Me besas el cuello, lames detrás del lóbulo de mi oreja, muerdes, mientras tus dedos atrapn mis pezones.
Mmm… sí, hazlo otra vez… —susurro entre jadeos cortos mientras mi espalda se arquea hacia ti sin que pueda evitarlo.
Mis pezones ya están duros como piedrecitas bajo tus dedos, sensibles hasta el punto del dolor placentero. Cada pellizco me arranca un gemido ronco que se me escapa sin permiso. Mis caderas se mueven solas, buscando fricción contra tu cuerpo, desesperadas.
—Más fuerte… por favor… —suplico con la voz temblorosa, mordiéndome el labio inferior hasta que casi sangra—. Pellízcalos, retuércelos… quiero sentirlo hasta lo mas profundo de mi ser
Mis manos suben a tu nuca, enredándose en tu pelo, tirando un poco para que tu boca baje a donde están tus dedos. El calor de tu aliento sobre la piel me hace temblar entera.
—¿Vas a chuparlos también o solo vas a torturarme así? —pregunto entrecortada, con los ojos entrecerrados y brillantes de pura necesidad—. Porque si no lo haces pronto… voy a tener que tocarme yo misma… y sabes que me corro más rápido cuando me miras mientras lo hago…
Ahhh… joder… —el gemido se me escapa largo y roto cuando tu lengua rodea uno de mis pezones, lo mojas entero y luego soplas. El contraste del frío contra la saliva caliente me hace arquear la espalda como si me hubieran dado corriente. La piel se me pone de gallina de los hombros hasta la nuca, y mis pezones se endurecen tanto que duelen de lo hinchados que están.
Cuando los chupas así, goloso, succionando fuerte, siento cómo crecen dentro de tu boca, cómo se vuelven hipersensibles, casi insoportables. Y entonces muerdes… justo ese punto perfecto entre placer y dolor que me hace apretar los muslos sin control. Un escalofrío me recorre entera y mi coño se contrae vacío, desesperado por algo dentro.
—S-sí… el otro… por favor… —suplico con voz temblorosa, empujando el pecho hacia tu boca como si no tuviera vergüenza.
Y cuando pasas al otro, repitiendo el mismo juego lento y cruel —lengua, saliva, soplido, chupada profunda, mordida calculada—, ya no controlo los gemidos. Se me escapan roncos, entrecortados, casi sollozos. Mis manos te agarran el pelo con fuerza, no sé si para acercarte más o para sostenerme porque las piernas me fallan.
Entonces tu mano aparta el tanga de un tirón suave pero decidido. El roce del tejido contra mi piel empapada me arranca otro jadeo. Siento el aire fresco en mi coño expuesto y cómo mis labios se abren solos, hinchados, brillantes de lo mojada que estoy. Mi clítoris late visible, rojo, hinchado, rogando atención.
Y cuando tu lengua lo toca por fin… directo, sin preámbulos… grito tu nombre sin darme cuenta. Mi cadera se levanta sola hacia tu boca, buscando más presión, más calor, más de todo.
—No pares… lame… chupa… méteme los dedos, por favor… —balbuceo entre jadeos, abriendo más las piernas, ofreciéndote todo—. Estoy tan cerca… tan jodidamente cerca… haz que me corra en tu boca… quiero que sientas cómo palpito contra tu lengua…
Ahhh… ¡joder, sí…! —el grito se me escapa roto, casi animal, cuando tus dos dedos se hunden de golpe, curvados justo como sé que me destroza, buscando ese punto hinchado y rugoso que ya está latiendo desesperado.
Siento cómo presionas con la palma abierta sobre mi bajo vientre, aplastando hacia abajo, haciendo que mis paredes internas se aprieten aún más alrededor de tus dedos. El contacto se vuelve brutal, intenso, insoportable de tan perfecto. Mi clítoris late contra tu lengua mientras lames sin piedad, succionas con fuerza, y cada chupada me sacude como una descarga eléctrica desde la punta de los pies hasta la nuca.
