La esposa que aprendio a mirarse

LA PRUEBA

Unos días después, Gema llegó al estudio de Laura con una mezcla de nervios y excitación que se le notaba en cada paso. Llevaba una falda de tubo negra, ajustada que marcaba su culazo respingón, y esas potentes piernas, una blusa blanca abierta en V hasta su cintura y que dejaba a las claras que, bajo ella, solo había carne, y en los pies, como no podía ser de otra manera, unas sandalias negras de tacón alto y fino. Un conjunto que apretaba su cintura hasta marcar un reloj de arena perfecto, aquella blusa le daba la curva perfecta para que sus pechos medianos y altos se intuyeran claramente sin enseñar demasiado. El pelo castaño claro rubio suelto en ondas naturales, maquillada natural pero intensa, ojos ahumados que hacían brillar el verde, labios rojos oscuros que invitaban a morderlos.

Laura la recibió con un abrazo cálido y la llevó al fondo del estudio, donde ya estaban las dos mujeres de la marca, Marta y Puri. Marta, la diseñadora principal, era una mujer de unos 38 años, morena con el pelo en un moño bajo elegante, maquillaje impecable y un vestido negro ajustado que marcaba su figura atlética pero femenina, curvas suaves, cintura definida, piernas largas y tacones altos que le daban un aire sofisticado y sexy y luego estaba Puri, la responsable de marketing, era rubia platino con corte de pelo estilo bob perfecto, ojos azules intensos y un conjunto de blusa de seda negra semitransparente (se adivinaba un sujetador de encaje negro debajo) y un falda roja ajustada, con un gran lazo que se ceñía a sus caderas generosas. Gema se vio avergonzada, cohibida y vencida por la elegancia que ambas mujeres mostraban, guapas, sexys sin esfuerzo, con esa confianza que solo tienen las mujeres que saben exactamente lo que quieren y cómo se ven.

Se presentaron con sonrisas profesionales, pero cálidas. Marta le dio dos besos a Gema y comentó,

—Encantada. Hemos visto las fotos; Laura nos ha enseñado, creo, todo el book que te ha hecho y… wow!!. Tienes una presencia increíble. Queremos ver cómo te mueves en vivo.

Puri añadió, acompañando sus palabras con un guiño cómplice,

—Y si en persona eres la mitad de sensual que, en las imágenes, ya sabemos que encajas perfectamente con nuestra línea.

Marta retomó la palabra, con una sonrisa cargada de intención:

— Buscamos modelos seguras, descaradas, que no tengan miedo de provocar, de jugar con el deseo y de explotar su sensualidad frente a la cámara. La nueva colección es atrevida, pensada para mujeres que saben lo que tienen y no temen mostrarlo… pero de eso hablaremos después. Ahora queremos verte en acción, descubrir cómo te mueves, cómo seduces con tu presencia. Por cierto, ahí tienes un par de obsequios de la marca; nos encantaría que te los pusieras en algún momento durante la sesión.

Gema, mostrando una gran sonrisa, asintió con la cabeza y les dio las gracias, intentando ocultar los nervios que le recorrían el estómago. Tomó la bolsa con los obsequios y la dejó sobre la mesa cercana, lanzando una mirada curiosa al contenido sin abrirla todavía.

Laura puso música suave de fondo, luces cálidas que jugaban con las sombras, y empezó la sesión. Al principio, Gema se sintió un poco rígida, pero Laura la guio con paciencia, “Relájate, reina, empieza de pie, manos en las caderas, mira a cámara con esa mirada que mata… sí, así, arquea un poco la espalda para que el marque tu figura… perfecto”.

Gema se soltó rápido. Posó como si hubiera nacido para ello. Primero de perfil, con una mano en la cintura y la otra en el pelo, dejando que el corsé marcara su reloj de arena y el body insinuara la curva de sus tetas sin enseñar nada. Luego sentada en el diván rojo, piernas cruzadas, muslos fuertes tensándose bajo los ligueros, mirada directa a cámara con labios entreabiertos. Laura disparaba sin parar: “Más sensual, baja la barbilla, mírame como si supieras que me estás volviendo loca… sí, reina, así”.

Marta y Puri observaban desde un lado, tomando notas en el móvil y susurrando entre ellas. De vez en cuando intervenían con peticiones suaves pero precisas.

—Marta indicó, con voz firme y calculada, “Prueba esto: colócate de espaldas, gira la cabeza por encima del hombro, arquea un poco más la espalda… quiero ver cómo realzas la curva, cómo los ligueros tensan la silueta.”

Gema lo hizo sin dudar, el culazo alzándose con insolencia, la tela del body pegada a la piel, el tanga marcándose sutilmente.

Puri intervino, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de intención,

—Ahora, de rodillas en el diván… manos sobre los muslos… separa un poco las piernas. No muestres nada —solo insinúa. Haz que quien te mire imagine el resto. Míranos a cámara como si estuvieras invitando… prometiendo algo sin decirlo.

La mirada de Gema se volvió más intensa, más consciente del efecto que causaba.

Fue entonces cuando Marta inclinó la cabeza hacia la mesa y comentó, con una sonrisa lenta y sugerente,

—Por cierto… ¿por qué no pruebas los obsequios que te hemos traído? Están pensados para realzar lo mejor de ti. Creo que pueden elevar… mucho más la temperatura de la sesión.

Los obsequios resultaron ser un conjunto de lencería extremadamente exclusiva, diseñada para impactar desde el primer vistazo. No era una colección común: cada pieza parecía creada para provocar, dominar la mirada y convertir el cuerpo en un espectáculo de lujo y deseo.

El encaje era fino y elaborado, con transparencias calculadas y cortes atrevidos que realzaban las curvas con descaro y sofisticación. Los tirantes delicados, los ligueros ajustados y los pequeños detalles metálicos aportaban un aire fetichista, nocturno y peligrosamente seductor, como si la prenda estuviera pensada para mujeres que viven de su poder de atracción y no temen explotarlo.

Gema sostuvo entre las manos aquellas prendas que no parecían pensadas para la delicadeza cotidiana, sino para escenarios nocturnos, miradas hambrientas y mujeres que convierten el deseo en un arma. Eran varios conjuntos de diseño exclusivo, de encaje profundo y transparencias provocadoras, con tirantes finos, ligueros firmes y detalles metálicos que brillaban como pequeños desafíos bajo la luz cálida del estudio.

Cada pieza estaba creada para dominar la atención, para marcar el cuerpo con intención, para convertir cada curva en una declaración. No era solo sensual, era atrevida, peligrosa, excesiva, hecha para mujeres que no se esconden y que saben cómo convertir la provocación en poder.

Cuando Gema apareció con el conjunto puesto, el ambiente cambió.
Su postura se volvió más lenta, más segura, como si la prenda hubiera despertado una versión más oscura y consciente de sí misma. El encaje abrazaba su piel con descaro, insinuando más de lo que mostraba. Los ligueros tensaban su silueta, marcando cada movimiento con un aire deliberadamente provocador.

—Camina —susurró Marta, con una sonrisa cargada de intención.

Gema obedeció, pero no desde la sumisión. desde el juego. Caminó con una seguridad nueva, giró el cuerpo con lentitud, arqueó la espalda lo justo para convertir el gesto en una provocación consciente. Su mirada se clavó en la cámara con una mezcla de desafío y promesa peligrosa, como si supiera que tenía el control de la escena, luego avanzó con pasos suaves y controlados, dejando que la tela se deslizara sobre su cuerpo, que la luz dibujara sombras sugerentes sobre sus muslos, su cintura, la curva de su espalda. No se movía como una modelo tímida, sino como una mujer que sabe exactamente el efecto que genera.

Apoyó una rodilla en el diván, deslizó una mano por su muslo, no para mostrar… sino para hacer imaginar. Cada movimiento era una declaración silenciosa: poder, deseo, riesgo.
Puri bajó la voz, casi en un murmullo cargado de tensión:
—No parezcas dulce… pareces una mujer que sabe exactamente lo que hace… y que no siente culpa por ello.
Gema sostuvo la mirada, lenta, dominante.
La sesión había dejado de ser una prueba. Ahora era un juego oscuro de poder, provocación y transgresión, donde la línea entre lo profesional y lo prohibido se volvía peligrosamente difusa.

La sesión había cruzado un umbral invisible. Lo que empezó como una prueba profesional, para Gema se había transformado en algo más primitivo, más cargado de electricidad. El aire del estudio parecía más denso, las luces más íntimas, y cada clic del obturador de Laura resonaba como un latido en el corazón.

Gema, envuelta en ese conjunto de encaje negro profundo —transparencias estratégicas que jugaban al borde de lo visible, ligueros que se clavaban en la carne como promesas firmes, pequeños detalles metálicos que brillaban como ojos vigilantes—, ya no era solo una modelo. Era la dueña absoluta de la habitación. Sus movimientos se habían vuelto deliberados, casi rituales, un giro lento de cadera que hacía que el encaje susurrara contra su piel, un arqueo de espalda que convertía su silueta en una curva imposible de ignorar, una mirada sostenida que no pedía permiso, sino que lo exigía.

Marta, con los brazos cruzados y una media sonrisa que no llegaba a ser inocente, rompió el silencio.

—Perfecto. Ahora quiero algo más… crudo. Quítate las sandalias. Descalza, pero mantén los ligueros. Quiero ver cómo el encaje muerde tu piel cuando te mueves sin nada que te eleve. Baja al suelo, de rodillas, pero no como si te rindieras… como si estuvieras acechando.

Gema obedeció sin una palabra. Se descalzó con lentitud, dejando que los tacones cayeran a un lado con un sonido suave. El frío del suelo contrastó con el calor que subía por sus piernas. Se arrodilló delante del diván, pero no de forma sumisa las rodillas separadas lo justo, las manos apoyadas en los muslos, los dedos abriéndose lentamente como si acariciaran algo invisible. El encaje se tensó en su entrepierna, insinuando sin revelar, y los detalles metálicos capturaron la luz como pequeños cuchillos de deseo.

Puri se acercó un paso, el tacón resonando como un eco. Su voz era baja, casi ronca.

—Míranos. A las tres. No a la cámara. A nosotras. Haz que sintamos que estamos invadiendo algo prohibido… y que tú nos dejas entrar solo porque te place.

Los ojos verdes de Gema, intensificados por el ahumado, recorrieron a las tres mujeres con calma felina. Primero a Laura, que seguía disparando, pero ahora con la respiración algo alterada. Luego a Marta, cuya postura atlética parecía haberse tensado un poco más. Finalmente, a Puri, cuya blusa de seda negra dejaba entrever el encaje debajo, como un eco involuntario de lo que Gema llevaba puesto.

Gema inclinó la cabeza ligeramente, dejó que una onda de pelo cayera sobre un hombro, y separó los labios en una sonrisa lenta, peligrosa. No dijo nada. No hacía falta. El gesto era claro - yo decido hasta dónde llega esto-.

Laura bajó la cámara un instante, solo para murmurar,

—Joder, reina… estás ardiendo.

Marta soltó una risa suave, casi admirada.

—Esto es exactamente lo que buscábamos. No una modelo. Una fuerza. Algo que haga que la gente no pueda apartar la vista… y que se sienta un poco culpable por mirar.

Puri, sin apartar la mirada de Gema, añadió con un tono que rozaba lo confidencial,

—Y ahora… ¿qué tal si subimos un poco más la apuesta? Hay otro detalle en la bolsa. Un collar. Fino, de cuero negro con un anillo metálico discreto. Nada exagerado… pero suficiente para que todo el mundo entienda quién manda aquí.

Gema no dudó. Se levantó con gracia felina, fue hasta la mesa y sacó el accesorio. Era elegante, minimalista, pero inconfundible en su intención, un toque de control simbólico, de juego de poder. Se lo colocó ella misma alrededor del cuello, ajustándolo con dedos precisos. El anillo metálico descansó justo en el hueco de su garganta, brillando como una invitación silenciosa.

Volvió al diván. Esta vez se tumbó de lado, una pierna flexionada, la otra extendida, dejando que el ligueros marcara la línea perfecta de su muslo. La mano libre subió hasta el collar, lo rozó con las yemas de los dedos, y tiró ligeramente de él, como probando su resistencia… o la suya propia.

El estudio quedó en silencio absoluto, salvo por el zumbido suave de las luces y la respiración contenida de las cuatro mujeres.

La sesión ya no era sobre ropa. Era sobre dominio. Sobre deseo crudo. Sobre cómo una mujer puede convertirse en su propia arma más letal. La habitación parecía haberse encogido.

Gema, tumbada de lado en el diván, con el collar de cuero negro ceñido al cuello y el anillo metálico brillando exactamente donde latía su pulso, levantó lentamente una mano. No hacia la cámara. Hacia su propio cuerpo. Los dedos índice y medio recorrieron el borde del encaje que cubría —apenas— uno de sus pechos. No lo apartó. Solo lo rozó, trazando la curva inferior con una lentitud que hacía doler la espera. El pezón, endurecido bajo la transparencia, se marcó aún más contra el tejido fino, como si reclamara atención.

Marta dio un paso adelante sin darse cuenta. Sus tacones resonaron una sola vez, seco, y se detuvo. Sus pupilas estaban dilatadas.

—Más despacio —ordenó con voz ronca, casi traicionada por su propio deseo—. Quiero ver cómo te tocas… sin tocarte del todo. Quiero que sientas el roce del encaje como si fueran mis dedos. O los de Puri. O los de Laura.

Gema obedeció, pero lo hizo a su manera. Deslizó la palma abierta por su vientre, descendiendo milímetro a milímetro hasta detenerse justo donde empezaban los ligueros. Allí, en la línea donde la piel se volvía más sensible, presionó ligeramente con las yemas, sin llegar a cruzar la frontera del tanga. El gesto fue tan sutil que parecía inocente… y tan deliberado que resultó obsceno.

Puri soltó el aire que llevaba conteniendo. Su blusa de seda negra se adhería ahora a la piel por el leve sudor que empezaba a perlar su escote. Se mordió el labio inferior un instante, luego habló con voz baja, casi íntima,

—Separa más las piernas. Solo un poco. Lo suficiente para que veamos cómo el encaje se tensa… cómo se hunde entre tus muslos cada vez que respiras. No te toques todavía. Solo… déjanos verlo. Déjanos imaginar cómo estarías si te lo permitiéramos.

Gema flexionó las rodillas lentamente, abriendo el ángulo justo lo necesario. El movimiento hizo que el tanga de encaje se deslizara un milímetro hacia un lado, revelando apenas el inicio de la piel más íntima antes de volver a su sitio. No fue un descuido. Fue una promesa rota a propósito.

Laura dejó caer la cámara sobre su pecho, colgando del cuello como si pesara demasiado. Sus manos temblaban ligeramente cuando se acercó al borde del diván.

—Joder, Gema… —susurró, la voz quebrada—. Si sigues así, no voy a poder seguir disparando. Vas a hacer que me olvide de que esto es trabajo.

Gema giró la cabeza hacia ella exponiendo una gran sonrisa. Sus ojos verdes eran casi negros ahora por la dilatación de las pupilas y la excitación.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Marta fue la primera en romperlo. “Creo que ya tenemos lo que queremos.”

—Eres peligrosa —murmuró Marta, más para sí misma que para las demás—. Sabes exactamente lo que estás haciendo… y lo estás disfrutando demasiado.

—Todavía no he empezado a disfrutar de verdad, respondió con seguridad Gema.
Gema levantó la vista, mirando primero a Marta, luego a Puri, finalmente a Laura.

—Ahora… —susurró, con la voz ronca de deseo contenido— decidme qué queréis que haga después. Porque yo… puedo seguir. Mucho más lejos.

Y la sesión, oficialmente, se dio por finalizada, hora y media despues de haberla inicado, Laura paró, revisó algunas tomas en la pantalla y dijo, “Chicas, esto ha sido oro puro. Gema, has estado impecable. Os paso las mejores ahora mismo”.

Marta y Puri se acercaron a Gema, todavía en lencería, y le dieron la mano.
--Marta, “Has sido perfecta. Te mueves como si llevaras años en esto. Tienes ese equilibrio entre elegante y sexy que buscamos. Vamos a hablarlo internamente, pero te aseguro que la oferta viene”.

--Puri añadió, con un guiño: “Y si aceptas, vas a ser una de las chicas de nuestra nueva línea para mujeres reales. Gracias por dejarnos verte en acción”.

Gema se cambió al baño, se puso la ropa con la que había llegado y salió con las mejillas encendidas. Cuando llegó a casa esa noche, me lo contó todo mientras se desnudaba, dejando ver el tanga todavía manchado por la humedad del subidón de la sesión.

—Joder, Javi… me he sentido como una diosa. Las dos eran guapísimas, elegantes, sexys… y yo ahí, posando para ellas como si fuera lo más normal del mundo. Cada vez que me pedían algo, lo hacía mejor. Y ahora… si aceptan, .... voy a ser una de sus modelos, ¿Sabes que significa eso?

La besé profundo, agarrando ese culazo que había posado toda la tarde.

—Pues claro que lo que se, será tu sueño cumplido...

-- Querrás decir mi sueño y tu fantasía cumplida, porque como ocurra, no te cuento la cantidad de tíos que me van a ver casi como dios me trajo al mundo.

--Que hija de puta!!! Seguro que te has sentido como una guarra posando para esas tres, y me culpas ahora a mi. ¿Sabes? hoy follamos pensando en cómo te han mirado esas dos mujeres tan sexys, en cómo has clavado cada pose, en cómo vas a ser la modelo en un catálogo que todos van a ver.

La habitación está a oscuras, solo la luz tenue de la lamparita de la mesita iluminaba nuestros cuerpos con un calor extenuante que nos ahogaba a los dos.

JAVI: -Dame las manos – en un susurro cachondo y ato las muñecas a la cabecera con un lazo suave, tobillos separados y atados a los extremos de la cama, dejando a Gema expuesta, abierta, el coño hinchado y brillante de tanto roce previo, los pezones duros como piedras.
Ella lo mira con ojos vidriosos, la respiración entrecortada.

—Hazme todo lo que quieras… todo lo guarro que se te ocurra. Quiero que me uses como tu puta personal. No pares hasta que me destroces.
Él sonríe, esa sonrisa lenta y peligrosa que a ella le pone la piel de gallina. Se sube encima, le mete tres dedos de golpe en el coño sin aviso.
CHOF CHOF CHOF — los mete y saca rápido, curvándolos para rozar ese punto que la hace arquear la espalda.

—Dime lo que quieres, zorra. Pídemelo con palabras sucias.

Ella traga saliva, la voz ronca de deseo:

—Fóllame la boca hasta que me ahogue… escúpeme en la cara… méteme los dedos en el culo mientras me follas… llámame puta, perra, zorra barata… azótame el coño hasta que esté rojo… quiero sentir tu leche caliente por todas partes… quiero que me abras entera…

Javi obedece, paso a paso, con una precisión casi cruel.

Primero le agarra el pelo y le mete la polla hasta los huevos.

GLOK GLOK GLOK — ella casi se atraganta, , pero no para de gemir alrededor de la carne. Él se la saca un segundo para escupirle directo en la boca abierta,

—Trágatelo, puta.

Luego la gira un poco (lo justo que dan las ataduras), le separa las nalgas y le mete saliva directamente en el culo antes de meterle dos dedos.
PLAP PLAP — los mueve en círculos mientras con la otra mano le azota el clítoris abierto.

¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! — cada golpe hace que ella grite y se retuerza, el coño chorreando más.

—Más… joder, más… méteme la polla por detrás… quiero que me rompas el culo… quiero sentirte hasta el fondo…
Javi se coloca, escupe en su propia polla y empuja despacio al principio.

POP — la cabeza entra.

Ella suelta un gemido largo, animal.

Luego empuja de golpe hasta el fondo.

CHOF CHOF CHOF — empieza a bombear fuerte, sin piedad, mientras le mete los dedos en el coño al mismo tiempo.

Ella está al borde, el cuerpo temblando, el clítoris latiéndole como loco.

—Azótame las tetas… pellízcame los pezones… dime que soy tu sucia puta que me follarías con otros delante tuyo…

JODER GEMA!!! No me digas eso!!, pero Javi lo hace todo, le azota las tetas hasta dejarlas rojas, le retuerce los pezones, le susurra al oído guarradas cada vez más soeces.

—Eres mi puta barata… te follaría con mis amigos mientras tú miras y suplicas… te pondría a chupar pollas una detrás de otra hasta que no puedas hablar… te llenaría de leche de cinco tíos y luego te haría lamerlo todo del suelo…, Creo que hasta te follarías a esas dos tipas que de la empresa, ¿A que si?...

En su cabeza, él ya no está solo. Ha abierto la puerta y han entrado tres más. Amigos suyos, o extraños de la cafeteria, da igual. Todos desnudos ya, con sus pollas erectas, mirándola como si fuera el centro del puto universo.


“.....Imagina como una le folla la boca hasta el fondo de la garganta y hace que le coma los huevos y el culo, queriendo más, imagina como a Gema le corren las lágrimas le corren, pero gime mientras su boca es salvajemente ultrajada.

Otro se pone entre sus piernas abiertas, le separa los labios con los dedos y le mete la lengua directo al clítoris hinchado. SLURP SLURP SLURP — lame fuerte, succiona, le mete la manmo en el coño mientras se lo come como si se estuviera muriendo de hambre.

El tercero le agarra las tetas, las aprieta, les retuerce los pezones hasta que duelen de placer. Luego se sube a horcajadas sobre su pecho y le folla el canalillo entre las tetas, resbaladizo de sudor y semen viejo.

Y él —el de verdad, el que la ató— se queda mirando desde la esquina, pajeándose lento, disfrutando del espectáculo que él mismo ha montado. —Mirad cómo se pone esta puta… le encanta que la usen varios a la vez.

El que le come el coño se aparta un segundo, se pone de rodillas y la penetra de golpe. PLAP PLAP PLAP — embestidas brutales, profundas, haciendo que sus huevos le golpeen el culo con cada empujón. Al mismo tiempo, el de la boca se la saca y le escupe en la cara, —Abre más, zorra… quiero verte ahogarte con mi leche.

Ella obedece, la boca abierta, lengua fuera. Él se corre fuerte: SPLAT SPLAT SPLAT — chorros calientes que le llenan la boca, le caen por la barbilla, le mojan las tetas. Ella traga lo que puede, el resto se le escurre.

El del coño acelera, CHOF CHOF CHOF — y se corre dentro, llenándola hasta rebosar, el semen caliente mezclándose con su propia humedad. Se sale y otra toma su sitio inmediatamente. Este le mete la polla en el culo sin aviso, lubricado solo con saliva y semen que gotea del coño. POP… CHOF CHOF CHOF — entra hasta el fondo, la hace gritar de placer y dolor mezclado.

Ahora la tienen doble: coño y culo a la vez. Dos pollas moviéndose dentro, chocando a través de la pared fina, frotándose una contra la otra. PLAP PLAP PLAP en el coño, CHOF CHOF CHOF en el culo. El ritmo se sincroniza y se desincroniza, volviéndola loca. El tercero le mete los dedos en la boca, obligándola a chuparlos como si fueran otra polla.

Ella siente que viene. Viene de verdad esta vez. El orgasmo se le acumula en el vientre, sube por la columna, le explota en el clítoris. ¡JODER SÍIIII! — se corre gritando, el cuerpo convulsionando, el coño apretando tan fuerte que casi expulsa la polla. La corrida caliente le salen a presión, empapando las sábanas, las piernas de todos. SPLISH SPLASH SPLISH — squirt que no para, mientras ellos siguen follándola sin piedad.

Uno tras otro se corren, dentro del coño, dentro del culo, en las tetas, en la cara, en el pelo. La dejan cubierta, goteando, temblando, exhausta… pero satisfecha por fin.

En la fantasía, después se quedan ahí, respirando agitados, y uno le dice: —Descansa un rato, puta… porque en diez minutos volvemos a empezar…”



Pero Gema tiene su propia fantasia...


“...Ahora, en la oscuridad de la cama, con las muñecas todavía esposadas, cierra los ojos y la fantasía se desata sin control.
En su cabeza, la sesión no ha terminado. Las luces del estudio siguen encendidas, pero ya no hay cámara. Las tres mujeres se han quitado la ropa despacio, quedando en ropa interior tan puta como la de ella. Laura (la fotógrafa) es la que manda. Se acerca primero, le quita el corpiño de un tirón y le agarra las tetas con fuerza.

—Mírate… posando como una zorra todo el día y ahora vas a cobrar de verdad.

Marta se arrodilla entre sus piernas, le arranca el tanga de un tirón y le mete la lengua directo al clítoris. SLURP SLURP SLURP — lame con hambre, succiona el botón hinchado, le mete dos dedos curvados mientras le abre los labios con la otra mano para que la pelirroja pueda ver todo.

Puri se sube a la tarima de fotos, se sienta en la cara de Gema y le frota el coño mojado contra la boca. FROT FROT FROT — Gema saca la lengua, lame desesperada, saborea el sabor salado y dulce, gime contra la carne caliente mientras la pelirroja le agarra el pelo y la obliga a ir más profundo.

¡GIME MÁS FUERTE, PUTA! — le grita Marta, que ahora le está metiendo tres dedos en el coño mientras Puri le chupa el clítoris sin parar.

Los sonidos llenan el estudio imaginario: CHOF CHOF CHOF — los dedos entrando y saliendo rápido. SLURP SLURP SLURP — lenguas y succiones en el clítoris y en el coño de Gema. GLOK GLOK — cuando la Laura se mueve más fuerte y le mete los dedos en la boca para que los chupe como si fueran pollas.

Marta se pone un arnés con un consolador negro enorme, grueso, venoso. Se lo enseña a Gema. —Míralo… esto es lo que te mereces después de posar como una perra en celo.

Se lo mete de golpe en el coño. PLAP PLAP PLAP — embestidas brutales, profundas, haciendo que Gema grite contra el coño de la pelirroja. La Puria no para, le lame el clítoris mientras el consolador entra y sale, la lengua rozando su coño estirado.

Luego cambian. Laura se pone detrás, le separa las nalgas y le mete lengua en el culo, abriéndolo, preparándolo. SLURP SLURP — Nota la saliva calienta corriendo del culo a su coño y Maarta se lo mete por detrás sin aviso - POP… CHOF CHOF CHOF — se la follan entre las dos, un consolador en el coño y en el culo a la vez, moviéndose al unísono.

Puri se sube encima, le frota su coño contra una teta de Gema mientras se masturba el clítoris con furia. FROT FROT FROT — las tetas de Gema resbaladizas por el calor que desprende el coño de Puri.

Gema siente que viene. Viene fuerte. El cuerpo le tiembla, el coño se contrae alrededor del consolador, el culo aprieta, el clítoris late como loco bajo la lengua de la Puri.....

¡ME CORRO JODER SÍIIII! Explota. Chorros calientes le salen a presión, empapando el consolador, las manos de la Marta, la cara de Puri, SPLISH SPLASH SPLISH — una corrida que no para, un squirt infinito, mientras las tres siguen sin piedad, lamiendo, follándola, gritándole guarradas.

—Así, zorra… córrete para nosotras… eres nuestra puta de fotos ahora….”


Pero en la cama real, Gema abre los ojos de golpe. Sigue atada. Sigue sin correrse. El coño le palpita tanto que duele, liquido humedo se le escapa entre los muslos.

—Mañana… mañana les escribo a las tres. Les digo que quiero repetir la sesión… pero sin cámara. Solo nosotras cuatro.

Se muerde el labio, imaginando ya los mensajes: “¿Os apetece terminar lo que empezamos hoy? Quiero que me uséis como en mis fantasías… sin límites.

El clítoris le da otro latido fuerte, como respuesta.

Y por primera vez esa noche, sonríe de verdad.

Ella abre los ojos en la habitación real. Sigue atada. Sigue mojada. Sigue sin haberse corrido y esta perdiendo la cabeza. El coño se le contrae alrededor de nada, el culo apretando la polla de Javi que continua dentro de ella. Siente que se va a correr, que esta vez sí…

Pero él se sale de golpe.

Se sube a horcajadas sobre su pecho, se pajea rápido encima de su cara.

—No… espera… ¡no te corras todavía! ¡Fóllame más! ¡Por favor!

Demasiado tarde.

Javi se tensa y le suelta todo en la cara, el semen caliente sale a chorros que le caen a Gema en los labios, la nariz, los ojos cerrados.

SPLAT SPLAT SPLAT — gruesos y abundantes.

JODER, JODER!!, QUE CORRIDAAAAA......... GEMA!!!, Logra decir Javi con el cuerpo temblando de placer y luego se deja caer a un lado, jadeando satisfecho.

Ella se queda ahí, atada, cubierta de semen, el coño todavía latiendo desesperado, el culo dilatado y vacío, el clítoris tan hinchado que le duele. No ha llegado. Ni de cerca.

Intenta mover las caderas, frotarse contra el aire, contra la sábana, lo que sea. Nada. La frustración le sube por la garganta como bilis caliente.

—Mírame… joder… tócame… necesito correrme… por favor…

Javi, todavía recuperando el aliento,...

Y Gema vuelve a pensar., con el coño palpitando tanto que duele, la humedad se le escapa entre los muslos.

—Mañana… mañana les escribo a las tres. Les digo que quiero repetir la sesión… pero sin cámara. Solo nosotras cuatro.

Se muerde el labio, imaginando ya los mensajes: “¿Os apetece terminar lo que empezamos hoy? Quiero que me uséis como en mis fantasías… sin límites.”

El clítoris le da otro latido fuerte, como respuesta.

Ella no pudo más y la tension que acumula le hace decir cosas que no siente, con la voz ronca, baja pero cargada de veneno.

—Eres un mierda, Javi. Un puto mierda.

—¿Qué…?

Gema lo miró con desprecio, tirando del lazo para soltarse.

—¿Qué qué? Que no sirves ni para follar, cabrón. Me atas, me escupes, me sobas como te da la gana, me digo que me hagas lo que quieras… y al final, ¿qué? Te corres tú y yo me quedo aquí como una idiota, con el coño ardiendo y sin correrme. ¿Sabes lo que es eso? Es humillante. Eres un inútil con polla.

Javi se incorporó un poco, frotándose los ojos.

—Venga, Gema, no seas así… ha estado bien, ¿no?

—¿Bien? —ella soltó una risa amarga, casi un gruñido—. Ha estado de pena. Has sido un egoísta de mierda. Te he pedido todo, fóllame la boca, métemela por el culo, azótame, llámame puta… y lo has hecho, sí, pero como un puto principiante. Sin ritmo, sin saber dónde tocar, sin preocuparte ni un segundo de si yo llegaba o no. Solo querías correrte. Eres patético.

Él intentó tocarle la pierna, pero ella apartó la cadera con rabia.

—No me toques, joder. No te mereces ni rozarme ahora mismo.

—Vale, vale… mañana te compenso, te lo juro.

Gema lo miró fijamente, los ojos brillando de furia y deseo mezclado.

—¿Mañana? No, cariño. Mañana no va a haber “te compenso”. Mañana vas a ver cómo me folla el primero que me ponga caliente. Porque yo ya no aguanto más esta mierda de polla mediocre y egoístas.

Javi se quedó quieto, procesando.

—¿Qué coño estás diciendo?

—Que estoy harta. Que esta noche, mientras tú ya satisfecho, yo me he imaginado a las tres s de la sesión de fotos follándome como diosas. Marta con su consolador negro reventándome el coño, la Puri comiéndome el coño hasta que me chorree en la cara y Laura sentándose en mi boca y obligándome a lamerla mientras me meten dedos por todos lados. Ellas sí saben hacer que una se corra. Ellas no se paran en cuanto eyaculan. Ellas me habrían dejado temblando y pidiendo más.

Él tragó saliva, la polla empezaba a despertársele otra vez solo de oírla hablar así, pero Gema no le dio tregua.

