Relatos de J

LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 2

El verano en Madrid era un puto infierno, de esos que te hacen sudar hasta el alma. Junio había llegado con una ola de calor que convertía las calles en un horno gigante, y las clientas de “El Trigo Dorado” parecían haberse puesto de acuerdo para torturar a Chema. Venían ligeritas de ropa, con escotes que dejaban ver tetas sudorosas, shorts que marcaban culos redondos y camisetas pegadas al cuerpo por el bochorno. Chema, detrás del mostrador, sudaba la gota gorda, no solo por el horno, sino porque su pollón tremendo no paraba de empalmarse. “Joder, esta tía con el top ese… parece que me está pidiendo que le meta el baguette por el coño”, pensaba mientras servía a una rubia de veintipocos que pedía “una barra bien larga y gruesa, Chema, que me encanta sentirla en la mano”. El cabrón sonreía con su barba rubia empapada en sudor, pero por debajo del delantal, su verga estaba como una estaca, latiendo contra la bragueta de los vaqueros.

Todo el día así: empalmado como un burro. Las piernas fuertes de Chema, esas de futbolista, temblaban un poco de la tensión acumulada. Se agachaba a por bollos y sentía cómo el bulto se marcaba escandaloso, y alguna clienta hasta le echaba una miradita disimulada. “Hostia, si sigo así, voy a reventar los pantalones”, se decía, riendo para sus adentros con ese humor suyo. Pero nada, aguantaba como podía, sirviendo pan con una sonrisa maja, aunque por dentro era un volcán de leche acumulada. El divorcio le había dejado sequito de folleteo, y ahora con el calor, iba más caliente que el asfalto madrileño.

Al mediodía, cuando cerró la panadería para la siesta, Chema subió al piso de arriba hecho un toro en celo. Pepín estaba en el salón, tirado en el sofá en calzoncillos por el calor, con el cuerpo de nadador todo sudado y brillante. El chaval de 20 años era un bombón: delgado pero marcado, con abdominales que se veían bajo la piel morena, y unas piernas largas de tanto nadar. Estaba viendo la tele, comiendo un bocata, ajeno al mundo, pero cuando vio entrar a su padre, no pudo evitar fijarse en el bulto espectacular que marcaba Chema en la bragueta. “Joder, papi, eso parece un salchichón de los gordos”, pensó Pepín, pero no dijo nada al principio, solo se rio por lo bajo.

Chema se dejó caer en el sofá al lado de su hijo, soltando un suspiro largo.

– Hostia, hijo, qué calor de mierda. Las tías del barrio me están matando hoy – dijo Chema, rascándose la barba y abanicándose con una revista vieja.

Pepín lo miró de reojo, notando cómo el pollón de su padre empujaba contra la tela, formando un relieve que daba gloria verlo. Eran adultos, joder, y en casa hablaban de todo sin cortarse un pelo. El chaval se incorporó un poco, ajustándose sus propios calzoncillos, donde empezaba a notarse un bultito incipiente.

– Ya te veo, papi. Menudo paquete llevas ahí. Parece que vas a explotar – soltó Pepín con una carcajada, señalando sin disimulo la bragueta de Chema.

Chema se miró abajo y se rio a carcajadas, palmeándose la pierna fuerte.

– Joder, chaval, es que con este calor… las clientas vienen medio en pelotas. Me pongo como una moto todo el puto día. No veas las empalmadas que me pillo.

Pepín se rio también, sintiendo un cosquilleo en su propia polla. “Hostia, mi padre hablando de empalmadas… qué morbo”, pensó, pero lo dijo en voz alta, sin filtros.

– Oye, papi, somos tíos, ¿no? No te cortes. Si estás salido, pajéate a gusto en casa. No hace falta que bajes al horno a cascártela como un ladrón. Aquí estamos solos, joder. Libera esa lefa que llevas acumulada.

Chema miró a su hijo con los ojos como platos, pero luego soltó una risotada tremenda, dándole una palmada en el hombro a Pepín.

– Coño, Pepín, qué maduro estás, cabrón. Tienes razón, hostia. Llevo semanas aliviándome abajo para no molestarte, pero joder, si somos familia. Vale, chaval, haré caso. Esta noche me la pelo como Dios manda en mi cuarto.

Pepín sonrió, notando cómo su propia verga se endurecía un poco bajo los calzoncillos. “Joder, imaginármelo… mi padre con ese pollón en la mano”, pensó, pero disimuló bebiendo un trago de agua.

– Eso, papi. Descárgate bien. Que se oiga en todo el barrio si hace falta – bromeó Pepín, y los dos se rieron como colegas, aunque el aire se cargó de un homoerotismo sutil, de esos que flotan entre padre e hijo cuando el calor aprieta.

La tarde pasó tranquila: comieron juntos, charlaron de fútbol y de la natación de Pepín, pero Chema no podía quitarse de la cabeza la idea. Cuando cayó la noche, el calor no aflojaba, y el piso estaba como un sauna. Chema se metió en su cuarto, cerrando la puerta pero no del todo, por el bochorno. Se quitó la ropa toda, quedándose en pelotas, con su cuerpo fornido sudando: pecho peludo, abdominales marcados, piernas fuertes abiertas y ese pollón tremendo colgando pesado entre ellas, ya medio empalmado. “Joder, qué ganas tengo”, pensó, tumbándose en la cama con las sábanas revueltas.

Empezó despacio: se agarró la verga con una mano grande y callosa, meneándola arriba y abajo, sintiendo cómo se ponía dura como el hierro. El glande asomaba rojo y brillante, y Chema gemía bajito al principio. “Ah, sí, cabrona… crece para papi”, murmuraba, imaginando a las clientas, pero también… joder, a Pepín en calzoncillos esa tarde. “No, coño, quita”, pensó, pero la idea le aceleró el ritmo. Aceleró la paja, la mano volando por esa polla gorda, venosa, de las que dan envidia. El sudor le caía por la barba rubia, y empezó a gritar guarradas, sin cortarse.

– ¡JODER, QUÉ POLLÓN TENGO! ¡ME VOY A CORRER COMO UN CABRÓN! – berreó Chema, pellizcándose un pezón con la otra mano, las piernas temblando.

En la habitación de al lado, Pepín lo oía todo. El chaval estaba en su cama, también en pelotas por el calor, y al principio se rio: “Hostia, mi padre sí que va a saco”. Pero los gritos le pusieron cachondo perdido. Su propia polla, una verga decente de chaval joven, se endureció al instante. “Joder, qué guarro… hablando de su lefa”, pensó Pepín, y sin poder evitarlo, se agarró el rabo y empezó a pajearse al ritmo de los gemidos de su padre.

