La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

Parte Cuatro​

37​



El domingo me levanté muy tarde, casi a las doce. Dormí más de diez horas y pocas me parecieron, porque caí en la cama destrozado, después de haberme corrido cuatro veces el día anterior.

Me desperté con un cosquilleo en el estómago. Era una sensación diferente a la noche en la que Paula dejó que me masturbara delante de ella. Ahora había sido otra cosa. Y es que mi hermana me había agarrado la polla y me la meneó hasta que me corrí encima de ella. Con el añadido de que Fernando estaba durmiendo en la habitación de al lado.

Ya no podría disimular más ni ponerme ninguna excusa. Y es que Paula terminó perdiendo los papeles y hasta me permitió que la fotografiara con un conjuntito de lencería erótica y, no conforme con eso, también me dejó que me pajeara sobre su cuerpo.

Salió de mi habitación terriblemente cachonda, con los pezones erectos y una mancha de humedad de casi diez centímetros en la zona del coño. Supongo que después de limpiarse el semen que bañaba su abdomen, llegó a su cuarto tan excitada que se tuvo que follar a su novio pensando en la locura que acababa de cometer.

Yo se lo había advertido. Podía reconciliarse con Fernando y acostarse con él las veces que quisiera, pero no por eso se iba a poder sacar el veneno que ya le corría por las venas. Por supuesto que me refiero al INCESTO. Y lo sabía de primera mano.

El sexo con Sofía no podía ser más guarro y morboso, pero nada comparado con ese placer, multiplicado por mil, de tener un orgasmo delante de mi hermana.

Y ahora Paula estaba sintiendo lo mismo que yo.

Cuando me levanté ya no estaban en casa, se habían ido a misa y a tomar un brunch con los amigos de Fernando. Sobre la una, Paula me mandó un mensaje diciéndome que tampoco venía a comer, y que me preparara lo que pillara por el frigo. Me supuse que mi hermana no quería afrontar lo que había hecho la noche anterior y me estaba evitando.

Pero tarde o temprano tendría que volver a casa. Y otra vez estaríamos los dos solos.

Llegó sobre las 20:30 y sola, yo estaba viendo la tele y me saludó con un escueto “hola”, antes de meterse en su habitación. Salió unos minutos más tarde, se pegó una ducha y volvió a entrar en su cuarto, entonces me acerqué hasta su puerta y toqué con la mano.

―Paula, ¿qué quieres cenar?

―No voy a cenar nada, hemos estado picando y ya si eso me como luego un yogurt, me voy a quedar estudiando ―me dijo desde dentro.

Confirmado. Paula me estaba evitando.

Y sobre las diez volví a llamar a su puerta para decirle que me iba a la cama.

―Vale ―fue lo único que contestó.

No quería irme a dormir así y me quedé esperando en mi habitación. Sabía que tarde o temprano ella iba a salir, y una hora más tarde, cuando la escuché trasteando en la cocina, salí decidido a hablar con Paula, que se sorprendió al verme allí, de pie frente a ella.

Cogí una silla y tomé asiento a su lado mientras se comía el yogurt.

―Paula, ¿estás bien o me vas a seguir evitando hasta el final de curso? Porque se te va a hacer largo, quedan casi dos meses…

―Pues sí. La verdad es que no quería hablar contigo, ni verte.

―¿Por qué?, ¿por lo que pasó ayer?

―Ya lo sabes, David… ―dijo bajando la cabeza avergonzada―. ¿Te importa dejarme sola? No hagas que te lo pida más veces, por favor…

―No quiero que estés así, me jode mucho verte mal, Paula. Eres mi hermana y la persona más importante en mi vida… y mucho menos quiero que te avergüences por lo de ayer, ¡¡fue una puta locura!!

―Ayer te pasaste. Y mucho. Fernando estaba al lado, me pusiste en una situación muy comprometida… ¿Es que estás loco? ¡Nos podía haber pillado, joder!, ¡mi novio nos podía haber escuchado! Y tú te pusiste muy pesado. Al final te tuve que enseñar el conjunto y que me hicieras las fotos…, y por cierto, lo que hice fue solo para que terminaras lo antes posible, ¿me has entendido? Así que no te emociones demasiado, que ya te estoy viendo venir.

―Bueno, Paula ―dije sin alterarme, tratando de mantener la calma―. Puedes decir y aparentar lo que quieras, pero yo sé lo que vi…

―¿Y qué viste?

―Que te excitaste mientras te hacía las fotos. Se te encendieron las mejillas, tenías los pezones duros y esa marca de humedad en el coño, uff… ¿O me vas a decir que tampoco estabas mojada?

―Espero que ya hayas borrado las fotos, y ni se te ocurra enseñárselas a nadie. ¡Jamás!

―Que sí, Paula, puedes estar tranquila por eso, solo las veré yo. Ahora las paso al ordenador y las borro del móvil, te lo prometo. Y respecto a lo de ayer, entiendo que estés enfadada, al fin y al cabo, lo que pasó fue muy fuerte, ¡no me lo esperaba!, pero ya te lo advertí… lo que sientes cuando estás conmigo no lo vas a experimentar nunca con Fernando. A mí me pasa igual con Sofía, sí, el sexo es buenísimo con ella… pero correrme encima de ti es otra historia, ¡es sublime! Me tiembla el cuerpo, siento mucho más placer. ¡Es una sensación indescriptible…! No sé…, el morbo de lo prohibido, saber que lo que estamos haciendo es…, es difícil de describir, pero a ti te está pasando lo mismo. Ahora me entiendes, ¿verdad?

―No podemos seguir con esto, David, me va a explotar la cabeza, llevo todo el día ausente, dándole vueltas a lo que está pasando entre nosotros, a lo de anoche…

―Y no lo entiendes…

―No, no lo entiendo. No sé cómo he permitido que pasara y estoy muy cabreada, porque yo soy la hermana mayor, la que tenía que haber detenido esto desde el minuto uno y…

―Pero en el fondo, te encanta. Todas las noches puedo escuchar cómo te corres en tu cama, y tú a mí también, la mayoría de días lo hacemos a la vez. ¿O me vas a seguir diciendo que cuando te acaricias cada noche piensas en Fernando?

Paula se quedó callada. Moviendo la cuchara en un yogurt vacío y dando golpecitos en el fondo del envase. Luego se levantó derrotada y cabizbaja.

―Buenas noches…

―No te vayas así, Paula…

Pero mi hermana ya había salido de la cocina, dejándome solo…

A la mañana siguiente me desperté con energía, y le preparé el desayuno antes de que se levantara para ir a la universidad. No quise sacar el tema durante todo el día, y decidí que era mejor darle un poco de tregua a Paula, pues todavía tenía que asumir y aceptar lo que estaba sucediendo entre nosotros.

Durante la comida fui bastante simpático, aunque ella siguió igual de triste que la noche anterior y después de cenar, me senté en mi sitio para ver una serie, pero Paula ya no se puso a mi lado y se recostó en el otro sofá. El que usaba habitualmente.

―¿Hoy no vienes conmigo? ―la pregunté, ofreciéndole la mantita.

―No. Hoy no, David…

Esa noche no la escuché masturbarse y yo tampoco lo hice. No me gustaba ver así a Paula y preferí esperar algún día más, a ver si ella se encontraba mejor. El martes más de lo mismo, el miércoles también y el jueves yo me sentía tan mal por mi hermana, que renuncié a mi idea de dejarla un poco de espacio.

Esto no podía continuar así. Mientras estábamos viendo la televisión por la noche, me senté en el sofá y me dirigí a ella.

―¿Me puedes decir que te pasa, Paula?

―Nada, ¿por?

―Es que no estoy cómodo con esta situación…

―Yo tampoco estoy cómoda con otras cosas que haces y me he tenido que aguantar.

―Te estás encerrando en ti misma, y eso no está bien, ¡asúmelo y ya está!, hasta que no reconozcas que te gusta lo que está pasando entre nosotros, vas a seguir igual… o peor…

―¿Cómo voy a reconocer que me gusta? ¡Tú estás idiota!

―Pues diciéndolo…

Paula apoyó la espalda en el sofá, estaba en perpendicular a mí, con las piernas cruzadas y se me quedó mirando detenidamente, meditando su respuesta, pero yo me adelanté y seguí hablando.

―Dime que te gustó cuando me hice la paja en la cocina frente a ti, y lo del sábado con las fotos y lo que pasó después, te morías de ganas por hacerlo y te encantó. ¡Sí, te encantó!, y a mí también. Y ahora, ¿sabes por qué estás así?, porque te encantaría repetirlo, pero te da vergüenza admitir eso delante de tu hermano pequeño.

―¿Y qué quieres que te diga? ―me preguntó enfadada.

―Pues lo que sientes. Ya está. Tampoco es tan difícil. Está clarísimo que te gusta excitarme, jugar conmigo, calentarme, que me haga pajas pensando en ti, te pone cachonda masturbarte en tu habitación sabiendo que yo estoy haciendo lo mismo aquí al lado. Reconoce que te da morbo escucharme follar con Sofía… y, sobre todo, reconoce que te gusta ver cómo me pajeo. ¡Eso te encanta!

―¡Ni de puta coña voy a decir eso! ―soltó mi hermana que, por lo general, no era tan malhablada.

―¿Te gustaría verme otra vez?

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que si te gustaría ver cómo me corro. Llevo varios días un poco de bajón por verte fastidiada, pero hoy me apetece mucho…

―Pues muy bien por ti.

―Si quieres, lo hago aquí mismo ―e hice el amago de sacármela.

―¡No! ¡Ni se te ocurra! ―me advirtió amenazándome con el dedo.

―Está bien, tranquila, que me iré a mi cuarto. Preferiría hacerlo mirándote a ti directamente… Es que es solo verte así y ufffff. Desde aquí, con la luz de la televisión se adivinan tus pechos bajo el pijama, ¡estás increíble, Paula…! ―y me levanté, mostrándole el bulto que comenzaba a crecer en mi entrepierna―. Bueno, pues si quieres verme, ya sabes dónde estoy…

Me acababa de jugar un órdago y no tenía ninguna esperanza de que Paula lo aceptara. Todavía era muy pronto.

Entré en la habitación, preparé el ordenador y quince segundos más tarde vi a mi hermana acercarse hasta mi cuarto. Se quedó parada sin atreverse a entrar y, después, avanzó y cerró la puerta.