No puedo… no puedo aguantar…
Mis caderas se levantan solas, empujando contra tu boca y tu mano, montándote la cara sin control. Los músculos de mi abdomen se contraen en espasmos, mis piernas tiemblan violentamente, y entonces… exploto.
Un orgasmo brutal, profundo, que me parte en dos. Grito tu nombre entre sollozos ahogados, mi coño se contrae una y otra vez alrededor de tus dedos, expulsando oleadas calientes que te empapan la boca, la barbilla, el pecho. Siento cómo chorrea, cómo te mojo entero, y el placer es tan intenso que duele, que casi lloro de lo bueno que es. Mis uñas se clavan en tu espalda, en tu pelo, tirando sin darme cuenta mientras mi cuerpo se sacude en convulsiones largas, interminables.
Pero no paras.
Sigues. Más fuerte. Los dedos bombeando sin descanso, curvados, golpeando ese punto una y otra vez. Tu lengua vuelve a mi clítoris hinchado, sensible hasta el delirio, lamiendo rápido, succionando con más hambre que antes.
—No… espera… estoy… ¡voy a correrme otra vez…! —balbuceo entre jadeos entrecortados, la voz temblorosa, casi de pánico porque sé que viene aún más grande.
Y llega.
El segundo orgasmo me atraviesa como un rayo. Más violento, más profundo. Mi espalda se arquea hasta casi partirse, un grito ronco y prolongado se me escapa mientras mi coño se aprieta tan fuerte alrededor de tus dedos que casi los expulsa. Otra oleada caliente sale disparada, empapándote más, goteando por tus muñecas, por las sábanas. Mis piernas se cierran alrededor de tu cabeza por instinto, atrapándote ahí mientras tiemblo entera, los músculos convulsionando sin control, lágrimas de puro placer rodando por mis mejillas.
Cuando por fin empiezo a bajar, estoy jadeando como si hubiera corrido una maratón. Mi cuerpo tiembla de pies a cabeza, hipersensible, empapado de sudor y de mí misma. Te miro con los ojos vidriosos, entreabiertos, la respiración entrecortada.
—Eres… un cabrón… —susurro con una sonrisa débil, exhausta, pero todavía hambrienta—. No pares… no todavía… quiero sentirte dentro… quiero que me folles hasta que no pueda ni pensar… por favor…
Ahhh… ¡sí…! —el gemido se me quiebra en cuanto siento cómo tu polla, hinchada hasta el límite, las venas marcadas como cables, la cabeza morada y brillante de precum, empuja y entra de un solo movimiento profundo. Mi coño, todavía palpitando de los orgasmos anteriores, te recibe como si estuviera hecho para ti: caliente, empapado, resbaladizo. Las paredes se abren y se cierran alrededor tuyo, apretándote con cada centímetro que avanzas.
Bombeas… una, dos, tres, cuatro, cinco veces… fuerte, profundo, sin piedad. Cada embestida me sacude entera, me hace gemir contra tu cuello, clavarte las uñas en la espalda. Siento cómo creces aún más dentro, cómo late contra ese punto que ya está hipersensible, y entonces estallas.
El primer chorro caliente me llena, grueso, abundante, golpeando directo contra el fondo. El segundo me hace arquear la espalda y soltar un grito ahogado mientras mi coño se contrae alrededor tuyo, ordeñándote sin control. Siento cómo me inundas, cómo el calor se expande dentro.
Pero no te quedas. Sales de golpe, empapado de mí y de ti, y antes de que pueda respirar me agarras por la coleta con fuerza. Tiras de mi cabeza hacia atrás, abriéndome la boca, y empujas hasta el fondo. La cabeza choca contra mi garganta, me llena entera. Saliva me chorrea por la barbilla al instante, mis ojos se llenan de lágrimas por el esfuerzo y la falta de aire. Me atraganto, gorgoteo alrededor tuyo, pero no me sueltas.