– ¡HOSTIA PUTA, QUÉ LECHADA MONUMENTAL VOY A SOLTAR! ¡ME CORRO, JODER, ME CORRO! – gritaba Chema, la mano como un pistón, el pollón latiendo, imaginando chorros de semen espeso salpicando todo.

Pepín aceleraba también, mordiéndose el labio, el cuerpo de nadador sudado y tenso. “Sí, papi, suelta esa leche… joder, yo también”, pensó, gimiendo bajito para no ser oído, pero sincronizado con los berreos de Chema.

– ¡AH, SÍ, CABRONES! ¡TOMA LEFA PARA TODOS! – berreó Chema al límite, y eyaculó como un géiser: chorros gruesos de semen caliente salpicando su pecho peludo, el belly, hasta la barba. “¡QUÉ DESCARGA, HOSTIA!” gritó, temblando entero.

Pepín, oyéndolo, no aguantó más: su polla joven escupió lefa a chorros, cubriéndole el abdomen marcado y las sábanas. “¡JODER, SÍ!”, gimió en voz baja, pero monumental, el orgasmo sacudiéndole como una ola en la piscina.

Cada uno en su habitación, jadeando, se quedaron quietos un rato, con la polla aún goteando. Chema se rio solo: “Joder, qué alivio… el chaval tenía razón”. Pepín, en su cuarto, pensó: “Hostia, si supiera que me he corrido con él… qué morbo”. El calor seguía, pero ahora el aire olía a sexo, a lefa fresca. Y la noche madrileña prometía más.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 3

La mañana siguiente en el piso encima de la panadería era un puto horno, literal y figurado. El sol de Madrid entraba a saco por las ventanas, y el calor del verano hacía que padre e hijo desayunaran en calzoncillos, como dos machos en su madriguera. Chema estaba en la cocina, preparando café y tostadas, con su cuerpo fornido sudando ya a las ocho: pecho peludo brillante, barba rubia desaliñada, y esas piernas fuertes de futbolista abiertas mientras removía el azúcar. Su pollón tremendo, que ya empezaba a despertarse con el roce del algodón, formaba un bulto decente en los calzoncillos blancos, de esos que no pasan desapercibidos. “Joder, qué resaca de paja tengo de anoche”, pensó Chema, recordando la descarga monumental en su cuarto, pero sintiendo que ya estaba listo para otra ronda. El divorcio lo tenía como un toro en brama constante.


Pepín entró en la cocina bostezando, también en calzoncillos grises ajustados que marcaban su cuerpo de nadador: abdominales definidos, culo prieto y un paquete juvenil que se notaba bien. El chaval de 20 años se sentó en la mesa, rascándose los huevos sin cortarse, y miró a su padre con una sonrisa pícara. Anoche había oído los berridos de Chema y se había pajeado a lo bestia, sincronizado como en una orquesta guarra. “Hostia, si supiera que me corrí oyéndole… qué morbo jodido”, pensó Pepín, pero lo disimuló sirviéndose café.


– Buenos días, papi. ¿Qué tal has dormido después de esa paja épica? – soltó Pepín con una carcajada, untando mantequilla en una tostada.


Chema se rio a carcajadas, sentándose enfrente de su hijo con las piernas abiertas, el bulto en los calzoncillos creciendo sutilmente. Eran adultos, joder, y el tema de las pajas ya era como hablar del tiempo.


– Joder, hijo, menuda descarga solté. Gritaba como un loco, ¿eh? No veas la lefa que salió, cabrón. Parecía que llevaba meses sin correrme – contestó Chema, bebiendo café y notando cómo su polla se endurecía un poco más al recordar. El algodón de los calzoncillos empezaba a tensarse, deformándose con el grosor de su cipote.


Pepín alucinaba en silencio, mirando de reojo el paquete de su padre. “Hostia puta, mira cómo se le está empinando… eso parece un puto misil a punto de despegar”, pensó el chaval, sintiendo un cosquilleo en su propia verga. El pollón de Chema estaba deformando el calzoncillo de un modo brutal: la tela se estiraba al máximo, marcando la forma venosa y el glande gordo, como si estuviera a punto de reventar la costura. Pepín no podía quitar los ojos de ahí, y el homoerotismo flotaba en el aire como el olor a café.


– Ja, ja, ya te oí, papi. Gritabas guarradas sobre tu lechada monumental. Me puse cachondo solo de imaginarlo – admitió Pepín sin filtros, mordiendo la tostada y ajustándose el paquete, donde su polla joven empezaba a reaccionar.


Chema sintió un subidón: oír a su hijo hablar así le ponía a mil. “Joder, el chaval hablando de pajas y cipotes… me está poniendo como una moto”, pensó, y su pollón dio un latido fuerte, empujando más contra el calzoncillo. Ahora sí, la deformación era escandalosa: el cipote tremendo se erguía casi horizontal, estirando la tela hasta el límite, con una mancha de precum empezando a aparecer en la punta.


– Hostia, Pepín, no me hables de eso que me empalmo otra vez. Mira, joder, ya estoy tieso como un burro – dijo Chema riendo, pero con la voz ronca de excitación, señalando su entrepierna sin vergüenza.


Pepín miró directamente, boquiabierto. “Coño, qué bestia… ese calzoncillo va a explotar. Mi padre tiene un pollón de campeonato”, pensó, y su propia verga se endureció del todo bajo la mesa, latiendo en los calzoncillos.


– Joder, papi, menuda empalmada. Ese cipote tuyo está deformando el calzoncillo como si fuera a romperlo. Parece un puto brazo de gitano ahí metido – soltó Pepín, riendo pero con los ojos clavados, hablando y hablando del tema para ver hasta dónde llegaba.


Chema no aguantaba más. Escuchando a su chaval hablar y hablar de pajas y cipotes, de empalmadas y lefa, el panadero sintió el orgasmo subiendo como una ola imparable. No se tocó ni nada: solo el morbo de la situación, el calor, los ojos de Pepín en su paquete… “Hostia, me corro… no puedo parar”, pensó, y su pollón latió salvaje dentro del calzoncillo.


– ¡JODER, PEPÍN, ME CORRO! ¡ESCUCHÁNDOTE HABLAR DE MI CIPOTE… AH, SÍ! – berreó Chema como un semental en celo, el cuerpo temblando, las piernas fuertes abiertas de par en par.


