Fuego en la Nieve

manray

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Fuego en la nieve

Nunca pensé que un fin de semana en Navacerrada iba a cambiar tanto las cosas. Llevaba seis meses desde lo de Marcos, seis meses en los que me había convencido de que lo mejor era no complicarse, tomarme un tiempo, centrarme en el trabajo, en la boutique, en doblar cachemiras de 600 euros y recomendar tallas con esa sonrisa profesional que ya me sale sola. Pero Julia siempre ha tenido esa habilidad para romper mis planes sin que me dé cuenta.




La escapada a Navacerrada fue idea de Julia, como casi todo lo que rompe la rutina. “Necesitamos nieve, vino y cero dramas”, me dijo una tarde en la boutique mientras doblábamos jerséis de cachemira. Yo acababa de cumplir 33, seguía lamiéndome las heridas de la ruptura con Marcos —seis meses ya, pero a veces duele como si fueran seis días—, y la idea de un fin de semana solo nosotras dos en la sierra me pareció perfecta. Nada de esquí extremo, nada de multitudes; solo una casita de madera alquilada a las afueras del Puerto de Navacerrada, con chimenea, vistas al valle nevado y cero expectativas más allá de reírnos hasta que nos doliera la tripa.

Navacerrada, o Puerto de Navacerrada para ser precisos, es esa estación pequeña y familiar en la Sierra de Guadarrama, a menos de una hora de Madrid. No es como Sierra Nevada o Baqueira con sus kilómetros infinitos de pistas; aquí hay unos 10 km esquiables, entre 1.700 y 2.200 metros de altitud, con pistas azules y rojas mayoritariamente para principiantes e intermedios, un par de telesillas y remontes sencillos. Es la cuna de muchos madrileños que aprendieron a esquiar de niños, con nieve natural que a veces se complementa con cañones, y un ambiente relajado: familias, grupos de amigos, gente que va más por el paisaje y el after-ski que por batir récords.

Llegamos el viernes por la tarde, a finales de febrero o principios de marzo —la temporada suele durar hasta finales de marzo, dependiendo del año—, con el coche cargado de maletas, dos botellas de Ribera del Duero, queso manchego, chorizo y una bolsa de naranjas que Julia insistió en llevar “para los desayunos sanos”. El camino desde Madrid por la A-6 y luego la M-601 es precioso: pinos, curvas que suben y, de pronto, el blanco cubriendo todo. Ese año la nieve había sido generosa; partes recientes hablaban de 30-60 cm en la base, polvo en cotas altas y buena calidad pese a que ya entrábamos en la primavera meteorológica. El parte del día que llegamos indicaba estación abierta, varios remontes funcionando y temperaturas frías pero soleadas por la mañana, ideales para no pasar frío en las pistas.

La casita estaba en una urbanización tranquila cerca de Cercedilla, a unos minutos del puerto. Era de troncos oscuros, con un porche cubierto de nieve, chimenea de piedra y un salón amplio con alfombra gruesa delante del fuego. Dentro olía a madera y a resina. Dejamos las cosas, abrimos la primera botella y nos sentamos en el sofá con mantas. Julia se quitó las botas y estiró las piernas sobre mis rodillas, descarada como siempre. Llevaba leggings negros que marcaban sus curvas generosas, un jersey oversize que dejaba ver el tatuaje floral que le sube por el costado y esa melena rubia suelta que siempre huele a vainilla.

Hablamos horas. De la clienta que me había pedido probarse medio almacén sin comprar nada, de cómo ella había cortado con la última chica porque “no sabía lo que quería”, de lo ridículo que es seguir swipeando en apps a nuestra edad. La nieve caía suave fuera, amortiguando todo, y el fuego crepitaba. En algún momento, Julia se acercó más, apoyó la cabeza en mi hombro. “Estás guapa cuando te relajas, ¿sabes?”, murmuró. Su mano subió por mi brazo, despacio, enredándose en mi pelo moreno por la nuca.

