Efectos Secundarios

Capítulo 26. Hierro - Un hombre de (Fe)

El Hierro (Fe) ocupa el vigésimo sexto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del hierro con el concepto de la fe - entendida como ese paso al vacío donde el individuo abandona la arquitectura de la lógica para abrazar una fuerza primaria y absoluta -, obtenemos el retrato de una entrega tectónica. El hierro es el elemento del núcleo, la sangre y la espada; es la materia que deja de ser polvo disperso para convertirse en el imán que alinea todo el universo bajo un solo propósito.

La Fe según el Hierro: El Núcleo de lo Invisible

1. El Corazón del Mundo (Magnetismo)

El hierro es el responsable del campo magnético terrestre. No se ve, no se toca, pero guía a los navegantes y protege al planeta de las radiaciones letales. La fe es esa brújula interna que no necesita ver el mapa para saber dónde está el Norte. Es abandonar la lógica de los ojos para regirse por la lógica del pulso. El creyente, como el hierro, se alinea con una fuerza invisible pero omnipresente; deja de cuestionar el viento y empieza a sentir la llamada del núcleo.

2. El Pacto de la Sangre (Hemoglobina)
En el centro de nuestra sangre hay un átomo de hierro que atrapa el oxígeno para llevarnos la vida. Es el hierro el que le da el color rojo y el que permite que respiremos. La fe no es una idea intelectual, es algo que corre por las venas. Abrazar la fe es aceptar que tu vida depende de algo que está en tu centro pero que tú no controlas. Es el "hierro-en-sangre": la verdad antigua que te sostiene cuando la razón se queda sin aliento. Es lo que te hace humano y, al mismo tiempo, lo que te conecta con el metal de las estrellas.

3. La Forja del Sacrificio (Punto de Fusión)
Para que el hierro sea útil, debe pasar por el fuego y ser golpeado repetidamente en el yunque. Solo bajo un calor extremo pierde su forma rígida para adquirir una nueva. La fe exige la fundición de la lógica. Para abrazar lo antiguo, el individuo debe dejar que el "fuego" de la experiencia destruya sus prejuicios racionales. La fe-hierro es la que nace tras el golpe: una estructura que ha dejado de ser frágil porque ha aceptado el fuego como su proceso de creación. Ya no razonas; ahora eres la herramienta de una voluntad mayor.

4. El Óxido de la Entrega (Reacción Térmica)
El hierro tiene una sed natural de oxígeno; si se deja a la intemperie, se entrega a la oxidación, transformándose en algo nuevo, más terrenal y rojizo. Dejar la lógica es permitirse "oxidar" frente a lo sagrado. Es abandonar la pulcritud del acero frío para mancharse con la realidad de la tierra. La fe es esa reacción química inevitable: cuando el individuo se expone al misterio, su superficie lógica se deshace para revelar una naturaleza más cálida, más orgánica y más conectada con el origen de todas las cosas.

5. El Límite de las Estrellas (Estabilidad Nuclear)
El hierro es el elemento más estable del universo. En el corazón de las supernovas, la fusión se detiene en el hierro; es el destino final de la materia estelar. La fe es el puerto final del viaje. Tras navegar por los mares de la duda y la lógica, el individuo llega al hierro: la certeza absoluta que ya no necesita fusionarse con nada más. Es la verdad que no se puede romper, el ancla que detiene el caos y permite que el alma, finalmente, descanse en su peso natural.

Conclusión: La fe, vista a través del hierro, es la geometría de la certeza primordial. Es el abandono de la luz artificial de la razón por el magnetismo profundo de la tierra. Ser hierro significa entender que la lógica es solo una corteza fina, y que la verdadera fuerza reside en el núcleo ardiente de una creencia que nos hace respirar, movernos y, finalmente, arder con el peso de lo eterno.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


El cerebro privado de sueño no colapsa de inmediato. No se apaga como una bombilla. Hace algo mucho más inquietante: sigue funcionando… pero mal.

Primero fallan los filtros. La corteza prefrontal - esa región encargada de la lógica, la prudencia y la planificación - reduce su actividad. Las emociones, en cambio, se desregulan. La amígdala se vuelve más reactiva. Todo pesa más. Todo duele más. O, por el contrario, todo parece extraordinariamente brillante, urgente, revelador. La falta de descanso altera la percepción del riesgo. Se sobrestiman las intuiciones y se subestiman las consecuencias. El cerebro, desesperado por mantenerse operativo, libera dopamina en patrones irregulares. Se produce una falsa sensación de claridad. Una euforia leve. Una hiperconexión entre ideas que, bien mirada, no siempre es profundidad, sino ruido mal ordenado.

También cambia la memoria. El hipocampo, sin sueño REM suficiente, no consolida correctamente los recuerdos. Lo vivido se mezcla con lo imaginado. Las asociaciones se vuelven más libres, menos rígidas. Más creativas… y más peligrosas. En términos simples: sin dormir, uno puede sentirse brillante justo cuando está menos capacitado para serlo.

A las cinco de la madrugada, Gabi cerró la puerta de casa con un sigilo innecesario. Sofi seguía en la cama, la cual él no había probado en toda la noche. El aire de la calle era frío y limpio, casi quirúrgico. Caminaba hacia el metro con una energía impropia de quien apenas había pegado ojo. Los pensamientos le fluían con una rapidez eléctrica. La leyenda de los Hermanos Ayar se mezclaba con las observaciones de Lena, con la estructura molecular de la Azulita, con las hipótesis de Nico que durante semanas habían permanecido dispersas.

Ahora todo encajaba. O al menos eso le parecía.
Se sentía ligero. Demasiado ligero.

En cada parada tamborileaba los dedos sobre el metal de la barra de sujeción, impaciente por llegar al trabajo. Tenía ganas de explicar, de convencer, de compartir la epifanía que había empezado como un mito y ahora le parecía una hipótesis revolucionaria.

La ciudad aún bostezaba. Panaderías abriendo. Camiones de reparto. Barrenderos. El mundo avanzaba con la pesadez habitual de un martes cualquiera. Gabi, en cambio, irradiaba una vivacidad casi contagiosa. Saludó al guardia de seguridad del edificio con entusiasmo desmedido. Le hizo un comentario ingenioso a una compañera con la que nunca había cruzado palabra. Se sorprendió a sí mismo riendo solo en el vestuario.

No se sentía cansado. Se sentía despierto. Pero en el fondo de sus pupilas, en esa vibración apenas perceptible que precede a las decisiones precipitadas, algo no estaba del todo en su sitio. La mente, cuando no duerme, puede confundirse de amanecer. Puede creer que ha descubierto una verdad cuando en realidad solo ha bajado la guardia. Y Gabi caminaba directo hacia ese tipo de mañana.
  • Buenos días, Gustavo - sonrió al verlo -. ¡Venga, que hoy invito yo!
Sacó un par de monedas y pulsó el botón blanco de la máquina de café mientras silbaba con una alegría casi molesta. Gustavo se le quedó mirando fijamente y se apoyó en la mesa de la sala de descanso, con los brazos cruzados.
  • ¿Ahora me hablas? - refunfuñó entre dientes.
  • Escucha, he descubierto algo que… - rió Gabi feliz, acercándole el café -. Algo con lo que vais a flipar en colores.
  • ¿Estás bien, chaval? - preguntó Gustavo antes de darle el primer sorbo -. Tienes mala cara.
  • ¡Claro que estoy bien! - respondió Gabi mientras la máquina volvía a ponerse en marcha -. ¿Por qué lo preguntas?
  • No sé… Quizás porqué ayer no me dirigiste la palabra en todo el día y hoy parece que no haya pasado nada entre nosotros.
En ese momento entraron dos hombres de mantenimiento, saludando con ojos medio abiertos y voces aún ásperas de sueño. A uno de ellos Gabi lo reconoció de la “fiesta” del viernes y se sintió aliviado al verlo vivo, sin el cerebro lleno de hongos. Retiró su café para dejarles paso y, casi sin pensarlo, rodeó a Gustavo por los hombros y lo condujo fuera, hablando en voz baja.
  • Que no quiera seguir con nuestro pacto… no significa que tengamos que llevarnos mal.
  • Vale, pero entonces ¿por qué cojones ayer…?
  • ¡Joder, Gustavo! - lo interrumpió entre risas -. Qué rencoroso eres, hostias. Lo siento si ayer estaba callado. Tenía un mal día, solo fue eso.
  • Y al parecer hoy estás en el extremo opuesto…
  • Así es.
Ficharon y se dirigieron al cuarto de material. Como cada mañana.
  • ¿Y por qué, si se puede saber?
  • Porque he descubierto algo impresionante.
  • ¡Pues ya somos dos! - exclamó al instante, cambiando totalmente de humor.
Gustavo le dio un codazo cómplice en las costillas, como si el resentimiento de hacía unos minutos se hubiera evaporado por completo. Gabi, sorprendido, abrió la puerta del cuarto de mantenimiento.
  • ¿Ah, sí? ¿El qué?
  • Mira, chaval…
Sacó el móvil del bolsillo, tecleando rápidamente mientras Gabi preparaba los cubos con agua y detergente. Con una sonrisa de oreja a oreja se lo mostró.
  • EXPOSEX - leyó Gabi en voz alta -. El festival erótico vuelve a Madrid… ¿Qué mierdas es esto?
  • ¿Mierdas, dices? - replicó Gustavo, casi ofendido -. ¿Pero tú has visto quién viene?
  • No…
  • ¡Pues léelo, cojones!
Gabi amplió la imagen con dos dedos. El cartel desplegó una lista interminable de actrices porno, nombres que parecían no acabarse nunca y que concluían con unos puntos suspensivos muy prometedores. Se ruborizó ligeramente al reconocerlas a todas. No las conocía en persona - por desgracia -, pero podía evocar cada detalle de sus cuerpos, escenas completas guardadas en la memoria, vídeos reproducidos cientos de veces en la intimidad de su habitación.
  • No sé qué coño habrás descubierto tú - dijo Gustavo con orgullo -, pero dudo mucho que puedas superarme…
Gabi carraspeó y le devolvió el móvil.
  • ¿Y qué se supone que hacemos con esto?
  • ¿Ir? - respondió Gustavo, como si fuera la cosa más obvia del mundo -. Firmas, fotos, stands, shows… Madrid vuelve a tener un congreso decente, joder.
  • No sé si estoy yo para festivales eróticos ahora mismo…
Gustavo apoyó el codo en la estantería metálica y bajó la voz.
  • ¿No lo entiendes, verdad? - rió con malicia -. Piensa un poco, chaval.
Gabi alzó la cabeza y lo miró, forzando una sonrisa.
  • Ya te dije que me retiraba, compañero. No quiero seguir discutiendo…
  • ¿Tengo que volverte a leer toda la lista? - insistió Gustavo, acercándose el móvil a los ojos -. Porque parece que la has olvidado. A ver… actrices invitadas: Sara Jay, Gianna Michaels…
Empezó a enumerar todos los nombres, despacio, saboreándolos, dejando que cada uno cayera con la máxima intención. Mientras tanto, Gabi cerraba el bote de lejía y lo colocaba en la estantería con una precisión casi excesiva. La revelación que había sacudido su cabeza aquella madrugada seguía ahí, latiendo. Y aun así, no pudo evitar que su imaginación, traicionera, dibujara escenarios imposibles: aquellas divas bajo luces de neón, imbuidas por el poder de la “Azulita”, con esa intensidad artificial que convertía cualquier fantasía en una experiencia casi mística. Se le puso dura al instante, imaginando a todas esas actrices porno peleándose por su polla.
  • Sería de idiotas no aprovechar una oportunidad así - aseguró Gustavo, empujando su cubo -. Admítelo, joder… aunque intentes ocultarlo, siempre has ido más salido de lo que aparentas.
Gabi negó con la cabeza, pero se le escapó una risa breve, seca. La tensión de la mañana parecía diluirse en esa conversación absurda, casi adolescente.
  • Solo te digo una cosa, chaval… puede ser histórico - remató Gustavo.
Gabi lo miró de reojo. “Histórico… Últimamente, cada vez que algo prometía serlo, alguien terminaba herido… o muerto”. No lo dijo, lo pensó. Pero se lo tragó. Aun así, una parte de él - probablemente la que llevaba demasiadas horas sin dormir - empezó a preguntarse si, quizá, un poco de distracción no vendría mal. Aunque fuera la clase de distracción que no arreglaba nada.

Comenzaron a limpiar la planta baja como cada mañana, con esa extraña euforia del que trabaja cuando el resto del mundo aún duerme. Madrugar es, probablemente, uno de los castigos más refinados del mundo moderno. Pero la promesa de salir a las dos, cuando los demás siguen atrapados frente a sus mesas, tenía algo de revancha silenciosa, casi gloriosa.
  • ¡¿No vas a contármelo?! - preguntó Gustavo desde la otra punta del pasillo.
  • ¡Luego, cuando estemos todos juntos! - respondió Gabi sin perder su sonrisa permanente.
  • ¡¿En serio me vas a dejar con las ganas?!
  • ¡No es el momento, compañero! - le hizo un gesto con la cabeza -. ¡Y baja la puta voz!
  • ¡Venga, joder! - insistió entre carcajadas -. ¡Dame una pista aunque sea!
  • ¡Está bieeeen!
Gabi dejó el mocho apoyado contra la mesa de recepción y caminó hacia él, secándose las manos en el pantalón. Bajó la voz, como si estuviera a punto de revelar un secreto de Estado.
  • ¿Y si te dijera que…? - hizo una pausa dramática, quizá demasiado exagerada.
  • ¡¿Qué, joder?! ¡Vamos!
  • Y si te dijera que no somos los únicos que conocemos la “Azulita”…
Gustavo frunció el ceño, mirándolo con una mezcla de escepticismo y burla.
  • ¿Qué pasa? - preguntó Gabi al notar su expresión.
  • ¿En serio ese es tu gran descubrimiento?
  • No lo entiendes…
  • ¡Joder, chaval! - rió Gustavo mientras volvía a pasar la fregona -. La primera vez que oí hablar de esa maldita seta solo tuve que entrar en Google para informarme.
Gabi negó con la cabeza, impaciente.
  • No me refiero a eso, idiota… No hablo de lo que hay escrito en la wikipedia. Hablo de otra cosa.
Se acercó un poco más, asegurándose de que no hubiera nadie cerca.
  • Había gente que la conocía mucho antes que nosotros. Y no la usaban como droga recreativa. La consideraban… algo sagrado.
Gustavo dejó de fregar por un instante.
  • ¿Qué cojones me estás contando ahora?
  • Cuevas en Perú. Rituales antiguos. Chamanismo. Historias que no tienen nada que ver con colocarse para echar un polvo espectacular. Estoy hablando de sabiduría ancestral, Gustavo. De leyendas que mencionan hongos azules que brillan en la oscuridad.
La sonrisa de Gabi ya no era nerviosa. Era distinta. Más afilada.
  • ¿Y sabes qué es lo más fuerte? - añadió en voz baja -. Que lo que describen… encaja demasiado bien con lo que nosotros hemos experimentado.
Gustavo lo observó con atención, intentando decidir si estaba ante una broma elaborada o ante algo más inquietante.
  • Verás… - continuó Gabi - creo que hemos estado mirándolo todo desde el punto de vista equivocado. Pensando que científicamente habíamos descubierto algo nuevo. Pero quizá… - hizo una pausa, dejando que la idea flotara entre ellos - quizá lo que hemos hecho ha sido desenterrar algo muy viejo.
Gabi no había dormido en toda la noche. Lo intentó, al principio. Incluso llegó a tumbarse en la cama y cerró los ojos, escuchando la respiración acompasada de Sofi a su lado. Pero su mente era una sala iluminada con fluorescentes parpadeantes: imposible de apagar. Así que regresó al cuarto del ordenador con la botella de vino medio vacía y el eco de un nombre resonándole dentro: “Los Hermanos Ayar.”

Siguió investigando sin saber muy bien qué buscaba. Y cuanto más leía, más sentía que algo - una línea invisible - empezaba a unir puntos que hasta entonces parecían dispersos. La leyenda hablaba de cuatro hermanos y cuatro hermanas que emergieron de las cuevas de Pacaritambo, el lugar del origen. Entre ellos, Manco Cápac, destinado a fundar el Imperio Inca. No nacieron como hombres corrientes: fueron enviados. Surgieron del vientre de la tierra como semillas divinas, portadores de conocimiento y mandato sagrado.
  • ¿Pacara qué? - preguntó Gustavo confundido ante tanta información.
  • Pacaritambo, la casa del amanecer. La cueva de las tres ventanas.
En algunas crónicas menores - no en las versiones oficiales, sino en anotaciones recogidas por cronistas de dudosa credibilidad y reinterpretadas por antropólogos marginales - se mencionaba algo más. Algo que no encajaba del todo en el relato político y fundacional. Se hablaba de una luz azul en las profundidades. De hongos que crecían en la roca húmeda, en galerías donde el aire era espeso y el silencio tenía peso. Los autóctonos los llamaban Fauces de Neón o Lucero de Cueva. No eran alimento común ni veneno vulgar. Eran puente.

Pero los viejos sabios - no los curanderos de feria ni los turistas espirituales, sino los verdaderos guardianes del conocimiento - lo nombraban de otro modo. Eran hombres - y a veces mujeres - moldeados por el silencio y la intemperie. No aprendían en libros ni heredaban títulos: heredaban visiones. Pasaban días enteros sin comer, bebiendo apenas infusiones amargas de cortezas y raíces. Se retiraban a las riberas de los ríos sagrados durante la estación de lluvias, cuando el agua crecida arrastraba barro, hojas y secretos montaña abajo. Allí permanecían inmóviles, con los pies hundidos en el lodo frío, dejando que el pulso del cauce les enseñara el ritmo oculto del mundo. Subían solos a la alta montaña, sin abrigo suficiente, sin más compañía que el viento. Dormían en cuevas donde la respiración se volvía humo y los latidos retumbaban contra la roca. Llevaban el cuerpo al límite para que la mente, agotada, soltara el control. Porque sabían algo que Occidente olvidó hace siglos: que el conocimiento verdadero no se acumula, se atraviesa. Consumían plantas que ardían en la sangre, mascaban hojas que entumecían la lengua, bebían decocciones que provocaban vómito y revelación. La purga no era castigo, era limpieza. Vaciar el cuerpo para que algo más pudiera entrar.

A ese hongo no lo llamaban Fauces de Neón ni Lucero de Cueva. Esos eran nombres del pueblo. Ellos lo conocían como Suma-Samka, el dulce sueño. No porque adormeciera, sino porque enseñaba a despertar en otro plano existencial. También lo llamaban Wara-K’allampa, el hongo de las estrellas. Decían que no crecía simplemente en la tierra, sino en la frontera entre mundos. Que su micelio no se extendía solo bajo la roca, sino bajo el cosmos mismo.

Según esas tradiciones chamánicas recogidas en estudios etnográficos, estas setas no eran vistas como una droga, sino como un regalo divino nacido en el hogar de Manco Cápac y sus hermanos. Un fruto del mundo anterior al mundo humano. Un vestigio del tiempo en que los dioses aún caminaban entre los hombres. Se creía que crecían solo en cuevas profundas de los Andes peruanos, donde la luz del sol jamás había tocado la piedra. Allí, decían, el cielo descendía bajo tierra. Y en esa frontera - ni mundo de arriba ni mundo de abajo - brotaba el hongo.

Los chamanes afirmaban que no concedía deseos como un genio caprichoso. Eso era una mala interpretación de los occidentales. Lo que hacía era alinear la voluntad con el orden oculto del cosmos. Si el deseo era puro, la realidad cedía. Si no lo era… el precio podía ser alto. En algunos relatos más esotéricos se insinuaba algo aún más inquietante: que usada del modo correcto, bajo ritual, con canto y ayuno previo, la Suma-Samka otorgaba habilidades extraordinarias: clarividencia, dominio sobre el miedo, capacidad de influir en la voluntad ajena, visiones que no eran sueños, sino memorias de otros planos.
  • Piénsalo… - dijo convencido Gabi - La intensidad de la Azulita, el modo en que lo amplifica todo: el sexo, la confianza, la sensación de poder…
Un investigador chileno citaba testimonios orales recogidos en comunidades aisladas: algunos iniciados aseguraban que, tras consumirla, podían “ver las hebras que unen a las personas”. Otros hablaban de “despertar el fuego interior”. Un anciano describía el hongo como “la llave que abre la segunda piel del mundo”. El mundo visible, decía, es solo la costra. Debajo late otra cosa.

Las cinco de la mañana habían llegado sin que Gabi lo notara. Sus ojos ardían, pero su mente estaba más despierta que nunca. Lo que hasta entonces había sido una sustancia experimental cultivada en un laboratorio improvisado empezaba a adquirir otra dimensión. No era solo química. No era solo toxicocinética, ni vectores de absorción. ¿Y si lo que habían cultivado no era únicamente un compuesto activo, sino una herencia? Un eco. Un fragmento de algo ancestral que llevaba siglos esperando volver a brotar.

El mundo de Gabi, de Nico, de Sofi, de Lena, de todos… se regía por la ciencia. Por datos, por replicabilidad, por evidencia empírica. Pero antes de todo eso - antes de Newton, antes de Pasteur, antes de cualquier microscopio - existía otro sistema de interpretación. Uno más antiguo. Más simbólico. Más peligroso. Un mundo en el que los hongos podían ser puertas. En el que las cuevas eran úteros sagrados. En el que los dioses no estaban muertos, solo dormidos. Y quizá, pensó mientras el cielo comenzaba a aclarar, la “Azulita” no era una invención moderna. Quizá era memoria. Y quizá ellos - sin saberlo - habían vuelto a pronunciar un nombre que llevaba demasiado tiempo en silencio.
  • No te lo tomes a mal, pero… - sonrió Laia mientras untaba tomate en la tostada - creo que en vez de perder el tiempo en esas chorradas podrías emplearlo en algo más productivo, como por ejemplo subir de Elo en el LoL.
Gabi la miró, incrédulo.
  • ¡Venga, Laia! No me jodas, ¿has escuchado algo de lo que acabo de decir?
  • Todos hemos escuchado la misma estupidez - respondió Nico con la misma sonrisa ladeada, removiendo el café en círculos perfectos.
  • Para mí es la segunda vez - añadió Gustavo, dándole un mordisco generoso al bocadillo de tortilla -. Y sigo opinando lo mismo…
El bar olía a café recalentado y pan tostado. Llevaba allí más años que la pintura desconchada de sus paredes. Azulejos color crema hasta media altura, una barra de aluminio con marcas circulares de vasos apoyados durante décadas, una televisión pequeña colgada en alto murmurando noticias que nadie escuchaba realmente. A esa hora siempre estaban los mismos: el taxista de la mesa del fondo con el Marca desplegado como si fuera un mapa de guerra, dos obreros apoyados en la barra mojando churros en café con leche, y ellos. Su mesa era la del rincón, debajo del calendario de una gestoría del barrio.

