Días de julio: tía y sobrino

XxxLucasxxx24

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Capítulo 1

El sol de julio caía a plomo sobre el patio delantero cuando el Audi A6 gris se detuvo frente a la cancela. Mateo lo oyó desde el salón, donde estaba tirado en el sofá con el ventilador apuntándole directamente a la cara. Llevaba solo un pantalón corto de deporte y una camiseta vieja que se le pegaba un poco al pecho por el sudor. No se levantó de inmediato; simplemente giró la cabeza hacia la ventana y vio cómo su tía Isabel bajaba del coche.

Ella traía un vestido blanco de algodón, sencillo pero elegante, de esos que se ajustan lo justo para recordar que hay curvas debajo sin gritarlo, con escote cuadrado que dejaba a la vista la parte superior de unos pechos generosos y todavía firmes. El pelo castaño oscuro, con algunos hilos plateados que no intentaba disimular, lo llevaba recogido en un moño bajo y elegante. Sandalias de tacón medio, uñas pintadas de un rojo discreto, pulsera de oro fino en la muñeca derecha. Olía a perfume caro y a crema solar de coco.

Raquel, la madre de Mateo, salió corriendo desde la cocina con los brazos abiertos antes de que Isabel hubiera cruzado el umbral.

—¡Isa! ¡Por fin! Pasa, pasa, que hace un horno aquí fuera.

Las dos hermanas se fundieron en un abrazo largo, de los que duran porque de verdad se han echado de menos. Mateo se incorporó despacio, dejó el móvil boca abajo sobre la mesita y se acercó.

—Hola, tía.

Isabel se giró hacia él con una sonrisa amplia, natural, de las que le iluminan los ojos.

—Mateo… pero mírate, qué alto estás ya. Ven aquí.

Le dio un abrazo breve pero cálido, de esos que empiezan y terminan sin prisa. Él notó el roce suave del vestido contra su camiseta, el calor de su cuerpo después de las horas de carretera, el perfume que se le pegaba un poco al cuello. Sus pechos se aplastaron contra el torso de él durante dos segundos eternos. Nada exagerado, solo lo suficiente para que se le acelerara el pulso un segundo.

—¿Cómo estás, cielo? —preguntó ella separándose, pero manteniendo las manos un instante en sus brazos—. Tu madre me tiene al día, pero no es lo mismo que verte.

—Bien… sobreviviendo al calor —respondió él con media sonrisa, rascándose la nuca—. ¿Y tú? ¿Cómo ha ido el viaje?

—Largo, pero tranquilo. Paré en un área a tomar un café y estuve hablando con una señora que llevaba un perrito diminuto en el bolso. Me entretuvo un rato.

Raquel ya estaba metiendo mano a la maleta de Isabel.

—Venga, subidla al cuarto de invitados. Mateo, ayúdala, que yo voy poniendo la mesa. Esta noche cenamos fuera, en la terraza, que con este bochorno dentro no se puede.

Mateo cogió la maleta sin decir nada y empezó a subir las escaleras. Isabel lo siguió, con el bolso colgado del hombro y una botella de agua en la mano.

Al llegar al cuarto ella se quedó parada en la puerta, mirando alrededor como si hiciera años que no entraba allí.

—Qué recuerdos… esta habitación sigue oliendo igual. A madera vieja y a lavanda de la abuela.

Mateo dejó la maleta junto a la cama y se giró.

—¿Necesitas que te ayude a colocar algo?

—No, tranquilo. Solo voy a cambiarme de ropa, que vengo pegajosa del coche. —Se abanicó con la mano—. ¿Te importa si abro la ventana del todo?

—Claro que no.

Ella se acercó a la ventana, la abrió de par en par y se quedó un momento allí, dejando que entrara la brisa caliente. El vestido se le pegó un poco a la espalda por el sudor. Mateo apartó la mirada, pero no lo suficientemente rápido.

Isabel se giró y lo pilló justo mirando hacia otro lado.

—¿Qué tal el verano por aquí? —preguntó como si nada, sentándose en el borde de la cama para quitarse las sandalias—. ¿Mucho jaleo con los amigos?

—Normal… salgo alguna noche, juego al pádel con los del insti, ya sabes. Nada del otro mundo.

Ella asintió, frotándose un tobillo que parecía dolerle un poco del pedal.

—Pues te veo más serio que otros veranos. ¿Todo bien?

Mateo se encogió de hombros, apoyado en el marco de la puerta.

—Sí, sí. Solo que… no sé, a veces me da por pensar demasiado.

Isabel sonrió con suavidad, de esas sonrisas que no juzgan.

—A los veinte años se piensa demasiado. Es normal. —Se puso de pie otra vez, descalza, y se acercó al armario para sacar una percha—. Tu madre me dijo que estás estudiando mucho para la carrera. Que vas a sacarla con nota.

—Intento no suspender, más que nada —bromeó él.

Ella soltó una risa baja, sincera.

—Eres más listo de lo que te crees, Mateo. Siempre lo has sido.

Hubo un silencio cómodo. Isabel se giró hacia la maleta y empezó a sacar ropa doblada con cuidado. Mateo se quedó allí, sin saber muy bien si debía irse o quedarse.

—¿Te quedas mucho tiempo? —preguntó al fin.

—Una semana, más o menos. Javier está de viaje de trabajo y la casa se me hace enorme sola. Además… —lo miró de reojo mientras colgaba un vestido en la percha— tenía ganas de verte a ti también. Hace meses que no hablamos de verdad.

Mateo sintió un calor que no tenía nada que ver con el bochorno del verano.

—Yo también —dijo, y le salió más sincero de lo que pretendía.

Isabel dejó la percha y se volvió del todo hacia él. No había coqueteo evidente en su mirada, solo curiosidad amable, esa que tienen las personas que te conocen desde pequeño y todavía quieren saber cómo estás por dentro.

—Pues entonces esta semana hablamos, ¿vale? Sin prisas.

Mateo asintió, con la garganta un poco seca.

—Vale.

Desde abajo llegó la voz de Raquel:

—¡Isabel! ¡Mateo! ¡Bajad ya, que estoy abriendo el vino!

Isabel puso los ojos en blanco con cariño.

—Tu madre y su vino a las siete de la tarde… nunca cambia.

Mateo sonrió.

—Voy bajando. Te espero abajo.

—Ahora voy. Dame cinco minutos para refrescarme.

Él salió del cuarto y bajó las escaleras despacio, con una sensación extraña en el pecho: mezcla de nervios, de algo cálido y de la certeza de que esos próximos días no iban a ser como los veranos anteriores.

Arriba, Isabel cerró la puerta con suavidad, se miró un segundo en el espejo y suspiró. Luego sonrió para sí misma, como quien sabe que algo acaba de empezar aunque todavía no tenga nombre.

(Fin del capítulo 1)
Capítulo 2

La cena en la terraza se alargó más de lo previsto. Manolo había abierto una segunda botella de Rioja y Raquel no paraba de contar anécdotas de cuando las dos hermanas eran adolescentes: las escapadas a la playa con el Seat 127 del abuelo, las noches robando higos del huerto del vecino, las peleas por quién se quedaba con el espejo del baño más grande. Isabel reía con ganas, echando la cabeza hacia atrás, y cada vez que lo hacía Mateo notaba cómo el escote del vestido ligero que se había puesto para la cena subía y bajaba con su respiración.

Él apenas hablaba. Respondía cuando le preguntaban directamente, sonreía cuando tocaba, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a mirar el plato, el vaso de agua con hielo que se derretía demasiado rápido, las luces de los mosquitos alrededor de la lámpara de exterior. Todo para no mirar demasiado tiempo a su tía.
Después del postre —un melocotón cortado en gajos que Isabel comía despacio, lamiéndose el jugo de los dedos sin darse cuenta— Raquel bostezó.

—Estoy muerta. Mañana tengo que madrugar para ir al mercado. ¿Os quedáis un rato más hablando?

Manolo ya estaba recogiendo los platos.

—Yo me voy también. El fútbol empieza en diez minutos y quiero verlo en la tele grande.

Isabel se levantó para ayudar.

—No, no, dejadlo. Ya lo recogemos Mateo y yo. Id a descansar, que mañana hay que madrugar.

Raquel le dio un beso en la mejilla a su hermana.

—Qué buena eres. No cambies nunca.

Cuando se quedaron solos, el silencio de la noche de verano cayó sobre ellos como una manta pesada. Solo se oía el grillo insistente en el jazmín y el zumbido lejano de un coche en la carretera comarcal.

Mateo empezó a apilar platos en la bandeja. Isabel se acercó con las copas vacías.

—Deja, que yo las llevo dentro —dijo él, casi brusco.

—No seas tonto. Entre los dos acabamos antes.

En la cocina la luz era más cruda que en la terraza. El ventilador de techo giraba con un zumbido constante. Mateo abrió el grifo y empezó a enjuagar los platos. Isabel se colocó a su lado, secando con un paño limpio. Trabajaban en silencio, casi en sincronía: plato, enjuague, pasárselo, secar, colocar. El roce ocasional de los brazos era inevitable, pero ninguno de los dos lo comentó.

Isabel rompió el silencio primero, con voz tranquila.

—¿Cómo va el verano? ¿Mucho plan con los amigos?

Mateo se encogió de hombros, concentrado en frotar una mancha inexistente en un vaso.

—Normal. Pádel, alguna salida… lo de siempre.

Ella asintió, sin presionar.

—Me alegro. A tu edad hay que aprovechar. Luego todo se complica.
Mateo soltó una risa corta, casi automática.
—Sí… supongo.

Isabel dejó el paño un segundo y se apoyó en la encimera, mirándolo de perfil.

