Ron_Artest
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Capítulo 26. Hierro - Un hombre de (Fe)
El Hierro (Fe) ocupa el vigésimo sexto lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del hierro con el concepto de la fe - entendida como ese paso al vacío donde el individuo abandona la arquitectura de la lógica para abrazar una fuerza primaria y absoluta -, obtenemos el retrato de una entrega tectónica. El hierro es el elemento del núcleo, la sangre y la espada; es la materia que deja de ser polvo disperso para convertirse en el imán que alinea todo el universo bajo un solo propósito.
La Fe según el Hierro: El Núcleo de lo Invisible
1. El Corazón del Mundo (Magnetismo)
El hierro es el responsable del campo magnético terrestre. No se ve, no se toca, pero guía a los navegantes y protege al planeta de las radiaciones letales. La fe es esa brújula interna que no necesita ver el mapa para saber dónde está el Norte. Es abandonar la lógica de los ojos para regirse por la lógica del pulso. El creyente, como el hierro, se alinea con una fuerza invisible pero omnipresente; deja de cuestionar el viento y empieza a sentir la llamada del núcleo.
2. El Pacto de la Sangre (Hemoglobina)
En el centro de nuestra sangre hay un átomo de hierro que atrapa el oxígeno para llevarnos la vida. Es el hierro el que le da el color rojo y el que permite que respiremos. La fe no es una idea intelectual, es algo que corre por las venas. Abrazar la fe es aceptar que tu vida depende de algo que está en tu centro pero que tú no controlas. Es el "hierro-en-sangre": la verdad antigua que te sostiene cuando la razón se queda sin aliento. Es lo que te hace humano y, al mismo tiempo, lo que te conecta con el metal de las estrellas.
3. La Forja del Sacrificio (Punto de Fusión)
Para que el hierro sea útil, debe pasar por el fuego y ser golpeado repetidamente en el yunque. Solo bajo un calor extremo pierde su forma rígida para adquirir una nueva. La fe exige la fundición de la lógica. Para abrazar lo antiguo, el individuo debe dejar que el "fuego" de la experiencia destruya sus prejuicios racionales. La fe-hierro es la que nace tras el golpe: una estructura que ha dejado de ser frágil porque ha aceptado el fuego como su proceso de creación. Ya no razonas; ahora eres la herramienta de una voluntad mayor.
4. El Óxido de la Entrega (Reacción Térmica)
El hierro tiene una sed natural de oxígeno; si se deja a la intemperie, se entrega a la oxidación, transformándose en algo nuevo, más terrenal y rojizo. Dejar la lógica es permitirse "oxidar" frente a lo sagrado. Es abandonar la pulcritud del acero frío para mancharse con la realidad de la tierra. La fe es esa reacción química inevitable: cuando el individuo se expone al misterio, su superficie lógica se deshace para revelar una naturaleza más cálida, más orgánica y más conectada con el origen de todas las cosas.
5. El Límite de las Estrellas (Estabilidad Nuclear)
El hierro es el elemento más estable del universo. En el corazón de las supernovas, la fusión se detiene en el hierro; es el destino final de la materia estelar. La fe es el puerto final del viaje. Tras navegar por los mares de la duda y la lógica, el individuo llega al hierro: la certeza absoluta que ya no necesita fusionarse con nada más. Es la verdad que no se puede romper, el ancla que detiene el caos y permite que el alma, finalmente, descanse en su peso natural.
Conclusión: La fe, vista a través del hierro, es la geometría de la certeza primordial. Es el abandono de la luz artificial de la razón por el magnetismo profundo de la tierra. Ser hierro significa entender que la lógica es solo una corteza fina, y que la verdadera fuerza reside en el núcleo ardiente de una creencia que nos hace respirar, movernos y, finalmente, arder con el peso de lo eterno.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
El cerebro privado de sueño no colapsa de inmediato. No se apaga como una bombilla. Hace algo mucho más inquietante: sigue funcionando… pero mal.
Primero fallan los filtros. La corteza prefrontal - esa región encargada de la lógica, la prudencia y la planificación - reduce su actividad. Las emociones, en cambio, se desregulan. La amígdala se vuelve más reactiva. Todo pesa más. Todo duele más. O, por el contrario, todo parece extraordinariamente brillante, urgente, revelador. La falta de descanso altera la percepción del riesgo. Se sobrestiman las intuiciones y se subestiman las consecuencias. El cerebro, desesperado por mantenerse operativo, libera dopamina en patrones irregulares. Se produce una falsa sensación de claridad. Una euforia leve. Una hiperconexión entre ideas que, bien mirada, no siempre es profundidad, sino ruido mal ordenado.
También cambia la memoria. El hipocampo, sin sueño REM suficiente, no consolida correctamente los recuerdos. Lo vivido se mezcla con lo imaginado. Las asociaciones se vuelven más libres, menos rígidas. Más creativas… y más peligrosas. En términos simples: sin dormir, uno puede sentirse brillante justo cuando está menos capacitado para serlo.