Gabi tenía el café casi intacto. Nico removía el suyo en círculos perfectos, distraído. Laia desayunaba tostada con tomate y aceite, impecable incluso con sueño. Gustavo atacaba un bocadillo de tortilla como si fuera un deporte de contacto. Cuando las sonrisas irónicas empezaron a multiplicarse, Gabi resopló, metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono con una rapidez casi infantil.
  • Está bien, si no me creéis, escuchad esto - dijo desbloqueándolo con el pulgar, buscando el enlace que había guardado a las cuatro y veinte de la madrugada.
La luz blanca de la pantalla, le marcó aún más las ojeras.
  • He encontrado un libro…
  • ¿Una novela de ciencia ficción? - preguntó Laia alzando una ceja.
  • Pues no imbécil - sonrió Gabi - es una tesis doctoral de antropología. Se titula “Las enseñanzas de Taita Waman”. El autor se llama Víctor Castañeda y como trabajo de final de carrera convivió con un Chakaruna para documentar…
  • ¿Un qué? - intervino Nico.
  • Chakaruna: Persona-puente. Alguien que transita entre el mundo visible y el invisible. Es una especie de guía espiritual, por decirlo de algún modo… El caso es que lo que empieza como una investigación académica sobre plantas psicotrópicas y sus usos, acaba convirtiéndose en otra cosa. El chamán intenta enseñarle a convertirse en un “hombre de conocimiento”.
Laia dejó la tostada en el plato, ahora un poco más interesada.
  • Vale. Eso suena mejor… Sigue.
Gabi deslizó el dedo por la pantalla.
  • El Taita Waman no enseña teoría. Enseña con la práctica. Ayunos prolongados. Aislamiento en la selva. Vigilias nocturnas. Aprender a escuchar el cuerpo hasta que el cuerpo deja de mentir. Utiliza tres plantas principales para alterar la percepción: peyote, datura y… aquí viene la sorpresa compañeros… hongos.
Hubo un silencio breve.
  • “Azulita” - murmuró Nico, clavando la mirada en él.
Gabi asintió despacio.
  • Exacto, aunque no la llama así. La nombra como Wara-K’allampa: el hongo de las estrellas. Dice que no es recreativo. Es un maestro. Si lo tomas sin preparación, te desarma. Si lo tomas con disciplina, te transforma.
Gustavo bufó.
  • O sea, que según tu teoría, Javi no murió por la sustancia… sino por falta de espiritualidad.
La frase quedó suspendida, incómoda.
  • Déjate de chorradas, Gustavo… esto es serio, joder. Lo que intento deciros es que quizá no entendemos lo que tenemos entre manos, porque no lo estamos analizando desde el punto de vista correcto…
Gabi hablaba bajo, pero con esa intensidad que no admite bromas.
  • Estamos buscando respuestas en la ciencia, colega - intervino Nico al instante, incorporándose en la silla -. No hay nada más correcto que eso.
  • ¿Seguro? - replicó Gabi -. Porque la ciencia lo único que ha hecho hasta ahora es decirnos que es un compuesto con una toxicidad distinta según la vía de administración. Punto. Pero no explica por qué reacciona como reacciona. No explica las experiencias. No explica la intensidad. No explica…
  • Las experiencias son neuroquímica - lo cortó Nico -. Liberación masiva de dopamina, serotonina, activación anómala del sistema límbico, hiperconectividad cortical. No hay mística ahí dentro, Gabi. Hay sinapsis.
Gustavo los miraba alternando la vista entre uno y otro, disfrutando del choque.
  • ¿Y lo que le sucedió a Javi? - preguntó Gabi, sin apartar los ojos de Nico -. ¿También fue solo sinapsis?
Nico apretó la mandíbula.
  • Fue una sobredosis. Una mala administración. Un error.
  • ¿Y si no fue solo eso? - insistió Gabi -. ¿Y si el problema no es cuánto tomas, ni cómo lo tomas? Sino ¿En qué estado estás? ¿Qué buscas en ella? Los chamanes hablan de preparación, de intención, de ritual. Dicen que la sustancia no es el poder, sino el canal.
Nico soltó una risa seca.
  • Claro. Y supongo que también hablan con espíritus y convierten sapos en príncipes.
  • No caricaturices lo que no entiendes - respondió Gabi, más firme ahora -. No estoy diciendo que dejemos de analizar muestras al microscopio. Estoy diciendo que quizá el microscopio no es suficiente.
  • La ciencia siempre es suficiente - replicó Nico, clavándole la mirada -. Si algo existe, es medible. Si es medible, es estudiable. Y si es estudiable, es comprensible. Lo que no podemos hacer es empezar a construir teorías basadas en mitología andina porque estamos asustados.
Gabi se inclinó hacia delante.
  • No estoy asustado.
  • ¿No, de verdad? - respondió Nico sin dudar -. Yo creo que estás buscando una narrativa que te permita soportarlo.
El golpe fue limpio. Gabi tardó un segundo en contestar.
  • ¿Y tú qué estás haciendo? - preguntó al fin -. ¿De verdad crees que diseccionar el fenómeno en variables te va a ahorrar el peso de lo que pasó?
El silencio pesó. Laia tragó con dificultad. El murmullo del bar parecía más lejano.
  • La ciencia no es una religión - dijo Nico, más bajo ahora -. Es un método. Y es lo único que tenemos para no volvernos locos.
  • O para no admitir que ya lo estamos - añadió Gustavo, casi divertido.
Nico se volvió hacia él.
  • ¿Tú qué propones, entonces? ¿Un círculo de velas y cánticos en quechua?
  • Yo propongo - respondió Gustavo encogiéndose de hombros - seguir disfrutando de lo que tenemos. Con cabeza. Sin dramas místicos, ni hipótesis científicas.
Ambos negaron despacio con la cabeza. Gabi le dio un sorbo al café.
  • Eso es exactamente lo que no debemos hacer.
  • En eso estoy de acuerdo - zanjó Nico - Pero no podemos abandonar el único terreno firme que existe. Si empezamos a mezclar ciencia con creencias, perdemos rigor. Y sin rigor, esto se convierte en superstición.
Gabi sostuvo su mirada.
  • ¿Y si lo que tenemos delante no cabe entero en el rigor?
Nico no respondió de inmediato. Solo lo miró, con esa mezcla de obstinación y brillo febril que empezaba a resultarle tan familiar.
  • Entonces - dijo al fin - tendremos que ampliar el rigor. Pero nunca sustituirlo.
La discusión no había terminado. Solo había cambiado de profundidad. Laia en pro de aligerar asperezas, volvió a sacar el tema del chamanismo.
  • Gabi… ¿llegaste a leer algo sobre aquel libro que has mencionado?
  • Solo fragmentos, aunque hoy cuando salga del curro voy a ir a la biblioteca de cabeza, a ver si lo encuentro.
  • Si lo encuentras avísame, me gustaría leerlo también…
  • ¿En serio? - preguntó Nico.
  • Estos temas me resultan interesantes, solo es eso. Además Nico, tu siempre dices que descartar una hipótesis sin haberla estudiado antes, es el error más repetido en la ciencia…
La campanilla de la puerta tintineó cuando entró un cliente nuevo. El camarero dejó otros tres cafés sobre la barra con gesto automático. En la televisión, el telediario murmuraba algo sobre política internacional. Afuera pasaba un camión de reparto. La vida seguía, indiferente a la mesa del rincón donde cuatro personas debatían sobre la razón y la fe.
  • Yo sigo creyendo - dijo Gustavo, limpiándose la boca con el polo azul del trabajo - que Gabi ha pasado demasiadas horas sin dormir y está mezclando realidad con misticismo barato.
Gabi sonrió. Tenía ojeras, sí. Pero también una convicción que no había tenido el día anterior.
  • Puede ser. Pero dime una cosa… Está claro que no somos los únicos que conocemos la “Azulita”. Pero sí somos los únicos lo bastante arrogantes como para creer, ya no que la hayamos descubierto… sino que la podemos llegar a entender sin mirar atrás.
Nico apoyó los codos en la mesa.
  • Arrogancia es asumir que un grupo de chamanes tiene respuestas que nosotros no podemos obtener con método y replicabilidad.
  • O arrogancia es pensar que todo empieza y termina en nuestro laboratorio - replicó Gabi -. Esa seta no nació en el Búnker, colega. Tiene historia. Tiene contexto. Tiene ritual.
Laia bebió el último sorbo de café.
  • A mí me encanta cuando os ponéis así de intensitos.
Nico suspiró, pero cedió medio paso.
  • Vale. Te concedo algo: puede que haya un componente cultural que estemos ignorando. Pero, incluso aceptando eso… ¿qué pretendes hacer con esa información?
Gabi se quedó mirándolo como si la respuesta fuera obvia.
  • ¡No jodas, Gabi! - exclamó Laia, ya sonriendo.
Se levantó para pagar, metiendo la mano en el bolsillo del pantalón. Gabi se encogió de hombros y la siguió; los veinte minutos de desayuno se habían evaporado al mismo ritmo que el vapor de los cafés.
  • ¿Qué me he perdido ahora? - preguntó Nico, apurando el último trago con el ceño fruncido.
Gustavo retiró la silla con un chirrido ruidoso y se puso en pie, disfrutando del momento como quien va a soltar una bomba cuidadosamente preparada.
  • Creo que nos vamos a Perú, chaval.
La taza de Nico golpeó el plato con un seco clac.
  • ¿Cómo?
  • Perú - repitió Gustavo, teatral -. Los Andes… ¿Te suena?
  • ¿No estaréis hablando en serio?
Gabi se giró desde la barra, con una sonrisa de oreja a oreja.
  • Aunque nadie me acompañe, yo pienso ir…
Nico los miró uno por uno, buscando la grieta por donde asomara la broma; pero no la encontró. Se puso en pie rápidamente y se acercó veloz, bajando la voz.
  • Tenemos un cultivo inestable, una sustancia que puede ser letal por vía nasal y, al mismo tiempo, potencialmente revolucionaria, una doctora suiza jugándose su reputación en un laboratorio clandestino… - enumeró, levantando los dedos -. Y vuestra conclusión lógica es… ¿comprar billetes a Sudamérica?
  • A veces la respuesta no está en ampliar el microscopio - replicó Gabi -, sino en cambiar de paisaje. Ver mundo, colega.
Laia dio las gracias al camarero y echó a andar hacia la puerta.
  • Yo solo digo que si vamos, me traeré una alpaca. Me encantan. Lanudas como una ovejita y con mala hostia.
Simuló el gesto de escupir. Gustavo estalló en una carcajada.
  • ¡Eso es! Espíritu aventurero. Dejemos los laboratorios y salgamos a explorar, como el puto Indiana Jones.
Nico se quedó el último. Se pasó la mano por el pelo, intentando ordenar un rompecabezas que no dejaba de crecer. No estaba enfadado. Estaba desbordado.
  • Esto es… es una locura - murmuró.
Pero nadie respondió.

Salieron del bar. El sol de la mañana ya golpeaba la acera; el tráfico rugía como cualquier otro día, ajeno a sus delirios por falta de sueño. La idea de Perú quedó suspendida entre ellos, absurda y magnética al mismo tiempo. Nico caminó unos pasos por detrás, con más preguntas que respuestas, preguntándose en qué momento su experimento de laboratorio había empezado a convertirse en una expedición mística al otro lado del mundo.

Y, pese a todo, mientras observaba a sus amigos avanzar con esa determinación casi infantil, sintió una punzada incómoda y honesta en el pecho: quizá cambiar de paisaje no era tan descabellado. Quizá, por una vez, salir del laboratorio y cruzar un océano no era una huida… sino una forma distinta de buscar respuestas.

Como el Hierro, siendo el imán que guía a las almas en la tormenta y el pulso rojo que late en el centro del misterio. Esta historia continuará…
 
Vente a Sevilla 😁
Yo soy de Barcelona, bueno nacido allí. Y siempre recordaré que cuando me saqué el carnet de conducir, a los dieciocho, me hice un viaje con la novia que tenia por entonces por toda Andalucía. Estuve en el Cabo de Gata, Granada, Sevilla... Y solo guardo buenos recuerdos de tu tierra. Recuerdo que desde que salí de casa y hasta que volví, en el coche solo sonaba Camarón de la Isla, jajaja.

Un abrazo desde el norte para mis hermanos del Sur.
Que la política ni los políticos puedan separarnos jamás.

❤️
 
Yo soy de Barcelona, bueno nacido allí. Y siempre recordaré que cuando me saqué el carnet de conducir, a los dieciocho, me hice un viaje con la novia que tenia por entonces por toda Andalucía. Estuve en el Cabo de Gata, Granada, Sevilla... Y solo guardo buenos recuerdos de tu tierra. Recuerdo que desde que salí de casa y hasta que volví, en el coche solo sonaba Camarón de la Isla, jajaja.

Un abrazo desde el norte para mis hermanos del Sur.
Que la política ni los políticos puedan separarnos jamás.

❤️
Mi hermana lleva mucho tiempo viviendo por la zona de Cataluña y en Abril voy a verla con la familia. Ahora mismo está por la zona de Vielha. Ya estuve por allí por finales de Noviembre y me encantó.
Tiene un restaurante en un pueblo cercano y seguramente esté verano iré a ayudarles, ya que aunque no ejerzo porque termine cansado del estrés que produce, al ser cocinero les voy a ayudar ya que en verano hay más gente que va allí.
 
Capítulo 27. Cobalto - (Co)mpromiso

El Cobalto (Co) ocupa el vigésimo séptimo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del cobalto con el concepto del compromiso, obtenemos el retrato de una fidelidad magnética. El cobalto es el metal de la resistencia extrema, el pigmento de lo sagrado y el corazón de las herramientas que nunca pierden su filo, representando a aquel que se convierte en el núcleo de fuerza de su grupo.

El Compromiso según el Cobalto: La Lealtad del Núcleo Azul

1. El Magnetismo del Grupo (Ferromagnetismo)

El cobalto es uno de los pocos metales ferromagnéticos; mantiene su magnetismo incluso a temperaturas donde otros fallan. El compromiso es la fuerza que mantiene unido al grupo cuando el entorno se vuelve incandescente. No es una lealtad de conveniencia, sino una atracción atómica. El individuo-cobalto es el imán de los suyos: aquel que, aunque el "calor" de la batalla aumente, no deja de tirar de sus compañeros, asegurando que nadie se disperse ni se rinda.

2. El Azul Inalterable (Azul de Cobalto)
Desde la antigüedad, el cobalto se ha usado para crear un azul profundo y eterno en el vidrio y la cerámica, un color que no palidece con los siglos ni con el fuego. Comprometerse es elegir un color y no desteñirse nunca. Quien lucha bajo el símbolo del cobalto ha teñido su alma con la causa de los suyos. Es una lealtad que no se erosiona con el paso de los años ni con la decepción; es el compromiso de ser la bandera que permanece brillante incluso cuando todo lo demás se vuelve gris por el polvo de la guerra.

3. El Filo que no Cede (Superaleaciones)
El cobalto es esencial en las aleaciones que deben cortar metales o resistir la fricción en motores a reacción. No se desgasta, no se dobla y mantiene su dureza bajo un estrés extremo. Comprometerse a luchar junto a tus camaradas hasta el último aliento requiere una estructura que no conozca la fatiga. El compromiso-cobalto es el de aquel que se vuelve más duro cuanto más presión recibe. Es el compañero que prefieres tener a tu lado en la trinchera final, porque sabes que su voluntad tiene la tenacidad de una hoja de corte industrial: antes se romperá el mundo que su promesa de protegerte.

4. La Vitamina de la Vida (Cobalamina / B12)
El cobalto es el átomo central de la vitamina B12, esencial para la formación de la sangre y el funcionamiento del sistema nervioso. Sin este pequeño rastro de metal, el cuerpo colapsa. A menudo, el que está comprometido parece una figura solitaria, pero es el nutriente invisible del colectivo. El compromiso es ser el "átomo de cobalto" de tu familia o de tu causa: esa presencia pequeña pero vital que evita que el sistema se vuelva anémico. Tu decisión de quedarte es lo que permite que los demás sigan teniendo la fuerza para pensar y actuar.

5. El Espíritu de la Mina (Kobold)
Su nombre proviene de la palabra alemana Kobold (duende), debido a la creencia de que estos seres protegían o maldecían las minas. El cobalto era el "espíritu" que engañaba a los mineros, pero que una vez dominado, revelaba un valor incalculable. El compromiso radical a veces es visto como una locura o un "duende" peligroso por quienes no lo entienden. Aquellos que abandonan a la primera ven el compromiso como una trampa; pero para los tuyos, tú eres ese espíritu guardián que habita las profundidades de la lucha. Tu valor no está en la superficie, sino en tu capacidad de quedarte en la mina cuando todos los demás han huido hacia la luz fácil.

En conclusión: El compromiso, visto a través del cobalto, es la geometría de la permanencia bajo fuego. Es la decisión de convertirse en una superaleación de lealtad y magnetismo que sostiene la estructura de los nuestros. Estar comprometido bajo el símbolo del cobalto significa entender que tu vida es el pigmento que da color a la causa y el imán que impide que el grupo se desmorone antes del último aliento.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • Hola, vida… - dijo Sofi al entrar en casa.
Se descalzó sin cuidado, dejando los zapatos desparramados como si el suelo fuera una extensión natural de su cansancio, y se dejó caer en el sofá junto a Gabi. Buscó su cuerpo casi por instinto: calor, contacto, algo firme a lo que agarrarse después de un día demasiado largo.
  • Hola, mi amor… ¿Qué tal el día?
  • Agotador… El cabrón de mi jefe no me deja en paz. Parece que me la tenga jurada.
Gabi deslizó el punto de libro entre las páginas para no perder el hilo. Lo cerró con suavidad y giró el cuerpo hacia ella. Escuchaba o, al menos, hacía el esfuerzo consciente de hacerlo. No era su tema favorito y su cabeza seguía atrapada en lo que acababa de leer, pero aquello también formaba parte de querer a alguien: estar cuando toca estar. Y que Sofi volviera a hablarle así, sin distancia ni reproche, era una rendija por donde podía entrar la luz.
  • No te deprimas, cariño… - le dijo con suavidad cuando terminó de desfogarse - Seguro que todo irá bien.
Le besó la frente y se incorporó despacio.
  • ¿Cómo estás tan seguro? - preguntó ella, intentando sostener una sonrisa.
  • Porque hay que creer en el karma.
  • ¡Ojalá existiera!
  • Quizá tarda en llegar - respondió él -, pero siempre llega. El tiempo pone a cada uno en su lugar. Siempre.
Sofi soltó un suspiro largo y se quedó mirando el techo, como si esperara encontrar respuestas pintadas entre las molduras. Gabi la observó un segundo más, sonrió y se puso en cuclillas frente a ella.
  • Mira… Vamos a hacer una cosa. ¿Te parece si preparo un té y nos pasamos unas horas imaginando mil maneras de matar a tu jefe?
Ella rió, esta vez de verdad.
  • Me parece estupendo.
  • Dame cinco minutos, mi amor - dijo él, camino a la cocina -. Y ve pensando ideas. Cuanto más macabras, mejor.
Sofi se acomodó mejor en el sofá, arropándose con los cojines. Entonces su mirada cayó sobre el libro abandonado en el asiento. Lo tomó con curiosidad y empezó a hojearlo.
  • ¡¿Qué estás leyendo?! - preguntó, alzando la voz hacia la cocina.
  • Es un libro brutal - respondió él, entre el ruido del agua llenando la tetera -. Va de un antropólogo chileno que, como trabajo de final de carrera, se fue a convivir con un chamán en los andes peruanos… y lo que empieza como una investigación académica acaba convirtiéndose en algo mucho más raro. Mucho más profundo.
Sofi ya había empezado a leer en voz baja, pero pronto las frases comenzaron a resonar en la sala con un peso extraño, casi litúrgico. Según el sistema de conocimiento que Taita Waman transmitía a Castañeda, el camino para convertirse en un hombre de conocimiento no era una línea recta ni una acumulación de certezas. Era una batalla íntima. Una guerra silenciosa contra cuatro enemigos naturales. No eran rivales externos, ni siquiera visibles. Eran profundamente internos. Y cada uno debía ser enfrentado en orden, como si el alma tuviera niveles que atravesar antes de poder sostener la verdad sin quebrarse.

El primer enemigo era el miedo.
Siempre el miedo.

Surge en el instante en que el aprendiz comprende que el mundo no es como le habían enseñado. Que la realidad tiene grietas. Que lo visible es apenas una capa fina sobre algo inmenso y desconocido. El miedo paraliza. Empuja a huir, a cerrar los ojos, a volver a la vida cómoda y predecible. Pero huir siempre es perder. La única forma de vencerlo es avanzar temblando. Mantener los ojos abiertos aun cuando todo dentro gritara que los cerrara. Seguir aprendiendo pese al vértigo. Si el miedo es derrotado, no desaparece del todo, pero ya no regresa jamás con la misma tiranía.

Sofi pasó la página. Al superar el miedo, decía el texto, el aprendiz adquiere claridad. Ve patrones donde antes había caos. Comprende símbolos. Siente que lo entiende todo. Y ahí aguarda el segundo enemigo: la Claridad.

Es traicionera. Seductora. Da la sensación de haber llegado al final. De haber descifrado el código secreto del mundo. El aprendiz se vuelve impaciente, orgulloso, convencido de que ya posee la verdad. Entonces, deja de escuchar. Deja de dudar. Para vencerla hay que aceptar que esa claridad es casi un espejismo. Una ilusión óptica del espíritu. Sirve para mirar, no para proclamarse dueño del conocimiento. Solo quien aprende a desconfiar de su propia lucidez puede seguir avanzando.

En la cocina, el agua empezó a hervir. Sofi continuó leyendo.

Después de superar la claridad viene el tercer enemigo: el Poder.
El enemigo más feroz de los cuatro.

Porque ya no es una sensación interna: es real. El aprendiz comienza a influir en su entorno, en las decisiones de otros, en el curso de los acontecimientos. Y el poder intoxica. Vuelve caprichoso al hombre, autoritario, incluso cruel. Le hace olvidar por qué había iniciado el camino. Le hace creer que la búsqueda es para dominar, no para comprender. Derrotarlo exige algo casi imposible: reconocer que el poder nunca es propio. Que es prestado. Que pertenece al mundo, no al individuo. Solo quien se mantiene humilde, quien ejerce control y equilibrio, puede atravesar esa etapa sin convertirse en aquello que había prometido no ser.

Sofi sintió un leve escalofrío. Sus ojos se movían rápidamente sobre las letras. El último enemigo no era grandioso ni violento. Era silencioso.

La Vejez.

No hablamos de arrugas ni de años, sino de un cansancio profundo. De la tentación de detenerse. De sentarse y decir “ya es suficiente”. Es el deseo de descanso antes de haber completado el viaje. Una rendición suave, casi razonable. Y ese enemigo - decía Taita Waman - nunca se vence del todo. Solo se lo derrota por momentos. La única defensa es la disciplina. El propósito sostenido hasta el último aliento. Si el hombre logra sacudirse ese cansancio final y vivir su destino con plena conciencia, aunque fuera por un instante antes de morir, entonces puede decirse que ha vencido.

Sofi bajó el libro lentamente. El salón estaba en silencio. Solo el rumor lejano de la tetera apagándose y el murmullo de Gabi moviéndose entre tazas. Miró la portada otra vez. Cuatro enemigos: Miedo. Claridad. Poder. Vejez.

Pensó en el idiota de su jefe.
Pensó en su relación.
Pensó, sin querer, en esa obsesión creciente por la “Azulita”.

Y por primera vez no le pareció otra lectura rara de Gabi.
Le pareció un mapa.
  • ¡Ah! Lo estás leyendo… - sonrió Gabi al volver por el pasillo con la tetera humeante y dos vasos de cristal grueso -. ¿Qué te parece?
Sofi no respondió de inmediato. Siguió la línea con el dedo, como si quisiera asegurarse de no traicionar ninguna palabra.
  • Un hombre de conocimiento - parafraseó en voz alta - es aquel que ha seguido con veracidad las penurias de aprender… y que, sin prisas, ha ido lo más lejos que ha podido en desenredar los secretos del poder y del conocimiento.
Levantó la vista. Gabi dejó la tetera sobre la mesa baja. El vapor ascendió entre los dos como una respiración compartida. Ella lo sostuvo con la mirada un segundo más de lo habitual.
  • ¿Y tú? - preguntó al fin, con una media sonrisa que no era del todo ligera -. ¿En qué fase del conocimiento estás?
Gabi soltó una pequeña risa nasal mientras inclinaba la tetera. El té cayó en el vaso con un sonido suave, constante.
  • Depende del día - dijo -. Hay mañanas en las que estoy en el miedo. Otras en la claridad… y algunas creo que directamente en la estupidez.
Sofi no sonrió esta vez.
  • No te hagas el gracioso…
Él terminó de servir, le acercó el vaso y se quedó con el suyo entre las manos, sin beber aún.
  • Si tengo que elegir… - continuó más bajo - diría que estoy entre el miedo y la claridad. Sé que hay algo que no entendemos. Lo noto. Pero cuanto más leo, más me convenzo de que no estamos mirando en la dirección correcta.
Ella apoyó la espalda en el sofá, pensativa.
  • ¿Y el poder?
Gabi alzó una ceja.
  • Ese es el peligro. Creer que tenemos algo especial entre manos. Que podemos usarlo. Controlarlo. - Bajó la vista al té -. Ahí es donde la gente se pierde.
El silencio cayó de nuevo, más denso. Sofi acarició distraídamente el lomo del libro.
  • ¿Y nosotros? - preguntó entonces, con una suavidad que dolía un poco -. ¿En qué fase estamos tú y yo?
Gabi levantó la cabeza. La pregunta no era inocente. Ella sostuvo su mirada, pero en sus ojos había algo más que curiosidad: había duda. Y miedo.
  • No lo sé - admitió él al fin.
Se sentó a su lado, dejando el vaso sobre la mesa sin probarlo.
  • Lo que pasó entre nosotros… - buscó las palabras -. Esa chispa que volvió de repente. Esa intensidad. No sé si es porque estamos enfrentando algo grande juntos… o porque la “Azulita” nos ha removido por dentro.
Sofi tragó saliva.
  • A veces siento que estamos más vivos que nunca - confesó -. Como si hubiéramos despertado. Como si todo tuviera más color.
  • Y otras - añadió Gabi - parece demasiado perfecto. Demasiado sincronizado.
Ella asintió despacio. La pasión que había resurgido entre ellos tenía algo de incendio. Había llegado rápido, con fuerza, consumiendo las cenizas de meses fríos. Pero ahora la pregunta flotaba incómoda entre ambos: ¿Era real? ¿O era una consecuencia más de aquello que estaban tocando sin comprender?

