Eran las once y media de la noche en esa torre de oficinas que nunca dormía del todo. Tú habías quedado en recogerme después de mi turno eterno de revisión de cuentas. Subiste al ascensor en el -2, yo bajé desde el 14. Cuando las puertas se abrieron, solo estábamos nosotros dos… y el silencio pesado que siempre aparece cuando se cierra un espacio pequeño con alguien que ya te ha visto desnuda demasiadas veces.
Llevabas esa camisa azul oscuro que se te pega al pecho cuando sudas un poco, y yo aún tenía el lápiz de labios rojo que me pongo cuando sé que vamos a terminar follando en algún sitio inapropiado. Nos miramos un segundo. No hizo falta hablar.
Pulsaste el botón del sótano. Luego, sin quitarme los ojos de encima, apretaste el botón de parada de emergencia.
El ascensor se detuvo con un chirrido suave. La luz parpadeó una vez y se estabilizó en ese tono amarillento que hace que todo parezca más sucio, más urgente.
—Quítate las bragas —dijiste, voz baja, sin preguntar.
Me subí la falda lápiz hasta las caderas sin dejar de mirarte. Las bragas negras de encaje cayeron al suelo en un movimiento lento, deliberado. Las pateé hacia un rincón. El aire frío del ascensor me rozó el coño ya mojado y sentí cómo se me endurecían los pezones contra la blusa de seda.
Te acercaste en dos pasos. Tu mano derecha me agarró del pelo por la nuca, no con violencia, sino con esa presión exacta que me hace cerrar los ojos y entreabrir la boca por instinto. Me besaste como si llevaras horas queriendo comerme la lengua. Sabías a café y a tabaco, y eso me puso aún más cachonda.
Con la otra mano me abriste los dos primeros botones de la blusa y metiste los dedos dentro del sujetador. Pellizcaste un pezón hasta que solté un gemido que rebotó en las paredes metálicas. Luego bajaste la mano, me abriste las piernas con la rodilla y metiste dos dedos de golpe, sin preámbulos. Estaba tan empapada que entraron hasta el fondo con un sonido obsceno.
—Joder, cómo chorreas… —murmuraste contra mi boca—. ¿Has estado pensando en esto toda la tarde?
Asentí, jadeando. No podía mentir. Llevaba desde las cuatro imaginando exactamente esto: que me follaras de pie, rápido, sin contemplaciones, en algún sitio donde pudiéramos ser descubiertos.
Me giraste de cara a la pared del fondo, me subiste más la falda y me inclinaste hacia delante. Escuché tu cremallera. El sonido me hizo apretar los muslos por puro reflejo. Sentí la cabeza gruesa de tu polla rozándome la entrada, untándose con mi humedad, y luego entraste de un solo empujón profundo.
Se me escapó un grito que intenté ahogar mordiéndome el labio. Estabas muy duro, muy caliente. Empezaste a bombear con ritmo fuerte, casi castigador. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran dentro del sujetador y que mis manos se resbalaran por el acero frío de la pared intentando encontrar apoyo.
—Más fuerte —te pedí entre jadeos—. Quiero sentirte mañana.
Aceleraste. Una mano en mi cadera, la otra bajando a frotarme el clítoris con movimientos rápidos y precisos. El orgasmo me subió por la columna como electricidad. Empecé a temblar, a apretarte dentro con espasmos que no podía controlar. Grité tu nombre sin importarme si alguien en el pasillo del sótano podía oírlo.
No paraste. Seguiste follando a través de mi clímax hasta que te escuché gruñir bajito, ese sonido ronco que siempre me vuelve loca. Te saliste justo a tiempo, me giraste de nuevo y me empujaste de rodillas.
Abrí la boca antes de que me lo pidieras. El primer chorro caliente me dio en la lengua, espeso y abundante. El segundo en la mejilla, el tercero resbaló por mi barbilla y cayó sobre mis tetas que asomaban medio fuera de la blusa. Me miraste desde arriba mientras terminabas de correrte, pintándome la cara como si fuera tu firma.
Cuando terminaste, respirabas agitado. Me ayudaste a levantarme, me limpiaste con tu propio pañuelo (siempre tan caballero después de tratarme como puta) y pulsaste el botón para que el ascensor volviera a funcionar.
Las puertas se abrieron en el sótano. Había un guardia de seguridad a unos quince metros, mirando el móvil, ajeno a todo.
Salimos como si nada. Yo con las bragas en el bolso, la cara aún brillante en algunos puntos que no había conseguido limpiar del todo, y una sonrisa que no podía borrar.
En el coche, antes de arrancar, me miraste y dijiste:
—Mañana, en el parking del supermercado. Misma hora. Pero esta vez te quiero en el capó.
Solo asentí. Ya estaba mojada otra vez solo de imaginarlo.
