Efectos Secundarios

Ahí está el kit de la cuestión. Es como lo que le dice a Peter Parker su tío: "Un gran poder, conlleva una gran responsabilidad"
En manos de alguien honesto y altruista una cura absoluta puede ser un regalo para la humanidad.
Pero en manos de alguien malvado y ambicioso podría ser el fin del mundo.

Veremos si nuestro grupo de jovenes alocados son capaces de controlarlo, o si por el contrario, el mundo se derrumba ante el caos absoluto.
Un abrazo!
Acabas de nombras a mi gran ídolo, incluso por encima de cualquier leyenda de mi Sevilla.
Spidey es mi gran ídolo.
 
Gustavo es un ser primigenio, primitivo que se mueve por instintos primitivos y va a ser un problema par la estabilidad del grupo, y creo que deberían de ponerle las cosas claras con respecto a Laia, bueno, realmente tiene que ser ella quien le pare los pies.
Lo siento por el amigo Carlos y su romanticismo, pero no creo que Laia albergue o vaya a albergar algún sentimiento romántico hacia Nicolás. Durante el episodio de la transformación era consciente de lo que hacía y le dijo a Nico que se la mamó a Gustavo porque le apetecia hacerlo, eso después de que Nico la declarase su amor. Creo que el personaje de Laia tiene algunas esquinas por descubrir todavía.
 
Gustavo es un ser primigenio, primitivo que se mueve por instintos primitivos y va a ser un problema par la estabilidad del grupo, y creo que deberían de ponerle las cosas claras con respecto a Laia, bueno, realmente tiene que ser ella quien le pare los pies.
Lo siento por el amigo Carlos y su romanticismo, pero no creo que Laia albergue o vaya a albergar algún sentimiento romántico hacia Nicolás. Durante el episodio de la transformación era consciente de lo que hacía y le dijo a Nico que se la mamó a Gustavo porque le apetecia hacerlo, eso después de que Nico la declarase su amor. Creo que el personaje de Laia tiene algunas esquinas por descubrir todavía.
Pues Laia se lo pierde, porque Nico es un gran tipo.
De hecho creo que los 3 mejores de muy largo son Gabi y Sofía ( una pareja magnífica e indectructible) y Nico.
Laia, la verdad es que no me termina de gustar y, por supuesto, al que no puedo ni ver a ese impresentable que es Gustavo.
Ya hay que tener mal gusto para liarse con ese capullo.
Creo que llevas razón y es mejor para Nico no tener nada con ella.
Quizás le conviene más Valeria, la chica que trabaja en su casa.
 
Capítulo 12. Magnesio - ¡Rumbo a Bre(Mg)arten!

El Magnesio (Mg) ocupa el duodécimo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del magnesio con el concepto del viaje - ese salto al abismo que nos cambia para siempre -, obtenemos el retrato de una transformación que requiere de un fuego interno cegador. El magnesio no es un metal de paseos tranquilos; es el combustible de las estrellas y el iniciador de las reacciones que no tienen vuelta atrás.

El Viaje según el Magnesio: El Salto a la Luz Blanca

1. La Chispa del No Retorno (Potencial de Ignición)

El magnesio es difícil de encender, pero una vez que la llama prende, es casi imposible de apagar. Arde con una intensidad tal que puede continuar quemándose incluso bajo el agua o en una atmósfera de dióxido de carbono. Un viaje no comienza con una maleta, sino con una decisión irrevocable. Es ese momento en el que decides lanzarte al abismo de un cambio de vida, una crisis espiritual o un desafío peligroso. Una vez que esa chispa interior se enciende, no hay marcha atrás; el fuego de tu propósito es tan potente que seguirá ardiendo incluso cuando te sumerjas en las aguas más profundas de la incertidumbre.

2. La Luz que Ciega el Pasado (Brillo Incandescente)
Cuando el magnesio arde, produce una luz blanca tan brillante que puede dañar la retina de quien la mira directamente. Se usaba en los antiguos flashes de fotografía para congelar un instante en el tiempo. En todo viaje peligroso hacia el interior de uno mismo, hay un momento de revelación que ciega. Es una verdad tan cruda y luminosa que hace imposible volver a ver el mundo como lo veías antes. El magnesio nos enseña que el salto al abismo no es oscuridad, sino un exceso de luz que borra tus sombras anteriores. Viajar es arriesgarte, es aceptar que te convertirás en tu propio flash: una luz que congela quién eras para permitir que nazca quién eres.

3. El Corazón de la Captura Solar (La Clorofila)
El magnesio es el átomo central de la molécula de clorofila. Es el receptor que permite que las plantas transformen la luz del sol en energía vital. Sin ese único átomo en el centro, la vida en la Tierra se detendría. El salto al abismo tiene un propósito: convertirte en un receptor de energía nueva. En el centro de tu travesía más peligrosa hay un "átomo de magnesio": tu capacidad de transformar el dolor o el miedo en combustible para tu evolución. El viaje es, en realidad, el proceso de colocarte en el centro de tu propia naturaleza para empezar a procesar la luz de una manera distinta.

4. La Ligereza Estructural (Aleaciones de Alta Resistencia)
A pesar de su potencia, el magnesio es uno de los metales estructurales más ligeros. Se usa cuando se necesita resistencia pero el peso es un enemigo mortal, como en la ingeniería aeroespacial. Para saltar al abismo, no puedes llevar equipaje. El viaje trascendental exige la ligereza del magnesio. Debes deshacerte de las densas capas de ego y de las expectativas de los demás. La sabiduría nos dice que para sobrevivir a la caída y convertirla en vuelo, necesitas una estructura interna que sea ligera para el espíritu pero resistente para el impacto. Solo lo que es ligero puede viajar hasta las estrellas.

5. El Relajante del Caos (Bioquímica del Sistema Nervioso)
En el cuerpo humano, el magnesio es el encargado de relajar los músculos y calmar el sistema nervioso tras un esfuerzo extremo. Es el elemento que permite el descanso tras la batalla. Todo viaje peligroso tiene su final en una paz profunda. El magnesio es la recompensa tras el salto: la capacidad de encontrar quietud en medio del abismo. Una vez que has cruzado el fuego y has soportado la luz incandescente, el magnesio te enseña a soltar la tensión. La trascendencia no es vivir en el incendio eterno, sino ser capaz de descansar en la nueva versión de ti mismo que el fuego ha templado.

Conclusión: El viaje trascendental, visto a través del magnesio, es la geometría de la incandescencia. Es el paso necesario por un fuego que ciega para poder ver, y por una ligereza que asusta para poder ascender. Viajar bajo el símbolo del magnesio significa prometerse que, ante el abismo, no cerraremos los ojos, sino que nos convertiremos en la luz blanca que ilumina el vacío. Ya no tememos al salto, porque sabemos que somos magnesio: materia hecha para arder con fuerza y sostener la vida desde el centro de la luz.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • No he entendido absolutamente nada - dijo Sofi dejando caer la cascara de una pipa al suelo.
  • ¡Bienvenida al club, guapa! - sonrió Laia a su lado, dándole un codazo mientras compartía la bolsa con ella.
Gabi, sentado en el respaldo del banco entre ellas, extendió levemente el brazo y abrió la palma. Laia le vertió un puñado.
  • A ver, Nico… - sonrió él - ¿podrías explicarlo para que el resto de los mortales lo podamos entender?
Gustavo, en uno de los extremos del banco, soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza, mientras Nico daba vueltas frente a ellos, levantando el polvo del parque con sus pies, pensando la mejor manera de explicarlo para que, de una vez por todas, aquellos zoquetes lo entendieran.
  • ¡Vale, mirad! - exclamó de repente, dando una palmada al aire - Imaginad que el cuerpo humano es una orquesta gigantesca, ¿vale? Cada órgano, cada célula, es un músico que debe tocar una partitura perfecta para que estéis sanos. Sabiendo eso… ¿Qué es la enfermedad, entonces?
Lo preguntó ilusionado, como un maestro primerizo que aún no ha perdido la fe. El silencio fue absoluto - casi ceremonial - roto solo por las cáscaras de pipas crujiendo contra los dientes y los gritos lejanos de un grupo de niños jugando al fútbol. Nico suspiró, al borde de darse por vencido, pero mantuvo la compostura.
  • La enfermedad es ruido - dijo, ocultando su frustración - ¡Pensadlo de este modo! El cáncer, por ejemplo, es un músico que se ha vuelto loco y toca otra canción a todo volumen; el C.O.V.I.D. es un intruso que desafina los violines; el Alzheimer… sería una sección entera que ha olvidado cómo leer las partituras… ¿Lo vais pillando?
  • Más o menos, chaval - refunfuñó Gustavo - ¡Sigue, vamos!
  • Pues bien, hasta ahora, la medicina ha consistido en intentar callar a esos músicos a base de hostias: quimioterapia, antibióticos, veneno al fin y al cabo. Y esas prácticas tan agresivas a menudo daña a toda la orquesta. Pero… lo que hace el extracto de la Mycena Neonfaucis a través de las modificaciones que he creado no es atacar a nadie. Lo que emite es una nota pura y perfecta.
Una chica embutida en leggins pasó corriendo por el camino; Nico se detuvo un segundo antes de seguir hablando. Gustavo dejó de prestar atención en ese mismo momento.
  • Es como un diapasón universal, por decirlo de algún modo - continuó - Al entrar en el cuerpo, vibra con la frecuencia exacta de la salud original. Cuando una célula enferma siente esa vibración, solo tiene dos opciones: o se afina y vuelve a tocar la melodía correcta, o se rompe porque no puede aguantar la pureza del sonido. La “Azulita” no cura el cáncer, ni el ébola, ni la diabetes… No cura nada en realidad. Lo que hace es recordarle a la materia cómo ser armónica. Borra el error, elimina el ruido y deja que la orquesta vuelva a sonar como el primer día. Por eso es tan efectiva: porque no trata la enfermedad, trata la frecuencia de la vida.
Gabi peló un par de pipas más, tirando las cáscaras al suelo, sin apartar la vista de Nico.
  • Vale, pero… tengo una duda - dijo con tranquilidad.
  • Dime, colega - sonrió Nico, creyendo que al menos uno había entendido algo.
  • ¿Esa era la explicación sencilla?
Las risas brotaron de forma orgánica. Nico los observó tremendamente ofendido: codazos, empujones, miradas perdidas. La fiesta de la ignorancia en pleno apogeo.
  • ¡No es tan difícil de comprender, joder! - exclamó - Los grandes niveles de flúor y neón del extracto crean una superficie cuántica donde el tiempo parece revertirse. El flúor limpia la célula de cualquier impureza o residuo tóxico. El neón inunda la célula con una energía que “resetea” el ADN, devolviéndolo a su estado original de fábrica, antes de que mutara o enfermara.
Laia levantó la cabeza de golpe, al escuchar la palabra “mutar”, como una zarigüeya en mitad de la sabana.
  • ¡¿Entonces… por qué yo sí muté?! - preguntó de repente.
  • ¡No! ¡Aún más importante! - gritó Gustavo - ¡¿Por qué cojones la desmutaste?!
Más risas, más empujones, más ignorancia. Nico contestó a su pregunta, aunque supiera que no serviría de nada.
  • Son efectos secundarios, o al menos eso creo… - dijo titubeante.
  • ¡¿Podéis callaros un momento?! - gritó Laia, todavía sonriendo - Habla, Nico, por favor…
  • Digo que… quizás… fuera un efecto secundario - repitió él - Pero aún es muy pronto para afirmarlo, antes necesito hacer más pruebas.
  • ¿Es por eso que quieres ir a Suiza? - preguntó Sofi, entre curiosa y desconfiada.
  • ¿Suiza? - replicó Gustavo - ¿Cuándo hemos hablado de eso?
  • ¡Presta atención, joder! ¡Y deja de mirar culos! - lo riñó Laia, divertida y exasperada a partes iguales.
  • A ver… - siguió hablando Nico, intentando hilar sus pensamientos - Creo que la “bimboficación” que sufriste no es más que un exceso de armonía estética. Es como… como si la seta estuviera obsesionada con la perfección física - Hizo una pausa, tanteando el efecto de sus palabras - Y para conseguirlo elimina el estrés, el ruido mental, la inteligencia. Puede ser que… por ese motivo, te transformara en una versión híper simplificada y perfecta de ti misma: un ser sexual, sin preocupaciones, sin problemas, sin conflictos internos. Es como… como si el precio a pagar por la salud absoluta, por decirlo de alguna manera: fuera la pérdida de la complejidad humana.
Laia arqueó una ceja, mientras Sofi y Gabi intercambiaban miradas que combinaban sorpresa y escepticismo. Nico tragó saliva, consciente de lo surrealista que sonaba aquello.
  • Pero… - añadió, aún dubitativo - No puedo demostrarlo aún. Hay que hacer más pruebas y no tenemos suficiente “Azulita”.
  • Y por eso debemos ir a Bremgarten - sentenció Laia, con un brillo de convicción en los ojos.
Gustavo, después de exprimirse el cerebro hasta límites insospechados, formuló por primera vez una pregunta con auténtico sentido.
  • ¿No sería más fácil hacer un pedido y que nos la traigan? - dijo, mirándolos uno a uno - Suiza está lejos de cojones…
  • Unos mil seiscientos kilómetros, más o menos - sonrió Laia - Quince horas si nos turnamos. Ya lo he mirado.
  • ¿Pero pretendes ir en coche? - preguntó Sofi, sorprendida.
  • Es la mejor manera de no dejar pistas - intervino Nico - Precisamente por eso, no la hemos pedido, Gustavo. Lo que haremos es ir nosotros mismos… y la robaremos.
  • Espera, espera… - Gabi se tensó al instante - ¿Cómo que robar? Nadie había hablado de robar nada.
Laia se puso en pie, levantando una mano para pedir calma.
  • A ver, piensa un momento. ¿Qué crees que pasaría si la empresa se enterara de lo que acabamos de descubrir? No podemos dejar que se enteren, Gabi. Tenemos que hacerlo en silencio, a escondidas, sin dejar pruebas… porque si no, no solo peligrarán nuestras vidas - hizo una pausa, dejando que la idea calara - ¡Sería el caos absoluto!
Laia no hablaba por hablar. Había meditado mucho acerca de esa idea. Sobre que sucedería si alguien encontrara la cura para todas las enfermedades. Y aunque todos pudiéramos pensarlo, que el mundo estallaría en júbilo - al menos, al principio - no era así. Como ella acababa de decir, sería el caos absoluto. Lo primero que colapsaría no sería la biología, sino el orden global.

Desde el punto de vista psicológico, el impacto sería casi imposible de asimilar. La enfermedad ha sido siempre el gran corrector de la soberbia: nos recuerda que somos frágiles, finitos, reemplazables. Quitarla de la ecuación no solo alargaría la vida, sino que redefiniría el significado mismo de existir. ¿Qué importa una decisión vital cuando no hay urgencia? ¿Qué valor tiene el tiempo si deja de ser escaso? La muerte dejaría de ser un horizonte cercano y se convertiría en un concepto abstracto, aplazado, casi administrativo. El dolor desaparecería… pero también la intensidad con la que vivimos la vida.

Desde el punto de vista social, el golpe sería brutal. Los sistemas de pensiones, pensados para vidas de setenta u ochenta años, no soportarían generaciones que vivieran ciento cincuenta o doscientos. El relevo generacional se congelaría. Los puestos de poder, ya dominados por élites envejecidas, quedarían ocupados durante décadas por las mismas personas. La juventud dejaría de ser una etapa de acceso y pasaría a ser una sala de espera eterna. Vivir más no implica vivir mejor, sobre todo si el ascensor social deja de subir.

Pero es en el terreno económico donde la cura universal se vuelve verdaderamente peligrosa.

El capitalismo moderno no está diseñado para erradicar problemas, sino para gestionarlos indefinidamente. Y sí… la enfermedad es uno de sus pilares más rentables. Las farmacéuticas no ganan dinero curando, sino cronificando: tratamientos de por vida, síntomas controlados, dependencia constante. Una cura definitiva no es un avance, es una amenaza estructural. Miles de millones de dólares, empleos, acciones, fondos de inversión y equilibrios bursátiles dependen de que la gente siga enfermando, solo lo justo para no morirse. En ese contexto, una cura total no sería recibida como un milagro, sino como un arma. ¿Quién la controla? ¿Quién decide quién accede a ella? En un sistema capitalista, la respuesta es obvia: quien pueda pagarla. La inmortalidad biológica - o algo muy cercano - no se repartiría equitativamente. Se convertiría en el lujo definitivo. Ya no habría clases sociales basadas solo en el dinero, sino en la esperanza de vida. Pobres que siguen muriendo y ricos que simplemente… no.

Desde el punto de vista político, el hallazgo sería dinamita. Los Estados perderían una de sus grandes herramientas de control: la sanidad como promesa, como parche, como moneda electoral. Los gobiernos que no pudieran acceder a la cura quedarían obsoletos frente a los que sí. Aparecerían guerras no por territorios ni recursos, sino por patentes, por fórmulas, por acceso al conocimiento. La biología sustituiría al petróleo como causa principal del conflicto global.

Por último, está la cuestión moral. Si todo se puede curar, ¿qué pasa con el riesgo? ¿Con el cuerpo como límite? El dolor, la enfermedad y la posibilidad de perderlo todo han sido siempre motores éticos: nos hacen cuidarnos, cuidarnos entre nosotros, asumir responsabilidades. Una humanidad sin enfermedad podría volverse más imprudente, más temeraria, más deshumanizada. Cuando nada te rompe, nada te obliga a parar y mirar al otro. Paradójicamente, encontrar la cura para todas las enfermedades no nos obligaría a preguntarnos cómo vivir más, sino para qué. Y esa es una pregunta que ni la ciencia ni el mercado saben responder. El capitalismo, en particular, se encontraría desnudo ante ella, porque su lógica no entiende de finales felices, solo de procesos rentables.

Tal vez por eso lo que acababa de descubrir Nico resultaba tan inquietante. No porque fuera imposible - ya habían superado esa fase - sino porque dejaría en evidencia algo que preferimos no admitir: que muchas de nuestras estructuras sociales no existen para proteger la vida, sino para explotar su fragilidad. Y eliminar la enfermedad sería, en el fondo, eliminar una de las excusas más lucrativas del sistema.
  • Lo que Nico acaba de descubrir no es un milagro, chicos. Es un problema, y uno de los gordos… Si cae en las manos equivocadas… se puede liar la de Cristo.
  • Está bien… Lo entiendo, pero… - murmuró Gabi al fin - ¿Cómo lo vamos a hacer?
  • Si salimos este viernes por la tarde - empezó a decir Laia.
  • No me refiero a eso - le cortó él - me refiero a qué haremos con ese descubrimiento…
El silencio cayó de golpe, denso, incómodo, como si alguien hubiera cogido un mando y hubiera puesto al mundo en ‘mute’ sin previo aviso. Ya no había risas, ni nervios, ni chistes para rebajar la tensión. Solo miradas que evitaban cruzarse durante un segundo de más. La pregunta de Gabi seguía flotando en el aire, pesada. No era logíca. No era técnica. Era moral. Y eso era mucho peor.

Nico fue el primero en bajar la vista. Él, que hasta hacía demasiadas horas no podía dejar de pensar en fórmulas, frecuencias y resultados imposibles, sintió por primera vez vértigo. No el del riesgo físico, no el de robar y huir, sino otro más profundo: el de haber empujado una puerta que quizá no debía abrirse nunca. Descubrir la cura definitiva, aquello que pondría fin a todas las enfermedades; no lo convertía en un salvador sino en un mártir. Le colocó, sin pedir permiso, un peso enorme sobre las espaldas, en el epicentro de una responsabilidad demasiado enrome para cualquier ser humano.

Laia apretó los labios. En su cabeza apareció el rostro de su madre: sana, curada, riendo sin dolor. Ese pensamiento seguía siendo un ancla poderosa… pero ya no bastaba. Porque si aquello funcionaba para ella, funcionaría para todos. Para dictadores. Para asesinos y violadores. Para millonarios sin escrúpulos. Para todos esos hijos de puta que convertirían la salud en otro privilegio más. “¿Y si al intentar salvar a los suyos estaba ayudando a crear un mundo aún más injusto?”, pensó frunciendo el ceño y apretando los puños.

Sofi dejó de moverse. Incluso el sabor de las pipas pareció cambiar. Hasta ese momento había vivido todo como una locura emocionante, una huida de la rutina, una aventura. Pero ahora entendía que no estaban robando dinero ni información. Estaban tocando algo sagrado. Algo que redefinía la vida, la muerte… y el poder. Y eso ya no era un juego. A su lado, Gustavo se rascó la barbilla, serio por primera vez en mucho rato. Él había vivido lo suficiente cómo para saber como funcionaban las cosas. Cómo cualquier idea, incluso la más noble, podía retorcerse hasta convertirse en una herramienta de control. Sabía que el problema no era solo que cayera en malas manos. El problema era aceptar que quizás no existían las manos correctas.

Esa, precisamente, era la pregunta que nadie quería formular en voz alta.
¿Quiénes eran ellos para decidir?

Solo eran cinco personas normales, gente de barrio. Con miedos, defectos, deseos egoístas. Con ganas de huir de una vida que no les llenaba. ¿Era eso suficiente para cargar con algo que podía cambiar la historia de la humanidad? ¿O solo se estaban engañando, convenciéndose de que eran distintos a aquellos a los que consideraban el enemigo? El silencio no pedía respuesta inmediata. Pedía honestidad. Lo que Nico había descubierto no exigía solo inteligencia, ni valentía, ni sigilo. Exigía algo mucho más raro: asumir que, hicieran lo que hicieran, habría consecuencias irreversibles. Que no existía un camino limpio. Que incluso con las mejores intenciones, podían estar cometiendo el mayor error jamás cometido. Y quizá por eso nadie habló. Porque en ese silencio, por primera vez, entendieron que el verdadero peligro no era el robo, ni Suiza, ni las farmacéuticas. El verdadero peligro era ellos mismos… teniendo en sus manos la posibilidad de decidir qué significa vivir.

Laia empezó a hacer aspavientos con las manos, como si espantara los malos pensamientos.
  • Ya habrá tiempo para pensar en eso… - dijo con firmeza - ¡Hay que ir paso por paso! Y lo primero que debemos hacer es conseguir más “Azulita” para que Nico pueda seguir haciendo sus experimentos.
No hubo réplicas inmediatas. Tampoco entusiasmo desbordado. Lo que hubo fue algo distinto: una aceptación silenciosa, colectiva. Las miradas se cruzaron de forma casi imperceptible, pequeños gestos, asentimientos leves, respiraciones que volvían a acompasarse. No porque las dudas hubieran desaparecido, sino porque todos entendieron lo mismo al mismo tiempo.

Pensarlo todo de golpe era paralizante. Abría demasiados abismos a la vez. En cambio, avanzar un paso… solo uno… era algo manejable. Casi humano. Sabían que estaban aplazando preguntas enormes, pero no las negaban. Las guardaban, como quien en medio de un juego, dobla con cuidado una carta peligrosa y la deja en el bolsillo interior de la chaqueta. Primero había que caminar. Luego ya habría tiempo de decidir hacia dónde.

La determinación no nació de la seguridad, sino de la necesidad de seguir adelante. De no quedarse inmóviles ante algo que ya existía, que no podía desinventarse. La cura definitiva estaba ahí. El descubrimiento ya había ocurrido. Fingir lo contrario sería la verdadera irresponsabilidad. Así que, sin palabras grandilocuentes ni juramentos solemnes, el grupo se alineó. No como héroes, ni como salvadores, sino como personas conscientes de que el siguiente movimiento importaba; y mucho.