Gabi apoyó la frente contra la de ella.
  • Si es la “Azulita”… - murmuró - entonces es solo química.
  • Y si no lo es… - susurró Sofi.
  • Entonces es que nunca dejamos de querernos.
El vapor del té ya se había disipado. Pero el calor seguía allí, entre sus manos que ahora se buscaban con una mezcla de deseo y prudencia. Ninguno de los dos sabía si estaban venciendo al miedo… o cayendo en la claridad engañosa. Pero se besaron.

Sin discurso previo. Sin teoría. Sin más argumento que el temblor suave que se instala cuando dos frentes se rozan y nadie se aparta. El beso empezó con cautela, como si ambos quisieran comprobar que aquello era suyo y no una reacción química tardía. Las manos buscaron piel despacio, sin urgencia, reconociendo territorios ya conocidos pero extrañamente nuevos. La camiseta de Sofi cayó al suelo sin ceremonia. Gabi dejó que sus dedos recorrieran la curva de su espalda como quien aprende un mapa antiguo que creía olvidado. El té se quedó sobre la mesa. Humeó un rato más. Después se enfrió en silencio. Y el hijo de puta del jefe de Sofi se murió solo, en algún rincón irrelevante del mundo, sin testigos ni ceremonia.

Se quedaron desnudos, contemplando en silencio. Como si esperaran una señal o un aviso. Pero no llegó. Esta vez fue distinto. Aunque ambos sospechaban que la “Azulita" seguía ahí, latente, como una marea invisible empujando desde dentro, decidieron no dejarse arrastrar. No hubo prisa. No hubo el vértigo casi obsceno de las últimas veces, aquel impulso eléctrico que los había llevado a devorarse con una intensidad casi violenta, como si el tiempo se estuviera acabando.

Solo se miraron. Se eligieron.
Y entonces se amaron.

Con calma. Con caricias largas que no buscaban incendiar, sino sostener. Con respiraciones que se acompasaban poco a poco, como dos relojes que deciden latir al mismo ritmo. La piel no era un campo de batalla sino un refugio. Sus cuerpos no competían: se encontraban.

No había público, ni terceras personas.
No había desafío. No había nada que demostrar.
Solo la certeza suave de estar ahí.

Gabi pensó fugazmente en el último enemigo del que hablaba el libro: la vejez. Ese cansancio espiritual que invita a rendirse, a sentarse antes de tiempo, a dejar de luchar. Y entendió algo sumamente profundo. Tal vez el verdadero poder no estaba en dominar visiones ni en alterar la percepción. Tal vez estaba en esto: en elegir amar cuando sería más fácil dejarse llevar por el impulso o por la duda.

Sofi apoyó la frente en su pecho, sintiendo su corazón latir. Quería amarlo así. No como un incendio que todo lo arrasa y se consume. Sino como una brasa constante, que resiste el viento y el invierno. Ambos pensaron lo mismo, ambos lo sintieron al instante. Querían llegar a viejos - si el tiempo les concedía ese privilegio - y seguir buscándose con la misma lentitud reverente. Que sus manos, aun temblorosas y marcadas por los años, recordaran el camino. Que el deseo se transformara, sí, pero no desapareciera. Que el amor fuera disciplina y elección, no solo química.

Si ese era el último enemigo, lo enfrentarían juntos. Hasta que el cansancio los venciera. O hasta que, por un instante antes de morir, pudieran decir que no se rindieron jamás. ¿Os acordáis del capítulo siete, el del Nitrógeno? Cuando abrimos en canal la adicción y dejamos a Nico expuesto, desnudo y vulnerable, luchando contra su propia mente como si fuera un laboratorio en combustión. Pues no era el único.

Si hablamos de falta de autocontrol, Gabi jugaba en otra liga. Cuando algo se le metía entre ceja y ceja no era entusiasmo: era una estampida. Un tren a toda velocidad sin frenos, cruzando túneles a oscuras, incapaz de detenerse aunque las señales estuvieran todas en rojo. Salió de madrugada de casa, sintiéndolo más allá del pensamiento, más allá del corazón. Lo notaba vivo, en el alma - ahí donde las palabras no llegan y las excusas no sirven -. Era una obsesión física, una corriente eléctrica constante que lo atravesaba.

La “Azulita”.
El Perú.
Taita Waman.

Aquel libro no apareció por azar. O al menos él decidió que no lo había hecho. Llegó en el momento exacto en que necesitaba que alguien le pusiera un espejo delante. Cada línea que leía no era información: era una advertencia. Cada página era una lección que no hablaba de chamanes ni de poder, sino de disciplina. De enemigos internos. De compromiso.

Comprendió que cambiar no era sentirse más fuerte. Era sostenerse cuando el impulso pedía saltar. Y lo más inquietante fue darse cuenta de que no habían sido las experiencias extremas, ni Sofi, ni las discusiones con sus amigos, ni siquiera el cadáver de Javi pudriéndose en el búnker lo que lo había hecho reaccionar. Fue un desconocido. Un chileno que había escrito sobre hombres de conocimiento. Un tipo - vivo o muerto - en algún lugar del mundo que, sin saberlo, le había tendido una cuerda cuando más la necesitaba.

Bajó del metro con esa claridad incómoda que no permite evasivas. El andén olía a metal y humedad. La ciudad seguía su curso, indiferente. Subió las escaleras, cruzó la calle, entró en el edificio de Müller & Suter Biotech. Pasó la tarjeta, se cambió de ropa. Sabía que había algo pendiente. Y esta vez no se trataba de convencer a nadie para cruzar el océano. No era una cruzada mística ni una fantasía exótica. Era algo mucho más difícil: asumir su responsabilidad.

Había jodido la vida de un amigo por su obsesión. Por su incapacidad de frenar. Por su necesidad de empujar siempre un poco más allá. Y por primera vez entendió que el compromiso no era prometer grandes cambios ni anunciar decisiones épicas. Era quedarse. Dar la cara. No huir hacia la siguiente revelación. No arreglarlo todo con una idea brillante. Sino afrontarlo, aunque doliera.

Tuvo que esperar hasta las diez de la mañana para enfrentarse a esa verdad que le encogía el corazón y le rompía el alma en silencio. Las horas previas fueron una representación mediocre: asentía cuando Gustavo hablaba, sonreía cuando tocaba sonreír, incluso hizo un par de bromas automáticas. Pero por dentro estaba en otro lugar. Pensaba en Nico. En lo que debía de estar sufriendo. En todo lo que no decía, que ocultaba, que protegía.

Cuando llegó el momento en que los cuatro se reunían - como cada mañana - en la puerta del edificio para ir a desayunar, la ciudad ya rugía con su violencia habitual: motos mordiendo el asfalto, persianas metálicas alzándose como mandíbulas, conversaciones superpuestas. En ese caos, Gabi tomó una decisión sencilla y brutal. Agarró a Nico por banda.
  • ¿Podemos hablar un momento?
  • Sí, claro… - sonrió él, con esa normalidad estudiada.
Gustavo y Laia comenzaron a caminar por delante, discutiendo sobre cualquier tontería, mezclando carcajadas con el humo de los coches. Ellos dos quedaron un poco rezagados, como si el mundo hubiera abierto un pequeño claro para que algo incómodo sucediera. Gabi tragó saliva.
  • Escucha, colega… yo… primero de todo - suspiró - quería pedirte perdón.
Nico frunció apenas el ceño, pero mantuvo la sonrisa.
  • ¿Perdón? ¿Por qué?
La amnesia selectiva era elegante. Casi convincente.
  • Sé que no quieres hablar del tema - continuó Gabi -, y lo respeto, de verdad. Pero tengo que decirlo, porque si no… si no voy a reventar.
Nico se detuvo en seco. No hubo gesto dramático. No negó con la cabeza. No se enfadó. Solo se quedó quieto.
  • Ya te dije que no quiero hablar de eso.
Gabi lo miró con atención. No había dolor en su rostro. Pero tampoco rabia. Tampoco tristeza.
No había nada. Y eso era lo que más dolía.
  • Nico, tío… sé que es difícil, pero…
  • No es difícil - lo cortó con una serenidad quirúrgica -. En realidad es muy sencillo. Olvídalo, ya está.
  • ¿Que lo olvide? - Gabi bajó la cabeza, como si las palabras pesaran más que el tráfico -. ¿Cómo cojones voy a hacerlo?
Nico se encogió de hombros.
  • No lo sé… cada uno tendrá sus formas. Pero se acabó, ¿me oyes? Es la última vez que te lo digo de buenas. No quiero volver a hablar del tema.
Empezó a andar otra vez. No llegó a dar más de un paso. La mano de Gabi lo sujetó por el brazo, firme. No agresiva, pero firme. Lo obligó a quedarse. Un gesto pequeño. Un compromiso silencioso. No iba a dejarlo huir hacia el olvido.

Unos metros más adelante, Gustavo se giró.
  • ¿Qué les pasa a esos dos?
Laia también miró. Y lo entendió al instante. No era una pelea. No era una nueva tensión. Era algo más profundo: era una herida que estaba intentando supurar.
  • Déjalos - dijo con suavidad -. Tienen que hablar.
Y tiró de Gustavo del brazo.
  • Vamos, viejo. Que hoy invitas tú.
Mientras ellos se alejaban entre bromas y discusiones fingidas, Gabi seguía sin soltar a Nico.
  • Se que no puedo arreglarlo todo con palabras - dijo al fin, más bajo -. Pero no quiero pasar página… La cagué y no pienso fingir que no ha sucedido nada.
Nico sostuvo su mirada por primera vez. Y durante un segundo - solo uno - la máscara se resquebrajó. Algo tembló detrás de sus ojos.
  • No puedes arreglarlo - murmuró.
  • Lo sé.
  • Entonces… ¿de que sirve?
Silencio. La ciudad seguía girando. Un autobús pasó resoplando. Una mujer discutía por teléfono en la esquina. El mundo no se detiene por las culpas de nadie.
  • No puedo cambiar lo que sucedió - dijo Gabi, con la voz baja pero firme -. Y créeme, lo haría si estuviera en mi mano, sin dudarlo. Pero sí puedo hacer algo… puedo quedarme, Nico. Puedo asumirlo. Puedo cargar con lo que hice, con lo que hiciste… Con lo que hicimos. Y sobretodo, no pienso permitir que lo lleves tú solo.
Nico apartó la vista. Respiró hondo, como si necesitara aire de otro mundo.
  • Yo lo maté, Gabi. Es mi responsabilidad, así que olvídalo. Si lo que te preocupa es que te odie, no lo hago, te lo digo de corazón. Y si necesitas escuchar un “te perdono”…
  • No quiero tu perdón - lo interrumpió Gabi, con una dureza que le sorprendió incluso a él -. No lo merezco. Lo que quiero decir es…
Las palabras se le atascaron. No era falta de argumentos. Era exceso de culpa. Exceso de todo. Durante un segundo, el silencio pesó como una losa entre ambos. Entonces algo salvaje, impulsivo y absolutamente suyo, cruzó por la cabeza de Gabi. Metió la mano en el bolsillo. Sacó un cúter pequeño, de esos que usaban para abrir cajas. Se lo mostró.
  • ¿Qué coño haces? - preguntó Nico, desconcertado.
  • ¿Has leído Berserk?
  • ¡Pues claro que he leído Berserk! ¡¿Por quién me tomas?!
Gabi sonrió apenas. Esa sonrisa torcida que solo aparecía cuando ya había tomado una decisión imposible.
  • El vínculo entre Guts y Griffith, en la Edad de Oro… se sella en el campo de batalla. No hay brindis elegantes. No hay discursos. Solo sangre compartida. Solo batalla hombro con hombro.
Abrió la palma de su mano. Sin dejar de mirar a Nico. Sin pestañear.
El clic del cúter al desplegarse sonó demasiado alto.
  • ¡Para, Gabi, joder! - exclamó Nico, agarrándole la muñeca -. ¡¿Estás loco o qué coño te pasa?!
  • Quiero hacer un juramento.
  • Recuerdas que Griffith acaba traicionando a Guts, ¿verdad?
  • Sí - asintió Gabi -. Pero eso es ficción. Esto… es real.
Se liberó con suavidad del agarre. Y antes de que Nico pudiera reaccionar otra vez, deslizó la hoja por la palma. El corte fue limpio. Preciso. Un segundo de silencio absoluto. Luego el rojo. La sangre brotó despacio al principio, como si dudara. Después con decisión. Una línea brillante que recorrió su mano y cayó al asfalto. Gabi ni siquiera hizo una mueca de dolor. Alzó la palma abierta, sangrante, entre ambos.
  • Te juro - dijo, y su voz ya no temblaba - que mientras respire no volverás a cargar solo con nada. Ni con esto. Ni con lo que venga. Si hay que caer, caeremos juntos. Si hay que arder, arderemos juntos. Pero nunca más solo, ¿me oyes? Nunca más.
Nico lo miraba con los ojos abiertos de par en par. Había rabia. Había miedo. Y había algo más. Algo que llevaba demasiado tiempo contenido. Sus ojos brillaban entre lágrimas y risa contenida, mezclando dolor y alivio en un caos de emociones.
  • Eres un puto idiota… - susurró, y la voz se le quebró.
Durante un segundo pareció que iba a marcharse. A insultarlo. A romperle la cara. En vez de eso, soltó una carcajada nerviosa. Una risa rota que se mezcló con lágrimas que no logró contener.
  • No sabes hacer las cosas como una persona normal, ¿verdad? Siempre a lo grande…
Le arrebató el cúter de la mano.
  • Nico, no hace falta…
  • ¡Cállate!
Se abrió la palma con un gesto torpe, menos elegante, más visceral. El corte fue más irregular. Más humano. La sangre apareció también. Se miraron. Dos imbéciles. Dos amigos. Dos culpables.

Nico alzó su mano herida.
  • Si vamos de cabeza al infierno - dijo entre risa y llanto -, al menos que sea juntos.
Sus manos se encontraron en un apretón firme, doloroso y auténtico. No era un gesto simbólico ni teatral. Era un pacto que atravesaba carne y alma. Y entonces, sin decir más, Nico lo abrazó con una fuerza brutal, como si quisiera incrustarse en él para no soltarse jamás. Gabi respondió igual, hundiendo la cabeza en su hombro, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo latido.

La sangre todavía caliente, la ciudad seguía su ritmo indiferente a su juramento, pero ellos sabían algo que nadie más podía entender: había nacido un compromiso más fuerte que el miedo, más intenso que la culpa, más profundo que cualquier arrepentimiento. Una lealtad que trascendía palabras, que se había grabado en la carne, en el pulso, en el espíritu. En ese abrazo brutal, Gabi y Nico comprendieron que, pasara lo que pasara, nunca más estarían solos. Y que mientras respiraran, mientras la vida les diera aliento, seguirían juntos, hombro con hombro, hasta el último enemigo: la vejez.

La puerta del bar se abrió de golpe y Laia los vio entrar. Gabi y Nico, riendo como si el mundo fuera suyo, caminaban con paso firme y un descaro que hacía temblar a cualquiera. Se sujetaban las manos, y algo brillaba rojo entre sus dedos. Laia se levantó de un salto - asustada -, las botas golpeando el suelo a ritmo acelerado, los ojos como platos.
  • ¡¿Qué coño os ha pasado?! - preguntó, acercándose a ellos con pasos rápidos, casi corriendo, mientras observaba sus manos ensangrentadas.
Ellos se miraron, y sin poder contenerse, estallaron en carcajadas, tan fuertes y puras que resonaron por todo el bar, atrayendo miradas curiosas de los demás clientes.
  • ¡¿Sois idiotas o qué os pasa?! - gritó Laia, mezclando incredulidad y enfado.
Sacó servilletas de papel como si fueran vendas improvisadas y empezó a intentar envolver las palmas de los dos.
  • ¡No podéis solucionar las cosas como personas civilizadas! ¡No, que va! Os tenéis que dar de hostias como putos animales.
Pero entonces se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron los cortes limpios en las palmas, y de pronto su expresión cambió a un asombro que no podía disimular.
  • Pero… pero… ¿qué habéis hecho? - dijo, entre perpleja y alarmada.
Gabi la miró, todavía sonriendo, con una chispa de locura en los ojos.
  • Nos hemos jurado lealtad eterna - respondió, con tono solemne pero divertido, como si fuera lo más natural del mundo.
Laia los contempló un instante, suspiró y, sin pensarlo más, los envolvió en un abrazo que combinaba reprimenda, cariño y pura diversión. Primero a Nico, luego a Gabi, y de nuevo a ambos juntos, como si quisiera que ningún átomo de su locura se escapara.
  • Sois unos completos idiotas - dijo, riendo y sacudiendo un poco la cabeza -, pero os quiero, ¿lo sabéis, verdad?
Ellos rieron otra vez, entre el dolor punzante de los cortes y la calidez del abrazo, sintiendo que aquella locura compartida los unía más que cualquier palabra. Y Laia, con esa mezcla de enfado y ternura, no podía evitar sentir que, a su manera, aquellas manos ensangrentadas eran la forma más sincera de amor que podían mostrarse.

Gustavo los observó desde la mesa sin intervenir en la escena. Nico y Gabi seguían aún riendo, con las manos vendadas de cualquier manera y los restos de sangre seca en los nudillos. Laia los sermoneaba como si fueran dos críos que acababan de sobrevivir a una pelea absurda en el patio del colegio.

Él siguió desayunando.
Masticó despacio. Tragó. Bebió un sorbo de café ya tibio.

Cuando estuvieron lo bastante distraídos, metió la mano en el bolsillo del pantalón y palpó el pequeño cilindro de cristal. Lo sacó con naturalidad, protegiéndolo de miradas ajenas con la curva de la palma. El vial parecía latir. El azul de su interior no era un color cualquiera: era una herida luminosa, un neón líquido que vibraba como si tuviera voluntad propia. La luz se proyectó sobre su piel y le iluminó los pliegues de la mano con una intensidad casi obscena. Durante un segundo, el mundo se redujo a eso: cristal, pulso, resplandor.

Sintió cómo se le clavaba en las pupilas. Cómo le atravesaba.
Lo guardó de nuevo justo cuando los tres se acercaban a la mesa entre risas.
  • ¿Qué miras tanto? - preguntó Laia, sentándose a su lado.
  • Nada - respondió él, demasiado rápido.
Empezaron a pedir cafés, tostadas, continuaron con las bromas sobre juramentos absurdos y mangas trágicos. Nico exageraba la escena del cúter. Gabi asentía, aún con esa sonrisa febril que no terminaba de apagarse. Gustavo, en cambio, permaneció extrañamente callado. Sin embargo, por dentro, no había silencio. Había dos voces.

La primera voz era grave, gastada, como la de alguien que lleva años intentando salvar a un amigo que no quiere ser salvado.
“Para ya. Detente. Sabes exactamente cómo termina esto. No te hagas el sorprendido.”

No necesitaba explicaciones. Le proyectaba escenas. El cuerpo enterrado. La tierra húmeda pegándose a las manos. Las decisiones tomadas en un segundo y las consecuencias arrastradas toda la vida. Le recordaba el temblor posterior, la resaca moral, el vacío. Le decía que el azul nunca venía solo: traía euforia envuelta en deuda. Traía impulso sin frenos y luego el golpe seco contra la realidad.

“No eres un crío buscando sensaciones. No necesitas esto para existir.”

Pero entonces llegaba la otra voz. Más delgada. Más suave. Más dulce. Como una aguja que apenas se siente al entrar. No discutía. No razonaba. Susurraba.

“Sara Jay. Gianna Michaels, Jada Stevens…” Los nombres se encadenaban despacio, como un mantra impuro. Promesas de luces, escenarios, carne y poder. Madrid. La Expo. El neón vibrando en la piel. Oportunidades que solo se presentan una vez. Esa voz no hablaba de consecuencias. Hablaba del ahora. Le recordaba cómo era cuando el azul empezaba a circularle por las venas: el calor subiendo por la nuca, el cuerpo soltándose, la seguridad artificial creciendo como un músculo inflamado. La sensación de que todo era posible. De que el mundo podía doblarse si uno empujaba con suficiente intensidad.

“No seas hipócrita. Te encanta esa sensación. Te encanta ser otro. Solo una vez más. Esta vez lo controlas.” Ahí estaba la mentira que siempre acababa comprando.

Gustavo apretó los dedos contra el muslo hasta clavarse las uñas a través de la tela. Necesitaba sentir algo físico para no pensar en el cristal frío en su bolsillo. Por fuera parecía tranquilo. Incluso aburrido. Asentía cuando Nico exageraba la escena del juramento. Sonreía cuando Laia los llamaba idiotas. Masticaba con normalidad. Por dentro, el vial no pesaba como un objeto. Pesaba como una promesa.

La voz prudente hizo un último intento, ya casi sin fuerza:
“Míralos. Esto es suficiente. No conviertas otra risa en un desastre. No todo impulso merece ser obedecido.”

La otra respondió con una carcajada íntima, luminosa, casi tierna:
“El mundo es de quien se atreve. Y tú nunca has sabido quedarte quieto. Además… ¿qué es la vida sin un poco de riesgo?”

Gustavo levantó la vista.

Las manos vendadas.
Las risas limpias.
La complicidad intacta.

Sintió una punzada breve. Una grieta microscópica en el deseo.
Luego bebió café. Tragó. Respiró. Como si nada.

Pero en el bolsillo, el azul seguía latiendo. Y él sabía - con esa certeza que solo tienen los adictos - que no era el vial el único que estaba atrapado allí dentro.

Como el Cobalto, siendo el imán que no olvida su norte y el azul profundo que sobrevive al incendio del tiempo. Esta historia continuará…
 
Menudo contraste en esté capítulo.
Por una parte tenemos la amistad fortalecida entre Nico y Gabi y por otra parte tenemos a Gustavo que es tan egoísta que va a producir muchos problemas.
 
Por un lado tenemos Gavi fortaleciendo sus relaciones con Sofi y con Nico, y por otro a Gonzalo, pensando en lo suyo, utilizar la azulita para montarse un fistecita con las protagonistas de sus sueños pajilleros. Gonzalo es sinónimo de caos, problemas, traición. No seré yo quien lleve flores a su tumba.
 
Por un lado tenemos Gavi fortaleciendo sus relaciones con Sofi y con Nico, y por otro a Gonzalo, pensando en lo suyo, utilizar la azulita para montarse un fistecita con las protagonistas de sus sueños pajilleros. Gonzalo es sinónimo de caos, problemas, traición. No seré yo quien lleve flores a su tumba.
Jajajajajajaja

OK, me parece correcto. Pero no obstante, me tomo tu comentario como si estuviéramos en la época victoriana y en medio de una fiesta de alta sociedad, me hubieras golpeado con tu guante blanco. Acepto el desafío mi estimado señor. Que las pistolas decidan. Me batiré en duelo con vos. :ROFLMAO:

Ahora sí, deberá esperar hasta el siguiente interludio. Que llegará tras el capítulo 40.
Le prometo, que después de ese capítulo, usted no solo llevará flores a su tumba, sino que llorará su muerte.
Queda dicha mi promesa ante todos estos distinguidos caballeros y bellas damas.
Cumpliré lo dicho, cueste lo que cueste. Dios es testigo de mi voluntad.

Jajaajajjaaj

Un abrazo enorme!
 
Capítulo 28. Níquel - Olfato ca(Ni)no

El Níquel (Ni) ocupa el vigésimo octavo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del níquel con el concepto del olfato canino - entendido como la tenacidad del rastreador que no se detiene hasta hallar la fuente del rastro que persigue -, obtenemos el retrato de una búsqueda infatigable. El níquel es el metal del núcleo terrestre y de los meteoritos, un elemento de persistencia cósmica que no conoce el descanso y que, una vez fijado en un objetivo, se vuelve magnético e imperturbable.

El Olfato Canino según el Níquel: La Tenacidad del Rastro Eterno

1. El Núcleo de la Persecución (Origen Sideral)

El níquel, junto al hierro, forma el corazón de los meteoritos y del núcleo de nuestro planeta. Es una materia que ha viajado por el vacío del espacio con una trayectoria fija e inamovible. El "olfato-níquel" es una fuerza gravitatoria. Quien sigue un rastro bajo este símbolo no está simplemente buscando; está cumpliendo un destino físico. Es la idea de alguien que, como un meteorito cruzando la noche, ha fijado su "nariz" en una meta y no se desviará ni un milímetro de su curso hasta el impacto final. El rastro no es una opción, es su órbita.