No hubo palabras grandes. Solo un beso que empezó tentativo y se volvió urgente. Sus labios sabían a vino tinto y a libertad. Me besaba con esa seguridad suya, lengua juguetona con el piercing frío que me erizaba la piel. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretándome contra ella; yo, con mi 1,60 y mis 48 kg, encajaba perfecta en su abrazo voluptuoso. Le quité el jersey; sus tetas 95D cayeron libres del encaje negro, pesadas y perfectas. Las besé despacio, succionando los pezones gruesos hasta que gimió y tiró de mi pelo

La nieve seguía cayendo fuera, un velo blanco que aislaba la cabaña del mundo, mientras dentro el fuego crepitaba con un ritmo hipnótico, proyectando sombras danzantes sobre nuestras pieles desnudas. Julia me tenía tumbada sobre la alfombra gruesa, mi espalda contra el suelo cálido por el calor de las llamas, y sus ojos verdes me miraban con una intensidad que me hacía sentir expuesta, vulnerable, pero también increíblemente viva. Su melena rubia caía como una cascada sobre sus hombros, rozándome los pechos pequeños mientras se inclinaba para besarme de nuevo. Ese beso fue profundo, su lengua explorando mi boca con el piercing frío que contrastaba con el calor de su aliento, saboreando el vino que aún perduraba en nosotras.

Sus manos, grandes y seguras, bajaron por mis costados, trazando las curvas suaves de mi figura de 1,60 y 48 kg, deteniéndose en mis caderas para apretarlas con posesión. "Estás tan mojada ya, Bea... joder, me vuelves loca", murmuró contra mis labios, y sentí sus dedos deslizarse entre mis muslos, apartando los labios hinchados de mi sexo con una delicadeza que contrastaba con la urgencia en su voz. Empezó con círculos lentos alrededor de mi clítoris, resbaladizos por mi excitación, y yo arqueé la espalda, un gemido escapando de mi garganta mientras mis manos se enredaban en su pelo ondulado.

No se apresuró. Sus dedos entraron en mí despacio, uno primero, curvándose hacia arriba para rozar ese punto sensible dentro que me hizo jadear. "Así... relájate, déjame cuidarte", susurró, y añadió un segundo dedo, moviéndolos en un ritmo constante, dentro y fuera, mientras su pulgar seguía presionando mi clítoris en espirales cada vez más rápidas. Mi cuerpo respondía sin control: las caderas se movían solas contra su mano, mis pezones duros como piedras bajo el roce accidental de su brazo. El placer crecía en oleadas, desde el vientre hasta las puntas de los dedos, y cuando sentí el primer orgasmo acercarse, intenté advertirla, pero solo salió un "Julia... voy a..." entrecortado. Ella aceleró, besándome el cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Me corrí con un grito ahogado, el cuerpo convulsionando alrededor de sus dedos, oleadas de calor explotando en mi interior, dejando mis muslos temblando y mi aliento entrecortado.

No paró. En lugar de darme un respiro, sacó los dedos despacio, los lamió mirándome a los ojos con una sonrisa traviesa, y bajó la cabeza entre mis piernas. Su boca fue implacable: lengua plana lamiendo de abajo arriba, succionando mi clítoris hinchado con labios suaves, el piercing metálico rozando justo en el punto perfecto para enviarme chispas de placer. Metió la lengua dentro de mí, saboreándome, mientras sus manos me abrían más los muslos, inmovilizándome con gentileza. "Otro, Bea... dame otro", murmuró contra mi piel, vibrando las palabras directo a mi centro. El segundo orgasmo llegó más rápido, más intenso, como una ola que me arrastró sin piedad. Grité su nombre, tirando de su melena rubia, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza mientras todo mi cuerpo se tensaba y liberaba en espasmos interminables, dejándome exhausta pero aún con un pulso de deseo latiendo en mis venas.

Julia se incorporó, sus tetas generosas 95D balanceándose con el movimiento, los pezones gruesos y rosados endurecidos por la excitación. Su piel estaba sonrojada, los tatuajes florales en su costado brillando con un leve sudor, y el piercing en su ombligo captando la luz del fuego. "Tu turno, preciosa", dijo con voz ronca, tumbándose a mi lado y guiando mi mano hacia su sexo. Estaba empapada, los labios hinchados y abiertos, invitándome. La toqué despacio al principio, explorando con dedos temblorosos: círculos en su clítoris, que estaba duro y sensible, y luego dos dedos dentro de ella, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. Ella gemía bajo, arqueando la espalda, sus caderas moviéndose contra mi mano. "Más profundo... sí, joder, así".

