20
Cuando regresé a casa con mi sonrisa tonta después de la “gran película” que vimos, comprobé que Fernando ya no estaba y mi hermana me dijo que podía cenar las sobras que dejó en el microondas para mí.
Las devoré con ansia, casi como si no tuviera fuerzas después de descargar todo mi semen sobre el clínex que me puso Sofía en la punta de mi polla. Aún me palpitaba el cuerpo y, degustando ese manjar hecho por Paula, solo era capaz de sonreír como un auténtico lelo.
―¿Qué tal? ―pregunté a mi hermana nada más sentarnos en la sala.
―Pues bien, aquí… sin novedades.
―Pau, que me refiero a la tarde con Fernando. ¿Estuvo bien? ―alzó los hombros. Hacía como si no le importara lo más mínimo.
―Estuvo bien, sí. ―llevaba su bonito pijama de dos partes y… de nuevo sin sujetador. “Gracias, hermanita”, le dije de manera mental, pero no le llegó― Comimos y después charlamos un poco en el sofá con una película de fondo.
―¿Charlar? ―la picardía en mi voz lo decía todo― ¿Solo charlar?
―Pues sí, solo eso. ―me dedicó una falsa sonrisa y continuó― Hemos hablado de nuestra relación y de lo que vamos a hacer de aquí en adelante. Lo único que ha pasado es que nos hemos besado.
―La verdad es que me alucina. Esperaba una… reconciliación más pasional… ―ella negó y se quedó de brazos cruzados tumbada en el sofá y mirando a la televisión. Aproveché para observar sus senos; de momento, no se le apreciaban los pezones.
―De eso nada. Hasta verano me he puesto como límite que no le voy a dar nada más.
―¿¡Cómo!? ―se me tensó el cuerpo de imaginármelo― ¿¡Le has dicho que no va a tener nada hasta verano!? ¡Si estamos en febrero!
―Es su castigo.
―Castigo o, más bien, penitencia… ¡Dios, Paula…! ―aunque había una cosa que también era clara― Pero eso es una espada de doble filo, porque vas a estar con un chico de pareja y no le vas a dar nada de sexo, aunque tú tampoco…
―Aguanto con facilidad ―lo dijo con demasiada seguridad y no sé por qué, pero no la creí.
―Eres mala, eh… Qué horror va a pasar Fernando, no me lo quiero ni imaginar. Dicen que las guapas tenéis ese punto de locura, eres la viva imagen de ello.
―Puede ser… ―pasó una mano por sus senos, buscando un hilo invisible que no llegué a ver, cuando cogió y tiró, el pecho se meció― Por cierto, cambiando de tema, dentro de dos semanas me voy al pueblo a pasar el fin de semana. Hemos quedado las chicas de allí para cenar y hacer cosas, ya sabes.
―¿El fin de semana entero? ―ella asintió observando lo que echaban en la televisión― Tendré que aprovechar, no como el pobre de Fernando. Menos mal que mi novia no es tan cruel…
El sonido me llegó antes que la imagen, fue un ruido seco, una risita muy tenue que alcanzaba mis oídos con ganas. Paula se estaba riendo, creo que con cierta malicia, pero cuando la vi sonreír, me encantó. Estaba extremadamente bella cuando lo hacía.
―Aprovecha entonces. Tenéis el piso para vosotros dos.
―Ya te devolveré el favor cuando levantes el castigo a Fernando, os dejo un fin de semana para vosotros.
―¡Ja…! ―se rio de manera evidente― Veremos si se lo merece, que parece que tienes más interés tú en que seamos novios que yo.
―Me cayó bien, no sé… Es un chico majo, aparte del tema de la infidelidad ―maticé por si acaso se le ocurría fulminarme con sus ojos azules―. Oye, me gusta que te sinceres conmigo y me cuentes esas cosas de tu novio, parecemos hermanos normales.
―No somos muy normales…
Su aliento salió caliente, dejando clara una cosa que los dos sabíamos que ocurría, pero que guardábamos en lo profundo de nuestras memorias. El recuerdo de la paja me asoló, de ese momento en el que nuestros dedos se unieron y sentí el paraíso colmarme de placer.