2. El Magnetismo del Sabueso (Propiedades Ferromagnéticas)
El níquel es uno de los pocos metales que posee magnetismo natural a temperatura ambiente. Tiene la capacidad de sentir y alinearse con campos invisibles. Seguir un rastro es sentir una línea invisible de fuerza. El individuo-níquel tiene un instinto magnético: no necesita ver el camino, solo necesita que su "olfato" resuene con la frecuencia de lo que busca. Como un sabueso que ignora el paisaje para centrarse en la vibración de una molécula, el rastreador de níquel se deja guiar por una atracción invisible que lo arrastra hacia la verdad.

3. La Coraza ante la Fatiga (Resistencia a la Corrosión)
El níquel es el gran protector; se añade a otros metales para que no se oxiden ni se desgasten. Se mantiene brillante y firme a pesar del aire, el agua o el paso del tiempo. La persecución larga agota a los débiles, pero el níquel no conoce la fatiga. El "olfato canino" aquí se traduce en una resistencia infinita: no importa si el rastro se enfría o si el camino es hostil; la voluntad de níquel no se oxida bajo la lluvia ni se rompe con el cansancio. Es el buscador que sigue caminando cuando los demás han perdido la fe, protegido por una piel metálica que solo sabe persistir.

4. El "Falso Cobre" de la Mina (Kupfernickel)
Su nombre proviene de Kupfernickel (el "duende del cobre"), porque los mineros creían que era cobre pero no podían extraerlo; el níquel los desafiaba, obligándolos a trabajar más duro sin revelar su secreto a la primera. El rastro de níquel es a veces un rastro engañoso, un reto de los dioses. El rastreador sabe que lo que busca puede estar escondido bajo otra apariencia, pero su olfato no se deja engañar por la superficie. Es la obsesión del que sabe que el verdadero tesoro está un paso más allá de la frustración, y que solo quien insiste con terquedad de duende logrará extraer la esencia de la verdad.

5. El Catalizador del Cambio (Raney Nickel)
El níquel es un catalizador hidrogenante poderosísimo; su presencia acelera reacciones que de otro modo tardarían siglos en ocurrir. El encuentro con lo que se busca es el momento de la catálisis. El rastreador no solo busca por curiosidad; busca porque su encuentro con el rastro provoca una transformación total. Cuando el "perro de níquel" finalmente muerde su presa, la realidad se acelera y la verdad se libera en un estallido de energía que solo ocurre cuando el buscador y lo buscado finalmente se funden.

En conclusión: El olfato canino, visto a través del níquel, es la geometría de la obsesión incombustible. Es la unión entre el instinto animal y la resistencia sideral de un metal que no sabe rendirse. Seguir un rastro bajo el símbolo del níquel significa entender que la búsqueda es el estado natural de la materia, y que la única recompensa digna es el impacto final contra la verdad que nos estuvo llamando desde el núcleo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Siempre hemos creído que el olfato es territorio exclusivo de los perros. Que rastrear pertenece al reino animal y que nosotros, domesticados por el asfalto y la sociedad del bienestar, hemos perdido para siempre esa capacidad primaria. Pero no es verdad. El olfato canino no es una habilidad ajena. Es un espejo exagerado de algo que también vive en nosotros.

Quizás pienses que, si te dejaran solo en mitad de un bosque, sin civilización a miles de kilómetros, morirías de hambre en cuestión de días. Que no sabrías seguir un rastro. Que no distinguirías entre el olor húmedo de la tierra removida y el paso reciente de un animal. Que no notarías la diferencia entre agua estancada y corriente fresca. Pero te aseguro que acabarías cazando.

Tal vez te costaría. Tal vez fracasarías las primeras veces. Tal vez tu orgullo urbano se rompería antes que tu estómago. Pero algo se activaría. Una presión detrás de los ojos. Una atención distinta. El aire dejaría de ser invisible y comenzaría a tener textura. Empezarías a notar que no todos los olores son iguales. Que algunos pesan más. Que otros flotan. Que hay rastros calientes y rastros viejos. Que el viento habla.

Y no necesitarías que nadie te enseñara. Solo tendrías que recordarlo. Porque está en tu ADN. No como una técnica aprendida, sino como una memoria imborrable. La evolución se ha empeñado en que no lo necesites: supermercados abiertos hasta medianoche, carne envasada, comida a domicilio. Pero lo que no se usa no desaparece; se adormece. Sigue ahí. En tu cerebro anterior. En las capas más antiguas, las que no entienden de modernidad ni artificios. Un eco de tus ancestros. De aquellos que se agachaban, tocaban la tierra húmeda, olían sus dedos y sabían cuánto tiempo había pasado desde que la presa cruzó el claro. De los que sobrevivían porque podían leer el mundo sin palabras.

El olfato no es solo detectar fragancias. Es interpretar señales químicas. Es emoción. Es memoria. Es peligro. Es deseo. Es territorio. Hay estudios que demuestran que los humanos podemos distinguir miles de millones de olores diferentes. Que somos capaces de seguir un rastro sobre el suelo si entrenamos. Que nuestro cerebro responde al olor antes incluso de que seamos conscientes de haberlo percibido. El problema no es incapacidad. Es desuso. Hemos olvidado que el aire también se escucha.

Y, sin embargo, cuando todo lo demás desaparece - cuando la comodidad cae, cuando el ruido cesa - el cuerpo recuerda. Siempre recuerda. Porque hubo un tiempo en que oler significaba vivir un día más. Y ese tiempo no está tan lejos como creemos.

Nuestro grupo era la prueba viviente de que el olfato no se pierde: se transforma.

Nico, Raquel y Lena trabajaban como tres labradores en una aduana invisible, con el hocico pegado buscando sustancias ilegales, desentrañando su rastro químico. No ladraban. No presumían. Simplemente seguían la pista. Abrían muestras, analizaban variaciones, comparaban reacciones microscópicas como quien distingue entre pólvora y harina. Cuando la “Azulita” mutaba, ellos lo notaban antes que nadie. Cuando algo no encajaba, levantaban la cabeza al unísono, igual que perros entrenados que detectan una anomalía en el aire. Había algo casi instintivo en su forma de trabajar. Nico, con esa obsesión suya por entenderlo todo, se inclinaba sobre los datos como si oliera el miedo. Raquel rastreaba patrones estadísticos con la paciencia de quien sabe que la presa no corre eternamente. Lena afinaba procesos, reducía impurezas, domesticaba el compuesto salvaje hasta convertirlo en medicina. Tres cuerpos distintos, un mismo olfato. El rastro del misterio. La promesa de descifrar lo indescifrable.

Luego estaban Laia y Gustavo. Dos beagles inquietos, siempre con la nariz baja, buscando oportunidades entre la maleza del mundo. Laia rastreaba clientes como si siguiera el olor del dinero a través del hormigón. Almas saturadas. Cerebros desgastados por cuentas pendientes. Sufridores desesperados. Sabía reconocer el aroma del que puede pagar y el del que solo suplica. Se movía entre sus contactos con esa mezcla de simpatía y cálculo que convierte la necesidad en negocio. Medicamentos sustraídos. Lotes desviados. Facturas saldadas a cambio de silencio. Gustavo, en cambio, no cazaba para el grupo. Cazaba para sí mismo. Se escabullía al búnker con la misma naturalidad con la que un beagle se cuela bajo una valla. No necesitaba grandes cantidades. Solo lo justo. Lo suficiente para saciar ese impulso que le vibraba en el pecho. Sustraía pequeños viales de “Azulita” con manos expertas, convenciéndose de que nadie lo notaría, de que el sistema absorbía esas pérdidas. Su rastro era más peligroso: no perseguía presas externas, sino la repetición del placer. Y ese olor, una vez aprendido, es difícil de olvidar.

Por otro lado estaban Sofi y Gabi. Dos golden retrievers entrenados para terapia, moviéndose con cuidado alrededor de una herida invisible. No buscaban dinero ni fórmulas. Buscaban verdad. Se olían el uno al otro en silencio, intentando distinguir qué los unía de verdad. ¿Era el azul neón que todavía latía en su sangre? ¿O era el rojo más antiguo, más humano, el amor que había sobrevivido a los incendios? Se observaban. Se tocaban con delicadeza. Como perros que han aprendido que no todo impulso debe convertirse en mordida. Querían saber si el rastro que seguían era químico o emocional. Si la pasión que resurgía era instinto amplificado o sentimiento genuino. Y seguían ese olor con paciencia, sin correr, sin forzar, esperando que el tiempo revelara la fuente verdadera.

Pero por encima de todos ellos había un perro más poderoso. Una perra, en realidad. Fani no era labrador ni beagle ni golden. Era una rottweiler entrenada para no soltar. Mandíbula firme. Mirada fija. Cuando detectaba un rastro, no existía distracción posible. No le importaban las explicaciones científicas ni las crisis románticas. Ella olía peligro. Olía traición. Olía desequilibrio en la manada, aunque no fuera la suya. Y cuando una rottweiler huele algo fuera de lugar, no descansa hasta encontrar el origen. Mientras los demás jugaban a descifrar, vender, amar o consumir, Fani avanzaba en línea recta. Sin dudas. Sin poesía. Siguiendo un rastro que aún no habían visto… pero que, tarde o temprano, todos acabarían oliendo.

Pero Fani no rastreaba como los demás. No analizaba. No especulaba. No dudaba. Era una perra agresiva en el sentido más puro del término: directa, eficiente, sin ornamentos. Cuando detectaba una amenaza o una mentira, no daba vueltas alrededor como un animal curioso. Iba a la yugular. Sin avisos. Sin ladridos previos. Su forma de enfrentarse al mundo no era el tanteo, era el impacto. No entendía de medias tintas ni de diplomacias internas. Si algo olía mal, lo arrancaba de raíz. Si alguien titubeaba, lo atravesaba con la mirada hasta que confesara o se quebrara. Su instinto no era negociar; era dominar el terreno. Y lo más inquietante de todo es que no llevaba correa. No porque no la necesitara, sino porque nadie era lo suficientemente insensato como para intentar ponérsela. Fani no reconocía amos. Reconocía liderazgo. Y el liderazgo, para ella, no se otorgaba: se imponía o se demostraba. Por eso, cuando avanzaba hacia algo, el resto de la manada lo notaba. El aire cambiaba. La tensión se estiraba como un cable a punto de romperse.

Porque una rottweiler suelta no sigue órdenes.
Sigue su propio instinto.

“Ding-Dong”

El sonido le atravesó el sueño como una aguja. Gabi abrió un ojo, desorientado, con la mejilla marcada por las tapas del libro. Tardó unos segundos en entender dónde estaba. El salón. El sofá. La lámpara encendida. El libro abierto sobre el pecho. Cogió el móvil. Las tres y media. Demasiado pronto para que fuera Sofi. Y, además, ella jamás habría llamado al timbre.

“Ding-Dong”

El segundo aviso ya no fue sorpresa, fue una invasión.
  • ¿Quién cojones es…? - murmuró, incorporándose a regañadientes.
“Ding-Dong”

El tercer timbrazo le generó un odio frío y perfectamente racional hacia ese maldito sonido. Cruzó el pasillo con el pulso acelerado, abrió la puerta sin pensar demasiado… y se quedó quieto. Parpadeó. Una vez. Dos. No. No era un error visual.
  • ¿Qué hacéis aquí?
La pregunta salió sin filtro, como un reflejo exacto de lo que sentía.
No eran bienvenidas.
  • Buenas tardes para ti también, imbécil.
Fani lo apartó con el dorso de la mano, firme, sin violencia pero sin permiso. Entró como si el piso le perteneciera por derecho natural. Estefi, Marta y Yasmina la siguieron en silencio, una detrás de otra, como si obedecieran una orden que nadie había pronunciado en voz alta. Gabi se quedó un segundo en el umbral, procesando. Cerró la puerta despacio. No era solo que no las esperara. Era que no quería verlas.

Avanzó por el pasillo con esa sensación absurda de estar entrando en su propia casa como un intruso. Cuando apareció en el salón, ellas ya estaban acomodadas. Fani ocupaba el centro, espalda recta, piernas abiertas, dueña del espacio. Marta cruzada de brazos. Yasmina con la mirada afilada. Estefi… diferente. Más suave. Casi incómoda. Las cuatro lo miraron a la vez y Gabi sintió algo parecido a quedarse desnudo bajo un foco. No había hostilidad abierta. Era peor. Era evaluación. Era cálculo.
  • ¿Alguien quiere explicarme qué está pasando? - preguntó, intentando sostener la voz.
Fani inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara la tensión de su presa antes de morder.
  • Vamos a hablar, Gabi.
Él se quedó helado un segundo. La voz de Fani no era una advertencia, era un filo cortante que penetraba hasta los huesos. Su mirada, fija, penetrante, lo atravesaba sin piedad.
  • ¿Hablar de qué? - replicó, con la respiración agitada, intentando recuperar el control.
  • De lo que le estás haciendo a Sofi - insistió Fani, cada palabra medida, punzante.
Gabi alzó los brazos con un bufido de frustración y exasperación.
  • ¡¿Otra vez, en serio?! Esto es acojonante. Entráis en mi casa sin pedir permiso, y os ponéis a… a mirarme de ese modo, como si hubiera matado a alguien. ¡¿Es que no tenéis vida propia o qué?! Meteros en vuestros putos asuntos y dejadme de una puta vez en paz.
Fani sonrió, aunque en realidad no era una sonrisa: era el equivalente a mostrar los incisivos, un aviso de que no estaba bromeando.
  • Estoy hablando de la droga, retrasado…
Gabi se quedó paralizado. La palabra le golpeó el pecho como un puño invisible. “La Azulita”, pensó al instante. Su estómago se cerró, un vértigo helado recorriéndole la columna. ¿Lo sabían? ¿Hasta dónde sabían? ¿Qué partes de su vida habían rastreado sin que él lo supiera? Cada célula de su cuerpo se tensó, el sudor frío le humedeció la nuca.
  • ¿Qué droga? ¿De qué coño hablas? - dijo, intentando no traicionar el pánico que empezaba a crecer.
Fani se inclinó un poco hacia él, imperiosa, sin perder ni un ápice de su autoridad.
  • Ya sabes de lo que hablo, no te hagas el inocente conmigo.
Gabi tragó saliva, sintiendo cómo el mundo alrededor se estrechaba. El vértigo no era físico, era moral, era el miedo a lo desconocido, a lo que no podía controlar. La sensación de que el suelo se deslizaba bajo sus pies, y que todo lo que había hecho, todo lo que creía seguro, podía estallar en un instante.
  • No sé… no sé de qué me hablas - balbuceó, y por un instante casi logró convencerse a sí mismo.
Fani se puso en pie de golpe. La energía cambió en la habitación como cambia el aire antes de una tormenta. Lo señaló con el dedo, recto al pecho.
  • Mira, me importa una mierda lo que hagas con tu cuerpo. Es más, si te quieres joder la vida, ¡adelante! Nadie te lo va a impedir - avanzó dos pasos, invadiendo su espacio -. Pero como me entere de que sigues empujando a mi amiga por ese camino, te juro que te corto las pelotas y te las hago tragar. ¿Ha quedado claro?
No había exageración teatral en su voz. Era una promesa. El tipo de promesa que no necesita testigos. Gabi sintió el temblor subirle desde el estómago hasta las manos. No era miedo puro; era esa mezcla sucia de miedo y rabia que quema por dentro. El orgullo acudió en su auxilio como un animal herido.
  • Eres idiota, Fani. Te metes siempre donde no te llaman porque tu vida es tan triste que necesitas la de los demás para encontrarle sentido.
  • ¡Cállate! - gritó ella, agarrándolo de la camiseta y tirando de él hacia adelante.
Las sillas rascaron el suelo. Marta, Jazz y Estefi se levantaron a la vez, tensas, preparadas para separarles. El aire se volvió espeso. Pero Gabi alzó una mano. Y sonrió. No era una sonrisa amable. Era una calma rara, desubicada. Casi luminosa.
  • Crees que conoces a Sofi, pero no sabes una mierda de cómo es en realidad.
  • La conozco mejor de lo que tú la conocerás jamás.
  • ¿Ah, sí? Entonces… ¿por qué no te dijo que fue ella la que me empujó a mí a consumirla?
El silencio cayó como un cuchillo.
  • ¡Eso es mentira!
  • ¿Estás segura?
Fani dudó. Fue apenas un segundo, una grieta microscópica en su coraza. Gabi lo notó. Y disfrutó al verla. La verdad era más ambigua, más fea. Nadie había empujado a nadie. Se habían empujado los dos. O quizá fue la necesidad de llenar ese vacío. O el deseo que no sabían como mostrarse. O el azul neón en sus circuitos neuronales. Pero sembrar esa duda - hacerle entender que había un territorio vedado al que ni ella podía acceder - le produjo una satisfacción oscura.
  • ¡Me importa una mierda, Gabi! - escupió Fani, recuperando el control -. ¿Qué estáis tomando? ¿Coca? ¿Speed? ¿Eme?
Él la miró fijamente.
  • Tú misma lo has dicho… no te importa ni te debe importar.
  • ¡Que me lo digas, gilipollas!
Fani le propinó una bofetada, dura y seca, girándole la cara. Y entonces ocurrió algo extraño. Una idea cruzó la mente de Gabi. Rápida. Ilógica. Arriesgada hasta lo absurdo. No pensó en decirle la droga concreta. Ni mostrarle los detalles a través de una tesis doctoral, como Nico hubiera hecho. Pensó en obligarla a tomarla para romper con todo. Para que Fani entendiera que aquello no era una fiesta de polvos baratos y narices manchadas. Que era algo más grande. Más peligroso. Más… sagrado.

Una idea suicida. Porque si ella lo descubría, si intuía siquiera su poder, si llegaba a oler el rastro de la “Azulita"… todo podía desmoronarse. La idea no tenía sentido. Era como abrir la jaula y esperar que el tigre agradeciera la confianza. Y sin embargo… Ahí estaba. Brillando en su mente como un neón azul en mitad de la noche. Quizá era orgullo. Quizá era necesidad de sentirse superior. Quizá era una forma torcida de proteger a Sofi. O quizá… Quizá esa idea no era del todo suya.
  • ¿A dónde vas? - exigió saber Fani, incapaz de ocultar su nerviosismo.
  • Quieres ver qué es lo que estamos tomando, ¿cierto? Pues mira…
Se dirigió a la estantería. Al abrir el cajón, sintió las miradas de ellas clavándose en su nuca como dagas envenenadas. De una pequeña bolsa de cuero extrajo el vial. El escaso polvo azul que quedaba en el fondo fue suficiente para reflejarse en sus pupilas. Lo sostuvo con la reverencia que se le debe a un objeto sagrado, preguntándose por qué seguía allí, pues hasta ese momento había olvidado incluso que lo guardaba.

Se giró con una lentitud casi ceremonial. Un leve gesto de cabeza bastó para llamarlas, como si ejerciera una autoridad invisible. Cuando las tuvo cerca, dentro de su radio de acción, no dudó. No hubo reflexión. No hubo grieta por donde pudiera colarse la conciencia.

Les mostró el vial, lo destapó con un movimiento limpio y dejó que el polvo se escampara en el aire como una exhalación luminosa. La última reserva. El resto de su cordura, quizá. Y entonces el azul lo invadió todo. La transformación fue inmediata. Cuatro mujeres firmes, dueñas de sí mismas, con carácter y voluntad, se desdibujaron ante sus ojos. Sus rasgos se exageraron hasta volverse grotescos. Las posturas se ablandaron. Las miradas perdieron filo, sustituidas por un brillo dócil y vacío. La ropa se tensó como si la realidad hubiera decidido caricaturizarlas. Ya no había pensamiento detrás de aquellos ojos, solo complacencia. Muñecas inflables de carne.

Gabi las observó con el corazón desbocado. El pulso le martilleaba en las sienes. Había algo obsceno en aquella escena, algo profundamente equivocado. No era poder. Era corrupción. Era una distorsión de la voluntad ajena moldeada por su deseo más bajo. Pero al mismo tiempo, abrió más los ojos, incapaz de apartar la vista, incapaz de contener su lívido.
  • ¡¿Se puede saber qué cojones te pasa?!
La voz de Fani atravesó la escena como un disparo. Y todo se quebró. Gabi despertó de golpe. No había polvo en el aire. No había transformación. No había curvas de vértigo, ni sexo explícito. Solo cuatro mujeres frente a él. Enteras. Furiosas. Reales.

Parpadeó varias veces, como si intentara reajustar el mundo. El corazón seguía acelerado. El sudor frío descendía por su espalda, la erección en su entrepierna más que evidente. Se miró la mano. La abrió lentamente. “Vacía”, pensó. No había ningún vial apoyado en su palma. Ningún cristal frío. Ningún resto azul entre los pliegues de la piel. Pero lo había sentido. Había notado el peso. Había escuchado el leve chasquido del tapón al abrirse. Había visto el polvo expandirse.

Levantó la vista y la clavó en los ojos de Fani. Y empezó a reír. No una risa burlona, no una carcajada desafiante. Era una risa rota, confundida, nerviosa, asustada. La de alguien que regresa de un lugar que no debería existir. Porque no había sido un sueño. Los sueños se disuelven al despertar. Aquello no se disolvía. Seguía adherido a su memoria con la textura de lo vivido. Y eso era lo que más miedo daba.
  • ¡Esa droga te está friendo el cerebro, idiota! - se burló Fani.
  • Vete…
Gabi permanecía inmóvil, suspendido en una lucha íntima entre el miedo y la revelación. En su rostro se dibujaba la llamada “mirada de las mil yardas”, término popularizado por el artista bélico Thomas Lea: una expresión inerte, desencajada, desenfocada, que delataba el shock psicológico, el vacío y la huella invisible del trauma de un soldado tras contemplar la violencia extrema de la guerra.
  • ¿Cómo dices? - Fani avanzó un paso más, agresiva, rabiosa.
  • Vete ahora mismo de mi casa. Ya.
No alzó la voz. No fue una orden, tampoco una súplica. Su tono no era hostil; su lenguaje corporal insinuaba algo distinto, algo difícil de nombrar. Era como si, de un modo extraño e instintivo, estuviera advirtiéndola de un peligro inminente.

Gabi lo sentía dentro: el poder, la fuerza atravesándole como una corriente eléctrica que recorría sus venas, atrapada en el entramado adiposo de sus músculos, acompasada con el latido firme de su corazón. No encontraba palabras para describirlo, porque aquello no era ciencia: era algo más antiguo, más profundo, más primitivo. Nadie se lo había explicado. Nadie se lo había enseñado. Pero lo sabía. Lo comprendía. Lo sentía. Había dominado el impulso, había sometido la influencia que la Mycena Neonfaucis ejercía sobre él. Y al hacerlo, algo se reconfiguró en su interior: el pulso cambió, y el mundo dejó de ser el mismo.

Entonces el salón se abrió ante él como un territorio recién descubierto.

Su vista se afiló con la precisión de un halcón en picado. Podía distinguir el polvo suspendido en el aire, cada mota girando en espirales invisibles bajo la luz tenue. Las venas del cuello de Fani palpitaban con un ritmo propio, microscópico y revelador. Las sombras ya no eran manchas oscuras, sino cuerpos con volumen, con intención, como si ocultaran un movimiento latente.

El oído se desplegó como el de un lince en la espesura. Escuchaba el roce de la tela contra la piel, el leve crujido de la madera dilatándose, el zumbido eléctrico escondido tras las paredes. El aire tenía sonido: una vibración grave, constante, como el eco distante de un tambor primitivo marcando el compás de todo lo existente.

El olfato se volvió animal, profundo, casi salvaje, como el de un lobo rastreador. Percibía el rastro metálico del miedo, el dulzor agrio del sudor, el perfume químico que aún flotaba en la estancia como un espectro reciente. Cada aroma era una historia; cada partícula, una señal.

El tacto despertó con la sensibilidad de un gato bajo la tormenta. Sentía la presión del suelo bajo sus pies como si pudiera medir su densidad, la temperatura del aire rozándole la piel, las corrientes invisibles desplazándose alrededor de su cuerpo. Incluso la sangre fluyendo por sus venas parecía tener textura.

El gusto emergió extraño y mineral, como el de una serpiente que saborea el mundo con la lengua partida. Notaba en la boca un regusto férreo, eléctrico, una vibración sutil que no provenía de ningún alimento, sino de la energía misma que lo atravesaba.

Y entonces apareció algo más.

Un sexto sentido, antiguo como el instinto migratorio de las aves, vasto como la percepción magnética de las tortugas que cruzan océanos sin mapas. No veía ni oía aquello: lo intuía. Percibía tensiones invisibles en el espacio, corrientes que unían cuerpos, pensamientos que rozaban la superficie del aire antes de pronunciarse. El peligro no era una idea, era una presión tangible, una grieta en la armonía del entorno.

