Carlos Sevillista
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Que va a caer con todo el equipo está muy claro.
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Necesito más30
Al día siguiente viajamos en el coche de Paula hasta el pueblo. Apenas nos dirigimos la palabra en el trayecto hasta la casa de mis padres, no porque estuviéramos enfadados, sino porque la relación estaba enrarecida entre nosotros. Seguro que Paula se avergonzaba de masturbarse por la noche, ¿pensando en mí?, y por la mañana se arrepentía de su comportamiento, y yo tampoco es que supiera qué decir.
Solo quería que lo que estuviera pasando entre Paula y yo siguiera fluyendo de manera natural y prefería estar con la boquita cerrada para no soltar cualquier chorrada que pudiera fastidiarlo todo.
Era el cumpleaños de mi madre aquel día y nuestros padres nos invitaron a un asador que había por la zona. Asistimos casi toda la familia, incluyendo abuelos, primos y tíos, y cuando terminó la comida, quedé con mis colegas del pueblo para tomar algo con ellos por la tarde.
Entra una copa y otra, nos fuimos liando, y al final nos dieron las tantas y terminamos en el disco-bar más famosillo del pueblo; allí me encontré con Paula y sus amigas, que también habían salido.
No hace falta decir que Paula era la que estaba más buena de todo el bar, llevaba unos vaqueros desgastados muy ceñidos, zapatos con bastante tacón y arriba una camisa de cuadros rojos y azules que le daban un aire bastante pijo, con su larga melena suelta sin apenas maquillaje.
Todo muy natural y elegante.
No tardaron tres chicos en acercarse a hablar al grupo de mi hermana y sus amigas, y enseguida, un chico se le insinuó a Paula. Yo lo observaba todo a unos metros de distancia cuando se me aproximó una chica pelirroja con un piercing en la nariz, ni tan siquiera la vi venir y justo a mi lado, comprobé que tendría la edad de mi hermana, unos 22 o 23 años.
―Hola, te llamas David, ¿verdad?
―Sí…
―Yo soy Nerea, encantada ―dijo dándome dos besos―. ¿Me invitas a una copa? ―preguntó de manera bastante directa.
―No tengo problema en invitarte, pero por lo demás, lo siento, tengo novia…
―No me extraña con lo guapo que eres, ¿es esa morena que miras tanto? Está bastante buena la cabrona…
―No, no, esa es mi hermana, ja, ja, ja…
―Joder, pues parece que te la estás comiendo con la mirada, ¿y dónde está tu novia?, yo no dejaría solo a un chico como tú….
―No es de aquí, es de otra ciudad…
―Yo tampoco, pero unas amigas me han dicho quién eras cuando he preguntado por ese chico tan mono…
―Pues lo siento…
―¡Qué pena, nene!, yo creo que lo hubiéramos pasado muy bien, para un rato no me importa que tengas novia, eh… ―dijo mordiéndose los labios―. Si cambias de opinión, búscame, estaré por aquí…
―De acuerdo…
Mientras estuve hablando con la chica que se me acababa de insinuar, me fijaba en mi hermana y ella hacía lo propio mirando hacia donde yo estaba, intentando quitarse de encima al pesado que quería ligar con ella. Y viendo la insistencia del muchacho y la cara de circunstancias de Paula, al final tuve que ir a echarle una mano y me acerqué hasta ella.
Me gustó la cara de alivio que puso Paula cuando por fin el chico se fue, dejándonos solos, y es que, aunque es bastante directa y cortante con los tíos cuando quiere, me dijo que este era muy persuasivo y pesado, aunque le había dicho varias veces que tenía novio.
Y mi hermana y yo terminamos en aquel bar hablando de cómo iba su relación con Fernando, parece ser que la cosa seguía avanzando con mucha calma. Se habían organizado unas vacaciones para el mes de julio, los dos solos, y según me insinuó Paula, hasta ese momento no pensaba tener relaciones con él.
―¡Qué mala eres, Paula! Lo tienes que tener muy caliente, tantos meses… ¿En serio le vas a hacer esperar hasta julio?
―Lo que me hizo no me gustó, me ha costado darle esta oportunidad, así que va a tener que ganarse otra vez mi confianza…
―Vamos, te invito a una copa, hermanita, quiero que me vean contigo para dar envidia al resto de tíos de este bar… eres la que está más buena con mucha diferencia…
―Pues ya ves para lo que me sirve, solo se me acercan feos y pesados…
Llegamos a la barra y seguimos charlando, yo llevaba unas cuantas copas encima después del tardeo con los colegas y Paula también parecía que había bebido algo, por lo que no me costó regalarle los oídos.
―Hoy estás incluso más guapa de lo normal…, te sientan increíble esos vaqueros y la camisa, y ya cuando te pones esos taconazos, uffff…
―Tú también estás muy guapo, ya he visto cómo se te acercaba esa pelirroja…
―Quería follar conmigo…
―¿Ah, sí?, ¿te lo ha dicho?
―Sí, más o menos.
―¡Joder, qué directa!
―Pero le he dicho que tengo novia, además, prefiero estar contigo… Por cierto, ¿puedo hacerte una foto? Es que estás muy sexy…
Ni tan siquiera le di tiempo a contestar. Me separé un poco de ella y lancé varias fotos con flash a mi hermana apoyada en la barra, ella sonrió dejando fotografiarse y, para terminar, le hice otra mientras chupaba la pajita que tenía puesta en la copa, mirando de reojo hacia mí.
Me pareció una foto tremendamente morbosa.
―A ver qué tal he salido ―dijo ella, arrebatándome el móvil de las manos.
―Pues muy guapa como siempre…
―Sí, la verdad es que sí, ja, ja, ja…
―Pues muchas gracias, Paula, ya tengo nuevo material…
―¡David!
―¿Por qué te enfadas?, si ya sabes lo que voy a hacer luego con estas fotos…
―¡Ay, qué pesado! ―dijo Paula, aunque esta vez no parecía tan enfadada.
―Me hubiera gustado que ayer…
―¡Calla, calla, ni me lo recuerdes!, anda, que ya te vale, llego al salón y te encuentro ahí…
―Bueno, tampoco vayas tú ahora de monjita y de estupenda… que yo también te escuché a ti en la habitación…
―¿Que me escuch… que…? ―tartamudeó Paula, mirándome extrañada.
―Sí, no pasa nada, es normal, hermanita. Habíamos visto una peli fuerte y me imagino que estarías como yo…
―¡Uf, qué vergüenza!
―Anda, ¿por qué?
―Porque no pensé que…
―Entonces te masturbaste…
―Bueno, si ya lo escuchaste, ¿qué quieres que te diga?
―Y no solo fue ayer, todas las noches te escucho desde mi habitación…
―¡Y yo a ti!, no te fastidia…
―A mí no me molesta, es más, me encanta saber que te estás tocando al otro lado de la pared, ¡joder, me hago unas pajas increíbles mirando tus fotos en el ordenador mientras escucho tus gemidos!
―¡Ay, ay, ay!, ¡qué corte!
―Me encanta que lo hagamos los dos a la vez, no sé, es como si estuviéramos juntos… No estarás pensando en mí, ¿no?, eso estaría muy mal…
―¡Tú eres tonto!, pues claro que no, pienso en Fernando…
―Sí, ya, ¿y anoche?, ¿también pensaste en Fernando?
―Sí, claro…
―No me lo creo… por lo menos reconoce que anoche te corriste pensando en lo que habías visto en el salón.
―¡No!
