XxxLucasxxx24
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Capítulo 1
El sol de julio caía a plomo sobre el patio delantero cuando el Audi A6 gris se detuvo frente a la cancela. Mateo lo oyó desde el salón, donde estaba tirado en el sofá con el ventilador apuntándole directamente a la cara. Llevaba solo un pantalón corto de deporte y una camiseta vieja que se le pegaba un poco al pecho por el sudor. No se levantó de inmediato; simplemente giró la cabeza hacia la ventana y vio cómo su tía Isabel bajaba del coche.
Ella traía un vestido blanco de algodón, sencillo pero elegante, de esos que se ajustan lo justo para recordar que hay curvas debajo sin gritarlo, con escote cuadrado que dejaba a la vista la parte superior de unos pechos generosos y todavía firmes. El pelo castaño oscuro, con algunos hilos plateados que no intentaba disimular, lo llevaba recogido en un moño bajo y elegante. Sandalias de tacón medio, uñas pintadas de un rojo discreto, pulsera de oro fino en la muñeca derecha. Olía a perfume caro y a crema solar de coco.
Raquel, la madre de Mateo, salió corriendo desde la cocina con los brazos abiertos antes de que Isabel hubiera cruzado el umbral.
—¡Isa! ¡Por fin! Pasa, pasa, que hace un horno aquí fuera.
Las dos hermanas se fundieron en un abrazo largo, de los que duran porque de verdad se han echado de menos. Mateo se incorporó despacio, dejó el móvil boca abajo sobre la mesita y se acercó.
—Hola, tía.
Isabel se giró hacia él con una sonrisa amplia, natural, de las que le iluminan los ojos.
—Mateo… pero mírate, qué alto estás ya. Ven aquí.
Le dio un abrazo breve pero cálido, de esos que empiezan y terminan sin prisa. Él notó el roce suave del vestido contra su camiseta, el calor de su cuerpo después de las horas de carretera, el perfume que se le pegaba un poco al cuello. Sus pechos se aplastaron contra el torso de él durante dos segundos eternos. Nada exagerado, solo lo suficiente para que se le acelerara el pulso un segundo.
—¿Cómo estás, cielo? —preguntó ella separándose, pero manteniendo las manos un instante en sus brazos—. Tu madre me tiene al día, pero no es lo mismo que verte.
—Bien… sobreviviendo al calor —respondió él con media sonrisa, rascándose la nuca—. ¿Y tú? ¿Cómo ha ido el viaje?
—Largo, pero tranquilo. Paré en un área a tomar un café y estuve hablando con una señora que llevaba un perrito diminuto en el bolso. Me entretuvo un rato.
Raquel ya estaba metiendo mano a la maleta de Isabel.
—Venga, subidla al cuarto de invitados. Mateo, ayúdala, que yo voy poniendo la mesa. Esta noche cenamos fuera, en la terraza, que con este bochorno dentro no se puede.
Mateo cogió la maleta sin decir nada y empezó a subir las escaleras. Isabel lo siguió, con el bolso colgado del hombro y una botella de agua en la mano.
Al llegar al cuarto ella se quedó parada en la puerta, mirando alrededor como si hiciera años que no entraba allí.
—Qué recuerdos… esta habitación sigue oliendo igual. A madera vieja y a lavanda de la abuela.
Mateo dejó la maleta junto a la cama y se giró.
—¿Necesitas que te ayude a colocar algo?
—No, tranquilo. Solo voy a cambiarme de ropa, que vengo pegajosa del coche. —Se abanicó con la mano—. ¿Te importa si abro la ventana del todo?
—Claro que no.
Ella se acercó a la ventana, la abrió de par en par y se quedó un momento allí, dejando que entrara la brisa caliente. El vestido se le pegó un poco a la espalda por el sudor. Mateo apartó la mirada, pero no lo suficientemente rápido.
Isabel se giró y lo pilló justo mirando hacia otro lado.