El salón ya no era una habitación. Era un organismo vivo, palpitante. Y él, en el centro, no estaba perdido ni confundido. Estaba despierto. Como jamás lo había estado en su vida.
  • ¡¿Te piensas que me das miedo, pichafloja?! - rió Fani con descaro -. No entiendo cómo Sofi puede estar enamorada de un fracasado como tú.
Intentó humillarlo una vez más, pero no pudo. No aquella vez. Gabi la sujetó con firmeza por la muñeca, con la mano vendada - la sangre reseca del juramento reluciendo roja y amenazante -, clavando en ella una mirada que no admitía réplica. Y entonces ella lo percibió: un destello azulado vibrando en sus pupilas, una luz que no estaba allí segundos antes. E incomprensiblemente, empezó a temblar.

Justo en ese instante, Sofi cruzaba el umbral del piso - agotada por otra jornada laboral - y al escuchar sus voces se detuvo, invisible para ellos, contemplándolo todo.
  • Es la última vez que te lo digo - pronunció Gabi con una serenidad que imponía más que cualquier grito -. La próxima… no seré tan amable.
Fani enmudeció. Un escalofrío le reptó por la columna. El hombre frente a ella no era el mismo; algo en su postura, en su respiración contenida, en la fuerza que emanaba de su cuerpo, lo había desplazado hacia un territorio más primitivo. Más animal.
  • Sofi es mucho más que mi mujer… Es mi compañera de vida, la persona con la que he decidido caminar esta senda. Y defenderé lo que es mío hasta mi último aliento…
Sofi se ocultó en la penumbra del recibidor, observándolo con el corazón desbocado, absorbiendo cada palabra, grabándola en su alma.
  • Y por mucho que te opongas, por mucho asco que te dé, por mucho que me odies… te vas a callar a partir de ahora. Te tragarás tus opiniones de mierda y cerrarás la puta boca antes de hablar de nuestra vida… porque no sabes nada, porque no eres nadie, porque no tienes voz en esta historia.
El orgullo renació en Fani, como siempre: a la desesperada, sin memoria de las derrotas que preceden a la caída.
  • ¿Y qué pasa si no quiero? ¿Me vas a obligar, acaso? ¿O qué coño vas a hacer?
Gabi apretó un poco más su muñeca. No para herir, sino para advertir. Un gesto seco, medido. Un rugido contenido, una pequeña muestra de la ferocidad que respiraba tras su piel.
  • Inténtalo las veces que quieras, Fani. No vas a rompernos jamás. Ahora sí, debes comprender algo… - entreabrió los labios, mostrando los dientes en una media sonrisa sin humor -. Tengo mis límites. Y como se te ocurra cruzarlos, lo vas a lamentar. ¿Me oyes?
  • ¿Me es… estás ame… amenazando? - su voz titubeó por primera vez.
  • Solo te estoy advirtiendo… No juegues conmigo.
El silencio cayó como una losa. Fani retiró la muñeca con un gesto brusco cuando él la soltó. La piel le ardía bajo sus propios dedos al tocarse, como si aquella presión hubiera dejado algo más que una marca física. No había moratón, no aún, pero el dolor latía sordo, profundo, recordándole que esta vez había rozado un límite real.

Enderezó los hombros con esfuerzo. No miró atrás. Giró sobre los talones y salió del salón con paso firme, aunque el eco de sus tacones traicionaba una leve prisa. Las demás la siguieron sin necesidad de palabras, alineándose detrás de ella con obediencia instintiva, como una manada que reconoce a su alfa incluso cuando sangra por dentro. Gabi no rompió el contacto visual mientras se alejaba. Permaneció inmóvil, erguido en el centro de su territorio, los hombros tensos, la mirada fija y brillante. Un lobo custodiando su guarida. No avanzó. No retrocedió. Solo vigiló. Listo para saltar. Listo para pelear.

En el pasillo, Fani se cruzó con Sofi. Fue apenas un instante: una mirada fugaz, afilada, cargada de orgullo herido. Fani giró el rostro con desdén calculado, como si aquella presencia no mereciera ni una confrontación. Sofi sostuvo el gesto, firme, respirando hondo. Después, el sonido de la puerta al abrirse. El murmullo de pasos descendiendo por la escalera. El portazo seco que selló la retirada. Y el piso quedó en silencio. Un silencio denso, cargado de electricidad, como el aire después de una tormenta.
  • ¿Qué ha pasado aquí? - preguntó al entrar en el salón.
Se detuvo frente a Gabi y lo observó con detenimiento. Había algo distinto en su porte, una transformación sutil que no sabía nombrar, pero que se imponía en su forma de respirar, en la quietud tensa de sus hombros.
  • Nada… Solo he puesto los puntos sobre las íes.
  • Ya lo he visto, ya…
Sofi se acercó y lo abrazó, apoyando la cabeza en su pecho. Escuchó su corazón: latía fuerte, rápido, poderoso, como un tambor antiguo marcando territorio. Y, sin embargo, sobre él reposaba una calma extraña, casi sagrada. Gabi la rodeó con los brazos, aún atento al pasillo, vigilante. Besó su frente con una ternura que contrastaba con la firmeza de su abrazo: la protegía, la cuidaba, la honraba.
  • Eso que dijiste… - sonrió Sofi -. Ha sido muy bonito.
  • Solo he dicho lo que siento, mi vida…
  • ¿Puedes decírmelo otra vez? Me gusta oírlo.
  • Eres mía…
  • Y tú eres mío…
Las palabras no fueron posesión, sino pacto. El silencio que siguió no fue vacío: fue lleno. Denso. Vivo. Algo cambió en el aire, como si la noche hubiera llegado de repente y entrado por las ventanas sin romper los cristales. La ciudad desapareció. El piso dejó de ser paredes y techo. Solo existían ellos, respirándose el uno al otro. Gabi apoyó la frente contra la de ella. Sus alientos se mezclaron con la cadencia de dos animales que se reconocen después de la caza, después del peligro. No había prisa, no había urgencia vulgar. Había instinto y elección.

Se movieron despacio, como lobo y loba que se aproximan bajo la luna llena, conscientes del poder que los une. Cada roce era una confirmación. Cada caricia, un territorio conquistado y ofrecido al mismo tiempo. Cuando se besaron, no fue solo piel contra piel: fue hambre antigua, fue memoria genética, fue la certeza de pertenecer a la misma especie, a la misma manada, a la misma sangre. Las manos exploraron con reverencia y firmeza; los cuerpos se buscaron como si supieran el camino desde antes de nacer. Un viaje a través del valle entre sus pechos, todo por la patria de sus cuerpos, las arrugas, las pecas, los rincones ocultos, las cicatrices y tatuajes.

La respiración se volvió más profunda, más grave. El mundo exterior se diluyó en un aullido mudo que solo ellos podían oír. No era violencia; era energía. No era posesión; era alianza. Se amaron como dos fuerzas que convergen en el claro del bosque, iluminados por una luna que no juzga, que solo observa. Se encontraron en ese punto donde el deseo deja de ser impulso y se convierte en comunión.

Cuando sus cuerpos finalmente se unieron, no fue un gesto, ni siquiera un acto: fue un rito. Como si dos mitades dispersas desde el origen del tiempo volvieran a encontrarse en el centro del círculo sagrado. La unión no ocurrió solo en la carne, sino en esa dimensión invisible donde la memoria del mundo aún arde intacta.

Fue cerrar un ciclo antiguo, trazado mucho antes de que existieran sus nombres. Como si las estaciones completaran su danza, como si la semilla regresara a la tierra para morir y renacer al mismo tiempo. La energía ascendió desde el suelo, atravesando sus cuerpos como una raíz luminosa que los enlazaba al corazón del planeta. La tierra respiró con ellos. Exhaló a través de sus espinas dorsales. Inhaló por sus bocas entreabiertas.

En ese instante no existían ellos, ni el tiempo lineal, ni la historia. Solo el pulso primordial. El mismo que hizo latir el primer organismo en el océano oscuro. El mismo que enciende estrellas y apaga soles. No había miedo, porque el miedo pertenece a lo separado. Y allí no había separación. No había duda, porque la duda nace en la mente, y ellos estaban más allá de la mente, más allá del pensamiento, sumergidos en una corriente anterior al lenguaje. Se convirtieron en eje: cielo y tierra conectados por una columna de fuego invisible. Vida y muerte danzando sin oposición. La creación y la disolución abrazadas en un mismo gesto. La certeza que los envolvía no era posesión, ni necesidad. Era reconocimiento. La sabiduría instintiva de saberse refugio mutuo en medio del caos del universo. Hogar no como lugar, sino como estado del alma. Hogar como el punto donde el espíritu descansa porque ha vuelto a la fuente. Y mientras el cosmos giraba indiferente y eterno, ellos permanecían allí, en el centro del círculo, convertidos en puente entre lo humano y lo sagrado, entre la materia y el misterio.

En la quietud posterior, entrelazados, el latido de ambos se acompasó hasta convertirse en uno solo: profundo, firme, eterno. Como el eco lejano de una manada que, en algún lugar del bosque, celebra bajo la luna llena. Habían cometido errores. Ambos. Eso era innegable. Sus pasos no siempre habían seguido el sendero recto; habían tropezado, se habían herido, habían dudado. Pero ya no se castigaban por ello. Comprendieron que el error no es una mancha, sino una grieta por donde entra la luz. Que cada caída es la semilla de una transformación, el fuego que templa el espíritu y lo vuelve más consciente.

Las palabras de Taita Waman regresaron a su memoria como el eco de un tambor en la selva profunda. Miedo. Claridad. Poder. Vejez. No eran peldaños de una escalera que se asciende una vez y se abandona, sino fuerzas vivas, guardianes del umbral que aparecen una y otra vez en el camino. No se superan; se reconocen. No se vencen; se integran.

El miedo, como el jaguar que acecha en la oscuridad.
La claridad, como el águila que observa desde lo alto.
El poder, como el río caudaloso que puede dar vida o arrasar la orilla.
La vejez, como el árbol antiguo que todo lo ha visto y aun así permanece.

Entendieron que esas fuerzas no se ordenan en fila; giran en espiral. Acompañan todo el viaje. Y el verdadero aprendizaje no era derrotarlas, sino caminar con ellas sin perder el centro. Ahora, abrazados y desnudos, con la piel aún tibia y el pulso acompasado, supieron algo más profundo: ninguno de esos enemigos los encontraría aislados. Aquella era la promesa silenciosa que sostenía su unión. El mismo juramento que Gabi selló con Nico bajo otro cielo, el mismo que había sellado con Sofi desde el primer día en que eligieron caminar juntos.

Pasara lo que pasara.
Viniera lo que viniera.
La noche o la tormenta.
La abundancia o la pérdida.

Jamás lo caminarían solos.

Sofi tomó su mano vendada con delicadeza, como quien toca una herida que también es símbolo.
  • ¿Qué te ha pasado? - susurró.
Gabi respondió con una sonrisa serena, inclinándose para besarla con suavidad mientras acariciaba su mejilla. No hubo explicación. No hizo falta. En ese gesto estaba todo: la batalla, la cicatriz, la lección. Sus miradas se encontraron y, en ese silencio pleno, lo comprendieron sin palabras. La vida y la muerte seguirían danzando a su alrededor. Las pruebas que el destino tejiera, los tropiezos, las lágrimas… regresarían con otros rostros. El miedo volvería a tocar la puerta. Siempre lo hace. Pero el círculo estaba trazado. Y dentro de él, permanecían juntos.

La noche caía en otro punto de la ciudad, más silenciosa, más doméstica.

En la cocina de su casa, Laia cortaba verduras sobre una tabla de madera marcada por los años. El filo del cuchillo descendía con precisión rítmica, acompasado con la música que brotaba suave desde un pequeño altavoz junto a la ventana. Una canción de soul antiguo llenaba el espacio con una calidez envolvente, y ella seguía el compás moviendo la cabeza, apenas un gesto, casi inconsciente.

Había decidido preparar algo elaborado y reconfortante: crema de calabaza asada con jengibre y coco, y salmón al horno con limón, eneldo fresco y un toque de pimienta negra recién molida. Mientras la calabaza se caramelizaba en el horno, liberando ese aroma dulce y tostado que huele a hogar, Laia exprimía el limón con energía, dejando que el jugo brillante se deslizara sobre la carne rosada del pescado.

La luz amarilla de la cocina dibujaba reflejos dorados en su pelo. La ventana empañada devolvía una imagen difusa de ella misma, concentrada y serena. La música subía ligeramente de intensidad y, por un instante, dejó el cuchillo a un lado para balancear las caderas con timidez, sonriendo para sí. En una olla pequeña, la crema comenzaba a hervir suavemente. El vapor ascendía en espirales delicadas, empañando el aire con el perfume especiado del jengibre. Probó una cucharada y cerró los ojos un segundo, ajustando la sal con un pellizco preciso, casi intuitivo.

Laia tarareaba el estribillo mientras limpiaba la encimera con movimientos circulares, ordenando el espacio con esa disciplina tranquila que habla de cuidado. De vez en cuando miraba el reloj. No con impaciencia, sino con esa expectativa serena de quien cocina no solo para alimentar, sino para acompañar. La canción terminó y comenzó otra, más rítmica. Ella volvió a seguir el compás con la cabeza, el cuerpo ligero, ajena por un momento a todo lo demás. Allí, en esa cocina tibia y luminosa, la vida era simple: fuego, alimento, música y el deseo silencioso de que, al ver lo que había preparado, su madre sonriera.

Pero no estamos hablando de una vida cualquiera. Hablamos de la vida de Laia. La hija del caos. Y, como era de esperar, la armonía nunca le duraba demasiado. El destino no parecía dispuesto a concederle treguas; la observaba con la misma fijación implacable con la que un depredador sigue a su presa. No la perdía de vista. No la dejaba respirar.

Laia se tensó de inmediato. Todo estaba en su sitio: la música, el horno encendido, la mesa preparada. Y, sin embargo, algo invisible se había agrietado. Una vibración distinta en el aire. Intuición. Instinto. O quizás olfato… Ese presentimiento que no necesita pruebas.

Soltó el paño. El cuchillo quedó abandonado sobre la encimera. La canción seguía sonando cuando salió corriendo por el pasillo, el pulso disparado, el suelo frío bajo sus pies. Abrió la puerta del cuarto. Y lo vio. El cuerpo de su madre convulsionando sobre la cama. Mandíbula tensa. Ojos perdidos. Un espasmo tras otro, como si una corriente eléctrica descontrolada la atravesara por dentro. Un ataque epiléptico. Raro en la evolución habitual de su enfermedad, pero descrito en algunos casos de lipodistrofia generalizada congénita, asociado a las alteraciones metabólicas crónicas que pueden afectar al sistema nervioso central.

La teoría no servía de nada ahora.
  • Mamá… mamá… - su voz se quebró.
Las manos le temblaban mientras apartaba objetos, mientras intentaba colocarla de lado como recordaba haber leído alguna vez. El tiempo se deformó. Los segundos eran cuchillas. El móvil. ¿Dónde estaba el móvil? Lo encontró en la cocina. Marcó emergencias con dedos torpes, resbalando sobre la pantalla.
  • Mi madre… está convulsionando… no respira… por favor… por favor…
La operadora hablaba, pero las palabras llegaban fragmentadas. Dirección. Edad. Enfermedad previa. Laia respondía atropellada, sintiendo que cada sílaba era insuficiente, que el mundo se estaba desmoronando en su propia voz. Volvió al cuarto sin colgar.
  • Ya vienen… ya vienen… aguanta, mamá…
Las convulsiones cedieron, pero el silencio que quedó fue peor.
Un silencio pesado. Antinatural.
No se movía.
  • No. No, no, no…
Le buscó el pulso. No estaba segura de sentirlo.
¿Era su propia sangre golpeándole en los dedos? ¿O era el corazón de su madre apagándose?
Las sirenas comenzaron a oírse a lo lejos. Demasiado lejos.

Laia salió al rellano antes de que el ascensor llegara, bajó las escaleras a trompicones, abrió la puerta del portal con manos que no le obedecían. Cuando vio las luces azules reflejadas en la fachada, sintió alivio y terror al mismo tiempo. Subió con los sanitarios. Preguntas rápidas. Movimientos precisos. Oxígeno. Monitor. Órdenes que no entendía.
  • ¿Se va a morir? - preguntó, pero nadie respondió con la verdad.
La camilla avanzó por el pasillo como una procesión urgente. La música seguía sonando en la cocina, absurda, fuera de lugar. En la ambulancia, Laia sostuvo la mano inerte de su madre mientras las puertas se cerraban de golpe. El vehículo arrancó con violencia. Sirena. Luces. Velocidad.

Su madre se estaba muriendo.
A causa de una enfermedad que no tenía cura.

O quizás…

Como el Níquel, siendo el núcleo que no descansa y el imán que persigue su rastro a través del vacío del espacio. Esta historia continuará…
 
Le he dado a me gusta, pero la última parte es muy muy triste.
Aunque la cosa pinta mal, espero que se salve la Madre de Laia.
Ten fe compañero... Nico no dejaría jamás que Laia sufriera si él puede evitarlo.
En el siguiente capítulo, la ciencia quedará en evidencia.
Nuestros compañeros están a punto de comprender que el mundo moderno no es una máquina tan perfecta como todos pensamos...
Que hay cosas más antiguas, casi olvidadas. Fuerzas incomprensibles que mueven el mundo, antes de que el hombre fuese hombre, antes de que el primer asentamiento se levantase, antes de que descubriéramos el fuego y venciéramos a la oscuridad.

La ciencia salva vidas, sí.
La fe, en cambio, mueve montañas.

Un abrazo!
 
Capítulo 29. Cobre - (Cu)sco: Tierra de los Antiguos

El Cobre (Cu) ocupa el vigésimo noveno lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del cobre con el concepto de la sabiduría ancestral, obtenemos el retrato de una conexión eterna que transmite el calor de las generaciones. El cobre es el primer metal que la humanidad acarició con el fuego, el conductor de los relatos antiguos y el puente rojizo que une el pasado neolítico con la tecnología del futuro, recordándonos que la verdadera sabiduría es aquella que sabe fluir sin perder su esencia.

La Sabiduría Ancestral según el Cobre: El Hilo que Conecta los Tiempos

1. El Conductor del Relato (Alta Conductividad)

El cobre es el maestro de la transmisión; es el elemento que permite que la energía y la información viajen con la menor resistencia posible. La sabiduría ancestral es el "cableado" de nuestra cultura. Como el cobre, las enseñanzas de los abuelos no buscan retener la luz, sino entregarla. Ser sabio bajo este símbolo significa ser un conducto limpio: permitir que la voz de los que estuvieron antes que nosotros pase a través de nuestra vida sin distorsiones, asegurando que el "voltaje" de su experiencia ilumine el presente.

2. La Pátina de la Experiencia (Carbonatación Natural)
Cuando el cobre se expone a los elementos, no se pudre; crea una capa de color verde esmeralda llamada pátina que lo protege para siempre del deterioro. La sabiduría no es la ausencia de tiempo, sino su acumulación. El "verde-cobre" de la sabiduría ancestral representa las cicatrices y los años que, en lugar de destruirnos, nos vuelven invulnerables. Es la nobleza del que ha vivido y ha permitido que la intemperie de la vida cree una capa de protección y belleza que solo los años pueden otorgar.

3. El Antiséptico Sagrado (Propiedades Oligodinámicas)
Desde la antigüedad, el cobre se ha usado para esterilizar el agua y curar heridas, ya que elimina de forma natural bacterias y virus al contacto. La sabiduría antigua es medicinal. En un mundo lleno de "virus" ideológicos y ruido digital, los consejos ancestrales actúan como el cobre: purifican el entorno por simple presencia. Recurrir a lo antiguo es una forma de higiene espiritual; es limpiar nuestra mente de las modas pasajeras para volver a lo que siempre ha sido sano y verdadero.

4. El Brillo del Ocaso (El Metal de Venus)
Asociado desde la alquimia con el planeta Venus, el cobre brilla con un color rojizo que evoca tanto el amanecer como el atardecer, simbolizando la fertilidad y la armonía. La sabiduría ancestral es cíclica, no lineal. Entiende que cada final es un comienzo. El cobre nos enseña que el conocimiento más profundo es aquel que brilla con la calidez del hogar y la tierra. Es una sabiduría femenina y acogedora que, en lugar de imponer la frialdad del acero, prefiere la calidez del abrazo y la armonía con los ritmos de la naturaleza.

5. La Maleabilidad de la Tradición (Ductilidad y Maleabilidad)
El cobre es increíblemente fácil de dar forma, se estira en hilos infinitos o se golpea en láminas finas sin romperse. La verdadera tradición no es rígida, es maleable. Como el cobre, la sabiduría ancestral sabe adaptarse a los nuevos tiempos sin quebrarse. Se estira a través de los siglos, transformándose de un caldero de cocina a un circuito impreso, demostrando que lo antiguo no es lo que está quieto, sino lo que es capaz de tomar mil formas para seguir siendo útil.

Conclusión: La sabiduría ancestral, vista a través del cobre, es la geometría del flujo eterno. Es el reconocimiento de que somos parte de una red eléctrica de memoria que comenzó hace milenios. Ser cobre significa aceptar nuestro papel como transmisores de una llama antigua, protegiéndonos con la pátina de la experiencia y asegurando que el hilo del conocimiento nunca se corte.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Laia esperaba en la sala de urgencias. El último lugar del mundo donde uno quiere estar. Todo a su alrededor gritaba desorden: pacientes arrastrando heridas abiertas, llantos que rasgaban el aire, pasos apresurados de enfermeras y médicos que parecían flotar sobre el suelo. Cada sonido le llegaba multiplicado, acelerado, insultante para alguien que solo podía esperar.

La silla de plástico crujía con cada movimiento nervioso de su pierna derecha. Los codos apoyados sobre las rodillas, el cuerpo encorvado, la vista fija en el suelo, como si mirar hacia arriba pudiera romperla. Y entonces la vio. Raquel apareció entre el caos, rápida, decidida, con esa sonrisa que no engañaba a nadie.
  • He venido lo más rápido que he podido - dijo, abrazándola con fuerza.
  • Gracias… - musitó Laia, refugiándose en aquel abrazo que parecía filtrar un poco de calma entre tanta alarma.
  • Apagué el horno como me dijiste y también el gas de los fogones… mis padres querían venir, pero pensé que querrías estar tranquila, que no hubiera demasiada gente…
  • Eres la mejor, ¿lo sabes? - susurró Laia, y entonces las lágrimas rompieron su contención.
  • Venga, vecina… no llores - respondió Raquel con suavidad -. Ya verás cómo sale de esta. Tu madre es fuerte, La mujer más fuerte que he conocido.
Sofi llegó poco después. El ritual se repitió: abrazos, sollozos contenidos, besos, palabras de esperanza que se balanceaban entre la fe y la desesperación. Cada gesto era un ancla, un intento de sostener lo que parecía incontrolable.
  • Gabi viene ahora, está buscando aparcamiento…
  • Te lo agradezco, de corazón - Laia escondió la cabeza en su hombro, los ojos rojos y la respiración temblorosa.
  • ¿Te han dicho algo?
  • No… de momento no.
Y entonces irrumpió Gustavo. Con la fuerza de siempre, con esa brusquedad animal que parecía atravesarlo todo. Esta vez no hubo bromas, ni chascarrillos, ni el temperamento habitual. La situación exigía respeto y unidad, y él lo entendía mejor que nadie pues ya había caminado antes por el filo de perder a una madre. Simplemente se acercó, las abrazó una a una y preguntó si necesitaban cualquier cosa, con un temple que ninguna de ellas habían visto jamás.

Mientras tanto, Gabi ya caminaba rápido hacía la puerta principal del hospital. Allí se encontró con Nico y Lena, ansiosos, hablando en susurros rápidos, con negaciones de cabeza que hablaban de peligro y decisiones precipitadas. El aire se cargó de tensión apenas se saludaron: abrazos cortos, besos en la mejilla, palmadas en la espalda.