Y entonces vienen los chorros restantes… directos, potentes, bajando por mi garganta sin que pueda tragarlos todos. Trago lo que puedo, toso, lloro, el rímel se me corre en regueros negros por las mejillas. Mis manos suben a tus muslos, apretando, no para apartarte… sino para sostenerme mientras mi cuerpo tiembla.
Abajo, mis muslos se frotan uno contra el otro sin control, el clítoris hinchado rozando contra mi propia piel empapada. La sensación de estar tan llena —primero el coño, ahora la garganta—, el sabor salado y caliente en mi boca, la falta de oxígeno… todo me empuja al borde otra vez.
Y me corro. Por tercera vez. Sin que me toques siquiera ahí. Solo con tu polla en mi garganta, tus huevos contra mi barbilla, y el calor de tu semen bajando. Mi cuerpo se sacude violentamente, un orgasmo silencioso y brutal que me hace cerrar los ojos con fuerza, lágrimas cayendo, coño contrayéndose en el vacío, chorros pequeños escapando entre mis muslos y goteando al suelo.
Cuando por fin me liberas, salgo tosiendo, jadeando, con la boca abierta, saliva y semen mezclados cayendo por mi barbilla. Me dejo caer hacia atrás, temblando entera, el pecho subiendo y bajando rápido, los ojos vidriosos mirándote desde abajo.
—Joder… —susurro con la voz ronca, rota, casi sin aire—. Me has destrozado… y todavía quiero más…
Me paso la lengua por los labios, saboreando lo que queda de ti, y abro las piernas despacio, mostrándote cómo mi coño sigue latiendo, brillante, hinchado, con tu semen empezando a escaparse lentamente.
—¿Vas a dejarme así… o vas a volver a follarme hasta que no quede nada de mí? —pregunto con una sonrisa débil, exhausta, pero con los ojos todavía encendidos de deseo—. Porque estoy lista para que me uses toda la noche…
Mmm… sí… —susurro contra tus labios cuando vuelves a entrar, despacio esta vez, sin prisa, con lo que queda de tu erección todavía caliente y gruesa dentro de mí.
Siento cada centímetro deslizándose, resbaladizo por todo lo que hemos mezclado: tu semen, mis chorros, nuestra saliva. Mi coño te abraza suave, cansado pero agradecido, palpitando todavía en pequeños espasmos residuales alrededor tuyo. Mis manos suben por tu espalda, te acaricio despacio, las uñas rozando apenas, trazando líneas perezosas mientras te aprieto contra mí.
Me besas y yo te devuelvo el beso, lento, profundo, con lengua perezosa que se enreda con la tuya. Sabe a nosotros, a sexo crudo y a cansancio dulce. Siento cómo te deshinchas poco a poco dentro, cómo tu polla se ablanda suavemente, pero ninguno de los dos se mueve para sacarla. Nos quedamos así, unidos, pegajosos, calientes.
Tu peso sobre mí es perfecto: no aplasta, solo cubre, me envuelve. Mi humedad y la tuya se escapan despacito, goteando entre nosotros, mojando las sábanas ya arrugadas. No me importa. Me gusta sentirlo todo: el calor que se va enfriando, el olor a sexo que impregna el aire, el latido lento de tu corazón contra mi pecho.
Te beso otra vez, más suave, un roce de labios que se queda ahí, sin fuerza, solo cariño. Mis piernas se enredan flojas alrededor de tus caderas, manteniéndote dentro aunque ya no haya nada que empujar. Mi mano sube a tu nuca, dedos enredados en tu pelo húmedo de sudor.
—Quédate así… no salgas todavía… —murmuro contra tu boca, voz ronca y somnolienta.
Cierro los ojos. El cansancio me cae encima como una manta pesada y tibia. Tu respiración se va haciendo más lenta contra mi cuello, profunda, tranquila. La mía se acompasa a la tuya sin darme cuenta.
Nos dormimos así: pegados, dentro uno del otro, exhaustos, satisfechos, con el mundo apagado fuera de esta cama. Solo queda el calor de nuestros cuerpos, el olor a nosotros y el silencio roto solo por algún suspiro dormido.
