El Juego de la Universidad

Mucha es la facilidad con que le permiten participar en ese exclusivo grupo, espero no sea otro mal rato humillado por quienes aprecia, en este caso Isabella.
El peor de los casos...
Tal vez cumpliendo ciertos códigos del grupo Isabella cumple su labor de atraerlo hacia ellos, para luego de embriagarlo y quizás drogarlo montar alguna comprometedora escena, con el fin de burlarse o montar pruebas que puedan ser usadas como garantía más adelante.
El mejor de los casos...
Isabella lo lleva con ellos para que cumpla cierto rito de iniciación, y todo ese juego y brebajes que le dan sólo buscan probar sus límites.

Como sea Marcelo parece actuar como poseído por el ambiente universitario, por momentos logra ser él, pero cada vez más se deja hechizar por esa inexistencia de límites que suele rodear ese entorno, es preocupante ya que puede resultar en demasiada distracción para lograr la meta que debe cumplir. :cool:
 
Mucha es la facilidad con que le permiten participar en ese exclusivo grupo, espero no sea otro mal rato humillado por quienes aprecia, en este caso Isabella.
El peor de los casos...
Tal vez cumpliendo ciertos códigos del grupo Isabella cumple su labor de atraerlo hacia ellos, para luego de embriagarlo y quizás drogarlo montar alguna comprometedora escena, con el fin de burlarse o montar pruebas que puedan ser usadas como garantía más adelante.
El mejor de los casos...
Isabella lo lleva con ellos para que cumpla cierto rito de iniciación, y todo ese juego y brebajes que le dan sólo buscan probar sus límites.

Como sea Marcelo parece actuar como poseído por el ambiente universitario, por momentos logra ser él, pero cada vez más se deja hechizar por esa inexistencia de límites que suele rodear ese entorno, es preocupante ya que puede resultar en demasiada distracción para lograr la meta que debe cumplir. :cool:
Sí, está muy distraído. Tiene muchos frentes abiertos. Creo que ya intuímos quien no va a terminar sus estudios universitarios
 
Sí, está muy distraído. Tiene muchos frentes abiertos. Creo que ya intuímos quien no va a terminar sus estudios universitarios
Bueno, siempre tiene tiempo para volver a intentarlo o plantearse dedicarse a la música como bien le recomendaron.
Es bastante probable que por estar con gente poco recomendable no acabe sus estudios, pero que le quiten lo bailao como se dice.
 
Capítulo 24



Desperté con un dolor de cabeza punzante, una sensación pesada en el estómago, y la mente enredada entre sueños y recuerdos. El sol apenas se filtraba por las cortinas, iluminando la habitación con una luz tenue. A mi lado, Raquel estaba boca abajo, con la espalda desnuda, su cabello desordenado cayendo como una cascada oscura sobre la almohada. Me quedé observándola por un momento, intentando juntar las piezas del rompecabezas que era la noche anterior.

Flashbacks comenzaron a golpearme, fragmentos borrosos de lo ocurrido: su risa, su mirada, el calor de su cuerpo. ¿Había sido real? ¿O era solo el alcohol jugando trucos con mi memoria? El dolor de cabeza me recordó que había bebido más de lo que debería. Mi corazón se aceleró; parte de mí quería quedarme ahí, pero otra parte sabía que necesitaba salir antes de enfrentar lo que había hecho.

Alcancé mi celular en la mesita de noche. Dos llamadas perdidas de Simón. Las 6:03 a.m. El tiempo parecía haber desaparecido. Con movimientos torpes, me vestí, tratando de no hacer ruido. Antes de salir, miré a Raquel una última vez. Su respiración era tranquila, ajena a mi confusión. Salí de la habitación con el sigilo de un ladrón, sintiendo una mezcla de culpa y ansiedad.

Los pasillos de la mansión eran interminables, y la resaca no ayudaba. Mientras intentaba orientarme, unas voces familiares llegaron a mis oídos. Me detuve en seco al reconocerlas.

—El tonto de Luan —dijo Víctor, con su habitual tono burlón.

—Shhh, baja la voz —reprendió Mireya, pero no con demasiada convicción.

—Nuestro querido presidente ya se largó. Con suerte, estará entretenido con Clara —continuó Víctor, riendo entre dientes.

Mi estómago se revolvió. Clara era mi amiga, alguien en quien confiaba. ¿De qué estaban hablando?

—¿Tú crees que Clara y Luan tienen algo? —preguntó Sofía, con una mezcla de curiosidad y malicia.

—Por favor, Luan es más aburrido que una piedra. Clara no perdería el tiempo con él —respondió Víctor, burlón.

—Pues quién sabe. Aunque me parece que Clara es de esas que no dejan pasar una oportunidad —comentó Mireya, con tono venenoso.

—¿Crees que está con Luan por su dinero? —preguntó Sofía.

—Obvio —respondió Mireya, como si fuera algo evidente—. Pero cuando Isabella sea presidenta del consejo, me encargaré de sacar a esa protegida de Luan.

El calor subió a mi rostro. Escuchar cómo hablaban de Clara, me llenó de rabia.

—Eres terrible, Mireya —rió Víctor—. Siempre desprecias a los becarios.

—Eso no es cierto —se defendió ella, aunque su tono no sonaba muy convincente.

—Claro que sí. Tú y Raquel son las más clasistas del grupo —intervino Sofía, sin rodeos.

—¿Raquel? No digas tonterías. Además, ella se acaba de acostar con Marcelo.

El aire pareció congelarse. ¿Cómo lo sabía Mireya? ¿O solo estaba inventando?

—Raquel se acuesta con cualquiera que tenga una buena polla —bromeó Sofía.

—Supongo que ese es otro tipo de clasismo —rió Víctor, aunque nadie le siguió la broma.

—En fin, no sé que se tenga entre manos invitando a Marcelo al consejo —dijo Mireya.

—Con Isabella nunca se sabe... —dijo Sofía pensativa.

No podía soportar más. Me alejé antes de que me vieran. Sus palabras seguían retumbando en mi cabeza. ¿Qué hacía yo en este grupo? Sentía una mezcla de ira y vergüenza, como si el peso de sus críticas también recayera sobre mí.

Mientras trataba de encontrar la salida, abrí varias puertas equivocadas. En una, vi a una pareja besándose apasionadamente, completamente ajenos al resto del mundo. ¿Quién se besa así a las seis de la mañana? Cerré la puerta de inmediato y seguí caminando, cada vez más desorientado.

Finalmente, encontré las escaleras. Bajé al primer piso, donde el caos de la noche anterior era evidente: vasos tirados, botellas vacías, restos de comida en las mesas. El olor era una mezcla de alcohol, tabaco y algo más, difícil de identificar. La música seguía sonando, baja pero constante, como un eco de lo que había sido una fiesta descontrolada.

Antes de salir, mis ojos se encontraron con Miquel y mi compañero de cuarto… Mario. Estaban en una esquina, en lo que parecía una discusión acalorada. No quise meterme. Mi cabeza ya estaba demasiado llena de preguntas.

El aire frío de la mañana me golpeó al salir. Caminé hacia los dormitorios de la universidad, sintiendo que cada paso era más pesado que el anterior. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? Todo parecía girar fuera de control. Entre el alcohol, los juegos, y esa sensación constante de querer encajar, me estaba perdiendo.​

 
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El aire frío de la mañana me golpeó al salir. Caminé hacia los dormitorios de la universidad, sintiendo que cada paso era más pesado que el anterior. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? Todo parecía girar fuera de control. Entre el alcohol, los juegos, y esa sensación constante de querer encajar, me estaba perdiendo.
Me quedo con este último párrafo, espero que su reflexión lo lleve a recuperar el control de su vida universitaria, o al menos bloquear los intentos de manipulación que nacen de ese inquietante grupo que parece dirigir al Consejo.
Algo que en la práctica se podría complicar bastante, si consideramos que mucho de lograr esto implicaría darle un excesivo descanso a su polla. ;):salido1:
 
Capítulo 25


El regreso a la universidad no fue el respiro que esperaba. Mi mente seguía atrapada en el caos de la fiesta, repasando conversaciones, gestos y miradas con una obsesión que no podía controlar. Todo parecía teñido por una bruma densa, como si la realidad se resistiera a tomar forma.

Apenas crucé las puertas del laboratorio, vi a Miriam de espaldas, inclinada sobre el modelo que habíamos estado perfeccionando para la feria de ciencias. Movía las manos con precisión meticulosa, como siempre lo hacía, ajustando piezas y revisando papeles.

—Buenos días, Miriam —dije, esforzándome por sonar casual, aunque la ansiedad apretaba mi garganta.

Ella levantó la vista brevemente, con una expresión neutral que me resultó insoportablemente extraña. Su gesto no era hostil, pero tampoco cálido. Asintió, sin decir palabra, y volvió a concentrarse en el modelo. Esa indiferencia, tan distante de la complicidad que solíamos compartir, era peor que cualquier confrontación.

Me acerqué al modelo y traté de ayudar. Sin embargo, la atmósfera tensa convertía cada uno de mis movimientos en algo torpe, como si mis manos no supieran qué hacer. Tras unos minutos de silencio incómodo, me atreví a preguntar:

—¿Hay algo que deba saber?

—Todo está en el guion que preparamos. Si lo revisaste, no debería haber problema —respondió ella sin mirarme, con una voz carente de emoción mientras ajustaba una de las piezas.

Quise decir algo más, buscar la forma de romper esa barrera que sentía entre nosotros, pero no encontré las palabras. Tal vez seguía procesando lo que le había confesado. Mi declaración había sido impulsiva, nacida de una noche de nervios y emociones encontradas. Quizás había roto algo entre nosotros que nunca podría arreglarse.

El trabajo avanzó en silencio, interrumpido solo por cuestiones técnicas. A pesar de la frialdad, el modelo comenzaba a tomar forma. Era imposible no admirar su habilidad y dedicación, aunque eso solo hacía más dolorosa la distancia que ahora parecía separarnos.
Más tarde, durante una de mis horas libres, decidí salir a caminar por el campus. Necesitaba despejarme y darle algo de claridad a mis pensamientos. Mientras cruzaba el patio principal, vi una escena que me hizo detenerme.

La profesora Abigail caminaba junto al rector. Su vestido ajustado y su maquillaje impecable destacaban más de lo usual; sus tacones resonaban contra el pavimento, marcando un ritmo que parecía diseñado para imponer presencia. Pero algo en su lenguaje corporal me hizo fruncir el ceño. Abigail rara vez vestía así en el campus, y mucho menos para reunirse con alguien como el rector, cuyo historial de acoso era un secreto a voces entre los estudiantes y el personal.

Me quedé inmóvil, observándolos mientras se acercaban. El rector llevaba su sonrisa característica, esa que parecía más una máscara diseñada para ocultar intenciones turbias. Abigail, en cambio, intentaba mantener una expresión neutra, pero sus ojos la traicionaban. Había algo en su mirada que revelaba incomodidad, una tensión apenas contenida.

Quise intervenir, decir algo que interrumpiera la escena, pero ¿qué podía decir? ¿Con qué autoridad podía irrumpir en esa conversación sin parecer fuera de lugar? Me mordí el labio, atrapado entre el impulso de actuar y el miedo a empeorar las cosas.

Ellos pasaron junto a mí, sin notarme, y el peso de mi impotencia cayó sobre mis hombros. Recordé las veces que Abigail me había hablado de él, de cómo la presionaba, de cómo el sistema parecía blindarlo contra cualquier consecuencia. También recordé al club de fotografía y sus amenazas. Sabía que ellos buscaban hundirla y que me estaban usando como una pieza más en su retorcido juego.

¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué las buenas personas como Abigail terminaban siendo las más afectadas? Había algo profundamente injusto en todo aquello, y la rabia hervía dentro de mí.

No sabía exactamente qué podía hacer, pero una cosa estaba clara: no iba a ceder al chantaje del club. No iba a permitir que destruyeran a Abigail. No sabía cómo, pero encontraría una manera de actuar, de equilibrar la balanza, aunque solo fuera un poco.

Me quedé ahí, viendo cómo se alejaban, hasta que sus figuras desaparecieron por completo. Esa imagen quedó grabada en mi mente, como un recordatorio de la lucha que tenía por delante. Sabía que no sería fácil, pero algo en mi interior me decía que no podía simplemente quedarme de brazos cruzados.
Caminando sin rumbo mientras trataba de ordenar mi mente, el destino me puso frente a una escena que no esperaba. Vi a Max, pero no era el Max que todos conocíamos. El brillo en sus ojos, ese entusiasmo inquebrantable que siempre parecía tener, había desaparecido. Su expresión era de alguien derrotado, alguien cargando un peso demasiado grande para sostenerlo. Algo no estaba bien, y podía imaginar el motivo.

