Relatos de mi vida

Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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El relato me tiene enganchado jajaj y el vestido es puro morbo
 
La historia es entera real, o tiene algo de ficción??

es que me parecen bastante cabrones, si no llegan a excitarte las situaciones te hubieran marcado para mal. Me alegro que fueran para bien!

Por cierto, con esas fotos, estas tremenda, me cuesta pensar que ese Javi no estuviera deseando hacerte de todo.
 
Hola,

Llevo un año leyendo vuestros relatos en los ratos libres de la carrera y me he decidido a registrarme para empezar a subir los míos. Me voy a poner Sara por aquí, tengo 21 años y estudio ADE en la privada de Murcia.

Seguramente si me vierais por la calle o en la uni pensaríais que soy una estirada. Voy siempre impecable, con mis gafas de ver, mi ropa de marca y mi pulsera de V-o-x que no me quito nunca (la llevo mas por hacer rabiar que otra cosa). Me gusta esa imagen de niña bien que proyecto, y de hecho en mi vida normal soy yo la que manda; mi novio hace lo que yo digo y mis amigas me tienen respeto.

Pero cuando estoy en un sitio donde nadie sabe quién soy... la cosa cambia. Hay una parte de mí que solo sale cuando sé que mi imagen y mis apellidos no importan nada. He decidido escribir aquí porque necesito soltar cosas que me han pasado de verdad y que, obviamente, se quedarían conmigo si no fuera por este anonimato.

Quiero empezar contando todo desde el principio, desde aquella primera vez que me di cuenta de que, por mucho que me guste mandar en mi vida normal, lo que de verdad me pide el cuerpo es que alguien me quite el control de golpe y me ponga en mi sitio sin preguntar. Necesito recordar cómo es que te traten de una forma que mi novio ni se imagina. No sé si sabré explicarlo muy bien, pero me sirve para sacarlo de mi cabeza.

No se contar relatos como se debe así que estaré abierta a preguntas para contestar dudas.

Creo que lo más real es contar cómo empezó todo de verdad, sin inventos. Tenía 16 años, estaba en 4º de la ESO y, como ya sabéis, era la típica niña bien que no rompía un plato. Iba siempre con mis gafas, mis brackets y cero pecho. Me sentía una pringada total al lado de la gente "guay".

En mi instituto había un grupo de 2º de Bachiller que eran los típicos que pasaban de todo. Se fugaban de clase casi todos los días para irse a fumar o a casa de alguno. Yo los veía desde lejos como si fueran de otro planeta.

Un martes llegué tarde a primera hora porque me había quedado dormida y me encontré la puerta del instituto cerrada. Me puse súper nerviosa porque pensaba que me iban a poner un parte o que llamarían a mis padres. De repente, vi a tres de esos de Bachiller que estaban fuera, al lado de las motos, preparándose para irse. Uno de ellos, que era el que conocía de vista, porque era guapisimo, mis amigas y yo siempre andabamos detras de el, me miró y se rió: "¿Dónde vas con esas prisas? ¿Te han cerrado la puerta?".

Yo no sabía dónde meterme. Me puse roja y balbuceé un triste "Si". Él me miró de arriba abajo, se fijó en mis gafas y en mi cara de asustada, y me soltó: "Vente con nosotros, no seas tonta. Vamos a casa a mi casa que no están mis padre".

Al final decidí acompañarles con mi uniforme y mi mochila al hombro. Me moría de ganas de que el chico que me había invitado se fijara en mí. Me sacaba dos años y para mí era como si fuera un hombre de verdad; me hacía sentir súper mayor solo por dejar que fuese a su casa. En mi cabeza de 16 años, yo no era una pringada que se estaba fugando, era una tía interesante que se iba con los repetidores a su casa.

Llegamos al piso de Javi. Estuvimos un rato en el salón con la música a tope, ellos fumaban y jugaban a la consola. Yo no sabía ni dónde poner las manos, pero me esforzaba por no parecer asustada y fuera de lugar. Cuando él me hizo el gesto desde el pasillo para ir a su cuarto, mi corazón iba a mil. No es que tuviera ganas de hacer nada, es que sentía que si le decía que sí, podría romper la imagen que llevaba años creando.

Entramos en el cuarto de Javi y el ambiente era lo peor. Olía a una mezcla de tabaco, ropa sucia y ese desodorante fuerte que usaban los tíos entonces. La cama estaba sin hacer y había ropa tirada por todas partes. Yo estaba allí plantada, con mi mochila todavía al hombro, sintiéndome engañada... Le había idealizado tanto que la realidad estaba mas cerca de Torrente que de Zac efron.

