luis5acont
Miembro muy activo
- Desde
- 24 Jun 2023
- Mensajes
- 314
- Reputación
- 1,409
Miguel entra en la habitación con un café en la mano para él y otro para Laia. Ha salido a comerse un sándwich porque esa mañana no ha tenido tiempo de desayunar.
- ¿Cómo está?
- Tranquila.
Calalberche asiente. Elena Barrientos no ha demostrado sorpresa ni inquietud a lo largo de toda la jornada, ni siquiera cuando llamaron a su piso y la detuvieron. Se limitó a echarles una mirada de hastío, la misma que les hubiera echado a unos testigos de Jehová impertinentes que le hubieran cortado el desayuno. También se mantuvo impertérrita mientras registraban su apartamento, limitando toda la conversación a un lacónico “no sé lo que buscan, pero si me lo dicen quizás pueda ayudarles” para el que no obtuvo respuesta.
Los delitos con los que podría estar relacionada no son aquellos en los que nadie colabora voluntariamente con la policía. Sin duda ella lo sabe y aquello constituía más una provocación que un ofrecimiento real. Eso era algo que ambos policías se sabían de sobra. A partir de ahí la mañana ha transcurrido entre viajes a la comisaría, papeleos, firma de documentación y recogida de material aún pendiente de evaluar de su vivienda. A ella la han dejado por protocolo una hora y media incomunicada, a ver si se pone nerviosa, cosa que no parece que haya sucedido.
- Pues vamos ¿no?
- Sí, venga.
Entran en la sala donde está Máxim que los sigue con la mirada sin inmutarse, aunque ellos evitan confrontar. Hacen como si no estuviera y se limitan a acercar dos sillas al lado opuesto de la mesa donde ella está sentada.
- Hola Victoria ¿te encuentras bien? ¿necesitas algo? – inquiere Laia cuando por fin ambos han tomado asiento y establecen contacto visual.
- Es curioso.
- ¿El qué es curioso?
- Después de ver tantas películas y series americanas esto no tiene pinta de sala de interrogatorios.
La verdad es que tiene razón, la sala es austera pero no está desprovista de toda decoración, hay un viejo almanaque y un póster de la policía. La mesa es una normal de oficina, igual que las sillas donde se sientan. No son las típicas desprovistas de cajones, lisas y ancladas al suelo. Tampoco Maxím está esposada ni hay una cadena que la mantenga unida a un elemento fijo sobre el tablero. Quizás la ausencia más evidente sea que falta el espejo tras el cual están el resto de los policías escuchando. Aquello tiene más pinta de un despacho reconvertido en sala de interrogatorios que otra cosa. Lo único cierto es que la puerta de acceso es pesada y, a menos que tengas las llaves, solo puedes abrir desde fuera.
- Bueno, no te creas todo lo que ves en la tele, aquí hacemos las cosas de forma un poco diferente.
- Pues estoy deseando de que empiecen a hacer lo que tengan que hacer, no puedo pasarme todo el día aquí.
La inspectora saca una grabadora pequeña y la pone encima de la mesa.
- Inspectora Laia Ferrer interrogatorio a Victoria Segarra López.
- ¿Pueden ustedes grabar esto? ¿no tendría yo que dar permiso?
- No necesitamos pedir permiso, pero te puedes negar a hablar con nosotros sí lo consideras oportuno, como te hemos dicho esta mañana cuando te hemos leído los derechos. Te recuerdo también que también tienes derecho a pedir un abogado. Si no dispones de ninguno te buscaremos uno de oficio.
- ¿Necesito un abogado? ¿De qué se me acusa?
- De momento de nada, estamos todavía investigando y de tu colaboración dependerá que formulemos acusación o no.
- ¿Puedo estar detenida sin que se me acuse de nada?
- Es una detención preventiva, solo para interrogarte.
- ¿Detención preventiva? ¿eso existe?
Ambos policías intercambian una mirada y permanecen unos momentos en silencio mientras Maxím se ríe.
- Mire, igual va a ser buena idea lo de llamar a mi abogado. Pascual Mirabelles, del bufete Legalium. Ya me ha atendido en alguna ocasión que he tenido alguna reyerta en el local donde trabajo. Con un abogado aquí, estoy segura que a menos que tengáis algo más importante que poner sobre la mesa, estaría en la calle enseguida.
- Eso no evitará que te interroguemos, tenemos una orden judicial.
- Sí, pero eso será otro día. Esta noche dormiré en mi casa, vosotros mismos me habéis leído mis derechos así que puedo cerrar el pico y pedir un abogado.
