Darco13
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Buenas tardes compañeros foreros.
He estado muy ausente del foro por varios motivos pero por fin os traigo la continuación de mi historia.
Es la continuación del capítulo: La noche que los límites ardieron.
Espero que disfrutéis de ella.
Estos meses el vínculo con mis primas se ha vuelto muy estrecho. Hemos establecido un idilio poliamoroso – incestuoso, no sé cómo lo definirán los modernos. Por desgracia, no siempre estamos los tres juntos para tener sexo. Algunos días quedo con Eli y otros con Esmeralda. Cuando yo no puedo, juegan entre ellas. Nuestro santuario es la casa de Esmeralda, la única que vive sola. En nuestros domicilios es jugársela; un descuido y nos atrapan. Aún así, muchas veces son un “aquí te pillo, aquí te mato”: uno rapidito en el coche, con el vaho empañando los cristales; contra la pared de un portal oscuro. Donde nos coja el calentón.
La otra noche salimos a cenar con nuestras parejas y otros primos. A Esmeralda le encanta la adrenalina como a un yonqui la heroína, aprovechando que el mantel era largo y llegaba hasta el suelo, me hizo una paja debajo de la mesa. Yo me encontraba clavado en la silla, sudando a mares, sin saber que cara poner para que no se dieran cuenta, aunque mi mujer no paraba de preguntarme si estaba bien, con esa mirada de sospecha que sabía que pasaba algo.
Ese día, casi nos atrapan y por eso decidimos vernos menos. Muchos ya decían que nuestra relación no era normal. Y no les falta razón. No voy a decir la típica frase de mierda “mientras nos amemos no hacemos daño a nadie”, porque no. Si se supiera lo nuestro, destrozaría a la familia por completo.
A veces me pregunto si se me nota. Si la perversión se me escapa por los poros, si, al volver a casa, soy capaz de mirar a mi hija sin que vea la suciedad en la mirada. Elena es lista. Más de lo que me gustaría. Observa todo y siempre pregunta.
El otro día, sin ir más lejos, me comentó que su prima Emma le había dicho que se parecía a una actriz famosa. Yo asentí sin prestarle atención. Ni me quedé con el nombre. Ella estaba encantada de la vida por parecerse a una estrella de Hollywood.
Llevaba por lo menos dos semanas sin ver a mis primas y por lo tanto, sin meterla en caliente. Estando solo en casa, decidí hacerme una buena paja. Agarré el portátil y me fui a mi despacho, o mi “cueva”, o como le encanta llamarlo a mi mujer, la habitación donde tengo mis porquerías. Siempre veo el mismo tipo de porno: Hetero, tríos, con rubias con tetas como melones. Pero esa tarde me picó el gusanillo de lo prohibido, así que tecleé “incesto” en la barra de búsqueda. Pensaba que el material sería escaso, un par de videos cutres; me equivoqué, el ciberespacio rebosa de escenas tabú.
Buscando un buen video, me llamó la atención uno de una chica morena. Al darle al play, me quedé helado. La actriz era un calco perturbador de mi hija. No voy a decir que eran gemelas, pero la forma de pómulos, la sonrisa, la manera de mirar… idénticos. Entonces recordé lo que me dijo, cuando Emma le había dicho que se asemejaba a Lili Adams. Y joder… tenía razón.
Una pregunta me vino a la mente: ¿Qué cría de dieciocho años ve porno incestuoso? La duda duró poco. Toda la sangre se me fue a la polla. He de reconocer que la muchacha trabaja bastante bien, lamiendo, gimiendo y cabalgando con maestría.. Empecé a zurrarme la banana sin pensarlo. El sonido chapoteante llenando la habitación junto al zumbido del portátil.
Cuando estaba a punto de correrme, escuché una voz a mi espalda:
—Joder, papá. Podrías cerrar la puerta para pajearte.
Me giré, asustado. Y justo en ese instante, me corrí, la leche brotó a borbotones, un rio blanco y pegajoso manchándome la camiseta. Elena clavó sus ojos pardos en la espectáculo viscoso, el aroma almizclado de semen fresco en el aire. Me puse rojo, atacado por los nervios. No sabía qué hacer ni dónde meterme. Por primera vez en mi vida, me pillaban haciéndome una paja. Y fue mi hija. Se fue a su cuarto muerta de la risa. Yo, avergonzado me quedé inmóvil, mirando cómo se alejaba.
Al día siguiente, llegué del curro. Eva trabajaba en la farmacia, así que estábamos solos. Intenté olvidar lo que pasó ayer, aunque la imagen se repetía constantemente. Comimos en silencio, sin hablarnos, fingiendo normalidad. Con la televisión de fondo. En el postre rompió su silencio. Lo hizo sin mirarme.