¡¡El corazón me palpitó a toda velocidad!!

Se quedó frente a mí con su pijama primaveral y los brazos en cruz. Me encantaba que no llevara sujetador debajo de la camiseta de tirantes azul y miré sus pechos con lujuria, pero permanecí callado, puteándola para que fuera ella la que tomara la iniciativa.

―Está bien… ¿Qué quieres? ―me soltó de primeras.

―Ya lo sabes, Paula…

―¿Quieres que te mire?

―Sí, claro…

―¡Puto salido!, ¿quieres que te mire haciéndote una paja? ―repitió acercándose a mí de manera desafiante.

―¡Por supuesto!

―¡Pues hazlo! Aquí me tienes ―dijo estirando su camisetita para que se le marcaran más los pechos―. Esto es lo que querías, ¿no?

―Eeeeh, sí…, pero también me gustaría que lo reconocieras, que me dijeras que te gusta verme, ¡que te excitas conmigo!

―Vale, sí, me gusta verte, pesado. ¿Contento? ―y pegó un resoplido.

―Sí, joder… aunque no lo has dicho con mucho entusiasmo, pero me vale. ¿Y cómo nos ponemos? ―pregunté con la voz temblorosa.

―No sé, tú sabrás. Quieres que me quite esto, ¿no?

Y de repente, Paula se bajó el pantalón del pijama, desnudando sus piernas y quedándose tan solo con la parte de arriba del pijama y unas braguitas blancas.

¡¡Paula estaba en braguitas en mi habitación!!

Joder, ahí sí que me puse realmente nervioso, y es que Paula parecía dispuesta a todo. Ahora sí que estábamos los dos solos. Frente a frente. Sin filtros. Pero lo que más morbo me dio en ese instante, y eso que todavía no había pasado nada, fue pensar que esa era tan solo la primera noche de las muchas que teníamos por delante.

Mi cabeza ya estaba visualizando futuros encuentros, antes de disfrutar lo que estaba a punto de suceder.

―¡Dios mío, Paula! ¡Te…! ¡Te has quitado el pantalón! ¡Mmmm, qué piernas!

―¡Venga, idiota, deja de mirarme y empieza!

Mi hermana tenía prisa por verme, pero antes, la imité, quitándome no solo el pantalón, sino también los calzones y me quedé completamente desnudo de cintura para abajo. Me agarré mi erecta polla y me pegué un par de sacudidas, apuntando directamente hacia ella.

―Joder, ¿ya estás así? Te excitas con mucha facilidad… ―comentó mi hermana, y yo me sentí orgulloso, pues lo interpreté como un halago por su parte.

―Claro, estando contigo, ¿cómo no me voy a excitar? ¡Dios mío, Paula! ¡Es increíble que estemos haciendo esto otra vez! ¡No me lo creo!

―Ven, anda… ―me pidió avanzando hasta mi escritorio y volvió a sentarse como el sábado, con las piernas abiertas para que yo me situara delante de ella―. Empieza cuando quieras y, sobre todo…, recuerda las normas.

―¡Qué síííí! ¿Ahora quién es la pesada?

―¿Cuál es la norma más importante?

―Nada de tocar…

―¡Exacto!

―¿Y si lo hiciera?

―No, no puedes…

―Te repito, ¿y si lo hiciera? ―insistí comenzando a menearme la polla a menos de veinte centímetros de su coño.

―No te acerques más, si me rozas un pelo, me largo y sabes que hablo muy en serio ―me amenazó con firmeza y yo vi en sus ojos que lo haría, así que decidí no forzar más.

Estaba demasiado cerca ya de mi objetivo y solo tenía que esperar mi momento.

―Está bien, nada de tocar, prometido. Pero si tú quieres, yo me dejo, ¡lo del sábado fue la hostia!

―Lo del sábado solo fue para que terminaras rápido, ya lo sabes. ―y me pasó el dedo por el abdomen― Hoy creo que no vas a tener tanta suerte…

―¡Joder! ―exclamé sacudiéndomela con más fuerza delante de ella.

Entonces vi cómo mi hermana miraba detenidamente mi polla y se mordía los labios. Ya se le habían encendido las mejillas y sus pezones estaban duros.

―¿Te gusta?

―¿El qué…?

―Ya lo sabes, Paula, mi polla. No me has dicho si te gusta o no… ―y detuve mi movimiento, mostrándosela en toda su plenitud.

―Sí, es bonita…

―¿Es como la de Fernando?

―Bueno, más o menos, son parecidas. Quizás la tuya es un poco más grande… aunque puede que sea porque… se te pone más dura. Eso me llama la atención… ¡Es que se te pone durísima!

―Es por ti, Paula, es que me das mucho morbo. El corazón me va a mil por hora y a ti te pasa igual, ¿verdad? ―y puse una mano en su pecho.

―Eh, nada de tocar…

―Solo quería comprobar tu pulso, pero no hace falta, ya veo que tu respiración también está bastante agitada, uffff…

―¿Te vas a correr ya?

―No creo que aguante mucho, estoy muy excitado…

―Lo sé…

―Y tú estás igual, sé que estás muy cachonda, ya se te han hinchado las tetas, mmmm, ¿por qué no te tocas? Yo no puedo, pero tú podrías masturbarte delante de mí. Con eso no incumplimos las normas… La verdad es que, ya que estamos, me gustaría que te corrieras aquí conmigo, y no fueras luego a tu habitación a masturbarte sola.

―¿En serio quieres verme? ―me preguntó abriendo más las piernas.

―¡¡Sí, claro que quiero!!

Y ella bajó la mano y se acarició el coño por encima de las braguitas, soltando un leve gemido.

―¡Me cago en la puta!

―¿Qué te pasa, hermanito? Aaaah, aaaah… ―susurró presionando más fuerte con sus dedos y moviendo ligeramente la cadera en círculos.

―¡Joder, joder!

―¿Por qué paras?, ¿es que ya te vas a correr? Aaaaah, aaaaah…

―¡No me lo creo, Paula! ¡Te estás…, mmmm! ¡Te estás haciendo un dedo!

―No es para tanto… ¿Es que nunca has visto a una chica tocarse? Aaaah…

―¡Madre mía!, ¿podrías meterte los dedos por dentro de las braguitas?

―¿Así…? ¡Mmmm…! ―y Paula coló los dedos por el elástico de su ropa interior y echó la cabeza hacia atrás.

Se estaba acariciando el coño directamente.

Enseguida volvió en sí y me miró con cara de guarra, mientras intensificaba las caricias que se daba en la entrepierna. Cada vez jadeaba más alto y ya meneaba las caderas adelante y atrás, moviendo sus dedos en círculo sobre su clítoris.

―Mmmm, mmmm, aaaah, ¿vas a correrte? ―me preguntó deseando ver mi polla explotar encima de ella.

―¿Quieres verlo?

―Sí, quiero verlo. Aaaaah, quiero verlo… Aaaaah…

―¿Te gustó agarrarme la polla el otro día? ―dije acercándome más a ella y situando mi cara a menos de diez centímetros de la suya.

―Aaaaah, sí, aaaah, síííí, me encantó… ―y sacó la lengua, haciendo el amago de darme un lametón en la nariz, pero sin llegar a rozarme.

―Joder, Paula, aaaaah, aaaah… ¡Joder…! Te voy a poner perdida, aaaaah, ¡me voy a correr encima de ti!

―¡Espera, espera! ―y detuvo sus movimientos masturbatorios, quedándose parada.

Yo también frené en seco, apretándome la base de la polla para no eyacular. Paula tenía algo en mente y me puse muy nervioso por lo que ella me pudiera proponer. Entonces sacó la mano de sus braguitas y se miró los dedos.

¡Los tenía empapados!

―¡Joder! ―exclamó mi hermana, como si no pudiera creer lo húmeda que se encontraba―. Espera, capullo, ¡no quiero que me manches el pijama!

―¿Es que no puedo correrme encima de ti? ―protesté―. ¿Entonces cómo lo hacemos? ¡Yo quiero mirarte mientras me…!

Y sin que me lo esperara, Paula bajó las manos y comenzó a quitarse la camiseta azul de tirantes. Me quedé mudo de la impresión, las palabras no me salían; y es que solo quería estar concentrado en lo que estaba a punto de ver. Mi hermana me miró a los ojos y sonrió antes de desnudar su pecho con mucha lentitud y, de repente, se quedó con ese trapito en la mano.

¡¡Mostrándome sus enormes tetazas!!

En ese instante, tragué saliva.

―¡Dios, vaya tetas! ―exclamé. Aquella frase me salió del alma sin pensar y Paula se detuvo unos segundos para mirarme, disfrutando de mi reacción. Yo me quedé petrificado, con la boca abierta, mientras ella se mostraba impúdica.

¡Eran tal y como me las había imaginado!

Duras, turgentes, pesadas, grandes y con unas areolas oscuras de por lo menos cuatro centímetros. Además, sus pezones estaban erectos y apuntaban hacia arriba. ¿Cómo podían ser tan perfectas y a la vez tan vulgares?

Eran una oda a la voluptuosidad, al exhibicionismo. Ni Miguel Ángel hubiera podido dibujar algo así.

¡Aquellas tetas eran indecentes! Y Paula las lucía orgullosa, incluso sacando el pecho hacia fuera.

―Te has quedado muy callado… ¿Qué te pasa?...​
Esto es una torturaaaaa. Jajajajajajajaja…..queremos más
 
Y sin que me lo esperara, Paula bajó las manos y comenzó a quitarse la camiseta azul de tirantes. Me quedé mudo de la impresión, las palabras no me salían; y es que solo quería estar concentrado en lo que estaba a punto de ver. Mi hermana me miró a los ojos y sonrió antes de desnudar su pecho con mucha lentitud y, de repente, se quedó con ese trapito en la mano.

En ese instante, tragué saliva.

―¡Dios, vaya tetas! ―exclamé. Aquella frase me salió del alma sin pensar y Paula se detuvo unos segundos para mirarme, disfrutando de mi reacción. Yo me quedé petrificado, con la boca abierta, mientras ella se mostraba impúdica.

¡Eran tal y como me las había imaginado!