—Y no solo ellas. Mañana mismo les escribo. Les digo, “Chicas, la sesión de fotos fue una mierda comparada con lo que quiero de verdad. Venid a casa y usadme como queráis. Traed juguetes, traed lo que sea. Quiero correrme hasta que no pueda ni andar”. Y tú… tú vas a mirar. Vas a estar ahí sentado, con la polla dura y sin tocarte, viendo cómo me hacen gritar de placer como tú nunca has conseguido.

Javi abrió la boca para protestar, pero ella lo cortó.

—Y si se te ocurre decir que no, que te da celos o alguna gilipollez de esas… te juro por Dios que me voy. Me voy esta misma noche, me suelto yo sola este puto lazo si hace falta, y me busco a quien sí sepa follarme como merezco. Porque yo no soy tu juguete para que te corras y ya. Yo quiero correrme. Y si tú no puedes dármelo… pues lo conseguiré por otro lado. O por otros lados. Muchos.

Gema respiró hondo, el pecho subiendo y bajando rápido.

—Ahora desátame, Javi. O no. Da igual. Pero mañana vas a ver lo que es una mujer satisfecha de verdad… y vas a aprender lo que es quedarse mirando sin participar. Porque esta noche has perdido el privilegio de tocarme hasta que demuestres que vales algo más que un polvo egoísta de mierda.

Tiró del lazo otra vez, fuerte, haciendo que el cabecero crujiera.

—Desátame. Ya.

Javi, con la cara roja de vergüenza y excitación mezcladas, se acercó despacio y desato el lazo con los dedos temblorosos.
Cuando Gema quedó libre, se levantó de la cama, desnuda, cubierta de fluidos secos, el coño todavía brillante. Se quedó de pie frente a él, mirándolo desde arriba.

—Duerme en el sofá esta noche. Y piensa bien en lo que te he dicho. Porque mañana empieza lo de verdad.

Se giró hacia Javi una última vez, con una sonrisa fría y peligrosa.

—Buenas noches, inútil. Sueña con lo que te vas a perder y me empujo fuera del dormitorio, dejando la puerta abierta, para que viese lo suficiente, para que la mirara

Solo la tenue bombilla del espejo, suficiente para verse en el reflejo, el pelo revuelto, el maquillaje corrido por las lágrimas de frustración y placer, el semen seco de Javi todavía pegado en la piel como una marca de humillación. Se miró fijamente a los ojos y murmuró.

—Que se joda.

Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó su arsenal secreto. Primero el consolador negro de verdad, 25 centímetros de longitud, grueso como su muñeca, con venas marcadas y una base ancha que se adhería a cualquier superficie. Ya lo habian usado en otras ocasiones, cuando ya empezaba a sospechar que Javi no iba a dar la talla. Luego el otro, uno más delgado pero curvado, de silicona suave, con ventosa también, perfecto para el culo.

Javi seguía mirando casi a hurtadillas desde la peurta...

Se subió a la cama de matrimonio —la misma donde Javi la había dejado insatisfecha hacía rato— y se colocó de rodillas en el centro. Escupió en su mano, lubricó los dos juguetes con saliva y con los fluidos que todavía le chorreaban del coño. No necesitaba más, estaba empapada de pura rabia y deseo.

Primero se metió el grande en el coño. Lo apoyó en la sábana, base abajo, y bajó despacio.

POP… CHOF… CHOF…

La cabeza gruesa le abrió los labios, la estiró hasta el límite. Gema soltó un gemido largo, animal, mientras bajaba centímetro a centímetro hasta que la base tocó su clítoris hinchado. Estaba dentro del todo. Hasta el fondo. Sintió cómo le presionaba hasta la espalda, cómo la llenaba por completo, y se quedó quieta un segundo, respirando agitada, adaptándose al grosor brutal.

Luego vino el segundo. Se inclinó hacia delante, apoyó las tetas en la cama, levantó el culo y se lo colocó en la entrada del ano. Escupió sobre su mano y, lo frotó con los dedos para abrirlo un poco más y empujó.

POP — entró la punta.

CHOF… CHOF… — lo fue metiendo despacio, sintiendo cómo se abría paso, cómo la doble llenaba la hacía sentir a punto de reventar. Cuando la base del segundo consolador tocó su perineo, soltó un grito ahogado.

Ahora los tenía los dos dentro. Profundos. Inmóviles.

Se quedó así un momento, temblando, sintiendo la presión doble contra las paredes internas, cómo se rozaban a través de la fina separación, cómo su cuerpo entero latía alrededor de ellos.

Empezó a moverse. Primero lento. Subía y bajaba sobre el grande del coño, haciendo que el del culo se moviera con ella.

PLAP… PLAP… PLAP — el sonido húmedo y obsceno de los juguetes entrando y saliendo alternadamente.

Cada bajada hacía que el consolador grande le golpeara el punto G con fuerza, mientras el del culo le presionaba justo donde más lo necesitaba.
Aceleró.

Se apoyó en una mano, con la otra se pellizcó un pezón con saña, tirando fuerte.

¡Joder sí… así… así!

Subía casi hasta sacar el grande y volvía a caer de golpe, empalándose entera. El culo se contraía alrededor del otro consolador, apretándolo con cada embestida.

La fantasía volvió sola, las tres mujeres del estudio de fotos. Marta empujando el consolador desde abajo mientras ella cabalgaba. Puri comiendole el coño expuesto cada vez que subía y Laura detrás, metiéndole los dedos junto al juguete del culo, estirándola más.

CHOF CHOF CHOF — los movimientos se volvieron frenéticos.

El coño le chorreaba, los fluidos resbalaban por los muslos, empapaban las sábanas. El clítoris le rozaba contra la base del consolador grande cada vez que bajaba del todo.
PLAP PLAP PLAP — más rápido, más fuerte.

Gema se mordió el antebrazo para no gritar demasiado alto.

—Javi… cabrón… mira lo que me hago sola… porque tú no puedes… —susurró entre jadeos.

El orgasmo llegó como un tren. Primero le subió desde el vientre, luego le explotó en el clítoris y se extendió por todo el cuerpo.

¡SÍIIII JODER!

El coño se contrajo con fuerza alrededor del consolador, apretándolo tanto que casi lo expulsa. Una corrida extensa, grande y espesa, salpico la cama, sus muslos y, el consolador del culo aun seguía dentro.

SPLISH SPLASH SPLISH — la corrida no paraba, mientras ella seguía moviéndose, ordeñando los dos juguetes, prolongando el placer hasta que le temblaron las piernas y se desplomó hacia delante.

Se quedó ahí, jadeando, con los dos consoladores todavía dentro, el cuerpo convulsionando con espasmos pequeños. El coño y el culo palpitando alrededor de ellos. Por fin… por fin se había corrido. Fuerte. Largo. Como necesitaba.

Después de unos minutos, se sacó los juguetes despacio, uno por uno, gimiendo bajito al sentir el vacío repentino. Los dejó en la cama, brillantes de sus fluidos.

Se levantó, desnuda, sudorosa, satisfecha por primera vez en días.

Se metió en la ducha por fin, dejando la puerta entreabierta. Si Javi se atrevía a entrar, que viera lo que se había perdido y que aprendiera.

Gracias a Dios a la mañana siguiente Gema volvia a ser la de siempre, la mujer cariñosa y atenta con la convivía, pero también ese volcan que estaba por explotar.

Tres días después de la sesión del martes, Gema no podía quitarse el subidón de encima. La llamada de Marta aún resonaba en su cabeza, y el morbo de saber que pronto podría posar para un catálogo real la tenía en un estado constante de excitación.

Esa tarde, mientras yo preparaba la cena en la cocina, ella abrió el álbum privado de Laura en el móvil y seleccionó tres fotos nuevas de la sesión para subir a su Insta.... público…, esta vez eligió tomas con poses aún más sensuales y sexys, cargadas de erotismo sugerente y misterioso, para que el morbo se disparara sin cruzar del todo a lo explícito.
 

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LA CONVERSACION

Gema no me comento que la tarde del día anterior había subido varias imágenes. Esa mañana me encontraba en el trabajo, en la pausa del café, pensaba como estaban siendo esos días, en nuestra relación, en toda aquella vorágine vertiginosa que estábamos viviendo y en el miedo y la excitación que sentía a parte iguales. Llegue a la conclusión que Gema y yo debíamos tener una conversación, seria sobre el asunto y sobre todo nuestra vida íntima.

Cotilleando mi insta, con un cafe apoyado en la mesa, mientras pensaba en todo eso, salto la notificación de actualizaciones en el perfil de ella, sin saber si que había publicado ya se me acelero el corazón. Abrí su perfil y allí estaba ella, alli estaban las nuevas actualizaciones, y allí sus tres fotos nuevas, por encima de las ya publicadas y dejando abajo las fotos de las tartas y de su cafetería, - quizás debería de abrirse uno solo para sus posados, fue lo primero que pensé –

La madre que la pario... que guapa era, era la mujer de mi vida... tan espectacular que era difícil dejarla de mirar y lo peor es que también era difícil de que otros, la miraran, recordé la cantidad de tíos que le habían entrado, la de veces que se había sentido coqueta con las insinuaciones de esos tíos, pero ella siempre me había elegido a mí. Siempre había sido sincera con ella y conmigo, ambos sabíamos lo que le gustaba provocar, lo que le gustaba que la mirasen y a mí eso nunca me molesto. Ella era así, la conocí así, y así me gustaba, nunca pensé en que yo fuera la persona que limitase, ella era libre para estar conmigo o no, y para hacer o deshacer con su vida lo que quisiera, y si había elegido estar conmigo... seria por algo, al igual que yo con ella.

La primera de las imágenes era en blanco y negro, la ventana alta, a su izquierda, dejaba entrar un haz luz que cortaba la penumbra como una caricia lenta y deliberada. El polvo flotaba y la encontraba de perfil primero, delineando la curva generosa de su cadera, el arco orgulloso de su cintura, antes de deslizarse por la piel pálida y cálida que el encaje negro apenas contenía. El corpiño de satén oscuro, tan ceñido que parecía una segunda piel tallada para adorar cada centímetro de su abundancia. Los senos se alzaban plenos, desafiantes, empujando contra las copas de encaje como si quisieran escapar para ser tocados. Las tiras finas se cruzaban sobre sus hombros y bajaban en líneas que guiaban la mirada hacia abajo, hacia el vientre suave, la curva hipnótica de sus caderas, el triángulo de seda transparente que apenas ocultaba el calor que latía debajo.

Las medias reptaban por sus muslos gruesos y firmes, sujetas por ligas de encaje que se clavaban ligeramente en la carne, dejando una huella sutil de posesión. Los tacones de charol alto la elevaban, convertían cada paso en una promesa silenciosa; cuando se detuvo, con las manos en las caderas y el mentón ligeramente alzado, su postura era a la vez invitación y desafío.

La segunda de las imágenes era un contraluz. Ella permanecía de pie, tacones negros clavados en el suelo astillado, una mano apretando los pechos pesados —los dedos apenas conteniendo los pezones endurecidos que se marcaban entre las rendijas—, la otra mano presionada con fuerza contra su sexo, los dedos hundidos lo justo para que el calor y la humedad se filtraran entre ellos. De lo alto caía una gasa blanca, fina como un suspiro, envolvía un pecho, se adhería al vientre tenso, se pegaba a la curva de la cadera, se enredaba entre los muslos y finalmente se acumulaba como en un charco húmedo a sus pies. El contraluz convertía su silueta en una curva obscena y perfecta, pechos llenos, cintura estrecha, culo redondo y firme, piernas largas que temblaban apenas.

Y finalmente la tercera de ellas, de espalda, las manos abiertas contra el cristal sucio, espalda arqueada hasta el límite, culo en pompa. Ese culo gordo, redondo, respingón, temblando ligeramente bajo la luz que la atraviesa. Las nalgas separadas por la postura, No lleva bragas, solo el liguero negro alto que muerde la carne blanca de los muslos. La seda transparente de la cortina cae desde arriba, se pega al sudor de su espalda, se desliza lenta por la curva de la cintura estrecha, se enreda en las caderas anchas y Y luego se posa sobre ese culo, como si la estuviera follando con tela. La gasa se pega al agujero del culo, marca el pliegue húmedo entre nalgas. Cómo ese culo que era mío ahora se ofrece en pompa a la luz, al desconocido, al que va a entrar.

No lo resistí, fue ver esas fotos publicadas, dejé el café sobre la mesa y me fui al baño, abrí el álbum de fotos que teníamos compartido y comencé a pajearme viendo las fotos de mi mujer, imaginando mis historias con ella, hasta que estalle manchando los azulejos. Pero aquello no me calmo, la tarde fue intensa, con ganas de llegar a casa y verla y hablar con ella, una tarde larga y pesada hasta regresar a casa.

Como de costumbre, ya por la noche, era cuando podíamos charlar con tranquilidad, esa noche dispuse algo de queso, jamón y una botellita de vino, las dos copas llenas. Gema llego con su pijama de verano, un pequeño short blanco suelto y una camiseta básica, se sentó frente a mí.

-- UYYYYY, celebramos algo?? Que bueno con el hambre que traigo.
-- Jajaa, me gusta verte contenta..., pero no, no celebramos nada, había pensado que quizás nos venia bien un ratito así, de vernos, míranos y volver a escucharnos.
-- ¿A si?, ¿y que se supone que es lo que tenemos que escuchar?
-- Sabes que estoy enamorado de ti?. Que eres la mujer que siempre soñé y que por encima de todo... Te quiero.
-- Joder Javi, me estas asustando, ¿Ha pasado algo?, me estas preocupando.
-- No, no... no es eso, solo queria que lo supieras,
-- A bueno, si solo eso ... jaja. Espero que tu sepas que yo también te quiero y mucho, no sé qué sería de mi vida si no estuvieses a mi lado.
-- Gracias, necesitaba escucharlo...
-- Que tonto eres...!! No hagas caso de todo lo que digo, y más si lo digo en un momento en que se me pierde la boca.
-- Ya!!, y ya que lo dices…creo que de eso también tendremos que hablar y escucharnos.
-- Y salido la bomba... jaja. Venga Javi, que no es para tanto, no te preocupes.
-- Que si Gema, que me preocupa que te quedes a medias y necesito saber como solucionarlo.
-- Javi, que si ... que hay veces que se me va la boca... pero también disfruto viendo como disfrutas tu... es solo eso... que me pierde la tensión del momento.
-- No, Gema no, esto es para los dos, y los dos necesitamos disfrutar..., ayer noche, cada uno fue a lo suyo, tu pensando en tu sesión de fotos y yo en mis gilipolleces.
--¿Que gilipolleces? - Me interrumpió preguntando Gema.
-- Nada, gilipolleces, que debe ser que últimamente veo demasiado porno.
-- ¿A si? ¿Ves porno? ¿A solas? Y no me invitas... a saber qué haces tu viendo porno, respondió sin darle mucha importancia. ¿Que tipo de porno ves?
-- Pues porno....
--Venga Javi, que somos mayorcitos y ya llevamos vivido mucho....
-- ufff... - se me hizo bola contestar ---pues de ese dónde una mujer reparte placer....
--Joder Javi... que fino te pones para dar una respuesta... ya has visto lo guarra que me pongo en la cama ¿y ahora quieres endulzarme una respuesta tonta??
-- Vaaale, de ese dónde una tía es follada entre varios tíos, la follan por todos los agujeros y esta se come todas sus pollas, les come el culo y hasta la mean...
-- Madre mia Javi!!, que malito estas !!, jajaj ¿Y a ti, te gustaría verme así?
-- No, no es solo fantaseo en mi mente con eso, me imagino que eres tu... y ayer noche fue eso lo que imaginaba mientras lo hacíamos.
-- ¿Seguro que solo es eso?, ¿Que no hay nada de todo eso que quieras que haga?, ya sabes que no te suelo poner pegas a nada.
-- Vaya tela Gema!!, será posible que se me están subiendo los colores...
-- Venga suéltalo guarrillo....
-- Me gustaría probar lo de... que me comas el culo... , me atrae la idea ... pero la pregunta no era esa... la pregunta es cómo puede hacer que tus disfrutes tanto como yo lo hago contigo. ¿De verdad te pone caliente que follarte a otra tia?
-- Javi, eso es como lo tuyo, el momento, me lo imagino y me pone, pero no sé si sería capaz de hacerlo realidad
-- Si, si... pero está en tu cabeza...
-- Bueno... como otras tantas cosas...
--¿Qué cosas? venga ahora te toca contar a ti.
-- Pues me pone imaginarte como te miro mientras te tiras a otra tía y yo me toco sentada en una silla. Me pone juguetear y coquetear con otro mientras tu me miras, me encanta pensar que soy una puta que has contratado y me dejo hacer lo que tú quieras.... sea lo que sea, que me pidas lo que sea... y yo cumplo. Sabes que nunca he sido de gustos simples con esto.
-- Pero.... lo que quiero saber que te hace falta, para que te sientas completa conmigo, no tantas historias...
-- No se... imagina sobre lo que te digo... sabes que soy muy sexual y me gusta todo.... joder!! Javi... lo que tu propongas sé que me va a gustar y lo voy a disfrutar.
--¿Has pensado en hacer alguna vez en abrir la pareja?
-- ¿Abrir la pareja?, jajaj por Dios Javi, tu eres mío, una cosa es que fantasee con verte follar con otra y otra que te vayas follando por ahí a quien te de la gana. Te corto los huevos si me entero de que andas por ahí corneándome.
--JAJAJAJAJAJAJ!!, que bestia eres... por eso me gustas, porque no tienes pelos en la lengua. Por cierto, que yo sere tuyo, pero tu... eres mia. ¿Vale?
-- Lo dudabas... que quizás una pareja abierta no... pero ¿no has pensado alguna vez en hacerlo con otra pareja, los cuatro?
-- He pensado muchas cosas... pero no, no he pensado en hacerlo realidad.
--¿Te gustaría?, se que solo pensarlo... seguro que ya se te está poniendo..., Es como cumplir con una gran parte de nuestras fantasías de un solo golpe.
--¿Te refieres a hacerlo aqui?, en casa?????
-- Pero mira que eres bobo... jajaj. No joder... bueno... solo es una idea.. Ya hablaremos de ello con más tranquilidad. Que siempre nos pasa igual.
-- ¿Eso te haría correrte?
-- Ya me corro yo sin necesidad de tanta historia, no te preocupes.... y lo de comerte el culo... espero que lo tengas limpito y no te lo tenga que lavar yo...
-- Pero serás zorra... para que te abre dicho nada..., que por cierto... vaya las fotos que has subido y sin decime nada.
-- ¿Te ha molestado?, quería darte una sorpresa, quizas me he pasado un poco con las tres que he elegido.
-- No que va, pero esta mañana cuando las vi... me quedé.... y luego ya he ido leyendo los comentarios. Y vaya tela ¿Has pensado en abrirte un insta solo para ese tema?, vas a tener tíos revoloteando por la cafetería todo el día.
-- Otro insta, ni de coña, no tengo tiempo para tanto, además si al fin y al cabo todo el mundo sabe que la de las fotos soy yo, la de la cafetería de todos los días, JAJAJA, que más bonito y dulce que tartas y yo. ¡¡¡Mira una idea!!! La próxima vez que me haga fotos voy a posar rodeada de dulces y pasteles. ¿Te parece?
--Anda, anda!!! Pase lo que pase, no cambies nuca por favor.
--Tengo un montón de comentarios en las fotos, ¿quieres que las leamos juntos?


“Detrás del velo… todo se adivina” “De espaldas, esperando… ” “Apoyada en la ventana… ¿entras? ”
Los comentarios iban estallando entre amigas asombradas y conocidos de la cafetería con emojis cargados, y desconocidos soltando lo más crudo, “Ese culo me tiene loco”, “Esas manos no deberian tapar esas tetas”, “Quiero verte apoyada así en mi puerta”. El morbo nos consumia a los dos, pero lo mejor o lo peor estaba en los mensajes privados que habia recibido...


Gema se quedó mirándote con esa sonrisa torcida, medio inocente medio diabólica, mientras deslizaba el dedo por la pantalla del móvil. Los mensajes privados habían llegado como una avalancha: algunos sutiles, otros directos al grano, y unos pocos tan explícitos que hasta ella soltó un "joder" entre risas nerviosas.

—Escucha este, Javi... —dijo con voz ronca, acercándose más, el short blanco ya arrugado y subido, dejando ver el contorno de sus bragas mojadas—. “Tienes un culo que pide a gritos que lo abran despacio... dime si te gusta que te la metan. Te pago lo que sea por verte gemir”. Y este otro, “Quiero verte de rodillas tragándote todo lo que te echen, con las tetas fuera y el coño chorreando.

Me miro de reojo, mordiéndose el labio, pudo ver como mi polla ya se marcaba dura contra los pantalones.

—Joder, Javi… mira cómo siguen llegando —susurró, voz ronca y entrecortada—. Hay un monton. ¿Quieres que leamos los peores? Los que más nos van a poner.

—Este es de un tío que se llama @piernas abiertas69… directo al grano: “Ese culo en pompa me tiene obsesionado. Imagino agarrándotelo con las dos manos, separándote las nalgas y metiéndotela despacio por el culo mientras tú miras a tu novio y le dices ‘mira cómo me abren para ti’. ¿Me dejas ser el primero que te lo meta por detrás? Te lo chupo antes hasta que supliques”. Joder… —gimió ella, moviendo las caderas en círculos lentos-

—Sigue leyendo —le orde—. Quiero oír cómo te describen.

Ella abrió otro mensaje.

—Este de @leche_en_todas_partes: “Tus tetas apretadas en esa mano… quiero que me las pongas en la cara mientras me la chupas. Luego te tumbo boca abajo y te follo la boca hasta que te ahogues con mi corrida, se que tienes novio ¿Os animáis a un trío donde yo sea el que te use como una puta?”.

-- Hostia… — Me pone tanto… saber que quieren follarme así… pero solo si tú me lo haces.—.

—Otro… @culo_adicto_87: “Sin bragas, solo liguero, culo temblando… quiero arrodillarme detrás y lamerte el agujero hasta que chorrees, luego metértela y follarte hasta que te corras gritando. Después saco la polla y te la meto en la boca para que pruebes tu propio culo. ¿Me dejarias grabarlo para pajearme después?”. . Joder, Javi… imagínalo… yo de rodillas, chupándotela a ti mientras él me lame el culo… o al revés… tú follándome por detrás mientras él me mete la polla en la boca…JAJAJAJ- La gente esta fatal!!--

—Contéstale a uno —. El que más te haya mojado. Dile lo que quieras…

Gema cogió el móvil con una mano temblorosa.

—“Me has puesto muy cachonda con lo de lamerme el culo… mi chico dice que quizás deje que lo hagas… pero solo si estás de rodillas mientras él me folla fuerte por detrás. Y si te portas bien… igual te deja correrte en mi boca después.” —Envió el mensaje y dejó caer el móvil.

--Ya está bien por hoy!!!, mañana vemos las respuestas… —susurró con una sonrisa sucia—. Porque si contestan así… joder, Javi, esto no es normal.

-- ¿Te pone saber que me escriben estas guarradas?, ¿Que me imaginen abierta, llena, sucia... mientras tú eres el único que me folla verdad?... me estas convirtiendo en una guarra.

—Mañana decidimos si volvemos a contestar—respondi, besándole el cuello—, somos imparables cuando nos ponemos guarrillos juntos.

¡¡¡Joder Javi!!!, no tenemos solucion, somos unos guarros y todo esto nos calienta de un modo que no tiene sentido –respondio Gema-
 

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Espero que a Gema no se le vaya la humillación de las manos, el sadismo no debe de entrar en el juego y puede romper la baraja.
Follaras cuándo, cómo, dónde y con quién quieras pero solo dormirás, en completa paz, cuando lo hagas a mí lado.
 
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EL SUSTO
Unos días después de la sesión fotos a la que asistieron Marta y Puri como representantes de la marca, llegó el correo electrónico de la primera de ellas, con el asunto: “Borrador de Contrato de Colaboración – Gema [Apellido]”. Gema lo abrió en la cocina, con el móvil en la mano temblorosa, y me llamó para que me sentara a su lado. Lo leímos juntos, en silencio al principio, mientras los espaguetis se enfriaban en la mesa.
El borrador era profesional, claro y detallado, con puntos que nos llamó la atención,
  • Tipo de fotografías: Sesión principal para el catálogo digital y físico (aprox. 25-30 imágenes finales editadas). Estilo sensual-elegante, ropa interior de la marca, se utilizaran prendas de vestir (incluyendo, entre otras, lencería, ropa interior, prendas de baño, body, mallas o similares y accesorios) que sean total o parcialmente transparentes, translúcidas, semitransparentes o de tejido muy fino, de modo que podrían permitir visualizar, de forma intencional y deliberada, partes íntimas del cuerpo (incluyendo, sin limitación, pezones, areolas, zona púbica, contorno de genitales, glúteos y/o cualquier otra área considerada erógena o íntima).Poses sugerentes pero sin desnudo explícito, curvas marcadas, insinuación de piel, miradas intensas. Todo enfocado en resaltar cuerpos reales y curvilíneos de mujeres de 30-45 años.
  • La modelo: autoriza expresamente el uso de prendas transparentes, translúcidas o semitransparentes que permitan la visibilidad de partes íntimas (pezones, zona púbica y/o genitales). Presta su consentimiento específico, libre e informado para que dichas zonas queden visibles en las imágenes capturadas, sin que proceda retoque que oculte artificialmente lo que originalmente era visible.
  • Propiedad y autoría: Las fotos serán propiedad exclusiva de la marca (derechos de uso ilimitado, comercial, publicidad, redes, catálogo, web). La autoría corresponde al equipo de fotografía interno de la marca (un equipo profesional contratado por ellos, con director de arte y retocadores). Gema cede todos los derechos de imagen y explotación comercial a cambio de la compensación. Se incluye una cláusula de no difusión por parte de Gema de las fotos crudas o no aprobadas, salvo acuerdo expreso.
  • Publicidad que se les dará: Uso intensivo en redes sociales de la marca (*********, Facebook, TikTok), web oficial, catálogo impreso (edición limitada para ferias y tiendas asociadas), campañas de email marketing y posibles anuncios en revistas locales de moda íntima. El nombre completo de Gema o un alias (a elegir) aparecerá como “modelo” en todas las publicaciones. Posible mención en entrevistas o posts de “detrás de escenas”.
  • Incentivos laborales a percibir:
  • Pago fijo por la sesión principal del catálogo: 1.800 € netos.
  • Bono por exclusividad durante 12 meses: 600 € adicionales.
  • Porcentaje del 3% sobre ventas generadas directamente por campañas donde aparezca su imagen (estimado entre 500-2.000 € en el primer año, según proyecciones).
  • Prendas de la marca gratis (valor aproximado 3000 €) para uso personal y redes.
  • Asistencias a pases de modelo: Obligatoria participación en hasta 3 pases o exhibiciones durante los próximos 12 meses (ferias locales de moda íntima, pop-ups en boutiques asociadas, eventos de lanzamiento). Duración aproximada: 1-2 horas por evento. Transporte y catering cubiertos. Pago extra por desfile: 400 € netos por asistencia.
  • Asistencia obligatoria a fiestas de promoción de la marca: Obligatoria asistencia a un máximo de 2 eventos sociales al año (cócteles, cenas de presentación, fiestas privadas para clientes VIP o influencers). Duración: 3-4 horas. Vestimenta proporcionada por la marca. No es desfile, sino presencia como “embajadora”, fotos con invitados, redes sociales en directo, interacción. Pago extra: 300 € netos por evento + gastos cubiertos.
Al final del documento, una cláusula de confidencialidad y otra de cancelación, si Gema se arrepiente antes de firmar, sin penalización. Si firma y luego cancela, devolución proporcional de pagos ya recibidos.

Gema dejó el móvil en la mesa, respiró hondo y me miró con los ojos verdes brillando.

—Joder, Javi… es real. 1.800 por la sesión, bonos, porcentaje de ventas, desfiles, fiestas… y mi nombre en todo. Fotos mías en lencería por toda la web, en catálogos, en redes… y la gente de aquí, la familia, los vecinos… todos lo van a ver. Me da un vértigo brutal… pero me pone tanto que estoy temblando.

Se levantó, se sentó en mi regazo de espaldas y empezó a moverse despacio, frotando su culazo contra mi polla que ya estaba dura.
—El jueves hacemos la sesión de exteriores hot… para nosotros. Quiero sentirme expuesta antes de que el mundo me vea de verdad. Y cuando firme esto… ya no hay vuelta atrás.

La agarré por las caderas, subiéndole la camiseta y bajándole los leggins.

—Y cuando vuelva de la sesión de exteriores —gruñí, penetrándola despacio—, me cuentas cada detalle del riesgo, del viento en el coño. Y luego… firmamos. Porque esto ya no es solo morbo. Es tu cuerpo en el mundo. Y yo voy a estar aquí, follándote cada vez que alguien te vea y se corra pensando en ti.

El aire ya estaba cargado de sexo crudo. Gema no esperó ni un segundo, se levantó de la silla con los ojos encendidos de puta en celo, me agarró de la camiseta con las dos manos y me estampó contra la encimera tan fuerte que los platos tintinearon. Sin decir ni media palabra, se dejó caer de rodillas en el suelo frío, me bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón salvaje hasta los tobillos y se tragó mi polla hasta la raíz como si llevara días sin comer.

Chupaba con rabia animal, saliva espesa resbalando por la barbilla, los labios hinchados y rojos alrededor de mi polla, intentando que ésta le tocara el fondo de la garganta. Gemía como una zorra desesperada, la saliva le caían por la cara, mezclándose con lágrimas negras de rímel que le corrían por las mejillas. Le agarré el pelo con las dos manos, tiré hacia atrás con fuerza para que la cabeza se arqueara y le follé la boca sin piedad: profundo, rápido, golpeando mi pelvis contra su cara, hasta que se le marcaban las venas del cuello y los ojos se le ponían en blanco de esfuerzo.

—Trágatela toda, puta asquerosa —gruñí, embistiéndole la garganta hasta que sentí que iba a romperla—. Quiero que te ahogues con mi polla antes de firmar ese contrato.

No aguanté más. Saqué la polla de su boca con un sonido húmedo y asqueroso, un hilo de saliva colgando entre sus labios y mi glande, y le solté chorros gruesos, calientes y abundantes sobre la cara y las tetas. El primero le cruzó los ojos y la frente, el segundo le llenó la boca abierta y le goteó por la lengua, el tercero le salpicó la nariz y las mejillas, el cuarto le cayó directo en el pelo y le resbaló por la oreja. Otro chorro le dio en la barbilla y bajó por el cuello hasta mancharle las tetas. La cara le quedó empapada, brillante, pegajosa, con semen espeso goteando por todas partes como si le hubiera corrido encima un desconocido en un callejón.

Gema no se movió. Se quedó arrodillada en el suelo, respirando agitada con la boca abierta, la lengua fuera recogiendo lo que podía. Con dos dedos recogió un chorro grueso que le resbalaba por la mejilla, lo llevó a la boca y se lo tragó despacio, chupándose los dedos con gemidos bajos y sucios. Repitió con otro que le caía por la nariz, luego con el que le goteaba por la comisura de los labios, metiéndoselo todo en la boca como si fuera lo más delicioso del mundo. Al final se pasó la lengua por la cara entera, mejillas, barbilla, nariz, incluso se metió los dedos en la boca para limpiar lo que quedaba en las comisuras y se lo tragó todo con un gemido ronco.

—Sabe a ti… a puro vicio y suciedad —susurró, la voz destrozada de tanto chupar, la cara todavía brillante de semen seco en algunos sitios—. Y cuando firme ese contrato, Javi… cada vez que alguien me vea en lencería en la web, en el catálogo, en la calle… voy a recordar esto. Que la misma boca que posa para la marca se tragó tu corrida como una cerda después de leerlo.