—Estás más serio que otros veranos. ¿Todo bien en la uni? ¿O es otra cosa?

Él cerró el grifo, se secó las manos con el borde de la camiseta y se giró hacia ella solo lo justo para no parecer esquivo.

—Todo bien. Solo el calor, que me pone tonto.

Isabel sonrió con esa media sonrisa suya, amable, sin segundas intenciones aparentes.

—El calor nos pone tontos a todos. Pero si alguna vez quieres hablar… ya lo sabes.

Mateo asintió, mirando el suelo.

—Gracias.

Se hizo un silencio cómodo, de esos que no pesan. Isabel volvió a secar el último plato y lo guardó. Luego se giró hacia él.

—Voy subiendo. Buenas noches, cielo.

—Buenas noches, tía.

Ella pasó por su lado para salir de la cocina. El roce fue mínimo: el brazo de ella contra el de él, nada más. Mateo no se movió. Se quedó allí, con las manos apoyadas en el borde del fregadero, escuchando cómo subían sus pasos por la escalera.

Cuando oyó cerrarse la puerta del cuarto de invitados, soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Subió poco después. Entró en su habitación, cerró la puerta con cuidado y se sentó en el borde de la cama. No encendió la luz. Solo el resplandor naranja de la farola del patio entraba por la ventana entreabierta.

Se pasó las manos por la cara.

No había pasado nada. Ni una palabra fuera de lugar. Ni una mirada que durara demasiado. Y sin embargo, sentía un nudo en el estómago que no se deshacía.

Se tumbó boca arriba, con los brazos detrás de la cabeza. Intentó pensar en otra cosa: en el entrenamiento de pádel del sábado, en la serie que había dejado a medias, en cualquier cosa. Pero su mente volvía una y otra vez a la cocina, al roce casual, a la forma en que Isabel había dicho «cielo» con esa naturalidad de siempre.

Y lo peor: que le había gustado. Mucho.

Cerró los ojos con fuerza.

«Es tu tía. La hermana de tu madre. Está casada. Tiene más del doble de tu edad. Para.»

El reproche funcionaba un rato. Luego volvía la imagen: Isabel riendo en la mesa, Isabel secando un plato con movimientos tranquilos, Isabel mirándolo como si realmente quisiera saber cómo estaba.

Se giró de lado, abrazó la almohada y se obligó a respirar despacio.

No iba a pasar nada. No podía pasar nada. Solo eran unos días de verano. Ella se iría y todo volvería a la normalidad.

En el cuarto de al lado, Isabel se había quitado el vestido y se había puesto una camiseta vieja y unos pantalones cortos de algodón. Se sentó en el borde de la cama, con el móvil en la mano, pero sin mirarlo. Miraba la pared, pensativa.
Había sido un buen día. Ver a Raquel tan contenta, reírse con las mismas tonterías de siempre, notar cómo Manolo seguía siendo el mismo de hace treinta años. Y Mateo… Mateo estaba más callado, sí, pero eso era normal a su edad. Los veinte años son una edad complicada: entre la universidad, los amigos, las primeras decepciones serias. Lo había visto en sus propios hijos cuando tenían esa edad. Se le pasa.

Se levantó, fue al baño del pasillo, se lavó la cara con agua fría y se miró un segundo en el espejo. Las ojeras del viaje, alguna arruga nueva alrededor de los ojos. Nada grave. Se sonrió a sí misma, como diciendo «todavía estás aquí».

Volvió al cuarto, apagó la luz y se metió en la cama. Se quedó mirando el techo en la oscuridad, escuchando el ventilador del pasillo y el grillo lejano en el patio.

Pensó en los próximos días: playa si el tiempo acompañaba, alguna cena fuera con Raquel, quizás un paseo por el pueblo viejo. Nada especial. Solo familia. Como siempre.

Se giró de lado, cerró los ojos y dejó que el sueño la alcanzara despacio.

Mañana sería otro día. Y vería qué tal amanecía todo.

(Fin del capítulo 2)
 
Os dejo unas fotos de cómo podría ser la tía Isabel...
 

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Capítulo 3

El tercer día amaneció con una luz más suave, casi tímida. El calor seguía allí, pero el cielo había decidido dar una tregua: nubes altas, brisa que movía apenas las hojas de los limoneros del patio. Raquel propuso ir al mercado del pueblo viejo antes de que cerraran los puestos. Manolo dijo que se quedaba viendo el telediario matinal; Isabel aceptó de inmediato, contenta de estirar las piernas después de dos días casi sin salir de la casa.

—Mateo, ¿vienes con nosotras? —preguntó Raquel mientras se ponía el sombrero de paja—. Así ayudas a cargar las bolsas.

Él dudó un segundo. Estaba sentado en la cocina con un café frío entre las manos, mirando por la ventana cómo Isabel se ajustaba una falda larga de algodón blanco y una blusa ligera de tirantes. El pelo suelto, húmedo todavía de la ducha, le caía por la espalda en ondas oscuras.

—Vale —dijo al fin, poniéndose de pie—. Voy a por las llaves del coche.

Isabel lo miró un instante. No dijo nada, solo sonrió con esa sonrisa suya que no prometía nada y lo contenía todo.

Fueron en el coche de Raquel. Mateo se ofreció a conducir. Isabel se sentó delante, a su lado; Raquel atrás con la lista de la compra en la mano. El trayecto era corto, quince minutos por carreteras secundarias entre olivos y campos secos. Poca conversación: Raquel hablaba de lo caro que estaba todo, de que el tendero nuevo ponía el aceite demasiado caro, de que había que comprar tomates de los de siempre. Isabel asentía, comentaba alguna cosa, reía bajito. Mateo conducía en silencio, con las manos firmes en el volante, pero cada vez que cambiaba de marcha su brazo rozaba el reposabrazos y quedaba a centímetros del muslo de su tía.

En el pueblo aparcaron cerca de la plaza. El mercado era pequeño, de los de toda la vida: puestos de fruta, verdura, queso, embutidos, alguna mesa de ropa y bisutería. El aire olía a pan recién hecho, a hierbabuena y a tierra caliente.

Raquel se fue directa al puesto de la señora Carmen. Isabel se quedó un poco atrás, mirando los tomates, tocándolos con la punta de los dedos como si estuviera eligiendo joyas.

—¿Te ayudo? —preguntó Mateo acercándose.

Ella levantó la vista.

—Claro. Elige tú los que estén más maduros. Yo no tengo ojo para esto.

Mateo se inclinó sobre la caja. Mientras seleccionaba tomates, notó que Isabel se había colocado a su lado, tan cerca que podía oler su crema solar y el leve aroma a jabón de lavanda que traía de la ducha. Ella también se inclinó un poco para ver mejor. Sus hombros se tocaron. Ninguno se apartó de inmediato.

—Estos están buenos —dijo él, pasándole dos.

Isabel los tomó. Sus dedos rozaron los de Mateo. Se quedó un segundo con la mano suspendida, como si valorara si soltar o no.

—Gracias —murmuró.

Siguieron caminando entre los puestos. Raquel los llamaba de vez en cuando desde lejos: “¡Isa, ven a ver el queso!” o “¡Mateo, trae una bolsa!”. Pero había momentos en que se quedaban solos entre la gente. Breves, casi imperceptibles.

En el puesto de flores Isabel se detuvo. Había un ramo de lavanda seca atado con un cordel. Lo tomó, lo olió.

—Siempre me ha gustado este olor —dijo en voz baja, como si hablara consigo misma—. Me recuerda a la casa de la abuela.

Mateo la miró. Ella tenía los ojos cerrados un instante, inhalando. La blusa se le había deslizado un poco por el hombro; la tira fina dejaba ver la piel bronceada y la marca clara del tirante del sujetador. Él apartó la vista rápido, pero no lo suficiente.

—¿Quieres que te lo compre? —preguntó.

Isabel abrió los ojos y sonrió.

—No hace falta. Solo quería olerlo.

Lo devolvió al puesto con cuidado. Al girarse, su falda se enganchó un segundo en la mesa. Mateo extendió la mano instintivamente para ayudarla a desenredarse. Sus dedos tocaron la tela, luego la cadera por debajo. Fue un segundo. Ella no se movió. Solo lo miró.

—Gracias —dijo otra vez, muy suave.

Siguieron andando.

Raquel los alcanzó con dos bolsas llenas.

—Venga, vámonos a casa que esto pesa. Mateo, coge una.

Él tomó la bolsa más pesada. Isabel caminaba a su lado, con la otra bolsa más ligera y el ramo de lavanda que al final sí había comprado. De vez en cuando sus brazos se rozaban al andar. Ninguno lo comentaba.

En el coche de vuelta, Isabel se sentó otra vez delante. Raquel iba dormitando atrás. El silencio era cómodo, interrumpido solo por el motor y el viento que entraba por la ventanilla entreabierta.

En un momento Isabel giró la cabeza hacia Mateo.

—¿Sabes? Me gusta este pueblo. Aunque sea pequeño, tiene algo… tranquilo.

Mateo asintió, sin apartar la vista de la carretera.

—Sí. A mí también.

Ella miró por la ventanilla un rato. Luego, casi sin mover la cabeza, dijo:

—Gracias por venir hoy. Me ha gustado pasear contigo.

Él tragó saliva. No contestó de inmediato.

—A mí también —dijo al fin, y le salió más bajo de lo que pretendía.

Isabel no añadió nada más. Solo sonrió para sí misma y volvió a mirar el paisaje.

Cuando llegaron a casa, Raquel se fue directa a la cocina a guardar la compra. Isabel se quedó un momento en el patio, colocando el ramo de lavanda en un jarrón viejo que había en la mesa exterior.