―Yo no tengo problema en reconocer que me corro pensando en ti…
―Pues yo no… porque no lo hago pensando en ti… ―y agachó la mirada―. Mira, David, tenemos que terminar con esto, y te lo digo en serio…
―Está bien, ¿quieres terminar con esto?, pues mírame, mira cómo me hago una paja y te prometo que este asunto se termina para siempre… solo te pido eso…
―Ya te he dicho mil veces que no…
―¿Por qué?, sabes que me hago pajas pensando en ti, y te gusta…
―A mí no me gust…
―Vas sin sujetador por casa, gimes cada noche en tu habitación, me miras el paquete, aunque te crees que no me doy cuenta…
―Ehh, yo no… eh…
―Solo tienes que mirarme. Nada más.
―Ya te vi en Sevilla, y lo que hiciste fue… ¡Asqueroso!, hasta me tocaste sin mi consentimiento, me metiste mano…
―Solo una paja, Paula, deja que me haga una paja delante de ti, y luego pasará lo que tenga que pasar…
―¡No va a pasar nada!, se te está yendo la cabeza, David…
―Al menos deja que me haga la paja, no tienes que hacer nada, ¡solo mirarme!
La conversación se estaba poniendo muy interesante, Paula no rehuía hablar de estos temas e incluso parecía que estaba a punto de ceder, y de repente, llegaron mis colegas y lo jodieron todo. No me dio tiempo a echarlos, porque mi hermana cogió la copa y volvió con sus amigas.
Ni pude despedirme de ella, y cuando me quise dar cuenta, Paula y su grupo ya no estaban en el bar. Supuse que mi hermana se habría marchado a casa, así que me tomé la copa y, como se suele decir, hice una bomba de humo, simulando ir al baño y desapareciendo sin que se enteraran mis amigos.
Me fui apresurado hasta la casa y, en cuanto entré, me di cuenta de que Paula todavía no había llegado, por lo que me puse el pijama y me senté pacientemente en la cocina, a esperar que regresara.
La ínfima posibilidad de pajearme delante de ella me tenía en un estado de excitación y nerviosismo que era superior a mí, la polla me palpitaba como pocas veces lo había hecho y tenía un nudo en el estómago debido al morbo que me invadía.
Y Paula no tardó en aparecer por casa. Se sorprendió al ver luz en la cocina y, al entrar me encontró allí, tomándome un vaso de leche con galletas.
―Hola, David… me voy a la cama que estoy cansada, ha sido un día muy largo…
―Espera, Pau…
―¿Qué pasa?
―Antes en el bar…, ehhh, no pudimos terminar la conversación…
―¿Qué conversación?
―Ya sabes, lo que estábamos hablando.
―¿De qué…?
―Ahora no disimules, de mi fantasía, lo de… estabas a punto de decirme que sí…
―¿¡Quéééé…!?, ja, ja, ja, ¿de dónde te has sacado eso?
―Podía verlo en tu cara…
―¡Madre mía!, estás peor de lo que pensaba, buenas noches, hermanito ―y se fue de la cocina, dejándome con un palmo de narices, pero yo no podía permitir que la noche terminara así, por lo que seguí a Paula hasta su habitación.
―¿Qué haces aquí? ―me preguntó resignada al ver que me colaba en su cuarto.
―Ya lo sabes…
―Estoy cansada, David, no me apetece nada hablar ahora contigo… ¡Me agotas!
Entonces me planté frente a ella con los brazos en jarra. Decidido.
―No voy a parar hasta que me digas que sí. Ya me has visto varias veces, ¿qué lo mismo te da? Es solo una paja, solo te pido que me dejes hacerme una paja delante de ti, si quieres, lo podemos hacer ahora y nos olvidamos de una vez por todas de este asunto ―amenacé haciendo el amago de bajarme los pantalones del pijama.
Paula se acercó enfadada a mí.
―Ni se te ocurra hacer nada ahora, ¿me has oído, no? ―y al mirar involuntariamente hacia abajo, se encontró con mi erección, lo que hizo que tartamudeara―, y menos… ehhhh, y menos aquí, porque entonces sí que despierto a los padres y les cuento todo, ¡te lo juro!, les cuento lo mal que estás y…
―Vale, vale, tranquila ―dije subiendo las manos―. Está bien, aquí no, pero lo hacemos en nuestro piso cuando estemos solos, ¿te parece bien?
―¿Me estás escuchando?, te estoy diciendo que se lo voy a contar a los papás…
―Solo tienes que decir que sí y me iré…
―¿Que sí, a qué…?
―A qué me vas a mirar mientras me hago una paja… ¡Solo te pido eso!
Paula resopló y se quedó pensativa unos segundos.
―Si quieres ahora… ―insistí.
―No, joder, ahora no, ¡estate quieto!, y tápate eso, ¡por Dios! ―exclamó señalando mi erección.
―¿Entonces cuándo?
―¡Ay, no sé, David!, y que yo recuerde, todavía no te he dicho que sí…
―Vale, pues entonces la semana que viene, en nuestro piso. Hay que fijar un día, que si no luego me das largas… ¡El sábado!, ¡sí, lo haremos el sábado que viene cuando vuelvas de fiesta!, yo te esperaré en la cocina como hoy, ¿te parece bien?
―¿El…? ¿El sábado?
―Sí, vale, pues en eso quedamos. El sábado lo haré delante de ti… ¡Creo que te va a gustar! Luego, si quieres, tú también te puedes tocar en tu habitación, ¡me encantará escucharte!
―No, pero yo no he dicho que haya acepta…
―Hemos quedado para el sábado, ya no vale echarse atrás, hermanita… buenas noches ―y me incliné sobre ella, dándole un beso en la mejilla.
Paula se quedó petrificada, procesando lo que acababa de pasar. Ni tan siquiera me había dicho que sí y yo la había convencido para hacerme un pajote delante de ella.
Llegué temblando a la habitación tremendamente excitado.
¡Por fin lo había conseguido!
Me había encantado la cara que puso Paula, no me quiso dar el gusto de aceptar mi propuesta, pero yo me había fijado en sus pezones y otra vez se le habían vuelto a poner duros. Era un gran indicador de la calentura de mi hermana y empezaba a ser una constante que sus pechos se hincharan y sus pezones se pusieran erectos como mi polla.
Aquel día, con la emoción no me quise masturbar y pensé que sería muy buena idea reservarme hasta el sábado que viene. Una semana. Uf, la cantidad de leche que iba a soltar sería un espectáculo y me correría a lo bestia delante de Paula, que miraría atónita la escena, deseando salir pitando a su habitación para hacerse un dedazo.
Al día siguiente, regresamos a casa por la tarde en el coche de Paula, no hicimos mención a nuestro “acuerdo tácito”, pero yo noté a mi hermana nerviosa, distraída, tensa, y creo que un poco excitada. Y no era para menos.
En menos de una semana iba a ver a su hermanito pequeño meneándosela delante de ella…
Dios necesito otra parte. Tengo la polla a punto de explotar31
La semana fue una tortura para mí.
Me tocó escuchar todas las noches los gemidos ahogados de mi hermana y yo no podía hacer nada, pues me tenía que reservar. Intentaba disimularlos al máximo, pero en el silencio de la casa yo percibía los típicos ruiditos de su respiración acelerada. No me cabía duda de que Paula cada vez estaba más cachonda, pensando en lo que iba a suceder el sábado.
El jueves por la tarde vino Sofía a estudiar a casa y estaba tan pendiente del encuentro con mi hermana, que ni había caído en la cuenta de que llevaba casi dos semanas sin hacer nada con ella. Estuvimos repasando apuntes por un par de horas en mi habitación; Paula se encontraba en el cuarto de al lado cuando, en un descanso, Sofía se puso mimosa y comenzó a darme besitos por el cuello.
―Para, para… ¿Qué haces? Paula puede escucharnos…
―¿Y desde cuándo te importa eso? ―murmuró Sofía sobándome el paquete por encima del pantalón de chándal.