El trayecto en el coche, 00:15
El motor ronroneaba bajo mientras salíamos del parking del supermercado. Las calles estaban casi desiertas a esa hora, solo algún taxi perdido y el resplandor naranja de las farolas. Tú conducías con una mano en el volante y la otra ya posada en mi muslo, subiendo despacio por debajo del vestido arrugado. Yo iba sentada de lado, con las piernas ligeramente abiertas, dejando que vieras cómo tu semen todavía brillaba entre ellas, resbalando lento cada vez que el coche pasaba por un bache.
—No mires la carretera tanto —te dije en voz baja, mordiéndome el labio—. Mírame a mí.
Deslicé mi mano por tu entrepierna. Estabas duro otra vez, la tela del pantalón tensa. Empecé a acariciarte por encima, trazando la forma con las yemas, apretando justo lo suficiente para que soltaras un bufido. Tú respondiste subiendo más la mano, rozándome el coño con los dedos, abriéndome los labios despacio, untándote con lo que quedaba de ti y de mí.
—Estás empapada todavía… —murmuraste, metiendo un dedo dentro sin aviso. Lo moviste lento, curvándolo hacia arriba, buscando ese punto que me hace arquear la espalda contra el asiento.
Gemí bajito, echando la cabeza hacia atrás. Con la otra mano desabroché el botón de tu pantalón y bajé la cremallera. Saqué tu polla, ya hinchada, caliente, con la cabeza brillante. Empecé a pajearte despacio, con la palma abierta, recogiendo el precum que goteaba y usándolo para lubricar el movimiento. Tú aceleraste un poco el coche, pero no demasiado; queríamos alargar esto.
Metiste un segundo dedo. Los movías dentro y fuera con ritmo constante, el pulgar frotando mi clítoris en círculos pequeños. El sonido era obsceno: húmedo, chapoteante, mezclado con mi respiración entrecortada y tus gruñidos bajos cada vez que apretaba más la mano alrededor de tu polla.
—Para en cualquier sitio —jadeé—. No aguanto hasta tu casa.
Miraste alrededor. A unos quinientos metros vimos el letrero parpadeante de un hostal de carretera: “Motel El Oasis – Habitaciones por horas”. Luces rojas y azules, parking con tres coches viejos y un cartel que prometía “discreción total”. De mala muerte, perfecto.
Entraste sin dudar, aparcaste en la esquina más oscura. Apagaste el motor. El silencio repentino nos golpeó, solo se oía nuestra respiración agitada.
No esperamos ni a entrar en la habitación. Me subí a horcajadas encima de ti, el asiento del conductor reclinado al máximo. El vestido se me subió hasta la cintura. Te bajé los pantalones lo justo y me empalé de golpe, tragándote entero con un gemido largo que salió de lo más hondo.
Empecé a moverme arriba y abajo, lento al principio, sintiendo cada centímetro, cómo me llenabas hasta el fondo. Tú me agarraste las tetas por encima del escote, sacándolas, pellizcando los pezones duros mientras yo aceleraba el ritmo. El coche se mecía con cada movimiento, los muelles crujiendo, los cristales empezando a empañarse.
—Fóllame más fuerte —te pedí, clavándote las uñas en los hombros.
Tú empujaste desde abajo, embistiendo hacia arriba con fuerza, haciendo que mis tetas rebotaran contra tu cara. Te metiste un pezón en la boca y chupaste con saña, mordiendo justo lo suficiente para que doliera rico. Yo bajé una mano entre nosotros y empecé a frotarme el clítoris rápido, desesperada.
El orgasmo me pilló de sorpresa, fuerte, violento. Me corrí apretándote dentro con espasmos que te hicieron gruñir. Seguí moviéndome a través de él, ordeñándote, hasta que sentí que tú también estabas al límite.
—Sal fuera… quiero verte correrme encima —susurré contra tu boca.
Me levanté lo justo. Tú te pajéaste rápido, dos, tres veces, y explotaste. Chorros calientes me dieron en el vientre, en las tetas, uno alcanzó mi barbilla. Me quedé ahí, jadeando, pintada con tu leche, el coño aún palpitando.
Nos miramos un segundo, riéndonos entre jadeos como dos locos. Luego salimos del coche tambaleándonos, yo con el vestido pegado a la piel por el sudor y el semen, tú con los pantalones a medio subir.
Entramos en recepción. El tipo detrás del mostrador ni levantó la vista del móvil. Pagaste en efectivo, cogiste la llave de la 12 y subimos las escaleras de cemento agrietado.
La habitación olía a tabaco rancio y ambientador barato. Cama con sábanas dudosas, espejo grande en la pared, luz tenue rojiza.
Cerraste la puerta con llave.
Me empujaste contra la pared nada más entrar, me subiste una pierna y volviste a entrar de golpe.
—Ahora sí —gruñiste—. Aquí nadie nos va a interrumpir. Te voy a follar hasta que amanezca.
Y eso fue solo el principio.