Duras, turgentes, pesadas, grandes y con unas areolas oscuras de por lo menos cuatro centímetros. Además, sus pezones estaban erectos y apuntaban hacia arriba. ¿Cómo podían ser tan perfectas y a la vez tan vulgares?

Eran una oda a la voluptuosidad, al exhibicionismo. Ni Miguel Ángel hubiera podido dibujar algo así.

¡Aquellas tetas eran indecentes! Y Paula las lucía orgullosa, incluso sacando el pecho hacia fuera.

―Te has quedado muy callado… ¿Qué te pasa?

―¡¡JO-DER, Paula!! ¡¡JO-DER!! ¡¡Qué tetas!! Uffff, ya sé que no puedo tocarte, ya lo sé, pero… por favor, los pechos sí, por favor, de los pechos no dijimos nada. Déjame, por favor, por favor…, no puedo tenerlas delante y…

―¡No puedes tocarme en general! ¡No puedes tocarme nada! ¡NA-DA! Lo siento…

Paula se mostraba lasciva, vulgar, medio desnuda, jadeando, y esa sonrisa se diluyó de su cara cuando volvió a meterse los dedos por debajo de las braguitas, mordiéndose los labios.

―¿Ya las has visto bien?, pues ahora déjame terminar algo. ¡¡¡Aaaah, joderrrr, aaaah, aaaah!!!! ¡Venga, sigue y tócate! Aaaah, yo estoy casi a punto, aaaah ―me pidió Paula.

―¡Cabrona! Eres una cabrona y lo sabes, ¿verdad? ―dije acercando otra vez mi cara a la suya y meneándomela al ritmo al que ella se masturbaba.

Intenté retrasar lo inevitable, pero sabía que Paula también estaba a puntito de llegar al orgasmo y quería llegar con ella, eso tenía que ser la hostia, ¡¡corrernos los dos a la vez!!

―¿Yo, por qué? Aaaaah, aaaah, si no he hecho nada…

―¡Eres una hija de puta! Voy a correrme encima… Voy a correrme encima de ti, ¿eso es lo que quieres?

―Aaaah, sííí, sííí, aaaah, ahora sí puedes correrte encima de mí…

―¡Pues pídemelo! ¡Aaaah, Paula…! ¡Aaaaah…!

―Aaaaah, aaaah, aaaah, sí, córrete, córrete, ¡córrete encima de mí, hermanito! ―y Paula explotó de repente―. ¡¡¡AAAAAH, AAAAH, DIOS MÍO, AAAAAH, AAAAH, SÍÍÍÍ, SÍÍÍÍ, CÓRRETE!!!

Un segundo más tarde, un lefazo salió volando y le alcancé las tetas, lo que hizo gemir a Paula más alto.

―¡¡¡Síííí, síííí, échamelo todo, aaaah, aaaah, córrete encima de mí, enano, aaaah!!!

Y yo seguí descargando más y más. Varios disparos atravesaron su cuerpo en todas las direcciones, hasta le llegué a impactar en el cuello y Paula no podía parar de correrse, en un orgasmo intenso e interminable.

Su cuerpo temblaba a cada lefazo que recibía y, mientras sus dedos martilleaban su clítoris, acerqué mi polla a sus braguitas, rozándola con ella y depositando allí mis últimos restos. Me encantó sentir los dedos de Paula moviéndose en círculos por debajo de la ropa interior y, cuando terminó, se me quedó mirando.

Sacó la mano de su entrepierna y apoyó las dos a ambos lados de su cuerpo, mostrándose para mí con las piernas abiertas. Mi polla reposaba sobre su coño y no paraba de palpitar, soltando alguna gota más que caía en sus braguitas.

―¡Me has puesto perdida!, ¡joder, David, qué manera de correrte!

―¡Lo siento!, yo no quería que te molestara…

―¡¡No me ha molestado, tonto!! ―exclamó una emocionada Paula que, de momento, no parecía arrepentida por lo que acababa de pasar.

Recogió unos restos de semen con los dedos, pasándoselos por los pechos y el ombligo, y después los miró, comprobando su temperatura y viscosidad.

―Puedes probarlo si quieres… me encantaría que lo hicieras ―le pedí―. No te cortes, por favor…

Y Paula sacó tímidamente la lengua y apoyó una yema del dedo índice en ella, degustando un poquito el sabor de su hermano pequeño.

―¿Contento?

―Sí, ¿está rico?

―Anda, vete al baño y tráeme un poco de papel, ¡me has puesto perdida!

―¿Po…? ¿Podría limpiarte yo? He cumplido y no te he tocado, ¡he respetado tus normas!

―Bueno, casi, ja, ja, ja… ―dijo mirando hacia abajo y señalando mi polla que seguía sobre sus labios vaginales―. Anda, aparta eso, uffff…

Me encantó esa especie de jadeo que soltó mientras me miraba la polla. Estaba claro que Paula se seguía resistiendo, pero ya no le quedaba nada para que me dejara disfrutar de ella sin ningún tipo de restricción.

Aquella noche supe que, tarde o temprano, terminaría follándomela. Y ella también lo supo.

Al menos, dejó que la limpiara, y recogí el abundante semen que bañaba sus tetas, su abdomen, el ombligo y hasta la cara interna de los muslos. No los pude tocar directamente, pero sí sentí el tacto que tenían sus pechos a través del papel.

Eran tan duros y pesados como parecían. Incluso más.

Y al mirar hacia abajo, vi otra vez esa enorme mancha de humedad en sus braguitas. Me dieron unas ganas terribles de apartárselas y lamer su excelso coño, y cuando terminé de limpiar sus últimos restos, mi polla ya volvía a estar dura, pero Paula se bajó de la mesa y dio por terminada la sesión.

Me dio la espalda y se agachó para recoger del suelo la camiseta de pijama y el pantalón, entonces pude ver desde atrás sus labios vaginales marcados a través de la tela de sus braguitas, y otra vez comencé a sacudírmela. Y Paula, al incorporarse, me encontró con la polla en la mano, pajeándome a toda velocidad sin dejar de mirarla.

―¡¡Pero, David…!! ¿¡Ya estás otra vez!?

―Lo siento, Paula, es que no lo puedo evitar. Ha sido tan increíble lo que acaba de pasar, y es que es verte así, desnuda… y joder…

Con el brazo izquierdo sostenía el pijama y, al verme, dudó por unos segundos y después se acercó a mí, bordeándome y situándose finalmente detrás de mí. Sentí sus enormes pechos presionando mi espalda y ella rodeó mi abdomen con la mano que tenía libre y me agarró la polla.

―¡¡Ooooh, Paula…!!

Pensé que después de correrme podría aguantar bastante tiempo, pero cuando mi hermana comenzó a masturbarme, me derretí al instante. Miré hacia abajo y vi su mano masajeando mi polla. Ese movimiento era hipnotizante y, además, Paula lo hacía de maravilla, moviendo su brazo a la velocidad perfecta y ejerciendo la presión justa.

―¡Córrete…! ―me susurró al oído.

Y apenas un minuto después de que comenzara a masturbarme, sintiendo sus pechos en mi espalda, volví a eyacular en el suelo de la habitación, mientras Paula no dejaba de gimotearme desde atrás.

―¡Mmmm, sí, sí, eso esss, mmmm, córrete, córrete, así, así, másss, venga, mmmm, córrete, hermanito! ¡Uf, joder, David! No sé cómo puedes echar tanto, vas siempre muy cargado. ―y al soltarme la polla me acarició los huevos, haciendo que pegara un respingo.

―¡Paula!

―Bueno, yo creo que por hoy ya está bien, hemos empezado a lo tonto y mira cómo hemos terminado…

―Muchas gracias, Paula… Me alegro muchísimo de que hayas cambiado de opinión y hayas venido a mi habitación esta noche. ¿Has visto cómo no era para tanto? A partir de ahora, ya sabes, cuando quieras, puedes venir a verme…

―Eeeeh, sssh, no te emociones, tranquilo. Esto no lo vamos a repetir todos los días, ¡ni mucho menos! ―dijo poniéndose la camiseta del pijama.

―Sí, claro, sin problema. Solo cuando quieras, por supuesto…

―Y creo que no hace falta que te diga que esto no se lo puedes contar a nadie, ¡a nadie!

―Joder, Paula, eso ya lo sé. Es algo entre tú y yo… Solo dime, ¿lo has pasado bien?

―Sí, ha estado bastante bien, ha sido muy… intenso… bueno, anda, me voy a dormir…, y tú limpia todo esto ―me ordenó señalando mi semen en el suelo.

Ella se fue de mi habitación y yo hice lo que Paula me pidió. Terminé de limpiar el estropicio y después me lavé los dientes. Ahora sí que me había quedado a gusto y me metí en la cama sabiendo que lo que acababa de pasar se iba a repetir muchos más días.

Mi cuerpo temblaba de emoción con tan solo imaginarlo.

Entonces, escuché el gemido de mi hermana. Ella se estaba masturbando otra vez en su habitación. Todo lo que había pasado seguro que le había puesto cachondísima y necesitaba un nuevo orgasmo para quedarse satisfecha.

“Qué hija de puta”, murmuré antes de cerrar los ojos y dormirme con sus pequeños jadeos entrecortados…​

38​



Al día siguiente actuamos con total normalidad. Como si no hubiera ocurrido nada la noche anterior. Desayunamos juntos, fuimos a la universidad, comimos, por la tarde estuvimos estudiando y por fin llegó la noche.

Yo no quería molestar a Paula ni ser insistente cuando estábamos solos por casa, sabía que ella lo había disfrutado mucho y que, tarde o temprano, iba a terminar buscándome para satisfacer sus más bajos instintos. Solo tenía que esperar mi momento.

Después de cenar me senté en el sofá mientras ella se lavaba los dientes y hacía su ritual típico antes de irse a la cama. Entró en el salón con su pijama primaveral y yo le hice hueco con la mantita, invitándola a que se sentara a mi lado.

―¿Has buscado alguna película? ―me preguntó, tomando asiento junto a mí.

―La verdad es que no, ¿qué te apetece?

―Deja lo que hay en la tele, me voy a ir rápido a la cama, hoy estoy cansada ―y apoyó la cabeza en mi hombro.

Rodeé su espalda con mi brazo y dejé mis dedos rozando su costado, mientras ella apoyaba una mano en mi estómago.