— Ahora túmbate en el suelo, que quiero correrme.... me ordenó-

El acto fue guarro, sucio, brutal, de los que te dejan la mente en negro y el cuerpo hecho mierda. Ya nunca hacíamos el amor, nuestros ratos de sexo, se habían convertido en sesiones de porno duro y como de costumbre Gema, terminaba masturbándose para lograr correrse, esta vez se sentó sobre mi pecho, con lo que quedaba de mi corrida aun resbalándole entre las tetas y allí con el coño expuesto a mis ojos se tocó hasta lograr correrse.

Cuando terminó, se levantó, me agarró del cuello y me besó profundo, metiéndome la lengua llena de mi propio sabor salado y espeso para que yo también lo probara. Luego se limpió lo que quedaba con el dorso de la mano, se lamió los dedos como una puta callejera y sonrió lenta, peligrosa, con la cara todavía pegajosa y sudada.

Cuando levante la mirada, el contrato seguía abierto en el móvil, y los espaguetis frios a su lado.

EL SUSTO

Al día siguiente, Gema decidió llevar su juego de sensualidad un paso más allá, como un anticipo a lo que estaba por venir. Se vistió para la cafetería como si fuera a un desfile privado. Un mono de verano con pantalón corto, ceñido cuello de pico ancho y diseño hueco, de estilo casual y de punto, ultra ceñido, que se pegaban a su culazo como una segunda piel, marcando cada curva del culo respingón y el hilo del tanga clavado entre las nalgas, se ajustaba a sus tetas medianas y altas sin sujetador marcando los pezones se marcaban claramente bajo la tela cuando se movía, y el pelo castaño claro rubio suelto en ondas salvajes. Maquillaje sutil pero intenso, se ahumó los ojos, labios rojos oscuros, y un perfume que dejaba rastro.

Cuando entró en la cafetería esa mañana, que todo ella era sexualidad. Caminaba con la espalda más recta, las caderas más sueltas, la mirada más directa. Los clientes habituales la miraban dos veces, algunos se quedaban callados, otros sonreían nerviosos. Era como si el aire a su alrededor se hubiera espesado.

El momento clave llegó a media mañana. Un hombre de unos 50 años, traje gris impecable, pelo canoso peinado hacia atrás, entró y se sentó en la mesa del fondo. Pidió un café solo, pero cuando Gema se acercó a servirlo, la miró fijamente y dijo con voz baja y ronca,

— Eres las de las fotos de Insta ¿verdad?

Gema sintió un calor inmediato subirle por el cuello, pero mantuvo la compostura, sonriendo despacio.

— Estás… espectacular. Esa silueta detrás del tul, ese culo alzado de espaldas… joder. ¿Aceptas trabajos personales? Me gustaría hacerte unas fotos privadas, solo para mí. Pagaré bien.

—¿Trabajos personales? —preguntó, inclinándose un poco para servir el café, dejando que el escote bajara lo justo para que él viera el inicio de las tetas.

Él se acercó más, bajando la voz.

—No solo fotos. Algo más… íntimo. Un encuentro. Tú y yo, sin cámaras si no quieres. Sería algo discreto. Solo placer. Dime un precio y lo hablamos.

Gema sintió cómo el calor que le subía por el cuello se transformaba en algo más afilado, en una chispa de ira contenida que le endurecía la mandíbula. El tipo la había mirado como si fuera un objeto en subasta, y ahora soltaba aquello sin filtro, como si ella fuera un capricho que se compra con billetes arrugados. Le hervía la sangre, pero no era de las que explotaban. Era de las que convertían la rabia en veneno dulce.
Dejó la cafetera con un golpe seco que hizo tintinear la porcelana. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa, y el escote se abrió lo justo para que él viera la curva superior de sus pechos subiendo y bajando con una respiración que ya no era calmada. Pero sus ojos… sus ojos eran puro hielo envuelto en fuego.

—¿Un encuentro? —repitió ella, la voz baja, ronca, casi un siseo—. ¿Tú y yo, sin cámaras si no quiero? Qué generoso de tu parte darme a elegir si grabas o no mi puta cara mientras me follas por dinero.

Hizo una pausa. El silencio entre ellos se volvió espeso, cargado. Él intentó sonreír, pero la sonrisa se le congeló cuando vio cómo los labios de Gema se curvaban en algo que no era amabilidad.

Se levantó despacio, rodeó la mesa con pasos deliberados, tacones marcando cada segundo como un reloj de cuenta atrás. Se detuvo justo a su lado, tan cerca que él pudo oler su perfume —jazmín y algo más oscuro, más animal— y sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Se inclinó hasta que su boca quedó a un susurro de la oreja de él.

—No soy una puta —dijo, cada palabra afilada como una navaja deslizándose por seda—. No me meto en la cama de un desconocido porque me haya puesto precio. Pero… —su aliento le rozó la piel, caliente y peligroso— me cabrea tanto que me tomes por una que igual me dan ganas de demostrarte lo equivocado que estás… y lo caro que te va a salir aprenderlo.

Le rozó el lóbulo con los dientes, solo un mordisco leve, casi juguetón, antes de apartarse de golpe. Volvió a separarse, tiro del mono que vestía hacia arriba y se sentó frente a él y luego cruzó las piernas, pero no lo hizo con delicadeza, lo hizo abriendo un poco más los muslos de lo necesario, dejando que viera perfectamente la raja de su entrepiérnala, su coño se marcaba perfectamente, profundo, como un valle que separa dos montañas. Era un desafío. Era un castigo.

—Mírame bien —ordenó, voz temblando de furia contenida y deseo crudo—. ¿Ves estas tetas que tanto te obsesionan? ¿Este culo que te tiene babeando detrás del tul en Insta? Podrías tenerlos… si yo decidiera que me apetece destrozarte la cabeza y dejarte temblando como un perro. Pero no porque hayas abierto la cartera. Porque yo quiera follarte hasta que supliques, y luego hacerte suplicar más. Porque me excite verte romperte sabiendo que no vales ni la mitad de lo que crees.

Se inclinó hacia delante otra vez, los pechos casi rozando la mesa, los pezones endurecidos marcándose contra el mono de punto, como si quisieran salir entre un punto y otro.

—Así que reformula esa mierda de proposición, cabrón. Dime qué harías conmigo si te dejara. Detalle a detalle. Sin rodeos. Sin “pagaré bien”. Dime cómo me tocarías, cómo me harías gemir, cómo me harías correrme… y convénceme de que vale la pena mancharme las manos contigo. Porque ahora mismo —sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y lujuria pura— solo me dan ganas de levantarme y dejarte aquí con la polla dura y el ego hecho trizas.

Se recostó en la silla, descruzó y volvió a cruzar las piernas lentamente, el roce de las piernas y el sonido de los tacones clavándose en el suelo resonó como un latigazo en el silencio.

—Tienes un minuto. Habla. O vete a pajearte pensando en lo que nunca tendrás.

El aire entre ellos vibraba. Ella no apartaba la mirada, furiosa, excitada, peligrosa. Y él… él ya no sabía si estaba aterrado o más cachondo que en toda su vida...

Gema sintió la ira estallar en su pecho como un latigazo, pero la contuvo justo lo suficiente para que no se le escapara en un grito. En su lugar, la dejó salir en una risa corta, seca, casi cruel, que resonó en el pequeño espacio entre ellos como un portazo.

Se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo. El movimiento fue tan brusco que el escote se abrió un instante más de lo planeado, dejando ver el borde oscuro de una areola antes de que ella se ajustara la tela con un gesto impaciente, como si le molestara que él siguiera mirando.

—No —dijo, y la palabra cayó pesada, definitiva.

Él parpadeó, confundido, la sonrisa congelándose en su cara.

—¿Cómo qué no? Pero si acabas de decir que…

—No —repitió ella, más despacio, más fría, clavándole los ojos como si quisiera atravesarlo—. No a tu “encuentro”. No a tu dinero. No a que me toques ni un pelo porque crees que con billetes y una erección ya tienes derecho. No a convertirme en tu puta privada solo porque te pones cachondo mirando mis fotos en las redes.

Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que sus rodillas casi rozaron las suyas. Se inclinó, las manos apoyadas en los brazos de la silla de él, encerrándolo sin tocarlo. Su perfume lo envolvió como una trampa, pero su voz era puro veneno helado.

—Te lo dije clarito: reformula. Sé específico. Convénceme. Y lo que has soltado ha sido… patético. “Quiero correrme dentro”. ¿En serio? ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¿Ni una puta idea de cómo me harías gemir, de cómo me harías arquear la espalda, de cómo me harías suplicar por más? Solo “quiero follarte y pagarte”. Como si yo fuera un agujero con precio.

Se enderezó de golpe, retrocediendo un paso, y se cruzó de brazos bajo el pecho, empujándolo hacia arriba de forma deliberada, cruel, para que él viera exactamente lo que nunca iba a tener.

—Así que no. No voy a follar contigo. Ni por curiosidad, ni por rabia, ni por nada. Porque ahora mismo solo me das asco. Me das asco el modo en que me miras, como si ya me hubieras comprado. Me da asco que creas que mi cuerpo está en venta solo porque poso como me da lagana. Y me da asco, sobre todo, que pienses que con esa mierda de proposición ibas a conseguir algo más que una erección frustrada y una hostia en la cara.

Respiró hondo, los pechos subiendo y bajando con furia contenida, los pezones duros contra la tela fina, traicionando que su cuerpo seguía reaccionando al calor del momento, aunque su mente ya hubiera cerrado la puerta.

La conversación la tenía acalorada, él insinuando cuánto estaría dispuesto a pagar por “una tarde completa”, ella respondiendo como una mujer empoderada –Espera aqui, que te traigo la cuenta, que el café si que lo vas a pagar-. Trajo la cuenta, pago y el le rozó la mano al recoger el cambio, ella no la apartó.

—Vete —ordenó, señalando la salida con un gesto seco de la cabeza—. Y la próxima vez que quieras “perder la cabeza” con alguien, empieza por aprender a hablarle a una mujer como persona, no como un agujero con tetas. Porque conmigo… —sonrió, pero era una sonrisa que cortaba— has perdido la oportunidad para siempre.

Gema ya había dado tres pasos hacia la puerta cuando oyó el roce rápido del papel contra la mesa. Se detuvo, sin girarse del todo, solo ladeando la cabeza lo suficiente para ver por el rabillo del ojo cómo él sacaba un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta y garabateaba algo en una servilleta de papel con dedos que temblaban ligeramente. No era nerviosismo de vergüenza; era el temblor de quien sabe que está perdiendo, pero no quiere soltar la última carta.

Él dobló la servilleta con cuidado, como si fuera algo valioso, se levantó y se acercó despacio. No invadió su espacio esta vez; se detuvo a un metro, extendiendo la mano abierta con la servilleta entre los dedos índice y corazón.

—No te pido que cambies de opinión ahora —dijo en voz baja, casi ronca—. Solo… guárdala. Por si algún día te apetece demostrarme lo equivocada que estabas al llamarme patético. O por si te cabrea tanto recordar esto que decides venir a cobrármelo en persona.

Gema lo miró fijamente durante un segundo eterno. La ira seguía allí, latiendo en sus sienes, pero ahora había algo más, una curiosidad oscura, un cosquilleo de poder al ver cómo él se humillaba sin pedir perdón, solo ofreciendo su número como quien deja una ofrenda en un altar.
Extendió la mano con lentitud deliberada. Sus dedos rozaron los de él al tomar la servilleta —un contacto mínimo, eléctrico, que duró una fracción de segundo más de lo necesario. Sintió el calor de su piel, el pulso acelerado bajo las yemas. Él no apartó la mano, ella tampoco la retiró de inmediato.

La servilleta estaba tibia por el roce de su palma. Gema la abrió solo lo justo para ver los nueve dígitos escritos con tinta negra, apresurados pero legibles, y debajo, en letra más pequeña: “Si cambias de idea. Sin preguntas. Sin reproches.”

Cerró el puño alrededor del papel, arrugándolo ligeramente, sin mirarlo otra vez.

—No va a cambiar —dijo ella, voz baja y cortante—. Pero si alguna noche me aburro y me apetece destrozar a alguien… sabré dónde encontrarte.
Se giró por completo esta vez, clavándole una última mirada que era mitad desprecio, mitad promesa velada. Sus tacones resonaron de nuevo, más lentos, más seguros, mientras el ya cruzaba el umbral de la puerta.

Escucho como se cerraba la puerta tras ella, con el mismo chasquido seco de antes.

Cuando se fue, dejó una propina absurda y un papel con su número. En el interior, ella se quedó de pie, respirando hondo, con la mano conteniendo aun la servilleta que portaba aquel número. No lo tiró a la primera papelera que vio. Lo guardo, sintiendo su peso insignificante y, al mismo tiempo, extrañamente pesado.

Gema se quedó temblando detrás del mostrador el resto del día. Nerviosa, asustada, excitada. Se sentía expuesta, como si todo el mundo pudiera ver a través de ella y pensar que era “una mujer alegre”, que por un precio cualquiera podía tenerla. La idea la aterrorizaba y la ponía caliente a partes iguales. Todo estaba fuera de control, fuera de lo cotidiano de nuestras vidas.

Ese día cuando llegó a casa sobre las nueve, estaba inquieta, con los nervios a flor de piel. Me lo contó todo, la conversación subida de tono con el hombre de 50, cómo le había insinuado un encuentro íntimo, cómo se había sentido deseada y al mismo tiempo sucia por pensarlo. Terminó llorando un poco, asustada de que la gente empezara a verla como una puta en venta.

Necesitaba desconectar. Quedó para salir con sus amigas y acudir a su clase de salsa. Me parecía un plan perfecto, necesitábamos que ella se despejara. Me avisó que llegaría tarde.

Gema llegó a casa sobre las dos de la mañana, oliendo a sudor fresco, perfume barato de discoteca y ese aroma dulce y cálido que dejan las noches de baile. El vestido corto negro que se había puesto para salir estaba arrugado, pegado a la piel por el calor de la sala, y se le había subido tanto que apenas le cubría el culazo cuando caminaba. Entró en el dormitorio descalza, tacones en la mano, y se dejó caer en la cama a mi lado sin encender la luz.

Me miró en la penumbra, los ojos verdes todavía brillantes de alcohol y adrenalina, y empezó a hablar con voz baja, ronca, como si estuviera confesando un secreto que le quemaba por dentro... y empezó a susurrar en mi oido...

—Estaba bailando salsa con mis amigas… y de repente apareció él. Un mulato alto, fuerte, piel oscura brillante de sudor, camisa blanca abierta hasta el pecho, moviéndose como si la música le saliera del cuerpo. Me invitó a bailar con esa sonrisa lenta, y cuando dije que sí… me pegó a él desde la primera vuelta.

Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió, la voz temblando un poco.

—Bailamos pegados, Javi. Muy pegados. Sus manos en mi cintura, bajando despacio por las caderas, apretándome contra su polla que ya estaba dura contra mi culo. En una vuelta me susurró al oído, con voz grave y caliente: “Te mueves muy bien”. Me rozó la oreja con los labios, me apretó más fuerte, y sentí su polla palpitar contra mi muslo. Bailamos tres canciones seguidas así, él empujando las caderas contra mí, yo moviéndome despacio, frotándome contra él sin disimulo. - Era como si el supiera leer mi mente-. Mis tetas rozaban su pecho, mis manos en su espalda, y él… joder, me mordió el lóbulo suave, me pregunto al oído, “Si quieres nos tomamos algo más tranquilos en los reservados el fondo”.

Gema se removió en la cama, abrió un poco las piernas y vi que el tanga estaba empapado, la tela oscura pegada al coño hinchado.

—Me puse tan caliente que sentía los jugos bajándome por los muslos. Quería que me follara ahí, en la pista, con la gente alrededor mirando. Pero no lo hice. Solo bailé, me dejé llevar, y cuando terminó la canción me besó el cuello. Me fui al baño después, me toqué un poco pensando en él, en sus manos grandes, en cómo me apretaba el culo… y me corrí rápido, mordiéndome el brazo para no gritar.

Se giró hacia mí, se subió encima y me besó profundo, metiéndome la lengua con sabor a ron y deseo.

—Estaba asustada antes, Javi… por el hombre de la cafetería, por lo que la gente pueda pensar de mí. Pero bailando con él… me sentí poderosa. Deseada. Como si pudiera elegir a quién follo y a quién no. Y ahora… solo quiero que me folles tú y me da igual que los demas se hagan las pajas que sean viendo mis fotos.

Le quité el vestido de un tirón, le aparté el tanga empapado y saqué el amigo de goma que Gema guardaba en cajón de su mesita de noche, entendía que necesitaba correrse, y no quería volver a defraudarla. La penetré despacio, profundo, agarrando su culazo que había bailado contra otro hombre esa noche.

—Cuéntame más —gruñí, embistiéndola con fuerza—. ¿Cómo te apretaba? ¿Te rozó el coño? ¿Te dijo algo más sucio?

Ella gemía alto, clavándome las uñas en la espalda.

—Estaba bailando con mis amigas… y apareció él. Me invitó a bailar y cuando dije que sí… me pegó a él desde la primera vuelta, Javi. Me clavó las manos en la cintura y bajó despacio hasta agarrarme el culo con las dos manos, apretándome fuerte contra su polla dura.

Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió, la voz temblando de excitación.

—Me susurró al oído, con esa voz grave que me ponía la piel de gallina. “Me rozó la oreja con la lengua, me apretó más fuerte y sentí su polla palpitar contra mi muslo”. Bailamos tres canciones seguidas así, él empujando las caderas contra mí, yo frotándome contra él sin disimulo, mi coño mojado rozando su pierna cada vez que girábamos. Me pidió que lo acompañara a los reservados --” Quería follarme allí mismo Javi”--
Gema se removió en la cama, abrió las piernas y vi que el coño estaba chorreando, hinchado y brillante.

—Me puse tan caliente que sentía los jugos bajándome por los muslos. Quería que me follara ahí, en la pista, con la gente alrededor mirando cómo me habría de piernas. Sentía mis tetas rebotando contra su pecho. Y yo… joder, Javi, notaba como el calor me mojaba el tanga mientras bailada. Notaba una y otra vez su polla dura contra mí y sus palabras en mi oreja. Me temblaron las piernas, me apreté contra él y sentí cómo mi coño se contraía en espasmos mientras él bailaba contra mí.

Alargo sus brazos, me agarro la cabeza y la empezó contra su sexo, que ya era penetrado por aquel juguete negro, grande y que la violentaba con la ayuda de mis manos.

—Cuéntame más, puta —gruñí, embistiéndola con fuerza—. ¿Te rozó el coño? ¿Te dijo que quería comértelo? ¿Qué quería follarte hasta dejarte el culo rojo?

Ella gemía alto, clavándome las uñas en mi cabeza

—NOoooo!!!, Solo me apretaba el culo con las dos manos… solo me dijo lo de los reservados, pero seguro que quería bajarme el tanga, lamerme el coño hasta que chorree en su boca, y luego follarme por detrás, agarrarme el pelo decirme “mueve ese culo como en la foto, zorra”. Que quería correrme dentro de mí. Y yo… joder, me mojé tanto que cuando me senté después, el tanga estaba empapado de mis jugos.
Seguía follándola con aquella polla enorme de goma con rabia, profundo, sintiendo y viendo cómo se contraía alrededor de aquel rabo de mentira.

—Y ahora… eres mía —gruñí—. Firma el contrato. Deja que te vean todos. Que se corran con tus fotos. Y cuando vuelvas de esos desfiles, de que todos te vean, de las fiestas… yo te follo hasta que te olvides de todos los demás. Ee voy al follar el culo mientras piensas en cómo ese mulato quería metértela.

SIIIII!!, JODER!!! Siiii empezó convulsionar ¡¡JODER... QUIERO VERTE FOLLARTE UNA TIA!!!, ¡¡¡FOLLATE A PURI, FOLLATE A ESA TETONA ESTIRADA!!! SIII SIIIII, SIII, siiiiiiiii!!!! Y se corrió temblando violentamente, apretándome la polla de goma, gritando el nombre de Puri, mientras sus chorros mojaban, sus muslos, las sábanas y mi cara mis muslos y la cama. Yo no aguanté más, y empecé a tocarme la polla...

-¿Quieres que te la coma?, venga.. Dámela como si se la dieras a Puri.

-Joder Gema... !!

- Venga imagina como te la follarias, con esas esas tetas grandes y gordas botando y yo metiéndome la mano en mi coño mientras tú se la clavas...¿o quieres que te coma el culo mientras tú te la follas?

- Serás guarra!!! El de esta mañana en la cafetería si que quería follarte!!!!!

-- No aguante mucho más... le pedí que se pusiera de rodillas y me corrí en su cara, mientras ofrecía su boca abierta y se agarraba las tetas para que volviera a bañarlas.

Después nos quedamos abrazados, sudados, ella todavía temblando.

-¿Sabes Javi?, no tendrás, la mejor polla del mundo... pero si es cierto que cada vez que te busco, te encuentro y siempre tienes una corrida para mí. Eso siempre me ha asombrado.

- Eso se llama amor cariño.

- Si, si se llamara amor... pero cada vez tonteamos más con hacer realidad las fantasías con otras personas y rio...

 

Archivos adjuntos

EL SUSTO
Unos días después de la sesión fotos a la que asistieron Marta y Puri como representantes de la marca, llegó el correo electrónico de la primera de ellas, con el asunto: “Borrador de Contrato de Colaboración – Gema [Apellido]”. Gema lo abrió en la cocina, con el móvil en la mano temblorosa, y me llamó para que me sentara a su lado. Lo leímos juntos, en silencio al principio, mientras los espaguetis se enfriaban en la mesa.
El borrador era profesional, claro y detallado, con puntos que nos llamó la atención,
  • Tipo de fotografías: Sesión principal para el catálogo digital y físico (aprox. 25-30 imágenes finales editadas). Estilo sensual-elegante, ropa interior de la marca, se utilizaran prendas de vestir (incluyendo, entre otras, lencería, ropa interior, prendas de baño, body, mallas o similares y accesorios) que sean total o parcialmente transparentes, translúcidas, semitransparentes o de tejido muy fino, de modo que podrían permitir visualizar, de forma intencional y deliberada, partes íntimas del cuerpo (incluyendo, sin limitación, pezones, areolas, zona púbica, contorno de genitales, glúteos y/o cualquier otra área considerada erógena o íntima).Poses sugerentes pero sin desnudo explícito, curvas marcadas, insinuación de piel, miradas intensas. Todo enfocado en resaltar cuerpos reales y curvilíneos de mujeres de 30-45 años.
  • La modelo: autoriza expresamente el uso de prendas transparentes, translúcidas o semitransparentes que permitan la visibilidad de partes íntimas (pezones, zona púbica y/o genitales). Presta su consentimiento específico, libre e informado para que dichas zonas queden visibles en las imágenes capturadas, sin que proceda retoque que oculte artificialmente lo que originalmente era visible.
  • Propiedad y autoría: Las fotos serán propiedad exclusiva de la marca (derechos de uso ilimitado, comercial, publicidad, redes, catálogo, web). La autoría corresponde al equipo de fotografía interno de la marca (un equipo profesional contratado por ellos, con director de arte y retocadores). Gema cede todos los derechos de imagen y explotación comercial a cambio de la compensación. Se incluye una cláusula de no difusión por parte de Gema de las fotos crudas o no aprobadas, salvo acuerdo expreso.
  • Publicidad que se les dará: Uso intensivo en redes sociales de la marca (*********, ********, TikTok), web oficial, catálogo impreso (edición limitada para ferias y tiendas asociadas), campañas de email marketing y posibles anuncios en revistas locales de moda íntima. El nombre completo de Gema o un alias (a elegir) aparecerá como “modelo” en todas las publicaciones. Posible mención en entrevistas o posts de “detrás de escenas”.
  • Incentivos laborales a percibir:
  • Pago fijo por la sesión principal del catálogo: 1.800 € netos.
  • Bono por exclusividad durante 12 meses: 600 € adicionales.
  • Porcentaje del 3% sobre ventas generadas directamente por campañas donde aparezca su imagen (estimado entre 500-2.000 € en el primer año, según proyecciones).
  • Prendas de la marca gratis (valor aproximado 3000 €) para uso personal y redes.
  • Asistencias a pases de modelo: Obligatoria participación en hasta 3 pases o exhibiciones durante los próximos 12 meses (ferias locales de moda íntima, pop-ups en boutiques asociadas, eventos de lanzamiento). Duración aproximada: 1-2 horas por evento. Transporte y catering cubiertos. Pago extra por desfile: 400 € netos por asistencia.
  • Asistencia obligatoria a fiestas de promoción de la marca: Obligatoria asistencia a un máximo de 2 eventos sociales al año (cócteles, cenas de presentación, fiestas privadas para clientes VIP o influencers). Duración: 3-4 horas. Vestimenta proporcionada por la marca. No es desfile, sino presencia como “embajadora”, fotos con invitados, redes sociales en directo, interacción. Pago extra: 300 € netos por evento + gastos cubiertos.
Al final del documento, una cláusula de confidencialidad y otra de cancelación, si Gema se arrepiente antes de firmar, sin penalización. Si firma y luego cancela, devolución proporcional de pagos ya recibidos.

Gema dejó el móvil en la mesa, respiró hondo y me miró con los ojos verdes brillando.

—Joder, Javi… es real. 1.800 por la sesión, bonos, porcentaje de ventas, desfiles, fiestas… y mi nombre en todo. Fotos mías en lencería por toda la web, en catálogos, en redes… y la gente de aquí, la familia, los vecinos… todos lo van a ver. Me da un vértigo brutal… pero me pone tanto que estoy temblando.

Se levantó, se sentó en mi regazo de espaldas y empezó a moverse despacio, frotando su culazo contra mi polla que ya estaba dura.
—El jueves hacemos la sesión de exteriores hot… para nosotros. Quiero sentirme expuesta antes de que el mundo me vea de verdad. Y cuando firme esto… ya no hay vuelta atrás.

La agarré por las caderas, subiéndole la camiseta y bajándole los leggins.

—Y cuando vuelva de la sesión de exteriores —gruñí, penetrándola despacio—, me cuentas cada detalle del riesgo, del viento en el coño. Y luego… firmamos. Porque esto ya no es solo morbo. Es tu cuerpo en el mundo. Y yo voy a estar aquí, follándote cada vez que alguien te vea y se corra pensando en ti.

El aire ya estaba cargado de sexo crudo. Gema no esperó ni un segundo, se levantó de la silla con los ojos encendidos de puta en celo, me agarró de la camiseta con las dos manos y me estampó contra la encimera tan fuerte que los platos tintinearon. Sin decir ni media palabra, se dejó caer de rodillas en el suelo frío, me bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón salvaje hasta los tobillos y se tragó mi polla hasta la raíz como si llevara días sin comer.

Chupaba con rabia animal, saliva espesa resbalando por la barbilla, los labios hinchados y rojos alrededor de mi polla, intentando que ésta le tocara el fondo de la garganta. Gemía como una zorra desesperada, la saliva le caían por la cara, mezclándose con lágrimas negras de rímel que le corrían por las mejillas. Le agarré el pelo con las dos manos, tiré hacia atrás con fuerza para que la cabeza se arqueara y le follé la boca sin piedad: profundo, rápido, golpeando mi pelvis contra su cara, hasta que se le marcaban las venas del cuello y los ojos se le ponían en blanco de esfuerzo.

—Trágatela toda, puta asquerosa —gruñí, embistiéndole la garganta hasta que sentí que iba a romperla—. Quiero que te ahogues con mi polla antes de firmar ese contrato.

No aguanté más. Saqué la polla de su boca con un sonido húmedo y asqueroso, un hilo de saliva colgando entre sus labios y mi glande, y le solté chorros gruesos, calientes y abundantes sobre la cara y las tetas. El primero le cruzó los ojos y la frente, el segundo le llenó la boca abierta y le goteó por la lengua, el tercero le salpicó la nariz y las mejillas, el cuarto le cayó directo en el pelo y le resbaló por la oreja. Otro chorro le dio en la barbilla y bajó por el cuello hasta mancharle las tetas. La cara le quedó empapada, brillante, pegajosa, con semen espeso goteando por todas partes como si le hubiera corrido encima un desconocido en un callejón.

Gema no se movió. Se quedó arrodillada en el suelo, respirando agitada con la boca abierta, la lengua fuera recogiendo lo que podía. Con dos dedos recogió un chorro grueso que le resbalaba por la mejilla, lo llevó a la boca y se lo tragó despacio, chupándose los dedos con gemidos bajos y sucios. Repitió con otro que le caía por la nariz, luego con el que le goteaba por la comisura de los labios, metiéndoselo todo en la boca como si fuera lo más delicioso del mundo. Al final se pasó la lengua por la cara entera, mejillas, barbilla, nariz, incluso se metió los dedos en la boca para limpiar lo que quedaba en las comisuras y se lo tragó todo con un gemido ronco.

—Sabe a ti… a puro vicio y suciedad —susurró, la voz destrozada de tanto chupar, la cara todavía brillante de semen seco en algunos sitios—. Y cuando firme ese contrato, Javi… cada vez que alguien me vea en lencería en la web, en el catálogo, en la calle… voy a recordar esto. Que la misma boca que posa para la marca se tragó tu corrida como una cerda después de leerlo.

— Ahora túmbate en el suelo, que quiero correrme.... me ordenó-

El acto fue guarro, sucio, brutal, de los que te dejan la mente en negro y el cuerpo hecho mierda. Ya nunca hacíamos el amor, nuestros ratos de sexo, se habían convertido en sesiones de porno duro y como de costumbre Gema, terminaba masturbándose para lograr correrse, esta vez se sentó sobre mi pecho, con lo que quedaba de mi corrida aun resbalándole entre las tetas y allí con el coño expuesto a mis ojos se tocó hasta lograr correrse.

Cuando terminó, se levantó, me agarró del cuello y me besó profundo, metiéndome la lengua llena de mi propio sabor salado y espeso para que yo también lo probara. Luego se limpió lo que quedaba con el dorso de la mano, se lamió los dedos como una puta callejera y sonrió lenta, peligrosa, con la cara todavía pegajosa y sudada.

Cuando levante la mirada, el contrato seguía abierto en el móvil, y los espaguetis frios a su lado.

EL SUSTO

Al día siguiente, Gema decidió llevar su juego de sensualidad un paso más allá, como un anticipo a lo que estaba por venir. Se vistió para la cafetería como si fuera a un desfile privado. Un mono de verano con pantalón corto, ceñido cuello de pico ancho y diseño hueco, de estilo casual y de punto, ultra ceñido, que se pegaban a su culazo como una segunda piel, marcando cada curva del culo respingón y el hilo del tanga clavado entre las nalgas, se ajustaba a sus tetas medianas y altas sin sujetador marcando los pezones se marcaban claramente bajo la tela cuando se movía, y el pelo castaño claro rubio suelto en ondas salvajes. Maquillaje sutil pero intenso, se ahumó los ojos, labios rojos oscuros, y un perfume que dejaba rastro.

Cuando entró en la cafetería esa mañana, que todo ella era sexualidad. Caminaba con la espalda más recta, las caderas más sueltas, la mirada más directa. Los clientes habituales la miraban dos veces, algunos se quedaban callados, otros sonreían nerviosos. Era como si el aire a su alrededor se hubiera espesado.

El momento clave llegó a media mañana. Un hombre de unos 50 años, traje gris impecable, pelo canoso peinado hacia atrás, entró y se sentó en la mesa del fondo. Pidió un café solo, pero cuando Gema se acercó a servirlo, la miró fijamente y dijo con voz baja y ronca,

— Eres las de las fotos de Insta ¿verdad?

Gema sintió un calor inmediato subirle por el cuello, pero mantuvo la compostura, sonriendo despacio.

— Estás… espectacular. Esa silueta detrás del tul, ese culo alzado de espaldas… joder. ¿Aceptas trabajos personales? Me gustaría hacerte unas fotos privadas, solo para mí. Pagaré bien.

—¿Trabajos personales? —preguntó, inclinándose un poco para servir el café, dejando que el escote bajara lo justo para que él viera el inicio de las tetas.

Él se acercó más, bajando la voz.