―No podemos hacer nada, se lo prometí a Paula. Que cuando ella estuviera estudiando no íbamos a hacer nada…
―¡Uf, me tienes muy abandonada! ―ronroneó Sofía dándome besitos por el cuello y la oreja, sin dejar de tocarme la polla.
―No, para, para, cabrona, el finde quedamos y te prometo que nos ponemos al día…
―Venga, tengo muchas ganas de que me folles…
―No podemos, Sofi, de verdad que no…
―¿No te daba morbo que te escuchara tu hermana?
―¿Y eso…?
―No sé, el otro día parecía que te gustaba hablar de esas cosas… ¿Sabes una cosa? El martes volví a pillar a mi hermano haciéndose una paja…
―¡Joder! ¿En serio?, ¿y qué pasó?
―Nada, se la guardó como pudo el muy marrano, estaba en el salón con la Play encendida y disimuló como que cogía el mando para seguir jugando…
―¿Y le viste bien? Quiero decir, ¿le viste la polla?
―Nooooo, claro que no, pero vi cómo se la guardaba…
―¡Uf, qué morbo me da eso!, los dos solos en casa y tu hermanito adolescente meneándosela como un mono en el salón mientras tú estás estudiando en tu cuarto…
―¡Qué cerdito eres! ―dijo Sofía haciendo el amago de sacármela.
―Joder, nooo, ufffff, te prometo que el domingo, pero hoy no, por favor, no me hagas esto…
―¿Te ha puesto cachondo lo que te he contado?
―Mucho, mucho… pero, ¿sabes lo que me gustaría más?, que le provocaras un poco, seguro que tu hermanito te mira a escondidas…
―¿Tú crees?
―Sí, ¿lo harías por mí?
―¿Quieres que caliente a mi hermano?, lo mismo luego se hace una paja pensando en mí…
―¡¡¡Sííííí, eso me encantaría, ufffff!!!
―Ja, ja, ja, ¡qué mente más calenturienta tienes, David!
―Lo mismo que tú. Pues ya tienes tarea hasta el domingo, eh, tienes que provocar a tu hermano, y conseguir que se corra pensando en ti…
―¿Y cómo voy a conseguir eso?
―Seguro que te apañas y se te ocurre algo, ¡eres muy lista!
Si no hubiera quedado con Paula el sábado, ya me la estaría follando, pero después de haber aguantado tanto tiempo sin correrme, no quería estropearlo en un momento de calentón. Aunque aquella conversación con Sofía me puso cachondísimo.
―Espera, Sofía, ¿te gustaría depilarme, no?
―¿Ahora?
―Sí, me gustaría que lo hicieras…
―Preferiría hacer otras cosas, pero si es lo que te apetece, está bien, ¡lo haré!
Salí de la habitación y cogí una cuchilla, espuma de afeitar, una toalla y un recipiente de plástico con agua. Quería lucir un pubis bien rasuradito cuando me viera Paula, y es que uno no le enseña la polla a su hermana todos los días, y así incluso parecería más grande.
Quería que a Paula le gustara, pues eso me iba a dar oportunidades de tener más encuentros con ella. El caso es que regresé a la habitación y me tumbé en la cama. Sofía me sacó la polla con mucho cuidado y comenzó a echarme espuma por el pubis y los genitales. Hubiera preferido que se pusiera la camiseta, pero se quedó haciéndome el trabajo en sujetador.
Me encantaba la sensación de la cuchilla depilándome, Sofía me agarraba la polla con delicadeza y la apartaba a los lados mientras me rasuraba; el solo contacto de su mano en mi miembro me tenía en una tensión total.
Incluso mi novia se dio cuenta.
―Nunca te había visto así, parece que te va a explotar de un momento a otro ―ronroneó pasando un dedo por una de las marcadas venas del tronco―. ¿En serio no quieres correrte?, creo que no me durarías ni un minuto. ―y se agachó para soltarme un beso en el capullo.
Luego me depiló los huevos y, no contenta con eso, se divirtió unos segundos jugueteando con uno de sus dedos en mi ano. La polla ya me palpitaba sola.
―Ha quedado muy bien, ya estás depiladito para mí… y ahora no puedo dejarte así… ―me dijo Sofía agarrándome la polla―, hay que poner remedio a esto, no voy a permitir que estés tan tenso.
―No, Sofía, para, no quiero que nos escuche mi hermana.
―¿No quieres correrte? ―preguntó sacudiéndomela un par de veces.
―Venga, vístete, vamos a seguir estudiando o…
―¿O qué…?
―O termino dándote por el culo…
Me levanté de la cama y me senté en la mesa de estudio de nuevo, dejando a mi novia en la cama, sin entender muy bien lo que pasaba. Un poquito molesta se puso la camiseta y me dijo que se iba a casa, pero antes de que saliera de la habitación, me puse delante de ella y nos abrazamos.
―Lo siento, Sofía, no te enfades. De verdad que el domingo quedamos y nos ponemos al día, ¡ni te imaginas las ganas que tengo de follarte!
―Yo solo quería pasar un rato contigo, no sé qué ha pasado, nunca me habías dicho que no ―y vi correr una lágrima por la mejilla de mi princesita.
―Joder, Sofi, no llores, eso va a hacer que me sienta peor. El domingo te vienes a casa, me da igual si Paula nos deja solos o no, si no se va, nos va a tener que escuchar follando como animales, ¿te parece bien…?
―Vale… y no te preocupes, estoy bien.
―Lo siento. Te quiero mucho.
―Y yo también…
No me gustó que Sofía se fuera así, pero yo no podía correrme. Estando a jueves, ya no. Solo faltaban dos días para el gran momento y quería eyacular a lo bestia. Me miré al espejo y me encantó cómo me había rasurado mi chica.
Lo que Sofía no podía imaginarse es que el trabajo que me había hecho era para que mi hermana me viera la polla. ¡Qué morbazo!
Y una hora después le preparé la cena a Paula, vimos un rato la tele y volvimos a jugar al “pijama y al ratón”. Terminé el día escuchando sus gemiditos y me dormí con la polla bien dura.
¡Uf, menuda empalmada!
Ya no podía soportarlo ni un minuto más…
32
Y por fin llegó el sábado. Me levanté nervioso, muy excitado y con una erección de campeonato.
Ya esa mañana me di cuenta del error que había cometido por aguantar tantos días sin correrme, incluso estuve tentado de hacerme una buena paja antes de salir de la cama, pero pensé que, una vez llegado a ese punto, no podía desperdiciar lo que había estado guardando para Paula.
Durante la mañana apenas nos vimos por el piso, pues se quedó estudiando en su habitación. Luego comimos juntos, pero no hablamos del tema, pensé que mi hermana se había echado para atrás, pero mientras estaba fregando los platos de la comida, entré en la cocina y me senté en un taburete.
―Por fin ha llegado el día… ―le solté.
―¿El día…?
―Sí, Paula, el día, no te hagas la tonta… sabes perfectamente de lo que hablo…
―Eso son cosas tuyas, yo no te dije nada, ni que sí, ni que no… ¡No podemos hacer esto, David!
―Me lo dijiste en tu habitación del pueblo, que allí no lo hiciera, y quedamos para esta noche. ¡Ahora no puedes echarte atrás, Paula!, ¡y una mierda, llevo mucho tiempo esperando este momento!
―Vale, no te pongas así, pesado. Está bien. Esta noche resolveremos este asunto de una vez por todas, porque ya me tienes muy cansada siempre con lo mismo…
―¿Vas a salir de fiesta?
―Sí, había quedado con estas y luego con Fernando para tomar algo…
―Perfecto. Pues luego quedamos, ¿a qué hora?