Miguel toma la grabadora y la detiene. Observa fijamente a la detenida que no parece inmutarse, está tranquila y calmada, sabe que ha dejado la pelota en su campo y espera con tranquilidad su respuesta.
- Mira Victoria, nada de esto se va a grabar, vamos a tener una charla informal si te parece bien y luego ya decides si llamas a tu abogado o no.
- Si hablas con nosotros todo será más fácil – interviene Laia - Se supone que no tienes nada que esconder ¿verdad?
- En absoluto. Pero pregunto yo primero ¿De qué se me acusa?
- Creemos que puedes tener información sobre al menos tres asesinatos cometidos en Barcelona y también creemos que no nos has contado todo lo que sabes.
- Se refiere a los de las tres fotos que me enseñaron ¿no es cierto?
- Exactamente.
- ¿Creen que estoy obstaculizando la justicia?
- Puede que también incluso encubriendo a alguien - deja caer Calalberche con toda la intención.
- Eso es absurdo.
- Afirmaste que no conocías a ninguna de las víctimas y tenemos una testigo que confirma lo contrario. Te vio hablar con Esther en el local ¿Qué explicación le das a esto?
- Ya se la di en su día.
- Refréscame la memoria por favor.
- Hay dos posibles explicaciones: una es que su testigo esté equivocada. Pudo ser alguien muy parecida a la tal Esther.
- La testigo está bastante segura: reconoció la foto.
- En todo caso ella afirma que me vio y yo afirmo que no recuerdo haber hablado con esa chica.
- Ahora ya no lo niegas…
- Esa es la segunda explicación posible. Todas las noches atiendo a decenas de mujeres. Si esa chica se dirigió a mí en algún momento y hablé con ella puede ser que lo haya olvidado o se me haya pasado. Si no sucede nada importante, no guardo registro de los cientos de conversaciones ni de los cientos de caras que puedo llegar a ver en una semana.
Los dos policías tienen la vista fija en Máxim y sus expresiones dejan poco lugar a dudas: está claro que no la creen.
- ¡Venga! en serio ¿solo por eso me han detenido?
- Ya te lo hemos dicho: pensamos que no estás colaborando con nosotros. No nos estás diciendo toda la verdad, Elena.
Calalberche ha dejado caer su nombre lentamente, exactamente igual que si hubiera sacado el arma homicida y la hubiera depositado encima de la mesa.
- Elena Barrientos ¿no es ese tu verdadero nombre?
- Así que era eso...
- Tú quizás no te acuerdes, pero ya te interrogue en Málaga hace...
- Me acuerdo perfectamente - le interrumpe ella endureciendo la mirada - yo era muy joven, me acababan de violar y habían estado a punto de asesinarme. Usted era uno de los policías que no consiguieron detener al Chata.
- Me hice cargo de la investigación después de que a ti te sucediera aquello.
- Y tampoco consiguió detenerlo ¿no es cierto? – insiste.
Laia percibe como su compañero se pone rígido y aguanta tenso el gesto de contrariedad. El interrogatorio no está yendo nada bien. No es la detenida la que se está poniendo nerviosa, ni la que parece a punto de perder los papeles.
- No es fácil - interviene la policía - hacemos lo que podemos, todavía hoy lo estamos intentando.
- Pues no parece que estén consiguiendo nada.
- Quizás si tú nos ayudas...
- Ya les he contado todo lo que sé ¿tienen alguna otra pregunta? por mi parte estoy dispuesta a escucharles.
- Hace tres años llegaste a Barcelona y te cambiaste el nombre por el de Victoria Segarra ¿Venías de Málaga?
- No, llegué de Madrid. Después de la violación me fui a vivir con mi tía.
- ¿Me puedes decir en qué fechas estuviste viviendo en Madrid?
- Me fui un par de meses después de que sucedieran los hechos y me vine a Barcelona hace tres años, pero eso ya lo saben ¿verdad?
- ¿Algún hecho digno de reseñar de tu estancia en Madrid?
- No, ninguno.
- ¿Por qué te fuiste de casa de tu tía?
- Quería independizarme. Mi tía me había ayudado ya bastante y no me gusta ser una carga, prefiero vivir mi propia vida.
- ¿Ella te pidió que te fueras?
- No, en absoluto, fue decisión mía.
- Durante tu estancia en Madrid ocurrieron algunas muertes…
- ¿Me está acusando de algo?
