Relatos de mi vida

SritaLPB

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2 May 2025
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He pensado abrir un hilo para contar relatos de mi vida... he elegido esta categoría porque tengo pareja pero quizá tendría que haber usado una más general. Tengo la cuenta abierta casi desde hace 1 año y a veces no me atrevia, otras me daba pereza, tampoco se si esto lo lee mucha gente, pero bueno, veré que puedo hacer y si me ánimo que no se por dodne empezar.
 
He pensado abrir un hilo para contar relatos de mi vida... he elegido esta categoría porque tengo pareja pero quizá tendría que haber usado una más general. Tengo la cuenta abierta casi desde hace 1 año y a veces no me atrevia, otras me daba pereza, tampoco se si esto lo lee mucha gente, pero bueno, veré que puedo hacer y si me ánimo que no se por dodne empezar.
Claro que sí!
Ánimo y adelante. Seguidores no te faltarán.
Empieza por lo que te resulte más fácil. Despacio y con buena letra
 
He pensado abrir un hilo para contar relatos de mi vida... he elegido esta categoría porque tengo pareja pero quizá tendría que haber usado una más general. Tengo la cuenta abierta casi desde hace 1 año y a veces no me atrevia, otras me daba pereza, tampoco se si esto lo lee mucha gente, pero bueno, veré que puedo hacer y si me ánimo que no se por dodne empezar.
Seguro que público que lo lea no te va a faltar, que seamos más o menos participativos a la hora de comentar dependerá mucho del contenido.
Y si te sirve de algo, yo empezaría por el principio de lo que quieras contar, así es más fácil seguir la linea temporal, si la hay.

Suerte y ánimo.
 
Hola,

Llevo un año leyendo vuestros relatos en los ratos libres de la carrera y me he decidido a registrarme para empezar a subir los míos. Me voy a poner Sara por aquí, tengo 21 años y estudio ADE en la privada de Murcia.

Seguramente si me vierais por la calle o en la uni pensaríais que soy una estirada. Voy siempre impecable, con mis gafas de ver, mi ropa de marca y mi pulsera de V-o-x que no me quito nunca (la llevo mas por hacer rabiar que otra cosa). Me gusta esa imagen de niña bien que proyecto, y de hecho en mi vida normal soy yo la que manda; mi novio hace lo que yo digo y mis amigas me tienen respeto.

Pero cuando estoy en un sitio donde nadie sabe quién soy... la cosa cambia. Hay una parte de mí que solo sale cuando sé que mi imagen y mis apellidos no importan nada. He decidido escribir aquí porque necesito soltar cosas que me han pasado de verdad y que, obviamente, se quedarían conmigo si no fuera por este anonimato.

Quiero empezar contando todo desde el principio, desde aquella primera vez que me di cuenta de que, por mucho que me guste mandar en mi vida normal, lo que de verdad me pide el cuerpo es que alguien me quite el control de golpe y me ponga en mi sitio sin preguntar. Necesito recordar cómo es que te traten de una forma que mi novio ni se imagina. No sé si sabré explicarlo muy bien, pero me sirve para sacarlo de mi cabeza.

No se contar relatos como se debe así que estaré abierta a preguntas para contestar dudas.

Creo que lo más real es contar cómo empezó todo de verdad, sin inventos. Tenía 16 años, estaba en 4º de la ESO y, como ya sabéis, era la típica niña bien que no rompía un plato. Iba siempre con mis gafas, mis brackets y cero pecho. Me sentía una pringada total al lado de la gente "guay".

En mi instituto había un grupo de 2º de Bachiller que eran los típicos que pasaban de todo. Se fugaban de clase casi todos los días para irse a fumar o a casa de alguno. Yo los veía desde lejos como si fueran de otro planeta.

Un martes llegué tarde a primera hora porque me había quedado dormida y me encontré la puerta del instituto cerrada. Me puse súper nerviosa porque pensaba que me iban a poner un parte o que llamarían a mis padres. De repente, vi a tres de esos de Bachiller que estaban fuera, al lado de las motos, preparándose para irse. Uno de ellos, que era el que conocía de vista, porque era guapisimo, mis amigas y yo siempre andabamos detras de el, me miró y se rió: "¿Dónde vas con esas prisas? ¿Te han cerrado la puerta?".

Yo no sabía dónde meterme. Me puse roja y balbuceé un triste "Si". Él me miró de arriba abajo, se fijó en mis gafas y en mi cara de asustada, y me soltó: "Vente con nosotros, no seas tonta. Vamos a casa a mi casa que no están mis padre".

Al final decidí acompañarles con mi uniforme y mi mochila al hombro. Me moría de ganas de que el chico que me había invitado se fijara en mí. Me sacaba dos años y para mí era como si fuera un hombre de verdad; me hacía sentir súper mayor solo por dejar que fuese a su casa. En mi cabeza de 16 años, yo no era una pringada que se estaba fugando, era una tía interesante que se iba con los repetidores a su casa.

Llegamos al piso de Javi. Estuvimos un rato en el salón con la música a tope, ellos fumaban y jugaban a la consola. Yo no sabía ni dónde poner las manos, pero me esforzaba por no parecer asustada y fuera de lugar. Cuando él me hizo el gesto desde el pasillo para ir a su cuarto, mi corazón iba a mil. No es que tuviera ganas de hacer nada, es que sentía que si le decía que sí, podría romper la imagen que llevaba años creando.

Entramos en el cuarto de Javi y el ambiente era lo peor. Olía a una mezcla de tabaco, ropa sucia y ese desodorante fuerte que usaban los tíos entonces. La cama estaba sin hacer y había ropa tirada por todas partes. Yo estaba allí plantada, con mi mochila todavía al hombro, sintiéndome engañada... Le había idealizado tanto que la realidad estaba mas cerca de Torrente que de Zac efron.

Él ni me miró a los ojos. Se sentó en el borde de la cama, se sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la mesita. "Cierra la puerta", me soltó sin más. Yo obedecí, claro. Me sentía súper importante porque pensaba que me iba a liarme con el chico mas importante del insti, pero lo que vino después no tuvo nada que ver.

Me agarró del brazo y me hizo un gesto hacia el suelo. "Venga, que estas deseando". Me quedé helada. Me di cuenta de que para él yo no era una tía que le gustara, era un entretenimiento. Hinqué las rodillas en la alfombra, que estaba asquerosa, llena de pelusas y de migas de vete a saber qué. Me raspaba la piel, pero estaba tan fuera de lugar y tan desesperada por encajar y que no me echara de allí que no dije nada.

Se bajó el chándal y me la puso delante. Unos 17cm gordita sin depilar, Yo no había visto nada así en mi vida, al menos tan de cerca. Me quedé mirándola con mis gafas de ver resbalándoseme por la nariz por el sudor de los nervios. Él soltó un bufido de impaciencia, me agarró del pelo —pero de verdad, tirando con ganas hacia atrás para que levantara la cara— y me dijo: "Abre, demuestra las ganas que tienes".

Cuando empecé, fue un desastre. No tenía ni idea de qué hacer. Se me saltaban las lágrimas porque me daba la arcada cada dos por tres, ya que no sabía ni cómo respirar, aquello era un cuadro. Él no me ayudaba nada; al revés, se dedicaba a empujarme la cabeza con la mano, metiéndome los dedos entre el pelo y apretando fuerte.

"Usa la lengua, babea más", me decía. Yo intentaba hacerlo lo mejor posible, babeando un montón porque no daba abasto a tragar y sentía cómo me caía un hilo de saliva por la barbilla hasta la camisa del uniforme. Me daba bastante asco imaginarme como el me veia, siento tan patética, pero a la vez me ponía muchísimo que él me mirara desde arriba con esa cara de "Eres lo que necesitaba".

Me obligó a seguir, me dolía la mandíbula. Me atragantaba, se me empañaban las gafas y tenía la cara hecha un cristo, llena de babas y de rímel corrido, pero él seguía a lo suyo. Disfrutaba de ver lo ridícula que era yo allí abajo, esforzándome por complacerle mientras él pasaba de mí totalmente.

Cuando terminó, ni me avisó. Me agarró del pelo hacia el y yo tuve que aguantar la respiración todo lo que pude, no te chorros con mucha presión, estaban super calientes y salados, Mi única alternativa que tuve era tragarlos para no ahogarme. Me quedé allí de rodillas, intentando recuperar el aliento y limpiándome la boca con la manga mientras él se subía el pantalón como si acabara de terminar un examen. Me miró un segundo y se rió: "Vaya carita que se te ha quedado".

Abrió la puerta sin esperar a que yo me arreglara un poco. Tuve que salir de la habitación con el pelo de cualquier manera, la cara roja y los labios hinchados. Al llegar al salón, los otros dos estaban allí sentados, esperándonos.

Se hizo un silencio de dos segundos y de repente se empezaron a reír. Se reían de mí, de la niña buena con gafas que acababa de salir del cuarto de su colega después de hincar las rodillas. Me miraban de arriba abajo con un desprecio que me hacía sentir ridícula. Uno de ellos soltó una burrada que ni recuerdo bien sobre si le había dado las gracias al terminar.

Me sentí pequeñísima. Me di cuenta de que para ellos yo no era "la chica nueva del grupo", era simplemente la tonta de cuarto que se habían llevado a casa para echarse unas risas a mi costa. Javi ni me miró, no hizo por defenderme; se sentó con ellos y se puso a jugar a la Play como si yo fuera un mueble más de la habitación.