―No sé, cuando me digas tú…
―¿A las tres…? ¿A las cuatro de la mañana?
―Ya vamos viendo…
―No, dime una hora, así me organizo yo también…
―Pues a las tres de la mañana.
―¡Perfecto! Pues aquí nos vemos, en la cocina…
―¿Aquí…? ―preguntó Paula extrañada.
―Sí, ¿por qué no?, ¿o prefieres en mi habitación?
―Vale, cómo quieras…, aquí en la cocina está bien, ah, y una cosa, después de esto se acabó. ¿Me has escuchado? SE-A-CA-BÓ ―dijo deletreando las dos últimas palabras―. No vuelvas a insistir, o entonces sí que tendré que tomar cartas en el asunto y hablar con papá y mamá, y créeme que lo haré…
―Lo sé, Paula, tranquila, después de esto no te molestaré más… ¡Te lo prometo!
―Eso espero… y ahora termina de secar y recoger los platos, me voy a estudiar.
―Oye, hermanita, una cosa antes de irte…
―¿Sí…?
―¿Puedo pedirte que vayas vestida igual que el otro día en el pueblo?, con ese vaquero ajustado y la misma camisa…
―¡Ah! ¿También me tengo que vestir como quiera el señorito? Ya veremos…
―Muchas gracias, Paula.
Salí temprano de casa, a media tarde, ni tan siquiera me despedí de mi hermana, que estaba estudiando en su habitación, y fui al cine con Sofía, que otra vez volvió a sorprenderse de que en el cine no hiciéramos nada y luego quedé con los colegas para salir un rato de fiesta.
Me tomé un par de copas, no más, y es que tampoco quería llegar borracho al gran momento con Paula. La noche se me hizo larga, larguísima. Interminable. No dejaba de mirar el reloj, las manecillas no avanzaban y, a las dos y media, me despedí de mi grupo de amigos y me fui caminando hasta casa.
Cinco minutos antes de las tres, abrí la puerta, Paula todavía no había llegado y decidí ponerme cómodo, con una camiseta y pantalón de pijama. Hice un pis, me calenté un vaso de leche y me senté, degustando un par de galletas hasta que ella llegara.
Otra vez miré la hora. Las tres y cinco. Mi hermana se estaba retrasando y yo cada vez me encontraba más atacado de los nervios. Y entonces escuché la llave en la cerradura. Pum, pum, pum, pulsaciones a mil, ruido de tacones retumbando a la entrada y Paula apareció en la cocina. Casi me caigo de culo.
En cuanto vi la ropa que llevaba puesta, ya se me puso dura.
Había hecho caso a mi petición, y llevaba los vaqueros ajustados, la camisa de cuadros y los zapatos de tacón. Me encantaba que se hubiera recogido el pelo en una coleta, lo que le daba un aire más juvenil. Se apoyó en la encimera y se me quedó mirando, ninguno de los dos decíamos nada, pero ella tenía un brillo especial en los ojos; sin duda, también se había tomado alguna copita, pero no parecía que fuera borracha.
―Hola ―me saludó con timidez.
―Hola, Paula, ¡estás guapísima! Gracias por ponerte esa ropa…
―Pues ya estoy aquí…
―¡Joder, Paula, estás increíble!, no puedo aguantarme más ―le solté comenzando a bajarme el pantalón…
―Espera, espera un momento ―me interrumpió mi hermana.
―¿Qué pasa…?
―Antes quiero decirte algo y, bueno, también me gustaría poner unos límites, ya sabes, unas normas o algo así…
―¿Unas normas?, no entiendo lo que quieres decir… ¿Para qué…?
―Sí, ehhhh… ―dudó Paula―, lo que vamos a hacer, bueno, lo que tú vas a hacer, no sé cómo hemos llegado hasta aquí y he permitido esto, pero el caso es que lo hemos hecho. Yo tengo casi más culpa que tú, no sé si te he dado pie o qué, yo creo que no, pero parte de culpa sí que tengo por no haberlo cortado de raíz desde el principio. Te he dejado que te masturbes con mis fotos y no te he dicho nada, incluso me he dejado hacer alguna de esas fotos para ti, sabiendo que luego las ibas a utilizar; he permitido que te masturbaras en mi cuarto, dos veces, ahí tendría que haber puesto el límite, pero como no lo he hecho, nos ha llevado hasta aquí, y ahora voy a dejar que te toques delante de mí, que me mires mientras lo haces; eso sí, quiero ponerte unas restricciones o unas normas, como lo quieras llamar, sobre todo, porque no quiero que me toques. ¿Me has entendido? Por nada del mundo puedes tocarme, eso sí que ya no lo voy a permitir…
―Claro, no te voy a tocar, Paula, no lo tenía pensado… solo voy a hacerme una pa…
―En Sevilla estabas muy cachondo y se te fue la mano, por eso te lo digo… ¡Cuidadito!
―Vale, ¿entonces esas son las normas? ¿Nada de tocar…?
―Exacto… ¿Lo has entendido?, solo puedes mirarme…
―Que sí… nada de tocar, es muy fácil. Y una duda que me ha surgido ahora, ¿podría correrme encima de ti?, has dicho que no puedo tocarte, pero de eso no has dicho nada…
―Noooo, claro que no, ¡aaaahggg! ¡Serás guarro! ―dijo poniendo cara de asco―, y recuérdalo bien, si se te ocurre tocarme, se acabó. Me piro de aquí y te dejo a medias…
―Está bien, vaaaaale, ¿podemos empezar ya?
―Cuando quieras... ―me dijo Paula.
Vaya dos. Mira que os hacéis de rogar. ¿Si me hago 50 cuentas y le doy a "me gusta" valdría?La verdad es que la historia es muy morbosa para el q le guste esta temática de incesto entre hermanos. Lilith Durán y yo quedamos muy contentos con el resultado del libro. (creo q mejora por bastante el relato original).
Llegué a un acuerdo con Lilith para publicar hasta aquí y después parar unos días, pero bueno, como veo muy parado el hilo en general, si el último relato publicado llega a los 50 me gusta (ya sé q es muy difícil), os dejo el final del capítulo, jajaja
¡Un abrazo!
el calentón que me tengo que dormir hoy jajaja¡Ya van 33! No queda nada.
¡Buenas noches a todos!
14
Aquella noche casi la pasé en vela, escuchando los ronquidos de mi padre y comprobando que mi madre no dormía, era un verdadero orangután. Hubiera ido donde ella, para que viniera al sofá conmigo y me hiciera compañía, pero… en mi cabeza esperaba otra cosa.
No sabía por qué, pero aguantaba la vana esperanza de que Paula apareciera en el sofá vestida solo con la ropa interior y me confesase que ella sentía lo mismo. Aquel morbazo me mantuvo en vela hasta que salió el sol y mi madre se levantó con los pelos para arriba y con casi medio pezón asomando de su enorme pecho. Cuando me saludó, supe que no era mi día de suerte.
Los días pasaron y si os pensáis que Paula no quiso volver a compartir piso conmigo, os equivocáis. Sí que estaba más fría, algo más distante y sin tocar el tema de conversación que monopolizó la boda. Cierto que continuaba hablándome, aunque entre nosotros, había un muro que no me gustaba.
Quise contener mis pajas, al menos, cerrando la puerta o haciéndomelas cuando ella no estuviera. No quería cagarla más y que me echara a patadas de la casa, porque lo cierto era que no sabía cómo iba a reaccionar.
Ese mes fui un sumiso total, obediente a sus órdenes y cumpliendo con mis tareas del hogar, a parte de las suyas. Era mi manera de pedir que estuviéramos como antes y antes de que pasaran dos meses de ese segundo curso en la universidad, la volví a ver sonreír. Entonces, supe que podía seguir con mi plan.