La habitación del hostal, 01:12
Estábamos en el suelo, sobre la moqueta raída que olía a desinfectante barato y a cien polvos anteriores. Yo a cuatro patas, el vestido hecho un nudo alrededor de la cintura, las tetas colgando y balanceándose con cada embestida tuya. Tú detrás, agarrándome las caderas con fuerza, follándome con un ritmo que hacía crujir la cama vacía a nuestro lado. El espejo del armario nos devolvía la imagen: mi cara roja, el pelo pegado a la frente por el sudor, tu expresión concentrada y salvaje mientras entrabas y salías, la polla brillante de mí cada vez que te retirabas casi del todo para volver a clavarla hasta el fondo.
El orgasmo me estaba subiendo otra vez, lento pero imparable. Empecé a gemir más alto, sin control, pidiéndote que no pararas, que me dieras más fuerte, que me llenaras otra vez.
Y entonces… tres golpes secos en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Fuerte. Autoridad pura.
—Policía. Abra la puerta.
La voz era masculina, grave, sin gritar pero sin dejar lugar a dudas. Silencio inmediato entre nosotros. Tu polla aún dentro, palpitando, mi coño apretándote por reflejo del susto y de la excitación residual. Nos quedamos congelados un segundo, mirándonos en el espejo como dos adolescentes pillados.
Volvieron a golpear. Más fuerte.
—Policía. Sabemos que hay alguien ahí. Abra ahora o entramos.
Tú te saliste despacio, con un sonido húmedo que pareció amplificarse en el silencio. Me ayudaste a levantarme rápido. El semen que ya había dentro empezó a gotear por mi muslo interior, caliente, traicionero. Me bajé el vestido como pude, aunque estaba arrugado y pegajoso. Tú te subiste los pantalones a toda prisa, la erección todavía visible bajo la tela, imposible de disimular del todo.
Miré alrededor. La habitación era un desastre: condones usados en la mesita (aunque no los habíamos usado esta vez), mi bolso tirado, tus zapatos en direcciones opuestas. El olor a sexo flotaba denso, imposible de esconder.
Tú te acercaste a la puerta, respirando hondo para calmarte. Yo me quedé un paso atrás, intentando alisarme el pelo y limpiarme la barbilla con el dorso de la mano. El corazón me latía en la garganta… y, joder, también un poco más abajo. El miedo se mezclaba con algo prohibido, peligroso, que me ponía aún más cachonda.
Abriste la puerta solo una rendija, lo justo para que vieran tu cara pero no el interior completo.
—¿Sí, agente? —dijiste con voz sorprendentemente calmada.
Dos policías. Uno alto, cuarentón, uniforme impecable, expresión seria. El otro más joven, veintitantos, con cara de no dormir desde hace dos turnos. El mayor habló:
—Hemos recibido una llamada por ruidos excesivos y posibles altercados en esta habitación. ¿Todo en orden aquí?
Miré por encima de tu hombro. El joven me vio. Sus ojos bajaron un segundo a mi vestido mal puesto, a las marcas rojas en mi cuello, al brillo sospechoso en mis muslos. Tragó saliva. El mayor también miró, pero mantuvo la compostura.
—Todo perfecto, agente —respondiste—. Solo… estábamos viendo una película. Subimos el volumen sin darnos cuenta. Lo siento.
El mayor alzó una ceja. El joven carraspeó, incómodo.
—¿Podemos entrar un momento? Solo para comprobar que no hay nadie más y que todo está bien.
Silencio. Tú me miraste de reojo. Yo asentí casi imperceptiblemente. El pulso me martilleaba en las sienes… y entre las piernas.
Abriste la puerta del todo.
Los dos entraron. El mayor cerró tras de sí. La habitación pareció encogerse de golpe.
El joven se quedó cerca de la puerta, mirando el suelo, pero sus ojos volvían una y otra vez a mí. El mayor dio dos pasos hacia el centro, olfateó el aire como si pudiera catalogar el olor.
—Bonita película —dijo seco, señalando con la barbilla la tele apagada—. ¿Cuál era?
Tú sonreíste, esa sonrisa tuya que desarma.
—La que termina con final feliz.
El mayor soltó una risa corta, sin humor. El joven se puso rojo hasta las orejas.
Miré al joven directo a los ojos. No sé qué me pasó. Tal vez el subidón de adrenalina, tal vez que aún estaba empapada y con tu semen resbalando por dentro. Di un paso adelante, despacio.
—Agente… ¿quieren comprobar que estamos bien? —pregunté en voz baja, casi ronca—. Podemos demostrarlo.
El mayor se giró hacia mí. El joven abrió mucho los ojos.
Tú no dijiste nada. Solo te cruzaste de brazos, observándolo todo con esa calma peligrosa que me vuelve loca.
El mayor dudó un segundo. Luego miró a su compañero.
—Cinco minutos —dijo el mayor al joven—. Y después nos vamos. Sin informes. Sin nombres.
El joven asintió, tragando fuerte.
Cerraron la puerta con llave desde dentro.
Y así empezó la parte que nadie esperaba.
El mayor me miró. Su expresión ya no era de rutina policial; era fría, calculadora, como si hubiera tomado una decisión en los tres segundos que tardó en recorrer la habitación con la mirada. El joven se quedó pegado a la pared, respirando rápido, los ojos clavados en mí como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
—Esto no es una película —dijo el mayor, voz baja y cortante—. Y vosotros dos estáis muy lejos de ser discretos.