“Paso a paso”, pensó Gabi. “Primero, a por la Azulita. Después… ya veremos”
  • Como os decía… Si salimos este mismo viernes al salir del curro… podemos plantarnos en Bremgarten el sábado por la mañana a primera hora.
  • No te ofendas - intervino Sofi - pero sigo diciendo que ir en coche me parece una estupidez.
  • Tenemos que mantener un perfil bajo, cariño… - le respondió Gabi -. Si nos descubren…
  • Sí, ya… Si eso ya lo he entendido, mi amor - lo cortó ella - Pero aunque vayamos por carretera, tendremos que cruzar dos fronteras: la de Francia y luego la de Suiza. ¡Estamos en las mismas!
  • Hay formas de cruzar países sin pisar fronteras, preciosa - terció Gustavo, con media sonrisa - Sino que se lo pregunten a los que pasaban tabaco de estraperlo cuando mandaba el Paquito.
Gabi se sacudió las manos, quitándose la sal de las pipas, y se encendió un cigarro, divertido.
  • Ha llovido mucho desde entonces, compañero. No creo que sea tan fácil.
  • Tampoco lo era entonces, chaval, y aun así se hacía - replicó Gustavo -Al menos ahora los picoletos no te meten un tiro de entrada. Primero te preguntan.
  • ¿Para dispararte después? - sonrió Gabi.
  • Puede… pero al menos son educados.
Los dos empezaron a reír. No era una carcajada cómoda ni limpia, sino ese tipo de risa que nace del choque, del roce constante. Habían arrancado con el pie izquierdo, midiéndose, sin acabar de encajar del todo, lanzándose pullas como quien prueba la resistencia del otro. Pero en ese intercambio torpe y constante empezaba a revelarse algo inesperado: un sentido del humor parecido, áspero, de respuesta rápida. Un toma y daca que, sin que ninguno quisiera admitirlo, comenzaba a funcionar demasiado bien.
  • ¡Venga, dejaos de chorradas! - exigió Sofi - Y escuchemos el plan de Laia de una vez…
Ella asintió, sonriendo, y continuó explicando.
  • Ir por carretera es la mejor opción, Sofi. - Esta vez Laia la llamó por su nombre - Créeme, soy la primera a la que se le revuelve el estómago al pensar en quince horas de coche. Pero es lo más seguro, no hay duda.
  • ¡Vale! Te lo compro… ¿Y cuando lleguemos, qué? - preguntó, directa y concisa.
  • Nos camuflaremos.
  • ¿Cómo? - intervino Gustavo - Yo por alemán paso, pero por suizo va a ser que no. Y no creo que nos dejen entrar como “Pedro por su casa”.
  • Ahí entras tú - sonrió Laia - Y tú también Gabi… Necesitamos que consigáis ropa de mantenimiento para todos. Al ser una multinacional, los empleados usan el mismo uniforme en todos los centros. ¡Con eso podremos entrar!
  • ¿Estás segura de eso? - preguntó Gustavo.
  • Sí - respondió Nico al instante - Lo hemos comprobado.
  • ¿Entrar un sábado por la mañana? - preguntó Gabi, frunciendo el ceño - ¿Es que en Suiza no hay festivos o qué?
  • ¡Un sábado al mes se trabaja, chaval! - respondió Gustavo - En todos los centros es así.
  • ¿En serio? - dijo Gabi soltando una calada - Eso no me lo dijeron en la entrevista… ¿Cuándo nos toca a nosotros?
  • El primer sábado de cada mes. Así que, de momento, te salvas.
  • Qué puto palo me acabas de dar…
  • ¡Es lo que hay, chaval! - se encogió de hombros Gustavo- ¡Haber estudiao!
  • ¡¿Podéis centraros un poco, por favor?! - volvió a cortar Sofi - ¡Dejad de iros por las ramas, hostias!
Laia rió al verla. A pesar de los asuntos pendientes entre ellas, Sofi empezaba a caerle mejor a cada minuto que pasaban juntas. Había algo en su forma de plantarse, en ese desparpajo que disfrazaba el miedo sin negarlo, que le resultaba inquietantemente familiar. Laia se reconoció en ella como en un reflejo torcido: la misma impulsividad, la misma necesidad de avanzar aunque no se viera el suelo. Y, casi sin darse cuenta, empezó a aceptar que tal vez no estaban tan lejos como había creído en un principio.
  • A ver… si vamos a hacerlo, tiene que ser este fin de semana - siguió diciendo - Si no, tocaría esperar un mes entero. Me he estado informando y, como bien dice Gustavo, una vez al mes la empresa hace lo que llaman el DDP: el “Día de Descontaminación Profunda”. En la central de Suiza es justo este sábado. Así que lo primero es saber si estaréis operativos.
Todos asintieron en silencio. No hubo discursos ni miradas largas. Solo ese gesto seco que nace cuando la decisión ya estaba tomada mucho antes de ser formulada. Había determinación, sí, pero también una chispa peligrosa: la emoción de hacer algo distinto, de cruzar una línea solo para ver qué había al otro lado. Quizá no eran del todo conscientes de la magnitud de lo que estaban a punto de hacer. Quizá lo estaban viviendo más como un juego que como el acto temerario que realmente era. Pero ninguno dudó ni un solo segundo.
  • Bien… - asintió también Laia, sin poder sentir cierto orgullo - La idea queda clara, entonces… Infiltrarnos con el equipo de mantenimiento. El día es más que perfecto: pues es cuando limpian los laboratorios a fondo. Será el momento ideal para localizar la “Azulita” y robarla.
  • Una cosa, guapa - dijo Gustavo alzando un dedo, como si estuviera en clase - Si aquí en Madrid los sistemas de seguridad ¡ya son la hostia!… no quiero ni imaginar cómo serán en Suiza, que son más cuadrados que un dado. Aunque tengamos uniformes, no tenemos identificaciones, ni las putas tarjetitas de los huevos.
  • Eso no será un problema - sonrió Nico - Puedo hackear el sistema de la empresa, meternos en la base de datos de la central como trabajadores con identidades falsas y manipular las tarjetas de acceso que vosotros dos tenéis para que funcionen también allí.
Gabi soltó una risa, más incrédula que divertida.
  • ¿Qué pasa contigo, colega? ¿Aparte de ser un genio también eres un puto hacker, o qué?
  • Bueno… - Nico, con una sonrisa franca, empezó a rascarse la nuca - Alguna cosilla sé… no lo voy a negar.
  • ¡No seas tan humilde, chaval! - soltó una carcajada Gustavo - ¡Si eres un genio, lo eres! ¡Y punto final!
Laia se acercó un poco más a ellos, bajando el tono de voz. Al hacerlo, todos la imitaron: el círculo se cerró, las distancias desaparecieron. Susurros. Conspiraciones. Robos. Una misión que podía cambiarlo todo. Gabi lo sintió en ese preciso instante. Comprendió qué era lo que lo empujaba a subirse a ese tren rumbo a lo desconocido. Era exactamente lo que siempre había querido: una vida con sentido, intensa, de esas que quizá duran poco porque caminan demasiado cerca del abismo, pero que merecen la pena precisamente por eso. Porque son auténticas.
  • Tenemos todo lo que queda de semana para acabar de planificarlo todo - dijo Laia con firmeza -, pero hay que ser precavidos, ¿oído? Ya no estamos hablando de vender un puñado de medicamentos robados en una esquina del barrio para sacarnos cuatro cuartos… Estamos entrando en las grandes ligas, señores. Así que nada de hablar por teléfono, nada de despistes y nada de bajar la guardia. Si la pifiamos, se nos echarán al cuello. Estad atentos. ¿Estamos?
  • Se me ha puesto dura solo de escucharte - soltó Gustavo, provocando una risa nerviosa entre todos.
  • No solo a ti - rió Sofi - Creo que se nos ha puesto dura a todos.
El martes por la tarde quedó suspendido en el aire como una burbuja eléctrica. Risas nerviosas, planes que sonaban grandilocuentes, al más puro estilo Ocean’s Eleven, miradas cómplices, excitación y esa sensación casi adictiva del peligro recorriéndoles la piel, recordándoles que seguían más vivos que nunca. Que aún eran capaces de desear algo que no cupiera en una agenda ni en una nómina.

Pero luego llegó la realidad. A plomo, sin piedad, una losa inmensa. Los días siguientes se deslizaron lentos, espesos, como si el tiempo hubiera decidido castigarles por haber soñado demasiado alto. Jornadas de trabajo rutinario, gestos automáticos, conversaciones triviales. Disimular que todo transcurría como siempre. Fingir normalidad mientras por dentro el contador avanzaba, segundo a segundo, hacia algo que lo podía cambiar todo.

La espera se hizo eterna. Demasiado eterna. En los escasos momentos en que podían hablar en privado, las conversaciones giraban siempre alrededor del mismo tema. No había necesidad de decirlo en voz alta: el viaje, el robo, el riesgo. El “Día D”, como lo llamaban en broma, aunque todos sabían que de broma tenía poco. Algunos ya tenían las mochilas preparadas desde el mismo martes, como si al tenerlas ahí, listas junto a la puerta, el viaje fuera a llegar antes.

Pero no lo hizo. Llegó cuando tuvo que llegar. Y después de sufrir el peso soporífero de la rutina y la espera, por fin, el viernes amaneció. Eran las cinco y media de la mañana cuando Gabi entró a trabajar. El edificio era el de siempre, la luz fría de siempre, el silencio de siempre. Pero nada era igual. En cuanto se cruzó con Gustavo, la felicidad fue palpable, imposible de disimular. Se miraron apenas un segundo, lo justo para entenderse sin palabras.

Sí, eran las seis de la mañana. Sí, aún quedaban ocho horas de fingir normalidad. Pero era viernes. Y no uno cualquiera. Hoy se subirían los cinco en un coche, dispuestos a emprender un viaje en el que todos habían depositado algo más que expectativas. Ocho horas para dejar atrás la monotonía y lanzarse, juntos, hacia el abismo.
  • ¿Nervioso, chaval? - susurró Gustavo.
  • No te voy a engañar… - sonrió Gabi - ¡Estoy acojonao!
  • Creo que todos estamos igual…
De repente alzó la cabeza, saludó con un gesto a un par de compañeros, que más dormidos que despiertos, entraron en el vestuario sin apenas hablar entre ellos. Se acercó un poco a Gabi, que se ataba las botas de seguridad.
  • Ayer cogí la ropa para todos - susurró sentándose a su lado.
  • Genial.
  • Pero la de tu novia…
  • ¿Que pasa con ella? - preguntó sin prestar demasiada atención.
  • La talla, joder. No sé si habré acertado.
  • Bueno… nos apañaremos - contestó atándose la otra bota.
  • ¿Que talla usa?
  • No lo sé, Gustavo - sonrió poniendose en pie - Los tíos no nos fijamos en esas cosas.

Mientras Gabi guardaba un par de cosas en la taquilla y la cerraba. Gustavo sacó su móvil, buscó rápidamente, se levantó y le mostró la pantalla. Él levantó la cabeza y se detuvo en seco al ver una foto de Sofi tomada a traición el martes pasado, sentada en el banco, con las piernas cruzadas, los muslos visibles.
  • Yo creo que tendrá una 38 o quizás una 40… ¿Qué crees?
  • ¡¿Por qué coño tienes una foto de mi novia?! - preguntó Gabi mosqueado.
  • Para hacerme una idea de las tallas, chaval, te lo acabo de decir.
  • ¡Bórrala ahora mismo! - dijo intentando quitarle el móvil de las manos.
  • ¡¿Pero que coño te pasa?! - Gustavo lo apartó rápidamente, poniendo una mano contra su pecho.
Gabi lo miró furioso, pensando en las guarradas que debería haber hecho con esa foto. Las ideas le recorrieron la mente, cada vez más afiladas, cada vez más furiosas. ¿Y si no era la única que tenía? ¿Y si le había hecho más? ¿Y si las compartía con su grupito de adictos palilleros? La simple idea de ver a Sofi “cumtributeada” por aquella panda de cerdos, lo puso rabioso.
  • ¡Venga Gustavo! - dijo secamente - Que ya nos conocemos…
  • No te equivoques, chaval - sonrió él al caer en la cuenta - No se que mierdas te habrá contado Nico de mí… pero no es para lo que tú te imaginas.
  • ¡¿Ah no?! ¿Y por qué no se lo preguntaste directamente a ella?
  • ¿Yo que sé?, joder. Sucedió así, ya está… Pero está bien, la borro… ¡Mira!
Gabi miró la pantalla mientras él borraba la foto de la biblioteca central.
  • ¡Bórrala del todo! - insistió.
  • Valeeee… - bufó Gustavo negando con la cabeza.
Accedió a la carpeta de recién eliminadas y fingió que también la borraba. Pero no lo hizo. Gabi no se dio ni cuenta pues otra cosa había reclamado toda su atención: el video de Laia. Fue un instante, pero lo vio y al hacerlo algo se removió en su interior. Un calambre en la entrepierna, una aceleración del pulso, un sudor incómodo.
  • ¿Contento? - preguntó Gustavo mirándolo fijamente.
  • Sí… gracias - dijo Gabi más excitado que mosqueado.
Salieron de los vestuarios, se tomaron un café y empezaron a trabajar. Gustavo lo hacía con una alegría que no le cabía en el pecho. Gabi, en cambio, no dejaba de darle vueltas a la cabeza, imaginando que ocurría en ese video. Dudó varias veces si preguntarlo, es más, intentó resistirse, pero su polla no estaba de acuerdo con su cerebro, se lo pedía con insistencia. Y es que a veces la imaginación, es más poderosa que la realidad. ¡¿Qué digo a veces?! ¡Siempre lo es, carajo!

Terminaron con la planta baja, subieron al ascensor, llegaron a la cincuenta y siguieron trabajando. Gabi no pudo aguantarse más, necesitaba ver aquel video. Se detuvo un momento, dentro del despacho y buscó con la mirada a su compañero. Recorrió el pasillo central, entre despacho y despacho, pero no lo encontró por ningún lado. Al final escuchó su voz ronca, canturreando una canción, provenía de los baños.
  • ¿Qué pasa chaval? - preguntó Gustavo al verlo - ¿Ya has terminado con las oficinas?
  • No. No es eso… Es solo que…
Entró dentro de los baños, apoyó su trasero en la superficie de los lavamanos y se cruzó de brazos.
  • ¿Que pasa? - preguntó Gustavo de nuevo - ¿Problemas?
  • No, no… No es eso. Es… Ese video… - dijo Gabi dubitativo - El de Laia…
  • Quieres verlo… - soltó, esbozando una sonrisa - Es eso… ¿verdad?
Gabi asintió con las dos cabezas, tanto la de arriba con la de abajo. Gustavo se acercó a él, sacando el móvil de su bolsillo, y se apoyó a su lado. Sostuvo la pantalla enfrente de los dos, tomándose su tiempo, creando una tensión que, al parecer, creía sumamente divertida.
  • ¿Podrías pasármelo? - preguntó nervioso y ciertamente incomodo Gabi, al sentirlo tan cerca.
  • Ni de coña, chaval - rió Gustavo malicioso - Este video es oro puro… no saldrá de aquí.
  • Pero…
  • Ni peros ni peras… - le cortó - ¿Quieres verlo o no?
  • Si… pero… pero me resulta un poco incómodo, si te soy sincero.
  • Si quieres verlo tendrá que ser conmigo, si no…
Sin que esa sonrisa pervertida se borrase de su boca, hizo el amago de guardarse, de nuevo, el teléfono en el bolsillo.
  • ¡Espera, joder! - exclamó Gabi sin pensarlo - ¡Ponlo venga!
  • Así me gusta, chaval… - y le dio al ‘Play’
Al reproducir el video, la reacción fue instantánea y brutal. Gabi era magnesio calentándose en presencia del poco aire que había entre él y Gustavo. No fue una explosión de presión, sino de energía radiante. Como si aquella grabación de Laia bimboficada produjera una llamarada blanca tan intensa que les causara una ceguera temporal a ambos. Fue un fogonazo a la entrepierna, un flash de cámara a los ojos, se quedaron aturdidos, sin sangre en el cerebro.
  • Mira esas tetas, chaval - murmuró Gustavo, la voz húmeda, el aliento acelerado - Diooos… mira que grandes son… y como botan, joder…
  • Dios… - musitó Gabi sin poder apartar la vista - Como la chupa…
Sin darse cuenta se llevó una mano a la entrepierna, acariciándose la polla por encima de los pantalones. Gustavo desvió la mirada un instante, esbozando una sonrisa maliciosa. El video continuaba reproduciéndose, sin frenos, pues nadie era incapaz de pararlo.
  • ¿Te la llegaste a follar? - preguntó Gabi de repente.
  • No pasé de los preliminares, chaval - rió Gustavo - Ten.. cógelo.
Le entregó el teléfono y empezó a desabrocharse el pantalón.
  • ¡¿Qué coño haces?! - preguntó Gabi confuso.
  • ¿Tú que crees? - sonrió él mientras se quedaba desnudo de cintura para abajo.
Gabi tragó saliva, intentando no mirar. Inevitablemente sus ojos se fueron a su polla. Los desvió rápidamente, clavándolos en el móvil de nuevo. No sirvió de nada, allí seguía estando, la polla de Gustavo entre las tetas descomunales de Laia.
  • ¡Dámelo! - dijo Gustavo recuperando su teléfono - ¡Y sácate la polla, vamos!
  • ¡¿Pero que dices?!
  • ¡Venga joder! Si lo estás deseando… ¡Dale venga!
  • No me voy a…
  • ¡No seas idiota! - replicó el masturbándose - ¡Y disfruta joder!
Gabi se apartó por instinto. Al hacerlo tuvo una imagen más amplia de él. El culo gordo y sudado apoyado en el lavamanos, la barriga peluda asomando por debajo del polo de trabajo, la cara de cerdo palillero, una mano sosteniendo el teléfono, la otra pajeando su polla erecta sin ningún tipo de reparo, como si fuera lo más normal del mundo. Los gemidos de Laia mamando rabo rebotando por las paredes del baño. Y de repente su mente hizo ‘click’. “¡Qué cojones!”, pensó mientras volvía a su lado. Sintió un calor inmenso al hacerlo, una urgencia desesperada por liberar su polla. Una idea que no admitía réplica: Le apetecía, quería… necesitaba hacerlo.
  • Así me gusta, chaval… - sonrió Gustavo observando como se bajaba los calzoncillos - ¡Ufff! ¡Menudo rabo te gastas! ¿Cuanto te mide?
  • Nunca me la medido, la verdad - rió Gabi mientras empezaba a pajearse.
  • Tienes que venirte a las fiestas que monto los viernes…
  • ¡Ya veremos! - exclamó Gabi sintiendo la rigidez de su polla en la mano.
Le dieron rápido y duro, babeando, los ojos medio cerrados por el placer. Gabi sintió el peligro, el temor, el miedo… de estar haciéndolo por fin. Aquella fantasía que había rondado tantas veces por su cabeza, ya había dejado de serlo. Y eso lo puso aún más cachondo. Tanto que al instante lo sintió, como si fuera un eyaculador precoz. Se estaba a punto de correr, y entonces otra idea le cruzó la mente, aún más salvaje, aún más indebida. Esta vez ni se detuvo a meditarlo.
  • ¡Pon la foto de mi novia! - ordenó fuera de sí.
  • La he borrado…
  • ¡Se que no lo has hecho! - le cortó - ¡Ponla joder, quiero ver como la llenas de lefa!
Gustavo no dudó. Recuperó la imagen. Bajó el móvil a la altura de las cinturas. Los dos se pusieron de pie, tensos, excitados; acercando sus rabos, tanto que se llegaron a tocar incluso. Gabi golpeó el suyo contra el cristal un par de veces, más cerdo que nunca. Y siguió masturbándose.
  • ¿Te gustaría follártela? - le preguntó sin mirarlo.
  • Joder, sí… le metería polla por todos los agujeros.
  • Me gustaría verlo, joder. Que le follases la boca como una puta…
  • Tiene cara de zorra…
  • Joder - Gabi apretó el ritmo - ¡Dile más guarradas, insúltala!
  • La tendría encadenada como un trozo de carne, con las piernas abiertas todo el rato.
  • Sí… no pares…
  • La sacaría a la calle para que todos vieran lo puta que es y cobraría entrada para que se la follaran…
  • Si, si, si, si… sigue, sigue…
  • Ha nacido para eso, chaval mira esa cara de chupa pollas… ha nacido para limpiar sables, para vaciar huevos… Es un cubo de semen, nada más… deberías compartirla con todos los hombres, tú novia es una zorra adoradora de pollas… Joder me corroooo…
  • Y yoooo…
  • Oooooooooooo… jooooodeeeeer
Gustavo hizo zoom en la cara Sofi y empezó a correrse, llenándosela entera, gruñendo como un animal herido. Gabi al ver a Sofi cubierta de lefa, sintió un placer extremo.
  • Venga chaval… córrete a gusto, sácalo todo…
Gabi sintió su mano acariciándole los huevos, y no le importó. Se abrió de piernas, enfrente de él, sin tapujos, mostrándole como se corría. Lo dejó todo perdido. El móvil y el brazo de Gustavo, los chorretones llegaron hasta su barriga, sus muslos, el suelo, lo dejó todo perdido. Se corrió tan fuerte y violento que empezó a marearse. Se quedaron un rato así, de pie, uno enfrente a otro, mirándose los rabos empalmados, aún palpitando.
  • ¿Te ha molado o que? - preguntó Gustavo acercándole un poco de papel para que se limpiara.
  • Bufff… ha sido… ha sido… - Gabi sonrió nervioso - ¡Ha sido la hostia!
  • Ya lo veo, ya…
Gustavo soltó una carcajada. Se subieron los pantalones al mismo tiempo y mientras él limpiaba la pantalla de su teléfono, Gabi se echaba agua fresca en la cara para quitarse el mareo y el temblor del cuerpo.
  • Oye chaval… - sonrió Gustavo abriendo el grifo de al lado - ¿Tú sabes que Nico es un pajero como nosotros, verdad?
  • Si, lo sé… - sonrió Gabi - Es más… estuve a esto de no ir el viernes pasado a una de tus quedadas.
  • ¿Lo dices en serio?
  • Si… Pero… bueno, al final no pude.
  • Pues te perdiste una buena, chaval. Si te ha gustado lo de ahora, espera a hacerlo con más tíos. En grupo es brutal…
  • ¿Cuantos sois normalmente?
  • Depende del viernes… este último éramos ocho - sonrió recordándolo - Pero, escucha… A lo que iba con lo de Nico… ¡Tenemos que hacer algo!
  • ¿A que te refieres? - preguntó mirándolo a través del espejo.
  • Hay que convencerlo para que use esa seta en nuestro favor - guardó el teléfono en el bolsillo y empezó a lavarse las manos - Todo eso de curar enfermedades esta muy bien, no me malinterpretes, pero a mi me interesan más…
  • ¿Los efectos secundarios? - rió Gabi negando con la cabeza.
  • Tu ríete si quieres… - se secó las manos lentamente - Pero imagínatelo por un momento… poder follarte a cualquier mujer que quisieras. Ya no solo a tus conocidas… ¡A cualquiera! Actrices, famosillas, a todas las zorras del porno.
Le dio un par de palmadas en la espalda, acercando la boca a su oreja.
  • Todas las mujeres del mundo, chaval - susurró de forma viciosa - todas a tu disposición, calientes como perras. Tetas enormes, culos gigantescos, gargantas profundas. Serviciales, sin límites… Solo imagínatelo.
Salió del baño mientras Gabi se quedó paralizado delante del espejo, mirando su propio reflejo. Por un momento sintió vergüenza de sí mismo. “¿Qué cojones acabo de hacer?”, pensó. Ahora que la dopamina había sido soltada de forma masiva, la realidad había vuelto de golpe y con ella la culpa, los remordimientos, el peso de la conciencia. Pero rápidamente aquellas palabras que acababa de soltar su compañero, consiguieron que se pusiera duro otra vez. Empezó a pensar en la idea de ser una especie de dios del sexo. “Donde quiera, cuando quiera, con quien quiera”, pensó. Rápidamente empezó a hacer una lista mental: amigas de Sofi, influencers, actrices porno… eran tantas. Mujeres con las que se había masturbado mil veces y que ahora existía la posibilidad real de follárselas. La decisión ya estaba tomada, incluso antes de que la pregunta fuera formulada.

Antes de volver al trabajo, lo último que Gabi vio en el reflejo del espejo fue su propia sonrisa maliciosa.
La sonrisa del que sabe que ha caído al abismo, y le da absolutamente igual.


Como el Magnesio, una llamarada blanca y cegadora que ilumina el camino por un instante, capturando en un destello el viaje que aún no ha terminado. Esta historia continuará...
 
Aunque haya sido en un momento de calentón por la mala influencia que es ees mal tipo que es Gustavo, Gsbi me ha dado auténtico asco
Más le vale que Sofía nunca sepa las barbaridades que ha dicho porque ha sido realmente asqueroso y no me lo esperaba de él.
Me ha decepcionado mucho.
Si yo fuera el, mantendría alejado a Sofía de ese ser despreciable. No me gusta nada de nada este tipo y va a ser un gran problema.
 
A mí Gsbi que es un buen tipo, me empieza a preocupar por la mala influencia que es ese ser despreciable que es Gustavo.
Insisto, este tipo les va a causar muchos problemas porque es eso, una mala persona al que ahora mismo yo no le veo ni gun aspecto positivo y si muchos negativos.
Además se van a meter en problemas y a ver cómo salen de ésta.
 
De verdad, que este capítulo me ha dejado cabreadisimo .
Le ha faltado al respeto a su novia de una forma impresentable y ha permitido que ese cerdo diga barbaridades.
Es una muy mala influencia Gustavo y más les vale que se den cuenta antes de que sea tarde.
 
Cuando digo cabreadisimo es porque no me ha gustado como se ha dejado convencer por ese neandertal para masturbarse con una foto de su novia y las barbaridades que han soltado.
Espero que lo que han dicho en un momento de calentón lamentable no pase de ahí y no vaya a ser de esos que deje que su novia folle con otros y menos con este imbécil. Eso a mí me cabrearia muchísimo.
 
Todo tiene una explicación, aunque aún faltan unos capítulos para que se entienda.
Y no voy a decir nada más porqué odio los spoilers, jajaja.

No obstante, aunque no es mi propósito, me mola que te cabrees. Pues eso quiere decir que conectas con los personajes.
Lo que me gusta en realidad es como cada uno analiza y percibe a los personajes, en este caso a Gustavo. Aunque desde el principio tuve claro que quería darle ese toque de bruto/animal/cerdo... jamás imaginé que desataría tanta inquina. Pero al verte reflexionar y darme tus motivos, puedo verlo desde otro prisma que antes no podía.