A partir de ahí, quise jugar mis cartas de alguna manera. Ya sabía que no podía abordarla de manera directa, en la boda quedó claro que esa forma no me iba a llevar a nada más que insultos como enfermo o tonto. Por lo que tomé otra dirección, una que tenía que ver con Sofía.
Nuestra relación era totalmente seria y ya llevábamos casi un año juntos, conocía a sus padres y ella a mi hermana, se podría decir, que íbamos muy en serio. La invité a casa con frecuencia y empezamos a tener la costumbre, de ir al sofá a ver una película mientras Paula estudiaba.
Ella tenía que meter más horas ahora que estaba en su quinto año y los ratos que pasaba recluida en su cuarto, eran abundantes. Los primeros días que volví a invitar a Sofía, me dio por hacer ciertas guarradas en la sala. Al principio, solo fueron unos cuantos tocamientos, magreos entre ambos que no llevaban a nada porque según sus palabras, mi hermana nos podía escuchar.
Sin embargo, los días posteriores, pasaba lo mismo y creo que a mi princesita, la idea de que Paula nos pudiera escuchar, no la desagradaba.
En el lapso de un mes, pasamos la barrera de los toqueteos y bajo la misma manta que usábamos tanto mi hermana como yo, las masturbaciones se hicieron intestas. Cada vez que un jadeo brotaba de sus labios, solo podía imaginarme a mi hermana en su cuarto escuchándolo con atención y eso… me volvía loco.
No la presioné, pero es cierto que yo era el que llevaba más allá lo que pasaba en el sofá, incluso hasta que le devoré el coño con saña y Sofía tuvo que gritar todo su placer. Por poco me corro con aquel grito que no llegó a tapar con sus finos dedos, porque estaba seguro de que Paula, lo había escuchado.
Todo aquello se concentró en un único día, en el que mi hermana me contó que pasaría el domingo estudiando y yo, le contesté que vendría a la tarde mi novia para ver una película. No hubo ningún cambio en su rostro, ni un gesto de desagrado por que eso pasase y estaba seguro, que algunas veces nos tendría que haber escuchado.
La idea me ponía horrores y estaba dispuesto a que ese día, follarme a Sofía en el sofá. Mi plan era muy simple, necesitaba que Paula me escuchase, que oyera la manera en la que se la metía a mi novia mientras ella estaba recluida en el cuarto.
No sabía muy bien el motivo o que buscaba con ello, solo que me ponía a rabiar y… tendría alguna reacción por su parte, incluso si me echaba la bronca, estaba bien.
―¿Estás calentito? ―preguntó Sofía con su voz más melosa. Aquello me sorprendió, porque solía empezar yo el juego.
―¿Qué pretendes…? ―movió los hombros sin querer añadir nada y su mano, se fue bajo la manta hasta agarrar mi polla.
Nos dimos un tórrido beso, uno de esos en el que la lengua lucha contra la opuesta para ver quien contiene más saliva. Bajé el volumen con el mando y la mano libre, la usé para meter los dedos bajo la falda.
Me asombró notar lo caliente que estaba, parecía lista para la acción desde hacía minutos atrás. Eso me dejó pensativo, porque igual mi princesita que era tan buena de cara a todos, cuando follaba era una guarra que le encantaba saber que Paula nos podía pillar. ¡Dios, cuanto me ponía!
Aparté su braga al momento, metiéndola un dedo y sin que dejase de masajéamela. Su pelo rubio bien peinado y liso, daba la sensación de ni siquiera moverse ni un apice, pese a que su boca, ya jadeaba contra la mía.
―¡Lo que te voy a hacer hoy, Sofía…! ―solté a buen volumen, incluso sobrepasando el de la televisión.
Me arrodillé en el sofá y ella se abrió de piernas cuando la quité la braga. Metí mi boca con ansia y recibí el mismo efecto con su mano, ya que me ahogó contra un coño que rezumaba líquidos. Comenzó a sollozar a un volumen considerable que no se asemejaba nada al de las ocasiones anteriores.
Me estaba poniendo como una moto y sorbiéndole el clítoris, metí de golpe dos dedos para acompañar una masturbación que chapoteaba en la sala.
―¡Así, así, así…! ¡David, haz que me corra como tanto me gusta! ―pidió en un tono normal.
―¿Estás muy cachonda hoy? ―asintió con una rojez palpable en su rostro, a la vez que sus pendientes de perlas brillaban en sus orejas― ¡Buuuf…! Creo que hoy te la voy a meter en el culo.
―¡Sí! ¡Lo que quieras!
Con ese permiso en sus labios, dejé que mi boca bajase un poco más, metiendo la lengua en su vagina y cambiando los dedos de lugar. El ano se abrió como nunca, dejando pasar dos extremidades untadas en sus propios jugos hasta el fondo.
Estuve así por unos minutos, dándola una buena masturbación mientras ella pasaba una mano por mi pelo y la otra, se agarraba por encima de su jersey clarito los menudos pechos.
Estaba vestida de pija, de niña buena, de chica que no ha roto nunca un plato, sin embargo, esos gemidas eran de puta callejera y que cada vez fueran más elevados, no hacían más que confirmarme, que le ponía cachonda que Paula nos pudiera estuchar.
―¡Aaahhh…! ―gimió arqueando el cuerpo― ¡¡Aaahhh…!! ¡¡Me corro!!
―¿Cómo? ―no solía correrse tan rápido, pero hoy… era diferente.
―¡Sigue, sigue, sigue…! ¡¡Aaahhh…!!
Eso fue un gemido considerable, uno que seguro que habría recorrido el pasillo hasta mi habitación y la de Paula. La mía daba lo mismo, porque estaba vacía, pero en el caso de la de mi hermana… si no llevaba los cascos de música puestos, nos había escuchado.
Sentí el torrente golpear mi boca, esa cantidad enorme de flujo que quedó en mi lengua para mi degustación. Mis ojos se abrieron como platos y mi polla dio unos brincos feroces por saltarse la espera y salir ya a jugar.
Continué comiéndose más pausadamente, sacando los dedos del culo y solamente masajeándola con mi lengua. Me había puesto el corazón a mil por hora y se merecía, que le limpiara la zona hasta la última gota.
―David… ―soltó con una voz entrecortada y la rojez bien clara en su rostro. Cuando tomó aire, añadió con salvajismo― Fóllame…
―¡Ahora mismo, nena!
Me bajé el pantalón de pijama de la misma, sacando una rugiente polla por la que palpitaban varias venas como si tuvieran vida propia. Me encanta que me la chupe antes del coito, pero en ese momento, yo estaba poseído por mi novia, haría lo que quisiera.
Tumbada en la zona de la L del chaislonge, abrió sus piernas y con una mano, separó los labios vaginales para que me adentrase en ella. Sus ojos me lo pedían, casi me rogaban que se la metiera hasta el fondo y yo, lo hice.
―¡Amor! ―gimió para toda la sala cuando mis huevos quedaron contra ese ano que le había abierto― Tu polla es la mejor del mundo.
―Ya verás ahora…
Arremetí contra ella con toda la potencia que atesoraba mi cuerpo, cogiéndola de los muslos y pegándolos a su cuerpo para que no tuviera ni un impedimento al meterla. Ella misma se cogió de los gemelos, abriéndose para su hombre y que yo, solo tuviera que embestirla con la cadera para hacerla ver el cielo.
Era increíble, Sofía se estaba soltando como nunca y me bramaba al aire todo su poder. Daba igual que Paula tuviera los cascos puestos, esto ya había sobrepasado los anteriores días con pajas bajo la manta, ahora… nos estaba escuchando como si estuviera al lado.
―¡Más, más, más…! ¡David, más…! ―pidió sin parar.