Despues de estar en el sofá durante 20 minutos intentando arreglarme, entre risas y miradas, tuve que irme sola de allí. Bajé las escaleras del bloque, sintiendo que todo el mundo me miraba y que se me notaba en la cara lo que acababa de hacer. Me sentía patética, usada y súper humillada por cómo se habían reído de mí. Pero, y esto es lo que no le puedo decir a nadie, mientras caminaba hacia el instituto intentando que no se me saltaran las lágrimas, sentía una electricidad por el cuerpo que no era normal.

Esa humillación, el sentir que no era la mimada, la intocable y que esos tíos se habían reído de mí después de usarme... me puso muchísimo. Ahí entendí que mi parte de "niña bien" odiaba lo que había pasado, pero que había otra parte de mí que necesitaba esa sensación de ser tratada como una basura para sentirse viva.
 
Hola,

Llevo un año leyendo vuestros relatos en los ratos libres de la carrera y me he decidido a registrarme para empezar a subir los míos. Me voy a poner Sara por aquí, tengo 21 años y estudio ADE en la privada de Murcia.

Seguramente si me vierais por la calle o en la uni pensaríais que soy una estirada. Voy siempre impecable, con mis gafas de ver, mi ropa de marca y mi pulsera de V-o-x que no me quito nunca (la llevo mas por hacer rabiar que otra cosa). Me gusta esa imagen de niña bien que proyecto, y de hecho en mi vida normal soy yo la que manda; mi novio hace lo que yo digo y mis amigas me tienen respeto.

Pero cuando estoy en un sitio donde nadie sabe quién soy... la cosa cambia. Hay una parte de mí que solo sale cuando sé que mi imagen y mis apellidos no importan nada. He decidido escribir aquí porque necesito soltar cosas que me han pasado de verdad y que, obviamente, se quedarían conmigo si no fuera por este anonimato.

Quiero empezar contando todo desde el principio, desde aquella primera vez que me di cuenta de que, por mucho que me guste mandar en mi vida normal, lo que de verdad me pide el cuerpo es que alguien me quite el control de golpe y me ponga en mi sitio sin preguntar. Necesito recordar cómo es que te traten de una forma que mi novio ni se imagina. No sé si sabré explicarlo muy bien, pero me sirve para sacarlo de mi cabeza.

No se contar relatos como se debe así que estaré abierta a preguntas para contestar dudas.

Creo que lo más real es contar cómo empezó todo de verdad, sin inventos. Tenía 16 años, estaba en 4º de la ESO y, como ya sabéis, era la típica niña bien que no rompía un plato. Iba siempre con mis gafas, mis brackets y cero pecho. Me sentía una pringada total al lado de la gente "guay".

En mi instituto había un grupo de 2º de Bachiller que eran los típicos que pasaban de todo. Se fugaban de clase casi todos los días para irse a fumar o a casa de alguno. Yo los veía desde lejos como si fueran de otro planeta.

Un martes llegué tarde a primera hora porque me había quedado dormida y me encontré la puerta del instituto cerrada. Me puse súper nerviosa porque pensaba que me iban a poner un parte o que llamarían a mis padres. De repente, vi a tres de esos de Bachiller que estaban fuera, al lado de las motos, preparándose para irse. Uno de ellos, que era el que conocía de vista, porque era guapisimo, mis amigas y yo siempre andabamos detras de el, me miró y se rió: "¿Dónde vas con esas prisas? ¿Te han cerrado la puerta?".

Yo no sabía dónde meterme. Me puse roja y balbuceé un triste "Si". Él me miró de arriba abajo, se fijó en mis gafas y en mi cara de asustada, y me soltó: "Vente con nosotros, no seas tonta. Vamos a casa a mi casa que no están mis padre".

Al final decidí acompañarles con mi uniforme y mi mochila al hombro. Me moría de ganas de que el chico que me había invitado se fijara en mí. Me sacaba dos años y para mí era como si fuera un hombre de verdad; me hacía sentir súper mayor solo por dejar que fuese a su casa. En mi cabeza de 16 años, yo no era una pringada que se estaba fugando, era una tía interesante que se iba con los repetidores a su casa.

Llegamos al piso de Javi. Estuvimos un rato en el salón con la música a tope, ellos fumaban y jugaban a la consola. Yo no sabía ni dónde poner las manos, pero me esforzaba por no parecer asustada y fuera de lugar. Cuando él me hizo el gesto desde el pasillo para ir a su cuarto, mi corazón iba a mil. No es que tuviera ganas de hacer nada, es que sentía que si le decía que sí, podría romper la imagen que llevaba años creando.

Entramos en el cuarto de Javi y el ambiente era lo peor. Olía a una mezcla de tabaco, ropa sucia y ese desodorante fuerte que usaban los tíos entonces. La cama estaba sin hacer y había ropa tirada por todas partes. Yo estaba allí plantada, con mi mochila todavía al hombro, sintiéndome engañada... Le había idealizado tanto que la realidad estaba mas cerca de Torrente que de Zac efron.

Él ni me miró a los ojos. Se sentó en el borde de la cama, se sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la mesita. "Cierra la puerta", me soltó sin más. Yo obedecí, claro. Me sentía súper importante porque pensaba que me iba a liarme con el chico mas importante del insti, pero lo que vino después no tuvo nada que ver.

Me agarró del brazo y me hizo un gesto hacia el suelo. "Venga, que estas deseando". Me quedé helada. Me di cuenta de que para él yo no era una tía que le gustara, era un entretenimiento. Hinqué las rodillas en la alfombra, que estaba asquerosa, llena de pelusas y de migas de vete a saber qué. Me raspaba la piel, pero estaba tan fuera de lugar y tan desesperada por encajar y que no me echara de allí que no dije nada.

Se bajó el chándal y me la puso delante. Unos 17cm gordita sin depilar, Yo no había visto nada así en mi vida, al menos tan de cerca. Me quedé mirándola con mis gafas de ver resbalándoseme por la nariz por el sudor de los nervios. Él soltó un bufido de impaciencia, me agarró del pelo —pero de verdad, tirando con ganas hacia atrás para que levantara la cara— y me dijo: "Abre, demuestra las ganas que tienes".

Cuando empecé, fue un desastre. No tenía ni idea de qué hacer. Se me saltaban las lágrimas porque me daba la arcada cada dos por tres, ya que no sabía ni cómo respirar, aquello era un cuadro. Él no me ayudaba nada; al revés, se dedicaba a empujarme la cabeza con la mano, metiéndome los dedos entre el pelo y apretando fuerte.

"Usa la lengua, babea más", me decía. Yo intentaba hacerlo lo mejor posible, babeando un montón porque no daba abasto a tragar y sentía cómo me caía un hilo de saliva por la barbilla hasta la camisa del uniforme. Me daba bastante asco imaginarme como el me veia, siento tan patética, pero a la vez me ponía muchísimo que él me mirara desde arriba con esa cara de "Eres lo que necesitaba".

Me obligó a seguir, me dolía la mandíbula. Me atragantaba, se me empañaban las gafas y tenía la cara hecha un cristo, llena de babas y de rímel corrido, pero él seguía a lo suyo. Disfrutaba de ver lo ridícula que era yo allí abajo, esforzándome por complacerle mientras él pasaba de mí totalmente.

Cuando terminó, ni me avisó. Me agarró del pelo hacia el y yo tuve que aguantar la respiración todo lo que pude, no te chorros con mucha presión, estaban super calientes y salados, Mi única alternativa que tuve era tragarlos para no ahogarme. Me quedé allí de rodillas, intentando recuperar el aliento y limpiándome la boca con la manga mientras él se subía el pantalón como si acabara de terminar un examen. Me miró un segundo y se rió: "Vaya carita que se te ha quedado".

Abrió la puerta sin esperar a que yo me arreglara un poco. Tuve que salir de la habitación con el pelo de cualquier manera, la cara roja y los labios hinchados. Al llegar al salón, los otros dos estaban allí sentados, esperándonos.

Se hizo un silencio de dos segundos y de repente se empezaron a reír. Se reían de mí, de la niña buena con gafas que acababa de salir del cuarto de su colega después de hincar las rodillas. Me miraban de arriba abajo con un desprecio que me hacía sentir ridícula. Uno de ellos soltó una burrada que ni recuerdo bien sobre si le había dado las gracias al terminar.

Me sentí pequeñísima. Me di cuenta de que para ellos yo no era "la chica nueva del grupo", era simplemente la tonta de cuarto que se habían llevado a casa para echarse unas risas a mi costa. Javi ni me miró, no hizo por defenderme; se sentó con ellos y se puso a jugar a la Play como si yo fuera un mueble más de la habitación.

Despues de estar en el sofá durante 20 minutos intentando arreglarme, entre risas y miradas, tuve que irme sola de allí. Bajé las escaleras del bloque, sintiendo que todo el mundo me miraba y que se me notaba en la cara lo que acababa de hacer. Me sentía patética, usada y súper humillada por cómo se habían reído de mí. Pero, y esto es lo que no le puedo decir a nadie, mientras caminaba hacia el instituto intentando que no se me saltaran las lágrimas, sentía una electricidad por el cuerpo que no era normal.