Creo que eso es lo mejor de escribir relatos, pues puedes irlos comentando en tiempo real.
Ver puntos de vista, analizarlos, discutir sobre ellos... ¡Debatir! Es la ostia.

Sobre lo que dices de que Gabi sea el típico cornudo consentido - aunque no debería hacerlo pues rompe un poco la sorpresa - ya te digo que no va a ser así. Son muchos los relatos eróticos que se centran en los cuernos, ya sean consentidos o no; y aunque cada uno es libre de hacer lo que quiera, no me va mucho ese rollo. Lo encuentro un recurso demasiado fácil, una justificación rápida para poder hablar de una fantasía. Y como he dicho, aunque lo respete e incluso yo mismo lo haya usado anteriormente en otros relatos, esta vez no quiero caer en la obviedad.

Quiero usar este relato como un dilema. Una confrontación que nos haga a todos reflexionar.
La lucha eterna de cualquier ser humano:
La lógica contra las sensaciones.
El Homo Sapiens contra el animal ancestral.
Lo ético contra el deseo.
La mente contra el cuerpo.
(Gustavo contra Carlos Sevillista) jajajajaja

Y no digo nada más, porque estoy dando demasiados detalles, ¡Joder!

P.D.: En el siguiente capítulo exploraremos el Aluminio.
Fundiendo la esencia de ese metal con el concepto de la amistad.
Se llamará: Los Reyes del Asfalto.

Un abrazo!
 
Última edición:
Gustavo es un ser primigenio, primitivo que se mueve por instintos primitivos y va a ser un problema par la estabilidad del grupo, y creo que deberían de ponerle las cosas claras con respecto a Laia, bueno, realmente tiene que ser ella quien le pare los pies.
Lo siento por el amigo Carlos y su romanticismo, pero no creo que Laia albergue o vaya a albergar algún sentimiento romántico hacia Nicolás. Durante el episodio de la transformación era consciente de lo que hacía y le dijo a Nico que se la mamó a Gustavo porque le apetecia hacerlo, eso después de que Nico la declarase su amor. Creo que el personaje de Laia tiene algunas esquinas por descubrir todavía.
Precisamente quiero jugar con eso. "Con las esquinas" que comentas.
En el anterior relato de piratas, los personajes eran, por decirlo de algún modo, muy inamovibles.
Grace siempre temeraria y rebelde, Vihaan siempre centrado y reflexivo, MacFarlane siempre loco y salvaje.
Los buenos siempre buenos y los malos muy malosos.... jajajaja

Y aunque he de reconocer que de este modo, primero, es más fácil para el lector comprenderlos y empatizar con ellos; y segundo, para mí, es más fácil escribir, pues sé que Yara - por ejemplo - siempre va a ser Yara, pase lo que pase. Esta vez he decidido complicarme un poco más la vida. ¿Por qué? básicamente porqué soy idiota, jajajaja, pero también porque creo que en el fondo es lo más natural.

Por poner un ejemplo fácil: el Che Guevara.
En Cuba es considerado casi un Dios, un guerrero que dio la vida por liberar al pueblo del yugo de la tiranía. En cambio, si preguntas en ciertos lugares de Bolivia, donde fue capturado y ejecutado, muchos lo consideran un terrorista sediento de sangre. Una visión totalmente opuesta. Y ya no tanto por los ojos que contemplan al sujeto, sino por el propio sujeto. Pues incluso el puto Che tenía claro oscuros, eso es lo que quiero decir.

Aunque ya me estoy dando cuenta que es difícil, pues debo profundizar mucho más en los personajes, lo considero lo más justo para ellos, para vosotros y para mí mismo. Cada personaje de este relato, como cualquier ser humano real, no es ni tan bueno, ni tan malo. Sino una mezcla de ambas cosas. Pienso que eso le da más profundidad a los personajes y a la historia.

Perdón por el rollazo jajajaj
Un abrazo!
 
Buff, que dilema con el jodio descubrimiento. Eliminar las enfermedades de la ecuación de la vida traería el problema de la superpoblación, aumentando la escasez de alimentos y la proliferación de la hambruna. Si ahora la naturaleza utiliza la enfermedad en forma de plagas o pandemias para regular, en cierta manera, ese problema de superpoblación, sin enfermedades de por medio, buscaría otra forma de autorregularse, quizás más drásticas y dramáticas.
Como a Carlos, tampoco me ha gustado nada pero nada nada el acto de Gabi con Gustavo, esa manera de denigrar a su novia Sofi, me ha parecido despreciable y denigrante para con ella; como la va a mirar ahora después de lo que ha hecho y dicho con Gustavo? Error que espero que subsane de alguna manera.
 
Capítulo 13. Aluminio - Los Reyes del Asf(Al)to

El Aluminio (Al) ocupa el decimotercer lugar de la tabla periódica. El número trece, y no, no es el de la mala suerte, sino el de aquellos que se quedan cuando el resto del mundo se ha ido.

Si fundimos la esencia del aluminio con el concepto de la amistad, obtenemos el retrato de un vínculo que no pesa, pero que es capaz de sostener el mundo. El aluminio no es el metal de los monumentos pesados y oxidados; es el metal del movimiento y de la protección invisible.

La Amistad según el Aluminio: El Vínculo Inoxidable

1. El Escudo Instantáneo (La Pasivación)

En el mundo de la química, el aluminio tiene un secreto: es un metal extremadamente reactivo que, irónicamente, nunca se corroe. En cuanto siente el ataque del aire, crea una piel de óxido tan dura como el diamante que lo sella para siempre. Una amistad de aluminio es aquella que, ante la primera señal de conflicto o ataque externo, genera automáticamente un escudo. No necesita discutir ni defenderse; simplemente se vuelve impenetrable. Es el amigo que no deja que la amargura o la maldad del mundo exterior "oxiden" el interior de vuestra relación.

2. La Lealtad que permite Volar (Baja Densidad)
El aluminio es el metal de la aeronáutica porque es tres veces más ligero que el hierro. En la ingeniería del alma, esto es revolucionario. Hay amistades que pesan, que exigen y que arrastran. La amistad-aluminio es lo contrario: es ligereza. Es ese amigo que te ofrece una estructura sólida donde apoyarte pero que no te añade ni un gramo de carga. Es la lealtad que no te encadena al suelo, sino que fabrica las alas para que puedas volar más lejos.

3. El Reflejo de la Verdad (Alta Reflectividad)
Un espejo de telescopio es, en esencia, una capa de aluminio pulido. Su misión no es ser mirado, sino captar la luz de las estrellas más lejanas. Un amigo de verdad funciona como una superficie de aluminio: no intenta ser el protagonista de tu historia, sino reflejar tu propia luz. Cuando estás perdido, él se pule a sí mismo para que puedas mirarlo y ver quién eres realmente. No absorbe tu energía, te la devuelve multiplicada para que veas lo que él ya sabe: que eres brillante.

4. El Eterno Retorno (Reciclaje Infinito)
Puedes fundir una lata de aluminio mil veces y, cada vez, el metal resultante será tan puro y fuerte como el primero. Solo necesita una chispa de energía para volver a empezar. Esta es la amistad que sobrevive al tiempo y a las mudanzas. Podéis pasar años sin hablar, podéis "fundir" la relación en una gran pelea, pero la materia prima sigue ahí. Con un mínimo esfuerzo, la amistad se recicla, se reforma y vuelve a brillar con la misma intensidad que el primer día. No tiene final, solo fases.

5. La Alianza del Silicio (La Aleación Perfecta)
El aluminio sabe que, aunque es versátil, a veces es demasiado blando. Por eso busca al Silicio para volverse indestructible. Es la sabiduría de reconocer que somos mejores cuando nos mezclamos. La amistad es la aleación perfecta: dos elementos distintos que, al unirse, crean una fuerza que ninguno poseía por separado. Es el reconocimiento de que mi debilidad se cura con tu presencia.

Conclusión: La amistad, vista a través del aluminio, es la geometría de lo esencial. Es un vínculo que elige la ligereza sobre la posesión, la protección sobre la exposición y la eternidad sobre el desgaste. Ser amigo de alguien bajo el símbolo del aluminio significa prometerle que serás su escudo ante la corrosión, el reflejo de su propia luz y la estructura que, sin pesarle, le ayudará a alcanzar las estrellas. Y es que no necesitamos amigos de hierro que se rompan con el tiempo, sino amigos de aluminio que se transformen con nosotros.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¡Y el Milindri a mí me llaman!
  • ¡Dale, Milindri!
  • ¡En el mundillo calé, porque al coger mi guitarra, se me van solos los pies!
Las carcajadas se mezclaban con las voces cantando a pleno pulmón, sin vergüenza ni medida. Era de noche. La autopista, casi vacía, se estiraba como una lengua negra bajo las luces anaranjadas. El coche avanzaba rápido, demasiado rápido, con las ventanillas bajadas y el aire golpeándoles la cara, enredándose en el pelo, arrancándoles cualquier resto de cordura. La música a todo volumen y todos cantando con el cuerpo entero, como si aquel fuera el último concierto de sus vidas.
  • ¡Y este año le pido al cielo! - entonó Sofi desde el asiento del copiloto, con una sonrisa que le desbordaba la cara - ¡La salud del anterior!
  • ¡No necesito dinero! - respondió Gabi al volante, girando la cabeza para mirarla a los ojos - ¡Voy sobrao en el amor! ¡Vamos todos juntos!
Y entonces explotaron al unísono:

“Voy caminando por la vida,
sin pausa pero sin prisa,
procurando no hacer ruido
vestido con una sonrisa…”

Laia chasqueaba los dedos siguiendo el ritmo, balanceándose en su asiento. Gustavo, a su lado, cantaba con una mano en el corazón y los ojos cerrados, como si estuviera rezando. La carretera se abría frente a ellos, infinita, prometedora.

“Sin complejos ni temores,
canto rumba de colores.
Y el llorar no me hace daño
siempre y cuando tú no llores…”

Y de repente Nico, contagiado por esa electricidad salvaje, por esa euforia que no pedía explicaciones, poseído por el “Duende”; se lanzó como si se apellidara Heredia, Maya, Flores o Carmona… Lo hizo como nunca antes lo había hecho.
  • ¡Siempre cuando tú no llores, siempre que no me abandones! ¡Siempre que con tu palabra calmes todos mis temores! ¡Siempre y cuando tú no llooreeees!
  • ¡Oléeee Nicooo! - gritó Laia sorprendida - ¡No llooreeees, no llooreeees! - corearon todos a la vez.
Palmas desacompasadas, risas desbordadas, algún grito pidiendo bises como si aquello fuera un festival improvisado en mitad del asfalto. El coche devoraba kilómetros. El horizonte parecía no acabarse nunca. Por un instante - uno eterno - no había planes, ni peligros, ni decisiones imposibles. Solo cinco personas, que apenas se conocían, cantando a gritos, lanzadas hacia adelante, con el pecho abierto y el corazón acelerado. Se sentían libres. Imparables. Vivos.
  • ¡¿A quien le toca ahora?! - preguntó Sofi lista para poner la próxima canción en Spotify.
  • ¡A mí! - vociferó Gustavo apoyándose entre los dos asientos - ¡Ponme esa de M-Clan!
  • ¡¿La de Carolina?!
  • ¡No joder la otra! - Gustavo empezó a tararear - ¡¿Sabes cual te digo?!
Sofi se giró sonriendo, dándole al play. Y la locura se volvió a desatar.
  • ¡Diooooos! - gritó Gabi como un loco - ¡Temazoooo!
Sin que ninguno lo señalara en voz alta, sin brindis ni declaraciones solemnes, algo estaba ocurriendo entre ellos. No fue un pacto, ni una promesa, ni siquiera una conversación profunda a deshoras. Fue más sutil. Más peligroso. Se estaban haciendo amigos sin darse cuenta.
  • ¡No quiero ser soldado! - cantaba Gabi moviendo la cabeza al ritmo de la música, golpeando el volante con la palma de su mano - ¡No quiero ser el hijo de patrón!
La música tuvo la culpa. Siempre la tiene. Cantar juntos - y no escuchar, sino cantar - es una forma primitiva de confianza. Exige exponerse, desafinar, perder la compostura. Nadie canta bien cuando canta de verdad. Por eso funciona. Porque durante esos minutos no hay jerarquías, ni máscaras, ni vergüenzas. Solo pulmones llenándose de aire y voces que se buscan unas a otras para no quedarse solas.
  • ¡No quiero ser el malo! - rugía Gustavo dando golpes rítmicos a los asientos - ¡Ni el bueno, ni el feo, por favor!
En ese coche no había un científico, una camella, un par de tipos de mantenimiento, y una recepcionista. Había una tribu. Pues desde mucho antes de que existieran las fronteras, las leyes o los dioses con nombre propio, los humanos ya cantaban juntos alrededor del fuego. Para espantar el miedo. Para recordar a los muertos. Para celebrar que seguían vivos un día más. La música fue el primer lenguaje emocional compartido, el primer “estamos juntos en esto”.
  • ¡No quiero estar encima de ti! - cantaba Nico con una inmensa sonrisa - ¡Dudo que pudiera estar debajo!
Psicológicamente lo sabemos: sincronizarse en ritmo genera empatía, reduce la distancia, alinea los latidos. Socialmente, cantar une porque obliga a escuchar al otro mientras te expresas. Humanamente, porque nos recuerda que no somos individuos aislados, sino ecos.
  • ¡No tengo prisa por llegar! - cantaba Laia mientras leía un mensaje de Raquel, su vecina, comunicándole que su madre estaba bien - ¡Nunca he cogido un atajo!
Ellos no estaban sellando una amistad consciente, pero estaban haciendo algo más eficaz: compartiendo un momento inútil, improductivo, absolutamente innecesario… y por eso mismo inolvidable. No hablaban del plan, ni del peligro, ni del monstruo que habían despertado. Solo cantaban. Y al hacerlo, sin saberlo, estaban construyendo algo que no figuraba en ninguna hoja de ruta: Comunidad.
  • ¡No quiero ser río, ni tampoco ser un barco! - gritó Sofi al viento - ¡No quiero remar y mucho menos naufragar! ¡TODOOOOS!
La música hizo el resto. Limpió las asperezas, limó las desconfianzas, disolvió las etiquetas. En cada estribillo compartido se borraba un poco el “yo” y aparecía un “nosotros”. No porque se lo debieran, sino porque lo estaban sintiendo. Y cuando una canción consigue eso - cuando logra que cinco personas desconocidas y muy distintas respiren al mismo tiempo - ya no importa demasiado lo que venga después. Porque, pase lo que pase, ya no lo afrontarán solos.

Ahora cantaban al unísono, todos juntos:

“Quédate a dormir, uuuu uuuu
es todo lo que quiero en esta vida insana.
Quédate a dormir, uuuu uuuu
que pasen treinta años antes de mañana”

Salieron de Madrid a las seis de la tarde de un viernes, cuando la ciudad aún fingía que trabajaba pero ya pensaba en huir. El tráfico era espeso, cansado, como si todos los coches compartieran la misma resignación colectiva. Farolas encendiéndose poco a poco, el cielo tiñéndose de ese naranja sucio que anuncia fin de semana y promesas vagas. Madrid se despedía como siempre: sin épica, sin paisaje, con rotondas infinitas y carteles que nadie se para a leer. Castilla-La Mancha llegó casi sin avisar, extendiéndose como una sábana recién planchada. Kilómetros de nada perfectamente organizada. El horizonte tan recto que parecía una broma de mal gusto. Campos quietos, molinos observando con la paciencia de quien ya lo ha visto todo, pueblos colocados estratégicamente para justificar una gasolinera y un bar donde el bocadillo de lomo es religión. Gustavo decretó que aquello no era una comunidad autónoma, sino un estado mental. Nadie discutió. La tarde fue cayendo mientras el coche se llenaba de música, bromas absurdas y silencios cómodos. Dentro: risas y planes imposibles. Fuera: la meseta seguía igual, inmune a cualquier intento de emoción. El coche era ya una burbuja: una pequeña conspiración rodante atravesando un país que no tenía ni idea de lo que llevaba dentro. Aragón apareció cuando el sol empezó a rendirse. El paisaje se volvió más áspero, más serio, como si alguien hubiera endurecido los bordes del mundo. Tierra rojiza, colinas secas, una sensación constante de viento aunque no se moviera nada. Todo parecía diseñado para probar la determinación y la paciencia. Nico comentó que aquello tenía pinta de experimento fallido a escala geológica. Sofi dijo que era el sitio ideal para esconder secretos, cadáveres o negocios turbios. Gabi bajó un poco la música, por si acaso. Y entonces, casi sin darse cuenta, Cataluña empezó a asomarse. Primero con sutileza, luego con descaro. Más verde, más relieve, más vida. Las curvas sustituyeron a las rectas, los carteles cambiaron de idioma y el coche pareció notarlo, como si también supiera que entraban en otra fase del viaje. Las risas se volvieron más tranquilas, más largas. Esa sensación de “ya no hay vuelta atrás” empezó a instalarse en el estómago.

Llegaron a La Junquera a las doce en punto. La hora bruja. Seis horas exactas después de salir. Ni antes ni después, como si el trayecto hubiera sido medido por algo que no figuraba en el GPS. Gasolineras brillando como templos de neón, camiones dormidos, viajeros anónimos comprando café malo y tabaco caro. Una frontera que no lo era del todo, pero que se sentía como una grieta.

Apagaron el motor y, durante unos segundos, nadie habló. Habían cruzado medio país cantando, riendo, fingiendo que aquello era solo una aventura más. Pero bajo esas luces artificiales y ese cielo negro sin estrellas, algo había cambiado. La primera frontera asomaba, silenciosa, y con ella la necesidad de pensar cómo cruzarla sin dejar rastro, como si nunca hubieran estado allí, como si el asfalto no recordara sus ruedas. Salieron del coche a estirar las piernas, todavía con el zumbido del motor incrustado en los huesos. Gabi se encendió un pitillo, aspirando despacio, como si el humo pudiera ordenarle las ideas. Gustavo, fiel a su naturaleza, improvisó una excusa torpe y se escabulló hacia uno de esos bares de luces de neón hiriente, donde la noche se compra por minutos y el placer se paga en efectivo. Nadie dijo nada. No hacía falta.

El aire era distinto, más denso, cargado de promesas y errores futuros.
El viaje de verdad solo acababa de empezar.
  • Vamos bien de tiempo - dijo Sofi, apoyada en el capó del coche - Si seguimos a este ritmo, llegaremos sobre las seis de la mañana… quizás antes incluso. ¿Tú vas bien? Si quieres cambiamos…
  • No… no hace falta, mi vida - sonrió Gabi, pasándole un brazo por los hombros - Nico ha ido a comprar unos Monsters. ¡Cocaína legal, como siempre dices! Con eso tiro de sobras.
Se quedaron en silencio. Delante de ellos se extendía ese tipo de paisaje que solo existe para ser atravesado. Un margen de carretera sin nombre, sin historia, un lugar condenado a no pertenecer a nadie. El suelo estaba cubierto de grava, colillas aplastadas y papeles que alguna vez envolvieron comida. Un banco de metal oxidado miraba a la nada, esperando a alguien que nunca se quedaría. Más allá, una hilera de árboles flacos resistía el viento como figurantes cansados de una película de poco presupuesto. Era un espacio de tránsito, un paréntesis en el mundo. Allí nadie echaba raíces, nadie prometía volver. Todo llegaba, descansaba unos minutos, y se marchaba. Las conversaciones se quedaban a medias, los pensamientos no terminaban de formarse, y el tiempo se comportaba de manera extraña: ni avanzaba ni se detenía, solo esperaba. Gabi pensó que esos lugares eran como ellos en ese momento. Suspendidos entre un antes que ya no existía y un después que aún no se atrevía a tomar forma. Un alto en el camino donde el mundo seguía girando, indiferente, mientras ellos respiraban hondo antes de volver a lanzarse a la carretera.
  • Gracias Raquel… - dijo Laia sujetando el teléfono con el hombro, mientras pagaba a la cajera de la gasolinera - Te debo una, vecina… ¿Cómo dices?… ¡Ah sí!, las guardo en el cajón de la mesilla de noche… sí…
Le había pedido a Raquel que cuidara de su madre durante esos días, como quien deja a un perro en buenas manos, sin dar demasiados detalles. Por supuesto, no le había dicho nada de Suiza ni de la seta milagrosa, ni de robos, ni de experimentos imposibles. Una excusa rápida y efectiva, de esas que salían solas de su boca fue suficiente. Raquel había aceptado sin rechistar, confiando en su vecina, sin necesidad de más explicaciones.
  • ¡Sí mamá!… Todo bien - Nico a su lado hablaba también por el móvil, dejando sobre la mesa un auténtico arsenal de bebidas energéticas, patatas fritas y bollería industrial.
  • ¡¿Dónde vas con todo esto?! - preguntó Laia riendo, viendo la pila de latas y bolsas - ¡Que no vamos a dar la vuelta al mundo, joder!
  • Más vale que sobre que… - intentó decir - ¡No, mamá, no te lo digo a ti!… ¡Pues con un amigo!… No, no lo conoces… ¡No, no es una chica!
Laia lo siguió con la mirada mientras se alejaba, y no pudo evitar sonreír. Cada gesto suyo, cada pequeño movimiento, le recordaba lo mucho que lo quería, aunque no fuera de la misma manera en que él la quería a ella. Pero el sentimiento era igual de verdadero, igual de profundo. No habían vuelto a hablar del tema, y quizás era mejor así. Algunas cosas, pensaba Laia, deben quedarse donde están, perfectas tal y como son, sin necesidad de cambios que puedan estropearlas.
  • ¿Te cobro todo esto? - preguntó la cajera.
  • Si… si… - sonrió Laia - Pagaré con efectivo, por favor.
Y mientras los demás aprovechaban los pocos minutos que disponían para estirar piernas, pensar en como cruzar la frontera, vaciar vejigas, llenar el deposito o habituallarse para afrontar el largo camino que quedaba por delante; Gustavo… bueno… ¡iba a su puta bola!. Él tenía, digamos… otras prioridades. En un burdel cualquiera de la Junquera, rodeado de luces rojas que parpadeaban como neuronas sobrecargadas, se sentía como George Clooney. Un poco más gordo, calvo y con más barriga que cintura; sí… pero con la misma seguridad que Clooney filtreando con un pibonazo en medio de un funeral: seguro de que, incluso allí, acabaría follando.