―Vamos a buscar algo para ver mañana, así vamos a tiro hecho. La tele es un coñazo, no hay nada. ―y abrí Netflix, mirando el catálogo para ver algún tráiler que pudiera estar entretenido.

Paula no dejaba de jugar con sus dedos en mi abdomen y yo le di un beso en la frente.

―¿Y eso? ―me preguntó.

―Por lo de ayer, ¡fue increíble!

―Anda, no seas tonto… ―dijo montando una pierna encima de mis muslos―. Me gusta que estemos bien, como ahora y ya está…

―Y a mí, joder, Paula, ufffff… ―resoplé acariciando su costado desnudo, después de que se le hubiera subido un poco la camiseta del pijama

―¿Qué te pasa…?

―Ya lo sabes, es que es tenerte así de cerca y encima, estás moviendo la mano cerca de… Ya sé que no lo haces para provocarme ni nada de eso…

Y ella bajó la mano y me dio unos golpecitos en el paquete, tanteando si ya estaba duro.

―¡Joder, David! ¿Ya estás así?

―¿Y qué quieres que haga?

―Nada, anda, mejor será que no hagas nada. ―y coló los dedos por debajo de mi camiseta, arañándome el abdomen, en una caricia que me puso la piel de gallina― ¡Déjame, tonto! ―me pidió tirando del elástico del calzón y sacándome la polla.

Paula me la agarró con firmeza, y allí, acurrucada contra mi hombro, comenzó a meneármela muy despacio bajo la manta, recorriendo con sus dedos todo mi tronco.

―¡Ufff, joder, Paula!

―¿Te gusta? ―suspiró con voz de zorrita.

―¡Mmmm, me encanta! ―y yo bajé la mano, tratando de meterla por debajo de su camiseta, pero ella enseguida se revolvió.

―¡Eh, eh, eh…! ¡Nada de tocar!, ¡ya lo sabes!

―Perdona, perdona… ―me disculpé, dejándome hacer.

Me encantaba cómo frotaba su pierna contra mi muslo y a la vez me aplastaba las tetas en el costado, mientras me pajeaba lentamente, emitiendo un suave ronroneo. Aunque también me fastidiaba no poder hacer nada, porque yo notaba que Paula estaba muy excitada, como yo. Así que volví a besar su pelo, su sien, y clavé mis dedos en su costado, por encima de la camiseta.

Todavía no me había acostumbrado a esa jodida sensación de la mano de Paula sacudiendo mi polla. ¡Es demasiado morboso que tu propia hermana te haga una paja! Y enseguida noté que no iba a poder aguantar mucho.

―Venga, anda, córrete ―me susurró al oído, dándome un beso en el cuello que me hizo estremecer.

Mi cuerpo se tensó y ella ahuecó mi camiseta con la mano libre, situando mi polla debajo para que eyaculara encima de mí. Ni tan siquiera tuvo que acelerar. Solo mantener el ritmo. Y varios lefazos se fueron depositando sobre mi abdomen, mientras ella me animaba.

―¡Así! ¡Muy bien, eso es! ¡Córrete, córrete…!

Me fijé en su cara, en esos coloretes prendidos, y me di cuenta de lo que disfrutaba esos instantes después, exprimiéndome hasta la última gota, acariciándome con sus dedos, restregándome el semen por el cuerpo y, en cuanto terminó, retiró la mano, me dio un beso en la mejilla y se fue a la cama con un escueto “buenas noches”. Ni pasó por el baño para limpiarse.

Y yo sabía lo que venía a continuación.

Por supuesto que volvió a masturbarse en su cuarto, y cinco minutos después, escuché cómo se corría la muy cabrona, con unos ruiditos de su cama al menearse, que me encendieron otra vez.

Estaba claro que a Paula le ponía cachonda provocarme y jugar conmigo. Había ido al salón con una clara intención. Sacarme la leche y lo había conseguido sin apenas esfuerzo. Y al día siguiente volvió a hacer lo mismo. Solo que esta vez ya ni me pidió permiso.

Se sentó a mi lado, acurrucándose en mi hombro, jugó un poco con sus dedos en mi abdomen y, mientras veíamos el primer capítulo de una serie nueva y sin mediar palabra, me sacó la polla bajo la manta e hizo que me corriera en apenas diez minutos.

Más tarde en su cama, volvió a masturbarse. Y durante toda la semana esta situación se repitió todos los días. Así hasta que llegó el viernes.

Yo, por supuesto que no le ponía ninguna pega, me encantaba que Paula se sentara a mi lado, me sacara la polla y me hiciera una paja. Luego ella se masturbaba sola en su habitación y gritaba para que yo escuchara su orgasmo. Me encontraba en un momento muy dulce, como flotando en una nube, pero sabía que podía conseguir algo más de mi hermana.

Mucho más.

Y ese viernes decidí dar un paso adelante cuando Paula tocó con los nudillos en la puerta de mi habitación. Había salido un día primaveral y bastante caluroso y mi hermana me sorprendió con un pantaloncito corto y una camiseta blanca de tirantes.

―Oye, ¿hoy no has quedado con Sofía?

―No, tenemos examen el martes y tenía que estudiar y bueno, lo mismo mañana sí que se pasa un rato por la tarde por aquí para pegarle un repaso entre los dos…

―¿Te apetece pizza y peli? ―me preguntó―. Mañana no hay que madrugar.

Bien. Otra vez fue muy directa. Y yo, por supuesto, acepté.

―Sí, genial, ya estoy terminando de estudiar…

―Vale, voy calentando el horno.

Le ayudé a poner la mesa y en quince minutos ya estábamos frente al televisor con una pizza barbacoa bien humeante. Elegimos una peli y bajamos las luces para cenar mientras la veíamos. Me gustaba el buen rollo que había con Paula; no hacíamos mención a lo que estaba sucediendo entre nosotros y, de momento, nos comportábamos con bastante normalidad, aunque siempre flotaba en el ambiente esa parte incestuosa de la que no nos atrevíamos a hablar.

Así que en cuanto cenamos y recogimos la mesa, Paula se sentó a mi lado, me puso la pierna encima y nos tapamos un poco con la mantita; y yo ya tenía la polla dura sabiendo lo que venía a continuación. No sé si porque era viernes o porque mi hermanita me lo quiso hacer desear un poco más, se pegó jugando con sus dedos en mi pecho y abdomen por lo menos media hora.

Subiendo y bajando. Subiendo y bajando. Una deliciosa tortura.

Y cuando por fin se decidió, coló un par de dedos por el elástico de mis pantaloncitos y yo dejé que me agarrara la polla. Se deshacía del pantalón y me la sacaba con una habilidad asombrosa con una sola mano y, en menos de diez segundos, ya me estaba pajeando bajo la mantita.

No dijo nada, solo me dio un beso en el hombro y se pegó más, echándome su cálido aliento en la mejilla, frotando su muslo desnudo contra el mío y pegando sus tetazas en mi costado mientras me pajeaba. Movía la mano hasta el final del capullo y luego me lo estrangulaba con un giro hasta que volvía a bajar y me rozaba los huevos con la base de la mano.

El vaivén era lento, firme y decidido. Me la agarraba con la presión exacta y, en un par de minutos, noté que mi ano se contraía y mis glúteos se apretaban. La muy cabrona ya estaba a punto de sacarme la leche y yo incrementé el ritmo de mis resoplidos y mis dedos se clavaron en la piel de su cintura. Ella sonrió y me dio otro beso en la mejilla.

―¡Córrete si quieres…!

Y sin que se lo esperara, detuve su brazo e interrumpí su paja.

―Espera… Espera, Paula… Para, para… ―le pedí con suspiros cortos y cerrando los ojos.

―¿Qué pasa?, ¿es que no quieres…?

―No, no es eso…

―¿Entonces?

―Espera, espera… No quiero correrme, ufff, vale, creo que ya ha pasado. ―y pude retener mi inminente orgasmo― Es que… bueno, llevamos toda la semana igual, y quería decirte que luego te escucho en tu habitación cuando te tocas… ya sabes…

―Lo que yo haga después es asunto mío ―dijo retirando la mano―. Si no quieres terminar…

―Sí, claro que quiero, solo es que… me gustaría pedirte algo más…

―¿Qué quieres…?

―Dime la verdad, ¿te excitas cuando me tocas? Supongo que sí, por eso luego en tu habitación…

―Bueno, sí, lo normal… ¿Dónde quieres ir a parar, David?

―Pues como no puedo tocarte y tú a mí sí, no sé, he pensado que quizás… no sé, me podías hacer algo más…

―¿Algo más?, ¿a qué te refieres?

―Había pensado en sexo oral… ¿Me harías una mama…?

―¡No te lo crees ni tú! Mira, David, yo creo que ya bastante estoy cediendo en todo este asunto, ya sé que esto no está bien, pero, al fin y al cabo, lo que hago no deja de ser una caricia con la mano, como si fuera un masaje… y por supuesto no te la voy a chupar. ¡Joder, eres mi hermano!, ¿en serio me ves tan guarra como para hacer eso? No voy a hacerlo, ni tampoco nos vamos a dar un beso en la boca, ni voy a dejar que me toques, esto es lo máximo que va a pasar entre nosotros, pensé que había quedado claro, David.

―Eh, sí, bueno ―dudé. Paula me había frenado tan en seco que hasta mi polla perdió su erección―. No te enfades, por favor, pero es que no es justo. Tú sí puedes tocarme y yo a ti no; al menos deja que te acaricie así como estamos ahora sentados, ¿tampoco es mucho pedir a cambio, no…? Vale, entiendo y acepto que no me dejes tocar tu zona más íntima, pero arriba, no creo que pase nada, venga, Paula, por favor, solo un poquito…

―¿Quieres tocarme los pechos? ―me preguntó volviéndose a inclinar sobre mí, pasando otra vez su pierna por encima de mis muslos y agarrándome la polla―. Vaya, vaya, ¿qué ha pasado aquí? Es la primera vez que no la tienes dura, ja, ja, ja ―dijo sacudiéndomela con dos dedos y haciendo que recobrara vida en apenas diez segundos.

―Sí, por favor, deja que te toque… Mmmm… ―gimoteé cuando Paula retomó su paja, clavando mis dedos en su costado.