—¿Te gustó el vídeo? —preguntó, lamiendo una gota de yogur del dedo con deliberada lentitud—. Soltaste mucha leche… ¿Es por el parecido?
Me atraganté con el café. Levanté la vista. Ella estaba tranquila, dándole vueltas al yogur con la cucharilla. Me quedé sin habla. Mi cerebro buscaba una mentira, pero no la encontraba. Tampoco sabía si me estaba vacilando. Apenas tenía dieciocho años y hablaba con la sangre fría de alguien que lo tiene todo controlado. Por mucho que intentara decir algo, no me salía ninguna palabra.
Ella continuó hablando. Me dijo que ya había visto varios vídeos de la actriz, antes de contármelo. Al principio le chocó la temática, aunque no le desagradaba, hasta lo disfrutaba. Añadió que Emma estaba obsesionada con ese tipo de porno y no sabía si era por el nuevo novio de su madre o por alguien más cercano. Incluso sospechaba que venía más a casa por mí que por ella.
No daba crédito a sus palabras. No creo que otras chicas de su edad hablen de fantasías incestuosas con sus padres. Sin embargo, lo que me dejó noqueado fue cuando me confesó que, desde hace tiempo, nos espiaba a Eva y a mí cuando follábamos… y que, a veces, se masturbaba al oírnos. Me lo contaba con una tranquilidad, como si fuera lo más normal del mundo.
También lamentó que, desde hace años, rara vez nos oía. Que le apenaba verme tan apagado, incluso antes del accidente. Aunque últimamente me veía más vivo y feliz… y se preguntaba qué papel jugaba la prima Esmeralda en todo esto, porque me había visto salir varias veces de su edificio, en horario sospechosos y con la ropa arrugada.
—Tranquilo, papá —zanjó levantándose de la mesa, empujando la silla con un chirrido suave—, no le contaré a mamá esta conversación, ni tus oscuros secretos.
Se marchó a su habitación, llamó al perro y cerró su puerta con una calma que me dio más miedo que un portazo. Me quedé un buen rato inmóvil, con el corazón en la garganta, intentando procesar la puta bomba que me acababa de soltar mi hija. No sabía qué era más perturbador: que supiera lo del porno tabú, que reconociera el parecido con la actriz, las sospechas sobre de Emma… o que me confesara que nos espiaba mientras follábamos. ¿Qué sabía realmente de mi relación con Esmeralda? ¿Mantendrá la boca cerrada?
Continuará…
He estado muy ausente del foro por varios motivos pero por fin os traigo la continuación de mi historia.
Es la continuación del capítulo: La noche que los límites ardieron.
Espero que disfrutéis de ella.
La Sombra del deseo
Estos meses el vínculo con mis primas se ha vuelto muy estrecho. Hemos establecido un idilio poliamoroso – incestuoso, no sé cómo lo definirán los modernos. Por desgracia, no siempre estamos los tres juntos para tener sexo. Algunos días quedo con Eli y otros con Esmeralda. Cuando yo no puedo, juegan entre ellas. Nuestro santuario es la casa de Esmeralda, la única que vive sola. En nuestros domicilios es jugársela; un descuido y nos atrapan. Aún así, muchas veces son un “aquí te pillo, aquí te mato”: uno rapidito en el coche, con el vaho empañando los cristales; contra la pared de un portal oscuro. Donde nos coja el calentón.
La otra noche salimos a cenar con nuestras parejas y otros primos. A Esmeralda le encanta la adrenalina como a un yonqui la heroína, aprovechando que el mantel era largo y llegaba hasta el suelo, me hizo una paja debajo de la mesa. Yo me encontraba clavado en la silla, sudando a mares, sin saber que cara poner para que no se dieran cuenta, aunque mi mujer no paraba de preguntarme si estaba bien, con esa mirada de sospecha que sabía que pasaba algo.
Ese día, casi nos atrapan y por eso decidimos vernos menos. Muchos ya decían que nuestra relación no era normal. Y no les falta razón. No voy a decir la típica frase de mierda “mientras nos amemos no hacemos daño a nadie”, porque no. Si se supiera lo nuestro, destrozaría a la familia por completo.
A veces me pregunto si se me nota. Si la perversión se me escapa por los poros, si, al volver a casa, soy capaz de mirar a mi hija sin que vea la suciedad en la mirada. Elena es lista. Más de lo que me gustaría. Observa todo y siempre pregunta.
El otro día, sin ir más lejos, me comentó que su prima Emma le había dicho que se parecía a una actriz famosa. Yo asentí sin prestarle atención. Ni me quedé con el nombre. Ella estaba encantada de la vida por parecerse a una estrella de Hollywood.