—¿Qué tal el verano por aquí? —preguntó como si nada, sentándose en el borde de la cama para quitarse las sandalias—. ¿Mucho jaleo con los amigos?
—Normal… salgo alguna noche, juego al pádel con los del insti, ya sabes. Nada del otro mundo.
Ella asintió, frotándose un tobillo que parecía dolerle un poco del pedal.
—Pues te veo más serio que otros veranos. ¿Todo bien?
Mateo se encogió de hombros, apoyado en el marco de la puerta.
—Sí, sí. Solo que… no sé, a veces me da por pensar demasiado.
Isabel sonrió con suavidad, de esas sonrisas que no juzgan.
—A los veinte años se piensa demasiado. Es normal. —Se puso de pie otra vez, descalza, y se acercó al armario para sacar una percha—. Tu madre me dijo que estás estudiando mucho para la carrera. Que vas a sacarla con nota.
—Intento no suspender, más que nada —bromeó él.
Ella soltó una risa baja, sincera.
—Eres más listo de lo que te crees, Mateo. Siempre lo has sido.
Hubo un silencio cómodo. Isabel se giró hacia la maleta y empezó a sacar ropa doblada con cuidado. Mateo se quedó allí, sin saber muy bien si debía irse o quedarse.
—¿Te quedas mucho tiempo? —preguntó al fin.
—Una semana, más o menos. Javier está de viaje de trabajo y la casa se me hace enorme sola. Además… —lo miró de reojo mientras colgaba un vestido en la percha— tenía ganas de verte a ti también. Hace meses que no hablamos de verdad.
Mateo sintió un calor que no tenía nada que ver con el bochorno del verano.
—Yo también —dijo, y le salió más sincero de lo que pretendía.
Isabel dejó la percha y se volvió del todo hacia él. No había coqueteo evidente en su mirada, solo curiosidad amable, esa que tienen las personas que te conocen desde pequeño y todavía quieren saber cómo estás por dentro.
—Pues entonces esta semana hablamos, ¿vale? Sin prisas.
Mateo asintió, con la garganta un poco seca.
—Vale.
Desde abajo llegó la voz de Raquel:
—¡Isabel! ¡Mateo! ¡Bajad ya, que estoy abriendo el vino!
Isabel puso los ojos en blanco con cariño.
—Tu madre y su vino a las siete de la tarde… nunca cambia.
Mateo sonrió.
—Voy bajando. Te espero abajo.
—Ahora voy. Dame cinco minutos para refrescarme.
Él salió del cuarto y bajó las escaleras despacio, con una sensación extraña en el pecho: mezcla de nervios, de algo cálido y de la certeza de que esos próximos días no iban a ser como los veranos anteriores.
Arriba, Isabel cerró la puerta con suavidad, se miró un segundo en el espejo y suspiró. Luego sonrió para sí misma, como quien sabe que algo acaba de empezar aunque todavía no tenga nombre.
(Fin del capítulo 1)
Capítulo 2
La cena en la terraza se alargó más de lo previsto. Manolo había abierto una segunda botella de Rioja y Raquel no paraba de contar anécdotas de cuando las dos hermanas eran adolescentes: las escapadas a la playa con el Seat 127 del abuelo, las noches robando higos del huerto del vecino, las peleas por quién se quedaba con el espejo del baño más grande. Isabel reía con ganas, echando la cabeza hacia atrás, y cada vez que lo hacía Mateo notaba cómo el escote del vestido ligero que se había puesto para la cena subía y bajaba con su respiración.
Él apenas hablaba. Respondía cuando le preguntaban directamente, sonreía cuando tocaba, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a mirar el plato, el vaso de agua con hielo que se derretía demasiado rápido, las luces de los mosquitos alrededor de la lámpara de exterior. Todo para no mirar demasiado tiempo a su tía.
Después del postre —un melocotón cortado en gajos que Isabel comía despacio, lamiéndose el jugo de los dedos sin darse cuenta— Raquel bostezó.