Esa humillación, el sentir que no era la mimada, la intocable y que esos tíos se habían reído de mí después de usarme... me puso muchísimo. Ahí entendí que mi parte de "niña bien" odiaba lo que había pasado, pero que había otra parte de mí que necesitaba esa sensación de ser tratada como una basura para sentirse viva.
Por como lo describe pareció un poco desagradable, pero a la vez morboso, tienes alguna experiencia más? Aquí tienes un seguidor
 
Hola,

Llevo un año leyendo vuestros relatos en los ratos libres de la carrera y me he decidido a registrarme para empezar a subir los míos. Me voy a poner Sara por aquí, tengo 21 años y estudio ADE en la privada de Murcia.

Seguramente si me vierais por la calle o en la uni pensaríais que soy una estirada. Voy siempre impecable, con mis gafas de ver, mi ropa de marca y mi pulsera de V-o-x que no me quito nunca (la llevo mas por hacer rabiar que otra cosa). Me gusta esa imagen de niña bien que proyecto, y de hecho en mi vida normal soy yo la que manda; mi novio hace lo que yo digo y mis amigas me tienen respeto.

Pero cuando estoy en un sitio donde nadie sabe quién soy... la cosa cambia. Hay una parte de mí que solo sale cuando sé que mi imagen y mis apellidos no importan nada. He decidido escribir aquí porque necesito soltar cosas que me han pasado de verdad y que, obviamente, se quedarían conmigo si no fuera por este anonimato.

Quiero empezar contando todo desde el principio, desde aquella primera vez que me di cuenta de que, por mucho que me guste mandar en mi vida normal, lo que de verdad me pide el cuerpo es que alguien me quite el control de golpe y me ponga en mi sitio sin preguntar. Necesito recordar cómo es que te traten de una forma que mi novio ni se imagina. No sé si sabré explicarlo muy bien, pero me sirve para sacarlo de mi cabeza.

No se contar relatos como se debe así que estaré abierta a preguntas para contestar dudas.

Creo que lo más real es contar cómo empezó todo de verdad, sin inventos. Tenía 16 años, estaba en 4º de la ESO y, como ya sabéis, era la típica niña bien que no rompía un plato. Iba siempre con mis gafas, mis brackets y cero pecho. Me sentía una pringada total al lado de la gente "guay".

En mi instituto había un grupo de 2º de Bachiller que eran los típicos que pasaban de todo. Se fugaban de clase casi todos los días para irse a fumar o a casa de alguno. Yo los veía desde lejos como si fueran de otro planeta.

Un martes llegué tarde a primera hora porque me había quedado dormida y me encontré la puerta del instituto cerrada. Me puse súper nerviosa porque pensaba que me iban a poner un parte o que llamarían a mis padres. De repente, vi a tres de esos de Bachiller que estaban fuera, al lado de las motos, preparándose para irse. Uno de ellos, que era el que conocía de vista, porque era guapisimo, mis amigas y yo siempre andabamos detras de el, me miró y se rió: "¿Dónde vas con esas prisas? ¿Te han cerrado la puerta?".

Yo no sabía dónde meterme. Me puse roja y balbuceé un triste "Si". Él me miró de arriba abajo, se fijó en mis gafas y en mi cara de asustada, y me soltó: "Vente con nosotros, no seas tonta. Vamos a casa a mi casa que no están mis padre".

Al final decidí acompañarles con mi uniforme y mi mochila al hombro. Me moría de ganas de que el chico que me había invitado se fijara en mí. Me sacaba dos años y para mí era como si fuera un hombre de verdad; me hacía sentir súper mayor solo por dejar que fuese a su casa. En mi cabeza de 16 años, yo no era una pringada que se estaba fugando, era una tía interesante que se iba con los repetidores a su casa.

Llegamos al piso de Javi. Estuvimos un rato en el salón con la música a tope, ellos fumaban y jugaban a la consola. Yo no sabía ni dónde poner las manos, pero me esforzaba por no parecer asustada y fuera de lugar. Cuando él me hizo el gesto desde el pasillo para ir a su cuarto, mi corazón iba a mil. No es que tuviera ganas de hacer nada, es que sentía que si le decía que sí, podría romper la imagen que llevaba años creando.

Entramos en el cuarto de Javi y el ambiente era lo peor. Olía a una mezcla de tabaco, ropa sucia y ese desodorante fuerte que usaban los tíos entonces. La cama estaba sin hacer y había ropa tirada por todas partes. Yo estaba allí plantada, con mi mochila todavía al hombro, sintiéndome engañada... Le había idealizado tanto que la realidad estaba mas cerca de Torrente que de Zac efron.

Él ni me miró a los ojos. Se sentó en el borde de la cama, se sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la mesita. "Cierra la puerta", me soltó sin más. Yo obedecí, claro. Me sentía súper importante porque pensaba que me iba a liarme con el chico mas importante del insti, pero lo que vino después no tuvo nada que ver.

Me agarró del brazo y me hizo un gesto hacia el suelo. "Venga, que estas deseando". Me quedé helada. Me di cuenta de que para él yo no era una tía que le gustara, era un entretenimiento. Hinqué las rodillas en la alfombra, que estaba asquerosa, llena de pelusas y de migas de vete a saber qué. Me raspaba la piel, pero estaba tan fuera de lugar y tan desesperada por encajar y que no me echara de allí que no dije nada.

Se bajó el chándal y me la puso delante. Unos 17cm gordita sin depilar, Yo no había visto nada así en mi vida, al menos tan de cerca. Me quedé mirándola con mis gafas de ver resbalándoseme por la nariz por el sudor de los nervios. Él soltó un bufido de impaciencia, me agarró del pelo —pero de verdad, tirando con ganas hacia atrás para que levantara la cara— y me dijo: "Abre, demuestra las ganas que tienes".

Cuando empecé, fue un desastre. No tenía ni idea de qué hacer. Se me saltaban las lágrimas porque me daba la arcada cada dos por tres, ya que no sabía ni cómo respirar, aquello era un cuadro. Él no me ayudaba nada; al revés, se dedicaba a empujarme la cabeza con la mano, metiéndome los dedos entre el pelo y apretando fuerte.

"Usa la lengua, babea más", me decía. Yo intentaba hacerlo lo mejor posible, babeando un montón porque no daba abasto a tragar y sentía cómo me caía un hilo de saliva por la barbilla hasta la camisa del uniforme. Me daba bastante asco imaginarme como el me veia, siento tan patética, pero a la vez me ponía muchísimo que él me mirara desde arriba con esa cara de "Eres lo que necesitaba".

Me obligó a seguir, me dolía la mandíbula. Me atragantaba, se me empañaban las gafas y tenía la cara hecha un cristo, llena de babas y de rímel corrido, pero él seguía a lo suyo. Disfrutaba de ver lo ridícula que era yo allí abajo, esforzándome por complacerle mientras él pasaba de mí totalmente.

Cuando terminó, ni me avisó. Me agarró del pelo hacia el y yo tuve que aguantar la respiración todo lo que pude, no te chorros con mucha presión, estaban super calientes y salados, Mi única alternativa que tuve era tragarlos para no ahogarme. Me quedé allí de rodillas, intentando recuperar el aliento y limpiándome la boca con la manga mientras él se subía el pantalón como si acabara de terminar un examen. Me miró un segundo y se rió: "Vaya carita que se te ha quedado".

Abrió la puerta sin esperar a que yo me arreglara un poco. Tuve que salir de la habitación con el pelo de cualquier manera, la cara roja y los labios hinchados. Al llegar al salón, los otros dos estaban allí sentados, esperándonos.

Se hizo un silencio de dos segundos y de repente se empezaron a reír. Se reían de mí, de la niña buena con gafas que acababa de salir del cuarto de su colega después de hincar las rodillas. Me miraban de arriba abajo con un desprecio que me hacía sentir ridícula. Uno de ellos soltó una burrada que ni recuerdo bien sobre si le había dado las gracias al terminar.

Me sentí pequeñísima. Me di cuenta de que para ellos yo no era "la chica nueva del grupo", era simplemente la tonta de cuarto que se habían llevado a casa para echarse unas risas a mi costa. Javi ni me miró, no hizo por defenderme; se sentó con ellos y se puso a jugar a la Play como si yo fuera un mueble más de la habitación.

Despues de estar en el sofá durante 20 minutos intentando arreglarme, entre risas y miradas, tuve que irme sola de allí. Bajé las escaleras del bloque, sintiendo que todo el mundo me miraba y que se me notaba en la cara lo que acababa de hacer. Me sentía patética, usada y súper humillada por cómo se habían reído de mí. Pero, y esto es lo que no le puedo decir a nadie, mientras caminaba hacia el instituto intentando que no se me saltaran las lágrimas, sentía una electricidad por el cuerpo que no era normal.

Esa humillación, el sentir que no era la mimada, la intocable y que esos tíos se habían reído de mí después de usarme... me puso muchísimo. Ahí entendí que mi parte de "niña bien" odiaba lo que había pasado, pero que había otra parte de mí que necesitaba esa sensación de ser tratada como una basura para sentirse viva.
Te voy siguiendo y lo relatas bien, se agradece la verdad que este bien escrito con gramática y signos puntuación.
Además, dentro de que la situación no debió ser agradable según la describes y con esa edad, la linea futura que se intuye pinta bien.
Gracias por escribir.
 