Mateo pasó por su lado para entrar.

—Voy a ducharme —dijo.

Ella levantó la vista.

—Claro. Yo también me cambiaré. Este vestido se me pega con el calor.

Se miraron un segundo. Nada más. Luego cada uno entró por su lado.

Mateo subió las escaleras despacio. Se metió en el baño, abrió el grifo de agua fría y se quedó bajo el chorro un buen rato, intentando que el agua se llevara esa sensación que le quemaba el pecho: no era deseo exactamente, o no solo. Era algo más confuso, más culpable, más tierno.

Abajo, Isabel se cambió en su habitación. Se puso una camiseta ancha y unos pantalones cortos. Se miró al espejo, se recogió el pelo en un moño alto. Sonrió levemente a su reflejo, como quien sabe que algo está cambiando pero todavía no quiere ponerle nombre.

El día siguió su curso. Comida, siesta, tarde larga de ventilador y conversaciones sueltas. Pero entre Mateo e Isabel había empezado a haber silencios distintos: los que duran un segundo de más, los que se llenan de cosas que no se dicen.

Y ninguno de los dos parecía tener prisa por romperlos.

(Fin del capítulo 3)

Capítulo 4


La cena había sido tranquila, como casi todas las noches de ese verano. Cocido recalentado, ensalada fresca, vino tinto que Raquel sirvió con generosidad. Manolo se quejó del calor, Raquel contó una anécdota del mercado que hizo reír a todos menos a Mateo, que sonreía por inercia. Isabel hablaba poco, pero cuando lo hacía era con esa calma que llenaba el espacio sin esfuerzo. Después del postre —melocotones con vino dulce— Raquel y Manolo se retiraron pronto: ella a ver una serie en el salón, él a fumarse un cigarro en el patio trasero.

Mateo se quedó recogiendo la mesa. Isabel también. No fue planeado; simplemente ocurrió. Los dos se movieron al mismo ritmo: platos al fregadero, cubiertos al escurridor, servilletas dobladas. El silencio era cómodo, punteado por el rumor lejano de la televisión y el canto de algún grillo despistado.

Cuando terminaron, Isabel se secó las manos con el trapo de cocina y miró hacia el balcón pequeño que daba al patio delantero.

—¿Te apetece tomar un poco el aire? —preguntó en voz baja—. Aquí dentro se está ahogando todo.

Mateo asintió sin pensarlo demasiado.

—Voy a por agua. ¿Quieres?

—Solo si es fría.

Subió rápido, volvió con dos vasos grandes llenos de hielo y agua del frigorífico. Salieron al balcón. La noche era tibia, pero la brisa que bajaba del monte traía un alivio sutil. Se apoyaron en la barandilla de hierro forjado, mirando el patio oscuro donde las luces de las farolas del pueblo se reflejaban en las hojas de los limoneros.

Durante un rato no hablaron. Solo bebían agua despacio, escuchando el silencio que no era silencio: el viento en las ramas, un perro lejano, el zumbido de un coche en la carretera principal.

Fue Isabel quien rompió el momento primero.

—¿Sabes? Cuando era pequeña venía aquí todos los veranos. Raquel y yo dormíamos en la misma habitación que ahora es la de invitados. Nos pasábamos las noches hablando hasta que mi abuela subía a regañarnos. —Sonrió para sí misma—. Éramos inseparables.

Mateo la miró de reojo.

—Mi madre todavía habla de eso. Dice que eras la que siempre tenía las ideas locas.

Isabel soltó una risa suave.

—Era la mayor, así que me tocaba ser la valiente. Pero en realidad tenía tanto miedo como ella. Solo que lo disimulaba mejor.

Se hizo otro silencio. Mateo dio un sorbo largo al vaso. El hielo tintineaba.

—¿Y ahora? —preguntó él, casi sin querer—. ¿Sigues teniendo miedo de algo?

Isabel tardó en contestar. Miró hacia el cielo, donde las estrellas empezaban a asomarse entre las nubes finas.

—A veces. No al mismo tipo de cosas que antes. Ya no me asusta tanto equivocarme, o que la gente me juzgue. Pero sí me asusta… quedarme quieta. Sentir que los días pasan y yo solo estoy mirando cómo pasan. Que un día mire atrás y vea que no he vivido lo suficiente.

Mateo sintió un nudo en el pecho. No era exactamente tristeza; era reconocimiento. Como si ella hubiera dicho en voz alta algo que él llevaba meses pensando sin atreverse a nombrarlo.

—Yo también lo pienso mucho últimamente —admitió en voz baja—. La carrera, los amigos, el futuro… todo parece que tiene que ir en una dirección concreta. Y si no sigo el guion, siento que estoy fallando.

Isabel giró la cabeza hacia él. La luz tenue del balcón le iluminaba la mitad del rostro.

—No estás fallando, Mateo. Solo estás buscando tu propio camino. Y eso lleva tiempo. A veces años. —Hizo una pausa—. A mí me costó mucho darme cuenta de que no tenía que ser perfecta para ser feliz. Solo tenía que ser honesta conmigo misma.

Él la miró fijamente. Por primera vez en esos días no apartó la vista cuando ella lo miró de vuelta. Había algo en sus ojos —oscuros, serenos, con pequeñas arrugas en las comisuras— que lo hacía sentir visto. No juzgado. Solo visto.

—¿Y qué haces cuando no eres honesta? —preguntó él, casi en un susurro.

Isabel sonrió con una mezcla de melancolía y ternura.

—Te callas cosas. Te convences de que es mejor así. Hasta que un día te das cuenta de que el silencio pesa más que las palabras que no dijiste.

Mateo sintió que el aire se volvía más denso. Era algo profundo, vulnerable. Como si los dos estuvieran reconociendo, sin decirlo, que en ese balcón pequeño estaban siendo más sinceros el uno con el otro que con casi nadie más.

—No quiero callarme tanto —dijo él al fin—. Pero a veces no sé cómo empezar.

Isabel extendió la mano y le rozó apenas el antebrazo con la punta de los dedos. Un gesto breve, casi maternal, pero que dejó una huella cálida en la piel.

—Empieza por lo pequeño. Una pregunta. Una verdad. No hace falta decirlo todo de golpe.

Mateo asintió despacio. No se movió. Ella tampoco retiró la mano de inmediato.

Se quedaron así un rato más, mirando el patio, el cielo, el uno al otro de vez en cuando. No hubo más palabras importantes. Solo el sonido de la noche y la certeza de que algo se había movido entre ellos: no hacia lo prohibido todavía, sino hacia lo auténtico.

Cuando Isabel bostezó y dijo que se iba a dormir, Mateo solo contestó:

—Buenas noches, tía.

—Buenas noches, cielo.

Ella entró primero. Él se quedó un minuto más en el balcón, con el vaso vacío en la mano, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo no tenía prisa por entender lo que sentía. Solo quería dejar que estuviera ahí.

Y eso, en sí mismo, ya era mucho.

(Fin del capítulo 4)
 
Capítulo 5

Mateo está hundido en el sofá del salón, el móvil en la mano pero la pantalla apagada desde hace rato. No mira nada en concreto; solo deja que el pulgar pase por el cristal como si estuviera buscando algo que sabe que no está ahí.

Manolo entró en la cocina con la camiseta pegada a la espalda por el sudor de regar los limoneros. Las manos grandes y ásperas, todavía con restos de tierra en las uñas, se apoyaron en la encimera mientras observaba a Isabel verter hielo en la jarra de limonada recién hecha.

—Huele que alimenta —dijo con voz grave, sin alzar mucho el tono.

Isabel sonrió de lado, sin girarse del todo.

—Es solo limón y menta. ¿Quieres?

Él lo aceptó con un gesto breve de cabeza.

—Gracias.

Dio un trago lento, mirando por la ventana hacia el patio. No dijo nada más. El silencio duró lo justo para que se oyera el hielo chocar contra el cristal.

Mateo, desde el salón, levantó la vista un segundo al oír la voz grave de su padre. No se mueve. Se queda quieto, respirando despacio, como si cualquier movimiento pudiera romper el equilibrio invisible que hay en la casa desde que llegó su tía. Volvió al móvil sin comentario.

Manolo dejó el vaso medio lleno en la encimera.

—Voy a poner el partido —murmuró, más para sí mismo que para nadie.

Pasó por el lado de Isabel sin rozarla. Solo el leve cambio de aire cuando su cuerpo grande se movió cerca.

Isabel siguió cortando menta para la jarra. No levantó la vista.

Cuando Manolo entra en el salón con el vaso en la mano, Mateo levanta la vista solo un segundo. Su padre se deja caer en el sillón de siempre, pone el partido sin preguntar, sube el volumen lo justo. La camiseta todavía húmeda de sudor se le pega al pecho ancho, los brazos fuertes cruzados detrás de la cabeza. Huele a tierra caliente y a colonia barata que siempre usa después de ducharse.

—Venga, chaval, que empieza —dice Manolo sin mirarlo, los ojos ya en la pantalla.

Mateo murmura un “sí” que apenas se oye y se incorpora un poco. No quiere parecer raro. No quiere que su padre note nada. Porque ¿qué hay que notar? Nada. Absolutamente nada.

Sin embargo, cada vez que Isabel pasa por el pasillo —con la jarra en la mano, o simplemente cruzando para ir al baño—, Mateo siente que el aire cambia. No es que ella haga algo especial. Solo camina. Solo existe.