—Estoy muerta. Mañana tengo que madrugar para ir al mercado. ¿Os quedáis un rato más hablando?
Manolo ya estaba recogiendo los platos.
—Yo me voy también. El fútbol empieza en diez minutos y quiero verlo en la tele grande.
Isabel se levantó para ayudar.
—No, no, dejadlo. Ya lo recogemos Mateo y yo. Id a descansar, que mañana hay que madrugar.
Raquel le dio un beso en la mejilla a su hermana.
—Qué buena eres. No cambies nunca.
Cuando se quedaron solos, el silencio de la noche de verano cayó sobre ellos como una manta pesada. Solo se oía el grillo insistente en el jazmín y el zumbido lejano de un coche en la carretera comarcal.
Mateo empezó a apilar platos en la bandeja. Isabel se acercó con las copas vacías.
—Deja, que yo las llevo dentro —dijo él, casi brusco.
—No seas tonto. Entre los dos acabamos antes.
En la cocina la luz era más cruda que en la terraza. El ventilador de techo giraba con un zumbido constante. Mateo abrió el grifo y empezó a enjuagar los platos. Isabel se colocó a su lado, secando con un paño limpio. Trabajaban en silencio, casi en sincronía: plato, enjuague, pasárselo, secar, colocar. El roce ocasional de los brazos era inevitable, pero ninguno de los dos lo comentó.
Isabel rompió el silencio primero, con voz tranquila.
—¿Cómo va el verano? ¿Mucho plan con los amigos?
Mateo se encogió de hombros, concentrado en frotar una mancha inexistente en un vaso.
—Normal. Pádel, alguna salida… lo de siempre.
Ella asintió, sin presionar.
—Me alegro. A tu edad hay que aprovechar. Luego todo se complica.
Mateo soltó una risa corta, casi automática.
—Sí… supongo.
Isabel dejó el paño un segundo y se apoyó en la encimera, mirándolo de perfil.
—Estás más serio que otros veranos. ¿Todo bien en la uni? ¿O es otra cosa?
Él cerró el grifo, se secó las manos con el borde de la camiseta y se giró hacia ella solo lo justo para no parecer esquivo.
—Todo bien. Solo el calor, que me pone tonto.
Isabel sonrió con esa media sonrisa suya, amable, sin segundas intenciones aparentes.
—El calor nos pone tontos a todos. Pero si alguna vez quieres hablar… ya lo sabes.
Mateo asintió, mirando el suelo.
—Gracias.
Se hizo un silencio cómodo, de esos que no pesan. Isabel volvió a secar el último plato y lo guardó. Luego se giró hacia él.
—Voy subiendo. Buenas noches, cielo.
—Buenas noches, tía.
Ella pasó por su lado para salir de la cocina. El roce fue mínimo: el brazo de ella contra el de él, nada más. Mateo no se movió. Se quedó allí, con las manos apoyadas en el borde del fregadero, escuchando cómo subían sus pasos por la escalera.
Cuando oyó cerrarse la puerta del cuarto de invitados, soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Subió poco después. Entró en su habitación, cerró la puerta con cuidado y se sentó en el borde de la cama. No encendió la luz. Solo el resplandor naranja de la farola del patio entraba por la ventana entreabierta.
Se pasó las manos por la cara.
No había pasado nada. Ni una palabra fuera de lugar. Ni una mirada que durara demasiado. Y sin embargo, sentía un nudo en el estómago que no se deshacía.
Se tumbó boca arriba, con los brazos detrás de la cabeza. Intentó pensar en otra cosa: en el entrenamiento de pádel del sábado, en la serie que había dejado a medias, en cualquier cosa. Pero su mente volvía una y otra vez a la cocina, al roce casual, a la forma en que Isabel había dicho «cielo» con esa naturalidad de siempre.
Y lo peor: que le había gustado. Mucho.
Cerró los ojos con fuerza.