Hola,

Llevo un año leyendo vuestros relatos en los ratos libres de la carrera y me he decidido a registrarme para empezar a subir los míos. Me voy a poner Sara por aquí, tengo 21 años y estudio ADE en la privada de Murcia.

Seguramente si me vierais por la calle o en la uni pensaríais que soy una estirada. Voy siempre impecable, con mis gafas de ver, mi ropa de marca y mi pulsera de V-o-x que no me quito nunca (la llevo mas por hacer rabiar que otra cosa). Me gusta esa imagen de niña bien que proyecto, y de hecho en mi vida normal soy yo la que manda; mi novio hace lo que yo digo y mis amigas me tienen respeto.

Pero cuando estoy en un sitio donde nadie sabe quién soy... la cosa cambia. Hay una parte de mí que solo sale cuando sé que mi imagen y mis apellidos no importan nada. He decidido escribir aquí porque necesito soltar cosas que me han pasado de verdad y que, obviamente, se quedarían conmigo si no fuera por este anonimato.

Quiero empezar contando todo desde el principio, desde aquella primera vez que me di cuenta de que, por mucho que me guste mandar en mi vida normal, lo que de verdad me pide el cuerpo es que alguien me quite el control de golpe y me ponga en mi sitio sin preguntar. Necesito recordar cómo es que te traten de una forma que mi novio ni se imagina. No sé si sabré explicarlo muy bien, pero me sirve para sacarlo de mi cabeza.

No se contar relatos como se debe así que estaré abierta a preguntas para contestar dudas.

Creo que lo más real es contar cómo empezó todo de verdad, sin inventos. Tenía 16 años, estaba en 4º de la ESO y, como ya sabéis, era la típica niña bien que no rompía un plato. Iba siempre con mis gafas, mis brackets y cero pecho. Me sentía una pringada total al lado de la gente "guay".

En mi instituto había un grupo de 2º de Bachiller que eran los típicos que pasaban de todo. Se fugaban de clase casi todos los días para irse a fumar o a casa de alguno. Yo los veía desde lejos como si fueran de otro planeta.

Un martes llegué tarde a primera hora porque me había quedado dormida y me encontré la puerta del instituto cerrada. Me puse súper nerviosa porque pensaba que me iban a poner un parte o que llamarían a mis padres. De repente, vi a tres de esos de Bachiller que estaban fuera, al lado de las motos, preparándose para irse. Uno de ellos, que era el que conocía de vista, porque era guapisimo, mis amigas y yo siempre andabamos detras de el, me miró y se rió: "¿Dónde vas con esas prisas? ¿Te han cerrado la puerta?".

Yo no sabía dónde meterme. Me puse roja y balbuceé un triste "Si". Él me miró de arriba abajo, se fijó en mis gafas y en mi cara de asustada, y me soltó: "Vente con nosotros, no seas tonta. Vamos a casa a mi casa que no están mis padre".

Al final decidí acompañarles con mi uniforme y mi mochila al hombro. Me moría de ganas de que el chico que me había invitado se fijara en mí. Me sacaba dos años y para mí era como si fuera un hombre de verdad; me hacía sentir súper mayor solo por dejar que fuese a su casa. En mi cabeza de 16 años, yo no era una pringada que se estaba fugando, era una tía interesante que se iba con los repetidores a su casa.

Llegamos al piso de Javi. Estuvimos un rato en el salón con la música a tope, ellos fumaban y jugaban a la consola. Yo no sabía ni dónde poner las manos, pero me esforzaba por no parecer asustada y fuera de lugar. Cuando él me hizo el gesto desde el pasillo para ir a su cuarto, mi corazón iba a mil. No es que tuviera ganas de hacer nada, es que sentía que si le decía que sí, podría romper la imagen que llevaba años creando.

Entramos en el cuarto de Javi y el ambiente era lo peor. Olía a una mezcla de tabaco, ropa sucia y ese desodorante fuerte que usaban los tíos entonces. La cama estaba sin hacer y había ropa tirada por todas partes. Yo estaba allí plantada, con mi mochila todavía al hombro, sintiéndome engañada... Le había idealizado tanto que la realidad estaba mas cerca de Torrente que de Zac efron.

Él ni me miró a los ojos. Se sentó en el borde de la cama, se sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la mesita. "Cierra la puerta", me soltó sin más. Yo obedecí, claro. Me sentía súper importante porque pensaba que me iba a liarme con el chico mas importante del insti, pero lo que vino después no tuvo nada que ver.

Me agarró del brazo y me hizo un gesto hacia el suelo. "Venga, que estas deseando". Me quedé helada. Me di cuenta de que para él yo no era una tía que le gustara, era un entretenimiento. Hinqué las rodillas en la alfombra, que estaba asquerosa, llena de pelusas y de migas de vete a saber qué. Me raspaba la piel, pero estaba tan fuera de lugar y tan desesperada por encajar y que no me echara de allí que no dije nada.

Se bajó el chándal y me la puso delante. Unos 17cm gordita sin depilar, Yo no había visto nada así en mi vida, al menos tan de cerca. Me quedé mirándola con mis gafas de ver resbalándoseme por la nariz por el sudor de los nervios. Él soltó un bufido de impaciencia, me agarró del pelo —pero de verdad, tirando con ganas hacia atrás para que levantara la cara— y me dijo: "Abre, demuestra las ganas que tienes".

Cuando empecé, fue un desastre. No tenía ni idea de qué hacer. Se me saltaban las lágrimas porque me daba la arcada cada dos por tres, ya que no sabía ni cómo respirar, aquello era un cuadro. Él no me ayudaba nada; al revés, se dedicaba a empujarme la cabeza con la mano, metiéndome los dedos entre el pelo y apretando fuerte.

"Usa la lengua, babea más", me decía. Yo intentaba hacerlo lo mejor posible, babeando un montón porque no daba abasto a tragar y sentía cómo me caía un hilo de saliva por la barbilla hasta la camisa del uniforme. Me daba bastante asco imaginarme como el me veia, siento tan patética, pero a la vez me ponía muchísimo que él me mirara desde arriba con esa cara de "Eres lo que necesitaba".

Me obligó a seguir, me dolía la mandíbula. Me atragantaba, se me empañaban las gafas y tenía la cara hecha un cristo, llena de babas y de rímel corrido, pero él seguía a lo suyo. Disfrutaba de ver lo ridícula que era yo allí abajo, esforzándome por complacerle mientras él pasaba de mí totalmente.

Cuando terminó, ni me avisó. Me agarró del pelo hacia el y yo tuve que aguantar la respiración todo lo que pude, no te chorros con mucha presión, estaban super calientes y salados, Mi única alternativa que tuve era tragarlos para no ahogarme. Me quedé allí de rodillas, intentando recuperar el aliento y limpiándome la boca con la manga mientras él se subía el pantalón como si acabara de terminar un examen. Me miró un segundo y se rió: "Vaya carita que se te ha quedado".

Abrió la puerta sin esperar a que yo me arreglara un poco. Tuve que salir de la habitación con el pelo de cualquier manera, la cara roja y los labios hinchados. Al llegar al salón, los otros dos estaban allí sentados, esperándonos.

Se hizo un silencio de dos segundos y de repente se empezaron a reír. Se reían de mí, de la niña buena con gafas que acababa de salir del cuarto de su colega después de hincar las rodillas. Me miraban de arriba abajo con un desprecio que me hacía sentir ridícula. Uno de ellos soltó una burrada que ni recuerdo bien sobre si le había dado las gracias al terminar.

Me sentí pequeñísima. Me di cuenta de que para ellos yo no era "la chica nueva del grupo", era simplemente la tonta de cuarto que se habían llevado a casa para echarse unas risas a mi costa. Javi ni me miró, no hizo por defenderme; se sentó con ellos y se puso a jugar a la Play como si yo fuera un mueble más de la habitación.

Despues de estar en el sofá durante 20 minutos intentando arreglarme, entre risas y miradas, tuve que irme sola de allí. Bajé las escaleras del bloque, sintiendo que todo el mundo me miraba y que se me notaba en la cara lo que acababa de hacer. Me sentía patética, usada y súper humillada por cómo se habían reído de mí. Pero, y esto es lo que no le puedo decir a nadie, mientras caminaba hacia el instituto intentando que no se me saltaran las lágrimas, sentía una electricidad por el cuerpo que no era normal.

Esa humillación, el sentir que no era la mimada, la intocable y que esos tíos se habían reído de mí después de usarme... me puso muchísimo. Ahí entendí que mi parte de "niña bien" odiaba lo que había pasado, pero que había otra parte de mí que necesitaba esa sensación de ser tratada como una basura para sentirse viva.
Buen relato, confirmas que es real al 100%? Me gusta y entiendo lo que te paso, he conocido varias mujeres y una es la típica estirada de misa fifi refinada y la he hecho de todo lo que su marido ni se le pasaría por la cabeza y en su casa. Así que no me extraña tú historia para nada. Sigue contando, gracias.
 
Después de lo de casa de Javi, yo pensaba que aquello sería un secreto entre él y yo. Qué ingenua. En el instituto, Javi seguía pasando de mi cara, pero notaba que sus amigos me miraban distinto. Alberto y Juanra, los dos que estaban en el salón aquella mañana siempre se me quedaban mirando. Alberto era un tío que me daba un asco físico increíble. Estaba fofisano tirando a gordo, siempre sudado y con una forma de hablar súper guarra que me hacía sentir sucia solo con escucharle. Juanra era el típico chaval rarillo, feo, de los que no te fijarías nunca, pero que te miraba con una intensidad que daba mal rollo.