Tú diste un paso adelante, intentando mantener la calma.
—Agente, ya les dije que…
No terminó la frase. El mayor sacó las esposas del cinturón con un movimiento seco, metálico. Antes de que pudieras reaccionar, te agarró del brazo, te giró de cara a la pared y te esposó las muñecas a la espalda en un solo gesto entrenado. El clic resonó en la habitación como un disparo.
—Quédate quieto —ordenó—. O esto se pone peor.
Te empujó contra la pared del fondo, justo al lado del espejo. Desde ahí podías vernos a todos reflejados: yo con el vestido subido, las tetas fuera, el semen secándose en mi piel; el joven con la mano ya en la bragueta, el mayor quitándose la placa del pecho y dejándola sobre la mesita como si ya no importara.
Me miró fijamente.
—Quítate el vestido. Despacio.
Obedecí. Lo dejé caer al suelo. Quedé desnuda salvo por los tacones. El aire frío del hostal me erizó la piel, pero estaba ardiendo por dentro. El morbo del peligro, de lo prohibido, me tenía empapada otra vez.
El mayor se acercó primero. Me agarró por la nuca y me besó con fuerza, lengua invasiva, barba raspándome la barbilla. Mientras me besaba, el joven se acercó por detrás, nervioso pero excitado. Sus manos me recorrieron las tetas, pellizcando los pezones, bajando por mi vientre hasta meter dos dedos dentro sin preámbulos. Gemí contra la boca del mayor.
Te miré a los ojos a través del espejo. Estabas esposado, la polla aún medio dura bajo los pantalones, la cara tensa de rabia y de excitación forzada. No podías moverte, solo mirar.
El mayor me giró y me empujó hacia la cama. Me puso a cuatro patas, de cara a ti. El joven se colocó detrás de mí, se bajó los pantalones y entró de golpe. Era más delgado, más joven, pero empujaba con desesperación, como si llevara meses sin follar. El mayor se puso delante, se abrió la bragueta y me metió la polla en la boca. Gruesa, caliente, con sabor a sudor y cuero del uniforme.
Me follaban mientras tú mirabas. Cada embestida del joven hacía que mis tetas se balancearan, que mi saliva resbalara por la barbilla mientras chupaba al mayor. Gemía alrededor de su polla, los ojos fijos en los tuyos. Veía cómo apretabas la mandíbula, cómo tu respiración se aceleraba, cómo tu erección volvía a crecer contra la tela a pesar de todo.
El joven se corrió primero, gruñendo bajito, vaciándose dentro con espasmos rápidos. Salió y se apartó, jadeando. El mayor me dio la vuelta, me abrió las piernas y entró él. Más lento, más profundo, controlado. Me follaba mirándome a los ojos, luego mirando a ti.
—Tu puta está disfrutando mucho —le dijo al mayor, sin apartar la vista de ti—. Mira cómo aprieta.
Gemí más fuerte cuando me pellizcó el clítoris. Me corrí apretándolo dentro, temblando, gritando tu nombre como si fueras tú el que me estaba follando. El mayor aceleró y se corrió dentro también, chorros calientes que se mezclaron con los del joven.
Cuando terminaron, se apartaron. Se subieron los pantalones, se ajustaron los uniformes. El joven parecía mareado, el mayor tranquilo, satisfecho.
Tú explotaste.
—Hijos de puta… —gruñiste, forcejeando contra las esposas—. La vais a pagar.
El mayor se rio por lo bajo. Sacó la porra del cinturón. El joven hizo lo mismo, más dubitativo.
—Protestas demasiado —dijo el mayor.
Te dieron el primer golpe en el estómago, controlado pero fuerte. Luego otro en el muslo. Te doblaste, gruñendo de dolor. El joven miró al mayor, como pidiendo permiso, y le dio un golpe más suave en la espalda. No querían matarte, solo hacerte callar, marcar territorio.
Te dejaron esposado a la tubería del radiador, respirando agitado, con moretones empezando a formarse.
El mayor se acercó a mí una última vez. Me metió dos dedos dentro, sacó un poco de la mezcla de semen y me los limpió en los labios.
—Dile a tu novio que la próxima vez sea más discreto —me dijo.
Salieron sin mirar atrás. Cerraron la puerta. El silencio volvió, roto solo por tu respiración pesada y la mía.
Me acerqué a ti tambaleándome. Te quité las esposas con la llave que habían dejado olvidada en la mesita (un descuido, o quizás no). Te abracé, te besé suave en la boca magullada.
—¿Estás bien? —susurré.
Asentiste, aunque dolía. Me miraste con ojos encendidos.
—Ahora me toca a mí —dijiste, voz ronca—. Voy a follarte hasta que no puedas caminar. Y esta vez nadie nos va a interrumpir.
