Capítulo 6. Carbono - Las (C)ircunstancias de Laia
El carbono (C) ocupa el sexto lugar de la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del carbono con el concepto de los problemas, obtenemos el retrato de la alquimia existencial definitiva. El carbono no es solo un elemento; es el eje sobre el cual gira la vida y la resistencia. No es una víctima de las circunstancias, es el material que utiliza la adversidad para redefinir su propia naturaleza.
Los Problemas según el Carbono: La Alquimia de la Presión
1. El Crisol de la Identidad (Alotropía)
El carbono es el maestro del disfraz. Dependiendo de cómo se organicen sus átomos, puede ser el grafito blando de un lápiz o el diamante más duro del mundo. La diferencia no está en la materia, sino en cómo ha gestionado la presión. Los problemas son los arquitectos de nuestra estructura interna. Ante la dificultad, nos da una elección: podemos ser grafito, dejando que el problema nos desgaste y nos desmorone al escribir nuestra historia, o podemos ser diamantes. Hay que entender que el problema no es el enemigo, sino la herramienta que reconfigura nuestros enlaces para hacernos inquebrantables.
2. La Belleza de la Presión Extrema (El Diamante)
Un diamante es, literalmente, un trozo de carbono que gestionó un estrés insoportable durante millones de años a profundidades abisales. Hay problemas que no se resuelven con lógica, sino con resistencia. La "suerte" de tener problemas difíciles es que son los únicos capaces de crear una luz que nada puede apagar. Si hoy sientes que el mundo te aplasta, recuerda que estás en el proceso de cristalización. El carbono nos enseña que la máxima claridad nace del máximo confinamiento.
3. La Versatilidad del Vínculo (Cuatro Enlaces)
El átomo de carbono tiene cuatro electrones disponibles para formar enlaces, lo que le permite crear cadenas infinitas y estructuras complejas - lo que llamamos la química orgánica -. Los problemas nunca vienen solos, pero el carbono nos enseña la importancia de la conexión. Un problema se vuelve manejable cuando "enlazamos" con otros elementos. La capacidad de formar redes - amistades, apoyo, comunidad - es lo que permite que una situación difícil se convierta en la base de algo vivo. El problema es el punto de unión que nos obliga a interactuar con el resto del universo.
4. El Filtro de la Pureza (Carbón Activado)
El carbón activado tiene una porosidad tan inmensa que puede adsorber toxinas y venenos, limpiando el aire y el agua. Del mismo modo, los problemas tienen una función purificadora. Al igual que el carbón activado, las dificultades de la vida nos obligan a filtrar lo que no sirve. Un periodo de crisis actúa como un "filtro de carbono" para el alma: retiene las impurezas, las falsas amistades y las creencias limitantes, dejando pasar solo lo que es esencial y puro.
5. El Legado Eterno (Ciclo del Carbono)
El carbono no se crea ni se destruye en la Tierra; circula. El carbono que hoy está en un ti, mañana estará en una flor o en el aliento de un ser querido. Los problemas no son puntos finales, son estados de transición. Lo que hoy es una dificultad "negra como el carbón", mañana será el abono de tu próximo éxito. El carbono nos enseña que nada se pierde: el esfuerzo que inviertes en superar un obstáculo se recicla en sabiduría para el siguiente ciclo.
Conclusión: Los problemas, vistos a través del carbono, son la geometría de la transformación. Son la prueba de que estamos vivos y de que somos capaces de evolucionar bajo tensión. Enfrentar un problema bajo el símbolo del carbono significa aceptar la presión como un regalo estructural, transformar la toxicidad en pureza y entender que, pase lo que pase, nuestra esencia es capaz de brillar con la dureza y el fuego de una estrella. No pedimos una vida sin problemas, sino una estructura de carbono que sepa convertirlos en diamantes.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
Ese mismo domingo, en ese mismo día que más tarde una pareja de amantes salvajes sería conducida a comisaría, Laia fregaba los platos en la cocina de su diminuto piso. De fondo, un vídeo de YouTube murmuraba como una radio encendida al azar.
<Damas y caballeros, os presento al único, el irrepetible, el poderoso, el invicto, el desafiante: Diógenes de Sínope. El señor Diógenes no necesita presentación. Filósofo vagabundo del siglo IV antes de nuestra era, era sobradamente conocido en su polis por su carácter extravagante. Se le considera la encarnación extrema de la escuela cínica. Aunque hoy llamar a alguien cínico equivale casi a insultarlo - tildarlo de inmoral o falso -, los cínicos de la Antigua Grecia defendían una vida austera, libre de deseos superfluos. Creían que la felicidad se alcanzaba viviendo conforme a la naturaleza y rechazando las convenciones sociales. Pero el bueno de Diógenes llevó esta idea hasta el límite, convirtiendo su propia existencia en un experimento social>
Mientras el jabón se escurría entre sus dedos, Laia subió el volumen del móvil para captar mejor la voz del narrador, pues le pareció que hablaba de un tema interesante. Pulsó una vez la pantalla para ver el título del video. Era un Top 5 de los personajes con más aura de la historia.
< Vivía casi sin posesiones, sin casa. Entre las pocas pertenencias de Diógenes había un cuenco del que bebía agua. Un día vio a un niño beber usando las manos y, sintiéndose derrotado por la humildad de aquel gesto, decidió desprenderse también del cuenco. Los ciudadanos lo apodaron “Diógenes el perro”, por vivir en la calle rodeado de perros callejeros y como insulto camuflado en un juego de palabras. La escuela cínica tomaba su nombre del término griego kynos - perro -, probablemente por la admiración de sus seguidores hacia la vida simple y despreocupada de los canes. Diógenes respondía así a los insultos: “Sí, soy un perro. Ladro la verdad, muerdo a los falsos y muevo la cola a quienes me dan algo”. Y, hablando de mover la cola, parece ser que Diógenes tenía la sana costumbre de, digamos… aliviarse sexualmente en público>
Laia no pudo evitar sonreír al oír aquella anécdota. Cerró el grifo y se dispuso a secar los platos con un trapo. Pensó en la idea de ser descubierta masturbándose en público. Debía de ser vergonzoso. Pero al mismo tiempo, si aún siendo descubierto, seguías haciéndolo, como aquel loco filósofo, la vergüenza ya no era tuya, sino de los que te observaban.
