fue apoderando poco a poco de mí hasta que eyaculé. Toñi se apretó contra mi cuerpo, noté el bulto de su monte de Venus, su barriguita prominente contra la mía, sus pechos aplastándose en un abrazo fuerte, su boca buscándome para enredar las lenguas. Me aferré a sus caderas, le apreté las nalgas, nos fundimos aún más hasta que ella notó que mi polla dejaba de enviar impulsos. Sin prisa, continuaron el abrazo, las caricias en la espalda, el intercambio de besos. Estuvimos muchos minutos sin que ella se mostrara impaciente, simplemente dejándome tiempo y disfrutando del contacto íntimo.

Yo la seguía teniendo dura a pesar de haberme corrido. A veces me pasa que no se me baja la erección. Algo hace clip en mi cabeza y me mantengo bombeando sangre, y no es necesariamente por estar más excitado. Esta fue una de esas veces. Quizás porque solo estaba concentrado en el olor de su pelo, en el sabor de su sudor en el cuello, en los latidos de su corazón. Había conseguido desconectar de todo lo demás. Ella se dio cuenta y comenzó a moverse, me echó hacia atrás y empezó a cabalgarme, despacio al principio, pero luego más fuerte. No me había mentido, parecía realmente que disfrutaba conmigo. Llegó un momento en que el condón lleno de leche se arrugó con tanto vaivén y yo noté como en una de las sentadas acabó por salirse. Percibí perfectamente como mi pene húmedo entraba en su coño y empujaba el preservativo hacia adentro.

- Para, para - le dije - se ha salido.

Le costó hacerlo y todavía se regodeó un par de veces aprovechando que el mal ya estaba hecho, pero finalmente descabalgó y se sentó sobre mi verga frotándose el clítoris contra ella. Decidí que ya estaba bien, que se merecía que yo le diera placer. Hasta entonces, pensando en mis cosas y las circunstancias de la noche no le había prestado atención apenas a sus necesidades. Quise reparar esa actitud egoísta, de modo que la forcé a tumbarse, le separé las piernas y comencé a besarle su pubis. Introduje un dedo y toqué con la punta el látex. Curvándolo conseguí enganchar el látex y tirar del preservativo hacia fuera. Lo tiré a la arena.

- Vuelve a meterme el dedo - me pidió.

La acaricié por fuera humedeciéndolo un poco más y luego por dentro, haciendo presión hacia arriba. Ella se retorció de gusto buscando una postura mejor, apoyando la espalda bien contra la arena, levantando las rodillas y separando los muslos. Entró un segundo dedo y la acaricia se hizo más intensa. Se los introduje hasta los nudillos y los volví a sacar una y otra vez, hasta que la vagina estuvo bien dilatada de nuevo y pude hacerlo con más fuerza, simulando que era mi pene. Toñi empezó a suspirar y, justo cuando aumentaba el ritmo de sus jadeos, puse mi boca sobre su pubis y baje haciendo círculos con mi lengua hasta encontrar el clítoris. Dos o tres lengüetazos hicieron que levantara el culo. Los labios vaginales parecían abrir y cerrar como si estuviera teniendo contracciones. La oí revolverse, mover la cabeza a un lado y a otro y ya no jadeaba, ahora gemía. Aumenté el ritmo de succiones y de roce con mis dedos y en un momento dado, cuando su quejido se volvió más agudo, cerré mis labios sobre su rugosidad sorbiendo el clítoris como si pretendiera sacar leche de un pezón. Ella volvió a levantar el culo y lo mantuvo en vilo con los muslos tensos, mientras subía y bajaba la pelvis. Un chorro me salpicó cuando ella finalmente se corrió, extendiendo las piernas y juntándolas, dificultándome el que continuará los lametones que en ese momento ya le hacían más cosquillas que otra cosa. Me apartó la cabeza y me agarró la mano para mantenerla dentro, mientras se ponía tensa y se contraía con los restos del orgasmo.

Me quedé un rato allí, entre sus piernas, viendo como su coñito palpitaba y un rastro de flujo pegajoso y blanquecino salía de la vagina pegándose a sus pelos y a sus labios mayores. Ella me acarició la cabeza y yo me deslicé hacia arriba, a buscar su boca en un beso que no rechazó a pesar de que mis labios sabían a su coño. Nos amodorramos juntos y volvimos a liarnos en la tela. No sé cuánto tiempo dejamos pasar (creo que mucho) antes de volver a copular. Lo hicimos despacio, recreándonos, disfrutando con cada empujón que le daba yo, subido encima, viendo votar sus tetas mientras que ella se acariciaba. Sus dedos conocían de sobra lo que tenían que hacer para darse gusto. De forma automática dibujaban círculos a un lado y luego en el sentido inverso sobre su bultito. Notaba que iba a llegar al orgasmo pero ella se detenía a esperarme y luego volvía a empezar. Sólo cuando yo estuve a punto de eyacular, aumentó la intensidad para hacer coincidir su corrida con la mía. Fue como si nos diera una descarga eléctrica simultánea a ambos, en la que ella extendió sus piernas y las puso rígidas, dejándose llevar por las convulsiones, a la par que yo apretaba hasta el fondo y descargaba como si así pudiera espantar todos mis males y quedarme en blanco, sin ninguna preocupación, solo concentrado en el latir de mi pene dentro de su vagina.

Nos costó desengancharnos. Como dos perros que hubiéramos quedado atrapados tras copular, nos gustaba prolongar el momento. Acabamos de nuevo ceñidos y abrigados frente al aire que corría, que ya era decididamente frío además de húmedo. De nuevo los minutos pasando como segundos, escuchándonos latir el corazón hasta que este se fue relajando. De repente, como si le hablara a la noche en vez de a mí, Toñi dijo:

- ¿Sabes? en mi caso igual la etiqueta está correctamente puesta. Hay veces que he hecho cosas por dinero o para pagar favores de las que no estoy muy orgullosa.

- No sé de qué etiqueta me hablas.

- La de puta.

- Tú no eres una puta – protesté - Da igual lo que hagas. Y da igual lo que digan.

Lo dije convencido, seguro, y ella lo apreció. Agradecida se pegó más a mí.

- Ojalá más chicos como tú por este pueblo. Ojalá alguno me llevará con el de vuelta y pudiera irme de aquí.

- ¿A dónde? ¿A pasar calor al interior? aquí no parece que se viva mal.

- Pues yo me iría sin pensarlo.

- A mi mujer no le iba a hacer mucha gracia, pero créeme que si pudiera te llevaba con nosotros.

Una risa fresca se colgó de su boca, pero a continuación se puso repentinamente seria.

- Alex, esos dos no son nada de fiar. Cuanto antes pongáis distancia con ellos mejor. Créeme, no son buena gente.

De repente la realidad se me apareció de nuevo. Ella los conocía bien y seguramente tenía razón, estábamos jugando con fuego. Me incorporé, busqué mi ropa y empecé a vestirme. Toñi me imitó sin mediar palabra.

Caminamos más rápido que al ir. Ya no paseábamos, sus palabras habían rescatado mis más profundos temores. En un momento dado Toñi me cogió de la mano y yo no me solté, se la apreté y caminamos juntos hasta la urbanización. Había luz encendida pero no se oía música ni ningún ruido dentro. Mire el reloj: había estado casi dos horas fuera que habían pasado en un suspiro. Empujé la puerta que estaba abierta y vi a Quique en el sofá, tumbado fumándose un porro. Estaba desnudo, la verga morcillona echada a un lado. No me dijo nada, me echó un vistazo como si me viera a través de un cristal, con los ojos vidriosos. Supuse que estaba muy colocado. No me gustó la mirada: no se molestaba en disimular y en tratar de aparentar caerme bien como las otras veces, ni tampoco había desprecio ni condescendencia. Era una mirada neutra como diciendo: “así son las cosas. Espero que te lo hayas pasado bien, tío, porque yo he disfrutado mucho de tu mujer”. No sé si era real o simplemente son cosas que te pasan por la cabeza, pero esa fue la impresión que tuve y a día de hoy no ha variado.