—No solo fotos. Algo más… íntimo. Un encuentro. Tú y yo, sin cámaras si no quieres. Sería algo discreto. Solo placer. Dime un precio y lo hablamos.

Gema sintió cómo el calor que le subía por el cuello se transformaba en algo más afilado, en una chispa de ira contenida que le endurecía la mandíbula. El tipo la había mirado como si fuera un objeto en subasta, y ahora soltaba aquello sin filtro, como si ella fuera un capricho que se compra con billetes arrugados. Le hervía la sangre, pero no era de las que explotaban. Era de las que convertían la rabia en veneno dulce.
Dejó la cafetera con un golpe seco que hizo tintinear la porcelana. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa, y el escote se abrió lo justo para que él viera la curva superior de sus pechos subiendo y bajando con una respiración que ya no era calmada. Pero sus ojos… sus ojos eran puro hielo envuelto en fuego.

—¿Un encuentro? —repitió ella, la voz baja, ronca, casi un siseo—. ¿Tú y yo, sin cámaras si no quiero? Qué generoso de tu parte darme a elegir si grabas o no mi puta cara mientras me follas por dinero.

Hizo una pausa. El silencio entre ellos se volvió espeso, cargado. Él intentó sonreír, pero la sonrisa se le congeló cuando vio cómo los labios de Gema se curvaban en algo que no era amabilidad.

Se levantó despacio, rodeó la mesa con pasos deliberados, tacones marcando cada segundo como un reloj de cuenta atrás. Se detuvo justo a su lado, tan cerca que él pudo oler su perfume —jazmín y algo más oscuro, más animal— y sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Se inclinó hasta que su boca quedó a un susurro de la oreja de él.

—No soy una puta —dijo, cada palabra afilada como una navaja deslizándose por seda—. No me meto en la cama de un desconocido porque me haya puesto precio. Pero… —su aliento le rozó la piel, caliente y peligroso— me cabrea tanto que me tomes por una que igual me dan ganas de demostrarte lo equivocado que estás… y lo caro que te va a salir aprenderlo.

Le rozó el lóbulo con los dientes, solo un mordisco leve, casi juguetón, antes de apartarse de golpe. Volvió a separarse, tiro del mono que vestía hacia arriba y se sentó frente a él y luego cruzó las piernas, pero no lo hizo con delicadeza, lo hizo abriendo un poco más los muslos de lo necesario, dejando que viera perfectamente la raja de su entrepiérnala, su coño se marcaba perfectamente, profundo, como un valle que separa dos montañas. Era un desafío. Era un castigo.

—Mírame bien —ordenó, voz temblando de furia contenida y deseo crudo—. ¿Ves estas tetas que tanto te obsesionan? ¿Este culo que te tiene babeando detrás del tul en Insta? Podrías tenerlos… si yo decidiera que me apetece destrozarte la cabeza y dejarte temblando como un perro. Pero no porque hayas abierto la cartera. Porque yo quiera follarte hasta que supliques, y luego hacerte suplicar más. Porque me excite verte romperte sabiendo que no vales ni la mitad de lo que crees.

Se inclinó hacia delante otra vez, los pechos casi rozando la mesa, los pezones endurecidos marcándose contra el mono de punto, como si quisieran salir entre un punto y otro.

—Así que reformula esa mierda de proposición, cabrón. Dime qué harías conmigo si te dejara. Detalle a detalle. Sin rodeos. Sin “pagaré bien”. Dime cómo me tocarías, cómo me harías gemir, cómo me harías correrme… y convénceme de que vale la pena mancharme las manos contigo. Porque ahora mismo —sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y lujuria pura— solo me dan ganas de levantarme y dejarte aquí con la polla dura y el ego hecho trizas.

Se recostó en la silla, descruzó y volvió a cruzar las piernas lentamente, el roce de las piernas y el sonido de los tacones clavándose en el suelo resonó como un latigazo en el silencio.

—Tienes un minuto. Habla. O vete a pajearte pensando en lo que nunca tendrás.

El aire entre ellos vibraba. Ella no apartaba la mirada, furiosa, excitada, peligrosa. Y él… él ya no sabía si estaba aterrado o más cachondo que en toda su vida...

Gema sintió la ira estallar en su pecho como un latigazo, pero la contuvo justo lo suficiente para que no se le escapara en un grito. En su lugar, la dejó salir en una risa corta, seca, casi cruel, que resonó en el pequeño espacio entre ellos como un portazo.

Se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo. El movimiento fue tan brusco que el escote se abrió un instante más de lo planeado, dejando ver el borde oscuro de una areola antes de que ella se ajustara la tela con un gesto impaciente, como si le molestara que él siguiera mirando.

—No —dijo, y la palabra cayó pesada, definitiva.

Él parpadeó, confundido, la sonrisa congelándose en su cara.

—¿Cómo qué no? Pero si acabas de decir que…

—No —repitió ella, más despacio, más fría, clavándole los ojos como si quisiera atravesarlo—. No a tu “encuentro”. No a tu dinero. No a que me toques ni un pelo porque crees que con billetes y una erección ya tienes derecho. No a convertirme en tu puta privada solo porque te pones cachondo mirando mis fotos en las redes.

Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que sus rodillas casi rozaron las suyas. Se inclinó, las manos apoyadas en los brazos de la silla de él, encerrándolo sin tocarlo. Su perfume lo envolvió como una trampa, pero su voz era puro veneno helado.

—Te lo dije clarito: reformula. Sé específico. Convénceme. Y lo que has soltado ha sido… patético. “Quiero correrme dentro”. ¿En serio? ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¿Ni una puta idea de cómo me harías gemir, de cómo me harías arquear la espalda, de cómo me harías suplicar por más? Solo “quiero follarte y pagarte”. Como si yo fuera un agujero con precio.

Se enderezó de golpe, retrocediendo un paso, y se cruzó de brazos bajo el pecho, empujándolo hacia arriba de forma deliberada, cruel, para que él viera exactamente lo que nunca iba a tener.

—Así que no. No voy a follar contigo. Ni por curiosidad, ni por rabia, ni por nada. Porque ahora mismo solo me das asco. Me das asco el modo en que me miras, como si ya me hubieras comprado. Me da asco que creas que mi cuerpo está en venta solo porque poso como me da lagana. Y me da asco, sobre todo, que pienses que con esa mierda de proposición ibas a conseguir algo más que una erección frustrada y una hostia en la cara.

Respiró hondo, los pechos subiendo y bajando con furia contenida, los pezones duros contra la tela fina, traicionando que su cuerpo seguía reaccionando al calor del momento, aunque su mente ya hubiera cerrado la puerta.

La conversación la tenía acalorada, él insinuando cuánto estaría dispuesto a pagar por “una tarde completa”, ella respondiendo como una mujer empoderada –Espera aqui, que te traigo la cuenta, que el café si que lo vas a pagar-. Trajo la cuenta, pago y el le rozó la mano al recoger el cambio, ella no la apartó.

—Vete —ordenó, señalando la salida con un gesto seco de la cabeza—. Y la próxima vez que quieras “perder la cabeza” con alguien, empieza por aprender a hablarle a una mujer como persona, no como un agujero con tetas. Porque conmigo… —sonrió, pero era una sonrisa que cortaba— has perdido la oportunidad para siempre.

Gema ya había dado tres pasos hacia la puerta cuando oyó el roce rápido del papel contra la mesa. Se detuvo, sin girarse del todo, solo ladeando la cabeza lo suficiente para ver por el rabillo del ojo cómo él sacaba un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta y garabateaba algo en una servilleta de papel con dedos que temblaban ligeramente. No era nerviosismo de vergüenza; era el temblor de quien sabe que está perdiendo, pero no quiere soltar la última carta.

Él dobló la servilleta con cuidado, como si fuera algo valioso, se levantó y se acercó despacio. No invadió su espacio esta vez; se detuvo a un metro, extendiendo la mano abierta con la servilleta entre los dedos índice y corazón.

—No te pido que cambies de opinión ahora —dijo en voz baja, casi ronca—. Solo… guárdala. Por si algún día te apetece demostrarme lo equivocada que estabas al llamarme patético. O por si te cabrea tanto recordar esto que decides venir a cobrármelo en persona.

Gema lo miró fijamente durante un segundo eterno. La ira seguía allí, latiendo en sus sienes, pero ahora había algo más, una curiosidad oscura, un cosquilleo de poder al ver cómo él se humillaba sin pedir perdón, solo ofreciendo su número como quien deja una ofrenda en un altar.
Extendió la mano con lentitud deliberada. Sus dedos rozaron los de él al tomar la servilleta —un contacto mínimo, eléctrico, que duró una fracción de segundo más de lo necesario. Sintió el calor de su piel, el pulso acelerado bajo las yemas. Él no apartó la mano, ella tampoco la retiró de inmediato.

La servilleta estaba tibia por el roce de su palma. Gema la abrió solo lo justo para ver los nueve dígitos escritos con tinta negra, apresurados pero legibles, y debajo, en letra más pequeña: “Si cambias de idea. Sin preguntas. Sin reproches.”

Cerró el puño alrededor del papel, arrugándolo ligeramente, sin mirarlo otra vez.

—No va a cambiar —dijo ella, voz baja y cortante—. Pero si alguna noche me aburro y me apetece destrozar a alguien… sabré dónde encontrarte.
Se giró por completo esta vez, clavándole una última mirada que era mitad desprecio, mitad promesa velada. Sus tacones resonaron de nuevo, más lentos, más seguros, mientras el ya cruzaba el umbral de la puerta.

Escucho como se cerraba la puerta tras ella, con el mismo chasquido seco de antes.

Cuando se fue, dejó una propina absurda y un papel con su número. En el interior, ella se quedó de pie, respirando hondo, con la mano conteniendo aun la servilleta que portaba aquel número. No lo tiró a la primera papelera que vio. Lo guardo, sintiendo su peso insignificante y, al mismo tiempo, extrañamente pesado.

Gema se quedó temblando detrás del mostrador el resto del día. Nerviosa, asustada, excitada. Se sentía expuesta, como si todo el mundo pudiera ver a través de ella y pensar que era “una mujer alegre”, que por un precio cualquiera podía tenerla. La idea la aterrorizaba y la ponía caliente a partes iguales. Todo estaba fuera de control, fuera de lo cotidiano de nuestras vidas.

Ese día cuando llegó a casa sobre las nueve, estaba inquieta, con los nervios a flor de piel. Me lo contó todo, la conversación subida de tono con el hombre de 50, cómo le había insinuado un encuentro íntimo, cómo se había sentido deseada y al mismo tiempo sucia por pensarlo. Terminó llorando un poco, asustada de que la gente empezara a verla como una puta en venta.

Necesitaba desconectar. Quedó para salir con sus amigas y acudir a su clase de salsa. Me parecía un plan perfecto, necesitábamos que ella se despejara. Me avisó que llegaría tarde.

Gema llegó a casa sobre las dos de la mañana, oliendo a sudor fresco, perfume barato de discoteca y ese aroma dulce y cálido que dejan las noches de baile. El vestido corto negro que se había puesto para salir estaba arrugado, pegado a la piel por el calor de la sala, y se le había subido tanto que apenas le cubría el culazo cuando caminaba. Entró en el dormitorio descalza, tacones en la mano, y se dejó caer en la cama a mi lado sin encender la luz.

Me miró en la penumbra, los ojos verdes todavía brillantes de alcohol y adrenalina, y empezó a hablar con voz baja, ronca, como si estuviera confesando un secreto que le quemaba por dentro... y empezó a susurrar en mi oido...

—Estaba bailando salsa con mis amigas… y de repente apareció él. Un mulato alto, fuerte, piel oscura brillante de sudor, camisa blanca abierta hasta el pecho, moviéndose como si la música le saliera del cuerpo. Me invitó a bailar con esa sonrisa lenta, y cuando dije que sí… me pegó a él desde la primera vuelta.

Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió, la voz temblando un poco.

—Bailamos pegados, Javi. Muy pegados. Sus manos en mi cintura, bajando despacio por las caderas, apretándome contra su polla que ya estaba dura contra mi culo. En una vuelta me susurró al oído, con voz grave y caliente: “Te mueves muy bien”. Me rozó la oreja con los labios, me apretó más fuerte, y sentí su polla palpitar contra mi muslo. Bailamos tres canciones seguidas así, él empujando las caderas contra mí, yo moviéndome despacio, frotándome contra él sin disimulo. - Era como si el supiera leer mi mente-. Mis tetas rozaban su pecho, mis manos en su espalda, y él… joder, me mordió el lóbulo suave, me pregunto al oído, “Si quieres nos tomamos algo más tranquilos en los reservados el fondo”.

Gema se removió en la cama, abrió un poco las piernas y vi que el tanga estaba empapado, la tela oscura pegada al coño hinchado.

—Me puse tan caliente que sentía los jugos bajándome por los muslos. Quería que me follara ahí, en la pista, con la gente alrededor mirando. Pero no lo hice. Solo bailé, me dejé llevar, y cuando terminó la canción me besó el cuello. Me fui al baño después, me toqué un poco pensando en él, en sus manos grandes, en cómo me apretaba el culo… y me corrí rápido, mordiéndome el brazo para no gritar.

Se giró hacia mí, se subió encima y me besó profundo, metiéndome la lengua con sabor a ron y deseo.

—Estaba asustada antes, Javi… por el hombre de la cafetería, por lo que la gente pueda pensar de mí. Pero bailando con él… me sentí poderosa. Deseada. Como si pudiera elegir a quién follo y a quién no. Y ahora… solo quiero que me folles tú y me da igual que los demas se hagan las pajas que sean viendo mis fotos.

Le quité el vestido de un tirón, le aparté el tanga empapado y saqué el amigo de goma que Gema guardaba en cajón de su mesita de noche, entendía que necesitaba correrse, y no quería volver a defraudarla. La penetré despacio, profundo, agarrando su culazo que había bailado contra otro hombre esa noche.

—Cuéntame más —gruñí, embistiéndola con fuerza—. ¿Cómo te apretaba? ¿Te rozó el coño? ¿Te dijo algo más sucio?

Ella gemía alto, clavándome las uñas en la espalda.

—Estaba bailando con mis amigas… y apareció él. Me invitó a bailar y cuando dije que sí… me pegó a él desde la primera vuelta, Javi. Me clavó las manos en la cintura y bajó despacio hasta agarrarme el culo con las dos manos, apretándome fuerte contra su polla dura.

Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió, la voz temblando de excitación.

—Me susurró al oído, con esa voz grave que me ponía la piel de gallina. “Me rozó la oreja con la lengua, me apretó más fuerte y sentí su polla palpitar contra mi muslo”. Bailamos tres canciones seguidas así, él empujando las caderas contra mí, yo frotándome contra él sin disimulo, mi coño mojado rozando su pierna cada vez que girábamos. Me pidió que lo acompañara a los reservados --” Quería follarme allí mismo Javi”--
Gema se removió en la cama, abrió las piernas y vi que el coño estaba chorreando, hinchado y brillante.

—Me puse tan caliente que sentía los jugos bajándome por los muslos. Quería que me follara ahí, en la pista, con la gente alrededor mirando cómo me habría de piernas. Sentía mis tetas rebotando contra su pecho. Y yo… joder, Javi, notaba como el calor me mojaba el tanga mientras bailada. Notaba una y otra vez su polla dura contra mí y sus palabras en mi oreja. Me temblaron las piernas, me apreté contra él y sentí cómo mi coño se contraía en espasmos mientras él bailaba contra mí.

Alargo sus brazos, me agarro la cabeza y la empezó contra su sexo, que ya era penetrado por aquel juguete negro, grande y que la violentaba con la ayuda de mis manos.

—Cuéntame más, puta —gruñí, embistiéndola con fuerza—. ¿Te rozó el coño? ¿Te dijo que quería comértelo? ¿Qué quería follarte hasta dejarte el culo rojo?

Ella gemía alto, clavándome las uñas en mi cabeza

—NOoooo!!!, Solo me apretaba el culo con las dos manos… solo me dijo lo de los reservados, pero seguro que quería bajarme el tanga, lamerme el coño hasta que chorree en su boca, y luego follarme por detrás, agarrarme el pelo decirme “mueve ese culo como en la foto, zorra”. Que quería correrme dentro de mí. Y yo… joder, me mojé tanto que cuando me senté después, el tanga estaba empapado de mis jugos.
Seguía follándola con aquella polla enorme de goma con rabia, profundo, sintiendo y viendo cómo se contraía alrededor de aquel rabo de mentira.

—Y ahora… eres mía —gruñí—. Firma el contrato. Deja que te vean todos. Que se corran con tus fotos. Y cuando vuelvas de esos desfiles, de que todos te vean, de las fiestas… yo te follo hasta que te olvides de todos los demás. Ee voy al follar el culo mientras piensas en cómo ese mulato quería metértela.

SIIIII!!, JODER!!! Siiii empezó convulsionar ¡¡JODER... QUIERO VERTE FOLLARTE UNA TIA!!!, ¡¡¡FOLLATE A PURI, FOLLATE A ESA TETONA ESTIRADA!!! SIII SIIIII, SIII, siiiiiiiii!!!! Y se corrió temblando violentamente, apretándome la polla de goma, gritando el nombre de Puri, mientras sus chorros mojaban, sus muslos, las sábanas y mi cara mis muslos y la cama. Yo no aguanté más, y empecé a tocarme la polla...

-¿Quieres que te la coma?, venga.. Dámela como si se la dieras a Puri.

-Joder Gema... !!

- Venga imagina como te la follarias, con esas esas tetas grandes y gordas botando y yo metiéndome la mano en mi coño mientras tú se la clavas...¿o quieres que te coma el culo mientras tú te la follas?

- Serás guarra!!! El de esta mañana en la cafetería si que quería follarte!!!!!

-- No aguante mucho más... le pedí que se pusiera de rodillas y me corrí en su cara, mientras ofrecía su boca abierta y se agarraba las tetas para que volviera a bañarlas.

Después nos quedamos abrazados, sudados, ella todavía temblando.

-¿Sabes Javi?, no tendrás, la mejor polla del mundo... pero si es cierto que cada vez que te busco, te encuentro y siempre tienes una corrida para mí. Eso siempre me ha asombrado.

- Eso se llama amor cariño.

- Si, si se llamara amor... pero cada vez tonteamos más con hacer realidad las fantasías con otras personas y rio...

Sigue¿???
 
Seguro que en unos días tenemos el próximo capítulo.
 
PEPE MI COMPAÑERO

Era media mañana y la cafetería ya respiraba ese calor lento de verano. Estábamos sentados en nuestra mesa junto al cristal, bañados por la luz que entraba suave y traicionera. Gema estaba radiante, cada día más peligrosa, más imposible de ignorar. Su presencia alteraba el aire, sentía las miradas masculinas deslizándose sobre ella como si fueran caricias no pedidas. No era paranoia; el local se había llenado de hombres que antes no venían a esta hora. O quizás solo eran mis ojos los que lo notaban, celosos y excitados a partes iguales.

Hablábamos de la cafetería —nuevos horarios, algún cambio en la carta, las cuentas...—, pero mi atención se le escapaba constantemente a ella. Llevaba un short vaquero diminuto, de esos que se pegan a la piel como una promesa, tan corto que apenas contenía la curva perfecta de su culo. Encima, una camiseta blanca de tirantes finos, escote profundo en pico, sin nada debajo. Los pezones se marcaban con descaro, duros, oscuros bajo la tela casi transparente, como si el aire acondicionado y su propia excitación se hubieran confabulado para delatarla. Las sandalias de tacón fino y tiras le alargaban las piernas hasta el infinito y elevaban ese culo redondo de una manera que hacía que cada movimiento fuera una invitación silenciosa.

Estaba sentada a mi lado, con las piernas cruzadas en esa postura lenta y deliberada que subía el short hasta dejar al descubierto casi todo el muslo y el inicio del gluteo. La piel bronceada brillaba bajo la luz y yo solo podía pensar en deslizar la mano por ahí, en sentir cómo se abría un poco más para mí. Entonces ella cambió el tono, bajó la voz, se acercó hasta que su aliento me rozó la oreja.

—Javi… —susurró, con esa cadencia que me ponía la piel de gallina—. Llevo todo el rato pensando en lo de la sesión con Laura… la de la calle. ¿Quieres que la haga?

La miré despacio, dejando que mis ojos recorrieran su boca, su cuello, el relieve descarado de sus pezones.

—Tú la querías, ¿verdad?

Ella sonrió, traviesa, mordiéndose apenas el labio inferior.

—Mucho. Pero quiero saber qué piensas tú.

—Quiero verte feliz. Quiero verte temblando de placer. Y si puedo estar cerca mientras pasa… mucho mejor. —Hice una pausa—. ¿Qué dice Laura?

Gema soltó una risa baja, ronca.

—Laura está encantada. Dice que le doy trabajo, dinero, atención… y que se pone mala de gusto solo de imaginar lo que vamos a hacer.

—Entonces no hay pero que valga. —Le sostuve la mirada—. A mí esas fotos me van a volver loco. Y tú… tú vas a verte por fin como siempre has soñado en secreto, espectacular, tan potente como te mereces... completamente zorra. —Le guiñé un ojo—. Es broma, amor.

—No es broma —respondió ella, acercándose hasta que su muslo apretó contra el mío—. Eso es exactamente lo que quieres… una zorra en casa.
Se rió suave, maliciosa, y ya estaba escribiendo en el móvil.

No tardó ni diez minutos en vibrar la mesa. Gema miró la pantalla, respiró hondo y contestó casi en un susurro, como si temiera que alguien más pudiera escuchar el deseo que le temblaba en la voz.

—Dime, reina…

La voz de Laura llegó cálida, juguetona.

—Veo que ya te has decidido del todo, ¿eh?

—Joder, Laura… me da un vértigo que me muero. Pero sí. Quiero ese riesgo. Quiero sentir que alguien podría pasar, que me miren, que me vean. Quiero mojarme de puro miedo y excitación. Vamos a por ello.

Laura dejó escapar una risa lenta, cargada.

—Sabía que dirías eso. El patio abandonado es demasiado inocente para lo que llevas dentro. Vamos a subir la temperatura de verdad. Primero un parking subterráneo del centro comercial grande, el de la ciudad de al lado. Coches, gente, pasos a pocos metros… pero sin riesgo de vecinos. Luego, el taller de un colega que cierra por las tardes. Silencio dentro, eco de la calle, coches pasando cerca… él no estará. Todo bajo control.

Solo nosotras… —hizo una pausa larga, deliberada— o nosotras y quien tú quieras que esté mirando.

Gema abrió los ojos, la respiración se le aceleró visiblemente.

—¿A alguien? ¿Te refieres a…?

—A Javi. A una amiga. A quien te apetezca que te vea posar. Tú eliges.

—Dios, Laura… —se le escapó una risa nerviosa, casi un gemido—. Ya… ya lo pensaré.

—Esa es mi chica —susurró Laura—. Te recojo mañana. Ven preparada… porque va a ser inolvidable.

Gema colgó y se quedó quieta un instante, el móvil aún en la mano. Luego giró la cara hacia mí. Sus ojos verdes ardían. miedo, deseo, humedad pura.

—Javi… —dijo bajito, acercándose hasta que sentí el calor de su cuerpo—. Parking subterráneo con gente alrededor… después un taller cerrado, pero con ruido de calle filtrándose. Me pone tanto que estoy temblando. Me aterra… solo de imaginarlo.

La miré fijo, tomé un sorbo lento de café, dejé la taza con calma estudiada. Mi mano bajó bajo la mesa y se posó en su muslo desnudo, subiendo apenas unos centímetros, sintiendo cómo su piel se erizaba bajo mis dedos.

—Todo lo que está pasando nos está llevando justo donde queremos —murmuré—. El contrato con la marca, las fotos que ya subes, lo del mulato en la discoteca, … tus ganas de que te vean en fotos posando, de verte correrte sabiendo que te miran… todo eso nos enciende. Y está funcionando de puta madre.

Ella asintió, la respiración entrecortada.

—Por cierto… —susurró, rozándome el cuello con los labios—. Creo que tienes razón. Antes de las fotos para la marca, quiero abrir una cuenta en insta para todo esto. Solo para esto. Algo más dedicado a mis posados. ¿Me la montas tú?

—En cinco minutos la tienes. —Sonreí—. Y sí, creo que es lo más inteligente.

—¿Y puedo enlazarla sutilmente con la de la cafetería? He visto que mucha gente lo hace.

—Claro. Lo hacemos elegante, discreto… un guiño en la bio, una story que solo los que sepan leer pillen. —La miré con picardía—. A ver si al final te acabamos montando un OnlyFans y nos vamos a vivir a la playa.

Nos reímos los dos, una risa profunda, cómplice, que hizo temblar la mesa y girar algunas cabezas. Pero ya nada importaba.

Gema se inclinó más, su mano se coló bajo la mesa y apretó mi muslo con fuerza, subiendo despacio hasta rozar la erección que ya no podía esconder.

—Mañana… —susurró contra mi boca—. ¿Vienes conmigo o te quedas esperando a que te mande fotos y vídeos?

La besé despacio, profundo, sin importarme quién mirara. Mi mano subió un poco más por su muslo, sintiendo el calor que desprendía entre las piernas.

—Tú mandas —le dije rozándole los labios—. Si quieres que esté ahí, viéndote abrirte, viéndote mojar las bragas mientras Laura te dirige… voy. Si prefieres que sea solo tuyo al principio, estaré en casa, con la polla dura y el móvil ardiendo. Pero de cualquier forma, mañana vas a volver sabiendo que eres mi puta, la más deseada de mi casa. Y yo voy a disfrutar cada segundo de todo esto.

Ella me mordió el labio inferior, suave, posesiva.

—Por cierto, añadí, he hablado con estos, me dicen de quedar este domingo para ir a la playa, a pasar el día, ya sabes... barbacoíta, sol, cervecitas... y una moraguita.

—Pues la verdad es que me apetece un montón, un día de playa y tomar el sol.

— Gema, una cosa... me gusta verte deseada, verte tontear, verte al borde. Me gusta participar de las fantasías, follarte después sabiendo que otros te han deseado. Pero no quiero convertirme en un cornudo. Quiero que seas mía… aunque el mundo te vea como suya por un rato.

Ella bajó la mirada a la taza, respiró hondo y asintió despacio.

—Tienes razón. Yo tampoco quiero eso. Quiero que seas mi dueño. El que me folla después de todo. Pero… tengo que recordarte una cosa...
Levantó la vista, los ojos clavados en los míos.

—Tengo la fantasía de verte follar con otra mujer. Mientras yo miro. Sentada en una silla, con las piernas abiertas, tocándome despacio, viendo cómo le metes la polla, cómo la haces gemir, cómo te corres dentro… y yo me corro solo de verte. Quiero sentir celos, deseo, morbo… quiero verte disfrutar con otra, saber que puedes tenerla y que me follas después con la polla todavía oliendo a ella.

El silencio se hizo espeso. Mi polla se puso dura al instante bajo la mesa.

—No me asusta —respondí, la voz ronca—. Me pone. Mucho. Pero con reglas. Si algún día pasa… lo hacemos juntos. Lo hablamos antes, lo planeamos. Y después… tú y yo decidimos, cuando y con quien.

Ella sonrió lenta, peligrosa, se acercó y me besó profundo.

Esa tarde volví al curro con el cuerpo aún cargado de la mañana: el roce de los muslos de Gema bajo la mesa, su aliento en mi oreja al susurrar lo de mañana, el beso que nos dimos sin escondernos de nadie. La oficina me parecía un lugar gris y asfixiante comparado con lo que bullía dentro de mí.

Coincidí con Pepe en la sala de descanso justo cuando estaba sacando un café de la máquina. Me miró de reojo, dudó un segundo —vi cómo tragaba saliva—, y al final se acercó con esa expresión de quien ha estado masturbándose con la misma imagen durante días y ya no aguanta más.

—Javi… ¿puedo hablar contigo un momento? —murmuró, echando un vistazo rápido al pasillo vacío.

Levanté una ceja, pero asentí.

—Claro. Dispara.

—¿Café? —señaló la máquina como si necesitara excusa para moverse.

Fuimos al fondo, a una de las mesas altas que nadie usaba nunca. Nos sentamos. Pepe dio un sorbo largo, se quedó mirando la taza negra como si ahí estuviera la respuesta a todo lo que le quemaba por dentro. Al final soltó,

—Dime la verdad, tío… vosotros, tú y Gema… ¿sois de esas parejas que… joder, ¿cómo decirlo sin sonar como un puto salido? ¿Abiertos?
¿Swinger? ¿O solo… le gusta que la miren?

El café se me quedó congelado a medio camino. Lo bajé despacio. No dije nada. Solo lo miré, dejando que el silencio lo apretara como una mano en la garganta.

Pepe se aceleró, nervioso, las palabras saliendo a trompicones.

—Llevo todos estos dias con la polla dura cada vez que abro Insta. Esas fotos… joder, macho. Me he corrido tres veces solo ayer viéndolas.

Perdona la crudeza, pero es que no puedo más. Pezones duros marcándose como si pidieran lengua, el culo al aire con ese tanga que se le mete entre las nalgas hasta desaparecer, la piel brillante de aceite o sudor… siempre pienso que esas tías son irreales, que las retocan hasta el infinito y luego las guardan en un cajón. Pero esta vez es Gema. La misma que nos ha invitado a barbacoas, que ha bailado con nosotros en la playa, que me ha servido una cerveza en vuestra terraza con esa sonrisa inocente… y ahora está ahí, expuesta, cachonda, invitando a que la deseemos todos. ¿No tendrás… algo más? ¿Fotos privadas? ¿Vídeos? Dime que sí, por favor. Necesito saber.

Sentí el pulso en las sienes, un calor que subía desde la entrepierna hasta la cabeza. Rabia mezclada con algo mucho más oscuro, excitación pura. Porque mientras Pepe hablaba, yo imaginaba exactamente lo mismo que él, a Gema abierta de piernas en el parking mañana, el tanga empapado, los pezones duros bajo la luz fría de los fluorescentes, y yo allí, mirándola.

Mantuve la voz baja, fría, pero con un filo que no pude esconder.

—Eres un gilipollas de manual, Pepe. Mi mujer se hace fotos que la hacen sentirse poderosa, deseada, viva… y tú la reduces a una puta cualquiera. La conoces. Has estado en nuestra casa. Has visto cómo me besa, cómo ríe, cómo lleva el negocio con cojones. ¿Y tu primera conclusión es que está dispuesta a abrirse de piernas para cualquiera que le dé like?

Pepe levantó las manos, sudando.

—Perdona, Javi… de verdad. No quería ofender. Pero es que… para exponerse así, para que todos la veamos en pantalla… tiene que haber algo detrás. ¿Le pone que la miremos? ¿Que la deseemos tanto que nos duela la polla? ¿Y tú? ¿Te pone verla asi? ¿O es que la follas después pensando en cuántos tíos se han corrido con su foto?.

Me levanté despacio. Me acerqué hasta que nuestras caras quedaron a un palmo. Bajé la voz hasta que fue casi un ronroneo peligroso.

—Mira, Pepe… te lo voy a decir clarito para que te quede grabado. Sí, nos pone. Nos pone muchísimo. A ella le encanta saber que la estás mirando, que te estás tocando, pensando en lamerle los pezones que has visto marcados, en meterle la lengua donde ese tanga se pierde. A mí me pone verla así, verla temblar de placer sabiendo que la deseas y no puedes tocarla. Y sí… si fueras un tío que valiera la pena, que supiera tratarla como la reina que es… lo mismo hasta te dejaba follarla. Delante de mí. Mientras yo grabo cada gemido, cada gota que le resbala por el muslo. Pero como eres un baboso cotilla que solo sabe pajearse en secreto… te quedas con lo que hay en Insta. Y con las ganas.

Me di la vuelta y empecé a caminar. Oí su voz rota desde atrás, casi suplicante.

—¡Javi! ¡El domingo playita, eh! ¡No me jodas… venid!