Y allí estaba ella: ¡Vicky Velvet! El nombre evocaba alfombras rojas, vestidos de gala y perfumes caros. La realidad, en cambio, era un puticlub lúgubre de barra pegajosa y un aroma intenso a colonia barata, mezclado con sudor rancio de camionero. Si hubiera podido cotizar, Vicky ya se habría jubilado dos veces. Pero Gustavo no la veía así. Para él, cada gesto exagerado, cada intento funesto de ligoteo, cada palabra rota que escapaba de su boca de fumadora empedernida, era digno de un Oscar. Mientras todos se focalizaban en lo que estaba por llegar, Gustavo hacía lo más importante: tirarle ficha a una prostituta más vieja que el hambre, convencido de que estaba ligando con la encarnación de la mismísima Grace Kelly. Y sí, pagaría por ello… pero qué importa, en su mundo distorsionado, Gustavo se sentía un ganador.
  • Vale, chicos - dijo Nico, mirando el mapa en la pantalla del móvil -, estamos a punto de llegar a la frontera… así que debemos pensar cómo vamos a pasar sin que nos vean.
  • Podríamos… - dijo Sofi rascándose la cabeza - Meternos por algún camino secundario, algún paso secreto de contrabandistas, como dijo Gustavo.
  • ¿Como en las películas, mi amor? - rió Gabi al escucharla - ¡Sorteando controles, zigzagueando por las montañas, transportando fardos a las espaldas!
  • ¡No té rías de mí, imbécil! - dijo divertida empujándolo - ¿Sabes que esas rutas existen, verdad? Lo vi en un reportaje de Espejo Público.
  • Si no digo que no tengas razón, vida - sonrió Gabi - Pero no están hechas para cruzarlas con coche. Así que si no quieres ir andando hasta Suiza…
  • Siempre podemos hacer autostop - le cortó ella guiñándole el ojo.
  • Además seguro que esos caminos están super vigilados - intervino Laia, mordiéndose las uñas - Cámaras, sensores… seguro que todo está controlado por drones o algo así.
  • He buscado por internet… - añadió Nico, suspirando - Pero no he encontrado nada.
  • ¿En serio, Nico? - esta vez Gabi no pudo evitar soltar una carcajada - ¿Y que has buscado, exactamente?
De repente Laia sacó su móvil, una sonrisa burlona en su rostro.
  • ¡Oye Siri!
  • ¡Ajá! - contestó.
  • ¡¿Como puedo pasar cinco kilos de cocaína por la frontera sin que me pillen?!
  • Vale… esto es lo que he encontrado en internet sobre como pasar cinco kilos de cocaína por la frontera sin que me pillen… Echale un vistazo.
Las risas estallaron de pronto, irremediables, frenéticas. Claramente empujadas por los nervios a flor de piel. Así que terminaron en un silencio incómodo, todos rascándose la cabeza, preguntándose como diablos lo iban a hacer. Hasta que, al cabo de un polvo rápido, Gustavo apareció con una sonrisa de oreja a oreja, todavía oliendo a colonia barata y con el recuerdo de Vicky Velvet flotando en su entrepierna.
  • ¿De qué habláis, chavales? - preguntó, apoyándose en el hombro de Nico - ¡Joder! ¿Y esas caras largas? Parece que halláis visto un fantasma.
  • De como cruzar la frontera - dijo Laia, resignada - No tenemos ni idea de cómo hacerlo sin que nos vean.
  • ¡Ah, eso! - dijo Gustavo, con tono de “esto es pan comido” - No os compliquéis la vida. Mirad, cuando yo era más joven y más inconsciente, había pasado algo de tabaco y… bueno, otras cosas más ilegales - sonrió travieso.
Todos lo miraron con mezcla de incredulidad y curiosidad.
  • Vale… y eso cómo nos ayuda a nosotros - dijo Gabi, cruzándose de brazos.
  • Fácil - continuó Gustavo, sacando el móvil - No muy lejos de aquí hay un pueblo llamado Els Limits… que conecta con el municipio de Perthús. La frontera atraviesa, literalmente, el pueblo. Una acera es España y la otra es Francia.
Todos se acercaron para ver el mapa. Gustavo sonrió.
  • Cruzas la calle para comprar un periódico y, sin enterarte, cambias de país. La frontera allí no es ni un muro, solo una línea de baldosas que a nadie le importa.
  • ¿En serio? - preguntó Sofi, incrédula - Eso suena demasiado fácil.
  • Lo fácil funciona siempre - dijo Gustavo, con una sonrisa cómplice - Y si alguien pregunta, vamos en un coche de empresa y llevamos ropa de mantenimiento. Ponemos caras serias, y cruzamos como si fuera un día cualquiera de trabajo. Nadie mira a nadie.
  • O sea que tú… - dijo Nico, arqueando una ceja -, ya lo has hecho antes.
  • Claro, chaval. Muchas veces. Otra época, otros propósitos… pero el resultado es el mismo: cruzar sin llamar la atención. Eso es arte, no ciencia.
Laia se echó a reír, soltando la tensión que habían acumulado en los últimos veinte minutos.
  • Perfecto, entonces tenemos un plan - dijo - Solo necesitábamos tu experiencia…
  • Experiencia y un poco de desparpajo, preciosa - respondió Gustavo, guiñando un ojo - Que a veces, sabe más el diablo por diablo que por viejo.
Y así, entre risas nerviosas, mapas y consejos veteranos, el equipo comenzó a visualizar la ruta “fantasma” por la que cruzarían la frontera, con la sensación de que, aunque fueran jóvenes e inexpertos, tenían a alguien que sabía más de lo que aparentaba… y que además, podía hacer que todo pareciera un juego. Se pusieron en marcha sin ceremonias, como quien decide ir a por pan a la una de la mañana: Hambriento por comerse un bocata y con la estúpida fe del que espera encontrar la panadería abierta. El motor arrancó, las luces barrieron el asfalto y el coche se deslizó por la carretera secundaria que Gustavo había señalado con un dedo manchado de fluidos vaginales. Nadie hablaba. Incluso la voz del GPS quedó en silencio, como si también ella supiera que, a partir de ese punto, sobraban las indicaciones. Llegaron a Els Limits casi sin darse cuenta. Un pueblo que no era un pueblo, sino una cicatriz. Una calle absurdamente larga, partida en dos por una línea invisible: a un lado España, al otro Francia. Ni arcos triunfales ni banderas ondeando con solemnidad. Solo gasolineras, bares y fachadas que parecían pedir perdón por existir. Un sitio de paso, diseñado para que nadie se quedara más de lo estrictamente necesario. A la derecha, matrículas españolas. A la izquierda, francesas. Y en medio… nada. Eso era lo inquietante. No había controles. No había policías apoyados en el capó de un coche. No había barreras, ni conos, ni cámaras visibles. Ni siquiera peatones curiosos. Solo una calma antinatural, como si el lugar entero contuviera la respiración.

Gabi redujo la velocidad. El semáforo se puso en rojo y se detuvo con una precisión casi quirúrgica. No había nadie detrás. Ni delante. Aun así, paró. No había que llamar la atención. Nunca hay que hacerlo cuando nadie te mira. Dentro del coche, cinco operarios de mantenimiento. Ropa de trabajo azul grisácea. Logos cosidos en el pecho. Botas de seguridad gastadas. Guantes en la guantera. Rostros serios, concentrados. Parecían exactamente lo que pretendían ser. Laia miraba por la ventanilla, sintiendo ese cosquilleo incómodo en la boca del estómago. Sofi apretaba los labios, inquieta, sin saber muy bien por qué. Gustavo observaba el entorno con demasiada tranquilidad, como si aquel decorado ya lo hubiera visto en otra vida. Gabi mantenía las manos firmes en el volante, consciente de cada latido. El silencio pesaba. No por miedo a que algo ocurriera. Sino por la sospecha de que no ocurriera nada. Porque cuando todo es demasiado fácil, el cerebro empieza a buscar la grieta. El error oculto. El precio que aún no se ha cobrado.

Todo estaba en calma. Demasiado en calma. Y eso los ponía nerviosos. Porque el ser humano es así: si no hay problemas, los inventa; y si no los encuentra, sospecha. La luz del semáforo para los viandantes inexistentes parpadeó. Y entonces Nico carraspeó.
  • Escuchad… - dijo en voz baja.
Todos giraron la cabeza hacia él. Tenía esa mirada. La de cuando algo se le acababa de cruzar por la cabeza sin pedir permiso.
  • Sé que vais a pensar que es una chorrada - añadió -, pero… deberíamos buscarnos nombres en clave.
Nadie respondió. El semáforo cambió a verde. Embrague, primera y pie en el acelerador. Arrancaron de nuevo, con la idea de Nico - absurda o no - flotando dentro del coche como una pompa de jabón a punto de estallar. Treinta y tres segundos bastaron para cambiar de país. Una nimiedad. Un parpadeo. Y, por supuesto, Francia los recibió del mismo modo en que España se había despedido de ellos: con una indiferencia fría y aplastante, como si su paso no mereciera ni un encogimiento de hombros. En poco menos de veinte minutos ya rodaban otra vez por la autopista, rumbo al norte, destino Bremgarten. Quizá fue por recuperar la velocidad, quizá porque Gabi subió el volumen de la música; quizá por la nocturnidad cerrándose sobre el firmamento, cómplice silencioso de su alevosía… No supieron precisar el motivo exacto. Solo sintieron cómo la alegría regresaba de golpe: Brusca, eléctrica, inevitable.
  • ¡Vaya chorrada! - rió Laia.
  • No es ninguna chorrada, joder - replicó Nico - ¿Es que no habéis visto Reservoir Dogs?
  • ¿Rese… qué? - preguntó Gustavo, encajado entre los dos - ¿De qué hablas, chaval?
  • Reservoir Dogs, hostias. ¿El señor Blanco, el señor Azul…? - alzaba los brazos, desesperado - Joder… ¿alguna de James Bond? ¿Kingsman? ¿El club de la lucha? ¿Matrix?
Gabi soltó una carcajada, mirándolo por el retrovisor.
  • ¡Peliculones! - exclamó -. Pero son solo eso, tío… películas. No somos criminales, ni agentes secretos, ni esquizofrénicos, ni vivimos en una simulación controlada por máquinas. Solo somos cinco chavales que…
  • ¡Gracias por lo de chaval, chaval! - le cortó Gustavo.
El coche estalló en risas al instante.
  • ¡Da igual! ¡No lo entendéis! - protestó Nico, cruzándose de brazos.
  • No te mosquees… - sonrió Laia, estirando el brazo por delante de Gustavo para darle una palmada cariñosa - Pero es que es una tontería, Nico… ¿para qué cojones necesitamos nombres en clave?
Nico la miró con los ojos muy abiertos. No de enfado, sino de incomprensión pura, como quien no entiende cómo los demás no ven algo tan evidente. Sofi se giró desde el asiento del copiloto y los observó a los tres.
  • Pues yo creo que es buena idea.
  • ¿En serio? - preguntó Gabi mirándola de reojo.
  • Si cariño… - sonrió -. Si os paráis a pensarlo… ¿no somos un poco eso? Agentes secretos, criminales, ladrones. Se podría hacer una peli de nuestras vidas, perfectamente.
  • Visto así… - Gabi se encogió de hombros.
De repente, Gustavo movió las manos, como si vislumbrara un cartel gigantesco de cine iluminando la autopista.
  • ¡El azul de la obsesión! - exclamó, orgulloso.
  • Eso tiene menos gancho que una mojarra sin boca - rió Gabi.
  • Suena a peli porno - añadió Laia, divertida, negando con la cabeza.
Gustavo se giró hacia ella con una sonrisa juguetona. Laia le sostuvo la mirada un segundo. No hizo falta decir nada más. Las risas volvieron, espontáneas, limpias. Sofi, aún riendo, no pudo evitar fijarse en Nico. Seguía pensativo, los brazos cruzados, la mirada perdida en la ventanilla. No estaba enfadado. Estaba en otra cosa. En algo más hondo. Cuando Gabi le había insinuado que Nico estaba enamorado de Laia, ella había respondido como cualquier mujer lo habría hecho, sin impresionarse, pues ya lo sabía. Era bastante evidente en realidad. Y entendía que no debía de ser fácil para él, sobre todo teniendo tan cerca al hombre que se había follado la boca de la mujer que amaba. Sofi apenas lo conocía, pero Nico le despertaba una ternura casi maternal. Así que decidió apoyarlo, aunque fuera en algo tan pequeño.
  • ¡Venga, chicos! - dijo, bajando un poco la música - ¡Que cada uno piense un apodo! ¡Será divertido!
Gabi la apoyó al instante.
  • ¡Venga va! - sonrió de oreja a oreja - ¡¿Quien empieza?!
En el asiento trasero, Nico recuperaba la sonrisa. Todo se había disipado en cuanto decidieron entrar en el juego y su mente, libre otra vez, empezó a correr sin freno. Como siempre.

Se imaginó una comisaría vieja. De las que ya no salen en los folletos. Un despacho mal iluminado, una persiana a medio bajar dejando entrar una franja de luz sucia. Un escritorio invadido por carpetas abiertas, informes manoseados, vasos de cartón con restos de café reseco desde hacía horas. Un teléfono fijo sonando sin que nadie se dignara a cogerlo. Policías cruzando el pasillo con prisa, chaquetas colgadas de cualquier manera, pasos secos sobre linóleo cansado. Y, en el centro de todo, un inspector. Sentado. Hundido en la silla. Un cigarro colgándole de los labios. Frente a él, los perfiles de los criminales más buscados del mundo.
  • Vamos a ver, Murphy… - murmuró el inspector, agotado, aplastando el cigarro contra un cenicero saturado de colillas - ¿A quién malditos demonios tenemos hoy?
El subinspector apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia él.
  • Una banda de auténticos cabrones escurridizos, Cage.
  • Parecen unos críos - dijo sin más pasando rápido las fichas.
  • Puede… Pero llevamos seis meses detrás de ellos y no hemos sacado nada en claro.
  • Ya… ¿No me digas? - escupió fulminándolo con la mirada.
El inspector Cage tomó el primer informe. Lo alzó. Lo examinó con esa mirada entrenada por años de callejones oscuros, asuntos turbios y noches sin dormir. Una ceja se arqueó al instante.
  • Mmm… - gruñó - No parece gran cosa…
  • Nicolás Quintana Villar-Mir - sentenció el subinspector, golpeando el papel con un dedo - La cabeza pensante. Y no te fíes de esa cara de empollón. Es el más peligroso de todos.
Cage suspiró despacio. Se acercó la ficha a sus ojos cansados y empezó a leer.

📁 FICHA POLICIAL — PERFIL OPERATIVO

Nombre completo:

Nicolás Quintana Villar-Mir
Alias conocidos:
“El Científico”, “El Micólogo”, “El Arquitecto Azul”
Fecha de nacimiento:
2004 (estimada)
Lugar de nacimiento:
Madrid, España
Nacionalidad:
Española
Profesión declarada:
Investigador independiente / Bioquímico
(No vinculado oficialmente a ninguna institución académica en la actualidad)
Nivel educativo:
Doctorado incompleto en Bioingeniería Molecular
Expulsado de programas de investigación por “desviaciones metodológicas graves”.

🧠 PERFIL PSICOLÓGICO

Individuo de alta capacidad intelectual, con pensamiento no lineal y marcada tendencia a la abstracción. Presenta rasgos de obsesión cognitiva, especialmente cuando cree haber accedido a un conocimiento “fundamental”.

No se percibe a sí mismo como criminal. Se percibe como descubridor. Muestra desconexión emocional selectiva: incapaz de medir consecuencias sociales o legales cuando una idea lo absorbe. Sin embargo, mantiene lealtad extrema hacia su círculo cercano.

Convicción peligrosa detectada: “La ciencia está por encima de la ley.”

🧪 ACTIVIDAD RELEVANTE

Descubridor y desarrollador del extracto conocido como “Azulita”, derivado de una variante no catalogada de Mycena Neonfaucis. El compuesto presenta propiedades biológicas no explicadas, con capacidad de regeneración celular total según informes preliminares no verificados. Se sospecha que el sujeto comprende el alcance real del descubrimiento, pero subestima deliberadamente sus implicaciones económicas, políticas y estratégicas.

🔗 RED DE VÍNCULOS

Laia [apellido en investigación] Vínculo emocional y operativo clave. Actúa como anclaje humano y moral. Grupo cercano: Gabriel Garcia Gutierrez / Sofia Capellán Ruíz / Gustavo Gallardo Rufían. Funcionan como estructura de apoyo, cobertura logística y contención social. Nota del analista:

“Sin ellos, Quintana sería incontrolable. Con ellos, es peligroso.”

⚠️ NIVEL DE AMENAZA

ALTO — CLASE ROJA

No violento por naturaleza. Altamente desestabilizador por conocimiento. Capaz de alterar mercados farmacéuticos, estructuras sanitarias y equilibrios geopolíticos si el descubrimiento se filtra o se replica.

📌 OBSERVACIONES FINALES

Nicolás Quintana no busca poder, dinero ni reconocimiento.
Busca verdad. Y ese es el problema. Los hombres que creen haber tocado la verdad no aceptan límites, ni fronteras, ni órdenes. Recomendación: Vigilancia constante. Intervención solo si el compuesto sale de su control. Archivo abierto.
  • “El Arquitecto Azul”, colega… - dijo Gabi asintiendo con la cabeza, sin apartar los ojos de la carretera - Me parece… ¡Sublime! Digno de un poderoso villano.
Soltó una breve risa por la nariz y aceleró un poco más. El motor respondió con un rugido grave, satisfecho, como si también aprobara el nombre.
  • A mí me flipa “El Micólogo” - sonrió Laia, apoyando el codo en el respaldo y mirándolo de reojo - Tiene ese rollito peligroso… extremadamente sexy.
Gustavo lanzó un silbido exagerado. Sofi se rió, echándose hacia atrás en el asiento mientras contemplaba feliz como el coche devoraba el asfalto y las luces de la autopista pasaban como latigazos blancos.
  • Imaginároslo… - rió Gabi - Vestido de negro en su despacho, sentado en una silla enorme de cuero, acariciando un gato persa. Mientras concede peticiones en el día de la boda de su hija.
  • Bonasera, Bonasera… - saltó Sofi imitando la voz de Marlon Brando y gesticulando como una autentica siciliana - Vienes a mi casa el día de la boda de mi hija a pedirme que mate por dinero…
Las carcajadas volvieron, más fuertes, más brutales. Nico se rascó la nuca, rojo como un semáforo en rojo. Sonreía sin poder evitarlo, una sonrisa grande, torpe, sincera, de las que se escapan cuando alguien te ve más grande de lo que te sientes.
  • Estáis fatal… - murmuró, aunque la voz le temblaba de risa.
El viento entraba a borbotones por las ventanillas bajadas, desordenándolo todo: el pelo, las palabras, la seriedad. La música seguía alta, el bajo vibrando en el pecho, marcando el pulso de esa euforia colectiva.
  • ¡Venga! - dijo Laia al fin, levantando la voz para imponerse al ruido - ¡¿A quién le toca ahora?!
Gabi levantó una mano sin soltar el volante, como si estuviera en clase.
  • Una cosa Nico… - rió - ¿El royo cual es? ¿Ahora tendré que llamarte siempre: “El Micólogo”? Creo que no estoy preparado para eso…
  • ¡No joder! - respondió él divertido - Es solo para cuando tengamos que comunicarnos por… por teléfono por ejemplo, o… en lugares públicos… ¡Ya me entiendes!
  • ¡Capicci o no Capicci, mi amore! - le espetó Sofi aún metida en su papel.
Las risas acompañaron al coche arrasando la carretera como un proyectil salvaje, indisciplinado, imposible de frenar. Dentro, la alegría se mezclaba con el ruido del motor y la música, con esa sensación eléctrica de estar haciendo algo estúpido y absolutamente necesario. Durante ese momento, nadie pensó en Suiza. Ni en “La Azulita”. Ni en las consecuencias. Solo en lo bien que sonaba aquel nombre, en lo rápido que corría aquel coche, y en lo fácil que era reír juntos cuando el mundo quedaba reducido a una carretera infinita y cinco voces gritando al mismo tiempo.
  • ¡Como veo que nadie se atreve! - exclamó Laia de repente - ¡Voy yo!
📁 FICHA POLICIAL — PERFIL OPERATIVO

Nombre completo:

Laia [Apellido pendiente de confirmación]
Alias conocidos:
“Neón”, “La Patrona”, “Mamba Negra”
Fecha de nacimiento:
2003 (estimada)
Lugar de nacimiento:
Madrid, España
Nacionalidad:
Española

Profesión declarada:
Autónoma / Técnica de laboratorio. Actividad vinculada a gestión de recursos, transporte y protección de equipo experimental.

Nivel educativo:
Educación secundaria completa. Capacidades autodidactas excepcionales en química aplicada y supervivencia urbana.

🧠 PERFIL PSICOLÓGICO

Individuo altamente adaptable y resistente. Presenta capacidad de resiliencia emocional extrema, adquirida por experiencias precoces de exposición a ambientes hostiles y riesgos legales.

Rasgos de personalidad: Orgullo marcado, independencia radical. Alta inteligencia social: lectura rápida de personas y situaciones. Propensión al liderazgo situacional, especialmente en entornos de riesgo. Observación clave: “No se deja proteger; protege a otros. Su lealtad es directa, pero su moral es flexible.”

🧪 ACTIVIDAD RELEVANTE

Contacto directo y operativo con el extracto “Azulita” desarrollado por Nicolás Quintana.
Sujeta y gestiona la logística de muestras y experimentos, actuando como interfaz humana del proyecto. Ha experimentado transformaciones químicas accidentales debido a la exposición prolongada a compuestos reactivos (Flúor y Neón). Se sospecha que estas modificaciones la han convertido en un instrumento operativo con capacidades físicas y cognitivas alteradas.

🔗 RED DE VÍNCULOS

Nicolás Quintana: Núcleo científico y mentor funcional.
Gabriel García / Sofia Capellán / Gustavo Gallardo: Equipo operativo.

Laia funciona como conector humano, facilitando la cohesión y el éxito del grupo en entornos de riesgo extremo. Nota del analista: “Su presencia mantiene al grupo enfocado y operativo; sin ella, el proyecto se vuelve caótico.”

⚠️ NIVEL DE AMENAZA

ALTO — CLASE ROJA

No violenta de forma intrínseca, pero su exposición a agentes químicos y su capacidad de adaptación la hacen imprevisible. Posible riesgo: explotación de sus modificaciones químicas por terceros.

📌 OBSERVACIONES FINALES

Laia representa la resistencia encarnada y el control operativo. No busca poder ni reconocimiento, pero su presencia determina el éxito o fracaso de la misión experimental. Recomendación: Vigilancia operativa. Mantener fuera de la comunicación con el núcleo de confianza del grupo. Evitar exposición pública directa. Archivo abierto.
  • “La Patrona” - repitió Laia saboreando el nombre, como si lo probara en voz alta -. ¿Qué os parece?
El coche seguía lanzado por la autopista, las líneas discontinuas desapareciendo bajo el chasis como si alguien las borrara a propósito.
  • Suena potente - asintió Gabi sin perder de vista la carretera-. Aunque “Neón” tiene su rollo también… más frío, más peligro químico.
  • A mí me parece que “La Patrona” te va como anillo al dedo - rió Sofi -. Tiene mando, tiene carácter… y da miedo.
Laia sonrió, satisfecha, reclinándose en el asiento.
  • ¿A que sí? - dijo -. Vale… ¿y tú qué? ¿Qué hay de Sofía?
Sofi frunció los labios, mirando al frente. El reflejo de las luces le cruzaba los ojos como pensamientos rápidos. Durante unos segundos nadie habló. Solo el motor, la música y el viento entrando por la ventanilla. De pronto, se le iluminó la cara.
  • ¡Ya lo tengo! - sonrió, girándose hacia ellos -. Me llamaré “La Santa Muerte”.
Gabi giró la cabeza al instante, sorprendido. Gustavo dejó escapar un “hostia” grave. Laia alzó una ceja. El coche pareció ir un poco más rápido.
  • Soy peligrosa - continuó Sofi, ya lanzada -. Sí, eso es. Si Nico es el cerebro y Laia la logística… yo seré el brazo ejecutor. Donde otros planean, yo actúo; donde otros dudan, la “Santa Muerte” decide. Soy la calma antes de la tormenta.
Hizo una pausa mínima, teatral.
  • La parca camina a mi lado porque no puede llevarme. Y a cualquier hijo de puta que se ponga en mi camino… ¡BANG! - Nico dio un brinco de su asiento del susto - ¡A la puta tumba cabrón! de parte de la “Santa Muerte”… - Sopló sus dedos con una mirada salvaje - Soy femenina. Soy despiadada. Soy fría. Soy letal.
Hubo un segundo de silencio, hasta que…
  • Acabo de mojar las bragas, guapa - soltó Laia con los ojos abiertos, más seria que divertida.
El coche se llenó de carcajadas. Sofi le dio un golpe cariñoso en la rodilla, orgullosa, y luego se inclinó hacia delante.
  • ¿Y tú qué, mi vida? - le dijo a Gabi.
  • Yo… - intentó decir.
  • Yo seré “El Bruto” - se metió Gustavo de golpe.
  • ¿Te lo has pensado mucho, eh? - rió Laia.
  • “El Bruto” no necesita pensar, encanto - sonrió Gustavo -. Ni entender el plan. Solo saber a quién proteger y a quién apartar del camino. Si este grupo es una máquina, yo soy el chasis: tosco, pesado… pero imprescindible. Seré el martillo cuando haya que derribar muros, el bate cuando haya que batear cráneos, el taladro cuando haya que…
  • ¡Ya me hago una idea, pervertido! - lo cortó Laia entre carcajadas -. ¡Vamos, Gabi! Solo quedas tú…
Gabi los miró a todos por el retrovisor, negando con la cabeza, sonriendo sin poder evitarlo.
  • A ver… - dijo -. Tenemos al “Científico”, la “Patrona”, la “Santa Muerte”… y al “Señor Bruto”.
  • ¡Bruto a secas, chaval! - replicó Gustavo -. Que no soy tan viejo.
  • ¡Déjalo hablar, hostias! - dijo Laia dándole un codazo.
  • Pues yo seré… - Gabi sonrió maliciosamente - “Mariposa Arcoíris”.
Las risas estallaron otra vez, mezcladas con el rugido del motor y la música a todo volumen.
  • ¡Venga, Gabi, tío! - dijo Nico -. ¡Tómatelo en serio!
  • Piénsalo un segundo - dijo Gabi sin perder la sonrisa- . Ponte en el papel de un tipo del FBI que se cruza con una de nuestras llamadas. ¡Sería la puta hostia!
Y, sin querer, la escena se construyó sola. Un despacho en algún lugar sin nombre. Iluminación baja. Persianas medio cerradas. Una cafetera agonizando en una esquina, burbujeando como si también estuviera cansada de vivir. Un agente con ojeras crónicas, camisa arrugada y auriculares demasiado grandes para su cara. Lleva ocho horas escuchando basura: discusiones de pareja, traficantes de medio pelo, silencios largos como funerales. De repente, ‘biiiip’ : “Santa Muerte en posición, ¿me recibís?”
  • El agente se endereza de golpe en la silla. “Aquí la Patrona” - continuó Gabi, recreando la escena con voz grave -. “El conejo está en la madriguera” El tipo del FBI frunce el ceño. Teclea algo. ¿Es ella…? se pregunta. “Bruto en posición. Pescando en seco” El agente se quita un auricular un segundo, busca con la mirada a su supervisor, se lo vuelve a poner. Ahora ya no parpadea. “Micólogo operativo… entramos en diez, chicos” El sudor empieza a perlarle la frente. Abre una carpeta nueva en el ordenador: Grupos organizados. Células terroristas… Traga saliva. Y entonces, como una bofetada cósmica, irrumpe una nueva voz: “Lo siento guapiiiis, llegoooo tardeeee…” - Gabi empezó a gesticular como una locaza de Chueca, clavando la escena - Lo séeee, chochos, pero es que no veas lo abarrotada que estaba la Gran Vía. O sea… ¿es que nadie va a hacer nada, de verdad?”
En el coche, las carcajadas estallaron. Pero no risas normales: desternilladas. Manos en la barriga, lágrimas en los ojos, aplausos, gente doblada sobre sí misma intentando respirar.
  • ¿Lo veis? - dijo Gabi entre risas -. Es perfecto. Absolutamente perturbador.
  • Les romperíamos el puto cerebro - rió Sofi.
  • Joder… - añadió Nico secándose las lágrimas -. Pagaría por ver eso.
  • Me declaro ahora mismo - juró Laia - Fan número uno de “Mariposa Arcoíris”
El coche siguió avanzando, firme, devorando kilómetros como si la autopista les perteneciera. A esa hora de la noche, la carretera ya no era un lugar de paso: era un territorio conquistado. Y ellos, se sentían intocables. No porque fueran invencibles, ni porque creyeran que nada podía salir mal - al contrario -, sino porque durante unas horas habían logrado algo mucho más raro: mandar sobre sus vidas. El mundo quedaba atrás, detenido en áreas de servicio, semáforos inútiles y ciudades dormidas. Ellos avanzaban. Siempre hacia delante.