―Dijimos que no podías, ya sabes, las normas…

―Tampoco las incumpliríamos del todo, solo es un poco por encima de la camiseta…

―¿Por encima? ¿Me lo prometes?

―Sí, sí, de verdad…

―Está bien, pero ni se te ocurra pasarte, eh… Aunque tampoco creo que te quede ya mucho, ¿no? ―dijo dándome otro beso en el hombro y volviendo a frotar su pierna desnuda contra mi muslo.

Paula no andaba muy desencaminada, me daba un poco de tregua, ya que su paja ahora era exageradamente lenta, pero en cuanto quisiera y subiera el ritmo, me iba a hacer explotar sin ningún problema. Ya estaba a su merced.

Y yo subí la mano derecha y le agarré un pecho por encima de la camiseta, como le había prometido. Era la primera vez que me dejaba tocarle las tetas, y aunque no era piel con piel, sentí su tacto y lo grandes que eran en la palma de mi mano.

¡Fue una sensación muy bestia!

Tener entre mis dedos aquellas tetazas tan enormes y pesadotas.

Hice círculos con la yema del índice cuando noté su pezón duro e incluso se lo atrapé entre dos de mis dedos, tirando suavemente de él, y a Paula se le escapó una especie de quejido placentero.

―¡Ay, cabrón! ¿Qué haces? ―y me aplastó la polla con su puño, deteniendo su movimiento.

―¿Te gusta?

―Sí, está bien, aaahhhggg… ¡Pero ten cuidado, no tan fuerte!

―Espera que te lo hago en el otro también ―le dije alternando la mano y pasándola al otro pecho para buscar su pezón―. Los tienes muy duros, uffff…

―Y sensibles, es normal cuando nos excitamos, aaaaah ―suspiró Paula―. ¿Quieres que siga o prefieres recuperar un poco? ―me preguntó soltándomela y dejándola extendida sobre mi cuerpo.

Enseguida comprendí que Paula no quería que me corriera tan pronto para que siguiera acariciando sus tetas, al parecer le había gustado más de lo que se pensaba y ahora gimoteaba mientras su hermanito pequeño le sobaba, clavando mis dedos en esas ubres tan duras y turgentes, sopaséndolas con mi mano, haciéndolas bambolear y alternando mis caricias con suaves pellizcos en sus pezones.

Los pequeños suspiros pasaron a gemidos en cuestión de segundos y el movimiento de cadera de Paula se hizo más pronunciado, clavando su entrepierna contra mi cuerpo, como si quisiera frotarse el coño. Menos mal que me había soltado la polla o me hubiera corrido en ese preciso instante, y Paula me permitió que siguiera jugando con sus pechos un minuto más antes de agarrármela y reanudar su paja.

Y a punto de correrme, ni lo pensé, colé mis dedos por debajo de su camiseta y ahora sí, ¡¡toqué sus tetas directamente!!

Esta vez Paula no protestó. Solo sentí que me la agarraba con más fuerza e incrementó la potencia con la que me la sacudía. Tampoco hubiera hecho falta. Mi corrida ya era inminente. Y cuando le pellizqué con fuerza los pezones, ella gritó y yo solté todo lo que llevaba dentro.

―¡¡¡Aaaaah, joderrrr, cabrón!!!

―¡¡Me corro, Paula, me corro, aaaah, aaaah, aaaah!!

―¡Sí, sí, córrete, córrete, aaaah y sigueee, aaaah, sigueee, apriétame las tetas, aaaah, apriétamelas, aaaaah, Diossss!

Mi hermana se retorcía como una serpiente, retozando contra mí, gimiéndome en el oído, y aquella noche tuve un orgasmo glorioso, sintiendo el calentón de Paula que no dejaba de masturbarme con sacudidas bien duras, mientras soltaba un lefazo tras otro contra mi estómago.

Aplasté sus tetas con rabia y me pareció que mi hermana tuvo un miniclimax, frotándose contra mí mientras exprimía mi polla.

―¡Aaaah, córrete, cabrón, córrete, asíííí, mmmmm!

―¡Aaahhhggg, vale ya, Paula, aaahhhggg, vale, para ya…! ―le tuve que pedir, porque ella no se detuvo aunque mi polla ya comenzara a perder dureza.

Paula se quedó quieta con la respiración entrecortada y, en ese momento ,volvió en sí y fue consciente de lo que estaba haciendo. Separó su cadera de mi cuerpo y bajó la pierna que tenía montada en mi muslo. Por último me soltó la polla y se quedó mirando su mano y la abundante corrida que había soltado sobre mi abdomen.

Tenía los dedos manchados de semen y después de un resoplido, se puso de pie, dispuesta a plantarme, como hacía siempre.

―Espera, Paula.

―¿Qué pasa…?

―Ya te vas a la habitación, ¿no?

―Sí, ¿por…?

―Hoy me gustaría verte, tú me has visto a mí, pero yo a ti no, aunque me gusta imaginar cómo lo haces, cómo te tocas y eso… ya me entiendes, pero la realidad es que me gustaría verlo.

―Eso no estaba en el trato, además, no me fio de ti, ahora me has tocado por debajo de la camiseta y me prometiste que no lo ibas a hacer, ¡nunca cumples con tu palabra!

―¿Es que no te ha gustado?, has gemido y todo…

―¡No se trata de eso!, sino de que no tienes ningún tipo de control, y seguro que si te dejo verme, luego quieres hacer otras cosas…

―No, no, de verdad que no. Solo sería verte… yo me siento a tu lado y ni te vas a enterar que estoy allí…

―Ya, eso dices ahora, pero si me acaricio delante de ti, cuando esté cerca del orgasmo estaré bastante excitada y tú podrías aprovecharte… así que prefiero no correr ese riesgo.

―¡Joder, Paula! Ahora te he tocado porque he visto que te estaba gustando, pero siempre he hecho lo que me has pedido. Venga, por favor… ¡Te prometo que no voy a hacer nada!

Yo podía ver en la cara de mi hermana lo cachonda que estaba. Sus pezones se habían quedado completamente erectos y, mientras se lo pensaba, ella se frotaba las yemas de los dedos manchados con mi semen.

―¡Está bien! Hoy puedes mirar, pero ni se te ocurra hablar, ni molestarme, ¡y mucho menos tocarme, eh!

―¡Genial, Paula! ―exclamé dando un salto del sofá. Y es que estaba tan emocionado que ni me había dado cuenta de que mi polla ya volvía a estar dura.

―Pero antes de venir a mi cuarto, límpiate. ¡Y ten cuidado que lo vas a poner todo perdido!

―Sí, sí, perdona…

―Pues te espero en mi habitación y date prisa, ¡no tardes! ―dijo mi hermana dándose media vuelta y saliendo por la puerta del salón.

Jamás había visto a Paula tan encendida como en ese momento y fui a limpiarme a toda velocidad. No tenía tiempo que perder, porque mi hermana ya me estaba esperando en su cuarto. Era lo que tanto había deseado.

Paula se iba a hacer un dedo delante de mí…​
 

39​



Entré en su cuarto muy nervioso y terriblemente excitado, aunque me acababa de correr dos minutos antes. Y es que no era para menos.

Paula se encontraba de pie frente a mí. Se había quitado el pantalón corto y tan solo llevaba unas braguitas negras y la camiseta blanca de tirantes. Tenía los brazos en jarra y, al verme, me pidió que cerrara la puerta. Me parecía absurdo, pues estábamos los dos solos en casa, pero no quise llevarle la contraria y le hice caso.

Avancé un par de pasos y me quedé plantado en medio de su habitación. Paula me miró detenidamente, estaba seria, como advirtiéndome de que algo importante iba a ocurrir y, de buenas a primeras y sin que me lo esperara, se quitó la camiseta.

Uf. De nuevo aparecieron ante mí sus fantásticas tetas. Creo que hasta me palpitó la polla.

Ella me dejó unos segundos para que me deleitara con ellas y después se sentó en su cama.

―Ponte donde quieras… y ya sabes, eh, nada de tocar y estate calladito, ¡no me desconcentres!

―No, no, tranquila… ―dije cogiendo su silla de escritorio y sacándome la polla antes de sentarme en ella, mientras Paula se tumbaba bocabajo, mirando hacia la pared.

Se metió una mano entre las piernas y, al ladear la cabeza, me encontró frente a ella con la polla en la mano.

―¿Te vas a hacer otra? ―me preguntó con voz sensual, empezando a acariciarse el coño por encima de las braguitas.

―Sí, claro…

―¡Mmmmm…!

Yo me había fijado en el detalle de que ella ni se había lavado y esos dedos que ahora acariciaban su clítoris debían contener restos de mi semen, lo que todavía me dio más morbo. Paula soltó un buen gemido y empinó el culito, poniéndolo en pompa.

Tuve que levantarme para ver aquello bien y me situé detrás, agachándome a los pies de la cama, viendo cómo sus dedos se movían a toda velocidad, y de repente, se apartó las braguitas a un lado y aparecieron ante mí sus labios vaginales.

¡Allí estaba delante de mis narices el coñito de Paula!

Y ella seguía y seguía, acariciándose con esos dedos traviesos que no se paraban quietos. Incluso se los llegó a clavar varias veces, metiéndolos y sacándolos lo más profundo que pudo, y yo me quedé atónito, contemplando ese coño cada vez más húmedo y abierto.

Los gemidos de Paula fueron a más, lo mismo que el sube y baja de sus caderas, había cerrado los ojos y se masturbaba con furia, mordiéndose los labios, entonces me di cuenta de que no le faltaba mucho para correrse.

Volví a ocupar la silla y comencé a pajearme rápido, observando su culo y su espalda desnuda. Cuando Paula volvió a abrir los ojos, se quedó mirando mi polla, completamente dura a menos de medio metro de su cara.

―¡Joder, Paula, uffff, qué pasada! ―dije masturbándome al mismo ritmo que ella.

―¡¡Ooooh, Diosss, mmmmm, aaaah, aaaah!! ¿Vas a correrte? ―me preguntó con la voz entrecortada.

―Sí, claro…

―Si quieres, aaaah, puedes correrte encima de mí, aaaah, aaaah…

Y de un salto me puse de pie, y sin dejar de pajearme todavía me acerqué más a ella, hasta que topé con la cama. Ya no podía avanzar más. Y de pronto, sentí que mi orgasmo era inminente.