<¡Vale! Por ahora Diógenes no parece un tipo con demasiada aura. Se asemeja más al yonqui de la esquina de tu barrio. Pero está aquí porque, más allá de su vida austera y sus excentricidades, era célebre por no tener pelos en la lengua y por señalar sin piedad a cualquiera que considerara hipócrita o esclavo de las apariencias. Existe toda una colección de anécdotas desternillantes sobre Diógenes, prácticamente troleando a la población. Entre las más conocidas - y las que de verdad lo colocan entre las figuras con más aura de la Antigüedad - está aquella vez en que dejó en ridículo al gran Platón delante de toda su clase. En resumen: Platón tuvo la brillante idea de definir al ser humano como un bípedo sin plumas. Sinceramente, creo que Platón se salía con la suya diciendo sandeces simplemente porque era Platón. Al oírlo, el bueno de Diógenes decidió darle una lección. Consiguió un pollo en el mercado, lo desplumó y una mañana apareció en la Academia con el animal en alto, proclamando: “He aquí un hombre de Platón”. Ya podéis imaginar la sonrisa sarcástica de Diógenes, las risas de los discípulos y el rechinar de dientes de Platón, que se vio obligado a añadir a su definición: “un bípedo sin plumas y con uñas anchas”>
Pausó el vídeo al creer haber escuchado un ruido. Permaneció en silencio unos segundos y, al no percibir nada fuera de lo común, volvió a reproducirlo, secando, ahora los cubiertos, con movimientos rápidos y mecánicos.
<La otra anécdota que os relataré tiene conexión directa con el señor Aura en persona, aquel que se quedaría con el primer puesto de este TOP si no fuera por lo predecible del resultado. Alejandro Magno, el hombre más poderoso de Grecia, sentía una profunda curiosidad por ese personaje conocido como Diógenes, así que un día decidió ir a conocerlo en persona. Una mañana luminosa en Corinto, Alejandro, rodeado de su séquito, se acercó al lugar donde Diógenes descansaba dentro de su célebre tonel, tomando el sol sin la menor preocupación. El conquistador se presentó como Alejandro, rey de Macedonia. Diógenes ni siquiera arqueó una ceja. Alejandro expresó su admiración por el filósofo y, con solemnidad, le aseguró que podía pedirle lo que quisiera. Diógenes apenas alzó la mirada; lo observó como quien contempla una nube pasajera. “¿Lo que sea?”, preguntó el filósofo. “¡Lo que sea!”,respondió Alejandro. Entonces el cínico, con absoluta calma, dijo: “Sí. Apártate un paso a la derecha, que me tapas el sol.”
Laia empezó a reír.
<Alejandro, lejos de ofenderse, sonrió y se apartó, dejando a Diógenes continuar su baño de luz. Más tarde comentaría a sus acompañantes que, si no fuera Alejandro, le habría gustado ser Diógenes. El hombre más libre de Grecia y que el mundo haya conocido>
El grito retumbó por todo el piso. Laia soltó lo que tenía entre las manos, dejando el vídeo reproducirse en una cocina ya vacía. Corrió por el pasillo en dirección a la habitación de su madre cuando un estruendo seco confirmó su peor presentimiento. Al cruzar el umbral, la realidad se impuso sin piedad: su madre yacía en el suelo. Aterrada, pero sin perder un segundo, abrió la mesilla de noche. Las manos le temblaban y la urgencia le nublaba la mirada mientras tomaba la jeringuilla, succionaba la medicación y se arrodillaba junto a ella. Buscó una vena que se le resistía, insistió, y finalmente pinchó. Una vez más, le salvó la vida.
La madre de Laia padecía lipodistrofia generalizada congénita, conocida comúnmente como síndrome de Berardinelli-Seip. Una enfermedad rara y crónica en la que el cuerpo es incapaz de producir tejido adiposo - grasa -, lo que deriva en graves complicaciones metabólicas, progresivas y degenerativas. Aunque existía medicación - un fármaco específico llamado Myalepta (metreleptina), que sustituía la hormona leptina que estos pacientes no generaban -, no estaba cubierta por la Seguridad Social. Era un tratamiento desorbitadamente caro, con un coste mensual que superaba con creces los miles de euros, absolutamente inasumible para una familia media sin el respaldo del Sistema Nacional de Salud.
- Mamá, por favor - susurró Laia mientras la ayudaba a recostarse de nuevo en la cama - Ya hemos hablado mil veces de que no debes levantarte sola.
- ¿Y qué quieres que haga, hija? - respondió su madre, hastiada, exhausta.
- Llamarme, como siempre…
- Solo soy una molestia. Ojalá Dios se me lleve pronto.
- No digas eso, ¿me oyes? Soy tu hija, mamá. No eres una molestia... ni para mí ni para nadie.
Antes de cubrirla con la sábana, la observó durante un instante. Su cuerpo era extremadamente fibroso, con los músculos marcados hasta el exceso. Las venas sobresalían en brazos y piernas como raíces bajo la piel. El rostro, envejecido y casi demacrado, no correspondía al de una mujer de cuarenta años. Tenía una anatomía casi masculina: rectilínea, sin pechos, sin grasa en las caderas ni en los glúteos. Manchas oscuras y engrosadas se extendían por el cuello, las ingles y las axilas. El vientre abultado delataba el agrandamiento del hígado y del bazo. El vello corporal y facial crecía en exceso, indomable.
