Capítulo 26
Los días que siguieron a la feria de ciencias transcurrieron con una extraña mezcla de tensión y alivio. La universidad se preparaba para el cierre del semestre, y con ello, el ambiente se volvió más denso, casi sofocante. Las bibliotecas, antes espacios de paso y encuentros casuales, ahora se encontraban abarrotadas de estudiantes que, de repente, parecían darse cuenta de la enorme cantidad de material que aún les quedaba por estudiar antes de los exámenes finales. En los pasillos, el bullicio de conversaciones y risas se había reducido drásticamente. A ratos, el silencio resultaba inquietante, roto solo por el sonido de pasos apresurados y el murmullo de quienes repasaban apuntes en voz baja.
A pesar del estrés colectivo, había algo en el aire, una sensación tenue pero innegable de esperanza. La promesa de las vacaciones de invierno comenzaba a abrirse paso entre la ansiedad académica. Era una ilusión distante, pero suficiente para mantenernos a flote, incluso cuando el agotamiento se hacía insoportable. Las charlas de pasillo que aún sobrevivían giraban en torno a planes para el receso: algunos se irían de viaje, otros volverían a casa, y unos pocos valientes se resignaban a quedarse en la ciudad, atrapados en proyectos que no podían posponer. Pero, de cualquier forma, todos contaban los días.
El café se había convertido en una necesidad más que en un placer. Cada mañana, antes de entrar a clase, me encontraba en la cafetería del campus, rodeado de estudiantes que, al igual que yo, se aferraban a su taza como si fuera un salvavidas. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el ruido de conversaciones a medio despertar y pasos arrastrados. La mayoría de nosotros nos movíamos como zombis en busca de nuestra dosis de cafeína, intentando reunir la energía suficiente para enfrentar otro día.
En clase, intentaba mantenerme enfocado, aunque no podía evitar buscar a Miriam con la mirada de vez en cuando. Cuando nuestras miradas se cruzaban, ella me dedicaba una media sonrisa, discreta pero suficiente para hacerme sentir que el mundo no se desmoronaba del todo. Vivi, siempre atenta a los detalles, nos sorprendió en uno de esos momentos. Alzó una ceja y sonrió con picardía, pero Miriam simplemente le hizo un gesto con la mano, como restándole importancia.
Nuestra relación aún era un secreto. Acordamos mantenerlo así, al menos por un tiempo. Lo de Max seguía siendo un asunto delicado, y aunque Miriam y yo sabíamos que lo que había entre nosotros era real, preferimos evitar preguntas incómodas y miradas de juicio. Era demasiado pronto. Demasiado reciente. Pero, al menos, algo en mi interior empezaba a encontrar su lugar, aunque otras partes de mi vida parecían aún estar enredadas en el caos.
Un día, después de una clase particularmente larga y agotadora, me encontré con Simón en los pasillos. Como siempre, tenía su aire relajado, pero esta vez, su sonrisa era más observadora que burlona. Me miró con curiosidad, como si estuviera analizando algo que yo aún no había notado en mí mismo.
—¿Sabes qué, Marcelo? —dijo con un tono entre intrigado y divertido—. Te veo diferente. Más vivo. Más contento, incluso. ¿Qué está pasando? ¿Algo bueno?
Me quedé en silencio por un momento, rascándome la cabeza. No esperaba esa observación.
—La verdad… no sé —respondí finalmente, aunque mi sonrisa lo desmentía.
Simón entrecerró los ojos y cruzó los brazos, como si analizara la situación con más atención.
—Es algo, ¿verdad? Algo está ocurriendo—. ¿Quién sabe? Tal vez tengas una razón para estar más animado últimamente.
No le respondí directamente, pero sus palabras resonaron en mi cabeza durante el resto del día. No era solo el café ni la carga de los estudios lo que me había mantenido en pie durante las últimas semanas. Había algo más. Algo que había estado creciendo en mí de forma silenciosa pero potente.
Miriam.
Mantener mi relación con Miriam en secreto tenía algo de irreal. Por años, ella había sido parte de un mundo que parecía inalcanzable para alguien como yo. La niña pija de la universidad. La que siempre tenía el peinado perfecto, la ropa impecable y un aura de seguridad que la hacía destacar en cualquier lugar. Si alguien me hubiera dicho meses atrás que acabaría viéndome con ella a escondidas, habría pensado que estaban locos.
Pero ahí estaba, encontrándome con ella en rincones alejados del campus, en pasillos poco transitados, en la parte trasera de la biblioteca donde nadie se molestaba en ir. No podía evitar preguntarme cómo nos verían los demás si nos descubrieran: el tipo normal, el chico sin grandes pretensiones, y ella, la chica que siempre parecía destinada a cosas más grandes.
Esa tarde, quedamos de vernos en la terraza de uno de los edificios más altos del campus. Era un lugar que casi nadie visitaba, un rincón donde el viento soplaba con más fuerza y la ciudad se desplegaba a nuestros pies con un mar de luces parpadeantes en la distancia. Subí las escaleras con el corazón latiéndome rápido, no solo por la prisa, sino por la sensación de lo prohibido, de lo nuestro.
Cuando la vi esperándome, sentí un ligero escalofrío. Miriam llevaba una chaqueta corta de cuero sobre una blusa clara. Sus jeans oscuros le quedaban perfectos, y el cabello, usualmente bien peinado, estaba ligeramente revuelto por el viento, dándole un aire más natural, menos pulido, más real. Por un segundo, me pregunté si ella era consciente de lo bien que se veía así, sin los filtros de su mundo.
—Pensé que no vendrías —dijo con una sonrisa, cruzando los brazos para protegerse del frío.
—¿Y perderme la oportunidad de encontrarme contigo a escondidas? Ni loco —respondí, apoyándome en la baranda junto a ella.