Ya me cuesta caminar ahora, afirme, nunca había sido follada tantas veces en una noche
Me levantaste en brazos, me tiraste en la cama y empezaste de nuevo. Con rabia, con hambre, con todo lo que habían dejado colgando.
Y esa noche no terminó hasta que el sol empezó a salir por la ventana sucia del hostal.
Llevabas esa camisa azul oscuro que se te pega al pecho cuando sudas un poco, y yo aún tenía el lápiz de labios rojo que me pongo cuando sé que vamos a terminar follando en algún sitio inapropiado. Nos miramos un segundo. No hizo falta hablar.
Pulsaste el botón del sótano. Luego, sin quitarme los ojos de encima, apretaste el botón de parada de emergencia.
El ascensor se detuvo con un chirrido suave. La luz parpadeó una vez y se estabilizó en ese tono amarillento que hace que todo parezca más sucio, más urgente.
—Quítate las bragas —dijiste, voz baja, sin preguntar.
Me subí la falda lápiz hasta las caderas sin dejar de mirarte. Las bragas negras de encaje cayeron al suelo en un movimiento lento, deliberado. Las pateé hacia un rincón. El aire frío del ascensor me rozó el coño ya mojado y sentí cómo se me endurecían los pezones contra la blusa de seda.
Te acercaste en dos pasos. Tu mano derecha me agarró del pelo por la nuca, no con violencia, sino con esa presión exacta que me hace cerrar los ojos y entreabrir la boca por instinto. Me besaste como si llevaras horas queriendo comerme la lengua. Sabías a café y a tabaco, y eso me puso aún más cachonda.
Con la otra mano me abriste los dos primeros botones de la blusa y metiste los dedos dentro del sujetador. Pellizcaste un pezón hasta que solté un gemido que rebotó en las paredes metálicas. Luego bajaste la mano, me abriste las piernas con la rodilla y metiste dos dedos de golpe, sin preámbulos. Estaba tan empapada que entraron hasta el fondo con un sonido obsceno.
—Joder, cómo chorreas… —murmuraste contra mi boca—. ¿Has estado pensando en esto toda la tarde?
Asentí, jadeando. No podía mentir. Llevaba desde las cuatro imaginando exactamente esto: que me follaras de pie, rápido, sin contemplaciones, en algún sitio donde pudiéramos ser descubiertos.
Me giraste de cara a la pared del fondo, me subiste más la falda y me inclinaste hacia delante. Escuché tu cremallera. El sonido me hizo apretar los muslos por puro reflejo. Sentí la cabeza gruesa de tu polla rozándome la entrada, untándose con mi humedad, y luego entraste de un solo empujón profundo.
Se me escapó un grito que intenté ahogar mordiéndome el labio. Estabas muy duro, muy caliente. Empezaste a bombear con ritmo fuerte, casi castigador. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran dentro del sujetador y que mis manos se resbalaran por el acero frío de la pared intentando encontrar apoyo.
—Más fuerte —te pedí entre jadeos—. Quiero sentirte mañana.
Aceleraste. Una mano en mi cadera, la otra bajando a frotarme el clítoris con movimientos rápidos y precisos. El orgasmo me subió por la columna como electricidad. Empecé a temblar, a apretarte dentro con espasmos que no podía controlar. Grité tu nombre sin importarme si alguien en el pasillo del sótano podía oírlo.
No paraste. Seguiste follando a través de mi clímax hasta que te escuché gruñir bajito, ese sonido ronco que siempre me vuelve loca. Te saliste justo a tiempo, me giraste de nuevo y me empujaste de rodillas.
Abrí la boca antes de que me lo pidieras. El primer chorro caliente me dio en la lengua, espeso y abundante. El segundo en la mejilla, el tercero resbaló por mi barbilla y cayó sobre mis tetas que asomaban medio fuera de la blusa. Me miraste desde arriba mientras terminabas de correrte, pintándome la cara como si fuera tu firma.
Cuando terminaste, respirabas agitado. Me ayudaste a levantarme, me limpiaste con tu propio pañuelo (siempre tan caballero después de tratarme como puta) y pulsaste el botón para que el ascensor volviera a funcionar.
Las puertas se abrieron en el sótano. Había un guardia de seguridad a unos quince metros, mirando el móvil, ajeno a todo.
Salimos como si nada. Yo con las bragas en el bolso, la cara aún brillante en algunos puntos que no había conseguido limpiar del todo, y una sonrisa que no podía borrar.
En el coche, antes de arrancar, me miraste y dijiste:
—Mañana, en el parking del supermercado. Misma hora. Pero esta vez te quiero en el capó.
Solo asentí. Ya estaba mojada otra vez solo de imaginarlo.
El trayecto en el coche, 00:15
El motor ronroneaba bajo mientras salíamos del parking del supermercado. Las calles estaban casi desiertas a esa hora, solo algún taxi perdido y el resplandor naranja de las farolas. Tú conducías con una mano en el volante y la otra ya posada en mi muslo, subiendo despacio por debajo del vestido arrugado. Yo iba sentada de lado, con las piernas ligeramente abiertas, dejando que vieras cómo tu semen todavía brillaba entre ellas, resbalando lento cada vez que el coche pasaba por un bache.