- No me mires así… - murmuró su madre al notar su expresión - Sé que estoy horrible.
- ¡¿Como que horrible?! - Laia intentó sonreír mientras la tapaba con cuidado - Eres preciosa, no digas tonterías.
Le dio un beso en la mejilla y esperó a que se quedara dormida. Vencida y entregada, un día más, a esa enfermedad que la iba devorando lentamente. Después salió de la habitación con sigilo, se dejó caer en el sofá y se quedó mirando el techo. Suspiró hasta quedarse sin aire en los pulmones. Cerró los ojos y deseó ser como Diógenes. Que nada le importara. Que nadie pesara dentro de su pecho. Abrazar la libertad absoluta, entregarse al cinismo en cuerpo y alma, vivir como debía vivirse: sin pretensiones, sin cadenas, sin obligaciones.
Pero el teléfono sonó, arrancándola de aquel sueño imposible. Desbloqueó el móvil y frunció el ceño. Otra notificación. De nuevo el maldito banco. Las deudas la asfixiaban, el sueldo no alcanzaba y su vida parecía abocada a la miseria y al olvido. El vértigo regresó, brutal, salvaje. Aun así, no podía permitirse caer. Debía resistir. No había otra opción. No mientras su madre siguiera con vida.
- Quizás acabe como tú, Diógenes - murmuró entre dientes, con una sonrisa cínica - tirada en la calle y rodeada de perros.
Os estaréis preguntando, ¿de dónde sacaba entonces el dinero para mantenerse a flote?, ¿Qué puede hacer alguien a quien el mundo le ha dado la espalda? La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, difícil de mirar de frente.
Buscarse la vida al margen de la ley que ese mismo mundo ha tejido. Una ley que ahoga y aprieta, que exige y reclama, pero que rara vez tiende la mano o se detiene a mirar al desfavorecido. Una ley ciega para el dolor cotidiano, sorda al grito silencioso de quienes se hunden despacio.
Laia aprovechaba su trabajo en los laboratorios de Müller & Suter Biotech para sacarse un sobresueldo. No era heroico ni elegante. Era supervivencia. Sustraía medicamentos y los hacía desaparecer en un mercado paralelo donde la moral se diluye y el dinero manda. Fármacos que, fuera de su contexto clínico, se convertían en puertas de escape: ansiolíticos como el alprazolam o el diazepam para adormecer la ansiedad; opioides como la oxicodona para olvidar el dolor, tanto propio como ajeno; estimulantes como el metilfenidato para sentirse invencible durante unas horas, o sedantes que prometían sueño sin sueños. Los vendía a precios asequibles a quienes solo querían pasar un buen rato, relajarse, flipar un poco o desconectar de este mundo gris y despiadado.
Era peligroso por supuesto, pero Laia no era idiota, era muy consciente de ello. No solo jugaba con su puesto de trabajo: cada pastilla robada, cada trato cerrado, añadía un eslabón más a la cadena que podía arrastrarla a prisión. Pero cuando la vida aprieta e intenta ahogarte, solo te deja una opción: aprietas más fuerte. No por valentía, sino por instinto. El mundo no está hecho para quienes obedecen siempre. Es una jungla sin romanticismo, donde la ley no protege al débil y la justicia llega tarde, si es que llega. Aquí no sobrevive el más justo, sino el que aprende a morder antes de ser devorado. Y Laia, aunque le pesara, había aprendido a enseñar los dientes.
Aprovechando que aún tenía el teléfono en la mano, revisó los mensajes de WhatsApp, comprobando que varios clientes requerían de sus servicios. No eran tantos como el sábado, pero sí los suficientes como para seguir facturando; y es que su negocio, aunque temerario, resultaba lucrativo. No había gastos - todo lo que vendía era sustraído - y, por razones obvias, los ingresos no podían declararse. Tampoco necesitaba invertir en marketing: el boca a boca hacía todo el trabajo. La noticia de que alguien ofrecía producto de calidad a buen precio se había propagado como la pólvora. Laia, aun así, tomaba precauciones. Su WhatsApp estaba poblado de números desconocidos y conversaciones compuestas exclusivamente por emoticonos. Era su lenguaje cifrado. Sin palabras que pudieran delatarla, sin direcciones, sin datos que permitieran cazarla. Solo símbolos que consumidores y proveedora sabían descifrar. Y es que… Usar la mínima información imprescindible, era la única forma de mantenerse a salvo en un mundo vigilado, donde el riesgo nunca desaparecía del todo. Por eso se mantenía alerta, desconfiada, escondiendo su negocio a los ojos de la ley.
Respondió con rapidez, cerrando citas en lugares escogidos al azar. Después entró en su habitación, sacó el último cajón del mueble y, desde un compartimento falso, extrajo una caja metálica con candado. Preparó las bolsas, midió las dosis y lo devolvió todo a su sitio con la precisión de quien no deja huellas. Como si nada hubiera ocurrido.
Era una pequeña narco.
No por ambición. No para hacerse rica.
Lo era por supervivencia. La suya y la de los suyos.
Cuando terminó, guardó el contenido en la mochila. Encima de las bolsas selladas con pastillas de colores, colocó ropa sucia de deporte, cerró la cremallera y se dirigió a la ducha. Se desnudó con movimientos rápidos, abrió el grifo y se metió bajo el chorro. El agua caliente le erizó la piel y le destensó un poco los nervios. Aunque llevaba ya tiempo con aquel negocio entre manos, la ansiedad seguía ahí, viva como el primer día. Cerró los ojos, respiró hondo y dejó que el vapor y el agua hicieran su trabajo, buscando, aunque fuera por unos minutos, una tregua para el cuerpo y la mente.