No respondí. Solo sonreí para mis adentros mientras doblaba la esquina. La polla me latía contra el pantalón, dura como piedra, imaginando ya el domingo, Gema con el bikini más pequeño que tuviera, el tejido fino pegándose a los labios hinchados cuando saliera del agua, los pezones duros por el frío, Pepe a unos metros mirando sin poder disimular la erección, y yo al lado de ella, rozándole el culo disimuladamente, susurrándole al oído, “Mira cómo te mira… ”.

Llegué a casa esa noche con el cuerpo en llamas. Gema estaba en el salón, tumbada en el sofá con una camiseta mía que le llegaba justo por debajo del culo, sin nada debajo. El móvil en la mano, subiendo otra story a @gema_hidden, un primer plano de sus muslos abiertos, la sombra del tanga apenas visible entre ellos, caption, “Mañana empiezo a jugar de verdad” .

Me miró con esos ojos verdes que ya ardían, pero me conocía y sabía que algo había pasado.

—¿Que te pasa cariño? —preguntó,

—Nada, tranquila, el subnormal de Pepe, que siempre anda haciendo el gilipoyas...

—¿Que ha pasado?

Me quité la camisa despacio, sin apartar la vista. —Me ha preguntado si somos una pareja abierta. Si tengo vídeos tuyos. Si me pone verte follada por otro.

Gema se mordió el labio, deslizó una mano entre las piernas y se tocó despacio, sin prisa.

—Sera gilipoyas, ¿Que le has respondido?

Me acerqué, me arrodillé entre sus piernas, le aparté la mano y puse la mía. Estaba empapada, caliente, palpitando.

— NO ME JODAS JAVI!!! ¿Te ha puesto cachondo imaginándolo?

—Mucho —gruñí contra su cuello—. Le he dicho que, si fuera menos capullo, igual hasta te follaba. Delante de mí.

Ella gimió, arqueándose contra mis dedos.

—¿Y qué le has dicho del domingo?

—Nada. Pero va a venir. Va a mirar. Va a babear viéndote salir del agua con el bikini pegado al coño, los pezones duros…. Que te vea abierta, mojada.
Gema me agarró del pelo, me besó con hambre.

El cabrón de Pepe era un adonis, con labia, cuerpo esculpido a base de horas de gimnasio, con un rostro tocado por una varita, con fama de follador entre los tíos, al mamón no le hacía fatal ni mirar a una mujer... casi se le caían a los pies, y el muy hijo de puta...había puesto los ojos en mi mujer.

Gema mie miraba con los ojos entrecerrados, la respiración acelerada, metió su mano entres sus piernas.

—Ven —susurró, sacando los dedos empapados y lamiéndolos despacio—. Cuéntame otra vez lo que le dijiste a Pepe… pero mientras me follas.
Me quité la ropa en dos movimientos, la polla ya dura como hierro, latiendo contra el abdomen. Me arrodillé entre sus piernas, agarré sus muslos y la abrí más, hasta que su coño quedó a mi vista. Entré de un solo empujón, profundo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mí como si me hubiera estado esperando toda la tarde.

—Le dije… —gruñí mientras empezaba a bombear lento, fuerte— que si no fuera un gilipollas baboso… igual te follaba. Delante de mí.

Gema gimió alto, clavándome las uñas en la espalda.

—Sigue… dime cómo.

—Imagina el domingo en la playa. Tú con ese bikini blanco mínimo, el de tiras finas que se te transparenta cuando te mojas. Sales del agua, el tejido pegado al coño, marcando cada pliegue, los pezones duros como balas. Pepe a unos metros, con la toalla en el regazo para tapar la erección que no puede esconder. Yo a tu lado, rozándote el culo disimuladamente, susurrándote, “Mira cómo te mira…".

Ella se arqueó, empujando las caderas contra mí.

—Más… quiero que me folles imaginando que él está aquí ahora.

La giré de golpe, poniéndola a cuatro patas sobre el sofá. Le agarré las caderas y volví a entrar, esta vez más brutal. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan bajo la camiseta, más por el empuje que por lo que le entraba.

—Imagina que Pepe entra por la puerta ahora mismo —le dije al oído, mordiéndole el lóbulo—. Ve cómo te estoy follando, cómo te tengo abierta. Se queda parado, con la polla dura en los pantalones, sin saber si acercarse o huir. Tú lo miras por encima del hombro, con la boca entreabierta, y le dices, “Ven, Pepe… tócate mientras Javi me revienta el coño. Pero no me toques a mí… todavía no”.

Gema soltó un gemido roto, el cuerpo temblando.

—Joder… sí… dile que se saque la polla… que se la mene mientras me mira.

—Se la saca, roja, goteando. Se toca despacio, los ojos clavados en tu culo rebotando contra mí, en cómo te chorrea el coño por los muslos. Yo acelero, te agarro del pelo y te echo la cabeza atrás para que lo mires a los ojos mientras te corres. Y cuando estás a punto, le digo, “Mírala bien, Pepe… esto es lo que nunca vas a tener. Solo mirar”.

Y comencé a correrme fuerte...

—NO COÑO JAVIIII! NOOOO JAVIIII!!!!

Sentía como el coño de ella me apretaba como un puño. No paré. Seguí follándola a través del orgasmo, pero mi polla no se venía abajo.
—Ahora yo —jadeó, girándose para mirarme—. Cuéntame lo de Puri.

—¿Que Puri?

La puse boca arriba, le subí las piernas a los hombros y puse mi boca sobre aquellos labrios hinchados, rojos y embadurnados en mi propia lefa, lento esta vez, saboreando cada centímetro.

—Puri la tetona —murmuro, la de la marca de ropa, la que vino a ver como posaba, bajando la voz como si fuera un secreto sucio—.
—Pues vas a tener que contármelo tu esta vez, venga dime que es lo que quieres.

Gema gimió, apretándome con las piernas.

—Ok, pero no pares. Sigue… mientras te lo cuento.

—¿Quieres verla conmigo?

Aceleré el ritmo de mi lengua y mis dedos que seguían follándola con fuerza, sintiendo cómo se mojaba más solo de imaginárselo.

— Llegas a la sesión de fotos mientras yo poso, y desde el primer segundo ya se nota el rollo. Ella está en el set con esa falda corta de cuero que no tapa una mierda y tacones de guarra, las tetas gordas casi escapándose por el escote, los pezones duros marcándose como si pidieran atención. Yo miro al fotógrafo, mientras ella me dice que arquee más la espalda, y en vez de mirar a cámara, te clava los ojos a ti y se muerde el labio inferior despacito, como diciendo “esto es para ti”.

La sesión termina tarde. Sudada, con el maquillaje un poco corrido y el olor a sexo ya flotando aunque todavía no haya pasado nada. En la afterparty del hotel todo se desmadra rápido, copas, música alta, gente medio colocada. Ella se te pega en cuanto te ve solo en un rincón. No hay preámbulos. Te coge de la muñeca, te lleva al ascensor sin decir ni media palabra y cuando las puertas se cierran ya te está metiendo la lengua hasta la garganta, restregándote esas tetazas contra el pecho mientras te agarra la polla por encima del pantalón.

Subís a la habitación. La puerta ni se ha cerrado del todo cuando ya se quita su ropa. Desnuda, sus tetas enormes caen pesadas, tiene el coño depilado brillando de lo mojada que está. Te empuja contra la cama, se sube encima a horcajadas y ni se molesta en quitarte los calzoncillos del todo, solo los baja lo justo para sacarte la polla tiesa

—¡¡¡¡Por dios Gema, estas fatal!!!! ¿De verdad quieres que me lie con ella?

— Se la mete de una sentada brutal. Gime fuerte, como si le doliera y le encantara a la vez. Empieza a botar. Esas tetas gordas suben y bajan con violencia, golpeándose contra tu pecho. Tú las agarras con las dos manos, las aprietas hasta que la carne se desborda entre tus dedos, las palmeas con fuerza haciendo que reboten más todavía. Ella echa la cabeza hacia atrás, gimiendo “más fuerte, joder, pégame más”.
Te agachas un poco, le coges la cara con una mano y le escupes directo en la boca abierta. Ella traga saliva, saca la lengua para que le escupas otra vez. Luego bajas la mano, le extiendes tu saliva por las tetas, las embadurnas hasta que brillan, resbaladizas, y vuelves a palmearlas dejando marcas rojas.

Yo estoy sentada en la butaca de enfrente, os grabo con mi teléfono, completamente desnuda, piernas abiertas, mis dedos metidos hasta el fondo en mi coño, masturbándome despacio mientras os miro. Mis ojos no se despegan de cómo ella te cabalga, de cómo tu polla entra y sale entera, brillante de sus jugos, de cómo sus tetas se mueven como si tuvieran vida propia.

—Gema ¿Eso quieres?

—Cállate cabrón y sigue comiéndome el coño, me dijo susurrando con los ojos cerrados, volviendo a su fantasía.

— Tú le metes una mano por detrás, la nombras PURI.. PURI..., Le dices que tiene tetas de guarra y luego primero un dedo en el culo, seco, solo para que note la presión. Ella suelta un gritito ahogado y aprieta más fuerte con el coño alrededor de tu polla. Luego metes el segundo dedo. Los dos dentro, abriéndole el culo poco a poco mientras ella sigue subiendo y bajando, cada vez más rápido, más salvaje. Gime como puta en celo, “sí, métemelos más adentro, joder, rómpeme el culo mientras me follo tu polla”.

Yo me corro la primera, temblando, los dedos empapados, el coño chorreando sobre la butaca, pero no paro. Me levanto y os grabo, le grabo las tetas gordas botando. Sigo mirándoos, viéndote cómo le follas los dos agujeros a la vez, cómo le aprietas las tetas hasta dejarlas rojas, cómo le escupes otra vez en la cara y ella se relame como perra agradecida.

Me acerco despacio, me subo a la cama, y sin decir nada le meto los dedos empapados de mi corrida en la boca para que los chupe mientras tú sigues dentro de ella, los tres respirando agitados, oliendo a sexo puro y sudor.

En ese instante Gema comenzó a correrse.... AAAAHHHHH!! SIII SISISISISISII!!!

No fue un orgasmo suave ni progresivo. Fue una explosión brutal, animal, era el fin a que todo su cuerpo hubiera estado conteniendo, su dique se rompia de golpe. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza como una prensa de carne caliente y sudorosa, aplastándome contra su coño empapado. Sentí el calor abrasador de sus labios hinchados pegados a mi boca, el clítoris palpitando contra mi lengua como un corazón desbocado, y entonces el primer chorro me golpeó directo en la cara.

—SIIII, PORFIN SIIIIII… —gritó, la voz rota, ronca, casi un aullido que rebotó en las paredes de la habitación.

Me agarró el pelo con las dos manos, tirando tan fuerte que sentí cómo se me saltaban las lágrimas de los ojos. No me dejó ni respirar. Me pegó la cara contra su sexo con violencia, restregándome como si quisiera marcarme con sus jugos, embadurnándome la nariz, las mejillas, la barbilla. Cada contracción de su coño expulsaba otro chorro caliente y salado que me llenaba la boca, me corría por la garganta, me goteaba por el cuello y empapaba la sábana debajo. El sabor era intenso, almizclado, ligeramente ácido, mezclado con el regusto de mi semen que todavía le quedaba dentro de hace un rato.

—Joder… sí… no pares… chúpamelo todo… trágatelo…

Cada palabra salía entrecortada, entre gemidos guturales y jadeos. Sus caderas se movían solas, follándome la cara con movimientos cortos y brutales, el pubis depilado rozándome la nariz, los labios abiertos y resbaladizos envolviéndome la boca entera.

Yo no podía hacer nada más que obedecer. Mis manos subieron instintivamente a sus nalgas, clavando los dedos en la carne blanda y caliente, abriéndole más el culo para que sintiera el aire fresco en el agujero todavía sensible de antes. Metí dos dedos de golpe en su culo sin aviso, sintiendo cómo los músculos se contraían alrededor de ellos en espasmos violentos, sincronizados con los del coño. Ella soltó un grito más alto, casi doloroso:

—¡Ahhh, joder, sí… métemelos hasta el fondo… rómpeme mientras me corro…!

El tercer chorro fue más abundante, caliente como orina pero espeso y viscoso. Me llenó la boca hasta que tuve que tragar rápido para no ahogarme, el líquido resbalándome por las comisuras de los labios, cayendo en hilos gruesos por mi barbilla hasta gotear sobre mi. El olor era abrumador a sexo puro, sudor, semen viejo y su esencia femenina inundando mis fosas nasales, pegándose a mi piel.

Gema por fin abrió los ojos, me miro y sonrió, maliciosa, y me apretó la cabeza cariñosamente.

—¿De verdad, Gema, ¿quieres eso?

Y ella entre sollozos respondió ...

—Hasta donde nos dé la gana. Te quiero gordito!! Esta noche voy a inaugurar mi nuevo insta...

 

Archivos adjuntos

Ya con ganas de una nueva entrega, jajajajjaa.
Gracias por el relato
 
LA SESIÓN DE EXTERIORES

Ese sábado por la mañana Laura llamó a Gema.

—Buenos días, guapetona. ¿Dónde andas?
—Aquí en la cafetería… esperando tu llamada —respondió Gema con una sonrisa que se notaba incluso por teléfono.
—Perfecto. Te recojo en cinco minutos y nos vamos a lo nuestro. ¿Te parece?
—Claro que sí. Ya traigo todo lo necesario.

En casa, esa mañana, Gema se había preparado con mimo y nervios. Se duchó despacio, se maquilló con cuidado, eligió la ropa interior y los complementos que más la hacían sentir deseada. Al final acordamos —o más bien ella decidió— que yo me quedaría en casa. Ella sola con Laura. El riesgo. El morbo. La espera iba a ser una tortura lenta y deliciosa.

Llegaron al parking convenido. La furgoneta de Laura subió hasta la tercera planta y buscó un rincón más apartado, lejos del paso constante de coches.

—Bueno, reina… ya estamos aquí. ¿Preparada? —preguntó Laura mientras apagaba el motor.
—Joder, qué nervios, Laura… ¿Qué me pongo primero?
—Por mí puedes ponerte lo que quieras. Todo te lo vas a lucir. Tú marcas los límites, lo que te quitas… y lo que te dejas puesto.

Gema se metió atrás. Se embutió el body negro de malla abierta. dos agujeros dejaban las tetas fuera, los pezones duros rozando el aire frío. El culo le asomaba casi entero, las nalgas separadas por la tira del tanga que ya estaba empapada y pegada al agujero del culo, noto que el coño ya comenzaba a humedecérsele. Se calzó unos tacones de aguja de 14 cm que le hacían arquear la espalda como una perra en celo.

Dejó caer el batín junto a una columna mugrienta. Apoyó la espalda en el hormigón sucio y abrió las piernas. Laura empezó a disparar como loca, puso una pequeña GoPro sobre el soporte de la cámara para que también fuera grabando la sesión.

Primero de pie junto al capó, culo en pompa, tanga metido entre las nalgas hasta que se le marcaba el ano. Luego inclinada sobre el maletero, piernas bien abiertas, el tanga tan mojado que se transparentaba el coño hinchado y los labios gordos. De rodillas en el suelo lleno de mierda, grava y manchas de aceite, arqueando la espalda hasta que las tetas le colgaban y los pezones rozaban el asfalto.

El extractor le soplaba aire caliente que durante unos instantes perdigoneo el coño de Gema. Gimió como una perra, el tanga se le había metido tanto que le rozaba el clítoris a cada movimiento. Se lo apartó con dos dedos y dejó que el aire le lamiera el coño abierto. Noto como la humedad comenzaba a caerle por la cara interior del muslo.

Se volvió a cambiar cambió. Esta vez se puso el mono de látex de pantalón corto negro brillante y semitransparente, tan apretado que tuvo que lubricarse con un poco de crema para poder meterse dentro. El látex le estrujaba las tetas hasta hacerlas desbordar por la cremallera delantera, el culo le quedaba como dos balones inflados y brillantes, y entre las piernas el material se le metía en la raja hasta marcarle el coño y el culo como si llevara pintado, finalizaba con unos tacones de plataforma imposibles. Parecía una muñeca sexual andante.

Salió de la furgoneta y empezó a desfilar por todo el parking como la zorra exhibicionista. Caminaba despacio, meneando el culo, parándose a posar contra cada coche, contra cada pilar. Los tíos que pasaban reducían la marcha, algunos se paraban en seco, otros sacaban el móvil disimulando. Laura la seguía cámara en ristre, dándole órdenes.

—Abre más las piernas, que se te marquen bien tus partes… así… ahora bájate la cremallera delantera, saca esas tetas… tócate los pezones… más fuerte… métete mano por detrás, abre el culo…

Gema obedecía. En un lugar con algo menos de paso, se bajó la cremallera hasta la cintura, sacó las tetas y empezó a pellizcarse los pezones hasta que se le pusieron morados. Luego se giró, abrió la cremallera trasera hasta abajo y dejó que el látex se abriera como una puta cortina, el culazo asomo como pidiendo aire, se notaba a la legua que todo aquello estaba empapado, entre sudor, crema y algo más, esa zona de su cuerpo palpitaba como si tuviera vida propia. Se agachó, puso el culo en pompa en ese momento, hicieron presencia un grupo de tíos que no disimularon al mirarla, y ella se abrió las nalgas con las dos manos. El flash de Laura iluminaba todo, el traje y la raja del culo, y la humedad del coño chorreando.

—Más guarra todavía —le dijo Laura—. Esta es la sesión que querías ¿no?

Laura no paraba de disparar. Y el parking cada vez tenía más público.

—Ahora de rodillas. Culo hacia mí. Abre.

La sesión se tornaba sexual, tórrida y guarra, pero en el fondo Gema era el tipo de fotos que queria, al fin y al cabo, solo eran para ella y para Javi... y quizás alguna para su insta.

Gema se puso de rodillas en el suelo sucio. Grava y polvo se le clavaron en las rodillas. Abrió las nalgas con las dos manos. El ano se contrajo al aire frío, el coño chorreaba. Laura disparó desde abajo, el flash rebotando en el látex de los tacones.

Un coche se paró a unos metros. Dos tíos dentro mirando fijo. Laura no paró.

—Gatea un poco por el suelo... eso es... asi....
Gema gateaba con el culo al aire, con todo su sexo expuesto a quien pudiera verlo, obedecia a Laura en cada palabra. Aquella sesión de fotos la estaba disfrutando.

—Gírate. Siéntate en el capó de ese coche ajeno y abre las piernas.

Gema se levantó, caminó descalza sobre el suelo mugriento (los tacones los dejó en la furgoneta para no hacer ruido), se subió al capó de un Seat viejo y se sentó con las piernas bien abiertas. Abrió un poco más la cremallera del traje, dejando asomar casi la totalidad de las tetas, metió su mano dentro del traje hasta su sexo, y luego saco los dedos mojados. Los chupó mirando directamente a la cámara. Pasaban en ese instante un par de tíos en un coche que pararon.

Laura se acercó a Gema y le dijo alto, para que se oyera,

—Más guarra.

Gema obedeció. Metió la otra mano bajo aquel escote abierto y comenzó pellizcándose un pezón hasta que se le puso morado. Gemía sin control, el sonido rebotaba en las paredes. El coche de los tíos se acercó un metro más. Ambos empezaron a silbar y gritar, eran ingleses, “Beg for my cock, baby.”, “Tell me how much you want this dick inside you.”

Volvió a ponerse en pie se cerró todas las cremalleras y caminó por toda la planta como si fuera una pasarela. Meneaba el culo exagerado, tacones resonando. Cada pocos metros se paraba, se apoyaba en un coche, abría las piernas y se tocaba por encima del látex. El material estaba caliente, sudoroso, pegajoso.

Más coches entraron. Un grupo de tres tíos jóvenes saliendo del gimnasio se pararon en seco. Laura los miró y les dijo alto:

—¿Queréis fotos gratis? Ella se deja mirar… se porta bien.

—Gema se estremecía cada vez que Laura, la trataba así.

Gema se giró hacia ellos, se bajó la cremallera delantera hasta la cintura. Las tetas casi saltaron fuera, que abierto al borde de pezones, que duros intentaban atravesar el latex. Abrio la boca sensualmente casi gimiendo. Luego se dio la vuelta. Se agachó, puso las manos en el suelo y abrió las nalgas. El ano apretado palpitaba, notaba com el coño le chorreaba por dentro del látex, empapando la costura.

Uno de los tíos se acercó más. Laura le dijo...

—Ehhhh, campeón, ¿dónde vas?.

El tío dudó un segundo, y volvió a dar varios pasos atrás.

Laura no paraba de disparar y grabar con la pequeña GoPro.

—¿Te atreverías a quitarte el mono entero y posar desnuda? No estaría nada mal, unas fotos desnuda en medio del parking.
—PUFFF!! Creo que no Laura. Ya me estoy pasando y mira que ganas no me faltan. Voy a por el conjunto verde, me cambio ¿Vale?

Gema poso algunas fotos más antes de cambiarse de conjunto. Bajó las manos por las caderas, y pizon con los dedos el latex que se le pegaba al coño e hizo un sonido obsceno al despegarse. Se puso de pie en medio en medio del carril, piernas abiertas, manos detrás de la nuca. Notaba como el tenía el coño hinchado, rojo, chorreando. Los tres tíos se acercaron formando un semicírculo. Dos se pajearon rápido.

Laura siguió fotografiando y grabando todo.

Al final, cuando ya había cuatro o cinco personas mirando, Laura le dijo a Gema,

—Venga anda... vamos a por ese cambio de conjunto.

Gema entró en la furgoneta temblando de excitación y adrenalina. El látex negro aún le pegaba al cuerpo como si formara parte de su cuerpo, el coño hinchado y empapado hacía que cada movimiento sonara obsceno al despegarse. Cerró la puerta corredera con un golpe seco, se apoyó en el respaldo del asiento delantero y respiró hondo.

—Joder, Laura… esos tíos me han mirado como si quisieran comerme viva —susurró, con la voz entrecortada.

Laura sonrió desde el asiento del conductor, cámara en mano, la GoPro aún grabando en modo discreto.

—Pues espera a que vean el verde. Ese conjunto te va a dejar como una puta de lujo en un escaparate – Gema le había contado lo del viaje a Ámsterdam y supo utilizarlo en ese momento-. Quítate todo eso rápido, reina. Quiero fotos con el nuevo look antes de que vengan más curiosos.
Gema se desnudó en segundos. El látex se despegó con un chasquido húmedo cuando tiró de la cremallera trasera; el sudor y los jugos le chorreaban por los muslos. En el fondo era como si volviera a respirar después de la presión sufrida por el latex. Sacó del bolso el conjunto de lencería verde esmeralda, un body de encaje semitransparente con tirantes finos, copas que apenas cubrían los pezones (que ya estaban duros como piedras), una braguita brasileña con abertura en la entrepierna y ligueros que se ajustaban a medias muslo. Se calzó de nuevo los tacones de aguja de 14 cm, verdes también, que le hacían arquear la espalda y empujar el culo hacia fuera como ofreciéndolo.

Se miró en el espejito retrovisor, el verde contrastaba brutal con su piel enrojecida por el roce y el calor. Los pezones asomaban oscuros a través del encaje, el coño ya visible por la abertura central, hinchado y brillante. Se pellizcó un pezón para probar, soltó un gemido bajo.

—Estoy lista… pero joder, cómo me tiemblan las piernas.

Salió de la furgoneta despacio, como una modelo en pasarela prohibida. El parking seguía animado, los tres tíos del gimnasio aún estaban allí, más cerca ahora, formando un semicírculo improvisado. Un par de coches más se habían parado, sus ocupantes miraban fijo. Laura la siguió con la cámara, disparando sin parar.

Gema empezó posando contra un pilar sucio, una mano en la nuca, volvió ha realizar el mismo gesto que había hecho con el traje de látex. Bajo una mano por el vientre hasta meter dos dedos en la abertura del body sacándolos brillantes y chupándoselos mirando a cámara. Luego se giró, apoyó las manos en el capó de un coche cualquiera, culo en pompa, abrió las piernas y dejó que el encaje verde se le metiera entre las nalgas. El ano casi asomaba rosado, la silueta del coño asomaba entre los pliegues. Tenía unas ganas locas de meterse los dedos y masturbarse, solo el pequeño pudor que le quedaba la retenía.

Los tíos empezaron a soltar frases en inglés, voz alta y ronca, sin disimular ya,

Uno de ellos, el más alto, con acento británico marcado, gritó,

—“Fuck, look at that wet little pussy… spread it wider for us, slut.”

Otro, riendo, añadió,

—“You’re such a dirty exhibitionist whore. Beg for our cocks, baby… tell us how much you want them inside you.”

Gema se estremeció entera. Laura, sin dejar de disparar, le susurró al oído...

—Sabes hacerlo mejor, más obsceno, piensa en Javi, Gema.

Gema obedeció, se agachó despacio, puso las manos en el suelo sucio ç, abrió las nalgas con las dos manos. El body verde se tensó, la abertura apenas impedía dejar a la vista su coño. Ella sabia que tenía los labios gordos e hinchados palpitando por la situación que estaba viviendo.

El tercer tío, más joven, se acercó un paso y soltó,

—“I’m gonna make you my little cum slut right here. Get on your knees and show us how you take it.”

—“Beg for my cock, baby. Say it loud so everyone hears.” —añadió el primero, sacando el móvil para grabar.

Gema gimió sin poder evitarlo, la voz temblorosa pero alta,

—Joder… no, guarda el móvil, si me grabas se acaba…

Laura disparaba flash tras flash, la GoPro capturando todo desde un ángulo bajo. Luego le dio una orden,

—Ahora mira a la cámara, provócame, como si yo fuera tu amante.

Gema comenzó a insinuar con su cuerpo, como si quisiera follarse a la cámara. Laura sudaba acalorada, cambiando las poses de la cámara y la de ella misma. Mi mujer comenzó a girar sobre su eje, enseñando su cuerpo a la cámara, contoneándose, inclinando la espalda para que su pedazo de culo quedara en primer plano a la cámara, se sobaba con las manos todo el cuerpo, se rozaba con gusto y placer y todo aquello se le notaba en la cara, en sus labios.

Gema aceleró el ritmo, pellizcándose un pezón con la otra mano hasta que se le puso morado. El cuerpo le temblaba, cerca del borde.

Laura se acercó, cámara en ristre,

—Venga, reina… que esto ya está bastante caliente.

Cuando Gema paro, echo la vista atrás. Los tíos aplaudieron, algunos se tocaban por encima del pantalón.

Cuando recuperó el aliento, jadeando, Laura le dijo bajito,

— Ha sido tremendo, mis mejores fotos. Por cierto, que nos dejamos el batín...

Ambas se metieron en la furgoneta, Gema se fue a la parte trasera para cambiarse y Laura comenzó a repasar las fotos en la pantalla de la cámara.

—Madre mía Gema, esto ha sido una barbaridad, que pedazos de fotos.
—Ya me imagino Laura, no me digas nada que voy que no me tengo en pie.
—Pues venga... nos vamos al taller a por la segunda parte. ¿quieres que sigamos?

Una hora después llegaron al taller. Un garaje pequeño en zona industrial, cerrado por la tarde, con luces tenues y olor a aceite. Laura abrió la puerta metálica con una llave. “Aquí estamos solas”, dijo con una sonrisa. “El dueño no viene hoy. Todo controlado”.

—Bueno Gema, estas fotos las querías más subidas de tono ¿no?
—Estamos solas ¿Verdad?
—Si, tú y yo, las cámaras, y el taller
—Pues eso, lo que te dije, quería darle una sorpresa a Javi, está siendo muy comprensivo conmigo y ya sabes, se merece un reino.
—Pues deja que prepare las luces y las cámaras y continuamos. Ve poniéndote lo que tú quieras.
El lugar era perfecto, un garaje amplio con dos coches elevados en columnas, bancos de trabajo llenos de herramientas oxidadas, suelo de cemento manchado de aceite negro, luces LED frías que proyectaban sombras duras y un olor a gasolina y metal que le ponía los pelos de punta.
Laura la recibió con la cámara ya en mano y una sonrisa pícara.
—Reina, esto va a ser brutal. Quiero que te sientas como una modelo de calendario en un taller de verdad.

Gema se desnudó y cambio delante de Laura, quien la observaba con detenimiento mientras probaba las lentes y tomaba medias de luz.
Sacó el conjunto más guarro que tenía, un conjunto de tiras de cuero, a modo de lencería, solo dos tiras finas cruzadas que apenas cubrían, lo justo y un tanga tan excesivamente diminuto que si no estuviera tampoco se le echaría de menos. Salió descalza al principio (para no hacer ruido), pero se calzó los tacones y empezó a posar contra el capó de un Audi viejo con el motor abierto.

Apoyó las manos en el borde del capó, culo en pompa, abrió las piernas para que la abertura dejara ver casi el coño ya húmedo y rosado. Laura disparaba flash, —Abre más… arquea la espalda… saca esas tetas, dale alegría a los pezones hasta que se pongan duros.

Gema obedeció, gemía bajito mientras se retorcía los pezones morados.

Laura: —Simula tocarte el clítoris… despacio… posa suavemente.

Gema se masturbó ligeramente por encima de aquella minúscula tira de tela, ya notaba que su sexo volvía a estar acuoso, todo lo vivido hasta ese momento la tenían muy motivada y le estaba costando horrores no tocarse hasta correrse y quitarse de encima aquella tensión sexual que mantenía.

Fue entonces cuando lo vio.

Un movimiento sutil en la oficina acristalada del fondo, el dueño del taller, un tipo de unos 40 años, fuerte, con tatuajes cubriéndole los brazos como mangas negras, escondido detrás de una persiana entreabierta. Se notaba que debía de tener la polla fuera de los pantalones, Gema la imagino gruesa y venosa. Se podía intuir claramente que el tipo se estaba masturbándo despacio con la mano derecha mientras la miraba fijamente. Sus ojos clavados en ella, sin parpadear, el ritmo lento pero constante.

Un calor brutal le subió por el cuerpo a Gema, desde el coño hasta la nuca. El corazón le martilleaba tan fuerte que pensó que Laura lo oiría. Pero Laura seguía disparando, ajena o fingiendo serlo, “Más sensual, reina… no dejaba de repetirle “arquea la espalda, eleva ese culo””… joder, estás increíble”. El flash rebotaba en el metal del coche, iluminando el sudor que le perlaba la piel, los pezones duros como balas asomando por encima de aquella tira.

Gema no hizo caso a la presencia del tipo. En vez de cubrirse o parar, se mordió el labio inferior y abrió un poco más las piernas sobre el capó. Metió dos dedos en su coño empapado, los sacó brillantes y los lamió despacio, mirando directo a esa ventana oscura. El hombre aceleró el ritmo, la mandíbula tensa, un gemido bajo escapándosele que llegó hasta ellas como un eco lejano.

Laura, sin girarse del todo, se dio cuenta de la presencia de Felipe, susurró con voz ronca.

—JOOODER!!! ¿Que hace el subnormal este aquí? . Paramos...
—No, no, dejalo, no me importa, Laura, no quiero para ahora, ya.
—¿Seguro?
—Si, deja que el pobre diablo disfrute, pero que no me haga ninguna foto.

Laura, después de ese breve momento de duda, soltó una risa baja y cómplice.

—Vale, reina… si tú dices que siga, seguimos. Pero si cruza la puerta, yo me encargo. Tú concéntrate en ponerte guapa para la cámara… y para él.
Gema asintió con un gemido ahogado. Se giró despacio, apoyando la espalda contra el capó caliente del Audi. Elevó los brazos por encima de la cabeza, agarrándose al borde del motor abierto, lo que hizo que las tetas se le levantaran y las tiras de cuero se tensaran hasta el límite, dejando los pezones completamente expuestos, morados e hinchados por el pellizco anterior. Abrió las piernas aún más, una rodilla contra el parabrisas sucio, la otra colgando. El tanga se desplazó lo justo para que el coño quedara casi al descubierto, labios gordos. Noto como los jugos del coño ya le chorreaban por la cara interna del muslo.