Mateo también nota cómo su padre gira un poco la cabeza cuando oye los pasos de Isabel, cómo deja la frase a medias si ella dice algo desde la cocina. No es descarado. Es sutil. Es el mismo gesto que hace cuando ve a una mujer atractiva en la tele y suelta un “joder, qué bien conservada” sin mala intención. Pero con Isabel es diferente.

Mateo aprieta el móvil entre los dedos hasta que los nudillos se le ponen blancos.

No son celos. O al menos no quiere llamarlo así. Es algo más confuso: una mezcla de protección absurda hacia algo que no es suyo, de culpa por sentir lo que siente.

El partido avanza. Goles, faltas, gritos del comentarista. Manolo comenta alguna jugada, suelta una risa ronca cuando el árbitro pita penalti. Mateo responde con monosílabos. Todo normal.

Pero cuando Isabel entra al salón con dos vasos más de limonada y le tiende uno a Manolo primero, Mateo nota cómo su padre le roza los dedos al cogerlo. Un roce mínimo, casual. Isabel no se inmuta, su padre tampoco. Ella sonríe, dice “cuidado, que quema el frío” con esa voz suave que a Mateo le da vueltas en el estómago.

Manolo ríe bajito.

—Siempre igual, Isa.

Ella se encoge de hombros y le pasa el otro vaso a Mateo.

—Para ti también.

Sus dedos se rozan. Esta vez Mateo no aparta la mano de inmediato, a causa de esos celos a los que no quiere llamar celos. Solo un segundo. Lo suficiente para sentir el calor de su piel contra la suya.

Isabel se va. Manolo vuelve al partido como si nada hubiera pasado.

Mateo se queda mirando el vaso. El hielo se derrite despacio. El frío le quema los dedos.

Piensa: “Esto no es nada. Solo es familia. Solo es verano.”

Pero sabe que miente.

Porque algo dentro de él ya no encaja en el guion de siempre.

Y lo peor es que no sabe si quiere que vuelva a encajar.

(Fin del capítulo 5)
 
Capítulo 5

Mateo está hundido en el sofá del salón, el móvil en la mano pero la pantalla apagada desde hace rato. No mira nada en concreto; solo deja que el pulgar pase por el cristal como si estuviera buscando algo que sabe que no está ahí.

Manolo entró en la cocina con la camiseta pegada a la espalda por el sudor de regar los limoneros. Las manos grandes y ásperas, todavía con restos de tierra en las uñas, se apoyaron en la encimera mientras observaba a Isabel verter hielo en la jarra de limonada recién hecha.

—Huele que alimenta —dijo con voz grave, sin alzar mucho el tono.

Isabel sonrió de lado, sin girarse del todo.

—Es solo limón y menta. ¿Quieres?

Él lo aceptó con un gesto breve de cabeza.

—Gracias.

Dio un trago lento, mirando por la ventana hacia el patio. No dijo nada más. El silencio duró lo justo para que se oyera el hielo chocar contra el cristal.

Mateo, desde el salón, levantó la vista un segundo al oír la voz grave de su padre. No se mueve. Se queda quieto, respirando despacio, como si cualquier movimiento pudiera romper el equilibrio invisible que hay en la casa desde que llegó su tía. Volvió al móvil sin comentario.

Manolo dejó el vaso medio lleno en la encimera.

—Voy a poner el partido —murmuró, más para sí mismo que para nadie.

Pasó por el lado de Isabel sin rozarla. Solo el leve cambio de aire cuando su cuerpo grande se movió cerca.

Isabel siguió cortando menta para la jarra. No levantó la vista.

Cuando Manolo entra en el salón con el vaso en la mano, Mateo levanta la vista solo un segundo. Su padre se deja caer en el sillón de siempre, pone el partido sin preguntar, sube el volumen lo justo. La camiseta todavía húmeda de sudor se le pega al pecho ancho, los brazos fuertes cruzados detrás de la cabeza. Huele a tierra caliente y a colonia barata que siempre usa después de ducharse.

—Venga, chaval, que empieza —dice Manolo sin mirarlo, los ojos ya en la pantalla.

Mateo murmura un “sí” que apenas se oye y se incorpora un poco. No quiere parecer raro. No quiere que su padre note nada. Porque ¿qué hay que notar? Nada. Absolutamente nada.

Sin embargo, cada vez que Isabel pasa por el pasillo —con la jarra en la mano, o simplemente cruzando para ir al baño—, Mateo siente que el aire cambia. No es que ella haga algo especial. Solo camina. Solo existe.

Mateo también nota cómo su padre gira un poco la cabeza cuando oye los pasos de Isabel, cómo deja la frase a medias si ella dice algo desde la cocina. No es descarado. Es sutil. Es el mismo gesto que hace cuando ve a una mujer atractiva en la tele y suelta un “joder, qué bien conservada” sin mala intención. Pero con Isabel es diferente.

Mateo aprieta el móvil entre los dedos hasta que los nudillos se le ponen blancos.

No son celos. O al menos no quiere llamarlo así. Es algo más confuso: una mezcla de protección absurda hacia algo que no es suyo, de culpa por sentir lo que siente.

El partido avanza. Goles, faltas, gritos del comentarista. Manolo comenta alguna jugada, suelta una risa ronca cuando el árbitro pita penalti. Mateo responde con monosílabos. Todo normal.

Pero cuando Isabel entra al salón con dos vasos más de limonada y le tiende uno a Manolo primero, Mateo nota cómo su padre le roza los dedos al cogerlo. Un roce mínimo, casual. Isabel no se inmuta, su padre tampoco. Ella sonríe, dice “cuidado, que quema el frío” con esa voz suave que a Mateo le da vueltas en el estómago.

Manolo ríe bajito.

—Siempre igual, Isa.

Ella se encoge de hombros y le pasa el otro vaso a Mateo.

—Para ti también.

Sus dedos se rozan. Esta vez Mateo no aparta la mano de inmediato, a causa de esos celos a los que no quiere llamar celos. Solo un segundo. Lo suficiente para sentir el calor de su piel contra la suya.

Isabel se va. Manolo vuelve al partido como si nada hubiera pasado.

Mateo se queda mirando el vaso. El hielo se derrite despacio. El frío le quema los dedos.

Piensa: “Esto no es nada. Solo es familia. Solo es verano.”

Pero sabe que miente.

Porque algo dentro de él ya no encaja en el guion de siempre.

Y lo peor es que no sabe si quiere que vuelva a encajar.

(Fin del capítulo 5)
 
Capítulo 5

Mateo está hundido en el sofá del salón, el móvil en la mano pero la pantalla apagada desde hace rato. No mira nada en concreto; solo deja que el pulgar pase por el cristal como si estuviera buscando algo que sabe que no está ahí.

Manolo entró en la cocina con la camiseta pegada a la espalda por el sudor de regar los limoneros. Las manos grandes y ásperas, todavía con restos de tierra en las uñas, se apoyaron en la encimera mientras observaba a Isabel verter hielo en la jarra de limonada recién hecha.

—Huele que alimenta —dijo con voz grave, sin alzar mucho el tono.

Isabel sonrió de lado, sin girarse del todo.

—Es solo limón y menta. ¿Quieres?

Él lo aceptó con un gesto breve de cabeza.

—Gracias.

Dio un trago lento, mirando por la ventana hacia el patio. No dijo nada más. El silencio duró lo justo para que se oyera el hielo chocar contra el cristal.

Mateo, desde el salón, levantó la vista un segundo al oír la voz grave de su padre. No se mueve. Se queda quieto, respirando despacio, como si cualquier movimiento pudiera romper el equilibrio invisible que hay en la casa desde que llegó su tía. Volvió al móvil sin comentario.

Manolo dejó el vaso medio lleno en la encimera.

—Voy a poner el partido —murmuró, más para sí mismo que para nadie.

Pasó por el lado de Isabel sin rozarla. Solo el leve cambio de aire cuando su cuerpo grande se movió cerca.

Isabel siguió cortando menta para la jarra. No levantó la vista.

Cuando Manolo entra en el salón con el vaso en la mano, Mateo levanta la vista solo un segundo. Su padre se deja caer en el sillón de siempre, pone el partido sin preguntar, sube el volumen lo justo. La camiseta todavía húmeda de sudor se le pega al pecho ancho, los brazos fuertes cruzados detrás de la cabeza. Huele a tierra caliente y a colonia barata que siempre usa después de ducharse.

—Venga, chaval, que empieza —dice Manolo sin mirarlo, los ojos ya en la pantalla.

Mateo murmura un “sí” que apenas se oye y se incorpora un poco. No quiere parecer raro. No quiere que su padre note nada. Porque ¿qué hay que notar? Nada. Absolutamente nada.

Sin embargo, cada vez que Isabel pasa por el pasillo —con la jarra en la mano, o simplemente cruzando para ir al baño—, Mateo siente que el aire cambia. No es que ella haga algo especial. Solo camina. Solo existe.

Mateo también nota cómo su padre gira un poco la cabeza cuando oye los pasos de Isabel, cómo deja la frase a medias si ella dice algo desde la cocina. No es descarado. Es sutil. Es el mismo gesto que hace cuando ve a una mujer atractiva en la tele y suelta un “joder, qué bien conservada” sin mala intención. Pero con Isabel es diferente.

Mateo aprieta el móvil entre los dedos hasta que los nudillos se le ponen blancos.

No son celos. O al menos no quiere llamarlo así. Es algo más confuso: una mezcla de protección absurda hacia algo que no es suyo, de culpa por sentir lo que siente.

El partido avanza. Goles, faltas, gritos del comentarista. Manolo comenta alguna jugada, suelta una risa ronca cuando el árbitro pita penalti. Mateo responde con monosílabos. Todo normal.