Se relajó del mismo modo que lo hacen todas, cuando están desnudas, húmedas y calientes. Comenzó por sus pechos, acariciándolos despacio, estimulando sus pezones hasta que se pusieron duros. Lentamente fue bajando una mano hasta su entrepierna, y sin prisas empezó a acariciare el clítoris. Y a medida que apretaba el ritmo, sus gemidos fueron en aumento también. Cerró los ojos y empezó a fantasear con una polla enorme, dura y venosa. Unos huevos grandes y depilados, llenos hasta arriba solo para ella. Aplastó su culo contra la pared resbalosa de azulejos, dándose golpes a un ritmo cada vez más veloz, mientras al mismo tiempo, abría las piernas y se metía dos dedos. Los gemidos, su culo contra la pared y la palma de su mano golpeando su coño, inundaron el baño con la sinfonía más hermosa, la del placer.
Podría haber llegado al orgasmo así, de ese modo, pero quería más, no tuvo suficiente.
Sacó un brazo de la ducha y abrió uno de los cajones del mueble del lavamanos, donde guardaba sus juguetes. Escogió una polla de goma de un tamaño considerable, pero antes de seguir una sonrisa lujuriosa le cruzó la cara. Así que cogió la otra polla de goma, la más grande que tenía. Volvió debajo del chorro, abrió bien sus piernas y se metió la más grande dentro y mientras se daba duro, muy duro, empezó a chupar la otra hasta que casi se ahoga. Con los ojos cerrados soñaba estar rodeada de hombres, todos deseando follársela. Acabó de lubricar bien el consolador que tenía en la boca, se separó de la pared y se la metió por el agujero del culo.
- Ooooh sí, jodeeer - murmuraba mientras se le ponían los ojos en blanco y le caía la saliva de la boca - Como me gusta… quiero más, más… dame más, más duro…
Laia se corrió de tal manera, que casi se cae al suelo de la ducha. Se quedó un rato así, respirando entrecortadamente, con los dos consoladores aún dentro de ella, las piernas temblando, los ojos perdidos en el vapor de la ducha, dejándose llevar por aquel orgasmo que por un instante la alejó de todos sus problemas. Había probado muchas formas de relajarse: caminar sin rumbo, discutir mentalmente con gente que no estaba presente, ordenar cajones que nadie abría. Pero había un recurso íntimo, discreto y sorprendentemente eficaz que nunca fallaba. Un gesto privado que no figuraba en ninguna agenda, pero que, curiosamente, tenía más respaldo científico que muchos libros de autoayuda.
Desde un punto de vista fisiológico - y aquí la ciencia se pone la bata blanca -, el cuerpo de una Laia adulta reaccionaba con precisión matemática: liberación de endorfinas, descenso del cortisol, una sensación de calma que no prometía soluciones, pero sí silencio.
El ruido de los problemas bajaba el volumen.
No desaparecían, claro, pero dejaban de gritar.
Ella lo vivía con humor. No lo veía como una huida, sino como un botón de reinicio. Cinco minutos de intimidad bastaban para que el mundo pareciera un poco menos hostil, como si la vida hubiera aflojado el nudo de la corbata. Después, el espejo devolvía a una Laia más ligera, con los hombros menos tensos y la mente despejada, casi irónicamente productiva. La ciencia lo avala: el cerebro, tras ese breve paréntesis personal, entra en un estado parecido al de la meditación. La respiración se regula, el ánimo mejora, y la perspectiva cambia. No es magia; es biología haciendo su trabajo con eficiencia silenciosa. Para Laia, no era un vicio ni un secreto oscuro. Era un gesto cotidiano, honesto, tan humano como reírse sola en la cocina viendo videos de un viejo cínico en la antigua Grecia. Un recordatorio de que, a veces, la forma más directa de cuidarse empieza en uno mismo y termina con una sonrisa cómplice antes de volver al caos.
Sin más, se puso en marcha, más ligera tras esa sesión de autoplacer que la había dejado como nueva. Guardó sus herramientas de goma en el cajón y lo cerró con un golpe seco, se secó el cuerpo y el cabello, y se miró en el espejo: la luz reflejaba un brillo en sus ojos que la hacía irresistible, aunque ella solo buscara confianza. Se dirigió rápidamente a su cuarto y se vistió con lo primero que encontró; con movimientos precisos tomó la bolsa con los pedidos y la cargó al hombro, sintiendo el peso como un recordatorio de la rutina que no podía esquivar.
Antes de salir, se detuvo un segundo frente a la habitación de su madre, observando la quietud del cuarto. Un silencio pesado la envolvió, y al instante, el mundo le golpeó de nuevo: problemas, enfermedades, deudas acumuladas, bancos implacables, su negocio ilegal y la constante amenaza de acabar entre rejas. Apretó los dientes, respiró hondo y asintió con firmeza. Era hora de volver al ruedo.
Al llegar al recibidor, tomó el casco de la moto, las llaves y salió a la escalera.
- Buenos días, vecina - una voz la sacó de su concentración mientras cerraba la puerta tras de sí.
- ¡Ah! Hola, Raquel. ¿Cómo estás? - respondió ella con una sonrisa, un poco forzada, pero genuina al verla.
- Hasta arriba, como siempre…
Raquel vivía justo enfrente. Una chica rellenita - por decirlo de un modo suave -, con gafas grandes de pasta que amplificaban la curiosidad de sus ojos, el cabello recogido en un moño descuidado y esa torpeza encantadora en cada gesto que delataba su naturaleza de empollona. Hija de familia obrera, había crecido con principios sólidos y con la esperanza, como tantos en aquel barrio, de que los estudios y una carrera serían su pasaporte para escapar del abismo silencioso que separaba, cada vez más, ricos de pobres.
- ¿Bajas? - preguntó Raquel, sujetando la puerta del ascensor con un gesto casi maternal.
- Sí… gracias - respondió Laia, entrando con cuidado.