Un jueves, al salir del instituto, me los encontré esperándome en una esquina.
—Oye, que vamos a casa de Alberto —me soltó él nada más acercarse—. Javi nos ha dicho que te avisemos, que está de camino y que nos vemos allí todos. Que tiene ganas de verte otra vez.

Me sentí súper importante. Pensar que Javi les había hablado de mí y que quería que fuera con ellos de nuevo me hizo perder el sentido común. No me lo pensé dos veces. Fuimos andando hacia el piso de Alberto, que estaba a unos diez minutos. Yo iba en medio de los dos, sintiéndome mayor, pensando que por fin era parte de su grupo y quien sabe si también parte de la vida de Javi.

La casa era bonita, se notaba que sus padres tenían dinero, era un chalet blanco muy bien decorado por dentro.
Nos sentamos en el salón y ellos pusieron la Play, pero yo no dejaba de mirar la puerta.

De repente, a Juanra le sonó el móvil.—Es mi madre, ahora vengo, que tengo que ir al parque que me he dejado las llaves de casa y me las tiene que dar —dijo Juanra levantándose rápido.

Nos quedamos solos. Alberto dejó la consola y se quedó mirándome. Yo estaba sentada en el borde del sofá, con mi mochila todavía puesta y mis gafas bien colocadas. Él se acercó y se sentó justo a mi lado, invadiendo mi espacio. Olía a ese sudor fuerte de chaval que no se cuida y a desodorante de spray.
—Mira, Sara... —me dijo con un tono que pretendía ser de colega—. Javi te tiene como la típica niña pija que solo piensa en las notas y en que no se le ensucie el uniforme. Se cree que eres una sosa y que en cuanto un tío se te acerca un poco, te pones a temblar. Por eso no te hace caso de verdad.

Se me quedó el corazón parado. Lo miré por encima de mis gafas y él me puso una mano en el muslo, apretando sobre la falda.

—Si quieres que hoy venga y te tome en serio, tienes que demostrarme a mí primero que no eres una estrecha. Si te portas bien conmigo ahora, yo le escribo y le digo que se baje ya, que merece la pena. Le diré que eres una fiera y que se está perdiendo lo mejor del insti. Nadie tiene por qué saber nada, es cosa nuestra. ¿Quieres que le hable bien de ti o prefieres seguir siendo la empollona invisible?

Me sentí totalmente acorralada, pero la idea de que Alberto fuera el que le "validara" ante Javi me cegó. Asentí con la cabeza, casi sin aire. Él se levantó, me agarró del brazo y me llevó a su habitación.

El cuarto estaba hecho un asco. Había ropa tirada por el suelo, platos con restos de comida en el escritorio y ese olor a cerrado que se te pega a la garganta. Me hizo sentarme en el borde de su cama, que era poco más que un colchón con sábanas viejas.

—Ni se te ocurra quitarte las gafas —me soltó con una media sonrisa—. Me pone ver que tienes esa cara de no haber roto un plato mientras te voy a dar lo tuyo.

Alberto se puso frente a mí y se bajó el pantalón de chándal. Se la sacó y se me quedó a la altura de los ojos. Era tal cual os la describí: no muy larga, unos 14 centímetros, pero súper gorda, muy ancha y sin depilar, con un olor fuerte, a cerrado, que me llenó la nariz al momento.

—Venga, demuestra lo que vales.

Me agarró del pelo con esas manos gordas y un poco pegajosas, tirando con fuerza hacia atrás para obligarme a levantar la cara. Me metió la punta de golpe. El sabor era amargo y me daban arcadas porque era tan ancha que sentía que no me cabía, que me iba a desgarrar los labios. Alberto empezó a moverse, empujando mi cabeza con un ritmo bruto, disfrutando de cada uno de mis jadeos ahogados.

Yo intentaba hacerlo bien, quería que él estuviera contento para que avisara a Javi. Notaba cómo las gafas se me resbalaban por la nariz por el sudor y los nervios, y cómo un hilo de saliva caliente me bajaba por la barbilla hasta manchar el cuello de mi camisa del uniforme. Me sentía patética, arrodillada en esa habitación asquerosa ante un tío que me daba asco, pero la electricidad de estar rompiendo todas las reglas de "niña buena" me tenía empapada.

Él no paraba. Alberto no tenía ni un mínimo de delicadeza; no buscaba que yo estuviera cómoda, buscaba usarme y punto. En un momento dado, soltó mi pelo y me agarró con fuerza por las orejas para marcar él mismo el ritmo que quería.

Fue una sensación extrañísima y humillante. Como me tapaba los oídos con las palmas de sus manos, lo único que yo escuchaba era el roce de su piel contra mis orejas y mi propia respiración acelerada, que retumbaba dentro de mi cabeza. Estaba aislada en mi propio asco.

Cada vez que me empujaba hacia él, sentía su barriga fofa y sudada chocando contra mi frente. Era un golpe sordo y constante: choc, choc, choc. Notaba el calor de su tripa, el sudor pegajoso que se me quedaba en la piel y cómo sus carnes temblaban con cada embestida. Mis gafas, que seguían puestas, se me clavaban en el puente de la nariz con cada impacto de su barriga, y los cristales estaban ya tan empañados y manchados de sudor que apenas veía nada claro.

—Sigue así, trágatela bien —le oía decir, aunque el sonido me llegaba amortiguado por sus manos en mis orejas—. Que se note que tienes ganas de que Javi te respete.

Me obligaba a ir cada vez más profundo, sin importarle que me atragantara o que mis orejas me dolieran por los tirones. Yo solo podía ver, a pocos centímetros de mis ojos, el vello de su abdomen y esos pliegues de grasa que me golpeaban la cara una y otra vez. Me sentía como un juguete roto, una niña de papá que se había metido en la boca del lobo por pura desesperación de ser alguien para el chico popular.

Me dolía la mandíbula y el cuello, pero Alberto seguía a lo suyo, apretando mis orejas con tanta saña que me ardían. Disfrutaba de su poder sobre mí, de saber que yo no me iba a quejar porque todavía tenía la esperanza de que Javi apareciera por esa puerta y me diera el visto bueno. Me sentía sucia, sudada y totalmente expuesta bajo la piel de su cuerpo.

De repente, se puso tenso. Me dio un último tirón de las orejas hacia él, obligándome a aguantar la respiración mientras notaba toda su pesadez contra mi cara. Gruñó, soltó mis orejas y justo en ese instante, se oyó el portazo de la entrada. Debia de ser Juanra.

Alberto sonrió, subiéndose el chándal a toda prisa y limpiándose con mi camisa, mientras yo me quedaba allí de rodillas, intentando recomponerme y recolocarme las gafas con las manos temblando. ¿Había sido patético? Si. ¿Merecía la pena? Por supuesto. ¿Estaba cachonda? Como nunca antes.
 
Después de lo de casa de Javi, yo pensaba que aquello sería un secreto entre él y yo. Qué ingenua. En el instituto, Javi seguía pasando de mi cara, pero notaba que sus amigos me miraban distinto. Alberto y Juanra, los dos que estaban en el salón aquella mañana siempre se me quedaban mirando. Alberto era un tío que me daba un asco físico increíble. Estaba fofisano tirando a gordo, siempre sudado y con una forma de hablar súper guarra que me hacía sentir sucia solo con escucharle. Juanra era el típico chaval rarillo, feo, de los que no te fijarías nunca, pero que te miraba con una intensidad que daba mal rollo.

Un jueves, al salir del instituto, me los encontré esperándome en una esquina.
—Oye, que vamos a casa de Alberto —me soltó él nada más acercarse—. Javi nos ha dicho que te avisemos, que está de camino y que nos vemos allí todos. Que tiene ganas de verte otra vez.

Me sentí súper importante. Pensar que Javi les había hablado de mí y que quería que fuera con ellos de nuevo me hizo perder el sentido común. No me lo pensé dos veces. Fuimos andando hacia el piso de Alberto, que estaba a unos diez minutos. Yo iba en medio de los dos, sintiéndome mayor, pensando que por fin era parte de su grupo y quien sabe si también parte de la vida de Javi.

La casa era bonita, se notaba que sus padres tenían dinero, era un chalet blanco muy bien decorado por dentro.
Nos sentamos en el salón y ellos pusieron la Play, pero yo no dejaba de mirar la puerta.

De repente, a Juanra le sonó el móvil.—Es mi madre, ahora vengo, que tengo que ir al parque que me he dejado las llaves de casa y me las tiene que dar —dijo Juanra levantándose rápido.

Nos quedamos solos. Alberto dejó la consola y se quedó mirándome. Yo estaba sentada en el borde del sofá, con mi mochila todavía puesta y mis gafas bien colocadas. Él se acercó y se sentó justo a mi lado, invadiendo mi espacio. Olía a ese sudor fuerte de chaval que no se cuida y a desodorante de spray.
—Mira, Sara... —me dijo con un tono que pretendía ser de colega—. Javi te tiene como la típica niña pija que solo piensa en las notas y en que no se le ensucie el uniforme. Se cree que eres una sosa y que en cuanto un tío se te acerca un poco, te pones a temblar. Por eso no te hace caso de verdad.

