Fantasías sexuales de las españolas 2º parte

Laia y Miguel están en la puerta de Sweet Queen. Han decidido presentarse sin avisar y lo hacen a la hora de máxima afluencia. Son las 23:30 de la noche. A Miguel le hubiera gustado llegar antes, pero hay cosas que la inspectora no se salta a menos que sea cuestión de vida o muerte.


- Teníamos que haber venido a las ocho – comenta.


- A diferencia de ti, que decides malgastar tus vacaciones y tu tiempo libre viniendo a tocar los huevos a Barcelona, yo tengo una vida fuera del trabajo. Mis hijas no cenan sin su madre si puedo evitarlo.


- Si tan pesado me pongo puedo irme a Madrid en cuanto tú me digas que sobro aquí.


- No te pongas dramático, hombre. Como decía Gila, si no sabes aguantar una broma vete del pueblo.


- Y dale con que me vaya, vuelta a la burra al trigo…


Mientras, observan la entrada donde un tipo alto, musculado y calvo hace de guardia de puerta. Parece más un motero que portero, pero precisamente por eso le habrán puesto ahí. Han hablado con los policías que estuvieron en su día en el local. Entrevistaron al portero, la dueña y las camareras. Ninguno reconoció a Esther ni a la amiga que la acompañaba, no supieron tampoco dar detalles de nadie extraño que hubieran visto rondar por allí y menos un individuo de la edad del Chata. La visita se liquidó rápido, pero esta vez ellos en persona se ocuparán del interrogatorio. Se acercan al tipo y le muestran la placa.


- ¿Quién es el responsable del local?


- La responsable se llama Nieves y es la dueña.


- ¿Está dentro?


- Sí. A la derecha de la barra hay una puerta que da a un pequeño reservado. Suele encontrarse allí ocupándose de las cuentas. Si no, preguntad a las camareras y os indicarán quién es.


Antes de entrar, Calalberche saca tres fotos correspondientes a las tres víctimas de Barcelona, incluida la más reciente. Es la primera que le enseña.


- ¿Has visto por aquí alguna de estas personas?


El otro toma la fotografía y la mira un rato largo.


- No, no me suena. De todas formas, aquí entra mucha gente, no me fijo en todos.


Igual resultado para el resto de las fotografías. Laia y Miguel deciden entrar al local.


- Este tipo es muy despicado para ser portero - comenta él - podría haber pasado una bandera completa de la Legión por la puerta con la cabra incluida sin que se hubiera dado cuenta.


- O eso o miente muy bien.


- Yo creo que no, no ha dudado ni un solo instante y tiene pinta de despistado. Además, fíjate como tiene los ojos. Ese le pega a la coca seguro. A partir de una hora o dos de puerta ya no se entera de nada, simplemente está como un marmolillo en la entrada para impresionar o para emplear el músculo si hay algún problema. Creo que solo es un bulto y poco más así que probemos suerte con la gente de dentro.


Se paran un minuto a reconocer el pub, que en ese momento está bastante lleno. Se ven algunas pintas raras, pero en general lo que prima son mujeres con ganas de divertirse, varias jóvenes, la mayoría con una media de edad por encima de los 30 o 40. No parece en absoluto un local problemático. Hay ajetreo, la música está alta y las dos camareras bastante ocupadas. Así que se dirigen directamente al reservado que les ha indicado el portero, dan un par de toques en la puerta y luego abren sin esperar. Una mujer de unos cincuenta y tantos años, rubia, con unas gafas de ver de cerca con su cordelillo para que no se le caigan, está sentada tras una diminuta mesa en lo que parece un pequeño almacén donde se apilan cajas de bebidas, vajilla y un arcón grande con un logotipo de bolsas de hielo. La mujer levanta la vista de los papeles que está revisando y los mira, enfurruñada. Al parecer, no le agrada en absoluto que invadan su zona privada.


- Aquí no se puede entrar.


Laia opta por hacer de poli buena a ver si entre mujeres se entienden. Le muestra la placa y con tono amable le pregunta:


- ¿Es usted Nieves? inspectora Ferrer ¿puede atendernos un par de minutos?


La otra otea por encima de las gafas. La mirada no es amistosa y le sigue un “ustedes dirán” en el que las palabras se arrastran como si les costara salir de su boca. El inspector pone encima de la mesa las fotos.


- Quisiera preguntarle si ha visto alguna de estas personas por aquí.


Ella observa y niega con la cabeza. Señala a Esther.


- ¿Por esta no estuvieron ya preguntando hace un tiempo?


