Capítulo 30
El campus se vaciaba poco a poco. Era el último día antes de las vacaciones de diciembre y la mayoría de los estudiantes ya habían partido hacia sus hogares, cargados de maletas y promesas de reencuentros familiares. Yo, en cambio, solo podía pensar en una cosa, mi violonchelo.
Sin meditarlo demasiado, aceleré el paso hacia mi dormitorio. Al entrar en la habitación austera que llamaba hogar, mis ojos se posaron inmediatamente en el estuche negro que descansaba junto a mi cama. Era lo único de valor que poseía, mi mayor tesoro. Lo abrí con reverencia y el instrumento pareció saludarme, su madera brillando bajo la escasa luz invernal que se filtraba por la ventana.
"Hola, viejo amigo", susurré mientras pasaba mis dedos por su superficie pulida. "Te necesito hoy más que nunca".
Lo tomé con cuidado y volví a salir. El dormitorio me ahogaba; necesitaba espacio, aire, un lugar donde la música pudiera expandirse y hablar por mí, donde pudiera confesar todos los errores que me atormentaban.
El campus era ahora un paisaje desolado. Encontré un rincón solitario cerca del lago, bajo un roble centenario que había perdido casi todas sus hojas. Me senté en un banco de piedra fría y coloqué el violonchelo entre mis piernas, como tantas veces lo había hecho. Respiré profundamente, sintiendo el aire gélido llenar mis pulmones, y luego, como quien se lanza al vacío, comencé a tocar.
Las primeras notas fueron suaves, tentativas, como gotas de lluvia antes de una tormenta. Poco a poco, la melodía se volvió más intensa, más dolorosa. Era Bach, la Suite No. 2 en Re menor.
¿Y si simplemente me rendía? ¿Y si dejaba todo esto atrás? Podía volver a mi pueblo, trabajar en el taller mecánico de don Raúl. Una vida sencilla, sin complicaciones, sin estar constantemente tratando de encajar en un mundo que no era el mío.
"Nadie te juzgaría", me dije. Con el dinero que había ahorrado de mi trabajo en el Media Luna, podría ayudar a mi madre por un tiempo, mientras encontraba algo estable. No ganaría mucho, pero ¿acaso el dinero era tan importante? ¿Valía la pena todo este sufrimiento, toda esta culpa, solo por un título universitario?
La idea me tentaba, me susurraba como una promesa de paz. Abandonar. Rendirse. Dejar de luchar.
Pero entonces recordé a mi madre, sus ojos llenos de orgullo cuando logré ingresar a esta universidad. "Siempre supe que eras especial", me había dicho. "Siempre supe que llegarías lejos".
Estaba tan absorto en mis pensamientos que no noté la figura que se acercaba hasta que su voz interrumpió el silencio.
—Tocas como si el mundo se estuviera acabando.
Me sobresalté y las notas se detuvieron abruptamente. Kate estaba de pie a unos metros, envuelta en un abrigo rojo que contrastaba con la palidez del paisaje. Su cabello negro se mecía suavemente con la brisa.
—Lo siento —dijo, acercándose—. No quería asustarte.
—No... está bien —respondí, intentando sonreír—. Solo estaba... desahogándome.
Kate se sentó a mi lado en el banco, dejando una distancia prudente entre nosotros. Sus ojos recorrieron el violonchelo con curiosidad.
—Nunca te había escuchado tocar así —comentó—. En la fiesta de Miquel tocaste cosas alegres, pero esto...
—¿Esto qué? —pregunté, sintiendo una punzada de vergüenza.
—Esto es honesto —respondió, mirándome directamente—. Como si no estuvieras interpretando a Bach, sino a ti mismo.
El silencio cayó entre nosotros, pero no era incómodo. Kate tenía esa extraña capacidad de hacer que el silencio se sintiera como una conversación.
—¿Qué haces aquí? —pregunté finalmente—. Pensé que ya te habrías ido a casa.
—Mi vuelo sale mañana —respondió, frotándose las manos para calentarlas.
—Por cierto —dijo Kate—. Tengo algo para ti. Es un dibujo.
Me entregó un pequeño cuaderno de hojas gruesas, y al abrirlo, me encontré con un retrato mío tocando el violonchelo en aquella gran fiesta de Miquel dónde las cosas se salieron de control, los trazos llenos de movimiento, como si la música saliera de las páginas.
—Quería regalártelo en la cena de fin de año, pero aún no estaba listo —dijo suavemente, con un brillo tímido en los ojos—. Porque creo que capturaste algo especial esa noche... y creo que también lo hiciste hoy.
—Cuando era niño... —comencé, sintiendo cómo las palabras salían lentas y arrastradas—, quería ser un gran artista. Quería tocar en escenarios importantes, crear algo que la gente recordara. Mi madre siempre decía que tenía un don, que debía seguir lo que me hacía feliz.
Hice una pausa, notando cómo Kate escuchaba cada palabra con una atención que me resultaba abrumadora. Me atreví a mirarla a los ojos y continué.
—Pero mi padre... él siempre decía que era una idea estúpida, que la música no era más que una fantasía. Que necesitaba algo que me diera estabilidad, algo seguro. Y supongo que, con el tiempo, terminé creyéndolo.