El asfalto era su reino.

El coche, su trono rodante.
La noche, su aliada silenciosa.

Cada camión adelantado era una victoria. Cada recta infinita, una promesa. El rugido constante del motor se mezclaba con la música, con las risas que aún les vibraban en el pecho, con esa electricidad que solo aparece cuando uno sabe - aunque no lo diga en voz alta - que está viviendo algo irrepetible. Y es que nada une más que un viaje inesperado.

No eran héroes.
No eran criminales.
No eran nada que pudiera etiquetarse con facilidad.

Eran cinco personas escapando, aunque aún no supieran exactamente de qué. Cuatro cuerpos jóvenes - y uno no tanto - creyéndose, por primera vez, dueños de su propio relato. Dueños del volante. Dueños de la noche. Dueños de la decisión absurda y maravillosa de seguir adelante.

Reyes del asfalto.

Y como todos los reyes que lo son de verdad, no necesitaban corona alguna. Bastaba con la carretera abierta frente a ellos, el pie firme en el acelerador y la certeza íntima de que, pasara lo que pasara después, nadie podría quitarles ese instante.

Como el Aluminio, un vínculo que no pesa y que se niega a oxidarse, la estructura ligera de una amistad que resistirá incluso cuando la razón se pierda. Esta historia continuará...
 
Bueno, se van acercando a su destino y va a ser muy peligroso.
Sigo pensando que es un error incluir a Gustavo en ese plan y les va a causar problemas porque no s un buen tío ni nadie de fiar.
 
Bueno, se van acercando a su destino y va a ser muy peligroso.
Sigo pensando que es un error incluir a Gustavo en ese plan y les va a causar problemas porque no s un buen tío ni nadie de fiar.
Com dijo Michael Corleone en el Padrino parte II - "Mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos más cerca"
Es más seguro vigilar de cerca a Gustavo para conocer sus movimientos y debilidades, en lugar de ignorarlos.
¿Jugada maestra por parte de nuestros amigos? Quien sabe... aunque a mí me da que no piensan demasiado las cosas, jajajaja
 
Capítulo 14. Silicio - ¡Mis(Si)on Accomplished!

El Silicio (Si) ocupa el decimocuarto lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del Silicio con el concepto de la victoria - entendida como la culminación de una misión tras un proceso de cálculo y resistencia -, obtenemos el retrato de un triunfo que no es fruto del azar, sino de la arquitectura de la mente. El silicio no es un metal impulsivo; es el elemento de la paciencia cristalina y del procesamiento que precede al éxito.

La Victoria según el Silicio: El Triunfo de la Estructura

1. El Umbral del Logro (Semiconductividad)

El silicio no es ni un conductor total ni un aislante; es un semiconductor. Solo permite el paso de la corriente cuando se alcanzan las condiciones exactas de voltaje. Nos enseña que el éxito es una cuestión de umbrales. No se trata de empujar con fuerza bruta todo el tiempo, sino de saber cuándo abrir la puerta. Completar una misión es entender el momento preciso en el que el esfuerzo debe transformarse en resultado. La victoria no es un evento continuo, sino un "sí" lógico tras una serie de "noes" necesarios.

2. La Memoria del Camino (Circuitos y Microchips)
El silicio es la base de toda la computación moderna porque permite grabar información y ejecutar procesos con una precisión de nanómetros. No hay victoria real sin memoria. Una misión cumplida bajo el símbolo del silicio es aquella que se ha construido paso a paso, aprendiendo de cada error procesado. Entendemos que ganar no es llegar primero, sino llegar con un "mapa" grabado en el espíritu que te permita repetir la hazaña. Es la victoria del método sobre la suerte.

3. El Cristal de la Resistencia (Dureza y Estabilidad)
En su forma cristalina, el silicio es extremadamente duro y tiene un punto de fusión altísimo. Mantiene su integridad bajo presiones que desintegrarían a otros materiales. Completar una misión peligrosa requiere una estructura interna que no se deforme. La victoria es del que se mantiene firme cuando la temperatura de la crisis sube. Es el triunfo de la resiliencia: la capacidad de ser un cristal inalterable que, al final del viaje, sale del fuego con la misma forma con la que entró, pero con el brillo del objetivo alcanzado.

4. El Espejo de la Meta (Reflectividad en el Infrarrojo)
El silicio es opaco a la luz visible, pero transparente a ciertas radiaciones infrarrojas, y se usa para fabricar lentes de alta precisión que ven lo que el ojo humano ignora. La victoria suele ser invisible para los demás hasta que ocurre. Mientras los otros ven un muro, el que posee la sabiduría del silicio ve la "radiación" de la oportunidad. Lograr una misión es tener la visión infrarroja para detectar el camino a través de la opacidad del desánimo. Ganar es, simplemente, ver lo que siempre estuvo ahí pero nadie más supo procesar.

5. El Abundante Olvidado (El segundo más presente)
Después del oxígeno, el silicio es el elemento más abundante en la corteza terrestre - está en la arena, el cuarzo y el vidrio -, pero suele pasar desapercibido bajo nuestros pies. La victoria más sólida es la que no necesita fanfarria. Es la victoria silenciosa de quien ha construido su éxito sobre la materia más común: el trabajo diario y la constancia. Como el silicio, esta clase de triunfo es el que sostiene el mundo; no es un trofeo de oro en una vitrina, sino el suelo firme sobre el que caminas tras haber completado tu deber.

Conclusión: La victoria, vista a través del silicio, es la geometría de la lógica aplicada. Es un triunfo que se celebra en el silencio de un procesador que ha terminado su cálculo más complejo. Completar una misión bajo el símbolo del silicio significa prometerse que el éxito no será un accidente, sino el resultado inevitable de una estructura interna que supo esperar, procesar y, finalmente, conducir la energía hacia la meta. No buscamos victorias explosivas, sino victorias de silicio: precisas, grabadas en el tiempo y absolutamente sólidas.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • Respira conmigo… eso es… despacio… tranquilo…
Todo estaba saliendo mal. Pero no mal en plan “¡Venga chicos, que de peores hemos salido!”, sino mal del tipo “¡MUJERES Y NIÑOS PRIMERO!”. Mal de naufragio, de agua helada entrando a la fuerza por las grietas del casco, de miradas desorbitadas buscando botes salvavidas que no alcanzaban para todos.

Sofi le tomó la mano con una delicadeza casi antinatural y la apoyó sobre su propio pecho.
  • ¿Lo notas, cariño?… - susurró -. Sigue mis latidos… así… muy bien, amor… suave… así…
Laia, atrapada entre ambos, hacía equilibrios para no perder la compostura. El espacio no era reducido: era directamente inexistente. Tenía la boca de “La Santa Muerte” demasiado cerca, tan cerca que resultaba imposible no fijarse en el brillo húmedo de sus labios, en el roce incómodo - y peligrosamente satisfactorio - de pechos contra pechos, pezones contra pezones. Tragó saliva, intentando no pensar en ello. Pero lo peor venía por detrás. Lo sentía. Lo notaba. Algo duro, creciendo sin parar, absolutamente caliente, presionando contra sus nalgas con una determinación obscena.
  • Inspiraaa… - Sofi alzó la mano con lentitud -. Expiraaa… - la bajó -. Muy bien… así…
Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando: ¿Qué coño estaba pasando?

Nada grave, tranquilos. Solo una activación aguda y completamente desregulada del eje amígdala–hipotálamo–hipófisis–adrenal, con liberación masiva de catecolaminas y cortisol sin amenaza real aparente. El resultado: hiperarousal autonómico, hiperventilación, taquicardia y una evidente suspensión temporal del control prefrontal.

Vamos, un ataque de ansiedad de los de toda la vida.

Al parecer, “Mariposa Arcoíris” no estaba tan preparado para la misión como creía. El Titanic acababa de chocar contra el iceberg y el agua entraba a presión. Piel lívida, sudor frío, piernas temblorosas y esa certeza horrible de que en aquel cuartucho estrecho no había oxígeno suficiente para tres personas… ni para dos… ni quizá para una.

En cuanto Sofi vio que su novio entraba en pánico en mitad del pasillo, actuó rápido, improvisando. Localizó con la mirada un cuarto de limpieza, lleno de cubos y fregonas. Y sin tiempo para pensar, los tres se metieron dentro como pudieron y cerraron la puerta. Sofi a un lado, Gabi al otro, Laia entre medio de los dos. Esperando a que él se relajara y pudieran seguir con la misión. Lo hizo por supervivencia, para evitar miradas extrañadas o preguntas sinceras de preocupación, que ninguno quería responder precisamente en aquel instante.
  • Creo que deberíamos salir… - susurró Laia, incómoda hasta la médula -. ¿No será mejor que le de el aire?
  • No podemos… - respondió Sofi aún más bajo, cuidando de que Gabi la oyera -. No debemos llamar la atención.
“La Patrona” no sabía dónde meterse. Literalmente. La situación se le estaba yendo de las manos… y del cuerpo. El calor subía a una velocidad alarmante, una reacción totalmente inapropiada para el contexto en el que se encontraban. No es que tuviera grandes conocimientos médicos, pero una cosa la tenía clara: Lo que crecía duro y orgulloso entre las nalgas de su culo no era ansiedad. Era una erección de caballo.
  • ¿Dónde coño se han metido? - murmuró “El Micólogo”, bajando la voz sin poder disimular el nerviosismo.
  • Ni puta idea, chaval - respondió “El Bruto" mientras limpiaba un microscopio con una precisión casi obscena, como si cada movimiento estuviera coreografiado al milímetro.
El laboratorio era un déjà vu con acento extranjero. Las mismas mesas de acero inoxidable. Los mismos fluorescentes agotados zumbando en el techo. El mismo olor a alcohol, plástico caliente y horas muertas. Todo estaba exactamente en su sitio… demasiado exacto. Como si alguien hubiera calcado el laboratorio de Madrid con papel vegetal y lo hubiera depositado, sin respirar, a mil seiscientos kilómetros de distancia, usando unas pinzas invisibles. Nico sintió ese vértigo absurdo de la disociación: el cuerpo jurando que no se había movido ni un centímetro, mientras la cabeza sabía - con una certeza incómoda - que sí. Las etiquetas estaban en alemán. Todos los relojes marcaban la misma hora con una puntualidad insultante. Incluso el silencio era distinto. No era el silencio improvisado del laboratorio madrileño - roto por risas, tacos, una radio mal sintonizada o discusiones eternas sobre política o fútbol -. Este era un silencio quirúrgico. Educado. Uno que parecía pedir perdón por existir.

Gustavo, en cambio, se movía como pez en el agua. Limpiaba junto a los compañeros suizos con una devoción casi religiosa, como si llevara años haciéndolo, como si hubiera nacido en Berna y sus padres se llamasen Markus y Heidi. Dos mundos chocando sin hacer ruido: el español que trabaja mientras habla, discute y vive; y el suizo que trabaja como si la vida empezara y terminara en ese gesto exacto, repetido mil veces, sin margen de error. Y, aun así, Gustavo encajaba. Demasiado bien. Con una facilidad casi insultante.

Nico fingió que trabajaba - tarea sorprendentemente sencilla para un español - mientras barría la sala con la mirada, buscando al resto del equipo. Pero lo que de verdad le inquietaba no era su ausencia. No era el idioma. Ni la distancia. Ni los compañeros suizos: altos, rubios y perfectamente alineados. Era la sensación de estar en el mismo laboratorio… y sentirse completamente fuera de lugar. Como si la ciencia fuera universal, sí, pero la manera de ejecutarla no lo fuera en absoluto.

Y mientras el cerebro y el martillo de aquel caótico equipo, seguían con la misión - aferrados al plan con precisión suiza y determinación española -, en aquel estrecho cuartucho la química había dejado de ser una metáfora. Era inevitable. La juventud y la fogosidad reclamando lo que les pertenecía por derecho. Sofi, Laia y Gabi ya no eran seres humanos en ese momento: eran componentes de una bomba de relojería.

Laia era Nitroglicerina: Inestable, impredecible, capaz de detonar con el mínimo estímulo. Su sola presencia aceleraba los latidos de todo lo que la rodeaba. Sofi era Glicerol: Apacible y aparentemente inofensiva, pero el catalizador perfecto para que la mezcla se volviera explosiva. Bastaba una chispa, un roce, y el caos estaba servido. Gabi, por supuesto, era nitrato de amonio: Pesado, sólido, aparentemente controlado, pero cargado de energía potencial que solo esperaba el momento exacto para estallar. Y allí estaban los tres, confinados en un espacio mínimo, sin posibilidad de dispersión, ignorando todas las reglas de seguridad.

Glicerol cerca de Nitroglicerina.
Nitroglicerina rozando el Nitrato de Amonio.
La combinación era perfecta…

Perfecta para que todo estallara.

No sería una reacción lenta. No habría advertencias progresivas. Sería una explosión programada por el mero hecho de existir. Una reacción que cualquier manual de laboratorio marcaría con un gran símbolo rojo de peligro y un “¡Manipular con precaución!” El problema no era que fueran poderosos por separado. El problema - real - era que juntos eran un arma de destrucción masiva.

Y mientras fuera todo seguía en orden - microscopios limpios, relojes exactos, protocolos impecables -, dentro de aquel cuartucho la dinamita ya estaba armada. Y es que cuando ciertos elementos se encuentran… no preguntan. Explotan.
  • ¿Te pasa algo? - susurró Sofi, los ojos clavados en los de Laia.
“La Patrona” se mordió el labio, respirando aceleradamente. No había podido aguantar más aquella presión y ya hacía un buen rato que apretaba con fuerza su culo contra la polla erecta de Gabi. Él en silencio, aún sentía la taquicardia en su pecho, aunque ya no provenía de la ansiedad. Podría haberla detenido, sí… pero sinceramente… ¿Quien habría sido capaz?. Solamente se dejó llevar, sintiendo como el culo de Laia friccionaba contra su entrepierna - cada vez más rápido, cada vez más exagerado -, sin pensar en las consecuencias… sin pensar en nada.
  • ¿Qué estas…? - intentó preguntar Sofi alzando la cabeza por encima de su hombro.
Pero no pudo acabar la pregunta. Laia se abalanzo sobre su boca. No fue un beso romántico, ni amoroso. Fue salvaje, ansioso, animal. Y Sofi fue atrapada de repente como una mosca en la trampa viscosa de una araña. Jamás había tenido experiencias lésbicas, ni tan siquiera había fantaseado con ellas - al menos no muchas veces -, pero en ese preciso instante lo pensó: “¿Por qué no había echo esto antes?”. No fueron solo sus besos, sino todo lo que hacía. Era como si ella conociera a la perfección lo que le gustaba. Quizás fuera eso en realidad, pues ¿quien mejor que una mujer, para dar placer a una mujer? La forma en la que se comían la boca, la forma en la que se desnudaron, la forma en que acariciaron sus pechos… Las miradas furtivas, los mordiscos - en los pezones, en el cuello, en los labios - con la intensidad adecuada. Sofi sintió esa extraña sensación de que se estaba follando a sí misma.

Cuando Gabi vio que ellas ya estaban de cintura para arriba desnudas, y sumidas en el placer absoluto, sintió algo animal brotando de su interior. Sofi, sin dejar de enrollarse con Laia le ayudó a sacarse la camiseta y él no se lo pensó dos veces: se desabrochó los pantalones, y como pudo se bajó los calzoncillos. Al ver su herramienta tan dura y preparada para dar placer, su novia perdió completamente la cabeza. Sin pedir permiso y con la lengua de Laia dentro de su boca, le desabrochó los pantalones y le bajó las bragas.
  • Jodeeer Gabi… - gimió Laia al sentir el calor de esa polla erecta rozando su piel - La tienes durísima…
Al instante le bajó los pantalones y el tanga a Sofi, pasó una mano por detrás, agarrando con fuerza una de sus nalgas, y con la otra empezó a masturbarla con un par de dedos, mientras apretaba más su cuerpo contra el de ella. Gabi agarró a Laia de la cintura. Subiendo y bajando su rabo entre sus nalgas, los ojos clavados en Sofi esperando la señal.
  • Fóllatela… - susurró ella con la boca y las piernas abiertas - Fóllatela como me follas a mí…
No se lo pensó dos veces: flexionó las rodillas y se agarró la polla. Rozó un par de veces su capullo contra el coño mojado de Laia. Y se la introdujo lentamente. Sofi observó como ella giraba la cabeza, emitiendo un profundo gemido, como se le erizaba la piel, como ella misma se ponía aún más caliente al comprender que su novio se estaba follando a otra mujer enfrente de ella. Tuvo entonces la segunda revelación, y aunque esta vez si hubiera fantaseado - muchas veces - con hacer un trio con su novio y una amiga, el hacerlo real y tangible solo le dejó clara una cosa: “¿Por qué coño no había echo esto antes?”

Sí, lo sé. Seguro que estaréis pensando en lo malos amigos que eran Gabi y Sofi. Los dos sabían, perfectamente, lo que sentía Nico por Laia. Y al parecer no les importaba lo más mínimo. Aquello era una traición en mayúsculas. Pero, como todo en esta vida, tenía su explicación científica.

Lo que estaban experimentando era un secuestro homeostático total, mediado por el eje hipotalámico. Ante el estímulo, el área tegmental ventral saturaba el núcleo accumbens con un pico de dopamina que básicamente dejaba fuera de juego la corteza prefrontal dorsolateral. Traducción: el juicio crítico se fue de vacaciones. Al mismo tiempo, la amígdala se inhibía, borrando cualquier alerta de peligro. El hipotálamo disparaba una descarga de norepinefrina que estrechaba vasos sanguíneos y concentraba toda la atención en un solo punto: lo que tenían delante. Y para rematarlo, un estallido masivo de oxitocina y vasopresina bloqueaba la memoria a corto plazo y el razonamiento lógico, reemplazándolos con un bucle de retroalimentación hormonal de máxima prioridad.

En resumen: sus neocórtexes habían sufrido un bypass biológico. La moral y la razón no desaparecieron, simplemente quedaron fuera de juego por un apagón químico de neurotransmisores. O, dicho en palabras menos técnicas: cuando te pones cachondo, se te nubla la mente. Y por unos minutos, todo lo demás deja de importar.

Dentro de aquel cuartucho eran tres cuerpos desnudos atrapados en un espacio imposible. Tres bocas húmedas y calientes buscándose con una urgencia casi animal. Piel contra piel. Calor contra calor. Saliva, sudor, caricias precipitadas. Sexo sin coreografía, sin pausa, sin pensamiento. Fuera, en cambio, el peligro seguía ahí. Una misión abandonada. Un riesgo constante, silencioso, recordándoles el error absurdo que estaban cometiendo y asumiendo. Lejos de casa. En otro país. Bajo identidades falsas. Esa nueva vida que había llegado sin pedir permiso y que, sin darse cuenta, habían abrazado con una ferocidad casi suicida.

Era una combinación explosiva. La juventud de Sofi: ese impulso eléctrico que la empujaba a vivir al límite, a desafiarlo todo con tal de sentir que estaba viva. La sexualidad de Gabi: por fin desatada, voraz, ansiosa por probarse a sí mismo, por comprobar si existían límites. Y por último, estaba Laia: Nacida al borde del abismo, hija legítima del caos, más cercana al acantilado que a la prudencia del camino, más impulsiva que racional.

Juntos formaban un cóctel inestable. Volátil. Peligroso.
Pura dinamita.

Y lo sabían. No eran idiotas. Sabían que aquello traería consecuencias. Que tarde o temprano algo iba a estallar. Pero no les importaba lo más mínimo. Como a la dinamita, no les preocupaba explotar, ni cuántos se llevarían por delante cuando lo hicieran.

Porque esa era su naturaleza.
Prenderse. Estallar. Y arrasar con todo.
  • Déjalo, chaval - susurró Gustavo, acercándose con una naturalidad ensayada -. No podemos perder más tiempo…
  • Pero… - Nico estaba demasiado nervioso como para disimularlo -. ¿Y el plan?
Hablaban en voz baja, casi sin mover los labios, procurando que ninguno de sus supuestos compañeros pudieran oírlos. Esa era la primera regla del infiltrado: camúflate, sé uno más, destaca lo mínimo, no llames la atención. Si alguno de aquellos trabajadores altos y rubios de mantenimiento captaba una sílaba en otro idioma, quizá no sería el fin inmediato de la misión; pero sí el principio de las preguntas. Y nadie quería preguntas.

El plan era simple, elegante e impecable. Entrar, localizar la “Azulita”, robarla y salir con calma.

Un trabajo rápido, directo, sin aparentes complicaciones. Pero, como si la vida insistiera en comportarse como una buena película de suspense, había ocurrido lo inevitable. El destino lo había torcido todo, como un guionista al que le gustan demasiado los giros de guión. Habían perdido a más de la mitad del equipo. Y ahora, el éxito de toda la operación recaía únicamente sobre ellos dos: un cincuentón con más barriga que cerebro operativo, y un científico más nervioso que un perro paseando por un barrio chino.
  • Dividámonos - sugirió Gustavo en voz baja -. Tú busca por ese lado y yo por el otro.
  • No nos va a dar tiempo - replicó Nico, más nervioso que un daltónico jugando al Twister - Solo somos dos…
  • Da igual, chaval… - Gustavo apretó la mandíbula -. No nos queda otra. ¡Vamos!
No esperó respuesta. Se alejó con paso firme, diluyéndose entre los trabajadores como si siempre hubiera estado allí, como si aquel laboratorio le perteneciera. Un suizo más. Un trabajador más. Otro cuerpo obediente en aquella coreografía de acero y silencio.

Nico se quedó solo. Tragó saliva. De pronto, el espacio pareció ensancharse de forma hostil. El zumbido de los fluorescentes se volvió demasiado nítido. El olor a alcohol le raspó la garganta. Estaba más nervioso que Doraemon pasando un control de aeropuerto. Se secó las manos en el pantalón sin darse cuenta. Sudaba como un atleta de élite antes de una final que no había entrenado. Miró el pasillo largo a su izquierda: recto, impecable, inocente. Suspiró hondo y dio el primer paso: inseguro, temblando, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera huir antes que él. Pero consiguió dar el segundo, y luego vino el tercero.

Dos hombres. Un laboratorio ajeno.
Y un plan que empezaba a resquebrajarse por las costuras.

Nico avanzaba puerta a puerta, como quien cruza capas de un sueño ajeno. Abría, entraba, buscaba mientras fingía no hacerlo, se desanimaba y cerraba. Entró en un laboratorio secundario: mesas limpias, instrumental alineado con una precisión casi insultante. Pasó el trapo por una superficie que ya brillaba, pulverizó desinfectante sin necesidad, imitó los gestos que había visto repetir a los compañeros de mantenimiento como si fueran un mantra. Cabeza baja. Ritmo constante. Concentración.

Otra puerta. Esta era más amplia. Centrífugas dormidas, incubadoras murmurando a baja frecuencia, pantallas mostrando gráficas que no se molestó en leer. Nico notó el tiempo acelerarse, como si alguien hubiera tocado el botón de avance rápido solo para burlarse de él. Miró de reojo el reloj de la pared: habían pasado dos horas y juraría que llevaba veinte minutos allí dentro.

Otra puerta. Esta ya empezaba a oler a fracaso. Un pasillo largo, demasiado blanco, demasiado recto. Se adentró en él. Cada paso le pesaba como si caminara sobre un suelo embarrado. Limpió por limpiar. Desinfectó por disimular. El corazón le latía desacompasado, no de miedo, sino de esa ansiedad corrosiva que aparece cuando la esperanza empieza a quedarse sin argumentos. “No está aquí”, pensó. “Laia se ha equivocado”, reafirmó. Y entonces, justo cuando la idea de volver con las manos vacías empezaba a tomar forma, algo rompió la monotonía quirúrgica del lugar.

Una luz, pero no una cualquiera.
Una luz azulada. No violenta. No artificial…

¡Viva!

Nico se detuvo en seco una milésima de segundo. Apretó el paso de inmediato, intentando no correr, intentando no delatarse. Entró en una sala de ensayos como quien entra en una iglesia sin hacer ruido. Y allí, tras una pequeña cristalera, la vio. La sala de cultivos y los ojos se le abrieron como platos. No era el extracto. No era una muestra procesada, ni un vial. Era ella, la “Azulita”. La seta en sí. Viva. Pequeña. Real.