Se me quedó el corazón parado. Lo miré por encima de mis gafas y él me puso una mano en el muslo, apretando sobre la falda.

—Si quieres que hoy venga y te tome en serio, tienes que demostrarme a mí primero que no eres una estrecha. Si te portas bien conmigo ahora, yo le escribo y le digo que se baje ya, que merece la pena. Le diré que eres una fiera y que se está perdiendo lo mejor del insti. Nadie tiene por qué saber nada, es cosa nuestra. ¿Quieres que le hable bien de ti o prefieres seguir siendo la empollona invisible?

Me sentí totalmente acorralada, pero la idea de que Alberto fuera el que le "validara" ante Javi me cegó. Asentí con la cabeza, casi sin aire. Él se levantó, me agarró del brazo y me llevó a su habitación.

El cuarto estaba hecho un asco. Había ropa tirada por el suelo, platos con restos de comida en el escritorio y ese olor a cerrado que se te pega a la garganta. Me hizo sentarme en el borde de su cama, que era poco más que un colchón con sábanas viejas.

—Ni se te ocurra quitarte las gafas —me soltó con una media sonrisa—. Me pone ver que tienes esa cara de no haber roto un plato mientras te voy a dar lo tuyo.

Alberto se puso frente a mí y se bajó el pantalón de chándal. Se la sacó y se me quedó a la altura de los ojos. Era tal cual os la describí: no muy larga, unos 14 centímetros, pero súper gorda, muy ancha y sin depilar, con un olor fuerte, a cerrado, que me llenó la nariz al momento.

—Venga, demuestra lo que vales.

Me agarró del pelo con esas manos gordas y un poco pegajosas, tirando con fuerza hacia atrás para obligarme a levantar la cara. Me metió la punta de golpe. El sabor era amargo y me daban arcadas porque era tan ancha que sentía que no me cabía, que me iba a desgarrar los labios. Alberto empezó a moverse, empujando mi cabeza con un ritmo bruto, disfrutando de cada uno de mis jadeos ahogados.

Yo intentaba hacerlo bien, quería que él estuviera contento para que avisara a Javi. Notaba cómo las gafas se me resbalaban por la nariz por el sudor y los nervios, y cómo un hilo de saliva caliente me bajaba por la barbilla hasta manchar el cuello de mi camisa del uniforme. Me sentía patética, arrodillada en esa habitación asquerosa ante un tío que me daba asco, pero la electricidad de estar rompiendo todas las reglas de "niña buena" me tenía empapada.

Él no paraba. Alberto no tenía ni un mínimo de delicadeza; no buscaba que yo estuviera cómoda, buscaba usarme y punto. En un momento dado, soltó mi pelo y me agarró con fuerza por las orejas para marcar él mismo el ritmo que quería.

Fue una sensación extrañísima y humillante. Como me tapaba los oídos con las palmas de sus manos, lo único que yo escuchaba era el roce de su piel contra mis orejas y mi propia respiración acelerada, que retumbaba dentro de mi cabeza. Estaba aislada en mi propio asco.

Cada vez que me empujaba hacia él, sentía su barriga fofa y sudada chocando contra mi frente. Era un golpe sordo y constante: choc, choc, choc. Notaba el calor de su tripa, el sudor pegajoso que se me quedaba en la piel y cómo sus carnes temblaban con cada embestida. Mis gafas, que seguían puestas, se me clavaban en el puente de la nariz con cada impacto de su barriga, y los cristales estaban ya tan empañados y manchados de sudor que apenas veía nada claro.

—Sigue así, trágatela bien —le oía decir, aunque el sonido me llegaba amortiguado por sus manos en mis orejas—. Que se note que tienes ganas de que Javi te respete.

Me obligaba a ir cada vez más profundo, sin importarle que me atragantara o que mis orejas me dolieran por los tirones. Yo solo podía ver, a pocos centímetros de mis ojos, el vello de su abdomen y esos pliegues de grasa que me golpeaban la cara una y otra vez. Me sentía como un juguete roto, una niña de papá que se había metido en la boca del lobo por pura desesperación de ser alguien para el chico popular.

Me dolía la mandíbula y el cuello, pero Alberto seguía a lo suyo, apretando mis orejas con tanta saña que me ardían. Disfrutaba de su poder sobre mí, de saber que yo no me iba a quejar porque todavía tenía la esperanza de que Javi apareciera por esa puerta y me diera el visto bueno. Me sentía sucia, sudada y totalmente expuesta bajo la piel de su cuerpo.

De repente, se puso tenso. Me dio un último tirón de las orejas hacia él, obligándome a aguantar la respiración mientras notaba toda su pesadez contra mi cara. Gruñó, soltó mis orejas y justo en ese instante, se oyó el portazo de la entrada. Debia de ser Juanra.

Alberto sonrió, subiéndose el chándal a toda prisa y limpiándose con mi camisa, mientras yo me quedaba allí de rodillas, intentando recomponerme y recolocarme las gafas con las manos temblando. ¿Había sido patético? Si. ¿Merecía la pena? Por supuesto. ¿Estaba cachonda? Como nunca antes.
Ummm me encantan las mamadas. A mí me pasó pero.al revés me comieron por primera vez una amiga de mi madre. Martina cuando tenía unos trece años.
 
Me quedé sola en el cuarto, de rodillas sobre la alfombra, intentando que el aire me llegara a los pulmones. Tenía la frente pegajosa por el sudor de la barriga de Alberto y el cuello de la camisa del uniforme con esa mancha húmeda y arrugada donde él se había limpiado. Me sentía patética, pero en mi cabeza, solo pensaba que aquello era el precio que tenía que pagar para que Javi entrara por la puerta.

Pero Javi no entró. Entró Juanra.

Cerró la puerta con una mano en el bolsillo, arrastrando los pies con una desgana que me hizo sentir todavía más pequeña. Se quedó mirándome desde arriba con una sonrisita de burla, de esas que te dicen que sabe perfectamente lo tonta que estás siendo. Él no me prometió nada de Javi; se notaba que le daba igual si venía o no. Para él, yo era simplemente una oportunidad que le habían puesto delante y que pensaba exprimir sin esforzarse lo más mínimo.

—Vaya pinta tienes—me soltó con una voz seca, sin ninguna emoción—. Quién te viera ahora y quién te ve en los pasillos, siempre tan estiradita e impoluta.

Se acercó y se plantó delante de mí, a pocos centímetros de mis gafas. No tenía la energía bruta de Alberto. Él simplemente se bajó el chándal y se quedó ahí quieto, esperando. Cuando se la sacó, me quedé bloqueada.

Estaba totalmente flácida. Era algo pequeño, blando y con un aspecto que no me esperaba. Yo nunca había visto una así, tan... muerta. Parecía un espárrago blanco, frío y sin vida. Me quedé mirándola tras mis cristales empañados, sin saber muy bien qué hacer, esperando que él tomara la iniciativa. Pero Juanra no movió ni un dedo.

—¿Qué pasa? ¿Te has quedado sin ideas o es que necesitas que te den una hoja de instrucciones? —se burló, mientras me agarraba del pelo, pero sin fuerza, solo para mantenerme ahí abajo—. Venga, muévete un poco, que no tengo todo el día.

Fue una sensación morbosísima y a la vez asquerosa. Tuve que ser yo la que se acercara, la que la agarrara con dos dedos y empezara a metérmela en la boca así, blanda. Era una textura extraña, como chupar algo que no quiere estar ahí. Me sentía ridícula esforzándome por poner duro a un tío que me repelía y que ni siquiera me miraba con ganas, sino con una curiosidad de científico loco, como si estuviera viendo cómo reacciona un bicho bajo un microscopio.

Me obligaba a trabajarla, a usar la lengua, a babearla entera para ver si reaccionaba. Notaba el sabor amargo y esa frialdad inicial que me daba arcadas, pero a la vez, el hecho de ser yo la que tenía que "despertar" eso en un tío tan feo y tan raro, mientras esperaba a Javi, me producía una electricidad que me recorría toda la espalda.

Juanra se limitaba a mirar desde arriba, soltando alguna risita de vez en cuando cuando veía que me atragantaba al intentar meter ese "espárrago" blando cada vez más profundo. Disfrutaba de mi desesperación, de ver cómo la niña bien de las gafas se dejaba la mandíbula intentando complacerle sin recibir nada a cambio.

Poco a poco, aquello empezó a cambiar de forma en mi boca, y fue entonces cuando la cosa se puso largo e interesante.
Notaba cómo, poco a poco, aquello que al principio era blando y frío empezaba a latir dentro de mi boca. Fue una sensación increíble. Sentir cómo se iba llenando de sangre, cómo ganaba temperatura y cómo se volvía rígido entre mis labios me dio un subidón que no me esperaba. De repente, ya no me sentía tan patética; sentía que tenía el control de algo, aunque fuera de la excitación de un tío tan feo como Juanra.

Esa electricidad de la que siempre os hablo me recorrió la columna. Me puse a trabajar con más ganas, moviendo la cabeza con más ritmo, disfrutando de ver cómo sus manos, que antes estaban muertas en sus bolsillos, ahora buscaban mi pelo para apretarme contra él.

Pero Juanra no era de los que se dejaban llevar sin más. Seguía con esa actitud de superioridad, de querer humillarme a cada paso.