- Sí, efectivamente.


- Pues no, lo siento mucho pero no conozco a ninguno de los tres.


- Creemos que pudieron ser clientes de su local.


- Desde luego no son clientes habituales, los conocería. Por aquí pasa mucha gente ¿sabe? es un local de referencia para el colectivo LGTBI. También hay personas que vienen de fuera de Barcelona y entran a tomarse una copa. Imposible acordarse de todos.


- Claro. Bien ¿le importa que les enseñemos las fotos a sus camareras?


- Si me importa, tenemos el local lleno y lo último que me hace falta es a la policía ahuyentándome a la clientela.


- Podemos citarlas a declarar.


- Pues háganlo, pero aquí no quiero escándalos. No sé por qué buscan a esta gente, pero nosotros no tenemos nada que ver.


Laia y Miguel no necesitan mirarse entre ellos para saber que ahí se acaba la colaboración de la dueña del local. No parece muy contenta de ver a la policía.


La mujer tiene sus razones. La relación entre el colectivo y la policía nunca ha sido muy buena. Y no hablamos ya de los años en que la homosexualidad estaba perseguida, que esos apenas le tocaron vivirlos, sino de temas mucho más recientes. Muy cerca hay varios locales también y pubs, donde le consta que la Policía colabora con el personal de seguridad rápidamente en cuanto se produce cualquier altercado o incidente. En el Sweet Queen casi nunca hay complicaciones con la gente de dentro, sino más bien con gente problemática que trata de acceder y curiosamente, en su caso, a diferencia de los otros locales, la policía no los trata como agredidos sino como sospechosos. No sabe si es ese poso de homofobia que todavía puede quedar en la institución, pero nunca se han llevado demasiado bien. También hay que decir que a la gente del colectivo no le agrada demasiado ver a la policía por allí, prefieren pasar desapercibidos cuando salen a divertirse. La vez anterior, que vinieron a preguntar por la otra chica, no mostraron demasiado tacto.


- De acuerdo, hablaremos con su personal más tarde ¿A qué hora abren?


- A las cinco y media de la tarde.


- Bien, pues mañana estaremos aquí a esa hora.


- Les estaré esperando.


Cuando vuelven al local el barullo y la música envuelven de nuevo a los policías. Se fijan en las camareras. Una bajita y regordeta, con el pelo corto, parece ajena a todo, enfrascada en servir bebidas. La otra delgada, musculosa y con una coleta larga a la espalda. Esta última sí parece haber reparado en su presencia y les lanza una mirada inquisitoria. Es solo apenas un segundo, antes de volver la vista a la barra. Calalberche cree adivinar una pequeña sonrisa en sus labios. Piensa que es como si la conociera. Algo le llama la atención, pero no sabe que es. Quizás su seguridad. Salen fuera e intercambian un saludo con el portero.


- ¿Qué opinas?


- Pues que no parece muy contenta con nuestra presencia, pero es normal. A ningún negocio le gusta ver a la policía husmeando, eso espanta a la clientela y da mala fama. Y menos en un local de lesbianas.


- ¿Crees que sacaremos algo del interrogatorio a las camareras? Cuando lo de Esther, según el informe que presentaron, tampoco sabían nada. Me da la impresión de que estamos perdiendo el tiempo aquí.


- Eso solo hay una forma de comprobarlo y es hablando con ellas. Esta vez las interrogaremos nosotros.


Calalberche ve aproximarse por la acera a un grupo de mujeres. Se ve que es hora punta en el Sweet. Saca las fotos de su bolsillo y se dirige a ellas.


- ¿Qué haces?


- Pues aprovechar el viaje ya que estamos aquí. Total, no tenemos nada que perder. Dentro no podemos actuar, pero nada nos impide hacerlo en la calle.


- Hola, buenas noches - les entra tirando de placa - Por favor ¿podrían ayudarnos? ¿alguna de ustedes ha visto a una de estas personas?


Las chicas forman en círculo alrededor y se pasan las fotos. No parecen molestas, por el contrario, se fijan atentamente intentando hacer cabeza. La respuesta no obstante es negativa.


- ¡Eh! ¿qué hacen ustedes? - los interpela el portero.


Laia lo fulmina con la mirada. Sin que sea necesario decir nada más el otro da un paso atrás refugiándose en el marco de la entrada, consciente de que ahí acaban sus dominios. La pareja se queda media hora más en la puerta y muestra la fotografía a todos los que entran o salen, mayoritariamente mujeres. Nadie reconoce a ninguno de los asesinados. La inspectora mira la hora.