Me la agarré con ganas, observando esos pezones que se empezaban a atisbar bajo la tela. Mi polla se endureció un poco y… sabiendo que al día siguiente debería ir a la universidad, tuve que levantarme.
―Voy a descansar. Hablamos mañana y ya me cuentas más de ese viaje al pueblo.
―Como quieras. ―me despidió con cierta indiferencia, aunque sus pezones me decían otra cosa.
En mi cuarto encendí el portátil, observando esas fotos viejas que tanto me gustaban. Había pasado el tiempo y no tenía ninguna nueva, obviamente, no importaba, servían para su propósito. Sin embargo, cuando terminé y el corazón trataba de escapar del pecho, supe que necesitaba dar un paso más con Paula ahora que parecía algo más receptiva, eso sí, también debería hacer una cosa más.
―Estas fotos… requieren de una actualización.
****
Los días siguientes no hubo novedades, yo solamente tenía la cabeza lista para ese fin de semana que pasaría con Sofía al completo. Por supuesto, haríamos cosas de novios como cenar, pasear y otro tipo de historias, pero… follar era nuestro principal objetivo, ya que estábamos bastante cachondos.
Al comienzo de la semana estuve mirando un poco de porno, podría decir que era para ver si algo me llamaba la atención y probarlo con mi novia. Sí, eso era cierto, aunque cuando encontraba un video bueno, acababa de la misma manera que os podéis imaginar.
Sin embargo, algo me picó cuando vi una película antigua muy específica a la que pinché por error. Se trataba de un filme francés, de esos que incluso tienen argumento y parece que la trama avanza entre polvo y polvo.
Me fascinó que la preciosa actriz llevaba incrustado en su trasero un precioso plug anal en forma de pica y de un color dorado muy llamativo. Rápido me centré en lo que ese culo me ofrecía y, cuando puse en mi mente a Sofía a cuatro patas con eso brillando en su ano, la efervescencia sexual nació en mí.
Aquella misma noche me metí en el ordenador, con las ganas de comprárselo a modo de regalo… ¿Para mí o para ella? Eso ya lo respondería el futuro inmediato. El caso era que no me apetecía que llegara solamente ese paquete, como si alguien lo fuera a abrir y descubriera mis perversiones.
―¿Si lo abre Paula…? ―me pregunté escuchándola hacer la maleta de fondo y una voz muy bromista me gritó “igual piensa que es para ti”.
Fue una tontería, una leve vergüenza que se instauró en mi ser y decidí formar un paquete mayor que diera todas las pistas de que eso no era para mí. Rebusqué algo más y encontré otro vibrador con mando que me pegó a la vista, era pequeño y rosa, ideal para el ano y la vagina. No era mi intención, pero… lo lancé al carro.
Continué buscando una cosa más y rápido encontré lo que buscaba. Sin duda, al primer contacto, se me metió en el ojo: conjuntos de lencería.
―Es una forma novedosa de verla… ―le murmuré al ordenador.
Eso era cierto, Sofía era muy pija a la hora de vestir, sin mostrar apenas su cuerpo y siempre impoluta. No me desagradaba que fuera así; sin embargo, el tema de la ropa interior me decepcionaba un poco.
Solía portar sujetadores de lo más anodinos y bragas que eran de esas típicas blancas del todo básicas. Alguna que otra vez, le había visto un par de ellas con dibujitos, muy infantiles para tener diecinueve años y montarme como una loca. Era el momento de darle una vuelta.
Navegué por la página curioseando una y otra vez diferentes atuendos que me volvían loco. Solo imaginarme a mi novia con eso puesto mientras se contoneaba delante de mí, me ponía la piel de gallina.
No obstante, no logré decidirme por uno en concreto y el tiempo corría, porque si lo pedía al día siguiente, tal vez no los tendría para este fin de semana. Por lo que hice algo que creía que era buena idea, ya que Paula se había abierto un poco más a mí y suponía que nuestra confianza retornaba al punto inicial.
―¿Paula? ―escuché algo que se asemejaba a un sí en la lejanía― ¿Puedes venir un momento a mi cuarto?
―Voy.