Se la metí tanto como pude, a una velocidad de escándalo que hacia chocar el sofá contra la pared. Los golpes acolchados del mueble, iban al unísono con mi polla, que no paraba de sacudirla sus intestinos.
En ese instante, se quedó quieta y yo, se la clavé hasta el fondo. Sus ojos se pusieron en blanco, las piernas se le movieron inquietas y por un segundo, creí que le estaba dando un ataque epiléptico.
Abrió la boca, con la garganta marcando una infinidad de venas y entonces, gritó su placer.
―¡¡¡David, me corro, aaaaah, me corro, aaaah, aaaaah, aaaaah!!!
Cuando terminé me senté en el sofá, sacándola de su agujero con una liana densa cayendo de la punta, la recogí con los dedos y me la unté en el tronco de la polla para que hiciera lo mismo que las otras, proporcionarme un lubricante natural.
Eché la cabeza hacia atrás, tratando de calmar un poco mi agitado corazón, pero no era capaz, porque el polvo estaba siendo glorioso y en mi cabeza, solo había un pensamiento: “Paula nos está escuchando…”.
―¿Ya te has cansado?
Era Sofía, que volvía a estar activa con una sonrisa que mostraba unos dientes afilados listos para morderme. De un salto, se colocó a ahorcajadas encima de mi pene y antes de que pudiera darme cuenta, estaba botando encima de mí con un gesto salvaje.
La dejé que ella tomara el mando, mientras mis diez dedos sostenían su culo hasta casi arrancarle la piel. Sofía no decía nada, solamente gemía sin parar y me montaba como buena amazona. Así estuvimos por más de cinco minutos, en los que mis dedos reptaron hasta su cavidad más oscuros y los mimos dos de antes, traspasaron su ano.
―Tienes ganas de follarme el culo, ¿verdad? ―que hablara de esa forma tan guarra me ponía mucho.
―Va a ser mío, de nadie más. Ese ano tiene dueño y hoy, lo voy a volver a usar como quiera.
―¡Es tuyo! ¡Mi culo te pertenece! ―elevó el ritmo y yo, sacudí mis dedos en su interior― ¡Me voy a correr! ¡Me voy a correr demasiado sobre tu dura polla!
―¿¡Otro más!? ―era increíble jamás había pasado de dos orgasmos y ahora… iba a por el tercero.
―¡Sí, sí, sí…! ―mirándola a esa cara de gata salvaje, solo pude pensar “¿Paula, oyes lo bien que follo?”. Me reí para mis adentros, mientras la cadera de Sofía se volvía loca― ¡Ya, ya, ya…! ¡Eres el mejor! ¡No hay otro como tú! ¡¡Aaahhh…!!
De nuevo esas convulsiones violentas, haciendo que su pelo tan pulcramente peinado, se moviera de manera loca debido al orgasmo. Sus uñas se aferraron a mis hombros, con ese blanco impoluto casi traspasando el pijama para clavarse en mi carne.
Fueron unos diez segundos de contracciones, en las que su cadera parecía tener vida propia y notaba que salían de ella los líquidos que mantenía allí desde su primera comunión.
―¿Qué pasa hoy…? ―pude preguntar con asombro y picardía. Ella me respondió con un ojo medio cerrado.
―Estoy… Muy cachonda…
Me dio un casto beso, algo que no se asemejaba al polvo que estábamos teniendo. Casi no vi como saltó al sofá, colocándose a cuatro patas y levantándose la falda de color blanco para mostrarme sus nalgas.
Allí estaban esos dos agujeros, tan mojados y bonitos que no pude resistirme. Me puse a su espalda, dándole también la espalda a la puerta sin importarme quien apareciera, porque en verdad… ojalá Paula viniera a vernos.
―¡Mmm…! ―gimió cuando se la metí, pero mirándome por encima del hombro, aclaró sus dudas― ¿Por qué no me la metes en el culo?
―Espera un poco, que creo que te vas a correr otra vez…
¡Dios…! Decir que la follé se quedaría corto. La embestí con todas mis ganas, casi de manera irracional, mi polla entraba a sacudirla los intestinos y salía hasta la punta para iniciar de nuevo la lucha.
Sofía no jadeaba, si no que gritaba palabras inconexas al aire, permitiendo no solo que Paula las escuchara, si no medio edificio. Estaba desatada, más cachonda que en toda su vida y yo, no iba a perder la oportunidad.
La saqué de golpe, viendo que la cadera de mi amada continuaba moviéndose sola como si tuviera una polla invisible en sus profundidades. Mi destino era otro y con el prepucio en su lugar, le perforé el culo de una sentada.
―¡¡TODA!! ―gritó ella en una mezcla de dolor y mucho placer― ¡¡Me la has clavado entera en el culo!!
―¡Buuaa…! ¡Córrete, Sofía! ¡Estoy a punto!
―¡Sí, más, más, sigue que me corro…!
Mis embistes los aguantó de maravilla, hasta que se tumbó en el sofá y yo tuve que hacerlo encima de ella. Estaba acorralada, nunca mejor dicho… entre la espada y la pared, aunque en esta ocasión, era una polla bien gorda y el sofá.
―¡¡Dios, sí!! ―aulló a una luna creciente que nos miraba a través de la ventana― ¡¡Sí, cabrón!! ¡¡Sííí!! ―no era muy dada a insultarme, mejor dicho, nunca lo hacía, pero… qué bien oírla.
―¡Córrete! ¡Hazlo!
―¡David, David, David…! ―clamó mi nombre al cielo como si fuera un rezo y entonces, bramó con fuerza― ¡¡¡AAAHHH!!!
Noté que su culo se contraía y que me la apretaba hasta el extremo. Su vida se iba por la boca y yo, estaba temblando para soportar en mi interior el gusto que me había provocado y el morbo de saber que mi hermana estaba escuchándolo todo a unos metros.
Me puse en pie con las piernas temblorosas, en medio del salón, apoderándome del centro de la zona como si eso fuera un juego. Le di un golpe en la pierna a Sofía, para que espabilara y se diera cuenta de que no había acabado.
―Ven aquí… arrodíllate… ―pedí con el gesto roto de una lujuria incontenible.
Sofía lo hizo y sin pedirle nada, parecía que me leyó los pensamientos a la perfección. Me la sacudí en dos ocasiones, ella colocó su divino y aniñado rostro delante de mi polla, un poco más debajo de mi prepucio. Cuando estuve listo y detuve mi mano, ella abrió la boca y sacó la lengua.
―¡Joderrr! ―le grité corriéndome como un loco.
El semen salió disparado contra su cara, tres lianas espesas que se posaron en su delicada piel y una de ellas, cruzando una lengua que lo recibió con gusto. Mi princesa me la chupó cuando paré, dejándome con los muslos temblorosos y unas ganas de morirme después de semejante coito.
Cuando se sintió satisfecha de limpiarme, me miró con un único ojo abierto, porque el otro, estaba cubierto de espesa leche blanca. Me sonrió con su dulce mueca, esa que les pondría a sus padres o a los profesores, siempre perfecta, pero… con el brillo de mi semen aun presente.
―Vete al baño a limpiarte… ―pude decirla entre jadeos.
―Espero que no me vea tu hermana. ―antes de que se pusiera de pie, solo le dije medio adormilado.
―Ojalá que sí… ―no, lamentablemente, no hubo suerte.
15
Cuando se fue Sofía con una impresionante sonrisa en los labios, me senté en el sofá y no sé por qué o… quizá sí esperaba que mi hermana llegara en cualquier momento a hablar conmigo.
Tardó veinte minutos, en los que oí la puerta de su cuarto abriéndose y esos pasos acolchados debido a unos calcetines o a las zapatillas de casa. Me puse tenso, no por miedo, pero si con cierta duda de lo que pasaría, era evidente lo que habíamos hecho, no era como las veces anteriores en las que podría dudarlo, esto fue claro.