El aire estaba cargado de algo que no era solo la brisa helada. Había tensión, pero no de la mala. De esa que hacía que mi pecho se sintiera un poco más apretado cada vez que la miraba.
—Esto es raro, ¿no? —dijo ella después de un momento, con la mirada perdida en la ciudad.
—¿El qué?
—Nosotros. Viéndonos así, a escondidas. No sé si me siento como una niña rebelde —dijo mirándome a los ojos
Me acerqué, y ella no retrocedió. Nos quedamos así, mirándonos por un segundo que pareció eterno, hasta que su respiración chocó con la mía y, al fin, nuestros labios se encontraron.
Era un beso contenido por días. Miriam llevó una mano a mi rostro y yo la rodeé con mis brazos.Y en ese momento, ahí arriba, con el viento helado y la ciudad brillando debajo de nosotros, todo lo demás dejó de importar.
Cuando el beso terminó, Miriam no se apartó del todo. Se quedó ahí, con las manos apoyadas en mi pecho, su respiración todavía algo acelerada. Sus ojos me miraban con una mezcla de determinación y vulnerabilidad que me hizo sonreír.
—¿Qué? —preguntó, frunciendo el ceño al notar mi expresión.
—Nada —respondí, negando con la cabeza, aunque mi sonrisa no desapareció—. Es solo que... no me imaginaba que te gustaba besarme tanto.
Ella resopló y me dio un leve empujón en el pecho, como si quisiera disimular, aunque sus mejillas se habían teñido de un color carmesí.
—Por favor —dijo con su característico tono de superioridad—, no te emociones demasiado. Fue solo... un impulso.
—¿Un impulso, eh? —arqueé una ceja, divertido—. ¿De esos que te dan tan seguido que por eso nos vemos en secreto?
Miriam entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—No te hagas el listo, Marcelo. Solo porque... esto está pasando, no significa que voy a aguantar tus comentarios tontos.
Me reí y me apoyé de nuevo en la baranda, disfrutando de la brisa que nos envolvía. Miriam tenía esa manera extraña de expresar sus sentimientos. No los negaba, pero tampoco los mostraba con facilidad. Siempre había algo de resistencia en su manera de hablar, como si temiera que, si era demasiado honesta, perdería el control de la situación.
Pero yo ya la estaba empezando a entender.
—Lo sé —dije, mirándola de reojo—. No te preocupes, no voy a ir por ahí presumiendo que la chica más exigente y orgullosa de la universidad se muere por verme en secreto.
Ella volvió a empujarme, esta vez con más fuerza, pero no pudo evitar sonreír.
—Eres insoportable.
—Y sin embargo, aquí estás.
Miriam suspiró y se llevó una mano al cabello, apartándolo del rostro con un gesto casi exasperado.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto?
—Sorpréndeme.
—Que no quiero que se termine.
Su voz bajó al decirlo, como si admitirlo fuera algo peligroso. Me giré hacia ella y, sin pensarlo demasiado, tomé su mano entre las mías.
—No tiene por qué terminar.
Ella apretó los labios, como si quisiera decir algo, pero terminó desviando la mirada.
—No lo sé, Marcelo. No es tan simple.
—Claro que no lo es, pero... —Apreté suavemente su mano, obligándola a mirarme de nuevo—. No tienes que resolver todo ahora. Solo... podemos seguir viéndonos, seguir así.
Miriam me sostuvo la mirada por un largo segundo antes de suspirar y apartar la mano, pero no con frialdad, sino con un toque de resignación.
—Solo prométeme algo.
—Dime.
—No te aproveches de esto para inflar tu ego, ¿vale?
Reí, levantando las manos en señal de rendición.
—Lo intentaré, pero no prometo nada.
Ella rodó los ojos, pero antes de darme la espalda para marcharse, se inclinó y me dejó un beso fugaz en la mejilla.
—Nos vemos mañana, idiota.
Y con eso, se fue, dejando en el aire el perfume dulce de su cabello y una sensación de calidez en mi pecho.
Miriam podía ser orgullosa, testaruda y complicada, pero también era sincera a su manera. Y si eso significaba aguantar sus comentarios mordaces y sus actitudes a veces frías, valía la pena. Porque, al final del día, ella estaba ahí. Conmigo.
Mientras caminaba de regreso por el campus, con la brisa nocturna enfriando mi piel y la sensación del beso de Miriam aún grabada en mi memoria, mis pensamientos se vieron interrumpidos por una escena que me resultaba demasiado familiar.
A unos metros de distancia, justo al borde del sendero arbolado que llevaba hacia los edificios administrativos, vi a Abigail caminando junto al rector.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
No era la primera vez que los veía juntos, pero cada vez que ocurría, sentía un nudo desagradable en el estómago. Sabía lo que pasaba entre ellos. Sabía lo que Abigail me había confesado aquella vez en su casa, cuando el alcohol la había hecho bajar la guardia.
Y ahora, al verlos de nuevo juntos, algo se sentía diferente.
Abigail no solo estaba con él, sino que su actitud parecía menos tensa que de costumbre. Iba vestida con uno de esos atuendos que últimamente llevaba más seguido: una blusa con un escote más pronunciado de lo que solía usar antes y unos pantalones ajustados que resaltaban sus curvas.
El rector, en cambio, tenía esa misma expresión de autosuficiencia, con la barbilla alzada y esa mirada posesiva que tanto me desagradaba.
Sin pensarlo dos veces, me escondí detrás de uno de los pilares cercanos y los seguí con la mirada.
Mi mente se llenó de pensamientos oscuros.
El club de fotografía.
Me habían estado presionando para conseguir fotos comprometedoras de Abigail. Si no lo hacía, revelarían mi video infiltrándome en la universidad, y entonces todo acabaría. Mi reputación. Mi futuro. Miriam.
Tragué saliva.