―¡Mierda! ―yo quería llegar al orgasmo a la vez que Paula.

Tuve que ralentizar un poco el ritmo y esperar unos segundos más a mi hermana, que soltó un gemido que ya conocía muy bien, señal de que su clímax estaba empezando.

―¡¡¡Aaaaah, aaaaah, córrete, córrete encima de mí!!! ―me volvió a pedir, conteniendo la respiración unos segundos.

Cuatro, cinco sacudidas más y justo cuando Paula expulsó todo ese aire acumulado, comenzando a correrse, un primer lefazo salió hasta su espalda. ¡Nos estábamos corriendo los dos a la vez!

Ella tuvo una especie de sacudida, al sentir mi semen tocar su piel, como si le hubiera quemado, y aplastó su cara contra la cama, dando rienda suelta a toda esa tensión acumulada y disfrutando de su orgasmo, mientras yo soltaba un espasmo tras otro, bañando su piel.

La dejé unos segundos que se recuperara y, mientras tanto, me quedé mirando otra vez sus dedos, acariciándose los labios vaginales, pero con mucha más suavidad. Quería grabar esa imagen en mi retina para siempre. Y Paula enseguida volvió en sí. Estaba sudorosa y se apartó el pelo de la cara.

―¡Uf, qué pasada! ―exclamó―. ¿Te ha gustado?

―¿Tú qué crees? ―dije sentándome a su lado, apoyando como pude el trasero en el minihueco que había―. ¡Me ha encantado correrme encima de ti!, y además, que me lo hayas pedido ha sido la hostia… ―me sinceré acariciando su espalda en una especie de masaje, esquivando los lefazos que la atravesaban hasta el otro lado.

―¡Uf, joder…! ¡Ha estado muy bien, sí, uf! ¡Muy bien…! ―resopló.

―Lo siento, Paula, creo que te he mojado la colcha, he llegado hasta el otro lado…

―No me extraña, sueltas muchísima leche, hermanito… ―y sonrió estirando el brazo para rozarme los huevos― No te preocupes, que mañana pongo una lavadora.

―Espera, no te muevas que te voy a limpiar…

―Deja, deja… Va a ser mejor que me pegue una ducha… ―y de repente se incorporó de la cama, se puso de pie y, antes de salir de la habitación, también se quitó las braguitas delante de mí.

Ahora estaba completamente desnuda.

Y me lanzó las braguitas en mi regazo, aterrizando sobre mi polla; yo me quedé mirando su coño con la boca abierta, lo tenía completamente depilado y ella enseguida cayó en la cuenta de que era la primera vez que se lo veía. Con los coloretes encendidos, el pelo sudado, despeinado y su espalda llena de semen, Paula era la viva imagen de la lujuria.

―No mires tanto, hermanito, ja, ja, ja… Esto no lo habías visto antes, ¿no?

―No…

―Me voy a la ducha antes de que empiece a escurrir por toda la casa…

―Paula ―la llamé sentado en su cama, con los pantalones en los tobillos y sujetándome la polla, que ya volvía a estar dura―. ¿Puedo ducharme contigo?

―No, yo creo que por hoy ya has tenido bastante… ¿Pero ya estás así otra vez? ―me preguntó al fijarse en mi erección cubierta por sus braguitas blancas―. Si quieres, hazte una paja mientras me ducho. Hasta te dejo que te la hagas aquí en mi habitación y con mis braguitas, ja, ja, ja…

―¡Joder, Paula! ¿Y no me ayudas? ―le pedí comenzando a sacudírmela delante de ella.

―Cuando salga del baño lo quiero todo recogido y que ya no estés aquí ―me ordenó dándose media vuelta y desapareciendo en un par de segundos.

“Hija de puta”, murmuré machacándome la polla. “Te vas a enterar”.

Retiré la colcha hacia atrás y descubrí las sábanas blancas sobre las que dormía Paula. Con su prenda más íntima envolviendo mi polla, me hice otra paja, y aunque no es que soltara demasiada cantidad de semen, me corrí sobre sus sábanas, manchando también sus braguitas, que dejé hechas un guiñapo encima de la cama.

Ella me había dicho que podía hacerme una paja allí, pero no me había prohibido correrme donde quisiera.

Luego regresé a mi habitación y me quedé esperando la reacción de Paula al salir de la ducha. Tan solo escuché un “cabrón”, pero no vino a recriminarme nada. Y yo me dormí completamente exhausto, pero satisfecho.

Y es que después de tres orgasmos casi consecutivos, tenía que recuperar un poco de energía, porque al día siguiente había quedado con Sofía en casa…​

 

40​



El sábado apenas estuve en casa por la mañana. Salí pronto a jugar un partido de fútbol sala con los amigos y después nos tomamos un par de cañas, así que cuando regresé ya eran casi las dos y Paula tenía la comida preparada.

―Esta noche se queda Fernando a dormir… ―me avisó mi hermana.

―Sí, ya me acordaba, y también vendrá Sofía por la tarde, vamos a estudiar, que el martes tenemos examen, pero, tranquila, que sobre las ocho nos iremos y ya os quedáis solos.

Viendo a Paula sacar un pescado del horno con esos pantaloncitos blancos y una camiseta de andar por casa, me dieron unas ganas terribles de decirle lo bien que me lo había pasado la noche anterior y las ganas que tenía de repetirlo.

Es que era solo verla y lo único que me apetecía era abalanzarme sobre ella y satisfacer mis instintos más animales. Me estaba volviendo loco. Y yo creo que a Paula le pasaba lo mismo.

Decidí que sería bueno para Paula dejarla descansar un poco y no agobiarla con lo que estábamos haciendo y pensé que le vendría muy bien ver a su novio, lo mismo que a mí me iba a sentar de maravilla pasar un rato con Sofía. Y es que en los últimos días, no puedo decir que la echara mucho de menos, pues solo podía pensar en Paula, Paula y más Paula. No me la podía sacar de la cabeza y ya me levantaba deseando que llegara la noche para que me acompañara en el sofá y a la mañana siguiente, lo mismo.

El ratito que pasé con mis colegas me ayudó a despejarme, había sido una semana demasiado intensa y me permitió salir durante unas horas de ese pequeño bucle en el que estaba sumergido. Universidad, estudiar y Paula.

Aquella tarde me apetecía mucho estudiar con Sofía y follármela antes de salir de fiesta. Solo veía a mi novia durante las clases, pero luego no estábamos pasando juntos nada de tiempo, así que me imaginaba que ella también tendría muchas ganas de tener sexo conmigo.

No es que estuviera excesivamente cachondo después de haberme corrido tres veces seguidas unas horas antes, pero Sofía siempre lograba calentarme con relativa facilidad. Era un don que tenía mi chica. Llegó puntual, como es ella, a las cuatro y media, saludó a Paula y después nos metimos a estudiar en mi cuarto. Le pegamos un buen repaso a casi todos los temas durante dos horas y a las seis y media, cerramos los libros.

―Creo que llevamos muy bien el examen ―aseguré poniendo una mano en su muslo y buscando su boca.

Sofía me correspondió el beso y, en cuanto comenzamos a enrollarnos, se quitó la camiseta y el sujetador, quedándose en vaqueros y desnuda de cintura para arriba. En ese momento no pude evitar compararla con Paula. Mi chica era más bajita, estaba más delgada y sus pechos eran más pequeños, aunque muy bonitos. No llamaban tanto la atención como las tetazas de mi hermana.

Tenía el pelo más corto, media melena y una cinturita estrecha, que daba paso a un culo redondo y duro que era una jodida delicia. Nada que ver con el cuerpo desarrollado de Paula, que ya había pasado a ser toda una mujer con unas caderas y unas curvas mucho más pronunciadas.

Fuimos hasta la cama y Sofía se puso encima sin dejar de comerme la boca, se notaba que mi novia llevaba un buen calentón, pero a mí me costó ponerme a tono. Todavía no me había recuperado del todo de la noche que había pasado con Paula.

Sin embargo, Sofía sabía mi punto débil. La muy cabrona, con esa carita aniñada de mosquita muerta, era una morbosa de cuidado.

―Tengo que contarte una cosa ―dijo restregándose contra mí.

―Soy todo oídos…

―Ayer estuve con Hugo y bueno…, ha habido avances en lo que me pediste…

―¿Ah, sí? ¿Con tu hermanito? ¿¡No me digas!? ¿¡Qué pasó!? ¡Cuenta, cuenta!

―Pues estaba en el salón, jugando a la Play, como siempre, y le dije que me iba a duchar…

―¡No me digas que otra vez se hizo una paja con tus braguitas!

―No, escucha, empezamos a hablar y él me comentó que le gustaba una chica, pero que no quería salir con ella porque le daba vergüenza una cosa…

―¿El qué…?

―Que no sabía lo que tenía que hacer cuando se fueran a besar, porque nunca se había besado con una chica.

―¡¡Mmmm, interesante!!

―Y yo le expliqué cómo se hacía, puse la mano así ―y juntó los dos dedos, formando una especie de boca― y le fui enseñando…

―¡Es muy morboso…! ¿Y qué más?

―Luego me imitó y, para terminar, le dije que si quería probar conmigo, así aprendía mejor…

―¿¿¡¡Quééééé!!?? ¿¿¡¡En serio!!?? Y él dijo que sí, claro…

―¡Por supuesto!

Y en ese momento mi polla saltó bajo mis pantalones.

―¿Y le enseñaste bien? Quiero decir, ¿cómo fue el beso?

―Pues mira, fue así ―y Sofía se acercó a mí y atrapó mi labio inferior con sus dos labios, comiéndomelo con mucha sensualidad, y luego hizo lo mismo con el de arriba.

Yo no me lo podía creer. ¿Se había comido la boca así con su hermano pequeño? Aquello era casi tan incestuoso como lo mío con Paula. Mi hermanita me había pajeado, se había hecho un dedo delante de mí y hasta me había permitido que me corriera encima de ella, pero lo de morrearme con ella no. Eso lo tenía prohibidísimo.

Para Paula eso era más indecente que lo que hacíamos nosotros.

Y de repente sentí la lengua de Sofía entrando en mi boca y yo me quedé perplejo. ¿También le había metido la puta lengua?