Kate abrió la boca para decir algo, pero la detuve levantando una mano.
—Por eso estudio química —dije, con una risa amarga—. Es una carrera seria, ¿no? Hay trabajo, paga bien... y mi padre siempre estuvo orgulloso de que eligiera algo "útil". No como la música, que según él, solo es un camino a la frustración y el fracaso.
Me quedé en silencio, sintiendo cómo las palabras me dejaban un sabor agridulce en la boca. Por un segundo, me sentí aliviado de haberlo dicho, de haberlo confesado a alguien, pero al mismo tiempo, me invadía una tristeza que no podía explicar.
—Pero, ¿te hace feliz? —preguntó Kate suavemente, sin apartar la mirada de la mía.
Me quedé callado. No tenía una respuesta clara.
El viento arreció, haciendo crujir las ramas del roble sobre nosotros. Apreté el cuaderno entre mis manos, contemplando el dibujo que Kate había hecho. Ahí estaba yo, pero no era realmente yo—era alguien libre, alguien que se entregaba completamente a su pasión.
—No es tan simple —dije finalmente, alzando la mirada—. La química... no me hace infeliz. A veces incluso me gusta. Y hay momentos en el laboratorio en que siento esa misma emoción, esa satisfacción de resolver un problema, de entender cómo funciona algo.
Kate me observaba en silencio, esperando pacientemente a que pusiera en orden mis pensamientos.
—Pero hay algo más —continué, sintiendo la necesidad de ser completamente honesto—. Necesito terminar esta carrera. Necesito probarme a mí mismo que puedo hacerlo.
—¿Probarte a ti o a tu padre? —preguntó Kate con suavidad, sin un atisbo de juicio en su voz.
La pregunta me golpeó como una bofetada. Me pasé una mano por el rostro, sintiendo el frío en mis mejillas.
—No es solo por mi padre o por lo que otros piensen. Es importante para mí. Me propuse esta meta y quiero alcanzarla, quiero ese título, quiero dominar este campo.
—Eso tiene sentido —asintió Kate—. Completar lo que empezaste.
—Exacto —dije, sintiendo alivio al ser comprendido—. Terminar la universidad es algo que me he propuesto, un desafío personal que quiero superar. Y sé que puedo hacerlo.
Acaricié las cuerdas de mi violonchelo, sintiendo su familiar tensión bajo mis dedos.
—Pero la música... —continué, buscando las palabras adecuadas—. La música siempre ha estado ahí, como una corriente subterránea que me sostiene incluso en los peores momentos.
Kate extendió su mano y la colocó sobre la mía. Estaba cálida a pesar del frío.
—¿Sabes qué veo yo? —dijo, señalando el dibujo—. Veo a alguien con más de un talento, con más de una pasión. Alguien que puede destacar tanto en el laboratorio como en el escenario.
—¿Tú crees? —pregunté, con una chispa de esperanza.
—Lo sé —respondió con convicción—. No son muchas las personas que pueden sumergirse en dos mundos tan distintos y encontrar belleza en ambos.
Me quedé contemplando el horizonte. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el lago de tonos anaranjados y rojos.
—Quizás no tenga que elegir —reflexioné en voz alta—. Quizás pueda terminar mi carrera en química, como me he propuesto, y seguir cultivando la música.
—El mundo está lleno de científicos con pasiones artísticas —comentó Kate—. Einstein tocaba el violín, ¿no? Y dicen que lo hacía bastante bien.
Sonreí ante la comparación.
—No creo que llegue a ser un Einstein, pero entiendo el punto.
—La cuestión es que ambos caminos pueden coexistir —continuó ella—. Uno no tiene por qué anular al otro.
El viento volvió a soplar, esta vez con menos fuerza, como si incluso los elementos quisieran escuchar nuestra conversación.
—Gracias —dije, mirando el dibujo una vez más—. Por esto, y por ayudarme a ver las cosas con más claridad.
—Es lo mínimo que podía hacer después de interrumpir tu concierto privado —respondió con una sonrisa—. Aunque si me preguntas, creo que el mundo se está perdiendo de algo extraordinario cuando no tocas.
Me reí suavemente, sintiendo cómo un peso se aligeraba en mi pecho. No tenía todas las respuestas, pero ahora veía que no estaba atrapado en una elección imposible. Podía abrazar ambos caminos, al menos por ahora.
Después de despedirme de Kate, caminé de regreso a los dormitorios con el violonchelo a cuestas y el cuaderno de dibujos guardado cuidadosamente en mi bolsillo. La noche había caído por completo sobre el campus, y las pocas luces encendidas creaban sombras fantasmales entre los edificios. Mi autobús saldría al día siguiente, y apenas tenía tiempo para empacar mis cosas.
A la mañana siguiente ya tenía la maleta lista, con solo unas pocas cosas que empaqué a última hora. El hogar, la familia, siempre tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.
Mientras avanzaba por el sendero principal, una figura familiar apareció bajo la luz de una farola. Era Simón, con una mochila al hombro y su característica chamarra de cuero gastado. Se detuvo en seco al verme, y por un momento, ninguno de los dos supo qué decir.