Por un momento, mi mano se deslizó automáticamente hacia mi teléfono en el bolsillo.
Solo bastaba con una foto. Una sola imagen comprometedora y me libraría de todo.
Pero, rápidamente, sacudí la cabeza y cerré los ojos por un segundo.
No.
No iba a hacer eso.
Abigail era víctima de ese hombre, y yo no iba a ser otro que la usara para su propio beneficio. No importaba lo que me costara, no iba a traicionarla de esa manera.
Los seguí en silencio, observando cada uno de sus movimientos.
En un momento, el rector se detuvo y le dijo algo. Abigail también se detuvo, pero en lugar de mostrarse tensa, como siempre lo hacía cuando él la presionaba, lo miró con una leve sonrisa.
Algo en su actitud había cambiado.
¿Había cedido?
Mi pecho se comprimió al ver la forma en que ella inclinó la cabeza, como si realmente estuviera considerando sus palabras en lugar de rechazarlas de inmediato.
Algo no estaba bien.
Apreté los puños, sintiendo que me hervía la sangre, y di un paso adelante, asegurándome de no perder detalle de la conversación.
La conversación entre Abigail y el rector continuó, pero yo no podía escuchar nada desde mi escondite. Solo podía observar sus gestos, el lenguaje de sus cuerpos, tratando de descifrar qué estaba pasando realmente.
El rector hablaba con confianza, con esa actitud de superioridad que siempre lo acompañaba. Se inclinó un poco hacia ella, con una sonrisa sutil, como si le estuviera prometiendo algo.
Abigail, en cambio, no parecía la misma de siempre. No estaba rígida ni con los hombros tensos como solía estar cuando él la acorralaba en público. Esta vez, aunque no del todo relajada, se mostraba más receptiva. Asintió un par de veces, y hasta dejó escapar una leve risa ante un comentario que él hizo.
Fruncí el ceño.
¿Era una estrategia suya para ganar tiempo? ¿O acaso realmente estaba considerando ceder?
Me negaba a creerlo.
No después de lo que me había contado aquella vez en su casa, cuando el alcohol la había despojado de sus filtros. Me había confiado su miedo, su desprecio hacia el hombre que tenía delante.
Pero ahora…
Ella apartó un mechón de cabello de su rostro y ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando algo. El rector aprovechó la pausa para acercarse un poco más. Apenas unos centímetros, pero lo suficiente para que la distancia entre ellos fuera casi inexistente.
Esperé que ella se apartara. Que frunciera el ceño. Que lo pusiera en su lugar.
Pero no lo hizo.
Mi pecho se tensó.
Quizás estaba jugando un juego peligroso. Quizás intentaba hacerle creer que estaba dispuesta a ceder, solo para mantenerse a salvo. Pero… ¿y si no era un juego? ¿Y si de verdad estaba resignándose?
No podía ser.
El rector extendió la mano y la colocó con familiaridad en la parte baja de su espalda.
Cerré los puños con fuerza.
Abigail no reaccionó de inmediato. No se apartó bruscamente, no lo miró con desprecio. Solo se quedó quieta por unos segundos, y luego, con un leve suspiro, desvió la mirada hacia otro lado.
Ese gesto me desconcertó más que cualquier otra cosa.
¿Qué significaba?
Era como si hubiese aceptado algo. Como si en su cabeza ya hubiera tomado una decisión.
El rector sonrió.
Dijo algo más, y esta vez, Abigail asintió sin dudarlo.
Un auto negro se acercó lentamente por la carretera interna del campus. Era elegante, con vidrios polarizados.
El rector sacó su llave y desactivó la alarma.
Abigail no mostró sorpresa. Como si ya supiera lo que iba a ocurrir, caminó junto a él sin protestar.
No.
No, no, no.
Mi corazón latía con fuerza mientras los veía abrir las puertas.
Ella iba a subirse.
¿De verdad iba a hacerlo? ¿O era solo parte de una estrategia?
Quería creer que aún tenía el control. Que todo esto era un juego peligroso en el que ella intentaba ganar tiempo.
Pero mientras la puerta del auto se cerraba tras ella, no pude evitar pensar que, tal vez, Abigail ya había dejado de resistirse.
El motor arrancó y el auto desapareció en la oscuridad de la noche.
Me quedé en mi escondite, con los pensamientos revueltos y un nudo en el estómago.
No sabía qué pensar.
Pero algo me decía que, después de esta noche, las cosas iban a cambiar. Y no estaba seguro de que fuera para bien.
Caminé lentamente de regreso a los dormitorios, el peso en mi pecho seguía ahí, denso, como si me hubiera tragado una roca. Las dudas sobre Abigail y el rector no me dejaban en paz. La imagen de ella subiendo al auto, tan tranquila, tan resignada... No podía dejar de pensar en ello. Quería creer que no había cedido, que todo había sido parte de su estrategia, pero algo me decía que las cosas no eran tan simples.
Al llegar al edificio, intenté sacudir los pensamientos de mi mente, pero nada funcionaba. Abrí la puerta con un suspiro y me detuve un momento al ver a las gemelas, Ari y Adri, de pie cerca de la entrada del pasillo.
Ari me vio primero. Su mirada curiosa me recorrió de arriba a abajo, y enseguida me sonrió.
—Oye, ¿qué pasa, Marcelo? —dijo con tono juguetón—. ¿Estás bien? Te veo algo raro, ¿eh?
Adri, que estaba al lado de su hermana, frunció el ceño ligeramente y levantó una ceja.
—Sí, ¿no será que tienes alguna clase de problema? —comentó con una sonrisa pícara. Las gemelas siempre parecían saber cuándo algo no estaba bien, y aunque su forma de preguntar no era la más sutil, lo cierto es que su preocupación era genuina, de alguna forma.