Pero cuando Isabel entra al salón con dos vasos más de limonada y le tiende uno a Manolo primero, Mateo nota cómo su padre le roza los dedos al cogerlo. Un roce mínimo, casual. Isabel no se inmuta, su padre tampoco. Ella sonríe, dice “cuidado, que quema el frío” con esa voz suave que a Mateo le da vueltas en el estómago.

Manolo ríe bajito.

—Siempre igual, Isa.

Ella se encoge de hombros y le pasa el otro vaso a Mateo.

—Para ti también.

Sus dedos se rozan. Esta vez Mateo no aparta la mano de inmediato, a causa de esos celos a los que no quiere llamar celos. Solo un segundo. Lo suficiente para sentir el calor de su piel contra la suya.

Isabel se va. Manolo vuelve al partido como si nada hubiera pasado.

Mateo se queda mirando el vaso. El hielo se derrite despacio. El frío le quema los dedos.

Piensa: “Esto no es nada. Solo es familia. Solo es verano.”

Pero sabe que miente.

Porque algo dentro de él ya no encaja en el guion de siempre.

Y lo peor es que no sabe si quiere que vuelva a encajar.

(Fin del capítulo 5)
Repe
 
Capítulo 6

Isabel se despierta temprano, antes de que el sol entre de lleno por las rendijas de la persiana. La habitación de invitados huele a lavanda seca y a madera vieja; el mismo olor que tenía cuando era niña y venía con Raquel a pasar los veranos. Se queda tumbada un rato, mirando el techo agrietado, con las manos cruzadas sobre el estómago. El ventilador del techo gira lento, moviendo el aire caliente sin refrescarlo.

No ha dormido mal, pero tampoco bien. Sueños fragmentados: la casa de la abuela, risas de cuando eran pequeñas, luego la cara de Mateo mirándola en el balcón la otra noche. Esa atención nueva, inesperada, esa que dice “te veo” sin pedir nada a cambio.

Se incorpora despacio. Se pone una bata ligera sobre el camisón y baja a la cocina en silencio. La casa duerme todavía. Raquel ronca levemente en el piso de arriba; Manolo debe estar en el patio fumando el primer cigarro del día, como siempre. Mateo… no lo sabe. Quizás siga durmiendo.

Prepara café. El ruido de la cafetera italiana es el único sonido que rompe la quietud. Mientras espera, se apoya en la encimera y cierra los ojos un momento.

Piensa en Javier, su marido. En Madrid, en el congreso que se alarga una semana más. En cómo le mandó un mensaje ayer por la tarde: “Todo bien por aquí. Te echo de menos”. Ella respondió con un “yo también” que era verdad a medias. No miente cuando dice que lo quiere; lo quiere. Pero el cariño se ha vuelto costumbre, y la costumbre a veces pesa más que el amor.

Y luego está esto.

No es que haya hecho nada. No ha cruzado ninguna línea. Pero nota cómo el aire cambia cuando Mateo entra en una habitación. Cómo sus propios gestos se vuelven más conscientes: el modo en que se recoge el pelo, cómo se ajusta el tirante de la blusa, cómo deja que el silencio dure un segundo más cuando están solos. Se dice a sí misma que no hay nada de malo en lo que siente, todo lo contrario, es algo bueno que se estén acercando y poder tener esa conexión con su sobrino, ¿no? La verdad es que a veces en el fondo no lo tiene tan claro, la mirada de Mateo la despierta de un letargo en el que llevaba años instalada.

Se sirve el café. Lo toma de pie, mirando por la ventana hacia el patio. Manolo está allí, efectivamente, sentado en la silla de mimbre con el cigarro entre los dedos. La ve a través del cristal y levanta la mano en un saludo breve. Ella responde con una sonrisa pequeña, automática.

Manolo lleva décadas en la familia, se conocen desde que eran unos críos, pero Isabel no consigue olvidar la noche en que él y Raquel se conocieron, y en cómo Manolo coqueteo primero con ella antes de terminar saliendo (y casándose) con su hermana. Es una tontería, pero hay momentos en los que a Isabel le parece que... Da igual, Isabel ignora el pensamiento y da otro sorbo. El café quema un poco la lengua.

Piensa en Mateo otra vez. En cómo la noche del balcón él le dijo que no quería callarse tanto. En cómo su voz tembló apenas al decirlo. En cómo ella sintió el impulso de abrazarlo, no como tía, sino como alguien que entiende exactamente lo que es sentirse perdido a los veinte años, o sentirse perdido en general.

Y se pregunta: ¿qué pasaría si no callara ella tampoco? ¿Si dejara de medir cada palabra, cada mirada, cada roce casual?

El pensamiento la asusta, porque una parte de ella quisiera que fuese posible.

Oye pasos en la escalera. Sabe que es Mateo antes de verlo. Enseguida aparece con una camiseta gris vieja que se le pega un poco al pecho por el sudor de la noche, pantalón corto de deporte negro que deja ver las piernas fuertes y algo bronceadas del verano. El pelo revuelto, ojos todavía hinchados de dormir, barba de tres días que le oscurece la mandíbula. La ve en la cocina y se detiene un segundo en el umbral. Isabel lleva un camisón de algodón blanco que le llega justo por encima de las rodillas, y encima una bata fina de satén que no ha atado del todo; el nudo se ha soltado un poco y ahora deja ver el escote suave, la curva de los pechos maduros que suben y bajan con cada respiración tranquila. El pelo recogido en un moño bajo y deshecho, algunos mechones sueltos cayéndole por el cuello y pegándose a la piel todavía caliente del sueño.

—Buenos días —dice él, voz baja para no despertar a nadie.

—Buenos días, cielo.

No se mueve de inmediato. Lo mira un instante más de lo necesario: nota cómo se le marcan los músculos del cuello cuando traga saliva, cómo la camiseta se le tensa un poco en los hombros cuando se apoya en el marco de la puerta. Hay algo en su postura —medio dormido, medio alerta— que le recuerda al chico que era hace unos años, pero también al hombre que ya es.

Isabel le sirve café sin preguntar. Cuando se da la vuelta para tendérselo, sus ojos se encuentran de nuevo.

Mateo avanza dos pasos. Toma la taza. Sus dedos rozan los de ella al cogerla. No es un roce largo, pero tampoco lo aparta de inmediato. Ninguno de los dos lo aparta de inmediato. La piel de Isabel está cálida; la de él todavía fresca por la noche. El contacto dura un segundo de más, como si estuvieran probando el peso de ese gesto.

—Gracias —murmura él.

Se miran. Solo un instante.

Luego Mateo toma el vaso y se sienta a la mesa. Isabel se queda de pie, apoyada en la encimera, bebiendo su café en silencio. Mateo la mira por encima del borde de la taza. Nota cómo la bata se ha abierto un poco más en el pecho, cómo la tela fina deja ver el encaje del camisón debajo, la curva suave de la piel bronceada. No baja la vista. Solo traga saliva otra vez.

Se quedan así: él sentado a la mesa, ella apoyada en la encimera, los dos con las tazas en la mano. El silencio vuelve, pero esta vez no es vacío. Es denso, cargado de cosas que ninguno dice.

Mateo da otro sorbo. Isabel lo observa: cómo mueve la nuez al tragar, cómo los músculos del antebrazo se tensan ligeramente cuando sostiene la taza. Hay algo en él que la inquieta y la atrae al mismo tiempo: esa mezcla de juventud y vulnerabilidad, esa mirada que ya no es la de un niño pero todavía no sabe del todo lo que es ser hombre. Vuelve a recordar la otra noche en el balcón y siente ternura, pero también deseo, deseo de volver a compartir con él un momento como ese.

Fuera, Manolo apaga el cigarro y entra. Los saluda con un “buenos días” ronco y se sirve lo que queda en la cafetera. Isabel y Mateo comparten una última mirada, rápida, casi imperceptible.

—Voy a subir a cambiarme —dice Mateo, voz un poco ronca.

Isabel asiente.

Mateo sale de la cocina. Isabel se queda mirando la taza vacía. Respira hondo una vez. Sonríe para sí misma, muy levemente.

La mañana empieza como cualquier otra.

Pero Isabel sabe, en el fondo del pecho, que algo está cambiando.

(Fin del capítulo 6)
 
Capítulo 7

La mañana avanza con lentitud pegajosa. Después del café en la cocina, Isabel sube a cambiarse. Se pone un vestido de algodón azul claro, sencillo, con tirantes finos que se ajustan suavemente a los hombros. El escote es discreto, pero deja ver la curva natural del pecho cuando se mueve. Se recoge el pelo en una coleta baja, algunos mechones sueltos rozándole el cuello, sale de la habitación con pasos tranquilos.

Mateo sale del baño en ese momento. Acaba de ducharse: el pelo húmedo le deja gotas que resbalan por la sien y el cuello, la camiseta gris se le pega ligeramente al torso todavía caliente, marcando apenas el contorno del pecho y los hombros. Lleva el pantalón corto de deporte, los pies descalzos sobre el suelo de madera.

El pasillo es estrecho, como en todas las casas antiguas. Isabel se aparta un poco hacia la pared para dejarlo pasar. Mateo hace lo mismo, inclinándose ligeramente. Sus cuerpos no chocan, pero se rozan: el brazo de él roza el de ella al pasar, un contacto mínimo, casi imperceptible. Luego, al girarse para no estorbarse, el hombro de Mateo roza el de Isabel. Es solo un segundo: la tela húmeda de la camiseta contra la tela seca del vestido, el calor de su piel traspasando ambas capas.

Ninguno se detiene del todo. Pero el paso se ralentiza.