Entró con su pijama de dos piezas y esos pechos sueltos que parecían ser marca de la casa. Miré igual que siempre, aunque lo que más me gustó es que separó la puerta sin miedo, sin ningún temor a que estuviera pajeándome igual que un mandril, algo que me encantó.
―¿Qué estás viendo ahí?
Su cara era un poema, aunque lo entiendo, en la pantalla solo había modelos con sus bonitas lencerías puestas. No se parecía en nada al porno que solía consumir, pero lo cierto es que era algo… raro.
―Es que te necesito tu punto de vista femenino. Podría llamar a mamá, pero… sería un engorro y además, no sé si le hará gracia que le hable de esto. ―una pequeña broma que la hizo apoyarse en la mesa.
―¿Lencería? ―su ceño se torció del todo― ¿Para quién?
―¿Para quién va a ser? ¡Para Sofía!
Por un momento me sentí indignado, pensando en que tal vez se imaginaba que me iba el disfrazarme de mujer o algo por el estilo. Esa virilidad que en la adolescencia está en el punto álgido se quejó amargamente y Paula tuvo que apaciguar las aguas.
―Vale, vale… Pues a ver… ¿Qué quieres?
―Esa es la cuestión, necesito otro punto de vista. ―pasé el ratón hasta primer conjunto y se lo amplié― Este es uno de ellos, me gusta bastante. ―cliqué el otro― Aquí la otra opción, quiero saber cuál te gusta más, con cual ves a Sofía mejor.
―Esto… ¿No es un poco personal? ―alcé los hombros, porque para mí no lo era― Cierto, da igual. A ver, enséñamelos otra vez.
Directamente cogió el ratón, dejando la otra mano en el respaldo de la silla y aproximándose demasiado a mí. Pasó de una página a otra, incluso abrió una nueva pestaña para dejar otro modelo bien fijo en la pantalla. Meditaba en silencio y a mí… me estaba ocurriendo otra cosa.
Sus pechos estaban muy cerca, tanto que uno de ellos se posó en mi hombro sin ningún aviso. El peso de este caía sin su sujetador y ahora, el que lo sujetaba era mi cuerpo. Me tensé del todo, esperaba que no girase la cabeza y me viera la cara enrojecida. Cuando escuché su voz, reaccioné.
―Creo que este es el más bonito de los dos.
―Puede ser… ―apenas me fijé, si lo decía Paula lo compraría y ya lo vería puesto en Sofía.
―Tienes un buen ojo para la lencería, no te tenía por un artista de la moda. ―su pecho continuaba allí y también la mano sobre el ratón.
―Alguna vez Sofía me ha hablado de que se quería comprar un conjunto y tal, solo quiero darle un regalo. ―mentira, nunca me dijo nada sobre ello.
―¡Vaya con Sofía! Parece más atrevida de lo que puede insinuar una con el primer vistazo.
―Ya… ―solté una risita algo cohibida por esa teta que pesaba tanto como una montaña― No es lo que aparenta.
―Pues yo creo que para ella y su cuerpo delgadito, esta es la mejor opción.
El dedo saltó del ratón, tocando la pantalla con suavidad, del mismo modo que ese pecho seguía palpando mi hombro. Me recorrió un escalofrío muy intenso, puesto que cada vez que se meneaba, su teta también bailaba sobre mí, sinceramente, debía estar haciéndolo a propósito, porque no se movió ni un ápice.
Miré al portátil para tratar de calmar un cuerpo que bullía igual que un volcán, pero allí solo había una lencería preciosa que me avisaba de lo que pasaría el fin de semana. Se trataba de un conjunto con transparencias que llevaba unos adornos verdes, tanto en el sujetador como en la tanga.
―Sería mejor la braga ―sugirió ella con el dedo tocando a la modelo y su pecho reposando en mí.
―No sé… Sofía es de un culito pequeño, respingón y duro, creo que le quedará mejor la tanga…
―¡Cerdo…! ―susurró ella con una sonrisa perfecta― Lo que tú veas.
―¿Qué talla usará?
Paula titubeó un momento, observando las letras que le hallaban a un lado de la pantalla. Después de meditarlo por unos instantes, pulsó la S.