—¿Todo bien? —le pregunté, rompiendo el silencio que se había formado entre nosotros.
Simón levantó la mirada, algo perdido, como si no supiera qué hacer. Luego, suspiró y se acercó un poco más.
—¿Qué tal las despedidas? —preguntó, sin mucho ánimo, pero su tono era más suave que antes.
—Pues... ya sabes. Miriam se fue. Estoy empacando. El autobús sale mañana —respondí, encogiéndome de hombros.
Simón asintió, mirándome fijamente. Su expresión había cambiado, no estaba tan distante como antes, pero aún había algo en su mirada que no sabía cómo leer. Entonces, de repente, habló.
—Oye... lo siento por lo de antes, por cómo te hablé. No debí... —Simón miró al suelo, como si fuera difícil para él admitir que se había equivocado.
Me sentí aliviado al escuchar sus palabras, pero también sentí un nudo en el estómago. Sabía que no estaba solo en esto, que había algo más profundo detrás de su comportamiento.
—No te preocupes. A veces yo también me dejo llevar por las emociones. Creo que ambos tenemos cosas que aclarar —respondí, buscando hacerlo más ligero.
Simón levantó la cabeza y me miró de nuevo, esta vez con un poco más de confianza.
—¿De verdad lo crees? —preguntó, casi como si dudara de sí mismo.
—Claro. Las cosas no siempre son fáciles, Simón. Yo no soy perfecto, ni tú tampoco, pero... somos amigos, ¿no? —comenté.
Simón respiró hondo, y por un momento guardó silencio. Luego, como si estuviera pensando, asintió lentamente.
—Está bien... Tal vez no lo había entendido antes, pero sí, tenemos que arreglar esto. He sido un idiota —reconoció, dejando salir una pequeña sonrisa irónica.
—Mira, sé que las cosas no están fáciles para ti... con la beca y todo eso. Y no te voy a mentir, tampoco sé qué hacer con todo esto —le dije, señalando nuestra situación—. Pero... te he dicho que si quieres venir a casa, la invitación sigue en pie. No es caridad, Simón. Es solo un espacio, un lugar para estar, para no estar solo.
Simón levantó la mirada, como si tratara de evaluar mis palabras. Por un instante, sus ojos mostraron un destello de duda, pero luego asintió, esta vez sin ese aire defensivo.
—¿De verdad quieres que vaya? —preguntó, en un tono más suave.
—Claro, no es una broma. Mi madre siempre tiene comida de sobra, y sabes que siempre es un buen momento para reírse de los chismes familiares.
—Está bien... —dijo finalmente, y su voz, aunque suave, estaba llena de una emoción que nunca había visto en él. Sus ojos brillaban de una manera diferente, como si la idea de no estar solo, por fin, tuviera un peso significativo para él.
—Voy contigo, Marcelo —dijo, esta vez con una risa alegre que hacía mucho que no escuchaba de él. No era la risa que usaba en las fiestas, no era la carcajada de siempre, sino algo más cálido, más real. Como si, por fin, estuviera dejando de lado esa coraza que se había construido a su alrededor. —Gracias... en serio, no sé qué decir.
Su voz temblaba un poco, pero era una mezcla de gratitud y alivio. No era el Simón que siempre veía fuerte y desinteresado, era un Simón que, aunque inseguro, estaba dispuesto a abrirse, a aceptar lo que le ofrecía, y eso me hizo sentir una conexión mucho más profunda que cualquier fiesta o charla trivial.
—No tienes que agradecerme —respondí, casi sin pensar. En ese momento, era como si no importara nada más, solo el hecho de que él estaba aceptando no estar solo. —Mi mamá ya te tiene planeado todo. Solo relájate y ven a disfrutar. Creo que te va a gustar, te lo prometo.
Simón se quedó en silencio por un momento, pero su sonrisa no se desvaneció. Era la primera vez que veía una sonrisa tan abierta en él, una que no estaba pensada, que no venía con una broma detrás. Era solo él, simplemente siendo él.
—Nos vamos entonces —respondí entusiasta.
Mientras caminábamos hacia la salida, el sonido de los pasos en el pasillo resonaba de manera un tanto extraña, como si el peso de la conversación aún se mantuviera en el aire, una mezcla de alivio y algo de incertidumbre. Simón caminaba a mi lado, todavía con esa sonrisa tonta en el rostro, como si no pudiera creer que de verdad iba a ir a mi casa para las vacaciones. En el fondo, me alegraba por él, pero también me sentía un poco culpable por no haberme dado cuenta antes de todo lo que había estado pasando en su vida.
Fue entonces cuando vimos a Max al final del pasillo. Lo reconocí por su postura relajada, las manos en los bolsillos y su típica sonrisa confiada. Sin embargo, había algo raro en él esta vez, algo que no podía ubicar. Tal vez era la manera en que caminaba, como si se estuviera esforzando por mantenerse erguido, o el brillo apagado en sus ojos, que solían estar llenos de energía y chispa.
—¡Hey, Marcelo! —saludó Max, levantando la mano mientras se acercaba hacia nosotros. —¿Todo bien?