Él ni me miró a los ojos. Se sentó en el borde de la cama, se sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la mesita. "Cierra la puerta", me soltó sin más. Yo obedecí, claro. Me sentía súper importante porque pensaba que me iba a liarme con el chico mas importante del insti, pero lo que vino después no tuvo nada que ver.

Me agarró del brazo y me hizo un gesto hacia el suelo. "Venga, que estas deseando". Me quedé helada. Me di cuenta de que para él yo no era una tía que le gustara, era un entretenimiento. Hinqué las rodillas en la alfombra, que estaba asquerosa, llena de pelusas y de migas de vete a saber qué. Me raspaba la piel, pero estaba tan fuera de lugar y tan desesperada por encajar y que no me echara de allí que no dije nada.

Se bajó el chándal y me la puso delante. Unos 17cm gordita sin depilar, Yo no había visto nada así en mi vida, al menos tan de cerca. Me quedé mirándola con mis gafas de ver resbalándoseme por la nariz por el sudor de los nervios. Él soltó un bufido de impaciencia, me agarró del pelo —pero de verdad, tirando con ganas hacia atrás para que levantara la cara— y me dijo: "Abre, demuestra las ganas que tienes".

Cuando empecé, fue un desastre. No tenía ni idea de qué hacer. Se me saltaban las lágrimas porque me daba la arcada cada dos por tres, ya que no sabía ni cómo respirar, aquello era un cuadro. Él no me ayudaba nada; al revés, se dedicaba a empujarme la cabeza con la mano, metiéndome los dedos entre el pelo y apretando fuerte.

"Usa la lengua, babea más", me decía. Yo intentaba hacerlo lo mejor posible, babeando un montón porque no daba abasto a tragar y sentía cómo me caía un hilo de saliva por la barbilla hasta la camisa del uniforme. Me daba bastante asco imaginarme como el me veia, siento tan patética, pero a la vez me ponía muchísimo que él me mirara desde arriba con esa cara de "Eres lo que necesitaba".

Me obligó a seguir, me dolía la mandíbula. Me atragantaba, se me empañaban las gafas y tenía la cara hecha un cristo, llena de babas y de rímel corrido, pero él seguía a lo suyo. Disfrutaba de ver lo ridícula que era yo allí abajo, esforzándome por complacerle mientras él pasaba de mí totalmente.

Cuando terminó, ni me avisó. Me agarró del pelo hacia el y yo tuve que aguantar la respiración todo lo que pude, no te chorros con mucha presión, estaban super calientes y salados, Mi única alternativa que tuve era tragarlos para no ahogarme. Me quedé allí de rodillas, intentando recuperar el aliento y limpiándome la boca con la manga mientras él se subía el pantalón como si acabara de terminar un examen. Me miró un segundo y se rió: "Vaya carita que se te ha quedado".

Abrió la puerta sin esperar a que yo me arreglara un poco. Tuve que salir de la habitación con el pelo de cualquier manera, la cara roja y los labios hinchados. Al llegar al salón, los otros dos estaban allí sentados, esperándonos.

Se hizo un silencio de dos segundos y de repente se empezaron a reír. Se reían de mí, de la niña buena con gafas que acababa de salir del cuarto de su colega después de hincar las rodillas. Me miraban de arriba abajo con un desprecio que me hacía sentir ridícula. Uno de ellos soltó una burrada que ni recuerdo bien sobre si le había dado las gracias al terminar.

Me sentí pequeñísima. Me di cuenta de que para ellos yo no era "la chica nueva del grupo", era simplemente la tonta de cuarto que se habían llevado a casa para echarse unas risas a mi costa. Javi ni me miró, no hizo por defenderme; se sentó con ellos y se puso a jugar a la Play como si yo fuera un mueble más de la habitación.

Despues de estar en el sofá durante 20 minutos intentando arreglarme, entre risas y miradas, tuve que irme sola de allí. Bajé las escaleras del bloque, sintiendo que todo el mundo me miraba y que se me notaba en la cara lo que acababa de hacer. Me sentía patética, usada y súper humillada por cómo se habían reído de mí. Pero, y esto es lo que no le puedo decir a nadie, mientras caminaba hacia el instituto intentando que no se me saltaran las lágrimas, sentía una electricidad por el cuerpo que no era normal.

Esa humillación, el sentir que no era la mimada, la intocable y que esos tíos se habían reído de mí después de usarme... me puso muchísimo. Ahí entendí que mi parte de "niña bien" odiaba lo que había pasado, pero que había otra parte de mí que necesitaba esa sensación de ser tratada como una basura para sentirse viva.
Vivencias tuyas y de muchas chicas.

Si yo te contara.
 
Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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Solo te habría faltado ir sin braguitas para el conjunto perfecto.
La verdad es que estás para comerte, seguro que Javi disfruto bien ese conjunto, y cualquiera que te viera..
 
Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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Pues super sexy el conjunto
 
Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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Y como fue la fiesta??
 
Llegó el sábado. Salí de casa sobre las diez de la noche. Mis padres me dieron un beso en la frente y me recordaron que no volviera tarde, sin sospechar que debajo de mi abrigo largo de paño —el que me compraron para Navidad porque era "muy elegante"— llevaba el conjunto que me iba a arruinar la vida.

Pedí el taxi un par de calles más abajo para no levantar sospechas. El conductor era un hombre serio que no me dijo ni hola. Durante todo el camino, yo iba encogida en el asiento trasero, intentando que el abrigo no se abriera ni un centímetro.

Pero con los baches y el movimiento, el paño se desplazaba. Notaba cómo el taxista me miraba fijamente por el espejo cada vez que frenaba. En un semáforo, me pilló ajustándome las gafas y, justo en ese momento, el abrigo se abrió un poco de más, dejando ver el top transparente y el brillo de mi piel debajo. Sentí su mirada clavada en mi pecho durante unos segundos que se me hicieron eternos. Él no veía a la delegada de clase; veía a una cría con cara de susto vestida como una cualquiera. Me sentí tan expuesta y tan pequeña que me dieron ganas de pedirle que diera la vuelta, pero la idea de decepcionar a Javi me daba todavía más miedo.

Cuando el taxi me dejó en la puerta de la urbanización de Javi, la música retumbaba en las ventanas de los chalets vecinos. Me quedé ahí parada, con el frío de la noche murciana cortándome la cara. Sabía que no podía entrar con el abrigo puesto; Javi me había dicho que si me veía de pija no pasaba del jardín. Pero ese abrigo costaba una pasta y si lo perdía, mis padres me matarían.

Caminé por el lateral de la valla del chalet, buscando un sitio oscuro. Al final, vi un macetón enorme de piedra, de esos de diseño que tienen los pijos en la entrada, medio escondido tras un seto de hiedra. Me quité el abrigo con las manos temblando. Sentir el aire helado golpeando directamente mis hombros y mi espalda a través de ese top tan fino fue un choque brutal.

Doblé el abrigo con cuidado, intentando que no se manchara de tierra, y lo empujé al fondo, detrás de la maceta, cubriéndolo un poco con unas hojas secas. Me quedé allí, en mitad de la oscuridad, vestida de esa forma tan ridícula y provocativa, sintiéndome la persona más patética del mundo. Ocultar la ropa de "niña buena" entre la basura para poder entrar a que me usaran como un trapo... era exactamente lo que Javi quería de mí.

Crucé el jardín y entré sin llamar. El salón era un caos de gente de bachillerato, humo de vaper y olor a ginebra barata. En cuanto puse un pie dentro, sentí que todas las miradas se clavaban en mí. Con mis gafas de ver y ese conjunto que no dejaba nada a la imaginación, parecía una broma de mal gusto.

—¡Hostia! ¡Pero si es la Sarita! —gritó Alberto desde la barra, señalándome con un vaso de plástico.

Juanra, que estaba a su lado, se me quedó mirando con esa boca entreabierta de siempre, recorriéndome entera. Me puse roja de golpe, intentando taparme un poco con los brazos, pero era inútil.

Entré en el salón y la primera bofetada no fue un insulto, fue el silencio visual.

Yo me esperaba una fiesta de gente desfasada, pero esto era un chalet de lujo lleno de gente que parecía salida de una revista de moda. Las tías iban impecables: vestidos de raso, conjuntos de seda, maquillajes perfectos y tacones que hacían que todas parecieran modelos. Había un olor a perfume caro que se mezclaba con el tabaco de liar de los tíos, que iban con sus polos de marca y sus relojes relucientes.

Y luego estaba yo.

Con mis gafas de ver, el pelo recogido en una coleta rápida que ya se estaba deshaciendo por los nervios y ese top negro que, bajo las luces blancas de los focos de la cocina, era completamente transparente. Se me veía todo. Cada vez que alguien pasaba a mi lado, notaba cómo sus ojos bajaban directos a mi pecho y luego subían a mis gafas con una mezcla de sorpresa y desprecio.

No era una mirada de "qué guapa está", era la mirada que le echas a alguien que ha entendido mal el código de vestimenta. Me sentí como si llevara un disfraz de guarra en una cena de gala. Las chicas me miraban de arriba abajo, cuchicheando entre ellas y riéndose por lo bajo. Me sentía pequeña, sucia y, sobre todo, ridícula.

Busqué a Javi con la mirada, desesperada por encontrar un sitio donde esconderme. Estaba al fondo, en el círculo de los tíos más "importantes", riéndose de algo que decía un chaval de segundo de bachiller.