Un cultivo modesto de “Mycena Neonfaucis", apenas una veintena de ejemplares. Pero el azul que emanaban no entendía de cantidades. Era un azul imposible, profundo, casi eléctrico, que parecía devorar el espacio, teñir el aire, reclamar la mirada. No iluminaban la sala: la poseían.

Se acercó al cristal sin darse cuenta. Apoyó las manos sudadas contra el vidrio. La boca abierta, la respiración entrecortada, el pulso desbocado. Era como mirarse en un espejo que reflejaba su propia obsesión, noches sin dormir, teorías descartadas, intuiciones perseguidas hasta el agotamiento. Todo estaba allí, al otro lado del cristal, creciendo en silencio. Se quedó allí paralizado, como un niño frente a un escaparate de unos grandes almacenes en Navidad. Y por un instante - solo uno - olvidó el plan, el riesgo, el tiempo, la misión. Solo existían él y ese azul neón que lo había cambiado todo.

Tardó unos segundos en reaccionar. No porque no supiera qué hacer, sino porque sabía exactamente cómo hacerlo. Y eso imponía respeto. Cerró los ojos, respiró hondo, se relajó como si fuera un maestro del yoga, expulsó todos los pensamientos innecesarios y cuando abrió de nuevo los ojos, lo supo, estaba listo. Pero antes de “ponerse manos a la obra”, había algo imprescindible, algo casi instintivo: asegurarse de no dejar rastro. Fingió limpiar el cristal con movimientos lentos, mecánicos, profesionales. El cuerpo hacía una cosa; los ojos, otra. De reojo, como quien no quiere la cosa, empezó a rastrear el espacio en busca del ojo invisible. La cámara.

Todos los laboratorios tenían una. Como mínimo. En realidad, estaban por todas partes: pasillos, zonas de descanso, oficinas, ascensores. Nada escapaba al circuito cerrado de vigilancia, salvo los baños: el último reducto de intimidad en un mundo que había decidido dejar de confiar en las personas. “Y hacía bien”, pensó Nico. La localizó rápido y entonces algo no encajó. “¿Qué cojones?”. Se recolocó la mascarilla con un gesto natural, asegurándose de que le cubriera bien el rostro, y dio un par de pasos más hasta quedarse justo debajo. Levantó la vista, como quien revisa un fluorescente apagado, y la observó con atención. Era una cámara de seguimiento, como todas las demás. De las que se activan al detectar movimiento. Estándar. Eficiente. Suiza hasta la médula. Pero estaba apagada. No en modo reposo. No en standby. Apagada.

Nico no creía en los golpes de suerte. Nunca lo había hecho. No era de esos que confunden la estadística con la providencia. Él sabía - mejor que nadie - que todo lo que ocurre en este mundo tiene un porqué. Puede que aún no lo comprendiera en ese instante, puede que la explicación se le escapara entre los dedos… pero la ausencia de respuestas no significaba ausencia de causa. Solo significaba que todavía no la había encontrado.

Un leve escalofrío le recorrió la espalda. La cámara seguía muerta, el laboratorio, en silencio. Y la “Azulita”, esperándolo a poco menos de veinte metros. Nico apartó la mirada, retomó la calma y respiró hondo de nuevo. Ahora sí, fuera de peligro, abrió la puerta de la sala de cultivos con el cuidado de quien entra en territorio sagrado. El aire era distinto allí dentro: más húmedo, más frío, cargado de ese olor terroso y metálico que solo conocen quienes han pasado demasiadas horas entre hongos y placas de Petri.

Recorrió la sala de cultivos y, durante un segundo, se le olvidó respirar. El espacio era amplio, limpio hasta lo obsceno, bañado por una luz tenue y homogénea que caía desde paneles empotrados en el techo. Estanterías metálicas recorrían las paredes como costillas, y sobre ellas se alineaban bandejas, frascos y cámaras de crecimiento perfectamente etiquetadas. Aquello no era un laboratorio improvisado: era un jardín científico cultivado con paciencia, dinero y una fe casi religiosa en el método.

Nico avanzó despacio por el pasillo central, a ambos lados mesas llenas de sustrato, la vida creciendo sobre ellas. Empujaba el carro de la limpieza como coartada, pero en realidad ya no lo necesitaba. Sus ojos iban por delante de su cuerpo.

“Pleurotus ostreatus”, murmuró. Lo reconoció al instante por la forma del sombrero y el micelio vigoroso. Producción de enzimas ligninolíticas. Biorremediación, sin duda. Descomposición de residuos industriales. Un poco más allá, “Ganoderma lucidum”. Reishi. Inconfundible. Uso farmacológico, inmunomodulador, marketing disfrazado de medicina ancestral. Los suizos no daban puntada sin hilo. “Cordyceps militaris” Cultivo controlado, espectro naranja intenso. Regulación metabólica, resistencia celular, aplicaciones militares si uno quería ponerse paranoico.
“Psilocybe cubensis”, cepa estabilizada, sin psilocibina activa. Investigación neurológica. Plasticidad sin alucinación. Elegante. Cobarde. “Aspergillus niger” Fermentación industrial. Ácidos orgánicos. Dinero. Mucho dinero.

No necesitaba leer etiquetas. No necesitaba acercarse. Cada especie le hablaba con solo mirarla. Sabía para qué servían, por qué estaban allí y qué tipo de preguntas intentaban responder con ellas. Era un mapa. Un discurso científico hecho de esporas y micelio. Y entonces lo vio. No fue inmediato. Fue gradual. Primero, un cambio en la luz. Luego, un reflejo que no correspondía al blanco quirúrgico del resto de la sala. Un azul… ¡No!. ¡El azul!

Nico dejó de empujar el carro. Sus pies se movieron solos, atraídos como limaduras por un imán. A cada paso, el tono se intensificaba, ocupándolo todo, desplazando el resto de colores como si no merecieran existir. Se quedó enfrente de la mesa de cultivo, los ojos irradiando ese azul neón.

Lo primero: los guantes. Sacó un par de látex del bolsillo del mono de trabajo. Se los colocó despacio, dedo a dedo, ajustándolos con precisión casi ritual. “Eres venenosa, amiguita”, pensó mientras sonreía. “Así que debo tomar precauciones…”. Se acercó al cultivo. Las setas crecían en sustrato controlado, perfectamente alineadas, como si alguien las hubiera educado. Aquello le hizo fruncir el ceño. “¿Cómo han conseguido cultivarlas sobre tierra?, Eso es… es imposible”

No podía ser. No debía serlo. La Mycena Neonfaucis necesitaba los minerales puros de la roca, no la materia orgánica del suelo. “¿Es un caballo de Troya?”, pensó y rápidamente lo comprobó. Pero no. Bajo esa tierra no había una piedra escondida. La seta crecía en la tierra, no la atravesaba para alimentarse del sustrato mineral que esperaba encontrar debajo. Y sin embargo allí estaba, creciendo dócil, estable, replicable. “¿Han conseguido mutarla? O quizás… haya evolucionado por si sola… Las setas que crecen en piedra suelen ser expertas en meteorización: segregan ácidos para deshacer la roca y absorber minerales como el silicio, el calcio o el magnesio. Si ahora crece sobre sustrato de tierra, significa que… ha aprendido a metabolizar nitrógeno y carbono orgánico…”

Se agachó ligeramente y observó de cerca los pies, el micelio, y volvió a fruncir el ceño. Alzó la cabeza para comprobar el termostato que indicaba los niveles de temperatura y humedad. “No puede ser…”, pensó. “Esto tiene menos sentido que un desierto bajo el agua… debería estar muriendo por la falta de humedad y de minerales sólidos”. Todo era demasiado incorrecto. “¿Han aprendido a mantenerla viva fuera de su ecosistema o… han llegado más lejos?”

Metió una mano en su bolsillo y sacó una bolsa estéril de plástico de laboratorio. La abrió sin tocar el interior, como lo había aprendido hacía años, cuando aún creía que la ciencia solo tenía caminos rectos. Recogió un poco de sustrato y lo metió delicadamente dentro, formando una cómoda cuna donde pudiera descansar la “Azulita”. Con dos dedos, pulgar e índice, sujetó una de las setas por la base. No tiró. No arrancó. Giró con suavidad, rompiendo la unión con el sustrato sin dañarla. “¿Acaso conocen sus propiedades?”, pensó de repente. Y esa simple idea lo sacudió como si fuera u saco de boxeo. La sostuvo un segundo entre los dedos enguantados.
Era ligera. Demasiado en realidad. El azul parecía emitir pulsos, casi imperceptibles, como si reaccionara a su cercanía. “Si saben lo que hace… Si lo saben de verdad…”, tragó saliva mientras la introducía en la bolsa.

Selló parcialmente, expulsando el aire. “¿Y si los suizos lo han descubierto?”. Miró a través del cristal de la sala. Las etiquetas. Los códigos. Las provetas. Nada indicaba ensayos clínicos. Nada gritaba “milagro”. Pero tampoco gritaba ignorancia. “Tal vez estén a un paso… Tal vez ya lo hayan dado”. Cerró la bolsa con un clip hermético. La guardó con sumo cuidado en su bolsillo. “¿Y si cae en las manos equivocadas?”. La pregunta no era abstracta, tenía caras, nombres de gobiernos y de empresas. Mercados hostiles, hospitales convertidos en templos privados, vidas tasadas por contrato. La “inmortalidad” de los ricos.

Volvió a tragar saliva. Se quitó los guantes con cuidado, envolviéndolos sobre sí mismos, como si incluso el látex pudiera envenenarlo. Los guardó en el otro bolsillo. Y entonces llegó la última pregunta. La que no había querido formular hasta ese momento. “¿Y si no he sido el primero?”. Nico miró de nuevo el cultivo. Diecinueve ejemplares. Azul perfecto. Estable. Reproducible.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Porque descubrir algo extraordinario da vértigo. Pero descubrir que quizá no eres el único… eso da miedo. Salió de la sala de cultivos, respiró hondo.

Ya no había vuelta atrás.

Mientras salía del laboratorio, iba dándole vueltas a una idea: ¿Bastaría una sola seta para iniciar un cultivo estable?. En teoría, era posible. Estaba muy fresca y podía clonar el tejido interno. El riesgo de contaminación era alto, sí, pero había tomado precauciones. Requería laboratorio, esterilización y experiencia; “Check”, pensó, esbozando una sonrisa. Sin duda no era el método recomendado para principiantes. Habría sido más sencillo disponer de esporas, de micelio o, directamente, de un kit de cultivo. Pero él no era ningún principiante. Ni mucho menos.

Estaba a punto de pasar la tarjeta para salir cuando algo captó su atención. Una carpeta de cartón azul. De su interior asomaba parcialmente una hoja cubierta de apuntes. Nico reconoció al instante aquellas fórmulas. Se acercó, abrió la carpeta y comenzó a leer aquel lenguaje indescifrable con la naturalidad con la que un violinista lee una partitura en mitad de un concierto.

Sus dudas se disiparon al instante. Quienquiera que hubiera escrito aquello estaba recorriendo exactamente el mismo camino que él. No en paralelo, no desde otra disciplina, sino pisando sus huellas con una precisión inquietante. Nico leyó más rápido, con el pulso acelerado, y entonces lo vio: los errores. No era muchos, ni burdos tan siquiera. Eran errores finos, de esos que solo detecta alguien que ha cometido los mismos antes. El responsable había estabilizado el cultivo con un tampón rico en magnesio para favorecer la actividad enzimática del micelio - inteligente, elegante -, pero había cometido un desliz casi invisible: había introducido trazas de flúor para reforzar la unión iónica de la fórmula, sin prever que el flúor, en ese contexto, secuestraba parcialmente el magnesio formando complejos insolubles. El resultado era un falso equilibrio metabólico: la “Azulita” crecía, sí, brillaba, sí… pero no expresaba todo su potencial. Además, el pH estaba ajustado para maximizar la fluorescencia superficial, cuando el verdadero salto cualitativo ocurría - Nico lo sabía ahora con una claridad casi obscena - al forzar una ligera acidosis intracelular, justo en el umbral en el que el magnesio dejaba de ser estructural y pasaba a ser catalítico. Era un matiz. Un susurro químico. Un error que no delataba ignorancia, sino cercanía. Demasiada cercanía.

Levantó la vista de los apuntes y no pudo evitar sonreír. No con soberbia, sino con un orgullo profesional profundo, casi fraternal. Quien fuera aquella persona dominaba del tema. Entendía la micología, la bioquímica, la danza invisible de iones y enlaces débiles. Estaba a uno o dos pasos de descubrirlo todo. Y tuvo la inminente necesidad de saber quien demonios era el autor. Desvió la mirada. En una bandeja de plástico translúcido se apilaban carpetas, cuadernos, hojas sueltas llenas de esquemas, gráficas dibujadas a mano, anotaciones apresuradas en los márgenes. No eran documentos administrativos. Era pensamiento vivo. Trabajo real. Leyó el nombre en la portada superior: Dr. Lena Baumgartner Keller. “Una chica…”, pensó esbozando una sonrisa, mientras se la imaginaba - alta, rubia, preciosa -, enamorándose irremediablemente de ella, de su inteligencia, de su alma gemela. Se sacudió esos pensamientos de la mente, repasó los apuntes una vez más. Cada página confirmaba lo mismo: rigor, obsesión, intuición. Durante un segundo pensó en llevárselos. Durante medio segundo, en destruirlos. Bastaría un gesto torpe, un descuido, un accidente químico. Nadie sabría nunca hasta dónde había llegado Lena Baumgartner Keller. Pero no pudo.

Había líneas que no se cruzaban. No por ética abstracta, sino por respeto. El respeto silencioso que se le debe a alguien que ha pasado noches enteras mirando lo mismo que tú, preguntándose las mismas cosas, equivocándose de la misma manera. Robarle aquello sería como arrancarle el cerebro. Volvió a colocar los papeles exactamente como estaban. Ni una hoja fuera de sitio. Ni una esquina doblada. Se acercó a la puerta. Antes de salir, miró una última vez la luz azulada que emanaba de la sala de cultivos. No con ansiedad, sino con una mezcla extraña de alivio y vértigo. No estaba solo. Nunca lo había estado. La puerta se cerró tras él, suave, sin hacer ruido.
  • ¡Nico!
“El Micólogo” dio un salto tan desproporcionado que, durante una fracción de segundo, su alma abandonó el cuerpo, rellenó un formulario de defunción y pidió cita para el más allá. El corazón se le subió a la garganta, la garganta al cerebro y el cerebro intentó escapar al cosmos espacial. El cubo de limpieza que empujaba salió despedido medio metro, describiendo una parábola absurda y por puro milagro no acabó estampado contra una campana de flujo laminar valorada en lo mismo que un piso en Malasaña. Sus hombros se encogieron como si esperara un disparo por la espalda y durante una décima de segundo consideró opciones poco realistas: Huir por el conducto de ventilación. Fingir un ictus. Adoptar una nueva identidad en Paraguay. Todo eso mientras el cerebro, traicionero, le gritaba: ¡TE HAN PILLADO. TE HAN PILLADO. TE HAN PILLADO!

Se giró tan rápido que casi se desnuca, con la mirada de un ciervo sorprendido en mitad de la autopista, las pupilas dilatadas, el sudor frío asomando bajo el traje como si su cuerpo hubiera decidido licuarse desde dentro. La ilegalidad pesaba toneladas en ese segundo. Otro país. Otro laboratorio. Identidad falsa. Una seta milagrosa en una bolsa de plástico. Y entonces vio quién era. No era el FBI. No era un suizo rubio con cara de formulario oficial. Era Gustavo, de pie en medio del pasillo. Tranquilo. Demasiado tranquilo. Con el mocho apoyado en la cadera y esa expresión suya, mezcla de abuelo sabio y cuñado peligroso, mirándolo como si Nico acabara de asustarse con un truco de magia barato.
  • Chaval… - susurró - relaja el esfínter, que casi te me desmayas.
Nico tardó dos segundos en recuperar el alma, otros dos en recolocar el corazón en su sitio y al menos cinco en recordar cómo funcionaban las piernas.
  • ¡¿TÚ ESTÁS LOCO?! - susurró gritando, con los ojos desorbitados -. ¡Casi me da un infarto!
Gustavo alzó una ceja, imperturbable.
  • ¿Has encontrado algo? - preguntó en voz baja -. Casi hemos terminado aquí, y los equipos de limpieza ya están empezando a bajar a la menos dos.
Nico se pasó una mano temblorosa por la frente y respiró hondo. Por primera vez desde que había puesto un pie en aquel laboratorio comprendió una verdad incómoda: no iba a matarlo el sistema de seguridad, ni sus propios nervios. Iban a ser sus compañeros.
  • La tengo… - susurró, mirando de reojo a ambos lados.
  • ¡No jodas! - Gustavo se acercó un paso -. Déjamela ver.
Nico la sacó del bolsillo apenas un instante, con el sigilo de un camello vendiendo farlopa en un callejón a las tres de la mañana. Solo un segundo. El suficiente para que el reflejo azul inundara el pasillo y para que, en el rostro de Gustavo, se dibujara una sonrisa amplia. Pero no era la sonrisa de un hombre dispuesto a cambiar el mundo, destruir el sistema o salvar a la humanidad. No. “El Bruto” sonreía por motivos mucho más básicos, más primarios, más terrenales. Es decir: pechos como melones, culos como plazas de toros, gargantas profundas. Las mujeres más deseadas del mundo sometidas bajo el yugo de la lujuría, el éxtasis y los fluidos corporales.
  • ¿A que viene esa sonrisa? - preguntó Nico, temiéndose lo peor.
  • ¿No te lo ha comentado Gabi, verdad?
  • ¿Comentar? - preguntó él confundido - ¿El qué?
  • Vamos a pasárnoslo mu bien, chaval… - susurró con aquella voz lasciva, tan suya - Pero que muuuuuuy bien.
Le dio un empujón amable y empezaron a andar. Ya tenían lo que habían venido a buscar, así que seguir fingiendo ser quienes no eran, perdió todo el sentido. Mientras los cuadrados y disciplinados suizos de mantenimiento bajaban serios y en orden hacía la Planta -2, ellos se desviaron sutilmente, buscando al resto del equipo. Dispuestos a encontrarlos y escapar de la central cuanto antes.
  • Madre mía Gabi… - exclamó Laia con el temblor aún en las piernas - ¿Donde te habías metido todo esto tiempo? Ha sido… joder… ha sido…
No encontraba las palabras, sonreía de oreja a oreja, sintiendo sus caricias con una intensidad casi irreal, mientras Sofi le besaba el cuello, en trance, buscando su calor como si nunca tuviera suficiente.
  • ¡Ha sido la hostia! - río él, buscando y encontrando su boca al instante.
Laia aún seguía moviéndose, lo justo para seguir sintiendo aquel pedazo duro de carne que se acababa de correr dentro de ella. Aún podía sentir sus espasmos, como replicas de un terremoto. El recuerdo reciente de como Gabi le clavaba las uñas en la cintura, los jadeos cerca de su oreja, mientras la empotraba como a una perra en celo. Era como si su cuerpo tuviera voluntad propia, como si su cerebro no ejerciera poder alguno sobre él. Aquella sensación de sentirse atrapada entre dos cuerpos sudados, la maraña de brazos, muslos, pechos y espaldas. Cada milímetro de su cuerpo en fricción, cada pedazo de su piel en contacto con piel ajena. Los besos, los jadeos, el olor a sexo que lo consumía todo. Era lo más cercano al paraíso que debía existir sobre la faz de la tierra.
  • No… te hagas… ilusiones… - murmuró Sofi, separándose lo que aquel cuartucho le permitía - ¡Es mio, zorra! ¡Que te quede claro!
  • Compartir es vivir, vida - rió Gabi - Podemos ser todos amigos…
  • ¡Tu calla! - replicó ella dura y firme.
Laia la miró a los ojos directamente. Estaba tan cerca, tan caliente, que solo pensaba en seguir follando. Quizás Gabi hubiera terminado, pero ellas dos podían seguir, nada se lo impedía. Y mientras hacían tiempo para que él estuviera listo para el segundo round de aquel combate sin guantes, - ni bragas -; se lanzó hacia su boca, con furia, apasionada; estrujando sus tetas con violencia. Y Sofi respondió. La agarró del cuello, con fuerza. El dolor confundiéndose con el placer. La apartó lo justo para que ella sacara su lengua de dentro de su boca.
  • ¡Te queda claro, guarra! - exclamó excitada - ¡Es mío!
  • ¡¿Ah sí?! - replicó ella traviesa, siendo estrangulada - ¿Y que harás para impedir que me lo folle cuando quiera? ¿Eh, puta? A ver…
Sofi apretó la mano aún más. Furiosa sí, pero terriblemente excitada. Sintió los dedos de Laia entrando y saliendo, cada vez más rápido. Estaba mojada, tanto que no había resistencia posible. Apretó los muslos, desesperada, intentando frenar el avance de su mano. Pero estaba tan lubricada que era imposible detenerla. Es más, ni siquiera se esforzó demasiado, pues no deseaba hacerlo. Quería, no… ¡necesitaba! jugar a ese juego: tan radical, tan peligroso.

El corazón le recordaba constantemente el amor que sentía por Gabi; la mente luchaba con todas sus fuerzas por reclamar y defender lo que creía suyo, su territorio; el cuerpo, en cambio, le gritaba que se olvidara de todo y se lanzara al vacío. Y entonces, de repente, sucedió lo inevitable.

El cristal opaco, que llevaba demasiado tiempo ocultando una verdad ancestral, se resquebrajó en mil pedazos. La luna roja emergió entre las nubes, inmensa, dominante: un augurio funesto, un presagio de que aquella noche la sangre sería derramada. Un aullido rasgó el cielo en mitad de la noche, quebrando la quietud del bosque, atemorizando a todo lo que se atreviera a respirar. Una vieja chamana, más bruja que humana, empezó a cantar desde su lúgubre cabaña: “Una pierna que camina… Veneno de serpiente… Por el camino del viento… Voy soplando aguardiente”

La loba en celo emergió de la oscuridad de su guarida…
mostrándose en su plenitud, tal y como era… como siempre había sido.
Fiera, indomable, salvaje, violenta. Lista para salir a cazar.
  • ¡Como te cace follándotelo sin mi permiso…!
La amenazó rabiosa, enseñando los incisivos.
La piel erizada, los ojos abiertos como dos luceros demoníacos.
  • ¡¿Qué harás, eh?!
Laia rugió, acelerando el ritmo.
El sonido de su mano entrando y saliendo llenando los silencios.
  • ¡Te mataré, zorra! ¡Te arrancaré las entrañas en vida y te obligaré a mirar! ¡Y luego, cuando te entierre… bailaré sobre tu tumba!
Los premolares le chirriaban; la boca, espesa de espuma.
  • ¡Eso será si no te mato yo antes, cerda!
Las amenazas quedaron suspendidas en el aire apenas un segundo, lo justo para que ambas se lanzaran la una contra la otra. No fue un gesto tierno ni conciliador, sino un choque frontal. No hubo piedad, solo supervivencia: bocas encontrándose con violencia, colmillos rozándose, heridas abiertas, respiraciones mezcladas en un aliento caliente y furioso, flujo vaginal como sangre emanando de un rio saturado por su caudal. Un beso nacido del odio y del deseo, de la necesidad de imponerse y, al mismo tiempo, de reconocerse la una en la otra. Gabi observaba desde atrás, inmóvil, aterrorizado. El corazón le martilleaba el pecho con una fuerza casi dolorosa. No sabía si unirse a ellas o huir para siempre. Se sentía enorme y diminuto a la vez, reclamado por aquellas dos lobas sin haber dicho una sola palabra. El aire le inflaba el torso como a un animal marcado por la luna, consciente de que, en ese instante, era el centro de un ritual antiguo. Dos lobas bajo la luna roja. Dos cuerpos tensos, arañándose con brutalidad, mordiéndose con violencia, amándose mientras se desafiaban. No había ternura, solo ley. La del bosque. La del hambre. La de la sangre que hierve cuando el instinto despierta. Aquella luna imaginaria, testigo inmóvil de la furia de aquellas dos poderosas e indomables fieras, teñía la escena de un rojo primitivo. No había moral allí, ni culpa, ni humanidad si quiera. Solo el pulso salvaje de lo animal: feroz, despiadado, inevitable. ¡Hermosamente real!

Y Gabi, en medio de aquella lucha sin tregua, sonrió de repente. Pero no fue una sonrisa normal, no… fue una sonrisa desquiciada, del que abandona el suelo y se lanza al vacío, deseando morir. La sonrisa de un suicida, de un loco, de la felicidad absoluta. Surgió de repente, luminosa e inmensa… justo en el instante exacto en que lo entendió todo. El mundo civilizado había quedado muy atrás, reducido a un recuerdo borroso. Había llegado el momento, el que llevaba tanto tiempo esperando. El de regresar a los orígenes. Ser quien debía ser. Vivir como se debía vivir. Saltar por el acantilado sin miedo, gritando, vociferando, desgarrándose los pulmones, desafiando incluso a la propia muerte. Porque eso era él…

Era un fanático religioso cubierto de dinamita a punto de inmolarse y llevarse por delante a todos los infieles. Un manifestante lanzando un cóctel molotov en mitad de una revuelta, tras consignas anarquistas exigiendo el caos absoluto.