Laura disparaba sin parar, cambiando de ángulo, close-ups del coño empapado, planos medios de las tetas temblando con cada respiración agitada, planos bajos desde el suelo para captar cómo el sudor y la humedad se mezclaban con el polvo y las manchas de aceite del cemento.
Laura disparaba sin parar, cambiando de ángulo: close-ups del coño empapado, planos medios de las tetas temblando con cada respiración agitada, planos bajos desde el suelo para captar cómo el sudor y la humedad se mezclaban con el polvo y las manchas de aceite del cemento.
Gema obedeció. Deslizó la palma por el vientre, metió los dedos bajo la tira mínima y empezó a frotarse en círculos lentos pero firmes. El roce del cuero contra la piel sensible le arrancó un gemido alto que rebotó en las paredes del taller. Notaba los ojos de Felipe clavados en cada movimiento: el ritmo de su mano acelerando al otro lado del cristal, la mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando rápido.

Laura se agachó más, GoPro en mano para grabar desde abajo. Sabía que Gema no daba más de sí y que haria lo que le pidiese.

—Más rápido ahora… tócate.

Gema metió dos dedos de golpe, el sonido húmedo fue obsceno en el silencio del taller. Bombearon dentro y fuera, el coño succionando alrededor de ellos, los jugos cayendo en gotas gruesas sobre el capó. Con el pulgar se frotaba el clítoris sin piedad, el cuerpo arqueándose, las tetas rebotando con cada embestida de su propia mano.

Felipe ya no disimulaba, se había abierto más la persiana, Gema casi pudo ver la polla gruesa y venosa con la punta brillante. La mano moviéndose con furia contenida. Un gemido ronco salió de su garganta, audible ahora.

Laura dio la orden,

—Quítatelo todo. Vamos a hacer unas tomas desnudas contra el metal sucio.

Gema se desprendió de lo poco que vestía su cuerpo, despacio, dejando que cayera al suelo manchado. Quedó completamente desnuda salvo los tacones y el collar. El cuerpo le brillaba de sudor bajo las luces.

Posó de pie junto a un coche elevado, una pierna sobre el banco de herramientas, coño expuesto, manos abriendo los labios para que la cámara captara el interior rosado y brillante. Luego se inclinó sobre el motor abierto, tetas colgando, rozando el metal grasiento, culo en alto, el ano al aire frío del taller.

Laura se agachó para fotos desde abajo, la lente casi rozando el suelo sucio, voz baja y mandona,

—Abre el culo con las manos… más… que se vea todo. Enséñame ese agujero rosado, reina… gírate y siéntate en esa rueda.

Gema obedeció al instante. Se giró, apoyó las manos en el suelo mugriento y se sentó despacio sobre una rueda de coche vieja tirada en el suelo: el caucho áspero y frío le mordió las nalgas, la grasa negra pegándosele al culo como pintura. Abrió las piernas al máximo, los tacones clavados en el cemento, el coño expuesto y chorreando un hilillo constante que caía con plip plip plip sobre la rueda. Apoyada en los codos, arqueó la espalda para que las tetas se levantaran y temblaran.

Pero no se quedó quieta. Miró a Laura con ojos vidriosos y metió la mano derecha entera en el coño, primero cuatro dedos, luego el pulgar se unió con un schlorp húmedo y obsceno. La mano desapareció hasta la muñeca, el coño dilatándose al límite alrededor de ella con un CHAP CHAP CHAP brutal. Empezó a bombearla despacio al principio, el puño entrando y saliendo con sonidos chapoteantes que rebotaban en el taller. Con la otra mano se abrió el ano y metió dos dedos primero, luego tres: squish squish squish, lubricando con sus propios jugos que chorreaban del coño.

Gemía sin control, —Joder… me estoy masturbando delante tuya... joder!!! Joderrr!!! Esto es muy guarro Laura.... !!!

—Abre el culo con las manos… más… que se vea todo. Enséñame ese agujero rosado, reina… gírate y siéntate en esa rueda.

Laura disparaba de forma enfermiza, el puño tragado por el coño rojo e hinchado, el ano dilatándose alrededor de los dedos, la grasa y el polvo pegándose a la piel.

—Joder… reina… estás metiéndote la mano entera… sigue…

Gema aceleró el puño en el coño: CHAP CHAP CHAP CHAP, el antebrazo brillando de jugos. Sacó la mano del culo un segundo, la chupó con un slurp glup ansioso y agarró una herramienta del banco cercano, un destornillador largo de mango grueso y metálico, frío y liso. Lo untó rápido con saliva —schlick schlick— y lo alineó con el ano.

Lo empujó despacio, la punta entró con un pop seco, luego más profundo: schlurp… schluck… schluck, el metal frío abriéndole el culo centímetro a centímetro. Gemía alto, la voz rota,

—Hostia… me estoy follando el culo con un destornillador… y el coño con la mano… joder… qué guarro…

Bombardeaba ambos agujeros al ritmo, su puño en el coño CHAP CHAP CHAP, y el destornillador en el culo plop plop plop, el cuerpo temblando entero, las tetas rebotando con cada embestida.

Luego gateó por el suelo sucio, culo al aire, coño chorreando hilitos que dejaban un rastro brillante. El destornillador aún metido a medias en el ano, balanceándose con cada movimiento.

Laura grababa con la GoPro, voz ronca y entrecortada, casi aguda por la excitación, cada vez le costaba mas respirar,

—Gatea hacia mí… como una perra en celo… abre las piernas cuando llegues.

Gema llegó gateando, se puso de rodillas frente a la cámara, sacó el destornillador con un pop húmedo y lo dejó caer al suelo con un sonoro clank. Abrió las piernas al máximo y dejó que un chorrito de humedad cayera al suelo.

Laura, jadeando, pecho subiendo y bajando rápido,

—Ahora córrete para mí. Usa lo que quieras… pero hazlo guarro, joder. Haz que chorree todo.

Gema se tumbó delante del coche, rozándole la espalda sudorosa y pegajosa de grasa. Abrió las piernas hasta el límite, metió la mano entera otra vez en el coño —SCHLORP hasta la muñeca— y empezó a bombear rápido: CHAP CHAP CHAP CHAP. Con la otra mano se frotaba el clítoris en círculos furiosos, pellizcándolo sin piedad.

Gemía sin control, voz alta y quebrada rebotando en las paredes,

—Joder… me estoy masturbando delante tuya… joder!!! Joderrr!!! Esto es muy guarro Laura…. !!! Me estoy follando el coño entero… el culo me palpita… como una puta de calendario… mirad… mirad cómo exploto… ¡¡¡Aaaahhh!!!

Laura disparaba al coño hinchado, la mano desapareciendo y saliendo con splash splash splash, el squirt formándose ya en chorros cortos que salpicaban el suelo.

Gema aceleró brutalmente, puño bombeando a toda velocidad CHAP CHAP CHAP CHAP CHAP, clítoris frotado hasta el rojo, ano contrayéndose vacío pero palpitante. Arqueó la espalda, tetas temblando, y explotó:

¡PSHHHHHH! —un chorro grueso y caliente salió disparado como una manguera, impactando contra el suelo, salpicando y goteando, siguieron oleadas que continuaban mojando el suelo, las botas de Laura, la rueda, incluso salpicando la pared. Gritaba sin vergüenza,

—¡Me corro… me corro entera… joder… qué guarro… qué puta soy…!!!

El squirt fue prolongado, el cuerpo convulsionando, las piernas patinando en el charco que había creado, mano aún metida hasta la muñeca, coño chorreando sin parar.

Se derrumbó jadeando, cubierta de sudor, grasa, aceite y su propio squirt de pies a cabeza. Miró a Laura con una sonrisa exhausta y perversa, lamiéndose los dedos empapados con un slurp lento.

Felipe no aguantó más.

La persiana de la oficina se abrió de golpe con un clack seco que resonó en el taller silencioso. Salió despacio, la polla aún semierecta colgando fuera de los pantalones desabrochados, manchada de su propio semen que goteaba lento por el muslo.

Se paró a unos metros, mirando el desastre: el capó del Audi salpicado de chorros blancos y transparentes, el suelo inundado con charcos brillantes que reflejaban las luces fluorescentes, el destornillador tirado a un lado cubierto de grasa negra y jugos, y Gema tirada en medio de todo eso, desnuda, jadeando, cubierta de mugre y su propio placer, con el coño y el ano aún abiertos y palpitando, chorreando los últimos hilillos con plip… plip….

Felipe tragó saliva audible, la voz ronca y grave, como si le costara hablar,

—Joder… puta madre… llevo años en este taller y nunca había visto nada igual. Ostia...te has corrido como una fuente y has usado mis herramientas para follarte los agujeros. ¿Sabes cuánto vale ese destornillador? —Señaló el mango metálico en el suelo con una risa baja y sucia—. Ahora está marcado con tu coño y tu culo… no lo voy a limpiar nunca.

Gema, aún tumbada en el charco, levantó la cabeza despacio. El maquillaje corrido por el sudor le daba un aspecto de zorra recién follada. Se lamió los labios lentamente, mirándolo directo a los ojos.

—¿Te ha gustado el espectáculo, Felipe? —susurró con voz ronca, entrecortada por los jadeos—. Te he visto correrte dos veces… y sigues duro.

Felipe dio un paso adelante, la polla latiendo visiblemente, endureciéndose otra vez al ver el coño hinchado y el ano rojo dilatado de Gema. Se arrodilló en el charco sin importarle mancharse las rodillas. Extendió una mano tatuada y tocó el muslo de Gema, sus dedos eran ásperos, callosos de mecánico, resbalando por la mezcla de flujost, grasa y sudor.

—Estás empapada… joder… hueles a sexo puro. — ¿Quieres que te limpie el desastre con la lengua… o prefieres que te meta esto? —Se agarró la polla gruesa y venosa, sacudiéndola una vez .

Laura, totalmente excitada y que se contenía a duras penas,había estado grabando todo con la GoPro, soltó una risa ronca y excitada, sin dejar de filmar.

—Reina… parece que tienes público participativo. La sesión ya es porno en vivo…

Gema miró a Felipe, luego a Laura, y sonrió perversa, con los ojos brillando de morbo.

—Vamos a dejarlo aquí, por favor.... o no sé cómo puede acabar esto.
—¿En serio? Respondió Felipe, así me vais a dejar...
—Lo que tu digas Reina, si continuamos, esto va a ser porno duro, mejor dicho, más duro. Y No dudo en unirme, que ya me cuesta seguir siendo casi profesional.
—No joder, venga en serio, no me podéis dejar así, mirad el rabo como lo tengo... me da igual que me grabéis...
Gema miró a Laura, y soltó una sonora carcajada que resonó en todo el taller como un eco guarro y liberador. Aún estaba tirada en el charco viscoso, con el coño chorreando, el culo dilatado palpitando, y el cuerpo cubierto de grasa negra, mugre y sus propios fluidos, se incorporó un poco sobre los codos, las tetas temblando con el movimiento, quedando frente al pollon de Felipe.
—Joder, Felipe… mírate —dijo entre risas roncas, señalando con la barbilla la polla gruesa y venosa que él seguía agarrando, dura como piedra—. Estás que revientas… y yo también, pero… basta ya por hoy.
Felipe soltó un gruñido frustrado, mitad risa mitad gemido, sacudiéndose la polla una vez más.
—¿En serio me vais a dejar así? Con el rabo como un hierro y el taller inundado de tu corrida… Venga, reina, un último polvo rápido. Te la meto y acabamos los dos.
Laura, totalmente excitada y conteniéndose a duras penas —las piernas le temblaban, la respiración entrecortada, la mano libre apretando el muslo como si quisiera tocarse—, bajó las cámaras un segundo, pero sin dejar de grabar del todo. Soltó otra risa ronca, casi ahogada.
Gema se mordió el labio inferior, mirando la polla de Felipe con ojos brillantes de morbo residual, pero luego negó con la cabeza despacio, aun sonriendo perversa.
—No, no… vamos a dejarlo aquí, por favor. O no sé cómo puede acabar esto. —Hizo una pausa, respiró hondo, el pecho subiendo y bajando—. Ha sido brutal… me he corrido como nunca, me he metido la mano entera, me he follado el culo con un destornillador, hasta inundar el puto suelo… y tú, Felipe, te has pajeado viéndome y luego me has tocado. Suficiente por hoy. No quiero que cruce la línea de no retorno… al menos no sin Javi aquí.
—Joder… sois malas. Me dejáis con las pelotas azules y un taller que huele a burdel. Pero vale… lo respeto. Ha sido la mejor puta sesión que he visto en mi vida.
Gema miró a Laura, que seguía de pie con la GoPro en una mano y la otra presionando discretamente entre los muslos por encima del pantalón vaquero. Laura se rozaba el coño en círculos lentos, casi imperceptibles, la tela vaquera ya oscura en esa zona por la humedad que se filtraba. No se metía la mano dentro, no se desabrochaba nada… solo se frotaba, conteniéndose, la respiración entrecortada y los ojos vidriosos clavados en Gema.
—Vamos a hacer una cosa... te dejo que te masturbes mirándome, y con suerte te hago hasta algún posado. ¿Qué te parece Laura?
—Que no se si aguantare más o también participo... si eso es lo que quieres ... Me parece bien.
—¿Que estas como este?, cachonda perdida...jaja. Por mi... yo ya tengo lo que quería, puedes hacer lo que quieras.
—Venga si... -dijo Felipe- Os juro que no cuento nada.
—Te mato Felipe, si esto sale de aquí – Le respondió Laura.
—Vamos a hacer una cosa… —dijo Gema con voz ronca, girándose hacia Felipe—. Te dejo que te masturbes mirándome, y con suerte te hago hasta algún posado. ¿Qué te parece, Laura?

Laura tragó saliva, la mano apretando más fuerte contra su entrepierna, un gemido bajo escapándosele.

Felipe no esperó más. Se bajó los pantalones de nuevo, agarró la polla gruesa y venosa y empezó a pajearse despacio, schlick schlick schlick, los ojos fijos en Gema.

Laura le lanzó una mirada afilada, aun frotándose por encima del pantalón.

Gema se colocó en el centro del taller, bajo las luces fluorescentes. Desnuda, cubierta de mugre, aun con sus mulos húmedos y el coño irritado. Empezó con poses lentas y guarras, sabiendo que Felipe se estaba corriendo, mirándola.

Primero de pie, piernas abiertas, manos en la nuca, se levantaba con las manos las tetas, se pellizcaba los pezones morados apuntando al techo. Laura disparaba el flash poseída.

Luego se giró, puso el culo en pompa hacia Felipe, abrió las nalgas con las dos manos, el ano brillaba de grasa y saliva, palpitando. Se inclinó más, arqueando la espalda, las tetas le colgaban excelsas y pesadas. Laura se agachó para fotos desde abajo, la mano libre apretando su propio coño por encima del pantalón con más fuerza, un gemido ahogado escapándosele cada vez que el flash iluminaba el agujero dilatado.

Disparaba la cámara y en su objetivo encuadraba a ambos, a Felipe quien polla en mano no paraba de pajearse y a Gema que sin vergüenza mostraba todo lo que podía de su cuerpo.

Gema se sentó después en el capó tibio del Audi, abrió las piernas al máximo, apoyó los tacones en el motor abierto y se abrió los labios del coño con dos dedos mostrando el interior rosado y aun húmedo. Felipe aceleró su movimiento y tenso la mandíbula.

—Joder… qué zorra… abierta para mí… —murmuró él, la polla latiendo en su puño.

Laura siguió disparando, la tela del pantalón ya empapada en la entrepierna, el roce constante haciéndola jadear bajito. No se masturbaba del todo, solo se presionaba, conteniéndose, el cuerpo temblando de excitación reprimida.

—¡Sí… joder… venga te gustaría follarme ¿verdad guarro? como una guarra en un taller… más fuerte…, venga dímelo...
—SI COÑO, SI.. TE FOLLARIA ESE CULO GORDO DE GUARRA QUE TIENES MIL VECES....
—Eso es lo que te gustaría cabrón, follarme el culo ¿verdad?, venga córrete mirándome, cabrón, guarro... Mírame el culo, como lo enseño solo para que te corras, solo para ti.

Al final, Gema se puso de rodillas en el suelo sucio una última vez, culo al aire, cara girada hacia Felipe con una sonrisa de zorra satisfecha, lengua fuera lamiéndose los labios manchados y agarro nuevamente el destornillador y lo llevo hasta su boca.

Felipe se corrió con un gruñido ronco, sus chorros blancos salpicaron el suelo y llegaron hasta Gema, manchando sus pechos. Se quedó jadeando, polla aún en mano, mirándola con hambre.

Laura capturó el plano final, Gema mirando directo al objetivo, exhausta, triunfante, cubierta de todo, las gotas del semen de Felipe caían le caían entre los pechos y Gema los recogió con la mano para después limpiarse sobre el pantalón de Felipe.

Sesión terminada de verdad.

Gema se levantó, se acercó primero a Felipe. Él seguía recuperando el aliento. Ella se puso de puntillas y le dio un pico suave en los labios —un roce húmedo, rápido, con sabor a ella misma y a su propia excitación—.

—Gracias por el taller… y por todo. Ha sido… inolvidable.

Felipe sonrió, aún con la polla semierecta en la mano.

—La próxima vez… si mi marido dice que sí… igual te invito a la ronda completa. Trae más herramientas… riendo con maldad.
Felipe soltó una risa grave, ajustándose los pantalones.
— Cuando queráis, guapa. La puerta está abierta. El taller abre 24 horas… y yo también. Por cierto al fondo tenéis los baños y hay una ducha.
Felipe, se marchó por donde había venido, dejando a las dos chicas alli. Ese fue el momento en el que Gema se acercó a Laura.

Sin decir nada, la agarró por la nuca con una mano manchada y la besó profundo, un morreo lento, guarro, enredando su lengua con la de Laura. Mientras la besaba, bajó la otra mano entre las piernas de Laura, rozándole el coño por encima del pantalón empapado con la palma abierta, presionando justo donde Laura se había estado frotando toda la sesión. Laura gimió fuerte dentro de su boca, las caderas moviéndose involuntariamente contra la mano de Gema, un espasmo recorriéndole el cuerpo entero.

—Gracias a ti también… por aguantar, por dirigirme, por grabarlo todo… y por no tocarte hasta el final —susurró Gema contra sus labios, pellizcándole suavemente el clítoris por encima de la tela antes de soltarla despacio.

Laura jadeó, las rodillas flojas, los ojos vidriosos y la entrepierna chorreando a través del vaquero.

—Joder, reina… me has dejado al límite… pero lo merecía.
— Me doy una ducha rápida y nos vamos ¿Vale?, que supongo que Javi, me estará esperando desesperado por que le cuente. Y dejo a Laura recogiendo el material, entre el que a escondidas guardo el destornillador que Gema había usado.

En la furgoneta coche, mientras Laura conducía con una mano en el volante y la otra aun temblando entre los muslos, Gema miró por la ventana con una sonrisa exhausta.

—Cuando puedas me cuelgas el book, para que lo veamos… el de mis poses, lo más porno… todo lo mío. Pero lo de Felipe… archivo privado, solo para mí. Cuando esté sola en casa… lo veré y ya vere que hago con el si se lo enseño ahora a Javi o no.

Laura asintió, acelerando un poco, la voz aún ronca.

—Hecho. Reina… esto es porno extremo nivel dios, lo entiendo. Cuando quieras… repetimos. Con o sin público… pero la próxima vez, trae a Javi y unos juguetes. Quiero ver cómo te usa después de todo esto.

Gema rio bajito, apretando el muslo de Laura una última vez.

—Prometido. La próxima….

LA CONFESION DE LAURA
WhatsApp – Chat con Laura (después de la sesión, ya en el coche de vuelta, y a solas)
Laura (20:47):
Reina… acabo de dejar el coche en el garaje y sigo temblando. Necesito decírtelo ahora, antes de que se me enfríe la cabeza.
Gema (20:48):
Dime… ¿qué pasa?
Laura (20:49):
Estas fotos de hoy… joder, Gema. Son las más subidas, las más calientes que he hecho en toda mi puta vida. He fotografiado a cientos de mujeres, sesiones boudoir, eróticas, incluso alguna que rozaba lo explícito… pero NUNCA me había pasado esto.
Gema (20:50):
¿Esto qué?
Laura (20:51):
Me he puesto caliente. Muy caliente. Mientras te disparaba, mientras te veía abrir las piernas, arquear la espalda, pellizcarte los pezones, mirarme como si supieras que me estabas volviendo loca… he sentido el coño palpitar. He tenido que apretar las piernas para no tocarme. Por primera vez en una sesión. Nunca me había mojado así con ninguna chica. Eres… eres fuego puro. Pura sensualidad, una puta poderosa. Me has mojado solo con posar. Y eso… eso me ha dejado flipando.
Gema (20:53):
Joder, Laura… que me he dado cuenta
Laura (20:54):
Sí, reina. De verdad. Y no soy la única. Además, esta lo de Felipe… se ha pajeado y corrido mirándote. Y seguiste. Eso fue… brutal.
Gema (20:55):
Me corrí dos veces solo posando, pensando en que me veía.
Laura (20:56):
Por eso te lo digo ahora, escoge bien las fotos si las piensas subir a tu Insta o donde sea. Son demasiado crudas, demasiado sexuales. Si las sacas, la gente va a pensar que eres una modelo OnlyFans, no la embajadora elegante de una marca de lencería real. . Estas fotos… son fuego puro, son porno disfrazado de arte. Guárdalas para ti y para Javi. Son privadas. Son nuestras. Si las públicas, pierdes el control. Y con lo que viene por delante —el catálogo, los desfiles, las fiestas— tienes que protegerte. Disfrútalas en casa, córrete mirándolas, deja que Javi te folle pensando en ellas… pero si publicas alguna, hazlo con tiento.
Gema (20:59):
Creo que publicare alguna de las del parking, pero ya las vere. Lo de las otras lo entiendo… no las subo. Son solo para nosotros. Para él. Gracias por decírmelo… y por… por ponerte así conmigo. Me flipa saber que te he mojado.
Laura (21:00):
Eres peligrosa, reina. Muy peligrosa. Cuando firmes, el mundo va a verte sensual, no porno. Tú decides hasta dónde llega el fuego.
Laura (21:01):
Y oye… si algún día quieres repetir una sesión así… solo nosotras… me avisas. Porque hoy me has dejado con ganas de más.
Gema (21:02):
Lo pensaré…
Gracias, Laura. Buenas noches.
Laura (21:03):
Buenas noches, fuego puro. Descansa… o no.

Gema dejó el móvil en el sofá, todavía temblando, pensando en que Laura se había mojado por ella, en que el dueño del taller se había corrido mirándola y hasta la había alcanzado con su corrida, en que esas fotos eran las más sucias que jamás había hecho. Javi no estaba en casa.
Un mensaje de Javi decia,

-- He salido con los chicos a comprar las cosas para la barbacoa de mañana, y nos hemos liado, llegare tarde. Estoy deseando que me cuentes lo de hoy. Un besote grande cariño.

Y a Gema le toco volver a masturbarse sola.

 

Archivos adjuntos

Soberbio, lo he leído cascándomela como el mecánico.
Me encantó que respetará al marido que supongo que consentirá en la próxima sesión.
 
LA PLAYA
Llegué a casa pasadas las tres de la mañana con una cogorza de campeonato, de esas que te pillan desprevenido y te dejan idiota. Gema seguía despierta, sentada en la cama con la tele encendida en mute. En cuanto crucé la puerta del dormitorio y me vio la cara, se le encendió la mecha.
—¿Te parece normal? ¿TE PARECE NORMAL llegar a estas horas oliendo a cubata barato sabiendo de dónde vengo yo esta tarde?
—Gema, joder, espera que…
—Ni espera ni hostias. Llevo toda la tarde con un calentón de cojones, posando medio en pelotas para ti, imaginándome cómo te lo iba a contar cuando llegara a casa… y tú apareces hecho mierda, sin pilas para nada.
—Coño, que esta gente me ha liado y…
—¡Que no! —me cortó alzando la voz—. Al final, como siempre, me lo he tenido que quitar yo sola. Otra vez.
Me quedé callado, intentando procesar. Ella siguió, cada vez más cabreada,
—Pues que sepas que casi me follo a un tío hoy mismo. Un desconocido. Me vio haciendo las fotos, se le puso dura al instante y se la meneó delante de mí sin quitarme ojo. Y yo… yo con unas ganas locas de dejarle que me la metiera, ¿sabes? y vuelvo a casa y tu no estas.
—¿Qué me estás contando, Gema?
—Lo que oyes. Tenía que habérmelo follado allí en medio del taller. Tenía una pollon… y yo con el coño empapado. Pero no, pensé en ti. En mi maridito perfecto. Y ahora llegas tú borracho perdido. Eres un gilipollas.
—Para, para… que me estás volviendo loco con esto.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Loco? Si te pusiera ahora mismo la mano encima notarías que sigo mojada. Pero no te la mereces. Hoy no.
Se dio la vuelta, apagó la tele de un manotazo y señaló el pasillo.
—Duerme en el sofá. Y mañana, playita. A ver si alguien me mira cómo se debe.
Me desperté con el olor a café y un martillo pilón dentro de la cabeza. Gema ya estaba vestida para la playa, de pie en el salón con el bolso preparado y cara de mala leche contenida.
—Venga, señorito. A preparar las cosas que nos vamos.
No abrí la boca. Me metí en la ducha, me puse el bañador y bajé. Entonces la vi de verdad.
Llevaba el bikini blanco. Ese, el microscópico que solo saca cuando vamos a playas medio perdidas, de las que la gente va sin complejos o directamente en pelotas, a playas exhibicionistas o nudistas, nunca tuve claro cuál era la diferencia entre ambas cosas. La parte de arriba apenas tapa los pezones; la braguita… más bien un hilito que se pierde entre las nalgas desde el primer segundo. Pero lo peor (o lo mejor, según se mire) es lo que pasa cuando se moja, como no tiene forro, el tejido se vuelve prácticamente transparente. Se le transparentan los pezones rosados, todo el contorno del coño, todo. Es como si se quedara desnuda con una excusa de tela encima.
Me quedé mirándola fijo, sin disimulo.
—¿Qué? ¿No te gusta o qué?
—No es eso… Es que… ¿vas a ir así? ¿Con esta gente?
—Con este o con el que me salga del coño. ¿Algún problema?
Tragué saliva. No tenía fuerzas para discutir. Ella se puso un pareo de gasa fina, casi transparente también, se lo anudó a la cadera con desgana y se dirigió a la puerta.
—¿Cuántos vamos? —preguntó de repente, sin mirarme.
—Siete. Las tres parejas de siempre… y Pepe, que viene solo.
Se giró despacio, con una media sonrisa peligrosa.
—Pepe… Qué casualidad. A lo mejor hoy le toca mirar de cerca, lo que ya se imagina cuando ve mis fotos. O a lo mejor le toca más que mirar. Porque tú, hoy, te vas a quedar calladito viendo cómo otros sí me comen con los ojos… y a lo mejor con algo más.
Abrió la puerta y salió al rellano. Antes de cerrar, volvió la cabeza.
—Y si te portas bien… igual luego te dejo oler lo que quede.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Me quedé allí plantado, con el pulso en la garganta y una mezcla jodida de resaca, celos y excitación que no sabía dónde meter.

Recogí las cosas de la playa como un autómata, nevera, sombrilla, neverita portátil, toallas, el flotador hinchable que siempre sobra, la bolsa con la comida y el carbón para la barbacoa… Todo lo metí en el maletero mientras Gema esperaba en el asiento del copiloto sin decir ni media palabra. Puso su playlist favorita —reggaetón lento, bachata sensual, esa mierda que sube la temperatura sin preguntar— y apenas me dirigió la mirada en todo el trayecto. Solo algún “gira por aquí” o “más despacio, que vas como un loco” con voz de mala hostia contenida. Yo conducía con la resaca todavía latiéndome en las sienes, el sol pegando fuerte en el parabrisas, y cada kilómetro se me hacía un infierno silencioso.

La cala que habíamos elegido hacía frontera con la playa nudista de siempre. Las dos zonas separadas por un montón de rocas grandes, irregulares, de esas que parecen puestas ahí a propósito para que la gente cruce si le da la gana. Al fondo de la nudista se veía el chiringuito con su techo de paja, mesas de madera y desde lejos se apreciaba gente en pelotas tomando cervezas y riendo como si el mundo no tuviera problemas. Nuestra cala era más “familiar”, pero el límite era tan difuso que bastaba con andar veinte metros para que las toallas desaparecieran y las normas también.

Llegamos los últimos, cómo no. Aparqué en la zona de grava que hacía de parking improvisado, abrí el maletero y empecé a sacar trastos. Gema cogió solo su bolso playero, la toalla enrollada y el pareo, y se fue andando hacia donde ya estaban los demás sin decir ni “ayúdame” ni “gracias”.

—Venga, espabila —me soltó por encima del hombro—. Que no soy tu mula.

Me quedé allí descargando solo, sudando la gota gorda, mientras veía cómo se alejaba con ese contoneo que sabía que era para mí… y para quien quisiera mirar.

Cuando por fin llegué arrastrando todo, ya estaba tumbada boca abajo en su toalla, charlando animadamente con las otras tres mujeres. Las risas llegaban hasta la barbacoa. Los tíos —Pepe incluido— estaban liados clavando sombrillas y montando la parrilla portátil, sudando y soltando chistes malos para disimular que no paraban de mirar de reojo hacia las chicas.

Me acerqué y solté las cosas con un golpe sordo. Laura, la más cotilla del grupo, me vio y soltó una risita.

—No veas, Javi… Cómo está Gema últimamente, ¿eh? Se come el mundo la tía. Mira qué cuerpo, qué cara de “me la suda todo”. Está en otro nivel.
—Si, que está en otro nivel Laura.
—Y para colmo mira como viene, tenía que estar prohibido, que luego no se con quien enfadarme si con ella o con mi marido.

Gema levantó la vista justo entonces. Me clavó los ojos un segundo, desafiante, con esa media sonrisa que me ponía los nervios de punta y la polla tiesa al mismo tiempo. Luego desvió la mirada despacio, muy despacio, hacia Pepe, que en ese momento se estaba quitando la camiseta y dejaba ver el torso bronceado, los abdominales marcados de gimnasio y esa sonrisa de sobrado que siempre pone cuando sabe que le están mirando.

Sin apartar los ojos de él, Gema alzó la voz con tono juguetón y alto para que todos la oyeran,

—¿Quién se viene al agua conmigo?

Lo dijo mirando directamente a Pepe, como si el resto fuéramos muebles. Las chicas soltaron risitas cómplices, alguna dio un codazo a su pareja. Pepe levantó la cabeza, sonrió de lado y tiró la camiseta a un lado sin pensarlo dos veces.

—yo me apunto —dijo tranquilo, como si fuera lo más normal del mundo—. Que hace un calor de cojones.

Gema se incorporó despacio, se quitó el pareo de gasa con un movimiento lento y deliberado, dejando que cayera a sus pies como si fuera una cortina abriéndose. El bikini blanco brillaba bajo el sol, tan pequeño que parecía pintado sobre la piel. La parte de arriba apenas contenía los pezones, la braguita… más bien un hilito que se perdía entre las nalgas desde el primer paso. Se giró un instante hacia mí —solo un instante— con una mirada que decía clarito, “míralo bien, porque hoy no es para ti”. Luego caminó hacia el agua contoneándose, el trasero moviéndose con cada pisada en la arena caliente.

Pepe la siguió a pocos metros, sin prisa, disfrutando de las vistas sin disimulo.

Yo me quedé allí plantado junto a la barbacoa a medio montar, con el olor a carbón y protector solar metido en la nariz, viendo cómo se metían en el mar juntos. El agua les llegaba a la cintura y Gema se giró hacia él, riendo, salpicándole agua con las manos. El bikini empezó a transparentarse casi al instante, los pezones rosados se marcaban perfectamente, el contorno del coño se intuía sin esfuerzo bajo la tela empapada. Pepe no quitaba ojo, se acercó un poco más, le dijo algo al oído y los dos rieron bajito.