Cuando Javi me vio, no hizo ninguna escena. No gritó mi nombre ni me presentó. Simplemente dejó de hablar un segundo y me recorrió con la mirada de arriba abajo, muy despacio. Sus amigos también se callaron. Me miraban como se mira a un juguete nuevo que alguien ha traído para que todos se rían un rato.

Me acerqué a él, abriéndome paso entre la gente que se apartaba como si tuviera miedo de mancharse con mi presencia.

—Hola, Javi... —susurré cuando estuve a su lado. Me temblaba todo.

Él no se movió. Se quedó apoyado en la barra, con una mano en el bolsillo de su pantalón de pinzas. Me miró los pechos a través de la tela fina del top, sin ningún pudor, delante de todos sus colegas.

—Vaya, Sara. Veo que te has tomado al pie de la letra lo de no venir de pija —dijo con una voz lo suficientemente alta para que los tíos de su alrededor lo oyeran—. Te has pasado un poco de frenada, ¿no crees? Pareces una desesperada.

Un par de tíos del grupo soltaron una carcajada. Alberto me guiñó un ojo, pero era un guiño de "ya sabemos lo que te espera", no de cariño. Juanra se limitó a mirarme fijamente con esa cara de asco de siempre, disfrutando de lo desubicada que estaba.

—Es que... me dijiste que viniera así —dije, sintiendo que la cara me ardía de pura vergüenza mientras intentaba recolocarme las gafas.

—Yo te dije que vinieras como lo que eres, y veo que no te ha costado nada elegir el uniforme —sentenció Javi, volviendo a mirar a sus amigos como si yo fuera un mueble—. Pero no te quedes ahí parada como una estatua, que pareces un escaparate. Ve a la cocina y tráenos unos hielos, que se nos ha acabado la bebida.

No me dio ni un beso, ni me tocó. Me trató como a una sirvienta que se había vestido de forma inapropiada. Crucé el salón otra vez hacia la cocina, notando cómo los tíos me seguían con la mirada, algunos incluso dándose codazos y señalándome el pecho transparente. Me sentía la guarra de la fiesta, la comepollas que Javi había convocado para entretener al personal, y lo peor era que, mientras buscaba los hielos con las manos temblando, solo podía pensar en que él ya me había marcado delante de todos sin haber movido un dedo.

—¿Te gusta que te miremos así, eh, aplicada? —murmuró Juanra, acercándose tanto que su rodilla rozó mi falda—. Te has puesto el uniforme de las que no dicen que no a nada.

Justo cuando la tensión era insoportable y Alberto estiraba la mano para tocarme, la puerta de la cocina se abrió de golpe.

Entró un chico que no pegaba nada con el ambiente de "lujo" de la fiesta de Javi. Era un poco más mayor que nosotros, tendría unos 20 años. No era el típico guaperas: andaría por el 1,75, se le notaba una barriguita incipiente bajo una camiseta bastante normalita y llevaba una perilla y un bigote que le daban un aire de "buen tío". No parecía popular, ni rico, ni peligroso.

Era Julio.

—¡Hombre, Julio! ¡Pasa, tío! —gritó Alberto, relajando la postura al instante pero sin dejar de bloquearme—. Pensaba que no venías.

—Sí, he aparcado el coche un poco lejos y me ha costado entrar con tanta gente —dijo Julio con una voz tranquila.

Se acercó a la isla de la cocina para servirse una fanta con algo de alcohol barato que traía en la mano. Alberto y Juanra le saludaron con ese tono de superioridad que usan los tíos populares con el amigo que es un "buenazo". Julio no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando en esa cocina dos segundos antes.

Sus ojos se clavaron en mí. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis gafas y luego, inevitablemente, en el top negro que lo dejaba todo a la vista. Vi cómo tragaba saliva. Me miraba con una mezcla de deseo torpe y sorpresa, como si no pudiera creer que una chica así de atrevida estuviera allí, a medio metro de él.

—¿Quién es tu amiga? —preguntó Julio, intentando parecer casual, pero sin poder quitarme los ojos de encima.

—Es Sara, una compañera del insti —respondió Alberto con una sonrisita maliciosa—. Es la "empollona" de la clase, pero como ves, hoy ha decidido que estudiar es un aburrimiento.

Julio me miró a la cara, directamente a los ojos detrás de mis cristales, y me sonrió de esa forma que te sonríe alguien que cree que eres una chica valiente y con personalidad. Me dio una vergüenza que me moría. Él me veía como una mujer segura de su cuerpo, una "guarra" espectacular que le acababa de alegrar la noche, pero no sabía que para sus amigos yo era simplemente el cubo de basura del grupo.