A las cinco de la madrugada, Gabi cerró la puerta de casa con un sigilo innecesario. Sofi seguía en la cama, la cual él no había probado en toda la noche. El aire de la calle era frío y limpio, casi quirúrgico. Caminaba hacia el metro con una energía impropia de quien apenas había pegado ojo. Los pensamientos le fluían con una rapidez eléctrica. La leyenda de los Hermanos Ayar se mezclaba con las observaciones de Lena, con la estructura molecular de la Azulita, con las hipótesis de Nico que durante semanas habían permanecido dispersas.
Ahora todo encajaba. O al menos eso le parecía.
Se sentía ligero. Demasiado ligero.
En cada parada tamborileaba los dedos sobre el metal de la barra de sujeción, impaciente por llegar al trabajo. Tenía ganas de explicar, de convencer, de compartir la epifanía que había empezado como un mito y ahora le parecía una hipótesis revolucionaria.
La ciudad aún bostezaba. Panaderías abriendo. Camiones de reparto. Barrenderos. El mundo avanzaba con la pesadez habitual de un martes cualquiera. Gabi, en cambio, irradiaba una vivacidad casi contagiosa. Saludó al guardia de seguridad del edificio con entusiasmo desmedido. Le hizo un comentario ingenioso a una compañera con la que nunca había cruzado palabra. Se sorprendió a sí mismo riendo solo en el vestuario.
No se sentía cansado. Se sentía despierto. Pero en el fondo de sus pupilas, en esa vibración apenas perceptible que precede a las decisiones precipitadas, algo no estaba del todo en su sitio. La mente, cuando no duerme, puede confundirse de amanecer. Puede creer que ha descubierto una verdad cuando en realidad solo ha bajado la guardia. Y Gabi caminaba directo hacia ese tipo de mañana.
Comenzaron a limpiar la planta baja como cada mañana, con esa extraña euforia del que trabaja cuando el resto del mundo aún duerme. Madrugar es, probablemente, uno de los castigos más refinados del mundo moderno. Pero la promesa de salir a las dos, cuando los demás siguen atrapados frente a sus mesas, tenía algo de revancha silenciosa, casi gloriosa.
Siguió investigando sin saber muy bien qué buscaba. Y cuanto más leía, más sentía que algo - una línea invisible - empezaba a unir puntos que hasta entonces parecían dispersos. La leyenda hablaba de cuatro hermanos y cuatro hermanas que emergieron de las cuevas de Pacaritambo, el lugar del origen. Entre ellos, Manco Cápac, destinado a fundar el Imperio Inca. No nacieron como hombres corrientes: fueron enviados. Surgieron del vientre de la tierra como semillas divinas, portadores de conocimiento y mandato sagrado.
Pero los viejos sabios - no los curanderos de feria ni los turistas espirituales, sino los verdaderos guardianes del conocimiento - lo nombraban de otro modo. Eran hombres - y a veces mujeres - moldeados por el silencio y la intemperie. No aprendían en libros ni heredaban títulos: heredaban visiones. Pasaban días enteros sin comer, bebiendo apenas infusiones amargas de cortezas y raíces. Se retiraban a las riberas de los ríos sagrados durante la estación de lluvias, cuando el agua crecida arrastraba barro, hojas y secretos montaña abajo. Allí permanecían inmóviles, con los pies hundidos en el lodo frío, dejando que el pulso del cauce les enseñara el ritmo oculto del mundo. Subían solos a la alta montaña, sin abrigo suficiente, sin más compañía que el viento. Dormían en cuevas donde la respiración se volvía humo y los latidos retumbaban contra la roca. Llevaban el cuerpo al límite para que la mente, agotada, soltara el control. Porque sabían algo que Occidente olvidó hace siglos: que el conocimiento verdadero no se acumula, se atraviesa. Consumían plantas que ardían en la sangre, mascaban hojas que entumecían la lengua, bebían decocciones que provocaban vómito y revelación. La purga no era castigo, era limpieza. Vaciar el cuerpo para que algo más pudiera entrar.
A ese hongo no lo llamaban Fauces de Neón ni Lucero de Cueva. Esos eran nombres del pueblo. Ellos lo conocían como Suma-Samka, el dulce sueño. No porque adormeciera, sino porque enseñaba a despertar en otro plano existencial. También lo llamaban Wara-K’allampa, el hongo de las estrellas. Decían que no crecía simplemente en la tierra, sino en la frontera entre mundos. Que su micelio no se extendía solo bajo la roca, sino bajo el cosmos mismo.
Según esas tradiciones chamánicas recogidas en estudios etnográficos, estas setas no eran vistas como una droga, sino como un regalo divino nacido en el hogar de Manco Cápac y sus hermanos. Un fruto del mundo anterior al mundo humano. Un vestigio del tiempo en que los dioses aún caminaban entre los hombres. Se creía que crecían solo en cuevas profundas de los Andes peruanos, donde la luz del sol jamás había tocado la piedra. Allí, decían, el cielo descendía bajo tierra. Y en esa frontera - ni mundo de arriba ni mundo de abajo - brotaba el hongo.