―Yo creo que esta es la que mejor le va a quedar. A mí me queda bien la M y tengo un cuerpo más gordito que ella. ―¿¡Gordito!? Esa palabra sonó tan ofensiva, Paula era perfecta. Pero no la corregí y dejé que hablara―. O sea que yo tiraría por la S, ya en el pecho…
―Eso ya lo sé… ―conocía muy bien la talla y la copa de mi novia.
―¡Cerdo doble…! ―volvió a sonar en su boca, pero esta vez, me miraba con esos ojos centelleantes y… sonreía.
―¿A ti no te gusta este tipo de lencería?
―Nunca la he comprado.
―Quizá Fernando te compre un conjunto para que le perdones. ―ella se carcajeó y su pecho vibró sobre mí.
―No le perdonaría solo por eso, aunque tampoco lo tiraría a la basura.
―Te lo pondrías entonces, ¿verdad?
Ella se separó de mi cuerpo y pensé que la había cagado, que había roto esa fina confianza que labramos desde el incidente de la paja. Puso las manos en la cintura y me escudriñó desde esa altura que la hacía imponente.
Sus pezones volvían a estar allí, casi en mi boca, si hiciera el intento, seguro que los atrapaba, pero no osaría sin su permiso. Me miró con gesto serio y entrecerró los ojos para barajar esa posibilidad.
―Seguramente ―acabó por sentenciar―. Si es lo que le gusta a mi novio, no me cuesta nada hacerle feliz. ¿No te parece?
―Harías muy bien. ¡Menudo suertudo, Fernando…! ―me salió solo, debido al calor provocado por culpa de su pecho.
―¡Cómo que tú lo pasas mal son Sofía…! ―su pícara sonrisa era endemoniada y, acto seguido, se dio la vuelta con destino a la cocina― Voy a hacer la cena, cuando acabes, ven a cenar.
―¡Claro!
Paula desapareció de mi cuarto y me quedé allí solo con el ordenador encendido y la pantalla cubierta de lencería frente a mi rostro. Posé la mano en el ratón, volviendo a notar su presencia en el calor que había dejado allí plasmado.
Le di al conjunto que eligió ella misma y, acto seguido, elegí otro negro con trasparencias y unos lazitos rosas que era monísimo. En este caso, no elegí un tanga, si no que puse la opción de braga.
Con el pulso acelerado, casi igual que si estuviera cometiendo un crimen, elegí la talla M. No sabía que estaba haciendo, ni siquiera si llegado el momento, ese “regalo” que se me ocurrió hacerle a mi hermana, estaría dispuesto a dárselo.
Solo sé… que pulsé el botón y el segundo conjunto de lencería se agregó al carrito de la compra. Ahora… solo quedaba esperar.
21
Paula cumplió lo que dijo y el sábado a la mañana se marchó al pueblo con una maleta bien grande. No entendí eso, era como si se fuera para toda la vida, pero la verdad era que el domingo a la tarde volvería… ¿Cosas de mujeres? Ni idea. Eso ya no me importaba, porque después de comer, apareció Sofía.
―Hola, mi amor… ―la saludé con inusitada elegancia.
―¡Vaya…! Qué caballeroso está hoy mi príncipe azul. ¿Será porque me tiene para su entera disposición?
―Diría que sí…
Se lanzó a besarme y logré cerrar la puerta de una patada. Se subió en mis brazos y la llevé agarrándola del culo mientras nos chocábamos contra las paredes. Su lengua casi me ahogaba y sentía que ese día estaba demasiado dispuesta a todo.
La lancé a la cama igual que un cavernícola y se empezó a deshacer de esa ropa tan de pija que le gustaba llevar. Me parecía preciosa, tanto con esas prendas como sin nada que adornase su piel; sin embargo, tenía algo que me llegó el viernes y necesitaba dárselo.
―Espera un poco, cielo. ―no comprendió.
―¿Esperar?
Me di la vuelta después de quedarme en calzoncillos con una visible erección y del interior del armario, saqué dos cajitas. En una estaba la lencería y en otra, los juguetes… una caja más, quedó allí reposando para cuando tuviera la oportunidad de salir.
―¿Qué es eso? ―preguntó nada más dárselas.
―Es un regalo. Espero que te guste.