Suspiré, sin saber qué responder. Estaba tan sumido en mis pensamientos que casi ni noté la pregunta que me hicieron.
—Sí, todo bien, solo... un poco cansado —respondí con un tono distraído, dándome cuenta de lo vago que sonaba.
Ari no pareció convencerle mi respuesta y se acercó un poco más. La mirada de ella se suavizó, como si intentara leerme mejor.
—¿Seguro? Porque te juro que te veo con la cabeza en otro lado. Mira que somos gemelas, tenemos ese sexto sentido, ¿sabes? —bromeó, aunque había algo serio detrás de sus palabras.
Adri la miró un momento, luego se acercó y me dio un toque en el hombro.
—¿Vas a la cena de fin de año? —preguntó, cambiando un poco de tema, pero no sin antes lanzarme una mirada curiosa.
No pude evitar sonreír ligeramente ante la pregunta. La cena era un evento grande, con mucha comida, risas y sobre todo, una oportunidad para soltar un poco de estrés antes de los exámenes finales. A veces, las cosas como esas se convertían en lo único a lo que uno se aferraba para seguir adelante.
—No lo sé... —dije, mirando al suelo por un momento, aún pensando en las últimas horas—. Supongo que sí, no puedo perderme la fiesta, ¿no?
Ari sonrió de oreja a oreja, claramente contenta de escuchar mi respuesta.
—¡Eso es! Sabía que no te la ibas a perder. Pero bueno, si te vemos en la cena con esa cara larga, ¡te vamos a hacer reír a la fuerza! —dijo con un tono burlón, pero en sus ojos había un brillo de complicidad.
Adri, que se había quedado pensativa, agregó:
—Si vas, va a ser para disfrutar, Marcelo. No más cara de preocupación. Te necesitamos en tu mejor forma para la cena.
Reí, aunque de una forma tensa. Era como si un peso un poco más ligero se hubiera soltado en mi mente, gracias a la naturalidad de las gemelas.
—Muy bien, entonces nos vemos en la cena, chicas —dije mientras entraba en el edificio.
Al día siguiente, después de una larga sesión de estudio en la biblioteca, decidí pegarle una visita a Miriam mientras entrenaba. No estaba seguro de por qué me sentía tan impulsado a ir, pero algo me decía que debía ir. El gimnasio de la universidad estaba ubicado dentro de un centro de alto rendimiento, un lugar exclusivo donde los mejores deportistas de la universidad, en su mayoría becados, realizaban sus entrenamientos diarios. Sabía que Miriam solía entrenar ahí, y aunque nunca me había interesado demasiado en el gimnasio, el hecho de que ella estuviera allí me dio una razón para ir.
Después de recorrer un poco los pasillos del centro, finalmente encontré la entrada del gimnasio. Al llegar, una recepcionista me preguntó si estaba registrado. Le expliqué que no lo estaba, pero que solo quería ver a una amiga entrenar, sin ninguna intención de inscribirme. Ella me ofreció la posibilidad de hacerlo de inmediato, ya que el gimnasio era gratuito para los estudiantes, pero rechacé amablemente la oferta. Siempre había preferido hacer ejercicio en casa, en mi propio espacio, sin tanta gente alrededor.
Sin embargo, mientras caminaba hacia la zona de entrenamiento, no pude evitar pensar que tal vez, solo tal vez, ver a algunas chicas entrenando podría ser una motivación extra para empezar a venir más seguido. Mi mente divagó por unos instantes, imaginando que quizás debería ponerme más en forma, hacer un esfuerzo por mantenerme saludable. Pero mi fantasía se rompió rápidamente cuando, entre los entrenamientos y el ruido de las pesas, mis ojos se detuvieron en una figura que me resultaba extrañamente familiar.
Era una chica delgada, con leggings y un top negro, haciendo sentadillas con un peso que, al principio, me pareció sorprendentemente alto para su complexión. Me quedé mirando un momento, observando la forma en que levantaba las pesas con una postura impecable. Su figura era esbelta, pero sus piernas estaban firmes y musculosas, su cinturita destacaba bajo el top que llevaba, y no pude evitar sentirme impresionado. Era Vivi, la amiga insoportable de Miriam. Nunca había prestado mucha atención a su físico, pero ahora, viéndola entrenar con tanta determinación, me sorprendió. Se veía decidida y fuerte.
Mi mirada no pasó desapercibida. No tardó mucho en darse cuenta de que la estaba observando, y no fue necesario mucho más para que sus ojos se fijaran en mí. Ella me miró con una expresión que no me gustó, como si hubiera descubierto algo que no debía. Pude ver cómo su rostro se endurecía ligeramente, y su postura se volvía más rígida, como si estuviera evaluándome.
—¿Qué miras? —preguntó Vivi, terminando de hacer su ejercicio, pero con un tono que me dejó claro que no había pasado desapercibido.
Me sentí incómodo, como si me hubiera pillado en medio de algo que no debería haber hecho. ¿Por qué estaba mirándola tanto? Intenté rápidamente cambiar de tema y mantener la calma, aunque mi cara probablemente había adquirido un tono rojizo.
—Nada, solo… pasaba por aquí—respondí, sonriendo de manera forzada, mientras sentía cómo la tensión entre nosotros crecía.
—¿Solo pasabas? Si se te iban los ojos viéndome, no me digas que vienes a ver a las chicas, eh, cerdo —dijo Vivi con un tono molesto.
Que Miriam me llamara "cerdo" me causaba gracia, pero viniendo de Vivi, fue un golpe directo a mi orgullo. No sabía si reír o defenderme, pero ella no me dejaba tiempo para pensar.
—Para nada, solo vine porque me enteré que el gimnasio era gratuito —respondí rápidamente, sin saber bien qué excusa usar.