El semen salió a chorros espesos, empapando el calzoncillo al instante: manchas blancas y gruesas extendiéndose por la tela, arrasando todo, goteando incluso por los bordes. “¡QUÉ LEFADA, HOSTIA PUTA! ¡TOMA SEMEN PARA EL DESAYUNO!” gritó Chema, jadeando y riendo a la vez, el pollón aún escupiendo lefa dentro de los calzoncillos destrozados.


Pepín flipaba, con su propia polla dura como una piedra, pero se rio a carcajadas, aunque el morbo le tenía al límite.


– Ja, ja, joder, papi, menuda corrida espontánea. Has dejado los calzoncillos como un campo de batalla. Qué guarro eres – dijo Pepín, pero pensando: “Hostia, qué envidia… yo también estoy a punto”.


Chema se quedó ahí sentado, jadeando, con el calzoncillo arrasado a semen, oliendo a lefa fresca en la cocina. Se miró abajo y soltó una risotada tremenda.


– Coño, hijo, ha sido culpa tuya. Hablando de pajas y cipotes… me has puesto como un loco. Ahora tendré que cambiarme antes de bajar a la panadería.


Pepín sonrió, ajustándose su bulto, que amenazaba con seguir el ejemplo.


– Vale, papi, pero admite que ha sido épico. Oye, ¿y si la próxima vez…?


Pero Chema lo cortó con una palmada en la mesa, riendo.


– Nada de próxima, cabrón. Vamos a desayunar en paz, que si no, acabamos los dos lefados.


El desayuno siguió con risas y charlas, pero el aire estaba cargado de testosterona y morbo. El verano madrileño prometía más desayunos calientes, y padre e hijo sabían que esto solo era el principio.
 
Muy buenos los 3 capítulos. La IA ha reconocido tu filias por los calzoncillos y las relaciones paterno filiales.
A ver como aplacan Chema y Pepín esos calores al verse en calzoncillos
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 4

El verano en Madrid seguía siendo un puto infierno, pero esa semana era especial: el cumpleaños de Chema. El panadero cumplía 46 tacos, aunque con ese cuerpo de vikingo rubio y barbudo, las piernas fuertes de futbolista y el pollón tremendo que llevaba entre ellas, parecía un chaval de treinta. La panadería “El Trigo Dorado” había estado a tope todo el día, con clientas felicitándolo y echándole piropos que lo ponían empalmado como un burro. “Joder, Chema, qué bien te conservas, cabrón. ¿Cuál es tu secreto? ¿Mucha masa amasada a mano?”, le decían riendo, y él respondía con su sonrisa maja: “El secreto es el horno caliente y las manos expertas, guapa”. Pero por dentro, “Hostia, si supierais lo que amaso de verdad en casa…”.


Pepín, el hijo de 20 años, había planeado una sorpresa cojonuda. El chaval, con su cuerpo de nadador marcado y sudado por el calor, había ahorrado de sus curros esporádicos para comprarle a su padre un regalo que lo flipara. Sabía que Chema iba salido perdido desde el divorcio, y después de las charlas guarras sobre pajas y cipotes, pensó que era hora de subir el nivel. “Joder, le voy a regalar un chocho de goma, de esos realistas, para que se desahogue a gusto sin pajearse solo con la mano”, pensó Pepín, excitado solo de imaginárselo. Lo compró online, discreto, y lo envolvió en papel de regalo cutre pero con cariño.


Por la noche, después de cerrar la panadería, subieron al piso. Chema se duchó rápido, saliendo en calzoncillos, con el pecho peludo goteando agua y el bulto habitual marcando paquete. Pepín estaba en el salón, con shorts flojos que dejaban ver sus piernas de nadador, nervioso pero cachondo con la idea.


– ¡Felicidades, papi! Toma, tu regalo – dijo Pepín, tendiéndole el paquete con una sonrisa pícara.


Chema lo abrió curioso, riendo.


– Coño, hijo, ¿qué es esto? ¿Un bollito especial? – bromeó, pero cuando vio la caja, flipó en colores. Era un chocho de goma, de silicona suave, con forma de vulva realista, rosadito y húmedo al tacto, de esos que vienen con lubricante incluido. “Hostia puta, un coñito artificial… mi chaval me regala esto. Qué morbo jodido”, pensó Chema, sintiendo cómo su pollón empezaba a endurecerse al instante bajo los calzoncillos.


– Joder, Pepín, ¿un chocho de goma? ¡Eres un cabrón genial! – exclamó Chema, dándole un abrazo fuerte a su hijo, notando el cuerpo marcado de Pepín contra el suyo. – Para desahogarme a gusto, ¿eh? Menudo detalle, chaval.


Pepín se rio, rojo como un tomate pero excitado, viendo cómo los ojos de su padre brillaban de lujuria.


– Claro, papi. Estás todo el día empalmado con las clientas. Así te follas algo en conditions sin salir de casa. Pruébalo, joder, no te cortes.


Chema no se lo pensó dos veces. El regalo lo había puesto como una moto: se bajó los calzoncillos de un tirón, dejando saltar su pollón tremendo, ya tieso como una barra de pan, venoso y cabezón, apuntando al techo. “Joder, qué bestia… voy a reventar este chisme”, pensó, sentándose en el sofá con las piernas fuertes abiertas, el culo fornido hundido en los cojines.


Pepín se sentó al ladito, en el brazo del sofá, con los ojos clavados en la verga de su padre. “Hostia, mira ese misil… qué gordo y largo. Me pone cachondo verlo”, pensó el chaval, ajustándose el bulto en los shorts, donde su propia polla joven empezaba a empalmarse.


Chema untó el chocho de goma con lubricante, colocándolo en su regazo, y alineó su cipote con la entrada. Empujó despacio al principio, gimiendo.


– Ah, joder… qué apretadito está este coñito. Mira, hijo, cómo entra mi rabo – dijo Chema, con voz ronca, empezando a follarlo con estocadas lentas, el pollón deslizándose dentro y fuera del plástico.


Pepín gritaba histérico, excitado perdido, viendo ese misil dándole al chochito de goma. El sonido chapoteante del lubricante y los gemidos de su padre lo volvían loco.


– ¡HOSTIA, PAPI, DALE DURO A ESE CHOCHO! ¡MIRA CÓMO SE TRAGA TU POLLÓN TREMENDO! – berreó Pepín, palmoteando el sofá, su propia verga dura como una piedra bajo los shorts.


Chema aceleró el ritmo, follándose el chisme como un bestia, las caderas moviéndose con fuerza, sus piernas fuertes temblando. El sofá crujía bajo el asalto, y el panadero gruñía guarradas.