- No, solo señalo coincidencias…
- Seguro que durante el tiempo estuve en Madrid hubo muchas muertes, es una ciudad complicada.
- Algunas parecían muy similares a las de Málaga…
- No soy policía ni forense, pero si usted lo dice…
- Elena...
- Victoria, por favor.
- Victoria ¿sabes algo de José Marchena? ¿volvió a intentar acercarse a ti? ¿has tenido alguna noticia suya desde lo que sucedió en Málaga?
- No, ni quiero tenerla como comprenderá ¿Creen que pueda estar detrás de estos asesinatos?
La inspectora no contesta.
- Claro, resulta obvio, por eso estoy yo aquí ¿no? de alguna forma creen que puedo estar involucrada.
- No creemos nada, solo estamos investigando.
- También existe otra posibilidad - señala Miguel.
- Cuénteme su hipótesis…
- Es posible que el Chata siga vivo y que te esté siguiendo – Miguel omite las últimas noticias de Málaga, aun no tienen resultados de las pruebas de ADN y juega la baza a ver si consigue inquietar a la chica.
- ¿Por qué haría algo así?
- No lo sabemos pero no podemos descartarlo, quizás tú seas su fetiche.
- ¿Una fijación en mí que dura toda la vida y que lo obliga a desplazarse por toda España siguiéndome mientras vive en la clandestinidad y asesina?
- Pudiera ser. En ese caso tú estarías en peligro.
- Si quisiera matarme supongo que lo habría hecho ya.
- Quizás no quiera hacerlo o quizás simplemente te deje para el final - sentencia con tono grave Calalberche tratando de darle toda la fuerza posible a sus palabras, que sin embargo no consiguen alterar a Máxim.
- ¿Debería sentirme asustada?
- No lo pareces.
- Claro que no lo parezco - estalla ella elevando la voz y poniéndose de pie a la vez que apoya las dos manos sobre la mesa.
Pero incluso cabreada mantiene contenida su furia dentro de los límites y parece pensar muy bien lo que dice a continuación.
- Ya sentí todo el miedo que tenía que sentir en aquella asquerosa cabaña, no estoy dispuesta a vivir asustada.
Ahora se dirige a Leia.
- ¿Sabes lo que es que un tipo como el Chata te viole? ¿tienes idea de lo que significa estar indefensa y lejos de cualquiera que pueda prestarte ayuda? ¿tener la certeza de que te va a matar? ¿Sabes lo que es esquivar la muerte por los pelos? ¿Lo que es sentirse rechazada por tu propia gente y tener que irte de tu ciudad?
>> Me ha costado mucho encontrar una forma de vivir, un lugar donde estar, una manera de existir sin ser una mierda asustada. Y ustedes no me han ayudado ¿cuántos años han pasado de aquello? es la segunda vez que hablamos y estás todavía como al principio, perdido, sin saber qué hacer – esta vez tutea a Calalberche, detalle que no le pasa desapercibido.
- No puedo esperar nada de la policía – continúa fijando ahora su atención en Laia - Entonces era muy joven y no lo sabía, creía que podían protegerme, pero aquel tipo ya tenía denuncias, incluso había estado la cárcel y nadie hizo nada por pararlo. Y después de que me lo hiciera a mí, parece ser que las cosas no han ido a mejor ¿verdad? Así que permítanme que dude de lo que ustedes pueden conseguir.
- Si está en la calle continuará matando gente.
- Pues entonces deténganlo.
- Ayúdanos a hacerlo.
- Ya les he dicho que no sé nada, no entiendo cómo puedo ayudar. Ahora quisiera llamar a mi abogado, no veo el motivo de que yo deba continuar aquí.
- Estamos haciendo inventario del registro de tu casa. Hasta que no evaluemos y tengamos los informes continuarás detenida. Ahora puedes hacer esa llamada. Si quieres avisaré para que alguien te acompañe.
Los dos policías se reúnen en el pasillo, lo suficientemente lejos de la habitación. Es Laia la primera que enfrenta la mirada a su compañero y le plantea la pregunta del millón.
- ¿Qué opinas?
- Que miente, estoy seguro que miente. Ya lo ha hecho antes.
- Esto está muy cogido con pinzas, en cuanto intervenga un abogado la vamos a tener que soltar.
- Tendrás que emplearte a fondo con la fiscal y el juez. Estamos hablando del peor caso de asesino múltiple de los últimos años. Si les damos el más mínimo indicio no se arriesgarán.
- ¿Y dónde está ese indicio? No tenemos ninguna prueba material.