—Hola, Sara. Soy Julio —dijo, dando un paso hacia mí—. Menudo conjunto llevas... te queda muy bien.

Alberto y Juanra se miraron y soltaron una carcajada ahogada. Ver al bueno de Julio intentando ligar con la chica a la que ellos habían tenido de rodillas hacía dos días les parecía el mejor chiste de la fiesta.

—Sí, Julio, le queda de miedo —soltó Juanra, dándole una palmada en la espalda—. Pero deja que termine con los hielos, que Javi la está esperando en el salón y ya sabes que a Javi no le gusta esperar a sus... invitadas.

Me quería morir. Julio me miraba con una admiración que no me merecía, sin sospechar que yo solo estaba deseando que Javi me llamara para terminar el trabajo que Alberto y Juanra habían empezado. Me sentía atrapada entre la mirada "limpia" de ese chico nuevo y la mirada sucia de los otros dos, y lo peor es que yo ya había elegido cuál de las dos prefería.

Salí de la cocina con la bolsa de hielos, intentando no mirar a nadie. Me puse detrás de la barra de la cocina americana, que daba directamente al salón. Estaba allí, de pie, sintiendo el aire acondicionado en mis hombros desnudos y notando cómo cada tío que venía a por una copa se quedaba mirando mi pecho a través del top transparente. Era una sensación de exposición total, como si fuera una estatua en un escaparate.

A los pocos minutos, vi a Julio acercarse. Se había terminado su bebida y venía con su sonrisa de "buen tío". Se apoyó en la barra, ignorando a un par de tíos de segundo que cuchicheaban al verme.

—Oye, Sara, no les hagas mucho caso a estos —me dijo Julio en voz baja, asintiendo hacia el salón—. Javi y los demás son un poco brutos, pero es su forma de ser. Si te agobias, me lo dices y te acompaño a que te dé un poco el aire al jardín.

Le miré a través de mis gafas y sentí una punzada de algo parecido a la culpa. Julio me hablaba como si yo fuera una chica normal que se había pasado un poco con el conjunto, sin sospechar que yo estaba allí precisamente para eso. Me miraba con unos ojos tan limpios que me hacían sentir el triple de sucia.

—No te preocupes, Julio, estoy bien. Es que con Javi... tengo confianza —contesté con una voz que me salió más rota de lo que quería.

—Ya, se nota que os lleváis muy bien —dijo él, mirándome con una admiración que me quemaba—. De verdad, tienes mucho mérito. Venir así a una fiesta de estas, sabiendo cómo son todos... hay que tener mucha personalidad.

Estaba a punto de contestarle algo, de intentar parecer la chica valiente que él creía que era, cuando sentí una mano firme en mi cintura. Javi había llegado por detrás sin que me diera cuenta. Alberto y Juanra venían con él, flanqueándolo como si fueran sus guardaespaldas.

—Bueno, Julio, ya has momento de charla —dijo Javi con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Nos la vamos a llevar un momento arriba. Tenemos que hablar de unas cosas del instituto y Alberto dice que necesita que Sara le "explique" un par de temas que se le han quedado pendientes del otro día.

Julio se rió, pensando que era una broma de colegas sobre los estudios.

—No la torturéis mucho que es sábado noche —dijo Julio, dándome una palmadita torpe en el brazo—. Te espero aquí abajo, Sara. Cuando quieras nos tomamos otra copa más tranquilos, ¿vale?

—Claro, Julio. Espérala, que enseguida viene —soltó Alberto, soltando una carcajada mientras me daba un empujoncito hacia las escaleras.

Javi me agarró del brazo, no muy fuerte, pero con la suficiente autoridad para que yo no tuviera más remedio que caminar. Subimos las escaleras del chalet bajo la mirada de media fiesta. Yo iba delante, notando cómo la falda se me subía a cada escalón y cómo Javi, Alberto y Juanra me seguían de cerca, sin quitarme ojo.

Al llegar al rellano, Javi abrió la puerta de su habitación. Antes de entrar, miré hacia abajo, hacia el salón. Allí estaba Julio, apoyado en la barra, dándole un trago a su vaso y mirando hacia las escaleras con una sonrisa de esperanza, convencido de que yo bajaría en diez minutos para seguir hablando con él.

No tenía ni idea de que la puerta de ese cuarto se iba a cerrar a mis espaldas y de que allí dentro no iba a haber libros ni apuntes. Javi cerró con llave y el "clic" de la cerradura me retumbó en la cabeza.

—Bueno, Sarita —dijo Javi mientras se quitaba el reloj y lo dejaba en la mesita—. Vamos a ver si ese conjunto que te has puesto es tan práctico como parece. Alberto, Juanra... ponéos cómodos.
 