Mateo gira la cabeza apenas. Isabel también. Se miran. No hay palabras. Solo el sonido lejano del ventilador abajo, el tic-tac del reloj en el salón, su propia respiración que se ha vuelto un poco más consciente.
Isabel rompe el silencio primero, con voz muy baja.

—Estás mojado todavía.

Él asiente despacio.

—Acabo de ducharme.

Otro silencio breve. El pasillo parece más pequeño, el aire más denso. Isabel sonríe apenas, esa sonrisa tranquila que no fuerza nada.

—Ve a secarte —dice en voz baja—. O pillarás frío. ¿Te apetece que hagamos algo más tarde?—Isabel se asusta de su propia pregunta.

Mateo asiente. Da un paso atrás, pero sus ojos no se apartan de los de ella.

—Vale, claro.
—Genial—. Contesta Isabel, y sonríe.

Isabel pasa por su lado. Esta vez el roce es deliberado, aunque sutil: el brazo contra el suyo, la cadera rozando apenas la suya al cruzarse. Sigue hacia las escaleras sin mirar atrás.

Mateo se queda allí un momento, respirando hondo. Se pasa la mano por el pelo húmedo, por la cara. El corazón le late fuerte, pero no entiende porqué, o sí, pero no quiere creerlo.

Isabel empieza a bajar las escaleras con cuidado, pero se detiene. Se apoya un segundo en la madera, cierra los ojos. Siente todavía el roce de la camiseta húmeda contra su brazo, el calor del cuerpo de Mateo tan cerca.

Respira hondo una vez. ¿Qué está pasando?

(Fin del capítulo 7)
 
Capítulo 8

El calor del mediodía obliga a Raquel a proponerlo: “Vayamos a la playa antes de que se nos queme la casa”. Manolo dice que sí sin entusiasmo, pero coge las llaves del coche. Mateo duda un segundo —tiene el móvil en la mano, como siempre—, pero acaba asintiendo. Isabel sonríe, dice que le apetece el mar, y en veinte minutos están todos en el coche: Raquel delante con Manolo al volante, Isabel y Mateo detrás.

El trayecto es corto, pero dentro del coche el silencio pesa más de lo habitual. La radio suena baja, una canción vieja que nadie cambia. Isabel lleva un vestido ligero sobre el bañador, el pelo suelto moviéndose con la brisa que entra por la ventanilla. Mateo mira por su lado, pero de reojo ve cómo el vestido se le sube un poco por los muslos. No baja la vista. Solo siente un nudo en el estómago que no sabe si es culpa, deseo o las dos cosas a la vez.

Llegan a la cala pequeña de siempre: arena fina, agua transparente, pocos bañistas. Raquel y Manolo extienden las toallas bajo la sombrilla. Raquel se quita el vestido y se queda en bikini sencillo, se tumba boca arriba con un suspiro de alivio. Manolo se quita la camiseta, deja ver el torso ancho y fuerte, todavía firme pese a los años, y se sienta al lado de su mujer mirando el mar.

Isabel se quita el vestido despacio. Debajo lleva un bañador de una pieza azul oscuro, de corte clásico pero con un escote profundo en V que deja ver el canalillo y la curva generosa de los pechos. La tela se ajusta al cuerpo maduro: cintura marcada, caderas anchas, muslos suaves pero tonificados. Se sienta en la toalla con las piernas cruzadas, se echa crema en los brazos y el cuello con movimientos lentos y precisos.

Mateo se quita la camiseta y el pantalón corto, queda en bañador negro ajustado. Se sienta al lado de Isabel, un poco más atrás, mirando el agua. No dice nada. Solo observa cómo ella se pasa la crema por los hombros, cómo la gota de protector resbala por el escote y desaparece entre los pechos. Siente un calor que no viene del sol, y al mismo tiempo una punzada de algo que se parece mucho a la vergüenza.

Raquel se levanta y tira de Manolo.

—Ven, vamos al agua. Que me estoy asando.

Manolo se deja llevar, riendo bajito. Entran al mar juntos, salpican, se abrazan un momento bajo el agua. Mateo los mira desde la toalla. Ve cómo su padre rodea la cintura de Raquel, cómo ella le da un beso rápido en la boca. Todo normal. Todo familiar. Y sin embargo, esa imagen le duele de una forma que no entiende.

El sol pega fuerte, pero la brisa alivia un poco. Isabel se sienta con las piernas cruzadas. Mateo se tumba boca arriba, los brazos detrás de la cabeza, mirando el cielo.

Hay un silencio largo, pero no incómodo.

Es Isabel quien habla primero, en voz baja, casi como si temiera romper algo.

—¿Sabes? A tu edad yo también tenía miedo de todo. De equivocarme, de decepcionar a los demás, de no ser suficiente. Pensaba que si hacía lo correcto siempre, todo saldría bien. Pero la vida no funciona así.

Mateo gira la cabeza hacia ella. La mira fijamente.

—¿Y qué hiciste?

Isabel sonríe con melancolía, mirando el mar.

—Seguí haciéndolo. Durante años. Hasta que un día me di cuenta de que estaba viviendo la vida de otra persona. La que se esperaba de mí. Y me sentí… vacía. Como si hubiera perdido una parte de mí que ni siquiera sabía que tenía.

Mateo siente un nudo en la garganta. Las palabras de ella le llegan directo al pecho.

—A mí me pasa algo parecido —admite en voz baja—. Todo el mundo espera que sea de una forma concreta: el hijo bueno, el estudiante responsable, el que no da problemas. Y yo… yo no sé si soy eso. O si quiero serlo.

Isabel lo mira con ternura, sin juicio.

—No tienes que saberlo todavía. Nadie lo sabe a los veinte. Solo tienes que permitirte sentir lo que sientes, aunque dé miedo. Porque si lo tapas, se hace más grande. Y duele más.

Mateo cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, hay algo húmedo en las comisuras, pero no llora.

—¿Y si lo que siento está mal? —pregunta casi sin voz.

Isabel respira hondo. Mira el horizonte un momento, luego vuelve a él.

—Entonces lo enfrentas. Lo hablas. Lo entiendes. Pero no lo borras antes de saber qué es. Porque a veces lo que parece malo es solo… humano.

Mateo asiente despacio. No dice nada más. Solo se quedan allí, sentados en la toalla, el mar rugiendo a lo lejos, el sol calentando la piel.

Raquel y Manolo vuelven riendo. La conversación normal vuelve: anécdotas, bromas, planes para la cena.

—¿Os apetece beber algo?—dice Raquel—Manolo, vamos a por unas cervezas, ¿no?

Todos contestan que sí, Manolo y Raquel se alejan caminando.

Isabel se pone de pie.

—¿Vienes al agua? —pregunta en voz baja, mirando a Mateo por encima del hombro.

Mateo asiente. Se levanta. Caminan juntos hacia la orilla. El agua está fresca al principio, pero agradable. Isabel entra despacio, el bañador se le pega más al cuerpo cuando se moja. Mateo la sigue. Cuando el agua les llega a la cintura, ella se gira hacia él.

—Está buena, ¿verdad? —dice, y su voz suena más baja de lo habitual, casi tapada por el rumor del mar.

—Sí —responde él, y la palabra le sale ronca.

Se quedan allí, flotando un poco, el mar meciéndolos suavemente. Isabel se echa agua en la cara, se pasa las manos por el pelo mojado. Gotas resbalan por su cuello, por el escote, por la curva de los pechos. Mateo no aparta la vista esta vez. Ella lo nota. No dice nada. Solo respira hondo, una vez, y el movimiento hace que el agua la acerque un poco más.

Una ola pequeña los empuja. Sus cuerpos se rozan bajo el agua: el pecho de ella contra el de él, un contacto fugaz pero imposible de ignorar. Mateo siente el calor de su piel a través de la tela mojada, el roce suave de sus pechos contra su torso. No se mueve. No respira.

Isabel tampoco se aparta de inmediato. Levanta la vista. Sus ojos se encuentran con los de él: los de Mateo brillantes, confusos, cargados de preguntas que no sabe formular; los de ella oscuros, serenos, pero con una tormenta pequeña detrás.

—¿Estás bien, Mateo? —pregunta en voz muy baja, casi un susurro que el mar se lleva.

Él traga saliva. El corazón le late tan fuerte que cree que ella puede oírlo.

—No lo sé —admite, y la voz le tiembla un poco—. O sí. No sé.

Isabel lo mira fijamente. El agua los mece. Otra ola los acerca de nuevo; esta vez el roce dura más, el pecho de ella presionando suavemente contra el de él. Mateo siente que el aire se le atasca en la garganta.

—Yo también tengo miedo —dice ella, casi sin voz—. Pero me da más miedo quedarme callada.

Mateo ya no sabe de qué están hablando, cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, ella sigue allí, tan cerca que puede ver las gotas de agua en sus pestañas, el leve temblor en su labio inferior.

—No quiero hacer nada malo —susurra él.

Isabel levanta una mano bajo el agua. Con la punta de los dedos roza apenas el brazo de Mateo, un gesto mínimo, casi invisible desde la orilla.

—No estamos haciendo nada malo —dice ella—. Solo estamos aquí. Hablando.

Mateo asiente despacio, pero no se mueve. Ella tampoco.

Desde la orilla, Raquel y Manolo vuelven caminando, riendo por algo que se han dicho. Isabel se aparta un paso, sonríe como si nada hubiera pasado.

—Vamos —dice—. No los hagamos esperar.

Salen del agua juntos. Mateo camina detrás, mirando cómo a su tía el bañador mojado se le pega a las caderas, cómo el agua resbala por su espalda. Siente el pulso en las sienes, en el pecho, en otro sitio que no quiere nombrar. Y sobre todo siente una culpa que le pesa como plomo, mezclada con algo que se parece mucho a la necesidad.