Simón se quedó un paso atrás, mirándonos en silencio. Yo respondí el saludo de Max con una sonrisa, pero algo en su tono me hizo sentir incómodo. La sonrisa de Max era forzada, casi tan si estuviera tratando de ocultar algo.
—Sí, todo bien, solo voy a casa para las vacaciones —respondí, sin dejar de observarlo con curiosidad.
Max asintió, pero noté que sus ojos se deslizaban brevemente hacia Simón, que estaba parado a un lado, sin decir nada. Hubo un breve momento de tensión, casi imperceptible, pero Max lo disimuló rápidamente con una risa ligera.
Justo cuando pensábamos que todo había quedado dicho, Max nos detuvo. Con un gesto inesperado, me tomó ligeramente del brazo, como si quisiera decir algo más, pero sin saber muy bien cómo empezar.
—Oye, Marcelo —dijo, su voz sonó más baja de lo habitual. No era el tono arrogante o confiado que siempre le conocía—. Hay algo que quiero decirte.
Lo miré, un poco sorprendido. Max nunca había sido tan serio conmigo. Parecía incómodo, como si esas palabras le costaran.
—Hace tiempo que no hablo con Miriam —continuó, mirando al suelo por un momento, como si las palabras le estuvieran costando. Después, levantó la vista, y sus ojos se encontraron con los míos—. La extraño, ¿sabes? Me ha costado acostumbrarme a estar lejos de ella. No es fácil.
Me quedé en silencio, sin saber qué responder. Nunca había visto a Max vulnerable de esa manera. Siempre se había mostrado tan seguro, tan... inmune a cualquier tipo de sentimiento profundo. Pero ahora algo había cambiado en él. Algo en su mirada me decía que no solo hablaba de Miriam, sino de algo mucho más grande que no sabía cómo expresar.
De repente, sus ojos se fijaron en los míos con una intensidad extraña, como si estuviera evaluando mi reacción. Su tono cambió, y la pregunta me golpeó de lleno.
—Dime algo, Marcelo —dijo, casi en un susurro—. ¿Te meterías con la novia de un amigo?
Mis palabras se quedaron atoradas en la garganta. ¿Qué acababa de decir? La pregunta me paralizó. Recordé lo que había sucedido con Miriam, cómo nuestras vidas se cruzaron de esa manera inesperada. Pero Max... no sabía nada de eso. En su mente, yo era solo un amigo más, no alguien que había roto una regla no escrita.
Max me miró fijamente, esperando una respuesta. No podía decirle la verdad. No podía confesar lo que había pasado entre Miriam y yo. No aún.
—¿Por qué preguntas eso? —respondí finalmente, tratando de disimular mi incomodidad.
Max no apartó la mirada. Estaba buscando algo en mis ojos, algo que le confirmara si mis palabras coincidían con lo que él sospechaba. Después de un silencio tenso, simplemente soltó mi brazo, como si ya hubiera tenido la respuesta que buscaba.
Con un brillo en los ojos, Max se apartó un poco y sonrió con ironía. Era una sonrisa fría, pero también algo triste. Parecía como si se estuviera despidiendo de algo que aún no entendía del todo.
—Sabes, siempre he dicho que el verdadero traidor es el que se esconde en la sombra, sonriendo mientras te apuñala por la espalda —dijo, citando algo que nunca había escuchado de él antes.
La frase me atravesó como un filo. No entendí del todo qué quería decir, pero algo en su tono me hizo pensar que su mirada ya no estaba buscando respuestas de mí, sino simplemente confirmación de algo que él ya intuía. Algo que aún no le había contado.
De repente, el equipo de fútbol americano llenó el pasillo. Con paso firme y serio, los chicos del equipo entraron, mirando a su alrededor, como si esperaran algo o a alguien. El ambiente se volvió pesado de inmediato, el aire cargado de tensión.
Mis ojos se clavaron en Max por un momento. Algo no estaba bien. ¿Qué hacía todo el equipo de fútbol americano aquí?
—Te di la mano, te invité al club de fútbol americano, te traté como una más... ¡Y así es como me lo pagas! —gritó Max, su voz cargada de rabia. Nunca lo había visto tan enfadado. Su tono era completamente diferente al de antes, lleno de dolor y furia. Sus palabras me golpearon con la fuerza de un puñetazo.
—No sé de qué hablas —dije, intentando mantener la calma, pero la verdad era que mis piernas empezaban a temblar. No podía creer lo que estaba escuchando.
Max se acercó un paso más, su rostro ahora tan cerca del mío que podía sentir su respiración pesada y agitada.
—¡No te hagas imbécil! Lo sé todo, sé que te cogiste a Miriam en aquella fiesta mientras yo estaba borracho en el carro! —sus palabras eran como cuchillos lanzados hacia mí. Cada sílaba me atravesaba, me dejaba sin aliento.
Me quedé paralizado. ¿Cómo sabía eso? ¿Quién le había contado? No podía ser... Nadie debía saberlo, excepto aquella persona que nos había visto. Y esa persona... estaba disfrazada de un zorro animatrónico.
No podía dar crédito a lo que escuchaba. Mi mente comenzó a dar vueltas, tratando de encontrar una explicación lógica, pero no la había. Max sabía lo que había pasado esa noche, una noche que intenté borrar de mi memoria, una noche que pensé que nunca saldría a la luz.