«Es tu tía. La hermana de tu madre. Está casada. Tiene más del doble de tu edad. Para.»
El reproche funcionaba un rato. Luego volvía la imagen: Isabel riendo en la mesa, Isabel secando un plato con movimientos tranquilos, Isabel mirándolo como si realmente quisiera saber cómo estaba.
Se giró de lado, abrazó la almohada y se obligó a respirar despacio.
No iba a pasar nada. No podía pasar nada. Solo eran unos días de verano. Ella se iría y todo volvería a la normalidad.
En el cuarto de al lado, Isabel se había quitado el vestido y se había puesto una camiseta vieja y unos pantalones cortos de algodón. Se sentó en el borde de la cama, con el móvil en la mano, pero sin mirarlo. Miraba la pared, pensativa.
Había sido un buen día. Ver a Raquel tan contenta, reírse con las mismas tonterías de siempre, notar cómo Manolo seguía siendo el mismo de hace treinta años. Y Mateo… Mateo estaba más callado, sí, pero eso era normal a su edad. Los veinte años son una edad complicada: entre la universidad, los amigos, las primeras decepciones serias. Lo había visto en sus propios hijos cuando tenían esa edad. Se le pasa.
Se levantó, fue al baño del pasillo, se lavó la cara con agua fría y se miró un segundo en el espejo. Las ojeras del viaje, alguna arruga nueva alrededor de los ojos. Nada grave. Se sonrió a sí misma, como diciendo «todavía estás aquí».
Volvió al cuarto, apagó la luz y se metió en la cama. Se quedó mirando el techo en la oscuridad, escuchando el ventilador del pasillo y el grillo lejano en el patio.
Pensó en los próximos días: playa si el tiempo acompañaba, alguna cena fuera con Raquel, quizás un paseo por el pueblo viejo. Nada especial. Solo familia. Como siempre.
Se giró de lado, cerró los ojos y dejó que el sueño la alcanzara despacio.
Mañana sería otro día. Y vería qué tal amanecía todo.
(Fin del capítulo 2)
El sol de julio caía a plomo sobre el patio delantero cuando el Audi A6 gris se detuvo frente a la cancela. Mateo lo oyó desde el salón, donde estaba tirado en el sofá con el ventilador apuntándole directamente a la cara. Llevaba solo un pantalón corto de deporte y una camiseta vieja que se le pegaba un poco al pecho por el sudor. No se levantó de inmediato; simplemente giró la cabeza hacia la ventana y vio cómo su tía Isabel bajaba del coche.
Ella traía un vestido blanco de algodón, sencillo pero elegante, de esos que se ajustan lo justo para recordar que hay curvas debajo sin gritarlo, con escote cuadrado que dejaba a la vista la parte superior de unos pechos generosos y todavía firmes. El pelo castaño oscuro, con algunos hilos plateados que no intentaba disimular, lo llevaba recogido en un moño bajo y elegante. Sandalias de tacón medio, uñas pintadas de un rojo discreto, pulsera de oro fino en la muñeca derecha. Olía a perfume caro y a crema solar de coco.
Raquel, la madre de Mateo, salió corriendo desde la cocina con los brazos abiertos antes de que Isabel hubiera cruzado el umbral.
—¡Isa! ¡Por fin! Pasa, pasa, que hace un horno aquí fuera.
Las dos hermanas se fundieron en un abrazo largo, de los que duran porque de verdad se han echado de menos. Mateo se incorporó despacio, dejó el móvil boca abajo sobre la mesita y se acercó.
—Hola, tía.
Isabel se giró hacia él con una sonrisa amplia, natural, de las que le iluminan los ojos.
—Mateo… pero mírate, qué alto estás ya. Ven aquí.
Le dio un abrazo breve pero cálido, de esos que empiezan y terminan sin prisa. Él notó el roce suave del vestido contra su camiseta, el calor de su cuerpo después de las horas de carretera, el perfume que se le pegaba un poco al cuello. Sus pechos se aplastaron contra el torso de él durante dos segundos eternos. Nada exagerado, solo lo suficiente para que se le acelerara el pulso un segundo.
