JaimeLannister83
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Este es el primer capitulo de mi primer relato, llevo mucho tiempo leyendo todo tipo de relatos y me he animado a escribir algo, sobre si es real o ficticio, soy de los que piensan que siempre hay algo de real en lo ficticio y siempre hay algo ficticio en lo real, así que disfrutad y espero que os guste.
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—¿Qué miras, eh? ¿Qué miras, Pavel?.
La música techno latía como un corazón enfermo, bombeando sudor y deseo barato por el local abarrotado. Los focos estroboscópicos atravesaban el humo, iluminando por fragmentos la cara burlona de Nika. Tenía diecinueve años, pero esta noche, con ese top minúsculo y la falda que apenas le cubría los muslos, parecía una niña perdida en un juego de adultos. Una niña con veneno en la lengua.
Pavel, treinta y cinco años, alto y ancho de hombros como un armario, aparto la vista hacia ella un segundo de ese hielo que giraba lentamente para volver a posar los ojos en su copa, era como un remolino quieto en medio del caos.
—¿Te crees que no te llevo viendo como me miras toda la noche? —insistió Nika, apoyándose con una mano en la barra para no tambalearse. El olor a vodka dulce y chicle de fresa le llegó a Pavel—. Te crees muy superior, ¿verdad?, Por eso te dejó mi hermana. Porque eres un fracasado con músculos.
Pavel alzó la vista lentamente. Sus ojos, de un gris glacial, se encontraron con los de ella, vidriosos y desafiantes.
—Vete a casa, Nika. Estás borracha.
—¡No me des ordenes! —escupió ella, señalándolo con un dedo tembloroso—. Tú no eres nadie para mandarme. Nadie. Mi hermana se largó de tu lado porque eras un plomo. Un tipo aburrido y predecible. ¿Crees que no me lo contó? Que solo sabías follar en la cama, rápido y sin gracia. Como un robot.
Alguien en la mesa de al lado soltó una risita. Pavel la ignoró. Su mandíbula se tensó bajo la piel afeitada.
—Por última vez —dijo, y su voz era baja, pero cortaba el ruido como un cuchillo—. Ponte el abrigo y llama a un taxi, yo te lo pago.
—¡No quiero tu dinero, cabron arrogante! —Nika dio un paso hacia él, o lo intentó, porque tropezó y tuvo que agarrarse del borde de su chaqueta—. Quiero que te vayas. Que dejes de poner esa cara de perro apaleado. Que dejes de mirarme como si me compadecieras.
—No te compadezco —rectificó Pavel, dejando la copa sobre la barra con un golpe seco—. Me das pena y te desprecio. Eres una cría malcriada que se cree mayor por enseñar las tetas y beber vodka barato. La sombra de tu hermana, y ni siquiera una sombra interesante.
El insulto surtió efecto. Los ojos de Nika se ensancharon, primero de incredulidad, luego de una rabia pura y cristalina. Su mejilla palideció bajo el maquillaje brillante.
—¿Cómo te atreves? —susurró, pero ya no solo a él. Su voz subió de tono, aguda y quebrada—. ¡¿Cómo te atreves a hablar así de mí, pedazo de mierda?! ¡Eres un don nadie! ¡Un perdedor! ¡Tu vida es tan patética que solo puedes follarte a las borrachas que te compadecen! ¡Como mi estúpida hermana!.
El silencio que cayó alrededor no fue real, porque la música seguía a todo volumen. Pero para Pavel, el mundo se redujo a un túnel al final del cual estaba la boca pintada de rojo de Nika, soltando veneno. Sintió el calor subirle por el cuello, una presión familiar y peligrosa en las sienes.
Se levantó. La silla chirrió contra el suelo.
—Vamos —dijo, y no fue una invitación.
—¿Adónde? ¿A darme una lección? —se burló Nika, pero un destello de duda cruzó su mirada al verlo erguirse completamente. Pavel era enorme, y la sombra que proyectaba sobre ella la envolvió.
—Afuera. Ahora.