—No engañas a nadie, becucho —dijo, usando un término que no había oído antes para referirse a los becados, pero con tanta desdén que me hizo sentir como si fuera un insecto. —Sé que vienes a ver a mi bestie Miri, pero ella ya se fue. Y déjame decirte algo, no tienes ni una oportunidad con ella. No pierdas tu tiempo, ella está en otra liga.
Mi estómago dio un vuelco al escuchar esas palabras. ¿Miriam estaba en "otra liga"? Odiaba la idea de que Vivi me viera como un tipo que solo se acercaba a su amiga por interés, pero al mismo tiempo, algo en mí sentía una especie de satisfacción al escucharla tan segura de lo que decía.
Me contuve antes de soltar toda la sopa. ¿Cómo tomaría Vivi el hecho de que su mejor amiga se había acostado conmigo? La idea de revelarlo me cruzó por un momento, pero decidí que no valía la pena. Después de todo, no quería que se metiera en mi vida personal más de lo que ya lo hacía.
—Para nada —reafirmé, con una sonrisa algo tensa—. Solo vengo a entrenar.
—Lo que tú digas —dijo Vivi, levantando las cejas con una mirada que dejaba claro que no me creía ni un poco.
No me quedó más remedio que seguir con la farsa. Aprovechando que llevaba unos pantalones deportivos y una camiseta casual, regresé con la recepcionista y, para su sorpresa, me registré en el gimnasio. No tenía ni idea de qué estaba haciendo, pero al menos estaba llevando la contra a Vivi. No iba a dejar que se saliera con la suya.
Una vez registrado, me dirigí a las áreas de entrenamiento. El gimnasio estaba lleno de gente que parecía estar en su mundo, pero no había ningún instructor presente, por lo que me limité a improvisar. No tenía idea si estaba haciendo el ridículo, pero en ese momento no me importaba. Lo que quería era mostrarle a Vivi que podía seguir su propio camino sin su permiso.
—¿Pero qué haces? Estás haciendo todo mal —me dijo Vivi, negando con la cabeza mientras me observaba.
—Pues así es una sentadilla, ¿no? —respondí, sin pensarlo demasiado, aunque ya sabía que no era cierto.
—De no creer —dijo Vivi, claramente sorprendida y desaprobando mi intento. —Tan presumido que eres en clases y aquí ni siquiera eres capaz de hacer una sentadilla medianamente bien. Hazte a un lado y mira cómo se hace.
Me sentí un poco avergonzado, pero traté de no mostrarlo. Vivi no estaba dispuesta a dejarme quedar bien, y lo sabía. Entonces, como si tuviera que demostrar algo, se posicionó frente a la barra y comenzó a explicarme la técnica de la sentadilla. Su cuerpo se movía con una gracia que solo alguien acostumbrado a entrenar podría tener. Al verla, no pude evitar distraerme un poco. El movimiento de su cuerpo, especialmente su trasero al bajar con la barra, era casi imposible de ignorar.
Me forzaba a concentrarme en la técnica, pero las distracciones eran inevitables. Vivi era increíblemente atractiva cuando estaba en acción, y aunque me regañaba por mi falta de habilidad, algo dentro de mí no podía dejar de mirarla. Aún así, traté de no dejarme llevar por mis pensamientos. Estaba allí para aprender, no para perder la cabeza por una chica que claramente no me veía de la manera en la que yo quería.
—La próxima clase no será gratis —terminó de decir Vivi.
Más tarde, después de darme una ducha y despejarme un poco, finalmente pude encontrarme con Miriam en uno de nuestros lugares secretos. Un rincón apartado de la universidad, donde podíamos estar tranquilos, lejos de miradas curiosas y de todas las expectativas que nos imponían. Miriam ya estaba allí, esperándome como siempre, con esa sonrisa que solo ella tenía.
—Vivi me contó que fuiste al gimnasio —dijo Miriam, con una ceja levantada, como si supiera que había algo detrás de esa visita.
—Sí, quería darte una sorpresa —respondí encogiéndome de hombros, intentando mantener la compostura. No quería que supiera que mi visita al gimnasio no había sido tan inocente, sobre todo cuando Vivi no paraba de meter las narices en mis asuntos.
—Y lo hiciste. Mira que quedarte a entrenar —dijo ella riendo, mientras me miraba con un brillo de complicidad en los ojos.
—Que va, tu amiga Vivi es muy entrometida, no quería que sospechara —respondí, algo avergonzado, aunque era cierto que la situación me había puesto algo tenso. Viví tenía una forma de meter las narices donde no le llamaban.
—En ocasiones es algo pesada —admitió Miriam, con una ligera sonrisa de complicidad, como si estuviera compartiendo conmigo una pequeña crítica a su amiga.
—Y pensar que tú eras así conmigo antes... —dije en tono bromista, recordando cómo Miriam, antes de que todo entre nosotros empezara, era igual de cerrada y desconfiada. Cómo las cosas cambiaban.
—Ya, Marcelo, que es ya es pasado, supéralo —dijo, cortando rápidamente el tema mientras me daba un beso en la mejilla. Un gesto simple, pero que me hizo sentir una calidez que no supe cómo describir.
Aproveché el momento para sacar un tema que llevaba rondando en mi cabeza durante un buen rato.
—Quería hablarte de la cena de fin de año en los comedores del campus. Me imaginé que a lo mejor podrías acompañarnos —dije, mirando a Miriam con una ligera sonrisa. Aunque sabía que podría ser un poco incómodo, la idea de pasar una noche más relajada con ella me parecía atractiva.
—Oh, la cena de fin de año —dijo ella, desviando la mirada, claramente incómoda con la idea. Su respuesta me hizo dudar de que estuviera tan entusiasmada como yo. —No está muy bien visto que nosotros asistamos a esos eventos.
—¿A qué te refieres? —fruncí el ceño, intentando entender su postura. No comprendía por qué, si estábamos juntos, ella veía esto como un problema.