—¿Cómo estás, cielo? —preguntó ella separándose, pero manteniendo las manos un instante en sus brazos—. Tu madre me tiene al día, pero no es lo mismo que verte.
—Bien… sobreviviendo al calor —respondió él con media sonrisa, rascándose la nuca—. ¿Y tú? ¿Cómo ha ido el viaje?
—Largo, pero tranquilo. Paré en un área a tomar un café y estuve hablando con una señora que llevaba un perrito diminuto en el bolso. Me entretuvo un rato.
Raquel ya estaba metiendo mano a la maleta de Isabel.
—Venga, subidla al cuarto de invitados. Mateo, ayúdala, que yo voy poniendo la mesa. Esta noche cenamos fuera, en la terraza, que con este bochorno dentro no se puede.
Mateo cogió la maleta sin decir nada y empezó a subir las escaleras. Isabel lo siguió, con el bolso colgado del hombro y una botella de agua en la mano.
Al llegar al cuarto ella se quedó parada en la puerta, mirando alrededor como si hiciera años que no entraba allí.
—Qué recuerdos… esta habitación sigue oliendo igual. A madera vieja y a lavanda de la abuela.
Mateo dejó la maleta junto a la cama y se giró.
—¿Necesitas que te ayude a colocar algo?
—No, tranquilo. Solo voy a cambiarme de ropa, que vengo pegajosa del coche. —Se abanicó con la mano—. ¿Te importa si abro la ventana del todo?
—Claro que no.
Ella se acercó a la ventana, la abrió de par en par y se quedó un momento allí, dejando que entrara la brisa caliente. El vestido se le pegó un poco a la espalda por el sudor. Mateo apartó la mirada, pero no lo suficientemente rápido.
Isabel se giró y lo pilló justo mirando hacia otro lado.
—¿Qué tal el verano por aquí? —preguntó como si nada, sentándose en el borde de la cama para quitarse las sandalias—. ¿Mucho jaleo con los amigos?
—Normal… salgo alguna noche, juego al pádel con los del insti, ya sabes. Nada del otro mundo.
Ella asintió, frotándose un tobillo que parecía dolerle un poco del pedal.
—Pues te veo más serio que otros veranos. ¿Todo bien?
Mateo se encogió de hombros, apoyado en el marco de la puerta.
—Sí, sí. Solo que… no sé, a veces me da por pensar demasiado.
Isabel sonrió con suavidad, de esas sonrisas que no juzgan.
—A los veinte años se piensa demasiado. Es normal. —Se puso de pie otra vez, descalza, y se acercó al armario para sacar una percha—. Tu madre me dijo que estás estudiando mucho para la carrera. Que vas a sacarla con nota.
—Intento no suspender, más que nada —bromeó él.
Ella soltó una risa baja, sincera.
—Eres más listo de lo que te crees, Mateo. Siempre lo has sido.
Hubo un silencio cómodo. Isabel se giró hacia la maleta y empezó a sacar ropa doblada con cuidado. Mateo se quedó allí, sin saber muy bien si debía irse o quedarse.
—¿Te quedas mucho tiempo? —preguntó al fin.
—Una semana, más o menos. Javier está de viaje de trabajo y la casa se me hace enorme sola. Además… —lo miró de reojo mientras colgaba un vestido en la percha— tenía ganas de verte a ti también. Hace meses que no hablamos de verdad.
Mateo sintió un calor que no tenía nada que ver con el bochorno del verano.
—Yo también —dijo, y le salió más sincero de lo que pretendía.
Isabel dejó la percha y se volvió del todo hacia él. No había coqueteo evidente en su mirada, solo curiosidad amable, esa que tienen las personas que te conocen desde pequeño y todavía quieren saber cómo estás por dentro.
—Pues entonces esta semana hablamos, ¿vale? Sin prisas.