Me encantó la cara de sorpresa que puso, porque lo cierto era que no se lo esperaba. Sacó del interior el pequeño tanga y colorando su rostro aniñado, empezó a reírse con visible vergüenza.
―¡Pero, David…! ―dijo totalmente ruborizaba.
―¿Te gusta? ―me dedicó su pura mirada.
―Te gusta más a ti, ¿verdad?
―No lo sé… ¿Me dejas comprobarlo?
Se levantó sin decir nada y dejé la otra caja encima de la mesilla de noche. Sofía se adentró en el baño para cambiarse y, pese a que la espera fue eterna, en dos minutos estuvo de vuelta.
―Ya está… ―anunció a su entrada, incluso más roja que antes.
La admiré sin parpadear, como se iba al centro del cuarto y se daba una vuelta con ese pelo moreno tan bien alisado. Estaba increíble, perfecta, era mi novia en su máximo apogeo. Su culo se partía con ese fino hilo que desaparecía entre ambas nalgas y arriba, un par de menudos pechos se podían apreciar por el fino sujetador lleno de transparencias.
―¿Y? ―apremió para que le diera una respuesta.
―¡Dios mío…! ¡Estás increíble…! ―murmuré con una palpable excitación― Me gustaría… darte otro regalo.
―¿Más? ―ella rio con esa vergüenza que no se podía quitar― No me digas que son unas medias, porque creo que es lo único que me falta.
―Unas medias y unos tacones quedarían de vicio, pero no, no había pensado en ello. Son un par de cosas, más personales… ―terminé por decir cuando tomé la caja en la mano.
Me senté en el borde de la cama, admirando a aquella chica que no creía merecer. Era perfecta, guapa, lista, amable, fogosa… todo en uno dentro de un cuerpo tan menudo que parecía irreal.
―¿Esto es…? ―tenía el plug anal en una mano y en su mirada no encontraba la respuesta― David… pero… ¿Esto? ―sus ojos se iluminaron de golpe― ¡Ostras! ¡David!
No pude evitar reírme cariñosamente de mi chica y ella se tapó el rostro con el mismo aparato que ya sabía que era para su ano. Mi risa se le contagió y me dio una ligera patada por la vergüenza que le hacía pasar.
―¿Te apetece probarlo? Creo que estará guay… ―ella miró el aparato por unos segundos y solamente me añadió.
―¿Tienes lubricante? ―asentí con frenesí y empecé a buscarlo.
―Lo otro… ¿Qué es? ―miraba el vibrador de color rosado.
―Es un vibrador, vale tanto para el coño como para el culo. Lleva un mando incorporado, o sea que… lo puedo controlar. ―encontrado el lubricante, me senté en mi lugar― ¿Qué te parece?
―Que eres un completo salido… ―se acercó y me dio un beso de lo más tórrido― Algo que me encanta.
Me agarró el pene como si le perteneciera y, de la misma, se lanzó contra mí para fundirnos en un apasionado beso. No obstante, aquello no duró mucho y me hizo separarme de ella hasta que se puso a cuatro patas en la cama. Retiró la tanga sobre una de sus nalgas y, con el dedo índice, señaló el agujero más oculto de su anatomía.
―Venga… déjame eso dentro de mi culo… ―señaló el plug y yo obedecí como un esclavo.
Me estremecí de gusto, imaginándome a Sofía en cualquier cuenta de esas como *******s en la que los muchos degenerados pagarían lo que fuera por verla de esa guisa. Tomé el lubricante, embadurnando el juguete y poniéndole la punta en su precioso agujero rosáceo.
El juguete entró solo, igual que si eso fuera una boca y empezase a devorar lo que tanto deseaba. La base quedó cerrando su ano, una tapa para la botella que se estaba dilatando en el interior.
Se dio la vuelta, tumbándose en la cama y abriéndose de piernas para que yo me tumbara sobre ella. Mi pene entró de golpe, sin miramientos, deslizando por un tobogán repleto de fluidos que lograron meter cada uno de mis centímetros. Era una sensación increíble follarme así a Sofía, porque mientras el dildo presionaba la pared interna que separaba el recto y la vagina, yo notaba la dureza y hacía fuerza para el lado contrario.