—Hey, Max —dije mientras nos cruzábamos, deteniéndome a su lado.

Él levantó la cabeza lentamente. Su intento de sonreír fue tan débil que solo consiguió resaltar lo abatido que estaba.

—Hey —respondió con una voz casi apagada.

—¿Qué pasa? ¿Todo bien?

Sus ojos buscaron los míos por un segundo antes de apartarlos. Negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro.

—Sí... bueno, a quién engaño. La verdad es que no, nada está bien.

—¿Puedo preguntar por qué? —dije con cautela, aunque ya sabía la respuesta. La intuición es cruel cuando sabes que lo que viene no será fácil de escuchar.

Max me miró, y en sus ojos había una mezcla de confusión, dolor y una necesidad desesperada de respuestas. Tragó saliva antes de hablar.

—Es Miriam... —empezó, pero su voz se quebró por un momento antes de continuar—. Ella... ella terminó conmigo.

Se detuvo ahí, como si esas palabras pesaran demasiado. Apenas logró añadir:

—No entiendo, Marcelo. Todo fue tan de repente.

—Lo siento, Max. De verdad lo siento —respondí, y lo sentía más de lo que podía decir. Una parte de mí quería abrazarlo, consolarlo, pero otra sabía que yo era la razón de su sufrimiento. Y ese peso era insoportable.

—Joder... es que duele tanto. Sabía que algo estaba mal. Últimamente la notaba diferente, distante. Pero nunca pensé que llegaría a esto. ¿Crees que hice algo mal? ¿Fui yo? —preguntó, y su voz tenía ese tono vulnerable que te rompe por dentro.

—No, Max. No fuiste tú. Eres un buen tipo, hiciste todo bien. Estoy seguro —le dije, aunque las palabras se atoraban en mi garganta. Nunca en mi vida me había odiado tanto como en ese momento.

Max me miró, buscando algo en mi expresión, tal vez esperanza, tal vez absolución. Yo solo podía sostener su mirada, sintiéndome cada vez más pequeño.

—Gracias, Marcelo. De verdad... —dijo con un tono que sugería que esas palabras eran lo único que lo sostenía. Hizo una pausa y añadió—: Venía en camino a buscarla. Necesito hablar con ella, entender qué pasó. No sé si la viste por aquí.

Mi corazón se detuvo por un instante, pero mantuve la compostura.

—Hace poco la vi salir del laboratorio. Quizás aún esté cerca —respondí, mi voz firme, aunque por dentro me tambaleaba.

—Gracias... gracias. —Max bajó la mirada, se ajustó la mochila al hombro y continuó caminando. Su figura se alejó lentamente, arrastrando el peso de un dolor que yo había causado.

Lo observé hasta que desapareció de mi vista, incapaz de moverme. El tipo estaba destrozado, y todo era mi culpa. Había algo profundamente devastador en su dolor, algo que me desarmaba completamente. Quería detenerlo, confesarle la verdad, pero ¿qué habría conseguido con eso? Solo habría añadido más daño, más caos. La culpa me atravesaba como una daga.


El día de la feria de ciencias llegó más rápido de lo que esperaba, y con él, una mezcla de nervios y remordimiento que no me dejaba en paz. Apenas crucé las puertas del auditorio principal, el bullicio de estudiantes y profesores ultimando detalles me golpeó de lleno. Puestos decorados con colores llamativos, modelos tridimensionales y pantallas con presentaciones en bucle llenaban el espacio. Pero mi atención estaba en una sola cosa: nuestro stand, y, más específicamente, en Miriam.

La encontré frente al modelo que habíamos trabajado durante semanas, revisando los últimos ajustes. Llevaba una camisa blanca impecable y jeans oscuros, un atuendo sencillo que no podía disimular lo bien que se veía. Su cabello estaba recogido en un moño, con mechones rebeldes cayendo aquí y allá. Parecía concentrada, pero también... distante. Era como si hubiera construido un muro invisible a su alrededor.

—Buenos días —dije al acercarme, intentando sonar despreocupado, aunque sabía que mis palabras podrían rebotar contra ese muro.

Ella levantó la vista brevemente y asintió.

—Todo está listo. Solo necesitamos conectar el modelo a la fuente de energía y hacer la prueba final antes de que lleguen los jueces —dijo, sin un atisbo de emoción en su voz.

Asentí y me puse a trabajar en silencio, sintiéndome como un extraño en mi propio equipo. La tensión entre nosotros era palpable, como un hilo que podría romperse con el más mínimo movimiento. Intenté concentrarme en los cables, en los sensores, en cualquier cosa que no fuera ella. Pero mi mente no me dejaba en paz. Las imágenes de Max destrozado, de Miriam con su distancia gélida, y de mi propio reflejo en el espejo me atormentaban.

Cuando terminamos de conectar todo, Miriam se dirigió hacia un grupo de profesores que estaban revisando otros proyectos. Al quedarme solo frente al modelo, me sentí aliviado y perdido al mismo tiempo. Mis ojos vagaron por el auditorio, buscando cualquier distracción, hasta que lo vi: Max.

Estaba de pie frente a otro stand, rodeado de compañeros de su equipo. Intentaba sonreír y participar, pero su energía era un eco vacío de lo que solía ser. Su mirada pasó fugazmente por donde yo estaba, y por un momento me pareció que quería decir algo, pero no lo hizo. ¿Lo sabía? ¿Sospechaba algo? El pensamiento me heló la sangre.

—Marcelo, los jueces están aquí —dijo Miriam al regresar, sacándome de mis pensamientos. Su tono era cortante, profesional, casi mecánico.

Asentí y tomé mi lugar junto a ella. Los jueces llegaron: dos profesores del departamento de física y un ingeniero invitado de una empresa local. Miriam lideró la explicación, como siempre. Hablaba con confianza, destacando cada detalle técnico del modelo, mientras yo intervenía de vez en cuando, apoyando con datos que parecían salir de mi boca automáticamente.

Pero mientras ella hablaba, noté algo que no había visto antes. Por debajo de su fachada profesional, había un leve temblor en sus manos, un destello de inseguridad en sus ojos cuando pensaba que nadie estaba mirando. ¿Estaba tan afectada como yo? ¿O era mi culpa también?

Cuando terminamos, los jueces parecían impresionados, y nos felicitaron antes de pasar al siguiente stand. Miriam dejó escapar un leve suspiro de alivio y cruzó los brazos.

—Buen trabajo —dijo, sin mirarme.

—Igual tú —respondí, aunque mis palabras sonaron más huecas de lo que pretendía.

La feria continuó. Nos turnamos para atender el stand, respondiendo preguntas de estudiantes curiosos y profesores interesados. Pero cada interacción con Miriam era un recordatorio de lo que habíamos perdido, la confianza, la conexión que habíamos construido antes de que todo se complicara.

No sabía cuánto más podría soportar. La feria seguía siendo un éxito para los demás, pero para mí, cada minuto era una tortura. Una larga jornada de sonrisas falsas, palabras medidas y una culpa que parecía crecer con cada paso que daba.
A medida que avanzaba el día, comenzó a quedar claro que no seríamos los ganadores. Otros proyectos, como el innovador sistema de reciclaje en tiempo real propuesto por el equipo de ingeniería ambiental y el dispositivo que medía la calidad del aire en tiempo real, fueron recibiendo más elogios. Al final, la emoción alcanzó su punto culminante cuando los organizadores anunciaron a los ganadores.

—En tercer lugar, el equipo de "Energía Sostenible en la Ciudad" —dijo el presidente del comité, Luan.

Miriam y yo nos miramos, intercambiando una sonrisa forzada. Sabíamos que no estábamos entre los tres primeros, pero había algo reconfortante en escuchar que el trabajo de otros también había sido reconocido.

—En segundo lugar, el equipo de "Reciclaje Inteligente" —una ola de aplausos inundó la sala. El equipo formado por Sofía, Raquel y algunos otros había creado un sistema increíblemente innovador, y todos sabíamos que se lo merecían.

Finalmente, el primer lugar fue para el equipo de "Monitoreo del Aire en Tiempo Real". El entusiasmo entre los ganadores era palpable, y el aplauso fue estruendoso. Aunque no estábamos entre los galardonados, el ambiente general seguía siendo de celebración. No se trataba solo de ganar, sino de haber participado en algo tan significativo.

La ceremonia de cierre fue rápida. Los premios fueron entregados, y los comentarios finales fueron de agradecimiento y aliento para todos los participantes. Miriam y yo, aunque un poco decepcionados, tratamos de disfrutar del momento y de los logros de los demás.

Cuando terminó la ceremonia, el bullicio comenzó a disminuir rápidamente. La mayoría de los estudiantes se dispersaron hacia sus respectivos grupos, y algunos ya estaban haciendo planes para continuar la celebración de la feria.

El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, tiñendo el cielo de tonos rosados y anaranjados.
Subí a la terraza del edificio de ciencias, un lugar que rara vez visitaba, pero que hoy parecía el único refugio que podría darme un poco de paz. La vista era increíble: los árboles del jardín central se extendían como un manto verde, y más allá, la ciudad comenzaba a encender sus luces, creando un contraste perfecto con el cielo que se oscurecía.

Miriam ya estaba ahí.

Estaba apoyada en la barandilla, con los brazos cruzados, mirando al horizonte. Su silueta se recortaba contra los últimos rayos de luz, y por un momento me debatí entre irme o acercarme. Pero no podía seguir huyendo. Inspiré profundamente y caminé hacia ella.

—¿Puedo quedarme? —pregunté, rompiendo el silencio.

Ella giró apenas la cabeza, lo suficiente para que nuestras miradas se encontraran, y luego asintió.

Me apoyé en la barandilla a su lado, dejando un espacio prudente entre nosotros. No sabía por dónde empezar, y por su expresión, parecía que ella tampoco. Por unos minutos, el único sonido era el susurro del viento y el lejano murmullo de los estudiantes que aún deambulaban por el campus.

—Hoy salió bien —dije al fin, tratando de aligerar el ambiente—. Nuestro proyecto, quiero decir.

Miriam asintió, pero no dijo nada. Sus ojos seguían fijos en el horizonte, como si buscara respuestas entre las luces de la ciudad.
Miriam bajó la mirada, jugando con una hebra de cabello que se había soltado de su moño.

—Max vino a buscarme después de la feria —dijo, con voz suave.

Sentí que el pecho se me encogía. Quise decir algo, pero no encontré las palabras. Miriam continuó antes de que pudiera intentarlo.

—Estaba destrozado. Me miró como si no entendiera nada, y creo que en realidad no lo entiende. Ni yo misma lo entiendo del todo.

—Miriam, lo siento tanto... —dije, dando un paso hacia ella.

—No —interrumpió, levantando una mano para detenerme—. No puedes cargar con toda la culpa. Esto no es solo tu responsabilidad. Yo también tomé decisiones, Marcelo. Decisiones que nos trajeron hasta aquí.

—No podía seguir con él —continuó—. No era justo para Max, ni para mí. Lo intenté, lo juro. Pero... cada vez que estaba con él, sentía que me estaba mintiendo a mí misma. Y cuando estoy contigo... —Hizo una pausa, como si las palabras fueran demasiado pesadas para salir.

—Lo siento mucho, Miriam —dije, mi voz llena de remordimiento—. Nunca quise que terminaramos en esta posición, y mucho menos lastimar a Max.
Ella volvió la mirada hacia el horizonte, como si buscara una respuesta entre las luces de la ciudad.

—Tampoco yo —murmuró—. Pero ahora todo está fuera de nuestro control. Y, honestamente, no sé cómo seguir adelante.

Había una sinceridad brutal en sus palabras, una que no podía ignorar. Me quedé en silencio, permitiéndole espacio para continuar.
El silencio se estiró, pesado, pero no incómodo. Miriam aún estaba de pie junto a la barandilla, mirando hacia el horizonte, y yo seguía a su lado, sin saber muy bien qué decir. La conversación había tomado un giro hacia el dolor, la culpa, y las decisiones que habíamos tomado sin pensar realmente en sus consecuencias. Y, aunque estábamos lejos de encontrar respuestas claras, había algo en la forma en que nos entendíamos ahora que hacía que todo pareciera un poco más manejable.

Finalmente, fue Miriam quien rompió el silencio.