El ascensor cerró las puertas y Laia pulsó el botón de la planta baja. El espacio reducido parecía comprimido por la proximidad de ambas, y al mismo tiempo, la tensión invisible de la vida ilegal de Laia contrastaba con la calma de Raquel, que caminaba siempre por la senda correcta. Esa diferencia las hacía parecer extrañamente distantes, aun estando tan cerca.
- ¿Va todo bien? - preguntó Raquel, intentando romper la burbuja, al verla pensativa - ¿Cómo está tu madre?
Laia suspiró apenas perceptible, su mirada fugaz hacia el techo evaluando cuántos problemas podían caber en un solo día, mientras un pequeño brillo de humor se escapaba en su sonrisa.
- ¡Es terca! Ya la conoces…
- Sabes que si necesitas cualquier cosa…
- Lo sé, vecina… - sonrió Laia, acariciando suavemente la espalda de su amiga - Y te lo agradezco.
Raquel asintió, sonriendo también. Al ver la mochila de Laia, le preguntó si iba al gimnasio. Y Laia, como siempre, mintió. No por placer, sino por pura supervivencia. Mentir se había convertido en una rutina tan natural como respirar, y sin embargo, nada era fácil. Inventar historias era solo el primer paso; después había que recordarlas con precisión quirúrgica. Cada mentira era una telaraña en la que podía enredarse ella misma, hasta el punto de que la ficción y la realidad empezaban a confundirse, amenazando con devorarla. Pero Laia no mentía solo para protegerse a sí misma; mentía para proteger a su madre, su mundo, todo lo que había construido para mantenerse a flote.
A pesar de haber crecido junto a Raquel, no había tenido otra opción que inventar, disimular, fingir. Confiar en alguien era un lujo que no podía permitirse; no por desdén, sino, otra vez, por supervivencia. Solo unas pocas personas conocían a la verdadera Laia: la narcotraficante, la hija guerrera que se mantenía en pie, costase lo que costase. Y esas personas eran excepcionales, porque la vida no dejaba hueco para la sinceridad. Una de ellas era Nico, su compañero de trabajo. Desde el primer día, él percibió que Laia no era realmente científica. Y acertó, pues no tenía títulos, ni carrera, y su currículum era un entramado de medias verdades y falsedades cuidadosamente hiladas. Cuando él descubrió la verdad y escuchó la razón detrás de su fraude, hizo un juramento silencioso: protegerla y ayudarla en todo lo posible. Y Laia, con su carácter inflexible y su determinación salvaje, se volcó en aprender y hacer las cosas bien. No tenía un título, ni un diploma colgado en la pared, pero se convirtió en científica de facto, día a día, error tras error, hasta dominar lo que parecía inalcanzable. Porque ser Laia no significaba esperar oportunidades; significaba forjarse a sí misma, inventando la realidad cuando era necesario, pero siempre avanzando, siempre en pie.
- ¡Dale recuerdos a tus padres! - dijo la narco, despidiéndose con dos besos en la mejilla.
- ¡Dale un beso a tu madre de mi parte! - respondió la estudiante con una sonrisa, devolviéndole la calidez del gesto.
Se separaron en silencio, cada una tomando su camino, y en ese instante, la distancia no era solo física, sino también espiritual. Raquel se dirigió hacia la biblioteca, sus pasos medidos, decididos, mientras el eco de los libros resonaba a su alrededor. Se sentaría, hincando los codos sobre la madera fría, enfrentándose a la montaña de apuntes y textos como si fueran su escudo. Su batalla era lenta, metódica: cada página dominada, cada ecuación resuelta, un paso más en un sendero seguro pero arduo. Laia, en cambio, se dirigiría a su moto. Se colocaría el casco, encendería el motor y dejaría que el rugido metálico llenara la calle silenciosa. Su camino era otro: rápido, peligroso, impredecible, marcado por la ilegalidad y la necesidad de sobrevivir. Cada acelerón era un recordatorio de la delgada línea que separaba la vida de la caída. Pero la determinación era la misma en ambas vecinas: salir adelante, avanzar, conquistar lo que parecía imposible.
Dos jóvenes, un mismo objetivo de futuro, pero con sendas radicalmente distintas. Una construyendo paso a paso su porvenir en la paciencia y la constancia; la otra enfrentándose al destino con audacia y rapidez, sabiendo que el atajo podía costarle caro. Y aun así, ambas compartían la misma fuerza, la misma voluntad de no dejarse vencer por un mundo que parecía diseñado para aplastarlas.
Laia arrancó la moto y se dejó tragar por Madrid. No se quitó el casco en ningún momento. Nunca lo hacía. El visor oscuro era su escudo contra el mundo, una forma fácil y segura de que nunca la pudieran identificar. El motor vibraba bajo ella mientras cruzaba calles que conocía demasiado bien, avenidas que a esas horas parecían indiferentes a todo.
Primera parada, cerca de Plaza de Castilla. El tráfico fluía con desgana, y el viento arrastraba olor a asfalto y café recién hecho. No bajó de la moto. Nunca lo hacía. De ese modo se aseguraba una huída rápida ante cualquier peligro que pudiera surgir. La transacción tardó apenas dos segundos: Un gesto rápido de cabeza, una mano que aparece y desaparece. La mercancía cambió de dueño. El dinero también. Billetes doblados, directos al sujetador, pegándose a la piel. Nada más. Ni una sola palabra. Solo gas y hacía el siguiente punto.
Pasó junto a Cuatro Caminos, se coló entre coches como si la ciudad se abriera solo para ella. En un lateral discreto del Parque de Santander, otra entrega. El mismo ritual silencioso. La moto siempre encendida. El casco siempre puesto. Rostro oculto. Rapidez por si había que huir, aunque hoy nada parecía torcerse. Los productos salían de la bolsa uno a uno: fármacos robados de un laboratorio impoluto, destinados a manos que no hacían preguntas. Medicamentos reales, cotidianos, diseñados para curar o calmar, ahora convertidos en moneda de supervivencia. Para Laia no eran nombres ni prospectos; eran peso que desaparecía. Y es que a medida que la bolsa se vaciaba, ella se aligeraba. No solo físicamente. Cada entrega le arrancaba un poco de tensión de los hombros, como si se quitara capas invisibles.