Ha dado un giro interesante la historia con el tal Javi, estoy deseando ver cómo se desarrolla.
 
Llegó el sábado. Salí de casa sobre las diez de la noche. Mis padres me dieron un beso en la frente y me recordaron que no volviera tarde, sin sospechar que debajo de mi abrigo largo de paño —el que me compraron para Navidad porque era "muy elegante"— llevaba el conjunto que me iba a arruinar la vida.

Pedí el taxi un par de calles más abajo para no levantar sospechas. El conductor era un hombre serio que no me dijo ni hola. Durante todo el camino, yo iba encogida en el asiento trasero, intentando que el abrigo no se abriera ni un centímetro.

Pero con los baches y el movimiento, el paño se desplazaba. Notaba cómo el taxista me miraba fijamente por el espejo cada vez que frenaba. En un semáforo, me pilló ajustándome las gafas y, justo en ese momento, el abrigo se abrió un poco de más, dejando ver el top transparente y el brillo de mi piel debajo. Sentí su mirada clavada en mi pecho durante unos segundos que se me hicieron eternos. Él no veía a la delegada de clase; veía a una cría con cara de susto vestida como una cualquiera. Me sentí tan expuesta y tan pequeña que me dieron ganas de pedirle que diera la vuelta, pero la idea de decepcionar a Javi me daba todavía más miedo.

Cuando el taxi me dejó en la puerta de la urbanización de Javi, la música retumbaba en las ventanas de los chalets vecinos. Me quedé ahí parada, con el frío de la noche murciana cortándome la cara. Sabía que no podía entrar con el abrigo puesto; Javi me había dicho que si me veía de pija no pasaba del jardín. Pero ese abrigo costaba una pasta y si lo perdía, mis padres me matarían.

Caminé por el lateral de la valla del chalet, buscando un sitio oscuro. Al final, vi un macetón enorme de piedra, de esos de diseño que tienen los pijos en la entrada, medio escondido tras un seto de hiedra. Me quité el abrigo con las manos temblando. Sentir el aire helado golpeando directamente mis hombros y mi espalda a través de ese top tan fino fue un choque brutal.

Doblé el abrigo con cuidado, intentando que no se manchara de tierra, y lo empujé al fondo, detrás de la maceta, cubriéndolo un poco con unas hojas secas. Me quedé allí, en mitad de la oscuridad, vestida de esa forma tan ridícula y provocativa, sintiéndome la persona más patética del mundo. Ocultar la ropa de "niña buena" entre la basura para poder entrar a que me usaran como un trapo... era exactamente lo que Javi quería de mí.

Crucé el jardín y entré sin llamar. El salón era un caos de gente de bachillerato, humo de vaper y olor a ginebra barata. En cuanto puse un pie dentro, sentí que todas las miradas se clavaban en mí. Con mis gafas de ver y ese conjunto que no dejaba nada a la imaginación, parecía una broma de mal gusto.

—¡Hostia! ¡Pero si es la Sarita! —gritó Alberto desde la barra, señalándome con un vaso de plástico.

Juanra, que estaba a su lado, se me quedó mirando con esa boca entreabierta de siempre, recorriéndome entera. Me puse roja de golpe, intentando taparme un poco con los brazos, pero era inútil.

Entré en el salón y la primera bofetada no fue un insulto, fue el silencio visual.

Yo me esperaba una fiesta de gente desfasada, pero esto era un chalet de lujo lleno de gente que parecía salida de una revista de moda. Las tías iban impecables: vestidos de raso, conjuntos de seda, maquillajes perfectos y tacones que hacían que todas parecieran modelos. Había un olor a perfume caro que se mezclaba con el tabaco de liar de los tíos, que iban con sus polos de marca y sus relojes relucientes.

Y luego estaba yo.

Con mis gafas de ver, el pelo recogido en una coleta rápida que ya se estaba deshaciendo por los nervios y ese top negro que, bajo las luces blancas de los focos de la cocina, era completamente transparente. Se me veía todo. Cada vez que alguien pasaba a mi lado, notaba cómo sus ojos bajaban directos a mi pecho y luego subían a mis gafas con una mezcla de sorpresa y desprecio.

No era una mirada de "qué guapa está", era la mirada que le echas a alguien que ha entendido mal el código de vestimenta. Me sentí como si llevara un disfraz de guarra en una cena de gala. Las chicas me miraban de arriba abajo, cuchicheando entre ellas y riéndose por lo bajo. Me sentía pequeña, sucia y, sobre todo, ridícula.

Busqué a Javi con la mirada, desesperada por encontrar un sitio donde esconderme. Estaba al fondo, en el círculo de los tíos más "importantes", riéndose de algo que decía un chaval de segundo de bachiller.