Se sientan en las toallas. Raquel ofrece cerveza fría. Manolo cuenta una anécdota vieja. Isabel ríe, Mateo sonríe por inercia.

Pero por dentro, los dos saben que algo ha cambiado en el agua.

Algo pequeño, casi invisible.

Algo que ya no puede ignorarse.

Y que ninguno sabe cómo parar.

(Fin del capítulo 8)
 
Capítulo 9

El sol ya baja cuando recogen las toallas. El cielo se tiñe de naranja y rosa, el aire pierde algo de bochorno, pero la piel sigue caliente, salada, pegajosa de mar y crema. Raquel va delante, hablando con Manolo de la cena: “¿Hacemos sardinas a la plancha o seguimos con lo que sobró de ayer?”. Manolo asiente sin prestar mucha atención, la mano en la cintura de su mujer mientras caminan hacia el coche.

Isabel y Mateo van detrás, más despacio. Llevan las sombrillas y la nevera portátil entre los dos. No se tocan, pero caminan cerca. El silencio entre ellos es distinto al del resto: denso, cargado, pero no incómodo. Cada paso parece medido.

En el coche, Raquel se sienta delante otra vez. Manolo arranca. La radio suena bajito, una balada vieja que nadie cambia. Isabel y Mateo detrás, en los asientos laterales. Ella se quita el vestido mojado por encima del bañador y lo deja doblado en el regazo. Él se pone una camiseta seca, pero sigue con el bañador. El aire acondicionado del coche no funciona bien; el ambiente es cálido, íntimo.

Raquel gira la cabeza hacia atrás.

—¿Os ha gustado el baño?

Isabel sonríe, natural.

—Mucho. El agua estaba perfecta.

Mateo asiente.

—Sí. Muy bien.

Raquel vuelve a mirar al frente. Manolo conduce en silencio, tarareando la canción casi sin darse cuenta.

Isabel se gira ligeramente hacia Mateo. No mucho. Lo justo para que sus rodillas se rocen en el espacio estrecho del asiento trasero. No es un roce intencionado, o sí, pero ninguno lo retira. El contacto es pequeño, inocente desde fuera: dos personas apretadas en un coche, nada más.

Pero para ellos significa todo.

Mateo siente el calor de su rodilla contra la suya. No se mueve. Solo respira despacio, mirando por la ventanilla. Isabel hace lo mismo, pero de reojo lo observa: ve cómo traga saliva, cómo los músculos del cuello se tensan un poco, cómo la mano que descansa en su muslo se cierra en un puño suave.

Ella extiende los dedos despacio, bajo la nevera que los separa un poco. Roza apenas el dorso de la mano de Mateo con la yema del índice. Un gesto mínimo, casi invisible. Él gira la palma hacia arriba sin mirarla. Sus dedos se enlazan. Solo las puntas. Nada más.

No hay palabras. Solo ese contacto callado, escondido bajo la nevera, mientras el coche avanza por la carretera comarcal.

Raquel habla de algo con Manolo. Ríen por una tontería. Isabel y Mateo no participan. Sus manos siguen unidas, los pulgares rozándose en círculos pequeños, casi imperceptibles. Es un gesto que no dice “te deseo”, sino “estoy aquí”. “Te veo”. “No estás solo en esto”.

Mateo aprieta un poco más. Isabel responde con la misma presión suave. Ninguno mira al otro. Miran al frente, como si nada pasara.

El coche entra en el pueblo. Las luces de las farolas empiezan a encenderse. Raquel se gira otra vez.

—¿Qué os parece si pedimos pizza otra vez? Estoy muerta.

Isabel suelta la mano despacio, sin prisa. Sonríe.

—Me parece bien.

Mateo asiente.

—Sí. Pizza está bien.

Manolo aparca frente a la casa. Todos bajan. Raquel y Manolo entran primero, hablando de qué sabor pedir. Isabel y Mateo se quedan un segundo atrás, descargando las cosas del maletero.

Ella le pasa la sombrilla. Sus dedos se rozan otra vez.

—Gracias por venir hoy —dice Isabel en voz baja.

Mateo la mira directo a los ojos por primera vez desde el mar.

—No me lo hubiera perdido —responde, y la voz le sale más sincera de lo que pretendía.

Isabel sonríe, esa sonrisa pequeña y triste que guarda solo para él.

—Vamos adentro —dice.

Entran juntos.

La casa se llena de luces, de voces, de normalidad.

Pero en el pasillo, cuando nadie mira, sus hombros se rozan una última vez.

Y ninguno de los dos se aparta.

(Fin del capítulo 9)
 
Capítulo 10

La noche cae tibia sobre el patio. Raquel ha insistido en cenar fuera: “Que aprovechemos el fresco”. Ha preparado una ensalada fresca, pan con tomate, jamón y queso, y una jarra de sangría que Manolo ha mezclado con más generosidad de la habitual. Las luces de las farolitas cuelgan de los limoneros, parpadeando suavemente con la brisa. El ventilador de pie zumba bajo, moviendo el aire caliente sin refrescarlo del todo.

Raquel está de buen humor. Habla de la playa, de lo bien que le sentó el baño, de que mañana podrían repetir si no hace tanto calor. Manolo asiente, sirve más sangría en los vasos, suelta alguna broma corta que hace reír a su mujer. Mateo come despacio, responde con monosílabos, la mirada perdida en el plato o en el vaso. Isabel está sentada frente a él, al lado de Raquel. Lleva un vestido ligero de tirantes, el mismo que se puso después de la playa, pero ahora con una rebeca fina por encima porque la noche ha refrescado un poco. El pelo suelto, todavía con olor a sal y a crema solar.

Manolo está de pie sirviendo. Cuando llega al vaso de Isabel, se inclina ligeramente para llenarlo. El movimiento es natural, cotidiano, pero sus ojos se detienen un segundo de más en el escote del vestido: el tirante que se ha deslizado apenas un centímetro sobre el hombro, la curva suave de la piel bronceada que desaparece bajo la tela, el leve brillo del sudor que todavía queda en el canalillo después del día largo. No es una mirada descarada; es un parpadeo, un instante en que la vista se engancha sin querer y luego se suelta.

Isabel nota el silencio breve. Levanta la vista hacia él. Sus ojos se encuentran. Manolo sonríe de lado, esa sonrisa torcida que usa siempre, y aparta la mirada rápido, como si nada hubiera pasado.

—Gracias —dice ella, voz suave.

—De nada —responde él, y se sienta de nuevo al lado de Raquel.

La cena sigue. Raquel cuenta una anécdota del mercado, Manolo ríe con ganas, Mateo fuerza una sonrisa. Isabel habla poco, pero cuando lo hace su voz llena el espacio: calmada, educada, con ese tono ronco que sale cuando está cansada.

En un momento, mientras Raquel se levanta a buscar más pan, Isabel se inclina un poco para alcanzar la jarra de sangría. El vestido se tensa sobre el pecho, el escote se abre apenas lo suficiente para que se vea el inicio de los pechos maduros, la piel todavía caliente del sol. Manolo, que está mirando su plato, levanta la vista por instinto. El movimiento es fugaz: sus ojos recorren esa curva un segundo, luego vuelven al plato. Aprieta la mandíbula ligeramente, coge el vaso y da un trago largo. Nadie lo nota. O al menos, nadie lo comenta.

Mateo sí lo nota. Está sentado frente a su padre. Ve cómo la mirada de Manolo se detiene, cómo traga saliva, cómo la mano se cierra un poco más fuerte alrededor del vaso. No dice nada. Solo siente un pinchazo en el pecho: no exactamente celos, sino algo más confuso, más oscuro. Como si estuviera viendo un espejo que no quiere reconocer.

Isabel se sirve sangría. Cuando se echa hacia atrás, el tirante se desliza otro centímetro. Ella lo sube con un gesto casual, sin darle importancia. Manolo mira hacia otro lado, hacia el limonero, como si de repente le interesara mucho la hoja que se mueve con la brisa.

Raquel vuelve con el pan.

—¿Todo bien? —pregunta, alegre.

—Todo perfecto —responde Isabel, sonriendo.

Manolo asiente.

—Perfecto.

La cena continúa. Las risas, las conversaciones sueltas, el sonido de los cubiertos. Pero debajo de la mesa el espacio es estrecho; las rodillas casi se tocan si alguno se mueve un centímetro.

Todo empieza como un accidente: Isabel cruza las piernas hacia la izquierda para estar más cómoda. El movimiento hace que su pie descalzo (se ha quitado las sandalias hace rato porque el suelo está caliente) roce apenas el empeine de Mateo. Es un contacto mínimo, seco, casi inocente. Pero ninguno retira el pie.

Mateo siente el roce como una descarga suave: la piel fresca y suave de la planta del pie de Isabel contra la suya, todavía algo áspera por caminar descalzo por la arena de la playa. No es presión, solo contacto. Se queda quieto, el corazón le da un vuelco sordo. Isabel tampoco mueve el pie. Lo deja allí, inmóvil al principio, como si estuviera probando si él lo acepta o lo aparta.

Pasa un segundo. Luego dos.

Raquel ríe por algo que ha dicho Manolo. Isabel aprovecha el sonido para deslizar el pie un poco más arriba, despacio, casi imperceptiblemente. Ahora la planta descansa sobre el empeine de Mateo, el arco del pie encajando ligeramente contra su hueso. La piel de Isabel es suave, tibia, con un leve olor a crema solar que todavía queda después del día. Mateo nota cada detalle: la curva delicada del arco, los dedos pequeños que se flexionan apenas, como si estuvieran respirando contra su piel.