Los chamanes afirmaban que no concedía deseos como un genio caprichoso. Eso era una mala interpretación de los occidentales. Lo que hacía era alinear la voluntad con el orden oculto del cosmos. Si el deseo era puro, la realidad cedía. Si no lo era… el precio podía ser alto. En algunos relatos más esotéricos se insinuaba algo aún más inquietante: que usada del modo correcto, bajo ritual, con canto y ayuno previo, la Suma-Samka otorgaba habilidades extraordinarias: clarividencia, dominio sobre el miedo, capacidad de influir en la voluntad ajena, visiones que no eran sueños, sino memorias de otros planos.
Las cinco de la mañana habían llegado sin que Gabi lo notara. Sus ojos ardían, pero su mente estaba más despierta que nunca. Lo que hasta entonces había sido una sustancia experimental cultivada en un laboratorio improvisado empezaba a adquirir otra dimensión. No era solo química. No era solo toxicocinética, ni vectores de absorción. ¿Y si lo que habían cultivado no era únicamente un compuesto activo, sino una herencia? Un eco. Un fragmento de algo ancestral que llevaba siglos esperando volver a brotar.
El mundo de Gabi, de Nico, de Sofi, de Lena, de todos… se regía por la ciencia. Por datos, por replicabilidad, por evidencia empírica. Pero antes de todo eso - antes de Newton, antes de Pasteur, antes de cualquier microscopio - existía otro sistema de interpretación. Uno más antiguo. Más simbólico. Más peligroso. Un mundo en el que los hongos podían ser puertas. En el que las cuevas eran úteros sagrados. En el que los dioses no estaban muertos, solo dormidos. Y quizá, pensó mientras el cielo comenzaba a aclarar, la “Azulita” no era una invención moderna. Quizá era memoria. Y quizá ellos - sin saberlo - habían vuelto a pronunciar un nombre que llevaba demasiado tiempo en silencio.
Gabi tenía el café casi intacto. Nico removía el suyo en círculos perfectos, distraído. Laia desayunaba tostada con tomate y aceite, impecable incluso con sueño. Gustavo atacaba un bocadillo de tortilla como si fuera un deporte de contacto. Cuando las sonrisas irónicas empezaron a multiplicarse, Gabi resopló, metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono con una rapidez casi infantil.
Salieron del bar. El sol de la mañana ya golpeaba la acera; el tráfico rugía como cualquier otro día, ajeno a sus delirios por falta de sueño. La idea de Perú quedó suspendida entre ellos, absurda y magnética al mismo tiempo. Nico caminó unos pasos por detrás, con más preguntas que respuestas, preguntándose en qué momento su experimento de laboratorio había empezado a convertirse en una expedición mística al otro lado del mundo.
Y, pese a todo, mientras observaba a sus amigos avanzar con esa determinación casi infantil, sintió una punzada incómoda y honesta en el pecho: quizá cambiar de paisaje no era tan descabellado. Quizá, por una vez, salir del laboratorio y cruzar un océano no era una huida… sino una forma distinta de buscar respuestas.
Como el Hierro, siendo el imán que guía a las almas en la tormenta y el pulso rojo que late en el centro del misterio. Esta historia continuará…
El Hierro (Fe) ocupa el vigésimo sexto lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del hierro con el concepto de la fe - entendida como ese paso al vacío donde el individuo abandona la arquitectura de la lógica para abrazar una fuerza primaria y absoluta -, obtenemos el retrato de una entrega tectónica. El hierro es el elemento del núcleo, la sangre y la espada; es la materia que deja de ser polvo disperso para convertirse en el imán que alinea todo el universo bajo un solo propósito.
La Fe según el Hierro: El Núcleo de lo Invisible
1. El Corazón del Mundo (Magnetismo)
El hierro es el responsable del campo magnético terrestre. No se ve, no se toca, pero guía a los navegantes y protege al planeta de las radiaciones letales. La fe es esa brújula interna que no necesita ver el mapa para saber dónde está el Norte. Es abandonar la lógica de los ojos para regirse por la lógica del pulso. El creyente, como el hierro, se alinea con una fuerza invisible pero omnipresente; deja de cuestionar el viento y empieza a sentir la llamada del núcleo.
2. El Pacto de la Sangre (Hemoglobina)
En el centro de nuestra sangre hay un átomo de hierro que atrapa el oxígeno para llevarnos la vida. Es el hierro el que le da el color rojo y el que permite que respiremos. La fe no es una idea intelectual, es algo que corre por las venas. Abrazar la fe es aceptar que tu vida depende de algo que está en tu centro pero que tú no controlas. Es el "hierro-en-sangre": la verdad antigua que te sostiene cuando la razón se queda sin aliento. Es lo que te hace humano y, al mismo tiempo, lo que te conecta con el metal de las estrellas.