Mateo asintió, con la garganta un poco seca.
—Vale.
Desde abajo llegó la voz de Raquel:
—¡Isabel! ¡Mateo! ¡Bajad ya, que estoy abriendo el vino!
Isabel puso los ojos en blanco con cariño.
—Tu madre y su vino a las siete de la tarde… nunca cambia.
Mateo sonrió.
—Voy bajando. Te espero abajo.
—Ahora voy. Dame cinco minutos para refrescarme.
Él salió del cuarto y bajó las escaleras despacio, con una sensación extraña en el pecho: mezcla de nervios, de algo cálido y de la certeza de que esos próximos días no iban a ser como los veranos anteriores.
Arriba, Isabel cerró la puerta con suavidad, se miró un segundo en el espejo y suspiró. Luego sonrió para sí misma, como quien sabe que algo acaba de empezar aunque todavía no tenga nombre.
(Fin del capítulo 1)
Capítulo 2
La cena en la terraza se alargó más de lo previsto. Manolo había abierto una segunda botella de Rioja y Raquel no paraba de contar anécdotas de cuando las dos hermanas eran adolescentes: las escapadas a la playa con el Seat 127 del abuelo, las noches robando higos del huerto del vecino, las peleas por quién se quedaba con el espejo del baño más grande. Isabel reía con ganas, echando la cabeza hacia atrás, y cada vez que lo hacía Mateo notaba cómo el escote del vestido ligero que se había puesto para la cena subía y bajaba con su respiración.
Él apenas hablaba. Respondía cuando le preguntaban directamente, sonreía cuando tocaba, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a mirar el plato, el vaso de agua con hielo que se derretía demasiado rápido, las luces de los mosquitos alrededor de la lámpara de exterior. Todo para no mirar demasiado tiempo a su tía.
Después del postre —un melocotón cortado en gajos que Isabel comía despacio, lamiéndose el jugo de los dedos sin darse cuenta— Raquel bostezó.
—Estoy muerta. Mañana tengo que madrugar para ir al mercado. ¿Os quedáis un rato más hablando?
Manolo ya estaba recogiendo los platos.
—Yo me voy también. El fútbol empieza en diez minutos y quiero verlo en la tele grande.
Isabel se levantó para ayudar.
—No, no, dejadlo. Ya lo recogemos Mateo y yo. Id a descansar, que mañana hay que madrugar.
Raquel le dio un beso en la mejilla a su hermana.
—Qué buena eres. No cambies nunca.
Cuando se quedaron solos, el silencio de la noche de verano cayó sobre ellos como una manta pesada. Solo se oía el grillo insistente en el jazmín y el zumbido lejano de un coche en la carretera comarcal.
Mateo empezó a apilar platos en la bandeja. Isabel se acercó con las copas vacías.
—Deja, que yo las llevo dentro —dijo él, casi brusco.
—No seas tonto. Entre los dos acabamos antes.
En la cocina la luz era más cruda que en la terraza. El ventilador de techo giraba con un zumbido constante. Mateo abrió el grifo y empezó a enjuagar los platos. Isabel se colocó a su lado, secando con un paño limpio. Trabajaban en silencio, casi en sincronía: plato, enjuague, pasárselo, secar, colocar. El roce ocasional de los brazos era inevitable, pero ninguno de los dos lo comentó.
Isabel rompió el silencio primero, con voz tranquila.
—¿Cómo va el verano? ¿Mucho plan con los amigos?
Mateo se encogió de hombros, concentrado en frotar una mancha inexistente en un vaso.
—Normal. Pádel, alguna salida… lo de siempre.
Ella asintió, sin presionar.
—Me alegro. A tu edad hay que aprovechar. Luego todo se complica.
Mateo soltó una risa corta, casi automática.
—Sí… supongo.
Isabel dejó el paño un segundo y se apoyó en la encimera, mirándolo de perfil.
—Estás más serio que otros veranos. ¿Todo bien en la uni? ¿O es otra cosa?