Bajé la cabeza para besarla ahí, mi lengua imitando lo que ella me había hecho: lamiendo lento, succionando, saboreando su esencia salada y dulce. Metí un tercer dedo, curvándolos hacia arriba, y aceleré el ritmo mientras mi boca se centraba en su clítoris. Julia se retorcía, una mano en mi pelo moreno tirando con fuerza, la otra pellizcándose un pezón. "No pares... estoy cerca...". Su primer orgasmo fue explosivo: un grito largo, el cuerpo temblando entero, contracciones apretadas alrededor de mis dedos que me hicieron gemir contra ella. Siguió corriéndose en oleadas, muslos apretándome la cabeza, hasta que se derrumbó jadeando.

Pero quería más de ella, como si algo se hubiera desatado en mí. Sin darle tiempo a recuperarse, seguí lamiendo, más suave ahora, construyendo de nuevo. "Otro para ti, Julia... por favor", susurré, y ella rio entre gemidos, "Eres insaciable... sí, hazlo". Aceleré de nuevo, dedos entrando y saliendo con un sonido húmedo, lengua rápida sobre su clítoris. El segundo llegó con menos advertencia: se arqueó violentamente, gritando mi nombre, el cuerpo convulsionando en espasmos que la dejaron temblando y riendo al mismo tiempo, lágrimas de placer en las comisuras de sus ojos verdes.

Nos quedamos un rato así, respirando fuerte, cuerpos entrelazados en la alfombra. Ella me atrajo hacia sí, besándome lento, mezclando nuestros sabores. "Joder, Bea... nunca pensé que esto sería tan... intenso", murmuró, su mano bajando de nuevo entre mis piernas. Tocó mi clítoris aún sensible, círculos suaves que me hicieron jadear. "Uno más para ti, para igualar". No protesté; me dejé llevar mientras sus dedos me llevaban al borde una vez más, besándome el cuello, susurrando palabras sucias al oído. El tercero fue más lento, más profundo, como un fuego que se expande desde dentro: me corrí temblando en sus brazos, un gemido bajo y prolongado, el placer extendiéndose por todo mi cuerpo hasta dejarme floja y satisfecha.

Al final, nos acurrucamos bajo la manta, su pecho voluptuoso contra mi espalda, una mano posesiva sobre mi vientre, la otra enredada en mi pelo. El fuego se apagaba despacio, la nieve seguía cayendo, y por primera vez en meses, no pensaba en el pasado. Solo en cómo esa noche había abierto una puerta que no sabía si querría cerrar. Mañana veríamos qué pasaba en las pistas de Navacerrada, o quizás nos quedaríamos aquí, explorando más. Por ahora, solo importaba el calor de su cuerpo contra el mío.

La luz del amanecer se filtraba tímida por las cortinas entreabiertas, un gris azulado que se mezclaba con los últimos rescoldos del fuego. La nieve había parado durante la noche, dejando un silencio absoluto fuera, como si el mundo entero contuviera la respiración. Dentro, el calor de nuestros cuerpos seguía siendo suficiente.

Me desperté primero. Julia dormía de lado, de espaldas a mí, su melena rubia desparramada sobre la almohada como un halo desordenado. La manta había resbalado hasta su cintura, dejando al descubierto la curva de su espalda, los tatuajes que trepaban desde la cadera hasta las costillas como enredaderas negras y delicadas. Su respiración era profunda, tranquila, y cada vez que exhalaba un leve suspiro se le movían los hombros.

No pude resistirme. Me acerqué despacio, pegando mi pecho a su espalda, mis pechos pequeños contra su piel cálida. Deslicé una mano por su costado, siguiendo la línea de sus costillas hasta llegar al vientre suave. Ella murmuró algo ininteligible, aún dormida, pero su cuerpo reaccionó: se arqueó ligeramente hacia atrás, buscando contacto. Sonreí contra su nuca y bajé la mano más, rozando el vello suave de su pubis, deteniéndome justo donde empezaba la humedad que ya se acumulaba entre sus muslos.

—Buenos días… —susurré, besándole el hombro mientras mis dedos se deslizaban entre sus labios hinchados, encontrándola ya resbaladiza.

Julia soltó un gemido bajo, somnoliento, y giró la cabeza lo justo para buscar mis labios. El beso fue lento, perezoso, con sabor a sueño y a nosotras de la noche anterior. Abrió más las piernas, invitándome sin palabras. Metí un dedo despacio, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí al instante, caliente y apretada. Añadí otro, curvándolos hacia arriba, y empecé un movimiento suave, casi hipnótico, mientras mi pulgar encontraba su clítoris y lo acariciaba en círculos pequeños.