3. La Forja del Sacrificio (Punto de Fusión)
Para que el hierro sea útil, debe pasar por el fuego y ser golpeado repetidamente en el yunque. Solo bajo un calor extremo pierde su forma rígida para adquirir una nueva. La fe exige la fundición de la lógica. Para abrazar lo antiguo, el individuo debe dejar que el "fuego" de la experiencia destruya sus prejuicios racionales. La fe-hierro es la que nace tras el golpe: una estructura que ha dejado de ser frágil porque ha aceptado el fuego como su proceso de creación. Ya no razonas; ahora eres la herramienta de una voluntad mayor.
4. El Óxido de la Entrega (Reacción Térmica)
El hierro tiene una sed natural de oxígeno; si se deja a la intemperie, se entrega a la oxidación, transformándose en algo nuevo, más terrenal y rojizo. Dejar la lógica es permitirse "oxidar" frente a lo sagrado. Es abandonar la pulcritud del acero frío para mancharse con la realidad de la tierra. La fe es esa reacción química inevitable: cuando el individuo se expone al misterio, su superficie lógica se deshace para revelar una naturaleza más cálida, más orgánica y más conectada con el origen de todas las cosas.
5. El Límite de las Estrellas (Estabilidad Nuclear)
El hierro es el elemento más estable del universo. En el corazón de las supernovas, la fusión se detiene en el hierro; es el destino final de la materia estelar. La fe es el puerto final del viaje. Tras navegar por los mares de la duda y la lógica, el individuo llega al hierro: la certeza absoluta que ya no necesita fusionarse con nada más. Es la verdad que no se puede romper, el ancla que detiene el caos y permite que el alma, finalmente, descanse en su peso natural.
Conclusión: La fe, vista a través del hierro, es la geometría de la certeza primordial. Es el abandono de la luz artificial de la razón por el magnetismo profundo de la tierra. Ser hierro significa entender que la lógica es solo una corteza fina, y que la verdadera fuerza reside en el núcleo ardiente de una creencia que nos hace respirar, movernos y, finalmente, arder con el peso de lo eterno.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
El cerebro privado de sueño no colapsa de inmediato. No se apaga como una bombilla. Hace algo mucho más inquietante: sigue funcionando… pero mal.
Primero fallan los filtros. La corteza prefrontal - esa región encargada de la lógica, la prudencia y la planificación - reduce su actividad. Las emociones, en cambio, se desregulan. La amígdala se vuelve más reactiva. Todo pesa más. Todo duele más. O, por el contrario, todo parece extraordinariamente brillante, urgente, revelador. La falta de descanso altera la percepción del riesgo. Se sobrestiman las intuiciones y se subestiman las consecuencias. El cerebro, desesperado por mantenerse operativo, libera dopamina en patrones irregulares. Se produce una falsa sensación de claridad. Una euforia leve. Una hiperconexión entre ideas que, bien mirada, no siempre es profundidad, sino ruido mal ordenado.
También cambia la memoria. El hipocampo, sin sueño REM suficiente, no consolida correctamente los recuerdos. Lo vivido se mezcla con lo imaginado. Las asociaciones se vuelven más libres, menos rígidas. Más creativas… y más peligrosas. En términos simples: sin dormir, uno puede sentirse brillante justo cuando está menos capacitado para serlo.
A las cinco de la madrugada, Gabi cerró la puerta de casa con un sigilo innecesario. Sofi seguía en la cama, la cual él no había probado en toda la noche. El aire de la calle era frío y limpio, casi quirúrgico. Caminaba hacia el metro con una energía impropia de quien apenas había pegado ojo. Los pensamientos le fluían con una rapidez eléctrica. La leyenda de los Hermanos Ayar se mezclaba con las observaciones de Lena, con la estructura molecular de la Azulita, con las hipótesis de Nico que durante semanas habían permanecido dispersas.
Ahora todo encajaba. O al menos eso le parecía.
Se sentía ligero. Demasiado ligero.
En cada parada tamborileaba los dedos sobre el metal de la barra de sujeción, impaciente por llegar al trabajo. Tenía ganas de explicar, de convencer, de compartir la epifanía que había empezado como un mito y ahora le parecía una hipótesis revolucionaria.
La ciudad aún bostezaba. Panaderías abriendo. Camiones de reparto. Barrenderos. El mundo avanzaba con la pesadez habitual de un martes cualquiera. Gabi, en cambio, irradiaba una vivacidad casi contagiosa. Saludó al guardia de seguridad del edificio con entusiasmo desmedido. Le hizo un comentario ingenioso a una compañera con la que nunca había cruzado palabra. Se sorprendió a sí mismo riendo solo en el vestuario.
No se sentía cansado. Se sentía despierto. Pero en el fondo de sus pupilas, en esa vibración apenas perceptible que precede a las decisiones precipitadas, algo no estaba del todo en su sitio. La mente, cuando no duerme, puede confundirse de amanecer. Puede creer que ha descubierto una verdad cuando en realidad solo ha bajado la guardia. Y Gabi caminaba directo hacia ese tipo de mañana.
- Buenos días, Gustavo - sonrió al verlo -. ¡Venga, que hoy invito yo!