Él cerró el grifo, se secó las manos con el borde de la camiseta y se giró hacia ella solo lo justo para no parecer esquivo.
—Todo bien. Solo el calor, que me pone tonto.
Isabel sonrió con esa media sonrisa suya, amable, sin segundas intenciones aparentes.
—El calor nos pone tontos a todos. Pero si alguna vez quieres hablar… ya lo sabes.
Mateo asintió, mirando el suelo.
—Gracias.
Se hizo un silencio cómodo, de esos que no pesan. Isabel volvió a secar el último plato y lo guardó. Luego se giró hacia él.
—Voy subiendo. Buenas noches, cielo.
—Buenas noches, tía.
Ella pasó por su lado para salir de la cocina. El roce fue mínimo: el brazo de ella contra el de él, nada más. Mateo no se movió. Se quedó allí, con las manos apoyadas en el borde del fregadero, escuchando cómo subían sus pasos por la escalera.
Cuando oyó cerrarse la puerta del cuarto de invitados, soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Subió poco después. Entró en su habitación, cerró la puerta con cuidado y se sentó en el borde de la cama. No encendió la luz. Solo el resplandor naranja de la farola del patio entraba por la ventana entreabierta.
Se pasó las manos por la cara.
No había pasado nada. Ni una palabra fuera de lugar. Ni una mirada que durara demasiado. Y sin embargo, sentía un nudo en el estómago que no se deshacía.
Se tumbó boca arriba, con los brazos detrás de la cabeza. Intentó pensar en otra cosa: en el entrenamiento de pádel del sábado, en la serie que había dejado a medias, en cualquier cosa. Pero su mente volvía una y otra vez a la cocina, al roce casual, a la forma en que Isabel había dicho «cielo» con esa naturalidad de siempre.
Y lo peor: que le había gustado. Mucho.
Cerró los ojos con fuerza.
«Es tu tía. La hermana de tu madre. Está casada. Tiene más del doble de tu edad. Para.»
El reproche funcionaba un rato. Luego volvía la imagen: Isabel riendo en la mesa, Isabel secando un plato con movimientos tranquilos, Isabel mirándolo como si realmente quisiera saber cómo estaba.
Se giró de lado, abrazó la almohada y se obligó a respirar despacio.
No iba a pasar nada. No podía pasar nada. Solo eran unos días de verano. Ella se iría y todo volvería a la normalidad.
En el cuarto de al lado, Isabel se había quitado el vestido y se había puesto una camiseta vieja y unos pantalones cortos de algodón. Se sentó en el borde de la cama, con el móvil en la mano, pero sin mirarlo. Miraba la pared, pensativa.
Había sido un buen día. Ver a Raquel tan contenta, reírse con las mismas tonterías de siempre, notar cómo Manolo seguía siendo el mismo de hace treinta años. Y Mateo… Mateo estaba más callado, sí, pero eso era normal a su edad. Los veinte años son una edad complicada: entre la universidad, los amigos, las primeras decepciones serias. Lo había visto en sus propios hijos cuando tenían esa edad. Se le pasa.
Se levantó, fue al baño del pasillo, se lavó la cara con agua fría y se miró un segundo en el espejo. Las ojeras del viaje, alguna arruga nueva alrededor de los ojos. Nada grave. Se sonrió a sí misma, como diciendo «todavía estás aquí».
Volvió al cuarto, apagó la luz y se metió en la cama. Se quedó mirando el techo en la oscuridad, escuchando el ventilador del pasillo y el grillo lejano en el patio.
Pensó en los próximos días: playa si el tiempo acompañaba, alguna cena fuera con Raquel, quizás un paseo por el pueblo viejo. Nada especial. Solo familia. Como siempre.
Se giró de lado, cerró los ojos y dejó que el sueño la alcanzara despacio.
Mañana sería otro día. Y vería qué tal amanecía todo.
(Fin del capítulo 2)