—No sé qué esperar ahora —dijo, casi en un susurro, como si las palabras pesaran más de lo que estaba dispuesta a cargar—. Todo ha cambiado. No solo lo de Max... sino, todo lo demás. Mi forma de ver las cosas. Mi forma de ver a las personas.

Yo la miré, esperando que continuara. No tenía intención de apresurarla. La veía perdida, como si estuviera buscando una forma de reorganizar su mundo, de entender qué había ocurrido para llegar hasta aquí.

—A veces me pregunto si todo esto fue inevitable —continuó, sin apartar la vista del paisaje—. Tal vez siempre fue cuestión de tiempo. Que de alguna forma... teníamos que llegar aquí.

No sabía si me refería a lo que había pasado entre nosotros o a algo más profundo. Pero, en ese momento, no quise preguntar. Solo la escuchaba. Como siempre lo hacía, aunque ahora parecía que estaba buscando respuestas más allá de las que solíamos compartir.

—Quizá siempre estuvimos en el mismo punto, sin saberlo —dije al fin, mis palabras saliendo más por instinto que por un análisis racional. No sabía si Miriam me entendía, pero de alguna manera, las palabras parecían encajar en el aire.

Ella me miró de reojo, como si algo en lo que había dicho resonara con ella. Sus ojos, antes tan decididos, ahora estaban suavizados por una vulnerabilidad que no había mostrado antes.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, casi en un susurro, como si temiera que el silencio podría desmoronarse si hablaba más alto.

Miré el paisaje frente a nosotros, buscando algo que me ayudara a dar sentido a mis propios pensamientos. Lo que había comenzado como un error, un desliz que ninguno de los dos había planeado, ahora se había transformado en algo mucho más complejo. Tal vez, al final, todo esto no era solo cuestión de atracción, ni de decisiones mal tomadas. Tal vez había algo más profundo entre nosotros, algo que no podíamos ignorar, aunque ahora mismo no sabíamos qué era exactamente.

—A veces creo que siempre supimos... pero nos costó verlo —respondí, mi voz más baja esta vez, consciente de la tensión que se había instalado entre nosotros—. Quizás no lo queríamos ver.

Miriam no respondió de inmediato. Estaba quieta, pensativa, como si las palabras que acababa de decir hubieran abierto una puerta que no estaba segura de querer cruzar. Sin embargo, algo en su expresión había cambiado. Su rostro, antes tan distante, ahora parecía más cercano. Sus ojos me buscaban con una intensidad que no podía negar.

El aire a nuestro alrededor parecía haberse detenido, como si el universo estuviera esperando, conteniendo el aliento. Miriam estaba allí, a unos pasos de mí, y yo no sabía si debía decir algo o dejar que todo se desarrollara por sí mismo. Pero entonces, Miriam rompió el silencio, su voz suave pero clara.

—He estado pensando en lo que dijiste... en lo que pasó entre nosotros... en tu confesión —dijo, sin apartar la mirada del paisaje que se extendía frente a nosotros.

Sus palabras me sorprendieron. No porque no las esperara, sino porque de alguna manera sentí que algo había cambiado en ella. Su tono no era el de alguien que dudaba, sino el de alguien que había llegado a una conclusión después de mucho pensar. Algo se había movido en su interior, algo que ya no podía seguir ignorando.

—Yo... también he estado pensando mucho —respondí, sintiendo que mis palabras se quedaban cortas, como si hubiera algo más que necesitaba decir, pero no sabía cómo expresarlo.

Miriam cerró los ojos por un momento, y cuando los abrió de nuevo, me miró directamente a los ojos, con una intensidad que me hizo sentir como si estuviéramos solos en ese vasto espacio, a pesar de que el mundo seguía girando a nuestro alrededor.

—La verdad... es que cuando dijiste lo que sentías, me paralicé. No sabía cómo reaccionar. Tal vez no lo quería escuchar, o tal vez, por mucho tiempo, no quería admitirlo... ni siquiera a mí misma. Pero lo he estado pensando, y... —su voz se quebró ligeramente, como si cada palabra estuviera llenando un vacío dentro de ella—. Y ahora, no sé cómo seguir adelante sin ser honesta contigo. Sin ser honesta conmigo misma.

La tensión en el aire aumentó, como una corriente eléctrica que no sabíamos si nos iba a alcanzar o si íbamos a ser capaces de manejarla. Miriam dio un paso hacia mí, y mis ojos no podían apartarse de los suyos, incluso si eso significaba perderme en ellos.

—¿Qué quieres decir, Miriam? —pregunté, mi voz suave, temerosa de interrumpir la delicadeza del momento, pero también necesitado de entender todo lo que estaba sucediendo.

Ella no respondió de inmediato. Solo dio un paso más hacia mí, y de repente, todo lo demás desapareció. La terraza, el paisaje, el viento que jugaba con sus cabellos... todo se desvaneció. Solo estábamos nosotros dos, conectados de una manera que ni yo había anticipado ni ella parecía haber planeado.

Fue ella quien finalmente rompió la barrera, moviéndose tan cerca que pude sentir su respiración mezclándose con la mía. Sus labios estaban a solo unos centímetros de los míos, y por un momento, no supe si debía retroceder o avanzar. Pero entonces, sin palabras, ella dio el primer paso.

Con un movimiento suave, pero seguro, Miriam me besó. El contacto fue cálido, tierno, como si todo el dolor, la culpa y la incertidumbre se desvanecieran con ese simple gesto. Y aunque todo había cambiado en ese momento, sentí como si algo en mí se hubiera completado, como si ese beso fuera la respuesta que ambos buscábamos, aunque ninguno de los dos lo hubiera formulado en voz alta.

Cuando el beso terminó, Miriam se quedó frente a mí, su aliento cálido sobre mi piel, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Nadie dijo nada al principio, solo nos quedamos ahí, mirando el paisaje, como si de alguna manera necesitáramos procesar todo lo que acababa de suceder.

No sabía qué iba a pasar después, pero en ese momento, sentí que lo único que importaba era ese instante, esa conexión tan genuina entre los dos. Con cautela, pero con una decisión que ya no se sentía incierta, tomé su mano. El contacto fue como una afirmación, como si en ese simple gesto estuviéramos reconociendo lo que estaba naciendo entre nosotros.​
 
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Se veía venir que entre Miriam y Marcelo había nacido algo que no sé si es amor, pero si algo parecido.
De todas formas, mucho me temo que por hacer estado con gente poco recomendable va a terminar expulsado porque creo que al final no va a acceder al chantaje para así salvar a Abigail y además va a interceder y enfrentar al Rector y creo que esté lo va a expulsar por eso.
Pero bueno, al menos será por una buena causa y, dado que la música se le da bien, creo que en eso estará su futuro.
 
Capítulo 26


Los días que siguieron a la feria de ciencias transcurrieron con una extraña mezcla de tensión y alivio. La universidad se preparaba para el cierre del semestre, y con ello, el ambiente se volvió más denso, casi sofocante. Las bibliotecas, antes espacios de paso y encuentros casuales, ahora se encontraban abarrotadas de estudiantes que, de repente, parecían darse cuenta de la enorme cantidad de material que aún les quedaba por estudiar antes de los exámenes finales. En los pasillos, el bullicio de conversaciones y risas se había reducido drásticamente. A ratos, el silencio resultaba inquietante, roto solo por el sonido de pasos apresurados y el murmullo de quienes repasaban apuntes en voz baja.

A pesar del estrés colectivo, había algo en el aire, una sensación tenue pero innegable de esperanza. La promesa de las vacaciones de invierno comenzaba a abrirse paso entre la ansiedad académica. Era una ilusión distante, pero suficiente para mantenernos a flote, incluso cuando el agotamiento se hacía insoportable. Las charlas de pasillo que aún sobrevivían giraban en torno a planes para el receso: algunos se irían de viaje, otros volverían a casa, y unos pocos valientes se resignaban a quedarse en la ciudad, atrapados en proyectos que no podían posponer. Pero, de cualquier forma, todos contaban los días.

El café se había convertido en una necesidad más que en un placer. Cada mañana, antes de entrar a clase, me encontraba en la cafetería del campus, rodeado de estudiantes que, al igual que yo, se aferraban a su taza como si fuera un salvavidas. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el ruido de conversaciones a medio despertar y pasos arrastrados. La mayoría de nosotros nos movíamos como zombis en busca de nuestra dosis de cafeína, intentando reunir la energía suficiente para enfrentar otro día.

En clase, intentaba mantenerme enfocado, aunque no podía evitar buscar a Miriam con la mirada de vez en cuando. Cuando nuestras miradas se cruzaban, ella me dedicaba una media sonrisa, discreta pero suficiente para hacerme sentir que el mundo no se desmoronaba del todo. Vivi, siempre atenta a los detalles, nos sorprendió en uno de esos momentos. Alzó una ceja y sonrió con picardía, pero Miriam simplemente le hizo un gesto con la mano, como restándole importancia.

Nuestra relación aún era un secreto. Acordamos mantenerlo así, al menos por un tiempo. Lo de Max seguía siendo un asunto delicado, y aunque Miriam y yo sabíamos que lo que había entre nosotros era real, preferimos evitar preguntas incómodas y miradas de juicio. Era demasiado pronto. Demasiado reciente. Pero, al menos, algo en mi interior empezaba a encontrar su lugar, aunque otras partes de mi vida parecían aún estar enredadas en el caos.

Un día, después de una clase particularmente larga y agotadora, me encontré con Simón en los pasillos. Como siempre, tenía su aire relajado, pero esta vez, su sonrisa era más observadora que burlona. Me miró con curiosidad, como si estuviera analizando algo que yo aún no había notado en mí mismo.

—¿Sabes qué, Marcelo? —dijo con un tono entre intrigado y divertido—. Te veo diferente. Más vivo. Más contento, incluso. ¿Qué está pasando? ¿Algo bueno?

Me quedé en silencio por un momento, rascándome la cabeza. No esperaba esa observación.

—La verdad… no sé —respondí finalmente, aunque mi sonrisa lo desmentía.

Simón entrecerró los ojos y cruzó los brazos, como si analizara la situación con más atención.

—Es algo, ¿verdad? Algo está ocurriendo—. ¿Quién sabe? Tal vez tengas una razón para estar más animado últimamente.

No le respondí directamente, pero sus palabras resonaron en mi cabeza durante el resto del día. No era solo el café ni la carga de los estudios lo que me había mantenido en pie durante las últimas semanas. Había algo más. Algo que había estado creciendo en mí de forma silenciosa pero potente.

Miriam.

Mantener mi relación con Miriam en secreto tenía algo de irreal. Por años, ella había sido parte de un mundo que parecía inalcanzable para alguien como yo. La niña pija de la universidad. La que siempre tenía el peinado perfecto, la ropa impecable y un aura de seguridad que la hacía destacar en cualquier lugar. Si alguien me hubiera dicho meses atrás que acabaría viéndome con ella a escondidas, habría pensado que estaban locos.

Pero ahí estaba, encontrándome con ella en rincones alejados del campus, en pasillos poco transitados, en la parte trasera de la biblioteca donde nadie se molestaba en ir. No podía evitar preguntarme cómo nos verían los demás si nos descubrieran: el tipo normal, el chico sin grandes pretensiones, y ella, la chica que siempre parecía destinada a cosas más grandes.

Esa tarde, quedamos de vernos en la terraza de uno de los edificios más altos del campus. Era un lugar que casi nadie visitaba, un rincón donde el viento soplaba con más fuerza y la ciudad se desplegaba a nuestros pies con un mar de luces parpadeantes en la distancia. Subí las escaleras con el corazón latiéndome rápido, no solo por la prisa, sino por la sensación de lo prohibido, de lo nuestro.

Cuando la vi esperándome, sentí un ligero escalofrío. Miriam llevaba una chaqueta corta de cuero sobre una blusa clara. Sus jeans oscuros le quedaban perfectos, y el cabello, usualmente bien peinado, estaba ligeramente revuelto por el viento, dándole un aire más natural, menos pulido, más real. Por un segundo, me pregunté si ella era consciente de lo bien que se veía así, sin los filtros de su mundo.

—Pensé que no vendrías —dijo con una sonrisa, cruzando los brazos para protegerse del frío.

—¿Y perderme la oportunidad de encontrarme contigo a escondidas? Ni loco —respondí, apoyándome en la baranda junto a ella.

El aire estaba cargado de algo que no era solo la brisa helada. Había tensión, pero no de la mala. De esa que hacía que mi pecho se sintiera un poco más apretado cada vez que la miraba.

—Esto es raro, ¿no? —dijo ella después de un momento, con la mirada perdida en la ciudad.