—No mires la carretera tanto —te dije en voz baja, mordiéndome el labio—. Mírame a mí.
Deslicé mi mano por tu entrepierna. Estabas duro otra vez, la tela del pantalón tensa. Empecé a acariciarte por encima, trazando la forma con las yemas, apretando justo lo suficiente para que soltaras un bufido. Tú respondiste subiendo más la mano, rozándome el coño con los dedos, abriéndome los labios despacio, untándote con lo que quedaba de ti y de mí.
—Estás empapada todavía… —murmuraste, metiendo un dedo dentro sin aviso. Lo moviste lento, curvándolo hacia arriba, buscando ese punto que me hace arquear la espalda contra el asiento.
Gemí bajito, echando la cabeza hacia atrás. Con la otra mano desabroché el botón de tu pantalón y bajé la cremallera. Saqué tu polla, ya hinchada, caliente, con la cabeza brillante. Empecé a pajearte despacio, con la palma abierta, recogiendo el precum que goteaba y usándolo para lubricar el movimiento. Tú aceleraste un poco el coche, pero no demasiado; queríamos alargar esto.
Metiste un segundo dedo. Los movías dentro y fuera con ritmo constante, el pulgar frotando mi clítoris en círculos pequeños. El sonido era obsceno: húmedo, chapoteante, mezclado con mi respiración entrecortada y tus gruñidos bajos cada vez que apretaba más la mano alrededor de tu polla.
—Para en cualquier sitio —jadeé—. No aguanto hasta tu casa.
Miraste alrededor. A unos quinientos metros vimos el letrero parpadeante de un hostal de carretera: “Motel El Oasis – Habitaciones por horas”. Luces rojas y azules, parking con tres coches viejos y un cartel que prometía “discreción total”. De mala muerte, perfecto.
Entraste sin dudar, aparcaste en la esquina más oscura. Apagaste el motor. El silencio repentino nos golpeó, solo se oía nuestra respiración agitada.
No esperamos ni a entrar en la habitación. Me subí a horcajadas encima de ti, el asiento del conductor reclinado al máximo. El vestido se me subió hasta la cintura. Te bajé los pantalones lo justo y me empalé de golpe, tragándote entero con un gemido largo que salió de lo más hondo.
Empecé a moverme arriba y abajo, lento al principio, sintiendo cada centímetro, cómo me llenabas hasta el fondo. Tú me agarraste las tetas por encima del escote, sacándolas, pellizcando los pezones duros mientras yo aceleraba el ritmo. El coche se mecía con cada movimiento, los muelles crujiendo, los cristales empezando a empañarse.
—Fóllame más fuerte —te pedí, clavándote las uñas en los hombros.
Tú empujaste desde abajo, embistiendo hacia arriba con fuerza, haciendo que mis tetas rebotaran contra tu cara. Te metiste un pezón en la boca y chupaste con saña, mordiendo justo lo suficiente para que doliera rico. Yo bajé una mano entre nosotros y empecé a frotarme el clítoris rápido, desesperada.
El orgasmo me pilló de sorpresa, fuerte, violento. Me corrí apretándote dentro con espasmos que te hicieron gruñir. Seguí moviéndome a través de él, ordeñándote, hasta que sentí que tú también estabas al límite.
—Sal fuera… quiero verte correrme encima —susurré contra tu boca.
Me levanté lo justo. Tú te pajéaste rápido, dos, tres veces, y explotaste. Chorros calientes me dieron en el vientre, en las tetas, uno alcanzó mi barbilla. Me quedé ahí, jadeando, pintada con tu leche, el coño aún palpitando.
Nos miramos un segundo, riéndonos entre jadeos como dos locos. Luego salimos del coche tambaleándonos, yo con el vestido pegado a la piel por el sudor y el semen, tú con los pantalones a medio subir.
Entramos en recepción. El tipo detrás del mostrador ni levantó la vista del móvil. Pagaste en efectivo, cogiste la llave de la 12 y subimos las escaleras de cemento agrietado.
La habitación olía a tabaco rancio y ambientador barato. Cama con sábanas dudosas, espejo grande en la pared, luz tenue rojiza.
Cerraste la puerta con llave.
Me empujaste contra la pared nada más entrar, me subiste una pierna y volviste a entrar de golpe.
—Ahora sí —gruñiste—. Aquí nadie nos va a interrumpir. Te voy a follar hasta que amanezca.
Y eso fue solo el principio.
La habitación del hostal, 01:12
Estábamos en el suelo, sobre la moqueta raída que olía a desinfectante barato y a cien polvos anteriores. Yo a cuatro patas, el vestido hecho un nudo alrededor de la cintura, las tetas colgando y balanceándose con cada embestida tuya. Tú detrás, agarrándome las caderas con fuerza, follándome con un ritmo que hacía crujir la cama vacía a nuestro lado. El espejo del armario nos devolvía la imagen: mi cara roja, el pelo pegado a la frente por el sudor, tu expresión concentrada y salvaje mientras entrabas y salías, la polla brillante de mí cada vez que te retirabas casi del todo para volver a clavarla hasta el fondo.