Busqué con la mirada hasta entender que Paqui y Pep podían estar en el cuartucho donde estaba el camastro. Entré y efectivamente allí estaban: él boca arriba, también con su polla obscenamente al aire abierto de piernas y mi mujer de lado, desnuda, con uno de los brazos del chulo sobre su muslo.

- ¿Dónde estabas? - me preguntó con la voz un poco ronca. Creí notar un leve tono de reproche.

- Vámonos - le contesté yo por toda respuesta urgiéndola a salir de allí.

Paqui se levantó, busco el vestido y se lo echó por encima. No se molestó siquiera en buscar su ropa interior. Mientras salíamos Pep nos dijo:

- ¿Nos vemos mañana?

No parecía una pregunta sino una afirmación.

- Pasamos a la hora de vermut donde estabais hoy y hablamos ¿vale?

No me moleste en responder, tiré de mi mujer hacia fuera de la habitación sin mirar atrás. Recogimos su bolso que estaba por allí y cuando fuimos a abandonar el lugar, me volví hacia Toñi que nos miraba aprobando nuestra escapada.

- ¿Te vienes?

Ella miró al Quique que seguía inexpresivo en el sofá y luego hacia la habitación. Estaba claro que no le parecía buena idea quedarse así que sin decir nada, simplemente nos siguió hasta la puerta y luego se montó con nosotros en el coche.

- Te dejo donde tú me digas.

- Vale.

- ¿Estás bien? - pregunté a Paqui.

- Estoy un poco cansada. Quiero ir a la pensión.

- Claro: en cuanto dejemos a Toñi nos vamos para allá.

Durante el trayecto estuvimos callados, solo roto el silencio con una breve despedida y una mirada de entendimiento que intercambiamos Toñi y yo.

- Gracias - le dije antes de marchar.

Ella asintió. Sus últimas palabras antes de girarse y perderse en una acera oscura fueron:

- Iros. Aquí no hay nada bueno para vosotros.

Cuando arrancamos por fin habló mi mujer.

- ¿Te lo has pasado bien?

Creí notar un tono de reproche.

- Es buena chica, no es lo que parece.

- Entonces ¿has disfrutado?

- Hemos follado, si es a eso es a lo que te refieres. Pero estaba preocupado por ti ¿Qué ha pasado?

- Nada.

- No traes buena cara ¿te ha hecho daño esta gente?

- A ver, precisamente delicados no son, pero bueno, eso es lo que yo buscaba ¿No es así?

Parecía ahora dirigir el reproche hacia sí misma.

- No entiendo lo que me quieres decir. Lo que tú buscabas era alguien que hiciera un papel, no que te maltratara ¿Lo han hecho? ¿Te han maltratado?

- No me han obligado a hacer nada que no quisiera, solo que bueno, esta vez ha sido muy intenso. Estaban muy eufóricos. Creo que es por lo que habían fumado. Simplemente les he tenido que decir que tranquilos un par de veces, ya sabes pararles, los pies.

- Joder, pero que...

- Qué nada, que no te preocupes, que no ha sido nada. Simplemente eso, que estaban un poco acelerados.

- Paqui, esto me hace sentir muy mal, no tenía que haberte dejado sola.

- No es culpa tuya - dejó caer en un susurro.

Los dos sabíamos que tenía razón: me había empujado a irme porque no se encontraba a gusto conmigo observando.

- Sí, sí que lo es. Todo lo que hacemos es culpa de los dos, no solo tuya. Si te hubiera llegado a pasar algo y yo no hubiera estado cerca...

- Pero no ha pasado nada. Simplemente es que ha habido un par de momentos que todos nos hemos puesto un poco nerviosos, pero ya está - sentenció ella dando por concluida la conversación.

Espere un momento a que los dos nos tranquilizáramos antes de hacer la pregunta que ahora me martilleaba la cabeza.

- ¿Has disfrutado?

Ella me miró y trató de sonreír.

- Bueno, ha habido de todo. Esta noche ha sido una especie de mezcla. Me gustan chulos pero que estén en su sitio.

- No me quedo nada tranquilo.

- Está todo bien, ya estamos juntos - Se limitó a decir mientras apoyaba la cabeza en mi brazo.

- ¿Y tú? cuéntame cómo te ha ido con Toñi.

Yo sacudí la cabeza lentamente.

- Es una buena chavala.

- No me refiero a eso.

- Ya hablaremos, ahora solo me interesas tú.

No estaba nada tranquilo. Llegamos a la pensión. Había morbo y ganas, pero flotaba en el ambiente cierta tensión distinta a la del día anterior. Pensé que quizás sin la euforia del alcohol y con los otros más lanzados y agresivos, mi mujer había manejado peor la situación y se había sentido algo incómoda, es posible que incluso amenazada en algún momento. No quiso decir más y yo no quise presionarla. En el fondo, como ella, también respiraba aliviado porque no había pasado nada grave, al menos que ella me indicara. El simple susto y el hecho de que yo hubiera estado alejado con Toñi me ponía mal cuerpo y eso, unido a que también esa noche había satisfecho sexo con la chica, me hacía estar un poco menos excitado. Eso no impidió que al llegar a nuestra habitación nos besáramos con pasión, nos metiéramos mano y yo la lanzara sobre la cama, para después follarla con el vestido remangado, sin siquiera quitárselo.

Entre jadeos y placer espantamos los fantasmas y volvimos a estar en comunión. Por unos momentos, el subidón de adrenalina, el morbo y la emoción nos situaron en el lugar donde queríamos estar, en el objeto y fin de la fantasía llevada a cabo. Me imaginé la parte buena, la de mi mujer disfrutando con dos hombres a su disposición, con la piel erizada de placer, sudando por la tensión y la emoción del encuentro, cabalgando a lomos del orgasmo (o dejándose cabalgar), notando el calor y la humedad de su vagina que anteriormente había sido visitada por otros. La rigidez acumulada la descargamos en forma de gusto, de contracciones de placer, de chorros de semen en su vagina, de flujo que me empapaba y se mezclaba con mis fluidos cuando ella también llegó al orgasmo. Nos quedamos acoplados, satisfechos, cansados de haber cumplido con el ritual, pero por unos instantes felices de haber llegado a aquel momento que era la suma de todos los momentos. A aquel placer que era la suma de todos los placeres. A aquella comunión entre los dos que nos dejaba exhaustos pero felices, agotados pero conectados en aquel lugar donde solo tenemos acceso a ella y yo, donde solo cabemos nosotros dos.

A pesar de la fatiga decidimos que era buena idea darnos una ducha para relajar el cuerpo y acostarnos frescos, para eliminar todas las impurezas y todo el vicio que habíamos acumulado esa noche. Una vez más se me antojó hermosa cuando la vi en el baño. No pude resistir la tentación de abrazarla y sentir como sus curvas enjabonadas se escurrían entre mis brazos y mis manos. La tomé por el culo y le separé las nalgas apretándola contra mí y entonces se emitió una pequeña exclamación de dolor llevándose la mano atrás.

- ¿Qué pasa? ¿Te duele?

- Me escuece un poco.

Dirigí el telefonillo de la ducha hacia su espalda y le quité el jabón que escurrió por sus nalgas y muslos. Le separé un poco los glúteos y pude observar un ano muy enrojecido y dilatado. Entonces comprendí el motivo de sus molestias.

- ¿Te duele? – repetí la pregunta con la garganta un poco ronca.

- No es nada.

- ¿Habéis hecho anal?