- ¿Ahora me hablas? - refunfuñó entre dientes.
- Escucha, he descubierto algo que… - rió Gabi feliz, acercándole el café -. Algo con lo que vais a flipar en colores.
- ¿Estás bien, chaval? - preguntó Gustavo antes de darle el primer sorbo -. Tienes mala cara.
- ¡Claro que estoy bien! - respondió Gabi mientras la máquina volvía a ponerse en marcha -. ¿Por qué lo preguntas?
- No sé… Quizás porqué ayer no me dirigiste la palabra en todo el día y hoy parece que no haya pasado nada entre nosotros.
- Que no quiera seguir con nuestro pacto… no significa que tengamos que llevarnos mal.
- Vale, pero entonces ¿por qué cojones ayer…?
- ¡Joder, Gustavo! - lo interrumpió entre risas -. Qué rencoroso eres, hostias. Lo siento si ayer estaba callado. Tenía un mal día, solo fue eso.
- Y al parecer hoy estás en el extremo opuesto…
- Así es.
- ¿Y por qué, si se puede saber?
- Porque he descubierto algo impresionante.
- ¡Pues ya somos dos! - exclamó al instante, cambiando totalmente de humor.
- ¿Ah, sí? ¿El qué?
- Mira, chaval…
- EXPOSEX - leyó Gabi en voz alta -. El festival erótico vuelve a Madrid… ¿Qué mierdas es esto?
- ¿Mierdas, dices? - replicó Gustavo, casi ofendido -. ¿Pero tú has visto quién viene?
- No…
- ¡Pues léelo, cojones!
- No sé qué coño habrás descubierto tú - dijo Gustavo con orgullo -, pero dudo mucho que puedas superarme…
- ¿Y qué se supone que hacemos con esto?
- ¿Ir? - respondió Gustavo, como si fuera la cosa más obvia del mundo -. Firmas, fotos, stands, shows… Madrid vuelve a tener un congreso decente, joder.
- No sé si estoy yo para festivales eróticos ahora mismo…
- ¿No lo entiendes, verdad? - rió con malicia -. Piensa un poco, chaval.
- Ya te dije que me retiraba, compañero. No quiero seguir discutiendo…
- ¿Tengo que volverte a leer toda la lista? - insistió Gustavo, acercándose el móvil a los ojos -. Porque parece que la has olvidado. A ver… actrices invitadas: Sara Jay, Gianna Michaels…
- Sería de idiotas no aprovechar una oportunidad así - aseguró Gustavo, empujando su cubo -. Admítelo, joder… aunque intentes ocultarlo, siempre has ido más salido de lo que aparentas.
- Solo te digo una cosa, chaval… puede ser histórico - remató Gustavo.
Comenzaron a limpiar la planta baja como cada mañana, con esa extraña euforia del que trabaja cuando el resto del mundo aún duerme. Madrugar es, probablemente, uno de los castigos más refinados del mundo moderno. Pero la promesa de salir a las dos, cuando los demás siguen atrapados frente a sus mesas, tenía algo de revancha silenciosa, casi gloriosa.
- ¡¿No vas a contármelo?! - preguntó Gustavo desde la otra punta del pasillo.
- ¡Luego, cuando estemos todos juntos! - respondió Gabi sin perder su sonrisa permanente.
- ¡¿En serio me vas a dejar con las ganas?!
- ¡No es el momento, compañero! - le hizo un gesto con la cabeza -. ¡Y baja la puta voz!
- ¡Venga, joder! - insistió entre carcajadas -. ¡Dame una pista aunque sea!
- ¡Está bieeeen!
- ¿Y si te dijera que…? - hizo una pausa dramática, quizá demasiado exagerada.
- ¡¿Qué, joder?! ¡Vamos!
- Y si te dijera que no somos los únicos que conocemos la “Azulita”…
- ¿Qué pasa? - preguntó Gabi al notar su expresión.
- ¿En serio ese es tu gran descubrimiento?
- No lo entiendes…
- ¡Joder, chaval! - rió Gustavo mientras volvía a pasar la fregona -. La primera vez que oí hablar de esa maldita seta solo tuve que entrar en Google para informarme.
- No me refiero a eso, idiota… No hablo de lo que hay escrito en la wikipedia. Hablo de otra cosa.
- Había gente que la conocía mucho antes que nosotros. Y no la usaban como droga recreativa. La consideraban… algo sagrado.
- ¿Qué cojones me estás contando ahora?
- Cuevas en Perú. Rituales antiguos. Chamanismo. Historias que no tienen nada que ver con colocarse para echar un polvo espectacular. Estoy hablando de sabiduría ancestral, Gustavo. De leyendas que mencionan hongos azules que brillan en la oscuridad.
- ¿Y sabes qué es lo más fuerte? - añadió en voz baja -. Que lo que describen… encaja demasiado bien con lo que nosotros hemos experimentado.