—No te quedes solo ahí arriba —me soltó con un gruñido, dándome un tirón seco hacia atrás para que le mirara—. Baja un poco más, que parece que te da miedo hacer las cosas bien. Usa la lengua ahí abajo, que para eso te he traído.

Me quedé paralizada un segundo. Yo nunca había hecho eso; me parecía lo más guarro del mundo y me daba un reparo increíble. Pero él no me dio tiempo a pensarlo. Me empujó la cabeza hacia abajo, obligándome a bajar la vista hacia sus huevos.

Era una imagen que no se me va a olvidar: la piel fina, arrugada, con ese vello oscuro y sin cuidar, y un olor a sudor concentrado que me dio un golpe en la nariz. Me daba un asco tremendo, pero al mismo tiempo, el hecho de estar ahí, con mis gafas que servían de apoyo a su polla y mi boca a milímetros de algo tan íntimo y sucio, me ponía mucho.

Saqué la lengua con timidez y empecé a lamerle con cuidado. La textura era extrañísima. Juanra soltó un suspiro fuerte, echando la cabeza hacia atrás, y por primera vez sentí que le tenía donde quería.

—Eso es... así... —murmuraba él, perdiendo un poco esa frialdad de antes mientras comenzaba a pajearse—. Lame bien todo, que se note que te encanta.

Me obligaba a rodearlos con la lengua, a succionar con fuerza mientras él se retorcía un poco. Yo estaba allí, con las rodillas clavadas en la alfombra, babeando sus testículos como una posesa, sintiendo el sabor salado y fuerte de su piel. Me sentía la guarra más grande de Murcia, una niña de papá que se había perdido el respeto a sí misma en un chalet de lujo, y esa idea me hacía humedecerme por dentro más que cualquier beso romántico.

Juanra ya no se reía tanto. Estaba totalmente duro ahora, esa cosa fina y larga que os dije antes estaba apuntando al techo, y yo sabía que lo que venía ahora iba a ser mucho más bruto.
De repente, me agarró del pelo con una fuerza que no le creía capaz de tener. Me dio un tirón seco hacia atrás, obligándome a sacar la cara y a mirarle desde abajo. Intenté recolocarme las gafas con el hombro, pero no me dejó.

—Quieta ahí, no te muevas —me soltó con un hilo de voz, entre dientes.

No me dio tiempo ni a parpadear. Sentí los chorros calientes golpeándome directamente en la cara. Fue una sensación asquerosa y, a la vez, me dejó totalmente sin aire, sintiendo un cosquilleo en el estomago. El primer impacto me dio en la mejilla, pero el resto fue directo a mis cristales.

En un segundo, dejé de ver. Mis gafas de ver, esas que me hacían parecer una chica estudiosa, quedaron totalmente cubiertas por una capa espesa, blanca y caliente. Veía todo borroso, como a través de una niebla sucia, mientras sentía cómo el líquido me resbalaba por la frente, me entraba en un ojo y terminaba goteando por la montura hasta mi boca y barbilla.

Juanra soltó un suspiro largo, me soltó el pelo y se quedó mirándome mientras se subía el chándal. Se empezó a reír, una risa floja pero llena de maldad.

—Vaya cuadro, Sarita. Si te vieran tus amiguitas... —dijo mientras buscaba su móvil en el bolsillo—. Estás para que te hagan una foto y la pongan en una orla. Tienes la cara que te mereces por tonta.

Yo me quedé allí, paralizada, con los ojos escociéndome y sin ver nada por culpa de mis propias gafas manchadas. Había hecho todo aquello, me había tragado mi orgullo, mi asco y algo más con un tío que me repelía, y el resultado era este: estar de rodillas, ciega por el semen de un muerto de hambre, mientras Javi ni siquiera se había molestado en aparecer.

Lo más fuerte fue cuando Alberto abrió la puerta del cuarto y se asomó.

—¡Joder, Juanra, te has pasado! —dijo Alberto partiéndose de risa—. Mis padres están al llegar de la compra y mi madre no puede ver esto —dijo dándome un toque con el pie en mi pantorrilla, no muy fuerte, pero lo suficiente para que espabilara—. Venga, Sarita, coge tus cosas y aire, que no puede venir Javi al final.

Juanra se estaba terminando de abrochar el pantalón, mirándome con una superioridad que me hacía sentir como un bicho.

—Mírala, Alberto, si es que parece que le han tirado un bote de pegamento en la cara —se burló Juanra, señalando mis gafas—. Sarita, de verdad, con lo lista que eres y la carita de pared de gotelé que se te ha quedado. ¿A que ahora no te sientes tan superior al resto?

Alberto soltó una carcajada mientras me agarraba del brazo para levantarme.—Venga, Juanra, déjala, que la pobre no ve ni por dónde pisa. Menudo estreno te has llevado. Mañana en el insti nos cuentas si te ha gustado el "maquillaje" de mi colega.

Me empujaron por el pasillo. Yo iba a ciegas, con la mochila colgando de un hombro y las gafas puestas, aunque no servían de nada. Fue entonces cuando empecé a notar esa sensación que nunca olvidaré: el semen empezaba a secarse.

Es una sensación extrañísima. Notas cómo la piel se te va poniendo tirante, como si tuvieras una máscara de arcilla que se va endureciendo por segundos. Al principio está caliente, pero con el aire de la calle se vuelve frío y empieza a "acartonarse". Sentía los párpados pesados, como si se me fueran a quedar pegados, y en los cristales de las gafas el líquido se estaba transformando en unas manchas blanquecinas y opacas. Veía el mundo como a través de una niebla sucia.

Caminé hacia mi casa, que estaba a unos veinte minutos, evitando las calles principales. Cada vez que el sol me daba en la cara, la sensación de acartonamiento era total. Intenté restregarme un poco con la manga, pero era peor; cuanto más seco estaba, más me tiraba de la piel. Notaba cómo se deshacía en unas escamas blancas y secas, como si la piel se me estuviera pelando por una quemadura.

El olor era lo más persistente; una mezcla entre cloro y algo metálico que se me había quedado pegado a la nariz y que no se iba por mucho que respirara fuerte. Mis gafas estaban inservibles, así que tuve que guardarlas en el estuche y seguir andando a medio ver, con los ojos entrecerrados por el escozor.

Me crucé con un par de vecinos de mi urbanización, gente pija que me saludó con la mano. Yo agachaba la cabeza, muerta de miedo de que se fijaran en las marcas blancas que tenía en la mejilla o en el cuello de la camisa del uniforme, que estaba rígido y manchado donde Alberto se había limpiado. Me sentía la basura más grande de toda Murcia, una niña usada y echada de un chalet como si fuera un estorbo.

Pero al llegar a mi portal, antes de entrar, me pasé la mano por la cara y sentí esa costra seca... y me dio un vuelco el corazón. Odiaba a Alberto por mentirme, odiaba a Juanra por ser tan asqueroso y odiaba a Javi por no venir... pero llevar su marca seca en mi cara mientras caminaba por mi barrio de niña bien era la sensación más excitante que había sentido en mi vida.


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Si queréis preguntar algo sobre lo que ha pasado, podéis hacerlo supongo que publicar en foros funciona así, gracias por leer.
 
Me quedé sola en el cuarto, de rodillas sobre la alfombra, intentando que el aire me llegara a los pulmones. Tenía la frente pegajosa por el sudor de la barriga de Alberto y el cuello de la camisa del uniforme con esa mancha húmeda y arrugada donde él se había limpiado. Me sentía patética, pero en mi cabeza, solo pensaba que aquello era el precio que tenía que pagar para que Javi entrara por la puerta.

Pero Javi no entró. Entró Juanra.

Cerró la puerta con una mano en el bolsillo, arrastrando los pies con una desgana que me hizo sentir todavía más pequeña. Se quedó mirándome desde arriba con una sonrisita de burla, de esas que te dicen que sabe perfectamente lo tonta que estás siendo. Él no me prometió nada de Javi; se notaba que le daba igual si venía o no. Para él, yo era simplemente una oportunidad que le habían puesto delante y que pensaba exprimir sin esforzarse lo más mínimo.

—Vaya pinta tienes—me soltó con una voz seca, sin ninguna emoción—. Quién te viera ahora y quién te ve en los pasillos, siempre tan estiradita e impoluta.

Se acercó y se plantó delante de mí, a pocos centímetros de mis gafas. No tenía la energía bruta de Alberto. Él simplemente se bajó el chándal y se quedó ahí quieto, esperando. Cuando se la sacó, me quedé bloqueada.

Estaba totalmente flácida. Era algo pequeño, blando y con un aspecto que no me esperaba. Yo nunca había visto una así, tan... muerta. Parecía un espárrago blanco, frío y sin vida. Me quedé mirándola tras mis cristales empañados, sin saber muy bien qué hacer, esperando que él tomara la iniciativa. Pero Juanra no movió ni un dedo.

—¿Qué pasa? ¿Te has quedado sin ideas o es que necesitas que te den una hoja de instrucciones? —se burló, mientras me agarraba del pelo, pero sin fuerza, solo para mantenerme ahí abajo—. Venga, muévete un poco, que no tengo todo el día.

Fue una sensación morbosísima y a la vez asquerosa. Tuve que ser yo la que se acercara, la que la agarrara con dos dedos y empezara a metérmela en la boca así, blanda. Era una textura extraña, como chupar algo que no quiere estar ahí. Me sentía ridícula esforzándome por poner duro a un tío que me repelía y que ni siquiera me miraba con ganas, sino con una curiosidad de científico loco, como si estuviera viendo cómo reacciona un bicho bajo un microscopio.