Ella no contestó, se limitó a terminar de enjuagarse y ya secarse con la toalla. Luego fue a la cama y se tumbó boca abajo. Yo le acaricié la espalda con cuidado y la besé en el pelo húmedo, dándole a entender que no le reprochaba nada. Luego tomé un bote de crema de la que ella se ponía después de venir de la playa para calmar el enrojecimiento de la piel e hidratársela. Con mucho cuidado se la puse por la cara interna de los muslos, también por las nalgas y finalmente en su ano. Ella agradeció el frescor y el efecto calmante de la pomada. Yo, por el contrario, hervía por la incertidumbre. Necesitaba saber pero temía formular la pregunta. Al final conseguí poner palabras a mis temores.

- ¿Te forzaron?

- No, es que en la euforia del momento nos dejamos llevar. Esta vez no les permití correrse dentro de mi chocho, como te había prometido.

- ¡Joder! ¡Pero hay condones!

- Preferimos usar la marcha atrás y otras opciones…

Ese “preferimos” sonó un poco a “no me quedó más remedio”. Preferí apartar de mi mente algunas imágenes porque ya no tenía arreglo, de modo que no tenía sentido torturarme pensando si hubo algún momento en que la cosa se les fue de las manos, si realmente mi mujer les entregó su culo, su boca y el resto de su cuerpo asumiendo una parte de dolor y de sumisión a cambio de placer o fue por miedo, por encontrarse allí sola con ellos y por temer que le sucediera algo peor si se negaba. Es un pensamiento que se me incrustó y me costó sacarlo de mi mente.

Ella no había tenido inconveniente en practicar conmigo sexo anal, lo habíamos hecho muchas veces, pero siempre con cuidado, despacito, dilatando y lubricando muy bien. No era virgen por atrás, pero yo sabía muy bien que una cosa es hacerlo con prudencia y otra cosa es que te la metan del tirón.

Paqui no considero necesario darme más explicaciones. El tema le incomodaba, pero ya parecía que no le preocupaba, que estaba tranquila y por fin satisfecha, dolorida pero satisfecha, así que no quise aventar fantasmas y la dejé descansar. Al día siguiente no le pareció conveniente entrar en más detalles de modo que no insistí. Simplemente me limite a observar si el tema le había dejado alguna huella, algún remordimiento o le había afectado de alguna forma permanente. No pareció el caso. Pensé que si ella había decidido enterrar la parte menos agradable de la aventura, no era yo nadie para contradecirla, mejor así. Es un tema que para nosotros quedó cerrado y sobre el cual no llegamos a volver. Hay ciertas cosas que me dan morbo, como poder verla en el momento previo o en el inicio de la infidelidad para tener una imagen que dispare mi excitación, pero luego prefiero no entrar a los detalles. A todo pasado, no es algo que me provoque especial placer. Sin embargo, ella sí que insistió en saber todo lo que había hecho con Toñi, en que le contara cómo sucedieron las cosas, que caricias nos repartimos, en qué postura follamos, cuántas veces llegamos al orgasmo, qué fue lo que más me gustó y lo que menos… Disfrutó con el interrogatorio hasta que sació su curiosidad. Y una vez satisfecha, volvía a inquirir alguna otra vez para sacar algún aspecto nuevo o algo que se le había pasado preguntar sobre el asunto. Me resultó curiosa esa fiscalización de Paqui. Entendí que, aunque parecía una actitud nueva, no lo era. Lo que sucedía es que hasta entonces sólo había estado con Alba y ella había sido testigo muchas veces de nuestros encuentros por lo cual no necesitaba preguntar nada, conocía de sobra todos los detalles. En fin, lo cierto es que a la mañana siguiente nos despertamos temprano y todavía nos quedaba un día de pensión, pero decidimos irnos.

Le comenté la advertencia de Toñi respecto a esos dos y le dije que no me arriesgaba a otro encuentro. No me gustó lo que había pasado esa noche, ni la mirada perdida de Quique fumándose el porro en el sofá, ni la exigencia del Pep casi dando por sentado, si no forzándonos, a quedar al día siguiente. Se habían tomado ya demasiadas confianzas y me inquietaba mucho lo que pudiera suceder en una tercera cita. Paqui se mostró de acuerdo. No tenía muy claro que pudiera manejar la situación y no deseaba verse en escenarios aún más desagradables de las que hubiera podido vivir hasta ahora. Bajamos a desayunar y luego, con tranquilidad, subimos a hacer las maletas.

Al mediodía ya estábamos en camino. Tuvimos la suerte de que la mujer de la pensión se portó bien y nos devolvió el importe de la noche que no íbamos a pasar. Le dijimos que era por un problema familiar y habíamos tenido que adelantar la vuelta. Usamos ese dinero para parar a mitad de camino en un pueblo muy agradable, donde cogimos habitación y recuperamos el día que habíamos perdido en una agradable fonda, con vistas a un mar verde de olivos y una montaña de tierra marrón. Comimos estupendamente, tomamos cerveza y copas, dulce anestesia que nos permitieron filtrar cualquier negatividad, cualquier recuerdo nocivo y nos dedicamos el uno al otro, a explorarnos ahora ya sin urgencias, sin prisa, con una intensidad que no era la de la urgencia ni la de la fuerza bruta, sino con una que venía de recrearnos en las caricias, despacio, con cuidado, entre sábanas limpias de algodón y sin el calor pegajoso de la costa del Levante, sintiendo el frío de la madrugada colarse por la ventana y hacer que nos apretáramos el uno contra el otro. Nunca volvimos al pueblo de Valencia y jamás tuvimos noticias de aquellos dos y tampoco de Toñi, de la que me hubiera gustado saber algo o facilitarle nuestra dirección para que nos visitara en Sevilla. A Paqui no le hubiera importado, si he de hacer caso a lo que me comentó, pero no queríamos dejar rastro ninguno. A Pep y Quique no debió sentarles muy bien que desapareciéramos sin más.
 
Esto debería haberles hecho reflexionar y abandonar esto, pero mucho me temo que no va a ser así.
Y sigo expectante a ver si Álex es o no el Padre de Vicky, porque eso para mí que sería muy grave.
 
Quién podría hacer un relato donde una chica futa (chica con polla) se folla a la cantante Shakira?
 
A partir de ese verano, la forma en que encarábamos nuestras infidelidades consentidas varió a lo largo del tiempo. Para Paqui, mis encuentros con Alba habían pasado de ser un elemento de morbo a una circunstancia a la que no le daba demasiada importancia. Al principio, que ella nos mirara y que posteriormente participara del sexo en lo que algunas veces se había convertido casi en un trío, era un elemento que nos ponía muy cachondos. No es que la pusiera especialmente efusiva el pensar que me iba a acostar con su hermana, pero una vez metidos en faena, que nos observara hacer el amor y luego verme a mí dándole placer a ella, era algo que la excitaba hasta el punto que con frecuencia se masturbaba mientras nos miraba copular. En ocasiones también exigía de mí que me recuperara tras follar con Alba para volver a copular con ella. Después de los encuentros apenas hacíamos referencia a ellos, como si no hubieran pasado. No suponían un cambio en nuestras relaciones habituales.

Con Paqui era diferente. Al principio saboreaba sus infidelidades planeándolas y anticipándolas, imaginando que las llevaba a cabo con un subidón brutal de adrenalina. Y después las disfrutábamos también recordándolas, sobre todo los momentos inmediatamente posteriores, cuando llegaba todavía sucia y sudada por el sexo recibido. Esto también fue evolucionando poco a poco. Desde que se produjo el primer encuentro, a mí no me resultaba ya tan placentero anticipar los encuentros imaginando lo que podía suceder. Ahora que había visto cómo funcionaban las cosas me sentía más preocupado que excitado. El tipo de gente que le gustaba a mi mujer era imprevisible y a mí me intranquilizaba que pudieran hacerle daño o causarnos problemas de algún tipo a ambos, por lo cual no me quedaba del todo sereno. Durante la cita, al menos las primeras veces, había una mezcla de sensaciones con una excitación brutal por lo que veía, pero de alguna forma yo sufría. Siempre me quedaba la duda de cómo podía afectarnos aquello. Luego, una vez producido el encuentro, para mí era lo más placentero porque me quedaba sosegado al saber que Paqui estaba bien, que había vuelto a mí y que todo seguía igual que siempre. Entonces podía disfrutar. El subidón que nos provocaba a ambos nos llevaba a polvos muy intensos y a caer rendidos, sobre todo ella, que ya había disfrutado lo suyo pero que siempre parecía guardar el último e intenso orgasmo para mí.