—Joder, Bea… ni siquiera me has dejado abrir los ojos y ya me tienes así —dijo con voz ronca, entre risas ahogadas.

—No he podido evitarlo —respondí, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Estabas demasiado bonita durmiendo… y demasiado mojada.

Ella se giró del todo hacia mí, quedamos frente a frente bajo la manta. Sus ojos verdes aún estaban nublados por el sueño, pero brillaban con esa misma hambre de anoche. Me besó con más fuerza, lengua profunda, mientras su mano bajaba entre mis piernas. Me encontró igual de preparada: los labios hinchados, el clítoris sensible al roce más leve. Nos masturbamos mutuamente así, mirándonos a los ojos, respiraciones entrecortadas, gemidos que se mezclaban en el aire quieto de la cabaña.

El ritmo fue subiendo poco a poco. Sus dedos entraban y salían de mí con precisión, presionando justo donde más lo necesitaba, mientras yo aceleraba en ella, sintiendo cómo su interior se contraía cada vez más fuerte. Cuando sentí que estaba cerca, bajé la cabeza y atrapé uno de sus pezones gruesos entre los labios, succionando con fuerza, mordisqueando apenas. Eso la hizo arquearse violentamente.

—Voy a correrme… no pares, por favor… —suplicó, la voz quebrada.

No paré. Aumenté el ritmo de mis dedos, el pulgar frotando su clítoris en círculos rápidos. Ella se tensó entera, un grito ahogado escapó de su garganta, y sentí las contracciones fuertes alrededor de mis dedos, oleada tras oleada. Su cuerpo temblaba contra el mío, muslos apretándome la mano, uñas clavadas en mi espalda.

Cuando empezó a bajar de la cresta, la besé lento, dejándola recuperar el aliento. Pero no había terminado con ella.

—Date la vuelta —le pedí en voz baja.

Obedeció, poniéndose de rodillas sobre la alfombra, el culo redondo alzado hacia mí. Me coloqué detrás, besándole la espalda, bajando por la columna hasta llegar a las nalgas. Las abrí con las manos y pasé la lengua por toda la longitud de su sexo, desde el clítoris hasta el perineo, saboreándola de nuevo. Estaba tan sensible que solo con eso ya gemía. Metí la lengua dentro, follándola con ella mientras mis dedos volvían a su clítoris.

—Bea… joder… vas a matarme… —jadeó, empujando hacia atrás contra mi boca.

La llevé al segundo orgasmo así, con la cara enterrada entre sus muslos, lengua y dedos trabajando juntos. Cuando se corrió esta vez fue más silencioso, pero más intenso: todo su cuerpo se estremeció, un gemido largo y roto, y sentí cómo un chorrito caliente me mojó la barbilla. Se derrumbó boca abajo, riendo entre jadeos.

—Eres peligrosa, pequeña… —dijo, girándose para mirarme con los ojos entrecerrados—. Ahora me toca a mí devolverte el favor.

Me tumbó de espaldas, abrió mis piernas y se colocó entre ellas. Pero en lugar de ir directo, empezó a besarme por todo el cuerpo: cuello, clavículas, pechos (deteniéndose a lamer y succionar mis pezones hasta que gemí alto), vientre, caderas… Cuando llegó a mi sexo, lo miró un segundo como si fuera lo más bonito del mundo.

—Estás hinchada… y brillante… me encanta verte así —murmuró antes de bajar la boca.

Su lengua fue lenta al principio, casi torturadora: lametones largos y planos, saboreándome entera. Luego se centró en el clítoris, succionando suave, el piercing frío rozándome justo donde más sensible estaba. Metió dos dedos, luego tres, curvándolos perfecto, y empezó a bombear mientras su boca no paraba. El placer era tan intenso que intenté cerrar las piernas, pero ella las mantuvo abiertas con los hombros.

—Uno… —susurró contra mí—. Dame uno primero.

El primero llegó rápido, como un latigazo. Grité su nombre, las caderas alzándose solas, contracciones fuertes alrededor de sus dedos. No paró. Siguió lamiendo más suave, dejando que bajara, y luego aceleró de nuevo.