– ¡SÍ, CABRONA, TOMA RABO! ¡MI CIPOTE TE VA A REVENTAR! – gritaba Chema, embistiendo salvaje, el sudor cayéndole por la barba rubia y el pecho peludo.


Pepín no paraba de animarlo, histérico de morbo.


– ¡JODER, PAPI, QUÉ MISIL TIENES! ¡DALE MÁS FUERTE, QUE SE LO TRAGUE TODO! – berreaba el chaval, mordiéndose el labio, notando precum en sus shorts.


Chema le daba tan fuerte que en una estocada brutal, ¡zas!, se cargó el plástico. El pollón tremendo atravesó el chocho de goma de lado a lado, rompiéndolo con un sonido de desgarro guarro, saliendo por el otro lado venoso y brillante.


– ¡HOSTIA PUTA, LO HE ATRAVESADO CON EL RABO! ¡ME CORRO, JODER! – berreó Chema impresionado, sin poder aguantar más. El orgasmo le pegó como un tren: su pollón latió salvaje, disparando leche sin parar durante unos minutos, chorros espesos y blancos salpicando todo, el sofá, el suelo, y hasta el aire.


– ¡AH, SÍ, TOMA LECHADA MONUMENTAL! ¡ME CORRO COMO UN SEMENTAL! ¡QUÉ DESCARGA, CABRÓN! – gritaba Chema con berridos impresionantes, el cuerpo convulsionando, la lefa volando en arcos gruesos.


Pepín, que estaba al ladito viendo todo, recibió media lechada en la carita: un chorro caliente y espeso le salpicó la mejilla, la nariz, hasta la boca entreabierta. “Joder, la leche de mi padre en la cara… qué guarro y qué rico”, pensó Pepín, lamiéndose instintivamente, su propia polla eyaculando dentro de los shorts sin tocarse, una corrida espontánea por el morbo.


Chema se quedó jadeando en el sofá, el pollón aún goteando lefa, el chocho de goma destrozado colgando de su verga como un trofeo roto.


– Hostia, hijo… lo he reventado. Menuda follada – dijo Chema riendo, mirando a Pepín con la cara salpicada de semen.


Pepín se limpió con la mano, pero sonriendo guarro.


– Ja, ja, papi, has disparado como un cañón. Me has lefado la cara, cabrón. Feliz cumple.


Los dos se rieron a carcajadas, el salón oliendo a sexo y lefa fresca. Chema abrazó a su hijo, notando el bulto húmedo de Pepín.


– El mejor regalo ever, chaval. Pero la próxima, algo más resistente, ¿eh?


Pepín guiñó un ojo.


– Vale, papi. O quizás… algo más real.


El verano seguía caliente, y la familia en Madrid, más unida que nunca en su morbo compartido.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 5

Pasaban los días en el barrio de Chamberí, y el verano madrileño seguía achicharrando todo como un puto horno gigante. La panadería “El Trigo Dorado” estaba a reventar de clientes: con el calor, la peña compraba más bollos frescos, baguettes crujientes y hasta croissants para desayunar en terrazas. Chema, el panadero rubio y barbudo de 46 tacos recién cumplidos, no daba abasto. Sus piernas fuertes de futbolista corrían de un lado a otro, amasando masa y sirviendo con su sonrisa maja, pero joder, el pollón tremendo se le empalmaba con cada clienta ligera de ropa o vecino cachas que entraba. “Hostia, necesito ayuda o me muero de salido y de curro”, pensó Chema, y decidió contratar a Omar, un vecino marroquí del barrio que vivía en el bloque de al lado.


Omar tenía 35 años, era un tío morenazo con barba negra espesa, cuerpo fornido de currante –brazos como troncos de tanto cargar sacos en obras–, casado con una mujer guapa y dos churumbeles pequeños. Apenas hablaba español: “sí”, “no”, “pan”, “gracias”, y poco más. Pero era majo, trabajador y necesitaba pasta. Chema lo contrató para las madrugadas, cuando el horno rugía y el barrio dormía. “Bienvenido, Omar. Aquí curramos duro, pero con risas”, le dijo Chema el primer día, dándole una palmada en el hombro ancho.


Pepín, el hijo de Chema, aprobaba: “Papi, buen fichaje. El moro parece un toro, joder. Con esos brazos, amasará masa como un campeón”. Y vaya si lo hacía. Omar aprendía rápido, aunque el idioma era una barrera. Para romper el hielo, de madrugada, mientras amasaban y horneaban, Chema empezó a enseñarle castellano… pero del cerdo, del guarro, para hacer unas risas. “Mira, Omar, esto es ‘polla’”, decía Chema señalándose el bulto en los vaqueros, y Omar repetía “po-ya” con acento árabe, riendo confuso pero pillando el rollo. “Bien, bien. Ahora ‘chocho’”, continuaba Chema, haciendo un gesto con los dedos, y Omar soltaba una carcajada, “sho-sho”, mientras sudaban en el obrador caliente.


Pasaban las noches así: currando y riendo con palabras vulgares. “Pelotas”, decía Chema agarrándose los huevos por encima del delantal, y Omar “pe-lo-tas”, palmeándose las suyas, grandes y pesadas bajo los pantalones. “Corridas”, explicaba Chema imitando una paja, y Omar “co-rri-das”, con los ojos brillantes de comprensión guarra. Era homoerótico a tope, dos machos solos en la madrugada, sudando y hablando de cipotes y lefadas, pero con humor: “Joder, Omar, pareces un loro guarro. Di ‘me corro como un cabrón’”, y el moro intentaba, “me co-rro co-mo un ca-brón”, partiéndose el culo.


Una madrugada en particular, el calor era asfixiante, y se entretuvieron mucho con el castellano usado para pajearse. Habían terminado una tanda de bollos, y Chema empezó: “Omar, repite: ‘tengo la polla dura’”. Omar, sudando con la camiseta pegada al pecho peludo y moreno, repitió “ten-go la po-ya du-ra”, pero joder, lo dijo señalándose su propio paquete, que empezaba a marcar un bulto impresionante. Chema se rio, pero notó cómo su propio pollón tremendo se despertaba. “Hostia, el moro se está empalmando con las lecciones”, pensó Chema, ajustándose el delantal.