—No tengo por qué…
Pavel no esperó. Agarró su muñeca, no con brutalidad, pero con una firmeza que no admitía discusión. La arrastró entre la gente, ignorando sus protestas y los miramientos curiosos. Empujó la pesada puerta de salida de emergencia que daba a un callejón trasero.
El aire frío de la noche los golpeó. El ruido del local se convirtió en un murmullo apagado. El callejón estaba mal iluminado, solo se escuchaba el tintineo a lo lejos de un cartel de neon, solo se veía un contenedor de basura y solo olía a cerveza rancia.
Pavel soltó su muñeca. Nika se frotó la piel, enrojecida.
—¡Asqueroso! ¡No me toques! ¿Quién te crees que eres?
—Ya estoy harto —declaró Pavel, su voz ahora plana, sin emoción—. Harto de tus indirectas. De tus miradas. De tu juego estúpido. Durante meses. Desde que tu hermana se fue. Te crees muy lista, ¿verdad? Provocando. Probando límites.
—No juego a nada —replicó Nika, cruzando los brazos sobre su pecho, un gesto que era más de defensa que de desafío—. Solo digo la verdad. Eres patético. Y solo te fijas en mí porque te recuerdo a ella. Porque eres un obseso.
Pavel dio un paso hacia ella. Otro. Nika retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de ladrillo frío. No había a dónde ir.
—No me recuerdas a ella —murmuró Pavel, acercando su rostro al de ella. Su aliento, a whisky, se mezcló con el de ella, a vodka—. Ella tenía clase. Tú solo tienes… ardor. Ardor de cría que no sabe qué hacer con él. Y esta noche vas a aprender.
—¿A aprender qué? —La voz de Nika tembló, pero no por el frío.
Antes de que pudiera reaccionar, la mano de Pavel se movió. No fue un puñetazo, no una paliza. Fue un guantazo seco, preciso, que resonó en el callejón. La cabeza de Nika giró hacia un lado con el impacto.
Un silencio absoluto.
Nika se quedó inmóvil, la mejilla izquierda ardiendo, marcada ya por el rojo vivo de los dedos de Pavel. Sus ojos, muy abiertos, se llenaron primero de un estupor absoluto, luego de un brillo de lágrimas que se negaba a derramar. Se llevó una mano lentamente a la piel dolorida.
Pavel observó, sin remordimiento. Esperó.
—Me… me has pegado —logró decir Nika, en un susurro ronco.
—Y podría hacer mucho más —respondió Pavel, su voz ahora un rumor grave y cargado de una intención que hizo que el estómago de Nika se contrajera—. Pero creo que hay mejores maneras de callar una boca tan chula.
Nika tragó saliva. El miedo, auténtico y eléctrico, le recorrió la espina dorsal. Pero junto al miedo, algo más se agitó en su interior, algo oscuro y húmedo que no quería reconocer.
—¿Qué… qué vas a hacer?
Pavel no respondió con palabras. Con el mismo movimiento calmado, la agarró por los hombros y la dio la vuelta, enfrentándola a la pared. Ella gimió, desequilibrada.
—Pavel, para…
—Calla —ordenó él, y su tono no dejaba lugar a réplica. Con una mano, le sujetó la nuca, presionando su frente contra el ladrillo áspero. Con la otra, buscó el cierre de sus pantalones, unos vaqueros ajustadísimos.
—¡No! —gritó Nika, intentando retorcerse, pero su fuerza era un juguete comparada con la de él. El clic metálico del cierre al abrirse sonó obscenamente alto.
—¿Ves? —murmuró Pavel, mientras tiraba de la tela, bajándole los vaqueros y las bragas de encaje negro hasta la mitad de sus muslos. El aire frío acarició la piel expuesta de sus nalgas—. Igual con mi lengua en tu culo no eres tan chula.
Nika contuvo el aliento. El insulto, la humillación, la vulnerabilidad absoluta… y sin embargo, un calor traicionero comenzó a extenderse entre sus piernas. Sintió la presión de su cuerpo contra el suyo, la dureza evidente de él presionándole en la espalda baja.