—Dos… —dijo, y esta vez metió la lengua dentro mientras los dedos seguían en mi clítoris.

El segundo fue más profundo, más lento, como si me deshiciera desde dentro. Me corrí temblando, lágrimas en los ojos, el cuerpo entero convulsionando.

Y entonces, sin darme respiro, subió y se colocó a horcajadas sobre mi cara.

—Tu boca ahora, preciosa —ordenó con voz ronca—. Quiero correrme en tu lengua.

Bajó despacio, sentándose sobre mi boca. La lamí con hambre, succionando su clítoris, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Ella se movía encima de mí, cabalgándome la cara, una mano en mi pelo tirando fuerte, la otra pellizcándose los pezones. Cuando se corrió fue explosivo: gritó mi nombre, el cuerpo temblando encima de mí, su esencia cubriéndome la boca y la barbilla.

Se dejó caer a mi lado, las dos jadeando, sudorosas, riendo.

—Creo que nos merecemos un desayuno… —dijo al fin, besándome con sabor a las dos—. Pero después… creo que hoy no salimos a esquiar. Todavía tenemos muchas cosas que probar en esta cabaña.

La miré, el corazón latiéndome fuerte.

—No tengo ninguna prisa por salir —respondí, enredando mis dedos en su pelo—. Podemos quedarnos aquí… todo el día. Todo el fin de semana.

Ella sonrió, esa sonrisa traviesa que me volvía loca.

—Trato hecho.

Y volvimos a besarnos, lentas, sabiendo que esto solo acababa de empezar.




La tarde ya había caído cuando por fin nos decidimos a salir. El sol se había escondido detrás de las cumbres, dejando el cielo de un azul frío y profundo, y la nieve crujía bajo nuestras botas como si pisáramos cristal. Habíamos pasado la mañana entre sábanas revueltas, desayunando a medias, riendo y tocándonos sin prisa, pero al final Julia me había convencido: “Vamos a las pistas, aunque sea un rato. Te prometo que no te dejo caer”.



Mientras bajábamos en el telesilla, envueltas en el viento helado, yo no podía dejar de mirarla de reojo. Llevaba el mono de esquí negro ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo, el pelo rubio recogido en una coleta alta que se movía con el viento, y esa sonrisa permanente que parecía saberlo todo. Yo, en cambio, me sentía pequeña dentro del equipo prestado, con las mejillas ardiendo no solo por el frío.



Bajamos por una pista azul fácil, riendo cuando me tambaleaba y ella me sujetaba por la cintura para estabilizarme. En un momento, en mitad de la bajada, me paré en seco. Julia frenó a mi lado, quitándose las gafas.



—¿Qué pasa, pequeña? ¿Te duele algo?



Negué con la cabeza, pero las palabras salieron solas, casi sin pensar.



—Julia… ¿cómo puede ser esto? Yo… yo siempre he sido hetero. Siempre. Me daban asco las tías que se me acercaban, ¿sabes? Una vez una prima lejana me tiró los tejos en una boda y me puse mala de verdad, como si me hubiera propuesto algo asqueroso. Y ahora… ahora estoy aquí contigo, y no solo no me da asco, es que… joder, no puedo parar de desearte. No entiendo nada. ¿Y si esto es solo… no sé, una fase? ¿Y si mañana me despierto y me arrepiento?



Ella me miró fijamente, sin reírse, sin juzgar. Se quitó un guante y me cogió la mano helada con la suya, cálida.



—Bea… respira. —Su voz era baja, calmada, como si estuviera hablando con una niña asustada—. No tienes que entenderlo todo ahora mismo. No hay manual para esto. Lo que sientes no es una “fase” ni un error. Es real. Lo que te pasa conmigo es real porque lo estás sintiendo en el cuerpo, en el pecho, en la cabeza. Y si antes te daba asco la idea… pues es que antes no era yo. Antes no era esto. —Me apretó la mano—. No tienes que ponerte etiquetas hoy. Solo tienes que seguir sintiendo lo que sientes. Y si mañana te arrepientes… me lo dices. Y lo hablamos. Pero ahora mismo, mírame: ¿te arrepientes de lo de anoche? ¿De esta mañana?



Tragué saliva. Negué despacio.



—No… no me arrepiento de nada.