—Yo... —dije, intentando encontrar mis palabras, pero me quedé sin voz. No sabía qué decir, ni cómo defenderme. ¿Cómo explicar lo inexplicable?
Max, al ver que no respondía, soltó una risa amarga, llena de desprecio.
—No me vengas con excusas, Marcelo. Te vi en la fiesta, me contaron todo. Pensé que éramos amigos, que te importaba lo que había pasado entre Miriam y yo, pero ahora me doy cuenta de lo estúpido que fui al confiar en ti. —su mirada me atravesaba, y por un momento sentí como si me estuviera hundiendo en un abismo.
Miré hacia los chicos del equipo que ahora se mantenían en silencio, observando la escena con una tensión palpable en el aire. Ellos también sabían algo, sabían lo que había pasado. Y parecía que no había forma de escapar de ello.
Simón, que había permanecido callado todo este tiempo, finalmente dio un paso adelante, pero no para defenderme. Su mirada era de preocupación, pero también de miedo. No estaba seguro de cómo iba a reaccionar Max, ni de qué estaba pasando exactamente.
—Max, calma... —intentó Simón, pero Max lo interrumpió con un gesto brusco de la mano.
—¡Cállate! —gritó, y el equipo de fútbol americano se puso en alerta, como si esperaran una señal.
Yo trataba de encontrar una salida, una forma de deshacer lo que había hecho, pero las palabras no salían de mi boca. Sentía que todo a mi alrededor se desmoronaba, como si el mundo entero hubiera dejado de tener sentido. La idea de perder a Miriam, de destruir la amistad con Max, de ser el traidor que él veía... todo me aplastaba.
Max dio un paso atrás, su expresión de rabia no se disipaba. Miró a sus compañeros, y en ese momento entendí que no era solo un problema entre él y yo. Había algo más grande en juego, algo que iba mucho más allá de una simple discusión.
Los chicos del equipo de fútbol americano comenzaron a rodearnos, como si fuéramos presas esperando ser cazadas. La tensión en el aire era insoportable, y pude sentir cómo mi corazón latía en mis oídos, rápido y desbocado.
Max miró hacia sus compañeros, luego volvió a fijarse en mí. Su voz salió en un susurro, pero cargada de amenaza.
Max no dijo una palabra más, pero su mirada era la única señal que necesitábamos. Apenas hizo un gesto con la mano, y en un instante, los chicos del club de fútbol americano se movilizaron. No había escape, no había forma de detener lo que ya estaba en marcha.
—Simón… huye —le susurré entre dientes, mis ojos buscando la desesperación en su rostro. Sabía lo que venía, y no quería que él fuera parte de esto. Había visto lo que esos tipos eran capaces de hacer, lo que Max era capaz de hacer.
Simón me miró, pero no retrocedió. Su postura era firme, sus ojos decididos. Sabía lo que se jugaba, pero también sabía que no podía dejarme solo. Sin dudarlo, dio un paso hacia adelante.
—No te voy a dejar solo, Marcelo —respondió con una voz baja pero cargada de lealtad.
No tuve tiempo de decir nada más. Los chicos del club de fútbol americano se lanzaron hacia nosotros, y el caos comenzó. Primero fue un empujón, luego un golpe en el estómago que me dejó sin aire, y un instante después ya no podía distinguir si las manos que me golpeaban eran de uno o de varios. Cada golpe era un martillo sobre mi cuerpo, pero lo peor no era el dolor físico; lo peor era que no podía hacer nada para defenderme.
Simón trató de cubrirme, de interponerse entre los golpes, pero incluso él estaba siendo superado por la fuerza y el número de los chicos del equipo. Uno de ellos lo empujó al suelo, y pude escuchar cómo su respiración se aceleraba por el esfuerzo de intentar levantarse.
—¡Vamos! ¡Levántate! —grité a Simón, aunque yo mismo no tenía fuerzas para moverme. El dolor era insoportable, y mi visión comenzaba a nublarse. Pero él no se rindió. Pese a todo, se levantó y se puso a mi lado. Sabíamos que no teníamos muchas opciones, pero no íbamos a caer sin luchar.
Max observaba desde el fondo, sin mover un dedo. Estaba disfrutando cada momento, cada golpe que nos daban. Finalmente, cuando la golpiza se calmó un poco y nos dejaron respirar, Max se acercó, sus pasos sonaban pesados y calculados. Su expresión era de triunfo, como si todo estuviera bajo su control.
Se agachó un poco para quedar a nuestra altura, mirándonos con una sonrisa cruel.
—Voy a participar en las elecciones para presidente del consejo —continuó Max, su voz fría y calculadora—. Si gano, haré tu vida imposible, Marcelo. Cada día. Cada segundo. Te arrepentirás de haberte metido conmigo y con Miriam. No pienses que esto ha terminado aquí, porque no lo está.
Con esas palabras, Max dio media vuelta, dando una última mirada de desprecio antes de irse con su equipo. La amenaza colgaba en el aire, tan densa como la niebla. No solo había perdido una batalla física, sino que ahora, tenía que enfrentarme a algo mucho peor, pensé antes de caer inconsciente.