—¿El qué?

—Nosotros. Viéndonos así, a escondidas. No sé si me siento como una niña rebelde —dijo mirándome a los ojos

Me acerqué, y ella no retrocedió. Nos quedamos así, mirándonos por un segundo que pareció eterno, hasta que su respiración chocó con la mía y, al fin, nuestros labios se encontraron.

Era un beso contenido por días. Miriam llevó una mano a mi rostro y yo la rodeé con mis brazos.Y en ese momento, ahí arriba, con el viento helado y la ciudad brillando debajo de nosotros, todo lo demás dejó de importar.

Cuando el beso terminó, Miriam no se apartó del todo. Se quedó ahí, con las manos apoyadas en mi pecho, su respiración todavía algo acelerada. Sus ojos me miraban con una mezcla de determinación y vulnerabilidad que me hizo sonreír.

—¿Qué? —preguntó, frunciendo el ceño al notar mi expresión.

—Nada —respondí, negando con la cabeza, aunque mi sonrisa no desapareció—. Es solo que... no me imaginaba que te gustaba besarme tanto.

Ella resopló y me dio un leve empujón en el pecho, como si quisiera disimular, aunque sus mejillas se habían teñido de un color carmesí.

—Por favor —dijo con su característico tono de superioridad—, no te emociones demasiado. Fue solo... un impulso.

—¿Un impulso, eh? —arqueé una ceja, divertido—. ¿De esos que te dan tan seguido que por eso nos vemos en secreto?

Miriam entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.

—No te hagas el listo, Marcelo. Solo porque... esto está pasando, no significa que voy a aguantar tus comentarios tontos.

Me reí y me apoyé de nuevo en la baranda, disfrutando de la brisa que nos envolvía. Miriam tenía esa manera extraña de expresar sus sentimientos. No los negaba, pero tampoco los mostraba con facilidad. Siempre había algo de resistencia en su manera de hablar, como si temiera que, si era demasiado honesta, perdería el control de la situación.

Pero yo ya la estaba empezando a entender.

—Lo sé —dije, mirándola de reojo—. No te preocupes, no voy a ir por ahí presumiendo que la chica más exigente y orgullosa de la universidad se muere por verme en secreto.

Ella volvió a empujarme, esta vez con más fuerza, pero no pudo evitar sonreír.

—Eres insoportable.

—Y sin embargo, aquí estás.

Miriam suspiró y se llevó una mano al cabello, apartándolo del rostro con un gesto casi exasperado.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

—Sorpréndeme.

—Que no quiero que se termine.

Su voz bajó al decirlo, como si admitirlo fuera algo peligroso. Me giré hacia ella y, sin pensarlo demasiado, tomé su mano entre las mías.

—No tiene por qué terminar.

Ella apretó los labios, como si quisiera decir algo, pero terminó desviando la mirada.

—No lo sé, Marcelo. No es tan simple.

—Claro que no lo es, pero... —Apreté suavemente su mano, obligándola a mirarme de nuevo—. No tienes que resolver todo ahora. Solo... podemos seguir viéndonos, seguir así.

Miriam me sostuvo la mirada por un largo segundo antes de suspirar y apartar la mano, pero no con frialdad, sino con un toque de resignación.

—Solo prométeme algo.

—Dime.

—No te aproveches de esto para inflar tu ego, ¿vale?

Reí, levantando las manos en señal de rendición.

—Lo intentaré, pero no prometo nada.

Ella rodó los ojos, pero antes de darme la espalda para marcharse, se inclinó y me dejó un beso fugaz en la mejilla.

—Nos vemos mañana, idiota.

Y con eso, se fue, dejando en el aire el perfume dulce de su cabello y una sensación de calidez en mi pecho.

Miriam podía ser orgullosa, testaruda y complicada, pero también era sincera a su manera. Y si eso significaba aguantar sus comentarios mordaces y sus actitudes a veces frías, valía la pena. Porque, al final del día, ella estaba ahí. Conmigo.

Mientras caminaba de regreso por el campus, con la brisa nocturna enfriando mi piel y la sensación del beso de Miriam aún grabada en mi memoria, mis pensamientos se vieron interrumpidos por una escena que me resultaba demasiado familiar.

A unos metros de distancia, justo al borde del sendero arbolado que llevaba hacia los edificios administrativos, vi a Abigail caminando junto al rector.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

No era la primera vez que los veía juntos, pero cada vez que ocurría, sentía un nudo desagradable en el estómago. Sabía lo que pasaba entre ellos. Sabía lo que Abigail me había confesado aquella vez en su casa, cuando el alcohol la había hecho bajar la guardia.

Y ahora, al verlos de nuevo juntos, algo se sentía diferente.

Abigail no solo estaba con él, sino que su actitud parecía menos tensa que de costumbre. Iba vestida con uno de esos atuendos que últimamente llevaba más seguido: una blusa con un escote más pronunciado de lo que solía usar antes y unos pantalones ajustados que resaltaban sus curvas.

El rector, en cambio, tenía esa misma expresión de autosuficiencia, con la barbilla alzada y esa mirada posesiva que tanto me desagradaba.

Sin pensarlo dos veces, me escondí detrás de uno de los pilares cercanos y los seguí con la mirada.

Mi mente se llenó de pensamientos oscuros.

El club de fotografía.

Me habían estado presionando para conseguir fotos comprometedoras de Abigail. Si no lo hacía, revelarían mi video infiltrándome en la universidad, y entonces todo acabaría. Mi reputación. Mi futuro. Miriam.

Tragué saliva.

Por un momento, mi mano se deslizó automáticamente hacia mi teléfono en el bolsillo.

Solo bastaba con una foto. Una sola imagen comprometedora y me libraría de todo.

Pero, rápidamente, sacudí la cabeza y cerré los ojos por un segundo.

No.

No iba a hacer eso.

Abigail era víctima de ese hombre, y yo no iba a ser otro que la usara para su propio beneficio. No importaba lo que me costara, no iba a traicionarla de esa manera.

Los seguí en silencio, observando cada uno de sus movimientos.

En un momento, el rector se detuvo y le dijo algo. Abigail también se detuvo, pero en lugar de mostrarse tensa, como siempre lo hacía cuando él la presionaba, lo miró con una leve sonrisa.

Algo en su actitud había cambiado.

¿Había cedido?

Mi pecho se comprimió al ver la forma en que ella inclinó la cabeza, como si realmente estuviera considerando sus palabras en lugar de rechazarlas de inmediato.

Algo no estaba bien.

Apreté los puños, sintiendo que me hervía la sangre, y di un paso adelante, asegurándome de no perder detalle de la conversación.

La conversación entre Abigail y el rector continuó, pero yo no podía escuchar nada desde mi escondite. Solo podía observar sus gestos, el lenguaje de sus cuerpos, tratando de descifrar qué estaba pasando realmente.

El rector hablaba con confianza, con esa actitud de superioridad que siempre lo acompañaba. Se inclinó un poco hacia ella, con una sonrisa sutil, como si le estuviera prometiendo algo.

Abigail, en cambio, no parecía la misma de siempre. No estaba rígida ni con los hombros tensos como solía estar cuando él la acorralaba en público. Esta vez, aunque no del todo relajada, se mostraba más receptiva. Asintió un par de veces, y hasta dejó escapar una leve risa ante un comentario que él hizo.

Fruncí el ceño.

¿Era una estrategia suya para ganar tiempo? ¿O acaso realmente estaba considerando ceder?

Me negaba a creerlo.

No después de lo que me había contado aquella vez en su casa, cuando el alcohol la había despojado de sus filtros. Me había confiado su miedo, su desprecio hacia el hombre que tenía delante.

Pero ahora…

Ella apartó un mechón de cabello de su rostro y ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando algo. El rector aprovechó la pausa para acercarse un poco más. Apenas unos centímetros, pero lo suficiente para que la distancia entre ellos fuera casi inexistente.

Esperé que ella se apartara. Que frunciera el ceño. Que lo pusiera en su lugar.

Pero no lo hizo.

Mi pecho se tensó.

Quizás estaba jugando un juego peligroso. Quizás intentaba hacerle creer que estaba dispuesta a ceder, solo para mantenerse a salvo. Pero… ¿y si no era un juego? ¿Y si de verdad estaba resignándose?

No podía ser.

El rector extendió la mano y la colocó con familiaridad en la parte baja de su espalda.

Cerré los puños con fuerza.

Abigail no reaccionó de inmediato. No se apartó bruscamente, no lo miró con desprecio. Solo se quedó quieta por unos segundos, y luego, con un leve suspiro, desvió la mirada hacia otro lado.

Ese gesto me desconcertó más que cualquier otra cosa.

¿Qué significaba?

Era como si hubiese aceptado algo. Como si en su cabeza ya hubiera tomado una decisión.

El rector sonrió.

Dijo algo más, y esta vez, Abigail asintió sin dudarlo.

Un auto negro se acercó lentamente por la carretera interna del campus. Era elegante, con vidrios polarizados.

El rector sacó su llave y desactivó la alarma.

Abigail no mostró sorpresa. Como si ya supiera lo que iba a ocurrir, caminó junto a él sin protestar.

No.

No, no, no.

Mi corazón latía con fuerza mientras los veía abrir las puertas.

Ella iba a subirse.

¿De verdad iba a hacerlo? ¿O era solo parte de una estrategia?

Quería creer que aún tenía el control. Que todo esto era un juego peligroso en el que ella intentaba ganar tiempo.

Pero mientras la puerta del auto se cerraba tras ella, no pude evitar pensar que, tal vez, Abigail ya había dejado de resistirse.

El motor arrancó y el auto desapareció en la oscuridad de la noche.

Me quedé en mi escondite, con los pensamientos revueltos y un nudo en el estómago.

No sabía qué pensar.

Pero algo me decía que, después de esta noche, las cosas iban a cambiar. Y no estaba seguro de que fuera para bien.

Caminé lentamente de regreso a los dormitorios, el peso en mi pecho seguía ahí, denso, como si me hubiera tragado una roca. Las dudas sobre Abigail y el rector no me dejaban en paz. La imagen de ella subiendo al auto, tan tranquila, tan resignada... No podía dejar de pensar en ello. Quería creer que no había cedido, que todo había sido parte de su estrategia, pero algo me decía que las cosas no eran tan simples.

Al llegar al edificio, intenté sacudir los pensamientos de mi mente, pero nada funcionaba. Abrí la puerta con un suspiro y me detuve un momento al ver a las gemelas, Ari y Adri, de pie cerca de la entrada del pasillo.

Ari me vio primero. Su mirada curiosa me recorrió de arriba a abajo, y enseguida me sonrió.

—Oye, ¿qué pasa, Marcelo? —dijo con tono juguetón—. ¿Estás bien? Te veo algo raro, ¿eh?

Adri, que estaba al lado de su hermana, frunció el ceño ligeramente y levantó una ceja.

—Sí, ¿no será que tienes alguna clase de problema? —comentó con una sonrisa pícara. Las gemelas siempre parecían saber cuándo algo no estaba bien, y aunque su forma de preguntar no era la más sutil, lo cierto es que su preocupación era genuina, de alguna forma.

Suspiré, sin saber qué responder. Estaba tan sumido en mis pensamientos que casi ni noté la pregunta que me hicieron.

—Sí, todo bien, solo... un poco cansado —respondí con un tono distraído, dándome cuenta de lo vago que sonaba.

Ari no pareció convencerle mi respuesta y se acercó un poco más. La mirada de ella se suavizó, como si intentara leerme mejor.

—¿Seguro? Porque te juro que te veo con la cabeza en otro lado. Mira que somos gemelas, tenemos ese sexto sentido, ¿sabes? —bromeó, aunque había algo serio detrás de sus palabras.

Adri la miró un momento, luego se acercó y me dio un toque en el hombro.

—¿Vas a la cena de fin de año? —preguntó, cambiando un poco de tema, pero no sin antes lanzarme una mirada curiosa.

No pude evitar sonreír ligeramente ante la pregunta. La cena era un evento grande, con mucha comida, risas y sobre todo, una oportunidad para soltar un poco de estrés antes de los exámenes finales. A veces, las cosas como esas se convertían en lo único a lo que uno se aferraba para seguir adelante.

—No lo sé... —dije, mirando al suelo por un momento, aún pensando en las últimas horas—. Supongo que sí, no puedo perderme la fiesta, ¿no?

Ari sonrió de oreja a oreja, claramente contenta de escuchar mi respuesta.