—Sí, o sea, no te ofendas, pero a esos eventos suelen ir solo los becarios, y no sé si... —murmuró, claramente preocupada por cómo podría percibirse nuestra relación en un entorno como ese.
—O sea que te da vergüenza estar rodeada de la "mechiedumbre" —dije molesto, casi sin pensar. La verdad, no me gustaba la idea de que pensara de esa manera.
—No, Marcelo. No es eso. Es solo que... —intentó explicarse, pero yo ya había interpretado lo que quería decir.
—¿Y qué pasará cuando hagamos oficial nuestra relación? ¿Te avergonzará estar con un becario? —dije, sintiendo cómo mi tono se volvía más serio. En ese momento, me dolía pensar que a Miriam le preocupara tanto lo que los demás pudieran pensar.
—Para —dijo, reprendiéndome con la mirada. Sus ojos se clavaron en los míos, haciendo que me sintiera como un niño regañado. —No asumas cosas que no son. A lo que me refiero es que, no sería muy sospechoso que asista a ese evento y además te acompañe como si fuéramos amigos o algo así. Quiero decir, muchos tienen la idea de que seguimos llevándonos mal, y no sé, sería un poco extraño, pero claro que me encantaría ir. Solo que me pongo a pensar en todo eso... —terminó, mirando al suelo con una mezcla de incomodidad y preocupación.
Mi mente empezó a procesar lo que decía, y aunque no me gustaba la idea de tener que ocultar lo que sentíamos, pude entender su punto. Quizá tenía razón, tal vez aún era pronto para ser tan abiertos, sobre todo cuando las apariencias jugaban un papel tan importante en la universidad.
—Sí, bueno. Si pones todo eso en juego, quizá tengas razón —dije, bajando la mirada, un tanto abatido. No me gustaba la situación, pero comprendía que no podíamos ser tan imprudentes.
Pero entonces, Miriam se acercó a mí, levantó mi rostro con su mano y me miró fijamente a los ojos. Con una sonrisa suave, me dio un pequeño piquito en los labios, como si con ese gesto quisiera calmarme, dándome a entender que no todo estaba perdido.
—Venga, te juro que esto es solo temporal —dijo, su voz cálida y reconfortante. Sus palabras me dieron un poco de paz, aunque sabía que aún había muchas cosas que debíamos superar.
Lo que más me sorprendió fue lo sencillo que se sentía estar cerca de ella, incluso en medio de toda la confusión. Había algo en sus gestos, en sus miradas, que me decía que, a pesar de las dificultades y las dudas, de alguna forma encontraríamos la manera de estar juntos.
Y entonces llegaron los exámenes finales. Había estado preparándome para este momento durante semanas. Mi beca estaba en juego y no podía permitirme fallar. Los últimos días habían sido un torbellino de estudio, con largas horas de repaso y, si soy sincero, con noches en vela en casa de Miriam. Había sido más que solo estudiar: también necesitaba liberarme del estrés, y, bueno, las pequeñas distracciones que surgían entre nosotros eran, en cierto modo, una forma de hacerlo.
Y aquí estábamos, en el examen final de química. El profesor Martínez, conocido por ser uno de los más estrictos y exigentes de la universidad, se encargaba de poner a prueba nuestra capacidad de resistencia. Todos hablaban de él con temor, y tenía bien ganada su reputación. Esta era la última oportunidad de demostrar que podía mantener mi nivel y asegurarme de que mi beca no se esfumara.
El examen en sí no fue tan complicado como había imaginado. Claro, parte de eso era el resultado de las largas horas que había invertido en estudiar.
Sin embargo, cuando levanté la vista y miré a Miriam, supe que las cosas no le estaban yendo tan bien. Su rostro estaba tenso, concentrada en cada palabra del examen, como si cada pregunta fuera una batalla que no sabía si podía ganar. Mi corazón se apretó un poco al verla así. A pesar de que ya había terminado, decidí esperar un poco más, observando cómo ella luchaba con las últimas preguntas.
La fila para entregar los exámenes al profesor Martínez comenzó a formarse, una serpiente de estudiantes con rostros de agotamiento y alivio al mismo tiempo. Cuando vi mi oportunidad, me levanté de mi asiento y, con la tranquilidad que intentaba proyectar, me acerqué a la mesa del profesor, observando a Martínez desde lejos, calculando el momento exacto.
Me deslicé cerca de Miriam, lo suficientemente cerca para que no nos viera nadie, y con disimulo dejé un pequeño papel envuelto en mi mano. Era una copia de las respuestas del examen, cuidadosamente transcritas. Miriam me miró, sorprendida, y vi cómo una sonrisa de alivio cruzaba por su rostro. Pero su expresión cambió rápidamente cuando negó con la cabeza, como si me estuviera diciendo que lo que estaba haciendo no estaba bien. Aún así, su rostro mostró gratitud, y su mirada me lo agradeció sin necesidad de palabras.
Con el papel ya en su mano, me quedé unos segundos más en la fila, observando a Martínez. Sabía que tenía que hacer algo para darle un poco de tiempo, así que me acerqué un poco más a él, fingiendo que revisaba mis respuestas por última vez. Con el pretexto de revisar detalles en mi examen, traté de distraerlo. Al principio, parecía no notar nada extraño, y la fila avanzaba lentamente, lo que le daba a Miriam el tiempo que necesitaba.
Finalmente, cuando Miriam entregó su examen, pude ver en su rostro una mezcla de alivio y agradecimiento. El tiempo había sido suficiente. Aunque sabía que lo que había hecho podría no ser lo correcto, también sabía que, en ese momento, la situación lo requería. Y mientras salíamos del aula, nos cruzamos las miradas y, aunque no dijimos nada, ambos sabíamos que lo habíamos logrado juntos.