- Vamos a ver qué da de sí el registro
- Esperemos que haya algo - contesta Laia más con ganas que con convicción, ambos saben que no lo tienen fácil, pero es lo único que tienen.
- ¿Cómo está?
- Tranquila.
Calalberche asiente. Elena Barrientos no ha demostrado sorpresa ni inquietud a lo largo de toda la jornada, ni siquiera cuando llamaron a su piso y la detuvieron. Se limitó a echarles una mirada de hastío, la misma que les hubiera echado a unos testigos de Jehová impertinentes que le hubieran cortado el desayuno. También se mantuvo impertérrita mientras registraban su apartamento, limitando toda la conversación a un lacónico “no sé lo que buscan, pero si me lo dicen quizás pueda ayudarles” para el que no obtuvo respuesta.
Los delitos con los que podría estar relacionada no son aquellos en los que nadie colabora voluntariamente con la policía. Sin duda ella lo sabe y aquello constituía más una provocación que un ofrecimiento real. Eso era algo que ambos policías se sabían de sobra. A partir de ahí la mañana ha transcurrido entre viajes a la comisaría, papeleos, firma de documentación y recogida de material aún pendiente de evaluar de su vivienda. A ella la han dejado por protocolo una hora y media incomunicada, a ver si se pone nerviosa, cosa que no parece que haya sucedido.
- Pues vamos ¿no?
- Sí, venga.
Entran en la sala donde está Máxim que los sigue con la mirada sin inmutarse, aunque ellos evitan confrontar. Hacen como si no estuviera y se limitan a acercar dos sillas al lado opuesto de la mesa donde ella está sentada.
- Hola Victoria ¿te encuentras bien? ¿necesitas algo? – inquiere Laia cuando por fin ambos han tomado asiento y establecen contacto visual.
- Es curioso.
- ¿El qué es curioso?
- Después de ver tantas películas y series americanas esto no tiene pinta de sala de interrogatorios.
La verdad es que tiene razón, la sala es austera pero no está desprovista de toda decoración, hay un viejo almanaque y un póster de la policía. La mesa es una normal de oficina, igual que las sillas donde se sientan. No son las típicas desprovistas de cajones, lisas y ancladas al suelo. Tampoco Maxím está esposada ni hay una cadena que la mantenga unida a un elemento fijo sobre el tablero. Quizás la ausencia más evidente sea que falta el espejo tras el cual están el resto de los policías escuchando. Aquello tiene más pinta de un despacho reconvertido en sala de interrogatorios que otra cosa. Lo único cierto es que la puerta de acceso es pesada y, a menos que tengas las llaves, solo puedes abrir desde fuera.
- Bueno, no te creas todo lo que ves en la tele, aquí hacemos las cosas de forma un poco diferente.
- Pues estoy deseando de que empiecen a hacer lo que tengan que hacer, no puedo pasarme todo el día aquí.
La inspectora saca una grabadora pequeña y la pone encima de la mesa.
- Inspectora Laia Ferrer interrogatorio a Victoria Segarra López.
- ¿Pueden ustedes grabar esto? ¿no tendría yo que dar permiso?
- No necesitamos pedir permiso, pero te puedes negar a hablar con nosotros sí lo consideras oportuno, como te hemos dicho esta mañana cuando te hemos leído los derechos. Te recuerdo también que también tienes derecho a pedir un abogado. Si no dispones de ninguno te buscaremos uno de oficio.
- ¿Necesito un abogado? ¿De qué se me acusa?
- De momento de nada, estamos todavía investigando y de tu colaboración dependerá que formulemos acusación o no.
- ¿Puedo estar detenida sin que se me acuse de nada?
- Es una detención preventiva, solo para interrogarte.
- ¿Detención preventiva? ¿eso existe?
Ambos policías intercambian una mirada y permanecen unos momentos en silencio mientras Maxím se ríe.
- Mire, igual va a ser buena idea lo de llamar a mi abogado. Pascual Mirabelles, del bufete Legalium. Ya me ha atendido en alguna ocasión que he tenido alguna reyerta en el local donde trabajo. Con un abogado aquí, estoy segura que a menos que tengáis algo más importante que poner sobre la mesa, estaría en la calle enseguida.
- Eso no evitará que te interroguemos, tenemos una orden judicial.
- Sí, pero eso será otro día. Esta noche dormiré en mi casa, vosotros mismos me habéis leído mis derechos así que puedo cerrar el pico y pedir un abogado.