—Pues entonces déjate llevar un poco más. —Se acercó, me besó suave en los labios helados, un beso corto pero profundo que me calentó hasta los huesos—. Te quiero, Bea. No como amiga, no como rollo de una noche. Te quiero de verdad. Y si tú necesitas tiempo para procesarlo, te lo doy. Pero no te tortures pensando que estás “mal”. Estás aquí, conmigo, y eso ya es mucho.



Me quedé mirándola, con los ojos picando un poco. Asentí, y ella me abrazó fuerte, allí en medio de la pista, con la nieve cayendo suave alrededor.



Bajamos el resto del tramo juntas, más despacio, y cuando llegamos abajo nos quitamos los esquís y nos fuimos andando al pueblo. Navacerrada estaba precioso con las luces encendidas, las calles empedradas cubiertas de nieve limpia, el olor a chimenea y a castañas asadas. Caminamos de la mano sin escondernos. Yo sentía las miradas de alguna gente, pero Julia me apretaba los dedos cada vez que notaba que me ponía tensa, y poco a poco me relajé. Era como si su mano fuera un ancla.



Cenamos en un sitio pequeño y cálido, con manteles a cuadros y velas en botellas de vino. Pedimos cocido madrileño, vino tinto y de postre tarta de manzana con canela. Hablamos de todo y de nada: de música, de películas malas, de cómo odiábamos el frío pero nos encantaba la nieve. Reímos mucho. Bebimos otra copa en la barra, apoyadas la una en la otra, susurrándonos tonterías al oído.



Cuando volvimos a la cabaña ya era noche cerrada. El deseo nos había estado creciendo todo el rato: en cada roce de manos, en cada mirada larga, en la forma en que Julia me rozaba la cintura al pasar por una puerta estrecha. Entramos quitándonos las botas a trompicones, riendo, y nada más cerrar la puerta nos besamos como si lleváramos meses sin hacerlo.



Julia me empujó suavemente contra la pared, besándome el cuello mientras me quitaba el jersey.



—Espera… —dijo con voz ronca, separándose un segundo—. Tengo una sorpresa. Fue a la maleta y saco un vibrador curvado, rosa, muy similar al mio. Comenzo a jugar en mi entrepierna con él, sacando suspiros y gemidos varios.

Julia apagó el vibrador un segundo, lo dejó vibrando suavemente en su mano mientras se inclinaba para besarme profundo, lento, con lengua. Nuestros sabores se mezclaban otra vez, salados y dulces, y sentí cómo su cuerpo temblaba de anticipación igual que el mío.

—Quiero sentirte toda —susurró contra mis labios—. Sin prisas, sin contar… solo nosotras.

Me tumbó de espaldas en la alfombra, pero esta vez no se colocó encima para lamerme. En vez de eso, giró su cuerpo con gracia felina, poniéndose a horcajadas invertida sobre mí: su sexo abierto y brillante justo encima de mi boca, sus muslos fuertes enmarcando mi cara, mientras su cabeza bajaba entre mis piernas. La postura del 69 perfecto, piel contra piel, calor contra calor.

Empecé lamiéndola despacio, lengua plana recorriendo toda su longitud, saboreando lo mojada que estaba ya. Ella hizo lo mismo conmigo: lametones largos y suaves, succionando mis labios hinchados antes de centrarse en el clítoris con la punta de la lengua. El piercing frío rozaba justo donde más sensible estaba, enviándome chispas directas al vientre. Gemí contra ella, el sonido vibrando en su sexo, y sentí cómo se contraía en respuesta.

Nos movimos al unísono, caderas ondulando, bocas trabajando sin descanso. Yo lamía y succionaba su clítoris hinchado, metiendo la lengua dentro y fuera en un ritmo que imitaba lo que ella me hacía a mí. Ella alternaba entre lametones planos y succiones rápidas, el piercing frío amplificando cada roce. No hablamos. Solo gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas, el sonido húmedo de nuestras bocas y el zumbido constante. Nuestros cuerpos se tensaron casi al mismo tiempo: sentí cómo sus muslos empezaban a temblar alrededor de mi cabeza, cómo su sexo se contraía rítmicamente contra mi lengua. Yo estaba igual, el vientre apretado, las piernas temblando, el placer subiendo desde lo más profundo como una marea imparable.

Cuando llegó, llegó para las dos juntas.