Me obligaba a trabajarla, a usar la lengua, a babearla entera para ver si reaccionaba. Notaba el sabor amargo y esa frialdad inicial que me daba arcadas, pero a la vez, el hecho de ser yo la que tenía que "despertar" eso en un tío tan feo y tan raro, mientras esperaba a Javi, me producía una electricidad que me recorría toda la espalda.

Juanra se limitaba a mirar desde arriba, soltando alguna risita de vez en cuando cuando veía que me atragantaba al intentar meter ese "espárrago" blando cada vez más profundo. Disfrutaba de mi desesperación, de ver cómo la niña bien de las gafas se dejaba la mandíbula intentando complacerle sin recibir nada a cambio.

Poco a poco, aquello empezó a cambiar de forma en mi boca, y fue entonces cuando la cosa se puso largo e interesante.
Notaba cómo, poco a poco, aquello que al principio era blando y frío empezaba a latir dentro de mi boca. Fue una sensación increíble. Sentir cómo se iba llenando de sangre, cómo ganaba temperatura y cómo se volvía rígido entre mis labios me dio un subidón que no me esperaba. De repente, ya no me sentía tan patética; sentía que tenía el control de algo, aunque fuera de la excitación de un tío tan feo como Juanra.

Esa electricidad de la que siempre os hablo me recorrió la columna. Me puse a trabajar con más ganas, moviendo la cabeza con más ritmo, disfrutando de ver cómo sus manos, que antes estaban muertas en sus bolsillos, ahora buscaban mi pelo para apretarme contra él.

Pero Juanra no era de los que se dejaban llevar sin más. Seguía con esa actitud de superioridad, de querer humillarme a cada paso.

—No te quedes solo ahí arriba —me soltó con un gruñido, dándome un tirón seco hacia atrás para que le mirara—. Baja un poco más, que parece que te da miedo hacer las cosas bien. Usa la lengua ahí abajo, que para eso te he traído.

Me quedé paralizada un segundo. Yo nunca había hecho eso; me parecía lo más guarro del mundo y me daba un reparo increíble. Pero él no me dio tiempo a pensarlo. Me empujó la cabeza hacia abajo, obligándome a bajar la vista hacia sus huevos.

Era una imagen que no se me va a olvidar: la piel fina, arrugada, con ese vello oscuro y sin cuidar, y un olor a sudor concentrado que me dio un golpe en la nariz. Me daba un asco tremendo, pero al mismo tiempo, el hecho de estar ahí, con mis gafas que servían de apoyo a su polla y mi boca a milímetros de algo tan íntimo y sucio, me ponía mucho.

Saqué la lengua con timidez y empecé a lamerle con cuidado. La textura era extrañísima. Juanra soltó un suspiro fuerte, echando la cabeza hacia atrás, y por primera vez sentí que le tenía donde quería.

—Eso es... así... —murmuraba él, perdiendo un poco esa frialdad de antes mientras comenzaba a pajearse—. Lame bien todo, que se note que te encanta.

Me obligaba a rodearlos con la lengua, a succionar con fuerza mientras él se retorcía un poco. Yo estaba allí, con las rodillas clavadas en la alfombra, babeando sus testículos como una posesa, sintiendo el sabor salado y fuerte de su piel. Me sentía la guarra más grande de Murcia, una niña de papá que se había perdido el respeto a sí misma en un chalet de lujo, y esa idea me hacía humedecerme por dentro más que cualquier beso romántico.

Juanra ya no se reía tanto. Estaba totalmente duro ahora, esa cosa fina y larga que os dije antes estaba apuntando al techo, y yo sabía que lo que venía ahora iba a ser mucho más bruto.
De repente, me agarró del pelo con una fuerza que no le creía capaz de tener. Me dio un tirón seco hacia atrás, obligándome a sacar la cara y a mirarle desde abajo. Intenté recolocarme las gafas con el hombro, pero no me dejó.

—Quieta ahí, no te muevas —me soltó con un hilo de voz, entre dientes.

No me dio tiempo ni a parpadear. Sentí los chorros calientes golpeándome directamente en la cara. Fue una sensación asquerosa y, a la vez, me dejó totalmente sin aire, sintiendo un cosquilleo en el estomago. El primer impacto me dio en la mejilla, pero el resto fue directo a mis cristales.

En un segundo, dejé de ver. Mis gafas de ver, esas que me hacían parecer una chica estudiosa, quedaron totalmente cubiertas por una capa espesa, blanca y caliente. Veía todo borroso, como a través de una niebla sucia, mientras sentía cómo el líquido me resbalaba por la frente, me entraba en un ojo y terminaba goteando por la montura hasta mi boca y barbilla.

Juanra soltó un suspiro largo, me soltó el pelo y se quedó mirándome mientras se subía el chándal. Se empezó a reír, una risa floja pero llena de maldad.

—Vaya cuadro, Sarita. Si te vieran tus amiguitas... —dijo mientras buscaba su móvil en el bolsillo—. Estás para que te hagan una foto y la pongan en una orla. Tienes la cara que te mereces por tonta.

Yo me quedé allí, paralizada, con los ojos escociéndome y sin ver nada por culpa de mis propias gafas manchadas. Había hecho todo aquello, me había tragado mi orgullo, mi asco y algo más con un tío que me repelía, y el resultado era este: estar de rodillas, ciega por el semen de un muerto de hambre, mientras Javi ni siquiera se había molestado en aparecer.

Lo más fuerte fue cuando Alberto abrió la puerta del cuarto y se asomó.

—¡Joder, Juanra, te has pasado! —dijo Alberto partiéndose de risa—. Mis padres están al llegar de la compra y mi madre no puede ver esto —dijo dándome un toque con el pie en mi pantorrilla, no muy fuerte, pero lo suficiente para que espabilara—. Venga, Sarita, coge tus cosas y aire, que no puede venir Javi al final.

Juanra se estaba terminando de abrochar el pantalón, mirándome con una superioridad que me hacía sentir como un bicho.

—Mírala, Alberto, si es que parece que le han tirado un bote de pegamento en la cara —se burló Juanra, señalando mis gafas—. Sarita, de verdad, con lo lista que eres y la carita de pared de gotelé que se te ha quedado. ¿A que ahora no te sientes tan superior al resto?

Alberto soltó una carcajada mientras me agarraba del brazo para levantarme.—Venga, Juanra, déjala, que la pobre no ve ni por dónde pisa. Menudo estreno te has llevado. Mañana en el insti nos cuentas si te ha gustado el "maquillaje" de mi colega.

Me empujaron por el pasillo. Yo iba a ciegas, con la mochila colgando de un hombro y las gafas puestas, aunque no servían de nada. Fue entonces cuando empecé a notar esa sensación que nunca olvidaré: el semen empezaba a secarse.

Es una sensación extrañísima. Notas cómo la piel se te va poniendo tirante, como si tuvieras una máscara de arcilla que se va endureciendo por segundos. Al principio está caliente, pero con el aire de la calle se vuelve frío y empieza a "acartonarse". Sentía los párpados pesados, como si se me fueran a quedar pegados, y en los cristales de las gafas el líquido se estaba transformando en unas manchas blanquecinas y opacas. Veía el mundo como a través de una niebla sucia.

Caminé hacia mi casa, que estaba a unos veinte minutos, evitando las calles principales. Cada vez que el sol me daba en la cara, la sensación de acartonamiento era total. Intenté restregarme un poco con la manga, pero era peor; cuanto más seco estaba, más me tiraba de la piel. Notaba cómo se deshacía en unas escamas blancas y secas, como si la piel se me estuviera pelando por una quemadura.

El olor era lo más persistente; una mezcla entre cloro y algo metálico que se me había quedado pegado a la nariz y que no se iba por mucho que respirara fuerte. Mis gafas estaban inservibles, así que tuve que guardarlas en el estuche y seguir andando a medio ver, con los ojos entrecerrados por el escozor.

Me crucé con un par de vecinos de mi urbanización, gente pija que me saludó con la mano. Yo agachaba la cabeza, muerta de miedo de que se fijaran en las marcas blancas que tenía en la mejilla o en el cuello de la camisa del uniforme, que estaba rígido y manchado donde Alberto se había limpiado. Me sentía la basura más grande de toda Murcia, una niña usada y echada de un chalet como si fuera un estorbo.

Pero al llegar a mi portal, antes de entrar, me pasé la mano por la cara y sentí esa costra seca... y me dio un vuelco el corazón. Odiaba a Alberto por mentirme, odiaba a Juanra por ser tan asqueroso y odiaba a Javi por no venir... pero llevar su marca seca en mi cara mientras caminaba por mi barrio de niña bien era la sensación más excitante que había sentido en mi vida.


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Si queréis preguntar algo sobre lo que ha pasado, podéis hacerlo supongo que publicar en foros funciona así, gracias por leer.
Otra vez muy bien relatado todo

Aunque supieras que Javi no iba a ir, se la hubieras chupao igual a los otros dos?
 
Otra vez muy bien relatado todo

Aunque supieras que Javi no iba a ir, se la hubieras chupao igual a los otros dos?
Javi siempre me ha vuelto loca, ellos lo sabian... si no llegan a nombrar a Javi saben que nunca hubiese ido con ellos.
 
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