―¡Sigue! ¡Sigue, no pares…! ―clamó al cielo dos minutos más tarde, no me lo podía creer, pero su corrida estaba ahí.
―¿Un poco más duro? ―disponía de reservas de energía.
―¡Lo duro que quieras! ¡Aahh…! ¡Aahh…!
Apoyé mis manos contra la cama y mis dedos apresaron el edredón. Empujé con fuerza mi polla, haciendo que el rostro de mi novia tornase a uno de placer absoluto.
Un pezón se le llegó a escapar del sujetador debido a tanto bamboleo y con el pelo por su cara, daba la sensación de estar inconsciente, sin embargo, no lo estaba y prueba de ello… fue su grito.
―¡¡AAAHHH!! ¡¡SÍÍÍ!! ¡¡AAAAAHH!! ¡¡Eso es!!
La voz se le cortó de cuajo y debido a un golpe de su cadera, mi polla fue expulsada con un hilo de fluyo que todavía nos unía. Respiré profundamente, esperando tomar un leve descanso, pero cuando observé de nuevo a Sofía, estaba a cuatro patas.
―¿A qué esperas? ―su rostro aniñado y pecoso era más fiero que antes. Me miraba con el salvajismo propio de una leona, insaciable y dispuesta a todo.
La clavé hasta que le moví las tripas y estas tuvieron que acomodarse. Mi potencia fue máxima desde el inicio y ver ese trasero con el plug dentro, me hacía tiritar de excitación. Durante aquel polvo, debo ser sincero, porque Paula… se borró completamente de mi mente.
―¡Otro, otro, otro…! ―empezó a gemir con estrépito anunciando una segunda venida.
―¿¡Cuánto llevamos follando!? ¡No paras de correrte! ―me enorgullecí de mí mismo, porque si habían pasado cinco minutos, era un auténtico milagro.
―¡Cállate y fóllame más!
Lo hice hasta que detuvo todo su cuerpo y su trasero vibró igual que en un terremoto. Dejé de penetrarla y sentí que su coño me aplastaba el pene hasta que se relajó y después de un suspiro… todo salió.
―Así, amor… Así me gusta que me lo hagas… ―murmuró sin apenas fuerzas.
Me senté sobre mis tobillos, algo cansado debido al gran esfuerzo. Ella se giró con los ojos humedecidos del placer y con una seña, me hizo saber que tocaba que me tumbase.
Se colocó encima, pero dándome la espalda, elevando la cadera y cayendo con fuerza para metérsela al completo. Obviamente, el placer era increíble y ya estaba a punto, pero lo que hizo que explotara, fue ver ese plug dilatando su ano.
―¡¡Joder!! ¡Qué buena estás, Sofía! ―gemí de puro gusto, agarrándome a la cama y con cada músculo de mi cuerpo convertido en una roca, en especial, uno.
Lancé todo lo que portaban mis huevos, dejándola llena y haciendo que se parase mientras soltaba ligeras risitas. Se sentó por completo, provocando que la penetración fuera completa y algo de semen saliera al exterior. Mirándome por encima del hombro, tuvo que decirme.
―Menos mal que tomo la píldora, si no esos disparos me hubieran dejado embarazada.
―Por el momento… mejor sin niños… ―se levantó entre risas y todo mi semen bañó mi polla.
Sublime.
****
No todo fue sexo, también salimos a dar un paseo y a comprar una cena poco saludable. Nos comimos las pizzas en el sofá y cuando Sofía se levantó, me dio la sorpresa de que había estado durante todo el paseo con el plug en el trasero.
Aquello fue como si diera el pistoletazo de salida y con la parte de arriba del pijama como única prenda, se arrodilló en el sofá con el culo en alto pidiéndome que se lo quitase. Con un poco de lubricante entró de maravilla en su trasero, casi como fuera un coño, y me corrí un minuto más tarde colapsando encima de ella.
Pasamos un fin de semana en el que prácticamente no salimos de casa Lo único que hicimos fue comer, follar, ver la tele, follar, comer, dormir, follar, ver la tele, dormir, follar y follar un poco más… incluso ella me dejó que le hiciera fotos con el conjunto de lencería puesto.