- Miguel, tengo que irme, es ya tarde.


- Claro - responde a pesar de que él hubiera estado dispuesto a quedarse toda la noche allí en la puerta.


Repentinamente cobra conciencia de que su compañera tiene vida más allá del trabajo y también responsabilidades. Cuando se levante temprano y esté desayunando para ir a la comisaría, ella ya llevará un buen rato en pie después de tocar diana en su casa, haberles puesto el desayuno a sus hijas y dejarlas en el colegio. Lo intentan por última vez con un grupo de tres mujeres que se acercan con igual resultado negativo. Es entonces cuando una mujer madura de unos cuarenta años abandona el local y curiosa, se les queda mirando sin entender muy bien lo que están haciendo allí. Laia se dirige a ella.


- Disculpe señora, somos policías ¿reconoce alguna de estas personas?


La mujer mira la fotografía de Patricia mientras mueve la cabeza, luego la del chico también asesinado y por último la de Esther, con la que se entretiene unos segundos.


- A esta chica la conozco ¿qué pasa? ¿ha hecho algo?


- No, más bien es a ella a quien le han hecho algo ¿de qué la conoce?


La mujer se muestra ahora un poco incómoda, como si lamentara haberse detenido. La curiosidad le ha podido y ahora se ve obligada a dar explicaciones.


- La vi por aquí en un par de ocasiones, pero de eso hace ya más de un año.


- ¿Es usted habitual del local?


- Suelo venir de vez en cuando.


- Esta chica, cuando usted la vio ¿estaba sola?


- La primera vez no, venía acompañada de otra joven.


- ¿Podría describirla?


La mujer lo hace. La descripción coincide con Montse, la compañera de Esther, la que afirmaba haber acudido al Sweet Queen con ella por primera vez.


- Y ¿en la segunda ocasión?


- Estuvo sola toda la noche. Bueno, yo me fui antes de que ella abandonara el local, pero el rato que permanecí allí sí, estuvo sola. Se quedó en la barra hablando con la camarera.


- ¿Está segura?


- Bastante, lo sé porque la estuve observando.


- ¿Y eso por qué?


La mujer pone cara de sorpresa, como si el tema no resultara evidente. Laia lo entiende al momento.


- ¿Habló usted con ella?


- Sí


- ¿Y?


- Me acerqué porque vi que no venía acompañada y me pareció que estaba un poco desubicada, se le notaba que era novata.


- ¿Estuvieron juntas mucho rato?


- No, qué va, tan solo intercambiamos unas cuantas palabras. Enseguida me di cuenta que era una chica tímida. Bueno, ya me entiende, ella no parecía estar preparada, es lo que nosotros llamamos una curiosa.


- ¿Una curiosa?


- Sí, son esas chicas un poco ambiguas que no tienen clara su sexualidad y que vienen aquí por curiosidad o porque esto les pone un poco, pero que no tienen claro si son lesbianas o no. Me dijo que solo había entrado a tomar una copa y a mirar. Y ahí se acabó la conversación. Me di cuenta que estaba un poco incómoda así que decidí no forzar la situación y la dejé sola.


- ¿Se fijó usted si interactuaba con más personas?


- No, sólo habló con Máxim. Me dio la impresión de que ella sí que le gustaba, pero eso no es extraño, Máxim nos gusta a todas…


- ¿Quién es Máxim?


- Es la camarera.


Calalberche y Laia intercambian una mirada intensa. La policía mete la mano en el bolsillo y saca una tarjeta que le entrega a la mujer.


- Le estamos muy agradecidos por su ayuda, si recuerda alguna cosa más o hay algún detalle que recuerde más tarde y que pueda sernos de utilidad, le agradecería que nos llamara, por favor.


- De acuerdo - dice ella guardándose furtivamente la tarjeta en el bolso.


Se aleja de allí deprisa. Se supone que ha hecho lo adecuado hablando con la policía, colaborar con las fuerzas de seguridad es lo correcto ¿no? Discurre, mientras se marcha sin poder dejar de sentirse inquieta y bajo la mirada del portero que adivina en su espalda.


- ¿Tenemos los datos de las camareras?


- Si son las mismas que estaban el año pasado, sí.


- ¿Lo comprobamos mañana en cuanto llegues a la comisaría y a las cinco y media estamos aquí para hacerles una visita?


- Sí.


- Pues vámonos, quizás hayamos tenido suerte.


El día acaba justo a medianoche y ambos vuelven, una a su casa y otro al hotel, cansados pero contentos. Quizás tengan un hilo del que tirar.
 
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