Ahora quedaba esperar los resultados, pero al menos en ese instante, había hecho todo lo posible para ayudarla.
Había sido todo. Finalmente, después de un semestre largo y lleno de altibajos, las clases habían llegado a su fin, y las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina. La sensación de alivio era casi palpable, y no pude evitar sonreír al darme cuenta de que, por fin, podría relajarlo todo un poco.
Esa noche era la esperada cena de fin de año, un evento que la universidad organizaba para celebrar el cierre del semestre. La idea me emocionaba, pero también me causaba un poco de nerviosismo. Todo el estrés de las últimas semanas había sido una constante, y ahora era el momento de dejarlo ir, disfrutar de la compañía de los demás y desconectar un poco. Pero antes de todo eso, necesitaba una prenda adecuada para la ocasión.
Me acerqué a la habitación de Simón, con la esperanza de pedirle algo de ropa prestada, ya que había oído que su estilo siempre era más pulido que el mío. Además, pensé que sería una buena oportunidad para charlar un poco. Toqué la puerta con suavidad y me la abrió casi de inmediato. Parecía que acababa de despertar, su pelo algo desordenado y su cara aún con la huella de los minutos que había pasado en la cama.
—¿Qué tal, Simón? —le dije mientras entraba, con una sonrisa algo tímida.
—Eh, todo bien —respondió, con una media sonrisa, pero no la misma energía que solía tener. Como si algo estuviera nublando su estado de ánimo.
Intenté empezar una charla casual, buscando distraerlo un poco, pero algo no encajaba. No parecía tener muchas ganas de hablar, mucho menos de salir. De hecho, al mencionar la cena de fin de año, Simón se mostró reticente, algo completamente fuera de lo normal para él. Siempre había sido de los que se animaban a todo, especialmente cuando se trataba de eventos como este.
—¿Entonces no vas a la cena? —le pregunté, frunciendo el ceño por su actitud.
Simón suspiró profundamente, dejándose caer sobre su cama mientras miraba el techo. Su tono, cuando respondió, fue diferente al usual.
—No sé… No estoy de humor. Ni siquiera sé si vale la pena —dijo con desgano, casi como si se hablara a sí mismo.
Eso me sorprendió. Simón siempre había sido el alma de las fiestas, y verlo tan apagado me hizo preguntarme si había algo más detrás de su comportamiento. Intenté averiguar más, pero parecía que no quería abrirse al respecto. Era raro para él, y no pude evitar pensar que algo lo estaba afectando.
—Vamos, no puede ser tan malo. ¿Por qué no vienes? —insistí, tratando de animarlo un poco. Me senté a su lado en la cama, esperando que me dijera qué estaba pasando.
Simón se giró un poco hacia mí, aunque su mirada estaba distante. Después de unos segundos, levantó las manos como señal de rendición.
—No sé... Tal vez solo necesito un poco de tiempo. Este semestre fue una locura y… no sé, siento que todos están ya demasiado metidos en sus historias. Creo que me vendría bien un descanso más grande.
Lo miré en silencio, comprendiendo un poco más su actitud. Todos habíamos pasado por un semestre complicado, y para algunos, las vacaciones significaban más que un descanso físico. A veces, se necesitaba un respiro emocional.
—Entiendo… Bueno, si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme —dije finalmente, levantándome de la cama. Aunque no me gustaba ver a Simón así, sabía que solo él podía decidir lo que necesitaba.
Antes de salir, me giré una última vez.
—Solo recuerda que siempre es más divertido con amigos —le dije, con una sonrisa ligera, dejando una puerta abierta para que se uniera si cambiaba de idea.
Simón me miró por un momento, luego asintió lentamente, como si no estuviera del todo convencido, pero al menos había tomado la sugerencia a bien. Al salir de su habitación, me quedé con la sensación de que algo estaba mal, pero no quería presionarlo más de lo que ya lo había hecho.
Horas más tarde, me encontraba llegando a los comedores de la universidad. Algo en el aire se sentía diferente. Mi mejor amigo y mi novia no asistirían a la fiesta, lo que me dejaba un poco desconcertado. Pensé por un momento en darme la vuelta y olvidarme de todo, pero sabía que solo sería un rato para despejarme. No tenía sentido quedarme encerrado en mis pensamientos.
Al entrar, la decoración navideña me sorprendió. Los comedores estaban llenos de luces brillantes, adornos festivos y un aire de alegría que hacía que el lugar se sintiera acogedor, casi como sacado de una película de Harry Potter, con sus luces colgantes y mesas repletas de comida típica de estas fechas. El bullicio de estudiantes animados y las risas me dieron una sensación de alivio, aunque en el fondo, algo seguía faltando.
De repente, vi cómo las gemelas alzaban las manos para que me acercara a ellas. Con una sonrisa, caminé hacia su mesa. Kate, la compañera de clases de las gemelas, también estaba con ellas, y me saludó con entusiasmo.
—¡Hola, Marcelo! —dijo Ari, con una gran sonrisa.
—¿No viene Simón? —preguntó Adri, al ver que estaba solo.
—Oh, no lo sé. Al parecer, no tenía muchas ganas —contesté, sin querer entrar en demasiados detalles.
—Eso sí que es raro —comentó Adri, sorprendida.
—Y que lo digas —respondí, mientras me sentaba junto a ellas.
Dejé un espacio a mi lado, por si Simón se animaba a aparecer más tarde. Mientras tanto, me puse a degustar algunos de los aperitivos que estaban sobre la mesa. Había un poco de todo, desde canapés hasta pequeñas brochetas de pollo. Me estaba disfrutando todo el banquete, pero mis pensamientos seguían divagando, pensando en si realmente Simón se quedaría fuera de todo esto. De repente, a lo lejos vi a Clara llegando a los comedores. Quería invitarla a nuestra mesa, pero enseguida me di cuenta de que venía acompañada de Luan, y ambos se dirigieron a una mesa más apartada, donde estaban otros miembros del consejo estudiantil. Reconocí a algunos de ellos, y me sorprendió ver que Clara estaba allí, entre ellos.