Gabi encendió un último cigarro antes de entrar, inhalando profundamente, como quien prepara la mente para enfrentar lo que teme. Lena desapareció dentro y Nico permaneció afuera, acompañándolo.
  • ¿Funcionará? - preguntó Gabi, soltando el humo con nerviosismo.
Nico negó con la cabeza, la mirada fija en el interior del hospital.
  • Ya se lo dije a Laia… no es buena idea…
  • ¿Por qué?
  • No hemos conseguido estabilizarla aún. Es un movimiento peligroso, colega. No puedo garantizar nada…
  • Pero… hicisteis pruebas, ¿verdad? Todas con resultados positivos…
  • Sí, pero con placas Petri, jamás en humanos. Es muy distinto, joder.
  • Bueno… en realidad también lo hemos probado en humanos.
  • ¿Y cuáles fueron los resultados? - Nico respiró hondo -. Piénsalo, Gabi. Cada vez ha sido distinto. Es inestable, no la comprendemos. Sí, puede que le salve la vida… pero ¿y si le pasa lo mismo que a Javi, o que a Laia, o lo mismo que os paso a vosotros en la fiesta de Gustavo…?
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito de urgencias. Cada palabra colgaba en el aire como un presagio, una línea tan fina que podía romperse al menor soplo de incertidumbre.
  • O lo que me ha pasado esta tarde… - murmuró Gabi.
  • ¿El qué? - preguntó Nico, temiendo lo peor.
  • Tranquilo, colega. Está todo bien. Es solo que me ocurrió algo distinto. Tuve una especie de… no sé muy bien cómo llamarlo.
  • ¿Un ataque?
  • Para nada. Fue una… una especie de visión. - Gabi se acercó un poco más, bajando la voz -. Sentí como si estuviera usando la Azulita. Como si todo se sometiera a su poder. Pero, de repente… nada había pasado.
  • ¿Alucinaciones?
  • No lo describiría así. Fue extraño. No solo viví algo que no había sucedido, sino que, cuando desperté… el mundo era otro.
  • ¿A qué te refieres con “otro”?
Gabi dudó un instante. Sabía cómo sonaba lo que estaba a punto de decir.
  • Nico, podía… - tragó saliva -. Durante unos segundos, algo se apoderó de mí. Algo antiguo. Algo que no está en mis recuerdos… sino en mi sangre.
No fue fácil explicarlo. No se trataba de luces ni de voces. No fue una película proyectándose en su cabeza. Fue contacto. Gabi le contó cómo, de pronto, el aire dejó de ser solo aire. Se volvió denso, cargado, vivo. Como si cada partícula respirara con intención. Le explicó - lo mejor que pudo - como sintió el espacio expandirse alrededor de su cuerpo, como si hubiera atravesado una membrana invisible y accedido a una capa más profunda de la realidad.
  • No estaba soñando, ni tampoco deliraba. Era como si hubiera sintonizado una frecuencia que siempre había estado allí, pero que nadie me había enseñado a escuchar…
Le contó como percibió el pulso del lugar. No metafóricamente. Una vibración grave, constante, como el latido subterráneo de la tierra. Las paredes dejaron de ser límites; eran simplemente materia organizada. El silencio dejó de ser ausencia de sonido; estaba lleno de información.

La “Azulita” no fue una sustancia en ese instante. Fue una llave.

Sintió que algo en su interior se abría, no hacia afuera, sino hacia abajo. Hacia lo primitivo. Como si hubiera conectado con una memoria anterior a su biografía. No imágenes concretas, no escenas. Más bien una certeza: que no estaba separado del entorno, que su cuerpo era una prolongación del mismo tejido que compone el suelo, el aire, la sangre.
  • No era poder como fuerza bruta - le explicó a Nico -. Era… alineación. Como si por un momento entendiera cómo encajan todas las cosas. Como si pudiera tocar el mecanismo invisible que lo mueve todo.
Le habló de cómo los sentidos se agudizaron, pero no solo eso. También de como apareció una percepción más profunda: intuía tensiones en el ambiente, emociones antes de que se manifestaran, peligros antes de que existieran. No era magia. Era una especie de hiperconciencia.
  • Y lo más raro - añadió - es que no sentí que viniera de fuera. No era algo que me invadía. Era algo que despertaba. Como si siempre hubiera estado ahí, esperando.
No lo vivió como una posesión. Fue más bien una integración. Un recuerdo corporal de algo que la evolución había adormecido. Cuando “despertó”, todo parecía igual. Las mismas paredes. Las mismas voces. Pero ya no encajaban del mismo modo. Había visto la costura del mundo, aunque solo fuera por un instante.
  • No sé qué cojones pasó, Nico - concluyó, manteniendo su mirada fija en él -. Pero toqué algo real. Demasiado real. Y ahora… no puedo fingir que no existe.
En sus ojos no había delirio. Había asombro. Y una sombra de responsabilidad. Gabi lo notó al instante: Nico no estaba nervioso, estaba al borde del colapso. Demasiados cabos sueltos, demasiadas preguntas sin respuesta, ningún avance en su investigación. Apagó la colilla en el cenicero de la entrada, inhalando con fuerza, y le dio un par de palmadas en la espalda.
  • Venga… Entremos - dijo, pasando un brazo por su hombro -. De nada sirve preocuparse. Quizás la madre de Laia se recupere y no sea necesario usarla esta vez.
Nico no dijo nada, se dejó llevar, aunque sabía perfectamente - por lo que le había contado Laia - que no había demasiadas esperanzas. Entraron juntos en urgencias, fusionándose con el resto del grupo, un pequeño muro de contención entre Laia y el caos que se expandía a su alrededor. La respuesta que todos ansiaban tardó en llegar, pero la espera era más soportable en compañía. Las horas se estiraban, densas, y el tiempo comenzó a perder sentido. Lena desaparecía a cada poco rato y reaparecía al cabo de pocos minutos, negando con la cabeza. Cada retorno era un pequeño golpe de realidad. Laia insistió varias veces en que regresaran a sus casas, recordándoles que mañana debían trabajar. Pero nadie se fue. Nadie la dejó sola. La acompañaron, aferrándose a la esperanza como único escudo frente a lo imposible.

Y entonces apareció. Sin previo aviso, sin trompetas que anunciaran su llegada, un doctor se quitó los guantes de látex y los arrojó al contenedor de residuos biológicos. Su rostro estaba cansado, como el de tantos otros que andaban de arriba a abajo. Pero había algo distinto en su expresión: algo que hizo que todos se pusieran de pie, formando un círculo alrededor de él, conteniendo la respiración.
  • ¿Laia, verdad? - preguntó, levantando la mascarilla, dejando ver unos ojos serios, firmes, pesados de noticias que no se pronuncian con ligereza.
  • Sí… soy yo.
El doctor hizo una pausa, midiendo cada palabra.
  • Lo siento… - comenzó -. Su madre ha sufrido un paro cardiorrespiratorio masivo hace veinte minutos. El equipo de reanimación ha intervenido de forma prolongada, pero no ha habido respuesta hemodinámica.
Laia lo miró con los ojos desorbitados, el aire atrapado en los pulmones como si hubiera desaparecido de repente.
  • ¿Ha… ha muerto? - susurró, quebrada, con la voz temblando hasta un hilo.
  • Ahora mismo se encuentra en una situación de soporte vital - explicó él, con cada palabra medida, pausada, cargada de gravedad -. Su corazón sigue latiendo solo porque el ventilador y la perfusión de fármacos lo mantienen. Está en un estado de inconsciencia profunda, sin reflejos del tronco encefálico.
  • ¿Qué significa eso? - lo cortó ella, con una lucidez violenta que contrastaba con su miedo -. Déjese de términos médicos.
El doctor suspiró levemente y la miró a los ojos, con la seriedad que dicta el Protocolo Buckam.
  • Significa que el daño cerebral es irreversible. No hay actividad autónoma. Lo que la mantiene con vida es la máquina. No hay pronóstico de recuperación. Según el protocolo, necesitamos su autorización para proceder a la retirada de las medidas de soporte vital. No podemos hacer nada más por salvarla; solo prolongar su vida de forma artificial.
El silencio que siguió fue absoluto. La sala de urgencias parecía desvanecerse alrededor de ellos. Cada respiración, cada tic del reloj, cada pitido lejano de las máquinas se volvía insoportablemente claro. El mundo se había reducido a esa habitación, a ese instante, y a la decisión que pendía como una guillotina invisible sobre Laia.
  • ¿Pu… puedo verla antes? - preguntó al borde del llanto, la voz quebrada, temblando como un hilo que amenaza con romperse.
  • Por supuesto… si me sigues, por favor - respondió el doctor, con la serenidad de quien ha visto la vida y la muerte tantas veces que cada palabra se mide como un gesto sagrado.
Todos se pusieron en marcha. El grupo avanzó en silencio, los pasos amortiguados por el suelo frío del hospital. El doctor se detuvo, alzando la mano con calma profunda, implacable, como un guardián de un umbral invisible.
  • Solo los familiares, por favor…
  • Si mi madre ha muerto… - dijo Laia con firmeza, sin pestañear, aunque las lágrimas ya le corrían por las mejillas - ellos son la única familia que me queda.
El doctor suspiró, casi imperceptible, y asintió, aceptando sus palabras. La puerta se abrió y el cuarto se llenó de un silencio denso, casi tangible. Allí estaba ella: consumida por la enfermedad, el cuerpo encogido bajo las sábanas blancas, los labios pálidos y los ojos cerrados. Cada respiración era arrastrada por las máquinas que marcaban un ritmo metálico y regular, un susurro artificial que mantenía la vida suspendida, frágil como un hilo de humo.

Laia se acercó temblando, cada paso como si caminara sobre cristales rotos. Su cuerpo se inclinó sobre el de su madre, el pecho presionando contra el corazón que latía a través de tubos y cables. Lloró, un llanto que era a la vez súplica y despedida, su rostro enterrado en quien le dio la vida y que ahora debía soltar. Cada lágrima caía sobre la sábana como un testigo silencioso de todo lo que se estaba perdiendo.
  • Os dejo un momento para que podías despediros - susurró el doctor antes de salir de la habitación.
El resto se mantuvo a cierta distancia, respetuosos, casi en reverencia. No hablaban, pero su presencia era un muro de contención invisible: sosteniéndola, acompañándola, recordándole que no estaba sola en ese instante doloroso. Las manos se entrelazaban discretamente, las respiraciones se unían en un ritmo tenue, compartido, colectivo. La luz blanca del cuarto parecía más intensa, casi celestial, iluminando cada gesto, cada arruga, cada línea de dolor y amor en los rostros. Laia se aferró a su madre, sabiendo que cada segundo era un regalo y una despedida, un último contacto con la fuente de su vida antes de que la enfermedad reclamara lo que había tomado desde hacía tiempo.

De repente, Laia alzó la cabeza. No fue un gesto brusco. Fue lento y deliberado. Y cuando sus ojos se clavaron en Nico, ya no había lágrimas en ellos. Había decisión. No pedían ayuda. No suplicaban consuelo. Exigían acción. Desafiaban el dictamen médico, el protocolo, la estadística, la curva descendente de lo inevitable. Se resistían al orden natural de la vida y la muerte con una furia silenciosa.

Nico sintió el impacto físico de aquella mirada. Como si alguien le hubiera colocado una losa sobre el pecho. El mundo se comprimió en ese segundo. La ciencia gritaba dentro de él: “No lo hagas. Es inestable. No está lista. No en humanos. No así.” La “Azulita” no era un fármaco aprobado. No era un tratamiento experimental en fase avanzada. Era una anomalía. Un fenómeno que no comprendían del todo, por no decir absolutamente nada. Había reaccionado de formas impredecibles. Había alterado cuerpos, mentes, destinos. Podía salvar… o destruir.

Era una locura. Pero frente a él no estaba un experimento.
Estaba Laia. La mujer que amaba.
  • Laia, yo… - empezó a decir, pero las palabras se le quedaron pequeñas, inútiles.
Dio un paso al frente. Lena entrelazó su mano con la de él, con fuerza. En ese gesto no había solo apoyo; había súplica. Miedo comprimido. Un “no lo hagas” que no se atrevía a pronunciar en voz alta. Nico lo sintió al instante.

Sintió el peso de la razón en una mano.
Y el peso del amor en la otra.
Y el amor tiraba más fuerte.

Avanzó. Se soltó de Lena. No con violencia, sino con una suavidad irrevocable. Un gesto mínimo que lo decía todo. Cruzó una línea invisible en ese instante. La del científico prudente. La del hombre que no juega con fuerzas que no entiende. Estaba dispuesto a hacerlo. A arriesgarlo todo. Su carrera. Su ética. Su estabilidad mental. A caer con ella si era necesario.
  • ¿La has traído? - preguntó Laia, sin pestañear.
No había temblor en su voz. Solo determinación. Nico bajó la vista y observó cómo sus manos se aferraban a las sábanas, los nudillos blancos, la tensión marcándole los antebrazos. Aquella no era una hija derrotada. Era una guerrera ante el abismo.

Asintió despacio. Y en ese movimiento sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Era un mar de dudas. Un océano oscuro de consecuencias horribles. Sabía que podían desencadenar algo que no podrían detener. Que podían abrir una puerta que jamás volvería a cerrarse. Pero entonces volvió a mirarla. Y en medio del fin del mundo, en medio de máquinas que respiraban por su madre y protocolos que dictaban muerte clínica. En medio de la tormenta más brutal que había conocido jamás, encontró en sus ojos un faro.

No era racional. No era seguro. No era correcto.
Era amor.

Y el amor, a veces, no evita el abismo.
Se lanza de cabeza.

Nico se colocó a su lado. Dejó atrás al científico, al investigador. Se arrodilló junto a Laia, a la altura de la cama, tan cerca que podía sentir el temblor contenido en su respiración. Sacó el pequeño vial del bolsillo interior de la chaqueta con un gesto lento, casi ceremonial. El cristal reflejó la luz blanca del hospital, y durante un instante el polvo azul brilló con una intensidad irreal, como si guardara dentro una tormenta microscópica.

Ambos lo contemplaron sin hablar. El silencio era espeso, casi tangible. Se podía masticar. Pesaba en la lengua, en el pecho, en la conciencia. Sus miradas se cruzaron. No hubo debate. No hubo cuenta atrás. Solo decisión compartida.

Nico destapó el vial. Volcó una mínima cantidad de polvo sobre la palma de la madre de Laia. La sustancia cayó ligera, como ceniza luminosa. Durante un segundo permaneció allí, visible, imposible. Y entonces comenzó a fundirse. No se disolvía como un químico convencional. No reaccionaba con humedad. Se integraba. El azul se deslizaba bajo la piel, atravesando el tejido como tinta absorbida por un papel vivo. Desapareció sin dejar rastro, como si jamás hubiera estado allí.

Esperaron.
Nada.

Las máquinas seguían marcando el mismo ritmo mecánico. El pecho ascendía y descendía por impulso artificial. El rostro permanecía pálido, inmóvil, ausente. La enfermedad la había consumido tanto que parecía imposible que quedara algo a lo que aferrarse.
  • Vamos, mamá… tú puedes - susurró Laia, inclinándose, sujetándole la mano entre las suyas, intentando transmitir calor a aquella piel fría -. Despierta. Vamos. Vuelve conmigo.
Su voz se quebró al final, pero no se retiró.
Un segundo. Dos. Tres.
Nada.

El aire se volvió insoportable. Y entonces ocurrió. Un leve movimiento. Mínimo. Casi imperceptible. Un espasmo en los dedos. Un temblor diminuto en aquella mano que hasta hacía un momento parecía pertenecer a otro plano de la conciencia. Laia abrió los ojos de golpe.
  • ¿Lo has visto? - llegó a decir lo que su rostro gritó.
Se giró hacia sus amigos. La esperanza regresando como una explosión silenciosa bajo la piel. Ilusión en los ojos. Terror en el corazón. Fe en su postura: las rodillas ancladas sobre el frío suelo. Nico reaccionó de inmediato. Tomó el pulso con dedos entrenados, intentando mantener la objetividad, la frialdad profesional que tanto le había costado abandonar. Lo sintió. No era un latido asistido. No era una vibración mecánica. Era más firme. Más profundo. Más estable.

El monitor respondió un segundo después, ajustando su cadencia. El ritmo cardíaco ganando autonomía, recuperando terreno como una llama que se niega a extinguirse. Nico levantó la vista hacia Laia. No hizo falta hablar. Su madre estaba regresando del otro lado.

Al principio fue apenas un destello bajo la piel.
Un hilo azul. Fino. Eléctrico.

La palma de su mano, donde el polvo había desaparecido, comenzó a brillar con una luminosidad tenue, casi tímida. Y entonces el resplandor se desplazó. No como una reacción química. Como un cauce que encuentra su pendiente natural. El azul neón empezó a recorrer sus venas marcadas, dibujándolas bajo la piel pálida como pequeños ríos luminosos en un mapa secreto. Subió por la muñeca, serpenteó por el antebrazo, se bifurcó en ramificaciones delicadas que parecían raíces buscando tierra fértil.

La habitación se llenó de una luz irreal.
No cegadora, ni violenta.
Orgánica.

La piel consumida por la enfermedad comenzó a adquirir un matiz translúcido, como si algo estuviera despertando desde dentro, irrigando territorios que habían permanecido en penumbra durante demasiado tiempo. Todos se acercaron. Instintivamente. Sin palabras. Raquel se llevó la mano a la boca. Lena dio un paso adelante, los ojos abiertos, incapaz de procesar lo que veía. Sofi y Gabi se abrazaron, incapaces de apartar la mirada. Nico permanecía inmóvil, dividido entre el asombro científico y la conciencia de estar presenciando algo que desbordaba cualquier marco racional.

El azul avanzó hacia el cuello, ascendió por la clavícula, se ramificó hacia el pecho. Durante un segundo, el latido se hizo visible bajo la piel iluminada, como un faro pulsando en mitad de la noche. No era una simple reanimación. Era como si la sangre hubiera recordado cómo ser sangre. Como si cada célula recibiera una orden antigua: regresa.

Gustavo, en cambio, no miraba el prodigio. Se desplazó hacia la puerta con pasos firmes y se colocó frente a ella, vigilante. Espalda recta. Mandíbula tensa. Si aquello era un milagro, lo protegería como se protege una llama en medio del viento. Nadie entraría. Nadie interrumpiría lo que estaba naciendo en aquella habitación.

El azul alcanzó el rostro. Las venas finas en las sienes comenzaron a brillar suavemente. Los labios, antes ceniza, recuperaron un leve matiz rosado. El monitor cambió su ritmo, adaptándose a un pulso que ya no era prestado. Y entonces, como si emergiera desde una profundidad insondable, sus párpados temblaron.

No fue un movimiento brusco. Fue lento. Sagrado. Como quien atraviesa la superficie de un lago después de haber estado sumergido en otro mundo. El resplandor disminuyó gradualmente, integrándose, apagándose hacia adentro, como si el azul hubiera cumplido su propósito y ahora habitara en silencio bajo la carne.

Los ojos se abrieron.
No estaban vacíos, ni ausentes.
Sino conscientes.

El aire abandonó los pulmones de todos al mismo tiempo, como si la habitación entera hubiera exhalado tras contener la respiración durante siglos. La muerte había estado allí. No como metáfora. No como amenaza lejana. Había ocupado el espacio con su presencia densa, silenciosa, irrevocable. Se había sentado junto a la cama con paciencia infinita, reclamando lo que considera suyo desde el principio de los tiempos. Había extendido su sombra sobre la piel marchita, sobre las máquinas, sobre los corazones resignados. Había dictado sentencia sin alzar la voz, segura de que nadie discute sus decretos. Pues así es la Parca, tan segura de su victoria, que ofrece toda una vida de ventaja.

Y, sin embargo…
Algo la había contradicho.

Algo antiguo, anterior incluso a ella, a su reino frío y oscuro. Un pulso primigenio que no entiende de finales, que no acepta la clausura como destino. La “Azulita” no había actuado como un fármaco, ni como una descarga eléctrica, ni como un truco de laboratorio. Había obrado como un sacramento. Como si no devolviera la vida, sino que recordara a la vida quién era.

El azul no había combatido a la muerte con violencia. No la había expulsado a gritos. Simplemente había pronunciado un nombre más antiguo que el suyo. Y ante ese nombre, la sombra retrocedió. Porque la muerte, por primera vez, pareció una idea revocable. Una frontera que podía cruzarse en ambos sentidos. Una puerta que, contra toda ley escrita, acababa de abrirse desde dentro. Lo que yacía en aquella cama ya no era un cuerpo sostenido por máquinas, sino un territorio reconquistado. Un templo donde algo sagrado había descendido y encendido nuevamente la llama. Y en ese instante, ninguno de ellos supo si había presenciado un milagro… o si acababan de despertar a un poder que los dioses olvidaron sellar.
  • Laia, hija… ¿Qué… qué ha pasado? - preguntó la madre, con la voz quebrada por un miedo que no era del todo humano -. ¿Dónde estoy?
Laia se levantó de un salto. El corazón le golpeaba las costillas con violencia, pero no importaba. Estaba viva. Su voz volviendo al mundo de los vivos, fue lo más hermoso que había escuchado jamás. Deseaba abrazarla, besar su frente, hundirse en su cuello y comprobar que el calor era real, que no se trataba de una alucinación cruel.

Se inclinó sobre ella.
Y entonces la sonrisa murió en su boca.

El azul que emanaba no era un reflejo. No era un efecto de la luz del hospital ni un espejismo provocado por el llanto. Era un azul absoluto, denso, incandescente. Brotaba desde el iris como si el ojo fuera una grieta por la que escapara un amanecer imposible. No era simple color: era energía. Laia tuvo que apartar la mirada con un gemido ahogado. Aquello cegaba. Era como mirar directamente al sol sin párpados. Y entonces empezó el temblor. No era el espasmo torpe de un cuerpo enfermo. No era el descontrol eléctrico de una convulsión. Era algo rítmico, profundo, como si desde su interior alguien estuviera ajustando una maquinaria colosal. Los músculos se tensaron, los dedos se bloquearon, la columna se arqueó en una curva antinatural.
  • Nico, stop this… - susurró Lena, retrocediendo un paso.
Pero Nico ya estaba de pie. El horror regresó a su rostro con una claridad brutal. No había ecuación para aquello. No había artículo científico. No había protocolo. El cuerpo comenzó a elevarse. Primero apenas unos milímetros. Un error de percepción, podría haber dicho su mente. Un efecto óptico. Después un centímetro. Dos. Tres. Cuatro… La sábana resbaló, cayó al suelo, y ella quedó suspendida en el aire como si la gravedad hubiese decidido retirarse por respeto. Dos palmos enteros separaba su espalda del colchón. Las máquinas empezaron a emitir pitidos erráticos. Las luces del techo parpadeaban. El monitor cardíaco dibujaba ondas imposibles, demasiado perfectas, demasiado intensas.

Todos se apartaron instintivamente. Lo que estaba ocurriendo allí no pertenecía a ningún campo de estudio. No era biología. No era física. No era neurología. Era antiguo. Era algo que precedía a la ciencia y la ridiculizaba por completo.
  • Ni… Nico… ¿qué… qué está pasando? - balbuceó Laia, incapaz de apartar la vista del cuerpo flotante de su madre.
Raquel la abrazó por detrás, temblando. Él metió la mano en el bolsillo con movimientos torpes. Había venido preparado. Siempre lo hacía. Sacó la jeringuilla cargada de morfina, convencido de que si aquello era una hiperexcitación del sistema nervioso central, un sedante potente podría amortiguarlo. Racionalidad. Control. Intervención. Avanzó un paso.
  • ¡Espera! - la voz de Gabi fue un latigazo.
Le sujetó la muñeca con fuerza.
  • ¿Qué haces, joder? ¡Hay que parar esto! - escupió Nico, al borde del pánico.
Gabi no respondió de inmediato. No apartó la mirada del cuerpo suspendido. Sus pupilas reflejaban el azul como un espejo. Y entonces, muy despacio, una sonrisa peligrosa, casi al borde de la locura, se dibujó en su rostro. No era burla. Era reconocimiento.
  • Solo espera un segundo… - murmuró, con una calma que rozaba la demencia -. Y observa…
El azul volvió a extenderse bajo la piel de la madre de Laia como ríos de neón. Las venas se marcaron, trazando mapas luminosos por brazos, cuello, sienes. El aire alrededor de su cuerpo vibraba, distorsionándose como si el espacio mismo estuviera cediendo. Las máquinas dejaron de tener sentido. El monitor cardíaco se apagó. La gravedad pareció titubear. Y en ese instante, la ciencia - con todos sus libros, sus títulos y sus certezas - se quedó muda, reducida a un espectador más ante algo que no pedía permiso para existir. El azul terminó de atravesarla por completo. No fue una luz que iluminara desde fuera, sino una que nació desde dentro, empujando contra la carne, contra los huesos, contra el límite mismo del cuerpo. La piel se convirtió en un faro vivo. Las venas ardían como raíces eléctricas extendiéndose bajo una tierra demasiado frágil para contenerlas.

Todos tuvieron que entrecerrar los ojos. Lena levantó el brazo para cubrirse el rostro. Raquel giró la cabeza, cegada por el resplandor. Incluso Nico, que había consagrado su vida a comprender lo inexplicable, retrocedió un paso, derrotado por la intensidad de aquella claridad imposible de negar, imposible de comprender. El aire vibraba. No era una metáfora: vibraba. Como si un tambor lejano marcara un pulso que no pertenecía a ese mundo. Como si en mitad de la habitación hubiese crecido una selva invisible, húmeda y antigua, donde algo primitivo acababa de despertar.