Era el capitán del Titanic hundiéndose con su propio barco, con los pies anclados en el puente de mando mientras el océano reclama lo que es suyo. Era Leónidas y sus trescientos en el paso de las Termópilas, sabiéndose muertos antes de empezar, pero puliendo el escudo para que su final fuera eterno.

Era Samsón empujando las columnas del templo de los filisteos, dispuesto a morir aplastado con tal de que sus enemigos no quedaran en pie. Era un samurái sin señor clavándose la daga en las entrañas, prefiriendo el filo de su propio acero antes que la deshonra de una vida vacía.

Era Thich Quang Duc, el monje budista sentado en mitad de la calle, envuelto en llamas y quietud, convirtiendo su propio cuerpo en una pira de protesta silenciosa. Era el soldado atrincherado en la última posición, guardándose la última bala para sí mismo mientras el enemigo saltaba el muro. Dispuesto a no ofrecerles ni su propia vida.

Eso es lo que había sido siempre…

William Wallace en el cadalso, con el aliento a punto de extinguirse, arrancándole al silencio un último grito de "¡Libertad!" que resonaría para siempre en las altas tierras de Escocia. El soldado solitario en el campo de batalla, con la bandera en alto y el rostro cubierto de polvo, cargando contra las filas enemigas a pesar de la lluvia de proyectiles. Era el motor rugiente de un Zero japonés, un kamikaze decidido, una trayectoria que marcaba un punto de no retorno.

Deseaba quedarse para siempre en ese instante. Congelarlo. Habitarlo eternamente.
Por eso deseaba morir.

Quería estar muerto antes de descubrir que existía algo distinto a lo perfecto.
Antes de que la duda, la razón o el mañana profanaran aquel instante de verdad absoluta.

Cumplir la misión era precisamente eso: no sobrevivirla.
Lanzarse sabiendo que no habrá regreso, que el sentido no está en el después sino en el acto. Como la flecha que no duda al dejar la cuerda, todos acabarían comprendiendo que una misión solo se cumple cuando te entregas entero - en cuerpo y alma -, incluso si al hacerlo te rompes.

Como el Silicio, siendo la red invisible que procesa cada uno de nuestros pasos, un cristal de paciencia esperando el impulso eléctrico exacto para convertir un simple cálculo en una victoria eterna. Esta historia continuará…
 
Rectifico. Después de este capítulo el único personaje íntegro y que merece la pena es Nico y hoy me queda claro que cuento más alejado de Laia mucho mejor.
Que buen amigo es Gabi, que sabiendo los sentimientos de Nico se folla a Laia y de esta ya mejor no decir mucho más.
Que decepción me han dado los 3.
 
Rectifico. Después de este capítulo el único personaje íntegro y que merece la pena es Nico y hoy me queda claro que cuento más alejado de Laia mucho mejor.
Que buen amigo es Gabi, que sabiendo los sentimientos de Nico se folla a Laia y de esta ya mejor no decir mucho más.
Que decepción me han dado los 3.
¡ESTO SE VA A DESCONTROLAAAAAAR!
Aquí no se salva ni el apuntador compañero, jajajaja.
 
Capítulo 15. Fósforo - Conversación de (P)orretas

El Fósforo (P) ocupa el decimoquinto lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del fósforo con el concepto del "High" - ese estado de expansión sensorial, introspección y brillo mental que otorga el cannabis -, obtenemos el retrato de una iluminación química que es, en su origen, la misma energía que hace que la vida piense y se mueva. El fósforo es el elemento del "portador de luz" (Phosphoros), el combustible de los pensamientos y el resplandor que habita en los huesos.

El "High" según el Fósforo: El Resplandor de la Sinapsis

1. El Encendido de la Idea (La Cerilla Mental)

El fósforo es extremadamente reactivo; basta una mínima fricción para que estalle en una llama brillante. Es lo que inicia el fuego sin necesidad de un incendio previo. El "high" comienza con esa chispa inicial también, una cerilla que se enciende en la conciencia. De repente, una idea común se vuelve incandescente. Como el fósforo rojo en el rascador, el estado de elevación es la fricción entre la realidad y la percepción que genera un destello donde antes solo había penumbra.

2. La Moneda de Cambio del Pensamiento (ATP)
En el cuerpo, el fósforo forma parte del ATP (Adenosín Trifosfato), la molécula que transporta la energía a cada célula. Es la "moneda" que pagamos para que una neurona dispare un pensamiento. Durante el "colocón", parece que el flujo de ATP se acelera o se hace más consciente. Sentimos la energía moviéndose por los circuitos del cerebro. Es la sensación de tener el "presupuesto energético" al máximo, permitiendo que la mente explore territorios que normalmente guardaría por economía mental. Es el fósforo financiando viajes imaginarios.

3. La Quimioluminiscencia (El Brillo en la Oscuridad)
El fósforo blanco brilla suavemente en la oscuridad al oxidarse, un resplandor fantasmal que parece venir de ninguna parte. El estado de elevación tiene esa cualidad de "brillo interno". En la quietud de la introspección, el pensamiento adquiere una fosforescencia propia. No es una luz cegadora como la del sol, sino un resplandor suave, azulado y profundo que permite ver las conexiones ocultas entre las cosas cuando el ruido del mundo exterior se apaga.

4. La Estructura del Templo (Huesos y ADN)
El fósforo es el soporte de nuestro ADN y la dureza de nuestros huesos. Es lo que da forma a la información y solidez al cuerpo. A menudo, el "high" se siente como una experiencia puramente aérea, pero el fósforo nos recuerda que está anclado en nuestra arquitectura más profunda. Es un estado que altera la percepción de la propia estructura: sientes la densidad de tus huesos y la vibración de tu código genético. Es la paradoja de sentirse volando mientras se es más consciente que nunca del templo biológico que habitamos.

5. El Ciclo del Nutriente (Abono y Crecimiento)
El fósforo es un nutriente limitante en la naturaleza; sin él, las plantas no florecen. Es el motor del crecimiento verde. El "high" actúa como un fertilizante para la creatividad. Al igual que el fósforo en la tierra, este estado desbloquea el crecimiento de ideas que estaban latentes. Permite que la "planta" de la imaginación florezca con colores más intensos, recordándonos que, a veces, la mente necesita un aporte extra de luz química para dar sus mejores frutos.

Conclusión: El "high", visto a través del fósforo, es la geometría de la combustión interna. Es la energía de la vida volviéndose consciente de su propio resplandor. Estar en ese estado bajo el símbolo del fósforo significa entender que somos portadores de una luz antigua, un fuego que reside en nuestras células y que, con la chispa adecuada, puede iluminar los rincones más profundos de nuestra propia existencia.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¡¿Dónde coño os habíais metido?! - preguntó Nico, furioso.
Los tres se detuvieron en seco en mitad del parking. Lo vieron avanzar hacia ellos con la mandíbula tensa, los puños cerrados, el cuerpo cargado de energía mal canalizada. Cruzaron miradas. Sofi fue la primera en perder el control - al parecer empezaba a gustarle eso de no reprimirse - y los tres estallaron en carcajadas. De las que sacuden el cerebro, duelen en el estómago y terminan haciendo llorar. Risas intensas. Risas de verdad.

Nico se plantó frente a ellos sin entender nada.
  • ¡¿Pero qué coño os pasa?! - repitió, aún más furioso -. ¡Nos habéis dejado tirados, joder! ¡Pensábamos que os habían pillado! ¡Estábamos a esto de…
No pudo terminar la frase. Laia le tapó la boca. Un beso rápido, sin lengua, sellando su silencio. Sus manos le apretaron los mofletes. Sus ojos se miraron de cerca. Laia sonrió. Nico la encontró hermosa. Quedó fuera de combate, un K.O. técnico en toda regla. Laia lo remató dándole una retahíla de piquitos rápidos y húmedos.
  • Relájate, friki - sonrió mientras le estrujaba la mejilla derecha como una abuela -. ¿Estamos aquí, no? Pues ya está… ¿Lo tienes o qué?
  • Sí… - susurró él, rojo como un tomate.
  • ¡Sabía que lo lograrías! - otro beso, ahora en la mejilla -. ¡Eres el mejor, Nico!
Luego se giró hacia Sofi y Gabi, que apasionadamente se enrollaban, como si no pudieran perder ni un minuto sin compartir fluidos.
  • ¡Eh calentorros! - les gritó divertida - ¡En marcha, vamos!
Caminaron juntos hacia el coche, aparcado a una distancia prudencial.
  • ¿Dónde estabais? - preguntó Nico cuando se acercó a Gabi.
  • Me entró un ataque de pánico, colega… y nos metimos en un…
Sofi le dio un codazo seco, acompañado de un leve movimiento de ojos; para que no hablara más de la cuenta. Y es que, entre los tres, habían decidido no contar nada de lo ocurrido en aquel cuartucho.
  • Nos escondimos… - rectificó Gabi -. Hasta que se me pasaran los mareos.
  • ¿Durante cuatro horas? - preguntó Nico, desconfiado.
  • ¿Cuatro horas? - Sofi sacó el móvil, sorprendida -. Hostia… ¡son las diez de la mañana!
  • Claro, vida… - ahora fue Gabi quien le lanzó una mirada significativa -. Quedamos en que saldríamos a la hora del descanso para no llamar la atención, ¿no te acuerdas?
Nico los observó durante unos pasos, con esa mirada que lo decía todo: no era idiota, sabía que había algo que no estaban contando. Pero por ahora lo dejó pasar. Subieron al coche y se pusieron en marcha, el motor ronroneando en la quietud suiza, siguiendo las indicaciones del GPS. La central de Müller & Suter Biotech estaba a las afueras del pueblo, en un enclave casi perfecto: un edificio modernista, de solo una planta vista, líneas limpias de acero y cristal, fachadas que reflejaban el cielo grisáceo y el verde intenso de los prados que lo rodeaban, dando la impresión de que la ciencia y la naturaleza compartían una misma voluntad de orden y precisión, muy al estilo suizo.

Para llegar a la autopista, primero debían atravesar Bremgarten, un pueblo que parecía salido de un cuadro renacentista. Situado sobre una curva del río Reuss, su casco antiguo estaba rodeado casi por completo por el agua y sus calles empedradas invitaban a caminar sin rumbo entre edificios históricos y fachadas bien conservadas que hablaban de siglos de historia cultural y mercantil. El centro, en gran parte peatonal, tenía el encanto de una ciudad que conserva su legado medieval sin renunciar a la vida moderna, con plazas acogedoras, puentes antiguos y el rio rozando las orillas, creando un contraste silencioso entre lo cotidiano y lo poético.

Mientras el coche avanzaba, los tejados rojos y las torres estrechas de Bremgarten se iban dejando atrás, y el paisaje se abría en campos ondulantes y colinas suaves, un preludio verde antes de volver a sumergirse en la autopista. La misión no había terminado, seguía adelante, pero por un momento, entre la quietud del entorno y la perfección serena del lugar, todo parecía suspendido, como si el tiempo mismo se contuviera antes de lo que estaba por venir.

Se detuvieron ante el rojo del semáforo. El último antes de la rotonda que daba acceso a la autopista. Sofi con la vista clavada en aquellos paisajes abiertos - tan verdes y hermosos -, con las montañas altas y orgullosas alzándose en el horizonte.
  • Tengo una propuesta - dijo de repente -. A ver qué os parece…
Expuso su idea con calma, como quien sabe que es tan buena que será aceptada antes incluso de terminar de hablar. Llevaban más de dieciséis horas sin dormir y aún les aguardaban, como mínimo, otras quince de viaje. Quisieran o no, aunque durmieran en el coche y se turnaran al volante con disciplina militar, tendrían que hacer un alto en el camino. El agotamiento era evidente en todos: miradas vidriosas, gestos lentos, cuerpos funcionando por pura inercia. Así que, siendo sábado y aprovechando que se encontraban en un lugar tan pintoresco, propuso pasar la noche en Bremgarten y salir el domingo rumbo a Madrid a primera hora de la mañana, con la cabeza algo más despejada y los nervios menos afilados.

Gabi secundó la moción al instante, sin necesidad de pensarlo. Gustavo dijo que, por su parte, no había ningún problema: nadie le esperaba en la capital. Laia dudó al principio, pensando en su madre, pero al mismo tiempo la idea le resultaba tentadora; acabó asintiendo despacio, ya calculando mentalmente avisar a su vecina para que la cubriera un día más. Nico, en cambio, se opuso de forma rotunda, asegurando que no era buena idea.
  • ¿Holaaaa?… Olvidáis que acabamos de cometer un delito… - dijo, gesticulando con los brazos - ¿O cómo va la cosa? ¡Hay que largarse de aquí, ya!
Para el estaba más claro que el agua. Quedarse era lo mismo que acabar de robar un banco, y solo salir detenerse a hacer un vermut en el bar de enfrente. El semáforo se puso en verde. Gabi miró por el retrovisor: no venía nadie. Así que no avanzó. Sofi se giró en el asiento para mirarlo de frente, apoyando un codo en el respaldo.
  • Venga, Nico… ha salido todo bien, ¿no? - sonrió -. Nos lo merecemos por cumplir la misión.
  • Si lo hacemos por eso… - intervino Gustavo, ladeando la cabeza - entonces debería quedarse el chaval, y si mucho me apuras, yo también. ¿Pero vosotros?
Gabi se colocó las gafas de sol con toda la calma del mundo, sonriendo mientras negaba despacio con la cabeza.
  • ¿A que te refieres? - preguntó Laia distraída con el móvil.
  • ¡Pues que no habéis hecho una puta mierda, preciosa!
Antes de que pudiera originarse una pelea, Nico se incorporó levemente en su asiento. Mirando fijamente a Sofi.
  • Además… - añadió Nico, bajando la voz - debo poner la “Azulita” en sustrato antes de que se eche a perder. Si no habremos hecho todo esto para nada.
  • ¿En serio es tan urgente eso, colega? - preguntó Gabi.
  • ¡Lo dice para meternos prisa! - aseguró Laia, sin dudarlo.
  • ¡Vale, puede que aguante!… - dijo Nico, sin apartar la mirada de ella - Pero nos la estamos jugando, joder. Había veinte setas en el cultivo y ahora solo hay diecinueve. ¿Y si se dan cuenta?
  • Si eso pasa, será el lunes que viene - replicó Gabi - cuando entren a trabajar…
  • Y para entonces… - sonrió Sofi - ya estaremos a dieciséis mil kilómetros de aquí.
  • Es buena idea, chaval - dijo Gustavo, conciliador -. Esta madrugada, cuando llegábamos, vi un camping cerca de aquí, tenía buena pinta… podríamos pasar el día y relajarnos un poco.
  • ¡Eso! - exclamó Sofi -. Compramos algo de comida, unas cervezas y hacemos un sábado campestre.
  • Por mí, adelante - asintió Gustavo.
  • Yo me apunto también - añadió Laia, enviando unos mensajes por WhatsApp sin levantar la vista.
  • ¿Colega? - sonrió Gabi, mirándolo a través del retrovisor -. ¡Solo faltas tú!
Nico cerró los ojos un segundo. Se pasó la mano por la cara, resopló. Abrió la boca como si fuera a soltar un discurso lleno de advertencias… pero se tragó sus palabras. Al final levantó los hombros, hizo un gesto vago con la mano, derrotado.
  • Vengaaa… vaaaa - murmuró, resignado - Pero intentad no llamar mucho la atención, solo os pido eso.
Sofi dio una palmada triunfal. Gabi apretó el embrague, primera y gas. Dieron la vuelta completa a la rotonda y regresaron hacia el pueblo, como si aquel pequeño giro marcara no solo un cambio de sentido, sino también un cambio de ánimo. Bremgarten los recibió con una calma casi ofensiva. Calles limpias hasta el exceso, fachadas de colores suaves, flores perfectamente colocadas en balcones que parecían no haber conocido jamás el polvo. Todo estaba en su sitio. Demasiado pulcro, excesivamente perfecto. Para un español, aquello tenía algo de decorado, de irreal, de parque de atracciones.

Aparcaron sin dificultad - otro pequeño milagro - y se pusieron a pasear. Entraron en un supermercado local, de esos que parecen más una farmacia que un colmado. Nada de cajas apiladas ni ofertas gritadas por megafonía. Todo ordenado, alineado, etiquetado con una precisión quirúrgica. Los precios, eso sí, les sacaron una sonrisa amarga: una bolsa de patatas costaba lo mismo que un menú de mediodía en Madrid. Los envases eran pequeños, sobrios, casi tímidos; ni rastro de colores estridentes ni de “formato ahorro”. Aquí nadie ahorraba, simplemente pagaba.
  • Madre santa - murmuró Gabi, mirando el precio de una botella de agua mineral.
  • Olvídate de eso, manco - rió Laia a su lado, devolviendo la botella al stand - El agua es para los peces.
Compraron poca comida: algo de pan, embutido local y queso suizo autóctono. En cambio, la bebida cayó con alegría: varios packs de cerveza suiza - marca Feldschlösschen, la más reconocible e impronunciable -, un par de botellas de vodka y jugo de limón para mezclar. La idea no era montar la fiesta de sus vidas, sino pasar una noche agradable en mitad de la montaña, beber despacio, contar historias y dejar que el cuerpo bajara revoluciones. En mitad de la compra, Gustavo desapareció.
  • Este estará… - rió Laia - …provando la carne local.
  • Seguro que ha olido el perfume barato a tres calles de distancia - añadió Sofi divertida.
Cuando volvió, al cabo de un rato, con una sonrisa sospechosamente limpia, levantó las manos en señal de rendición ante las falsas acusaciones.
  • No es lo que pensáis, malpensadas - sonrió -. ¡Es una sorpresa!
No insistieron. Con Gustavo, insistir nunca llevaba a nada bueno. Gabi aprovechó para comprar tabaco - otro pequeño shock cultural al ver el precio - y salieron del supermercado cargados con bolsas demasiado caras para lo poco que pesaban. Dejaron las provisiones en el coche y pasearon un rato por el casco antiguo: calles empedradas, arcos de piedra, farolas cálidas y ese silencio educado que parecía pedirles permiso para existir. Por primera vez en muchas horas, nadie tenía prisa. Y eso, para ellos, ya era casi una celebración.
  • Es precioso este lugar… ¿No crees? - preguntó Laia andando despacio a su lado.
  • Sí… no está mal - respondió Nico sin casi prestar atención.
Caminaban de vuelta al coche siguiendo el curso tranquilo del Reuss. El agua avanzaba oscura y serena, reflejando las fachadas como si el pueblo entero se estuviera mirando al espejo. El murmullo del río amortiguaba las voces, volvía todo más íntimo, más contenido. Delante de ellos, Gabi y Sofi avanzaban cogidos por la cintura, encajados con una naturalidad casi obscena. Cada pocos pasos se rozaban la nariz, se daban besos rápidos, miradas fugaces que decían más que mil palabras, arrumacos torpes que terminaban en carcajadas. Se detenían sin previo aviso para hacerse selfies: lenguas fuera, ojos bizcos, gestos ridículos, como dos adolescentes descubriendo por primera vez que el mundo puede reducirse a un metro cuadrado compartido. Reían fuerte, sin pudor, sin pensar en nada más que en ese instante.

Nico no podía dejar de mirarlos. No por envidia, sino por una tristeza profunda. En ellos veía algo que deseaba con una intensidad silenciosa: esa certeza compartida, esa complicidad que no necesita explicaciones, ese “estamos aquí y basta”. Sintió el viejo tirón en el pecho, esa mezcla de anhelo y resignación que ya conocía demasiado bien. Apartó la mirada hacia el río, como si el agua pudiera llevarse ese nudo en el estomago. Laia lo entendió. No necesitó palabras. Bastó un segundo, una rigidez mínima en su forma de caminar, una pausa apenas perceptible en su respiración. El tema seguía ahí, pendiente, suspendido como una bomba sin detonar: la declaración de amor - sin respuesta - que había sido el primer dominó, el gesto que había empujado todas las piezas hasta convertir sus vidas en aquel caos hermoso e imprudente. Ella sabía lo que le sucedía. Y también sabía que no estaba preparada para afrontarlo. No todavía.

Siguieron caminando en silencio. El río a su lado. Las risas delante. Gustavo tarareando una canción unos metros atrás. El silencio cargado entre ellos. Y esa sensación incómoda de que, aunque el camino fuera el mismo, no todos estaban avanzando hacia el mismo lugar.

Antes de llegar al camping hicieron una última parada en una gasolinera de carretera, de esas limpias hasta lo ofensivo. Compraron un par de bolsas de hielo que crujían como huesos dentro del congelador y algún chocolate suizo carísimo que nadie necesitaba, pero que acabó en la cesta porque “nosotros lo valemos”. Y volvieron al coche con la sensación de que lo peor había quedado atrás. El camping, del que había hablado Gustavo, apareció tras una curva suave, escondido entre pinos altos y praderas perfectamente recortadas. Todo parecía colocado con una delicadeza casi artificial: senderos de grava clara, faroles bajos, silencio de postal. Alquilaron el bungalow más pequeño, el más modesto, el “barato”, si es que esa palabra podía usarse en Suiza sin ironía. Madera clara, un porche diminuto, dos habitaciones justas, una mesa exterior y poco más. Pero era suficiente. Más que suficiente.

Nada más dejar las mochilas, el cansancio pasó factura. Algunos cayeron rendidos sobre las camas sin quitarse las zapatillas; otros se quedaron en el porche, sentados, respirando hondo, mirando al verde de los prados como si no existiera nada más allá. Nico fue el único que no se permitió desconectar del todo: revisó la “Azulita”, comprobó la bolsa, la temperatura, el estado. Todo en orden. Solo entonces aflojó los hombros.

Cuando el atardecer empezó a teñirlo todo de naranja, comieron juntos en el porche. Cosas simples: pan, embutidos y quesos. Las cervezas suizas se abrían una tras otra, el sonido seco de las anillas marcando el ritmo. Con cada lata vacía, la tensión se iba disolviendo, como si alguien hubiera bajado lentamente el ruido del mundo. Hablaban de tonterías, de anécdotas viejas, de nada importante. Y eso era exactamente lo que necesitaban.

Al caer la noche, Sofi y Laia se levantaron a preparar los cubatas. Vodka, limón, hielo tintineando en los vasos de plástico. Ese sonido se convirtió en la banda sonora a partir de ese momento. Se sentaron todos en fila, mirando al cielo abierto, oscuro y limpio, salpicado de estrellas como nunca se ven desde casa. Las conversaciones bajaron de tono casi sin proponérselo, como si el firmamento impusiera respeto. El aire era fresco, sorprendentemente fresco. Incluso “El Bruto”, refunfuñando, tuvo que ponerse un jersey. Nadie dijo nada durante unos minutos largos. Solo el hielo moviéndose en los vasos, algún sorbo, alguna risa contenida. Y allí, bajo ese cielo inmenso, llegó el mejor momento del día: no el más intenso, ni el más peligroso, sino el más tranquilo. Ese en el que todo, por fin, parecía estar exactamente donde debía.
  • ¡Chavales! - sonrió Gustavo, regresando con el jersey puesto -. ¡Ahora llega lo mejor!
Gabi desvió la vista mientras daba un trago al cubata y entonces lo vio. Se incorporó de la silla de camping con una sonrisa feroz, casi infantil.
  • ¿De dónde la has sacado? - preguntó, señalando con el dedo.
Todos salieron de su abstracción personal al instante. La atención se clavó en las manos de Gustavo. Sostenía un par de bolsitas llenas de hierba, agitándolas como si fueran regalos y él un elfo de Santa Claus… aunque, por el tamaño de aquella barriga, bien podría haber sido el mismísimo Santa.
  • Aquí es legal, chaval - dijo, sentándose con calma -. Esta gente está en otra liga.
Abrió una de las bolsas, aspiró hondo y sonrió de oreja a oreja, satisfecho.
  • No sabía que le dieras al canuto - sonrió Gabi -. Eres una caja de sorpresas.
  • ¡Este le da a todo! - rió Laia -. En vez de “El Bruto” debería llamarse “Sid Vicious”.
Las risas regresaron, pero ya no eran explosivas ni nerviosas, sino profundas, lentas, de esas que nacen en el pecho y salen sin prisa. Bajo las estrellas, todo parecía más blando, menos urgente. El mundo había decidido aflojar.
  • ¿Tienes un piti? - pidió Gustavo, girándose hacia Gabi sin perder la sonrisa.
Gabi le pasó uno y se quedó mirándolo. Todos lo hicieron. Había algo hipnótico en la escena: aquel animal enorme, tosco, con manos hechas para partir nueces y doblar hierro, sacando el papel, desmenuzando la hierba y liando el porro con una precisión casi obscena. No había prisa. Cada gesto era exacto, medido, elegante. Como si en otra vida hubiera sido orfebre, o escultor, o monje copista en un monasterio del siglo XV. Lo terminó, lo alzó un segundo, orgulloso, como quien presenta una obra acabada.
  • ¡Fuego! - pidió sin apartar al mirada del canuto.
El mechero voló por el aire. La llama prendió y, en ese instante, algo cambió. La primera calada fue ceremonial. La segunda, una promesa. El porro empezó a rodar de mano en mano, y con él llegó esa sensación conocida y bendita: el cuerpo aflojándose como un nudo que por fin cede, los pensamientos perdiendo aristas, el tiempo estirándose como chicle caliente. Las preocupaciones seguían ahí, pero a una distancia prudente, como si alguien las hubiera guardado en un cajón. Las conversaciones se volvieron más lentas, más absurdas, más sinceras. Una palabra mal colocada podía desencadenar un ataque de risas colectivo. El cielo parecía más profundo, las estrellas más cercanas. El hielo en los vasos sonaba a música lejana. Nico, que jamás había fumado, notó cómo la tensión que llevaba horas clavada entre los omóplatos se disolvía, y por primera vez desde hacía días respiró sin pensar en lo que vendría después.