Después de lo de Valencia, no tuvimos oportunidad de contactar con otra pareja de chulos parecidos a Pep y Quique. Las vacaciones o escapadas que hacíamos eran ya en plan romántico y de pareja. No frecuentábamos ambientes propicios, ni se dieron situaciones que nos ofrecieran una oportunidad de repetir lo de aquel verano. Eso dio un giro a las fantasías de Paqui que durante un tiempo especuló con follar con algunos tipos que conocía de las clases de natación o de los cursos a los que se apuntaba. Todos tenían un perfil parecido a los de Valencia, que era lo que a ella le gustaba, pero claro, estando aquí en nuestra ciudad y siendo gente en muchos casos cercana a nuestro entorno, la prudencia decía que mejor estarse quietos. Al final tuvo encuentros con cuatro tipos. Los eligió sabiendo que eran gente de paso o alejada de nuestro círculo más próximo, con posibilidades de que fueran solo encuentros casuales y únicos. En ese aspecto la cosa salió bien porque fueron tipos que nunca volvió a ver o que, en todo caso, no rompieron nuestra intimidad ni divulgaron el secreto.

El primero fue un chaval que se estaba preparando para bombero y que conoció en el polideportivo donde iba a natación. Al final aprobó la oposición y como se presentaba para fuera de Sevilla, no lo volvió a ver. Según mi mujer, le sobraba potencia pero le faltaba chulería y actitud. Era capaz de cogerla en peso y follarla en vilo o contra la pared, pero carecía de ese punto de maldad y dominación que a ella le ponía tanto. Terminó por aburrirla y no lo echó en absoluto de menos cuando se fue, a pesar de que era el que estaba más bueno de todos los que llegaría a tirarse.

Otro fue un tipo que conoció en un bar y que venía de turismo a la ciudad. Ella había salido con unas amigas y se las ingenió para quedar con él en su hotel sin que nadie se enterara. El tipo se había mostrado insistente en la barra donde trató de invitarla. Cuando ella le comentó que estaba casada su insistencia se volvió impertinencia, pero estaba tan decidido y era tan descarado que despertó el interés de mi esposa. De cara a sus compañeras, lo puso en su sitio y le paró los pies, antes de marcharse juntas del local, tras tomarse la última ronda. Lo que no supieron nunca es que le había deslizado un papel en la chaqueta con su número de teléfono y que cuando tomó el taxi, ya tenía tres mensajes de él pidiéndole verse. Paqui le pidió la dirección del hotel y su número de habitación. Le dijo que la aguardara allí. El último mensaje fue para mí, para decirme que estaba con un hombre, que todo iba bien y que no la esperara hasta por la mañana. Según ella, el saldo de la noche resulto positivo. Durante el encuentro el tipo mantuvo su actitud impertinente, ahora además engreído por su fácil conquista, que el mismo atribuyó a su arte para ligar, inconsciente de que había sido él el ligado y no al revés. Este juego le proporcionó gran placer a Paqui, lo que potenció el sexo que practicaron, que de otro modo habría quedado en un rollo poco más que regular. Solo lo vio una noche y no quiso quedar más, aunque el tipo insistió los días siguientes dejándole mensajes e incluso llamándola al móvil. Sabía que con este era cuestión de un único disparo y que fuera de la novedad, no tenía nada que ofrecerle.

El tercero fue un profesor que había venido a dar unos cursos de pintura a los que estaba apuntada y que era de un pueblo de Cádiz. Este siempre me llamó la atención porque no entendí nunca que veía en él. Era un tipo relamido, más estirado que canalla, no especialmente atractivo, aunque era fibroso y delgado, más bien seco en el trato y con ínfulas de intelectual por lo que me comentaba mi mujer. No daba el perfil que a ella le gustaba en casi ningún aspecto, de modo que llegué a la conclusión de que fue solo un amante de oportunidad, que se echó simplemente porque cumplía los requisitos de discreción e intimidad. Ella siempre se encogía de hombros con indiferencia cundo le preguntaba por él, como diciendo que el tipo era de lo más normalito. Otro que no echó de menos en absoluto cuando terminó el curso y volvió a Cádiz.

Y el último de esa cuadrilla fue un hombre algo mayor que nosotros. Lo conocimos porque hicimos un intento de intercambio de parejas buscando nuevas posibilidades, pero aquello no nos gustó demasiado, no encajaba con lo que nosotros queríamos y las veces que fuimos a locales liberales o que contactamos con alguna pareja la cosa no llegó a cuajar. Sin embargo, hicimos amistad con una de las parejas. A él le gustaba mucho mi mujer y aunque no llegamos a cumplir el intercambio, mantuvimos el contacto y al final acabaron enrollados él y mi chica. Con este sí repitió, estuvieron varios meses viéndose. Con los anteriores la experiencia fue excitante pero no al nivel de aquellas vacaciones en Valencia. No volvía tan contenta de los encuentros, porque quizá no había podido elegir el perfil que realmente le gustaba. Al priorizar el secreto y la intimidad acabó acostándose con hombres que no cumplían al cien por cien con su fantasía y eso no la complacía como ella esperaba.

Con este último fue mejor. Yo prefería no estar durante los encuentros. Me di cuenta que en los preparativos me preocupaba más que disfrutaba y que, el contraste de ver a mi mujer con otro, era una de cal y otra de arena, pero que era mejor centrarse en la parte más excitante para mí que era cuando volvía a mi lado. Así que la mecánica era que ella me decía que estaba pensando en quedar con Víctor, que así se llamaba, que su mujer no sabía nada y que estaban pensando en verse una tarde o una mañana en un hotel. Cuando me lo decía yo ya sabía que es porque tenían pensadlo hacerlo de forma inminente. Normalmente hasta el día antes no volvíamos a hablar del tema, cuando Paqui me avisaba que:

- Va a ser mañana por la mañana o mañana por la tarde.

Yo me las ingeniaba para estar en casa a su vuelta, esperándola o incluso yendo recogerla al hotel, y entonces continuábamos teniendo sexo nosotros. De este tío me fiaba, así que esta forma de hacer las cosas me ahorraba la parte angustiosa del asunto y la comedura de tarro, para concentrarme en la parte más morbosa y disfrutona que era cuando Paqui volvía a mí. Nunca me dio motivos de alarma o preocupación, era el primer tipo del que me fiaba realmente. El hombre entendió bien lo que mi mujer deseaba. Sin maltratarla y sin ninguna salida de tono fuera de sus encuentros, adoptaba un rol dominante y de chulo cuando estaban a solas. Respetaba los límites que le ponía Paqui y cumplía con sus predilecciones. Tenía claro que aquello era solo un papel que debía interpretar y nunca se propasó con ella, era muy inteligente y sabía leer muy bien a mi esposa. Era buen copulador, tenía experiencia y estaba muy motivado porque se había encoñado de Paqui. Yo la veía realmente ilusionada cada vez que quedaban y siempre reservaba un último (o últimos) polvos encendidos para mí al volver. A veces follábamos varios días seguidos con intensidad tras cada encuentro.