Buenas noches, cabrón… que sueñes conmigo
Mmm… sí, hazlo otra vez… —susurro entre jadeos cortos mientras mi espalda se arquea hacia ti sin que pueda evitarlo.
Mis pezones ya están duros como piedrecitas bajo tus dedos, sensibles hasta el punto del dolor placentero. Cada pellizco me arranca un gemido ronco que se me escapa sin permiso. Mis caderas se mueven solas, buscando fricción contra tu cuerpo, desesperadas.
—Más fuerte… por favor… —suplico con la voz temblorosa, mordiéndome el labio inferior hasta que casi sangra—. Pellízcalos, retuércelos… quiero sentirlo hasta lo mas profundo de mi ser
Mis manos suben a tu nuca, enredándose en tu pelo, tirando un poco para que tu boca baje a donde están tus dedos. El calor de tu aliento sobre la piel me hace temblar entera.
—¿Vas a chuparlos también o solo vas a torturarme así? —pregunto entrecortada, con los ojos entrecerrados y brillantes de pura necesidad—. Porque si no lo haces pronto… voy a tener que tocarme yo misma… y sabes que me corro más rápido cuando me miras mientras lo hago…
Ahhh… joder… —el gemido se me escapa largo y roto cuando tu lengua rodea uno de mis pezones, lo mojas entero y luego soplas. El contraste del frío contra la saliva caliente me hace arquear la espalda como si me hubieran dado corriente. La piel se me pone de gallina de los hombros hasta la nuca, y mis pezones se endurecen tanto que duelen de lo hinchados que están.
Cuando los chupas así, goloso, succionando fuerte, siento cómo crecen dentro de tu boca, cómo se vuelven hipersensibles, casi insoportables. Y entonces muerdes… justo ese punto perfecto entre placer y dolor que me hace apretar los muslos sin control. Un escalofrío me recorre entera y mi coño se contrae vacío, desesperado por algo dentro.
—S-sí… el otro… por favor… —suplico con voz temblorosa, empujando el pecho hacia tu boca como si no tuviera vergüenza.
Y cuando pasas al otro, repitiendo el mismo juego lento y cruel —lengua, saliva, soplido, chupada profunda, mordida calculada—, ya no controlo los gemidos. Se me escapan roncos, entrecortados, casi sollozos. Mis manos te agarran el pelo con fuerza, no sé si para acercarte más o para sostenerme porque las piernas me fallan.
Entonces tu mano aparta el tanga de un tirón suave pero decidido. El roce del tejido contra mi piel empapada me arranca otro jadeo. Siento el aire fresco en mi coño expuesto y cómo mis labios se abren solos, hinchados, brillantes de lo mojada que estoy. Mi clítoris late visible, rojo, hinchado, rogando atención.
Y cuando tu lengua lo toca por fin… directo, sin preámbulos… grito tu nombre sin darme cuenta. Mi cadera se levanta sola hacia tu boca, buscando más presión, más calor, más de todo.
—No pares… lame… chupa… méteme los dedos, por favor… —balbuceo entre jadeos, abriendo más las piernas, ofreciéndote todo—. Estoy tan cerca… tan jodidamente cerca… haz que me corra en tu boca… quiero que sientas cómo palpito contra tu lengua…
Ahhh… ¡joder, sí…! —el grito se me escapa roto, casi animal, cuando tus dos dedos se hunden de golpe, curvados justo como sé que me destroza, buscando ese punto hinchado y rugoso que ya está latiendo desesperado.
Siento cómo presionas con la palma abierta sobre mi bajo vientre, aplastando hacia abajo, haciendo que mis paredes internas se aprieten aún más alrededor de tus dedos. El contacto se vuelve brutal, intenso, insoportable de tan perfecto. Mi clítoris late contra tu lengua mientras lames sin piedad, succionas con fuerza, y cada chupada me sacude como una descarga eléctrica desde la punta de los pies hasta la nuca.