El dinero, en cambio, crecía contra su pecho, denso, cálido.
La balanza se inclinaba a su favor.
Otra parada, esta vez cerca de Lavapiés, en una esquina cualquiera. Todo estaba saliendo a la perfección. Clientes puntuales. Billetes exactos. Lugares comunes. Nada de sirenas. Nada de miradas largas. Nada de errores. Madrid pasaba junto a ella como una película acelerada: fachadas viejas, balcones con ropa tendida, semáforos cambiando de color. Laia era una sombra con ruedas, una presencia que estaba y ya no estaba. Lista para desaparecer si hacía falta.
Penúltima entrega, cerca de Atocha. La bolsa ya colgaba casi vacía, blanda, sin resistencia. Laia respiró hondo dentro del casco. Por primera vez en toda la mañana, pensó que quizá todo terminaría sin sobresaltos. Que hoy, por una vez, el mundo no reclamaría su precio extra.
Entonces llegó el último pedido.
El punto de encuentro estaba cerca del Retiro, pero no dentro. Demasiado abierto, demasiada gente, demasiado tranquilo. El tipo de tranquilidad que no relaja, sino que avisa. La moto seguía encendida, vibrando bajo sus piernas, pero algo no encajaba: el cliente no estaba en el punto indicado y aunque eso no era una sorpresa en sí, pues ya había pasado por situaciones parecidas otras veces; el instinto - ese que nunca le había fallado - le recorrió la espalda como un escalofrío. Laia no se quitó el casco. No apagó el motor. Y esta vez, no se permitió relajarse.
De repente sintió la vibración del móvil contra el muslo. Un zumbido breve, seco. Sacó el teléfono, abrió WhatsApp y sus sospechas se hicieron tangibles en un instante. No necesitó leer nada. Bastó el emoticono: el mono con los ojos tapados. La señal convenida. La pasma estaba cerca.
Guardó el teléfono sin pensarlo y giró el puño del acelerador. Demasiado tarde. Esta vez, Laia fue demasiado lenta. Las sirenas estallaron a su espalda como un latigazo. Azules y rojos rebotando en los retrovisores, el sonido creciendo, ocupándolo todo. Laia no pensó en planes ni consecuencias. Pensó en una sola cosa: escapar.
La moto salió disparada. Zigzagueó entre coches detenidos, rozando retrovisores, leyendo el tráfico como si fuera un idioma propio. Un semáforo en rojo. No frenó. Lo atravesó con el corazón golpeándole las costillas. Otro cruce. Otro salto. El mundo se convirtió en líneas borrosas, bocinas, gritos lejanos, el rugido constante del motor mezclado con las sirenas que no cedían. La policía venía en coche, cerrándole el espacio, obligándola a forzar cada maniobra. La ciudad, que antes la había acogido, ahora parecía estrecharse, volverse hostil. Laia buscó una salida desesperada y la encontró: una calle mínima, estrecha, casi invisible, como una grieta entre edificios. Se metió dentro sin dudarlo ni un instante.
Frenó en seco. Saltó de la moto antes incluso de que se detuviera del todo. La empujó detrás de un contenedor, mal escondida. No le importó. No estaba a su nombre. No había rastro que seguir ni hilo del que tirar, ni había huellas que la pudieran incriminar. La moto ya no era un problema, así que empezó a correr. El casco le pesaba, le robaba aire; se lo quitó rapidamente. Llegó al final de la calle y se topó con un muro. Alto. Definitivo. Sin pensarlo, lanzó la bolsa por encima. Luego el casco. Sonaron al caer al otro lado, huecos, lejanos. Se pasó las manos por el pelo empapado de sudor, respirando a bocanadas, buscando una salida que no existía. Las sirenas estaban encima.
Entonces lo intentó. El último recurso. Se giró, compuso el gesto, bajó el ritmo. Caminó unos pasos como si saliera de una de las casas, como si fuera una vecina más, alguien que había olvidado algo y regresaba a la calle. La casualidad fingida. La normalidad impostada. Pero no coló.
Dos policías, dos armas apuntando y a Laia no le quedó más remedio que poner las manos en alto. Con las palabras atropellándose en su boca, dijo que no sabía qué pasaba, que era un error, que era inocente; pero nadie la escuchaba. Las luces azules y rojas le pintaban la cara a ráfagas mientras la empujaban contra el coche patrulla. Sintió el metal frío del capó, las esposas cerrándose con un ‘clic’ definitivo. El motor arrancó. La puerta se cerró. Madrid quedó atrás, distorsionada tras el cristal. Laia miró al frente, los dientes apretados, el pecho aún ardiendo. Sabía que ese día, por fin, la vía rápida había pasado factura. Y aun así, incluso entonces, seguía en pie. Aunque fuera sentada en el asiento trasero de un coche patrulla, camino de comisaría.
Quién le iba a decir que, al llegar, se encontraría con una cara conocida.
- ¿En serio te han encerrado por follar en un coche? - preguntó ella sin poder parar de reír - ¿Es que no tienes casa o qué?
- Surgió así… - rió Gabi, rascándose la nuca - Cuando el hambre aprieta…
- No, no… si lo entiendo, pero es que… me parece tan surrealista.
Siguieron riendo unos segundos más, él rojo como un tomate, ella observando esa expresión entre torpe y honesta que le pareció absurdamente encantadora. Pero entonces Gabi ladeó la cabeza, con una curiosidad inocente, y lanzó la pregunta que Laia llevaba temiendo desde que cruzó los barrotes.