- Verás… - continuó Gabi - creo que hemos estado mirándolo todo desde el punto de vista equivocado. Pensando que científicamente habíamos descubierto algo nuevo. Pero quizá… - hizo una pausa, dejando que la idea flotara entre ellos - quizá lo que hemos hecho ha sido desenterrar algo muy viejo.
Siguió investigando sin saber muy bien qué buscaba. Y cuanto más leía, más sentía que algo - una línea invisible - empezaba a unir puntos que hasta entonces parecían dispersos. La leyenda hablaba de cuatro hermanos y cuatro hermanas que emergieron de las cuevas de Pacaritambo, el lugar del origen. Entre ellos, Manco Cápac, destinado a fundar el Imperio Inca. No nacieron como hombres corrientes: fueron enviados. Surgieron del vientre de la tierra como semillas divinas, portadores de conocimiento y mandato sagrado.
- ¿Pacara qué? - preguntó Gustavo confundido ante tanta información.
- Pacaritambo, la casa del amanecer. La cueva de las tres ventanas.
Pero los viejos sabios - no los curanderos de feria ni los turistas espirituales, sino los verdaderos guardianes del conocimiento - lo nombraban de otro modo. Eran hombres - y a veces mujeres - moldeados por el silencio y la intemperie. No aprendían en libros ni heredaban títulos: heredaban visiones. Pasaban días enteros sin comer, bebiendo apenas infusiones amargas de cortezas y raíces. Se retiraban a las riberas de los ríos sagrados durante la estación de lluvias, cuando el agua crecida arrastraba barro, hojas y secretos montaña abajo. Allí permanecían inmóviles, con los pies hundidos en el lodo frío, dejando que el pulso del cauce les enseñara el ritmo oculto del mundo. Subían solos a la alta montaña, sin abrigo suficiente, sin más compañía que el viento. Dormían en cuevas donde la respiración se volvía humo y los latidos retumbaban contra la roca. Llevaban el cuerpo al límite para que la mente, agotada, soltara el control. Porque sabían algo que Occidente olvidó hace siglos: que el conocimiento verdadero no se acumula, se atraviesa. Consumían plantas que ardían en la sangre, mascaban hojas que entumecían la lengua, bebían decocciones que provocaban vómito y revelación. La purga no era castigo, era limpieza. Vaciar el cuerpo para que algo más pudiera entrar.
A ese hongo no lo llamaban Fauces de Neón ni Lucero de Cueva. Esos eran nombres del pueblo. Ellos lo conocían como Suma-Samka, el dulce sueño. No porque adormeciera, sino porque enseñaba a despertar en otro plano existencial. También lo llamaban Wara-K’allampa, el hongo de las estrellas. Decían que no crecía simplemente en la tierra, sino en la frontera entre mundos. Que su micelio no se extendía solo bajo la roca, sino bajo el cosmos mismo.
Según esas tradiciones chamánicas recogidas en estudios etnográficos, estas setas no eran vistas como una droga, sino como un regalo divino nacido en el hogar de Manco Cápac y sus hermanos. Un fruto del mundo anterior al mundo humano. Un vestigio del tiempo en que los dioses aún caminaban entre los hombres. Se creía que crecían solo en cuevas profundas de los Andes peruanos, donde la luz del sol jamás había tocado la piedra. Allí, decían, el cielo descendía bajo tierra. Y en esa frontera - ni mundo de arriba ni mundo de abajo - brotaba el hongo.
Los chamanes afirmaban que no concedía deseos como un genio caprichoso. Eso era una mala interpretación de los occidentales. Lo que hacía era alinear la voluntad con el orden oculto del cosmos. Si el deseo era puro, la realidad cedía. Si no lo era… el precio podía ser alto. En algunos relatos más esotéricos se insinuaba algo aún más inquietante: que usada del modo correcto, bajo ritual, con canto y ayuno previo, la Suma-Samka otorgaba habilidades extraordinarias: clarividencia, dominio sobre el miedo, capacidad de influir en la voluntad ajena, visiones que no eran sueños, sino memorias de otros planos.
- Piénsalo… - dijo convencido Gabi - La intensidad de la Azulita, el modo en que lo amplifica todo: el sexo, la confianza, la sensación de poder…
Las cinco de la mañana habían llegado sin que Gabi lo notara. Sus ojos ardían, pero su mente estaba más despierta que nunca. Lo que hasta entonces había sido una sustancia experimental cultivada en un laboratorio improvisado empezaba a adquirir otra dimensión. No era solo química. No era solo toxicocinética, ni vectores de absorción. ¿Y si lo que habían cultivado no era únicamente un compuesto activo, sino una herencia? Un eco. Un fragmento de algo ancestral que llevaba siglos esperando volver a brotar.
El mundo de Gabi, de Nico, de Sofi, de Lena, de todos… se regía por la ciencia. Por datos, por replicabilidad, por evidencia empírica. Pero antes de todo eso - antes de Newton, antes de Pasteur, antes de cualquier microscopio - existía otro sistema de interpretación. Uno más antiguo. Más simbólico. Más peligroso. Un mundo en el que los hongos podían ser puertas. En el que las cuevas eran úteros sagrados. En el que los dioses no estaban muertos, solo dormidos. Y quizá, pensó mientras el cielo comenzaba a aclarar, la “Azulita” no era una invención moderna. Quizá era memoria. Y quizá ellos - sin saberlo - habían vuelto a pronunciar un nombre que llevaba demasiado tiempo en silencio.