Siguieron: “Ahora di ‘me pajeo el cipote’”, dijo Chema, y Omar “me pa-je-o el ci-po-te”, pero ya con la voz ronca, el bulto en sus pantalones creciendo como una barra de pan levitando. Los dos sementales estaban con los rabos durísimos: Chema sentía su verga latiendo contra la bragueta, y Omar, casado y con hijos, pero salido en esa madrugada caliente, se rascaba el paquete sin disimulo. “Joder, Omar, mira qué empalmada llevas, cabrón”, dijo Chema riendo, señalando el bulto del moro, que era escandaloso.


Omar sonrió pícaro, entendiendo el morbo, y dijo en su español roto: “Tú… polla dura también”. Chema flipó: “Sí, joder, los dos como burros”. No tenían más remedio: el aire estaba cargado de testosterona, el horno rugiendo como sus cojones. Chema se bajó la bragueta primero, sacando su pollón tremendo, tieso y venoso, cabezón rojo apuntando al techo. “Mira, Omar, esto es pajearse”, dijo, empezando a meneársela despacio, la mano callosa subiendo y bajando.


Omar, con los ojos clavados en la verga de Chema, se desabrochó los pantalones y sacó su cipotón: joder, era como el de Chema pero más gordo, un rabo moreno y grueso como un antebrazo, con venas gordas y pelotas pesadas colgando. “Hostia puta, qué cipotón tiene el moro… más gordo que el mío, cabrón. Parece un salchichón árabe”, pensó Chema flipando, acelerando su paja al verlo.


Los dos se pajearon allí en el horno, de pie, enfrentados, sudando y gimiendo. Chema enseñaba: “Di ‘me corro’, Omar”. El moro, meneando su cipotón gordo con una mano grande, repetía “me co-rro”, el prepucio deslizándose sobre el glande enorme. El homoerotismo era brutal: dos machos, uno rubio y barbudo, el otro moreno y casado, cascándosela mutuamente, riendo pero cachondos perdidos.


– ¡JODER, OMAR, QUÉ CIPOTÓN TIENES! ¡MÁS GORDO QUE EL MÍO, CABRÓN! – berreó Chema, acelerando, el sudor cayéndole por las piernas fuertes.


Omar, entendiendo, sonrió guarro y gritó en su acento: – ¡PO-YA DU-RA! ¡ME PA-JE-O! – meneando ese rabo bestial, las pelotas botando.


No aguantaron mucho: Chema, flipando con el cipotón del moro, sintió el orgasmo subir. “Hostia, voy a soltar lefa viendo esa bestia”, pensó.


– ¡ME CORRO, OMAR! ¡TOMA LECHADA! – berreó Chema, eyaculando chorros espesos sobre el suelo del obrador, salpicando harina.


Omar, al verlo, explotó también: – ¡CO-RRI-DA! ¡AH, SÍ! – gritó, su cipotón gordo disparando semen blanco y grueso, más cantidad que Chema, cubriendo la mesa de trabajo.


Se quedaron jadeando, los rabos goteando, riendo a carcajadas. Chema limpió el desastre rápido, palmeando la espalda de Omar.


– Bien, Omar. Buena lección. Mañana más castellano cerdo – dijo Chema guiñando un ojo.


Omar asintió, ajustándose el paquete aún hinchado: “Sí… po-ya… buena”.


Arriba, Pepín dormía ajeno, pero el horno ahora olía a pan fresco y a lefa de sementales. El barrio seguía su ritmo, pero en la panadería, las madrugadas se ponían calientes de verdad.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 6

Las madrugadas en “El Trigo Dorado” se habían convertido en un puto ritual de machos calientes. Desde aquella primera lección de castellano cerdo que acabó en paja compartida, Chema y Omar se la pelaban a dúo cada noche, o mejor dicho, cada amanecer. El panadero rubio y barbudo y el moro morenazo con barba negra se ponían a currar a las tres, amasando masa con manos expertas, pero siempre llegaba el momento en que el horno calentaba más que el pan: las charlas guarras empezaban, las empalmadas surgían, y zas, pantalones abajo, rabos fuera, cascándosela mutuamente como dos sementales en un establo. “Joder, Omar, esto es mejor que el café para despertarse”, pensaba Chema cada vez, flipando con el cipotón del moro, ese rabo más gordo que el suyo, moreno y venoso, que lo ponía cachondo perdido. Omar, casado y con churumbeles, pero disfrutando del morbo homoerótico, repetía palabras vulgares en su acento roto mientras meneaba su bestia: “Po-ya du-ra… me co-rro”.


Era homoerótico a tope: dos tíos fornidos, sudando en el obrador, con los delantales quitados, pantalones y calzoncillos por las rodillas, piernas fuertes abiertas, pajearse el uno al lado del otro, mirándose los cipotes con risas y gemidos. Chema enseñaba más vocabulario: “Di ‘tengo un pollón tremendo’”, y Omar “ten-go un po-yón tre-men-do”, acelerando la paja, sus pelotas pesadas botando. Acababan corriéndose a chorros, lefa salpicando harina y mesas, riendo como colegas después, limpiando el desastre antes de que amaneciera. “Hostia, el moro tiene un rabo de museo… más gordo que el mío, pero el mío es más largo, ¿no?”, se preguntaba Chema a veces, pero nunca lo medían. El humor flotaba: “Omar, si tu mujer supiera, te cortaba las pelotas”, bromeaba Chema, y el moro reía “pe-lo-tas… no, mi mu-jer… cho-cho bueno”.


Una de esas noches, el calor madrileño no aflojaba, y el obrador estaba como un sauna árabe. Chema y Omar habían terminado una tanda de bollos y, como siempre, las lecciones derivaron en guarradas. “Hoy di ‘me pajeo el cipote gordo’”, dijo Chema, bajándose los vaqueros y calzoncillos de un tirón, sacando su pollón tremendo, ya tieso como una estaca, 30 centímetros de carne venosa y cabezona. Omar imitó, pantalones y calzoncillos por las rodillas, dejando salir su cipotón moreno, 32 centímetros de grosor brutal, más ancho que una lata de refresco, peludo en la base. “Me pa-je-o el ci-po-te gor-do”, repitió Omar con una sonrisa guarra, empezando a meneársela despacio, el prepucio deslizándose sobre el glande enorme.


Estaban en plena faena: de pie, enfrentados a la mesa de trabajo, piernas fuertes temblando, manos volando por sus rabos bestiales. Chema gemía: “Ah, joder, Omar… mira qué pollón tienes, cabrón. Más gordo que el mío”. Omar respondía en su español cerdo: “Tú… po-ya gran-de… sí”. El sudor les caía por los pechos peludos –el de Chema rubio, el de Omar negro–, y aceleraban el ritmo, gimiendo y riendo. “Hostia, voy a correrme viendo tu cipotón, moro”, pensó Chema, al límite.