Sofía también me quiso hacer un regalo a mí y me dijo que le gustaría depilarme la polla. Yo como ella había aceptado lo de la lencería y el dildo me dejé hacer y ella con mucho cuidado me rasuró el pubis y los huevos. Hizo un trabajo fenomenal y para cuando terminó, ya estaba empalmado de nuevo. Frente al espejo se me veía la polla mucho más grande y apetitosa.
Mi hermana llegó el domingo por la tarde cuando Sofía estaba todavía en casa, y es que estábamos tan agotados después del enésimo polvo, que nos pilló durmiendo la siesta en mi habitación.
Cuando abrió los ojos, estaba desnuda en mi cama y yo llevaba unos minutos observando cómo dormía bocabajo. Se extrañó al escuchar ruido en la habitación de al lado.
―Ha llegado mi hermana…
―Pensé que iba a venir un poco más tarde…
―Sí, yo también…
―Bueno, pues ya me visto y me voy. Lo he pasado genial este finde.
―Yo también… ¡Joder, Sofi! Te volvería a follar ahora mismo ―susurré acariciando su espalda y su culo.
―¿Todavía tienes ganas? ―preguntó agarrándome la polla que ya volvía a estar dura―. Pero si tienes que estar seco de las veces que te has corrido…
―¿Y tú…?
―Ya sabes que también, pero no podemos, que está Paula… ―se inclinó sobre mí y me dio un beso―. Tengo que irme.
La acompañé hasta la puerta y, antes de que se marchase, llamamos a mi hermana para que saludara a Sofía. Cuando nos quedamos solos, me dejé caer en el sofá, encendí la televisión y, unos minutos más tarde, apareció Paula por el salón, dejándose caer a mi lado.
―¿Qué tal el finde?
―¡Ufff, demasiado…! ¡Estoy destrozado!
―Ja, ja, ja, eso es que bien… ¿Le diste el regalo a Sofía?
―Sí, y le gustó mucho. Le hice unas fotos y le quedaba muy bien. ―cogí el móvil, y antes de que Paula se pudiera negar, le enseñé a mi novia vestida de lencería.
Le había hecho una buena sesión de fotos en mi habitación. De pie, de frente, de espaldas, recostada de lado sobre la cama, incluso había alguna a cuatro patas, cuando de repente apareció una en la que Sofía se apartaba el tanguita y me dejaba ver su coño.
―¡Uy, perdona! Esta ya no… ―Paula retiró la mirada del móvil con la cara colorada.
Me había encantado provocar a mi hermana y enseñarle esas fotos hizo que me empalmara de inmediato.
―Sí, sí, estaba muy guapa. Y ya, ya veo que lo habéis pasado muy bien… ―dijo abochornada.
En ese momento me hubiera gustado darle el regalo a mi hermana. El conjunto de lencería que había comprado para ella, pero quizás todavía era un poco precipitado y decidí dejarlo para mejor ocasión.
Las siguientes semanas apenas hubo novedades en la relación con mi hermana, es verdad que nos llevábamos mejor y cada vez había más complicidad entre nosotros, pero no sabía cómo avanzar sin hacer que Paula se enfadara y que echara mis progresos al traste.
Un par de semanas antes de que llegaran las vacaciones de Semana Santa, estábamos cenando y mi hermana apareció con un nuevo pijama, era como una camiseta blanca de manga larga y pantalón, pero era más bien fino, no tan de invierno. El caso es que el sujetador le marcaba las tetas de manera descomunal por debajo de la tela, y cuando terminamos de cenar, Paula se lavó los dientes, se echó sus cremas en la cara y después apareció de nuevo en el salón.
¡Solo que esta vez iba sin sujetador!
―¿Qué vemos en la tele?
Yo me quedé mirando como un gilipollas sus tetas moverse libres bajo la tela y balbuceé un “lo que quieras”, que me hizo quedar como un estúpido.
El sofá donde me tumbo se encuentra en paralelo a la televisión y el de mi hermana perpendicular, pero está un poco más adelantado, por lo que la puedo mirar y ella no me ve a mí. El caso es que cuando nos tumbamos en el sofá no podía dejar de mirar sus tetazas y enseguida ocurrió lo inevitable. Empalmada tremenda.