Pavel se inclinó. No la penetró. No era eso… todavía. En lugar de eso, separó con las manos las redondeces de sus nalgas, exponiéndola por completo a la noche. Y luego, bajó la cabeza.
El primer contacto de su lengua, cálida y húmeda, en el centro mismo de su intimidad más oculta, la hizo gritar. Un grito ahogado, de puro shock.
—¡Ah! ¡Dios! ¡Para!
Pero Pavel no paró. Sujeta con firmeza, comenzó a comerle el culo con una dedicación lenta, obscena, meticulosa. Su lengua trazaba círculos, se hundía en el pliegue, lamiendo y probando con una intensidad que hacía temblar las piernas de Nika. Era una muestra de poder, una sumisión total… y era excitante. Una ola de vergüenza y placer, tan mezclados que ya no podía distinguirlos, la inundó. Un gemido escapó de sus labios, uno que no sonaba a protesta.
Pavel lo escuchó. Se detuvo un momento, su aliento caliente en su piel sensible.
—Eso es —susurró, y sus labios rozaron la oreja de ella—. Ya lo ves. Esta noche no voy a parar hasta llenarte el culo con mi leche. Y lo peor, pequeña… es que tú me vas a pedir más. Me lo vas a acabar suplicando, créeme.
Nika jadeó, sus manos aferradas al ladrillo. No podía negarlo. Su cuerpo, traicionero, respondía a cada caricia de esa lengua, arqueándose ligeramente hacia atrás, buscando más presión.
—A partir de este momento —continuó Pavel, mientras una de sus manos bajaba por su costado, posándose en la curva de su cadera, y la otra seguía abriéndola, mostrándola—, este culo será solo mío. ¿Lo entiendes? Solo mío. Para cuando yo quiera. Para lo que yo quiera.
Nika cerró los ojos. La derrota era dulce. El placer, prohibido y enorme, ascendía por su vientre. Entre jadeos, con la voz quebrada por una emoción que no podía nombrar, susurró la respuesta que ambos esperaban.
—Sí… solo tuyo.
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—¿Qué miras, eh? ¿Qué miras, Pavel?.
La música techno latía como un corazón enfermo, bombeando sudor y deseo barato por el local abarrotado. Los focos estroboscópicos atravesaban el humo, iluminando por fragmentos la cara burlona de Nika. Tenía diecinueve años, pero esta noche, con ese top minúsculo y la falda que apenas le cubría los muslos, parecía una niña perdida en un juego de adultos. Una niña con veneno en la lengua.
Pavel, treinta y cinco años, alto y ancho de hombros como un armario, aparto la vista hacia ella un segundo de ese hielo que giraba lentamente para volver a posar los ojos en su copa, era como un remolino quieto en medio del caos.
—¿Te crees que no te llevo viendo como me miras toda la noche? —insistió Nika, apoyándose con una mano en la barra para no tambalearse. El olor a vodka dulce y chicle de fresa le llegó a Pavel—. Te crees muy superior, ¿verdad?, Por eso te dejó mi hermana. Porque eres un fracasado con músculos.
Pavel alzó la vista lentamente. Sus ojos, de un gris glacial, se encontraron con los de ella, vidriosos y desafiantes.
—Vete a casa, Nika. Estás borracha.
—¡No me des ordenes! —escupió ella, señalándolo con un dedo tembloroso—. Tú no eres nadie para mandarme. Nadie. Mi hermana se largó de tu lado porque eras un plomo. Un tipo aburrido y predecible. ¿Crees que no me lo contó? Que solo sabías follar en la cama, rápido y sin gracia. Como un robot.
Alguien en la mesa de al lado soltó una risita. Pavel la ignoró. Su mandíbula se tensó bajo la piel afeitada.
—Por última vez —dijo, y su voz era baja, pero cortaba el ruido como un cuchillo—. Ponte el abrigo y llama a un taxi, yo te lo pago.