No había planes, ni misiones, ni nombres en clave. Solo cinco hijos del cosmos bajo un cielo inmenso, compartiendo humo, conversaciones abstractas y esa paz rara que aparece cuando todo encaja, aunque sea solo por unos instantes.
  • Pero… no es solo eso… - seguía hablando Nico, estirando las sílabas como si fueran chicle -. No lo acabas de entender. ¡Mira!
Intentó levantarse de la silla, pero en cuanto lo hizo se tambaleó peligrosamente. Laia, con los ojos vidriosos y una risa floja a medio salir, tuvo que sujetarlo antes de que besara el suelo. Entre ella y Gustavo lo devolvieron a su asiento con cuidado ceremonioso. A Nico no pareció importarle lo más mínimo. Dio una calada profunda, larguísima, dejó que el humo se le escapara despacio por la boca, pasó el canuto y siguió hablando, encendido como la propia hierba que ardía.
  • No estoy hablando solo del mundo de las ideas…
  • ¿Eso era de Platón, no? - preguntó Sofi, hipnotizada por el cielo estrellado.
  • ¡Platón era un mierdas! - soltó Laia de repente, acordándose del vídeo de Diógenes -. ¿Sabéis que dijo que el ser humano era un pollo sin plumas?
  • ¿Qué coño dices? - rió Gabi.
  • ¡Yo soy una polla sin plumas! - escupió Gustavo, solemne.
Las risas regresaron de golpe: sinceras, torcidas, imparables. De esas que llegan tarde, se quedan demasiado y acarician el alma.
  • Lo que intento decir… - insistió Nico, concentrado como si sostuviera el sentido del universo con las manos - es que no se trata solo de tener ideas. Va mucho más allá… ¡Mirad el cielo!
Todos alzaron la vista. Ojos rojos, miradas perdidas, sonrisas serenas, cuerpos relajados.
  • Es inmenso… - continuó Nico -. Tan grande, tan oscuro, sin límites, sin aristas. Pero… es pequeño en comparación con todo lo que hay detrás.
De golpe sintieron el abismo. La magnitud de lo eterno. Sofi, incluso, tragó saliva y se aferró a los reposabrazos de la silla, como si estuviera sentada en el asiento de un caza militar a punto de eyectarse al vacío.
  • El universo entero, chicos… - siguió Nico, perdido entre las estrellas -. El cielo es solo una frontera. No se detiene ahí. Ahí fuera hay más planetas girando alrededor del sol, luego la Vía Láctea… y luego billones de galaxias con millones de planetas, cada una con sus propios sistemas solares, todo flotando dentro de un cosmos vasto y enigmático… Pensadlo un segundo.
Sintieron el vacío. La inmensidad. La oscuridad eterna. El horror cósmico. Laia, con los ojos abiertos de par en par, se imaginó recorriéndolo todo como si se hubiera transformado en una supernova.
  • Es infinito… - susurró Nico -. Una expansión que no termina jamás. Sin fronteras. Sin límites. Pero… esa inmensidad, ese pozo sin fondo, también reside aquí.
Todos apartaron la vista del cielo para mirarlo. Nico se golpeaba la sien con un dedo, sonriente, iluminado por la luna como si se tratase de un ser divino.
  • Podemos crear, chicos… No solo ideas, ¡mucho más!. Es como… como Tolkien.
  • ¿El del Señor de los Anillos? -preguntó Gabi.
  • Sí, el escritor… ¡Pensadlo! El hijo de puta no solo escribió una novela. Creó personajes, linajes, reinos, dinastías, razas, mapas. ¡Geografía! Un mundo completo, con pasado, con historia… ¡Joder! inventó hasta un lenguaje entero. Creándolo desde cero. Un maldito lenguaje, ¿no lo veis? Fonología, morfología, sintaxis, semántica, pragmática…
Se había puesto nervioso, como si hubiera entrado en un trance de locura. Los ojos abiertos de par en par, el pulso acelerado, los brazos gesticulando de forma exagerada.
  • ¡Un solo humano creando un universo entero!
  • ¡Era un puto genio! - sonrió Laia, exhalando el humo por su boca.
  • Sí, lo era… - asintió Nico -. Pero lo que él hizo, lo podemos hacer todos. Tenemos las herramientas. Solo hay que aprender a usarlas… Lo que quiero decir… es que esa inmensidad del universo… también está dentro de nuestro cerebro.
De pronto se quedó en silencio. Como si su propio discurso, escapado de su mente, acabara de sorprenderlo incluso a él.
  • Y si fuera eso… - murmuró Nico, con la voz más baja, más densa -. Y si…
Se quedó unos segundos en silencio, como si estuviera ordenando ecuaciones invisibles. Luego habló, ya sin freno, en ese tono peligroso en el que la hierba, la falta de sueño y la obsesión científica se alinean.
  • Y si la clave no estuviera en “qué” es el universo, sino en “cómo" se organiza… Porque a gran escala, el cosmos no es caos. Es una red. Una estructura reticular jerárquica formada por nodos de alta densidad, cúmulos galácticos conectados por filamentos de materia bariónica y materia oscura, separados por vacíos cósmicos casi absolutos. ¡Ahora coged un cerebro humano y haced lo mismo! Neuronas como nodos, axones y dendritas como filamentos, regiones de baja actividad entre sistemas funcionales. Topología de red compleja. Autoorganización emergente. Leyes estadísticas casi idénticas.
Se llevó el porro a los labios, dio una calada lenta, y siguió.
  • Ambos sistemas funcionan con una proporción ridículamente alta de “materia pasiva”. En el universo: energía oscura y materia oscura, más del noventa por ciento del contenido total, invisible pero absolutamente determinante para la conectividad y la expansión. En el cerebro: agua, lípidos, matriz extracelular… lo que no piensa, pero permite que el pensamiento exista. El soporte silencioso.
Los miró uno a uno, los ojos brillándole.
  • Y luego está la dinámica: sistemas no lineales, sensibles a condiciones iniciales, capaces de transiciones de fase. Un disparo neuronal, una inflación cósmica. Cambios pequeños que generan reorganizaciones globales. Eso no es casualidad. Eso es isomorfismo estructural.
Sonrió, como quien se acerca demasiado a una verdad peligrosa.
  • ¿Y si hubieran correlaciones cuánticas?… No digo causalidad directa, no soy tan gilipollas - se rió solo -, pero sí resonancias: coherencia cuántica transitoria en microtúbulos neuronales, patrones de información que podrían obedecer a los mismos principios fundamentales que gobiernan el vacío cuántico. Como si la conciencia no fuera una anomalía… sino una propiedad inevitable de las redes suficientemente complejas.
Se apoyó en el respaldo de la silla, agotado y exaltado a la vez.
  • ¿Y si el mismo universo está dentro de nuestro cerebro?. Ambos nacen del mismo lenguaje matemático. De las mismas reglas profundas. Como dos poemas escritos con el mismo alfabeto.
Hizo una pausa. Miró el cielo. Luego volvió a mirarlos a ellos.
  • ¿No lo veis? - susurró -. ¿No veis la evidencia?
  • Yo lo que veo… - sonrió Laia, cogiéndole el canuto de las manos - es que has fumado demasiado… ¡Y que yo! - se puso en pie - Me estoy meando desde que era pequeña.
Dio una calada rápida y le pasó el canuto a Gabi. Antes de irse, le frotó el pelo a Nico, que seguía abstraído en su propia locura de genio excéntrico, y echó a andar, concentrada en mantenerse firme, en poner un pie delante del otro sin romperse la crisma. Sofi la siguió con la mirada, incapaz de evitar fijarse en su culo. Un calor súbito, inconfundible, le recorrió el cuerpo.
  • Voy contigo - dijo de repente, poniéndose en pie y siguiéndola.
Gabi se acomodó en su asiento, dio una calada profunda y expulsó el humo despacio, saboreando aquel instante de paz. La noche era perfecta: el cielo estrellado, el aire fresco acariciando su piel. Buena charla, amigos, y la deliciosa ausencia de planes, objetivos y horarios.

Gustavo soltó una carcajada sonora, casi brutal, mientras le daba unas palmadas toscas en la espalda a Nico.
  • ¡Ahí tienes tu evidencia, chaval! ¡Las mujeres nunca mean solas!
Gabi y él empezaron a reír a pleno pulmón. Mientras Nico, en su propio colocón seguía dandole vueltas a la misma idea. El mundo exterior se le había vuelto secundario, como un ruido de fondo mal ecualizado. La Mycena Neonfaucis seguía ahí, palpitando en su mente como un archivo abierto que nadie se atrevía a cerrar. Pensó en Laia. En cómo cambió al contactar con la “Azulita”. No solo el cuerpo - la piel más luminosa, sus formas hipersexualizadas, aquellos ojos carentes de inteligencia -, sino algo más profundo, más difícil de explicar. Aquel azul había reescrito su código genético a gran escala. La misma materia, sí, pero reorganizada. Optimizada. Hermosa de una forma nueva. Y entonces la conexión fue inevitable. El universo no crea desde la nada. Reordena. Colapsa posibilidades. Condensa energía en formas inéditas. Estrellas, planetas, vida. Y la “Azulita” - o algo en su código - hacía lo mismo en contacto con el cerebro humano: una singularidad íntima, microscópica, desencadenando cascadas de reorganización neuronal, expresión genética, modificación acelerada.

Nico se puso tenso. Ya no se trataba solo de curar, ni de reparar. Sino de crear. La idea le atravesó como un rayo. ¿Y si no se trataba solo de sanar enfermedades? ¿Y si aquello era un motor creativo? ¿Un Big Bang personal? Sintió vértigo. Un vértigo delicioso y aterrador. Porque si la Mycena Neonfaucis podía hacer eso… ¿dónde estaban los límites? ¿Existían siquiera?

Su mente, empujada por el THC y los cómics de DC, despegó sin pedir permiso. Cuerpos capaces de desafiar la gravedad. Pieles ignífugas. Músculos que obedecían a nuevas leyes físicas. Sentidos amplificados. Telequinesis, telepatía, vuelo, superfuerza, control elemental, regeneración, invisibilidad, teletransportación, manipulación atómica… Personas que ya no solo imaginaban lo imposible, sino que lo encarnaban. No mujeres hipersexualizadas. No muñecas de goma estúpidas que solo pensaban en dar placer. ¡Super Héroes!

Seres moldeados por la misma lógica que las galaxias, pero a escala humana. La evolución dando un salto obsceno, sin pedir permiso a la biología ni a la ética. Se le secó la boca. Aquello ya no era ciencia ficción. Era un problema. Uno enorme. Nico se sintió minúsculo, perdido bajo las estrellas. Su cerebro - su universo - acababa de cruzar un punto sin retorno.

Gustavo giró la cabeza, asegurándose de que Laia y Sofi ya no estaban presentes.
  • Bueno… - susurró, dándole fuego al canuto con el mechero -. Ahora que los hombres nos hemos quedado solos… hablemos de lo importante.
Gabi lo miró de reojo, con una sonrisa irónica brotándole en los labios. Sabía exactamente a lo que e refería. No por su buena memoria, sino porqué él no se lo dejaba de recordar en todo momento. Desde el incidente - aquella paja que se hicieron juntos en el cuarto de baño de la empresa -, aprovechaba, en cada momento que estaban solos, para recordarle que debían convencer a Nico para convertir la “Azulita” en el afrodisiaco más poderoso del mundo.
  • Siempre pensando en lo mismo, viejo verde - murmuró divertido -. No tienes remedio.
  • ¡Venga, chaval! - rió Gustavo -. ¿A quién quieres engañar? Tú vas igual de salido que nosotros. Aunque no lo entiendo… con el pedazo de novia que tienes…
  • No sigas por ahí, compañero - lo amenazó Gabi, señalándolo con el dedo, pero sin perder la sonrisa -, o vamos a tener problemas.
  • Vale, vale, Billy el Niño, tú ganas… - rió Gustavo alzando las manos en señal de rendición -. Tengamos la fiesta en paz. Pero… admítelo al menos, ¿no?
Gabi volvió la vista al cielo, negando despacio con la cabeza.
  • Está bien, lo admito… - sonrió.
  • ¿El qué? - insistió Gustavo, exagerando el gesto -. ¡Dilo en voz alta, vamos! ¡Libérate de las cadenas! ¡Dile al universo lo que eres!
  • ¡SOY UN PAJILLERO! - gritó Gabi con todas sus fuerzas.
Aquel grito devolvió a Nico a la realidad. Salió de golpe de su universo cerebral y se los quedó mirando sin entender nada. Tenía la expresión exacta de un astronauta cuántico regresando de una revelación mística. Como Matthew McConaughey en Interstellar, volviendo a la Tierra después de siglos atravesando un agujero negro infinito.
  • ¿De qué os reís? - preguntó, genuinamente confundido.
Ambos detuvieron sus carcajadas durante un segundo y lo observaron con atención clínica: los ojos enrojecidos y vidriosos, la mirada perdida en otra dimensión, la boca seca como papel de lija, la piel pálida, casi translúcida, como si acabara de descubrir que tenía sangre fría. Y entonces volvieron a reír aún más fuerte. Gustavo le dio un codazo a Gabi mientras se incorporaba.
  • ¡Anda, chaval! - dijo entre risas -. Cuéntale a “Rostro Pálido” la idea de la que hablábamos… mientras yo le traigo algo de azúcar, antes de que se nos vaya de aquí flotando.
Mientras Gabi buscaba las palabras correctas, y le explicaba cómo debían usar realmente la “Azulita”; alegando las grandes maravillas que les aguardarían en el futuro, cuando se convirtieran en dioses del sexo. Nico, que hasta hacía un momento solo podía pensar en mutantes y el siguiente paso evolutivo del ser humano, empezaba a considerar que quizá existían otras opciones más “importantes”. Mientras Gustavo, rascándose las pelotas con la mano izquierda, entraba dentro del Bungalow en busca del chocolate que habían comprado en la gasolinera. Laia y Sofi hablaban en el pequeño cuarto de baño.
  • Tia… he de reconocerlo - dijo Laia sentada en la taza del wáter - Ha sido muy buena idea quedarnos en el camping. Me lo estoy pasando genial esta noche…
Sofi sonrió mientras se contemplaba enfrente del espejo.
  • Aún no me conoces… - sonrió mirándola a través del reflejo - Pero ya lo irás descubriendo: siempre tengo buenas ideas. Y cuando digo siempre… es siempre.
  • Un poco narcisista por tu parte - rió Laia - ¿No crees?
Sofi se giró, apoyando el trasero en el lavábamos y cruzándose de brazos.
  • Nada de eso, amiga… - sonrió encogiéndose de hombros - Solo soy realista.
Laia soltó una carcajada corta, arrancó un trozo de papel y empezó a limpiarse.
  • Aún es pronto para llamarnos amigas… - le devolvió la sonrisa - Pero creo que tú y yo… nos llevaremos bien.
  • ¡Louis, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad! - contestó Sofi imitando a Humphrey Bogart en Casablanca.
  • No sabía que eras tan friki del cine… - dijo Laia poniéndose en pie.
Sofi iba a decirle algo pero se quedó muda de repente. Otra vez ese culo, el mismo que hacía pocas horas su novio estaba empotrando. Se puso caliente de repente, Laia le había dado la espalda, y nunca debes darle la espalda a “La Santa Muerte”.
  • A mí me van más los videojuegos…
“La Patrona” tiró de la cadena y se subió las bragas. Se agachó un poco para hacer lo mismo con los pantalones. Pero entonces sintió unas manos firmes sobre su cintura, y una presión en su trasero. Soltó los pantalones, se puso recta, rígida como un palo.
  • ¡Joder! ¿Pero que ha…
No pudo terminar la frase. Al girarse y al verla de rodillas, toda la sangre disponible abandonó su cerebro. Sofi estaba de rodillas, agarrándola de la cintura para que no pudiera escapar, la cara metida entre las nalgas de su culo. La escuchaba olfatear profundamente, como una perra que busca un rastro. Sus ojos se cruzaron un instante y Laia sintió como mojaba las bragas. Sofi era exactamente eso… una perra en celo, siguiendo el rastro de su coño.
  • ¿Y Gabi? - preguntó mordiéndose el labio.
  • ¿Qué pasa con él? - respondió Sofi volviendo a hundir su nariz.
Laia le agarró del pelo y empujó su culo contra su cara, para que pudiera olfatearla mejor.
  • Di… dijimos… - gimoteaba mientras se restregaba, dejando el rastro por toda su cara - Dijimos que… que nada de hacerlo por separado. Que lo haríamos siempre… siempre…
Sofi apartó la cara de sus nalgas. Recuperando el aliento.
  • Eso solo atañe a Gabi… - la cortó Sofi con firmeza - ¡Tú eres mi zorra!
  • ¿Ah sí? - respondió Laia fuera de sí - ¿Soy tu puta?
Laia no pudo evitar soltar un gemido, mientras la veía morder la goma de sus bragas.
  • ¡Sí! Eres mi putita… - dijo Sofi frotando su mejilla contra su culo - !Y te follaré cuando me apetezca!
  • ¿Y si yo no quiero? - preguntó con el corazón acelerado.
Sofi le bajó las bragas hasta los tobillos, un golpe seco, decidido. El olor de su coño entró por sus fosas nasales, invadiéndola como un virus letal. La miró a los ojos con fiereza, aquellos ojos que deseaban lo mismo que ella. Laia estaba temblando de placer y eso la puso más violenta. Notaba la mano firme en su pelo, apretando con más fuerza, deseando que hundiera su cara entre sus nalgas y la chupara como un helado caliente y derretido. Sofi sonrió de forma peligrosa.
  • Vamos a ver si quieres o no…
No bastó nada más para que el Monte Vesubio entrara en erupción y arrasara Pompeya. El rostro de Sofi volvió a perderse entre los pliegues de esas nalgas abiertas. Laia, con la boca entreabierta y los párpados temblorosos, se abandonó por completo, dejándole hacer con ella lo que quisiera. Se dejaron arrastrar por su lívido, presas de sus cuerpos ardientes, en aquel baño estrecho, sin ser conscientes de que no estaban solas.

La puerta permanecía entreabierta, lo justo para que un par de ojos lascivos contemplaran la escena. Al otro lado, Gustavo se daba placer a sí mismo. Se masturbaba con rapidez, con urgencia, excitado también por el peligro de ser descubierto. Mientras las observaba entregarse a mil guarradas lésbicas, con la mano libre grababa la escena con su teléfono. Ya no pensaba solo en él, sino en las futuras pajas que podría hacerse junto a Gabi. “Menuda zorra de novia tienes, chaval… esto es material de primera”, pensó, acelerando el ritmo. “Ojalá lo convenzas”

Gustavo lo tenía claro: en cuanto la “Azulita” estuviera lista, no haría falta esconderse - nunca más - tras ninguna puerta entreabierta. Si en ese preciso instante hubiera tenido un poco de polvo azul a mano, habría entrado en ese baño para unirse a ellas. Sin miedo al rechazo, sin temor a interrumpir nada. Solo un hechizo de neón flotando en el aire, disolviéndolo todo en placer y éxtasis.
  • Imagínatelo, Nico - susurró Gabi con una sonrisa de oreja a oreja -. Sin miedo a ser rechazado jamás, sin tener que pensar siquiera en cómo provocarlo… Tan solo una pizca de “Azulita” en el ambiente y a disfrutar… ¿Qué te parece la idea? ¿Lo harás?
Nico, todavía pálido, con el estómago flotando en una órbita inestable, rumiaba las palabras de Gabi como quien mastica vidrio. Lo tubo claro desde un principio: la “Azulita” no era placer, era control. Negaba el libre albedrío en toda su expresión, manipulando la voluntad ajena como quien gira un dial invisible. Lo que proponían Gabi y Gustavo, era convertir a las mujeres en cuerpos obedientes, carne hipersexualizada, despojada de criterio, de deseo propio, de voluntad, de inteligencia… No era solo sexo, era la reducción total de la feminidad a su mínima expresión, iba mucho más allá de la cosificación, era una amputación ética total envuelta en neón.

Pensó también en sí mismo, en sus propias adicciones ya difíciles de gobernar, en lo que ocurriría si aquel polvo azul materializaba sus impulsos, concediéndole deseos sin freno. Fantasías volviéndose reales, sin filtros, sin límites. Podía ser un enfermo, un adicto a las pajas, un consumidor compulsivo de porno… pero no era idiota. Hacerlo, sería tomar un atajo directo al desastre. Era inmoral, era peligroso, era incorrecto. Claramente incorrecto. Guardó silencio un segundo más, soltó el aire despacio y lo miró a los ojos, serio por primera vez en horas.
  • Lo siento, colega… pero no lo veo. Como mínimo… no es ético. Y sin entrar en todo lo demás, claro. Acuérdate de Laia, joder. Sí, vale, estaba… estaba… bueno, ya sabes, espectacular. Pero era una muñeca, tío. Sin mente. Estúpida. Una boca abierta esperando pollas. Eso no está bien.
Gabi apartó la vista. Sacó un cigarro, lo golpeó contra el reposabrazos de plástico y lo encendió con calma. Dio una calada larga. No estaba decepcionado; en el fondo, pensaba algo parecido. Sabía que aquello rozaba lo cruel, lo despiadado, lo irreparable. Y aun así… la idea le tiraba del estómago. Porque romper la moral tenía algo hipnótico.

Dinamitar los pactos invisibles, mandar a la mierda la arquitectura frágil de las relaciones humanas y reducirlo todo a deseo puro. Sin discursos, sin culpa, sin estrategia. Como en el mundo animal: cuerpos que se buscan por instinto, feromonas mandando más que palabras, dominancia, entrega, placer sin explicación ni futuro. Comer, follar, dormir. Volver a lo básico. Volver atrás.

No lo veía como machismo ni como un abuso de poder. En su cabeza era otra cosa: un nuevo paradigma. Un regreso. Una rendición voluntaria a lo que siempre habían sido. Aun así, no estaba enfadado con Nico. Ni molesto. Ni ofendido. Lo entendía demasiado bien. Era la pelea de siempre: mente contra cuerpo. Razón contra carne. Lo correcto contra lo deseado.
  • Pero…
Gabi volvió a mirarlo. Ese “pero” flotaba en el aire como una puerta entreabierta.
  • Si consigo crear un cultivo… - dijo Nico, de pronto esbozando una sonrisa - podría hacer más pruebas. Conseguir algo estable.
Gabi alzó una ceja.
  • ¿A qué te refieres?
  • No lo sé aún. Tengo que experimentar, claro, pero… quizá pueda sintetizar el deseo sexual y meterlo en una píldora. Es pronto para decirlo en voz alta, pero hay posibilidades.
  • ¿Una píldora del sexo?
  • Bueno… - rió Nico - no la llamaremos así. Ya buscaremos un nombre más comercial. Pero sí. En el fondo es lo que Laia y yo investigábamos antes de que la Mycena Neonfaucis se cruzara en nuestro camino.
  • La viagra es verdad… - sonrió Gabi, recordando la mañana en que se conocieron - Recuerdo que me lo comentaste…
  • Aunque… - Nico se frotó la barbilla, con una mueca nerviosa - necesitaremos hacer pruebas antes de vender nada… y no solo con animales.
  • ¡Me presento voluntario! - exclamó Gabi levantando el brazo - con intenciones puramente científicas, que conste.
Nico lo miró de arriba abajo y negó con la cabeza, riendo.
  • Claro, claro. Solo te mueve el espíritu científico, ¿verdad?
  • Así es - sonrió Gabi, llevándose la mano al pecho -. Todo por la Ciencia, colega.
Como el Fósforo, siendo la chispa que enciende la hoguera de la imaginación, una brasa latente en el núcleo de nuestras neuronas esperando el roce del pensamiento para transformar la sombra en un incendio de colores. Esta historia continuará...
 
Vuelvo a reafirmarme. El único personaje íntegro y sensato es Nico .
Y ya hemos visto lo falsa que es Sofi engañanando a Gabi, del que dice estar muy enamorado con Laia. Me ha dado mucha vergüenza en este capítulo. Luego si Gabi hace lo mismo encima se enfadará la muy cínica.
De Gustavo nada nuevo, sus intenciones son muy malas, aunque por como comenzó el relato me da que este no va a terminar bien , así que tampoco me va a dar pena.
Y pensar que al principio del relato me caían bien Laia y Sofi, pero ahí están con una relación lésbica a espaldas de Gabi y encima Laia conoce los sentimientos de Nico y le da igual.
En fin que cuando todo esto termine, lo mejor para Nico es mandar al carajo a los 3.
 
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