Medité sobre esas pajas que me hacía en mi cuarto, si también las habría escuchado, porque no me cortaba a la hora de manejar mis orgasmos, pero lo dudé, por mucho que estuviéramos cerca, con un poco de música, ya lo opacaría.
Sin embargo, no era momento de hablar de eso, porque Paula estaba en la puerta, de brazos cruzados, con los antebrazos bajo esas imponentes mamas. Me miró con el ceño fruncido y tragué saliva, esa cara no traía buenas intenciones.
―David, tenemos que hablar.
―Dime. ―no me salió muy seguro, pero al menos, no mostré mi nerviosismo.
―Ven, no quiero hacerlo en la sala.
No esperó a que me levantara, si no que se giró y emprendió un viaje que era obligatorio que siguiera. La alcancé en el pasillo, observando esos short que todavía llevaba con el buen clima que reinaba en el ambiente y ese culo que se movía de manera hipnótica.
Llegamos a mi cuarto, quedándose ella en medio como hice yo cuando me corrí en la cara de mi novia y me señaló mi cama. Casi no había que decir nada más, entendía muy bien lo que me quería ordenar, de todas formas, habló con sus carnosos labios.
―Siéntate. ―por supuesto, lo hice― ¿Te parece normal?
―¿El qué…? ―no era el momento para discutir, mejor acatar.
―¿Cómo qué el qué? ¿Creerás que es normal la fiesta que has montado en la sala mientras yo estudiaba, no?
―¿Nos has escuchado? ―quedó como si no supiera nada.
―¿¡Yo!? ―se señaló un pecho y el dedo se hundió en esa rica carne― Yo, sí, pero es que me imagino que también lo hizo el resto del edificio. ¡A ti te parece lógico!
―No sabía que estábamos hablando tan alto… ―me cortó.
―¿¡Que no lo sabias!? ¡No me vengas con tonterías, David! Te puedo detallar con lujo de detalles lo que habéis hecho y el del bar de debajo de casa, también. ¡Menuda educación, chico! ¿Qué dirían papá y mamá si se enteran de algo así?
―No les vas a decir… ―era una pregunta, pero no me dejaba acabar.
―¡Claro que no! No soy una chivata, pero en ocasiones me gustaría. Estás muy raro, chico, desde la boda no pareces el mismo.
Claramente, no habíamos sacado ese tema desde entonces, sumergiéndolo en una alfombra como si de la mierda se tratase. Pero claro, eso no era un asunto que podríamos dejar aparcado. Le había confesado que me gustaba e incluso, que me la machaba pensando en ella… no era algo que se pudiera dejar pasar.
Ella se llevó los dedos a los ojos, apretándose los párpados por semejante hermano que tenía. No debía ser fácil ser mi familiar, lo tengo que decir.
―Escucha… ―bajó el tono, quizá recordando que no tenía mucho remedio― Las paredes son muy finas, ¿vale? Cuando estés con Sofía, pues… más bajo o mejor… directamente no hagáis nada si estoy en casa. ¿Bien?
―Pero eso no es justo… ―me miró con los ojos entrecerrados, aunque antes de que movía su boca, lo hice yo― Lo siento Paula, de verdad, pero es que tampoco tenemos otro sitio donde hacerlo. Por la mañana estamos en clase, en casa de Sofía siempre hay gente y no nos podemos permitir ir a un hotel. Bueno, alguna vez sí… aunque eso en ocasiones muy puntuales. Luego aquí estás tú en casa, siempre estudiando… entiende que es nuestro único nidito de amor, Pau… ―esperaba que el diminutivo la ablandase como siempre.
―No te he dicho que no hagas nada en casa. Oye, es tu casa también y mientras no estoy, no me importa. Pero cuando esté… ya no es solo respetar mis momentos de estudio, si no que no quiero oír como folláis…
―Es que… ―alzó las manos, no quería escucharme, solo hablar.
―Mira, te digo. Yo voy a spinning dos tardes a la semana, algún sábado o viernes podéis quedaros por aquí que yo estoy trabajando o de fiesta. Así, la casa para vosotros solos y hacéis lo que os dé la gana.
―Es que los viernes y sábado yo también salgo… solo me quedarían esas dos tardes y en una de ella, Sofía tiene que ir a clases de piano. ―puse cara de conejito herido― No es suficiente.
―¿¡Qué no es suficiente…!? ―expulsó el aire de sus pulmones en claro síntoma de incredulidad― Pues te aguantas, chico, no se puede todo. Yo tampoco me voy a ir de casa para que le deis al tema. ¿Quieres que vaya un fía más al gimnasio? Mira te lo compro, pero nada más. Como mucho algún sábado puedo irme a la tarde con las amigas y venís vosotros. ¿Entiendes?
―Sí, eso está muy bien, pero no va a poder ser… ―me miró con el ceño fruncido, aunque llevarla la contraria no era buena idea, podría haber un resquicio por el que meterme― Piénsalo. Tengo esos días y ya, casi polvos por agenda. ¿Los otros días que hago? Si estoy con Sofía en el cuarto y me viene el calentón… ¿Me quedo duro y ya?
―No si eso del calentón me lo creo… pareces un simio cachondo, todo el día con la bandera levantada. ―observé lo que señalaba con su dedo y era mi entrepierna. Con ese único gesto, la bandera del simio cachondo, se empezó a levantar― Te quedas duro y ya. Punto.
―No es justo. ―quise tirarme un triple, porque podría ser una buena opción― ¿Tú con Fernando qué?
―¿Qué? ―respondió ella sin saber de lo que hablaba.
―También hacíais cosas en el sofá y en el cuarto cuando estaba yo en casa… ―nunca les escuché, pero de pronto, noté cierta coloración en su rostro.
―Eso… ―dudó por un instante, era mi oportunidad― Eso no es verdad.
―Díselo a mis oídos, que lo escucharon bien.
―¡Baah…! ―movió la mano con desdén.
―Yo no, pero tú sí… ¿Es así? ―ella fue a negar, pero con mis ojos fijos en el azul de los suyos, la reté― No será que tienes un poco de envidia, ¿no?
―¿¿¡¡YO!!?? ―otra vez el dedo aplastándose el seno, ¡dios qué ricura!― Lo que me faltaba… tener envidia de mi hermano pequeño. Pues no, chico, no es así.
―¿Llamo a Fernando y le pregunto cuántos polvos echabais conmigo en casa? ―ni tenía su número, ni le iba a llamar, solo era una frase hecha que entendió a la perfección.
―¡Niñato…! ―masculló las palabras, sabiendo que por ese lado no podía vencer.
―Veo envidia, hermanita… ―las tornas se habían cambiado y eso no solo me gustaba, me ponía.
―Para nada es envidia y mucho menos, de ti. Yo al menos no me la sacudo como un enfermo. ¡Que no es solo los polvos con Sofía! ¡Que se te oye a las noches antes de dormir…! ―me recriminó para cambiar de tema― Ni con novia paras, eres insaciable.
―Es algo necesario para el hombre, no lo entenderías. Tenemos que vaciar los huevos. ―muy directo, pero no vi un cambio en su rostro. Ni con novia paras, eres insaciable.
―¡Qué asco…! Y para eso usas a cualquiera, ¿no?
Aquello… no había duda, era una clara alusión a nuestra conversación en la boda. Quería retomar el tema o… ¿Lo había dicho sin más? No iba a esperar a averiguarlo, ya que la puerta se habría de nuevo.
―Una paja es una paja y no es con cualquiera… ―mis ojos delataron lo que no había dicho y ella, retiró el rostro por un segundo.