Grité contra su sexo, el sonido amortiguado por su carne caliente, mientras mi cuerpo se convulsionaba en espasmos fuertes, contracciones que me apretaban entera. Al mismo tiempo, Julia se tensó encima de mí, un gemido largo y roto escapando de su garganta mientras empujaba hacia abajo contra mi boca. Sentí sus contracciones en mi lengua, oleadas calientes que me mojaron la barbilla y el cuello, mientras ella se corría conmigo, temblando, gritando mi nombre entre jadeos.

No paramos de movernos del todo. El orgasmo se prolongó, se solapó, hasta que las vibraciones se volvieron casi demasiado intensas, giró el cuerpo despacio para quedar frente a frente otra vez.

Estábamos sudadas, jadeantes, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Me besó con hambre, saboreándonos en los labios del otro, y luego, sin decir nada, me abrió las piernas con las suyas.

—Ahora así… —murmuró ronca.

Se colocó entre mis muslos, alineando nuestros sexos. Cogió el vibrador otra vez, lo encendió al máximo y lo colocó justo en el centro, presionando fuerte para que tocara nuestros dos clítoris al mismo tiempo. La vibración brutal nos golpeó de lleno.

Nos movimos en tijera, caderas girando en círculos opuestos, rozándonos, frotándonos, el vibrador atrapado entre nosotras amplificando cada contacto. Era puro fuego: clítoris contra clítoris, resbaladizas, calientes, el zumbido resonando en nuestros cuerpos. Nuestras manos se entrelazaron, pechos rozándose, pezones duros chocando con cada movimiento.

El placer volvió a crecer rápido, sin tregua. Gemíamos alto, sin control, mirándonos a los ojos mientras nos frotábamos con desesperación. Julia me apretaba las manos con fuerza, yo le clavaba las uñas en las caderas.

—Joder… Bea… —jadeó, la voz quebrada.

No hizo falta más. El segundo clímax nos alcanzó casi al unísono otra vez, más salvaje que el primero. Nos arqueamos la una contra la otra, gritos mezclados, cuerpos temblando violentamente mientras el vibrador seguía zumbando entre nosotras, prolongando las contracciones hasta que dolía de tan intenso. Sentí sus espasmos contra mi sexo, y ella los míos, una unión perfecta de placer que nos dejó exhaustas, temblorosas, riendo entre sollozos de sobrecarga.

Apagó el vibrador por fin y lo tiró a un lado. Se derrumbó encima de mí, su peso cálido y reconfortante, las dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Me besó el cuello, la clavícula, la sien, susurrando palabras suaves entre jadeos.

—Eres increíble… te quiero tanto…

Yo solo pude abrazarla fuerte, enterrar la cara en su pelo rubio, todavía temblando.

—No me sueltes —murmuré.

—Nunca —respondió ella, y nos quedamos así, entrelazadas en la alfombra, el fuego casi apagado, la nieve silenciosa fuera, mientras el mundo entero parecía haberse reducido a nosotras dos.

Madrid nos recibió con su gris habitual de marzo, tráfico denso, bocinas lejanas y ese olor a asfalto húmedo que siempre me hacía sentir que volvía a la realidad. Julia me dio la mano mientras caminábamos hacia el metro, pero yo la solté instintivamente al ver a un grupo de conocidos saliendo de un bar. No fue premeditado; fue puro reflejo. Ella lo notó, pero no dijo nada, solo me miró con esa media sonrisa comprensiva que empezaba a conocer tan bien.

Los primeros días fueron extraños. Volvimos cada una a su piso —el mío en Malasaña, el suyo en Chueca, a solo quince minutos andando—, pero pasábamos las noches juntas. Cocinar juntas, ver series en el sofá, duchas compartidas que terminaban en risas y caricias lentas. La rutina se instaló rápido. Pero cada vez que alguien preguntaba “¿qué tal el finde en Navacerrada?”, sentía un nudo en el estómago.

La vergüenza me comía por dentro. No era miedo al rechazo —sabía que mis amigos más cercanos eran abiertos—, era más bien… ridículo. Yo, la que siempre había sido la “hetero de manual”, la que se reía de las tías que intentaban ligar conmigo en fiestas, ahora estaba enamorada de una mujer. Y no cualquier mujer: de Julia, con su melena rubia, sus tatuajes y esa forma de mirarme que me deshacía. Cada vez que pensaba en contarlo, me imaginaba las caras de sorpresa, las preguntas inevitables: “¿Pero tú no eras hetero? ¿Desde cuándo?”. Me daba pánico sonar como una cliché.