De repente, la puerta trasera de la panadería se abrió con un chirrido. Era Pepín, el hijo de Chema, volviendo de fiesta de madrugada. El chaval de 20 años venía pedo perdido, con olor a birra y humo de garito, shorts ajustados marcando su cuerpo de nadador, camiseta sudada pegada a los abdominales. Había estado en una disco del centro, bailando con colegas, pero decidió pasar por la panadería a por un bollito fresco antes de subir al piso. “Joder, qué hambre después de la juerga”, pensó Pepín, pero al entrar, alucinó en colores.


Allí estaban su padre y el moro, con pantalones y calzoncillos por las rodillas, pajeándose como locos. Chema con su pollón tremendo en la mano, barba rubia sudada, y Omar con ese cipotón gordo moreno, ambos gimiendo y meneando. El aire olía a harina, sudor y precum. Pepín se quedó paralizado en la puerta, boquiabierto, sintiendo cómo su propia verga se endurecía al instante bajo los shorts.


– ¡HOSTIA PUTA, PAPI! ¿QUÉ COJONES HACÉIS? – berreó Pepín, pero no de enfado, sino de flipada total, los ojos clavados en los rabos de los dos sementales.


Chema y Omar pararon en seco, pero no se taparon: los rabos seguían tiesos, latiendo en el aire caliente. Chema se rio nervioso al principio, pero luego a carcajadas, ajustándose la barba.


– Joder, hijo… has pillado la clase de castellano avanzado. Omar, este es mi chaval, Pepín. Pepín, Omar… el ayudante con cipotón.


Omar, rojo como un tomate pero con el rabo aún duro, dijo en su acento: “Ho-la… Pe-pín… po-ya”.


Pepín entró, cerrando la puerta, flipando tanto que no podía apartar la vista. “Hostia, mi padre y el moro pajeándose… qué pollones. El de Omar parece un puto tronco”, pensó, y su propia polla joven se empalmó del todo, marcando un bulto escandaloso en los shorts. El morbo lo invadió: dos machos maduros, sudados y empalmados, en la panadería familiar.


– Ja, ja, joder, papi… y tú, Omar, menuda bestia tienes ahí. No me lo puedo creer. ¿Os la peláis juntos cada noche? – preguntó Pepín, acercándose, los ojos como platos en los cipotes.


Chema, aún con el pollón tieso, se encogió de hombros riendo.


– Pues sí, chaval. Empezó con lecciones de español guarro, y acabó en paja dúo. Mira qué cipotón tiene el moro… más gordo que el mío.


Omar sonrió pícaro, meneando su rabo un poco: “Ci-po-te… gor-do”.


Pepín flipaba tanto que allí mismo, en la panadería, decidió medirles los cipotes. Sacó una regla de costura que había en un cajón –de esas para medir masas–, y se acercó sin cortarse.


– Hostia, dejadme medir eso. No me jodas, pare cen pollas de museo – dijo Pepín, arrodillándose delante de su padre primero, regla en mano.


Chema se rio, pero dejó hacer, el pollón latiendo cerca de la cara de su hijo. “Joder, el chaval midiendo mi rabo… qué morbo”, pensó.


Pepín colocó la regla: desde la base peluda hasta el glande rojo. “30 centímetros, papi. Tienes un pollón tremendo de 30 cm exactos. Bestial”.


– ¡30 CM, CABRÓN! NO ESTÁ MAL, ¿EH? – berreó Chema orgulloso, dándole una palmada en el hombro a Pepín.


Luego, al moro: Omar dejó que el chaval se acercara, su cipotón moreno tieso como una lanza. Pepín midió, flipando con el grosor. “32 centímetros, Omar. Joder, 32 cm y más gordo que un brazo. Tienes un pollón de museo, moro”.


– ¡32 CM! ¡MI CI-PO-TE… GRAN-DE! – gritó Omar triunfante, riendo en su acento.


Pepín se levantó, su propia verga dura como una piedra, pero riendo histérico.


– Hostia, sois dos monstruos. Papi 30, Omar 32… menuda panadería de cipotes.


Los tres se rieron a carcajadas, los rabos aún tiesos, pantalones por las rodillas. Chema miró a su hijo.


– Bueno, chaval, ¿te unes a la clase? O subes a dormir la mona.


Pepín guiñó un ojo.


– Quizás mañana, papi. Pero joder, qué envidia de pollones.


Omar limpió un poco, diciendo “co-rri-da… ma-ña-na”.


La madrugada siguió, pero ahora con Pepín en el secreto. El horno rugía, y los cipotes, medidos y listos para más. El barrio dormía, pero en la panadería, el morbo familiar se expandía.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 7

El verano en Madrid seguía siendo un puto asadero, con el sol pegando como un martillo y el barrio de Chamberí bullendo de peña comprando pan fresco para combatir el bochorno. Chema, el panadero rubio y barbudo, había tenido una madrugada cojonuda con Omar: otra paja dúo en el obrador, midiendo cipotes mentalmente –30 cm el suyo, 32 el del moro–, corriéndose a chorros mientras reían como cabrones. Pero esa mañana, Chema tenía que ir a los proveedores: “Hostia, Omar, hoy te dejo al cargo. Tú solo, que ya sabes cómo va el rollo. Sirve con sonrisa, cabrón, y no te pajees sin mí”, bromeó Chema dándole una palmada en el hombro ancho al moro, que respondió en su español roto: “Sí… yo car-go… pan… bien”.


Chema salió pitando en la furgoneta, cargado de sacos vacíos, dejando la panadería en manos de Omar. El moro, con sus 35 tacos, casado y con dos churumbeles, se sentía como un rey: barba negra sudada, camiseta pegada al pecho peludo moreno, pantalones marcando ese cipotón de museo que Pepín había medido la otra noche. “Jo-der… tra-ba-jo… solo”, pensó Omar, amasando masa con brazos fuertes, pero echando de menos las lecciones guarras con Chema.


Pepín, el chaval de 20 años, se despertó tarde esa mañana, con resaca de la fiesta anterior y el cuerpo de nadador todo sudado bajo las sábanas. Bajó al piso de abajo, a la panadería, en shorts y camiseta, rascándose los huevos por el calor. Vio a Omar solo detrás del mostrador, sirviendo a una clienta, y flipó: “Hostia, el moro al mando… y sin mi papi. Qué ocasión para charlar del cipotón ese de 32 cm”. Pepín decidió “ayudar”, entrando con una sonrisa pícara.