Víctor salió definitivamente de nuestras vidas por un tema laboral que hizo que tuviera que marcharse al norte. Paqui se sintió afectada porque perdía el mejor juguete que había tenido hasta entonces, pero Víctor nunca fue nada más que eso, un juguete, si acaso un amigo íntimo, y ella se repuso pronto.

A eso siguió un periodo de tranquilidad. Iba a decir que volvíamos a ser una pareja normal, pero es que nunca habíamos dejado de serlo. Siempre habíamos tenido sexo satisfactorio y en realidad no necesitábamos estas aventuras para pasarlo bien, solo lo hacíamos por el chute de morbo que suponía, pero no porque no pudiéramos disfrutar solos como pareja. Fue en este periodo cuando Paqui sintió la llamada de la maternidad. Decía que quería ser madre y nuestra situación de estabilidad económica y personal indicaba que podría ser el momento adecuado. A partir de ahí redirigimos el morbo de nuestros encuentros sexuales a ese fin. Follábamos pensando en tener un hijo y al no tener que usar medios anticonceptivos, le dimos un plus de ardor al asunto.

Por mi parte, yo no había vuelto a tener sexo con otras mujeres. Me habían surgido evidentemente oportunidades, sobre todo en el trabajo e incluso en la comunidad de vecinos donde vivíamos, pero Paqui no quería que me enrollara con nadie conocido por los mismos motivos que ella tampoco lo hacía. La única excepción era su hermana Alba que colmaba y satisfacía completamente las ganas que yo tuviera de otra mujer que no fuera la que amaba. Pero es cierto que, durante estos años, tras empezar muy fuerte, la cosa se fue tranquilizando un poco y ella no requería tan a menudo mis atenciones. Estaba cómoda con la situación porque tenía en mí un amante estable y se sentía amparada por su hermana, que era su cómplice y ayudante, pero cuando supo que íbamos buscando un hijo tomó un poco de distancia, como si esta circunstancia le causase algún tipo de vergüenza. Quería dejarnos intimidad. Así que empezó a buscar otros candidatos. Como a su hermana, no le fue demasiado bien la cosa, ya que no priorizaba aquellos que más la atraían sino aquellos que le inspiraban más confianza para mantener el secreto. Nunca llegué a saber cuántos tuvo, para eso era reservada. Quizás mi mujer si conocía todos los detalles, pero el vínculo entre las dos hermanas seguía muy fuerte y no compartió conmigo todo lo que le contaba Alba. Sí sé que estuvo enrollada una temporada con un médico. Creo que fue un alergólogo o algo así, al que ella acudía y con el que estuvo bastante tiempo. Por lo que me dijo Paqui, no parecía ser una historia de pasión y amor, sino más bien un sustituto tranquilo y conveniente a lo que hacía conmigo.

Los meses pasaban y Paqui no conseguía quedarse embarazada. Entonces sucedió el episodio de Fernán. Fernán era un tipo amigo del Mode. Recuerdo que en nuestra época era de los que cortaban el bacalao. No pertenecía a nuestra pandilla, pero todos lo conocíamos porque era el que, a través del almacén de su padre, nos suministraba priva para nuestras fiestas. Como le pasaba al Mode, era un tío popular con mucho éxito entre las chicas, pero con un punto mucho más canalla. No tenía ningún escrúpulo, era un auténtico depredador disfrazado de chico bien y tío moderno, echado para adelante y simpático. Sabía caer bien a las chicas hasta que se acostaban con él. Una vez que pasaban por su cama, por su coche o por donde pudiera meterles mano, la cosa ya no pintaba tan bien y la mayoría acababa echando pestes de él, lo que no era obstáculo para que siguiera con su labor. Siempre había chicas a las que engañar o tan inocentes como para pensar que las que lo criticaban, eran simplemente muchachas despechadas porque no se había querido comprometer. No hay nada más que atraiga a cierto tipo de mujeres que pensar que van a triunfar donde otras han fracasado.

A Paqui siempre le gustó el Fernán, no porque se sintiera atraída sentimentalmente o porque quisiera jugar a lo que las demás, a ver si era ella la que conseguía retirarlo de la soltería, si no por lo que ya sabéis: que le iban los chulos en sus fantasías. Y el Fernán era una fantasía que tenía pendiente desde jovencita. Entonces le había hecho poco o ningún caso porque estaba en su apogeo y, aunque se sentía atraído por sus curvas, consideraba que había otros trofeos de caza mayor más a su alcance que él quería cobrarse. Con el tiempo entró en decadencia. Cuando volvimos a verlo (de casualidad porque aún manteníamos contacto con el Mode y él sí seguía frecuentándolo), nos encontramos a un tipo que, a pesar de estar solo en los treinta, ya estaba muy estropeado. Le daba a las drogas y su vida era un completo fracaso. A pesar de tener unos padres influyentes y muy bien situados, él no había conseguido terminar ninguna carrera. Después de varios pufos gordos, el padre lo había sacado del negocio familiar y se trataba de ganar la vida como antaño, organizando fiestas y eventos varios y también moviéndose en el mundo de la noche. Por lo que comentaba el Mode, aquello le daba poco más que para sobrevivir y cada vez que emprendía algo, casi siempre acababa debiendo dinero a alguien. Era una caricatura de lo que fue. El pelo largo al estilo de aquella época le hacía parecer anacrónico y había perdido su brillo, que tanto llamaba la atención de las chicas. Estaba más fondón y el color de su piel era amarillento. Pero todavía conservaba ese fulgor en la mirada y esa chulería innata, ese desparpajo que le hacía saltarse todos los preámbulos e ir directo al grano. Esa especie de “si no vas a follar, aire, que tengo a más esperando” que, aunque ahora no tuviera pinta de cumplirse, él actuaba como si los tiempos buenos nunca hubieran cambiado y hubiese una legión de chicas haciendo cola para él.

Coincidimos de casualidad, en una tienda donde queríamos comprar un equipo de música porque el nuestro ya no iba. Parece que era amigo del dueño que le alquilaba equipos para fiestas, o algo así, y la verdad es que consiguió que nos hicieran un buen precio. Acabamos tomando unas cervezas y con él dejándonos su teléfono por si queríamos repetir birras. Casi enseguida me di cuenta que mi mujer parecía interesada. Intentaba hacerse la difícil pero no pudo evitar algún gesto y cierto tono de flirteo con Fernán, detalle que a él tampoco le pasó inadvertido, pero que no se atrevió a aprovechar estando yo allí. Esa noche fue ella la que me reclamó sexo de una forma muy vehemente.

- No me digas que te ha puesto cachonda volver a ver a ese - le comenté cuando acabamos.

- Me ha hecho recordar nuestra época de pandilla ¿Te acuerdas de las fiestas que hacía el Mode?

- Sí, claro. Todo empezó gracias a una de esas. Fue la primera vez que os dejaron ir a una fiesta a Alba y a ti. Pero este tío es una ruina, no me digas que todavía te gusta.

- No, la verdad es que me alegro de haber elegido bien - me aseguró mientras se apretaba contra mí y me besaba el hombro - la verdad es que el tío está hecho una caca, pero ¿qué quieres que te diga? me pone. No por él, ya sabes, es por la fantasía, por el recuerdo de lo que fue y de lo que yo era también en aquella época.

- ¡Oye tú! ¡Que tenemos treinta años! tú no estás para nada vieja y todavía tienes que dar mucha guerra

- Ya no somos adolescentes tampoco…

- No, ahora es mejor, ahora tenemos experiencia.

- Pues vale.

- ¿Entonces?

- Entonces ¿qué?

- Que si has pensado hacer algo con él.

- No.

- Venga, que he notado que hoy estabas distinta. Dime la verdad.

- Bueno, la verdad es que sí me ha puesto un poco cachonda…

- No me parece buena idea: ese tipo ya era gilipollas de joven. Ahora además de gilipollas es un vividor. Y de nuestro entorno cercano.