Manolo sirve otra ronda de sangría. Cuando llega al vaso de Isabel, sus dedos rozan los de ella al pasarle la jarra. Es un roce casual, pero dura un segundo de más. Isabel no aparta la mano. Manolo sí, rápido, como si se hubiera quemado.

Nadie dice nada.

La noche avanza. Las luces de las farolitas parpadean. El ventilador zumba. Todo parece normal.

Cuando Raquel anuncia que se va a dormir porque “mañana hay que madrugar para el mercado”, Isabel retira el pie despacio, con la misma lentitud con que había llegado. Mateo siente la ausencia como un vacío frío.

Se levantan todos. Recogen la mesa. Isabel pasa al lado de Mateo al entrar en la casa. Sus dedos rozan los de él al pasarle un plato. Un último contacto, mínimo, casi invisible.

—Buenas noches —dice ella en voz baja.

—Buenas noches —responde Mateo.

Pero los dos saben que esta noche no va a ser fácil dormir.

(Fin del capítulo 10)
 
Capítulo 11

Manolo nunca se lo contó a Raquel. Aquella noche en la verbena del pueblo, hace más de treinta años, fue Isabel quien le robó el aliento primero. El vestido rojo se le ceñía a la cintura como una segunda piel, el escote dejaba ver el inicio de unos pechos generosos que subían y bajaban con cada respiración tranquila. El pelo oscuro le caía en ondas por la espalda, y cuando se giró para pedir un vaso de vino, Manolo sintió que el mundo se detenía un segundo. Se acercó con el corazón golpeándole el pecho, le ofreció fuego aunque ya tenía mechero, le dijo que tenía los ojos más peligrosos que había visto en su vida. Isabel sonrió despacio, con esa elegancia que lo desarmaba: labios pintados de rojo oscuro, mirada serena que parecía leerle el alma. Le dio fuego, rozó apenas sus dedos, y contestó con voz suave: “Cuidado con lo que deseas, que a veces se cumple”.

Raquel apareció entonces, riendo, colgándose del brazo de su hermana, y Manolo cambió de objetivo. Pero el recuerdo de ese roce, de esa mirada, se quedó clavado como una astilla. Y cada vez que Isabel volvía de visita, la astilla se movía un poco más profundo.

Desde que llegó hace unos días, el deseo ha vuelto con una intensidad que le quema la sangre. Por las mañanas se despierta con la polla dura, pesada, palpitando contra el estómago. Se toca bajo la sábana con movimientos lentos al principio, luego más urgentes: la mano áspera envolviendo el tronco grueso, subiendo y bajando mientras imagina a Isabel arrodillada frente a él. Ve su boca grande abriéndose despacio, los labios carnosos estirándose alrededor del glande hinchado, la lengua plana lamiendo la vena que recorre toda la longitud. Imagina agarrarla por el pelo oscuro, guiarla hasta que se la trague entera, hasta que sienta la garganta apretada y caliente contrayéndose alrededor de él. Se corre con un gruñido ahogado, el semen caliente salpicando el abdomen, mientras en su mente Isabel lo mira desde abajo con esos ojos oscuros y dice bajito: “Dámelo todo, Manolo”.

Por las tardes, cuando la ve inclinarse sobre la mesa del patio para colocar flores, el vestido se le pega a las curvas maduras: las tetas pesadas y algo caídas pero todavía firmes, el culo redondo marcado por la tela fina, las caderas anchas que invitan a ser agarradas con fuerza. Manolo se queda en la puerta del salón fingiendo ver la tele, pero con la polla latiendo dentro del pantalón. Imagina arrancarle el vestido de un tirón, ponerla de espaldas contra la pared del patio, subirle una pierna y clavársela despacio al principio, sintiendo cómo su coño maduro, caliente y húmedo lo envuelve centímetro a centímetro. Imagina embestirla con golpes profundos, sintiendo cómo los pechos se balancean contra su pecho, cómo los pezones duros rozan su piel sudorosa, cómo ella arquea la espalda y gime ronco contra su oído: “Más adentro… no pares”.

La cena ha terminado tarde. Las farolitas del patio siguen encendidas, pero Raquel ya ha apagado la música. Al final Isabel se ha quedado un rato más, recogiendo las servilletas y apagando las luces una a una, con movimientos lentos, como si quisiera alargar la noche.

Raquel sube las escaleras delante de Manolo. Lleva el vestido ligero que se ha puesto para la cena, el pelo recogido en un moño alto que se ha soltado un poco por detrás. Manolo la sigue, los pasos pesados en la madera vieja. Cuando llegan al dormitorio, Raquel se quita los pendientes y los deja en el tocador. Se gira hacia él con una sonrisa cansada pero cariñosa.

—Qué noche más buena, ¿eh? —dice, acercándose—. Me ha gustado cenar fuera.

Manolo asiente. La abraza por la cintura, las manos grandes y ásperas rodeando su cuerpo todavía caliente del día. La besa en el cuello, despacio.

—Ha estado bien —murmura contra su piel.

Raquel ríe bajito, le pasa los brazos por los hombros.

—¿Estás de buen humor o es la sangría? —bromea, dándole un beso suave en la boca.

Manolo gruñe una risa ronca.

—Un poco de las dos cosas. Ven.

La lleva hacia la cama. Raquel se quita el vestido por la cabeza, queda en sujetador y bragas. Se tumba boca arriba, abre las piernas con naturalidad. Manolo se desnuda rápido: camiseta, pantalón, calzoncillos. La polla ya está medio dura, pesada, solo por el roce de su mujer y por el recuerdo de la cena: Isabel inclinándose para servir la sangría, el tirante deslizándose, la curva del pecho visible un segundo.

Se coloca encima, la besa en la boca, profundo, con lengua. Baja a los pechos, le desabrocha el sujetador y los toma con las manos: pequeños, firmes, pezones que se endurecen bajo sus pulgares ásperos. Los lame, los chupa fuerte.

—Joder, Manolo… —susurra Raquel, arqueando la espalda—. Siempre empiezas tan bruto…

Él gruñe contra su piel.

—¿No te gusta?

Raquel ríe entre gemidos.

—Me encanta. Pero ve más despacio… quiero disfrutarte.

Manolo baja más, le quita las braguitas de un tirón suave. Se coloca entre sus piernas, la lame despacio al principio: lengua plana sobre el clítoris, dedos abriéndola. Raquel suspira, le agarra el pelo.

—Así… justo ahí… —murmura ella—. No pares…

Manolo sigue. Pero en su cabeza no está Raquel.

Está Isabel.

Ve a Isabel tumbada en la cama de invitados, el camisón blanco subido hasta la cintura, las piernas abiertas, el coño maduro y húmedo brillando bajo la lamparita. Imagina lamerla así: lengua profunda en el clítoris hinchado, sus dedos gruesos entrando y saliendo, escuchando cómo gime su nombre con esa voz ronca y suave: “Manolo… más… no pares…”.

Raquel gime más fuerte, se retuerce un poco.

—Manolo… me voy a correr… —jadea—. No pares…

Él acelera la lengua. Raquel llega rápido: el cuerpo tenso, las piernas temblando alrededor de su cabeza, un “ay, joder” ahogado contra la almohada.

Manolo sube. La polla dura como una piedra, venosa, goteando. Se la mete de golpe, hasta el fondo. Raquel jadea, le clava las uñas en los hombros.

—Joder… qué dura la tienes… la tienes enorme... Estabas muy cachondo, ¿eh?—susurra ella, entre risas y gemidos—. Me llenas entera.

Manolo empieza a bombear: embestidas fuertes, profundas, brutales. La cama cruje, los golpes secos resuenan en la habitación.

—¿Te gusta así? —gruñe él, voz rota—. ¿Te gusta que te folle fuerte?

Raquel asiente, los ojos entrecerrados.

—S-sí… más fuerte… rómpeme…

Manolo obedece. Acelera, los huevos golpeando contra ella, el sudor cayéndole por la espalda. Pero en su mente no es Raquel la que gime debajo.

Ve a Isabel debajo, las tetas pesadas balanceándose con cada embestida, los pezones duros rozándole el pecho, el coño apretado y caliente tragándose su polla entera. Imagina agarrarla por las caderas anchas, clavarle los dedos en la carne suave, follarla más fuerte mientras ella gime: “Sí… así… rómpeme, Manolo… no pares… quiero sentirte hasta el fondo…”.

Raquel llega otra vez, más rápido esta vez. Se tensa entera, suelta un grito ronco y se queda temblando debajo de él.

—Joder… —jadea, riendo débilmente.

Manolo tiene los ojos cerrados, ya ni siquiera escucha lo que dice su mujer. Acelera aún más. Los golpes se vuelven salvajes, el sudor le cae por la frente. Se corre con un gruñido animal y gutural, chorros calientes y espesos llenándola hasta que se desbordan y bajan por los muslos temblorosos de su mujer.

Se queda encima un momento, respirando pesado como un toro después de la monta. Luego se aparta despacio y se tumba al lado.

Raquel se gira hacia él, le da un beso suave en el hombro.

—Te quiero, bruto —murmura, ya medio dormida.

Manolo responde con un “yo también” ronco, automático.

Pero cuando Raquel se duerme en dos minutos, él se queda mirando el techo oscuro.

La polla todavía goteando sobre el muslo.

Y en la cabeza sigue Isabel: la forma en que se ha inclinado esta noche para servir la sangría, el tirante deslizándose, la curva del pecho, la mirada que le ha dirigido cuando sus dedos se han rozado al pasarle la jarra.

Cierra los ojos. Y se duerme.

(Fin del capítulo 11)
 
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