- No te lo tomes a mal, pero… - sonrió Laia mientras untaba tomate en la tostada - creo que en vez de perder el tiempo en esas chorradas podrías emplearlo en algo más productivo, como por ejemplo subir de Elo en el LoL.
- ¡Venga, Laia! No me jodas, ¿has escuchado algo de lo que acabo de decir?
- Todos hemos escuchado la misma estupidez - respondió Nico con la misma sonrisa ladeada, removiendo el café en círculos perfectos.
- Para mí es la segunda vez - añadió Gustavo, dándole un mordisco generoso al bocadillo de tortilla -. Y sigo opinando lo mismo…
Gabi tenía el café casi intacto. Nico removía el suyo en círculos perfectos, distraído. Laia desayunaba tostada con tomate y aceite, impecable incluso con sueño. Gustavo atacaba un bocadillo de tortilla como si fuera un deporte de contacto. Cuando las sonrisas irónicas empezaron a multiplicarse, Gabi resopló, metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono con una rapidez casi infantil.
- Está bien, si no me creéis, escuchad esto - dijo desbloqueándolo con el pulgar, buscando el enlace que había guardado a las cuatro y veinte de la madrugada.
- He encontrado un libro…
- ¿Una novela de ciencia ficción? - preguntó Laia alzando una ceja.
- Pues no imbécil - sonrió Gabi - es una tesis doctoral de antropología. Se titula “Las enseñanzas de Taita Waman”. El autor se llama Víctor Castañeda y como trabajo de final de carrera convivió con un Chakaruna para documentar…
- ¿Un qué? - intervino Nico.
- Chakaruna: Persona-puente. Alguien que transita entre el mundo visible y el invisible. Es una especie de guía espiritual, por decirlo de algún modo… El caso es que lo que empieza como una investigación académica sobre plantas psicotrópicas y sus usos, acaba convirtiéndose en otra cosa. El chamán intenta enseñarle a convertirse en un “hombre de conocimiento”.
- Vale. Eso suena mejor… Sigue.
- El Taita Waman no enseña teoría. Enseña con la práctica. Ayunos prolongados. Aislamiento en la selva. Vigilias nocturnas. Aprender a escuchar el cuerpo hasta que el cuerpo deja de mentir. Utiliza tres plantas principales para alterar la percepción: peyote, datura y… aquí viene la sorpresa compañeros… hongos.
- “Azulita” - murmuró Nico, clavando la mirada en él.
- Exacto, aunque no la llama así. La nombra como Wara-K’allampa: el hongo de las estrellas. Dice que no es recreativo. Es un maestro. Si lo tomas sin preparación, te desarma. Si lo tomas con disciplina, te transforma.
- O sea, que según tu teoría, Javi no murió por la sustancia… sino por falta de espiritualidad.
- Déjate de chorradas, Gustavo… esto es serio, joder. Lo que intento deciros es que quizá no entendemos lo que tenemos entre manos, porque no lo estamos analizando desde el punto de vista correcto…
- Estamos buscando respuestas en la ciencia, colega - intervino Nico al instante, incorporándose en la silla -. No hay nada más correcto que eso.
- ¿Seguro? - replicó Gabi -. Porque la ciencia lo único que ha hecho hasta ahora es decirnos que es un compuesto con una toxicidad distinta según la vía de administración. Punto. Pero no explica por qué reacciona como reacciona. No explica las experiencias. No explica la intensidad. No explica…
- Las experiencias son neuroquímica - lo cortó Nico -. Liberación masiva de dopamina, serotonina, activación anómala del sistema límbico, hiperconectividad cortical. No hay mística ahí dentro, Gabi. Hay sinapsis.
- ¿Y lo que le sucedió a Javi? - preguntó Gabi, sin apartar los ojos de Nico -. ¿También fue solo sinapsis?
- Fue una sobredosis. Una mala administración. Un error.
- ¿Y si no fue solo eso? - insistió Gabi -. ¿Y si el problema no es cuánto tomas, ni cómo lo tomas? Sino ¿En qué estado estás? ¿Qué buscas en ella? Los chamanes hablan de preparación, de intención, de ritual. Dicen que la sustancia no es el poder, sino el canal.
- Claro. Y supongo que también hablan con espíritus y convierten sapos en príncipes.
- No caricaturices lo que no entiendes - respondió Gabi, más firme ahora -. No estoy diciendo que dejemos de analizar muestras al microscopio. Estoy diciendo que quizá el microscopio no es suficiente.
- La ciencia siempre es suficiente - replicó Nico, clavándole la mirada -. Si algo existe, es medible. Si es medible, es estudiable. Y si es estudiable, es comprensible. Lo que no podemos hacer es empezar a construir teorías basadas en mitología andina porque estamos asustados.