– ¡Hola, Omar! ¿Qué pasa, moro? Mi papi te ha dejado solo, ¿eh? Yo te echo una mano – dijo Pepín, poniéndose un delantal y colocándose al lado del moro, rozando su cuerpo marcado contra el fornido de Omar.


Omar sonrió, entendiendo a medias: “Ho-la… Pe-pín… ayu-da… sí”. Sirvieron juntos: bollos, baguettes, croissants volando a las clientas ligeritas de ropa. Pero Pepín no paraba de hablar de la tremenda tranca que tenía el moro. Empezó sutil, pero pronto fue a saco, el morbo subiendo como la levadura.


– Oye, Omar, menuda polla tienes, cabrón. La otra noche la medí: 32 centímetros de cipotón moreno. Joder, más gordo que un brazo. ¿Tu mujer aguanta eso? – soltó Pepín riendo, mientras metía una tanda en el horno, el calor pegando fuerte.


Omar se rio nervioso, el bulto en sus pantalones empezando a crecer. “Po-ya… 32… sí… mu-jer… cho-cho… bueno”, respondió, ajustándose el paquete disimulado, pero flipando con el chaval hablando así.


Pepín no paraba: – Hostia, imagínate pajear un rabo así. Debe ser como meneársela a un burro. ¿Te la pelas mucho, moro? Con dos hijos, pero joder, con ese cipote, debes soltar lefa a litros.


Omar sudaba más que por el horno, su cipotón endureciéndose bajo los pantalones, marcando un bulto brutal. “Pa-je-ar… sí… le-fa… mu-cho”, murmuró, mirando a Pepín con ojos cachondos, el homoerotismo flotando en el aire harinoso.


Tanto hablar, el morbo explotó. No había clientes en ese momento, y Pepín arrastró a Omar al almacén trasero, un cuartucho lleno de sacos de harina y cajas, oscuro y caliente como un sauna guarro.


– Ven, moro, enséñame esa tranca tremenda. Quiero verla de cerca – dijo Pepín, cerrando la puerta, su propia polla joven empalmada en los shorts.


Omar, salido perdido, se bajó los pantalones y calzoncillos de un tirón, dejando saltar su cipotón de 32 cm, tieso como una lanza morena, gordo y venoso, el glande enorme brillando de sudor. “Mira… Pe-pín… po-ya… gor-da”, dijo Omar orgulloso, pero temblando de excitación.


Pepín alucinó: “Joder, qué bestia… la primera polla que toco aparte de la mía, y menuda polla”. Se arrodilló delante del moro, agarrando ese cipotón con una mano –apenas le cabía–, y empezó a hacerle una pedazo de paja impresionante, la mano subiendo y bajando por esa carne gruesa, el prepucio deslizándose suave.


– ¡HOSTIA, OMAR, QUÉ CIPOTÓN! ¡ES LA PRIMERA POLLA QUE PAJEO EN MI VIDA, Y ES UN MONSTRUO DE 32 CM! – berreó Pepín histérico, acelerando el ritmo, la otra mano pellizcando las pelotas pesadas del moro, flipando con el grosor y el calor.


Omar gritaba histérico, viendo a un chaval de 20 años cascándole el cipote, las piernas fornidas temblando, el sudor cayéndole por la barba negra.


– ¡AH, PE-PÍN! ¡CHA-VAL… PA-JA… BUENA! ¡MI PO-YA… DU-RA! – berreaba Omar, las caderas moviéndose instintivas, follándose la mano de Pepín como un loco.


Pepín no paraba de gritar, histérico de morbo: – ¡JODER, MORO, QUÉ GORDA ESTÁ! ¡SIENTO LAS VENAS LATIENDO! ¡ES COMO MENEAR UN TRONCO! ¡LA PRIMERA VEZ QUE TOCO UN RABO AJENO, Y ES EL TUYO, CABRÓN!


Omar, al límite, berreaba guarradas en mezcla de árabe y español: – ¡SÍ, CHA-VAL! ¡CAS-CA… MI CI-PO-TE! ¡ME COR-RO… PRON-TO!


Pepín aceleró como un pistón, la mano volando por esos 32 cm de carne morena, el glande hinchado goteando precum. “Hostia, qué morbo… pajear al moro, sentir su pollón en mi mano… voy a hacer que se corra como nunca”, pensó Pepín, su propia verga latiendo en los shorts.


Omar no aguantó más: – ¡ME COR-RO, PE-PÍN! ¡TO-MA LE-FA! – gritó histérico, el cipotón latiendo salvaje.


Se corrió como un litro de leche a disparos potentísimos: chorros espesos y blancos salpicando el almacén, pegando en la cara de Pepín, en los sacos de harina, en el suelo. “¡AH, SÍ! ¡LE-CHA… MU-CHA!” berreó Omar, temblando entero, las pelotas contrayéndose, eyaculando sin parar, una descarga monumental que duró segundos eternos.


Pepín, con la mano llena de lefa caliente, gritó: – ¡HOSTIA PUTA, QUÉ DESCARGA! ¡COMO UN LITRO DE LECHE, MORO! ¡MENUDOS DISPAROS!


Omar jadeaba, el cipotón goteando aún, riendo exhausto: “Gra-cias… Pe-pín… pa-ja… im-pre-sio-nan-te”.


Pepín se levantó, limpiándose la mano en un trapo, pero con una sonrisa guarra: “Joder, qué experiencia… la primera paja a otro tío, y al moro con su cipotón de museo”. Salieron del almacén, arreglándose, justo cuando un cliente entraba. Omar sirvió con las piernas aún temblando, y Pepín pensó: “Cuando vuelva papi, le cuento… o quizás no. Esto se pone interesante”.


La panadería seguía oliendo a pan y a lefa fresca, y el día madrileño continuaba, pero el morbo entre el chaval y el moro acababa de empezar.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 8

Pasaban los días en el piso encima de la panadería, y el verano madrileño seguía siendo un horno de testosterona. Chema, el panadero de 46 tacos, no paraba de cascársela a saco en casa. Cada madrugada se aliviaba con Omar en el obrador –pajas dúo con cipotes medidos y lefa salpicando harina–, pero por las noches, cuando subía al piso, el divorciado salido se metía en su cuarto y se la pelaba como un bestia. “Joder, qué ganas de soltar otra descarga”, pensaba Chema tumbado en la cama, meneando su pollón tremendo de 30 cm, gritando guarradas en voz baja para no despertar a Pepín: “¡TOMA LEFA, CABRONA! ¡ME CORRO COMO UN TORO!”. Eyaculaba chorros espesos que salpicaban las sábanas, el cabecero, hasta la pared. Por las mañanas, los calzoncillos quedaban empapados a leche seca, tiesos como cartón, y las sábanas parecían un campo de batalla con disparos de esperma blanco y seco por todos lados. El cuarto olía a semental puro: sudor, lefa rancia y barba rubia sudada.