—¡No quiero tu dinero, cabron arrogante! —Nika dio un paso hacia él, o lo intentó, porque tropezó y tuvo que agarrarse del borde de su chaqueta—. Quiero que te vayas. Que dejes de poner esa cara de perro apaleado. Que dejes de mirarme como si me compadecieras.
—No te compadezco —rectificó Pavel, dejando la copa sobre la barra con un golpe seco—. Me das pena y te desprecio. Eres una cría malcriada que se cree mayor por enseñar las tetas y beber vodka barato. La sombra de tu hermana, y ni siquiera una sombra interesante.
El insulto surtió efecto. Los ojos de Nika se ensancharon, primero de incredulidad, luego de una rabia pura y cristalina. Su mejilla palideció bajo el maquillaje brillante.
—¿Cómo te atreves? —susurró, pero ya no solo a él. Su voz subió de tono, aguda y quebrada—. ¡¿Cómo te atreves a hablar así de mí, pedazo de mierda?! ¡Eres un don nadie! ¡Un perdedor! ¡Tu vida es tan patética que solo puedes follarte a las borrachas que te compadecen! ¡Como mi estúpida hermana!.
El silencio que cayó alrededor no fue real, porque la música seguía a todo volumen. Pero para Pavel, el mundo se redujo a un túnel al final del cual estaba la boca pintada de rojo de Nika, soltando veneno. Sintió el calor subirle por el cuello, una presión familiar y peligrosa en las sienes.
Se levantó. La silla chirrió contra el suelo.
—Vamos —dijo, y no fue una invitación.
—¿Adónde? ¿A darme una lección? —se burló Nika, pero un destello de duda cruzó su mirada al verlo erguirse completamente. Pavel era enorme, y la sombra que proyectaba sobre ella la envolvió.
—Afuera. Ahora.
—No tengo por qué…
Pavel no esperó. Agarró su muñeca, no con brutalidad, pero con una firmeza que no admitía discusión. La arrastró entre la gente, ignorando sus protestas y los miramientos curiosos. Empujó la pesada puerta de salida de emergencia que daba a un callejón trasero.
El aire frío de la noche los golpeó. El ruido del local se convirtió en un murmullo apagado. El callejón estaba mal iluminado, solo se escuchaba el tintineo a lo lejos de un cartel de neon, solo se veía un contenedor de basura y solo olía a cerveza rancia.
Pavel soltó su muñeca. Nika se frotó la piel, enrojecida.
—¡Asqueroso! ¡No me toques! ¿Quién te crees que eres?
—Ya estoy harto —declaró Pavel, su voz ahora plana, sin emoción—. Harto de tus indirectas. De tus miradas. De tu juego estúpido. Durante meses. Desde que tu hermana se fue. Te crees muy lista, ¿verdad? Provocando. Probando límites.
—No juego a nada —replicó Nika, cruzando los brazos sobre su pecho, un gesto que era más de defensa que de desafío—. Solo digo la verdad. Eres patético. Y solo te fijas en mí porque te recuerdo a ella. Porque eres un obseso.
Pavel dio un paso hacia ella. Otro. Nika retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de ladrillo frío. No había a dónde ir.
—No me recuerdas a ella —murmuró Pavel, acercando su rostro al de ella. Su aliento, a whisky, se mezcló con el de ella, a vodka—. Ella tenía clase. Tú solo tienes… ardor. Ardor de cría que no sabe qué hacer con él. Y esta noche vas a aprender.
—¿A aprender qué? —La voz de Nika tembló, pero no por el frío.
Antes de que pudiera reaccionar, la mano de Pavel se movió. No fue un puñetazo, no una paliza. Fue un guantazo seco, preciso, que resonó en el callejón. La cabeza de Nika giró hacia un lado con el impacto.
Un silencio absoluto.