- Bueno… ¿y tú qué? - dijo, señalando con un leve gesto el lugar - ¿Cómo has acabado aquí?
La respuesta fue inmediata. Demasiado rápida para ser verdad.
- Por error… me han confundido con otra.
- ¡Ja! Eso decimos todos - soltó una voz burlona desde el fondo de la celda.
Gabi se giró. Laia desvió la mirada. Allí estaba él: un motero de los de postal. Cuerpo ancho, barba espesa, chaleco de cuero negro abierto sobre una camiseta ajustada que dejaba asomar brazos cubiertos de tatuajes hasta los nudillos. Calaveras, llamas, nombres borrados por el tiempo. Cara de haber pasado más noches en bares de carretera que en camas limpias, y de haberse metido en más peleas de las que podía contar sin perder la cuenta.
- ¡¿Y a ti qué te pasa?! - preguntó Laia, desafiante, clavándole la mirada.
- Solo digo, preciosa, que si preguntas por aquí, todos te dirán lo mismo… que son inocentes.
- ¡Métete en tus asuntos, colega! - le espetó ella sin pestañear.
- Está bien… está bien… - respondió él, levantando las manos con una sonrisa ladeada.
Gabi observó la escena con los ojos muy abiertos. Miró al motero. Luego a Laia. Y volvió a mirar al motero, que ya había bajado la cabeza, rindiéndose sin decir una palabra más.
- Joder… - murmuró Gabi, inclinándose hacia ella - ¿Tú has visto lo grande que es ese tío?
Laia no respondió. Se limitó a sostener la mirada al hombre un segundo más, el justo para dejar claro que la conversación había terminado. El motero carraspeó, se encogió de hombros y apartó la vista, como un perro grande al que le han marcado el territorio. Gabi tragó saliva.
- Aunque… - susurró, aún incrédulo - Me das más miedo tú.
Laia giró apenas la cabeza hacia él. Una media sonrisa le cruzó los labios, cansada, afilada.
- Haces bien, manco - respondió en voz baja - Si quieres seguir viviendo, claro está.
Los dos rieron de nuevo y la tensión se disipó como humo. Sin decir nada más, Laia y Gabi se sentaron en un banco vacío, uno junto al otro. Ella con la espalda recta, la cabeza apoyada contra la pared; él espalda encorvada, codos apoyados en las rodillas. Dos cuerpos quietos en un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Gabi todavía la miraba de reojo, como si acabara de descubrir que la chica que tenía al lado no era exactamente quien creía. Ella, en cambio, clavó la vista al frente. Porque incluso entre barrotes, Laia no bajaba la guardia.
- ¿No vas a decirme por qué estás aquí, verdad? - preguntó de nuevo.
- Ya te lo he dicho… ha sido un error.
Gabi sabía perfectamente que no decía la verdad, y no porque la conociera demasiado bien; pero era evidente que no quería hablar del tema. Así que no insistió. Laia, por su parte, lo observó unos segundos en silencio. Había algo en él que le inspiraba confianza. No sabía qué era exactamente, pero sentía una cercanía irracional, incómoda incluso. Tal vez el corazón de alguien que empezaba a despertar algo en su interior. Pero la razón llegó a tiempo, como siempre hacía. Y se tragó las palabras. La verdad no salió de su boca. Su parte más humana deseaba abrirse, contarle todo, compartir sus miserias… y quizá algo más carnal. Pero su instinto más primitivo gritaba más fuerte: cautela, precaución, no confíes en nadie. Y, por enésima vez, dejó que esa voz tomara las riendas de su destino.
Entonces Sofi regresó del baño. Se detuvo frente a los barrotes mientras la policía abría la cerradura. Miró a su novio sentado en el banco… y luego a la chica atractiva que estaba a su lado… Demasiado cerca. “¿Y esta zorra? ¿Qué pretende?”, pensó.
La puerta se abrió y se cerró con un golpe seco rápidamente. Sofi avanzó sin dudar y se sentó entre ambos, encajando el culo con decisión, marcando territorio. Laia notó el empujón de cadera descarado de aquella desconocida, estando a un latido de encararla, pero Gabi fue más rápido esta vez.
- Sofi, te presento a Laia… es una compañera del curro - dijo agarrando su mano - Laia, ella es Sofi, mi novia.
Las miradas chocaron al instante. Un cruce silencioso, afilado. Sofi la evaluó de arriba abajo con rapidez clínica: postura, seguridad, esa calma peligrosa que no se improvisa. Laia, en cambio, sostuvo la mirada sin pestañear, analizando con la misma precisión: la forma de sentarse, la necesidad de ocupar espacio, la urgencia por reclamar lo que creía suyo.
- Encantada - dijo Sofi, con una sonrisa impecable.
- Un placer - respondió Laia, devolviéndole el gesto.
Las palabras eran educadas. El tono, correcto. El silencio entre ambas, en cambio, estaba cargado de mediciones, de líneas invisibles trazándose en el aire. No había amabilidad real ni intención de amistad. Solo dos mujeres midiéndose, una defendiendo su terreno, la otra dejando claro que no tenía intención de invadirlo… o quizás sí. Gabi, ajeno - o fingiendo estarlo -, miró al frente. Y Laia volvió a pensar que, incluso sentada en un banco de comisaría, la vida nunca dejaba de ponerla a prueba.
- Amor… - susurró Sofi pegando los labios a su oreja - He tenido una idea para que nos dejen salir de aquí.
- ¿Ah, sí? - respondió él, enderezándose de inmediato, ilusionado ante la posibilidad de volver a pisar la calle - Dime… ¿cuál?
Mientras la pareja hablaba en voz baja, Laia escuchaba disimuladamente, con la mirada perdida en un punto cualquiera de la pared, fingiendo indiferencia. Pero no se le escapaba ni una sílaba.