- A lo mejor eso es lo que me pone caliente.

- Joder.

- No te preocupes, no tenía pensado hacer nada y si a ti no te gusta, menos.

- No es eso, puedes hacer lo que quieras, ya lo sabes, solo que no me parece buena idea.

La cosa quedó así, aparentemente zanjada, pero yo sabía que a mi mujer cuando se le metía algo en la cabeza era difícil sacárselo. No obstante, ella cumplió su parte el trato y no tomó ninguna iniciativa, fue el Fernán quien la llamó. Un vividor, un vago, pero con un instinto especial para estas cosas que nunca le había fallado. No sé cómo consiguió su número, pero la llamó a ella directamente y con su estilo claro y directo, le propuso tomarse una cerveza los dos solos. Para recordar viejos tiempos o algo así, le dijo el muy cabrón.

Cuando Paqui me lo dijo, yo ya sabía que había tomado la decisión, aunque lo disfrazó de “no sé qué hacer”, “solo es una cerveza” y “ya veremos”.

- Mira, me jode que vayas con él. Ese tío no me gusta ni me ha gustado nunca. Pero si quieres, tu misma, es tu decisión. Sabes que no te voy a decir que no, lo que más me molesta de todo esto es que hagas como que te lo estás pensando. Si vas a ir pues dilo y punto.

Fue la primera vez que nos separamos para que mi mujer acudiera a una cita estando yo más cabreado que preocupado. Ella se fue a tomarse esa cerveza y creo que nuestra pequeña discusión debió influir, porque esta vez no iba tan motivada como en otras ocasiones.

- Llámame, que sepa que estás bien.

- Claro - respondió y me dio un beso antes de irse.

Cumplió su palabra y me llamó sobre las once de la noche, solo para decirme que iban a su piso. A la una me puso un mensaje que volvía para casa. Llegó con gesto contrariado, se duchó y se metió en la cama dándome la espalda. Era su gesto habitual cuando estaba enfadada y no quería follar.

- ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

- Sí, estoy bien, contenta como unas castañuelas - respondió con sorna.

- ¿Que ha pasado? - le pregunté.

- Nada, que tenías razón: es un gilipollas.

- Eso ya lo sabíamos los dos: cuéntame algo nuevo.

- Me refiero a que también es un gilipollas en la cama. No vale ni para follarse a una gallina. Es el tío más creído y con menos empatía que conozco.

- Te ha decepcionado…

- Totalmente. Con un consolador me lo hubiera pasado mejor.

- Pero ¿se ha portado mal contigo? - inquirí mientras ponía la mano sobre su hombro y la obligaba a girarse de forma un poco brusca - Si ese idiota te ha hecho daño le parto la cara.

Paqui me miró con ojos encendidos. Ya no había solo enfado en ellos sino también cierta chispa, la misma que yo veía cuando ella comenzaba a encenderse y que por lo que se ve, no había saltado a lo largo de su cita. Nos besamos la primera vez con cariño, la segunda con más pasión…

- Cuéntamelo todo.

- Pues nada, que nos tomamos unas cervezas, yo dos o tres, lo justo para coger el punto, pero él no paraba de beber. Incluso se tomó un par de whiskys. Cenamos unos bocadillos en una cafetería destartalada al lado de su casa. Un sitio de lo más desangelado, solo estábamos nosotros y gente de su barrio. Decía que no tenía nada en la nevera y que para qué íbamos a ir a un restaurante ya a esas horas. Me pareció muy cutre. El sigue tan tonto como cuando era joven. Puede ser que con dieciséis años me hicieran gracia sus bobadas, pero un tío ya con esta edad que no sea capaz de tener una charla mínimamente coherente… en fin, me aburría mucho así que le dije de subir a su piso ya de una vez. Me estaba cortando el rollo. Cuando llegamos se metió un poco de coca y me ofreció: yo le dije que no.

- ¿Y luego?

- No se comportó como yo esperaba.

- ¿Y qué esperabas?

-Tú ya me conoces. Esperaba alguien más decidido, más chulo. No me gusta que me fuercen, pero sí me gusta que si me acuesto con un tío lleve la voz cantante, que me dirija, que me haga hacer cosas excitantes y guarras. Las otras veces ha sido un poco decepcionante, ya sabes, así que pensé que arriesgándome con Fernán sería como aquella primera vez con Pep y Quique. Pero me equivoqué: este es solo fachada. Con todo lo que se había metido y bebido le costaba trempar, tuve que tomar yo la iniciativa. Solo hubo un único asalto y fue decepcionante, se me quedó durmiendo después. Ha sido como follarse a un adolescente idiota, pero de casi cuarenta años, que se mete tanto por la nariz que le cuesta que se le empine, que se corre al tercer empujón, que te deja con las ganas para ir a echarse un whisky, que te tienes que acabar haciendo tú sola un dedo apartando su mano porque te toca con desgana, queriendo acabar pronto antes que se le agüe el licor. Yo no sé si de joven era lo que aparentaba o solo cuento, pero ahora si te puedo asegurar que es lo que parece: una idiota, un vividor, un desgraciado y un drogadicto. No sé cómo pude pensar que sería capaz de complacerme.

- Porque tenías una fantasía, igual que todos tenemos a las nuestras. Y la única forma de saber si puedes hacerla realidad es probando como has hecho tú.

Ella no contestó, solo me lanzó una mirada de complicidad y agradecimiento. Su última experiencia con otros hombres no había salido nada bien y agradecía que yo estuviera allí para apoyarla. Se volvió y me buscó la boca besándome. Tenía un gusto dulzón a alcohol. Me metió la lengua y se puso sobre mí. Pronto estuvimos abrazados, restregando nuestros sexos mientras nos comíamos y yo le acariciaba los pechos y también el culo.

- Entonces ¿no has disfrutado? – insistí.

- No, más bien vengo cabreada. Me sentó tan mal todo, me pareció todo tan cutre, que ni siquiera pude acabarme un dedo en la cama. Me dejó sin gozar, no conseguí llegar al orgasmo y luego pensé que, para pajearme en la cama de aquel gilipollas, mejor me venía aquí contigo, que es donde hubiera debido estar toda la noche, con mi marido y no haciendo la estúpida por ahí.

Fue curioso. Yo esperaba que a pesar de que el Fernán no me caía nada bien, cuando mi mujer volviera tendría una erección tan bestial como la que habíamos tenido en aquel primer encuentro con los dos de Valencia. En el fondo, como ella, yo también anhelaba que las cosas hubieran salido bien. Sin embargo, hasta ahora mi verga no se había estirado hasta alcanzar su máximo punto de dureza y longitud. Ella lo notó perfectamente porque estaba pegado a su muslo. Necesitaba que ella volviera a mí y reconociera el error, y me tranquilizaba saber que una vez más, yo no tenía rival en su corazón.

- A ver, estas cosas no siempre salen bien, ya lo sabes. Se trata solo de un error y punto. Ya está.

- He hecho la tonta para nada y como encima ese hijo de puta se vaya de la lengua…

- Me da igual lo que diga, siempre podemos decir que es mentira. Nadie lo va a creer, ahora está hecho un puto desastre. Además, si se mete contigo lo busco y de dos hostias lo pongo en su sitio.

- ¿Harías eso? - preguntó removiéndose inquieta mientras cogía mi mano y la llevaba a su vulva.

- Sabes que sí, que por ti haría cualquier barbaridad.

Se abrió de piernas y dirigió mis dedos hacia su rajita. La acaricié un rato por fuera, presionando sobre su clítoris, separando sus labios y finalmente introduje un dedo. Noté como se mojaba instantáneamente así que lo metí una y otra vez, ejerciendo presión desde dentro mientras por fuera flotaba su nódulo con el pulgar. Atrapé con mis labios un pezón y lo mordisqueé tirando de él. Paqui empezó a suspirar y sin solución de continuidad pasó al jadeo.