No puedo… no puedo aguantar…
Mis caderas se levantan solas, empujando contra tu boca y tu mano, montándote la cara sin control. Los músculos de mi abdomen se contraen en espasmos, mis piernas tiemblan violentamente, y entonces… exploto.
Un orgasmo brutal, profundo, que me parte en dos. Grito tu nombre entre sollozos ahogados, mi coño se contrae una y otra vez alrededor de tus dedos, expulsando oleadas calientes que te empapan la boca, la barbilla, el pecho. Siento cómo chorrea, cómo te mojo entero, y el placer es tan intenso que duele, que casi lloro de lo bueno que es. Mis uñas se clavan en tu espalda, en tu pelo, tirando sin darme cuenta mientras mi cuerpo se sacude en convulsiones largas, interminables.
Pero no paras.
Sigues. Más fuerte. Los dedos bombeando sin descanso, curvados, golpeando ese punto una y otra vez. Tu lengua vuelve a mi clítoris hinchado, sensible hasta el delirio, lamiendo rápido, succionando con más hambre que antes.
—No… espera… estoy… ¡voy a correrme otra vez…! —balbuceo entre jadeos entrecortados, la voz temblorosa, casi de pánico porque sé que viene aún más grande.
Y llega.
El segundo orgasmo me atraviesa como un rayo. Más violento, más profundo. Mi espalda se arquea hasta casi partirse, un grito ronco y prolongado se me escapa mientras mi coño se aprieta tan fuerte alrededor de tus dedos que casi los expulsa. Otra oleada caliente sale disparada, empapándote más, goteando por tus muñecas, por las sábanas. Mis piernas se cierran alrededor de tu cabeza por instinto, atrapándote ahí mientras tiemblo entera, los músculos convulsionando sin control, lágrimas de puro placer rodando por mis mejillas.
Cuando por fin empiezo a bajar, estoy jadeando como si hubiera corrido una maratón. Mi cuerpo tiembla de pies a cabeza, hipersensible, empapado de sudor y de mí misma. Te miro con los ojos vidriosos, entreabiertos, la respiración entrecortada.
—Eres… un cabrón… —susurro con una sonrisa débil, exhausta, pero todavía hambrienta—. No pares… no todavía… quiero sentirte dentro… quiero que me folles hasta que no pueda ni pensar… por favor…
Ahhh… ¡sí…! —el gemido se me quiebra en cuanto siento cómo tu polla, hinchada hasta el límite, las venas marcadas como cables, la cabeza morada y brillante de precum, empuja y entra de un solo movimiento profundo. Mi coño, todavía palpitando de los orgasmos anteriores, te recibe como si estuviera hecho para ti: caliente, empapado, resbaladizo. Las paredes se abren y se cierran alrededor tuyo, apretándote con cada centímetro que avanzas.
Bombeas… una, dos, tres, cuatro, cinco veces… fuerte, profundo, sin piedad. Cada embestida me sacude entera, me hace gemir contra tu cuello, clavarte las uñas en la espalda. Siento cómo creces aún más dentro, cómo late contra ese punto que ya está hipersensible, y entonces estallas.
El primer chorro caliente me llena, grueso, abundante, golpeando directo contra el fondo. El segundo me hace arquear la espalda y soltar un grito ahogado mientras mi coño se contrae alrededor tuyo, ordeñándote sin control. Siento cómo me inundas, cómo el calor se expande dentro.
Pero no te quedas. Sales de golpe, empapado de mí y de ti, y antes de que pueda respirar me agarras por la coleta con fuerza. Tiras de mi cabeza hacia atrás, abriéndome la boca, y empujas hasta el fondo. La cabeza choca contra mi garganta, me llena entera. Saliva me chorrea por la barbilla al instante, mis ojos se llenan de lágrimas por el esfuerzo y la falta de aire. Me atraganto, gorgoteo alrededor tuyo, pero no me sueltas.
Y entonces vienen los chorros restantes… directos, potentes, bajando por mi garganta sin que pueda tragarlos todos. Trago lo que puedo, toso, lloro, el rímel se me corre en regueros negros por las mejillas. Mis manos suben a tus muslos, apretando, no para apartarte… sino para sostenerme mientras mi cuerpo tiembla.