Y entonces llegó la voz.

No surgió de sus labios al principio. Fue un murmullo que pareció filtrarse por las paredes, deslizarse por el suelo, reptar por debajo de la piel de los presentes. Una frecuencia baja, rugosa, cargada de polvo y siglos. Después su boca se abrió. Pero no era su voz. La garganta que habló no era la de una mujer recién arrancada de la muerte. Era la de una anciana sin edad, de cuerdas vocales desgastadas por el viento, por la ceniza, por plegarias pronunciadas miles de veces en cavernas sin nombre. Era la voz de lo que permanece oculto. De lo que observa. De lo que nunca se fue.

“Pachamama, nanakan jach'a awki, lurañataki thakhi jist’arapxita”

Las palabras no se dijeron: se invocaron. Cayeron en la habitación como piedras en un lago oscuro. Nadie entendía el idioma, pero todos comprendieron el significado. Aquello no era un delirio. No era una lengua inventada por una mente dañada. Era un conjuro.

Nico sacó la grabadora, con rapidez, y empezó a grabar aquella voz imposible.

“Mayakipt’ata, wila masinakjama, wiñayataki sayt’asipxañani”

La cama tembló bruscamente. Los tubos se tensaron en el aire hasta partirse. Las luces del techo parpadearon y las bombillas estallaron de repente. La luz artificial murió hasta extinguirse por completo. El azul pulsó al ritmo de cada sílaba, haciéndose más presente, conquistando la oscuridad con una furia incapaz de detenerse. Laia no respiraba. No lloraba. No se movía. Observaba a su madre como se observa a un templo que arde desde dentro.

“Qhana katuñataki, amuyunaka jist’arapxita, nayranaka jist’arapxita”

Cuando terminó la última frase, el silencio fue absoluto. No fue un silencio vacío, sino uno lleno de presencia. La madre de Laia aún suspendida en el aire, empezó a descender lentamente; los ojos completamente inundados de azul, sin rastro de pupila ni de blanco, se fueron apagando volviendo a la normalidad. Miraba sin mirar. A través de ellos no había humanidad, sino horizonte. No estaba poseída por algo que hubiese entrado. Estaba atravesada por algo que siempre había estado ahí. Y en ese instante todos lo comprendieron, aunque nadie se atreviera a formularlo en voz alta: No habían devuelto a una mujer de la muerte.

Habían abierto una puerta.
Pero ¿hacia dónde?

¿Qué respiraba al otro lado? ¿Qué mundo, qué conciencia, qué memoria anterior al lenguaje aguardaba tras ese umbral recién forzado? La pregunta quedó suspendida en el aire, igual que el eco de la voz antigua. Y, como si alguien hubiese girado una llave invisible, el resplandor comenzó a ceder.

El azul dejó de latir con violencia. Las venas encendidas se apagaron una a una, como ríos que regresan a su cauce subterráneo. El cuerpo descendió lentamente hasta tocar la cama. La sábana cayó sobre la piel aún tibia. Las máquinas recuperaron su ritmo mecánico, pitidos constantes, respiraciones asistidas, cifras digitales que volvían a tener sentido. El mundo se recompuso y Lena fue la primera en reaccionar. Se acercó al monitor con manos todavía temblorosas y comprobó las constantes. Nico se situó a su lado, clínico por pura supervivencia mental, buscando números, algo que pudiera sostener con lógica.
  • Stable Fuequency… - murmuró ella.
  • Saturación subiendo… presión recuperándose… - añadió él, incrédulo.
Los datos no mentían. La madre de Laia respiraba. No gracias a las máquinas. Por sí sola. Laia permanecía junto a la cama, acariciándole la frente con una delicadeza casi infantil, como si temiera romper el milagro que acababa de suceder. Sus dedos recorrían la piel pálida, confirmando una y otra vez que estaba caliente, que había pulso, que no era una ilusión fabricada por el dolor. Entre el miedo y la calma, su corazón navegaba a la deriva. “Viva. Está viva”, pensaba. Pero ¿a qué precio?

Gabi se aproximó despacio, todavía con esa media sonrisa extraña, fronteriza con la revelación.
  • La grabadora… - le pidió a Nico en voz baja.
Nico tardó unos segundos en reaccionar, como si volviera de muy lejos. Se la entregó sin discutir. Gabi se giró hacia Sofi, haciendo un gesto leve con la cabeza.
  • ¿Me acompañas a hacer un piti? - preguntó con calma.
Ella asintió. Necesitaba aire. Necesitaba cielo abierto. Algo que no estuviera cargado de aquella electricidad invisible que seguía envolviéndolo todo. Se agarraron de la mano y salieron juntos al pasillo. Gustavo, que hasta ese momento había permanecido firme junto a la puerta, vigilando como un centinela de un castillo medieval, se apartó y fue tras ellos.
  • ¿Dónde vas? - le preguntó Sofi cuando lo vio avanzar en dirección contraria a la salida.
Gustavo se detuvo. Miró a ambos lados del pasillo vacío y regresó hacia ellos con pasos medidos. Bajó la voz.
  • Acabamos de traer a alguien de vuelta del otro lado… - dijo, sin rastro de ironía -. Como esto se sepa, estamos perdidos.
No había dramatismo en sus palabras. Sino cálculo.
  • ¿Y qué vas a hacer? - Gabi sostuvo su mirada.
La pregunta flotó con un filo peligroso. Gustavo sonrió, esa sonrisa de hombre que ha visto demasiadas cosas como para escandalizarse por una más.
  • Tranquilo, chaval. - se ajustó los tirantes -. Solo soltaré unos billetes para que nadie recuerde lo que ha pasado aquí.
Miró hacia la puerta de la habitación, donde la ciencia acababa de rendirse ante lo evidente.
  • Ahora vuelvo…
Y se alejó por el pasillo con paso decidido, mientras dentro, en aquella habitación aún impregnada del azul invisible, una mujer respiraba como si nunca hubiese cruzado el umbral. Como si la muerte hubiese sido solo una frontera negociable.

La noche había caído sobre la ciudad. Madrid respiraba en esa tregua engañosa que antecede al amanecer. Las farolas derramaban una luz amarilla sobre el asfalto húmedo y el murmullo lejano de la M-30 era como un río constante, indiferente al milagro que acababa de suceder tras aquellos muros blancos del hospital.

Sofi y Gabi compartían un cigarro en un banco metálico, frío incluso a través de la ropa. A pocos metros, una ambulancia se detenía con un gemido de sirena y otra arrancaba con urgencia renovada. Puertas que se abrían. Camillas que corrían. Voces que daban órdenes. La medicina siguiendo su curso, ajena a lo imposible.

El mundo no se había detenido.
Y, sin embargo, para ellos, algo se había desplazado para siempre.

Gabi sostenía la grabadora entre las manos como si fuese una reliquia peligrosa. Pulsó el botón.
Un murmullo brotó del pequeño altavoz.

“Pachamama, nanakan jach'a awki, lurañataki thakhi jist’arapxita…”

La voz seguía siendo la de aquella anciana imposible, raspada por siglos. No pertenecía al cuerpo que la había pronunciado. No pertenecía a ningún tiempo reconocible. Gabi pausó. Retrocedió. Volvió a escucharla por enésima vez. Sofi dio una calada larga. El humo salió despacio de sus labios y se deshizo en el aire frío. Su pierna derecha se movía nerviosa, marcando un ritmo que no sabía detener.
  • ¿Qué significa? - preguntó, observando los dedos de Gabi danzar sobre los botones.
  • No tengo ni idea… - respondió él, acercándose el aparato al oído como si el idioma pudiera revelarse por insistencia -. No suena a nada que haya escuchado antes.
Una ambulancia pasó reflejando luces azules sobre sus rostros.
  • Espera un segundo…
Sofi dejó el cigarro prendido entre los labios y metió la mano en el bolso. Sacó el teléfono. Sus dedos temblaban ligeramente al desbloquearlo. Abrió el traductor. Dudó un instante.
  • Voy a intentar grabarlo…
Gabi asintió, volvió a darle al play. La frase antigua volvió a flotar entre ellos, mezclándose con la calma lejana de la ciudad y el pitido intermitente de una máquina en alguna ventana abierta del hospital. Sofi acercó el micrófono del móvil a la grabadora. Esperó a que el sistema procesara el sonido. Un segundo. Dos. Tres. El cigarro se consumía en su boca. En la pantalla aparecieron letras que no reconocieron al principio. Luego, poco a poco, el traductor arrojó una aproximación.

Sofi leyó en voz baja, casi con reverencia.
  • Madre Tierra, gran ancestro nuestro, ábrenos el camino para actuar…
El aire pareció espesarse. Gabi tragó saliva, dejando que la siguiente frase se reprodujera.
  • Volviéndonos uno solo, como parientes de sangre, nos mantendremos en pie por siempre…
El banco metálico crujió cuando Gabi se inclinó hacia ella. La última línea apareció con un leve retardo.
  • Para recibir la luz, ábreme los pensamientos, ábreme los ojos…
Gabi apagó la grabadora lentamente. Sofi retiró el cigarro ya consumido y lo aplastó contra el suelo. Frente a ellos, otra ambulancia llegó con las luces encendidas. La jungla metálica y de cristal despertaría en pocas horas. Pero algo más había despertado esa noche. Y ya no había forma de volver a cerrarlo.

El silencio que siguió no fue de miedo. Fue de comprensión.
No habían hecho un experimento. Habían presenciado una invocación.
Algo que superaba a la realidad mundana, algo que latía en otro plano de conciencia.
  • ¿En qué piensas? - susurró Sofi.
Se había acomodado contra su pecho, escuchando el latido firme bajo la tela. Cuando él la rodeaba con el brazo, el mundo perdía filo. Todo parecía más lejano, menos amenazante. Como si su abrazo fuese una frontera invisible que nada ni nadie podía cruzar.
  • Pienso en el libro que estoy leyendo…
Sofi alzó apenas la cabeza y lo observó en silencio. Desde que aquel libro había entrado en su vida, algo se había movido dentro de él. No era solo interés. Era combustión. Ella lo conocía como si lo hubiera parido. Gabi no sabía acercarse a nada a medias. Cuando algo capturaba su atención, lo absorbía hasta el hueso, lo desmenuzaba, lo hacía suyo. Se obsesionaba con una intensidad casi religiosa. Nunca había sido hombre de estudiar por obligación ni de perseguir diplomas como trofeos. No cabía en ese molde. Pertenecía a otra estirpe, a la de los sabios sin título, a los que no necesitaban un aula para aprender ni una firma para validar - ante la sociedad - lo que sabían. Era de los que se sentaban a leer como quien se arrodilla ante un altar. Aprendía por hambre. Por respeto. Por una necesidad íntima de expandirse. De abrir su mente. De crecer. No utilizaba el conocimiento como moneda de cambio para comprar futuro ni prestigio. No lo prostituía. Lo trataba con una reverencia antigua, como si supiera que su única finalidad era esa: volverse más consciente, más lúcido, más libre.

Había algo profundamente rebelde en eso. En negarse a aprender para encajar. En estudiar sin amo. En buscar respuestas que nadie le exigía encontrar. A Sofi siempre le había fascinado. Incluso atraído. Fue una de las primeras grietas por las que se coló el amor. Esa mente inquieta, indómita, que no aceptaba fronteras. Esa manera de cuestionarlo todo, incluso lo evidente. Rebelde en el pensamiento, en la acción, en la forma de amar. En todos los sentidos.

Apoyó de nuevo la cabeza en su pecho. Y mientras el murmullo lejano de la ciudad se mezclaba con su respiración, comprendió que lo que estaba cambiando en él no era solo un libro. Era el comienzo de algo más grande. Y lo sabía en lo más profundo de su pecho… los iba a cambiar a todos. Gabi encendió otro cigarro y dejó que el humo se deslizara lentamente hacia el cielo nocturno, como si marcara el ritmo de sus palabras.
  • En el libro, Taita Waman… - dijo, exhalando una nube grisácea -, enseña a Castaneda a contemplar el mundo desde otro prisma. Él no entiende la realidad como nosotros la entendemos; ve las cosas desde la mirada de alguien que jamás ha renegado de su cuna…
  • La naturaleza… - murmuró Sofi, acurrucándose más contra él, los dedos entrelazados con los suyos, buscando calor y certeza.
  • Exacto, pero no solo el mundo animal y vegetal, sino también el espiritual… Pachamama - asintió Gabi, esbozando una sonrisa -. Eso es lo que dijo la madre de Laia. ¡Bueno!, o quien cojones fuera quien hablaba por su boca… La cuestión es que llevo dándole vueltas a una idea desde hace días…
  • ¿Cuál? - preguntó ella, un hilo de curiosidad y anticipación en su voz.
  • No vamos a encontrar respuestas en un laboratorio frío y artificial… - dijo Gabi, con los ojos brillando bajo la luz de la farola -. Nos enfrentamos a algo que no podemos comprender, pero no porque sea difícil de entender, sino porque no estamos buscando las respuestas donde debemos buscarlas… Ahora lo veo más claro que nunca. Debemos ir. No cabe duda.
El pulso de Sofi se aceleró de inmediato. Se separó de su pecho y lo miró con los ojos muy abiertos. Aquellas palabras tenían la cadencia de un tambor que anunciaba un viaje a lo lejano, un llamado a explorar lo desconocido, una expedición para salir del cauce seguro de sus mundos y zambullirse en la corriente que la llevaría hacia lo imprevisible. Siempre le había fascinado viajar, pero esta vez no era solo la promesa de aventura: era verdad, era misterio, era el inicio de algo que podía cambiarlo todo.
  • ¿Ir? ¿A dónde? - preguntó, la mezcla de miedo y excitación bailando en sus pupilas.
Gabi soltó una larga calada y la miró con intensidad, dejando que el silencio antes de hablar aumentara la gravedad de sus palabras.
  • Al origen del enigma… - dijo despacio -, a la cuna de la “Azulita”, al hogar de Manco Cápac, a la tierra de los antiguos…
  • No te entiendo… - Sofi murmuró, como si intentara asir el concepto con las manos.
  • A Cusco, mi vida. A Perú… Allí encontraremos respuestas.
Y en ese instante, la ciudad a su alrededor se desdibujó. La bruma de humo, las luces de los coches, las sirenas lejanas de las ambulancias: todo se redujo a la promesa de un viaje que empezaba ahora, con nervios, con ilusión, con la certeza de que nada volvería a ser igual. Era un comienzo. Un salto al desconocido, al misterio, al origen de lo que habían despertado. Y, por primera vez, el miedo se mezclaba con la emoción de saber que estaban listos para enfrentarlo juntos.

Como el Cobre, siendo el hilo rojo que une las edades y la pátina verde que guarda el secreto de la eternidad. Esta historia continuará…
 
Pur primera vez, la Azulita trae consigo algo bueno y milagroso,devolver a la vida a la Madre de Laia, pero esto va a ser peligroso si alguien se entera
Este capítulo me ha recordado a Linea Mortal, una película de Julia Roberts y Kierfer Sutherland entre otros, que jugaban con la muerte y la vida.
 
Capítulo 30. Zinc - Una bri(Zn)a de esperanza

El Zinc (Zn) ocupa el trigésimo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del zinc con el concepto de la esperanza - entendida como ese chispazo que surge de improviso en medio de la adversidad para empujarnos a continuar -, obtenemos el retrato de una protección activa y reactiva. El zinc no es una esperanza pasiva que espera sentada; es el metal del sacrificio heroico, el elemento que se entrega para que la estructura no se rinda ante la corrosión del desánimo.

La Esperanza según el Zinc: El Ánodo del Alma

1. El Sacrificio que Salva (Galvanizado)
El uso más noble del zinc es el galvanizado: se recubre al hierro con una capa de zinc para que, cuando llegue el ataque del óxido, sea el zinc el que se oxide primero. Se le llama "ánodo de sacrificio". La esperanza es el zinc de nuestro espíritu. Ante una dificultad extrema que amenaza con destruir nuestra estructura, la esperanza surge como esa capa de sacrificio. No evita el problema, pero se ofrece para recibir el primer impacto, oxidándose ella misma para que nuestro núcleo no se quiebre. Es la decisión de creer que, mientras quede un gramo de esperanza para quemar, el corazón permanecerá intacto.

2. La Chispa en la Oscuridad (Sulfuro de Zinc)
El sulfuro de zinc es una sustancia fosforescente: absorbe energía y la libera en forma de luz en la oscuridad. Durante décadas se usó para que las agujas de los relojes brillaran en la noche. La esperanza-zinc es la que aparece de improviso cuando se apagan las luces. No es una luz cegadora, sino un resplandor suave que nace precisamente porque antes hubo oscuridad. Es ese "clic" mental que ocurre cuando todo parece perdido y, de pronto, recuerdas una razón para seguir. Absorbe el golpe del dolor y lo transmuta en una luz tenue que te indica dónde está la salida.

3. El Motor de la Reparación (Cicatrización y Enzimas)
El zinc es crucial para el sistema inmunitario y para la división celular; sin él, las heridas no cierran. Es el elemento que da la orden de "reparar" cuando el cuerpo ha sido dañado. La esperanza es el mecanismo de cicatrización de la psique. Ante la dificultad, el "zinc emocional" activa la división de nuevas ideas y soluciones. Surge de repente como un impulso biológico que te dice que la herida no es el final. Tener esperanza es confiar en que tu sistema interno sabe cómo reconstruirse, incluso cuando tú crees que ya no tienes fuerzas.

4. La Aleación del Sonido (El Latón)
Cuando el zinc se une al cobre, crea el latón, el metal de los instrumentos de viento y las trompetas. Es lo que permite que el aire se convierta en música brillante y expansiva. La esperanza es lo que le da "tono" a nuestra vida tras el desastre. Es la aleación que transforma el peso del cobre en la alegría del metal dorado. Surge como una melodía de victoria inesperada en mitad de la batalla, recordándonos que nuestra voz aún puede sonar fuerte, clara y luminosa a pesar de la presión ambiental.

5. El Relámpago de la Voluntad (Baterías de Zinc-Aire)
Las baterías de zinc utilizan el oxígeno del aire para generar energía de forma compacta y eficiente. Es una energía que parece sacada de la nada para alimentar lo que más importa. La esperanza es una batería de emergencia. Cuando tus reservas se agotan, la esperanza-zinc reacciona con el aire (la realidad exterior) para darte ese último empujón. Es ese "segundo aliento" que surge de improviso en el kilómetro final, una descarga eléctrica de optimismo que te permite completar la misión cuando todos pensaban que te habías detenido.

Conclusión: La esperanza, vista a través del zinc, es la geometría de la resiliencia reactiva. Es el metal que elige sacrificarse para salvar la esencia y que brilla con más fuerza cuanto más profunda es la noche. Tener esperanza bajo el símbolo del zinc significa entender que el optimismo es una herramienta técnica de supervivencia, un ánodo de sacrificio que nos permite cruzar el desierto de la dificultad con el núcleo intacto.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Gabi no pudo evitar que un destello de sorpresa cruzara su rostro al soltar la idea de viajar a Perú. Lo dijo sin filtros, con la urgencia de quien ve un camino abierto y no puede contenerse. Todo el equipo estaba reunido en el Búnker. Lo que había comenzado como un laboratorio clandestino se había transformado ya en una especie de refugio, un segundo hogar para todos ellos: centro de operaciones, club social y taller de locuras a partes iguales. Era jueves, día de sacar trastos viejos a la calle, y habían aprovechado para recuperar una mesa redonda desvencijada y unas sillas que no desentonaban con el caos del lugar. Llevaron unas cervezas, algo de picar, y se sentaron todos alrededor, formando un círculo improvisado que olía a madera vieja, sudor y camaradería.
  • ¿De verdad os parece buena idea? - preguntó Gabi, con un hilo de inseguridad, mientras encendía un cigarro y miraba las caras que lo rodeaban.
Al instante Nico le quitó el cigarro de la boca, acompañando el gesto con una sonrisa y lo apagó sobre la mesa, negando con la cabeza.
  • El verano está al caer - sonrió Gustavo, dejando la cerveza sobre la mesa con un golpe sordo -. Es tan fácil como pedir vacaciones, hacer maletas y coger un avión. Cuenta conmigo, chaval. Jamás he cruzado el charco, y me apetece ver mundo…
  • A ti lo que te apetece es conocer alguna peruana cachonda - le interrumpió Sofi, alzando su cerveza y provocando carcajadas generales.
Las risas se propagaron como llama sobre líquido inflamable, y durante unos segundos, la tensión y el vértigo de lo que se avecinaba desaparecieron. Nico dio un trago largo y los observó uno por uno antes de hablar, serio, firme.
  • Está claro que, por mucho que investiguemos, antes necesitamos entender a qué nos enfrentamos. Lena y yo hacemos lo imposible por comprender la Mycena Neonfaucis, pero cada avance se topa con un callejón sin salida. ¿Es un virus, un cordyceps, una enfermedad…? No conseguimos llegar a una conclusión…
  • ¿Y que hay de las muestras que os traje? - preguntó Gustavo.
  • Nada… - Nico volvió a negar con la cabeza - analizamos las muestras pero no encontramos ni rastro de la “Azulita”, como si jamás la hubieran consumido.
  • ¿De que muestras estáis hablando? - dijo Sofi frunciendo el ceño.
  • De los chicos… - sonrió Gustavo dando un trago a su cerveza - Los que estuvieron en la fiesta del viernes…
  • ¡Ah! No sabía que les habíais hecho pruebas… - y de repente cayó en la cuenta - ¡Oye! ¿Y no se extrañaron cuando les pediste una muestra de sangre?
Un silencio incomodo se formó alrededor de la mesa.
  • No les saqué sangre, morena, nos sacamos…
  • ¡Vale! - exclamó Sofi alzando la palma de la mano - Creo que no quiero saberlo… Gracias.
Las risas volvieron, desbocadas, sinceras. Medicina para el alma.
  • ¿Entonces qué, Nico? - preguntó Gabi divertido - ¿Te apuntas o no?
  • Si te soy honesto, no me gustan mucho los aviones - hizo una mueca -, tengo un miedo irracional a volar. Pero sí… me apunto. En pro de la ciencia y del conocimiento, venceré mis miedos.
  • ¡Brindo por eso, colega! - exclamó Gustavo con una sonrisa amplia y contagiosa.
Cuando le tocó decidir a Raquel, dudó un instante, jugueteando con el borde de su botellín, pero pronto tomó aire suficiente como para llenar un zepelín y habló con convicción.
  • No sé cómo me lo voy a montar, pero haré todo lo posible por venir con vosotros. Lo que pasó ayer… sinceramente, chicos, me ha cambiado la vida. Necesito comprender lo que está pasando, y no quiero que me lo cuenten esta vez, quiero vivirlo. Así que contad conmigo. Me apunto.
Llegó el turno de Sofi, y como siempre fue directa y mordaz.
  • Alguien tiene que cuidar de vosotros - dijo, mirando a cada uno con un brillo divertido en los ojos -. Así que, aunque no me queráis, yo vendré. No me fío ni un pelo de ninguno de los aquí presentes. A saber la que montáis en Perú sin mí.
Cuando todas las miradas se clavaron en Lena, ella bajó los ojos con una media sonrisa resignada. Su situación no era exactamente comparable al resto. Sus “vacaciones” - si podían llamarse así - ya estaban en marcha. Técnicamente, estaba disfrutándolas en ese mismo instante. Y en Suiza las vacaciones no son un concepto elástico que uno estira como chicle hasta que conviene: son días contados, medidos y respetados con precisión quirúrgica.