Desperté todo adolorido. El dolor se extendía por mi cuerpo como si cada músculo estuviera tirado al límite, como si me hubiera pasado por encima un camión. Abrí los ojos lentamente, con el rostro tensado por el dolor, y vi que estaba en una cama de hospital. La luz suave que entraba por la ventana me hizo entrecerrar los ojos, y a mi lado pude divisar a Simón, aún inconsciente. Su respiración era pesada, pero por lo menos parecía que estaba vivo. Me senté lentamente, sintiendo una punzada en cada movimiento, y fue cuando escuché la voz de Clara.
—Tranquilo, se pondrá bien —dijo Clara, con un tono tranquilo pero preocupado. Me volví hacia ella y vi que las gemelas Ari y Adri también estaban presentes, así como Kate. Estaban todas allí, observándonos con rostros serios, como si no pudieran creerse lo que había sucedido.
Lo primero que pensé fue que nos habíamos metido en problemas. Max, el club de fútbol americano, la golpiza... Pero no podía decir nada, no quería preocupar más a las chicas. No sabía cómo empezar a explicarles lo que había pasado.
—¿Qué les pasó, chicos? —preguntó Clara, su voz llena de preocupación.
No contesté de inmediato. No encontraba las palabras. La vergüenza me envolvía, la humillación aún estaba fresca en mi cuerpo, y el golpe de realidad de saber que Max tenía tanto poder ahora me pesaba más que nunca.
—Es una larga historia —respondí finalmente, con una sonrisa nerviosa que no conseguía disimular el malestar que sentía por dentro.
—Chicos, en serio, nos tenían preocupadas —dijo Kate, tomando asiento junto a la cama. Su rostro reflejaba una mezcla de frustración y miedo.
—De verdad, tuvimos que retrasar nuestro vuelo —comentó Ari, viendo a las demás con el ceño fruncido.
—Este día ha sido de locos, primero lo de Abigail y ahora los chicos —dijo Adri, mirando a las demás con una expresión que mostraba más cansancio que otra cosa.
Pero al instante, todas las chicas voltearon a ver a Adri con una mirada fija, casi como si hubiera dicho algo que no debía. La habitación quedó en silencio. Yo, que todavía estaba en estado de shock por lo que había ocurrido, no entendí de inmediato lo que había sucedido, pero algo me decía que Adri acababa de mencionar algo delicado.
—¿Abigail? ¿Qué pasa con Abigail? —pregunté, intentando enfocar mi mente en algo que no fuera la paliza que habíamos recibido. De alguna forma, necesitaba desviar la atención.
Nadie contestaba. Era como si el aire hubiera dejado de circular en la habitación, y el silencio comenzó a volverse insoportable.
—¿Qué pasa, chicas, por qué no dicen nada? —insistí, mirando a cada una de ellas. Sabía que había algo que no querían decirme, pero mi intuición me decía que no iba a gustarme.
Clara me miró a los ojos, respiró hondo y, al fin, soltó la bomba.
—Marcelo... —dijo Clara, su voz quebrada, como si no pudiera decir lo que estaba a punto de revelar—. Pensábamos esperar a que te recuperaras para contarte...
—¿Qué cosa? —respondí, confundido, pero una sensación extraña comenzó a instalarse en mi pecho.
Clara se quedó en silencio por un momento, como si estuviera buscando las palabras correctas. Las otras chicas, Ari y Kate, no se atrevían a mirarme. Todo estaba muy quieto, demasiado tenso.
—Es que... —empezó Clara nuevamente, pero sus palabras se enredaron. Miró a las gemelas, luego a Kate, como si las otras intentaran buscar las palabras correctas para explicar lo inexplicable. Finalmente, Clara habló de nuevo—. Hace unas horas nos llegó la noticia de que la profesora Abigail se suicidó.
El aire se me cortó de golpe. Mi mente quedó en blanco por un instante, mi cuerpo se tensó y una sensación de frío recorrió mi columna. La habitación se desvaneció por un momento, y lo único que pude escuchar fue el latido de mi corazón, acelerado y descontrolado. Suicidio... no podía procesarlo. La profesora Abigail... La mujer que siempre había sido tan cálida, que siempre había estado allí para ayudarnos, ¿cómo podría haber tomado esa decisión?
Mi cuerpo reaccionó de manera involuntaria, un nudo en mi garganta me ahogaba. Sentí que el aire ya no entraba correctamente en mis pulmones. Sabía que Clara, Kate, y las gemelas estaban mirándome, pero no podía dejar de pensar en Abigail. La última vez que la vi, su rostro reflejaba una calma tensa, como si estuviera luchando contra algo. Y ahora esto. ¿Cómo podía ser?
—Lo siento, Marcelo. Sabemos que eras cercano a la profesora... —dijo Clara, con los ojos llorosos. Su voz estaba rota, pero sus palabras fueron las que me desbordaron. La pena que se reflejaba en su rostro me hizo sentir aún más impotente.