—¡Eso es! Sabía que no te la ibas a perder. Pero bueno, si te vemos en la cena con esa cara larga, ¡te vamos a hacer reír a la fuerza! —dijo con un tono burlón, pero en sus ojos había un brillo de complicidad.

Adri, que se había quedado pensativa, agregó:

—Si vas, va a ser para disfrutar, Marcelo. No más cara de preocupación. Te necesitamos en tu mejor forma para la cena.

Reí, aunque de una forma tensa. Era como si un peso un poco más ligero se hubiera soltado en mi mente, gracias a la naturalidad de las gemelas.

—Muy bien, entonces nos vemos en la cena, chicas —dije mientras entraba en el edificio.


Al día siguiente, después de una larga sesión de estudio en la biblioteca, decidí pegarle una visita a Miriam mientras entrenaba. No estaba seguro de por qué me sentía tan impulsado a ir, pero algo me decía que debía ir. El gimnasio de la universidad estaba ubicado dentro de un centro de alto rendimiento, un lugar exclusivo donde los mejores deportistas de la universidad, en su mayoría becados, realizaban sus entrenamientos diarios. Sabía que Miriam solía entrenar ahí, y aunque nunca me había interesado demasiado en el gimnasio, el hecho de que ella estuviera allí me dio una razón para ir.

Después de recorrer un poco los pasillos del centro, finalmente encontré la entrada del gimnasio. Al llegar, una recepcionista me preguntó si estaba registrado. Le expliqué que no lo estaba, pero que solo quería ver a una amiga entrenar, sin ninguna intención de inscribirme. Ella me ofreció la posibilidad de hacerlo de inmediato, ya que el gimnasio era gratuito para los estudiantes, pero rechacé amablemente la oferta. Siempre había preferido hacer ejercicio en casa, en mi propio espacio, sin tanta gente alrededor.

Sin embargo, mientras caminaba hacia la zona de entrenamiento, no pude evitar pensar que tal vez, solo tal vez, ver a algunas chicas entrenando podría ser una motivación extra para empezar a venir más seguido. Mi mente divagó por unos instantes, imaginando que quizás debería ponerme más en forma, hacer un esfuerzo por mantenerme saludable. Pero mi fantasía se rompió rápidamente cuando, entre los entrenamientos y el ruido de las pesas, mis ojos se detuvieron en una figura que me resultaba extrañamente familiar.

Era una chica delgada, con leggings y un top negro, haciendo sentadillas con un peso que, al principio, me pareció sorprendentemente alto para su complexión. Me quedé mirando un momento, observando la forma en que levantaba las pesas con una postura impecable. Su figura era esbelta, pero sus piernas estaban firmes y musculosas, su cinturita destacaba bajo el top que llevaba, y no pude evitar sentirme impresionado. Era Vivi, la amiga insoportable de Miriam. Nunca había prestado mucha atención a su físico, pero ahora, viéndola entrenar con tanta determinación, me sorprendió. Se veía decidida y fuerte.

Mi mirada no pasó desapercibida. No tardó mucho en darse cuenta de que la estaba observando, y no fue necesario mucho más para que sus ojos se fijaran en mí. Ella me miró con una expresión que no me gustó, como si hubiera descubierto algo que no debía. Pude ver cómo su rostro se endurecía ligeramente, y su postura se volvía más rígida, como si estuviera evaluándome.

—¿Qué miras? —preguntó Vivi, terminando de hacer su ejercicio, pero con un tono que me dejó claro que no había pasado desapercibido.

Me sentí incómodo, como si me hubiera pillado en medio de algo que no debería haber hecho. ¿Por qué estaba mirándola tanto? Intenté rápidamente cambiar de tema y mantener la calma, aunque mi cara probablemente había adquirido un tono rojizo.

—Nada, solo… pasaba por aquí—respondí, sonriendo de manera forzada, mientras sentía cómo la tensión entre nosotros crecía.

—¿Solo pasabas? Si se te iban los ojos viéndome, no me digas que vienes a ver a las chicas, eh, cerdo —dijo Vivi con un tono molesto.

Que Miriam me llamara "cerdo" me causaba gracia, pero viniendo de Vivi, fue un golpe directo a mi orgullo. No sabía si reír o defenderme, pero ella no me dejaba tiempo para pensar.

—Para nada, solo vine porque me enteré que el gimnasio era gratuito —respondí rápidamente, sin saber bien qué excusa usar.

—No engañas a nadie, becucho —dijo, usando un término que no había oído antes para referirse a los becados, pero con tanta desdén que me hizo sentir como si fuera un insecto. —Sé que vienes a ver a mi bestie Miri, pero ella ya se fue. Y déjame decirte algo, no tienes ni una oportunidad con ella. No pierdas tu tiempo, ella está en otra liga.

Mi estómago dio un vuelco al escuchar esas palabras. ¿Miriam estaba en "otra liga"? Odiaba la idea de que Vivi me viera como un tipo que solo se acercaba a su amiga por interés, pero al mismo tiempo, algo en mí sentía una especie de satisfacción al escucharla tan segura de lo que decía.

Me contuve antes de soltar toda la sopa. ¿Cómo tomaría Vivi el hecho de que su mejor amiga se había acostado conmigo? La idea de revelarlo me cruzó por un momento, pero decidí que no valía la pena. Después de todo, no quería que se metiera en mi vida personal más de lo que ya lo hacía.

—Para nada —reafirmé, con una sonrisa algo tensa—. Solo vengo a entrenar.

—Lo que tú digas —dijo Vivi, levantando las cejas con una mirada que dejaba claro que no me creía ni un poco.

No me quedó más remedio que seguir con la farsa. Aprovechando que llevaba unos pantalones deportivos y una camiseta casual, regresé con la recepcionista y, para su sorpresa, me registré en el gimnasio. No tenía ni idea de qué estaba haciendo, pero al menos estaba llevando la contra a Vivi. No iba a dejar que se saliera con la suya.

Una vez registrado, me dirigí a las áreas de entrenamiento. El gimnasio estaba lleno de gente que parecía estar en su mundo, pero no había ningún instructor presente, por lo que me limité a improvisar. No tenía idea si estaba haciendo el ridículo, pero en ese momento no me importaba. Lo que quería era mostrarle a Vivi que podía seguir su propio camino sin su permiso.

—¿Pero qué haces? Estás haciendo todo mal —me dijo Vivi, negando con la cabeza mientras me observaba.

—Pues así es una sentadilla, ¿no? —respondí, sin pensarlo demasiado, aunque ya sabía que no era cierto.

—De no creer —dijo Vivi, claramente sorprendida y desaprobando mi intento. —Tan presumido que eres en clases y aquí ni siquiera eres capaz de hacer una sentadilla medianamente bien. Hazte a un lado y mira cómo se hace.

Me sentí un poco avergonzado, pero traté de no mostrarlo. Vivi no estaba dispuesta a dejarme quedar bien, y lo sabía. Entonces, como si tuviera que demostrar algo, se posicionó frente a la barra y comenzó a explicarme la técnica de la sentadilla. Su cuerpo se movía con una gracia que solo alguien acostumbrado a entrenar podría tener. Al verla, no pude evitar distraerme un poco. El movimiento de su cuerpo, especialmente su trasero al bajar con la barra, era casi imposible de ignorar.

Me forzaba a concentrarme en la técnica, pero las distracciones eran inevitables. Vivi era increíblemente atractiva cuando estaba en acción, y aunque me regañaba por mi falta de habilidad, algo dentro de mí no podía dejar de mirarla. Aún así, traté de no dejarme llevar por mis pensamientos. Estaba allí para aprender, no para perder la cabeza por una chica que claramente no me veía de la manera en la que yo quería.

—La próxima clase no será gratis —terminó de decir Vivi.

Más tarde, después de darme una ducha y despejarme un poco, finalmente pude encontrarme con Miriam en uno de nuestros lugares secretos. Un rincón apartado de la universidad, donde podíamos estar tranquilos, lejos de miradas curiosas y de todas las expectativas que nos imponían. Miriam ya estaba allí, esperándome como siempre, con esa sonrisa que solo ella tenía.

—Vivi me contó que fuiste al gimnasio —dijo Miriam, con una ceja levantada, como si supiera que había algo detrás de esa visita.

—Sí, quería darte una sorpresa —respondí encogiéndome de hombros, intentando mantener la compostura. No quería que supiera que mi visita al gimnasio no había sido tan inocente, sobre todo cuando Vivi no paraba de meter las narices en mis asuntos.

—Y lo hiciste. Mira que quedarte a entrenar —dijo ella riendo, mientras me miraba con un brillo de complicidad en los ojos.

—Que va, tu amiga Vivi es muy entrometida, no quería que sospechara —respondí, algo avergonzado, aunque era cierto que la situación me había puesto algo tenso. Viví tenía una forma de meter las narices donde no le llamaban.

—En ocasiones es algo pesada —admitió Miriam, con una ligera sonrisa de complicidad, como si estuviera compartiendo conmigo una pequeña crítica a su amiga.

—Y pensar que tú eras así conmigo antes... —dije en tono bromista, recordando cómo Miriam, antes de que todo entre nosotros empezara, era igual de cerrada y desconfiada. Cómo las cosas cambiaban.

—Ya, Marcelo, que es ya es pasado, supéralo —dijo, cortando rápidamente el tema mientras me daba un beso en la mejilla. Un gesto simple, pero que me hizo sentir una calidez que no supe cómo describir.

Aproveché el momento para sacar un tema que llevaba rondando en mi cabeza durante un buen rato.

—Quería hablarte de la cena de fin de año en los comedores del campus. Me imaginé que a lo mejor podrías acompañarnos —dije, mirando a Miriam con una ligera sonrisa. Aunque sabía que podría ser un poco incómodo, la idea de pasar una noche más relajada con ella me parecía atractiva.

—Oh, la cena de fin de año —dijo ella, desviando la mirada, claramente incómoda con la idea. Su respuesta me hizo dudar de que estuviera tan entusiasmada como yo. —No está muy bien visto que nosotros asistamos a esos eventos.

—¿A qué te refieres? —fruncí el ceño, intentando entender su postura. No comprendía por qué, si estábamos juntos, ella veía esto como un problema.

—Sí, o sea, no te ofendas, pero a esos eventos suelen ir solo los becarios, y no sé si... —murmuró, claramente preocupada por cómo podría percibirse nuestra relación en un entorno como ese.

—O sea que te da vergüenza estar rodeada de la "mechiedumbre" —dije molesto, casi sin pensar. La verdad, no me gustaba la idea de que pensara de esa manera.

—No, Marcelo. No es eso. Es solo que... —intentó explicarse, pero yo ya había interpretado lo que quería decir.

—¿Y qué pasará cuando hagamos oficial nuestra relación? ¿Te avergonzará estar con un becario? —dije, sintiendo cómo mi tono se volvía más serio. En ese momento, me dolía pensar que a Miriam le preocupara tanto lo que los demás pudieran pensar.

—Para —dijo, reprendiéndome con la mirada. Sus ojos se clavaron en los míos, haciendo que me sintiera como un niño regañado. —No asumas cosas que no son. A lo que me refiero es que, no sería muy sospechoso que asista a ese evento y además te acompañe como si fuéramos amigos o algo así. Quiero decir, muchos tienen la idea de que seguimos llevándonos mal, y no sé, sería un poco extraño, pero claro que me encantaría ir. Solo que me pongo a pensar en todo eso... —terminó, mirando al suelo con una mezcla de incomodidad y preocupación.

Mi mente empezó a procesar lo que decía, y aunque no me gustaba la idea de tener que ocultar lo que sentíamos, pude entender su punto. Quizá tenía razón, tal vez aún era pronto para ser tan abiertos, sobre todo cuando las apariencias jugaban un papel tan importante en la universidad.

—Sí, bueno. Si pones todo eso en juego, quizá tengas razón —dije, bajando la mirada, un tanto abatido. No me gustaba la situación, pero comprendía que no podíamos ser tan imprudentes.

Pero entonces, Miriam se acercó a mí, levantó mi rostro con su mano y me miró fijamente a los ojos. Con una sonrisa suave, me dio un pequeño piquito en los labios, como si con ese gesto quisiera calmarme, dándome a entender que no todo estaba perdido.

—Venga, te juro que esto es solo temporal —dijo, su voz cálida y reconfortante. Sus palabras me dieron un poco de paz, aunque sabía que aún había muchas cosas que debíamos superar.

Lo que más me sorprendió fue lo sencillo que se sentía estar cerca de ella, incluso en medio de toda la confusión. Había algo en sus gestos, en sus miradas, que me decía que, a pesar de las dificultades y las dudas, de alguna forma encontraríamos la manera de estar juntos.