Tenía una vida en Zúrich. Un trabajo serio. Una familia puntual. Un calendario que no entendía de impulsos místicos ni viajes iniciáticos a los Andes. Estaba, literalmente, entre dos mundos: el orden impecable que había construido con disciplina suiza y el caos luminoso que la invitaba a saltar al vacío con los españoles.
  • I won't be able to come… - dijo finalmente, encogiéndose de hombros con dulzura germánica -. No tener más vacaciones. I have to return to Zurich in two weeks. Is impossible for me.
  • ¡¿Es que no existen las bajas en Suiza o qué cojones pasa?! - soltó Gustavo, con genuina perplejidad patria.
Lena parpadeó confundida.
  • ¿Bajas…?
Nico se inclinó ligeramente hacia ella, ya anticipando el choque cultural.
  • He's referring to taking a medical leave... temporary... strategic.
  • ¿Strategic sick leave? - repitió Lena, alzando una ceja.
  • ¡Que te cojas la baja, amiga! - gritó Gustavo, como si alzar la voz pudiera romper la barrera lingüística -. Aquí eso es casi patrimonio cultural.
Lena abrió mucho los ojos, divertida.
  • ¿How do I justify taking sick leave? ¿Maybe… I broke my leg? - preguntó conteniendo la risa.
  • ¿Qué dice de piernas? - intervino Gustavo -. ¿Leg es pierna, verdad?
  • Dice - tradujo Nico, aguantándose la carcajada - que no sabe cómo justificar la baja. Que igual debería romperse una pierna.
Gustavo se cruzó de brazos y se dejó caer contra el respaldo de la silla, visiblemente decepcionado.
  • Esta gente del norte no sabe nada de la vida… Mucho reloj, mucho chocolate, mucha eficiencia… Pero cuando hay que improvisar se ahogan en un vaso de agua - se incorporó de nuevo y dio un par de golpes con el dedo sobre la mesa - Aquí en Spanish una baja no se justifica, se siente. ¡Feel it, feel it!
  • ¿Se siente? - repitió Lena, intentando procesar la filosofía.
  • Claro - continuó él en tono didáctico -. Te levantas un día y dices: “No estoy bien”. Y no estás bien. ¡Punto y final! Eso, rubia, es introspección ibérica.
Raquel se echó a reír.
  • Gustavo, eso en Suiza es fraude…
  • No, eso en Suiza es delito porque no saben disfrutarlo - replicó él con orgullo -. Aquí es ingeniería social avanzada.
  • ¿What is he saying? - preguntó Lena, intrigada.
  • I think he's offering to help you - contestó Nico, con una sonrisa torcida.
  • ¿Help with what?
Gustavo se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa como quien está a punto de revelar un secreto de Estado.
  • A que seas un poco más española, rubia - proclamó, solemne -. Nosotros no rompemos piernas. Nosotros doblamos sistemas.
Las carcajadas estallaron alrededor de la mesa. Lena negó con la cabeza, riendo ya sin contenerse.
  • Spanish people are insane.
  • No - corrigió Gustavo, levantando la cerveza -. Somos creativos.
Y entre bromas, diferencias horarias, relojes suizos y picaresca nacional, la idea del viaje dejó de ser una locura aislada y empezó a tomar forma. No como un plan perfecto, sino como algo mucho más poderoso: Una decisión compartida.

Pero aún faltaba alguien por pronunciarse.

Laia había escuchado toda la conversación con atención silenciosa. Rió cuando tocaba reír, alzó la cerveza cuando tocaba brindar, incluso secundó alguna broma con media sonrisa. Pero no había hablado demasiado. No solo en la actual conversación del Búnker. Sino durante todo el día. Todos asumieron que seguía procesando lo evidente e imposible: su madre estaba viva. Viva y distinta. Viva después de haber cruzado una frontera de la que nadie regresa.

Nadie le exigió palabras. Hasta que decidió tomarlas. Dio un trago largo a la cerveza, la dejó sobre la mesa con un golpe seco y miró uno a uno a los presentes. Cuando sus ojos se detuvieron en Gabi, eran firmes, directos, sin titubeos.
  • Hay un pequeño detalle en la que nadie ha pensado…
  • ¿Cual? - preguntó él, aún sonriendo por la última broma.
Laia no sonrió.
  • ¿De dónde coño vamos a sacar el dinero? Porque no sé vosotros… pero yo ando canina.
La pregunta cayó sobre la mesa como un mazo de juez. Se hizo un silencio incómodo, denso, realista. La épica del viaje acababa de toparse con el saldo disponible. Todos bajaron la mirada de forma casi sincronizada. De pronto, Cusco estaba a doce horas de vuelo y a varios miles de euros de distancia.

Estaban en un laboratorio, así que comenzó el brainstorming.
Se barajaron ideas con entusiasmo creciente y sentido común decreciente.

Vender la “Azulita” a precios desmesurados, fue desestimada casi al instante. Montar un crowdfunding bajo el título “Resucitamos a mi madre y ahora necesitamos respuestas”, fue una propuesta original, una broma bien tirada. Organizar una rave solidaria en el Búnker, les pareció al principio muy buena idea, y al mismo tiempo peligrosa. Sin duda alguna, la más repetida y la más votada por mayoría y descaro absoluto fue la que propuso Gustavo.
  • Que pague Nico - sentenció, sin anestesia -. Sus padres están forrados.
Varias cabezas asintieron con una naturalidad que rozaba la traición.
  • Va a ser que no… - contestó él con un carraspeo de voz.
Se removió en la silla, la mirada baja, las mejillas ligeramente sonrojadas.
  • Tengo el grifo cerrado.
  • ¿Cómo que cerrado? - preguntó Sofi.
  • Cerrado de cerrado… Según ellos, no gestiono bien el dinero.
  • ¿Y eso qué significa? - insistió Raquel.
Nico suspiró.
  • Son asuntos personales… Preferiría no hablar de ello.
Gustavo levantó la cerveza.
  • Yo sigo pensando que fue una inversión cultural, chaval.
  • Fue una ruina - murmuró Nico.
  • ¿De qué estáis hablando? - preguntó de nuevo Raquel, con curiosidad.
  • ¡De nada! - respondieron ambos al mismo tiempo.
Mientras, Sofi y Gabi habían sacado el móvil casi al mismo tiempo; revisando sus cuentas bancarias con esa esperanza absurda de que el dinero se hubiera multiplicado por arte de magia. Se miraron y sonrieron, dándose un cálido beso. Al menos… eran afortunados en el amor.
  • Yo tengo algo ahorrado… - sugirió Gustavo.
  • ¿A quien quieres engañar? - rió Gabi - Todos sabemos que vas más tieso que un carnicero en Semana Santa.
Él se llevó la mano al pecho, indignado.
  • Los puticlubs no aceptan pagarés, chaval. Así que respeta la economía local.
Las carcajadas no consiguieron ocultar la verdad. Raquel tenía ahorros, sí. Pero eran sagrados, destinados al fondo universitario. Dinero intocable, pues si sus padres descubrían que se lo había fundido en un viaje iniciático a Cusco en busca de respuestas místicas, la desheredaban antes de graduarse. Y Lena… bueno, ella cobraba bien. Era suiza, tenía un sueldo bastante alto. Pero también un alquiler imposible de cubrir, seguros obligatorios que pagar, y una vida cara hasta el absurdo. No era millonaria, solo sobrevivía - en francos - como todos los demás.

El silencio volvió a posarse sobre la mesa. El viaje ya no era una fantasía romántica. Era un problema logístico. Un problema real. Y, sin embargo, nadie dijo: “Entonces lo dejamos”. Porque, aunque estuvieran arruinados, atados o limitados, había algo que pesaba más que el dinero. La certeza de que no podían ignorar lo que habían despertado. Y esa clase de certeza no entiende de presupuestos.
  • Siento haberos jodido el momento místico-andino… - sonrió Laia con ironía, levantando la cerveza -. Pero alguien tenía que decirlo.
Gustavo se puso en pie de golpe.
  • ¡Esperad un segundo!
Las palmas sudorosas se estrellaron contra la mesa rescatada de la basura como si estuviera a punto de declarar la independencia del Búnker. Y entonces apareció esa sonrisa. Esa. La que históricamente precedía a problemas, cadáveres o llamadas incómodas a las tres de la mañana.
  • Tengo una idea…
Sofi ni siquiera lo dejó terminar.
  • Antes de que la digas… - entrecerró los ojos -. ¿Nos va a meter en problemas?
  • No… si lo hacemos bien…
  • Nos va a meter en problemas - dictaminó Laia, brindando.
  • Ya lo sabía - secundó Sofi chocando su botella.
  • ¡Escuchadme, joder! - protestó Gustavo -. Es buena idea. Tened fe.
Nadie la tenía, eran una panda de infames ateos. Pero tampoco tenían dinero, así que callaron. Gustavo no volvió a sentarse. Se quedó inclinado sobre la mesa, ocupando el espacio como si eso le diera legitimidad institucional.
  • Este fin de semana…
  • ¡Noooo! - rió Gabi negando con el dedo -. ¡Ni hablar!
  • ¿Qué pasa, cariño? - preguntó Sofi divertida.
  • Que Laia y tú tenéis razón…
  • ¿Es mala idea, verdad? - insistió Laia.
  • ¿Mala? - Gabi negó con solemnidad -. Que vaaaa… No, no. ¡Es malísima!
La carcajada fue inmediata. Sonora. Terapéutica. Gustavo golpeó la mesa con el puño. No estaba enfadado. Era simplemente su forma natural de puntuar sus frases.
  • ¡Me cago en Dios! ¡¿Podéis dejar que lo explique o no?!
  • Venga, chicos - intervino Nico con media sonrisa diplomática -. Dejadle hablar. Vamos a escuchar la catástrofe completa.
Las risas se apagaron poco a poco. Gustavo respiró hondo, se recolocó los tirantes y adoptó un tono que él consideraba profesional.
  • Este fin de semana se celebra el EXPOSEX…
Silencio. Miradas en blanco.
  • El festival erótico de Madrid… - aclaró, ofendido -. ¿Es que no sabéis qué es? ¡¿En qué puto mundo vivís?!
  • En uno donde existen más cosas que “hacer llorar al tuerto” - soltó Laia con naturalidad quirúrgica.
Las carcajadas volvieron a explotar de forma instantánea. Lena frunció el ceño, perdida. Se acercó un poco a Nico que lloraba de la risa.
  • ¿What does that mean?
Grave error, Doctora…
  • Apretarle el cuello al ganso - tradujo Gabi con solemnidad académica.
  • Menear la salchicha - añadió Sofi.
  • Ordeñar el cabezón - continuó Laia.
  • Cinco contra uno - aportó Raquel ya sin dignidad.
  • ¡Y el que pierde, escupe! - remató Nico.
Lena abrió los ojos como platos, sin entender del todo lo que estaba pasando, pero riendo junto a los demás, contagiada de esa felicidad compartida. Otro puñetazo cayó sobre la mesa. Esta vez más contundente.
  • ¡Sois una panda de críos! ¿Lo sabéis?
  • Venga, compañero - rió Gabi dándole palmadas en la espalda -. No te mosquees, hostias. Estamos de guasa.
  • ¿Vais a seguir interrumpiéndome?
  • Nooooo… - canturrearon varios a la vez.
  • Venga, ilumínalos - añadió Gabi - Cuéntales tu maravillosa idea.
Gustavo los miró uno a uno, teatral, ofendido pero encantado de tener público. Y entonces sonrió. La sonrisa que siempre significaba dos cosas: Problemas. Y diversión. Se sentó bruscamente y tomó aire como quien va a impartir una clase magistral. Centró las manos sobre la mesa, señalando al resto como si cada uno de ellos fuera una diapositiva en su exposición.
  • Vale - comenzó con solemnidad teatral -. La EXPO Erótica de Madrid no es una feria cualquiera. Es un evento anual enorme que ocupa varios pabellones, dedicado no solo al porno, sino a la industria del entretenimiento para adultos, el arte sensual y a la cultura del placer adulto. Hay stands comerciales, conciertos, desfiles, presentaciones de productos, charlas sobre sexualidad y bienestar, y también secciones más técnicas para profesionales del sector.
Los ojos de algunos se abrieron, otros soltaron sonrisas medio incrédulas al imaginarlo, pero Gustavo seguía, impasible.
  • Funciona como una mezcla entre feria de tecnología y festival cultural, solo que todo gira en torno al porno. Hay productores mostrando ropa íntima de diseño, creadores de juguetes y accesorios, editoriales con literatura erótica, talleres sobre performance, incluso arte visual allí exhibido - hizo un gesto amplio con la mano -. Es como si Arte, Mercado y Fiesta se hubieran dado la mano con trajes de lentejuelas y prótesis mamarias.
Hizo una pausa para asegurarse de que nadie estuviera desmayándose por la seriedad con la que lo contaba.
  • Y este año va a ser… muy especial. - Su voz bajó, como si revelara una primicia -. Después de mucho tiempo vuelve a Madrid, y han confirmado la asistencia de muchas figuras importantes de la industria. Actrices consagradas que siguen activas, y también varias que ya están retiradas, algunas consideradas leyendas dentro del sector. Vendrán a participar en firmas, charlas y espectáculos, y algunas incluso tienen presencia en paneles de discusión, lo cual abre muchas puertas si sabes cómo moverte.
Hubo murmullos. Interés. Rostros que pasaban de la incredulidad a la curiosidad estratégica.
  • Mi idea - dijo entonces, sin perder la sonrisa de conspirador - es simple y elegante: colarnos en la EXPO como asistentes normales, sin llamar la atención. No tenemos ni por qué decir que somos nadie relevante. Hay miles de visitantes todos los días, así que pasar desapercibidos será un juego de niños…
Gustavo se movió un poco en la silla, entusiasmado.
  • Una vez dentro, buscamos a las actrices. No hace falta ninguna conferencia ni negociación absurda. Solo hay que mostrarles lo que la Azulita puede hacer con el cuerpo. Les hacemos una demostración discreta - miró a cada uno con complicidad -. Cuando vean cómo transforma, cómo recupera el esplendor físico perdido, la energía, la elasticidad, la piel brillante… - se encogió de hombros -, pagarán millones por tenerla.
Explicó que, en el contexto de actrices que habían perdido el esplendor, una sustancia que devolviera vitalidad y belleza extrema sería un manantial de oro, particularmente si funcionaba de un modo que no se había visto antes. La idea no era venderla en un stand ni anunciarse como descubridores de un producto milagroso, sino crear una demanda instantánea entre las más influyentes de la industria.
  • No hablo de utilizarla a la ligera - añadió con un tono cauteloso -. Pero si convencemos a las personas adecuadas, sin bombo ni platillo, bastará con una sola reacción… y la noticia se extenderá como pólvora.
Hubo un silencio breve, lleno de cálculo, de vértigo y de posibilidades. Y en ese silencio se podía adivinar el inicio de una nueva locura por escribir. Ya fuera en Cusco, en Madrid, o en cualquier parte donde la aventura decidiera llamar a sus puertas.

Por segunda vez, fue Laia quien les bajó de las nubes.
  • A ver… - meditó la propuesta, girando lentamente la cerveza entre los dedos -. Tengo que admitir que no es mala idea. Entiendo tu lógica. Pero siento volver a decirlo… has pasado por alto un pequeño detalle.
  • ¿Cuál? - Gustavo frunció el ceño.
  • ¿Es evidente, no? - intervino Nico, mirándolo con una mezcla de cansancio y recelo -. Ya acordamos que nada de distribuirla hasta que sepamos a qué nos enfrentamos. Lo que propones no es insensato… es directamente una estupidez.
Gustavo bufó.
  • ¡Joder, chaval! ¿Y no podéis hacer algo tú y la rubia?
Lena alzó una ceja.
  • ¿Hacer el qué? - preguntó Nico, ya tenso.
  • ¡Yo qué sé! Algún derivado menos agresivo… una versión light… ¿Algo?
Nico lo miró como si acabara de pedirle que construyera una bomba nuclear con una tostadora.
  • ¡¿Me estás pidiendo que en dos días consiga una nueva versión de la Azulita?! ¡¿Tú escuchas cuando hablamos o vienes aquí solo a pasar el rato?!
El tono ya no era irónico. Era desgaste puro. No estaba enfadado solo con Gustavo. Estaba enfadado consigo mismo.
  • Llevo semanas con esto - continuó, la voz quebrándose ligeramente por el agotamiento - . Sin descanso. Me levanto a primera hora de la mañana, estudio, luego trabajo, luego vengo aquí con Lena a seguir trabajando… Cuando llego a casa a las tantas de la noche ya ni me acuerdo de cómo cojones me llamo. Pero eso no es lo peor, que vaaaa… Pues cuando, por fin, consigo dormir… solo tengo putas pesadillas.
La palabra no dicha volvió a cruzar la mesa.
Aquella noche. Aquella casa. Aquella decisión.
  • ¡NO PO-DE-MOS U-SAR-LA! - marcó cada sílaba golpeando la mesa con la palma -. ¡¿Te queda claro o no?!
Gustavo levantó las manos en son de paz.
  • Vale, vale… tranquilízate, joder. No te pongas así.
El silencio que siguió fue incómodo. Espeso. Casi físico. Pero Gustavo no era de los que se retiran a la primera embestida. Se inclinó ligeramente hacia delante, bajando el tono.
  • ¿Y si solo se la vendiéramos a una persona?
Nico estuvo a punto de saltar. Literalmente. Se notó en la tensión de sus hombros. En cómo sus dedos se cerraron en un puño. Y entonces la mano de Lena se posó sobre la suya. Un gesto simple, pero que consiguió contenerlo.
  • Espera un momento - insistió Gustavo, rápido, antes de que lo fulminaran -. Piénsalo bien. Si solo fuera una sola persona la podríamos controlar, hacerle un seguimiento si todo se estropeara. Incluso podríamos pactar un acuerdo de confidencialidad, para que no hablara, para que no contara nada.
Nico respiraba hondo. Demasiado hondo.
  • ¿Y cómo sabes que no haría todo lo contrario? - intervino Raquel, con serenidad quirúrgica -. No te lo tomes a mal, Gustavo… pero si entre nosotros, que somos amigos, la Azulita ya nos empujó a traicionarnos… ¿qué crees que pasará cuando metas en la ecuación a alguien que no tiene ningún vínculo emocional con nosotros?
Raquel había dado en el clavo. Y lo peor era que todos lo sabían. La palabra traición quedó suspendida en el aire como una mota de polvo que nadie se atreve a respirar. Porque no era una metáfora. No era una exageración dramática para adornar la conversación. Era un hecho. La “Azulita” ya había cruzado una línea. Había roto algo. Había empujado a Nico más allá del punto de retorno. Nadie pronunció el nombre de Javi, pero flotó entre ellos, pesado, incómodo, imposible de ignorar. Seguía presente, de algún modo, no vivo pero sí a escasos metros de ellos. Un cuerpo sin vida desintegrándose en un bidón lleno de ácido.

Nico apretó la mandíbula. El recuerdo le golpeó con la violencia de siempre: la noche, el miedo, el impulso, la sangre. El instante en que dejó de ser un estudiante brillante para convertirse en alguien que había hecho lo irreparable. No fue un accidente sin consecuencias; fue una decisión tomada en segundos y cargada a la espalda para el resto de su vida.
  • ¿Y si no es una desconocida? - preguntó de repente Gustavo.
La frase flotó en el aire como una cerilla encendida.
  • ¿A qué te refieres? - Gabi lo miró fijamente, entre intrigado y prevenido.
Gustavo ni parpadeó.
  • Sara Jay.
Hubo un silencio. Luego un parpadeo colectivo.
  • ¿Cómo? - Gabi frunció el ceño, completamente desubicado.
  • La actriz, chaval. Sara Jay.
  • Sé quién es Sara Jay, joder. ¿Pero qué pinta ella en todo esto?
Gustavo se encogió de hombros con una naturalidad insultante.
  • Que la conozco.
Gabi soltó una carcajada seca.
  • Y yo también la conozco.
  • No de ese modo, gilipollas. La conozco de verdad.
  • ¿Quién es Sara Jay? - intervino Sofi, genuinamente perdida.
  • Una actriz porno, cariño - respondió Gabi sin apartar los ojos de Gustavo.
  • ¡Ah! - Sofi arqueó las cejas- . ¿Y de qué la conoces?
  • ¿De qué va a ser, idiota? - se burló Laia, haciendo el gesto universal de la mano derecha en acción.
Las risas brotaron… pero Gabi no se rió. Seguía mirando a Gustavo, calibrándolo.
  • ¿Conoces a Sara Jay?
  • Sí.
  • Pero… ¿conocer de conocer?
  • Que sí, joder. ¿Estás sordo o qué?
  • ¿De qué coño conoces tú a Sara Jay? A ver…
Gustavo carraspeó, casi solemne.
  • Del club de fans.
  • ¿Qué club?
  • El que fundé.
Esta vez el silencio no fue sorpresa. Fue evaluación psiquiátrica. Gabi ladeó la cabeza.
  • ¿Estás de coña, verdad?
  • Que no, hostias. Soy el presidente del club de fans de España. La conocí hace diez años, precisamente en la EXPO. Nos caímos bien. Muy bien en realidad. Y hasta día de hoy, seguimos en contacto.
  • ¡Vete a la mierda, Gus! - rió Gabi, negando con la cabeza -. Es mentira.
  • No te estoy mintiendo, chaval. He cenado con ella varias veces. No solo, claro está - añadió rápido, levantando un dedo -, no ese tipo de cenas. Pero sí… la conozco. Nos conocemos.
Algo en su tono hizo que la risa se apagara. No había fanfarronería. No del todo. Había orgullo y memoria. Gabi entrecerró los ojos.
  • Espera un segundo… ¿me estás diciendo que eres amigo de Sara Jay?
  • Y daleeee… que sí, joder.
  • ¿Y me lo dices ahora?
  • ¿Cuándo querías que te lo dijera?
  • No sé, colega. ¿Cuando nos conocimos, quizás?
Gustavo adoptó una pose teatral, extendiendo los brazos.
  • ¡Ah, claro! Tiene toda la lógica. “Hola, Gabriel, bienvenido a Müller & Suter. Me llamo Gustavo y soy amigo de Sara Jay.” Lo más normal del mundo, vaya.
Nico - incluso en el pozo - no pudo evitar soltar una risa nasal.
  • A ver… suponiendo que no estés delirando - intervino Laia -, ¿qué tiene que ver eso con venderle la Azulita?
Gustavo volvió a inclinarse sobre la mesa. Ahora ya no sonreía.
  • Tiene que ver con que no es una desconocida. Sara…
  • ¿Así la llaman los amigos? - se burló Gabi - ¿Sara?
  • Sí subnormal… - le contestó él fulminándolo con la mirada - Mi amiga Sara tiene mucho dinero y confío plenamente en ella. Si alguien entiende lo que significa recuperar el esplendor perdido es ella… pues no deja de ser una actriz retirada.
El ambiente cambió. La idea ya no era solo una locura improvisada. Empezaba a tomar forma.
  • Ella viene este año a la EXPO - continuó -. Vive de su imagen y si viera lo que la Azulita puede hacer…
Nico lo interrumpió.
  • No sabes eso. No sabemos qué hace realmente.
  • Lo hemos visto - replicó Gustavo con gravedad -. Lo hemos visto demasiado bien.
Laia se removió en la silla. Porque sí. Lo habían visto. Habían visto la piel iluminarse, el cuerpo erigirse como un monumento a lo lascivo. Habían visto demasiadas cosas, incluso la vida regresar del reino de los muertos. Habían visto lo imposible.
  • La conozco… pagaría millones - sentenció Gustavo en voz baja -. Y no hablaría, de eso estoy seguro. No si sabe que es algo único, exclusivo y privado.
Nico apretó la mandíbula. La palabra “exclusivo” era peligrosa. La palabra “único” lo era aún más. Esto era exactamente lo que pasó la última vez. Empezaron justificándolo: que si era por salvar al mundo. Que si era por investigación. Que si lo controlábamos…

El Búnker, que hacía minutos era carcajadas y cerveza fría, ahora olía a algo distinto.
Ambición. Miedo. Y tentación.

Gustavo rompió el silencio.
  • No estoy diciendo que lo hagamos. Solo digo que… tenemos una puerta abierta. Y no es una puerta cualquiera.
Gabi respiró hondo.
  • Si esto sale mal…
  • Si esto sale mal - lo interrumpió Gustavo -, ya estábamos jodidos desde el principio.
Nadie respondió. Porque en el fondo, quizá, tenía razón.

La propuesta quedó suspendida sobre la mesa como una moneda en el aire, girando sin decidir aún de qué lado caería. Era absurda. Era peligrosa. Era, probablemente, una pésima idea.

Y, sin embargo… era.

Hasta ese momento solo habían tenido dudas, culpa y demasiadas preguntas. Ahora tenían una posibilidad. Una grieta por la que colarse. Una dirección, aunque fuera hacia el borde del abismo.

La esperanza tiene esa forma caprichosa: parece una luz, pero a veces es un incendio pequeño que empieza en el pecho y no pregunta si debe arder.

Te empuja. Te convence.
Te susurra que esta vez será distinto.

Quizá aquella locura fuera la llave que los acercara a su propósito.
O quizá fuera la puerta que terminara de romperlo todo.

La esperanza es lo último que se pierde, dicen.
Pero a veces, cuando se aferra demasiado fuerte, no es una bendición.

Es la condena más dulce de todas.

Como el Zinc, siendo el sacrificio que protege al hierro y la chispa que brilla en el reloj de la medianoche, un metal humilde esperando el ataque de la herrumbre para demostrar que la esperanza nunca se rinde. Esta historia continuará…
 
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