Miguel toma la grabadora y la detiene. Observa fijamente a la detenida que no parece inmutarse, está tranquila y calmada, sabe que ha dejado la pelota en su campo y espera con tranquilidad su respuesta.
- Mira Victoria, nada de esto se va a grabar, vamos a tener una charla informal si te parece bien y luego ya decides si llamas a tu abogado o no.
- Si hablas con nosotros todo será más fácil – interviene Laia - Se supone que no tienes nada que esconder ¿verdad?
- En absoluto. Pero pregunto yo primero ¿De qué se me acusa?
- Creemos que puedes tener información sobre al menos tres asesinatos cometidos en Barcelona y también creemos que no nos has contado todo lo que sabes.
- Se refiere a los de las tres fotos que me enseñaron ¿no es cierto?
- Exactamente.
- ¿Creen que estoy obstaculizando la justicia?
- Puede que también incluso encubriendo a alguien - deja caer Calalberche con toda la intención.
- Eso es absurdo.
- Afirmaste que no conocías a ninguna de las víctimas y tenemos una testigo que confirma lo contrario. Te vio hablar con Esther en el local ¿Qué explicación le das a esto?
- Ya se la di en su día.
- Refréscame la memoria por favor.
- Hay dos posibles explicaciones: una es que su testigo esté equivocada. Pudo ser alguien muy parecida a la tal Esther.
- La testigo está bastante segura: reconoció la foto.
- En todo caso ella afirma que me vio y yo afirmo que no recuerdo haber hablado con esa chica.
- Ahora ya no lo niegas…
- Esa es la segunda explicación posible. Todas las noches atiendo a decenas de mujeres. Si esa chica se dirigió a mí en algún momento y hablé con ella puede ser que lo haya olvidado o se me haya pasado. Si no sucede nada importante, no guardo registro de los cientos de conversaciones ni de los cientos de caras que puedo llegar a ver en una semana.
Los dos policías tienen la vista fija en Máxim y sus expresiones dejan poco lugar a dudas: está claro que no la creen.
- ¡Venga! en serio ¿solo por eso me han detenido?
- Ya te lo hemos dicho: pensamos que no estás colaborando con nosotros. No nos estás diciendo toda la verdad, Elena.
Calalberche ha dejado caer su nombre lentamente, exactamente igual que si hubiera sacado el arma homicida y la hubiera depositado encima de la mesa.
- Elena Barrientos ¿no es ese tu verdadero nombre?
- Así que era eso...
- Tú quizás no te acuerdes, pero ya te interrogue en Málaga hace...
- Me acuerdo perfectamente - le interrumpe ella endureciendo la mirada - yo era muy joven, me acababan de violar y habían estado a punto de asesinarme. Usted era uno de los policías que no consiguieron detener al Chata.
- Me hice cargo de la investigación después de que a ti te sucediera aquello.
- Y tampoco consiguió detenerlo ¿no es cierto? – insiste.
Laia percibe como su compañero se pone rígido y aguanta tenso el gesto de contrariedad. El interrogatorio no está yendo nada bien. No es la detenida la que se está poniendo nerviosa, ni la que parece a punto de perder los papeles.
- No es fácil - interviene la policía - hacemos lo que podemos, todavía hoy lo estamos intentando.
- Pues no parece que estén consiguiendo nada.
- Quizás si tú nos ayudas...
- Ya les he contado todo lo que sé ¿tienen alguna otra pregunta? por mi parte estoy dispuesta a escucharles.
- Hace tres años llegaste a Barcelona y te cambiaste el nombre por el de Victoria Segarra ¿Venías de Málaga?
- No, llegué de Madrid. Después de la violación me fui a vivir con mi tía.
- ¿Me puedes decir en qué fechas estuviste viviendo en Madrid?
- Me fui un par de meses después de que sucedieran los hechos y me vine a Barcelona hace tres años, pero eso ya lo saben ¿verdad?
- ¿Algún hecho digno de reseñar de tu estancia en Madrid?
- No, ninguno.
- ¿Por qué te fuiste de casa de tu tía?
- Quería independizarme. Mi tía me había ayudado ya bastante y no me gusta ser una carga, prefiero vivir mi propia vida.
- ¿Ella te pidió que te fueras?
- No, en absoluto, fue decisión mía.
- Durante tu estancia en Madrid ocurrieron algunas muertes…
- ¿Me está acusando de algo?
- No, solo señalo coincidencias…
- Seguro que durante el tiempo estuve en Madrid hubo muchas muertes, es una ciudad complicada.
- Algunas parecían muy similares a las de Málaga…
- No soy policía ni forense, pero si usted lo dice…
- Elena...