Y entonces llegaron los exámenes finales. Había estado preparándome para este momento durante semanas. Mi beca estaba en juego y no podía permitirme fallar. Los últimos días habían sido un torbellino de estudio, con largas horas de repaso y, si soy sincero, con noches en vela en casa de Miriam. Había sido más que solo estudiar: también necesitaba liberarme del estrés, y, bueno, las pequeñas distracciones que surgían entre nosotros eran, en cierto modo, una forma de hacerlo.

Y aquí estábamos, en el examen final de química. El profesor Martínez, conocido por ser uno de los más estrictos y exigentes de la universidad, se encargaba de poner a prueba nuestra capacidad de resistencia. Todos hablaban de él con temor, y tenía bien ganada su reputación. Esta era la última oportunidad de demostrar que podía mantener mi nivel y asegurarme de que mi beca no se esfumara.

El examen en sí no fue tan complicado como había imaginado. Claro, parte de eso era el resultado de las largas horas que había invertido en estudiar.

Sin embargo, cuando levanté la vista y miré a Miriam, supe que las cosas no le estaban yendo tan bien. Su rostro estaba tenso, concentrada en cada palabra del examen, como si cada pregunta fuera una batalla que no sabía si podía ganar. Mi corazón se apretó un poco al verla así. A pesar de que ya había terminado, decidí esperar un poco más, observando cómo ella luchaba con las últimas preguntas.

La fila para entregar los exámenes al profesor Martínez comenzó a formarse, una serpiente de estudiantes con rostros de agotamiento y alivio al mismo tiempo. Cuando vi mi oportunidad, me levanté de mi asiento y, con la tranquilidad que intentaba proyectar, me acerqué a la mesa del profesor, observando a Martínez desde lejos, calculando el momento exacto.

Me deslicé cerca de Miriam, lo suficientemente cerca para que no nos viera nadie, y con disimulo dejé un pequeño papel envuelto en mi mano. Era una copia de las respuestas del examen, cuidadosamente transcritas. Miriam me miró, sorprendida, y vi cómo una sonrisa de alivio cruzaba por su rostro. Pero su expresión cambió rápidamente cuando negó con la cabeza, como si me estuviera diciendo que lo que estaba haciendo no estaba bien. Aún así, su rostro mostró gratitud, y su mirada me lo agradeció sin necesidad de palabras.

Con el papel ya en su mano, me quedé unos segundos más en la fila, observando a Martínez. Sabía que tenía que hacer algo para darle un poco de tiempo, así que me acerqué un poco más a él, fingiendo que revisaba mis respuestas por última vez. Con el pretexto de revisar detalles en mi examen, traté de distraerlo. Al principio, parecía no notar nada extraño, y la fila avanzaba lentamente, lo que le daba a Miriam el tiempo que necesitaba.

Finalmente, cuando Miriam entregó su examen, pude ver en su rostro una mezcla de alivio y agradecimiento. El tiempo había sido suficiente. Aunque sabía que lo que había hecho podría no ser lo correcto, también sabía que, en ese momento, la situación lo requería. Y mientras salíamos del aula, nos cruzamos las miradas y, aunque no dijimos nada, ambos sabíamos que lo habíamos logrado juntos.

Ahora quedaba esperar los resultados, pero al menos en ese instante, había hecho todo lo posible para ayudarla.

Había sido todo. Finalmente, después de un semestre largo y lleno de altibajos, las clases habían llegado a su fin, y las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina. La sensación de alivio era casi palpable, y no pude evitar sonreír al darme cuenta de que, por fin, podría relajarlo todo un poco.

Esa noche era la esperada cena de fin de año, un evento que la universidad organizaba para celebrar el cierre del semestre. La idea me emocionaba, pero también me causaba un poco de nerviosismo. Todo el estrés de las últimas semanas había sido una constante, y ahora era el momento de dejarlo ir, disfrutar de la compañía de los demás y desconectar un poco. Pero antes de todo eso, necesitaba una prenda adecuada para la ocasión.

Me acerqué a la habitación de Simón, con la esperanza de pedirle algo de ropa prestada, ya que había oído que su estilo siempre era más pulido que el mío. Además, pensé que sería una buena oportunidad para charlar un poco. Toqué la puerta con suavidad y me la abrió casi de inmediato. Parecía que acababa de despertar, su pelo algo desordenado y su cara aún con la huella de los minutos que había pasado en la cama.

—¿Qué tal, Simón? —le dije mientras entraba, con una sonrisa algo tímida.

—Eh, todo bien —respondió, con una media sonrisa, pero no la misma energía que solía tener. Como si algo estuviera nublando su estado de ánimo.

Intenté empezar una charla casual, buscando distraerlo un poco, pero algo no encajaba. No parecía tener muchas ganas de hablar, mucho menos de salir. De hecho, al mencionar la cena de fin de año, Simón se mostró reticente, algo completamente fuera de lo normal para él. Siempre había sido de los que se animaban a todo, especialmente cuando se trataba de eventos como este.

—¿Entonces no vas a la cena? —le pregunté, frunciendo el ceño por su actitud.

Simón suspiró profundamente, dejándose caer sobre su cama mientras miraba el techo. Su tono, cuando respondió, fue diferente al usual.

—No sé… No estoy de humor. Ni siquiera sé si vale la pena —dijo con desgano, casi como si se hablara a sí mismo.

Eso me sorprendió. Simón siempre había sido el alma de las fiestas, y verlo tan apagado me hizo preguntarme si había algo más detrás de su comportamiento. Intenté averiguar más, pero parecía que no quería abrirse al respecto. Era raro para él, y no pude evitar pensar que algo lo estaba afectando.

—Vamos, no puede ser tan malo. ¿Por qué no vienes? —insistí, tratando de animarlo un poco. Me senté a su lado en la cama, esperando que me dijera qué estaba pasando.

Simón se giró un poco hacia mí, aunque su mirada estaba distante. Después de unos segundos, levantó las manos como señal de rendición.

—No sé... Tal vez solo necesito un poco de tiempo. Este semestre fue una locura y… no sé, siento que todos están ya demasiado metidos en sus historias. Creo que me vendría bien un descanso más grande.

Lo miré en silencio, comprendiendo un poco más su actitud. Todos habíamos pasado por un semestre complicado, y para algunos, las vacaciones significaban más que un descanso físico. A veces, se necesitaba un respiro emocional.

—Entiendo… Bueno, si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme —dije finalmente, levantándome de la cama. Aunque no me gustaba ver a Simón así, sabía que solo él podía decidir lo que necesitaba.

Antes de salir, me giré una última vez.

—Solo recuerda que siempre es más divertido con amigos —le dije, con una sonrisa ligera, dejando una puerta abierta para que se uniera si cambiaba de idea.

Simón me miró por un momento, luego asintió lentamente, como si no estuviera del todo convencido, pero al menos había tomado la sugerencia a bien. Al salir de su habitación, me quedé con la sensación de que algo estaba mal, pero no quería presionarlo más de lo que ya lo había hecho.

Horas más tarde, me encontraba llegando a los comedores de la universidad. Algo en el aire se sentía diferente. Mi mejor amigo y mi novia no asistirían a la fiesta, lo que me dejaba un poco desconcertado. Pensé por un momento en darme la vuelta y olvidarme de todo, pero sabía que solo sería un rato para despejarme. No tenía sentido quedarme encerrado en mis pensamientos.

Al entrar, la decoración navideña me sorprendió. Los comedores estaban llenos de luces brillantes, adornos festivos y un aire de alegría que hacía que el lugar se sintiera acogedor, casi como sacado de una película de Harry Potter, con sus luces colgantes y mesas repletas de comida típica de estas fechas. El bullicio de estudiantes animados y las risas me dieron una sensación de alivio, aunque en el fondo, algo seguía faltando.

De repente, vi cómo las gemelas alzaban las manos para que me acercara a ellas. Con una sonrisa, caminé hacia su mesa. Kate, la compañera de clases de las gemelas, también estaba con ellas, y me saludó con entusiasmo.

—¡Hola, Marcelo! —dijo Ari, con una gran sonrisa.

—¿No viene Simón? —preguntó Adri, al ver que estaba solo.

—Oh, no lo sé. Al parecer, no tenía muchas ganas —contesté, sin querer entrar en demasiados detalles.

—Eso sí que es raro —comentó Adri, sorprendida.

—Y que lo digas —respondí, mientras me sentaba junto a ellas.

Dejé un espacio a mi lado, por si Simón se animaba a aparecer más tarde. Mientras tanto, me puse a degustar algunos de los aperitivos que estaban sobre la mesa. Había un poco de todo, desde canapés hasta pequeñas brochetas de pollo. Me estaba disfrutando todo el banquete, pero mis pensamientos seguían divagando, pensando en si realmente Simón se quedaría fuera de todo esto. De repente, a lo lejos vi a Clara llegando a los comedores. Quería invitarla a nuestra mesa, pero enseguida me di cuenta de que venía acompañada de Luan, y ambos se dirigieron a una mesa más apartada, donde estaban otros miembros del consejo estudiantil. Reconocí a algunos de ellos, y me sorprendió ver que Clara estaba allí, entre ellos.

Kate, que había seguido mi mirada, comentó con algo de desdén:

—Se supone que los miembros del consejo tienen que estar aquí, pero no sé por qué simplemente no se sientan con los demás, siempre tienen que resaltar. —Kate se encogió de hombros, claramente molesta por la actitud de algunos.

—Sí, por qué no invitamos a Clara con nosotros, a Marcelo le encantaría —dijo Adri, con una sonrisa traviesa, dándome un pequeño golpecito en el hombro.

—Sé lo que estás insinuando, pero a Clara solo la veo como amiga. Nada más —respondí, algo tajante. La verdad es que no me gustaba cuando trataban de emparejarme con alguien de esa manera, y aún tenía la mente ocupada en todo lo que había pasado con Miriam.

—Uy, qué serio eres —dijo Adri, entre risas—. Relájate un poco y déjate llevar por el espíritu navideño.

Chocó su copa de ponche con la de su hermana, y me incliné un poco hacia adelante para intentar disfrutar del momento, aunque una parte de mí seguía algo distraída.

Me sentía como un espectador en medio de la fiesta, como si la alegría a mi alrededor no lograra llegarme por completo. Miriam y Simón, mis dos pilares en todo este caos, no estaban allí, y aunque la noche prometía ser divertida, sabía que algo faltaba.

Me despejé de todo y me puse a disfrutar de la noche. Charlar con las chicas mientras bebía ponche y degustaba los deliciosos postres me ayudaba a olvidarme un poco del estrés de todo lo que había pasado. El ambiente estaba relajado, las luces tenues, la música navideña de fondo, y la gente conversando y riendo. Todo parecía casi perfecto, hasta que, de repente, un murmullo comenzó a recorrer la sala. Era algo sutil al principio, pero pronto me di cuenta de que varias personas estaban comentando algo.

Escuché claramente a un compañero cerca de mí decir un nombre, y no cualquier nombre. Era el de Miriam.

"¿Pero qué hace ella aquí?"

"Ni idea, loco, pero qué bien se ve."

Mi corazón dio un pequeño vuelco. Miré rápidamente a mi alrededor, buscando con la vista a Miriam. Entonces la vi. Estaba deslumbrante, con un vestido elegante, maquillaje perfecto, tacones que realzaban su figura, y el pelo planchado de manera impecable. Lucía simplemente espectacular. Caminaba entre las mesas, y no era difícil notar cómo todos los chicos no dejaban de mirarla. Por un momento, sentí una punzada de desilusión, pensando que iría a sentarse con el consejo, con gente más a su "nivel", a su clase. Sin embargo, me quedé estupefacto cuando la vi dirigirse directamente hacia nuestra mesa.

Mi respiración se aceleró al instante. ¿Realmente iba a sentarse con nosotros? No podía creerlo. Miriam, con todo su brillo y elegancia, en un evento de becarios, de "clase baja", como ella misma alguna vez dijo, ¿en serio iba a hacer eso?

—¿Me puedo sentar con ustedes? —preguntó, con una sonrisa que no pude evitar notar que estaba algo nerviosa.

Volteé a ver rápidamente a las chicas antes de contestar. Mis pensamientos iban a mil por hora, pero cuando vi sus caras, algo en mí se tranquilizó. Estaba claro que no esperaba que Miriam apareciera, pero tampoco iba a rechazarla.

—Sí... sí, claro —respondí, aún sorprendido por su inesperada aparición.