―Le hice esto y luego, esto… Le pedí que me pasara la mano por el cuello, mmmm… y Hugo me correspondió el beso, aprendió muy rápido.

―¿Y cuánto duró más o menos?

―Primero nos dimos un beso corto, de unos segundos. Pero luego Hugo se lanzó y bueno, terminamos… Ya te imaginarás…

―Noooo, ¿cómo?

―Pues se me fue un poco de las manos, terminamos enrollándonos en el sofá, casi un minuto o por ahí…

―¡¡Uffff, un minuto, joder!!

―Me comió el cuello el muy cabronazo… creo que se me escapó hasta un gemido. ―y Sofía me ofreció su propio cuello para yo pusiera allí mis labios.

Estaba claro que quería recrear la misma situación y, en cuanto le pegué un buen muerdo, ella gimió.

―Mmmm, sííí, mmm, sigueee…

―Dime la verdad, ¿te pusiste cachonda?

―Sí, mucho, uffff…

―¿Y no te tocaste?

―No, pero me quedé con las ganas, yo creo que todavía me dura el calentón desde ayer. No me quise correr en la ducha porque había quedado hoy contigo, sino…

―Te hubieras hecho un dedo…

―Mmmm, creo que ayer sí…

―¡Joder, qué historia, Sofi! ¿Y tu hermano cómo estaba?

―También estaba excitado…

―¿Ah, sí? ¿Se le puso dura?

―Sííí ―ronroneó mi novia―. Muy dura.

―Mmmm, ¿lo viste?

―Sí, mientras nos besábamos me fijé y era muy descarado, la tenía hinchadísima…

―¿Y no te quedaste con ganas de tocársela? Podías haber hecho lo que te pedí, él no te hubiera dicho nada si en ese momento le haces una paja…

―¿Tú crees?

―¡Seguro!

―No sé, ya hubiera sido demasiado fuerte, lo del beso lo hice para calentarle a él, pero no pensé que…

―No pensaste que te iba a gustar tanto y a ponerte tan cachonda, ¿verdad?

―Síííí…

―¿Y no te gustaría repetirlo?

―Yo creo que no, ya sería demasiado descarado…

―Puedes preguntarle qué tal le ha ido con su novia, por si necesita más práctica.

―Mmmm, no es mala idea…

―Me pone muy cerdo que te comas la boca con tu hermano…

―Entonces, ¿te ha gustado la historia?

―Ya sabes que sí, me has puesto cerdísimo…

No estaba exagerando nada, lo que me acababa de contar Sofía me había dado un morbazo de la hostia. Era como volver a revivir lo mío con Paula, pero a través de mi novia, a la que poco a poco le estaba inculcando unas ideas incestuosas en su cabecita. Y a ella parecía que le encantaba también.

Se puso de pie y se fue quitando el pantalón lentamente, quedándose tan solo con una tanguita negra. Me abrió las piernas y se inclinó, besándome el cuello y luego descendiendo muy despacio, sin dejar de pasarme los labios por el pecho, hasta que se puso de rodillas frente a mí.

Me iba a comer la polla.

Cuando la buena de Sofía ponía esa cara de vicio, ya no había quien la detuviera, así que la dejé hacer. Me la sacó del pantalón y, mirándome a los ojos, me pasó la lengua por toda la longitud de mi verga hasta que llegó a los huevos.

―¡Métetela en la boca!

Y en cuanto lo hizo, comenzó a succionar con fuerza y yo eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, fantaseando que era Paula la que estaba entre mis piernas. Tenía que ser una puta locura que tu propia hermana te hiciera una mamada.

―¿Se la chuparías a tu hermano?

―Noooo…

―¿Y una paja?, ¿le harías una paja?

―Eso puede que sí…

―Sabes que sí, el otro día te quedaste con muchas ganas…

―Mmmmm…

―Me encanta que hagas todo lo que te pido. A mí también me encantaría que Paula me hiciera una paja…

―¡Uf, joder! ―jadeó Sofía metiéndose la mano entre las piernas y comenzando a masturbarse.

―¿Te gustaría verlo?

―¡Sííí, me encantaría!

―Y también dejaría que me hiciera una buena mamada, como la que me estás haciendo tú ahora…

―Mmmm, joder, mmmm… me estás poniendo mucho… ¿Vas a follarme? ―me preguntó Sofía, bordeando mi capullo con su lengua.

―Me apetece mucho correrme en tu boca… Aaaah, Diossss, imaginarme que es Paula la que me la está chupando…

―¿Quieres imaginarte que es tu hermana? ¡¡Joder!!

―Síííí…

―Pues di su nombre… ―me pidió Sofía, que parecía que podía leer mi mente.

―¿Qué…?

―¡Que digas su nombre! Quiero que te corras mientras dices su nombre…

―¡¡Joder, Sofiii, uffffff…!!

―¡¡Vamos, dilo!! ―y se la volvió a meter en la boca, chupándomela con más fuerza, incrementando la velocidad a la que movía la mano.

―Aaaaah, sigueee, Paula, aaaaah…

―Mmmmm….

―Vamos, Paula, vamossss, aaaah, aaaah, Paulaaaa, aaaah… ¡Voy a correrme en tu boca!

Sofía siguió masturbándose, gimoteando mientras trataba de meterse mi polla lo más profundo que podía, y yo ya no pude más, y sujeté su cabeza justo cuando se desencadenó mi orgasmo.

―¡¡Aaaaah, voy a correrme, Paula, aaaah, me corro, Paula, aaaah, aaaah!! ―se la incrusté con rabia en la boca, levanté la cadera para soltarle el primer disparo en la garganta y seguí moviéndome, follándomela con ganas, agarrando su cabeza.

Y ella también comenzó a correrse, escuchando el nombre de mi hermana, que yo repetía sin cesar una y otra vez.

―¡Paula, Paula, Paula…! ¡Aaaaah!

Cayó al suelo y Sofía se limpió la comisura de los labios con sus dedos, mirándome a los ojos con una extraña y oscura sonrisa en su rostro.

―¡Eres un hijo de puta, te has corrido pensando en tu hermana!

―Tú me lo has pedido…

―Uf, sí, me ha dado mucho morbo… ―y se puso de pie, quitándose el tanguita delante de mí―. Ahora quiero que me des por el culo ―suspiró dándose la vuelta y sentándose encima de mí, con suaves movimientos arriba y abajo.

No sé si con otra chica me hubiera empalmado tan rápido, ya eran cuatro orgasmos en menos de 24 horas, pero en cuanto sentí la suave piel de sus glúteos sobre mi polla, se me puso dura con un par de vaivenes.

Además, también me apetecía follármela con ganas y hacerla gemir, sabiendo que Paula lo iba a escuchar todo desde su habitación.

Y vaya si hice que gritara mientras la enculaba. Sofía se corrió dos veces más y yo me imaginé a mi hermana masturbándose como una loca en su silla del escritorio. No me cabía ninguna duda de que, por la noche, iba a recibir a Fernando con un buen calentón…​

41​



Llegué bastante tarde aquel sábado después de salir de fiesta y el domingo por la mañana, Paula me la devolvió, como se suele decir.

Era bien prontito, sobre las nueve y media, cuando escuché los gemidos desde su cuarto, apenas había dormido tres horas y mi hermana estaba follando con su novio. El típico polvo mañanero. Tenía mucho sueño y me encontraba bastante cansado, pero eso no fue impedimento para que los jadeos de Paula me excitaran sobremanera.

Apenas hablaban mientras follaban, pero sus gemidos llegaban altos y claros, era evidente que mi hermana también disfrutaba lo suyo con su chico, que además tenía bastante aguante. Terminaron el polvo con un acelerón final y entonces me llegó la voz de Paula.

―¡¡Aaaaah, córrete dentro, aaaah, no la saques, córrete, aaaaah!!

Y el muy cabrón soltó un gruñido, echando todo su semen en el interior de mi hermana. No me hice una paja, porque necesitaba descansar al menos un día, pero cuando terminaron de follar, ya lucía una buena erección bajo las sábanas.

Tengo que reconocer que me dio muchísima envidia que hiciera eso, y es que si Paula le permitía correrse dentro, es porque tomaba la píldora. Me parecía un dato interesante. Después les escuché hablar y media hora más tarde, se levantaron. Yo me volví a dormir hasta casi la una del mediodía y, cuando me desperté, ya no había nadie en casa.

Estuve toda la tarde solo y aburrido. Estudié un rato, pero en mi cabeza no paraba de darle vueltas a mi relación con Paula y Sofía. Sinceramente, me hubiera encantado contarle a mi novia lo mío con mi hermana, con lo morbosa que era mi chica, seguro que se habría puesto todavía más cachonda, pero lo consideraba algo tan íntimo y personal entre Paula y yo, que era mejor que nadie supiera jamás lo que ocurría entre nosotros.

Si por lo que fuera, dejara de ser pareja de Sofía, ella conocería mi relación incestuosa con Paula y no me gustaba que nadie tuviera en su poder esa información tan importante. Era algo entre mi hermana y yo y así debería seguir siendo.

Ese domingo, Paula llegó un poco antes de la hora de las nueve, me dijo que no iba a cenar, se pegó una ducha y después se metió en su habitación. Ni tan siquiera pudimos hablar un ratito. Ese domingo consiguió evitarme, pero no podría escaparse todos los días de mí.

El lunes sí cenamos juntos, y con el calor y el comienzo de semana, Paula ya se había cambiado otra vez el pijama. Ahora llevaba un dos piezas bastante veraniego, aunque todavía estábamos en mayo. Pantaloncito blanco con el que transparentaba su ropa interior y camiseta blanca de tirantes con un logo de infinito entre sus dos pechos.

Yo estaba nervioso, porque después de cenar, seguramente nos sentaríamos juntos en el sofá a ver la tele. Así había ocurrido la semana anterior; sin embargo, Paula me dijo que el viernes tenía examen y se fue a su habitación.

Me sentí muy decepcionado porque el resto de días hizo lo mismo, pasando completamente de mí. Y para cuando llegó el viernes, yo ya estaba que me subía por las paredes. Tampoco ayudaba ese puto pijama que llevaba todo el día puesto, con el que, claramente, quería provocarme.