Cuando Javi me vio, no hizo ninguna escena. No gritó mi nombre ni me presentó. Simplemente dejó de hablar un segundo y me recorrió con la mirada de arriba abajo, muy despacio. Sus amigos también se callaron. Me miraban como se mira a un juguete nuevo que alguien ha traído para que todos se rían un rato.

Me acerqué a él, abriéndome paso entre la gente que se apartaba como si tuviera miedo de mancharse con mi presencia.

—Hola, Javi... —susurré cuando estuve a su lado. Me temblaba todo.

Él no se movió. Se quedó apoyado en la barra, con una mano en el bolsillo de su pantalón de pinzas. Me miró los pechos a través de la tela fina del top, sin ningún pudor, delante de todos sus colegas.

—Vaya, Sara. Veo que te has tomado al pie de la letra lo de no venir de pija —dijo con una voz lo suficientemente alta para que los tíos de su alrededor lo oyeran—. Te has pasado un poco de frenada, ¿no crees? Pareces una desesperada.

Un par de tíos del grupo soltaron una carcajada. Alberto me guiñó un ojo, pero era un guiño de "ya sabemos lo que te espera", no de cariño. Juanra se limitó a mirarme fijamente con esa cara de asco de siempre, disfrutando de lo desubicada que estaba.

—Es que... me dijiste que viniera así —dije, sintiendo que la cara me ardía de pura vergüenza mientras intentaba recolocarme las gafas.

—Yo te dije que vinieras como lo que eres, y veo que no te ha costado nada elegir el uniforme —sentenció Javi, volviendo a mirar a sus amigos como si yo fuera un mueble—. Pero no te quedes ahí parada como una estatua, que pareces un escaparate. Ve a la cocina y tráenos unos hielos, que se nos ha acabado la bebida.

No me dio ni un beso, ni me tocó. Me trató como a una sirvienta que se había vestido de forma inapropiada. Crucé el salón otra vez hacia la cocina, notando cómo los tíos me seguían con la mirada, algunos incluso dándose codazos y señalándome el pecho transparente. Me sentía la guarra de la fiesta, la comepollas que Javi había convocado para entretener al personal, y lo peor era que, mientras buscaba los hielos con las manos temblando, solo podía pensar en que él ya me había marcado delante de todos sin haber movido un dedo.

—¿Te gusta que te miremos así, eh, aplicada? —murmuró Juanra, acercándose tanto que su rodilla rozó mi falda—. Te has puesto el uniforme de las que no dicen que no a nada.

Justo cuando la tensión era insoportable y Alberto estiraba la mano para tocarme, la puerta de la cocina se abrió de golpe.

Entró un chico que no pegaba nada con el ambiente de "lujo" de la fiesta de Javi. Era un poco más mayor que nosotros, tendría unos 20 años. No era el típico guaperas: andaría por el 1,75, se le notaba una barriguita incipiente bajo una camiseta bastante normalita y llevaba una perilla y un bigote que le daban un aire de "buen tío". No parecía popular, ni rico, ni peligroso.

Era Julio.

—¡Hombre, Julio! ¡Pasa, tío! —gritó Alberto, relajando la postura al instante pero sin dejar de bloquearme—. Pensaba que no venías.

—Sí, he aparcado el coche un poco lejos y me ha costado entrar con tanta gente —dijo Julio con una voz tranquila.

Se acercó a la isla de la cocina para servirse una fanta con algo de alcohol barato que traía en la mano. Alberto y Juanra le saludaron con ese tono de superioridad que usan los tíos populares con el amigo que es un "buenazo". Julio no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando en esa cocina dos segundos antes.

Sus ojos se clavaron en mí. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis gafas y luego, inevitablemente, en el top negro que lo dejaba todo a la vista. Vi cómo tragaba saliva. Me miraba con una mezcla de deseo torpe y sorpresa, como si no pudiera creer que una chica así de atrevida estuviera allí, a medio metro de él.

—¿Quién es tu amiga? —preguntó Julio, intentando parecer casual, pero sin poder quitarme los ojos de encima.

—Es Sara, una compañera del insti —respondió Alberto con una sonrisita maliciosa—. Es la "empollona" de la clase, pero como ves, hoy ha decidido que estudiar es un aburrimiento.

Julio me miró a la cara, directamente a los ojos detrás de mis cristales, y me sonrió de esa forma que te sonríe alguien que cree que eres una chica valiente y con personalidad. Me dio una vergüenza que me moría. Él me veía como una mujer segura de su cuerpo, una "guarra" espectacular que le acababa de alegrar la noche, pero no sabía que para sus amigos yo era simplemente el cubo de basura del grupo.

—Hola, Sara. Soy Julio —dijo, dando un paso hacia mí—. Menudo conjunto llevas... te queda muy bien.