El orgasmo me estaba subiendo otra vez, lento pero imparable. Empecé a gemir más alto, sin control, pidiéndote que no pararas, que me dieras más fuerte, que me llenaras otra vez.
Y entonces… tres golpes secos en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Fuerte. Autoridad pura.
—Policía. Abra la puerta.
La voz era masculina, grave, sin gritar pero sin dejar lugar a dudas. Silencio inmediato entre nosotros. Tu polla aún dentro, palpitando, mi coño apretándote por reflejo del susto y de la excitación residual. Nos quedamos congelados un segundo, mirándonos en el espejo como dos adolescentes pillados.
Volvieron a golpear. Más fuerte.
—Policía. Sabemos que hay alguien ahí. Abra ahora o entramos.
Tú te saliste despacio, con un sonido húmedo que pareció amplificarse en el silencio. Me ayudaste a levantarme rápido. El semen que ya había dentro empezó a gotear por mi muslo interior, caliente, traicionero. Me bajé el vestido como pude, aunque estaba arrugado y pegajoso. Tú te subiste los pantalones a toda prisa, la erección todavía visible bajo la tela, imposible de disimular del todo.
Miré alrededor. La habitación era un desastre: condones usados en la mesita (aunque no los habíamos usado esta vez), mi bolso tirado, tus zapatos en direcciones opuestas. El olor a sexo flotaba denso, imposible de esconder.
Tú te acercaste a la puerta, respirando hondo para calmarte. Yo me quedé un paso atrás, intentando alisarme el pelo y limpiarme la barbilla con el dorso de la mano. El corazón me latía en la garganta… y, joder, también un poco más abajo. El miedo se mezclaba con algo prohibido, peligroso, que me ponía aún más cachonda.
Abriste la puerta solo una rendija, lo justo para que vieran tu cara pero no el interior completo.
—¿Sí, agente? —dijiste con voz sorprendentemente calmada.
Dos policías. Uno alto, cuarentón, uniforme impecable, expresión seria. El otro más joven, veintitantos, con cara de no dormir desde hace dos turnos. El mayor habló:
—Hemos recibido una llamada por ruidos excesivos y posibles altercados en esta habitación. ¿Todo en orden aquí?
Miré por encima de tu hombro. El joven me vio. Sus ojos bajaron un segundo a mi vestido mal puesto, a las marcas rojas en mi cuello, al brillo sospechoso en mis muslos. Tragó saliva. El mayor también miró, pero mantuvo la compostura.
—Todo perfecto, agente —respondiste—. Solo… estábamos viendo una película. Subimos el volumen sin darnos cuenta. Lo siento.
El mayor alzó una ceja. El joven carraspeó, incómodo.
—¿Podemos entrar un momento? Solo para comprobar que no hay nadie más y que todo está bien.
Silencio. Tú me miraste de reojo. Yo asentí casi imperceptiblemente. El pulso me martilleaba en las sienes… y entre las piernas.
Abriste la puerta del todo.
Los dos entraron. El mayor cerró tras de sí. La habitación pareció encogerse de golpe.
El joven se quedó cerca de la puerta, mirando el suelo, pero sus ojos volvían una y otra vez a mí. El mayor dio dos pasos hacia el centro, olfateó el aire como si pudiera catalogar el olor.
—Bonita película —dijo seco, señalando con la barbilla la tele apagada—. ¿Cuál era?
Tú sonreíste, esa sonrisa tuya que desarma.
—La que termina con final feliz.
El mayor soltó una risa corta, sin humor. El joven se puso rojo hasta las orejas.
Miré al joven directo a los ojos. No sé qué me pasó. Tal vez el subidón de adrenalina, tal vez que aún estaba empapada y con tu semen resbalando por dentro. Di un paso adelante, despacio.
—Agente… ¿quieren comprobar que estamos bien? —pregunté en voz baja, casi ronca—. Podemos demostrarlo.
El mayor se giró hacia mí. El joven abrió mucho los ojos.
Tú no dijiste nada. Solo te cruzaste de brazos, observándolo todo con esa calma peligrosa que me vuelve loca.
El mayor dudó un segundo. Luego miró a su compañero.
—Cinco minutos —dijo el mayor al joven—. Y después nos vamos. Sin informes. Sin nombres.
El joven asintió, tragando fuerte.
Cerraron la puerta con llave desde dentro.
Y así empezó la parte que nadie esperaba.
El mayor me miró. Su expresión ya no era de rutina policial; era fría, calculadora, como si hubiera tomado una decisión en los tres segundos que tardó en recorrer la habitación con la mirada. El joven se quedó pegado a la pared, respirando rápido, los ojos clavados en mí como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
—Esto no es una película —dijo el mayor, voz baja y cortante—. Y vosotros dos estáis muy lejos de ser discretos.
Tú diste un paso adelante, intentando mantener la calma.