Kate, que había seguido mi mirada, comentó con algo de desdén:
—Se supone que los miembros del consejo tienen que estar aquí, pero no sé por qué simplemente no se sientan con los demás, siempre tienen que resaltar. —Kate se encogió de hombros, claramente molesta por la actitud de algunos.
—Sí, por qué no invitamos a Clara con nosotros, a Marcelo le encantaría —dijo Adri, con una sonrisa traviesa, dándome un pequeño golpecito en el hombro.
—Sé lo que estás insinuando, pero a Clara solo la veo como amiga. Nada más —respondí, algo tajante. La verdad es que no me gustaba cuando trataban de emparejarme con alguien de esa manera, y aún tenía la mente ocupada en todo lo que había pasado con Miriam.
—Uy, qué serio eres —dijo Adri, entre risas—. Relájate un poco y déjate llevar por el espíritu navideño.
Chocó su copa de ponche con la de su hermana, y me incliné un poco hacia adelante para intentar disfrutar del momento, aunque una parte de mí seguía algo distraída.
Me sentía como un espectador en medio de la fiesta, como si la alegría a mi alrededor no lograra llegarme por completo. Miriam y Simón, mis dos pilares en todo este caos, no estaban allí, y aunque la noche prometía ser divertida, sabía que algo faltaba.
Me despejé de todo y me puse a disfrutar de la noche. Charlar con las chicas mientras bebía ponche y degustaba los deliciosos postres me ayudaba a olvidarme un poco del estrés de todo lo que había pasado. El ambiente estaba relajado, las luces tenues, la música navideña de fondo, y la gente conversando y riendo. Todo parecía casi perfecto, hasta que, de repente, un murmullo comenzó a recorrer la sala. Era algo sutil al principio, pero pronto me di cuenta de que varias personas estaban comentando algo.
Escuché claramente a un compañero cerca de mí decir un nombre, y no cualquier nombre. Era el de Miriam.
"¿Pero qué hace ella aquí?"
"Ni idea, loco, pero qué bien se ve."
Mi corazón dio un pequeño vuelco. Miré rápidamente a mi alrededor, buscando con la vista a Miriam. Entonces la vi. Estaba deslumbrante, con un vestido elegante, maquillaje perfecto, tacones que realzaban su figura, y el pelo planchado de manera impecable. Lucía simplemente espectacular. Caminaba entre las mesas, y no era difícil notar cómo todos los chicos no dejaban de mirarla. Por un momento, sentí una punzada de desilusión, pensando que iría a sentarse con el consejo, con gente más a su "nivel", a su clase. Sin embargo, me quedé estupefacto cuando la vi dirigirse directamente hacia nuestra mesa.
Mi respiración se aceleró al instante. ¿Realmente iba a sentarse con nosotros? No podía creerlo. Miriam, con todo su brillo y elegancia, en un evento de becarios, de "clase baja", como ella misma alguna vez dijo, ¿en serio iba a hacer eso?
—¿Me puedo sentar con ustedes? —preguntó, con una sonrisa que no pude evitar notar que estaba algo nerviosa.
Volteé a ver rápidamente a las chicas antes de contestar. Mis pensamientos iban a mil por hora, pero cuando vi sus caras, algo en mí se tranquilizó. Estaba claro que no esperaba que Miriam apareciera, pero tampoco iba a rechazarla.
—Sí... sí, claro —respondí, aún sorprendido por su inesperada aparición.
Miriam se sentó a mi lado, y en cuanto lo hizo, las miradas de los demás se posaron sobre nuestra mesa. Durante unos segundos, todos se olvidaron del consejo estudiantil y los focos se centraron en nosotros. Las gemelas, normalmente tan parlanchinas, estaban completamente calladas. El silencio que se instauró fue incómodo, y sentí que todo el mundo nos observaba, como si no encajáramos allí. Me sentí raro, pero también emocionado. Miriam estaba allí, a mi lado, y por alguna razón eso me daba confianza, a pesar de la incomodidad que sentía.
—Espero que no les moleste mi presencia —dijo Miriam, con un tono suave pero algo inseguro.
—Por supuesto que no, anda, ve por algo de ponche y ven con nosotros a celebrar —dijo Kate, rompiendo el hielo con una sonrisa amable—. Marcelo, ¿por qué no la acompañas?
—¡Y de paso rellena mi copa, por favor! —agregó Ari, con una risa traviesa.
—Oh sí. Vamos, Miriam —dije, aún con una mezcla de incomodidad y emoción, levantándome.
Caminamos juntos hacia la mesa donde estaba el ponche, y durante unos segundos, me sentí como si el resto del mundo desapareciera. Miriam y yo, solos por un momento, como si todo lo demás no importara.
—Pensé que no vendrías —le dije, intentando romper el silencio incómodo mientras caminábamos hacia la mesa.
—Ya ves, me puse a pensar, y pensé que era una tontería lo que te dije. ¿Qué más da lo que digan? Al final, ¿por qué no? —respondió con una sonrisa tímida, pero sincera—. Solo no intentes nada, ¿eh?
Su sonrisa me hizo sentir más relajado, y aunque me dijo eso con un tono juguetón, sabía que lo decía en serio. Me reí por dentro, pensando que tal vez Miriam no era tan distante como había creído en algún momento. Quizás todo esto solo necesitaba tiempo, y esa noche, con ella a mi lado, parecía el momento perfecto para dejar que las cosas fluyeran.
Recogí el ponche, y mientras volvíamos a nuestra mesa, sentí que, por una vez, las cosas podían salir bien.