Desde las toallas, Marta me dio un codazo suave.

—Tranquilo, Javi…, pero vaya trajecito de baño que se me a traído Gema. ¿Estáis bien?
—Si, solo tonterías de casa.
—Tranquilo, Javi…, pero vaya trajecito de baño que se me traído Gema. ¿Estais bien?.
—Pues noto a Gema con otro brillo, como muy desbocada.

Me senté en la arena con una cerveza que ni recordaba haber abierto, el pulso latiéndome en la garganta, una mezcla jodida de resaca, celos que quemaban y una excitación que no sabía dónde meter. Gema se sumergió un poco, salió empapada y se pasó las manos por el pelo, arqueando la espalda de forma que todo el grupo —y especialmente yo— tuviera una vista perfecta de su cuerpo mojado, casi desnudo bajo ese bikini inútil.

Pepe se acercó más. Le puso una mano en la cintura un segundo, como para “ayudarla” a mantener el equilibrio con una ola. Ella no se apartó. Al contrario, se pegó un poco más a él, le susurró algo y los dos volvieron a reír.

Desde la perspectiva de Pepe

Joder, qué bien sienta el sol en la espalda cuando te quitas la camiseta y notas que todas las miradas se te clavan un segundo. Sobre todo, la de ella.

Llegué temprano, como siempre. Me gusta ser de los primeros, clavar la sombrilla, montar la barbacoa, poner cara de “yo controlo esto” mientras los demás van apareciendo con resaca o con niños. Hoy no había niños, solo parejas y yo, el soltero eterno que todos invitan “por si acaso”. Por si hace falta alguien que anime, que ponga música, que coja el coche si alguien se pasa con las cervezas… o por si hace falta alguien que mire lo que los maridos no miran.

Y entonces llegó Gema.

No llegó con Javi. Llegó sola, con ese bolso playero colgando del hombro y el pareo de gasa que no tapa una mierda. Se quitó las gafas de sol, miró alrededor como si estuviera evaluando el terreno, y se tumbó justo en el centro del corro de chicas. Las otras tres se giraron hacia ella como imanes. Risitas, codazos, “tía, estás cañón”, “¿de dónde has sacado ese bikini?”. Ella sonreía de lado, esa sonrisa que no es inocente ni un poco, y contestaba cosas como “pues del armario… esperando el momento adecuado”.

Yo la vi desde la sombrilla, martillo en mano, clavando el palo como si mi vida dependiera de ello. Cada vez que se movía, el pareo se abría un poco más. El bikini blanco era ridículamente pequeño. Tan pequeño que me pregunte a que venia aquella exhibición.

Cuando por fin llegó Javi, arrastrando media casa en bolsas y neveras, Gema ni se levantó a ayudarle. Se quedó tumbada boca abajo, con la cabeza girada hacia nosotras, charlando. Yo fingí que ajustaba la parrilla, pero no podía dejar de mirarla de reojo. El culo se le marcaba perfecto bajo esa tela mínima, y cuando se incorporó un poco para beber agua, la curva de los pechos se escapó un segundo del triángulo del bikini. Joder. Tuve que girarme hacia el carbón para que no se me notara la erección incipiente.

Entonces Laura soltó aquello de “No veas, Javi… Cómo está Gema últimamente, ¿eh? Se come el mundo la tía. Mira qué cuerpo, qué cara de “me la suda todo”. Está en otro nivel.”. Y Gema me miró. Directo. A los ojos. Sin disimulo. Fue un segundo, pero fue como si me hubiera tocado. Luego desvió la mirada hacia mí —hacia mí— y gritó con esa voz juguetona que pone cuando sabe que está ganando:

—¿Quién se viene al agua conmigo?

No lo dudé ni medio segundo.

—Yo me apunto —dije, quitándome la camiseta de un tirón—. Que hace un calor de cojones.

Me acerqué caminando despacio, disfrutando de cada paso. Ella se levantó, dejó caer el pareo como si fuera un trapo viejo y empezó a andar hacia el mar. El hilito de la tanga se perdía entre las nalgas. Cada movimiento era una provocación calculada. Yo la seguía a tres metros, viendo cómo el sol le rebotaba en la piel bronceada, cómo el bikini se le pegaba un poco más con cada pisada en la arena caliente.

Cuando entramos en el agua, el primer chapuzón fue eléctrico. El agua fría contrastaba con el calor que llevaba dentro. Ella se giró hacia mí, riendo, y me salpicó. Me acerqué. El bikini ya estaba mojado y empezaba a transparentarse. Los pezones rosados se marcaban como si no hubiera tela. El contorno del coño se intuía perfectamente. Me miró a los ojos mientras se pasaba las manos por el pelo, arqueando la espalda, poniéndome todo delante sin pudor.

—Hace calor, ¿eh? —me dijo bajito, con esa voz ronca que pone cuando está cachonda.
—Mucho —contesté, acercándome un paso más—. Demasiado.

Le puse la mano en la cintura un segundo, solo para “estabilizarla” con una ola. No se apartó. Al contrario, se pegó un poco más, lo justo para que notara que estaba duro. Me rozó con la cadera, disimulando con otro salpicón y una risa.

Desde la orilla se oían las voces de los demás, pero aquí dentro del agua éramos solo nosotros dos. Ella se sumergió un segundo, salió pegada a mí, el pecho rozándome el torso. Me miró de cerca, los labios entreabiertos.

—¿Sabes qué es lo que más me pone? —susurró, casi rozándome la oreja—. Saber que Javi está mirando… y que no puede hacer nada.

Tragué saliva. La mano que tenía en su cintura bajó un centímetro, rozando el borde de la braguita.

—¿Y tú qué vas a hacer al respecto? —le pregunté, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella sonrió, esa sonrisa peligrosa.

—Depende… de lo valiente que seas tú.

Se separó despacio, nadando un par de metros hacia atrás, pero sin quitarme los ojos de encima. El bikini transparente, el agua goteándole por el cuerpo, el sol pegando fuerte… Era una puta tentación andante.

Volví a mirar hacia la playa. Javi estaba sentado en la arena, cerveza en mano, mirando fijo. No sé si estaba cabreado, excitado o las dos cosas a la vez. Pero yo sí sabía una cosa, Gema estaba hoy por tocarle los huevos a Javi.

Desde la perspectiva de Gema
Me encanta esta sensación, el sol quemándome la piel, la arena caliente bajo la toalla, las miradas de las chicas clavadas en mí como si fuera la protagonista de una película que ellas solo pueden ver desde la butaca. Y sobre todo, la mirada de Javi. Esa que llega tarde, cargada de resaca y de arrepentimiento, y que se queda fija en mí como si no supiera si quiere matarme o follarme aquí mismo delante de todos.

Ayer por la noche me dejó con un calentón brutal. Toda la tarde posando en aquel garaje, con el aire rozándome el coño mojado, imaginándome cómo se le pondría dura cuando le contara. Y llega él borracho perdido, sin ganas, sin pilas. Así que me lo quité yo sola, pensando en él… y pensando también en lo que pasaría si algún día decidiera no pensar en él.

Hoy es el día de cobrármelo.

Me tumbo boca abajo para que el sol me dore el culo, el bikini blanco tan pequeño que apenas tapa nada. Sé que se me ve todo cuando me muevo, el hilito desapareciendo entre las nalgas, los pechos aplastados contra la toalla dejando escapar los laterales. Las chicas no paran de hablar de mí.

—Joder, Gema, estás tremenda. ¿Qué te has hecho?
—Nada… solo dejar de aguantar gilipolleces —les contesto con una sonrisa lenta.

Y entonces llega Javi, sudado, cargado de trastos, con cara de no haber dormido en el sofá lo suficiente. Lo miro un segundo, solo para que note que lo estoy midiendo. Que lo estoy juzgando. Luego desvío los ojos hacia Pepe.

Pepe, que lleva toda la mañana quitándose la camiseta cada dos por tres, flexionando abdominales sin disimulo, poniéndose crema en los hombros como si estuviera en un casting. Pepe, que siempre me ha mirado y que tuvo la conversación con mi marido, el que le pregunto si éramos una pareja abierta. Pepe, que hoy va a ser mi herramienta perfecta.

Me incorporo despacio, dejo que el pareo caiga al suelo como si fuera una declaración de guerra. El bikini se me pega un poco a la piel por el sudor. Siento los pezones endurecidos rozando la tela fina. Levanto la voz, alta y clara, para que todos me oigan,

—¿Quién se viene al agua conmigo?

No miro a Javi. Miro a Pepe. Directo a los ojos. Y veo cómo se le ilumina la cara, cómo tira la camiseta sin pensarlo, cómo camina hacia mí con esa seguridad de quien sabe que ha ganado la partida antes de empezar.

Camino hacia el mar sin prisa. Cada paso es calculado, cadera a un lado, luego al otro, dejando que el hilito de la tanga se hunda más entre las nalgas. Siento sus ojos en mi espalda. Siento los de Javi también, clavados desde la toalla, quemándome la nuca.

Entro en el agua. Está fría al principio, me pone la piel de gallina, me endurece más los pezones. Me mojo entera de golpe, salgo empapada y me paso las manos por el pelo, arqueando la espalda. Sé lo que está pasando, el bikini blanco se ha convertido en nada. Se transparenta todo. Los pezones rosados se marcan como si estuviera desnuda. El coño se intuye perfectamente, los labios hinchados por el calentón de anoche y de esta mañana. Pepe está a dos pasos, mirándome sin disimulo.
Se acerca. Me pone la mano en la cintura. No es un roce inocente. Es posesivo. Yo no me aparto. Al contrario, me pego un poco más, dejo que note cómo estoy de mojada. Le rozo con la cadera, disimulando con una risa y un salpicón.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —le susurro al oído, casi rozándole el lóbulo con los labios.

Él traga saliva. Está duro, lo noto contra mi muslo cuando la ola nos empuja.

—Dímelo —contesta con voz ronca.
—Que Javi está mirando y sufriendo. Que sabe que podría pararlo… y que no lo va a hacer. Porque le jode.

Pepe suelta una risa baja, peligrosa. Su mano baja un centímetro más, rozando el borde de la braguita.

—¿Y tú qué quieres, Gema?

Lo miro a los ojos. Sonrío despacio.

—Quiero que me toques. Quiero que Javi lo vea. Quiero que se muera de celos… y que luego, cuando volvamos a la toalla, me mire como si fuera la única mujer del mundo. Y quiero que entienda que, si vuelve a dejarme colgada con un calentón, la próxima vez no me voy a conformar con que me miren.

Me separo un poco, nado hacia atrás, pero sin dejar de mirarlo. El agua me gotea por el cuerpo, el bikini pegado como una segunda piel inútil. Desde aquí veo a Javi en la arena cerveza en la mano, mirada fija, mandíbula apretada. No sé si está furioso o cachondo perdido. Probablemente las dos cosas.

Y eso… eso me pone más que nada.

Porque hoy no soy la que espera. Hoy soy la que decide.

Los amigos desde la orilla

La playa entera parecía haberse dado cuenta de que algo estaba cambiando en el aire, como cuando una ola grande se acerca y todo el mundo se calla un segundo antes de que rompa.

Desde las toallas, el grupo observaba sin disimulo. Las tres parejas y Pepe formaban un semicírculo improvisado alrededor de la barbacoa humeante, pero nadie prestaba atención real al carbón ni a las pinzas. Todos los ojos —unos más disimulados que otros— seguían el vaivén en el agua.

Javi estaba sentado en la arena, con las rodillas flexionadas y una cerveza que ya se había calentado en la mano. Miraba fijo hacia el mar, la mandíbula apretada, los nudillos blancos alrededor del botellín. No parpadeaba. Cada vez que Gema reía o se pegaba un poco más a Pepe, su pecho subía y bajaba más rápido, como si estuviera conteniendo la respiración.

Laura, tumbada de lado con las gafas de sol puestas, le dio un codazo suave a su novio Marcos.

—Mira cómo se le está poniendo la cara… Pobre Javi. Creo que hoy se le va a romper algo por dentro.

Marcos soltó una risa baja, sin quitar ojo al agua.

—O se le va a poner tiesa del todo. No sé qué es peor.

Al lado, Marta y su pareja Carlos estaban más callados, pero no menos atentos. Marta se mordía el labio inferior, cruzada de piernas, el pareo abierto dejando ver el bikini rojo que llevaba. Carlos, de pie fingiendo ajustar la sombrilla, no paraba de mirar hacia el mar cada tres segundos.

—Joder… ese bikini blanco mojado es ilegal —murmuró Carlos, más para sí mismo que para los demás.

Marta le dio un manotazo en la pierna.

—Cállate, no entiendo cómo se puede ser tan guarra y el marido aquí al lado mirando. Y Para colmo luego me toca a mí aguantarte cachondo todo el día por culpa de otra. Murmuro en el oído de Carlos

Pero ella también miraba. Y sonreía de lado, como si estuviera disfrutando del espectáculo tanto como del morbo que generaba en su propia pareja.

En el agua, la escena seguía escalando a cámara lenta. Gema y Pepe estaban ya a la altura del pecho, el agua les llegaba justo por debajo de los hombros con las olas. Ella se había girado de espaldas a la playa, de cara a él, y le hablaba bajito, muy cerca. Pepe tenía una mano en su cadera, la otra rozando apenas la superficie del agua, pero los dedos se veían inquietos, como si estuvieran decidiendo hasta dónde llegar. Gema se reía, echaba la cabeza hacia atrás, dejaba que el agua le corriera por el cuello y los pechos. El bikini era ya un fantasma, transparente, inútil, marcando cada detalle. Los pezones duros, el triángulo inferior pegado al coño hinchado, todo a la vista para quien quisiera fijarse.

Desde la toalla, Laura rompió el silencio otra vez, en voz baja pero lo suficientemente alta para que Javi la oyera.

—No veas cómo se lo está montando… Pepe no debe de estar pasándolo mal, ¿eh? Y tu mujer lo sabe. ¿Esto te parece bien Javi?, porque ya conocemos a Pepe que no perdona.
—Es una mujer adulta, para tomar sus decisiones- Fue lo único que se me ocurrió decir.
—Coño Javi!!! Y tan adulta... hay veces que no os entiendo.

Javi no contestó. Solo tragó saliva. La cerveza temblaba un poco en su mano.

De repente, Gema se sumergió. Desapareció bajo el agua un segundo. Salió pegada a Pepe, el cuerpo rozándole el torso, las manos de él ahora en su cintura con más decisión. Ella le susurró algo al oído, él sonrió, esa sonrisa de ganador, y bajó la cabeza un instante como si fuera a besarla. No lo hizo… todavía. Pero el gesto fue suficiente para que en la playa se oyera un “joder” colectivo, casi inaudible.

Marta se incorporó un poco más.

—Hostia… ¿Pero esto no es normal?

Carlos se rascó la nuca, nervioso pero excitado.

—Marta, mejor no te metas donde no te llaman.

Javi por fin habló, voz ronca, sin apartar la vista del agua.

—No va a pasar nada. Gema solo está… cabreada. Es una forma de joderme.

Laura soltó una carcajada suave.

—Claro, Javi. Y por eso tu y el otro tenenis la polla como un tronco debajo del bañador.

Se nota desde aquí.

Él se puso rojo hasta las orejas, pero no negó nada. Solo apretó más el botellín.

En el mar, Gema se separó un metro de Pepe, nadó hacia atrás con una gracia felina, pero sin romper el contacto visual. Se pasó las manos por el pelo empapado, arqueó la espalda otra vez —un movimiento que hizo que sus pechos subieran y el bikini se tensara al límite—, y gritó hacia la playa, alto y claro, con esa voz que mezclaba desafío y diversión,

—¿Alguien más se anima? ¡El agua está buenísima!

Fue como si hubiera lanzado una granada. Las risas estallaron en las toallas. Marcos se levantó de golpe.

—Venga, yo voy. Que no se diga que soy un muermo.

Laura le tiró la chancla.

—¡Ni se te ocurra, cabrón!

Pero todos sabían que la tarde ya no tenía vuelta atrás. El grupo entero estaba cargado: celos, morbo, risas nerviosas, miradas cruzadas. La barbacoa seguía humeando olvidada. Las cervezas se calentaban. Y en el centro de todo, Gema flotaba en el agua como una reina que acababa de declarar la guerra… y que sabía que iba a ganar.

La playa ya no era solo una playa. Era un tablero. Y todos estaban jugando.

La decisión fue casi simultánea, Marcos se levantó de un salto, quitándose la camiseta con un gesto teatral, y Carlos lo siguió sin pensarlo dos veces. Laura y Marta se miraron, rieron y se pusieron en pie también, sacudiéndose la arena de las piernas.

—Venga, que nos quedamos aquí como abuelas —dijo Laura, tirando de la mano de Marcos—. Al agua todos.

Javi apenas se movió unos metros, para volver a sentarse en la orilla de la playa, con las rodillas flexionadas y los brazos apoyados en ellas. La cerveza ya estaba caliente y olvidada a su lado. Miraba fijo al mar, pero no se levantó. Nadie le dijo nada, simplemente lo dejaron allí, como si el grupo hubiera aceptado tácitamente que hoy él no jugaba.

En el agua, el ambiente cambió en cuanto llegaron los demás. Las olas eran suaves, el agua tibia por el sol de media tarde. Empezaron a salpicarse, a reír, a empujarse como críos. Alguien propuso el clásico juego de las “guerras de gallos”, las mujeres subidas a hombros de los hombres, intentando tirarse unas a otras al agua.

Laura se subió rápido a Marcos, rodeándole el cuello con los muslos, riendo a carcajadas mientras él la sujetaba por las piernas. Marta hizo lo mismo con Carlos, aunque con menos gracia y más nervios. Y entonces Gema, sin dudarlo ni un segundo, miró a Pepe.

—Ven aquí —le dijo, con esa voz baja y juguetona que solo usaba cuando quería algo concreto.

Pepe se acercó nadando despacio, se puso de espaldas y flexionó las rodillas. Gema se impulsó hacia arriba con un salto elegante, le rodeó el cuello con los muslos y se acomodó sobre sus hombros. No fue un movimiento inocente. Se colocó justo donde el cuello se une con los hombros, pero un poco más adelante de lo necesario. El coño, apenas cubierto por esa tela blanca empapada y transparente, quedó pegado contra la nuca de Pepe. Él lo notó al instante: la presión caliente, húmeda, el roce directo de los labios hinchados contra su piel. Soltó un “joder” entre dientes que solo ella oyó, y apretó las manos en los muslos de Gema para sujetarla… aunque no hacía falta. Ella no se iba a caer.

El juego empezó. Gema y Laura se empujaron primero, riendo, gritando, tirándose del pelo mojado. Marta se unió, intentando derribar a Laura, pero sin mucha fuerza. Cada vez que Gema se inclinaba hacia delante para empujar, su coño se deslizaba un poco más arriba por el cuello de Pepe, rozándole la barbilla. Él inclinaba la cabeza hacia atrás disimuladamente, buscando más contacto. Ella lo notaba y apretaba los muslos un poco más, como si quisiera asfixiarlo de placer.

Desde la orilla, Javi lo veía todo. Veía cómo el cuerpo de su mujer se movía encima de otro hombre, cómo los muslos se abrían y cerraban alrededor del cuello de Pepe, cómo la tela del bikini se había convertido en nada y dejaba ver el rosado brillante cada vez que ella se inclinaba. Veía las manos de Pepe sujetando esos muslos con más fuerza de la necesaria, los dedos hundiéndose en la carne. Veía las risas, los gritos, el juego… y sentía que el estómago se le retorcía en un nudo de celos, rabia y una erección dolorosa que no podía disimular ni sentado.

Las mujeres se empujaron un rato más, hasta que Laura consiguió tirar a Marta al agua con un grito triunfal. Gema y Pepe resistieron más tiempo, pero al final ella se dejó caer hacia atrás con dramatismo, deslizándose por la espalda de Pepe hasta meterse en el agua. Al salir, se pegó un segundo a él por detrás, rozándole la espalda con los pechos, y le susurró algo al oído que le hizo sonreír de lado.

Luego, uno a uno, fueron saliendo del agua. Goteando, riendo, sacudiéndose el pelo. Gema fue la última en llegar a la toalla. Caminó despacio, el bikini pegado al cuerpo como una segunda piel inútil, los pezones marcados, el coño dibujado en negativo bajo la tela transparente. Se tumbó boca arriba junto a las otras mujeres, sin mirar a Javi ni una sola vez.

Las chicas se agruparon en corro, toallas juntas, voces bajas pero cargadas de morbo. Laura fue la primera en romper el hielo.

—Hostia, Gema… ¿qué coño ha sido eso? —susurró, con una sonrisa enorme—. Le has puesto el coño en la cara al pobre Pepe. Literalmente.

Marta se tapó la boca para no reírse fuerte.

—Se le veía la cara de “no me lo creo”… y luego de “quiero más”. Joder, tía, ¿estás loca?

Gema se estiró como un gato, arqueando la espalda para que el sol le secara la piel.

—¿Loca? No. Cabreada. Y cachonda. —Bajó la voz aún más—. Anoche me dejó colgada con un calentón de la hostia. Hoy que se joda.

Laura miró de reojo hacia Javi, que seguía sentado en la orilla, solo, mirando al horizonte.

—¿Y él? Está ahí plantado como un pasmarote. ¿No te da pena?

Gema se encogió de hombros, pero sus ojos brillaron con algo entre crueldad y excitación.

—Pena no. Morbo sí. Que mire. Que vea lo que se pierde cuando me deja esperando. Y que luego, cuando volvamos a casa, me suplique que le deje tocar lo que Pepe ha estado oliendo todo el rato.

Marta soltó una risita nerviosa.

—¿Y Pepe? Porque ese no se va a conformar con oler, guapa. Se le notaba la polla tiesa debajo del agua.

Gema sonrió despacio, mirando hacia donde Pepe estaba ahora, secándose con la toalla y echándole miradas disimuladas.

—Pepe… Pepe ya veremos. O si Javi no se atreve a impedirlo.
—Coño Gema que los vas a echar a pelear.
—Tranquila Marta, que no va a pasar nada.



Las tres se quedaron calladas un segundo, procesando. Luego Laura murmuró,

—Joder… esto se va a poner interesante.

Y las tres volvieron a mirar hacia Javi, que seguía inmóvil en la orilla, con la mirada perdida en el mar… pero con los puños apretados en la arena.

El sol seguía cayendo a plomo, pero el verdadero calor estaba en las voces bajas, en las risitas contenidas y en las miradas que se cruzaban entre ellas. Gema se tumbó boca arriba, apoyada en los codos, dejando que el bikini mojado se secara lentamente sobre su piel. La tela blanca, ahora casi inexistente, se pegaba como una segunda epidermis transparente, los pezones rosados perfectamente delineados, el monte de Venus hinchado y los labios mayores marcados en relieve, como si alguien hubiera dibujado su coño con un rotulador fino.

Laura fue la primera en romper el hielo, bajando la voz pero sin poder disimular la excitación.

—Joder, Gema… ese bikini ya podías haberte cortado algo. Se te ve todo. Todo. Cuando has salido del agua he tenido que mirar dos veces para asegurarme de que no ibas en pelotas.

Marta asintió rápido, mordiéndose el labio inferior mientras echaba un vistazo disimulado hacia los hombres, que fingían estar ocupados con la barbacoa, pero no paraban de lanzar miradas hacia ellas.

—Es que no tapa una mierda cuando se moja. Se te transparentan los pezones como si llevaras celofán. Y abajo… tía, se te marca el coño entero. Los labios, el clítoris… todo. Mis ojos se han ido solos.

Gema sonrió despacio, estirándose como si estuviera posando para una foto invisible. Arqueó un poco la espalda, haciendo que el bikini se tensara aún más y el relieve se acentuara.

—Ese era el plan —dijo con voz ronca y tranquila—. Que se viera. Que se viera bien. Anoche me dejó con un calentón que me quemaba por dentro y hoy… hoy me toca a mí decidir quién mira y quién toca.

—Mira a tu marido… está pasándolo fatal. Tiene la cara de quien acaba de descubrir que su mujer es la protagonista de una peli porno y él es el extra que mira desde el fondo.

Marta se tapó la boca para no reírse fuerte, pero los ojos le brillaban.

—Y no es el único. Mi Carlos no para de ajustarse el bañador cada dos minutos. Creo que lleva media hora intentando disimular la erección. Cada vez que te mueves, se le va la mirada. Y Marcos… uf. Laura, tu novio te va a follar esta noche pensando en el culo de Gema, te lo juro.

Laura se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.

—Que lo haga. Total, yo también estoy mojada desde que os he visto en el agua. Sobre todo, cuando te has subido a Pepe y le has puesto el coño justo en la nuca. Joder, Gema… eso ha sido descarado. Se le ha puesto la cara de «no me lo creo» y luego de «dame más». Creo que ha estado a punto de girar la cabeza y lamerte ahí mismo.

Gema se pasó la lengua por los labios, mirando hacia Pepe, que ahora estaba de pie junto a la nevera sacando cervezas, pero echándole miradas cada pocos segundos.

—Pues que mire. Que huela. Que se muera de ganas. Y que Javi lo vea todo. Quiero que entienda que, si me deja colgada otra vez, no voy a quedarme esperando. Voy a buscar quien sí me quite el calentón… y delante de él si hace falta.

Las tres se quedaron calladas un segundo, procesando la crudeza de las palabras.
Luego Marta murmuró, casi en un susurro:

—Nuestros maridos están sufriendo de cojones ahora mismo. Javi parece que va a explotar. Y los nuestros… están igual de jodidos. Entre el bikini ese que no tapa nada y el numerito del agua… van a llegar a casa con los huevos como melones.

Laura miró a Gema directamente a los ojos.

—¿Y tú? ¿Hasta dónde vas a llevar esto?

Gema se incorporó un poco más, dejando que el bikini se deslizara un milímetro hacia abajo, exponiendo aún más el borde del monte de Venus.

—Hasta donde haga falta para que aprenda la lección. Y si Pepe se atreve a dar el paso… pues que lo dé. Delante de todos. Delante de Javi. Que vea cómo otro hombre pretende de mi lo que el no me da.

Las risitas volvieron, nerviosas pero cargadas de morbo. Las tres volvieron a mirar hacia los hombres, Javi inmóvil en la orilla, Pepe sirviendo cervezas con una media sonrisa permanente, Marcos y Carlos fingiendo interés en el carbón, pero con la mirada clavada en el corro de mujeres.

Gema se incorporó de golpe en la toalla, sacudiéndose un poco de arena del estómago y mirando hacia el fondo de la playa con una expresión caprichosa.

—Me apetece un mojito. De los del chiringuito de allá al fondo. Me han dicho que los hacen de muerte.

Las chicas la miraron con una mezcla de diversión y complicidad. Laura alzó una ceja.

—¿Del chiringuito nudista? Eso implica cruzar toda la zona de rocas y pasar por donde la gente va en pelotas.

Gema se encogió de hombros, ya poniéndose en pie.

—Pues sí. ¿Y qué? Me apetece. Además… a lo mejor me refresco un poco más.

Se giró hacia el grupo de hombres, que fingían estar concentrados en la barbacoa, y alzó la voz con ese tono juguetón que ya todos conocían demasiado bien.

—Voy a por un mojito. ¿Alguien se apunta?

Pepe levantó la cabeza al instante, dejó las pinzas en la parrilla y se limpió las manos en el bañador.

—Voy yo. No vas a ir sola por ahí con ese bikini.

Gema sonrió de lado, sin mirarlo directamente a los ojos, pero dejando claro que era justo lo que esperaba.

—Venga, pues.

Se pusieron en marcha. Ella delante, él detrás a un par de pasos. Cruzaron la línea invisible de las rocas grandes que separaban las dos zonas. Al otro lado, la playa nudista se extendía tranquila, cuerpos de todas las edades y formas tumbados al sol, sin toallas ni complejos, el chiringuito al fondo con su techo de paja y música suave sonando.

Javi los vio alejarse desde la orilla. No dijo nada. Solo apretó la mandíbula y clavó la vista en la arena.

Pasaron casi cuarenta minutos. Demasiado para un par de mojitos.

Cuando regresaron, Gema llevaba un vaso alto con hielo y menta flotando, sorbiendo por la pajita con calma exagerada. Pepe caminaba a su lado, con una cerveza en la mano y una sonrisa satisfecha que no disimulaba. Se sentaron en las toallas como si nada.

Javi no aguantó más. Se acercó, voz baja pero tensa.

—¿Por qué habéis tardado tanto?
—¿Qué coño ha pasado ahí de verdad?

Gema giró la cabeza hacia él, muy despacio. Sus labios casi rozaron la oreja de Javi cuando respondió, también en susurro, voz baja y ronca, como si estuviera contándole un secreto prohibido.

—Nada que no te merezcas, cariño. Fuimos al chiringuito. Pedimos los mojitos en la barra. Pepe me preguntó si hacía nudismo. Le dije que solo contigo… y ahora en alguna foto que subo. Me soltó que mis fotos de ********* le vuelven loco, que se las mira una y otra vez. Me dijo que si me atrevía a quitarme el bikini ahí mismo, ya que estábamos en la zona nudista.

Hizo una pausa, dejando que el silencio se llenara con el latido acelerado de Javi.

—Le contesté que si no tenía bastante con lo que se veía ya. Y él… me miró de arriba abajo, con esa sonrisa de sobrado, y dijo, «Tienes razón… si estás así con ese bikini que no tapa nada, qué menos que te lo quites y me enseñes lo que hay debajo de verdad».

Javi tragó saliva. Su respiración era entrecortada.

—¿Y… lo hiciste?

Gema sonrió despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Bajó aún más la voz, casi un murmullo íntimo y cruel.

—No. No me lo quité. Todavía lo llevo puesto, ¿no lo ves? —Se pasó una mano por el estómago, rozando el borde de la braguita transparente—. Pero me lo pensé. Mucho. Me imaginé quitándomelo entero ahí, en la barra, delante de él y de quien pasara. Dejar que viera todo, los pezones, el coño, el culo…Como lo hizo el tipo del taller. Y que él se quitara el bañador también. Porque me dijo que lo haría, para estar en igualdad. Y joder… cuando me lo imaginé, se me puso durísimo el clítoris. Se me mojó más que con el agua del mar.
Javi cerró los ojos un segundo, como si le doliera oírlo.

—¿Y él… se quitó?

Gema se lamió los labios despacio.

—Sí. Se bajó el bañador. Y me enseñó la polla. Enorme, Javi. Gruesa, larga, venosa… tiesa como una piedra en cuanto me vio tan cerca. Nos quedamos ahí un rato, bebiendo mojitos, charlando como si nada, él con la polla al aire y yo con el bikini pegado, transparente, dejando ver todo. La gente pasaba y ni se inmutaba. Normal allí.
Javi abrió los ojos. Tenía la mandíbula apretada, los puños cerrados en la arena.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a volver a por otro mojito?

Gema se incorporó un poco sobre los codos, mirándolo fijamente. Su voz seguía siendo un susurro, pero ahora con un filo juguetón.

—Me apetece otro, sí. Mucho. Y si voy… igual esta vez sí me lo quito. Igual le dejo que me vea entera. Igual dejo que me mire todo el rato que quiera. O igual dejo que me toque un poco… solo un poco. Para ver si es verdad que tiene huevos o solo habla.

Hizo una pausa, rozó con la punta del dedo el muslo de Javi.

—¿Quieres que vaya? ¿O prefieres que me quede aquí… y que tú me quites el calentón que me ha dejado verlo?

Javi no contestó de inmediato. Solo respiraba fuerte, mirando el bikini transparente, el cuerpo de su mujer todavía húmedo, todavía ofreciendo todo sin dar nada.
Gema se tumbó de nuevo, cerró los ojos y murmuró, casi para sí misma:
—Decídete rápido, amor. Porque si no… me levanto y voy. Y esta vez no prometo volver con el bikini puesto.