Pepín, el chaval de 20 años con cuerpo de nadador, se ponía burrísimo cada mañana recogiendo el cuarto de su padre. Entraba con una sonrisa guarra, abría la ventana para ventilar el tufo a macho, y flipaba con el desastre. “Hostia, papi, menuda lefada nocturna… mira estas manchas, parece que has disparado con una escopeta”, pensaba Pepín mientras recogía los calzoncillos empapados, oliéndolos disimuladamente, sintiendo cómo su propia polla joven se endurecía al instante. “Joder, el olor a semen de mi padre… me pone como una moto”. Se la meneaba un poco rápido en el baño, pero guardaba la energía para después.


Una tarde, Pepín invitó a un compañero de la facultad a casa: Dani, apodado “Pivot” porque jugaba a baloncesto en el equipo de la uni y era un puto armario: 1,95 m de altura, hombros anchos, piernas largas y musculosas de deportista, pelo corto negro y una sonrisa de cabrón simpático. Pero lo mejor: Dani era un chaval muy cerdo, siempre soltando tacos y obscenidades sin filtro. “Joder, Pepín, qué tías buenas hay en clase, ¿eh? Esa de tercero con tetas como melones… me la follaría hasta que pidiera clemencia”, decía Dani mientras se bebían unas cervezas en el cuarto de Pepín, tirados en la cama, riendo y repasando fotos de ********* de las compañeras.


Pepín, con el subidón de la birra y el morbo acumulado, decidió subir el nivel.


– Oye, Pivot, ven, te enseño algo guarro. La habitación de mi viejo – dijo Pepín, guiñando un ojo y abriendo la puerta del cuarto de Chema.


Dani entró y flipó: el olor a semental era brutal, como entrar en un vestuario después de un partido intenso pero con toques de lefa seca. La cama deshecha, sábanas con manchas blancas por todos lados, calzoncillos tirados en el suelo empapados, el aire cargado de testosterona.


– ¡Hostia puta, Pepín! ¿Tu padre se pajea como un mono aquí? Huele a corrida de elefante, cabrón – soltó Dani riendo a carcajadas, oliendo el aire como un perro en celo.


Pepín se rio, señalando las manchas.


– Sí, joder, cada noche se la pela a lo bestia. Mira las sábanas: disparos de esperma por todas partes. Mi viejo tiene un pollón de 30 cm, lo medí el otro día. Y el ayudante de la panadería, un moro, 32 cm. Menuda colección de cipotes en esta casa.


Dani, con los ojos brillantes de morbo, se acercó a la cama y se arrodilló encima, palpando las manchas secas.


– Joder, qué cerdo. Me pone cachondo esto, tío. ¿Te imaginas pajearte en la cama de tu padre, oliendo a su lefa? – dijo Dani, ajustándose el paquete en los pantalones de chándal, donde ya se marcaba un bulto impresionante.


Pepín, burrísimo, se arrodilló al lado de su colega encima de la cama salpicada de lechada. Los dos chavales, con las cervezas a medio terminar, se miraron y sin decir nada más, se bajaron los pantalones y calzoncillos. Pepín sacó su polla joven, dura y decente, y Dani… hostia, Dani tenía un megapollón que cuadraba perfecto con su cuerpo fortachón y alto: largo, grueso, venoso, cabezón rojo apuntando al techo. “Joder, Pivot, qué tranca te gastas… con ese cuerpo de armario, no me extraña”, pensó Pepín, flipando mientras empezaba a meneársela.


Los dos se la pelaron como monos encima de la cama de Chema, rodillas hundiéndose en las sábanas lefadas, manos volando por sus rabos, gemidos y tacos volando.


– ¡Joder, Pepín, qué guarro esto! ¡Pajeándonos en la cama de tu viejo, oliendo a su corrida! – berreó Dani, acelerando, su pollón enorme latiendo en su puño grande.


Pepín no podía dejar de observar el cuerpo fortachón y alto de Dani: abdominales marcados bajo la camiseta levantada, piernas musculosas abiertas, y ese megapollón que parecía hecho a medida para su estatura de pivot. “Hostia, qué bestia… me pone verlo menear esa tranca”, pensó Pepín, gimiendo.


– ¡Sí, Pivot, dale caña! ¡Mira cómo está la cama ya… vamos a dejarla aún más lefada, cabrones! – gritó Pepín histérico, la mano subiendo y bajando por su polla, el morbo de pajearse en la cama del padre volviéndolo loco.


Dani aceleró, pellizcándose los pezones con la mano libre.


– ¡Hostia puta, me corro, Pepín! ¡TOMA LEFA EN LA CAMA DE TU PADRE! – berreó Dani como un loco, eyaculando chorros potentes y espesos que salpicaron las sábanas ya manchadas, añadiendo más disparos blancos y frescos, algunos pegando incluso en el cabecero.


Pepín, al verlo, explotó también: – ¡JODER, SÍ! ¡ME CORRO YO TAMBIÉN, CABRÓN! – gritó, su polla joven disparando lefa que se mezcló con la de Dani, dejando la cama aún mucho más lefada, un charco de semen fresco sobre las manchas secas del viejo.


Los dos se quedaron jadeando, arrodillados en la cama destrozada, riendo a carcajadas, con las pollas goteando aún.


– Hostia, Pivot, hemos dejado la cama como un puto campo de minas de lefa – dijo Pepín, limpiándose la mano en una sábana ya perdida.


Dani se rio, ajustándose los calzoncillos.


– Ja, ja, tu viejo va a flipar cuando vea esto… o quizás le mole, el cabrón salido. Oye, la próxima traigo birra y nos la pelamos con más colegas, ¿eh?


Pepín guiñó un ojo, oliendo el aire ahora aún más cargado de semen.


– Hecho, cabrón. Pero shhh… que mi padre no se entere… todavía.


Abajo, en la panadería, Chema volvía de los proveedores, ajeno al desastre en su cama. Pero el piso olía a macho joven y lefa fresca, y el verano prometía más locuras.
 
Atrás
Top Abajo