Miriam se sentó a mi lado, y en cuanto lo hizo, las miradas de los demás se posaron sobre nuestra mesa. Durante unos segundos, todos se olvidaron del consejo estudiantil y los focos se centraron en nosotros. Las gemelas, normalmente tan parlanchinas, estaban completamente calladas. El silencio que se instauró fue incómodo, y sentí que todo el mundo nos observaba, como si no encajáramos allí. Me sentí raro, pero también emocionado. Miriam estaba allí, a mi lado, y por alguna razón eso me daba confianza, a pesar de la incomodidad que sentía.

—Espero que no les moleste mi presencia —dijo Miriam, con un tono suave pero algo inseguro.

—Por supuesto que no, anda, ve por algo de ponche y ven con nosotros a celebrar —dijo Kate, rompiendo el hielo con una sonrisa amable—. Marcelo, ¿por qué no la acompañas?

—¡Y de paso rellena mi copa, por favor! —agregó Ari, con una risa traviesa.

—Oh sí. Vamos, Miriam —dije, aún con una mezcla de incomodidad y emoción, levantándome.

Caminamos juntos hacia la mesa donde estaba el ponche, y durante unos segundos, me sentí como si el resto del mundo desapareciera. Miriam y yo, solos por un momento, como si todo lo demás no importara.

—Pensé que no vendrías —le dije, intentando romper el silencio incómodo mientras caminábamos hacia la mesa.

—Ya ves, me puse a pensar, y pensé que era una tontería lo que te dije. ¿Qué más da lo que digan? Al final, ¿por qué no? —respondió con una sonrisa tímida, pero sincera—. Solo no intentes nada, ¿eh?

Su sonrisa me hizo sentir más relajado, y aunque me dijo eso con un tono juguetón, sabía que lo decía en serio. Me reí por dentro, pensando que tal vez Miriam no era tan distante como había creído en algún momento. Quizás todo esto solo necesitaba tiempo, y esa noche, con ella a mi lado, parecía el momento perfecto para dejar que las cosas fluyeran.

Recogí el ponche, y mientras volvíamos a nuestra mesa, sentí que, por una vez, las cosas podían salir bien.​
 
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Bueno, ahora que tengo tiempo, voy a ampliar mi comentario.
Me da pena por Abigail que ha cedido ante el cerdo del rector. Marcelo debe hablar con ella y hacerle ver qué no debe dejarse humillar por ese impresentable.
Por otra parte lo de Miriam y Marcelo va mejor que nunca, pero con lo que se dijo hace algunos capítulos, me temo que el no termina el curso y seguramente por las malas compañías.
 
Capítulo 27


Fui a la mesa de comida para recoger algunos bocadillos. No podía evitar contagiarme del espíritu navideño. La música, la risa de mis compañeros y el ambiente festivo hacían que, por un momento, olvidara el estrés de los exámenes y todo lo que había pasado en el semestre.

Mientras me servía unas galletas de jengibre y un poco de ponche caliente, sentí una presencia a mi lado.

—Hola, Marcelo —dijo una voz familiar.

Giré la cabeza y ahí estaba Clara, tomando también algunos bocadillos. Llevaba un vestido de terciopelo rojo oscuro que resaltaba su figura, con mangas largas y un corte elegante. Un par de aretes brillantes acentuaban su mirada. Su maquillaje era sutil, pero lo suficiente para resaltar sus rasgos. Lucía espectacular, como sacada de una postal navideña.

—Hey, Clara, qué gusto verte. ¿Cómo te fue este cierre de semestre? —pregunté, tomando un sorbo de ponche.

—Excelente, diría yo. ¿Y a ti?

—Bien, dentro de todo —respondí con un encogimiento de hombros.

Clara sonrió con complicidad y me miró fijamente a los ojos.

—Entonces, la promesa sigue en pie —dijo con una expresión de certeza.

—Hasta el final —afirmé, devolviéndole la sonrisa.

Por un momento, ambos nos quedamos en silencio, como si recordáramos lo que significaba aquella promesa. Pero antes de que pudiera decir algo más, noté cómo Clara desviaba la mirada hacia nuestra mesa. Sus ojos se detuvieron en Miriam, quien conversaba animadamente con Kate y las gemelas. Luego, Clara me miró de nuevo, esta vez con una ceja ligeramente arqueada.

—Vaya, no sabía que tú y Miriam ya eran muy amigos —comentó con un tono curioso.

—Sí, bueno… ya sabes, las cosas cambian, la gente cambia —dije, rascándome la nuca.

Clara dejó escapar una pequeña risa antes de tomar un sorbo de su ponche.

—Bueno, me da gusto que ya no te haga la vida imposible.

—Sí... y qué me dices de ti. Últimamente te veo muy pegada a Luan —dejé caer con una sonrisa de lado.

Clara dejó su vaso de ponche en la mesa de aperitivos y me miró con una media sonrisa, como si estuviera esperando mi reacción.

—¿Pegada? ¿Eso crees? —respondió con un tono juguetón, arqueando una ceja.

—Vamos, Clara. He visto cómo caminan juntos después de clase… —dije, tomando una galleta y dándole un mordisco mientras me cruzaba de brazos—. Admito que no soy el mejor detective, pero hasta yo puedo notar algo.

Ella soltó una pequeña risa y negó con la cabeza, claramente tratando de restarle importancia al asunto.

—Luan y yo trabajamos juntos en el consejo, Marcelo. Es normal que pasemos tiempo juntos —respondió con tranquilidad, pero había algo en su mirada que no era completamente convincente, como si estuviera eludiendo una parte de la verdad.

—Ajá, claro —dije con escepticismo, dándole otro sorbo a mi ponche. Luego la miré a los ojos, un tanto serio—. Solo ten cuidado por donde pisas.

Dirigí la mirada al consejo, recordando lo que había escuchado en esa fiesta, los murmullos, las miradas. Sabía que había algo más detrás de la relación entre Luan y Clara, las intenciones de los otros miembros del consejo, pero no quería presionarla más en ese momento. No en ese lugar lleno de risas y gente celebrando.

Clara pareció notar mi silencio, como si intuyera que mi comentario iba más allá de lo que había dicho, pero ella no dijo nada. Solo sonrió, un poco más suave esta vez, y terminó de servirse su plato con calma.

—No te preocupes, sé en qué me metí —dijo, soltando una pequeña risa. Luego, con una sonrisa amplia, levantó su copa—. Espero que disfrutes esta noche, Marcelo. Y por cierto, que pases una feliz Navidad y año nuevo con tu familia.

—Lo mismo digo, feliz Navidad y próspero año nuevo, Clara —respondí, devolviendo su sonrisa.

Clara me miró por última vez, sus ojos verdes brillando bajo las luces de la fiesta, sus pecas suavemente resaltando en su rostro. Aquella sonrisa me recordó cuando mi corazón latía por ella, cuando todo parecía más sencillo. Suspiré. Momentos después, me giré y me dirigí de vuelta hacia la mesa.

Mientras caminaba de regreso, vi a Raquel pasar cerca de mí, cruzamos miradas, y ella me dedicó una sonrisa traviesa, como si supiera algo que yo no. De repente, los recuerdos de esa noche se hicieron más vívidos. Recordé cuando había perdido el control por el alcohol, las palabras que había dicho, las decisiones que había tomado. Una punzada de arrepentimiento me atravesó el pecho.

—¿Qué pasa, Marcelo? Pareciera que hubieras visto un fantasma —dijo Kate, sonriendo y levantando una ceja cuando regresé a la mesa.

Intenté disimular mi incomodidad, pero no pude evitar un leve rubor en las mejillas.

—Nada, nada... —respondí rápidamente, desviando la mirada hacia mi copa—. Solo... recordando algunas cosas.

Kate me observó por un momento con una expresión curiosa, pero no dijo nada más. Por suerte, la conversación se desvió hacia otro tema.

La cena avanzó de manera tranquila, con música suave de fondo y risas que llenaban el aire. La comida era buena, pero lo que realmente hacía que la noche fuera especial era la compañía. Me encontraba relajado, disfrutando de las bromas y comentarios de las chicas, la calidez de la conversación, y la atmósfera festiva que nos rodeaba. Ya no pensaba tanto en Clara ni en lo que había dicho. Todo parecía fluir de manera natural, como debía ser en una fiesta de fin de año.

A medida que la noche pasaba, me di cuenta de que el ponche hacía su trabajo. Estaba más ligero, las tensiones del semestre ya parecían estar lejanas, y las risas eran más fáciles. El ambiente estaba cargado de esa energía festiva que solo aparece en estas épocas del año, donde la gente se suelta, se olvida de los problemas y celebra lo que sea que haya quedado en pie.

Miriam, por su parte, parecía haberlo tomado con más calma. Al principio estaba tranquila, conversando con las chicas, pero a medida que avanzaba la noche, se fue animando. Sus mejillas se sonrojaron, y aunque trataba de no mostrarlo, ya estaba claramente más ebria. Sus movimientos se volvían un poco más descoordinados y su risa, algo más alta de lo normal, comenzaba a llamar la atención. Aun así, ella parecía divertirse, como si la fiesta fuera el escape perfecto para dejar atrás todas las tensiones de los últimos días.

En un momento, vi cómo Miriam se levantó para ir al baño. Estaba algo tambaleante, pero sonriente. Me preocupaba un poco, pero decidí no intervenir. Necesitaba relajarme, disfrutar la noche. Cuando volvió, sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y algo más. Al parecer, ella también había decidido dejar de lado las preocupaciones del semestre.

La fiesta ya comenzaba a decaer cuando, de repente, Miriam me llamó a un rincón apartado del comedor, detrás de unas columnas decoradas con luces navideñas. Había algo en su mirada que no me permitió rechazar la invitación. La música seguía sonando en el fondo, pero en ese rincón ya no había más que silencio.

—¿Qué pasa, Miriam? —pregunté, sin poder evitar una sonrisa. Ella se acercó un poco más, y el olor a ponche y perfume invadió mi mente.

—Nada, solo quería... —su voz era suave, entrecortada por la euforia de la bebida—. Quería hablar contigo, Marcelo.

Sin previo aviso, me tomó de la mano, y antes de que pudiera reaccionar, me besó. Fue algo rápido, casi furtivo, pero la electricidad del momento fue instantánea. Miriam, ebria, pero decidida, me abrazó más fuerte, y nos acercamos aún más. La sensación de sus labios contra los míos me sorprendió, como una chispa que encendía algo dentro de mí. No importaba que estuviéramos en una fiesta llena de gente, en ese momento todo lo que había a nuestro alrededor desapareció.

El beso fue breve, pero intenso. Cuando nos separamos, sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y algo más, como si no supiera exactamente qué había hecho, pero sin arrepentimientos.

—¿Qué fue eso? —pregunté, mi voz algo rasposa por la sorpresa y el alcohol.

—Nada... —sonrió, medio avergonzada, pero al mismo tiempo segura de sí misma—. Solo... quise hacerlo.

Miró a su alrededor, y en ese instante supe que ella también quería olvidarse de todo por un momento, de las expectativas, de las reglas no dichas. Solo quería vivir esa noche. Con una mirada cómplice, nos dirigimos al baño de hombres, sin que ninguno de los dos hablara, solo el sonido de nuestros pasos acelerados llenando el espacio vacío entre nosotros.

Cuando llegamos a la puerta de los baños, Miriam entró y acto seguido se metió a una cabina, mirándome con esa sonrisa cómplice que indicaba que no pensaba detenerse. Yo la seguí sin pensarlo demasiado, dejando que la corriente de la noche nos arrastrara sin buscar explicaciones. El lugar estaba vacío, y la luz cálida de las lámparas del baño creaba una atmósfera algo íntima. Miriam cerró la puerta detrás de nosotros con un suave click, y antes de que pudiera decir algo, ella ya estaba a mi lado, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y diversión.

—Marcelo... —murmuró, su voz un tanto temblorosa, pero llena de determinación. Me miró a los ojos, como si tratara de medir mis pensamientos antes de dar el siguiente paso.

No respondí. En lugar de eso, me acerqué lentamente, mis manos buscando las suyas, y en un movimiento casi instintivo, la besé nuevamente. Miriam correspondió con la misma intensidad, sus manos viajando a mi cuello, y la sensación de su aliento mezclado con el mío me dejó sin aliento.

Sus manos encontraron las mías, entrelazando nuestros dedos con una urgencia que delataba lo que ambos queríamos. La empujé contra la pared y su cuerpo se ajustó perfectamente al mío. Podía sentir cada curva suya, cada respiración agitada que escapaba de sus labios.