Una tarde, quedamos con el grupo de siempre en un bar de Huertas. Éramos seis: Pablo, Sara, Javi, Laura, yo… y Julia, que se había apuntado “porque pasaba por ahí”. Nos sentamos en la mesa de siempre, pedimos cañas y tapas. Yo intentaba actuar normal, pero mis manos temblaban un poco al servir el vino.

Sara fue la primera en soltarla, con esa naturalidad suya que desarma:

—Oye, chicas… ¿desde cuándo estáis juntas? Porque, vamos, todos lo veíamos venir desde hace meses.

Me quedé helada. Miré a Julia, que levantó una ceja divertida, y luego al resto. Pablo asentía como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿Qué? —balbuceé.

Javi se rio.

—Bea, por favor. El finde en Navacerrada fue la gota que colmó el vaso, pero ya desde el verano pasado se os notaba. Las miraditas, cómo te ponías cuando ella hablaba con otras tías… Hasta Laura apostó con nosotros a que acabaríais liadas antes de Navidad. Y ganó.

Laura levantó su cerveza en brindis triunfal.

—Y yo que pensaba que eras la única que no se enteraba —añadió Sara, guiñándome un ojo—. Bienvenida al club, reina. Nos alegramos un huevo por vosotras.

No hubo drama. Solo risas, abrazos, preguntas curiosas pero cariñosas. “¿Cómo fue el primer beso?”, “¿Y el sexo? ¿Es diferente?”. Respondí entre sonrojos, pero con una liberación que no esperaba. Julia me apretó la rodilla por debajo de la mesa, y por primera vez no me aparté. Al salir del bar, caminamos de la mano por las calles empedradas, sin escondernos. Madrid parecía más luminosa de repente.

La rutina siguió, pero ahora con menos peso. Nos veíamos todos los días: desayunos rápidos en su piso, cenas tardías en el mío, paseos por el Retiro cuando salía el sol tímido de marzo. Una tarde, después de cerrar, fuimos al centro para ir de compras. Julia quería mirar lencería en una boutique pequeña de Chueca, una de esas tiendas eróticas discretas con escaparate sugerente pero elegante —de las que hay muchas por Fuencarral y Hortaleza, tipo Amantis o Tu Mundo Fantástico, con productos bonitos y probadores amplios.

Entramos riendo, como si fuéramos a comprar cualquier cosa. Ella se probó un conjunto negro de encaje, salió del probador y me miró con esa sonrisa traviesa.

—¿Qué te parece?

Estábamos solas en la zona de probadores —la dependienta estaba ocupada en caja—. El deseo nos pilló de sorpresa, como siempre. Me metí con ella en el cubículo, cerramos la cortina a medias.

—Joder, estás increíble —murmuré, besándola contra la pared.

Sus manos bajaron rápido por mi falda, apartando las bragas. Yo hice lo mismo con sus leggins. Nos tocamos con urgencia, dedos resbaladizos, respiraciones ahogadas para no hacer ruido. Ella me tapó la boca con la suya mientras yo le frotaba el clítoris en círculos rápidos, sintiendo cómo se mojaba más y más. Yo estaba igual: hinchada, sensible, sus dedos curvándose dentro de mí justo donde más lo necesitaba.

Fue rápido, intenso, casi animal. Nos corrimos casi al mismo tiempo, mordiéndonos los labios para no gritar, cuerpos temblando contra el espejo. El orgasmo me recorrió como un latigazo, contracciones fuertes alrededor de sus dedos, mientras ella se tensaba y gemía bajito contra mi cuello.

Salimos del probador con las mejillas encendidas, comprando el conjunto negro “porque sí”. La dependienta nos miró con complicidad, pero no dijo nada.

De camino a casa, de la mano otra vez, Julia me besó en la sien.

—¿Ves? La rutina también puede ser jodidamente buena.

Reí, apoyando la cabeza en su hombro.

—Sí… y contigo, todo lo es.

Madrid seguía su ritmo loco, pero nosotras ya teníamos el nuestro: besos robados en el metro, noches enredadas, y la certeza de que esto no era una fase. Era real. Y era nuestro.
 
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