Alberto y Juanra se miraron y soltaron una carcajada ahogada. Ver al bueno de Julio intentando ligar con la chica a la que ellos habían tenido de rodillas hacía dos días les parecía el mejor chiste de la fiesta.

—Sí, Julio, le queda de miedo —soltó Juanra, dándole una palmada en la espalda—. Pero deja que termine con los hielos, que Javi la está esperando en el salón y ya sabes que a Javi no le gusta esperar a sus... invitadas.

Me quería morir. Julio me miraba con una admiración que no me merecía, sin sospechar que yo solo estaba deseando que Javi me llamara para terminar el trabajo que Alberto y Juanra habían empezado. Me sentía atrapada entre la mirada "limpia" de ese chico nuevo y la mirada sucia de los otros dos, y lo peor es que yo ya había elegido cuál de las dos prefería.

Salí de la cocina con la bolsa de hielos, intentando no mirar a nadie. Me puse detrás de la barra de la cocina americana, que daba directamente al salón. Estaba allí, de pie, sintiendo el aire acondicionado en mis hombros desnudos y notando cómo cada tío que venía a por una copa se quedaba mirando mi pecho a través del top transparente. Era una sensación de exposición total, como si fuera una estatua en un escaparate.

A los pocos minutos, vi a Julio acercarse. Se había terminado su bebida y venía con su sonrisa de "buen tío". Se apoyó en la barra, ignorando a un par de tíos de segundo que cuchicheaban al verme.

—Oye, Sara, no les hagas mucho caso a estos —me dijo Julio en voz baja, asintiendo hacia el salón—. Javi y los demás son un poco brutos, pero es su forma de ser. Si te agobias, me lo dices y te acompaño a que te dé un poco el aire al jardín.

Le miré a través de mis gafas y sentí una punzada de algo parecido a la culpa. Julio me hablaba como si yo fuera una chica normal que se había pasado un poco con el conjunto, sin sospechar que yo estaba allí precisamente para eso. Me miraba con unos ojos tan limpios que me hacían sentir el triple de sucia.

—No te preocupes, Julio, estoy bien. Es que con Javi... tengo confianza —contesté con una voz que me salió más rota de lo que quería.

—Ya, se nota que os lleváis muy bien —dijo él, mirándome con una admiración que me quemaba—. De verdad, tienes mucho mérito. Venir así a una fiesta de estas, sabiendo cómo son todos... hay que tener mucha personalidad.

Estaba a punto de contestarle algo, de intentar parecer la chica valiente que él creía que era, cuando sentí una mano firme en mi cintura. Javi había llegado por detrás sin que me diera cuenta. Alberto y Juanra venían con él, flanqueándolo como si fueran sus guardaespaldas.

—Bueno, Julio, ya has momento de charla —dijo Javi con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Nos la vamos a llevar un momento arriba. Tenemos que hablar de unas cosas del instituto y Alberto dice que necesita que Sara le "explique" un par de temas que se le han quedado pendientes del otro día.

Julio se rió, pensando que era una broma de colegas sobre los estudios.

—No la torturéis mucho que es sábado noche —dijo Julio, dándome una palmadita torpe en el brazo—. Te espero aquí abajo, Sara. Cuando quieras nos tomamos otra copa más tranquilos, ¿vale?

—Claro, Julio. Espérala, que enseguida viene —soltó Alberto, soltando una carcajada mientras me daba un empujoncito hacia las escaleras.

Javi me agarró del brazo, no muy fuerte, pero con la suficiente autoridad para que yo no tuviera más remedio que caminar. Subimos las escaleras del chalet bajo la mirada de media fiesta. Yo iba delante, notando cómo la falda se me subía a cada escalón y cómo Javi, Alberto y Juanra me seguían de cerca, sin quitarme ojo.

Al llegar al rellano, Javi abrió la puerta de su habitación. Antes de entrar, miré hacia abajo, hacia el salón. Allí estaba Julio, apoyado en la barra, dándole un trago a su vaso y mirando hacia las escaleras con una sonrisa de esperanza, convencido de que yo bajaría en diez minutos para seguir hablando con él.

No tenía ni idea de que la puerta de ese cuarto se iba a cerrar a mis espaldas y de que allí dentro no iba a haber libros ni apuntes. Javi cerró con llave y el "clic" de la cerradura me retumbó en la cabeza.

—Bueno, Sarita —dijo Javi mientras se quitaba el reloj y lo dejaba en la mesita—. Vamos a ver si ese conjunto que te has puesto es tan práctico como parece. Alberto, Juanra... ponéos cómodos.
Me gusta como relatas.

Te animo a que sigas. Parece el guíon de una película
 
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