- No estoy asustado.
- ¿No, de verdad? - respondió Nico sin dudar -. Yo creo que estás buscando una narrativa que te permita soportarlo.
- ¿Y tú qué estás haciendo? - preguntó al fin -. ¿De verdad crees que diseccionar el fenómeno en variables te va a ahorrar el peso de lo que pasó?
- La ciencia no es una religión - dijo Nico, más bajo ahora -. Es un método. Y es lo único que tenemos para no volvernos locos.
- O para no admitir que ya lo estamos - añadió Gustavo, casi divertido.
- ¿Tú qué propones, entonces? ¿Un círculo de velas y cánticos en quechua?
- Yo propongo - respondió Gustavo encogiéndose de hombros - seguir disfrutando de lo que tenemos. Con cabeza. Sin dramas místicos, ni hipótesis científicas.
- Eso es exactamente lo que no debemos hacer.
- En eso estoy de acuerdo - zanjó Nico - Pero no podemos abandonar el único terreno firme que existe. Si empezamos a mezclar ciencia con creencias, perdemos rigor. Y sin rigor, esto se convierte en superstición.
- ¿Y si lo que tenemos delante no cabe entero en el rigor?
- Entonces - dijo al fin - tendremos que ampliar el rigor. Pero nunca sustituirlo.
- Gabi… ¿llegaste a leer algo sobre aquel libro que has mencionado?
- Solo fragmentos, aunque hoy cuando salga del curro voy a ir a la biblioteca de cabeza, a ver si lo encuentro.
- Si lo encuentras avísame, me gustaría leerlo también…
- ¿En serio? - preguntó Nico.
- Estos temas me resultan interesantes, solo es eso. Además Nico, tu siempre dices que descartar una hipótesis sin haberla estudiado antes, es el error más repetido en la ciencia…
- Yo sigo creyendo - dijo Gustavo, limpiándose la boca con el polo azul del trabajo - que Gabi ha pasado demasiadas horas sin dormir y está mezclando realidad con misticismo barato.
- Puede ser. Pero dime una cosa… Está claro que no somos los únicos que conocemos la “Azulita”. Pero sí somos los únicos lo bastante arrogantes como para creer, ya no que la hayamos descubierto… sino que la podemos llegar a entender sin mirar atrás.
- Arrogancia es asumir que un grupo de chamanes tiene respuestas que nosotros no podemos obtener con método y replicabilidad.
- O arrogancia es pensar que todo empieza y termina en nuestro laboratorio - replicó Gabi -. Esa seta no nació en el Búnker, colega. Tiene historia. Tiene contexto. Tiene ritual.
- A mí me encanta cuando os ponéis así de intensitos.
- Vale. Te concedo algo: puede que haya un componente cultural que estemos ignorando. Pero, incluso aceptando eso… ¿qué pretendes hacer con esa información?
- ¡No jodas, Gabi! - exclamó Laia, ya sonriendo.
- ¿Qué me he perdido ahora? - preguntó Nico, apurando el último trago con el ceño fruncido.
- Creo que nos vamos a Perú, chaval.
- ¿Cómo?
- Perú - repitió Gustavo, teatral -. Los Andes… ¿Te suena?
- ¿No estaréis hablando en serio?
- Aunque nadie me acompañe, yo pienso ir…
- Tenemos un cultivo inestable, una sustancia que puede ser letal por vía nasal y, al mismo tiempo, potencialmente revolucionaria, una doctora suiza jugándose su reputación en un laboratorio clandestino… - enumeró, levantando los dedos -. Y vuestra conclusión lógica es… ¿comprar billetes a Sudamérica?
- A veces la respuesta no está en ampliar el microscopio - replicó Gabi -, sino en cambiar de paisaje. Ver mundo, colega.
- Yo solo digo que si vamos, me traeré una alpaca. Me encantan. Lanudas como una ovejita y con mala hostia.
- ¡Eso es! Espíritu aventurero. Dejemos los laboratorios y salgamos a explorar, como el puto Indiana Jones.
- Esto es… es una locura - murmuró.
Salieron del bar. El sol de la mañana ya golpeaba la acera; el tráfico rugía como cualquier otro día, ajeno a sus delirios por falta de sueño. La idea de Perú quedó suspendida entre ellos, absurda y magnética al mismo tiempo. Nico caminó unos pasos por detrás, con más preguntas que respuestas, preguntándose en qué momento su experimento de laboratorio había empezado a convertirse en una expedición mística al otro lado del mundo.
Y, pese a todo, mientras observaba a sus amigos avanzar con esa determinación casi infantil, sintió una punzada incómoda y honesta en el pecho: quizá cambiar de paisaje no era tan descabellado. Quizá, por una vez, salir del laboratorio y cruzar un océano no era una huida… sino una forma distinta de buscar respuestas.
Como el Hierro, siendo el imán que guía a las almas en la tormenta y el pulso rojo que late en el centro del misterio. Esta historia continuará…