Llevaba por lo menos dos semanas sin ver a mis primas y por lo tanto, sin meterla en caliente. Estando solo en casa, decidí hacerme una buena paja. Agarré el portátil y me fui a mi despacho, o mi “cueva”, o como le encanta llamarlo a mi mujer, la habitación donde tengo mis porquerías. Siempre veo el mismo tipo de porno: Hetero, tríos, con rubias con tetas como melones. Pero esa tarde me picó el gusanillo de lo prohibido, así que tecleé “incesto” en la barra de búsqueda. Pensaba que el material sería escaso, un par de videos cutres; me equivoqué, el ciberespacio rebosa de escenas tabú.
Buscando un buen video, me llamó la atención uno de una chica morena. Al darle al play, me quedé helado. La actriz era un calco perturbador de mi hija. No voy a decir que eran gemelas, pero la forma de pómulos, la sonrisa, la manera de mirar… idénticos. Entonces recordé lo que me dijo, cuando Emma le había dicho que se asemejaba a Lili Adams. Y joder… tenía razón.
Una pregunta me vino a la mente: ¿Qué cría de dieciocho años ve porno incestuoso? La duda duró poco. Toda la sangre se me fue a la polla. He de reconocer que la muchacha trabaja bastante bien, lamiendo, gimiendo y cabalgando con maestría.. Empecé a zurrarme la banana sin pensarlo. El sonido chapoteante llenando la habitación junto al zumbido del portátil.
Cuando estaba a punto de correrme, escuché una voz a mi espalda:
—Joder, papá. Podrías cerrar la puerta para pajearte.
Me giré, asustado. Y justo en ese instante, me corrí, la leche brotó a borbotones, un rio blanco y pegajoso manchándome la camiseta. Elena clavó sus ojos pardos en la espectáculo viscoso, el aroma almizclado de semen fresco en el aire. Me puse rojo, atacado por los nervios. No sabía qué hacer ni dónde meterme. Por primera vez en mi vida, me pillaban haciéndome una paja. Y fue mi hija. Se fue a su cuarto muerta de la risa. Yo, avergonzado me quedé inmóvil, mirando cómo se alejaba.
Al día siguiente, llegué del curro. Eva trabajaba en la farmacia, así que estábamos solos. Intenté olvidar lo que pasó ayer, aunque la imagen se repetía constantemente. Comimos en silencio, sin hablarnos, fingiendo normalidad. Con la televisión de fondo. En el postre rompió su silencio. Lo hizo sin mirarme.
—¿Te gustó el vídeo? —preguntó, lamiendo una gota de yogur del dedo con deliberada lentitud—. Soltaste mucha leche… ¿Es por el parecido?
Me atraganté con el café. Levanté la vista. Ella estaba tranquila, dándole vueltas al yogur con la cucharilla. Me quedé sin habla. Mi cerebro buscaba una mentira, pero no la encontraba. Tampoco sabía si me estaba vacilando. Apenas tenía dieciocho años y hablaba con la sangre fría de alguien que lo tiene todo controlado. Por mucho que intentara decir algo, no me salía ninguna palabra.
Ella continuó hablando. Me dijo que ya había visto varios vídeos de la actriz, antes de contármelo. Al principio le chocó la temática, aunque no le desagradaba, hasta lo disfrutaba. Añadió que Emma estaba obsesionada con ese tipo de porno y no sabía si era por el nuevo novio de su madre o por alguien más cercano. Incluso sospechaba que venía más a casa por mí que por ella.
No daba crédito a sus palabras. No creo que otras chicas de su edad hablen de fantasías incestuosas con sus padres. Sin embargo, lo que me dejó noqueado fue cuando me confesó que, desde hace tiempo, nos espiaba a Eva y a mí cuando follábamos… y que, a veces, se masturbaba al oírnos. Me lo contaba con una tranquilidad, como si fuera lo más normal del mundo.
También lamentó que, desde hace años, rara vez nos oía. Que le apenaba verme tan apagado, incluso antes del accidente. Aunque últimamente me veía más vivo y feliz… y se preguntaba qué papel jugaba la prima Esmeralda en todo esto, porque me había visto salir varias veces de su edificio, en horario sospechosos y con la ropa arrugada.
—Tranquilo, papá —zanjó levantándose de la mesa, empujando la silla con un chirrido suave—, no le contaré a mamá esta conversación, ni tus oscuros secretos.
Se marchó a su habitación, llamó al perro y cerró su puerta con una calma que me dio más miedo que un portazo. Me quedé un buen rato inmóvil, con el corazón en la garganta, intentando procesar la puta bomba que me acababa de soltar mi hija. No sabía qué era más perturbador: que supiera lo del porno tabú, que reconociera el parecido con la actriz, las sospechas sobre de Emma… o que me confesara que nos espiaba mientras follábamos. ¿Qué sabía realmente de mi relación con Esmeralda? ¿Mantendrá la boca cerrada?
Continuará…