Abajo, mis muslos se frotan uno contra el otro sin control, el clítoris hinchado rozando contra mi propia piel empapada. La sensación de estar tan llena —primero el coño, ahora la garganta—, el sabor salado y caliente en mi boca, la falta de oxígeno… todo me empuja al borde otra vez.
Y me corro. Por tercera vez. Sin que me toques siquiera ahí. Solo con tu polla en mi garganta, tus huevos contra mi barbilla, y el calor de tu semen bajando. Mi cuerpo se sacude violentamente, un orgasmo silencioso y brutal que me hace cerrar los ojos con fuerza, lágrimas cayendo, coño contrayéndose en el vacío, chorros pequeños escapando entre mis muslos y goteando al suelo.
Cuando por fin me liberas, salgo tosiendo, jadeando, con la boca abierta, saliva y semen mezclados cayendo por mi barbilla. Me dejo caer hacia atrás, temblando entera, el pecho subiendo y bajando rápido, los ojos vidriosos mirándote desde abajo.
—Joder… —susurro con la voz ronca, rota, casi sin aire—. Me has destrozado… y todavía quiero más…
Me paso la lengua por los labios, saboreando lo que queda de ti, y abro las piernas despacio, mostrándote cómo mi coño sigue latiendo, brillante, hinchado, con tu semen empezando a escaparse lentamente.
—¿Vas a dejarme así… o vas a volver a follarme hasta que no quede nada de mí? —pregunto con una sonrisa débil, exhausta, pero con los ojos todavía encendidos de deseo—. Porque estoy lista para que me uses toda la noche…
Mmm… sí… —susurro contra tus labios cuando vuelves a entrar, despacio esta vez, sin prisa, con lo que queda de tu erección todavía caliente y gruesa dentro de mí.
Siento cada centímetro deslizándose, resbaladizo por todo lo que hemos mezclado: tu semen, mis chorros, nuestra saliva. Mi coño te abraza suave, cansado pero agradecido, palpitando todavía en pequeños espasmos residuales alrededor tuyo. Mis manos suben por tu espalda, te acaricio despacio, las uñas rozando apenas, trazando líneas perezosas mientras te aprieto contra mí.
Me besas y yo te devuelvo el beso, lento, profundo, con lengua perezosa que se enreda con la tuya. Sabe a nosotros, a sexo crudo y a cansancio dulce. Siento cómo te deshinchas poco a poco dentro, cómo tu polla se ablanda suavemente, pero ninguno de los dos se mueve para sacarla. Nos quedamos así, unidos, pegajosos, calientes.
Tu peso sobre mí es perfecto: no aplasta, solo cubre, me envuelve. Mi humedad y la tuya se escapan despacito, goteando entre nosotros, mojando las sábanas ya arrugadas. No me importa. Me gusta sentirlo todo: el calor que se va enfriando, el olor a sexo que impregna el aire, el latido lento de tu corazón contra mi pecho.
Te beso otra vez, más suave, un roce de labios que se queda ahí, sin fuerza, solo cariño. Mis piernas se enredan flojas alrededor de tus caderas, manteniéndote dentro aunque ya no haya nada que empujar. Mi mano sube a tu nuca, dedos enredados en tu pelo húmedo de sudor.
—Quédate así… no salgas todavía… —murmuro contra tu boca, voz ronca y somnolienta.
Cierro los ojos. El cansancio me cae encima como una manta pesada y tibia. Tu respiración se va haciendo más lenta contra mi cuello, profunda, tranquila. La mía se acompasa a la tuya sin darme cuenta.
Nos dormimos así: pegados, dentro uno del otro, exhaustos, satisfechos, con el mundo apagado fuera de esta cama. Solo queda el calor de nuestros cuerpos, el olor a nosotros y el silencio roto solo por algún suspiro dormido.
Buenas noches, cabrón… que sueñes conmigo