Yo traté de hablar, pero la única respuesta que salió de mi boca fue un suspiro de incredulidad, mezclado con tristeza. No entendía nada. Estaba allí, en la enfermería, después de la paliza de Max y su equipo, pero el dolor que sentía en ese momento por Abigail era mucho más profundo, mucho más desgarrador.
Salí de la enfermería con el corazón latiendo con fuerza, como si intentara escapar de mi pecho. Necesitaba estar solo, sentirme alejado de todo eso, porque las palabras de Clara seguían retumbando en mi mente. Abigail se había suicidado. No podía asimilarlo. No tenía sentido. La profesora, esa mujer que siempre había mostrado una fortaleza inquebrantable, ¿cómo podía haber hecho algo así?
Caminé sin rumbo, con los músculos tensos y el estómago hecho un nudo. Mis pasos resonaban en los pasillos vacíos de la universidad, el eco de mis zapatos al chocar contra el suelo parecía reflejar la confusión que se apoderaba de mi mente. Sabía que algo no cuadraba, algo estaba mal, pero no sabía qué. Me sentía completamente perdido.
De repente, no pude más. El dolor, la frustración, todo lo que había estado guardando dentro explotó de golpe. Me paré en seco en medio de un pasillo oscuro y vacío, miré al frente y, sin pensarlo, grité con toda mi fuerza.
—¡No! ¡Esto no puede estar pasando! —grité, como si las paredes pudieran devolverme alguna respuesta. Mi voz se quebró en un sollozo, pero la rabia seguía creciendo dentro de mí. No podía comprenderlo. Abigail no podía haberse suicidado. No de esa manera.
De repente, escuché unos pasos. Giré rápidamente y vi a Clara, que se acercaba con el rostro preocupado. Sus ojos reflejaban tristeza, pero también una gran preocupación. Se detuvo a unos metros de mí, mirándome como si intentara ver qué era lo que pasaba por mi mente.
—Marcelo... —dijo con suavidad, pero no podía escucharla. Estaba demasiado atrapado en mi rabia y dolor.
Sin pensarlo, lancé una mirada furiosa hacia ella.
—¡Todo es culpa del rector! —dije, la voz cargada de odio, de frustración, de desesperación. Mi pecho estaba a punto de estallar. No podía soportar la idea de que Abigail ya no estuviera, de que alguien tan importante para todos nosotros hubiese llegado a ese extremo—. ¡Él la mató! ¡Él la mató, Clara!
Clara retrocedió un paso, sorprendida por la intensidad de mis palabras. Pero no me importó. No podía callarme. Algo dentro de mí había llegado a un punto de no retorno, y necesitaba que alguien lo escuchara, necesitaba gritarlo.
—¡La profesora jamás se suicidaría! ¡Nunca! —grité, la rabia y el dolor se entrelazaban con cada palabra que salía de mi boca. Miré a Clara con los ojos desorbitados, sintiendo cómo mi mente se nublaba. No podía entenderlo. No podía aceptarlo. La única explicación que tenía era que el rector, ese monstruo que siempre había estado ahí, había sido el que la empujó a tomar esa decisión tan extrema.
La mirada de Clara se suavizó, pero también se llenó de preocupación. Se acercó lentamente, como si temiera que yo fuera a hacer algo irreversible. No podía calmarme, no podía dejar de pensar en lo que había pasado.
—Marcelo, por favor... —dijo Clara, con voz temblorosa, como si no supiera cómo calmarme.
Pero ya no podía contenerme.
—¡¿Cómo puedes decir que esto fue un suicidio?! —grité, avanzando un paso hacia ella, mi voz llena de desesperación. Estaba completamente fuera de mí. — ¡El rector la mató!
Clara dio un paso atrás, sus ojos llenos de miedo, pero también de una tristeza profunda. No me miraba con la misma confianza que antes, y pude ver que lo que había dicho la había afectado.
—No... Marcelo, no es lo que piensas. —dijo, su voz quebrándose, pero yo ya no podía escuchar nada más. Mi mente estaba atrapada en la idea de que alguien tenía que pagar por lo que le había pasado a Abigail.
—¡Lo sé! Lo sé perfectamente... —dije entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que me dolían—. ¡Lo voy a matar! ¡Lo voy a matar!
No podía pensar en otra cosa. El dolor de perder a Abigail, de no haber podido hacer nada por ella, me estaba devorando. Pero, sobre todo, la rabia de saber que alguien más, alguien tan cercano a nosotros, había tenido la culpa de todo. No podía permitir que se quedaran impunes.
Clara intentó acercarse más, pero la empujé suavemente, sin querer que se acercara. No quería que nadie me detuviera. Mi mente estaba tomada por la idea de venganza.
—¡Marcelo, por favor! —dijo Clara, tomándome del brazo, pero yo me zafé de su agarre.
—¡No! —grité, mi voz aún llena de furia—. ¡Voy a vengar a Abigail! ¡Voy a hacer que pague!
Mi respiración estaba acelerada, y mi cuerpo vibraba con una mezcla de furia y desesperación. Clara me miró con una expresión de miedo, pero también de tristeza. No sabía qué hacer, pero de alguna manera entendí que ella, como todos nosotros, estaba también atrapada en la confusión de esa tragedia.