- Antes de decírtelo… prométeme que no vas a montar un numerito.
A Gabi no le hizo falta escuchar nada más. Lo entendió al instante. Su expresión cambió de golpe: la espalda se tensó, los hombros se cerraron hacia dentro, cruzó los brazos como si acabara de recibir un ataque invisible. Modo defensivo activado. Trinchera levantada.
- Ni hablar, cariño… - dijo tajante - No hace falta ni que lo digas en voz alta. Me niego.
- Pero…
- Que no, joder. Solo me faltaba eso… que tu madre se entere de que…
- ¿Mi madre? ¿Qué pinta ella aquí? - replicó Sofi, irritada - No estoy hablando de ella, hablo de…
- Ya sé de quién cojones hablas - la cortó él - Y he dicho que no.
- Pero Ricardo es abogado, mi vida…
- ¡Como si es el papa de Roma! - saltó Gabi - Que no, hostias. No pienso dejar que tu puto ex se meta en esto. Sabes perfectamente que en cuanto nos saque de aquí correrá a contárselo a tu madre y paso.
- Pero…
- Sofi, no insistas más. He dicho que no.
El silencio cayó entre ellos, espeso. Mientras Laia siguió mirando al frente, impasible aunque no pudo evitar arquear una ceja con una mezcla de ironía y lucidez. Aquello le resultaba demasiado familiar: recuerdos mal enterrados, cicatrices que nunca desaparecen del todo, decisiones tomadas por miedo más que por orgullo. Pensó que, al final, todos estaban allí por lo mismo.
No por lo que habían hecho… sino por lo que estaban intentando ocultar.
Gabi no odiaba a Ricardo solo porque fuera el ex de Sofi. Eso habría sido demasiado simple, casi lógico. Tampoco porque Lorena - la bruja de su suegra - lo idolatrara como si fuera un santo caído del cielo, resucitándolo en cada comida familiar, en cada frase inocente convertida en puñal. No era eso… El problema era mucho más profundo.
Ricardo representaba todo lo que Gabi nunca había podido ser. Tenía un trabajo de los que impresionan cuando se dicen en voz alta. Dinero de verdad, no el que se va en alquiler y facturas. Vivía en una casa enorme, luminosa, con terraza y vistas, de esas que parecen sacadas de un catálogo. Era guapo sin esfuerzo, con ese tipo de belleza insultante que no necesita justificar nada. Y el pelo… joder, el pelo. Un pelazo de revista, siempre perfecto, como si el viento le obedeciera. Era el yerno ideal. El hombre correcto. El orgullo de cualquier suegra. Gabi, en cambio, era un chaval de barrio. Currante, sí. Honesto, el que más. De los que madrugan y se parten la espalda sin garantías, pero sin suerte, sin brillo. Sin ese aura de éxito que parece abrir puertas sin pedir permiso. Tenía manos ásperas, un coche viejo y un futuro que siempre estaba “por mejorar”. Y aunque tuviera lo único que de verdad le importaba - el amor de Sofi -, las comparaciones lo devoraban por dentro. Porque no eran explícitas, no siempre. Eran miradas. Silencios. Comentarios lanzados al azar como quien no quiere la cosa. Y cada uno lo iba encogiendo un poco más, haciéndolo sentirse como un cero a la izquierda, como un error temporal en la vida de alguien que, según todos, merecía algo mejor.
Ricardo no tenía que hacer nada para ser odiado. No llamaba. No aparecía. Le bastaba con existir. Por eso Gabi no podía soportar la idea de que fuera él quien los sacara de allí. Porque no sería ayuda. Sería confirmación. La prueba definitiva de que, incluso encerrado, incluso en el fondo del pozo, Ricardo seguía siendo el salvador… y él, el problema.
No era orgullo, era supervivencia. Y por eso, cuando dijo que no, no estaba siendo terco.
Estaba defendiéndose de algo que llevaba años persiguiéndolo.
Laia no necesitó hacer ninguna pregunta para entender qué estaba pasando. Recordaba perfectamente la conversación que había tenido con Gabi por Discord la noche anterior. No conocía todos los detalles, pero sabía lo suficiente: la relación con su suegra distaba mucho de ser idílica. De hecho, era todo lo contrario.
Sin ser invitada a la conversación, decidió intervenir. No por altruismo, sino porque debía salvar su propio culo, una vez más. Y, como dijimos antes, solo había un ser humano en todo aquel caos que era su vida, en el que podía confiar… al menos por ahora. Así que con determinación, se puso en pie con orgullo y se acercó a los barrotes.
- ¡Eh picoleta! Quiero hacer una llamada - pidió en voz alta.
Tanto Sofi como Gabi la observaron. Ella la analizó de arriba abajo, midiendo cada gesto, cada paso, cada palabra. Él, en cambio, no disimuló: ahora que podía, le echó un vistazo descarado a su trasero.
La funcionaria apareció al poco, pasos metódicos, gesto cansado, una mirada de desprecio que parecía de serie. Abrió la reja por cuarta vez desde que llegaron, murmurando algo entre dientes. Laia se giró entonces con una sonrisa amplia, casi insolente, como si todo aquello no fuera con ella.
- ¿A quién vas a llamar? - preguntó Gabi, curioso.
- A Nico…
- ¿A Nico? ¿Para qué?
- No preguntes... - respondió ella sin perder la sonrisa - Y dame las gracias.
La reja volvió a cerrarse tras ella. Laia avanzó por el pasillo con la misma seguridad con la que había llegado, como si cada paso estuviera calculado de antemano, como si todo formara parte de un plan invisible.
Sofi se giró de inmediato hacia su novio, desconcertada.
Como el Carbono, transmutando el dolor en diamante o en ceniza, demostrando que no hay finales, solo nuevas formas de reorganizar el alma. Esta historia continuará...