—Agente, ya les dije que…
No terminó la frase. El mayor sacó las esposas del cinturón con un movimiento seco, metálico. Antes de que pudieras reaccionar, te agarró del brazo, te giró de cara a la pared y te esposó las muñecas a la espalda en un solo gesto entrenado. El clic resonó en la habitación como un disparo.
—Quédate quieto —ordenó—. O esto se pone peor.
Te empujó contra la pared del fondo, justo al lado del espejo. Desde ahí podías vernos a todos reflejados: yo con el vestido subido, las tetas fuera, el semen secándose en mi piel; el joven con la mano ya en la bragueta, el mayor quitándose la placa del pecho y dejándola sobre la mesita como si ya no importara.
Me miró fijamente.
—Quítate el vestido. Despacio.
Obedecí. Lo dejé caer al suelo. Quedé desnuda salvo por los tacones. El aire frío del hostal me erizó la piel, pero estaba ardiendo por dentro. El morbo del peligro, de lo prohibido, me tenía empapada otra vez.
El mayor se acercó primero. Me agarró por la nuca y me besó con fuerza, lengua invasiva, barba raspándome la barbilla. Mientras me besaba, el joven se acercó por detrás, nervioso pero excitado. Sus manos me recorrieron las tetas, pellizcando los pezones, bajando por mi vientre hasta meter dos dedos dentro sin preámbulos. Gemí contra la boca del mayor.
Te miré a los ojos a través del espejo. Estabas esposado, la polla aún medio dura bajo los pantalones, la cara tensa de rabia y de excitación forzada. No podías moverte, solo mirar.
El mayor me giró y me empujó hacia la cama. Me puso a cuatro patas, de cara a ti. El joven se colocó detrás de mí, se bajó los pantalones y entró de golpe. Era más delgado, más joven, pero empujaba con desesperación, como si llevara meses sin follar. El mayor se puso delante, se abrió la bragueta y me metió la polla en la boca. Gruesa, caliente, con sabor a sudor y cuero del uniforme.
Me follaban mientras tú mirabas. Cada embestida del joven hacía que mis tetas se balancearan, que mi saliva resbalara por la barbilla mientras chupaba al mayor. Gemía alrededor de su polla, los ojos fijos en los tuyos. Veía cómo apretabas la mandíbula, cómo tu respiración se aceleraba, cómo tu erección volvía a crecer contra la tela a pesar de todo.
El joven se corrió primero, gruñendo bajito, vaciándose dentro con espasmos rápidos. Salió y se apartó, jadeando. El mayor me dio la vuelta, me abrió las piernas y entró él. Más lento, más profundo, controlado. Me follaba mirándome a los ojos, luego mirando a ti.
—Tu puta está disfrutando mucho —le dijo al mayor, sin apartar la vista de ti—. Mira cómo aprieta.
Gemí más fuerte cuando me pellizcó el clítoris. Me corrí apretándolo dentro, temblando, gritando tu nombre como si fueras tú el que me estaba follando. El mayor aceleró y se corrió dentro también, chorros calientes que se mezclaron con los del joven.
Cuando terminaron, se apartaron. Se subieron los pantalones, se ajustaron los uniformes. El joven parecía mareado, el mayor tranquilo, satisfecho.
Tú explotaste.
—Hijos de puta… —gruñiste, forcejeando contra las esposas—. La vais a pagar.
El mayor se rio por lo bajo. Sacó la porra del cinturón. El joven hizo lo mismo, más dubitativo.
—Protestas demasiado —dijo el mayor.
Te dieron el primer golpe en el estómago, controlado pero fuerte. Luego otro en el muslo. Te doblaste, gruñendo de dolor. El joven miró al mayor, como pidiendo permiso, y le dio un golpe más suave en la espalda. No querían matarte, solo hacerte callar, marcar territorio.
Te dejaron esposado a la tubería del radiador, respirando agitado, con moretones empezando a formarse.
El mayor se acercó a mí una última vez. Me metió dos dedos dentro, sacó un poco de la mezcla de semen y me los limpió en los labios.
—Dile a tu novio que la próxima vez sea más discreto —me dijo.
Salieron sin mirar atrás. Cerraron la puerta. El silencio volvió, roto solo por tu respiración pesada y la mía.
Me acerqué a ti tambaleándome. Te quité las esposas con la llave que habían dejado olvidada en la mesita (un descuido, o quizás no). Te abracé, te besé suave en la boca magullada.
—¿Estás bien? —susurré.
Asentiste, aunque dolía. Me miraste con ojos encendidos.
—Ahora me toca a mí —dijiste, voz ronca—. Voy a follarte hasta que no puedas caminar. Y esta vez nadie nos va a interrumpir.
Ya me cuesta caminar ahora, afirme, nunca había sido follada tantas veces en una noche
Me levantaste en brazos, me tiraste en la cama y empezaste de nuevo. Con rabia, con hambre, con todo lo que habían dejado colgando.
Y esa noche no terminó hasta que el sol empezó a salir por la ventana sucia del hostal.