—No es el camino, Marcelo. —dijo Clara, con voz quebrada, pero al mismo tiempo decidida—. No es el camino.
Me dejé caer de rodillas en el suelo, mi respiración acelerada y mis manos temblando. El dolor y la frustración se apoderaban de mi cuerpo, y las lágrimas, que hasta ese momento había estado reprimiendo, comenzaron a salir a raudales. No podía más. No podía seguir conteniéndolo. Sentía que todo se estaba desmoronando a mi alrededor, y todo lo que había guardado durante tanto tiempo salió sin previo aviso.
Clara se agachó frente a mí, tratando de sostenerme, pero yo no quería que me tocara. Estaba tan consumido por lo que había pasado, tan devastado, que sentía que la única forma de liberar todo ese dolor era hablar. No podía quedarme con esto dentro de mí. Necesitaba que alguien supiera la verdad, la horrible verdad que me carcomía.
—Clara... —dije entre sollozos, mi voz rota por la tristeza—. El rector... él... él la acosaba.
Clara me miró, sorprendida, pero no dijo nada. Solo me observaba en silencio, como si esperara a que continuara. Sus ojos reflejaban la preocupación, pero también la incredulidad. Sabía que lo que estaba a punto de decir no sería fácil de entender.
—La chantajeaba... —seguí, mis palabras entrecortadas por las lágrimas—. Le hacía cosas horribles... le decía que si no hacía lo que él quería, destruiría su carrera, su reputación.
Un sollozo salió de mi pecho, ahogado por el peso de lo que estaba revelando. No podía creer que Abigail hubiera tenido que pasar por todo eso, que nadie lo supiera. Y ahora ella ya no estaba. Me sentí tan impotente.
—¡Todo lo que le hacía! —grité, mis manos apretando el suelo, incapaz de soportar el dolor de saber lo que había sucedido. Mis lágrimas seguían cayendo sin control—. ¡Ella nunca se hubiera hecho esto! ¡Nunca! ¡No era su culpa! ¡El rector la hundió! ¡La destruyó!
Clara se quedó allí, mirándome en silencio. No sabía qué decir, pero sus ojos mostraban una profunda compasión y tristeza. Yo no esperaba que tuviera respuestas, pero al menos necesitaba que alguien me escuchara, que alguien supiera lo que realmente había pasado.
—Yo no pude hacer nada... —dije entre sollozos—. No pude salvarla. Sabía lo que le estaba haciendo, lo veía, pero... no pude hacer nada. Y ahora, ¿qué hago con todo esto? ¿Cómo vivo con saber que pude haberla ayudado y no lo hice?
Clara se quedó en silencio, pero pude ver que estaba profundamente conmovida. A pesar de todo lo que había dicho, de todo lo que había ocurrido, ella parecía entender, aunque no sabía cómo responder. Mi mente estaba tan nublada por la rabia, el dolor y la culpa que no podía pensar con claridad.
—Lo siento tanto... —dijo Clara, sus palabras suaves y llenas de pesar. Se acercó un poco más, pero yo no quería que se acercara. Sentía que estaba a punto de perder el control por completo, y no quería arrastrarla a mi desesperación.
—Es mi culpa... —susurré, mi voz rota. No podía evitarlo. La culpa me comía por dentro. —Si hubiera hecho algo antes, si hubiera hablado, si hubiera hecho algo... tal vez Abigail seguiría aquí.
Clara me miró con una expresión llena de tristeza y comprensión, pero no podía calmarme. La sensación de impotencia, de no haber hecho lo suficiente, me ahogaba.
—No es tu culpa, Marcelo —dijo finalmente Clara, su voz suave, pero llena de firmeza—. No podías saber lo que pasaba, y nunca fue tu responsabilidad salvarla.
Pero yo no podía dejar de pensar que si hubiera hablado antes, si hubiera hecho algo en el momento adecuado, tal vez Abigail no estaría muerta.
—El rector... —dije entre dientes, los ojos llenos de odio—. Lo voy a hacer pagar por lo que le hizo. No puedo dejarlo salir impune.
Clara me miró, con un atisbo de preocupación en sus ojos.
—Marcelo... —dijo, tratando de mantener la calma—. Eso no es lo que Abigail hubiera querido.
Pero yo ya no podía escucharla. La rabia y el dolor se habían apoderado de mí por completo. El pensamiento de que el rector estaba libre, sin ninguna consecuencia, me quemaba por dentro. Tenía que hacer algo, aunque fuera lo último que hiciera.
Tomé un paso atrás, apartándome de Clara, incapaz de seguir siendo la misma persona de antes. El dolor se transformó en algo más oscuro, más peligroso. No podía quedarme de brazos cruzados. No iba a dejar que todo esto quedara impune.
Pensé en todo lo que había sucedido. Pensé en el rector, el club de fotografía, el consejo estudiantil, todos esos tipos que se sentían tan por encima de nosotros, los que siempre creían que podían controlarlo todo. Todos ellos eran responsables, de una manera u otra, de lo que había sucedido.
"Esta universidad podrá ser de ellos", pensé con odio, "pero yo voy a hacer que paguen por todo lo que han hecho. Nadie va a salir limpio. Nadie."