―¡Repugnante…! ―suspiró casi sin que pudiera escucharlo.
―No he dicho nada…
―Ya lo dejaste claro en la boda. ¿Sigues con ese vicio de psicópata? ―me quedé en silencio, como si no supiera de qué estaba hablándome― Haciéndote pajas pensando en tu hermana.
―¿Quieres la respuesta? ―me alcé de la cama, poniéndome a su altura y mirándola con esos centímetros de más que poseía― Si te digo una cosa te vas a enfadar y si te digo otra, también. Será mejor no contestar, ¿verdad?
―Eres un capullo, un completo imbécil… ―sus ojos me miraban muy de cerca y el aroma que destilaba podía golpearme la nariz. ¡Joder era increíble! Preciosa hasta la medula.
―¿Qué te molesta de todo? ¿Qué es lo que más te jode? ―si daba un paso más sus tetas se chocharían contra mi pecho como en la boda.
―Todo. ―no era una respuesta y ella lo sabía― Haz lo que quieras, paso de ti, estás loco. Simplemente, eres un chalado.
―Ya… por eso has vuelto a sacar el tema de las pajas y por eso… sigo en esta casa. No me echas, Pau… ―sonreí y eso la debió joder porque su rostro se ruborizó de rabia.
―¿Quieres que te largue de aquí?
―No. Quiero vivir contigo. ―apretó los labios hasta formar una fina línea blanca y me dejó seguir. ¿Lo mejor? Que no se iba― ¿Sabes? En verdad, no me masturbo pensando en ti, eso quedó en el pasado. ―no entendió― ¿Quieres saber lo que hago ahora?
Por supuesto, mi hermana no iba a responder a eso, su curiosidad era implícita con quedarse allí parada observándome sin parpadear. No la dije nada más, si no que me senté en mi portátil y lo encendí moviendo el ratón. Con un gesto, le indiqué que se acercara y ella… lo hizo.
―¿Qué tienes ahí, David…? ―el enfado se diluyó en gran medida y solo quedaba la curiosidad.
―Ahora lo verás… ―pulsé una carpeta y de la nada, aparecieron unas cuantas fotos de Paula. Mi preciosa y amada colección― Solo necesito esto, ya no es necesario imaginarte.
Mi mano se pasó por la pantalla, donde todas esas imágenes sacadas de diferentes lugares estaban a mi completa disposición. Paula se colocó a mi lado y me levanté de la silla para estar a su altura. Sus ojos miraban con fijación la computadora, sin creerse lo que estaba observando.
―¿Eso son… fotos mías? ―asentí a su duda.
―Sacadas de las redes sociales, solo las mejores. Alguna te la he sacado yo, como las de la boda. No te pienses que hay alguna robada en tus momentos íntimos o algo así…
―¿¡Eso debería reconfortarme!?
―¿Quieres verlas? ―frunció el ceño y dio un paso atrás apoyando el trasero en la mesa de madera.
―Yo… no… ―apenas podía reaccionar, eso le había dejado perpleja.
Rápido puse la mano en el ratón, accediendo al archivo y pulsando en una que le hice durante la boda. Allí estaba ella, sonriente y posando de manera perfecta con el sol bronceando su piel. La señalé con una mueca casi orgullosa, mi hermana era perfecta.
―Ese vestido te quedaba fenomenal, estabas deslumbrante el día de la boda. Creo que es la vez que más bella te he visto, me… puse muy caliente…
―¿Cuántas tienes? ―la pregunta nació de sus carnosos labios como un disparo.
―Entre ochenta y noventa, creo que son ochenta y siete.
Bajó la mano hasta el teclado, pulsando una de las flechas y haciendo que la foto cambiase. Era la misma, en la iglesia, pero con su cuerpo algo inclinado hacia delante. En ella se podía atisbar esos melones que eran un verdadero desafío para la lógica.
―No estoy desnuda, ¿verdad? ―quiso corroborarlo y me miró a los ojos.
―Ninguna. No te he espiado, Paula, si es eso lo que te preocupa, respeto mucho tu intimidad. ―como cuando follaba con Fernando en la cama. Puto mentiroso que soy.
―¿Qué quieres que diga? ―su tono había descendido, no estaba más tranquila, pero creo que lo que le pasaba era que alucinaba en colores― No entiendo porque tienes esto…
―¿Por qué? ¿Tú te has visto? ―pasé el dedo por la pantalla, aunque no cambié la foto― Estás bellísima en todas, ¡en todas! No sales mal nunca, eres una autentica belleza. Tienes unos ojos que son la envidia de cualquiera y un cuerpo por el que muchas matarían. Además… ―apreté los puños, no debía decirlo, pero me salió― tienes unos pechos que ya los querría cualquiera en el mundo.
―¡Ja! ―una única carcajada que sonó igual que un graznido de pájaro. Sonrió de pleno, pero no porque le gustase mi comentario, si no de incredulidad― Esto ya es lo más, mi hermano pequeño hablando de mis tetas. ¡Es la leche!
―Si te molestan… puedo borrarlas si tú me lo pides.
Paula negó con la cabeza, sin saber qué más añadir ante el hermano más extraño del mundo. Ya había oído todo lo que opinaba de ella en la boda, sin embargo, parecía como si estaba vez fuera la primera ocasión. Quizá lo hubiera olvidado a propósito, corriendo un velo largo y denso en ese recuerdo, pero ya estaba yo para recordárselo.
―Haz lo que quieras, David… es tu vida… ―comentó solamente, observando esas fotos y volviendo a pasar otra de la boda.
―¿Te parece bien que las tenga? ―alzó los hombros, sin llegar a añadir nada y se dio la vuelta para caminar con calma a la puerta, no supe descifrar sus pensamientos. ¿Le habría gustado o me hubiera dado por un caso perdido?
Paula continuó caminando, moviendo ese trasero tan divino que me hacía olvidar a mi novia, y eso que hacia escasas horas tenía un sexo anal suculento. Daba lo mismo, ella era mi diosa y ahora que había visto mis fotos, sabía que la veneraba.
Se detuvo en la puerta, colocando una mano en el marco y volteando su vista con la intención de mirarme, pero se quedó a medio camino. Yo solamente pude admirar su silueta, que se marcaba de maravilla con la luz que le golpeaba desde el pasillo, dejando su parte trasera en un tono muy oscuro que era una delicia.
―Pau…
La voz me tembló y ella continuó esperando por saber lo que quería. No sé dónde encontré el valor, pero apretando el puño hasta dejarme marcadas las uñas en la palma… logré solicitar mi mayor deseo.
―¿Quieres…? ¿Quieres ver lo que hago y cumplir mi fantasía?
No respondió al momento, si no que quedó en silencio tamborileando con los dedos en la madera. Aquel sonido me ponía de los nervios y que se mantuviera calla, solo me animaba a que sacase mi polla allí misma y me la tocara alocadamente.
―Nos vemos mañana, hermanito…
Desapareció en su cuarto, arrimando la puerta, aunque dejando la mía abierta. No supe leer las señales, lo que me quería decir con esa frase. Estaba temblando completamente anegado en una lujuria desconocida que no era capaz de calificar.
¿Quería algo o le asqueaba? Solo había dos opciones y esa noche, ni siquiera pude hacerme una paja. Estaba totalmente bloqueado, parado en ese otoño que consumía los días calientes y los cambiaba por el frío. No me atrevía a hacer anda, como si el tiempo lo manejase Paula y… tuviera que dar ella el paso.
Con la mente puesta en mi hermana, me dormí sabiendo que no hablaríamos del tema hasta que ella quisiera y yo… esperaría. Mi paciencia tendría sus frutos, porque el treinta y uno de diciembre, lo recordaría para siempre.
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