- Victoria, por favor.
- Victoria ¿sabes algo de José Marchena? ¿volvió a intentar acercarse a ti? ¿has tenido alguna noticia suya desde lo que sucedió en Málaga?
- No, ni quiero tenerla como comprenderá ¿Creen que pueda estar detrás de estos asesinatos?
La inspectora no contesta.
- Claro, resulta obvio, por eso estoy yo aquí ¿no? de alguna forma creen que puedo estar involucrada.
- No creemos nada, solo estamos investigando.
- También existe otra posibilidad - señala Miguel.
- Cuénteme su hipótesis…
- Es posible que el Chata siga vivo y que te esté siguiendo – Miguel omite las últimas noticias de Málaga, aun no tienen resultados de las pruebas de ADN y juega la baza a ver si consigue inquietar a la chica.
- ¿Por qué haría algo así?
- No lo sabemos pero no podemos descartarlo, quizás tú seas su fetiche.
- ¿Una fijación en mí que dura toda la vida y que lo obliga a desplazarse por toda España siguiéndome mientras vive en la clandestinidad y asesina?
- Pudiera ser. En ese caso tú estarías en peligro.
- Si quisiera matarme supongo que lo habría hecho ya.
- Quizás no quiera hacerlo o quizás simplemente te deje para el final - sentencia con tono grave Calalberche tratando de darle toda la fuerza posible a sus palabras, que sin embargo no consiguen alterar a Máxim.
- ¿Debería sentirme asustada?
- No lo pareces.
- Claro que no lo parezco - estalla ella elevando la voz y poniéndose de pie a la vez que apoya las dos manos sobre la mesa.
Pero incluso cabreada mantiene contenida su furia dentro de los límites y parece pensar muy bien lo que dice a continuación.
- Ya sentí todo el miedo que tenía que sentir en aquella asquerosa cabaña, no estoy dispuesta a vivir asustada.
Ahora se dirige a Leia.
- ¿Sabes lo que es que un tipo como el Chata te viole? ¿tienes idea de lo que significa estar indefensa y lejos de cualquiera que pueda prestarte ayuda? ¿tener la certeza de que te va a matar? ¿Sabes lo que es esquivar la muerte por los pelos? ¿Lo que es sentirse rechazada por tu propia gente y tener que irte de tu ciudad?
>> Me ha costado mucho encontrar una forma de vivir, un lugar donde estar, una manera de existir sin ser una mierda asustada. Y ustedes no me han ayudado ¿cuántos años han pasado de aquello? es la segunda vez que hablamos y estás todavía como al principio, perdido, sin saber qué hacer – esta vez tutea a Calalberche, detalle que no le pasa desapercibido.
- No puedo esperar nada de la policía – continúa fijando ahora su atención en Laia - Entonces era muy joven y no lo sabía, creía que podían protegerme, pero aquel tipo ya tenía denuncias, incluso había estado la cárcel y nadie hizo nada por pararlo. Y después de que me lo hiciera a mí, parece ser que las cosas no han ido a mejor ¿verdad? Así que permítanme que dude de lo que ustedes pueden conseguir.
- Si está en la calle continuará matando gente.
- Pues entonces deténganlo.
- Ayúdanos a hacerlo.
- Ya les he dicho que no sé nada, no entiendo cómo puedo ayudar. Ahora quisiera llamar a mi abogado, no veo el motivo de que yo deba continuar aquí.
- Estamos haciendo inventario del registro de tu casa. Hasta que no evaluemos y tengamos los informes continuarás detenida. Ahora puedes hacer esa llamada. Si quieres avisaré para que alguien te acompañe.
Los dos policías se reúnen en el pasillo, lo suficientemente lejos de la habitación. Es Laia la primera que enfrenta la mirada a su compañero y le plantea la pregunta del millón.
- ¿Qué opinas?
- Que miente, estoy seguro que miente. Ya lo ha hecho antes.
- Esto está muy cogido con pinzas, en cuanto intervenga un abogado la vamos a tener que soltar.
- Tendrás que emplearte a fondo con la fiscal y el juez. Estamos hablando del peor caso de asesino múltiple de los últimos años. Si les damos el más mínimo indicio no se arriesgarán.
- ¿Y dónde está ese indicio? No tenemos ninguna prueba material.
- Vamos a ver qué da de sí el registro
- Esperemos que haya algo - contesta Laia más con ganas que con convicción, ambos saben que no lo tienen fácil, pero es lo único que tienen.