Nika se quedó inmóvil, la mejilla izquierda ardiendo, marcada ya por el rojo vivo de los dedos de Pavel. Sus ojos, muy abiertos, se llenaron primero de un estupor absoluto, luego de un brillo de lágrimas que se negaba a derramar. Se llevó una mano lentamente a la piel dolorida.
Pavel observó, sin remordimiento. Esperó.
—Me… me has pegado —logró decir Nika, en un susurro ronco.
—Y podría hacer mucho más —respondió Pavel, su voz ahora un rumor grave y cargado de una intención que hizo que el estómago de Nika se contrajera—. Pero creo que hay mejores maneras de callar una boca tan chula.
Nika tragó saliva. El miedo, auténtico y eléctrico, le recorrió la espina dorsal. Pero junto al miedo, algo más se agitó en su interior, algo oscuro y húmedo que no quería reconocer.
—¿Qué… qué vas a hacer?
Pavel no respondió con palabras. Con el mismo movimiento calmado, la agarró por los hombros y la dio la vuelta, enfrentándola a la pared. Ella gimió, desequilibrada.
—Pavel, para…
—Calla —ordenó él, y su tono no dejaba lugar a réplica. Con una mano, le sujetó la nuca, presionando su frente contra el ladrillo áspero. Con la otra, buscó el cierre de sus pantalones, unos vaqueros ajustadísimos.
—¡No! —gritó Nika, intentando retorcerse, pero su fuerza era un juguete comparada con la de él. El clic metálico del cierre al abrirse sonó obscenamente alto.
—¿Ves? —murmuró Pavel, mientras tiraba de la tela, bajándole los vaqueros y las bragas de encaje negro hasta la mitad de sus muslos. El aire frío acarició la piel expuesta de sus nalgas—. Igual con mi lengua en tu culo no eres tan chula.
Nika contuvo el aliento. El insulto, la humillación, la vulnerabilidad absoluta… y sin embargo, un calor traicionero comenzó a extenderse entre sus piernas. Sintió la presión de su cuerpo contra el suyo, la dureza evidente de él presionándole en la espalda baja.
Pavel se inclinó. No la penetró. No era eso… todavía. En lugar de eso, separó con las manos las redondeces de sus nalgas, exponiéndola por completo a la noche. Y luego, bajó la cabeza.
El primer contacto de su lengua, cálida y húmeda, en el centro mismo de su intimidad más oculta, la hizo gritar. Un grito ahogado, de puro shock.
—¡Ah! ¡Dios! ¡Para!
Pero Pavel no paró. Sujeta con firmeza, comenzó a comerle el culo con una dedicación lenta, obscena, meticulosa. Su lengua trazaba círculos, se hundía en el pliegue, lamiendo y probando con una intensidad que hacía temblar las piernas de Nika. Era una muestra de poder, una sumisión total… y era excitante. Una ola de vergüenza y placer, tan mezclados que ya no podía distinguirlos, la inundó. Un gemido escapó de sus labios, uno que no sonaba a protesta.
Pavel lo escuchó. Se detuvo un momento, su aliento caliente en su piel sensible.
—Eso es —susurró, y sus labios rozaron la oreja de ella—. Ya lo ves. Esta noche no voy a parar hasta llenarte el culo con mi leche. Y lo peor, pequeña… es que tú me vas a pedir más. Me lo vas a acabar suplicando, créeme.
Nika jadeó, sus manos aferradas al ladrillo. No podía negarlo. Su cuerpo, traicionero, respondía a cada caricia de esa lengua, arqueándose ligeramente hacia atrás, buscando más presión.
—A partir de este momento —continuó Pavel, mientras una de sus manos bajaba por su costado, posándose en la curva de su cadera, y la otra seguía abriéndola, mostrándola—, este culo será solo mío. ¿Lo entiendes? Solo mío. Para cuando yo quiera. Para lo que yo quiera.
Nika cerró los ojos. La derrota era dulce. El placer, prohibido y enorme, ascendía por su vientre. Entre jadeos, con la voz quebrada por una emoción que no podía nombrar, susurró la respuesta que ambos esperaban.
—Sí… solo tuyo.