- Móntame, móntame - me suplicó.

Lo hice abriéndola de piernas y penetrándola con fuerza, follándola en la postura del misionero de forma intensa hasta que ella cerró las piernas y me obligó a seguir penetrándola de esa manera. El roce era mayor y su vulva estaba sensible e hinchada. Podía percibir cada uno de sus estremecimientos cuando mi falo entraba y mi pubis rozaba su clítoris.

- Ahora sí ¡joder! ahora sí – gritaba.

Se corrió sin tocarse apenas, en aquella postura le resultaba fácil llegar. Coincidimos en el clímax y yo descargué largamente dentro de su coño varios chorros de semen. Empujaba muy a fondo y la dejaba bien metida y luego la volvía a sacar. Se oía perfectamente el chapoteo y notaba en mis testículos todos los jugos pegándose cada vez que golpeaba contra su perineo.

Ese fue uno de nuestros mejores orgasmos. Y también una de las noches que siempre recordamos. Consiguió tres orgasmos, forzándome en el último a que me corriera dentro de su culo mientras ella se introducía un dildo por la vagina. Quería sexo guarro y fuerte y todas las ganas frustradas que traía de la cita se volcaron sobre nuestra cama dejándonos rotos de placer. Tras una ducha nos dormimos abrazados. El primer rayo de sol nos descubrió cada uno a un lado de la cama, nos habíamos separado para dormir a pierna suelta y también por el calor de esa noche de verano. Me giré buscando el contacto con ella, apretándome contra las nalgas, pasándole la mano por debajo del brazo tomando su pecho y besándola en el cuello. Volvimos a repetir una última vez antes de levantarnos.
 
Desde luego si no es su Padre, que eso está por confirmar, supongo que sería una gran crisis en el matrimonio y demasiado que no se divorcio de ella.
Sinceramente, ella no me gusta porque es quien ha propuesto estos juegos peligrosos y para mí absurdos, porque no viene a cuento.
Están enamorados, son felices, tienen buen sexo, entonces que necesidad de hacer esto?.
 
Aquella fue la última ocasión que mi mujer se acostó con otro hombre. Es cierto que sus fantasías no desaparecieron de golpe: durante un tiempo las incluimos en nuestros juegos sexuales, pero poco a poco se fueron enfriando, ya no era eso lo que le ponía a Paqui. Fue una fase en la que ambos maduramos como pareja. Ya llevábamos bastante tiempo juntos, no éramos unos jóvenes, el trabajo, la responsabilidad de llevar adelante un hogar y el intento de convertirnos en padres, nos habían vuelto más responsables, más calmados y el sexo que buscábamos era el de la conexión con la persona que mejor conoces, un sexo mucho más tranquilo donde el morbo cedía lugar a la intensidad, y lo desconocido y sorpresivo cedía terreno a lo conocido y añorado. No queríamos sorpresas, ni cosas que nos hicieran sentir mal, ni riesgos. En esa época queríamos concebir y ese deseo se convirtió en necesidad para Paqui. Cada polvo que echábamos tenía que ser eyaculando dentro y, al placer que obteníamos ambos, se añadía la ilusión de pensar que cada vez podía ser la definitiva. Nuestra relación experimentó un cambio a raíz de aquello y la idea de ser padres fue la que nos ocupó de nuevo, tanto sentimental como sexualmente hablando.


Durante varios meses más seguimos intentándolo sin resultado. Finalmente decidimos acudir a un especialista. Parece que había algún problema de fertilidad y no sabíamos cuál de los dos lo tenía. Tras someternos a las distintas pruebas nos encontramos con un golpe inesperado: era Paqui quien no podía concebir y el motivo era un tumor en los ovarios. En un primer momento parecía estar localizado y la intervención quirúrgica nos dio esperanzas de que el problema quedara eliminado, aunque el análisis determinó que era maligno. Fue un duro golpe que no obstante encajamos con ánimo y ganas de superarlo. Mi mujer y yo estábamos más unidos que nunca. Cuando nuestra vida volvió a la normalidad seguimos haciendo el amor con más intensidad, conscientes de la fragilidad de la salud y también de nuestra propia existencia, de cómo te puede cambiar la vida de un día a otro y de cómo puedes adaptarte para vivir lo más intensamente posible, enfocándote a lo realmente importante y dejando de lado todo lo demás, todo lo que supone un lastre.


Fue en esas circunstancias, cuando después de mucho tiempo sin que pasara por nuestra cama, volvió a aparecer Alba. Y es en ese contexto donde tenemos que buscar la explicación de lo que sucedió, difícil de entender desde otra perspectiva y en otra situación que no fuera aquella. Ella había vuelto a estar muy unida a su hermana, en realidad nunca habían dejado de estarlo, pero a raíz de la enfermedad volvieron a estrechar lazos. Nos visitaba con mucha frecuencia y nos acompañaba en muchas de las visitas al médico. Empezó a pasar algunas temporadas con nosotros en casa y recuperamos de nuevo la intimidad y la sintonía, tras una larga temporada en la que ella hacía su doble vida: por un lado, feliz en su hogar con su marido y por otro buscándose algún que otro amante ocasional.


Una noche se metió en nuestra cama. Parecía que no había pasado el tiempo y que volvíamos unos años atrás, cuando empezamos a formar nuestro particular trío. Como la primera vez, yo no supe muy bien cómo reaccionar. Estaba preocupado por Paqui y nuestras relaciones ya no eran tan intensas. Más bien buscábamos apoyarnos el uno al otro, darnos cariño y ánimos. Pero ella, como en aquella ocasión, me empujó hacia su hermana. Follamos de forma suave, buscando más las caricias que el placer intenso del orgasmo. Sólo casi al final, cuando ella se montó sobre mí y empezó a cabalgarme, entramos en un frenesí apresurado por obtener el clímax. Nuestros cuerpos se sincronizaron y cuando sentí que ella se corría, yo me fui también, intentando avisarla para que descabalgara. No hizo caso y continuó, lo que prácticamente me forzó a cogerla de las caderas y empujarla a un lado. Pero ella se mantuvo pegada a mí, cerrando sus muslos contra mi cintura y evitando que mi verga saliera, o al menos que saliera del todo, propiciando que parte de mi corrida acabara dentro de su vagina.


- ¿Qué haces? - le pregunté - ¿Estás tomando anticonceptivos?


Ella negó con la cabeza mientras yo por fin conseguía desasirme de su abrazo y despegarme, saliendo de su interior.


- Estás loca. Puedes quedar embarazada.


Paqui parecía estar tan sorprendida como yo y miraba con más desconcierto que enfado a su hermana.


- No me importaría. De hecho, es lo que quiero: tener un hijo.


- ¡Joder! ¡Pues tenlo con tu marido!


- Eso no es posible. Él nunca me dará un hijo.


- Hay formas. Puedes hacer una gestación con inseminación. Emil se puede permitir pagarla.


- No se trata de una cuestión económica. No quiere bajo ningún concepto ser padre. Es algo a lo que le tiene pánico.


- ¿Y la solución es que lleves el hijo de otro a casa?


- Para él sí. Está dispuesto a reconocerlo como propio, pero no quiere que sea suyo. No desea ninguna dependencia emocional en ese sentido.


- Alba, seguro que no te faltan donantes, puedes tenerlo con quien quieras si al final ese es tu deseo, pero conmigo no.


- Es que yo no quiero tenerlo con cualquiera, quiero que ese hijo sea también vuestro.


Los dos nos quedamos pasmados. Yo mezclé la sorpresa por su actitud clara y decidida con un rechazo instintivo. Tanto más cuando ella parecía hablar totalmente en serio. Por el contrario, Paqui, ante esa declaración inesperada mostró una súbita curiosidad que poco a poco se transformó en interés.