Me cortó bastante, porque era muy evidente el bulto bajo mi pijama. Paula no dejaba de moverse inquieta de un lado a otro, y sus pechos… venga a bambolearse. No tengo ni puta idea de lo que había en la tele en ese momento, y es que me pasé la media hora mirando detenidamente el hipnotizante vaivén de sus tetas.
Luego se levantó y pasó a mi lado, con un “buenas noches” que me dejó desconcertado. ¿Había hecho eso para provocarme? Tenía muy serias dudas, pues Paula no era así de calientapollas y solo lo hacía para relajarse antes de dormir y estar más cómoda, pero a mí me dejó con una erección de campeonato.
Sin embargo, al día siguiente sucedió lo mismo. Y comenzó lo que yo llamé “El juego del pijama y el ratón”.
Y por supuesto, yo era el ratón.
Siempre hacía lo mismo, cenábamos y, después de recoger, lavarse los dientes y echarse la crema facial, aparecía de nuevo en el salón con su camiseta blanca de manga larga. Ni rastro de su sujetador. Y yo me quedaba mirando esos pezones grandes y oscuros que se transparentaban bajo la tela de manera indecorosa.
Se removía inquieta en el sofá, cambiando de un canal a otro y, a la media hora, se levantaba y pasaba a mi lado con una sonrisilla traviesa, comprobando que su hermanito ya estaba con la polla dura.
Pensé que no podía continuar así. Dejándome provocar como un pardillo sin hacer nada, por lo que decidí pasar a la acción.
Lo primero que hice fue imitar a mi hermana. Si ella se quitaba el sujetador, yo me metía en la habitación y me deshacía del calzoncillo, saliendo de la misma en plan comando. Y mientras ella retozaba en el sofá, provocándome, yo me masajeaba la polla con disimulo por encima del pantalón, y cuando Paula se levantaba y pasaba a mi lado, me encontraba con una erección que ya no podía disimular.
Ese juego se fue haciendo normal, era evidente que ella sabía que me ponía la polla dura mientras veíamos la televisión tumbados en el sofá, pero ninguna de los dos hacíamos ningún comentario al respecto. Hasta que una noche fui demasiado descarado.
Me enganché la polla con el pijama, hacia arriba en plan tienda de campaña, ¡era la hostia! Cuando se levantó del sofá para irse a su habitación, a Paula se le fue la vista sin querer a mi entrepierna, y a mí casi se me escapa la risa de lo morbosa que era la situación. Pero ese día, en vez de irse a la cama, se volvió a sentar en su sofá y se quedó disimulando con el móvil en la mano, pero sin dejar de mirarme.
―Bueno, me voy a ir a la cama.
Yo seguí viendo la tele como si nada, disimulando, igual que si fuera lo más normal del mundo estar con esa erección.
―Oye, David, quería decirte que…
―Sí, dime…
―No, da igual… venga, buenas noches.
Mi hermana de repente se quedó supercortada y abandonó el salón bajando la cabeza y saliendo avergonzada. Desde luego, ella no se esperaba que yo pasara al ataque y empezara a tener esa actitud tan descarada, además, antes de salir, me quedé mirando cómo andaba y se le bamboleaban las tetazas bajo su camiseta.
―Por cierto, Paula, te queda genial ese pijama ―dije antes de que saliera por la puerta del salón. Ella aprovechó para echarme una última ojeada a mi entrepierna.
En cuanto se metió en su habitación, yo hice lo mismo, solo que encendí el ordenador y aproveché para hacerme una paja bien ruidosa. Me pegué un corridón bestial viendo las fotos de Paula y, de repente, con casi toda la casa en silencio, me pareció percibir un ligero gemido ahogado.
¿Era Paula?
Sí, joder, claro que era ella, ¡tenía que ser ella! ¡¡Se estaba masturbando también en su habitación!!, os juro que escuchar esos jadeos ahogados en la almohada me pusieron a mil. ¿Es que mi hermana se ponía cachonda provocándome antes de irse a la cama?
Por desgracia, al día siguiente terminaba el segundo trimestre y ya nos volvíamos al pueblo a pasar las vacaciones de Semana Santa. Solo nos quedaba una última noche.
Y yo tenía que aprovecharla. Era mi momento…