Acariciaba su espalda, sintiendo la textura suave de su vestido bajo mis dedos. Miriam no respondió con palabras, sino con acciones. Sus manos se deslizaron debajo de mi camisa, explorando mi torso con una mezcla de curiosidad y deseo. Sus uñas trazaron suaves líneas sobre mi piel, provocando un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.

Mis manos se deslizaron hacia sus caderas, sintiendo la suavidad de su piel bajo el borde de su vestido. La atraje aún más cerca, hasta que no quedó espacio entre nosotros.

Cada tacto era una exploración, un descubrimiento. Mis dedos trazaron líneas de fuego sobre su columna vertebral, y sentí cómo su cuerpo respondía a cada uno de mis toques. Miriam inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, y no pude resistir la tentación de dejar un rastro de besos desde su clavícula hasta la base de su cuello.

Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando suavemente mientras mis labios exploraban su piel. Cada gemido que escapaba de sus labios era como música para mis oídos, una confirmación de que estábamos en la misma sintonía. Mis manos continuaron su viaje, deslizándose hacia sus caderas y luego hacia sus muslos.

Miriam me miró de nuevo, sus ojos brillando con deseo. Sus manos encontraron el borde de mi camisa y la levantaron, deslizándola sobre mi cabeza antes de arrojarla al suelo. Sus dedos exploraron mi torso, trazando líneas de fuego sobre mi piel. Cada toque suyo era como una chispa que encendía algo dentro de mí, y no pude evitar gemir cuando sus uñas trazaron suaves líneas sobre mi pecho.

—Marcelo... —susurró, su voz llena de necesidad. Sus labios encontraron los míos de nuevo, y esta vez el beso fue más urgente, más demandante. Nuestros cuerpos se movían al mismo ritmo, como si estuviéramos bailando una danza que solo nosotros conocíamos.

Sin decir una palabra, la giré suavemente y la recargué contra la pared, sintiendo cómo su cuerpo se ajustaba perfectamente al mío. La luz tenue del baño resaltaba cada curva de su silueta, y el sonido de su respiración entrecortada llenaba el espacio entre nosotros.

Mis manos encontraron su cintura, y lentamente comencé a subir su vestido, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos. Miriam no hizo nada para detenerme; al contrario, arqueó la espalda ligeramente, como si estuviera invitándome a continuar. El tejido del vestido se deslizó sobre sus muslos, revelando las bragas de encaje que llevaba debajo. Eran negras, delicadas, y contrastaban perfectamente con la palidez de su piel.

Mis dedos trazaron suaves líneas sobre la tela de sus bragas, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada uno de mis toques. Ella dejó escapar un gemido suave, y ese sonido fue suficiente para avivar aún más el fuego que ardía entre nosotros.

Miriam me miró de nuevo con ojos brillosos. Sus manos encontraron las mías, guiándolas hacia donde más las quería. No necesité más indicaciones. Con movimientos lentos pero firmes, deslicé sus bragas hacia abajo, sintiendo cómo su piel temblaba bajo mis dedos.

Con movimientos lentos pero firmes, mis dedos encontraron el calor que emanaba de su coño, y no pude evitar sorprenderme por lo húmeda y caliente que estaba.

—Dios, Miriam... —murmuré, mi voz ronca por el deseo que ardía dentro de mí. Mis dedos se deslizaban sobre su coño, sintiendo la humedad que delataba lo mucho que ella también lo deseaba. Miriam dejó escapar otro gemido, esta vez más fuerte, tambaleó un poco, como si estuviera tratando de mantenerse en pie.

—No pares... —murmuró, su voz entrecortada por la emoción. Sus ojos se cerraron, y su cabeza cayó hacia atrás.

Sin decir una palabra, me agaché lentamente, mis manos deslizándose por sus piernas mientras me arrodillaba detrás de ella.

El primer contacto de mi lengua con su coño fue como una chispa que encendió algo dentro de mí. Miriam dejó escapar un gemido ahogado, y se arqueó aún más. Mi boca se empapaba de los fluidos que salían de su coño.

—Marcelo... —murmuró, su voz entrecortada.

Cuando estuvo lo suficientemente húmeda, me levanté y con movimientos rápidos pero firmes, me bajé los pantalones, liberando mi erección, que ya estaba dura y lista para ella. Su vestido, subido hasta la cintura, revelaba la suavidad de sus caderas y la curva perfecta de su culo. La visión de sus piernas desnudas, iluminadas por la luz tenue del baño, era casi más de lo que podía soportar. Mis manos se deslizaron por sus caderas, sintiendo cómo temblaban bajo mi tacto.

La atraje hacia mí, alineando mi cuerpo con el suyo. Podía sentir el calor que emanaba de su interior, y la humedad que ya había notado antes solo aumentó mi deseo. Miriam dejó escapar un gemido ahogado cuando la punta de mi miembro rozó su entrada, y sus manos se aferraron a la pared con fuerza, como si estuviera tratando de mantenerse en pie.

—Relájate... —murmuré, mi voz ronca por el deseo que ardía dentro de mí. Con un movimiento lento pero firme, empujé hacia adelante, sintiendo cómo su coño se ajustaba perfectamente a mi polla.

El vaivén de mi cuerpo dentro del suyo era lento al principio, permitiendo que ambos nos acostumbráramos a la sensación. Pero pronto, la necesidad se apoderó de mí, y el ritmo se volvió más rápido, más urgente. Cada empuje hacia adelante era acompañado por un gemido ahogado de Miriam, y cada retirada dejaba una sensación de vacío que solo hacía que el siguiente empuje fuera más intenso.

—Dios, Marcelo... —murmuró, su voz entrecortada por la emoción. Sus ojos se cerraron, y su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo su cuello a mis labios.

El vaivén de nuestros cuerpos se intensificaba, cada movimiento más urgente, más profundo. Miriam gemía en voz baja, ahogando los sonidos en su propia mano mientras yo la sostenía contra la pared, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía bajo el mío. El calor entre nosotros era abrumador, una mezcla de sudor, respiraciones entrecortadas y el roce de nuestras pieles. Cada empuje mío era respondido con un movimiento suyo, como si nuestros cuerpos estuvieran sincronizados en un ritmo que solo nosotros entendíamos.

De repente, escuchamos voces afuera. El sonido de la puerta abriéndose nos hizo detenernos en seco. Dos chicos entraron al baño, riendo y hablando sin darse cuenta de nuestra presencia. Mi corazón se aceleró, pero Miriam, en lugar de asustarse, me miró con una sonrisa traviesa en los labios. Sus ojos brillaban con una mezcla de complicidad y deseo, como si la situación solo hubiera añadido más adrenalina al momento.

—Mierda —pensé, conteniendo la respiración. Los dos chicos se dirigieron a los urinarios, sin prestar atención a la cabina cerrada donde estábamos escondidos. Sus voces resonaban en el pequeño espacio, y no tardaron en empezar a charlar.

—Oye, ¿viste a Carla? Estaba que ardía esta noche —dijo uno de ellos, mientras el otro soltó una risotada.

—Sí, tío, pero Laura... Esa chica tiene algo que me vuelve loco —respondió el segundo, con un tono de voz que delataba su entusiasmo.

—Joder, tienes razón. Laura es pura dinamita —añadió el primero, riendo entre dientes.

—Tsss, pero ¿qué me dices de Miriam? Menudo culote tiene, ¿eh? —comentó el segundo, y sentí cómo el cuerpo de Miriam se tensaba ligeramente al escuchar su nombre.

—Toda la razón, pero no sé si son mejores sus tetas o su culo —continuó el primero, y esta vez noté cómo Miriam, lejos de molestarse, comenzó a moverse lentamente hacia adelante y hacia atrás metiendo y sacando mi polla de su coño, con una lentitud que me dejó sin aliento.

—Joder, tío, si pudiera pasar una noche con ella... —dijo uno de los chicos, y Miriam, en ese momento, dejó escapar un gemido ahogado que apenas logró contener. Rápidamente, llevé mi mano a su boca, tapándola suavemente para evitar que nos delatara. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de una mezcla de sorpresa y excitación.

—Shhh... —murmuré, mientras continuaba moviéndome dentro de ella, cada empuje más lento pero más profundo, asegurándome de que no hiciera ruido. Miriam asintió ligeramente, sus ojos cerrados y su respiración agitada. Podía sentir cómo su cuerpo respondía a cada uno de mis movimientos, y la humedad entre sus piernas solo aumentaba.

—Oye, ¿te imaginas a Miriam en cuatro? —dijo uno de los chicos, riendo entre dientes. Sus palabras hicieron que Miriam se estremeciera, y sentí cómo sus músculos se contraían alrededor de mí. Mi mano seguía tapando su boca, pero sus gemidos ahogados vibraban contra mi palma, añadiendo una capa más de excitación al momento.

—Joder, tío, no me hagas pensar en eso ahora —respondió el otro, riendo. —Pero sí, sería un espectáculo. Esa mujer tiene un cuerpo que quita el aliento.

Miriam, al escuchar eso, comenzó a moverse con más intensidad, como si las palabras de los chicos la hubieran encendido aún más. Sus caderas se balanceaban hacia adelante y hacia atrás, sincronizadas con mis movimientos, y sentí cómo el calor entre nosotros aumentaba. Mi mano seguía tapando su boca, pero sus gemidos eran cada vez más difíciles de contener.

—Cállate... —murmuré de nuevo, aunque en realidad no quería que se callara. La situación era tan excitante como prohibida, y cada palabra que salía de sus bocas solo añadía más fuego al deseo que ardía entre Miriam y yo.

—Oye, ¿y si le dijéramos algo? —preguntó uno de los chicos, y sentí cómo Miriam se tensaba bajo mi mano. —Algo como... no sé, un piropo o algo así.

—¿Estás loco? —respondió el otro, riendo. —Esa mujer está en otra liga, tío. Ni te molestes.

El vaivén de nuestros cuerpos se volvió más frenético, más desesperado. esta vez Miriam no pudo evitar un gemido más fuerte, que resonó en el pequeño espacio de la cabina. Rápidamente, apreté mi mano contra su boca, pero era demasiado tarde. Los chicos se callaron de repente, y el silencio que siguió fue casi palpable.

—¿Has oído eso? —preguntó uno de ellos, con una voz llena de curiosidad.

—Me pareció escuchar algo... —respondió el otro, y sentí cómo el corazón se me aceleraba. Miriam me miró con ojos llenos de preocupación, pero también de excitación.

—Tenemos que salir de aquí —susurré, pero Miriam negó con la cabeza, apretando sus caderas contra las mías con más fuerza. Sus ojos me desafiaban, como si estuviera diciendo: "¿Qué vas a hacer ahora?"

—Joder... —murmuré, sintiendo cómo la adrenalina corría por mis venas. Los chicos estaban a unos metros, y Miriam y yo estábamos a punto de llegar al clímax.

—Vamos... —susurró, y su voz era tan suave que apenas la escuché. —No te detengas…

Y no lo hice. Con cada empuje, sentía cómo el placer aumentaba, cómo el calor entre nosotros se volvía insoportable. Miriam gemía en voz baja, ahogando los sonidos en mi hombro, mientras yo la sostenía con firmeza, asegurándome de que no cayera al suelo.

Finalmente, sentí cómo el clímax se acercaba, y supe que no podría aguantar mucho más. Miriam lo sabía también, y sus movimientos se volvieron más frenéticos, más desesperados. Con un último empuje, sentí cómo me corría dentro de ella, liberando todo el deseo acumulado en un torrente de placer que nos dejó sin aliento. Miriam se estremeció bajo mí, sus músculos contrayéndose alrededor de mí mientras tenía su orgasmo.

Los chicos parecieron no escuchar nada más y finalmente se fueron, riendo entre dientes y hablando de más chicas calientes. Miriam y yo nos miramos, y por un momento, no dijimos nada. Luego, ella sonrió, y su risa suave llenó el pequeño espacio de la cabina.

—Eso fue... increíble —dijo, y yo no pude evitar sonreír también.

—Sí, lo fue —respondí, sintiendo cómo el corazón se me calmaba poco a poco. —Pero la próxima vez, tal vez elijamos un lugar más... privado.

Miriam rió de nuevo, y su risa era tan contagiosa que no pude evitar unirme a ella. Luego, nos vestimos en silencio, sabiendo que lo que acababa de pasar era algo que nunca olvidaríamos.​
 
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Pues yo no sé, si como muchos nos tenemos, Marcelo no acabará la Universidad, pero como dice el dicho " que le quiten lo bailao", que ha conquistado a la tía mas buena de la Universidad.
 

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