Se le notaban las braguitas por debajo, incluso un día se le transparentaba el tanga negro, y todavía era peor la parte de arriba, pues sus tetazas bailaban libres bajo la tela y también se le adivinaba con claridad la forma de los pezones.

El viernes ya no tenía ninguna excusa que ponerme. Había hecho el examen por la mañana y durante la comida, le propuse nuestro plan habitual de pizza y peli nocturna.

―Hoy no puedo, he quedado con Fernando ―me soltó Paula con indiferencia.

―¡Oh, vaya…! No nos hemos visto en toda la semana, esta noche pensé que…

Paula frunció el ceño y se me quedó mirando muy seria.

―¿Pensaste qué…?

―No sé, que tú y yo estaríamos juntos…

―Ah, perdóname la vida por quedar con Fernando, ¿es que acaso voy a tener que pedirte perdón porque prefiera estar con mi novio?

―No, no es eso, Paula. Solo es que la semana pasada fue tan increíble, y el viernes en tu habitación, ya ni te digo… Y ahora parece que me estás evitando… porque, en el fondo, yo sé que tú también quieres.

―Reconozco que no estuvo mal lo del viernes pasado, pero he estado pensando y creo que es mejor que dejemos de hacer esas cosas.

―Ya te lo dije, por mucho que quedes con Fernando, vas a seguir prefiriendo estar conmigo…

―Pues ahí te equivocas, guapo, que sepas que prefiero bastante más estar con él.

―Sí, ya…

―¿Qué pasa? ¿Te molesta que te diga eso?, pues es lo que hay. ¡Asúmelo y no te comportes como un niñato caprichoso!

―¿Niñato yo? ¡Ya lo que me faltaba por escuchar! ―y me levanté cabreado de la mesa sin terminar de comer―. No hace falta que friegues, luego lo recojo yo todo… ―le dije saliendo de la cocina.

―¡Eyy, no te vayas así, David! Lo siento, no quería decirte…

Dejé a Paula con la palabra en la boca y me encerré en mi habitación. No entendía el comportamiento tan absurdo de mi hermana, y yo, como un gilipollas preocupándome por ser natural, de no molestarla, en definitiva, de hacerla sentir bien en nuestra convivencia. Y ella, en quince segundos, me había dejado por los suelos. Diez minutos más tarde, sentí que tocaba con los nudillos en la puerta.

―David, ¿puedo pasar?

―Haz lo que quieras… ―y fingí estar más enfadado de lo que realmente estaba. Quería que, al menos, mi hermana se sintiera un poco culpable.

―Oye, perdona por lo de antes… ―dijo entrando en mi cuarto―. No pensé que te fuera a molestar tanto, tampoco te he dicho nada raro, solo que prefiero estar con mi novio antes que contigo. Lo mismo que tú con Sofía, ¿no?

―Sí, claro… ¿Algo más? ―pregunté sin mirarla y me senté en mi escritorio, sacando los apuntes, aunque no me apeteciera una mierda estudiar.

―No, ya te dejo tranquilo…

Unas horas más tarde, escuché que se estaba duchando y preparándose para salir, y antes de irse, volvió a llamar a la puerta de mi habitación, pero ni siquiera entró.

―¡David, me voy!

―Vale…

Y después sentí la puerta de casa cerrarse. Estaba solo. Sofía había quedado con sus amigas y no me apetecía llamar a mis colegas, así que me hice una pizza y puse una película para distraerme.

Creo que después de cenar, no aguanté ni quince minutos más y me quedé dormido en el sofá medio sentado, con el cuello torcido. Estaba KO después de toda la semana estudiando y madrugando.

Ni tan siquiera la escuché entrar, solo sentí a Paula zarandeándome y me desperté de repente, desubicado, con un poco de frío y sin saber si aquello era real o no. Paula estaba a mi lado y me costó reaccionar, hasta que me di cuenta de que no estaba soñando.

―¿Qué…? ¿Qué hora es? Joder, me he quedado frito…

―Pues casi las tres… ―contestó mi hermana, que acababa de llegar de fiesta.

―¿Y tú vienes ahora?

―Sí, ahora mismo, me iba a ir a la cama, pero he visto que estaba la tele encendida y… ―miramos los dos hacia la pantalla y la serie que estaba viendo seguía puesta, pasando de un capítulo a otro cuando se terminaban.

El salón estaba a oscuras y solo lo iluminaba la luz de la tele, pero pude fijarme en Paula. Llevaba un minipantalón corto de vestir de color negro, unas botas altas por encima de las rodillas y un top negro sin mangas. Estaba tremenda con el pelo recogido en una especie de cola de caballo hacia arriba y se había maquillado más de lo que acostumbraba.

―¿Y tú qué tal lo has pasado? ―pregunté yo, todavía medio dormido.

―Bien, lo hemos pasado muy bien, hemos ido a cenar todo el grupo, nos hemos tomado un par de cervezas y después una copa antes de venir. Ya sabes, la típica que sobra, no tenía que haberme tomado la última, no me ha sentado nada bien…

―Sí, suele pasar… ¿También ha salido Fernando?

―Sí, claro, me ha acompañado hasta casa. Aunque no ha subido…

―Hoy no se queda a dormir.

―No, no podía, mañana tenía que hacer unos asuntillos con su padre y… Bueno, ¿tú, qué tal? ¿Qué estabas viendo?

―Una serie nueva, pero no me digas más, ahora no me acuerdo ni cómo se llamaba…

―Pues muy buena no sería, ja, ja, ja.

―Estaba muy bien, aunque…

―Oye, David, perdona por lo de antes, ¡me he pasado bastante contigo!

―La verdad es que sí…

―No quería insultarte, ¡lo siento mucho!

―Me has llamado niñato y yo no te he hecho nada…

―Tienes toda la razón, no sé por qué te he llamado eso, porque además no lo siento. Tienes tus cosillas, es normal a tu edad, pero no eres ningún niñato…

―¿Caprichoso?

―Sí, eso también lo he dicho, ja, ja, ja… perdona. ¡Soy una idiota, me arrepiento mucho de haberte dicho eso! ¡Ojalá pudiera borrarlo!

―Gracias por pedirme perdón, Paula. Para mí ya está olvidado, no te preocupes.

―¿En serio?

―Sí, claro, yo no podría estar mal contigo, ni aunque quisiera…

―Ni yo, no quiero que estemos enfadados ―y se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

Enseguida me llegó su aliento a alcohol, no es que estuviera borracha, pero seguro que después de beber estaba más desinhibida de lo normal y, posiblemente, con ganas de volver a provocarme y ponérmela dura.

Eso es lo que más cachonda le ponía a Paula.

―Entonces, ¿estoy perdonada? ―me preguntó haciendo pucheritos, como si fuera una niña pequeña y dándome otro beso en la mejilla.

―No del todo, eh, pero si me lo pides así, me lo pensaré…

―¡Venga…! ¡Por favor, por favor…! ―y siguió besuqueándome cada vez más cerca de mi oreja, apoyando una mano en mi abdomen y situando una de sus piernas en mi regazo.

Me quedé mirando aquella bota alta tan erótica que se restregaba contra mis muslos y mi polla saltó por los aires como por arte de magia. Aun así, traté de hacerme el ofendido y seguirle el juego, pero Paula sonrió al ver mi bulto creciendo poco a poco.

―No sé, no sé… ¡Te has pasado!

―Pues sí, me he pasado. ―y me dio otro beso en la mejilla― Pero seguro que algo podemos hacer para que me perdones… ―dijo descendiendo la mano y colándola por mi pijama, hasta agarrarme la polla.

Con la otra mano me bajó el pantalón y Paula comenzó a pajearme, mientras emitía un pequeño ronroneo que me estaba volviendo loco.

―¿Y ahora? ¡Mmmm…! ¿Y ahora me vas a perdonar?

―¡Ufffff…! ¡Joder, Paula! ―exclamé rodeando su espalda con mi brazo, llegando hasta su pecho.

Ni tan siquiera le pedí permiso para sobárselo por encima de la camiseta y Paula no protestó; es más, le encantó que manoseara sus tetazas, porque en cuanto le clavé los dedos, se le escapó un buen gemido.

―¡Mmmm, mete la mano por dentro si quieres! ―suspiró sin dejar de darme besitos en la mejilla y en mi oído.

No me lo tuvo que pedir dos veces, descendí por su espalda hasta el final de la camiseta y colé mi mano por debajo, alcanzando otra vez sus gloriosas tetas, aunque me decepcionó no encontrármelas desnudas, pues llevaba el sujetador puesto.

Uf, Paula estaba más suelta de lo normal y decidí que tenía que aprovechar ese momento. No se me iban a presentar muchas ocasiones de tener a Paula tan dispuesta a todo como esa noche y ella siguió pajeándome, subiendo y bajando la mano con mucha lentitud, pero lo suficientemente firme como para que mi polla se mantuviera dura y erguida, y además, comenzó a besuquearme el cuello.

Busqué sus pezones, sabiendo que ese era su punto débil, y se los pellizqué antes de volver a manosear sus tetazas de una manera vulgar, subiéndolas y después dejándolas caer a plomo para que rebotaran.

Y ella gemía cada vez que soltaba sus tetas y, cuando le clavaba los dedos en la cara interna de los pechos, se retorcía de placer. Me jadeaba al oído y me apretaba con más fuerza la polla, pero no aumentaba la velocidad de la paja.

―¡¡Aaaah, joderrr, aaaah, joderrr, joderrrr!! ―exclamó Paula y no lo pudo resistir más y ella misma se metió la mano libre entre las piernas.

Entonces ahí vi mi oportunidad. Saqué rápido la mano que tenía por dentro de su camiseta y acaricié su espalda desnuda antes de colar mis dedos por la parte de atrás de su entrepierna. Sentí el calor que desprendía su coño y el tacto de sus labios vaginales a través del pantaloncito negro y, al hacer presión, se le escapó un gemido a Paula.

Mi hermana me miró sorprendida, pensé que me iba a decir algo sobre la estúpida norma de no tocarla, sin embargo, retiró su mano y dejó que fuera yo el único que acariciara su coño por encima del short de vestir. Moví mis dedos en círculos, con mucha suavidad, y cuando presioné con más intensidad, ella gimió en alto.

―¡¡Aaaah, Dios, David!!, mmmmm, ¿qué estás haciendo?...

 
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