Al final, Marta sacó una baraja de cartas de su bolso playero, como si necesitáramos un salvavidas para bajar la tensión que flotaba en el aire.

—Venga, jugamos al mentiroso o al póker —dijo, repartiendo con rapidez—. Algo para que no nos comamos entre nosotros.

Todos reímos, agradecidos por la distracción. Las risas sonaron sinceras, aunque un poco forzadas en algunos casos. Nos sentamos en corro sobre las toallas, las cervezas volvieron a circular, y por un rato el ambiente se distendió de verdad. Gema participaba, reía con las chicas, pero sus ojos seguían yendo y viniendo hacia Pepe cada pocos minutos, como si tuviera un imán invisible tirando de ella.

En un momento, entre mano y mano, soltó la idea con esa naturalidad que ponía cuando quería provocar sin parecer que lo hacía:

—Y si jugáramos en la playa nudista de al lado… el que perdiera se quitaba una prenda. O todo lo que llevara puesto.

La broma cayó como una bomba suave. Todos reímos otra vez, más alto, más nerviosos. Marcos soltó un “joder, sí, eso sería épico”, Laura puso los ojos en blanco pero se mordió el labio, Carlos carraspeó y miró al suelo. Javi forzó una sonrisa, pero se le notaba que le había sentado como un puñetazo en el estómago. Pepe, en cambio, solo sonrió de lado, mirándola fijamente.

—Igual la próxima —dijo él, con voz tranquila—.

Y ahí quedó la cosa, flotando como una promesa que nadie sabía si iba a cumplirse.

Pero entonces Pepe se levantó de golpe, sacudiéndose la arena de las manos.

—Joder, nos hemos quedado sin hielo. La nevera está en las últimas. Me acerco a la gasolinera que hay en la carretera, a un par de kilómetros. ¿Gema te apuntas?

Gema saltó como un resorte. Ni lo pensó.

—Venga, te acompaño.

Ni cogió el pareo, solo las chanclas, ni siquiera se molestó en ponerse algo encima del bikini blanco que seguía siendo básicamente nada mojado. Se levantó descalza, con la piel todavía brillante de agua y sudor, y se puso al lado de Pepe como si fuera lo más normal del mundo.

—Volvemos enseguida —le dijo a nadie en concreto, y se fueron.

Los vieron alejarse por el camino de arena que salía de la cala hacia la carretera, ella contoneándose con cada paso, el hilito de la tanga desapareciendo entre las nalgas, él caminando a su lado con esa calma de quien sabe que ha ganado la partida.

Pasaron diez minutos. Luego veinte. Luego cuarenta.

Una hora y media después volvieron.

Pepe llevaba una bolsa de hielo en una mano y dos cervezas frías en la otra. Gema traía el pelo algo más revuelto, los labios más rojos de lo normal, y una sonrisa de satisfacción que no intentaba disimular. El bikini seguía en su sitio, ajustado.

Cuando se sentaron, el grupo entero se quedó en silencio un segundo. Luego empezaron las preguntas, primero en broma, luego con un filo más serio.

Marcos fue el primero,

—Joder, ¿qué coño habéis hecho? Una hora y media para comprar hielo en una gasolinera que está a dos kilómetros…

Laura soltó una risita nerviosa.

—Seguro que han tenido que buscarla bien… o han encontrado otra cosa por el camino.

Pepe se encogió de hombros, abriendo una cerveza.

—Había cola en la caja. Y luego nos paramos un rato a charlar. Nada más.

Gema solo dijo una frase, necesito un baño y se fue al agua contoneándose.

Entonces Carlos se acercó a Javi, que seguía sentado en la misma posición desde hacía horas, con la mirada perdida en el mar.

—Oye, colega… ¿de qué va esto? ¿No le vas a decir nada a Pepe? ¿Ni a tu mujer? Porque esto ya no es broma, ¿eh?

Javi tragó saliva. Tenía la voz ronca cuando respondió, casi en un murmullo.

—No sé qué decirles. Si le digo algo… igual se lo toma como un reto. Y si no digo nada… pues ya veis.

Marta, que estaba cerca, soltó un bufido bajo.

—Pues decide algo, Javi. Porque tu mujer se está comiendo el mundo delante de tus narices y tú estás ahí sentado como si te hubieran dado un mazazo en la cabeza.

Gema volvió de darse su baño, otra vez con todo mojado y dejando a la vista un coño que parecía más hinchado de lo normal y unos pezones gordos que pedían comerlos a bocados.

Las mujeres volvieron a su corro, cuchicheando otra vez. Se oían fragmentos:

—…seguro que se la ha chupado en el coche…

—…o se la ha metido en el baño de la gasolinera…

—…mira cómo tiene los labios hinchados…

—…y él con esa cara de “me la ha mamado y me ha encantado”…

Gema las oyó, claro. Giró la cabeza un segundo hacia ellas y sonrió, sin decir nada. Luego miró a Javi directamente, por primera vez en toda la tarde con algo parecido a ternura mezclada con desafío.

—Tranquilo, amor —le dijo en voz baja, solo para él—. Todavía no ha pasado nada, solo hemos estado charlando en el coche un rato, sobre las fotos y esas cosas.

Y me volví a levantar para sentarme en la orilla del mar mirando al infinito.

La tarde ya se había vuelto espesa, con el sol empezando a teñir todo de naranja y el mar más tranquilo, como si supiera que la tormenta estaba dentro del grupo y no en el agua.

Las mujeres seguían en su corro, pero ahora las risas eran más contenidas, más miradas de reojo. Los hombres fingían seguir con la barbacoa y las cervezas, pero el ambiente era de esos en los que todo el mundo espera que alguien diga algo definitivo… o que explote.

Marta, que hasta entonces había sido la más callada del trío, se levantó de su toalla y se acercó despacio a Javi. Él seguía sentado en la orilla, un poco apartado, con las rodillas flexionadas y los ojos fijos en el horizonte, como si mirara el mar pudiera borrar lo que acababa de pasar. Marta se agachó a su lado, se sentó en la arena y habló en voz baja, casi maternal, aunque con un filo de preocupación real.

—Javi… ¿estáis seguros de lo que estáis haciendo?

No conteste de inmediato. Solo trague saliva y siguió mirando al agua.

Marta suspiró, se pasó la mano por el pelo mojado y continuó, más suave pero sin rodeos.

—No seré yo quien se meta en vuestra vida, eh. Cada pareja tiene sus reglas, sus juegos, lo que les pone o lo que les jode. Pero… entre las fotitos del Insta de Gema y ahora esto… no sé, tío. Esas fotos que sube ya son bastante… provocativas. Medio en pelotas en sitios públicos, poses que invitan a mirar, comentarios que se pasan de la raya. Y ahora lo de la gasolinera, lo del chiringuito, el numerito con Pepe… parece que estáis subiendo la apuesta muy rápido. Y tú estás aquí sentado, sin decir ni pío.

Hizo una pausa, miró hacia donde Gema estaba tumbada boca arriba, charlando con Laura y riendo como si nada, el bikini todavía transparente marcando todo.

—¿Esto es un juego consensuado? ¿O es que ella va por libre y tú… no sabes cómo pararlo? Porque si es lo segundo, igual te estás haciendo daño, Javi. Y si es lo primero… pues oye, disfrutad. Pero parece que no lo estás disfrutando.

Javi por fin giró la cabeza hacia ella. Tenía los ojos enrojecidos, no de llorar, sino de contención pura. La voz le salió ronca, casi rota.

—No lo sé, Marta. De verdad que no lo sé. Al principio era morbo, era caliente verla así, saber que otros la miraban y que volvía a casa conmigo. Pero ahora… ahora parece que ya no vuelve del todo a casa. O que cuando vuelve, trae algo que no es solo para mí.

Marta asintió despacio, sin juzgar.

—Pues habla con ella. Antes de que cruce otra línea que ya no se pueda borrar. Porque si sigues callado, ella va a interpretar que te da igual… o peor, que te gusta que siga. Y si te gusta de verdad, genial. Pero si no… para antes de que os haga daño de verdad.

Javi miró hacia Gema otra vez. Ella, como si sintiera la conversación, giró la cabeza y le sostuvo la mirada un segundo. No sonrió. No desafió. Solo lo miró, con una mezcla de ternura y algo más oscuro, como diciendo “tú decides cuándo acaba esto”.

Marta se levantó, le dio una palmada suave en el hombro.

—Piénsalo, Javi. Y si necesitas hablar… aquí estamos. Aunque sea para decirte que te están tomando el pelo.

Se alejó de vuelta al corro de mujeres. Gema no preguntó nada cuando Marta se sentó, pero las tres se miraron y siguieron cuchicheando en voz más baja. Javi se quedó allí, solo otra vez, con el mar lamiéndole los pies y una decisión que cada minuto pesaba más.

La despedida del grupo fue rápida y algo forzada, como si todos quisieran largarse antes de que la tensión estallara del todo. Las toallas se recogieron en silencio, las neveras se cargaron con golpes secos, y se intercambiaron besos en la mejilla y “nos vemos pronto” que sonaban a mentira piadosa. Marcos y Laura se fueron primero en su coche, Carlos y Marta poco después. Pepe se quedó rezagado, ayudando a cargar la última bolsa en el maletero de Javi mientras Gema se despedía de las chicas con abrazos rápidos y sonrisas que escondían mucho más de lo que decían.

Cuando el grupo se dispersó, Gema miró hacia Pepe, que ya tenía las llaves del todoterreno en la mano y se dirigía hacia donde había aparcado su coche, un poco más apartado, en la zona de grava al final de la cala. El todoterreno de Pepe estaba medio oculto detrás de unas dunas bajas y unos pinos, fuera de la vista directa de la playa principal. La luz del atardecer lo convertía todo en sombras alargadas, y el viento traía el rumor del mar, amortiguando cualquier sonido que pudiera escaparse.

—Voy a despedirme de Pepe —le dijo Gema a Javi en voz baja, casi casual—. No tardo.

Javi la miró fijamente, con la mandíbula apretada.

—No tardes.

Ella no contestó. Solo se ajustó el pareo de gasa alrededor de la cintura —más por costumbre que por cubrir algo— y caminó descalza hacia el todoterreno. El sol ya estaba bajo, tiñendo todo de un naranja rojizo que hacía que su piel bronceada y el bikini blanco parecieran brillar. Cada paso en la arena dejaba una huella ligera, y el pareo se movía con el viento, revelando flashes de su cuerpo que ya todos conocían demasiado bien.

Pepe estaba apoyado en la puerta del conductor, con los brazos cruzados y una media sonrisa que no se quitaba desde que habían vuelto de la gasolinera. Cuando Gema llegó a su altura, se separó un poco del coche y la miró de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose un segundo de más en el contorno de sus pechos bajo la tela transparente.

—Gracias por lo de antes —dijo él, voz baja, ronca por el sol y las cervezas. Las palabras eran deliberadamente vagas: “lo de antes” podía ser el viaje a la gasolinera, la compra del hielo… o cualquier otra cosa que hubiera ocurrido en ese parking apartado.

Gema se acercó más, hasta quedar a un palmo. El viento movió el pareo y dejó ver un segundo el hilito de la tanga desapareciendo entre las nalgas. Ella inclinó la cabeza ligeramente, como si midiera cada palabra.

—No ha sido nada… o casi nada —respondió ella, con esa sonrisa lenta que dejaba todo abierto—.

Pepe soltó una risa baja, casi un suspiro, y descruzó los brazos. Extendió una mano como para tocarle el brazo, pero se detuvo a medio camino, rozando apenas el aire entre ellos.

—murmuró—. Si hubiéramos tenido… un poco más de tiempo…

Dejó la frase colgando, sin completar. Sus ojos bajaron al pecho de ella, donde los pezones seguían marcados bajo la tela transparente. No dijo para qué “un poco más de tiempo”. No hizo falta. El silencio lo llenaba todo: ¿para hablar? ¿para un beso? ¿para algo que explicara por qué el pelo de Gema estaba un poco más revuelto al volver, y por qué Pepe se había ajustado el bañador con tanta discreción al regresar?

Gema se mordió el labio inferior un instante, luego se inclinó hacia él. Le puso una mano plana en el pecho, justo sobre el corazón, sintiendo cómo latía fuerte. El contacto era eléctrico, pero inocente a simple vista.

—Hoy no —susurró—. Pero… ya sabes.

Pepe le cubrió la mano con la suya, la apretó un poco contra su torso, y el gesto duró un segundo de más.

—Sé muchas cosas ahora —dijo él, con voz apenas audible—. Y tú también.

Ella levantó la vista hacia él, los ojos brillantes bajo la luz crepuscular.

—Entonces guárdatelas. Por si acaso.

Se acercó más, hasta que sus labios casi rozaron los de él. No se besaron. Solo se quedaron ahí, respirando el mismo aire caliente, oliendo a crema solar, sal y sudor. Pepe bajó la mano despacio por la cintura de Gema, rozando el borde del pareo, deslizando los dedos por la piel desnuda de su cadera. Ella no se apartó. Al contrario. se pegó un poco más, dejando que notara el calor que todavía le quedaba entre las piernas desde la gasolinera.

Pepe inclinó la cabeza, rozó con los labios la oreja de Gema. El roce fue tan leve que podía haber sido accidental… o deliberado.

—¿Segura de que no quieres… quedarte un rato? —preguntó en un susurro—. Aquí no nos ve nadie.

Gema soltó una risa suave, casi un gemido contenido, y se separó apenas un centímetro, dejando que su aliento le rozara la mejilla.

—Hoy no… pero ya sabes que no es por falta de ganas.

Pepe le dio un beso suave en la comisura de la boca —casi un roce, pero lo suficientemente largo como para que quedara duda, ¿un beso inocente de despedida? ¿O el remanente de uno más profundo, más húmedo, que había sucedido en el parking?—. Luego se separó apenas un centímetro.

—No me olvidaré de esto —dijo él—. Ni tú.

Gema sonrió, sin añadir nada más. Se separó despacio, dio media vuelta y caminó de regreso hacia donde Javi la esperaba junto al coche. No miró atrás. Su paso era relajado, pero con un contoneo sutil que podía ser solo cansancio de la playa… o el de alguien que acababa de cruzar una línea invisible, o que había estado a punto de cruzarla. Pepe se quedó apoyado en la puerta, viéndola alejarse, con la respiración un poco más pesada y una sonrisa que no decía nada concreto… pero que lo decía todo y nada a la vez. Se pasó la mano por los labios, se ajustó el bañador con disimulo —podía ser solo para acomodarse… o para disimular una erección reciente, o el rastro húmedo de algo más— y luego abrió la puerta del todoterreno.

Cuando Gema llegó al lado de Javi, él ya tenía la puerta del copiloto abierta para ella. No preguntó nada sobre la despedida. Solo entró en el coche, arrancó y salió del parking sin mirar atrás.

Pero en el retrovisor, Javi vio cómo Pepe se quedaba allí plantado un segundo más, mirando hacia ellos… o más bien hacia ella. Y la forma en que se quedó inmóvil, con la mano todavía en la puerta, como si estuviera decidiendo si subir o volver a llamarla, dejó claro que algo había pasado… o había estado a punto de pasar. O quizás solo había sido un juego de miradas y roces que nunca cruzó la línea.

La duda quedó flotando en el aire caliente de la tarde que ya se convertía en noche, como un secreto que nadie confirmaría... ni negaría.

Durante los primeros kilómetros solo se oyó el ruido del asfalto y la radio en volumen bajo, alguna canción pop que ninguno de los dos escuchaba de verdad. Javi conducía con las manos apretadas al volante, los nudillos blancos. Gema miraba por la ventanilla, el perfil iluminado intermitentemente por los faros de los coches que venían de frente.

Al final, Javi no aguantó más. Bajó el volumen de la radio de un golpe seco.

—Cuéntamelo.
Gema giró la cabeza despacio, como si la pregunta le hubiera pillado por sorpresa, aunque la estuviera esperando desde hacía horas.

—¿Contarte qué?

—No me jodas, Gema. Lo de la gasolinera. Lo del chiringuito. Lo que sea que haya pasado. Llevas toda la tarde con esa cara de “sé algo que tú no sabes”. Y yo aquí, como un gilipollas, sin decir nada delante de los demás. Pero ahora estamos solos. Así que cuéntamelo.

Ella soltó una risa corta, amarga.

—¿Y qué quieres que te cuente exactamente? ¿Quieres detalles? ¿Quieres saber si me ha tocado? ¿Si me ha besado? ¿Si me ha metido mano en el coche?

Javi pisó el freno un poco más fuerte de lo necesario en una curva. El coche se balanceó.

—No me hagas esto. Solo dime la verdad. ¿Qué ha pasado?

Gema se giró del todo hacia él, apoyando la espalda en la puerta del copiloto. El pareo se abrió un poco, dejando ver el triángulo inferior del bikini pegado a la piel.

—¿La verdad? La verdad es que hemos ido a la gasolinera. Había cola, sí. Luego nos hemos parado un rato en el parking de atrás, donde no había cámaras. Hemos hablado. Mucho. Me ha dicho que le pongo cachondo desde hace meses, que cada foto que subo al Insta se la guarda, que se la menea pensando en mí. Me ha dicho que el bikini que llevo hoy es una tortura para él. Y yo… yo le he dicho que a mí también me pone verlo así, con la polla dura debajo del bañador, intentando disimular delante de todos.

Javi tragó saliva. La carretera se volvió borrosa un segundo.

—¿Y luego?

Gema se encogió de hombros.

—Luego, nada.

Javi soltó un bufido, mitad rabia, mitad dolor.

—¿Te lo has follado?

Ella lo miró fijamente, sin pestañear.

—No. No me lo he follado. Ya te lo he dicho.

El silencio se hizo espeso. Javi respiraba fuerte por la nariz. El coche seguía avanzando, pero parecía que no se movían.

—¿Y eso es todo? —pregunte al final, voz ronca.

Gema sonrió despacio, cruel.
—¿Qué quieres que te diga, Javi? ¿O es que es lo que te gustaría que hubiese pasado?

Javi dio un volantazo brusco y aparcó en un arcén desierto, bajo una farola que parpadeaba. Apagó el motor. El silencio absoluto del campo se metió en el coche.

—No me hagas esto —susurró.

—Cuéntamelo de una vez. Todo. No me mientas. ¿Qué ha pasado entre vosotros? ¿Qué ha pasado de verdad?

Gema giró la cabeza despacio, lo miró con una mezcla de cansancio y hartazgo.

—Javi… ya te lo dije. Fuimos, compramos el hielo, hablamos un rato en el parking de atrás. Ha intentado besarme. No ha pasado nada más.

Él negó con la cabeza, como si no quisiera oírlo.

—No me creo que solo eso. Has tardado una hora y media. Una puta hora y media para comprar hielo. Y vuelves con el pelo revuelto, los labios hinchados, esa cara de “me he corrido y me ha encantado”. Dime la verdad. ¿Te lo has follado? ¿Se la has chupado? Dime algo, coño.

Gema se inclinó hacia él, le puso una mano en el muslo, muy cerca de la entrepierna. Notó que estaba duro a pesar de todo.

—No me jodas. No me creo que te hayas parado ahí. Tú no te paras nunca cuando estás así. Siempre vas más lejos. Siempre.

Gema se giró hacia él de golpe, los ojos encendidos, la voz subiendo de tono por primera vez en todo el trayecto.

—¿Sabes qué? Estoy harta de esto. Harta de que cada vez que hago algo que te pone celoso, te pones pesado, me acorralas y me obligas a contarte cosas que no han pasado solo para que te quedes tranquilo. ¿Quieres que te diga que le he comido la polla? ¿Que me la he metido hasta la garganta y me he tragado todo? ¿Que me lo he follado en el asiento trasero, con las piernas abiertas y él embistiéndome como un loco hasta corrernos los dos? ¿Eso es lo que quieres oír? ¿Eso es lo que te gusta?

Javi tragó saliva, pero no apartó la vista de la carretera.

—No… yo solo quiero la verdad.

Gema soltó una risa amarga, casi cruel.

—La verdad es que no ha pasado nada más. Pero parece que la verdad no te vale. Parece que lo que te pone de verdad es imaginarte lo peor. Imaginarme de rodillas chupándosela, o montada encima, gimiendo su nombre. Eso es lo que te pone duro ahora mismo, ¿verdad? Porque estás tieso, Javi. Lo noto aunque no te toque. Te pones celoso, te cabreas, me acosas a preguntas… y al final se te pone como una piedra pensando en que otro me haya follado.

Hizo una pausa, respirando fuerte.

—Pues si eso es lo que quieres, te lo digo, sí, le he comido la polla. Me la he metido entera, hasta que me ha llenado la boca y se ha corrido dentro. Luego me ha puesto a cuatro patas y me ha follado hasta hacerme gritar. ¿Contento? ¿Ahora te quedas tranquilo? ¿O quieres que te invente más detalles para que te corras en los pantalones sin tocarte?

Javi no contestó. Solo respiraba pesado, los ojos fijos en la carretera, pero la erección se marcaba claramente bajo el bañador. Gema lo vio y soltó un suspiro largo, mezcla de rabia y cansancio.

—Mira… si lo que necesitas es que te mienta para ponerte cachondo, dímelo claro. Pero no me sigas preguntando lo mismo una y otra vez esperando que te diga lo que no ha pasado. Porque si sigues así, un día de estos voy a hacer lo que imaginas… solo para que dejes de darme la lata.

Se giró hacia la ventanilla otra vez, cruzada de brazos. El silencio volvió, pero ahora era diferente: cargado, eléctrico, como si la discusión hubiera abierto una puerta que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.

Ella suspiró, como si estuviera decidiendo hasta dónde llegar esa noche. Se inclinó un poco más hacia él, apoyando el codo en la consola central, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro íntimo y cruel.

—Vale. Te lo cuento todo. En el parking… saqué el móvil. Le enseñé fotos. No las de *********, Javi. Esas ya las conoce, se las mira todas las noches según me dijo. Le enseñé las que no están publicadas. Las fuertes. Las que solo subo a la carpeta privada, las que te mando a ti cuando estoy cachonda y sola… o las que me hago para mí misma.

Javi sintió cómo el estómago se le contraía. Mantuvo los ojos fijos en la carretera, pero la mandíbula se le tensó tanto que crujió.

—¿Qué fotos?

Gema se lamió los labios despacio, recordando el momento.

—¿Eres tonto? Pues las fotos coño, las que tenemos para nosotros dos. Las de aquella tarde con Laura. Tengo varias en las que estoy en cuclillas, abierta de piernas, el coño empapado y brillante, los labios separados con los dedos. Le enseñé una donde se me ve el clítoris hinchado, rojo, como si estuviera a punto de correrme solo de mirarme. Otra en la que estoy de espaldas, inclinada, con el culo en pompa. Y luego… las más fuertes. Las que me hice anoche, después de que me dejaras colgada. Estoy tumbada en la cama, las piernas abiertas al máximo, metiéndome el consolador grueso que tenemos guardado, el que dices que es “demasiado grande para mí”. Se me ve la cara de placer, los ojos cerrados, la boca abierta gimiendo. Y en otra… me corro de verdad, el chorro salpicando la sábana, el consolador dentro hasta la mitad.

Hizo una pausa, dejando que las imágenes se instalaran en la cabeza de Javi como veneno lento.

—Pepe se quedó mirando la pantalla con la polla tiesa como una barra de hierro. Me dijo que nunca había visto nada tan guarro y tan bonito a la vez. Que le entraron ganas de follarme allí mismo, en el asiento trasero, con el móvil todavía en la mano para grabar cómo me la metía. Pero no lo hicimos. Solo se tocó un poco mientras yo le enseñaba más fotos. Y yo… yo me limité a mirar. A disfrutar de verlo perder el control por mi culpa.

Javi dio un golpe seco al volante con la palma abierta. El claxon sonó un instante, rompiendo el silencio de la noche.

—¿Por qué le enseñaste eso? ¿Por qué a él?

Gema lo miró fijamente, sin un ápice de arrepentimiento.

—Porque tú no estabas. Porque anoche me dejaste con el coño ardiendo y ni siquiera te molestaste en follarme. Porque quería que alguien viera lo que tú das por sentado. Quería que alguien se muriera de ganas por mí… y que tú lo supieras. Que supieras que esas fotos que guardas como un tesoro ya no son solo tuyas. Que Pepe las tiene ahora en su cabeza. Que se las va a recordar esta noche, y mañana, y pasado. Igual que tú.

El coche entró en una recta larga. Javi redujo la velocidad sin darse cuenta, como si quisiera alargar el trayecto para no llegar a casa y tener que enfrentar lo que venía después.

—¿Y ahora qué? —preguntó al fin, voz casi inaudible.

Gema se encogió de hombros, pero su mano subió por el muslo de él hasta rozarle la entrepierna. Notó la erección dura, dolorosa, traicionera.

—Ahora llegamos a casa. Y tú decides. O me follas como si quisieras borrarme a Pepe de encima, con rabia, con celos, hasta que me corra gritando tu nombre… o me dejas ir al baño, me meto el móvil y le mando alguna de esas fotos a él ahora mismo. O igual le mando un audio gimiendo mientras me toco pensando en su pollón. Tú eliges, amor.

Javi no contestó. Solo pisó el acelerador un poco más. La casa ya se veía al fondo de la calle. Las luces del salón encendidas, como si esperaran el desenlace de una película que ninguno de los dos sabía cómo terminar.

La discusión no había acabado. Solo se había pospuesto hasta que cerraran la puerta detrás de ellos.

El portazo resonó en toda la casa como un trueno seco. Gema ni se molestó en encender la luz del salón, solo dejó caer el bolso de playa con un golpe sordo y se quitó el pareo de un tirón, dejándolo hecho un ovillo en el suelo. El bikini blanco estaba hecho mierda, empapado, transparente, con la tela pegada al coño como si fuera pintura, marcando los labios hinchados y el clítoris que se adivinaba tieso debajo. No se quitó nada más. Se quedó allí plantada, de pie en medio del salón a oscuras, con los brazos cruzados y la mirada desafiante.

Javi cerró la puerta del salón con el pestillo. No dijo ni una palabra. Avanzó como un animal, la agarró por el cuello con una mano —no apretando, pero sí marcando territorio— y la estampó contra la pared. El impacto le sacó el aire a Gema en un jadeo corto y ronco. Con la otra mano le arrancó el sujetador del bikini de un tirón brutal; los triángulos volaron por los aires y los pezones rosados, duros como piedras, quedaron expuestos al aire frío. Javi los atrapó con la boca, succionando con fuerza, mordiendo el pezón hasta que ella soltó un grito ahogado que era mitad dolor, mitad placer.

—Eres una puta —gruñó contra su piel, la voz ronca y rota—. Una puta que se ha dejado meter mano por otro delante de mis narices, y Marta ha digo que eras una guarra.
—¿Si? Y eso te ha puesto??? Como si ella fuera una santa, chicos cuernos que lleva Carlos.
—Joder otra guarra, mia que sois putas.
—Si le tiras un poco seguro que te la follas, o prefieres que me la folle yo mientras tu miras??.

Gema soltó una risa baja, entrecortada, mientras le clavaba las uñas en la nuca.

—Y tú un cornudo que se pone como una piedra imaginándolo.

Javi le bajó la braguita de un tirón salvaje; la tela fina se rasgó por un lado y cayó al suelo hecha jirones. Metió tres dedos de golpe dentro de ella sin preámbulos. Estaba chorreando, el coño caliente y abierto, resbaladizo como si llevara horas esperando esto. Gema se arqueó contra la pared, las piernas temblando, un gemido largo escapándosele mientras él bombeaba los dedos con violencia, curvándolos para golpear ese punto que la volvía loca.

—¿Te has corrido así con él? —preguntó Javi, mordiéndole el cuello hasta dejar marca—. ¿Te ha metido los dedos y te has corrido gritando su nombre?

Gema le agarró la polla por encima del bañador, apretando con fuerza.

—No… pero me lo imagino. Me imagino su pollón abriéndome, llenándome hasta el fondo, corriéndose dentro mientras tú miras como un gilipollas. Y me pone tanto que me mojo más.

Javi la giró de golpe, la puso de cara a la pared, le separó las piernas con la rodilla y se bajó el bañador de un tirón. Su polla salió tiesa, venosa, pero de tamaño estandar. Se la frotó entre las nalgas, rozando el ano, el coño, el clítoris, sin entrar todavía. Le tiró del pelo hacia atrás con fuerza, obligándola a arquear la espalda.

—Dime que te lo imaginas. Dime que te pone que otro te folle.

Gema empujó las caderas hacia atrás, buscando la polla.

—Sí… me lo imagino todo el rato. Me imagino de rodillas chupándosela hasta que me llena la boca de leche. Me imagino a cuatro patas, con él embistiéndome el culo mientras tú miras y te haces una paja. Me imagino que se corre dentro . Y me corro solo de pensarlo, Javi. Me corro pensando en ser tu puta delante de él.

Javi no aguantó más. La penetró de una embestida brutal, hasta los huevos. Gema gritó, las palmas abiertas contra la pared, las uñas arañando el yeso. Él la folló con rabia pura, embestidas profundas, rápidas, salvajes, cada golpe haciendo que sus tetas rebotaran contra la pared. Le agarró las caderas con tanta fuerza que le dejaría marcas moradas. Le metió un dedo en el culo sin avisar, bombeando al mismo tiempo que la polla en el coño.

—Eres mía —gruñó entre dientes, mordiéndole el hombro—. Aunque te hayas dejado tocar… aunque le hayas enseñado fotos guarras… aunque te hayas corrido pensando en su polla… sigues siendo mía, joder.

Gema seguia sin correrse, pero temblando entera, el coño apretándolo como un puño, chorros calientes salpicando los muslos de los dos. Gritó su nombre, pero entre los gemidos se coló un “Pepe…” bajito, casi inaudible, solo para joderlo más. Javi lo oyó y se volvió loco. La folló aún más fuerte, más profundo, hasta que se corrió dentro con un rugido animal, llenándola hasta que la leche le goteaba por las piernas y caía al suelo en charquitos.

Se quedaron así un momento, jadeando, pegados a la pared. Javi salió despacio, la giró con cuidado y la besó con violencia, mordiendo el labio hasta que sangró un poco. Luego la levantó en brazos, la llevó al sofá y la tiró boca arriba. Se arrodilló entre sus piernas, le abrió los muslos de golpe y metió su cabeza allí.

—Mírame —ordenó—. Mírame mientras te lo cómo, sabiendo que te has imaginado a otro dentro.

Gema le clavó las uñas en la espalda, arañando hasta dejar surcos rojos.

—Sí… me lo imagino… y me pone… me pone que te vuelva loco… que te corras dentro pensando en que otro me ha usado…

Javi aceleró otra vez, follándola con la lengua dura tanto como podia, hasta que ella se corrio gritando, él gruñendo su nombre como si fuera una maldición y una oración al mismo tiempo.

Cuando terminaron, se quedaron tirados en el sofá, sudados, jadeantes, con el semen y los fluidos mezclados goteando por todas partes. Gema le acarició la mejilla con el dorso de la mano, todavía temblando.

—¿Ves? Te pone. Todo esto te pone de cojones.





 

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No me gustó la actitud de Gema con Javi, me ha resultado muy desagradable. La humillación debe estar consensuada y humillarlo delante de conocidos comunes sin la autorización de él es repugnante.
 
No me gustó la actitud de Gema con Javi, me ha resultado muy desagradable. La humillación debe estar consensuada y humillarlo delante de conocidos comunes sin la autorización de él es repugnante.
Totalmente de acuerdo, en que la humillación a Javi es muy dura.
Pero también puede marcar un antes y un después en la relación, puesto que el consiente y asume los castigos que ella le impone, por no satisfacerla.
Cada día se ve más cerca que ella va a terminar haciendo una sesión con un chico, ¿Pepe?
 
Espero que sea consensuado y con el mecánico o con cualquier otra persona ajena al día a día de la pareja.
Javi seguro que lo podía gozar y participar.
La fotógrafa supongo que también se enrollará con Gemma.
 
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