- Lo he pensado y no quiero tener un hijo de un desconocido. Vosotros también lleváis tiempo buscando un hijo, seríais algo más que sus tíos. Necesitaré ayuda para criarlo, lo deseo mucho, pero temo verme sola y sé que mi marido no se va a involucrar. Nosotros seremos su familia de verdad, si algo me pasa a mí estaréis vosotros para cuidarlo y sé que lo cuidareis como si fuera un hijo propio.


- Será también vuestro hijo – rectificó con tono muy sentido.


- Eso es una locura.


Me giré hacia mi esposa y me sorprendió ver que Paqui no se manifestaba con tanta vehemencia como yo.


- Si quieres tener un hijo nosotros te apoyaremos y lo cuidaremos como nuestro, no te preocupes que siempre seremos su familia, pero esto...


- Estoy convencida de que es lo mejor. Nuestros lazos serán más fuertes, es la única forma de que tenga un padre de verdad y también a la única forma de que tú seas madre ¿o es que prefieres adoptar?


Yo seguía perplejo. Parecía tenerlo todo pensado. Ella sabía que nosotros habíamos hablado en algunas ocasiones de adoptar.


- Y ¿Qué le diremos a ese hijo? ¿Cómo lo vamos a explicar todo esto cuando sea mayor?


Poniéndole sobre la mesa los contras de esa decisión me sitúe sin querer en el escenario de haber aceptado, lo que animó a Alba.


- Encontraremos la forma, cuando sea mayor lo entenderá. Por favor, necesito una familia de verdad. Las cosas entre mi marido y yo van bien, cada uno hemos encontrado nuestro sitio y con un hijo sería completamente feliz.


- ¿Que las cosas van bien? ¡Ostias, Alba! tu marido es homosexual, tiene su novio de toda la vida, incluso de antes de conocerte, tú te acuestas con tu cuñado, y ya tienes una colección de amantes y no llevas ni tres años casada… ¿Me quieres explicar qué es lo que va bien en tu matrimonio?


- Pues va bien que estoy contenta con él y que lo único que tengo que hacer es buscar aquello que me falta para es ser feliz del todo. Necesito un hombre: pues lo busco; necesito un hombre especial: pues te tengo a ti; necesito que me entiendan: pues tengo a mi hermana; quiero vivir bien, tener un buen piso y un marido ideal salvo por los asuntos de cama: pues ya lo tengo. Lo único que me falta es un hijo y no quiero tenerlo con cualquiera. Esta es la mejor solución, de verdad que le he dado muchas vueltas. Vosotros queréis un hijo y no podéis tenerlo. Entre los tres le daríamos todo el cariño del mundo y mi marido le daría todo lo demás.


Miré a mi mujer que seguía callada, entre atónita y preocupada. Me dio la impresión de que trataba no sólo de asimilar, sino también de valorar la propuesta de su hermana.


- ¡Venga, di algo! ¡No me digas que tú también estás de acuerdo!


- No, no lo habíamos hablado.


- Y ¿qué opinas de esta locura?


Se limitó a resoplar sin responder y miró hacia un lado, como si ahí estuviera la respuesta, colgada de la ventana del dormitorio.


- No me lo puedo creer… - comenté mientras me levantaba y me iba al baño.


Acabé en el salón, sentado sirviéndome una copa. Ellas se quedaron hablando y al final todo terminó como el día que Alba nos había confesado que su marido era homosexual: con los tres tomando un licor alrededor de la mesa.


- Solo os pido que lo valoréis, por favor, pensadlo. Voy a tener un hijo sea como sea, así que me gustaría que fuera de la mejor forma posible y con la gente a la que quiero.


- Ya hemos tenido bastante por esta noche, vamos a reposar esto y a tranquilizarnos todos un poco - comentó Paqui antes de levantarse y tirar de mí hacia la cama.


El asunto quedó en suspenso durante los dos o tres días que Alba siguió con nosotros en casa. Era evidente que entre las dos hermanas lo hablaban, pero a mí me dejaban al margen y conmigo delante ninguna de las dos volvió a mencionar el tema, como si ambas (como sucedía casi siempre), esperaran a tener una postura común frente al tema antes de tratarlo con nadie más. Las hermanas seguían formando piña. Paqui me quería, seguíamos enamorados, pero el vínculo con su hermana era fijo e inalterable.


No compartimos cama con Alba en estos días y cuando ella se fue, me dio un abrazo con cariño. Le pregunté si todo estaba bien y me dijo que sí, que todo estaba bien, que no me preocupara. Esa misma noche en la cena, ya relajados y tranquilos, Paqui sacó el tema. Observé con sorpresa que parecía estar de acuerdo con su hermana y que no le parecía tan mal la propuesta, una vez superada la sorpresa inicial.


- Después de todo no es tan mala idea, habíamos pensado en adoptar… Ya que yo no puedo tener hijos, si Alba lo tiene y es tuyo, sería también casi como si fuera mío.


- Tú lo has dicho: casi, pero no sería tuyo.


- Uno adoptado no sería de ninguno de los dos.


- ¿Y eso que tiene que ver? El hijo no es de quien lo pare ni de quien lo engendra, el hijo es de quién lo cuida.


- Sería tuyo ¿no quieres tener un hijo propio?


Primero la sangre, antes de nada. Mejor un hijo tuyo y de mi hermana que uno adoptado era lo que me decía. Me sorprendían aquellos restos de clasicismo burgués que todavía quedaban en ella. A fuego se lo habían inculcado sus padres y en especial su madre.


- ¿Y qué hacemos con Alba? ¿Me caso también con ella y así ya todo bien?


- No seas borde. Alba está dispuesta a compartirlo con nosotros, ya la oíste el otro día. Seremos una familia.


- ¿Pero tú te estás oyendo? ¿Cómo que una familia? ¿Que lo vamos a tener quince días cada uno? Ese niño vivirá con ella y solo lo veremos de visita.


- Vendrá aquí a pasar temporadas. Al principio yo me iré a ayudarla y después también iremos a verlo, están muy cerca. Alba nos necesita y creo que a nosotros también nos vendría bien, sabes que nos falta algo más.


- No nos falta nada, nos tenemos el uno al otro.


- Alex, yo ya me he llevado un susto gordo y me he dado cuenta de las cosas importantes de la vida. Si lo que te preocupa es el qué dirán los demás ya te digo yo que me lo paso por el coño todo. A mí solo me importa ser feliz. Que seamos felices – rectificó - Y ese niño puede ayudarnos a todos.


- No sé, no lo veo, para mí las cosas no son tan simples.


- Porque tú no has tenido un cáncer. Créeme que cuando te dan una noticia de esas se te aclaran mucho las ideas y te quedas solo con lo importante.


- Deja de decirme qué es lo importante y qué no lo es. Yo he estado a tu lado todo el tiempo y sé de sobra por lo que has pasado ¿O es que yo no lo he pasado mal?


Ella me abrazó, me besó en la mejilla y pegó su frente a la mía.


- No te enfades cariño, no te estoy echando nada en cara. Tú y mi hermana sois lo mejor de mi vida.


Entonces quise pensar que el orden importaba. Aún en aquellas circunstancias podría sentirme celoso de su hermana, la única capaz de robarme el cariño de mi mujer. Que me hubiera puesto a mí primero era algo que me reconfortaba, aunque ahora sé que en el fondo era un “yo no estaba por delante de Alba lo mismo que ella tampoco estaba por delante de mí”. Ahora lo entiendo, entiendo a Paqui y lamento haber sido tan celoso y egoísta en aquel momento. No podía obligarla a elegir entre su hermana y yo, éramos las dos patas en las que se apoyaba su vida y no podía forzarla a optar. Faltaba una tercera pata para que todo fuera estable y ella pensaba que sería ese hijo que tendría Alba y que estaba dispuesta a compartir con nosotros.
 
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